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Carlos Ayuso.

A la tercera va la vencida Casi ciento cincuenta años después de que Isabel II abandonara España por la puerta de atrás y ochenta de que Alfonso XIII siguiera el mismo camino, el pueblo español vuelve a cuestionar a los Borbones y a replantearse la necesidad de la Monarquía en nuestro país. ¿Hace falta una institución cuyas labores son meramente simbólicas y representativas?, ¿qué parte de mis impuestos van destinados a ella?, y ¿por qué tengo que pagar a una institución cuya labor no me aporta ningún beneficio? Estas son algunas de las preguntas que se oyen ahora entre la masa social tras destaparse el caso Urdangarín, que pone a la familia real en contacto directo con delitos como malversación de fondos públicos o evasión de impuestos. Pero yo lanzo otra pregunta, ¿es la República la solución?, ¿acaso la figura del presidente de la República tiene una labor más determinante o nos aporta algo diferente? Si echamos la vista atrás, veremos que no es la primera vez que el pueblo cuestiona la necesidad de la monarquía y que la alternativa no solucionó el problema. Las dos últimas veces que el pueblo se planteó esta pregunta acabó con el monarca saliendo a marchas forzadas del país. Con una precocidad que no podía augurar nada bueno, Isabel II es coronada reina de España en 1943, con tan sólo trece años. Hasta 1868 mantuvo su puesto y, por suerte, sin el carácter traicionero de su padre. Favoreciendo siempre a los moderados, serían estos los que provocarían que el pueblo pidiera su cabeza con antorchas de fuego como en las películas. Su buena relación con los sectores eclesiásticos y la intención de O´Donnell de reconocer el Reino de Italia, a lo que se oponían la Iglesia provoca la destitución de O´Donnell como presidente. Reniega de llamar a los progresistas al poder y, ésto unido a la matanza de estudiantes de San Daniel y al fusilamiento de los sargentos del cuartel de San Gil dan lugar al inicio de una conspiración antiborbónica. A pesar de todo, esta revolución la pilla por sorpresa, y tiene que salir corriendo de España tras el levantamiento de la junta revolucionaria de San Sebastián, donde, irónicamente, se encontraba de vacaciones. Es la primera vez que el pueblo cuestiona la necesidad de los Borbones en España. Pero el nuevo rey, Amadeo I, no es capaz de enderezar la situación en un país con una sociedad dividida, confusa y guerrera. Renunció diciendo: “..entre tantas y tan opuestas manifestaciones de la opinión pública es imposible atinar cuál es la verdadera, y más imposible todavía hallar el remedio para tamaños males”. Un pueblo roto y un poder confundido, en el que la República no fue la solución, como tampoco lo sería cincuenta y ocho años después y como, probablemente, tampoco lo sea actualmente. Avanzamos en el tiempo 50 años y nos encontramos con una situación similar. Un rey pusilánime que permite que el país caiga en manos de una dictadura. Esta decisión no le sentó muy bien al pueblo y en 1930, tras la dimisión de Primo de Rivera, empiezan a cobrar fuerza las ideologías de izquierda republicana. Este ascenso se concretará con las elecciones municipales de abril de 1931, en las que las candidaturas republicanas se impusieron en cuarenta y cuatro de las cincuenta y dos provincias españolas. La consecuencia vino a ser la misma que con la revolución de la “Gloriosa”. Alfonso XIII se ve obligado a marcharse de España en el primer barco que salía desde Cartagena. Y la República se alza de nuevo como la solución a todos los problemas de los españoles, tanto sociales como políticos. Pero el desgaste que había supuesto la monarquía había aumentado la tensión entre los ciudadanos creándose dos bandos, que desembocaría donde todos sabemos. Y por tanto, la República volvía a no ser la solución a los problemas.


Con estos antecedentes nos volvemos a situar en la actualidad. Una monarquía cuestionada con una imagen deteriorada debido a los negros negocios del yerno del rey. Y aquí es donde hay que pararse y pensar en qué cuestionamos realmente. ¿Tenemos realmente motivos para dudar del Rey Juan Carlos?, ¿estamos poniendo en duda la importancia de un monarca sin el cual no habría sido posible la transición a la democracia de la que ahora disfrutamos? Parece que nos olvidamos muy rápidamente de las acertadas decisiones que se toman por el pueblo. En un país donde las buenas acciones políticas están en peligro de extinción, donde dos fuerzas políticas suben y bajan del poder sin preocupaciones, con la certeza de que volverán a subir no a mucho tardar, nos olvidamos de que el estado de bienestar (también cuestionado en los últimos años) del que hoy nos beneficiamos se lo debemos en gran parte a esa figura “simbólica y representativa” que es el rey. No me declaro monárquico, ni mucho menos, pero me resulta indignante lo mala y selectiva que es la memoria de la sociedad española. No hay que olvidar que, a la muerte de Franco, un franquismo sin él era otra posibilidad más. Pero la democracia ganó el pulso gracias, entre otros, a la figura del rey. Un rey que recibió de golpe la jefatura del Movimiento y de las Fuerzas Armadas y supo administrar su poder. Un rey que puso en el Gobierno a un hombre con el que impulsaría al país desde una dictadura hacia la democracia. Un rey que, al fin y al cabo, actuó correctamente. Cierta cadena de televisión afirmaba rotundamente hace unos días que el rey había colaborado en el golpe de estado del 23 de febrero de 1981, que había tenido una participación más directa que indirecta en el intento de tirar por la borda los avances de la Transición. A pesar de estar a unos meses de convertirme en periodista y de haber elegido esta profesión como la que quiero para ejercer el resto de mi vida, podría criticar a la prensa por un aspecto diferente en cada uno de mis artículos. En este caso por la hipocresía y la poca profesionalidad de presentar datos no contrastados. Es poco profesional que una ideología te impida ser neutral ante unos hechos, hasta tal punto de mentir en una información. Y ellos son, al fin y al cabo, los responsables indirectos de que surja de nuevo el debate sobre la necesidad de la monarquía. A pesar de nuestras constantes quejas sobre el dinero que nos cuesta la monarquía, la de España es la más barata de Europa según el último informe sobre “El costo presupuestario de las monarquías en Europa”. Para ser exactos, la Casa Real nos cuesta a los españoles 8,4 millones de euros, una cifra para nada despreciable. Pero, ¿nos costaría menos una República? 30 millones de euros le cuesta a los alemanes y 110 a los franceses. La solución, por lo tanto, sería más cara que el problema y, al final, siempre será imprescindible una institución con esas labores simbólicas. Donde quería llegar es a cómo los turbios negocios de un miembro adoptivo de la Casa Real pueden salpicar injustamente la figura del rey, del que nunca se ha conocido una acción malintencionada hacia el pueblo español. Es cierto aquél dicho de a la tercera va la vencida. Sus antepasados Borbones defraudaron con malas y poco acertadas decisiones pero, Juan Carlos I se ganó el respeto y la confianza de los españoles, tarea que le tocará afrontar a su hijo Felipe, desde el momento en que juró su cargo. Como Borbón puede decir: “a la tercera va la vencida”.


Marta Aldana Corchón Doble Grado en Periodismo y CAV Campus de Fuenlabrada

Castillos en el aire

El futuro de la monarquía tiembla tras la honda debilitación de su imagen

La expresión "construir castillos en el aire", como ustedes sabrán, se usa para definir la actitud de imaginarse proyectos de escasa posibilidad, de tener sueños e ilusiones difíciles de llevar a cabo. Son los supuestos castillos que no se apoyan en el suelo, y que se caen unos detrás de otros porque están creados con naipes. De igual modo, el paso del “juancarlismo” a la monarquía propiamente dicha está en el aire. Una serie de naipes se están cayendo sucesivamente: el divorcio de la infanta Elena, las declaraciones de la Reina en la entrevista con Pilar Urbano, los supuestos amores del Rey, hasta el presunto caso de corrupción del yerno del Monarca. Esto está perjudicando la imagen de la monarquía, la cual registra los índices más bajos de popularidad desde la reinstauración monárquica. Esto ha hecho temblar los cimientos de la Casa del Rey, cuya continuidad después de don Juan Carlos parece difusa. La sucesión monárquica de nuestro país siempre ha sido un debate de carácter técnico. Sin embargo, actualmente, este tema se delibera en lugares cotidianos; no solo se disputa en los grandes salones, sino en cualquier tipo de reunión, ¿el caso Urdangarin derribará las posibilidades de Felipe de Borbón?, ¿aguantará la monarquía? Llegar a una respuesta es una tarea ardua, y hay que tener muchos factores en cuenta. La respuesta más contingente, la mía, es que esta institución acabará desapareciendo. La monarquía española no es como la británica, donde se siente un profundo estupor por la institución propiamente dicha. En España, se admira hondamente a la figura del Rey, no a la institución. Esto hace que los escándalos que pueden vincularse con la monarquía debiliten, de forma contundente, su imagen. Los últimos acontecimientos, en especial la imputación del yerno del Rey, han obligado a la monarquía española a tomar decisiones sin precedentes para evitar ser cuestionados por la opinión pública. Pero, además, existen otros factores que han reforzado este hecho. Una de las causas que avalan que la sucesión y la continuidad de la monarquía yacen como si fueran castillos en el aire es, como se ha explicado anteriormente, el caso Urdangarin, que ha comenzado a crear estragos difíciles de reparar en la proyección de la monarquía. El proceso judicial de Urdangarin va a ser dilatado, lo que erosionará poco a poco la percepción de la institución, seguirá horadando las posibilidades de ésta. Casos como el del yerno del rey, imputado por corrupción, son muy negativos para la familia real y para la credibilidad de la institución. Felipe de Borbón y Letizia Ortiz lo tendrán muy difícil. Juan Carlos es una persona carismática y muy querida, y la sociedad todavía le agradece la forma en la que pilotó la transición a la democracia. Además, su excelente papel como embajador de España es digno de admiración. Sin embargo, la imagen indeleble, inmune y blindada de la monarquía ha ido menoscabándose conforme se alejaba la Transición, crecían las voces críticas, arreciaba el chaparrón por la falta de transparencia, y la dureza de la crisis devoraba el crédito de las instituciones. El factor de la estabilidad política juega un papel muy importante en la continuidad de la monarquía. En este momento, el PP, el PSOE, CiU y el PNV no están por la labor de desencadenar un debate sobre la existencia de una posible república. PSOE y PP han perpetuado “el tabú”, pues son excesivamente contemplativos y deferentes con la monarquía. Sin embargo, sus rincones más extremos podrían estar empujando hacia ese debate. La situación económica actual y la creciente tensión social influyen en el debate monárquico. Aunque la Corona no es clase política, se ve contagiada de la crisis económica actual. Cuando hay cinco millones de parados, recortes y sacrificios, la Casa Real también entra en los cálculos de los ciudadanos, que se preguntan si les compensa la monarquía. Influye, asimismo, el relevo generacional . La Transición y el rol del rey en el 23-F se han diluido entre los jóvenes, aún más a partir del 15-M, y los ciudadanos quieren una mayor cercanía y


transparencia, necesaria para la salud del sistema democrático. A pesar de que el pasado mes de diciembre la Casa del Rey dio a conocer un primer desglose, aunque escueto, de su presupuesto (8,43 millones de euros en total), se ha exigido mayor claridad en las cuentas reales, ya que esto constituye el método más eficaz para salvaguardar el prestigio de las instituciones, tal como reclamaba don Juan Carlos. Sería conveniente que la esperada ley orgánica, prevista en el título de la Constitución relativo a la Corona, y orientada a pormenorizar las reglas sucesorias, incluyera precisiones definitivas sobre las personas que constituyen la casa real, y quienes se dedican a sus negocios privados. Asimismo, debería especificarse el grado de detalle con que la Casa del Rey debe informar y auditar sus cuentas. En momentos de grave recesión económica y con muchas familias españolas atribuladas por el desempleo, es importante conocer qué esfuerzos de contención del gasto está haciendo la familia real. Otro factor que va a jugar un papel muy importante en la imagen de la monarquía será el comportamiento de la familia real. La monarquía ha ido abriendo fisuras. Primero fue la sonada separación entre la hija mayor de los reyes, la infanta Elena, y su marido Jaime de Marichalar, en 2007. Más tarde, las declaraciones de la reina a Pilar Urbano, por las cuales se fue colando una creciente curiosidad sobre territorios del pasado que fueron, hasta ese momento, discretamente velados: las relaciones del Rey con la Reina, las historias de amores o amoríos, y los presuntos enfrentamientos entre las infantas, entre otros. Todos estos episodios dejaron temblando a la institución monárquica. Tampoco hay que olvidarse del varapalo a España por las supuestas injurias de Arnaldo Otegi contra el rey. Todo eso puede ser polémico, cuestionable y hasta traducible en una pérdida de apoyo. Pero el escándalo de Urdangarin es un salto cualitativo. A esto se suma un desgaste progresivo de la institución, comprobable con los datos del CIS. La valoración ciudadana de la monarquía se ha derrumbado desde el holgado notable –un 7,48 en diciembre de 1995– hasta el suspenso, un 4,89 el pasado octubre. La Corona no cesa en el cuidado de su proyección pública. Pero hay que tener en cuenta que la familia real es una familia, y que si se debilitan sus lazos se diluye el sentido de la institución. Si ésta se asimila a una familia normal, se cuestiona entonces su estatus privilegiado. La Corona tiene que aparecer impoluta, cosa que no se requiere a un presidente de la República, pero necesita modernizar sus pautas de funcionamiento. Se requiere deslindar legalmente las responsabilidades de los miembros de la familia real y de los demás parientes del Monarca; es preciso establecer una protección jurídica adecuada para su heredero; hay que acentuar todavía más la transparencia de la institución, y clarificar los comportamientos profesionales de los familiares del Rey, se beneficien o no de fondos públicos. No se pueden permitir ni la más mínima sombra de duda, sin embargo, en la actualidad, la institución se encuentra arrojada hondamente por una vasta penumbra, cuyos límites no se encuentran delimitados. Los halos de oscuridad existentes han elevado al cielo castillos en el aire, los cuales vislumbran un futuro más que incierto para la monarquía española.

Fuentes consultadas http://elpais.com/elpais/2012/03/03/opinion/1330804101_655612.html http://www.publico.es/espana/367025/el-escudo-sobre-el-rey-se-debilita http://www.publico.es/especiales/caso-urdangarin http://www.elmundo.es/elmundo/2011/11/14/espana/1321270505.html http://www.elmundo.es/elmundo/2012/02/26/espana/1330252341.html http://www.larazon.es/noticia/6636-la-monarquia-espanola-es-la-mas-barata-de-europa http://www.diariocritico.com/tags/caso-urdangarin http://www.laverdad.es/murcia/rc/20120305/espana/juez-rechaza-imputar-infanta201203051344.html http://www.perfil.com/contenidos/2011/11/12/noticia_0007.html


¿La República es la solución? El día 24 de diciembre del año 2011 el rey de España, Don Juan Carlos en su tradicional discurso de navidad se dirigió a la población como es típico por esas fechas para desear unas felices fiestas a los españoles. Pero en sus palabras pudimos observar un breve matiz sobre el caso por el que, actualmente está siendo imputado su yerno Iñaki Urdangarin, al manifestar abiertamente ante el pueblo que cualquier actuación censurable de personas con responsabilidades públicas debe ser "juzgada y sancionada" porque "la justicia es igual para todos". Tres días después, con las Cortes Generales como escenario, el Monarca recibía una prolongada y emotiva ovación por parte de los diputados poniendo de manifiesto el apoyo hacia el Rey de España y hacia lo que representa, la Monarquía. Cabe recordar también que el pasado 12 de diciembre la Casa Real se desmarcaba explícitamente de Urdangarin al reconocer el comportamiento " no ejemplar" del yerno del Rey, en un desayuno informativo con los medios. Queda entonces claro que al responder ante la justicia incluso un miembro regio que ellos no son intocables ante la ley y que pueden ser juzgados como cualquier otro ciudadano español. Para algunos sectores, como los antimonárquicos, esta polémica ha supuesto la excusa perfecta para cargar nuevamente contra la Corona pretendiendo un reiterado debate sobre la jefatura de Estado. Lo que no parece tan claro es que los hechos atribuidos al yerno enturbien al Rey, pues no tiene nada que ver el ser juzgado por la ley con la forma de gobierno elegida por libremente por la población en la Transición, simplemente por la relación del imputado con la Monarquía. El caso sobre el Instituto Nóos se inició de rebote al salir sus actividades en el sumario del caso Palma Arena, que instruye desde hace años el juez José Castro en torno a numerosos casos de supuesta corrupción detectados durante el gobierno balear de Jaume Matas. Investigar aquellas actividades privadas del Duque de Palma es ahora competencia de la justicia y aunque por parte de la prensa no se haya respetado su presunción de inocencia pues es considerado un derecho fundamental hay que aceptar que sigue siendo inocente hasta que se demuestre lo contrario. Lo que de ninguna manera es posible concebir es que la actitud “no ejemplar” de Urdangarín sea utilizado como gancho para pretender desestabilizar el ambiente de concordia general que los españoles defienden respecto a sus majestades, los Reyes de España, y al papel que representan en nuestra sociedad actual. En el mundo se celebran cientos de juicios pero este en concreto ha cobrado gran repercusión y especial interés por ciertos sectores por tratarse de una figura pública. Que ha manchado en gran medida a la Casa Real es cierto y qué consecuencias traerá para su futuro sólo el tiempo lo dirá pero lo de querer atacar cada paso de los Reyes buscando desgastarles y precipitar con ello la República no es un juego limpio. Urdangarin es otro ciudadano más de España, y como tal se le juzga pues ante la justicia todos somos iguales, sin tener necesidad de inmiscuir en el proceso a la institución a la que pertenece. No cabe duda que toda esta polémica donde se ha visto envuelta la Casa Real ha llegado en un mal momento. Mal momento para España, mal momento para la Unión Europea, mal momento para el mundo, mal momento para la población que tiene que ajustarse el cinturón y no decaer en su lucha contra esta nefasta crisis económica. Todos los esfuerzos tendrían que estar unificados, proyectarse los remos hacia una misma y única dirección pues debemos trabajar juntos y confiar en que si seguimos esta dinámica creceremos día a día, tendremos mayores oportunidades, y nos encaminaremos a una dirección acertada. Así es como debemos funcionar en estos momentos, sin hacer caso a las habladurías que buscan desgastar la democracia con meros intereses propios, lo cual no supone un favor para España. Permitir un debate que no existe no es del todo conveniente para nosotros, como ciudadanos que formamos parte de esta democracia pues en ese caso estaremos permitiendo una nueva polémica, les estaremos dando una nueva razón para que luchen a los ven a España en sus horas bajas y como nunca planten cara a las Instituciones y al sistema de Gobierno elegido democráticamente por todos los españoles tiempo atrás. Nos les demos pues, el gusto a aquellos de intentar sacar provecho de la situación, ahora más que nunca debemos trabajar para luchar por nuestro país y sacarlo adelante,


fomentar el compañerismo y trabajar por el progreso. Independiente de si Iñaki Urdangarin es declarado culpable o inocente debemos dejar que los acontecimientos se desarrollen según lo previsto, aquí y en todos aquellos que defienden este sistema de Monarquía Parlamentaria que nos ha dado más cosas buenas que malas por lo que debemos ser agradecidos por ello. Que todos estos ataques hacia los Reyes no precipiten un paso en falso ni mucho menos apresurado, pues todo llega en su momento y aún nos queda Juan Carlos para rato. Respetemos entonces la gran figura que representa el Rey y no seamos menos con la Institución que defiende, es lo mínimo que podemos hacer en comparación con lo que él ha dado a este país. La realidad que estamos padeciendo en la actualidad no es ni mucho menos agradable para todos los españoles, las cosas de un tiempo a acá se han vuelto más críticas, muestra de la mala situación y el empobrecimiento generalizado que achaca la crisis a nuestro país y todo indica que nos quedan cosas por ver pues con el último cambio de gobierno llegarán muchos cambios, y todo una serie de reformas que tratarán de solventar esta situación y sacar a flote la economía española y alcanzar de este modo los objetivos pactados con la Unión Europea. Como podemos observar no está el patio para plantear debates absurdos que no vienen a cuento, pues lo que quiere el conjunto de los españoles es que el trabajo de los políticos surja efecto lo antes posible y se tomen las medidas idóneas que permitan darnos esperanzas y fuerza para continuar nuestra lucha. Por tanto queda claro que todos nuestros esfuerzos han de enfocarse en cambiar esta situación. Aunque como se ha confirmado en últimas encuestas, como por ejemplo la del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) el daño hacia la Monarquía está hecho pues se ha visto reflejado en el apoyo y la confianza de la población hacia la Corona. El sentimiento antimonárquico crece entre los más jóvenes, que ni saben ni entienden el papel que aquella desempeñó para que la Transición fuera pacífica y ordenada, y asocian los privilegios de que goza con las desigualdades que padecen. Todos somos conscientes de que nuestro Rey, Don Juan Carlos I, renunció a los poderes que le fueron otorgados, le devolvió la soberanía al pueblo, avivó el cambio democrático y la protegió y defendió de los golpistas en el 23F, así que es digno de ser respetado pues él nos ha conducido a lo que somos ahora, y si hay que juzgar a algún miembro de la realeza para defender la transparencia de la institución y con ello que se clarifique sus comportamientos que se haga y se llegue al final, pero sin permitir que cada dos por tres usen excusas absurdas para volverse contra nuestro Rey, y nosotros como ciudadanos debemos alzar la voz y manifestar nuestra disconformidad.

Por Cristian Quimbiulco Carrión 3º Grado Periodismo. Campus Vicálvaro.


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