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On the Way to a Smile: Final Fantasy VII © Kazushige Nojima Final Fantasy VII © SQUARE-ENIX Traducción japonés-inglés: XCOMP (http://ffviinovels.lhyeung.net/) Traducción inglés- español: Tsukuyomi (http://twitter.com/tsukuyomi_) Esta obra es propiedad de SQUARE-ENIX™. Su traducción al español ha sido realizada sin ánimo de lucro. ESTÁ ABSOLUTAMENTE PROHIBIDA SU VENTA. Por favor, compártela y si es posible, compra el libro original, disponible en japonés y alemán.

La autora ha procurado ser fiel en todo momento al espíritu de las traducciones al inglés, combinándolas con sus conocimientos del juego original y de otras líneas temporales de la historia derivadas de otros títulos de la Compilation. Sin embargo, ha sido inevitable en ocasiones utilizar ciertas adaptaciones en pos de una mejor comprensión de la historia. Ninguna de estas adaptaciones altera las historias originales.

La autora es periodista, además de gran fanática de Final Fantasy VII desde su año de salida. Garantiza la mejor expresión escrita y ortográfica capaz de otorgar, además de una absoluta fidelidad al espíritu tanto de estas historias como del juego original.


On the way to a smile

FINAL FANTASY VII


Cloud: "Ahí... Está ahí..." Tifa: "¿Cloud?" Cloud: "Sagrado... Sagrado... está ahí... Sagrado está brillando... La oración de Aeris está brillando..." Tifa: "Sagrado... Aeris..." Cloud: "No se ha acabado... ¡Esto no se ha acabado!" Tifa: "¡No perderemos! Aeris está aquí... Todos están aquí... ¡Cloud está aquí con nosotros! Aún hay muchas cosas que hacer... ¡No abandonaré!" Cloud: "Los recuerdos de Aeris... Nuestros recuerdos... Hemos venido... a contarte... nuestros recuerdos... ¡Venga Planeta! ¡Danos tu respuesta!... ¡Y Sephiroth! ¡Para solucionarlo todo!"


Ă?NDICE

Episodio de Denzel Corriente Vital Negra 1

Episodio de Tifa Corriente Vital Blanca 1

Episodio de Barret Corriente Vital Negra 2

Episodio de Nanaki Corriente Vital Blanca 2

Episodio de Yuffie Corriente Vital Negra 3

Episodio de Shinra Corriente Vital Blanca 3

0 39 42 69 70 96 97 131 132 171 173 246

La doncella que viaja por el Planeta

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Agradecimientos

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Episodio de Denzel

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ON THE WAY TO A SMILE EPISODIO DE DENZEL

E

n el pasado, la ciudad de Midgar, construida por la multinacional Shinra Electric Power Company, estaba dividida en dos: La acrópolis, una estructura de acero, conocida como ―la placa‖, que era sostenida

por altos pilares levantados desde el suelo; y los suburbios, lleno de gente con una vida caótica pero incansable, donde la placa no dejaba llegar la luz del sol. Se pensaba que esto sería así para siempre, la luz y la prosperidad arriba y la sombra oscura de la pobreza abajo. Hace cuatro años, cuando la Corriente Vital rebosó desde las entrañas del Planeta, mucha gente pensó que Midgar se desmoronaría y que eso sería su final. Llevando tan solo unos pocos efectos personales, los ciudadanos huyeron de sus vecindarios. Y aún así, no pudieron dejar atrás su ciudad de acero. Pensaban que tal vez, si permanecían cerca de ella, podrían volver a su anterior vida de ensueño. Por esto, finalmente, una ciudad llamada Edge fue construida junto a Midgar. ***

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Naciendo entre las afueras del Sector Tres y el Sector Cuatro, la carretera principal de Edge se extendía recta hacia el este. La ciudad estaba construida a lo largo de esta gran vía y se extendía hacia el norte y el sur. Parecía un lugar espléndido cuando se observaba desde la lejanía, pero la verdad era que la mayoría de los edificios habían sido levantados a partir de chatarra obtenida de las ruinas de Midgar. Las calles olían a acero y óxido. Johnny regía un bar al lado de la carretera principal. Era un establecimiento humilde; todo lo que tenía eran unas cuantas mesas y sillas desperdigadas en un espacio vacío, y un puesto al aire libre donde solo se podían cocinar platos simples. Llamó a aquel lugar ―El cielo de Johnny‖. Tomó ese nombre de El Séptimo Cielo, un bar-restaurante que una vez estuvo en los suburbios del Sector Siete de Midgar. Johnny había estado enamorado de Tifa, la camarera propietaria de El Séptimo Cielo. Algunos meses después de que el original fuera destruido en la caída de la placa del Sector Siete, Tifa abrió un nuevo Séptimo Cielo en Edge. Por aquel entonces, Johnny se encontraba en la misma situación que muchos, una situación en la que de repente nadie sabía qué hacer con su vida. Pero la fortaleza con la que Tifa había vivido le sirvió de inspiración. En algún momento, el objeto de su amor no correspondido se convirtió en una mujer modelo de la que podía aprender y tomar ejemplo. Voy a vivir mi vida como Tifa. Vale, ¿por dónde empiezo? ¡Ya lo tengo! Emprenderé también un negocio. Dando esperanza a aquellos que han perdido su camino. Aquella epifanía fue el comienzo de El Cielo de Johnny. La clientela muchas veces se veía obligada a escuchar la ―Historia del Renacimiento de Johnny‖ una y otra vez. Intrigados, los clientes visitaban el nuevo Séptimo Cielo con la esperanza de poder ver a Tifa. Muchos llegaron a quedarse allí como clientes habituales. Y sin darse cuenta de que lo que hacía conllevaba perder clientes, Johnny se pasaba seis días a la semana esperando a alguien que pudiera escuchar por enésima vez su historia de amor y esperanza.

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Y finalmente, alguien vino. Solo es un crío. No suelo ver a ningún niño viniendo solo. Oooh, ¡si es Denzel! Denzel ocupaba un lugar especial en el corazón de Johnny. Era parte de la familia de su ídolo. Se aseguraba siempre de servirle lo mejor que podía. — ¡Siéntete como en casa, Denzel! —. Johnny hizo su mejor reverencia. Pero Denzel solo le miró un momento, antes de ir a sentarse a la mesa más lejana del local. — ¡Ven a sentarte un poco más cerca! — ¡No! Estoy esperando a alguien. ¿Esperando a alguien? ¿Un niño tan pequeño teniendo una cita? Bien, bien. Me ocuparé de ti. Todo saldrá a pedir de boca. Eres un chico muy especial. —Conque una cita, ¿eh? ¡Tú puedes, chaval! —Café. ¿Me ignora? Ooh, debe estar cortado. — Llámame si no sabes cómo romper el hielo. Te enseñaré algunos truquitos. De hecho, qué demonios, ¿por qué esper…? De pronto, Denzel saltó de su asiento. ¿Se ha mosqueado? Johnny observó a Denzel con atención. La mirada del chico estaba clavada en la entrada del bar, no en él. Allí se encontraba un hombre con un traje negro muy formal. —Entre —, dijo Johnny, procurando no mirarle directamente. Reeve. Uno de los cabecillas de la antigua organización Shinra. Ahora líder de la W.R.O. Era la primera vez que Johnny le veía tan de cerca. Tenía reputación de llevar la muerte allá donde iba. ¿Qué asunto traerá a un tipo como este a mi establecimiento?

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Reeve echó un vistazo a su alrededor (¿una costumbre suya?) mientras se dirigía a la mesa de Denzel y se sentaba en ella. Al momento, Johnny cayó en la cuenta de algo. ¡Está buscando gente para la W.R.O! ¡Va a intentar captar a Denzel para que entre en el ejército! Tengo que impedirlo como sea. Si eso pasara en mi bar, no podría mirar a Tifa a la cara nunca más. Decidido a conseguirlo, Johnny dirigió a Reeve una sonrisa con desdén, solo para recibir a cambio un gesto cordial por su parte. —Un café, si no le importa —, ¡qué solemnidad! — ¡Sí, por supuesto! — Johnny se puso más tieso que un palo al contestar, y se deslizó de vuelta hacia su pequeña cocina. Bueno, Johnny, al menos podrás presumir de los clientes tan rudos que tienes. *** Denzel estaba realmente sorprendido de que el mismísimo Reeve, jefe de la W.R.O., hubiera venido personalmente a su entrevista. Permaneció allí, incapaz de hacer más que un simple saludo. —Puedes sentarte. La voz de Reeve trajo de vuelta a Denzel a la realidad, y volvió a sentarse en su silla rápidamente. —Bueno, ¿qué, Denzel? No tengo mucho tiempo, así que vayamos al grano—, dijo Reeve con voz pausada. —Primero debería dejar claro que las cosas ya no son como antes. Ya han pasado los días en los que admitíamos a cualquiera. Si lo que quieres es hacerte voluntario en los trabajos de reconstrucción, entonces debes ponerte en contacto con el líder de tu distrito. La W.R.O. ahora es un ejército. 4


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—Sí señor, soy consciente del peligro. —Seguro que sí… Bueno, ¿por qué no empiezas por hablarme de ti? ¿Cuál es tu historia? — ¿Mi historia? No tengo… quiero decir… solo… solo tengo diez años. —Lo sé. Pero incluso los niños de diez años pueden tener una historia que contar. Denzel era el único hijo de Abel, un trabajador de la 3ª división de la compañía Shin-Ra, y Chloe, una mujer sociable con un don para las labores domésticas. Los tres vivían en el área residencial para empleados de la compañía Shinra en el Sector Siete. Abel, que había nacido y crecido en un pueblo, estaba satisfecho con su hogar en la acrópolis de Midgar. Sin embargo, creía que los hombres nunca debían dejar de marcarse metas en la vida, y la nueva meta de Abel era vivir en el área residencial del Sector Cinco, reservada para jefes y ejecutivos. Poco antes de que Denzel cumpliera siete años, Abel había ascendido a jefe de división. Esto le había otorgado el derecho a vivir con su familia en una casa de la compañía en el Sector Cinco. Tras oír la noticia, Chloe y Denzel prepararon una fiesta sorpresa. Un suntuoso banquete y decoración infantil dieron la bienvenida a casa al cabeza de familia. Era una cena encantadora. Denzel escuchaba a su pletórico padre, que hacía bromas y hablaba de su vida. —Denzel, no sabes la suerte que tienes de ser mi hijo. Si hubieras nacido en los suburbios, estarías comiendo rata en vez de pollo. — ¿No tienen pollos? —Oh, claro que tienen, pero todo el mundo es tan pobre que no pueden permitirse comprarlos. Así que no les queda otra que cazar ratas con lanzas. ¡Ratas grises y repugnantes! —Puagh, que asco… 5


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— Bueno… ¿Y qué tal sabe? — dijo Abel, guiñándole el ojo a Chloe. — ¿Y bien, Denzel? — preguntó Chloe mientras apuntaba con el dedo al plato de su hijo. Denzel se puso nervioso y se puso a mirar a su plato y a las caras de sus padres una y otra vez. Su padre miraba hacia abajo, intentando contener la risa. Denzel recordó lo que siempre decía su madre. La vida no tiene sentido sin reír. Mamá y papá solo están intentando quedarse conmigo. — No me lo he tragado, ¿vale? *** — ¡Pues vaya padres! —Les gustaba tomarme el pelo, pero no me importaba —, replicó Denzel. —Para tu información, que yo sepa, no se comían ratas en los suburbios. Si eran comestibles, quien sabe, pero aquellas ratas… —Lo sé, señor. Lo sé bastante bien. —Oh. ¿Pasó algo? —Es… una larga historia. *** Denzel vigilaba la casa, cuando el teléfono sonó. Era Abel. — ¿Dónde está tu madre? — Parecía furioso. —Está fuera, comprando. —Dile que me llame en cuanto llegue. No, mejor, ya llamaré yo. 6


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Denzel se preocupó, sabiendo que algo iba mal. Como no había nada que pudiera hacer al respecto, vio la televisión mientras esperaba a que su madre regresara. En las noticias mostraban imágenes del Reactor Número Uno, que había sido destruido en un atentado perpetrado por un grupo llamado Avalancha. Papá ha estado muy ajetreado con esto los últimos días. Por eso está de mal humor. No es culpa mía ni de mamá. Casi una hora después, alguien volvió a casa. No era Chloe, sino Abel. — ¿Dónde está tu madre? — preguntó. —No ha llegado todavía. — Tengo que ir a buscarla —. Abel no había acabado de hablar cuando ya estaba saliendo por la puerta. Muy asustado, Denzel fue tras él. Se dirigieron al mercado y pronto encontraron a Chloe, charlando cordialmente con el carnicero. Abel le dijo a Denzel que esperara y entró en la carnicería. Sin mediar palabra, agarró a su mujer por la muñeca y la sacó de allí prácticamente a rastras. Al escuchar protestar a su madre, el corazón de Denzel dio un vuelco. — ¡Suéltame! ¿Qué estás haciendo? Abel miró a su alrededor antes de decirle algo en voz baja. —El Sector Siete va a ser destruido. Tenemos que darnos prisa e irnos al Sector Cinco. Ya tenemos la casa nueva. — ¿Destruido…? —La escoria que reventó el Reactor Mako Número Uno va a liquidar ahora el Sector Siete. Denzel se fijó bien

en las caras de sus padres. No parecía que se

estuvieran aguantando la risa.

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— ¿Hablas en serio? — Se agarró de las manos de sus padres. —¡¡Vamos, rápido, tenemos que irnos!! Pero ninguno se movió del sitio. —¡¡No podemos huir así!! — Dijo Chloe, —¡¡Tenemos que decírselo a nuestros vecinos y amig…!! —No hay tiempo para eso, Chloe. Además, esto es información confidencial de la compañía. Estoy rompiendo las reglas. ¡Y justo cuando me han hecho jefe de división! Chloe negó con su cabeza enérgicamente y se sacudió hasta que su marido la soltó. Miró a Denzel. —Vete con tu padre, cielo. Me reuniré pronto con vosotros. No te preocupes —. Tras apretar estrechamente la mano de Denzel con la suya, se soltó y salió corriendo. — ¡Chloe! — Abel siguió a su mujer unos pocos pasos, pero pronto paró. Viendo el dolor en la cara de su padre, a Denzel se le hizo un nudo en la garganta. Quiere ir tras mamá, pero yo soy un lastre. —Vámonos al Sector Cinco, Denzel. — ¡No, tenemos que seguirla! —Mamá estará bien. Ella es la única conciencia que tiene esta familia. Un hombre de alta estatura caminaba entre los límites de los sectores Seis y Siete, llevando tras él una maleta que parecía pesada. Abel le gritó. Al darse cuenta de que le llamaban, corrió apresuradamente hacia ellos. —Señor, ¿todavía está aquí? — dijo el hombre. —Los Turcos ya han empezado el trabajo. Están a punto de colocar los explosivos. Un tipo que 8


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conozco en Ubicaciones ha preparado un vehículo. Denzel sabía un poco acerca de la estructura de organización de la Compañía Shinra gracias a todo lo que había escuchado de su padre desde que era pequeño. Los Turcos eran los que hacían los trabajos sucios. ¿Qué quiere decir? ¿Qué los Turcos han colocado explosivos? ¿Los Turcos son Avalancha? Se quedó allí, intentando encontrarle el sentido a la conversación, pero notó que su padre le miraba, y alzó la vista. — ¿Podrías llevar a este chico al Sector Cinco? — dijo Abel. —No te arrepentirás —, dijo sin dejar de mirar a su hijo. — ¡No! —, gritó Denzel. —Voy a traer a mamá de vuelta. Ahora ve con Arkham. — ¡Déjame ir contigo! —, replicó. — Arkham, ¿cuento contigo? —Por supuesto, señor. —Es en el área residencial del Sector Cinco, la casa número 38. Esta es la llave. Se la dejo a mi hijo. Abel cogió una llavecita del bolsillo interior de su chaqueta y forzó a Denzel a quedársela. —Papá… —He comprado una tele nueva, muy grande. Quédate viéndola mientras nos esperas. Tras despeinar a Denzel fugazmente, le empujó suavemente hacia Arkham y comenzó a correr en dirección al Sector Siete. Denzel perdió el equilibrio, pero 9


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Arkham le sostuvo. —Muy bien, vámonos. Soy Arkham. Trabajo para tu padre. Un placer conocerte. Denzel se revolvió e intentó soltarse, pero Arkham no le dejó. —Comprendo cómo te sientes, pero tengo que cumplir las órdenes de tu padre. Por ahora, iremos al Sector Cinco. Después podrás hacer lo que quieras, ¿vale? *** La nueva casa, ubicada en una fila de residencias adosadas, estaba vacía, excepto por la gran caja de la televisión. Arkham la instaló y conectó todos los cables. Él y Denzel se quedaron viendo juntos las noticias. Mostraba repetidamente las imágenes del atentado al Reactor Mako del Sector Uno. ¿Cuándo se va a ir Arkham?, pensó Denzel. —Tengo hambre. —Vale, iré a buscar algo de comer. Entonces, toda la casa tembló. De alguna parte empezó a sonar un ―¡craaaaaack!‖. Cuando Arkham abrió la puerta, pudieron oír el quejido del metal retorciéndose, que venía de fuera. —Espera aquí —, dijo Arkham, dejando la casa. Cuando Denzel se disponía a seguirle, la televisión anunció algo. —Noticias de última hora. La pantalla mostraba imágenes una ciudad hundiéndose. Le llevó un tiempo darse cuenta de que se trataba del Sector Siete, donde él y su familia habían estado hace escasas horas. Cambiaron la vista, y habló el presentador. 10


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―Están viendo imágenes en directo del actual estado del Sector Siete‖. No había nada. Ya no había Sector Siete. Denzel dejó la casa. Las calles eran un caos. La gente corría por todas partes, gritando que el Sector Cinco sería el siguiente. Denzel serpenteó entre la multitud, y corrió. Oh, vaya si corrió. Llegó sin aliento al Sector Seis. Los soldados estaban colocando unas vallas. Denzel se aproximó a ellas e intento mirar hacia el Sector Siete. No había nada allí, y parecía casi como si realmente hubiese sido así desde siempre. Forzando la vista podía ver el Sector Ocho a lo lejos. Los anclajes que lo unían al Sector Siete estaban al aire. —Ey, ¿quieres hacerte daño o qué? —, le llamó un soldado. — ¿Dónde vives, chico? Denzel apuntó con el dedo hacia el hueco vacío. —Ya veo… qué desgracia —. La voz del soldado parecía querer sonar amable. — ¿Y tus padres? Una vez más, Denzel apuntó hacia el espacio que antes ocupaba el Sector Siete. El soldado dejó escapar un gran suspiro, y dijo: —Esto es cosa de AVALANCHA. No lo olvides. Cuando crezcas, podrás vengarte de ellos —, dijo, como si quisiera animarle. —Ahora vete. El soldado dirigió a Denzel hacia el Sector Seis y le empujó suavemente en la espalda con la mano. El chico caminó con la mente en blanco, sin echar cuenta de las voces de la gente que se lamentaba a su alrededor. Le entraban por un oído y le salían por el otro. ¿Dónde iré ahora? ¡Papá! ¿A esto llamas “ir bien”? ¡Mamá! ¡Bastardos de Avalancha, lo vais a pagar! ¿Dónde estaba Shinra? ¡Papá! Mamá… ¿dónde estáis? La patética voz de un niño era la única que no podía dejar de escuchar. Cuando se dio cuenta de que era su propia voz, no pudo seguir. Rompió a llorar. 11


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*** — ¿Shinra lo hizo? —Sí —, Reeve apartó la mirada de Denzel. Parecía querer evitar mostrar emoción alguna. —Haz lo que quieras conmigo, si me desprecias por ello. Denzel negó con la cabeza. *** Al día siguiente, era domingo. Denzel se despertó en su nueva casa del Sector Cinco. Estaba tumbado sobre un colchón que no estaba allí el día anterior. Alguien había dejado a su lado una nota y un pastel. ―HE IDO A TRABAJAR. ME DEJARÉ CAER DE VEZ EN CUANDO PARA VER CÓMO ESTÁS. POR CIERTO, NO TE VAYAS DEMASIADO LEJOS. TODO EL MUNDO ANDA DE LOS NERVIOS, ASÍ QUE PUEDE SER PELIGROSO. PERO MÁS QUE POR ESO, ES PORQUE CUIDAR DE TI ME RESULTA UNA PATADA EN YASABES-DONDE, Y ADEMÁS, PESAS MUCHO. –ARKHAM. P.D. PEDÍ PRESTADO EL COLCHÓN A LOS VECINOS, ASÍ QUE ASEGÚRATE DE DEVOLVERLO.‖ La televisión mostraba las imágenes del Sector Siete cayendo una y otra vez. Y una y otra vez, Denzel escuchaba las declaraciones de Shinra sobre que Midgar ahora estaba a salvo. Posiblemente sus padres estaban muertos; Shinra podía decir todo lo que quisiera, pero Denzel no se lo iba a tragar. Ahora que todo es tan seguro, ¿todo el mundo va a vivir felices para siempre? ¿Eso me incluye a mí? Denzel quiso morder el pastel. Pero antes de ponérselo en la boca se dio cuenta de que lo había aplastado sin querer, y la crema del centro se había salido. La ira le invadió. Lanzó con todas sus fuerzas el dulce contra la televisión y se fue de la casa. 12


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Todo estaba tranquilo. En el centro de Midgar podía verse el edificio de Shinra. Puede que papá esté vivo. Puede que esté en la oficina, con mamá. En una situación como esta, debe estar demasiado liado para irse. Aquí hay montones de casas de Shinra; quizás alguien conozca a papá. Odio hablar con adultos desconocidos, pero me aguantaré y preguntaré. Primero fue a la casa de la derecha y llamó al timbre. No hubo respuesta. Intentó abrir la puerta. No estaba cerrada, así que se asomó y dijo ―¿Hola?‖ Esperó un rato, pero de nuevo siguió sin recibir respuesta. Al parecer, Arkham había ―cogido prestado‖ el colchón de aquella casa. ¿Acaso se cree que somos ladrones, cogiendo así las cosas sin preguntar? ¿Así tenemos que vivir ahora, robando y haciendo lo que nos dé la gana? La casa de la izquierda. La de enfrente. La que estaba junto a ella. En ninguna había nadie. Fue a echar un vistazo a otras casas más lejanas. La mayoría tenían en la puerta un papel con una dirección de contacto escrita, ya que los inquilinos habían sido temporalmente evacuados. Allí no había un alma. Y no parecía posible que sus padres estuvieran en la oficina. Si hubiesen estado allí, ya habrían venido a buscarme. Incluso aunque a papá le fuera imposible dejar el trabajo, mamá seguro que sí habría venido. Mientras caminaba sin rumbo, perdiendo la esperanza con cada paso, se dio cuenta de que se había perdido. No era capaz de recordar de donde venía ni cómo había llegado hasta allí. Las lágrimas resbalaban por sus mejillas. Pero su tristeza no era nada comparada con el enfado que sentía. Se detuvo y se sentó en el suelo de la calle, pero dio un salto en cuanto notó que se daba contra algo punzante. Era una pequeña maqueta de una de las aeronaves de Shinra. Debe habérsele caído a algún niño. 13


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Denzel lanzó el juguete con todas sus fuerzas hacia la casa más cercana. — ¡Os odio a todos! El sonido de un cristal rompiéndose hizo eco por toda la calle. Se oyó una voz de mujer. — ¡¿Quién está ahí?! ¡¿Quién ha sido?! Antes de que Denzel pudiera reaccionar, una señora mayor salió de la casa que estaba frente a él. En verdad puede que no fuera tan mayor, pero Denzel no tenía ni la más mínima idea cuando se trataba de adivinar la edad de las mujeres. — ¡¿Has sido tú?! —, dijo la señora, mostrándole la maqueta de la nave. Denzel asintió con la cabeza, lo más honestamente que pudo. — ¿Por qué…?—, la mujer se paró a mitad de la pregunta. — ¿Estás llorando? Denzel agitó la cabeza negando, pero no podía esconder sus lágrimas. — ¿Dónde vives? No sabía qué contestar, y se enfadó todavía más, esta vez consigo mismo. Las lágrimas corrían por su cara sin control. —Bueno, ¿por qué no entras en mi casa? El interior de la casa de la señora Ruvie era muy diferente a la de Denzel, muy acogedor. El papel pintado estaba decorado con pequeñas flores, así como las cortinas y el sofá. Las flores que decoraban el salón eran artificiales, pero le daban a la estancia una atmósfera cálida y tranquila. Denzel tomó asiento en el sofá y miró a Ruvie. Se estaba peleando con una bolsa de plástico, intentando tapar el hueco del cristal.

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—Cuando vuelva mi hijo, ya lo arreglará como es debido. De momento se tendrá que quedar así. —Señora Ruvie, lo siento mucho… —Si no fuera por los tiempos que corren, te hubiera agarrado del cuello de la camisa y te hubiera llevado a ver a tus padres para que me oyeran, ¿sabes? —Pero mamá y papá no están… —No me irás a decir que te han dejado aquí y se han ido ¿no? —Estaban en el Sector Siete. Ruvie dejó de pronto lo que estaba haciendo. Se sentó en el sofá y abrazó a Denzel. Una vez se hubo calmado, Ruvie le invitó a que salieran. ―¿Qué tal si buscamos tu casa?‖. Caminaron cogidos de la mano. Denzel había dejado de coger la mano a sus padres desde que cumplió los seis años. Era algo de críos. Pero ahora no quería soltar aquella mano por nada del mundo. Los empleados que quedaban entre los residentes se habían instalado en la sede de Shinra, trabajando a jornada completa para arreglar la situación. A sus familias se les había dado refugio en Junon o en Costa del Sol. Ruvie se había quedado allí porque, como ella explicó, ―vaya a donde vaya voy a estar sola, así que para eso, prefiero seguir en mi propio hogar‖. Al fin, encontraron la casa de Denzel. —Muchas gracias. Y sobre el cristal… lo siento. Ruvie asintió en silencio. Denzel se dirigió a la casa, Ruvie le acompañó hasta la puerta, y se asomó dentro.

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— Ey, ¿qué piensas hacer en una casa vacía? Vuelve a mi casa, ¿qué te parece? Y así es como Denzel se fue a vivir con Ruvie. *** Cuando el Reactor de Mako Número Uno fue destruido, Ruvie sabía que venían tiempos difíciles, así que había comprado grandes cantidades de comida. Había un cobertizo en su patio trasero, lleno de latas de conserva y productos imperecederos. —Como dicen, más vale prevenir que curar. Ruvie tenía muchas cosas que hacer todos los días. Limpiaba el interior de la casa, limpiaba el exterior y sus alrededores, hacía de comer, cosía... Excepto en lo de coser, Denzel le ayudaba en todo. Todas las noches, antes de irse a dormir, Ruvie leía algún libro. Siempre eran libros muy gruesos, que parecían muy difíciles. Cuando Denzel le preguntó si eran una buena lectura, le contestó que en absoluto. Ruvie le dijo que aquellos libros pertenecían a su hijo. Había estado leyéndolos durante cinco años, pensando que quizás así entendería en qué consistía su trabajo. ―Al menos son buenos para dormir‖, rió. Ruvie le prestó a Denzel una enciclopedia de monstruos, diciéndole que la leyera, ya que podía serle útil. Por lo visto, aquel libro también había sido de su hijo; solía leerlo cuando tenía la edad de Denzel. Tenía descripciones e ilustraciones de los monstruos a todo color. En cada página estaba escrito lo mismo. ―Si te encuentras con un monstruo, corre y avisa a un adulto”. Si…si me encontrara un monstruo ahora, ¿de verdad se supone que tengo que decírselo a Ruvie? No parece que sea muy fuerte, ni que pueda pelear. ¿Entonces tendré que ser yo quien me enfrente a él? ¿Soy lo suficientemente fuerte? ¿Podría ganar? 16


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Soy un completo inútil, pensó Denzel. Por eso mis padres se fueron y me dejaron atrás. *** El sol picaba cada vez más y Denzel estaba empapado en sudor. —Maldita sea… que calor —, Reeve gritó en dirección a Johnny. — ¿Podría traernos algo de agua? Denzel cogió un pañuelo de tela para quitarse el sudor. —Que estampado más bonito. Parece de una chica. —Lo es —, dijo Denzel mirando el trozo de tela. *** Una mañana, al levantarse, Ruvie le trajo una camisa. —Póntela. La he hecho para ti, pero me temo que esta es la única tela que he podido encontrar. La camisa era blanca, con un estampado de pequeñas flores rosas. Algo que Denzel normalmente no se hubiera puesto de ninguna manera, pero se cambió enseguida muy contento. —Me ha sobrado tela, así que he hecho esto también. Quédatelos —, dijo Ruvie, acercándole unos pañuelos con el mismo estampado. A juzgar por la cantidad de pañuelos iguales que había, le debió sobrar bastante. Denzel cogió uno y lo dobló con cuidado, metiéndolo en el bolsillo trasero del pantalón.

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—Otra cosa más… —, la sonrisa de Ruvie se borró de su cara. —No sé cómo debo decirte esto… Denzel se preguntaba que iba a decir. Le vinieron a la mente las palabras que menos quería escuchar. Fuera de aquí. Su cuerpo tembló de la angustia ante el pensamiento. —Vamos fuera. Ruvie salió por el patio trasero. Denzel vaciló un poco, pero la siguió. Caminando por la gruesa capa de tierra, fue hasta donde se encontraba Ruvie, de pie. Estaba mirando al cielo. Entonces Denzel miró al cielo también. Había una gran mancha negra. Era un mal presagio. Se supone que el cielo solo puede ser blanco y azul. Cualquier otro color en el cielo de la mañana solo podía significar algo malo. —No sé mucho más que tú. Por lo visto lo llaman Meteorito. Esa cosa va a chocar con el Planeta y acabar con todo—, Ruvie fue hasta el almacén y cogió dos latas de conserva, dándoselas a Denzel. — ¿Cómo se supone que se prevé esto? Aquel día, Ruvie no limpió, ni cosió, ni hizo nada más. Solo se sentó a pensar en el sofá. Si estuvo, eso sí, haciendo muchas llamadas telefónicas una detrás de otra. A quien fuera que llamase, nadie respondía. Debe estar tratando de hablar con su hijo, pensó Denzel, así que él se encargó de limpiar la casa y el exterior. Quería preguntar sobre el impacto del Meteorito. Aunque tenía en mente una pregunta mucho más importante que esa, pero no se sentía capaz de plantearla. A la noche, Ruvie empezó a limpiar, como si hubiera vuelto a la realidad. ―Denzel, lo has hecho todo fatal. ¿Es que no miras cómo lo hago yo cuando limpio?‖ Esa era la Ruvie que conocía. 18


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Aquella noche, los dos se sentaron en el sofá, el uno junto al otro, leyendo los libros de siempre. Con los ojos fijos en su lectura, Ruvie habló. —Denzel. Tengo intención de esperar aquí el fin. Si el planeta va a ser destruido, da lo mismo un lugar que otro. ¿Qué vas a hacer tú? Si quieres ir a alguna parte, no me importa que cojas algo de comida de aquí. Aún eres un niño, pero creo que también tienes derecho a decidir donde estar cuando todo acabe. Denzel pensó con cuidado en lo que dijo Ruvie. Entonces le hizo la pregunta que había estado queriendo hacerle durante todo el día. — ¿Está bien si me quedo aquí? Ruvie alzó la mirada del libro y sonrió a Denzel. Incluso entonces, Ruvie siguió su rutina habitual, pero ya no limpiaba el exterior. Eso era ahora tarea de Denzel. Vio algo que empezaba a construirse en el Edificio Shinra. En tiempo record instalaron un enorme cañón. ―Shinra va a ocuparse del meteorito para salvarnos‖ informó a Ruvie. Ella tan solo negó tristemente con la cabeza. —Esa compañía siempre encuentra la manera de fastidiarlo todo. Al final, el cañón se disparó una sola vez hacia un objetivo desconocido, fuera del alcance de la vista, antes de acabar cayéndose a trozos. Y como si eso no fuera suficiente, el Edificio Shinra fue atacado y destruido. ¿Qué clase de monstruo hay allá fuera?, se preguntó Denzel. No podía imaginarse cómo sería una criatura capaz de destrozar edificios, pero decidió no preguntarle nada a Ruvie. Y arriba, sin cambios, seguía el Meteorito. Puede que en cualquier otro lugar de la ciudad se hubiera desatado el infierno, pero Denzel vivía allí días tranquilos.

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Había veces que no podía ocultar el deseo de volver a ver a sus padres, y lloraba a voz en grito. Pero Ruvie siempre le calmaba con un abrazo. Si el final llega cuando esté durmiendo con Ruvie, pensó¸ no me importa. Pero lo que destruyó la paz de Denzel no fue el Meteorito, sino un voraz torrente blanco. El Planeta liberó a la Corriente Vital, y esta se volvió un magnífico poder capaz de destruir el Meteorito. Pero irónicamente también trajo la destrucción a la humanidad. Ese día, Denzel y Ruvie estaban en la cama, a punto de quedarse dormidos. Fuera escuchaban algo semejante a un viento ensordecedor, solo que aquel sonido era demasiado fuerte como para tratarse del viento. La casa empezó a temblar. El fin había llegado. Espero que sea rápido, pensó Denzel. Pero cuanto más tiempo pasaba, más fuertes se hacían los temblores, y el ruido, en vez de aminorar, se incrementó hasta parecer que un tren estuviera pasando encima de ellos. Ruvie le abrazó. Denzel cerró los ojos y fue todo lo valiente que pudo, pero su límite se quedó en cinco minutos. — ¡Ruvie, tengo miedo! Ella se incorporó, y cuando fue a encender la luz, las cortinas de flores empezaron a brillar, blancas. Parecía como si la casa entera hubiera sido engullida en luz. — ¡Cúbrete con la manta! —, Ruvie dejó el dormitorio. La casa temblaba sin parar, y las flores falsas que decoraban la cómoda cayeron al suelo. Denzel saltó de la cama y fue con Ruvie. La mujer estaba en el salón, frente a la ventana. Era aquella que Denzel había roto, cubierta con la bolsa de plástico. El parche se estaba inflando y

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parecía que se iba a romper de un momento a otro. Ruvie corrió hasta la ventana e intentó sujetarlo con las dos manos. — ¡Denzel! ¡Vuelve al cuarto! Denzel estaba temblando. No podía moverse, se sentía como si tuviera los pies clavados al suelo. Yo fui el que rompió el cristal. Va a pasar algo terrible por mi culpa. Ruvie dejó la ventana y se apresuró a coger a Denzel. Él se agarró a ella mientras le empujaba violentamente de vuelta a la habitación. Justo entonces, el plástico se rompió y un haz de luz deslumbrante entró en la casa. Gritando, Ruvie le metió dentro del cuarto y cerró la puerta. — ¡Ruvie! — Denzel lloraba mientras giraba el picaporte e intentaba abrir. — ¡Denzel, no! — ¡Pero…! — Denzel siguió dándole al picaporte, y empujó. Ruvie estaba de espaldas a él. Extendía los brazos y las piernas obstruyendo la puerta. — ¡CIÉRRALA! Por un hueco que dejaba el cuerpo de Ruvie, Denzel pudo ver un remolino de rayos de luz que se trenzaban, golpeando las paredes y rebotando por todas partes, como una serpiente luminosa. Esa cosa no está en la enciclopedia de monstruos, pensó. Tengo que correr y avisar a un adulto. No… en esta casa yo soy el que tiene que luchar. — ¡Ruvie! — gritó mientras la luz arremetía contra ella. Pudo escuchar un quejido corto. La luz se transformó en un fino hilo luminoso, abriéndose paso por el hueco entre la pared y Ruvie, hasta la habitación.

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Instantes después, Ruvie se desmayó y cayó desmoronada al suelo. Denzel perdió el conocimiento cuando la luz se precipitó hacia él. *** —No tengo idea de cuánto tiempo estuve inconsciente. Cuando me desperté, el interior de la casa estaba hecho un desastre. Ruvie estaba tendida en el suelo. Cuando la llamé abrió un poco los ojos y me dijo que se alegraba de que estuviera bien. Entonces me preguntó si podía cogerme la mano. Se la extendí, y ella la agarró, aunque no tenía fuerzas para apretarla. ―La mano de mi hijo es demasiado grande; ya no la puedo agarrar así‖, dijo. Recuerdo que me alegré de seguir siendo un niño. Entonces me pidió que fuera a ver qué pasaba fuera. Estaba algo preocupado, pero la obedecí. Era de día. A mi alrededor todo estaba hecho un completo desastre, al igual que la casa. Denzel continuó hablando con la cabeza gacha, mientras Reeve cerraba los ojos y escuchaba. *** Estando fuera, Denzel se dio la vuelta para mirar la casa de Ruvie. Pudo ver que todas las ventanas estaban rotas. Las demás casas de la zona estaban igual. Algunas incluso habían perdido el techo, y otras tenían grandes agujeros en las paredes… Daba igual que hubiese roto la ventana o no. Incluso aunque no hubiera roto nada, la casa hubiese acabado destrozada de todas formas. Pero se enfadó consigo mismo por haber tenido ese pensamiento. Ruvie ha pasado un calvario solo para protegerme, y aquí estoy yo, intentando fingir que no he tenido nada que ver. Cuando volvió a la casa, Ruvie parecía dormida. Tenía una expresión muy serena en el rostro. Desconcertado, Denzel la sacudió agarrándola por los hombros.

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—Ruvie. Pero no daba señal de vida. — ¡Ruvie! —, gritó, agitándola más fuerte. Un hilillo de un fluido negro goteó de la comisura de su boca. Viéndolo como una mala señal, Denzel se lo limpió rápidamente. Aquella cosa negra le salía de hasta debajo del pelo. Le dio asco. Denzel salió de la casa atropelladamente, muerto de miedo. — ¡Mamá! ¡Papá! ¡Socorro! —, gritó lo más fuerte que pudo. Luego, continuó gritando los nombres de todas las personas que se le vinieron a la cabeza. Tras ello, no hubo más que llanto. —Ey, no llores —, alguien agarró bruscamente de la cabeza a Denzel con una mano gigante y le levantó la cara. Era un hombre enorme, con un bigote negro como el carbón. Tras él había aparcado un pequeño camión, con unos diez hombres y mujeres sentados detrás. — ¿Qué haces aquí? ¿No escuchaste en la tele lo de refugiarse en los suburbios? Denzel tenía la sensación de que le iba a echar una buena bronca si no le decía la respuesta correcta. —No vemos la tele —, sollozó. — ¡No, mierda, claro que no! ―No lo sabíamos‖, ―pensábamos que estaríamos bien aquí‖… ¡Todos con la misma cantinela! Los que estaban en el camión tenían una expresión avergonzada en la mirada. — Bueno, ¿y tu familia, dónde está? 23


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—Ruvie está dentro. *** —Su nombre era Gaskin. Me ayudó a enterrar a Ruvie en el patio de atrás. La gente del camión ayudó también. La enterramos con los libros de su hijo y con sus cosas de costura. Todos se quedaron fascinados con lo gruesa que era la capa de tierra. Decían que lo normal era dar con la placa enseguida. —Quizás planeaba sembrar un huerto, o algo así. La gente mayor que viene del campo hace esas cosas, ¿sabes? —Yo…yo creo que más bien quería plantar flores —, contestó Denzel al mirar el estampado de flores de su pañuelo. —En su casa había montones de cosas con dibujos de flores y también tenía muchas flores artificiales. Pero supongo que lo que de verdad quería eran flores auténticas. Vivía en Midgar porque su hijo trabajaba en Shinra, pero a pesar de eso ella quiso procurarse un bonito lugar con tierra donde pudiera plantar algunas flores y… perdón, me he salido del tema. Reeve asintió con la cabeza y siguió escuchando. *** El camión que transportaba a Denzel y los otros finalmente paró en la estación de trenes que conducía a los suburbios. Gaskin habló. —Los trenes no funcionan. No hay viso de que los vayan a arreglar. Pero si tenemos suerte, puede que las vías sigan llegando hasta el suelo. Si las seguimos podremos bajar de la placa. — ¿Midgar es peligrosa? —, preguntó uno.

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—Bueno, a saber. De momento, estaremos más tranquilos si pisamos tierra firme, ¿no? —, luego se dirigió a Denzel. —No vayas a resbalarte. Todo el mundo está muy afectado y absorto en sí mismo, así que vas a tener que cuidarte solo. El camión dio media vuelta y se fue. Había mucha gente reunida en la estación. Aquella luz blanca había afectado a toda Midgar. Aquellos que se habían quedado sin hogar o los que tenían miedo de que se cayera la placa querían irse pronto de allí. Pero aún así, había muchos que se mostraban recelosos a caminar por las vías. No había celebraciones por la destrucción del Meteorito; en su lugar, se escuchaban gritos de insatisfechos que se quejaban de la chapucera y tardía operación de evacuación que se había llevado a cabo. Menos mal que papá no está aquí, pensó Denzel. Se abrió paso a través de la muchedumbre del andén y se unió a la marcha de los que iban por las vías. No tenían ni idea de qué les esperaba abajo, pero la única persona que los llevaba hacia delante era Gaskin. Lo normal era seguirle. Entre los raíles y las traviesas ancladas a las vigas de hierro, Denzel pudo ver la superficie de la tierra firme a lo lejos. Estaba tan alto que nadie hubiera podido sobrevivir si se cayera, así que todo el mundo bajaba con cuidado. La vía rodeaba en espiral todo el perímetro de Midgar, haciendo el recorrido largo y agotador, pero Denzel estaba tan concentrado en fijarse donde ponía los pies que no se dio cuenta. De repente llegaron a un punto muerto. Los adultos no se movían. Parecía un atasco de tráfico. Denzel serpenteó hasta el frente de la multitud, y pudo ver a un niño de unos tres años, sentado de forma imprudente en una traviesa, con los pies colgando entre los raíles, hacia el vacío. Si este niño es la causa del atasco, ¿por qué la gente no lo rodea?, pensó Denzel. Alguien habló al niño.

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— ¿Dónde está tu mamá? El niño empezó a llorar de repente, llamando a gritos a su madre e intentando asomarse al hueco entre las planchas de madera. Perdió el equilibrio y pareció a punto de caer, pero Denzel se lanzó sin dudar hacia él y le agarró del brazo. Oyó el clamor de los adultos. — ¡Ey, ese niño está infectado! —, advirtió uno. — ¡No lo toques, te vas a contagiar! Pero Denzel no tenía idea de lo que estaban hablando. — ¡Ey, sal de nuestro camino! —, gritó alguien con rabia. Denzel miró a la gente, queriendo amonestar al que había dicho eso, pero no pudo localizarlo. Sin tener más remedio, cogió al niño por la cintura y lo arrastró hasta una de las planchas de hierro de los laterales, que unían la vía con las vigas. ¿Por qué no le ayuda nadie?, pensó, pero enseguida halló la respuesta. La espalda de ese niño estaba empapada de una sustancia negra. Ahora que la vía estaba despejada, la gente empezó a moverse de nuevo. El niño pequeño siguió llorando, repitiendo las palabras ―duele‖ y ―mamá‖. Denzel recordó que alguien había dicho ―te vas a contagiar‖. Quería llorar. Estaba furioso con aquel niño. Pero de repente se acordó de Ruvie. Recordó la repugnancia que sintió cuando vio aquel líquido negro saliendo de ella, a pesar de lo buena que había sido con él. Recordó cómo se asustó y huyó. Sintió su corazón lleno de culpa. Así que decidió compensarla ayudando a aquel niño. Quería que Ruvie le perdonara. Se agachó y le preguntó al pequeño ―¿dónde te duele?‖ —Detrás, ay… — ¿La espalda? 26


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—Sí. Puso la mano con cuidado sobre la espalda de aquel chico. Cuando le dolía la tripa, su madre le frotaba la barriga y el dolor se le quitaba. También lo hacía cuando se hacía arañazos o moratones. Quizás yo también pueda usar un poco de la magia de mamá. Denzel comenzó a frotar la espalda del niño, intentando ignorar aquella sustancia negra pegajosa. Aunque al principio le dolía mucho, el pequeño pronto se durmió. Por tres horas, incluso puede que más, continuó frotando la espalda de aquel niño, descansando de vez en cuando. La gente continuaba bajando por las vías sin hacerles caso. —Ha muerto, ¿sabes? Alzando la vista, Denzel vio el rostro cansado de una mujer. Llevaba un bebé sujeto firmemente al pecho, y una niña de la edad de Denzel le cogía de la mano. —Lleva una camisa de niña —, dijo esta última. — Qué raro. Venga mamá, ¿podemos irnos? Sin mediar palabra, ―mamá‖ le quitó a su hija una chaqueta azul. Se la ofreció a Denzel y le dijo ―ponla sobre él‖. A la niña, sudorosa, se la vio visiblemente aliviada. Parecía llevar unas tres capas de ropa encima. —Puedes quedártela. Es de mi hermana mayor, así que me queda muy grande —, dijo ella. No se veía a ninguna hermana por ninguna parte. Las fuerzas habían abandonado a Denzel. Miró al niño, que se había dormido acurrucado junto a él. No le oía respirar. La niña cogió la chaqueta de

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las manos de su madre y tapó al pequeño con ella. Su cuerpo quedó totalmente cubierto. —Ahora está con mi hermana —, dijo la niña. —Gracias —, decir aquello le costó un gran esfuerzo. La madre volvió al camino y la niña le siguió. Ambas se cogieron de la mano. Unas manos teñidas de un negro oscuro como el carbón. Mientras Denzel miraba el chocobo que adornaba la mochila de la niña, pensó. ¿Vamos todos a morir supurando esa cosa negra mientras gritamos “duele, duele”? ¿Se va a extender y matar a todo el mundo? *** —Por aquel entonces no sabíamos nada del estigma. La gente que había quedado expuesta a la Corriente Vital secretaba una sustancia negra de sus cuerpos y morían. La gente decía que se contagiaba por contacto. En realidad, se trataba de restos de las células de Jenova mezcladas con la Corriente Vital y que… en fin, ahora ya no importa. Aunque lo hubieran sabido, dudo que las cosas hubieran sido diferentes. —Tienes razón. Especialmente para un niño. Reeve murmuró estar de acuerdo. —Allí arriba, en las vías, pensaba ―desearía ser mayor‖. Quería que hubiera menos cosas que no fuera capaz de entender, por mucho que pensara en ellas. *** Denzel miraba con la mente en blanco a la gente que llegaba a la estación de los suburbios. Uno tras otro descendían de la acrópolis, y seguían bajando más

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y más, sin pararse, como si les fuera la vida en ello. Denzel pensó que tendría que estar haciendo lo mismo, pero no pudo abandonar la esperanza de ver alguna cara familiar, así que se quedó allí, mirando desfilar a la gente. Lo único que pudo sacarle de su limbo fue un hambre atroz. Deambulando por los alrededores de la estación buscando comida, Vio no muy lejos una pila de equipajes amontonados. Más allá había varios hombres cavando un agujero. Una corriente de aire trajo el hedor de la carne en putrefacción. Un hombre llegó cargando al hombro el cuerpo de una mujer joven y la depositó con delicadeza en el agujero. Era una tumba improvisada. Justo cuando Denzel iba a salir corriendo muerto de miedo, encontró en el montón de equipajes una mochila que le resultaba familiar. Tenía el dibujo de un chocobo. No pudo resistirse a cogerla y mirar dentro. Había galletas y chocolatinas. Denzel pensó en la chica a la que había pertenecido aquella bolsa. Ya no está entre nosotros. —Comételo —, era Gaskin. Denzel tuvo la sensación de que le había estado siguiendo todo el tiempo. — ¿Te preocupa coger la enfermedad? Solo es un rumor. A lo mejor luego resulta ser cierto. ¿Pero de momento? Habladurías. Además, si no comes, vas a morirte igual. Si vas a morir de todas formas, ¿no prefieres hacerlo con la barriga llena? —, dijo. Metió la mano en la mochila, cogió una galleta y se la comió. — ¡Mmm! Aún se pueden comer. Si las dejas se van a poner malas. No comérselas sería un desperdicio. Denzel comió una galleta. Estaba tan buena que se sintió mejor. Miró a la mochila de la niña y dijo ―gracias‖. Gaskin acarició el pelo de Denzel tan fuerte, que le despeinó. Lo hace igual que papá, pensó Denzel. Aunque sean diferentes tipos de persona.

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Casi un año después, Denzel aún vivía por allí. Su primer trabajo consistió en buscar comida entre los equipajes. También hizo algunos amigos. Todos eran niños que habían perdido a sus padres. Gaskin también se agenció algunos nuevos compañeros. ―Garrulos-cortos-de-mente que solo eran felices usando la fuerza bruta‖, como él los llamaba cariñosamente. Fueron el primer grupo que se dedicó a enterrar cadáveres. Denzel a veces se sorprendía a sí mismo sonriendo. Pensó incluso que podría volver a ser el mismo de siempre. Sin embargo, un par de semanas más tarde, la cantidad de gente refugiada que venía de Midgar fue decreciendo, por lo que cada vez menos personas pasaban por allí. Ya no moría nadie, y su misión acabó. Denzel pasó varias noches en vela, preocupado por el futuro. Un día, un hombre solitario apareció deambulando por ahí fuera, como si estuviera buscando algo. Al final se acercó a Denzel y su grupo de amigos. —Necesito tuberías de hierro. Cuantas más, mejor. Denzel y los demás niños fueron a buscar tuberías. Encontraron montones en las ruinas del Sector Siete. El hombre les dio las gracias y se fue. Desde entonces, volvió varias veces más. La tercera vez vino además con algunos compañeros que también pidieron cosas. Por lo visto, el destino de lo que encontraban era una nueva ciudad que se estaba construyendo en el lado este de Midgar. Los niños aceptaban conseguirles lo que necesitaran a cambio de comida. Denzel y sus amigos pronto se hicieron llamar los ―Triple S‖ (Socavadores del Sector Siete). Nunca les faltaba trabajo. Estaban orgullosos de sí mismos por vivir y trabajar como los adultos, y cada día era una nueva diversión. Algunas noches se acordaban de sus padres y lloraban, pero siempre se animaban los unos a los otros, como amigos que eran. Empezaron a usar la frase ―todos en el mismo barco‖. Sin embargo, no sabían que la poderosa fuerza del destino no les ataba tan estrechamente como creían. 30


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Una mañana, Gaskin convocó a sus amigos, tanto los adultos como los niños de los Triple S. Sugirió que fueran a la nueva ciudad con el fin de colaborar allí en su construcción. Justo cuando parecía que todo el mundo estaba de acuerdo – más bien diciendo ―hagamos lo que diga Gaskin‖ – uno de los niños hizo una pregunta. Aquel niño había estado observando como Gaskin se frotaba el pecho todo el rato mientras hablaba. —Señor Gaskin, ¿se encuentra mal? —Un poquillo —, cuando se desabrochó los botones de la camisa, su camiseta interior estaba teñida de negro. *** —Un mes después, Gaskin murió. Le enterramos entre todos en un lugar especial. ¿Siempre mueren los mejores, verdad? Reeve asintió levemente en respuesta. Denzel le dio un sorbo a su café. Odiaba aquella bebida –era muy amarga– pero quería aprender rápido a cogerle el gusto, como hacían los adultos. *** Todos los mayores se fueron, y aquel lugar solo se quedaron unos veinte niños de los Triple S. Sabían que la nueva ciudad había sido llamada Edge, y que su construcción iba viento en popa. También les hablaron sobre los refugios para los huérfanos que había allí. Pero ellos ya podían contribuir a construir la ciudad desde donde estaban, y les gustaba vivir sin depender de los adultos. No tenían ninguna razón para irse de allí. Tampoco querían que los trataran como a pobres huerfanitos necesitados de protección. Pero aquello no evitó que la ciudad empezara a crecer a mayor escala. Todo el trabajo empezó a concentrarse alrededor de la maquinaria pesada transportada desde otras ciudades. En el 31


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tiempo que Denzel y su grupo tardaban en cargar una sola viga, una de aquellas gigantescas grúas podía elevar y mover una casa entera. Así que los miembros de los Triple S se tragaron su orgullo y empezaron a dejar el grupo de uno en uno o de dos en dos. Una noche, Denzel contó a sus compañeros y descubrió que ya solo quedaban seis. Todos estaban hambrientos. Entonces la última niña que quedaba en el equipo anunció que se iba a Edge. *** Denzel dejó escapar una risita. — ¿Qué pasa? — Reeve le miraba sorprendido. —Odiaba a esa niña, porque los chicos no paraban de quejarse todo el rato de que una chica no haría más que estorbarnos y esas cosas, pero al final, todos se peleaban por estar en el grupo en el que ella decidía ir. Y además, cuando éramos ya menos de diez, trabajar con ella era una patada en el trasero. Reeve también se rió. —Pero ahora me doy cuenta. Aquello significaba que había vuelto al punto en el que… vamos, no lo sé… podía preocuparme y enfadarme otra vez por tonterías como esa. —Suena como si tuvieras que darle algún día las gracias. —Me temo que ya es tarde para ella. *** Al día siguiente, se despertaron y se dieron cuenta de que lo único que quedaba del Triple S eran Denzel y un chico llamado Rix. —Lo vamos a pasar fatal para clasificar los tornillos y las bombillas —, dijo Denzel entre risas. 32


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—Piensa en el destrozo que haríamos —, contestó Rix, siguiéndole la broma. —Iré a comprar algo para el desayuno. Veré también si puedo encontrar algo de trabajo. —Vale, espera —, Rix fue hacia la caja donde guardaban el dinero y abrió la tapa. — ¡Ey! ¡Denzel, estamos arruinados! Las pocas monedas que había en la caja no llegaban ni para una rebanada de pan. Los dos se sentaron en silencio un rato. Rix fue el primero en abrir la boca. —Tendremos que irnos a Edge. Allí dan comida gratis. —Así que nos rendimos. —Sí, así es. Estoy muerto de hambre. Entonces, de la nada, a Denzel le vino a la cabeza algo que su padre le dijo hace tiempo. — ¿Quieres que vayamos a cazar algunas ratas para comer? — ¿Ratas? —Sí. Escuché que en los suburbios la gente era tan pobre que no podían comer otra cosa que no fueran ratas. Ratas grises y asquerosas. Esto son los suburbios, nosotros somos pobres… — ¿Hablas en serio? —Sí. Voy a comerme una rata. Seré un auténtico niño de los suburbios.

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Rix se levantó lentamente y se sacudió la tierra de su camiseta y sus pantalones. Denzel también se levantó y miró a su alrededor, buscando. —Necesitaremos una lanza. —Pues búscala tú solo si quieres. Yo he sido un niño de los suburbios desde que nací. Denzel cayó en la cuenta de su error, e intentó enmendar las cosas como pudo. —No lo sabía. — ¿Y qué? ¿Hubieras rechazado ser mi amigo si lo hubieras sabido? — ¡Claro que no! —Qué más da, eres igual que todos los demás niños mimados de la placa. —Rix… —Que lo sepas. Las ratas de aquí están llenas de gérmenes y enfermedades repugnantes, gracias al agua contaminada que vosotros nos tirabais desde arriba. A ver si encuentras a uno solo que se coma esa porquería —, espetó Rix mientras se iba. *** Denzel suspiró. —No le seguí. No pensé que fuera a perdonarme nunca. — ¿Por qué no? —Porque tenía razón. Seguía siendo un niño de la placa. Me sentía cómodo en la estación y en las ruinas del Sector Siete, al fin y al cabo había 34


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vivido allí toda mi vida. Pero nunca me planteé la posibilidad de ir a los suburbios del resto de sectores. Creo que por eso tampoco quería ir a Edge, porque pensaba que era como un suburbio. Pobre y sucio. — ¿Y Rix? —Él está bien. Aunque sigue sin dirigirme la palabra. —Bueno, me alegro de que al menos sigas teniendo la oportunidad de arreglar las cosas. *** Denzel encontró un palo y lo afiló hasta darle punta. Lanza en mano, fue a la caza de una rata. Tenía intención de atravesarla y comérsela. Papá. La gente de los suburbios no come ratas. Pero yo lo haré. No tengo ni dinero, ni un trabajo… esto es peor que los suburbios. Soy un niño de la placa del Sector Siete. No hay lugar para mí en un sitio como este. Lentamente, la soledad fue robándole a Denzel las ganas de vivir. En realidad, su situación no era peor que cuando se hundió el Sector Siete, pero lo empeoraba la sensación de que en el futuro ya no le esperaba nadie más. Nadie mejor que sus padres, Arkham, Ruvie, Gaskin, los Triple S, y todas las demás personas en las que se había apoyado hasta ahora. En su interior sintió que ya nunca más podría volver a reír. La vida no tiene sentido sin reír. Tenías razón, mamá. Una rata llena de gérmenes puede que me ayude a resolver ese problema. *** — ¡Woah, woah, woah! ¡Quieto ahí!—, gritó Johnny, que seguía el relato de cerca.

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—Solo estoy contando qué era lo que se me pasaba por la cabeza en ese momento. Pero estaba equivocado. Por eso es por lo que sigo vivo. —Bueno, sí… —Ya que lo mejor aun estaba por llegar. —Ajá, justo cuando peor iban las cosas. *** No había ratas por ninguna parte. Denzel fue deambulando sin rumbo, buscando en vano, hasta que finalmente llegó a los suburbios del Sector Cinco. Se topó con una iglesia casi en ruinas, deshaciéndose poco a poco. Frente a ella había aparcada una motocicleta. Tenía una forma que nunca había visto antes. Pero más que el modelo del vehículo, lo que le llamó la atención fue el teléfono móvil que colgaba del manillar. Una sonrisa apareció en la cara de Denzel. Solo lo cogeré prestado un segundo. Se acercó a la moto y echó mano del móvil. Mientras marcaba el número de su casa, se imaginaba un teléfono sonando en mitad de los escombros. —Todas las líneas del Sector Siete se encuentran temporalmente fuera de servicio. Denzel había buscado a sus padres mientras trabajaba con los Triple S, pero nunca los llego a ver. Deben estar enterrados bajo algún pedrusco enorme, pensó. No volvió a creer que hubiera nadie vivo por allí. —Todas las líneas del Sector Siete se encuentran temporalmente fuera de servicio. Denzel alzó la vista hacia arriba, con el teléfono todavía en la oreja. Vio la parte de abajo de la placa del Sector Cinco. Cayó en la cuenta de que, en alguna parte, allí arriba, estaba el lugar donde yacía Ruvie. Estoy bajo una tumba. Por 36


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eso esto es tan solitario. —Todas las líneas del Sector Siete se encuentran temporalmente fuera de servicio. Colgó. Tuvo ganas de estampar el móvil contra el suelo, pero se contuvo. Solo una vez más. Intentó recordar el número de Ruvie, pero nunca se lo llegó a aprender. Denzel miró entonces el registro de llamadas recibidas. Decidió intentarlo con el primer número que salía en la lista. Dio señal. Otra persona contestó al otro lado. —Cloud, vaya sorpresa. Tú nunca llamas. ¿Algo va mal? Denzel escuchó aquella voz de mujer, sin decir una palabra. — ¿Cloud? —, preguntó la voz, cautelosa. —…No. — ¿Quién eres entonces? ¿Este es el teléfono de Cloud, no? —No lo sé. — ¿Quién eres tú? —No lo sé. No lo sé… ¿Qué se supone que debo hacer? —, su voz empezó a sonar temblorosa y entrecortada. —… ¿estás llorando? Le pareció sentir sus lágrimas. Cuando cerró los ojos y quiso limpiárselas, una aguda punzada golpeó su frente. El dolor hizo que las piernas le flaquearan, el sufrimiento se apoderó de su cuerpo e hizo que dejara caer el móvil. Se agarró la frente y se encorvó. Sintió algo pegajoso que le resbalaba entre los dedos. ¡No,

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todavía no quiero morir! Quiso gritar, pero aquel suplicio no le dejó. Lo único que pudo hacer fue suplicar en silencio. Que no sea negro. Que no sea negro. Luchó contra aquel dolor palpitante y abrió los ojos. Su mano estaba completamente negra. *** —Después de eso ya no recuerdo nada más. Cuando me desperté estaba en una cama. Tifa y Marlene cuidaban de mi. El resto… ya lo sabe, ¿no? —Ajá. —Le debo la vida a muchas personas distintas. A mis padres, a Ruvie, a Gaskin, a mis amigos del Triple S. A los vivos, a los muertos. Tifa, Cloud, Marlene. Incluso… Reeve asintió como si ya lo supiera. —Quiero ser para alguien lo que ellos fueron para mí. Ahora quiero ser yo quien los proteja. Reeve estaba en silencio. —Por favor, señor, déjeme unirme —, pidió Denzel, inclinándose hacia delante. — ¡No! ¡N-O! ¡O sea, NO! —, gritó Johnny. — ¿Qué tal si te callas? — ¡Pero si sigues siendo un crío! — ¿Y a ti que te importa? —En efecto —, interrumpió Reeve. —La W.R.O. ya no acepta niños en 38


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sus filas. — ¿Ves? ¡Te lo dije! — ¿Entonces por qué no me lo ha dicho desde el principio? —, contestó Denzel, huraño. —Bueno, es que acabo de decidirlo, mientras escuchaba tu historia. Los niños hacen una cosa que solo ellos son capaces de llevar a cabo. Quiero que tú también lo hagas. —¿… Y qué es? —Darnos fuerza a los adultos. Denzel esperó a que continuara. Pero Reeve se levantó, dejando claro que la conversación había acabado. —Oh, solo una cosa más… Denzel miró a Reeve con expectación. —Gracias por cuidar de mi madre. Reeve cogió del bolsillo trasero de su pantalón un pañuelo, y lo agitó. Tenía estampadas montones de pequeñas florecitas. Johnny empezó a limpiar la mesa, después de que Reeve se fuera. Denzel estaba mirando su pañuelo, que había extendido sobre ella. —Ey —, Johnny dejó de limpiar. —Si lo que quieres es luchar, puedes hacerlo cuando quieras. No necesitas estar en la W.R.O. ¿Por qué es tan importante para ti? —Cloud…

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— ¿Qué pasa con él? —Él estuvo en el ejército hace tiempo, y eso le hizo fuerte. Yo también quiero llegar a serlo. —Los tiempos… cambian, supongo. — ¿Cómo? —Bueno, a ver. Digamos que, hoy día, el que se lleva a las chicas de calle no es el que va por ahí agitando una espada, sino el que sabe como aliviar el dolor de los demás. —Yo no voy detrás de las chicas —, respondió Denzel con chulería. Pero luego pensó en todas las caricias que había recibido en la cabeza, todas las palmaditas en la espalda, dándole ánimos cada vez. Hombres y mujeres, adultos y niños, a los que ahora recordaba, y cuyas manos sentía ahora llenas de fuerza.

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LA CORRIENTE VITAL NEGRA - 1

Él podía sentir la Corriente Vital intentando corroer su espíritu… Los recuerdos de sus primeras experiencias, pensamientos y emociones. Si permitía que el flujo le atrapara, el ser que había sido una vez pronto se disolvería y desaparecería entre la energía que circulaba alrededor del Planeta. Pero Él no quería aceptarlo. El Planeta iba a ser suyo, y para disolverse en él haría falta mucho más que una derrota. Sintió una gran alteración en la Corriente Vital. La señal de un nuevo fracaso. Cuando la Corriente Vital salió a la superficie del Planeta, Él pensó que no había duda alguna de la victoria de Cloud. Cloud fue aquel que le envió dos veces a la Corriente Vital. Él sabía que si basaba la existencia de su espíritu en un recuerdo, podría mantenerse como una entidad separada, independiente del flujo de la Corriente. Cloud. Él decidió convertirle en ese recuerdo. Y quería que Cloud lo supiera. Sigo pensando en ti. Y te mostraré la prueba de ello.

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Episodio de Tifa

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ON THE WAY TO A SMILE EPISODIO DE TIFA

H

abiéndose ido ya todos los clientes, Tifa estaba lavando los platos en la cocina de su establecimiento, El Séptimo Cielo. En el bar tan solo permanecían encendidas unas pocas luces tenues, cuya tristeza

contagiaban a Tifa en su soledad. Hace pocos días habría hecho aquella tarea sin esfuerzo, mientras contemplaba a su familia. Pero ahora el agua estaba más fría que de costumbre, y los platos parecían no acabarse nunca. Tifa encendió todas las luces con la esperanza de que eso le levantara el ánimo, pero el inestable sistema eléctrico solo le regaló un instante de intenso brillo, para luego volver a su resplandor mortecino. Se sintió peor que nunca. ¿Estoy completamente sola en esta casa? Se sentía tan aislada que gritó el nombre de su hija. — ¡Marlene! En un momento, escuchó unos pasos cautelosos que venían de la habitación de los niños, situada detrás del bar. La cara de Marlene hizo su aparición en la puerta.

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ON THE WAY TO A SMILE EPISODIO DE TIFA

— ¡Shhh! —, Marlene puso su dedo índice sobre los labios y bajó los hombros en un gesto de reproche. Aliviada, Tifa se disculpó enseguida. —Denzel por fin se ha dormido —, informó la pequeña. — ¿Le dolía? —Sí. —Deberías haberme llamado. —Denzel no quiso. — ¿Él… no quiso?— El empeño de los niños en intentar no ser una carga para ella le devolvió la sensación de culpabilidad. —Bueno, ¿qué pasa? —Oh… mmm…. Solo…. — Tifa escondió sus sentimientos lo mejor que pudo, buscando una respuesta evasiva. La mirada de Marlene se paseó por el bar vacío, para luego volver a Tifa. —Te sentías sola —, a esta niña no se le escapa ni una. —No te preocupes, no voy a irme a ninguna parte. —Lo sé. Gracias. Vete a la cama tu también, Marlene. — ¡Es lo que intentaba hacer! —Perdona. Mi hija. Así es como Tifa presentaba a Marlene. Los padres de la niña habían muerto, y Barret, el mejor amigo del padre, la crió en su lugar. Tifa la conoció a la vez que le conoció a él, es decir, la niña había pasado media vida a su lado. Cuando Barret decidió irse para ―expiar sus pecados‖, era natural que Tifa fuera la que cuidara de ella. 44


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Dejó los platos y fue detrás de Marlene. En la habitación de los niños había dos camas, bien puestas una junto a la otra. En una de ellas estaba dormido Denzel. Dolía verle el estigma en la frente a aquel niño de ocho años. Su enfermedad ni se curaba ni se dejaba de curar, y en el transcurso de ella Denzel sufría. Tifa usó una gasa para limpiarle el pus que salía de la herida de su frente; el chico hizo una mueca, pero no se despertó. Marlene estaba mirando, pero ahora desde debajo de las mantas de su cama. Llamó a Tifa. —Te sientes sola, ¿a que sí? Aunque estemos aquí contigo. —Lo siento —, contestó Tifa honestamente. —No te preocupes. A nosotros nos pasa igual. —Mmm… —Me pregunto dónde está Cloud… Tifa negó con la cabeza. No lo sé. Cloud estaba por ahí, en Midgar. Al principio, ella se había puesto en lo peor. ¿Habrá tenido un accidente trabajando? ¿Le habrán emboscado los monstruos? Pronto supo que Cloud seguía con su trabajo. Había escuchado a algunos que le seguían viendo aquí y allá. Tan solo se había ido de casa, eso era todo. Tifa no pudo seguir aparentando más que todo iba bien delante de los niños, así que tras un tiempo incluso Denzel y Marlene se dieron cuenta de la situación. — ¿Por qué se ha ido? Como si yo lo supiera. Quizás tenga problemas. Pero Tifa recordó la ultima sonrisa que le dirigió, tan llena de calidez, como si dijera que todo iba a salir bien. ¿O es que malinterpreté el mensaje que quiso enviarme?

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*** Aquel día; el día decisivo. La Corriente Vital salió de la tierra y se unió sobre Midgar para eliminar a aquel Meteorito que descendía del cosmos. Tifa había visto aquel espectáculo con sus amigos, desde una aeronave que volaba sobre la gran ciudad de Mako. Ojalá acabe con todo. Mi pasado. Nuestro pasado. ¿Y, por qué no? Conmigo también. En contraste con la calma que vino tras la batalla final, sintió una vaga sensación de terror precipitándose hacia ella. ¿Está bien que siga viviendo? Si cualquier otro le hubiera hecho esa pregunta a Tifa, ella le hubiera contestado sin duda alguna ―tienes que vivir‖. Pero cuando se la hacía a sí misma, no se juzgaba así de rápido. La Compañía Eléctrica Shinra desarrolló la energía Mako, y el mundo prosperó gracias a ella. Los pueblos se bañaban en la luz eléctrica… pero al mismo tiempo, se alargaba una sombra, que se hacía cada vez más oscura. El grupo anti-Shinra Avalancha trabajó para llamar la atención del mundo sobre esa oscuridad. ―El Mako se hace chupando la Corriente Vital que fluye por el Planeta‖. ―La energía Mako llevará al Planeta a la ruina‖. Pero sus esfuerzos eran en vano. El mundo no cambiaba. Ahora que todos conocían las bondades del Mako, hacer que lo abandonaran era algo muy difícil. Avalancha, con la esperanza de hacerles cambiar de opinión, recurrieron a medidas más extremas. Midgar, la ciudad de Mako, era el hogar de mucha gente. Avalancha destruyó uno de los reactores que proporcionaban la energía que necesitaban para vivir. Un error en la elaboración de la bomba causó más destrucción de la que imaginaban, tanto al propio reactor como a sus alrededores.

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Para Shinra, aquel incidente fue la gota que colmó el vaso. Desde aquel momento la compañía se centró en aniquilar a Avalancha. Pero lo que hizo para liquidar a tan solo un puñado de insurgentes fue una atrocidad. Destruyeron por completo el Sector de Midgar donde se encontraba su escondrijo, con sus habitantes y todo. En consecuencia, se perdieron incontables vidas, ya fuera directa o indirectamente, a causa de Avalancha. Y Tifa era miembro. Ella consideraba que eran inevitables algunos pequeños sacrificios en pos de alcanzar una meta mayor. Reprimía cualquier remordimiento que pudiera sentir con el autoconvencimiento de saber que ellos mismos arriesgaban su propia vida. Tragados por los vertiginosos acontecimientos de su alrededor, Tifa y los otros no podían darse el lujo de pensar. Aunque su primer enemigo era Shinra, con el tiempo apareció uno nuevo. Se trataba de aquel soldado prodigio del pasado llamado Sephiroth. Tifa se embarcó en un viaje junto a su amigo de la infancia Cloud, Barret, superviviente de Avalancha, Aeris, a quien conocieron en su huida, y Red XIII. Muchos más se unieron, Cid, Cait Sith, Yuffie, Vincent… cada uno con sus propias razones. Surgieron nuevas amistades, y como si fuera un pago por ello, Aeris perdió la vida. Pero el viaje no había acabado aún. No fue hasta que Tifa sintió que la batalla había terminado de alguna forma, ya fuera en victoria o derrota, que pudo por fin echar la vista atrás y pensar en todos los acontecimientos por los que había pasado. Todo empezó cuando no era más que una adolescente. Había algunos problemas en el reactor de Mako construido en su ciudad natal, Nibelheim, problemas que amenazaban la seguridad del pueblo. Entonces llegó Sephiroth, el cual había sido enviado por Shinra para arreglarlo, y en lugar de ello, se volvió loco, destruyó el pueblo y mató a su padre. El odió que sintió por Shinra y por Sephiroth era tan profundo que hasta le 47


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dolía. Entonces se unió a Avalancha. Sí. Ahí empezaron mis rencores. Los eslóganes anti-Mako y anti-Shinra que adoptaba Avalancha eran la excusa perfecta para enmascarar sus verdaderas motivaciones. Pero eran demasiadas vidas perdidas, por mucho que esas vidas fueran contra el planeta que tanto intentaban salvar. Y era peor si todo aquello era solo por la venganza personal de una sola chica… La culpa ahondó profunda en su corazón. ¿Podré vivir con estos sentimientos? Mientras miraba las ruinas de Midgar, Tifa empezó a sentir miedo del futuro. Pero a su lado, Cloud observaba el mismo paisaje, y sonreía con tranquilidad. A lo largo de sus viajes, ella no le había visto nunca una sonrisa como aquella. Cloud notó que Tifa le miraba. — ¿Qué? —Cloud, estabas sonriendo. — ¿Ah sí? —Sí. —Aquí es donde empieza. Mi nueva…— Cloud hizo una pausa para buscar las palabras. —Mi nueva vida —, concluyó. —Voy a vivir. Nunca seré perdonado si no lo hago. Han… han pasado muchas cosas. —Sí, es verdad. —Pero estaba pensando que es tan gracioso, considerando todas las veces que he creído que empezaba ―mi nueva vida‖. — ¿El qué es gracioso? —Que siempre acababa fastidiándola.

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—Pues no le veo la gracia. —Esta vez… creo que todo irá bien. Cloud se quedó en silencio un largo rato hasta que volvió a hablar. —Porque te tengo a ti. —Siempre me has tenido. —Quiero decir de ahora en adelante —, contestó Cloud con otra sonrisa. *** Tifa fue a ver a Aeris con sus amigos. Aeris, destinada a yacer para siempre en el fondo de aquel estanque de la Capital Olvidada. Tifa le dijo que el mundo por el que había dado la vida ahora estaba bien. ¿Y tú? ¿Tú estás bien? Tifa pudo escuchar esa voz en su cabeza, pero no pudo decir si era la de Aeris o la suya propia. Tifa empezó a llorar. No hubo tiempo para funerales cuando Aeris perdió la vida a manos de Sephiroth, así que Tifa convirtió toda su pena de aquel momento en rabia y odio hacia sus enemigos. Pero ahora, en su segunda visita a aquel lugar, la tristeza que sentía se acompañaba de un dolor que le desgarraba el corazón. Mientras combatía aquel pesar, pensó: Cuando estaba en Avalancha hice sentir esto a mucha gente. Y lloró mucho más fuerte. — ¡Lo siento! ¡Lo siento mucho! Notó como la mano de Cloud se agarraba a su hombro. Se aferraba firme, como si intentara sujetarla para impedir que se derrumbara. Lloraré ahora todo lo que tenga que llorar. Entonces ya podré apoyarme en este hombro.

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Porque no tengo ni idea de qué hacer por mí misma. *** El viaje en el que se embarcaron ella y sus amigos fue duro, pero su separación fue simple. Vincent se fue bruscamente, como un desconocido en un tren que hubiese llegado a su parada. Yuffie protestó, diciendo que ―los amigos no deberían dejar las cosas así‖. Fue Barret quien dijo ―siempre podremos vernos los unos a los otros, ¿para qué hemos sobrevivido si no?‖. O tal vez fue Cid. Tifa, Cloud y Barret se despidieron de sus amigos con la promesa de que volverían a verse de nuevo, y se fueron a Corel, la ciudad natal de Barret. Para él, todo había empezado en el trágico accidente del reactor de Mako que se construía en el pueblo. Barret echó un vistazo a la ciudad en silencio. —No debí venir. Tiene que vivir con sus propios remordimientos. También fueron a Nibelheim, el que fue hogar de Cloud y Tifa. Ella no se sintió como si volviera a casa. Más bien, todo lo que vino a la mente fue una viva imagen del incidente que tuvo lugar allí. —Venir aquí ha sido mala idea —, dijo Cloud. —Me siento como si me arrastraran al pasado. Sus palabras hablaron por ella. Entonces partieron hacia Kalm. La madre adoptiva de Aeris, Elmyra, se encontraba allí, esperando con Marlene, a quien habían dejado a su cargo. Ambas vivían con unos parientes de Elmyra, que poseían una casa allí. Barret y Marlene se emocionaron al volverse al ver.

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Tan delicadamente como pudo, Cloud comunicó a Elmyra el destino de Aeris. No sabían cómo se lo iba a tomar, pero los tres se disculparon formalmente por no haber sido capaces de salvar a su hija. —Hicisteis lo que pudisteis, ¿verdad? No tenéis por qué disculparos —, dijo Elmyra. Tifa y los demás no supieron que contestar. ¿De verdad hicimos todo lo que pudimos? Kalm estaba llena de damnificados de Midgar. Las casas se habían convertido en refugios improvisados. A pesar de que los habitantes de la ciudad podrían haber pedido dinero a cambio de sus servicios, no lo hicieron. Incluso la posada ofrecía habitaciones gratis a los afectados. La gente está trabajando unida, invirtiendo su esfuerzo en reconstruir el mundo, pensó Tifa. —Venga, vámonos a casa —, dijo Cloud. — ¿A qué casa? —, contestó Barret. —A nuestra realidad interrumpida. — ¿De qué narices hablas? —A nuestra vida normal. — ¿Y dónde vamos a encontrar eso? —Lo haremos —, Cloud miró a Tifa mientras hablaba. — ¿Verdad? — ¡Síiii! —, gorjeó Marlene con su vocecita. Tifa también asintió, pero al igual que Barret, se preguntaba donde podría hallar esa vida normal. Los cuatro fueron a Midgar. La ciudad había empezado a resurgir un poco de sus cenizas, tras el caos que había seguido a la destrucción del Meteorito. La

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gente trabajaba con vistas hacia su futuro… mejor dicho, hacia el día siguiente. Este panorama parecía acusar a Tifa de algo. ―Ojalá acabe con todo‖, había dicho mientras veía Midgar desde el cielo. Pero allí abajo, había personas, personas que tenían una vida. Nunca jamás me perdonaré por haber sido tan egoísta, pensó. Confesó a Cloud y a Barret aquel deseo que hizo mientras estaba en la aeronave. Y ambos hombres comprendieron sus sentimientos, pero también la pusieron en su sitio. ―No importa donde estés ni qué hagas, la culpa siempre te perseguirá. ¿Sabías eso?‖ dijo Barret. Tenemos que seguir viviendo. Seguir viviendo y expiar nuestros pecados el resto de nuestras vidas. Es la única senda que podemos seguir. Cuando estuvieron solos, Cloud comentó algo a Tifa. —No es propio de ti derrumbarse así. —Pues… ahora ya sabes… cómo soy. —No. Tú eres optimista, y fuerte. Y si alguna vez se te olvida, yo haré que lo recuerdes. —Oh, ¿lo harás? —Sí, probablemente —, añadió Cloud, ruborizándose. *** Al principio se informaron sobre cómo estaba Midgar y sus alrededores. Los recursos escaseaban, pero el mayor problema era que nadie sabía una palabra sobre donde podía obtenerse qué. Los tres se separaron y fueron diciendo lo que sabían a la gente que lo necesitaba. Prestaron su fuerza a los que no podían moverse por sí mismos. Y por la noche dormían bajo la placa, la cual, según los rumores, podía venirse abajo en cualquier momento.

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Un día, Barret trajo consigo una botella de vino (que por lo visto luego resultó ser un exclusivo gran reserva de Corel), junto a un calentador y un montón de frutas de distintos tipos, que había recibido como agradecimiento por ayudar a desmantelar una casa. —Tomad un trago de esto —, dijo con una sonrisita pícara. Con su mano buena y mucha habilidad, Barret había preparado algo parecido a una sangría. Tifa y Cloud bebieron un sorbito para probar, pero Barret prácticamente se ahogó en aquella bebida, y alegremente se puso a contar recuerdos de tiempos más felices. Como una vez que estaba tan borracho que acabó cayéndose al fondo de un pozo, o cuando fue a pedirle matrimonio a su mujer, demasiado nervioso para recordar siquiera como había llegado al lugar donde lo hizo. Tifa y Cloud se reían a carcajadas, de una forma que no habían hecho en años. Al día siguiente, Barret habló con semblante serio. — ¿Por qué no construimos un bar donde vender esta cosa? — ¿Tú y yo? —, respondió Cloud, sorprendido. — ¡Idiota! ¿Y qué sabemos nosotros de tratar con clientes? ¡Tifa lo hará! — ¿Yo? —Tú eres la profesional, ¿no? El primer escondrijo de Avalancha había sido un bar llamado El Séptimo Cielo. El dinero que generaba se destinaba a la manutención de los miembros y a sus ―trabajos‖. Tifa era su camarera y propietaria. —Tal como lo veo, la gente de Midgar se divide en dos grupos —, continuó Barret. —Los calzonazos que no pueden aceptar lo que le ha pasado a su querida ciudad, y los que se mueven y se buscan la vida. Y, ey, entiendo cómo se sienten ambos. Todos tienen sus propios problemas, solo se diferencian en el 53


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modo en que los afrontan, ¿no? Pues yo digo ¡que el vino les aleje de sus marrones! — ¿Por qué el vino? —Y yo que sé. Pero ayer nos lo bebimos y nos reímos. Nos olvidamos de todo, ¿os acordáis? Solo por un rato. —Sí… tienes razón. — ¡Joder que sí! La gente necesita esos momentos. ¿Eh, Tifa? ¿Qué me dices? Tifa no sabía que contestar tan de repente. Sabía a qué se refería Barret, pero abrir un bar le llevaba demasiado a rememorar sus tiempos de Avalancha. Cloud habló. —Tifa, solo inténtalo. Si te resulta muy duro, siempre podemos dejarlo. —Yo lo digo desde ya, eso no es posible. Como Tifa no esté ocupada, empieza a comerse la cabeza y antes de darte cuenta ya no la sacas de ahí. Puede que tengas muchísima razón. Los tres empezaron los preparativos. Decidieron montar el bar en Edge, una nueva ciudad que crecía a lo largo de una avenida que se extendía desde el este de Midgar. La gente a la que Cloud y Barret habían ayudado se unió rápidamente, trayendo de la ciudad en ruinas los materiales para construir los pilares y las paredes del establecimiento. Barret daba órdenes a gritos, mientras Cloud le seguía de cerca, corrigiéndole en voz mucho más baja. Tifa aprendió a elaborar la sangría de Corel, mejorando la receta para que fuera más suave. Y añadió un menú, procurando usar ingredientes que fueran fáciles de conseguir. Marlene era como 54


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una mascota para la gente que ayudaba a construir el bar. Insistía en que quería ser la nueva camarera. Cada día surgía algún problema, y resolverlos era una pesadez, pero se sentían realizados. De vez en cuando, Tifa tenía algún arrebato de culpabilidad, pensando que era una persona horrible por sonreír. Pero siempre acababa viniendo alguien que la requería para algo, apartándola de aquellos sentimientos. —Dentro de pocos días podremos abrir —, le dijo Cloud. — ¿Cómo vamos a llamar al bar? —, preguntó Barret. Hubo muchas sugerencias, pero las de Cloud eran sosas como el polvo, y las de Barret sonaban más a nombres de monstruos que a otra cosa. Al final, la decisión recayó en Tifa. Los hombres prometieron no quejarse fuera cual fuera su elección. Pero a pocos días de la gran inauguración, Tifa tenía más trabajo que nunca, y no tenía tiempo de ponerse a pensar nombres. Un día le preguntó a Marlene como lo llamaría ella. ―Yo todavía lo estoy pensando‖, le dijo Tifa. —Me gusta ―El Séptimo Cielo‖ —, dijo Marlene. Era el último nombre que Tifa quería escuchar. Bastante tengo con cargar el pasado en mi interior. No necesito encima ponerle un nombre que me lo recuerde a cada instante. — ¿Por qué? — ¡Porque era divertido! Si lo llamas El Séptimo Cielo podremos divertirnos otra vez. Tifa lo había olvidado. Los adultos tienen sus ambiciones y problemas, pero Marlene era ajena a todos ellos. Para ella, El Séptimo Cielo había sido un hogar feliz, donde vivía con Barret, Tifa y sus amigos. —Hmmm… El Séptimo Cielo, ¿eh? No puedo borrar el pasado. Solo cargar con él y seguir viviendo. Tifa 55


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llegó a esa conclusión. El Séptimo Cielo fue un éxito desde el día de su apertura. La sangría de Corel se la podía hacer uno en casa con un poco de maña, y la comida no era nada del otro mundo, debido a que no había gran variedad entre los ingredientes más fáciles de conseguir, pero la gente hacía tiempo que pedía un lugar así, un lugar donde poder pasar el tiempo con sus amigos mientras tomaban algo. Un lugar donde podían dar mejor sabor a la realidad, o incluso olvidarla y centrarse en el futuro. Las personas que no tenían dinero podían intercambiar cosas por bebidas. También se pusieron a disposición una gran variedad de zumos, para que también pudieran entrar los clientes con niños. Solo se ponían a la venta aquellos que Marlene probaba y otorgaba su sello de calidad. Se había vuelto una presencia indispensable del bar. Por la noche, no hasta muy tarde, trabajaba como camarera. Los clientes que pasaban demasiado tiempo allí eran enviados a casa sin contemplaciones. Barret se quedaba observando en una esquina del bar, haciendo como que bebía. Tal vez creyera que era el guarda. El trabajo de Cloud fue conseguir las provisiones y el vino, pero resultó que desconocía el nombre de la mayoría de las frutas y verduras. Al principio Tifa estaba atónita, pero tuvo que entender que aquello era una consecuencia natural de la vida que Cloud había tenido. Le hizo gracia que su ―nueva vida‖ fuera a empezar por los nombres de los vegetales. Pero luego lo pensó mejor. No, no debo burlarme. Cloud no era el mejor socializando con la gente, de hecho, se le daba de pena, pero para su fastidio tenía que conseguir las provisiones, y eso implicaba tener que negociar con otras personas. Al final, estos procesos de comercio acabaron siendo más valiosos para él que los precios que pagaba. Cloud estaba progresando paso a paso, abriéndose cada vez más. La primera semana tras la apertura, Barret, satisfecho con el sólido comienzo que había tenido el bar, comentó que iba a dejar a Marlene con ellos y

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emprender un viaje. —Quiero poner orden a mi vida. Cloud asintió, como si lo comprendiera totalmente. — ¿Y yo qué? —, pregunto Tifa. — ¿Crees que yo no? —Vosotros dos podéis hacerlo aquí. No solo toméis. Demostrad que también sabéis dar. La noche antes de la partida de Barret, Marlene, que siempre dormía en la cama de Tifa, se metió en la de su padre. Se les pudo escuchar hablar hasta la madrugada. Se fue temprano, por la mañana. Mientras se alejaba, Marlene gritó: — ¡Escríbeme cartas, ¿vale?! ¡Y llámame! Barret hizo un último gesto de despedida con su brazo derecho, aquel que llevaba un arma en lugar de una prótesis. Caminó sin echar la vista atrás. Les había dado la espalda como si dijera ―luchar es la única forma de vida que conozco‖. ¿Qué clase de vida encontraría? Ruego porque pueda dejar las batallas atrás. Que no solo tome, sino que demuestre que también sabe dar. — ¡No te preocupes, me portaré bien con ellos! Cuando Marlene dijo aquello, Cloud y Tifa intercambiaron miradas. ¿Con nosotros? — ¡Cuidaré bien de Tifa y Cloud! Mirando atrás, Barret gritó: — ¡Sed fuertes! —, su voz se quebró. — ¡Trabajad juntos como una familia y seguid así, ¿me oís?! 57


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*** Necesitaron a los amigos para vivir sin ser aplastados por la culpa. Aunque todos tenían las mismas cicatrices y cargaban con los mismos pecados, nunca podrían haberlos soportado sin consolarse y animarse los unos a los otros. Todo bien, entonces. Quizás sea correcto afirmar que somos una familia. Tenemos que trabajar juntos como si fuéramos uno. Con unos amigos a los que llamar familia, no hay temporal que no podamos afrontar, pensó Tifa. *** Pasaron muchos meses después de la inauguración del bar. Tifa recibió un día una llamada de Cloud, que estaba fuera consiguiendo suministros. Tenía una pregunta para ella. — ¿Pasaría algo si te pidiera que imprimieras un vale vitalicio para comer y beber gratis en El Séptimo Cielo? Solo uno. Tifa aceptó, sin preguntarle el por qué. Sabía que Cloud debía estar desesperado por conseguir algo, si estaba dispuesto a hacer una oferta en esos términos. Al caer la noche, Cloud llegó a casa en una moto que no se parecía a ninguna que Tifa hubiera visto antes. Tras ese día, cada vez que Cloud tenía un rato libre en el bar, se dedicaba a arreglarla. Trajo a unos ingenieros que había conocido a-saber-dónde y hablaba con ellos sobre cómo podría modificarla. Algunos le ayudaban a completar la moto. Marlene y sus amigos del vecindario se les quedaban mirando, fascinados. El panorama satisfizo a Tifa. Nos estamos integrando en este mundo, como una familia. Cloud dejaba Midgar muchas veces para ir a por provisiones. Su principal destino era Kalm. Antes alquilaba una moto o un camión, y cuando no había, pues el típico chocobo. Pero ahora tenía su propia moto. Con ella, a veces hacía viajes más largos, y cada vez más a menudo pudo volver a casa con ingredientes más difíciles de conseguir. 58


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Una noche, alguien llamó al Séptimo Cielo, preguntando por Cloud. Tras hablar con el interlocutor un rato y colgar, Cloud dijo enseguida que se iba. — ¿Dónde vas? —Como puedo decírtelo… Cloud se explicó. Cuando vuelve a casa de después de hacer su trabajo, muchas veces le preguntan si puede llevar algunas cosas a Midgar. El hombre del teléfono era de una familia que siempre le suministraba verduras, y ahora le pedía desesperadamente que transportara algo esa noche. Cloud miraba a Tifa con la expresión de un niño al que le habían descubierto su mayor secreto. — ¿Por qué pones esa cara? —Es solo que… lamento habértelo ocultado. — ¿Ocultarme el qué? —Sé que he sido egoísta. Tifa estalló en carcajadas. Cloud le confesó que había estado aceptando pequeñas cantidades de dinero a cambio de los envíos, y que se las había estado quedando para él. Por lo visto, había estado invirtiendo el dinero en modificar la moto. Es como un niño, pensó Tifa. Aunque le ponía triste que Cloud se abriera a un mundo en el que ella no tenía cabida, la idea de estuviera compartiendo ese mundo con todos le agradó. Sí… quizás es así como se siente una madre. Una vez Cloud se hubo marchado, Tifa se quedó sola con las nuevas emociones que crecían dentro de ella, y se sintió feliz. *** Tifa aprendió a convivir con el sentimiento de culpa de su interior. No hay perdón. Puede que llegue el día en que sea castigada. Pero hasta que ese día llegue, seguiré viviendo, mirando al frente. No solo tomando, sino 59


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demostrándome a mi misma que también se dar. *** Tifa sugirió a Cloud que convirtiera su servicio de mensajería en un negocio formal. —Puedes coger los encargos aquí en el bar. Marlene y yo nos encargaríamos de atender el teléfono. Cloud al principio se mostró reticente, pero decidió seguir adelante con la propuesta tras consultarlo con la almohada. Tifa no sabía por qué dudaba tanto, pero dejó de preocuparse por ello. Seguramente no se atrevía por alguna razón, pensó. Y así es como nació el Servicio de Mensajería Strife. Centraba sus operaciones en Midgar y se extendía al resto del mundo… bueno, en realidad hasta donde la moto podía llegar. Cloud se reía con esto y lo llamaba ―publicidad engañosa‖. Al igual que El Séptimo Cielo, el negocio de Cloud fue un completo éxito. En aquellos momentos, el querer transportar algo no era nada fácil. Todavía quedaban muchos monstruos y la mayoría de las carreteras seguían cortadas tras la erupción de la Corriente Vital. Un trabajo que implicaba ir de una punta a otra del mundo no era algo que pudiera hacer cualquiera, así que los servicios de Cloud tenían mucha demanda. ¿No es genial —, pensó Tifa, —que Cloud, que es terrible hablando con la gente, ayude a otros a comunicarse con sus paquetes? Pero su vida como ―familia‖ cambió muchísimo, después de que Cloud iniciara su negocio, y no precisamente para bien. Difícilmente paraba ya en casa, excepto por la mañana y por la noche, ya tarde. Y por supuesto, los tres tenían cada vez menos ocasión de hablar. Tifa empezó a cerrar el bar una vez a la semana, pero aquello no implicaba que Cloud hiciera lo mismo. Casi nunca le daba la espalda a un cliente. Pero aunque Tifa deseaba que se tomara un día libre 60


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para estar con ellas de vez en cuando, ese sentimiento le hacía sentir egoísta, así que se lo guardaba. En medio de todo estaba Marlene, que también notó que Cloud estaba cambiando. ―A veces Cloud actúa como si estuviera en las nubes y no me hace caso‖, se quejó a Tifa. Cloud en verdad nunca se había apartado de su habitual forma de expresarse cuando hablaba con Marlene, pero nunca la ignoraba si ella se dirigía a él. Tifa llegó a entender que Cloud estaba intentando congeniar con Marlene a su manera. Se figuró que así era como la gente que no se sentía cómoda con niños alrededor – y fuera había bastantes – se las arreglaba para tratar con ellos. —Quizás solo esté cansado —, dijo a Marlene, pero sin embargo ella no se lo tragó. Marlene era una niña con una habilidad innata para notar los cambios en los adultos. En su día libre, Tifa y Marlene estaban limpiando la habitación que Cloud usaba de oficina. Había pilas de recibos desperdigados por todas partes sin orden ni concierto. Uno de ellos llamó la atención de Tifa. CLIENTE: ELMYRA GAINSBOROUGH ENVÍO: RAMO DE FLORES. DESTINO: CAPITAL OLVIDADA. Tifa dejó el recibo con los demás y siguió limpiando como si no pasara nada, pero leer aquello la afectó terriblemente. ¿Qué diferencia hay entre ir de una parte a otra alrededor del mundo e ir de una parte a otra alrededor de su pasado? Ella sabía que el hecho de no haber podido proteger a Aeris atormentaba a Cloud. Él estaba intentando dejarlo atrás y seguir su vida. Pero si tenía que estar volviendo una y otra vez al lugar donde ella le había dejado para siempre, ¿no abrirían de nuevo las heridas de su corazón el dolor y el arrepentimiento? Aquella noche, tras acabar de trabajar, Cloud estaba bebiendo, para variar. 61


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Su vaso estaba vacío. Tras pensárselo, Tifa lo llenó hasta arriba. — ¿Te importa si me uno? —Quiero beber solo. La respuesta de Cloud sacó a Tifa de sus casillas, lo que le hizo contestar de forma brusca. — ¡Entonces bebe en tu cuarto! Barret llamaba de vez en cuando. Casi nunca hablaba de sí mismo, y por lo general solo preguntaba cómo se estaba portando Marlene. Siempre acababa la conversación hablando directamente con ella. Debió pensar que Tifa no la oía, así que le dijo a su padre algo con tono apenado. ―A Tifa y Cloud no les están yendo las cosas bien‖. No importa lo que haya entre Cloud y mis sentimientos, no debemos dejar que Marlene se vea mezclada en todo esto, pensó Tifa. Concentró sus esfuerzos en hablar con Cloud, de lo que fuera. Procuraba hacerlo sobre todo cuando Marlene estaba cerca. Elegía temas de conversación que no fueran muy serios. Aquel cambio en Tifa confundió a Cloud, pero él le siguió la corriente y siempre contestaba, como si supiera que eso era lo que Tifa esperaba de él. Marlene también empezó a unirse a las conversaciones. Tifa pensó que todo estaba mejorando, pero seguía sin poder hablar de las cosas que realmente deseaba tratar. No sabía por dónde empezar. Una mañana, Tifa relató una divertida anécdota que le había oído a un cliente del bar. —Sí, eso pondría de los nervios a cualquiera —, Cloud aportó su comentario a la cuestión. — ¡Vosotros sois los que me ponéis a mí de los nervios! —, gritó 62


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Marlene. Los dos la miraron, sorprendidos. — ¡Tú ya has contado esa historia antes! ¡Y Cloud, tú contestaste exactamente lo mismo! No estaba mejorando nada. Pero estaban juntos… Porque eran una familia. Vivían en la misma casa, y vivían para trabajar juntos. Quizás las conversaciones y las sonrisas sean pocas y muy de vez en cuando. Pero somos una familia, pensó Tifa. O al menos intentó convencerse de ello. Después de cerciorarse de que Cloud dormía, le habló. —Estamos… bien. ¿Verdad? Por supuesto, no obtuvo respuesta de él. Todo lo que pudo escuchar era su respiración pausada. ¿El hecho de que Cloud duerma aquí es prueba suficiente de que somos una familia? — ¿Me quieres? Cloud abrió los ojos. Parecía perplejo. —Ey, Cloud, ¿quieres a Marlene? —Sí. Pero… a veces… no sé cómo actuar cuando estoy con ella. — ¿Incluso después de haber estado juntos todo este tiempo? —No estoy seguro de que baste con eso. — ¿Pasa igual contigo y conmigo? Cloud no contestó.

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—Lo siento. Mala pregunta. —No lo es. El problema es mío. Cloud cerró los ojos. — ¿Por qué no puede ser nuestro? Cloud no contestó. No mucho tiempo después, Cloud trajo a Denzel a casa. Estaba inconsciente cuando lo llevó en brazos dentro del bar. Geostigma. Cloud dijo que todavía estaba en su fase más temprana. Mientras lo atendía, Tifa pensaba. Hay montones de niños con el estigma. Muchos de ellos son huérfanos. Hay tantos que están construyendo hogares específicos para acogerles. ¿Entonces, por qué ha traído a Denzel aquí? Cuando se lo preguntó, Cloud contestó. —Este niño vino por mí. — ¿Qué quieres decir? *** Una vez Denzel recuperó fuerzas, Tifa escuchó su historia. Y entonces llegó a una conclusión. Denzel estaba destinado a venir aquí. Fue una víctima de la destrucción del Sector Siete… algo de lo que nosotros fuimos causantes. Ahora debo tomar responsabilidad de mis actos y criar bien a este niño. Denzel no vino por Cloud. Ha llegado a mí a través de él. Tifa dijo a Cloud y a Marlene que quería dar la bienvenida a Denzel en su familia. Cloud asintió sin decir una palabra, y Marlene se mostró entusiasmada. Al principio, Denzel se comportaba como si pensara que solo iba a estar allí por un corto periodo de tiempo, pero cuanto más ayudaba en el bar y en el trabajo de Cloud, más se abría a ellos. Al anochecer, cuando el bar ya estaba 64


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cerrado, Tifa alzaba la vista de los platos de la cocina para ver a Cloud, presidente del Servicio de Mensajería Strife, sentado en la mesa del centro con sus dos asistentes, Marlene y Denzel. Este sufría por el estigma, pero había días en los que la fiebre y el dolor remitían, días que aprovechaba para seguir de cerca a Cloud de un lado para otro. Normalmente, Cloud pasaba la mayoría del tiempo fuera debido al trabajo, así que las horas después de que llegara a casa eran muy valiosas para Denzel; era la oportunidad de pasar tiempo con su héroe. Porque sí, para él, Cloud era un héroe. Por supuesto, era así por cómo se habían conocido, por como Cloud fue en su rescate cuando los síntomas del Geostigma aparecieron sin avisar y pensaba que iba a morir. Pero también era por la forma de vida de Cloud, por la moto con la que recorría el mundo entero a toda velocidad… Todo en él era objeto de su admiración. Denzel quería preguntarle a Cloud de todo. Incluso cuando había cosas que Tifa podía contestar, esperaba a que él volviera a casa. Una vez, medio en broma, Tifa se quejó a Denzel de que ella era la única que cocinaba. El chico puso voz de persona mayor y le informó de que ÉL era el único que limpiaba el bar y la casa. Aquello era cierto. Denzel era un limpiador consumado. Cuando Tifa le preguntó si había aprendido de su madre a limpiar así, dijo simplemente que no. Días después, Cloud contó a Tifa todo lo que Denzel le había dicho sobre la mujer que le había enseñado a limpiar. Se lo dice a Cloud, pero no a mí. Aquello la puso furiosa. Incluso empezó a preocuparse. ¿Por qué habla con Cloud y no conmigo? Un día, preguntó a unos viejos clientes habituales que pensaban sobre el tema. ¿Su respuesta? ―Los chicos nunca cambiarán. Nada de lo que preocuparse, vuestra familia no puede ser más normal de lo que ya es‖. Tifa no comulgaba con aquella respuesta, pero las palabras ―familia normal‖ la tranquilizaron un poco. Tras horas sentados en la mesa, se podía decir que Cloud, Marlene y 65


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Denzel se parecían un poco a un padre joven con sus dos hijos. Fuera como fuera, Tifa sentía que podía también tomar asiento en esa mesa, y ser recibida con sonrisas. Cloud tenía un mapa abierto y repasaba los planes para el día siguiente, principalmente las rutas de los envíos. Denzel y Marlene clasificaban los recibos. Cuando Marlene se encontraba con alguna palabra que no sabía, se la preguntaba a Denzel. Él hacia entonces el papel de hermano mayor, y se la enseñaba. Cuando daban con palabras que ni Denzel conocía, se la preguntaban a Cloud. Su costumbre era enseñarles como se decía la palabra y luego ponerles un bolígrafo en la mano. ―No la aprenderéis hasta que la escribáis‖, decía. Cuando los niños leían los nombres de los lugares escritos en los encargos, le preguntaban a Cloud que clase de sitios eran. Las respuestas de Cloud eran escuetas. ―Mucha gente‖. ―Poca gente‖. ―Peligroso debido a los monstruos‖. ―La ruta del norte es más segura‖. ―¿Y eso es todo?‖, pensaba Tifa tras escuchar las ―descripciones‖, pero los niños parecían darse por satisfechos. Al final, Tifa sintió que debía decir algo. Añadió algunos datos a lo que Cloud contaba, pero Denzel enseguida le preguntó a él si lo que Tifa decía era cierto. Aquello la irritaba un poco. Pero bueno, pensaba. Las familias normales son así. Con la entrada de Denzel nos hemos vuelto una verdadera familia, se dijo. Cloud redujo de forma notable su volumen de trabajo. Siempre se aseguraba de tener tiempo para los niños por las noches. Y las conversaciones con Tifa sobre trivialidades volvieron a empezar. *** — ¿Arreglaste el problema? — ¿Qué problema? —Tu problema.

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—Oh… Cloud estaba absorto en sus pensamientos. —Si no me lo quieres contar, no lo hagas. —No puedo explicarlo bien… —. Cloud buscó las palabras adecuadas. — No he solucionado el problema. No creo que pueda solucionarlo nunca. No puedo resucitar a nadie. Tifa asintió. —Pero ahora, quizás tenga la oportunidad de salvar una vida en peligro. Quizás haya algo que pueda hacer. — ¿Denzel? —Sí. —Ey, ¿recuerdas lo que me dijiste cuando trajiste a Denzel a casa? — ¿Qué dije? —Dijiste ―Denzel vino por mí‖. —Quise decir… —, Cloud puso una cara que le resultaba familiar a Tifa. La cara de un niño que sabía que la reprimenda era ya inevitable. —Dilo. Ya decidiré luego si debo enfadarme o no. Cloud asintió, y continuó. —Denzel se había desmayado enfrente de la iglesia de Aeris. Así que pensé que quizás ella le había conducido hasta mí —, Cloud dejó de hablar y apartó la mirada.

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—Fuiste a la iglesia. —No era mi intención ocultártelo. —Pero lo hiciste. —Perdóname. — ¿Acaso has dicho algo por lo que debas disculparte? Pero la próxima vez, quiero ir contigo. —Bien. —Y Cloud, estás equivocado. Cloud miró a Tifa con expresión confundida. —Aeris no trajo a Denzel hasta ti. —Ya… yo también pensaba lo mismo. —No me estás escuchando. Aeris trajo a ese niño hasta nosotros. ¿Vale? Cloud miró a Tifa fijamente. Finalmente sonrió. Una sonrisa cálida, amable, como si dijera ―todo va a ir bien‖. Muchos días después de aquella conversación, Cloud se fue. ¿Era una ilusión el futuro que vi en aquella sonrisa? Tifa besó las caras de sus hijos, que ya dormían, y luego fue a la oficina de Cloud. Tras limpiar la fina capa de polvo que cubría el retrato de familia que se habían hecho, cogió el teléfono y marcó. Tras unos pocos tonos, saltó el buzón de voz.

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LA CORRIENTE VITAL BLANCA – 1

Ella era una Anciana. Eso explicaba por qué era capaz de mantener su individualidad dentro de la Corriente Vital. Deseaba poder volverse algún día parte del Planeta, pero pensó que todavía era demasiado pronto. Ella había sentido una presencia diferente dentro de la Corriente, circulando alrededor del Planeta. Era el ímpetu de una voluntad implacable, que se resistía a unirse al Planeta. Conocía aquella conciencia. Era del hombre que le arrebató la vida. Un espíritu impío, escondido tras un hermoso semblante. Aquel espíritu seguía vivo dentro de la Corriente Vital. Percibió que planeaba hacer surgir su influencia a la superficie del Planeta. Se preguntaba que podría hacer Ella para evitarlo. Debido a que para Ella era peligroso contactar con Él, intentó mantenerse alejada de aquel despiadado espíritu. A causa de ello, no le era posible averiguar mucho sobre su conjura. Sin embargo, una vez que Él apareció de repente a su lado, descubrió que había hecho de sus recuerdos de Cloud el núcleo de su ser. Cloud era su amigo, su amor… un símbolo de todo lo que era importante para ella, alguien a quien debía proteger.

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Episodio de Barret

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ON THE WAY TO A SMILE EPISODIO DE BARRET

H

abían pasado muchos meses desde aquel día… el día clave. Después de ayudar a Tifa y a Cloud a construir su hogar, Barret confió a ambos a Marlene, la hija huérfana de su mejor amigo Dyne, y se

embarcó en un viaje. Un viaje para expiar sus pecados del pasado. Antes de irse, dijo a Tifa unas palabras, ya que ella también soportaba la misma carga. ―No solo tomes. Prueba que también sabes dar‖. Pensaba que hacer eso la conduciría, al fin, a su redención. Pero sus propias palabras no le consolaban, y Barret aún no estaba seguro de saber que es lo debía hacer. Estar con Marlene le traía paz al espíritu, pero se sentía culpable por dejar pasar otro día más sin ponerse en acción. Sabía que debía irse, incluso sin tener un motivo. Poner algo de espacio entre él y el apoyo de su corazón, desnudarse a la intemperie. Era una partida improvisada, una ―solución rápida‖. Estuvo medio año recorriendo mundo. Aparte del problema del Geostigma, la vida fuera de Midgar había vuelto a cierto estado de normalidad. La única diferencia es que ya nadie usaba Mako, ya que ningún reactor se encontraba operativo. En otra ocasión, esto habría sido considerado una victoria 71


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para Barret y el resto del movimiento anti-Shinra, pero la sensación de estar perdido superaba cualquier atisbo de satisfacción. No había sitio en el mundo para un hombre con un arma acoplada a su brazo derecho, excepto para el caos de la batalla. Tengo que sacármelos de encima, ¿pero donde debo ir a pagar por mis pecados? Incluso se sintió presa del pánico. A veces deambulaba por los bosques buscando un enfrentamiento, derribando a cualquier monstruo que le atacara, pero todas aquellas febriles batallas solo le servían para sentir cada vez más asco de sí mismo. Lo único que estoy matando es el estrés. Y cada vez, Barret dejaba escapar un rugido. —¡¡Raaaaaaahhh!! *** Pasó cuando Barret estaba caminando entre los habitantes de Junon. Algo se golpeó contra su brazo-arma, y cuando miró a ver qué era, había un niño llorando, con sangre brotándole de la frente. Cuando Barret se inclinó a atenderle la herida, una mujer, seguramente la madre del chico, llegó corriendo. — ¡Por favor! Por favor, perdone a mi hijo. Se lo ruego, ¡haré lo que sea! Los ojos de la mujer estaban fijos en la ametralladora acoplada al brazo derecho de Barret. En tiempos de paz, soy lo mismo que un monstruo, pensó. Los tiempos cambian. Tenía que pensar en una nueva forma de redimirse que se adaptara a la nueva era. No podía adivinar aún como lo podría conseguir, pero sí llegó a la conclusión de que lo primero que tenía que hacer era cambiar su aspecto. Barret fue a ver al Viejo Sakaki, un artesano que ya había fabricado brazos protésicos para él hace tiempo. Por aquel entonces, el primer modelo que le hizo fue un diseño simple, con un garfio en el extremo. Barret no estuvo satisfecho. 72


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Quería ser capaz de poder hacer más cosas. Como cavar en la tierra –el viejo le hizo un brazo-pala– o clavar postes de madera –con un brazo-martillo bien bonito hecho especialmente para él–. Pero Barret no estaba a gusto con ninguna de estas prótesis. Un día, el viejo le habló. —Solo tienes la cabeza llena de venganza hacia Shinra. No importa lo que te pongas en ese brazo, nunca estarás contento. Así que coge esto y no vuelvas más por aquí. El viejo entonces le pasó un adaptador que le permitía conectar al brazo distintas herramientas. Con él, Barret podría usar varias prótesis, o armas, en su brazo derecho. —Lo que te quieras poner es decisión tuya. Pero te sugiero que te lo pienses bien. Ignorando el consejo del viejo, Barret no se lo pensó en absoluto. Se pasó los días siguientes probando cualquier arma que cayera en sus manos y desatando su potencia de fuego. En los muchos años posteriores, todo lo que Barret acopló a su adaptador del brazo fueron armas. Cuando Barret volvió al taller tras todo ese tiempo, le dijo al viejo que quería un nuevo brazo, uno con una textura más suave, con una mano al final. Algo de lo que nadie tuviera miedo, algo que le permitiera hacer vida normal. El Viejo Sakaki dio un bufido y se quedó mirando a Barret. —Ya no quiero luchar. No quiero que la gente se asuste de mí nunca más. — ¿Y entonces? ¿Qué es lo que quieres ser? —Que puedo decir…—, Barret buscó una respuesta en su interior, sin éxito. ¿Qué coño voy a hacer metiéndome en un mundo en el que la gente está aprendiendo a sonreír de nuevo?

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— ¡Mierda! ¡Que me aspen si lo sé! *** —Necesitaré una semana, ¿te parece? —Bien. Mientras lo haces, yo… —Si no tienes otros planes —, interrumpió el viejo, — ¿Por qué no ayudas a mi sobrino con su trabajo? Y en compensación… —Olvídalo. No necesito recompensas. —Bueno, ya pensaré en algo. *** Al día siguiente, Barret montó en un camión. El sobrino del Viejo Sakaki iba conduciendo, y Barret reconoció aquel vehículo enseguida. Era del mismo tipo de los que le llevaban a todas partes cuando era un crío. Su motor funcionaba a vapor, usando una caldera de agua hirviendo calentada con carbón. Se necesitaban cuatro hombres para hacer tirar aquella cosa. Un conductor al volante, un ingeniero encargado de vigilar el motor, y dos caldereros alimentándolo con carbón. La parte de atrás de la enorme cabina del camión podía llevar hasta diez personas. Pero el carbón ocupaba el espacio de cinco, y Barret ocupaba el de dos. Alzó la vista, mirando al cielo. Tío, que lento va esto, pensó. No era culpa de nadie. Los grandes camiones a vapor siempre iban pisando huevos. Los dos caldereros sudaban a chorros y trabajaban lo más duro que podían. Todo funcionaba a toda máquina. Uno de ellos, de mediana edad, se movió a la parte de atrás para descansar. —Perdona por invadirte mientras estás cabreado, pero necesito sentarme un rato.

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—No estoy cabreado, así que no te preocupes. —Sí, estás tan cabreado que la ira te sale por los poros de la piel. Barret se sentó y miró al hombre. — ¿Pero qué coño pasa contigo? —Allá vamos. ¿Ves como tengo razón? Ambos pasaron un rato callados. Al final el calderero volvió a hablar. — ¿Tienes en mente ser nuestro guardaespaldas para siempre? —Solo le estoy haciendo el favor al viejo. No se que haré después. —Esto no es lo tuyo. — ¿Lo de ser guardaespaldas? Creo que nadie está más hecho para esto que yo. —No sé yo —. El hombre de la caldera se calló. Barret esperó a que continuara. ¿Cómo me ve este imbécil? —Ey, venga, dime lo que fueras a decir, tío —, quizás este tipo pueda darme una pista sobre qué hacer con mi vida. — ¿Qué tipo de persona te parezco? —De ese tipo que no solo mata a los monstruos que van a por él, sino que se dedica a ir a cazarlos él mismo. Quién sabe. Quizás sea así. —Incluso aunque no sepas donde están —, dijo el hombre con una sonrisa. —Me haces parecer un idiota.

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—Algo que no es nada fácil. Quizás deberías estar hasta orgulloso, ¿eh? Barret miró al tipo a los ojos, y rió. Je, je, je. El hombre le devolvió una mirada desconcertada. — ¿Puedo pedirte un consejo? —Depende del consejo. —Quiero expiar mis pecados. Por eso he emprendido este viaje. Pero no importa el tiempo que pase, no puedo averiguar cómo. Probablemente soy el tipo de persona que dices. ¿Qué se supone que puede hacer alguien así para redimirse? —Depende de los pecados. —Por mi culpa… murieron incontables personas. Barret trajo a su memoria el recuerdo de cuando hizo explotar el Reactor de Mako Número Uno con sus camaradas de Avalancha. Provocaron un daño mayor del que calcularon. Pánico en la ciudad. Cómo murieron sus amigos. Los ciudadanos que no conocía. El calderero vio el silencio de Barret y dijo: —Lo único que puedes hacer es tener la frente alta y seguir viviendo, eso es todo. Sigue intentando hacer

aquello que creas que pueda servir de

compensación. —Me temía que dirías algo así. —Así que si no sabes donde están los monstruos, ve a por ellos y machácalos. Quizás algún día puedas librarte de ellos por… ¡Ey, allí! El hombre señaló con el dedo a un lugar tras el camión. Les perseguía un 76


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monstruo pequeño pero de aspecto amenazador. Barret le apuntó con el arma de su brazo derecho sin contemplaciones. El cuerpo de la criatura cayó destrozado bajo la metralla. —Apesta ser un monstruo hoy día —, comentó Barret. Cuando Barret fue a decirle al hombre que había pasado el peligro, notó que su mirada se encontraba fija en su brazo-arma. Era una mirada idéntica a la de aquella mujer de Junon. Quizás el monstruo sea yo. — ¿Sabes tío? Esos monstruos deben estar dentro de mí, en alguna parte. El calderero no fue lo suficientemente amable para responder. *** El destino del camión era una pequeña aldea cuyos habitantes se ganaban la vida cultivando patatas. Uno tras otro se iban cargando sacos de yute llenos de patatas en la caja del camión, que había consumido la mitad del carbón durante su viaje. Mientras ayudaba en aquel trabajo, Barret se preguntaba algo. Cuándo vendan estas patatas en la ciudad, ¿cuánto pedirán por ellas? Sin duda el sueldo de los del camión saldrá del precio que diga la gente del pueblo. El precio de la comida era un problema en Midgar. Demasiado alto, incluso para ser tiempos de crisis. Pero viendo lo duro que trabajaban todos, se dio cuenta de que no había más remedio que fuera así. Una vez que paró el suministro de Mako, la mayoría de la maquinaria agrícola se volvió inútil. Por eso, la siembra de patatas se volvió una tarea más ardua. Barret empezó a elucubrar. Si ya no pueden usar las máquinas, a la gente no le queda otra que usar sus manos. Pero bueno, gente no falta. En Midgar había toda clase de personas sin trabajo ni provecho, metiéndose en fregados solo por conseguir comida, ¿no? Ahora podrían comerse lo primero que les creciera bajo los pies, pero así lo único que conseguirían sería quedarse 77


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enseguida sin nada que comer. Sí, pueden ponerse a sembrar, hacer un huerto del que cuidar. Además, tendrían que criar algún ganado. Ah, bingo, pensó. Si todos hiciéramos el esfuerzo, llegaría el día en que podríamos vivir sin problemas… o al menos sin hambre. Cuando necesitemos máquinas, podemos usar carbón, como con el camión. Todo lo que hay que hacer es volver a como eran las cosas antes del Mako. Habrá que apretarse un poco el cinturón. Las cosas irán un poco lentas. Para una persona tan impaciente como yo puede que sea insoportable, pero me temo que así es como va a ser. Seguramente, así es como se pasa de una a otra era. Barret sonrió, contento de haber llegado tan rápido a su propia conclusión. Ahora tenía que sopesar cual era su papel en todo ello. Primero se acopló un azadón a su brazo derecho y empezó a trabajar la tierra. Sacó lo mejor de su robusto cuerpo y llegó a realizar el trabajo de cinco hombres. Un momento… nuevos tiempos claman un nuevo líder. ¿Será ese mi papel? Barret no tardó en dejar volar su imaginación. Se veía a sí mismo dando órdenes a diestro y siniestro, y a sus amigos esforzándose por cumplir todas y cada una de ellas. ―¡A la orden, Barret!‖ diría Jessie poniéndose en marcha, con Biggs y Wedge siguiéndola de cerca. Pero le vinieron a la mente escenas de sus tiempos como líder de Avalancha, y en un momento su brillante visión de futuro se tornó en una profunda pesadumbre. —¡¡Graaaaaaaaaaaaaaaah!! —, gritó Barret. Mierda, ya estoy otra vez, pensó, y echó un vistazo a su alrededor, pero nadie le miraba. Todo el mundo se agolpaba enfrente de una casa, oyendo hablar al sobrino del Viejo Sakaki con un hombre cuarentón que parecía ser del pueblo. Barret se dirigió allí para escuchar la conversación. 78


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—No tengo ningún problema en llevar a tu hija a Midgar, pero es que se la ve tan débil… puede que ya sea tarde. —Pero…—, el hombre llevaba a la espalda una jovencita, que yacía casi muerta. Era muy guapa. De un brazo le goteaba un líquido negro… El horrible Geostigma, y en un estado muy grave, además. Barret se encontró ante la clase de momento que más odiaba. Tienes frente a ti una crisis y no puedes hacer ni una maldita cosa al respecto. Barret sabía que aunque la llevaran a Midgar, la niña no hallaría allí ningún tratamiento decente. Quizás lo mejor sería decírselo. ―¿No deberías pasar tus últimos días tranquila, aquí, en tu aldea?‖ Pero decir aquello habría despojado de sus esperanzas a padre e hija. ¿Esto es todo lo que puedo hacer? ¿Callarme y que pase lo que tenga que pasar? Barret quiso gritar. — ¿Ir a Midgar no sería una pérdida de tiempo? —, preguntó una voz. Barret miró tras él y reconoció la cara del calderero, que fruncía el ceño. —Probablemente —, contestó. —Entonces mejor que se lo digamos —, resolvió el hombre. — ¡Espera! —, le cortó Barret. Pero el calderero no le escuchó. Barret le siguió, con el propósito de pararle los pies antes de que sus palabras tiraran por tierra las esperanzas del padre y su hija. El calderero suspiró, se dio la vuelta y habló con Barret. —Crees que deberíamos llevarla a Midgar solo por hacerla feliz, ¿verdad? ¿Incluso si no tiene posibilidades? —Sí. —Bueno, todo eso sería genial y estupendo si tuviéramos una aeronave,

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pero lo único que tenemos es un camión. En la carga hace calor, no sería precisamente un viaje de placer, y lo sabes. ¿Qué pasa si a causa de ello acaba muriéndose incluso antes? —Venga, vamos, tío. —No te preocupes. Yo voy a ser el que se lo diga. Quizás destroce las ilusiones de su papaíto, pero esa niña debe esperar el fin en su casa, con su familia. Barret no sabía quién tenía razón, si él o el calderero. Tenía que valorarlo. La cabeza empezó a darle vueltas. Quiso gritar de nuevo, pero se contuvo. Tras un rato, el operario de la caldera volvió, y habló de repente sin ni siquiera introducir una conversación. —Acaba de dar su último aliento. — ¿Qué? — ¿Quieres… saber cuáles fueron sus últimas palabras? No, pensó, pero el hombre continuó. —―Por favor, llévame a Midgar.‖ El calderero se crujió los nudillos. Se dio cuenta de que había cometido un error. —¡¡Rrraaaaaaaaaaaahh!! —, gritó Barret. ¡Nadie estaba equivocado! Se dejó llevar por la ira, elevó su brazo derecho al cielo, y disparó su arma. El ratatatá hizo eco por toda la pacífica aldea. ***

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Barret se quedó en el pueblecito para acudir al entierro de la chica. Preguntó a su ojeroso padre si había algo que pudiera hacer por él. —Si tan solo hubiéramos tenido una aeronave —, murmuró el hombre. — Yo fui tripulante del Gelnika. Si todavía pudiera volar, quizás mi niñita no habría tenido que morir. De aquí a Midgar no hay más que un salto. —Escúcheme —, sabía que tenía que decir algo. —Se cómo se siente, pero no existe ninguna cura para el estigma, ni siquiera en Midgar. Si tan solo esto, si tan solo aquello. Tan pronto como se empieza a pensar más en los ―y si…‖ que en la realidad, se deja de prestar atención al mañana. Y lamentarse de algo sobre lo que no se tenía control desde el principio, como hacía aquel padre, era aún peor. Mientras Barret buscaba las palabras adecuadas, el hombre habló. —No tenía por qué ser Midgar. Bastaba con cualquier sitio. Allí donde hubiéramos sabido que se podía curar el estigma, allí hubiéramos ido. Si tuviéramos una aeronave, estaríamos todos preparados. — ¿Preparados? —Mi hija no es la única que sufre el Geostigma. Aunque acababa de perder a su hija, los ojos de aquel hombre ya estaban fijos en lo que estaba por venir. *** Mientras cargaba patatas en el camión, Barret había pintado en su mente un futuro que ahora se había desvanecido por completo. ¿Por qué no podemos hacer funcionar solo unas pocas aeronaves y otras máquinas de utilidad? Joder, en Midgar usan grúas y cosas de esas. ¿Por qué no una aeronave? Mientras no malgastemos el Mako… los tiempos cambian, y yo voy a tener que hacerlo 81


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también. No muy lejos, al este de Ciudad del Cohete, se extendía una vasta región desértica donde difícilmente crecía la vegetación. Allí se elevaba una torre de perforación de petróleo, de unos cincuenta metros de alto, y a su lado, una pequeña refinería antigua. Muchos hombres y mujeres se encontraban bajo la perforadora. Una de ellos era Shera, vestida con una bata blanca. El ingeniero que tenía al lado movió la cabeza de un lado a otro. —Es un setenta por ciento menos que el mes pasado. Malas noticias, eso es lo que son. ¿Y bueno, como van las cosas por tu lado? —Lo conseguimos. No es que pueda compararse al Mako, pero hemos conseguido refinarlo en distintos tipos. —Sabía que lo lograrías. Ahora lo que necesitamos es tener algo que refinar, ¿eh? El ingeniero dirigió su mirada al terreno. Shera no pudo evitar seguirle. Pensó en la barra de perforación, ronroneando mientras buscaba el petróleo enterrado bajo tierra. —Solo un poco más —, Shera unió las manos en súplica, pero la mancha en el dorso de su mano izquierda no era petróleo. Era el estigma. *** La Ciudad del Cohete fue una vez la base del programa espacial de la Compañía Shinra. Los ingenieros habían acabado asentándose allí con sus familias, y lo habían convertido en un pueblo activo y bullicioso. Cuando Barret llegó allí, vio a unos niños jugando. Algunos tenían la edad 82


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de Marlene. Le brillaron los ojos casi de inmediato. — ¿A que estáis jugando? —, preguntó. Los niños se quedaron mirándole, examinándole con detenimiento. — ¿Dejaríais unirse a este viejo? Los niños salieron corriendo. Barret chasqueó la lengua y miró su brazo derecho. —Tendré que asumir estas cosas hasta que mi nueva mano esté lista. —Das miedo hasta sin el arma —, dijo alguien a su espalda. —Espera un momento, tú eres… —. No podía ponerle un nombre a aquella cara. —Dudo que me recuerdes. Fui de la tripulación del Viento Fuerte —, Viento Fuerte era el nombre de la aeronave a bordo de la cual terminaron Barret y los demás, durante su viaje para salvar el planeta. —Oh, ahora caigo. Bueno, gracias por ayudarnos en aquel entonces. —No hay de qué. Barret no perdió el tiempo y le pidió al hombre que le llevara hasta Cid. Mientras iban hacia allí, escuchó el sonido sordo del metal al ser golpeado. —Se acabó el tiempo muerto, ¿sabes? Teníamos que movernos. — ¿Qué es lo que estáis haciendo? — ¿Tú que crees? Al fin y al cabo, este es el lugar al que se deben Cid y los suyos. — ¿Una aeronave? — ¡Míralo tú mismo! 83


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Pasando la larga hilera de casas se abría una gran explanada, y en ella, Barret pudo ver como se construía una enorme aeronave. ¡Sí! ¡Igual que el viejo Viento Fuerte! — ¡Bueno, joooder! ¡Mira esa cosa! La aeronave se encontraba envuelta en un precario andamio. En lo más alto de la estructura –que no se merecía ningún aplauso por sus medidas de seguridad- trabajaban unos veinte ciudadanos. Todo lo que Barret podía escuchar era el ruido estridente de los martillos poniendo en su lugar las planchas de metal. La aeronave parecía estar finalizada. — ¡Ey! ¡Está terminada! —Sí, pero solo el cascarón. Echa un vistazo —. El hombre señaló un hueco vacío donde debería estar el motor. —Como ya no podemos usar Mako, el motor nos está llevando algo más de tiempo. De alguna parte vino el estruendo de una explosión. Barret se asustó y echó cuerpo a tierra. —El Capitán está allí —, rió el tripulante, apuntando a un garaje situado tras la aeronave. Dentro del garaje, un enorme motor aeronáutico descansaba sobre unos caballetes. Varios hombres lo miraban desde una distancia prudencial, con gafas protectoras puestas. De nuevo, se produjo otra explosión. Barret se sobresaltó. Uno de los hombres se quitó las gafas y corrió hasta el motor. — ¡Hijo de puta! Cid se inclinó sobre el motor para examinarlo, rechinando los dientes como si lo fuera a hacer pedazos.

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— ¡Maldito pedazo de mierda! ¡Voy a desguazarte con el resto de la jodida chatarra de esta jodida semana! Barret sonrió burlón. Hacía tiempo que no escuchaba aquel lenguaje tan soez. Este no ha cambiado ni una pizca. Cid caminó despacio hacia Barret, profiriendo blasfemias a cada paso. Barret recibió a Cid con una carcajada. — ¡Sigue hablando así y Dios te pondrá en tu sitio! — ¿Dios? Arrastra su culo hasta aquí —, soltó Cid, en su línea. — Me gustaría tener con él unas palabritas. *** Ambos enseguida se pusieron al corriente el uno al otro sobre los recientes acontecimientos. —Dejé a Marlene con Tifa. Desde entonces ella la cuida y todo eso. —Bien por ti. El mundo entero te da palmaditas en la espalda. ¿Entonces Cloud está con Tifa? —Sí. Tifa abrió un bar, como en los viejos tiempos. Cloud le ayudaba, pero me parece que ahora está ocupado con su propio negocio. Un servicio de mensajería. — ¿Cloud? ¿Con un negocio? —Como ves, Tifa le está metiendo en cintura. —Ya, ya veo. Al final, las mujeres son las que llevan los pantalones. — ¿Cómo está Shera?

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—Meh, sigue siendo la de siempre —. Cid parecía querer evadir la respuesta. Tras eso desvió la conversación hacia como Red XIII hacia tiempo que no se dejaba caer por allí, como Yuffie enseñaba a los niños de Wutai el estilo wushu de artes marciales y como Vincent no daba señales de vida. —Bueno, ¿qué necesitas? Soy un hombre ocupado. —Estás construyendo una aeronave, ¿verdad? —Lo estoy. — ¿Me dejarías ayudarte? — ¿Tú? ¿Y qué es lo que sabe hacer un pipiolo como tú? Normalmente, Barret hubiese contestado de malas maneras a algo así, pero lo dejó pasar y contó a Cid todo por lo que había pasado. —Tío, cuando tienes una aeronave, tienes en tus manos la posibilidad de salvar muchas vidas. Como por ejemplo, a gente con el estigma. Si en algún lugar se encontrara la cura, podrías traerla aquí en un pis pás. Incluso podrías llevar a la gente directamente a ese lugar para que los traten. Transportar montones de comida, cualquier cosa que la gente necesitara para vivir, ¿sabes? —Bueno, ya que has sacado el tema—, Cid acercó su cara a la de Barret. —Estamos hablando de usar Mako. ¡Mako! ¿Sabes cuánto Mako hace falta para hacer un solo vuelo, y corto, con una nave? —Joder, no, pero escucha —. Barret le contó en qué había estado pensando durante su viaje hacia allí. No se puede ser avaricioso. Usa Mako y estarás acortando la vida del Planeta, una verdad como un templo. Pero no

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estoy hablando de usar tanto como para cambiar todo radicalmente. Solo un poco. El Planeta nos perdonará si cogemos solo lo que necesitemos para vivir. La reacción de Cid: —Ey, ¿qué ha pasado con el líder de Avalancha? Barret no tenía respuesta a eso. En lo que respectaba a hacer las paces con su pasado, creyó que ya había hallado su propia solución. Pero ahora que le pedían que la expusiera, no era capaz de encontrar las palabras adecuadas. Un profundo pesimismo se apoderó de él y levantó su brazo derecho. Quería abrir fuego, pero se acordó de que estaba bajo techo y se paró en seco. Lo que sí hizo fue gritar. —¡¡Grrraaaaaaaaaaaaahhhh!! Todas las personas que había en el lugar tornaron su mirada hacia Barret. —Lo siento… Uhh, por decir algo —, dijo a la gente de su alrededor, fingiendo su mejor sonrisa. Agachó la cabeza en busca de palabras para explicarse, pero en vez de ello, lo que le vinieron a la mente fueron fragmentos de su pasado. Esa mirada tan seria en las caras de Biggs, Wedge y Jessie. Vamos, decid algo. Adelante chicos, condenadme. Sacudió su cabeza para que las tres figuras se desvanecieran, y alzó la vista. Cid parecía borroso. — ¿Pero qué demonios pasa contigo? —, preguntó Cid, sorprendido. —Cid, tienes que decírmelo. No sé que hacer. Mi pasado es como un campo de minas lleno de errores. Pero en él tiene que haber cosas que estén bien. ¿Cuál de ellas son? ¿Cuáles son aciertos y cuales errores? ¿Qué se supone que tengo que hacer a partir de ahora? Quiero cambiar, ¿es que no puedo, por culpa de mi pasado? ¿Eh? ¿Se supone que tengo que mantener este arma pegada para siempre a mi brazo, asustando a los críos? ¿Es que no hay nada que pueda hacer

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para expiar mis pecados? Ya no sé qué hacer… Ayúdame, Cid… ¿Qué es lo que se supone que debo hacer? Al final, Barret abrió fuego contra el techo, haciéndole una gran cantidad de agujeros. Cid miró arriba, y dijo: —Bueno, para empezar, podrías arreglar eso. *** Cid daba vueltas alrededor de Barret mientras este sudaba tinta arreglando los agujeros del techo. Muerto de vergüenza, Barret decidió ignorarle y continuar con la reparación. Cid se sentó a poca distancia de él. — ¿Ya estás más calmado? —Perdóname. Cid sacudió la cabeza como diciendo ―no te preocupes‖. —Quiero que me ayudes con algo. Barret dejó de trabajar y se quedó mirando al piloto. —Primero, el Mako. Has dado en el clavo. Tuvimos la misma idea. Podríamos coger un poco del Planeta, solo el que necesitáramos. Las aeronaves son útiles, es verdad. Especialmente cuando el mundo está intentando recuperarse. Si me hubieran dicho que mi nave no sería necesaria nunca más, supongo que hubiese buscado un lugar con una bonita vista para aterrizarla allí por siempre y convertirla en mi hogar. Cid continuó la conversación contando la situación energética actual. Hasta ese momento, todos los reactores del mundo se encontraban apagados. Y no porque el público sintiera remordimientos por haber acortado la vida del

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Planeta, no. Se trataba de un motivo más práctico: su mantenimiento era difícil sin Shinra, ya que eran los que sabían cómo funcionaban los reactores. ¿Pero cuál es la verdadera razón por la que nadie se atrevía a reactivarlos? —A día de hoy, ya todo el mundo sabe que la energía Mako se chupaba de la Corriente Vital, consumiéndola —, dijo Cid. —Y el día que tú sabes, todos experimentaron de primera mano lo terrible que puede llegar a ser ese flujo. Están asustados. Tienen miedo de cabrear al Planeta. Barret recordó la visión de la Corriente acercándose a Midgar, fulminando el Meteorito momentos antes de que este pudiera destruir el Planeta. El poder de la Corriente Vital era desmesurado, seguramente era algo que iba mucho más allá de cualquier energía que el hombre pudiera generar jamás. —Ya nadie quiere tocar el Mako ni con un palo de diez metros. — ¿Me estás diciendo que ya no hay forma alguna de producir energía Mako? —En efecto, lo más probable es que no. Todavía queda algo de Mako sin usar almacenado en los reactores de Midgar. Ahora mismo, esa reserva es con la que funcionan todos los motores que se usan estos días por el mundo. Los líderes de cada área están administrándola, dividiéndola entre la gente que creen que pueda necesitarla más. Principalmente se usa en la maquinaria de las tareas de reconstrucción. —Sí, lo sé, he estado en Midgar. Pero venga ya, ¿qué hay de malo en poner en marcha de vez en cuando solo uno de los reactores? Olvídate del miedo que dé —. Perdonadme, Biggs, Wedge, Jessie. —Pues que ya no se puede sacar ni una gota de Mako del suelo. El curso de la Corriente Vital ha cambiado.

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— ¿Lo has comprobado? —Red me lo dijo. Y si él lo dice, debe ser verdad. Barret se quedó sin palabras. ¿Les estaba diciendo así el Planeta que dejaran de usar Mako? —Ahora, que nos pongamos a trasladar un reactor de Mako a cualquier otra parte, eso ya es otra historia. Pero primero tendríamos que encontrar el sitio, luego transportar todos los materiales… no quiero ni pensar cuando íbamos a terminar. Y luego nos encontramos con el problema de ver cómo transportamos esos materiales. — ¡Eso no es nada bueno! —Sep, una vez que estas reservas de Mako se agoten, se acabó. El mundo volverá a la era del carbón. Tendremos que desempolvar los viejos camiones a vapor. Y volver a decir eso de los chocobos-son-la-forma-de-transporte-terrestremás-rápida-gracias-a-dios. En verdad no es tan malo. — ¿Entonces te estás rajando? ¿Dices que tenemos que volver atrás en la vida? Sí, la cagamos a lo grande, lo sé. Quizás sea mejor no ir por los mismos derroteros. ¿Y qué? ¿Vamos solo a tragar con lo que nos venga? ¿Por qué no podemos buscar otro camino? —El que nos lleva al petróleo —, dijo Cid con una sonrisa burlona. — ¿El petróleo? ¿Ese potingue inútil? Para Barret, que había trabajado en las minas de carbón, la mención del petróleo le causó sorpresa. Para todo lo que había servido siempre era para arder en las lámparas.

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—Solo se volvió inútil desde que llegó el Mako. La verdad es que se suponía que el petróleo iba a anunciarse como el combustible de la nueva era. Hasta teníamos una tecnología la mar de respetable que producía distintos tipos de fuel. Pero cuando se descubrió el Mako, toda la tecnología acabó adaptándose a él. Y así es como el petróleo cayó en el más profundo de los olvidos. Pero Cid continuó, explicando que tanto él como sus colegas habían sacado a la luz viejos archivos y encontrado un yacimiento de petróleo. Por suerte, no estaba muy lejos de la Ciudad del Cohete. En aquel lugar, hallaron instalaciones y maquinaria para perforar el petróleo y refinarlo en gasolina. Medio en ruinas, pero nada que Cid y sus compañeros no pudieran arreglar. Restauraron aquellos artefactos hasta volverlos operativos. Pero la gasolina que generaban aun no producía la energía suficiente. Necesitaban un combustible mucho más potente. No han escatimado esfuerzos, y las perspectivas de crear un carburante lo suficientemente eficaz se veían brillantes. Pero además de eso, también había que concentrarse en adaptar los motores a la gasolina. Y ese trabajo no iba tan bien como quisieran. — ¿De dónde habéis sacado el tiempo para…? —Después de lo que pasó. Justo después. — ¡Joder Cid! ¡Esto es increíble! —Como ya he dicho, teníamos los archivos. Esto no es ninguna tecnología nueva. Lo único que hemos hecho ha sido resucitarla. —Sea como sea, significa el fin del carbón, ¿no? —. Barret tenía sentimientos encontrados. Al fin y al cabo, había crecido en una ciudad de minas de este mineral. —Los tiempos cambian. Es que hemos ido a nacer casualmente en su punto de inflexión, eso es todo. 91


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—No puedo decir que esté a favor de una cosa o de otra. — ¿Entonces cómo vas a poder sentirte afortunado? Los tiempos que vienen son nuestra oportunidad para intentar hacer toda clase de cosas. —Gran verdad. —Lo único malo es que… — ¿Qué? —Hay tanto que hacer, y tan poco tiempo. ¿No es una putada? *** Cid y Barret fueron al este de Ciudad del Cohete. Caminaron un día entero hasta llegar a su destino. Shera salió para recibirles. — ¡Ey! —, la llamó Barret, contento de verla después de tanto tiempo. Shera no parecía haber cambiado nada, pero Barret notó enseguida el estigma en su mano. Ella debió darse cuenta, porque intentó escondérsela tras la bata. —Qué, ¿te duele? —, preguntó Cid con brusquedad. — No te sobreesfuerces. “Y tan poco tiempo”, rememoró Barret. Cid miró hacia la perforadora. No parecía estar funcionando. — ¿Pero por qué demonios no…? Shera dio enseguida una explicación. —La hemos apagado esta mañana. Podríamos haber conseguido más, pero la producción se había reducido hasta llegar tan solo a un diez por ciento de lo que obtuvimos cuando empezamos la perforación, así que tuvimos que desactivar 92


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la bomba. Cid dejó caer los hombros y murmuró: —El primer día salía a borbotones sin usar siquiera la maldita bomba. Nos pusimos negros de los pies a la cabeza con todo el petróleo que nos llovía encima. Se nos caía el culo de risa. Barret dejó escapar un gran suspiro. —El Planeta no nos va a dar nada más, ¿eh? —Eso no es cierto —, dijo Shera con voz firme. —El Planeta tiene toda clase de cosas reservadas para nosotros. Como carbón, petróleo, Mako, siempre y cuando no las desperdiciemos. Siempre y cuando no seamos avariciosos. Siempre y cuando tengamos recursos. Al Planeta debemos importarle. Después de todo, la Corriente Vital que lo alimenta fueron una vez las vidas de la gente que vivió en la misma tierra que ahora pisamos nosotros. Cid y Barret reflexionaron sobre esas palabras. Shera… ella siempre se preocupa por Cid, no importa si vive o vuelve al Planeta, pensó Barret. A Cid le pasa igual. Y lo mismo conmigo. —Shera…—, fue todo lo que dijo Cid, antes de quedarse en silencio. Tras un corto instante, volvió a abrir la boca. —Shera, ¿cómo va el combustible? —Bien. En parte depende de la eficiencia de tu motor, pero creo que debería ser suficiente para hacer un vuelo de prueba. ¿Tú qué crees? —El motor no está listo. Nada funciona. No le veo el fin a todo esto. Escucha, Shera… — ¿Qué pasa? Cid se calló. Barret intervino a su pesar.

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—Cid tan solo quiere que le ayudes con el desarrollo del motor. Métele el culo en cintura ¿vale? Que el combustible ya esté acabado no quiere decir que ya no haya nada más que hacer. —Lo sé —, Shera miró a Cid. —Aún no puedo tirar la toalla. Barret no necesitó decir más. — ¡Y cuando terminéis el motor, todavía os seguirán quedando montones de cosas por hacer! Shera respondió solo con una sonrisa. *** Los tres miraban la torre de perforación en silencio. —Barret —, dijo Cid. — ¿Sabes de algún yacimiento de petróleo? — ¡Dejádmelo a mí! —. Barret había dejado de dudar. Ey, Planeta. Ey, vidas que circuláis por él. Si queréis castigarme, adelante, hacedlo. Pero no caeré sin luchar con todas mis fuerzas. Los únicos con derecho a castigarme son los que siguen vivos. Voy a vivir, para que ellos tengan un futuro. Cuando Barret volvió al taller, el Viejo Sakaki le entregó una prótesis hecha justo como le había pedido. La mano era de madera, y tenía cierta calidez. No se ajustaba a un adaptador, si no directamente al brazo. Barret miró la mano, después al viejo, y le dijo: —Sigo teniendo viajes que hacer. Voy a ir en busca de campos de petróleo. Puede que termine en lugares a los que nadie se haya atrevido antes a entrar, sitios peligrosos. Así que sigo necesitando un arma, y no solo para defenderme. No puedo permitirme dejar de luchar. Si luchar yo significa que algún otro no tendrá que hacerlo, entonces ese es mi deber… No, mi condena.

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Tras escuchar aquellas coherentes palabras tan poco características en Barret, el Viejo Sakaki volvió a la trastienda y regresó con lo que parecía algún tipo de paquete. Cuando lo abrió, Barret pudo ver dentro una prótesis con algunos restos de óxido. Era una mano de acero exquisitamente forjada. Los dedos parecían que se movieran solos. —Con práctica, podrías incluso llegar a escribir con ella. Lo bien que lo hagas dependerá completamente de ti. —Esto… —… Iba a ser algo así como un pago por ayudar a mi sobrino. Pero como no parecía que te hiciera falta, me lo guardé hasta entonces. —Lo siento. Ha debido costarte mucho trabajo hacerlo. —Ninguno. Lo hice para ti hace años. ―Vuelve a recogerlo cuando haya terminado todo‖ dijo el viejo. ―Tengo que quitarle el óxido.‖ *** Tras dejar el taller y caminar un rato, Barret se quedó pensando. Debería escribir una carta a Marlene. Quizás también debería llamarla. No. Una vez todo termine volveré aquí y escribiré esa carta con la mano que me ha hecho el viejo. Y yo mismo se la llevaré a Marlene. Barret quería gritar. Y obedeciendo a su corazón, lo hizo. — ¡ALLÁ VOY!

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LA CORRIENTE VITAL NEGRA – 2

Cuando la Corriente Vital emergió hacia la superficie del Planeta, Él ya había dejado diluirse en ella sus recuerdos más intrascendentes. Las memorias de su niñez, de sus pocos amigos, de las batallas de cuando aún no tenía consciencia de quien era realmente, su vida pasada antes de saberlo… Todas pasaron a formar parte del torrente que se arremolinó alrededor del Meteorito, y se desvanecieron. Al mismo tiempo, el núcleo de su existencia, y aquellos recuerdos profundamente ligados a él, se movieron de curso en curso de la Corriente, y viajó a través de la tierra, de ciudad en ciudad. Cuando la gente que intentaba escapar, o los que no podían hacer nada más que permanecer donde estaban, fueron envueltos por estos hilos de luz, decidió dejar en ellos su estigma. Si Cloud sentía este estigma, Él estaba seguro de que jamás desaparecería. Mientras Cloud siga recordándome, continuará mi existencia. Tanto en las entrañas de la Corriente Vital, como en la superficie. Aunque mi espíritu se disuelva, mientras un solo fragmento de su recuerdo siga su curso alrededor del Planeta, podré seguir contando con la conciencia de Cloud para traerme de vuelta, pensó Él.

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Episodio de Nanaki

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ON THE WAY TO A SMILE EPISODIO DE NANAKI

O

h Gilligan, por favor, vete. ¿Quién eres? Nanaki, quien también era conocido como Red XIII, se enfrentó a la luna y aulló, como si intentara expulsar al monstruo oscuro que había

anidado en su corazón. Su aullido hizo eco, atravesando el frío manto de la noche. La llama que coronaba su cola iluminó el rojo pelaje que cubría su cuerpo mientras este se agitaba y aullaba. Nada respondió al distante aúllo de Nanaki. Siempre había sido así, pero aquella vez, creía que era una señal. Una que le decía que seguramente tendría que enfrentarse a su problema él solo. Gilligan estaba en su interior y era su único enemigo. Habían pasado solo unos pocos días desde que se dio cuenta de su existencia. Gilligan había surgido después de Nanaki… o más o menos ese era el orden que él creía. *** 98


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Después del viaje en el que destruyó a Sephiroth y salvó al Planeta junto a Cloud y los demás, Nanaki regresó a Cañón Cosmo. Los habitantes del valle le dieron una calurosa bienvenida y escucharon los relatos de su odisea con gran atención. Nanaki estaba henchido de orgullo. Entonces fue a ver a su padre, el valiente guerrero que combatió a la tribu Gi y que ahora protegía el valle aún estando petrificado. —Padre, tú y madre erais magníficos guerreros que custodiasteis este valle. Por eso es por lo que he intentado protegerlo tal como vosotros hicisteis. Y creo que lo he conseguido. Ahora quiero volver a viajar, padre. Pero esta vez no será para luchar. Observaré la vida del Planeta. Veré a los chocobos nacer, el marchitar de los árboles y… mmmm… no se qué más, pero veré toda clase de cosas, no me dejaré nada. El abuelo me lo dijo. Me dijo que esa era mi misión, continuar observándolo todo, recordándolo para contárselo a mis descendientes. Oh…—, la mirada de Nanaki se centró en los ojos y las orejas petrificadas de su padre. —Y también te lo contaré todo a ti, padre. Sí, lo haré. Nanaki anunció lo mismo a la gente del valle. Que iba a obedecer la última voluntad de su abuelo fallecido, Bugenhagen, y hacer del ―viaje para estudiar el Planeta‖ su nuevo cometido. Todos le infundieron ánimos diciéndole que era un propósito muy valioso. Y dejándole la tranquilidad de que siempre estarían allí cuando regresara, fueron a despedirle. Abandonando el valle a través de la llanura, Nanaki echó la vista atrás tras bajar la escalera que llevaba a su hogar. Los ciudadanos aún le despedían agitando sus brazos. En respuesta, se sentó y levantó sus patas delanteras, alzó la cabeza y aulló. Adiós. Volveré. Cuidaos. Tras esto, bajó el resto del camino sin detenerse. No tardó en llegar a un risco. Era el lugar en el que siempre se paraba a observar el pueblo cada vez que lo dejaba. Una vez bajara de él, Cañón Cosmo quedaba fuera de la vista. Esta vez no fue excepción y subió al risco, dirigió la mirada al lugar donde se levantaba el pueblo… pero no vio nada. Un enorme 99


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pedrusco, que Nanaki juraría que no estaba ahí antes, bloqueaba el paisaje. Ah, ya, pensó Nanaki para sí. La Corriente Vital pasó por aquí. Eso ha debido causar la caída de este pedrusco desde alguna parte. Cuando hice mi camino de regreso aquí, noté que la geografía había cambiado en muchos sitios. Por lo menos, cuando fue a fijarse más de cerca, encontró capas de rocas y fragmentos de los salientes que se habían derrumbado. Era inevitable, pensó Nanaki. Esos cambios no preocuparon a nadie. Comparado con la destrucción de las demás ciudades y lo que quedaba por reconstruir en Midgar, no eran nada. Nanaki saltó de la pequeña roca y emprendió el camino. Puso mucha atención en donde ponía los pies. Dio un paso. Luego otro. Entonces se dio cuenta de que algo iba mal. No era nada a su alrededor, sino algo que venía de su cuerpo… no, de su corazón. Nanaki cerró los ojos. Buscó en lo más profundo de sí mismo. Ahí está. Eso debe ser. Como puedo describirlo…, pensó Nanaki. Esa era la manera en la que buscaba e intentaba entender los problemas. Es tan… negro. Era como si un agujero se hubiera abierto en su espíritu. No, no era un agujero. Era como un oscuro ―amasijo de recuerdos‖ allí asentado. Algo ligado firmemente a su corazón. Pronto pudo sentir que empezaba a vibrar con violencia. Creyó que estaba cambiando de forma. Me pregunto en qué se está transformando… Nada más este pensamiento le asaltó la mente, Nanaki tembló de miedo. Temblaba tanto que no podía siquiera sacar un sonido de su garganta. Nanaki apretó los dientes e intentó resistir. Pero no podía. Respiró hondo y corrió de regreso a su aldea, saltando de roca en roca. La gente del valle se sorprendió de ver de nuevo a Nanaki, de quien acababan de despedirse. Se reunieron a su alrededor. — ¿Va algo mal, Nanaki? —Mmmmm…—, empezó. Notó que aquella oscuridad se iba.

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—No nos digas que ya echabas de menos tu hogar—, se burló alguien. Los demás rieron. —Sí, tal vez sea eso. — ¡Nanaki, tienes que ser firme contigo mismo! ¡Eso no es en absoluto lo que hace un bravo guerrero! —Sí, tenéis razón. Por un rato, Nanaki intercambió algunas palabras con la gente del valle, y luego volvió a despedirse y recomenzar su viaje. Podría haber ido por un camino diferente, pero decidió desafiarse a sí mismo tomando la misma senda de antes. Pensó que era necesario comprobar si la razón del miedo que había sentido entonces era el estar en ese lugar. Sin embargo, cuando llegó allí, no pasó nada. Nanaki llamó a ese ―algo‖ que apareció de repente y le paralizó de temor ―Gilligan‖. Era un nombre sin significado alguno concreto, pero nombrar las cosas era su manera de no olvidarlas. Y así fue, este Gilligan siguió creciendo en Nanaki a medida que seguía adelante. A veces, cuando se acordaba, pensaba en cómo averiguar qué era realmente, pero cada vez que lo hacía, se sentía presa del pánico. Hasta que pudiera tratar con ello tranquilamente, decidió dejarlo pasar por el momento. Tras dejar Cañón Cosmo, Nanaki hizo una planificación provisional de su viaje. Primero iría al oeste, a Wutai, el hogar de Yuffie, y desde allí recorrería de norte a sur la larga y estrecha isla en la que se encontraba. Después, iría al este. Hacia el gran continente donde estaba la Ciudad del Cohete de Cid, el pueblo natal de Barret, Corel, y el que fue hogar de Cloud y Tifa, Nibelheim. Luego intentaría llegar al norte. También pensaba visitar las planicies deshabitadas, hasta el último de sus rincones. Le llevaría mucho tiempo, pero eso a Nanaki no le preocupaba. A él, cuya raza tenía una esperanza de vida de quinientos o incluso mil años, ¿qué le importaba el tiempo? 101


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—Prohibido ir con prisas. Voy a vivir más que ningún humano, al fin y al cabo. *** Wutai fue el primer destino de Nanaki. Si le era posible, quería visitar a Yuffie. Ella siempre le trataba como si fuera su mascota, pero Nanaki se dejaba hacer, pensando que esa era su manera de ser amistosa con él. Es fácil saber qué hay en la cabeza de Yuffie, pensó. Rodeado de amigos mayores que ella, Yuffie se encontraba en constante desafío para equipararse a ellos. Aparte de

pelear juntos en la misma batalla, ella insistía en que la

diferencia de edad no importaba. Nanaki entendía muy bien a qué se refería. Probablemente hablaba de la edad psicológica de cada uno. Sin embargo, se sentía frustrado cuando era incapaz de comprender ciertos comportamientos de una chica de quince o dieciséis años como Yuffie, a pesar de que él había vivido casi cincuenta años. Pero sabiendo que los humanos maduraban a un ritmo distinto que él, renunció a la hora de intentar entenderla mejor. Cuando estaba a punto de llegar a Wutai, Nanaki se encontró con Yuffie de casualidad. Juguetón, planeó darle un susto y hacerle creer que la estaban atacando, pero tras observarla en la explanada, no le pareció el mejor momento para travesuras. Iba caminando de espaldas a Wutai mientras arrastraba por los tobillos a un joven de su edad. Parece que lleva haciendo eso mucho tiempo. El cuerpo del chico dejaba detrás de sí una larga estela en la hierba. Nanaki no sabía si el chico seguía vivo, pero Yuffie estaba hablándole desesperada. Al poco, la ninja se detuvo. Nanaki creyó que iba a descansar, pero lo que hizo fue levantar al muchacho e intentar de alguna manera llevarlo a su espalda. Sin embargo, Yuffie no tenía la fuerza suficiente y parecía estar pasándolo muy mal. —Quedarse mirando no la ayudará—, se dijo Nanaki, dirigiéndose hacia donde estaba su amiga. La sensación de ir en ayuda de alguien que no se la

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espera no estaba nada mal. Nanaki se escurrió silenciosamente hasta Yuffie, que no reparó en él hasta que le oyó preguntar: — ¿Necesitas ayuda? El amigo de Yuffie se llamaba Yuri. Acababa de contraer de repente lo que llamaban el ―Mal de Midgar‖, una horrorosa enfermedad que hacía que una sustancia negra le corriera por las piernas, haciéndole parecer más muerto que vivo. Midgar ya no solo tenía que lidiar con su reconstrucción; esta enfermedad se estaba convirtiendo allí en un problema mayor. Nanaki había oído que era contagioso, pero Yuffie se agarraba a Yuri sin parecer importarle. Empezó a preocuparse. Tal vez no ha pensado que podía pasarle. Sin embargo, cuando habló con Yuffie sobre ello, supo que ella ya sabía que podía infectarse. ¿Y entonces a que viene esa falta de cuidado? No, espera, descubrió Nanaki. No es falta de cuidado. Es amabilidad. Yuffie... No sé lo cercanos que son, pero…ella no ha dejado a su amigo. Estos pensamientos se tornaron en odio hacia Yuri. No era capaz de entender como Yuffie podía ser así con él aún sabiendo que podía contagiarse. No sé por qué, me pone furioso. Sin embargo, no había nada que Nanaki pudiera hacer. Yuri era amigo de Yuffie al fin y al cabo. En una especie de venganza, cuando la ninja le preguntó si había alguna materia con la que curar la enfermedad, Nanaki le dijo rotundamente que no existía nada así. Yuffie se enfadó. Ésa era su intención. Lo que no era su intención era provocar la tristeza que vio en sus ojos. Nanaki se arrepintió profundamente y lamentó haberle dicho aquello. Pronto llegaron a las afueras de Wutai y se quedaron allí varios días. Yuffie comenzó a cuidar de unos pacientes que habían puesto allí en cuarentena. Nanaki ayudaba siempre que se lo ordenaba, pero por lo general tan solo se quedaba observando cómo evolucionaba la enfermedad. Pensó que debía recordarlo también. Era parte de la vida.

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—Oye tú. ¿Es verdad que puedes hablar? —, le preguntó uno de los pacientes. —Qué extraño. ¿Por qué crearía Shinra algo como él? Darle un corazón ha sido un error. ¿No crees que hubiera estado mejor que crearan algo para las personas? —Mmmm…—. En ese momento, Nanaki se dio cuenta. Se dio cuenta de que ser capaz de sentir y pensar como la mayoría de los humanos era lo que iba a permitirle entenderles. Era su misión hacer saber a su gente en el futuro cómo habrán evolucionado las personas. He aprendido algo nuevo, pensó Nanaki. Él quería permanecer más tiempo en Wutai junto a Yuffie para poder observar la situación y a los pacientes, pero su amiga le ordenó irse a buscar información sobre la enfermedad. Así es como dejó Wutai tras de sí. Cuando estaba a punto de entrar en una hondonada desde la cual la ciudad ya no se vislumbraría, Nanaki echó la vista atrás y la contempló. Juraría que podía ver la pequeña silueta de Yuffie trabajando en la cabaña construida en los aledaños del pueblo. A Nanaki le parecía que se había introducido demasiado en la hondonada, más de lo que creía. —Oh, bueno. Tendré que volver algún día —, se dijo, pero de repente pudo sentir una especie de shock en su corazón. Gilligan. Allí estaba otra vez. Esta vez se concentró en revelar su verdadera identidad. Aquel espíritu oscuro vibró y al poco algo empezó a sobresalir en su superficie. Eran los rostros de los habitantes de Cañón Cosmo. Sus caras parecían tranquilas, pero pronto, desaparecieron como si la oscuridad las hubiera tragado. Esas caras… ¿eh? Cuando se dio cuenta de que no podía recordar sus nombres, todo su cuerpo empezó a temblar. Se estremecía de tal forma que sus patas no le sostenían, y tuvo que tumbarse. Recuerda, recuerda sus nombres. Nanaki se dio ánimos. No mucho después, la cara de Yuffie apareció como la demás, en la superficie de aquella conciencia oscura. Estaba en calma, pero tenía una expresión que jamás 104


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le había visto antes. Entonces su figura desapareció de la misma forma, hundiéndose en aquella marea negra. De pronto, apareció la imagen de la muerte donde habían estado todas aquellas caras. ¿Iba a morir la gente del valle? El miedo se abalanzó sobre él. — ¡Ayudadme! —, Nanaki se encogió de miedo sobre la tierra, su cuerpo temblaba mientras pedía auxilio a las estrellas. Justo cuando iba a llamar a Yuffie, Gilligan desapareció. Nanaki se esforzó por levantarse y se quedó mirando a su alrededor. Corrió hasta el final de la hondonada y vio Wutai. También vio a Yuffie, que seguía con lo suyo. Algún día, Yuffie crecerá, se hará vieja y morirá. Y hay muchos ancianos entre los habitantes del valle que también desaparecerán incluso antes que ella. Era triste pensar en esas cosas. A juzgar por las lágrimas que dejaba caer, no había duda de que consolarse iba a llevarle mucho tiempo. ¿Pero por qué Gilligan liberaba miedo en su interior cuando le hacía pensar en la muerte? ¿Será su verdadera forma el miedo a que la gente muera? Nanaki sacudió la cabeza y se obligó a quitarse esa idea desafortunada de la cabeza. Algún día tendrá que pasar, pero aunque sea así, no quiero pensar en las muertes de mis amigos. Nanaki cambió sus planes de viaje y decidió investigar el ―Mal de Midgar‖ que Yuffie y los otros habían mencionado. El mejor sitio para reunir información era la propia Midgar. Cuanta más averiguaciones hiciera, probablemente más confuso estaría. Sin embargo, allí estaban Cloud, quien lo pensaba todo concienzudamente, y la inteligente Tifa, por lo cual si tenía que pasar algún tiempo allí, no le cabía duda de que acabaría por descubrir algo. ***

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Abriéndose camino por monte Nibel, Nanaki se adentró en un bosque que no sabía que existía, y acabó perdiéndose en él. Al principio, siguió caminando confiando en su instinto animal, pero el bosque parecía ser más profundo de lo que imaginaba. Aún así, siguió buscando una salida, pensando que no había nada de lo que preocuparse. Quizás fuera profundo, pero tan solo mirando al cielo podía decir en qué dirección iba, siguiendo el movimiento del sol. Nanaki continuó adelante usando los conocimientos sobre orientación que había aprendido de los humanos. Si no se equivocaba, pronto debería salir del bosque por el este. Se escuchó un disparo. Nanaki no podía adivinar exactamente de donde venía, debido al eco de los árboles, pero corrió en la dirección que le pareció oportuna. Se encontró entonces con un niño de unos diez años siendo atacado por un monstruo. Este tenía la forma de un gran oso con una larga cola. Su cuerpo estaba cubierto de un pelaje gris parecido al del metal oxidado, y sus patas delanteras sangraban. Deben haberle disparado. La criatura herida daba vueltas alrededor del chico, que estaba sentado en la tierra, asustado. Parecía que estuviera pensando qué hacer con él. Poco después, rugió con furia, sus ojos se inyectaron en sangre y comenzó a aproximarse al niño lentamente. Nanaki se arrastró hasta donde estaba este, oculto entre la hierba, y, agarrando su ropa con las fauces, tiró de él hasta dejarlo fuera de peligro. Tras ocultarle tras un matorral, se enfrentó al oso cara a cara. Como si le diera igual cual fuera el enemigo, el animal se abalanzó sobre Nanaki. Se podían ver sus afiladas garras bajo su espeso pelaje. Si me alcanza con eso, estoy perdido, pensó. — ¡El punto débil de los osos de Nibel es su garganta! ¡Adelante, Red! —, gritó el niño de repente. Nanaki se quedó estupefacto ante el aviso, pero era cierto que la garganta solía ser un punto débil en muchas bestias, así que enfocó sus ataques en la del oso. Hacía mucho tiempo que Nanaki no rugía de esa forma

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para intimidar a un oponente. El oso de Nibel detuvo su avance, y por primera vez, pareció sopesar la fuerza de su enemigo. Se miraron el uno al otro. — ¿Qué estás haciendo? ¡Vamos, Red! Deja de gritar eso, pensó Nanaki. Los humanos no pintáis nada en las batallas entre bestias, que no tienen más armas que sus propios cuerpos. El bosque es territorio animal. Entonces, escuchó un nuevo disparo. Al instante, la sangre del oso empezó a salir como un surtidor de su garganta, y su enorme cuerpo se derrumbó en el suelo. Inmediatamente después, salió del matorral un humano, con aspecto de ser un cazador, que saltó hacia el animal y lo remató con un nuevo disparo. El oso de Nibel dejó de respirar. El cazador entonces se dio la vuelta y apuntó con su arma a Nanaki. Le miraba como si solo estuviera haciéndolo para asegurarse, sin intención de disparar. — ¡Papá, no le dispares! Me ha salvado. Es el destino, Dios lo ha llevado hasta mí. Quiero llevarme a Red a casa—, dijo el niño, interponiéndose entre el cazador y Nanaki. — ¿Red, dices? —, preguntó el hombre en respuesta. —Sí. Es que es rojo, así que es ―Red‖. Vaya nombre más desafortunado, pensó Nanaki. Le recordaba al científico loco que le llamó del mismo modo una vez. Alzó un rugido para demostrar su insatisfacción. Padre e hijo dieron algunos pasos atrás, cautelosos. —Puedes hablar, ¿a que sí? —, preguntó el cazador, volviendo a apuntar a Nanaki con su rifle. —Hace tiempo la Compañía Shinra ofreció una recompensa enorme por capturar a uno como tú. Aspecto parecido al de un lobo, de gran 107


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tamaño, pelaje rojo y una cola llameante. ¡Mierda! ¡Si te hubiese encontrado un año antes ahora sería rico! — ¿Red puede hablar? Sí, es verdad que puedo hablar. Y seguramente soy más sabio que vosotros dos juntos. Pero no me apetece abrir la boca ante individuos como vosotros. Aquellos que portan armas envenenadas y sientan lo que sienten no pueden ser amigos míos. Nanaki dio media vuelta y saltó hacia la maleza. — ¡Maldición! Un nuevo disparo. La bala pasó rozando la oreja de Nanaki. ¿Ves? Al final has disparado. Eres de esa clase de humanos que me metería en una jaula si me capturara. Luego intentarías hacerme hablar. Y pensarías en todo lo que podrías conseguir conmigo. *** Tras poner distancia entre los cazadores y él, Nanaki comprobó que no le perseguían. Regresó hacia el lugar donde estaban padre e hijo. Seguían allí, pero ahora se esmeraban en diseccionar el cadáver del oso de Nibel. —Papá, quiero que vuelva Red. —Sí… Con él podríamos hacer mucho dinero. Puede que Shinra esté acabada, pero podríamos exhibirlo o algo. Puede que nos pagaran por él en el Gold Saucer. —No, yo quiero que seamos amigos. —No seas tonto—, contestó el cazador mientras le cortaba la cola al oso con un gran cuchillo. —Ese animal no es como un perro o un gato. No lo ibas a poder domesticar.

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Y tú menos, se dijo Nanaki. —Bueno, ahora vamos a avisar a la gente. — ¿Qué vas a hacer? —Antes, lo único qué cogíamos de los osos de Nibel eran las colas, ¿verdad? Los Shinra nos pagaban un gran precio por ellas porque las usaban para los estimulantes de los soldados. Pero de ahora en adelante, también aprovecharemos la carne. No está muy buena, pero tampoco sabe a rayos. Dependiendo de cómo la cocines, puede salir algo realmente delicioso. — ¡Oh! ¡Así que nos lo vamos a comer! —Sí. En el mundo va a faltar comida. No sé si eso terminará antes o después, pero seguro que podremos sacar dinero de la situación. *** Padre e hijo dejaron el cadáver y se fueron. Aquel cazador no era tan mala persona. Tan solo intentaba sobrevivir a estos tiempos. Si los osos de Nibel podían servir de alimento a la humanidad, no había más remedio. Todos los seres vivientes debían comer, o morir de hambre. Una vez, Bugenhagen contó algo a Nanaki. Lo que diferenciaba a los animales de los monstruos era la forma en que trataban el cadáver de su oponente. Los animales matan para comer. Los monstruos simplemente matan, y luego van en busca de su próxima víctima. Pensándolo así, los humanos no son tan distintos a ellos. Si las colas de los osos era lo único tras lo cual iba el cazador, entonces podía ser considerado un monstruo. Pero cuando se trata de comer para sobrevivir, ya es otra historia. Era un poco injusto que él llevara un arma, pero así es como funcionaba la cadena alimentaria. El cazador y su hijo no deberían tener permitido hacer lo que les plazca, pero no es asunto mío. Nanaki había pasado mucho tiempo entre humanos, desde que era joven, y por eso no 109


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había salido a cazar demasiado. Tan poco, que, cuando pensaba en cazar, le daban ganas de intentarlo, pero luego el solo hecho de imaginarse matando a su presa le hacía sentirse como un monstruo. Sí, pensó Nanaki. No soy nadie para juzgarles. Muchos humanos no son conscientes de que matan animales para comérselos. Y aunque lo fueran, evitarían pensar demasiado en ello, excepto quizás aquellos que se ganan la vida cazando. A Nanaki le pasaba lo mismo, pero no había nada de desconcertante en ello. Aunque existiera una perfecta forma de comportarse, probablemente no estaba en su mano saberla ahora. — ¡Geeeeee! —. Se escuchó un sonido ensordecedor, parecido a un lamento, que venía de dos pequeños osos de Nibel que corrían hacia el cadáver. Todos los pequeños animales que había a su alrededor huyeron asustados. Los cachorros se acurrucaron junto al cuerpo, posiblemente su madre, y acariciaron su nariz y sus patas contra él. Seguramente estén intentando despertarla. Nanaki simplemente les miraba, sin poder hacer nada por ellos. Entonces recordó algo. Aquel cazador dijo que iba a avisar a más gente. Si estos cachorros se quedan aquí estarán en peligro. Nanaki sacó de su mente la idea de quedarse solo mirando: abandonó los matorrales y apareció junto a las crías. —Entiendo cómo os sentís, pero es peligroso quedarse en este lugar. Vamos, por aquí. Nanaki saltó de nuevo hacia los arbustos, creyendo que los osos le seguirían. Sin embargo, estos no entendieron sus palabras y los cachorros se quedaron mirándole con una expresión que no alcanzaba a interpretar. —Esto no va bien. Los humanos se acercan, ¿sabéis? Tras tomarse su tiempo para pensar, saltó hacia uno de los pequeños y lo agarró por el cuello con su mandíbula. — ¡Geeeeee! —. El cachorro que cogió Nanaki empezó a gemir, y su hermano le contestó. 110


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Bien, pensó Nanaki. Corrió de regreso a los matorrales agarrando todavía con su boca al animal. El hermano fue tras él. —Sí, muy bien. Nanaki continuó adentrándose en el bosque. A veces se detenía a esperar a que el otro cachorro les alcanzara, corriendo con todas sus fuerzas. Una vez llegaba, volvían a la carrera. Y de esta manera, llegaron a un claro. Allí había algunas viejas rocas, y Nanaki reconoció enseguida la obra de la mano humana. Comprobando los alrededores, pudo ver que muchas de esas rocas estaban amontonadas aquí y allá sin orden ni concierto. ¿Intentaba alguien construir algo aquí? No obstante, no eran más que restos. El aire que flotaba en aquel lugar evidenciaba que había sido abandonado hace mucho tiempo. Nanaki soltó al cachorro que llevaba en la boca. Se sorprendió de que no se moviera, pero cuando puso atención, pudo oír que estaba dormido. Qué criaturas tan confiadas, se dijo. El hermano llegó también, dejando escapar un simple gemido – ―¡Geeee!‖ – y corrió hacia ellos sin ningún reparo. Olisqueó a Nanaki, quizás con curiosidad por el olor familiar que desprendía. Luego olisqueó a su hermanito. Pronto, como si estuviera satisfecho o ya se hubiera hartado de husmear, dio un gran bostezo y se durmió, acurrucado junto a su hermano. —Qué monos—, dijo Nanaki. Pero ahora estaba en un lío. ¿Y ahora, qué debería hacer? Tengo cierta responsabilidad sobre estos cachorros. Se echó y miró a los pequeños. ¿Podrán ser capaces de sobrevivir sin su madre? ¿Qué es lo que comen los osos de Nibel? A primera vista podían parecer feroces depredadores carnívoros, pero lo cierto era que esa clase de animales tenían una dieta muy variada, al igual que Nanaki. Si era así, el bosque les proporcionaría toda la comida que necesitaran. Nanaki tomó una decisión, reuniría comida para ellos antes de irse. Le preocupaba el futuro de ambos, pero no podía quedarse a

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cuidarlos para siempre. Era mejor irse antes de que le cogieran demasiado cariño. Pero antes… Nanaki también dejó escapar un gran bostezo, y cerró los ojos. *** Momentos después, volvió a abrirlos. Los cachorros no estaban allí. Así que se han ido a algún sitio. Que os vaya bien. Pero justo cuando estaba pensando esto, notó algo raro a su lado. Al mirar, se encontró a las dos crías acurrucadas junto a su cuerpo, durmiendo. —Ah no, esto no va bien… nada bien. En aquel instante, Nanaki se dio cuenta de que su corazón albergaba una sensación que jamás había sentido antes. Unos sentimientos que iban más allá de la razón. De pronto, se propuso cuidar de ellos hasta que fueran independientes. *** Nanaki enseñó a los hermanos, a los que llamó Pazu y Rin, el arte de la caza. No es que él fuera un experto, pero les hacía atender con cuidado, actuando como si fuera una habilidad de gran utilidad. No se sentía culpable de matar otras criaturas. Era una lucha ecuánime por la supervivencia. A veces se encontraban con otros osos de Nibel. Nanaki intentó hacerles saber que no era su enemigo, pero siempre le ignoraban. Cada vez que eso pasaba, la creencia de que en verdad no debería haberse envuelto en aquel asunto le desgarraba el corazón. No, quizás estaba siendo aceptado como un amigo en el bosque. Toda clase de pensamientos iban y venían en su mente. Cada día descubría algo nuevo y aunque tenía muchas preocupaciones, los días por lo general transcurrían con tranquilidad. A veces se preguntaba si aquella podía ser una buena forma de vivir. Cada vez que lo pensaba, se decía a sí mismo que esto era parte de su misión, pero al mismo tiempo, se daba cuenta de que disfrutaba.

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No mucho tiempo después, se pudieron ver a muchos humanos entrando al bosque para cazar casi todos los días. Por lo visto, se había regularizado la caza de osos de Nibel. Su carne había tenido aceptación. Nanaki llegó a la conclusión de que no solo debía enseñar a cazar a Pazu y a Rin, sino también enseñarles a huir de los humanos. Nanaki dejó de contar los días y meses que había pasado en el bosque. Medir el tiempo es algo propio de humanos. Puedo vivir con bestias o con humanos, pero ahora, estoy en la fase de las bestias. Me acuerdo de la promesa que le hice a Yuffie, pero versaba sobre una enfermedad. Algo que no concierne al mundo animal. Al principio, a Nanaki le dolía decir cosas como esta, pero ahora creía en ello con firmeza. Contaré esta historia una vez sea la hora de volver al mundo humano. “Pasé mucho tiempo en un bosque, como animal. Era necesario sentir las emociones de una bestia para sobrevivir”. Eso les relataré. Gilligan apareció muchas veces en Nanaki. Además de las caras que ya conocía, se añadieron las de Pazu y Rin. Sus rostros también aparecían en el amasijo de emociones oscuras, antes de hundirse en él y desaparecer, haciendo temblar de miedo a Nanaki.

Sin embargo, este

miedo desaparecía

inmediatamente en cuanto se aseguraba de que los cachorros estaban a su lado. Nanaki entonces comprendió qué era realmente Gilligan. Era el miedo a la pérdida. Era el miedo a perder a sus seres queridos lo que le hacía temblar. Ahora que lo sabía, dejó de temer a Gilligan. No se consigue nada con el miedo. *** Los días en el bosque terminaron de repente. Pazu y Rin, que habían crecido hasta superar el tamaño de Nanaki, habían construido su madriguera y vivían juntos. Por ninguna razón particular, una noche, los dos osos de Nibel empezaron a dormir lejos de Nanaki. Se terminó, pensó. Estaba triste, pero sabía que tarde o temprano tenía que pasar. Al día siguiente, no había rastro de los hermanos cuando Nanaki despertó. Se preguntó si habrían salido a cazar por su 113


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cuenta, igual que decidieron dormir sin él. Entonces, oyó disparos. Les siguió el rugido de unos osos. Ese era Pazu. Nanaki corrió en dirección al sonido. Ahora conocía el bosque como la palma de su mano, y podía atravesarlo con los ojos vendados. Al llegar, tuvo un dejà vu. Sintió que ya había visto aquello antes, una vez. Había un chico derribado en el suelo, muerto de miedo. Un oso de Nibel deambulaba a su alrededor. Era Pazu. Concentraba su interés en los arbustos de su alrededor. Parecía que estuviera esperando a Rin. Pazu se levantó sobre sus patas traseras, elevó sus garras al cielo, y rugió. Se pudo escuchar la respuesta de Rin. El niño estaba asustado, y buscaba un modo de escapar. Cuando vio a Nanaki, le brillaron los ojos. — ¡Red! ¡Soy yo! ¿Me recuerdas, a que sí? Me salvaste aquí hace mucho. Aquel día, Nanaki simplemente no podía verle morir. No obstante, ahora sí sabía que era lo que tenía que hacer. —Esto es el bosque. Tienes que atenerte a sus reglas. Al escuchar su voz, la cara del niño reflejó una gran alegría. Parecía feliz de haber podido comprobar con sus propios ojos que Nanaki podía hablar. Tiene valor, pensó. —Lo entiendo, Red —, dijo el chico, e inmediatamente se levantó y corrió hacia su arma, que Pazu parecía haberle arrancado de las manos. No creas que voy a animarte, pensó Nanaki. Inesperadamente, el niño alcanzó su rifle. Justo cuando Nanaki se disponía a salir de entre las plantas, creyendo que iba a disparar a Pazu, Rin entró en escena. De un simple zarpazo, dejó inconsciente al joven cazador. Quedó en el suelo tendido, sin moverse. Nanaki no hubiera permitido antes algo así, pero se limitó a decirse a sí mismo que el chico había decidido luchar contra las leyes del bosque y que era inevitable su derrota. Pazu y Rin empezaron a caminar en círculos alrededor del cuerpo del niño. Poco 114


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después volvieron a levantarse y a rugir al cielo. Ya es suficiente. Nanaki saltó de los matorrales y se colocó rápidamente sobre él chico, protegiéndole. Los dos osos de Nibel alzaron sus garras contra el niño e intentaron golpearlo, pero en su trayectoria se encontraron con el lomo de Nanaki, a quien desgarraron la piel. — ¡Geee! ¡Geee! —, Pazu y Rin emitieron los mismos ruidos enternecedores que cuando vieron a Nanaki por primera vez, y apartaron las zarpas. —No os preocupéis por esto. Iros. Ambos hermanos se dieron la vuelta y desaparecieron entre las ramas. —Ugh…—, Nanaki escuchó al niño gemir bajo él. — ¿Dónde demonios ha ido ese crío? No ha debido irse así él solo, todavía no tiene ninguna experiencia. Es la voz del cazador, adivinó Nanaki. Se marchó de allí y se ocultó entre las plantas. — ¡Ey! ¡Goddy! ¡¿Qué ha pasado?! El cazador corrió junto a él en cuanto le vio. Pero detrás le seguía otra persona, alguien que causó sorpresa en Nanaki. —Esto lo ha hecho un oso de Nibel, ¿verdad? Era una joven vestida con el uniforme de los Turcos… Elena. Sacó de un bolsillo de su traje algún tipo de frasco, posiblemente una poción, y con ella, empezó a tratar al chico. ¿Qué está pasando aquí? ¿Es que la Compañía Shinra sigue activa? Nanaki lamentó no haber pensado antes en recabar información sobre aquellos

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humanos. Elena observó al cazador coger en brazos a su hijo e irse fuera del bosque. Cuando desapareció, cogió su móvil y contactó con alguien. —Hemos encontrado otro. Lo volveremos a intentar mañana. *** Cuando Nanaki regresó a la vieja aldea de piedra, encontró allí a Pazu y a Rin, deambulando. Cuando vieron a Nanaki, se ocultaron entre las plantas. —No estoy enfadado. Nanaki se tumbó. No estaba enfadado, pero la herida le dolía. Tomaría un descanso antes de ir a curarse. Mañana, Shinra volverá al bosque. Parece ser que su objetivo son los osos. Voy a tener muchos asuntos que tratar. Pudo notar a Pazu y a Rin acercándose a él, pero permaneció impasible, con los ojos cerrados. No tardó en sentir sus lenguas, lamiendo sus heridas. Gracias, Pazu, Rin. *** Se despertó en mitad de la noche. El dolor de las heridas había remitido un poco. Con la cualidad regenerativa típica de las bestias, se levantó del suelo, y miró a su alrededor. No había rastro de los hermanos. Normalmente se dormían donde él pudiera verles. Creyendo que algo iba mal, buscó entre la espesura, pero no sintió su presencia por ninguna parte. No era muy normal que unos animales diurnos como los osos de Nibel estuvieran activos de noche. Nanaki empezó a asustarse y corrió al bosque en su busca. Creyó haber escuchado disparos en alguna parte, lejos. Venían de fuera del bosque. El cuerpo de Nanaki empezó a temblar desde la nariz a la punta de la cola. Hacía mucho que Gilligan no aparecía. Se encogió mientras se estremecía del pánico. Hacía tanto tiempo que no se sentía así, que no supo cómo manejarlo. ¿Qué se supone que hice la otra vez? …Ya lo sé. Pazu y Rin. Ellos me despojaron del miedo… Pero ninguno de ellos estaba allí ahora. Apretando los 116


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dientes, se levantó del suelo y se dirigió a la espesura. Mirando al suelo mientras avanzaba, podía soportar aquello. Tras un rato, se dio cuenta que había salido del bosque. El aire era diferente. Alzó la mirada. Había un claro de hierba en pendiente, marcado con huellas de cazadores. Mientras seguía aquel rastro con la mirada, pudo ver algunas luces en la distancia. Era una pequeña aldea. Una de las luces, la más grande, titilaba con un sonido de crepitar. Debe ser fuego. ¿Lo estarán usando para cocinar? Procuró quedarse con todo lo que veía y pensaba en ello, intentando ahuyentar a Gilligan de su cabeza. Pero no surtió efecto. Nanaki caminó con decisión hacia las luces. Es eso, pensó Nanaki. Las luces iluminaban a Pazu y Rin. Ambos colgaban de un palo, bocabajo. No era una bonita vista. Sus brazos estaban extendidos, un gesto común en ellos que ahora no era placentero ver. Les habían cortado las colas. Nanaki pudo sentir como se calmaba. Gilligan había desaparecido. No tenía el suficiente valor como para mirar a los dos osos más de cerca, así que se limitó a merodear por los alrededores. Había tres pequeñas cabañas. En cada una brillaba una luz. Escuchando con atención, podía oír a hombres y mujeres riendo. Quizás se tratara de una fiesta. No parecía haber nadie vigilando. Nanaki seguía sin sentirse capaz de mirar directamente a los cuerpos. ¿He venido a vengar a los hermanos? Esa clase de sentimientos no iba con las bestias. Los humanos y los osos de Nibel puede que sean enemigos naturales desde el principio de los tiempos, pero no es por nada personal, pensó Nanaki. Los humanos son los únicos que conocen la hostilidad, y el rencor. Quizás fuera el ambiente que se respiraba fuera del bosque, pero Nanaki se dio cuenta de que, en el fondo de su corazón, deseaba venganza. Y ese no era un sentimiento animal. Era humano. ―Geee‖. Nanaki escuchó el lamento de uno de los hermanos. Se sorprendió. Sonaba como si le estuvieran contando cuanto sufrían. Incluso siendo tan grandes, seguían siendo niños, nacidos hace pocos años. Una oleada de 117


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emociones oscuras inundó el interior de Nanaki. No era Gilligan, pero iba devorando sus sentidos poco a poco, como él. Cuanto más deseaba reprimir sus deseos de venganza, más se propagaba por su mente. De una de las cabañas salió el llanto de un bebé. Ya veo. Hay un bebé aquí. Debe ser adorable. Un bebé… Los bebés no tienen culpa de nada. Quizás eso signifique que toca aguantarse, Nanaki. El corazón de Nanaki se debatía entre ser humano o ser una bestia. ¡Pching! Una bala golpeó en la tierra, cerca de Nanaki. Se dio cuenta de que estaba tan furioso que no podía siquiera ver de dónde venía. Miró de nuevo a Pazu y Rin. El gemido que escuchó antes no era más que su imaginación. Hacía tiempo que habían muerto. Les miró a los ojos. Pudo verlos, brillando rojos, bajo los párpados entrecerrados. Las luces se reflejaban en ellos. Nanaki pudo sentir las llamas en sus propios ojos, extendiéndose, quemándole. El calor le abrasaba cada vez más. El paisaje de su alrededor se consumía en un rojo tan intenso, que no era capaz de distinguirlo. Nanaki escuchó un nuevo disparo, silbando en el aire. Rastreó el sonido provocado por su enemigo, y se abalanzó dentro de una de las cabañas. El cristal de una ventana se hizo añicos. Allí había algunos hombres armados. Lo que me ha traído hasta aquí ha sido una emoción humana… pero ahora mismo, siento los instintos de una bestia.

Ya no pudo distinguir más a los humanos de los monstruos.

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Volvió el ruido de disparos, y un dolor agudo cruzó su mejilla. Aquello fue la gota que colmó el vaso. Nanaki saltó sobre el hombre que estaba más cerca. *** No recordaba que fue lo que pasó después. Todo lo que le venía a la mente era el dolor de una bala penetrando en su cuerpo, y el grito lloroso de un niño. ―¡Yo quería ser tu amigo!‖ Nanaki se levantó. Se había desmayado sobre un suelo de madera, manchado de sangre. Giró su cabeza para ver que había a su alrededor. En un lado de la habitación se sentaba, mirándole, una persona conocida, envuelta en una capa roja. — ¿Puedes levantarte? —, preguntó Vincent, aunque su voz sonaba como si no le importara demasiado. — ¿Vincent? ¡Vincent! ¿Qué estás haciendo tú aquí? —Eso es lo que iba a preguntar yo—, respondió. Aunque no parecía interesarle en absoluto. Vincent no hablaba demasiado, pero le contó que había estado llevando una vida itinerante, viajando a donde le parecía oportuno. Dijo que estaba esperando a que pasara algo, como si fuera un castigo autoimpuesto. Durante uno de sus viajes, vio un helicóptero de los Turcos por casualidad, y decidió seguirlo, hasta que llegó a aquella aldea. El helicóptero también descendió allí. Elena estaba buscando algo, y se adentró en el bosque con los cazadores. No mucho después, regresó con un niño herido, y por la noche, aparecieron dos osos de Nibel. Cundió el pánico, pero los hombres pudieron disparar y matarlos. Tras obtener aquello por lo que había venido, Elena se marchó en el helicóptero. Entonces, justo cuando Vincent se disponía a emprender un nuevo viaje hacia 119


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donde le llevaran sus pasos, Nanaki apareció. Escuchó los disparos de las armas y a la bestia irrumpiendo en una de las cabañas. Cuando fue a ver qué estaba pasando… —Tenías a un cazador acorralado contra el suelo y estabas a punto de desgarrarle la garganta. Un niño lloraba y decía algo sobre no se qué de ser amigos. No alcanzaba a saber que te estaba pasando. Cuando te miré, no eras el Nanaki que yo conocía. Eras más bien una fiera, hostil a los seres humanos. Y por eso te disparé. Tras tirotear a Nanaki, hubo una gran confusión, y sabiendo que en aquella situación era muy peligroso para los cazadores que la bestia les viera con armas en las manos, les obligó a irse de allí. Pero no con una simple despedida. —Les di un pequeño susto. Me transformé.

Después de eso, Vincent curó al inconsciente Nanaki, y se quedó esperando. Nanaki curioseó con la mirada el interior de la estancia. Había sangre por el suelo, aquí y allá. — ¿He matado a alguien? —No. —Ya veo. Menos mal. Hubo un rato de silencio entre ambos. Nanaki intentó levantarse para mirar fuera. Las patas se le resistían, pero de alguna forma, logró ponerse en pie. Vincent volvió a hablar, como si de repente se hubiera acordado de algo.

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—Se llevaron a los dos osos que estaban fuera. ¿Acaso debí pararles los pies? —No. Probablemente les sacarán utilidad. Son las reglas del bosque. No, quizás sean las de fuera del bosque. No sé, Vincent, yo ya no entiendo nada. Nada de nada. —No me importa escucharte. Tras oír estas palabras, Nanaki empezó a hablar, sin que Vincent dijera esta boca es mía. Le contó todo lo que había pasado, desde el punzante ―geee, geee‖ de los pequeños osos cuando los encontró, hasta el punto en que se había reunido con Vincent. — ¿Qué debería haber hecho? Su amigo permaneció silente. Nanaki no creía que ya fuera a contestar, pero lo hizo. —En opinión mía… Cuando recuerdes de nuevo estos eventos… tendrás una respuesta. Pero cuando vuelvas a recordarlos otra vez, puede que la respuesta sea distinta a la anterior. Hay respuestas, pero no solo una. Lo único que puedes hacer es continuar viviendo para no olvidarlas jamás. ―Lo que importa es que nunca olvides lo que ha pasado‖, dijo Vincent. —Mmmm…—, Nanaki no había entendido mucho más de la mitad. Sus sentimientos se debatían entre un plato u otro de la balanza. —Quizás lo entiendas mejor si te lo digo así—, dijo Vincent, como si hubiera visto a través de la mente de Nanaki. —Lo que pensabas que estaba bien entonces, estaba cien por cien equivocado. Todo erróneo.

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—Eso no me revela qué es lo que debí hacer entonces. No importa lo mucho que lo piense, simplemente no puedo discernir cual hubiera sido la correcta forma de proceder. —De eso se trata —, susurró Vincent, levantándose como si ya hubiera dicho todo lo que tenía que decir. Pero de nuevo continuó como si recordara algo. —También puedes optar por no hacer nada. Una vez yo elegí esa opción. — ¿Y qué tal te fue? —Fui castigado por ello. El manto de Vincent se agitó teatralmente al girarse para salir de la cabaña. Nanaki se levantó rápidamente y fue tras él. Al principio pareció que se dirigía al este. Pero al poco tiempo se adentró en un páramo aislado situado a un lado de la carretera. — ¿A dónde vas? — ¿Qué vas a hacer si te lo digo? — ¿Puedo ir contigo? — ¿Por qué? —Porque…—…me muero por la compañía de los demás, pensó Nanaki. Quiero estar con alguien. Ambos se encontraban en los límites del páramo, caminando bajo un risco del tamaño de un pequeño edificio, y no quería quedarse solo. —Tu respuesta es cien por cien errónea. Vincent dio un salto y subió por las rocas.

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— ¡Vincent! Pero era demasiado tarde. Su manto rojo desapareció, y no obtuvo respuesta. —¡… A lo mejor tú también te equivocas, Vincent! Mientras gritaba esto a su misterioso amigo, Nanaki se dio cuenta de algo. No importaba quien tuviera razón o lo que creyera que debió hacer o no hacer, preocuparse por ello no tenía sentido. El pasado no se puede cambiar, y lo único que hay por delante es el futuro. Lo importante era no olvidar, y pensar en los momentos vividos, para no volver a cometer los mismos errores. Quizás eso es lo que consiga revelar una respuesta. Y una vez se encuentre, puede ser útil. Eso es todo lo que hay que hacer. Es una preocupación sin importancia alguna, comparado con el día a día. Ni yo, ni Pazu, ni Rin, teníamos preocupaciones en el bosque. Nos divertíamos cada día. Nanaki se hizo a un lado, acercándose a la pared del risco, y rememoró todo lo que había pasado en el bosque. Recordó la postura tan extraña en la que dormían los hermanos, incluso para ser animales. Luego cuando Pazu casi se ahoga en el manantial. La vez que Rin se cayó de un árbol. El primer pez de cazaron juntos. Se lo comieron enseguida de una sentada. Nanaki sonrió. Pero no pudo reprimir las lágrimas. Adiós, mundo de las bestias. Nanaki se levantó, y comenzó a caminar hacia el este. Pero tras avanzar un rato, cambió de opinión, y se dirigió al norte. *** Cid estaba dedicado en cuerpo y alma a desarrollar una nueva aeronave en la Ciudad del Cohete, por lo que estaba muy ocupado. Pero no por ello dejó de atender a Nanaki, a quien acogió tras ver sus heridas, para que descansara y se recuperara. Mientras estaba convaleciente, pasaba el tiempo observando cómo trabajaban en la nave, a la que ya le quedaba poco para estar terminada. Intentaba 123


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no interponerse en su labor. Nanaki estaba sorprendido de que hubiera pasado dos años viviendo con los osos en el bosque. Hasta Cid estaba perplejo de que hubiera pasado todo ese tiempo desde la última vez que se vieron. Tener una vida plena hacía perder la noción del tiempo. Nanaki oyó a Cid hablar de la reciente visita que le hizo Barret. Me hubiera gustado coincidir con ambos, pensó Nanaki. Desde el día en el que todos se separaron estaba seguro de que Barret iba a ir a visitar a Cid. *** Un día, Cid estaba de muy buen humor porque la nave había sido terminada por fin, e invitó a Nanaki a su vuelo de prueba. Aceptó encantado el paseo. —Pero si se cae, eso es lo que hay. No vayas a guardarme rencor, ¿me oyes? Eso es lo que hay. Es una buena frase. Mientras volaban por el cielo, todo el mundo se dio cuenta de lo pequeño que era el mundo. Para Nanaki, que había viajado tanto por tierra, lo era aún más. Debo agradecer a Cid que me haya dado el especial privilegio de ver el mundo desde este punto de vista, pensó Nanaki. Este es el mundo en el que pasaré unos cuantos cientos de años, o incluso más. Hay tantas cosas de la vida que todavía desconozco. Seguro que todavía me aguardan muchas experiencias que ver y conocer. Antes temía que perder el rumbo entre aquellas vastas tierras y desorientarse pudiera ser el pan de cada día, pero ahora sabía que el mundo no era un lugar tan grande. Aquella pequeña experiencia le dio el coraje para sentir que no había nada sobre lo que no pudiera aprender. —El mundo me está esperando. — ¿Qué has dicho? No exageres… ¿eh? ¡Ey, ey! ¡Mira allí! 124


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— ¿Qué pasa? — ¡Mira! Es Yuffie. ¿Qué demonios está haciendo ahí?

Nanaki se sentía un poco culpable al reunirse con ella. Aunque Yuffie le había pedido que reuniera información sobre la enfermedad, no había hecho nada. Intentó justificarse mostrándose alegre. Pronto, Cid volvió a la nave y salió volando, dejando a Yuffie y a Nanaki a solas. Por supuesto, Yuffie dijo lo de siempre; que fueran juntos a buscar materia. No había cambiado un ápice desde la última vez que se vieron. En su último encuentro, estaba enfadado con su amigo Yuri, a quien ella llevaba a cuestas, y por eso le dijo por despecho que no existía la materia que buscaba. Pero aunque ahora ya no sentía rencor alguno, sabía de buena tinta que no había materia alguna que curara el Mal de Midgar… o el ―Geostigma‖, como supo que lo llamaban en la Ciudad del Cohete. Si todo el tiempo que él había estado en el bosque, Yuffie no había sido capaz encontrar una cura, es que entonces no había ninguna. Cuando le dijo a su amiga lo que pensaba, ella le miró con tristeza. —Lo siento. Te ayudaré a buscar una—, le prometió Nanaki. *** Yuffie y Nanaki fueron hacia la cueva de materia de los campos nevados del norte. Pero sus esfuerzos no obtuvieron fruto en aquel lugar congelado. —Ah… ¡No hay nada aquí! ¡Me rindo! —, se quejó Yuffie. — ¿Estás abandonando? —No… no, tengo que seguir buscando. Soy su única esperanza. — ¿Qué quieres decir?

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—Esta es la última cueva de materia que descubrimos, en aquellos tiempos.... Cuando pasó todo esto, pensé que debía volver a visitarlas todas de nuevo, por si nos habíamos dejado algún rincón… ya sabes. Pero me he dado cuenta de que mientras estamos aquí, está pasando un tiempo muy valioso, ¿no crees? —, dijo Yuffie, con la vista perdida en el horizonte. Yuffie le contó que se había dedicado a adiestrar en las artes marciales a los pacientes. Primero fue solo a los niños, pero luego fueron incrementándose los enfermos, y ahora todos ejercitaban su cuerpo bajo las enseñanzas de Yuffie. —Ya ves. Es verdad que esa enfermedad es contagiosa. Pero no se contagia a cualquiera. Entra en el corazón de las personas que se preocupan, sufren o se rinden en la vida. Pero estudiando artes marciales y ejercitando sus cuerpos, dejan de pensar en esas cosas ¿sabes? Solo con estar ocupados todo el día, se duermen enseguida por las noches y no tienen tiempo de preocuparse ni de comerse la cabeza con pensamientos raros. Están dando lo mejor de sí mismos. Y quiero que nosotros también demos lo mejor—. Yuffie miró a Nanaki, y mostró una sonrisa. — ¿En qué estás pensando? —En que estoy de acuerdo. Muy muy de acuerdo. — ¡Pues claro que lo estás! Yuffie rodeó el cuello de Nanaki con sus brazos y se restregó contra él bruscamente. — ¡Para! — ¿Eh? No te había visto esas heridas. ¿Qué has estado haciendo? —He estado en un viaje para ver mundo. Fue de forma diferente a la que se había imaginado, pero al final, se había dejado cautivar por la vida, y él vivió la suya al máximo. Y lo había memorizado 126


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todo. No albergaba duda de que había experimentado cosas que jamás hubiese entendido mirándolas desde fuera. —Deja de hacerte el chulo, tontaina. Yuffie volvió a rodearle con los brazos y le dio un apretón, pero paró enseguida y dijo: —Sigue siendo así, Nanaki. *** Tras separarse de Yuffie, Nanaki recorrió el mundo tal como dijo. Cuando se encontraba con otras bestias, se preguntaba si habría alguna manera de vivir con ellas. Y cuando se encontraba con humanos, él era el primero en hablarles. Sentía que debía descubrir la verdad que había en todo… fuera bueno o malo. Así, el número de nombres en los recuerdos de Nanaki aumentaron. Kira-Kira, Ladrón Dolly, Kai, Flujo de Nubes, Ai, Llanto de los Árboles… otorgó un nombre a cada valiosa experiencia, aunque fuera dolorosa. Durante aquellos días tan provechosos, solo había una cosa que le preocupaba. Gilligan reaparecía en los días en los que estaba solo. Parecía hacerse más grande a medida que pasaban los días. Seguramente debido a que cuantas más experiencias vivía, más tenía que perder. Por eso Gilligan ha crecido. La verdadera identidad de Gilligan era el miedo a la pérdida. Nanaki había estado seguro de que dejaría de tenerle miedo una vez descubriera qué era. No obstante, se vio a sí mismo temblando y le llevaba mucho más tiempo que antes recuperarse. ¿Por qué?, pensó Nanaki. Pronto, empezó a pensar en si se habría equivocado al identificar la verdadera naturaleza de Gilligan. Volvió a intentar

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averiguar qué era. Era miedo que se extendía por su corazón y lo congelaba. No había duda de eso. Pero no sabía cuál era la verdadera razón de ese miedo. *** —Gilligan, ¿eh? —. Mucho tiempo después, Nanaki se había encontrado con Vincent de nuevo, cerca del pequeño lago de la Capital Olvidada. — Conozco algo sobre él —, murmuró. — ¿Qué? ¿Puedes contarme más? —, presionó Nanaki. —Un día, sin duda, experimentarás la pérdida. Te sentirás triste, e imaginar ese momento es la causa de tu miedo. Sin embargo… y de esto te reirás… acabarás acostumbrándote. —Mmmm… Tal vez tengas razón. —Gilligan vino desde el futuro lejano. El futuro del que estás asustado, inconscientemente. — ¿Eh? —Lo sabe todo de ti. Temes el momento en el que se perderá todo lo que has experimentado, visto y nombrado. No hay nadie más con quien lo compartas. —Mmmm… Nanaki se imaginó ese momento. Entonces, Gilligan volvió a aparecer. Nanaki soportó el temblor y lo recordó todo. Entonces se vio a sí mismo corriendo sobre las grandes colinas que se alzaban ante Midgar. Más allá de ellas, vio la ciudad, cubierta de plantas que ni siquiera conocía. Notó la presencia de humanos.

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Sin embargo, no conocía a ninguno. Quizás si iba y hablaba con ellos, se verían interesados y le escucharían. Pero ninguno diría ―¡Me alegro de volver a verte!‖ —Estoy completamente solo—, dijo mientras temblaba. —Mi esperanza de vida es tan larga que algún día experimentaré la soledad… Es mi miedo a la soledad. ¿Eso es Gilligan? —Yo lo llamo Trastorno de Ansiedad Generalizada. — ¡No te burles de mí! Sonriendo ante la ira de Nanaki, Vincent replicó. —Entonces, piensa en esto: No estarás solo. Hasta puede que tengas críos. — ¿Yo, teniendo hijos? Ni se me pasa por la cabeza. Cuando lo imagino solo puedo ver a los osos de Nibel. —Entonces, ¿qué tal esto? Cada año, visita Midgar una vez. Yo estaré esperándote. Y allí, te escucharé contar tus historietas insignificantes tanto si me importan como si no. Nanaki pensó en ello. Vincent tenía el semblante serio. Y el temblor desapareció. Gilligan pareció desvanecerse. —Ya no tiemblas. —Sí. Pero un día, Vincent, incluso tú… —Ese día jamás llegará. Soy inmortal. Para mi fortuna o mi desgracia. —Yo…

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Nanaki pensó en la soledad que envolvía al propio Vincent. A pesar de tener una larga esperanza de vida, algún día él moriría. Pero Vincent… —Ey. Mientras continúe viviendo, estate seguro de que nos veremos a menudo y podremos hablar. —Solo una vez al año. Tendrás que perdonarme si es que querías verme más veces. Diciendo esto, Vincent agachó la cabeza, hundiéndola bajo su manto. Sus hombros se agitaban ligeramente. Era la primera vez que Nanaki veía reír a Vincent. — ¿Gilligan? ¿Lo llamaste ―Gilligan‖? —Bah. Ríete cuanto quieras. —Si me lo permites. Vincent alzó la voz, riéndose a carcajadas. Primero Nanaki se quedó serio, pero al poco él también comenzó a reírse. La última vez que en la Capital Olvidada se escuchó el sonido de la risa, fue durante la Era de los Cetra. Pero ahora, volvía a resonar en el aire.

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LA CORRIENTE VITAL BLANCA – 2

Ella descubrió que cada vez más espíritus en la Corriente Vital rechazaban unirse al Planeta. Aunque eran diferentes que el espíritu de Él, rechazaban la Corriente con su misma vehemencia. Odio. Sus sentimientos hacia el Planeta estaban dominados por el odio, como Él. Es el resultado de su influjo abriéndose paso a la superficie, pensó. Ella se aproximó a las almas que acababan de entrar en la Corriente Vital, conciencias llenas de rencor, y trató de sanarlas. Rascando sobre su coraza hostil se encontraban recuerdos ocultos. Recuerdos de su anterior vida como personas normales. Entre ellos, sin ocupar un lugar especial, también había muchos recuerdos hermosos. Ella liberaba estos recuerdos y los fundía en la Corriente. Habiendo perdido el núcleo de sus emociones, la rabia de su cascarón se desvanecía. Había hallado el remedio, sin embargo, cada vez aparecían más y más conciencias resentidas, más de las que Ella podía atender. Viajó a toda prisa por la Corriente Vital en busca de otras almas que pudieran ayudarla, Ancianos, a punto de fundirse en la nada. Estos fragmentos de conciencias aceptaron sus ruegos. Ella también halló los halos de los espíritus de personas que había conocido en vida – pocas, por desgracia – y los imbuyó de sus propios recuerdos. Les pidió que colaboraran con ella. Ahora tenía más almas de su lado, pero ni siquiera así pudo combatir el odio que Él arrastraba consigo. Entonces Ella pensó en Cloud, cuya vida continuaba en la superficie. Para poder acabar con el odio que hería la Corriente Vital, debía acabar primero con el dolor que inundaba el mundo de los vivos. Ella se preguntó si él podría ayudarla. Sin embargo, tenía miedo de que Cloud pudiera sufrir por ello. El Cloud que Ella conocía tenía un corazón muy frágil.

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Episodio de Yuffie

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L

a Capital Olvidada. Yuffie y los demás habían vuelto al pequeño lago donde se despidieron de Aeris cuando perdió la vida. Volvieron de nuevo para hacerle saber que la batalla contra Sephiroth había

terminado. Todos permanecían en silencio alrededor del altar en que se había convertido aquel lugar. Ninguno de ellos decía una palabra, pero cada uno hablaba con Aeris a su manera. —Adiós. Era la voz queda de Vincent. En el momento en que Yuffie se giró hacia él, ya solo podía ver oscilar su manto rojo. ¿Qué pasa con él?, pensó Yuffie. ¿Se va a ir así? — ¡Espera! ¡¡Esperaaaa!! Salió gritando como loca detrás de él.

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— ¿Cómo puedes dejarnos de esta manera? Todos somos amigos ahora, ¿lo sabías? Su protesta no le detuvo. Yuffie corrió hasta ponerse frente a él y los dos se quedaron mirándose cara a cara. Vincent parecía estar con la mirada fija en algún punto en la distancia. Yuffie no sabía qué se le pasaba por la cabeza, pero su mirada lo decía todo. Dio inmediatamente un paso atrás sabiendo que no podría pararle. —Cuídate —, dijo Vincent cuando pasó por su lado. Yuffie no esperaba una palabra como esa viniendo de él. Le sorprendió tanto ver abierto su corazón por primera vez que lo dejó estar. Cloud, Tifa, Barret, Cid y Red XIII les miraban. —Parece que tenía que irse a algún sitio —, informó Yuffie cuando volvió con sus camaradas. —Con su chica, probablemente. Es hora de que yo también me vaya —, dijo Cid. —Sí, tienes razón. Yo igual —, dijo Barret. Todos tienen a alguien a quien quieren ver, pensó Yuffie. Lo entendía, pero tampoco podía dar la espalda a lo que sentía. —Sabéis… Os lo estáis tomando muy a la ligera, chicos. —Sabemos que siempre podremos vernos de nuevo, ¿para qué hemos sobrevivido, si no? —, dijo Cid, mientras se iba. Cloud y Tifa asintieron. Incluso Red XIII se mostró de acuerdo. Red XIII se está obligando a hacerlo, pensó Yuffie. —Sí.

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Como empezó a sentirse igual que ellos, aceptó lo que iba a pasar. —Vámonos. Cloud y Tifa emprendieron su camino. Sí. Una vez que dejemos este lugar, de verdad habrá llegado el adiós para todos nosotros, pensó Yuffie. Pero está bien. Disfrutaré de esta partida con toda mi energía. — ¡Ey, esperad! —, Barret alzó la voz de repente. Tío, has arruinado la despedida. Por eso no me gusta el viejo este. Yuffie le miró y vio como se sacaba la materia de su brazo arma, entregándosela a Cloud. — ¿Qué vamos a hacer con esto? — ¡Ey, un momento! Yuffie gritó, sabiendo que se olvidaba de algo muy importante. Casi había olvidado el verdadero propósito de su viaje. — ¿Puedo quedarme con toda la…? Quiero decir, ¿puedo quedarme con la mitad de toda la materia? La llevaré conmigo a Wutai y la mantendré a salvo. Bueno, puede que también la use. Solo un poco. Los ojos de todos sus compañeros se clavaron en ella. Le encantaba ser el centro de atención, pero esa vez se sentía un poco incómoda. Continuó hablando en un esfuerzo por ocultar aquella sensación. —Sabíais que estaba en mitad de una caza de materia. Me uní a vosotros porque estaba siguiendo mi instinto de cazadora. La materia que llevabais era demasiado tentadora. Las investigaciones, la tecnología, y el conocimiento sobre la vida del Planeta de Shinra les permitieron otorgar ―poderes‖ a la materia. Cloud y su grupo poseían algo que no era posible producir de forma natural.

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—Si os soy sincera, en realidad no sabía nada de lo que estabais persiguiendo ni de vuestro pasado. Incluso ahora, creo que tampoco. Pero he luchado junto a vosotros ¿no? Y no fue por la materia. Solo quería ser útil, aunque fuera un poco. Ahora somos amigos. Vamos, pensadlo. ¿Cuántas veces os he sacado de un aprieto? Cuando terminó, Yuffie pensó: Maldición. Menuda bola les he metido. —Sí, nos has ayudado muchas veces —, dijo Tifa. Yuffie se quedo boquiabierta. —Eres una chica estupenda, tan alegre y tan fuerte. — ¿¡Eh!? Yuffie estaba sorprendida, y esperó a que Tifa continuara. Pero ella tan solo la miraba en silencio, sonriente. — ¿Vas en serio? —, preguntó Yuffie sin pensárselo. —Ajá —, asintió Tifa inmediatamente. —Jejejeje… Yuffie pensó en lo que le acababan de decir y se ruborizó. Se sorprendió de que quizás pudiera coger la materia sin que nadie pusiera pegas. — ¿Qué piensas, Barret? —, le preguntó de repente Cloud. ¿Por qué narices le estas preguntando a Barret?, pensó Yuffie, pero no dijo nada. —Mmmm… —, reflexionó Barret. —Es verdad que Yuffie es una buena colega nuestra, pero cuando se trata de materia… todo cambia ¿verdad? — ¡No! ¡Es lo mismo! ¡Lo mismo! Sé que quizás ya todo ha terminado ahora que hemos derrotado a Sephiroth, pero tengo un gran sueño y ese sueño es la restauración de Wutai. Y para ello, la materia es crucial.

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—Con que la restauración de Wutai, ¿eh? Esta vez fue Cid el que se metió con sorna. ¡Cállate carroza! Yuffie le lanzó una mirada hostil. —Si la necesitas para eso… ¿no crees que entonces Midgar la necesita más? —Cid tiene razón —, dijo Cloud. Tras ello se quedó pensando un momento. —Ey Yuffie, ¿qué tal si hacemos esto? Te daremos toda la materia. — ¡Genial! —Pero yo la custodiaré. —Er… ¡Estás intentando engañar a una inocente! —, protestó, pensando que la tomaban por tonta. —Te equivocas. La mayoría de nuestra materia se usa en batalla, ¿vale? No sería de mucha utilidad en Wutai. Así que te daremos las que sirven para curar y yo me quedaré el resto. Creo que soy el que tiene más experiencia cuando se trata de materias peligrosas. —Es verdad que ya no necesitaremos las materias de ataque, pero… — ¿Pero? —Aunque no podamos usarlas, nos quedaremos más tranquilos teniéndolas, ¿no crees? —Entonces hagamos esto. Tú vuelve a Wutai, y si alguna vez te sientes intranquila sin la materia, me llamas. Y entonces nos lo volvemos a pensar. Cloud hablaba de buen tono, pero su decisión final de quedarse la materia sonó firme y quedó clara para Yuffie. Y tenía razón, aunque Wutai tuviera un 137


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montón de materia de inconmensurable poder destructivo, no sería de mucha utilidad en su restauración. Los tiempos habían cambiado. Hasta Yuffie lo comprendía. —Vale. ¡Pero asegúrate de cuidar bien de mi materia! *** —Y ahora soy la persona con más materia del mundo. ¿Qué te parece? Yuffie estaba de regreso a su ciudad natal, Wutai, y se había pasado todo el trayecto hablando con el chocobo que montaba. — ¿Crees que debería comprarme por ahí algo de ropa nueva? Esta está tan gastada después de tantas peripecias… Yuffie imaginaba que la gente de Wutai le daría una gloriosa bienvenida. Estaba segura de que ya sabían que el Planeta pudo evitar la catástrofe del Meteorito gracias a ella y sus amigos. Y seguramente estarían ávidos de oírla contar sus vivencias. —Oh, espera. Esta ropa contribuirá a demostrarles lo duro que ha sido mi periplo. Sí, eso haré, me dejaré puesta esta ropa tal como está. Pero más importante aún, ¡tengo que prepararme mis historias! Sin embargo, Yuffie se dio cuenta de que no sabía cómo y en qué orden habían pasado muchas de las cosas importantes antes de que el mundo se encontrase cercano a su final. —Pues qué mal… ¿En qué pensaban todos? ¿Qué sucesos les había llevado hasta allí? Había muchas cosas que Yuffie no sabía, ya que se unió a ellos cuando ya hacía tiempo que estaban embarcados en su viaje.

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—Desearía haberles preguntado… pero qué remedio, tendré que improvisar. Sephiroth, el soldado renegado que había sido creado por Shinra, tenía en mente malas intenciones. Como Cloud y sus amigos luchaban contra Shinra, fueron tras él. Al verse acorralado, probó usar la Materia Negra para invocar un Meteorito que chocara contra el Planeta. Arriesgamos nuestras vidas, pero conseguimos detenerle. Sí, es perfecto. Entretenido y fácil de entender. Lo que Yuffie no sabía es que a Wutai ya habían llegado rumores que ella desconocía. Y no eran sobre sus aventuras en absoluto. *** —Ey… Wutai ya podía verse a lo lejos. Yuffie había vuelto allí varias veces a lo largo de su odisea, pero ahora que todo había terminado al fin, se sentía diferente. Paró el chocobo y observó su hogar en la distancia. — ¿Eh? ¿Por qué…? Yuffie no entendía por qué se le saltaban las lágrimas. *** Era por la mañana temprano. Tras liberar al chocobo, corrió a toda velocidad por aquellas calles tan familiares para ella, sin levantar la vista del suelo. No paró hasta llegar a la casa donde se suponía que la esperaba su padre, Godo. No quería que nadie de la ciudad supiera todavía que había vuelto. Aunque había decidido no quitarse la ropa, sí quería al menos lavarse la cara. Godo estaba junto a la puerta, martilleando un poste. — ¿Qué estás haciendo? —, al escuchar la voz de su hija, Godo se dio la vuelta. —He vuelto. Todo ha terminado.

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—Me alegro de que hayas regresado sana y salva, Yuffie. Pero escúchame, hija mía. La ciudad está pasando su peor momento. Ayúdame, Wutai necesita más que nunca a gente joven como tú —. Godo se echó a la espalda una bolsa llena de herramientas y empezó a andar en dirección al centro de la ciudad. — ¡Ey, espera! Yuffie le siguió atropelladamente. Su padre parecía llevar prisa y caminaba con energía. — ¿No has oído nada sobre los acontecimientos en los que he estado envuelta? ¿Dónde está el comité de bienvenida? ¿Dónde están todos? Mientras protestaba, Yuffie contó por encima como ella y sus compañeros habían invocado a la Corriente Vital y salvado al Planeta. Godo se detuvo en seco y se giró hacia ella, mirándola con incredulidad. —No tengo idea de en qué has estado metida. Lo que sí sé es que el mundo estaba inmerso en un desastre, causado por esos necios de Shinra y sus SOLDADOS dementes. Al final, la voluntad del universo ha querido acabar con esta locura e invocó al Meteorito, pero nuestro Planeta se defendió a sí mismo liberando a la Corriente Vital y lo destruyó. Eso es lo que tengo entendido —. Godo hablaba con semblante serio. — ¿La voluntad del universo? ¿Quién os ha venido con semejante estupidez? —Es mi propia interpretación. Quizás la verdad sea distinta, pero con lo que sé, me doy por satisfecho. Y Yuffie. Ni se te ocurra ir por ahí diciendo que tú has tenido algo que ver en esto. Los efectos de la Corriente Vital han sido devastadores. Aunque la gente entiende que esto es lo que ha salvado al Planeta, hay quien no está contento con lo que ha pasado.

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— ¿¡Qué?! —, Yuffie alzó el puño, golpeando el aire en protesta. — ¿Qué le ha pasado a la ciudad…? Yuffie miró a su alrededor, descontenta con lo que había oído. No lo había notado cuando llegó, pero muchos de los edificios estaban dañados. Entre ellos se divisaba la antigua pagoda, con su tejado rojo. Ahora tenía un gran agujero en su fachada. También muchas tejas se habían caído al suelo. — ¿Qué ha pasado? —La Corriente Vital pasó por aquí. Fue una noche horrible, todas las casas temblaban. Quizás esto no sea nada comparado con las víctimas de Midgar, pero nuestros edificios son mucho más antiguos. Puede que por fuera no los veas tan mal, pero es muy probable que los pilares y las vigas estén rotos. No te sorprendas si algún día se derrumba alguna casa. Por eso estoy usando este martillo para… ¿Qué pasa ahora, Yuffie? Yuffie miraba a la gente que se arremolinaba a su alrededor y reparaba los edificios. Muchos de ellos llevaban vendas. — ¿Está bien todo el mundo? ¿Hay alguien malherido? —Hay bastante gente herida. Pero ninguna de gravedad. —Pero los hay… —Pues sí… ¿pero qué puedes hacer tú al respecto? Ahora ven conmigo y ayúdame a arreglar las casas —. Godo cogió un segundo martillo de la bolsa de herramientas y se lo ofreció a Yuffie. —No importa, esto ayudará, ¿verdad? —, Yuffie sacó su materia de curación y se la enseñó a su padre. — ¡Ah…! —, Godo miró a su hija receloso. — ¿Tienes más?

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—No. Había poco de este tipo de materia. En verdad pensaba traer mucha más, pero ya sabes, las de ataque serían demasiado peligrosas, ¿no? —Muy bien. Sabia decisión. Godo caminó hacia la pagoda de tejado rojo y empezó a examinar su condición. —Parece que tiene fácil arreglo. Entonces gritó a su alrededor. — ¡Ey, que alguien me eche una mano! Vamos a convertir este lugar en un hospital. *** Yuffie estaba segura de que su vida como cazadora de materia había tocado a su fin. Ahora empezaba una nueva etapa como la magnífica ―doctora Yuffie‖. Todos los que iban al hospital le daban las gracias. Ella seguía deseando poder contar a alguien las peripecias de su viaje, pero al verse ante tanta gente herida a causa de la Corriente Vital, ni se le pasó por la cabeza. Algunas personas tenían heridas que ni siquiera la materia de Yuffie podía curar, pero ella estaba segura de que se acabarían curando gradualmente si se cuidaban bien. El problema era en realidad que Yuffie no tenía la capacidad mental necesaria para usar aquella materia prolongadamente. La materia es producto de la cristalización de la Corriente Vital. Para extraer el poder de dentro del cristal, se requería una especie de shock que era activado por las ondas cerebrales

del

usuario.

Como

consecuencia,

significativamente con cada uso.

142

la

mente

se

debilitaba


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El cansancio era difícil de aguantar, y asaltada por el sueño, Yuffie colgó su placa de ―doctora Yuffie‖ por una tarde, se envolvió en su futón y se quedó dormida. —Ugh… —. Mañana me tomaré un descanso e iré por ahí a buscar suministros de éter o algo similar, pensó Yuffie. Espera… Me pregunto si Cloud y los demás también dejaban de lado su viaje cuando se quedaban sin éteres… ¡TUMP TUMP! ¡BAM BAM! Alguien estaba golpeando la pared. — ¡Callaoooooos! —Yuffie gritó y se tapó con la manta, pero luego saltó de repente de su futón. ¿Será alguna urgencia? ¡TUMP TUMP! ¡BAM BAM! No, es algo raro. Suena como si… Sí, como si alguien estuviera clavando algo. —Ya está, esto debería mantener a Yuffie encerrada —, oyó decir a su padre. — ¿Eh? Yuffie se precipitó hacia la puerta e intentó abrirla, pero no se movía. — ¡Eh, papá! ¿Qué has hecho? ¡No puedo abrir la puerta! —Pregúntale a tu conciencia. ¿Cómo has podido intentar ocultarnos algo tan importante? ¡Quédate ahí y reflexiona sobre lo que has hecho!

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Yuffie sabía que no tenía nada qué reflexionar en absoluto. Intentó hallarlo poniéndose la mano sobre el pecho, pero aparte de hacerle saber que seguía viva, su corazón no le decía nada más. — ¡Papá! Pero ya no contestó nadie más. — ¿Hay alguien ahí? Su voz sonó tan llena de impotencia que se sorprendió a sí misma. Y aún más le sorprendía que el sueño todavía fuera capaz de vencerla incluso en esa situación. —Padre idiota… Después de dormir un rato te voy a… te voy a…

¡PAM!

Sonó como si alguien hubiera dado una patada a la puerta. Yuffie se despertó. Sintió que había estado dormida muchas horas seguidas. — ¿Y ahora qué? — ¡Yuffie, estúpida! Era la voz de una chica que rondaría la misma edad que Yuffie. No le era familiar. Lo que la había llamado le dolió más que si se lo hubiese dicho un extranjero. — ¿Por qué soy estúpida? — ¡Por tu culpa la madre de Yuri está enferma! 144


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— ¿Enferma? ¿De qué estás hablando? ¿Qué tiene que ver eso conmigo? Pero no hubo respuesta. En vez de eso, escucho el murmullo de unas personas mayores. Probablemente le estén diciendo que no me dirija la palabra, pensó Yuffie.

¡POM!

A lo largo del día, una y otra vez escuchaba un ruido que venía de la pared. Parecía que alguien estuviera tirando piedras contra la pagoda. La pagoda era una estructura sagrada en la ciudad. Cuando Yuffie pensó en lo mucho que debían odiarla todos como para no importarles dañar un lugar tan importante, se le rompió el corazón. ¿Qué es lo que he hecho? Yuffie se repitió estás palabras una y otra vez hasta que la luz del día se escurrió de los tragaluces de la pared. *** — ¿Yuffie? Yuffie, ¿sigues viva? ¿Qué clase de pregunta es esa? Se acercó a la pared al notar preocupación en aquel tono de voz. — ¿Quién eres? —Soy yo, Yuri. ¿No te acuerdas de mí? Solíamos jugar juntos muchas veces cuando éramos pequeños.

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Volvió a oír la voz, pero no era capaz de reconocerla. No podía tampoco recordar el aspecto que tenía entonces su amigo de la infancia. Pero si reconoció el nombre. Por culpa de Yuffie su madre estaba enferma… Era ese Yuri. — ¿Cómo está tu madre? ¿Está enferma, verdad? No es mi culpa. — ¿Mi madre? Sí, es verdad que está enferma. Es una enfermedad que no conocemos. Tiene como un pus negro que no para de salirle por las orejas, y parece que sufre mucho. Duele de solo mirarla. —Ya veo… debe de ser terrible —, Yuffie dijo esto agachando la cabeza. Se imaginaba como sería aquello. —Sí. Pero yo no creo que sea culpa tuya, Yuffie. — ¿Eh? — Yuffie alzó la vista de repente. —Espera ahí. Te sacaré. Se escuchó el ruido de los clavos siendo sacados y cayendo al suelo. La puerta no tardó en abrirse y Yuri hizo su aparición. —Hey. —Hola. Tenía una nariz preciosa y se recogía el pelo en una cola de caballo. Pero Yuffie seguía sin reconocerle. — ¡Cuánto tiempo Yuri! — ¡Te has acordado! — ¡Evidentemente!

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Le dolía mentirle, pero no sabía cuáles eran sus intenciones, así que era mejor seguirle el juego. —Estamos en un lío, Godo y los demás vienen hacia aquí. ¡Larguémonos! *** Yuffie cogió la mano que le ofrecía Yuri sin saber todavía por qué. Así agarrados, ambos salieron corriendo de inmediato hasta dejar atrás la pagoda. — ¡Yuffie! ¡Yuffie! ¡Espera! ¡Ey, Yuri! ¡Vais a extender la enfermedad! Atravesaron las puertas de la ciudad mientras Yuffie escuchaba gritar a su padre tras ellos. Se sintió furiosa. *** Corrieron más, todavía agarrados de la mano. Parecía que ya nadie les perseguía. Yuri se paró de repente y Yuffie se dio contra su espalda. —Por aquí. Yuri giró hacia la izquierda y empezó a correr por otro camino. Entonces Yuffie se dio cuenta del por qué de ese cambio de dirección tan repentino. Un monstruo los observaba, emitiendo sonidos hostiles. Eran de esos que los luchadores veteranos llamaban ―bichos bizarros‖. Con guardarse bien de su veneno, no tenían nada más de qué preocuparse. No llevaba ningún arma, pero Yuffie sabía manejarse con esta clase de monstruos. —Yuffie, es venenoso. —Lo sé. Sí, recordó Yuffie. Pasó hace mucho tiempo: Yuri y yo estábamos jugando cerca del Da- Chao. Un monstruo con forma de insecto nos saltó encima y en 147


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cuanto Yuri reconoció cual era, se largó corriendo. Me dejó atrás, y el bicho me picó. Dormí tres días seguidos. —No te preocupes, tengo materia. El monstruo dio un salto hacia Yuffie a gran velocidad. Justo cuando Yuffie iba a golpearlo contra el suelo, un cuchillo cortó el aire y se clavó en el monstruo. Este cayó sobre la tierra y murió tras algunas convulsiones. Yuffie miró a Yuri. Este cogió el cuchillo sacándolo del monstruo y se lo guardó dentro de su manga izquierda. Supo que al menos iba preparado para lo que les esperaba. —Ya no soy el cobardica que conocías de antes. —Entonces antes debiste enfrentarte a él, en vez de salir por patas. —Si me pasara algo, mi madre se quedaría sola en el mundo. Venga, sigamos. — ¿A dónde vamos? ¿Estás seguro de que quieres dejar atrás a tu madre? —Solo será por un tiempo. Yuri sacó un shuriken de mediano tamaño de la mochila de cuero que llevaba a la espalda. Comparado con la versión más grande a la que Yuffie estaba acostumbrada, puede que no fuera tan potente, pero era un arma tradicional de Wutai con la que estaba familiarizada desde que era niña. —Usa esto. — ¡Claro! Yuffie lo lanzó de inmediato. El shuriken describió en el aire una curva perfecta antes de regresar. 148


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— ¡Lo tengo! —. Yuffie agarró el shuriken como toda una experta. —Justo lo que me esperaba de ti. Sí. Yo también esperaba algo. Así es como luché y salvé al Planeta. Yo ayudé a invocar al Planeta, de hecho yo… —Yo esperaba que todos me hicieran una fiesta. —Ya te invitaré yo a algo. En el Paraíso de la Tortuga. —Eso no es una fiesta. Yuffie y Yuri se sentaron juntos en un terreno elevado desde el cual podían ver las luces de Wutai en la lejanía. Yuffie estaba pensando qué y cómo interrogar a Yuri mientras este oteaba el horizonte en busca de perseguidores. Ambos encontraron tranquilidad por un momento. — ¿Cómo es Midgar? —, preguntó Yuri, sin dejar de vigilar. —Está hecha un desastre. La Corriente Vital le pasó por encima, y al lado estaba el Meteorito, provocando tifones y terremotos, y no mucho antes hubo explosiones… y también un montón de batallas. Pero no he estado allí mucho tiempo, así que… Sí. Como en todo lo demás. No se casi nada sobre esa ciudad. — ¿Qué me dices de la enfermedad? —Bueno, sobre ese tema… ¿Qué pasa con ella? No sé nada de la enfermedad esa. Ni siquiera sé por qué me han encerrado. — ¿Godo-san no te ha dicho nada? —No. Probablemente no lo ha hecho porque sigue creyendo que soy una niña pequeña que no entiende de nada. 149


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—Ya veo. Pero creo que te equivocas. Creo que Godo-san simplemente no sabía muy bien cómo debía decírtelo. Ni siquiera yo sé qué decir a mi madre… —, comentó Yuri. —Parece que esa enfermedad es realmente terrible… —Sí. De acuerdo con lo que se sabe de Midgar, los infectados por lo general mueren. —Vaya… —, Yuffie hizo una pregunta sin mostrar compasión. — ¿Y por qué es mi culpa? —Ayer nos llegaron noticias sobre una horrible enfermedad que estaba haciendo estragos en Midgar. Entonces algunos se enteraron de que mi madre y unos pocos más presentaban los mismos síntomas. En otras palabras, significaba que tú debías haber traído la enfermedad desde Midgar. Eres la única que ha estado allí últimamente. Yuri intentaba disculparse con la mirada, pero Yuffie no se dio cuenta. — ¡Espera un momento! Es verdad que vengo de Midgar, ¿pero por qué es mi culpa? ¡Nunca he visto a tu madre y no conozco a ninguna de las otras personas! ¡Y yo tampoco estoy enferma! —, Yuffie se levantó de repente llena de rabia. Su espíritu combativo ardía en su interior. —Las ratas también llevan enfermedades aunque ellas mismas están sanas. — ¿¡Me estás llamando rata!? —Oh, solo es algo que dicen los mayores —, rió Yuri. Pero por otra parte, mi madre y el resto de pacientes estaban heridos. Todos fueron tratados por ti. En la pagoda, ya sabes.

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— ¡Falsas acusaciones! —Tras ello, la enfermedad se propagó. — ¡No tengo nada que ver con eso! Yuffie agarró impulsivamente a Yuri de la camisa. Sabía que él no había hecho nada malo, pero ya no podía aguantarlo más. —Limpiaremos tu nombre —, dijo Yuri, tranquilo. Yuffie se calmó. —Sí. Sí, eso es lo que haremos. Debe haber alguien más que haya vuelto de Midgar además de mí. ¡Lo encontraremos y lo desenmascararemos! ¡Les enseñaré a sospechar de mí a esos! ¿Quién se han creído que soy? —, Yuffie gritó todo eso mientras daba vueltas de un lado a otro. —No has cambiado nada. Bla, bla, bla. — ¿Qué insinúas? — ¿Por qué no te dedicas a buscar una cura antes que a buscar un culpable? Vamos a buscarla. Juntos. —…Pero… Quizás aquello fuese verdad. Pero Yuffie no estaba satisfecha con la idea. —Si les curas, la gente cambiará su opinión de ti. Dejarán sus sospechas a un lado y te mostrarán su gratitud. —Mmmmm… Yuffie se lo pensó. A Yuri no le faltaba razón. Sería por el bien de todos. ¿Pero se contentaría ella con eso?

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— ¿Yuffie? A mi madre no le queda mucho tiempo. Quiero que me ayudes. —Vale. Sí. Ya tendré tiempo más tarde de cazar al culpable. *** Tras escapar de Wutai, ambos chicos pusieron rumbo al sur, hacia el lugar conocido como las Cuevas de Materia. Aquel emplazamiento había sido donde Shinra había planeado construir una vez un reactor de Mako, lo que provocó la guerra entre Wutai y la compañía. Era una tierra fértil bañada por la Corriente Vital. Hace un tiempo era un lugar al que solo se podía llegar con chocobos que hubieran sido criados y entrenados hasta conseguir habilidades especiales. Sin embargo, después de que la Corriente Vital saliera a la superficie, la orografía del terreno había cambiado y ahora se podía alcanzar fácilmente a pie. La razón por la que Yuri quería la ayuda de su amiga no solo era porque ella hubiera sido testigo de lo que había pasado. También porque desde que era pequeña tenía un instinto fuera de lo normal cuando se trataba de materia. —Debe haber alguna materia que pueda curar también el Mal de Midgar, ¿no? —, dijo Yuri. ―El Mal de Midgar‖ era el nombre que él le había puesto a la enfermedad de su madre. —No he escuchado nada sobre algo así, creo. —Ya veo… ¿y no hay nadie que pueda saberlo? —, preguntó Yuri mientras sacaba su moderno teléfono móvil. Yuffie tuvo una idea. —Espera un momento.

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Yuffie cogió el PHS que le había acompañado durante todo su gran viaje y se lo puso al oído. Pero no había señal. Comprobó dos veces el número guardado en la memoria, pero seguía sin haber respuesta. Entonces no tuvo más remedio que cogerle el teléfono a Yuri, y marcó el número. — ¿Hola? ¿Tifa? Soy Yuffie. Tras un rato de charla, se pudo oír a Tifa preguntarle a Cloud si existía alguna materia que pudiera curar el Mal de Midgar, pero él no sabía nada. Solo sabían lo horrible que era esa enfermedad, que ni en Midgar habían encontrado aún una cura efectiva, que una gran cantidad de gente había muerto y que todos estaban asustados. Primero por el Meteorito, y ahora por la enfermedad. *** —No lo saben. —Ya veo. ¿Y alguna otra cura? —… Mira, ahí hay una cueva. No estaba ahí antes. ¡Vamos a buscar materia! Yuffie le lanzó a Yuri su móvil sin mirar y corrió hacia el agujero, que se había creado seguramente al erupcionar la Corriente Vital. Dentro de la cueva, buscaron juntos alguna señal de materia, durante casi una hora. — ¿Pero que pasa aquí? —¸dijo Yuffie, sin hacer esfuerzo alguno por ocultar su irritación. —Quizás no haya nada aquí porque esta cueva es nueva. ¿Cómo se te ha ocurrido entrar? —, Yuri parecía preocupado. Yuffie no tenía razón para ello.

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—Si la Corriente Vital se mueve con el Planeta, entonces es posible que haya movido la materia con ella, ¿sabías? —, Yuffie dijo esto sin mucho convencimiento de que eso fuera lo que había pasado realmente. —…Perdóname. Tengo fe en ti. La voz de Yuri temblaba. A Yuffie tampoco le gustaba la idea de encontrarse algún monstruo mientras se adentraban en aquella cueva tan poco iluminada. — ¡Vamos! ¡Encontraremos la materia! —, dijo, intentando espantar el miedo. Estaba un poco asustada, lo que no ayudaba a Yuri, el cual pisaba aquellas cuevas por primera vez. Me portaré bien con él. Solo un poco. —Vamos fuera a reconsiderar nuestra estrategia. Pudo sentir el respiro de alivio de su amigo en la oscuridad. *** Mucho antes de que pudieran alcanzar la salida de la cueva, sus temores se materializaron en un monstruo que a primera vista parecía algo así como un topo cubierto de púas por todo el cuerpo. — ¡Pan comido! —, gritó Yuffie para darse ánimos, y tanto Yuri como ella atacaron. Lanzó el shuriken con todas sus fuerzas e hizo impacto en la criatura. Este contraatacó y lanzó una bola de fuego por la boca. Yuffie fue capaz de evitarla sin siquiera rozarla. Yuri, que iba tras ella, también dio un salto espectacular para esquivarla. El proyectil impactó en el suelo y explotó. — ¡Yuri, reacciona! —, Yuffie llamó la atención del chico, que se había quedado paralizado al ver la explosión. — ¡Sokuhenka Shorai! —, gritó, asustado.

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En ese momento, el shuriken de Yuffie regresó a ella como un boomerang y volvió a arrojarlo contra el monstruo. Sus cuchillas lo atravesaron, provocando su muerte y dándoles la victoria. —Venga ya, Yuffie. ¡Ya era mío! —Ibas muy lento. Lento y asustado. Pero ya veo que has estado entrenando. —Puede que mis movimientos sean lentos pero mis técnicas lo compensan. —No, no. No deberías pensar así. La velocidad es fundamental, ¿OK? Yuffie presumía con orgullo de lo veloz que era, cuando Yuri llamó su atención. — ¡Mira Yuffie! —, tenía la cara desencajada. — ¡Mira eso! Del lugar en el que había explotado la bola de fuego del monstruo salía burbujeando un líquido. Dentro de aquella cueva tan oscura no podían distinguir que era, pero no parecía que fuera agua. Yuffie salió corriendo. Le temblaba todo el cuerpo. Podía sentir una presencia maligna saliendo de esa cosa. — ¡Corre! Yuffie empezó a aumentar la velocidad. Tras ellos, el líquido que había empezado a fluir lentamente salió de repente disparado como un torrente indómito. Golpeaba las paredes y el techo de la cueva. Pronto alcanzó a Yuffie y a Yuri. Empezó a caerles encima goteando desde arriba. Se cubrieron la cabeza con los brazos y siguieron a la carrera. Yuffie dio un grito al divisar la marca que había puesto en la entrada de la cueva para no perderse.

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Esperó a que la vista se habituara a la luz de la luna que brillaba sobre ellos. Habían conseguido salir. Yuffie se dio la vuelta para mirar. El líquido con la horrible presencia había ralentizado su flujo, pero había inundado toda la cueva. Yuffie se fijó en algo. El agua era negra. —Yuri, esa agua es negra. Pero nadie respondió. — ¿¡Yuri!? Yuffie vaciló por un momento, pero corrió de vuelta a la cueva. Cerca de la entrada, le encontró tendido de bruces en el suelo. Intentó ayudarle, pero todas sus fuerzas no eran suficientes para poder levantarle. Pesaba demasiado para ella. — ¡Levántate, Yuri! ¡Arriba! —No puedo. Yuffie, vete. Si te quedas aquí, tú… — ¡Idiota! ¡No puedo cuidar de tu madre por ti, ¿lo sabías?! Yuffie le dio la vuelta para ponerle boca arriba e intentó tirar de él por los hombros con toda la fuerza que le permitían sus brazos. —Vete… Una sustancia negra rebosaba de su boca. *** Yuffie se sentó a medio camino entre la cueva y Wutai. —Vamos, Yuri, camina. Si te mueres, también me echaran la culpa por ello. Todos dirán que has muerto del Mal de Midgar porque escapaste con una que acababa de estar allí… ¡Yo! Todos me señalarán.

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—Así que me has arrastrado hasta aquí… —, farfulló Yuri, respirando con dificultad a causa del intenso dolor, —…solo por eso… —Pues sí… —…No… Esa no es la verdadera razón, es… La voz de Yuri se cortó de repente. Asustada, Yuffie le miró. Menos mal, sigue vivo. Tengo que llevarle con su madre como sea. Yuffie se levantó y una vez más rodeó a Yuri con sus brazos y empezó a arrastrarle. *** — ¿Necesitas ayuda? Yuffie se giró y vio a Red XIII. — ¿¡Red!? — ¿Es que no podéis llamarme Nanaki? —, replicó este, disgustado al oír su antiguo nombre. — ¿Qué estás haciendo aquí? —Estoy en un viaje para ver mundo. Acabo de empezar, de hecho. *** Nanaki caminaba sin ninguna dificultad cargando con Yuri a su espalda. Este estaba tumbado boca abajo, como si fuera ropa tendida secándose al sol. Yuffie le sujetaba con una mano, para que no se cayera. Nanaki le contó que había planeado ir a Wutai como punto de partida y luego hacer camino hacia el este desde allí. Eligió Wutai porque era el límite de la región oeste. Yuffie le contestó que Wutai era en realidad el centro del mundo, aislado por los mares que se extendían hacia el este y el oeste. La clase de punto de vista que esperaba 157


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oír de alguien criado en Wutai. La espalda de Yuri temblaba. Yuffie temía que estuviera sufriendo convulsiones. Pero cuando miró su cara, estaba sonriendo. El líquido negro había cesado de salir de su boca. —Cuéntame algo interesante, Nanaki —, Yuffie habló en voz baja. —Hmmm… —, se quedó pensando. —Ah, sí. Tengo un nuevo teléfono móvil. Me dijeron que los PHS ya estaban pasados. Cuando volví a Midgar con Cloud y los otros, me dieron uno. Se supone que son muy caros, pero el encargado de la tienda de telefonía estaba regalando todos los que podía. Decía que la gente ya estaba bastante preocupada para encima no poder comunicarse con nadie en estos tiempos tan duros. Es buena persona. —Mmm… ¿Pero tú puedes usar un teléfono? —Por supuesto. Me lleva un rato, pero si lo pongo en el suelo y uso mis garras, puedo usarlo con un poco de esfuerzo —, contestó Nanaki, mirando a Yuffie con desconfianza al ver el gesto que ponía. —No voy a dártelo. — ¡Dámelo! —. Yuffie se adelantó para ponerse frente a Nanaki. Este se detuvo. —Es mejor que me lo quede yo, ¿dónde lo tienes?

—, empezó a

registrar a Nanaki. —Vas en serio ¿verdad? Mientras Nanaki decía esto, Yuffie descubrió un cinto alrededor de su cuello, escondido entre su pelo. Estaba ceñido a su cuerpo. Yuffie se agachó y tanteó cerca de la garganta de la bestia. Allí encontró lo que parecía una solida bolsita echa de algún tipo de piel. —Jejejejeje, lo encontré. —Yuffie, nunca olvidaré esto.

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—Seguro, nadie se olvida fácilmente de mí. Nanaki pareció claudicar entretanto Yuffie hurgaba con la mano hasta el fondo de la bolsita. —Yuffie, te daré el mío —. Era Yuri. —Yo también tengo uno. De Midgar. — ¿Qué quieres decir con que…? —Bueno… A Yuffie le hirvió la sangre tras imaginarse lo que había sucedido. — ¡Eres un… cerdo! —Lo siento… Creo que he sido yo el que ha traído la enfermedad a Wutai. En cuanto llegué debí pasarla a mi madre y de ella a todos mis amigos… Pensé que quizás pudiéramos encontrar una cura. Déjame bajar un momento. Gracias, Nanaki. Se sentaron en la hierba, mecida por el viento. Nanaki se tumbó con las patas extendidas, y escucharon la historia de Yuri. Yuri se había dado cuenta de que su madre estaba ya enferma desde hace meses. Pero no del Mal de Midgar, sino de otra enfermedad, común entre los adultos. Su madre se volvió muy pesimista y decía siempre que iba a morirse pronto. Yuri quería ayudarla costara lo que costara. Recordando el ejemplo de Yuffie, con la que solía jugar de niño, decidió imitarla y salir él también en busca de materia. Sin embargo, Yuri no tenía valor suficiente para adentrarse en terrenos peligrosos, por lo que fue a Midgar para pedir ayuda a Shinra. Por aquel entonces, el Meteorito acababa de aparecer en el cielo. Visitó el Edificio Shinra muchas veces, pero con todo el caos que había, nadie le hacía caso.

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Finalmente algunos empleados de la compañía se apiadaron de él, pero al final, la materia que necesitaba no se la podían dar porque era equipamiento exclusivo para soldados de Shinra. —Y entonces llegó aquel día. Esperé a que todo acabara en un hotel barato de los suburbios. Después, todo el mundo bajaba de la placa para refugiarse allí, pero yo fui al contrario que la muchedumbre y me abrí paso hasta arriba. Allí había ya mucha gente que había cogido la enfermedad. Tras aquel acontecimiento, Yuri volvió de inmediato a Wutai. Cuando su madre le preguntó donde había estado, el contestó que había ido a divertirse al Gold Saucer. —No me atrevía a decirle que había fallado al intentar encontrar una materia para curarla. —Bueno, comprendo cómo te sientes. Por supuesto, no era necesario decir que él mismo ya se había convertido en un proscrito. Pero eso ya no tenía solución. —Ey, ¿sabéis una cosa? —, interrumpió Nanaki. —Dicen que la materia contiene también la sabiduría de los Ancianos. —Sí, he oído algo de eso. —Quizás los Ancianos tampoco tenían el poder de curar la enfermedad que tenía tu madre. Quizás nunca existió esa dolencia en la Era de los Ancianos. Así que tal vez no haya ninguna materia que la remedie —, dijo Nanaki. — ¡Ey Nanaki! No digas esas cosas. Quizás es que todavía no la hemos descubierto.

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—Pero pensadlo. Si esa clase de materia existiera, no habría tanta gente enf… ¡ay! Yuffie le dio un golpe seco a la nariz de Nanaki con sus dedos. Pensaba que él tenía razón. Y eso la ponía rabiosa. El razonamiento de Nanaki significaba que no había materia alguna que combatiera la enfermedad que hacía sufrir a tanta gente, llevándoles a morir mientras aquel pus negro salía de sus cuerpos. —Te odio, Nanaki. — ¿¡Qué!? *** Habían pasado dos días desde que dejaron Wutai. En las afueras de la ciudad, vieron como habían construido una cabaña. Era pequeña, pero tenía espacio para acomodar a diez personas. —Me pregunto para qué es. ¡Ve a investigar, Nanaki! — ¿¡Eh!? ¿Y por qué yo? —, Nanaki miró contrariado a Yuffie, pero se dio la vuelta y echó a correr a toda prisa en cuanto le vio las intenciones de volver a pegarle en la nariz. —Debe doler de verdad —, dijo Yuri entre risas. Se le veía mejor cuando reía. Quizás le aliviemos el Mal de Midgar si Nanaki y yo le mantenemos arriba el ánimo y le hacemos reír. No mucho después, Nanaki regresó. —Dentro hay cuatro personas con el Mal de Midgar. Yuffie y Yuri se miraron el uno al otro.

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—Yuri, agárrate —, urgió Nanaki. Sin esperar a que su amigo se subiera a la espalda de la bestia, no sin dificultad, la ninja echó a correr. *** Cuando alcanzó la cabaña, Yuffie buscó por donde mirar. Cuando encontró un pequeño ventanuco, se asomó a ver que había dentro y vio a cuatro pacientes, tal como había dicho Nanaki. — ¿Qué está pasando aquí? —, le preguntó. —Creo que les han forzado a dejar el pueblo porque tienen la enfermedad… — ¿Y por eso los han metido en esta casucha? Volvió a salir corriendo, rodeando la cabaña hasta encontrar la entrada. — ¡Yuffie, espera! Ella ignoró el intento de Nanaki por detenerla, y se metió dentro. — ¡Esto es horrible! ¡Horrible! —, dijo Yuffie a nadie en particular. —Oh, eres tú, Yuffie. Cuanto tiempo. ¿Pero por qué pareces tan enfadada? —, dijo uno de los pacientes, con voz pausada. Yuffie enseguida la reconoció, era la de la madre de Yuri. —Os han obligado a iros porque estáis enfermos. ¡Es una barbaridad! Yuffie entendía el por qué de una medida así, pero no podía aceptarla. —Pero no hay más remedio. Los infectados tenemos que estar en cuarentena —, contestó la madre de Yuri, sin alterar el tono de voz. —Pero… pero… —, era la única palabra que era capaz de articular. 162


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—Me alegro de que me hayan dado un lugar en el que estar —, sentenció Yuri, como si aceptara una condena. — ¿Estás seguro? ¿Estás realmente seguro? —Será algo temporal. Solo tendré que estar aquí hasta que encuentres una cura, Yuffie. ¿Y si no puedo encontrarla? Yuffie no se atrevía a decir esto en voz alta. —Ah… ¡que gran responsabilidad! *** Yuffie pasó allí dos semanas cuidando de los enfermos. Su número se incrementó, a pesar de que los nuevos pacientes no habían mantenido nunca contacto con los que estaban en cuarentena. —No parece que sea contagioso. Aunque creímos que la cuarentena lo solucionaría, el número de personas enfermas sigue creciendo. En otras palabras, bueno… Lo siento, hija mía. Ni la disculpa de Godo hizo sentir mejor a Yuffie. Ya no le importaba lo que pudiera pasar. Lo único que quería era saber la causa de todo aquello. Obligó a Nanaki a irse de la ciudad. Había la posibilidad de que se infectara si se quedaba allí. *** —Ey, Yuffie. Hay algo de lo que me he dado cuenta —, dijo Yuri un día. —He estado pensando por qué hay gente que se infecta y gente que no. — ¿Has descubierto algo?

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—Sí. Los que están aquí son gente que ya sufrían de antes otra enfermedad, o que fueron heridos de gravedad por la Corriente Vital. En otras palabras, gente que cree que va a morir. — ¿En serio? —Sí, y no es solo imaginación mía. Es la verdad. Incluso yo… —, Yuri eludió continuar. — ¿Creíste que ibas a morir? ¿Cuándo? —En aquella cueva a la que fuimos. Cuando yo estaba empapado en aquella agua extraña y me desmayé… ¡Ey! Yuri y Yuffie se miraron, y hablaron al unísono. — ¡El agua! *** Quizás el agua fuera la causa de todo. Yuffie fue inmediatamente a interrogar a los pacientes. Les preguntó si habían bebido o si se habían bañado en algún agua de aspecto raro. Pero no pudieron llegar a ninguna conclusión clara. Todos habían notado que el sabor del agua había cambiado tras el incidente con la Corriente. No les había extrañado, porque la gente de Wutai extrae el agua potable de pozos subterráneos, y el sabor cambiaba cada vez que había algún pequeño terremoto. A menos que ser envuelto por la Corriente Vital fuera la causa, sentían que no podían descartar la posibilidad de que la enfermedad estuviera unida de alguna forma al agua y a la condición mental en la que estuviera la gente en ese momento. Informaron a Godo de sus averiguaciones.

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1. Tened cuidado con el agua que vayáis a usar. Se desconoce si hervirla sirve de algo, pero aseguraos de hacerlo antes de consumirla. 2. No penséis que vais a morir. *** Un año después, Yuffie se había habituado a su rutina. Pasaba dos semanas cuidando de los pacientes y otras dos viajando en busca de una cura. Cuidar de la gente le hacía ver la urgencia de encontrar pronto ese remedio, y cada vez que dejaba el pueblo, se preocupaba por como estarían los enfermos. Ahora había dos cabañas. Y tres niños habían sucumbido también a la enfermedad. Tres hermanos de ocho, seis y cuatro años. Yuffie se sorprendió de que niños de esa edad ya estuvieran pensando que iban a morir. Sin embargo, cuando escuchó su historia, lo entendió todo. Los tres pensaban que era el fin cuando los dos pequeños intentaban salvar a su hermano mayor de ahogarse en el río. Eso confirmó que lo que Yuri y ella habían averiguado de la enfermedad era cierto. El Geostigma, como era llamada ahora en todo el mundo, se propagaba a través de un tipo de agua sospechosa. Entra en los cuerpos de aquellos que se han rendido en la vida o que son débiles de corazón. La madre de Yuri falleció. Pero a pesar de ello, él juró que siempre sonreiría ante Yuffie. *** Había pasado casi otro año. El Geostigma seguía cobrándose víctimas y la cura seguía sin hallarse. Muchas personas habían llegado a las mismas conclusiones que Yuri y Yuffie, pero había muchas más que creían que era contagioso y que se pondrían enfermos con solo tocar a alguien infectado. A causa de ello, muchas de esas desafortunadas víctimas y sus familias vivían un auténtico calvario. Esto incrementó las posibilidades de infección entre

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miembros de una misma familia, y como resultado, dieron a la gente la falsa evidencia que les hacía creer en los rumores sobre el contagio. *** Pronto iba a llegar a Corel. Yuffie se percató del sonido de una explosión en la lejanía. Miró a su alrededor para ver de dónde venía y pronto advirtió una aeronave gigantesca que se acercaba rápidamente. Yuffie sacudió los brazos. Era un modelo que no había visto nunca, pero estaba segura de que era de Cid. — ¡Eyyyy! —, continuó agitando los brazos, dando varios saltos. Pero la nave pasó de largo. Había escuchado que Cid andaba construyendo una. No estaba siendo fácil usar gasolina como combustible en vez de Mako, pero por lo que veía ya había resuelto el problema. Si iba en dirección oeste desde donde estaba, seguro que se encontraría con la Ciudad del Cohete. Tal vez debería pasarme por allí, pensó, pero cambió de opinión enseguida. La aeronave había dado media vuelta. Se paró un poco antes de llegar y empezó a aterrizar lentamente, para no aplastar a Yuffie con los motores. La joven ninja corrió hacia ella haciendo señas. — ¡EEEEEEY! La compuerta de la nave se abrió y de ella saltó una bestia rojiza. Nanaki salió corriendo con poderoso ritmo hacia ella. Yuffie abrió los brazos como si estuviera lista para recibirle con un abrazo. Nanaki saltó con todas sus fuerzas. Pero Yuffie se hizo a un lado casi inmediatamente para esquivarle. Cuando se golpeó contra el suelo, Nanaki protestó enérgicamente. — ¿Por qué te apartas? —Es que has crecido mucho. No quería morir aplastada. —No he cambiado tanto.

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—Qué más da. No eres guapo te pongas como te pongas. —Antipática. — ¡Ey, Yuffie! Cid les alcanzó. Parecía cansado. O tal vez solo había adelgazado. — ¿Es un modelo nuevo? — ¡Joder si lo es! No sé cómo, pero lo he completado. Estamos en mitad de un vuelo de prueba. —Parece que le está yendo bien. —Lo parece, sí, pero lo cierto es que no le queda ya mucho combustible. Lo justo para recorrer medio planeta. —Pues ya no parece que vaya tan bien. —He tenido que poner mis esperanzas en ese cabeza hueca de Barret. Está buscando otro yacimiento de petróleo. Tengo todo los materiales y demás cacharros preparados para ir donde él me diga en cuanto llame, pero a saber por dónde anda ¿eh? —, al contrario de lo que dejaba ver, las expectativas de Cid no parecían tan altas. — ¡Así que has visto a Barret! —Sí. Lo ha pasado un poco mal, pero ya está bien. Bueno, ¿quieres dar una vuelta? —No. — ¿Pero qué demonios? ¿Todavía no te has curado de lo del mareo? ¿Es que se puede curar?, pensó Yuffie, pero dio otra respuesta. 167


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— ¿Y por qué debería curármelo? Es el único punto débil de la adorable Yuffie. Una chica nunca podrá ser amada si no tiene debilidades. —No eres otra cosa más que debilidades, así que no te preocupes, señorita. — ¿Qué estás insinuando? —Bueno, bueno, no voy a obligarte a nada. Cuídate en tu viaje. Cuando Cid volvía a su aeronave, Yuffie se acordó de algo y le llamó. — ¡Oye, Cid! — ¿Qué? —Hay materia que puede curar el Geostigma, ¿verdad? Al escuchar estas palabras, Nanaki desvió la mirada hacia el horizonte. — ¿Tú crees que la hay? —, dijo Cid mirándole a los ojos. — ¡Claro que sí! El piloto levantó su pulgar tras escuchar la enérgica respuesta de Yuffie. — ¡Entonces es que existe! —, asintió. Yuffie empezó a pensar mientras veía como Cid volvía a montar en la aeronave. Qué tipo más insoportable. Es tan raro. Sabe que no hay prueba alguna de que exista. Pero me ha dicho lo que quería oír. Pronto, el sonido apagado de los motores pasó a sonar como explosiones, y la aeronave comenzó a elevarse hacia el cielo. Se dio la vuelta en dirección a la Ciudad del Cohete antes de desaparecer en la distancia.

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—Bah… —, murmuró Nanaki. —Me ha dejado atrás. —Sigo aquí. — ¿Adonde te diriges? — ¡A la cueva de materia del norte! No podía adivinar que pensaba Nanaki por la cara que ponía, pero a juzgar por su mirada abatida, sabía que quería decir algo. Yuffie montó a horcajadas sobre su lomo y se echó hacia delante para estrangularle con los brazos. Juntando las muñecas una contra otra, le dio un estrecho apretón. Las patas delanteras de Nanaki cedieron. — ¡Yuffie, duele! — ¡Dímelo! ¡Dime en qué estás pensando! — ¡Lo haré, pero déjame! Yuffie lo soltó. —Estaba pensando lo mismo que antes. Que quizás no haya materia que cure el Geostigma. Yuffie se quedó donde estaba y volvió a estrangularle con los brazos. — ¡Te he dicho que duele! —El Geostigma duele mucho más. —Sí. Nanaki asintió ligeramente y comenzó a caminar hacia el norte, con Yuffie subida a su espalda. Mientras ella se balanceaba de un lado a otro, tuvo un pensamiento. 169


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Me convertiré en la esperanza de Yuri y de todos los demás pacientes. Continuaré mi búsqueda. Aún no puedo abandonar mi labor como cazadora de materia.

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LA CORRIENTE VITAL NEGRA - 3

A pesar de los problemas de la humanidad, la vida en el Planeta había vuelto a la normalidad. Él estaba advertido del incremento en la Corriente Vital de conciencias cuyos corazones estaban envueltos en oscuridad. Disfrutaba aquella pertinaz tristeza. Mucho más cuando reparó en que había sido su estigma el que la había creado. Supuso que sería divertido llenar la Corriente de esta oscuridad. Él se ocultó entre la vida del Planeta y viajó por el mundo, marcando con su estigma a todo el que se encontraba. En la superficie había personas que no habían podido volver a empezar, gente desesperada en quienes Él había influido para que el lado oscuro de sus corazones se apoderara de ellos. Ya falta menos, pensó Él. Quiero que Cloud sepa que esto es obra mía. Quiero que los humanos sepan que esto es obra mía. Para ello necesitaba un cuerpo. Había cosas que quería manifestar con su propia voz. Cosas que quería arreglar por su propia mano. Decidió usar el poder de su Madre. Con un fragmento de su cuerpo, podría conseguir reencarnarme, pensó. Él ya había intentado manifestarse en la superficie como espíritu, pero fracasó en el intento. Ya había devuelto al Planeta el recuerdo de su propio aspecto, por lo que no fue de capaz de reproducir su imagen. Así que buscó a través de la Corriente el recuerdo de alguna apariencia que le sirviera. Encontró la imagen de un joven. No tardó en recordar que tener un cuerpo en la superficie era incomparable a la libertad de ser un espíritu. Por lo que buscó dos nuevas imágenes y las puso a su servicio. Los tres serían entidades separadas, pero al mismo tiempo una sola. Ellos, creados por la fuerza de su voluntad y arrancados del Planeta, eran al mismo tiempo realidad y monstruos inconcebibles.

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Él pensó en el futuro. Mientras mis sirvientes buscan a Madre, si se encuentran con alguien que me haya conocido, podré aprender de ese espíritu quien fui una vez. Y con la ayuda de Madre, podré encarnarme en algo real. No importa si algo se queda en el camino. Cloud me completará. Esto no será más que el principio.

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Episodio de Shinra

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E

n las ruinas de los Ancianos, a Tseng, líder del Departamento de Investigación y Asuntos Generales de la compañía Shinra, más conocido como los Turcos, le fue asignada una misión. Debía obtener

la materia ancestral conocida como la Materia Negra. No obstante, momentos antes de lograrla, Sephiroth apareció y le hirió de gravedad, dejándole yacer contra la pared, al borde de la muerte. La hemorragia no paraba. Iba a morir. Justo cuando estaba preparado para ello, Aeris y sus amigos aparecieron. Ellos también habían ido a las ruinas en busca de Sephiroth. Mantener vigilada a la última descendiente de los Ancianos y servir con discreción a su compañía había sido su trabajo durante un largo periodo de tiempo. A veces se había sentido culpable por los métodos violentos que llevaban a cabo sus subordinados, pero teniendo en cuenta la compañía para la que trabajaban, hasta podía decirse que eran amables. Una vez, había intentando reducir a la madre de Aeris por la fuerza para que no escapara, y a consecuencia de ello, la perdió. Esto afectó a los principios de Tseng, y él reflejó este cambio en sus actos.

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Aeris era la última descendiente de los Ancianos en este mundo. Tseng pensaba que alguien que representaba el lado más oscuro de su compañía, como él, no se merecía estar tan cerca de una existencia tan majestuosa como la suya, y a causa de ello, se prometió que velaría por ella. *** La primera vez que Aeris le habló, fue cuando ella todavía era una niña. —Gracias por trabajar tan duro como siempre. Tseng receló de las palabras que escuchó en la pequeña. Viendo que continuaba en silencio, Aeris siguió hablando. —Me estas protegiendo, ¿a que sí? Si Tseng hubiera pensado solo en su misión, no hubiera tenido una mejor oportunidad que esa para cumplirla. Pero Tseng no fue capaz, y le dijo la verdad. Fue el momento más honesto de toda su vida. —Soy Tseng, de la compañía Shinra. Tengo algo de lo que hablar contigo. — ¡Odio a Shinra! Mientras veía la espalda de la niña que huía de él, Tseng se dijo que era mejor así, y lo dejó estar. Pensó que, si alguna vez llegaba el día en que tuviera que capturarla por la fuerza, jamás sería con engaños. Después de muchos años y tras varios eventos, Aeris llegó al grupo antiShinra Avalancha y la situación dio un cambio repentino. Tseng se agobió al no haber sido capaz de llevar a cabo sus métodos para manejar aquellas circunstancias, y trató a Aeris de una manera cruel, tanto, que incluso sus subordinados se lo reprocharon, volviéndose fríos en su presencia. Tseng siempre pensaba en qué podía decir para excusarse.

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No es que yo sea así. Para Aeris, Shinra es la que es cruel. Si ella cree que por ello soy cruel, debo cumplir con el papel. A causa de esto, incluso viendo que su muerte se aproximaba, eligió seguir comportándose ante ella como un turco. — ¡Maldición!… Dejar que Aeris se fuera fue el principio… de mi… mala suerte… Y a pesar de ello, la florista derramó lágrimas por Tseng. Ella no le veía como un enemigo, sino como alguien cercano, alguien que conocía desde su infancia. Tseng pensó que morir con algo tan inesperado como el llanto de la última Anciana no era un final demasiado malo, pero apenas pudo hacer una broma sobre ello. —Todavía… no estoy… muerto. Después de que Aeris se fuera, Tseng esperó su muerte pacientemente. Pero nunca llegaba. Aunque comenzó a sentir que se desvanecía, seguía sin poder sentir su unión a la Corriente Vital. Fue Reeve quien salvó a Tseng. Controlando un extraño gato robot que se desplazaba sobre un Mog gigante, apareció ante el turco. Reeve tenía asignada la misión de espiar a Aeris y su grupo usando aquel robot. —Por poco, señor Tseng. — ¿Dónde está la Materia Negra? —... No hubo respuesta. El robot permaneció un rato como si hubiera dejado de funcionar. Sin embargo, no pasó mucho tiempo hasta que volvió a hablar de nuevo.

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—Perdóneme, estoy controlando el número 1 y el número 2 al mismo tiempo y es un poco difícil. —Ya veo. Tseng comprendía que debía ser algo complicado de hacer, así que esperaba a que Reeve hablara de nuevo cada vez, para no interrumpirle. —He puesto la Materia Negra en manos de Cloud por el momento. Creo que es una decisión más sabia que dejársela a Sephiroth, ¿no crees? Cloud. Él estaba ligado a todo lo que había estado pasando hasta aquel momento y era uno de los grandes misterios que aun quedaban por resolver, pero al mismo tiempo, era necesaria su intervención. No es más que un crío. Tseng sentía que no importaba lo mucho que pensara en ello, no sabía dónde iba a llegar todo lo que estaba pasando. En cualquier caso, era mejor que Cloud tuviera la Materia Negra para evitar que la magia negra definitiva, Meteorito, fuera invocada. —Cloud tiene la Materia Negra. Mmm. —Y respecto a usted, señor Tseng, me pondré en contacto con Shinra en su lugar. —De acuerdo. —Una cosa más. Mi identidad como espía ha sido descubierta, pero continuaré yendo con ellos. Son un grupo bastante curioso. Estoy muy interesado en ver que es lo que van a hacer. Bien, vamos a moverle a otra parte. Había muchas cosas que Tseng quería preguntar, pero fue levantado por el Mog gigante, y el dolor que sintió fue tal que cayó inconsciente. No pudo recordar que es lo que pasó después.

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Tres hombres llevaron a Tseng hasta un barco. Hombres que una vez fueron sus subordinados. ¿Por qué Reeve ha llamado a esta gente y no directamente a la compañía? No pudo hablar con ellos. Una pregunta tras otra surgía en la mente de Tseng, pero no tenía fuerzas para decir nada. Pasó mucho tiempo inconsciente. Entonces despertó en una pequeña habitación. Respiró un aire peculiar, que mezclaba el olor del metal oxidado y la sal de las olas. Supo que estaba en Junon. Un doctor apareció casi inmediatamente y comenzó a tratarlo. *** Después de que Tseng se fuera, Aeris murió y la Materia Negra cayó en manos de Sephiroth, entregada por Cloud. Usando la Materia Negra, la magia negra definitiva fue invocada. Se decía que tras el impacto, programado para dentro de tres o siete días, todo lo que hubiera en el Planeta perecería. La situación del mundo hasta aquel entonces no es que fuera muy diferente, ya que debido a las acciones de Shinra en la extracción de Mako, se aproximaba su final a marchas forzadas. Pero nadie se esperaba que realmente fuera a pasar... *** Midgar, Sector Cero, en algún lugar cercano al Edificio Shinra. En el Sector Ocho, construido aceleradamente sobre pilares de hierro, había un peligroso cañón que había sido transportado por aire a duras penas desde Junon, como última esperanza contra Sephiroth. Conectado a unas tuberías, por las cuales surcaba energía Mako, creadas específicamente en Midgar para ello, todos esperaban que la ―Hermana Ray‖ acabara con todos los enemigos, incluido Sephiroth. El cañón fue dirigido hacia el cráter del Norte, donde él dormía. Pensaban que una vez que Sephiroth muriera, la pesadilla que

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había invocado en los cielos con la Materia Negra también desaparecería. Y si el Planeta ya no estaba amenazado, las Armas volverían al lugar del que vinieron. —Teóricamente, es perfecto —, dijo Rude mirando a la Hermana Ray. — ¿Teóricamente? ¿Y qué hay de lo que no es ―teoría‖? —, preguntó Reno con un tono serio que no solía usar. —Me inquieta. —Qué alivio. — ¿Qué quieres decir? —, preguntó Rude. —Pensaba que era el único que estaba preocupado. ¿En serio vamos a disparar esa cosa? ¿No lo vamos a probar primero? ¿No le pasará nada a Midgar? — ¿Te sentirás mejor si te digo que todo irá bien? —, Rude respondió al torrente de preguntas con un tono áspero en su voz. —Ey, no te enfades. Al final, la Hermana Ray no superó las expectativas y se volvió un enorme montón de chatarra inútil. Al mismo tiempo, la planta ejecutiva del Edificio Shinra fue destruida por un ataque de Arma. Como miembros de los Turcos, Rude y Reno habían inspeccionado muchas ruinas de edificios a lo largo del tiempo que habían ejercido su profesión. Sin embargo, investigando el Edificio Shinra se sentían diferentes. Tenían poco trabajo de oficina y sus misiones por lo general conllevaban viajar mucho por ahí, pero aun así, el Edificio Shinra era lo más parecido a un hogar que tenían después de cumplir su cometido. Todos los momentos duros que habían pasado con sus camaradas, los momentos que habían sido reprendidos por sus superiores, las veces que habían flirteado con las oficinistas cuando no tenían nada que hacer, y las veces que les habían devuelto los piropos. Cuando estaban fuera, su ―interruptor‖ estaba 179


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encendido, y cuando estaban en la oficina, estaba apagado. Al contrario que otros trabajadores, ellos sentían algo muy fuerte por el Edificio Shinra. La inquietud de Rude y Reno se incrementó más aún cuando recibieron la noticia de que el Presidente había desaparecido. Habían muchos testigos que vieron como el disparo de Arma había alcanzado la oficina de los ejecutivos, pero no sabían si había muerto o simplemente esfumado. Además, no podían garantizar la seguridad del resto del personal porque el Sistema de Gestión de la compañía Shinra era un completo desastre. Muchos trabajadores se habían rendido y habían dejado sus puestos de trabajo días antes de la fecha prevista para el impacto del Meteorito. Rude y Reno sentían que debían confirmar el buen estado de su Presidente y fueron a tomar el ascensor. Los ascensores exclusivos de los ejecutivos no funcionaban, así que intentaron llegar por los ascensores normales. —Esta cosa no se mueve. —Parece que se ha activado el sistema de emergencia. —Se ve que lo han estado manteniendo bien. —Rude, Reno. Id por las escaleras. Los dos se miraron el uno al otro ante el sonido de la nueva voz, antes de caer en quien podía ser. Después de largo rato, notaron la presencia de alguien familiar, con pelo largo, alguien a quien no esperaban ver allí. — ¡Jefe! Ambos habían recibido un informe días atrás que decía que Tseng había muerto. Elena, actuando por su cuenta, persiguió a Cloud y a su grupo hasta el Cráter del Norte, para vengarse. Sin embargo, falló en su propósito y volvió a

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Midgar en un estado neurótico. Reno y Rude recordaban como repetía la palabra ―venganza‖ una y otra vez, como si estuviera bajo un hechizo. De hecho, todos los miembros de los Turcos asumían que Tseng realmente había muerto. — ¿Algo va mal? —, preguntó Tseng, mirando a unos Rude y Reno con cara de tontos. —Está… vivo, jefe. —Ya lo estáis viendo. Pero no es momento de explicar nada. —Sí—, Reno asintió con la cabeza para hacer ver que no le hacía falta ninguna explicación. — ¡Jefe! De repente, escucharon la voz de una chica. Los tres giraron sus cabezas y encontraron a Elena, allí de pie. La integrante más joven de los Turcos no intentó esconder su felicidad al ver a su jefe, al que creía muerto, de regreso a la vida. De repente dio un salto y se abrazó a él. —Oh, vamos ya, Elena. Sabes que yo también quiero un abrazo—, dijo Reno. — ¡No hace falta que te aguantes las ganas, senpai! —Creo que paso. Tseng puso una mano firmemente sobre el hombro de Elena y miró con buenos ojos a sus tres subordinados. —Vamos. Es hora de volver al trabajo. ***

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Oscuridad… Tras haber sido alcanzado directamente por el ataque de Arma, Rufus Shinra se reía mientras comenzaba a deslizarse en la oscuridad. Arma era un monstruo que había permanecido dormido en el interior del Planeta. Después de que su ataque golpeara cerca de la oficina del presidente, el impacto derribó a Rufus contra el suelo. Le siguió una explosión dentro del edificio, y todas las piezas metálicas que formaban el techo cayeron al suelo, cerca de él. Encogió su cuerpo debajo de su escritorio para evitar los escombros que caían. Estaba preparado para morir en el momento en que vio el disparo de Arma dirigiéndose hacia él. Sin embargo, cuando se vio en el suelo tras el impacto, una profunda ira ardió en su interior. Estaba enfurecido consigo mismo por haber aceptado la muerte tan fácilmente. ¿Qué significaba eso? ¿Por qué no quería morir? Su rabia calmó el nerviosismo al que podría haberse visto sometido en una situación como esa. Arma podía volver a atacar, tenía que escapar de allí, y rápido. Mientras Rufus buscaba una ruta de escape, un pequeño botón, grabado con la letra ―P‖ llamó su atención. Se encontraba debajo del escritorio, por lo que estaba escondido de la vista. Si está puesto aquí, debe ser para alguna emergencia. Quizás sea para casos como este. Rufus lo presionó sin titubear. La parte del suelo donde se encontraba desapareció con un ―¡plank!‖, y se encontró a sí mismo cayendo un metro más abajo. Aterrizó sobre una dura superficie resbaladiza, y comenzó a deslizarse por ella. Al final, sigo pensando que voy a morir. Y no solo eso, sino que parece que voy a morir dentro de un conducto de aire que va alrededor del edificio. Es ridículo. ¿Qué van a pensar todos cuando encuentren mi cadáver? Justo en mitad de la batalla en la que se jugaba la vida del Planeta, el presidente de toda la compañía Shinra, con poder para combatir a todos sus enemigos, muere. Dentro de un conducto de aire. Ja. Vaya papel. Qué pena que no pueda 182


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verme ahora. ¿Pero qué es este conducto de ventilación? No hay razón para que esté construido en un ángulo tan abrupto. Y ese botón con la P… Rufus de repente recordó una conversación que él había tenido con su padre veinte años atrás. Finalmente entendió sus palabras, y se rió. Fue cuando tenía solo cinco años. El pequeño Rufus se había despertado en mitad de la noche y notó que su padre había vuelto a casa, lo que era raro. Temía que si le veía despierto le reñiría y le haría volver a la cama sin miramientos, pero para su sorpresa, su padre parecía estar de muy buen humor, y le enseñó un plano. Era el plano de la Oficina del Presidente, situada en lo más alto del Edificio Shinra, que mostraba como iba a ser modificada. — ¿Qué te parece? Esta es la habitación desde la cual voy a dar órdenes al mundo. —Genial. Rufus intentaba mostrar interés mientras hacía lo posible por entender algo de los planos. Quería demostrar a su padre lo listo que era. Pero no podía comprender nada y dijo lo primero que se le ocurrió. —Padre, ¿dónde está la ruta de escape? Su progenitor no podía entender qué insinuaba Rufus. — ¿Ruta de escape? ¿A qué te refieres? —Si el enemigo te ataca, necesitarás algún lugar por el que escapar. —Ah… Comprendiendo lo que su hijo quería decir, el padre continuó. —La compañía Shinra no tiene enemigos. Y aunque los tuviera, la Oficina del Presidente está en una planta 69. Nadie sería capaz de llegar. 183


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—El señor Palmer dice que podrían atacarte desde el espacio. — ¿Qué Palmer dijo qué? Las cejas del padre se fruncieron severamente. Eso es que estaba enfadado. Palmer, que era el que llevaba la División del Programa Espacial, estaría metido luego en un lío. Pero Palmer le había dicho a Rufus que las broncas eran parte de su trabajo, así que no le afectaban. Mientras no sea yo el que le haga enfadar, no me importa. Pero parece que lo he hecho. —Padre, perdóname. Estoy medio dormido. —Escúchame Rufus. Como me has dicho—, continuó el Presidente Shinra, ignorando a su hijo, —habrá una ruta de escape construida por si se diera el caso de un ataque enemigo. Pero que te quede claro, Rufus. No voy a usarla. Será para ti cuando tú seas el presidente. Aunque claro, no te garantizo que vayas a ocupar mi lugar. —Padre. —Ja. ¿Escapar? ¿Yo? —Padre, lo siento. — ¿Por qué te disculpas? ¿Admites que tu idea estaba equivocada? —Sí. — ¡No eres más que un tonto! No había nada más en lo que Rufus pudiera pensar cuando miraba los planos. Solo en la ruta de escape. —Marcaremos la vía de escape con algo que le pegue. Una ―P‖. No lo olvides. ―P‖ de ―Perdedor‖. 184


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Y Rufus estaba agradecido. Agradecido por lo que había hecho cuando tenía cinco años. El aparentemente interminable recorrido del tobogán, que abarcaba todo el edificio desde la Oficina del Presidente hasta la planta baja, daba tiempo suficiente para pensar sobre la vida de uno. Todos los recuerdos insignificantes que habían sido olvidados fueron revividos uno tras otro. Cuando Rufus se dio cuenta de que todos esos recuerdos estaban ligados a su padre, llegó a la conclusión de que al fin y al cabo, él no había sido más que un hijo cualquiera. El típico chico que tan solo quería ser mejor que su padre y tener su beneplácito, pero que nunca supo cómo expresar sus sentimientos, y que al final, a causa de ello, todo lo que tuvo de su progenitor fueron sermones e indiferencia. Sin embargo, lo que había estado experimentando hasta ahora le parecía la broma más graciosa que había escuchado en toda su vida. En la oscuridad, Rufus se reía con todas sus fuerzas. La vía de escape se acabó de repente y Rufus se encontró a sí mismo en una brillante habitación rodeada de paredes blancas y relucientes. No era un cuarto muy grande, así que Rufus no dejó de deslizarse hasta que se golpeó con la pared opuesta a la salida del tobogán. ―¡Yay!‖ Rufus volvió a reírse después de escuchar el quejido tan ridículo que había soltado. Notó que se había partido algunas costillas, pero aun así no podía parar de reír. Continuó con las carcajadas, sin moverse del lugar donde había caído, y en la misma postura poco elegante con la que había aterrizado en la pared. Pero pronto sus fracturas le hicieron regresar al mundo real. Aunque el cuerpo le dolía desde que cayó de su oficina, Rufus quiso curiosear la habitación. Era de unos cinco metros cuadrados aproximadamente, de pared a pared. Cerca de la salida del tobogán había una cama parecida a la de

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los hospitales. Las sábanas eran de buena calidad, pero se notaba que no habían sido usadas en mucho tiempo. Toda la superficie de la pared de la derecha era un armario. A la izquierda había lo que parecía una puerta hecha de acero. Mientras se acostumbraba al dolor, Rufus trató de arrastrarse hasta ella para mirar más de cerca su estructura. No había ni palancas, ni señal alguna de trampas. Había un pequeño panel que parecía ser desde donde se podía controlar la apertura de la puerta. Pero Rufus no tenía idea de cuál podía ser la clave y no se sentía ahora con fuerzas para jugar al ensayo y error. Dejó de tratar de abrir la puerta y se dio la vuelta para dirigirse al armario, levantándose a duras penas y encaminando sus pasos hacia él. En menudo estado estoy. No soportaría que nadie me viera así. Las puertas del armario se abrieron con facilidad. Dentro había cajas herméticas y esterilizadas creadas por Shinra. Miró qué había en la balda más baja –era lo más cerca que podía alcanzar– y sacó una de las cajas. Grabado en la tapa había unas palabras: ―Para P‖. Cuando vio la inscripción, Rufus se rió a carcajadas. De nuevo, no pudo aguantarse la risa, que le salía de lo más profundo de su ser, pero reírse hacía que le dolieran las costillas. Trató de abrir la tapa de la caja intentando reprimirse. Tal como esperaba, dentro había pociones y otras medicinas. Evitando los objetos mágicos, que se habían vuelto venenosos por el deterioro, cogió algunos calmantes y esperó a que le hicieran efecto. Su mirada entonces se dirigió hacia una gran ―P‖ dibujada en el techo. —No me hagas reír más, papá. Cuando se sintió mejor, esperó a que se le pasara el aturdimiento para seguir. Obró bien al usar una Carpa mientras tomaba los medicamentos. Pero al mismo tiempo, se sintió increíblemente irritado. Pronto, Rufus volvió al panel de control de la puerta, y apoyándose contra la pared, intentó introducir varias claves que conocía, pero fue inútil. Por culpa de los efectos de los calmantes, 186


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Rufus no se podía concentrar y le era difícil tratar de averiguar la combinación, pero también es cierto que él decidió tomárselas poco antes. *** Rude y Reno se encontraban en las ruinas de lo que había sido la Oficina del Presidente. —No hay nadie aquí. —Sep. — ¿Has mirado bien y con cuidado tres veces? —Por todas partes. —Así que está vivo... — ¿Pero dónde puede estar? Había algunas planchas metálicas del techo que se habían caído al suelo. Ambos Turcos se concentraron en inspeccionar bajo ellas cuidadosamente, para asegurarse de que Rufus no estaba allí. —Bueno. ¿Y dónde entonces? A medida que el Meteorito se acercaba cada vez más, comenzó a estallar una poderosa tormenta. Los Turcos ignoraron el desastre y continuaron su búsqueda de Rufus. El equipo de rescate hacía rondas, pero nunca recibieron de ellos ningún informe sobre su paradero. Rude y Reno atravesaron una puerta disimulada que se encontraba cerca de la entrada de la primera planta del Edificio Shinra, e investigaron el Bunker de Emergencia Solo para Ejecutivos, que se encontraba situada bajo tierra. Era una habitación muy simple, construida según los gustos del anterior Presidente 187


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Shinra. Una sala sobria, sin ninguna clase de decoración, ni siquiera un cuadro. Solo se podían ver las planchas de acero, en el techo, en las paredes, en el suelo… por todas partes. —Aquí no hay nada. Vámonos, Rude. —Espera. Rude detuvo a Reno y apuntó a un punto concreto de la pared. —El color es diferente. *** Rufus permanecía cerca del panel de control y miraba fijamente las teclas, que iban del cero al nueve. Sabía que lo que tenía que hacer era comprobar toda combinación posible, pero también sabía que era algo impracticable. Probablemente acabaría perdiéndose a la mitad de ese ensayo y error. Tenía que pensar en una forma más eficiente de averiguar la clave. Debía ser algo con algún significado concreto, vinculado a él. Pero entonces pensó que su padre nunca haría algo como eso, porque para él, Rufus no era nadie. Ya había probado con algunos números importantes que tanto él como su padre conocían –como el cumpleaños de su madre, o el día que ella murió- pero ninguno de ellos abrió la puerta. No sabía cuánto tiempo llevaba en aquel cuarto. Todo lo que le importaba ahora es que él seguía vivo y el Meteorito continuaba en el cielo. En otras palabras, su plan de usar la Hermana Ray había fallado y Sephiroth seguía en el Cráter del norte. Así que, tarde o temprano, el Meteorito iba a impactar contra el Planeta, y él iba a morir. Rufus pensó en la muerte. Así que mi espíritu se volverá uno con la Corriente Vital que recorre este Planeta. Me pregunto si mi padre estará allí

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también. ¿Tienen forma las conciencias? No, una corriente de energía tan poderosa puede romper fácilmente la conciencia de cualquier ser humano. —Ah, un momento. Sonrió al caer en la cuenta de que ya daba igual lo que fuera a pasar con su espíritu, ya que el Planeta iba a desaparecer. Un rato más tarde cogió el pequeño bote de calmantes del bolsillo de su traje blanco. Se introdujo tres pastillas en la boca, las masticó y se quedó mirando al panel del control. —Ja. Incluso aunque fuera a morir, Rufus no quería hacerlo en aquella habitación. Introdujo una combinación que no le había venido a la cabeza hasta entonces, y contempló la reacción del panel. Sabía que introduciendo aquellos números, admitía que su padre le había derrotado. Pero no era momento para orgullos. *** Rude y Reno examinaron el área de la pared que tenia diferente color. —No es más que una pared, Rude. Antes de que Reno terminara de hablar, dicha pared tembló un poco. Un panel de aproximadamente un metro cuadrado se hundió en el suelo y desapareció. Rude y Reno se miraron el uno al otro un segundo antes de arrojarse a mirar dentro. Podían ver una pared blanca en lo más profundo del agujero. Parecía una pequeña habitación. — ¿Hay alguien ahí? —, preguntó Reno, pero justo cuando iba a meterse a investigar, apareció la cara de Rufus.

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—Buen trabajo —. Fue lo último que dijo el joven Presidente de la compañía Shinra antes de caer desmayado al suelo. — ¡Jefe! Rude entró a la blanca habitación y ayudó a Reno, que se ocupó de Rufus. Supo inmediatamente que aquella sala era un refugio. Echando un rápido vistazo, Rude vio que cuatro de los botones del teclado del panel continuaban iluminados, pero pronto se volvieron a apagar. Nunca supo que era costumbre del antiguo Presidente usar siempre la misma clave para cualquier equipo que estuviera destinado a su uso personal. Estaba formada por unos números que el Presidente era incapaz de olvidar: el cumpleaños de su hijo. —Rude, ve a buscar un médico. Y ya de paso mira como están las cosas por ahí fuera. — ¿Cómo está el jefe? —Pues parece que dormido. Tal como dijo Reno, se podía notar la suave respiración del Presidente mientras dormía. —Parece que se alegra de vernos —, intentó bromear Reno sin éxito. —Me alegro —, dijo Rude con un tono serio, antes de salir fuera. *** Rude permaneció en la oscuridad mientras la lluvia y los fuertes vientos le golpeaban. Estaba en la puerta trasera del Edificio Shinra. Montones de cascotes caídos desde las placas superiores o el propio edificio estaban desperdigados por todas partes. Un foco permanecía encendido apuntando al suelo para ayudar a los grupos de rescate, y la poderosa luz de búsqueda de un helicóptero que 190


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deambulaba por el aire se reflejaba en los cristales rotos. Rude, a pesar del panorama que vio a su alrededor, permaneció tranquilo. El haber encontrado a Rufus vivo le había dado valor. Rufus en sí mismo era la compañía Shinra. Para lo bueno y para lo malo, Shinra iba a continuar existiendo. Si Shinra vivía, vivían los Turcos. Para Rude, solo el pensar que sería de su vida sin ser un Turco le resultaba doloroso. El helicóptero descendió y el fuerte viento hizo volar un trozo de madera de un palmo que rebotó en la frente de Rude. Sonrió burlonamente. Le encantaban los desafíos. Y Rufus le garantizaba que siempre los tendría. Teniendo cuidado de donde pisaba, Rude caminó hasta la entrada principal del edificio. Un grupo de personas estaban allí agachadas, muertas de miedo. Los escombros caían por todas partes y usaban sus manos y sus pies para apartarlos. Rude intentó llamarlos para ver cuántos estaban vivos. Muchos de ellos se asustaron al ver a Rude. Para algunas personas, un tipo que va con la cabeza rapada y unas gafas de sol solo va buscando problemas. Rude se sintió satisfecho de la reacción que todavía era capaz de provocar. Diligentemente se dirigió a la base del equipo de rescate, que se componía de personal que trabajaba en el hospital fundado por la compañía Shinra. Rude cogió a uno de los efectivos y le dijo que necesitaba ayuda. No sabía cómo iba a reaccionar si escuchaba el nombre de Rufus, así que no lo mencionó. — ¿Es un miembro de Shinra? —Sí. —Entonces tiene prioridad. —Cuento con usted. El hombre asintió y llamó a sus colegas, que cogieron una camilla y se dirigieron a la puerta trasera. Rude les seguía, pensando que debía guiarlos hasta 191


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allí. Entonces, una chica joven hablando a través de una radio le llamó la atención. Era una de las amigas de Cloud, llamada Tifa. También era una de las enemigas de Shinra, pero por el momento, no había razón para pelear contra ella. Los Turcos solo tenían que luchar cuando bien se lo ordenaban o si algo se interponía en su camino. Rude pronto se apartó de su vista y observó como una frenética Tifa avanzaba con ímpetu. Cuando el equipo de rescate colocó a Rufus en la camilla, Reno preguntó ―¿Adónde vais a llevarle?‖ —Primero le llevaremos al hospital, aunque no le puedo decir que pasará después. — ¿Qué no lo puedes decir? ¿A qué te refieres? —Me refiero a que el Meteorito se acerca. ¿Qué podemos hacer nosotros si el Planeta va a desaparecer de todas maneras? —Bueno, ya, es cierto. Vamos, por aquí. Reno guió al equipo de rescate a través del pasillo y les hizo pasar por una pequeña puerta. —Este lugar es un lío. Aquel calvo podría habernos hablado de este atajo. —Es un pasadizo solo para ejecutivos. No se lo digáis a nadie. —Sí, señor.

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Reno asintió, satisfecho con la respuesta, y les llevó hasta la entrada principal. Continuaron andando hasta el exterior, donde vio la espalda de una figura familiar, Yuffie. Se detuvo. — ¿Os puedo dejar el resto, chicos? Acaba de salirme un asunto—, dijo, dirigiéndose al equipo de rescate. —Por supuesto. Estará en buenas manos. Por cierto, ¿cómo se llama el paciente? —Ya te lo dirá él cuando se despierte. Tú ponle en una buena habitación de hospital, como es debido. — ¿Este no es… Rufus Shinra? —, murmuró uno de los camilleros a otro por lo bajini. — ¡Shh! *** No mucho tiempo después de su rescate, Rufus presenció el milagro en Kalm, una ciudad cercana a Midgar, en lo que él llamó desde entonces ―el día señalado‖ o simplemente ―aquel día‖. Los Turcos no podían garantizar la seguridad de Rufus en el hospital de Midgar, porque estaba completamente desbordado y lleno de toda clase de gente. De manera que, tras despertarse Rufus, Reno le informó sobre la situación y le trasladaron a una pequeña casa en Kalm, propiedad de Shinra. En realidad podrían haber ido a cualquier sitio, ya que tenían a su disposición un helicóptero, pero Rufus eligió Kalm. El joven presidente se fue de la ciudad siguiendo las advertencias de su subordinado, pero no creía que estuviera bien huir de esa manera cuando el Planeta estaba a punto de ser destruido. El Meteorito estaba tan cerca que parecía que pudiera tocarse con solo alzar la mano. Aún ante esta visión tan surrealista, los cuatro Turcos siguieron 193


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patrullando Midgar. El impacto del Meteorito era inminente, y aunque los Turcos no habían sido capaces de hacer cambiar a Rufus de decisión, a cambio eligieron continuar salvaguardando la seguridad del Presidente y seguir con su trabajo hasta el mismo fin. —Ya no tiene sentido pensar en que va a pasar después del impacto del Meteorito. Seguiremos trabajando y confiaremos en que el Planeta se sobrepondrá a este desastre —, dijo Tseng, antes de ordenar a sus subordinados que ayudaran a los mandos de rescate, que llevaban a la población a los refugios. La ciudad comenzaba a sentir los efectos de la cercanía del Meteorito. Pronto se levantaron poderosas tormentas y terremotos que golpearon a Midgar, derribando sus edificios. La ciudad de acero gritaba como si la hubieran pillado por sorpresa. —Es como si el jefe hubiera querido destinar sus últimas órdenes a hacer el bien— murmuró Rude. — ¿Por qué lo crees? —Expiación. —Ya entiendo. No mucho después, el primer líder de los Turcos, Veld, y los otros compañeros que se habían ido tras él, se reunieron en Midgar. Reno pensaba que era un sueño, o algún otro efecto del Meteorito. Una vez, hace ya tiempo, los Turcos habían hecho algo que no respondía a los intereses de su compañía. Ahora que Reno lo pensaba, probablemente nunca habían hecho tanto esfuerzo por mantener una promesa como aquella vez. Queriendo ayudar a los ciudadanos como en esos tiempos, Reno se comprometió con su misión más que nunca y sin parar siquiera a descansar. Tras aquella disidencia, el Presidente Shinra y los demás ejecutivos ordenaron la disolución y muerte de los Turcos, pero fue Rufus, quien entonces aún era vicepresidente, 194


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quien les salvó de aquel funesto destino. Rufus era su benefactor, y ahora que Reno había ayudado a mantenerlo a salvo y se había reunido con los compañeros a los que creía que jamás volvería a ver, se sentía feliz de morir sin tener nada de lo que arrepentirse. *** El Meteorito fue destruido justo sobre Midgar, y el Planeta escapó de su destrucción. Fue el poder de la Corriente Vital la que, saliendo de las entrañas del Planeta, les salvó del desastre. Durante el preciso momento en el que la poderosa Magia Blanca definitiva, ―Sagrado‖ ganaba a la igualmente poderosa Magia Negra definitiva, ―Meteorito‖, la gente creía que el propio Planeta era el que se estaba defendiendo solo, y desconocían el esfuerzo que Cloud y sus compañeros habían invertido para ayudarlo. En el transcurrir del enfrentamiento entre ambas magias, Reno y Rude se habían separado del resto de sus compañeros y se dirigieron directamente al Edificio Shinra, que se encontraba justo bajo el Meteorito. — ¿Y ahora por qué pasa esto? El edificio tembló violentamente cuando la Corriente Vital salió de repente de la tierra. Atravesó la ventana, como si se tratara de un monstruo abriéndose paso y embistiendo contra todo lo que se encontraba. Rude y Reno corrieron hacia un lugar seguro. Entraron a los servicios y empezaron a hablar el uno con el otro a través de los cubículos de los retretes. —Esto es por mi culpa. — ¿Qué dices? —Si no hubiera dicho que volviéramos aquí a buscar la caja de herramientas, no… — Rude puso cara de pesadumbre.

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—Olvídalo tío. No es momento de lamentarse ahora. Notando que la voz de Reno sonaba distinta de lo normal, Rude se quedó cabizbajo. — ¿Rude? Como no aguantó el silencio mucho tiempo, Reno volvió a llamarle. — ¿Qué pasa? —Llevamos juntos mucho tiempo. —Sí… —Somos amigos, ¿verdad? —Sí… —Los mejores amigos. Rude notó que la voz de Reno volvía a ser la de siempre y le oyó abandonar su cubículo. Casi inmediatamente después, Rude vio de repente como la puerta de su retrete era pateada contra él. Rude rápidamente le dio una nueva patada antes de que le golpeara. — ¿Pero qué demonios…? —Mi último regalo a mi mejor amigo. — ¿Una puerta? —Un desafío. De esos que a ti te gustan. —Pues no ha sido gran cosa —, respondió Rude saliendo de su cubículo.

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—Entonces, ¿qué tal si echamos un vistazo fuera? Me apuesto lo que sea a que es un buen reto. —Será como un buffet libre. Ambos corrieron lo más rápido que pudieron hacia la puerta principal del edificio, donde el viento arreciaba y se hacía cada vez más fuerte alrededor de la Corriente Vital. Rayos de luz convergían, azotando con furia la calle ante sus ojos. —¡¡Woah!! ¡Eso es la Corriente Vital, ¿verdad?! —Reno. — ¿Qué? — ¡Esto es lo mejor del mundo! *** —Tseng, Reno, Rude, Elena —, Rufus empezó a hablar a los cuatro Turcos que quedaban a la mañana siguiente, después de que la Corriente Vital saliera del Planeta. — ¿Cuales son vuestros planes a partir de ahora? —No recuerdo que me hayan despedido. Tseng y los demás se mostraron de acuerdo con Reno. Rufus dio dos nuevas órdenes a los Turcos. La primera era volver a Midgar y mirar cómo estaba la situación, y la segunda era reunir aliados. —Solo porque la gente sea miembro de nuestro personal no quiere decir que estén de nuestra parte. ¿Entendéis?

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—Lo he captado. ¿Pero para que queremos reunir aliados ahora? ¿Qué es lo que vamos a hacer? —Por ahora solo quiero información. Me da igual que sea mucha o poca. Rufus tenía algunas costillas fracturadas y el tobillo derecho roto. El dolor le hacía necesitar la ayuda de una silla de ruedas, pero se resistía a perder su dignidad. —Tseng. —Sí, señor. —Estoy seguro de que te han reprochado muchas cosas… —Hay cosas que solo Shinra puede llevar a cabo. Rufus asintió satisfecho de la respuesta. —Seguro que esto va a ser divertido. *** Los Turcos se separaron en dos grupos y se dirigieron a Midgar prácticamente sin descansar. Tseng y Elena fueron los responsables de captar información, mientras que Reno y Rude fueron asignados para buscar aliados. Todos aquellos a los que lograron reunir la noche anterior se habían desperdigado esperando información, y Reno y Rude los mandaron a Kalm. —Avalancha dijo una vez que Shinra era el enemigo del Planeta—, dijo Reno de repente, como si se le hubiera venido a la mente de pronto. —Sí. —Pues parece que tenían razón.

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— ¿Por qué lo dices? —Mira. La Corriente Vital había salvado al Planeta, pero también había castigado a Midgar. La ciudad no estaba destruida del todo, pero reconstruirla iba a ser algo muy difícil. Es como si hubiera sido sentenciada a sufrir en una agonía entre la vida y la muerte, una agonía que no iba a tener fin. Encima, aquellos que se dieron cuenta de que no era Shinra la que había salvado al Planeta del Meteorito, se mostraban ya hostiles contra ellos. Mucha gente mencionaba el nombre de Shinra solo para culparla de aquellos tiempos difíciles. Reno y Rude llegaron a un área cercana al Edificio Shinra, en el Sector Cero. Una gran cantidad de gente estaba allí reunida, incluso gente que no estaba herida. Parecía que todas aquellas personas querían una explicación, o que les ayudaran. —Que ironía —, gruñó Reno cuando escuchó algunas de las conversaciones de los evacuados. Todos consideraban que la compañía Shinra era la causa de todos los males, pero a la vez creían que Shinra debía ser también la que les solucionara la vida. —Les metería mis calcetines en la boca para que se callaran. —Hazlo. No voy a impedírtelo. —Es que solo tengo los que llevo puestos. *** Mientras, Tseng y Elena estaban en uno de los barrios más sórdidos de Midgar, el Mercado Muro, en los suburbios del Sector Seis. No era un lugar muy sofisticado, pero hace tiempo, los Turcos solían ir ocasionalmente porque allí era muy fácil recabar información. Ahora aquello era un caos, con todo cubierto de 199


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escombros caídos de la placa superior y los pilares. Pero si alguien hubiera dicho que es que aquel lugar ya era así, le creerían. Tal era la impresión que la gente solía tener de los suburbios. Aunque allí ya quedaban pocos que pudieran decir que antes era diferente, como resultado de los rumores de que Midgar pronto seria destruida. Muchos se fueron de la placa superior y la ciudad. En su camino hacia allí, Tseng y Elena escucharon a mucha gente criticando a la compañía Shinra. Gente que incluso empezó a tirarles piedras en cuanto vieron sus uniformes de Turcos. —Así va a ser difícil trabajar. ¿Y si nos cambiamos de ropa? Encontraron una tienda y eligieron prendas más apropiadas para infiltrarse. Tseng vistió una colorida camiseta que recordaba a las que se podían ver en Costa del Sol, y Elena un discreto vestido de una pieza. Ambos entraron en un bar donde pensaron que habría mucha gente reunida, y por tanto, mucha información. La mayoría de las mesas ya estaban ocupadas. En cuanto encontraron dos lugares libres, Tseng y Elena se sentaron e inmediatamente comenzaron a observar el panorama. Los ojos de Tseng se clavaron en un hombre con una camiseta negra, ocupando él solo una mesa en la que fácilmente podrían haber cabido cuatro. — ¿Está dormido, verdad? —Es posible… — ¿Señor Tseng? — ¿Qué pasa? —Decidí quedarme con el equipo en parte por mi orgullo de Turca, pero la razón más importante es porque…

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Elena nunca había hecho nada por esconder ante otros la atracción que sentía por su superior, pero cuando se vio frente a él, mirándole cara a cara, no fue capaz de convertir en palabras sus sentimientos. —Continúa. — ¿Hmm? —No es normal en ti estar tan callada. No me importa si ibas a decir alguna tontería. Simplemente dilo. — ¿Tontería…?— Elena dijo esto con un ligero suspiro, mirando la cara de Tseng. Desde que habían entrado al bar, él parecía más interesado en el hombre dormido en la mesa que en otra cosa. —Qué extraño. Tseng se levantó y se dirigió hacia donde estaba, intentando llamar su atención. — ¿Está usted bien? Pero no hubo respuesta. Tseng puso su mano en el hombro del hombre y le sacudió un poco, pero casi inmediatamente después la apartó tras notar algo pegajoso entre sus dedos. Cuando se miró la palma, vio que tenía una especie de sustancia negra. Tseng observó de nuevo al hombre. Vestía una camiseta oscura que hacía difícil ver que la mitad superior de su cuerpo estaba completamente cubierta por aquella cosa. —Está muerto. ***

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Rude y Reno estaban en el vestíbulo del Edificio Shinra. Reno escribía un mensaje en un gran espacio, destinado en principio para colocar anuncios, que más o menos tenía el tamaño de un hombre. ―Aquel que quiera escapar, que siga las vías del tren desde las estaciones superiores y bajen desde ellas. Ningún tren está operativo. La fecha de rehabilitación de todos los servicios queda indeterminada. Aquí no hay provisiones. La Compañía Shinra ha cerrado sus puertas temporalmente.‖ *** La casa de Kalm tenía dos plantas. En la primera había una sala de estar, un comedor, una pequeña cocina, un baño y un aseo. En la segunda se podían encontrar tres dormitorios. Rufus estaba en uno de ellos. Su tobillo estaba escayolado, y su cuello, pecho y cintura estaban fuertemente vendados, lo que hacía que moverse le resultara muy difícil sin su silla de ruedas. Rufus observó la ciudad a través de la ventana. Las cortinas estaban cerradas, pero una pequeña rendija le dejaba mirar cómo la gente corría apresurada por las calles. Kalm también había resultado dañada por la Corriente Vital, pero no había ninguna casa afectada hasta el punto de ser inhabitable. Por esa razón, muchos refugiados habían llegado desde Midgar para buscar un lugar donde quedarse, para sorpresa de Rufus. Pero a su pesar, tenía que ser discreto y pasar desapercibido, pues no podía correr el riesgo de contactar con ninguno de esos lugareños sin ninguna clase de escolta. Se sintió bastante incómodo cuando se dio cuenta de que tan solo una pared le separaba a él de toda aquella gente enfurecida y nerviosa. Y era una pared normal y corriente, no los gruesos muros de acero reforzado del Edificio Shinra. Tseng insistió en que alguien se quedara vigilándole, pero Rufus se negó. Sonrió amargamente ante la sensación de inutilidad que sentía, y a su mente volvieron multitud de cosas. El Edificio Shinra era una fortaleza que construyó su padre. Podría decirse que era un símbolo de su padre. Un hijo debe dejar algún día la casa paterna y hacer su propio trabajo 202


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desde abajo. Era lo normal. Ahora a él le había llegado aquel momento. No había tiempo para tener miedo del exterior. Tenía que afrontarlo y cumplir con su deber. Y ese deber solo podía ser la reconstrucción del mundo. El timbre de la puerta sonó de repente. Se oyó una vez, y luego paró. Luego otra vez sonó. Rufus lo ignoró, pero volvió a sonar. Empezó a tronar de mala manera. Alguien lo pulsaba frenéticamente. No podía ser nadie que él conociera. Pronto, pudo oír como alguien intentaba abrirse paso derribando la puerta. Rufus se movió con su silla hasta su cama. De debajo de la almohada sacó una pistola, y rogó porque no fuera a pasar nada peligroso. Escondió el arma dentro de la manga de su brazo izquierdo, y se las ingenió, no sin esfuerzo, para arrastrar una silla desde la ventana hasta la puerta del dormitorio, con el pensamiento de atrancarla. Rude hizo un gran trabajo reforzando la puerta de la casa, ya que pareció que los visitantes se rendían ante ella. Pero casi inmediatamente después, se pudo oír como un cristal se rompía y un buen número de intrusos se abrían camino dentro de la vivienda. ―Ay, ay…‖ dijo Rufus para sus adentros mientras le quitaba el seguro a su pistola. *** Estaba atardeciendo. Elena y Tseng volvían a Kalm. Estuvieron hablando sobre la enfermedad que se había extendido por los suburbios. Por lo visto había más personas que presentaban los mismos síntomas del hombre que murió en el bar. — ¿Viste algo parecido mientras estaba convaleciente? —No. Es la primera vez que veo algo así, señor Tseng.

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En otras palabras, estos síntomas han comenzado a manifestarse hoy y no sabemos mucho sobre ellos, pensó Tseng. ¿Qué es lo que ha habido diferente de ayer a hoy…? Ya sé. La Corriente Vital. Así que la Corriente no solo ha destruido la ciudad. Debe estar castigando también a la gente del Planeta. —Espero que no cunda el pánico entre la gente —, dijo Elena. —Quién sabe. Elena recordó como todos los clientes del bar se asustaron de repente cuando descubrieron que aquel hombre estaba muerto. Al principio todo el mundo miraba al hombre con curiosidad, pero de pronto alguien gritó: ―¡Es contagioso!‖, y el pánico se apoderó de todas aquellas personas, que empezaron a empujarse y pelear por ser los primeros en salir de aquel lugar. *** Rude y Reno ya habían vuelto a Kalm antes que Elena y Tseng. Les hubiera gustado usar un helicóptero o un coche, pero no sabían cómo estaba la situación respecto al combustible, y posiblemente no iba a ser fácil conseguir suficiente. — ¿Iremos mañana al Sector Cinco? — ¿Y qué es lo que se nos ha perdido en el área residencial? Ah, espera, crees que quizás allí haya algún empleado de la compañía. —Lo que hay es un almacén. Me gustaría poder poner a salvo algunos vehículos… y armas. —Armas, ¿eh? Sí, nos hará falta alguna que otra. Reno suspiró cuando pensó en toda la gente que llegaba exhausta de Midgar, además de aquella que no podía ocultar su descontento con ellos.

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Rufus se encontraba rodeado de algunos hombres. —Parece que se ha metido en un buen lío, Señor Presidente —, dijo un hombre sin afeitar que apuntaba su rifle hacia Rufus. —Pues sí. Pero ahora ha llegado el momento que más temía. No hay nada que me asuste más que una turba de tontos —, dijo él mientras miraba a los ojos rojizos del hombre frente suya. Podía ver el odio en ellos, y Rufus estaba seguro de que estaba dispuesto a matarlo. Podría acabar con uno o dos de ellos con su pistola oculta, pero en su habitación había tres hombres y podía escuchar a otros tantos fuera de ella y en el piso de abajo. Era imposible matarlos a todos. —Quizás seamos unos tontos, pero al menos sabemos quién debe asumir las responsabilidades por todo lo que está pasando. — ¿Ah sí? Déjame hacerte una pregunta. ¿Qué es lo que piensas hacer después de irte de esta casa? ¿Habéis pensado alguno de vosotros en vuestros futuros? — ¿Qué quieres decir? —Hay dos clases de personas en este mundo. Los que dan órdenes y los que las cumplen. Conseguir ser de los que dan órdenes es cuestión de la habilidad de cada uno, no de suerte. Así pues, cuando ocurre un incidente, son a los que dan órdenes los primeros a los que se hace responsables. Como resultado, los otros se quedan sin líderes, pierden el norte y cunde el pánico. Entonces todo se vuelve un caos. —No ruegas por tu vida muy bien —, espetó el asaltante a Rufus. —Quizás ahora estés liderando a algunos pocos aquí, pero ¿qué pasará luego? ¿Qué clase de futuro piensas darles? 205


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—Nosotros solo somos una panda de tontos. Todo lo que podemos hacer es vivir el presente, eso es lo que cuenta. —No, ―nosotros‖ no. Solo tú. — Al decir esto, Rufus se dio cuenta de que los demás hombres que habían entrado ahora miraban a su líder. — ¿Tienes alguna clase de plan? — preguntó uno de ellos. Rufus se volvió hacia al hombre que había hablado. Tendría unos treinta y pocos. Parecía ser un hombre de vida acomodada, que vestía una cara chaqueta azul marino, con una complexión robusta. —Por supuesto. Primero protegería mi casa. En Kalm no hay sitio para todos esos refugiados de Midgar. Creo que eres un habitante de esta ciudad, ¿verdad? —Sí. — ¿Acaso quieres que este lugar se convierta en un lugar como Midgar? —…— El hombre claramente se imaginaba qué sería lo que pasaría. — ¡Es normal que ayudemos a la gente damnificada! — el hombre del fusil les cortó en cuanto vio que le ignoraban. Rufus respondió. —Te daré un ejemplo. ¿Qué vas a hacer cuando llueva? ¿Dónde podrá ir toda esa cantidad desmesurada de gente? Quizás alguien pueda acoger a quien pueda, pero ahora piensa en lo grande que es la población de Midgar. Ahora puede que no sean tantos, pero llegará un momento en que no los puedas acoger a todos. ¿Podrás calmar su descontento y su angustia? ¿Qué puedes decirles cuando todo lo que te importa es vivir un día más? — ¡Cállate! — El hombre alzó su voz. Rufus permanecía tranquilo, y pensaba que no estaba equivocado respecto a aquel hombre. El capitán de un

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pequeño grupo puede cargar pequeñas responsabilidades, pero no es tan fácil cuando se trata de una tan grande como estar a cargo de miles de personas. —Bien, puede que tengas razón. ¿Cuál sería tu siguiente plan? — El hombre de la chaqueta azul hablaba con tono complaciente. Rufus cambió de perspectiva, y pensó que tal vez aquel hombre fuera el verdadero líder. —Decírtelo me costaría la vida. *** Cuando Rude y Reno volvieron a Kalm, se dieron cuenta de que había habido un gran cambio desde que se fueron por la mañana. —Aquí hay gente para parar un tren. Seguía habiendo una gran muchedumbre incluso cuando llegaron a ―casa‖. Había algunos desconocidos entrando y saliendo de ella. — ¡Jefe! Echaron a correr pero no pudieron entrar. Escudriñando a través de la puerta abierta vieron a hombres y mujeres tendidos de forma indolente sobre el suelo. —Están enfermos. Rude tenía razón. Todos tenían los mismos síntomas que la gente que vieron en Midgar. Su ropa y sus vendajes estaban empapados en aquel líquido negro. Muchos de ellos estaban amontonados juntos. —Rude, mira la primera planta.

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Reno se dirigió al segundo piso con cuidado de no pisar a los enfermos. En la segunda planta estaban igual. Perplejo al no hallar señal de Rufus, Reno se rindió y volvió a bajar las escaleras hasta donde se encontraba Rude. —No está aquí abajo. —En serio, vámonos de aquí, compañero. Como nos quedemos vamos a pillar esa… Reno notó como uno de los enfermos le miraba indignado, y él le devolvió una sonrisa falsa. Urgió a Rude a salir de aquel lugar. Elena y Tseng volvían en aquel preciso momento. —Jefe, nuestra casa ha sido invadida—,

Reno intentó resumir la

situación. —Tenemos que encontrar al Presidente. Puede que se lo hayan llevado. Tenemos que comprobar si alguien sabe que ha pasado. —Preguntaré a la gente que está en la casa. Les resulto menos amenazante —, dijo Elena tan pronto como se dirigía hacia allí. —Elena, ten cuidado. Ahí dentro hay gente con la enfermedad esa. —Si fuera contagioso yo ya estaría infectada —, replicó. Reno no se lo discutió. —Entonces vale. —Id a buscar a algún testigo —, ordenó Tseng. Rude y Reno asintieron silenciosamente y se separaron por la ciudad.

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Ambos regresaron juntos y reportaron a Tseng que la gente con la que habían hablado no hacía más que expresar su descontento y su odio contra Shinra. No había testigos. —Eso no ayudará en esta situación —, dijo Tseng mirando a todos los enfermos y heridos que no podían hablar por sí mismos. Incluso aunque hubiera testigos nadie nos diría nada, pensó Tseng. *** Rufus estimó que habían pasado al menos dos semanas desde que se lo llevaron de la casa. Después de que lo desarmaran, le durmieron con una droga antes de moverle de allí, así que no sabía dónde estaba. De cualquier modo, el hombre de la chaqueta azul se había presentado como Mutten. Posiblemente no era su nombre real, pero Rufus supuso que se encontraba en su casa. Lo más seguro es que estuviera encerrado en su sótano. Podía oír a mucha gente caminando en el piso de arriba. Si eran refugiados entonces es posible que no se tratara de una casa, pero también podía tratarse de los amigos de Mutten reunidos. Sin un plan, no podía hacer otra cosa que esperar pacientemente a que lo rescataran los Turcos. Bueno, pensó Rufus cuando miró alrededor de la extraña habitación. Un interior completamente decorado en rojo. Se ve que es de clase alta, pero tiene también un gusto horrible. Había algunos muebles con forma de hombres y mujeres mezclados con monstruos. Rufus tenía una gruesa cadena alrededor del pie, firmemente sujeta con un perno en la pared. Pensando en qué clase de persona era capaz de tener una habitación solo para confinar gente, Rufus sintió escalofríos, y la cadena que le impedía moverse libremente tembló con él. El joven presidente había sido privado de su libertad, pero por lo visto Mutten le consideraba algo así como un invitado. Una mujer de mediana edad, con muy buenos modales, y que parecía vivir en la casa, se encargaba de traerle

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la comida y cuidar de él. Sin embargo, parecía que le habían ordenado no responder a nada. Un doctor vino una vez para echarle un vistazo. Después de hacerle una sencilla revisión, recetó algunas medicinas y se fue. Rufus no le pudo preguntar si sabía que era el presidente Shinra. Había pensado en gritar cuando alguien entrara al cuarto, pero no sabía cuales podrían ser las consecuencias si lo hacía. Cada pocos días Mutten aparecía. Intentaba averiguar el desarrollo del plan que Rufus tenía para Midgar. El presidente había pensado en decir que sus proyectos dependían de la información que reunieran los Turcos, por lo que debía hablar con ellos. Pero aunque lo hubiera dicho, lo más probable es que no le hubiera dejado contactarlos. Con la excusa de que no tenía suficiente información a mano, Rufus solo dejaba escuchar a Mutten una pequeña parte de su plan. Primero construiría una ciudad en el lado este de Midgar. El terreno es llano y trabajar allí sería fácil. Podrían usar los restos de Midgar como materiales. Toda la maquinaria y las herramientas que necesitarían para construir podían conseguirse en el almacén del Sector Cinco. Rufus pensaba que solo así podía ganar tiempo. Si Mutten conseguía sacarle toda la información, le mataría. Sonrió amargamente cuando se vio a sí mismo como aquel bardo del cuento que tenía que crear una nueva historia cada noche para entretener al rey, o ser sentenciado a muerte. —Dímelo todo. No te mataré. —Entonces quítame la cadena. No escaparé. El día en que confiemos el uno en el otro jamás llegará, pensó Rufus. *** Los Turcos se las habían ingeniado para reunir información, pero no era la suficiente para poder investigar y averiguar el paradero de su Presidente. Tseng 210


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no cejó en su empeño. Abandonaron la casa de Kalm, que ahora estaba ocupada por refugiados, y convirtieron una de las casas residenciales del Sector Cinco en su oficina. Siguiendo la sugerencia de Elena, hicieron correr el rumor de que la placa de Midgar iba a derrumbarse. Mucha gente se fue creyendo aquella historia. Incluso sin rumores no hizo falta mucho tiempo para que Midgar, ahora un nido de enfermedad lleno de escombros, se quedara desierta. No obstante, Tseng quería el lugar vacío cuanto antes. Había muchos secretos de Shinra en Midgar y quería evitar que los refugiados pusieran sus manos en las armas. —Tenemos un problema —, reportó Reno. —Algunos soldados que todavía quedaban en Junon han tomado el puesto de mando. Creo que son unos cien. Un tipo llamado Nosequé-gate, de la escuela militar, los está liderando. El Sector Cinco era el Área Residencial de Shinra, con una gran cantidad de casas iguales construidas una al lado de otra, pero al gran almacén que se levantaba próximo al reactor de Mako solo se podía acceder con un pase especial. Estaba rodeado por un gran muro y solo había una entrada. Esta tenía una gran puerta maciza que no se podía abrir sin la contraseña correcta. No obstante, había también una contraseña de emergencia que solo los empleados de cierto estatus sabían y que les permitiría saltarse y cambiar la contraseña principal. Rude y Reno llegaron junto a la verja, y rápidamente introdujeron el código que Tseng les había proporcionado. Fueron hasta la entrada del almacén principal, pero se encontraron con que ya estaba abierta. — ¿La ha abierto el ejército? —Posiblemente. Ambos se dirigieron con cautela hacia el almacén del Sector Ocho, que también contenía algunas armas. De camino al Sector Cuatro se dieron cuenta de que las puertas de los despachos del almacén también estaban abiertas. Se escondieron en las sombras para investigar.

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—Ey, no son más que civiles comunes y corrientes. Había mayores y jóvenes, mujeres y hombres, que salían y entraban del edificio. Incluso niños. —El almacén del Sector Cuatro guarda herramientas y maquinaria. Tal como dijo Rude, la gente estaba llevándose de allí máquinas de mediano tamaño, mientras que los niños cargaban con las pequeñas herramientas, como taladros. — ¿Qué van a hacer con todo eso? Justo cuando Reno hizo esa pregunta, escucharon expresiones de alegría que venían del Sector Cinco. Parecía que habían conseguido abrir también la puerta del almacén de allí. —Mala cosa, Reno. Los suministros de combustible de emergencia están en el almacén del Sector Cinco. — ¿Mako? —No, gasolina que fabricamos para emergencias. La necesitaremos. —Pues ya les vale. Queriendo manejar la situación de forma pacífica, Rude y Reno dieron encuentro al grupo y procuraron hablar con un tono de voz que no sonara amenazante. —Somos personal de la Compañía Shinra. ¿Quién está al cargo? —Yo —, dijo una chica joven, bien vestida. Parecía todavía adolescente.

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— ¿Oh? — Reno la miró. — ¿Y qué estáis haciendo? — prosiguió en voz baja. La chica de repente pareció angustiada. —Nos han dicho que cojamos las maquinas que necesitemos para construir una ciudad desde… — ¿Quién os lo ha dicho? —El señor Kylegate, del ejército. — ¿Así que ese Kylegate os ha dicho el código para abrir las puertas de los almacenes? —Sí, así es. Perdón pero, ¿estamos haciendo algo malo? Escuchamos que el ejército de Shinra era ahora independiente y que iban a empezar a reconstruir la ciudad, así que nos ofrecimos voluntarios. Rude y Reno se miraban el uno al otro mientras la chica continuaba mirándoles ansiosamente. Les parecía curioso que el ejército se hubiera rebelado, pero la chica y el resto de la gente de allí parecían realmente no ser más que simples voluntarios. —Bueno, si lo único que cogéis son las herramientas, entonces no hay ningún problema—, dijo Reno haciéndole un ligero asentimiento a Rude. Rápidamente Rude añadió: —Pero coged solo el combustible que necesitéis ahora mismo. Debe racionarse. —Sí señor. La joven volvió al trabajo. Rude y Reno siguieron vigilándolos hasta que acabaron. Observaron hasta la última persona que salió por la verja, que llevaba un pequeño generador eléctrico. Los voluntarios se veían muy felices y dieron las gracias a los dos Turcos.

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—Midgar tiene un brillante futuro. —Todavía no podemos decir nada. Venga vamos. — ¿Qué pasa? —Tenemos que poner a salvo el transporte, las armas y el combustible. Y luego cambiar todas las contraseñas. Las puertas, las verjas, todo. En la madrugada, Tseng y Elena, que habían ido a comprobar cómo les iba, les ayudaron con el trabajo, pero no terminaron hasta que amaneció. Cuando regresaron a su oficina, los cuatro decidieron que se echarían una siesta, pero Veld les despertó cuando todavía había luz del sol. —Nos has dado una buena sorpresa para ser un viejo que se supone que está muerto. —Y yo debo ser el único sorprendido de que los Turcos duerman tanto. —Estamos felices de poder verle de nuevo. —… —Veld contestó a la sonrisa de Reno con su silencio y comenzó su informe sobre el teniente Kylegate, de Junon. —Se supone que el teniente estaba de vacaciones, pero convocó a sus tropas en Midgar. Esta mañana organizó una asamblea en el este de la ciudad para hacer un discurso. Propuso construir una nueva ciudad en aquellos terrenos, y puso a la gente a reunir herramientas pertenecientes a Shinra… —Veld…Señor —, Tseng no sabía muy bien cómo dirigirse al que había sido su superior. —Su información coincide con la que hemos averiguado nosotros, pero por favor, dígame, ¿por qué nos viene ahora con esto? Rude y Reno se miraron el uno al otro, sin estar seguros de las intenciones de Tseng. Veld había sido como un padre que había criado a los Turcos.

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—Tengo una razón… — Veld entornó la mirada. —Compensaros, o quizás pagar un favor… —… Le agradezco sus molestias, pero aquí no hay necesidad de compensaciones y tampoco debe usted ningún favor. — ¿Pero qué demonios…? — replicó Reno con voz irritada, — ¿Qué es eso de necesitar una razón para dar informaciones? ¿A quién le importa eso? Es simplemente… — ¿Simplemente qué? — Tseng invitó a Reno a que continuara, pero él se quedó callado. Cuando vio la reacción de Reno, Veld comenzó a hablar de nuevo, — Reno. Los Turcos sois como mis… —Pero no pudo pronunciar las últimas palabras, y reprimiéndolas, la habitación quedó en silencio. Al momento, Reno volvió a abrir la boca como si se hubiera arrepentido de haber actuado antes como un niñato. —Las herramientas que se llevaron ayer los voluntarios del almacén—. Dijo en su tono más formal, como queriendo esconder la vergüenza de haberse dejado llevar antes. —Pero un teniente no puede conocer la contraseña —, musitó Rude. —Eso es la clave de todo esto. El teniente estaba pasando sus vacaciones en Kalm. Ha averiguado una contraseña que no es su competencia saber. ¿De quién puede haberla sacado? ¿Dónde desapareció el Presidente? Escuchando las palabras de Veld, todos se pusieron de pie a la vez, pero Tseng les calmó y preguntó, — ¿Qué tipo de persona es Kylegate? Veld dijo lo que sabía sobre Kylegate. Había nacido en una familia adinerada, que tras perder a ambos padres, se volvió el cabeza de familia. Con su 215


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estatus social no tenía necesidad de enrolarse en el ejército, pero parecía ser que su único deseo en la vida era eliminar a los enemigos de Shinra para así traer la paz al mundo. Tenía talento como soldado, pero muchos criticaban su carácter. —Torturas. Crueldad. Ya estuviera haciendo maniobras o en el campo de batalla siempre se acababa pasando de la raya. Hay rumores de que se unió al ejército solo para satisfacer su sed de sangre de forma legal. —Ya veo… ¿Entonces tienes alguna idea de donde pueda estar el Presidente? —… Está en Kalm. En la mansión de Kylegate. Antes de que Veld acabara de hablar, Rude, Reno y Elena se apresuraron a salir de la habitación, pero antes, Reno se paró para volver la vista atrás. — ¿Dónde están los demás Turcos? Me sentiría mucho más tranquilo si estuvieran todos aquí. —Se hallan desperdigados por todo el mundo, reuniendo información… Pero también tienen ahora sus propias vidas. Nos reunimos todos bajo el Meteorito porque nos sentíamos igual que vosotros aquel día. Pero no podemos forzarles ahora a que se unan a nosotros. Tras escuchar a Veld, Reno se mostró descontento, pero se dio la vuelta y se fue en silencio. — ¿Qué planes tiene ahora, Señor? —preguntó Tseng mientras se dirigía a la puerta siguiendo a sus subordinados. —Volveré a Junon. Reeve va hacia allí. —Qué curioso.

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—Sí. Y no es solo Reeve. Por una vez parece que soy incapaz de leer la mente de nadie. —Los Turcos somos diferentes. Quizás se podría decir lo mismo de todos los que se reunieron aquella noche. Son leales a tus enseñanzas. —En otras palabras… un montón de gente cuyas mentes no puedo leer —, dijo Veld atravesando la puerta antes que Tseng. —Cuida del Presidente. Mientras Tseng veía como Veld se marchaba, murmuró, —Desearía haber abandonado en su momento, como ya hizo usted, señor… *** Mutten Kylegate golpeó a Rufus tres veces. —No puedo decirte algo que no sé. — ¡Suelta el nuevo código! —Alguien debe haberlo cambiado. Yo solo sé el de emergenc… Mutten le volvió a golpear, sin dejarle terminar. Sus puños estaban bien entrenados. —Ya veo. Así que eres del ejército… —Has pasado frente a mí decenas de veces. Pero yo para ti no era más que otro soldado cualquiera. —… Lo siento —. Rufus se disculpó honestamente. Pero al mismo tiempo pensaba para sus adentros. Si todo lo que hay en esta casa le pertenece, debe ser hijo de alguna familia rica o famosa. En tal caso, debe ser hijo único y más viejo de lo que aparenta, por lo que debería tener mayor graduación. Hay una regla en la compañía que prohíbe que cierta clase de gente sea reclutada en el 217


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ejército, pero se ignoraba a menudo. En este caso… Mutten debe tener alguna clase de problema mental que le ha impedido ser ascendido. Esta habitación decorada con estas cosas tan horribles es la prueba de ello. —Tienes perritos falderos por ahí ¿verdad? Mutten cambió de tema de repente. No debe ser una persona muy culta si se refiere a la gente como perritos falderos, pensó Rufus. — ¿Dónde están? —Me has secuestrado cuando mis subordinados no estaban. No saben mi paradero. —Ya veo —. Mutten parecía convencido, pero golpeó de nuevo a Rufus. Alguien entró a la estancia. — ¿Qué pasa? —Tiene un invitado —, respondió una criada. — ¿Un invitado? ¿Quién podrá…? Bueno, da igual. Voy para allá. Antes de dejar la habitación, se dirigió de nuevo a Rufus. —La construcción de la nueva ciudad ha empezado esta mañana. He conseguido reunir a montones de voluntarios y perritos falderos. Deberías ver la muchedumbre que se encuentra ahora al este de Midgar. Voy a seguir adelante, señor Presidente. Están construyendo mi ciudad. Me encantaría enseñártela pero no me has dejado más opción que dejarte aquí. Se fue tras dejar saber a Rufus que la nueva ciudad iba a llamarse ―Edge‖. No mucho después, Rufus pudo escuchar la voz furiosa de un hombre. Era una voz familiar. Pudieron escucharse disparos y como la criada gritaba. Rufus

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empezó a oler a quemado y oyó como un montón de gente gritaba intentando escapar. Rufus intentó levantarse de la silla en la cual le habían forzado a sentarse, pero su cuerpo no le obedecía y con el más ligero movimiento se precipitó al suelo. Pudo sentir sus costillas gritando de dolor, pero intentó mantener la calma y estudió su alrededor. Tengo la impresión de que aquí se va a liar. Fuera, escuchó una voz desagradable. —Señor Presidente, ¡¿dónde estás?! Rufus creyó oír al hombre que le había apuntado con el rifle en la otra casa. No sabía cómo estaba la situación, pero lo más seguro es que no viniera precisamente a charlar. Fuera como fuera, no parecía que los Turcos fueran a venir en ese preciso momento. Bien, ahora ¿qué puedo hacer? Me meteré debajo de la cama y me esconderé ahí. —¡…! Sus huesos fracturados se quejaron y quería gritar de dolor, pero se mordió el labio de abajo y se metió bajo la cama. ¿Qué hago ahora? Si ve la cadena del pie sabrá donde me estoy escondiendo. Rufus se tumbó sobre su espalda y miró la parte de abajo de la cama. Allí habían unos garfios de metal que sujetaban algunos látigos… solo el pensar para qué se habían usado repugnó a Rufus. Cogió uno de ellos y lo sujetó firmemente por el mango. — ¡Señor Presidente! Un hombre entró a la estancia tras echar la puerta abajo brutalmente. Desde donde estaba escondido, Rufus solo podía ver sus botas. Mientras caminaba, su pie dio con la cadena que retenía a Rufus. —Já, escondiéndote bajo la cama, ¿eh?

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Vamos. Acércate. Como Rufus esperaba, el hombre se acercaba con cuidado cada vez más a la cama. Vamos, echa un vistazo aquí. Déjame verte la cara. Pero lo que vio introduciéndose bajo la cama fue una mano que sujetaba una pistola plateada. Inmediatamente Rufus agarró la pistola con su mano izquierda y la empujó fuera con todas sus fuerzas. — ¿Pero qué haces? Se oyó un disparo. Rufus sintió la quemazón extendiéndose por su mano izquierda. Soltando la pistola, se deslizó fuera de debajo de la cama. No sentía el dolor de sus costados. Rufus se volvió y dio una patada al hombre con la escayola de su pie. ―¡Urgh!‖ se quejó la víctima, retrocediendo algunos pasos. Levantándose rápidamente, Rufus restalló el látigo con toda su fuerza. Afortunadamente, la pistola había caído cerca de él. No tardó en apropiarse de ella y apuntar a aquel hombre. —Gané. Pero el humo llenó la estancia rápidamente. — ¡Presidente estúpido! ¡Venga ya! ¡Hay fuego! ¡No puedes salir de aquí sin ayuda, te abrasarás de todas formas! ¿De qué te va a servir una pistola? Rufus no tuvo más remedio que dejarle vivir por el momento. Se apresuró a intentar darle una razón a aquel hombre para que le escuchase. — ¿Has matado a Mutten? —Sí, lo he hecho. ¡Me estaba tratando como una mierda! ¡Nos criamos juntos, maldita sea! —Ya veo. Y eso es lo que ha causado todo esto.

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—No intentes ponerme de tu parte. No he olvidado cómo me dejaste en ridículo en aquella casa. Debe ser el karma, pensó Rufus. No pensó que aquello fuera a terminar de esa manera. En aquel momento, escuchó un nuevo disparo y el hombre cayó. Creyó que había disparado la pistola sin querer, pero se encontró con que otra persona había entrado allí. *** — ¡Jefe! Muchos afectados de Midgar que se refugiaron en Kalm estaban saliendo impetuosamente de la mansión Kylegate. Los cuatro Turcos llegaron justo a tiempo para ver como el edificio se derrumbaba, consumido por las llamas, frente a sus ojos. — ¡Jeeefeee! Los Turcos buscaron febrilmente a Rufus entre los refugiados hasta que finalmente escucharon lo que querían oír. —Alguien ha visto a una persona de mediana edad cargando con un hombre vestido de blanco que tenía la cabeza y los pies vendados —, dijo Elena, preocupada. —Tiene que ser el Presidente —, dijo Tseng. — ¿Quien será el tipo que se lo ha llevado? —, preguntó Reno. —Estoy seguro de que lo averiguaremos —, dijo Rude. —Tratándose del Jefe—, dijo Reno, con los ojos entornados, — ¿Qué tal si seguimos con el ―método Turco‖? Todos nos odian ya de todas formas.

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—Tienes mi permiso. Pero no hagas daño a los voluntarios. — ¿Por qué? —El plan de reconstruir la ciudad parece más

una idea propia del

Presidente. *** Solo unos momentos antes, bajo la incendiada mansión de Mutten, un hombre de mediana edad estaba apuntando a Rufus con un arma. — ¿Cómo se encuentra, señor Rufus Shinra? Aquel hombre era el médico que había inspeccionado a Rufus. —No muy bien. —Entonces debería tirar el arma. Esa cosa solo le hará las cosas más difíciles. Rufus desconfió ante las palabras del médico. —Doctor, si usted suelta el arma, yo haré lo mismo. El médico sonrió bobamente y apuntó con su arma firmemente a la cara de Rufus. Sabía que aquel hombre estaba preparado para pulsar el gatillo. Entonces no dudó en apuntar al corazón del hombre y disparar. Pero su pistola tan solo hizo ―click‖ con un sonido sordo. —Señor Shinra. No conocías al hombre que poseía esa arma. Odiaba a Mutten. Todo lo que este hacía no era más que tenerle haciendo el trabajo sucio, guardándose todo lo mejor para él mismo. Por eso ese tipo se ha cebado con él usando todas sus balas. Supongo que la última la usó en esta habitación…

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Rufus vio como miraba al cadáver con desprecio mientras le daba una patada. ¿Nunca pensó en las consecuencias de lo que estaba haciendo? —Me llamo Kilmister. He trabajado para la Compañía Shinra desde que era joven. Mi puesto era de rango un poco más bajo que el asistente del doctor Hojo. Formaba parte del equipo de Hojo… Esto me da mala espina. —Ahora tire el arma. Rufus no tenía más remedio que obedecer, y lanzó el arma a los pies de Kilmister. El doctor cogió un pequeño vial de cristal de su bolsillo y se lo mostró a Rufus. —Huela un poco de esto. Necesito que se duerma un rato. Si no lo hace, dispararé. Voy a necesitar su ayuda, así que procuraría disparar de forma que no le matara, pero… sufriría bastante —, dijo Kilmister lanzándole el vial. Rufus lo cogió y lo abrió. Reconoció enseguida el olor. Era el mismo aroma que notó en Mutten cuando todavía estaban en aquella casa en Kalm. *** Cuando se despertó, Rufus se vio en la carga de un camión. Había otras nueve personas con él. Eran cinco hombres y cuatro mujeres, jóvenes, que rondaban la misma edad. Todos llevaban vendas. Pero además de eso, tenían otra cosa en común. Al principio pensaba que estaban tan solo cubiertos de suciedad, pero mirando más detenidamente, se dio cuenta de que les salía del cuerpo un líquido negro. Hasta el pelo lo tenían cubierto de aquella cosa pegajosa. Supo que estaban sufriendo a juzgar por algunos quejidos ocasionales que podía escuchar. Una joven que estaba al lado de Rufus perdió el equilibrio y cayó sobre él. —Lo siento.

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—No te preocupes. —Tú… tú no estás enfermo —, dijo ella con voz lastimera. —Lo lamentaré muchísimo si te he infectado… Rufus se había roto los huesos deslizándose desde lo más alto del Edificio Shinra. Luego le habían encerrado y torturado, todo eso antes de haber sido apuntado con un arma. Y ahora se enfrentaba a una enfermedad mortal. Sonrió con amargura pensando en todo por lo que había pasado. No quería verse envuelto en nada más, pero estando en aquel camión, ya no había nada que hacer. Fue un viaje duro. La carretera estaba llena de baches y Kilmister circulaba a una velocidad desmesurada. Rufus pensó que tal vez podría saltar del camión, pero recordó como Kilmister dijo que necesitaba su ayuda. Dudo que peligre mi vida. Donde sea que me lleve siempre será mejor que morir tirado en mitad del campo. Kilmister paró el camión frente a una cueva junto a la costa, en una zona rocosa. Al igual que la vez en la que Rufus fue llevado hasta el sótano de Mutten, había perdido el conocimiento varias veces a lo largo del viaje y no tenía idea de lo lejos que podía estar de Kalm. Mirando a la playa, Rufus intentó situarse y sopesó que estaba en un lugar a tres o cuatro horas de viaje en coche. Una distancia que, herido como estaba, era imposible de recorrer de vuelta a pie. Kilmister empezó a darles órdenes mientras apuntaba con su arma a los pacientes. Y aunque no lo hubiera hecho, aquella gente no parecía tener fuerzas para rebelarse. Rufus se bajó del camión con la ayuda de la chica con la que había hablado antes. No tenía ningún bastón ni nada parecido, así que tuvo que andar apoyado en el hombro de la joven hasta que pudo llegar a la cueva. —Espero que ambos mejoremos pronto—, dijo la chica. Yo también lo espero, pensó Rufus. Había una caída de unos cinco metros justo al entrar a la cueva. Rufus lo pasó muy mal bajando la escalera de mano que llevaba a la parte 224


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más baja. Se obligó a sí mismo a mirar hacia arriba, pero su cuello crujió dolorosamente. Si luego quita la escalera, será imposible subir. Dicho y hecho. Kilmister retiró la escalera. —Si os adentráis, veréis algunos pasadizos. Ninguno tiene salida. Coged el que más os guste. Serán vuestras habitaciones. — ¿Y cuando nos van a poner en tratamiento? — preguntó un hombre joven. —Venid cuando yo os llame. No os haré ningún daño —, respondió Kilmister con voz tranquilizadora, justo antes de desaparecer. Para su sorpresa, tenían preparadas unas camas simples y algo de ropa en la cueva. Cada uno de los pacientes cogió sus cosas, buscó la habitación ―que más le gustase‖ y tomó posesión de su cama. Rufus eligió la que estaba más alejada, como siempre acostumbraba a hacer. No mucho después, un muchacho cuyos síntomas parecían haberse calmado llegó con su almuerzo, que consistía en un poco de pan y queso. — ¿Os han obligado a todos a venir a punta de pistola? — preguntó Rufus. —No. Hemos sido pacientes del doctor Kilmister desde que éramos niños. Él es el doctor local de Kalm. Por eso cuando nos dijo que podía curarnos de la enfermedad le creímos y algunos le ayudaron a traer cosas a este hospital. — ¿Hospital? —Sí. Nos tienen que poner en cuarentena. Nos dijo que aunque nos quedáramos en el pueblo, en algún momento podrían repudiarnos —, dijo el muchacho, mostrándose consternado de repente. —Dice que solo está usando la pistola para asegurarse de que usted no va a intentar escapar. 225


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—Yo también soy un paciente, pero... parece que no confía en mí. Por cierto, ¿dónde estamos? —Nos dijo que no te lo dijéramos. Por lo visto la estancia aquí no va a ser nada placentera, pensó Rufus. *** Un día, Rufus fue atendido por Kilmister. Cerca de la entrada había una sala de diagnóstico incomunicada, construida toscamente dentro de la cueva. Mientras Kilmister cambiaba la escayola de Rufus, el chico que le había traído la comida permanecía detrás del médico con una pistola en la mano. —Doctor. ¿Hay algún progreso respecto a la cura de esta enfermedad? —Por supuesto. Rufus notó la mirada fija de Kilmister, así que dirigió sus ojos al chico. — ¿Qué es lo que buscas? —Bueno, soy médico. Tan solo quiero despojar al mundo de las enfermedades. —Eso es muy loable. ¿Pero por qué me has traído entonces hasta aquí? —Jenova. — ¿Qué? — respondió Rufus en voz alta, tras escuchar el inesperado nombre. —Después de examinar a los demás pacientes, he notado que algunas de sus células son similares a las que podían verse en los miembros de SOLDADO.

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—Por favor, explícate —, urgió Rufus, a quien vio Kilmister volver a mirar de reojo al muchacho. —Lo haré a su debido tiempo — respondió. —Al menos dígame… ¿es contagioso? —Te lo diré también a su debido tiempo. No puede ser contagioso, pensó Rufus. *** Pasaron tres meses. Las vendas de las costillas de Rufus ya habían sido retiradas hace tiempo, y llegó el día en que su tobillo pudo al fin deshacerse de la escayola. Kilmister le facilitó un bastón para caminar. —Es una tubería del Edificio Shinra. — ¿Cómo está la situación en Midgar? —La enfermedad continúa propagándose. Pero a pesar de que el número de gente infectada está creciendo, siguen trabajando duro construyendo esa nueva ciudad del este. — ¿Quién los lidera? — ¿Quién sabe? Parece ser que hay varios grupos diferentes. Por cierto, señor Presidente… ¿Sabes algo sobre los asesinos de la Compañía Shinra? Rufus negó con la cabeza con decisión. —Por lo visto han aparecido algunas cartas dirigidas a la gente que entraba en el Edificio Shinra y en los almacenes, exhortándolos a no hacerlo más

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si aprecian su vida lo suficiente. Muchos están tan asustados que han decidido no volver a ir por allí. Estos Turcos… Rufus sonreía para sus adentros. —Señor Presidente… No te lo estoy pidiendo muy bien, pero quiero algunas de las máquinas que Shinra posee. ¿Podrías hacérselo saber a tus asesinos? — ¿Qué es lo que quieres? — preguntó Rufus sin disimular ya su cautela. —El equipo del doctor Hojo. —Y supongo que querrás usarlo para nuestros tratamientos. —Por supuesto. Y también necesitaré… —A Jenova. —Sí. ¿Donde está ahora? —No lo sé. Iba a averiguarlo después de dejar este lug... Kilmister miró de repente a Rufus como si estuviera calculando el valor que podía tener. —Entonces debemos encontrar otro sitio. Este lugar no es el mejor para una investigación. Investigación... —Doctor Kilmister. ¿Usted es un médico o un científico? Silencio.

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—Su tratamiento ha terminado —, dijo Kilmister, sacando una pistola oculta bajo su bata de laboratorio y apuntándola a Rufus. Rufus pasó algún tiempo practicando andar, lentamente. Habiéndose recuperado, todavía podía sentir el dolor de vez en cuando, pero por lo general era capaz de moverse en la cueva por su propio pie. Lo suficiente para poder curiosear por las ―habitaciones‖. Algunas estaban vacías. Descubrió que el chico que le había llevado la comida había muerto. Allí quedaban ahora tres hombres y dos mujeres. En total habían muerto cuatro personas. Vio a una joven gimiendo de dolor en uno de los cuartos. Era aquella con la que había hablado durante el viaje a la cueva. Un hombre la observaba, preocupado. Notando la presencia de Rufus, habló. —El doctor dice que no queda mucha medicina, así que nos está bajando las dosis. Le he dado a ella mi parte, pero parece que no es suficiente. No parecía que Rufus pudiera hacer mucho por ellos. No, espera. Rufus salió y llamó a Kilmister. Al poco rato apareció un hombre en bata blanca con una expresión de completa melancolía en la cara. —Me han dicho que no queda mucha medicina. —Sí. Dentro de poco se acabarán nuestras reservas. — ¿Tienes esa medicina? ¿Significa eso que ha tenido la cura de esta enfermedad todo este tiempo? —Espere aquí —, dijo Kilmister, que desapareció para luego volver con la escalera.

— ¿Puedes subir?

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Rufus se agarró a los peldaños pensando que era su oportunidad de escapar. Subió con cuidado y finalmente alcanzó la parte más alta, pero lo que encontró fue la punta de la pistola de Kilmister apuntándole a la cara. —Aquí está bien. Hablaremos aquí. Mirando más fijamente a Kilmister, Rufus se dio cuenta de que su cara estaba pálida y sudorosa. —No se le ve muy bien, doctor. —Quiero la medicina. — ¿Qué medicina? —Quiero mi dosis de la medicina aunque sea lo último que haga. Por lo visto, Kilmister había estado dando a los pacientes una versión ligeramente diluida del estimulante que solían usar las tropas de Shinra. —No puede curarles, pero si puede calmarles el dolor. —Así que ese era el tratamiento. —No les he estado engañando. Tenía que encontrar la fuente de la enfermedad, pero primero y antes que nada tenía que controlarla. — ¿Tú también estás infectado? —No —, respondió Kilmister. Explicó que tomando una versión diluida de la medicina, era capaz de trabajar hasta altas horas de la noche. Pero también es posible volverse adicto a ella, pensó Rufus sonriendo, viendo su oportunidad de ganar control sobre Kilmister. — ¿Tienes un teléfono? O un bolígrafo y algo de papel.

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— ¿Con quién quieres contactar? —Con los asesinos de Shinra. Saben donde se guardan los estimulantes. Los ojos de Kilmister brillaron, pero intentó seguir manejando la situación con el más estricto cuidado. Ordenó a Rufus volver a bajar la escalera, y tras un largo rato, le facilitó papel y bolígrafo. Rufus no escribió en la nota nada que fuera más que una petición de un cargamento de estimulantes. Era más importante ahora ganarse la confianza de Kilmister. De momento podía dejar a los Turcos que se encargaran del resto. *** Sin embargo, tras tomarse un tiempo para ir a Midgar con la nota, Kilmister no volvía. Los Turcos tampoco venían. Se estaban empezando a acabar las reservas de comida. Le había dicho a Kilmister que fuera al Edificio Shinra y llamara a los asesinos, los Turcos, y les diera la nota. Esperaba que estuviera de vuelta con la medicina en unos tres días, con los Turcos siguiendo al buen doctor, claro. Pero ya había pasado casi una semana. Rufus se había acostumbrado ya a la cueva y daba vueltas inspeccionándola para pasar el rato. La condición de la chica era cada vez más severa y estaba empezando a perder el sentido. El hombre que la estaba cuidando ahora también gemía de dolor, pero sujetaba su mano, esperando a que ocurriera un milagro. —Estoy seguro de que Kilmister volverá pronto —, les dijo Rufus, aunque no tenía ninguna prueba de ello. ¿Por qué les estoy diciendo esto? Fuera estuvo lloviendo durante días. Rufus de repente se dio cuenta de que el agua empezaba a entrar en la cueva, y no solo por la entrada. El agua se filtraba a través del techo, cayendo hasta donde estaba Rufus. Por lo visto existían varios agujeros, por los que el agua comenzó a caer como si se hubiera 231


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abierto un grifo. Ha estado lloviendo días, ¿por qué pasa esto precisamente ahora? El agua debe haberse acumulado en algún sitio, pensó Rufus. Tenemos que irnos de aquí como sea. Rufus avisó a los demás mientras se dirigía a la entrada de la cueva. Su cuello todavía no estaba recuperado del todo, pero miró hacia arriba y no encontró señal de que hubiera nadie allí. Solo podía escuchar el fuerte sonido de la lluvia al caer. Echó un vistazo a su alrededor. Si el agua llenaba el agujero en el que se encontraban, podría subir hasta la salida nadando de alguna forma. —Esto es lo menos que puedo hacer… Rufus regresó al interior de la cueva y buscó a los demás pacientes para avisarles de que se prepararan para evacuar. No recibió respuesta. Habían estado tomando los estimulantes en vez de los calmantes y estaban demasiado concentrados en aguantar el dolor. —Cinco personas, ¿eh? — murmuró Rufus para sí. Pensó en que podía hacer. Decidido, fue hasta donde se encontraba el paciente más alejado y cargó con él como pudo hasta la entrada. Rufus no había recuperado aún todas sus fuerzas, pero todos habían perdido tanto peso y se habían vuelto tan frágiles, que fue capaz de acarrearlos. El agua les llegaba ya por los tobillos. Rufus fue a buscar algo que pudiera servirles de balsa. Notó que algunas de las camas flotaban. Las desmontó quitándole las partes metálicas y arrastró las tablas de madera que formaban los somieres hasta la entrada. Se movían sorprendentemente rápido flotando en el agua. Rufus volvió a dirigirse a donde estaban los pacientes. —Aquellos que podáis nadar, hacedlo. Si no podéis, sujetaos a una de estas tablas. Una persona por tabla.

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Pocas horas más tarde, el nivel del agua había subido hasta llegarle a Rufus por la mandíbula. Todos los pacientes se sujetaban a las maderas. He hecho todo lo que he podido. Rufus se quedó mirando fijamente hacia arriba, con la mente completamente en blanco. Se agarró a su tabla cuando vio que el agua seguía subiendo. No mucho después, se encontraba a tan solo un metro de la distancia que le permitiría impulsarse hacia arriba y salir del agujero, pero la situación cambió. El agua había parado de filtrarse por la cueva. ¿Ha parado la lluvia? O quizás sea algo de la forma de la cueva. Rufus se mordió el labio. No podemos hacer otra cosa más que esperar ayuda. Miró hacia donde permanecían unos pocos pacientes. Dos hombres y una mujer. La mujer era aquella que había hablado con él en el camión, y que luego le ayudó a bajar. Estaba sujeta a una de las tablas que flotaban, yendo junto a otra a la que se agarraba el hombre que le hacía compañía. Justo cuando Rufus pensaba que estaba muerta, se movió soltando un quejido de dolor. Por alguna razón, respiró aliviado. Las horas pasaban, y no había cambios. El nivel del agua ni subía ni bajaba. Rufus podía sentir como la temperatura de su cuerpo descendía de estar tanto tiempo sumergido. No aguantaremos mucho más, pensó. — ¿Qué? Sintió como si alguien le llamara, pero a su alrededor no había nadie con las fuerzas suficientes para hacerlo. Cuando miró al agua, algo captó su atención, creyó ver algo que se movía. Era una figura oscura que se movía lentamente hacia Rufus. No podía decirse si se trataba del líquido negro viniendo de los pacientes. La forma se movía como si estuviera viva. Asustado, Rufus comenzó a salpicar el agua en un intento de que se alejara, pero no surtió efecto, y se acercó cada vez más. No tardó en ver su traje blanco empapado de aquella cosa negra. En realidad, aquel traje estaba tan sucio que no podía decirse que fuera ya realmente blanco, pero Rufus continuó poniéndoselo, sabiendo que lo necesitaría 233


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para poder ser reconocido cuando pudiera escapar. Se miró la manga completamente negra y pensó esto es el fin. El líquido negro reptó a través del cuello de Rufus hasta llegar a su cara. Sabía que estaba intentando meterse por su boca, así que la cerró con fuerza. Entonces lo intentó por la nariz. Se la cubrió con la mano. No podía respirar, pero prefería morir asfixiado a que aquella cosa ganara. A pesar de todo, el líquido no tardó en introducirse por sus oídos, y gritando, Rufus perdió el conocimiento. — ¡Señor Presidente! ¡Señor Presidente! Rufus se despertó al escuchar una voz que le llamaba. —La inundación ha sido de lo más inoportuno. Lo siento, llego tarde —, dijo Kilmister mientras extendía una escalera. Rufus estaba sorprendido de seguir vivo. Se agarró a la escalera, y dándose la vuelta para mirar detrás de él se encontró con que tan solo quedaban aquella chica y el hombre que estaba con ella. — ¡Ey! ¿Estáis bien los dos? El hombre alzó la cabeza. — ¡La ayuda está aquí! El hombre le miró confuso, pero pronto comprendió. Nervioso, llamó a la chica, que estaba a su lado, y ella le respondió con un débil movimiento de cabeza. Rufus le ofreció su mano para ayudarla, pero justo cuando ella estaba a punto de alcanzarla, un disparo sonó sobre sus cabezas. La chica salió despedida de su tabla y se hundió en el agua. — ¡Pamela!

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El hombre gritó horrorizado y quiso bucear tras ella, pero no tenía fuerzas para nadar. Rufus alcanzó a agarrarle el brazo mientras se aferraba a una de las tablas para no hundirse. —Pamela… El hombre se lamentaba, pero no se sentía capaz de gritar con más fuerza. Rufus le arrastró por el brazo hasta la escalera. — ¡Sube! —Pero… — ¡Ahora no debes pensar en otra cosa más que en sobrevivir! El hombre se quedó parado un momento, mirando con tristeza al lugar donde Pamela se había hundido, hasta que miró arriba y cruzó una mirada de odio con Kilmister. Rufus no sabía que él conocía el nombre de aquella chica. —No se podía hacer ya nada por ella. He acabado con su sufrimiento. Pamela no me guardaría rencor. Cierto, ella no iba a salir de esta. ¿Pero qué hay de los sentimientos de él? Pensó Rufus, mirando a aquel hombre que la acompañaba. Este empezó a subir la escalera decidido a cometer una locura. — ¿Cómo te llamas? — preguntó Rufus. —Judd. —Judd, ahora no es el momento. Déjame a mí a Kilmister. Judd continuó subiendo sin responder. Rufus le siguió pero justo cuando vislumbraba la salida que tanto había anhelado, sintió de repente un gran dolor por todo el cuerpo. Algo le estaba saliendo de la boca. 235


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Usó su mano para limpiarse y vio que era la misma sustancia negra que fluía de Pamela y de Judd. —Vaya, vaya. Va a tener que tomar el estimulante usted también, Señor Presidente —, dijo Kilmister como si disfrutara del momento. —Ugh… De repente se escuchó la voz furiosa de Kilmister y una pistola cayó al agua. Rufus miró, aguantando el dolor. Pudo ver a Kilmister ahogándose mientras alguien le estrangulaba desde atrás. ¡Judd, imbécil! ¡Te dije que este no era el momento! — ¡Argh! Esta vez fue la voz de Judd la que se oyó, pero no duró mucho. Rufus gritó furioso, su cuerpo temblaba mientras se agarraba fuertemente a la escalera. —¡¡Llegáis tarde!! —Oh, lo siento —, sonrió Reno. *** Cliff Resort era un lugar concebido como un sanatorio a cargo de la Compañía Shinra, dirigido a sus empleados. Sin embargo, estos solían preferir ir al mar antes que a las montañas, así que había sido abandonado. Todavía quedaban algunos pabellones bien conservados. Dividiéndose en dos coches, Rufus, Tseng, Elena, Reno y Rude, junto con Kilmister y Judd, se dirigieron hacia allí. Multitud de gente infectada ya se encontraba reunida en aquel lugar. Muchos eran pacientes de Kilmister, que los Turcos habían transportado desde Kalm. Rufus se mostraba confundido ante lo que veía, y pidió explicaciones a Tseng.

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Hace más o menos una semana, Kilmister llegó al Edificio Shinra y estuvo llamándolos a viva voz. Solo Reno y Rude estaban de guardia en aquel momento. Kilmister gritaba que tenía una nota de Rufus Shinra, y como había pasado tiempo sin haber tenido noticias del Presidente, ambos salieron de su escondite para darle encuentro. La nota decía ―Dadle todo los estimulantes que podáis a este médico‖, pero como no sabían que podía significar eso, sospecharon si realmente esa nota venía del mismo Rufus. Le dijeron que volviera al día siguiente. Tras aquello, Rude volvió a la ―oficina‖ en el Sector Cinco para discutir el asunto con Tseng, mientras Reno espiaba a Kilmister. Tseng de alguna manera reconoció que aquella era la caligrafía del Presidente, pero no estaba completamente seguro. Decidió proporcionarle al doctor algunos de aquellos estimulantes, así luego podrían ver dónde se dirigía con ellos. Reno siguió a Kilmister hasta Kalm. Allí, un pequeño hospital se había vuelto el hogar de unos refugiados, ya que no había en él ningún médico desde hace al menos medio año. Kilmister era el médico titular de aquel hospital. Los pacientes de Kalm estaban felices de que el doctor hubiera vuelto, e inmediatamente fueron a pedirle ayuda. Como Kilmister no parecía examinarlos con mucho entusiasmo, Reno llegó a la conclusión de que a él también debía pasarle algo. Al día siguiente, Kilmister regresó a la entrada del Edificio Shinra y encontró a los Turcos junto una pila de cajas llenas de estimulantes. Tras comprobar que eran los que estaba buscando, abrió uno y se lo bebió tras diluirlo en agua en un frasco que ya traía él preparado. Ignorando a los atónitos Turcos que le miraban, se sentó en el suelo y se tumbó de lado, diciéndoles que esperaran hasta que la medicina le hiciera efecto. Los Turcos no tuvieron otra opción que esperar tal como dijo, ya que él era la única persona que podía darles información sobre su Presidente.

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Tras haberse recuperado y sintiéndose mejor, Kilmister preguntó a los Turcos si podían cargar con las cajas de estimulantes hasta fuera de Midgar. Claramente se estaba aprovechando de la situación… incluso se atrevió a dirigirse a Tseng para preguntarle si había alguna instalación adecuada que pudiera usar. Quería un lugar incomunicado, aislado de todo entorno humano, pero que no estuviera demasiado lejos y que fuera lo suficientemente grande para acomodar a un gran número de pacientes. Les dijo que quería hacer una gran contribución a la historia, estudiando la enfermedad allí. Como se dio cuenta enseguida de que los Turcos no confiaban en él, comenzó a hablar de Rufus y del estado en que se encontraba. Cuando les dijo los detalles exactos de sus heridas, los Turcos creyeron lo que decía. Continuó hablando sobre como él había protegido a Rufus sacándole de la mansión de Mutten y que deberían estarle agradecidos. Cuando le preguntaron por qué se había estado guardando todo eso, Kilmister respondió que había querido apelar al lado bueno del Presidente. Tseng no tardó en acordarse de Cliff Resort, y decidió guiar a Kilmister allí. Kilmister pareció estar satisfecho con el lugar y ordenó a los Turcos que trajeran a los pacientes. El tener que estar obedeciendo órdenes, como si fueran uno de sus pacientes adictos a los estimulantes, enfadó a los Turcos, pero el médico no les diría nada sobre dónde estaba el Presidente hasta que los preparativos se completaran, así que no les quedaba otro remedio. Hicieron muchos viajes de Kalm a Cliff Resort y viceversa, cumpliendo los deseos del doctor. Tras divertirse teniendo a los Turcos comiendo de su mano, finalmente accedió a llevarles hasta donde estaba el Presidente. Llegaron un poco más tarde que el médico porque Reno había perdido de vista el camión en el que iba este por culpa de la lluvia y las riadas. Reno más tarde insistió en que había sido su gran sentido de la orientación el que le había llevado hasta la cueva sin guía de ningún tipo, como si quisiera quitarle plomo al fallo.

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Rufus pasaba el tiempo como paciente en Cliff Resort. Le suministraron algunos estimulantes, aunque los llamaban medicinas. Y ciertamente, calmaban el dolor que provocaba la enfermedad. Cuando no tenía fiebre y se encontraba mejor, era puesto al corriente de las novedades por uno de los Turcos que terminaba su ronda, y también se ponía a repensar sus planes para el futuro. — ¿Qué hay en el centro de la nueva ciudad? — preguntó Rufus a Reno como si de repente le hubiera venido una idea a la mente. —Hmm, una plaza. Una enorme plaza redonda sin nada. Hay una carretera que sale directamente de allí hasta Midgar, y rodeándola hay otras calles. Por eso lo llaman el centro de la ciudad. —En ese caso, construid algo ahí. Sí, construid allí un monumento. — ¿Qué tipo de monumento? —Uno que sea grande… un monumento que conmemore como el planeta repelió al Meteorito. — ¿Uno grande? ¿Y cuál es su verdadero propósito? —Reclamar nuestro territorio. — ¡Ah! ¡Poniéndolo en el centro de la ciudad queda como si Shinra poseyera el lugar! ¡Siempre tiene las mejores ideas, Jefe! — contestó Reno. *** Como era usual, se le pidieron responsabilidades a la Compañía Shinra por todo lo que había pasado con el Meteorito, pero repartiendo recursos como maquinaria, combustible y medicinas, fueron capaces de ganarse algo de confianza entre la gente. Uno de los antiguos empleados de Shinra, Reeve, entregó muchas maquinas y recursos humanos desde Junon, haciendo una

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gran contribución a la construcción de la ciudad. Estaba claro que Reeve era ahora anti-Shinra, pero como las actividades tanto de los Turcos como de los antiguos empleados de Shinra que habían conseguido reunir eran en pos de la sociedad, no interfirió. Reno, con la ayuda de algunos voluntarios, comenzó a dirigir la construcción del monumento. La gente se sentía feliz de ayudar, pensando que se estaba erigiendo en la plaza alguna clase de símbolo. Entre ellos, había algunos que protestaron, conociendo las verdaderas intenciones de Shinra, pero muchos problemas se resolvieron siguiendo lo que Reno llamaba el ―método Turco de hacer las cosas‖. El número de pacientes de Cliff Resort fluctuaba, pero continuaban los días tranquilos en el sanatorio. Sin embargo, un día hubo algo de agitación. Kilmister estaba montando un escándalo sobre la importante bajada de las reservas de estimulantes. Esto fue debido a que Elena, que últimamente se había hecho muy cercana a los habitantes de la ciudad, sugirió que deberían compartir los estimulantes con los ciudadanos, algo que Rufus le permitió hacer. Por esa razón quedaban muy pocos suministros en los almacenes. Rufus ordenó a los Turcos que dieran con gente que conociera la fórmula de esos estimulantes para que hiciesen los preparativos necesarios para fabricar más… aunque tenían que pensar en un nuevo nombre. Rufus había pensado en usar las instalaciones de Shinra, y si era necesario, incluso contactar con Reeve, pero Kilmister no estaba de acuerdo. Insistió en que debían asegurarse primero de tener las cantidades necesarias para Cliff Resort. Tseng y los demás no estaban muy contentos con la petición del médico, pero por alguna razón, Rufus le toleraba. Los ingredientes requeridos para producir el estimulante eran las colas de los osos de Nibel. Elena partió de inmediato en su busca tras saber que quizás podrían crear más de una dosis por cada cola si los componentes que sacaban de ellas estaban muy concentrados. *** 240


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—Ey, Rude —, Reno le habló, inusualmente preocupado. — ¿Por qué el Jefe está siendo tan amable con Kilmister? —Está esperando a los resultados de su investigación. Eso creo. — ¿Qué investigación? Si lo único que hace es gastar dinero en hacer mejunjes… ¡Eso hasta yo puedo hacerlo! —He donado algunas de mis células como persona sana. Deberían permitirle encontrar algo pronto. —Algo sí que me gustaría saber. Estamos rodeados todo el tiempo por muchos de estos enfermos y todavía no nos ha pasado nada. ¿Es raro, verdad? —El Jefe dice que no es contagioso —, dijo Rude dando un ligero puñetazo en el estómago a Reno, por seguir dudando. — ¿Qué tal un poco de ejercicio, compañero? Solo un rato. — ¿Para qué? —Para entrenar nuestro cuerpo y mente. Si somos fuertes no caeremos enfermos. —Deja de hablar como un carcamal —, dijo Reno. Colocándose en pose de batalla, ambos comenzaron a pelear. *** Los diablillos, así es como los pacientes más viejos llamaban a Rufus y sus seguidores durante su estancia en Cliff Resort. Alguien dijo una vez que no entendía cómo podían permanecer tan unidos. Hasta el mismo Presidente y sus subordinados eran incapaces de entender como su relación nunca se deterioraba o como podían seguir trabajando juntos como una organización cuando se encontraban bajo ciertas circunstancias. Los 241


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que les veían desde fuera percibían su comportamiento como el de unos niños pequeños jugando a que tenían una compañía. Niños pequeños a quienes no les esperaba nadie si volvían a casa, niños sin hogar jugando con lo que quedaba en sus corazones. Un día, dos años después de la destrucción del Meteorito, Rufus se dejó caer por la habitación de Kilmister. — ¿Y bien, doctor? ¿No debería ser hora de que me revelara los resultados de su investigación? Estoy muy intrigado en saber qué relación hay entre la enfermedad que padezco y Jenova. Kilmister comenzó a contar a Rufus como el primero al que vio perecer por la enfermedad había sido completamente rodeado por la Corriente Vital. Sabía que aquello tenía que ver desde el momento en que examinó a aquel primer paciente, y se veía encantado con ello. —Hay otro síntoma común que he encontrado en los pacientes. A medida que los síntomas de la enfermedad empeoran, noté que a todos les invade una sensación de aceptación de su propia muerte… ¿Sabía que esa sensación no sale de la voluntad de uno mismo, señor Presidente? Realmente, pensó Rufus. —Después de aquel día, estoy seguro de que muchos pensaron que no había un futuro para ellos, y que el fin estaba cerca. Fue entonces que se produjo una importante subida en el número de infectados. Además…—, Kilmister empezó a hablar sobre el agua negra. Rufus recordó el agua que parecía tener conciencia propia, durante la inundación de la cueva. —…entre los que tenían los post-síntomas de la enfermedad, he visto a muchos que estaban manchados de una sustancia negra. Al principio creía que se habían sumergido en ella o que la habían bebido sin saberlo. Parece agua al fin y al cabo. Pensándolo así pueden haberla cogido de cualquier sitio. 242


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— ¿Qué quiere decir con ―pensándolo así‖? — preguntó Rufus, intrigado por la elección que el doctor hacía de sus palabras. —El dolor y la fiebre que experimentan los pacientes son la prueba de que sus cuerpos están luchando contra un agente externo. Comparado con otras enfermedades, quizás es más dura de soportar. Pero cuando se llega a la fase de expulsar esta sustancia es más dura aún. No se puede hacer nada para calmar el dolor. — ¿Ha encontrado la verdadera fuente de esta enfermedad? —…Son los genes de Sephiroth. Podría decirse que son genes de Jenova en cierto modo… No, más bien debería decir que son restos de sus genes. Es como le dije una vez. Muestran unas características parecidas a las que distinguen a los miembros de SOLDADO. El recuerdo de estar rodeado de aquella agua negra regresó de repente a la mente de Rufus, y su cuerpo sintió un escalofrío al escuchar el nombre de Sephiroth. —Señor Presidente. Me gustaría poder echar un vistazo a Jenova. ¿Dónde está? — preguntó Kilmister sin parecer importarle como se sentía Rufus. —Desafortunadamente, no se cual es su paradero. —Ordena a tus subordinados que la encuentren. —Déjame pensarlo. —Espero que se decida pronto. Rufus asintió y le dio la espalda a Kilmister. Justo cuando estaba a punto de abandonar la habitación, Kilmister habló en su tono usual, —Hace mucho el

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profesor Hojo rechazó un proyecto que propuse. Incluso ahora me pica el querer intentarlo. Creo que podríamos ser capaces de crear algo más allá de Sephiroth. — ¿Y la cura? — Preguntó Rufus girándose hacia él. —Aquellos que muestran los síntomas de la enfermedad están condenados. Sin embargo, mientras los que sigan sanos mantengan el ánimo y no se nublen los corazones con pensamientos oscuros, estarán bien. Puede hacer esto público, pero no diga lo del agua. Puede cundir el pánico. Rufus, uno de esos pacientes que ya mostraba los síntomas, dejó la habitación en silencio. A la mañana siguiente, Kilmister fue encontrado muerto. Le habían disparado. Cuando Tseng se encontraba examinando el cadáver, Judd apareció para confesar que había sido él quien lo había matado. — ¿Dónde conseguiste la pistola? —No puedo decírselo… No me dijo que mantuviera el secreto, pero lo haré en compensación. La persona que me la dio me salvó la vida. *** Tseng fue a reportar a Rufus lo que había pasado entre Judd y Kilmister, pero Rufus no parecía nada sorprendido. —Tseng, escúchame. —Sí, Señor. —La Compañía Shinra va a encontrar a Jenova y a ponerla bajo llave. —…Sí, Señor.

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—Nuestro objetivo es mantenerla a salvo y no dejar que nadie le ponga las manos encima, ya sean científicos chiflados o…— Rufus recordó las palabras de Kilmister. —O restos rezagados por la Corriente Vital. —Sí, Señor. Haré los preparativos necesarios. *** Rude y Reno estaban repintando el letrero de Cliff Resort. — ¿Qué significa ―Healing‖? —Significa curar el mundo —. Ambos se volvieron y encontraron a Rufus, que apareció de repente tras ellos. —Nuestros métodos tal vez sean poco ortodoxos, pero… somos la Compañía Shinra. A nadie le sorprenderá. La voz de Rufus se estremeció de entusiasmo.

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LA CORRIENTE VITAL BLANCA - 3

Ella consideró varias formas de poder hacer saber a Cloud sobre la crisis que se avecinaba. Mientras pensaba, todos los sentimientos que no había podido decirle nunca volvieron a ella de manera intensa. Había tantas cosas que quería decirle… Se pasó un tiempo preocupada por ello. Al final, decidió que primero trataría de ver a Cloud y que luego ya pensaría que hacer. Finalmente Ella descubrió que Él, que se encontraba esparciendo su insidia por el mundo, estaba tratando de manifestarse en la superficie. Se preguntó como pretendía lograrlo. Reuniendo todo su valor se aproximó a aquel espíritu. Sin embargo, Él la descubrió y comenzó a perseguirla, pero pronto cejó en su propósito. Sabía que se estaba burlando de Ella. ―¡No puedes hacer nada!‖. No obstante, logró averiguar qué pretendía. Por lo visto Él iba a usar como subordinados a tres entidades separadas que le representarían en un todo. Ella fantaseó con la idea de poder hacer lo mismo. Pero cambió pronto de opinión. Aunque pudiera hacerlo, quiero que Cloud me vea tal como me conoció.

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La doncella que viaja por el Planeta

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ACLARACIÓN INICIAL La doncella que viaja por el Planeta es una historia corta, escrita por Benny Matsuyama, que apareció en exclusiva como colofón de la Ultimania Omega de Final Fantasy VII, editada en 2006. Esta historia, que relata las peripecias de Aeris (o Aerith) en la Corriente Vital después de su muerte a manos de Sephiroth, no está oficialmente incluida en la serie de novelas On the Way to a Smile. Esta circunstancia ha provocado innumerables controversias sobre si esta historia puede considerarse ―canon‖ (inserta oficialmente en la historia general del juego) o si se trata de un ―fan-fiction oficial‖ (no entra en la línea oficial de la historia de juego, pero cuenta con el beneplácito de Square-Enix). Las pruebas que sustentan este lado de la balanza es el hecho de que la historia no ha sido escrita por Kazushige Nojima (creador de la historia oficial de Final Fantasy VII junto a Hironobu Sakaguchi y Tetsuya Nomura) y que tampoco ha sido recopilada en el tomo de On the Way to a Smile, editado con motivo de la salida de Final Fantasy VII: Advent Children Complete, que además de compilar los episodios ya publicados de Denzel, Tifa y Barret, añadía nuevos envolviendo a otros personajes. A pesar que la edición original del recopilatorio no incluye esta historia, yo he tenido a bien traducirla igualmente y ofrecerla junto con el resto de episodios, aunque de forma anexa y no continua. El hecho de haber sido publicada en un documento oficial de Square-Enix ya lo merece. El que sea canon o no, lo dejo al gusto e imaginación del lector.

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B

ajo el agua... Aeris se hundía. Se hundía silenciosamente, tendida, hacia lo más profundo de aquel lago frío y apacible. La expresión de su rostro la hacía parecer dormida. La luz que se dispersaba con las ondas de la superficie bailaba alrededor de su cuerpo inerte.

Parecía que quisiera irse con ella. Su dulce rostro ya no mostraría más sus expresiones, siempre tan llenas de fuerza. La alegría y la diversión que compartía con todos los de su alrededor. La ira que sentía hacia el que dañaba al débil. Las infinitas lágrimas que había derramado cuando estuvo triste… Nada de aquello volvería a verse más en ella. Su cuerpo había sido silenciado por toda la eternidad. Y sin embargo, eso no significó el final de Aeris. Ella observaba. No con sus hermosos ojos verdes, sino con su alma… Observaba desde el interior de un cuerpo etéreo, hecho de energía vital, que se solapaba sobre su cuerpo físico. Observó como la superficie del lago se alejaba cada vez más. Observó como otras formas humanas la miraban desde la bruma de otro mundo (el mundo donde las cosas estaban vivas era ahora para ella un lugar diferente). Observó el rostro 249


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de Cloud, cuya expresión parecía reflejar un corazón eclipsado por la tristeza de perderla, así como la ira y el odio que sentía por haber dejado que la arrebataran de su lado. No te culpes. Ya no hay nada de lo que preocuparse. Todo va a ir bien, aunque caiga el Meteorito. Así que no dejes que esos sentimientos te torturen. Solo piensa en cómo puedes volver a ser tú mismo. Intentó decírselo, pero sus labios no se movieron. Desde aquel cuerpo inmaterial no existía magia capaz de hacerle llegar a Cloud sus pensamientos. Cloud desapareció rápido en la distancia. La luz que resplandecía en la superficie del lago fue debilitándose cada vez más a medida que se hundía. Cayó suavemente en lo más profundo de las ruinas de los Cetra, la Capital Olvidada. Aeris, la última superviviente de los Cetra, había cumplido su misión de proteger al Planeta. El lugar al que se suponía que iba ahora no tenía límites, no importaba dónde…

Capítulo 1 Sí. No importaba dónde. Alcanzó el fondo del lago. Pero incluso entonces Aeris siguió hundiéndose. Su cuerpo físico sigue en la profundidad del agua, muchos años después de perder la vida, cubierto de pequeñas plantas que se asemejan a la nieve. Se había quedado detenido en sus cortos veintidós años de vida, para toda la eternidad. Un cascarón que ahora, separado de su alma, volvería lentamente a la Gran Tierra para alimentarla, sumergido en aquella agua cristalina. La conciencia de Aeris se hundía hacia un nuevo nivel, más bajo.

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Respiró suavemente, sin que nada cambiara en la especie de polvo de su alrededor. Aeris continuó precipitándose a través de una gruesa capa de sedimentos. Lo único que podía ver era oscuridad... Pero aunque era un mundo sin luz, era tierno y cálido, y en él no se sentía sola. Pronto se dio cuenta de que no era polvo, ni barro, lo que ella notaba. Su percepción se había adaptado de forma que podía sentir otras cosas a su alrededor. Sus cinco sentidos ahora estaban en un nivel superior, que le permitía apreciar la verdadera naturaleza de las cosas. En el mundo que ahora podía ver no había oscuridad. Se encontraba dentro de una luz verde, tenue, que la envolvía. En ese momento, reconoció qué era lo que veía. Una energía que se dividía en miles, no, millones de arroyos que fluían y circulaban por todos los rincones del planeta. El torrente de luz que la envolvió fue una de las corrientes que se separaron de los demás. La cantidad de energía Mako que el Planeta tenía iba más allá de las expectativas humanas y no podía ser representada por meras cifras. Aeris observó como latía la vida del Planeta. Observó el brillo de la Corriente Vital, fluyendo constante. Reconoció la fuente de vida a la que todo vuelve. Era un lugar lleno de energía donde incontables almas se fundían en una, con todos sus conocimientos y experiencias. Incluso sus recuerdos se desligaban de ellas. Pero Aeris estaba ―entera‖.

Permanecía en el lugar en el que las

conciencias de los muertos fluían y se entrelazaban, pero manteniendo el aspecto que tenía cuando estaba viva. Retuvo la conciencia de Aeris Gainsborough, la persona que una vez fue, y que ahora navegaba con la Corriente. No tenía ni idea de por qué le pasaba eso.

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Como la última superviviente de los Cetra, tenía el deber de proteger la riqueza de la Gran Tierra, durante el transcurso de su vida. Aeris hablaba con el Planeta. Hablaba con las conciencias que formaban parte de la Corriente Vital. Y estas le dijeron que la muerte no era el fin de la vida. Muchos seres humanos creían que la muerte significaba el fin. Sus conciencias serían engullidas por la oscuridad, sin jamás volver a despertar, en una nada inabarcable. Pensaban que morir conllevaba la aniquilación total. Por eso los humanos temían a la muerte. Tenían miedo de que no quedara prueba alguna de su existencia. Incluso comprendiendo que eran una raza con una esperanza de vida corta, habían muchos que rechazaban morir. Incluso aquellos que habían alcanzado una edad avanzada tras una vida llena de bendiciones. Aeris sabía que eso no era así. También le habían hablado de un mundo que los Cetra alcanzaban una vez su misión sobre el Planeta terminaba. Por eso ella había aceptado sin miedo su destino, incluso teniendo el fuerte presentimiento de que le iba a pasar un día, pronto. Había cumplido su misión, como era su deber, sin temor alguno. Su corazón estaba en paz, por mucho que los humanos, que habían perdido su capacidad de hablar con el Planeta hace miles de años, dijeran que había muerto de forma desgraciada. No se arrepentía de nada, no deseaba haber seguido viviendo ni haber abandonado su cometido. Y aún así, se sentía triste. Le dolía el corazón. Pensó en todos los amigos con los que había viajado, en la gente con la que vivió en sus primeros años de vida, en Elmyra, la madre que había cuidado de ella durante quince años, en aquellos a los que solo conocía de vista, en las personas que podría haber conocido en el futuro, en las que ya nunca conocería… Lamentaba el hecho de que ya no iba a poder permanecer más junto a los ―vivos‖. Pero el dolor de Aeris se hizo aún más grande cuando pensó en Cloud.

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Guardaba hacia él un sentimiento especial. Al principio, pensaba que era porque, de alguna forma, era tan parecido a su primer amor… Pero sin embargo, su mirada, su voz, su personalidad, no eran tan iguales, y aquello le daba la sensación de que era una persona muy misteriosa, un enigma por resolver… No obstante, eso pronto dejó de importar. Llegó a quererle mucho más que a su primer amor. Cloud era su héroe, y con él no había peligro que no pudiera afrontar. Le veía como alguien de plena confianza, tranquilo, y tenía la impresión de que desaparecería en el instante en el que le quitase el ojo de encima. Querría haber permanecido a su lado por siempre, si le hubiera sido posible. Lo deseaba de verdad. Cuando dejó atrás a sus amigos y se dirigió a la Capital Olvidada, el corazón de Cloud era como un huevo a punto de quebrar su cascarón. Pero ese huevo aún no había terminado de incubarse; solo habría salido la yema. Su mente se habría hecho añicos. Aeris quería ayudarle. Y si no hubiera sido la última Cetra, probablemente lo habría hecho sin lugar a dudas. Sin embargo… El hombre envuelto en negro y plata, aquel que una vez fue un héroe, había retomado la voluntad de ―la calamidad de los cielos‖, Jenova, inmerso en su locura. Iba a invocar la más poderosa magia de destrucción, Meteorito, usando para ello la Materia Negra. A Aeris no le quedó más remedio que asumir la misión que había sido encomendada a los Cetra, transmitida de generación a generación. Tarde o temprano, Sephiroth iba a convocar el enorme astro. Su intención era causar una gran herida, una que pudiera incluso amenazar la vida del Planeta. Si eso pasara, este concentraría allí una gran cantidad de energía procedente de la Corriente Vital, para sanarse. La intención de Sephiroth era adueñarse de esta fuerza. Si lo conseguía, se volvería uno con el Planeta, convirtiéndose en una entidad parecida a un dios. Probablemente acabaría con la humanidad, a la que odiaba a muerte. El futuro del mundo y de la vida que existía en él, tal como ella lo conocía, desaparecería. 253


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Aeris pudo escuchar los susurros del Planeta, que le decían que había algo que podía hacer para evitar la desgracia. Descubrió también que era algo que ella, y tan solo ella, la última Cetra, podía llevar a cabo. El único lugar donde podría alcanzar la sabiduría para conseguirlo era la Capital Olvidada. Pero ir hacia allí también significaba convertirse en el principal obstáculo para los planes de Sephiroth. Y ahí es donde Aeris dudó. Dejar morir a la humanidad o evitar el desastre a cambio de su propia vida… Pero este no era su verdadero dilema; ella ya estaba preparada. Sus dudas iban dirigidas a que no quería dejar a Cloud. Pero comprendió que quedarse a su lado no le salvaría a él, ni a sus amigos, ni a la gente del mundo. Tomó una decisión. No le quedaba elección. Lo haría también por Cloud. Y así, sola, se puso en camino hacia el altar que se alzaba en la Capital Olvidada, para así descubrir qué era lo que debía hacer. En efecto, la clave estaba en ella. Se trataba de la Materia Blanca, heredada entre los Cetra… Cómo si su interior guardara desde siempre el destino de la última de su raza, esta materia podría invocar la Magia Blanca definitiva, Sagrado, capaz de enfrentarse a Meteorito. Aquella era la materia que la madre de Aeris, Ifalna, le había confiado. Nunca antes había sabido usarla, y la ocultaba siempre bajo la cinta de su pelo, sin separarse jamás de ella. Aeris poseía la Materia Blanca. Tras descubrir que la tenía en sus manos, rezó con toda su alma. A través de ella, habló con el Planeta para llamar a la magia sagrada que destruiría el Meteorito. La más mínima duda podría hacer que sus oraciones no llegaran al Planeta. Pero lo consiguió. Todo lo necesario, todas sus intenciones, fueron realizadas antes del golpe fatal de Sephiroth. Aceptó la muerte que ella había presentido desde hace tanto, mientras sentía el acero atravesando su cuerpo. Estaba en paz. Pero un grito penetró en ella. 254


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No era un grito suyo. Si lo hubiera sido, habría sentido el sabor de la sangre brotando de su garganta y la furia que lo habría sacado de lo más profundo de su alma. No, ese sonido venía del corazón de Cloud, rompiéndose en pedazos. Era el lamento de su corazón, que nunca podría recuperarse del dolor que le causaba la muerte de Aeris, la culpa contra sí mismo y el odio que sentía hacia Sephiroth. Estaba sorprendida de la gran aflicción que albergaba por ella. En parte se sentía un poco feliz de que la tuviera tan presente, pero por otro lado, sintió que su propia pena dolía mil veces más. No había nada que pudiera hacer para calmar el sufrimiento de Cloud, y eso le torturaba el corazón. Aquel dolor seguía con ella incluso en la Corriente Vital. Aunque había perdido su cuerpo, se aferró a este tormento creando una imagen de sí misma en su mente. Aeris bajó la mirada mientras ponía las manos sobre su corazón, que latía con fuerza. Al poco, se dio cuenta de algo. Todo lo que había a su alrededor era la existencia de incontables conciencias. Eran miles de voces y un raudal de recuerdos. En la iglesia de Midgar, jamás había sentido lo que ahora la rodeaba. Tal como ella, las almas de los que habían muerto habían regresado al Planeta, y todas estaban allí. Pero seguía sin poder ver a nadie cerca que conservara su forma, como ella. Por lo que veía, tan solo ella retenía la imagen de su antiguo yo, entre la energía que fluía repleta de tantos espíritus dispares. —Me pregunto… si será porque soy una Cetra. Las palabras salían de Aeris tomando la forma de un murmullo. Allí, las palabras y los pensamientos eran la misma cosa. Como entidad espiritual, sus reflexiones y sentimientos solo se materializaban como ondas que ella emitía. De forma parecida, la gran cantidad de recuerdos en la Corriente Vital también 255


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llegaba hasta ella, convertida en toda clase de ondas. A su alrededor escuchó susurros que le decían que si no tenía un ego fuerte, pronto se disolvería y dejaría de ser ella misma. —Esperaba que mis palabras pudieran llegar hasta Cloud… Dio un pequeño bufido de disgusto. No estaba afectada por la confusión de las conciencias variadas que existían en aquel mar de recuerdos y experiencias. Debido a las dificultades que desde pequeña había tenido para comunicarse con el Planeta, había adquirido con el tiempo una gran paciencia. Aeris estaba bien preparada, así que podía retener su propio yo sin perder la consciencia de su ser. Pero ella comprendía que volver al Planeta dependía de lo que se separara de su ―todo‖. Cuando echas un cubo de agua a un río, esta se funde con la corriente, y el agua que has volcado ya no se puede distinguir del resto que fluye. No importa el porqué que intentara encontrarle, seguía pareciéndole raro que su alma siguiera completa, única, en aquel inmenso océano de energía. —Pero en la Corriente Vital deben haber más Cetra, como yo. Mi madre murió, y ella también lo era… pero eso fue hace quince años. Quizás cuando pase ese tiempo, yo también desaparezca y me funda con el Planeta… Ladeando la cabeza, pensó más sobre ello. — ¿Habrá alguna manera de hablar con Cloud en alguna parte? Así podría decirle que estoy bien… Es un poco raro en mis circunstancias decir que estoy bien, pero quizás aquí pueda aclarar algunas cosas de mí misma. Quizás allí podría dejar claros sus sentimientos por Cloud. Entonces puede que les vieran como familia, o amantes… Durante su vida en Midgar, sintió muchas almas de personas que fracasaron al intentar confesar su amor. Aquellos

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que seguían conservando esos sentimientos o que los habían dejado atrás, podrían con certeza retener su conciencia ―entera‖. —Pero… ¿Eso significa que desapareceré una vez me encuentre con Cloud? Me pregunto si eso es lo que pasaría o… si todavía habría algo más que me quedara por hacer… En ese instante, Aeris sintió algo parecido a una descarga eléctrica que la atravesó. Formó un puño con una de sus manos y lo golpeó contra la palma de la otra. Solo era ella imaginando a su fantasma haciendo ese gesto, pero pudo escuchar claramente el ―pam‖ que produjo el impacto del golpe. —Tiene sentido. Hay una razón para esto. Tiene que haber una por la que todavía no me he unido con la Corriente, tiene que haberla para que siga conservando mi apariencia. Algo parecido a lo de que yo fuera la única en el mundo que podía invocar a Sagrado… Todavía tiene que quedar algo por hacer, y tengo que ser yo quien lo lleve a cabo. Justo cuando este pensamiento cruzaba su mente, sintió una pequeña conmoción en el Planeta. No venía de una sola conciencia, sino de la conciencia colectiva del Planeta, que parecía confirmar la conclusión a la que Aeris había llegado. —…Ya veo. Me pregunto qué será… Pero no obtuvo respuesta. El Planeta tampoco lo sabía. Aeris sonrió, como cuando cuidaba las flores que solía vender en los suburbios. En la afable luz fluorescente, aquella sonrisa tan querida por todos floreció dulcemente. —Está bien. Sigue habiendo gente de la que aún no quiero que me separen. Todavía no puedo dormir. Hasta que ese momento llegue, me quedaré

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rondando por aquí. Pasaré mi tiempo en el Planeta… En nuestra Tierra Prometida… Aeris alzó la vista al cielo, confiando en poder enviar así sus pensamientos a la superficie… Miró mas allá de la corteza del Planeta, que se alzaba sobre su cabeza. Imaginó que las partículas de Mako que flotaban y se movían a su alrededor eran el cielo nocturno. Miró hacia el cielo como aquella vez que se sentó junto a Cloud, frente al fuego ancestral, en Cañón Cosmo.

Capítulo 2 Aeris se dio cuenta de que la percepción del tiempo y el espacio en el mundo de Mako era distinta a la que había en la superficie. El tiempo parecía fluir más despacio, pero si Aeris quería, también podía pasar en un abrir y cerrar de ojos. El paso del tiempo no tenía allí significado alguno. La historia del Planeta estaba formada por recuerdos acumulados, fundidos, que siempre estaban a su lado. Eran recuerdos del presente, del pasado. Aeris no podía verlos todos, pero los acontecimientos que estaban grabados en aquellas remembranzas habían trascendido toda época y permanecían todos conectados, formando un todo. Daban a entender que el tiempo seguía su curso en el mundo de los vivos. Los nuevos recuerdos de la superficie se fundían con el Planeta, y nuevas vidas eran creadas a partir de esas reminiscencias, convertidas en energía. Aeris contaba el tiempo siguiendo esos ciclos. Todo está conectado en el interior de Planeta, a través de la Corriente Vital. El flujo de energía discurría incluso en los lugares más lejanos, pero por otra parte, había sitios en los que, aun estando cerca, no parecía llegar. Aeris sospechaba que debía ser culpa de los reactores de Mako. Esta energía no estaba concebida para ser utilizada de esa manera, y si continuaban extrayéndola por la 258


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fuerza, finalmente acabarían con el equilibrio del Planeta. Si el Planeta pudiera ayudar a los humanos a tener una vida más fácil y mejor, probablemente hubiera hecho lo posible por proporcionársela. Pero la Compañía Shinra había ido demasiado lejos. Si no frenaba su avaricia, la vida del Planeta sucumbiría…Aeris se acordaba de las flores de la iglesia, que tan solo crecían allí, y de la ciudad de Midgar, sumergida en Mako. —Y por eso los Shinra querían saber donde se encontraba la Tierra Prometida. Una tierra abundante en energía Mako, a la que tan solo los Cetra saben llegar… ¡Pero este es ese lugar! Aquí es donde va todo el mundo cuando llega su fin, cuando vuelven al Planeta. La tierra que Shinra buscaba no existe. No es más que una malinterpretación—, murmuró mientras se dejaba llevar por la corriente. Miraba el movimiento del mundo de Mako, que fluía cambiante. — La Tierra Prometida que Sephiroth tiene en mente es muy diferente. Él quiere crearla por la fuerza. Quiere herir al Planeta con el propósito de reunir una gran cantidad de energía en un único punto, para así tomar control de ella. Esa es la Tierra Prometida que él desea… Aeris se estremeció al imaginar que sería del Planeta si eso llegara a pasar. —Me pregunto si Cloud y los demás están bien… Espero que Tifa y Barret no se estén presionando demasiado buscando a Sephiroth… —… ¿Cloud? ¿Tifa? ¿Barret? Una de las conciencias que estaban a su lado emitió esas ondas, como si reaccionara a las palabras de Aeris. Esta se apresuró a dejar el torrente en el que estaba, excitada por ser la primera vez que se encontraba con un espíritu en un estado parecido al suyo. Cuando llegó al sitio de donde venían las ondas, una sombra se elevó del Mako. Su imagen no era tan clara como la de Aeris, pero podía distinguir en ella una figura femenina. — ¿Acaso les conoces? ¿Quién eres? 259


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—Yo…—, su memoria parecía confusa, posiblemente debido a que la mayor parte de su identidad ya se había fundido en el Mako. Pero su esencia aún no se había descompuesto del todo, y continuaba bogando, completa, en un arroyo de energía. —Oh, quizás tenga que presentarme primero. Me llamo Aeris. ¿Es posible que seas uno de los miembros de Avalancha? —Ava…lancha… Sí…sí, es verdad—. Los recuerdos empezaron a asaltarle desde el mar de Mako, reconstruyéndose poco a poco. Como si Aeris tuviera sobre ella alguna clase de influencia, volvió a tomar conciencia de quien fue, y su liviana figura comenzó a adoptar la forma y los colores que tenía cuando aún vivía. Comparada con Aeris, su imagen aún era tenue, pero ahora parecía humana, y también reapareció la ropa que vestía cuando murió. Su cabello estaba sujeto en una cola de caballo, de forma que no le estorbase, y su vestimenta se parecía a la de un soldado. Había muerto demasiado joven; rondaba la edad de Aeris. —Qué tonta, como lo he podido olvidar… Yo soy Jessie, de Avalancha. ¿Señorita Aeris…? ¿Eres tú? —Puedes llamarme simplemente Aeris. —Gracias… Aeris. Conoces a Cloud, a Tifa y a Barret, ¿verdad? ¿Cómo estáis todos? ¿Seguís luchando contra Shinra? Oh…. —, Jessie ladeó la cabeza, como si se disculpara. —Si estás aquí, es que ahora debes ser como…yo… —Descuida. Estoy segura de que todos están bien. Aeris intentó no pensar en Cloud. En aquel lugar no se podía mentir, así que lo mejor era sacarle de su cabeza por un momento.

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—Sabía que había algo que mortificaba a Barret desde hace tiempo. Así que era tu muerte… Tú eras una de los miembros de Avalancha que estabais intentando proteger el pilar del Sector Siete… Yo solo llegué a conocer al señor Wedge… — ¿Wedge? —. Los ojos de Jessie se abrieron de par en par. — ¡Sí, y Biggs también! Los tres llegamos aquí juntos, pero acabamos perdiéndonos de vista… Sí, hasta este momento, no podía recordar nada. Hasta que te he encontrado, Aeris. Como guiados por los recuerdos de Jessie, aparecieron dos nuevas figuras, que pronto se materializaron en las imágenes de dos hombres, uno con barba de varios días y otro de complexión robusta. —Wo…Woah. El hombre de la barba, Biggs, se quedó mirando las palmas de sus manos. —Vaya, sigo siendo yo. Creía que iba a desaparecer. — ¡Soy tan feliz de volveros a ver, a los dos! Y tú… tú eres la chica que cuidó de mi aquella vez… eeh… ¿señorita…Aeris? ¿También tú has muerto? En vez de dar una respuesta obvia, Aeris prefirió asentir con una sonrisa. —Cuanto tiempo, señor Wedge. Encantada de conocerle, señor Biggs. Después de aquello, yo también me volví miembro de Avalancha, así que supongo que eso me convierte en vuestra subordinada, ¿no? —Mmmm… Esto demuestra lo preocupantemente altos que son los índices de mortalidad en Avalancha, ¿no creéis? — ¿Sigue siendo Barret el mismo fanfarrón de siempre? Bueno, no era tan mal tipo en el fondo.

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— ¿Subordinada? ¡Qué alegría! ¡Mi aspiración siempre ha sido subir de rango! Tras eso, Aeris les dijo a los tres que Avalancha continuaba luchando. Ya no contra Shinra, sino contra algo mucho peor, contra Sephiroth. Habían dejado Midgar para detener su intención de hacer suyo el Planeta. —Así que Cloud, al final, se unió a nosotros… Soy tan feliz. —Jejejeje… Era un tipo un poco frío, pero sabía que acabaría aliándose al grupo. — ¿Eso significa que Cloud también es nuestro subordinado? Vaya, debe serle duro admitirlo. Había bastante agitación entre los fantasmas de los chicos de Avalancha, que reían y sonreían. Pero en el fondo, Aeris se dio cuenta de su tristeza. Estaban unidos por alguna clase de remordimiento. — ¿Qué ocurre? Parece que hubiera algo que os torturara… —Bueno… es por la forma en que morimos. No tuvimos tiempo de redimir nuestros pecados. Jessie bajó la cabeza melancólicamente. Biggs continuó. —Luchábamos con Avalancha porque compartíamos sus ideales y forma de pensar. Creíamos firmemente que si queríamos derrotar a Shinra serían necesarios ciertos sacrificios. Pero eso era un completo error. Lo entendimos cuando llegamos aquí… ¿Tú sabes algo, verdad, Aeris? Sobre la explosión del Reactor de Mako Numero Uno.

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—Sí… El Sector Uno es justo el opuesto a los suburbios donde yo vivía. No nos contaron mucho sobre ello, solo se escuchaban rumores sobre la cantidad de gente que había muerto… —Cuando provocamos aquella explosión, solo podíamos pensar en que todos aquellos a los que pillara, se lo merecían, solo por trabajar para Shinra, allá arriba, en la placa. Pero al final, todos acabamos aquí, seamos de Shinra o no lo seamos. Así que estuvimos pensando sobre lo que hicimos. Todo lo que podíamos hacer era alzar nuestras voces y gritar lo que opinábamos como si fuéramos borrachos. Nos habíamos creído demasiado lo de que éramos los salvadores del Planeta… —…Yo tampoco me lo pensé mucho. No era nadie en la vida, y no quería seguir siendo así. Quería brillar. Por eso pensé que si me unía a Avalancha, quizás me convertiría en un héroe en pos de salvar el futuro del Planeta. No podía pensar en otra cosa… Nunca imaginé que otras personas se verían afectadas por mis sueños. No era más que un tonto…—, Wedge bajó la cabeza, avergonzado. —La bomba que preparé fue construida a partir de unos planos de la antigua Avalancha—, intervino Jessie, llena de pesar. — Ese grupo tenía muchos más miembros, y eran mucho más radicales. Lo único que heredamos de ellos fue su nombre, ―Avalancha‖, en honor a esa resistencia desaparecida. También conseguimos material… algunos ordenadores. En uno de ellos encontramos planos e instrucciones para elaborar una bomba. Como a mí se me daba bien la electrónica, decidí probar… Pero ahora estoy segura de que ese tipo de bomba no estaba concebida para simplemente dejar el reactor inoperativo. La gente que planificó aquello odiaba a Shinra. Les odiaban tanto que eran capaces de sacrificar un sinfín de vidas… debí darme cuenta antes. Barret nunca supo nada. —Y por eso, nosotros…— Abatido, Biggs alzó la vista. —Por eso queremos fundirnos con el Planeta lo antes posible. Queremos desaparecer. 263


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Acabo de recordarlo. Pero es imposible. Barret al menos está luchando ahora para salvar a más gente, pero nosotros no podemos hacer nada para limpiar nuestros pecados. Solo podemos permanecer aquí, y continuar sufriendo. —En el fondo, fue fácil para nosotros olvidar quienes fuimos cuando llegamos aquí, porque queríamos desaparecer cuanto antes. —Pero no ha funcionado. En cuanto hemos tenido la más mínima oportunidad, hemos vuelto a nuestra apariencia. E incluso con eso no nos vemos igual que tú. Es como una especie de maldición. Todos se rieron de sí mismos, hasta que callaron con un suspiro. —Pero… pero… —, Aeris intentaba consolarles con sus palabras. —Todo el mundo se equivoca alguna vez. Incluso yo. Yo vendía flores por dinero sin ninguna consideración. —Mmmm… Bueno, entonces mi estupidez no ni tiene punto de comparación con semejante atrocidad—, rió Biggs. —Pero estáis sufriendo… —Gracias, Aeris. Pero es una situación humillante, y más para un superior de Avalancha. Toda esta charla trascendente me hace sentir un fracasado. —Soy incapaz de perdonarme a mí mismo. Por eso aquí solo puedo sentirme así. —Alguna vez llegará el día en el que podamos regresar al Planeta, pero de momento, no podemos. Ahora vete, Aeris. Debes tener esa forma porque debe haber algo que tengas que hacer. Me preocupa que te contagiemos nuestros malos recuerdos. —No…

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—Y eso nos haría sufrir todavía más. Así que, por favor, vete —. Jessie estaba mintiendo. Aeris sabía que la querían alejar de ellos para no tener que hablar más de eso. Los espíritus de los tres miembros de Avalancha empezaron a desvanecerse poco a poco. Aeris se mordía el labio inferior mientras las lágrimas resbalaban por sus mejillas. —Por favor, dejadme deciros esto al menos. El día que se cayó el pilar, mucha gente pudo escapar gracias a que los tres estuvisteis allí, luchando para protegerlo. Estoy segura de que el número de gente que consiguió salir del Sector Siete fue mayor que el de muertos en el Sector Uno… Y gracias a vuestra labor, también tuve tiempo de salvar a Marlene. Quizás no os baste para redimiros… se que las vidas de la gente no son algo que se pueda poner o quitar, pero… Por favor, recordad que no solo cargáis con pecados. —…Gracias. Muchas gracias, Aeris. Una voz desconocida se desvaneció en un eco y tres sombras regresaron a la prisión que habían construido para ellos mismos. Se hundieron en el mar de recuerdos. Aeris se limpió las lágrimas y siguió su camino. Rezó por que las almas de los tres miembros de Avalancha pudiesen pronto hallar la paz.

Capítulo 3 Aeris no sabía cuánto tiempo había pasado en la superficie. ¿Habían pasado días desde que se encontró con Jessie y los otros, o tan solo un instante?

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Se preguntó si podrían redimirse de su propio dolor. Mientras se hacía esta cuestión, continuaba viajando por el mundo subterráneo, dejándose llevar por la Corriente Vital. Cuando vio al siguiente espíritu, se le cortó el aliento. El extremo del cañón de un arma surgió de un remolino de luz tenue. Cuando se dio cuenta de que se trataba de un brazo arma, creyó que Barret también había dejado el mundo de los vivos. Se le encogió el corazón cuando pensó en Marlene. — ¡Marlene! Los pensamientos de Aeris se expandieron y llegaron hasta el espíritu. La figura de un hombre con un arma unida a su brazo izquierdo se elevó desde el Mako. El arma emitía un brillo helado, y daba tanto miedo como si fuera físicamente real. La imagen del hombre estaba empapada en una neblina roja. —Tú eres… —Una mujer… ¿Nos conocemos de algo? Veo que sabes el nombre de Marlene… —Nos conocemos, pero como si no, señor Dyne. Él era Dyne, el alcaide de la Prisión de Corel, una ciudad proscrita llena de arena y desperdicios. Una vez fue el mejor amigo de Barret. Después de que Shinra convirtiera su ciudad natal en un basurero, su desesperación le enajenó y en un arranque de locura asesinó a varias personas. —Ah, ya me acuerdo. Tú eres la chica que iba con Barret. Entonces tú también has muerto, qué lástima—. Dyne se rió. —No me puedo creer que después de haber matado a tanta gente, haya acabado en el mismo sitio que una

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nenita inocente como tú. Este mundo es absurdo. Que aburrimiento de Planeta. De verdad que todo debería ser destruido. — ¿Todavía sigues con eso? —. La figura de Aeris contrastaba con la de Dyne. Levantó sus delgadas cejas. —Creía que Marlene te importaba algo. —Eso no te concierne, niña, tú… — ¡Me llamo Aeris! —Jejeje… eres una chica dura. Mi brazo izquierdo es todo cuanto queda de mi antigua vida. Bien. Te llamaré por ese nombre. Te acuerdas de todo lo que dije ese día, ¿no? La conversación que tuve con Barret. Cuando estaba intentando acabar con todo, planeaba llevarme a Marlene conmigo también. —Mentías. Solo era un farol. —Aquí no se puede mentir, ¿verdad? Iba totalmente en serio cuando lo dije. Entonces desafié a Barret a un combate a muerte y tuve una revelación—, Dyne rió estruendosamente durante un rato, mirando su brazo derecho y su cuerpo, con el que ahora pagaba por sus pecados. —Y debo agradecérselo a Barret. Al fin y al cabo, he sido tragado por el mismo mundo que pretendía destruir. Nunca fue mi intención acabar con mi vida. En vez de eso, liquidé a toda esa gente inútil de ese condenado agujero para liberarles y hacerles felices. —… — ¿Me ves ahora, Aeris? Ante ti tienes la imagen de un hombre deshecho e inútil, al que ni siquiera el Planeta quiere aceptar. El Planeta al que mi esposa Eleanor ya ha regresado. Y he puesto a Marlene en manos de Barret. Todo lo que le pase después a este mundo no me concierne. —…

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Al ver lo silenciosa que estaba Aeris, volvió a reírse, orgulloso de haberle bajado los humos a su descaro. Entonces se dio cuenta de que no era en absoluto divertido; Aeris no había dejado de mirarle en ningún momento. Se dio cuenta de que no le había bajado nada. Había un brillo en sus ojos verdes de jade que hacía mermar su locura. —No tienes agallas. — ¿Qué has dicho? —Te lo diré de nuevo. No tienes agallas. No tienes el coraje suficiente para volver atrás y empezar de nuevo. Solo sigues aquí, yendo en círculos, tomando el camino más fácil—, Aeris dio un paso adelante mientras le clavaba la mirada. Bajo la presión que ejercían sus poderosos ojos, escondió la cara tras su arma e inconscientemente caminó hacia atrás. —Barret también cambió uno de sus brazos por un arma. Se dijo que destruiría a los Shinra con su odio y su arrepentimiento. Por eso él también tenía las manos manchadas de sangre. Pero no ha sido en vano. Además de llevar esa carga, está luchando para salvar el Planeta. Intenta proteger un mundo en el que Marlene pueda vivir sin tener que huir. —… Ser capaz de cambiar de esa manera es una de las virtudes de ese bobo. — ¿Y es que acaso eres distinto de él? Dyne gimió ante la pregunta. Estaba despertando de su locura. Era lo que más odiaba de todo… todo este tiempo había estado sumergido en una demencia que le había permitido olvidarse de sí mismo, pero la mirada de Aeris disipaba la niebla que le cegaba. Su armadura comenzó a quebrarse. —Apesto a la sangre de todos a los que he matado con mis propias manos, estoy manchado de ella hasta lo más profundo de mi alma. ¿Es que no lo ves? La 268


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tengo todo el tiempo pegada a mi cuerpo, y si me dejo, los muertos me arrastrarán con ellos. La niebla roja que se arremolinaba alrededor de Dyne se volvió de repente una sustancia pegajosa. En los cuatro años que habían pasado desde que Corel había sido destruida, no le importó cuanto odio había generado con su brazo arma, y a causa de ello, ahora estaba empapado en sangre. Era la clase de grillete que había hecho rendirse a Dyne. — ¿Cómo se supone que he de empezar de nuevo? Todo lo que puedo hacer es permanecer así. ¡Todo lo que puedo hacer es seguir odiándolo todo y sucumbir a la locura! ¿Es que estoy equivocado? —Lo estás. Aeris no usó un tono de reproche. En vez de eso, se acercó a Dyne con gentileza. Extendiendo sus manos, tocó la capa de sangre que le cubría. —La sangre que te envuelve no es más que la materialización de tu culpa. Las vidas que arrebataste hace ya mucho que regresaron a la Corriente Vital. No puedes olvidar lo que has hecho, pero no hay razón por la que no puedas volver a empezar. Te lo garantizo. —… En el sitio donde Aeris había tocado, la sangre se secó, se separó de Dyne y se deshizo. Entonces, el brazo izquierdo de Dyne comenzó a desvanecerse. —… Podré… ¿podré volver al Planeta alguna vez? —Te aseguro que sí. —Y cuando haya llegado la hora de Marlene y venga aquí… ¿podré ir y recibirla como parte del Planeta?

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Aeris miró a la cara de Dyne y asintió, sonriendo. —Porque habrás vuelto a empezar de nuevo. Todo irá bien. La cara de Dyne, que hasta entonces había permanecido tenue, apareció clara esta vez. Pero era una cara diferente a la de la persona que Aeris había conocido en la prisión de Corel. Era su auténtico rostro, el rostro de alguien que amaba a su familia y su ciudad, con todo su corazón, más que a ninguna otra cosa. No podría regresar a los viejos tiempos, cuando sudaba en las minas de Corel, antes de que pasara aquella tragedia. Tanto Dyne como Aeris lo sabían. Pero aún así, los corazones de la gente pueden rehacerse de cero. Pueden levantarse y enfrentarse a esos recuerdos tan tristes y dolorosos. Si no eran capaces, entonces el absurdo se diseminaría por el mundo. — ¿Qué puedo hacer en este mar de Mako? No, es más bien, qué debo hacer… Continuaré pensando en aquellos a los que maté, un poco más. Hasta el día en que pueda fundirme con el Planeta. —Sí, creo que es una buena idea. —Aeris, perdóname por cómo te he tratado. Me alegro de haberte conocido. —No me has tratado mal, no te preocupes. —Eres una chica realmente testaruda. —Por primera vez, Dyne sacó una sonrisa de lo más profundo de su corazón, y lentamente, su imagen se desvaneció. El arma de su brazo izquierdo había desaparecido. —Tras morir y experimentar todo esto, por fin dejaré de dar la espalda a Barret y a Marlene. Déjame agradecértelo… Cuando estaba a punto de hundirse en la Corriente, Aeris lo vio.

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Vio algunas partículas de Mako desplazarse hasta Dyne y rodearle como si tuvieran vida propia. Se escuchó la voz de Dyne, débil, pero sorprendida. — ¿Eleanor? Y así, Aeris prosiguió su viaje.

Capítulo 4 Hasta ese momento, Aeris creía que la Corriente Vital no tenía olor. Ella percibía las cosas a través de sus sentidos espirituales. El oído equivalía a sentir recuerdos a su alrededor, la vista equivalía a lo tenue o débil que advertía una imagen. Cierto era que no podía sentir el tacto, pero en este mundo, podía ser considerado como una extensión de la vista. No había necesidad alguna de comer, por lo que no existía el gusto. Y no era capaz de oler nada. La sangre que Dyne tenía encima era simbólica, por lo que no desprendía ningún olor en ese mundo. Aeris pensó durante un instante en lo triste que era que hasta las flores hubieran perdido allí su fragancia. Pero de repente notó funcionar su sentido del olfato, incluso sabiendo que allí no había olor alguno. Aeris se cruzó con un nuevo espíritu. Desprendía un olor como a podrido. Como de algo que aún no se hubiera descompuesto del todo, liberando un hedor muy desagradable. Era la clase de pestilencia que hacía fruncir el gesto. Venía del único lugar donde el Mako era más débil. Un punto en el que el Mako parecía deformarse a medida que fluía, incapaz de seguir circulando, debido a que se encontraba estancado. Allí había un hombre mayor. —Vaya, vaya, una cara conocida.

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Como en su vida pasada, el hombre vestía un costoso traje hecho a medida de su carácter. De un vistazo, Aeris pudo sentir que él también conservaba una imagen casi tan sólida como la suya. Pero las únicas cosas que se podían distinguir con claridad eran sus carísimos zapatos, traje y adornos. Su rostro apenas era visible. Tenía las mejillas rechonchas, un bigote bien recortado y su voz sonaba trémula, como la de cualquier hombre de avanzada edad. —Tu nombre era… bueno, da igual. Tú eres la chica por la que corría la sangre de los Ancianos, ¿estoy en lo cierto? —No da igual. Pero Aeris no tenía intención alguna de decirle su nombre. La persona que tenía ante ella era el antiguo líder de la Compañía Shinra, el Presidente Shinra, la autoridad absoluta de una multinacional que fue más allá de las naciones y gobernaba sobre ellas. —Ya veo que tú también has acabado aquí. ¿Estás muerta, como yo? ¿Moriste en el mismo sitio? —, el Presidente continuó, incapaz de esconder su alegría. —Al final estamos reunidos como si hubiera sido nuestro destino desde el principio. El Planeta sí que sabe cómo arreglar encuentros. Me siento como si hubiera ganado algo con todo esto. — ¿Ganar algo? Era igual que las cosas que decía Dyne al principio. Pero en el caso del minero de Corel era más que nada hipocresía hacia sí mismo. Con aquel hombre era completamente diferente. Por sus pensamientos, Aeris pudo sentir que el Presidente realmente se creía lo que decía. —No lo entiendes, ¿verdad? Los Ancianos son más estúpidos de lo que creía. Bueno, tal vez por eso no querías colaborar con Shinra. Vaya, vaya, qué vida tan penosa y miserable. 272


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—Qué grosero. No recuerdo haber sido miserable jamás. Al ver la reacción de Aeris, el hombre dejó escapar una risita, como si hubiera estado jugando a hacerla rabiar. —La ignorancia es la felicidad, de alguna forma. Pero piénsalo. Tras escapar de las instalaciones de Hojo con tu madre, tu vida ha transcurrido en ese basurero de los suburbios, durante quince años. Cuando los Turcos te encontraron, si hubieras accedido a venir con nosotros, podrías haber llevado una vida con toda clase de lujos, en los niveles superiores de la placa. Pero en aquel momento Hojo estaba enfrascado en otro experimento, así que di órdenes de que simplemente te vigilaran. Pero si hubieras tenido la iniciativa de colaborar con nosotros, te hubiese recibido con los brazos abiertos, y te hubiera proporcionado un trato especial. ¿Cómo lo ves ahora? Tras haber vivido en los suburbios arrastrándote como un insecto, haberte aliado con los de Avalancha y haber muerto sin siquiera conocer la riqueza y la opulencia, ¿puedes seguir diciendo que tu vida no ha sido miserable? —… Ese es un punto de vista realmente presuntuoso, considerando que tenemos distintos conceptos de lo que es ser afortunado o no. —Me considero una persona que sabe lo que es bueno. Honestamente, estoy seguro de que no existe ser humano más afortunado que yo—, el Presidente miró a Aeris con desdén. —Con mi inteligencia, fui capaz de expandir la Compañía Shinra, una empresa que empezó en la industria armamentística, hasta su magnitud de hoy día. Descubrir las posibilidades de la energía Mako y desarrollar los reactores que lo extraían, fueron el punto de partida. El Mako abastecía al público de electricidad, elevando su calidad de vida… y convirtiéndolos también en mis esclavos. Tras acostumbrarse a su vida de comodidades, estas se convirtieron en algo así como una droga adictiva para los ignorantes, una droga que solo yo podía darles. Y así, nosotros, los Shinra, controlando la energía, expandimos nuestra compañía en un tiempo record. Unos 273


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simples anuncios, y conseguíamos reunir a todos los talentos que quisiéramos. La construcción de una metrópolis, un programa espacial… Harían todo lo que yo quisiera. Podía usarles. Me servían como los criados sirven a un rey. El populacho no podía saber qué pasaba. Incluso los medios por los que se dejaban guiar estaban a las órdenes de Shinra. Habíamos tomado el país y ascendido a un trono en el que nadie podría criticarnos jamás, no importaba lo que hiciera. ¡Podía pisotear a todos esos idiotas, ser inconmesurablemente rico, y gobernar como soberano del mundo! Hubiese querido vivir un poco más, pero bueno, no importa. Entonces, ¿Qué crees ahora, Anciana? ¿Entiendes lo que podrías haber tenido? ¿O mejor, entiendes ahora lo miserable y desdichada que has sido? —Mmmm… ¿a lo mejor? Lo que Aeris había entendido es que aquel hombre que tenia ante ella tenía un concepto de la felicidad completamente diferente del suyo. La felicidad de la que él hablaba estaba construida a partir de cosas muy relativas. Lo único que deseaba era tener más que nadie. Y así, la idea de seguir absorbiendo la vida del Planeta continuaba con él, incluso en ese mundo. Era un alma sin remedio, incapaz de encontrar la felicidad más allá de provocar la infelicidad de otros. Aeris no tenía intención alguna de hacérselo saber. Si su satisfacción final era permanecer en esa idea inamovible, ya nada de lo que le dijera podría cambiarle. Sus manos estaban repletas de la riqueza de la que no se había podido desprender, y esta se estaba pudriendo como si fuera basura, liberando aquel hedor tan repugnante. Como atascado en un desagüe, aquel viejo indecente no era consciente de que no había sido liberado de la miseria de su ambición, aún después de muerto. La indiferencia que mostraba Aeris contrariaba al Presidente, siempre buscando alguien con quien compararse.

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—Tonto de mí, compararme a mí mismo con una humana estúpida. No estoy de buen humor. De hecho, estoy furioso. Lárgate de aquí si no quieres entender ni una palabra de lo que te digo. —No te preocupes, lo haré. Aquel hombre no tenía salvación. Permanecería allí, en el trono en el que sus deseos corruptos se pudrían, hasta que el paso de los años acabara con su ego y su esencia desapareciera. Justo cuando Aeris le dio la espalda al Presidente para continuar su viaje, algo extraño ocurrió. Una onda misteriosa se separó de la Corriente, cruzando el mar de Mako a toda prisa, azotándola violentamente. Una oleada siniestra y de gran fuerza. — ¡¿Qué es eso?! Aeris se dio la vuelta al escuchar los gritos repentinos del Presidente. Todo lo que pudo ver era su figura siendo arrastrada hacia la distancia. La velocidad que tomaba subió gradualmente hasta ser extremadamente rápida, llegando al punto de salirse de la corriente. Fue arrastrado como atraído por la gravedad. Se dirigía a alguna parte del mar de Mako, alejándose cada vez más. Dejando tras de sí un largo grito de terror, el Presidente Shinra desapareció. Aeris volvió a sentir la fuerza. En ese momento ya supo claramente de que se trataba. Contenía la misma esencia de aquel que acabó con su vida en la Capital Olvidada. Aquel hombre acechaba en alguna parte de la Corriente Vital. —Sephiroth…

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Aquel hombre de cabellos plateados mostró una ligera sonrisa, como si su verdadera identidad fuera la de un ángel de la muerte que llevara a las almas malvadas hasta el infierno. Aeris supo en ese preciso instante que el peligro aún no había pasado. Sagrado, la magia que había invocado, no parecía reaccionar. Parecía haber sido contenida en alguna parte. La cicatriz del Planeta, aquella hecha hacía tanto tiempo… Sephiroth estaba allí. En el Cráter del Norte, donde se encontraba la ―Tierra Prometida‖ de Jenova, esperando el momento para renacer de nuevo. La Magia Negra Definitiva, Meteorito, estaba en marcha. La maza perversa que descendería desde el cosmos para aplastar al Planeta… había sido invocada.

Capítulo 5 Cloud había caído a la Corriente Vital. Pero no muerto, ni como espíritu. Cayó al mar de Mako vivo, con su propio cuerpo. Se había desmayado. En el Cráter del Norte, descubrió que sus recuerdos eran falsos. Que no era más que un muñeco en el que el profesor Hojo había implantado células de Jenova. Un ser supuestamente creado para hacerse uno con Sephiroth y contribuir a su resurrección. Pero era un fracaso, un clon de capacidades inferiores al que ni siquiera habían adjudicado un número. Fue desechado como basura, en Midgar. Y entonces se encontró con Tifa. Encontró a su ―auténtica‖ amiga de la infancia, Tifa Lockhart. A través del poder de Jenova para duplicar los recuerdos, aquellos que Tifa guardaba sobre Cloud fueron transferidos a él, casi instantáneamente. Las partes que faltaban fueron completadas con sus propios recuerdos de haber estado en SOLDADO. Y así nació la personalidad de Cloud Strife, cosida a parches, basada en la concepción 276


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que Tifa tenía de él. Mientras que ese ―Cloud‖ contenía una gran cantidad de contradicciones en sí mismo, se construyó un personaje de ficción que no tenía duda alguna sobre su individualidad. Él era el héroe de su propia historia inventada. Sin embargo, esa máscara estaba a punto de romperse. Todo comenzó a fallar hace tiempo. Tras entrar en contacto con varios clones de Sephiroth, el eco que Cloud decía sentir en su conciencia era la mar de sospechoso. Poco después de la muerte de Aeris, la montaña de indicios que había estado dejando detrás de sí empezó a derrumbarse. Gracias al odio que sentía hacia Sephiroth y las metas que tenía por delante había conseguido reprimir esas sospechas de alguna forma, pero solo pudo aguantar hasta que se encontró con el cuerpo original de Sephiroth. En el Cráter del Norte, el frágil carácter de Cloud se derrumbó ante la presencia de Sephiroth, que usaba a Jenova como núcleo de su cuerpo. Así, este tomó el control de sus actos, haciendo que el mismísimo Cloud le entregara la Materia Negra. Tras darse cuenta de lo que había hecho, el ―yo‖ de Cloud se hizo trizas por completo. El falso mosaico de su personalidad se despedazó, y en su conciencia vacía, tan solo quedó la desesperación de saber que él no era nada, tan solo un clon de Sephiroth fracasado. Y así… Sin ser más de utilidad, Cloud cayó a la Corriente a través del Cráter, quedando abandonado a la deriva. Perdido su ego, ¿qué iba a pasar si el Mako altamente concentrado, lleno de todos los recuerdos y experiencias del Planeta, entraba en su cuerpo de repente? 277


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Sería igual que una esponja sumergida en agua. Sus recuerdos, su carácter, serían enterrados en algún lugar de su mente, ocupada ahora por una sobrecarga de conocimientos, que provocarían una especie de cortocircuito en su cabeza. Este estado era comúnmente referido como ―intoxicación de Mako‖. Con su mente dañada, más allá de cualquier posibilidad de recuperación, Cloud flotaba en el interior de la Corriente Vital. Al poco, su cuerpo sería expulsado a través de uno de los geiseres de energía que se producían de forma natural cerca de las costas de Mideel. Sin alma, ya no era más que un ser inválido, envuelto en una eterna confusión. *** Aeris sabía una de las razones por la cual había una parte de la Corriente a la que no podía acceder. Aquel lugar tenía una barrera levantada por Sephiroth. La Calamidad de los Cielos, Jenova, llegó en un meteorito que provocó al Planeta una enorme herida debido al impacto. Ahora aquel lugar, donde se reunían grandes cantidades de energía para sanar la herida, iba a convertirse en la cuna de la resurrección de Sephiroth. La vida que circulaba a su alrededor se aglomeraba en un remolino antinatural, evitando que cualquier entidad como Aeris pudiera aproximarse. Aeris estaba entusiasmada de poder hablar con Cloud, al ver aparecer su cuerpo saliendo del remolino. Lo estuvo intentando durante todo el tiempo que estuvo flotando en la Corriente, hasta que llegó a Mideel. Pero la mente de Cloud estaba tan destrozada y hundida en la desesperación, que era incapaz de escuchar la voz de Aeris. No importaba cuanto gritara, su voz no le podía alcanzar, como cuando se separaron en el lago de la Capital Olvidada. Observando impotente como el cuerpo de Cloud regresaba a la superficie, Aeris se quedó en el mar de Mako, consternada. *** 278


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— ¿Cómo puedo salvar a Cloud? ¿Cómo puedo parar a Meteorito? No creo que Sagrado pueda repelerlo. A este paso, el Planeta sucumbirá a los deseos de Sephiroth… ¿Qué puedo hacer? Cloud, dímelo… Aeris lloraba al pensar en las oraciones que no podían alcanzar a un Cloud destrozado. Su identidad destruida ya no tenía arreglo. Si desde el principio nunca había sido Cloud, entonces, ¿quién era? Ella solo le había conocido como un antiguo miembro de SOLDADO, así que no tenía forma de saberlo. No tenía palabras para describir la impotencia que sentía. —Cloud… te echo de menos. Echo de menos a tu verdadero yo… Su pensamiento se expandió a lo largo y ancho de todo el mar de Mako. Los recuerdos de cada instante que había vivido con Cloud le vinieron de nuevo a la mente. Se fijó en que Cloud manifestaba cierta jovialidad, a pesar de no ser muy social. —Sabía que tenía algo raro, pero ¿en serio todo no era más que parte de una naturaleza falsa? ¿Cloud no era real en absoluto? … No, no puede ser cierto. Había cosas en las que tan solo Cloud podía pensar. Cosas que Cloud hacía por el mero hecho de ser él. ¡Nunca ha sido un recipiente vacío! Pero no era capaz de imaginarse qué pasaba en realidad. No hacía más que pensar en círculos. Aeris volvió a escarbar en sus recuerdos. Intentaba recordar cosas que demostraran la individualidad de Cloud. Su forma de caminar, la expresión de su cara… ella recordaba todos y cada uno de sus gestos. Muchos de estos pensamientos se introdujeron en la Corriente Vital, despertando a un nuevo espíritu. Este reconoció la imagen que Aeris evocaba, y ―él‖ reaccionó. —Aeris… ¿eres tú?

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Al principio, Aeris no caía en quien podía ser, porque fue muy repentino. Asustada, se dio la vuelta, y entonces vio ante ella una cara familiar, una cara que no veía desde hace cinco años. Él le había dado a probar el dulce sabor del primer amor. También era un amigo muy querido, del que hacía tanto que no sabía nada... Tenía el mismo carácter que le había visto a Cloud algunas veces. Zack apareció ante ella, con sus ojos azules, que probaban su pertenencia a SOLDADO. Su imagen era más transparente que la de Aeris. — ¡Zack! ¡¿Me estás diciendo que tú también estás muerto?! Aeris no solía ser la que hacía las preguntas obvias, pero eso fue lo primero que se le pasó por la cabeza y lo dijo casi en un acto reflejo. Por otro lado, le parecía raro que muriera un SOLDADO tan capaz y entrenado como él. Aunque no sabía su paradero, ella confiaba en que se encontrara a salvo, viviendo pacíficamente en alguna parte… se culpó a sí misma por estar tan ciega. Le resultaba duro asumir una realidad tan cruel como aquella. — ¿Tú también?... ¿Entonces has muerto, Aeris? Bueno, lo iba a decir igualmente, así que… ¿Cómo era?… ¿Mi más sentido pésame? —No has cambiado ni una pizca. No importaba lo que pasara, Zack jamás perdía la sonrisa. Como alentada por su actitud alegre, Aeris sonrió débilmente también. Por muy SOLDADO de Shinra que fuera, esa era la parte de él que la había encandilado cuando era una adolescente. —Han pasado un montón de cosas. Todas horribles. Todo empezó cuando me enviaron a una misión a Nibelheim. — ¿Nibelheim? —Sí, ¿te acuerdas? Aquella vez fui con un SOLDADO muy famoso, al que todo el mundo consideraba un héroe. De repente perdió un tornillo… 280


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—Hablas de Sephiroth, ¿verdad? —, Aeris contuvo el aliento. Tuvo el presentimiento de que la aparición de Zack tenía una razón de ser. Sentía que estaba ligado a algo. —Sí que es famoso ese bastardo. ¿O es que acaso te has enterado de la gran masacre de Nibelheim por los periódicos? — ¿Tú estabas allí, Zack? ¿Pero entonces, qué pasa con Cloud…? — ¡Woah, woah, quieta ahí! ¿Cómo es que tú también conoces a Cloud? ¿Sabes si está bien? —Tú también le conocías. Eso… eso es que realmente hay un Cloud, ¿verdad? Ambos intercambiaron rápidamente lo que sabía cada uno. Y entonces Aeris lo entendió. Entendió finalmente que Cloud no era ningún muñeco creado para Sephiroth. Y también comprendió por qué veía tanto a Zack en él. Zack también se enteró de muchas cosas. Se puso al corriente de la situación actual de su amigo. El amigo con el que compartió aquel incidente en el que se vieron envueltos y con el que fue perseguido mientras los Shinra les pisaban los talones. También supo que Sephiroth iba a resucitar y que ya no solo era una amenaza para Nibelheim, sino para todo el Planeta. —Zack… ¿Qué podría hacer para que Cloud tomara conciencia de su auténtico yo? ¿Puedes decirle tú que él es real? —Va a ser difícil. Pero no pienso rendirme. Seguro que hay alguna manera. La cara de Aeris brilló con esperanza. —Entonces ya está, Cloud y los demás harán algo respecto a Sephiroth y podrán destruir el obstáculo que aprisiona a Sagrado. 281


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No mucho después, llegó la ansiada oportunidad. *** Con la presión del Meteorito acercándose cada vez más, el Planeta liberó a las Armas, entes de destrucción masiva que perturbaron el flujo de la Corriente Vital. Una de ellas provocó un terremoto en Mideel, donde jamás se había visto tal cantidad de energía saliendo a la superficie. Allí, Cloud reposaba tranquilamente, bajo el cuidado de Tifa, que no se separaba de su lado. Tragados por la tierra, ambos cayeron a la Corriente. Los dos fueron envueltos en Mako. Para Cloud no era nada nuevo, pero para Tifa era la primera vez. Aeris puso toda la carne en el asador para no dejar pasar aquella oportunidad de oro. Intentó desesperadamente contactar con Tifa, que estaba siendo poco a poco intoxicada por la energía Mako altamente concentrada. Finalmente logró separar su conciencia de su cuerpo e introducirla en el impenetrable corazón de Cloud. En realidad, a Aeris le hubiera gustado hacerlo ella misma. Pero no era apta para llevar a cabo esa tarea. Por eso se la confió a Tifa. La hizo heredera de todo lo que ella sentía por Cloud. Se lo confió todo a la que iba a poder vivir junto a él… —Lo conseguiste, Tifa. Gracias… Admito que estoy un poco celosa, pero por favor, cuida de él allá arriba… Tifa abrazaba estrechamente a Cloud mientras él volvía en sí. Aeris observaba como ambos regresaban a la superficie, sonriendo como una madre cariñosa.

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Para Zack era una visión encantadora. —Caray, ¿sabes una cosa, Aeris? De todas las chicas que he conocido, eres sin duda la mejor. Tras aquella misión, si hubiera podido regresar contigo, habríamos seguido con nuestra relación y continuaríamos saliendo juntos. Odio a Sephiroth. Y odio a Shinra por haber estado ocultando todas esas cosas que hacía. —Un donjuán como tú jamás podrá convertirse en un buen amante. —Qué mala eres. Solo procuro caer bien a todo el mundo. —Y ese es precisamente tu punto flaco. No eres tímido y discreto, como Cloud. — ¿Es que ahora te gustan así, Aeris? —Quien sabe. Los gustos pueden cambiar mucho en cinco años. —Je je… Zack puso cara de enfurruñado, pero enseguida volvió a sonreír abiertamente. Era aquella sonrisa inigualable que Aeris recordaba de cuando eran novios. La misma que le atrajo tanto cuando tenía diecisiete años. —Se que aún hay cosas que hacer, pero si no te importa, voy a echarme una siestecita. No parece que pueda serte útil de momento, pero si en algún momento te sientes sola, no dudes en llamarme, Aeris. —Solo si me encuentro muy, muy sola. Buenas noches Zack. Con un gesto, el SOLDADO de primera clase se hundió en el Mako. Pensando que su papel aún no había acabado, Zack se tumbó a dormir para ahorrar energías.

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Aeris no dormía. Como era una Cetra, no estaba cansada en absoluto. Estaba feliz. Feliz de haber conocido por fin al verdadero Cloud y haber podido hacer algo por él. Aunque fuera por un corto lapso de tiempo. Y gracias a ella, Tifa consiguió finalizar su tarea. Recopiló y ordenó sus propios recuerdos junto con los de Cloud, y buscó cosas que tan solo el verdadero Cloud podría saber. Probando que estos recuerdos eran reales, la puerta se abrió. El poder de Jenova implantado en su cuerpo le permitió copiar los rasgos de SOLDADO de su buen amigo Zack. Sacando los recuerdos personales que habían quedado sólidamente enterrados entre todos los demás, Tifa reconstruyó su personalidad original, sustituyendo a aquella identidad falsa que él había creado para protegerse a sí mismo.

Capítulo 6 —Jajajaja… Aeris se paró en seco al escuchar una risa que le dio escalofríos en la espalda. Mientras Cloud y los demás trataban de hallar en la superficie una forma de derribar la barrera del Cráter del Norte, ella continuaba viajando a través de la Corriente Vital, buscando alguna grieta en la barrera de Sephiroth o alguna forma de liberar a Sagrado. Tras haber liberado todo el poder de Jenova que había en él, Sephiroth protegía con uñas y dientes el Cráter, que había convertido en su refugio, especialmente de la presencia de cualquier ente que se aproximara desde la Corriente. De esta manera, evitaba que se hiciera la voluntad del Planeta, que tanto se había cuidado de Jenova durante dos mil años, al igual que también

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lograba esconderse de las Armas, nacidas para destruir cualquier amenaza, fuera externa o interna. —Si Sagrado no consigue funcionar a tiempo, entonces…—, mientras Aeris pensaba esto, volvió a propagarse aquella risa. Un nuevo espíritu acababa de caer en el mar de Mako. Se trataba de un hombre contrahecho, vestido con una bata de laboratorio, con la cara repleta de pequeñas venitas nerviosas y una risa desquiciada. Bajo las órdenes de Shinra, ese hombre ejercía como científico, un científico demente que llevaba a cabo numerosos experimentos humanos faltos de toda moral. Lentamente, Hojo se giró al reparar en la presencia de Aeris. —Profesor Hojo… —Ah, la hija de los Ancianos. Ya veo. Así que los Cetra tienen el poder de existir en la Corriente Vital sin que sus conciencias se dispersen. Solo pierden su condición humana… Jajajaja…Tal como Jenova y Sephiroth. —No me metas en su mismo saco. Y veo que sigues sin acordarte de mi nombre. —Qué mas da. Es mucho más apropiado llamarte la última Anciana, ningún otro nombre refleja tan bien tu naturaleza única. Oh sí, eras tan diferente al resto de mis ejemplares… Junto a mi genio científico, podría haber hecho grandes cosas contigo… — ¿Es que todo humano o ser viviente no son más que sujetos de experimentación para ti? ¿No has cambiado nada, ni siquiera aquí? —Jajajaja… ¡JAJAJAJAJA! —, como si Aeris hubiera contado un buen chiste, Hojo se reía estruendosamente. Parecía poseído por algo. — Jejeje…jeje…. No, si que he cambiado. He cambiado mucho, poco antes de caer

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a la Corriente. ¿No entiendes a que me refiero, verdad? Ah, esta bata está estorbando. Hojo agarró la bata de laboratorio que llevaba y se la quitó con energía. La imagen de la prenda se deshizo en miles de fragmentos, volando sin orden ni concierto, como plumas en el aire. A la vista quedó expuesto el cuerpo deforme que se escondía tras ella. —¡…! —. Aeris ahogó un grito. El cuerpo que tenía ante ella no era para nada humano. Su carne estaba descompuesta, mutada por las células de Jenova. Algo que ella ya había visto antes, varias veces, durante su viaje con Cloud y los demás. Hojo se había cansado de experimentar en los cuerpos de otros, y ahora él mismo se había convertido en sujeto de sus prácticas degeneradas. —Jeeeejejejeje. Ahora no soy tan diferente de uno de mis especímenes. No era esta la clase de cambio que esperabas, ¿eh? Las ondas que Hojo emitía eran de pura locura, pero no la clase de locura que intoxicaba a Dyne. Tampoco la meta de su ambición era la riqueza, como el Presidente Shinra. Lo que él buscaba era la destrucción. Hojo era como un cadáver andante. Se había vuelto un esclavo del conocimiento, poseído por su propio afán por la ciencia, sin consideración alguna hacia la vida o su futuro. —Esto prueba que he sobrepasado a Gast, a quien ensalzaban por su talento, a pesar de que huyó de la ciencia de lo cobarde que era. Si Gast estuviera ahora a cargo del Proyecto Jenova, estoy seguro de que jamás habría alcanzado este punto…. Jaja, sí. El profesor Gast era tu padre, ¿no? —…Padre se dio cuenta de que el Planeta era más importante que la ciencia. Aeris lo descubrió cuando los recuerdos de Cloud y Tifa se mezclaron con la Corriente Vital, al caer ambos en ella. También descubrió que Hojo fue quien 286


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disparó a su padre, cuando intentaba impedirle que tomara a su mujer y a su hija recién nacida como sujetos para sus experimentos. —Ja, esa fue la perdición de Gast. No terminar lo que se ha empezado es una blasfemia hacia la ciencia… Bueno, es hora de acabar con esta conversación. Sin mostrar ni el más mínimo atisbo de culpa, Hojo dirigió la mirada en dirección al Cráter del Norte. —Mi hijo me llama. Está pidiendo más energía. Jajajaja, iré a ofrecerle la mía. Así se volverá uno conmigo, con el que tanto odiaba y al que siempre miraba por encima del hombro. Esa será nuestra Unión. Hojo, fusionado con Jenova, fue arrastrado tal como le pasó al Presidente Shinra. Riendo enajenado a carcajadas, fue absorbido hacia el fondo del pozo gravitatorio. —Déjame darte un último aviso, Anciana. No importa lo que hagas, es inútil. Todo es parte del ciclo de este mundo. Muchas entidades externas caen desde el cielo inconscientemente, y cambian el funcionamiento del Planeta. Esta vez le ha tocado a Jenova. ¿Dónde crees que está su espíritu? Aunque la intentes destruir, jamás desaparecerá. Se ha mezclado con el mar de Mako, navegando a la deriva hacia cada rincón del Planeta, a través de la Corriente Vital. Algún día, todos formareis parte de Jenova. Jajaja… Es solo cuestión de tiempo. — ¡Eso jamás ocurrirá! —Tú también lo entenderás, algún día. ¡JAJAJAJAJAJA! Dejando tras de sí una carcajada burlona, la cosa en la que Hojo se había convertido desapareció más allá de la percepción de Aeris. Así fue como Hojo se entregó como sacrificio a Sephiroth, con una expresión de alegría y locura en su cara deforme. Hasta el último momento, no mostró indicios de vergüenza o arrepentimiento. 287


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Aeris sabía que la muerte de Hojo significaba el fin de Shinra. En ese caso, la batalla decisiva de Cloud estaba cada vez más cerca. Comenzó a correr. Si Hojo podía morir para apoyar a Sephiroth, tenía que haber algo que ellos pudieran hacer para salvar el Planeta. Al menos eso creía. Capítulo 7 Cloud y sus camaradas derrotaron a Sephiroth. Al caer en la cicatriz del Planeta y absorber la energía Mako, el Sephiroth original resucitó con sus heridas completamente sanadas. En la batalla que se desató después, la voluntad que heredó de Jenova, su propia ambición y la obstinación que guardaba en su interior le dieron un poder extraordinario, pero al final, los seres humanos aún pudieron ser capaces de vencerle. El cuerpo físico de Sephiroth, destruido y malherido, fue derrotado. Pero Cloud sabía que no había acabado aún. Al tener en su interior células de Jenova, restos de la voluntad de Sephiroth permanecían en él. Cloud sentía que parte de su propia conciencia retumbaba con la suya. Cloud podía notar la existencia de aquellos restos en alguna parte de la Corriente Vital, todavía obstruyendo el poder de Sagrado. Dejando ir a su conciencia a través del mar de Mako, Cloud fue en su busca. Deslizándose entre las corrientes, encontró a su enemigo, esperándole. El espíritu de Sephiroth aún no había sido destruido, y seguía siendo una amenaza para el Planeta. En aquel mundo de energía, se enfrentaron, chocando sus espadas una contra la otra. Sephiroth, el más poderoso SOLDADO y la admiración de todos, alzó su larga espada contra Cloud, como si fuera un rayo de luz. Pero Cloud no tenía miedo. Creyendo que la batalla era suya, Sephiroth quiso dar el golpe final, pero en ese instante, Cloud detuvo su embestida, liberando toda la fuerza que 288


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tenía en su interior. Aprovechando ese momento, cortó el cuerpo de Sephiroth con su gran espada, dándole una nueva oportunidad para atacarle. Fue una imparable tormenta de mandobles, quince inevitables golpes uno tras otro, atravesando a Sephiroth con cada uno. El ángel renegado sonrió desafiante. Pero el daño que había recibido era mayor del que podía soportar, y su cuerpo espiritual comenzó a derrumbarse mientras reía. Sephiroth había sido destruido. La pesadilla que había empezado en Nibelheim hace cinco años había terminado por fin. Sagrado fue liberado y se puso en acción inmediatamente. Cloud quedó allí, separado de su cuerpo, en un estado de abstracción, mirando a la distancia. Pero en el abismo del mundo de Mako, una mano apareció para guiarle. Una mano blanca y delicada… le recordaba a aquella que una vez le había ofrecido en Midgar una flor. Sin pensárselo dos veces, agarró esa mano… Su conciencia regresó a su cuerpo. Tifa intentaba alcanzarle con su mano, al ver que el suelo bajo él se derrumbaba. De no ser por la mano que le había guiado hasta allí a tiempo, Cloud habría muerto sin duda. Comprendió que le había salvado. Pero era demasiado tarde. Midgar estaba a punto de sucumbir al impacto del Meteorito, ya muy cerca del suelo. La fuerza de la gravedad entre el Planeta y el cuerpo celeste producía huracanes que arrasaban sin misericordia la placa superior de la ciudad. Sagrado, que se había interpuesto entre ambos, tan solo conseguía incrementar el poder destructivo que generaban, en vez de tener el efecto que debería tener. A este paso, no solo los habitantes de Midgar resultarían afectados. El Planeta entero sería dañado de tal forma que jamás podría recuperarse. El plan de 289


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Sephiroth había sido truncado, pero todos sabían que lo peor aún estaba por venir. El Planeta iba a desaparecer. — ¡Todos! ¡Por favor, prestadme vuestra fuerza! Aeris gritaba. Su grito, contenido en sus pensamientos, se extendió a lo largo y ancho del mar de Mako. Llevado por la Corriente Vital, alcanzó cada rincón del Planeta. — ¡No puedo hacer esto sola! ¡Protejamos juntos al Planeta! La petición de la última Cetra despertó a las incontables conciencias que ella había conocido a lo largo de su viaje. Entre ellas, aquellas que esperaban una oportunidad para expiar sus pecados. — ¡Estaba deseando esto! ¡Encendamos la mecha y reventemos ese Meteorito con un bang! — ¡Es el turno de Avalancha, División Corriente Vital! ¡Como Barret no está aquí, me pido líder! — ¡Noooo! ¡Me lo iba a pedir yo primero! ¡Eso es injusto, Wedge! —Para haber sido compañeros de Barret, no os tomáis nada en serio. Vamos a darle duro y a hacerlo por Marlene. Bajo sus indicaciones, incontables torrentes de luz aparecieron en la superficie, entrelazándose entre ellos formando la gran Corriente Vital. Cubrieron el Planeta, como una red, que se introdujo bajo el Meteorito y lo empujó de vuelta al espacio. El avance de las luces se asemejaba a una valkiria, guiando a su ejército inmortal a través de los cielos. — ¡Ey, Aeris! ¿Has visto el último golpe de Cloud? 290


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Zack guió su energía hacia la oleada, mientras Meteorito perdía cada vez más fuerza. —También era una de mis técnicas. ¿No sientes que te vuelves a enamorar de mí? Ya con el espacio suficiente, Sagrado comenzó a surtir efecto. Actuando como una barrera, las partes de Meteorito que entraban en contacto con él se pulverizaban y sus restos eran expulsados al espacio. El meteoro ya no era más una amenaza para el Planeta. Su destrucción total era cuestión de tiempo. El Planeta lo había conseguido. Aeris pudo liberar sus recuerdos. Subido en Viento Fuerte, Cloud la vio. Al igual que Tifa, Barret y los demás. Vieron la sonrisa de Aeris, la misma que jamás se había borrado de su recuerdo. La vieron aparecer en la Corriente Vital, y dulcemente, se desvaneció, regresando al Planeta. Mientras todo volvía a la normalidad, sintieron que su tristeza se consolaba un poco. Y así la vida exuberante que había creado el Planeta continuó. Continuó hacia el nacimiento de una nueva era…

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AGRADECIMIENTOS Esta traducción al español ha sido el fruto de todo un verano en el que, entre jornadas de estudio y paseos en la playa, he invertido muchas horas, dedicación, esfuerzo y sobre todo, mucha diversión. Sin embargo no ha sido trabajo solo de una persona. Quiero agradecer en primer lugar a mi novio, por haberme ayudado con expresiones que me resultaban difíciles de comprender en la traducción en inglés, y también por haberme preguntado a menudo por como iba todo, además de ser mi principal apoyo, y no existir en el mundo persona que me comprenda mejor que él. A Dedy, que fue quien hizo las primeras traducciones de los episodios de Denzel y Tifa, y posteriormente, de Barret, por haberme permitido disfrutar de estas novelas el primero. A Roberto, por las laaaargas conversaciones sobre Final Fantasy VII, por aguantarme oírme hablar todo el rato de esta traducción y su inestimable apoyo en esta empresa. A Chris. Si hay alguien más experto en Final Fantasy VII que yo, ese es él. Gracias también por mostrar entusiasmo ante mis intenciones de completar esta traducción. A Kazushige Nojima, por darme la posibilidad de saber que pasó con mis queridos personajes después de aquella última sonrisa de Aeris en la pantalla. Y junto a él, a Sakaguchi y Nomura, por crear este mundo que tanto adoro. A XCOMP, por haber hecho la traducción al inglés desde el japonés de todos los episodios, sin el cual esta traducción no hubiera sido en absoluto posible.

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A todos los amigos que han estado ahí para mí, se hayan interesado o no por esta obra.

Y finalmente, a ti, lector, por leerme. Espero que te haya gustado mi traducción de estas historias. Espero que las compartas y las aprecies, y recuerda, abraza tus sueños, y nunca olvides proteger tu honor como SOLDADO.

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Final Fantasy - On the way to a smile [Español]