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Julio DĂ­az Zulueta

Relatos de ĂŠxito de un comisario

Con el apoyo de


Relatos de éxito de un comisario © Julio Díaz Zulueta Lima, Perú, setiembre del 2009 © Instituto de Defensa Legal Área de Seguridad Ciudadana Alberto Alexander 2694 Lima 14, Perú Teléfono: 628-3484 www.idl.org.pe www.idl-sc.org Cuidado de edición: Rocío Moscoso Diagramación y diseño de carátula: Francisco Borjas Todos los derechos reservados. Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la cubierta, podrá ser reproducida ni transmitida por cualquier medio, ya sea electrónico, mecánico o impreso, sin el consentimiento expreso de su autor. Primera edición: setiembre del 2009 Impreso en el Perú Litho&Arte SAC Jr. Iquique Nº 46, Breña 1.000 ejemplares Hecho el Depósito Legal en la Biblioteca Nacional del Perú 2009-11981 ISBN: 978-612-45094-0-7 Julio Díaz Zulueta Relatos de éxito de un comisario. Lima: Instituto de Defensa Legal, 2009. Seguridad ciudadana, Policía Comunitaria, participación vecinal, juntas vecinales, Cruz Blanca, Huacho, La Victoria, Chiclayo, Tarapoto. (Código F06)


A mis hijas Julissa, Juliana y Juliette y a mi esposa Mar铆a Nelly, por la comprensi贸n y ayuda que me brindaron.


Agradecimiento

A los policías de las comisarías de Cruz Blanca-Huacho y La VictoriaChiclayo, así como a los que integraron la Oficina de Participación Ciudadana de la IV Dirección Territorial de Policía (Dirtepol) Tarapoto, con quienes compartí cuatro años inolvidables en mi vida. Así mismo, a los integrantes de los comités cívicos y de las 2.748 juntas vecinales que se organizaron en estas zonas desde el 2002 hasta el 2005. Sobre la base de su valioso trabajo, se llevaron adelante las exitosas experiencias de seguridad ciudadana que han sido expuestas en el presente libro.


Índice

Introducción

11

[1] Cruz Blanca, Huacho

17

[2] La Victoria, Chiclayo

51

[3] Tarapoto

79

[4] Estrategias para el éxito

95

[5] Reflexiones finales

119

[ANEXO] El Plan Local de Seguridad Vecinal del distrito de La Victoria, Chiclayo

125

9


Introducción

Es difícil presentar un nuevo texto sobre seguridad vecinal cuando se piensa en los aportes que ya han brindado los especialistas en este tema, tanto oficiales como civiles que desarrollan una labor intelectual de gran calidad. Sin embargo, después de haber realizado un amplio y profundo análisis de las experiencias que se recogen en este libro, estamos seguros de que su sistematización va a generar inquietudes. No esperamos que estas experiencias se tomen como una receta, pero tal vez sí en consideración para, de ser posible, replicarlas, porque se trata de un trabajo que tuvo éxito en varios distritos y provincias del Perú. La condición fundamental para aportar a la seguridad vecinal es aprender a trabajar en equipo y tener una profunda vocación de servicio social. Así, cada policía debe servir con esmero y rectitud —poniendo en evidencia su honradez, disciplina, lealtad, talento, perseverancia, capacidad de comunicación, entre otras virtudes—, atendiendo con eficiencia las demandas y el clamor de la comunidad, que es la razón de ser de la Policía Nacional del Perú (PNP). Definitivamente, cuando un policía se muestra insensible, queda en su conciencia la sensación de haber omitido prestar un buen servicio, sabiendo que su propia familia puede requerirlo. Por ello, afirmamos que todos los ciudadanos deben sentir que sus derechos y libertades están protegidos, garantizados por una Policía profesional, realmente comprometida con su comunidad y dispuesta a prestar un eficiente servicio en cada demarcación.

11


Ojalá que quien lea este libro pueda reflexionar sobre los modelos, los esquemas y los diseños de los servicios policiales, porque si bien no somos eruditos en la materia, sí contamos con fundamentos deontológicos, normas morales y principios éticos que nos permiten asumir como una cuestión de honor lograr la eficiencia de los servicios policiales. Sabemos bien que esta tarea requiere un cambio de actitud del personal policial, pues de otro modo no se podrá retomar el control social en cada comunidad, eliminando todos los factores que se oponen al orden, a la seguridad, a la paz social y a la justicia. Solamente sobre la base de este cambio se podrá realizar un trabajo que, desde la institución policial, aporte al desarrollo integral del país.

Relatos de éxito de un comisario / Julio Díaz Zulueta

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*** Este libro recoge tres experiencias en las que participé directamente: la de Cruz Blanca, Huacho (2002-2003); la de La Victoria, Chiclayo (2004); y por último, la de Tarapoto (2005). Entre el 21 de enero y el 5 de febrero del 2002 se realizó el primer seminario taller de Policía Comunitaria, organizado por la Dirección de Educación Policial y al que asistieron los oficiales que serían designados como comisarios de la sede de la VII Región de Lima. Me sorprendió recibir la invitación al seminario, pero más aún que me nombraran comisario de Cruz Blanca, en Huacho. Si bien esta designación satisfacía una aspiración profesional, también traía consigo un serio compromiso, pues era la primera vez en mi carrera policial que iba a tener la oportunidad de desempeñarme como comisario. En verdad, era un sueño hecho realidad, pues considero que todo oficial de Policía siente que, al ser nombrado comisario, se concreta una aspiración profesional, puesto que las comisarías cumplen un papel importantísimo en la comunidad. Por qué no decirlo, de nuestra actitud y trabajo depende el desarrollo de los pueblos, pues la seguridad pública, por la que tanto clama la población, constituye la base para el crecimiento. Cuando una comunidad pasa esta primera prueba, la calidad de vida mejora y los frutos del desarrollo se aprecian de inmediato.


El 7 de febrero de ese año, me incorporé, pues, a la comisaría de Cruz Blanca, en Huacho, dispuesto a cumplir el compromiso asumido ante el Comando de acercar a la Policía a la comunidad. Encontré muchas sorpresas. La demarcación comprendía dos distritos, Santa María y Hualmay, zonas urbano-marginal y urbano-rural, respectivamente, con una población que desconfiaba totalmente de su Policía. Meses antes, el 8 de mayo del 2001, la comisaría había sido apedreada por miles de pobladores enardecidos porque en uno de sus calabozos había fallecido el detenido Jenaro Lee Rivera Roque. El ataque causó daños materiales y personales, y el recuerdo del penoso hecho estaba muy presente.

El logro más importante que tuvimos fue que el 14 de setiembre de ese mismo año, nuestra comisaría ganó el Concurso al Mejor Servicio de Calidad al Usuario, en el que participaron 164 comisarías de Lima, Callao, Cañete y Huacho. Luego, el 20 de agosto del 2003, quedamos en segundo lugar en el Concurso de Organización de Juntas Vecinales. De esta manera, nos convertimos en un verdadero fenómeno, e incluso, sin pecar de orgullo, podemos afirmar que teníamos más credibilidad que cualquier otra institución pública del Norte Chico. Y todos estos éxitos se debían, simplemente, a que cumplíamos con nuestro deber. Desde Chancay hasta Paramonga, las autoridades edilicias, las universidades y otras instituciones públicas y privadas nos invitaban a exponer nuestra experiencia, que era tomada como un ejemplo de cómo, sobre la base de la honestidad y el trabajo, se puede alcanzar el éxito en la seguridad pública a favor de la colectividad. Sin embargo, a quienes no les gustó mucho este interés que generamos fue a los policías de otras demarcaciones. Seguramente el egoísmo y la

13 In t r od ucci ón

En esas condiciones salimos a tratar de acercarnos a la población, asegurándole que se iba a producir un cambio de actitud de los policías. Por cierto, tardamos 17 días en preparar bien esa salida. Teníamos que dar la cara a los vecinos —entre los cuales había sociólogos, abogados, profesores y otros profesionales—, que nos increpaban por el comportamiento pasado. Fue duro enfrentarnos a esta realidad pero no nos quedaba otro camino: teníamos que convencerlos de que estábamos dispuestos a ponernos verdaderamente al servicio de la comunidad. Al fin logramos que creyeran en la honestidad de nuestra actitud y, sobre la base de esta apertura, empezamos a modificar nuestra práctica.


envidia, defectos muy arraigados en nuestra sociedad, generaron esta reacción: cuando alguien hace bien las cosas, muchos se oponen al avance. Con estas experiencias, el 9 de febrero del 2004 llegué a la comisaría de La Victoria, en Chiclayo, lugar donde había transcurrido mi niñez y adolescencia. ¿Cómo encontré a su personal y al local policial? Es difícil describirlo, pues todo era una desgracia: el local estaba semidestruido; el personal, desmoralizado. La comisaría carecía de radio base, contaba solo con un patrullero inoperativo y el teléfono estaba a nombre de un suboficial, condiciones bastante graves si se tiene en cuenta que cubría una demarcación extensa: 32 kilómetros cuadrados en los que vivían 120.000 habitantes. Relatos de éxito de un comisario / Julio Díaz Zulueta

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El diagnóstico preliminar de la delincuencia detectó la existencia de 25 puntos de microcomercialización de drogas, algunos de ellos con más de 30 años de funcionamiento ilegal. Unas 50 pandillas, que incluso poseían armas de fuego de retrocarga hechiza, asaltaban de día y de noche a los indefensos ciudadanos. Sin embargo, peor aún que todo ello era que la población desconfiaba totalmente de la Policía. Esta situación tan seria demandaba una acción inmediata. De otro modo, era imposible revertir la descomposición social y volver a la época en que La Victoria era una aldea apacible. Pero ¿cómo? La alternativa inmediata era comenzar a trabajar, porque solo con un diligente esfuerzo policial se podían esperar cambios. Así, pues, se formuló el Plan Local de Seguridad Vecinal, en el que se dividió el distrito en sectores. Luego de 11 meses de intenso trabajo, recogimos los frutos: se habían constituido 1.300 juntas vecinales, cuyos integrantes estaban debidamente capacitados. Al apreciar estos logros iniciales, el director de la II Región Policial de Chiclayo, el general PNP Víctor Figueroa Romero, designó a la comisaría de La Victoria como Comisaría Piloto de la Región. Se decidió replicar este modelo, y para el efecto se programaron dos cursillos acelerados dirigidos a 25 efectivos policiales de 11 comisarías de la localidad, entre oficiales y suboficiales. Los profesores eran los propios efectivos PNP que trabajaban en las diferentes áreas; por ejemplo, el encargado de entregar las copias certificadas —de las denuncias, de domicilio, de supervivencia y otras—


describía cómo se organizaba para hacerlo de inmediato e incluso a domicilio; el que trabajaba en prevención explicaba de qué manera, al llamado de auxilio de los ciudadanos, los efectivos actuaban en ese mismo momento y sin ninguna disculpa; y así sucesivamente. De este modo, los oficiales y suboficiales de las diferentes secciones tenían la oportunidad de exponer la forma en que realizaban sus tareas cotidianas. El propósito era que los efectivos de las otras comisarías observaran directamente los resultados de una labor basada en la vocación de servir desinteresadamente. Por supuesto, no se decepcionaron sino que más bien entendieron que la solución del problema pasaba por un cambio de actitud.

Debo hacer mención, por último, al trabajo realizado en la comisaría de Tarapoto, a la que llegué el 5 de enero del 2005. En este caso, a diferencia de los anteriores, no ocupé el puesto de comisario, sino el de secretario y jefe de la Oficina de la Familia y Participación Ciudadana de la IV Dirtepol. Desde esa posición, continué mi labor de servicio a la comunidad recogiendo mis experiencias anteriores. Tuve la satisfacción de trabajar con las rondas campesinas y también con las juntas vecinales, y de lograr objetivos muy importantes acompañado por un excelente equipo de policías profesionales. Además de recoger mis impresiones sobre estas tres experiencias —Cruz Blanca, La Victoria y Tarapoto—, he querido incluir un capítulo que sistematiza

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A mayor grado en la jerarquía, el trabajo policial supone mayores responsabilidades. Cuando el general PNP Víctor Figueroa Romero asumió personalmente la tarea de la seguridad ciudadana, aparecieron en escena excelentes comisarios que quizá no sabían cómo actuar, pero que al observar un diseño eficaz de una comisaría, sumado a la disposición directa del Comando Regional, procedieron a replicar el modelo. En los inicios hubo resistencia para aceptar que un efectivo de igual grado que ellos les orientara, pero cuando se convencieron de que esos complejos negativos carecían de sentido, muchos optaron por imitar e incluso esforzarse por obtener mejores resultados. Cuando un comisario comprueba lo satisfactorio que es servir personalmente a la comunidad, salir a la calle a organizar juntas vecinales sin por ello descuidar las funciones propias de la comisaría, adquiere un conocimiento que le va a servir para actuar toda la vida como un hombre de bien y muy útil a la PNP.


las que, en mi opinión, son las estrategias que garantizan el éxito del trabajo conjunto entre la población y la comisaría.

Relatos de éxito de un comisario / Julio Díaz Zulueta

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Por último, presento una sección en la que resumo mis reflexiones finales, y termino el texto recogiendo un excelente ejemplo de cómo las mejores ideas sobre seguridad ciudadana pueden ser plasmadas en acciones concretas que respondan a las características específicas de determinada comunidad. Me refiero al Plan Local de Seguridad Vecinal que guió el trabajo realizado en el distrito de La Victoria, que si bien como todo proyecto humano es susceptible de ser mejorado, tiene el valor de haber servido de punto de encuentro entre la teoría y la práctica. Es decir, no se trata de un documento pensado en un escritorio, sino al revés: es un texto que recoge el aporte colectivo de las juntas vecinales y cuya efectividad ha sido comprobada en la realidad.

*** Hay personas cuyo aporte directo o indirecto a la formulación de este libro no puedo dejar de mencionar. Entre ellas está el doctor Gino Costa Santolalla, ex ministro del Interior; el general PNP (r) Gustavo Carrión Zavala, ex director general de la PNP; el general PNP (r) Víctor Figueroa Romero, ex director de la II Diterpol Chiclayo; el señor Víctor Zegarra Fernández, alcalde del distrito de Santa María, Huacho; los integrantes de los comités cívicos de apoyo de las comisarías de Cruz Blanca y La Victoria, y todo el personal policial; así como los coordinadores y miembros de las 2.748 juntas vecinales de Huacho, Chiclayo y Tarapoto. El esfuerzo de todos ellos hizo posible que se produjeran los cambios que devolvieron a la Policía la credibilidad de la población y constituyó un aliciente para escribir este texto, que recoge tres experiencias que se deberían seguir replicando en todas las comunidades que afrontan situaciones difíciles relacionadas con la seguridad pública. El autor


[1] La comisarĂ­a de Cruz Blanca, Huacho

2002 2003


3


1

2

1 Coordinadores de las juntas vecinales de Cruz Blanca 2 Un policĂ­a entrega a domicilio una copia certificada 3 Losa deportiva remodelada 4 Entrega de premios del concurso a la mejor comisarĂ­a de Lima

4


El 7 de febrero del 2002 fui nombrado comisario de Cruz Blanca, en el distrito de Santa María, Huacho. Al incorporarme a mi puesto, encontré a 23 efectivos policiales desmoralizados, doblegados por la corrupción, desprestigiados y en completo abandono: dos de ellos padecían sinusitis por dormir en un lugar contiguo a los servicios higiénicos, que estaban totalmente descuidados. De inmediato, procedí a buscar una solución a los problemas: me entrevisté con el licenciado Hugo Díaz Mauricio, alcalde del distrito de Santa María, y lo invité a visitar la comisaría. Una vez que observó directamente las condiciones en las que vivía nuestro personal, mandó comprar puertas para el baño y ordenó que se realizaran algunas reparaciones, lo que salvó la situación momentáneamente. Al indagar entre los ciudadanos qué opinaban acerca de la calidad de los servicios policiales, todos coincidieron en manifestar su descontento. Diariamente, los efectivos realizaban los famosos «operativos», que no eran otra cosa que intervenciones destinadas a cobrar coimas y realizar una serie de arbitrariedades; cuando una persona solicitaba una copia certificada, la demoraban adrede; cuando una víctima de la violencia llamaba a la comisaría pidiendo ayuda, los policías no iban aduciendo que les faltaba gasolina; si brindaban cualquier tipo de servicio, insinuaban que se les diera una dádiva. Es decir, la corrupción estaba generalizada e institucionalizada. Era claro que, para cambiar esta situación, debíamos aceptarla en vez de negarla, reconociendo

21 La comisaría de Cruz Blanca, Huacho

De la desmoralización al compromiso


con hidalguía los errores y no incomodándonos porque nos los señalaran. Solo así se mostraría voluntad de cambio, y esto debía comenzar por el comisario.

Relatos de éxito de un comisario / Julio Díaz Zulueta

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Una autoridad debe dar el ejemplo en todo momento, igual que un padre de familia: los hijos fallan si el padre tiene errores. Donde haya padres y comisarios íntegros, tendremos hijos y policías correctos. Siempre recuerdo las palabras del general José Tisoc Lindley, quien cuando ocupaba el puesto de director general de la PNP, durante un seminario desarrollado en el Instituto de Altos Estudios Policiales (INAEP) manifestó: «Agradezco a Dios por haber llegado al puesto donde estoy. He logrado el máximo cargo al que un policía aspira. No se hagan problemas, abastezcan el total del combustible de su dotación». Con esta frase, el general hacía referencia al combate contra la corrupta práctica de traficar con la gasolina y otros recursos de la institución. He llegado al pleno convencimiento de que por ahí se debe comenzar. Cuando me presenté ante al personal, manifesté que mi política de trabajo iba a consistir en buscar el cambio. Muchos no lo creían y, por versión de ellos mismos me enteré de que algunos murmuraban: «Escobita nueva, barre bien». Les preocupaba saber si la actitud de honestidad que les estaba planteando se iba a mantener. En estas condiciones comenzaron los cambios, uno de los cuales fue que las copias certificadas se entregaban de inmediato. Si se trataba de una persona de edad avanzada, un policía iba a dejarle el documento en su domicilio, sin poner resistencias ni complicarse con pretextos infundados como: «¿Quién asume la responsabilidad si el recurrente no vive en el lugar indicado?». Ante esta posibilidad de riesgo administrativo, se dispuso que, en ese caso, el policía encargado de entregar el certificado formulara el parte de ocurrencias, para que se realizara el registro correspondiente. También tomé la decisión de conversar personalmente con cada uno de los miembros del personal policial, y además todos los días les impartía charlas sobre valores. En este contexto, consideré necesario entregarles los números telefónicos de las unidades policiales en los que había trabajado anteriormente, para que pudieran informarse en forma directa de cuál había sido mi comportamiento. Esta fue una forma de señalarles que ni pensaran en volver al pasado vergonzoso en el que la comisaría era repudiada porque se mantenía vivo el ingrato


recuerdo del 8 de mayo del 2001, día en el que la población, enardecida por la muerte de un detenido, apedreó el local y casi lo destruyó. En ese momento, los ciudadanos, cansados de la inoperancia del personal, comentaban que más barato les salía no denunciar, porque los policías les solicitaban dinero para todo. Hay quienes hasta ahora se sienten aludidos por estas menciones, pero no se trata de una infidencia ni menos de una condena, sino de un llamado para que, apelando a la hidalguía policial, se reconozcan estos actos vergonzosos, sabiendo que es la única manera de reconciliarse con la comunidad.

El abastecimiento de combustible para las dos unidades móviles de la comisaría se efectuaba estrictamente todos los días, y en este acto transparente participaban tanto los oficiales como los suboficiales. Estos últimos tenían la potestad de supervisar el proceso y se les pidió que no pasaran por alto ninguna transgresión a las normas y a la moral. Teníamos que ser implacables y coherentes con nuestras decisiones. No pretendemos ser perfectos ni moralistas, pero quienes estamos identificados con la institución debemos ser sensibles y actuar siempre de modo que no se dé a los demás ningún motivo para expresarse mal de la Policía, empañar su imagen, deteriorar su prestigio y, peor aún, hacer que pierda credibilidad. Me quedaba claro, por otra parte, que teníamos que motivar al personal de suboficiales. Tenía en la mente lo que debía hacer: hablé con el capitán PNP José García Cillóniz, un oficial muy hábil e inteligente al que, en mi opinión, había que darle una oportunidad. Haciéndose eco de lo que decían sus compañeros, que no creían en los resultados de una buena labor, él era quien más insistía en volver al modelo anterior y tenía cierta esperanza de que esto ocurriera. Pero al darse cuenta de que su intención no iba a prosperar, optó por unirse al trabajo que estábamos realizando y fue quien más colaboró.

23 La comisaría de Cruz Blanca, Huacho

Luego de 17 días de intensa labor educativa para lograr el cambio de actitud, muchos efectivos consideraban que no transgredir las normas y ser honestos era algo totalmente excepcional, cuando más bien ese debería ser su comportamiento normal. El policía debe ser emprendedor, juicioso, valiente y conocedor de su función. Por suerte, la mayoría entendió el mensaje, mientras que algunos, que no lograron integrarse al nuevo esquema de trabajo, solicitaron su traslado.


Comenzamos a premiar a los policías que habían sobresalido en el mes. La primera vez fueron cuatro los efectivos distinguidos, quienes recibieron las canastas donadas por el Comité Cívico de Apoyo a la Comisaría de Cruz Blanca. Esperaba recibir más donaciones, pero esto no ocurrió rápidamente, así que tenía que invertir el dinero salido de mi propia economía para arreglar las llantas y cubrir otras demandas. Poco a poco, el empresariado fue convenciéndose de que debía ayudarnos, y al pasar los meses iban en aumento las canastas de víveres para los mejores policías. Por cierto, para entregarlas organizábamos ceremonias a las que asistían los oficiales superiores de la jefatura provincial y periodistas, quienes al ver los resultados positivos, nos apoyaban mucho. Relatos de éxito de un comisario / Julio Díaz Zulueta

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Ganando la confianza de la población Aunque había unos cuantos efectivos que oponían resistencia al cambio,1 tan pronto logramos contar con una comisaría limpia, consideramos que era el momento para ir a buscar a la población, disculparnos por todo lo sucedido en el pasado y pedirle que nos dé la oportunidad de trabajar en conjunto estableciendo alianzas estratégicas. Teníamos el deber de ser sinceros y así lo hicimos. En nuestras visitas, muchos vecinos, incluyendo a profesionales, nos increpaban por el comportamiento del pasado, pero teníamos las respuestas convincentes para hacer frente a cada crítica. Así, día a día fueron comprobando que nuestro mensaje era coherente con la actuación de la comisaría. Llegamos primero al distrito de Santa María. Nunca podré olvidar al profesor Humberto Ortiz Curioso, del asentamiento humano Las Poncianas, lugar al que fuimos el domingo 24 de febrero del 2002. Aproximadamente unos 100 pobladores nos manifestaron su esperanza de que la Policía los atendiera y de que se redujeran los continuos robos que se perpetraban en sus viviendas. Luego nos dirigimos al asentamiento humano San Bartolomé, el lugar más peligroso del distrito por el alto índice delictivo —robos, pandillaje, abigeato y otros—, en el que nos reunimos con cerca de 500 personas. Se trataba de una visita 1

Robbins, Stephen P. Comportamiento organizacional. Décima edición. México D. F.: Editorial Trillas, 2004, p. 633.


clave, porque el detenido que había fallecido en la comisaría el 8 de mayo del 2001 era vecino de este asentamiento. Al momento de las preguntas, un profesor universitario, don Antonio Mauricio Alor, nos preguntó con qué cara nos dirigíamos a la población si habíamos cometido hasta delitos. La respuesta más sencilla y alturada ante el repudio de algunos pobladores era darles la seguridad de que hechos como el mencionado jamás iban a repetirse.

Continuamos con las reuniones de acercamiento a la población, asegurándoles que la comisaría había cambiado de actitud y que nuestro mayor deseo era dar un buen servicio. Entre las novedades que más les agradaron estaba saber que, a partir de la fecha, tenían a su disposición el teléfono del comisario durante las 24 horas. Escribimos el número en una pizarra y lo difundimos también mediante volantes «mosquito», que pudimos imprimir gracias a donaciones de algunos empresarios. Seguimos visitando más lugares hasta cubrir 12 comunidades. Estas visitas se efectuaban entre las 20 y las 2 horas casi a diario, incluyendo los sábados, domingos y feriados, pues justamente esos eran los días y las horas en los que todos los pobladores estaban en sus casas. De esta manera nos enteramos, por ejemplo, de que había tres bandas de delincuentes que, desde hacía varios años, venían cometiendo delitos en agravio de la comunidad sin que ninguna autoridad pudiera controlarlas. Lo más injusto era que si los malhechores eran sorprendidos robando, golpeaban a sus víctimas. Aprovechando la motivación generada por nuestras visitas, les propuse a los pobladores que se integraran al programa Vecino Vigilante, que tuvo tal aceptación que logramos captar a 120 coordinadores.

25 La comisaría de Cruz Blanca, Huacho

Fui claro y con hidalguía les manifesté que la mayoría de ex comisarios, pese a provenir de Huacho, habían hecho poco. Yo no era de este lugar, pero era policía y estaba al servicio de la comunidad, por lo cual les invocaba que me dieran una oportunidad. Sometí al voto el tema de si los pobladores querían ser amigos de la Policía, y la mayor parte de los asistentes levantaron la mano en señal de acuerdo. Fue una buena forma de comenzar a resolver el problema, pero había que cumplir estrictamente el compromiso.


Como era la primera vez que los vecinos iban a organizarse para enfrentar a la delincuencia, había que prepararlos. Con tal fin, hicimos simulacros de robos con participación de los pobladores. Sabíamos que existía el riesgo de que fueran agredidos, pero teníamos que hacerlo. Se nos ocurrió que como parte de la aplicación del programa Vecino Vigilante, los propios pobladores controlaran las rondas de los patrulleros, en cuadernos expedidos con ese fin por la comisaría. Esta fue una decisión que sorprendió a propios y extraños, pues mostraba una nueva actitud: que la Policía acepte ser controlada por el pueblo.

Relatos de éxito de un comisario / Julio Díaz Zulueta

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La primera juramentación de juntas vecinales La juramentación de las primeras 120 juntas vecinales fue programada para el 7 de abril del 2002 en el parque principal de Luriama, en Santa María. El 5 de abril, dos días antes de la ceremonia, citamos a todos los coordinadores que iban a juramentar, a fin de darles instrucciones y nombrar al coordinador general. Por mayoría absoluta, salió electo don Gumersindo Romero Mandamiento, un opositor recalcitrante de la Policía que luego llegó a ser un amigo sincero y desprendido de la institución. Luego nos dirigimos a la Dirección de Participación Ciudadana, a cuyo mando estaba el coronel PNP Edgar Alfaro Zúñiga, a fin de comunicarle que estábamos preparados para la primera juramentación de las juntas vecinales e invitarlo a que participe, pedido que fue aceptado. Visitamos así mismo al despacho del doctor Gino Costa Santolalla, en ese momento viceministro del Interior, enterados de que él solía participar en juramentaciones de juntas vecinales en Lima. Como él no pudo asistir personalmente, mandó a su representante, el doctor Dimitri Senmache. Ellos fueron las principales autoridades con las que tomamos contacto. Pese a que todavía había personas que por desconocimiento decían que los policías éramos haraganes, sinvergüenzas, corruptos, locos y otros apelativos, lo cierto es que a nuestra comisaría llegaban vecinos de otros lugares reclamando: «¿Por qué motivo en mi comisaría no me entregan de inmediato una copia


certificada y en Cruz Blanca sí? ¿Por qué en nuestra comisaría nos piden plata para gasolina y acá no pasa eso?». Eran indicios de que la institución estaba cambiando, cuando menos en una comisaría. Con el apoyo del coronel PNP José Campos Muñoz, jefe provincial de la PNP de Huacho, se iba estructurando el diseño de un nuevo estilo de Policía.

Se reunieron aproximadamente 2 mil personas que representaban a 12 barrios. En primer lugar, tomé la palabra en mi calidad de comisario, y por cierto hablé con muchísimo aprecio por la población; en algunos pasajes de mi mensaje, la multitud aplaudió y ovacionó a la nueva Policía. Luego habló el jefe de Participación Ciudadana, el coronel PNP Edgar Alfaro Zúñiga, instándonos a continuar un trabajo que estábamos haciendo bien. En tercer lugar, escuchamos al coronel PNP José Campos Muñoz, quien de igual modo tuvo palabras alentadoras. Y por último, llegó lo mejor: habló el pueblo, representado por su coordinador general, don Gumersindo Romero Mandamiento, quien agradeció a la Policía y se comprometió a apoyar su labor. Desde esa fecha, que ni yo ni los demás participantes podremos olvidar, han pasado hasta ahora 7 años y el pueblo continúa apoyando, pese a que las condiciones ya no son las mismas que nosotros establecimos.

El trabajo en la zona más peligrosa Después de la exitosa experiencia de Santa María, pensamos que ya podíamos ingresar a Hualmay. Nuestra decisión de entrar primero a Santa María fue consciente: se trataba de una zona urbano-rural de menos peligrosidad; Hualmay, en cambio, era una zona urbano-marginal más peligrosa: había un punto de microcomerciali-

27 La comisaría de Cruz Blanca, Huacho

Llegó el esperado domingo 7. Nos sentíamos un poco nerviosos, pero estábamos listos para celebrar la ceremonia de acuerdo con el protocolo. Comenzaron a llegar los pobladores, organizados según su lugar de residencia. Todos los grupos contaban con sus respectivas pancartas y manifestaban su complacencia de trabajar con su Policía. En tres meses, se había logrado que gran parte de la población se convenciera de nuestro cambio, sobre todo porque habíamos empeñado nuestra palabra de que nunca más un ciudadano sería maltratado en la comisaría de Cruz Blanca.


zación de drogas, se producían asaltos a mano armada tanto de día como de noche y la presencia de las pandillas era muy notoria incluso en la misma Panamericana, donde se ubicaba el local la División de Investigación Criminal (Divincri). Esta dependencia sostenía que el control del pandillaje era labor de la comisaría, y si bien su postura contaba con respaldo legal, en ese momento los policías no estaban sensibilizados en términos morales para llevar a cabo esta tarea. Con frecuencia, en Hualmay se cometían robos de cables de alta tensión. En tres meses, los ladrones se habían llevado más de 25 mil metros de cable. Era, en fin, el distrito de mayor peligrosidad de la provincia de Huaura-Huacho, el que albergaba a los barrios más críticos de la zona, tales como Puquio Cano, La Esperanza, Tropezón, Cruz de Cano y Mariano Melgar-San Martín, entre otros. Relatos de éxito de un comisario / Julio Díaz Zulueta

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En este distrito había un gran clamor social. Los pobladores, migrantes en su mayoría, anhelaban la seguridad, motivo por la cual tuvimos una aceptación total. Las reuniones para conformar las juntas vecinales2 gozaban de una asistencia masiva, más aún porque los vecinos ya tenían noticias acerca de nuestra política de trabajo, lo que facilitaba el acercamiento. Ahí conocí a muchos líderes, entre quienes recuerdo especialmente a la señora Carmen Licetti Carlos, profesora cesante. Contábamos con el apoyo de catedráticos universitarios, médicos, abogados, enfermeras, taxistas, mototaxistas, y sobre todo las amas de casa, que constituían la base social para solucionar los problemas que aquejaban a la población. El propietario de la librería Pacífico, al ver que repartíamos volantes con los teléfonos de la comisaría, de la central y del comisario, nos donó millares de «mosquitos» impresos. Este hecho inició el apoyo que luego recibimos por parte del empresariado. El teléfono del comisario comenzó a timbrar las 24 horas del día. La población fue recuperando la confianza gracias a la atención inmediata de cada llamada de auxilio. Así por ejemplo, en Cruz de Cano se logró atrapar a una banda de asaltantes cuando estaban robando una tabacalera. De inmediato, llegó la Policía y 2

Yépez Dávalos, Enrique. Seguridad ciudadana. Lima: Instituto de Defensa Legal, 2004, p. 185.


capturó a los delincuentes, a quienes les incautó armas de fuego. Las llamadas se atendían incluso en la madrugada. En todas las solicitudes de ayuda, la acción policial era inmediata. Había policías que pese a los cambios efectuados, todavía se resistían a implementar las innovaciones en las áreas principales. Por eso, teníamos que ser ingeniosos al delinear las estrategias, aunque eso nos quitaba tiempo. Por ejemplo, durante sus horas de servicio, llevábamos a los efectivos a que participen en las reuniones y los presentábamos a la población para que los conociera. Era una manera de no dejarles ningún espacio para que eludieran su compromiso con la ciudadanía.

Como estábamos convencidos de la necesidad de promover alianzas, notificamos a los integrantes del Comité Cívico, cuyas acciones habíamos estado observando. Les pregunté cuál era su plan de trabajo y les recomendé que si no lo tenían, lo elaboraran. A lo largo de varios años, su forma de trabajar había consistido en vender rifas, bingos y similares a los policías, actividades que, en muchos casos, estaban reñidas con la moral. Dejar que las cosas siguieran así era dar carta blanca para volver al pasado. Llegué a la conclusión de que tenía que hablarles fuerte y promover un cambio de actitud.3 Luego de cinco meses de intentar persuadirlos, entendieron mi mensaje. Así, su tesorero, el señor Wilfredo Carbajal Bazán, empresario muy conocido en la zona, me comunicó que también me había estado observando y que pensaba que yo utilizaba una «buena estrategia», basada en un nuevo estilo. Poco a poco, había ido comprendiendo que sus ideas originales no eran las correctas y que estaba frente a un cambio real y concreto. Con el apoyo de ellos, llegamos a organizar a los vecinos de 23 barrios, paralelamente al trabajo que realizábamos en Hualmay y en algunas zonas que faltaban de Santa María. 3

Robbins, ob. cit., p. 616.

29 La comisaría de Cruz Blanca, Huacho

La reorganización del Comité Cívico de Apoyo a la Comisaría de Cruz Blanca


Una nueva juramentación de juntas vecinales Con la experiencia de Santa María, preparamos con la debida anticipación, para el 15 de junio del 2002, la ceremonia de juramentación de 250 juntas vecinales. Invitamos a las mismas autoridades que la primera vez, pero en esta oportunidad insistimos en contar con la presencia del doctor Gino Costa Santolalla, quien confirmó su visita. Asimismo, recibimos una llamada del despacho de la Dirección de Participación Ciudadana, dirigida por el coronel PNP Adolfo Alfaro Zúñiga, quien nos comunicó que iba a donar 250 chalecos que llevaban la inscripción «Seguridad vecinal», lo que seguramente motivaría a la población.

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Con dos días de anticipación, citamos a la comisaría a los coordinadores para darles las instrucciones correspondientes y fijar las ubicaciones en la plazuela de Hualmay, frente a la municipalidad. En esa oportunidad, fue nombrada como coordinadora general de las juntas vecinales del distrito la profesora Carmen Licetti Carlos, extraordinaria mujer cuya presencia daría realce al acto. El 14 de junio, asistieron especialistas de la Dirección de Participación Ciudadana (Dirpaci) de la PNP y del sector Interior, quienes dieron sus charlas respectivas. El ambiente comenzó a animarse en espera de la ceremonia central, que se iba a desarrollar al día siguiente. Como la ceremonia iba a estar presidida por el viceministro del Interior, el doctor Costa, hubo una reunión de oficiales para recibir instrucciones. Recuerdo que un policía me preguntó cuántos refuerzos se requerían, ya que en la ceremonia anterior habían asistido más policías que pobladores. Lo decía en forma amargada, y por ello le respondí que si tenía ese concepto, para qué solicitaba mi opinión. El día de la ceremonia, se citó a la población a las 10 horas. Era increíble, había más de 10 mil personas, toda una fiesta popular. El coronel PNP Adolfo Alfaro Zúñiga, muy hábil e inteligente, mantuvo a los asistentes interesados narrándoles una serie de intervenciones suyas en diferentes experiencias. Hubo un momento en que me presentó al frente del estrado y la gente comenzó a expresar su cariño aplaudiendo durante varios minutos. Pero el tiempo transcurría y el doctor Costa no llegaba, y los asistentes se inquietaban e incluso muchos se retiraban fastidiados. Finalmente, el doctor Costa llegó a las l4 horas. Las miles


de personas que todavía estaban esperando su arribo le dieron un extraordinario recibimiento. Comenzó la ceremonia con la bienvenida a las autoridades presentes, que por cierto venían de diferentes provincias del Norte Chico. Hablaron quienes tenían que hacerlo, pero lo más saltante fue que la población le pidió al doctor Costa que efectuara las coordinaciones necesarias para entregar más patrulleros a la comisaría de Cruz Blanca. En su alocución, él respondió que no estaba en condiciones de hacer tal ofrecimiento, pero que efectuaría la gestión ante el Ministerio del Interior. La población recibió esta respuesta con mucho desagrado.

Se trataba de la primera vez que éramos reconocidos por las autoridades políticas, judiciales, policiales y del sector Interior. Lo que más alegría nos causaba era que los policías, a quienes resultaba difícil convencer de que se modernizaran, pues estaban acostumbrados a rutinas que no daban ningún resultado, habían dejado de pensar en que las reformas eran «locura» y «haraganería», y se habían convertido en activos funcionarios del Estado. Es muy difícil, muy fuerte, trabajar 20 horas diarias, con solamente 4 horas de descanso. Pero lo hicimos con mucho esmero, convencidos de que nuestra Policía, la institución que más queremos, recobraría la confianza de su población, lo cual nos producía una gran satisfacción personal. Tal vez aquí quepa un comentario. El doctor Costa felicitó a la ciudadanía por su organización y dijo que la comisaría debía contar con unos 50 patrulleros, y que poco a poco se iban a solucionar los problemas de inseguridad basándose en el bien más preciado, la organización vecinal. De esas palabras nació mi interés por preguntarle qué pensaba de la Policía, pero como en esa oportunidad fue imposible conversar con él, quedó pendiente mi curiosidad.

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Seguidamente, habló la señora Licetti, coordinadora general del distrito de Hualmay, quien inició su discurso con palabras de bienvenida a las autoridades asistentes, en especial al doctor Costa, porque era la primera vez que una autoridad de tan alta investidura visitaba la zona. La señora Licetti señaló que estaba muy decepcionada por las palabras del viceministro del Interior, pero dijo que no por eso la población se iba a amilanar y que continuaría apoyando la labor del comisario con o sin patrulleros. Ante estas palabras, se notó contrariedad en el rostro del doctor Costa.


El patrullaje policial y la reacción de la delincuencia Teníamos dos patrulleros, uno para Hualmay y otro para Santa María. Nos faltaba uno para toda la Panamericana, esa había sido la demanda de la población al doctor Costa. Durante el día, se efectuaba un patrullaje normal, mientras que en la noche se patrullaba por todos los lugares que se encontraban organizados. Para llevar un registro de esta labor, los cuadernos de control eran firmados conjuntamente por la población y la Policía.

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Hubo resultados extraordinarios que todos en Huacho reconocían, en especial la empresa eléctrica: como he señalado, anteriormente, en tres meses habían robado más de 25 mil metros de cable, mientras que en los últimos seis meses solo habían hurtado 600 metros. Las faltas, que eran los hechos más frecuentes en el distrito de Santa María, habían bajado a cero, y las pandillas comenzaban a desaparecer como por arte de magia. No nos explicábamos cómo había ocurrido esto último, pero después advertimos que en la medida en que la Policía salir a rondar, los padres de familia ejercían mayor control sobre sus hijos. Las llamadas telefónicas a la comisaría fueron disminuyendo, lo cual era la señal de que se había retomado el orden. Pero la delincuencia, superando su sorpresa inicial, comenzó a atacar a la población. En Hualmay acuchillaron a un poblador, y en Santa María, a un coordinador de calle. Inmediatamente se montó un operativo en el que, en el marco legal y con estricto respeto por los derechos humanos, se capturó a los presuntos autores y se los puso a disposición de las autoridades competentes. La población pedía justicia y, en nombre de las víctimas, solicitaba a las autoridades que actuaran con firmeza. De esta manera, se logró que los delincuentes fueran internados en el penal. Hubo un asalto a un empleado del Fondo Nacional de Cooperación para el Desarrollo (Foncodes). En las inmediaciones de una financiera, en la avenida Veintiocho de Julio, Huacho, le robaron 30 mil nuevos soles. Era otra demarcación, pero los delincuentes entraron en la nuestra perseguidos por el agraviado. En el lugar denominado Cinco Esquinas, en Hualmay, la víctima se quedó observando cómo los malhechores se llevaban el dinero del Estado, cuando en eso se le acercó un vecino y le dio un «mosquito» en el que figuraba el teléfono del


comisario. Por suerte, la víctima contaba con un celular y efectuó la llamada de auxilio. De inmediato, los patrulleros llegaron al lugar, capturaron a los delincuentes y lograron recuperar el dinero. A los pocos minutos, encontré al agraviado en la comisaría. También llegó el periodismo, y cuando le preguntaron al empleado por qué seguía tan nervioso, les contestó que no creía lo que estaba pasando: los policías le habían devuelto la totalidad del dinero sin pedirle nada a cambio. Se trató de un acto noble, que puso a prueba la honestidad de los efectivos.4

Algunos delincuentes eran aprehendidos in fraganti por los ciudadanos, quienes de inmediato nos llamaban. Así se capturó a peligrosos asaltantes como Bombín y otros. Con apoyo de la Policía, los pobladores comenzaron a poner orden en sus sectores.

El ministro del Interior nos asigna un patrullero El pueblo huachano estaba con suerte y nosotros también. No pasaron muchos días desde la primera visita del doctor Gino Costa cuando fue nombrado ministro del Interior. Felizmente, él no había olvidado el pedido del pueblo de que gestionara un patrullero para la comisaría de Cruz Blanca, así que en julio del 2002 dispuso que la comisaría de Huacho, que contaba con cinco, le asignara uno, con toda su tripulación, a nuestra comisaría.

4

Robbins, ob. cit., p. 65.

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Por otra parte, en el suburbio La Esperanza se habían instalado los microcomercializadores de drogas. El patrullero asignado al distrito de Hualmay tenía la consigna de estacionarse estratégicamente frente a la casa donde se comercializaban esas sustancias. Con este tipo de vigilancia, se lograron resultados positivos, pues los delincuentes «claudicaban» firmando actas en las que se comprometían a no volver a vender drogas. Otros microcomercializadores optaron por mudarse, e incluso uno firmó el acta y pidió reinsertarse a la sociedad, solicitud que fue aceptada por los vecinos.


Como se puede suponer, la noticia no fue nada grata para el mayor PNP Anthony Cortijo Salinas, comisario de Huacho, quien no solo era mi compañero de promoción sino también mi amigo. Yo hubiera reaccionado de igual manera, ya que este recorte reducía el potencial de su trabajo. Pero la decisión no era obra mía, como en un momento él pensó, tal vez influenciado por personas malintencionadas. Felizmente, al poco tiempo se le pasó el enojo. Él es uno de los policías a los que estimo de verdad; es noble, sencillo y muy inteligente, quizá el mejor de mi promoción. Después de ese incidente, nuestra amistad continuó siendo la misma e incluso coordinábamos acciones de trabajo. Pienso que, durante la última década, fue el mejor comisario que tuvo Huacho, aunque su excelente labor recién se reconoció cuando lo reasignaron a Paramonga.

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El Concurso de Comisarías de Lima Metropolitana En el mes de junio, todos los comisarios fuimos citados a una reunión en la VII Región de la PNP, oportunidad en la que se nos comunicó que se estaba organizando un concurso de comisarías sobre el servicio de calidad al usuario. En primera instancia, nos solicitaron un informe sobre la labor que habíamos efectuado hasta ese momento: qué mejoras habíamos logrado en la comisaría y qué tipo de acercamiento con la población se había conseguido a través de la organización de juntas vecinales. Cumplimos con redactar el informe solicitado por la superioridad, pero no teníamos ninguna expectativa de ganar el concurso, más aún sabiendo que había tantas comisarías con mejor infraestructura y consideradas modelo, como la de Surquillo. La nuestra era una comisaría muy limitada en términos de potencial humano y recursos logísticos: solo contábamos con 23 efectivos y 3 patrulleros para atender a 80 mil pobladores de los dos distritos. Incluso a veces no teníamos ni vigilantes en la propia comisaría. Pero no podíamos quejarnos, porque conocíamos la realidad y las limitaciones de nuestra Policía. Teníamos que darle a nuestra institución resultados, no problemas. Más aún, es necesario expresar que nunca nos referimos a nuestros superiores con frases altaneras; muy por el contrario: siempre hemos aceptado


respetuosamente cualquier decisión. Nunca habíamos hecho observaciones a dinámicas institucionalizadas ni transgredido las tradiciones. Lo que no permitíamos, eso sí, era que atropellen nuestro campo laboral; es decir, que nos impidan cumplir con nuestras obligaciones.

La segunda parte del concurso consistió en la llegada de una comisión del Estado Mayor que entrevistó a las autoridades locales, con la presencia de los coordinadores de las juntas vecinales y de nuestro jefe provincial. Cuando se conocieron los resultados de esta etapa, nos enteramos de que habíamos subido al puesto 10. Barranca estaba en el puesto 3 y Huacho había dado un gran salto al puesto 12. Mientras tanto, avanzábamos en lo nuestro. Incorporamos como integrante del Comité Cívico a don Hugo Nicho Muguruza, conocido empresario que aceptó amablemente nuestra invitación. En el pasado, él se había sentido muy decepcionado de la Policía de Huacho, pero al tener noticias de nuestras acciones quiso conocernos y aportar su granito de arena. Junto con él comenzamos a hacer obras en la comisaría. Así llegó la tercera y última etapa del concurso, que consistía en una visita de constatación para conversar con las personas que habían sido atendidas en la comisaría durante los meses de marzo y abril, cuya relación habíamos enviado a la unidad solicitante. En agosto, nos comunicaron que Cruz Blanca estaba entre las 15 comisarías finalistas, lo que constituyó para nosotros una gran alegría. De esta manera, se dispuso que trasladáramos a las juntas vecinales de nuestra demarcación a la

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Mientras tanto, avanzaban las etapas del concurso, que eran tres. En la selección preliminar, realizada sobre la base de los informes, fueron aceptadas 40 comisarías, entre ellas la nuestra. Luego, nos comunicaron que en la primera etapa Cruz Blanca había quedado en el puesto 18, en tanto que las comisarías de Barranca y de Huacho ocupaban los puestos 19 y 38, respectivamente. Los comisarios nos sentíamos muy honrados de que nuestro trabajo y dedicación hubieran logrado este éxito. Posteriormente, nos enteramos de que las comisarías que ocuparan los 15 primeros puestos serían premiadas, y lo más importante, recibirían la felicitación ministerial y directoral. La situación se tornó muy interesante.


Escuela de Oficiales, en Lima, el 14 de setiembre, para que participaran en la ceremonia de entrega de premios. Varias empresas —Turismo Huaral, la Universidad José Faustino Sánchez Carrión y la Empresa de la Sal, cuya sede está ubicada en el kilómetro 136— nos apoyaron ofreciéndonos cuatro ómnibus para trasladar a la capital a los representantes de las juntas vecinales.

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Cuando llegó el día, los 15 comisarios que íbamos a ser premiados fuimos ubicados en el patio de la Escuela de Oficiales, frente al estrado. Comenzaron a llamarnos empezando por el puesto 15, luego el 14 y así sucesivamente. Nosotros ya estábamos bastante contentos por estar ahí, pero la ceremonia seguía avanzando y no nos llamaban. Fue grande nuestra emoción cuando llegaron al puesto 6 sin mencionarnos, pues eso significaba que estábamos entre las 5 comisarías finalistas, que serían premiadas con 100 mil nuevos soles para realizar arreglos en el local, aunque en primera instancia nos habían dicho que ese dinero iba a ser para todo el personal. Pero eso no importaba; finalmente, era un reconocimiento al esfuerzo. Llamaron al quinto puesto, que fue para la comisaría de Surquillo. Luego al cuarto puesto, para la comisaría de Mariscal Cáceres. La cosa se puso seria y llamaron al tercer puesto, destinado a una comisaría de Chorrillos. Recién en ese momento advertí que podíamos ganar el concurso. Me sentía embargado por la emoción hasta que el animador dijo: «El segundo puesto es para la comisaría de Villa». ¡Eso significaba que el primer puesto era para nosotros! La verdad, me pareció que la tierra temblaba. Las juntas vecinales de Huacho, que eran más de 500, celebraban junto con sus policías de Cruz Blanca con una intensidad que llegaba al delirio. Luego leyeron cuáles eran los premios y entre ellos había una beca a España para el comisario. Escuché que una señora daba un grito de alegría en el estrado de invitados: era mi esposa, quien no pudo contener su emoción. En ese momento, se me acercó un oficial y me indicó que avanzara, porque el señor Raúl Diez Canseco, vicepresidente de la República, se estaba acercando para felicitarme. El doctor Gino Costa también se acercó a darme un abrazo. Por primera vez estuve tan cerca del general PNP José Tisoc Lindley, director general de la PNP, y también observé de cerca al doctor Luis Solari, en ese entonces primer ministro de la República.


Luego de los actos protocolares de estilo, el vicepresidente de la República nos condujo a que viéramos los premios, que eran 15 artefactos eléctricos destinados al personal de la comisaría ganadora.

Terminada la ceremonia, nos dirigimos a Huacho. Cuando llegamos a Chancay, ya había oscurecido y vimos que los patrulleros de esa comisaría estaban estacionados y con sus luces y circulinas prendidas, en señal de celebración por el triunfo. Al llegar al peaje, nos esperaba una caravana compuesta por cerca de 50 vehículos pintados con el letrero «Primer puesto». Estaban las autoridades locales y nos hicieron subir a una camioneta abierta, para que pudiéramos saludar al pueblo huachano. Por cierto, el alcalde provincial de Huacho, doctor Víctor Agüero Reeves, salió también a saludarnos. Finalmente, llegamos a la plazuela de Santa María, ubicada frente a la municipalidad y a 50 metros del local de nuestra comisaría. Bailamos hasta la madrugada sin tomar un solo vaso de licor, puesto que no estoy de acuerdo con la idea de que para brindar es necesario recurrir a las bebidas alcohólicas, cosa que no podían creer algunos policías.

Nos visita el ministro del Interior Como el doctor Gino Costa Santolalla no había podido saludar a las juntas vecinales luego del concurso, por intermedio de su representante de relaciones públicas nos comunicó que visitaría Cruz Blanca el 17 de setiembre.

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Pasada la sorpresa y manifestada la alegría, empezó el desfile de las juntas vecinales. Por ser los ganadores, nos tocaba ocupar el primer lugar. Se me acercó un oficial de la Dirpaci y me indicó que debía encabezar el desfile, pero consideré que incluso en ese momento debíamos aplicar el nuevo estilo, y así no marché solo sino en un grupo formado por los coordinadores generales, los miembros del Comité Cívico, el capitán José García Cillóniz y otro oficial. Al llegar al estrado, juntamos nuestras manos y alzamos nuestros brazos en señal de unión entre el pueblo y la Policía, gesto que fue muy aplaudido por toda la concurrencia. Sucesivamente, desfilaron todos los policías de Cruz Blanca y los integrantes de las juntas vecinales.


Ese fue un día muy especial. Por primera vez en toda la historia de la comisaría de Cruz Blanca iba a llegar el ministro del Interior. Las juntas vecinales lo esperaban con entusiasmo y más que todo para agradecerle. A su llegada, ingresó a mi despacho y nos dio algunas recomendaciones en presencia de todas las autoridades que habían acudido. Tuve la oportunidad de expresar mis sentimientos cuando me tocó darle la bienvenida. No soy orador, pero sí me dirigí a todos ellos con entusiasmo y mucho cariño por mi institución, a la que amo y respeto.

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Aproveché la ceremonia para hacer entrega de los 15 artefactos eléctricos a los policías que, en mi opinión, merecían recibirlos. Ahora creo que me equivoqué en el caso de dos personas, que inclusive lloraron por sentir que no se las había reconocido. Toda acción humana lleva el riesgo de error y reconozco que no premié como debía ser a un oficial. Él me entendió después, cuando fue comisario, porque todos los efectivos se irrogan los mismos derechos, cuando no es así. Hay policías que se creen mejores que otros, cuestionan a sus superiores, pero cuando les toca desempeñar cargos similares, son iguales o peores. El pueblo, agradecido, coreaba el nombre del doctor Costa, con quien se reencontraba luego del 15 de junio. El agradecimiento era por el patrullero asignado, así como por la donación de una computadora y un pabellón nacional. Recién tuve la oportunidad de conversar con él cuando, al término de la ceremonia, me invitó a subir a su automóvil y me autorizó a declarar a CPN Radio, con la periodista Zenaida Solís, tarea que creo que cumplí en buenos términos. Posteriormente, el doctor Costa me indicó que tenía que prepararme para viajar a diferentes partes del Perú. Puse en su conocimiento que nunca había subido a un avión y que por ese motivo no deseaba ir a España. Creo que esta confesión lo motivó a notificarme que me dispusiera a viajar a diferentes provincias de Cajamarca en Antonov. Bueno, ante esta orden, el temor a volar empezó a desvanecerse poco a poco. Es necesario puntualizar que de los 100 mil nuevos soles que recibimos, 33 mil se destinaron a comprar uniformes, buzos, ropa deportiva y víveres para el personal. A pesar de ello, unos cuantos se sintieron descontentos.


Participación del Comité Cívico Los miembros del Comité Cívico ya habían comprobado nuestro cambio. En ese momento, la institución estaba presidida por don Humberto Angulo, y el tesorero era don Wilfredo Carbajal Bazán. Además, se habían incorporado los empresarios Hugo Nicho Muguruza, Visitación Gavino Veramendi, Rodolfo Moreno Domínguez, Marcelino Mendoza Palacios, Pedro Zurita Paz y Víctor Zegarra Fernández.

Lo más sorprendente de ellos era que nos acompañaban y apoyaban en la tarea de convencer a la población de que siguiera participando en el programa de juntas vecinales. El Comité Cívico también se dedicó a repotenciar las unidades móviles: adquirieron llantas, efectuaron cambios de aceite, mantenimiento, etcétera. Estaban muy comprometidos con nuestro trabajo.

El viaje a España Como ya señalé, parte del premio consistía en una beca a España para participar, en mi calidad de comisario, en el Segundo Curso para Mandos de Unidades de Policía de Proximidad, que se iba a desarrollar en Toledo del 14 al 25 de octubre del 2002. Para entonces, ya estaba preparado para volar en avión, así que emprendí el viaje. Fue muy importante participar en este curso, pues así fortalecí lo aprendido en la práctica en Huacho. Así mismo, creo que aporté con mis experiencias y fui reconocido públicamente por un participante del Uruguay, quien señaló que a pesar de que había asistido a muchos cursos, por primera vez veía a un peruano con tal nivel de preparación. Para mí fue un elogio inolvidable.

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El Comité Cívico comenzó a realizar una labor muy loable en la que participaron empresarios, vecinos y autoridades locales. Llegaron a recaudar 80 mil nuevos soles, que fueron destinados a la construcción del cerco perimétrico, la remodelación del campo deportivo y la construcción de una pileta eléctrica.


De los 20 representantes de diferentes países iberoamericanos, 4 expusieron sus experiencias, entre ellos yo, el peruano. Muchos dijeron que copiarían nuestro modelo. Lo que más les gustó fue que el comisario saliera a las calles para alternar con la población y todas las actividades que habíamos desarrollado en Huacho. Cuando regresé al Perú, me esperaba otra sorpresa. Gran cantidad de pobladores, que estaban atentos a mi llegada, organizaron una recepción en un conocido hotel de Huacho. Ahí encontré a la mayoría de líderes, incluida mi gran amiga, la profesora Isabel Híjar Gonzales, subprefecta de la provincia de Huaura, mujer que colaboró mucho con la comisaría de Cruz Blanca y con la sociedad huachana en general.

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Tercera juramentación de las juntas vecinales Acostumbrados ya a estas ceremonias, siempre nos esforzábamos para que cada una fuera mejor que la anterior, más aún porque en esta oportunidad nos iban a visitar el doctor Gino Costa, ministro del Interior; el general PNP Enrique Yépez Dávalos, jefe del Estado Mayor de la PNP; y el coronel PNP Adolfo Alfaro Zúñiga, director de Participación Ciudadana, además de las autoridades políticas de Barranca y de otras provincias del Norte Chico. Se trataba de una visita de lujo, por supuesto, y demostraba que la comisaría de Cruz Blanca ya irradiaba prestigio y, lo que era más importante, en un corto período había recobrado por completo la confianza de la población. Hay que precisar que cuando era coronel PNP, el general Yépez Dávalos había sentado los precedentes de nuestro trabajo, formulando el Plan Psicosocial de Seguridad Vecinal. Esa fue la fuente en la que se apoyó básicamente nuestra acción policial comunitaria, claro está, tratando de mejorar algunos aspectos para crear expectativa entre la población. A las 11 horas del 23 de noviembre del 2002 llegaron las autoridades mencionadas, que fueron recibidas por los principales representantes de Huaura, entre quienes destacó el licenciado Hugo Díaz Mauricio. La población ovacionó al doctor Gino Costa. Era increíble observar cómo en poco tiempo se había identificado con el pueblo y era muy estimado tanto por su educación y nobleza como por su sencillez y generosidad.


En esa oportunidad, el despacho ministerial hizo entrega de dos motocicletas Honda de 750 cc, y también de una camioneta Station Wagon, trámite que realizó la Dirección de Participación Ciudadana. El acto principal, que estuvo a cargo del general PNP Enrique Yépez Dávalos, jefe del Estado Mayor, fue la juramentación de las 210 juntas vecinales. La población se mostró muy contenta durante toda la ceremonia y no dejaba de felicitar la labor de la Policía, institución a la que cada día estimaba más.

El segundo año en Cruz Blanca

Recuerdo que cuando nos citaron a Lima a los 15 comisarios finalistas del referido concurso, algunos de ellos me preguntaban irónicamente, una y otra vez, qué había hecho para ganar. Les respondí que solo había cumplido con mi deber profesional, respetando los 11 principios del mando. Les indiqué, además, que mi número telefónico fue difundido entre la población, que todas las llamadas de emergencia eran atendidas de inmediato y que la comunidad controlaba directamente la acción de los patrulleros mediante registros en cuadernos entregados por mi despacho. Esto último no les pareció muy correcto. Ahí comienza nuestro problema: cuando no somos íntegros, no queremos que nadie nos fiscalice. Integridad es una palabra fácil de pronunciar pero muy difícil de llevar a la práctica, sobre todo cuando se trabaja en unidades operativas, encargadas de administrar recursos. Los comisarios comenzaron a respetarme: mis ideas eran claras, daba entrevistas radiales por orden del ministro del Interior, así como del superior inmediato. No tenía la intención de destacar dejando mal parados a otros; solamente me limitaba a describir las actividades policiales de la comisaría de Cruz Blanca.

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El 2002 había sido un buen año. Un día, conversando con mi esposa, le manifesté mi deseo de irme a España o a cualquier país extranjero para estudiar la realidad policial. Como ya he narrado, no pasó mucho tiempo antes de que, en el mes de octubre, ese deseo se concretara como consecuencia de haber ganado el Primer Concurso de Comisarías de la VII Región Policial de Lima por el mejor servicio de calidad al usuario.


Sin embargo, no faltaron personas mezquinas que comentaban que habíamos alcanzado el éxito fácilmente porque se trataba de una comisaría de pueblo joven. Pero el hecho era que nadie se había atrevido a hacerlo y yo no había pedido ser asignado a esta comisaría en especial. Es más: hubiera querido que me envíen a una comisaría con todas las comodidades, como la de Monterrico, La Molina y otras, que contara con un servicio de serenazgo bien organizado e implementado. La verdad, no sé qué se me habría ocurrido en otra realidad social, pero estoy seguro de que hubiera logrado realizar un trabajo productivo.

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Cuando era capitán, había trabajado como jefe de las secciones de investigación de las comisarías de Playa Rímac, La Perla y San Miguel, lugares de diferentes estratos sociales. En provincias, serví en una comisaría de Chiclayo. Tenía experiencia, pero no como comisario. Sin embargo, estaba preparado para asumir este puesto porque antes había sido jefe de Tránsito de la Provincia Constitucional del Callao, un cargo muy importante en el que estuve al mando de 140 efectivos, la mayoría mujeres. Comandarlas no era fácil, pero tenía el apoyo de un excelente jefe provincial, el coronel PNP Carlos Cornejo Chávez, de quien aprendí muchísimo, especialmente a comandar y a tener criterio. Posteriormente, él ha seguido mi carrera muy de cerca. Ahora que me habían ratificado como comisario de Cruz Blanca durante un año más, venía la parte más difícil del trabajo: sostener el rendimiento logrado en el 2002. Unos pocos policías rogaban que yo fuera trasladado; ellos no habían cambiado de verdad, sino solo de apariencia. Incluso sé que hasta movieron algunos contactos, cosa que no les sirvió de nada, porque yo estaba ratificado. Así comenzamos otra etapa, en la que seguía dándoles charlas matinales a todos los miembros de mi personal, pues habían cambiado a los oficiales y a una parte de los suboficiales. Algunos sectores todavía no estaban organizados en juntas vecinales. El doctor Gino Costa ya no estaba en la cartera del Interior, pero mantenía el contacto con nosotros. El coronel PNP Adolfo Alfaro Zúñiga había sido ascendido a general y reasignado a Huancayo. Mi coronel José Campos Muñoz había sido ratificado, punto a mi favor. Aunque resulte difícil de creer, a muchos no les gustaba la forma de trabajar de Cruz Blanca. Aunque se trataba de excelentes comisarios, el problema era el


temor al cambio. No se atrevían a cruzar la línea, pese a que, de haberlo hecho, habrían encontrado aliados. Pero ninguna comisaría del sector norte, excepto la de Huacho, llevó a la práctica el programa de juntas vecinales. Esto fue así a pesar de que existía un compromiso de honor con nuestro comando, que en la práctica fue un saludo a la bandera porque algunos policías todavía pensaban en la «operatividad», es decir, en seguir realizando «operativos» en los que expoliaban a la población.

Contábamos con un Comité Cívico de primera. La presidencia estaba ahora en manos del economista y empresario Wilfredo Carbajal Bazán, quien daba a los vecinos charlas acerca del cambio de actitud. Él participaba en casi todas las visitas a los barrios y nos ayudaba bastante. Cabe resaltar, asimismo, la labor de don Víctor Zegarra Fernández, una extraordinaria persona muy estimada en Huacho, que me ayudó a conocer Santa María. Los nuevos alcaldes de los dos distritos se incorporaron también al comité. Se realizó un trabajo de hormiga para reconstruir parte de la comisaría, en especial el frontis y la cancha de fulbito. Los empresarios de la demarcación nos apoyaban e incluso coordinábamos con la Iglesia católica para efectuar acciones de labor social, pues muy poco se había hecho por los jóvenes en riesgo. Se incorporó al Comité Cívico don Pedro Zurita Paz, un profesor y empresario de la zona que nos ayudó a formular un proyecto, dirigido a la Iglesia luterana, que consistía en la donación de 10 carritos sangucheros para los jóvenes en riesgo, organizados en patrullas juveniles. Las invitaciones no se hacían esperar. Las municipalidades de Carquín, Chancay, Végueta y Paramonga, así como la Universidad Faustino Sánchez Carrión y otras instituciones públicas y privadas, nos solicitaban que demos charlas sobre seguridad vecinal. Lo más importante fue que habíamos sido aceptados por el alcalde provincial, don Víctor Agüero Reves, quien en el pasado se había

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En otro texto, narraré más detalles sobre el trabajo que realizamos, incluso indicando formas, técnicas y procedimientos para conformar juntas vecinales, y lo más importante, para formular un plan local de seguridad vecinal. Esto no está escrito en ningún libro; lo que existe son teorías sin práctica, cuando esto último es lo más interesante, y mejor aún cuando uno ha sido comisario.


mostrado renuente a establecer contacto con la PNP: a todas las autoridades policiales que me antecedieron las había declarado personas no gratas, por lo cual su acercamiento nos llenaba de satisfacción. Comenzamos a irradiar el modelo policial fuera de Lima. Así, nos invitaron a la provincia de Huarmey, donde fuimos muy bien recibidos, y mejor aún cuando nos escucharon. En estas visitas participaban miembros del Comité Cívico, quienes nos apoyaban transportándonos en sus camionetas particulares.

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Por supuesto, realizábamos estas acciones sin descuidar ni un ápice las labores en nuestra demarcación. Prueba de ello es que el 21 de marzo del 2003 juramentaron 94 juntas vecinales, acto que se realizó en el campo deportivo de nuestra comisaría, que estaba totalmente abarrotado. En esa oportunidad, nos honró con su presencia el coronel PNP Teófilo Ludeña Marín, jefe de la Dirección Nacional de Participación Ciudadana. Él, que es una persona muy preparada en el tema, estuvo a cargo de la juramentación. Por otra parte, hicimos una serie de gestiones para adquirir terrenos en los que las juntas vecinales de Hualmay y Santa María construyeran sus locales. De esta manera, logramos obtener uno de 700 metros cuadrados en el primer caso, y otro de 500 en el segundo. Las dos asociaciones de juntas vecinales obtuvieron presupuestos participativos de 40 mil nuevos soles y 60 mil nuevos soles, respectivamente. Los alcaldes comenzaron a donar cientos de casacas, linternas, silbatos. Lo más importante fue que las juntas vecinales de Santa María lograron autofinanciar más de 50 alarmas eléctricas, lo cual era un ejemplo en el Perú. Cada día, la delincuencia temía más al pueblo. La situación había dado un giro de 180 grados respecto a cuando recién empezamos. Era una victoria: policía que pasaba por la calle, era saludado con educación y aprecio por los vecinos.

Algunas piedras en el camino Quisiera narrar algo que debe manifestarse, aclarando antes que yo trabajaba por convicción, no por interés. En marzo y abril del 2003, se acercaron a la comisaría de Cruz Blanca los representantes de una comisión del Estado Mayor,


indicando que se había convocado al Segundo Concurso Intercomisarías de la VII Región, proceso en el que se nombraría al Comisario del Año y en el que participarían las 15 comisarías que habían quedado finalistas el 2002.

El 12 de abril, en una visita a Barranca realizada en compañía de Alberto Sanabria Ortiz, ministro del Interior, el director general les había comunicado al señor Wilfredo Carbajal Bazán y a otros miembros del Comité Cívico de nuestra comisaría que debíamos prepararnos para una sorpresa. Pero esta sorpresa nunca llegó, lo cual no solo no nos desilusionó, sino que más bien consideramos un hecho favorable. Pese a que las comisarías que ocuparon el segundo y el tercer puesto en este concurso ni siquiera habían sido finalistas en el otro, cabe señalar que no nos sentimos descontentos. Fue mejor no recibir este nuevo premio, pues ya nos estaban tratando mal porque pensaban que teníamos algún acercamiento con el doctor Gino Costa, ex ministro del Interior. Creo que uno de los criterios para no darme el título de Comisario del Año fue, precisamente, que se había creado la falsa imagen de que era cercano al doctor Costa. Para calmar todas las dudas, debo aclarar que yo no conocía al doctor Costa antes de los acontecimientos que vengo narrando. La primera vez que conversé con él fue después de haber ganado el concurso, el l4 de setiembre del 2002. El hombre, y en especial el policía peruano, debe estar preparado para cumplir su deber sin esperar recompensa alguna a cambio, pues así son nuestras normas 5

Villanueva Garay, José Antonio. Doctrina policial. Segunda edición. Lima: Mavisa, 2006, p. 5.

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Yo me preguntaba para qué otro concurso como el que se había hecho recientemente, en el cual el pueblo ya había señalado su complacencia por el servicio de calidad que se le prestaba. Pese a mi opinión, en forma disciplinada nos sometimos al concurso. Desconocemos los motivos que tuvo el jurado y respetamos su decisión, pero a mi entender no hubo un criterio de equidad.5 En fin, el hecho es que, con los parámetros de evaluación establecidos, volvimos a ganar, e incluso se comunicó a Huacho que nos preparáramos para el «día D» en el que se realizaría la premiación. Pero como no llenábamos las expectativas de todos los involucrados, se nos sometió a un trato equivocado.


de moral policial. Para mí significa mucho que la Policía me haya acogido y me siento plenamente identificado con ella. También me siento honrado de que me haya permitido llegar a ser comisario, que en verdad es un honor. Pienso que las satisfacciones personales que uno logra nadie nos las quita; en cambio, lo material es pasajero.

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En agosto del 2003, en la Plaza de Armas de la provincia de Huacho se realizó una ceremonia especial. El licenciado Fernando Rospigliosi, ministro del Interior, juntamente con el general PNP Enrique Yépez Dávalos y el jefe de la VII Dirtepol estaban en el estrado oficial, listos para juramentar a los miembros de los comités provinciales y distritales de la demarcación. Las comisarías del norte de Lima, desde Huaral hasta Paramonga, habían invitado a los miembros de sus juntas vecinales, que no llegaban ni a 100 personas en total. En ese momento, hicieron su ingreso triunfal a la plaza las juntas vecinales de Santa María y Hualmay, compuestas por miles de personas organizadas. Sin exageración, ocupaban más de 20 cuadras. Nuestra presencia armó la fiesta; sin ella, la ceremonia se hubiera convertido en un desaire, pues la plaza habría estado casi vacía. Pero a pesar de que la mayoría de las personas presentes eran de nuestra demarcación, cuando las autoridades policiales hablaron, ni siquiera por delicadeza nos mencionaron. Cuando le tocó hacer uso de la palabra el doctor Víctor Agüero Reeves, señaló con toda claridad: «No hay que ser mezquinos. Tenemos que saber reconocer a un hombre que nos cambió de actitud en Huacho, y ese es el mayor PNP Julio Díaz Zulueta». Los miles de integrantes de las juntas vecinales de Cruz Blanca comenzaron a ovacionar a su comisario, dejando mal paradas a las autoridades policiales, que no habían reconocido nuestro trabajo y ni siquiera nos habían mencionado. No me estoy expresando mal de mis superiores, quienes ya no están en actividad, pero quisiera preguntarles si ganaron algo con todo eso. Nosotros continuamos igual o mejor, no solo ese año sino hasta la fecha. Posteriormente, estas autoridades hasta quisieron «premiarme» cambiándome a La Huayrona en el 2004, hecho que no se consumó gracias a la oportuna intervención del general Gustavo Carrión Zavala, director general de la PNP.


En segundo lugar, está el cambio de actitud del personal policial. Cuán equivocados estamos en este terreno. Cómo no nos damos cuenta de que el daño que le hacemos a la Policía puede ser irreparable en el futuro. Y peor aún: no estamos preparados para salir a la calle. Hay muchos policías que dicen contar con una buena formación, pero nunca han trabajado en una comisaría. Yo les recomiendo que lo hagan, porque ese es el ámbito en el que el policía se realiza. Ser comisario es, en una escala mínima, como ser presidente de la República. Pero esto siempre y cuando uno quiera asumir la responsabilidad de serlo; si no, se convierte en uno más de los que estamos acostumbrados a ver. Llegamos al 23 de agosto, fecha en la que fuimos notificados de que teníamos que ir al Ministerio del Interior porque íbamos a ser premiados por haber ocupado el segundo lugar entre las juntas vecinales de Lima provincias. Asistí a dicha ceremonia acompañado por un grupo de grandes personalidades de Huacho: don Wilfredo Carbajal Bazán, presidente del Comité Cívico; don Hugo Nicho Muguruza, vicepresidente del Comité Cívico; don Gumersindo Romero Mandamiento, coordinador general de las juntas vecinales de Santa María; y doña Carmen Licetti Carlos, coordinadora general de las juntas vecinales de Hualmay. Cuando me entrevisté con el doctor Ricardo Valdés Cavasa, viceministro del Interior, le dije en son de broma: «Doctor, nos citan para darnos diplomas, pero cuando es algo económico, ni nos miran». El viceministro me respondió:

47 La comisaría de Cruz Blanca, Huacho

Terminada la ceremonia, marchamos de regreso a la comisaría. Era un sueño: no podía creer a cuántas personas habíamos logrado movilizar. Pensaba que si en el Perú hubiera unos 20 comisarios que tuvieran la misma actitud, la situación institucional cambiaría. Yo creo que más que por displicencia o negligencia, muchos comisarios no se atreven a cambiar porque no saben cómo hacerlo. Por eso, quiero darles algunas pautas para que confíen en que la transformación sí es posible: lo primero es el cambio de actitud del comisario, frase muy en boga en estos últimos tiempos, que muchos escuchamos pero cuyo significado no aprendemos ni aunque traten de enseñarnos. Entonces, si se sabe que ese es el camino, ¿por qué hay tanta resistencia a aceptarlo? Tal vez pese mucho el temor a dejar de percibir los recursos que ofrece la corrupción, pues hay funcionarios públicos que consideran que cada puesto al que acceden puede ser su última oportunidad y tratan de aprovecharla al máximo.


«Tenemos pleno conocimiento, mayor Díaz, de lo que sucedió. Lo que le puedo decir es que las satisfacciones personales son más importantes que las materiales, y vamos a reconocerlo».

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Efectivamente, así lo hizo: al momento de entregar los premios, lo que se esperaba es que nos llamaran en primer lugar a nosotros, que ocupábamos el segundo puesto, y luego a los representantes de Cañete, que habían alcanzado el primero. Pero se hizo al revés: los llamaron a ellos y recién después a Cruz Blanca. Observé que todos los asistentes aplaudieron. Entre ellos estaban el doctor Gino Costa, la licenciada Susana Villarán y otras personalidades. La verdad es que este gesto me llenó de orgullo, no quería nada más. Recuerdo las palabras que me dijo el doctor Costa en esa ocasión: «Bien, comisario Julio. Cuando ganó el concurso del 2002, le dije que no se sobrara, y así lo hizo. Siguió trabajando con mucha modestia».

El adiós a Cruz Blanca Transcurrían los días y los meses de mi último año. Todo estaba saliendo bien: las juntas vecinales se estaban sosteniendo, los policías cada día estaban más solícitos con la población. Me preocupaba el tema de quién vendría a reemplazarme, si continuaría el programa con el mismo entusiasmo o volvería al régimen anterior. Estas ideas constituían mi gran incertidumbre. La población no quería que yo fuera cambiado, pero esto no dependía de mí. Sabía que era necesario que me reasignaran a otro lugar, lo cual me daría la oportunidad de comprobar que en cualquier rincón del Perú se podía sacar adelante un trabajo similar. En la Policía, las reasignaciones anuales se basan en criterios que desconozco, pero que seguramente deben de ser los mejores. De lo que sí estaba seguro es de que si me cambiaban —como tenía que ser, porque dos años en un lugar ya era suficiente tiempo—, los vecinos no solicitarían mi ratificación. Como policía que soy, ya los había preparado para que actuaran dentro de lo correcto. Nunca iba a permitir que se produjeran acciones incorrectas, como aquella idea que escuché de que la gente estaba dispuesta incluso a tomar la Panamericana para exigir que yo me quedara. No miento al


decir que si esta propuesta hubiera prosperado, por lo menos 50 mil personas habrían cerrado la carretera; esto, obviamente, habría sido tomado como un hecho negativo por mi comando, al cual respeto y admiro. Las personas que expresaban estas intenciones estaban preparadas en temas de seguridad vecinal, pero no en asuntos que no les competían. El 20 de diciembre del 2003 tomé el juramento a los representantes de las últimas 70 juntas vecinales, y aproveché la oportunidad para agradecer a la población por todo el apoyo que me había brindado durante mis dos años de gestión como comisario. Les pedí también que apoyaran al nuevo comisario, ya que las condiciones para mantener el trabajo estaban dadas. Como nunca, estuvieron muy tristes.

Para finalizar, les pasé un video en el que se veía tres juramentaciones de juntas vecinales, en las que miles de pobladores aclamaban a la Policía. Creo que en ese momento comprendieron que todo lo que yo había manifestado era cierto. En un gesto de reconocimiento, incluso muchos de ellos se me acercaron a pedirme una copia de mi exposición, señalando que esta había sido la mejor de la semana. Qué podía yo decir, me sentía muy feliz por lo sucedido. Estaba esperando las reasignaciones y pocos días después de que se publicaran, me visitó de improviso el general Gustavo Carrión Zavala, director general de la PNP. Al entrar a la comisaría, me avisó que me estaban cambiando a Lima. Yo no podía creerlo. Por primera vez en mi vida como oficial, le respondí lo que era cierto: yo no poseía ninguna propiedad, excepto un pedazo de terreno en Chiclayo. Mi hija mayor había tenido que cambiarse de colegio nueve veces y la que le seguía, siete. En Lima yo no tenía ni familia ni casa. Este cambio de colocación, que no me favorecía en absoluto, respondía a cuestiones personales, cuando yo nunca le había hecho daño a nadie ni me había expresado mal de un superior.

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El 30 de enero del 2004 viví un gran momento, creo que el mejor de todos los que había tenido. Se trató de una charla de motivación en la que describí mi experiencia ante todos los comisarios de Lima y Callao. Al principio, observé cómo algunos murmuraban —conozco a mis policías, nada les parece bueno—, pero a medida que pasaba el tiempo, me escuchaban con mayor detenimiento.


Creo que el problema era mi procedencia. Yo provenía de la Policía de Investigaciones del Perú, que junto con la Guardia Civil y la Guardia Republicana, se habían disuelto para conformar un solo cuerpo, la Policía Nacional del Perú. Cada una de estas tres ex instituciones, que en este momento ya no existen como tales, en el pasado fueron igualmente importantes para el desarrollo del país. Y en verdad, en el presente esa división ya no tiene ningún peso, pues solo contamos con nuestra gloriosa PNP. Por suerte mía, la mala intención fue neutralizada y a los pocos días fui reasignado a la II Dirtepol Chiclayo, como comisario del distrito de La Victoria, lugar donde había transcurrido mi niñez y adolescencia. El compromiso profesional que desarrollé ahí será narrado en el siguiente capítulo. Relatos de éxito de un comisario / Julio Díaz Zulueta

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Quiero terminar esta parte mencionando a algunas personas que representaron tanto luces como sombras en la experiencia de Cruz Blanca. Al despedirme de esa comisaría, tuve la oportunidad de expresarle mi opinión a un suboficial que me había engañado, pues no había cambiado de actitud. Es cierto que no había cometido falta alguna, pero como no le gustaba el trabajo de las juntas vecinales, les recomendaba a los pobladores que no salieran a rondar, diciéndoles que si como consecuencia de ello enfermaban o eran atacados, nadie los iba a curar. Pero ya era tarde para socavar el trabajo, porque la población había comprendido nuestro mensaje y se sentía totalmente comprometida. Cuando ya estaba fuera de la comisaría, me enteré de que otro suboficial, que tenía estudios superiores, no había nacido para policía, porque no era sincero. Lo que sí quiero es reconocer al suboficial PNP Herman Guerra Añazgo, quien no podía trabajar tranquilo en ninguna subunidad; en su legajo están registradas todas las unidades por las que pasó durante los últimos años. Le di la oportunidad de trabajar y no me decepcionó; por ello, me considero su amigo.


[2] La comisarĂ­a de La Victoria, Chiclayo

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1 Caseta de seguridad ciudadana ubicada en una zona estratégica de microcomercialización de drogas 2 Entrega de patrulleros del Cómite Cívico a la comisaría de La Victoria, Chiclayo 3 Remodelación de la comisaria de La Victoria, Chiclayo 4 El general Víctor Figueroa Romero, jefe de la II Dirtepol, Chiclayo, acompañado por miembros de la junta vecinal del distrito de La Victoria

La comisaría de lA vICTORIA, cHICLAYO

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El 9 de febrero del 2004 me incorporé a la comisaría de La Victoria. Era para no creerlo: el local se encontraba en ruinas, parecía que hubiera sido bombardeado. Había solo cuatro focos; en uno de los ambientes, en el que se había producido un cortocircuito, se alumbraban con velas. Lo único que estaba en buenas condiciones eran los servicios higiénicos. El teléfono oficial de la comisaría estaba a nombre de un suboficial, y para pagar el servicio mensualmente, todo el personal tenía que poner una cuota; es decir, era una puerta abierta a la corrupción. No contaba con una central de radio base. Solamente existían dos computadoras, por lo que la mayoría de efectivos utilizaban máquinas de escribir mecánicas. En medio de todo este caos, recordé de inmediato las condiciones en las que había encontrado el local de la comisaría de Cruz Blanca y en cómo había quedado al final, totalmente implementado. Por otra parte, encontré dos motos en regular estado de conservación y una camioneta Toyota 4 × 4 tan descuidada que se estaba partiendo en dos. El motor necesitaba reparación y las llantas estaban en lona, para qué describir más. Era tan deplorable la situación que no sabía por dónde comenzar. En verdad, era un reto. ¿Cómo trabajar en estas condiciones?

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Una comisaría en escombros


Si la logística estaba en situación deplorable, era fácil deducir cómo se encontraba el personal policial. Totalmente apático, inactivo, desmoralizado… Antes de empezar el servicio, se persignaban para que les fuera bien, mientras que, por otro lado, con frecuencia transgredían muchas normas legales y morales. Por haber vivido desde mi niñez en La Victoria, me resultó fácil averiguar entre la población cuáles eran las actitudes y el comportamiento de los policías. Lo más criticable era que por todo trámite se cobraba. Inclusive me contaron que antes de mi llegada, un efectivo había dicho: «Para mí, las motos; y para el tío, su camioneta». Hasta ese punto de mal estábamos.

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Por otra parte, se descubrió que había policías que consumían drogas. Fueron los propios pobladores los que nos informaron esto durante las visitas y en presencia de las autoridades locales. Frente a esta situación, una alternativa por la que hubieran optado los moralistas era decir que se identifique a estos efectivos y se les dé de baja, Pero no es tan sencillo, tienen que cambiarse esas ideas obsoletas. Lo correcto es encarar explícitamente el tema y cambiar las cosas sobre la base del ejemplo. En la postura que tomen quienes están a la cabeza está la clave para resolver los problemas de una comisaría. Era necesario trabajar fuertemente hasta lograr que el personal cambiara de actitud. No faltan «inteligentes» que en una situación así dicen: «Eso es muy fácil, yo lo hago». Pero nunca intentan llevarlo a la práctica. Solo son promesas, pero al final no hacen nada.

Un plan para enfrentar la delincuencia Una vez analizado el problema del personal policial y de los medios logísticos con los que contábamos para trabajar, faltaba observar el índice delincuencial, en especial los robos, la microcomercialización de drogas y el pandillaje. Nos dimos con la sorpresa de que los asaltos se producían de día y de noche. Focalizamos dónde estaban ubicados los lugares críticos y encontramos 25 centros de microcomercialización de drogas, algunos de los cuales venían


funcionando desde hacía 30 años. Además, había más de 50 pandillas organizadas, que incluso contaban con armas de fuego tipo retrocarga. Dando cumplimiento a la Ley 27933, Ley del Sistema Nacional de Seguridad Vecinal, formulamos un Plan Local de Seguridad1 según el cual dividimos el distrito de La Victoria en tres sectores. En cada uno de ellos, los residentes debían organizarse y capacitarse para constituir, en total, 1.500 juntas vecinales. A esto se sumó la adquisición de dos camionetas 4 × 4 para incrementar el número de patrulleros y la instalación de una central de radio base. Por otra parte, empezamos a gestionar de inmediato un teléfono a nombre del Estado, computadoras y otros materiales.

Aprovechando esta motivación, en el municipio se nombró a los trabajadores de la comuna que se encargarían de apoyar a la Policía en todas las gestiones destinadas a mejorar el servicio. Por cierto, solo uno de ellos nos acompañó desde el comienzo hasta el final. Nos referimos al ingeniero José Capuñay, una persona muy educada y un amigo sincero. Transcurrieron dos semanas y pese a nuestras reiteradas notificaciones, los integrantes del Comité Cívico no se presentaban. Entonces, optamos por citar 1

Yépez Dávalos, Enrique. Seguridad ciudadana. Lima: Instituto de Defensa Legal, 2004.

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Una vez que contábamos con el plan de trabajo, procedimos a visitar a las principales autoridades políticas y policiales. De todas ellas, solamente el alcalde distrital escuchó la exposición completa en compañía de sus principales funcionarios ediles. Describimos la existosa experiencia de Huacho y les señalamos que teníamos el firme propósito de replicarla en La Victoria, pero precisamos que para ello se requería el apoyo de todas las autoridades. Nuestros interlocutores llegaron al convencimiento de que la unión hace la fuerza y por lo tanto se comprometieron a colaborar con nosotros en diversas actividades, más aún cuando el alcalde, que acababa de asumir el cargo, recién se enteraba de que, además, era el presidente del Comité Distrital de Seguridad Ciudadana. Cabe mencionar que el burgomaestre era la autoridad local que gozaba de mayor aceptación entre todos los pobladores de la región de Lambayeque.


a todo el empresariado voluntario de la demarcación para una reunión en la comisaría, a fin de exponerles el plan de trabajo 2004 y nombrar a la directiva del nuevo Comité Cívico. Este encuentro se produjo y salió elegido como presidente el empresario Sergio Cabrejos Jara. Todos los participantes quedaron satisfechos y motivados, y no dudaron en integrarse a la directiva para acompañar al presidente. Es necesario precisar que yo tenía cierto grado de afinidad y consanguinidad con el señor Cabrejos Jara, pero sobre todo sabía que era un hombre cabal que, en gestiones anteriores, al igual que otras personas, había sido maltratado por la Policía.

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Una nueva Policía Se dice que dar los primeros pasos es siempre lo más difícil, pero cuando esto se refiere al cambio de actitud del personal policial, todavía es más cierto. A pesar de que yo había trabajado en esta comisaría en 1996, como capitán jefe de la sección de Investigaciones, pocos efectivos me conocían. Al escuchar las primeras charlas de motivación, muchos se mostraban escépticos y se resistían a abandonar su rutina, sobre todo en las secciones de Investigación de Delitos y Tránsito, y muy en especial en lo que se refiere a la entrega de copias certificadas. La solución estaba en efectuar los ajustes internos necesarios. En algunas secciones, había personal de mi promoción de secundaria, lo cual hizo pensar que gozarían de ciertos privilegios. Muy por el contrario, ellos fueron los primeros en pedir su traslado porque no soportaron las exigencias. Mientras que en Huacho demoramos tres semanas en «limpiar la casa», en La Victoria tardamos cinco. La resistencia al cambio era más fuerte. Lo primero que hicimos fue empezar a entregar las copias certificadas de inmediato. El número del teléfono se difundía mediante los «mosquitos» que se imprimieron por millares en la imprenta de don Ángel Camacho Lanza, integrante del Comité Cívico y activo colaborador. De esta manera, la población empezó a enterarse de que podía llamar por teléfono a cualquier hora del día o de la noche y recibir una respuesta inmediata en casos de emergencia. Por


supuesto que estaba terminantemente prohibido insinuar que se nos entregara alguna dádiva. Empezamos a cumplir nuestro deber: atender con amabilidad y esmero a todos los pobladores. Por cierto, con este cambio de actitud se trataba únicamente de volver a la normalidad, a una actitud que el policía debe practicar a diario en su trato con las personas. Pero la costumbre y la rutina habían impuesto otra dinámica, y por ello teníamos que trabajar con fuerza en ese aspecto.

En marzo, la superioridad me envió a Trujillo junto con dos oficiales superiores, uno de los cuales había sido elegido Comisario del Año en el 2003 en Lambayeque. Cuando escuché su exposición, me pareció muy interesante su trabajo en el marco de la Policía Comunitaria, pero consideré que mi experiencia en Huacho era la ideal para aplicar en Chiclayo. El tiempo me dio la razón. En abril, el Comando de la institución, a solicitud del doctor Gino Costa, me autorizó para viajar a Cajamarca a exponer mis experiencias en seguridad ciudadana ante los comisarios y alcaldes de esa localidad. Cuando comenzé a hablar de mi trabajo, no observé nada raro, pero cuando terminé prendieron las luces y me di con la sorpresa de que estaban presentes dos generales: uno el general PNP (r) Enrique Yépez Dávalos, creador del programa de Participación, de quien aprendí muchísimo y cuyas enseñanzas apliqué realizando innovaciones en algunos aspectos. Y el otro, el general PNP Víctor Figueroa Romero, jefe de la II Dirtepol y por tanto mi director regional. Terminada la exposición, el coronel jefe de la región Cajamarca se me acercó muy preocupado para preguntarme por qué motivo no me había presentado al general Figueroa en Chiclayo. Yo estaba tranquilizándolo cuando justo en ese momento escuché que el general Figueroa me llamaba. Cuando estuve frente a él, me hizo la misma pregunta. De inmediato, le dije que sí había acudido a su despacho, y que en esa fecha me había encontrado con el coronel PNP Zapata.

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Procedimos a replicar el modelo de Huacho premiando las acciones de los mejores policías del mes. Una manera de hacerlo era buscarles trabajos individuales que ellos pudieran realizar en su tiempo libre y darles facilidades para que los cumplieran.


El general Figueroa recordó recién que así había sido, y manifestó ante muchos oficiales superiores que estaban presentes que con «10 Díaz Zulueta» podría asumir una tarea difícil: implantar la seguridad vecinal en todo Chiclayo.

La batalla contra la droga

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Una vez «limpia» la casa, nos atrevimos a salir a buscar a la población. El 24 de marzo convocamos a los pobladores del pueblo joven El Bosque. A la reunión asistieron cerca de 1.500 personas. Estaban presentes además las autoridades locales, encabezadas por el alcalde, pero lo más importante para mí era la presencia de una persona que me había apoyado desde el comienzo: el coronel PNP Pedro Rojas Goicochea, jefe de la Región Lambayeque. Aquel día nos reencontrábamos con el pueblo. Todos aplaudían los cambios logrados y los que se proponía. Muchas personas me conocían y confiaban en nosotros, lo cual facilitaría el trabajo. Todos salímos muy satisfechos. Habíamos dividido La Victoria en tres sectores. Iniciamos el trabajo en el primero, el más peligroso, en el que se presentaban problemas de microcomercialización de drogas, delincuencia y pandillaje. Por razones estratégicas y basándonos en nuestra experiencia, consideramos que no era conveniente atacar los tres temas a la vez. En marzo, me había visitado el comandante PNP (r) Juan del Carmen Arrascue Guerrero, solicitando apoyo policial. Cerca de su domicilio, entre las calles Mayta Cápac y Fraternidad, varios microcomercializadores de drogas vendían sus productos. Era tanta la impunidad que ya habían perdido la vergüenza: sacaban sus colchones y televisores a la calle para esperar cómodamente a los clientes que acudían a comprarles la droga. Para ingresar a sus viviendas, los vecinos tenían que pagar un cupo, y lo más triste era que policías de diferentes subunidades también llegaban a cobrar sus respectivos cupos. Le respondimos, con las disculpas del caso, que teníamos que priorizar nuestro sector, en el que se presentaban los mismos problemas, pero le prometimos que, según nuestra programación, en tres meses llegaríamos a su sector, que


era el tercero en nuestra lista. El comandante Arrascue no se fue conforme, pero sí esperanzado en que cumpliéramos nuestra promesa. Debíamos dar el primer golpe a la droga y tenía que ser en el primer sector de La Victoria, en el que había 25 puntos de venta. Para ello, me entrevisté con Cristóbal Fernández Cubas, coordinador zonal de las juntas vecinales del sector «del fondo», ubicado en la cuadra 19 de Huayna Cápac, donde actuaban cuatro conocidos microcomercializadores de drogas, cuyos alias eran Cubillas, Safari, Cachema y Johnson.

Los vecinos tenían miedo, lo cual era comprensible. Por ello, tomé la decisión de visitar continuamente la zona, a fin de que tanto al personal policial como el coordinador zonal se sintieran directamente respaldados. El objetivo era que sin el apoyo de los malos policías con el que hasta hacía poco habían contado, los delincuentes sintieran que la justicia tarda, pero llega. Pese a las amenazas a los dirigentes vecinales, ellos continuaron trabajando porque estaban seguros de que contaban con nuestro apoyo. No pasó mucho tiempo antes de que se vieran los resultados: otros microcomercializadores menos avezados, presionados por las efectividad de la acción policial, empezaron a abandonar sus turbios negocios. Nuestras intervenciones eran impecables. Por ejemplo, un delincuente conocido como Koyac, que tenía en su récord más de 50 asaltos a mano armada a transeúntes, mantenía atemorizada a la población del entorno del mercado AZ, del primer sector. Para avanzar al segundo sector, necesitábamos neutralizar la acción de este malhechor, sobre todo tomando en cuenta que la ceremonia de juramentación de las juntas vecinales estaba programada para el 8 de mayo. Gracias a la información proporcionada por el vecindario, capturamos a Koyac y con esta acción les dimos más confianza a los pobladores para que participaran en el programa Vecino Vigilante.

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Nuestro operativo se inició el 10 de abril del 2004. De inmediato, se dispuso que las viviendas de los microcomercializadores empezaran a ser vigiladas por una pareja de policías durante las 24 horas del día. La población, previamente advertida, apoyaba desde las 22 hasta las 4 horas.


El trabajo se consolida De acuerdo con nuestro plan de trabajo, el 8 de mayo del 2004, en la plaza del pueblo joven El Bosque, juramentaron 350 juntas vecinales. Asistieron a dicha ceremonia, entre otras autoridades, el señor Yehude Simons Munaru, presidente de la región, y el general PNP Víctor Figueroa Romero, jefe de la II Dirtepol. No quiero dejar de mencionar una presencia muy especial, que dio realce a la ceremonia y representó mucho para mí: en aquella ocasión, nos visitaron las juntas vecinales de los distritos de Hualmay y Santa María, encabezadas por la señora Carmen Licetti Carlos, coordinadora general de Hualmay, y por el ingeniero Carlos Estupiñán Demutti, alcalde de la Municipalidad de Santa María. Relatos de éxito de un comisario / Julio Díaz Zulueta

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Cuando me tocó hablar, aproveché la oportunidad para invocar a las autoridades presentes a que se esfuercen al máximo por hacer cumplir la Ley de Seguridad Ciudadana. Les recordé sus funciones y les hice notar que, hasta ese momento, solamente una autoridad me había escuchado. Los miles de pobladores que asistieron a la ceremonia salieron contentos, con el objetivo claro de apoyar el trabajo de la Policía de su demarcación. En La Victoria, la acción de las pandillas era sumamente peligrosa. Recuerdo que cuando recién llegué, los pandilleros pasaban por mi casa rompiendo todo lo que encontraban a su paso. Era insoportable. Sin embargo, los grupos violentos fueron desapareciendo como por arte de magia. Me pasó lo mismo que en Huacho: al principio, no me explicaba claramente cómo se estaba logrando la erradicación, pero después advertí que en la rondas participaban los propios padres y madres de los pandilleros. Gracias al trabajo conjunto, los vecinos tomaban mayor conciencia acerca de que no solamente era posible mejorar la seguridad en el barrio, sino ejercer un control más efectivo sobre sus propios hijos. De esta manera, se efectuaba un proceso de resocialización de los jóvenes y de fortalecimiento familiar. En muchos casos, los vecinos asumían el control de aquellos pandilleros que no tenían padres; inicialmente, les parecía muy incómodo reeducar a hijos ajenos, pero después tuvieron que aceptar la tarea por el bien de la comunidad.


Después de ordenar el primer sector —la avenida Circunvalación hacia el sur—, entramos al segundo: la avenida Los Incas hacia el oeste. Visitábamos barrio por barrio. La población ya nos esperaba y reclamaba que la capacitemos. Los vecinos estaban cansados de la situación y consideraban que esa era su oportunidad para cambiarla. Nosotros coincidíamos plenamente con esa idea: se trataba de una ocasión que no se podía desperdiciar.

Compartiendo nuestros logros

La exposición se limitó a describir cómo encontré y cómo estaba en ese momento la comisaría de La Victoria, y no solo según la versión del comisario sino sobre todo en opinión del vecindario. Enfaticé en que el personal policial sí quería promover el cambio, razón por la cual fuimos los primeros en hacer reformas, trabajando en equipo y motivando a la población para que confíe en nosotros y colabore en la tarea. Nuestro propósito, afirmé, era seguir mejorando hasta lograr ser la mejor comisaría del Perú en cuando a brindar un servicio de calidad al usuario, y por qué no, la mejor de Iberoamérica y del mundo, posibilidad que pude entrever en España. Estos logros iniciales nos enorgullecen, continué, mas no sentimos ni la soberbia ni la arrogancia de una absurda vanidad; por el contrario, solo queremos cumplir con nuestro deber profesional y resolver los problemas policiales que aquejan a nuestra sociedad.

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El 8 de junio, el ingeniero José Salazar García, alcalde provincial de Ferreñafe, me invitó, por sugerencia del comando de la II Dirtepol, a dar una conferencia sobre seguridad ciudadana. Cuando ingresé al local, me estaban esperando más de 30 integrantes de las juntas vecinales de La Victoria y ¡sorpresa!, recién cuando estaba en el atril advertí que estaba presente todo el comando de la II Dirtepol, además de los funcionarios de la municipalidad y otros invitados de la provincia. La satisfacción que experimenté era muy grande y solo atiné a expresar que me sentía muy honrado de estar frente a un auditorio tan selecto, en especial por la presencia del jefe de la II Dirtepol Chiclayo, el general PNP Víctor Figueroa Romero.


El general Figueroa, convencido de mi exposición y del trabajo que estábamos realizando, ordenó inmediatamente que se celebrara una reunión de comando en el despacho del alcalde, y le preguntó al comisario de Ferreñafe qué iba a hacer en el futuro. Él le respondió que viajaría a Trujillo a fin de aplicar el mismo programa en ese lugar. Nuestro general se molestó con esta respuesta y le ordenó que fuera a mi comisaría y observara el modelo; le dio 30 días para que organizara la juramentación de 50 juntas vecinales. Yo me sentía incómodo de haber sido testigo de esta amonestación, razón por la cual el día en que mi colega fue a visitarme lo atendí lo mejor que pude. Creo que él se sintió mejor con el trato cordial y reconoció que nos animaban objetivos comunes.

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El general Figueroa dispuso que 26 oficiales y suboficiales de 11 comisarías de Lambayeque fueran puestos a disposición de mi comisaría, a fin de que observaran in situ el modelo que ahí se aplicaba. Consideré que la mejor forma de enseñar y aprender era a través de un cursillo, así que en el acto lo organizamos. Los profesores éramos las mismas personas que trabajábamos en las distintas secciones. Así, además del comisario, los oficiales y suboficiales narraban sus experiencias: cómo se entregaba inmediatamente un certificado, cómo se atendía el llamado de auxilio de la población y se respondía en el momento. El encargado de la sección de Tránsito explicaba cómo era la atención al público. El personal policial que nos visitó empezó a quejarse de sus comisarios y de la mala administración de los recursos, temas que no podían expresar en sus propias sedes por temor a las represalias. Se trataba de un problema que teníamos que aceptar con hidalguía y enfrentar con discreción, para no dañar la imagen institucional ni motivar rencores por ponernos en contra de «intereses personales». Por esto, lo más sano era propiciar el cambio de actitud. Al término del cursillo y con el fin de asumir tareas concretas, se firmaron actas de compromiso juntamente con el general Figueroa, jefe de la región. El coronel PNP Pedro Rojas Goicochea y el comisario consignaban la fecha y el número de juntas vecinales que tenían que organizar y hacer juramentar en ceremonia cívica. Muchos suboficiales mostraron su expectativa y les dimos nuestros teléfonos a fin de mantener constante comunicación. Teníamos que


cuidarlos de posibles represalias, cosa que felizmente no sucedió porque contábamos con el pleno apoyo del general Figueroa. Todo fue un éxito. Se prepararon dos cursillos más: uno en la comisaría de La Victoria y otro en El Porvenir, aunque la mayoría de docentes policiales pertenecían a la primera. En esa experiencia, el único efectivo que no pudo trabajar fue un oficial de la comisaría de Leonardo Ortiz, quien tuvo problemas con su comisario. Desconocemos los motivos de la desaveniencia, pero podemos suponer quién tenía la razón, pues al año siguiente ese comisario fue reasignado a La Victoria, donde el pueblo cuestionó su proceder.

Más juntas vecinales juramentan El 8 de julio juramentaron 50 juntas vecinales en Ferreñafe, y la verdad que fue una sorpresa la respuesta de la población después de apenas un mes de acercamiento. La multitud aplaudía a su Policía en la persona de su comisario, y en especial al general Figueroa cuando hizo uso de la palabra. El 26 de ese mes juramentaron en La Victoria 500 juntas vecinales. Se trató de un acto apoteósico, toda una fiesta cívica. Nuestro general Víctor Figueroa ya estaba con nosotros y uno de los más contentos era el coronel PNP Pedro Rojas Goicochea. Tuvimos la satisfacción de que, nuevamente, se hiciera presente otra comisión de Huacho que narró su experiencia, lo cual motivó aún más a los victorianos. En diferentes partes de Chiclayo, Lambayeque y Ferreñafe ya se estaba aplicando el modelo de servicio policial que había sido puesto como ejemplo para seguir y superar.

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También tuve la oportunidad de dar una conferencia a todos los comisarios de la región Lambayeque. Al finalizar, muchos de ellos se entusiasmaron, pero creo que los más motivados eran los subalternos que asumían labores de comisario. Con esta actividad culminó la difusión de nuestro trabajo a los comisarios de la II Dirtepol de Lambayeque y Cajamarca.


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Con frecuencia, me comunicaba telefónicamente con el general Figueroa, quien me daba noticias sobre las juntas vecinales de Ferreñafe, a las que él había apoyado directamente. En una de esas conversaciones, lo invité para que alguna noche pasara a visitar personalmente a las juntas vecinales de La Victoria. Él aceptó mi invitación, para la cual programó media hora. Llegó a la entrada de La Victoria a las 22 horas y a las 3 de la madrugada me preguntó, exhausto y sorprendido, cuántas juntas más faltaba visitar, porque no había cuándo acabar: la población no dormía. Parecía de día: unos 700 vecinos rondaban en la mayoría de calles. Le respondí que faltaba más de la mitad y, no muy conforme, se despidió y se marchó en silencio. Al día siguiente, continuó su visita y en verdad que no había cuándo terminar. A partir de ese momento, puedo afirmar sin temor a equivocarme que ni un solo día dejó de visitar a nuestras juntas vecinales y apoyarnos personalmente.

Cumpliendo nuestra promesa de luchar contra las drogas En setiembre entramos al tercer y último sector. Para entonces, el comandante PNP (r) Juan del Carmen Arrascue Guerrero había fallecido, pero seguramente desde el más allá nos observaba para ver si cumplíamos nuestra palabra de ordenar ese sector. Así que nos hicimos presentes en una zona compuesta por cerca de seis manzanas. Notificamos de emergencia a todos los vecinos para que participaran en una reunión extraordinaria a la que asistieron más de 300 personas. Les manifestamos nuestro interés de trabajar con ellos porque sabíamos que existían más de nueve puntos de microcomercialización de drogas, entre los cuales destacaban los conocidos como Manuel y Los Tulos. Los lugares más peligrosos eran las intersecciones de las calles Lloque Yupanqui y Fraternidad, así como Mayta Cápac y Quipus. Los vecinos, quienes tenían noticias sobre las acciones que habíamos realizado antes, manifestaron su propósito de constituirse en juntas vecinales. Había que aprovechar ese entusiasmo y organizar una acción policial rápida y efectiva, que nos asegurara ganar la lucha contra las drogas.


El 2 de setiembre del 2004, la junta vecinal de la cuadra 19 de Huayna Cápac inauguró la segunda caseta policial en un acto que contó con la presencia de más de 1.000 pobladores que apoyaban totalmente a la Policía. Entre ellos había profesores universitarios, policías de otras demarcaciones que vivían en ese lugar, ingenieros, médicos, amas de casa, mototaxistas. Esa misma noche comenzaron a trabajar.

A partir de la inauguración de la caseta, la población se mantenía despierta para impedir que malos policías de otras demarcaciones llegaran a cobrar cupos. Con este fin, organizaban rondas todos los días. En la zona había más de 500 consumidores de drogas o fumones. Algunos de ellos eran controlados por los propios vecinos, sin necesidad de acudir a centros de rehabilitación, lo cual nos llevó a advertir que en la mayor parte de los casos, basta el control social para que los consumidores se alejen de la droga. Encontramos pocos casos de adictos, es decir de personas que verdaderamente estaban enfermas, y con ayuda de nuestros contactos, logramos internarlos en centros especializados de rehabilitación. También inauguramos dos casetas más. Sentíamos que habíamos adquirido la fuerza suficiente para realizar esta labor con el apoyo permanente del pueblo y en especial del general PNP Víctor Figueroa Romero, quien todas la noches nos acompañaba en las rondas. Pienso que al comienzo no creía que trabajábamos 20 horas y dormíamos solamente 4, pero luego se convenció de que así era.

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Hubo un incidente generado por los celos políticos: el alcalde se sintió fastidiado porque en la caseta, que había sido donada por el congresista Wilmer Rengifo Ruiz, había una inscripción con el nombre de este señor. Por este motivo, ya no quiso participar, aunque después se dio cuenta de su error. Es cierto que había personas que hacían aportes como este y ponían sus nombres, pero lo importante era que apoyaban de inmediato, sin trabas burocráticas. Como nosotros no teníamos el menor afán político, nos mostrábamos agradecidos por cualquier donación que nos ayudara a alcanzar nuestro único objetivo: lograr el orden y la seguridad ciudadana.


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La caseta policial de auxilio rápido fue ubicada cerca de mi domicilio, de la casa de mis padres, donde transcurrió mi niñez y adolescencia. Era inadmisible que después de 30 años aquel lugar se hubiera convertido en un punto de venta de drogas manejado por cinco delincuentes —Ñeco, Noe, Julio, Koky y Nino— que habían deteriorado la imagen de este barrio.

Relatos de éxito de un comisario / Julio Díaz Zulueta

Este esfuerzo abnegado y perseverante se desplegaba sin quejas ni reclamos, posturas tradicionales en la Policía. Sin embargo, es justo señalar que a los quejosos no les faltaba razón, porque en verdad hay escasez de personal, los patrulleros suelen estar en mal estado y los medios logísticos son insuficientes para enfrentar a la delincuencia. Pero la diferencia está en trabajar con propósitos concretos y estratégicamente ordenados: se empieza con lo que uno tiene y poco a poco, sobre la base de los éxitos, se mejora la situación.

La Iglesia evangélica nos prestó un importante apoyo. Su pastor, Jesús Pérez, integrante de la junta vecinal de la calle Inca Roca —donde vive mi mejor amigo, el coordinador zonal de las juntas vecinales Arnaldo Edgardín Rodríguez—, proyectaba películas de contenido religioso y difundía la doctrina cristiana mediante la palabra de Dios, mostrando cuánto daño hacen las drogas. Estas funciones cinematográficas se efectuaban en la calle, frente a las casas donde se vendía droga, y de esta manera se pudo sensibilizar a la población. Esta labor se complementaba con charlas cuyo fin era fortalecer la voluntad de los vecinos de luchar contra este flagelo, una de cuyas consecuencias eran los asaltos de día y de noche. Eliminado el problema de las drogas, desaparecen también los robos, y la población comienza a disfrutar del clima de seguridad y a recuperar sus derechos y libertades. A la ceremonia de inauguración de la tercera caseta asistieron más de 1.500 personas. Estuvo presidida por el jefe de la Dirtepol, el general Víctor Figueroa, amigo incondicional que pregonaba públicamente su apoyo a la lucha frontal contra la microcomercialización de drogas. Era un líder muy respetuoso de su cargo, que se preocupaba por ir personalmente a las reuniones con los pobladores de diversos sectores de La Victoria. Con mucha habilidad, aplicó el programa en El Golfo, el lugar más peligroso de Chiclayo, operativo para el cual contó con el apoyo de los jefes de las diferentes subunidades.


Luego de la inauguración de la tercera caseta, se logró erradicar más de 20 centros de microcomercialización de drogas. Mediante la acción directa de los pobladores, se impedía que los vendedores actuaran, y cuando ellos veían que el «negocio» no funcionaba, se trasladaban a otros lugares u optaban por lo más fácil y digno: dedicarse a actividades lícitas.

El mejor instrumento eran las normas, porque cumpliéndolas en forma estricta se garantizaba la legalidad de los programas de acción. La fuerza más poderosa con la que contábamos era el apoyo del pueblo, cuya participación está legalizada en la directiva anexa a la Ley 27933,2 en la que se señala que las juntas vecinales son instancias preventivas, informativas y de proyección social. Era claro y objetivo que la participación de la comunidad se había legalizado. La cuarta y última caseta fue instalada en la intersección de las calles Mayta Cápac y Los Quipus. La comunidad victoriana había entendido que teníamos que trabajar juntos para restablecer la tan esperada tranquilidad. El general Víctor Figueroa replicó este modelo, con mucho éxito, en otros lugares de Chiclayo. Nosotros apoyábamos su trabajo con nuestras juntas vecinales, cuyos miembros ya iban a exponer sus experiencias en otros lugares. Recibíamos muchas invitaciones para ir a dar charlas a diferentes distritos y provincias. Nos hicimos conocidos en toda la región e incluso fuera de ella.

2

Yépez Dávalos, ob. cit., p. 127.

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Otro mal que era necesario combatir era la presencia de discotecas clandestinas y de mala reputación, donde pululaban proxenetas y otros sujetos al margen de la ley que con frecuencia se enfrentaban violentamente contra los pandilleros, ocasionado daños materiales y personales a la población. Una vez que se inició el movimiento de seguridad vecinal, empezaron a clausurarse las discotecas, sobre todo las de la cuadra seis de la avenida Los Incas y las de Los Quipus. En algunos casos, el cierre se debía a la acción legal de la municipalidad; en otros, a la presencia de las rondas que organizaba la comunidad. La Policía debía estar presente en ambos casos para garantizar que no se cometieran arbitrariedades ni atropellos contra los derechos humanos, que por suerte no se produjeron en ningún caso.


La juramentación de 450 juntas vecinales El 11 de setiembre del 2004, nos visitó el doctor Gino Costa Santolalla, quien en ese momento tenía un programa en CPN Radio. En un recorrido nocturno, comprobó que se estaba realizando un trabajo similar al de Huacho. Dialogó largamente con los vecinos, motivándolos a que nos siguieron apoyando.

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La ceremonia de la tercera juramentación de 450 juntas vecinales, que se realizó ese día en el Parque Obrero, fue transmitida en directo a todo el Perú por CPN Radio. En esa ocasión, escuché algo que no podía creer: el general Figueroa declaró en una entrevista que con esta experiencia, él había aprendido mucho sobre seguridad ciudadana. Fue un elogio excesivo para el trabajo policial que estábamos realizando, que si bien era tan novedoso como arduo, solo consistía en cumplir con nuestro deber profesional. Por otra parte, el ingeniero Wilmer Rengifo Ruiz, congresista de la República, a través de su asesor, el administrador Juan Zumaeta Pérez, afirmó que muchas veces había visitado el comando de la II Dirtepol y observado que no se hacía nada por combatir la microcomercialización. El señor Zumaeta señaló que, por ejemplo, entre las calles Lloque Yupanqui y Fraternidad se vendía droga desde hace muchos años, y que nadie había intentado darle solución al problema. Por eso, cuando a los vecinos se les presentó la oportunidad de contar con una caseta en su barrio, apoyaron de inmediato sin medias tintas. La verdad es que, hoy en día, a cualquier ciudadano que se le pregunte qué es lo que más quiere para su localidad, suele contestar que antes que la inauguración de obras, la recolección de basura e incluso la creación de puestos de trabajo, le preocupa la seguridad vecinal. En buen romance, el principal anhelo de los pobladores es poder transitar por el espacio público sin temor a ser asaltados ni atacados por los pandilleros, y que sus hijos crezcan lejos del vicio de las drogas y del alcohol. Los vecinos de La Victoria no son una excepción: jamás olvidarán cómo vivían antes y cómo viven ahora. Cabe resaltar que a muchos policías entendidos en el acercamiento a la comunidad no les convence la idea de que el pueblo participe en la prevención. Yo les doy la razón, pero les pido que propongan otra alternativa. En el pasado, nos


preocupábamos por acercarnos a los vecinos, pero ahora los hemos descuidado por realizar otras acciones policiales que, en verdad, son secundarias. Lo básico, aquello por lo que tanto clama la ciudadanía, es la seguridad.

Los pobladores victorianos iban a otros lugares a enseñar cómo cuidaban sus calles. Así, visitaron Picsi, Monsefú, Ferreñafe, Leonardo Ortiz y en especial Diego Ferré, donde el general Víctor Figueroa Romero formaba a las juntas vecinales con el apoyo de excelentes comisarios. Por ejemplo el de Ferreñafe, el mayor PNP Carlos Medina Silva, era muy estimado y respetado en la comunidad provincial. Incluso en una ceremonia, un poblador se acercó con un ramo de flores al estrado oficial y un funcionario municipal se puso de pie para recibirlo, pero esta persona pasó de largo y se lo entregó al comisario. No sorprende tal actitud, pues es resultado del liderazgo de la Policía.3 Para mí es un motivo de satisfacción que los comisarios cumplan su deber profesional. Considero que no es nada difícil. Me parece que todos los comisarios tienen la capacidad potencial de hacerlo, pero les falta aplicar los principios de mando utilizando las estrategias que requiere la realidad social de cada comunidad. Tienen que hacerlo con creatividad, ingenio y talento, que en esta época tanto se necesitan para recobrar la confianza de la población. La Victoria adoptó un nuevo perfil basado en la seguridad. La ciudad se ordenó: nadie libaba licor en las calles, se erradicaron 23 puntos de microcomercialización 3

Villanueva Garay, José Antonio. Doctrina policial. Segunda edición. Lima: Mavisa, 2006, p. 184.

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Estoy convencido de que con una buena preparación y organización, se puede evitar exponer a los pobladores a riesgos innecesarios o a que se excedan y, por ejemplo, traten de linchar a los delincuentes. Sobre la base del talento y la creatividad, se pueden aplicar innovaciones, y obviamente también aprender de otras experiencias, imitando lo bueno. Organizar a todo un distrito nunca es una tarea fácil. Para lograrlo, tenemos que unirnos, en primera instancia, con las autoridades, y luego buscar a quien nos debemos: el pueblo. De esta manera se pueden aplicar programas de acción seguros y eficientes, en los que nosotros aportemos con la profunda convicción de que la PNP tiene un carácter eminentemente social y persigue fines nobles.


de drogas, se eliminó el pandillaje, los robos a domicilio se redujeron en 99%. Todo era producto de la acción policial apoyada por la población; así se logró satisfacer el clamor social de orden y seguridad.

El valioso apoyo del Comité Cívico

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La alianza entre la Policía y el pueblo se veía reforzada por el trabajo del Comité Cívico, que nos apoyaba tanto realizando visitas diarias a diversos sectores de la demarcación como impulsando obras en la comisaría. En primer lugar, construyeron una losa deportiva de básquetbol. Luego cambiaron todo el sistema eléctrico, compraron un enrejado para el frontis, instalaron lunas polarizadas en diferentes oficinas, asfaltaron 250 metros del parqueo vehicular, entre otras obras necesarias. El comité estaba presidido por los mellizos Sergio y Zenón Cabrejos Jara, y contaba con un conjunto de vicepresidentes: el ingeniero Félix Ipanaqué, don Segundo Campos, Genaro Centurión, Ángel Camacho Lanza, Carlos Castillo, entre otros. Ellos estaban convencidos de que un personal policial que había cambiado su actitud merecía que se lo apoyara. Eran testigos de cómo los efectivos atendían a la comunidad de la manera más cordial y de que nunca volvieron a participar en los famosos «operativos», que lejos de beneficiar a la población, servían únicamente para que los malos policías arrebataran sus recursos a los más pobres, como los mototaxistas y taxistas, quienes ya se habían acostumbrado a sufrir una serie de arbitrariedades. Lo más valioso que hizo el Comité Cívico fue adquirir dos unidades móviles policiales, de cuyo mantenimiento se encargaron hasta el día en que me fui. En una oportunidad, los hermanos Cabrejos Jara, don Segundo Campos y Genaro Centurión donaron 2 mil dólares para comprar la cuarta unidad móvil policial. Tampoco puedo dejar de mencionar a algunos empresarios que, sorprendidos por el cambio de actitud de la Policía, comenzaron a acercarse y a apoyar decididamente a la reconstrucción de la comisaría. Cuando ellos nos preguntaban de qué manera podían apoyar, nosotros les pedíamos que coordinaran con el Comité Cívico.


El señor Burga, conocido empresario de Chiclayo y dirigente deportivo, donó más de 100 mil nuevos soles. Otro empresario, que ni siquiera vivía en nuestra demarcación, fue hasta la comisaría y nos donó una computadora Pentium 3. De este modo, logramos adquirir una central de radio base, sillas nuevas, 15 puertas nuevas y otros bienes cuya mención sería muy extensa. Nunca dejaré de sentir gratitud por estos ciudadanos que colaboraron con nuestro trabajo de manera tan desinteresada, en especial los miembros del Comité Cívico.

Yo creo que en todo esto tuvo mucho que ver la ignorancia. Algún día se comprenderá que nosotros trabajamos con la mejor intención y la mayor rectitud, como auténticos policías interesados en cumplir su misión. Trabajamos con honor, sin hacerle daño a nadie. Claro que nuestra presencia no era del agrado de los delincuentes ni de muchas otras personas que actuaban al margen de la ley y eran enemigas de la seguridad y el orden público. En los lugares en los que he trabajado, no ha faltado un grupo de malintencionados que me acusaban de hacer política. No podían reconocer que, simplemente, éramos un grupo de policías. Nuestro partido político es la peruanidad; nuestra ideología, el patriotismo.

Todo tiene su final En ese contexto, el general Víctor Figueroa fue cambiado a la IV Dirtepol Tarapoto. Pobladores de diversos lugares del departamento de Lambayeque se reunieron espontáneamente y salieron a marchar por las principales arterias de Chiclayo hasta llegar a la Plaza de Armas. Su clamor era que el general se quedara en Chiclayo, porque había hecho mucho pero faltaba más por hacer.

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Por otra parte, me di cuenta de que el alcalde desconocía el reglamento de las juntas vecinales. En esas circunstancias, comenté que la manera más sana de evitar que fueran politizadas era legalizar su constitución y asentarla en los Registros Públicos de Asociaciones Civiles. Así trabajan hasta la fecha las juntas vecinales de Huacho, pero en La Victoria hubo otros intereses que impidieron la aplicación de esta medida. Por ello, actualmente quedan pocas juntas vecinales y es muy fácil saber quién está contento por este resultado.


Por mi parte, yo solamente esperaba que se publicara la orden con las reasignaciones anuales. En el fondo, después de tantos años de trabajar en una comisaría, me sentía cansado, pues eran condiciones demasiado sacrificadas no solo para mí, sino sobre todo para mi familia. Sin embargo, lo que más preocupaba era la posibilidad de que quien me relevara no continuara el trabajo. Temía que llegara una persona carente de habilidad o que antepusiera sus propios intereses.

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Para despedir al general, preparamos una ceremonia a la que solo pudimos invitar a los coordinadores, porque eran tantos que no había más lugar en nuestro coliseo deportivo. Cuando hice uso de la palabra, como sabía que mi cambio también estaba cercano, aproveché para despedirme en forma muy sutil. Pero los vecinos lo notaron y hasta hubo algunos que se pusieron a llorar. Desde el principio, yo les había dicho que me iba a quedar solo un año en La Victoria. La gran mayoría reconoció lo abnegado del trabajo policial y por eso nos brindó todo su apoyo durante esos 12 meses de fructífera labor. No sé qué pensar del comisario que me relevó en La Victoria. A la luz de los hechos, solo puedo señalar que siempre sugerí que la persona que ocupe este cargo no sea designada al azar, sino seleccionada con cuidado. Pero además, debe recibir una capacitación previa y firmar un acta de compromiso en la que renueve su juramento profesional. Y si no lo hace, debe ser separada de la institución, porque una persona que no quiere o no está preparada para trabajar causa mucho daño. Recobrar la confianza ciudadana demanda sacrificio, y un comisario con una actitud adversa destruye todo el avance logrado. Las actitudes negativas no deben ser disculpadas. Se conocen casos de comisarios que, perdiendo la vergüenza, salen a las calles a realizar «operativos» en los que cometen una serie de arbitrariedades contra indefensos ciudadanos. ¿Cómo se puede avanzar así? Los órganos de control deben actuar con mayor firmeza y sin contemplaciones de ninguna naturaleza. A pesar de todo esto, tengo la seguridad de que la PNP cuenta con un buen potencial humano. Debemos trabajar con estos policías evitando los vicios, usos y costumbres que nutren el burocratismo y el administrativismo. Es decir, no hay que permitir que buenos oficiales se dediquen a ejercer sus labores en unidades administrativas o entidades extrainstitucionales. Necesitamos policías


proactivos, que desplieguen sus esfuerzos en el campo operativo; en nuestra profesión, la capacidad se prueba en la calle, no detrás de un escritorio. Si algún efectivo se niega a actuar en este campo porque no quiere tener problemas, yo considero que es como si nunca hubiera ingresado a nuestra gloriosa institución. ¿De qué se puede sentir orgulloso si nunca ha ejercido la práctica policial? Por lo general, se trata de personas que se rasgan las vestiduras y son autosuficientes.

Cuando me fui de Chiclayo, la comisaría de La Victoria quedó en iguales condiciones que la de Cruz Blanca, en Huacho. Con eso se demostraba que sí se podían hacer reformas en cualquier parte del Perú. Con esta experiencia, me di cuenta de que los problemas son los mismos y que enfretarlos requiere una actitud de firmeza, integridad, entusiasmo, creatividad y talento. Y lo que es más importante: que los escasos recursos con los que cuenta una comisaría, cuando son bien manejados, son suficientes para realizar cambios trascendentales. No quiero cerrar este capítulo sin hacer algunas menciones al personal con el que trabajé en La Victoria. Me refiero, en especial, a la importante presencia de cuatro excelentes oficiales: los capitanes PNP Óscar Zea Valverde y Santos Vega Horna, y los tenientes PNP Pablo Claux Feldemuth y Juan Carlos Paz Oyola. Al principio, ellos presentaron cierto escepticismo y evidente resistencia, pero cuando comprendieron los objetivos y constataron que el tiempo nos daba la razón, actuaron convencidos y lograron la satisfacción del deber cumplido. Ellos estaban muy orgullos de haber trabajado en un equipo eficiente de la comisaría. Sentir que el pueblo respeta a sus policías genera una emoción especial que estoy seguro de que nunca van a olvidar.

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Observé que un perverso personaje hacía lo posible para que me sacaran de Chiclayo, lo que me confirmó que un trabajo realizado con la mejor voluntad puede generar celos, envidia y lo peor, hasta deseos de venganza. Para evitar cualquier problema, le solicité al general Víctor Figueroa que me cambiara a Tarapoto. Él quería que yo continuara con el programa en Leonardo Ortiz, pero se dio cuenta de que, efectivamente, su retiro también significaba que mi ciclo había culminado. Por lo tanto, optó por llevarme a la IV Dirtepol de Tarapoto para que yo diseñara y ejecutara en esa ciudad el mismo programa de acción con nuevos actores.


En cuanto al personal subalterno, hubo varios efectivos que mostraron su capacidad. Como no podemos nombrarlos a todos, mencionaremos a quienes más destacaron: en primer lugar, Roger Moncada Mendoza, secretario, encargado de entregar las copias certificadas. Él estaba siempre atento a las actividades de la comisaría, pendiente de todo lo que hiciera falta. Su ayuda fue muy valiosa y por ello me sentiré eternamente agradecido. En segundo lugar, está Jorge Panduro, encargado de la logística y una persona íntegra, en la cual se puede confiar plenamente. En muchas ocasiones, él nos ayudaba proporcionándonos papel y copias, y realizando otros servicios que nunca olvidaré.

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Los policías sabemos que lo familiar y lo personal siempre debe estar en segundo plano, porque lo primordial es la institución que nos cobija. Por eso me interesa mencionar el caso del técnico PNP Eusebio Arsenio Díaz Zulueta, familiar mío. Yo solicité a la superioridad que él se encargara de Tránsito, sección muy delicada. Lo hizo muy bien y por eso me sentí orgulloso de su actuación, no porque fuera mi pariente sino por su profesionalidad. El técnico PNP Luis Cumpa fue el alma del sistema de enlace nocturno que se estableció con el pueblo para realizar las rondas mixtas. El técnico PNP Tomás Sánchez Pérez, un joven correcto, que demostraba lealtad al trabajo y era todo un ejemplo en la sociedad victoriana, también aportó mucho. Así mismo, tuve la suerte de contar con un policía abogado, don Henry Alarcón, una excelente persona y un eficiente profesional gracias a cuyo trabajo se resolvieron muchos problemas. Por otra parte, no puedo silenciar los resultados del área de Participación Ciudadana de la comisaría. Creo que los encargados de esta tarea se equivocaron. En principio trabajaron bien, pero después abandonaron sus responsabilidades. Los cambié de colocación. Para alcanzar nuestros objetivos, teníamos que ser firmes: todas las personas que se resistieron al cambio fueron inmediatamente relevadas del puesto. El ingreso del suboficial técnico Jorge Cieza, muy respetado y querido por la comunidad, fue un acierto, aunque deben de haber quedado uno o dos descontentos. No todos cambian de verdad. Algunos simulan el cambio para permanecer en el puesto, pero trabajan al ritmo que uno les impone y no porque se sientan


realizados con lo que hacen. Sé quiénes fueron desleales, y curiosamente se trata de personas que no son muy felices en sus hogares, porque la falta de valores trasciende el ámbito laboral. Ellos no podían hablar mal porque no tenían nada que criticar ni menos denunciar; pero estaban acostumbrados a obtener ingresos de otra manera y nunca aceptaron la idea de que el sueldo se tuviera que ganar con el sudor de la frente. Si bien es cierto que nuestra remuneración es insuficiente, eso no nos faculta para cometer inmoralidades so pretexto de que tenemos que cubrir nuestras necesidades. Por ello, cada vez que he ingresado a una nueva comisaría siempre he tratado de motivar desde el inicio a los mejores policías dándoles permisos y entregándoles premios en actos públicos, con presencia del comando policial, el pueblo y el periodismo.

Al final, con el esfuerzo mancomunado, logramos ejercer un control social eficaz de la delincuencia; es decir, el pueblo había logrado establecer el clima de seguridad pública que tanto anhelaba.4 El indicador más importante de la labor desplegada en la comisaría eran los comentarios que escuchábamos en las calles, bastante elogiosos. Y otra fuente constante de inspiración para el policía es el culto al deber, que en nuestra comisaría fue profesado por el personal que trabajaba en las áreas de Tránsito, Investigaciones, Copias Certificadas y Atención al Público. Fui trasladado a Tarapoto el 4 de enero. No conocía la selva, y era la primera vez que me apartaba no solo de mi familia y de mis amigos, sino también prácticamente de toda la comunidad victoriana.

4

Villanueva Garay, ob. cit., p. 148.

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Lo que me preocupaba era que el pueblo victoriano quedara conforme con la actuación de la Policía en el 2004 y eso se consiguió. Haciendo una evaluación objetiva del trabajo, considero que se alcanzó el cien por cien. Hasta los representantes de la Iglesia católica nos felicitaban e incluso practicaban deporte con nosotros. Me refiero al reverendo padre Eleuterio Fernández, más conocido como Luter, un excelente párroco, cuya obra pastoral es digna de destacar.


[3] Oficina de la Familia y Participaci贸n Ciudadana de Tarapoto

2005


1

1

Reunión con rondas campesinas de San Martín

2

Juramentación de juntas vecinales

3

Reunión con todos los coordinadores de la región San Martín

4 Acción cívica en Tarapoto

4


2

3


El 5 de enero del 2005 me incorporé a la IV Dirtepol Tarapoto. Esta fue una experiencia muy diferente de las anteriores. Para empezar, aquí no era comisario, sino que ocupé los cargos netamente administrativos de secretario y jefe de la Oficina de la Familia y Participación Ciudadana de la IV Dirtepol. En las Dirtepol en las que había trabajado anteriormente, observé que esta oficina no producía los resultados positivos que se esperaban, supuestamente por falta de recursos. El general Víctor Figueroa Romero era el director territorial de la PNP, jurisdicción que abarca los departamentos de San Martín y Amazonas. Como él era un defensor convencido de la doctrina de la seguridad vecinal aplicada en Chiclayo, quería replicar ese modelo de gestión en Tarapoto. Por ello, de inmediato procedió a conducir personalmente los programas de acción. Al día siguiente de haberse incorporado, estableció contacto con los líderes vecinales, para lo cual, en primer lugar, visitó el pueblo joven Las Palmeras, del distrito de Morales-Tarapoto, en donde se entrevistó con la señora María Jesús Tello y otros vecinos. Así sucesivamente, tomó contacto con los líderes de los asentamientos humanos Mariscal Cáceres, Santa Anita y otros del distrito de Morales. En todas estas localidades fue ampliamente aceptado por los pobladores, quienes consideraban que su presencia era un anuncio de que la situación de seguridad podía mejorar.

83 Oficina de la Familia y Participación Ciudadana de Tarapoto

La Oficina de la Familia y Participación Ciudadana


En esta experiencia confirmamos que cuanta más alta es la posición jerárquica del policía que interviene en un programa de acción, mejores son los resultados. La presencia del general Víctor Figueroa facilitó el ingreso de la PNP a las comunidades de los principales puntos de la ciudad de Tarapoto, tales como la famosa Banda de Shilcayo, paraje ubicado a las orillas del río del mismo nombre y con características similares, en lo que a venta indiscriminada de drogas se refiere, al Golfo Pérsico de Chiclayo.

Relatos de éxito de un comisario / Julio Díaz Zulueta

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En la ciudad de Tarapoto, el principal problema policial era la microcomercialización de pasta básica de cocaína, tema que también preocupaba sobremanera al alcalde provincial, el señor Armando Gonzales del Águila, empresario muy reconocido en la región. Tanto esta autoridad como los oficiales superiores, policías y pobladores se quedaban atónitos al ver cómo el general Figueroa, con micrófono en mano, conminaba a los vendedores de droga a que desistieran de este negocio ilícito, que tanto daño hace a la juventud, y les daba un plazo de 24 horas para que cancelaran definitivamente sus actividades. En caso contrario, les decía, se vería obligado a aplicar el exitoso programa de acción desarrollado en Chiclayo, mediante el cual se eliminaron los principales puntos de microcomercialización de drogas. El general, siempre acompañado del alcalde y otros funcionarios, repitió este mensaje por dos días consecutivos. Por otra parte, se dirigió al pueblo para prometerle que en 45 días erradicaría esa lacra, que por más de 20 años venía causando serios daños a la ciudadanía. Los tarapotinos veían cómo, después de tanto tiempo, asomaba la gran esperanza de restablecer la tranquilidad y el orden de los que antaño gozaba su ciudad. Ellos, que sufrían directamente el problema, sabían mejor que nadie que el consumo de estupefacientes no venía solo, sino acompañado por el incremento de hechos delincuenciales como asaltos, robos, violaciones y otros. En la visita del general Figueroa al distrito de la Banda de Shilcayo, se nombró coordinador general de las juntas vecinales a don Segundo Ayashi Cahuaza, un reconocido líder social. En este distrito, sobre todo en el asentamiento humano La Victoria, se presentaban serios problemas causados por los traficantes de tierras, quienes con métodos coercitivos impedían que el pueblo se organizara y hasta que conociera sus derechos. Pero gracias a la acción policial inmediata y decidida del director regional, se llegaron a organizar juntas vecinales en cerca de 18 asentamientos humanos y asociaciones.


Casi todas las reuniones realizadas en el marco de este trabajo eran presididas por el general Figueroa, quien con frecuencia me daba la oportunidad de dirigirme a los pobladores para explicarles los objetivos del trabajo social. Yo ponía el énfasis en señalar que el éxito del programa de acción dependía, sobre todo, del grado en el que participara la población. Finalizaba prometiéndoles que en Tarapoto trabajaría con la misma dedicación y compromiso que en Chiclayo y Huacho.

Sin embargo, estos logros en la seguridad y el orden públicos no fueron del agrado de algunos activistas, quienes durante mucho tiempo, sobre la base de la prepotencia, habían mantenido coaccionados a los pobladores. Estos malos líderes cometían muchas arbitrariedades; por ejemplo, se apropiaban de los terrenos de unos y se los vendían a otros por las buenas o por las malas. Incluso pretendieron convencer a los pobladores de que la organización de juntas vecinales era de carácter político, e hicieron todo lo posible para que fracasara. Llegaron al extremo de denunciar al general Figueroa por RPP Noticias acusándolo del «delito» de distribuir un almanaque cuyo mensaje reforzaba la idea de que sí es posible mejorar el Perú. Todas estas acciones malintencionadas solo favorecían a quienes estaban interesados en que la población quedara desprotegida. Por otra parte, es preciso reconocer que, en un comienzo, la política del general Figueroa tampoco les gustó a muchos policías descomprometidos con la población, a quienes sin embargo no les quedó otra que ir cambiando de actitud progresivamente. En general, observé que los problemas de las comisarías de Tarapoto eran similares a los descritos en el caso de Huacho y Chiclayo, donde anteriormente yo había trabajado: mala atención al vecino, negativa a entregar de inmediato las copias certificadas, entre otros.

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Era sorprendente ver cómo con la presencia del general director regional era más fácil lograr la participación de la comunidad. Y este trabajo lo hacía sin descuidar las labores propias de su cargo, pues realizaba las visitas solo por las noches. Por otra parte, en ese distrito también se presentaban problemas sociales de otro tipo, tales como el cierre de carreteras, que ya se había convertido en una costumbre. Todo esto cambió con la organización de las juntas vecinales. Así, en el 2005 no hubo ningún bloqueo de carreteras.


El trabajo con las rondas campesinas Cuando el general Figueroa visitó a las rondas campesinas de Nuevo Cajamarca —que llevaban los nombres de Alonso Alvarado Roque, Jepelacio Ramírez y otras más—, miles de ronderos le dieron un cálido recibimiento: era la primera vez que una autoridad policial de tan alto rango llegaba hasta ellos. En el diálogo que establecía, les manifestaba el objetivo de su acercamiento, recalcando sobre todo la necesidad de trabajar conjuntamente para alcanzar, con mayor prontitud y eficiencia, metas concretas tales como el control de la delincuencia. Yo también tuve la oportunidad de hacer uso de la palabra en muchos de los sectores visitados. Les caía bien por mi origen cajamarquino y descubrí que la mayor parte de los líderes procedían de mi tierra natal. Relatos de éxito de un comisario / Julio Díaz Zulueta

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A partir de la llegada del general Figueroa, la PNP comenzó a tener un mayor acercamiento a los pobladores. Por disposición expresa de él, tanto los comisarios como el personal policial en general intensificaron las relaciones con los ronderos y de este modo se fortalecieron los lazos de amistad. En realidad, esto no era difícil: las rondas querían acercarse a nosotros, pero la arrogancia, la altanería y la ignorancia de muchos efectivos impedía que esta intención se concretara. Incluso había colegas que las veían como oponentes porque, donde está ausente la PNP, los ronderos asumen sus funciones. Pero esto no era así: solo faltaba orientar esa voluntad popular, tarea que, en algún momento, se dificultaba por pequeñeces. Las rondas tenían la capacidad de paralizar Moyabamba sin que nadie pudiera detenerlas, pues contaban con miles de miles de integrantes. Al ponernos en su contra, estábamos adoptando, pues, una postura muy equivocada. El factor más importante para que la Policía pueda cumplir su deber es el acercamiento al pueblo organizado. La razón de ser de nuestra institución es la seguridad de la ciudadanía: al pueblo nos debemos y a nadie más. El hecho de que el general Figueroa gozara de una gran acogida en todos los lugares que visitaba motivó los celos de diversas personas, que carecían de su carisma. Lamentablemente, la acción negativa de ellas fue un factor determinante para propiciar el cambio del director regional. Él lo presentía, y me comentó que tal vez permanecería en su cargo únicamente hasta el 1 de mayo del 2005, fecha en la que, efectivamente, fue trasladado a otro puesto. Este


tipo de hechos son característicos de nuestra idiosincrasia: las acciones buenas y eficientes generan envidia, celos y animadversi��n. A pesar de que yo había sufrido también estos problemas, me parecía increíble constatar el tremendo daño que este traslado le iba a ocasionar al pueblo de Tarapoto. Al comienzo, la población no entendía lo que pasaba, y cuando posteriormente lo advirtió, ya era demasiado tarde.

La juramentación de las juntas vecinales

Era necesario organizar la ceremonia de juramentación, y como legalmente esta tarea la correspondía a la municipalidad provincial, esta se encargó de convocarla. Así, los funcionarios ediles se encargaron de trasladar, desde sus diversos lugares de procedencia, tanto a las juntas vecinales como a las rondas campesinas que querían estar presentes. Sin embargo, algunos directores se equivocaron, pues intentaron darle una orientación política al acto. No se permitió que lo hicieran, pues una norma básica es que la organización vecinal jamás debe politizarse. Así por ejemplo, algunos dirigentes querían que las juntas vecinales se concentraran en su local partidario y de ahí marchar hacia la Plaza de Armas. Obviamente, tal propuesta no fue aceptada, porque era claro su trasfondo. Para garantizar su sostenibilidad, las juntas vecinales deben tener solo una orientación social. Por este motivo, se decidió que la siguiente juramentación la organizaría única y exclusivamente la Policía, para mantener el principio de no politizar las acciones sociales. El 11 de febrero del 2005, en la Plaza de Armas de Tarapoto, juramentaron 250 juntas vecinales. La ceremonia estuvo presidida por el alcalde de la provincia, don Armando Gonzales del Águila, quien estuvo acompañado por otras

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Hasta entonces, en solo un mes, se habían organizado aproximadamente 250 juntas vecinales, lo que significaba un aproximado de 12 mil personas actuando en pro de la seguridad ciudadana, y eso sin contar a nuestro importante aliado, las rondas campesinas.


autoridades. La concurrencia fue masiva: acudieron miles de ronderos y representantes de las juntas vecinales. Nuevamente, esta respuesta entusiasta de la población hizo que surgieran los celos de algunas autoridades políticas, quienes no podían creer la gran aceptación y credibilidad que comenzaba a tener la Policía tan poco tiempo después de haberse iniciado el Programa de Acción de las Juntas Vecinales. La señora Carmen Licetti Carlos, coordinadora general de las juntas vecinales de Hualmay, en Huacho, asistió a esta ceremonia. También lo hicieron los representantes de las juntas vecinales de La Victoria (Chiclayo), Ferreñafe, El Porvenir y muchas más, que con su presencia realzaron la fiesta cívica. Definitivamente, fue un día muy singular para la comunidad tarapotina. Relatos de éxito de un comisario / Julio Díaz Zulueta

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Un equipo humano inmejorable En la Oficina de Familia y Participación Ciudadana encontré a un equipo de policías como en ningún otro de los lugares donde había estado anteriormente, comenzando por el brigadier PNP Segundo Celestino Briones Vásquez. Este colega tenía muchos años de experiencia en el trabajo social pero sin embargo, hasta ese momento, su labor había pasado casi desapercibida porque le faltaba la conducción de un oficial. Es justo resaltar que al poco tiempo de conocerlo, me di cuenta de que por primera vez en mis 21 años de servicios tenía la suerte de trabajar con un verdadero policía profesional y un hombre de gran calidad humana: sincero, leal, diligente, perseverante, entusiasta… es decir, un señor a carta cabal. Aprendí mucho de su experiencia, pues tenía 20 años ejerciendo el trabajo social. Era el creador de los programas de acción en la IV Dirtepol, así como de los programas Colibrí, Club de Menores, Policía Escolar, Patrulla Juvenil y, ahora, de las juntas vecinales. Nos pusimos en sus manos y él se convirtió en nuestro guía, al mostrarnos rápidamente los diversos sectores de la demarcación cuyos vecinos estaban deseosos de organizarse. Me brindó su amistad y su disposición para trabajar juntos, lo que para mí fue una excelente oportunidad, pues estaba muy interesado en aprender de él.


Los comisarios suelen restarle importancia al trabajo social, pero estoy convencido de que así como en la comunidad surgen los problemas, ahí mismo se encuentran las soluciones. Otro motivo de satisfacción fue que, poco a poco, se nos fueron acercando varios policías solicitando su cambio a nuestra sección, cuando en el pasado nadie había querido prestar sus servicios en esta. Trabajábamos sin descanso, desde las 20 horas hasta las 3 de la madrugada, todos los días, incluidos sábados y domingos, pues este era el único horario en el que se podía encontrar a toda la población.

Un curioso intento de secuestro El 1 de mayo del 2005 fue un día muy triste para muchos policías de la IV Dirtepol, pues las expectativas de cambio que tanto anhelaban la Policía y la población se vieron truncadas. Ese día llegó la orden de la superioridad de que el general Figueroa dejara Tarapoto porque esto era «conveniente para el servicio». Sin embargo, otra era la verdad que se ocultaba detrás de esa frase. En el fondo, hay fuerzas interesadas en evitar que los pueblos despierten y se organicen, porque al tomar conciencia de su realidad, asumirían gradualmente el control y la fiscalización de todas las acciones públicas y de este modo, las malas autoridades irían perdiendo poder. Los cambios, pues, no eran convenientes para muchas personas, entre quienes también había policías. Pasadas 24 horas del cambio del director regional, nos enteramos de que, en protesta por este hecho, las rondas iban a cerrar la Marginal. El pueblo de Tarapoto estaba dispuesto a paralizar la ciudad exigiendo que el comando repusiera al general Figueroa. Pero era tarde: don Víctor Figueroa ya se había marchado.

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Posteriormente, nos llegó la disposición de efectuar rondas combinadas entre la Policía y las rondas campesinas en la carretera Fernando Belaunde Terry, más conocida como la Marginal, especialmente en el tramo Moyabamba-Tarapoto. En el pasado, en este lugar se habían cometido continuos asaltos a los ómnibus de transporte público y vehículos particulares. En el caserío de Pacayzapa se había arraigado un grupo de elementos delictivos a los que era necesario neutralizar. Los ronderos de Ramírez estuvieron muy satisfechos por los resultados de este trabajo en bien de la ciudadanía.


Aunque resulte difícil de creer, los pobladores intentaron secuestrarlo para impedir que se fuera. Felizmente, por el bien de la disciplina institucional, esto no sucedió. No me imagino qué consecuencias habría tenido su secuestro. Los ronderos lo estimaban muchísimo y era de verdad muy querido por la población de Tarapoto. En la PNP, los cambios de esta naturaleza se efectúan de inmediato. Quien lo relevó en el cargo fue el coronel PNP Daymon Rosado Linares, un oficial con bastante experiencia. En el 2003 había servido ya en Tarapoto como inspector. Ni bien asumió sus funciones, se dispuso a trabajar.

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Francamente, yo pensé que hasta ahí nomás llegaba mi permanencia en esa comisaría. En muchas ocasiones, suele suceder que los jefes llegan con su propio personal. Pero el puesto que yo ocupaba no era muy solicitado, tanto por lo delicado del tema como por el tiempo que demanda realizar esta labor si verdaderamente se quieren obtener resultados. De todas maneras, estaba preocupado, no por el puesto, sino porque pensaba que el programa se iba a suspender. Pero lo que sucedió contradijo mis temores: el coronel Rosado le solicitó al general Figueroa que me quedara y continuara el trabajo que este último había iniciado. Mi nuevo superior era muy consciente de que acercarse a la población no era labor de un día, sino fruto de un esfuerzo sostenido. Una pequeña parte del personal, que no se sentía comprometida con el trabajo, tenía la esperanza de que el nuevo jefe de la IV Dirtepol decidiera volver a la inercia de siempre, pero para mala suerte de ellos, no fue así. Por el contrario, el proceso de cambio se profundizó y continuamos organizando a diversos pueblos de la Amazonía. Teníamos que reponernos de todo lo sucedido.

«Ricos, no sean llorones» En julio, sucedió un hecho trágico. Como consecuencia de un asalto cometido por delincuentes en el sector de Maromillo, murió una obstetriz en la carretera Marginal, entre Moyabamba y Tarapoto. Este fue un motivo para atacar a la Policía. Las más duras críticas provenían de la Cámara de Comercio, de empresarios no afiliados y de diversas autoridades que parecían desconocer que la seguridad vecinal es un compromiso de todos.


Lo más penoso fue cuando los profesores de diversos colegios organizaron a sus alumnos para que fueran a gritar lemas contra la Policía frente al local de la IV Dirtepol. Era muy preocupante y lastimoso constatar el bajo nivel profesional de los docentes, quienes en lugar de concentrarse en enseñar, se dedicaron a marchar por las calles despotricando contra la institución. Como quiera que no podíamos quedarnos callados sino explicar a la ciudadanía cómo eran las cosas, le solicité al teniente PNP Sofonías Peñaherrera Saldaña, quien era además un reconocido empresario, que citara a todos los sectores, sobre todo a las personas que estaban haciendo las críticas, a fin de darles una charla sobre seguridad vecinal.

Felizmente, los periodistas que asistieron a la reunión nos tomaron la palabra y se comunicaron por teléfono con ambas localidades. Cuando hablaron con los responsables de las juntas vecinales de Huacho y Chiclayo, se quedaron sorprendidos al conocer los buenos resultados, y a través de los diversos medios de comunicación regionales, difundieron las experiencias, subrayando el éxito que habían alcanzado. Esto nos ayudó bastante a convencer a los sectores reacios de que la Policía tenía la mejor disposición para trabajar mancomunadamente. Así, se formuló un Plan de Emergencia de Seguridad Vecinal. Con autorización del jefe de la IV Dirtepol, propusimos que personal de la municipalidad participara en el Servicio de Emergencia del 105. La mayor parte de los lineamientos del plan fueron aceptados. Aunque la municipalidad nunca participó en el servicio del 105, el ofrecimiento se mantuvo. Por otra parte, algunas personas reacias al cambio no se mostraron muy conformes con estas propuestas. Pero nosotros estábamos convencidos de que

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Esta reunión se realizó y, cuando me tocó exponer, traté de convencer a los participantes de la necesidad de que, en lugar de criticar, se comprometieran activamente en los programas de seguridad vecinal. Todos tuvieron que reconocer —aunque muchos a regañadientes— que lo cierto era que la Policía de Tarapoto estaba trabajando como ningún otro año. Los resultados eran palpables: los pueblos marginales ya estaban organizados, pero faltaba la clase media. Para reforzar mi propuesta, decidí predicar con el ejemplo, y les propuse que llamaran a Huacho y a Chiclayo, lugares en los que habíamos llevado adelante el Plan de Acción de Seguridad Vecinal, a fin de comprobar directamente los resultados.


era necesario contar con un plan para que, de una vez por todas, la población recuperara la confianza en su Policía. En el desfile de Fiestas Patrias, los vecinos de diversos asentamientos humanos fueron portando cientos de pancartas en las cuales se leían lemas como «Ricos, organícense, no sean llorones» y «Los pobres estamos con la Policía y vivimos felices». En esa oportunidad desfilaron unas 500 juntas vecinales. El efecto que causaron las pancartas fue inmediato. Los dirigentes de las urbanizaciones nos buscaban para que los ayudemos a organizarse. Hubo muchos casos de delincuentes, fumones y otras personas que estaban al margen de la ley que se les acercaban pidiéndoles una oportunidad para reinsertarse en la sociedad. Relatos de éxito de un comisario / Julio Díaz Zulueta

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Con el personal que laboraba en la Oficina de Participación Ciudadana —sobre todo con el alférez PNP Deimer Barturén y los suboficiales Segundo Briones, Jhony Contreras, Jorge Luis Anco y Jesús Astete— visitábamos diversas provincias y distritos para dictar charlas a los pobladores y a los alcaldes, motivándolos a instalar sus comités de seguridad vecinal. De esta manera, tuvimos la satisfacción de estar presentes en muchas juramentaciones de juntas vecinales, visitas en las que con frecuencia nos acompañaba el coronel Rosado. Llegó el 6 de diciembre del 2005, Día de la Policía Nacional del Perú, que como es comprensible, es una fecha muy especial para nosotros. Los integrantes de Participación Ciudadana teníamos un compromiso serio con nuestro comando, pues estaba programado el desfile de 700 juntas vecinales, además de los ronderos. Felizmente, todo salió bien. El desfile duró más de dos horas. Era una satisfacción inmensa ver cómo un número tan grande de pobladores habían preparado diversas presentaciones en homenaje a una institución que sentían como suya. En todo ello, resaltó la labor de los coordinadores de las juntas vecinales. Se aplicó un nuevo procedimiento de patrullaje. Primero, se realizó la sectorización y, sobre esa base, diversas subunidades enviaban a los patrulleros. Los horarios en que los vehículos policiales patrullaban la zona eran rigurosamente controlados por los coordinadores de las juntas vecinales, quienes utilizaban para ese fin los cuadernos expedidos por la comisaría. Como había sucedido en otros lugares, al comienzo el personal policial puso cierta resistencia a ser


monitoreado por la propia población, pero poco a poco se acostumbró. Por cierto, en la medida en que la relación entre la Policía y la vecindad se iba armonizando, ya no era necesario llevar un control tan rígido, y las juntas vecinales solo informaban cuando se producían novedades. El número de acciones cívicas organizadas por la Oficina de Familia y Participación Ciudadana se fue incrementando. Con frecuencia, nos llegaban las felicitaciones de diversas autoridades. En la medida en que se trataba más de un trabajo de hormiga que de acciones espectaculares, la prensa no difundía constantemente nuestros logros. Pero para entonces, la población ya nos estimaba y no necesitábamos propaganda.

Uno de los hitos más importantes de mi carrera profesional se produjo el 20 de noviembre del 2005, día en que me enteré de que había ingresado a la Escuela Superior de Policía, gracias al esfuerzo de mi hija Juliana —que entonces tenía apenas 14 años— y de mi hermana Juana, quienes hicieron todo lo posible por ayudarme a lograr este objetivo. Ingresé en el puesto 19 de 172 concursantes. Consigno este hecho personal porque quiero que quede claro que la única manera de aspirar a ascender en la carrera policial es a través de la especialización. Para ser sincero, debo señalar que en esos cuatro largos años en los que me dediqué íntegramente al trabajo social y a formular estrategias para contrarrestar la acción de la delincuencia, lo hice solo sobre la base de la creatividad. De este modo, comprobé que sí es posible vencer las dificultades que se nos presentan a los policías. No me quejo de que la ley sea excesivamente benevolente, que por cierto lo es. Tampoco de que ganamos muy poco, dato que también refleja la realidad. Y menos enfatizo en la falta de apoyo logístico. Nadie puede dudar del efecto desmoralizador que tienen todas estas limitaciones y de cómo entorpecen el trabajo policial. Sin embargo, contra viento y marea teníamos que hacer algo y se hizo. Todas las carencias se suplen con una mayor cuota de sacrificio personal y familiar. El personal policial es, sin lugar a dudas, lo suficientemente abnegado, perseverante, diligente y valeroso como para superar estos problemas y cumplir su deber.

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Los frutos del esfuerzo


Tal vez con estos avances y muchos más no se alcance a cubrir totalmente las expectativas, pero lo concreto es que ya se avanzó. Jamás he buscado algún beneficio personal. Todo lo contrario: realizar este trabajo ha implicado aceptar una serie de sacrificios no solo para mí sino también para mi familia. La mayoría de veces que he escuchado críticas de policías, me ha resultado claro que han estado motivadas por el egoísmo o la envidia; o más grave aún, porque el programa de acción era contrario a sus intereses personales. Sin embargo, sé que tampoco debo quejarme de esto, porque siempre es preferible buscar soluciones.

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Una preocupación que siempre tuve es que, con frecuencia, se elige como comisarios a policías que no están verdaderamente interesados en darles continuidad a estos programas de acción. Por el contrario, no les interesa hacerlo porque nunca fueron preparados para asumir la delicada responsabilidad de trabajar con un pueblo organizado. No quiero herir susceptibilidades, pero es necesario que, de una vez por todas, se superen estas deficiencias y se nombre a los comisarios sobre la base de una selección previa en la que se tomen en cuenta tanto los aspectos profesionales como éticos. En parte así se hizo ese año en Tarapoto, y de esta manera se lograron objetivos muy importantes. Era necesario continuar con el esfuerzo y establecer con claridad el papel social que le corresponde a la Policía. Fue inevitable que llegara el día más triste de mi estadía en esa localidad: el de la despedida. Antes de irme, participé en una reunión con todos los coordinadores. Los coordinadores generales eran tres: por el distrito de Morales, la señora María Isabel Estacio Rodríguez; por el distrito de Tarapoto, el periodista Carlos Ríos Arce; y finalmente, por el distrito de la Banda de Shilcayo, el señor Segundo Asashi Cahuaza. Por supuesto, por este último distrito también estuvo presente la señora María Dávila Tanante, subcoordinadora general y amiga personal a quien nunca olvidaré. Estoy seguro de que ella llegará a ser una gran lideresa en Tarapoto. A pesar de la pena que me causaba esta despedida, me reconfortaba saber que estaba dejando a un grupo muy cohesionado, aunque me preocupaba que se produjeran intentos de desarticularlo. Para suerte mía, de los pobladores y de la Policía, el nuevo director de la IV Dirtepol continúa con el programa. Mientras esta actitud se mantenga, vamos a tener al pueblo de nuestro lado.


[4] Estrategias para el ĂŠxito


gestión de la comisaría

Las estrategias para la gestión exitosa en una comisaría son varias. Algunas ya han sido descritas en los capítulos precedentes, pero en este capítulo ofrecemos mayor detalle sobre estas. Así mismo, enfatizamos que algunas son más importantes que otras; por ejemplo, lograr el cambio de actitud del personal policial y de la población residente en la demarcación es fundamental. Además, para conseguir un servicio de calidad lo primero es aplicar el quinto principio del don de mando, «Dé el ejemplo». En términos policiales, «Ojo al guía»: todos deben hacer lo que hace el comisario. En consecuencia, la transformación se inicia por el cambio de actitud del propio comisario. A continuación, señalaremos algunas estrategias para efectuar una gestión exitosa en las comisarías. a) El cambio de actitud del comisario El primero en dar el ejemplo debe ser el comisario. Él debe ser un líder. El problema es que nos «olvidamos» de las buenas acciones. Nos dejamos influenciar por los defectos de algunos malos policías. Así, se recurre a una serie de mañas. Los defectos saltan a la vista y algunos llegan al descaro de transgredir las reglas, quebrar las normas morales y contrariar los principios de la ética profesional. Por ejemplo, preguntan: «¿Cuántas unidades móviles hay?». Esto revela su intención de utilizarlas para su beneficio personal.

97 Estrategias para el éxito

1. La


Si queremos recuperar el prestigio de la institución policial, rescatar el ascendiente que esta tuvo antes en la comunidad, restablecer el principio de autoridad y anteponer la primacía de las fuerzas morales, lo primero es ser ejemplo de ética, aunque esto pueda sonar lírico y utópico. Esto debe hacerse con verdadera motivación. Hay que recordar los primeros principios del mando: «Conozca su función» y «Conózcase a sí mismo y vele por su constante superación». No debemos hacerlo motivados por las críticas de la comunidad, por más importante que esto parezca; tampoco debemos hacerlo por temor a la responsabilidad, porque así no somos auténticos. Debemos proceder al cambio por convicción totalmente autónoma.

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Con relación al servicio de calidad al usuario, vamos a narrar algunos casos prácticos, que constituyen simples pero valiosos ejemplos para quienes quieran asumir positivamente uno de los principales cargos en la PNP, el cargo de comisario. Por supuesto, no toda experiencia en un lugar resultará efectiva en otro; necesariamente, la función de la Policía es de tal naturaleza que requiere una adaptación a la realidad social. Por esta razón, se debe aplicar el sentido común, además del criterio, para dirigir los actos hacia una gestión exitosa. Es importante poner énfasis en los siguientes aspectos: • Es necesario ser íntegro. Ser íntegro es ser honesto, recto, diligente y eficiente; esta es la base de toda gestión. Es cierto que el presupuesto del Estado es insuficiente y nos priva de mantenimiento para las unidades móviles y sobre todo para refaccionar el local policial y cubrir otras necesidades. Prácticamente, esto nos induce a «pedir colaboración» y a una serie de irregularidades, pero reflexionemos un momento: el hombre ha luchado para conquistar sus libertades y derechos, pero ha terminado siendo un esclavo del dinero. Casi la totalidad de sus actos están en función del dinero. Vivimos en una sociedad monetarizada: el dinero mueve al mundo, sin dinero no se hace nada. En muchos casos, la Policía no puede sustraerse de esta realidad, aunque prevalezca el principio de gratuidad de la función policial, la vocación de servicio y la renuncia constante, que nos priva de mejores niveles de vida. Pero no olvidemos que, por otra parte, el factor económico genera la competitividad, y que las empresas o instituciones de bienes y servicios


que demuestren mayor eficiencia van a sobrevivir y reemplazar a las deficientes. El serenazgo «municipalizado» es una entidad precursora en esta tendencia moderna. Así, para eliminar definitivamente el pretexto de las carencias logísticas, debemos dar el mejor uso a los escasos recursos que administramos.

¿Cómo solucionar estos problemas? A continuación, propongo una serie de pasos: - Elaborar el Plan Operativo de Seguridad Vecinal. Para esto, se tiene que conocer la demarcación y efectuar de inmediato un diagnóstico.

99 Estrategias para el éxito

• Así mismo, ya no es tiempo de criticar a quienes cumplen sus funciones con seguridad y eficiencia. Hay muchos que todo lo saben, pero nunca han hecho nada, solamente hablan y critican. Por ejemplo, he tenido colegas que dicen: «En provincia es fácil; a ver que lo hagan en Lima». Algunos policías tradicionales son de mentalidad negativa. Por eso, lo mejor es no hacer caso a estos comentarios. Mas para quienes insisten, con respeto les menciono mis experiencias de oficial. La mayor parte de mi tiempo de servicio la he pasado en estaciones y comisarías. Ocupé el cargo de jefe de investigaciones en las comisarías de Playa Rímac, San Miguel y La Perla. Fui jefe del Terminal Marítimo del Callao. Luego, ocupé un cargo importante como jefe del Departamento de Control de Tránsito del Callao, etcétera. Creo que es tiempo de reflexionar y adoptar una actitud positiva, pues muchas veces se observa cómo a quien trabaja con dedicación y esmero, cumpliendo su deber, tratan de hacerle daño porque es considerado «un peligro para el sistema». Incluso algunos llegan al extremo de amenazar con el cambio de colocación y mandar a quien hace bien su labor a la «congeladora». Este y otros defectos deben proscribirse. Debemos comenzar a trabajar todos para optimizar la acción policial. Pero esta gran empresa requiere hacer cambios radicales; en términos drásticos, hacer una «limpieza total» en la institución policial, tal como hizo la Policía colombiana en 1994. Los policías de ese país no permitieron a los políticos, militares ni civiles efectuar la reorganización, sino que ellos mismos la hicieron, y ahora tienen la condición de ser una de las mejores instituciones del orden del continente. Este es un ejemplo digno de imitar y superar.


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- Exponer el mencionado plan ante las autoridades locales, los empresarios y las personas notables. - Organizar el Comité Cívico de Apoyo a la Comisaría. Si los vecinos perciben un cambio positivo, generalmente la respuesta es inmediata: «¡Debemos apoyar a la Policía!». Tanto en Lima como en provincias, la comunidad se da cuenta y reconoce las intenciones del comisario: cuando es negativo, lo ayudan solo con el interés de utilizarlo después; cuando es positivo y bien intencionado, se procede a la solución progresiva de los problemas. - Por ejemplo, para el mantenimiento de las unidades móviles, es mejor que el comité mismo asuma esta tarea sin participación directa de los policías. - Es verdad que la norma señala lo contrario, pero tampoco se debe caer en el legalismo ni en el perfeccionismo. Tenemos un serio problema: los vehículos policiales están paralizados y la sociedad nos pide auxilio: debemos hacer algo. Es necesario adoptar una alternativa de solución al problema. No olvidar que cuando se debe actuar y no se actúa, se incurre en una negligencia que constituye también una transgresión de las normas disciplinarias; aunque sea inaceptable, es así. Estando en esta disyuntiva, es preferible actuar.

Hay que dar un servicio personalizado. Esto quiere decir atender las demandas sociales directamente y, según el caso, personalmente. El cambio comienza cuando se advierte que, para marchar bien, una comisaría ya no requiere la presencia del comisario en la oficina. Centralizar el poder pasó a la historia; si queremos estar de acuerdo con la situación y con la modernidad, tenemos que despojarnos de prejuicios que no conducen a nada y aprender a utilizar las herramientas de la administración: empowerment, mentoring, coaching y otras. No está de más poner énfasis en los requisitos de índole moral que debe tener un comisario, enumerando las principales virtudes:1 honestidad, persuasión, rectitud, superación, firmeza, perseverancia, entusiasmo y firmeza.

1

Villanueva Garay, José Antonio. Doctrina policial. Segunda edición. Lima: Mavisa, 2006, p. 129.


b) El cambio de actitud del personal Una vez que ya estamos seguros del trabajo que vamos a emprender, nos presentamos al personal policial y le damos a conocer la política de comando. En primera instancia, ellos no lo van a creer. Van a pensar que se trata de anuncios que se aplicarán solo al inicio —como dice el dicho, «Escobita nueva barre bien»—, pero con una actitud firme y decidida, poco a poco se irán comprometiendo en el manejo de los escasos recursos e inclusive en la fiscalización, más aún si el comisario es honesto.

En Huacho nos demoramos tres semanas para lograr el cambio de actitud. Hay personal que pide su traslado cuando no se adapta al nuevo modelo de administración policial. Es el caso de los policías habituados a recibir dádivas por entregar copias certificadas, a pedir dinero para «gasolina», «papel», «gaseosa para la sed» y otras formas conocidas por los usuarios. Todos estos cambios originan resistencia en unos cuantos, pero la mayoría quiere trabajar con transparencia. Hay muchos policías honestos que se sienten muy contentos con el paso hacia un nuevo modelo y reviven su esperanza de estar al mando de un auténtico líder. Un policía en Huacho me dijo que, con los cambios implementados, por fin se había hecho realidad su sueño, que ahora sí podría retirarse feliz de la institución. En Chiclayo, la resistencia fue más fuerte: superarla tomó cinco semanas. Pero todos los esfuerzos son recompensados, pues es posible lograr un servicio de calidad que permita contar con la valiosa ayuda de la comunidad para que la gestión sea un éxito.

101 Estrategias para el éxito

Por supuesto, el cambio de actitud del personal tiene su proceso; no es inmediato. Esto se refleja en gestos cotidianos. En algunas gestiones anteriores de mi comisaría, el personal se persignaba al ingresar a la comisaría; ahora lo hacen cuando salen al servicio, como los buenos policías del ayer. Ojalá que estas páginas no hieran la susceptibilidad de algunos y que más bien sean sensibles a la autocrítica, porque el único objetivo al escribirlas es defender a la PNP, fortalecerla y convertirla en la institución nacional que goce de mayor credibilidad.


c) Brindar un servicio de calidad Una vez que el personal reconoce lo valioso del cambio, el tercer paso que se debe dar consiste en mejorar la calidad del servicio. Nunca se debe volver al pasado, los modelos tradicionales no deben repetirse jamás. El ciudadano demanda resolver su problema, no le interesa nada más. Todos los pobladores piensan que, al haber pagado sus impuestos, tienen derecho de ser atendidos sin necesidad de pago alguno. En eso reside el principio de gratuidad de la Policía. Por lo tanto, hay un doble compromiso, que consiste en servir bien a los ciudadanos y lograr que ellos tengan la confianza de estar tratando con profesionales que superan las carencias logísticas con mayores cuotas de sacrificio. Relatos de éxito de un comisario / Julio Díaz Zulueta

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Para dar un servicio de calidad, se deben tomar en cuenta las siguientes pautas: • Ser atentos. Hay que enseñarle al personal policial a ser amable desde la puerta de ingreso. El policía debe saludar al ciudadano y de inmediato orientarlo, especificándole en qué sección van a atenderlo, pero con franqueza y sinceridad, sin hipocresías y sin pensar en la ventaja personal. •

Darle al ciudadano atención personalizada, comprometiéndose con su problema. Incluso si se trata de una investigación por falta o delito contra el patrimonio, hay que mantener con el usuario del servicio una comunicación fluida, dándole cuenta por escrito del estado en que se encuentra su caso. Este sencillo acto causa un impacto muy positivo.

Responder inmediatamente a los llamados de auxilio, sin ninguna excusa ni resistencia.

De ser posible, tener una línea telefónica a disposición de los vecinos, para que ellos puedan hablar directamente con el comisario. Esto agiliza las comunicaciones, que constituyen un factor valioso de acercamiento, y fortalece aún más la confianza del ciudadano en su institución policial.

• Evitar las redadas indiscriminadas. Si se organizan operativos fantasma, hay que impedir que se cometan arbitrariedades contra los taxistas y


mototaxistas. El comisario debe participar personalmente en estos operativos, a fin de dar credibilidad a la acción. d) La labor policial profesional paralela a los cambios de actitud A continuación, señalamos algunas estrategias para mejorar la labor policial:

• Si bien la planificación es importante, hay demandas que requieren la acción inmediata; por ejemplo, es necesario capturar cuanto antes a los delincuentes que asaltan y roban en la demarcación. Si la Policía no es capaz de retomar el control social, no está respondiendo al clamor de orden y seguridad de los ciudadanos. Un ejemplo aclara cómo conducir correctamente una acción policial. En La Victoria, Chiclayo, operaba el delincuente conocido como Koyac, en cuyo prontuario figuraba que había cometido más de 50 asaltos a mano armada. A pesar de que se le habían formulado más de 10 atestados policiales, ni la fiscalía provincial ni el juez instructor dictaban la requisitoria para poder actuar de acuerdo con la ley. Tenemos la impresión de que, salvo honrosas excepciones, estas autoridades poco ayudan a la eficacia del servicio policial; por el contrario, nos prejuzgan llamándonos abusivos, arbitrarios y transgresores de los derechos humanos. En algunos casos, nos ven como a enemigos o bien como si la fuerza pública estuviera a su mando. En pocas palabras, hoy el delincuente tiene más garantías que un policía. Cuando el pueblo reconoce la actitud positiva de un policía, responde de inmediato. Así por ejemplo, en La Victoria recabamos información sobre Koyac sobre la base de los datos proporcionados por los propios vecinos. Una vez acopiada y analizada esta información, logramos capturarlo gracias a la destacada actuación del capitán PNP Óscar Zea Valverde, un destacado

103 Estrategias para el éxito

• Antes de conformar juntas vecinales, debemos conocer bien la demarcación y hacer un diagnóstico, identificando plenamente los lugares críticos y de mayor índice delincuencial, así como las zonas de microcomercialización de drogas y aquellas en las que operan las pandillas. En general, es preciso efectuar un diagnóstico pormenorizado, a fin de proceder a formular el plan operativo local. En el anexo, a modo de ejemplo, señalaremos cómo se elaboró este plan en la comisaría de La Victoria-Chiclayo con mucho éxito.


oficial cuyo nombre puedo nombrar con satisfacción. Al comienzo, él cuestionaba el Plan de Seguridad Vecinal, pero en vez de considerarlo un opositor, inmediatamente lo buscamos para dialogar y convencerlo de que había que seguir para adelante, pues no podíamos retroceder. A este oficial le auguro éxito en su carrera porque constituye todo un ejemplo policial. En Huacho solamente hubo críticos, pero en realidad es bueno que nos critiquen, porque así mejoramos. e) El cambio de actitud de la comunidad

Relatos de éxito de un comisario / Julio Díaz Zulueta

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Es muy delicado abordar este tema. Aparentemente, la seguridad vecinal es un tema exclusivamente policial, pero no es así: el problema es de todos, y en especial, de la comunidad. En las reuniones programadas con los pobladores, hay que darles a conocer el cambio de actitud del personal policial y las estrategias delineadas por la Policía, entre las cuales destaca la atención preferente al usuario. De este modo, la Policía da el primer paso y queda claro que le toca el turno a la población. Para los ciudadanos que no pueden concurrir a escuchar las charlas del comisario, se preparan volantes en los que se difunde lo que se está haciendo por el bien de la comunidad. Debemos saber sensibilizar a los pobladores en torno a la seguridad vecinal. Cuando el ciudadano advierte que la Policía está cambiando de actitud y observa que tiene voluntad de trabajar a favor suyo, apoya en todo lo que está a su alcance, más aún si se le hace ver que los implicados en drogas, pandillas y delincuencia son sus familiares, en especial sus hijos, por falta de control, afecto, socialización y autoestima. Para afrontar estas carencias sociales, es necesario aplicar los programas que la Policía tiene a la mano, como el de las Patrullas Juveniles. Cuando se realiza un trabajo de acercamiento a la población, resulta más fácil combatir a las pandillas y reinsertar a sus miembros a la sociedad. Ejemplos de ello tenemos en Huacho, La Victoria (Chiclayo) y Tarapoto. El caso más concreto y objetivo fue en Chiclayo, en el distrito de La Victoria, donde había más de 700 vecinos que salían a rondar en las noches guiados por la Policía. Lo hacían solo porque observaron un cambio de actitud en la política de la comisaría. Estos hechos fueron corroborados por diversas autoridades políticas, tales como varios congresistas, el presidente regional, el director de


la II Dirtepol y el comando policial en pleno. Todos reconocían el trabajo social que se hacía. Era un verdadero fenómeno: se cerraban discotecas clandestinas frecuentadas por gente al margen de la ley, pues allí se organizaban las pandillas para causar daños personales y materiales. Se llegó a restablecer un orden público estricto; por ejemplo, nadie tomaba licor en las calles. La ciudad había retomado el control social de antaño gracias a la acción de los propios pobladores.

Algunos hechos se denunciaron ante la Inspectoría General, órgano de control del Ministerio del Interior e incluso, en febrero del 2006, me notificaron para el esclarecimiento de una investigación. Al concurrir, me sentí maltratado. Quienes estaban llevando el caso actuaban enfadados. Por eso, antes de dar mi manifestación, pedí hablar con un abogado civil que había viajado a Chiclayo juntamente con los policías para contribuir a la investigación. Para mi tranquilidad, este profesional me refirió que por primera vez en su vida había escuchado a muchos pobladores entrevistados que hablaban muy bien de la Policía, en especial de la gestión del 2004. Estos testimonios hicieron que el oficial que iba a recibir mi manifestación cambiara de actitud. f)

Alianzas estratégicas: organización y capacitación de juntas vecinales

Solos no podemos trabajar. Tenemos que buscar alianzas estratégicas con la municipalidad, el Comité Cívico y otras instituciones, sin olvidar, por supuesto, que el principal aliado es el pueblo. Tenemos que acercarnos a los pobladores, luego convencerlos de que los policías hemos cambiado y, posteriormente, organizarlos y capacitarlos. Todo está escrito. El problema es que no nos dicen

105 Estrategias para el éxito

Han pasado dos años desde entonces y los comisarios que sucesivamente han asumido el cargo no le han dado continuidad al programa de las juntas vecinales, sea por falta de voluntad, desconocimiento o carencia de habilidades para el trabajo social. La participación ha disminuido tanto que en la actualidad solo salen a rondar aproximadamente 50 vecinos. No salen más por temor, pues como ya no cuentan con el apoyo policial, saben que están a merced de las represalias de los delincuentes. Prácticamente, se ha retornado al modelo tradicional negativo del servicio policial, que para actuar necesita la satisfacción de ciertos requerimientos: «No hay gasolina», «Falta personal» y otras tantas excusas que los pobladores ya conocen.


cómo hacerlo. Ojalá ahora, con la aplicación alterna de la teoría y la práctica, pueda haber una mejor orientación. En forma personal, aprendí las bases de la conformación de las juntas vecinales en el plan psicosocial elaborado por el general PNP (r) Enrique Yépez Dávalos. Muchos organizan juntas vecinales a su manera, y estas duran poco tiempo; otros elaboran planes de escritorio y el papel es el mudo testigo de las deficiencias.

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Las juntas vecinales organizadas en Huacho en el 2002, pese a la falta de apoyo de los sucesivos comisarios, se mantienen activas, específicamente en los distritos de Santa María y Hualmay. No existió ningún interés político ni tampoco intención de herir susceptibilidades, pero hasta la fecha no hay ninguna experiencia escrita para organizar a la comunidad y diseñar un modelo sobre seguridad vecinal que tenga continuidad y que responda a la realidad social.2 El comisario tiene que participar directamente en la capacitación y organización de las juntas vecinales. El suboficial, por más empeño que tenga, no va a tener la misma credibilidad entre la población, que quiere ver al comisario. Las funciones del alcalde son de distinta naturaleza. El alcalde tiene que dedicarse a las labores propias del comité distrital, mas no involucrarse en las juntas vecinales, porque eso haría pensar en otro interés. Por esta razón y con esta experiencia, el trabajo social hecho en Tarapoto se llevó a cabo sin la participación de los alcaldes distritales, por más de que estos querían intervenir. Al final, se efectuó un trabajo dinámico y eficiente, y no hubo mayor dificultad. Por eso, la Dirección de Familia y Participación Ciudadana, con conocimiento y experiencia propia, publicó el Reglamento de las Juntas Vecinales, donde señala claramente que la única autoridad encargada de la capacitación y organización de las juntas vecinales, así como de la entrega de carnés, es el comisario. Es conveniente que ni por deferencia se le haga firmar al alcalde, porque existe una tendencia inevitable a politizar las juntas y crear falsas expectativas, con honrosas excepciones de alcaldes que apoyan a su Policía sin interés alguno.

2

Villanueva Garay, ob. cit., p. 152.


Lo mejor sería trabajar de la mano con la autoridad edilicia, como se hizo en Huacho, y si fuera factible, firmar un documento para que el trabajo sea en bien de la comunidad, sin politizar a las juntas vecinales. Lo más sensato sería preparar a los alcaldes y comisarios para hacer un trabajo conjunto. La labor debería ser iniciada preferentemente por un oficial junto con un suboficial, de acuerdo con el tipo de comisaría. Si es de tipo C, será un suboficial, a fin de evitar malas interpretaciones. En una comisaría, todo el personal trabaja en participación ciudadana, dando un buen servicio, que es la base. El trabajo de la Oficina de Participación Ciudadana (OPC) no se considera tan importante como el de las demás oficinas: Tránsito, Copias Certificadas, Informes, Emergencia Policial y Patrullaje Motorizado.

Por eso, el oficial que dirija esa oficina debe efectuar una intensa labor de campo. Los problemas iniciales en Huacho y en La Victoria surgieron por la carencia de un oficial con actitud positiva. La norma que surge de la experiencia es la siguiente: «Nadie es indispensable. Todo policía puede desempeñar esa labor. La clave es qué quiere hacer el comisario; el resto es secundario. Lo más importante es que todas las oficinas de la comisaría presten un servicio de calidad». Habiendo cumplido los pasos de actitud positiva del comisario y de su personal, y habiendo logrado un servicio de calidad, estamos en condiciones de acercarnos a la comunidad. Después de cuatro años de experiencia en la organización comunitaria de 2.748 juntas vecinales con resultados positivos, podemos recomendar las siguientes acciones:

3

Villanueva Garay, ob. cit., p. 138.

107 Estrategias para el éxito

Esto no les resta méritos a los suboficiales que trabajan en la OPC y obtienen pocos resultados, no por falta de voluntad sino por el escaso interés de los comisarios para potenciar el desarrollo de las habilidades sociales3 del personal policial. La única manera de tener éxito pasa por la presencia de un comisario que ejerza un liderazgo interno y externo, que posea una gran capacidad para relacionarse con la gente, así como un dominio de las técnicas de trabajo social, y que, por sobre todo, cuente con una profunda vocación de servicio a la comunidad.


Sectorización. Iniciar el trabajo por sectores y zonas de acuerdo con un plan que responda a la realidad social.

Visita a las autoridades. Una vez hecha la sectorización, se procede a visitar a las principales autoridades locales, líderes vecinales, personas notables —entre ellas, policías en retiro—. Esta labor es realizada por el oficial de la OPC. Cuando ya ha contactado con las personas referidas, tiene que citarlas a la comisaría o al lugar que ellas elijan para sostener una reunión con el comisario.

Trabajo de campo. Aquí comienza la acción policial, con la presencia del líder de la comisaría. Expone a las autoridades su plan de trabajo y detalla qué servicios está prestando la comisaría. Pregunta si esto satisface las expectativas de los pobladores y qué necesidades de orden y seguridad tienen ellos. Una vez que se logra la aprobación de las autoridades, se fija el día y la hora para reunirse con todos los pobladores de ese primer sector; de ser posible, los sectores se dividen por zonas y estas en cruceros de cuatro manzanas. Generalmente, las reuniones son nocturnas, a partir de las 8 de la noche, pues es la hora en que llegan de su trabajo los vecinos; o de lo contrario, sábado y domingo, días en que hay mayor concurrencia.

Liderazgo policial. La ciudadanía se siente honrada con la presencia del comisario. Unos cuantos van por curiosidad. A muchos les resulta extraño ver al comisario visitando personalmente los sectores, respondiendo las preguntas que formulan los vecinos. Por lo general, son quejas; el orden y la seguridad constituyen un clamor social. Es la voz del pueblo. Tenemos que atender sus demandas, pero en conjunto. En ese punto comienza el acercamiento y la recuperación de la confianza.4

Trabajo en equipo. El oficial de la OPC debe acompañar siempre al comisario y estar atento para rectificar, ampliar o complementar las respuestas del comisario; por eso, el nombramiento de los coordinadores es clave para el éxito del programa de juntas vecinales.

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4

Villanueva Garay, ob. cit., p. 184.


Citación de los coordinadores de las juntas vecinales a la comisaría. Luego de haber visitado todos los lugares preestablecidos del primer sector y procedido a organizar las juntas vecinales, se cita a los coordinadores a la comisaría para hablar con los representantes de los sectores e invitarlos a la ceremonia de juramentación; estas reuniones también deben celebrarse por la noche, pues es la hora en la que ellos están menos ocupados. La fecha de esta ceremonia se fija en coordinación con la superioridad y las autoridades locales. Así mismo, se procede a la preparación de las pancartas alusivas a la juramentación, cuyo costo es cubierto por los vecinos. Por lo general, para lograr una reacción positiva de la población es suficiente realizar una motivación y contar con la presencia de la Policía. Este apoyo resulta fundamental en las estrategias de seguridad vecinal.

Reunión con el personal policial. Después, es necesario celebrar una reunión con el personal policial, a fin de formar las diversas comisiones, tal como la comisión de recepción, encargada de ubicar en su lugar correspondiente a las autoridades, a los representantes de las juntas vecinales y al público.

Orden de operaciones. Previamente, debe formularse una orden de operaciones a fin de garantizar que la ceremonia se realice con normalidad. Así mismo, se debe formular un programa de acuerdo con el protocolo y el ceremonial, para que la reunión se desarrolle en forma ordenada, tal como está señalado en los anexos de la Ley 27933.

Antecedentes legales. Antes de la Ley 27933, las juntas vecinales solamente fueron consideradas en el plan psicosocial formulado en el año 1997. Allí se señalaba que estas podían participar en rondas mixtas con la Policía. En muchas direcciones territoriales y regiones se formulaba una orden de operaciones para no tener problemas. En otros lugares, la población se organizaba para linchar a los delincuentes.

- En Huacho, las juntas se organizaron ordenadamente y respetando los derechos humanos. Durante las rondas nocturnas, el paso del patrullero era controlado en un cuaderno y el personal policial firmaba el control. En caso de ausencia del patrullero, al día siguiente el coordinador

Estrategias para el éxito

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informaba a la comisaría y se determinaba por qué razones se había producido dicha falta, pero esto sucedió una o dos veces en dos años. Lo último que podía pasar era suspender las rondas. Esa fue la clave de la sostenibilidad. El problema surgió cuando fui cambiado. Las rondas posteriores no siguieron haciéndose regularmente porque los comisarios se desinteresaron. - Para corregir estos males, insisto en que previamente a su designación, que es anual, se debe seleccionar a los comisarios y exigirles que asistan a cursos de capacitación. En mi concepto, ellos deben salir directamente de la Escuela Superior de Policía, sobre todo del primer tercio en orden de mérito. Una vez que hayan recibido la capacitación, se debe impedir que, recurriendo a alguna influencia, se vayan a trabajar a un puesto administrativo. Hay que reconocer que la mayor parte de los egresados no quieren ser comisarios, pues prefieren un trabajo más fácil. Sin embargo, un policía no puede eludir su deber.

Acción preventivo-policial. Una vez que las juntas vecinales han juramentado y recibido capacitación en vigilancia policial y labores preventivas —mediante simulacros, demostraciones y otras técnicas—, se debe asegurar que cuenten con suficientes herramientas —silbatos, chalecos, alarmas eléctricas, afiches de seguridad vecinal pegados en las puertas de las casas y otros— para que adquieran confianza. Los miembros de las juntas nunca deben enfrentar al delincuente directamente, salvo en legítima defensa.

Red de comunicaciones. Es indispensable instalar una central de radio en la base y luego adquirir progresivamente radios portátiles (walkie-talkies) y celulares. En el distrito de Hualmay (Huacho), la municipalidad, representada por su alcalde, Óscar Pérez Alcántara, aprobó el presupuesto participativo de 70 mil nuevos soles, que sirvió para la compra de radios, chalecos y casacas, así como para la reparación de las unidades móviles de la comisaría. En esta localidad se apreció un cambio objetivo, porque los aportes se hicieron con mucho afecto y sinceridad, sin buscar ningún beneficio personal.

Natural resistencia al cambio. Tan importantes son los cambios que se logran, que en algunas localidades —como La Victoria, Chiclayo— ciertas


autoridades se oponen a estos, porque afectan sus intereses personales. Este suele ser un problema generado por la carencia de sensibilidad social, porque, en realidad, a estas personas no se les quita nada. •

2. Participación

de la

Policía Comunitaria

En la actualidad y en el ámbito mundial existen diversos conceptos de Policía Comunitaria. A partir de mi experiencia, puedo asegurar que el concepto es simple: contar con una Policía Comunitaria no implica crear otro cuerpo policial, lo que más bien duplicaría las funciones. Todo policía, por naturaleza, debe ser un policía comunitario.6 Esta afirmación adquiere mayor peso todavía en las comisarías, donde el personal policial tiene el privilegio de estar en contacto directo con la comunidad, y es allí que se concreta la acción institucional. 5

Villanueva Garay, ob. cit., p. 181.

6

Villanueva Garay, ob. cit., p. 114.

111 Estrategias para el éxito

La realización profesional. Al final de una labor prolongada y de un esfuerzo sostenido, se llega a la satisfacción del deber cumplido, que es la mayor recompensa que puede recibir un policía profesional.5 Así pasó en La Victoria, Chiclayo, donde encontré una comisaría en ruinas, moral y materialmente hablando. Luego de un año de intensa labor, dejé una comisaría que era un modelo de desarrollo organizacional: recuperamos el orden, la seguridad y el control social. Así, el binomio policía-comunidad logró erradicar la microcomercialización de drogas, el pandillaje pernicioso, la delincuencia organizada y otras tantas lacras sociales que en la última década tenían al pueblo amedrentado. Además, el local fue remodelado: se construyeron nuevos ambientes, losas deportivas, etcétera. Este modelo muestra a los policías que si se formula un apropiado plan de seguridad vecinal, su labor se va a desarrollar con más facilidad, de acuerdo con la realidad de cada demarcación. En el anexo de este texto se pone a disposición de los lectores el plan local elaborado por la comisaría de La Victoria. Este plan —que como toda obra humana es perfectible— se realizó con mucha voluntad, sin criticar a nadie, buscando solamente recobrar la confianza de la comunidad.


a) Características Una Policía Comunitaria modelo tiene las siguientes características: • Se redefine el rol social de la Policía. • El policía ayuda a resolver problemas sociales. • Es prioritaria la labor proactiva y preventiva de la Policía. • Se requieren nuevos criterios para medir la efectividad de la labor policial. • Tiene funciones operativas descentralizadas. • Se actualizan los sistemas de información computarizada que trabajan en redes, enlazando a policías, vecinos y autoridades locales. b) Variables Relatos de éxito de un comisario / Julio Díaz Zulueta

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Las variables sobre las que actúa el modelo de Policía Comunitaria son cuatro: • Criminalidad. • Sensación de inseguridad. • Violencia. • Calidad de vida de la población. c) Objetivos Los objetivos del modelo de Policía Comunitaria son los siguientes: • Identificar los problemas de orden público en la comunidad. • Propiciar soluciones sostenibles. • Garantizar la sensación de seguridad en el entorno social. • Mejorar el nivel de satisfacción de las personas respecto a la intervención policial. • Incorporar a la comunidad activamente en la producción de servicios de seguridad, sin sustituir a la Policía, mediante programas de prevención. • Procurar una intervención policial más proactiva que reactiva, tratando de evitar la confrontación directa. Se trata de una labor preventiva. • Mejorar el control social sobre la actuación policial.


d) Componentes fundamentales del modelo comunitario

e) Contexto del modelo de Policía Comunitaria El modelo de Policía Comunitaria se enmarca en el siguiente contexto: • El servicio policial se desarrolla siguiendo dos grandes líneas: una, la denominada «operatividad», que es la acción policial represiva, dirigida hacia los grupos antisociales claramente definidos, que constituyen la menor parte de la población. La otra línea consiste en los esfuerzos orientados hacia la comunidad, cuyos miembros son la mayoría. f) Propuestas El modelo de Policía Comunitaria propone: • Concretar esta filosofía a través de un servicio policial en el que el comisario asume un papel activo y dinamizador. Él, junto con sus equipos de trabajo, se encarga de relacionar la información, analizarla, juzgar qué acciones son las más pertinentes y crear estrategias de trabajo social en materia policial. • Intensificar el contacto entre la Policía y la comunidad, ya que, en esa medida, se registrará menos delincuencia.

113 Estrategias para el éxito

Los componentes fundamentales del modelo de Policía Comunitaria son los siguientes: • Determinar los factores que originan el delito para ejercer un control eficaz de estos. • Mejorar la calidad de los servicios policiales es la base sobre la que se sostiene una institución abierta y permeable, que debe estar presente donde y cuando los ciudadanos la necesiten. • Redefinir las responsabilidades tomando en cuenta la integración entre geografía y población. En este sentido, la unidad fundamental para la prevención del delito es el vecindario. • La intervención de la comunidad se produce prácticamente en todas las fases, desde la tarea de diagnóstico y planeamiento de las opciones que se implementarán hasta la ejecución de esas opciones y el control y evaluación de los planes de trabajo.


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• Contribuir a que la Policía se oriente a solucionar los problemas prioritarios, pues mientras mayor capacidad se tenga para identificar los factores directos e indirectos que generan patrones de comportamiento delictivo, menos delincuencia se observará. • Un patrullaje constante y sorpresivo. A mayor cobertura del servicio policial, habrá mayor presencia policial en los lugares y momentos críticos del medio social. • Intervenciones proactivas. Cuanto mayor sea el número de intervenciones practicadas por iniciativa de la propia Policía contra delincuentes de alto riesgo, menor será la posibilidad de que se cometan actos ilícitos graves. • Existen muchas definiciones de Policía Comunitaria, pero hay algunos factores esenciales que nos llevan a ensayar una definición operativa del modelo:7 La Policía Comunitaria se caracteriza por establecer una relación estrecha, directa y efectiva entre el cuerpo policial y la población, lo que se llama el binomio policía-ciudadano. Para que esta relación funcione, la Policía debe estar permanentemente atenta a interpretar los factores del orden público. Al incrementarse la capacidad de acción policial, se asegura la eficiencia del control social integral en una comunidad determinada. • La atención preventiva debe cubrir áreas muy pequeñas y definidas. Un esfuerzo policial para movilizar a la comunidad es un esfuerzo preventivo. Una acción policial concertada estudia las condiciones y circunstancias que motivan la comisión de delitos o contravenciones y causan conmoción social. g) Ventajas Las ventajas de la aplicación del modelo de Policía Comunitaria son las siguientes: • Contribuye a crear relaciones de confianza mutua entre la Policía y el poblador. • Mejora la prevención de la criminalidad. • Disminuye el temor de la población. Se genera confianza en la ciudadanía y se percibe un clima de seguridad. • Disminuyen los casos de abusos o excesos policiales.

7

Villanueva Garay, ob. cit., p. 151.


h) Desventajas Las principales dificultades en la ejecución del modelo de Policía Comunitaria son las siguientes: • La resistencia dentro de la Policía es frecuente. • Carencia de personal capacitado para actuar con autonomía e iniciativa. • Vecindarios apáticos, con poco sentimiento de comunidad e insensibles en cuanto a la seguridad. i) Resultados

j) Expectativas del modelo de Policía Comunitaria El modelo de Policía Comunitaria aplicado al ámbito policial peruano aspira a alcanzar los siguientes propósitos de desarrollo: • Constituye el más reciente paradigma desde el modelo tradicional estructurado en la década de 1950. La clave del éxito policial en la aplicación de este modelo está estrechamente ligada al contacto directo y constante entre la Policía y la población organizada. • Es el modelo menos dogmático contra la violencia y la delincuencia, por cuanto es producto de experiencias, doctrinas y teorías que recojen infinidad de modelos que se han venido ensayando a través de la historia.

115 Estrategias para el éxito

Los principales resultados de la aplicación del modelo de Policía Comunitaria son los siguientes: • Contribuye a fortalecer la gobernabilidad manifiesta y, por tanto, el cumplimiento de los fines esenciales del Estado. • Genera respuestas sociales a la inseguridad en tiempo real. • Mantiene una disciplina social por consenso. • Facilita la creación de condiciones de seguridad materiales, sociales y psicológicas. • Permite dignificar a la persona humana. • Crea una cultura de justicia social. • Contribuye a disminuir o minimizar las desigualdades sociales. • Genera un ambiente de aprendizaje colectivo, donde la acción social es el principio básico ético para la primacía de la razón.


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• No descarta ni excluye el modelo penal ni el modelo social, sino que los complementa mediante una mayor integración de la ciudadanía en tareas preventivas y una colaboración más estrecha entre autoridades y comunidad. • El esfuerzo desplegado mediante este modelo se inició luego de haber experimentado con muchas otras modalidades. Como estas no funcionaban, se determinó que algo fundamental estaba fallando y se identificó el problema: no se estaban considerando las necesidades específicas de cada localidad. • Para superar esta carencia, se requiere que la Policía se inserte en la comunidad de tal manera que sea capaz de identificar los problemas cotidianos, que difieren de una localidad a otra. • Este modelo ha sido experimentado con éxito en España, Japón, Canadá, Inglaterra, Estados Unidos, Colombia, Chile, entre otros países, y está demostrando ser una opción idónea y provechosa para acceder a niveles de seguridad socialmente aceptados. • El modelo está orientado a generar un proceso ordenado de incorporación de la comunidad a las tareas de prevención del delito. Se busca, así, superar la noción tradicional de «Policía-fuerza», que enfoca a la institución como una simple «fuerza de choque» contra la transgresión de la ley. Entendida de esta manera, esta «fuerza de choque» no logra combatir el crimen ni conseguir el apoyo de la población, sino que, más bien, motiva enfrentamientos, conflictos y distanciamientos. • El principio que constituye la base de este nuevo modelo es que la Policía debe estar al servicio de la ciudadanía, y su efectividad debe basarse en restaurar el binomio Policía-comunidad mediante la mutua colaboración. Este modelo implica la adecuación de los servicios policiales a las verdaderas necesidades de cada localidad, lo que solo se logrará con el desarrollo de la cultura policial. Para lograrlo, es imprescindible realizar una transformación profunda tanto de la propia comunidad —que debe superar su apatía y comprometerse activamente—como de la Policía. • Debido a su sencillez, flexibilidad y bajo costo, el modelo policial comunitario parece ser la medida más efectiva para superar la inseguridad ciudadana. • La tecnología complementa el patrullaje policial. Este consiste en la respuesta rápida y las intervenciones motivadas, así como en la restitución del arresto, de las redadas y de otras medidas de «profilaxis social» que, si se realizan de manera correcta, cuentan con la aceptación unánime de la comunidad.


• Se pueden utilizar conjuntamente diversas medidas preventivas, tales como vigilancia de las zonas críticas, identificación de objetos, inspección de viviendas, difusión de folletos informativos, etcétera. • En materia de prevención del delito, se considera que el reto fundamental es la introducción del modelo de Policía Comunitaria y la canalización de las iniciativas de la propia comunidad. • El modelo de Policía Comunitaria considera que el servicio a la comunidad es el factor que le otorga legitimidad a la actuación policial. El policía vive inserto en una comunidad a la cual le presta servicios. • El modelo de Policía Comunitaria considera las necesidades específicas de cada comunidad. La Policía debe insertar sus acciones en el marco de esas necesidades colectivas. Estrategias para el éxito

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[5] Reflexiones finales


1. Formular el Plan Operativo Local de Seguridad Vecinal En sus anexos, la Ley 27933 incluye un formato de Plan Operativo Local de Seguridad Vecinal. El plan que se elaboró en el distrito de La Victoria, Chiclayo, y que se presenta en el anexo de este libro, sirve como un buen ejemplo. Para realizar este plan, hay que partir por elaborar un diagnóstico situacional de la zona en la que trabaja la comisaría. En este diagnóstico se determinará qué delitos se cometen, en qué lugares, con qué características. Una vez que esta información haya sido analizada por la Policía junto con los integrantes del Comité Distrital de Seguridad Vecinal, se propondrán las líneas de acción más convenientes para retomar el control social.

2. Cambio de actitud y motivación del personal •

El comisario tiene que demostrar total integridad hasta en sus actos más mínimos, especialmente en lo que se refiere a la administración de los recursos. Así se generará un ambiente de confianza y un clima laboral

121 Reflexiones finales

A manera de conclusión de este trabajo, quiero resumir las medidas que, sobre la base de mi experiencia, considero indispensables para desarrollar una eficiente gestión en las comisarías.


favorable, y el personal se quitará de la mente ideas tan perniciosas como: «Si él hace algo inmoral, ¿por qué no puedo hacerlo yo también?» y «Yo trabajo al ritmo en que trabaja mi jefe: si a él no le interesa cumplir sus obligaciones, a mí tampoco». No hay que olvidar que el mal ejemplo se aprende con mayor facilidad que las buenas acciones.

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• Los policías no deben pedir directamente ni insinuar a los usuarios que les den una dádiva a cambio de la prestación de algún servicio, que es cubierto con recursos del Estado. Tenemos que aplicar la lógica empresarial al trabajo de la comisaría: ningún empresario va a ser tan inconsciente como para espantar a sus clientes; por el contrario, busca atraerlos brindándoles el mejor servicio. Lo mismo debemos hacer los policías: cuando un vecino acude a la comisaría, no podemos ahuyentarlo. Tenemos que tomar su visita como una oportunidad para hacerle cambiar la idea de que sentar una denuncia no solo sale caro, sino que es una pérdida de tiempo pues nunca se logra nada. La ineficiencia y la corrupción policial fomentan el fenómeno de la «delincuencia oculta», es decir, de la indiferencia y la pasividad, que tienen consecuencias imprevisibles. •

Debemos ser amables con el público que ingresa al Comité de Seguridad Vecinal, infundirle confianza, mostrarle que la razón de ser del policía es servir a la comunidad.

• Una medida muy recomendable es premiar a los policías que destacan durante el mes. Este acto debe constituir una ceremonia pública que cuente con la presencia de los mandos superiores, los familiares y el público en general. • Las copias certificadas se deben entregar inmediatamente. Si el estado de salud o la edad del solicitante lo ameritan, hay que llevarle la copia a su domicilio. Con una acción tan simple, se gana la voluntad de la población, lo cual es muy importante para revertir la imagen negativa del pasado. • La respuesta a los llamados de auxilio debe ser inmediata. Todos los vecinos merecen ser atendidos por los policías con el mismo esmero que si se tratara de sus seres queridos. Esto solo es posible cuando los efectivos son profesionales competentes, que han desarrollado una sensibilidad al servicio.


• Los números telefónicos de la comisaría y del comisario deben estar al servicio exclusivo de la comunidad. Estos números se deben difundir ampliamente entre toda la población, a fin de reactivar el servicio de emergencia policial.

3. Cambio de actitud de la población

4. Cambio de actitud de las autoridades locales y los profesionales • Entre las autoridades y los profesionales debe despertarse la conciencia de que es necesario preservar la seguridad vecinal y orden público. • Las autoridades y los profesionales deben integrarse al Comité Distrital de Seguridad Vecinal y participar activamente con la firme convicción de que

123 Reflexiones finales

• Los padres y las madres de familia deben controlar y dar afecto a sus hijos e hijas. Esta es la base para que, a medida que vayan creciendo, eviten las malas compañías y se abstengan de realizar actos antisociales, especialmente integrarse a pandillas e iniciarse en el consumo de tabaco, licor y drogas. • Un hogar estable y apacible, en el que se desarrolla adecuadamente la primera etapa de socialización de las personas, es la mejor vacuna contra la violencia. Cuando los hijos crecen habituados a practicar valores, se sientan bases sólidas para que enfrenten los desafíos del mundo actual. Nunca hay que olvidar que los buenos padres educan a hijos buenos, mientras que las personas que generan problemas sociales por lo general provienen de hogares desestructurados. • Los ciudadanos no deben criticar injustamente a las autoridades cuando estas actúen de acuerdo con la ley, pues no están haciendo otra cosa que cumplir con su deber. Si se quiere constituir una auténtica democracia y un verdadero Estado de Derecho, la población tiene que fiscalizar a sus autoridades, pero también asumir los compromisos que le corresponden en la tarea de velar por la seguridad ciudadana. • Los vecinos deben mantener una constante comunicación con la Policía para asegurar el éxito de los diversos programas de acción, especialmente el Club de Menores, las Patrullas Juveniles, Vecino Vigilante, entre otros.


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el orden es la base de la seguridad y de que ambos elementos constituyen el cimiento de la justicia. • Autoridades y profesionales deben respetarse mutuamente y evitar actitudes de superioridad o autosuficiencia ante los otros integrantes del comité. • Las juntas vecinales no deben politizarse. La única autoridad encargada de organizar y capacitar a los comités vecinales es la Policía Nacional. • La única atribución individual del presidente del Comité de Seguridad Vecinal es nombrar el secretario técnico, pero él debe ser un experto en seguridad pública. Todas las demás actividades se efectúan por acuerdo conjunto del propio comité. • Los profesionales tienen que trabajar junto con sus demás vecinos. Es recomendable que asuman funciones de liderazgo, esto es, que se conviertan en dirigentes vecinales en el tema de seguridad, pues por la formación que recibieron, tienen mucho que aportar a la comunidad.


[ ANEXO ] El Plan Local de Seguridad Vecinal del distrito de La Victoria, Chiclayo


La Ley 27933, Ley del Sistema Nacional de Seguridad Vecinal, tiene por objeto proteger el libre ejercicio de los derechos y libertades, garantizar la seguridad, la paz social, la tranquilidad, así como el respeto por las garantías individuales y sociales en el ámbito nacional. Comprende a las personas naturales y jurídicas, sin excepción, residentes en el territorio nacional. En el distrito de La Victoria-Chiclayo, la delincuencia, la drogadicción, el pandillaje, la violencia familiar y otras lacras sociales afectan severamente a la población. Por tal motivo, se hace necesario promover la acción conjunta de las autoridades y personas que conforman el Comité Distrital de Seguridad Vecinal y de la población en general, a fin de prevenir, atender y proteger a la comunidad de estas amenazas que atentan contra la tranquilidad y el orden, perjudicando a las personas, quienes no pueden transitar libremente por las calles y caminos de esta demarcación. Ante tal situación, el Comité Distrital de Seguridad Vecinal ha elaborado el presente plan local, proyectado a que la población se organice en juntas vecinales de protección por calles, por sectores y por zonas. De esta manera se aplicarán los programas preventivos, a fin de velar por la propia seguridad de los vecinos, trabajando conjuntamente con las autoridades del distrito y la comisaría policial del sector.

127 El Plan Local de Seguridad Vecinal del distrito de La Victoria, Chiclayo

Presentación


Así mismo, es necesario que los integrantes del Comité Distrital de Seguridad Ciudadana, las autoridades y las personas representativas del departamento de Lambayeque y del ámbito nacional dejemos de lado toda actitud de indiferencia ante la situación del orden y la seguridad. Muy por el contrario, debemos extender nuestro apoyo decidido con la finalidad de trabajar unidos por el bien de nosotros mismos y de nuestras familias —en especial de nuestros hijos—, así como por la unión y la concordia de todos los peruanos.

1. Diagnóstico 1.1 El factor geográfico: el territorio Relatos de éxito de un comisario / Julio Díaz Zulueta

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• El distrito de La Victoria tiene una extensión aproximada de 32,16 kilómetros cuadrados, que equivalen a 3.200 manzanas. • Comprende dos sectores poblacionales: La Victoria y Chosica del Norte. • Tiene una urbanización, Santa Rosa. Cinco pueblos jóvenes: El Bosque, Antonio Raimondi, Primero de Junio, Víctor Raúl Haya de la Torre y Ampliación Víctor Raúl Haya de la Torre. Cinco centros poblados rurales: Chacupe Alto, Chacupe Bajo, Cuyate, Pozo Loco y El Palmo. Y cuatro asentamientos humanos: Santo Domingo, Los Nogales, Los Rosales y Siete de Agosto. 1.2 El factor demográfico: la población • El distrito de La Victoria tiene en la actualidad 110.000 habitantes. • La distribución porcentual de la población por estratos socioeconómicos es la siguiente: - Sector A (clases alta y media alta): 2% - Sector B (clases media y media baja): 10% - Sector C (clase baja): 18% - Sector D (clase muy baja): 70% 1.3 Indicador Policía-población • La Comisaría de La Victoria cuenta con 54 efectivos policiales distribuidos de la siguiente manera:


- Administrativos: 6 - Atención al público: 8 - Investigaciones: 7 - Patrullaje motorizado: 7 - Patrullaje a pie: 17 - Oficiales: 4 - De vacaciones: 3 - Destacados: 2 • Existen aproximadamente cuatro policías por kilómetro cuadrado y un policía para cada 2 mil habitantes. • Para un aproximado de 100 mil habitantes del distrito de La Victoria, existen 17 efectivos policiales que realizan labores de patrullaje por la demarcación.

a) Policía Nacional • El distrito de La Victoria tiene una comisaría, ubicada en la calle Pachacútec 1510. • Para el servicio policial de seguridad vecinal, cuenta con cinco efectivos policiales organizados por turnos diarios, más dos que conforman la tripulación del patrullero BC-2941. • Además, para la cobertura de servicios de seguridad vecinal en el distrito dispone de un patrullero y de dos motos. • En la actualidad, la comisaría de La Victoria está ejecutando los programas Vecino Vigilante, Acciones Cívicas y Policía Escolar. Posteriormente, trabajará con los programas establecidos en el presente plan. b) Municipalidad • La municipalidad distrital de La Victoria no dispone de una Dirección de Seguridad Vecinal. Está en proyecto la creación de una oficina encargada de esta importante área social, que buscará centrar el trabajo relacionado con las juntas vecinales. • La municipalidad de La Victoria cuenta con una Jefatura de Participación Vecinal, que trabaja junto con la organización vecinal y con la comisaría del sector, apoyando la constitución, capacitación y juramentación de las juntas vecinales.

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1.4 Potencialidad para la seguridad vecinal


• No existe el servicio de serenazgo. • Las actividades de proyección social del municipio de La Victoria son las siguientes: - Jornadas médicas gratuitas - Desayunos gratuitos - Campeonatos deportivos - Cursos gratuitos de repostería, cosmetología y artesanía - Donaciones a personas de escasos recursos económicos c) Sector Justicia • El distrito de La Victoria cuenta únicamente con un juzgado de paz, ubicado en la avenida Los Amautas 435. Relatos de éxito de un comisario / Julio Díaz Zulueta

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d) Sector Interior • Cuenta con un gobernador y 20 tenientes gobernadores. e) Sector Educación • Existen nueve instituciones educativas de primaria (estatales y particulares). • Hay seis instituciones educativas de secundaria (estatales y particulares). • Aproximadamente, los alumnos de primaria son 3.500 y los de secundaria, 3.000. f) Sector Salud • Existe un policlínico de EsSalud, ubicado entre las avenidas Inca Yupanqui y Los Andes. • Existen tres postas médicas: una se encuentra ubicada en la calle Machupicchu C-7, otra entre las avenidas Paul Harris y Las Ñustas, y la última entre las calles Virú y Los Aya. g) Comunidad organizada para la seguridad vecinal • La municipalidad, la gobernación, el comité cívico y la comisaría de La Victoria han emprendido un trabajo social conjunto desde el 5 de marzo del 2004, que se centra en la constitución y capacitación de las juntas vecinales. • La Comisaría de La Victoria ha organizado su Comité Cívico de Cooperación, integrado por 13 personas notables y presidido por el señor Sergio Cabrejos Jara.


• Estas son las únicas organizaciones sociales que trabajan para mejorar la calidad de vida en materia de seguridad vecinal. 1.5 Situación delincuencial

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• En el distrito de La Victoria existe un registro de los hechos delictuosos. Los más frecuentes son los siguientes: microcomercialización y consumo de drogas, arrebatos, abigeato, asaltos y violencia familiar. • Seguidamente, se detallan los puntos críticos de mayor incidencia delictiva: - Venta de drogas (y alias de los principales comercializadores): Calle Lloque Yupanqui s/n C-10, alias Manuel Intersección de las calles Yahuar Huaca e Inti Raymi Los Chasquis s/n, cuadra 4, alias Sánchez Calles El Ayllu y La Unión s/n, alias Llamino y Roger Calles Manco Inca, Unión y Ayar s/n, alias Teresa Calles Orfebres y Unión s/n, alias Pescador Calles Imperio y Figueroa s/n, alias Fabián Calle Wari s/n, pueblo joven El Bosque, C-2, alias Adela Calle Huayna Cápac, última cuadra Calles Inti Raymi y Pelado Pesantez - Arrebatos Cruce de las avenidas Los Incas y Gran Chimú Cruce de las avenidas Los Incas y Unión Cruce de las avenidas Los Amautas y Lloque Yupanqui Mercado El Inca Cruce de las avenidas Los Andes e Inca Yupanqui Cruce de las avenidas La Unión y Víctor Raúl - Abigeato Sector Chacupe Alto Sector Chacupe Bajo Sector Chosica del Norte - Asaltos Cercado de La Victoria Grifos Cabinas de Internet


- Violencia familiar Pueblos jóvenes El Bosque, Primero de Junio y Antonio Raimondi Casco urbano de La Victoria

2. Misión Desde el 5 de marzo del 2004, el Comité de Seguridad Vecinal viene trabajando activamente con los pobladores del distrito de La Victoria, a fin de capacitarlos y organizarlos en juntas vecinales de protección ciudadana.

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Estas juntas desarrollan acciones específicas de prevención multisectorial y de represión local contra la drogadicción, el pandillaje y la delincuencia en todas sus modalidades, con la finalidad de afianzar y mantener un clima de seguridad pública en la demarcación del distrito de La Victoria, mediante un enfoque integral en el que se coordinen y complementen las acciones del gobierno local, la Policía Nacional, los diferentes sectores públicos comprometidos y la comunidad organizada.

3. Objetivos • Articular los esfuerzos de los diferentes sectores componentes del Comité Distrital de Seguridad Vecinal, aplicando un enfoque sistemático para concretar los propósitos con prontitud y eficiencia. • Reducir los índices de criminalidad en todas sus modalidades, mediante un trabajo integral sostenido, para garantizar un clima de tranquilidad y seguridad de la comunidad. • Desarrollar actividades preventivas multisectoriales, habituándose a trabajar en equipo para garantizar la continuidad administrativa del programa de acción social.


4. Estrategias 4.1 Organización policial para la seguridad vecinal

b) Distribución de los vehículos policiales para cubrir el territorio • Se disponía de un solo patrullero, lo que representaba una carencia logística para apoyar las operaciones policiales en todo el distrito. • Tal era la necesidad que, en junio, el Comité Cívico de Cooperación con la Comisaría adquirió dos patrulleros más, y se distribuyó un patrullero para cada sector. c)

Desarrollo de la inteligencia policial • Al formarse las juntas de seguridad vecinal en el distrito, se activó la recepción de los datos relevantes que podían proporcionar los pobladores. Esta información, después de ser analizada y procesada, ha favorecido la eficiencia de la acción policial.

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a) Sectorización de la demarcación • El distrito de La Victoria se ha dividido en tres sectores: - Sector uno: comprende desde la Vía de Evitamiento, la Panamericana y la avenida Grau, en donde se ubican los pueblos jóvenes El Bosque, Primero de Junio y Antonio Raimondi; los asentamientos humanos Los Nogales, Santo Domingo, Santa Isabel, Siete de Agosto; el centro poblado Chosica del Norte; y los sectores rurales de Chacupe Alto y Chacupe Bajo. - Sector dos: comprende desde la avenida Grau, la Vía de Evitamiento y las avenidas Los Incas y Chinchaysuyo, en donde se ubican los pueblos jóvenes Víctor Raúl y la ampliación Víctor Raúl Haya de la Torre, así como el casco urbano de La Victoria. - Sector tres: comprende desde las avenidas Los Incas y Chinchaysuyo, la Vía de Evitamiento y la Panamericana, en donde se ubica el casco urbano de La Victoria. • Respecto a la zonificación de los sectores policiales, queda pendiente la división de cada uno en zonas, lo cual facilitará la organización territorial en función del trabajo policial. Posteriormente, estas zonas tienen que ser divididas en cruceros de cuatro manzanas cada uno.


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• En caso de hechos delictivos flagrantes, las juntas vecinales están capacitadas para comunicarse con la comisaría, y el personal policial apoya e interviene de inmediato.

d) Sistema de comunicación entre la Policía y la población • Para una mejor y rápida comunicación, se repartirán volantes con los números telefónicos de la comisaría y el celular del mayor comisario. • Se ha instalado una central de radio en la comisaría y se adquirieron radios portátiles para los coordinadores de las juntas vecinales. De esta manera, la población no solo puede pedir auxilio, sino que se ha intensificado el sistema de alerta temprana; es decir, la comisaría tiene la información tan pronto se está cometiendo el hecho. • Con este equipamiento tan simple, la Policía del distrito ha repotenciado su capacidad de vigilancia vía la comunicación inmediata. 4.2 Participación ciudadana

• Se tiene prevista la constitución de 1.500 juntas vecinales en el distrito de La Victoria. • La Oficina de Participación Ciudadana (OPC) se incrementará con personal policial. • El personal policial de la OPC será constantemente capacitado en todo lo relacionado con el trabajo social para la seguridad vecinal. • El comisario que está al mando del personal de la OPC realiza visitas barrio por barrio, a fin de difundir la doctrina de las juntas vecinales. • El personal policial debe interactuar con los vecinos. • Se está aplicando el programa Vecino Vigilante.

4.3 Actividades preventivas multisectoriales Queremos lograr un servicio policial de calidad. Para ello, estamos en proceso de transformar lo que era una institución deficiente e insuficiente en una nueva Policía moderna, confiable, respetada y comprometida con la sociedad. Esto solo será posible mediante un cambio progresivo previsto en planes estratégicos que fomenten la integración, la prevención y el compartir la responsabilidad de la seguridad vecinal.


Cuando la familia se integra, se facilita la primera socialización; cuando la comunidad procede a integrarse, se continúa con la segunda socialización. Así en conjunto, toda la población trabaja para prevenir las conductas antisociales, desarrollando para ello estrategias que constituyen una herramienta fundamental. Se busca la participación activa de la población organizada, que haya logrado internalizar los principios cívicos, regionales, nacionales y patrióticos que fomenten el amor por el Perú y los sentimientos superiores.

Los programas dirigidos hacia la comunidad, cuyas características se detallarán seguidamente, no son más que el reflejo del trabajo que la Policía Nacional ha realizado durante años junto con la población, las instituciones educativas, los grupos de ex pandilleros y otros. Deben ser enfocados sobre la base de la educación social o, en términos técnicos, la paidocenosis aplicada a la prevención comunitaria. Es muy importante también establecer que la comunidad se rige por normas morales cuyo estricto cumplimiento forma un entorno en el que solo pueden formarse hombres honestos, cuyo comportamiento se sustente en principios éticos que cada persona asume por libre decisión. Desde una perspectiva ética, todos los ciudadanos estamos obligados a fortalecer los programas comunitarios de la Policía. Por lo tanto, es necesario que empecemos por aprender de estos y también establecer lo que requieren, para así fortalecer nuestro trabajo en el cumplimiento de la misión que el país y el Estado nos han encomendado. También queremos que el presente documento ayude a reflexionar sobre el sentido ético del quehacer policial, ya que este no se limita a reprimir las contravenciones sociales, sino que también busca acompañar a la persona desde que es un niño hasta que se convierte en un ciudadano cuya vida se desarrolla en un ambiente de paz y tranquilidad. En este contexto, consideramos pertinente expresar nuestro reconocimiento y más profundo agradecimiento al general PNP (r) Enrique Yépez Dávalos por

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De esta manera, se busca alcanzar la justicia, el orden y la paz social, y se puede aspirar a una sociedad en la que prime la verdad, la razón, la libertad y los derechos, proscribiendo toda forma de violencia y consolidando los vínculos del binomio policía-poblador. Este es un camino para ganar la confianza y el aprecio de la comunidad.


el valioso aporte que hizo en 1997, al presentar ante el comando institucional de la PNP el Plan Psicosocial de Participación Ciudadana, que fue aprobado inmediatamente y del cual se han derivado todos los demás programas. Este plan incluso recoge experiencias desarrolladas en diversas comisarías de Lima, tales como Huaycán, Cruz Blanca (Huacho) y Villa (Chorrillos) en el 2002. La aplicación de la Ley 27933 obtuvo el más rotundo éxito con la formación de la Policía Comunitaria, esquema que sirvió para que el pueblo recobrara totalmente la confianza en su Policía. 4.4 Programas dirigidos a la comunidad

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a) Policía Nacional El programa está aprobado, ordenado y dispuesto por el comando. Incluso es política de Estado y tenemos el deber profesional de aplicarlo. •

Principios básicos: - Para la ejecución de este programa, se debe empezar recobrando los principios básicos de la excelencia del servicio policial. - Expedir copias certificadas y domiciliarias al instante. Si el caso lo amerita, la entrega debe hacerse a domicilio. - Responder inmediatamente al llamado de los vecinos, para lo cual se deben brindar los teléfonos de la Comisaría y el celular del comisario. - Atender oportunamente las denuncias y dar solución a los problemas. - Realizar visitas a las personas que han presentado denuncias para informarles sobre el resultado final de estas o en qué situación se encuentran. - Mantener en buen estado las instalaciones de la comisaría y dar un correcto trato al público. - El comisario debe atender todas las demandas de la comunidad. Cuando un vecino solicite una entrevista personal, no debe hacerlo esperar innecesariamente. - El policía debe entregarse íntegro al cumplimiento de sus funciones. Debe tener una profunda vocación de servicio a la comunidad, una sólida formación ética y una permanente actitud de eficiencia profesional.


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Programas de acción - Trabajo en red: Se debe promover la participación de las instituciones públicas y privadas. Las organizaciones locales, tales como las ONG y el Club de Leones, establecen una alianza conjunta con la Policía Nacional a través de las oficinas de participación ciudadana y las autoridades locales. De este modo, se puede realizar un trabajo en beneficio de la población en materia de seguridad vecinal, como por ejemplo rescatando los lugares abandonados que son utilizados por los delincuentes y drogadictos; con este fin, se los cercará y se notificará a los dueños para que les den uso o, en su defecto, se los donará para la construcción de locales públicos. Otras acciones similares son mejorar o instalar el alumbrado público; podar o eliminar árboles y matorrales que sirven como camuflaje; hacer donaciones logísticas para mejorar la seguridad; recuperar espacios públicos, sobre todo parques; ejecutar programas sociales en los que se den charlas y se ofrezcan trabajos eventuales a los jóvenes, etcétera. Este programa también busca invitar a las empresas e instituciones que han establecido extremas medidas de seguridad en sus locales a que apoyen las gestiones que realiza la comunidad - Acciones cívicas: Son actividades proyectadas hacia la comunidad, de preferencia a los pobladores de bajos recursos económicos. Consisten en paseos artísticos, asistencia médica, corte de cabello, desayunos y recreación que se desarrollan con el apoyo de la PNP, que con ese fin presta recursos como los servicios de su personal médico del Hospital Regional de Sanidad PNP, su banda de músicos, su sección de Policía Canina, cisternas de agua, etcétera. Las acciones cívicas tienen por finalidad integrar a la institución policial con la comunidad, estrechar las relaciones entre los vecinos fortaleciendo la convivencia pacífica, promover la participación de otras instituciones que se interesen en el bienestar de la comunidad, generar el apoyo del empresariado local y, en términos generales, robustecer la seguridad vecinal. Estas actividades también constituyen acciones de prevención social, en razón de que refuerzan la solidaridad de los vecinos organizados y dan la oportunidad de participar a aquellos que eluden este deber cívico. Esto último se refiere en especial a los jóvenes y adolescentes, a quienes se


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incentiva a participar voluntariamente en brigadas que contribuyan al orden y el control, y de esta manera se les hace sentir que forman parte de la sociedad y que pueden ser útiles a esta. - Vecino Vigilante: Este programa busca organizar y capacitar a la población que voluntariamente se integra a la comisaría del sector para velar por la seguridad de la zona donde reside. Estas agrupaciones, cuya constitución es promovida por las juntas vecinales, constituyen la célula básica de la organización vecinal y trabajan en coordinación con los vecinos notables y las autoridades locales. También se fomenta la participación activa de la comunidad mediante la capacitación, en la que se enseña a todos los ciudadanos a que efectúen una vigilancia básica de determinada cuadra, calle o avenida, informando de inmediato la presencia de personas o vehículos sospechosos, así como cualquier amenaza que puedan detectar en el lugar. Así mismo, se les recomienda que instalen alarmas y cuanto sistema de seguridad esté a su alcance. Un método bastante efectivo es que el vecino que observe un hecho delictivo toque un silbato de la manera acordada, de modo que alerte a todos los demás para que salgan de sus domicilios masivamente, actitud que obliga a los delincuentes a desistir de sus acciones y retirarse del lugar. Esta iniciativa cuenta con el apoyo de la comisaría, que responde inmediatamente el reporte telefónico de los vecinos. Para ello, es necesario promover reuniones entre ellos buscando consolidar el programa e internalizar la necesidad de que se mantengan unidos frente a la amenaza delincuencial y la violencia cotidiana. - Orientando y Protegiendo al Escolar. Este programa consiste en que el personal policial de la OPC establece un cronograma de visitas a las instituciones educativas para entrevistarse con los directores y plantearles la necesidad de reunirse con los alumnos. En estas citas, los policías dialogan con los estudiantes y les advierten los riesgos que a diario los amenazan. No se trata de asustarlos, sino de enseñarles cómo evitar el peligro recomendándoles que se abstengan de transitar por lugares desolados o carentes de alumbrado público; de dialogar con desconocidos que merodean por las zonas escolares; de aceptar regalos, golosinas o invitaciones de personas extrañas, y más aún de subir a sus vehículos; y finalmente, de participar en pandillas.


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Como parte de este trabajo, también se promueven reuniones entre la Policía y los brigadieres de aula y policías escolares, con el propósito de reforzar su trabajo dentro y fuera de la institución educativa. - Brigadas de Seguridad Escolar. La finalidad de este programa es involucrar a los padres de familia para que participen preventivamente en la seguridad de sus hijos a la hora de entrada y salida de los locales escolares. Para ello, el personal policial, al mando del comisario, convoca a las Asociaciones de Padres de Familia (Apafa) para que promuevan que todos sus integrantes asistan a las capacitaciones sobre seguridad vecinal que se realizarán. La acción consiste en organizar piquetes de seguridad, conformados por 15 padres de familia, que se ubican en la parte externa de los colegios. Los padres actúan provistos de un chaleco identificatorio en cuya parte delantera se lee la inscripción «Seguridad vecinal: cuidando a nuestros hijos», mientras que en la espalda figura el nombre de la institución educativa y el de la comisaría. Estos grupos de padres, que actúan acompañados por personal policial, alejarán a todas las personas desconocidas y grupos de pandillas que frecuentan estas zonas. Otro grupo de padres de familia, provistos de paletas con las inscripciones «Pare» y «Pase» y silbatos, apoyarán el control del tránsito peatonal y vehicular en las zonas adyacentes a los colegios. Mediante estas acciones, se previenen tanto las agresiones como los accidentes, y se contribuye al libre tránsito peatonal de los escolares, al orden y a la tranquilidad que todos los padres anhelamos para nuestros hijos. - Fortalecimiento del Deporte: La finalidad de este programa es que los niños y adolescentes de ambos sexos empleen de modo útil su tiempo libre. Se busca que participen en prácticas deportivas y recreativas como una alternativa para alejarlos de las drogas, el pandillaje, el consumo de bebidas alcohólicas y otros vicios. Consideramos que estas actividades los mantendrán ocupados y entretenidos, y serán una oportunidad para que demuestren sus habilidades deportivas y artísticas, y lleven una vida sana. La organización de eventos deportivos y recreativos como campeonatos debe involucrar a toda la población. De esta manera, se fomenta la sana convivencia entre vecinos, se establecen nuevas amistades y se recobra la confianza en la PNP. También es una oportunidad para conocer más


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de cerca los problemas por los que pueden estar pasando algunos jóvenes, y así estar en mejores condiciones de ayudarlos y guiarlos por el buen camino que han escogido. Estas actividades deben realizarse en las losas deportivas de la comunidad o de la comisaría, y con la asistencia del público. Es importante la participación de las juntas vecinales, los profesores, las autoridades y la municipalidad, todo lo cual permite mantener un adecuado nivel de liderazgo. Así mismo, resulta esencial el apoyo de las redes sociales, que pueden proporcionar diplomas, trofeos u otros incentivos a los participantes. - Patrullas Juveniles: Este programa consiste en identificar plenamente a los cabecillas e integrantes de las pandillas, para lo cual se contará con el apoyo directo de las juntas vecinales y del personal policial. Una vez identificadas estas personas —con sus nombres, alias y direcciones—, se buscará el acercamiento mediante visitas a sus casas o invitaciones a la comisaría. A través del diálogo, se tratará de disuadirlos de su comportamiento violento, que transgrede las normas de convivencia social, y junto con ellos se buscarán alternativas para reinsertarlos a la sociedad. La PNP demostrará en todo momento su compromiso para el éxito de este programa, tratando a estas personas con amabilidad y respeto. Si se logra establecer con ellas una buena relación, perderán el temor a visitar una comisaría y recibirán un impulso para mejorar sus condiciones de vida. Así, se las ayudará a tramitar sus documentos y se las invitará a asistir a charlas, cursillos, seminarios, talleres y paseos. Por otra parte, contando con el apoyo del municipio y otras instituciones, se buscará que estas personas accedan a oportunidades de trabajo mediante empleos eventuales o proporcionándoles herramientas que sirvan para el mismo fin. También se fomentará entre ellas la práctica del deporte en sus distintas disciplinas, como una medida de entretenimiento y sano esparcimiento que sirve para acortar las diferencias y neutralizar los rencores y deseos de venganza entre pandillas. Se fomentarán actitudes como la amistad, la solidaridad, el trabajo, el estudio y, lo más importante, el culto religioso, a fin de robustecer el espíritu cristiano y conseguir con ello que se intensifique el amor al prójimo y el acercamiento social y espiritual entre los miembros de la comunidad.


- Recobrando la Confianza, Ganando un Amigo: Este programa pretende que la Policía amplíe su área de servicio a la comunidad buscando a las personas con problemas en sus propios puntos de reunión. Así, se establecerá contacto con los adolescentes y adultos que se agrupan en determinadas esquinas hasta altas horas de la noche, con el afán de molestar a los transeúntes y a los vecinos, consumir bebidas alcohólicas y practicar juegos de azar. También se intervendrá en los lugares en los que se reúnen los drogadictos (fumaderos) y los alcohólicos («cámaras de gas»). En todos estos espacios, se buscará establecer un diálogo respetuoso con los jóvenes, en el que se abordarán sus problemas y se les insistirá en la necesidad de que dejen los vicios y desistan de sus actitudes violentas, tanto por su propio bienestar como por el de sus familias. Es necesario que tomen conciencia de que están desperdiciando un tiempo valioso que podrían aprovechar en su propio provecho. Una vez que se tome conocimiento sobre casos de violencia familiar, drogadicción, alcoholismo, prostitución clandestina y abandono moral o material, sea por intermedio de las juntas vecinales o porque los agraviados han solicitado apoyo policial, los efectivos deben visitar el lugar de los hechos y fomentar el diálogo a fin de buscar vías de solución al problema. Este diálogo debe inculcar los principios morales, los valores, las buenas costumbres y el amor a Dios. Hay que tratar, sobre todo, de que las familias no se desintegren, y si el caso lo amerita, contactar con instituciones especializadas que puedan colaborar en esta tarea. Si esto no es posible y los implicados no aceptan dialogar, se tendrá que actuar de acuerdo con la ley y, de ser necesario, se solicitará la presencia del representante del Ministerio Público y de la Policía especializada. En todo momento, se brindará información y asesoría policial a las personas que lo soliciten, realizando esta función con amabilidad y cortesía. La Policía tiene que acudir inmediatamente ante el llamado de los vecinos, pues de esta manera ganará la confianza de la población y se evitará la desintegración familiar, principal factor para que los niños y adolescentes de ambos sexos se vean involucrados en situaciones de riesgo y posteriormente incurran en la delincuencia. - Protección Personal: Este programa se ejecutará barrio por barrio. Se trata de convocar a la población a reuniones y eventos, así como de realizar visitas a las instituciones educativas, empresas y todo tipo de

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agrupaciones, con la finalidad de brindar información sobre las medidas de seguridad que todo ciudadano debe practicar en su vida cotidiana. Esta iniciativa debe estar a cargo del comisario de la demarcación, quien contará con el apoyo de los jefes y oficiales de las unidades especializadas, en su calidad de expertos en temas de seguridad e investigación del delito. Así, se busca que las personas de toda edad se protejan a sí mismas cumpliendo recomendaciones de seguridad elementales mientras trabajan, están en sus domicilios, transitan por las calles, van de compras, acuden al banco, abordan vehículos, etcétera. Se trata de que todos los ciudadanos adopten una actitud preventiva y tomen precauciones que les pueden evitar muchos problemas. Se espera que sean capaces de reconocer los perfiles de las personas sospechosas, mejorar la seguridad de sus viviendas y empresas, abstenerse de transitar por los lugares peligrosos en los que operan personas de mal vivir, etcétera. Estas medidas de protección personal también incluyen la detección de buzones de alcantarillado sin tapa, falta de alumbrado público, falta de señales de tránsito, focos de contaminación ambiental, vehículos abandonados, parques descuidados y tiendas que venden licor a menores de edad. - Policía Escolar: Este programa consiste en organizar y capacitar a los brigadieres de aula y policías escolares, en cumplimiento del convenio suscrito entre el Ministerio de Educación y la PNP. La capacitación se realiza a través de charlas en las que se les explican sus funciones y las acciones de prevención que deben cumplir en cuanto a drogas, pandillaje, maltrato infantil, seguridad vial e instrucción premilitar. Una vez que estas autoridades escolares han juramentado en sus cargos, cumplirán sus funciones dentro y fuera del plantel. Estas consisten en controlar que los alumnos ingresen y salgan en orden, que vistan el uniforme correctamente, que respeten el orden y la disciplina, que no permanezcan en el interior o exterior de la institución educativa fuera del horario de clases, así como detectar a los que consumen drogas o bebidas alcohólicas dentro del plantel. Si enfrentan algún caso de indisciplina escolar, deben comunicarlo al brigadier general y él le informará al director. En caso necesario, se solicitará el apoyo policial.


Mediante estas acciones, se fortalecerá el orden, la tranquilidad, la salubridad y la moralidad, y se prevendrá que los escolares fomenten actos de indisciplina o se vean involucrados en hechos delictivos.

c) Autoridad política • Apoyar decididamente el trabajo de seguridad vecinal, respetando las competencias funcionales de las instituciones que conforman el comité. d) Juzgado • Apoyar decididamente al Comité Distrital de Seguridad en su esfuerzo por reducir la criminalidad y la delincuencia de su demarcación. • Promover una directiva sobre la aplicación de penas de prestación de servicios a la comunidad y establecer un procedimiento orientado al cumplimiento de las sentencias de este tipo de penas. • Desarrollar acciones tendientes a la implementación de una política sobre justicia y paz social basada en la actualización y formulación de las respectivas normas integrales.

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b) Municipio • Apoyar el trabajo del Comité Distrital de Seguridad Vecinal, de conformidad con las disposiciones de la Ley 27933. • Promover la participación de la población en materia de seguridad vecinal, coordinando con las instituciones que conforman sus respectivos comités. • Desarrollar actividades de proyección que conlleven a la seguridad local. • Firmar convenios con organismos nacionales e internacionales para el logro de los objetivos. • Coordinar con la comisaría del distrito para mejorar el sistema de comunicación entre la Policía, los vecinos y municipalidad. • Diseñar planes, programas y campañas preventivas en materia de seguridad vial. • Establecer convenios con entidades públicas y privadas para coordinar la prestación de servicios policiales individualizados cuando los efectivos estén de vacaciones en las comisarías. • Motivar al empresariado para que apoye el esfuerzo de seguridad vecinal de la demarcación.


e) •

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Sector Educación Promover la organización de escuelas de padres y otras actividades de educación familiar. • Realizar campañas de alfabetización. • Alentar, con apoyo de la PNP, la formación de la Policía Escolar. En este contexto, elaborar un manual único que sea aplicado en todas las instituciones educativas. • Desarrollar el programa de Autoprotección Escolar, en coordinación con la comisaría y las Apafa. • Realizar las gestiones necesarias para asegurar que los sábados y domingos la infraestructura deportiva de las instituciones educativas se ponga al servicio de las acciones de proyección social. • Promover y/o participar en programas integrales preventivos y de reinserción social dirigidos a jóvenes y adolescentes en riesgo, integrantes de pandillas y barras bravas. f) Sector Salud • Extender los servicios de salud a las poblaciones carentes de estos. • Participar en las campañas preventivas de control sanitario y de sanea– miento ambiental que promuevan los comités de seguridad vecinal en coordinación con la Fiscalía de Prevención del Delito, la municipalidad y la PNP. • Desarrollar acciones informativas y de capacitación sobre prevención y control de enfermedades infectocontagiosas, así como sobre lactancia y nutrición. • Participar en campañas de cuidado del medio ambiente, de saneamiento y de fumigación en los puntos críticos de la comunidad.


5. Metas

a corto plazo

(enero-diciembre

del

2004)

Para el eficiente logro de los objetivos definidos en los planes y programas en materia de seguridad vecinal en el distrito de La Victoria, todos los integrantes del Comité Distrital de Seguridad Vecinal se mantendrán en constante comunicación y se comprometerán a realizar su trabajo en forma ininterrumpida. Con el objetivo de reducir en un 70% el índice de la delincuencia común en todas sus modalidades, se formará y capacitará a un aproximado de 1.500 juntas vecinales, las cuales realizarán un trabajo de vigilancia en sus respectivas cuadras, comunicando a la comisaría sobre cualquier hecho que lo amerite.

• Efectuar rondas mixtas (población-Policía) en los puntos críticos de cada zona. • Implementar el patrullaje policial motorizado con un patrullero por sector. • Dictar charlas a la población sobre cómo velar por la seguridad en casas, locales comerciales, parques y otros ambientes de la zona. • Reducir en 80% la venta de drogas instalando casetas de auxilio rápido en lugares estratégicos, mediante un trabajo conjunto entre el personal policial y las juntas vecinales del lugar. • Dictar charlas a los pobladores, sobre todo a los adolescentes, acerca de cómo prevenir el consumo de drogas. • Dispensar ayuda profesional a los consumidores de drogas que deseen rehabilitarse. • Reducir en 80% los casos de violencia familiar organizando grupos de terapia psicosocial tendientes a lograr cambios de comportamiento en las costumbres de índole familiar y cultural. • Atender con prontitud y esmero los casos de violencia familiar. Las juntas vecinales comunicarán a la comisaría todos los casos de este tipo de violencia. • Reducir en 50% los asaltos a grifos, establecimientos comerciales, fábricas y todo tipo de empresas. Esta meta se alcanzará estableciendo un sistema de vigilancia y alerta temprana a cargo de las juntas vecinales. Sus

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Sobre todo, procurarán cumplir las siguientes actividades:


integrantes comunicarán inmediatamente a la comisaría la presencia de personas, vehículos sospechosos u otras amenazas que perciban. • Coordinar acciones con el personal de vigilancia particular. • Implementar alarmas con enlace electrónico a la comisaría, para dar la alerta temprana en casos de asalto, robo u otros atentados.

6. Presupuesto

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El Comité Distrital de Seguridad Vecinal desarrollará todas estas actividades sobre la base de sus propios recursos, los aportes en bienes y servicios de las instituciones y sectores del Estado componentes del sistema, y los que provengan de donaciones, legados, cooperación o actividades que desarrolle la comunidad. La Victoria, 24 de mayo del 2004


Bibliografía Opción Comunidad. Violencia y Policía Comunitaria. Lima: Editorial San Marcos, 2002. ———————. Violencia social y corrupción. Lima: Editorial San Marcos, 2001. Robbins, Stephen P. Comportamiento organizacional. Décima edición. México D. F.: Editorial Trillas, 2004. Villanueva Garay, José Antonio. Doctrina policial. Segunda edición. Lima: Mavisa, 2006. 147

Yépez Dávalos, Enrique. Seguridad ciudadana. Lima: Instituto de Defensa Legal, 2004.



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