Biotecnología Por: Lic. Florencia Sambito - fsambito@hotmail.com
“Bebían la sabiduría en su propia fuente. Era un raro privilegio” Aldous Huxley, “Un mundo feliz”
T
an fácil de desarmar como decir que es la tecnología aplicada a la vida. Pero no. Siempre alguna controversia está en el origen de las palabras, una lucha por el sentido con el que será dicha, y por tanto, toda una política.
Des-armando
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Se la considera una nueva tecnología (NT), tanto como a la informática. Nuevas como que han aparecido – y, sobre todo, se han perfeccionado, difundido y asimilado-después de la Segunda Guerra Mundial. Desde entonces su desarrollo ha sido acelerado, potente; sus consecuencias, de una trascendencia exponencial. Fue un ingeniero agricultor de origen húngaro, Károly Ereki, quien acuñó el término en 1917 y es considerado por algunos como su "padre" biológico. La biotecnología, según cita Argenbio, entendida en su sentido más amplio, como “el empleo de organismos vivos y sus productos para obtener un bien o servicio”, tiene su fundamento en la tecnología que estudia y aprovecha los mecanismos e interacciones biológicas, mediante un amplio campo multidisciplinario. Ha formado parte de la vida cotidiana del hombre desde mucho antes de que recibiera el nombre con el que se la conoce actualmente. Cervezas, vinos y panes leudados, aplicaban dentro de la biotecnología en los egipcios, mucho antes de Cristo. Pues si la vida está implicada, también lo está la embriaguez. Piezas de un rompecabezas que se mide en miles de años, desde Galileo Galilei con la tecnología del vidrio y las lentes, hasta el primer microscopio, desarrollado por Z. Janssen en 1950; Isaac Newton y las leyes del movimiento; Robert Hooke observando la estructura celular del corcho (vuelta con la embriaguez); Antón van Leeuwenhoek, realizando los primeros descubrimientos sobre las formas de vida microscópicas, observando protozoos en un estanque de agua y bacterias en raspados de sus propios dientes: todo se une al final de la película. El siglo XIX comienza con el acuñado del término “Biología”, y continúa con el trabajo de importantes científicos como Charles Darwin, y Gregor Mendel, Luis Pasteur y Robert Koch, entre otros, quienes fueron apilando conocimientos en la microbiología experimental, y las leyes de la herencia genética. Junto con ellos, el aislamiento del ADN en 1869, por F. Miescher, y el des-
cubrimiento de la estructura del ADN en 1953, por J. Watson, F. Crick y R. Franklin, permitieron desarrollar una serie de técnicas conocidas como Ingeniería Genética, que abrieron paso a la Biotecnología Moderna. Los ´70 también fueron revolucionarios para la biotecnología: allí se desarrollaron por primera vez técnicas para la inserción de genes foráneos en bacterias. En el año 2000, confirmando las prosaicas expectativas sobre ese número de año, se completa el borrador del genoma humano emprendido por el Proyecto Genoma Humano y la empresa Celera Genomics. Con este acontecimiento, se abrieron las puertas a la era de la genómica, la proteómica, nutrigenómica, la bioinformática y la medicina personalizada. Hoy en día una persona puede analizar su genoma y conocer las probabilidades de desarrollar ciertas enfermedades. En Rosario, Indear posee la primera plataforma de secuenciación genómica vegetal de alto rendimiento de nuestro país. Pues también a lo largo de estos años se han secuenciado genomas de diferentes organismos (bacterias, plantas, animales) que han permitido impactantes avances en la producción de alimentos, fármacos, mejoramiento animal y vegetal y el desarrollo de biocombustibles. La parte de tecnología que encierra esta palabra nos empuja al conflicto, casi tanto como la que atañe al Bíos. Según el diccionario Wiki, tecnología es el conjunto de conocimientos técnicos, científicamente ordenados, que permiten diseñar y crear bienes y servicios que facilitan la adaptación al medio ambiente y satisfacer tanto las necesidades esenciales como los deseos de la humanidad. Pero lejos está todo de ser tan color de rosa. La tecnología y la ética se implican mutuamente en cada debate. Cuando se habla de biotecnología en la actualidad, frecuentemente se hace referencia a procesos que involucran técnicas de ingeniería genética, como la transgénesis y ésta, lo sabemos, es dueña de una malísima prensa. Mark Lynas, autor británico, periodista y activista ambiental se replanteó su postura antitransgénicos en la Oxford Farming Conference. Allí afirmó: “Antes de que Borlaug muriera pasó muchos años haciendo campaña en contra de aquellas personas que, por motivos políticos e ideológicos, se oponían a la innovación en la agricultura moderna. Para citar: Si los detractores se
las arreglan para detener la biotecnología agrícola, realmente podrían precipitar las hambrunas y la crisis de la biodiversidad mundial que han estado prediciendo desde hace casi 40 años. Norman Borlaug ha muerto, pero creo que honramos su memoria y su visión cuando nos negamos a ceder a las ortodoxias políticamente correctas, cuando sabemos que son incorrectas. Hay mucho en juego. Si seguimos mal en esto, las perspectivas de vida de miles de millones de personas se verán perjudicadas. Así que los reto a todos ustedes hoy a cuestionar sus creencias en esta área y a ver si aguantan un examen racional”. Un provocador nato como Francis Fukuyama no pudo quedarse afuera de esta trifulca. En su libro “El fin del hombre. Consecuencias de la revolución biotecnológica”, señala: “El debate sobre la biotecnología ha de ir más allá de la polarización. Ambos enfoques -una actitud de absoluto laissez-faire hacia el desarrollo biotecnológico y el intento de de prohibir grandes parcelas de la futura tecnología- son erróneos y poco realistas. Ciertas técnicas, como la clonación humana, merecen una prohibición rotunda por motivos tanto intrínsecos como tácticos, pero para la mayoría de las demás modalidades de biotecnología será necesario un criterio regulador más matizado. Mientras todo el mundo se ha dedicado a afianzar sus posturas a favor y en contra de las diversas tecnologías, nadie ha reflexionado concretamente sobre las clases de instituciones que se precisarían para que las sociedades controlasen el ritmo y el alcance del desarrollo tecnológico”. Gregory Stock, estudioso del progreso tecnológico y la evolución, autor del best-seller The Book of Questions, le ha respondido en una caballerosa carta: “No canalizamos enormes recursos a las ciencias de la vida por pura curiosidad ociosa, sino por un esfuerzo para mejorar nuestras vidas. Evidentemente, las tecnologías resultantes plantean desafíos: alterarán el modo en que concebimos a nuestros hijos, en que manejamos nuestros estados de ánimo e incluso la duración de nuestras vidas. Nos veremos forzados a encarar la pregunta de qué significa ser humanos. ¿Tendremos la valentía para aprovechar las posibilidades venideras o nos rendiremos antes nuestros temores y retrocederemos, con lo cual les dejaremos esta exploración a espíritus más valientes en otras regiones del mundo?”«