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Anna Kavan: el heterónimo utópico Emily Roberts The human language is far too hard to learn after childhood, and with other forms of communication I’ve had no success. Anna Kavan1

Anna Kavan nació como Helen Emily Woods en 1901 en Cannes, de padres británicos. Pasó su infancia en un internado en el sur de Inglaterra, y después fue obligada a casarse con un amante de su madre que trabajaba como oficial en la antigua colonia inglesa de Birmania (actual Myanmar), renunciando así a una beca para estudiar en Oxford. Kavan pasó a llamarse Helen Ferguson, y fue en Birmania donde empezó a escribir. Tras un turbulento divorcio y dejar a su primer hijo con su exmarido, Kavan regresó a Inglaterra y se casó con el pintor Stuart Edmonds. O eso dice el mito de Anna Kavan. Lo importante es que fue entonces cuando comenzó a publicar, sin mucho éxito, hasta seis novelas pertenecientes al género de los “home counties”, novelas de corte doméstico que se centraban en los problemas derivados del matrimonio y otros pormenores de la pequeña burguesía inglesa. Sin embargo, allí ya encontramos, aunque presentados con un estilo algo tradicional, los temas que marcarían su narrativa: el abandono, las relaciones tormentosas, los horrores del matrimonio heteronormativo y la familia nuclear, la soledad, y la paranoia de vivir en una sociedad cada vez más parecida a una heterotopía Foucaultiana. En efecto, esta falta de empatía y de cuidados a menudo llevan a los personajes protagonistas a abandonarse a la locura o a la drogadicción –alternativas cuerdas ante una sociedad cada vez más esquizofrénica. Como dijo David Cooper, antipsiquiatra y activista, “todo delirio es un acto político”2. Y así creo que debería definirse el delirio de Anna Kavan. Junto a su segundo marido comenzó a consumir heroína, sustancia que la acompañaría el resto de su vida. Tras el nuevo fracaso de este matrimonio y sufrir De un poema inédito y sin título de Anna Kavan. Archivo de Anna Kavan en la Biblioteca McFarlin, University of Tulsa, citado en Garrity (1994:254). “El lenguaje humano es demasiado difícil/ de aprender tras la infancia, y con otras/formas de comunicación/ no he tenido éxito” (la traducción es mía). 2 En Cooper (1978:23). La traducción es mía. 1


una crisis nerviosa, Kavan fue ingresada en un psiquiátrico suizo. Al salir del psiquiátrico, Helen Edmonds había desaparecido: la muchacha morena se había convertido en una mujer rubia de aristas afiladas que respondía ahora al nombre de Anna Kavan, aquel que portaba la protagonista de su novela Let Me Alone (1930). Pero Kavan no solo había cambiado su aspecto exterior: la nueva prosa de Anna Kavan era arriesgada, kafkiana, experimental. Su primera publicación bajo este nuevo nombre, Asylum Piece [Escenas de un psiquiátrico] (1940), fue todo un éxito ante la crítica, pero este duró poco: sólo ocho años y tres libros después, su (quizá) obra más arriesgada, Sleep Has His House (1947 en EEUU, 1948 en Gran Bretaña), además de ser un estrepitoso fracaso comercial, fue tachada de incomprensible, condenada por promover las drogas y la locura “como algo normal” e incluso “como un estilo de vida superior” (Trilling, 1978: 218). El conformismo que dominaba los años 40 y 50 se extendía a la literatura: los llamados neo-victorianos no dejaban lugar para la experimentación, y, de hecho, durante mucho tiempo la crítica ha examinado la literatura de esa época bajo la etiqueta de los “angry young men”, excluyendo todo lo demás. El resto de su vida sería un continuo trasiego, pasando por Nueva Zelanda, Sudáfrica, Estados Unidos y volviendo a Londres tras el Blitz, siempre en busca de intentar reconstruir su lugar en el mundo al igual que reconstruyó su casa londinense y su identidad. El mundo de Kavan es un mundo de perpetua reinvención, no por aburrimiento ni escapismo, sino como necesidad de supervivencia. Kavan continuó escribiendo y publicando con dificultad hasta que murió de un supuesto ataque al corazón en 1968, aunque logró volver a conocer el éxito brevemente tras ganar el premio de ciencia ficción “Brian Aldiss” en 1967 con su novela Ice [Hielo]. El propio Aldiss la llamó “la hermana de Kafka” (1991), algo que, tristemente, nos recuerda a la hermana de Shakespeare de la que habla Virginia Woolf en Una habitación propia (1929). No obstante, Kavan nunca expresó su deseo de escribir o de enmarcarse en el género de la ciencia ficción, sino que, como le dijo a su editor, Peter Owen: “Así es como veo el mundo ahora” (2001: 3). Esta afirmación nos revela su actitud ante el lenguaje, la literatura, y el mundo. Aunque se reeditó su obra y su amigo, el escritor Rhys Davies, se encargó de editar algunos manuscritos póstumos, la mayoría de la crítica se ha centrado en la drogadicción y la biografía de Kavan como leitmotiv de sus libros, perdiendo de vista el alto contenido político y radical de estos.


Kavan renunció al realismo (entendiendo este como un modo de representación discursivo que utiliza códigos que estamos acostumbrados a identificar, no por ser más o menos próximo a la realidad, sino porque nos dice lo que esperamos oír) para entablar una lucha con el lenguaje en busca de su realismo. La lucha por la conquista del lenguaje para poder representar su realidad (recordemos que el lenguaje es poder y, quien controla el lenguaje, controla la representación hegemónica de la realidad) será un tema que le preocupe toda la vida y que aparece en sus obras a través del extrañamiento con la realidad y de la imposibilidad de expresión, o de entendimiento, una vez logradas las palabras. Como dice Shoshana Felman, la locura es “fallo de traducción” (2003: 19), un puente hacia otro lenguaje al que todavía no nos es posible acceder. Es en ese “fallo de traducción” donde tenemos que situar el trabajo de Kavan y tender puentes para entender su fracaso como un triunfo, pues Kavan nunca quiso rendirse ante lo que otros decían que era “la realidad”. Anna Kavan no sólo es un heterónimo: formó parte de un proyecto artístico y político mucho más amplio que buscaba escapar de las restricciones sociales e identitarias. Sin embargo, el dolor de los textos de Kavan radican en la soledad que conlleva esta lucha por liberarse de las cadenas del lenguaje y de la representación. Es la soledad que supone no poder compartir, ni traducir, un nuevo lenguaje; la soledad de decir y que nadie escuche, que nadie oiga la risa, el grito, el llanto; la soledad de decir un nombre y que nadie venga: tantas soledades de las que estamos acostumbrados a huir en el día a día, tantos exilios en casa. El arte de Kavan es un arte total, político y trascendente, como se puede observar en sus pinturas y su narrativa. Un grito de guerra que acoge. Un hogar para todo aquel que quiera acudir. Un idioma nuevo, secreto y reluciente, como un mapa del tesoro. Una utopía en proceso que nos invita a imaginar.

Bibliografía Aldiss, Brian. “Kafka’s Sister.” Journal of the Fantastic in the Arts 3.2(10) (1991): 14-21. Cooper, David, The Language of Madness, London, Penguin, 1978. Felman, Shoshana, Writing Madness: Literature/Philosophy/Psychoanalysis (Literature/ Philosophy/ Psychoanalysis), Chicago, Stanford University Press, 2003. Garrity Jane, “Nocturnal Transgressions in The House of Sleep: Anna Kavan’s Maternal Registers”, Modern Fiction Studies, 40.2, (1994), pp. 253-277. Owen, Peter. “Prefatory Note”. En Kavan, Anna. Asylum Piece. Peter Owen: Londres, 2001. Reed, Jeremy, A Stranger on Earth: The Life and Work of Anna Kavan, London: Peter Owen, 2006. Trilling, Diana. Reseña de The House of Sleep by Anna Kavan, The Nation, September 20, 1947. En Trilling, Diana. Reviewing the Forties. New York: Harcourt Brace Jovanovich, 1978. pp.: 218-220.


Entre la investigación y el artefacto Una autobiografía apócrifa de Carriedo escrita por Palacios y un ensayo crítico de Palacios escrito por Carriedo

Antonio Rivero Machina La propuesta lanzada por Amador Palacios en La flor de humo (Ediciones Vitruvio, 2015) constituye, como poco, todo un desafío. Un enorme desafío para su autor, por las razones que ahora diremos. Un sugerente desafío, igualmente, para el lector, por motivos semejantes. Efectivamente, Palacios ha titulado –y sobre todo subtitulado– su extenso estudio sobre el poeta palentino de la siguiente manera: La flor de humo (Autobiografía apócrifa de Gabino-Alejandro Carriedo). Con este artificio, declarado desde el mismo punto de partida, Palacios se sitúa en un espacio indeterminado entre la biografía, la ficción –desde el momento en que un Carriedo póstumo se narra– y el ensayo crítico. Un ejercicio de funambulismo prácticamente imposible en el que resulta muy difícil cruzar al otro extremo del fino cable tendido sobre el abismo sin alguna vacilación. Palacios, en cualquier caso, cruza el abismo. No es pequeña hazaña. Pero es que la cosa no se queda aquí. En la portadilla de La flor de humo advertimos un segundo subtítulo que reza así: Un relato interpretativo de la poesía española durante el franquismo. ¿Estamos pues ante una monografía sobre el autor de La sal de Dios o ante una panorámica de la poesía española durante las décadas centrales del siglo XX? La respuesta, como ya sospecharán, es que ambas –y, si


somos puristas con los géneros académicos, ninguna–. Ya avisábamos: La flor de humo es todo un reto desquiciante y delicioso. Su responsable justifica por ello, antes de ceder la voz a Carriedo, semejante estrategia: Yo llevaba ya un tiempo persiguiendo estos dos anhelos: revisar la biografía que publiqué de Gabino-Alejandro Carriedo nada más morir el poeta, reescribiéndola enteramente; y abordar un trabajo panorámico, a la vez detallado, sobre la poesía española que se alumbró en el periodo franquista. En cuanto a lo primero, mi deseo se vio justamente superado por la encomiable sección biográfica que encabeza la tesis doctoral de Mario Paz González (…). Aunque tal gusanillo no se me desvaneció. Al querer emprender un largo texto sobre la poesía española de posguerra, (…) no cesaba de repetirme: ¡Oh no, otra vez un estudio con epígrafes encadenados, con prolijo número de notas a pie de página, estorbadoras de la lectura! ¡No! Hastiado ya de haber realizado numerosos trabajos elaborados en este académico corsé. Esperé, por tanto, a que se me encendiese la bombilla. Y acabó encendiéndose, azarosamente, gracias al hallazgo de un “manuscrito encontrado”, una autobiografía, no firmada (supuesta o fingida), y por tanto apócrifa, de Gabino-Alejandro Carriedo que, más que una nueva historia sobre su vida personal, es, predominantemente, una autobiografía literaria, un relato, enunciado en primera persona, acerca de la fértil andadura de la poesía española surcando esos años aciagos ocupados por un régimen represivo (p. 7). A partir de aquí, todas las cartas quedan sobre la mesa. En las casi cuatrocientas páginas de La flor de humo asistiremos a la construcción de una falsa ‘autobiografía’ –aunque quizás habría sido más preciso el término ‘memorias’– siempre a partir de la voz de Gabino-Alejandro Carriedo. No será, pues, el testimonio de un Carriedo cualquiera. Será el relato de un Carriedo apócrifo. He aquí el gran valor –en su doble acepción de calidad y valentía– del artefacto pergeñado por Amador Palacios. Si nos lo propusiéramos durante la lectura de este libro, resultaría imposible a cada instante, sí, saber si a quien se está leyendo es a Palacios o a Carriedo. Pero esta es una disyuntiva que resulta vana, ya que quien firma estas memorias no es ni el Carriedo real ni el Palacios crítico, sino ese producto complejo y admirable que resuena a lo largo de estas páginas: un Carriedo tan verosímil como apócrifo. Digo esto porque Palacios procura ser en todo momento riguroso con su envite y acude a los juicios críticos legados por el propio e histórico Gabino-Alejandro Carriedo –en entrevistas, testimonios y, particularmente, en un epistolario inédito al que ha tenido acceso– para dibujar esa panorámica de la poesía escrita durante el franquismo que se había propuesto dibujar. Por mi parte, especular qué hay en este “relato interpretativo” de Carriedo


y qué de Palacios es algo que, como lector, me resulta tremendamente sugestivo. Sin duda, no estamos ante la típica monografía académica cuajada de notas al pie y excursos bibliográficos. Eso hay que reconocerlo. En cuanto a su contenido, el trabajo de Palacios-Carriedo ofrece lo que promete: un relato interpretativo y parcial –intencionadamente parcial– de la poesía española escrita en las décadas en que el autor de Poema de la condenación de Castilla ejerció como poeta: los Cuarenta, los Cincuenta, los Sesenta y los Setenta. Esto es: los años en los que en España el poder fue detentado por el general Franco. Y digo Palacios-Carriedo porque, a medio camino entre la investigación y su artefacto discursivo –¿a medio camino o con un pie en cada senda?–, el primer miembro del binomio procura ser siempre congruente con su propuesta. A cambio, en el momento en que Palacios decide relatar aquellas cuatro décadas de intensa creación poética desde el punto de vista de uno de sus protagonistas, asume ciertos condicionantes formales, algunos verdaderamente complejos de resolver. El principal, a mi juicio, el hecho de que las memorias de Carriedo se fechan – imposible fecharlas más allá– el 2 de septiembre de 1981, apenas cuatro días antes de su muerte. Con ello, lógicamente, Palacios-Carriedo no puede asumir lecturas críticas posteriores a las publicadas en 1981. Ello implica, por ejemplo, que Palacios-Carriedo recoge las opiniones de referencias para el periodo como Guillermo Carnero o Fanny Rubio, por ejemplo, pero no así otras lecturas posteriores, por influyentes que hayan sido. O al menos, ¡ojo!, no puede recogerlas de manera explícita, en ese ensayo firmado por el Carriedo apócrifo, ya que en una bibliografía final si se alega el manejo de fuentes y ensayos recientes. Ahora bien, ¿cómo integrar estas lecturas posteriores a 1981 en las “opiniones” de Carriedo? Sin duda, con mucho tacto y mucha precaución. Y sí: en un complicado ejercicio de equilibrismo, Amador Palacios logra salir decentemente airoso, a pesar de que, como decimos, no es pequeña limitación “detenerse” en 1981. Sobre todo porque, y este es el valor que más le agradezco al trabajo de Amador, airea bastante la visión del panorama poético español durante el franquismo –que no equivale, como el propio Palacios recoge, a la posguerra, término que por fuerza no puede abarcar cuarenta años de desarrollo–. Palacios contribuye así –no es el único, a dios


gracias– a una lectura más compleja y rica de aquel Parnaso –o Parnasos– del Mediosiglo. Una lectura que huye de los reduccionismos basados en el limitado y parcial eje del espadañismo-garcilasismo, o en lugares comunes sobre la estratificación generacional, o en la extraliteraria afección-desafección a la dictadura franquista. En este sentido, no creo que sea casual la elección del punto de vista. Gabino-Alejandro Carriedo personifica como pocos –¿como pocos?– la polivalencia y complejidad –aunque fuera bajo la hegemonía discursiva de la ‘rehumanización’– del ámbito literario español de la posguerra y la dictadura. En los Cuarenta Carriedo fue, sí, autor de los versos tremendistas del Poema de la condenación de Castilla, sin que ello le impidiera ser un destacado integrante del festivo e irreverente postismo. En los Cincuenta fue codirector de una revista tan asombrosa, exquisita y abierta como El pájaro de paja, al tiempo que empezaba a ensanchar sus intereses hacia otros horizontes como la literatura lusófona, más allá de la engañosa ‘autarquía’ intelectual que supuestamente dominaba su tiempo. Un poeta, a la postre, que participó con convicción del realismo social de la poesía comprometida en los Sesenta, con Política agraria como poemario más señero, pero que nunca claudicó de la experimentación verbal en libros como Los animales vivos, por citar uno de tantos ejemplos. La trayectoria de Gabino-Alejandro Carriedo no es ni más ejemplar ni más arquetípica que otras para comprender las corrientes estéticas que conformaron la poesía escrita bajo aquellas décadas de dictadura. Tampoco menos que cualquiera. Y aquí radica el gran acierto en la elección de Amador Palacios. Con él, además, se recorre y reivindica la fundamental obra de otros poetas del periodo también arrinconados por la tramposa dicotomía del garcilasismo-espadañismo, luego reinventada arteramente bajo la disputa entre la comunicación y el conocimiento. Me estoy refiriendo a poetas cercanos en lo vital y en lo poético a Carriedo como Miguel Labordeta, Carlos Edmundo de Ory, Juan Eduardo Cirlot o Ángel Crespo, entre otros muchos compañeros de viaje del palentino. Compañeros que van desde un Victoriano Crémer a un Félix Grande, sin olvidarnos de Blas de Otero, José Hierro o Eladio Cabañero. El aroma de esta “flor de humo” es, en suma, inaprensible como la materia que la conforma, pero, como el poso del tabaco sobre la ropa, su lectura calará en la manera en que sus lectores se acerquen después de ella a la figura de ese estimable y a veces obviado poeta llamado Gabino-Alejandro Carriedo. También, sin duda, al hábitat en que su obra respiró: ese vasto y aún mal narrado territorio de la poesía española escrita durante el franquismo.


En otros veranos José M. Sánchez Moro1

El humor es el realismo llevado a sus últimas consecuencias Augusto Monterroso El origen mental de mis heterónimos reside en mi tendencia orgánica y constante a la despersonalización y a la simulación Fernando Pessoa

Jaime tenía una moto verde que no hacía ruido. Para descender las cuestas del pueblo que daban a nuestro bar de reunión solía desactivar el motor y darle la utilidad que se le da a una bicicleta. A Jaime le gustaba comer bien y contarnos que la noche de antes del día convenido para una de nuestras reuniones se había visto con un hombre del mundo del cine, un tipo de segunda fila venido a menos, que, en una ocasión, tuvo a Sara Montiel sentada en su pierna tanto rato que la doncella se le meó encima. Tenía una moto verde que no hacía ruido y unos zapatos que seguían la moda de la capital. A veces, cuando daba a la moto utilidad de bicicleta, dejaba las piernas fueras y girando la cintura se aferraba al manillar en una pose chulesca y relajada, atrevida y llamativa, que acompañaba con un cigarro colgado de sus labios. Su abuelo fue marisquero pero gustaba de la casquería; su familia comerciaba con jamones por aquel entonces pero a él le podía el marisco. Le gustaba comer bien y solía contar que en la capital tenía una novia rubia y guapa. Tan rubia y tan guapa que no la merecía.

Por convicción impecable, por genética casi, soy S. Son J, M y M mismas despersonalizaciones como quiere Pessoa. Despersonalizaciones motivadas por la propia sociedad, remedios o mecanismos para interactuar con ella y salir ileso en el intento. Son J, M y M a S muy suyas. A J le debemos S y yo toda una personalidad. Una personalidad chulesca y dura por fuera que es luego temor y duda por dentro. Son M y M mis propios Ricardo Reis y Álvaro de Campos, cuando en palabras de la gloria lisboeta llegaron a protagonizar una discusión que pudo hasta oír el genio antes dicho. Como Reis y Campos, M y M se contradicen (en España cualquier ideología del abanico de izquierda, por cosas del pasado, es incompatible con cualquier valor nacional) y entonces aparece vehemente J, con chula pedantería y endiosadas formas, que impone admiración en los circunstantes para que la letrada condición genética de S me torne a mí que narro extravagante y auténtico. 1


A Jaime, que vivía en la capital, y a Sebas, que se metió en la Universidad de su ciudad para ser el primero en calificaciones de su promoción hasta convertirse en Doctor, solo los veíamos en verano. Miguelito, Marcos y yo, por aquello de que teníamos parentesco familiar en el pueblo y no era como para los otros dos un simple lugar de asueto, coincidíamos también en los días grises de navidad. Sebas era decididamente feo. El más feo de los cinco. Pese a ello, era, y porque de tan rubia y tan guapa como nos vendía Jaime a la suya la dimos por inexistente y producto de su fanfarronería, el único de todos que tenía novia. Sebas nos contaba historias sobre cómo sería su vida una vez consolidado como profesor de Teoría de la Literatura o Literatura Barroca en la Universidad. Las que más nos gustaban eran aquellas en que preguntaba a las mujeres –sin haber libro de por medio- acerca de las vestimentas que debería lucir en la presentación de su primera novela. Daba cuatro opciones: camisa a cuadros, una; americana y camisa a cuadros, dos; americana y polo negro bien abotonado, tres; y cuatro, polo solo, acompañado de un reloj voluminoso. Al tener respuestas, categorizaba a las mujeres con facilidad. Las de urbe optaban por una determinada estética, muy diferente a las preferencias de las vinculadas a ambientes rurales. De igual modo, la segunda opción era la preferida de aquellas que frecuentaban discotecas, mientras que era el primer descarte de las que preferían bares de raigambre norteamericana, hipsters o bohemios. El infierno era aquello. Cada verano en el pueblo aguardábamos con expectación el previsible transcurso de sus días. Siempre a la espera de aventuras, de hazañas o mundos que nos sometiesen, gobernados nuestros ánimos al fin, en la rectitud de la creación de una obra literaria según Sebas o en ser un galán de otro época, con limpiabotas personal y novias rubias y guapas, según Jaime. Lo habíamos probado todo: llorar en entierros, hacer el amor con pueblerinas en el aniversario del estallido de la guerra civil, hablar con abuelas e, incluso, transportarnos en


vehículos de tracción animal. El infierno era aquello: presentir la cada vez más cercana idea de una separación definitiva. Miguelito iba para torero. Jaime tenía una moto verde que no hacía ruido, Sebas tenía una tesis doctoral y Miguelito no tenía infancia. Su niñez transcurrió en las piernas de su padre. Año tras año, feria tras feria creció viendo toros y toreros. Nos decía que era torista. Entre el público taurino los toristas reclaman un toro íntegro, con los pitones sin afeitar, bravo y con trapío. Los que se oponen al torismo son los toreristas. Miguelito decía que los toreristas eran unos palmeros, que creían que pagaban para ver cortar orejas y no para ver la verdad de la fiesta. Palmeros, irrespetuosos en los rituales, sin idea de lo que en el fondo era aquello. Eso decía de los toreristas. Iba para torero y de cada torero cogió algo. De José Miguel Arroyo “Joselito” (un torero republicano, ateo, criado en la calle y en el trapicheo de drogas, chulo, guaperas e irreverente de condición) provenía su gusto por las gominas. De Domingo Dominguín (el hermano de Luis Miguel que llegó, con Franco, a subvencionar ediciones de Mundo Obrero) su defensa del toreo como arte popular, del y para el pueblo. De Curro Romero y Rafael de Paula (máximos representantes del toreo gitano, del toreo artístico o del pellizco) escogió la idea de la espantá, bien relacionada con su ferviente defensa del torismo. Si el toro no era bueno, si era un marrajo, decían Curro y Paula, se iba uno sin matarle, sin torearle porque era hacerle perder el tiempo y la tarde al aficionado. Por los toros y los toreros, por su enferma obsesión, no tuvo infancia ni tenía novia. Marcos no escuchaba a ninguno de sus cuatro compañeros. Marcos era comunista y bien sabía que el sistema imperante había cerrado sobre nosotros la espiral del pensamiento único capitalista. Cualquier opinión, decía, que emitiésemos estaba condicionada por agentes externos no observables pero cognoscibles por quienes como él, lectores de Marx y Althusser, estudiasen las técnicas de sometimiento cultural de la superestructura. Hasta mi vinculación al torismo está condicionada por el sistema capitalista, le preguntaba Miguelito. Hasta eso, le respondía. Tres tipos de comunistas había. Los militantes de base entregados a las manifestaciones y a la lucha callejera, los intelectuales orgánicos y los intelectuales a secas de despacho, puro y biblioteca envidiable. Los intelectuales orgánicos, a grandes rasgos, decía Marcos, se encontraban a caballo entre el primer y el tercer grupo. Y él era un intelectual orgánico. Tres tipos de izquierdas comunistas había, explicaba con el dedo índice enderezado y tieso. Una izquierda comunista maximalista, ortodoxa, encerrada en sus símbolos más arcaicos, en sus valores legendarios. Una segunda izquierda con alma pactista, comedida, pragmática, enrocada en una inservible socialdemocracia y negociadora con el poder a niveles tales que este le engullía. Y, al fin, una tercera izquierda comunista, en la que él militaba, radical pero democrática, capitana de los movimientos sociales, abierta a las nuevas formas de lucha. Jaime era un buen


comilón, Sebas un estudioso de la narrativa picaresca, Miguelito casi torero y Marcos un intelectual orgánico. El infierno era aquello. Cada verano en el pueblo aguardábamos con expectación el previsible transcurso de sus días. Siempre a la espera de aventuras, de hazañas o mundos que nos sometiesen, gobernados nuestros ánimos al fin, en la rectitud de un toreo “al natural” que enloqueciese los tendidos de Las Ventas según Miguelito o en un cambio del orden económico mundial que nos hiciese más humanos, más primitivos de emociones y valores ciudadanos según Marcos. El infierno era aquello. El sabor de un único pan, producido en una única panadería, un único economato respetado con devoción por cada habitante y creado por supervivencia en la hambrienta y tuberculosa posguerra. Un pan tan único, tan exclusivo, tan suyo como el pensamiento político de Marcos. El infierno era el primer cigarro del día que seguía a la ingesta de los bollos típicos del pueblo. Un cigarro que sabía a sequedad, a rutina maloliente, a calor que se filtra por las paredes de un pueblo donde solo hay piedras, lagartos y hombres con dientes amarillos de no lavarse. Un cigarro seco y despreciable como las sonrisas chulescas de desaprobación de Jaime. Algunas tardes nos aproximábamos a las orillas de un riachuelo a las afueras del pueblo. Nos gustaba quitarnos los zapatos y sentir el masaje de la hierba en nuestros pies. La tarde se iba y nosotros la seguíamos, con las miradas quietas en las últimas nubes, divagando en sueños. Jugábamos a cambiar de vidas: -En la vida que soñé ayer era un poeta con perilla y veía antenas y en las antenas se enrollaban gatos. Y vivía en un bloque donde al viejo del primero le había salido la jugada de su vida en la quiniela con un Osasuna 3 - Recreativo de Huelva 5 y durante meses no supo donde guardar todo el dinero. Viviendo de las canciones de música que componía me sorprendió la cárcel, que era un habitáculo minúsculo, con una cama con un colchón de escasos centímetros y un cojín simulacro de la almohada. Y estaba en la cárcel porque el grupo que tocaba en ella, y para el que yo hacía las letras, quiso meter en el altavoz a un preso terrorista. El hombre de la quiniela me miró con miedo cuando me llevaban preso- empezaba Miguelito burlándose de las ínfulas poéticas de Sebas. -Mismamente la última mía no fue soñada. No venía de un poema donde se obligaba el poeta a tomar parte de cada uno de los versos que lo tenían quieto frente a un molino que era la existencia. En la última vida era hijo de ingeniero. Estudiaba en la capital y me follaba a una coja. Una sirvienta procedente de Francia, coja. De la pierna derecha. Se calló de un carromato y los chismes de la época no eran sofisticados, ni ella persona de dineros, para soliviantar, no ya el dolor, sino la torcedura- replicaba a Miguelito Jaime, que volvía con el gesto soez harto repetido por él de hacerle el amor a su novia guapa y rubia teniéndola a ella


arriba. Luego se agarraba los genitales y miraba al infinito con furia de hombre que va a sentirse amado. -A mí, incluso, me ayudaban a subir las escaleras y tenía que reprochar a la sirvienta que lo hiciera. Y luego todo dios escribiéndome el discurso, y tic-tic de ordenador, y venga a probarme corbatas, aquí y allá, para que al final con la visita de un primer ministro de país del norte de Europa se resolviese todo de la manera menos alegre: colocarme yo un escalón encima del otro para que saliese bien en la tele el apretón de manos. Y también contraté a un biógrafo, para cuando dejé la presidencia. Y con varios años ya alejado de la política aún revisaba las corbatas de aquel tiempo- ironizaba, como respuesta, contando su sueño, Marcos. El infierno era aquello. El concepto de vida inabarcable sobre nosotros. Como un exceso, sobre nosotros. La inseguridad del bigote que irrumpe, el sinsabor de la adolescencia consumada. Y volvía a la carga Miguelito contra Sebas y sus ínfulas poéticas: -En la vida que soñé ayer para mí, me gustaba montar a triciclo. Y, aunque no existiese, siempre perseguía a la protagonista con trenzas de un poema de Ángel González, que, en realidad, era una burra. Lo hacía siempre a las siete de la tarde, cuando medio que oscurecía. Todos los días, a excepción del domingo. Los domingos no, porque me sentaba en un poyete, el gesto caviloso de sostener la cabeza con una mano que venía de un brazo que se apoyaba en el muslo por el codo, a ver desfilar los autobuses de estudiantes feos. Y Sebas, ofendido, perseguía por la hierba a Miguelito. Resbalaba y le toreaba con profundidad aprovechando su caída. El infierno era aquello.


Las gafas de Pessoa y otros poemas Aitor Francos LAS GAFAS DE PESSOA Ver es estar dentro, en el propio límite del universo y en la intimidad del origen, al mismo tiempo. Cruzar entre sí las ramas, y mezclar lenguaje e idea, sin que haya en la creación diferencia alguna entre ambas cosas. Más: poder rechazar lo que nos falta. Las imágenes del poeta hacen a las lentes semejantes, pero no iguales. Se compenetran unas con las otras pero todas, por separado, mantienen viva su independencia. Mas si no hay ese doble encuentro en la mirada con la cosmogonía de los ojos el despertar de la luz no será lo suficientemente claro como para crear conciencia.


MEDIODÍA El tiempo se ha posado como un pájaro dudoso y hueco a la sombra que doy. Así, el estímulo de su oración reverdece con sagrado alboroto el saber de las aguas. Dueño ya del mundo, desde el origen mismo me siente la intimidad del universo.


EL PINTOR La sangre que bebemos, amor, la escupí tantas veces que ni recuerdo su origen. Víctor Crémer No es la primera vez que tantos cuerpos se unen para pensar. Debemos encontrar el fuego con palabras. Nombres escritos sobre la corteza de los troncos asimétricos, que no tienen voluntad de curvarse sobre la piel tersa y firme de un poema inexistente. Todos los ojos están cansados de ser míos. No será otro cuerpo el que aprobará mi condición de extranjero; no bastará un juramento al pie del diluvio. Ver es el único acto de amor permitido. Compartir la ceguera de unas manos cercanas. No será otro cuerpo el que aprobará mi condición de extranjero. No será otro cuerpo buscando la muerte en un pasillo interminable. Pensar en el fuego es la forma más pura de deformar la realidad.

Del libro inédito Las gafas de Pessoa


Donde habite el olvido Pilar Galán Para Carmina Mi madre decía que la novela que más le gustaba era una que daban por la dos, todos los días, después de comer. Iba de un rey con muy mal carácter (muy levantisco, decía ella), que recorría sus posesiones sembrando maldades a diestro y siniestro. Hoy mataba a una doncella, mañana a unos enemigos, y así. Estaba casado con muchas mujeres, aunque no hacía caso a ninguna nada más que para Eso, con mayúsculas (aquí mi madre me miraba cómplice, y yo no podía evitar bajar los ojos, como cuando era pequeño), y el resultado era que estaba cargado de hijos que se le iban de casa enseguida. El rey era africano, pero no negro, (esto parecía importarle mucho) y tenía un pelazo igualito, igualito al de tu padre cuando era joven. Yo la escuchaba como siempre, pensando en otras cosas, con la cabeza fuera de ese salón pequeño, invadido de muebles, medicinas y fotos y presidido por una televisión prehistórica. Parecía mentira que allí hubiéramos pasado tardes enteras los cinco hermanos. Yo era el que más iba a verla, y el que mantenía un poco el orden, por eso cuando mi madre murió por una complicación de la anestesia durante la operación de cataratas, me tocó a mí abrir armarios y vaciar cajones antes de poner la casa en venta.


Para mi sorpresa, lo que iba a ser tarea de un sábado se convirtió en una obligación que no pude acabar antes del lunes. Mi madre guardaba todo: nuestros boletines de notas, estampas de la Virgen, recortes de periódicos donde aparecían fotos de gente que se nos parecía mucho, facturas, recibos...Agobiado, pedí ayuda a mis hermanos y acordamos quedar después de comer para repartir todo y tirar lo que no sirviera. No recuerdo quién de ellos apretó el botón del mando a distancia ni quién recordó que esa era la hora a la que no se podía llamar nunca por teléfono porque daban la novela que a ella le gustaba tanto. Solo sé que acabamos sentados en el viejo sofá, como antes, y dejamos que una tristeza empañada de perplejidad fuera ganando espacio al cansancio mientras contemplábamos las primeras imágenes. Cuando la novela terminó, la pequeña llevaba llorando hacía más de diez minutos, el mayor tenía los puños apretados, en un gesto que tanto podía ser de ira como de remordimiento, y los otros dos miraban fascinados la pantalla como si hubieran sido testigos de una súbita revelación. Solo yo permanecía sereno, tal vez porque era el que más visitaba a mamá, si no el único, el que conocía sus manías, sus despistes, su discurso repetitivo y sin sentido que solo se interrumpía para preguntar por los nietos. Solo yo había sido destinatario de sus confidencias, de su pérdida paulatina de visión, solo yo, en definitiva podía no avergonzarme y sobre todo no extrañarme de que mamá tuviera toda la razón del mundo. Su novela daba cien mil vueltas a cualquier libro que yo hubiera leído. Tenía sangre, pasión, muerte, persecuciones y vida más allá de lo imaginable. Pero hacía falta tener sus ojos y sus años para comprender que en la dos, después de comer, un rey africano, pero no negro, devoraba a sus enemigos y tenía un pelazo, igualito, igualito al de mi padre cuando era joven. Y vivía más allá de la soledad y la pérdida, en los lejanos desiertos del Serengueti, donde habita el olvido y crece como hiedra la inapelable crueldad de la desmemoria.

De La vida es lo que llueve (Mérida, de la luna libros, 2016)


Nacidos en los ochenta. Apuntes para un relato generacional Urbano Pérez Sánchez Por qué me cuentas esto a mí si yo no te pedí explicaciones. Bastante tengo con cuidarme yo a mi manera que no es la buena. Joaquín Pascual

Asiste a un grupo para dejar la cocaína. Paseamos por el barrio: un terreno baldío entre edificios, bares mugrientos, miradas torvas… Dentro de nada cumpliremos treinta y tres. Hemos conseguido eso que siempre deseamos mientras hacíamos la carrera, que el mundo se olvide de nosotros. * Sabemos lo del aborto por su hermana, lo que ha cambiado desde entonces. Pero aguardamos detrás de las convenciones, de las preguntas sin importancia: ¡tremendo el terremoto en Asia!, ¿sabéis que Bea se operó las tetas?, ¡este puente iremos a Cuenca!, ¿no os pasa que cuanto menos tenéis que hacer, más sucia y dejada está vuestra casa? A veces parece que algunas palabras estuvieran precintadas y sentimos la obligación de respetar ese límite, de permanecer detrás del cordón.


La línea de la vida, la de la desesperación. Paralelas. Próximas por momentos. Ella está agarrada a ambas ahora mismo. Un ejercicio complejo. * Estamos fumando y dice Noséquién sin venir a cuento: “¿Qué futuro nos espera?” No contesto, nadie contesta. Dichosa manía de meternos solos en la olla y encender el fuego. * X le dice a Y que se siente mal, como despegada, cuando la gente a su alrededor está borracha o eufórica. Y le dice a X que le perdone, que se le ha terminado la copa y han puesto una canción que le encanta. * Vino y después Gin-tonics. El tío de la barba perfecta, amigo de amigos, y la charla sobre smartphones, parejas, restaurantes… ¿Podrías por una noche, por esta noche, dejar a un lado tu precaria vida y callarte un poco? * - De eso saben mucho los camareros, aunque la mayoría intente disimular. - ¿A qué te refieres? - A que nos vamos hundiendo en lo que somos conforme pasan las horas, como tu colchón de invitados. - Cabronazo. ¡Jajaja! * Si ese día estoy ágil, hago alguna broma para, como suele decirse, “quitar hierro” al asunto. Me echo a reír con energía. Si sigue como si nada, comienzo a buscar cómplices con la mirada: para atraerlos o directamente para que me rescaten. Tratamos de diferenciarnos mediante tatuajes, profesiones trascendentes, hobbies, complementos de moda. Nadie lo consigue ya porque compartimos crisis, psicólogos, medicación. ¿No sientes, cuando alguien se expone de esa manera, como si entraras a robar en una obra?


Cristalizaciones. Tres poemas Basilio Sánchez LA NOCHE DESMANTELA LAS OBRAS DE LOS HOMBRES La luna está debajo de su cáscara, la noche es tan perfecta que hasta Dios se incomoda. Aunque lo que llamamos infinito nos parezca más grande, las distancias más largas, nuestros pasos aún más imperceptibles, el horizonte gira a nuestro alrededor como el anillo de una recién casada. En noches como esta, a los requerimientos de la vida, cualquiera de nosotros podría cruzar la calle y abandonarlo todo. En noches como esta, en el silencio inmenso de uno mismo, cualquiera de nosotros podría escuchar de pronto al mendigo de Hölderlin buscando a quien le cambie un pensamiento inútil por un sueño.


COORDENADAS Los poemas se escriben para que caminemos entre ellos. El lenguaje es un bosque. Entre la oscuridad y las palabras hay un pacto secreto como el que se establece entre el aire y las hojas. El poeta se detiene en los signos, elige del lenguaje los que tienen que ver con su manera de acercarse a las cosas, de interpretar el mundo, de dirigirse a aquello que lo nombra. Cada poema asume una reconstrucción, cada una de sus palabras un intento más o menos consciente de devolverle a algo su sentido. No nos basta solo con su presencia: las cosas necesitan ser salvadas, verse restituidas en su pérdida antes de que suceda. En lo oscuro del bosque, en su espesor, fermentan las palabras en todos los idiomas que nos han precedido. Entre las conjeturas, buscando hacerse un hueco en esa oscuridad, el poema posible se abre paso, nos da las coordenadas de un espacio que inevitablemente tendremos que habitar, solos o en compañía, para siempre.


FRACTURAS Donde se desmoronan las ciudades, junto a los sumideros, los muchachos se entretienen jugando con las llantas metálicas que afloran en el agua como los promontorios de un mar sin pretensiones. En las salas comunitarias de los asilos, las vísperas de fiesta los ancianos siguen con movimientos de cabeza el ritmo de la música con la que se acostumbran a la muerte. Acechante, sentado ante mí mismo como un gato silvestre ante la puerta cerrada de una casa, en el jardín tranquilo que rodea al hospital nadie me reconoce mezclado con los locos.

De Cristalizaciones (Madrid, Hiperión, 2013)


Cinco poemas inéditos Miguel Floriano CALLAR SOLO Al fin he conseguido recordarte con verdadera serenidad. Nada perpetra la memoria que no alumbre una alta alegría. Nuevamente, tras el rito del alba, te preparas el té de la mañana, y yo sonrío ante la imagen de tu rostro somnoliento. Luego escoges la ropa con cuidado y aquel tiempo tranquilo, que custodia sus ruinas en silencio, me trae algunos versos: «Qué más podría pedirte, a estas alturas en que ya las palabras rehúsan su miseria». Ojalá que tus pasos no truequen tu destino, y nutra mi deseo la pronta concesión, inesperada y plena, de los frutos del merecimiento. Por tu entereza, siglos de amor cierto. Por tu ternura, la rosa de los vientos. Por tu constancia, el cielo de la satisfacción. Al fin lo he conseguido. Solo queda, en mitad de la calma, enmudecer. Callar solo, y vivirte en las palabras.


YEATS Sobre las lentas ruinas de la tarde, cuando saberse ausente ya no consuela sino que le da forma al recuerdo mรกs traidor, si la voz se aventura a sostenerlas, tus palabras ofician, exhalando su secreto feraz, el milagro del sosiego: renuevan la mirada y le devuelven la inocencia al pensamiento. Contienen la pregunta a no pocas respuestas tus palabras. Atesoran un mundo irreparable.


SIN QUE MUCHOS Agua de mar para la quieta orilla y el duro roquedal. Ola y marea. Luz que incida, celebre los relieves y concluya las formas que a los ojos perturben o complazcan. Aire que roce el verde renacido de aquellos pinos, aire que se nombre como viento en confines imposibles. Agua para limpiarte las heridas. Luz que en tu memoria me conquiste. Aire que tu cabello desordene. Todo lo que incesante se nazca y se repita sin que muchos –acaso solo tú– lo aguarden: mi retrato.


ANTES DE ACERCAR LA MANO He aquí el Amor, materia inerte sobre la que los ojos que han amado vuelven. Inmiscuida en los objetos inmóviles que aguardan de la noche las sombras virginales, dispares formas la gobiernan, y el espacio, y la severidad del movimiento. Hacia dónde. Jamás. Ni estas palabras que únicamente amo por antiguas, que únicamente siento por lejanas, alzarán en su seno fuerza viva. Mi historia y yo difuntos en las cosas mundanas que ahogará la oscuridad, que lograrán al cabo el peso de la tierra. Tan solo porque os he perdido hallo lealtad en la conciencia. Sin embargo, no es digna ya esta mano. Lo vago de los aires tiente la caricia.


ETOPEYA FÁCIL Construía su moral no a partir de aceptaciones, sino de renuncias. Advertía en la ambigüedad y en el equívoco el símbolo de una primera muerte. 'Fruto de la invención es la belleza, al igual que el invierno y los secretos del amor. Una realidad útil no conoce el misterio, que es el idioma de los condenados y los proscritos', me decía. Nunca supe del fantasma de su deseo. Solo sé que asediaba en el aire mis castillos, que me regalaba deudas con los ojos, que de mi libertad se defendía.


[Casas, laceraciones…] Eduardo Moga Casas, laceraciones. Casas enclavadas en el suelo, en el sueño, sobrevoladas por amatistas y eclipses, sacudidas por espasmos de penumbra. La puerta roja, la tiniebla roja de un comedor, la escamosa proliferación de la arcilla, que es, pese a su cuerpo multitudinario, un solo cuerpo, una agrupación arbórea de ímpetu y derramamiento. Ventanas, pupilas inversas, pasadizos a una intimidad lábil —una tetera, una camisa sin planchar, alguien que lee un libro—, heladas por la lluvia y la indiferencia. Puertas, ventanas, sucesos entre muros o entre nubes, paredes que se persiguen entre castaños, o que escapan como criaturas lentas, alarmadas por el sol, deseosas de sol, pero invadidas de silencio, casas huérfanas a cuyas


fachadas, en las que se alinean las columnas y la hipocresía, acuden los cables de la electricidad como enjambres filiformes, casas en las profundidades de lo visible, en las que reconozco toda álgebra y toda turbiedad, pero cuyo reconocimiento no altera la certeza de que son edificios intangibles, seres que ni atormentan ni aman, de que su raíz es la distancia, de que la argamasa y las pizarras y las chimeneas y las moquetas y los seres que las habitan —uno de los cuales soy yo— son entelequias o cadáveres. Primrose Mansions. Prímula: la primera que florece en la estación: su amarillo lánguido tiene prisa por morir. Y Rosebery Villa: el escaramujo, un arañazo de óxido, una eclosión imperfecta en la perfección de la rosa. Estos edificios no significan nada: su solidez es incorpórea, como la levedad en que perecen. Al acercarme a ellos, mi piel se contagia de su insuficiencia: también yo me empequeñezco; también mi nombre se arruina, como la pintura que deserta de sus muros vegetales. Estas casas no están, aunque las vea cada día, aunque cada día, al salir de casa, se me aparezcan con la gravidez de algo concluyente, de algo como un precipicio o una tumba: verlas cada día es la mejor prueba


de su inexistencia. Y tampoco yo estoy: verlas cada día demuestra también mi desaparición. Allí, una cabeza de ciervo. El ciervo es blanco, y, como algunas pinturas antiguas, parece mirarme desde dondequiera que lo mire yo. Los callejones, macilentos, se han enamorado de la basura. La basura es pulcra como la luna, se corrompe como la luna, dispara las alarmas de los coches y de las casas, como la luna. andra ue: así reza un rótulo callejero: un nombre amputado, como el mío, como la luna. Estas casas son trincheras inmateriales. Las ventanas, párpados, muñones, se revisten de escayola y mansedumbre; sin alterarse, se resquebrajan; y, enteladas de ocaso, convocan a la opacidad. Las ventanas se dividen en cuadrángulos, como esta celda con televisión por cable y suelo radiante en la que me abismo en mí para ver lo que rehúye la mirada, lo que se ofrece desnudamente a la mirada, y articular cuanto carece de sustancia, porque carece de amor, porque no pronuncia palabras ni se desgaja del olvido,


porque se asienta en una estructura que es un coágulo y un desprendimiento. Alexandra Avenue dice otro rótulo. Avenida: desbordamiento de pasos que no permanecen, caudal de formas que discrepan de la muerte, pero destinadas a morir. Aunque no aquí. Aquí cada jamba, cada espacio cimentado es un simulacro de fuga, cada ser es otra cosa, otro farolillo moribundo, otra rosa o primavera junto a los desechos de las obras, a las sillitas de niño abandonadas, o los yonquis que languidecen entre paraguas desmadejados, o los tablones que se pudren al sol acuoso del otoño. Hasta los perros se resisten a ser perros, y actúan como máquinas o nulidades. Nada hay aquí que me exonere de la nada; no hay metáforas en las que guarecerme; no hay luz, ni compasión, ni úteros, ni soportales. La perversión es sinuosa como las fachadas, y así se dirige a su fin: como una flecha curva, como una flecha que no duda. La vegetación que asoma en algunos zaguanes duele como una mano cortada, como una ofensa entre carcajadas. (Pero las carcajadas son frías,


como el oro de los bejucos, como los cirros que se malignizan al atardecer, como el mar que late lejos, o que no existe). Y yo, en el cuadrángulo. El cuadrángulo: donde conviven la comodidad y la herrumbre, y el silencio es rojo, como las tapias y las amapolas, y los ascensores trasiegan sordomudos, y los perros siempre ladran, aunque sepan quién eres. (Los perros lo saben mejor que las personas). El cuadrángulo, donde el silencio es una navaja que recorre la piel sobrecogida y solo la abandona cuando se ha despojado de toda fraternidad, y la esperanza, una prímula pronta a morir junto a la entrada del aparcamiento. El andamio que veo, desde esta ventana a la que se reduce el mundo, es solo otra escalera al no ser. Nada quedará de su ascensión. Andamio, scaffold, significa también patíbulo. Esta entereza, esta urdimbre de sílice, esta proyección tubular de lo que es masa y oquedad, no conduce sino a la desmemoria, y la desmemoria me ahoga: lo que no comprendo, no es; lo que niega, no vive. ¿Me sostienen estos adoquines cansados, estos tabiques como ceniza? ¿Me transfunden, con su marchita rectitud,


el pálpito, el centelleo de los pies que los han pisado o la tibieza de las caricias que han sostenido? ¿Me incomoda la sangre que los jaspea o solo su densidad extinta, el oro exánime de su noche? ¿O estoy yo cansado como ellos, tatuado por idénticos aguaceros, desquiciado por el gravitar de los minutos? No tengo vecinos, sino enemigos. Yo no soy su vecino: también soy su enemigo. Y el mío. [YVON HOUSE Y TODO LO DEMÁS – 7 DE ENERO DE 2014] Vivimos en un piso que se encuentra en un inmueble rehabilitado. Antes Yvon House —así se llama— era una fábrica, como tantos otros edificios del barrio. De hecho, casi todo el barrio era una zona industrial, que albergaba, por su proximidad con el río y los nudos ferroviarios del sur de Londres, almacenes, silos, factorías y muelles. Con el paso del tiempo y el crecimiento de la población, que empujaba esas amplias y destartaladas extensiones fabriles hacia unos confines cada vez más alejados del centro de la ciudad —es sorprendente pensar lo cerca que quedaban del corazón del mundo, simbolizado por el edificio del Parlamento—, el espacio que ocupaban se ha destinado a viviendas y equipamientos públicos. No sé qué se fabricaba o almacenaba aquí. Sí, que la reconstrucción ha sido cuidadosa, y que la planta, cuadrangular, y el ladrillo original del edificio se han preservado. Este ladrillo inglés no es tan oscuro como lo pintan, sino que cubre una extensa gama de tonos rojizos: a veces, roza el granate; otras es ocre, incluso rubio. Durante muchos siglos, ha sido el humo de las fábricas el que lo ha tiznado hasta casi la negrura; ahora son el de los tubos de escape y el de la contaminación que genera la actividad humana los responsables de que se oscurezca. Desde nuestro comedor, en el que sobreviven también tres grandes ventanas de la antigua factoría, se ven, muy próximas, las casas de enfrente. La calle es estrecha y su nombre no resulta demasiado eufónico: Warriner Gardens. Se pronuncia guorriner (o guarriner, aún no hemos conseguido averiguarlo) y no tiene jardines, salvo que queramos considerar jardines los escuchimizados arriates antepuestos a algunas casas. Pero esto es normal aquí: nuestra dirección es Alexandra Avenue, que no es una avenida, y en Warriner Gardens no hay jardines. A veces me quedo mirando por la ventana lo que hacen los vecinos de enfrente. La curiosidad es un impulso natural del ser humano: cuando recae, por ejemplo, en esas extrañas floraciones que asoman en el microscopio, nos proporciona la penicilina; cuando se aplica a la vida de los vecinos, da para una película como La ventana indiscreta o para una entrada en un blog. Lo cierto es que me siento una mezcla de James Stewart y Henri-Frédéric Amiel. Siempre me ha


llamado la atención en Inglaterra el contraste entre la importancia que se otorga a la intimidad de cada cual, a la privacidad de los ciudadanos, y la despreocupación con que muchos de esos ciudadanos muestran esa misma vida privada a los demás. Las casas que tenemos delante son antiguas, estrechas, modestas. No viven ricos en ellas. En muchas las cortinas nunca están corridas. En una siempre veo niños en pijama, una madre que plancha y un abuelo sentado en un sofá, que bebe de una taza. Los niños me miran también por la ventana, y deben de pensar que en mi piso las cortinas no están nunca corridas, y que alguien muy alto y con barba, que bebe de una taza, les está espiando. Ayer, cuando estaba de vigía, pasó el cartero, vestido de rojo. No sé si Correos se habrá privatizado ya: así lo había decidido el gobierno. El otrora legendario servicio de correos británico será ahora una empresa más, que honrará exclusivamente el principio del lucro. El cartero estuvo hablando un buen rato con una vecina, que parecía describirle, con gestos, un paquete que no había llegado. Mientras ambos dialogaban, se abrió la puerta de al lado y salió una señora en bata blanca y zapatillas de baño, que bebía de una taza. Aquí todos bebemos de taza: beber de taza es un rasgo diferencial, aunque nunca he sabido muy bien en qué se diferencia este «diferencial» del que hay en los motores de los coches. No pude descubrir por qué salió: estuvo unos segundos en la puerta, miró discretamente a la vecina y al cartero, echó otro vistazo a la calle, y volvió adentro. Presidiendo la escena, dos coches aparcados: un mini, rojo con listas blancas, y un bentley morado, antiguo pero fulgurante: el amor por los coches de los ingleses no conoce límites y se manifiesta en cualquier barrio, en cualquier rincón. Por la tarde, Á. y yo salimos a pasear por el barrio y tomamos por Warriner Gardens. Al lado de nuestro edificio hay otro semejante, aunque mucho más bonito. Es también una antigua fábrica, pero aquí la remodelación ha sido más lujosa, casi barroca, con puentecillos metálicos que conectan las diferentes galerías de los pisos, luces integradas en las paredes, plantas ornamentales y una oscuridad de terciopelo, con incrustaciones doradas: se llama Mandeville Courtyard. Algo más allá, distinguimos un negocio: McKinney & Co., que, por su nombre y la tipografía empleada, creímos una empresa de whisky. Nos defraudó comprobar que solo era una lavandería. Como para recordarnos los placeres que nos habíamos perdido, pasaron a nuestro lado en aquel momento dos gordos tatuados, descamisados y felices, que parloteaban en un inglés impenetrable y sorbían jubilosamente de sendas latas de Guiness. A esa hora, los vecinos ya no salían de casa. La oscuridad empapaba las fachadas. En casi todas las entradas se amontonaban los cubos de basura. Quizá alguien, desde alguna ventana, nos vería pasar, indolentemente, por la calle, y se preguntaría qué hacían aquellos dos mirando las fachadas oscuras de las casas, con el frío que hacía. De Muerte y amapolas en Alexandra Avenue (Vaso Roto Ediciones, 2017)


Punky Brewster Berta García Faet EN EL AMERICAN SHOT APARECÍAS TÚ LLORANDO PERO EN EL SIGUIENTE FULL SHOT APARECÍAS TÚ LLORANDO DE FELICIDAD CUANDO TU PADRE ADOPTIVO OBTUVO POR FIN LOS PAPELES OFICIALES QUE OS DECLARABAN PADRE ADOPTIVO E HIJA

I.

de las muchísimas cosas que suceden

y sucede que, allá por 1988 o 1998, yo y mi cuerpo éramos un gigante o una bicicleta o una niña, y nos conmovíamos extraordinariamente, hasta el pis y las lágrimas, con la biografía atolondrada y el idiolecto heroico de una niña de 8 o 9 o 10 años ficticia, invención de un adulto del país más poderoso del mundo la canción decía que el mundo está ciego o que tal vez, simplemente, es cruel y sucede que, según cuenta la historia, un hombre y una mujer tuvieron relaciones sexuales y tristes, acurrucados como expatriados muy cerca de la televisión apagada y luego encendida (rectángulo de luz que, pedagógicamente, presidía, sin disidencias aún y sin pecado, el dichoso hogar norteamericano, mientras nevaban dulces vómitos en la sonrisa de Nancy Reagan) la canción continuaba diciendo que no se sabe y sucede que, como siempre sucede, determinado espermatozoide fecundó determinado óvulo y, pocos años después, según dicta la conjunción de estereotipos Mujeriego + Joven Ingenua, el chico abandonó a la chica (porque no la quería) y la chica abandonó a la niña (porque no la quería) en un centro comercial de Chicago


la canción continuaba diciendo que hay que esperar y ver qué pasa y sucede que Penelope (Punky) Brewster tenía 8 o 9 o 10 años o daños, y 2 zapatillas muy sucias y un perro muy sucio y golden retriever y, puesto que hacía frío y hacía sed (como siempre), la hija del desahucio + la reencarnación de Diógenes + una mochila rasgada + misceláneos calcetines desparejados okuparon un apartamento vacío la soledad es insoportable también en el país más poderoso del mundo y sucede que dicho apartamento vacío estaba en un edificio altísimo y viejo que administraba un fotógrafo altísimo y viejo, de nombre Henry Warnimont (al principio se resiste a su destino pero, al final, lo celebra); Punky necesitaba urgentemente una familia y Henry necesitaba urgentemente un corazón + 2 o 3 metanoias así que se amaron muy fuerte casi instantáneamente la canción hablaba de la rueda de la fortuna y del valor de la esperanza socialdemócrata o cristiana o norteamericana y sucede que, al problema legal de la paternidad putativa, había que añadir diversos retos morales: cada 24 minutos alguien cometía algún error o alguna injusticia, y el remordimiento escocía en las rodillas pre-púberes; hay que ser bueno y, si no, pedir perdón, y hay, sobre todo, que esforzarse mucho en ser muy bueno, concluía yo, o mi cuerpo, o mi gigante, o bici o niña la canción continuaba diciendo que Kant tiene mucha razón cuando dice aquello de que la buena voluntad es la ineludible condición que nos hace dignos de ser felices y sucede que el infierno es un orfanato público, de nombre Fenster Hall, o una amenaza burocrática; el infierno es un incendio, o una úlcera sangrante, o una mala persona que te escupe; la ley no lo contempla y, sin embargo, es verdad: Punky para Henry y Henry para Punky son el verdadero y dichoso hogar norteamericano, y este es básicamente el argumento de la serie


II. de las muchísimas lecciones éticas, sociopolíticas y sociosanitarias que los guionistas de Punky Brewster, que tan pronto se mostraban preocupados casi sinceramente por el rabioso crecimiento de la pobreza en EEUU como se mostraban más bien solícitos con el conservadurismo neoliberal o lo que fuera del Partido Republicano de la época (hasta el punto de que incluyeron en determinado capítulo lemas de la campaña del “Just Say No” de Nancy Reagan en cuya sonrisa perfecta e imperfecta nevaban, si miramos bien y muy fijo, dulces vómitos de buena voluntad), intentaron, utilizando toda suerte de trucos retóricos, visuales y diegéticos, que todos los niños del universo aprendiéramos de una vez y para siempre ya fuera a finales de la década de los 80 o bien un poquito más tarde el alcoholismo y especialmente el alcoholismo al volante es malo porque la gente que te quiere corre peligro y cuando te ven te temen y te tienen lástima y se echan a llorar la compasión con los animales es buena porque los animales son suaves y tontos y a veces sonríen porque son tontos y una vez Punky y su pandilla de amigos salvaron de la tortura y de la muerte y del olvido a un jovencísimo cerdo llamado paranomásica y metonímicamente Pinky leer es bueno porque te salva la vida como cuando una vez el hecho de saber a ciencia cierta que en la etiqueta de la botella ponía VENENO y no COCA-COLA fue para Punky y su pandilla de amigos tan extremadamente oportuno tener amigas sordas es bueno en sí el maltrato infantil es malo porque la gente que te quiere corre peligro y cuando te ven te temen y te tienen lástima y se echan a llorar en determinado capítulo Punky se compra su primer sujetador y Henry siente cierta vergüenza de saber que Punky va a comprarse su primer sujetador y Punky se pregunta si acaso crecer la hará ser menos digna de amor o de amor sin deseo y llega a la conclusión (sapientísima) de que Peter Pan es tan sólo una repugnante unión hipostática de odios y pasiones totalmente equivocados así que nada no hay que preocuparse de nada en determinado capítulo Cherie Johnson lloraba y lloraba incomprensiblemente cada 9 de marzo y Punky descubre que todo es comprensible porque resulta que los padres de Cherie Johnson habían muerto algún 9 de marzo en un accidente de


coche y en estos casos hay que estar ahí apoyando y apoyando si quieres ser como dices ser una buena amiga divorciarse es malo porque los hijos y la pandilla de amigos de los hijos sufren muchísimo como se demuestra en determinado capítulo en el que los padres de Allen Anderson deciden separarse y tienen que mudarse a Kansas y Allen Anderson no vuelve a aparecer en la serie ni en la cabaña del árbol ni en ningún otro sitio lo que claramente hirió a muchísima gente en lo más hondo insistir no es tan malo porque fíjate que cuando Spud Blugner le dice a Punky o vienes conmigo al baile de Sadie Hawkins o me tiro por la ventana el final queda bastante abierto comer es bueno pero con moderación porque si no comes con moderación puedes acabar siendo una niña gorda como le pasó a Louise y puede que te sientas gorda y te vuelvas bulímica y eso es bastante peligroso drogarse es malo en sí a la hora de elegir entre música antiempatética o música redundante eligieron la carcajada del melting-pot y de la ética protestante del esfuerzo y del ahorro y creo recordar que en determinado capítulo Punky se siente culpable de costarle tanto dinero a Henry pero se demuestra que esta preocupación es una tontería o más bien una solemne tontería porque los padres aman a los hijos más allá del bien y del mal y del dinero pero se demuestra también que de todas formas trabajar es bastante bueno también si eres muy joven como Punky que bastante más adelante gestionará una hamburguesería perseverar en los sueños vocacionales y profesionales y exóticos y nacionalistas es bueno como cuando en determinado capítulo Punky decide que quiere seguir siendo astronauta a pesar de haber presenciado televisivamente y en directo la tragedia del Transbordador Espacial Challenger en toda su crueldad y espectacularidad no prevista por casi nadie fracasar es bueno ser pobre es malo esconderse en la nevera es malo porque puede que no sepas abrir la puerta desde dentro una vez ésta se ha cerrado y puede que casi mueras congelada como le pasó a Cherie Johnson en determinado capítulo pero menos mal que alguien tenía conocimientos básicos de primeros auxilios y de neveras y la salvó y por eso tener


conocimientos básicos de primeros auxilios y de neveras es bastante bueno a no ser que sea verdad aquello de que el conocimiento y la verdad producen sufrimiento pero bueno no creo que sea verdad pintar de colores la habitación es bueno combinar los colores a lo loco es bueno dormir bajo un paraguas es bueno en sí

De Serial. Antología poética sobre series de televisión (El Gaviero, 2014)


Dos poemas de Meh Diego Álvarez Miguel CABALLOS NEGROS SOBRE EL HUESO DEL CREPÚSCULO Un día te despiertas y descubres que nada de lo que era tuyo existe y que los caballos de la poesía están temblando amarrados a las cuerdas del pasado amarrados a la cuerda fatal del paraíso los caballos famélicos y sin dientes que han perdido la carrera que se han dejado la vida en el hipódromo de la zarzuela al que fuimos algunos poetas con un tupper y un par de monedas los caballos de la policía municipal los caballos negros de tus sueños que relinchan desdentados y apestan a cloroformo los has visto en los establos de Dios pacen en la puerta de las iglesias robustos todavía se sostienen con su fuerza inagotable y su presencia los caballos de las crines duras que golpean con sus cascos el parque y muerden la manzana del pecado con las encías y se desangran en la cama de un poeta de la experiencia los caballos que aplastan su cabeza y echan espuma por la boca y te miran con los ojos como bolas de billar dos bolas del futuro que saben lo que has hecho y lo que harás en el infierno los caballos con los ojos inflamados


que saben que la muerte obedece a sus ojos inflamados y te miran furiosos y terribles los caballos atravesados por la flecha de la vanguardia cabalgando sobre el cartílago cabalgando sobre el hueso del crepúsculo diciendo versos y canciones terroríficas demostrando al fin que el mundo solo entiende aquello que está muerto.


PILATES Te veo Vilas haciendo pilates en un gimnasio Low Cost de Iowa curando tus lesiones con la placenta de una yegua bebiendo de una botella de Powerade azul y escuchando a tu entrenador personal cuando dice: Thats gonna give you cancer, Vilas y tú te preguntas qué querrá decir eso mientras descansas tirado en el tatami que te quema la piel cuando te arrastras como si fueras un atleta o un delfín. A la sudadera de la Universidad de Zaragoza le están saliendo bolas, los leggins que te compraste en el Sprint te quedan cada vez más pequeños y el reloj sumergible te da alergia. No hay piscina en tu gimnasio, no puedes nadar hasta la muerte, no puedes salvarte, Vilas, pero no te preocupes: corre, huye atravesando la ciudad dormida, como una piel, sus calles negras y desiertas, sus taxis fríos aparcados, corre y no mires atrás, desnúdate en la cama, mira el techo, piensa en un poema y espera: esta noche pasaré con mis amigos a buscarte.

Del libro de próxima aparición Meh


Il ritorno in A Álex Chico Sois habitantes de noviembre y sois emigrados. Por eso anotan vuestros nombres. Este es un mes, os dicen, en el que nadie regresa. Bajáis en coche por una avenida en el mejor momento del día. Todo oscurece y aún no es de noche. Las farolas se encienden y con ellas aparecen las preguntas: cómo llegar a conocer las calles por las que siempre pasamos, hacia dónde ir si destino y origen son igual de confusos. Tal vez sólo baste con deambular por los mismos lugares, en momentos diferentes y a pesar de los años. Sois huéspedes en tránsito. Poco más os queda: escribir el nombre de alguna ciudad o el apellido de alguien que os persigue desde la sombra. Marienbad, Dora Bruder, Ferrara, Ingrid (mujer de Rigaud). Las luces se apagan y dejan en penumbra a quien, en un portal del boulevard Soult, aguarda la llegada de alguien que ya no volverá. La lluvia le acabará borrando. Perderemos su rastro y las razones de su espera. Se irá también lo que pudo hablar de nosotros, apoyados como él en un portal,


al acecho de un ser que no conoceremos. La hilera de árboles da paso a un muro. Sobre la piedra continúan los nombres olvidados de la Historia. Seguís siendo ellos, porque en eso consiste el presente: unir piezas sueltas y dar inicio a un nuevo viaje. El coche se detiene en un campo casi vacío. Los alambres se extienden y los perdéis de vista. Varias torres de vigilancia. cercan vías y pabellones. Un vagón abandonado aún guarda en su interior algunos restos de equipaje. Las pocas ruinas que se mantienen os devuelven su incertidumbre. Las escaleras –cinco, seis peldaños – dibujan el vértigo y la nada. Es noviembre. La extensión verde rompe la simetría y deja todo fuera de plano. A lo lejos, los raíles desaparecen al cruzar una puerta. Cuando oscurece, queda un coche aparcado y dos hombres que observan. Seguirán allí, porque no existe otro lugar para ellos. Sólo unos faros que iluminan algo que, quizás con acierto, llamamos memoria. De Habitación en W (La Isla de Siltolá, 2014)


Tres poemas inéditos Rocío Acebal NOCTURNO Ella aprieta el jabón entre sus manos como aferrada a una certeza muda. No piensa en las burbujas ni recuerda el ruido de la risa ante su vuelo. Sólo quiere limpiar los uniformes, acostar a los niños, preparar la merienda, abandonarse al respirar paciente, al lento suspirar del que no espera milagros de la noche. Pero aprieta el jabón entre sus manos como aferrada a una certeza muda, a un vuelo de futuro, a una esperanza, y no a la cara B de la miseria.


VARIACIÓN SOBRE UN TEMA DE CATULO Miserable Catulo, abandona el recuerdo de los días dichosos en que amaste a aquella como nunca será amada, de la intuición sagaz que ya en el beso primero te llevó de la nariz. Desdichado Catulo, aférrate al olvido, renuncia de una vez a los lamentos -¿al paso de los años, qué valdrán los mares de este llanto?no busques Roma en Roma, no persigas el destello en las ruinas de grandeza y acepta lo perdido como tal.


A UN POETA DE BAR Poeta, que lamentas tu suerte en el amor mientras maldices, ebrio, a aquellas infelices que han yacido estos Ăşltimos meses en tu cama, comprende que por cinco minutos y un cigarro no merece la pena tolerar tales improperios.


¿Muerte a lo lejos? 26 de diciembre de 2016

José Luis Bernal Salgado A Alejandro Muñoz Márquez y a mis alumnos de Literatura española contemporánea Una leve jornada, como un leve roce, me ha mostrado el dibujo quebradizo de la tela delicada de la vida. El instante me exalta, entre las sombras pintadas de trajines, corpulentas. Ignoro al caminar este zurcido débil, tan tozudo, que me recose el pecho al eclipse fugaz del minutero. Ni sonaron clarines, verdeantes, ni el viento espabiló la lencería. Uno vive sin ser a cada instante notario del milagro de la vida. Era un atardecer, de anochecida, en el límite exacto de la almendra, sin círculo perfecto o simetría, con la mole crecida de las Ventas y el gélido perfume de las sombras, cuando quiso embestirme la Temida, con su cita precisa sin aurora.


Nunca llegó a ser pase de pecho, se quedó en un rasguño dolorido. Y atónito de ser un transeúnte, que sigue caminando entre los vivos, me atraganté de miedo y de posibles.

La historia de Alejandro, sin música ni letra, anónima tenaz, como un suspiro, como todas las muertes cenicientas, me impuso en aquel trance revelado su ley más miserable: su accidente.


Dos poemas inéditos Dafne Benjumea PANDORA Pandora lleva en su interior toda carga de lo incierto. Pero ella nunca dice nada. Su cuerpo blanco, de manos celestiales, blancas, blanquísimas sueña con la humedad de una tierra sin mitología. Pandora no sabe que es la primera. ¿En qué pensarás cuando miras hacia el frente? ¿Qué largos caminos dejaste en el blanco de tus manos, en la voluta del pensamiento cada vez que miras hacia la caja? ¿A qué sabe la espera? ¿A qué pesa lo oscuro? Pero Pandora nunca dijo nada. Su silencio, un valle de centauros dormidos bajo la luna.


COVER DE UN POEMA DE SAFO «Se han puesto la luna y las Pléyades; ya es media noche; las horas avanzan, pero yo duermo sola» Esa luz redonda gorda blanca goRRRda florece blanca en mitad de la pizarra donde años después escribieron con tiza blanca -y no goRRRda- todos mis versos (y deseos). Mérope Táigete Estérope Electra – no la psicotrágica la que sueña sauces llorones la que triste cueva muerte y flor de cerezo en rostroAlcíone Celeno y Maya danzan sonrientemente junto a la blanca goRRRda bella gordita luna daaaAaaanzan en el cielo y el cielo duele, me duele! tiene ese algo de sonido de tango de dolor de tango de amor de tango que sólo entendí con el paso del tiem po los dientes del tiem po de un día como Tarde! Tarde! qué queréis que haga si se me ha hecho Tarde! Tarde! más sola que vuestra hermana -Calipsome siento y más sola ahora que antes miro al cielo y bajo los párpados los largos párpados los linces párpados los templos párpados y pienso en mí.


Los límites de la representación Óscar Díaz En ocasiones, me levanto y celebro muchas cosas, sobre todo mi paso que me hermana y es idóneo acaso como el viento en la testa del jinete. Los que recorren incesantes el posible espesor del dibujo, los sucesivos látigos que zurran con su mar las embarcaciones, el adherido rasgo de la forma imborrable a pesar de las plegarias, embrutecen lecciones de deseo, embrutecen materia de deseo, embrutecen el ínsito paisaje. Ellos se hallan en sus diversos trajes, que permiten leer un largo rato la burla quijotesca que se infunden. Así que lo primero es duro a veces, lo segundo, fijar la voz y dársela al resto con perfume fino, que represente el orbe de la sala como un inmenso mapamundi, como el globo que asciende y todo observa.


Serie Fatal y Destínez Xaime Martínez PRESENTACIÓN DEL INVESTIGADOR FATAL DESTÍNEZ (O LA DUDA DE FATAL) A Fatal no le gustan los donuts porque no le gusta mancharse las manos cuando está fuera de casa. Fatal siempre está fuera de casa. No es que no tenga casa, es tan solo que la odia porque no puede parar de masturbarse y de dormir cuando está dentro. Aun así, en algunas ocasiones Private Eye Fatal compra un donut y lo come. No sabe si siente asco o compasión, pero ¿de quién? Destínez, por su parte, no tiene opinión formada acerca de la monstruosidad.


LA CITA DE DESTÍNEZ NO SALIÓ COMO ESPERABA

Amor, esto no es un poema-postal. Lo puedo confirmar desde ahora mismo: no he estado en Marrakech, ni en Venecia ni en la cárcel. No es tampoco un metapoema; no pienso en aquel cerdo capado por los medios del lenguaje. Si acaso, esto es tan solo un monolito. O algo más humilde, una piedra rugosa (por cierto, amor, quién eres) que tal vez flota dentro de una masa de agua extrañamente densa. Como mi vida. Oh, shit.


SABES QUE NUNCA VAMOS A ENCONTRARLA? La palidez de las frentes de las muchachas será su mortaja. WILFRED OWEN Fatal. Dime, Destínez. Por qué no enciendes las sirenas. Tengo una idea mejor. Qué tal si paro el coche y nos bajamos y nos ponemos a mirar la nieve hasta caer rendidos de cansancio. Llevamos ya dos días cayéndonos, imbécil.


CONVERSACIร“N FINAL ยกFatal, resiste, la ambulancia estรก llegando! ... Dime algo, Fatal. Nadie recorrerรก ya este camino salvo tu puta madre ja, ja. Emociรณn? THE END!


FATAL & DESTÍNEZ: LOS ÚLTIMOS DETECTIVES PRIVADOS Vamos. Dispárale, Destínez. ¿A qué esperas? Oficial de policía Fatal Destínez, con número de placa 72152X y domicilio en la calle de Les Moles, le recuerdo que ella intentó sorberle el corazón con una pajita una pajita manchada de pintalabios azul así que hágase el favor de abrirle el alma como se abren los engranajes de la noche cuando se pronuncian las palabras correctas como un aguacate bien maduro por su mismo centro Fatal Destínez, escúcheme, usted que no cree en la salvación sino en la asfixia autoerótica usted que desconfía del sentido del humor usted que codiciaba los efectos del poder sobre los cuerpos péguele un tiro, dispare a matar. ¿Destínez? Has fallado. Tendrás que devolverme muchas cosas. Olvida tu escopeta, tu escopeta dorada. Nunca serás capaz de suicidarte.


“Hay que trabajar arriesgándose, apostando, con angustia y con alegría”

Entrevista a Ada Salas por Sandra Benito Fernández El pasado 10 de febrero Ada Salas presentaba en el Centro de Artes Visuales Helga de Alvear de Cáceres dos nuevos libros. En el primero, Diez mandamientos (Oficina de Arte y Ediciones, 2016) combina junto al artista Jesús Placencia el dibujo y la palabra. El segundo, Escribir y borrar (Fondo de Cultura Económica de España, 2016), consiste en una completa antología a cargo de José Luis Rozas Bravo de toda su trayectoria poética. Con motivo de estos dos recientes lanzamientos, vamos al encuentro de una de las poetas más determinantes en la España de las últimas décadas. Desde que lograra en

1987 el ‘Premio Juan Manuel Rozas’ – un premio ‘doméstico’ de increíble calidad, por su jurado y sus participantes– con su primer conjunto de poemas, Arte y Memoria del Inocente (1988), ha publicado poemarios tales como Variaciones en blanco (1994), La sed (1997), Lugar de la derrota (2003), Esto no es el silencio (2008) –todos ellos en Hiperión– y Limbo y otros poemas (Pre-textos, 2013). A ello se suma Alguien aquí. Notas acerca de la escritura poética (Hiperión, 2007) y la poesía reunida de No duerme el animal. Poesía 1987-2003 (Hiperión, 2009). ●●● Empezamos por las raíces. Para los que hemos pasado por esta Facultad de Letras es un estímulo saber que poetas como tú pasaron por sus aulas. Concretamente, fuiste alumna allá por los años ochenta. ¿Qué recuerdos permanecen en ti de aquellos días? ¿Cuál es tu relación hoy con Cáceres y con la Facultad? Mis recuerdos son maravillosos, y están muy vivos. Compartía las horas de Facultad más que con los compañeros de mi promoción, con alumnos un poco mayores que escribían y estaban volcados en la actividad creativa: Alonso Guerrero, María José Flores, Antonio Díaz Samino, Juan Manuel Barrado, Manuel Corrales… La convivencia era muy intensa, dentro y fuera de la Facul-


tad, no solo con los iguales, sino también con los profesores: Juan Manuel Rozas, por supuesto, Manuel Ariza, César Nicolás, Ricardo Senabre. Fueron años felices, intensos, de verdadero aprendizaje vital y literario. Sólo ensombreció esa etapa la muerte de Juan Manuel Rozas, y fue un golpe definitivo: todo pareció oscurecerse y cambiar. Con la Facultad no tengo ninguna relación, salvo la que mantengo a través de profesores que se convirtieron en amigos: Miguel ángel Lama, José Luis Bernal. Se puede decir que tu carrera literaria comenzó en el seno de esta Facultad. Concretamente, con el Premio Juan Manuel Rozas de 1987, un premio ‘casero’ que sin embargo tuvo un enorme prestigio, con un jurado presidido por Guillermo Carnero y compuesto por Álvaro Valverde, Jesús Cañas, Gregorio Torres, Agustín Villar y José Luis Bernal. Lo lograste con Arte y Memoria del Inocente. Siete años después ganarías el Premio Hiperión con Variaciones en blanco. Aquello te abrió las puertas a la que ha sido tu editorial de referencia y a la primera línea del panorama nacional. ¿Qué supuso cada uno de esos premios para ti? Entre ambos, con esos siete años de maduración literaria de por medio, ¿qué elementos cambiaron en tu manera de entender la escritura poética? A esos dos premios les debo… casi todo. Los dos fueron fundamentales; vinieron a dar un “sí” a mis dos primeros libros “serios”, un “sí” que me afirmó en la idea de que eso era lo que quería hacer, escribir poesía, y en la de que ese quehacer no estaba completa-

mente falto de sentido: alguien podía apreciar esos balbuceos trabajados en la absoluta soledad. El primero, el Juan Manuel Rozas, estuvo cargado de emoción por lo que significaba ese nombre, por lo que yo quería y admiraba y echaba de menos al profesor y poeta. La escritura era solo, aún (y no ha dejado de serlo), un deseo, y ese deseo se veía materializado en un precioso libro: se había convertido en una realidad material, había cobrado cuerpo, peso, realidad. Fui plenamente consciente de mi fortuna, porque eran muchos los buenos poetas, compañeros y amigos muchos de ellos, que por aquellos años podían haber sido premiados. De hecho, un año antes había recibido el galardón un libro de mi querida y admirada María José Flores.

no es posible escribir si uno piensa que lo que escribe no vale nada Con respecto al Premio Hiperión, en el 94, para Variaciones en blanco fue también una alegría inmensa que marcó definitivamente mi “camino”. Yo había leído tanta gran poesía en los libros de esa editorial… Escribí casi todo Variaciones en mi estancia en Francia: estudiaba, para dar mis clases en la universidad, y escribía. Pensé en presentar el libro a un premio. Me llegaron casi por azar las bases del Hiperión, y vi que no exigía un determinado número de versos (el libro es muy breve y difícilmente habría podido concurrir a ningún otro premio). Por supuesto, lo


mandé sin la menor esperanza, pero tuve la suerte de que, según supe después, el libro gustara a una parte del jurado. El premio suponía, de nuevo, la publicación, y nada menos que en una editorial como Hiperión, que ha sido la más importante de poesía en este país durante muchos años. A partir de entonces, Hiperión me pedía los libros que iba escribiendo, y no he tenido nunca que luchar por la publicación de mi trabajo; así que solo puedo decir que he sido enormemente afortunada. Sé que muchos compañeros de pasión abandonan en sus comienzos porque no encuentran manera de dar salida a sus libros. Sigamos con el tronco. Siempre se te ubica en los marbetes de la poesía del silencio y siempre se te relaciona con el magisterio de José Ángel Valente. Después de tantos libros y de haber escuchado tantas veces estas etiquetas, ¿dónde sitúas tu voz poética? ¿Te sientes cómoda en una estética determinada? Es muy difícil que uno pueda juzgar con acierto su trabajo. No me incomoda en absoluto que se me considere “poeta del silencio”, porque los principios (supuestos principios) de esta “etiqueta” no me son para nada ajenos y, en general comulgo con una idea de la poesía exigente, que se basa en una exploración en los límites del lenguaje y en experiencias extremas del espíritu y de la “expresión” de esas experiencias. Pero creo que, sobre todo en mis últimos libros, mis poemas han derivado también hacia otros modos de expresión, que nos sabría si calificar de “expresionistas”. En fin: el reduccionismo y el simplismo de las etiquetas creo que

induce a mucha confusión, pero puede, también, ayudar a abordar la lectura de un poeta. Lo mejor es partir de ellas, para, una vez que se conoce a un poeta, negarlas.

comulgo con una idea de la poesía exigente, que se basa en una exploración en los límites del lenguaje Más allá de los nichos críticos, ¿qué influencias, quizás menos reseñadas por tus exégetas, destacarías? ¿Coinciden plenamente tus gustos como lectora y tus referentes como creadora? Me influyen, para bien o/y para mal, por afección, emulación y también por rechazo, (se aprende tanto de lo que uno admira, como de lo que detesta: es casi más importante saber qué no quieres hacer que saber hacia dónde quieres ir) todo lo que leo. En los últimos años me han marcado especialmente poetas anglosajones como William Carlos Williams, A. R. Ammons, Elisabeth Bishop, Louise Gluck o Anne Carson. Podría decirse que tu voz poética es reconocible y sólida, de una trayectoria coherente y compacta. También lo ha sido tu devenir editorial, publicando durante casi dos décadas con el mismo sello. No todos los poetas mantienen, precisamente, una apuesta metapoética tan estable. ¿Crees que es una cuestión de ‘convicción’ en la propia voz poética? No sé qué “imagen” ofrecen mis poemas, mi trayectoria. En algún lugar he escrito que para escribir hace falta una extraña mezcla entre inseguridad, incertidumbre, dudas sobre uno mis-


mo… y seguridad y conciencia (o, al menos, intuición) del propio valor. Es decir, creo que no es posible escribir si uno piensa que lo que escribe no vale nada, o que permanente se equivoca. No se puede crear en una constante negación de lo que uno crea. Pero tampoco en una complacencia total y en un no ponerte en duda. Hay que trabajar arriesgándose, apostando, con angustia y con alegría, y olvidar enseguida lo hecho o “conseguido” para “ponerse a otra cosa”. Quizá mi trabajo pueda resultar “coherente” porque no soy amiga de la dispersión: no tengo mucho tiempo, ni mucha energía ni, probablemente, mucha capacidad, así que prefiero centrarme en una cosa: intentar escribir poemas de la manera en que creo que yo puedo abordar una tarea así. Así de difícil, de hermosa, de comprometida y comprometedora. Intentando estirar poco a poco la cuerda, yendo un poco más allá. La sensación de abismo, de vértigo, es suficientemente, cómo diría, insondable, en ese simple “estirar la cuerda”, así que no necesito abordar grandes saltos al vacío para satisfacer mi ansia de “novedad”, o de “extravío”, o de “más difícil, o nuevo, o raro todavía”. Tengo tanto por hacer en el terreno que me llama y me interesa. Así lo siento. Vayamos ahora con las hojas: hablemos de Diez mandamientos. Es tu segunda colaboración con Jesús Placencia, con quien ya trabajaste en Ashes to Ashes (Editora Regional de Extremadura, 2010), un libro en el que ofrecías catorce poemas inspirados por catorce dibujos de Placencia, inspirados a su vez por T. S. Eliot. La experiencia, desde luego, fue gratificante, ya que repites.

¿Qué es lo que más te interesa de esta relación entre lo visual y lo verbal, entre imagen y palabra? El dibujo, la pintura, me atrapan siempre como “espectadora”. Cuando un cuadro “habla”, no lo hace de manera muy diferente a como lo hace un poema: los cuadros hablan en verso, no en prosa, y por mucho “relato” que haya en ellos, su discurso es poético precisamente porque no “cuentan”: proponen visiones o imaginaciones de mundos fragmentarios, sugieren, callan. Digamos que es la forma de arte que me parece más “inspiradora”, también porque muchos de los poemas que escribo nacen de algo que veo: los ojos son a menudo fuente de escritura.

es casi más importante saber qué no quieres hacer que saber hacia dónde quieres ir El trabajo de Jesús Placencia parte de una búsqueda que no me parece muy divergente de la mía, y está, también, basado en la escritura, así que trabajar a partir de sus dibujos me ha resultado, tanto en la serie de Ashes to ashes como en la de Diez mandamientos, fascinante: es como si en los dibujos encontrara precisamente lo que yo quería decir, y yo no tuviera más que, simplemente, decirlo. Ha sido como un escribir acompañada. Un lujo. Si no estoy equivocada, Escribir y borrar es la primera antología enteramente dedicada a tu obra. Debe de ser especial ver tu propia trayectoria ‘seleccionada’, supon-


go que con el corazón dividido entre las inclusiones y las omisiones. ¿Cuáles son tus sensaciones con esta antología? ¿Cuál ha sido tu implicación en el proceso de selección y preparación de José Luis Rozas? He procurado no interferir en nada en la labor del antólogo (de hecho, así ha sido), y tampoco he leído el libro con demasiada atención. No sé por qué apenas tengo interés en lo ya hecho. Confío tanto en el criterio de José Luis Rozas, que mi trabajo ha sido únicamente corregir pruebas para detectar posibles errores de transcripción, o erratas, nada más. Sin duda, mi antología habría sido solo diferente, no mejor. Además de poeta eres profesora de Lengua y Literatura. ¿Qué hay de la Ada profesora en la Ada poeta? ¿Y viceversa? No lo sé. Son dos ámbitos que procuro no mezclar. Me da vergüenza, por ejemplo, que mis alumnos sepan que escribo o/y publico libros. Soy muy reservada, en ese sentido, con ellos. De lo que sí deben de percatarse, sin duda, es de cuánto me apasiona la poesía, por el peso que le doy en las clases, porque les hago escribir constantemente, por cómo me emociono con determinados textos. Ojalá sea capaz de transmitirles, un poco al menos, este amor. Esto en lo que respecta a mi docencia en secundaria y bachillerato. Algo muy distinto es cómo he podido enseñar en talleres de escritura o de lectura de poesía y, sobre todo, lo que he aprendido. En este terreno he volcado a veces vivencias muy profundas de mi comprensión de lo poético. De todas formas, el terreno de la creación es profundamente íntimo,

incompartible, y tal vez no pueda, ni deba, ser de otra manera. Una tiene la sensación de que en el ámbito de la poesía hay dos mundos paralelos, que no siempre se tocan pero que nunca se ignoran. Me estoy refiriendo al propio y verdadero oficio de escribir poesía, por un lado, y al ágora de chismes, polémicas y rivalidades en el que vemos entremezclados a poetas de toda talla y calibre. Algo particularmente frecuente cuando los poetas se ‘colocan’ en alguna bandería estética o ideológica. En tu caso, no tengo una imagen de ti como poeta ‘polémica’. ¿Estoy en lo cierto? ¿No hay ningún charco en el que meterse por el que te hayas visto tentada alguna vez? Cuando tengo que exponer públicamente cómo entiendo esto de escribir, en cualquier foro, no me muerdo la lengua, claro. Pero creo también que la mejor bandera que uno puede enarbolar es sus poemas, y que en cómo dicen sus poemas está todo dicho acerca de cómo uno entiende la escritura. Así que intento trabajar lo más exhaustiva y honestamente en tejer esa bandera. Por otra parte, hay mucho de espúreo en esas “batallas”, es decir, mucho que poco tiene que ver con lo poético. Y además me parece muy cansado, y muy poco gratificante. Hablando de polémicas. En los últimos años estamos consiguiendo hacer más visible una injusticia patente: el distinto grado de recepción de nuestras poetas en el canon académico frente a sus compañeros varones. Sin ir más lejos, este mismo 21 de marzo has participado en un acto de reivindicación de Gloria Fuertes como poeta mayor. El caso de Gloria es desde luego


paradigmático. ¿Crees que estamos avanzando realmente en la visibilidad de estas poetas? Junto a Gloria, ¿cuáles crees que son los casos más flagrantes entre nuestras poetas del siglo XX? ¿Crees que las poetas que hoy escribís os enfrentáis a los mismos problemas de un siglo pasado no tan lejano? Creo que hay que revisar el canon, desde luego, y que las poetas de este siglo no han sido leídas, y por lo tanto, valoradas, como merecen. Mi desconocimiento sobre ellas es tan grande como el de cualquiera, porque yo he sido también una consumidora del canon que se me han ofrecido.

las poetas de este siglo no han sido leídas, y por lo tanto, valoradas, como merecen Hay una asociación, Genealogías, que está haciendo un trabajo increíble para recuperar voces sepultadas, y acaba de publicar dos títulos, de Francisca Aguirre y de Julia Uceda; leídos hoy estos dos libros, una no se explica (o peor, sí se explica), cómo estas dos poetas no están al lado, en igualdad de condiciones, de sus compañeros varones. Desde luego poetas como Ángela Figuera, Gloria Fuertes, María Victoria Atienza, Juana Castro, Francisca Aguirre, Clara Janés, son tan grandes, o más, que sus contemporáneos (hombres). Debe de haber casos mucho más flagrantes que no conozco, y para rei-

vindicarlos haría falta investigar, cosa que no he hecho. Por lo que respecta al presente, me permito disentir de lo que ha dicho algún editor: creo que las mujeres están escribiendo mejor poesía que los hombres o que, al menos, a mí me interesa más. Los poetas de ahora que más me seducen se llaman Olvido García Valdés y Chantal Maillard. No digo que esto signifique nada, porque no creo en la poesía femenina, ni en la poesía masculina, ni en ningún “tipo” de poesía, como ya he dicho otras veces. Nada, salvo que las mujeres escribimos, al menos, con la misma calidad que los hombres y que, por lo tanto, la distinción de sexo es un elemento sociológico, quizá, pero no literario. Y que, como tal, debe desaparecer de las consideraciones que juzgan los poemas, los libros, que construyen la historia de la literatura. Y sí, creo que hoy en día las mujeres escribimos y publicamos con mayor libertad y en mejores condiciones que las del siglo pasado… gracias a lo que ellas tuvieron que penar. Y que aún queda mucho por hacer. Cerremos con recomendaciones. Recomiéndanos un poeta clásico, un poeta actual y un poeta joven. Nacionales o extranjeros, mujeres u hombres, por supuesto. ¿Un clásico? Sor Juan Inés de la Cruz. Un poeta actual: esas dos mujeres que he citado antes: Olvido García Valdés y Chantal Maillard. En cuanto a jóvenes, Pilar Fraile. Todas mujeres, casualmente, por cierto.


Los Founding Brothers de Joseph J. Ellis

Gabriel Moreno González En la mañana del 11 de julio de 1804, a las orillas del río Hudson, dos protagonistas de la Revolución y la Independencia de los Estados Unidos se baten en duelo: Aaron Burr, vicepresidente de la Nación que comienza a caminar, y Alexander Hamilton, padre fundador del país y principal autor de los Federalist Papers. La generación que había luchado contra Inglaterra, que había creado un nuevo Estado fundado a través de esa joya jurídica que es la primera Constitución federal de nuestra historia contemporánea, contempló atónita cómo dos de sus más destacados miembros alzaban las armas en medio de la niebla tras contemplar, segundos antes, el río sobre el que se alzaría una de las ciudades más prominentes del planeta. Pocas veces puede uno leer en The New York Review of Books la afirmación tajante de que un libro es de “los mejores”, un “logro duradero para la Literatura y la Historia”. Las frases altisonantes, más propias de las pasiones románticas tan ajenas a la pluma aséptica de los críticos literarios anglosajones, son extrañas también en el Oráculo mediático de la palabra escrita. Pero Founding Brothers, la impresionante historia novelada de quienes protagonizaron los primeros años de la que luego se convertiría en la mayor potencia mundial, mereció tales bautizos en la primera plana del periódico. No por nada su autor, Joseph Ellis, el erudito de la Guerra de Independencia y de la génesis de los Estados Unidos de América, ganaría el Premio Pulitzer con esta contribución imprescindible para los amantes de la Historia. Hamilton y Burr. Con esa excepción teñida de sangre y tamizada por el halo romántico que perseguían conscientemente los propios duelos, comienza Ellis su obra maestra. Sobre el escenario donde el creador del primer banco nacional moriría desangrado, despliega el escritor la panorámica de unos Padres Fundadores que fueron, antes que nada, hermanos, compañeros, adversarios y amigos. Y es que en ocasiones, los hilos que conforman la Historia parecen concentrarse, cual


madeja, en momentos concretos donde el devenir de los pueblos se forja en unos instantes de hercúlea gravedad, cuando una porción de hombres, a veces insignificante en número, se alza por encima de las soberbias Parcas. George Washington, Benjamin Franklin, John Adams, James Madison, Thomas Jefferson, Alexander Hamilton, Thomas Paine…reunidos en una misma sala, discutiendo sobre una misma resolución, viendo con la claridad que otorga el entendimiento el futuro que ellos, sí, ellos, están construyendo para las millones de personas que habitarían en siglos venideros un país con dimensiones continentales. Porque si algo quiere Ellis que nos llevemos de su obra es el mensaje, la afirmación rotunda, de que los protagonistas de la Revolución americana eran sabedores y conscientes, en todo momento, de que estaban haciendo y construyendo Historia. La cantidad inabarcable de correspondencia, de memorias y escritos que nos han legado, da buena cuenta de la exégesis introspectiva de sus autores, pues no sólo recogen meticulosamente los hechos que vivieron y las percepciones personales que desplegaron, sino que también, a cada paso, en cada reflexión, se miran a sí mismos ante “el justo respeto del juicio de la Humanidad”. Juicio que estuvo, en no pocas ocasiones, a punto de exhalar su último suspiro ante el riesgo, continuo y siempre amenazante en los primeros años, de ruptura y fracaso. Las tensiones que atravesaron el proyecto de los Estados Unidos como país federal que se olvidaba gracias a la Constitución de 1787 de otras formas ineficaces de organización del Poder, fueron un hierro candente que separaron las vidas y los intereses de sus fundadores. El Norte comerciante que daba sus primeros pasos en el mundo de las finanzas y el Sur agrícola y esclavista, siempre desdeñoso de los partidarios de un poder central fuerte, llegaban en momentos muy concretos a acuerdos y consensos que, bajo la tenue luz de las velas y el calor sofocante de las pelucas empolvadas, se celebraban en la clandestinidad propia de los grandes estadistas. El “Compromiso de 1790”, por el que el Sur republicano, representado por Jefferson y Madison, y el Norte federalista, encarnado en la figura siempre descomunal de Hamilton, se abrazaron y acordaron cesar las “hostilidades”, fue en verdad una cena cortés que se celebró una calurosa noche de verano en la casa de Jefferson. Un encuentro histórico, presidido por uno de los padres de la democracia radical y dos genios de la teoría del Estado, que atenuó las inquietudes de los republicanos hacia el poder cada vez más robusto de la Federación gracias a la concesión, por parte de Hamilton y los federalistas, de la mismísima capital del nuevo país. Washington D. C., no está situada en el Potomac tan cerca de Virginia por una casualidad geográfica… A cambio de su situación, en una época en la que todavía el Poder se hacía presente y corpóreo en un lugar concreto, los partidarios de una administración central fuerte ganaron la aprobación de la medida estrella de Hamilton: la sustitución de las deudas estatales por una deuda nacional federal que las asumiera. Con ello, la futura capital de los Estados Unidos ganaría un poder (económico, valga el pleonasmo), que pronto sería inasumible para los republicanos, defensores de la máxima autonomía de los Estados y sus derechos


frente a los intereses de las oligarquías financieras y mercantiles de las grandes ciudades del Norte. La ciudad y el campo, los liberales y los conservadores, la proto-clase financiera y la aristocracia de la tierra, Federalistas y Republicanos, Jefferson y Hamilton…la tensión inacabable de la historia de Estados Unidos que, llegando hasta nuestros días en renovadas formas de hipóstasis, se aplazó durante unos instantes en una amistosa cena… Ése es el gran logro de Ellis: mostrarnos las contradicciones de los procesos históricos, el juego constante de intereses y el choque de clases, en momentos estelares (¡ay, Sweig!) protagonizados por una generación, de Hermanos, única en la Historia. Los republicanos pronto se sintieron, de hecho, engañados y se dispusieron prestos, aunque ya demasiado tarde, a enmendar su concesión inicial. Mientras el poder central se engrandecía y consolidaba gracias a las mañas de Washington y Adams, los dos primeros presidentes, y a la propia lógica autorreproductora del Poder (tan bien analizada por De Jouvenel), los enfrentamientos personales se convertían en adversidades políticas. Jefferson, siendo Vicepresidente, comenzó a odiar a su propio Presidente, Adams, acusándolo con despiadada crueldad de probritánico y monárquico. Los otrora amigos se separaron durante años y el encono entre la frialdad protestante de Adams y la soberbia intelectual de Jefferson, se agrandaron. Ellis no es el primero en señalar al autor de la Declaración de Independencia como el principal responsable y culpable de la histórica enemistad, pero quizá sí sea el mejor que la ha descrito usando las propias palabras de sus actores. Y siempre, en el trasfondo, la figura de la Inteligencia encarnada, de esa mujer durante mucho tiempo olvidada por serlo…de Abigail Adams. Adversarios en la arena política, uno partidario de la democracia radical y el respeto de la autonomía de los Estados y el otro, Adams, fiel defensor de la moderación liberal, la división de poderes y el federalismo de 1787, su amistad se vio corrompida e interrumpida hasta que el de Monticello comenzó años después, desde la lejanía de un país ya levantado sobre su Independencia y la cercanía de la muerte, una de las más bellas correspondencias que ha dado el corazón humano. Durante sus últimos años de vida, las dos figuras descomunales y antagónicas de Adams y Jefferson, se escribieron y cartearon para olvidar su enemistad pasada y recobrar la cercanía de la amistad a través de la letra escrita. “My Dearest Friend”...hasta el último suspiro. El 4 de julio de 1826, el día en que se cumplían cincuenta años de la Declaración de Independencia que ellos mismos habían forjado con sus ideas y plumas, y mientras el país entero celebraba el aniversario, morían casi al mismo tiempo los que habían sido hermanos y enemigos y que ahora, desde los dos lechos de muerte, sonreían serenos a la amistad. Pero si la tensión entre republicanos y federales tuvo, en las primeras décadas de la génesis norteamericana, su correlación en los contrarios epistolares descritos, la verdadera cuestión por resolver se mantuvo, “siempre”, en silencio. La esclavitud, el tema tabú de entonces y que lo fue durante demasiado tiempo para los panegíricos de la historiografía norteamericana, se decidió apartar


sigilosamente de la agenda de los revolucionarios y hombres de Estado. La generación fénix odió la tosca materia que rodeaba tan espinoso asunto, y aun los abolicionistas de fe no osaron mentarla. Ellis describe el silencio que los mancha, el silencio que marchita las palabras de la Declaración de Independencia y las flores que guardan a Jefferson en su Memorial, con palabras contundentes de juicio y valor. Porque lo sabían. Una de las mejores generaciones que ha dado la Humanidad lo sabía y era consciente de que sus actos, por muy gloriosos que fueren y por muchas vanaglorias y banderas que luego enarbolaran, estarían siempre oscurecidos por la sombra de la esclavitud. Franklin lo denunciaría y llamaría hipócritas a sus compañeros, pero lo haría ya demasiado tarde, cuando su voz no era la batuta de la Revolución. Jefferson, el introspectivo arquitecto de Monticello, tendría siempre una relación ambivalente con “la cuestión”, como la que guardarían casi todos los virginianos, incluido, claro está, George Washington, pater patrum. Y Adams condenaría el pecado original de su país y de su misma obra, pero sólo en su fuero interno. El porqué de tales silencios: la unidad de la propia generación y, por ende, de la joven Nación. Si se quería que las colonias del Sur fueran parte de la Federación como Estados de pleno derecho, y que los Estados Unidos no se circunscribieran a unos meros apéndices al norte del Potomac, se necesitaba el concurso de los esclavistas cuya economía, y aun su sistema político, dependía de la mano de obra negra sometida por las leyes y amparada por las libertades…de la aristocracia terrateniente blanca. Décadas después, Calhoun defendería a los que luego serían los rebeldes confederados blandiendo sus derechos a tener esclavos como símbolo de la verdadera libertad americana y trasunto de la autonomía de los Estados frente a las oligarquías, hamiltonianas y europeizantes, de Nueva York o Boston. La cuestión, decimos, se dejó en silencio, y como todo silencio, se convirtió en una puerta abierta al estruendo. La Constitución no mentó el problema y el Congreso se negó, en reiteradas ocasiones, a debatirlo, pero el ruido de las armas entraría en su propio texto a través de la única guerra civil, más de medio siglo después, que ha tenido el país de Washington, Lincoln y Roosevelt. Y siempre, por encima de todas las tensiones y de todos los conflictos de intereses, al margen de las pretensiones partidistas de lo que entonces llamaban facciones y hoy denominamos partidos, se irguió durante todo el nacimiento y consolidación de los Estados Unidos su primer presidente, la dignidad y solemnidad de George Washington. El cariño que siente Ellis hacia esta figura casi sobrenatural, el verdadero mito en vida de la Revolución, la Guerra y la Independencia, se hace notar en pasajes de gran belleza donde el autor no escatima en una admiración que, sin lugar a dudas, es proporcional al objeto admirado. Cuando aún nadie sabía cómo podía ser la transmisión pacífica del poder, cuando todo lo que se sabía sobre un mandatario que no era Rey era precisamente eso, que no podía en teoría perdurar en el cargo, el contorno mayestático de Washington aparecía para brindar seguridad a sus conciudadanos. Humilde y adusto, entregado


al trabajo y al servicio público, auténtico defensor del interés general, el respeto y la admiración que su pueblo y su propia generación siempre le guardó le pudieron haber conseguido una reelección sine die. Pero, a pesar de su prestigio y popularidad, y a pesar de que todo el mundo le seguía pidiendo que fuera él, porque era él el único capaz, el que llevara el timón de un Estado demasiado joven para entenderse a sí mismo, Washington decidió retirarse de la vida pública... a su granja, como su querido Lucio Cincinato. La República se salvó gracias al único que podría haberse convertido en su primer Rey y que aprovechaba los intersticios de su frenético trabajo para medir y demarcar él mismo, caminando en la soledad de su bastón, los terrenos de lo que hoy conocemos como la Casa Blanca y el Capitolio. El viejo general, en el último momento antes de su retiro final, leyó su postrer discurso. El Farewell Address de Washington, escrito en parte por Hamilton, más ducho en el arte de la palabra, sigue constituyendo hoy día uno de los textos más bellos de la historia de la política y de las ideas, y refleja al mismo tiempo la intención sincera y loable del mayor estadista. Contra los intereses de las facciones que desmenuzan el bienestar general, contra las soberbias de quienes creen poseer la razón por sentarse en el sillón del Poder, contra las posibles derivas que pudieran afectar al joven país, Washington desplegó su prestigio en una despedida que, más de doscientos años después, debiera ser el mejor dintel para un poder, el estadounidense, del que siempre dudaremos que sea merecedor de sus Founding Brothers.


Vuelve Tejada Álvaro Valverde José Luis Tejada, Razón de Ser, Sevilla, La Isla de Siltolá (col. Siltolá Poesía), 2017, 136 págs. Prólogo de Juan Bonilla. Razón de ser, de José Luis Tejada (El Puerto de Santa María, Cádiz, 1927), se publicó por primera vez en 1966, aunque en el prólogo se desmienta lo que reza en la contracubierta, esto es, que fue en el 67. Sólo por ese texto, firmado por Juan Bonilla –que el de Jerez me permita el exceso– ya hubiera merecido la pena rescatar este libro del injusto olvido, algo que no sólo tenemos que agradecerle a él, sino también al arriesgado editor Javier Sánchez Menéndez, un hombre convencido de que no sólo los poetas jóvenes merecen una oportunidad. Tejada no tuvo suerte, digamos, de pertenecer a una generación como la suya: la del 50. Tampoco le vino bien empezar a publicar tan tarde. Con todo y con eso, lo ha dicho mucho mejor el prologuista: “Las jerarquías literarias, el afán por reducir la literatura a una serie de nombres, la selección nacional de cada época, el hecho mismo de que las antologías suelan ser antologías de poetas y no de poemas, suele tener como consecuencia que los nombres de un buen número de poetas interesantes, verdaderos, queden rezagados u ocultos, fuera de los templos en los que se veneran a los autores del canon”.

Más adelante advierte de “los riesgos que corre el deporte de dividir a los poetas en grupos generacionales”, que aquí se practica, “al menos, desde el 98”, y del peligro de “convertir la literatura –y la poesía– en una competición”. Y lo dice, claro está, porque esa es la razón de que, no ya poetas, libros, se hayan quedado en las cunetas de los manuales y, en consecuencia, lejos de los lectores más desavisados.

Por razones de edad, conozco la obra de Tejada desde joven, aunque, como tantos, no haya sido capaz, hasta ahora, de situarlo en el lugar que sin


duda merece. Ya advierte Bonilla que Jaime Siles hizo por rescatar sus versos en la antología Desde un fracaso escribo (Fundación José Manuel Lara. Colección Vandalia, Sevilla, 2006), que pasó hace una década, ay, sin pena ni gloria. Allí, el autor de Semáforos, semáforos escribe: “La obra poética de José Luis Tejada participa de los rasgos generacionales del 50, pero con significativas diferencias que explicitan su singularidad. La primera de ellas es su idea del lenguaje como habla más que como lengua, que Tejada interpreta y asume al modo de Lope y en la línea de la lírica popular; la segunda es el tono moral, que Tejada entiende como testimonio, por un lado, y como compromiso ético por otro, aunque, en su caso, ambos traducen una visión transcendente y cristiana que lo aparta del grueso de su generación”. Somos con frecuencia, como sostiene Bonilla, “el peor tipo de cosmopolita que se puede ser: aquel que piensa que todo lo que viene de fuera es interesante y nada de lo que se produce a quinientos quilómetros a la redonda puede tener mucha importancia”. Acierta también con las palabras que explican el alcance e intenciones de este libro que quedó finalista del premio Leopoldo Panero en 1965. Lo ganó La carta, del militar ferrolano de Intendencia José Luis Prado Nogueira, quien ya había alcanzado, aunque nadie lo recuerde, el Premio Nacional por su libro Miserere en la tumba de R. N. en 1960. Por cierto, el año que se publicó el libro de Tejada, 1966, el que consiguió el Nacional fue Arde el mar, de Pere Gimferrer (cuando aún el galardón oficial se llamaba

Premio Nacional de Literatura “José Antonio Primo de Rivera”). Decía, tras esta arqueológica digresión, que Bonilla da en el clavo cuando dice: “Aquí quien manda es una soledad existencial que parece producto de un desencanto al que no se le puede oponer otra cosa que los mismos versos en los que se nos da cuenta de él”. Y contra el desencanto y la soledad, el amor. Porque, y cita Tejada a San Juan, “El que no ama permanece en la muerte”. Sí, contra la muerte está escrito también, lo que evidencia el poema “Hijo de la muerte”, que figura en la sección final, “Otros poemas”, dedicado a la de un hijo que no llegó a nacer. No es extraño, en fin, que Bonilla mencione “la vida auténtica” y la “autenticidad que emociona” para referirse a poemas como el que acabo de citar. Ni que apele al “lector sensato” que busca poesía para encomendarle la lectura de Razón de ser. Empieza: “No hay solución. Ni a solas ni con nadie”. Sigue: “¿Quién no está solo?” No se olvida de “los solitarios incurables”. Y en el primer poema de “Consolaciones” (por la carne, la amistad, la estirpe) leemos: “Amar es más difícil que parece; /ser amado, imposible”. Se atreve a orar (años sesenta) por “los españoles sin España”: “que nadie les pregunte ni les haga / fiesta a ninguno nadie, como que son de casa”, Y escribe incluso la palabra “exilio”. Al principio, para abrir la sección que da título al libro, hay un epígrafe de Wilfred Owen que dice: “Hoy día lo más que puede hacer un poeta es advertir”. Pues eso.


Paradojas de Europa (*) Amador Palacios Dionisio Cañas, La Noche de Europa, Madrid, Amargord Ediciones (col. Palabreadorxs), 2017, 92 págs. El primer contacto que tuve con La Noche de Europa fue en Cuenca, en la clausura del “Festival Poesía para Náufragos” en noviembre de 2015, en la sede de la Real Academia Conquense de Artes y Letras. Después de ser cabalmente presentado por el profesor y crítico Ángel Luis Luján, Dionisio Cañas, muy solemne, erguido, paseaba con buenas zancadas por la sala mientras iba leyendo fragmentos del poema reproducidos en hojas Din A3 que después arrojaba ceremoniosamente al suelo. Atrayente puesta en escena, gravedad en la dicción, contenido de lo leído, bronco compás de la lectura, cubrieron de emoción al público asistente. La edición de La Noche de Europa consta de varias partes: incorpora un disco, “Las 8 puertas de la noche” (cuyo contenido seductor posee una fuerte impronta autobiográfica, como en otras muchas realizaciones de Dionisio Cañas), incorpora también el acceso a la web accionrefugiados.es a través del código QR, configurándose el conjunto, en cierto modo, como un variopinto manifiesto; y su parte inicial (que conformaba la primera versión del libro seguida de un apéndice en forma de diario, conservado también ahora) está

concebida como un único poema extenso, dividido en estrofas que, aunque toman la apariencia del poema en prosa, separan sus inequívocos segmentos (versos o, más bien, versículos) a través de muy prolongados guiones que crean así una contundente rapsodia dotada de una ostensible condición rítmica, especialmente respiratoria, y manifiestamente musical: “En Europa empieza el día, empieza el día, empieza el día… ___Empieza el día para los yonquis ___y en los campos de mi pueblo ___se despierta un labrador. ___Para los panaderos empieza el día. ___Empieza el día para los banqueros. ___Para los ladrones empieza el día. ___En Europa empieza el día, empieza el día, empieza el día…” Estas repeticiones son utilizadas en abundancia: “Hip hop, hip hop, hip hop”, “dijiste”, “dijiste”, “dijiste”, “YES”, “YES”, “YES”, etc., etc. Recurso que se combina con la asimismo frecuente aparición del collage, insertándose citas de autores (Valéry, Dámaso Alonso, García Lorca, entre otros), o canciones, como la archiconocida “Lili Marleen”. El libro, por otra parte, resulta ser un tanto misceláneo, incluyendo dos secciones poéticas, muy incisivas en la denuncia, que vienen a ser addenda del nuclear poema inicial; otra sección, “La traición de Europa”, está ocupada por una larga cita de Francesc Torres, a lo que se añade una adaptación del artículo


“Maldita sea, la poesía me ha hecho un desgraciado”, que Cañas publicó el 30 de junio de 2016 en la revista digital FronteraD, y que cumple un papel digamos “testamentario” para proclamar que él, a partir de ahora, ya no va a escribir más poemas. En el artículo, y no en el libro, Dionisio reproducía un email que me envió confesándome: “He decidido que a partir del año próximo no voy a escribir más poesía y, quizás, más de nada”, a lo que yo le respondí que no me fiaba del todo de ese objetivo, replicándole: “No te hago mucho caso, querido Dionisio, porque los propósitos y decisiones que expresamos en el sentido de dejar de escribir, no tienen, empíricamente, mucha consistencia. Decimos eso pero seguimos escribiendo”. La fábula de “La Noche de Europa”, primera sección del libro, en la que vamos a centrar esta presentación, está fuertemente ligada al mensaje de la obra de María Zambrano La agonía de Europa, de la que muy asiduamente Dionisio adosa copiosas citas en el corpus de su alargado y elocuente poema. En este libro, escrito en 1940 y cuya primera edición está datada cinco años más tarde, durante su exilio en Buenos Aires, Zambrano alude a la decadencia de Europa, ese secreto tan divulgado; una Europa que se ha creído siempre victoriosa, a pesar de sus estrepitosas derrotas en su sangrante territorio. Una Europa que ha enredado su pensamiento acabando henchida en la soberbia y engendrando mucho rencor en una angustia negada a serenarse. Una Europa siempre muriendo, con

posibilidad de resucitar, pero nunca muerta del todo, manteniendo casi siempre un estado agónico. Una Europa que, según diagnostica María Zambrano, no padece violencia sino que ella misma es violenta; una violencia siempre latente que intermitentemente estalla. Para Zambrano, la violencia europea nace con la Historia: “La Historia de Europa es la historia de esta violencia de la historia”. Y así como en otras civilizaciones, en otros continentes, el ideal es desnacer, disolverse después de la existencia, en Europa, en esta Europa histórica, siempre el afán es renacer.

María Zambrano parece no conceder a Grecia la condición de fuente, base de los matices que conforman Europa. La antigua Grecia no elogiaba el hecho de haber nacido y, sin embargo, Europa, nacida en el cristia-


nismo, en la historia, en una visión humanizadora, se desespera por salir a flote: “Una cultura humana no es sino un sistema de esperanzas y desesperaciones”, dice Zambrano. El verdadero conflicto de Europa, subraya la filósofa, es el doloroso salir del hermetismo griego, de la máscara, de ese ocultamiento sagrado, hasta llegar al humanismo que, descarnado, revela un rostro atroz y, lo más importante, expresivo. La última agonía de Europa, quizás aún vigente, proviene del cese del Romanticismo, del abandono de la actitud de reflejar fielmente lo humano, de la destrucción de las formas perpetrada por las vanguardias, que si bien pueden considerarse derivaciones románticas, en realidad son los infaustos estertores románticos. Dionisio Cañas se adhiere a muchos de estos pensamientos para poner en pie su poema. Se refiere a esa victoriosa Europa dominada por la violencia: ___Ahora vives el sueño de Europa, ___un lugar atravesado por la vergüenza ___de exterminios masivos. Tiene presente esa agonía que la historia mantiene. Y parece concordar con la definición establecida por María Zambrano en el sentido de que “los cantos a la vida son funerarios”, ese canto de amor que supondría entonar el triunfo de Europa. María Zambrano se doblega a las circunstancias: “Es el tiempo de la dolorosa lucidez”. Dionisio Cañas adapta estas palabras en una contundente plegaria a esa Europa aferrada tan erróneamente a su historia,

“una herida en el cuerpo del Tiempo”. Y hace persistir la coyuntura apocalíptica que María Zambrano encuadra en una decisiva destrucción de las formas: Un orden nuevo -dijiste-, ___pero fue el desorden el que trajo la belleza del caos. […] ___No olvides: todo lenguaje debe ser destruido, ___archivado, guardado para poder construir ___las imágenes de una nueva inocencia. Después de esa experiencia maravillosa y compleja llevada a cabo en el ámbito árabe y musulmán, experiencia no totalmente saldada todavía, ni en la propia vida de Dionisio Cañas ni en la manifestación artística extraída de esa vivencia, su actitud hizo que su mirada poética se volviese a detener de nuevo en Europa. Esta primera sección de La noche de Europa está poblada del reproche a la incomprensión de nuestro mundo hacia ese mundo árabe, tan incapaz de entenderlo durante siglos. Él opina, muy gráficamente, que cuando Napoleón pone su pie en Egipto es cuando empezamos a meter verdaderamente la pata; a lo que añade: “Hemos estado considerando el mundo árabe, el conjunto islámico como algo exótico pero inferior a nosotros. Paralelamente al desprecio de ciertos entornos, como el inglés, el francés, el belga, etc., otros mundos se abrieron más comprensivos, como esa tendencia erudita encabezada por Goethe, tan interesado por el sufismo y el mundo persa. Por el contrario, la actitud del poder europeo es de humillación y desdén.”


La rítmica melopea que eleva este adensado poema inicial de La Noche de Europa se interrumpe con la concisa referencia de la llegada de refugiados a la isla griega de Lesbos procedentes de las zonas conflictivas de ese candente oriente próximo: Siria, Irak, Afganistán… Y esos campos de refugiados pronto son visitados por Dionisio Cañas. En el antepenúltimo fragmento del poema el poeta dialoga con María Zambrano, respondiendo a la cita que conforma la primera cláusula: “Mas si todo se torna en su contrario, si todo queda incompleto, si todo vacila, aún queda la guía del amor. Pero aun en medio del terror, el amor no se resigna y sigue preguntando si en

verdad ha muerto esa realidad histórica de vida y de cultura, esa tradición que llamamos Europa, Europa no puede reducirse a un fantasma dócil al conjuro de la imaginación. Y es que el amor no se calma con fantasmas. Tiene hambre de realidad… Y me fui a la realidad, querida María Zambrano, _____porque lo real era miles de ahogados _____en las costas de Lesbos, _____y lo real respondió con abrazos calurosos _____de millones de refugiados que huían de la Muerte. _____El beso de un árabe me devolvió la vida.” ● ● ● ● ●

(*) Palabras en la presentación del libro de Dionisio Cañas La Noche de Europa en la Casa del Lector de Madrid el 3 de febrero de 2017


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Rocío Acebal, Eliécer Almaguer, Martha Asunción Alonso, Diego Álvarez Miguel, Rafael Banegas Cordero, Juan Manuel Barrado, Sandra Benito Fernández, Dafne Benjumea, José Luis Bernal Salgado, Jorge Carrillo Santos, Luis Chaves, Álex Chico, Ben Clark, Óscar Díaz, José Manuel Díez, Alejandro Duque Amusco, Alberto Escalante Varona, Javier Fernández de Molina, Miguel Floriano, Aitor Francos, Julio César Galán, Pilar Galán, Silvia Gallego, Berta García Faet, Manuel García Verdecia, Fernando de las Heras, Miguel Ángel Lama, Samuel LópezLago, Ismael López Martín, Mario Martín Gijón, Xaime Martínez, Moisés Mayán, Hugo Milhanas Machado, Eduardo Moga, Gabriel Moreno González, Elías Moro, Francisco José Najarro Lanchazo, William Navarrete, Amador Palacios, Jorge Luis Pérez Reyes, Urbano Pérez Sánchez, Javier Pérez Walias, Virginia Rivas, Antonio Rivero Machina, Emily Roberts, Javier Rodríguez Marcos, Jaime Romero Leo, Ada Salas, Antonio Sáez Delgado, Basilio Sánchez, Irene Sánchez Carrón, José Manuel Sánchez Moro, Lucía Tena Morillo, José Ignacio Úzquiza, Álvaro Valverde, Alberto Venegas Ramos y Luis Yuseff Reyes. ● ● ● ●


Heteronima n03  

Revista de creación y crítica editada por la Facultad de Filosofía y Letras de Cáceres (España)