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sombra inactiva, pero no ausente: va a estar en todos los poemas del libro, excepto algunos, muy pocos, dedicados circunstancialmente a distintas personas. En la segunda sección se nos introduce al mito del ser amado, aquel que se interpreta como la suma de las perfecciones, con una «hermosura inmóvil» en donde el tiempo vertical, tal y como diría Bachelard, de la poesía se hace carne, se detiene, como suspendido y fosilizado en la memoria. Solo la pérdida de ese recuerdo puede destruir el mito, de ahí la importancia de la constatación mediante la poesía. Como Orfeo, Laskaris baja a los infiernos de la sensación para rescatar aquellos recuerdos que pueden sostener una existencia vacía y ajena. La tercera parte se inspira en la mitología griega para dar unicidad al conjunto y construir el propio mito. Una mitología necesita construirse apoyándose en una pluralidad de mitos. No funciona aislada, no puede sostenerse sobre una historia única. Vive de la relación y de la trama que forma toda una cosmogonía. Un mundo mítico, que es el que aquí dibuja la autora habita en la relación con toda una red semiótica, donde todo está relacionado. Por eso, un gesto puede llevarnos a un recuerdo, un recuerdo a una significación, una significación al sostenimiento del locus amoenus como última forma de resistencia. La última de las secciones, «De la soledad resistente», insiste en el lenguaje como alfabeto de la soledad. En esta sección nos encontramos con dos de los poemas más bellos del libro, donde la autora encuentra un sentido a la desolación del abandono. Concentrada, como decía Zambrano, en que escribir es defender la soledad en la que se vive, Laskaris conserva el nombre del amor para resistir, para poder ser todavía aunque todo se destruya con el paso del tiempo. Por ello la poesía que, al ser publicada, supone una muerte un poco más honda, allí donde la evocación ha quedado cerrada en un punto último, el que precede al silencio del final del poema. Por ello, en un último paso en el mito, la autora reclama que el tú la escriba un poema, para morir ella antes: «Dame tú la muerte primero. / Escribe un poema para mí». Estos últimos versos nos instalan definitivamente en la melancolía del libro, una melancolía resistente, universal. Luis Luna

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NAYAGUA 30  

Revista de la Fundación Centro de Poesía José Hierro

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