ROBESPIERRE. SUCESOS MEMORABLES

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ROBESPIERRE

SUCESOS MEMORABLES

 VENTRE DE LA TOULOUBRE Galart de Montjoie


© De la Edición: Guadarramistas Editorial/ A.S.C. Título original: HISTOIRE DE LA CONJURATION DE MAXIMILIEN ROBESPIERRE. CRISTOPHE FÉLIX LOUIS VENTRE DE LA TOULOUBRE -GALART DE MONTOJOIETÍTULO DE LA PRIMERA EDICIÓN ESPAÑOLA, 1802: SUCESOS MEMORABLES DE MAXIMILIANO ROBESPIERRE Imágenes de portada: Retrato de Robespierre. Museo Carnavalet, París, Francia. Fondo, La Bastilla

COPYRIGHT Este libro, con todo su contenido, está protegido por la legislación de Propiedad Intelectual vigente. Ni la totalidad ni parte de este libro pueden reproducirse, almacenarse o transmitirse por ningún procedimiento fotográfico, mecánico, reprográfico, óptico, magnético o electrónico, sin la autorización expresa y por escrito de los autores y editores.

Edición coordinada y revisada por: Ángel Sánchez Crespo

ISBN: 978-84-946398-0-7 Depósito Legal: M-40222-2016 Impreso en España/Printed in Spain

MAQUETACIÓN Y DISEÑO de PORTADA: Equipo de diseño de Guadarramistas Editorial


ÍNDICE Prólogo del editor

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Prólogo del autor

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Cap. 1 La infancia de Robespierre

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Cap. 2 El abogado Robespierre. Sus inicios en la política

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Cap. 3 Comienza su carrera en la vida pública

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Cap. 4 Una semblanza de Robespierre

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Cap. 5 Los jacobinos

43

Cap. 6 Robespierre se afianza

47

Cap. 7 El auge de los jacobinos

51

Cap. 8 Marat, las revueltas, las proscripciones y la Junta de Salud Pública

59

Cap. 9 El Terror. La ejecución de Felipe de Orleans

79

Cap. 10 El Terror se consolida

83

Cap. 11 Robespierre se libra de Hébert y Clootz

87

Cap. 12 Robespierre en la cúspide del poder

91

Cap. 13 La ejecución de Desmoulins. Todos, sospechosos de ser enemigos de la Revolución

95

Cap. 14 Pánico en las calles

101

Cap. 15 Las escenas del Terror

105

Cap. 16 La represión. Prohibida la piedad

115

Cap. 17 La cumbre del despotismo

121

Cap. 18 La irrupción del esperpento

129

Cap. 19 El principio del fin

133

Cap. 20 La caída

141

Cap. 21 La ejecución

149

Conclusión final del autor

157

Notas

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Prólogo del editor

L

a Revolución Francesa es indiscutiblemente un punto de inflexión en la historia de Europa y, por extensión, en la del mundo. Muchos acontecimientos se dieron cita, algunos de ellos marcaron con su huella indeleble la fisonomía de los principios constitucionales y las leyes tal como hoy las conocemos. Pero como todo movimiento revolucionario tuvo luces y sombras. Mucho se ha escrito sobre la Revolución Francesa, los elogios hacia los logros que permitieron avanzar hacia la modernidad nunca han faltado, pero hay otra visión, la de quienes la sufrieron en forma de proscripciones y ejecuciones bajo la temible guillotina. Ventre de la Touloubre, un monárquico radical y convencido, no niega su profundo odio hacia Maximilien Robespierre. Desde la visión de un proscrito, analiza los sangrientos acontecimientos que se sucedieron en apenas una década. El Terror que impuso Robespierre alcanzó las cotas más altas del sufrimiento y de la despiadada actuación del ser humano, tal vez hasta límites entonces nunca conocidos, al menos por la forma sistemática y estructurada en que se ejerció la represión. Miedo, dolor, sufrimiento, intrigas, estrategias políticas, todo ello contado con maestría y sin dejar escapar detalle. Un recorrido espeluznante por la Francia que Robespierre, el abogado de Arras, moldeó a su antojo hasta que la revolución misma se volvió en su contra y lo levó al mismo cadalso que le sirviera para auparse en el poder. Un libro indispensable para entender la Revolución Francesa, la otra mitad de la historia de aquellos acontecimientos que alteraron a Occidente y determinaron el nuevo rumbo de la Historia.


Prólogo del autor

C

uando un hombre entre nosotros llega a hacerse famoso por sus acciones, solicitamos de la antigüedad un héroe adecuado con quien pueda formar algún paralelo, y sin embargo casi nunca conseguimos la dicha deseada. Hubo tiempo en que honramos al necio Necker con el hermoso dictado de Sully. El presumido Lafayette fue llamado en mil escritos el “césar francés”, y también “el héroe de ambos mundos”. Llamaron “espartanos” a los franceses a los que el insensato e intrépido Coustines1, tuvo orden de conducir a los desfiladeros de Porentrú, desfiladeros de aquella ciudad donde no se disparó siquiera un fusilazo, pero que tomaron el ruidoso nombre de Termópilas2. Mientras vivió Robespierre, fue llamado el Catón moderno. Unos le compararon a Catilina y otros á Cromwell; pero todos se equivocaron en el particular antes y después de su muerte, pues aquel monstruo fue más rudo que Claudio, y mil veces más cruel e inhumano que Nerón3. Mi escrito se une ahora a otros que su justo castigo dio margen a que saliesen a luz. Más inflamado mi corazón con los rayos de una naciente libertad, me obligan a emprender esta obra con sentimientos apacibles. No, no empaparé mi pluma en hiel, ni recriminaré con inútiles invectivas a los miserables a los que cegó Robespierre con sus seducciones. En cuanto a los cómplices sanguinarios que le sobrevivieron, si el horror que infunden a toda la faz de la tierra, si el desprecio que les cubre, y si los remordimientos


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que deben carcomer su conciencia no les atormentasen lo bastante, ¿que daño les causaría mi crítica?. No es sátira la que pretendo dar al público en esta obra, ni tengo otro fin en ella que trazar los principales sucesos de una conjuración hasta el día sin igual. En una palabra, es el diseño que presento al historiador para que se dedique a retratar las dolorosas convulsiones con que se vio atormentada Francia hace cinco años; en el que tanto los que gobiernan como los que son gobernados, hallarán lecciones importantes. La conducta que tuvieron Robespierre y sus secuaces desde que dio principio la primera Asamblea Nacional, manifestará a los entendimientos menos sutiles el verdadero origen de nuestras fatalidades, encontrando pronto remedio, como sucede cuando es conocida la causa del mal. Ciertamente sería ahora propio el tiempo de usarlo; pero si por un efecto contrario al que hasta la actualidad hemos tenido de no saber aprovechar del ejemplo de los pasados siglos, sucediera que la luz de mi narración no purificara nuestro horizonte, por lo menos me quedará el consuelo de que mis esfuerzos, inútiles para mis contemporáneos, quizá aprovecharán a la posteridad. ¿Sería posible que leyendo nuestros descendientes la historia de una facción que ha causado, según veremos, todas las desgracias de nuestra patria, no aprendiesen de ella a evitar los lazos en que nosotros caímos?. Como todavía no se halla el público perfectamente instruido en el manejo que tuvo aquella facción horrorosa, voy a correr el velo que ocultaba sus maquinaciones y tropelías, a pintar su carácter y costumbres, y a aclarar las siniestras intenciones de los conjurados; dando principio a esta obra con un espíritu ajeno de personalidades, y con un corazón exento de toda impresión de parcialidad. Tengo que revelar grandes verdades y las descubriré sin aspereza ni temor, pues ya no hay motivo que me las pueda contener. No debo respetar mas que a la justicia, sin que me acobarde el puñal de los asesinos, ni los alaridos que alrededor de la tumba de Robespierre arrojan las bestias feroces que desencadenó aquel inhumano. Dice Salustio, con alguna verdad, que la ambición se halla más cercana a la virtud que al vicio. Todos los hombres solicitan honores, riquezas, autoridad y gloria; luego todos son ambiciosos. Es la ambición un fuego que domina tanto a los espíritus pusiláni-


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mes como a los fuertes, que tanta impresión hace en las almas apocadas como en los ingenios más sublimes, y que tanto abrasa a los corazones corrompidos como a los que son virtuosos. La diferencia estriba en que el hombre de superior talento, repara con sola una mirada la inmensidad de los recursos encumbrados y los obstáculos que se le presentan, media en la fuerza de aquellos, y estudia la resistencia de estos. No pone únicamente su idea en el tiempo actual en que la fija, sino también en el futuro, que también ocupa su pensamiento. Calcula las vicisitudes favorables y contrarias que alternativamente debe esperar de las pasiones, del tiempo y de la fortuna, y sabe contrapesar unas con otras porque solamente deja al azar lo que no alcanza la humana prudencia. Aprovecha las coyunturas con tal destreza que se cree es él mismo quien las prepara, no le desaniman ni contienen los infortunios, por tenerlos ya previstos, y asombran sus medidas y las consecuencias de ellas por lo prudentes y encumbrados que fueron sus pensamientos. Si el hombre ambicioso reúne a un gran talento un alma inflamada con la virtud, lejos de temer que sea el azote de sus semejantes, al contrario, se debe esperar que será el benefactor de ellos. A la común felicidad se dirigen sus meditaciones y trabajos. No es espada cortante la que en tal caso llega. El camino que emprende no aumenta las muertes, ni empapa en sangre el código de sus leyes; sino que la justicia unida a la verdad, es la que en lugar de los verdugos hace cumplir sus decretos. No puso Licurgo los cimientos de Esparta sobre cadáveres amontonados. La Italia entregó a Rómulo todos los hombres que, por su torpe vida y cruel ferocidad de costumbres, eran en aquel territorio un seminario de males. Este héroe estableció entre ellos un admirable gobierno y transformó aquella multitud de malhechores en un pueblo disciplinado y guerrero, sin que para el logro se valiese de cadalsos. Numa, con leyes suaves y medios atractivos, perfeccionó la empresa feliz que había principiado Rómulo, tomando por únicos fundamentos las armas de la razón. Éste hizo de los primeros romanos una nación guerrera, y aquél, un pueblo virtuoso. He aquí como el hombre ambicioso que concilia la virtud con el ingenio, consigue la felicidad de sus contemporáneos y de muchas generaciones, valiéndose de las armas de la razón, y no de las de la fuerza.


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El hombre de limitado talento que quiere engrandecerse, tiene una conducta más constante que el de ingenio, pero como su seguridad es la consecuencia de su presunción y corto alcance, como no se ejercita en el estudio de lo pasado ni futuro y, como se halla sin el menor cuidado de los vaivenes de la fortuna y del extraño dominio de las pasiones humanas, se para en mitad de la carrera o se precipita en el instante, golpeándose contra el mismo fin que esperaba. Si a un espíritu falto de luces se une un alma sin virtud, todos los medios le serán propios para obtener el logro de sus empresas. Caminará al principio receloso, se ocultará con el disfraz de la hipocresía, avanzará por siniestras vías, le dominarán los inconvenientes y le lisonjearán los buenos sucesos. Pero como su necedad y camino siniestro le habrán permitido lograr ciertos progresos y ascender algunos escalones del trono a que aspiraba, le será ya imposible mantenerse por sí mismo en aquel encumbrado puesto, y exasperado de su propia ignorancia, se vengara de aquellos que no quieran doblar la rodilla a su presencia, se rodeará de verdugos y asesinos, y tomará el forzoso medio del terror para que los demás, sin réplica, se allanen a obedecerle. Creerá hallarse firmemente seguro en su puesto usurpado y, embriagado de sangre y orgullo, descansará esperanzado en sus locas ideas. Pero el odio que producirán sus viles crueldades sublevará a todos contra él, y éstos, armados, le obligarán en menos tiempo del que tardó en ascender a que arrebatadamente caiga. Esta misma fue la suerte de aquellos mentecatos que repentinamente quisieron que renaciese en la Italia moderna el gobierno de la antigua Roma; y así fue la del conspirador cuya historia escribo.



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CAPÍTULO 1

La infancia de Robespierre

Nació Maximilien Robespierre en la ciudad de Arras. Los escritores monárquicos, pretendiendo vengarse con una impostura por el mal que causaba a su partido, o siniestramente informarlos por personas mal instruidas, publicaron que era descendiente de aquel Damiens que quiso asesinar a Luis XV; pero esta opinión, que se halla hoy generalmente extendida por haberse creído con ligereza, es una patraña que no merece ningún crédito, pues Robespierre no fue acreedor por su nacimiento a ningún vilipendio. Contaba entre sus ascendientes con varios doctores que honraron a nuestra antigua magistratura. Su padre, que ejercía la profesión de abogado, era un hombre íntegro y de talento, pero tan pródigo, que por no ajustar sus gastos a las ganancias que tenía, acudió al recurso de pedir préstamos para conseguir lo que pudo haber adquirido con orden y moderación. Contrajo muchas deudas y murió sin que pudiese pagarlas, de modo que a sus tres hijos, una niña y dos varones -el mayor de ellos Maximilien-, solo les dejó por herencia una miserable pobreza. No había salido Robespierre de su primera infancia cuando murió su padre. Por la buena reputación que éste obtuvo en vida, al-


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gunos parientes y amigos, apiadándose de la indigencia en que quedaban aquellos huérfanos, se dedicaron a socorrerles en la deplorable situación que les dejó la pérdida que acababan de experimentar. Llegó su infortunio a oídos del obispo de Arras, que conmovido, acogió a los dos varones dándoles consuelo y socorro, y no poniendo límites al tierno amor que les profesaba los adoptó en algún modo, haciendo por ellos aún más de lo que pudo su propio padre. La niña quedó a expensas de uno de sus parientes. Aunque aquel prelado estimaba igualmente a los dos hermanos, sentía un cariño especial hacia Maximilien. Lo distinguió con cierta preferencia y cuidó de su primera educación con paternal vigilancia. Cuando el joven Robespierre acabó con las tareas propias de los primeros años de su educación, y estaba pronto a emprender estudios más serios, su bienhechor lo envió a París bien recomendado, donde le consiguió una dotación a su favor en el colegio que llamaban entonces de Luis el Grande4, el cual ya hacía tiempo que había dejado de estar bajo la dirección de aquella célebre sociedad que dio a las ciencias tantos hombres ilustres. En aquel antiguo colegio daban el nombre de bourses a unas dotaciones que algunas personas caritativas hacían de sus bienes a favor de los estudiantes pobres. Cada discípulo que gozaba de una de éstas, recibía gratuitamente en todo el curso de sus estudios cuanto necesitaba para su existencia y educación. Con la buena conducta que tuvo en aquel colegio, colmó la esperanza de su protector. Las primeras lecciones que recibió en los estudios de Arras, produjeron los mas felices frutos que debían esperarse. En cada una de las clases que cursó, casi siempre superaba a sus condiscípulos, también tuvo la misma satisfacción entre los estudiantes de la universidad que seguían con él igual carrera, y obtuvo todos los premios que distribuía cada año aquel establecimiento, de cuyos beneficios nunca se olvidarán los sabios. Este suceso hizo creer a todos los que se interesaban por el joven Robespierre, que haría en el mundo un papel brillante, pero se engañaron en su presagio. En los años que pasó en el colegio, no se notó en su persona asomo de pasión hacia lo bueno ni a ninguna noble inclinación. Se


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entretenía en cosas pueriles sin causar mal al prójimo. Se dedicaba al juego sin mayor vicio, y aunque no tenía aplicación al trabajo, siempre que aspiraba a obtener los primeros puestos, los conseguía sin esfuerzo ni otro estímulo que su natural facilidad; pero no manifestaba en sus entretenimientos, trabajo, ni conversación, cosa que sobresaliese. Es bien extraño que desde la infancia no descubra el alma la primera luz de aquel instinto que arrastrará en el futuro hacia una vocación particular, y que es el que da el valor de pasar por mil disgustos antes de abandonar. No era el de Robespierre un instinto como el de Pascal, que en la soledad de su cárcel daba solución a los problemas de Euclides, a pesar de quienes querían desalentarle en el amor a las ciencias. Voltaire, inducido de su gran pasión por la poesía, aun en medio de la libertad perdida, solía escribir con un lápiz los primeros cantos de la Henriada en las tapias del calabozo en que estaba recluido. Los protectores y maestros de Robespierre, no llegando a descubrir en sus discursos y acciones ningún vestigio de esta inclinación, pensaron que su gloria no saldría de las paredes del colegio, y que quedaría confundido entre el cúmulo de hombres oscuros, a pesar de los laureles allí conseguidos. Así como los árboles que dan sus frutos muy adelantados se hacen más pronto estériles, del mismo modo Robespierre, únicamente en su infancia manifestó algún talento, pues en los demás días de su vida solo le quedaron defectos de aquella primera edad. Era vano, envidioso, alborotado y terco. Cuantos hicieron estudio de su persona le observaron un espíritu limitado, un carácter indolente, un corazón tímido, y un alma débil y triste. Sin embargo, cuando llegó a la edad de dieciséis o diecisiete años, envanecido con los aplausos y elogios que obtuvo en sus clases, se creyó propio para hacer un gran papel entre sus semejantes. Engañada su familia y amigos del buen nombre que mereció a sus condiscípulos, y ofuscados con aquellas ideas, fundaron en él las mas lisonjeras esperanzas. Dos de sus parientes que, a la sazón estaban en París, le aconsejaron se dedicara a estudiar leyes y se adhiriese a la judicatura de la capital. Deseoso el joven Robespierre de llevar la palma con sus arengas en la tribuna de tan respetable consistorio, adoptó al instante el consejo creyendo que excedería en lo facundo a nuestros principales


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oradores. La adolescencia es la edad de las ilusiones y, aunque esta ambiciosa idea era tolerable a un escolar, los desgraciados ensayos que tuvo en adelante le hicieron conocer que, con tan corto entendimiento, no era posible contrarrestar al irrefutable testimonio que veía en su contra. Mas a pesar de esta convicción, como en el corazón humano nacen ideas vergonzosas y arrogantes, no quiso admitirlo y, aunque le humillaba la consideración de sus cortas luces, lejos de ejercitarse en cultivar las letras, se irritaba contra el mérito ajeno, aborrecía toda clase de talento y se consolaba en medio de su necedad, ultrajando y ofendiendo a los que sabían más que él. Bien pudo con el estudio de sí mismo, con el trato de hombres capaces y de virtud, y con la lectura de las obras que escribieron los antiguos sabios, corregir los vicios que la naturaleza arraigó en su alma; pero no lo realizó porque la vanidad aumenta el velo de la ignorancia y acrecienta más la corrupción a un corazón vil. Esta despreciable pasión, quizá la única que tuvo Robespierre, fue la que le hizo tan rencoroso y sanguinario. Como los gastos en la capital eran grandes y no tenía él ningunos bienes para emprender sus estudios de Derecho, mirándole sus parientes como a hijo de la providencia, lograron vencer este obstáculo por haber solicitado y conseguido la generosa protección de Ferrieres, sobrino del autor de una obra apreciable de jurisprudencia, quien se prestó a servir al joven Robespierre de mentor y de padre, sin que por ello pretendiese recompensa alguna. Mediante esta disposición salió de su colegio, y se fue a casa de su nuevo bienhechor para dedicarse al estudio de las leyes. No manifestó gusto ni apego a la profesión que le destinaron en aquella nueva carrera, en la que descubrió lo que sería en adelante. No pudiendo aguardar nada de la ciencia, incapaz de aplicación y confuso en las menores dificultades, huía de los libros y de los sabios. En todos los días de su vida conservó el mismo odio natural para unos y otros, habiéndose muerto sin que añadiese cosa alguna a los cortos conocimientos que adquirió en el colegió. Por un lastimoso trastorno, mas común de lo que parece y, que forzosamente hace que presenten los objetos diverso aspecto al que deben, retuvo Robespierre de la lectura de los libros clásicos solo ciertos errores que fueron causa de sus crímenes y suplicio. Para que se com-


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prenda esta verdad, es preciso que yo la aclare. Quizá puede que de ella saque el lector algún fruto. La educación de nuestros colegios antiguos imbuía en una arrogancia que, sin duda, contribuyó a que se produjese lo que palpamos ahora. Prescindiendo de toda observación sobre esta singularidad, solamente diré, que los jóvenes educados en semejantes escuelas, que ya no existen, estaban destinados a vivir bajo un gobierno monárquico; pero si miramos a fondo la clase de instrucción que recibían en ellas, confesaremos que era más propia para vivir en la antigua Roma. No bien empezaban los niños a tartamudear, cuando pretendían ya que hablasen el lenguaje de los romanos. La vida de los hombres cuya memoria ha perpetuado la historia de aquel pueblo, era la materia continua de la lectura y de todos los ejercicios que tenían. Tanto los juegos como las lecciones, recordaban los usos, las costumbres o a alguna institución romana. Cada sala de estudio trazaba en algún modo la imagen de ella, dando a cada clase el nombre de alguna de las dignidades romanas. El que mejor se hallaba favorecido de su memoria, o el que con mas inteligencia desempeñaba la tarea impuesta por su maestro, obtenía el empleo de cónsul, censor, o dictador. De este modo, bajo el mundo de sus preceptores recibían aquellas tiernas plantas cierto jugo y forma, sin ninguna analogía con la naturaleza del territorio a que iban a ser transplantadas. Como todo lo que tiene en sí cierto carácter osado agrada a la imaginación de la infancia, entre aquel cúmulo de cónsules, capitanes y tribunos, surgían otros tantos héroes de los que se ignoraban las auténticas cualidades de sus acciones. No sabían distinguir entre los dos Brutos o Fabios, entre Scaevola o Scipion, Coriolano o Camilo; sino que igualmente daba un mismo culto a Mario y a Pompeyo, a Catilina y a César. Las empresas de los Gracos, la insolencia de los Decenviros, las crueldades de Silla y hasta las proscripciones de los Triunviros tenían gracia en aquel mundo educativo. En una palabra, como la nación romana era en las escuelas de la monarquía francesa la nación por excelencia, sentían los escolares no verse destinados a vivir bajo igual gobierno al de aquel pueblo, y mayormente el no haber nacido romanos.


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Algunos hombres mantuvieron en todos los días de su vida esta religiosa admiración para con Roma. Unos porque verdaderamente no podían dar más ensanche a sus ideas y otros porque tenían puestas sus miras en los gobiernos modernos, para cuya ejecución podía contribuir su entusiasmo sirviéndoles al mismo tiempo de disfraz. Pero a la mayor parte de ellos, la madurez de la edad, la observación, y una lectura bien meditada, atemperaba la preocupación adquirida en la infancia. El sabio rehusaba honrar con su aprecio a una nación que no sabia obedece ni estar sin señor que la mandase. El estadista hallaba enormes vicios en la política de un pueblo que en continua guerra consigo mismo, no podía escapar del atolladero de la anarquía sin someterse bajo el yugo del despotismo. No faltaba quien temía la dominación de un rey y, sin embargo, admiraba a cónsules, Decenviros, censores y dictadores, cuya autoridad, aunque pasajera, era mil veces mas absoluta que lo es en nuestros días la de los monarcas orientales. El amigo de la humanidad aborrecerá a una República de Roma que no reposaba de sus guerras intestinas, sino al ver el mundo lleno de esclavos y de víctimas. Convengamos por lo mismo, que si existiese hoy semejante república, todo el universo se interesaría en terminar con ella. El transcurso de muchos siglos, las diversas costumbres, las nuevas ideas religiosas, los descubrimientos, la política apoyada en otros fundamentos, los ejércitos, que ya en lugar de flechas se valen de la pólvora y, en fin, la abolición de Ia esclavitud, son precisamente causas de haberse cambiado la organización y manejo de las sociedades entre sí, lo que con facilidad conocerá cualquier entendimiento que medite sobre ello. Pero el limitado talento de Robespierre nunca pudo penetrar estos fáciles conceptos. Imbuido de las quimeras y puerilidades del colegio, se asombraba al ver como los franceses no se daban prisa en asemejarse a un pueblo que se absorbió a todas las naciones. Bien que, además de ser estúpida su admiración para aquella orgullosa capital que con insolencia llamaba Marcial la Diosa de las naciones y del mundo, también tenía Robespierre un carácter muy singular. Así pues, cuando las mejores lecciones de la historia hacen brotar su semilla en corazones corrompidos por la vanidad de su espíritu, solo llegan a producirse en ellos frutos envenenados. En su conversación


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dejaba caer con gusto Robespierre las falsas y detestables ideas que retuvo del corto número de rasgos de la historia romana que le enseñaron en el colegio, dando su amor propio un valor infinito a las patrañas de su imaginación. No bien salió de la tutela de sus preceptores, cuando ya quiso regentar entre sus semejantes y, haciendo burla de todas las instituciones, menospreciaba las luces que pudieron haberle ilustrado. Su ceño, presunción y orgullo, daban fastidio a quien la oía hablar. Luego que acabó su curso de Derecho, se desvanecieron enteramente las esperanzas que dio a su familia. Persuadido uno de sus bienhechores de haber llegado ya el momento en que debían realizarse, vino de Arras a París a dar gracias a Ferrieres por los generosos cuidados que tuvo en educar a Maximilien. Al mismo tiempo se propuso tomar las medidas con aquel profesor, para tratar acerca del gasto que originase su ahijado hasta que pudiera manifestarse libremente en la judicatura de la capital y vivir de su trabajo, sin estar sujeto a las asistencias de sus protectores; pero Ferrieres habló casi en estos términos de Robespierre: “Este joven no es como pensáis. Os engañaron los sucesos que tuvo en el colegio. Nunca podrá adelantar ya, ni llagara a saber más de lo que sabe. Su cabeza es muy ligera, tiene muy poco alcance y ningún juicio. No esperéis instrucción alguna de él, porque no solo se halla absolutamente desnudo de disposición para la jurisprudencia, sino también para todo ejercicio de capacidad. Por ningún motivo le dejéis en París, pues además de ser perdido el gasto que en él se hiciere, nunca podrá igualarse ni a los medianos oradores; porque la ociosidad, las malas compañías a que está inclinado a exponerse y las locuras políticas que puede difundir, quizá perjudicarían su tranquilidad y la de todos sus deudos. Conducidle a Arras donde se contendrá. Puede ser que allá encuentre con más facilidad la posibilidad de poder desempeñar con lucro el ejercicio de abogado”. Si bien aquel oráculo fue un golpe mortal para el bienhechor de Maximilien, no tardaron en convencerle las conversaciones que tuvo con éste, de que el maestro no le engañó, por lo cual, fue preciso obedecerle y hacer retornara Robespierre a su patria. Aunque esta vuelta le era una especie de afrenta por la ventajosa opinión que neciamente tuvo de sí mismo suponiéndose con ligereza un talento encumbrado, determinó disimularla; sin que nunca manifestase en el


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exterior sensibilidad a las mortificaciones. Ocultó interiormente su vergüenza, odio e intentos vengativos. Si Ferrieres tenía entre los jurisconsultos una buena reputación, qué interés podía moverle a abatir a su discípulo. Luego la opinión de un hombre semejante debiera haber convencido a Robespierre del mal concepto que de él había formado. Sin embargo, no reflexionó así.


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