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La aldea encantada


La aldea encantada


Al lector: Ven a pasear mi aldea, peregrino lector… Ni armas ni escudos tuvo del señor de Castilla, ni hubiera menester tan señalado honor, que en ella una mañana detuvo su áurea silla —decorada con plumas y picos de condór— el Inca Pachacútec, nuestro Rey y Señor, y miró al Sol, su padre, desde la curva orilla.

Tu ciudad deja un punto, inquieta y señorial, y penetra en la grata placidez aldeäna donde llora en las tardes la modesta campana donde el mar sollozante se duerme en la neblina, donde extiende en el ángelus, por la extensión lejana, la pescadora barca, bajo un cielo de grana,

La aldea encantada

Una nube de aves levantose de un risco y voló con la rauda rapidez de una idea; el Inca en un impulso juvenil, gritó: —¡Pisscco! Y así fue bautizada, lector, esta mi aldea…

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Al lector: Ven a pasear mi aldea, peregrino lector… Ni armas ni escudos tuvo del señor de Castilla, ni hubiera menester tan señalado honor, que en ella una mañana detuvo su áurea silla —decorada con plumas y picos de condór— el Inca Pachacútec, nuestro Rey y Señor, y miró al Sol, su padre, desde la curva orilla.

Tu ciudad deja un punto, inquieta y señorial, y penetra en la grata placidez aldeäna donde llora en las tardes la modesta campana donde el mar sollozante se duerme en la neblina, donde extiende en el ángelus, por la extensión lejana, la pescadora barca, bajo un cielo de grana,

La aldea encantada

Una nube de aves levantose de un risco y voló con la rauda rapidez de una idea; el Inca en un impulso juvenil, gritó: —¡Pisscco! Y así fue bautizada, lector, esta mi aldea…

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Por la sinuosa calle desfilan los jumentos apacibles, con una gravedad resignada ¡y hay en sus ojos grandes tan hondos sufrimientos y tan tristes reproches en su dulce mirada! Florecida la alfalfa sobre sus lomos es una torturadora y divina esperanza y la triste ringlera de asnos avanza…

Abraham Valdelomar

Tras ellos va la moza de ancha cara angulosa y cabellera suelta sobre la bruna tez con sus movibles senos y su cuerpo bronceado y su traje de listas y su esbelto cayado y su olor de dehesa y sus desnudos pies…

[18]

¡Ah! Lector, si no amas la placidez aldeana si el bíblico perfume no es para tu alma un bien si prefieres la vida, frágil, inquieta y vana de la ciudad magnífica, tu mirada profana no pongas en las páginas de este libro.

Detén tu mano aristocrática y metropolitana; pero si buscas algo de verdad y de amor, si vibras con la pura sencillez campesina; al lento arrullo fresco de la brisa marina, ven a pasear mi aldea, peregrino lector… Y si al fin, terminada la peregrinación, gustas de los paisajes de la Aldea Encantada musita, peregrino, una breve oración por las amables horas de mi niñez pasada, por todos los alegres días que ya no son, muertos y sepultados bajo mi corazón… Amor, recuerdos, fechas, infancia, polvo, nada…

(En Lulú N.° 35. Lima, 23 de marzo de 1916, pp. 13-14. Figura la nota: «Introducción a la serie de cuentos criollos que forman parte del libro Los hijos del Sol de Abraham Valdelomar y que aparecerá en breve con prólogo de Federico More»).

La aldea encantada

melancólicamente su alba vela latina… Preparan a la aurora todos los menesteres los aldeanos y emprenden la labor cotidiana; aportan, los arreos, cantando, las mujeres y despliega la brisa sus vestidos de grana y ellos van a perderse detrás de la lejana isla, hogar de las aves, en los atardeceres.

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Por la sinuosa calle desfilan los jumentos apacibles, con una gravedad resignada ¡y hay en sus ojos grandes tan hondos sufrimientos y tan tristes reproches en su dulce mirada! Florecida la alfalfa sobre sus lomos es una torturadora y divina esperanza y la triste ringlera de asnos avanza…

Abraham Valdelomar

Tras ellos va la moza de ancha cara angulosa y cabellera suelta sobre la bruna tez con sus movibles senos y su cuerpo bronceado y su traje de listas y su esbelto cayado y su olor de dehesa y sus desnudos pies…

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¡Ah! Lector, si no amas la placidez aldeana si el bíblico perfume no es para tu alma un bien si prefieres la vida, frágil, inquieta y vana de la ciudad magnífica, tu mirada profana no pongas en las páginas de este libro.

Detén tu mano aristocrática y metropolitana; pero si buscas algo de verdad y de amor, si vibras con la pura sencillez campesina; al lento arrullo fresco de la brisa marina, ven a pasear mi aldea, peregrino lector… Y si al fin, terminada la peregrinación, gustas de los paisajes de la Aldea Encantada musita, peregrino, una breve oración por las amables horas de mi niñez pasada, por todos los alegres días que ya no son, muertos y sepultados bajo mi corazón… Amor, recuerdos, fechas, infancia, polvo, nada…

(En Lulú N.° 35. Lima, 23 de marzo de 1916, pp. 13-14. Figura la nota: «Introducción a la serie de cuentos criollos que forman parte del libro Los hijos del Sol de Abraham Valdelomar y que aparecerá en breve con prólogo de Federico More»).

La aldea encantada

melancólicamente su alba vela latina… Preparan a la aurora todos los menesteres los aldeanos y emprenden la labor cotidiana; aportan, los arreos, cantando, las mujeres y despliega la brisa sus vestidos de grana y ellos van a perderse detrás de la lejana isla, hogar de las aves, en los atardeceres.

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A mi hermana Jesús

No quiso la Fortuna cubrir con tienda de oro en el apa­cible encanto de nuestros días infantiles, ni acariciarnos con fina holanda, regio terciopelo ni opulenta seda; amas no tuvimos, saraos no hubo en casa, carecimos de artificiosos juguetes. Y nuestras vidas no serán bastantes para agradecer a Dios tales designios, que a falta de amas tuvimos a nuestra buena madre, pródiga en besos, enseñanzas y lágrimas; la música alada de fiestas jamás turbó la cena patriarcal, y a falta de arlequines, tambores y muñecas, nos pasábamos las horas en el jardín, sembrando cerquitos de maíz, haciendo acequias diminutas, limpiando los claveles y aprendiendo a labrar en la húmeda tierra que tantas cosas enseña. Así perdi­mos el miedo a las abejas trabajadoras; los gorriones picotea­ban a nuestro lado y las

La aldea encantada

Mi buena y dulce hermana:

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A mi hermana Jesús

No quiso la Fortuna cubrir con tienda de oro en el apa­cible encanto de nuestros días infantiles, ni acariciarnos con fina holanda, regio terciopelo ni opulenta seda; amas no tuvimos, saraos no hubo en casa, carecimos de artificiosos juguetes. Y nuestras vidas no serán bastantes para agradecer a Dios tales designios, que a falta de amas tuvimos a nuestra buena madre, pródiga en besos, enseñanzas y lágrimas; la música alada de fiestas jamás turbó la cena patriarcal, y a falta de arlequines, tambores y muñecas, nos pasábamos las horas en el jardín, sembrando cerquitos de maíz, haciendo acequias diminutas, limpiando los claveles y aprendiendo a labrar en la húmeda tierra que tantas cosas enseña. Así perdi­mos el miedo a las abejas trabajadoras; los gorriones picotea­ban a nuestro lado y las

La aldea encantada

Mi buena y dulce hermana:

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pesada plancha triangular deslizábase suave­ mente sobre la húmeda tela, despidiendo nubecillas de vapor, bajo la exigua luz amarilla de la lámpara, cubierta siempre de azogada sombrilla de latón. ¡Cuán bello era nuestro pueblo en esos tiempos! Aquella alameda que estaba a la izquierda de la factoría, yendo hacia la ciudad, que se extendía al sur, rodeada de grandes sauces añejos, por los cuales apenas se filtraba la luz del sol, a cuya sombra había un claro y pequeño remanso, de verdes transpa­rencias, donde los bueyes y las ovejas deteníanse y bebían ávidamente. Aquella casona derruida que llamaban la Aduana Vieja, delante de la cual se arrastraba como un reptil el zanjón, casona que servía de mercado en las mañanas, de recreo para los de la escuela a toda hora y de plaza de toros los domingos. El muelle, el alargado y monótono muelle, que íbamos a pasear por las noches, a la luz de la luna, en cuyo carrito, empujado por los hermanos mayores llegábamos hasta La Punta, nos sentábamos al redor del faro y oíamos, en el silencio marino, el chasquear de las aguas misteriosas, abajo, en las escaleras de fierro, mientras las lanchas, panzudas y cadenciosas, danzaban gravemente al compás de la marea… ¡Chas!… ¡Chas!… Y la factoría, aquella casa de calaminas, que era como un hospital donde curaban a las

La aldea encantada

Abraham Valdelomar [22]

palomas de la vecindad sólo hacían estación en nuestro huerto. Después de nuestra agraria labor, nos quedábamos dormidos a la sombra de la higuerilla, aquel querido árbol de rojos y erizados racimos que, junto al broque­lado pozo, protegía la heredad… Por las mañanas —¿recuerdas?—, despertábamos al canto del gallo Carmelo y después del beso de mamá y de persignarnos, íbamos con ella a cortar las campanillas lilas y los ñorbos olorosos, que imitaban la pasión de Nuestro Señor, con sus tres clavos, la esponja y la corona de espinas —y se los ofrendábamos a la Virgen del Carmen—. Íbamos luego a dar la comida a los animales. ¡Qué algarabía al entrar en el corral con nuestros cestos repletos de maíz y lechuga! A la hora del almuerzo, cuando todos, siete hermanos, papá y mamá, hablábamos alrededor de la mesa, esperando impacientes la hora en que sacaran del agua la enorme sandía, fresca, roja y olorosa, mamá se acordaba siempre, al cortarla, del hijo ausente, nuestro hermano mayor, aquel buen mocetón de negra barba castellana, que escribía cartas largas y tristes desde lejanas comarcas. Los sábados por la noche, en la mesa del comedor, nuestra madre planchaba con sus propias manos los pañuelos que habíamos de usar durante la semana, y la

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pesada plancha triangular deslizábase suave­ mente sobre la húmeda tela, despidiendo nubecillas de vapor, bajo la exigua luz amarilla de la lámpara, cubierta siempre de azogada sombrilla de latón. ¡Cuán bello era nuestro pueblo en esos tiempos! Aquella alameda que estaba a la izquierda de la factoría, yendo hacia la ciudad, que se extendía al sur, rodeada de grandes sauces añejos, por los cuales apenas se filtraba la luz del sol, a cuya sombra había un claro y pequeño remanso, de verdes transpa­rencias, donde los bueyes y las ovejas deteníanse y bebían ávidamente. Aquella casona derruida que llamaban la Aduana Vieja, delante de la cual se arrastraba como un reptil el zanjón, casona que servía de mercado en las mañanas, de recreo para los de la escuela a toda hora y de plaza de toros los domingos. El muelle, el alargado y monótono muelle, que íbamos a pasear por las noches, a la luz de la luna, en cuyo carrito, empujado por los hermanos mayores llegábamos hasta La Punta, nos sentábamos al redor del faro y oíamos, en el silencio marino, el chasquear de las aguas misteriosas, abajo, en las escaleras de fierro, mientras las lanchas, panzudas y cadenciosas, danzaban gravemente al compás de la marea… ¡Chas!… ¡Chas!… Y la factoría, aquella casa de calaminas, que era como un hospital donde curaban a las

La aldea encantada

Abraham Valdelomar [22]

palomas de la vecindad sólo hacían estación en nuestro huerto. Después de nuestra agraria labor, nos quedábamos dormidos a la sombra de la higuerilla, aquel querido árbol de rojos y erizados racimos que, junto al broque­lado pozo, protegía la heredad… Por las mañanas —¿recuerdas?—, despertábamos al canto del gallo Carmelo y después del beso de mamá y de persignarnos, íbamos con ella a cortar las campanillas lilas y los ñorbos olorosos, que imitaban la pasión de Nuestro Señor, con sus tres clavos, la esponja y la corona de espinas —y se los ofrendábamos a la Virgen del Carmen—. Íbamos luego a dar la comida a los animales. ¡Qué algarabía al entrar en el corral con nuestros cestos repletos de maíz y lechuga! A la hora del almuerzo, cuando todos, siete hermanos, papá y mamá, hablábamos alrededor de la mesa, esperando impacientes la hora en que sacaran del agua la enorme sandía, fresca, roja y olorosa, mamá se acordaba siempre, al cortarla, del hijo ausente, nuestro hermano mayor, aquel buen mocetón de negra barba castellana, que escribía cartas largas y tristes desde lejanas comarcas. Los sábados por la noche, en la mesa del comedor, nuestra madre planchaba con sus propias manos los pañuelos que habíamos de usar durante la semana, y la

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rra, la sacristía oscura, el bautisterio silencioso y el altar mayor, en el fondo, desangrando los ladrillos de sus muros; y el cochecito que hacía viajes entre el pueblo y La Playa, halado por dos mulos viejos, taimados, al sonar alegre de su campanita… ¡Ah, hermana mía, cuán dulce es recordar! ¡Cuán dulce, buena y triste era la vida de aquel pueblo! Qué sencillez en las gentes, qué paz la que reinaba en todo, qué silencio augusto y misterioso pesaba sobre esa ciudad de hombres resignados que jamás salieron del pueblo. ¡En qué aire solitario, misterioso e inefable pasó nuestra niñez! Aquel lugar parecía habitado por una sola y gran familia; se conmovían unánimes por las desgracias ajenas; gozaban sencillamente, y hasta en el morir, cuán dulce, sabia y huma­namente se iban de la vida aquellos abuelos centenarios, que con sus manos sarmentosas elevadas al cielo y los ojos fijos en el Crucificado, pronunciaban, expirando, la última frase, ya casi ininteligible: —¡En tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu!… *** Desde aquellos arcádicos tiempos del gallo Carmelo, la higuerilla y el rezar contrito, yo y

La aldea encantada

Abraham Valdelomar [24]

locomotoras y a los carros, toda rodeada de fierros, ejes rotos que yacían como mutilados brazos, ruedas pesadas que envolvía la grama, despedazados carros, calderas que el moho había carcomido, trozos de carbón, y rieles paralelos y brillantes, trillando el camino; al lado un elevado tanque de agua, donde bebía la máquina, goteaba siempre, y abajo crecían espigaditos como niños enfermos, maíces y trigos. Y la Estación, tan grande, pintada de blanco, con sus andenes de madera, que retemblaban cuando a las once llegaba el tren de Ica, pujante y terrible, piteando clamorosamente. Agrupábanse las gentes, cuando se detenía descendían los pasajeros, llenos de tierra, y en medio de ellos, Canela, aquel viejo conductor, que traía siempre cartas o recados para nuestro padre, de los parientes de Ica. En el pueblo, la plaza de armas poblada de seculares ficus, verdes, coposos, protectores, que daban sombra y paz a los cansados, en sus banquitas de madera, la iglesia, aquella antigua iglesia de la Compañía, en cuyo frontispicio había monstruos esculpidos, y detrás de la cual había un jardín tan misterioso y difícil de ver; el Cementerio, tan triste, con su solitaria avenida, blancuzca y salitrosa como el camino de la Muerte; la iglesia antigua y tapiada, nido de búhos, tema de leyendas, por cuyos agujeros se veía siempre la nave silen­ciosa y cubierta de tie-

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rra, la sacristía oscura, el bautisterio silencioso y el altar mayor, en el fondo, desangrando los ladrillos de sus muros; y el cochecito que hacía viajes entre el pueblo y La Playa, halado por dos mulos viejos, taimados, al sonar alegre de su campanita… ¡Ah, hermana mía, cuán dulce es recordar! ¡Cuán dulce, buena y triste era la vida de aquel pueblo! Qué sencillez en las gentes, qué paz la que reinaba en todo, qué silencio augusto y misterioso pesaba sobre esa ciudad de hombres resignados que jamás salieron del pueblo. ¡En qué aire solitario, misterioso e inefable pasó nuestra niñez! Aquel lugar parecía habitado por una sola y gran familia; se conmovían unánimes por las desgracias ajenas; gozaban sencillamente, y hasta en el morir, cuán dulce, sabia y huma­namente se iban de la vida aquellos abuelos centenarios, que con sus manos sarmentosas elevadas al cielo y los ojos fijos en el Crucificado, pronunciaban, expirando, la última frase, ya casi ininteligible: —¡En tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu!… *** Desde aquellos arcádicos tiempos del gallo Carmelo, la higuerilla y el rezar contrito, yo y

La aldea encantada

Abraham Valdelomar [24]

locomotoras y a los carros, toda rodeada de fierros, ejes rotos que yacían como mutilados brazos, ruedas pesadas que envolvía la grama, despedazados carros, calderas que el moho había carcomido, trozos de carbón, y rieles paralelos y brillantes, trillando el camino; al lado un elevado tanque de agua, donde bebía la máquina, goteaba siempre, y abajo crecían espigaditos como niños enfermos, maíces y trigos. Y la Estación, tan grande, pintada de blanco, con sus andenes de madera, que retemblaban cuando a las once llegaba el tren de Ica, pujante y terrible, piteando clamorosamente. Agrupábanse las gentes, cuando se detenía descendían los pasajeros, llenos de tierra, y en medio de ellos, Canela, aquel viejo conductor, que traía siempre cartas o recados para nuestro padre, de los parientes de Ica. En el pueblo, la plaza de armas poblada de seculares ficus, verdes, coposos, protectores, que daban sombra y paz a los cansados, en sus banquitas de madera, la iglesia, aquella antigua iglesia de la Compañía, en cuyo frontispicio había monstruos esculpidos, y detrás de la cual había un jardín tan misterioso y difícil de ver; el Cementerio, tan triste, con su solitaria avenida, blancuzca y salitrosa como el camino de la Muerte; la iglesia antigua y tapiada, nido de búhos, tema de leyendas, por cuyos agujeros se veía siempre la nave silen­ciosa y cubierta de tie-

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darias y los platanares, indiferentes veían, como yo, cruzar vapórenlos, silbar locomotoras y retumbar cada cinco minutos un dinamitazo, más fuerte a nuestros oídos que el eco de la tempestad que sonaba distante en los lejanos cerros del Istmo. Desembarqué en una lancha automóvil y veloz: más o menos por el mismo sitio por donde Blasco Núñez de Balboa, hace algunos siglos, metiérase vestido, mojando sus calzas, mar adentro, con el estandarte Real de Castilla; no había allí espa­ñoles, ni recuerdo de Guzmanes, Alvarados ni Pedrarias y el joven yanqui, que nos conducía, riose severamente, al oírme inquirir, en castellano, por una maleta de viaje. Instalado, en rápida locomotora, realicé aquella inmortal hazaña de Blasco: crucé el Istmo. En estos parajes llenos de mosquitos, enfermedades mortales, profundos bosques, selvas impenetrables, indios de envenenadas flechas, lluvias y tempestades del capítulo de historia, encontré deliciosos paisa­jes, cruzados por silbantes ferrocarriles, improvisados lagos, muros enormes, espesos como torres de la Edad Gentil, y barcos poderosos, tiendas de campaña y treinta mil hombres que con treinta mil picas y sesenta mil brazos destrozaban el corazón y las entrañas de los Andes. Seguí caminando y en un barco que parecía una ciudad, porque en

La aldea encantada

Abraham Valdelomar [26]

el mundo hemos dado muchas vueltas, mi dulce Jesús. Entonces nuestro universo era la aldea. Todos siete hermanos, que al redor de la mesa bendecíamos al Señor y amábamos la vieja casa, hemos ido por el Mundo cosechando sinsabores y penas. Tocome en suerte a mí, coger la carabela y navegar por otros mares, rodar por otras tierras, ver otros cielos y conocer otros hombres. Así, una tarde, mientras el sol, padre de la Raza, se hundía melancólicamente, zarpó la nave crepitante dejando una blanca estela sobre el mar, perdiose en la noche la fugitiva costa y en la nocturna serenidad sólo sentí el latir acelerado de la máquina, como un corazón palpitante. Pasé la fosfores­cencia constelada del trópico, cruzose en nuestra ruta varias veces el doble surtidor de una ballena, los lobos marinos escupieron con sus viscosas fauces hacia el barco, como despechados, y retorciéndose luego, impotentes, para desapa­recer en las aguas sombrías como náufragos, y así llegamos por fin al histórico sitio, donde mis ojos buscaron ávidamente en la costa aquella Santa María la Antigua del Darién, que el catedrático me citara tantas veces. En lugar de la Santa María Antigua y de indios, encontré unos hombres rojos y fuertes, haciendo un ferrocarril en dura roca, sobre el mar, para unir dos islas; las palmeras legen­

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darias y los platanares, indiferentes veían, como yo, cruzar vapórenlos, silbar locomotoras y retumbar cada cinco minutos un dinamitazo, más fuerte a nuestros oídos que el eco de la tempestad que sonaba distante en los lejanos cerros del Istmo. Desembarqué en una lancha automóvil y veloz: más o menos por el mismo sitio por donde Blasco Núñez de Balboa, hace algunos siglos, metiérase vestido, mojando sus calzas, mar adentro, con el estandarte Real de Castilla; no había allí espa­ñoles, ni recuerdo de Guzmanes, Alvarados ni Pedrarias y el joven yanqui, que nos conducía, riose severamente, al oírme inquirir, en castellano, por una maleta de viaje. Instalado, en rápida locomotora, realicé aquella inmortal hazaña de Blasco: crucé el Istmo. En estos parajes llenos de mosquitos, enfermedades mortales, profundos bosques, selvas impenetrables, indios de envenenadas flechas, lluvias y tempestades del capítulo de historia, encontré deliciosos paisa­jes, cruzados por silbantes ferrocarriles, improvisados lagos, muros enormes, espesos como torres de la Edad Gentil, y barcos poderosos, tiendas de campaña y treinta mil hombres que con treinta mil picas y sesenta mil brazos destrozaban el corazón y las entrañas de los Andes. Seguí caminando y en un barco que parecía una ciudad, porque en

La aldea encantada

Abraham Valdelomar [26]

el mundo hemos dado muchas vueltas, mi dulce Jesús. Entonces nuestro universo era la aldea. Todos siete hermanos, que al redor de la mesa bendecíamos al Señor y amábamos la vieja casa, hemos ido por el Mundo cosechando sinsabores y penas. Tocome en suerte a mí, coger la carabela y navegar por otros mares, rodar por otras tierras, ver otros cielos y conocer otros hombres. Así, una tarde, mientras el sol, padre de la Raza, se hundía melancólicamente, zarpó la nave crepitante dejando una blanca estela sobre el mar, perdiose en la noche la fugitiva costa y en la nocturna serenidad sólo sentí el latir acelerado de la máquina, como un corazón palpitante. Pasé la fosfores­cencia constelada del trópico, cruzose en nuestra ruta varias veces el doble surtidor de una ballena, los lobos marinos escupieron con sus viscosas fauces hacia el barco, como despechados, y retorciéndose luego, impotentes, para desapa­recer en las aguas sombrías como náufragos, y así llegamos por fin al histórico sitio, donde mis ojos buscaron ávidamente en la costa aquella Santa María la Antigua del Darién, que el catedrático me citara tantas veces. En lugar de la Santa María Antigua y de indios, encontré unos hombres rojos y fuertes, haciendo un ferrocarril en dura roca, sobre el mar, para unir dos islas; las palmeras legen­

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fatigante y mortal, hasta que llegó el luminoso prodigio de la noche! ¡Oh aquel mar de fuego en medio del cual, como náufragos, se debatían funambulescamente los hombres! Cruza­ban como flechas sonoras y veloces, los autos, las motos, los taxis, los tranways, los ómnibus, las mujeres y los hombres, como mariposas de luz. En los enormes muros, la luz hacía prodigios fantásticos. Veíase en el cielo, sobre la ciudad o en medio de ella, en luces, caprichosos danzantes, hombres que boxeaban, botellas estallando en precioso licor, y letras, letras grandes, chicas, gruesas, delgadas, redondas, góticas, griegas, en luces rojas, azules, verdes, amarillas, moradas, lilas, rosas, y zapatos, caballos, mujeres, botellas, violines, fonógrafos, naipes, dientes, corsés, estómagos, cruces y sombreros, maletas. ¡Todo en luz, todo en luz, todo en luz! Un joven compañero inconsiderado, llevome de la mano, como Virgilio al Dante a ese infierno luminoso que mi ima­ginación jamás soñara, y me dijo, en la confluencia de dos de esos ríos desbordantes, señalando con el brazo extendido: —Esto, esto, es Broadway —giró un poco para agregar—: esto, es la Quinta Avenida. Estamos, pues, en el cruce. ¡Este es el Centro del Mundo!

La aldea encantada

Abraham Valdelomar [28]

su grandeza, tenía telégrafo, teléfono, profusa luz, noticias del día, mujeres de todas partes, hombres de toda condición, babelesco parlar, restaurante, bar y salones en medio de cuyas tropicales plantas retorcíanse los zíngaros, blanqueaban los fracs, danzaban las parejas y estallaba el champagne. En este maravilloso barco pasé por los mismos puntos, que hace cinco siglos, el genovés, en frágil carabela, rodeado de peligros, para descubrir, con gloria, un mundo que yo dejaba con pena… Viajé, viajé, y una mañana, al clarear el sol, vimos una silueta de mujer recortándose sobre una extensa y poblada costa: ¡la Libertad! Llegamos, desembarqué, y fue en estos días donde mis nervios empezaron a desconectarse. Vi casas que se perdían en la celeste vaguedad. Por el aire se curvaba la serpiente de un ferrocarril. En la tierra, enormes bocas abiertas se tragaban a infinidad de personas que por otras bocas salían. Un lenguaje de jotas y de kaes, mezclado con negras nubes de humo, vomitadas por invisibles chimeneas, me robaba el oxígeno. ¡En amplias calles atropellábanse millones de seres apurados y aquel río humano, interminable, sonoro, obsesionante y dantesco, en medio de sus máquinas, por sobre puentes, bajo sus alambres, hundiéndose ora en la tierra, elevándose luego en el espacio, rodó, rodó todo el día,

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fatigante y mortal, hasta que llegó el luminoso prodigio de la noche! ¡Oh aquel mar de fuego en medio del cual, como náufragos, se debatían funambulescamente los hombres! Cruza­ban como flechas sonoras y veloces, los autos, las motos, los taxis, los tranways, los ómnibus, las mujeres y los hombres, como mariposas de luz. En los enormes muros, la luz hacía prodigios fantásticos. Veíase en el cielo, sobre la ciudad o en medio de ella, en luces, caprichosos danzantes, hombres que boxeaban, botellas estallando en precioso licor, y letras, letras grandes, chicas, gruesas, delgadas, redondas, góticas, griegas, en luces rojas, azules, verdes, amarillas, moradas, lilas, rosas, y zapatos, caballos, mujeres, botellas, violines, fonógrafos, naipes, dientes, corsés, estómagos, cruces y sombreros, maletas. ¡Todo en luz, todo en luz, todo en luz! Un joven compañero inconsiderado, llevome de la mano, como Virgilio al Dante a ese infierno luminoso que mi ima­ginación jamás soñara, y me dijo, en la confluencia de dos de esos ríos desbordantes, señalando con el brazo extendido: —Esto, esto, es Broadway —giró un poco para agregar—: esto, es la Quinta Avenida. Estamos, pues, en el cruce. ¡Este es el Centro del Mundo!

La aldea encantada

Abraham Valdelomar [28]

su grandeza, tenía telégrafo, teléfono, profusa luz, noticias del día, mujeres de todas partes, hombres de toda condición, babelesco parlar, restaurante, bar y salones en medio de cuyas tropicales plantas retorcíanse los zíngaros, blanqueaban los fracs, danzaban las parejas y estallaba el champagne. En este maravilloso barco pasé por los mismos puntos, que hace cinco siglos, el genovés, en frágil carabela, rodeado de peligros, para descubrir, con gloria, un mundo que yo dejaba con pena… Viajé, viajé, y una mañana, al clarear el sol, vimos una silueta de mujer recortándose sobre una extensa y poblada costa: ¡la Libertad! Llegamos, desembarqué, y fue en estos días donde mis nervios empezaron a desconectarse. Vi casas que se perdían en la celeste vaguedad. Por el aire se curvaba la serpiente de un ferrocarril. En la tierra, enormes bocas abiertas se tragaban a infinidad de personas que por otras bocas salían. Un lenguaje de jotas y de kaes, mezclado con negras nubes de humo, vomitadas por invisibles chimeneas, me robaba el oxígeno. ¡En amplias calles atropellábanse millones de seres apurados y aquel río humano, interminable, sonoro, obsesionante y dantesco, en medio de sus máquinas, por sobre puentes, bajo sus alambres, hundiéndose ora en la tierra, elevándose luego en el espacio, rodó, rodó todo el día,

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La aldea encantada