Issuu on Google+

uh332011

francisco garza mercado

BOTANA DE RECUERDOS No es una comida formal, sino una simple botana de recuerdos personales.


2


3


4


5


BOTANA DE RECUERDOS No es una comida formal, sino una simple botana de recuerdos personales.

6


Titulo : Botana de Recuerdos No es una comida formal, sino una simple botana de recuerdos personales Autor : Francisco Garza Mercado Primera Edici贸n Octubre de 2011 Edici贸n al cuidado del autor Impreso por Daniel Garza Garza Ilustraciones varias de Internet Impreso en Monterrey en impresora del autor Hecho en M茅xico

7


8


Prólogo

La relación de hechos tal como sucedieron es historia, alimento del conocimiento. La relación de esos hechos, tal como debieran haber sucedido según la inspiración del relator, es literatura, alimento del espíritu. Pensado así, los cuentos cortos no son platos fuertes ni alimentos completos, solamente bocadillos, melindres, fruslerías, para mantener el hambre quieta mientras llega la hora de la comida verdadera; botanas, las llamamos nosotros, para diferenciarlos de los alimentos formales. Sin vajillas ni cubiertos, las botanas se pueden comer “a pie”, tomadas con la mano, o un papel, o cualquier cosa, muchas veces parados, en posiciones especiales que impidan que, al chorrear, nos manchen los zapatos. Como diría la etiqueta de una medicina: Este producto no es de empleo delicado, no se necesita receta médica para tomarlo. Dósis: la que la curiosidad requiera. Vía de administracion…oral.

9


10


El tango azul La cumparsita Nostalgias Sofía Malena Cuento chino Ojos verdes El pecado de tío Raul Otro de tangos El burro castigado El Metro El postre La mas bella Superman Etiquetas Los 5 pañuelitos Sálvese quien pueda Graciela Roweena Gloria El teleférico Santa C laus Inventos Caro La pastilla Azul Gloria El telefonazo Vacaciones en el Rancho

11


12


El tango azul

D

e veras lo envidiaba; tenía cuerpo atlético, de bailarín profesional: alto, delgado, fornido – poco tiempo después fue campeón olímpico de natación – y bailaba estupendamente el tango. Pero lo que más le envidiaba era su pareja, una joven de color – y creo que con olor y sabor a – canela, lo más cercano a la perfección para mis gustos. Yo, que no era muy arrojado, comprendí que si quería tener mujeres como esa tenía que aprender a bailar tango y practicar algún deporte para mejorar mi flaca figura. Asistí en ese tiempo a muchos bailes – creo que implanté un record: 31 días seguidos de asistir a bailes…sin pagar –, aprendí a bailar tango, viendo

13


películas de Fred Astaire, Gene Kelly y Ricardo Montalbán, y me metí con muchas ganas a hacer pesas en el gimnasio. La táctica dio frutos: bailé con muchas mujeres bonitas que me aceptaban más que todo por lo bien que sabía bailar. Qué curioso, podía apretar y maniobrar en público a una muchacha sin que ella se enojara, y sin que nadie se ofendiera por la sensualidad del baile; por el contrario, a veces hasta nos aplaudían. Fue bailando un tango como me le declaré a Graciela, después mi esposa por más de 30 años, y ella me aceptó. Hicimos una gran pareja por mucho tiempo, en el hogar y en los salones de baile. Una vez, una pareja de compadres nos invitó a un casamiento en Irapuato, Guanajuato. Fue un fiestón, poco común en ese tiempo y menos en la actualidad. Éramos como 700 invitados a la fiesta de la boda; algo que yo nunca antes había visto. De alguna manera se corrió la voz de que Graciela y yo bailábamos bien el tango y nos invitaron a bailarlo, poco antes de pasar a comer. Nos aplaudieron un poco y nos encaminamos a la pista. La orquesta empezó a tocar el Tango Azul, un tango más estadounidense que argentino, tal vez el único que los músicos se sabían; y nosotros empezamos a bailar. El tango azul es una pieza repetitiva y monótona; recuerdan?: tararán tan tan, tararantán tan tan tan taro; tararán tan tan, tararantantán tan tan tan taro…y así igual por mucho tiempo, y se repetía y repetía y repetía sin cesar, como si los intérpretes solo conocieran esta estrofa y no supieran como terminarla. Ya estábamos Graciela y yo cansados y habíamos agotado todos nuestros pasos, sin saber qué hacer, cuando, afortunadamente, a alguien se le ocurrió gritar...Tán Tán, no supe si algún músico, o alguno de los invitados…o yo mismo, que estaba ya agotado. La música paró de repente, dejándonos a medio 14


paso con una figura rara, desequilibrada, a punto de caer, que sin duda la gente interpretó como un sofisticado remate del baile. El aplauso se dejó venir: veía yo 700 gentes, 1400 manos, chocando en el aire y haciendo el ruido característico del aplauso. Pero yo nunca supe realmente si tan monumental muestra de aceptación era porque lo habíamos hecho muy bien… o porque por fin había terminado la inacabable música y podíamos, ya, pasar a comer.

15


16


La Cumparsita

H

abíamos asistido al recibidor del elegante hotel, invitados por mi hermano mayor y su esposa, para ver y escuchar a Luisito Rey, famoso cantante español de la época, que mas tarde reganó fama, ahora como papá de otro rey, el cantante Luis Miguel. Nos habían pedido asistir de blanco y negro, es decir, vestidos formalmente, con traje obscuro y corbata los hombres y con vestido de noche las mujeres. Nos acomodaron a los asistentes alrededor de la pista de baile. En ese espacio se iba a presentar más tarde el cantante y su grupo, pero, por el momento estaba solo y a media luz. 17


Nos sirvieron unos tragos y, para llenar el tiempo mientras se iniciaba el espectáculo, un pianista solitario empezó a tocar música de fondo, algunas melodías más que todo para ser oídas. Una de estas fue La Cumparsita, el clásico tango argentino. Sin mucho que hacer, invité a mi mujer a bailar; no había nadie en la pista, y el tango sería para solo nosotros dos, románticamente, en una pista semi oscura. Tal vez nadie se daría cuenta. Pero, del balcón en la planta alta aparecieron reflectores, dirigidos hacia nosotros, como cosa hecha adrede, alumbrando nuestros pasos y nuestras cabriolas, propias del tango. Las luces no nos intimidaron, al contrario, sabiendo que ahora éramos el centro de atención nos esmeramos en nuestros movimientos, quiebres y caídas, y, al final, con mi mujer inclinada y sostenida solo por mis brazos, ella se abrazó de mi cuello, para sentirse más segura y yo…la besé en los labios. El aplauso se dejó venir; tal vez la gente pensaba que éramos una pareja de bailarines profesionales contratada como parte del programa, cuando no éramos otra cosa que una, todavía joven, pareja de enamorados.

18


Nostalgias

Q

uerido hermano: No fue un triángulo amoroso... más bien fue un cuadrado: Elba-Jaime-Magda-Yo. A mí me gustaba Elba, que vivía en la esquina, frente a la tlapalería. Pero cuando Magda vino a vivir al lado del cine del barrio, donde yo trabajaba como interventor, me enamoré de ella y fui correspondido. Por mucho tiempo me olvidé de Elba. En su adolescencia, no muy lejana, Magda había sido noviecita de Jaime. Cuando ella se vino conmigo él se 19


consiguió a Elba, y así tuvimos sendos noviazgos por unos dos años, Elba y Jaime, Magda y yo. He considerado a Magda como mi primer amor, y, por lo mismo, inolvidable. Han pasado más de 50 años y la sigo recordando: blanca, de ojos verdes, alta, delgada y muy bonita: su hermanita menor llegó a ser artista de cine y televisión por su belleza, y no era tan hermosa como mi Magda. Un mal día Magda me avisó que pronto tendría que irse a la ciudad de México a vivir con su papá, actualmente divorciado de su mamá. No me gustó nada; con enojo y tristeza le dije que amor de lejos era amor...sin esperanzas, dejándola libre de hacer lo que quisiera. Supe entonces que Jaime la había querido siempre, y, al verla libre, se realizó el cruce: Jaime se separó de Elba y se hizo de nuevo novio de Magda. Magda lo aceptó, sé que por despecho, y, como cosa hecha adrede, se puso más bonita que nunca. Yo me pasé con Elba, que me aceptó por la misma razón, y así se estableció el cuadrado: Yo quería a Magda, pero andaba con Elba, Magda me quería a mí pero andaba con Jaime, Elba quería a Jaime, pero andaba conmigo. El único relativamente satisfecho en este lío fue Jaime, que quería a, y andaba con, Magda, aunque ella no lo quisiera... Que enredo. Pero Magda, poco tiempo después se fue por fin a México. El cuadro aquel se deshizo y cada uno de los catetos siguió su curso: Elba se casó felizmente con otro, tuvo varios hijos y murió hace unos 15 años. Jaime también se casó con otra, tuvo familia y murió también, hace unos 10 de años. Magda se casó allá y tuvo 7 hijos. Enviudó hace unos años y se vino a vivir a Monterrey. No la he visto ni la he buscado, ya que las viejas heridas suelen sangrar. También temo decepcionarme, o decepcionarla, pues tal vez no 20


seamos ya tan apuestos, ni tan esbeltos, como nosotros quisiéramos recordarnos. Yo me casé con Graciela, y después de 25 años felices y otros 9 no tanto, se divorció de mí, y yo sigo adelante con mi vida de soltero. … Me regalaste un disco de tangos en Navidad. No sé cómo fue a parar al carro de Caro, y anduvo perdido un par de meses. Lo encontró hace unos días y me lo entregó. Lo puse en el tocacintas de mi automóvil y desde entonces lo oigo con frecuencia. Graciela fue mi pareja por 35 años; actualmente lo es Caro. Es curioso, pero al oír el disco no me acuerdo de Graciela, ni de Caro, y ni siquiera de Magda, mi primer amor. Los tangos Celos y Nostalgias me recuerdan siempre a Elba, tal vez porque alguna vez los bailé con ella, o porque quizás nunca verdaderamente me hizo caso. Dos de ellos se fueron; dos seguimos viviendo. El mundo sigue adelante.

21


22


Sofía

Q

ue caray, no me acuerdo de lo que hice o sucedió hace 10 minutos, o ayer, pero recuerdo a veces con claridad lo que pasó hace mil años, cuando todavía era un niño. A la edad de 5 años yo era el menor de la clase de primero de primaria; creo que por eso la maestra, la señorita Olivia, viéndome pequeñito e indefenso, me sentaba en su regazo y cariñosa, maternalmente, me apretaba suavemente contra su pecho. Mis sentimientos 23


eran encontrados y difíciles para mí de comprender; por un lado me sentía avergonzado y ruborizado, de que eso me lo hiciera solo a mí, frente a todos, provocando los celos y la burla de mis compañeros de clase, pero, por otro lado, el sentimiento muy placentero de ser preferido y acariciado por la maestra, a la que yo veía casi tan hermosa como mi mamá. En ese tiempo ya tenía curiosidad por las niñas; ¿porqué, pensaba yo, ellas traen falda y yo pantalón?; porqué a mi hermanita la sientan en el baño y a mí me enseñaron a hacer mis cosas de pie?; ¿que tienen las niñas bajo la falda que no tenemos los niños?. Había visto que a mi hermanita le faltaba algo, pero pensaba que probablemente le crecería con el tiempo. Pronto tuve oportunidad de intentar salir de la duda. Una noche mis padres salieron y nos dejaron a los niños cuidados por Sofía, la muchacha que servía en la casa. Era ella ya grande, probablemente tendría unos 13 o 14 años: era del pueblo de mi papá y creo que prima nuestra, más blanca que yo, pelo y ojos cafés. Tenía en su cuerpo redondeces que no veía en las muchachas de la escuela. Mi hermanita se quedó en el cuarto de papá y mamá, bajo el cuidado de mi hermano grande, entonces de 7 años. Sofía se quedó en el cuarto de los niños, a cargo de mi hermanito, aún de cuna, y yo. Se quitó los zapatos y, vestida, se metió a mi lado en la cama. Era noche, pero yo no podía dormir; esperaba que Sofía lo hiciera para poner mi plan en marcha. Un largo rato después noté que estaba dormida y empecé mis movimientos: me hinqué sobre la cama junto a sus pies; con mucho cuidado levanté la sábana y quedaron sus piernas descubiertas; pero estaba obscuro, y no alcanzaba a ver nada. No podía prender la luz, porque seguro se despertaría y todo acabaría; entonces fui a la cocina, que estaba al lado de la recámara, y encontré cerillos y una vela. Prendí la vela: 24


con una luz muy brillante en aquella obscuridad, la acerque a su cuerpo y empecé a levantar suavemente la falda. Ella sintió algo y se medio despertó, pero simplemente se cubrió y volvió a dormir, pero antes me jaló para acostarme en mi lado de la cama. Todo había terminado; mi plan no dio resultado; no pude saciar mi curiosidad, cuando…no sé si lo estaba soñando o si realmente estaba sucediendo, vi como me dio la espalda; un momento después se rascó una pierna y, su falda, atorada en un dedo de su mano, quedó por encima de su ropa interior mostrando sus piernas. Un momento después su mano se dirigió de nuevo hacia su sentadera y se rascó un poco, dejando su calzón abajo. Enseguida me tomó de la mano, y, sin dejar de darme la espalda, jaló mi brazo y lo cruzo alrededor de su cuello, inmovilizándome, como pensando: — ya no estés molestando y duérmete. Después me quedé inmóvil, sintiendo la frescura de su carne junto a la mía, hasta que me quedé dormido. Entre que me jala y que me quedo dormido pasé un rato de un placer inexplicable, tan sabroso como aquel postre de leche quemada, de Linares, que mamá nos daba cuando nos portábamos bien, o como cuando la señorita Olivia me sentaba en su regazo y cariñosa, maternalmente, me abrazaba.

25


26


Malena

E

ran otros tiempos, no como ahora. A mis 17 años las muchachas se dividían en dos grupos generales: las “noviecitas santas” (chicas decentes) y las “movidas” (chicas fáciles). Las primeras eran con las que se podía tener un noviazgo y hasta pensar en casamiento, pero no se permitían relaciones carnales; eran por definición “señoritas” y se mantenían así hasta el matrimonio; las segundas, por el contrario, no se aceptaban como novias ni se podía pensar en casarse con ellas, pero en cambio podía uno darse la oportunidad de pasearse y hasta gozar de su intimidad. La primera forma para diferenciarlas era simple: a la noviecita no se le permitía subir al automóvil de su novio, ni de sus amigos, mientras que las segundas se subían sin mayor problema, se podían mover con uno de un lado para 27


otro, de allí su calificativo de “movidas”. A esa edad los muchachos no podíamos tener automóvil, pero en algunas ocasiones, si el papá estaba de buenas, conseguíamos que nos prestara el suyo para nuestras correrías nocturnas. Otro indicio era el de sus lugares de reunión: a las noviecitas se les veía en la plaza Zaragoza, la Purísima o la del Chorro; las movidas se juntaban en la Alameda, la quinta Calderón o la placita Santa Isabel, donde uno las abordaba y las levantaba en el automóvil. La división entre unas y otras no era por la condición social, sino, más bien, por la educación familiar: había riquillas fáciles y muchachas decentes de escasos recursos. En las noviecitas la virginidad era axiomática; se daba por un hecho, sin necesidad de demostración. En las movidas la castidad era un teorema, sujeto a demostración. Sin embargo, esta virtud era algo que debía respetarse, movidas o no. Si uno intentaba tener relaciones íntimas primero había que investigar la pureza de la muchacha. El riesgo era, en cualquier caso, el embarazo indeseado y el matrimonio. También el concepto “hacer el amor” era entonces muy distinto. Cuando uno decía le hice el amor a una muchacha significaba: la cortejé, le escribí un verso, le llevé serenata, le regalé una flor. Actualmente esa expresión significa simplemente tener sexo con ella. Éramos ingenuos, creíamos en el amor blanco y respetábamos la integridad de las mujeres; si queríamos sobrepasarnos debíamos asegurarnos de no violar esta simple regla.

Conocí a Malena en la Alameda. La recuerdo de mi edad, de cara muy bonita y cuerpo escultural. Me permitió acompañarla a dar una vuelta y acordamos vernos de nuevo; quedé de esperarla en la esquina de su casa una semana después…había que seguir el ritual. Aunque traía el automóvil de mi padre, no la invité esta vez porque no quería correr el riesgo de que se negara. A la semana siguiente puntualmente estacioné el auto en la esquina de su casa, 28


como habíamos quedado, y la esperé sentado en la polvera del automóvil. Un momento después la vi salir y encaminarse hacia mí. La recibí saludándola de mano y la mantuve tomada por un buen rato. La invité a tomar un refresco y asintió, pero al invitarla a subir a mi coche ella me dijo que prefería ir a pie; la alameda estaba cerca, podíamos caminar un poco y platicar en el camino; me pareció extraño; se suponía que le gustaría subir al automóvil. De cualquier modo la pasamos muy a gusto tomando una nieve en un puesto del lugar. Estuvimos viéndonos así por un buen tiempo, sin que aceptara el paseo en auto; pero el día llegó en que la invité a bailar en un lugar (ahora se llamaría antro) no muy cercano, en un extremo de la colonia Del Valle, a donde tendríamos por fuerza que ir en el carro, y ella aceptó, Aunque todavía faltaba un poco para cumplir la mayoría de edad, nos vendieron ahí cervezas, un par para cada uno y pudimos bailar un rato. Al salir del lugarcito aquel, rumbo a su casa, nos detuvimos en una calle obscura, en un solitario fraccionamiento en construcción. La besé y acaricié un rato, y de repente la sorpresa: una patrulla de policía se paró a nuestro lado, y, aunque realmente no habíamos hecho nada malo, nos amenazaron con arrestarnos, aduciendo falsamente faltas a la moral. Quedó claro que estos policías querían dinero a cambio de su perdón. Yo no ganaba mucho en esa época así que se conformaron con lo que traía. De cualquier modo, sumando la cuenta del antro a la multa por estacionamiento indebido, esta primera cita en carro me salió cara Seguimos saliendo una vez a la semana por muchas semanas. Éramos como novios, caminábamos tomados de la mano por las calles y los parques y yo me sentía feliz con ella, pero no dejaba de pensar en donde la había conocido, que se subía a mi automóvil, que íbamos a bailar a lugares prohibidos para las señoritas bien y que tomaba bebidas alcohólicas, o sea que no podía ser noviecita santa. Me decidí entonces a dar el siguiente paso; la invité una noche a mi oficina, y ella aceptó. Como estudiante de ingeniería, ganaba algún dinero trabajando en la Dirección de Obras Públicas, y como interventor de de un 29


cine. Juntándonos varios compañeros pudimos rentar una oficina. Era un lugar casi vacío, con solo unas mesas de dibujo que podíamos utilizar para estudiar o para algunos trabajitos, y un radio, pero nada más; no teníamos sillas ni, mucho menos. un jueguito de muebles de recepción. Yo estaba muy emocionado, porque iba a estar a solas con ella, y podía llegar hasta tercera base o inclusive hasta home. Ya en el lugar, con las luces apagadas, empezamos a bailar con música del radio: la ropa empezó a caer: la blusa, la falda, el fondo…y ahí terminó todo. No había donde sentarse y, mucho menos, donde reposar, y ella se negó a tirarse al suelo, como un animal. Era algo que ella no podía aceptar y yo estuve de acuerdo. Esa vez habíamos llegado a pié, y así recorrimos el camino de vuelta hasta su casa. No hablamos mucho, pero teníamos un secreto; habíamos casi llegado a ser amantes; otra vez sería. La siguiente ocasión, varias semanas después, me preparé con más cuidado; conseguí que unos amigos me prestaran una oficina mejor equipada; no mucho, pero tenía al menos un escritorio, un par de sillas y un sofá, que ellos ocasionalmente utilizaban como cama para echarse una siestecita. Cuando la invité de nuevo y ella aceptó, me dije: por fin, esta noche cena Pancho. Era tanto lo que nos veíamos, nos besábamos y acariciábamos, en el carro, el cine o en la calle, que siempre andábamos excitados, esperando algo más. Así que llegamos a aquella otra oficina y comenzamos de nuevo a bailar y a quitarnos la ropa. En una vuelta del baile la acomodé delicadamente sobre el sofá y cuando me coloqué junto a ella para consumar mi deseo, oí su voz decirme: — “ten cuidado Panchito; soy señorita, me puede doler” y… todo terminó en ese mismo momento. No pude yo seguir adelante; no iba a ser yo el que violara su virginidad. No podía ser: todo el proceso seguido para llegar a este momento indicaba que, aunque no me gustara del todo, ella era “movida” y no podía por lo tanto ser virgen. Eso estaba completamente fuera de los usos y costumbres de la época. Probablemente estaba mintiendo y yo sentí la obligación de demostrarlo. 30


Malena, por su cara y cuerpo de muy buen ver, y por su gusto por divertirse, era una muchacha popular y conocida en el medio. Yo sabía que no era el primero, y no batallé mucho en conocer sus anteriores acompañantes. El inmediato anterior era un ex compañero mío de trabajo; le hablé y le pregunté si conocía a Malena y si lo había hecho con ella. —no. me dijo, yo nunca le hice nada, pero seguro que sus anteriores parejas si, y me habló de su antecesor. Conseguí conocerlo y le hice la misma pregunta, recibiendo la misma respuesta. —no, éramos muy chicos y ni siquiera pensamos en ello. Ya no había que investigar más atrás, pues sería entonces una niña. No había de otras: Malena era efectivamente virgen. Los padres de Malena no le habían inculcado las reglas fundamentales para ser un noviecita santa, que eran pocas y simples: no vayas a la alameda, no te subas al carro, no asistas a lugares prohibidos, o bien a ella no le interesó seguirlas, aunque la principal, no tengas relaciones sexuales, aparentemente la había cumplido plenamente. Pero, ya fuera por la pena de haber llegado hasta aquí o tal vez porque yo no había querido poseerla, el caso es que ya no quiso salir conmigo. Seguí asistiendo a la esquina de su casa, hasta que me di cuenta que ya estaba saliendo con otro. y no volví mas. Siete años después, ya felizmente casado, fui a vivir a la Colonia Mitras. Caminando por sus calles me encontré una vez que habían abierto un restaurantito a unas cuadras de mi casa. Ahí vi a Malena en la caja, y a su hermano en el mostrador; me dio la impresión que eran los dueños. Ya no era la adolecente que yo había conocido; era ahora una mujer de 24 años, muy guapa y con un hermoso cuerpo. Compré algo de comida para llevar y fui a la caja a pagar. No me reconoció, o fingió no hacerlo. No vi en su dedo anillo de matrimonio. Era soltera y tal vez todavía virgen. Como dice el tango: me dieron ganas de hincarme y ponerme a rezar.

31


32


Cuento chino

D

espuĂŠs de mi acostumbrada visita dominical a mi hermana menor y su familia, con frecuencia paso por un pequeĂąo expendio de comida china, cercano a su casa. Entro, pido en una ventanilla una orden para llevar y espero un rato a que me la surtan.

33


Un día, mientras esperaba, me senté en una mesa frente a un cuadro con figuras y caracteres chinos ininteligibles, que daban ambiente al lugar. Esa vez, al pasar una mesera, no china, le pregunté si sabía el significado de aquel cuadro. Me contestó que sí, que su patrón, él sí chino, se los había explicado: se trataba de un cuento de princesas, príncipes, dragones, obviamente todos de China. — No es cierto, le respondí como si conociera yo los jeroglíficos y el idioma; — es un poema mexicano: Reto, que dice así: Si porque a tus plantas ruedo como un ilota rendido y una mirada te pido con temor, casi con miedo, etcétera. — De veras?, preguntó la meserita con muchas dudas, pensando probablemente que era una broma mía. — Si, le dije, — es cierto y, si quieres, te lo recito en chino. Asintió, y empecé a declamárselo acentuando con fuerza las vocales: Léto: si polque a tus plantas luélo como un ilota lenlílo y una milala te pílo con temol, casi con miélo… etcétela. Se dio ella cuenta, entre risas que, en efecto, el mío era, realmente, un cuento chino. 34


Ojos verdes

H

a de ser por eso: Mi padre muy moreno, de ojos verdes, producto probablemente de una rara cruza entre soldados de la intervención francesa, a su paso por los pueblos y rancherías del norte de México, con las mujeres de esos lugares. Mi madre, blanca, de pelo y ojos negros, seguramente de una cruza, ésta no tan rara, de un padre nacido en España y una madre originaria de un pueblo del sur del Estado.

35


De este matrimonio salí yo, de ojos originalmente verdes, pero de coloración cambiante, de acuerdo con la ropa, el sol y hasta con el estado de ánimo. Por ejemplo, con camisa verde obscura mis ojos se ven verde olivo; con camisa o saco verde claro mis ojos se ven alimonados. Cuando me pongo una camisa amarilla, el color cambia a amarillento o amielado. No muy seguido, pero a veces amanezco con los ojos rojos, y hay otras veces, ya muy raras por cierto, en que por momentos cortos se me tornan…blancos. Seguro que debe ser por eso; pos que mas?

36


El pecado del tío Raúl

N

o era mi pariente, realmente era tío de mi mujer. A pesar de la diferencia de creencias y de edades — él era católico ferviente, y yo no tanto, y me llevaba unos 10 años — fuimos muy buenos amigos. De recién casados mi mujer y yo conseguimos un apartamento en la planta alta de una casa vecina de la del tío Raúl y su familia. Los visitábamos seguido; salíamos las dos parejas a días de campo, a comer o a cenar y a las bodas y festejos familiares. Sus cumpleaños eran famosos por sus comidas y bebidas, siempre abundantes y de muy buen sabor. La tía era una magnífica cocinera, pero él no se quedaba atrás. Como hasta la fecha, yo tenía mi oficina de trabajo en mi casa, solo, porque subcontrataba los servicios de mis 37


ayudantes, ingenieros o dibujantes, que trabajaban en sus propias casas y talleres. El tenía un negocio de pinturas, tanto de brocha gorda como de letreros publicitarios, así que pasaba el tiempo fuera de su casa, y regularmente me visitaba para contarme de su trabajo y de sus vivencias diarias. Andaba mi buen tío rondando los 50 años, cuando yo andaba por los 40. Me platicó que en su juventud, en su pueblo se decía que al llegar un hombre a los 50 años, se le caía su virilidad, ingresando, decía él, al “Club del pájaro caído”. El andaba muy cerca de esa edad y estaba preocupado; su esposa, un par de años mayor, ya no se interesaba demasiado en esas intimidades ni lo alentaba. Así que, cuando cumplió esa edad, simplemente dio por ejecutada la profecía y ya no pensaba más en ello. La tía no tuvo que fingir más dolores de cabeza por un tiempo. Pero, poco después, durante una semana santa, tal vez por el descanso forzoso, o por la comida de pescados y mariscos acostumbrada en esos días, resultó que al despertar el viernes sintió revivir su deseo de conyugue y se acercó insinuantemente a su mujer. — Espera, le dijo ella, — es viernes santo; eso que quieres hacer es un pecado. El vio para abajo, para arriba, al calendario, y sentía que la urgencia no pasaba. — No, contestó, — no, querida, esto no es un pecado, es… — un milagro ¡. Con esto conjuró el maleficio. Esta vez al tío Raúl se le hizo el milagrito, y estoy seguro que se le siguió haciendo por mucho tiempo más. 38


Otro de tangos

N

adie pudo imaginar, ni yo mismo, que pudiera llegar a ser dueño de un bar; mi profesión, la ingeniería estructural, nada tenía que ver con restaurantes ni bares… pero así fue. Siempre me gustó cantar y oír cantar; por esto empecé a asistir a un bar bohemio, donde algunos clientes asistían portando guitarras y a cierta hora de la tarde empezaban a tocar y cantar, y yo me sumaba haciéndoles segunda. Un amigo, socio del bar, un día se me acercó y me pidió prestado algún dinero, no era mucho, así que accedí y él 39


me aseguró que me lo devolvería en 30 días. Al final del plazo se me acercó y me confesó: soy alcohólico y necesito rehabilitarme; el dinero que te pedí fue para entrar a una clínica de recuperación de adicciones, pero además necesito alejarme de este ambiente. No tengo por el momento el dinero, pero, si quieres, te traspaso mis acciones del bar, que valen mucho más. Acepté su proposición y quede de inmediato de socio del lugar, un bar con servició de restaurant y salón de billares. Salvo que mis consumos de bebida y comida me los cobraba al costo, nunca vi utilidades de este negocio, y al final vendí mis valores a otro, un año después. Durante el tiempo de mi sociedad asistía casi a diario, frecuentemente acompañado por uno o dos de mis hijos, ya mayores. El administrador contrató tres meseras jóvenes, muy bonitas y de muy buena figura, que eran un atractivo visual adicional. Teníamos una televisión mediana frente a la barra (no existían entonces las grandes pantallas planas), una rocola. y una mesa de billar en un local adjunto. Había un pequeño espacio libre junto a la rocola, como pista de baile, que nunca se usaba, a pesar de que asistían ocasionalmente parejas, más para comer y beber que para bailar. Recuerdo que una vez se redecoró y reinauguró el local, patrocinados por una cervecería; y asistieron en esa ocasión muchas parejas y bailaron, pero esto nunca más volvió a suceder. Una noche, ya para cerrar, el administrador puso un tango en la rocola. Había solo un par de clientes en el bar y un pequeño grupo de jugadores en el billar; la linda mesera me sirvió una copa en mi mesa. Le pregunté si sabía bailar tango y me contestó que no, pero que le gustaría aprender. La abracé por su cintura, tomé su mano e inicié el primer paso, pero ella traía su propia cuerda: sin soltarme la mano empezó a girar hacia afuera, quedando sus brazos 40


extendidos alineados con el mío. En el siguiente compás hizo lo contrario: empezó a girar hacia adentro, enrollándose primero en sí misma, y después alrededor de mi brazo, acercándose rápidamente hacia mi cuerpo y… zaz, chocamos. Con el impacto perdimos el equilibrio y caímos al suelo, resbalándonos hasta parar con mucho estrepito debajo de una mesa. Los jugadores de billar, que se habían detenido y acercado a ver el baile, se rieron estrepitosamente con el accidente, hasta que mi hijo menor, alzando la voz dijo: — Silencio… es mi padre ¡ y todos, respetuosamente, callaron. Salimos en silenció de debajo de la mesa y nos pusimos de pié; pero el mal ya estaba hecho. Como buen caballero, para remediar mi falta y limpiar su honra… le pedí a la muchacha matrimonio. … Por buena suerte su novio no estuvo de acuerdo, y yo seguí felizmente soltero

41


.

42


El burro castigado

D

e niños jugábamos al “burro castigado”. De alguna manera que no recuerdo se seleccionaba un “castigado” y este se tenía que empinar, doblando la cintura a escuadra con el cuerpo y haciendo fuerte la postura poniendo las manos sobre las rodillas; era la posición tradicional de “el burro”, que enseguida los demás tendríamos que saltar, uno a uno, al son de una cantinela en verso: ”una, la luna; dos, patada y coz; tres; otra vez; cuatro, jamón te saco; cinco, pego un brinco; seis…”, y así, hasta completar 10, con lo cual la ronda terminaba y se seleccionaba un nuevo burro. Una joven prima de mi señora, su esposo, mi señora y yo fuimos de vacaciones a la ciudad de México. Como parte de la diversión, asistimos a un club nocturno donde se presentaba un famosísimo cantante popular, Oscar Chávez, favorito de la pareja de primos. Uno podía pensar que los artistas pertenecen a un mundo aparte, que les impide alternar familiarmente con los asistentes a sus presentaciones. En este caso, nuestra mesa estaba junto al estrado donde el artista actuaba, y casi podíamos sentir que nos cantaba a nosotros, aunque había mucha más gente presente. Nos animamos a pedirle al mesero que le dijera al cantante que lo invitábamos a tomar una copa en nuestra mesa, pensando que se iba a negar, pero no perdíamos nada; sin embargo aceptó y al terminar su número vino a nuestra mesa, dónde platicamos un buen rato. Siendo artista de cine, teatro y televisión, lo imaginábamos muy extrovertido y platicador, pero no, actuó con mucha discreción y hasta nos pareció un poco 43


tímido. Como sea, pidió al mesero traer de su camerino unas fotografías que amablemente nos autografió. Justo en el momento en que entregaba su última foto al primo y decía que se retiraba, la prima le dijo a mi señora que iba al baño; sin proponérselo caminaron, ella hacia el baño y él, un paso atrás, rumo a su camerino, en la misma dirección. En ese tiempo estaba muy de moda la minifalda: mi prima portaba una, que complementaba con unas botas de cuero que estaba estrenado. Se veía hermosa y de muy bonita figura. Algo sucedió con una de sus botas, porque de repente la primita se detuvo y se agachó para acomodarla, sin darse cuenta que venía detrás, a solo un paso de distancia, su cantante favorito, el cual por inercia se le acercaba peligrosamente, él avanzando de pié, y ella en la posición de burro castigado. El choque era inminente y muy embarazoso, dada la posición de los dos cuerpos a punto de colisionar. Yo veía lo que estaba pasando y me sentía impotente para hacer nada; me imaginaba a los dos chocando y ella cayendo estrepitosamente al suelo en mala posición; preveía un escándalo por parte de mi prima avergonzada en público, y de mi celoso primo en busca de una explicación y exigiendo la reparación del daño y de su honra. Pasó por mi mente un duelo a muerte, o, al menos, a puñetazos. Pero, en el último segundo tuvo el cantante una inspiración salvadora: me pareció oírle decir; ”cinco, pego un brinco “ y limpiamente… la saltó. Fue una salida tan oportuna, que creo que nadie, ni siquiera mi primita, se dio cuenta de lo que pasó. Su honra quedó salvada.

44


El Metro

N

os lanzamos un fin de semana tres parejas a la ciudad de México: mis cuñados, unos compadres y nosotros, aprovechando el puente del 20 de Noviembre, día de la revolución mexicana. Para mis cuñados no era novedad; habían ido a México muchas veces por negocio o diversión; tampoco lo era para nosotros, porque íbamos a la capital un par de veces al mes, por asuntos de trabajo. El compadre conocía la ciudad, pero su mujer era la primera vez que la visitaba. 45


En este viaje, además de disfrutar las fiestas de la revolución, y pasear por la Zona Rosa y sus múltiples atracciones, la comadre tenía la curiosidad de conocer el Metro. Llegamos temprano al hotel y conseguimos mesa en uno de sus restaurantes en el mezanine, con vista a la Ave Reforma, por donde pasaría el desfile. Un rato después empezó la parada. Eran tiempos de seguridad, no como ahora, y el presidente de la república encabezó la monumental revista en un automóvil abierto, saludando al público parado en el asiento trasero con los brazos extendidos. Este desfile es, por tradición, deportivo-militar, por lo que desfilaron ante nosotros una cantidad interminable de grupos de deportistas en acción, charros y charras a caballo, y muchos batallones militares, mostrando su personal y sus equipos, mientras en el cielo sobrevolaban aviones militares en maniobras. Deben haber transcurrido unas tres o cuatro horas, cuando pasó el último contingente y terminó la presentación. Ese día visitamos el bosque de Chapultepec, donde comimos, y poco más tarde nos devolvimos al hotel, donde descansamos un rato antes de salir a la muy cercana Zona Rosa. Recuerdo que fuimos a cenar a un lugar llamado Taquería La Ronda que, más que taquería, era un club nocturno donde se servían tacos y antojitos mexicanos acompañados de bebidas alcohólicas, mientras se observaba una función de primera línea; en ese tiempo la variedad era un quinteto llamados algo así como ”Los Insurgentes”, que con voces muy educadas, operísticas, cantaban temas mexicanos, acordes con la fecha. Mi cuñado, que tiene una voz potente y entonada, empezó a hacer segunda a las canciones, desde nuestra mesa, bastante alejada del foro. Inesperadamente el quinteto aquel empezó a caminar buscando la fuente de aquella voz, hasta que nos encontraron y, rodeando 46


nuestra mesa, cantaron, ahora en sexteto, varias piezas del folklore de la revolución mexicana, terminando la imprevista actuación con un gran aplauso. Salimos felices, especialmente mi cuñado, que nunca se imaginó cantando ante un público tan numeroso y en un lugar tan conocido. Al día siguiente salimos temprano hacia el Zócalo, donde vimos algunos festejos relativos a la fecha e hicimos algunas compras. Más tarde fuimos a comer a un restaurante de mariscos en la Zona Rosa. Yo tenía tres hijos viviendo en la ciudad, uno estudiando arte, otro vacacionando con ellos y otro más, recién casado, trabajando para la Secretaría de Hacienda; los invité a comer con nosotros. Amenizaba la comida un trío romántico, voces y guitarras, que rondaba de mesa en mesa. La cuenta y las propinas fueron muy elevadas, dado el lugar, los consumos, la variedad y la cantidad de personas. Nos acordamos de esto con alegría el día siguiente. Llegó el domingo y, de común acuerdo nos dirigimos a la plaza San Jacinto, en donde nos habían recomendado dos cosas: el Bazar Sábado y el comedero del Mercado de San Jacinto. El Bazar, abría solo sábado y domingo; es un gran tianguis de artesanías mexicanas, una delicia para la vista y el tacto, por el colorido y textura de todo lo que ahí se vendía: ropa, mantelería, enseres de hogar, artesanías de plata, cobre y fierro, peletería y muchas cosas más, todas bonitas y baratas. De allí nos trasladamos a las fondas vecinas, en busca de bebidas y, poco más tarde, visitamos el mercado, famoso por sus flores y su comedero popular. A diferencia de casi todos los restaurantes, no encontramos aquí mesas separadas. Eras solo dos o tres grandes mesas comunes, cuyos lugares se iban ocupando a medida que la gente llegaba. Atendía las mesas solo un par de meseros, que preguntaban a cada quien que querían 47


comer: no había menús individuales, sino grandes carteles a la vista de todos. Yo hice mentalmente la lista de lo que quería comer; puchero de res para comenzar, arroz a la mexicana, higaditos al jerez y, para rematar, un postre. Esperé que el mesero me preguntara y empecé a decirle mi lista, pero, sorpresivamente, en lugar de apuntar la orden, al decir la primera, puchero, el mesero la gritó en voz alta; oí que alguien la repitió y después otro, como un eco, y vi venir el platillo de las hornillas hasta mi mesa casi de inmediato, por el aire, a través de las manos de los meseros. Lo mismo sucedió con todos los platillos y con todos los comensales. No había esperas; uno pedía el platillo siguiente y este llegaba de mano en mano hasta nuestro lugar. No obstante la modestia del comedero, los recipientes y utensilios se veían muy limpios y brillantes, como de plata o acero inoxidable, y los sabores eran todos excelentes. A pesar que repetimos algunos platillos, la cuenta final, en contraste con la del día anterior, fue menor de lo que allá habíamos pagado solo de propinas. Salimos de ahí bien satisfechos, cargados de artesanías, con las panzas llenas y con dinerito ahorrado en la comida. Llegó la hora de volver a nuestra ciudad, y así lo hicimos mis cuñados y nosotros. Los compadres decidieron quedarse un rato más para visitar el Metro. Los rateros y carteristas mexicanos son famosos por sus habilidades. Se dice que te roban los calcetines sin quitarte los zapatos o te quitan tus calzones, sin tocar el pantalón. Los compadres querían ir al Metro, pasar ahí un par de horas, volver al hotel a recoger sus cosas, cenar en el aeropuerto y viajar de regreso en uno de los últimos vuelos. El compadre, temeroso de que le robaran la cartera y otros valores se los encargó a su señora, la cual los depositó dentro de su bolsa de mano, la colgó de su brazo y la apretó con fuerza. Sentía ella que los rateros no le 48


podían hacer nada y estaba tranquila; era imposible que le arrancaran la bolsa, y más sin que ella se diera cuenta. Pero no fue así. Al entrar la pareja al primer vagón, un rufián, con mucha sutileza, cortó con tijeras la correa, empujó ligeramente a la comadre, como si se tratara de un choque accidental, y deslizo suavemente la correa hasta liberarla de su brazo, le arrancó la bolsa y se echó a correr fuera del carro. La comadre sintió el último tirón y le gritó al compadre: ¡ me robaron ¡. El reaccionó rápidamente y salió detrás del ladrón, pero ya le llevaba mucha ventaja, mientras que las puertas del vagón se cerraron a sus espaldas y alcanzo a ver a su mujer alejándose rápidamente hacia la próxima estación. Pensó el compadre: —seguro que se baja en la siguiente estación y ahí me espera; así que esperó el siguiente vagón, subió a él, y se dirigió hasta la estación siguiente, pero cuando él iba la comadre venía; pensando que su marido estaría esperándola en la estación anterior. No sé cómo, pero la comadre nunca fue encontrada. Seguro que no había salido del Metro, pues una vez afuera, sin poder reingresar, sin dinero, ni tarjetas, ni boletos, ni nada, se hubiera sentido perdida en aquella gran ciudad entre 20 millones de desconocidos. Ahora, cada 20 de Noviembre, su familia va a la ciudad de México y deposita con mucha tristeza un ramo de flores en donde se vio a la comadre por última vez: la estación Insurgentes del ferrocarril metropolitano. … Sentí un movimiento brusco. Confuso y somnoliento abrí los ojos; estaba en el avión. Al otro lado del pasillo vi a mis cuñados. Me sobresalté un poco y busque alrededor 49


del avión. Me sorprendí con júbilo: ahí estaban los compadres, un lugar adelante del nuestro… Todo había sido un sueño, provocado sin duda por las abundantes comidas y bebidas de los días anteriores. Me había quedado dormido pensando en lo que pasaría si la comadre se le hubiera perdido a mi compadre en el Metro. Afortunadamente ahí estaban, y, como dicen los cuentos, vivieron juntos muy felices por muchos años más.

50


El postre

I

nvitamos a mis cuñados a cenar. Fuimos a un restaurante argentino, famoso por sus cortes de carne, por sus abundantes complementos, y por sus nada baratos precios; no lo digo por presumir, sino por lo que pasó un poco más tarde. Después de comer con gula la entrada a base de arroz, la ensalada y el plato fuerte, acompañado con vino apropiado, tomamos un café y, cuando tocaba pedir el postre, la cuñada dijo: — No, el postre lo invitamos nosotros, en otro lugar. Nos llevaron a un lujoso hotel en el centro de la ciudad. Era ya muy tarde y estaban cerrando el comedor cuando llegamos. Nos sentamos y vino un mesero que nos pidió ordenar. Cuando mi cuñadita le dijo que ya habíamos cenado y que solo queríamos el postre, el mesero nos dijo 51


con desgano que estaban a punto de cerrar y que probablemente en la cocina ya no podrían atendernos. —No. dijo la cuñada, —no necesitamos la cocina, queremos solo unas Crepes Suzetes, preparadas en la mesa (era el postre de lujo del lugar). Su mirada se alegró, levantó una mano y llamó a otro mesero, pidiéndole que preparara todo para tal manjar; trajeron una mesa, una hornilla, una plancha, unas botellas, algunos utensilios especiales y, no sé de donde salió, un tercer mesero vestido de frac. Empezaron sus movimientos frente a nuestra mesa, se preparó una masa; con un aparato la masa se estiró formando unas tortilla redondas de buen tamaño, que pusieron sobre la plancha caliente; vertieron un poco de vino sobre la tortilla, provocando un pequeño incendio, con el cual se terminaron de cocinar aquellas crepas. Las sirvieron una a una en nuestros platos y las bañaron en licor dulce y mermelada, con los meseros frente a nosotros, viéndonos deglutir con placer aquel tan especial platillo. Yo nunca había probado un bocado tan exquisito, y, después de tomar una copa de vino, de acuerdo al platillo, el cuñado pidió la cuenta. El platillo me había sorprendido, tanto por su sabor como por su inusual preparación, que yo solo había visto en películas; pero más me sorprendió la cuenta. Por solo un postre y una copa nos habían cobrado mucho más que lo que momentos antes había yo pagado por la cena completa. … Tiempo después fui a acompañar a mi hijo Rodolfo en su recepción del grado de Doctor en Leyes, en la Sorbona de París. El brindis de recepción se hizo en un pequeño Bistró (una combinación bar-cafetería-restaurantepastelería). Terminando la ceremonia me adelanté al 52


bistró para separar mesa. Observaba la puerta, en espera de mi hijo, sus maestros franceses y sus amigos, franceses y mexicanos, cuando la puerta se abrió y vi que entraba una muy guapa y bien formada mujer (me recordó las curvas de una guitarra), de una edad a tono con la mía; paseó su vista alrededor y se posó en la mía, moviéndose enseguida hacia mi (—estoy pegando con tubo este año, pensé para mis adentros, mientras la mujer avanzaba hasta ponerse directamente frente a mí) -¿eres tú el papá de Rodolfo? (la pregunta la hizo en francés, pero yo le entendí como si hubiera sido en español); oui, le respondí, pero todavía no llega; sentí que ella entendió y con un ademán le pedí que se sentara a mi lado. La gran aventura amorosa, que todos los viajantes anhelamos, terminó ahí. Poco después entró la gente invitada al brindis y un momento después, nos retiramos. La mujer aquella resultó ser la mamá de un amigo de mi hijo. Enseguida Rodolfo, su mujer, una pareja de amigos franceses y yo nos fuimos a comer a otro lado. Pasé unos 10 días en París, y conocí muchos de sus lugares turísticos, de los que hablaré en otra ocasión. Solo quiero mencionar que les pedí ir a un restaurante de crepas, recordando las del postre aquel que conté antes. Efectivamente, me llevaron a un restaurante típico, más parecido a una fonda mexicana que a un restaurante de lujo. Yo pedí Crepes Suzetes; pero la experiencia fue muy distinta: nada de varios meseros con frac, ni de utensilios y botellas frente a nuestra mesa, ni nada parecido. Una mesera simplemente trajo un par de crepas ya servidas de la cocina, y las puso frente a mí. Le pedí a mi hijo que las quería flameadas y él lo tradujo a la mesera. Hizo ella una señal de asentimiento, se dirigió de nuevo a la cocina y trajo una botella de licor de uva “del país”, vertió un poco sobre mis crepas y, sin ninguna ceremonia…le aventó un cerillo encendido y el plato se llenó de fuego. Fue todo. 53


Aquel exótico platillo no me pareció ni tan vistoso ni tan sabroso, en su lugar de origen, como aquel otro del hotel de Monterrey. El precio, sin embargo, fue casi el mismo… pero solo si se incluía el pasaje Monterrey-París.

54


Las más bellas

C

on motivo de la graduación de mi hijo, pasé 10 días en París. Al llegar me recibieron mi hijo, mi nuera, y una pareja de amigos franceses. Me llevaron del aeropuerto a la ciudad a través de sus calles hasta mi hotel, a un par de cuadras de la universidad Sorbona, donde mi hijo cursara su doctorado y donde unos días después obtendría su grado. Pensé que, como turista primerizo, me habían dado el Tour de lujo, pues veía solo edificios de 6 pisos, unidos unos junto a los otros, a lo 55


largo de todas las manzanas, muy distinto a lo que se ve en las ciudades mexicanas. No tardé mucho en darme cuenta que todo París es así. Exceptuando sus históricos palacios, iglesias y mansiones antiguas, todas las construcciones en la ciudad son de una misma altura, los mencionados 6 pisos. No hay edificios más altos dentro de la ciudad y, me dijeron, había una ley que regulaba la altura de todas las construcciones y prohibía que, dentro del primer cuadro de la ciudad, fueran más altas que su famosa Torre Eiffel. París es como un gran pastel de 6 capas, a diferencia de las grandes ciudades mexicana, que se parecen más a una grandísima tortilla plana, de un solo piso, donde sobresalen edificios altos y algunos rascacielos de distintas alturas, intercalados con muchos espacios baldíos; sin embargo, a pesar de su gran población, París es de relativamente poca extensión superficial. Recuerdo que una noche, un sobrino, en ese tiempo estudiando en París, y yo, atravesamos caminando toda la ciudad, desde el Molino Rojo hasta la Sorbona, y todavía él siguió caminando hasta la residencia de estudiantes en la Universidad. En Monterrey atravesar la ciudad a pié tardaría un día completo, y varios días en la ciudad de México. Me pude dar cuenta que las mujeres mexicanas, destacaban entre la población francesa, por su color moreno claro y su rubicundo rostro, como dorado por el sol tropical de su lugar de origen, y por sus curvas corporales, más acentuadas que las del resto de las mujeres en París. En forma más notable debe suceder lo mismo en países más cercanos al círculo polar, en donde las personas todas, desde el más modesto vendedor de pescado, hasta el más encumbrado industrial, son rubios de ojos azules; por contraste resaltan mas, sin duda alguna, las mujeres mexicanas morenas de ojos oscuros. 56


Esto está demostrado por el par de Señoritas Universo, las varias Señoritas Mundo y los múltiples primeros y segundos lugares que la mexicanas obtienen en esos concursos internacionales. A mi regreso, en una rueda de amigos y amigas, vino a colación el tema de la belleza de las mujeres que yo había conocido en mi viaje, y les aseguré que las mujeres más bellas del mundo eran las mexicanas. Lo pensé un poco mejor y agregué: —me extendí demasiado, las más bellas son las norteñas… — no, corregí de nuevo, —las de Monterrey. Pero todavía pensé que me había quedado corto y dije —…las de mi colonia, y, por último asenté: — Las mujeres más bellas son…las de esta mesa. —Ahhhh, se oyó un murmullo de aceptación, con lo cual se dio por terminado el tema. Pero yo me quede de nuevo con la sensación de que, aun así, me había extendido demasiado. Creo firmemente que la más bella de todas es… — quieres por favor ver el reflejo en tu espejo?

57


58


Superman

E

l secreto ha sido descubierto. No va a ser posible

seguir ocultando mi verdadera identidad por más tiempo. Debo confesarlo… Yo soy Superman. La primera vez que lo revelé fue hace unos 25 años, a mi nieto primogénito. Nos lo mandaron de París, donde se encontraban sus padres estudiando, para vacacionar con nosotros. Recuerdo que una vez, jugando con él, quedó al descubierto mi uniforme azul. El me llamó Supertata (superabuelo), para diferenciarme del que él pensaba que era el verdadero héroe. Yo, a mi vez, le improvisé un uniforme; con la funda de una almohada amarrada a su cuello le hice su capa, y le pinté en el pecho con un 59


marcador el escudo de Supernieto. Guardo fotografías de ese evento, que lo demuestran; solo que él, pensando que era imposible que yo fuera verdaderamente su superhéroe favorito, siguió pensando, hasta la fecha, que yo simplemente soy su Supertata. Antes usaba la identidad de un joven periodista estadounidense, pero desaparecí después (huyendo de un casamiento forzoso, por un embarazo no deseado ni demostrado como mío), simulando una visita al Asia milenaria para aprender cosas del espíritu, mientras que mi alter ego partía a otro planeta en una supermisión. Regresé hace muchos años bajo la nueva personalidad de un ingeniero civil estructural, maestro en estructuras, que es la que conservo hasta el presente. Parte de esa fachada es, para hacerla creíble, la de mostrar un envejecimiento natural, acorde con la edad que debo representar, y para ser congruente con la de mis hijos, ya todos mayores. Sería poco creíble, por no decir absurdo, que conservara siempre mi juventud, mientras que mis hijos envejecen. Ya veo cercano el momento en que por fuerza de nuevo tenga que desaparecer, para volver bajo otra renovada identidad, en algún país lejano. Aunque lo disimulan, para no hacerme sentir descubierto, sé que mis hijos lo saben. Por ejemplo, para la realización de un importante trabajo de ingeniería, cuya ejecución me la pidieron en un plazo ridículamente corto, yo respondí que lo podía hacer solamente si podía conseguir dos ayudantes: mis amigos Batman y Robin. Se rieron, pensando que se trataba de una broma, pero mi hijo, con mas conocimiento de causa me dijo; — no haces ese trabajo porque no quieres, simplemente contrata 5 ingenieros y 10 dibujantes y un local donde ponerlos, y te va a sobrar tiempo para hacer ese trabajo, y más. En su respuesta me día cuenta que él sabía mi secreto y que yo con facilidad podía revisar los cálculos y planos de 15 60


ayudantes sin problema alguno. Es obvio, pensé, conoce mis superpoderes. Se han dado cuenta además que, como es bien conocido de mis personalidades anteriores, cuyas aventuras se relatan en comics, libros, cine y televisión, Superman no gana ni necesita dinero, como no sea el modesto sueldo de periodista o de ayudante de mi. padre en su tiendita de abarrotes en Villachica; pero el dinero realmente nunca le falta, ni le sobra, ni lo necesita, ni se le acaba. Les he expresado, por ejemplo, que juntando todo el dinero que tengo ahorrado en el banco, y dividiéndolo entre lo que gasto mensualmente, en mi y ayudando un poco a mi ex mujer y a mis hijos menos favorecidos, se me va a acabar todo en dos un par de años, plazo en el cual mi actual personalidad pasará por fuerza a la de un anciano Pero ellos lo saben: mis poderes incluyen la multiplicación del dinero y, tal vez, lo que hacía otro súper hombre hace 21 siglos, de multiplicar los peces y los panes y transformar el agua en vino. Esto, a pesar de que mi personalidad aparente va entrar a un edad en que muchos otros, simples mortales, están jubilados, o retirados del trabajo… o muertos. Debido al natural desgaste de la personalidad secreta, para adecuarla a la edad aparente, y tal vez también a que el sol está menos amarillo o hay en el ambiente muestras del calentamiento global o de contaminación con algún compuesto de criptonita, mi visión de rayos X ha disminuido, afectando la vista de los semáforos al manejar, de las letras escritas en periódicos, libros y en la pantalla de la computadora, que me hacen difícil mi trabajo virtual de ingeniería. Debido a eso pronto tendré que dejar de manejar y de trabajar. A pesar de que me han puesto luces adicionales para leer el periódico, saben que es un mal temporal que probablemente se recupere por si solo en los próximos 15 o 20 años. 61


Además, la disminución de mi supervista se compensa con mi superoído, capaz de oír una mosca volando a 100 m de distancia: Desafortunadamente mi superoído también está menguando, lo que ellos discretamente resuelven elevando la voz. No hay problema, los superhéroes somos indestructibles, y todavía me queda mi superolfato, mi supergusto y mi supertacto para sobrellevar estas fallas temporales. Me quejo de que mis hijos no me visitan, ni personalmente ni por internet, ni me llaman; pero es por mi propia condición: a Superman solo se le busca cuando hay problemas. Sería ridículo preguntar: cómo estás, como amaneciste o como te sientes cuando saben que la respuesta es siempre la misma: — bien, gracias. Tampoco es lógico suponer que un superhéroe se haga publicidad en el periódico, o facebook o twiter, preguntando: para que soy bueno?, si todo mundo sabe que soy bueno para todo. Ellos están seguros, debido a mis súper facultades, que yo pueda durar igual, o tal vez en mejor forma, en los próximos 20 o 30 años. Me vislumbran fuerte y feliz de 100 o 110 años, sin ayuda alguna. Pero yo tengo una preocupación, en ese tiempo los mayores de mis hijos habrán alcanzado la ancianidad, y yo tendré que velar todavía por ellos, Que nadie se mueva… Yo puedo solo.

62


Etiquetas

S

iempre he pensado que esto sucede en todas las familias, y la mía no fue la excepción. Desde niños nuestros padres nos etiquetaron, de acuerdo a nuestras aptitudes especiales y a su gusto particular. Mi hermano mayor, el primogénito, mostró desde sus primeros años en la escuela una atracción especial por las ciencias naturales: Botánica, Zoología, Anatomía, Higiene, en las que se necesitaba estudiar con ahínco y memorizar muchas cosas; era evidente que sería Médico, y esa etiqueta se le puso en su mente para toda su vida. Yo, el segundo, mostré facilidad por las matemáticas: Aritmética, Algebra, Geometría, etc. y fui etiquetado como Ingeniero. En los tiempos de nuestra niñez las carreras de medicina, ingeniería y leyes estaban por tradición destinadas para varones, y, por eso, mi hermana, tercera de la serie, se le etiquetó con la carrera en aquel entonces 63


de moda para mujeres: Química. No había otra que se adaptara mejor a su género y a su natural inclinación por las ciencias. Mi hermano menor, cuarto de la lista, resultó bueno para la lectura, la escritura y la poesía, tocándole, naturalmente, la etiqueta de Abogado o Licenciado en Leyes, como lo era mi padre. La producción de hijos, y de etiquetas, se detuvo por un tiempo. Pero, unos diez años después, mi padre nos empezó a mandar, decía él que para nuestra diversión y mejor conocimiento del rey de los deportes, a mis hermanos y a mí, a ver el béisbol, que desde entonces se jugaba tres veces por semana. No nos perdíamos un juego, pero, curiosamente, al final de la temporada nació nuestra hermanita, la quinta de la sucesión, y dos temporadas después llegó, ahora sí, la última, la número 6. Eran tiempos estos en que las profesiones liberales no eran muchas: Medicina, Ingeniería, Leyes, Química, así que las etiquetas se limitaban a 4 especialidades, ya colocadas a los primeros 4 hijos. Las últimas dos recibieron ambas la misma etiqueta de su hermana mayor, dado su género, sus aptitudes y…porque ya no había más. Muchas otras carreras vinieron después, como Arquitectura, Ingeniería Mecánica, Contaduría, etc., pero en ese tiempo solo eran las cuatro mencionadas, aparte del Sacerdocio, que no alcanzó para ninguno de nosotros. Otras carreras solo podían estudiarse en la capital o en el extranjero, pero los recursos no daban entonces para más. Con estas etiquetas no fue raro que cursáramos y nos tituláramos en las carreras como médico, ingeniero, química y licenciado. Con el tiempo ya pudimos redirigir nuestras metas, pero dentro o al margen de nuestra carrera general. Mi hermano mayor, el médico, se lanzó por 4 años a los Estados Unidos y se especializó en Neurocirugía. Yo me tardé mucho tiempo, pero al final me 64


titulé Maestro en Ingeniería Estructural; mi hermana la química, al igual que yo se casó recién titulada pero siguió estudiando diplomados afines, y mi hermano menor estuvo en París, becado por la universidad, estudiando Biblioteconomía y Documentación, y, en Estados Unidos, su Maestría. Además de las etiquetas profesionales, de la mente, nos sub etiquetaron por nuestro comportamiento: el médico era asimismo el bondadoso, el ayudador, el valiente; la química era igualmente la tenaz, la perseverante; el abogado era, de la misma forma, el poeta, el escritor, el artista; mis hermanas menores también tuvieron sus definiciones, la bonita, la dulce, la impulsiva, etc., y a mí me tocaron etiquetas menos significativas del alma o el carácter, que las de mis hermanos, fijándose principalmente en lo físico y lo mental, como: el más alto, el más guapo, el más inteligente, el más fornido y el más… modesto de todos.

65


66


Los 5 pañuelitos.

M

i hermano menor, Ario, y Mari, su mujer, recién casados, fueron a Estados Unidos para estudiar él una maestría en biblioteconomía, mediante una beca de la Universidad, y ella, algunas materias afines a su carrera de Trabajadora Social, pero se la pasaba sola gran parte del tiempo. Para distraerse, seguido salía a las ventas de garaje, que por allá se acostumbran mucho, donde se surtía de muy bonitos regalos a un bajo precio, que traería con mucha alegría a su regreso a Monterrey, en Navidad. Recuerdo con ternura que ella era la única de toda la familia - éramos como 40 - que traía regalos para todos Sucedió que, en una de estas ventas, vio hacia el interior de la casa. en una vitrina, algo que le llamó mucho la atención: unos lindos mantelitos tejidos, que le recordaron los que hacía su madre; finas filigranas de hilo 67


y gancho. Nada tímida, preguntó al dueño por ellos y le dijo que los quería comprar. Él le dijo que no estaban en venta, porque le recordaban a la persona que se los vendió, hacía muchos años. De hecho, le dijo a Mari, usted me la recuerda... y le contó cómo había llegado aquella pareja a su casa, vendiendo cosas hechas a mano, de su ajuar de bodas, para ayudarse a vivir en esta ciudad, recientemente llegados de México. Le dijeron que el esposo venía huyendo de una guerra sindical desatada por ferrocarrileros, y había tenido que emigrar, amenazado de muerte. Pero, además, le dijo el hombre que no los podía vender porque eran solo 5, no seis, como es acostumbrado. Fue Mari muy insistente y lo convenció que se los vendiera. No faltaba más. Al manejar rumbo a su casa sus recuerdos se volcaron en su mente. La explicación del hombre le hizo recordar cuándo, muy niña, a ellos les pasó lo algo parecido: tuvieron sus padres que viajar a Estados Unidos, por problemas de su padre en su trabajo. Pensando en ello se le llenaron los ojos de lágrima. Con las manos ocupadas y la vista nublada, encendió los limpiabrisas...como si con ello pudiera limpiar sus húmedos ojos. Cuando llegaron a Monterrey, ella entregó todos los regalos que había traído para sus suegros, sus cuñados, sus respectivas esposas y todos sus sobrinos. Poco mas noche se fueron con su padre, actualmente viudo y viviendo solo. Le platicó Mari aquella curiosa historia, pensando que su padre se iba a reir de aquella puntada. No sucedió así, por el contrario su padre se puso muy serio y triste. Luego, sin decir una palabra se levantó y salió del cuarto. Un momento después llegó a la mesa trayendo en sus manos... el sexto pañuelito. 68


Sálvese quien pueda Sálvese quien pueda: Expresión que se usa cuando no se puede vencer un peligro o un problema y se permite que cada uno haga lo posible por evitarlo. Diccionario Manual de la Lengua Española Vox. © 2010 Larousse Editorial, .

S

e casaba en la vecina ciudad de Saltillo una amiga de mi señora. Los padres de la novia eran muy buenos amigos y compadres del tío Raúl y su esposa. Así que los tíos y nosotros fuimos invitados a su boda. El evento religioso sería por la mañana, en una iglesia cercana a la residencia de la novia. El festejo sería a medio día en un salón de un hotel en el centro de la ciudad. Muy temprano nos alistamos las dos parejas para viajar a Saltillo; queríamos asistir a todos los festejos, así que nos reunimos en la casa del tío, para hacer el viaje en su automóvil. Antes de partir desayunamos en su casa un

69


poco de pan de dulce con chocolate, nada importante, solo para no viajar con el estómago vacío. Al llegar a la casa de la novia, antes de la ceremonia religiosa, asistimos a un desayuno ofrecido por los padres de la novia a las personas que llegamos de otros lugares, donde almorzamos opíparamente. Enseguida nos dirigimos a la iglesia donde fuimos testigos de la boda. La misa terminó temprano, de modo que teníamos que perder unas horas antes de la celebración. Paseamos un rato por el centro de la ciudad y entramos al mercado, buscando algunas curiosidades y ofertas. Cerca del mediodía compramos ahí unas fritangas, para matar el hambre mientras llegaba la hora de la comida. Llegamos poco más tarde al hotel, donde nos habían citado para la celebración, en la que saludamos a los conocidos y disfrutamos del baile y del banquete. Recuerdo que fue esta una comida completa, con todos sus tiempos: entrada de ensalada, riquísima; sopa de arroz con piñones, exquisita; plato fuerte de pollo con aderezos, muy sabrosa, y postre, todos ellos acompañado con vinos y licores adecuados. Puedo decir que quedamos muy satisfechos. Fue una fiesta magnífica, de la cual salimos bien contentos y con la panza llena. Pero, debido al viaje, a la altura de la cuidad, al baile y a las copas, nos quedamos con hambre, y al pasar de nuevo frente al mercado vimos que ofrecían elotes asados, compramos dos para cada uno, y los comimos con fruición, aun cuando con algunas molestia en el estómago. Era natural después de tantas comidas: desayuno, almuerzo, botana, comida y hasta merienda de elotes. No era entonces la carretera la moderna vía rápida con varios carriles separados, pendientes suaves y trazo poco curveado que se tiene ahora; no, era de solo dos carriles, uno de ida y el otro de vuelta, en la cuesta de la montaña, 70


con trazo muy sinuoso y pendientes fuertes, cortes profundos y muy escaso acotamiento para estacionarse al lado del camino. Había que conducir un buen rato para encontrar alguna salida o descanso. Empezábamos a bajar la cuesta cuando sucedió algo muy notorio. Con tanta comida y lo feo del camino a alguien se le salió el aire, s i l e n c i o s a m e n t e, pero con un fuerte olor al del ácido sulfhídrico que preparábamos en el laboratorio de química, allá en la prepa, como de huevos podridos… y más. Hacía afuera mucho frío y traíamos los vidrios levantados. El ambiente interior se puso tan espeso que se sentía como un líquido transparente y pastoso ascendiendo dentro del vehículo, llegando hasta nuestras narices y poniendo nuestros ojos lagrimosos. Yo veía manejando al tío Raúl, con los ojos muy abiertos y pegando la cabeza al techo, como tratando de escapar de aquel viscoso y nauseabundo fluido, que subía y subía, aprisionado dentro del escaso volumen del automóvil cerrado. Busco con ansia un escape; lo encontró por suerte un poco más adelante y salió del camino, frenando estrepitosamente. Abrió su puerta y salió corriendo al grito de “sálvese quien pueda” usado en los naufragios, que nos hizo abrir nuestras respectivas puertas y salir corriendo lejos de aquella tortura. Un momento después recuperamos la tranquilidad. El haber escapado de aquel sentimiento de ahogo nos produjo una crisis de risa, que nos hizo carcajear todo el camino de vuelta. Recordábamos el incidente por muchos años después, especialmente cuando viajábamos a Saltillo, pero, el autor, o la autora, de aquel terrible y aromático accidente nunca se supo. 71


72


El Colegio Civil de Monterrey mostrando el balcón del Aula Magna y la plaza al frente

Graciela

E

l antiguo edificio del Colegio Civil, de la Universidad, ocupa en Monterrey una cuadra completa. Hace mucho tiempo se encontraban ahí, en un lado, la Prepa 1, donde cursé mi bachillerato, y, en el otro, las facultades de ingeniería y arquitectura, donde pasé toda mi carrera de ingeniero civil. Al centro, entre ambas escuelas, se encontraba la llamada Aula Magna, acondicionada como un pequeño teatro donde, además de las funciones propias de la universidad, se realizaban eventos de otra naturaleza, como las de academias de música o declamación, afiliada a la Universidad, que usaban el espacio para sus presentaciones de fin de cursos. Actualmente es un centro cultural; la prepa y las facultades ya se fueron a otro sitio, pero el Aula Magna todavía permanece ahí, con el mismo propósito. 73


Alguna vez me tocó ver ahí la presentación final anual de una escuela de declamación y oratoria; en ella me llamó mucho la atención una jovencita, de unos 15 años (en ese tiempo yo tenía 19) que declamó con mucha gracia “El Naranjal”: Allá arriba a mi derecha hay un verde naranjal naranjal que cuida un ciego ciego que la luz no ve…, acompañando sus palabras con sus manos moviéndose acompasadamente —Allá arriba a mi derecha, decía, y sus manos se extendían en esa dirección… —naranjal que cuida un ciego, y cubría sus ojos con sus manos… Aunque sus movimientos eran un poco exagerados, la recitación me gustó muchísimo, pero más me gustó su declamadora. Un rato después salí a la plaza, frente al Colegio Civil, y vi en el balcón del segundo piso del aula magna aquella jovencita que un momento antes recitara El Naranjal. Recuerdo, no sé porqué, pues no la había visto nunca antes ni sabía quién era, que le dije a un amigo: — fíjate, César, con esa muchacha yo me voy a casar. — yo la conozco, si quieres te la presento, contestó, Me pareció que era entonces muy chiquilla y pensé que no era el momento, por lo que le contesté negativamente, y ahí quedó todo. Tiempo después este mismo amigo me invitó a un cumpleaños. La mamá de la agasajada y la de mi cuate eran amigas, así que él estuvo invitado, diciéndole que podía llevar a otros amigos. Lo acompañé a la celebración, y de inmediato me día cuenta que se trataba de aquella misma declamadora del balcón, pero con dos años más; ya no era una chiquilla, sino toda una mujer, ahora de 17 74


años, alta, delgada, con unos ojos preciosos, enmarcados por un par de cejas arqueadas que demostraban orgullo y carácter, junto con unas hermosas pantorrillas de bailarina de ballet. Le faltaba crecer de algunas de sus partes pero, pensé yo, ya habría tiempo para ello. Puedo decir que hice todo lo posible por llamar su atención; hasta me senté en la cabecera de aquella larga mesa de comedor frente a ella, pero nunca me dirigió ni siquiera una mirada. Bailé con varias de las asistentes, sus amigas y parientes, pero no pude hacerlo con ella. Sentí yo, a mi pesar, que para ella lo mismo hubiera dado que yo no estuviera ahí. Pronto me enteré que no había sido así del todo: mi amigo me platicó días después que había preguntado por mí, que quién era, a que me dedicaba y en que pasaba el tiempo libre, y eso me animó para seguir adelante. Me planté varias noches en la esquina de su calle, sin resultado alguno, hasta que un día pasó caminando frente a mí, acompañada de una amiga. Venciendo mi natural timidez, y con el corazón saliéndoseme del pecho, me les acerqué y les pedí acompañarlas, contestando afirmativamente. No recuerdo dónde fuimos, pero sí que le pedí vernos otra vez, y ella estuvo de acuerdo. Estuvimos saliendo por algún tiempo, paseando por la cercana alameda o las calles del barrio, íbamos al cine y, a veces, a bailar. Ella se recibió en ese tiempo de secretaria y yo la acompañé a su baile de graduación como su chambelán, prefiriéndome a mí entre otros pretendientes. Se veía hermosa y yo me sentía feliz y orgulloso de mi pareja. Traía un vestido de fiesta, con una especie de corsé que le apretaba la cintura, ya de por sí pequeña, y le remarcaba el busto, con unas copas y varillas especiales, 75


que mantenían su torso completo en posición, todo muy a la moda. La orquesta tocó un tango, que yo había aprendido a bailar muy bien y se lo había enseñado. Nos acompañábamos muy bien en todos los pasos, giros y quiebres de la danza. Al terminar le dí un giro y una caída, pero sucedió ahí algo inesperado: el corsé aquel se resistió a moverse con el cuerpo y en el momento final se trabó, quedando torcido y mostrando cuatro donde la naturaleza pone solamente dos. Aprovechando la posición, acerqué su cara a la mía y le pedí… que fuera mi novia. Estaba cansada, colgando de mis brazos, torcida y excitada por el ejercicio del baile. No le quedó más remedio que decirme que sí. Poco tiempo después me recibí como ingeniero civil y conseguí un trabajo formal. Ella tenía ya entre 18 y 19 años y había embarnecido, rellenado las partes que antes estuvieran planas; yo había cumplido ya los 23 años, cuando le pedí que fuera mi esposa y me acepto. Poco tiempo después nos casamos. Se cumplió con esto, para mi completa felicidad, aquella profecía de cuatro años atrás dada en la plaza frente al balcón del Aula Magna.

Y, como en los cuentos, fuimos muy felices…por mucho tiempo. 76


-mail Roweena

R

ecibí un correo electrónico de un contacto. Somos muy buenos amigos pero tenemos ideas encontradas; no obstante, me envía correos de sus preferencias religiosas y política tal vez para ver como reacciono, o para convencerme de sus puntos de vista. El mencionado correo era un reenvío y decía algo así: “En los últimos 10 años, donde hay gobiernos del tricolor (y hace una enumeración de estados y gobernadores), existen los mayores problemas de delincuencia y narcotráfico; ténganlo en cuenta en las próximas elecciones; solo un país tercermundista reelige a sus dictadores” 77


En contra de mi costumbre, mi respuesta fue “a todos”, más o menos como sigue: “En ese mismo tiempo los presidentes (y nombré a nuestros dos últimos presidentes) son del partido azul, y repetí, copiando la misma terminación, ténganlo en cuenta en las próximas elecciones; solo un país tercermundista reelige a sus dictadores”. Con las mismas palabras e ideas, un correo a favor se transformó en otro en contra; pero, al responder “a todos”, mi mensaje le llegó a una mujer, la única que quiso contestarme. Entre otras cosas decía: “A pesar de todo, yo votaré por los azules porque son católicos y garantizan mi libertad de culto” Esto dio lugar a nuevas contestaciones y respuestas y a una correspondencia que se ha prolongado hasta el momento. Gloria@hotmail.com era su dirección de correo electrónico, pero el correo lo firmaba Roweena. Yo quería saber quién era y busqué por su nombre en Face Book; encontrando solo dos personas, pero ninguna que coincidiera con su perfil. Busqué con su seudónimo, en Google y la encontré, ahora si abundantemente, en foros religiosos, como una activista defensora de la iglesia católica; nada de fotos, ni direcciones; no quería que se conociera su verdadera identidad. Con los correos subsiguientes me enteré que usaba ese apodo porque su padre, de niña, le contaba historias de caballeros de la mesa redonda, donde Roweena aparecía como la novia o esposa de un famoso caballero. Ella recordaba que se trataba del Príncipe Valiente, pero después pude comprobar que la pareja de Valiente era Aleta y que Roweena lo era del caballero Ivanhoe…de película. Hasta el momento no nos hemos conocido personalmente. Ella tiene una foto mía en un libro de mi autoría (versión electrónica) que le mandé, pero que no ha 78


querido ver, según ella, para no revelar el incógnito. Yo tengo una foto suya, que me mandó tiempo después para saciar mi curiosidad, pero de hace unos 20 años; una jovencita muy hermosa y con gesto de tranquilidad, que no correspondía con su temperamento belicoso, a la cual yo correspondí con una foto mía de cuando yo tenía 20 años. Con estas imágenes ninguno de los dos nos reconoceríamos si nos cruzáramos actualmente en la calle. Yo me identifiqué como divorciado, con novia, diciéndole en broma que mi madre decía que yo era el más alto, el más fuerte, el más guapo, el más inteligente y el más…modesto de todos mis 5 hermanos, no jorobado, de ojos verdes, 1.70 m de altura, 80 Kg de peso y bailador de tangos, agregando que mi novia actual decía que era hermoso, a lo que ella contestó, al estilo Internet, sin acentos y con abreviaturas de la onda: “¡Ay madres! mitómanas por naturaleza y creadoras inconscientes del complejo de Edipo; terapia deberían de tener para dominar su complejo de Deméter! ja, ja. Y tú que le creíste a tu mamá de q eras el más lindo de sus hijos; lo q no sabes es q una buena madre le dice lo mismo a todos sus vástagos. Que no ves que es egolatría pura por lo creado ja, ja, y así fomentan en ellos un complejito de superioridad q ni Dios Padre les quita ja, ja. No, ya bien, q presumido: soy de ojos verdes, y mido....y peso... te la has de pasar haciendo lagartijas todo el día, y honestamente, qué más puede decir una novia? ja, ja. Bien dicen que el amor (si es amor) es ciego. Por otra parte fomentan en el prospecto una dependencia emocional ja, ja, ja; no te creas, tu novia debe ser muy linda” Roweena, por su lado, se identificó como una mujer joven, felizmente casada, 10 años menor que su marido (hasta el momento desconozco su edad, pero sospecho que es como la de mi hija), psicóloga, muy bonita y, según amigos de la familia, de bonitas piernas. Debo agregar que 79


me parece muy inteligente e ingeniosa en sus contestaciones, tercamente defensora de su partido, de su iglesia y, especialmente, del actual Papa Benedicto XVI. En algún correo posterior le aclaré que no era tan guapo como me veían mi madre y mi novia, pero que uno no puede hablar mal del camello si quiere vender camello; a lo que ella contestó: “para que quiero un camello si mi zoológico está completo.” Le escribí después: “Mi madre hacía otras cosas por mí; por ejemplo, viéndome hacer una rabieta con una ropa que acababa de comprarme, me maldijo para siempre, diciéndome que, de ahí en adelante, todo lo que me pusiera se me vería bien - tenía sus echadas la señora pero alimentó muy bien mi auto estima”. “Edipo no tiene nada que ver — Mamá, soy Edipo...no haré travesuras—. Desconozco el complejo de Deméter; y, para eso de lindo...es que no me conoces. No tengo complejo de superioridad, te lo aseguro: soy superior. Hice muchas lagartijas de joven, pero ya no. Mi novia tiene dos caras: es Blancanieves cuando está de buenas, pero es la bruja cuando se enoja. A mí me gusta… y no.” “No soy policía, pero inventé la manera de acabar con los secuestros, haciendo, por ejemplo, lo que se está haciendo en California con la marihuana: legalizarlos. Imagínate a un secuestrador llenando la solicitud oficial de secuestro: Cuantas personas?, De que condición social?, Se incluyen o no cortes de dedos?...cuántos y cuáles?...etc., y cobrando una tarifa de acuerdo al monto del rescate solicitado. Tal vez salga con esto más caro el permiso que la acción solicitada y se acaben, o se controlen, estos delitos.” “Hablando de tu nombre: aprendí que poniéndolo en la ventana de Google, aparecen muchas referencias, que ni tú 80


misma sabías que existían. En mi caso las referencias a mi apellido son muchas, porque mi hermano, el bibliotecario, escribe libros para vender, y mi otro hermano, el médico, también hace los suyo; lo mío es más bien poco, varios relativos a mi libro Como agua... y algunos otros perdidos en el tiempo. En tu caso, simplemente puse Row y ya no tuve que escribir más; tu nombre se autocompletó y no hice más que picar en la lupa (buscar). Aparecieron de primera intención unas 20 ligas, relacionadas con foros sobre la Biblia, los apóstoles, el Padre Alberto y de su santa mujer (tu usas otro epíteto), etc. inclusive hablas de que tu gran amor es ateo... qué bueno. Haz la prueba.” A lo que ella contestó: “Así q no tienes complejo de superioridad: eres superior ja, ja; oye de casualidad no tendrás ancestros germanos?; ay Dios q contradicciones! ,superior y humilde....órale, se conjugó el ying y el yang, un completo IMPOSIBLE, o lo que es lo mismo, o eres una cosa o eres la otra, yo me voy por la tercera ja, ja.” “Pues sí, las madres son el perfecto reflejo del orgullo; cada vez que ven a sus vástagos, no los ven a ellos, ven el hermoso trabajo q hicieron, y a ver, sácalas del error? imposible!, primero le sacas Coca Cola a un manantial!” “Todos tenemos dos caras, tu novia no es la excepción, aquí lo bueno es q a ti así te gusta, q mejor la quiere?; va de gane...” “Ay Paquito, se me hace que eres bien traviesin, y q sí haces travesuras. Me recordaste cuando la ilusa maestra de cuarto grado nos dejo de tarea aprendernos la poesía de Paquito; chillé como loca todo el festival; ya le andaba a la profe, debió escoger a una niña más estoica y no a una tan sensible. Lo trágico del asunto es que mi mamá lloró también. No, pues qué lindo día de las madres, puras ídem...” 81


“N’hombre, eres un genio; esa manera de acabar con los secuestros es genial, deberías patentarla ja, ja; se me hace q te robaron el borrador y ya se te adelantaron: nada más checa a quienes secuestran?. Yo x eso estoy requete tranquila, sólo secuestran a los q tienen lana, puros borregos ja, ja, y yo soy León... a.” “O sea q solo escribiste Roweena y te aparecieron todas las burradas q he dicho; todas?. Híjole, y como fue q me seguiste escribiendo?, soy bravísima y más cuando ofenden lo q amo. Sabes q ya ni me acuerdo q le puse al padre Alberto; yo no me perdía sus programas en EWTN; me encantaba; tenía dos y los dos me los echaba. Bellos tiempos en q veía TV; ya los quisiera ahora. Now todo el tiempo q tengo me meto al foro a combatir infieles ja, ja. Y dime: el balance de lo leído fue?...10, 9, 8, 7, 6, pácatelas!!!!!!; me vale, que digan lo q quieran, total ellos creen q soy Roweena y es a ella a la q juzgan, yo estoy feliz aquí en mi terracita tomándome mi cafecito y viendo los pajaritos ja, ja,”. “Oye, pero ya bien, q gachos, xk la ventanean a uno así, a quien ch...le importa lo q dice o deja de decir Roweena; el único q me interesaría q checara mi fidelidad es mi amadísimo Papa Benedicto XVI; no tienes idea de lo q lo admiro, me cae súper y me fascina; q bueno q es Papa, xk si no le echaba los canes ja, ja. NO TE CREAS, YO SOY BUENA, NUNCA HAGO COSAS FEAS XK LUEGO ME TENGO Q CONFESAR. La verdad es q me tiene apantalladísima su curricular: 8 doctorados, 134 libros traducidos a 13 idiomas, y mil cosas más. No, me fascina, es el mejor Papa q ha tenido la IC; además le gusta la poesía y toca piano clásico… Quieres Maaas?; just perfect.”…solo le faltó decir. digo yo, que baila tango “Que ni se entere el Ivanhoe (su esposo) que lo mencionan a él en Google, como mi gran amor ateo. El dice que no es ateo (así dicen todos; se auto llaman libres 82


pensadores ja, ja), pero claro q si lo es; es ateo evolucionado; hace años nos echábamos muy buenos rounds, aquellos años en q me fascinaba llevarle la contraria y darle una "ubicadita". Perdí la causa por ingenua, y x cansancio, aparte no es ni sano ni productivo pleitear con quien vives, mal negocio....no Mc Allen ja, ja.” “Muchas gracias x mandarme tu libro, tan pronto pueda lo leo, y fíjate q no puedo mandarte los míos xk, el de la Universidad se quedo allá y allá está bien; lo presté y nunca me lo regresaron; error mío y de nadie más. Pa q lo quiero, ya aprendí y ya no soy maistra; el del Centro de Psicología si lo tengo, aquí en mi mini biblioteca de 3x5 mts y dos grandes librerotes de caoba estilo inglés preciosos, que quiero llevarme cuando me muera (en forma de caja ja, ja); no lo tengo en la compu, xk ese lo escribí hace 10 años aprox, quizás un poco menos, y tanto ese como el de El Espejo de Nina los tengo en vivo y a todo color aquí, no en la compu: deja te explico: soberbia, Ilusa e Inexperta, cuando cambié mi compu y regalé la otra, los borré para que no me los plagiaran ja, ja, como si hubiera un chin...de gente queriendo hacerlo, y pues claro q no; cómo?. mis libros son mis hijos, esos se cuidan y mucho. así q sorry Pancho, (perdón, es una expresión q yo uso mucho), tendrás q esperarte a q lo edite y a ver si te invito a la lectura de este; algo así como para el año 4,500 aprox. (la verdad si me hubiera gustado tu opinión. No, no tengo scanner). Contestando un correo donde le decía que bailaba yo el tango porque era la única forma de tener pegada una mujer a tu cuerpo, en público y sin que nadie te lo reclamara… y a veces hasta te aplaudían, y varias cosas más relacionadas con el baile, ella contestó: “Tu párrafo del tango me fascinó: no voy a verte bailar xk te resbalas, tengo la mirada muy fuerte ja, ja, pero q padrísimo q tu novia te siga la onda; divertirse juntos y reír 83


juntos es lo q hace una relación agradable y duradera, bien x los dos. Sí sabes que cuando uno se ríe se mueven 400 músculos entre faciales y abdominales? hoy con tu mail moví como un millón ja, ja, gracias !” Después, a un comentario mío en que le decía que yo bailaba como el de la película Perfume de Mujer, pero con la ventaja de que no era ciego, ella me escribió; “Cieguito y todo, me quedo con Al Paccino, era él no? tengo un power q guardé, padrísimo, sobre una frase que dice él q me gustó muchísimo, lo busco y si lo encuentro te lo mando, preciosa película !, la volvería a ver. Yo no bailo NIENTE; soy arrítmica; imagínate, me encanta la música, toda, hasta la grupera (esa de amor y fuertes porrazos ja, ja), y la clásica muchísimo, pero no puedo bailar, quizás valses, quizás, no estoy segura, pero me gusta ver que lo hagan otras personas. Al Ivanhoe se lo peleaban desde soltero; es buenísimo como bailarín, pero muy fiel; yo siempre le digo: baila, no te prives x mí, yo te veo: pero su respuesta siempre es: contigo o con nadie; que lindo no?, lo q pasa es q uno tiene sus encantos ja, ja, (un bate abajo de la cama ja, ja,)” Le dije en un correo que me gustaba mucho como ella escribía; que sus salidas me provocaban risas y me sentía bien todo el día, agregando que Freud, padre de la psicología, llamaba chiste equívoco al que provocaba la risa cuando el texto cambiaba de repente de sentido, poniendo por ejemplo un chiste de un personaje político muy famoso, que terminaba con una salida inesperada, a lo que ella respondió: “A mí también me gusta como escribes, no me lo imaginé, me parecías un señor de esos estirados, creídos y aburridos; me sonaba el nombre muy serio. Bien decía mi santo padre, q sabio es trascender las apariencias; me has hecho reír a carcajadas, eres graciosísimo, y el chistecín del 84


político está...bueno, está. Espero q no haya sido "eso" lo q te dio el efecto de lo inesperado ja, ja,” En uno de sus correos, debe haber sido de un sábado por la noche, me hizo una pregunta: “Oye hay algo q te quiero preguntar, lo he hecho con algunas personas (pocas) como encuesta personal, puedo?, es un asunto político religioso y me da la espina q tu darías una buena respuesta...taca ta tan...hasta la próxima xk me muero de sueño, y me voy a descansar a mis mullidos almohadones en mi idílico aposento ja ,ja, Lady Roweena ja, ja, ja, ja. Feliz domingo, ve a misa para q nos critiques con conocimiento de causa ja ,ja, ROWEENA” Pero hasta el momento no se qué pregunta quería hacerme. Ella interpretó el que no le contestara explícitamente “sí” como una negativa, cosa que yo nunca tuve intención de hacerle, y ya no me volvió a tratar el asunto. Se lo coy a preguntar En nuestras comunicaciones hay muchas intrascendentes como la siguiente, que algún día le envié en contestación a uno de sus adjuntos: “Recibo muchos correos, algunos muy bonitos, en los que al final me piden que reenvíe ese correo a todos mis amigos y contactos. Usualmente no lo hago, por dos razones: una, que me siento chantajeado por un mensaje tierno y llorón, y otra, porque me parece muy presuntuoso el autor que piensa que es muy ching… y que escribe tan bonito y tan sabiamente que merece que todo el mundo lo sepa. No lo crees?. Por favor reenvía este correo a todos tus amigos y contactos.” Otras veces con mucho calor humano, como este, que me mandó después de un infortunado accidente: “Hola amiguito, no se xk me estoy comunicando contigo, quizás xk siento tantisisísima tristeza q no puedo hablar con nadie, solo contigo, xk se q me vas a entender; me acaba de hablar de San Antonio la hija de una amiga 85


mía con la que salgo todas las semanas, con esa amiga maravillosa con la que ríes y lloras desde hace años; me acaba de llamar desde allá y me dice que sus papás se ahogaron en un juego; no entendí bien, solo le pregunté: estás segura que murió? está confirmado?. Me dijo: si madrina, mamá murió; se volteo la llanta del juego y se ahogo; papá trato de ayudarla y se ahogo también. Francisco me siento tan triste, no lo puedo creer, hemos reído tantísimo, hemos gozado la vida a todo lo que da; por primera vez me gustaría que estuvieras aquí y que me dieras un abrazo de amigo muy fuerte. Discúlpame que vierta mi dolor en ti; estoy sola aquí en la casa y no se me ocurrió hacer nada más. Rowee”. A lo que contesté de inmediato: “Recibí tu tristeza y no sé quehacer con ella. Solo desearte resignación. Es cuando sirve de mucho tu religión, la que espero te dé fuerza para sobrellevar tu pena. Por experiencia sé lo que vale en estos casos un fuerte abrazo de un amigo. Has de cuenta que te lo mando en este correo, de todo corazón.” Cuando ya tenía yo escritos varios de los cuentos de esta Botana de Recuerdos, se los envié para ver si le gustaban. Le dije además que iba a agregar capítulos de las mujeres en mi vida, haciendo una lista de ellas que terminaba con el de Roweena. Me contesto de inmediato que la eliminara de la lista, porque no tenía yo nada que decir de ella. Es muy curioso, pero, sin tener nada que decir, con transcribir solo algunos pocos de los correos de esta correspondencia electrónica, ya se hizo un capítulo mucho más largo que los anteriores. Si transcribiera todos los más interesantes, daría lugar a un libro completo, todo dedicado a Roweena…mi desconocida y platónica amiga.

86


El teleférico

A

mí me tocaba ir en el recorrido de inauguración, pues era el jefe de proyectos de la constructora del teleférico. Las torres y las góndolas se habían diseñado en Francia por los proveedores del equipo, pero a nosotros nos tocó diseñar aquí las cimentaciones de las torres, las estaciones inferior, intermedia y superior, y la construcción de todas las estructuras. Yo fui el encargado de dirigir las ingenierías y creía tener derecho a ser invitado a la apertura, pero mi patrón pensó de otra manera y dio la preferencia a los directivos del taller metálico, del mismo grupo, encargados de la fabricación de las torres. Esa decisión me causó sorpresa y mucho disgusto; sentí celos por la preferencia a los ejecutores 87


sobre los diseñadores. Me sentí traicionado y desilusionado. El teleférico había sido patrocinado por el Padre Carlos Álvarez, rector de la Ciudad de los Niños de Monterrey. La labor del Padre a favor de los niños fue en su momento muy conocida y respetada en todo el país, tanto, que hasta se hizo una película, interpretada nada menos que por el primer actor Arturo de Córdoba, en el papel del Padre, y la primera actriz Sara García, en el de su mamá. La película culminaba con la creación de la Ciudad de los Niños. Construido en la década de los 60s, el teleférico se extendía desde la mencionada Ciudad de los Niños, en Guadalupe, N.L., hasta el pico mayor del Cerro de la Silla. Ascendían las góndolas aproximadamente 2000 metros, desde la estación inferior de acceso hasta el mirador en la estación superior de llegada. Unas semanas antes de la apertura el Padre, mi jefe y yo hicimos el recorrido a pie, a fin de observar el avance de la obras, caminando por las brechas hechas para la construcción para el acceso de trabajadores y equipos. La pendiente natural era muy empinada y el recorrido zigzagueaba para aumentar la longitud y reducir la inclinación; teníamos que hacer muchas paradas para descansar, tomar aire, charlar un poco, e ingerir agua y alimentos. Recuerdo haberles oído platicar acerca de donativos públicos y privados para esta obra, y sobre la obligatoriedad de pagar diezmo a la iglesia por las utilidades de las empresas. El cable del teleférico era un circuito cerrado de movimiento continuo. Las góndolas tenían un mecanismo para conectarse y desconectarse en las estaciones, para permitir el acceso y la salida de los paseantes. Ese mecanismo se operaba mediante un gancho fijo en las estaciones que abría o cerraba la palanca que se encargaba de conectar o desconectar las ruedas al cable. 88


Una operación ingeniosa y simple, que permitía que las góndolas quedaran detenidas por un momento, mientras el cable seguía su incesante movimiento. La Obra se inauguró el 2 de Junio de 1961, hace exactamente 50 años. Se tenía en proyecto construir, además de las estaciones operacionales, restaurantes y edificios para esparcimiento, cuyos ingresos serían para el mantenimiento de la Ciudad de los Niños. Desafortunadamente, el teleférico no siguió operando después de esa fecha, debido al fatal accidente durante la inauguración. En el primer recorrido la góndola en que venía mi jefe y sus acompañantes, se atoró con un cable, creo que de teléfonos, mientras estaba a unos 15 m de altura sobre el suelo de la montaña. Cuentan que mi jefe, valientemente, se salió de la góndola y escaló su soporte, para retirar el cable telefónico del lugar, solo que, antes de poder liberarlo, se abrió el mecanismo de conexión y la góndola, en caída libre, se estrello contra el suelo. Sus cuatro ocupantes murieron en el acto. El viaje de inauguración terminó trágicamente y eso hizo que el servicio se clausurara. Murieron es el evento cuatro personas involucradas en la construcción, pero, por suerte para mí, el de que mi jefe se hubiera negado a que lo acompañara al evento salvó mi vida.

89


90


Santa Claus

E

l problema era el de probar que Santa Claus existe. Mis tres hijos menores tienen directamente pruebas positivas; déjenme explicarles cómo y porqué. Lo que voy a contar sucedió cuando ellos tenían todavía la edad en que esperaban que el gordo personaje vestido de rojo les trajera sus juguetes de navidad. Voy a 91


relatar esas historias a como me las contó recientemente mi hijo Jaime, protagonista de los hechos. El primer evento se produjo cuando los niños eran chicos, de 5, 7 y 9 años. A la vuelta de nuestra casa había una farmacia de una conocida cadena, en la cual, obviamente, “había de todo…como en botica”. En Diciembre vendían juguetes, con el atractivo del reparto a domicilio, con uno de sus empleados disfrazado de Santa. Sabíamos su mamá y yo que iba contra la tradición, en la que los niños esperaban que Santa Claus se colara por la chimenea, o una ventana, durante la noche, cuando ellos estaban dormidos, y les dejaba los juguetes que le habían pedido junto al árbol de navidad. No obstante, sería una nueva y gran satisfacción para ellos enfrentarse con él en persona. Así, cuando la noche avanzó y ellos se empezaron a quedar dormidos, su mamá los despertó diciendo que se oían ruidos en la planta baja, y que fuéramos todos a ver de qué se trataba. Previamente yo había abierto la puerta para darle entrada al disfrazado señor. Cuando los tres niños bajaron, vieron frente a la escalera al extraño personaje con el rojo uniforme, que estrepitosamente se reía: JO JO JO JO JO... mientras bajaba de sus hombros su saco con juguetes. El primero que bajó fue el más chico; sorprendido corrió hacia Santa Claus y brincó para quedar abrazado a su cuello. Casi se sentía su alegría y se oía su corazón saliéndosele del pecho. El hombre de rojo lo puso en el suelo y, sin dejar de reírse le Dijo: Daniel, te pórtate bien todo el año y te traigo tus juguetes JO JO JO La niña, un poco mayor, se quedó sentada en un escalón de la rampa baja de la escalera. Se le veía un poco confusa; Santa Claus no era como en los anuncios en revistas y periódicos: gordo, alto, blanco, de pelo largo y 92


canoso y de ojos azules. Bajó con cautela y recibió del hombre de rojo sus regalos. JO JO JO El mayor de los tres, se quedó parado en el descanso de la escalera y se le veía muy indeciso; no solo era el personaje distinto al Santa Claus que él se imaginaba, sino que hasta le hallaba parecido con alguien conocido. De cualquier modo bajó y recibió sus regalos. JO JO JO Un día después, como es acostumbrado, todos llegamos junto al árbol y recogimos nuestros regalos; más tarde saboreamos la comida de Navidad, y conversamos alegremente sobre la fecha y todos los regalos recibidos. Poco después alguno de los hijos mayores dijo algo acerca de que el Santa no existe, y que realmente los regalos los traen los padres. No, dijo Jaime, el mayor de los tres niños menores, —Santa Claus si existe, es de carne y hueso, yo lo conozco, y agregó… —Trabaja en la farmacia a la vuelta de la casa … El segundo evento ocurrió 10 años después. Ya ninguno de mis seis hijos estaba en edad de creer en Santa Claus, pero, para seguir la onda navideña, al terminar de montar el árbol de navidad, a principios de Diciembre, mi hija hizo su carta a Santa Claus y la depositó entre las ramas del árbol. —Quien quite y se me haga, dijo para sus adentros. Tenía entonces unos 17 años; toda una linda señorita. Recortó de una revista la foto de un hombre guapo, rubio, impreso a todo color y a página completa; dobló la hoja en cuatro partes, la metió dentro del sobre dirigido a Santa Claus y lo colocó en el árbol. En vísperas de Navidad mi hija recibió una sorpresa muy agradable: el telefonazo de un joven que le gustaba mucho y la invitó a salir lo que ella aceptó con gusto. Andando de paseo por el centro de la ciudad él le pidió que pasaran a escoger un regalo que le quería hacer; frente al restaurante donde habían comido había una 93


zapatería; pasaron a ver que deseaba ella elegir. Después de un rato de probarse eligió unos zapatos de tacón alto, cerrados, negros. Para completar el regalo el caballero le agregó a escondidas, dentro del paquete, una bolsa negra que hacía juego con los zapatos. Al abrir más tarde el regalo se dio cuenta que incluía los zapatos y la bolsa. Al terminar la temporada navideña, acostumbrábamos en casa a quitar adornos navideños y el pino después del 6 de enero: mi hija recordó la carta olvidada en el arbolito. Estando reunidos algunos miembros de la familia sacó ella orgullosa su carta y nos mostró la foto de aquel rubio modelo para confirmar que Santa Clós le había traído el regalo deseado, aunque en versión mexicana. Cuál no sería nuestra sorpresa cuando al reverso de la hoja pudimos observar una publicidad, donde, con el fondo de una sedosa tela blanca se mostraban: unos zapatos negros y una bolsa que le hacía juego Santa Claus le había otorgado el regalo completo.

94


4

1 CRTH 3

VC

2 CRTV

Inventos

M

e dio por inventar cosas desde niño. Tenía unos 6 años cuando mi primer invento: un perfume. En un frasquito con alcohol agregué agua y pétalos de flores del jardincito de la casa. Lo enterré y lo deje ahí por 7 días. Cuando lo saqué y abrí el frasco sentí un olor a flores. Le llevé el frasco a mi mamá; lo abrió, lo olió y dijo: es el mejor perfume que he olido en toda mi vida. Fue mi primer invento exitoso. Sin embargo no me fue tan bien como comerciante, pues hice varios frascos de este perfume y traté de venderlos entre los vecinos… y no me compraron ni uno. Me llamaban mucho la atención las cosas relacionadas con la luz y con los objetos en rotación. Haciendo pasar la 95


luz del sol por una lupa quemaba pedazos de papel; observando las cosas con la lupa se veían grandes y deformes. Una pirinola o un trompo bailaban y se mantenían verticales mientras giraban, pero se caían al cesar el giro. Un pequeño juguete, el giróscopo, se hacía rotar tirando con fuerza de una cuerda enrollada y una vez girando se mantenía vertical sobre su eje y podía balancearse sobre el borde de un vaso o en el filo de un cuchillo sin caerse; parecía magia. Hacía un experimento con la vista; los invito a hacerlo ahora mismo: veía un objeto cualquiera, una maceta, una puerta, con ambos ojos abiertos; enseguida cerraba el ojo izquierdo mirando el objeto con el ojo derecho; luego cubría este ojo con la palma de la mano y el objeto y todo el campo visual desaparecía oculto por mi mano; pero, si abría entonces el ojo izquierdo el objeto volvía a aparecer, inclusive a través de la mano, que parece ser transparente. En este caso uno ve con el ojo abierto; pero el otro lo sigue. Tuvieron que pasar muchos años para que pudiera yo entender todo esto. Pero no necesitaba entenderlo para ponerlo en práctica. El primer invento real que yo recuerdo fié el de los lentes de contacto bifocales. Ya se conocían los anteojos simples y los bifocales, y también los pupilentes, pero estos últimos eran limitados para un solo tipo de visión, cercano o lejana, Lentes de contacto para ver de lejos, tendrían que cambiarse por otros para leer, o viceversa. Cómo hacer para que los pupilentes no tuvieran que estarse cambiando constantemente para leer o para ver cosas lejanas?. A mí me pareció muy sencillo: en un ojo poner el lente de contacto para leer y, en, el otro, el de visión lejana. Decía yo: para leer, por ejemplo, abres el ojo izquierdo y cierras el derecho y, para ver de lejos. haces lo contrario. La gente a la que se lo platicaba se reía porque se imaginaban que para saludar a alguien tenías que 96


guiñarle un ojo al tiempo que movías tu mano en alto. Por eso no lo patenté; tuvieron que pasar 30 años para que un oculista alemán los patentara, al darse cuenta que no se necesitaba abrir y cerrar ojos, pues, para leer, por ejemplo, el ojo dominante era el que tenía el lente apropiado para lectura y el otro simplemente lo seguía, por simpatía, como en el ejercicio de tapar un ojo del que hablé en el párrafo anterior. Bien por él, malo para mí. Me adelanté casi 30 años a mi época. Ya mayor, de unos 30 años, inventé un proyector de televisión: a una pequeña televisión portátil, con pantalla de 4”, le coloqué enfrente una gran lente, que compré en una tienda de desperdicios del ejército americano, de los utilizados para las miras ópticas de bombarderos. Con ello pude proyectar la imagen de la pequeña tele sobre una pantalla. El día que mostré mi invento en una estación televisora local, se estaba pasando por la tele un partido de futbol; se veía la imagen en una gran pantalla de proyección trasera de unos 3x4 m.. Los jugadores se veían bastante bien y a tamaño natural. El director de la televisora se entusiasmo y me dijo que me compraba 50 equipos…pero había un par de inconvenientes: al encender alguien un cigarrillo se esfumó la imagen proyectada, como sucede en un cine cuando se enciende la luz; tendrían que usarse televisiones mucho más luminosas, y pantallas de proyección de mucho mejor calidad, cosas que en esa época no existían, pero además debía resolverse como evitar tener que verlas en plena obscuridad. Aunque patenté debidamente el producto, me cansé de pagar sus derechos sin que nadie se interesara en fabricarlas y comercializarlas y la patente feneció por falta de pago. Un día después del vencimiento vi aparecer los anuncios de un proyector de TV casero, que obviamente era mi invento, pero igual, hasta donde yo sé, no se vendieron muchos; tuvieron que pasar muchos años para 97


que apareciera un proyector efectivo. El principio era el mismo, pero sus componentes mucho más poderosos. Aprovechando mi trato con la televisora y que tenía un amigo que era animador de programas de la tele, le presenté mi idea de televisión 3D. Ya había películas tridimensionales en los cines, que se veían con lentes de colores (desde entonces se usaban los colores rojo y verde). De acuerdo con mi amigo hicimos lo siguiente: lo tomamos a él utilizando no una, sino dos cámaras en tándem; cubrimos el lente de la cámara izquierda con un papel transparente rojo, y la derecha con uno verde. Teníamos pues dos vistas, una izquierda y otra derecha, del mismo objeto. Estas imágenes se gravaron y se proyectaron después simultáneamente en un monitor. Efectivamente se veían las dos imágenes entremezcladas, una roja y otra verde. Improvisamos unos lentes con los mismos papeles de colores con que habíamos cubierto las cámaras. La teoría era que, con el lente rojo solo podríamos ver la imagen roja y lo mismo con el verde. Como en la visión normal esto daría el efecto de tercera dimensión como en las películas actuales de este tipo, pero no sucedió así. Debido a la falta de definición, las imágenes no tenía exactamente los colores requeridos y no podían ser diferenciadas con los lentes, así que a cada ojo pasaban más de una imagen y el resultado era una mezcolanza irreconocible; tal como si ahora queremos ver una película 3D quitándonos los anteojos. El principio de la televisión 3D actual es exactamente el mismo que yo patenté hace 40 años, pero tuvieron que producirse pantallas de alta definición (HDTV) para poder lograrlo. De nuevo, estaba muy adelantado para la época. Ya metido en esto el siguiente paso era la televisión plana, que presenté a una empresa transnacional, hace unos 30 años. La presentación era teórica, por escrito, porque hacer un prototipo estaba muy fuera de mis 98


recursos. La idea era relativamente simple: un cinescopio (bulbo o tubo de televisión en forma de botellón, como los usados en la época) de dimensiones reducidas (imagínense una pantalla de 1”), lo cortaba en dos pequeñas rebanadas muy delgadas por el centro del tubo: una vertical y otra horizontal, activadas por las señales de barrido de la televisión, que transmiten la corriente electrónica a través de una serie de conductores impresos verticales y horizontales, modulados en posición e intensidad por las señales de barrido y de video. Pueden ustedes creerme que una pantalla construida en esta forma es equivalente a la del antiguo tubo de imagen y muy similar a las actuales pantallas planas, solo que esta se hizo hace 30 años, cuando las televisiones planas no se tenían ni pensadas. Mi invento incluía, además de ser plana y del tamaño que se quisiera – desde una reloj hasta un campo de futbol— el efecto de tercera dimensión para verse con anteojos de colores, o polarizados y hasta… sin anteojos. En aquel tiempo todas las gráficas del trámite de mi patente tuvieron que ser esquemáticas y dibujadas a mano. Con los procedimientos electrónicos de dibujo actuales, de gran precisión, el esquema de la pantalla sería el mostrado al principio de esta historia. Muchos otros inventos están en el cajón de mi escritorio, listos para patentarse: Anteojos multifocales, adaptados por el propio usuario para leer o ver de lejos y para cada ojo; Sistema de Faros automovilísticos para no tener que cambiar luces altas o bajas en carretera. Sistema de cámaras y pantallas de video simples y de 3D, Libro electrónico, una televisión portátil en forma de libro, que pueda almacenar en su memoria todos los libros de su año o su carrera y de leer libros provenientes de Internet, y ahora estoy trabajando en un sistema óptico y quirúrgico para curar la maculopatía (ceguera senil). 99


Debo reconocer que en todo esto me mueve la avaricia; por ejemplo, se decía hace unos 40 años que había unos 20 millones de aparatos de televisión solo en los Estados Unidos; otra tanto en la América Latina, y dos tantos mas en Europa y Asia. Esto hacía un total de 80 millones de aparatos en el mundo, vendiéndose cada año. Si yo obtenía la patente de la televisión tridimensional, por ejemplo, y conseguía regalías de solo 10 dólares por aparato, recibiría yo, sin hacer nada, unos 800 millones de dólares por año. Para celebrar el acontecimiento Iba a invitar a mis familiares y amigos a un paseo alrededor del mundo. No se preocupen por los pasajes, nos vamos a ir en un avión propio; no se preocupen tampoco de ropa, yo se las compró en el camino; tampoco se preocupen por hospedaje, vamos a ir comprando hoteles sobre la marcha. Pos que fumaste, tío.

100


Caro

C

onocí a Caro felizmente casada, cuando ella y su marido visitaban a sus compadres: mi cuñado y mi hermana, a la que yo visitaba en ese momento. Recuerdo que me gustó su pelo rubiecito (creo que era su color natural), sus ojos café claro, muy risueños, y sus piernas, delgadas y bien torneadas, de bailarina. Yo, recientemente divorciado, andaba en otras cosas y este encuentro no pasó a nada más, por el momento. Yo vivía solo y, para distraer mi soledad, salía seguido por las noches, con algún amigo, a clubes nocturnos y salones de baile. Confiando en mi buen bailar, era medio aventado y trataba de sacar a las más bonitas, cosa que a menudo conseguía, pero nada más. Conocí muchas mujeres y bailé con ellas, pero ahí terminaba todo. 101


Empecé en ese tiempo a frecuentar a mi madre y a mi hermana, que vivía al lado. Los jueves invitaba a mi madre, viuda desde hacía muchos años, a comer en el restaurant de enfrente, y los sábados ella me invitaba a cenar en su casa. Con el tiempo estas reuniones sabatinas se fueron enriqueciendo con la presencia de mis hermanos y a veces hasta de invitados; entre estos últimos estaba Caro, hermana de mi cuñado. Esto sucedía unos dos años después de nuestro primer encuentro, pero asistía ella ahora sin pareja, acompañada por tres o cuatro amigas. Me enteré que estaba separada de su marido, viviendo sola con su hijo, de 17 años. No quiso dejarse ganar por la tristeza y la soledad, y empezó a salir con amigas a bailar, pero nunca coincidimos; ella iba a lugares distintos a los que yo asistía. No se le conocía compañía sentimental, aunque tenía varias parejas de baile. Ella sola y yo solo, y aficionados ambos al baile, pues…teníamos que vernos más seguido. Las primeras veces, en casa de mi madre, se tocaba música de discos y Caro y yo bailábamos. A ambos nos gustaba el tango y seguro que lo hacíamos bien, pues frecuentemente, cuando terminábamos de bailarlo, nos aplaudían con entusiasmo. Un fin de año, pasadita la media noche, me invitó Caro a terminar la fiesta en una reunión con sus amigos. Al salir le dijo a su hermano: — me voy a robar a Panchito; y él le contestó: — a mi cuñadito, si quieres, échatelo. me extraño mucho su respuesta, sabiendo que era muy celoso, pero ha de haber pensado: con tanto barbaján suelto, mejor con él que con cualquiera. Caro no oyó o no 102


se dio por enterada. Tal vez por las copas que yo ya traía y las que me tomé después, no recuerdo mucho de esa noche, nada que ver con la recomendación de su hermano. Lo que sí sé es que fue el inicio de un largo caminar juntos, que lleva ya más de 10 años. El domingo siguiente la invité a comer. Fuimos a un restaurant frente a la Macroplaza. Al salir, en mi automóvil, estacionado ahí cerca, le dije que era muy guapa, que me gustaba mucho, y la besé. No se enojó, pero me dijo que no estaba bien; ella era romántica, sentimental y sensible; podría enamorarse y no veía en mí tales intenciones. Le aseguré que podía contar conmigo como un amigo fiel, pero que, después de tantas decepciones por la que yo había pasado, le dije una cursilería: “en el banco del amor ya no tengo saldo”. No obstante, empezamos a vernos como pareja, de manita sudada y todo. Me fui enterando que era muy popular. Conocía a mucha gente y era ella a su vez muy conocida. Formaba parte de varios grupos: el de los viernes, el de Veracruz, el de la cafetería, el del bar de Sanborns, el de la calle de Chelita, el del Rucos, y otros que no recuerdo. En nuestra primera cita como pareja, me llevó al grupo de los viernes. Era este formado por mujeres solas: divorciadas, separadas, viudas, que se juntaban los viernes en sus casas o en algún restaurant. Les aseguro que todas eran muy guapas y bien formadas. Yo jugaba en ese momento un rol en la vida de Caro: ya no era una mujer abandonada y sola, sino que tenía pareja, un hombre no feo, profesionista de cierto prestigio, inteligente, platicador y bueno para el baile, pero eso sí, muy modesto. Por lo mismo, sin compromiso sentimental, no había celos y yo me permitía coquetear un poco con las muchachas, bailar con ellas en sus reuniones 103


y hasta admirar sus formas sin ningún problema. Estas reuniones, en las que yo era el único hombre, alimentaban muy bien mi autoestima. Una noche fuimos a un lugar que le habían recomendado a Caro; un club deportivo que los sábados hacía reuniones para los socios, pero abiertas al público. Entramos, pero no habíamos hecho reservación y no encontramos mesa. Sin embargo, Caro encontró ahí, no podía ser de otra manera, a dos amigas en una mesa para seis. Caro las saludó de lejos y nos invitaron a su mesa. Ya éramos 4, tres mujeres y yo, pero en un momento llegaron otras dos y se sentaron con nosotros; ahora éramos 6. Un rato después llegaron otras cuatro y llegamos a 10. El mesero puso en el centro del salón una mesa grande y ahí nos acomodó a todos. Yo estaba feliz, solo, rodeado de mujeres todas de muy buen ver. Me hubiera gustado que me vieran mis amigos y mis clientes, para que se dieran cuenta que no solo servía para hacer cálculos de ingeniería, pero solo había un conocido: un ingeniero con muy buena voz, que cantaba en el lugar y oficiaba como maestro de ceremonias, el que nunca se acercó a nuestra mesa. No falta un pelo en la sopa; pasaron cerca de la mesa tres jóvenes y uno de ellos dijo, en voz suficiente alta para que todos lo oyeran: este viejo chinche ha de tener harta lana, o un cañón de acero, que corearon risas alrededor. Pura envidia, pensé yo, pero que injusticia: todo mundo sabe que yo no tengo… harta lana. Las anécdotas con Caro, la mayor parte relativas al baile, especialmente tangos, son muchas. Aquí van algunas. 104


Fuimos un sábado en la noche al lobby-bar de un Hotel en el centro de la ciudad, que es usado como salón de baile, amenizado con dos conjuntos, uno tropical y otro romántico. Se notaba que había parejas muy buenas para bailar la Salsa, jóvenes que lo hacían con soltura y maestría. Al entrar el otro grupo la música se hacía más lenta y quedaban menos parejas en la pista, los de más edad. Se transmitía esa noche por TV un clásico de futbol y el salón de baile estaba repleto; detrás del mismo se encuentra un restaurante-cafetería abierto al público, que también estaba lleno. Muchos de los comensales tenían vista hacia la TV y la pista de baile, aunque los de más atrás tenían que ponerse de pié para poder hacerlo. El tango es un baile que ya poco se toca, de mucho contacto físico y muy sensual; recuerdo que antes se decía que bailar tango era como hacer el amor de pié, y con música. El hecho es que había muy pocos que lo supieran bailar, y los que lo intentaban simplemente lo hacían improvisado con pasos de salsa, quitándole el contacto y el galanteo. Por lo mismo, pocas veces se veía una pareja bailándolo, fuera de las películas viejas o en revistas musicales, y llamaba mucho la atención. Una de las cantantes del grupo tradicional preguntó si lo estábamos pasando bien y si queríamos bailar alguna música en especial. Yo levanté la mano y pedí un tango. Después de un momento de duda, pues esto no es común, empezaron a tocar “Por una Cabeza”, el tango en ese tiempo más conocido por la película Perfume de Mujer; donde un Al Paccino ciego, bailaba con una bella, joven y fragante mujer. Con los primeros acordes, empezamos nosotros a bailar, y las otras parejas, desconociendo los pasos, empezaron a abandonar la pista y…nos dejaron solos. 105


Nos solazamos con el baile; abrazos, apretones, arrejuntones, quiebres, giros, remates, todo el servicio; Caro es una bailarina excelente; nos dimos gusto bailándolo y, por momentos, nos olvidamos de la gente. Al sonar los últimos compases ella giró, me dio la espalda y yo la atraje hacia mí, quedando abrazada en esa inusual posición al dar la última nota. Hubo un instante de silencio; levanté la vista y pude observar que tanto la gente del salón como los del restaurante estaban parados, viéndonos, y, de repente, se soltaron los aplausos y hasta oí algunas exclamaciones: ¡¡¡échatela, échatela!!!. Vi a Caro y estaba tan sorprendida como yo; se le veía gustosa y feliz. Cuando volvimos a nuestra mesa vinieron a saludarnos y felicitarnos varias gentes, preguntando si éramos argentinos o si dábamos clases de baile. Después de esa noche, siempre que volvimos a ese lugar, fueron muchas las veces…nos tocan un tango. En otra ocasión nos invitó un hermano de Caro al cumpleaños de un amigo suyo. Este hermano había sido novillero años atrás y conocía muy bien al cronista taurino que esa noche se festejaba. Lógicamente, la música de fondo era en su mayoría pasos dobles, relacionados con el tema taurino. Este tipo de música pasó de moda hace tiempo; ya casi no se toca, excepto en plazas de toros, y casi nadie la sabe bailar. En la pista las parejas lo bailaban con pasos de salsa, que no se adaptaban bien, o se retiraban a sus asientos. El paso doble simula, se dice, a un torero y su capote en su lídea con el toro. El hombre es el matador y la mujer la capa. Esta sigue acompasadamente al torero durante sus paseos por el ruedo: cambia a giros y vueltas en lances como las chicuelinas, y luego lo acompaña como muleta, 106


girando y siguiendo al hombre y al toro en su recorrido, hasta el lance final, la estocada, que termina en un ademán de triunfo, viendo al toro vencido a sus pies y saludando victoriosamente al público. La reunión estaba un poco aburrida, con muchos pasos dobles mal bailados como música tropical, o con la pista vacía, desairada por parejas que no sabían cómo bailarlos. Se sentía además mucho barullo. La alegre música tocaba y tocaba, pero nadie parecía oírla o hacerle caso. Aprovechando la pista desocupada, al tocar el primer paso doble de la parada, Caro y yo salimos a bailar. De entrada, después de tres o cuatro pasos seguidos, se dejó dar dos vueltas a la derecha y una en sentido contrario, girando ella sobre su pie, simulando una serie de chicuelinas. Traía ella pantalón, pues, si no, la falda se hubiera levantado hasta su cintura. Sentí que el ruido sordo del local se cambió a silencio, y luego a un largo AAHHH, de sorpresa; habíamos captado su atención. Seguimos con pasos y giros como de lances de muleta y terminamos con una figura, como la que hace el torero frente al toro muerto y…se dejó venir el aplauso. Con esto la gente se animó a bailar (son puros pasos seguidos, como caminar rápidamente), y la pista se llenó. Sin querer, animamos la fiesta: enseñamos como bailar Paso Doble en una sola lección. Otra noche fuimos a un salón de baile en otro elegante hotel del centro. Era la primera vez ahí, pero Caro conocía, como no, a la cantante del grupo. Empezó a cantar “No llores por mí Argentina”, una balada de tipo operístico, compuesta precisamente para la revista musical, y después la película, del mismo nombre. Usualmente no se baila, por su coreografía teatral, pero si se pone atención es algo así como un tango lento, valseado, de pasos largos y pausados, que uno puede bailar si se quiere y si se 107


cuenta con una buena pareja que te siga. Caro baila bien todo. La pista estaba completamente vacía, pero a Caro no le importó y salimos a bailar la música argentina. La gente había dejado la pista porque esa pieza nadie la baila, pero se quedó alrededor, esperando que la cantante terminara. El que Caro y yo empezáramos a bailar fue una sorpresa para todos; hasta para la cantante. Después de muchos pasos valseados y algunos giros tangueros, siempre al compás de la música, rematamos con un paso desplegado, como el de la fotografía que encabeza este capítulo, y, como ya se estaba haciendo costumbre, nos aplaudieron con entusiasmo. La cantante agradeció a su amiga Carito y su ingeniero, por haberle coreografiado, por primera y, tal vez, última vez, su canción. No es nada…solamente perder por un rato la vergüenza y seguir el ritmo. Actualmente, aunque el tango sigue sin tocarse en los salones de baile, ya se están enseñando por, ejemplo, en la Universidad Regiomontana, el Instituto MexicanoNorteamericano de Rlaciones Culturales y en academias particulares, por lo cual ya se ven más personas bailándolo, y haciéndolo muy bien. Anécdotas como esta se repitieron en muchos otros lugares: el sótano de baile del Hotel Los Reyes, Las noches del Gallo, El Bistro, Bebo´s, Cubita la Bella, El Patio del Tango y otros, en el barrio antiguo de Monterrey, y en muchos casamientos y fiestas particulares en que llegamos a ser una variedad obligada. Imagínense ustedes, una vez a la semana durante unos 10 años son 500 salidas, a bailar o de bohemia. Muchas horas de diversión y aprendizaje. La pasamos siempre muy alegres. … 108


A mí nunca me gustó mucho manejar, aunque lo hacía cotidianamente por la necesidad de transportarme. Era, y sigo siendo, muy distraído. Mientras manejaba iba pensando en mis pendientes del trabajo, poniéndome seguido en la fila de los camiones de pasajeros, parando en cada esquina; yo lo hacía sin darme cuenta, pero era muy desesperante para mis acompañantes ocasionales. Además, hace tiempo estuve nervioso y me recetaron calmantes, pero estos bajaban los reflejos musculares y me prohibieron manejar; por eso yo prefería traer chofer siempre que se podía, generalmente alguno de mis hijos. Para acabarla de amolar recientemente empecé a tener problemas de la vista, que me impidieron manejar de noche. Por el contrario Caro es siempre y a toda hora una conductora excelente. La primera vez que me acompaño en mi automóvil se cansó de mi manera de conducir y me pidió manejar ella el resto del camino. Acabó por ser ella la que manejara y me llevara a los lugares a los que vamos juntos. No era raro que ella pasara por mí, nos fuéramos juntos a bailar o a oír música, y me devolviera a mi casa, siguiendo ella sola su camino a la suya. Debo agregar que Caro hace esto todos los días, al visitar a sus comadres, amigas y parientes. Es una mujer muy independiente y activa y odia la soledad y la inactividad; es muy difícil que se quede sola en su casa. Caro no se lleva muy bien con el reloj y es impuntual por naturaleza. Seguido me avisaba que nos veríamos “entre 7 y 7:30”, por ejemplo, pero llegaba a las 8:30, con una hora o mas de retraso. Nunca se disculpaba por eso; ella es así y yo debía acostumbrarme. Sin embargo, fue esta la causa de algunas discusiones. Es mal hablada. Con toda facilidad suelta palabrotas que se oirían mal en un hombre, mucho más en una bonita boca de mujer. A pesar que es la mujer más independiente del mundo tiene muy fija la idea que es el hombre el que 109


debe pasar por todos los gastos de la pareja. Varias veces le oí decir “no ha nacido el cabrón al que yo tenga que pagar por algo”. Si va a un restaurant con amigas, cada una paga lo que consume, pero si va conmigo yo tengo que pagar por los dos, igual si va al cine, o el teatro. Yo no tengo mucho inconveniente; de hecho, en las 500 o más veces que hemos salidos juntos siempre he sido yo, sin ninguna excepción , el que paga por todo. Lo que me molesta es la obligación de “al que quiera azul celeste…que le cueste”, como si en la pareja hubiera una sola parte creyente y otra pagana. Está convencida que lo que ella haga está bien hecho, porque así es ella, y uno tiene que apechugar. Una vez en que yo le reclamé algo que no me había gustado, ella me dijo: te voy a regalar un disco de “Acéptame como soy”, con Manoela Torres, que yo entendí como, o me aceptas como soy o…búscale. Yo le conteste diciéndole que yo tenía también un disco que le quería regalar; “Ni que valieras tanto” del grupo Pesado. Aunque se trataba de un simple intercambio de discos, mi contestación la tomo como un insulto (yo sí, tu no); no le gustó nada, y dejó de hablarme por varias semanas. Alguna vez pensamos en casamiento, pero no se podía. No estaba ella divorciada, solo separada, y tenía razones para no divorciarse. La casa donde vive es mancomunada con su marido. Pensaba ella que, si se divorciaba, su marido podía reclamarle la mitad que le corresponde. Quiere que su hijo herede la casa sin tener que compartirla con nadie. De recién separada se le diagnosticó cáncer de mama y se sometió a una mastectomía y quimioterapia, realizadas en el Seguro Social. Sin embargo el Seguro la dio como curada y no quiso seguir con más tratamientos, que han resultado necesarios hasta la fecha. Caro recurrió 110


entonces al Seguro médico de Pemex, en donde su marido es derechohabiente y ella beneficiaria; prestación que terminaría al cesar la relación marital. Para ella el divorcio era como una sentencia de muerte. No obstante, dado que siempre nos ven juntos en reuniones, fiestas y pachangas, mucha gente piensa que estamos casados o que…ejercemos sin título; su propio hermano alguna vez le dijo: “a mi cuñadito, si quieres, échatelo”, y más recientemente, al ser invitados a un casamiento fuera de la ciudad, en donde tendríamos que pasar la noche en un hotel, no necesariamente juntos, su hijo, en una broma mal intencionada le dijo: “dile a tu novio que se lleve una tina de Viagra y un tanque de oxígeno, para que te pueda cumplir, y luego, para que no se te muera” ja ja ja. Somos mayores de edad, la pasamos bien juntos, somos felices…que la gente diga lo que quiera. No obstante, con el paso del tiempo la relación se ha desgastado: primero, porque empecé a fatigarme mucho al bailar, terminando una pieza sin aliento; a ella le sucedió después algo similar y empezamos a espaciar los bailes. Después, porque empezó a faltarme el trabajo y ella, para evitarme los gastos, ha dejado de invitarme o de de querer ir a bailes o tocadas de paga; la única diversión que tenemos ahora es la de ir al cine, la más económica de todas. Por último, hemos ido perdiendo la paciencia; nos enojamos con facilidad y nos dejamos a veces de hablar por semanas…pero siempre volvemos. Viviendo separados, viéndonos una vez a la semana y en algunas ocasiones especiales, ya quisieran muchas parejas felizmente casadas ser como nosotros.

111


112


La pastillita Azul

H

abía oído hablar mucho de la pastillita, pero no encontraba a ningún amigo que la usara. Yo mismo no estaba seguro de necesitarla, porque nunca me había hecho falta…hasta ahora. Sin embargo nunca falta una primera vez. Estaba divorciado, esperando que en algún momento no muy lejano, recibiría en mi casa a una mujer, divorciada como yo, que estuviera dispuesta a todo. Pero yo no me sentía seguro. Fui con mi médico y le consulté el asunto. Él me habló de la atracción física, de que la mujer debía ser provocativa y cariñosa, que todo dependía del estímulo, etc.; y que no me preocupara; las cosas, llegado el momento, se darían por si solas. —No me des consejos, le dije, dame una medicina; no quiero fallar. 113


Se hablaba ya del Viagra, pero con mucho misterio y precauciones, incluso del peligro de un infarto. Mi médico, muy joven, no la conocía y no quería arriesgarme. En una reunión con amigos de mi generación, todos sesentones, uno de ellos empezó a platicar de la pastilla azul. Me sorprendió ver que todos estábamos en silencio y muy atentos, oyendo la plática. Me imagino que todos estábamos en la edad de tener problemas de pareja. En las farmacias, dijo él, te piden receta médica, pero es muy difícil conseguir una. Sin embargo, había un lugar misterioso, donde la vendían de contrabando, sin receta (sentía yo como si se tratara de adquirir cocaína o mota). No obstante el temor al infarto subsistía, y no era la cosa como para hacerse exámenes cardiológicos completos solo para obtenerla, y luego, podía ser que no se presentara la oportunidad de usarla, o que de plano no ayudara nada. Platicando del asunto aquí y allá me enteré que había gente que ya la usaba, incluida un amigo veinte años menor que yo, que decía usarla, no para remediar una falla o disfunción, sino para ganar confianza. En internet encontré mucha información que desvirtuaba la leyenda de peligros cardiacos inminentes, prohibiendo el uso solo a los que tomaban un tipo específico de medicamento. Para su venta la receta médica era recomendable, pero no obligatoria; inclusive se conseguían las mentadas pastillitas en la red, desde una hasta un frasco de 50 pastillas. Que absurdo, pensé yo, si alguien piensa hacerlo 50 veces, para que quiere el medicamento? Bueno, pues llegó el momento en que necesitaba comprar una, y después de darle muchas vueltas al asunto... me decidí y me metí a una farmacia. Me sentí como cuando hacía años, entraba uno a la farmacia para comprar un preservativo (la palabra 114


“condón” era entonces casi prohibida, y ahora la anuncian hasta por televisión). Buscaba uno dependientes hombres, y pedía el articulito en voz baja, para que nadie se enterara. A veces el dependiente, para vacilar, preguntaba por el tamaño, a lo que uno estaba obligado a contestar: el más grande, por favor, no faltaba más, pues uno chico o mediano sería tema de risas. Volviendo al asunto; cuando entré a la farmacia busqué un dependiente varón, pero no había, solo dos mujeres; una en la caja y otra en el mostrador de medicinas. Por un momento pensé en pedir una caja de Sal de Uvas Picot y salirme del lugar; pero me armé de valor y le dije a la cajera: — ¿tienen Viagra?, estoy seguro que la cara se me puso roja de vergüenza, pues esto significaba “voy a tener relaciones y mi instrumento no funciona correctamente”; sino, para que comprarla? — Sí señor, pase al mostrador, me contestó ella; me dirigí hacia allá con la mayor naturalidad posible, y pregunté: — Señorita, puede venderme una pastilla de Viagra sin receta? — Si señor; solo me la enseña y se la cancelo. — Si se la enseño, seguro que me la vende sin receta, pero si me la cancela, entonces para que me sirve la pastilla? — La receta, señor, me enseña la receta. y se la cancelo como usada una vez. Usted tiene derecho a usarla dos veces. — La receta?, le pregunté yo, pero ya no aguanté la risa, y esta vez me salí sin comprar nada. Me subí a mi carro, en el estacionamiento de la farmacia, y pude ver que las dos mujeres estaban junto a la caja, riéndose a carcajadas. 115


Más tarde me día cuenta que esta pastilla se vendía sin receta alguna hasta en las boticas de los centros comerciales, lo que faltaba en ese tiempo era información. Al final pude comprar una; la dependienta me preguntó: 50 o 100?, y yo le contesté; deme una de 100 (yo me conozco, pensé, ya veremos después como se presenta la cosa). Yo pensaba que, dado el caso, no la necesitaría, pero no me sentía seguro. También pensé que si tomaba la pastilla y no daba resultado, iba a perder hasta a la mujer, tal vez para siempre. Tampoco quería arriesgarme. Entonces, me dije: voy a probarla antes yo solo, aunque es posible que no funcione sin la presencia de una dama (recordé que aquel amigo que me dijo que usaba la pastilla para ganar confianza, también me dijo que cortaba en 4 pedacitos una pastilla de 100 mg y que se tomaba un cachito antes de ir a la cama. Le había ido muy bien así, y su señora estaba muy contenta). Pude esa noche haberme tomado solo un pedacito, pero me la jugué; antes de dormirme me tomé la pastilla entera. Todas las noches es común que me despierte dos o tres veces para descargar la vejiga; esta no fue la excepción, pero esta vez fue distinto: al dar la vuelta hacia el borde de la cama para ponerme de pié, me caí hasta el suelo; sentí como un gran peso en el centro de mi cuerpo, que me jalaba hacia el piso. Sorprendido, y con la luz apagada, me levanté del suelo y empecé a caminar rumbo el baño, pero sentía dificultades al caminar, tropezándome con un objeto extraño, grande y pesado, entre mis piernas. Todavía medio dormido entré al baño y prendí el foco. Cuando intenté hacer mi nocturna necesidad, por poco me caigo de la sorpresa: aquello no era posible, como dijera la cubana “cosa ma´ grande, chico”. No era posible; la vista me engañaba. Pensé tomarme una foto o un video con mi celular, pero recordé que nunca había comprado uno. Por 116


fin entendí todo: el Viagra era psicotrópico y causaba alucinaciones, o bien hacía que las cosas se vieran muy grandes, como con anteojos del número 4, así que me tranquilicé, me tomé un Simplex y me devolví a la cama, a seguir durmiendo. Como buen ingeniero quise saber que había pasado en realidad; pensé en una comprobación confiable: llamé al otro día a una buena amiga (científica también, que me ayudaba con gusto en estas investigaciones), como testigo del experimento, y, una hora antes de que ella llegara, me tomé la pastilla. Esta vez solo la mitad, no quería perder la noción de la realidad ni la vista. Cuando me vio me dijo, olvidando de momento el carácter científico del asunto: — mi querido ingeniero, esa cosa ve a enseñársela a la más vieja de tu casa; yo no le entro. Le expliqué que se trataba de demostrar la eficacia del producto y que no se trataba de una simple alucinación. Que no se pedía que ella le entrara, sino todo lo contrario. La convencí, y unos minutos después, con mucha satisfacción de ambos, pudimos comprobar que no era una ilusión, sino cosa cierta: que el producto era muy bueno para lo que había sido concebido, y que además no tenía efectos secundarios evidentes. El experimento fue todo y éxito. Lo único es que cada vez que nos volvemos a ver siempre me pregunta, con cara de incredulidad: — tomaste algo?

117


118


Gloria

C

uando yo tenía 7 años mi padre fué a la Cd. de México, para encabezar una oficina del gobierno del D.F. Toda la familia lo acompañó para residir en la capital del país. Todos los fines de semanas salíamos en el automóvil a recorrer los lugares, pueblos y ciudades vecinas, y todo el camino se lo pasaban mi padre y mi madre cantando a capela; él entonando la primera voz y ella haciendo la segunda. Sentía yo muy bien que ambos cantaban la misma melodía y las mismas palabras, pero el modo era distinto: mientras la letra y la música coincidían cuando mi padre cantaba, parecía que las notas cambiaban cuando las cantaba mi madre. No entendía como dos tonadas tan distintas se oían tan bien cantadas juntas. Con el tiempo aprendí que las notas de la segunda voz estaban desplazadas un par de tonos hacia arriba o hacia debajo de 119


la tonada principal o primera voz. Si, por ejemplo, la primera cantaba una sílaba en Do, la segunda la contaba en MI, saltando una nota intermedia, la Re. Tocando en el ´piano una tonadita fácil, usando el dedo índice para la melodía, y el dedo medio saltando una tecla, el índice llevaba la primera mientras que el medio hace la segunda. No es siempre así, pero en general es la forma más sencilla de explicar las dos voces. También me dí cuenta que para cantar la primera se necesitaba una voz fuerte y entonada, parecía fácil, mientras que para la segunda se necesitaba buen oído para acompañar armoniosamente a la primera. Me gusta cantar, y oir canciones a dos voces, pero preferí siempre llevar la segunda voz. Muchos años después, conocí un restaurant bar muy singular, El Roble, que abría durante el día; se localizaba en un barrio no muy elegante de una colonia popular. El lugar no era gran cosa, y el amueblado era muy sencillo: mesas y sillas de lámina de las que proveen gratuitamente las cervecerías; sin embargo la clientela era una mezcla extraña, de persona pudientes y teporochos, personas ricas y pobres, y la gama de condiciones sociales entre ambas, compartiendo el mismo espacio. Entiendo que lo que hacía explicable tal concurrencia eran básicamente dos cosas: una excelente comida, principalmente de mariscos, y el gusto bohemio por las canciones populares. El lugar ponía a un pianista, un par de ritmos, y una cantante, pero eran los parroquianos los que usualmente cantaban, si así lo querían. Se formaban duetos y tríos y aun coros entre las mesas, acompañados por el piano y los ritmos. Otros nada mas escuchábamos o tratábamos de hacer la segunda a la cantante, interpretando temas populares, principalmente corridos, pero también boleros y lo que le pidieran. Su 120


nombre artístico era Gloria., con un apellido tomado probablemente de un famoso general revolucionario, Una vez, cuando Gloria cantaba un corrido, desde mi mesa empecé a hacerle segunda. Yo creo que mi voz le gustó, porque me invitó a pasar al micrófono para cantar juntos. Yo iba a ese lugar a comer una vez a la semana y ella siempre me invitaba a acompañarla, llamándome por mi nombre. Entre dos personas en dos mesas separadas, se había constituido un dueto, que regularmente cantaba por la tarde. Por alguna razón se enemistaron y por un tiempo dejaron de cantar juntos. La que mejor les salía era La Negra Noche, especialmente por su excelente segunda voz. Esta pieza la cantaban dos grandes artistas, Jorge Negrete y Pedro Vargas, obviamente a dos voces, una interpretación clásica entre las canciones mexicanas. Cabe decir que era una de las que cantaban mis padres. Por varias semanas estas dos personas ni siquiera se dirigían la palabra, pero en una ocasión, el piano empezó con la introducción de La Media Noche y uno de ellos, la primera voz, comenzó a cantarla. Al comenzar la segunda estrofa el cantante de la otra mesa empezó a entonar la segunda voz, siguieron juntos hasta el final. Al sonar la última nota los dos personajes se acercaron y dieron un abrazo de reconciliación, mientras se dejó oir un gran aplauso se toda la concurrencia. Varias semanas más tarde la cantante no apareció. Nos explicó el pianista que se había ido a otro lugar. Yo también deje de ir. Supe tiempo después, que se había inaugurado un nuevo club nocturno llamado La Cita, por el barrio del Obispado, donde se cantaban boleros románticos, encabezados por Chago Morales, famoso cantante local, y…Gloria. 121


En un cumpleaños mío, invité a un pequeño grupo de amigos a La Cita. Gloria ya no cantaba corridos, sino música romántica. El lugar estaba a media luz, como se acostumbra en esos lugares, de modo que era difícil ver a las personas en las mesas, Aun cuando si se veían bien a los artistas, iluminados para el efecto. Cuando empezó a cantar Gloria, a la que tenía meses de no ver, empecé a hacerle segunda. Ella oyó mi voz, aunque no podía verme, y anunció: tenemos entre el público al ingeniero Fulano (ahora yo), que canta muy bien la segunda y que invito a que me acompañe. Me dio mucho gusto, primero, porque me reconoció por mi voz y me invitó a acompañarla, y, segundo, porque mis amigos se darían cuenta que yo cantaba y era conocido en esos lugares. Esa noche salí feliz. Pero también aquí duró poco. porque una ampliación del edificio o la calle, no re cuerdo bien, hizo que el lugar cerrara. Estaba yo haciendo tiempo después un proyecto de ingeniería para una empresa de vidrio. El encargado del proyecto y dos o tres de sus ayudantes, nos hicimos buenos amigos. Para retribuir en parte sus atenciones, los invitaba los sábados a comer. En una ocasión ellos recomendaron un restaurant bar por el rumbo de Santa Catarina. El lugar estaba muy bonito, y, además de buena comida ofrecían una variedad con una cantante popular. Mi sorpresa fue que la cantante era Gloria. Aquí se repitió lo sucedido en el club nocturno; la cantante me vio y, como de costumbre, me invitó a acompañarla en el foro. Me gustó mucho, pues mis amigos vieron que además de calculista de estructuras era un cantante regular. Asistimos a este lugar por varias semanas, hasta un día en que, en una mesa vecina, vi a una primita muy joven y guapa, y un par de amigas, con las que me hubiera gustado 122


quedar bien, y pensé que se iba a sorprender al ver que me anunciaban como acompañante de la cantante. Al llegar junto a Gloria ella me recriminó en voz alta que me veía respirando fuerte, que no me iba a alcanzar la voz y que, además, estaba yo… muy gordo. Es cierto, había aumentado yo de peso, pero ella no era tampoco una varita de nardo: quedé muy disgustado; la compañé un par de canciones, hubo aplausos, me retiré a mi mesa. y por mucho tiempo no la volví a buscar. Meses después fui con mi novia a un nuevo lugar del centro antiguo de la ciudad. El elenco era el mismo de aquel centro nocturno, La Cita, ya desaparecido, Ahí estaban Chago y Gloria. Se veía muy guapa, con una peluca rubia y un elegante vestido de noche. Esta vez vino a mi mesa, le presenté a mi pareja, y me invito a cantar. Acepté con gusto y cante con ella un par de canciones. Poco después el lugar aquel cambió de dueño, los cantantes se fueron a otra parte, no supe donde. No la he vuelto a ver desde entonces. Algunas veces he pensado que pudimos haber sido pareja, no solo de canto, sino en lo sentimental; pero al principio yo estaba aun felizmente casado y era un marido fiel; aparte de que ella nunca me miró de esa manera, y, excepto en alguna ocasión que me invitó a su casa para recoger un disco suyo, a la que yo me disculpé, nunca nos tratamos y nunca estuvimos solos. Ni siquiera supe su estado civil ni su nombre verdadero. Tal vez ahora sería distinto. Pero… No sé donde está ni que pasó con ella.

123


124


El telefonazo

E

ran como las 5 de la tarde cuando sonó el teléfono. Al contestar, una voz me dijo, en forma muy respetosa y atenta:

— Está el Sr. Francisco? .a lo que yo respondí — Sí, soy yo, en que les puedo servir? Es muy común que me llamen últimamente para ofrecerme tarjetas de crédito, que ya tengo y que, desafortunadamente, está actualmente con muy poco saldo, a la que yo respondo negativamente. Estaba esperando una solicitud de ese tipo, pero esta vez fue totalmente distinta: — Sr Francisco; somos un grupo militarizado (yo pensé en el ejército que actualmente ronda nuestras 125


calles) y estamos apostados a tres cuadras de su casa, en el número fulano. Ya entrevistamos a sus vecinos y en general hablan bien de usted, que es una persona trabajadora de bien, que no se mete con nadie — Se los agradezco, pero, qué puedo hacer por ustedes? — Sabemos que de su número telefónico salió una llamada a la policía denunciando tres o cuatro camionetas sospechosas frente a su casa; yo lo interrumpí y respondí — No señor, yo no he hecho ninguna llamada. De hecho, estoy parado frente a la ventana de la calle y no veo ninguna camioneta, y además no se como decir si son sospechosas o no. — Bueno, pero tal vez llamó algún familiar. — No, le respondí, vivo aquí solo con mi hijo, y el tiene su propio teléfono. La llamada no salió de aquí. El agregó: — No me he explicado correctamente, diciéndome enseguida: — somos un grupo llamado como la ultima letra del alfabeto, y yo personalmente soy el comandante La Bestia, me entiende ahora? — Si, le entiendo, son ustedes los famosos Zetas; y que quieren de mí? — Solo queremos platicar con usted para ver la manera de que se desdiga de la denuncia y llegar a un acuerdo. Como mi negocio anda ahora muy mal, que hace 4 meses que no tengo trabajo y que la última factura aún no me la han pagado, contesté con enojo: — Se equivocaron de número; en esta casa lo que menos hay ahora es dinero, así que vengan y mátenme de una vez. No les puedo dar ni un peso. El tono cambió de repente de respetuoso y atento a chafa y grosero. 126


— Y quien te dijo, pendejo, que te estoy pidiendo dinero?; nosotros tenemos mucho más dinero que tú, cabrón, y lo que nos sobra es lana. Lo que vamos a hacer es ir a tu casa, tumbarte la puerta y cortarte la cabeza a ti y a tu hijo, cabrón. No sé de dónde saqué el valor, estaba asustado y temblando de coraje, pero le contesté. — Está bien, pero mientras ustedes llegan llamo a la policía. Él contestó: — La policía en nuestra, no seas pendejo, llámala si quieres, pero antes de matarte te vamos a coger entre todos; te vamos a cortar después la cabeza y la vamos a tirar en medio de la calle. Ahí corte (recordando el anuncio de la televisión que dice: oiga, cuelgue y llame al 066; ahí le dirán que hacer) llamé inmediatamente a este número. Me contestó una dama muy atenta y me pregunto que para que hablaba. Le recordé el anuncio de la tele y ella me dijo, sí, aquí es, que le sucedió?. Le relaté la llamada que me acababan de hacer y me dijo que había yo hecho bien, que conservara la calma y me dio tres números de teléfonos que reconocí como del Gobierno del Estado por sus comenzar con 2020. Contestó un hombre identificándose como del grupo anti- secuestros del Estado. De nuevo relaté el telefonazo amenazador y ellos me dijeron: No se alarme; recibimos nosotros 30 o 40 reportes de esos telefonazos ´por día, y nunca pasa nada. Ellos llaman a números del directorio telefónico y algunas otras bases de datos como las de las de las redes sociales. Las llamadas se hacen de lugares muy lejanos; por eso preguntan por el suscriptor de la cuenta; no conocen nada de usted, ni les interesa. Ellos cobran a los que caen en sus amenazas. 127


Usted no debió discutir con el que le llamó ni darle ningún dato. ni si es rico o pobre ni si tiene o no familoiares en su casa. Simplemente óigalos el mayor tiempo que pueda, para que gasten su saldo de tiempo aire de su celular, y cuelgue. Su teléfono ya lo tenemos registrado; no es probable que lo vuelvan a llamar, pero si lo hacen puede usted volver a llamarnos si lo juzgue necesario. Solo le recomendamos que guarde la calma. haga su vida normal y avise a sus familiares. Por el momento descuelgue su teléfono por una media hora. Nada más. Recuerdo que me dijeron también que según su experiencia estas gentes no volvían a hablar otra vez donde la primera no consiguieron nada. Por lo pronto colgué con ellos y llamé a mis hijos para avisarles lo sucedido. Enseguida llamé a mi hermano y él me dijo que hacía una media hora que le habían hablado a él; lo que confirma que están siguiendo el directorio telefónico. Me recordó entonces que hacía unos 6 meses había sucedido lo mismo: nos hablaron a los dos el mismo día, y casi a la misma hora, y después, hasta ahora, las llamadas no se habían repetido y no sucedió absolutamente nada… fuera del susto, el mal rato, y el temor de moverte de tu casa. De cualquier modo nuestras costumbres cambian: puedo ir a comer con mi hija?; puedo visitar a mis hijos o mis amigos? Cuando salgo de mi casa en el automóvil, debo de cuidar si no me siguen o me vigilan?. Puras cosas nuevas. Esperamos, mi hermano y yo, que eso sea todo.

128


129


El rancho se extendĂ­a hasta donde alcanzaba la vista

Donde abrevaba el ganado

Vaqueros y caballos en estampida

130


Indumentaria de gala del tío

Vacaciones en el Rancho

M

i padre, de 27 años, Licenciado en Leyes, político activo, aún soltero, fue asignado como Juez de Paz en Dr. Arroyo, N.L. Era el Sr. Juez la primera autoridad en lo judicial. Ahí conoció a la que sería mi madre, de 19 años, en ese momento reina de una de las fiestas de la ciudad, debo suponer que, por su belleza. La vio y quedó prendado. Desde ese momento anduvo tras ella, la abordó, la conquistó, la pidió en matrimonio, y se casaron, trayéndola a vivir en la capital del Estado; todo esto en menos de un año.

131


La joven reina, para hacerse novia y casarse con “el Licenciado” tuvo que terminar un compromiso previo con un rico hacendado del lugar, aproximadamente dos años menor que mi padre, dueño de un gran rancho en las afuera de la ciudad. Pero el galán, terco, se quedó en la familia, enamorando y casándose con la hermana dos años menor de mi madre, e igual de bella. Años después vinieron también a residir a Monterrey para educar a sus hijos en las escuelas de de Monterrey, pero visitaban con frecuencia su ciudad natal y su rancho. Con el tiempo, los hijos de ambos matrimonios convivimos, aunque viviendo en casas distantes, en una bonita amistad de tíos y primos. El tío dividía su tiempo entre trabajar en el rancho y vivir en la capital, excepto en Semana Santa, en que toda su familia pasaba las vacaciones en el rancho. En un par de esas semanas fuimos mis hermanos y yo invitados a vacacionar en su compañía. La primera vez fuimos mi hermano mayor, de 16 años, y yo, de 14. El estaba en prepa y se sentía ya grande; de hecho, esa vez se tuvo que regresarse para atenderse una infección “de hombre”, producto de alguna relación indebida. Yo entonces todavía era un niño. El rancho era mucho más grande de lo que yo me imaginaba; era más bien una hacienda, como las que veíamos en las películas mexicanas. Tenía una plaza central, de una hectárea de tamaño, alrededor de la cual se encontraban, en un lado la casa del patrón, en el del frente la iglesia, y en los otros dos la escuela, y los talleres de los artesanos, trabajando al servicio del Señor. En varias manzanas alrededor de la plaza se veían las casas y terrenos de los caporales y los campesinos que trabajaban en el rancho. 132


La casa principal, el casco de la hacienda, tenía toda la cuadra de largo. En el extremo izquierdo estaba la troje, una gran construcción donde se almacenaban las cosechas; al centro la casa del patrón, con entrada, sala, comedor, cocina y varios cuartos; en el otro extremo la tienda y, al fondo, patio y traspatio, donde se encontraban las caballerizas de la casa, siempre con varios caballos disponibles. Más atrás se encontraba el aljibe, un lugar natural de almacenamiento de agua, donde abreva el ganado cercano, y que, alguna vez, la utilizamos los primos y yo como alberca. En el rancho no había mucho en que divertirse, pues no había, cines, teatros, cafeterías, etc., así que el tío, después de dar la vuelta diaria por sus tierras y atender a las cosechas y la tienda, se ponía a leer revistas de cuentos y novelas, preferentemente de detectives. Ahí conocí, para gastar mi tiempo, a personajes tan distinguidos como Sherlock Holmes, El Santo, Fantomas, Arsenio Lupin, y otros más que no recuerdo. Me gustaba leer y ahí me la pasé haciéndolo la mayor parte de aquellas vacaciones. Durante el escaso tiempo que pasé ahí, llegó al rancho una compañía, muy modesta, de teatro ambulante, que dio una sola función, presentando una versión mexicana de un drama de Shakespeare, algunos sketchs cómicos y un poco de magia. También teníamos música, con un conjunto originario del propio rancho, con un cantante, un violinista y una guitarra. Había también un tocadiscos y una buena colección de canciones. Habiéndose regresado mi hermano me quedé yo solo en compañía de mi prima, de mi misma edad, y sus dos hermanitos menores, aún niños. La primera mañana el tío nos levantó rayando el sol; almorzamos a lo grande y nos fuimos enseguida a dar una vuelta por su propiedad para lo cual, además de un 133


caballo, nos proveyó de ropa ranchera: sombrero de ala ancha, espuelas y chaparreras. Me sentí un vaquero de película, como los de Allá en el Rancho Grande. Mi tío se subió a una yegua grandota, de lujo, y a nosotros nos montó en caballos más chicos y mansos. Estuvimos cabalgando toda la mañana; nos detuvimos en un pequeño promontorio desde donde se divisaba el rancho en toda su extensión. Apunto el tío su mano hacia el horizonte y girándola alrededor dijo: miren; el rancho llega hasta donde alcanza la vista. Cuando pienso en esto ahora, creo que solo faltó que su hijo dijera…y la Cheyene, papá?. Regresamos a comer a la casa, y yo me sentía con mis piernas abiertas como paréntesis, con los muslos y el trasero adoloridos por la posición no acostumbrada de jinete. Para no estar ociosos el tío nos puso a trabajar desgranando maíz. Nos dio a todos unas placas redondas, de unos 40 cm de diámetro y 10 cm de espesor, hechas con olotes de maíz amarrados alrededor con mecates, que presentaban una superficie muy rugosa; en estas frotábamos con fuerza las mazorcas de maíz, que desprendían sus granos, que colocábamos en una tina e íbamos a tirarla en la troje. Estoy seguro que no era por negocio, pues con trabajadores tan poco productivos como nosotros, seguro que pronto hubiera quebrado. Recuerdo que el cuarto de la troje tenía almacenados ya varios metros de altura del grano, y los primos como que nadábamos ahí, en la granosa superficie. El domingo asistimos a la misa en la iglesita del lugar. Me acuerdo poco de ella, pero tengo muy presente que había muchos niños, y que todos llamaban a mi tío padrino. En mi mente bailaba la idea de que muchos eran sus hijos; que locura. En el siguiente recorrido a caballo sucedió algo fuera de lo normal; al llegar a un cruce de veredas el tío nos detuvo 134


de repente, pues venía un hato de caballos pasando en estampida frente a nosotros, dirigidos por jóvenes vaqueros, jineteando aparatosamente sus pencos. Me día cuenta que no estaban haciendo realmente su trabajo, sino presumiendo sus habilidades ante la “la niña”, la hermosa hija del patrón, y ella se veía encantada, y encantadora, admirando a aquellos hábiles vaqueros. A mí no me gustó nada. El tío montaba una yegua muy fina, tal vez de pura sangre, que se veía mucho más costosa que una camioneta de lujo. Estaba la ´potranca entrenada para que fuera solo él quien la montara. No admitía otro jinete. Se veía que él quería a aquel animal como si fuera de la familia y parecía ser correspondido. Pero un triste día, la potranca amaneció echada y sin querer levantarse. Estaba hinchada de su abdomen, que se sentía al tacto como un tambor restirado. El tío estaba preocupado; consultó un libro que hablaba de las enfermedades de los caballos. Por sus síntomas era evidente que el fino animal había comido un insecto del monte, una campamocha, decían. Había que liberarla de sus gases, pero no sabía cómo. Yo había visto en aquel libro una jeringa especial; una especie de clavo con una camisa de tubo, y le propuse hacer una; el artefacto se enterraba en el abdomen; se extraía enseguida el clavo dejando el tubo enterrado y libre el agujero para dejar escapar el gas. No había ni un veterinario cerca ni un dispensario de instrumentos médicos, así que era imposible encontrar el artilugio. Pero no todo estaba perdido, el tío tenía en su tienda todo tipo de clavos y tubos, y hasta un pequeño taller, como para fabricar la cánula en casa. Buscó un clavo grande, como el de la fotografía, y un tubo de paredes delgadas, para cubrirlo; con un esmeril sacó punta al clavo y el tubo y se sintió listo. 135


La yegua ya no quería moverse y el tío pensaba que estaba muriéndose, así que, ocultando su dolor y su tristeza, empuño un martillo y clavo el artilugio dentro de su panza hinchada. Se oyó un silbido como de llanta ponchada y el aire empezó a salir llenando el espacio circundante de un olor desagradable. Unos minutos después la yegua resopló y se paró en sus cuatro patas, comenzando a caminar alrededor. Se había salvado y asomó en nosotros una gran sonrisa de alegría. Pero no terminó ahí; se había eliminado la molestia, pero no la infección, y la hermosa yegua, ya muy aliviada… amaneció muerta. Nunca había visto a un hombre tan triste. La lloró como un niño y la mandó sepultar. Al día siguiente terminaron las vacaciones y todos volvimos a la ciudad. Dos años después se repitió el viaje al rancho en compañía de los tíos y primos. Aparte de los tíos éramos tres de cada familia: mi hermano mayor, de 18 años, ya en profesional, mi prima mayor y yo de 16, ambos ya en preparatoria, y mi hermana y mi primo, ambos de unos 14 años, en Secundaria. Muchas cosas nos sucedieron esta vez. Para empezar inventamos y jugamos el “burrobol”. En dos lados de la plaza colocamos piedras para señalar las porterías, una en cada lado, limitando un campo de juego de unos 80 m de largo. Conseguimos una pelota de hule, seis escobas y seis burros con bozal. Montados en los burros, los dirigíamos con el bozal espoleándolos con los tacones, le pegábamos con las escobas a la pelota, para dirigirla hacia las porterías para marcar goles. No recuerdo quien ganó, pero nos divertimos bastante y por un buen rato. Paseábamos todos los días dirigidos por el tío, los grandes a caballo y los menores en burro; a mi hermana le 136


tocó una burra mansa, dócil y fácil de manejar. Pero resultó que el animal estaba en celo y después de caminar un poco un burro se la montó por atrás, sin que la preocupara lo más mínimo la presencia de la pequeña jinete. Mi hermanita se asustó mucho, v viendo la cabeza del burro resoplansdo a su espalda; se bajó de un salto de su cabalgadura y se alejó corriendo. El tío la alcanzó y la montó con él en su caballo. Todos volvimos a la casa, mi hermana asustada pero todos los demás riéndonos de la aventura. Como se mostraba triste y no quería salir de la casa, mi tía mandó por la curandera del lugar. Ella le diagnosticó de inmediato “mal de susto”. Para determinar la causa tomó en su mano un huevo de gallina y lo frotó, mientras decía una larga oración, por todo el cuerpo de la niña, quebrándolo al final y depositando su interior en un plato. Decía ella que en la yema del huevo se vería una imagen del elemento causante de su mal. En la yema había un par de burbujas que todos estuvimos de acuerdo que eran el perfil de un burro (o cuando menos sus tanates, pensé yo). Le recetó “una limpia”, que debía efectuarse de inmediato, para volver a la niña a la normalidad. La acostó en el suelo, y con un manojo de hierbas que ella traía, la barrió de pies a cabeza, mientras decía una letanía, algo así como: “niña quédate allá; susto vente conmigo”. Al terminar con el barrido dijo: terminé; la niña está curada… y así fue; ya no estuvo triste y pidió seguir con las actividades. Dentro de las actividades normales, aparte de ordeñar a las vacas y lavar los caballos, cosas que hicimos un par de veces, pudimos ver la preparación de varios alimentos: jocoque (ahora le llaman yogurt), queso leche quemada y asado de puerco. 137


El jocoque era lo más sencillo: del sobrante de días anteriores, se separaban los sólidos en una pasta que servía como semilla para hacer uno nuevo. Se echaba en leche recién ordeñada un puño de la semilla del día anterior y se dejaba reposar, generalmente hasta el día siguiente, amaneciendo como jocoque, el que se tomaba todos los días. Se decía que eran bacilos búlgaros y que eran muy saludables digestivos. El queso se empezaba igual, pero en lugar de tomarlo como líquido, se reposaba hasta que se separaran los sólidos, que se iban al fondo, de los líquidos, que llenaban el resto del recipiente. Cuando se juntaba una cantidad suficiente se decantaba, eliminando el líquido. Los sólidos se seguían manejando a mano, tomando puños del sólido, apretándolo con fuerza para expulsar el líquido residual. Después de varias pasadas, la pasta endurecía un poco y se depositaba en un molde de cáscara de caña, compactándolo con la mano. Se dejaba orear en la ventana hasta lograr el punto. Había que lavarse las manos durante la manipulación del producto y retirarle las moscas que se alimentaban del queso fresco, antes de servirse. Algunos de estos quesos se guardaban en un anaquel para añejarlos. La leche quemada necesitaba mucha paciencia y trabajo. La leche, ahora de cabra, recién ordeñada se limpiaba de natas y se revolvía con mucho azúcar, poniéndola a hervir. Había que revolverla mucho, de modo de evaporar los líquidos y ganar dureza, insistiendo en el proceso por horas, hasta lograr el conocido dulce. Se dejaba enfriar y se vaciaba en botes de vidrio para su conservación y uso diario. Para el asado de puerco se necesitaba, usualmente, una festividad, pues había que sacrificar el animal y usarlo entero en poco tiempo. Después de matarlo se destazaba y cortaba en pedazos pequeños, de un bocado, que se 138


sometían a un proceso de marinado, sazonado, mezclado de ingredientes variados: chiles, vinagres, aceites y vinos, se cocinaba por un buen rato, hasta terminarlo. Una parte se separaba para comerlo de inmediato y el resto, la mayor parte, se metía en latas mantequeras y se regalaba una parte, se vendía otram y se guardaba la demás, para comerla en los días siguientes. Todos estos productos, junto con otros como cereales, harinas, panes y pasteles, mieles, aguamiel de caña, piloncillos, etc, se manejaban para conservar los alimentos el mayor tiempo posible, cuando no se disponía de electricidad en el rancho, ni aparatos domésticos eléctricos. Actualmente los compramos en cualquier estanquillo y elaborados y listos para usarse. Me imaginaba yo a mi tío, que locura, como un señor feudal, dueño de tierras, honras y vidas, con su propia tienda de raya (cuyas eternas deudas se heredaban de padres a hijos), y sus derechos especiales sobre sus trabajadores, incluyendo el de pernada, que le permitía pasar la primera noche con la recién casada. Pensándolo bien no era esto solo por lujuria, sino que preservaba la armonía familiar, para evitar el rechazo de la novia por una virginidad perdida con otro, cuando el patrón ni siquiera la había tocado, porque no podía o la muchacha era fea y no le gustaba. Llegó una vez uno de los viejos campesinos, diciéndole al tío con tristeza que el caporal se había robado a su hija, la mayor, más bonita y más querida, y él pensó que no los volvería a ver nunca. Sin embargo, le dijo con alegría que la hija había vuelto. para avisarle que el muchacho la había llevado a la ciudad y se habían casado con ella, por la dos leyes, y para pedirle perdón. El la había perdonado y, para recibir a la pareja, había organizado una comida en su casa, a la que estábamos todos invitados. 139


En realidad era una vieja costumbre “robarse a la muchacha” de común acuerdo entre los padres de los novios. Con esto se evitaban los muchos gastos de un casamiento en toda forma, y sobre todo, evitar aquel antiguo derecho de pernada, usado poco tiempo antes, del que ya nadie ahora quería hablar. Unos años después, las leyes posteriores a la revolución despojaron a los señores, incluyendo al tío, de sus tierras, (repartiéndolas entre ejidatarios) y de sus privilegios. Conservó la familia el casco de la hacienda, que visitan de vez en cuando, pero aquellas alegres vacaciones en rancho terminaron para siempre.

140


Contenido Prólogo ........................................................................................ 9 El tango azul .............................................................................. 13 La Cumparsita ............................................................................ 17 Nostalgias .................................................................................. 19 Sofía ........................................................................................... 23 Malena ....................................................................................... 27 Cuento chino ............................................................................. 33 Ojos verdes ................................................................................ 35 El pecado del tío Raúl ................................................................ 37 Otro de tangos ........................................................................... 39 El burro castigado ...................................................................... 43 El Metro ..................................................................................... 45 El postre ..................................................................................... 51 Las más bellas ............................................................................ 55 Superman .................................................................................. 59 Etiquetas .................................................................................... 63 Los 5 pañuelitos. ........................................................................ 67 Sálvese quien pueda .................................................................. 69 Graciela ...................................................................................... 73 Roweena .................................................................................... 77 El teleférico ............................................................................... 87 Santa Claus ................................................................................ 91 Inventos ..................................................................................... 95 Caro ......................................................................................... 101 La pastillita Azul ....................................................................... 113 Gloria ....................................................................................... 119 El telefonazo ............................................................................ 125 Vacaciones en el Rancho ......................................................... 131

141


Francisco Garza Mercado. Octubre de 2011


Botana de Recuerdos