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En Sierra González, A, (Edit.), Populismo, neopopulismo y posdemocracia, 

Barcelona, Laertes, 2016 ISBN: 978­84­7584­991­1

La formación de las identidades populares: el análisis de Ernesto Laclau Giuseppe Bentivegna 1. La necesidad de comprender los fenómenos políticos y sociales requiere, a veces, una aclaración especial de los conceptos utilizados, sobre todo cuando estos fenómenos adquieren características diferentes y accidentales, tanto en la teoría como en la práctica histórica. Para ello se pueden utilizar instrumentos diversos, desde el análisis sociológico al económico, desde el lingüísticoretórico al político. La formación de las identidades colectivas, desde la noción de pueblo hasta la de élites dirigentes, desde la visión democrática a la liberal, de la popular a la autoritaria, abarca modalidades diferentes, conflictivas o convergentes. Sin embargo, el área del político y de la política son los más congruos para delinear en una primera aproximación – obviamente no la única –, la dinámica que, entre elementos de racionalidad e irracionalidad, se desarrolla al formarse la conciencia de identidad de los sujetos y de los diferentes y organizados estratos de la sociedad, de la cultura, del “pueblo”, de las clases políticas dirigentes, de la sociedad civil y de las instituciones públicas. Se trata de temas que adquieren una dimensión mundial, al menos desde el nacimiento de la modernidad hasta hoy, pasando a través de fases revolucionarias (la revolución francesa, la rusa, los procesos de descolonización y de reconstrucción de nuevas fisonomías nacionales y estatales) y momentos de relativa pacificación social, aunque nunca carentes de conflictividad política. Los conceptos de identidad y de pueblo adquieren una fisionomía semántica fundamental dentro de la concepción política, entendida como lugar de encuentro/desencuentro entre la sociedad civil y el institucionalismo/estatalismo, entre pueblo y gobierno administrativo de las instituciones públicas. El objetivo de este trabajo es analizar si existen las condiciones para propiciar una teoría crítica y racional del populismo o si, en cambio, este fenómeno político-social es irracional como la rebeldía. Ernesto Laclau es sin duda uno de los más originales y agudos estudiosos de la razón populista. En su análisis confluyen y se cruzan – solo citaremos a los más influyentes – filosofías políticas (Marx, Gramsci), estructuralistas y postestructuralistas (Althusser, Derrida), psicoanalítica (Freud, Lacan) y lingüística (De Saussure y Wittgeinstein) 1 con un continuo y fecundo diálogo con Chantal Mouffe, Slovoj Zizek, Judith Butler, William E. Connolly, Peter Worsley y otros que citaré a lo largo de mi exposición. 1 A. Salinas, “Populismo, democracia y capitalismo: leyendo a Laclau”, www.eseade.edu.ar, p. 169: “[...] en el recorrido intelectual de Laclau, a partir de los '80 se observa la adopción de una perspectiva postmarxista, inspirada por diversos autores y nociones, entre quienes resaltan el concepto de hegemonía de Gramsci, el post-estructuralismo de Derrida, el simpolismo de Lacan y los juegos del lenguaje de Wittgenstein”.


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2. El ensayo La razón populista2 de 2005 se ha convertido en un clásico sobre el fenómeno del populismo y ha suscitado muchos debates, sobre todo en los países de América Latina, donde cada vez con más frecuencia a lo largo del siglo XIX, se han ido sucediendo diferentes orientaciones y procedimientos práctico-políticos de regímenes definidos, a veces de manera inapropiada, populistas3. Para evitar superposiciones teóricas en la argumentación de Laclau es oportuno puntualizar de qué manera la racionalidad del populismo, planteada por el estudioso argentino, se diferencia del análisis de otros teóricos, y se relaciona directamente con otros estudios dedicados al concepto de hegemonía e identidad, pluralismo y democracia radical. De ahí que sea necesario afrontar propedéuticamente la teoría radical de la democracia del texto de 1985 escrito en colaboración con Mouffe 4. No hay duda de que en el debate sobre las teorías políticas contemporáneas los dos autores ocupan un lugar de relieve, en concreto en el análisis de la formación de las nuevas identidades políticas democráticas, como subraya, entre otros, Marta Lois González, que coloca el concepto de democracia radical en la línea renovada de la tradición del pensamiento socialista 5. De hecho, hegemonía y estrategia socialista, indican para los autores, una reformulación del proyecto socialista en función de un análisis crítico del proyecto de Marx y de la tradición del siglo XVIII y XIX que en él se inspira. Y a propósito de marxismo y de los nuevos fenómenos político-sociales del siglo XIX es necesario hacer una revisión a partir del hecho de que las categorías de materialismo histórico y dialéctico (la lucha de clases) re revelan inadecuadas para la comprensión de estos fenómenos. El antifundacionalismo y la perspectiva anti-reduccionista de clase, típicos del marxismo clásico, son fundamentales para diseñar una nueva concepción de la democracia: Los referentes convencionales del marxismo son confrontados con toda una serie de cambios históricos que van desde los nuevos procesos de burocratización y homogeneización de las antiguas solidaridades y formas de comunidad. Estos procesos, resultantes de la extensión de las relaciones del capitalismo, han traído consigo nuevas formas de antagonismo que se expresan en los nuevos movimientos sociales – feminismo, liberación homosexual y lesbiana, movimientos pacifistas, ecologistas, etc. – y que demuestran que la complejidad de la vida social es irreductible a la posición de clase y a la lógica productivista. Si ya no hay una primacía del 2 E. Laclau, La razón populista, México, F.C.E., 2005. 3 Desde el principio del ensayo, Laclau pone de manifiestos que afrontar el tema del populismo en términos de denigración ética, bloquea el camino para un estudio sistemático serio: “[...] podemos afirmar que para progresar en la comprensión del populismo, es una condición sine qua non rescatarlo de su posición marginal en el discurso de las ciencias sociales, las cuales lo han confinado al dominio de aquello que excede al concepto, a ser el simple opuesto de formas políticas dignificadas con el estatus de una verdadera racionalidad”, La razón populista, ob. cit., p. 34. 4 Cfr. E. Laclau y Ch. Mouffe, Hegemonía y estrategia socialista. Hacia una radicalización de la democracia, México, F.C.E., 1985. 5 “Ernesto Laclau y Chantal Mouffe: hacia una teoria radical de la democracia”, en Teorías políticas contemporáneas, Valencia, Tirant lo Blanc, 2001, pp. 397-417.


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antagonismo de clase y por el contrario existe una pluralidad de antagonismos e identidades, la pluralidad se convierte ahora en el centro del proyecto socialista6.

Sin embargo, los dos autores, además de proponer la revisión de las categorías esenciales del marxismo clásico, no renunciaron tampoco a una revisión de las categorías de la democracia liberal, proponiendo un ideal de pluralismo democrático radical, de igualdad y libertad. Esta nueva perspectiva es la característica original e innovadora del pensamiento de Laclau y Mouffe 7. Como subraya Marta Lois González, el desarrollo teórico postmarxista de Laclau repercute en el análisis positivo del populismo. De hecho, En último libro de Laclau, La razón populista, publicado en el año 2005, se concentra también en otro de los grandes temas que han acompañado su trayectoria intelectual, a saber, la noción de lo político a partir de la redefinición del populismo aportando una nueva dimensión al análisis de las luchas hegemónicas y la formación de las identidades políticas. En este sentido, el autor avanza un nuevo paso en su proyecto de construcción de una democracia radical mediante la reconceptualización polémica del concepto de populismo8.

De esta menera, al recorrer las fases más sobresalientes de la producción intelectual laclauniana, los términos clave del discurso pueden reducirse a tres: antagonismo, hegemonía y democracia, siguiendo una perspectiva relativista (contingente) antiesencialista y anti-teleológica, con un claro rechazo, pues, a la filosofía de la historia espiritualista (Hegel) o materialista (Marx, Comte), y privilegiando el análisis óntico por encima del ontológico, al que Laclau, sin embargo, no renuncia para no seguir un hilo argumentativo descriptivo (óntico), con el objetivo de no dar una definición cerrada del populismo en formas históricas y políticas realizadas en el tiempo: la dinámica populista es tal, tanto en los movimientos de izquierdas como en los de derechas9, puesto que, siguiendo los juicios de valor de justicia social y libertad, los primeros son progresivos y liberatorios, mientras que los segundos son autoritarios, estatalistas, anti-individualistas y anti-comunitarios, en defensa de intereses particulares y no universales. También en este caso la definición de la identidad es relativa y dinámica, a través de un proceso de construcción y deconstrucción de la identidad; Laclau y Mouffe “reivindican un sujeto no esencialista, cuya identidad se formula a través de procesos de identificación”10; a saber, la identidad de los sujetos y del “pueblo” tiene una naturaleza no sociológica y, por tanto, la línea de Laclau es alternativa, no totalitarista (holística), y presupone el rechazo de lógicas simplistas: El camino que hemos intentado seguir para tratar estas cuestiones es doble. Lo primero ha sido dividir la unidad del grupo en unidades menores que hemos denominado demandes: la unidad del grupo es, en nuestra perspectiva, el resultado de una articulación de demandes. Sin embargo, esta articulación no corresponde a una configuración estable y positiva que podríamos considerar 6 Ibidem, p. 434. 7 Sin embrago, es oportuno matizar que la posición de los autores diverge en vario puntos no marginales. 8 Ibidem, p. 435.


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como una totalidad unificada: por el contrario, puesto que toda demanda presenta reclamos a un determinado orden establecido, ella está en una relación peculiar con ese orden, que la ubica a la vez dentro y fuera de él. Como ese orden no puede absorber totalmente a la demanda, no consigue constituirse a sí mismo como una totalización coherente11.

Poniendo como base de su análisis el concepto de domanda, Laclau puede desarrollar su discurso relacionándolo con el tema de la hegemonía y la “política se convierte en la arena donde se suscita una competencia entre los distintos discursos que luchan por encarnar la hegemonía” 12. ¿Qué son las demandas populares? ¿De qué manera su organización se convierte, por un lado, en la base fundamental de la identidad colectiva y, por otro, el motor de los movimientos antagonistas? Y concretamente, ¿de qué modo y con qué instrumentos se construye el “pueblo”, es decir, se crea la “identidad popular”? 3. Tratamos estas cuestiones siguiendo el hilo argumentativo de Laclau, cuando afronta el tema de la construcción del “pueblo”, partiendo de una importante diferenciación con respecto a Freud, después de haber debatido sobre las teorías Le Bon, Tarde y McDougall: Finalmente, hemos alcanzado con Freud un enfoque más complejo y prometedor en el cual estas variaciones [las diferencias entre populismo y comportamiento de masas] pueden percibirse como alternativas explicables dentro de una matriz teórica unificada. Éste va a ser nuestro punto de partida para elaborar el concepto de “populismo” en la segunda parte de este libro. Sin embargo, debemos hacer dos comentarios antes de embarcarnos en esta tarea. La primera es que Freud [...] tiene una aproximación predominantemente genética hacia su objeto de estudio. [...] aunque tomamos a Freud como punto de partida, este libro no debería concebirse come un ejercicio “freudiano”. Hay muchas cuestiones que Freud no trató, y muchos caminos, bastante

9 Como afirma Gino Germani, citado por Laclau, La razón populista, ob. cit., pp. 15-16: “El populismo por sí mismo tiende a negar cualquier identificación con, o clasificación dentro de, la dicotomía izquierda/derecha. Es un movimiento multiclasista, aunque no todos los movimientos multiclasistas pueden considerarse populistas. El populismo probablemente desafíe cualquier definición exhaustiva. Dejando de lado este problema por el momento, el populismo generalmente incluye componentes opuestas, como ser el reclamo por la igualdad de derechos políticos y la participación universal de la gente común, pero unido a cierta forma de autoritarismo a menudo bajo un liderazgo carismático. También incluye demandas socialistas (o al menos la demanda de justicia social), una defensa vigorosa de la pequeña propiedad, fuertes componentes nacionalistas, y la negación de la importancia de la clase. Esto va acompañado de la afirmación de los derechos de la gente común como enfrentados a los grupos de interés privilegiados, generalmente considerados contrarios al pueblo y a la nación. Cualquiera de estos elementos puede acentuarse según las condiciones sociales y culturales, pero están todos presentes en la mayoría de los movimientos populistas”. El texto de G. Germani es traducción de Authoritarianism, Fascism and National Populism, Transaction Books, New Brunscwick (NJ), 1978, p. 88. El mismo Laclau insiste en el concepto cuando afirma: “[...] entre el populismo de izquierda y el de derecha existe una nebulosa tierra de nadie que puede ser cruzada – y ha sido cruzada – en muchas direcciones”, La razón populista, ob. cit., p. 115. 10 M. L. González, “Ernesto Laclau y Chantal Mouffe: hacia una teoria radical de la democracia”, ob. cit., p. 439. 11 La razón populista, ob. cit., p. 9. 12 A. Salinas, "Populismo, democracia y capitalismo", ob. cit., p. 171.


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importantes para nuestros propósitos, que él no siguió. Por eso es que nuestra investigación debe apelar una pluralidad de tradiciones intelectuales13.

Entre estas tradiciones culturales postfreudianas, creo que para Laclau la más importante es la de Lacan. En cualquier caso, para Laclau y Mouffe en la tematización de la realidad humana el recurso al psicoanálisis es imprescindible: Si considero que la retórica es ontológicamente primaria en explicar las operaciones inherentes a la construcción hegemónica [...] considero que el psicoanálisis es el único camino válido para detectar las pulsiones que operan detrás de esa construcción: es, por lo tanto, el acercamiento más fructífero para la comprensión de la realidad humana14.

Una vez hecha esta distinción entre el enfoque freudiano ortodoxo y uno en comunión con Lacan, Laclau afronta con todo tipo de detalles conceptuales la teoría relativa a la “construcción del pueblo”, donde expresa los rasgos fundamentales de su teoría del populismo como acción política y del “político” en cuanto tal. La especificación de algunos asuntos ontológicos más generales que se derivan de su análisis es significativo para comprender la línea argumentativa de Laclau. El estudioso argentino reagrupa las categorías centrales de su enfoque teórico en tres grupos. Ante todo, existe un elemento retórico que tiene que ver con el discurso como terreno privilegiado para la construcción de la objetividad ontológica y no óntica. El discurso es un conjunto de elementos en el que las relaciones juegan un rol constitutivo. De esta manera, los conceptos de “relación” y “objetividad” son sinónimos; la relación es el punto central que distingue el planteamiento de Laclau de los de otras teorías contemporáneas como el funcionalismo y el estructuralismo: El discurso constituye el terreno primario de constitución de la objetividad como tal. Por discurso no entendemos algo esencialmente restringido a las áreas de habla y la escritura, [...] sino un complejo de elementos en el cual las relaciones juegan un rol constitutivo. Esto significa que esos elementos no son preexistentes al complejo relacional, sino que se constituyen a través de él. Por lo tanto, “relación” y “objetividad” son sinónimos15.

Por lo tanto, escribe Laclau, En nuestra perspectiva no existe un más allá del juego de las diferencias, ningún fundamento que privilegie a priori algunos elementos del todo por encima de los otros. Cualquiera que sea la centralidad adquirida por un elemento, debe ser explicada por el juego de las diferencias como tal16.

13 La razón populista, ob. cit., p. 88. Entre las concepciones psicoanalíticas postfreudianas, aquella a la que más recurre Laclau es la de Lacan. Véase Daniel Gutiérrez Vera, "Ernesto Laclau: El populismo y sus avatares", en Iconos. Revista de Ciencias Sociales, n. 40, Quito, mayo 2011, pp. 151-168, en concreto p. 166 donde se subraya la diferencia entre las diferentes referencias al estudioso francés: “En el campo del análisis político, social, filosófico y literario existen diversas aproximaciones que se nutren teóricamente del psicoanálisis de Jacques Lacan. Algunas, como la de Laclau y Mouffe, nos atraen por su creatividad, pero otras – la de Judith Butler, por ejemplo – nos hacen preguntar dónde encuentran el Lacan al que dicen referirse pues lo que le endilgan parece no tener nada que ver con lo que es conocido del pensamiento de este autor”. 14 E. Laclau, Debates y Combates, Buenos Aires, F.C.E., 2008, p. 402. 15 La razón populista, ob. cit., p. 92.


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La manera en la que se explica esta diferencia, conduce al segundo conjunto de categorías: significantes vacíos y hegemonía, que forman las precondiciones necesarias para afrontar la discusión sobre el populismo. La lógica diferencial en la relación entre los elementos particulares impone necesariamente la imposibilidad de una definición ontológica de la totalidad, es decir, de la universalidad; esta última se constituye dentro de la dinámica entre la particularidad, es decir, de relaciones entre las partes en las que una particularidad adquiere el papel de totalidad representativa según una lógica hegemónica de inspiración gramsciana. Como señala Martín Retamozo, el concepto de hegemonía en Laclau funciona como una categoría, pero también como un concepto, según la distinción de Hugo Zemelman: Las categorías, a diferencia de los conceptos que componen un corpus teórico, no tienen un contenido único sino muchos contenidos. En este sentido, las categorías son posibilidades de contenidos demarcados, identificables con una significación clara, unívoca, semánticamente hablando17.

En decir, sigue diciendo el autor: entendemos por categoría una lógica formal teórica que propone herramientas para el abordaje analítico de fenómenos. Por concepto, en un nivel menor de abstracción, los diferentes contenidos posibles que adquiere una categoría implementada en la reconstrucción de un proceso particular y en función de una problemática específica18.

En mi opinión, estas distinciones entre pensar teórico y pensar epistémico pueden ser un camino fructífero para comprender el uso que Laclau hace del concepto de hegemonía. Tomando la distinción entre categoría y concepto, la hegemonía como categoría se refiere a la relación entre universalidad y particularidad, mientras que en tanto ‘tres conceptos’ adquiere un contenido específico cuando se la utiliza en diferentes campos: lo político y la lógica de constitución de lo social (el orden social); el funcionamiento de una (la) lógica de la política; y la constitución de las identidades colectivas19.

Según esta distinción, el concepto de hegemonía en Laclau constituye una noción para considera al político, la política y la formación de las identidades colectivas. De hecho, la categoría de hegemonía regula la relación entre lo particular y lo universal: hay hegemonía solo si la dicotomía entre universalidad/particularidad es superada; la universalidad solo existe si se encarna – y subvierte – una particularidad, pero ninguna particularidad puede, por otro lado, tomarse política si no ha convertido en el locus de efectos universalizantes20.

16 Ibidem, p. 93. 17 H. Zemelman, “Pensar teórico y pensar epistémico”, en Voluntad de conocer. El sujeto y su pensamiento en el paradigma crítico, México, Anthropos, 2005, p. 32. 18 M. Retamozo, "Tras las huellas de Hegemón. Usos de hegemonía en la teoría política de Ernesto Laclau", en Utopía y Praxis Latinoamericana, a. 16, No, 55 (2011), p. 40. 19 ivi, pp. 40-41.


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Me parece evidente que la relación entre particular y universal tiene que basarse en términos no existencialistas sino en relación a la dinámica cambiante y relacionada con las diferentes organizaciones de lo social. La lógica de la hegemonía, entendida como fundamento de toda organización social, piensa en la producción de la sociedad como discurso y como constitución discursiva de las identidades sociales. En esta dinámica, es fundamental localizar dos lógicas inherentes a la formación de la hegemonía; es decir, la lógica de la equivalencia y la lógica de la diferencia. Examinando la relación entre una visión ontológica y una óntica, Laclau profundiza en dos conceptos fundamentales, el significante vacío y la totalidad: [...] existe la posibilidad de que una diferencia, sin dejar de ser particular, asuma la representación de una totalidad inconmensurable. De esta manera, su cuerpo está dividido entre la particularidad que ella aún es y la significación más universal de la que es portadora. Esta operación por la que una particularidad asume una significación universal inconmensurable consigo misma es lo que denominamos hegemonía. Y dado que esta totalidad o universalidad encarnada es [...] un objeto imposible, la identidad hegemónica pasa a ser algo del orden del significante vacío, trasformando a su propia particularidad en el cuerpo que encarna una totalidad inalcanzable. Con esto debería quedar claro que la categoría de totalidad no puede ser erradicada, pero que, como una totalidad fallida, constituye un horizonte y no un fundamento. Si la sociedad estuviera unificada por un contenido óntico determinado [...], la totalidad podría ser directamente representada en un nivel estrictamente conceptual. Como éste no es el caso, una totalización hegemónica requiere una investidura radical – es decir, no determinable a priori – y esto implica involucrarse en juegos de significación muy diferentes de la aprehensión conceptual pura21.

El tercer concepto del enfoque teórico de Laclau está basado en la retórica. El pilar fundamental en la organización y expresividad del discurso hegemónico es que existe un “desplazamiento retórico siempre que un término literal es sustituido por otro figurativo”22. El concepto de la retórica, que es propedéutico en el discurso de Laclau, es el concepto de catacresis, que expresa la condición por la cual un término figurado no puede sustituirse por uno literal. Haciendo una generalización de este concepto, Laclau formula la tesis de que toda distorsión del significado tiene como objetivo expresar algo que de manera literal no sería posible comunicar. Pero la manera en la que Laclau vincula el discurso catacrético al de hegemonía es un paso crucial para poner en marcha, junto a los dos puntos precedentes, la tematización racional del populismo. El tema de la catacresis puede ser generalizado si aceptamos el hecho de que cualquier distorsión del sentido procede, en su raíz, de la necesidad de expresar algo que el término literal simplemente no transmitiría. En ese sentido, la catacresis es algo más que una figura particular: es el denominador común de la retoricidad como tal. Éste es el punto en el cual podemos vincular este argumento con nuestras observaciones previas sobre hegemonía y significantes vacíos: si el significante vacío surge de la necesidad de nombrar un objeto que es a la vez imposible y necesario – de este punto cero de la significación que es, sin embargo, la precondición de cualquier proceso significante –, en ese caso, la operación hegemónica será necesariamente catacrética23. 20 E. Laclau, “Identidad y hegemonía: el rol de la universalidad en la construcción de lógicas políticas”, en J. Butler, E. Laclau, S. Zizek, Contingencia, hegemonía, universalidad. Diálogos contemporáneos en la izquierda, México, F.C.E., 2000, p. 63. 21 La razón populista, ob. cit., p. 95. 22 Ibidem. 23 Ibidem, p. 96.


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La conclusión es que la “la construcción política del pueblo es, por esta razón, esencialmente catacrética”24. Este es el punto clave sin el que el populismo carecería de una discursividad racional. 4. El análisis del discurso, significantes vacíos, hegemonía y retórica son las precondiciones teóricas fundamentales para afrontar el estudio del populismo, ante todo en la aclaración de los conceptos de demanda y de identidad popular. A partir de estas premisas, Laclau deduce algunas consecuencias, que llevan a tomar decisiones. En primer lugar, localizando en el grupo la unidad mínima de su análisis. En este caso la decisión que hay que tomar, y que Laclau toma, es la de elegir entre dos conceptos del grupo: el primero como tal, y el segundo, que lleva a localizar en el populismo un camino para fundar la unidad misma del grupo. Entre las dos opciones, Laclau opta por la segunda: Debemos tomar aquí una primera decisión; ¿cuál va a ser nuestra unidad de análisis mínima? Todo gira en torno de la respuesta que demos a esta pregunta. Podemos decidir tomar como unidad mínima al grupo como tal, en cuyo vamos concebir al populismo come la ideología o el tipo de movilización de un grupo ya constituido – es decir, como la expresión (el epifenómeno) de una realidad social diferente de esa expresión –; o podemos concebir al populismo como una de las formas de constituir la propia unidad del grupo25.

¿Cuál es la elección de Laclau? En su enfoque anti-esencialista no puede ser más que la segunda opción, aceptando todas sus implicaciones, “«el pueblo» no constituye una expresión ideológica, sino una relación real entre agentes sociales [...] es una forma de constituir la unidad del grupo”26. Obviamente, esta no es la única posible, porque existen otras que teorizan otros tipos de identidades diferentes de la populista. Sin embargo, Laclau anula estos otros tipos identificando unidades más pequeñas de la del grupo para determinar el tipo de unidad que nace del populismo. La primera de estas unidades más pequeñas corresponde a lo que Laclau llama demanda social, que puede corresponder, en su ambigüedad, a dos significados: el de petición y el de reclamo. El paso de la petición a la reclamación constituye uno de los primeros rasgos fundamentales del populismo. Pero ¿cuál es la relación entre las demandas sociales y el sistema institucional? Aquí se plantea una diversificación central entre las demandas satisfechas por el sistema institucional y las insatisfechas: junto a la lógica de la equivalencia se impone otra, la diferencial. Si las peticiones de las personas no encuentran respuestas, se crea un cúmulo de peticiones desatendidas e insatisfechas y una incapacidad del sistema institucional para asimilarlas de manera diferencial, es decir, cada una de manera aislada, según la lógica de la equivalencia: crece la divergencia, un abismo, entre el sistema institucional y el pueblo: las peticiones se transforman en reclamaciones. Una demanda, atendida o denegada, pero que sigue aislada de las demás, Laclau la denomina demanda democrática. Lo que se entiende con esta expresión tan ambigua es lo que Laclau aclara en el apéndice al capítulo 4 y en la que merece detenerse un momento antes de seguir con el hilo argumentativo de Laclau. ¿Por qué cabría definir democráticas las demandas? ¿Qué tienen de democrático en concreto? Ante todo, Laclau no se refiere a un régimen democrático ni a un juicio 24 Ibidem. 25 Ibidem, p. 97. 26 Ibidem.


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normativo sobre la legitimidad de las demandas. La categoría de demandas democráticas es estrictamente descriptiva: Los únicos rasgos – escribe Laclau – que retengo de la noción usual de democracia son los siguientes: (a) que estas demandas son formuladas al sistema por alguien que ha sido excluido del mismo – es decir, que hay una dimensión igualitaria implícita en ellas –; (b) que su propia emergencia presupone cierto tipo de exclusión o privación (lo que hemos llamado en este texto "ser deficiente"). ¿No es ésta una noción un tanto peculiar de la democracia? Considero que no. Trataré de defenderla diciendo algo sobre la genealogía de mi uso del concepto27.

El punto de partida de esta genealogía para Laclau es la categoría marxista de revolución democrático-burguesa. Se trata de una concepción en la que la democracia está basada en la lucha de la burguesía en expansión contra el feudalismo absolutista del antiguo régimen. En esta dialéctica, las demandas democráticas se configuraban como la lucha de la burguesía por instaurar el régimen democrático-liberal. Surgen, sin embargo, demandas socialistas, antagonistas a las burguesas, que enuncian la superación de los regímenes liberales y del capitalismo, entendido éste como momento último y estático de la historia, pero como un estadio más evolucionado de la edad feudal. Sin embargo, en la destrucción del feudalismo absolutista, la burguesía liberal y la socialista son aliadas en un determinado momento que lleva a la hegemonía de la burguesía y, por tanto, al pleno desarrollo del capitalismo y de la consecuente instauración de su Estado liberal. Se trata, sin embargo, de otro estadio en el que la dialéctica antagonista entre burguesía, por un lado, y proletariado y campesinos, por otro, genera una nueva hegemonía, la del proletariado. Obviamente la síntesis de Laclau no es de ninguna manera representativa de un mecanismo predeterminado teleológicamente. Se trata, en cualquier caso, de subrayar una vez más que el concepto de hegemonía es fundamental para reconstruir la dinámica propia de las demandas democráticas. En esta hermenéutica de la realidad fluida de la sociedad y la historia, la referencia a Gramsci permite a Laclau especificar mayormente su concepto de hegemonía con la diferencia que plantea con respecto al de Gramsci. En este último se entiende que su concepto de hegemonía está considerado como el punto de llegada de un largo proceso histórico. Sin embargo, en Gramsci existen todavía elementos sustanciales y teolológicos propios del marxismo clásico. Pero la diferenciación es el punto de inflexión entre Laclau y Gramsci. Toda la teoría de la hegemonía del filósofo y político italiano tiene sentido sólo si la inscripción popular de demandas democráticas no procede de acuerdo con un diktat dado a priori o teleológicamente determinado, sino que es una operación contingente que puede moverse en una pluralidad de direcciones. Esto significa que no existe una demanda con un “destino manifiesto” en lo que a su inscripción popular se refiere – y, de hecho, no es sólo una cuestión de la contingencia de su inscripción, porque ninguna demanda se constituye plenamente sin alguna clase de inscripción –. Cuando llegamos a este punto en la teorización de Gramsci no estamos lejos de la noción de “demanda democrática” que hemos presentado en nuestro texto28.

Las diferencias entre Gramsci y Laclau son notables, sobre todo por la presencia en Gramsci de un consistente resabio de esencialismo que, para el filósofo argentino, debe ser eliminado, produciendo una nueva y diferente práctica argumentativa:

27 Ibidem, p. 158. 28 Ibidem, p. 160.


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Si lo eliminamos [el último resabio de esencialismo en Gramsci] el locus de lo que hemos denominado demandas populares – sólo puede ser el resultado de la sobredeterminación hegemónica de una demanda democrática particular que funciona, come hemos explicado, como significante vacío (como un objeto a en el sentido lacaniano)29.

Esta es la razón por la que las demandas son democráticas y no “puntuales”. Sin embargo, persiste el problema de la relación entre las demandas populares y democráticas y la noción más convencional de democracia. Antes de volver al análisis de Laclau, me parece oportuno detenerme un momento en el concepto de sobredeterminación. Como afirma Gadea, es primordial afirmar que cuando Laclau habla de ‘sobredeterminación’ no se está refiriendo simplemente a un sistema di explicación multicausal, sino que hace mención al hecho de que ningún contenido social puede comprenderse al margen de su carácter simbólico. [...] Si aceptamos el concepto laclausiano de sobredeterminación extraído del contexto de la lingüística contemporánea y del psicoanálisis lacaniano, la sociedad y los agentes sociales carecerían de una determinación última situada en la economía y sus regularidades consistirían tan sólo en ciertas formas precarias de fijar la identidad30.

La organización de los nexos que existen entre el populismo y la democracia, constituyen un tema a través del cual se puede distinguir entre el populismo de derechas y de izquierdas. 5. Tras elaborar la teoría del populismo, Laclau afronta el debate sobre la relación entre democracia e identidad popular, que constituye un nodo central de este trabajo. Entre las diferentes categorías, que derivan de la teoría del populismo, el filósofo argentino se concentra en representación y democracia. Sin los mecanismos de representación, es imposible construir un pueblo. La identificación con un significante vacío es una condición imprescindible para la emergencia de un pueblo, con tal de que el significante vacío represente una cadena equivalente, lo cual significa que la representación de la cadena equivalencial por parte de los significantes vacíos no es simplemente pasiva. De hecho, un significante vacío es algo más que una totalidad dada; forma la totalidad e introduce una nueva dimensión, la que media entre lo representado y el representante. "La conclusión es clara: toda identidad popular tiene una estructura interna que es esencialmente representativa”31. La construcción de un pueblo, afirma Laclau, no es simplemente la aplicación a un caso particular de una teoría general de la representación que podría ser formalizada a un nivel más abstracto; es, por el contrario, un caso paradigmático, porque es aquel que revela la representación por lo que es: el terreno primario de constitución de la objetividad social32.

29 Ibidem, pp. 160-161. 30 W. F. Gadea, "Más allá de la Constitución. Hegemonía política y democracia radical en Ernesto Laclau" en R. Soriano, C. Alarcón y J. J. Mora (directores de la edición), Repensar la democracia, Sevilla, Aconcagual Libros, p. 66. 31 La razón populista, ob. cit., p. 205. 32 Ibidem, p. 207.


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Los representantes expresan una voluntad que debe ser respetada; es decir, la representación simbólica de las identidades populares tiene que contraponerse al totalitarismo: La construcción de una cadena de equivalencias a partir de una dispersión de demandas fragmentadas y su unificación en torno a posiciones populares que operan como significantes vacíos no es en sí misma totalitaria, sino la condición misma de la construcción de una voluntad colectiva que, en muchos casos, puede ser profundamente democrática33.

Sin embargo, la existencia de la democracia está subordinada a la constitución de un pueblo democrático. Existe, sin embargo, una combinación entre democracia y liberalismo, donde coexisten dos tipos diferentes de demandas: o bien un tipo de demandas – el liberalismo, por ejemplo, con su defensa de los derechos humanos, las libertades civiles, etcétera – pertenece al marco simbólico de un régimen, en el sentido de que son parte de un sistema de reglas aceptadas por todos los participantes del juego político, o bien son valores negados, en cuyo caso son parte de la cadena equivalencial y, por lo tanto, parte del “pueblo”34.

Por lo tanto, suponer que la tradición democrática, con la defensa del pueblo soberano, excluye las demandas liberales, es un grave error de las viejas concepciones de la democracia. En más, se podría derivar que la democracia liberal es la forma a través de la que la soberanía popular no se convierte en totalitarismo, entendido como negación de las libertades individuales y civiles. En algunos momentos, escribe Laclau, "la defensa de los derechos humanos y de las libertades civiles pueden convertirse en las demandas populares más apremiantes"35, aunque las identidades populares puedan configurarse de manera muy diferente. 6. Es cierto que para Laclau la emergencia de un “pueblo” nunca es un hecho automático, como podría pretender una filosofía teleológica de la historia, sino que puede tropezar desintegrando al pueblo como categoría política. La razón populista hace posible la inteligibilidad de un sujeto llamado pueblo. ¿Qué decisiones teóricas son necesarias para que esto sea posible? ¿Y cuáles son las condiciones históricas que hacen posible la aparición del pueblo? Laclau concluye su análisis respondiendo a estas preguntas. La primera decisión teórica – escribe Laclau – es concebir al “pueblo” como una categoría política y no como un dato de la estructura social. Esto significa que no designa a un grupo dado, sino un acto de institución que crea un nuevo actor a partir de una pluralidad de elementos heterogéneos. Es por este motivo que insistimos desde el comienzo en que nuestra unidad de análisis mínima no sería el grupo, como referente, sino la demanda sociopolítica36.

La razón populista equivale a la razón política tout court y el pueblo no es el efecto sobrestructural de una lógica infraestructural latente, “sino que es el terreno primordial en la construcción de una subjetividad política” 37. Laclau concluye que los sujetos políticos son siempre sujetos populares, y el pueblo es 33 Ibidem, p. 209. 34 Ibidem, p. 215. 35 Ibidem, p. 216. 36 Ibidem, p. 278.


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el protagonista central de la política, y la política es lo que impide que lo social cristalice en una sociedad plena, una entidad definida por sus propias distinciones y funciones precisas. Es por esta razón que [...] la conceptualización de los antagonismos sociales y de las identidades colectivas es tan importante, y que resulte tan imperiosa la necesidad de ir más allá de fórmulas estereotipadas y casi sin sentido come ser la “lucha de clases”38.

Y más adelante El retorno del “pueblo” como una categoría política puede considerarse como una contribución a esta ampliación de los horizontes, ya que ayuda a presentar otras categorías – como ser la de clase – por lo que son formas particulares y contingentes de articular las demandas, y no un núcleo primordial a partir del cual podría explicarse la naturaleza de las demandas mismas39.

En la época en que vivimos, la del capitalismo globalizado, las dislocaciones inherentes a las relaciones sociales [...] son más profundas que en el pasado, por lo que las categorías que entonces sintetizaban la experiencia social se están tornando crecientemente obsoletas. Es necesario reconceptualizar la autonomía de las demandas sociales, la lógica de su articulación y la naturaleza de las entidades colectivas que resultan de ellas 40.

Las peticiones de justicia y libertad tienen que contrarrestar los riesgos de una ofensiva antidemocrática, de una hegemonía conservadora que reduce el margen de la lucha democrática y conserva un sistema de desigualdades. La petición de las fuerzas conservadoras para realizar las libertades individuales, entendido como objetivo de la sociedad democrática, se convierte en una ideología que legitima la desigualdad y restaura las relaciones jerárquicas antidemocráticas. Se produce, de esta manera, una fragmentación social que no debe confundirse con el pluralismo y que, en cambio, provoca atomización social. Para Laclau el proceso equivalencial garantiza la superación de la atomización e introduce las luchas particulares dentro de un proceso común. La lógica de la igualdad y de la autonomía son complementarias pero conflictivas a la vez, y su equilibrio define las propuestas de una democracia radical y plural; por tanto, todo proyecto de democracia radical no puede prescindir de la dimensión socialista, es decir, la abolición de las relaciones capitalistas de producción de cara a la realización del bien común. La teoría del poder laclausiana – escribe W.F. Gadea – permite poner en conexión el pluralismo de los sujetos con el pluralismo democrático, instaurando un concepto muy peculiar del bien común. En primer lugar porque el pluralismo democrático coincide con una multiplicidad de concepciones morales del bien. En segundo lugar, porque el bien común funciona come un “imaginario social” [...]. En tercer lugar, porque el bien común coincide con los principios éticopolíticos constitutivos de la democracia moderna, en la medida en que consagra el principio de libertad e igualdad para todos41.

37 Ibidem, p. 280. 38 Ibidem, p. 309. 39 Ibidem, p. 310. 40 Ibidem, p. 310. 41 W.F. Gadea, “Más allá de la Constitución. Hegemonía política y democracia radical en Ernesto Laclau”, ob. cit., p. 87.


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De esta manera – Gadea sigue criticando a Laclau – el discurso de izquierdas pierde fuerza: La pérdida de fuerza del discurso de izquierda se origina en el proceso de deconstrucción del concepto de un conflicto central o de intereses históricos de la clase trabajadora. Este pensamiento débil, esta pérdida de objetividad en el fundamento último de lo social y en sentido último de las reivindicaciones sociales, afecta, desde nuestra perspectiva, a la credibilidad del discurso de izquierda y nos produce una sensación de que lo más importante ya ha sido jugado 42.

Sin embargo, a pesar de esta objeción, para Gadea la propuesta laclausiana permite superar la perspectiva liberal del egoísmo posesivo, al concebir al poder democrático como una empresa ético-política que no puede reducirse al plano de la neutralidad valorativa. [...] Por lo tanto, el pluralismo de los valores y de los sujetos no se asienta en el solipsismo de lo privado, sino en la lucha política incesante por implantar una voluntad colectiva hegemónica. Anular el carácter antagónico de la democracia significaría frenar el motor del cambio social y la posible ampliación de las relaciones democráticas. En este sentido, la idea de trasladar el fundamento de poder de una naturaleza universal cerrada a una pluralidad de posiciones de sujeto, alienta la esperanza de que se puede cumplir con el proyecto político de la Modernidad sin compartir sus fundamentos epistemológicos43.

Se puede por lo tanto afirmar que el modelo del pluralismo confrontacional subraya que el objetivo de las instituciones democráticas no es la eliminación del antagonismo o su relego al ámbito del privado. [...] El objetivo radica en promover vías democráticas de los tipos legítimos de antagonismo44.

¿Podríamos, pues, afirmar, a partir de las consideraciones desarrolladas a lo largo de este trabajo, que Laclau capta en el populismo la razón misma del político? Yo diría que sí, pero en la medida en que la esfera del hegemónico no excluye, sino que incluye todas las demandas sociales; se trata de un paso hacia adelante que reconoce la subjetividad política a todos los antagonismos democráticos. Se puede colegir, junto con González, que Laclau en el volumen sobre La razón populista avanza un poco más en cuanto a la noción de democracia radical y ofrece los rasgos fundamentales de las lógicas relacionadas con la formación de las identidades populares45.

42 Ibidem, p. 88. 43 Ibidem, p. 89. 44 M. L. Gonzalez, “Ernesto Laclau y Chantal Mouffe: hacia una teoría radical de la democracia”, ob. cit., p. 450. 45 Ibidem, pp. 450-451: En “su proyecto de construcción de una democracia radical Laclau redefine el concepto de populismo, mayormente desestimado o degradado como lugar de irracionalidad o emotividad de las masas, para situarlo en el centro de su reflexión proponiendo una nueva 'racionalidad populista que permite pensar las identidades sociales y las demandas dispersas. El populismo, por tanto, constituiría una forma legítima de construir lo político más allá de las dos formas de racionalidad total, que al remitir a la reconciliación plena de la sociedad consigo misma disuelve la política; y por otra, la 'práctica gradualista' que reduce la política a mera administración. La razón populista, en cuanto a las condiciones históricas respecta, explica que los individuos viven en un contexto donde la proliferación de antagonismos y puntos de ruptura heterogéneos implican formas cada vez más ‘políticas’ de reagrupamiento y determinados vínculos sociales”.


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La formación de las identidades populares: el análisis de Ernesto Laclau  
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