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PRESENTA

CARNISSERIA 25 BIS Una historia basada en hechos reales Escrita por Gigi.Soul

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Primera Edición: Diciembre 2012 ISBN: 978-1-482-74138-4 © 2012 Gigi.Soul www.gigisoul.com © Diseño y foto cubierta: Gigi.Soul © Ilustración portada interior y final libro: D. Dematteis. © Fotos Capítulos V, XII, III, XIV, XVI : Robert Rivard Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida, ni en todo ni en parte, ni registrada en o transmitida por, un sistema de recuperación de información, en ninguna forma ni por ningún medio, sea mecánico, fotoquímico, electrónico, digital, magnético, electroóptico, por fotocopia o cualquier otro, sin el permiso previo por escrito de la autora.

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:. Gigi.Soul .: Brota como escritora nata en el cemento de la ciudad de Buenos Aires,

para

comenzar a encontrar

la

inspiración de sus

personajes, a partir de 1989 en Miramar, MdQ, Málaga, Menorca y en otros tantos lugares; junto a segundos y terceros que, curiosamente, también poseen nombres con la letra capital M. Poco a poco, la vida fue descubriendo su vocación, hasta que encontró la forma de comunicar y su propia voz, habitando una pequeña isla y rodeada de nativos que hablaban en dialecto. Después de participar en concursos locales de relatos cortos, emprende la aventura de escribir su primera novela y el desafío, de dedicarse plenamente para lo que nació: a contar historias de vida. www.gigisoul.com

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Prólogo Conocer el mundo en los ojos de Naturelle. "Cuanto fui, cuanto no fui, todo eso soy" (Fernando Pessoa) Recuerdo el día que Naturelle me miró desde la distancia y se atrevió a decirme que le gustaba. Lo recuerdo como si fuera ayer, porque probablemente fuera ayer o al menos así lo recuerdo. Me miró con unos ojos que no tengo ni llegaré a tener nunca, aunque no estamos aquí para hablar de mi miopía, de mi astigmatismo o de lo sucias que suelo llevar las gafas. He venido aquí a hablar de sus ojos. A escribir sobre su mirada. A mirar por donde ella mira, antes de que pases de largo estas líneas y te metas de lleno en ellas. Ese recuerdo, como todos los recuerdos, es caprichoso e interesado. Es de ayer y late en mí. Pero para ella está muy lejos. Porque ella ha pasado por mil y una aventuras desde entonces. Es Naturelle, es Black Dog Woman y es tantas cosas como muestra en este libro que estoy seguro de que en ella laten dos corazones, y no siempre al mismo ritmo. Nunca estuve en su isla, estoy esperando a que me invite, pero he sentido con ella lo que es el frío de la soledad de una casa grande en invierno en una isla, porque sus ojos te obligan a sentirlo en tu piel como si tu casa fuera esa inmensidad en la que el frío del invierno isleño te atrapa y te cala en los huesos, sin posibilidad de conseguir más calor que el que te puede

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transmitir mirar por la ventana, viendo más allá de ese paisaje en el que vives. Porque ella mira más allá. Más. Mucho más. Tanto, que se mete en ti como el frío de esos días que pasan queriendo ser, queriendo estar, queriendo vivir. En boca de la Doctora Mutis, aquello de que lo trágico, no es morir; lo trágico es no animarse a vivir. Y Naturelle emprende un viaje de aprendizaje al hacernos adictos y del que muchos deberíamos sacar conclusiones como la argentina que va a sesiones de psicoanálisis. Esa argentina que se come el mundo escribiendo desde las tripas, que es mucho más profundo que escribir desde el cerebro o el corazón y algo para lo que muchas no estamos, ni estaremos nunca preparadas. Por eso hay que zambullirse en su mundo, buscando el oxígeno y el frescor del agua salada en la cara, intentando subir a la mejor ola, pero conscientes de que siempre habrá otra detrás, y otra, y otra, y otra... Pero no por ello hay que dejarlas pasar más de lo debido. ¿Tiene lógica lo que digo? No estoy segura. No he venido a hablar de mí. He venido a mirar a Naturelle a los ojos y agradecer que me dejara mirar por los suyos. Los suyos hace tiempo que encontraron verdades

que

muchos

necesitaríamos

varias

vidas

para

encontrar. Basta con encender su mirada a modo de faro, en la abrupta costa de su isla, para sentir con la mayor de las claridades que quiero mejorar, quiero crecer, quiero caminar, pero hay cosas que me gustaría conservar. Me gustaría conservar los días, las enseñanzas, los sinsabores de los pasteles no probados y las amarguras de los tragos echados a destiempo. Necesito archivar lo aprendido,

lo

olvidado, lo abandonado y el polvo del camino. Pero tenerlo siempre a mano para caminar por nuevas rutas, dejar atrás

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cosas diferentes, no recordar lo que duele y regocijarme en lo acumulado con esfuerzo. Desde las tripas. Directo al corazón pasando por un cerebro que se pregunta quién es esa chica que tiene dos corazones que nunca laten al mismo ritmo. ¿Eso lo he dicho ya? ¿Les he hablado de sus corazones? Perdonen, me estaba dejando llevar por su mirada y he vuelto a olvidar para lo que estoy aquí. Estoy aquí para avisarles de que van a iniciar un viaje único, mágico y personal. Tan personal, tan de Naturelle, que les sonará conocido, que se verán en él, y será tan de Black Dog Woman que no tendrán escapatoria y pensarán que viven en la misma película. En esa película que les acompañó y acompaña. En aquello de, en palabras que encontrarán en este trayecto, no puedo dejar de creer en mi película. Porque todos tenemos una película y todos nos hemos conocido como una Naturelle que de repente se encuentra en un maravilloso plano secuencia, en la soledad de la isla rodeada por todos, paseando sin prisa con un gran y fiel perro negro que marca el camino, dejándonos creer que somos nosotras quién se lo marcamos a él. Todas hemos mirado los días y hemos buscado poner orden en nuestro interior. Todas hemos necesitado saber que mañana es un día que vendrá y ayer fue un día que se fue, y si miramos para atrás no lo vemos, porque la isla está desierta. Como queremos que esté. Un desierto lleno de todas nosotras. Como deben ser todos los desiertos y las islas en invierno. Luchando, peleando, caminando hacia un mañana que será un día más sin él y un día más conmigo. Como siempre habíamos temido que sería. Como siempre habíamos querido que fuera. Como tiene que ser.

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¿Han huido alguna vez despavoridos porque alguien quiere más de ustedes de lo que están dispuestos a dar? No teman, no voy a dar aviso a la Interpol ni avisar a la policía de aduanas, pueden contestarse con total tranquilidad. Asuman que todos estamos llenos de abismos. A Naturelle le gusta asomarse a los suyos. No teman, es una gran aventurera, pero conoce los riesgos. Es pegar un sorbo al mate, pensar en ti, mirar por mi, y poner un lacito que adorne la teoría de la supervivencia que nos muestra esta Carnissería 25 Bis. Algún día contaré, a quien quiera escucharme, que no lo sabía en aquel momento, pero yo conocí a Naturelle. Y eso valdrá mucho... Nando Monzú cabezadeavestruz.blogspot.com

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Hola, buenas tardes… ¿Es aquí verdad? Lo siento, pero aunque suene estúpido, no encontraba semejante edificio.

Bienvenida Naturelle, pasa tranquila… te esperan en la 9ª planta.

El edificio era gélido y monstruoso, desentonando con las antiguas casas de pescadores, que aún le flanqueaban. Situado en medio de una pequeña plaza, que a pesar de estar rodeada por arbustos de todos los tamaños y setos con petunias, únicamente blancas, seguía pareciéndome frío. Al entrar, un enorme hall con una recepción impoluta me esperaba para recibir

las

correctas

direcciones

hacia

dónde

debía

dirigirme.Hacía tiempo que dudaba en ir; muchas de mis amigas me lo habían recomendado como lo mejor que les había pasado, pero a mí esta historia no me terminaba de convencer... hasta que fui. Al entrar en el despacho de la Dra., mi barriga no hacía más que crujir (la duda de continuar con mis pasos volvía, a hacerse presente) hasta que luego de encontrarme a otra recepcionista con su amplia sonrisa, bastante convincente diré, me invitó a pasar a otro despacho donde me esperaría ella, la mujer que me ayudaría a cambiar la cabeza. La sorpresa fue que al entrar, no estaba sola. Aquella oficina no era una consulta más. Una larga mesa que hacía de escritorio de la Dra., se situaba justo delante de unos grandes ventanales que mostraban la belleza del enorme Puerto Natural de Mahón, transmitiéndome la paz que necesitaba y buscaba ansiosa, desde hacía unos cuantos días. Frente a la mesa, un enorme sofá rodeaba una pequeña mesita llena de tazas de café y ceniceros con colillas. Según parece, no

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estaban esperándome; la reunión había empezado hacía unos cuantos minutos. Como apunté anteriormente y la razón por la que pienso ahora mismo, en todas

las

madres

de

mis

amigas

(no

muy

amistosamente), es que a mí esto de las terapias de grupo no terminaba de convencerme mucho. ¿Por qué contarles a unas cuántas desconocidas mi vida, cuando tengo gente que ya sabe mi historia de memoria? 

Pues, sencillamente por eso Naturelle, no seas tan tosca. – me recriminaba antes de ir, una de mis colegas- Al no conocerte de nada, pueden escuchar tu historia según la cuentas, sin más y así, poder darte su punto de vista más neutral ya que no tienen ningún tipo de sentimiento hacia ti.

Eso mismo es lo que me jode del todo. ¿Por qué voy a permitirle a esas extrañas - lo que más me aterraba era que seguramente serían, todas mujeres- que opinen sin reparos sobre mi vida y yo hacer lo mismo con la de ellas? No mola, nada, nada, nada.

Mira, ya que no sales de tu porfía, como trabajo en el mismo edificio y la Dra. es más que maja, te concertó una cita pero solo para que escuches a las demás y tú no digas ni mú. Ya verás como al final, te sueltas y todo.

Bueno, pero yo no sé si podré ir. Además, me queda a una hora de bus y …

Para cuando había terminado la frase, Sisca ya había colgado el teléfono y con cara maliciosa me comunicaba que tenía que estar allí el martes por la mañana. O sea, mañana mismo. Joder, la

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muy puñetera no me dejó escapatoria, porque ya sabía que mañana era mi día libre y el único plan que tenía para ese día era quitarme el esmalte de las uñas porque pintarlas, ya era un trabajo para otro momento; tanto tiempo dedicándome a las uñas, termina por ponerme nerviosa . Allí estaba yo, dirigiéndome hacia unos sofás que eran… ¡comodísimos!; casi al borde de la adicción de echarse allí, para no levantarme nunca más. Si es que, la Dra. ésta, sabía muy bien como vender su terapia. Fue así que me predispuse a escuchar a las cuatro chicas que aquel día estaban allí. Las veía tan relajadas y cómodas; una sentada en el respaldo apoyaba sus pies descalzos sobre el asiento mullido, la otra sentada en el suelo en posición de loto, fumaba un… ¿cigarrito? mientras bebía café, otra miraba por la ventana con los brazos cruzados y Camila, la morena de pelo rizado que contaba su historia en ese momento, seguía en lo suyo gesticulando y hablando como si yo no hubiese entrado por la puerta. La Dra., sentada detrás de la larga mesa, solo se limitó a decirme: “Ponte cómoda”, pero mis nervios podían más que mis ganas de despatarrarme en aquel sofá de Ikea. Y me acomodé como pude, recta e inquieta en una esquinilla.

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Justamente aquel día en el que yo empezaba a incursionar en la terapia de grupo y el psicoanálisis, también era el primer día de Camila. Al entrar por la puerta, pude escuchar parte de su relato, pero lo mejor comenzaría luego de tomarme dos cafés y haber fumado cinco cigarrillos (más uno a medias, de los “cigarritos” de la chica sentada en el suelo). Luego de expresar como se sentía ella en ese momento, con palabras como confundida, dolida, cabreada, perdida, triste pero fuerte, aunque sola y sin ganas; empezó a contar la historia desde el principio. ¡Qué suerte!, de esa manera podría comprender por qué esta mujer se sentía tan desdichada. Camila continuó hablando, sentada en el sofá moviendo las manos en cada frase, haciendo garabatos en el aire con el humo del cigarrillo, contándonos la historia con ese cantito tan característico de los argentinos, que tanto gusta en España: 

Nos conocíamos desde chicos a pesar de que, realmente, apenas hablábamos. A decir verdad, quienes se conocían eran nuestras familias porque vivíamos en la misma ciudad, en el mismo barrio y mi mamá, era íntima amiga de la madre de Luca. Pero él no me daba ni cinco de bola. Él era más grande que yo y vivíamos esa época en que las diferencias de edad, aunque fuera de uno o dos años, parecían abismales. Yo tenía catorce y él diecisiete… distintos

amigos,

distintos

círculos

por

dónde

nos

movíamos, hacía también que no encontráramos puntos en común como para empezar a relacionarnos. Pero esto me importaba poco, yo era una pendeja que estaba secretamente enamorada de él. Hasta que, con el pasar de los años, mi vieja viene corriendo de la casa de Norma,

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la madre de Luca, con un notición: “¡Luca se fue a Estados Unidos! ¿No es maravilloso? Un amigo le consiguió trabajo y está viviendo en su casa y todo, allá en Miami… ¡está más ilusionado el pobre! Pensar que acá no hizo más que trabajar por un sueldo de mierda y un muchacho tan inteligente como Luca; que desperdicio si se quedara acá, porque …”. Pero yo volvía a estar en mi nube, pasando de mi madre y pensando solamente en el momento del reencuentro; hacía como tres años que no lo veía, más o menos desde que se fue de su casa. Las cosas de la vida hicieron que mi vieja llegara con esa noticia, tan contenta, porque justamente nosotros estábamos a punto de viajar a Miami; mi viejo llevaba ahorrando más de dos años (tenía esa costumbre de planear grandes viajes desde que éramos chiquitas) para planear este viaje en familia. Hasta que el momento llegó. Llegamos allá y para mi desgracia, apenas pudimos coincidir con Luca porque estaba muy ocupado trabajando casi todo el día, vivía lejos del hotel donde nos hospedábamos y sin coche… que podíamos hacer. El último día de nuestras vacaciones, mi viejo nos invitó a cenar a un restaurante muy conocido allá por los argentinos, ya que su dueño era el

Gordo

Porcel.

Según

estábamos

entrando

al

restaurante, alguien nos grita: Pero… ¡¿Qué hacen acá?! ¡No te lo puedo creer! Ahí estaba, Luca, más bombón que nunca. Por lo general, cuanto más nerviosa me pongo, más seria estoy, con esa expresión en la cara como si manejara la situación por completo, cuando en realidad me derrito por dentro. Nos sentamos a cenar todos juntos

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y él me dice que sabía que yo estaría en USA y que la falda me quedaba re linda. ¡Imagínense los colores en mi cara! Pasaron las horas, las copas, los recuerdos, las cosas en común y terminamos los dos juntos en una noche de película. Chicas... aluciné. ¡Mucho mejor de lo que siempre imaginé! Vuelvo para Argentina y fue un no parar

de

llamarnos

cada

día;

diciéndonos

cosas

maravillosas como que estábamos hechos el uno para el otro, que no podíamos seguir separados, que cómo no nos dimos cuenta antes, que… tan… tan… ta…. Tan… ♪♫ (lo del

sonido

de

boda,

creo

que

fue

parte

de

mi

inconsciente; él no dijo nada sobre ello). Hasta que un día, con la cabeza comida por tantas paranoias de distancia y separación, saqué el tema en una de nuestras conversaciones

telefónicas.

Él,

dándome

sus

explicaciones por las que no volvería a nuestro país y yo, dándole las mías por las que ni se me ocurría irme. Decidimos finalmente que lo nuestro no era posible y que ya éramos un poco grandecitos como para vivir amores de cuento, pensando que lo mejor sería dejar de llamarnos. Aunque… la verdadera razón es que yo ya no podía seguir de esta manera; corté con Luca y para no sentirme tan sola, volví con mi ex (con el que las cosas habían

quedado

un

poco

turbias

desde

mi

tour

norteamericano), separándome así de toda una vida de ilusión que había creado alrededor de Luca. Fue duro porque, a pesar de que nunca estuvo a mi lado más que un día, yo estaba totalmente metida en su vida yendo a comer asados y saliendo por ahí con todos sus amigos.

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Me hacía sentir más cerca aún de él, y de un momento a otro preferí separarme de todo su mundo, para no sentirme más arrepentida de la decisión que había tomado. Dejé de ver a la familia, a sus amigos, a todo lo que pudiera recordarme un poquito a él. Pasaron nueve meses hasta que, insólitamente, recibo una llamada de una amiga de Luca en mi móvil. Sin siquiera poder imaginarme por qué me llamaría esta chica, ya que si fuera

alguna

mala

noticia,

me

habría

enterado

velozmente a través de mi madre; atiendo el telefonito y me cuenta que Luca está destrozado, que no puede parar de pensar en mí, que se cansó de escribirme mails a los que yo nunca contesto (¿Mails?, pensé en ese momento… ¡la puta madre! ¿Hacía cuánto que no revisaba mi casilla de correo?), y que no hace más que decir que no puede seguir viviendo sin mí. Sin pensarlo fui al primer cibercafé que

encontré

abierto

en

el barrio,

para

averiguar qué era lo que estuvo escribiendo este chico durante todo este tiempo. Luego de poner mi contraseña y seguir todos los demás pasos para finalmente, estar delante de la pantalla de la bandeja de entrada del correo, me encuentro con que había… ¡diez páginas de mensajes sin leer! Y la mayoría de aquellos mensajes eran de él. Le pagué unos quince pesos al tipo del cibercafé por todos los mensajes que le hice imprimir, porque no podía estar sentada leyendo todas esas confesiones, sin emitir emoción alguna, o aún peor; dejándome llevar por todas mis emociones y quedar como una pobre imbécil ante todo el cyber o… ¡Peor!, que entrasen las chusmas

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del barrio y empezaran a preguntarme “¿Qué te pasa bonita?¿Por qué llorás, gritás, reís así? IN-SO-POR-TABLE. Terminé yéndome a mi casa con un puñado de hojas en la mano para saber bien, qué es lo que quería Luca de mí; de nosotros. En los mails, en los que pasaba de amarme

con

locura

a

enojarse

porque

no

recibía

respuesta, para luego pedirme disculpas por haberse cabreado y más tarde, odiarme por haberme olvidado de él, continuando con un Llamáme… no puedo seguir así ni un día más, me decidí a llamarle; al menos para saber si realmente estaba tan mal como escribía. Y lo estaba; pero lo nuestro seguía siendo imposible. Aunque el insistió en que continuásemos hablando por teléfono pero más que nada como amigos; que ya veríamos, si alguna vez podríamos volver a estar juntos. Precisamente con esta excusa fue que me dijo que me enviaría un regalo por correo a la agencia de viajes donde trabajaba su vieja, y que más me valía que estuviese ahí cuando lo entregasen; porque era una de estas cosas yanquis y modernas que si pasan los días se estropean. Que me avisaría el mismo día que saliera el paquete para acá, así podría decirme más o menos la hora que llegaría al día siguiente. Me contó una historia de que lo mandaba por una agencia de viajes de donde vivía, que tenía un sistema de envío “excepcional” con la agencia de viajes de su madre y que bla… bla… bla… Llegó el día y la hora acordada de la llegada del maldito paquete, que me tenía de los nervios con tanto misterio y me fui hasta la agencia, de mi “futura” suegra (las campanas de boda seguían sonando en mi cabeza,

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para variar). Ella no sabía nada de ningún paquete ni de ninguna cosa. Mierda; qué vergüenza, que ganas de salir corriendo de la agencia al mejor estilo Forrest Gump. Pero como suelo hacer siempre, procuré tomarme las cosas con calma, como manejando la situación y dije: - No pasa nada Norma, no te preocupes. Culpa de estos correos que ya sabés cómo son… mucho prometer con puntualidad y después, nada de nada.

- ¡Ay

nena!

Pero… ¡qué pena! De todas formas, llamó hace un rato Luki y me preguntó si estabas acá. Como yo ni siquiera sabía que venías, dijo que lo intentaría más tarde; quizás es por algo de esto ¿no? ¿Por qué no esperás?. Sin más remedio que esperar la llamada, me senté junto a la mesa de Norma para, ya que estaba, charlar sobre pelotudeces; cuando siento que alguien me toca el hombro y al darme vuelta, le veo… ¡Noooo! ¿Es que este chico no hace más que ponerse, cada vez más guapo con el pasar del tiempo? Luca volvía a hacer una de sus apariciones a lo David Copperfield… ahora me ves, ahora no me ves y ahora… me volvés a ver. No lo pude creer cuando me dijo que no estaba solo de vacaciones, sino que venía a quedarse en Argentina, para intentarlo conmigo. Fuimos felices y comimos perdices durante… no mucho tiempo, la verdad. Era una época mala en el país y él no conseguía trabajo. El ambiente en las calles, la familia y los amigos era de terror; íbamos de bajón en bajón. Empieza el invierno en Argentina y el verano en otras partes del mundo, por lo que, después de hablarlo entre

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los dos, decide marcharse a España a hacer la temporada a lo de otro amigo; le aseguraba casa, comida y laburo hasta que se estableciera. Otra vez separados. Pero esta vez traté de tomármelo más como una persona adulta que ya estaba empezando a convertirme y pensar que, realmente, fue en busca de posibilidades tanto para él como (si todo seguía bien entre nosotros) por qué no, para los dos. Una vez medianamente instalado, empezó a insistir en que fuera a verle, pero yo no podía. No tenía trabajo y con mis viejos cada día en peor situación económica, me daba mucho palo pedirles guita para ir a ver a mi novio; de ninguna manera, no podía pedírselo. Para colmo de males, mi hermana también se había marchado a Estados Unidos como tantos otros a trabajar y mi viejo, después de un año de mucho ahorrar, me da la sorpresa con un pasaje solo para mí, por un mes, para visitarla. Mi hermana por esa época andaba bastante mal también, la pobre; sola y sin nadie en quién apoyarse. Y fui. La hecatombe se armaría con Luca, al enterarse que había guita para USA y no para España, que costaba más o menos lo mismo. Sin ganas de explicarle nada, porque me parecía bastante egoísta por su parte, volví a dejar de llamarle y él, enojado, me dice por un mail que se terminó. Me consuelo en los brazos de mi hermana, me la paso de fiesta por Miami y después de unos meses, vuelvo a casa porque a pesar de querer a mi hermana con locura, no termino de acostumbrarme a esa vida tan mecanizada. Aparte, no iba yo con ganas de instalarme en ningún

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país

que

no

fuese

el

mío.


Vuelven a pasar los meses (fue solo uno en realidad, pero parecieron… ¡mil!) y tratando de hacer tripas corazón, voy como invitada a la fiesta de cumpleaños de quince de la prima de Luca ya que, ahora siendo parte oficial de su vida para todos los demás (ni él ni yo abrimos la boca respecto a nuestra separación), se sentían obligados a invitarme, yo igual no entiendo muy bien por qué pero, en fin… cosas de familia. En el medio de la pachanga mientras la reina de la fiesta bailaba el vals característico con su padre, siento que alguien me toca suavemente el pelo y me susurra al oído: “¿Semejante preciosura, sería tan amable de concederme este vals?”. Yo, como loca, me levanto de la silla para decirle cosas como “¡Atrevido!” o (dependiendo la cara que me encontrara al girar la cabeza soltaría un “¡Imbécil!”); ya que me imaginaba a algún familiar borracho echándome el tufo a whisky encima, intentando tirarme los tejos y yo con el humor que llevaba, no estaba para estas cosas. Pero me lo vuelvo a encontrar a Luca. Aunque esta vez no muy guapo, diré, porque tenía una cara de cansado terrible pero, así y todo… ¡me temblaba hasta el peinado! Sin embargo en esta ocasión no volvía ni para quedarse, ni de vacaciones, ni nada. Venia a pedirme que me fuera con él, volviéndose a enfrentar a un “No puedo” de mi parte. Yo acababa de encontrar un buen trabajo y no me sentía decidida como para realizar semejante cambio así que, él, sin más, vuelve a irse; con el corazón con agujeritos. A la semana me llama y me dice que vaya a tal agencia de viajes, que me estaba esperando un pasaje, a mi nombre,

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con fecha para salir en quince días y que no podía volverle a rechazar. Que si realmente tenía ganas de compartir un poco más de tiempo con él, buscase el pasaje y me fuese para España a disfrutar de unas bonitas vacaciones en pareja y que si no quería… él entendería que ya no me importaba nuestra relación y no insistiría más. Por esto me fui, porque eran solo otras vacaciones junto a él; no una mudanza. Aparte, las fotos que había mandado de Menorca tentaban muchísimo. Al tiempo de llegar, quemé el pasaje de vuelta y hace seis años que estoy junto a él. ¿¡Y ahora va y me hace esto!? ¿A ustedes les parece justo que se comporte como semejante pendejo, después de todas las veces que tuvo que luchar por mí?

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Justo al darme cuenta que algo me había perdido por llegar un poco tarde a la reunión, la Dra. decía que ya estaba bien por hoy, que volviésemos el jueves a la misma hora y continuaríamos con esa charla. No había remedio, ya estaba enganchada a estas malditas reuniones. Salimos de la consulta y no pude evitar ponerme a charlar con Camila: 

¡Qué historia! Es normal que te sientas tan mal ahora mismo, estas en medio de la separación; no podés imaginarte que

identificada

me siento

con

lo que

contaste, más que nada porque somos del mismo país. 

¿Sos argentina?… ¿hace cuánto que estás por acá, en la isla?

Todo lo que vino después fue un intercambio de ¡Ooohs!, ¡Aahhs!, números de teléfono y recuerdos de nuestras raíces. Excusándose que tenía que volver al trabajo, salí también de aquel edificio y me encaminé hacia la parada del autobús para volver a casa. Una hora de viaje me dio mucho para pensar y la verdad es que no podía sacarme la historia de Camila de la cabeza, con la mirada clavada en el cristal del autobús, donde se proyectaban

los

verdes

y

húmedos

campos

del

invierno

menorquín. Porque no hace mucho yo también me había sentido así. Defraudada y engañada. Triste y sin salida. También me había quedado pensando en lo rara que había sido la consulta de la Dra. Ninguna presentación, ni siquiera de ella o de las otras chicas que estaban allí. Me preguntaba como seguiría todo, cuál era el método que utilizaba. Si era Freudiana y por eso no abría ni el pico o si por el contrario, era de la Gestalt, de allí la informalidad y… vaya a saber uno que le esperaba en la próxima

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consulta. Bajé del autobús en la Plaça des Pins y luego de sentir la bienvenida de la tramontana en mi cara, recorrí las cuatro calles del centro que me acercaban hasta mi casa, disfrutando de la decoración

de

navidad, con

sus

luces

rojas

y

amarillas

destacándose entre las antiguas construcciones y la oscura noche. Es raro, pero en esas cuatro calles me puse a observar la gente que pasaba a mi lado y la mayoría iba acompañada de otra persona. Parejas, familias yendo de compras, amigos, andando hacia el bar más cercano para tomarse un cafecito. No se ve mucha gente sola y me pregunto… ¿por qué será?. ¿Será que todos tememos a la soledad?. ¿Será que todos evitamos descubrirnos a nosotros mismos, o en realidad será que estamos en esta tierra, para compartir nuestra vida con los otros? Nadie nos obliga a relacionarnos con los demás y menos, en estos tiempos egoístas que corren más allá de la hipócrita navidad; pero dentro nuestro creo que sí existe esa necesidad de la compañía. Llegué a mi casa y mi única compañera de este último tiempo, seguía fiel sentadita en la escalera esperando mi llegada; mi gata siamesa, a la que después de ponerle mil y un nombres y apodos, me decidí dejarle como seudónimo oficial Chochets (a pesar de que su nombre real, el que figura en su libreta, sea Katrina). Fue él quién me la regaló; recordándole hoy, la casa se me hace más grande aún, sin saber muy bien por qué. ¿Será por la historia de Camila, esta estúpida melancolía? Según me encamino hacia el sofá a dejar el bolso, puedo imaginarlo sentado con esa actitud de “Te pregunto, pero solo como información, no porque realmente me importe”:

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¿De dónde venís? - dijo desviando su mirada hacia mí, solo un segundo.

De la biblioteca. Estuve viendo unas guías de viaje buenísimas que recomiendan los sitios más baratos para alojarnos en Brasil y los lugares más interesantes para visitar.

¡Qué bueno! Pero ya me contarás, ahora me voy a lo del Biel, que vamos a Cavallería porque hay olas.

Con él o sin él, la sensación de soledad es la misma. El frío se hace notar ya en la casa tan grande y medio deshabitada; desde su partida y la de los inquilinos que nos rodearon este verano, de tres habitaciones la única que está ocupada es la más grande, en dónde estoy yo, mi soledad y la Chochets. Ahora suma la cocina y los dos salones… ¿cómo no voy a sentirme triste hoy con este panorama?. Tratando de cambiar el chip, me conecto a la web mientras caliento una taza de leche para prepararme un té de rooibos, que por lo poco que he leído en revistas de homeopatía, es buenísimo para gente nerviosa como yo. No obstante yo lo bebo solo porque ¡está tan bueno!, pero mejor está con un poquito de canela, como me enseñó Sisca. Qué también es afrodisíaca, lo sé; pero bueno, al menos me tendré que calentar con algo al estar tan sola, ¿no? Con un té de rooibos y canela…joder; según lo pienso y repienso, vuelvo a darme cuenta lo patética que puede llegar a sonar una, al quedarse soltera en invierno en una isla. Ya sentada frente al ordenador, con el té dándome calor en las manos, me pongo a escribir en mi blog: “Siempre es la misma problemática… yo, el amor y las relaciones. En realidad lo que más me come la cabeza es el tema

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de las relaciones. Investigo, leo, pienso y sigo sin poder entenderlas. Me mareo, no sé cómo manejarlas; pero quizás la pregunta esté en si realmente la historia es aprender a “manejar” las relaciones o aprender a “llevarlas”. O sea, no hay que

manejar

nada

en

realidad;

sino

saber

aguantar

y

comprender. ¿Será así? Recuerdo la adolescencia… cuando tenía quince o dieciséis años y los amigos eran lo mejor del mundo, estaban en la escala de importancia antes que nadie y todos éramos inseparables. Eva y yo éramos realmente inseparables. No solo íbamos al mismo Instituto, sino que a la misma clase y hasta nos sentábamos juntas. Los demás nos decían que no concebían a la una sin la otra. Yo salía del Instituto, volvía a mi casa y al terminar de comer, me iba con mi bicicleta de paseo roja, con cesta blanca y corneta en el manillar, hasta la casa de Eva; pasábamos toda la tarde juntas estudiando, escuchando música, jugando al truco y al otro día, de nuevo al Colegio. Y los fines de semana… más de lo mismo. Compartíamos amigos, colegas, gustos, aficiones, costumbres, secretos, música, ropa, conocimientos; menos los machos,

lo

compartíamos…

¡casi

todo!

Era

como

una

sincronización hecha a posta, ya que estábamos pegada la una a la otra muchas horas al día, pero que por momentos fluía sin que apenas nos diéramos cuenta. Solo nos entendíamos entre nosotras,

estábamos

convencidas

que

nadie

más

nos

comprendía. Pero después, en los veinte y pico, ya cada uno va mucho más a su bola -o a la de su pareja- y los amigos son sólo para pasar un rato, charlar o divertirse; cuando antes eran PARA TODO. ¿Qué será lo que cambia? Antes era un “Uno para todos” y

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ahora es un “Tú a lo tuyo y yo a lo mío”. Lo que si no tengo muy claro, es cuál de las dos posturas es la mejor; no sé si la de la adolescencia es una utopía y la otra una realidad. Aunque con el tiempo, solo con el tiempo, como dice Borges, te das cuenta que esa amistad-pegote tampoco es una relación sana y quizás… por esto mismo fue que se terminó rompiendo un poco nuestra relación culo-calzón y comenzó a transformarse, en una amistad verdadera. ¿Qué es la amistad en estos tiempos de vicio, en un mundo en el que vivimos a tope las veinticuatro horas? Resulta tópico pensar que la amistad es para siempre y como muchos dicen, las parejas no; cuando la realidad me muestra a muchos amigos que se

desviven

por

sus

parejas

todo

el

tiempo

y

pasan

olímpicamente de sus amigos, de sus verdaderos amigos. Como también, casi ninguno de ellos sale sin su respectiva pareja. Pero eso sí, sin olvidar que las pocas veces que se juntan con sus amigos en salidas en solitario, se dedican a criticar a su pareja, preguntándose que cojones hacen con ella, pudiendo pasársela siempre así, con los colegas. ¡Qué absurdo!. Nos engañamos, todo el tiempo, a nosotros mismos. Para mi la idea de un compañero, de una relación, no es del tipo: “¡No sé seguir sin ti! ¡Acompáñame hasta el fin del mundo!, pero dame tiempo para ver si puedo acompañarte…” Por momentos caigo en la cuenta que mucha gente con la que me relacioné en estos años de juventud, no terminó de conocerme. Creo que vamos por la vida sin prestar verdadera atención a la gente con la que nos relacionamos. Transitamos viendo nuestros yo superficiales. No tratamos de descubrir qué es lo bueno que hay en cada uno de los que conocemos y nos convertimos en un

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montón de vagos incomprendidos. FALTA DE COMPROMISO. Pero… ¿cómo voy a pretender pedir compromiso, cuando ni siquiera tomamos partido por nosotros mismos?. Muchas veces he tenido discusiones con amigos. Hemos discutido y nos hemos distanciado. Pudo haberles dolido cosas que yo he dicho o he hecho, pero si fueron capaces de enfrentarme y sincerarse diciéndome qué fue lo que les dolió, no dudé ni un momento en pedir perdón. Pero los que me han perdonado y aún siguen conmigo, lo han hecho sintiéndolo, no solo diciéndolo. Porque al ser sincero su perdón, yo pude aceptar que necesitaran un tiempo de distanciamiento, para que ese perdón que me estaban otorgando hiciese que, todo aquello que pude hacer o decir en un momento de discusión y les lastimó, quede en el olvido o al menos en el pasado; (lo confieso, suelo calentarme bastante cuando discuto… estoy en proceso de control de ira) porque como dicen por ahí, “Lo pasado, pisado” y poder así empezar de cero, para que cada día sea mejor de lo que fue ayer, para que sea algo nuevo y renovado. Pero no me des un perdón de morondanga como decía Mafalda, no me des un perdón de compromiso;

un

perdón

actuado.

Necesito

un

perdón

comprometido porque… ¿sabes qué?, al final sigo creyendo que nuestra relación crece cuando en realidad, voy caminando sola. Si nos relacionamos, si lo que tenemos puede llamarse amistad, deberíamos caminar a la par; vos por tu camino de algodón y yo por mi camino de gravilla, pero estando cerca por si tu algodón se ahueca y te caes, o por si mi gravilla levanta mucho polvo y no me deja ver. Porque creo que esto es la amistad; saber que estás cerca para cuando necesite tu mano. No me engañes, se sincero. Gritá, llorá, puteáme, pero reaccioná. Necesito saber

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que pensás y si es que realmente te importa, para poder decirte también lo que yo sentí en la situación. La amistad es ida y vuelta. Yo estoy dispuesta a darte mi tiempo y mi atención, aún cuando no tenga muchas ganas. Pero quizás la pregunta es… ¿estás dispuest@ vos?” Bajé la tapa del portátil, agarré a Chochets y la apoyé sobre mi hombro, dejé la taza en el fregadero y como los leños consumidos ya no daban calor en la estufa, subí la escalera y me acosté en la cama de aquel dormitorio frío, con la compañía de la luz de la luna entrando por la ventana y mi nena -como bolsa de agua caliente- a mis pies. Mañana sería un día más sin él y un día más conmigo.

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Me levanto temprano por la mañana… bueno; relativamente temprano para una mujer que está cobrando el paro y tiene que encontrar motivaciones muy, pero muy importantes como para levantarse “realmente temprano”. Era por la mañana cuando fui al banco a hacer esos trámites coñazo que no pueden hacerse en los cajeros; por tan fabulosos y funcionales que fueran los cajeros de La Caixa todavía no podías pedirles, por ejemplo, te recordaran el número pin que por vigésimo cuarta vez habías olvidado. Hoy tenía que hacerlo sí o sí, porque en la cartera no me quedaban más que esas incómodas monedas de un céntimo, que siempre se resbalan de los dedos cuando quieres cogerlas. Y me tocó la mesa del chico guapo que cada vez que voy, me dice alguna chorrada: 

Buenas… este… sí mira, quería saber si me puedes dar un nuevo número pin. Es que… no me lo acuerdo. ¡Tengo tantas contraseñas en la cabeza! la del móvil,

la del

banco, la banca online, el e-mail, el messenger… en fin. 

Lo sé, suele pasar. Me dejas tu carnet por favor…

Si y mira ya que estás… ¿podrías poner que todos los meses me pasen dinero de esta cuenta a la otra?

Pero… ¿tú eres italiana?- preguntó demostrando que no entendía nada.

No, ya… es por el pasaporte, nada más. Para ser de la comunidad europea; pero en realidad soy argentina... - y aquí empezaba la misma explicación de siempre.

Claro… hombre, ya me parecía que tenías un deje argentino. ¡Pero es que eres una argentina con acento malagueño! Me encanta – me dijo, junto con una mirada de gato de las suyas.

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Pos… bueno es que...

Estaba harta de tener siempre las mismas conversaciones, pero eran algo normal y un poco lo había superado; aún así… confieso que había días que realmente el mismo tema llegaba a tocarme los cojones. No importa cuantos años vivas en otro país, siempre pasarás como " gente de fuera " Vuelvo a casa del banco y por la hora, ya me toca comer. No tienen ni idea lo complicado que es cocinar para una sola persona todos los días y encima, intentando hacer un menú variado para tener una dieta equilibrada. Ni de coña. No logro atinar con las cantidades, pero es que a veces tengo tantas ganas de comer –por ejemplo- lentejas, que al final cocino tal cantidad, que acabo comiendo lentejas recalentadas tres días seguidos. Me cago en la dieta mediterránea desde que vivo sin él y caigo en el facilismo de la comida rápida o enlatada, hecha por cualquier otro menos por mí. Me siento a comer delante de la televisión; como no es suficiente compañía y nada de lo que echan me convence, la pongo en mute, enciendo la música en el ordenador y me pongo a hojear una de las cientos de revistas que tengo desparramadas por todos los rincones de los salones, metidas en cajas de fruta recicladas, pintadas al agua. Recordando la conversación con el guaperas del banco, recuerdo que viví unos cinco años en Málaga y fueron unos años maravillosos. Fueron los años que sucedieron a mi llegada a España, la cual tampoco fue un lecho de rosas; todo hay que decirlo. La elección fue Málaga ya que una pareja de amigos íntimos de mis viejos, habían ido allí hacía como un año y antes de

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marcharse de Argentina, me habían propuesto si quería unirme a ellos. La propuesta fue hecha a una niña de dieciocho años recién cumplidos, o sea… la inseguridad y la inconciencia de la edad me llenaban; por eso mi contestación tan rápida fue un “¡Si!, ¿cuándo nos vamos?”. No sería todo tan fácil, porque al final tendría que esperar a que esta pareja se estabilizara en Benalmádena, el pueblo donde tenían sus contactos hechos y la partida, no sería tan pronta como creía, alargándose a casi un año de espera. Mientras tanto, mi adolescencia transcurría entre una gran pelea con Eva, mi mejor amiga, cuando sentí su primera traición. Había sido por una chorrada, normal y típico de aquella época, pero lo más terrible fue que ella no solo me había ocultado aquella estupidez, sino que se había dedicado a transmitirla a todo aquel oído que quisiera prestar un poco de atención, menos al mío. Cotilleo... y yo sintiéndome como una imbécil. Nunca voy a olvidar aquel Día del amigo de 1999; el más triste que pasé en mi vida (fue el peor de mi vida porque, a partir de ahí, dejé de festejar este tipo de fechas comerciales como San Valentín, mi cumpleaños, mi santo y el día en que San Martín cruzó los Andes… ya que estábamos). Eva no me llamaba desde hacía un mes más o menos, por lo que yo me sentía muy sola y triste aquel día; replanteándome si realmente me estaba equivocando en no enfrentarme a ella, diciéndole cuánto me había lastimado lo que había hecho. Pero al día siguiente Eva apareció (preguntándome con su inconfundible mala ostia), por qué carajo había dejado de llamarla. Luego del intercambio de unos cuantos “Yo no te llamé, vale, pero… ¿y vos?”, terminé aceptando entre lágrimas que si me había alejado de ella, era sencillamente

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porque no me molaban sus nuevos colegas y que me había equivocado, porque tendría que habérselo dicho al considerarla mi amiga; mientras ella me abrazaba y me decía que la perdonara por haber traicionado mi amistad, porque se había dado cuenta que no es fácil encontrar una persona en la que confiar

y

ella

me

había

engañado.

Aquel

día

hizo

que

continuásemos juntas no solo aquel 1999, sino estos últimos en España. Tuvimos mil discusiones más pero en fin, ahora no vienen a cuento. La adolescencia fue y será siempre, una época difícil, podría asegurar, casi en la vida de todo el mundo. Nadie puede negarme que es el ciclo en el que nos hacemos las preguntas más trascendentales de nuestra vida. Nos cuestionamos todo y más aún en el año justo después de dejar el Instituto, Secundario, COU, BUP,FP o como se llamen. Al menos, así me sucedió a mí. En mi país, aquella época también era un poco complicada, por qué no decir perturbadora. Era año de elecciones presidenciales y nos debatíamos entre el Partido Justicialista, disfrazado de socialista

y

una

Alianza,

hecha

entre

conservadores

instauradores y zurdos de toda la vida. Una hecatombe, bah. Para colmo, no solo tenía la responsabilidad de votar por primera vez, ya que en Argentina es obligatorio votar a partir de los dieciocho años, sino que encima debía decidir, qué hacía con mi vida, mientras esperaba mi partida a España que parecía nunca llegar. ¿Existía mientras o me alejaba, de aquel mundo de hipócritas mortales, mientras esperaba mi emigración hacia nuevas oportunidades? Me sentía como los pingüinos, que no hacen más que esperar

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ansiosos la llegada de su marcha hacia el frío y duro invierno, que les dará la oportunidad de crear una vida nueva, un nuevo comienzo. Pero cada día tengo más claro que los animales saben aprovechar la inteligencia que les ha tocado tener y la aprovechan al máximo; no como nosotros, que no hacemos más que ocuparnos de boludeces todo el rato. Ellos saben disfrutar de la espera, de la vida mientras aguardan. Aprovechan el zambullirse dentro del agua en busca de comida y diversión, porque saben que luego, cuando llegue el invierno, todo estará cubierto de nieve y hielo tan grueso, que no les dejará ni cazar, ni comer, ni sentir el agua en su cuerpo durante muchos meses. Y si es que sobreviven, para volverla a sentir. Pero para mí, en aquella temporada, el pingüino era el eslabón perdido de la teoría de la evolución de Darwin y la antropología, no me interesaba mucho que digamos. La única hipótesis que rondaba por mi cabeza, totalmente existencial para mí, era... cómo podía ser que nos hubiésemos separado todos los que estuvimos en el Instituto… en menos de seis meses. ¿Cómo podían haber cambiado tanto nuestras vidas, en tan poco tiempo? Tenía que dejar de pensar en tantas tonterías ya, porque entre tanto pensamiento, le había quitado el mute sin darme cuenta al televisor y con tantos electrodomésticos encendidos, mi casa se parecía a una taberna con tanto follón. Fue cuando, con el último bocado de un showarma a punto de ser deglutido, me encuentro entre las revistas con una poesía mía que algún día, le dediqué a él en un papel. Me levanto rápido hasta la nevera en busca de mis hierbas hepato-curativas, porque sabía que ese último pedazo de showarma, iba a caerme como una roca. Los versos

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empezaban así: Llamale amor, pasión, amistad, cariño. Ponele el nombre que quieras. Tratemos de explicarnos una y mil veces Lo que sentimos Pongámosle freno o dejémonos llevar O viceversa Inventemos excusas, razones, peros Si, total, al final lo que cuenta es Lo que sentís… lo que siento Lo que vale son los momentos que vivimos Lo que importa es que nos elegimos cada día Algunos un poquito más Otros un poquito menos Que más da lo que hice, lo que hiciste Lo que hicimos o lo que haremos Yo te amo y esto lo hago hoy Hoy sos único para mí Y hoy te quiero para siempre. Me pregunto que habrá sido de este yo, tan pingüino.

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Naturelle creía ser una mujer fuerte, independiente y sin miedos. Refugiada en su soledad, habitando la isla más septentrional del mediterrá...

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