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Este documento es un extracto de la obra

La tribu de Camelot

Carlota y el misterio del tĂşnel del terror Gemma Lienas

Destino

www.gemmalienas.com


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CAPÍTULO 1

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Ojos de gato

F altaban muy pocos días para acabar el curso y la gente de la clase estaba un poco nerviosa, por eso no me sorprendió que Sa’îd agitara los brazos como si fueran aspas de molino de viento. A Mireya tampoco debió de extrañarle mucho, porque ambas seguimos comiéndonos el bocata y caminando con ritmo bastante pausado. Cuando llegamos junto a Sa’îd, se acercaban también Miguel, Berta y Eli. O sea, el resto de la Tribu de Camelot, nuestra panda, con la que nos dedicamos a resolver misterios, vivir aventuras y luchar por un mundo más justo. 7


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—¡Ostras!, Tribu: parecéis tortugas con una pata rota —se quejó Sa’îd. —¿Qué mosca te ha picado, chaval? —dijo Miguel. —Sí, a ver, ¿qué es eso tan importante que debería hacernos correr? —preguntó Mireya. Sa’îd nos miró como si de repente creyera que no nos merecíamos que nos lo contara, pero al final lo soltó: —Tengo un nuevo misterio. ¡Eh!, eso sí que era una gran gran noticia. Nos sentamos a su lado, a la sombra para no asarnos bajo el sol que caía, y fuimos todo oídos. —Hala, venga, cuéntanoslo, que sólo quedan diez minutos de recreo —lo presionó Mireya. —Se trata de las canicas ojos de gato. —¿Las qué? —dijo Berta. —Canicas—repitió Eli. Y después, algo impaciente, explicó—: ¿Sabes? Esas bolitas de vidrio de colores que utilizamos para jugar en el suelo. Berta la interrumpió: —Ya sé qué son las canicas. Os he visto jugar a ti y a Sa’îd un montón de veces, pero no tengo ni idea de cómo son las ojos de gato. 8


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—Pues unas canicas de vidrio transparentes que, en el centro, son de color amarillo y verde, y parecen ojos de gato. Además, a mí me dan muy buena suerte —explicó Sa’îd—. Pero últimamente he perdido unas cuantas partidas y me he quedado sin ninguna. —Lo siento por ti —dijo Miguel—, pero ¿me puedes explicar qué misterio hay en todo eso? —Pues que he ido a cuatro quioscos a comprar canicas y no he encontrado ni una. Nos quedamos mirándolo con la boca abierta. ¡Eso no era un misterio! ¡Eso era una tontería como la copa de un pino! —Oye, ¿te has dado un golpe en la cabeza y por eso estás así? —preguntó Mireya. —A lo mejor tiene fiebre —dije yo poniéndole la mano en la frente. —¡Caray!, niño, menuda tomadura de pelo. Pensaba que se trataba de un enigma de verdad, y nos sales por peteneras —protestó Miguel. Sa’îd estaba realmente sorprendido. Eli en seguida se puso de su parte: —¡Eh!, que no haya canicas es algo terrible —lo defendió. 9


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—Terrible para vosotros quizá sí, pero no misterioso —dije yo. —Es verdad —añadió Berta—, a lo mejor no se encuentran porque han dejado de fabricarlas... —O porque los fabricantes no las han servido cuando debían. —¿Y por qué no intentamos averiguar algo más? —sugirió Eli—. Vayamos a algún otro quiosco SALIR POR S A R E N E T PE y, si no encontramos, quizá tengaesión que se Es una expr mos misterio a la referirse a utiliza para a n u n e , e qu vista. una persona n u e c a h , n Berta, Miguel, conversació fuera de comentario Mireya y yo nos do en una lugar o basa miramos con esación. La mala inform te n s un ca cepticismo. ¡Uf! «petenera» e e la u q í h a e d r, Aquello no papopula nifique que ig s n ió s e r p ex recía en absodicho algo aquel que ha luto un misterio, s como si se sin sentido e r ta n a c a sto pero... hubiera pue . —Venga de repente —avisé—, esta


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tarde al salir del cole iremos al quiosco de delante de mi casa. —¿Al de Mordret? —preguntó Miguel con unos ojos tan grandes que parecía un personaje manga. Asentí con la cabeza y añadí: —Sé que Mordret es más malo que la tiña, pero, si vamos juntos, no nos pasará nada. —Pues vale —dijo la Tribu. A las cinco y cinco minutos, la Tribu nos encontrábamos delante de la puerta del colegio. También estaba Rosa, la canguro de mi hermano y mía. Nos dijo «hola» desde el árbol donde había «aparcado». Así es como lo llama ella cuando se para en algún sitio con su silla de ruedas. Entonces apareció Marcos. —¡Caray! Cuánta gente que se viene a casa —dijo Rosa. —¿Venís a mi casa? —preguntó Marcos. —No —dijo Sa’îd—, sólo hasta el quiosco de Mordret para hacerle una pregunta. Yo lo fulminé con la mirada para que no continuara dando explicaciones a mi hermano. Se 11


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pone insoportable cuando tiene demasiada información y, entonces, quiere intervenir en todos nuestros asuntos. Sa’îd calló, pero me parece que mi mirada no tuvo nada que ver. —Bueno, pues todos y todas delante de mí —dijo Rosa poniendo la silla en marcha—. No quiero perderos de vista. Y tú, Marcos, aquí a mi lado, a la derecha. Y así fuimos andando hasta llegar al edificio donde vivo. —Hala, yo subo con Marcos —dijo Rosa guiñándome el ojo, porque seguro que pensaba que nos traíamos algo entre manos—. Hasta luego, Carlota. Cuando nos quedamos solos, nos miramos unos a otros. —¿Quién se lo pide? —dijo Eli. Nos volvimos para mirar a Berta. Siempre que hay que preguntar algo a una persona adulta, se lo endosamos a ella. Como tiene cara de no haber roto nunca un plato, los adultos la escuchan con interés. —¡Ostras! ¿Por qué siempre me toca a mí? 12


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—Vale, ya lo haré yo —dijo Mireya. Y se acercó a Mordret, seguida bien de cerca por el resto de la Tribu. —Perdone… —empezó Mireya, y le salió la voz algo ahogada. Mordret sacó medio cuerpo por encima del mostrador del quiosco. Llevaba una camiseta imperio que hacía más evidentes aún sus inmensos brazos y el terrible tatuaje en forma de serpiente. Se quitó el puro de la boca y con su voz más desagradable preguntó: —¿Qué quieres? —Cinco canicas ojos de gato —dijo Mireya, ahora con una voz mucho más segura. Mordret se rascó la nariz, se metió el puro de nuevo en la boca y habló entre dientes, mientras yo me preguntaba cómo conseguía que no se le cayera. —No tengo —dijo—. Pero tengo otras. Y empezó a sacar cajas azules de debajo del mostrador mientras iba enunciando: —Canicas de agua, que son las transparentes por completo; canicas de leche, las blancas; las petroleras... 13


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—No, no —lo interrumpió Sa’îd—, sólo nos interesan las ojos de gato. —Pues ésas se han acabado. —¿Y no sabe por qué no encontramos en ningún quiosco? —le preguntó Sa’îd, que se había olvidado del miedo que nos da Mordret. El quiosquero dio una larga calada al puro y después sacó el humo


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por la nariz. ¡Parecía un dragón! Mireya, la que estaba más cerca de él, se puso a toser. —Me parece que hay una señora que quiere hacer la puñeta a los niños. ¡Ja, ja, ja! —rió el muy animal. Sa’îd se quedó con la boca abierta. El resto de la Tribu nos quedamos más bien muertos de miedo cuando oímos su perversa carcajada. —¿La puñeta? ¿Una señora? —dijo Sa’îd. —Pues sí. Una señora de unos sesenta años que me las compró todas. —A lo mejor las quería para sus nietos y nietas —dijo Eli, sacando la cabeza por detrás de la espalda de Miguel. —¡Y qué más! —saltó el quiosquero—. Seguro que me las compró para que las criaturas no pudieran jugar. Tenía toda la pinta de ser una puñetera. ¡Ja, ja ja! Mordret tenía una risa oscura y desagradable que lo sacudía como si fuera una bola de sebo. La barriga le subía y bajaba con fuerza. —Hala, vámonos —dije, porque ya estaba harta de aguantar aquella risa estúpida. Empezamos a caminar para alejarnos un poco 15


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del quiosco. Eli y Sa’îd iban cabizbajos. Se los veía preocupados. —¿Sabéis qué os digo? —soltó de repente Miguel—. Que quizá Sa’îd tenga razón y todo esto sea un misterio. —Pues entonces tendremos que seguir investigando. —Eso mismo —dijo Mireya—. Cada uno de nosotros preguntará en el quiosco que tenga más cerca de su casa. Yo pensé que iría a Avalon, la isla mágica del parque, allí donde los campos dan maíz y los árboles, fruta, sin necesidad de que nadie se ocupe de ellos. O sea, el quiosco de golosinas del centro del carrusel. Al fin y al cabo, tenía que ir de todos modos porque en el parque donde está instalado el carrusel acababan de poner las atracciones de la feria, que duraría quince días, el tiempo de la fiesta mayor del barrio. Y le había prometido a Marcos que lo acompañaría al túnel del terror.

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