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Presentación

Todos los cuentos y leyendas que aparecen en este nuevo libro que el maestro universitario Salvador de la Rosa Simental nos presenta, se hallan unidos, al recuerdo, a la aceptación de una responsabilidad, al cumplimiento de un deber y a la concepción de un compromiso. Cuando se tiene el privilegio de ser niño, se posee el don de inventar el mundo, jugando con las distancias y con los tiempos, transformando un tapete en isla, una escoba en caballo, una colcha en césped. El niño tiene una gran capacidad para crear su propio mundo, pero la escuela no tarda en enseñarnos que la realidad nos aparta de los sueños, por obra de la enseñanza suele perderse el sentido mágico de los sueños, de la imaginación, la actividad orientada hacia fines prácticos, adquiere un carácter interesado. Lo que era necesidad en la infancia, se vuelve lujo en la edad adulta y los sueños y la imaginación que en la niñez fue conjuro, se despoja de sus derechos de invocación. En realidad ciertas mentes no se resignan a perder ese don de narrar un cuento o una leyenda y darle vida a los acontecimientos que fueron trasmitidos de generación en generación. Tal es el caso del maestro Salvador de la Rosa, para ellos el placer de expresarse sobrevive a la utilidad de comunicarse. Así empieza materialmente la obra de un escritor. El problema de darle vida a un cuento o a una leyenda, es el más complicado de los problemas con que puede encontrarse un escritor, ¿Qué es lo que mueve a un escritor como lo es el maestro Salvador de la Rosa a dedicar lo más intimo de su ser a una actividad que consiste, exclusivamente en dar forma concreta a los acontecimientos que en una época y en un lugar de nuestro Estado se pudieran haber realizado y que como sucede siempre fueron contados de padres a hijos a través de los años? Todos y con mayor razón los escritores, en las horas no positivas de su existencia, suelen ser sujeto y objeto a la vez, voluntad que anhela, ansiedad que sufre, ambición que marcha, memoria que fluye, puente vibrante entre lo pasado y lo presente. Pero lo que caracteriza al problema de la expresión es que el ser que se expresa en un cuento o en una leyenda tiene que ser un sujeto puro, surgido muchas veces de un sueño o de la inventiva del pueblo. Para un escritor de leyendas y cuentos, no existe más que lo que se dice, lo que se comenta, lo que ha estado circulando de boca en boca, lo que los padres le contaron a sus hijos y así sucesivamente. A la luz de estas consideraciones, cabe preguntarse: ¿Cuál es el papel del escritor en la sociedad? Ante todo, procede una observación, nada perjudica tanto al escritor como el deseo de agradar a un público que conoce su pasado, su verdadera manera de servir a la sociedad no consiste en llenarla de elogios, ni escribir lo que algunos quieren leer, sino en procurar por todos los medios posibles, ser


siempre autentico, responsable y objetivo. Y esto considero que es lo más difícil, tan pronto como un escritor adquiere aunque sea un asomo de vaga notoriedad, todos se aprestan para criticar y señalar lo que ha escrito. Con esto quiero decir, sin falsas modestias, que debemos velar porque las nuevas generaciones reciban un legado cuyos timbres más puros de gloria, se encuentren en la cultura, pero una cultura más humanizada alejada por completo de esas malas acciones que amenazan con ahogar el arte, la ciencia y el pensamiento. En todas las latitudes, en todos los climas, bajo todos los cielos, los hombres que escriben, piensan y enseñan, deben procurar hacer de la paz y la libertad algo dinámico y nutritivo y no situaciones de tímida estabilidad. El interés por la paz y el fervor por la libertad, fueron declinando en los pueblos y en las conciencias antes de que estallaran materialmente las hostilidades que padecemos, en parte porque, a la sombra de las nociones de paz y libertad, habían cristalizado muchas injusticias y prosperado muchas mentiras; pero en parte también, porque los promotores de la cultura, no acertaron a inculcar en las masas una imagen viviente de esas nociones y se contentaron con definirlas por sus límites negativos: la paz como negación de la guerra y la libertad como negación de la tiranía. La obligación más alta de los escritores y de los que leemos sus obras, es la de devolver a los hombres una esperanza; pero no la esperanza blanda y mediocre de que la paz equivale a una póliza contra todos los riesgos de la existencia, sino la efectiva esperanza de que vivir es aceptar los peligros, sobrellevarlos y saber dominarlos con valentía, en función y por obra de un ideal. En este maravilloso libro titulado: “Cuentos y Leyendas de Durango” que el maestro Salvador de la Rosa, nos presenta, sus personajes andan despacio, viven despacio, se hacen despacio; con un ritmo que nos hace añorar épocas pasadas, aunque no lo sean, porque en los municipios que forman este gran Estado de Durango, la moneda del tiempo tiene su peso integro y su más elevada cotización, es un tiempo que mide con sus repiques, por las mañanas y por las tardes, campanas en cuyo bronce, nos saluda y nos recuerda que tenemos un pasado que fue forjado con la esperanza de un futuro. El canto de esas campanas repercute en el libro que nos presenta Salvador de la Rosa, hasta parece que las oigo singularmente armoniosas, como lo dice en uno de sus cuentos y del cual he tomado un fragmento: “Eran aproximadamente como las tres de la madrugada en aquel tranquilo pueblo de Santa Petronila de los Altares, enclavado en la sierra del municipio de Tepehuanes Durango, cuando de pronto se rompió el silencio de la noche, con el repique de todas las campanas del único templo que existía en la población, pareciera que la campana grande, la vieja “María Bonita” que está cuarteada y la “Soledad” que casi le iguala en tamaño, estuvieran jugando competencias a ver cuál de las dos sonaba más fuerte”. Ese tiempo de bronce que las prisas no ahogan; ese silencio, en el cual las palabras del más humilde se gravan con caracteres cautos, finos y oscuros, pero indelebles, y que destaca de pronto, brillante, como los colores de los vitrales, como la luz del atardecer; esa quietud que sólo engaña a los ignorantes, porque protege un hervor de pasiones y de deseos que es fermento magnifico del futuro; esa ciencia tácita de esperar, que todo sea escrito en unas cuantas páginas, el misterio de la vida, la corona de azahares y la mortaja, el idilio y la rebelión, ese recato que en ocasiones estalla en pólvora; esa sumisión capaz de romper cadenas; ese dolor que se convierte en rebeldía: ese amor que es capaz de sobrellevar los más duros sentimientos. Es parte de lo que el amigo Salvador de la


Rosa, se esfuerza en darnos a conocer en su libro de Cuentos Y Leyendas de Durango. Y que con agrado he aceptado la invitación que el escritor me hizo para que lo acompañara en esta nueva aventura literaria.

C.P. Carlos Emilio Contreras Galindo

La muñeca de porcelana

Orestes Quintero, era un buen hombre, de nobles sentimientos, lo había sido desde niño, incapaz de dañar a otro, preocupado por los problemas ajenos y dispuesto a ayudar a sus semejantes, esto desde luego no le agradaba a su padre que al que se le consideraba un hombre avaro y cruel. Dueño de la casa de empeño “La Valenciana” que se encontraba por la calle de Juárez, frente a la plaza de armas, donde después por muchos años estuvo instalada La Armería Fuentes. Don Liborio Quintero, no permitía flaquezas en su negocio, prestaba muy por debajo de la prenda empeñada y la vendía, una vez que se había vencido el plazo figado, muy por encima de lo que había prestado por ella - “en esta vida no puede andarse uno con sentimentalismos porque la gente abusa de la buena voluntad” – solía repetirle una y otra vez a su hijo, que a final de cuentas sería quien se quedara con el negocio. Como así ocurrió a la muerte de don Liborio. Orestes, no conocía otro oficio que él de estar tras el mostrador de la casa de empeño, su padre se había obstinado en que fuera él, quien continuara con la tradición de la familia, el negocio lo había heredado de su padre y ahora se la entregaba a su hijo, con las recomendaciones persistentes de que no se dejara llevar por sus sentimientos – “un negocio como este, se lleva con la cabeza, no con el corazón” – le repetía como lección a su único vástago. No con esto queremos decir que todos los dueños de las casas de empeño sean hombrees de mal corazón carentes por completo de sentimientos, pero consideramos, sin tener la seguridad, que en esta clase de negocios se requiere tener un carácter muy especial, para obtener ganancias a costa del sufrimiento de los demás. Porque está más que visto, que todos cuanto acuden a una casa de empeño, lo hacen movidos por el sufrimiento, el hambre y la necesidad, gentes que buscan la pronta solución a sus problemas mediante el empeño de la prenda apreciada, se trata de los perseguidos de las calamidades, que


con toda seguridad, quieren salir de un problema metiéndose en otro. Y llegan hasta las casas de empeño con la esperanza de que les puedan prestar lo más posible por la prenda empeñada, con todo el dolor de su corazón dejan en manos del prestamista, el anillo que una vez fue de su madre, el reloj que les dejo el padre al morir como único patrimonio, los prendedores que significaban el orgullo de tiempos mejores. Todas estas prendas encuentran un lugar en el aparador del prestamista, que inventando mil historias sobre el supuesto origen de esas cosas, trata de venderlas al mejor postor, acariciando la posibilidad de que las ganancias serán superiores. Algunos piensan, que de alguna manera, en ese lugar encuentran la salvación a sus problemas, y todo lo basan en que al dejar la prenda empeñada, salen con el dinero que será el instrumento para remediar el problema, o la salvación del compromiso contraído. Por otro lado, los que tienen la oportunidad de regresar por su prenda empeñada, que en realidad son pocos, salen contentos con ella, porque vuelven a reconquistarla después de haberla creída perdida. Lo que es también un augurio de mejores tiempos. Todos las casas de empeño en general, representan una vista muy pobre y doliente, no resulta muy halagüeño contemplar aquella multitud de objetos colocados en los estantes, cada uno de los cuales, es el símbolo de una angustia, de un sacrificio, de un dolor, y cada una de las personas que entrar a estos recintos, piensan en sus adentros que llevan un objeto de gran valía, que simboliza para ellos la esperanza de poder resolver su problema. Pero se encuentra con el frío razonamiento del prestamista, que no ve en aquella prenda que le muestran, el último recurso de una familia carente de pan y otros alimentos de primera necesidad, para él representan tan sólo una prenda más, que posiblemente se pueda vender a un mejor precio para cubrir lo prestado y el interés del préstamo. Don Liborio Quintero, murió pensando, como piensan todos los prestamistas, que su profesión o negocio, es para hacer un bien más que un mal a los que requieren de ella. Antes de morir, en los últimos días de su existencia, recomendó a su hijo, casi con suplica, que mantuviera vivo el negocio familiar, porque más que una casa de préstamo, era el orgullo de sus antepasados, le dijo que su obligación era mantenerlo vivo y actuante, las recomendaciones se suscitaban a diario, hasta que llegó el día en que lo hizo jurar que por ningún motivo dejaría que el negocio se viniera abajo. Orestes a la muerte de su padre, se vio de pronto detrás del mostrador esperando a los clientes que presurosos y con miedo ingresaban en busca de un préstamo por determinada prenda. Pasado el tiempo, Orestes tuvo que comprender que aquello era un negocio como cualquier otro, del que comían él y su madre, que ahora dependía de él. Conforme pasaban los años, Orestes se hacia estas reflexiones: “las casas de préstamo como cualquier otra negociación, están dentro de la lucha por la existencia, los sentimientos románticos entran por muy poco en el cálculo, además, el hombre se acostumbra a todo, yo siempre trato de atender a todos los clientes, con la mayor benevolencia posible”. Casi siempre terminaba por aceptar que: “estas casas de empeño, no solamente son necesarias, forman parte de la vida misma, por lo tanto tienen que existir, y de no tenerla yo, la tendría otro, que quizás fuera más rudo y explotara con mayor desinterés a los pobres que depositan su confianza en estas negociaciones”. Orestes, no sabía a ciencia cierta, si tenía razón o no, lo único que sabía muy bien, es que detrás de ese mostrador que ocupaba todos los días a la muerte de su padre; había escuchado todas las miserias de la humanidad, todos los lamentos y todas las voces pidiendo comprensión y alivio <si cosas terribles> pensaba en sus adentros Orestes, pero ninguna quizás tan terrible como la que vivió


aquella noche del 24 de diciembre del año pasado, fue algo que lo conmovió terriblemente y que lo hizo comprender que su función de prestamista, puede en realidad remediar en algo la miseria humana. Pues resulta que aquella tarde del 24 de diciembre del año pasado. Ese día el tiempo había estado muy frío, muy poca gente circulaba por las calles de la ciudad, pues el cielo tenía todas las características de enviar una nevada, empezaba a oscurecer más pronto que de costumbre y ningún posible cliente se asomaba por la puerta del negocio. Orestes pensó que lo mejor sería cerrar, no tenía caso estar soportando el frío cuando la gente se había olvidado de empeñar sus cosas <ya vendrán después de la Navidad, cuando gasten lo poco que tienen en agasajar a los demás> pensó mientras se dirigía a la puerta para cerrar, para después arreglar sus cuentas y retirarse a la cama; cuando puso el cerrojo y dio media vuelta, escucho a sus espaldas, unos ligeros golpes sobre el vidrio de la puerta, como si se tratará de alguien que tenía temor de tocar, quitó nuevamente el cerrojo y abrió la puerta, se trataba de una niña muy pequeña, calculó que tenía a lo mucho unos siete años de edad, vestía muy pobremente, o de forma muy ligera para ese tiempo, notó que se acercaba vacilante y con timidez, su estatura apenas sí alcanzaba el mostrador, lo que le impedía hablar de frente con Orestes, por lo que este se tuvo que inclinar sobre la cubierta del mostrador para verle la cara. Notó que la niña iba descalza, con un vestido floreado un tanto despintado por el tiempo, se cubría solamente sus hombros con un pedazo de tela que se asemejaba a un chal. ¿Qué es lo que quieres niña? ¿Qué se te ofrece? ¡Nada señor, nada! ¿Cómo nada? ¿Pues entonces a que has venido? Pues, porque mi papá y mamá, están muy enfermos en la cama, no han comido en dos días, tengo miedo que se mueran, yo estoy sola, soy la única hija que tienen y me encuentro desesperada. Bueno, pero yo que puedo hacer en este caso. Pues, yo vengo a empeñar una cosa, para comprarles algo que coman. ¿Vienes a empeñar una cosa? ¿Y qué es esa cosa? Y ella entonces sacó de debajo de su viejo y destartalado rebozo que apenas sí le cubría sus hombros, un objeto pequeño que le presento con mucho orgullo que se reflejaba en su sucio rostro, pero también note una mueca de dolor, algo que era muy común en todos aquellos que acudían a la casa de empeño a sacrificar una valiosa alhaja que perteneció a un familiar muy querido. La niña sosteniendo con sus dos manos el objeto le dijo: ¡Vengo a empeñar mi muñeca! Al tiempo que le presentaba una muñeca vieja y maltratada, con el rostro que alguna vez fue de porcelana, descarapelada por el paso del tiempo, aquella muñeca no tenía ningún valor, ni tan siquiera podía dar un par de centavos por ella. Cuando estaba a punto de decirle que no le interesaba comprar aquella muñeca de porcelana y mucho menos hacer un préstamo, de pronto comprendió todo lo que estaba pasando en el corazón de aquella niña, agobiada por la enfermedad de sus padres y la impotencia que debía haber sentido


por no poder hacer algo para aliviarlos. De igual forma vio en sus ojos, el valor tan grande que daba a su sucia y maltratada muñeca de porcelana, pero también comprendió el doloroso sacrificio que hacía por sus padres enfermos que la habían orillado como último recurso a empeñar su preciada muñeca de porcelana. Cuando tome en mis manos aquella muñeca, note que el rostro de la niña se iluminaba, como quien tiene la seguridad que va a obtener una considerable suma por el objeto que esta empeñando, un nudo en la garganta le impedía pasar la saliva, las palabras de su padre, en el sentido de no tener conmiseración por nadie, se le agolpaban en la cabeza, pero era más fuerte para él en esos momentos, la figura escuálida y desgarbada de la niña, que había cifrado todas sus esperanzas en la casa de empeño y en mi persona. Quise decirle a la niña, que su muñeca no valía nada, pero que sin embargó le obsequiaría algunas monedas para que en algo remediara la situación de sus padres, pero las palabras se negaban a salir de mi boca. Entonces tomé una resolución, la levante del suelo y la cargue en brazos, al tiempo que le decía: Vamos, llévame a donde están tus padres. Es aquí cerca señor ¿Pero no le interesa mi muñeca? ¡Claro que me interesa! Por eso quiero hablar antes con tus padres. Caminamos unas cinco cuadras y llegamos a un barrio pobre cerca del templo de San Juan de Analco, al sur de la ciudad, en un cuartucho de una vecindad vivía aquella pobre niña, lo primero que vi fue a dos ancianos tirados en un camastro. Me fije al ir caminando con la niña, que cerca de ahí se anunciaba un doctor, salí por él y le pedí que se encargara de los enfermos. Cuando regresé a casa, después de haber dejado unas provisiones, medicinas y algo de dinero para cualquier improvisto, me encontré con la no grata sorpresa de que mi madre había muerto, estaba acostada en su cama como la encontraba siempre que regresaba por la noche del negocio, pero en está ocasión tenía una sonrisa en su cara que no le había visto nunca, como que había muerto con mucha satisfacción, me acerque a su lecho para cerrar sus ojos, cuando de pronto vi entre las cobijas la vieja y sucia muñeca de porcelana.


La ciudad perdida

A finales del siglo antepasado, allá por el año de 1888, existían en todo el Estado de Durango una bien organizada red de “muleros” que era el único medio existente para transportar de una parte a otra, infinidad de mercancías que se requerían para la buena marcha de las poblaciones, sobre todo de las más alejadas de la capital de esta entidad. Una recua de mulas, estaba formada por seis o más animales, llegando en ocasiones a contar con la docena, que eran manejadas por lo regular por dos o tres arrieros, que atravesaban la sierra llevando y trayendo mercancía de toda índole. Por aquellos años, de que les estamos hablando, existía un arriero oriundo de esta ciudad, que tenía una bien organizado negocio de arrieros y que transitaba con frecuencia por todos los caminos, en forma más frecuente hacía la travesía del puerto de Mazatlán a la ciudad de Durango. Entre todos los demás arrieros dedicados a esta dura profesión, era muy frecuente contar historias que habían escuchado en sus viajes, o bien formaron parte de ellas. El arriero al que nos referimos en este cuento de nombre Alfonso Gracia, había escuchado de boca de algunos de sus compañeros arrieros que con frecuencia se topaba en el camino, que en determinado lugar de la sierra virgen entre Durango y Sinaloa, existía una ciudad antigua, rodeada de altísimas montañas, cuya ascensión era realmente peligrosa, además de difícil, pero dentro de cuyo circulo montañoso se alzaba esa misteriosa comunidad, en la que se vivían familias enteras con varios siglos de atraso. Don Alfonso Gracia, que sin ser un hombre cultivado, tampoco era un ignorante, por lo que no había dado gran crédito a lo que había escuchado de boca de sus compañeros. Don Alfonso seguía viajando por la sierra conduciendo su recua de mulas, como lo había hecho gran parte de su vida, era uno de esos arrieros que nunca se desviaban de su ruta, como lo hacían con frecuencia otros que se dedicaban a la misma profesión y habían pagado las consecuencias. La honradez y sobre todo el cabal cumplimiento en su trabajo, le fueron abriendo a don Alfonso Gracia, un radio más amplio en sus negocios y era su recua de mulas, una de las mejores equipadas y las que mejor garantía ofrecían a los comerciantes, cuya mercancía viajaba segura por los caminos de la sierra. En una ocasión en que habían llevado mercancía hasta el puerto de Mazatlán, cuando se preparaban para regresar con mercancía nueva a la ciudad capital de Durango, cayó gravemente enfermo Atilano, uno de los dos muleros que siempre lo acompañaban, por lo que tuvo que quedarse en el puerto, don Alfonso no le quedó más remedio que hacer el viaje acompañado únicamente por Heliodoro el otro mulero. Sin ningún contratiempo hicieron la primera jornada, por lo que decidieron acampar en un alto del camino, manearon a las mulas como lo hacían de costumbre para que no pudieran alejarse demasiado. Cuando los primeros rayos del sol de la mañana daban paso al nuevo día, Alfonso


Gracia madrugador como siempre, llamó a Heliodoro para que fuera preparando el desayuno mientras él traía las mulas a fin de continuar temprano con la segunda jornada. Precavido como todo buen arriero, Alfonso se fajó la pistola a la cintura y se colgó al hombro la cantimplora. Llegado al sitio en que la noche anterior había dejado las mulas, le causo extrañeza ver que faltaban dos, precisamente las que él había bautizado como la “Querendona” y la “Traviesa”, por más que miraba no se encontraban por ningún lado, por lo que mejor se dispuso a buscar las huellas, las que encontró muy pronto, estas estaban bien marcadas sobre el pasto fresco, lo que lo llevo a la conclusión que podrían estar cerca, emprendiendo su búsqueda. Nunca supo don Alfonso Gracia cuanto fue lo que camino siguiendo siempre las huellas de las dos mulas extraviadas. Era a veces tan difícil el paso por entre los arbustos entrelazados, que tenía en ratos que abrir brecha con el machete que siempre lo acompañaba. Horas debieron pasar, desde que dejo el campamento, pues el hambre le empezó a exigir alimento. Y por la altura del sol en el firmamento, comprendió que estaba muy lejos ya del sitio en donde habían quedado Heliodoro y las otras mulas. Siguió Alfonso Gracia caminando difícilmente por entre aquella selva de ramas y pinos, a medida que avanzaba se tornaba más tupida, un frescor de bosque hacía menos cansada la caminata, pero bien le mortificaba pensar que a medida que adelantaba en la búsqueda de las mulas extraviadas, se iba haciendo más difícil el regreso. De pronto don Alfonso quedó sumamente sorprendido, un lejano repicar de campanas llegaba hasta él, un apagado rumor amortecido por la selva y la distancia, le traía no sabía desde donde el alegre repique de varios bronces echados a vuelo. Entonces pensó <qué se trataba del hambre que le atravesaba el estomago> que aquello era posiblemente la causa de el repiquetear de las campanas que escuchaba a su paso. Y siguió caminando, cada vez más contrariado, hasta que de pronto, se vio ante una montaña que parecía cortada a pico sobre aquella selva de vegetación, hasta allí conducían las huellas que venía siguiendo, una compacta masa de arbustos trenzados entre sí con lianas resistentes, que no lo dejaban acercarse hasta la roca de color rojizo que formaba la base del cerro. Otra vez su machete entró en acción y al romper las resistentes ramas de los últimos arbustos que obstruían el paso para llegar hasta la roca, quedó ante los asombrados ojos de don Alfonso, un hueco oscuro que se abría sobre la piedra. Hurgó sobre el piso húmedo y claramente vio marcadas las pisadas de las mulas extraviadas. Pensó en un momento en la posibilidad de abandonar la búsqueda de sus animales, pero dado el tiempo transcurrido tomando en cuenta la altura del sol, comprendió que estaba más distante del sitio de partida, que del probable lugar donde se encontraban las mulas. El hambre lo atormentaba ya, en forma despiadada, por lo que se aventuro a pasar por el estrecho agujero. Una sensación de frescura, de aire húmedo y un acre perfume confundido con el aroma picante que producen ciertas plantas trepadoras, le azotó el rostro, a medida que avanzaba, la oscuridad era más densa y sentía que bajo los pies, crujían las hojas secas que las tormentas de quien sabe cuánto tiempo, fue acumulando en aquel pasaje que llevaba no sabía hacía donde. A la media hora aproximadamente de caminar por entre las tinieblas, sirviéndose del apoyo que le prestaban las paredes húmedas de la roca, divisó en la distancia una claridad indecisa. Calculó que era la salida y se sintió aliviado de la extraña angustia que aquella soledad, aquel abandonó y silencio le iban produciendo.


El cansancio y el hambre le habían agotado en forma tal, que al recibir de lleno la luz del día y el aire puro, sintió un desvanecimiento que le hizo caer al pie mismo de la salida secreta. Cuando hubo pasado un rato, en que se sintió un poco reconfortado, se puso en pie, y contempló el espectáculo más maravilloso que sus ojos jamás habían visto. A sus pies, se tendía la ciudad más extraña que su mente pudiera concebir, un valle enorme debió ser aquello hace ya algunos siglos. Altísimas montañas volcadas por furias subterráneas, limitaban una enorme explanada donde se levantaba la ciudad perdida. Lujuriantes frondas se extendían en diversas zonas y casas de estilo colonial se levantaban formando barrios enteros donde apenas a grandes trechos sobresalían las torres de una iglesia. La salida del pasaje que Alfonso Gracia acababa de atravesar, quedaba a bastante altura de la ciudad, dando el conjunto la idea vaga de que algún extraño movimiento telúrico, había hecho bajar de nivel la ciudad. Acicateado el arriero por el hambre y por la curiosidad, emprendió el descenso difícil, hasta llegar a lo que parecían los barrios aledaños de la población. De pronto, un repicar de campanas rompió el extraño silencio en que parecía dormirse la ciudad, de las casas bajas y extrañas empezaron a salir personas, hombres y mujeres vestidos de extraña manera, que parecía que estaba retrocediendo unos cuatro siglos en la historia. Tres días después regreso Alfonso Gracia al paraje donde el pobre de Heliodoro se encontraba ya desesperado y no sabía qué hacer. Cuando después de tres jornadas más llegaron a la ciudad capital del Estado de Durango, que era en donde tenían que entregar la carga de mercancía. Alfonso Gracia platicaba que había estado por dos días en la ciudad perdida de la sierra la cual había encontrado por circunstancias muy especiales al salir a buscar dos mulas que se le habían extraviado, en ese lugar – decía Alfonso Gracia – los habitantes ignoran todo lo que aproximadamente cuatro siglos han traído a la humanidad en civilización y progreso. Pero quienes escuchaban a don Alfonso Gracia hablar de esto, pensaban que estaba loco, que la soledad de la sierra le había robado la razón. Solamente unos cuantos, sus familiares y sus amigos, a quienes él mostraba las reliquias traídas de la ciudad perdida, todos ellos, nunca pensaron que estaba loco, por el contrario siempre creyeron lo que decía. Pero Alfonso no se contentaba con eso, siempre decía: algún día otras gentes, encontraran la entrada a la ciudad perdida y traerán nuevas pruebas de que realmente existe – solamente que – decía con tristeza – muchos hombres precederán de mala manera y aquello puede llegar a degenerar, porque los que viven en la ciudad perdida, han evolucionado a su modo y no carecen de nada de lo que es menester a sus necesidades, ingenuamente creen que en el mundo que los rodea viven los soldados españoles que un día llegaron en grandes barcos y se apoderaron de todo, usan vestidos de aquella época, tienen grandes extensiones de tierras laborables y por la cantidad de oro extrañamente amonedado, me imagino que, o esa ciudad fue antes de quedar aislada del mundo un rico mineral, o corren entre las arenas de sus ríos piedras de oro en cantidades inimaginables. Decía Alfonso, que lo había dejado admirado la riqueza de las joyas que usan las mujeres y se encuentran entre los habitantes de esa ciudad maravillosa grandes orfebres, pues la plata y el oro se trabajan en la misma forma delicada en que lo hacen los mejores joyeros de la actualidad. Decía también don Alfonso Gracia, que había invitado a los hombres de esa ciudad a que salieran a conocer más allá de su reducido espacio, pero ninguno de ellos acepto venir conmigo, me di cuenta


que viven felices en su ciudad perdida a la que algún lejano cataclismo separo del mundo. Según el decir de ellos, hay muchos hombres que habiendo encontrado por casualidad la entrada del pasaje secreto, llegaron hasta ahí y nunca jamás quisieron salir. Todos Hablan el castellano antiguo y varios dialectos, son gentes en su mayoría honradas y buenas, no se entiende de otro modo, por haberme entregado dos robustas mulas a cambio de las que había perdido y que de seguro habían tomado rumbo hacía las tierras de labor, que se tendían en grandes extensiones, a la vera de un río del que Alfonso ignoraba el nombre. Me consta que don Alfonso Gracia, hasta el final de sus días, siempre conservo dos extrañas monedas de oro puro, que le habían regalado los habitantes de aquella extraña y maravillosa ciudad perdida. Algunos hombres movidos por la avaricia y convencidos de que don Alfonso no estaba loco, pues aquellas dos monedas de oro, decían lo contrario, intentaron en distintas ocasiones buscar la entrada secreta que conduce a la ciudad perdida, pero jamás dieron con su paradero, algunos hasta aseguraban que en plena sierra al amanecer y al anochecer, escucharon el repique sonoro y alegre de las campanas echadas a vuelo, pero fueron inútiles las tentativas hechas para descubrir la gran ciudad perdida, que de seguro debe de seguir existiendo, afortunadamente ignorada por el mundo, en donde sus habitantes conocen la verdadera felicidad, alejada de envidias y mentiras.


El robo

Para Alfonso Mendoza López, recordar su infancia era como volver a vivir, no había cosa más agradable que trasportarse a aquellos años de cuando era niño y todo le parecía color de rosa, a pesar de que su infancia no había sido tan alegre como algunos pensaban. Durante los estudios primarios, Alfonso recorrió muchas escuelas, no guarda memoria de cuantas, ni de las razones que tuvo su padre para tantos cambios, a lo mejor fue que ninguna le pareció bastante buena. A las escuelas que asistió de niño Alfonso, todas eran de paga, los alumnos tenían padres ricos, muchos de los alumnos eran hijos de políticos que trabajaban en el gobierno y mandaban a sus choferes a recoger a sus hijos. Dos o tres años antes de ingresar a la escuela de estudios superiores, Alfonso dejó la de los ricos, y empezó a cursar en las del gobierno, donde los niños pobres fueron sus compañeros, pero la realidad es que su padre no pudo ya sufragar los gastos de las otras escuelas. Alfonso recuerda que en su niñez, en ves de moneda, circulaba el papel, como se nombraba


entonces a los billetes, hasta se decía que eran infalsificables. En esos tiempos con más intensidad, el pueblo tenía hambre, recuerda haber visto cuando algunas personas asaltaron las panaderías y las tiendas de comestibles. Antes de ir a parar a las escuelas gratuitas, Alfonso recuerda que ingresó a una que estaba en la calle de Bruno Martínez, y por lo pequeño del área que ocupaba la escuela, los niños salían a la calle durante la llamada hora del recreo y en la acera cercana al portón de la entrada, un viejecito que lucía como mendigo, en una pobre mesa grasienta y añosa, vendía dulces, caramelos baratos hechos de azúcar y piloncillo. Los niños se apretujaban unos contra otros, gastando los centavos. Y en cierta ocasión Alfonso fue testigo de una escena casi picaresca: mientras un niño entretenía la atención del viejecillo dulcero, otro, sin que el pobre hombre lo advirtiera, hurtaba los dulces llenándose los bolsillos. Terminado aquel hurto, y desaparecidos los niños audaces, volvía el viejecito quitado de la pena, a abanicar la mercancía para alejar de ella moscas y abejas. Posiblemente la timidez de Alfonso, retuvo el incidente, el corazón asustado le brincaba en el pecho. Ya en la soledad de sus noches, volvía a revivir muchas veces lo ocurrido, pero no lograba descifrar su malestar se debía al sentimiento que le provocaba el pobre viejo dulcero, o la admiración por aquellos dos niños que demostraban tener ingenio y un desplante que se sobreponía al miedo. Pasaron algunos días y volvió a repetirse aquel suceso, el par de niños ladrones repitieron su acto, Alfonso posiblemente inconscientemente, sin pensamiento previó se unió a la acción del que sustraía los caramelos y guardó también en su bolsillo, muchas de aquellas golosinas, que la penuria de contar con dinero, le impedía adquirirlos de otra manera. Alfonso, se hartó de dulces, y tanta impresión le hizo aquel hartazgo, que sin medir las consecuencias, al medio día que llegó a la casa, se lo contó a un tío hermano de su padre, lo que él consideraba toda una aventura, le contó todo con pelos y señales. ¡Nunca lo hubiera hecho! Al tío aquel, se le hincharon las ventanas de la nariz, respiraba con bufidos como si se estuviera ahogando. ¡Has manchado el honor de la familia! Fue lo menos que le dijo, pero no todo quedo en regaños y gritos del famoso tío, que al fin y al cabo en un par de días se olvidaba, queriendo mostrar con más énfasis su desaprobación, fue a hablar con el padre de Alfonso. Cuando su padre lo llamó después de la entrevista con el tío y cuando Alfonso estuvo frente a él, sintió que se acercaba como algo inevitable al infortunio. Don Manuel, que así se llamaba el padre de Alfonso, le dijo horrores, entre otras cosas lo llamó descastado y ladrón. Y cuando ya no encontró palabras punzantes que decir, le dijo que se alejara de su vista. Más no paró ahí para Alfonso, la desventura, la noche de aquel mismo día, su padre, después quizás de haber meditado acerca del castigó que mereciera, le dijo otra vez una serie de durezas y hubo de meterse en la memoria a instancia de su padre, un pequeño discurso que aprendió con sobresaltos y


con llanto contenido. Después un poco más calmado le preguntó: ¿Cuánto costaron los dulces que robaste? Tres centavos – dijo Alfonso tan solo para contestar algo. Pues vas a devolverle quince a ese pobre hombre, por sí te has equivocado en el precio. Al día siguiente amaneció nublado, como sí una nube de piedad compadecida de la desventura de Alfonso, hubiese velado la alegría del sol. Aquella mañana Don Manuel, caminaba de prisa hacia la escuela, lo seguía de cerca su hijo Alfonso, llegaron padre e hijo, frente al portón y ambos se detuvieron frente al viejecito de los dulces, que parecía un mendigo por los andrajos de ropa que vestía. Algunos de sus compañeros de salón, jugaban o platicaban junto a la mesa rustica y grasienta que contenía sobre su cubierta los dulces. Para desgracia de Alfonso, al advertir la inusitada presencia de su padre con bastón y bigotes, dejaron sus juegos y callaron sus pláticas y curiosos los observaban como algo que se salía de su entendimiento. A una señal del padre de Alfonso, como si se tratará de un maestro pidiendo al alumno la clase encargada y ante público tan despiadado, Alfonso comenzó a recitar el discurso que su padre le obligo a aprenderse. Señor, - le dijo al viejecito dulcero- ayer le robé muchos dulces y vengo arrepentido a pagárselos, reconozco que mi acción fue la de un canalla sin moral ni escrúpulos. En seguida Alfonso, puso las monedas que llevaba en su mano, sobre la cubierta de la mesa del viejecito dulcero, para continuar diciendo: ¡Soy un ladrón! El llanto empezaba a cegarle los ojos. ¡Soy un ladrón y cuídese de mí! El dolor y la vergüenza, casi no lo dejaban hablar. Cuide sus dulces señor y su dinero, cuando yo esté cerca, porque soy un ladrón, un ladrón. Al pronunciar estas últimas palabras tuvo casi que gritar, porque los sollozos ahogaron su discurso. Con la cabeza clavada en el pecho, llorando por la afrenta ya no pudo pronunciar más palabras, el viejecito de los dulces, lo miraba asustado sin saber que decir, no se animaba a tomar las monedas que había dejado Alfonso sobre la mesa. Su padre, como si se tratará de un severo maestro que acaba de escuchar la lección que el alumno había expresado, sin decir palabra dio media vuelta y se retiro. Alfonso embargado por una pena que le recorría todo el cuerpo, corrió a ocultar su pesadumbre en el rincón más alejado de la escuela. Recordaba después con cierta pesadumbre, que nunca en la vida sintió tanta vergüenza y tanto dolor.


Pasaron los días y poco a poco, se fue olvidando aquella experiencia, que para Alfonso fue una de las más duras y trágicas de su vida. Aunque trataba de evitarlo, resultaba inevitable que Alfonso tenía que pasar todos los días al salir de la escuela, por la mesa de dulces del viejecito aquel, después de algún tiempo se dio cuenta que el viejecito dulcero le sonreía con afecto. Y en cierta ocasión le ofreció regalados unos dulces. Que como era de esperarse, Alfonso con una firmeza, aprendida de esa lección rechazó. Ahora que Alfonso es una persona adulta, que tiene una casa y una familia, recuerda con nostalgia a su padre que ya falleció, en ese pensamiento, parece ver la figura recia de su padre y lo invade una duda. ¡Cuando mi padre estaba frente a la mesa del viejo dulcero, no sufrió más que yo! Alfonso recuerda con nostalgia también, aquel día en que llevó a su padre a dar un paseo por las alamedas, su padre ya difícilmente podía caminar, de aquel andar recto y seguro que le vio en muchas ocasiones cuando era niño, ya no quedaba nada, el tiempo que nada perdona se le había venido encima. Solitario trataba de dar pasos que cada vez le costaban más trabajo por prados y senderos. Alfonso al verlo tan acabado y envejecido, pero mirando con dignidad a la vida, comprendió ahora, que en el fondo tal vez el deseo de su padre, no era que él enmendará la falta que había cometido con aquel viejo dulcero, era algo más profundo, algo que iba más allá de todas las formas de conducta, era su padre el que quería enmendar aquella falta, se sentía culpable por no haber sembrado en su hijo la semilla de la moral y las buenas costumbres. A poco lo vi alejarse, perderse entre los árboles con aquel traje negro que siempre portaba impecable como si tuviera que ir a una ceremonia, quise alcanzarlo, para indicarle que se estaba alejando demasiado, pero algo me impidió hacerlo, escuche una pequeña voz que me decía: Déjalo, necesita libertad, que se sienta satisfecho de haber cumplido con la vida.


El misterio del padre Lisandro

Hay por el año de 1878, existió en Durango, concretamente en lo que hoy se conoce como “los llanos de Guadalupe Victoria” una hacienda muy extensa y muy rica, se decía que un hombre podía caminar kilómetros y kilómetros sin salir de los límites de la propiedad, solamente de lo que correspondía a la zona de cultivo. Esta hacienda era conocida en aquel tiempo como “La Hacienda de los Martínez” que pertenecía a un rico español llamado don Baltasar Martínez y Cavazos. Hombre inmensamente pudiente, que según se decía, había llegado a México con una mano atrás y otra adelante, o sea en la más completa de las miserias, pero en muy poco tiempo logro amasar una de las fortunas más importantes en lo que se conocía como la Nueva España. Don Baltasar dueño de todas esas tierras en donde se cultivaba toda clase de grano y pastaban en sus potreros miles de cabezas de ganado, había tenido en su matrimonio con doña Beatriz Eloseguí, un hijo, que al cumplir los doce años, fue enviado a España para que hiciera estudios eclesiásticos, ya que en aquellos tiempos, ninguna familia respetuosa sobre todo de los ricos hacendados, dejaba de hacer que al menos un hijo suyo fuera sacerdote o si sólo tenían mujeres tenía que ser por fuerza una de ellas religiosa. Dos años después de haber partido el joven Lisandro (que así se llamaba el hijo de don Baltasar), rumbo a la Madre Patria, le nació a doña Beatriz una hermosa niña, era la criatura un verdadero capullo de rosa, de azules ojos y cabellera rubia, impresionaba a todos aquellos que tenían la fortuna de verla. Desde luego, sobra decir que fue el más grande cariño de sus padre, pero no sólo de ellos también de los supuestos galanes que la rondaban a cada momento, pues la jovencita ya había cumplido los 16 años y no había en toda la Nueva Vizcaya, una muchacha más hermosa y más encantadora que ella. Un buen día en la casa grande de la hacienda de los Martínez, había una inusitada alegría y por doquier se veía movimiento, se colgaban arreglos de flores en todos los arcos y en las columnas de los corredores, lo mismo muchos faroles de artísticas formas que iluminarían los jardines de la hacienda, estos se colgaban de las ramas de los naranjos y en las anchas hojas de las palmeras. La enorme casa resplandecía de limpieza y una profunda alegría de los señores y de todos los que servían llenaba a la casa de una alegría nunca antes vista. Lisandro, el joven Lisandro, ahora el padre Lisandro, que por más de 15 años había estado fuera, de la comarca y de su casa, ahora volvía de nuevo a la hacienda que lo vio nacer, pero ya ordenado


sacerdote y con los prestigios de su alcurnia y los de su talento reconocido en la España donde abundaban los hombres sabios y preparados sobre todo en lo que a religión se refiere. Lisandro llegó a la hacienda como a eso del medio día, cuando sobre el campo flotaba una onda de perfumes y había una orgía de colores invadiéndolo todo. Brillaba todavía en sus ojos azules aquella luz que en su niñez hacía preguntar a su madre entre verdad y broma: ¡Pero Lisandro! ¿De qué estrella te has robado el fulgor para ponértelos en tus ojos? Sí el padre Lisandro, con sus 26 años plenos de vida y de fuerza material y espiritual, cubierta su alta figura por un severo traje negro, sólo denunciaba su ejercicio religioso, el blanco cuello característico de los que ejercían el alto apostolado del sacerdocio. Cuando sus padres lo vieron descender del coche que lo había transportado desde el puerto de la Villa Rica de la Veracruz hasta la puerta de la hacienda, no logran asimilar la transformación de su hijo, el pequeño Lisandro que habían visto salir por la misma puerta, era ahora un hombre, un gallardo sacerdote de tierna y serena mirada, de sonrisa franca y bellas manos de suaves movimientos. En cambió a él, no le fue difícil reconocer a sus padres, diecisiete años viviendo en la abundancia y en la tranquilidad hogareña, modificaban poco a poco a las personas, la sorpresa del joven sacerdote fue en el momento de encontrarse frente a su hermana Fernanda (qué así se llamaba la bella joven), de pronto se presentó ante sus ojos una delicada figura vestida de blanco, como si se tratara de una reina, le recordaba a una virgen de maravillosa belleza que había visto en la ciudad de Córdoba en España, durante la celebración de la Semana Santa. Fernanda tenía los mismos ojos garzos, la misma sonrisa, el dorado matiz de los cabellos y la nariz de un purísimo corte, todo parecía haber adquirido vida de aquella santa en el rostro de su hermana. Todas las familias que Vivian dentro de la hacienda de los Martínez, celebraron la llegada del joven sacerdote con júbilo sincero, su porte sencillo, el cariño que manifestaba por cada cosa y por cada persona, aumentaron las simpatías que su apostolado había hecho nacer. Y los días se fueron pasando en la placidez de aquella vida de campo y la tranquilidad de provincia. Ya han pasado doce meses desde que el padre Lisandro regreso de España, en la casa grande de la hacienda de los Martínez, se nota una agitación distinta a la que conmoviera la hacienda hace un año, cuando todo era alegría por conocer al nuevo sacerdote. Ahora un aire de tristeza lo envuelve todo. El padre Lisandro marchara hacia la capital de la República y se dice que le acompañará su hermana Fernanda, que va a estudiar en uno de los mejores colegios de religiosas de esa gran urbe capitalina, pero nadie sabe algo más al respecto, todo está envuelto en un halo de misterio que mantiene a los criados en constante zozobra. Los preparativos se estaban realizando desde hacía días, sólo se había dicho que saldrían los dos hermanos al amanecer, a fin de estar en Zacatecas entrada la noche y de ahí continuarían el viaje durmiendo donde fuera necesario hasta llegar a la capital de la nueva república mexicana. Don Baltasar y doña Beatriz, sobra decirlo, cayeron en una profunda tristeza desde el primer día en que sus hijos ya no estaban con ellos en la hacienda, don Baltasar con el pretexto de olvidar su tristeza recorría todos los días parte de sus propiedades a caballo, dando órdenes a los peones y revisando la pureza del ganado que además de mantener en sus potreros ganado de engorda, tenía también una importante simiente de ganado bravo para corridas de toros, que era una de las pocas


aficiones que tenía el rico hacendado. Desde que Lisandro y Fernanda se fueron, una tristeza extraña se apoderó de todas las cosas, hasta los mismos extensos jardines se vieron abandonados, descuidados, hasta convertirse en verdaderos matorrales de hierba seca, que todo lo invadía. Nunca más volvió a escucharse el piano que, polvoriento, permaneció cerrado desde que las manos de Fernanda no tocaron sus teclados. Un misterio se iba presentando en la vida de aquel matrimonio, todo el amor que antes los había unido, parecía que poco a poco se convertía en odio, tanto doña Beatriz como don Baltasar, se evitaban y terminaron por vivir desunidos, ella se vino a vivir en la ciudad de Durango y el permaneció en la casa grande de la hacienda. Tres años después de que hubieran partidos sus hijos hacia la capital de la República, murió doña Beatriz, una mañana de año nuevo, tenía entre sus manos un bello relicario dentro del cual, los rostros de sus dos hijos parecían mirarla con una súplica en sus ojos claros que ya nunca vería más. Por ordenes de don Balastar, la casa que tenían en la ciudad de Durango y donde había muerto doña Beatriz, se cerro, no admitió las solicitudes que varias personas le hicieron para que se la alquilara. Los años pasaron rápidamente. Los años fueron pasando casi sin sentirlos, llegó como una tromba el año de 1910, los caballos de los revolucionarios hollaron todos los caminos y todas las veredas, de nuestro territorio nacional, en una llama trágica, los hombres del sur, marcharon hacia el norte y viceversa, sin que hubiera tranquilidad ni quietud, ni en pueblos ni en ciudades, ni tan siquiera en las rancherías. Don Baltasar aquel rico hacendado español, años después de que muriera su esposa, también falleció, por lo que la hacienda de los Martínez había quedado casi abandonada, pues sólo Rosendo un viejo caporal había quedado al cuidado de todos los terrenos y ganado de la vieja hacienda. Un buen día llegó a la hacienda un fuerte contingente de soldados revolucionarios, se trataba de tropas Villistas, que eran perseguidos muy de cerca por una columna del ejército federal al mando del coronel Tomas Lozano. El jefe de los rebeldes, dio órdenes de que se tomara la vieja hacienda y que se instalara en ella el cuartel de los revolucionarios. Desde ahí organizo la defensa, contra la partida de los federales que ya empezaban a sitiarlos, el jefe revolucionario mando hacer troneras a lo largo de los muros que cercaban la casa grande de la hacienda. A piqueta y barra se trabajo durante todo el día y la casa principal así como otrora sus lujosos salones y recamaras, quedaron horadas en diversos sitios, por los que asomaban amenazadoramente los cañones de los fusiles y ametralladoras de los revolucionarios. Al rayar el alba del segundo día de estancia de los revolucionarios en la hacienda, el centinela de guardia, dio la voz de alarma, con lo que todos los rebeldes se aprestaron a entrar a la batalla contra los federales que se acercaban, por su parte las tropas del gobierno de Porfirio Díaz, emplazaron sus cañones sobre la vieja hacienda y rompieron el fuego minutos antes de que amaneciera. Solamente dos horas pudieron resistir el tremendo ataque de los federales el contingente de revolucionarios. Gran parte de la vieja hacienda, era ya un montón de muros retorcidos y de techos destrozados, las bajas por ambos bandos habían sido numerosos, se empezaban a escarbar fosas para sepultar a los muertos, cuando un grito de horror escapó del pecho de uno de los revolucionarios. Al remover unos escombros buscando compañeros muertos entre las paredes


echadas abajo por uno de los cañonazos, se descubrió un cadáver, mejor dicho un esqueleto, el horrible esqueleto de una mujer, que había sido sepultada en cinta teniendo más de cinco meses, pues así lo denunciaba la pequeña osamenta encontrada en forma tan casual. Se dio cuenta el coronel revolucionario del extraño hallazgo y llamó al capellán para que diera su bendición a los restos que de seguro habían sido producto de un crimen. Cuando el capellán que acompañaba a la partida de revolucionarios, fue puesto frente a los muros, sufrió tal conmoción que a no ser por el respaldo prestado por uno de sus compañeros, hubiera dado con su cuerpo en tierra. Una palidez casi terrosa le cubría el rostro y temblaban sus manos en forma incontrolable. Extrañados los pocos revolucionarios que se encontraban cerca, de lo raro de la actitud del sacerdote, le llamó el coronel revolucionario a un sitio apartado y le exigió que le explicara qué era lo que pasaba, el jefe rebelde le dijo: ¿Qué significa está extraña actitud suya señor cura? ¿Conoce acaso a los que fueron moradores de está hacienda? Y el sacerdote apenas si pudo pronunciar algunas palabras, siempre con el temor reflejado en su rostro. El misterio de lo que guardaba era terrible, el capellán revolucionario, no era otro que el padre Lisandro, que cuando la revolución estalló en todos los sitios de México, el se ofreció para acompañar a las tropas rebeldes del general Francisco Villa, en su lucha que realizaba por el norte del país, en sus largas travesías se enteró de las muertes de sus padres, del abandono de las propiedades que habían sido el patrimonio de su familia.


Las siete ciudades perdidas

Durante muchos años, tantos que ya no se tiene memoria desde cuando, existió una leyenda que fue trasmitida de generación en generación sobre la existencia de siete ciudades maravillosas en el fondo de lo que se conoce ahora como El Cerro del Mercado. Se decía en esa hermosa leyenda que nos contaban nuestros abuelos y que a su vez fue contada por los abuelos de ellos, que el Cerro del Mercado es en realidad una montaña mágica, que hasta la fecha no ha sido realmente explorada, este singular cerro situado al norte de la ciudad capital, lleno de misterios e historias, se asegura que muy en el fondo estructuras, existía un reino fantástico lleno de grandes riquezas, rodeado de inexpugnables rocas casi talladas a pico sobre las explanadas, decían también que por una puerta secreta que se halla en el fondo se llega a siete ciudades de incalculables riquezas y bellísimos jardines rodeados de palacios que forman un oculto reino. Desgraciadamente esta leyenda en sus principios llegó a oídos de los ambiciosos conquistadores que llegaron en forma tempestiva de la vieja España. En tal forma había crecido la fama de las riquezas acumuladas en aquel cerro encantado, que el mismo don Hernán Cortes, pensó en la organización de una expedición por tierra que siguiendo las rutas descubiertas con anterioridad, los llevará hasta el misterioso cerro del que tanto habían escuchado y que había despertado sus ambiciones.


Cortes, contaba con uno de los más experimentados soldados de las fuerzas españolas el capitán don Alejandro de la Llave y Torres. Y a él, confió el mando de una expedición compuesta por tres brigadas de carabineros, que salieron de la gran Tenochtitlán (a la que más tarde se le llamó La Nueva España), el 28 de julio de 1549. La expedición de, de La Llave y Torres, resultó un verdadero fracaso, pues el total desconocimiento del terreno, aunado a ataques continuos de tribus dispersas, por donde iban pasando, hizo que disminuyera el número de efectivos hasta que se perdieron irremediablemente y nunca jamás se supo nada de ellos. Fracasado este intento de descubrimiento y conquista del famoso cerro encantado, continuaron más expediciones las que corrieron la misma surte, sin haber siquiera divisado de lejos aquel misterioso cerro que tanta codicia había despertado entre los ambiciosos españoles. Ya en aquellos tiempos las diferentes tribus que poblaban el extenso territorio nacional, sabían perfectamente bien que los llamados conquistadores, no eran otra cosa que terribles asesinos sin ningún escrúpulo, que no tenían otra mira que apoderarse de todas las riquezas y de las extensas tierras tan fértiles y llenas de frutos desconocidos para ellos. Fue el capitán don Ginés Vázquez del Mercado, quien al mando de una expedición formada por siete legiones de carabineros, logró llegar por fin hasta el cerro encantado. Habiendo puesto su apellido al famoso cerro y hasta la fecha se le conoce como EL Cerro del Mercado. La relación de este conquistador español con el cerro, en realidad es escueta y sencilla, pero la leyenda es rica en fantasía, y de esto se refiere nuestro relato. El capitán don Ginés Vázquez del Mercado, fue en realidad quien primero llegó hasta las faldas del cerro que lleva su nombre, fundando de paso junto a él, la ciudad de la Nueva Vizcaya en honor del lugar que lo había visto nacer en la vieja España. Y fue quien primero llevó noticias de la verdad a cerca del famoso cerro que tanto habían escuchado en boca de los indígenas. Para empezar el informe de Vázquez del Mercado, se refería concretamente a que se trataba de un cerro, común y corriente como existían miles en el territorio conquistado, que por más que buscaron de día y de noche la entrada que los condujera a las siete ciudades encantadas de que habla la leyenda no la encontraron. Y en efecto, siendo Vázquez del Mercado, el que llevaba la encomienda de descubrir y apoderase de las riquezas de aquellas ciudades que se encontraban en el fondo del cerro, emprendió el regreso, pero no así un grupo de soldados que no queriendo irse con las manos vacías, emprendieron la marcha por regiones vírgenes a la planta del ser humano, en su incesante búsqueda de la puerta de entrada que lo condujera a las siete ciudades encantadas, recorrían bosques de una belleza no concebida por la mente, se abrieron ante sus ojos admirados, representantes de la flora y de la fauna totalmente desconocidos para los expedicionarios, estos paisajes de una riqueza de colorido maravillosa, fortalecían aun más la creencia de que en aquellos sitios podrían encontrarse las ciudades perdidas tras cuyo descubrimiento marchaban incansablemente. En su búsqueda desesperada por encontrar la puerta que los llevara hasta la presencia de aquellas siete ciudades revestidas de oro y piedras preciosas, dieron con un viejo indígena de esta región que tenía todas las características de esos animales rodeadores a los que se conocen como topos, precisamente a ese indígena todos los conocían como El Topo, fue él quien le hizo la narración a los


soldados desertores, del esplendor y riqueza que se encontraba escondida en una parte del cerro, llamado ahora Cerro del Mercado. Según el viejo indígena conocido como El Topo, hacía ya muchos, pero muchos años, que de lejanas tierras habían llegado grandes caravanas de hombres de rostros desfigurados, que respiraban mediante aparatos conectados a sus espaldas, por un tiempo convivieron con los indígenas del lugar y les enseñaron muchas cosas, las más importantes a obtener de las entrañas de la tierra grandes cantidades de oro con el que fueron construyendo las siete ciudades perdidas, pero la riqueza de aquellas ciudades no la constituía solamente sus muros de oro puro, había en aquel lugar acantilados de donde extraían cristales maravillosos que después de ser lavados en las aguas de los arroyos, emitían luces de mil colores, con los que adornaban los vestidos de las mujeres y las empuñaduras de las armas de los hombres. Había también en otra parte de aquel lugar oculto, minas de piedras preciosas, rojas como las frutas de los granados, y verdes otras, como las frondas de los árboles en primavera. Los hombres enseñados por aquellos extraños seres, aprendieron a confeccionar adornos preciosísimos para sus mujeres, engarzando aquellas piedras brillantes como si se tratara de estrellas, con el oro que se extraía de las minas y casi estaba a flor de piedra. Extrañamente los bosques que rodeaban la oculta entrada a las siete ciudades encantadas, estaban enriquecidos por árboles que daban frutos de sabor y aroma exquisitos, y había en las sombrías enramadas, pájaros de plumajes más hermosos que ojos humanos hayan contemplado. Con sus plumas multicolores, aquellos seres extraños, enseñaron a los indígenas a confeccionar los mantos de sus principales autoridades que por lo regular eran los más viejos, también aprendieron a hacer penachos que adornaban las cabelleras de los más osados guerreros y de las bellas princesas. Pero sobre todo aquellos seres que no hablaban, que todo lo hacían a señas, les enseñaron a conocer la felicidad y el bienestar, les enseñaron a cultivar toda clase de frutas y verduras, así como a criar animales sanos y de carnes suaves, todo ello constituía la principal alimentación de los habitantes de aquellas ciudades tan distinto a todos los demás que existían sobre la tierra, lleno de riquezas incalculables. ¿Por qué se llamaban las siete ciudades perdidas? Porque eran siete tribus distintas, las que fueron escogidas para poblarlas, se trataba de grupos con características distintas, sobre todo raciales, que fueron capacitados en diferentes actividades los que poblaban las siete ciudades perdidas. En las grandes festividades se reunían los gobernadores de cada ciudad y de cada tribu, con los más altos dignatarios así como la totalidad de sus habitantes, de igual manera participaban en las reuniones aquellos seres tan extraños, pero a la vez tan buenos, se servían banquetes con los más diversos manjares que posiblemente nunca fueron servidos en ningún lugar del mundo. Los enseñaron también a utilizar el jugo fermentado de diversas frutas silvestres y hacer con ellas el más exquisito vino de que se tenga memoria, que desde luego hacía más ostentosa la alegría en las grandes fiestas. Pero las costumbres de aquellas tribus en sus relaciones familiares eran de un alto sentido moral, no conocían el pleito ni la desesperación, no sabían abusar ni de la comida ni del vino, comían y bebían solamente lo necesario. Aseguraba el viejo indígena al que llamaban “El Topo” que las gentes que habían construido las siete ciudades perdidas, llegaron del cielo en grandes carrozas que despedían fuego, les enseñaron a los


indios la forma de aprovechar los metales, de cómo tejer ciertas fibras con las que fabricaban telas de vistosos colores y que nunca se rasgaban, el buen gusto por levantar sus casas, algunas de las cuales eran como suntuosos palacios adornados de lozas de colores delicadamente pulimentadas, todo esto hacia ver que esos seres venidos del espacio, pertenecían a una civilización distinta a cuanta existiera en la tierra. Como un sueño lleno de fantasías, iba deshilándose en la mente del “Topo” la relación extraña que habían ejercido aquellos seres venidos del cielo con las siete tribus escogidas para fundar el mismo número de ciudades encantadas dentro del cerro, conforme les iba contando a los soldados españoles las incalculables riquezas que se veían por todas partes en esas ciudades, la avaricia de los conquistadores iba en aumento, una fiebre de ambición los abrigaba a todos, en los descansos que se veían obligados a hacer durante las largas caminatas, para reparar fuerzas y conseguir las provisiones agotadas durante el largo viaje, la conversación entre los soldados siempre versaba sobre las misteriosas ciudades perdidas. Bajo el hermoso cielo de estas tierras, brillaban intensamente las estrellas, mientras los hombres blancos y barbados soñaban con las inmensas riquezas descritas por el lenguaje pintoresco del viejo indio que les servía de guía, que también les hablo de las más hermosas mujeres que se pudieran imaginar y que poblaban aquellas siete ciudades perdidas dentro del cerro. ¿Y son realmente hermosas esas mujeres que viven en esas ciudades perdidas? Esto lo preguntaba con desesperación en el rostro uno de los soldados españoles. Tan hermosas como no te las puedes imaginar, son altas y morenas, de grandes ojos negros como la noche y largas y onduladas cabelleras. ¿Y porque saliste de esas ciudades tan maravillosas de que tanto nos cuentas? – le pregunto otro de los soldados españoles. Porque cuando aquellos seres extraños seleccionaron a los que irían a vivir en el fondo del cerro, me escogieron sólo a mí, dejaron a mi mujer y mis hijos fuera, por eso una noche me alejé al abrigo de las sombras y camine largos días por extraviados caminos, hasta que llegue donde estaban los míos. ¿Entonces tienes que conocer la entrada a esas ciudades perdidas de que nos hablas? Eso es lo que estoy tratando de recordad y les aseguro que tarde que temprano daremos con ellas. Se levantaron con el alba una racha de optimismo había devuelto la alegría a aquellos hombres que sin descanso marchaban en pos de una riqueza que cada quien la situaba en su mente a su manera. De pronto el viejo indígena grito presa del temor: - ¡Ahí, ahí! Ahí está la entrada, dos rocas enormes formaban la entrada a las entrañas del cerro, embargados por una impresión inenarrable, avanzaron por entre las rocas los primeros soldados españoles, un silencio anunciador de cosas extrañas lo ensolvía todo, ni un ser humano, ni un animal, ni un rumor precursor de vida turbaba la inquietante soledad. Cuando todos los que formaban la expedición hubieron entrado por aquella misteriosa puerta. De pronto se escucho un pavoroso estruendo, como si algo hubiera caído del cielo y la entrada a las siete ciudades perdidas, se selló misteriosamente como si nunca hubiera existido una puerta. Quienes cuentan esta leyenda aseguran que jamás se volvió a saber nada de aquellos


soldados espaĂąoles y hasta el dĂ­a de hoy, todos los que han buscado desesperadamente la puerta de entrada al cerro no han podido dar con ella, pero son muchos los que aseguran que en el fondo del cerro, hoy llamado Cerro del Mercado, existen esas siete ciudades y que en verdad contienen todas las riquezas de que hablaba el viejo indio.

El misterio de las campanas del pueblo


Eran aproximadamente como las tres de la madrugada en aquel tranquilo pueblo de Santa Petronila de los Altares, encavado en la sierra del municipio de Tepehuanes Durango, cuando de pronto se rompió el silencio de la noche, con el repique de todas las campanas del único templo que existía en la población, pareciera que la campana grande la vieja “María Bonita” que esta cuarteada y la “Soledad” que le iguala en tamaño, estuvieran jugando competencias a ver cual sonaba más fuerte. Aquel concierto de madrugada, fue alegría de muchachos, satisfacción de viejas devotas, causa de gruñidos de viejos dormilones, ladridos de perros desorientados, aleteo de gallinas y en pocas palabras despertar de todo el pueblo. Precisamente, en ese pueblo de Santa Petronila de los Altares, vivía el viejo general revolucionario don Ruperto Maltica que había escogido ese lugar para retirarse a la vida privada por ser su lugar de nacimiento y de donde salió muy joven a unirse a las fuerzas del general Pánfilo Natera, se había convertido en el cacique del pueblo, quitaba y ponía a las autoridades según convenía a sus intereses. El tal repique de esa madrugada hubo de despertarlo con sobresaltos que por poco lo tumban de la cama, puesto que la iglesia estaba frente a su casa. Abrió el ensordecido jefe revolucionario los soñolientos ojos, pero los cerró en seguida con fuerza, apretó los dientes y se llevó ambas manos a las orejas para acallar el feroz ruido y en tal actitud permaneció por un buen rato hasta que el estruendo de las campanas ceso. Sólo en la oscuridad de su cuarto sentado al borde de la cama, el viejo general escupió con gran fuerza, sin saber a dónde iba a caer su escupitajo, en seguida resonó en la instancia un gruñido ronco, era la voz del irritado jefe revolucionario que maldecía a todo mundo como era su costumbre: ¡Me cago en la madre de ese cabrón que está sonando las campanas! Y siguió con varias frases más, que cualquiera que haya tratado con carretoneros, arrieros y malvivientes, podría entender a la perfección. A tientas busco en seguida, sobre el pequeño buro que estaba a un lado de su cama, los cerillos y el puro que había dejado a medias antes de dormirse, lo encendió con dificultad después de mucho fuelleo, y lanzó al techo una bocanada de humo, mientras salían de su garganta algunos gruñidos sordos, como truenos apagados de la tempestad que se aleja. Se gestaban ya en su atrofiada mente terribles amenazas en contra de los responsables de ese concierto de campanas que lo habían hecho despertar a horas de la madrugada. El punto rojo del puro, permanecía inmóvil en el fondo oscuro del cuarto, fue amortiguándose hasta desaparecer por completo, la oscuridad recobró su imperio absoluto, más no el silencio, que interrumpían acompasadamente los ronquidos del viejo revolucionario que se había quedado dormido. Pero aquella madrugada estaba condenada a no dejar que ninguno en el pueblo durmiera su noche tranquila, después de una hora, un segundo repique igual que el primero, hizo que el general se estremeciera en su lecho, pero en esta ocasión el estrepito hizo que cayera de la cama, lo que fue motivo para que el general Ruperto Maltica, soltara nuevamente una andanada de frases impublicables contra todo mundo, después le empezó a gritar a su asistente:


¡Bermejo! ¡Bermejo hijo de la tiznada! – gritaba lleno de ira - ¡Bermejo hijo del demonio donde te metes! ¡Voy a levantarte a patadas! ¿no oyes animal? Aquí estoy mi jefe, siempre a sus órdenes. ¡Qué mi jefe, ni que ocho cuartos! ¿Desde a qué horas te estoy hablando y tu haciéndote pendejo como siempre? El viejo asistente dormía vestido, conociendo el recio carácter de su jefe tenía que estar en el momento que se le llamará. Bermejo López, había venido sirviendo a su jefe, desde que este fue ascendido a capitán, juntos habían recorrido toda la campaña revolucionaria hasta que el general fue licenciado, como no tenía familia ni lugar donde vivir siguió a su jefe al retiro, aunque este jamás lo invitó a acompañarlo, fiel como un perro estaba listo a cumplir cualquier orden de su general por muy dura que está fuera. Durante una de las batallas revolucionarias que les toco participar juntos, un soldado federal mal herido, logro levantar el fusil y disparar directamente al general Ruperto Maltica, que se encontraba a unos cuantos metros, al ver esto Bermejo López, se interpuso entre la bala y su jefe y recibió un tiro en la pierna izquierda que lo dejó cojo para toda la vida, el general ni tan siquiera las gracias le dio por este gesto. A los gritos del viejo revolucionario, Bermejo se acerco a la cama cojeando, el general ya empezaba a vestirse y el asistente esperó ordenes sin repelar como lo hacía siempre. ¡Anda a ver al cura Camargo! ¡Y me lo tres! Que venga luego, ahora mismo, te vas corriendo por él, aunque te rompas la otra pata. El asistente salió a toda prisa del cuarto sin expresar palabra alguna; el viejo general, buscó los serillos en el cajón del buro y recogió el puro que andaba envuelto entre las sabanas y después de encenderlo lanzo unas bocanadas de humo, mientras rumiaba su coraje, acabó de ponerse los pantalones con la franja roja a un costado que eran usado sólo por militares de alto rango, con botonadura plateada gruesos y armados como si fueran de cartón, y completó el avió con la chaqueta de género velludo, que le daba cierto parecido a los osos domesticados. El general revolucionario don Ruperto Maltica, era de poca estatura, más bien chaparro y grueso de caderas, con tendencias a ventrudo, de ancha nuca y grandes manos, era además un poco cargado de hombros, y no muy aliviado de espaldas, pisaba recio, escupía con frecuencia. Se hizo soldado durante la revolución, según algunos a las órdenes del general Pánfilo Natera, cuando decidió ingresar a la polvareda era todavía un muchacho, no sabía nada de armas ni de luchas revolucionarias, de él se cuenta que haya por 1912, se presentó en un campo revolucionario que estaba compuesto de unos 90 hombres, solicitando ser admitido en las fuerzas. ¡Pos, cómo no! – le dijo el primer revolucionario con el que se topo. ¿Qué grado me van a dar? – pregunto con cierto interés el joven Ruperto. Pos, pa, empezar serás cualquier cosa – le contestaron otros revolucionarios – por lo pronto te quedas a cuidar las armas. Y los soldados revolucionarios se fueron a pasear al pueblo, mientras él cuidaba los fusiles y carabinas viejas a las que se les daba nombre de armamento. Al día siguiente la fuerza revolucionaria se puso en marcha, lo que aprovechó el joven Ruperto para acercarse a uno de los


que parecía jefe para decirle: Bueno ¿Y al fin que grado tengo? ¿Ya no le dijeron que juera cualquier cosa? – repuso un tanto enojado el jefe revolucionario ¡Échale bastante balas al enemigo y te aseguro que llegaras a ser general! Posiblemente esto se le metió muy profundo en la mente del joven Ruperto, que fue reconocido por todos sus compañeros, en muy poco tiempo como uno de los revolucionarios más entrones y valientes a la hora de los combates, siempre era el que iba por delante y el primero en cruzar las líneas enemigas. Después se separó de aquel grupo, se unió a otros, hasta que llegó a formar su propio grupo revolucionario, al principio formado por sesenta hombre, pero con el tiempo llegó a tener más de tres mil, lo que lo llevó a ser reconocido como uno de los mejores jefes revolucionarios de aquellos tiempos; los asensos fueron llegando uno a uno, hasta que el propio general Francisco Villa, le entregó el grado de General de Brigada, que lo colocaba a muy temprana edad entre los beneficiados de la revolución. Después de poco rato, llegó Bermejo llevando casi a rastras al señor cura don Filiberto Camargo, que más asustado que despierto se paró frente al viejo general. ¡Mi jefe! – dijo el asistente Bermejo un tanto complacido por haber cumplido con el encargo de su jefe – aquí le traigo al curita como usted lo ordeno. Esta bueno, déjanos solos, puedes retirarte. Pues bien, señor cura, me puede explicar que relajo se traía esta madrugada, echando a volar todas las campanas del templo. Mi general le aseguro que estoy tan sorprendido como usted, desconozco por completo quien o quienes subieron a la torre a tocar las campanas. No me salga con esa burrada mi curita, cómo no va a saber usted quien entra y quién sale de la famosa torre, o sólo que haya sido usted el que despertó a todo el pueblo. General, le pudo jurar que me retire temprano a dormir en la sacristía, además la llave de la puerta que da acceso a la torre, la cargo siempre con migo, por lo que nadie pudo haber subido a menos que tumbaran la puerta ya que no hay ninguno otro acceso. Pos, bonita broma, nos hicieron anoche, espero que no se vuelva a repetir, porque entonces tomare otras medidas y mandaré fusilar a los chistosos sin importar quienes sean, está claro señor cura. El señor cura se retiró rumiando su coraje, pero también un tanto perplejo por no lograr saber quien o quienes pudieron haber sido los que subieron a la torre a tocas las campanas. A la noche siguiente cuando todo el pueblo estaba sumido en un profundo sueño, volvieron nuevamente a escucharse el sonido de las campanas de la iglesia, con un pavoroso estruendo que despertó de inmediato a toda la población incluyendo al viejo general Revolucionario. ¡Me lleva la tía de las muchachas! ¡Esto ya es personal! Si quieren hacer la guerra, pos, vamos haciéndola, a ver de a como nos toca, - decía esto mientras se levantaba del suelo a donde


había ido a caer cuando empezaron a tocas las campanas, al tiempo que gritaba - ¡Bermejo! ¡Bermejo con una tiznada te estoy hablando! A la orden mi jefe, aquí estoy pa, lo que usted mande. Tráete dos fusiles de repetición y mi pistola, “la colorada” vamos a tumbar de la torre de la iglesia a esos cabrones que quieren hacernos pasar un mal rato. Los dos revolucionarios el viejo general y su asistente, salieron a la calle con los rifles en la mano y un par de cananas cruzadas al pecho, el repiqueteo había cesado y parados en el atrio, se encontraban ya el señor cura y dos o tres personas que lo acompañaban, ¿Qué paso curita? ¿No me va a decir ahora que nadie está tocando las campanas? Pues así es mi general, vea usted la puerta no ha sido abierta, hace apenas unos segundos que dejaron de tocar y nadie ha salido por ella, nosotros nos encontramos aquí desde hace un buen rato. Pos entonces quiere decir que todavía están arriba, abra la puerta pa, cazarlos como ratas. El viejo general y su asistente subieron a la torre seguidos por el señor cura y las otras personas, pero por más que buscaron nada encontraron, solamente silencio. A mí no me la pegan, alguien está tocando esas chingadas campanas y lo voy a matar. A ver tú Bermejo, te quedas aquí con las armas y al primero que veas tocando una campana lo llenas de plomo sin importar quien sea. El viejo general, el señor cura y las otras personas, se retiraron a sus respectivos hogares, no había pasado ni tan siquiera una hora, cuando de nuevo se escucho el estruendo de las campanas por todo el pueblo, pareciera que ahora tocaban con más estrepito como queriendo que todo el pueblo se enterara, el general como era de esperarse se encontraba tirado en el suelo maldiciendo a su asistente: A este pendejo de Bermejo le vieron la cara, en sus propias barbas están tocando las campanas, pero ahora vera, lo voy a matar junto con esos cabrones. Cuando llegaron hasta lo alto de la torre, el viejo general revolucionario, el señor cura y otras personas que se habían reunido en el atrio de la iglesia, no encontraron nada, solamente al viejo asistente muerto, abrazado a los fusiles y con una mueca de horror en su rostro. Ha pasado el tiempo y las campanas de la torre de la iglesia, siguen sonando en la madrugada, tanto el cura como los habitantes de la población han abandonado el pueblo, ya nadie habita ese lugar, sólo el viejo general revolucionario que noche a noche se asoma a la ventana de su recamara, lanzado balazos al aire mientras grita maldiciones.


El color de la muerte

Jesús Guillermo Navar, a quien todos llamaban simplemente “El Bay” desde chico, había sido atraído por la pintura, soñaba como sueñan tantos, que sus cuadros aparecían en las principales y más cotizadas galerías de arte del país, trataba, como casi lo hacen todos los que sienten el arte de la pintura, de imprimir un estilo propio en sus obras, pero sentía que no lo lograba, cada cuadro que iniciaba con mucha esperanza en lograr lo que tanto había anhelado, al final la misma decepción se apoderaba de él. Jesús Guillermo había visto aquel patio desde la calle por la que siempre transitaba al salir de su trabajo en los Talleres Gráficos del Gobierno del Estado, un rompimiento de luz, allá al fondo, la contra luz de un m uro y sus agregados, las paredes azules, de un azul brutal, sin medias tintas, de un ultramar violáceo, un pozo azul, una escalera azul y delante una hilera de macetas, de cajas, de jarras y de ollas blancas rebosando flores. Había allí, malvas reales, claveles encendidos, desgranándose en cascadas de color, lirios de inmaculada blancura, pensamientos diminutos como pupilas entreabiertas, hortensias grandes y descoloridas teñidas ya levemente de rosado, y una gran enredadera que salpicaba de luz dorada la sombra de los ladrillos. A Jesús Guillermo Navar, lo primero que se le vino a la mente fue realizar una obra de pintura como lo había soñado siempre, por lo que no reparo en tocar en la puerta de entrada.


Dispense, ¿tendría usted inconveniente en dejarme pintar este patio? ¡Hay, no! Ningún inconveniente, - le contesto una mujer de unos 45 años, alta, enlutada y de rostro bondadoso - ¡pero que va usted a pintar aquí! Es muy pequeño y lo tenemos muy descuidado, estoy sola con una hermana enferma y no tengo tiempo de nada. No quiero molestar, simplemente me llamó la atención su patio y me gustaría pintarlo. ¡Oh no se preocupe! Pinte, pinte usted lo que quiera, si usted lo hubiera visto el año pasado, cuando todos teníamos salud, en vida de mi marido que en paz descanse, entonces sí que daba gusto este patio, la enredadera subía hasta la azotea, aquí teníamos siempre sombra, pero, ¡hay! Ahora nos falta humor y las flores necesitan que las cuiden, lo mismo que las personas, desde que mi hermana está enferma las flores están así, tristes, como si comprendieran nuestra desgracia. Jesús Guillermo ya dentro de aquel pequeño patio que le había llamado la atención, vio claramente que las flores crecían abandonadas, tenían calor y sed, se marchitaban las hojas, perdían las flores sus tintes, se notaba que estaban tristes, sentían la nostalgia de una mano cariñosa, en sus hojas se reflejaba el abandono y las sensibles, como los lirios, doblaban el tallo desmayadas como el peso de algún dolor, lo que perdían en belleza, lo ganaban sin embargo en simpatía. “El Bay” sentado en una silla que la buena mujer le había ofrecido, comenzó la lucha entre el cuadro y el natural, refregaba con los colores el lienzo, borraba, dibujaba y volvía a borrar para empezar otra vez con la fiebre que inspira el principio de toda obra. De pie detrás del pintor, la mujer parecía interesarse en las maniobras que realizaba “El Bay” mientras le hablaba: Vera usted, mi marido era pintor de paredes y por eso sé lo que es la pintura, no había otro como él, para pintar cortinajes en las salas y angelitos en las alcobas, para imitar el mármol y la madera, tenía manos de plata, hay señor si lo hubiera usted visto trabajar, en un abrir y cerrar de ojos terminaba todo lo que iniciaba. Pero el pobre se murió y ahora vivo con una hermana, desahuciada también por los médicos. Mientras la señora de la casa hablaba, Jesús Guillermo observó que miraba insistentemente hacia un balcón cerrado sobre el patio, “El Bay” ocupado ya en su labor, le contestaba a la señora con monosílabos, hasta que esta se dio cuenta que le estorbaba, por lo que le dijo: Bueno, yo creo que lo mejor será que me retire, usted haga lo que guste, como si estuviera en su casa. Jesús Guillermo, pinto un buen rato, cuando ya el sol empezaba a declinar huyendo por el muro azul hacia arriba. Ya se disponía a marchar, cuando detrás de aquel balcón divisó una cara de una palidez horrible, dos ojos grandes, hundidos bajo una frente de calavera, miraban dolorosos, clavados a los cristales; parecía una muchacha joven irremediablemente perdida, una muerta contemplada detrás del vidrio del ataúd; una visión que horripilaba, era algo así como una figura de cera que agonizaba detrás de un escaparate, algo como el recuerdo de un sueño angustioso. Jesús Guillermo, volvió al día siguiente a la misma hora a continuar trabajando en el patio, pero en está ocasión encontró a la enferma sentada delante de las flores del fondo.


En aquella pobreza y en aquella luz, le pareció menos fantástica, más mujer y con más huellas de hermosura. Sus ojos azules como el patio parecían traslucir una alegría apagada y una tristeza naciente; en ocasiones revivía en ellos la juventud; en ocasiones se velaban con una melancolía tan honda que hacía daño. Espejos de un corazón joven, reflejaban, al pasar las tristezas y las alegrías que cruzaban por aquella frente; rodeados de una sombra enfermiza y violácea parecían soles que iban hacia el ocaso, envueltos en las nieblas del crepúsculo. A Jesús Guillermo a veces le parecía que estaba viendo una niña y a veces una vieja; pero la joven tenía unos 17 años a lo sumo – pobre flor – pensó “El Bay” – se trata de una flor deshojada al nacer. ¡Escuche! – le dijo la joven con voz tenue - ¿Estorbo aquí? No, no de ningún modo. Si estorbo me marcho. No, no se mueva por favor, antes me iría yo. No se movió, >pobrecilla> pensó el “Bay” no se mueve más que para toser, no se mueve mientras el sol llega hasta ella, acariciándole las manos, bañándole la cara, cubriéndola de besos de oro, coronándola de destellos, entibiando con su calor el frio de su pobre cuerpo moribundo. “El Bay” ya no podía pintar, no veía el cuadro, sólo la veía a ella; las demás flores, sus compañeras, parecían contemplarla inmóvil, encorvada y temblorosa, todo se supeditaba a su figura; todo desaparecía ante ella, ella era todo el cuadro, lo demás servía de aureola de fondo, de reflejo azul. Las plantas mustias, los muros pintados, la sombra de la enredadera, todo se fundía en torno de aquella nota tan triste, de aquella gran flor que más hermosa y marchita que las otras flores torcía el cuello como si fuera un lirio. Un extraño impulso motivo a Jesús Guillermo a pintarla, lo hizo sin que ella lo advirtiera. No sería posible explicar, la lucha entre compasiva y egoísta con que “El Bay” buscaba delante del modelo los repliegues del dolor; los colores que se borran y las huellas de la muerte que se aproxima. De toda aquella palidez horrible sólo veía “El Bay” los tonos mates; de aquellas venas de enferma, las medias tintas violáceas, perdidas en coloraciones muy tenues del dolor, la forma con que trascendía afuera, que mostraban las angustias del alma, se trataba de una expresión descarnada nada más. A poco de pintar con aquella crueldad inconsciente, la pobre enferma no era para él, más que una figura, una belleza macabra, un pedazo de naturaleza muerta, primorosamente hermosa. Al cabo de un rato, la joven enferma, se volvió hacia el pintor y con una sonrisa le dio a entender que había notado que la estaba pintando; con eso estaba consintiendo que continuara su trabajo y permaneció quieta. Un rato después hizo un esfuerzo, se levanto y se acercó al cuadro. Y al verlo le dijo:


¡Dios mío! ¿Tan pálida, tan enferma estoy? Después de esto, se marcho hacia dentro de la casa. Y ya detrás del balcón, sin pensar en que yo la observaba, “El Bay” la vio coger un espejillo y mirarse en él largo tiempo, parecía que suspiraba, se dejó caer en una silla y clavó los ojos en los cristales. Al siguiente día, Jesús Guillermo, llegó a la misma hora al patio para continuar con su trabajo, también en esta ocasión lo estaba esperando la joven enferma, que al verlo llegar le dijo: Si me hubiera conocido usted hace tres meses, le aseguro que entonces sí hubiera usted podido sacer de mí un buen cuadro. ¡Estaba más alegre! Me reía por cualquier cosa, mi hermana me llamaba la atención en cada momento, pero de nada le valía, tenía un gran gusto por el baile. Dicen que tanta alegría me hizo daño, pero yo no lo creo, en ratos me ataca una toz que me deja sin fuerzas tendida en la cama, yo no sé lo que pueda ser. ¡Anímese! – le dijo el pintor – se curara pronto. ¿Qué acaso es usted doctor? ¿No ve usted que soy pintor? Ya lo veo, se lo decía en broma, pero quiero decirle que me gusta mucho la pintura, sí yo fuera pintor, pintaría siempre cosas alegres, bosques con sombra, paisajes, casas bonitas, señoras bonitas y elegantes. Pero para que lo aburro con mis cosas, ¿Quiere que me vaya a sentar para que me siga pintando. Al poco rato de haberse sentado, a la pobre muchacha, le asaltó aquella tos que parecía salir del fondo de sus entrañas, aquella tos que le arrancaba la vida sin turbar su pobre alma serena. Dos lágrimas se deslizaron por la palidez de su rostro inclino la cabeza y se quedo pensativa. De pronto un pensamiento se vino a la mente de Jesús Guillermo: < ¿Por qué tuve yo que empezar este cuadro?> <pobre muchacha morir, sentirse morir a los 17 años, cuando la ventana se abre de par en par llena de esperanza y de luz, se tiene que contestar a sí misma, de aquí a un mes, de aquí a ocho días, mañana tal vez, tener que despedirte no sólo de cuanto amas, sino también de lo que podrías amar>. Al día siguiente, ni al otro la joven no bajo al patio, al tercer día “El Bay” la vio detrás del balcón, la muchacha se sonrió al verlo, lo saludo acercándose a los vidrios, los empañó al toser, los limpió con su mano descarnada y se volvió hacia dentro. Ese mismo día llegó de pronto un médico y subió sin saludar al “Bay” que continuaba pintando, el médico subió hacia el cuarto donde se encontraba la enferma, cuando iba de salida Jesús Guillermo lo abordó para preguntarle cual era el estado de la enferma, él médico lo miró con desconfianza y con mucha frialdad le dijo: Yo considero que no vivirá más de ocho días. Al siguiente día que acudió más que a terminar el cuadro, con la esperanza de poder verla,


bajó lentamente por la escalera al tiempo que le decía: Vengó para que concluyamos el cuadro. Ande usted pinte no se quede ahí parado. Si se siente mal, lo podemos dejar para otro día – le contesto el pintor con un gesto de misericordias al ver lo mal que se encontraba. ¡Pinte! – le respondió ella – y se fue a sentar en su sitio. Después de un buen rato en que permaneció inmóvil, con una voz más débil que en otras ocasiones alzo la cabeza para preguntarle: ¿Ya termino usted el cuadro? ¡Sí! Ya lo termine. Entonces ya puedo morirme. Jesús Guillermo se encontraba limpiando unos pinceles, por lo que se tardo en contestarle. Por favor no diga usted eso. Al no escuchar respuesta a sus palabras “El Bay” la miro por encima del cuadro, de pronto le pareció que estaba dormida, en efecto parecía dormida, pero ya no despertó jamás. Pasó mucho tiempo, Jesús Guillermo expuso el cuadro y en una ocasión le dijeron que unos parientes de la muchacha habían preguntado por el precio. Al parecer eran unos primos de la difunta, ese mismo día fue a buscarlos, mientras iba en su busca pensó: - <pobres gentes, quizás desean tener un recuerdo de la pobre muerta> -. Vera usted – le dijeron al pintor – queremos vender la casa y como los interesados en adquirirla quieren saber cómo es, pues pensamos que el cuadro que usted pinto podría servir de mucho, claro si no es muy caro. Bueno, ¿Y la joven? La joven, la joven, pos, bórrela.


El Santito de los Rosales

Quien sabe por qué circunstancias, o quien lo haya determinado, o por efectos que todavía se desconocen, pero el caso es que Don Melquiades Rosales, seguía viviendo, a pesar de que muchos lo habían dado por muerto Don Melquiades, hacía tiempo ya, que había cumplido los cien años de existencia, se puede decir que vivía de los recuerdos, de aquellos tiempos en que su abuelo y después su padre fueron los dueños de la Hacienda de los Rosales. Cuando paso a sus manos, sólo pudo disfrutara unos cuantos años, pues fueron los revolucionarios con sus mentados repartos de tierra y expropiaciones los que finalmente se la quitaron. Provenía de una familia ambiciosa y porfiada, que la sigue cargando a través de los años, entre pleitos y disputas por bienes de fortunas y vanidades de castas. Decían las gentes, sobre todo los viejos, que la familia de los Rosales, se había fundado a principios de la época de la Colonia, desde que Macario Rosales llegado de La Provincia de Toledo España, fue procreando vástagos en tierras mexicanas. Dentro de la familia de los Rosales, hubo mujeres dulces y varones valientes, y aunque damas y caballeros aportaron clavos de oro al escudo, no faltó quien le causara sin remordimientos, una que otra abolladura. De entre aquella familia de tanto linaje, uno de ellos heredó de su abuelo una copa de plata que tenía gravado el escudo de la familia con una corona, que alguna significación de importancia debería de tener. Y cosa curiosa, esa era toda la prueba de que aquella familia era noble y pura. Por otro lado existían leyendas, bastantes por cierto, que hablaban del linaje de esta familia y que fueron trasmitiéndose de padres a hijos. Una por ejemplo, decía que el fundador de la extensa familia de los Rosales, consumía largas horas sentado en un sillón de vaqueta, y que ahí cierta vez, le ofreció un esclavo negro el bracerillo de plata para que encendiese el puro de que tanto gustaba, a poco rato advirtió el criado que el viejo se estaba quemando los dedos sin que hiciera muestras de dolor alguno. El fundador de la familia de los Rosales, estaba muerto, bien muerto. Cuentan también, que alguien, sin saber con exactitud quien, le envió a la familia de los Rosales, un extraño Santo, que también se convirtió en un legado, que paso de generación en generación. Con el paso de los años, la gente que conocía de la existencia de la gran variedad de santos que forman parte de la gran gama con que cuenta la religión católica, aseguraban que se trataba de una réplica de San Isidro Labrador, mientras que otros aseguraban que no, que se trataba de San Sebastián Apóstol, en sus años mozos, como nunca lograron ponerse de acuerdo sobre quien era en realidad la imagen de ese santo que tan misteriosamente había llegado de España, optaron todos los vecinos de la comarca, con llamarlo simplemente “El Santito de los Rosales”. El Santo aquel, era un señor barbado, que tenía todo el tipo de comerciante español, y aunque en


verdad, no mostraba mucha gallardía, tampoco eran suyos ni servilismos, ni humildades; era un Santo de mediana estatura, como uno de esos que existen en varias parroquias pequeñas de pueblo, con las manos extendidas como queriendo abrasar a todos los que acuden a contemplarlo, como están todos los Santos sobre su pedestal, o metidos dentro de un nicho, al menos así me los imagino. No se sabe, si antes el Santo tuviera otra expresión, pero en la casa de la ciudad, donde ahora vivía el último de los Rosales, la imagen del santito, se encontraba prácticamente abandonada, añorando aquel Santo tal vez los campos y los sembradíos en su cara se veía el aburrimiento y el enfado. Se adivinaba con sólo verlo, que la imagen aquella, vivió durante muchas primaveras en la prospera hacienda de los primeros Rosales, pero perdidas las tierras por la revolución, el reparto agrario y los malos líderes, el último de la familia de los Rosales, Don Melquiades, lo llevó a la casa de la ciudad de Durango, donde se fue a vivir, el santito quedo instalado en la biblioteca dentro de un nicho de cedro y paredes de cristales. Por mucho que hablaran los libros, por muchas cosas que dijeran, y por muchas que fueran las ideas y las tesis y las doctrinas que encerraban entre sus hojas y sus letras de molde, reinaba en la biblioteca un silencio sepulcral, y el Santo no era de anaqueles, ni de admiraciones, ni de conventos, ni de rezos. Era en pocas palabras, un Santo de campo, pero ya no había quien lo sacará en andadas por las tierras de labranza, estimulándolo a que cumpliera con su deber haciendo venir el agua desde los cielos hasta el enjuto surco, ni quien lo llevará por los corredores de la vieja hacienda para conjurar los malos tiempos, o por los terrenos anegados para que volviese el agua de las crecientes hasta el cauce de los ríos. Claro, en la vida de aquella vieja hacienda, no era todo salmos y paseos, campesinos y patrones tenían penas que mitigar, y entre la peonada, sobre todo, siempre había riñas, jornaleros muertos a machete, mujeres ofendidas, raptos, desafíos, que llenaban de asombro a la gente, y pecados de amor que con mengua de las honras, le daban interés a las murmuraciones de peones y patrones. En fin, en aquel mundo asilado y lejano de los otros mundos, había llanto, remordimientos, y desvelos, que de no haberlos, El santito de los Rosales, no hubiera tenido nada que hacer, y ocioso, hubiera enfermado de abandono y olvido en su hornacina de cedro. La vida sin penalidades, no es muy propicia para adorar a Dios. Se dice, que el santito de los Rosales, llegó a fijar su residencia en aquella vieja hacienda de tanta tradición e historia, de un modo muy singular. Resulta que a finales de 1800, hubo una tremenda sequía en todos los campos del Estado de Durango, afligidos los peones, los campesinos y los dueños de haciendas, pensaban que aquello era ya el fin del mundo, pues hacía meses que no caía una sola gota de agua ni para dar de beber a los animales. Algunos de los más viejos dijeron que sólo El Santito de los Rosales, podría resolver el problema que amenazaba con crear una verdadera catástrofe. Pues para no hacerla más cansada, hasta la hacienda de los Rosales, fueron los desesperados campesinos a pedir prestado el santito milagroso. Don Melquiades Rosales, puso en una caja de madera, el Santo que había sido propiedad de sus antepasados, y lo entregó a sus vecinos, para que una vez transcurridas las ceremonias que pensaban hacer, le fuera devuelto puntualmente.


El Santo, que por cierto, se ignoraba todavía su nombre, pero eso resultaba secundario comparado con los milagros que sabía hacer, fue recibido con profundo respeto, con adoración y hasta con júbilo por los hombres y mujeres desesperados. En su honor se hicieron fiestas y hubo comuniones y hasta misas cantadas. En andas lo llevaron por las tierras que de tanta sed que sufrían, mostraban entreabiertas los labios en los surcos. El Santito de los Rosales era bueno, se dejó ganar de las alabanzas y los rezos; y las nubes, primero codiciosas, prodigaron dóciles el fin, el agua que guardaban. Se salvaron las siembras y como El Santo de los Rosales, no volvía a donde lo esperaba su dueño, a pesar de que ya el problema se había resuelto; Don Melquiades acabó por exigir su retorno con verdadera energía. Los peones y dueños de haciendas, pensaron que al señor Melquiades, se le podría olvidar su Santo que tan buenos resultados les había dado, pero ante la insistencia del dueño de la hacienda de los Rosales, no tuvieron más remedio que devolverlo. Tristes y acongojados, procedieron a guardar al santo en su caja de madera, para llevarlo en procesión hasta las tierras de Don Melquiades Rosales. Pero aquello no pudo ser posible, porque se presento lo que todos llamaron un MILAGRO el santito de los Rosales, ya no cabía en la caja donde había venido. Y es que el Santo no había crecido, ni la caja se había hecho más chica, pero el caso es que el santito no entraba en ella, cuando no le sobraba cabeza, le sobraban brazos, lo que pasaba es que, según dijeron los vecinos, el santito no quería irse de aquellas tierras en donde lo habían tratado tan bien. Incrédulo Don Melquiades Rosales, y además sumamente molesto, se presentó en el lugar donde tenían guardado al Santo aquellos campesinos, iba con toda la intención de descubrir los engaños por los cuales pretendían sus vecinos despojarlo de su preciada reliquia que había sido patrimonio de su familia por más de trescientos años, pero contra todo lo que se proponía, comprobó por sí mismo, que los campesinos no le mentían, el Santo no cabía en la caja, o tal vez no quería entrar, muy a su pesar convino en que el santito que vino de España no quería dejar aquellas tierras y en ellas se quedo la imagen por años y años, por casi un siglo, hasta que el hijo de don Melquiades lo pudo recuperar y llevarlo a la casa que ahora ocupaban en la ciudad. Como ya se ha dicho con anterioridad, El Santito de los Rosales era bueno, bondadoso, y el tiempo que estuvo en aquellas tierras, cumplía con sus obligaciones, realizaba milagros, aliviaba los dolores del cuerpo y del alma, devolvía la vida a los moribundos, daba aliento a los quejosos, le regresaba salud a los enfermos. Los pobres peones de las haciendas, naturalmente sentían mucho agradecimiento por aquel Santo, y lo premiaban con flores y plegarías, prendiendo de cuando en cuando, en el terciopelo del nicho en que se encontraba, “milagros” de oro y plata. Era cosa ya sabida del santito de los Rosales, que cuando un santo no se porta bien y no escucha a los que acuden a hablar con él, y se porta parco en lo que le piden, lo abandona el rebaño, enmudecen las plegarias, se marchitan las flores en los floreros, y se ciegan las fuentes que proveen los devotos. El hombre en esta materia como en otras, es tan desvergonzado en su egoísmo, que abandona sin miramientos a los santos que no escuchan su ruego, para ir a postrarse ante otros que si otorguen


favores: pero el santito de los Rosales, no estaba dispuesto a sufrir destino semejante, porque era cumplido y era atento; ambos atributos de tanta importancia, que hacía que los fieles y él, convivieran en buena paz y concordia. Para no desagradar a los peones, a los campesinos, a los comerciantes y a los amos de las distintas haciendas, El Santo convino en realizar transacciones mercantiles; la escasez de moneda o su inutilidad para el caso, entronizó el trueque entre los contratantes. Sí sanaba un enfermo, si desaparecía un padecimiento; o si las lagrimas de alguna doncella se tornaban en boda, iba cobrando el santo sus favores con “milagros” y pronto el terciopelo que le servía de fondo, se empezó a cubrir con piezas de oro y plata. Esa era parte de la historia del santito de los Rosales, en cada uno de aquellos “favores” que realizaba, había oculto un hecho que sólo los interesados conocían. El terciopelo se veía tapizado de los pequeños emblemas, que fueron con sus congojas depositando los creyentes y la fe y la devoción a través de los años, el paño fue cuajándose en esculturillas de metales preciosos. Había gran variedad de formas colgantes, que solían estremecerse con las pisadas de los fieles creyentes que acudían al templo. Había una figura de una lengua cincelada en plata que fue puesta por un campesino cuya afición a las buenas comidas lo llevó hasta el extremo de atravesarse la lengua con una espina de pescado. Se le hincho el órgano provocando terribles dolores, y la cosa hubiera sido grave para aquel rico campesino comilón, pero intervino El Santito de los Rosales, la lengua de aquel hombre recobró lentamente su primera forma. El hombre aquel, recobró la felicidad perdida, y una lengua de plata pasó a formar parte de las propiedades del santo, como una breve hazaña extraviada entre sus hechos piadosos. Los años se fueron acumulando y El Santito de los Rosales, algo cobró del tiempo, de tanto andar entre los hombres, ya había envejecido, El Santo de los Rosales, era ya un Santo viejo, su color sonrosado se torno cenizo, se le fue escureciendo la piel, perdió la lozanía que prestan los aires de los campos, y como amenaza implacable de muerte cercana, se desprendió de su mentón un trozo de esmalte que fingía humanidad. Se perdieron para siempre los jolgorios rancheros, los cantos religiosos, las plegarias, las procesiones, los votos, los milagros, los llantos de las doncellas que no llegaron a boda. Igual que al viejo Don Melquiades Rosales, al santito no le quedaba otra cosa que el recuerdo, o recibir de vez en cuando, por mera cortesía un ramito de flores, o bien con indiferencia una fugaz persignada. Y así lo decía la gente cuando por casualidad se acordaba del santito de los Rosales: “Es que ya está muy viejo”.


El señor capataz

Antes de llegar a lo que es hoy la cabecera municipal de San Juan del Río, perteneciente al Estado de Durango, existió a principios del siglo XIX una hacienda muy prospera llamada Santa Librada, cuyo propietario era un rico español que había llegado a la Nueva España en busca de fortuna, con el tiempo se convirtió en un hombre de edad avanzada, por lo que ya muy poco estaba en sus propiedades, la mayor parte de su tiempo se lo pasaba en la capital del país o en España, por lo tanto sus bienes en esta provincia, las atendía su capataz, un hombre despiadado y cruel llamado don Julio Alcántara .


Algunos de los trabajadores de la hacienda aseguraban que cuando Julio el capataz salía a recorrer los campos hasta el sol se ocultaba, su sombra era la misma que se sentaba en la balanza del destino de los pobres trabajadores que tenían la mala fortuna de cruzarse por su camino, se le veía siempre acosando a los peones con el látigo en la mano, todos tenían que beber de la misma copa de su maldito rencor. Lorenzo, era uno de los peones más jóvenes de la hacienda, que su rencor hacia Julio el capataz pareciera que estaba fundido en bronce. Por su parte el iracundo capataz era de cara redonda y maltrecha, sus manos de oso, la risa sardónica que le retozaba en el buche grueso y resplandeciente, rozagante como quien anda despierto en sueños, se le veía siempre rodado de incondicionales iguales que él, chillando siempre sobre una suerte de lodos dormidos. Los peones de la hacienda, caminaban con torpeza a través de un lago de gelatina, así lo veía el joven Lorenzo, así nos lo imaginamos ahora, los peones caminaban como espectros sin porvenir, cargados de mucha fatiga, eran dueños tan sólo de una triste ilusión que se lleva el viento, el viento que era lo único suyo, el viento que es como un cuerpo, por cuyas venas circulan ardores de travesía, el viento de los pobres, que a veces es como el mormullo del agua que corre, viento de los abuelos, de los padres y de las madres, viento de la sierra de Durango, la tierra donde la luna humedece las noches con sus lagrimas. Estas noches de Durango que son tan llenas de risas y de juegos, de talones sonando contra las piedras y de parvadas de brujas alzándose de un cuento. Noches que hacen más densa la melancolía de la memoria, aquí donde el verde que acarrea en su lomo el verano es un hermoso grito, o más que un hermoso grito. Toda cabe en el viento, todo anda en él, pasan los años y los amos con sus capataces singuen siendo los mismos, los años pasan como una caravana de camellos provenientes de la nada, por un desierto sin nubes ni arena, pasan una y mil veces, vienen y van sin detenerse a oír su propio ruido, que es como un runruneo de gatos en busca de piedras dulces en que frotarse. ¡Estos son años como espinas! Le dice Lorenzo a otro peón que lo acompaña, cuando pasan por aquella casa gris del curato, que siempre estaba retumbando de resonancias terribles, sobre todo cuando los asalariados iban a entregar el diezmo, con pena de irse al infierno si no lo hacían, por lo que algunos preferían quedarse sin comer junto con su familia, que pasar toda una eternidad entre las llamas. Todos pasan por la casa del curato, señoras de rebozo y muchachas envueltas en sol, niños con caritas de ángel cuya mirada se asemeja una florecita aplastada bajo el peso de la inocencia, casi se palpa su piel azul, mucho más pura y brillante que los cueros caros con que las esposas de los hacendados entibian su soledad, y que no son otra cosa que los telones que el silencio deja caer sobre el interminable drama de la existencia. ¡Te fijas Ventura que todos vamos contra el viento! Le vuelve a decir Lorenzo a su compañero de faenas. Cada quien vamos cargando nuestra propia nube. Esas expresiones de los peones de las haciendas que para cualquiera parecerían vacías, pero que en realidad son voces que preceden a la plenitud que los muertos acarician con las puntas del corazón.


En ese momento pasa caracoleando su brioso caballo don Julio el capataz, pasa como un amanecer de hielo negro, por lo que Ventura le pregunta a Lorenzo su compañero de penalidades. ¡Oye Lorenzo! ¿Cuál es el apellido del Capataz? ¡Ha! Pos, parece que Alcántara, porque es hijo de doña Librada Alcántara, pero lo puedes llamar Julio del demonio, Julio puñetas, Julio hijo de la chingada, o Julio el pavo real de tres colas, lo puedes llamar como te dé la gana, yo por mi parte lo llamo Julio carne podrida, llena de gusanos. Pero la realidad es que todos los peones de la hacienda, cuando escuchan su nombre, vibran como si fuera el toque de una corneta, lo oyen resoplar como tubo de órgano de iglesia, lo escuchan repartir órdenes mezcladas con malas palabras, su voz como salida del mismo infierno, pasa por los encinos susurrantes, por los mezquites encorvados y los geranios expectantes, donde anidan las libélulas y las cabras mordisquean retoños verdes. Los árboles en las barrancas, dejan caer sus hojas, mientras Julio el capataz termina de pasar, mostrando en la dentadura aquel desprecio soberano hacia todos los peones de la hacienda, que era ya una costumbre en él. Pasa con su cortejo de allegados, sus cofradías de incondicionales, su contorno de imponderables. Ese mentado Julio el capataz, me hace recordar aquel Pedro Luna, al que todos llamaban “Pedro Harapos” no sé sí te acuerdas, era tan perro como este. Pos, sí que me acuerdo, pero no creo que haya sido tan perro como este, aunque te diré que todos los malditos capataces son iguales, mientras no son nada, te tratan bien y hasta se toman un licor contigo, pero nomás les dan el cargo y se vuelven unos malditos. ¡Oye! ¿Y qué se hizo ese mentado Pedro Harapos?. Pos, no te acuerdas que lo encontraron despedazado en el fondo de la cañada, disque el caballo resbalo y se fue al fondo, pero yo sé muy bien que fue otra cosa. Pos, si será, pero lo que si te digo es que como Julio el capataz, no ha habido otro, tiene una astucia de apache, para ganarse a los amos, hasta hoy no he conocido todavía quien le gane en ese terreno. ¿Sabes cómo me lo imagino? Como a un rey, de esos que son dueños de pueblos enteros, con su corona de lodo y mierda, así me lo imagino. Pos, si tienes razón, se sienten como unos reyes, sobre todo porque los amos les consienten todo, ¿Qué paso con doña Cutberta la viuda del difunto Cenobio? ¿No, le quito todas sus tierras y animales, presentando un papel que ella le había firmado en donde decía que se los vendía de conformidad y no la encontraron a los tres días muerta? Bueno pero quien nombró a este tal Julio capataz de esta hacienda. Pos, cómo quien, pos, el amo, ¿Qué no te acuerdas cuando se quemo toda la casa grande de la hacienda de “Las tres Marías”, que al quedarse sin trabajo vino a ver al amo y con su labia


hizo que lo nombraran capataz y hasta la fecha. De manera que en esa ocasión todos los muebles finos del amo de aquella hacienda ardieron como tablas podridas. Los muebles, las bancas, las puertas todo. Te digo que era como estar viendo la salida del sol en plena madrugada. Alguien me conto que un tal Serapio Escamilla, del poblado de Los Álamos, en la trifulca, hasta una mujer se llevo cargada, ¿es cierto eso? Sí, si es cierto, se trata de Micaela Larios, pero no la forzó, ella solita se dejo robar que es muy distinto. ¿Y por qué haría eso? Pos, porque de eso vive, de los maridos que Dios le manda. Pos, fíjate que por más que le busco, no me puedo acordar de ella. ¡Yo creo que sí hombre! Es una vieja flaca, nalgas paradas, que cuando estaba muchacha vivió mucho tiempo con su familia enfrente de la tienda de abarrotes de don Leontino Mazcorro, aquel al que le decían “Chon Prieto”. ¡Ha! Ahora ya me acordé! pero si estaba re te mocosa cuando yo la conocí. Pos, sí pero ahora es toda una señora, con varios maridos en su haber. ¿Y qué paso? ¿encontraron a los que le prendieron fuego a la hacienda de “Las tres Marías”? Pos, vinieron los de la cordada y anduvieron haciendo preguntas, detuvieron a un tal Nicasio Paredes y a Lupillo Salazar, los dos del rancho de las Mercedes. Yo conozco muy bien a ese tal Lupillo Salazar, es re, que te buena gente y no se mete con nadie, tiene una labor junto al ojo de agua de los Corrales, yo no creo que haya sido él quien prendió fuego a la hacienda. Pos, la vieja esa indina de la Altagracia, esa que nomás anda inventando cosas pa, que la tomen en cuenta, les dijo a los de la cordada que los había visto rondando la casa grande la noche que se quemó. ¿Y en que termino todo? Pos, que los colgaron a los dos y les quitaron lo poco que tenían, ahora hay andan las pobres viudas con sus chilpayates dando lastimas. No, sí te digo, cualquiera que se les atraviese a los de la mentada Cordada, lleva siempre las de perder, si no eres el culpable, te hacen que seas. ¿Y el gachupin, dueño de la hacienda qué hizo?


Pos, lo que hacen todos, puso a la peonada a que le construyeran una nueva casa grande que quedo más bonita que la que le quemaron, esos desgraciados explotadores nunca pierden. Y fíjate lo que son las cosas, el que verdaderamente se encargó de prenderle fuego a la hacienda fue el mentado “Colorado” aquel que roba ganado de otras partes y lo viene a vender aquí, aquel que se llama Urbano Centeno y que tiene una gavilla de matones, ¿Te acuerdas fue el que le puso una pistola en la sien a Matías mi primo, nomás porque se le atravesó en la cantina. ¿Pero porque dices qué fue él el que quemo la hacienda. Pos, si todo el mundo lo sabe, le había vendido al amo una buena partida de reses que se había traído del bajío y resulta que pasaron los días y el amo nunca reconoció tal venta, fue por eso que “el colorado” se cobró de otra manera. Entonces el amo ya sabía quien había sido el que prendió fuego a su hacienda. ¡Claro! Que lo sabía, pero dejo que los de la cordada, culparan a otros y de paso se quedo con sus propiedades. Pero debieron haberlos juzgado en la capital, para saber si realmente ellos habían prendido fuego a la hacienda. Pero si siempre se ha hecho así, ellos son los jueces y verdugos, se hace lo que ellos dicen y punto, hasta el señor cura les hizo una comida en la sacristía, disque para agradecer su buena disposición de poner orden en estos lugares. No, si los curas siempre se cargan para el lado que más les conviene. ¡Claro! El padrecito Manuel fue a bendecir la nueva casa grande de la hacienda y hasta maldijo a los pobres que culparon de haberle prendido fuego, diciendo que lo que más le confortaba es que a esas horas estarían en el fuego eterno de los infiernos, de donde pedía a los ángeles celestiales que nos los dejaran salir nunca.


SOLDADERAS

Roberto del Campo, era un joven oficial recién salido del Heroico Colegio Militar, con los más altos honores había obtenido el grado de Teniente que sólo les era concedido a aquellos que habían demostrado lealtad y valentía durante sus años de cadete. Eran los principios del año de 1910, cuando los levantamientos de campesinos y obreros se habían recrudecido en todo el país, Roberto fue enviado de inmediato al norte del Estado de Durango para incorporarse a las fuerzas federales que combatían a los llamados revolucionarios que se pronunciaban abiertamente en contra de la dictadura del general Porfirio Díaz. El joven teniente fue puesto al frente de un batallón de soldados federales para internarse en la sierra de Durango y Chihuahua, a Roberto lo desconcertaba enormemente observar que mientras más se internaban en los poblados de la sierra, más se reconcentraba aquel duro rencor, aquel desdén siniestro de los campesinos de Durango y Chihuahua contra los soldados federales. Con la tropa venía un número considerable de soldaderas, que fieles y sumisas seguían a sus hombres eran las primeras que entraban a los pueblos tomados para proveerse de comida, no sé de qué artes se valían, pero el caso es que en un momento estaban prendidas las hogueras con los más variables alimentos en la lumbre. Aquellas mujeres, a quien todos llamaban soldaderas, eran hembras muy bragadas, la mayoría sucias, empolvadas, haraposas, calzadas con huaraches, llevando a cuestas enormes canastos repletos de ollas y cazuelas, adelantándose al trote a la columna en marcha, parecían hormigas cargando hojas de los árboles. Al teniente Roberto del Campo, las soldaderas le producían miedo y a la vez admiración, le inspiraban ternura y horror, en momentos le parecían repugnantes, con sus rostros enflaquecidos y


negruzcos, algunas tenían rostros de arpías y manos rapaces, representaban para él un verdadero problema, pero la orden era mantenerlas al lado de sus hombres. Desde sus años de cadete en el Colegio Militar, en la ciudad de México, Roberto había visto a estas mujeres lúbricas, desenfrenadas, borrachas, en las plazuelas de la gran metrópoli en sus barrios, donde pululaban hirviendo en mugre, lujuria, hambre, con una jarra de pulque en la mano. Así las había visto, así le habían adolorido el corazón y asqueado el estomago. Pero ahora en medio de la campaña contra los alzados revolucionarios, las contemplaba maravillado, las veía casi luminosas, y sus toscas figuras adquirían relieve épico, por su abnegación serena, su heroísmo firme, su ilimitada ternura ante los sufrimientos de sus “Juanes” de sus hombres, de aquellas victimas inconscientes que sufrían y morían sin saber a ciencia cierta porque estaban peleando. Durante el trayecto de la campaña contra los alzados, las soldaderas daban gran quehacer a cabos y sargentos, ya que la orden era que no les dieran agua a los soldados, pero estas no obedecían, se mantenían obstinadas y tercas, de alguna manera burlaban la vigilancia llevando a sus hombres las ánforas llenas de agua, los pobres soldados federales bebían sudorosos y jadeantes, con gran envidia de algunos soldados que no tenían quien les llevaran tan fresco liquido, sobre todo cuando se encontraban bajo el sol impecable, entre nubes de polvo. Cuando algún oficial les llamaba la atención por atravesar la línea de fuego para llevar agua al soldado, ellas protestaban y dentro de su ignorancia encontraban la respuesta adecuada al reclamo diciendo: “Pos, va, si a la maquina que mueve los carros del tren se le tiene que dar agua pa, que camine, cuanto más, a un hombre que esta sediento”. Para ellas, sólo existía el cumplimiento de lo que consideraban era su deber, mantener a su hombre bien comido y con ropa limpia, de qué manera lo lograban sólo ellas lo sabían, mientras tanto continuaban en el cálido horror de las marchas que se prolongaban por horas, que se antojaba una alta obra de misericordia. Las soldaderas desafiaban continuamente al cabo o al sargento y a sus palabras malsonantes, o a los regaños de los oficiales para dar de beber a sus sedientos Juanes, quienes con sus ingenuos ojos negros de resignados mexicanos tomados en leva, manifestaban su gratitud con el alivio de la sed refrescada, calmada, cada trago de agua fría era un reconocimiento al valor y lealtad de su compañera. Roberto del Campo, como oficial jefe de aquella columna, fingía no ver aquellas transgresiones, a las severas órdenes que se tienen que dar en el campo de batalla, como quien quiere no darse cuenta de lo que ocurre, contemplaba el abastecimiento de la tropa y la obstinada desobediencia de las soldaderas, llevándoles las cantimploras y los jarros llenos de agua. Durante los descansos, en las gratas siestas de los campamentos, de esos campamentos sin tiendas que más bien parecían familias en día de campo, limitados por las filas de pabellones de fusiles en ramilletes simétricos esperando dormidos el momento de lanzar fuego. Entre fogatas y ollas ennegrecidas por el contacto con la lumbre, se confundían las soldaderas con los soldados, se mesclaban con esos hombres tirados sobre el suelo raso, o a la sombra de los peñascos. Al teniente Roberto del Campo, le gustaban esos momentos sobre todo cuando ponía


atención en las pláticas que sostenían las soldaderas con sus hombres. Como ocurrió en ese momento que escucho hablar a una mujer algo vieja, flaca y alta que se dirigía a su hombre un mocetón de cara ancha y bronceada, que engullía como desesperado enormes gordas rellenas que ella misma le había preparado. A figúrate viejo, que Filomena la mujer del soldado Onésimo Parra, ese que fue herido en la batalla de Parral, me contó que antes de cada enfrentamiento con los alzados, le bendice su rifle para que todos los tiros lleguen al enemigo y dice que desde que lo hace, cada tiro que avienta su viejo es un enemigo muerto. El joven soldado del ejército federal, dejó de masticar el pedazo de gorda que se había llevado a la boca, se quedo mirando a la lejanía como reflexionando lo que acababa de decir su compañera, pero después continuo comiendo en forma melancólica, sin darle la menor importancia a lo que había escuchado de la soldadera. ¡Claro! Esto te lo dijo, no porque sea verdad, a lo mejor a doña Filomena sólo se le figura que en verdad bendice el rifle de su viejo y que con eso va a tumbar a muchos enemigos, ve tú a saber si es cierto o no. Ahora que no creas, los alzados, los revolucionarios, también son gentes como nosotros, que andan peleando no sé por qué, pero el caso es que ahí están. Y como quiera que sea se siente feo verlos caer como moscas a los pobrecitos, pero no sé sí te has fijado que pareciera que se ponen adrede frente a las balas, como si las quisieran parar con su mismo cuerpo. ¡No pusiste frijoles a cocer! – le dice el solado a su mujer – como si no hubiera escuchado todo lo que está le platicaba. A la mañana siguiente se dio la orden de continuar la marcha, se trataba de escalar una alta montaña necesaria para poder llegar al punto que se les había ordenado, cuando llegaron a lo más alto de la sierra, al bajar la dura cuesta que serpenteaba penosamente por la falda de la montaña, que parecía se quebraba en marcado ángulo agudo bajo cuyo vértice negreaba el fondo de una barranca. En ese mismo lugar, recordó el teniente Roberto del Campo, que hacía poco más de dos meses, un b batallón de soldados federales pertenecientes al decimoquinto batallón de caballería, al mando del capitán Teodoro Domínguez, fueron emboscados por los revolucionarios, los alzados supieron que iban escasos de parque y en ese mismo punto, los masacraron sin dejar a uno sólo con vida. Más tarde en el cuartel general, llegaron a trote lento tres caballos pertenecientes a la columna que había salido en labor de reconocimiento cuatro días antes, los animales llevaban amarradas a la silla, las cabezas cercenadas de los oficiales que comandaban la columna. Por eso cuando el teniente Roberto pasaba por ese lugar al frente de sus hombres, recordó ese fatal acontecimiento y se dijo en sus adentros: - si nos salen estos alzados nos hacen trizas – esto lo pensó por lo reducido del camino que no dejaba margen de maniobra y desde cualquier punto de la sierra podrían ser fácilmente cazados. Dio la orden de que nadie se detuviera, que continuara la marcha hasta salir de ese camino tan angosto, sus hombres y las soldaderas que seguían desde atrás a la columna caminaban con cierto miedo, se les notaba en sus caras, Roberto se pregunto -¿Por qué no atacan? – en efecto si los revolucionarios les estuvieran tendiendo una trampa, no existía lugar mejor para lograrlo. Por fin después de una larga marcha sin tropiezos, lograron dejar atrás aquel camino tan peligroso y


que consideraron que fue un verdadero milagro que no los hubieran atacado los alzados. Llegaron a un campo tupido de zacate por donde pasaba cerca el río, y que representaba un buen lugar para acampar puesto que cualquier acechanza del enemigo podría detectarse a varios cientos de metros de distancia. De inmediato se hicieron pabellones de armas, formando un cuadro dentro del que la tropa comía y descansaba. Más tarde los vientos fríos de la sierra doblaban las vetustas ramas, que se lamentaban con sempiterno y monótono quejido. Nadie podía entender como, o de qué manera, pero el caso es que de pronto aparecieron las soldaderas con carne, pan, tortillas, de harina y de maíz, gordas rellenas de diferentes guisos, hasta frutas y dulces. Ya entrada la noche, cuando Roberto se encontraba cenando en compañía de sus más cercanos colaboradores, llegaron a reportarse un par de arrieros que conducían una recua de mulas cargando diferente mercancía para los pueblos circunvecinos, como era de esperarse el teniente del Campo los interrogo a cerca del enemigo: ¿No han visto por ahí a los alzados? ¡Claro que sí patroncito! Como doscientos revolucionarios al mando del coronel Joaquín López, los estuvieron mirando desde lo alto de la montaña, deben de darle gracias a Dios, que no los atacaran porque desde donde se encontraban, no es por desearles un mal, pero los hubieran hecho trizas. Roberto se quedo un rato en silencio, meditando lo que los arrieros le habían contado y después estando solos le comentó al sargento primero Reginaldo Mendieta: ¿Qué significa esa acción?, los revolucionarios pudieron habernos atacado con todas las ventajas de su parte en el momento que lo quisieran, sin embargo no lo hicieron. Pos, puede ser debilidad o cobardía, mi teniente. ¡Eso no sargento! ¡Eso no! Yo conozco muy bien a esas gentes, son gentes indomables que no conocen el miedo. Las noticias que les habían traído los arrieros, confirmaban que los revolucionarios los habían estado asechando desde antes que subieran a la montaña, además les dijeron que estaban bastante bien armados y que los superaban por mucho en número. Entonces por qué no los atacaron, por más que le buscaba Roberto no podía encontrar respuesta a su pregunta. Pronto estos acontecimientos se empezaron a comentar entre toda la tropa, sobre todo entre las soldaderas, algunas atribuían a un milagro el hecho de que los revolucionarios que los superaban en número de gentes y lugar estratégico, no los hubieran atacado. Todos se hacían la misma pregunta y no encontraban respuesta a ella. De pronto alguien divisó una figura que venía caminando por el tramo de la montaña que ellos habían dejado atrás, claramente se veía que se dirigía a su campamento, algunos solados echaron mano de sus armas, el teniente del Campo les grito: ¡Qué nadie dispare hasta saber quién es! Una de las soldaderas grito con todos sus pulmones:


¡Es doña Filomena, es doña Filomena! ¿Doña Filomena, por qué se quedo atrasada? No es que me haya quedado atrasada Teniente, lo que pasa es que tuve que encantar a todos los revolucionarios para que no se movieran del lugar en que estaban, de otra manera nos hubieran cazado como conejos. El teniente Roberto del Campo, ya no dijo nada, sólo dio la orden de continuar la marcha hacia el cuartel general que se encontraba en Chihuahua.

Lo llamaban el francés


Yo soy francés, porque nací en Francia, me siento orgulloso de decirlo. Y me llamo Pedro Lebú (Piero Lebú). Vine a México cuando aún era muy joven, allá por el año de 1910, por azares del destino vine a parar en este país en donde hasta la fecha me encuentro. ¿Qué, porque vine a México? Pues es muy simple, desde muy niño tuve curiosidad de estudiar los fósiles de animales que existieron hace millones de años, alguien me hablo de que en México se habían descubierto ejemplares de dinosauros en estado muy bien conservado y que eran de una especie completamente desconocida para la ciencia. No lo pensé dos veces y salí de mi país con destino a estas tierras, que en realidad para mí eran desconocidas. Mi viaje sin embargo no resulto como yo hubiera deseado, llegue a los Estados Unidos y una vez que cruce la frontera por una población llamada Ciudad Juárez, de inmediato me tomaron preso unos hombres que usaban unos sombreros redondos y muy grandes, traían unas cananas cruzadas al pecho y calzón y camisa de manta, hasta ese momento me di cuenta que el país se encontraba sumido en una guerra revolucionaria. Yo pienso que mi aspecto les causo curiosidad, además de que yo no podía hacerme entender por nadie. Como a los cinco días de estar en una prisión sucia y mal oliente, me subieron a un tren y me llevaron junto con otros presos a la ciudad de Durango, para internarnos en la Penitenciaria del Estado, un viejo edificio muy bonito construido todo de cantera, pero que no dejaba de ser una cárcel. De nada me sirvió de que en un idioma imperfecto que había tratado de aprender a la carrera, tratará de decirles que yo era ciudadano francés y que nada tenía que ver con su lucha revolucionaria, la única esperanza que me quedaba era que alguien de mi país llegara a rescatarme, cuando después de muchos días de estarlo pidiendo, llegó a verme un especie de empleado del consulado de Francia en México, o que al menos realizaba esas funciones, toda mi esperanza se desvaneció, porque para empezar este individuo no hablaba una sola palabra de francés y ni tan siquiera conocía el país que estaba representando y para colmo era un tomador empedernido que muy seguido lo metían preso por no pagar las cuentas de las cantinas. Empecé a ambientarme en la cárcel donde me encontraba preso, todavía no me habían dicho cual era el delito, ahí conocí a un sinnúmero de personalidades muy importantes de la política mexicana pero que también solían caer presos, con decirles que llegaron a caer ex gobernadores, senadores, diputados, militares de altos grados, señoras respetables, obispos y Arzobispos, bueno hasta el mismo jefe de la policía una vez calló preso. La llegada de estas personas que por lo general siempre ocurría en grupos, ocasionaba toda clase de disturbios en la cárcel; de pronto se llenaba de visitantes, se enviaban mensajes al por mayor, entraban ricas viandas acompañadas de vinos de mejor calidad, los sobornos a los carceleros era cosa común. A causa de esa constante afluencia de presos importantes, la situación de nosotros, los que éramos presos con significativa antigüedad, nos cambiaban de una celda individual relativamente confortable, nos pasaban a una galera en donde metían a más de cien presos, a mí en lo personal me tocó que cuando había demasiados “inquilinos” me mandaran a la sala de tortura, que se encontraba desocupada por no haber ningún castigado en turno, tendía mis sarapes sobre alguna de las mesas que se utilizaban para “ablandar” gentes. Así fue como me roce con todas las personas más importantes de este Estado, mientras poco a


poco iba aprendiendo el idioma, por mucho tiempo continúe terco en mi dicho de que yo era ciudadano francés, hasta que un día deje de hacerlo, convencido de que sí para mí era absurdo el que me encarcelaran sin motivo, para ellos era igualmente absurdo ponerme en libertad por el sólo motivo de ser ciudadano francés. Pronto pasaron los años y llevaba ya cinco años de estar preso sin saber el motivo, ya hacía tiempo que había abandonado mis protestas de ser extranjero. Los gobernadores de esta entidad, se sucedían uno a otro en el poder, cuando ya estaba a punto de concretar que interviniera el gobierno para conocer mi caso, de pronto cambiaban de autoridades y tenía que empezar de nuevo, hasta que me canse de este juego absurdo. Una mañana ya no recuerdo de que día ni de qué año el tiempo en la cárcel es lo que menos importa, llegaron a la cárcel unos empleados del gobierno preguntando por mí, preguntaban que si yo era el francés que estaba detenido, de inmediato dije que sí, ordenaron que me bañaran, rasuraran y cortaran el pelo y por último me vistieron de etiqueta, lo primero que me imagine es que por fin mi país se había preocupado por mi situación, aunque por una extraña razón, todos esos preparativos y especialmente el traje de etiqueta, me hicieron sospechar que me sacaban para matarme, el temor en cierto modo se disipo cuando me entere que me llevaban ante el mismo señor gobernador del Estado. Cruzamos una gran avenida que no conocía y llegamos al palacio de gobierno, algo realmente extraordinario, sin esperar me condujeron al despacho más importante de aquel inmueble, después de estar en varias antesalas, entramos por fin a la oficina del señor gobernador; ahí me estaba esperando un señor alto de mirada fiera, vestido con un impecable traje militar, que supuse de inmediato se trataba del gobernador, me saludo con gran amabilidad y en seguida me pregunto ¿Por qué me encontraba preso? ¿Qué era lo que había hecho? Y por último me pregunto que si era yo francés. Le respondí que sí que era ciudadano francés, a lo que el gobernador agregó ¿Entonces usted sabe francés? Al oír mi respuesta igualmente afirmativa, me mostró una carta elegantemente escrita con suave letra que supuse se trataba de una mujer, con letra de mi país de origen, me pidió que le hiciera el favor de traducirla. Supongo que al llegar esa carta a manos del gobernador, pidió que buscaran a alguien que la tradujera, uno de los guarias recordó que en la penitenciaría estaba un preso que gritaba a los cuatro vientos que era ciudadano francés, la carta era enviada por una joven que decía llamarse Simone, pidiendo como un favor muy especial le enviaran un par de monedas de oros, de esas que en tiempo de la colonia se habían acuñado en este Estado para coleccionarlas, en la misma carta expresaba su gran admiración por el señor gobernador, a quien enviaba como un recuerdo su fotografía, les puedo asegurar que se trataba de la más bella mujer en fotografía que yo había visto en toda mi vida. Después de que escucho la traducción que hice de la carta, el gobernador a quien la misiva y más que nada el retrato de la hermosa dama, habían producido un profundo deleite, me dicto su respuesta en términos profundamente galantes, accediendo al punto de enviarle las monedas que solicitaba, no sin antes, expresar que ello estaba rigurosamente prohibido por la ley, pero tratándose de tan bella mujer, ese pequeño detalle se pasaba por alto. Escribí y traduje en mi lengua materna, todo cuanto el presidente me dicto. Al verme en el despacho del señor gobernador del Estado de Durango, se me vino de inmediato a la mente de que me había llegado una inesperada utilidad recién descubierta, esta oportunidad me


valdría no sólo la libertad, quizás hasta un nombramiento como traductor personal del gobernador, o tal vez el apoyo oficial para encontrar los restos fósiles que me habían traído desde un principio a este país. Pero con tantas desilusiones que había tenido también pensé que lo único que iba a sacar era una patada en el trasero, por lo que se me ocurrió de pronto, agregar al final de la carta por cuenta mía, un breve párrafo en el que resumía la situación en que me encontraba, suplicándole a esa encantadora dama, que intercediera por mi libertad. Cuando termine de hacer el trabajo el gobernador me agradeció y me despidió de mano a la puerta de su despacho, después de que la puerta se hubo cerrado a mis espaldas, los guardias me tomaron casi en peso y me llevaron nuevamente a la penitenciaria, ya estando ahí me quitaron el traje de etiqueta, me dieron la ropa roída que siempre había usado y las cosas volvieron a ser como antes. Pasaron los días y en una ocasión se presentaron nuevamente los agentes del gobierno, nuevamente me bañaron, rasuraron y cortaron el pelo y me pusieron el traje de etiqueta, lo único que me dijeron es que la contestación había llegado. Como yo ya lo había previsto, esta segunda carta ahora traía un largo párrafo que hablaba de mí, en donde pedía amablemente mi libertad, pero desgraciadamente, como yo también lo había previsto, no podía hacérselo saber al gobernador, porque este pensaría que era de mi invención, o bien descubriría que yo había intercalado palabras mías en su carta, lo que podría provocar su ira y hasta ordenaría que se me fusilara, así que me vi obligado a saltarme el párrafo, leyéndole al señor gobernador el resto de la carta, pero en cambio en la contestación que me dicto, intercalé una más completa exposición de mi caso, pidiéndole nuevamente a la bella dama su intervención para poder obtener mi ansiada libertad. A partir de entonces la bella mujer, comenzó a escribir con más frecuencia, lo que significaba que fueran más frecuentes las bañadas, rasuradas, peladas y el traje de etiqueta. Fui adquiriendo así, cada vez más confianza con ella, a través de las contestaciones que me dictaba el gobernador, entre carta y carta que le escribía, bullía cada vez más la esperanza de recobrar mi libertad, pero también se había apoderado de mi mente la imagen de la fotografía en donde aparecía la bella dama, su imagen no me dejaba ni de día ni de noche, me confundía de tal modo, que ya no sabía si lo que realmente quería era mi libertad o estar con ella, pero para desgracia mía, el gobernador también estaba profundamente enamorada de ella, puesto que así me lo hacía creer cuando me dictaba las contestaciones. Uno de los más grandes placeres de los días de dictado, era también él de poder mirar de nuevo el retrato de ella que el presidente sacaba, según él, para inspirarse. Comencé a pedirle en las cartas que mandara más retratos, pero como es de suponerse todos iban a parar a manos del gobernador. Mi venganza consistía en cambio, decirle a ella en las cartas que todos los regalos costosos que el gobernador le enviaba, eran regalos míos, de esa manera lograba darme algo de importancia ante esa mujer que me había robado por completo el corazón. Pero una nueva ansiedad iba creciendo al mismo tiempo que mi amor, era esa inmensa colección de cartas que se iba depositando en el escritorio del señor gobernador y en las cuales estaba escrita con todo detalle la historia de nuestro idilio, cartas en las que ya, por último ni siquiera lo mencionábamos a él sino de vez en cuando, casi siempre para insultarlo, en cada una de esas cartas de amor, por así decirlo, estaba firmando mi sentencia de muerte. El tema de mi libertad, además del amor, era el que predominaba en nuestra correspondencia, como podría comprenderse. Siempre estábamos haciendo toda clase de planes de fuga e imaginando


todas las estrategias posibles. En una acción desesperada le dije a los agentes del gobernador cuando fueron por mí a la penitenciaria que ya no traduciría más cartas hasta que me pusieran en libertad, pero la respuesta fue que me dejaron sin comer tres días, al cuarto día les dije que seguiría traduciendo. En una ocasión ya no fueron por mí a la prisión como me lo habían advertido los agentes del gobierno, pasaron varios días y no se presentaban, hasta que me comentaron los custodios que el gobernador del Estado de Durango, había sido derrocado y que otro general ocupaba el cargo. Mis sueños de libertad, habían llegado a su fin. Ahora sólo espero que al nuevo gobernador se le ocurra pedir un traductor que le pueda leer alguna carta en francés que por casualidad llegue a su despacho.


Un niño llamado Genarillo

Corría el año de 1883, en lo que era el Estado de Durango, en donde los dueños de las grandes haciendas controlaban el 90 por ciento de la producción agrícola y ganadera y algunos de estos señores eran también los dueños de las enormes extensiones boscosas y de toda la minería existente en la entidad Precisamente una de estas haciendas estaba enclavada en lo que hoy es el poblado de Francisco I. Madero, relativamente cerca de la capital, era una hacienda que poseía grandes extensiones de tierras cultivables en las que se sembraba maíz, frijol pero principalmente trigo, por lo que el dueño de la hacienda se dedicaba íntegramente a la producción de harina, en el caso de la casa grande se contaba con un enorme molino para producir la harina que era llevada a todas las panaderías y comercios de la capital y sus alrededores, el dueño de estas ricas propiedades era un español de nombre José Martiniano, un hombre despiadado y cruel que practicaba el esclavismo con sus peonesd en su más profunda expresión. En la hacienda había nacido un niño hijo de mujer esclava sin padre, al que desde muy temprana edad se le obligo a trabajar. Genarillo, que así se llamaba, tal vez porque su nombre era Genaro, o porque así lo quisieron llamar los demás esclavos de la hacienda, el caso es que Genarillo a sus escasos 14 años de edad, ya era el responsable del molino donde se molía el trigo para ser depositado en costales, el amo - que así era obligación para todos los trabajadores de la hacienda llamarlo - había ordenado, de manera inexplicable que se le diera a Genarillo, el turno de la noche, una jornada de trabajo que tenía que cumplir de las seis de la tarde a las seis de la mañana. Su centro de trabajo era una gran casa, cuyo techo era sostenido únicamente por gruesos pilares de troncos de árbol, se movía en el centro de ella, uno de esas enormes ruedas de granito que giraban


en un eje que a su vez era girado por un par de mulas atadas a dicho eje y que su función consistía en que la enorme rueda diera vueltas en un especie de canal, construido también de piedra de granito pasando sobre las espigas de trigo que por el peso y la fricción de la rueda iba poco a poco convirtiendo los granos en un fino polvo al que se le conoce como harina de trigo. “! Son las once de la noche y todo tranquilo!” - gritaba un viejo guardia que recorría todas las noches las instalaciones de la hacienda, que al pasar frente al molino, le grito con algo de cariño al niño – No hay que dormirse Genarillo. No, no don Sabas, pierda usted cuidado y en seguida se escucho su débil voz – “Arre mulas”. Sonó un chicotazo, crujieron los aperos con sus argollas de bronce, rechinaron las baquetas y la pesada rueda de granito empezó a moverse sobre el canal de piedra triturando los granos de trigo que producían una harina blanca que caía al fondo del molino sobre unas mantas. A la vacilante luz de dos farolillos, suspendidos de las gruesas vigas del molino, apenas sí iluminaban la triste figura del muchacho caminando detrás de sus mulas en un interminable concierto de movimientos dando vueltas empujando el eje de la rueda. En la hacienda todo era silencio, a momentos sólo se oía el chasquido del chirrión, continuamente el crujir de las piedras y el chirrido de los aperos de las mulas. Más allá del molino a unos cuantos metros, un hombre, que más que persona parecía un esqueleto, atizaba una hoguera, una aureola negra rodeaba la cavidad donde se supone guardaba los ojos, se trataba de Atanasio, al que todos llamaban simplemente el “Negro”, sentado en un viejo banco de madera, frente a una enorme mesa, cortaba con su machete las espigas para dejar solamente las vainas que irían a parar al molino. A cada movimiento que el Negro hacia para arrogar las espigas a la hoguera, se dibujaban perfectamente las temblorosas rótulas y aquellos brazos descarnados, apoyándose sobre las piernas, auxiliaban a las articulaciones del fémur, para que la columna vertebral volviera a tomar su posición ordinaria. El viejo vigilante que había dicho – “no hay que dormirse Genarillo” – dio una vuelta con más lentitud que las mulas, miró, más bien escudriñó todo, y al pasar frente al Negro, tuvo éste que hacer un esfuerzo superior sobre sus muslos para enderezarse. El circulo amoratado de sus ojos, se enrojeció, quizás en aquel momento la lumbre de la hoguera hirió de lleno sus cuencas, el vigilante se marcho por donde había venido y un momento después se escuchaba un cuchicheo, parecía que la voz quería hacer uso de la palabra, el cuchicheo se mezclaba con el ruido de una pesada cadena que sujetaba por un extremo un pie, era el pie del Negro, y por otro estaba pendiente de una gruesa argolla clavada profundamente en uno de los pilares. El Negro era el único peón de la hacienda que no tenía jornada, atado a la cadena día y noche su trabajo de cortar las espigas del trigo no tenía límite, tenía que permanecer atado a la cadena trabajando día y noche, su único delito había sido el que su mujer le gusto al amo de la hacienda y de alguna manera se trataba de mantenerlo alejado de ella. En el lugar que ocupaba el molino, no hubo ningún cambio notable que pudiera observarse, si bien es cierto que los farolillos fueron apagados, pero esto se realizo antes que la aurora luciese todo su esplendor, el amo decía que se puede trabajar media hora a oscuras, esto produce siempre economía de aceite. El amo de la hacienda, al despertar de un nuevo día, lo primero que hacía era realizar una inspección por todas sus propiedades, por lo que primeramente se presento en la casa del molino a hacer su matinal inspección. Genarillo abrió los ojos, el pobre niño parecía una masa


inerte que continuaba moviéndose en virtud de la velocidad adquirida, sus abiertos ojos nada veían, así andando y todo, soñaba, y sus sueños tenían por punto de partida la felicidad de sus mulas, ¡Arre! – decía mientras pensaba, pobrecitas deben de estar cansadas, pero el soñaba, que tenía una casa pintada de blanco donde su mamá lo esperaba a la puerta, pero la verdad es que seguía andando y durmiendo, pero lo hacía con los ojos abiertos. Cien, doscientas o mil veces esa noche y esa madrugada había salvado a cada vuelta un obstáculo que se levantaba sobre la superficie del piso, entonces llevaba los ojos cerrados y el sonambulismo lo auxiliaba, pero ahora sus abiertos ojos no le impidieron tropezar, cayo y un vivo dolor le hizo cerrar el ojo izquierdo, guardo silencio, pero su ojo derecho ya despierto, miró y se concretó a exclamar ¡El Amo! En efecto frente a él se encontraba de pie con el látigo en la mano el amo de la hacienda, que con el grueso de la asidera le había dado un fuerte golpe en la cara, al tiempo que le decía: ¡Otra vez dormido, muchacho inútil! Yo te voy a enseñar a no dormirte en tus horas de trabajo, ahora vas a trabajar media jornada más para que repongas el tiempo que has dormido ¡Entendiste holgazán! Genarillo recogió su chirrión que se le había caído y lanzó su grito de trabajo - ¡arre mulas! – quiso acariciar su ojo izquierdo con las puntas de sus dedos y sintió que estos se le humedecían, los limpió indiferente con la sucia camisa de manta, el hilo de sangre que le corría por la cara, le produjo una sensación más desagradable que la que experimentaba en el ojo herido. El molino había recibido su última porción de trigo, hombres y animales sudaban copiosamente, eran las doce del día, cuando la voz de uno de los capataces dijo de pronto: - ¡Paren! Genarillo abrió su único ojo útil, soltó los tirantes, quitó los arneses, desligó las colleras de las dos mulas, que le estaban confiadas, y andando con pasos desproporcionados a la longitud de sus piernas, dijo por última vez, en ese día: - ¡Arre mulas! Las mulas libres ya de los aperos, olían la hierba fresca, los dos animales con el hocico pegado al suelo, encorvando ligeramente las patas delanteras y girando en rededor de sí mismo, se tendieron a revolcarse en el pasto. 18 horas de trabajo continuo, les habían entumecido sus miembros, la verde hierba convidaba a las mulas a pastar y ni Genarillo ni su chirrión, podían amagar sus bocados, puestas de pie después de una violenta sacudida, por medio de la cual arrojaron las briznas de hierba seca de que se cubrieron al revolcarse, avanzando una pata delantera medio doblada, comenzaron a satisfacer su apetito, tomando de aquí y de allá los verdes retoños de la fresca hierba. Con un solo ojo miraba el pobre de Genarillo el contento de sus mulas y no pudo menos que pensar que eran más felices que él y hablo entre dientes: - “al menos ellas no tienen de que preocuparse” mientras hablaba así, pensaba en su ojo izquierdo, y en que el amo era un hombre muy rico, pero muy malo. Genarillo todavía soñoliento se dirigió a la casa de su madre, hacían casi 24 horas que había salido de la casa materna, apartó la desvencijada puerta, que en aquella vivienda era completamente inútil, no podía proteger a sus moradores del aire, ni podía impedir el paso de la luz, de las lagartijas y los sapos, todos los animales tenían franca entrada por cualquier parte, se pregunto ¿Qué para que podría servir aquella puerta? Una puerta que jamás se encontraba aldabada, carecía de cerrojo.


¿Has dormido? - Pregunto Genarillo a una mujer escuálida que tirada en un camastro tapada con una sabana mugrienta parecía más muerta que viva. Están frías tus manos. La mujer entreabrió los ojos y vio llorar a Genarillo, ella también lloró, no por la pena que el niño manifestaba, sino porque había descubierto rasgado el ojo izquierdo de su hijo, que aun destilaba sangre. ¿Qué te ha pasado? ¿Por qué vienes así? No, no es nada, ha sido un golpe, un golpe que me dio el amo. Siempre él – murmuro en silencio la mujer, mientras dejaba la cama, al tiempo que decía: - te voy a dar algo de comer y limpiar esa herida. De las vigas, pendiente de un hilo, colgaba una canasta tejida con filamentos de palma, su mano tomó lo que encontró en aquella rústica alacena, la llevó a un sartén que tenía sobre una escuálida lumbre depositada en un brasero que parecía llorar en un rincón de la estancia, sobre un plato deposito un cucharon de frijoles y dos trozos de carne seca, sacó de un morral algunas tortillas duras y las deposito sobre las brazas, conforme se iban calentando se las pasaba a su hijo. El muchacho sentado en cuclillas sobre el piso de tierra, comía con cierta pereza, las no muy blandas tortillas que la madre le recalentaba en las brazas, abandonó la comida que parecía hacer de una manera inconsciente, se levantó desparramando la vista por todo el cuarto, lo que motivo que la madre le preguntará. ¿Qué es lo que buscas hijo? ¡Mi machete! No recuerdo en donde lo puse. ¿Y para que quieres en este momento tu machete? Genarillo no le contesto a su madre, miró cautelosamente a todas partes, acaricio amorosamente la cabeza de su madre y mirándola a los ojos le dijo decidido: ¡Lo voy a matar! Será la última que me haga el maldito amo. Tocó entonces que su madre tomara las manos del niño. Genarillo tuvo miedo al haber externado lo que dijo a su progenitora y ella temblaba al escuchar estas palabras que habían salido de los labios de su hijo. ¿Pero, ¿Qué cosas dices? ¡Como lo escucho madre! Estoy decidido a matarlo en la primera oportunidad, ya no puedo aguantar más sus golpes y castigos. La madre de Genarillo, no pudo responder a su hijo, se concreto a bajar la cabeza mirando hacia el piso de tierra y entre sollozos le dijo: ¡No puedes matarlo, no puedes hacerlo!


¿Por qué madre? Sólo porque es rico. No, hijo, no es por eso, es porque él es tu padre.

II Genarillo había vivido su niñez, sin que su exterior le hubiera revelado que existen en el hombre varias edades, caracterizadas por distintas ocupaciones, distintos gustos y distintos momentos de alegría o pesar. La naturaleza había operado el cambio en él, ella sola sin ningún auxiliar, aquello fue un trabajo interno, realizado por leyes desconocidas, sintió como que se disipaban algunas sombras en su cerebro, los instintos que antes estaban adormecidos, ahora despertaban, la palabra clave lo fue sin duda lo que le manifestó su madre: - “es tu padre” – esto vino a cambiar todo en él. Cuando el amo de la hacienda pasaba junto a él, permanecía impasible, sin mover un solo músculo, quizá porque desde aquella mañana en que tan cruelmente lo castigo, permanecía en su memoria el recuerdo de aquellas palabras que le dijera su madre antes de morir, de todo esto tenía conciencia Genarillo a pesar de ser tan niño, posiblemente esos eran los cambios que se estaban operando en su propio ser. Durante el día que no trabajaba en el molino de trigo, ya que a él se le había asignado el turno de la noche, Genarillo tenía que ayudar en los quehaceres dentro de la casa grande, casi al mismo tiempo que se le asigno está comisión, entró a servir en los quehaceres domésticos, una niña casi de su edad, cinco o seis meses mayor que él. Se puede decir que los dos crecieron juntos realizando sus trabajos dentro de la casa grande, se veían a cada rato pero en muy pocas ocasiones se dirigían la palabra, Martina, que a si se llamaba la muchacha, sólo acudía a él, para trasmitirle una orden de parte de la señora de la casa o de las mujeres de la cocina, siempre que le hablaba lo hacía con la cabeza agachada. Genarillo, comenzó a ser víctima de distracciones frecuentes, lo más seguro, debido a las continuas desveladas cumpliendo el turno de noche en el molino, se le olvidaban las cosas y permanecía parado por largo rato sin saber qué camino tomar, esto desde luego, nunca fueron perdonadas por la mano impecable del amo, por la misma mano que tan rudamente lastimó su ojo izquierdo, además de todas las marcas que tenía en todo el cuerpo, señales inequívocas de la rudeza con que era tratado. Como no tienen idea los ciegos de los colores ni los sordos de los sonidos, Genarillo no tenía idea de lo que era la felicidad. Pero algunas veces veía a los machos y a las mulas como retozaban en la hierba y como se acariciaban. Le agradaba la luz de la aurora, le emocionaba las gotas de roció cuando temblaban en la punta de las hojas y por primera vez se empezó a figar que su ropa no estaba tan limpia como debería de estar. Empezó a sentir también que sentía menos la rudeza de los golpes, y no era porque ya fuera insensible a ellos, sino porque llevaba en su interior algo que reaccionaba contra el dolor externo. En una ocasión caminando por el llano, se encontró con una flor que le pareció muy hermosa, sobre todo porque era la única en esa inmensa pradera, la corto y lo primero que pensó fue en regalársela a Martina, un rayo de luz intensísimo penetro en su cerebro, cuando estaba arrancando la flor. Cuando estuvo frente a Martina y le extendió la mano con la flor, sus mejillas que nunca se habían


enrojecido, sino al brutal contacto de la mano del amo de la hacienda, se colorearon ligeramente sin experimentar por ello una sensación desagradable. Martina que también se sorprendió con aquella actitud de Genarillo y sobre todo porque era la primera vez que alguien le regalaba una flor, sólo alcanzo a decir: Si no te vas a tu quehacer, te va a castigar el amo. Le dijo esto mientras se ocupaba en sacudir los muebles de una de las salas de la casa grande. Genarillo a alguna distancia de ella permanecía de pie, mirando por primera vez de otra manera a la muchacha que tenía delante. Se puede decir que juntos habían crecido, llegaron el mismo día a servir en la casa grande, cientos de veces se habían visto, pero la mujer que estaba ahora ante su viste le era totalmente desconocida. Su naturaleza experimentaba un cambio súbito y él que muchas veces había dicho y gritado a Martina cuanta cosa se le antojaba, no halló en aquel momento una sola palabra que decirle, y como permaneciera en el mismo lugar sin atender la recomendación de Martina, está insistió: ¿Qué tanto me ves? ¿Ya verás lo que te pasa si no te vas? Genarillo miraba en aquel momento los ojos de Martina, que también ella miraba los suyos. Todo indicaba que también en la muchacha, se había operado el mismo cambio natural que se había operado en Genarillo, de pronto los ojos de Martina perdieron su expresión de enojo, los contraídos labios se apartaron un tanto, las facciones todas de su rostro parecieron iluminarse con destellos de luces, que habían llegado no se sabe de dónde, y Genarillo correspondió a todo esto con una mirada de inmensa gratitud. Volvió a sonar el acento de Martina, no era aquella la voz que antes oyera Genarillo, la muchacha quería ser áspera y vibraba dulcemente, pretendía demostrar enojo y casi era suplicante. Si no te vas, Genarillo te va a castigar el amo y no quiero que te castigue. Aquellas frases que antes escuchara indiferente lo hicieron temblar, y no por lo que pudiera pasar, sino por algo muy bonito que penetro en su ser. Genarillo se retiro del lado de Martina, al abandonar la casa grande, se detuvo un momento en el dintel de la puerta, todo le pareció diferente hasta el enorme disco del sol que en ese momento se ocultaba entre los cerros. Se sentía tan bien, que si en esos momentos, que si el amo de la hacienda hubiera pasado cerca de él, la palabra “padre” que tantas veces acudiera a su mente, quizás hubiera sido murmurada de sus labios, a riesgo de todo, nunca la vista de Genarillo cuando caminaba se extendía a más distancia que la longitud de su sombra y esto cuando el sol estaba en mitad de su cabeza, ahora, para ir a cumplir la orden que recibiera de uno de los capataces, tuvo que atravesar el solar y los rayos del sol cayendo oblicuamente sobre su cuerpo, le hacían proyectar una sombre que Genarillo se atrevió a mirar en toda su longitud. Llegó a una pequeña casita donde estaba la fragua de la hacienda y dijo al herrero. Que vaya usted a la casa grande a palabrear con el amo.


Cuando el herrero salió de la casa grande, indiferente le dijo a Genarillo. Ordena el amo que me ayudes. Los dos caminaron en silencio uno detrás de otro, hacia el tamango donde se cortaba la espiga del trigo, el herrero de inmediato comenzó su trabajo limando con bastante destreza el perno que aseguraba el aniño con que estaba rodeada la tibia, porque no era más que hueso la pierna del Negro, al retirar el aniño quedó en la apergaminada piel otro formado por una franja de color cobrizo, relativamente menos subido. Genarillo presenció todo aquello, con más azoramiento que pena, tenía tanta dicha en su alma, que oyó con indiferencia el ruido metálico de los bruñidos eslabones de aquella cadena, observó como el herrero la enroscó en espiral sobre sí misma y la colocó colgante de una alcayata, como si la cadena supiera que ahí permanecería hasta que llegara el que supliera al Negro. Dos peones de la hacienda llegaron cargando una especie de camastro de tablas, semejante al que sirviera para conducir a la madre de Genarillo cuando también fue conducida al camposanto. Los vio alejarse y dos lágrimas corrieron por sus mejillas, vino después a su memoria aquella terrible mañana en que de igual manera condujeron el cadáver de su madre y se sintió profundamente acongojado, recordó la herida de su ojo izquierdo, sonaron en su oído las palabras de la moribunda, pensó en como pronunció aquella palabra: “es tu padre” pero en seguida la imagen de Martina cruzo por su mente y se disiparon todas las sombras, así como se deshace la niebla de los campos por los rayos del ardiente sol. Pasaron los días y Genarillo continuo realizando sus ocupaciones rutinarias, pero se sentía poseído de una dulce tristeza, cuya causa era incapaz de analizar, pensaba en Martina, en su desventurada madre y en la muerte tan cruel que tuvo el negro, atado a una cadena, todas estas imágenes pasaban por su mente como si fueran visiones, pero de todas ellas la que más le agradaba era la imagen de Martina y era que esta visión halagaba a su espíritu llenándolo de sueños de muchos colores. Duplicó su afán, apresuró sus movimientos, no desperdició ni un segundo para dar termino a los trabajos que debía desempeñar, fue entonces que respiró con holgura creyéndose dueño de sí mismo, para ir al lado de Martina. Era la hora en que los sirvientes de la casa grande, aún no habían concluido de regar las flores de los grandes jardines que rodeaban la finca, Genarillo pensó que con ellos estaría Martina, como no le era permitido pasar hasta donde las regadoras se hallaban, se limitó a esperar. Tras de uno de los setos de la casa, vio Genarillo realizado su deseo de hablar con Martina, animado y resuelto fue el muchacho a su encuentro, tenía en mente decirle muchas cosas, cuando llegó vio a Martina su bronceado color se hizo más vivo y al observar que en el rostro de su amada se producía el mismo fenómeno, su emoción se hizo más grande y apenas pudo decir: Me quieres Martina. Martina, desde que se encontró con Genarillo, había adivinado el intento que lo guiaba, aquella pregunta le había sonado al oído antes que el muchacho la dijera, queriendo eludir, al propio tiempo que dar una respuesta afirmativa, sólo dijo: ¡Quién sabe si quiera el amo!


Martina al pronunciar con esta frase, en que revelaba su amor a Genarillo, lo hirió en mitad del alma. Todo lo que el muchacho soñará vino por tierra. En la hacienda habían tenido lugar varios casamientos, y de ellos nunca se supo nada sino hasta el momento en que el amo determinaba quien era el novio y quien la novia, ¿Cómo podría estar seguro Genarillo de ser elegido él para Martina? La duda que Martina le sugirió al confesarle su amor de una manera indirecta, aguijoneaba su pasión, con aquel estímulo que las dificultades provocan en el corazón, estímulo que es tanto más violento, cuando es más rudo el ser en que se desarrolla. Los dos amantes que se miraban con intensísimo cariño, de pronto una voz a cuyo sonido siempre se habían acobardado los llamó. Si la tierra hubiera retumbado toda, si un huracán se les hubiera presentado de repente, si bajo sus pies las llamas del infierno en que creían, Genarillo y Martina, se hubieran aterrorizado menos, que cuando el amo, que se les acercaba sin ser sentido los llamo con un grito: ¡Bribones! Malagradecidos ¿Qué es lo que están haciendo? Los dos muchachos inclinaron sus frentes al suelo, y poseídos de un temblor convulsivo intentaron alejarse. Imposible los músculos no obedecieron, hasta que el amo les volvió a preguntar ¿Qué era lo que estaban haciendo? En la mirada del amo había furia, pero también había lujuria y celos, desde hacía días la figura embarnecida de la muchacha le había llamado poderosamente la atención, por lo que no iba a dejar que un simple peón se la quitara antes de tenerla entre sus brazos, después de unos días dejaría que hiciera lo que quisiera. Imponiendo su autoridad de ser el amo de cuanto se movía dentro de la hacienda, tomo fuertemente del brazo a Martina, al tiempo que le decía a Genarillo: ¡Tú! Lárgate a trabajar al molino, después hablare contigo. Y tú, ven conmigo. Llevó casi a rastras a la muchacha hacia una de las habitaciones de la casa grande y cerro detrás de él la puerta. Genarillo sabía perfectamente bien lo que iba a pasar con su amada, por eso en lugar de ir hacia el molino como le había ordenado el amo, camino hacia su casa en busca de su machete. Sin reflexionar un segundo, machete en mano corrió hacia la casa grande, las varillas de madera que guarecían la puerta del cuarto en que vio entrar con el amo a Martina saltaron hechas astillas, y las dos hojas de que estaba formada se abrieron completamente, la luz de la tarde penetró en la estancia, al igual que la figura de Genarillo. Martina yacía en el suelo desgreñada e inclinada sobre ella el amo, que procuraba vencer la escasa resistencia que la débil muchacha podía ya oponerle. El ruido de la puerta que se abrió, y la luz que inundó toda la instancia, hizo que el amo se pusiera en pie y se lanzará feroz contra Genarillo. Un vapor de sangre subió a la cabeza del muchacho, y los celos, la rabia y la desesperación, hicieron lo demás. El machete de Genarillo entró, hasta desaparecer en toda su anchura, en la cabeza del dueño de la hacienda. Cuando este rodó por el suelo, sin lanzar siquiera una queja, el amante de Martina sintió todo el horror de su crimen, tomó de un brazo a la azorada


muchacha y salió por la misma puerta, se dirigieron a las caballerizas de la casa grande y tomaron dos de los mejores caballos de la cuadra, a todo galope se dirigieron a la sierra, en donde estarían a salvo de quienes los persiguieran. Pasados algunos años, Genarillo volvió hecho todo un hombre al mando de quinientos hombres para tomar la hacienda. El levantamiento revolucionario había comenzado.


La leyenda de la princesa triste

Hace muchos, pero muchos años, cuando las regiones del norte de nuestro país no tenían fronteras, cuando las ambiciones humanas no habían creado el engranaje que en los actuales tiempos ha convertido a la humanidad en un enfrentamiento de todos contra todos. Tribus llegadas de remotas tierras, habían marcado su huella sobre nuestras praderas y nuestros bosques. Los reinados de esos tiempos, no se significaban por el esplendor, sino por la disciplina y sumisión de los gobernados. Reyes y súbditos, iban casi desnudos y defendían sus tierras en forma primitiva, pero muy valiente. A estos lugares que se consideraban las tierras del norte, empezaban a llegar noticias, en el sentido de que en las tierras de Anáhuac al sur del extenso país, los conquistadores blancos habían marcado con sangre sus derroteros. El estallido de las armas que escupían fuego que sólo rivalizaban con el rayo, cuyo estruendo solamente era comparado con el rugir de los leones en las selvas, estos hombres venidos de lejanas tierras a través del mar, venían a romper los silencios milenarios de nuestros antepasados. Todas las tribus del norte sabían que el avance de la conquista era un hecho, que entre las selvas y bosques en su mayoría ajenos a la presencia humana, caminaban los hombres blancos y barbados montando extraños animales, destruyendo todo a su paso, sembrando por todos lados la muerte.


Iban marcando la ruta de la conquista, los cuerpos morenos de nuestros indios indómitos y reacios a la esclavitud. Años de lucha y muerte fueron aquellos para conquistadores y conquistados, una lucha que parecía no tener fin, acicateada por la ambición de los unos y el concepto de libertad y justicia de los otros. En lo que fuera la tierra de nuestros antepasados, que primero se llamó La Provincia de la Nueva Vizcaya y después Durango, no existían los palacios como aconteció en las provincias de Yucatán, Chiapas y Oaxaca. El Rey de las tribus que habitaban estas tierras, vivía en una choza más amplia y más cómoda que las de los súbitos a quienes gobernaba, él y su familia vestían de acuerdo con su rango, algunas pieles más llamativas que los otros. El Rey o Jefe de la tribu que se llamaba Tenankuo, tenía una hija muy bella a la que se le consideraba una princesa por ser hija del jefe, esta princesa se llamaba Zenzatli, que en la lengua de nuestros antepasados quiere decir “Mujer que canta bonito” ella como habíamos dicho era una joven muy bella, de piel color de canela y líneas de estatua de mármol, dos ojos como dos inmensos capulines maduros, fulgían en aquella hermosa cara. Era el orgullo de toda la tribu, para ella eran las mejores piezas de la cacería, los mejores frutos y las flores más exquisitas y extrañas del reino, hermosas plumas de matices multicolores formaban sus vestidos que en los días ordinarios eran cortos, dejando ver sus maravillosas piernas al aire, y en los días de grandes fiestas, sus trajes eran mantos de plumas regías artísticamente tejidos por las doncellas de su corte. Rumores alarmantes habían llegado a las tierras del Rey Tenankuo, relacionados con la aparición de extraños hombres de piel blanca y grandes barbas que montaban extraños animales, que venían seguidos de indios de otras tribus lejanas, que según se decía, venían a ejercer su dominio sobre todos los lugares por donde pasaban y que ellos llamaban territorio conquistado. Por esos días la princesa calló enferma, doce días tenía ya, la hermosa princesa víctima de una extraña enfermedad, todos los hombres más viejos de la tribu habían dado algunos consejos para que la princesa sanara, los sacerdotes habían hecho rogativas a los dioses, pero aquella enfermadas tan extraña que envolvía a la princesa, pero la enfermedad no cedía, lo único que estaba claro era que la princesa cada día se ponía más enferma, lo que ayer eran formas de estatua de mármol, por la delicadeza de sus líneas, no eran ya sino unas pobres formas minadas por el extraño mal que la aquejaba, la princesa se veía despojada de su belleza y de su fuerza. La corte del Rey y el pueblo en general se encontraba sumido en una completa tristeza, ni tan siquiera el avance inevitable de los hombres blancos y barbados, que sabían que traían consigo la esclavitud, habían podido alejarlos del dolor tan intenso que sentían por la enfermedad de la princesa. Como lo habían hecho ya, en otros lugares que habían conquistado a lo largo de todo el territorio, los españoles, mandaron a los primeros emisarios ante el Rey Tenankuo, para tratar de evitar un enfrentamiento que sólo trajera consigo muerte y destrucción, los primeros en llegar a la corte del Rey fueron indios que pertenecían a tribus lejanas y que de alguna manera se habían unido a los conquistadores sirviéndoles de guía e intérpretes. El Rey un tanto molesto por la actitud y servilismo de los indígenas que habían llegado como avanzada, les dijo tajantemente, que con ellos no trataría absolutamente nada, que acudieran ante él, soldados blancos, para hablar lo concerniente a su presencia en territorio que les partencia y que no iban a ceder tan fácilmente. Los indios como perros con la cola entre las patas, regresaron al lugar en que se encontraba el


campamento de los conquistadores, e informaron sobre los resultados de su presencia en la corte del Rey. Por lo que los españoles decidieron que tres de ellos acompañados de igual número de indios leales, sería más que suficiente para entablar una plática con el jefe de la tribu y saber cuáles eran sus intenciones en cuanto a su presencia en ese territorio. No pasó mucho tiempo, cuando se presentó ante la casa real, el capitán don Diego de Balcázar, acompañado de dos soldados de su regimiento y tres indios que servirían de intérpretes en lo que ahí se pudiera comentar. Para empezar don Diego empezó diciéndole al Rey Tenankuo, que eran soldados pertenecientes al ejército del Rey de España, que tenían como encomienda dictada por el propio Rey español, apoderarse y conquistar todas estas tierras y declararlas como propiedad de la Corona. El Rey Tenankuo los escucho atentamente, no interrumpió en ningún momento al capitán español, que hablaba a través de sus intérpretes, cuando consideró que el soldado ibérico había dicho ya todo lo que tenía que decir, con voz pausada y meditando cada una de sus palabras le dijo: “Me dices capitán, que vienes a nuestras tierras dispuesto a conquistarlas, a lo cual yo te preguntó, ¿Qué acaso, estas tierras están desocupadas? Hasta donde tengo entendido, se conquista lo que no tiene dueño, lo que está sólo, estas tierras están ocupadas desde hace muchas, muchas lunas por nuestros antepasados, nosotros somos tan sólo una generación de las muchas que han habitado estos lugares”. Pues sí, pero es que en la ley de la guerra quien conquista un territorio por medios pacíficos o por las armas, el territorio le pertenece al ganador. “Pero es que nosotros, no queremos ser conquistados, hemos vivido por muchas lunas en paz, nuestros abuelos y nuestros padres han vivido, trabajado y han muerto en estas tierras, por lo tanto nos pertenecen y no necesitamos que nadie venga a conquistarnos. Ahora también me dices que se conquista por medio de la guerra, pero es que nosotros no estamos en guerra con nadie, defenderemos hasta la muerte si es preciso lo que es nuestro, pero jamás atentaremos contra la propiedad de otros”. El capitán don Diego de Balcázar, guardo silencio, en el fondo sabía que el jefe indio tenía toda la razón, pero no podía expresarle su complacencia a todo lo que decía, puesto que sus compañeros de armas y sus superiores jamás aceptarían que no podían adueñarse de lo que ya tenía dueño. Él en lo personal sabía de sobra, que todo lo que estaban haciendo era indebido, que se trataba de un vil saqueo, mataban indios como si se tratará de animales y a los que no asesinaban los convertían en esclavos para que trabajaran para ellos en las minas o labrando la tierra. El capitán don Diego de Balcázar, era un joven militar del ejército español que tenía muy poco tiempo de haber ingresado a sus filas, de familia pobre, no le quedó otra opción que abrazar la carrera de las armas para poder ayudar en algo a su familia, que a falta de su padre él se había convertido en el único sostén. Trató de recordar en esos momentos que no le quedaba de otra, más que seguir el curso de los acontecimientos que se habían presentado desde que llegaron a La Nueva España, en plan de conquistadores. Estaba tratando de acomodar sus pensamientos, cuando de pronto hizo su entrada a la sala en donde se encontraban dialogando, uno de los sirvientes que prestaban sus servicios a la familia del Rey, se acercó a Tenankuo y algo le dijo al oído, el capitán español, vio de pronto como se ensombrecía el rostro del monarca, por lo que no pudo contenerse en preguntarle:


¿Pasa algo señor? Mi hija, se encuentra enferma y al parecer una nueva crisis más severa que las anteriores se ha presentado, hemos hecho hasta lo imposible, pero no logramos detener esa enfermedad que la tiene postrada al borde de la muerte. Si me lo permites, podría verla, conozco algo de medicina y tal vez se logre hacer algo al respecto. Pues nada se pierde con que usted la vea capitán, me encuentro tan desesperado que cualquier cosa que se pueda hacer por ella, sería buena. El capitán de Balcázar, camino siguiendo al jefe Tenankuo, hasta el lugar en donde se encontraba tirada sobre unas pieles de osos, la princesa Zenzatli, que en realidad se veía muy mal, pero a pesar de tener la cara descompuesta por la enfermedad, no dejaba de lucir su belleza, el capitán Balcázar, de pronto quedo impresionado por el porte y las líneas que lucía la princesa a pesar de que se encontraba víctima de una extraña enfermedad, impresiono profundamente al soldado español, que dominando su emoción se inclinó hacia ella y le contemplo el rostro y los brazos, descubrió que la princesa tenía unas extrañas marcas en ambos brazos, que denotaban picaduras de un extraño animal, posiblemente una araña o alacrán puesto que el color de su piel, así lo hacía ver. Le dijo al jefe de la tribu que tenía una ligera sospecha de cuál era el mal que aquejaba a la princesa, por lo que partió hacia su campamento en busca de alguna medicina que habían traído de España y que era muy efectiva contra el veneno de animales ponzoñosos. Ya estando en el campamento, le dijo a sus superiores que consideraba conveniente el no atacar a la tribu del jefe Tenankuo porque según había visto contaba con muchos guerreros dispuestos a jugarse la vida por defender a su pueblo, les dijo también que había encontrado la forma de entablar amistad con el jefe de la tribu tratando de curar a su hija que estaba enferma. Sus superiores estuvieron de acuerdo con el plan que les presentaba, pero sólo le dieron de plazo una semana, de lo contrario atacarían la aldea. El capitán Balcázar, regreso a donde se encontraba la princesa y de inmediato empezó a aplicar el medicamento, que como si se tratará de un milagro, empezó a surtir efecto, cortó desde sus raíces los efectos del veneno que había invadido su cuerpo y la muchacha empezó a reaccionar. A los dos días ya estaba en pie y como una flor que surge a la vida, volvió a ser la muchacha hermosa que todos admiraban, el capitán como le había sucedido desde el primer momento en que la vio, se enamoro perdidamente de ella, al grado que le tuvo que contar al jefe Tenankuo cuáles eran los planes de sus compañeros de armas, el jefe indio al ver la sinceridad del soldado español, le confió también un secreto: No te preocupes, sé que eres sincero, por lo tanto te voy a decir que estamos preparados, tenemos tantos hombres como hormigas tiene un hormiguero, hemos estado espiando todos sus movimientos y en cualquier momento los aniquilaremos a todos sin que sepan de que manera fueron atacados, como te lo dije el primer día que nos conocimos, amamos la paz, pero también sabemos defender lo que es nuestro. Solo quiero que me decidas en este momento, si estas del lado de tu gente o te pasas del lado nuestro, en donde te aceptamos como uno más de nosotros. El capitán decidió ser parte de la tribu, ese mismo día los soldados españoles y sus aliados, fueron


emboscados por miles de indios guerreros y sin que los indígenas hubieran sufrido una sola baja en cuestión de minutos terminaron con los invasores. Había pasado un año de que los llamados conquistadores fueron totalmente aniquilados, en la población indígena, todo era cantos y alegría, la hija del jefe Tenankuo, la princesa Zenzatli contraía matrimonio con el ex capitán don Diego de Balcázar, que ahora era uno de los jefes guerreros del ejército indígena de esta región.

Matrimonio por interés

Simón Alcántara, era uno más de los miles que se suman al gran ejército de desempleados, lo que le


habían dado en su ultimo trabajo a manera de indemnización ya se le había terminado y la realidad es que la estaba pasando mal. Alguien le dijo por la calle, debió ser alguien que conocía su desgracia, que en los Almacenes La providencia S.A de C.V. requerían con urgencia un escribiente que llevará los libros y que contestara la correspondencia de la empresa. Hasta allí se dirigió sin perder tiempo alguno, los Almacenes La Providencia S.A de C.V. eran en realidad enormes dos edificios de varios pisos con patios de entrega y salida de mercancía formaban parte de su entorno. Preguntando aquí y allá, llegó hasta la oficina del administrador, un viejo encorvado con el pelo ya canoso, que vestía implacablemente un traje negro con chaleco del mismo color y una corbata oscura, después de una hora de estar esperando su turno sentado en una dura silla de madera, el viejo administrador le hizo señas con un dedo que se acercará, sin preguntarle ningún dato personal o habilidad alguna, le tendió una hoja de papel en blanco, y le pidió que escribiera lo que a continuación le iba a dictar. Sin esperar respuesta alguna, el hombre aquel, le dicto a Simón, unas palabras de corrido hasta completar cinco reglones. Se puso los lentes, estiro la mano para que le entregará el papel y se puso a leer lo que había escrito, después lo miró un momento y le dijo: No es mala su letra, parece bastante clara, debo reconocer que está bien hecha, además no hay faltas de ortografía. Favor que usted me hace, siempre he tratado de ser pulcro en todo lo que hago. El hombre de negro, se sentó en su escritorio se retiró los lentes y manifestó con cierta elegancia que lo hacía ver más respetable: Pues amigo, es casi seguro que nos quedamos con usted, lo único que le puedo decir es que el sueldo es de 1,500 pesos a la semana, con muchas esperanzas de lograr aumentos conforme se supere en su trabajo, si los negocios van bien claro está. Pues me parece magnifico, Dios quiera y pueda quedarme. Esto último lo dijo con ciertas reservas, por temor a que el señor administrador no fuera creyente, sin embargo el hombre aquel en forma por demás ceremoniosa le dijo: Voy a ver si no está ocupado don Ramiro de la Garza, que para su conocimiento es el presidente de la compañía y dueño absoluto de todo esto. Espéreme un momento. El hombrecito de andar meticuloso, entro por una elegante puerta de madera de caoba y desapareció en seguida. Simón Alcántara se sentía feliz en esos momentos, rebosaba su alma de agradecimiento, no dejaba de agradecer a ese ser superior que tanto lo había protegido, que parecía haberle dicho al oído, o a la mejor en sueños: “Simón, ve a los Almacenes La Providencia S.A. de C.V. quien quita y se te haga” pero parece ser que todo está arreglado el hombre me dijo que era casi una seguridad que me quedará. Simón también pensaba en sus adentros que: < “Ahora que tenga este nuevo empleo tengo que


cambie de posición y de carácter, ya no será como lo había hecho en otros tiempos cuando entraba a la casa humillado, abatido, sin animo de ver a nadie a la cara, con torpes movimientos, ahora tendrá que resucitar en mi un aire no orgulloso, pero sí digno, que todos los Alcántaras hemos tenido”>. La espera se prolongaba cada vez más, al grado que Simón empezó a desesperar, sentía seca la boca, las manos le empezaban a temblar, se levanto de la dura silla de madera y empezó a caminar por la estancia, se asomó por una ventana que daba al patio de entrada y salida de mercancías, se fijó en todo el personal que se movía entre los camiones repartidores ¡Que importante empresa es está! – se dijo en sus adentros – olían aquellos enormes patios a anís, a semillas, a frutas, grandes tercios formaban una muralla colocados sobre vigas a una cuarta del suelo, grandes cajas de madera llenas de letras pintadas a sus costados ceñidos por cintas de ilumino grueso, guardaban sabe Dios cuantas cosas importantes, cristalería tal vez, porque en los letreros decía claramente Riesgo, manéjese con cuidado. Yacían en el suelo algunas ruedas colosales y no poca maquinaria desarmada. El patio era grande y apenas se podía caminar por él, los bultos formaban callejuelas, un perro enorme con las orejas alzadas, los ojos brillantes y palpitantes, la nariz alargada, el hocico abierto, desesperado de no poder romper la cadena que lo ataba a un poste. <“Con que gusto trabajaría en medio de todo este bullicio”>. Se dijo en sus adentros con un rasgo de alegría, lo atraía el ruido del dinero que se escuchaba por todas partes, el golpetear de los empacadores, los gritos de los trabajadores, pero sobre todo lo atraía la primera semana de pago. Hasta se imagino como sería su primer recibo que tendría que firmar: - “recibí de los Almacenes La Providencia S.A. de C.V. la cantidad de 1,500 pesos, como sueldo a mis trabajos realizados como escribiente… Durango Dgo, a los treinta días del mes de Octubre de 1947, Simón Alcántara… firma.” También pensó en esos momentos que el primer día de pago, lo primero que haría sería refrendar las boletas de empeño, comer como Dios manda, dormir una noche completa y sobre todo alejar ese sello de tristeza de su casa, ver más alegría en los rostros de su mujer y sus hijos. Sus pensamientos fueron interrumpidos, cuando entro por la elegante puerta de madera de caoba el hombre vestido de negro, adoptó una postura muy seria, coloco sus dedos pulgares en las pequeñas bolsas del chaleco y le dijo en tono ceremonioso: Con que mi amigo, ya todo está arreglado, empezará usted a trabajar desde el lunes a partir de las siete de la mañana, saldrá usted a comer a la una, para regresar a las tres, hará las cartas que se le encomienden por la mañana y dedicará usted las tardes a traducir la correspondencia que nos llega en francés e ingles, todo esto hasta las nueve de la noche que será su hora de salida. ¿Dijo usted traducir señor? Claro eso fue lo que dije, tendrá usted que traducir del ingles y francés al español toda la correspondencia que nos llegue. Con todo respeto señor, me parece que de eso no habíamos hablado, además yo no conozco otro idioma que no sea el español.


¿Cómo no conoce usted otros idiomas? Pues no señor desgraciadamente. Pues, eso sí que es un problema, porque aquí nos urge una persona que maneje a la perfección el inglés y el francés por lo menos, yo me imagine que usted podía manejar cualquier lengua. Pos, no señor, desgraciadamente no tengo esas cualidades. Pues, en realidad lo siento mucho, porque créame, yo tenía todas las intenciones del mundo de favorecerlo, me cayó bien a primera vista, además de que es usted pulcro y hasta parece inteligente, pero ante esas circunstancias no puedo hacer nada. Pues si señor, yo le estoy muy agradecido por sus atenciones. Pues si señor, pero como usted vera, en este tipo de almacenes, son necesarios los empleados que hablen por lo menos tres idiomas, a diario nos escriben de los Estados Unidos, Londres, Francia, que se yo. Pues, sí, si señor lo entiendo, pero de verdad le agradezco sus atenciones. Adiós señor Alcántara. Adiós señor y disculpe. Ahora que… si acaso… Al escuchar estas palabras el corazón de Simón le empezó a latir con gran fuerza que parecía que se le salía del pecho. ¡Sí dígame usted, ¿Si acaso qué? Que sí acaso, conociera usted a alguien que domine esos idiomas, me haga el favor de mandármelo de inmediato, no sabe cuanto se lo agradeceré. Claro, claro cuente usted con eso. Cuando Simón salió de los almacenes, no sabía si llorar o gritar, sentía en el estomago un enorme hueco que casi le impedía caminar, empezó a hablar entre dientes: En la maldita escuela que fui a estudiar, jamás nos enseñaron nada de inglés, y ahora me salen con que necesito hablar al menos tres idiomas, si a duras penas hablo uno. A la familia de Simón Alcántara, no le tomo de mucha sorpresa, que no haya obtenido el empleo que tanto deseaba al parecer ya estaban acostumbrados, habían sido tantas las veces que había salido muy temprano a solicitar determinado trabajo, que ya nada de lo que pudiera suceder los asombraba. La verdad es que Vivian sabe Dios, como y de que, en algunas ocasiones tenían que recurrir a los parientes, otras a los amigos, pero el caso es que al menos comida no faltaba en la mesa. También es cierto que desde hacía tiempo, se había echo una lenta mudanza de los muebles al


empeño, ya no quedaba en la sala sino cinco sillas, porque las demás estaban inservibles, una cómoda mitad ropero, mitad altar, y la mesa del centro en la que se servía la comida, las camas, dos roperos y trastos de cocina. Pero a pesar de toda esta pobreza en que por azares de la vida les había tocado vivir, la familia no olvidaba sus orígenes, los que con bastante orgullo siempre recordaban a los demás, guardaban el vivo recuerdo de su abolengo y no se codeaban con la plebe como ellos llamaban a los demás habitantes de la vecindad. Simón y su mujer, tenían dos hijas, Saturnina y Mercedes, que ha decir verdad eran bastante bellas, a pesar de las privaciones, una de 18 y la otra de 20 años de edad, siempre que salían llamaban la atención del barrio. Por lo tanto eran muy pocas las visitas que acudían a la casa de la familia Alcántara, porque consideraban que ninguna familia del barrio era digna de poder alternar con ellos, ninguna tenía el linaje que ellos poseían. En cierta ocasión llegó preguntando por Simón hasta las puertas de la casa que ocupaban en la vecindad, un sujeto llamado Dionisio Mandujano, se trataba de un hombrecillo rechoncho, tostado por el sol del campo, de ojillos pequeños, en pocas palabras era un ranchero que había pasado toda su vida en las labores del campo, llegó con la intención de que Simón le ayudara a realizar algunos tramites, que tenía que hacer con urgencia en hacienda y de los cuales no entendía ni media palabra. Simón viendo la oportunidad de ganarse unos centavos extras que lo ayudaran a sortear la difícil situación económica por la que estaba pasando, pero sin olvidar su alto linaje le dijo: Sépase usted que yo sólo atiendo asuntos de gran importancia, que no me resultan difíciles por la gran amistad que llevo con los más altos funcionarios del gobierno, en su caso haciendo una excepción por el cumulo de trabajo que tengo, me encargare de atender sus asuntos. Así fue como Dionisio Mandujano empezó a frecuentar la familia, ante la molestia de su mujer y sus hijas, que además de feo se les hacía un hombre desagradable y de muy poca cultura. Pero resulta que el joven Mandujano se enamoró perdidamente de la mayor de las hijas de Simón, que a pesar que el asunto que lo había llevado a la casa de la familia Alcántara ya se había terminado, este seguía buscando cualquier pretexto para visitar la casa. Entre plática y plática, Simón y su mujer se enteraron que Dionisio era dueño de inmensas extensiones de tierras y ganado de todo tipo, ranchos y haciendas, en pocas palabras se trababa de una persona bastante rica y lo más importante era soltero. Como Dionisio era hombre de pocas palabras acostumbrado a hablar de frente como todos los de su talla, sin más ni más. Les soltó a los padres de la muchacha el motivo que lo llevaba a visitar esa casa, Simón y su mujer, no dijeron ni sí ni no, le pidieron que los dejará hablar con su hija, la cual al enterarse de las pretensiones del ranchero, soltó el llanto al tiempo que decía: No, no mamá yo no puedo casarme con semejante esperpento no puedo hacerlo. Piénsalo, piénsalo bien hija ese hombre que ha decir verdad es un poco feo, es muy rico, que con


el tiempo ese defecto se quita con el dinero. La señora con aquella cara doctoral que ponía cuando quería obtener algo, dio media vuelta y dejo a la muchacha con los ojos papujados y la nariz roja, que se quedo mirando largamente hacia el piso como si en el fuera a ver la solución, al tiempo que se preguntaba, me caso, o no me caso, pero esta muy feo, pero tiene mucho dinero. Se casaron por supuesto y fue una de las mejores bodas que se han realizado en Durango, aunque la gente murmuraba al verlos salir de la iglesia: Ella tan chula, tan dulce, en cambio él, tan feo y tan corriente, ¿Pero que le vería a ese hombre?

La herencia del avaro

Cuentan los que lo conocieron que don Abundio Torres, era un hombre muy rico, que sus tierras todas de riego, abarcaban grandes extensiones, todas muy buenas que se daba lo que sembraran, se puede decir que fueron los primeros latifundios que se formaron en la época de la colonia, estas propiedades se fueron trasmitiendo en herencia de padres a hijos, desde hacía siglos. Lo que antes era una propiedad inmensa, se fue reduciendo poco a poco, pero aun así, a mediados del siglo pasado, se le seguía considerando como una de las propiedades más ricas de todo el Estado de Durango, en sus grandes terrenos pastales, se ignoraba la cantidad exacta de cabezas de ganado que formaban parte de la gran fortuna de sus propietarios. Sus graneros eran siempre el punto de mira de los compradores, porque sabían que los mejores productos eran del viejo Abundio, pero este hombre a pesar de ser tan rico, no aparentaba lo que en verdad era, más bien parecía ser un humilde campesino de esos que abundan en los pueblos y que apenas sí tienen para comer. Genoveva se llamaba la esposa, una mujer buena y paciente, que sufría el gran defecto de la avaricia de su esposo en silencio. A veces en ese lenguaje interno que no aflora a los labios, criticaba a su marido lamentaba haber unido su vida a la de aquel viejo marrullero que no había sabido nunca brindarle una verdadera satisfacción. En la propiedad de don Abundio, existía una gran casona, que había sido por siglos el lugar de residencia de los Torres, la cual entre otras cosas tenía una gran alcoba principal que por


generaciones habían ocupado los jefes de familia. La alcoba era amplia, de altísimos techos, tenía en el muro principal una gran chimenea que hacía recordar los viejos castillos donde moraban los señores feudales, en las noches de invierno le gustaba a don Abundio ver chisporrotear los gruesos troncos encendidos, mientras fumaba su fino y enorme puro entre sueño y sueño. La salud del viejo Abundio, era fuerte como un roble, ni el frío de las mañanas invernales, ni el canicular de los días de verano, le hacían cambiar de costumbres, se le veía siempre vigilante, ir pacientemente recorriendo sus extensas tierras sin sentir cansancio. En los días de cosecha, cuando se veían formadas enormes pirámides de sacos de trigo y de frijol, era cuando nadie dudaba de la abundante cosecha que habían producido las tierras de don Abundio, sin embargo, él, siempre se quejaba, todo le parecía poco. Muy rara vez hacía un favor, sin que estuviera ya pensando en la forma de cobrarlo, por todos estos detalles de su vida, en toda la región la gente no lo bajaba de un hombre avaro. Hasta eso, el viejo era simpático, claro, mientras no se tratara de cuestiones de dinero, de préstamos de grano o de ganado, fuera de todo eso, su charla era amena, agradable y sus chistes, se podía decir que eran buenos, o al menos hacían reír a los demás. Para la gente del lugar y sobre todo para sus conocidos, la fortuna de don Abundio, pasaba fácilmente del centenar de millones de pesos, hasta su misma mujer, aseguraba que don Abundio tenía acumulada una fortuna bastante importante, sin saber qué cantidad exactamente, ni en donde se encontraba escondida, ya que en esos tiempos no había bancos en Durango ni tampoco este hombre avaro, era capaz de confiar su fortuna a una institución de esta naturaleza. Hasta para las necesidades urgentes, como era la educación de sus hijos, don Abundio defendía su dinero y se oponía a un gasto superfluo, doña Genoveva su esposa, tenía que sostener fuertes discusiones con él para conseguir que le entregara muy de tarde en tarde, alguna cantidad de dinero para proveer de ropa a sus hijos, que a regañadientes le daba. De esta manera iban pasando los días y los meses, sin que el hombre avaro, cambiara en sus costumbres, mucho menos que se decidiera a ser al menos un poco menos tacaño. De entre todos sus hijos, Liboria era la que había heredado su desmedida ambición por el dinero, ahorraba en su casa, en la escuela, en todas partes y a cualquier hora, había una cosa muy curiosa, siendo ella la que más se asemejaba a su padre en el amor al dinero, era la única con quien el viejo no podía ser avaro. Para ella había siempre lo solicitado, los regalos dados a escondidas. Y ella era precisamente la que no se emocionaba con tales obsequios, cuando no eran en efectivo. Una tarde al regresar don Abundio de inspeccionar los trabajos en uno de sus muchos sembradíos, se empezó a sentir enfermo, se trataba de un malestar que iba en aumento, pero que a pesar de ello, no infundió temores a sus familiares, pues tenían mucha confianza en su salud que parecía ser de acero. Pero los días pasaban y el viejo avaro se iba debilitando más y más, hasta llegar a alarmar a sus hijos y a su mujer, que por cierto, su esposa, desoyendo las prohibiciones de don Abundio, termino por llamar al médico más cercano, quien receto algunas medicinas y unos lavados de asiento y pareció no darle importancia al enfermo. Pues, diez días hacía ya, que don Abundio estaba en cama, la gravedad del enfermo no podía negarse ya, tanto su mujer como sus hijos, esperaban resignados lo que sería sin duda el fin del hombre de la casa. Varias veces en la soledad de aquellas tardes que doña Genoveva pasaba al pie


del lecho del enfermo, le hablaba muy de cerca, diciéndole: Abundio, piensa en tus hijos, si algún dinero tienes escondido en determinado sitio, es tiempo de que me lo digas, que al fin si logras aliviarte, como son nuestros deseos, podrás depositarlo en otra parte sin que ninguno de nosotros lo sepamos, piensa en tus criaturas, en mí que me quedaré sola. El viejo avaro, miraba con los ojos desorbitados como si quisiera hablar por fin, pero repentinamente cambiaba de expresión, y permanecía cerrado a cualquier ruego de su mujer. Al cumplir las dos semanas de estar enfermo, una fría mañana de aquel mes de enero, que ha decir de las gentes, era el más crudo en muchos años, don Abundio murió silenciosamente. Lo lloraron sus hijos y su mujer, fue sepultado en el panteón municipal en una modesta tumba, sin lapida, sin ningún adorno especial. Al paso de las semanas y los meses, su recuerdo se fue adormeciendo, en las mentes de sus familiares y en las demás gentes. Como era de esperarse, los hijos se avorazaron sobre la herencia, en muy pocos días se repartieron las tierras, el ganado, las casas, las cosechas. Y tres años después, de aquella gran fortuna que logró amasar el viejo avaro, no quedaba casi nada. La peor librada en el reparto, resultó ser la esposa, a la que sus hijos le dieron cualquier cosa, también le pasó a Consuelo una de las hijas que tenía 23 años y era una muchacha muy buena y cariñosa, no tenía ambiciones como sus hermanos, y se puede decir que fue la única que sinceramente sintió la muerte de su padre. Repartida la herencia, los hijos tomaron distintos rumbos, casi todos se casaron, menos Consuelo quien prefirió vivir al lado de su madre en la casa paterna, las dos vivían con verdaderas dificultades, con lo único que contaban era con unas tres parcelas que a duras penas el producto de la cosecha les servía para comer. Muchas veces, en la soledad de aquellas noches más tristes cada día para las dos pobres mujeres, pensaba doña Genoveva en la fortuna que según todos las gentes que especulaban, debía haber acumulado su marido, por más esfuerzos que sus hijos habían hecho, socavando paredes, arrancando viejos árboles desde la raíz, para buscar el tesoro escondido de su padre, nunca había encontrado ni el menor indicio del famoso tesoro. Por su parte doña Genoveva, no creía que el tal tesoro existiera, ya que tantas veces como rogó a su marido en el lecho de muerte que le confesará si algo tenía guardado de fortuna, no vio nunca en él, el menor gesto que denotara que el tal tesoro existía. El cuarto dentro de la casa, que por tantos años ocupará don Abundio, continuó siendo el predilecto de doña Genoveva, en esa recamara se reunían en las noches frías de invierno su hija Consuelo y doña Genoveva, a sentarse frente a la gran chimenea encendida, evocando recuerdos y tratando de olvidar las amarguras de su vida presente tan llena de sacrificios. Una de aquellas noches en que tenía someramente encendida la chimenea, doña Genoveva notó que la pieza se llenaba de humo, pensaron las dos mujeres que la fuerza del viento arrojaba de nuevo sobre la chimenea el humo que producían los gruesos troncos que ardían en la base, pero por más esfuerzos que hicieron, no lograron que el tiro normalizara su corriente, terminando mejor, por apagar los troncos. Al día siguiente, ya con la luz del sol, Consuelo subió a la azotea para observar en la parte de arriba de la chimenea, el motivo por el que el humo no corría, en apariencia no había nada que justificará la


anomalía que habían sufrido la noche anterior, pero doña Genoveva pensaba que por el largo tiempo de uso, el hollín hubiera formado alguna gruesa capa que impidiera la entrada del aire, por lo que pensó que con una gruesa y larga pértiga, su hija Consuelo empujará dicho hollín para que el tiro quedara limpio. Armada de cubeta y escoba, doña Genoveva se colocó a distancia para esperar que su hija desde arriba empujara el obstáculo y se limpiara en seguida, a fin de dejar lista la chimenea para que prestara otra vez servicio. Desde abajo doña Genoveva, escuchaba los fuertes golpes de la pértiga sobre lo que ella creía era una capa de hollín, tan duro parecía el objeto sobre el que se golpeaba, que la pobre mujer tenía miedo de que por lo viejo de la casa, resultara algún otro desperfecto. Golpe tras golpe, Consuelo no cejaba en su empeño y de pronto el obstáculo cedió, produciendo al desprenderse un ruido extraño. Al llegar a la base de la chimenea un inconfundible tintinear de gruesas monedas dejó a doña Genoveva como petrificada, era como si una cascada de monedas de oro puro, se hubiera abierto por arte de magia, entre los ladrillos que formaban la vetusta chimenea, estupefacta la pobre mujer veía como a medida que Consuelo empujaba con la pértiga nuevas monedas de oro caían formando en el piso un considerable montón. No supo contestar a las preguntas que su hija le hacía por el agujero libre de la chimenea, fue entonces cuando ese silencio llamo la atención de Consuelo y bajó de la azotea a ver qué era lo que estaba pasando. Muda, pálida, con las manos fuertemente apretadas contra el pecho y los ojos bañados en lágrimas, doña Genoveva contemplaba el famoso tesoro que por tantos años su marido había acumulado, así la encontró su hija, que al ver aquel cerro de monedas de oro puro, lo comprendió sin que se le diera explicación alguna. Doña Genoveva y su hija, acordaron que discretamente guardarían la enorme fortuna en monedas de oro encontrada y que en forma lenta irían mejorando su forma de vivir a fin de no llamar la atención. Pasaron algunos días y las dos mujeres simularon realizar un viaje para visitar a uno de sus hijos, pero la verdad es que estaban trasladando la enorme fortuna a la capital del país, donde fue depositada en uno de los mejores bancos, lo que le producía en intereses lo suficiente para que las dos vivieran como verdaderas reinas y se daban el lujo de ayudar a los hijos envidiosos y mal agradecidos que habían dilapidado todo lo que habían obtenido con la herencia, y habían reconocido lo mal que habían obrado al despojar a su madre y a su hermana de lo que su padre había dejado al morir, ninguno de ellos tuvo el valor de investigar de que manera su madre y su hermana se habían enriquecido de la noche a la mañana, tan sólo se conformaban con la ayuda generosa que se madre y Consuelo les mandaban de vez en cuando. Se cuenta por quienes conocieron a estas dos mujeres, que llegaron a formar parte de la gran sociedad de la capital de la República, llegando a alternar muchas veces en palacio nacional en las fiestas que los gobernantes en turno organizaban estando ellas entre los invitados más distinguidos. Cuando las dos murieron dejaron su fortuna a una casa de asistencia para niños huérfanos.


La Fonda de Doña Otilia

Frente al templo de Santa Ana, al norte de nuestra ciudad capital, ha existido siempre un pequeño jardín que era parte del mismo templo y que cuando fue separado se le conoció con el nombre del jardín Santa Ana. Ahora se le conoce como Jardín de Hidalgo. Pues bien, frente a ese jardín en la parte oriente, en lo que es hoy la calle de Juárez, estuvo funcionando por muchos años una fonda de comida atendida por doña Otilia Domínguez y sus dos hijas, que tenía por nombre “La cocina de doña Otilia” o al menos así se hacía ver en un viejo cartelón que colgaba de la pared sobre la puerta de entrada. Era aquello más bien una bodega llena de armazones donde descansaban un sinnúmero de botellas en su mayoría vacías. Estamos hablando del año de 1910, cuando la ciudad de Durango era realmente una población pequeña. La fonda de doña Otilia era visitada principalmente por oficiales y tropa del quinto regimiento de rurales, que eran los encargados de la seguridad pública en todo el Estado de Durango. Al fondo de un gran salón había una enorme mesa que servía a veces de mostrador cubierta con un grasiento mantel, atestado de platos mugrosos y botellas bacías. Pánfilo Zamarripa, era un joven que tenía apenas un par de años, que había ingresado al cuerpo de rurales, acababa de llegar a la ciudad después de haber permanecido en la sierra de Durango y Chihuahua por espacio de veinte días, en esa ocasión iba acompañado de su amigo el cabo segundo Marcial Ramírez, que al pasar por la puerta de la fonda, escucharon una tenaz y confusa algarabía de voces, gritos y carcajadas, que se mesclaban con un agradable ruido de vajillas y de cubiertos chocando con la loza de los platos y el cristal de las copas. Pánfilo y Marcial, no se dejaron intimidar cuando vieron que en una larga mesa estaban instalados unos quince oficiales rurales desconocidos para ellos, todos con el uniforme de dril color beis, de rostros ennegrecidos y sucios, la mayoría hablaba al mismo tiempo que comían y bebían. Cuando los dos jóvenes se introdujeron al local en busca de una mesa, comprendieron de inmediato que todos los rurales que ocupaban la mesa eran jefes de alto grado, por lo que Marcial le dijo a Pánfilo: ¡Oye tú! ¿Ya te fijaste? Aquí hay muchos superiores. ¿Y eso qué? Venimos a comer, no a intimidarnos con ellos.


Pánfilo lo arrastró tomándolo del brazo, encontraron una mesa cerca de un extremo del salón y ahí se sentaron, al tiempo que Pánfilo gritaba: ¡Doña Otilia! Dos comidas. La llegada de los dos jóvenes rurales pasó inadvertida para todos los que se encontraban en la fonda, por lo que Marcial un poco pensativo prestó oídos a la conversación que animaba ruidosamente el local, los dos jóvenes mientras tanto empezaron a comer la botana que la mesera les había llevado. Pánfilo empezó a pasar la vista por los rostros de los oficiales que ocupaban la mesa donde se suscitaba la algarabía, de pronto reconoció al capitán Miguel Cifuentes, que pertenecía también al cuerpo de rurales del quinto batallón, a quien consideraba él que era su peor enemigo. El mentado Miguel Cifuentes, era en realidad un adolecente de cara redonda más bien rechoncho, de cabellos color azabache y una voz cavernosa, a quien sin motivo alguno también odiaba al joven Pánfilo. Después de un rato, ya se comía menos, se hablaba más y se bebía que era un contento. El capitán Cifuentes, un poco pasado de copas, improvisaba brindis en versos, que unos cuantos oficiales aplaudían, en tanto que la charla continuaba entre otros camaradas menos alegres. Las hijas de la dueña del local, dos muchachas altas, de piel blanca, vestidas modestamente, con una mascada azul atada al cuello iban y venían muy atareadas, llevando los platos con comida sobre grandes charolas. Un subteniente perteneciente al quinto batallón de rurales, de enormes bigotes grises y cara de pocos amigos, le comentaba al rural que tenía a un lado: Lo que es ahora si va en serio los ataques a esos descamisados. Todo está muy bien organizado, somos muchos, los vamos a hacer trizas, todo es cuestión a lo más de un par de horas, vas a ver cómo ni el polvo nos van a ver. ¿Un par de horas compañero? Yo más bien diría que un par de minutos – dijo un mayor que se encontraba enfrente de ellos y que alcanzó a escuchar la plática – el coronel Mendoza que viene de Zacatecas trae más de doscientos rurales del séptimo regimiento, vienen con la consigna de “barrer” a como dé lugar con todos esos alzados, que si bien es cierto, nos infringieron una grave derrota el pasado 6 de agosto, pero fue porque no teníamos un plan bien concebido, había pleno desconocimiento del terreno, y sobre todo, la traición incomprensible del capitán Lorenzo Garrula, quien con más de sesenta hombres que le fueron confiados a su mando, se paso al bando de esos descamisados, es algo que no se puede creer. Pero oiga usted mi mayor – decía muy apurado el capitán Miguel Cifuentes, que había dejado de brindar para unirse a la plática - ¿Qué son tan terribles esos malditos descamisados? Desde hace días que no nos hablan de otra cosa, hasta dicen por ahí que algunos no les entran las balas. Pues sí, son terribles compañero, conocen muy bien el terreno que pisan a las mil maravillas, han


sostenido desde hace muchos años, luchas inútiles con los hacendados para que les devuelvan las tierras que les fueron arrebatadas, pero son excesivamente ignorantes y altaneros. Ninguna autoridad del gobierno ha querido escucharlos porque piden lo imposible, imagínense ustedes quieren que se repartan las haciendas entre todos ellos, yo me pregunto ¿para qué? No queda de otra, más que acabar de una vez por todas con ellos, será un poco cruel, pero es necesario. En aquel momento doña Otilia una deliciosa mujer chaparrita y gorda de cara risueña de ojos profundamente negros, llevo a Pánfilo y a Marcial dos caldos humeantes que ambos empezaron a beber en sorbos directamente del plato. En seguida les trajeron los demás platillos que devoraron sin dejar de escuchar las palabras del mayor que seguía disertando sobre los enemigos a los que se iban a enfrentar y que él llamaba despectivamente los descamisados. Pánfilo y marcial seguían escuchando con mucha atención lo que el mayor expresaba, pero no lograban entender cual era realmente la verdad sobre todo este asunto, no podían dilucidar a que se debía la causa de ese levantamiento que estaban realizando algunos campesinos y peones de hacienda por diferentes puntos del país, si se trataba de hombres ignorantes, como decía el mayor, cómo era posible que estuvieran realizando todo un movimiento armado, con resonantes victorias sobre rurales y soldados federales. El capitán Miguel Cifuentes, con el rostro enrojecido por los efectos del alcohol ingerido, tomo un vaso lleno de vino y grito poniéndose repentinamente de pie: Brindo por todos los valientes rurales, que han de acabar con todos esos mugrosos descamisados y una vez que los hayamos eliminado bailar un jarabe tapatío encima de sus cadáveres para demostrarles quienes son los que mandan. Tan oportuno brindis entusiasmo a todos, menos a Pánfilo y a Marcial, a quienes los brindis del bromista de Miguel Cifuentes, los irritaba por ser demasiado ofensivos a todos aquellos peones de haciendas que durante años habían sido explotados y tratado peor que animales. Después se brindó por los que iban como valientes a defender al gobierno, que según el mayor significaba la causa del orden, la paz, la civilización entre otros. Pidió que todos levantaran su copa brindando por el general Porfirio Díaz, el victorioso regenerador de la patria. Pánfilo y Marcial seguían escuchando, taciturnos devorando ávidamente un trozo sancochado de carne asada. Aun no se acostumbran a aquellas reuniones alegres tan frecuentes entre camaradas arrojados de aquí para allá, repentinamente por el destino, tal vez en vísperas de una verdadera batalla. Hacía dos años que Pánfilo se encontraba en las filas del quinto regimiento de rurales, aunque a él le hubiera gustado más haber terminado sus estudios de ingeniero rural, pero a causa de un drama de familia que termino con su vida estudiantil, tuvo que ingresar a las filas de los rurales, como única salida que pudo haber encontrado. Episodio sencillo y a la vez cruel que había truncado para siempre todo el hermoso porvenir que soñara, y fue que su madre, casada en segundas nupcias, se había separado bruscamente del esposo que la


maltrataba. Enferma y sin recursos, iba ya a ser recluida de por vida en un hospital de beneficencia, pero Pánfilo lo impidió pasando voluntariamente a las fuerzas rurales para ayudarla en su miseria con el reducido sueldo de subteniente, había pensado continuar sus estudios dentro del cuartel en las horas francas, pero le fue imposible, las continuas salidas al campo se lo impidieron. Así fue que aquel día, mientras la risa y los gritos de los que ocupaban la mesa principal en la fonda de doña Otilia, subía de tono entre la algarabía de todos, Pánfilo contemplaba siempre triste, en silencio, su copa ya vacía. De pronto una de las meseras llegó con una copa desbordante de vino y solamente le dijo en tono despreocupado. Me dijeron que le trajera esto. Pero, ¿De parte de quien? ¿Por qué lo mandan? Una voz cavernosa se escucho desde el fondo del salón comedor, era el capitán Miguel Cifuentes, que visiblemente tomado le decía a Pánfilo. Yo se la mando subteniente para que brinde con nosotros, ¿O qué acaso un miembro de las fuerzas rurales del Supremo Gobierno se niega a hacerlo? De pronto se hizo un grave silencio en todo el salón comedor, todos sabían perfectamente bien de la enemistad que existía entre los dos jóvenes oficiales y que en cualquier momento podría transformarse en tragedia. El subteniente Pánfilo retiro su silla, se puso de pie y alzando su copa como meditando sus palabras se dirigió a todos en estos términos: “Brindo señores, no por la derrota de esos revoltosos, descamisados, como todos los llaman, ni tampoco brindo por el orden que es la paz y el progreso, al fin y al cabo que todos saben que es una quimera, menos mucho menos, brindo por el triunfo de las armas del Supremo Gobierno. Que ningún merito podrían tener al derrotar, que digo derrotar, masacrar a unos cuantos pobres y maltrechos mexicanos, que lo único por lo que luchan es porque se les devuelvan las tierras que hace siglos les fueron quitadas por gobiernos corruptos y sanguinarios como el que actualmente tenemos, para entregárselas a extranjeros venidos de España, ¿Cómo voy a brindar por un viejo presidente que se ha eternizado en el poder para ayudar a sus familiares y amigos, rompiendo totalmente con todo orden social y pisoteando las Leyes de Reforma. Compañeros debería darnos vergüenza, brindando por la derrota de unos pobres desarrapados que lo único que quieren es recuperar lo que es suyo y que con la ayuda del mismo gobierno les fue vilmente despojado”. En aquella estancia humeante y calurosa, todos guardaron silencio, no podían creer lo que estaban escuchando, pensamientos rencorosos y asesinos se entrelazaron en esos momentos. De pronto el capitán Miguel Cifuentes desfundo su pistola y sin perder un solo segundo descargo las cinco balas sobre el cuerpo inerte del subteniente, este gesto fue imitado de inmediato por todos los presentes que también haciendo uso de sus armas las dirigieron hacia el cuerpo masacrado de Pánfilo, que a pesar de que no tenía una sola parte de su anatomía perforada, murió expresando en su cara una clara sonrisa de satisfacción.


Entre curas y polĂ­ticos


Locadio Mateos, desde niño fue muy despierto, en la escuela primaria era el más adiestrado para hacer trampas en los exámenes, de joven se metió de lleno en amores con mujeres de dudosa reputación, ingreso también en la política y en otras cosas por el estilo. Una mañana, después de haber tocado muchas puertas y visitar a varios amigos, se le notificó que había sido designado como presidente municipal en Santa María del Oro, (eran los tiempos en que las designaciones se hacían desde la capital), comprendió de inmediato, que si bien era un municipio bastante alejado del centro político del Estado, bien valía la pena para iniciar una larga carrera dentro del difícil arte de servir a los demás. Ya estando despachando como presidente municipal, de aquel municipio, que ninguna culpa tenía de este nombramiento, empezaron a llegar los regalos a la familia del señor gobernador, cada 15 días le enviaba piernas de marrano fino convertidas en jamón serrano que era la especialidad de la población, durante la Cuaresma le enviaba a la señora una buena dotación de pescado fresco de río, de la especia llamada “lobina” que tanto gustaba al señor y a sus hijos, no hacía ni 15 días que había enviado a la señora una artística jaula dorada con pajaritos de colores dentro, un abanico de flores exquisitas; no se diga para la víspera del santo del señor gobernador, instituía un impuesto especial a toda la población para la compra de una buena cantidad de cohetes que al tronar emitían luces de mil clores, elaborados por los artesanos de ese lugar, a los cuales como es natural no se les pagaba un solo centavo, pero sí se les exigía que trasportaran su mercancía hasta la capital del Estado y frente a la casa del gobernador hacer estallar sus pirotecnias. Mientras tanto en el pueblo se ofrecía un baile a toda la sociedad, desde luego con un cobro que él llamaba “cuota simbólica” ya tenía calculado que le quedará un buen sobrante para su causa. Don Locadio Mateos, tenía un gran concepto de la presidencia municipal, en primer lugar creía que el municipio era suyo; y en segundo lugar que él como alcalde del Ayuntamiento, podría mandar a todo el mundo y que todo mundo tiene la obligación de obedecerlo sin poner objeción. Don Locadio no podía entender la autoridad de otro modo, pero eso sí era revolucionario como el partido que lo había postulado. Y así lo decía siempre que brindaba, y hay que advertir que don Locadio brindaba siempre que se presentaba la ocasión. Esto, posiblemente explica los odios que muy a menudo llenaban la cabeza de don Locadio; ya como presidente municipal que era. Pero al menos de algo se sentía orgulloso de haber surgido de las filas del partido revolucionario. Por otro lado odiaba a los hombres ricos del pueblo que se resistían a someterse a su mando; como liberal que también era, odiaba al señor cura, a la iglesia y a los grupos de mujeres rezanderas que todo el día se la pasaban orando en el templo. En el municipio de Santa María del Oro, había de todo, y don Locadio no era hombre como para entrarle a los problemas complexos. Los comercios y los hombres ricos de abolengo y de apellido rancio, eran verdaderamente devotos de la Santa Madre Iglesia, pero también enemigos de meterse en problemas que ningún provecho les pudiera acarrear y sí mucho perjudicar, más bien trataban de parecer liberales moderados, desayunaban con el señor presidente municipal y por los noches cenaban con el señor cura. Acataban las leyes y respetaban mucho al gobierno, pero también se interesaban por los preceptos de la Santa madre iglesia, por aquello de que pudiera existir el famoso Paraíso de que tanto hablaban los curas y que sólo con indulgencias se podría ir después de la muerte.


Por su parte los que atendían comercios chicos y los trabajadores del campo que eran muchos, con ese ímpetu propio del que sabe que gracias a la fuerza de su trabajo el pueblo se sostiene, andaban siempre muy amantes de sus derechos, se sabían a retazos algunos artículos de la Constitución que traían siempre a flor de lengua, y eran enemigos del presidente municipal por amor a las libertades públicas y del cura por devoción a las “santas” obras de don Melchor Ocampo y Santos Degollado. Sin embargo tenía don Locadio Mateos, sus amigos descubiertos e incondicionales, que en realidad eran pocos, había los que lo necesitaban para obtener un empleo, como los que le pedían su intervención para ganar algún pleito judicial, los que requerían de una recomendación con el gobierno de la capital para eludir impuestos, o los que de plano lo buscaban para obtener un permiso para montar peleas de gallos o carreras de caballos. Por su parte el padre Rosauro Cervantes, encargado de la parroquia del lugar, también tenía su legión de seguidores, los que se hincaban para adorarle la mano solicitándole mayor número de indulgencias para poder entrar al cielo cuando la muerte se les presente, pero que muy poco asistían al templo. Y detrás de estos que no podían ser muchos, venía el gran ejército de mujeres: Las señoras adoradoras de María, los grupos de la Congregación de Mujeres Custodias de los Santos Oleos, el grupo de Mujeres de la Cofradía de San Antonio, el grupo de Mujeres Vigilantes de la Capa de San Ambrosio. Entre el grupo que seguía al presidente municipal y el grupo que se inclinaba por el padre Rosauro, no podía ver avenencia alguna, así por ejemplo los que se consideraban amigos del presidente municipal, llamaban a los seguidores del cura, hipócritas y ellos a su vez llamaban a don Locadio Mateos, bandido, el señor juez y los demás empleados de la judicatura, caminaban de acuerdo con don Locadio, porque tenían miedo que los fuera a poner en mal con el señor gobernador. El Ayuntamiento marchaba al ritmo que le marcaba el presidente Municipal, por su parte el agente de correos y el recaudador de rentas, procuraban no meterse con ninguno de los dos bandos, por lo que el pueblo se consideraba liberal la mayor parte del año, pero en semana santa se convertía en conservador y católico por costumbre y tradición. Ya se puede comprender pues, las que pasaba el señor presidente municipal durante los días santos, sobre todo cuando lo despertaban con el estruendo de las matracas y el repiqueteo del campanario, en varias ocasiones tuvo que contenerse para no ir a agredir a los encendedores de la pólvora y a los gritones de la lotería. En la presidencia municipal, había una persona muy especial que hacía las funciones de secretario del Ayuntamiento, este individuo se llamaba Luis Hernández, al que todos llamaban únicamente “Luisito” había pasado gran parte de su vida en ese cargo, con un buen numero de presidentes municipales y con todos había quedado bien, tenía la característica muy especial de darles siempre la razón a quien ocupaba el cargo de jefe de la comuna, por eso cuando el señor presidente llegó a su oficina hecho una furia por el escándalo que provocaban todos los que participaban en la celebración de la Semana Santa, el hábil secretario le dijo: “No hay remedio, señor presidente, tiene que tener calma, la ley permite esta clase de festividades y estas son de las más importantes, todos sabemos que el cura es un pillo, que se vale de las mujeres rezanderas para poner a todo el pueblo en movimiento, pues hay que tolerarlos, no nos queda otra más que esperar tranquilamente sin meternos en camisas de once varas”.


Al ver que no había remedio don Locadio Mateos, acabo por aceptar las recomendaciones de “Luisito” su secretario, pero reservándose muy en el fondo sus intenciones de terminar de una vez por todas con esos grupos de “mochos” que obedecen ciegamente las indicaciones del padre Rosauro Cervantes, a quien ya consideraba su más ferviente enemigo. “Luisito” que llevaba ya como 28 años de desempeñar el cargo de secretario del Ayuntamiento y por lo tanto el mismo tiempo de domesticar fieras políticas, había llegado a adquirir tal práctica en el oficio, que a los quince días de que tomara posesión como presidente municipal don Locadio ya le conocía todos sus debilidades y sus altanerías. A don Locadio Mateos, “Luisito” le hizo creer que tenía talento, que era astuto y que sabía mucho de leyes, todo cuanto el alcalde decía, el secretario lo aprobaba, lo elogiaba, en ocasiones sugería una ligera modificación con el fin de admirar el talento de su superior, y mientras el señor presidente municipal se pavoneaba de ser un hombre sumamente inteligente, el secretario iba ganando terreno en la preferencia de su jefe. Pero la realidad es que el grupo de los llamados liberales que encabezaba el presidente municipal, trataban por todos los medios de poner al señor cura a raya, mientras el padre Rosauro Cervantes, hacía hasta lo imposible por contener al jefe del Ayuntamiento que sentía le estaba ganando terreno en cuanto al manejo de los buenos habitantes del poblado. Vivía también en la población de Santa María del Oro, una mujer muy singular llamada doña Valenciana Soto, había quedado viuda cuando apenas andaba por los treinta años, se le había muerto de fuertes calenturas y vómitos con sangre, don Domitilo Quiriarte que fuera su esposo, el cual se dedicaba a la compra y venta de ganado, por lo que no la dejo tan desamparada, guardo la pureza de las negras tocas durante un par de años, al cabo de los cuales tuvo que ver, según el decir de la gente, con un agente de ventas venido de la capital. Para ese entonces la viuda, que no tenía mal palmito había puesto en servicio una fonda la que atendía más por salir del aburrimiento, que por necesidad, en una ocasión fue ahí a comer don Locadio Mateos, notó de inmediato el presidente municipal la frescura de aquel cuerpo que ya andaba cerca de los 45 años, desde un principio la buena moza aturdió los sentidos de don Locadio, que se dejaba mimar y comía con bastante gusto, cuando concluyó su desayuno saco de la bolsa del saco un elegante y lucidor puro, el cual encendió, apoyó el brazo en el respaldo de su tosca silla y se quedo mirando como un chiquillo a la bella mujer. Eso esperaba ella para tocar el tema del día: ¿Con qué el señor cura de la iglesia, ha dado la orden que nadie coma en las fondas de este pueblo, solamente en los tenderetes que el maneja, ahora que las fiestas de la Semana Mayor, se han convertido en una kermese. ¿He? Eso es mentira – gruño don Locadio. Bueno al menos eso es lo que me dijeron está mañana en la plaza. Pues no, no señora, nada de eso que se dice es cierto, porque la ley lo prohíbe y para eso estoy yo aquí para que se respete la ley. Pues el padre ya mando instalar una docena de puestos con fritangas y dice que la ley lo ampara por ser fiestas religiosas.


Bueno, voy a pedirle a Luisito que revise la ley, para estar más seguros – dijo esto el presidente municipal buscando una salida más decorosa y sobre todo no quedar mal frente a la muchacha. Pues está mañana que fui a la tienda de don Odilón Venegas, me dijo claramente que usted ya había dado el permiso. Ese Odilón es un bruto, que no sabe nada, lo que pasa es que no me puede ver, ni yo a él, un día de estos lo voy a poner en el lugar que se merece. Bufando y diciendo mil maldiciones entre dientes, don Locadio se encamino a la presidencia municipal, con el andar más rápido que su incomoda estatura permitía. Al pasar por el portal que da entrada al Ayuntamiento, casi rozo con Odilón Venegas, que estaba parado en la puerta esperándolo para tratarle algún asunto, dirigió el presidente una mirada de rencor al viejo comerciante y no lo saludó, traía el coraje subido a la cabeza que estaba a punto de estallar. Con gritos desesperados llamó a su secretario: - Luisito, lusito, con un caramba, donde diablos se mete. Contra todo lo que esperaba de ver llegar a toda prisa y asustado, Luisito llego con toda la calma del mundo, se paró en la puerta y poniéndose las manos sobre la cintura le dijo: Diga usted señor, se le ofrece algo. Pues, donde demonios se esconde usted Luisito, se me pierde cuando más lo necesito. Para empezar para usted soy el señor don Luis Hernández, el secretario del Ayuntamiento en funciones de presidente municipal encargado del despacho, hasta que llegue el nuevo presidente municipal que mandan de Durango, según lo indica este oficio que manda el propio señor gobernador y en segundo lugar, usted nada tiene que estar haciendo en esta oficina, así que me hace el favor de retirarse. Como a las 12 del medio día, los habitantes de la población de Santa María del Oro, vieron salir del pueblo, al presidente municipal sólo cargando una caja de cartón con sus pertenecías. Una vez más el poder del clero se había impuesto.


El Miedo a la Muerte

Entre la vida y la muerte existe un punto de imprecisión, como la luz que tiembla entre la sombra y el sol, se cree que la vida acaba en el puntual segundo en que se deja de respirar, cuando el corazón late por última vez. Piénsese que es entonces cuando la muerte abre de par en par sus puertas y que comienza el reino de las sombras, aun cuando queden vivas en el cuerpo y no sabemos por cuanto tiempo, miles, millones de celdillas. La muerte no es inmediata, ni es total. Unos microorganismos tendrán forzosamente que vivir más que otros, al conjurar mejor el ayuno. Y todo se irá lentamente, y con esperas, en tanto que el cadáver le crecen las uñas y el pelo, como atributos indudables a la vida. La muerte es gradual, y en tanto que la longevidad microscópica se aferra a las vísceras, hay un residuo de facultades en el alma. Como el caso de la muerte del señor Jacinto Loreto Ríos, que no murió del todo, se puede decir que vivía en su tumba, aunque para todos estaba muerto, él también no ignoraba su muerte, y esto, no le causaba ninguna congoja, ni placer, ni tedio, ni dolor. El era como la hora cero; como un punto inerte suspendido en el tiempo y el espacio. Por un remoto latir de la conciencia, tenía conocimiento de su rigidez, y de que jamás podría modificarla. Y también la certidumbre de que ocupaba una casa en la ciudad de los muertos.


No habrá cosas tan graves como la mortalidad y lo sensorio, pero queda el razonamiento y la memoria, y con ellos, puédanse trasegar los fantasmas extraídos del mundo exterior, y acumulados durante los años que envuelve una existencia. Después acabará por extinguirse todo. Pero, ¿Cuándo es después? ¿Qué longitud tiene el puente? ¿Qué espacio hay entre rivera y rivera? La conciencia permanece tanto, como el alongamiento de la vida. No se extingue de súbito la continuidad. Dentro de la dinámica psíquica hay una inercia trascendental. Y aunque parezca extraño, Jacinto no sentía alteración del ánima, ni pena, ni nostalgia, ni angustia. Era un ser que no contaba más que con pensamientos. Jacinto podía pensar, aun cuando sus ideas no fuesen más que luces mortecinas dentro del santuario del cerebro. Cualquiera que supiera sobre la muerte, podría decir que el fallecimiento de Jacinto, no era otra cosa que los polos efectivos se habían fundido hasta nulificarse, destruyendo el placer y el dolor, la alegría y la pena, la fe y la duda, el desosiego y la calma. Jacinto ya no era capaz de ser dichoso, ni de ser infeliz; ni de ser pecador, ni de ser bueno. Sólo tenía pensamientos. ¡Pensar! Podía pensar con ideas crecientes de frialdad o pasión, de valor o de miedo. No había deseo de saber o averiguar las cosas; no había estímulos, ni depresiones, ni pequeñeces, ni grandezas. ¡Pensar! Sólo el pensamiento dentro de aquel refugio negro e inmortal. ¿Así era la muerte? ¿Una negación? La idea de estar muerto, se levantaba como lluvia de celdillas agonizantes; como un punto de luz en la negrura; era una vaga sensación que prometía naufragar en la sombra. ¡Pensar! O dejar de pensar. Nos parece imposible que la mente lanzada con fuerza de torbellino durante los años de una vida, se detenga en seco sin atender los dictados de la inercia. Como sucedió con el difunto Jacinto, que perduro el pensamiento, como las brasas que arden después de amortecidas las llamas; como el perfume que despide el frasco ya vació; como la nube que flota después de consumidos los arroyos; o como el eco que repiten las rocas cuando ya no hay sonido. Cuando murió Jacinto Loreto Ríos, ya todo era silencio, lo de siempre cuatro haciendo guardia a un lado de la caja, también cuatro velones rescataban de la sombra el cuadro. Todo era silencio, olor penetrante a cera y pábilo quemados. Después fue llevado al panteón, refulgía el sol en las piedras de las tumbas. El camposanto como lo llaman algunos; la terminal de está vida y el primer escalón de la otra. Se dice que es la ciudad de los muertos que impone su silencio contra el desasosiego del vivir; a los muertos se les llama los habitantes de la gran ciudad, los que viven unos cuantos metros abajo, la ciudad subterránea, la ciudad fría, inmensa, negra de sombras. Un ser casi siempre en cada casa, largas callejas tiradas a cordel, transversales, avenidas, cruceros. Ciudad húmeda y seductora como los abismos; pero populosa, a quien los hombres van donando sus vidas para engrandecerla; para hacer siempre de ella, como querían los griegos, una ciudad más grande que la ciudad de los vivos. El silencio de los camposantos es el aliento de la negra ciudad que escapa por entre la tierra; es el


lugar para el que no entiende ni la vida ni la muerte. El silencio es la voz del cementerio, es el alma de sus habitantes. El silencio es soplo, es aliento, es hálito, es sustancia, no es negación, es algo que no se entiende pero que ahí esta. Jacinto Loreto Ríos, ya estaba muerto, sin embargo sentía miedo, se dice que el miedo está lleno de lógica y cordura. ¿Pero y el valor? Se puede decir que el valor es irrazonado, es tan sólo un esfuerzo por la conservación del individuo. ¿Pero qué es en sí el miedo? Pregunta desde su tumba Jacinto. hay personas que están enfermas de miedo que pudieron haber muerto desde niños. Pero, ¿No es acaso una cosa insólita morirse de miedo? No, porque el miedo es una enfermedad que como cualquier otra cosa puede matar. Jacinto, recuerda dentro de su tumba, ahora que esta muerto, que en aquella enorme casa en que vivió de niño, tenía destinada para el sólo una alcoba grande, que por alguna razón dormía en esa misma alcoba un tío aunque en distintas camas. Jacinto recuerda que tener un compañero durante aquellas noches de su niñez, era un consuelo, sí bien era verdad que el tío dormía profundamente y maldito el interés que le inspiraban los temores del muchacho, no obstante Jacinto al saber de alguien que dormía en el mismo cuarto, era algo que calmaba un tanto su inquietud. Cierta noche Jacinto se despertó con un sobresaltó, una luz difusa iluminaba toda la pieza, pensó, tal ves sea la luz de la luna, cuando volteó a ver la cama donde dormía su tío estaba vacía, lo primero que se le vino a la mente, era que con seguridad su tío andaría de farra acompañado de mujeres y música. La pieza estaba tibia, Jacinto sentía que el silencio le entraba muy hondo por los oídos, veía las sabanas impecables de la cama del tío, que parecían esperar inmóviles al huésped. Esa noche la mente de Jacinto se imaginaba mil cosas, ahora sabe que sólo el que imagina tiene miedo, el que carece de imaginación no teme nada. De pronto un círculo de luz como de un reflector apareció en la cama vacía, aterrado Jacinto vio aquella claridad, no acertaba a encontrar la rendija o el vidrio de donde provenía o tal vez faltó la razón que la pudiera explicar, pero su mente de inmediato acepto lo sobrenatural. Es un espíritu, un alma en pena – se dijo. Transcurrió algún tiempo, y lejos de desaparecer la visión seguía inmóvil esperando quizás el relajamiento de mis nervios. Jacinto hizo el intento de huir, pero indeciso, sin concierto, se volvió a ver el fantasma, la luz era nítida, blanca, tenía casi resplandor de metal. Sintió que el pánico erizaba su carne, cuando aquella visión envuelta en una luz blanca abandonó su inmovilidad y comenzó a bailotear en la cama, como sí se tratará de una cometa suspendida de un hilo. Jacinto creyó enloquecer, y temblando después de cerrar la puerta, se salió de la pieza y dejó en ella el fantasma.


Tuvo el propósito de despertar a su padre y hacerlo ir a la pieza, para que él con sus propios ojos lo viera todo, pero tenía que atravesar tres piezas para llegar a su alcoba, y las tres estaban igual de oscuras. En ese momento lo asaltó la duda, de que la luz fatídica pudiera haber desaparecido, por lo que regresó cauteloso a su cuarto, entreabrió la puerta y miró hacia la cama, pero allí estaba la luz, que ahora se movía más que antes, como que era mayor la intensidad de la luz blanca del fantasma. Esta vez más resuelto, descalzo como estaba, cruzó nervioso el segundo cuarto y llegó hasta la tercera pieza, tomó entre sus manos el picaporte, para trasponer la alcoba paterna, pero en ese momento su resolución toda lo abandonó, recordó que su padre se ponía furioso cuando lo despertaba para hablarle de sus miedos. Descorazonado y temblando de frío y miedo, regresó a su cuarto, entreabrió muy despacio la puerta y ahí estaba su visitante luminoso jugueteando con la colcha. Llenó de pánico se envolvió en las sabanas, dio la espalda al fantasma de la luz blanca y con estremecimientos y sollozos dejó pasar el tiempo. Sintió que se abandonaba en manos de la muerte, supuso que de un momento a otro, lo tomarían entre sus garras todos los fantasmas del infierno, e inmóvil, quien sabe después de cuantas horas bajó el sueño a sus ojos, se durmió como se duermen los niños, y al amanecer, aún tenía los parparos húmedos de llanto. A raíz de aquellos temores, se transformó en sonámbulo, caminaba por toda la casa durante las noches, como un autómata recorría los salones, los patios, los gallineros y las caballerizas, caminaba dormido. Su angustia por los fantasmas hizo de él uno de ellos, de modo que al final de cuentas resulto que era un fantasma, el único espectro real que efectivamente vagaba por la casa en las noches. Por eso, ahora que Jacinto está muerto pregunta: ¡El miedo! ¿El mido que sienten los hombres qué es? Jacinto, dentro del cajón, siente extrañeza de verse de pronto a través del tiempo vestido como niño de retrato con sus borceguíes grandes y amplios para que no sufriera de los callos, sus pantalones bombachos con cintura desahogada que quizás protegía sus digestiones, un saco compón, caído y un cuello tieso en forma de embudo que derramaba un corbatón de colores y con el pelo relamido y con algo de ingenua turbación en la faz, todo eso llegaba a su mente como si se tratará de una película. También recuerda que los vestidos para ir a la escuela no eran como ese, sino muy simples, medias de “popotillo” pantaloncito corto y blusa de manga larga. Jacinto recuerda que por aquellos tiempos su padre estaba seguramente en la plenitud de su existencia. Usaba bigote espeso con puntas retorcidas, puños y cuellos duros, abundosa cadena de oro en el chaleco y un bastón que jugaba al caminar con soltura. Jacinto inconsciente y humilde, usaba las medias arrugadas porque su madre prohibía el uso de las ligas para que no se obstruyese el paso de la sangre. Ahora Jacinto ya dentro del cajón donde se encuentra muerto, se pregunta:


¿Por qué tengo que recordar estas cosas? Que son tan simples y que pertenecen a un pasado de muchos años ¿Qué acaso será así la muerte? Recordó de pronto, que alguien le dijo en una ocasión, pero no recuerda quien, que los que se mueren, reconstruyen su vida en cuestión de minutos, tal vez por eso se le venían a la mente de pronto tantos recuerdos, porque él ya estaba muerto.


El mole para la boda

El mero 24 de diciembre, muy de mañana empezaron los truenos en el cielo, pero nadie en el pueblo pensó que el cielo se estuviera desmoronando, todos concluyeron de inmediato, que se trataba de don Domingo Mazcorro el cuetero y sus hijos, que habían empezado con sus juegos pirotécnicos que cada año en las vísperas de la Noche Buena, lanzaban desde su casa. La noche del 24 de diciembre era muy venerada por todos los que habitaban el pueblo de Santa María de la Noche Buena, pero posiblemente más que nadie lo festejaba don Domingo Mascorro y su familia, que todo el año se dedicaban a preparar la pólvora y los carrizos, con que elaboraban los cuetes que con finas varas de membrillo amarraban con un lazo muy delgado al cartucho de carrizo que contenía la pólvora, nadie sabía que ingredientes usaban don Domingo, porque nunca ha querido comentar su formula, pero el caso es que cuando los famosos cuetes de Don Domingo surcaban los aire, lanzaban un estallido que era escuchado a varias leguas a la redonda. Ese día del 24 de diciembre, era la única fecha, que don Domingo permitía a sus hijos, sobre todo a los más chicos, que fumaran delante de él, ya que por ser un día tan especial para toda la familia, los hombres distribuidos en la azotea de la casa, se ponían a fumar para mantener viva la brasa que tenían que utilizar sobre los cuetes de vara para que estos salieran disparados al contacto del tizón con la pólvora. Mientras que los más chicos acarreaban gruesas de cohetes que se encontraban apilados en una bodega del patio de la casa de don Domingo. Esta maniobra venía sucediendo cada año el mero 24 de diciembre, cuando bajaban las gentes de las poblaciones y rancherías cercanas a realizar sus comparas sobre todo de papel de China para adornar sus casas. Las gentes del pueblo y las de los alrededores, se habían acostumbrado ya al ruido de los cohetes, las mujeres que eran solteras, formaban un círculo a la puerta de la iglesia, mientras que de lejos, los jóvenes galanes las observaban muy perfumados con agua de florida y el pelo peinado con vaselina. Ese mismo día del 24 de diciembre, lo habían escogido para casarse Carmelita Guardado y Rogaciano Ledesma, al que todos en el pueblo llamaban “El Conejo” por tener los dientes delanteros más grandes de lo normal y salidos hacia fuera. Habían tenido algo de dificultades para que el padre Evaristo los pudiera casar ese día, ya que el párroco argumentaba que ese día no se deberían


celebrar matrimonios, por ser el día en que nació el niño Jesús, pero doña Felicitas que era la encargada de atender al padre Evaristo en la preparación de sus alimentos y en el lavado y planchado de su ropa y que además era madrina de bautizo de Carmelita Guardado, logró convencerlo para que accediera a casarlos ese día. Doña Clorinda Guardado, mamá de la novia se encontraba en esos momentos, desplumando una de las diez gallinas que se iban a echar al caso de barro donde se estaba preparando el mole rojo con todas las especies conocidas en ese lugar que le daba un toque muy especial. Al padre Evaristo no le gustaba muy bien que digamos, la idea de tener que casar a los novios el mero 24 de diciembre, no había ninguna disposición especial de parte del Arzobispado que lo impidiera, pero eso daría pie a que otras muchachas quisieran escoger ese día para realizar su matrimonio, además ese día lo tenía muy comprometido el sacerdote en varias casas de sus fieles para desayunar, comer y cenar, pero cuando le dijeron que la mamá de la novia estaba preparando mole de gallina y asado de puerco, de inmediato cambió de parecer. Uno de los hijos de doña Clorinda, el más chico de los ocho que tuvo la santa mujer, al que simplemente le llamaban “Chacho” a pesar de que se llamaba Ruperto, entró a la cocina gritando: Ama, ama, ya llegaron los músicos, ¿Qué les dijo? Pos, que pasen y se acomoden en el patio, pos, que más les quieres decir. Pos, dicen que si no tiene algo que comer, que porque desde que salieron de su pueblo no han comido nada. ¡Huy! No mi, hijo, dígales que ahorita no, que me esperen un rato, apenas estoy con las gallinas pa, el mole y todavía ni me arreglo pa, ir a la misa. Oiga madrina, con estas gallinas va a salir buen caldo, vi tres amarillas gordas, esas siempre hacen buen caldo. Apúrate muchacha no me estés hablando ahora de las gallinas, apenas llevas dos desplumadas y ya va a ser hora que se empiece la misa. Hay madrina, pos, yo nomás decía. Yo no sé como a estos muchachos se les ocurrió casarse hoy precisamente que es 24 de diciembre, cuando todo mundo en lo único que piensa es en estar en sus casas con su familia. Pos, porque ha de ser madrina, pos, porque ya les anda de estar acostados juntos. ¡Cállate muchacha!, no digas tonterías y ponte a terminar de desplumar esas gallinas que ya deberían estar hirviendo con el mole. Pos, yo no sé para qué se casan, al rato se llenan de hijos y el marido con sus amigotes ni se acuerda de ella. Yo ni estando loca me casaba. Eso lo dices tú, porque no hay quien te eche un lazo, pero ya te veré tragándote tus palabras


cuando te salga al paso un valiente y te proponga matrimonio. ¡Hay no Madrina! Prefiero meterme de monja. Bueno, bueno, esto es mucha platica y nada de acción, los invitados no tardan en llegar y no tenemos ni tan siquiera el mole hecho, ¿Qué les vamos a dar cuando salgan de la iglesia? Usted no se apure Madrina, ya vera como toda sale bien, lo que debe de hacer es irse a arreglar para la misa. Doña Clorinda dejo los trabajos de la cocina para meterse a bañar, ya faltaba poco para la misa de bodas y las carreras la empezaban a abrumar, su ahijada Rigoberta a quien había recogido desde muy niña cuando su madre murió victima de una descarga eléctrica cuando le cayó un rayo en la labor, la quería como una hija aunque está siempre la llamaba Madrina. La joven se quedo en compañía de las otras tres muchachas que habían ido a ayudar con los preparativos de la comida para la boda, por lo que ya sin la presencia de doña Clorinda, que las estuviera callando se pusieron a hablar de lo que más les gustaba, criticar a los demás. ¿Saben muchachas? Yo un día salí a pasear muy agarradita de la mano con Rogaciano el hijo de mí Madrina, el que se casa hoy. Pos, eso sería ante tú. Pos, sí claro, todavía ni siquiera conocía a la mentada Carmelita esa. Yo la verdad, ¿No se qué le vio Rogaciano a la Carmela? Si cuando estaban en la escuela, ella ni siquiera volteaba a verlo. Pos, lo que es ahora, hasta el vestido le compró, es de pura gasa blanco y los zapatos de raso, bordados de seda con chaquiras. Pos, yo que él, no me hubiera casado con ella, el tan fuerte y trabajador y ella tan presumida, dicen que nomás se la pasa acostada, que en su casa la tienen muy consentida, que no sabe ni freír un huevo. Pos, si Rogaciano tiene muy bien puestos los pantalones, como creo que los tiene, va tener que obligarla a que le eche las gordas todos los días, si no, entonces pa, que se caso, pa, ser monita de porcelana que nomas la tengan de adorno. Se escucharon las primeras campanas llamando a misa de 12, que era en la que iban a casarse Rogaciano y Carmela, cuando entró por la puerta del zaguán el tío Luciano hermano de doña Clorinda, se dirigió directamente con las muchachas que se encontraban desplumando las gallinas. Pos, que están haciendo allí muchachas, en ves de estarse bañando y arreglando pa, ir a la misa. Evarista Centeno, una de las muchachas que estaba preparando el mole contesto a la pregunta de don Luciano. Pos, yo me baño todos los días, no sólo para ir a misa, y no estamos en la iglesia, porque alguien tiene que preparar la comida.


Bueno, bueno, pero no se me alebresten, yo solamente les preguntaba de buena voluntad. ¿Y tú muchacha, donde está tu Madrina?, que ya debería estar en la iglesia. La muchacha se encamino adentró de la casa en busca de su Madrina, a la que encontró componiéndose la trenza, moviendo los dedos entre el pelo lustroso. Madrina, ya está aquí el tío Luciano. Y acaban de dar primera para la misa de 12, será mejor que ya salga. Sí, si, ya voy dile a Luciano que me espere un segundo que no tardo. Cuando llegaron a la iglesia, ya había mucha gente reunida afuera y adentro, la mayoría eran curiosos que querían ver a los novios, doña Clorinda saludo con la mano a su hijo que ya se encontraba en el atrio de la iglesia. En ese momento llegó la novia acompañada de sus padres en una carreta adornada con flores blancas, cuando estaba por bajarse del carro para entrar en el templo, se escuchó el ruido de los cascos de cuando menos tres caballos, que llegaban a trote, se escucho el grito de uno de los jinetes. ¡Carmela! La muchacha volteó a ver al hombre que le gritaba y sin cruzar palabra alguna, le tendió el brazo para que este la jalara y en un rápido pero preciso movimiento, la colocará en las ancas del caballo. Los tres jinetes dieron la vuelta y después del ruido que provocaron los animales se perdieron en la calle y todo quedo en calma. Todos los que se encontraban en el atrio del templo, incluyendo al novio, la madre de este y demás familiares, se quedaron como hipnotizados, no podían dar crédito a lo que estaba pasando, el que primero reaccionó fue Rogaciano el novio, que entre confundido y enojado empezó a gritar: ¿A dónde se fueron? ¿Adonde se fueron? Doña Clorinda tomó a su hijo por el brazo al tiempo que le decía: Tienes que calmarte hijo, se fue con ese hombre por su voluntad, nadie la obligo a que se fuera, la muchacha no te quería, a sí sucede a veces, ahora vámonos aquí no hay nada que hacer. Pero mamá ¿Por qué no me lo dijo? No lo sé, en estas cosas nunca se sabe, a lo mejor en estos momentos está en otro templo casándose con ese hombre. Vamos a la casa para que te quites ese traje, ven te dijo, ya nada tenemos que hacer aquí. Cuando llegaron a la casa, las muchachas ya estaban enteradas de lo que había pasado, la noticia había corrido por el pueblo como reguero de pólvora, Rigoberta que se notaba sumamente afligida le pregunto: ¿Y que hacemos con el mole Madrina? Tíralo, o regálalo, yo que sé.


El misterio del tĂşnel 27


El Cerro del Mercado, símbolo indiscutible de nuestra ciudad capital, es sin duda el eje en que jira nuestra actividad diaria, a su alrededor gira un halo de romanticismo y de misterio, bajo su nombre siempre habrá una historia, una leyenda o un cuento, que nos ha trasportado de generación en generación a conocer sus entrañas. Gentes de todos los municipios de nuestra entidad y de otros estados, formaban el ejército de mineros que trabajaban las 24 horas del día en el Cerro del Mercado, famoso por su riqueza de hierro que surtía a toda la República y parte del extranjero. Todos los días a las seis de la mañana cuando sonaba el pitido de cambio de turno, se veía desfilar a una caravana de trabajadores mineros que salían de las entrañas del cerro para dirigirse a sus casas, para descansar, comer y estar con los suyos, nuevamente regresarían a las 12 de la noche a reanudar su trabajo. Se trataba de hombres fuertes, de paso rápido y raídas indumentarias, pasaban llevando en una mano el inseparable “candelero” se cruzaban en la puerta con los que salían después de haber trabajado 12 horas ininterrumpidas en las profundidades de aquel cerro que era prodigo en soltar sus minerales para que se forjara el hierro que construía el futuro de México. El Cerro del Mercado, era alegre, geométrico en su estructura, tenía en el anochecer un encanto innegable prestado por las luces del caserío que tendido sobre las faldas del cerro, parecía un campo poblado de cocuyos. En aquellas casas pegadas al Cerro del Mercado, vivían la mayoría de los mineros con sus familias, era este un trabajo que se había heredado de padres a hijos. En alguna casa se escuchaba el rasgueo de guitarras que acompañaba la voz bien timbrada de algún minero, en otra la popular serenata al píe de la ventana de alguna muchacha bonita rompían la uniformidad casi monótona de la vida de los trabajadores del Cerro del Mercado. Como es de suponerse en el Cerro del Mercado, laboraban todo tipo de individuos, algunos muy serios y responsables, otros muy alocados y temerarios, muchos de ellos dejaron su vida en sus entrañas, no se permitía que laboraran mujeres como mineras y parece ser que hasta la fecha se sigue considerando este trabajo exclusivo de los hombres. Pero de todos los trabajadores mineros del cerro, sobresalía uno de ellos: Manuel Mendoza, al que todos llamaban “Manuel El Loco”. Este muchacho, porque en realidad era muy joven, era un pobre ser inofensivo, cuya locura consistía en vestir la indumentaria propia de los mineros y llevar siempre consigo un “candelero” así como una barra o pico, cuya punta había sido cortada para evitar peligros. Una característica muy especial de “Manuel el loco” era que cuanto minero se encentraba en su camino lo alertaba diciéndole: “Si te mandan a trabajar al túnel 27, no hagas caso, no vayas, pues un espíritu maligno lo tiene embrujado, no deja que entren las barretas en las paredes, mejor estas se rompen que perforar la roca”. Hacía algunos años que “Manuel el loco” había llegado al Cerro del Mercado, era un muchacho sano y fuerte, al que animaban grandes deseos de trabajar, durante algunos meses se le habían designado labores en algunas galerías, lo que sea de cada quien, siempre había cumplido con su trabajo, sus mismos compañeros de turno aseguraban que era un excelente trabajador y que nunca había dado muestras de desequilibrio, o de alteraciones en su mente. Por lo que fue una dolorosa


sorpresa para los mineros de ese turno, verlo una mañana con los ojos desorbitados, con la boca espumeante y los cabellos en desorden, gritaba con verdadera desesperación reflejando el miedo en su rostro: “Ahí, ahí está, ahí entre el metal arrancado por el último barreno, está un hombre fundido con la roca que me mira y sonríe”. Rápidamente fue sacado al exterior, y conducido al Hospital General de Durango, donde el Doctor Valle bueno, encargado de la sala de enfermedades nerviosas, lo sujetó a una serie de exámenes, para terminar diciendo que el muchacho había perdido el juicio. Se le recluyó en el área de enfermos mentales durante varios meses, pero se comprobó que su locura era inofensiva y se le dejó salir, al parecer no había nada que hacer. La gerencia del Cerro del Mercado, le seguía pagando parte de su sueldo, por lo que la vida del pobre Manuel transcurría sin cambio alguno. Lo extraño de esta historia, no era precisamente la locura de Manuel, sino la causa que la origino; cuentan algunos mineros ciertos detalles que nos hacen pensar que algo muy fuerte y desconocido está detrás de todo esto. Hacía ya un año que Manuel había llegado a trabajar al Cerro del Mercado y desde entonces no había pasado nada extraño, pero cuentan los mineros que aproximadamente un año antes, precisamente en el sitio en que el loco Manuel decía que había visto a un hombre incrustado en la roca, sucedió antes una tragedia que muchos mineros preferían callarla. Vivía en las afueras del cerro, en los caseríos que se formaron a sus alrededores, una bella mujer muy deseada por los mineros, que había complacido a algunos de ellos, esta mujer era famosa por tener raros caprichos a pesar de que llevaba una vida realmente disipada. Entre los mineros había un jefe de cuadrilla de nombre Domingo Gándara, que a pesar de ganar un sueldo muy por encima de los demás y no ser mal parecido, era despreciada por la bella mujer, que por cierto se llamaba Fernanda. Esta mujer a quien todos llamaban “La Perversa” sentía preferencia tan sólo por un simple minero, un barretero, de atléticas formas, de rostro bronceado y de sonrisa ingenua; que sin habérselo propuesto había conquistado el amor de la mujer en forma tal, que a las primeras palabras que le dijo, Fernanda gustosa pensó en abandonar aquella vida que llevaba, para consagrarse por completo al amor de ese joven muchacho. Domingo el jefe de cuadrilla, se encontraba sumamente molesto por la forma tan indiferente con que lo trataba la bella muchacha, muy pronto se dio cuenta que la causa de estos desprecios era el barretero, que por cierto se llamaba Nicasio, al que trató de perjudicar por todos los medios, hasta tejió intrigas para que se le despidiera de su trabajo, pero como Nicasio era un buen trabajador, muy ordenado en todo lo que hacía, fracasaron todos sus intentos de correrlo de la compañía. Un día en que Domingo como jefe de cuadrilla se encontraba trabajando en el túnel 27, por enfermedad le falló uno de los barreteros que tenía a su mando, por lo que pidió a la gerencia que le mandaran a otro hombre que remplazara al trabajador enfermo, por azares de la vida o por esa fuerza extraña que se llama destino, le fue enviado Nicasio. La idea de un crimen, como único medio de quitar de frente a su rival, le vino de inmediato a la mente a Domingo, a quinientos pies bajo tierra, en un trabajo tan peligroso como lo era el de extraer mineral de las entrañas del cerro, ¿Quién podría darse cuenta de los verdaderos motivos por qué Nicasio no atendió la voz de alarma y se quedo en el túnel hasta el momento en que estallará el


mortal barreno? Y madurado el plan Domingo lo puso en marcha, en el lugar que designó para que trabajara Nicasio, horadó lo suficiente para colocar los cartuchos de dinamita necesarios para producir la explosión que pudiendo parecer accidental, matara a su rival en amores. Su experiencia le sirvió para calcular matemáticamente, el momento preciso en que ocurriría la explosión. Llamó a Nicasio y con el pretexto de que había dejado olvidado un rollo de cañuela, lo mandó al sitio exacto en que había colocado la carga de dinamita; el muchacho busco la cañuela que no podía encontrar porque nada había quedado olvidado, en el momento en que Nicasio emprendía el regreso, en cuestión de segundos se escucho una fuerte explosión. En varios fragmentos fue encontrado su cuerpo. En ese momento se escucharon los gritos falsos de Domingo llamando a los demás trabajadores que laboraban en los otros túneles, en casi todos los mineros que acudieron hubo sombra de duda, ya que sabían la enemistad que existía de parte de Domingo para Nicasio, pero nadie se atrevió a externar lo que pensaban, tal vez por miedo a la venganza del jefe de cuadrilla. Por su parte Fernanda “La Perversa”, estaba convencida que aquello había sido un crimen. Y un día desapareció de las casas que rodeaban el cerro, nadie supo el rumbo que había tomado, por lo tanto en resumidas cuentas había sido en vano el crimen cometido con el pobre de Nicasio. Al siguiente día varios trabajadores fueron enviados a trabajar en el túnel 27, de inmediato sintieron que algo afectaba sus nervios al trabajar sobre la roca donde la sangre y la masa encefálica de Nicasio habían quedado formando caprichosas figuras. Más de uno había asegurado oír el chisporroteo de una mecha que nunca llegaba a hacer estallar la dinamita invisible; pero que sí amenazaba hacer estallar el buen juicio de ellos. Otros mineros, decían que varias veces habían escuchado en la esquina donde había ocurrido la tragedia, una especie de ahogado suspiro, como si un hombre sufriera la apretura de una mano sobre su garganta, algunos más, dados a la fantasía, habían jurado que en la oscuridad rota apenas por las lámparas de petróleo, habían visto la figura de Nicasio destacarse sobre el fondo de la pared de roca del túnel. Los rumores se habían multiplicado y una especie de supersticioso terror se fue apoderando de aquellos hombres, hasta el grado de que no hubo uno que quisiera trabajar en el túnel 27. Aprovechaban la llegada de trabajadores nuevos que ignoraban lo sucedió, pero que a los pocos días, por confidencias de otros mineros, se negaban a trabajar en aquel lugar. Era frecuente escuchar las conversaciones que se daban entre los mineros, a uno le habían detenido en alto el marro, a otro le cuchicheaban al oído, sin llegar a entender nada de lo que le decían, a otro le cambiaban de sitio sus barrenas y al de más allá le habían escondido su caja de herramientas. Por su parte, Domingo el jefe de cuadrilla, no podía esconder su mido, por más que lo intentaba, un terror se fue apoderando de él, que acabo por abandonar su trabajo en el cerro, un buen día desapareció del ambiente, sin que nadie supiera el rumbo que había tomado. Por esos días fue cuando llegó a trabajar al Cerro del Mercado el joven Manuel Gándara, que como ya lo hemos comentado perdió el sano juicio y se convirtió en el loco. Pero un día ocurrió algo muy extraño, Manuel el loco, dejo de serlo, como era del conocimiento de todos, un choque nervioso demasiado fuerte le desequilibró el cerebro y otro choque de la misma intensidad, lo volvió a dejar en su sitio, aunque parezca increíble, fue el mismo asesino de Nicasio, Domingo el jefe de cuadrilla, quien


devolvió el sano juicio a Manuel el loco. Resulta que Domingo martirizado por el recuerdo amargo de su crimen, volvió un día al Cerro del Mercado, el vicio del alcohol había hecho presa de este hombre, se había convertido en un bebedor empedernido, un día que estaba tomando a las afueras del cerro, llegó Manuel el loco, como era su costumbre empezó con su vieja cantaleta: “Si te mandan a trabajar al túnel 27, no hagas caso no vayas”. Domingo al escuchar eso, sintió un ataque de miedo y encarándose con Manuel el loco le dijo, al tiempo que sacaba de sus ropas un cuchillo, - con que tú sabes la historia del túnel 27, pues para que ya no la recuerdes voy a cocerte a puñaladas – se abalanzó sobre el loco, que debido al fuerte empujón calló de golpe sobre el suelo golpeando su cabeza fuertemente sobre una piedra, Domingo cayó a un lado, pero nadie se explica cómo el mismo se clavo el puñal partiéndose el corazón en dos partes. Debido al golpe recibido, Manuel en pocos días recuperó totalmente el sano juicio, convirtiéndose en el mismo hombre que había sido antes, algunos aseguran que de esta manera el difunto Nicasio, había cobrado venganza de su asesino.


El misterio del padre Lisandro

Hay por el año de 1878, existió en Durango, concretamente en lo que hoy se conoce como “los llanos de Guadalupe Victoria” una hacienda muy extensa y muy rica, se decía que un hombre podía caminar kilómetros y kilómetros sin salir de los límites de la propiedad, solamente de lo que


correspondía a la zona de cultivo. Esta hacienda era conocida en aquel tiempo como “La Hacienda de los Martínez” que pertenecía a un rico español llamado don Baltasar Martínez y Cavazos. Hombre inmensamente pudiente, que según se decía, había llegado a México con una mano atrás y otra adelante, o sea en la más completa de las miserias, pero en muy poco tiempo logro amasar una de las fortunas más importantes en lo que se conocía como la Nueva España. Don Baltasar dueño de todas esas tierras en donde se cultivaba toda clase de grano y pastaban en sus potreros miles de cabezas de ganado, había tenido en su matrimonio con doña Beatriz Eloseguí, un hijo, que al cumplir los doce años, fue enviado a España para que hiciera estudios eclesiásticos, ya que en aquellos tiempos, ninguna familia respetuosa sobre todo de los ricos hacendados, dejaba de hacer que al menos un hijo suyo fuera sacerdote o si sólo tenían mujeres tenía que ser por fuerza una de ellas religiosa. Dos años después de haber partido el joven Lisandro (que así se llamaba el hijo de don Baltasar), rumbo a la Madre Patria, le nació a doña Beatriz una hermosa niña, era la criatura un verdadero capullo de rosa, de azules ojos y cabellera rubia, impresionaba a todos aquellos que tenían la fortuna de verla. Desde luego, sobra decir que fue el más grande cariño de sus padre, pero no sólo de ellos también de los supuestos galanes que la rondaban a cada momento, pues la jovencita ya había cumplido los 16 años y no había en toda la Nueva Vizcaya, una muchacha más hermosa y más encantadora que ella. Un buen día en la casa grande de la hacienda de los Martínez, había una inusitada alegría y por doquier se veía movimiento, se colgaban arreglos de flores en todos los arcos y en las columnas de los corredores, lo mismo muchos faroles de artísticas formas que iluminarían los jardines de la hacienda, estos se colgaban de las ramas de los naranjos y en las anchas hojas de las palmeras. La enorme casa resplandecía de limpieza y una profunda alegría de los señores y de todos los que servían llenaba a la casa de una alegría nunca antes vista. Lisandro, el joven Lisandro, ahora el padre Lisandro, que por más de 15 años había estado fuera, de la comarca y de su casa, ahora volvía de nuevo a la hacienda que lo vio nacer, pero ya ordenado sacerdote y con los prestigios de su alcurnia y los de su talento reconocido en la España donde abundaban los hombres sabios y preparados sobre todo en lo que a religión se refiere. Lisandro llegó a la hacienda como a eso del medio día, cuando sobre el campo flotaba una onda de perfumes y había una orgía de colores invadiéndolo todo. Brillaba todavía en sus ojos azules aquella luz que en su niñez hacía preguntar a su madre entre verdad y broma: ¡Pero Lisandro! ¿De qué estrella te has robado el fulgor para ponértelos en tus ojos? Sí el padre Lisandro, con sus 26 años plenos de vida y de fuerza material y espiritual, cubierta su alta figura por un severo traje negro, sólo denunciaba su ejercicio religioso, el blanco cuello característico de los que ejercían el alto apostolado del sacerdocio. Cuando sus padres lo vieron descender del coche que lo había transportado desde el puerto de la


Villa Rica de la Veracruz hasta la puerta de la hacienda, no logran asimilar la transformación de su hijo, el pequeño Lisandro que habían visto salir por la misma puerta, era ahora un hombre, un gallardo sacerdote de tierna y serena mirada, de sonrisa franca y bellas manos de suaves movimientos. En cambió a él, no le fue difícil reconocer a sus padres, diecisiete años viviendo en la abundancia y en la tranquilidad hogareña, modificaban poco a poco a las personas, la sorpresa del joven sacerdote fue en el momento de encontrarse frente a su hermana Fernanda (qué así se llamaba la bella joven), de pronto se presentó ante sus ojos una delicada figura vestida de blanco, como si se tratara de una reina, le recordaba a una virgen de maravillosa belleza que había visto en la ciudad de Córdoba en España, durante la celebración de la Semana Santa. Fernanda tenía los mismos ojos garzos, la misma sonrisa, el dorado matiz de los cabellos y la nariz de un purísimo corte, todo parecía haber adquirido vida de aquella santa en el rostro de su hermana. Todas las familias que Vivian dentro de la hacienda de los Martínez, celebraron la llegada del joven sacerdote con júbilo sincero, su porte sencillo, el cariño que manifestaba por cada cosa y por cada persona, aumentaron las simpatías que su apostolado había hecho nacer. Y los días se fueron pasando en la placidez de aquella vida de campo y la tranquilidad de provincia. Ya han pasado doce meses desde que el padre Lisandro regreso de España, en la casa grande de la hacienda de los Martínez, se nota una agitación distinta a la que conmoviera la hacienda hace un año, cuando todo era alegría por conocer al nuevo sacerdote. Ahora un aire de tristeza lo envuelve todo. El padre Lisandro marchara hacia la capital de la República y se dice que le acompañará su hermana Fernanda, que va a estudiar en uno de los mejores colegios de religiosas de esa gran urbe capitalina, pero nadie sabe algo más al respecto, todo está envuelto en un halo de misterio que mantiene a los criados en constante zozobra. Los preparativos se estaban realizando desde hacía días, sólo se había dicho que saldrían los dos hermanos al amanecer, a fin de estar en Zacatecas entrada la noche y de ahí continuarían el viaje durmiendo donde fuera necesario hasta llegar a la capital de la nueva república mexicana. Don Baltasar y doña Beatriz, sobra decirlo, cayeron en una profunda tristeza desde el primer día en que sus hijos ya no estaban con ellos en la hacienda, don Baltasar con el pretexto de olvidar su tristeza recorría todos los días parte de sus propiedades a caballo, dando órdenes a los peones y revisando la pureza del ganado que además de mantener en sus potreros ganado de engorda, tenía también una importante simiente de ganado bravo para corridas de toros, que era una de las pocas aficiones que tenía el rico hacendado. Desde que Lisandro y Fernanda se fueron, una tristeza extraña se apoderó de todas las cosas, hasta los mismos extensos jardines se vieron abandonados, descuidados, hasta convertirse en verdaderos matorrales de hierba seca, que todo lo invadía. Nunca más volvió a escucharse el piano que, polvoriento, permaneció cerrado desde que las manos de Fernanda no tocaron sus teclados. Un misterio se iba presentando en la vida de aquel matrimonio, todo el amor que antes los había unido, parecía que poco a poco se convertía en odio, tanto doña Beatriz como don Baltasar, se evitaban y terminaron por vivir desunidos, ella se vino a vivir en la ciudad de Durango y el permaneció en la casa grande de la hacienda. Tres años después de que hubieran partidos sus hijos hacia la capital de la República, murió doña Beatriz, una mañana de año nuevo, tenía entre sus manos un bello relicario dentro del cual, los rostros de sus dos hijos parecían mirarla con una súplica en sus ojos claros que ya nunca vería más.


Por ordenes de don Balastar, la casa que tenían en la ciudad de Durango y donde había muerto doña Beatriz, se cerro, no admitió las solicitudes que varias personas le hicieron para que se la alquilara. Los años pasaron rápidamente. Los años fueron pasando casi sin sentirlos, llegó como una tromba el año de 1910, los caballos de los revolucionarios hollaron todos los caminos y todas las veredas, de nuestro territorio nacional, en una llama trágica, los hombres del sur, marcharon hacia el norte y viceversa, sin que hubiera tranquilidad ni quietud, ni en pueblos ni en ciudades, ni tan siquiera en las rancherías. Don Baltasar aquel rico hacendado español, años después de que muriera su esposa, también falleció, por lo que la hacienda de los Martínez había quedado casi abandonada, pues sólo Rosendo un viejo caporal había quedado al cuidado de todos los terrenos y ganado de la vieja hacienda. Un buen día llegó a la hacienda un fuerte contingente de soldados revolucionarios, se trataba de tropas Villistas, que eran perseguidos muy de cerca por una columna del ejército federal al mando del coronel Tomas Lozano. El jefe de los rebeldes, dio órdenes de que se tomara la vieja hacienda y que se instalara en ella el cuartel de los revolucionarios. Desde ahí organizo la defensa, contra la partida de los federales que ya empezaban a sitiarlos, el jefe revolucionario mando hacer troneras a lo largo de los muros que cercaban la casa grande de la hacienda. A piqueta y barra se trabajo durante todo el día y la casa principal así como otrora sus lujosos salones y recamaras, quedaron horadas en diversos sitios, por los que asomaban amenazadoramente los cañones de los fusiles y ametralladoras de los revolucionarios. Al rayar el alba del segundo día de estancia de los revolucionarios en la hacienda, el centinela de guardia, dio la voz de alarma, con lo que todos los rebeldes se aprestaron a entrar a la batalla contra los federales que se acercaban, por su parte las tropas del gobierno de Porfirio Díaz, emplazaron sus cañones sobre la vieja hacienda y rompieron el fuego minutos antes de que amaneciera. Solamente dos horas pudieron resistir el tremendo ataque de los federales el contingente de revolucionarios. Gran parte de la vieja hacienda, era ya un montón de muros retorcidos y de techos destrozados, las bajas por ambos bandos habían sido numerosos, se empezaban a escarbar fosas para sepultar a los muertos, cuando un grito de horror escapó del pecho de uno de los revolucionarios. Al remover unos escombros buscando compañeros muertos entre las paredes echadas abajo por uno de los cañonazos, se descubrió un cadáver, mejor dicho un esqueleto, el horrible esqueleto de una mujer, que había sido sepultada en cinta teniendo más de cinco meses, pues así lo denunciaba la pequeña osamenta encontrada en forma tan casual. Se dio cuenta el coronel revolucionario del extraño hallazgo y llamó al capellán para que diera su bendición a los restos que de seguro habían sido producto de un crimen. Cuando el capellán que acompañaba a la partida de revolucionarios, fue puesto frente a los muros, sufrió tal conmoción que a no ser por el respaldo prestado por uno de sus compañeros, hubiera dado con su cuerpo en tierra. Una palidez casi terrosa le cubría el rostro y temblaban sus manos en forma incontrolable. Extrañados los pocos revolucionarios que se encontraban cerca, de lo raro de la actitud del sacerdote, le llamó el coronel revolucionario a un sitio apartado y le exigió que le explicara qué era lo que pasaba, el jefe rebelde le dijo: ¿Qué significa está extraña actitud suya señor cura? ¿Conoce acaso a los que fueron moradores de está hacienda?


Y el sacerdote apenas si pudo pronunciar algunas palabras, siempre con el temor reflejado en su rostro. El misterio de lo que guardaba era terrible, el capellán revolucionario, no era otro que el padre Lisandro, que cuando la revolución estalló en todos los sitios de México, el se ofreció para acompañar a las tropas rebeldes del general Francisco Villa, en su lucha que realizaba por el norte del país, en sus largas travesías se enteró de las muertes de sus padres, del abandono de las propiedades que habían sido el patrimonio de su familia.

II En la primera parte de esta historia, habíamos dicho que en una feroz batalla entre los rebeldes revolucionarios y las tropas federales, que se había suscitado en la vieja hacienda de los Martínez, al quedar casi destruida está propiedad que fuera en su tiempo una de las más ricas y hermosas del Estado de Durango, en uno de sus muros destrozados los revolucionarios encontraron un cadáver que a todas luces pertenecía a una mujer, pero no sólo eso, también se encontró junto a ella la pequeña osamenta de un niño que no alcanzó a ver la vida. Cuando se llamó al capellán del ejército revolucionario, para que bendijera los restos, pero el sacerdote revolucionario al ver aquello estuvo a punto de desmayarse por lo que esta actitud puso en alerta al jefe rebelde y le exigió que le cuente que era lo que estaba pasando. Para empezar resulto que el capellán de las tropas revolucionario era el padre Lisandro, hijo del dueño de esa hacienda que en su tiempo fue una de las más prosperas de este país, con lágrimas en los ojos relato a su superior lo que era su terrible secreto: “Cuando la revolución mexicana estalló en todo el país, vi la oportunidad de terminar con mi vida y me ofrecí como voluntario en las fuerzas revolucionarias, pensé que en una de esas batallas alguna bala terminaría con mi existencia y de esa manera concluiría mi sufrimiento, el grave apostolado del sacerdocio me impedía terminar con mi vida como lo hubiera hecho desde hace mucho tiempo, por lo que la revolución mexicana era mi oportunidad de dejar a un lado esta existencia miserable que estaba llevando a cuestas, para mí la vida no ha tenido ningún sentido desde hace muchos años, he vivido peor que un animal, con un remordimiento que me come por dentro”. ¿Pero qué tan grave es lo que a usted le acontece? ¡A ver cuénteme! “Lo que le voy a contar coronel, es realmente terrible, lo hago para descargar un poco mi conciencia y para que usted se entere de lo que realmente paso en esta hacienda, ya andando yo en la revolución, me entere de la muerte solitaria de mi madre y del abandono en que se subió mi padre, dejando todo al garete en la hacienda, al grado que en poco tiempo se fue convirtiendo en una ruina, poco a poco se fue perdiendo todo lo que con mucho trabajo había logrado levantar mi padre, a todo esto se le tenía que agregar la inexplicable ausencia de mi hermana, llevaba años que no sabía nada de ella, esto de cierto modo me atormentaba, supe que mi pobre viejo, se culpaba de la muerte de mi madre y tomo la determinación de dejarse morir, como sí ya nada le importara”. El coronel revolucionario veía con verdadero interés al capellán de sus tropas y escuchaba con atención la narración que este hacía: “Un presentimiento me oprimió el corazón, desde que supe todo aquello, las tropas revolucionarias de las que formo parte, caminaban precisamente por estos rumbos, me di cuenta que un encuentro a campo


abierto con las fuerzas federales sería desastroso para nosotros, puesto que ellos contaban con más y mejor artillería, fue por eso que le propuse a usted, como recordará, que tomáramos rumbo a la casa grande de la hacienda de los Martínez, para esquivar el encuentro a campo abierto que nada nos podía beneficiar, por su parte la hacienda presentaba una buena resistencia por lo fuerte de sus muros y las altas bardas construidas con piedras de río y mezclas que la rodeaban. Yo ignoraba en realidad, que la hacienda de los Martínez estuviera tan abandonada y en gran parte tan deteriorada”. El coronel pidió un vaso con agua a uno de sus asistentes, el cual se lo alargo al padre Lisandro para que se enjuagara la boca que la tenía seca y los labios blancos tal vez por la emoción que había sufrido, al tiempo que le decía: - continúe usted padre: “había en esta hacienda un viejo criado fiel servidor de mis padres, que según tengo entendido el estuvo durante algunos años, encargándose del cuidado de la casa grande y de sus tierras, fue él, quien me tuvo al tanto mediante cartas de todo lo que ocurría en la hacienda, hasta que un fatídico día, me envió una carta en la que me contaba del terrible crimen que se había cometido hace muchos años en esta propiedad y el cual según me lo decía el criado en su carta fue cometido por mi señor padre, hasta el día de hoy cada vez que lo recuerdo me estremezco de miedo y angustia”. ¿Pero qué terrible crimen se pudo haber cometido? El padre Lisandro, tomo un poco de agua, quedo con la mirada pérdida hacia la lejanía como queriendo acomodar sus pensamientos y después continuó: “El crimen que cometió mi padre, me parece que ha sido menos terrible que el que yo cometí, el mío me parece ahora más espantoso y más ruin que el que mi padre pudo haber cometido”. El coronel revolucionario, cruzo sus brazos sobre el pecho en señal de que se encontraba intrigado por todo aquello que estaba escuchando y a manera de apuro le dijo: ¿Cómo está eso padre, qué su crimen fue más terrible que el cometió su padre? Ahora sí que ya no entiendo nada. “Pues sí coronel, escúcheme, hace muchos años, cuando regrese a la hacienda después de haber permanecido por casi 15 años en España, realizando mis estudios eclesiásticos y después de haberme ordenado como sacerdote, puede por fin estar en la tierra que me vio nacer. La primera impresión que tuve a mi regreso, fue encontrarme de pronto frente a la peregrina belleza de mi hermana Fernanda, a quien sólo conocía por las cartas que mi madre me enviaba y donde me hablaba de ella, al verla por primer vez, sentí de pronto como si todo el mundo hubiera cambiado en cuestión de segundos, como si no existiera nada en mi alrededor que no fuera mi hermana. Los días que siguieron a mi llegada, fueron realmente de tortura, un sufrimiento inenarrable se apodero de mí que en verdad a nadie se lo deseo, estuve sujeto al tormento de la indecisión entre el deber y el crimen, entre el bien y el mal, entre la vergüenza y el orgullo, entre mi condición de hijo y hermano y el amor maldito que sentía por mi hermana”. Ahora los dos hombres guardaron silencio, el coronel no quiso apurarlo porque sabía todo el dolor y la amargura que tenía por dentro el padre Lisandro, lo dejó que se calmara y espero a que continuara. “Después de algunos días, me di cuenta, que para desgracia mía, la pobrecita de mí hermana, la inocente jovencita, sentía exactamente lo mismo que yo sentía, se encontraba al igual que yo, envuelta en las redes de un amor criminal y perverso. Doblemente prohibido y condenado por la religión y por la sangre. Fueron días de angustia, de pena, de incertidumbre y desesperación, muchas veces pensé en largarme de la hacienda y no volver nunca jamás, de tirarme a un barranco y terminar con mi


existencia, pero la imagen de mí hermana me impedía hacer todo esto, llegue a sentir que ya no era yo, que era otro al que no conocía, jamás en toda mi vida había sentido esos arrebatos de deseo y lujuria, no tenía a quien recurrir en busca de ayuda, este era un terrible secreto que me había condenado a llevarlo solo. Una noche llegó hasta las puertas de la hacienda un propio con la noticia que un pariente cercano de mi padre había muerto en la ciudad de Durango, por lo que mis padres salieron de inmediato a acompañar a los familiares, cuando estaban subiendo a la carreta, recuerdo que volteo mi madre y me dijo: - cuida mucho de tu hermana, como hermano mayor que eres – después la carroza partió dejándonos a los dos en una soledad muy profunda, que considero ese fue el motivo para que el amor que sentíamos los dos se consumará, mi actitud criminal y la inocencia de la muchacha, fueron los factores determinantes para que aquella terrible falta se pudiera realizar”. El coronel revolucionario, se llevó la mano derecha a la frente e hizo el intento de rascarse, como una manera de distraer su mente y alejarla un poco de lo que estaba escuchando. A manera de consuelo le dijo al capellán: Considero que usted no fue culpable de un arrebato cometido en una noche, hay cosas que no se pueden evitar. Pero el padre Lisandro como no queriendo recibir conmiseraciones le hizo señas con la mano que se callara y lo dejara continuar. “No fue sólo de una noche coronel, fueron muchas noches después. No supe ni como, ni de que manera, pero el caso es que mi padre descubrió todo lo que estaba aconteciendo entre mí hermana Fernanda y yo, sin darme ninguna explicación ni pedírmela tampoco, un día sólo me ordeno – prepara tus cosas, mañana a temprana hora te llevaré a la estación de ferrocarril de Durango, para que partas a la capital de México – me acompañó a la estación de trenes y sin decirme ni una sola palabra de cariño ni de reproche, mucho menos de perdón, lo vi alejarse para siempre. Nunca supe cual fue el castigo o la solución que mi padre tomó contra mi hermana Fernanda. Ni tampoco supe cual fue el sendero que tomo el fruto de ese amor criminal que habíamos tenido. El coronel revolucionario, gurdo silencio, ya había hilvanado la historia que el padre Lisandro le estaba contando, por lo que dejo que este terminara: “Desde que salí de la hacienda nunca jamás supe nada de mis padres de ni de mí hermana, a pesar de que sabían en qué lugar me encontraba, jamás recibí una sola carta ni un comunicado de parte de ellos, mi vida desde entonces fue un verdadero martirio, estaba totalmente ignorante de todo lo que acontecía en la hacienda, ni tan siquiera tenía el valor de dedicarme a mi apostolado, por lo que lo único que me quedaba era vagar y mendigar comida y alojamiento. Por eso al verme ante los restos de lo que había sido mi hermana y del que hubiera sido nuestro hijo, sentí que caía sobre mí todo el peso del mundo, nunca como antes comprendí el grave error que había cometido en mi vida, el destrozó que había hecho de un hogar, la muerte de mis padres y la muerte de Fernanda y su hijo. Todo para mí era espantoso, sacrílego, horrible”. Ante ciertas catástrofes morales parecen insignificantes las tragedias físicas. El mismo coronel revolucionario se sintió consternado, conmovido ante el dolor del padre Lisandro. Ordenó se diera cristiana sepultura a los despojos encontrados entre los muros de la casa grande de la hacienda, dos días después se reanudo la marcha de las fuerzas rebeldes hacia Chihuahua. En la ciudad de Parral, se les presentó un fuerte combate con las fuerzas federales, al final de la misma, se dieron cuenta que en el campo de batalla yacía muerto el padre Lisandro. Para esas fechas había abandonado la vestimenta sacerdotal y vestía la indumentaria de los revolucionarios, en cuyas tropas siguió militando. Muchos rebeldes heridos se puede decir que le debían la vida, siempre se sacrifico en bien de los


demás. Cuando murió en el campo de batalla, hubo muchas plegarias silenciosas entre los soldados y soldaderas que habían convivido por mucho tiempo con él, nunca nadie llegó a saber de su crimen, pues el coronel le prometió que guardaría el secreto hasta su tumba, cuando lo levantaron del campo de batalla una sonrisa afloraba en sus labios, parecía indicar a sus amigos, que aquel que todo lo puede, lo había perdonado.


La región del Mezquital

Uno de los municipios más pintorescos del Estado de Durango, lo es sin duda la región del Mezquital, que cuenta con grandes extensiones de zonas madereras, ganaderas y agrícolas, pero una de las cosas más importantes de este municipio es sin duda sus habitantes, que forman etnias indígenas que conservan desde hace siglos sus costumbres y su idioma. El coronel Ludovico Acosta, fue enviado por parte del gobierno federal a recorrer aquella región, con la única razón de que se cerciorará personalmente cual era la situación que reinaba entre los indígenas del Mezquital, puesto que se habían recibido rumores en el sentido de que individuos interesados en crear problemas, los andaban alborotando para que se alzaran en contra del gobierno. El coronel había realizado su viaje en calidad de observador, sin tener ninguna intervención, solamente se le había ordenado por parte de sus superiores que viera lo que en realidad estaba pasando y que informara cuando ya tuviera un panorama definido. Por tal motivo había estado viajando en calidad de eso, un simple viajero, para ello había utilizado los servicios de una especie de diligencia tirada por una recua de mulas que se dedicaba a trasportar pasajeros por los poblados de la sierra. Había estado en el poblado de Llano Grande, Los Charcos, El Troncón y en ese momento se dirigía a Santa María del Mezquital. Comenzaba a anochecer cuando llegaron a Santa María, la luna en creciente, estaba casi a la mitad del cielo, y su débil claridad se mesclaba con las últimas luces del crepúsculo, dando a todos los objetos un aspecto fantástico, aumentando sus proporciones con la indecisión de los perfiles. Mucho interés tenía el coronel Acosta, en conocer la población de Santa María del Mezquital, le habían hablado tanto de este lugar que sentía la impaciencia por conocerlo, le habían dicho que era un lugar realmente histórico en donde se conservaban íntegramente las tradiciones heredadas de siglos por los primeros pobladores de estos lugares, se multiplicaban las leyendas que brotaban de cada uno de los cantos que habían inspirado aquellas rocas sagradas para todos aquellos que habían tenido el privilegio de conocer esa región. Así que conforme fueron llegado y penetrando en la cañada que se encuentra ya para llegar a la población, en aquellas horas tan misteriosas, la imaginación del coronel se exaltaba y parecía que


escuchaba el alarido de los hombres lobos que se decía resguardaban por siglos el lugar, unidos con los gritos de los soldados españoles muertos que quisieron apoderarse de las riquezas de la región y los fieles guardianes del lugar se lo impidieron. Con asombro los viajeros contemplaban aquellos enormes peñascos y Santa María del Mezquital, les parecía inmensa concha de granito que había cerrado sus valvas gigantescas para abrigar como una perla a los valientes indios que no permitieron que los soldados españoles los sometieran como lo hicieron con el resto del país. Del ejemplo de estos guerreros, salió el germen de un pueblo que debía crecer y robustecerse cada día, reconquistar su pasado y conservar sus tradiciones como lo han hecho desde la época de la llamada conquista española. Había en Santa María una especie de mesón al que llegaban todos los viajeros que de distintas partes de la región del Mezquital llegaban a este lugar, todos fueron acomodados en cómodas habitaciones y a las ocho de la noche estaban ya sentados en la mesa del comedor dispuestos a degustar de los alimentos que les servirían. La conversación de sobre mesa, tomo un carácter de familiaridad muy agradable, porque los comensales eran pocos y todos habían llegado en busca de la impresión que había de causarles aquel lugar. Frente al coronel en la mesa, se sentaron un indígena mestizo puro, muy joven que representaba a lo mucho unos diecisiete años, y a su lado una señora que parecía que ya rebasaba con facilidad los cincuenta, por lo que no podría decirse a simple vista que era la madre de aquel joven indígena que mostraba maneras de gente educada, además de que se comportaba como un hombre de más edad. Los dos hablaban el español correctamente y tuvieron la delicadeza de no dirigirse entre sí en su dialecto de nacimiento, por temor de que los presentes no los comprendieran. Cuando terminaron de comer, ya todos los presentes de alguna manera se habían enterado, que la señora mayor era la mujer del indígena que se llamaba Atalo Berroche, pero su mujer lo llamaba siempre “Talo”. Quizás Atalo, llegó a comprender que a los presentes les tenía en ascuas la marcada diferencia de edades que entre los dos había y el profundo cariño que se mostraban, por lo que en cierto momento el indígena Atalo se dirigió en forma personal al coronel y le dijo: - me imagino que ya se habrá dado cuenta que mi mujer tiene más edad que yo. El coronel de pronto no supo que contestar, porque haber dicho lo contario, sería una mentira, que se le hubiera visto en los ojos y por otro lado sería también una falta de galantería con aquella señora, que sonreía dulcemente cuando oyó la pregunta de su marido y lo miraba con una profunda ternura. Pues le puedo decir, que las apariencias engañan, yo soy mayor que mi mujer, cuando menos unos treinta años. Y esto se los puedo asegurar a todos bajo mi palabra de honor. Ninguno de los presentes se atrevió a abrir la boca, si aquello lo hubiera dicho en son de broma, posiblemente hubiera provocado la risa de los presentes, pero lo que había dicho el indígena, tenía todos los rasgos de la solemnidad, su voz tenía las vibraciones de una profecía y sus ojos no se dirigían a los presentes, sino que su mirada parecía perderse en lo infinito. Después dirigiéndose a todos, como si se tratara de un profesor impartiendo sus materias a sus alumnos les dijo:


No es un secreto ni quiero hacer un misterio de lo que les voy a contar a ustedes, aunque creo que después de que les cuento lo que en seguida van a escuchar, me tomaran por un loco, y hasta van a tener lastima de mí, o lastima de mi mujer, pero es verdad lo que les dijo. La señora que se veía bastante mayor que su marido, oprimió entre sus manos el brazo de su esposo, apoyó su cabeza en el hombro de él y vieron como se le llenaban sus ojos de lágrimas. Todos los que estaban presenten en aquella mesa, estaban como engarrotados y hasta dos muchachas que servían la mesa permanecían inmóviles con los platos y los cubiertos que acaban de levantar en sus manos. La luz de las lámparas de petróleo parecía que alumbraban menos, aquel hombre, que en realidad a la vista de todos parecía un muchacho, empezó realmente a preocupar a todos, por no decir a sugestionarlos, continuo diciendo: Pues bien, para empezar les diré que todo comenzó cuando tenía yo 35 años de edad, era ya un hombre que le gustaba el trabajo, me consideraba inteligente, amaba con todo mi alma a mi mujer aquí presente, que por aquel entonces tenía como 15 años de edad, y que vivía con su madre en la población de Huazamota, no eran ricas, pero si tenían algunos bienes que su padre al morir les había dejado, que con trabajo bastaba para cubrir las necesidades de las dos mujeres que no tenían pariente alguno. Nuestro amor había nacido cuando éramos niños, y yo sólo esperaba formarme un caudal propio para casarme con ella, pues para eso no sólo contaba con la aprobación de la madre, sino que la buena señora, me quería como si yo fuera su propio hijo, pero aun así tenía sus dudas, no le gustaba mucho la diferencia de edades, consideraba que yo era demasiado adulto para su hija que apenas estaba por cumplir los 15, por lo que fue a consultar con el padre de la parroquia de San Francisco del Mezquital, el señor cura Librado Ventura, él le dijo que no podía permitir que ese matrimonio se realizara, que era yo demasiado mayor para formar un hogar con la joven de apenas 15 años, además que las leyes de la santa iglesia se oponían rotundamente a que un matrimonio de esta naturaleza se pudiera concebir, puesto que estaba destinado al más profundo de los fracasos. Por lo que la señora dio marcha atrás y los preparativos del matrimonio quedaron en suspenso. Desesperado por la negativa de la madre, trate de hacer mil cosas, pero ninguna me parecía correcta ni realizable, por lo que sólo una idea se me vino a la mente, matarme, para que quería yo la vida sin el amor de mi adorada, resuelto me fui al monte en busca de una cañada bastante profunda, para lanzarme dese lo más alto y terminar de una vez por todas con mi sufrimiento. Cuando estaba a punto de hacerlo y sólo miraba la oscuridad de las profanidades de esa barranca, de pronto escuche una débil voz que me decía: Espera, que es lo que vas a hacer, la vida no es tuya para que te la quites. Al voltear la cabeza vi a un anciano de mirada bondadosa, la mirada más limpia que jamás había contemplado, aquel buen hombre inspiraba toda la confianza del mundo, por lo que no tuve ningún empacho en contarle cual era mi pesar, al final de mi relato, me envolvió en esa mirada limpia que tenía y me dijo: Todo en este mundo tiene solución, existe una manera de que permanezcas joven para toda la vida, nunca serás viejo, los años y el tiempo pasaran sin tocarte, jamás envejecerás. Quieres conocer el secreto que te ofrezco. Respondí de inmediato que sí, no me importaba lo que pudiera pasar, solamente quería ser joven para estar al lado de mi amada. Entonces el hombre aquel me dijo:


Sigue este sendero que te estoy señalando, no te desvíes de él, caminaras por horas, tal vez días, hasta que encuentres un pequeño poso a ras de tierra del que frota un agua cristalina, toma de aquella agua lo suficiente para saciar tu sed, únicamente la que puedas tomar, no trates de llevar ni una sola gota contigo. El indígena permaneció un rato en silencio, durante el cual todos teníamos los ojos clavados en él. Tome de aquella agua cristalina que manaba del pozo pequeño que encontré después de dos días de estar caminando, hasta saciar mi sed que para entonces era mucha, caí rendido a un lado del pozo y me sumí en un profundo sueño, al despertar me encontré ligero, estaba yo en el espacio como suspendido, veía como se alejaba de mí el pozo del agua que apenas unos instantes había bebido, no era más que una mancha de niebla sobre la inmensidad de la serranía, porque la tierra, sin arrastrarme en su movimiento, caminaba vertiginosamente flotando en lo infinito. El indígena volvió a callar, ninguno de nosotros se atrevió a mirar a los demás, por temor de encontrarnos a un rostro burlón, ninguno creíamos aquella historia, pero había algo en ella que nos obligaba a creerla. El indígena continúo diciendo: Cuando llegue al pueblo, lo primero que hice fue buscar a mi amada, para fortuna mía, paso frente a donde yo me encontraba, inmediatamente que la vi salí a su encuentro, quise colmarla de caricias, pero ella me rechazó como se rechaza a un joven intrépido y molesto, le pedí por favor que me acompañara a sentarnos en una de las bancas del parque, entonces le conté a mi amada que era yo, que el haber bebido de una fuente mágica me había convertido en un joven, ahora ya no había impedimento para casarnos, ella se negaba a creer lo que le estaba diciendo, entonces le repetí las últimas palabras de nuestras conversaciones y hasta el más insignificante detalle de lo que habíamos vivido meses atrás. Pasaron algunos años, ella había cumplido los 28 años de edad y yo seguía teniendo 17, su madre había muerto, al igual que mis padres, le pedí que nos casáramos y se opuso por la diferencia de edades, pero yo la obligué, nos unimos hace 30 años y seguimos siendo tan felices como el primer día. ¡Señores! – les dijo Atalo el indígena - Esta es mi verdadera historia, pueden creerla o burlarse de ella, lo que importa es que mi mujer y yo somos felices. Al terminar de decir esto, tomo a su mujer por el talle y se alejaron del comedor como si se tratara de dos jóvenes enamorados. Sin hacer comentarios todos los viajeros se retiraron a sus habitaciones, el coronel fue el último en salir, prendió un cigarro y camino hacia los árboles que rodeaban la casa, no alcanzaba a poner en orden sus pensamientos, en lo único que pensaba era que sí había algo de verdad en aquella historia, o si se trataba de dos locos, o tal vez de un loco y una mártir.


Los niños del colegio

Todos se arrodillaron, parecía que una nube de incienso se había tendido en las alfombras desbordando el lino del comulgatorio. Era una bruma de velos sólo manchada por la nota oscura de los cabellos negros o la blonda aureola de los cabellos rubios. La luz tenía caricias para el estuco pálido del altar, prendía estrellas de oro en cada cornisa, en cada candelero, arrancaba chispas de color del candelabro, iluminaba los dorados del misal, parecía incendiar el cáliz, y en medio de aquellos reflejos, el padre Marquitos, anciano blanco, grave, envuelto en la casulla de bordados brillantes. Las ráfagas del sol dibujaban su banda diagonal en el espacio rompiendo nubes de incienso, parecían un chorro de luces de bengala al inflamar los vidrios de colores. El padre Marquitos, descendió lentamente la hostia pequeña y alba, el monaguillo rojo al lado, la patena arrojaba su reflejo a aquellos rostros de siete años, perfilaba dulcemente los entreabiertos


labios, alargaba la sombra de los ojos bajos, mientras el órgano, con acentos poderosos de guerra, hacía retemblar las bóvedas del templo. ¡Te has fijado que hermosa está la mañana! Decían algunas de las madres orgullosas al salir del templo con la frente en alto después de haber asistido a la primera comunión de sus hijos. ¡Pero mira! Que mal aspecto presenta aquel mutilado que pide limosna en el atrio! Pues, no se quedan atrás aquellas muchachillas sucias, que están curioseando en la puerta y que te aseguro que no han hecho todavía su primera comunión- le decía molesta una de las madres a otra que la acompañaba mientras trataba de proteger a su hijo de aquellas niñas sucias. Sin hacer caso de los pordioseros que extendían su mano en busca de una caridad ni de las niñas sucias y harapientas que a gritos pedían su bolo. Las madres tomando de la mano a sus hijos se dirigieron a los salones del colegio que estaban arreglados a todo lujo, las mesas tendidas, las tazas azules coronadas de flores, el techo con guirnaldas, las paredes con banderolas y coronas de ciprés, el altar de la Virgen como una ascua, y el suelo sembrado de amapolas pisadas, pétalos de rosa manchados de ladrillo. La música de cuerda se escuchaba con tonos melodiosos en la otra pieza. Una religiosa con el hábito carmelita, pulcramente calzado, repetía ordenes. ¡No vayan a escupir! Enjuáguense la boca antes del desayuno, ¡Martina levanta a Lucerito, no alcanza la banca! ¡Los velos guárdenlos en el salón de geografía! ¡Robertito ponte la servilleta no te vallas a ensuciar! Los que no estén en orden no se les servirá el desayuno. Los gritos se cruzaban en aquellos elegantes salones, un mesero con pantalón negro y chaqueta roja, hacia equilibrios para pasar las tazas de chocolate, las canastillas de los biscochos puestas en las mesas, estaban ya vacías, había niños que comían pan a secas, otros lloraban porque se les había volteado el chocolate en el blanco mantel, una de las niñas se negaba a comer, argumentando que ella solo comía lo que le servían en casa. Una de las monjas Carmelitas que portaba un delantal blanco sobre el hábito, hizo sonar una pequeña campana metálica que llevaba en la mana, era la señal para cantar en coro “Oh Virgen María” mientras que la profesora de solfeo subida en un pequeño banquito, agitaba las manos tratando de llevar el ritmo del canto como si estuviera dirigiendo una orquesta sinfónica. Algunos niños cantaban con la boca llena de pan. Después la madre Georgina que en todos los actos del colegio fungía como maestro de ceremonias, anuncio que en seguida la niña Lupita del Campo, había sido elegida para que en nombre de sus compañeritos dijera las palabras alusivas al acto. La niña con el uniforme impecable y los zapatos de charol relucientes, desenrolló un papel atado con un listón azul. La alocución que le había ayudado a preparar el profesor de escritura decía así: “Lleváis una estrella en la frente, la de la pureza, la vida es un mar, recordad en las horas de borrasca este día, y que no naufrague esa estrella que, como la de los Reyes Magos, os llevará al cielo”.


La vida era una borrasca, era verdad, todos recordarían alegres aquel día en que fueron llevados a comulgar por primer vez en sus vidas, hasta aquellos niños sucios y harapientos que no se les permitió la entrada a los salones del colegio y que esperaban que al final pudieran alcanzar algo de la comida que los niños ricos no quisieran, así es la vida que suele llevar olas muy amargas, las sombras de hacen en el alma, todo parece haber sido acomodado para que algunos tuvieran de más y otros no tuvieran ni tan siquiera lo indispensable. Pero en aquel colegio de monjas, en donde solo tenían cabida los niños de padres ricos, no parecía haber un solo sentimiento blanco, un sentimiento puro, como el velo del crespón que llevaban las niñas y los niños una estrella en la frente. Cuando existen privilegios en esos cuadros místicos de la infancia, cuando el alma es un templo vació, mudo, sin incienso y sin creencias, entonces se dice con amargura incurable ¿Qué no son todos los niños hijos de Dios? Pasaron los años y aquel colegio para niños, por alguna razón fue cerrado, uno de los niños que aquella mañana había hecho su primera comunión, convertido ya en un hombre maduro y que por algunas circunstancias tuvo que abandonar la ciudad de Durango para irse a vivir al extranjero, regreso a este lugar después de muchos años y en lo primero que pensó fue en visitar su viejo colegio, después de algunas dificultades se dijo a si mismo: “No hay duda esta es la casa”. Lo encontró todo igual, es verdad el tiempo lo había hecho más triste, porque estaban manchadas las paredes con las huellas de la lluvia, y el musgo dibujaba en ellas siluetas verdinegras, el santo de cantera, el roto macetón de la azotea, el balcón mohoso, la entrada angosta, parecía que todo estaba igual, sólo que en la ventana de la dirección no se veía la jaula del loro locuaz, ni aquellos tiestos de geranio y rosa de Castilla. Con que emoción aquel hombre maduro, leyó el rotulo que en fondo negro y letras blancas casi borradas por el tiempo, decía: “Colegio Religioso para Niños”. El visitante subió la escalera de mampostería, como siempre ardía en el descanso la lamparilla frente a la figura de piedra de la Virgen del Carmen. Asomó tras el portón pintado de verde, no la joven aquella a la que todos llamaban “la pelona” por llevar el pelo demasiado corto y que se encargaba de cuidar la puerta, ahora era una viejecilla enjuta, envuelta en el silencio de la casa, conservaba el aire discreto de la sirvienta. Lo primero que le pregunté fue por el señor Landeros. Hace tiempo que… - le respondió con aire compungido la viejecita aquella, llevándose el delantal a los ojos, sólo alcanzó a decirle: Pase usted. Hasta ese momento se dio cuenta que el señor Landeros había muerto, aquel hombre intachable, aquel cuyo recuerdo apenas vive en tantos que, como aquel hombre maduro, le debieron tanto, estaba seguro que ninguno de los cientos de niños que pasaron por aquel colegio, lo acompañaron en aquella pieza desmantelada que conocía tan bien. El mobiliario miserable de aquella sala pobre, la mesa sin una pata, el sofá raido, el estante de libros


viejos, una vieja esfera terrestre, aquel diploma pegado a la pared que le dio una vez la Madre Superiora en medio del patio y con la presencia de todos los alumnos, como un reconocimiento a sus años de servicio en el colegio. En medio de la pieza el catre de hierro, y sobre sus tablas desnudas aquel viejo traje negro que uso toda su vida. En ese pequeño cuarto vivió gran parte de su existencia don Nicolás Landeros, el hombre que llevaba el control de todo el colegio, con un grueso manojo de llaves colgando de la cintura de su pantalón, realizaba trabajos de carpintería, albañil, fontanero, jardinero, pintor, tocaba la campana para la entrada y salida de clases y por las noches era el velador. Que elocuente aquella soledad silenciosa, donde antes todo era bullicio, pobre señor Landeros, no lo puede acompañar en sus últimos días – pensaba aquel viejo alumno del colegio, se sentó en una destartalada silla que estaba en el cuarto y se puso a pensar en el pasado, a recordar viejos tiempos idos: ”Recordó aquella mañana cuando oía la voz de su madre que le gritaba”: ¡Van a dar las ocho! Recordaba aquel mal humor con que se levantaba, aquellas cóleras diarias contra la criada que no restregaba con demasiada fuerza el zacate y el jabón al lavarle el pescuezo, la brusquedad con que pasaba el cepillo por los cabellos aun rubios, el desayuno apurado de pie y aquel desconsuelo al tomar la mochila donde guardaba el libro de Mantilla y el catecismo del padre Ripalda. ¡Las ocho acababan de sonar! Era la hora de entrada, llorando todavía llegaba al colegio, la criada lo veía subir desde el zaguán, mientras le gritaba antes de tirar del grasiento cordón de la campanilla. “Ven por mi a las doce en punto”. Parece ver aquella entrada del colegio, con aquel techo lleno de pelotas de papel mascado, los letreros en papel cartoncillo donde nos recordaban que “el amor al prójimo era el comienzo para una vida de muchas virtudes” los mapas colgados de las paredes, las muestras de dibujo, el sistema métrico decimal, el Corazón de Jesús al frente sobre un reloj que daba la hora de entrada y salida. La plataforma pintada de negro y encima la meza del maestro Lorenzo Quintero, sobre la cubierta un tintero en forma de ciervo, la regla, los planos en orden, los libros formando pilas. En el salón del maestro Quintero que impartía la clase de gramática, había dos hileras de bancas y mesas con sus tinteros de plomo, sus candados en las tapas de las papeleras, y sobre la cubierta de las mesas de trabajo había infinidad de nombres gravados con navaja. A nuestro personaje le parecía volver a aquellos tiempos, sentía el aire fresco de aquella mañana, el olor del ladrillo recién regado, el sol entrando por el balcón abierto, el señor Landeros regando el jardín con la manguera en la mano y gritando a los niños: “no pisen el prado, que les parecería que pasara yo pisando sobre ustedes, también las plantas sienten”. Recuerda aquel niño llamado Jacinto López, que se encargaba todas las mañanas de borrar concienzudamente lo que se había escrito el día anterior en el pizarrón. A Miguel Arienzo que era el primero en pedir permiso para salir al baño. A Carlos Ramírez que siempre oculto tras la tapa de la mesa, comía un pan de virote relleno de cajeta. Escondidos tras las caratulas de los catecismos, platicaban despreocupadamente Raúl Zamudio y Florentino Mejía.


Que épocas inolvidables, se decía una y otra vez, nuestro personaje, recordaba que cuando eran alumnos del colegio, no se cuidaban ni del día ni del mes, sólo para saber la temporada de los juegos, por ejemplo cuando se debía jugar a las canicas, cuando al balero, cuando concluía el reinado del trompo y cuando comenzaba el de los huesos de chabacano. De pronto se le vino nuevamente a la mente la figura desgarbada del señor Landeros y no pudo evitar un suspiro al tiempo que decía: “Pobre señor Landeros ¿Cómo habrá muerto? Después se preguntó a si mismo: ¿Qué se habrán hecho los compañeros de colegio, porque no había venido ni uno sólo a recoger la última mirada dulce, como la tenía el señor Landeros. También recordó el día en que todo el grupo de tercero hizo la primera comunión, cuando se repartieron premios, recordó el día en que termino el libro del padre Ripalda, y dejó el colegio, cuando ya no usaba pantalón corto, como tampoco olvidaba el día en que el señor Landeros, le regalo una estampita de San Juan Bosco, y conmovido llorando se despidió de él, al tiempo que le decía: “Qué Dios me permita verte cuando regreses hecho todo un licenciado”. “Pobre viejo” Como dirían algunos, ya descansa,- se dijo para sus adentros, mientras se alejaba con una tristeza profunda, al tiempo que un grupo de niños pasaban formados por la acera de enfrente del colegio, reían contentos, al parecer iban a un colegio, que algún día tendría que cerrar como cerró ese.


Pelea de gallos

Las peleas de gallos son casi una religión en el poblado de “Los Otates” del municipio de San Juan del Río, en el Estado de Durango, para ser más claros había pelas todos los días del año, no se diga los días de fiesta que eran por los meses de octubre y noviembre, fecha en que se celebraba a la santa patrona del pueblo “Santa Isabel de los Desprotegidos”Aquel martes 12 de octubre, muchas gentes no fueron a comer a sus casas, se estaban jugando en el palenque dos partidas de gallos muy importantes, nadie podía distraerse ni por un instante, una de las partidas pertenecía al que fuera coronel revolucionario don Aquiles Pereira y la otra era propiedad de don Magdaleno Núñez, del rancho “La Cariñosa” que desde hacía años se habían entablado en resonadas peleas y cualquiera de los dos sólo tenía en mente acabar con todos los gallos del contrario, en ocasiones ganaban los gallos del coronel Aquiles y en otras barrían los gallos de don Magdaleno Muñoz, pero lo que si es cierto, es que cada año cuando menos tres docenas de gallos dejaban de pertenecer a los corrales de estos aguerridos galleros. Ese día martes 12 de octubre de 1923, lo que estaba pasando era algo realmente pocas veces visto, al coronel Aquiles, le habían matado ya cuatro gallos seguidos, los cuales, para que más que la verdad, habían muerto en buena lid, aunque a decir verdad, el quinto había corrido en forma más que vergonzosa y cobarde. En lo que iba del día solamente una vez había ganado el ameritado coronel revolucionario, lo que lo tenía con el ánimo hecho trisas. Los seguidores de don Magdaleno Núñez, del rancho “La Cariñosa”, estaban enardecidos con el ánimo por las nubes, cada vez que ganaba un gallo de don Magdaleno, lanzaban sus sombreros al aire, además de que ya llevaban bastantes pesos metidos en la bolsa. No así don Magdaleno Núñez, que era de carácter muy distinto, ganaba sin ruido ni vanidad, y aun procuraba contener a su colega, aceptando las reclamaciones que este alegaba, en defensa del honor de sus vencidos combatientes, pero lo cierto es que estaba ganando. El cabo Liborio Mejorado, que era desde hacía años el asistente del coronel Aquiles, siempre acompañaba a su superior a cualquier lugar que este fuera, no se diga cuando se trataba de asistir a un palenque para soltar sus gallos, pero en esa ocasión por medio de los corredores, estaba apostando el triple contra la partida de su jefe el coronel Aquiles Pereira, de cuya derrota estaba


seguro, era gran conocedor de los gallos, sabía el comportamiento de cada uno con tan sólo ver cuando lo soltaban, en esa ocasión tenía una gran confianza en los gallos del rancho “La Cariñosa”. Como a eso de las seis de la tarde, el coronel Aquiles Pereira, mando traer un par de botellas de coñac, y tras esas dos fueron viniendo otras y otras, que exaltaron los ánimos, ensancharon las apuestas y avivaron las rivalidades. El coronel Aquiles Pereira, para esas horas se encontraba sudoroso y sofocado, maldecía con todo lo imaginable y lo no imaginable a sus gallos y amarradores, le echaba la culpa a las navajas, al terreno, al calor y a la madre que pario esos gallos perdedores, confirmando con cada derrota la inferior calidad de sus gallos, ya no sólo decía insolencias en voz baja o entre dientes, ahora las decía a grito abierto, pidió que sacaran de inmediato a una cancionera que ningún daño le hacía a nadie, solamente alegraba el momento con sus canciones, y a punto estuvo de ofender de obra a don Magdaleno Núñez, a quien le reclamaba algunas malas acciones que, según él, había cometido su soltador, pero nada de eso era cierto, sólo por la prudente actitud del dueño del rancho “La Cariñosa” las cosas no llegaron a mayores. Como a las diez de la noche, las peleas se suspendieron para que los presentes salieran a comer algo, ya que muchos de ellos tenían más de 24 horas que no probaban alimento. El coronel Aquiles Pereira y don Magdaleno Núñez, se fueron juntos a comer a la fonda de Petronila Alcántara, a quien todos llamaban “La Rielera”, por haber sido esposa de un maquinista de trenes que fue muerto durante la revolución, “La Rielera” les tenía preparada una mesa grande como para diez personas, ahí se sentaron además del coronel Aquiles y de don Magdaleno, José Ampudia el dueño del rancho “Las Margaritas” que también traía una partida de gallos para jugarlos con quien se pusiera al frente, don Tomas Gómez, el dueño del palenque, el juez del registro civil y el recaudador de rentas, que habían obtenido muy buenas ganancias apostándole a los gallos de don Magdaleno, y algunas otras gentes de menor categoría que llenaron la mesa. “La Rielera” les sirvió esa noche platos de mole y barbacoa de borrego, no faltaron para darle sabor a la comida, botellas de brandi, tequila y mezcal que animaron más los ánimos. Desde el principio de la comida, los dos galleros principales no hablaron ni una sola palabra, permanecían como sumidos en sus pensamientos, incluso comieron muy poco y fueron parcos en el beber, como a la mitad de la comida llegó el cabo Liborio Mejorado, que se acerco a su jefe el coronel Aquiles y algo le dijo al oído, los que estaban cerca sólo pudieron escuchar que se refería a un gallo giro que había llegado, escucharon también cuando el coronel le dijo: A ese lo reservas para la media noche, a la hora de las apuestas fuertes. Cuando el cabo Liborio hubo abandonado el lugar afuera lo estaba esperando su compadre Carmelo Cruz, que de inmediato le pregunto: ¿Qué fue lo que le dijiste al coronel? Pos, que había llegado el gallo giro que mando traer del rancho. ¿Y es bueno ese gallo? Lo mejor que yo conozco. ¿Entonces le puedo apostar con toda confianza? Pos, yo diría que sí.


La comida siguió adelante y los tragos también, en medio de discusiones sobre acciones cometidas por los gallos en las peleas, aunque siempre quedo la razón por parte del coronel Aquiles Pereira, aunque el dinero había pasado del lado de don Magdaleno Núñez. Como a eso de las doce treinta de la noche, volvieron todos al palenque, todavía algunos con las bocas llenas, impacientes por continuar las apuestas, don Magdaleno procuró que su rival le ganara una pelea de poca monta, con bajas apuestas, pues todos se dieron cuenta que mandaba a la pelea a un gallo de muy baja presencia, pero en seguida gano cuatro de interés monetario considerable. Eran como las cuatro de la madrugada cuando el coronel Aquiles sudando copiosamente y con grandes cantidades de alcohol en su cuerpo, y hecho una furia por las últimas derrotas, ordenó que trajeran al gallo giro, provocando la apuesta más gorda de toda la jornada, pero don Magdaleno ya estaba preparado por si se presentaba tal caso, y ordeno que sacaran del cajón un gallo colorado en el que tenía puesta su más absoluta confianza, lo que provocó un gran ruido dentro del palenque, se dejaron escuchar de inmediato los gritos de los corredores, las apuestas se cruzaban por todos lados. El giro parecía un autentico ganador cuando lo soltaron en la tierra, caminaba seguro y con la mirada puesta en las alturas, se trataba de un autentico representante del rancho “Los Sauces” propiedad del coronel Aquiles Pereira, mientras que el colorado llamaba poderosamente la atención por su imponente figura, más cuando se paseó garboso por el piso como retando abiertamente al giro. En el palenque se empezó a sentir un ambiente de peligro y de muerte, pareciera que aquella pelea era un asunto de amor propio, en donde estaba en juego la dignidad de los dos galleros. Se amarraron las navajas, se cerraron las apuestas y los gallos fueron soltados, la lucha tuvo principios dramáticos, el giro volaba alto y sus navajas surcaban los aires buscando asestar el certero golpe, pero no lograba tocar al adversario que parecía esperar, agazapándose, a que su enemigo se fatigara, el giro se detuvo al cabo, picando la tierra, mientras alrededor de su cresta encendida, formaba con las plumas del cuello un cerco de oro; parecía provocar y calcular a la vez. Repentinamente se lanzó sobre su enemigo, abriendo poco las alas, casi sin volar; en cuestión de medio segundo, echó atrás todo el cuerpo y sus dos espolones se cerraron sobre el gallo colorado con inaudita fuerza. Un grito unánime se dejo escuchar en todo el palenque, el gallo colorado estaba mortalmente herido, lo que aprovecho el giro para acometer otra vez, y luego otra y otra y otras muchas más, ciego, sin cálculo como un novato que se deja llevar por el supuesto triunfo, mientras el colorado retrocedía tambaleándose hasta pegar en la valla. Ya iba a caer y los espectadores se preparaban para lanzar al aire el grito de victoria, puesto que casi todos habían apostado tronchado al gallo giro, cuando el colorado haciendo un esfuerzo supremo, saltó sobre el giro y le asentó un duro golpe, se trataba de un golpe mortal como muy pocas veces se han visto, el giro herido de muerte, dio un paso atrás y calló muerto; el gallo colorado hizo un esfuerzo increíble, llegó hasta donde estaba tirado el giro se subió sobre su cuerpo y también cayó muerto. Murió sin hacer ninguna convulsión, tranquilo, quieto, como sabiendo que era el triunfador. El juez de la pelea sin esperar a consultar el veredicto con otros, se situó en el centro del palenque y gritó con todo lo que le permitían sus pulmones: ¡Gano el colorado, perdió el giro! El vocerío aguardentoso y sumamente furioso, como si nomás esperara esta decisión, estalló en el palenque con algazara infernal, sin que pudiera distinguirse una voz de otra, la gente se apiñó en el circulo de peleas, gritando como desesperados sin que nadie entendiera sus protestas, amenazaban con sacar las pistolas, pero en realidad no sabían contra quien disparar, puesto que casi todos le


habían apostado todo su dinero al giro. Cuando de pronto se escucho una voz sobreponiéndose a todas por el timbre chillón y por el asentó de ira, grito en medio de aquel caos que representaban todos los hombres llenos de ira y coraje que no podían aceptar lo que estaba pasando: ¡El coronel Aquiles! ¡El coronel Aquiles! ¡Lo han matado! Sobre el regazo de su asistente que le sostenía la cabeza con sus manos yacía el cuerpo del Coronel Aquiles Pereira, una considerable mancha de sangre, se extendía por todo su pecho tiñendo de color rojo la camisa blanca que llevaba esa noche. Todos callaron como obedeciendo una orden, algunos trataban de abandonar el palenque sin esperar el resultado de la pelea, don Magdaleno un poco repuesto de la emoción que le había causado la forma en que se había terminado la pelea, grito con desesperación: ¡Cierren las puertas! ¡Qué nadie salga! Alguien de los ahí presentes le comento al compañero de lado: Mira a don Magdaleno le interesa más que no se le valla todo el dineral que gano en esta última pelea, que estar junto al difunto Aquiles. Como si don Magdaleno quisiera dar respuesta a todos los rumores que se escuchaban en el interior del palenque, volvió a gritar: ¡Qué nadie salga! Aquí se ha cometido un crimen y tenemos que aclarar quien ha sido el homicida. Al escuchar esto, la gente empezó a calmarse, el silencio se fue apoderando del recinto, todos mostraban interés en que se aclarará quien había sido el que termino con la vida de el coronel Aquiles. Don Magdaleno al ver que todos guardaban compostura, empezó a apoderarse de la situación, se situó en el centro del círculo del palenque y alzando las manos como si se tratará de un político en campaña les dijo: Señores para empezar, considero que en esta última pelea, no hubo ni ganador ni perdedor, los dos gallos murieron casi al mismo tiempo, por lo tanto es un empate. Todos aplaudieron aceptando la decisión tomada por don Magdaleno. Pero aquí hay otra cuestión que es necesario aclarar, se ha cometido un crimen y de este lugar nadie sale hasta conocer la verdad, para empezar vamos a revisar las armas de cada uno para ver cuál ha sido disparada. Uno de los presentes que se encontraba cerca del cadáver del coronel, levanto la mano para decir: Don Magdaleno, la herida mortal que tiene el coronel, no es de bala, es de puñal. Una serie de mormullos se dejaron escuchar por todo el local, de pronto desde lo más alto del graderío, se dejó escuchar una voz débil y cascada, se trataba de don Eusebio López, considerado uno de los más viejos del pueblo, que con dificultad se puso de pie y les dijo a todos: No, no se trata de un homicidio, más bien se trata de una venganza, yo vi algo que ustedes por


ser más jóvenes no vieron, el espíritu del gallo giro, se elevó por los aires y le clavo una de sus navajas en el mero corazón del coronel, tal vez porque en vida fue muy maltratado por esto señor, los gallos finos jamás olvidan los agravios. Si lo dudan pueden revisar la herida y verán que fue hecha con una navaja de gallo de pelea. Esta es la pura verdad, no hay delito que perseguir.

Cuando las tierras dejan de ser buenas

Don Ezequiel Almonte, había sido uno de los viejos campesinos que habían ayudado al despegue agrícola de la región de los llanos. Dueño de un gran número de hectáreas todas ellas de temporal, cerca de la población de Guadalupe Victoria, se podría decir que no tenía problemas económicos y que vivía desahogadamente. Ese día había acudido con la carreta a la estación de ferrocarril para recibir a sus hijos que venían de vacaciones, después de haber pasado cuatro años estudiando en la capital del país. Marcos el mayor era ya todo un joven desarrollado muy parecido a su padre y Maricela dos años más chica que su hermano, pero que guardaba los mismos rasgos. El padre los recibió muy gustoso, subió las maletas a la carreta y emprendieron el viaje a la casa.


Los muchachos veían con asombro los sembradíos y las nuevas casas que se habían levantado a sus alrededores, les parecía todo distinto de cómo lo habían dejado cuando salieron a estudiar. Oiga, papá, esa tierra que se mira a un lado del bordo de agua ¿Qué no son las tierras de don Leopoldo Contreras, las que se llaman el rancho de Santa Gertrudis? No, el rancho de Santa Gertrudis es el que está junto a la barranca del diablo, esa que tú dices es el rancho La Encantada, que es propiedad de don Antonio Robledo. ¡Ah, sí! ¿Y don Antonio Robledo qué se ha hecho? El ya no vive ahí, hace tiempo que se las vendió a Locadio Unzueta, aquel que se fue a trabajar a los Estados Unidos y sólo vino a comprarle sus tierras. ¡Entonces! ¿Quiere decir que le fue bien? ¡Qué va, requetebién! Pues, me alegra mucho. Y a mí también, ese Locadio ahora si está viendo la suya. Pues ya era tiempo papá, acuérdate que toda la vida siempre anduvo con una mano atrás y otra adelante. Pues sí, pero recuerda que nunca es más oscuro que cuando va a amanecer y a Locadio ya le amaneció. Pues te repito que me da mucho gusto. Y es que cuando Dios dice a comer, del cielo cae hasta el postre. Y los dólares también. Sí, no cabe duda que le fue muy bien a él tal Locadio. ¡Oye papá! ¿Y aquel cerrito que verdeguea por allá es el mogote de doña Casimira, verdad? Sí, pero ya no es de doña Casimira ese cerro al que se le conoce como el cerro de la “Descalza”. ¿Por qué? ¿Qué lo vendió? No, que va, se lo quitaron. ¿Quiénes? Los del ejido. ¿Los ejidatarios? Ellos, mismos.


¿Pero, cuando fue eso? ¡Uhhh! Desde el primer corte de tierra que echaron. No lo sabía ¿Y las troneras de doña Atanasia ¿Donde están? Pos, hasta donde yo sé, parece que se las llevó una creciente, cayó una tromba en las troneras que arrastró todo a su paso, tú hermano Martín y yo lo vimos desde que el agua estaba colgándose de su nube, como si estuviera chicoteando el suelo, la hubieran visto como paqueteaba allá por el rancho de “Ojos soñadores” abriendo barrancas en las laderas. Hace años que yo no veo una tempestad de esas, la última vez todavía no me iba a estudiar a México, te acuerdas papá te ayudaba como sembrador junto con Isidoro el hijo de mí tía Pioquinta ¿Por cierto que se hizo Chilo papá? ¡Se murió! ¿Se murió? ¿De qué? Pos, dijeron que se le había echado a perder la sangre. ¿Y cuando fue eso? Pos, ara cosa de un año. ¿Entonces fue algo como gangrena? Pos, yo creo que sí, su mal le vino de un machucón, le quedó una mano fracasada y como quien dice, por allí se le coló la muerte. ¡Caramba! Que tragedia todo sea por Dios. Pos ya le digo, trabajando con él, me tocó ver una creciente como esa que usted menciona, también fue culebra de agua, me acuerdo cómo bufaba encima de nosotros, obra de Dios que nos metimos a una cueva, que si no, quién sabe y nos hubiera aventado por los montes. Imagínese apa, se levantan peñascos, cuantimás gentes. Oiga apa, en aquella cerca doble, que desde aquí se divisa, es el rancho El Abrevadero” ¿Verdad? Sí, ahí comienza la franja, llega hasta el lecho del Río Remedios y sigue por este otro lado hacia la Gruta de los Ramírez y la barranca de los Estrada. ¿Y por qué será que casi ya no siembran papá? Pos, porque trabajar en el otro lado deja más, sembrar estos peñascales resulta una aventura, no sale ni lo de la trabajada, la verdad es que es mucho el dinero que se invierte y por otro lado son tierras muy sedientas. Por eso está el cerro tan cerrado, por dondequiera se ve la hierba alzada, mire apa, los surcos ya ni se notan. Los borraron los tepeguajes.


Y las sequias, según veo, me acuerdo que antes llovía mucho papá. Pos, sí, es que antes la tierra estaba muy joven así como tu hermana, pero ahora ya se cansó. ¡A mí no me metan en sus cosas, yo solamente los vengo oyendo! Pos, yo me acuerdo apa, que se daban unas cosechotas que durábamos semanas enteras acarreando costales repletos para la casa. De todo eso, apenas te has de acordar. Como si lo estuviera soñando, así pasan por mi mente aquellos años que yo considero eran buenos, pero también había malos ¿Verdad? Pos, sí uno que otro. Pues sí papá, pero yo me acuerdo muy bien que fueran buenos o malos, usted siempre cargaba los carretones con la parte que le correspondía a la iglesia o el mentado diezmo como ellos lo llaman, yo lo acompañaba cuando los iba a entregar, era como una manda, o al menos yo así la veía. Me acuerdo que nos descubríamos para besarle la mano al cura, a quien por cierto, siempre encontrábamos de mal humor, o de malos bigotes como solía usted decir, troquelado en rencor vivo, siempre muy perfumado, como si los diablos olieran tan bonito, así con el ceño fruncido, vomitando pestes, como un demonio rasurado y lleno de cuernos. No, no era ninguna manda hijo. ¿No? ¿Entonces por qué le llevaba parte de la cosecha? Pues más bien era por el miedo. ¿El miedo a qué papá? A qué se espantará el agua y no lloviera más. Eso es lo que les decía el cura, ¿Verdad papá? No solamente él, también nuestros antepasados nos lo enseñaron, nos decían que el miedo es la razón de los sensatos. Y es la pura verdad. Pues, para que veas que no andaba tan herrado. No papá, los curas aprovechan todo lo que los rodea para procurarse el control de las gentes, son como los políticos que nomás buscan su beneficio personal ¿O tengo, o no tengo razón? ¡Los políticos comen sapos! Decía un tinterillo que vino con la comitiva de aquel candidato a senador que nos visitó con motivo de su campaña electoral, me parece que se llamaba Agustín Ruiz Soto. ¿Quién era ese candidato a Senador, yo no me acuerdo de él?


¡Qué te vas a acordar! Era un hombre chaparro y nalgón, que hablaba hasta por los codos, tú todavía eras muy niño, por eso no te acuerdas. Pero vamos a dejarnos de hablar de tonterías, estábamos discutiendo sobre la falta de agua en los sembradíos ¿La situación es grave, verdad papá? Pues, sí, parece que cada vez nos mandan menos agua del cielo, estoy de acuerdo en que ha habido años malos, pero nunca como estos, hay veces que nos levantamos y no encontramos ni rastrojo para los animales. Muchos se han tenido que ir a pizcar algodón y legumbres a Texas. Pero siguen pagando el mentado diezmo a la iglesia. Pos, sí para que te digo lo contrario, esas son cosas que no se pueden dejar de hacer, siempre existen los temores de que las cosas puedan ser peores. ¡Oye papá! Aquel cerrito que se ve a lo lejos, todavía es de Ruperto Gutiérrez. Sí, todavía es de él, aunque yo creo que no por mucho tiempo. ¡Pobre Ruperto! Supe haya en México, que lo habían levantado unos malandrines y que le quitaron hasta el habla. Si hace días, apenas ayer se lo conté a tu mamá para no preocuparla. Ya no había de salir a repartir leche, por todos los caminos los peligros andan sueltos, y además a su edad, ya no puede defenderse. Tres días después de que lo levantaron, lo encontré tirado de este lado del puente de los Vargas, lo levante y lo subí a la carreta, venía quéjese y quéjese, con los ojos al revés y chorreando de sangre por la boca y la cabeza, ¿Qué le pasó Ruperto? – le pregunte – y él me contó como lo habían levantado cuatro hombres armados, le pedí más señas de ellos y me dijo que eran jóvenes, parecía que estaban borrachos o drogados. Como aquellos que vienen directos a nosotros. Es cierto papá y vienen armados, que Dios nos agarre confesados.


Las Canciones del Padre Misael

Cuenta la historia que hace muchos años, en un pueblito de la sierra de Durango, existió un sacerdote de nombre Misael Oropesa, que había llegado a hacerse cargo de la parroquia y que en poco tiempo se gano a los habitantes del lugar, por su excelente carácter y espíritu humanitario. Los moradores del pueblito aquel, estaban muy contentos con el padre Misael, que no sólo era el párroco y confesor de aquella comunidad, también era el consejero en cuestiones familiares y de trabajo, era el primero en acudir a apoyar en cualquier desgracia que se presentara y siempre estaba dispuesto a socorrer a todo aquel que lo necesitará. Pues resulta que como todos los años, se presentaron las fiestas de Navidad y como era natural los


moradores del lugar se apresuraban a celebrarlas, el padre Misael, como lo hacía cada año, habló con las familias para organizar las tradicionales posadas por las principales calles de la población terminando en el templo con una misa celebrada por él mismo. Durante la primera posada del día 16, los habitantes del pueblo se encontraban ya en el templo en espera de que principiará la misa, se les había hecho raro que el padre Misael, no hubiera acudido acompañando a los peregrinos en su recorrido por las principales calles pidiendo posada, como lo había hecho otros años, pero supusieron que algo urgente se le había presentado y que fue motivo más que suficiente para no haber asistido. De pronto se apareció en la puerta de la iglesia el padre Misael, mostrándose muy agitado, tenía la cara roja y con mayor pronunciamiento la nariz, parecía que se ahogaba, traía la sotana desabrochada de la parte del pecho, lo que era totalmente raro en él, que siempre se había presentado como un hombre muy pulcro en su vestir y en su persona, como era su costumbre siempre que entraba al templo, se dirigió a la pila de agua bendita que se encontraba a la entrada a mano derecha, al meter la mano para mojarse los dedos y con ellos hacer una Cruz en la frente, se vio claramente que la había metido hasta el codo, mojándose toda la manga de la sotana. Al principió se creyó que era por las prisas de haber llegado tarde a la celebración de la misa de posadas, pero cuando en vez de agacharse ante el altar mayor como era lo correcto en señal de respeto al Santísimo que se encontraba ocupando el lugar de honor en el altar, se le vio trastabillar entre las bancas, levantando las manos como lo hacen los futbolistas cada vez que meten un gol. Después atravesó la iglesia como una tromba, se metió a la sacristía cuando todos pensaron que lo hacía para colocarse los hábitos sacerdotales y oficiar la misa, no, después de cinco minutos, salió con una silla en la mano, cuando ya estuvo sentado en ella, empezó a inclinarse a derecha e izquierda, sonriéndoles a todos los presentes como si se tratará de un bufón que estaba desempeñando su papel. Un mormulló de asombró recorrió la nave del templo, las mujeres y los hombres se cuchicheaban entre ellos y los niños se mostraban felices de los gestos que el padre Misael hacía desde el altar. De pronto las voces de los fieles que ocupaban el templo empezaron a escucharse: ¿Qué es lo que le pasa al padre Misael? ¿Qué es lo que le sucede? Todos se miraban asombrados unos a otros, sin escuchar respuesta alguna, los murmullos de las gentes eran ya de manera general. El coro había dejado de cantar los Salmos de entrada para la celebración de la misa, también veían desde la altura del tapanco de entrada, al padre Misael, con verdadero asombro. De pronto cuando los fieles habían entrado en silencio, esperando una respuesta a lo que estaba pasando, el padre Misael, se revolvió en su silla y empezó a cantar con estridente voz. ¡En el pueblo de Dolores, hay una mujer que tiene el pelo muy claro, muy claro, la piel muy blanca, muy blanca! Una consternación general se apoderó de todos, se pusieron de pie al tiempo que gritaban: ¡El padre Misael, ha sido poseído por el demonio!


Las mujeres se persignan y salen corriendo del templo, los hombres no hayan que hacer, se miran desconcentrados unos a otros, los niños sonriendo aplauden y los mayores los callan aplicándoles coscorrones y pellizcos que a algunos los hacen llorar. Pero el padre Misael no ve ni escucha nada, continua tarareando aquella canción que parecía salida de una piquera de mala muerte. El sacristán pide ayuda a don Emilio el carnicero y don Tobías el dueño de la fragua, para que entre los tres lo saquen por la puertecilla que está a un lado del altar y que va directo a la sacristía, mientras lo llevan en peso, el padre Misael, se revuelve entre los brazos de los asistentes como si estuviera exorcizado, mientras continua cantando: ¡En el pueblo de Dolores, hay una mujer que tiene el pelo muy claro, muy claro y la piel muy blanca, muy blanca! Como era de esperarse, fue llamado con carácter urgente a la casa del arzobispado en la ciudad de Durango, el padre Misael, se postró de rodillas ante el señor Arzobispo Monseñor Luis Tinoco y Castillo, hecho un mar de lágrimas. Es el demonio que me ha tentado monseñor, es el demonio, se valió de mil argucias para tentarme Monseñor. Mientras el padre Misael decía esto todo consternado y lleno de lágrimas, se golpeaba con los puños cerrados el pecho. Al verlo tan compungido y arrepentido, el señor Arzobispo también se empezó a emocionar a la vez que sentía compasión por el joven sacerdote. Vamos, vamos, padre Misael, cálmese, cálmese, todo esto llegará a secarse como el roció al sol. Después de todo el escándalo no ha sido tan grande como yo pensaba. Pero Monseñor me dicen que hasta cante en el altar. Bueno sí es verdad, fue una canción que era un poco, ¡hum!, ¡hum! ¿Cómo lo podré decir? Un poco fuera de lugar para cantarse en la iglesia, por eso muchos de los feligreses no lograron entenderla. Le aseguro Monseñor que ni yo, puedo recordar que canción era. Bueno, pero ahora dígame ¿Qué fue lo que exactamente sucedió? Pues, vera usted Monseñor, siguiendo sus sagrados consejos de acercar a todas aquellas almas descarriadas a la Santa Iglesia Católica, me encaminé a la única cantina del pueblo que por mal nombre tiene “La regeneradora” siempre está repleta de individuos que jamás los he visto por la iglesia, lo cual le aseguro que me causo una gran preocupación. Sí, si, pero dígame que fue lo que paso. Para halla voy Monseñor, téngame paciencia. Pues resulta que me fui decidido a meterme en esa cantina, que más que cantina es una verdadera piquera de mala muerte, pero todo eso lo pase por alto, con tal de redimir a los pecadores y llevarlos por el camino de la iglesia. Ya estando allí los hombres me miraron con celo y desconfianza, cuando traté de hablarles de la palabra de Dios, de inmediato me dijeron que ellos no hablaban con alguien que no estuviera tomando, por lo que no me quedo más remedio que aceptar una copa de ese repugnante licor


que estaban tomando. Yo que nunca he tomado, me obligaban a ingerirlo de un solo tragó, todavía no me acaba uno cuando ya estaba servido el otro. ¡Por todos los Santos! ¿Y cuantos tragos se tomó? Para ser sincero Monseñor, perdí la cuenta. Me doy por enterado que a usted le sucedió lo que a San Melitón, que sucumbió ante las tentaciones que le planteó la vida. Pero supongo que ya dejará por la paz ese propósito de querer redimir a los borrachos del pueblo. Desgraciadamente no es posible Monseñor, porque ya me he propuesto llevar a como de lugar a esas ovejas descarriadas a la senda del Señor, siento que esta misión me da exactamente la fuerza que durante años anduve buscando, por eso Monseñor le suplico no me aparte de este sacrificio que yo mismo me he propuesto. ¡Ah! Está bien, sí ese es vuestro deseo, puede usted seguir adelante, pero escúcheme muy bien lo que le voy a decir padre Misael, sí en está encomienda que estas realizando vuelve usted a tomar una gota de alcohol, le aseguro que yo personalmente tomaré otras medidas más drásticas. Así se ara como su santidad lo disponga, le puedo jurar que mí único interés es el de salvar del pecado a todos aquellos que se han apartado de la mano de Dios. Guárdate tus juramentos hijo mío, lo que vas a hacer de ahora en adelante, es conservar el dominio sobre tú mismo. Claro que sí Monseñor, le prometo que no volveré a caer en la tentación. Pues no olvides que el diablo es muy listo, buscará todos los medios a su alcance para atraparlo. Bueno, ahora pude ir en paz padre Misael y espero que no olvide su promesa de no volver a tomar ni una sola gota de alcohol. Al día siguiente en el pueblo todo estuvo bien, el padre Misael estuvo todo el día metido en la iglesia, se la pasó preparando a varios niños que iban a hacer su primera comunión, sostuvo una reunión con las señoras devotas de Santa Teresa de la Caridad para organizar un aniversario más de la aparición de tan singular santa. Pero ya por la tarde, cuando el sol estaba por ocultarse, sentía unas ganas inmensas de acudir a la cantina del pueblo y convivir con los parroquianos que parecía que lo estaban llamando. Salió a la calle por la puerta de la sacristía y hasta sus oídos llegaban los mormullos de los individuos que se encontraban libando en la cantina, para escapar de esa tentación que lo estaba martirizando, fue a arrodillarse frente del altar abismado en sus oraciones. Pero los mormullos que salían de la cantina lo seguían llamando. Total voy únicamente a hablar con aquellos hombres descarriados – dijo muy resuelto el padre Misael


Cuando ya estuvo en la cantina no faltó quien le ofreciera un baso con licor, el padre como era de esperarse, lo rechazó, pero al segundo que le ofrecieron, le faltaron las fuerzas y se dejó caer en una de las sillas y con el cuerpo abandonado, semicerrando los párpados, saboreaba su pecado a cortos tragos, diciéndose en voz baja, con un delicioso remordimiento: ¡Ha ya me estoy condenando, ya me estoy condenando! Lo más terrible era que en el fondo de ese diabólico licor que bebía con desesperación en la cantina, volvía a encontrar, por no sé que sortilegio, todas las canciones obscenas que jamás se llegaron escuchar en aquel pueblo. Al día siguiente varios vecinos fueron a verlo a la sacristía y con tono burlón le dijeron: ¡Eh, eh! padre Misael, no nos dejó dormir anoche, porque usted se la pasó cantando por las calles unas canciones muy raras. Entonces eran cuando venían las lágrimas, las desesperaciones, el ayuno, el silenció y la disciplina. Pero nada podía contra el demonio que se había metido en el cuerpo del padre Misael, ya que todas las tardes a la misma hora se dirigía a la cantina y empezaba después de unos tres tragos a cantar esas canciones tan obscenas que solamente el padre Misael sabía cantar y que en el pueblo jamás se habían escuchado.


RELÁMPAGO

Relámpago iba y venía de la pared a las trancas, había conocido muchas caballerizas pero ninguna como aquella, atado por un tosco cabestro, olía el suelo, ni una hierba, ni una cascara. Hería sus narices el hálito tibio y picante del estiércol. Paciente, manso, paso a paso, avanzaba resoplando siempre en busca de una brizna y alzaba de repente la cabeza. De pronto escucho un claro tocar de corneta, algo terrible iba a pasarle, sentía un aviso interior que denuncia un peligro cercano. Y Relámpago sin saber porque, temblaba, confusas sospechas, extravagantes conjeturas ocupaban su pensamiento de caballo típico, sin que se diera cuenta exacta de la verdad. Y repasaba su vida toda, aquel ruido no le era desconocido. Recordaba que una tarde, así tranquila, lo habían ensillado con un ligero albardón, lo habían sacado al campo, frente a él estaban atestadas las gradas del hipódromo, una confusión de trajes, sombrillas, sombreros, pañuelos que se agitaban, anteojos que relampagueaban heridos por el sol, mientras los gallardetes del techo, con movimientos de látigo, impulsados por el viento aleteaban en el fondo dorado de la tarde. Al frente la llanura verde, y como una serpiente, la pista desarrollaba su inmenso circulo rodeado de coches nuevos, brillantes; jinetes que se paraban sobre los estribos. A su lado los demás caballos se encontraban rigurosamente alineados como nunca, limpios, lustrosos, impacientes, varios caballos que había conocido en el campo y en los establos, estaban también montados por jockeys, de abigarrados trajes, sólo esperaban la señal de arrancar. Cuando él salió, como por encanto se hizo el silencio, su jinete, muy conmovido, no sé qué palabras nerviosas al oído. Y después, no pupo más. Sintió que los acicates se hundían en sus ijares y se lanzó como una flecha, ciego, palpitante; dilatados los ojos y las narices; tendidas las crines; arrancando al piso nubes de polvo. Y ensordecido por los gritos de su jockey desesperado, cuya


blusa inflaba el aire. Cuando lo detuvieron, estallaron los aplausos; corría su nombre de boca en boca, todo el mundo lo acariciaba y hasta hubo un señor miope, que con aire paternal le alzó el labio para mirarle los dientes, y tomó sus crines entre sus dedos como si fuera una madeja de seda. Ahora, sólo pasaba por su mente una pregunta: ¿Lo irían a correr este día? No, sentía que ya estaba muy viejo y ya no había niños como aquella vez, que se le acercaran, le cosquillaran las anchas narices y le pusieran en el hocico terrenos de azúcar; ya no había caballerangos que vigilaran su pesebre cada cinco minutos, pasaran el ayate por su cuerpo y empuñarán filosóficamente el almartigón. En otros tiempos, lo mimaban como a un niño, pero ahora estaba abandonado. Entonces todo el mundo lo llamaban con respeto “Relámpago” y ahora le decían con cierta rabia “arre, armastrote”, ahora era tan sólo una víctima más de la desdicha. Cuatro años tenía ya, viviendo atado al tiro de un carro de alquiler. A las cuatro de la mañana lo despertaban a puntapiés y a la escasa luz del alba y de un farol, le colocaban los “añadidos” y grasosos arneses, el freno que le quedaba grande y lo enganchaban al carro aquel que era su pesadilla. La caja gris oscuro, los faroles sin azogue, los vidrios flojos y verdosos por la mugre acumulada, flojos los muelles, próximos a romperse los ejes, y atada con correas embadurnadas de untura para carros la lanza. Cuando todo el trabajo estaba hecho, sólo escuchaba un grito que decía: ¡Vamos a la estación! En ella esperaba cabizbajo, friolento, desvelado, a un posible pasajero, mientras su dueño, envuelto en un viejo capote militar, o fumaba a apuraba sorbos de licor con café caliente. Recorría toda la ciudad de Durango, quemado por un sol de fragua, cegado por un polvo ardiente, acribillado por los goterones de lluvia, o hundiendo sus patas en los lodazales de las colonias suburbanas. Azuzado por el castañeteo de la lengua de su amo, o por soeces chicotazos y arrastrando el desvencijado carruaje, que caía y levantaba; gemían las ruedas, chocaban los vidrios y apenas podían cerrarse las duras portezuelas. ¡Pobre caballo! – decía Manuel Arciniega – yo lo conocí cuando era un verdadero “Relámpago” no había quien le ganara en las pistas de los hipódromos. Pero ahora es un pobre caballo que tiene que aguantar muchas noches de lluvias, yo lo he visto en la solitaria plazuela de Baca Ortiz, al lado de otros caballos de igual suerte, cuando llueve a mares; pero él cabizbajo, somnoliento, caídas las orejas, escurriendo las crines, inmóvil, medio doblada una pata trasera, resistía el temporal sin protestar, pero no dejaba de preguntarme: ¿Por qué sí era bueno, lo desecharon como caballo de carreras? ¿Qué va a ser ahora de él? ¿Qué acaso terminara sus días jalando un carro de alquiler? En una ocasión, Relámpago fue alquilado por su nuevo dueño para ser llevado a una plaza de toros, gritos atronadores, música que encorecía con piezas alegres el silencio sereno de la tarde. Llegaban hasta el corral en que se encontraba “Relámpago”, los chillidos de las trompetas y el retumbar de la tambora, marcando el compas de un Paso Doble y de vez en cuando los gritos salvajes de todos aquellos que se encontraban ya pasados de copas. Y aquellos gritos y aquel estruendo, hacía estremecer a “Relámpago”, que relinchó por fin. A un lado


le respondía el mugido largo y lastimero de los toros que se encontraban encajonados y que contrastaba con la alegría de la música que en esos momentos tocaba una diana. Lo ensillaron a toda prisa, le pusieron una silla que no conocía, le colgaron una crinolina de cuero con enmohecidos colajes de fierro que pesaban mucho sobre sus ancas, “Relámpago” se pregunto ¿Para qué le ponían ese mandil de cuero? También se fijo en que su jinete portaba un extraño traje, se trataba de un picador que no podía montarse sólo por llevar una pierna de hierro, ¡Qué barbaros acicates le aplicaban! ¿Para qué era aquella pica? Dócil al freno salió del corral y lo primero que vio fue un horroroso escenario, un caballo igual que él, pataleaba en el suelo enrojecido por la sangre, agitado por los últimos estremecimientos de la agonía. De pronto el toque de la corneta rasgó el aire, un monosabio le pego un fuerte chicotazo en la cara e impulsándolo con un puntapié, lo hizo salir al trote al redondel. El sol ardiente, flameante, vivo como nunca, arrancaba chispas a la arena en el inmenso círculo, la sombra caía en su mitad en forma de media luna; una mole de pueblo se agitaba como enjambre de abejas en las gradas de madera. Se abrió una puertecita y salió disparado por ella un toro, que se detuvo en el centro del ruedo como petrificado, asombrado, desconcertado, deslumbrado por la luz, oliendo a grandes bufidos, erguidas las orejas, trémulas las astas, nerviosa la cola. Un hombre vestido de arlequín mariposeó frente a él la capa. Pero “Relámpago” ya no pudo ver más, cubrieron sus ojos con una venda y le hundieron en los ijares las espuelas, mientras azotaban su cuello con latigazos repetidos. Para él era la noche, la sombra, lo desconocido; ¿Qué iba a ser de él? ¿Por qué no lo dejaban ver? ¿Por qué lo cegaban y lo azotaban? La multitud en los tendidos había enmudecido, algo muy importante iba a tener lugar. Sólo escuchaba los trampazos de los capotes de los toreros rasgando el suelo; ordenes cortadas de los hombres de luces, un resoplido de rabia e impotencia, ¿Qué era todo eso? – se preguntó “Relámpago”. ¿Qué era? No lo supo el viejo caballo, lo único que entendió fue que lo espolearon de nuevo, lo chicotearon en el cuello; de pronto sintió un golpe brusco, horroroso en el vientre, la bestia que resoplaba con coraje y miedo, lo levantó en el aire, todo en medio de un silencio imponente, al que respondía pujando el picador, sin que “Relámpago” pudiera huir de aquellas bruscas cornadas que lo traspasaban de parte a parte. Estalló la música en una diana, los hombres y mujeres que se encontraban en el graderío estallaron en un aplauso. Un monosabio jalándolo por las riendas mientras otro lo empujaba por detrás, lo llevaron hasta el patio de cuadrillas, camino con dificultad por el empedrado del amplio patio. Una nube roja pasó por sus pupilas, con intenso frio tiritaron sus carnes, se debilitaron sus miembros, y rodo al suelo convulso y vomitando cuajarones de sangre, calló boca arriba como mirando al cielo, pidiendo una explicación al que todo lo puede, pero sólo alcanzo a mirar una blanca nube que dulce, lenta vagaba indiferente a todo lo que sucedía abajo, en ese momento se vio fuerte, joven lleno de vida, corriendo por las pistas de los principales hipódromos del mundo, cuando sólo sentía que el viento le acariciaba la cara y al final miles de voces lo aclamaban y se hacían filas para acariciarlo, lo llevaban casi en peso al establo y dos personas lo cuidaban de día y de noche, la mejor comida, los mejores baños, los mejores cuidados, todo era para él, por la noche lo envolvían en mantas de suave lana para que no tibiera frio. Pero ahora nada de eso existía ya, era un caballo viejo que no servía para nada. Un fuerte dolor en el vientre, producto de varias costillas rotas, le hizo tener una última convulsión, después de esto lanzó el último suspiro de su vida y murió.


La pequeña plaza de toros quedo sola, las gradas y sillas en desorden, revoloteaban en el aire los programas de chillantes colores, en el suelo yacían pisoteados puros, cascaras de frutas y corchos de botellas. La tarde aun resplandecía ardiente y roja, fingiendo en las sombras de la plaza un incendio en cada rendija del redondel, llamaradas intensas parecían lanzar grandes lenguas de fuego por cada una de las puertas de entrada a la plaza. En el amplio patio de cuadrillas, con su suelo empedrado, por donde salían a rastras tirados por el tronco de mulillas los toros que fueron muertos en la arena, ahí también yacía desnudo, flaco como nunca lo había estado, boquiabierto, abatida la cabeza, en desorden las crines como la cabellera de una mujer recién bañada, apagadas las pupilas, que parecían ver algo fijamente en el cielo, esparcida la cola, empapado en sangre el huesudo cuerpo. Así yacía “Relámpago” aquel magnifico caballo que todos lo consideraban el mejor, el más veloz de cuantos hubieran existido, que dio a ganar a sus dueños millones de pesos, cuya figura aparecía casi a diario en los principales periódicos del mundo, todos hablaban de él, todos querían conocerlo, tocarlo, salir en una foto a su lado. Ahora estaba muerto, sólo en medio del patio, abandonado, sin una sola alma cerca, a nadie le importaba, se trataba de un caballo más que había sido alcanzado por las astas del toro – ni modo, ese era su destino – dirían algunos indiferentes totalmente al drama que se estaba viviendo, lo que importaba era que había brindado un buen espectáculo. Las tinieblas parecían bajar al abandonado patio de cuadrillas y cubrir al viejo caballo con un sudario que el mundo le negaba. El ocaso fulgurante prendía un reflejo en el charco de sangre que servía de mortaja a “Relámpago” y la silueta macabra del viejo caballo parecía flotar en un lago de oro por el que transitaban los Faraones fallecidos. El sol le enviaba una caricia en un lampo de purpura. Pero desgraciadamente se apagó el sol, las nubes negras se extendieron lentamente; se oyó el discreto rumor de la noche que empezaba, empezaron a caer sobre el piso empedrado algunas gotas de agua, y los pocos empleados de la plaza que aun quedaban sin dedicarle una sola mirada al cadáver del viejo caballo, corrieron a cubriré de la lluvia. Uno de ellos, posiblemente el de más jerarquía les grito, - vámonos que ya llegó el agua, mañana levantaremos lo que se tenga que levantar.


El secreto de MarĂ­a


Santa Lucia, un tranquilo y pintoresco pueblo del municipio de Canatlán, en el Estado de Durango, vio de pronto interrumpida su apacible paz, cuando se esparció el rumor por toda la población de que María la sobrina de Tomasita, no había pasado la noche en la casa. Aquello desde cualquier punto que se quisiera ver, representaba una escandalosa noticia. No se podía concebir que María Ramos, una de las muchachas más bonitas y virtuosas del pueblo, hubiera desaparecido de la noche a la mañana dejando a su tía Tomasita sumida en un mar de lágrimas, de quien siempre había recibido cuidados maternales, moral cristiana y educación. Nadie sabía a ciencia cierta cuáles habían sido los motivos que impulsaron a la muchacha a abandonar el hogar familiar, pero como era natural en un pueblo pequeño todos hacían especulaciones, algunas mujeres aseguraban que la habían visto abandonar el pueblo por la noche a toda carrera acompañada de un hombre, otras, no menos chismosas, ataban cabos y sacaban en conclusión, que la joven y bella muchacha había naufragado en el tempestuoso mar de sus amores con el hijo de don Casildo el dueño de la tienda de abarrotes “La Serranita” que hacía algunos días había llegado de los Estados Unidos, donde estuvo trabajando. Otros muy adelantados a los acontecimientos no tenían ningún empacho en comentar, que el muchacho ya la había abandonado y que se regreso al vecino país del norte. Santa Lucia, había sido siempre un pueblo ejemplar, de costumbres muy cristianas, que se orgullecía de que en ese pueblo, jamás ninguna mujer casada, viuda o soltera, habían dado motivo alguno para que se hablara mal de ellas. Con lo que se puede decir que ninguna mujer del pueblo tenía historia y sus actitudes eran irreprochables. La desaparición de María Ramos, no había sido tan sin consentimiento de la tía Tomasita, como en el pueblo se figuraban, buscando un alivio a su dolor, la muchacha contó a su madre adoptiva cuanto le pasaba, sin ocultarle tan siquiera que iba a ser madre. En esa ocasión doña Tomasita lloró, riñó, maldijo y termino por consolar a la sobrina, lo primero que se le vino a la mente fue aconsejarle que saliera del pueblo sin ser notada y se fuera a la ciudad de Durango, en donde vivía una pariente lejana. Pasaron los meses y un buen día, María fue madre de una preciosa niña, que desgraciadamente y por causas que se desconocen murió a los pocos días de haber nacido. María Ramos, lo que menos deseaba en esos momentos era regresar al pueblo de Santa Lucia, sabía de antemano que conocidos y amigos harían hasta lo imposible por averiguar qué fue lo que le había pasado, tan sólo de pensar en esto, sentía que el rostro se le transformaba, y se le caía de vergüenza, se repetía una y otra vez <yo, yo, soy la única que ha manchado las honradas tradiciones y costumbres del pueblo> sentía temor de ser tachada como una mujer fácil y de principios inmorales. Después de algunos días de meditar sobre su futuro, tomo la determinación de quedarse en la ciudad de Durango, trabajar en algo que le permitiera mantenerse. Y como si fuera un aviso venido del cielo, se enteró de que en una de las casas más pudientes de la ciudad, requerían con urgencia de una nodriza, en efecto la joven esposa de un acaudalado minero de la localidad, requería de una mujer que pudiera alimentar a su hijo de pocos días de nacido ya que ella no se consideraba capacitada para hacerlo, la muchacha llegó como caída del cielo para la pudiente señora, que como es natural en esos casos, fue examinada por los doctores de la familia y previo al largo interrogatorio,


que acostumbran las madres en estos casos, fue admitida al servicio de la familia para que se hiciera cargo del niño de aquella rica señora. El niño que por suerte le había tocado criar, era tan dulce y bello como si se tratara de un ángel, la señora a pesar de ser tan rica, era amable y cariñosa, el esposo a pesar de ser tan pudiente era un hombre consiente, se podía decir que se trataba de un hombre de mundo, dueño de un carácter franco y benévolo. María Ramos creyó haber llegado al mismísimo paraíso, que trajes de telas finas le regalo la señora, que collares y que pendientes, que pulseras con monedas de plata, que sayas, en fin que consideraciones y mimos le proporcionaba aquella familia. No se diga en la comida, los mejores manjares eran para ella, la señora siempre estaba pendiente, preguntando si había comido, ordenaba que le dieran del mejor vino con los alimentos, no la dejaban hacer trabajo alguno que no fuera el de atender al niño. En pocos días la muchacha recobró su belleza natural, lo cual tenía muy contento al matrimonio de ver a su hijo en manos de esa bella y agraciada muchacha. Un buen día la señora de la casa, le indico a María que se prepara y preparara al niño, puesto que su esposo había dispuesto que al día siguiente realizaran un paseo por el campo. Muy temprano llegó hasta las puertas de la mansión una carroza tirada por cuatro caballos blancos, dos mozos se encargaban de conducirla, llevaban mantas y provisiones, lo que indicaba que el paseo iba a ser largo, no se le había dicho a donde, pero ella estaba para obedecer. Montaron en aquel cómodo carruaje, el señor y la señora, seguidos por la muchacha nodriza que cargaba en brazos al niño, ocupó el asiento de una esquina, como correspondía a una empleada de su categoría. Emprendieron el viaje y María como era su obligación se mantenía entretenida con el niño, cuidando que viajara cómodo y no le faltara nada, por lo que casi no se fijaba en el paisaje que los rodeaba, además de que ella miraba indiferente la ruta que seguían, pero poco a poco, fue pareciéndole que aquel camino lo había recorrido otras veces, los árboles, las casas, los puentecillos, y hasta esos montones de piedras que los peones camineros ponen cerca de las cunetas para tapar los baches que la lluvia y el tiempo hacen en el camino. Todo eso le pareció haberlos visto antes. De pronto un sacudimiento de terror altero su corazón. No le quedaba duda, aquel era el camino que conducía a su pueblo, sin duda sus patrones habían escogido el pueblo de Santa Lucia para realizar el paseo. Muchas dudas vinieron a su cabeza, ¿Cómo iba a presentarse de pronto ante sus amigos y conocidos que habitaban el pueblo? ¿Qué iba a decirle a todos los que la conocieron tan buena y tan pura? ¿Cómo iban a verla ahora sirviendo de Nodriza a una mujer rica de extrañas costumbres que se negaba a atender a su propio hijo? ¿Cómo iba a responderles a las gentes de su pueblo que jamás aceptarían que otra se encargara de los hijos? Quiso preguntar a la señora hacia donde se dirigirán, pero no se atrevió a hacerlo, más por discreción, porque se le figuraba que la señora descubriría la falta que la obligo a abandonar el pueblo de su nacimiento. En aquella angustia, a cada momento esperaba que el carruaje tomará otro camino hacia otra dirección, ella iba sentada de espaldas hacia la dirección que conducían los caballos de tiro, pero eso no impedía que volviera a cada momento el rostro con marcada agitación e intranquilidad, que la señora del minero, un poco extrañada le dijo con semblante risueño:


María, ya estamos por entrar a su pueblo, vamos a visitar a don Manuel González, me parece que su casa se encuentra frente a la plaza. En ese momento María Ramos, creyó desmayarse, aquel Manuel González que mencionaba la señora, además de ser el más rico y poderoso del pueblo, era nada menos que su padrino de bautismo y su familia así como las mujeres que trabajaban en la casa la conocían perfectamente bien. Pero el destino fue inflexible para ella, en esos momentos la carroza estaba entrando al pueblo del que hacía poco más de un año había salido huyendo por la noche, lo primero que vio fue a las gentes asomándose por las puertas y ventanas de sus casas, salían a las tapias para observar a los viajeros, y con esa vista perspicaz que tienen las gentes que viven en el campo, pocos hubo que no reconocieran a María Ramos. Para el pueblo de Santa Lucia, la llegada de unos viajeros, representaba un acontecimiento, pero la llegada de María Ramos era un verdadero escándalo, muchos lo consideraban un insulto a la moral y las buenas costumbres de sus habitantes. Cuando llegaron a la casa de don Manuel González, el recibimiento no pudo ser mejor, los patrones de María Ramos, eran personas de gran respeto y se les trataba con bastante cariño, don Manuel y el señor, habían sido socios en la explotación de algunas minas y por lo tanto los unía una gran amistad de años, juntos habían hecho bastante dinero y con frecuencia se reunían ya sea que don Manuel viniera a la ciudad o el rico minero fuera a visitarlo, como lo estaba haciendo en esos momentos. Además don Manuel González siempre había sido un viejo comerciante que había viajado mucho, un hombre que conocía el mundo, y que, cansado ya, se había retirado a vivir tranquilamente al pueblo que lo vio nacer, como lo era Santa Lucia. Y como don Manuel no era dado a los chismes ni habladurías, recibió a su ahijada María con el mismo cariño y afecto que lo había hecho siempre, en ningún momento pasaron por su mente los resabios que la gente murmuraba. Y no sólo eso, también recomendó a todas las mujeres que servían en la casa, así como a sus familiares, que mientras sus invitados estuvieran de visita, a su ahijada se le tratara igual que a ellos, que cuidaran que no le faltara nada, que podía pasear por los amplios jardines con el niño sin que nadie la molestara. Los criados y mujeres de la casa, a pesar de las advertencias de don Manuel, no dejaron nada por escudriñar respecto a lo que hacía María desde que dejo el pueblo, unas le preguntaban cuanto ganaba, otras como la trataban en la casa de sus patrones, otras más se interesaban en saber si esos vestidos tan elegantes también se los proporcionaban en la casa donde trabajaba, como la trataban, si estaba contenta con su trabajo, si la sacaban a pasear seguido, si le daban bien de comer. Apenas estaba el rico minero y su esposa despidiéndose de don Manuel y su familia, cuando ya se escuchaban por todo el pueblo las respuestas a esas preguntas que con tanta insistencia le habían hecho a la muchacha. Todos sin excepción sabían ya, todo lo que se relacionaba con María Ramos, como si estas respuestas se hubieran publicado en toda una plana en el mejor periódico de México. Por fin llegó la hora de salir del pueblo y regresar a la ciudad de Durango, y al atravesar por segunda vez por las calles de Santa Lucia, la pobre María casi enferma de vergüenza y de remordimiento,


agotada por aquel esfuerzo de estar disimulando en cada momento, sintió que aquella tarde había sido como el perdón de su falta, cuando la carroza hubo abandonado lentamente la conservadora población, las mujeres de más edad, comentaron entre ellas: “qué terrible experiencia para las muchachas decentes de este pueblo”. Curiosamente al año siguiente, seis madres solteras jóvenes de Santa Lucia, caminaban por una de las zonas residenciales de más importancia en la ciudad capital de Durango, ofreciéndose como nodrizas para cuidar y alimentar niños.


La bruja del pueblo

No hace muchos años que sucedió lo que les voy a contar, para ser más exactos fue un primero de enero de 1935, sin embargo se pierde ya en la sombra del tiempo la exactitud de los detalles de esta tan singular historia que dejo entre las buenas gentes del poblado de Nombre de Dios, en este estado de Durango, una nueva prueba según ellos, de que sí existen las brujas. Hay todavía en el pueblo, que se encuentra a tan sólo una hora de nuestra ciudad capital, restos que nos indican que fue el primero en ser fundado por los frailes francisanos en la época de la colonia. Todavía podemos admirar casas de estilo colonial, faroles de repujados hierros, altos tapiales coronados de enredaderas, gruesos muros de piedra, patios de señoriales portales, escaleras misteriosas. Y sobre todo una serie de misteriosas y viejas leyendas que son en estas noches de invierno, el encanto de chicos y grandes. En una de aquellas viejas casas de gruesos muros y altos tapiales, vivió durante muchos años, doña Felicitas Lara, mujer de imponente prestancia, de energía notable, dueña de una envidiable fortuna, de muy poco trato con la gente del lugar. Tal vez por esto se corría la voz entre los habitantes de Nombre de Dios, que doña Felicitas contaba con “misteriosos poderes”


Los habitantes de ese lugar en voz baja la llamaban “la bruja” principalmente porque la consideraban una mujer muy mala, pero además por las cosas raras que con bastante frecuencia sucedían en su casa. El esposo de doña Felicitas era un pobre hombre sin voz ni voto, no se diga en los asuntos de la casa, sobre la cabeza del pobre hombre, caían constantemente las injurias de la vieja, cuando alguna cosa no resultaba a su gusto. Y estoy seguro que en más de una ocasión, él también llegó a llamarla “bruja” en justa represalia al despotismo de que era objeto. Doña Felicitas era muy afecta a mezclarse en toda clase de asuntos, desde el enredo casero o el popular chisme conyugal, hasta los complicados líos judiciales, sin dejar a un lado los enredos políticos. Como sabían que era mujer pudiente económicamente, a ella acudían los políticos ambiciosos para que les facilitara medios con que hacer sus campañas electorales, a cambio, por supuesto de una serie de concesiones cuando ya estuvieran en el mando. Todos decían que en la casa de esta señora, existía una especie de maldición, aseguraban que un espíritu maligno flotaba y rondaba por aquellas paredes. Los hijos de la llamada “bruja” eran todos de carácter opacado, como sucede siempre en estos casos, en que la autoridad del padre o de la madre se transforma en despotismo, no sentían mayor cariño por aquella mujer ambiciosa y de fuertes pasiones. Las dos hijas, muchachas buenas y muy hermosas, se casaron quizás antes de encontrar al hombre elegido, con el sólo deseo de abandonar aquella casa, donde la voz de doña Felicitas hacía temblar a todo el mundo, de los hijos varones nada bueno podía esperarse, ya que el vicio del mezcal los tenía entre sus garras, y era esa la única forma en que se atrevían a contradecir las ordenes de su madre. Doña Felicitas por lo regular, tenía siempre dos o tres reñidos pleitos con otras mujeres del pueblo por causas hasta cierto punto sin importancia, pero que a ella le servían para destrozar la vida de sus vecinos, parecía que buscaba los pleitos y en la menor oportunidad se lanzaba contra ellos. Doña Felicitas era dueña de una energía indomable y de un valor, eso sí, indiscutible, una de sus sentencias favoritas era: “a mí el que me la hace me la paga” y de esta manera ni las esposas de los más encumbrados personajes del lugar se escapaban a su venganza. En varias ocasiones había sido detenida por la policía. Y en su comparecencia ante las autoridades no escapaba alguna frase fuerte, dirigida a la misma autoridad, cuando era llevada hasta el recinto de la ley, ponía pintos desde el más humilde policía hasta el juez municipal. Las gentes de Nombre de Dios, decían que tenía pacto con el mismo diablo, ya que en asuntos de negocios y dinero, nunca salía perdiendo, en los pleitos de chismes o de cualquier otra índole, siempre terminaba teniendo la razón, o más bien las autoridades se la daban a ella para no acarrearse dificultades. La “bruja” tenía una enorme facilidad para intimidar a las gentes, maldecía con una solemnidad que hacía temblar al más fuerte. Y por desgracia con demasiada frecuencia sus famosas “maldiciones” se cumplían al pie de la letra. De ahí la fama que había adquirido de “bruja” que daba como resultado un tremendo miedo que le tenía todo el pueblo. Largos años disfruto de poder, respaldado por su gran fortuna económica que tenía. Los negocios en


que se involucraba, le resultaban provechosos la mayoría de las veces. Tenía una facilidad increíble para ganar en cualquier juego de azar, no se diga en el juego de la baraja, donde había “pelado” a los mejores exponentes. Estas “diversiones” como ella las llamaba, le habían dejado muy buenas ganancias y como muy poco le importaban los perjuicios morales, se puede decir que doña Felicitas era una mujer muy feliz. Pero, como todo tiene un fin en la existencia, sucedió que un día, llegaron al pueblo de Nombre de Dios, tres jugadores de baraja profesionales, buscando a doña Felicitas, de quien habían escuchado hablar con mucha frecuencia y querían probar si todo lo que se decía de ella era verdad, doña Felicitas que no le tenía miedo a nada, les aceptó el reto y esa misma noche en su casa, la partida de naipes se empezó. No habían pasado ni tan siquiera dos horas, cuando todo el dinero que tenía disponible lo perdió en unas cuantas manos, picada en su amor propio, sacó de su caja fuerte todos los ahorros que durante años había acumulado, a la mañana del siguiente día, ya no tenía ni un solo peso sobre la mesa de juego, siguieron sus alhajas y otras joyas que había adquirido con el paso del tiempo, pues también se fueron a las manos de sus contrincantes en el juego, siguió todo el ganado que tenía en sus potreros bacas y toros de muy buen registro, así como caballos de pura sangre, en menos de que canta un gallo, pasaron de sus manos a los de los tahúres, le siguieron los ranchos y las casas, las que tuvo que endosar porque también las perdió. Sólo le quedaba la casa donde vivía y que era considerada la más bonita y lujosa del pueblo, les dijo a los jugadores profesionales que también la jugaba, pero con la condición de que se la tomaran como hipoteca a cierto plazo, pensando que esa mala racha pasaría pronto y recuperaría su casa en caso de que también la perdiera, pues, para no hacérselas más larga, también la perdió, para colmo de los males, en ese momento le avisaron que más de trescientas cabezas de ganado que tenía pastando en la sierra, una fuerte y maligna epidemia de epizootia había acabado con todas ellas. De esta manera todo el imperio que durante años había levantado doña Felicitas en un par de noches se vino abajo. Pasaron los días y le llegó la notificación que el documento de hipoteca de su casa había vencido, sin que doña Felicitas pudiera rescatar la propiedad. Los jugadores profesionales le vendieron el documento a una señora muy mercantilista que contaba también con un fuerte carácter y que por muchos motivos ardía en sus adentros el deseo de ver completamente derrotada a la “bruja”. Por orden judicial la casa fue entregada a la nueva dueña, por lo que un odio sordo se empezó a incubar en el alma de doña Felicitas, para empezar a su manera, fue de casa en casa, destrozando la honra de doña Carmela Gándara que así se llamaba la señora que adquirió en propiedad la casa, entre otras cosas la tildo de ladrona, de avara, de agiotista, fue tejiendo una fuerte malla de calumnias contra aquella mujer, que termino por crearle un pesado ambiente a su alrededor con todas las familias del pueblo. Su maldad pareció fortalecerse para herir, a su nueva enemiga, no se sabe de qué medios se valió, pero una noche la casa perdida mediante el vencimiento de la hipoteca, que estaba ya ocupada por una familia a quien se le había rentado, ardió en llamas por los cuatro costados, logrando a duras penas poder salvarse quienes la habitaban. Para nadie fue un misterio que las malas artes de dona Felicitas, eran la causa de tal desgracia, pero como no había pruebas en su contra, las cosas quedaran en tal estado. También doña Carmela Gándara no tuvo dudas de que el incendio se debió al odio que la “bruja” le


tenía, pero aguanto su furia esperando que llegara la ocasión de vengarse. La feria del 20 de noviembre era famosa en todos los contornos de la población de Nombre de Dios. Ocurrían gentes de lejanos lugares a enriquecer con los productos de sus comarcas los puestos de vendimia que llenaban un buen espacio en la plaza principal. Bandas musicales llegadas de diferentes sitios, alegraban día y noche la feria, mientras tahúres, merolicos, adivinadores y toda esa clase de vividores que se acostumbra reunir en cualquier feria de pueblo, hacían su agosto timando a la pobre gente. Doña Felicitas era una de las principales asistentes a la carpa donde noche a noche se jugaban grandes sumas de dinero, sobre el tapete verde se apostaba lo que se tenía y hasta lo que no se tenía, cambiaban de dueño las propiedades y se enriquecían los más vivos. Eran como las doce de la noche del último día de la feria, cuando salía doña Felicitas de la carpa de juego, después de haber perdido una respetable cantidad de dinero, cuando se encontró con doña Carmela Gándara. Una mirada de odio se cruzo entre las dos mujeres. ¿Ya se repuso de sus pérdidas vieja bruja? - pregunto con tono de burla doña Carmela. ¡No! Pero creo que tampoco usted se repondrá de las suyas – contestó soberbiamente doña Felicitas. ¡Bruja! – le contesto doña Carmela – había de reprimir su lengua un poco, porque un día le dará un serio disgusto, el día en que se muera, hasta sus propios hijos levantaran la mano agradeciendo al cielo, porque es una malvada. Pues el día en que me muera, le juro que nadie mejor que usted va a desear que continuara viva, pues le prometo que después de ocho días que yo haya muerto, me seguirá usted al infierno, allá le enseñare a enriquecerse a costa de los demás, y no como lo ha hecho, arrebatando una casa por un miserable puñado de pesos. Doña Carmela Gándara, aparentó no dar importancia a la maldición, rio con una carcajada que sonó a falsa, mientras doña Felicitas continuaba: Ya, ya puede irse a rezar por mi salud y la prolongación de mi vida, porque lo que le he dicho es verdad, ya sea en una semana, en un mes, o en diez años, pero ocho días después de que me haya muerto, vendré por usted, para que se queme a mi lado en las llamas del infierno. Una noche, después de dos años de este encuentro, un repentino ataque de uremia, termino con la vida tormentosa de doña Felicitas. Cuando doña Carmela Gándara supo de la muerte de la “bruja” sintió que un estremecimiento de terror la envolvía. El 26 de diciembre fue sepultada doña Felicitas. Doña Carmela Gándara y sus familiares presas de una angustia inexplicable, fueron contando los días como si las palabras de la mujer que estaba muerta ya, hubieran sido una profecía y no un desahogo de su disgusto. El día primero del nuevo año, amaneció brillante y alegre, toda la gente festejaba la venida una esperanza más para la vida. Ocho días exactos después de la muerte de doña Felicitas, doña Carmela Gándara, perdió el conocimiento por causas desconocidas, que no recobró sino horas después, para llamar con frases de angustia a doña Felicitas implorándole perdón, rogándole la dejara vivir. Murió a la media noche sin que nadie se explicara la causa de su muerte, quienes la vieron antes de que se le diera cristina sepultura, aseguran que había en su rostro una mueca de terror.


LA PRESIDENTA MUNICIPAL

En el poblado de San José de los Graciano, en el municipio de Tepehuanes, Durango, Vivian dos hermanos que eran gemelos, los dos dedicados al comercio, tenían frente a la plaza una tienda de abarrotes en general, que se consideraba la más grande e importante. A los gemelos, desde que eran niños la gente los empezó a llamar “los angelitos” precisamente porque eran todo lo contrario a esos seres que habitan en el cielo. Cuando pasaron de los 16 años de edad, la gente los podía distinguir con cierta facilidad, ya que Liborio era más alto de estatura que Cornelio, como que se estiró más en su crecimiento, sin que el otro fuera un chaparro. Ambos gemelos con caras morenas de hombres, les habían salido ya algunas barbas, pero seguían teniendo poco juicio y mucho ingenio, se movían sin reposo con esa inquietud de los hombres que son pequeños de estatura, que tienen cierta semejanza con los títeres. Pero los gemelos se puede decir que eran valientes a carta cabal, sentían adoración por la figura del general Francisco Villa, y estaban reñidos con todo orden público establecido. Pero su verdadera lucha estaba en los regateos que hacía la gente para comprar sus mercancías en la tienda, a lo que ellos respondían con las alabanzas de los artículos que tenían en venta, quitarle unos cuantos centímetros a la medida de una tela, dar kilos de 800 gramos, era una de sus especialidades. Esa mañana Los Angelitos platicaban en su establecimiento con don Eleuterio Montes, y Jacinto Delgado, que estaban de pie fuera del mostrador. ¡Ya no tiene madre ese mentado Ponciano! Apenas eran las nueve de la mañana y ya pasó bien briago por la tienda. ¡Qué barbaridad – exclamó don Eleuterio – ese hombre no tiene horario para tomar. Pos yo estaba en la puerta de la tienda barriendo la banqueta – dijo Liborio uno de los gemelos – cuando paso y no me saludo, lo cual me tiene sin cuidado, pero me fije que iba hablando solo, como discutiendo con alguien. ¿Y donde agarraría la borrachera tan temprano? – dijo don Jacinto. ¿Pos, donde? – dijo Cornelio el otro gemelo mientras despachaba un kilo de azúcar - de casa de la Maruca, tiene días que no sale de ahí. ¡Ájale! – dijo don Eleuterio mientras movía la mano derecha como queriendo sacudir algo que se le hubiera pegado – pos, hora si ya tiene quien lo mande, porque esa mujer es muy buena para eso.


Y nosotros también – manifestó don Jacinto – ahora tenemos ya presidenta municipal, nomas sus chicharrones van a tronar. Nadie de los que se encontraban en la tienda se rio, la observación parecía demasiado seria, y hasta produjo un silencio momentáneo. La imaginación de Jacinto Delgado voló hasta la capital del Estado. ¡Pos, vaya gobierno el que vamos a tener! – dijo como murmurando – como si no hubiera hombres capaces en este pueblo que se encarguen de la presidencia municipal, pero a quien se le ocurre poner a una mujer en la jefatura del pueblo, por qué no, a don Gervasio Landreros, por ejemplo, es honrado, activo, hombre de orden y de principios, decente y sin vicios, que está bien con Dios y la iglesia. Pos, por eso mismo porque está muy metido con la iglesia. Pos, será el sereno, pero para mí el más indicado para ocupar la presidencia municipal, es don Gervasio Landreros, pero no sé porque pero parece que hay empeño en gobernar mal, qué va a saber una mujer de los problemas del municipio. Pos, en eso tiene razón don Eleuterio – dijo uno de los gemelos. ¡Claro qué tengo razón! A mí desde que me trajeron unos papeles para que los firmara aceptando a la mujer esa como presidenta municipal, sólo porque Así lo había dispuesto el señor gobernador, les dije yo no firmo, - hombre que esto y lo otro – yo no firmo, - que se le va a tachar a usted como enemigo del gobierno – pos, táchenme de lo que quieran, pero yo no firmo. El viejo Marcial Alcántara, era el que andaba levantando las firmas, se lo pueden preguntar a él, como se lo dije en su cara cuantas veces me preguntó: ¡Yo no firmo! Pero muchas gentes quisieron quedar bien con el gobernador y firmaron sin meditar lo que estaban haciendo y ahora tenemos presidenta municipal. No hay principios señores – dijo molesto don Jacinto – ni hay cojones, ni hay nada. Uno de los gemelos se fue al otro extremo del mostrador para despachar a una señora que estaba pidiendo cuatro velas grandes de cinco reales cada una. Mientras tanto en el otro extremo del mostrador continuaba el juicio crítico y severo contra el señor gobernador y la nueva presidenta municipal doña Georgina Escobar, que el único merito que tenía a decir de la gente, era haber atendido espléndidamente en su casa al señor gobernador en la última visita que hizo a esa población. En eso estaban cuando entro a la tienda Margarito Mazcorro, limpiándose el sudor de la frente, señal de que había caminado bastante trecho bajo el sol de la mañana, o bien que había realizado trabajos forzados a muy temprana hora, al entrar lo primero que hizo fue preguntarles a los ahí presentes, olvidándose de saludar: ¿Ya saben la novedad? ¿Cuál novedad tú? – dijeron todos a coro. ¡Qué tenemos misa especial esta tarde! ¿Cómo que misa especial? ¿Qué es eso?


Pos, sí, que al padre Loreto, se le ocurrió hacer una misa especial para dar gracias a Dios, por habernos mandado a doña Georgina como presidenta municipal. Y además va a estar ella de cuerpo presente. ¡Qué cosas se ven hoy en día! ¡Qué barbaridad, esto no puede ser posible! Estas y otras exclamaciones fueron, por supuesto, lanzadas simultáneamente por los que se encontraban en la tienda de los gemelos, con tonos en los que se demostraba la sorpresa, la indignación y hasta el espanto, un golpe más a su calidad de hombres que jamás habían permitido que una mujer los gobernará. Pues sí señores, está ya confirmado que está tarde habrá una misa especial en la que todo el pueblo agradecerá por habernos mandado a la señora presidenta. ¿Cuál todo el pueblo? Al menos yo no estoy de acuerdo en que se meta la iglesia en asuntos del gobierno, cuando menos debieron preguntarnos si estábamos de acuerdo en que se realizará esa misa. ¡Ya! Eleuterio no te hagas, desde cuando nos han preguntado de las cosas que se hacen en este pueblo, nos ordenan, que es otra cosa y se acabó. Pues sea lo que sea, yo no voy a permitir que se celebré con una misa el triunfo ¿De qué? ¿O de quien? ¿Qué no se dan cuenta los demás que a esa mujer nos la impusieron? Las exclamaciones de protesta y los gritos de indignación no tuvieron límite, todos querían hablar al mismo tiempo de la indignación que sentían, hasta que Palemón Ortega, que había llegado al último, propuso algo que fue más sensato. Porque no, realizamos un mitin en la plaza y ponemos en alerta a toda la población de lo que está pasando. Pues me parecer correcto lo que Palemón propone, pero que sea un solo orador, de otra manera se va a convertir en un mitin político. Como no se ponían de acuerdo sobre quien debería ser el orador, se puso a votación, resultando ganador don Jacinto Delgado, que ya en otras ocasiones había sido el encargado de las palabras alusivas cuando se inauguro el alumbrado público, o cuando murió doña Carlotita Peña, la que fuera maestra de la escuela primaria durante casi medio siglo. Cuando ya todos estuvieron de acuerdo en que fuera don Jacinto el que tuviera a su cargo el discurso de protesta por los acontecimientos que se habían venido presentando en los últimos días, alguien acordó que el mitin se realizara el próximo domingo, lo que suscitó una ola de gritos y palabras subidas de tono. ¿Cómo el domingo? Sí de lo que se trata es de protestar por la misa de acción de gracias, que se va a realizar hoy por la tarde, ya después para que, a mi no me gustas las cosas a “toro pasado” – digo molesto don Eleuterio Montes.


Pues sí tiene razón don “telo” si vamos a protestar hay que hacerlo antes, nuestra protesta pública en la plaza tiene que ser en este momento. Pos, entonces vamos todos a avisarle a la gente, para que nos acompañen y se vea bastante nutrido nuestro acto de protesta. Pos, yo opino que con gente o sin gente debemos salir a protestar, que no se diga después que somos unos agachones y que estamos muy conformes con que una mujer nos venga a gobernar, si no que le pregunten a mi mujer, que no le permito en la casa que hable hasta que yo se le indique. Todos salieron a la plaza muy orondos, más otras gentes que se les habían reunidos en el camino, se concentraron en el centro bajo un pequeño pedestal que sostenía un busto de Benito Juárez, que había sido obsequiado al pueblo por el gobernador del Estado, en un aniversario del natalicio del Benemérito de las Américas. Se esperaron a que la gente se concentrara alrededor y sin más ni más, empezó don Jacinto Delgado que era el dueño de la farmacia “El Buen Vivir”, su discurso de protesta. Todos estaban atentos a lo que don Jacinto pudiera decir, puesto que conocían muy bien sus comentarios sobre el gobierno en reuniones de amigos o en la cantina de don Tobías Meléndez, llamada “Las Crudas del Emperador Maximiliano”. Don Jacinto montado sobre un cajón de madera que fue llevado ex profeso, carraspeo un par de veces, como queriendo aclarar su garganta y tomando una pose solemne empezó diciendo: “Hombres y mujeres de este hermoso pueblo de San José de los Graciano, donde nacieron nuestros abuelos, nuestros padres y nuestros hijos, este pueblo que fue fundado por la familia de don Antonio Graciano, que fueron los primeros que se instalaron en esta población, después vinieron más familias, todos ellos hombres de bien y hasta el último llegaron los curas, pero mucho tiempo después, a construir esta iglesia, que no la construyeron ellos, la construyo gente del pueblo con su sudor y su esfuerzo, ellos nomás ordenaban y veían de lejos. Que diría ahora don Benito Juárez si reviviera y se diera cuenta de la intervención del clero en cosas del gobierno, les aseguro que nos mandaría fusilar a todos. Sobre todo si viera que una mujer, una mujer, nos está gobernando…” Don Jacinto enmudeció de pronto cuando vio que se acercaba a la plaza la presidenta Municipal doña Georgina Escobar, acompañada de cuatro de sus principales colaboradores.don Jacinto cambio de inmediato el tono de su voz y empezó a decir: “Una mujer tan distinguida como la señora Georgina Escobar, que estoy seguro hará un magnifico papel al frente de la presidencia, ya era hora que en San José de los Graciano, una mujer tomara el mando, porque las mujeres son más cuidadosa y más responsables que los hombres para hacer las cosas, que sería de nuestras casas si no contáramos con una mujer para que organizara todo, por eso les pido a todos que apoyemos a doña Georgina en esta labor que empezará como presidenta municipal”, que viva doña Georgina, que viva la nueva presidenta municipal”. Hasta el hombre que decía que él no le permitía a su mujer en la casa que hablara hasta que él lo ordenará, corrió a traer una silla para que se sentará la señora presidenta municipal.


La venganza que no llegó

El municipio de Canelas, se debatía en la modorra del olvido a que siempre fue condenado por las distancias enormes. Y las escasas vías de comunicación. Sus habitantes sentían el peso de aquel olvido, traducido en un atraso prolongado, en un desconocimiento de comodidades y en esa amargura característica que se observa en las gentes que no esperan ya nada del porvenir. En una época, estuvo a punto de mejorar la suerte de los pobladores del municipio de Canelas. Cuando una empresa minera trató de establecer en ese lugar una hacienda de beneficio de sus diversos fundos mineros, por motivos diversos, el proyecto fracasó, y en el camino carretero que une


a Canelas con el importante mineral de Tayoltita, quedaron los trabajos de mampostería hechos para tender la vía férrea que uniría a las poblaciones serranas de nuestro Estado con el mineral citado. Puentes a medio terminar, alcantarillas y tajos casi a plomo hechos sobre los cerros laterales, era todo lo que había quedado del llevado y traído asunto de la línea férrea. Y por ello seguían los habitantes de los poblados, transportando al paso cansino de sus cabalgaduras y de sus bestias de carga los escasos productos restantes de sus regiones, para venderlas en el mineral de Tayoltita. Las tierras de temporal de aquella zona agrícola, no habían sentido el trepidar del motor de los tractores, todavía sus entrañas eran abiertas por la acerada punta del arado, mientras las rudas manos del labriego empuñaba la mancera. Y ahí, tras las paredes rústicas los hombres que tenían levadura de rebeldía, veían atardecer un día tras otro, sin que un nuevo horizonte abriera sus perspectivas a la olvidada región. De entre el montón anónimo de trabajadores mineros que en el mineral de Tayoltita y sus cercanías, vegetaban ganándose la vida con salarios de hambre, se destacaba Julio Lozoya por su actividad y su deseo de significarse y sobresalir en su trabajo. Julio era casado y tenía tres hijos que, criados con aquel salario de miseria, crecían raquíticos y endebles, bajo la mirada dolorosa de sus padres. Suelen decir con mucha frecuencia los viejos de esos lugares que: “un mal no viene nunca sólo” y quizás para justificar el dicho la mujer de Julio de nombre Leonora, enfermo de pronto y murió en el transcurso de una semana, el hogar, de por si miserable, quedo sumido en las garras del dolor, la miseria y el abandono. Pasaron los días tristes, silenciosos, como precursores de nuevas desgracias. Uno de los hijos de Julio enfermo de pronto, se llamaba Luciano era el mayor de los tres, que por aquel tiempo andaba como en 14 años. “Buena alimentación, mucho aire, sol y sobre todo higiene”- receto el médico - “porque el muchacho está desarrollándose, ahora es cuando más necesita de buena comida”. Julio dentro de su desesperación para tratar de salvar a su hijo, acudió con un usurero para empeñarle el pedazo de tierra que formaba su pequeño patrimonio en el poblado, pero el dinero que le prestaron escaseó, y manejado sin control, se acabó pronto y el pobre de “Chano” como le llamaban los vecinos, seguía cada vez más mal. Julio, que frecuentemente se retardaba para ir a su trabajo, ya en darle las medicinas a su hijo, ya en preparar los alimentos para todos, fue acusado por el capataz de llegar tarde a sus labores en la mina, el dueño del mineral un tal William S. Smith, sin siquiera averiguar cuál era el motivo y sin darle la menor importancia al asunto, en tono molesto le dijo al capataz. ¡Córrelo de inmediato! Y por favor no me vengas con esa clase de asuntos ¿Qué acaso quieren que sea yo el que resuelva todo? Agobiado por el nuevo dolor, entristecido al principio, enfurecido después, fue a la oficina principal y se encaro con el dueño de la mina, como ya les habíamos dicho el tal William, era un viejo norteamericano de agrio carácter, y una manera muy despótica de tratar a los mexicanos, pero no así a los de su raza. Con el asentó de la verdad, Julio le expuso sus razones, vació sus amarguras, dio cause a su dolor


en la queja y en el reclamo de su empleo que era, no sólo el pan, sino la vida para sus hijos, pintó con vívidos matices el cuadro de su hogar, de sus hijos huérfanos, del hijo que estaba a punto de morir por falta de cuidados, en fin todos los pesares por los que estaba pasando pero todo fue inútil, pareciera que le estaba hablando a una pared. El rostro seco y unos ojos azules que parecían de hielo de míster William S. Smith, le confirmaron sin necesidad de palabras, que sus órdenes jamás daban marcha atrás. ¿Pero, por qué la orden de despido? En ninguna parte del mundo se despide a alguien por haber llegado tarde a su trabajo – alegaba Julio con desesperación – los motivos que ustedes exponen no tienen justificación, podrían descontarme de mi sueldo los minutos que he llegado tarde, considero que eso debe de ser lo correcto. ¡Se te despide por rebelde! – le grito el viejo William – aquí pagamos un salario para que lo desquiten trabajando y no para que vengan a haraganear, todos los mexicanos son iguales, todo quieren que se les dé, pero nunca ponen nada de su parte. Pero ya le he explicado a usted, el porqué de estos dos últimos retrasos, míster William. ¡Es inútil! ¡No insistas! Tu lugar está ocupado ya por otro muerto de hambre como tú. Míster William, tengo ya 20 años de prestar mis servicios en esta mina, tengo un hijo muy enfermo que necesita medicinas, alimentos y cuidados, ayúdeme por lo que más quiera. De otro modo tendré que ir con el presidente municipal para plantearle mi caso. Si vas con el presidente municipal será igual, él está dentro de la nomina de la empresa, no creo que vaya a arriesgarse a perder este “apoyo” sólo por ayudarte, además la ley del trabajo de este país, me da facultades para dar y negar empleo, así que ya lo sabes. Así como había muerto la madre, calladamente, en silenciosa extinción de dolor y conciencia de su abandono de la sociedad y del mundo, amaneció muerto una mañana de invierno el pobre del hijo mayor de Julio de nombre Luciano. Julio vio en silencio como marchaba por la vereda escarpada del cerro sobre el que se levantaban las cruces del cementerio, la caravana callada que conducía a su hijo a la última morada. Y lloró; con llanto silencioso, llanto de hombre que nace en el pecho en fuertes sollozos y que muere sin mueca alguna a flor de labios, que deja los ojos secos y el alma ardiente. Su mujer y su hijo muertos, sus hijos restantes expuestos al hambre, por la mala voluntad de aquel tal William S. Smith. Pero ya se la pagaría, sí, claro que se cobraría todas esas ofensas. Una tarde marcho a la población de Canelas con sus dos hijos, los llevó a casa de su madre, no para que vivieran en la abundancia sus padres eran tan miserables como él, al menos tendrán cerca de ellos una persona que los vigilará y cuidará, y él, él ya sabía lo que quería. Salió de la casa de su madre y se encamino a lo más alto del cerro que estaba frente al poblado, ya en su infinita soledad, un grito involuntario salió de su pecho: “Ha viejo William, gringo hijo de la tiznada, como tengo ganas de devolverte injuria por injuria, de hacerte tragar tus propias insolencias, de sacarte las entrañas y hacer que te las comas.


Una semana después Julio estaba de regreso en la región minera de Tayoltita, desde ese día fue casi la sombra de míster William, nadie sabía donde dormía Julio ni donde comía ni con quien hablaba, pero si sabían que lo podían encontrar siempre cerca de la oficina de míster William, o en los alrededores de su casa. Una fiebre continua, parecía enardecer sus ojos, y muchos de los mineros llegaron a pensar que estaba loco. Un fin de semana míster William S, Smith, como lo hacía con frecuencia, salió de cacería por el campo, como era costumbre regresaría al atardecer, con un par de liebres en su alforja. Pero aquel día anocheció, las horas pasaron lentamente y el viejo William no regresaba, en su casa como es natural se empezaron a alarmar, se dio la orden de que varios mineros armados de sendas carabinas emprendieran su búsqueda. Al día siguiente muy de mañana, desesperados de no encontrar a míster William, regresaron los mineros con las carabinas y las cachimbas en las manos. No sabían de qué manera explicar el fracaso de su búsqueda, sobre todo a la esposa del norteamericano, pero se resolvieron a informar, al llegar a la casa en la salita de la espléndida residencia que tenía el gringo en la sierra, la esposa y los hijos de míster William, lloraban ante las explicaciones de Melquiades Aldama, el jefe de la partida que no habían logrado encontrar ni las huellas del desaparecido, en eso estaban, cuando de pronto chirrió la reja de la puerta de entrada de la residencia, todo salieron de inmediato a ver de quien se trataba y lo que vieron fue un cuadro por demás interesante: Julio con la escopeta de míster William en una mano, cargaba sobre su espalda el fornido cuerpo del norteamericano, desde luego pudieron darse cuenta que esté tenía una pierna vendada, lo que anunciaba algún accidente, las explicaciones vinieron después. Julio desde su regreso de Canelas, no tenía otra idea en su mente que matar a míster William, vengando de esta manera la muerte de su hijo, ya que consideraba culpable al viejo gringo de la falta de atención del pobre “Chano”. Cuando esa mañana lo vio salir de cacería, le siguió a prudente distancia, aguardó las horas de la tarde para realizar su esperada venganza y siguió incansable a míster William por entre profundas cañadas y campo abierto. Muchas veces estuvo a punto de despeñarse, pero su costumbre de corretear entre breñas lo salvó, veía como el americano, presa entre las garras del frenesí de la caza no miraba a veces donde ponía el pie, por no perder de vista a la presa perseguida, y muchas veces estuvo a punto de gritar y denunciarse, cuando veía en peligro a aquel hombre que era su más odiado enemigo. Las primeras sombras de la noche se tendían ya sobre el campo, cuando míster William emprendió el regreso, Julio tenía ya planeado su crimen, cuando el viejo gringo bajara la pendiente, conocida como “la cuesta del borrego” aprovecharía él, para colocar una bala en el cuerpo del míster. Julio, con su rifle en la mano, sigilosamente fue abriéndose paso entre las breñas, la noche por fortuna era clara, la silueta del gringo, aparecía y desaparecía, en las curvas de la bajada, de pronto apareció clara, perfectamente destacada la silueta de un enorme puma, que caía por sorpresa sobre la humanidad del americano. Sin pensarlo dos veces apunte el rifle jale del gatillo, dos tiros dieron en forma certera sobre la cabeza del animal. En ese momento no pensé que míster William era mi enemigo, la victima tras la que había andado todo el día, pensé que era un ser humano como yo, y depuse mi odio, corrí hasta donde se encontraba lo encontré tirado desangrándose el puma le había destrozado una pierna y causado heridas en el cuerpo, limpie sus heridas y de mi cantimplora le di de beber agua, lo cargue para llevarlo a terreno plano, y así descansando a ratos pude llegar hasta aquí.


Ya repuesto completamente de aquel trance, míster William mandó llamar a Julio para darle las gracias por lo que había hecho, Julio le contesto que no era nada, que lo hubiera hecho por cualquier otro, cuando estaba por retirarse el gringo le hizo una pregunta: ¿Tengo entendido que me odiabas y que pensabas en matarme? Pues sí, pero no sé que me pasó, cuando lo vi en el fondo de aquella barranca, con el enorme puma destrozándole su cuerpo, pensé que usted no tenía ninguna culpa de que mi mujer y mi hijo se hubieran muerto, se murieron porque Dios así lo quiso y porque tenía yo que convertirme en un criminal. No me pesa ni me pesará nunca lo que he hecho. Julio durante muchos años ocupo un puesto de confianza en la empresa minera de Tayoltita, y sus dos hijos lograron estudiar la carrera de ingenieros mineros y también trabajaron en la mina.


Las dudas del padre Marcelo

El tren que partía todos los días de la capital del Estado de Durango, a la ciudad de Torreón Coahuila, llegó puntual a las nueve de la mañana a la población de Guadalupe Victoria. De él, descendió el padre Marcelo Jurado, con su impecable sotana negra que rosaba el piso sucio y lleno de tierra, llevaba en sus manos una pequeña maleta de cuero negro con lo más necesario. Regresaba a la tierra que lo vio nacer, ya como sacerdote, desde que salió de ese lugar para ingresar al seminario menor, en muy pocas ocasiones tuvo oportunidad de regresar a la casa de sus padres. Pero ahora era diferente, el señor Obispo lo había enviado como auxiliar en la parroquia del pequeño poblado de Santa Gertrudis, que estaba a escasos cinco kilómetros de la cabecera municipal, esta vieja iglesia estaba a cargo del anciano sacerdote don Manuel Orta, al que todos llamaban cariñosamente “El Padre Manuelito” Le habían enviado un escueto comunicado escrito en una hoja de papel con el membrete del Arzobispado y el sello y la firma del señor Obispo, concretamente decía: “Como hay mucha necesidad de trabajo, le comunicamos a usted que ha sido nombrado vicario cooperador de la parroquia de la población de Guadalupe Victoria Durango, le rogamos que se presente de inmediato con el párroco para que se ponga a sus ordenes y empiece luego a trabajar; Que Dios lo Bendiga”. En la vieja parroquia de aquel poblado, todo era ruinas, desde el templo hasta el párroco. El padre Marcelo quedo aterrado ante lo que veían sus ojos, trozos gigantescos de bóvedas y arcos, hacinados en el suelo desde hacía muchos años, parecía más un templo en ruinas que una iglesia en funciones. Se encamino a la sacristía paso por la nave del templo en el que apenas cabría una veintena de fieles devotos. En la sacristía encontró al párroco, leyendo un legajo de papeles, al ver al padre Marcelo el viejo sacerdote, hizo a un lado lo que estaba leyendo y saludo sin mostrar interés alguno: ¿Cómo te va muchacho? Me envía el señor Obispo como vicario para ayudar a usted.


Ya estaba enterado, tenía ganas de conocerte muchacho, ¿Tú eres hijo de mi amigo Refugio Jurado?, a quien conozco desde hace muchos años. Vengo con muchos deseos de ayudar a usted, señor cura, que ha trabajado tanto y tiene a su cargo está parroquia con tantas necesidades. ¡Sí! Tengo aquí la friolera de cuarenta años, y las necesidades como ves, son muchas, esta todo hecho unas ruinas. Me han mandado a una serie de vicarios broncos que más parecía que venían a matarme que ayudarme; así de crueles se portaron con migo; uno tras otro se los devolví al señor Obispo; hasta ahora parece hacerme caso y trata de ayudarme enviándote a ti; aunque yo ya estoy más muerto que vivo, contigo siento renacer en mí nuevos bríos para seguir dando lata como siempre, como cuando yo era un joven entusiasta como tú. El anciano sacerdote no pudo continuar; saco un pañuelo rojo de esos que llaman paliacates y enjugó sus ojos que manaban abundantes lagrimas a manera de surco, en sus resecas mejillas, solía llorar por cualquier cosa y a cualquier hora. El padre se encamino pausadamente al despacho parroquial que estaba en el antiguo bautisterio, al chirrido de la vieja puerta se espantaron unas palomas que hacían nido sobre los libros del archivo, y volaron a una oquedad de la estancia; el párroco se sentó sobre una silla junto al escritorio, no sin antes sacudir ambos muebles con sendos trapazos de su pañuelo rojo; deglutió una cápsula que extrajo de un frasco que portaba en la bolsa de la sotana, luego exclamo: Si no fuera por las medicinas que me da mi amigo el boticario, este viejo desde hace mucho ya hubiera dejado de dar lata. Esto último lo dijo con un resabio de alegría como debió haber sido su carácter de joven. Ya repuesto con la medicina que acababa de tomar, indico a su joven vicario que pusiera al corriente los libros de bautismo y de matrimonios, que se encontraban bastante atrasados. El padre Manuelito tomó el libro de gobierno, en el que comenzó a transcribir el nombramiento del nuevo vicario. Entre tanto el padre Marcelo pidió autorización para renovar el agua bautismal por estar llena de lama y un tanto negra; los santos oleos olían a corrompidos y la toalla que debió haber sido blanca alguna vez, estaba de un gris oscuro. Cuando el padre Manuelito termino de escribir se despidió dejando escrita la orden del día siguiente, el joven sacerdote se quedo sólo sacudiendo todo, nadie ni por casualidad llegó al despacho, sólo los palomos tercos en hacer nido en el archivo, sin tomar en cuenta al sacerdote. El primer oficio del nuevo sacerdote, fue subdiaconar una misa de réquiem de tres ministros; la pesada y fría vestimenta que le correspondió estaba impregnada de sudor ya reseco de los eclesiásticos que la habían usado en el transcurso de varios años, al ponérsela sintió como si una loza sepulcral cayera sobre su joven cuerpo. Al final de la misa el padre Marcelo le reclamo al viejo sacerdote el estado en que se encontraba la vestimenta y que necesitaba con urgencia una lavada, así como otras cosas. El viejo sacerdote sin hacer caso de sus reclamos, se concreto a contarle un chiste que hacía tiempo deseaba contárselo a alguien: “Cuando nuestro Señor Jesucristo, se les apareció a los apóstoles a orillas del lago, les pregunto quien lo quería más, ninguno respondió, nomás se veían unos a otros, sin acertar a precisar la


intención del Maestro: “A ver tu Pedro, ¿Me amas más que estos?” Pedro se sonrojó y no contesto: “Te estoy preguntando Pedro, me amas más que estos”, Pedro se sonrojó más y agacho la cabeza sin contestar; “Respóndeme Pedro, ¿Me amas más que estos?” entonces Pedro todo confuso contestó: Señor, el joto es Juan”. ¡Ja, Ja, Ja! Resonó en la sacristía una carcajada más estrepitosa que los repiques de la última llamada a misa, pero el padre Marcelo estaba sorprendió, indignado, con la boca abierta, no podía creer lo que acababa de escuchar. El otro sacerdote que había auxiliado en la misa de hornas y hasta los monaguillos se reían contagiados con la risa del padre Manuel, sólo el padre Marcelo continuaba molesto aquello le parecía una blasfemia. Recordó a sus maestros en el seminario cuando oficiaban con suma compostura y devoción, recordó también un pasaje de San Andrés, que apaleo a un renegado que había blasfemado de la virginidad de Santa Catalina. El seminario le enseño perfección, el clero ahora lo iniciaba en el relajamiento, ¿Qué hacer? Estas cavilaciones lo abstrajeron durante mucho tiempo. Corrieron los días, el padre Marcelo seguía auxiliando al viejo párroco, sin sentir ninguna emoción en lo que hacía, observaba todo y anotaba lo que pudiera servirle para el futuro. Una tarde fría del mes de enero, el padre Manuelito llamó al joven sacerdote para comentarle que el señor Arzobispo lo había designado como nuevo Canónigo de la Catedral de Durango. Yo ya he aceptado, dijo el viejo cura con júbilo forzado, a condición de que te dejaran a ti de párroco en mi lugar. Al día siguiente llegaron sendos oficios de la Mitra católica, en uno se nombraba al viejo párroco nuevo canónigo de la Catedral de Durango, y en la otra, se nombraba al joven sacerdote responsable de la parroquia. Quiso el anciano que el padre Marcelo lo acompañara a tomar posesión de su nuevo nombramiento. Fueron directamente a la sacristía de la catedral, donde los recibió el padre Roberto que era el deán de catedral, que demostró desde un principio su molesta por el nombramiento que se había hecho del padre Manuel, que sin más le dijo: Mira Manuel, quiero que quede todo bien claro, yo te conozco desde que estudiamos en el seminario, se como piensas y como es tu concepto de la religión, hay muchos colegas que merecían más que tú este cargo, sin embargo acepto con humildad la designación que ha hecho el señor Arzobispo, sus motivos tendrá, pero para mi eres alguien que no merecía esta designación, pasa y busca en donde te acomodas. El anciano sacerdote tembló de ira, pero nada contesto, solamente como era su costumbre empezó a llorar, saco su pañuelo rojo y se limpió las lágrimas, al tiempo que le decía al padre Marcelo: Vámonos, este no es lugar para nosotros. En silencio salieron hacía la plaza de armas y se sentaron en una de sus bancas, el padre Manuel con las manos temblorosas, musitaba entre dientes como si estuviera rezando: “No me quieren porque nunca quise pertenecer a sus mafias, se los dije en muchas ocasiones que la fe católica no debe formar mafias, por eso me mantuvieron olvidado por más de cuarenta años en aquella parroquia.


Por su parte el joven sacerdote pensaba en sus adentros: “Qué ingratitud, cuarenta años de párroco y terminar así como un trasto viejo, al menos hubiera suavizado el padre Roberto sus palabras, pero de la envidia ni los santos se escapan”. Esa misma tarde tomaron el camión que los llevaría hasta el pueblo, cuando llegaron a la parroquia el padre Manuel se empezó a sentir mal, le dolía mucho el pecho, pero más le dolía el comportamiento de su viejo compañero de seminario, pero posiblemente lo que más le dolió, fue que el señor Arzobispo ni siquiera le haya ofrecido presentarlo como el nuevo encargado de la Catedral de Durango, como se había acostumbrado hacerlo con otros titulares. Todo esto hecho por tierra la legitima ilusión del viejo sacerdote de que su designación era merecida, como recompensa y reconocimiento a toda una vida de ministerio. Dentro de sus muchas cavilaciones comprendió al fin, que su movimiento había sido una solución para que desocupara el campo a fin de que ya no estorbara y poner a otro en su lugar, el cual ciertamente no iba a ser el padre Marcelo, al que posiblemente se le enviaría a otra parroquia más alejada. Las molestias y la honda melancolía del padre Manuel se fue agravando, al grado que en pocos días llegó a la agonía, esta fue lenta, pero definitiva, caravanas de fieles feligreses pasaron frente al lecho de muerte, piadosas mujeres no lo abandonaron ni un momento, sólo falto la visita del señor Arzobispo y sus más allegados a la mitra católica, en sus últimas horas el Obispo lo visito en su lecho de muerte sólo para pedirle en nombre del señor Arzobispo sus ahorros para la construcción del nuevo seminario, el moribundo no contesto ante tales argumentos, sus jadeos se hicieron más profundos, un sudor frío comenzó a brotarle, y ha mezclarse con las lagrimas que rodaban por el surco de las mejillas resecas y blancas como la cera, la mano trémula apretaba un crucifico del que no apartaba la mirada. De pronto una aspiración de asfixia, los ojos clavados en el cielo y el crucifico caído en el lecho de muerte, fueron signos inequívocos de la hora de la partida. Manos de mujeres piadosas, bajaron aquellos parparos fríos y dóciles, cerrando para siempre la mirada de aquel sacerdote que durante más de cuarenta años había sido su pastor. Con el mismo paliacate rojo el padre Marcelo, enjugó con ternura cariñosa, las últimas lágrimas de aquel viejo sacerdote. Los pobres feligreses prepararon todo para velarlo. A la mañana siguiente sacaron el ataúd en hombros y lo pasearon por todas las calles del pueblo, llevaban en hombros el cadáver del viejo sacerdote seguidos por todos los habitantes de la población. El padre Marcelo sólo, presidio las honras fúnebres, pues ningún miembro de la mitra católica acudió a decir adiós al compañero de religión. Terminadas las exequias se volvió a cargar el féretro hasta el atrio del templo, parecía que flotaba el ataúd sobre el mar de cabezas como una barca rumbo a la eternidad. A un costado del templo en el jardín fue abierta la sepultura donde serían depositados sus restos, antes de bajarlo a la madre tierra, el padre Marcelo pronuncio la oración fúnebre: “La única vez que no vi llorar a nuestro párroco en su templo, fue hoy cuando entró en hombros de sus fieles seguidores. No sé en realidad, si lloró en su ordenación sacerdotal, de lo que sí


estoy seguro es que lloró al nacer, como todo hombre que lamenta tener que luchar toda una vida en este mar de lagrimas, pero lo que sí sé, es que el padre Manuel lloró siempre, en el altar no predicaba lloraba, pero no era un llanto ordinario el suyo, ni tampoco el extraordinario don de lagrimas, para él las lagrimas eran su argumento. Y acertó, porque no se que tienen las lagrimas que purifican y persuaden, restañan profundas heridas y aligeran el agobio de una pena, pero sobre todo, arrancan a la voluntad del prójimo decisiones de adhesión para la causa que imploran. Les quiero confesar, que desde que conocí al padre Manuel, aumento más mi fe en la religión, pero a la vez aumentaron mis dudas sobre la forma en que esta se maneja”.

Los sueños de doña Matilde

Los habitantes de la población de Santiago Papasquiaro, me refiero a los de mayor edad, a los que una viven, no me dejaran mentir sobre la historia que a continuación les voy a contar, porque todos sin excepción conocieron a doña Matilde, a cualquiera que se le pregunte dirán que conocieron la vida de trabajo y de sacrificios de esta señora. Todos en el pueblo la conocían y estimaban, se puede decir que está mujer vivía casi de milagro. Tenía algunas gallinas y de la venta de los huevos ahí la iba pasando, aunque esto no siempre era una entrada segura, puesto que había días en que las gallinas no ponían ni suplicándoles y era cuando el hambre más apretaba. Cuando las cosas marchaban bien, compraba algún marrano chico a buen precio y durante todo el año se esmeraba en engordarlo, cuando alcanzaba un peso


considerable lo vendía y esos centavos los ahorraba para irla pasando en tiempos difíciles. Algo que habría que reconocerle a doña Matilde, es que era profundamente orgullosa, razones le sobraban para no aceptar ayudas o “limosnas” como ella las llamaba, jamás permitió que se le considerara una “pordiosera”. Pero déjenme platicarles, por sí alguno no lo sabe, hubo un tiempo en que la casa paterna de doña Matilde era la más grande, hermosa y lujosa de todo el pueblo de Santiago Papasquiaro, en pocas palabras su casa era la de más renombre en toda la región. Su padre había realizado algunos negocios que le dejaban inmejorables ganancias, por lo que se podía decir que Matilde había nacido con pañales de seda. Pero desgraciadamente de todo eso, habían pasado ya muchos años, la llegada del movimiento revolucionario, aunado a los malos negocios de la familia, habían terminado prácticamente con el buen nombre y las épocas de abundancia de sus padres. Por extrañas razones Matilde nunca contrajo matrimonio, lo que fue motivo más que suficiente para que la miseria llegara a instalarse en su casa. La vieja mansión familiar, en la que vivió mientras pudo hacer frente a su situación, después de muertos sus padres y sus hermanos hubieron tomado rumbos diferentes, no le quedo otro remedio que rentarla, para que la pequeña suma que le daban por el alquiler, le ayudara un poco en la educación del menor de sus hermanos, llamado Federico. Ella se había reducido a vivir en la pequeña casa que tenía en una de las propiedades que fueron de su padre, cuando su hermano Federico convertido ya en un hombre, considero prudente abandonar el pueblo en busca de mejores oportunidades. Aquella era una casa realmente chica, muy maltratada, con muchas deficiencias, la que albergaba a Matilde, a quien los años se le habían venido encima y se había convertido en una vieja, pero eso sí, no estaba amargada. Todos los habitantes del pueblo admiraban en ella, su bondadosa sonrisa que florecía en sus labios marchitos. Y en medio de su pobreza tenía siempre la manera de ayudar a los que más necesitados de apoyo estaban aunque ella fuera de los mismos. Y así fueron pasando los años, todas las mañanas se le veía a doña Matilde caminando por las calles del pueblo despidiendo energía y sobre todo alegría, era muy notorio que a cada persona que se encontraba en su camino, le preguntara por sus familiares, recordando con mucha facilidad los nombres de cada uno de ellos, aun de los que habían fallecido hace muchos años, preguntaba por los hijos, los nietos, como si fueran de ella. Alguien le pregunto en una ocasión porque caminaba a pie por las calles y ella contesto: Porque ya no tengo aquellos lujosos carruajes que me paseaban por todos lados, pero ya vendrán tiempos mejores y lo volveremos a hacer. Y tanto ella como la demás gente reían de muy buena gana, Matilde porque no dejaba de tener en su mente lo que fueron tiempos mejores y la gente porque sabía que la pobre mujer ya no tenía ni en donde caerse muerta. Pero la verdad es que en el pueblo la querían todos, chicos y grandes. En una ocasión el hijo pequeño de una buena amiga de Matilde por alguna razón la empezó a llamar Tía, a ella no le molestó por el contrario le alegraba que la llamara de esta manera. Pues no paso mucho tiempo en que todos los niños, sin que nadie les dijera ni se hubieran puesto de acuerdo, la empezaron a llamar Tía. En muy poco tiempo se convirtió en la Tía Matilde, ella se sentía satisfecha de aquella camada


de sobrinos que le salieron de la noche a la mañana. Cuando paseaba por el pueblo, no dejaba de sentirse alagada ante tantos saludos y muestras de cariño de todos los sobrinos, que a decir verdad ni siquiera sabía sus nombres. Como en todos los tiempos y en todas las partes, en Santiago Papasquiaro, también había años malos, en que los alimentos subían de precio, sobre todo el maíz, al grado que Matilde no podía comprarlo ni siquiera para sus propias necesidades y tenía que vender las gallinas a muy bajo precio antes que se le murieran de hambre. Pero a pesar de estos tiempos tan malos, ella seguía sonriendo a la vida, como si nada turbara su existencia. Nunca supo de sus hermanos, que a la muerte de los padres abandonaron por diferentes rumbos el pueblo, jamás recibió una carta ni una comunicación de ellos, como si nunca hubieran existido, cuanto anhelo por mucho tiempo una misiva que viniera a endulzarle un poco la vida, a hacerle menos dura la vejes que ya había llegado sin pedir permiso. Aquella buena mujer que lo sacrifico todo por su familia, ahora sólo vivía de recuerdos, su familia ni tan siquiera sabía si vivía o ya había muerto. En sus largas noches de soledad Matilde, filosofaba y le ganaba la tristeza, pero a la siguiente mañana ya estaba nuevamente sonriendo, solía contestar a los que le preguntaban a su paso, como se encontraba: Pues, aquí sigo cargando mi Cruz, pero no se preocupen, la mía es menos pesada que la de otros. Fueron muchos los años que Matilde mantuvo alquilada la vieja casona que fuera de sus padres, algunas veces le daban algo por el alquiler y la mayoría de las veces no le daban nada. Un buen día se presento a las puertas de la que había sido la casa de su niñez, iba con la intención de solicitar alguna ayuda de los inquilinos ya que hacía meses que no le daban un solo centavo de renta. Varias veces tocó a la puerta, sin obtener contestación. Un pequeño de la casa vecina, que la vio tocando le dijo: Hace muchos meses que la casa está sola. ¿Y a donde se fueron los que vivían aquí? – pregunto sorprendida Matilde. ¡No sabemos Tía! – respondió el chiquillo – decían que en la casa espantaban, hasta que un día la señora se enfermo de un susto por algo que vio y al día siguiente se fueron. A Matilde no le quedo otro remedio que resignarse con la determinación que habían tomado los que fueron sus inquilinos y dejo pasar el tiempo a ver si salía otra familia que quisiera ocupar la casa. Pero todo fue inútil, la fama que se había corrido que en ella espantaban, había sembrado el miedo en todas las personas que en algún momento habían pensado en rentarla. Más de un vecino del pueblo, le había dicho a Matilde que todo aquello que se decía de que en esa casa espantaban, de seguro eran indicios de que en la vieja residencia, habían un gran tesoro enterrado, que debería de buscarlo, puesto que ella era la que tenía más derecho a encontrarlo. Cuando quiso hacerlo, se dio cuenta que todos los anteriores inquilinos, habían pensado lo mismo, encontrar el tesoro enterrado en algún lugar de la vieja casona, pues el aspecto ruinoso en que se encontraba la casa, así lo hacía ver, en todos los cuartos, la sala, la cocina y los patios se habían practicado excavaciones buscando con desesperación el tesoro enterrado que se suponía habían escondido los moradores de la casa.


A Matilde lo único que le causo todo aquello fue un terrible tristeza, al ver el estado en que se encontraba la casa donde había pasado los mejores años de su niñez al lado de sus padres y hermanos, pensó que resultaba realmente imposible el querer reconstruirla, como tampoco había quien quisiera rentarla en el estado en que se encontraba. No le quedo más remedio que dejarla abandonada, al menos por un tiempo, en espera que las cosas cambiaran y tal vez lograra juntar algún dinero que le permitiera ponerle mano, o tal vez alguno de sus hermanos se acordaran de ella y le mandaran dinero para remodelarla, ya que también era la casa de sus padres. Pasaron un par de años y las cosas seguían igual. Un día la madre naturaleza se ensañó contra los habitantes de la población de Santiago Papasquiaro, de pronto se abatió un vendaval de proporciones increíbles, casas, árboles, carretas y animales fueron victimas de la furia del viento y de las lluvias. Sembradíos que apenas unas horas antes eran promesa para los pobres campesinos, fueron totalmente arrasados, llevando a la ruina y al desamparo a todos sus habitantes, la pobre de Matilde no fue la acepción, todo lo poco que tenía incluyendo su casa y sus animales se perdieron para siempre. No le quedo más remedio que tomar lo poco que encontró y se traslado a vivir a la que había sido su vieja casa y que cosa curiosa fue de las que menos daño sufrió. Fue difícil para la pobre mujer instalarse en la que había sido su casa paterna, ya que se encontraba en ruinas y por todas partes colgaban las telarañas, lo que hacía ver el abandono en que se encontraba, pero para ella era más doloroso todavía porque en años anteriores había sido feliz y cada rincón abandonado, no sólo le despertaba un recuerdo, le clavaba un dolor en el vientre como si se tratara de una puñalada. Pero si algo tenía Matilde, es que siempre fue muy trabajadora y muy valiente, bajo sus cuidados empezaron a reverdecer algunas de las viejas plantas abandonadas del jardín, la limpieza se empezó a notar por toda la vieja casa, la cocina sobre todo era en donde más se notaban sus cuidados, aquella era una verdadera cocina de pueblo, era amplia tenía dos ventanas que daban al patio, contaba con mucha luz y aire lo que no tenían las demás cocinas del pueblo, tenía a un lado de las hornillas que estaban hechas sobre una pared de adobe, una especie de pedestal de tierra y piedra maciza en donde era colocado el metate, indispensable en aquellos tiempos en que todavía los molinos para nixtamal no habían llegado a los pueblos. Matilde recordaba haber visto siempre aquel metate sobre el mismo sitio, por lo que se preguntaba ¿Cuántos años tendría ya ese útil aparato sirviendo a la familia? Aquel año, el invierno había sido realmente muy duro en la población de Santiago Papasquiaro, la helada había caído sobre los sembradíos y de las ramas de los árboles colgaban hilos de hielo. La vieja casona de Matilde era muy fría en invierno, por lo que siempre mantenía encendido el fuego en la chimenea de la sala. Esa noche se sintió tan bien frente al calor de la lumbre que decidió tender unos zarapes y dormir sobre el suelo, al poco rato quedo profundamente dormida, horas después los troncos se habían extinguido en la chimenea. Un ruido muy extraño la sacó de su reparador sueño, escucho como pasos apagados, como el ruido producido por una larga vestidura de mujer que roza el suelo. Matilde a pesar de que era valiente, sintió el miedo, trato de no darle importancia, pero en eso se escucho un ruido como el que producen muchas cucharas metálicas al ser arrojadas en el piso, después todo quedo en silencio, al menos por un rato, porque en seguida se escucho una leve campanita de esas que utilizaban la gente acomodada para llamar a los sirvientes cuando se les ofrecía algo. Claramente se fijo que aquel ruido de la campanita venía de donde se encontraba instalado el metate. Matilde resuelta no espero a que amaneciera, prevista de lo necesario, procedió a retirar la mampara de adobe y piedra que sostenía el metate y que ninguno de los que habían


escarbado en la casa se habían figado en eso. Cuando hubo tirado todo, cabo unos noventa centímetros y fue cuando descubrió una gran piedra empotrada como si se tratara de una puerta, después de muchos esfuerzos logró sacar aquella piedra dejando al descubierto un saco de cuero grueso que se encontraba ya ennegrecido que produjo al moverlo un sonido metálico. Un gran tesoro contenía en su interior aquel saco, monedas antiguas de la época de la colonia acuñadas en oro puro. Lo primero en que Matilde pensó fue en reconstruir la vieja casona para que luciera mejor que antes, pasar sus últimos años rodeada de los más exquisitos lujos, pero sobre todo pensó en comprar una lujosa carroza tirada por dos caballos blancos para recorrer todos los días las calles del pueblo.


Santa Domitila

La procesión de fieles del pueblo de Santa Domitila, salió del templo por la mañana en paso lento por las calles empedradas, como lo habían hecho hace ya muchos años, en cada aniversario de la aparición de la Virgen, que nadie vio pero que aseguran que era cierto porque así lo contó una niña, que salió a recoger leña y se la encontró. Ahí iba el templete sobre el que descansaba la Virgen, cargado por una docena de hombres con pasos acompasados la llevaban en hombros, una columna de humo blanco procedía a la Santa que inexplicablemente escogió ese pueblo para manifestarse una mañana. Santa Domitila se movía de un lado a otro, como cojeando, por el peso irregular de los que la cargaban. Varios niños y niñas vestidos de blanco con ramitos de flores en las manos, la seguían de cerca y mucha gente formaba filas a sus espaldas con la cabeza descubierta y en actitud respetuosa y humilde. Los comerciantes ambulantes, suspendieron sus ventas en la pequeña plaza, los gritos de los vendedores, borrachos y merolicos se apagó súbitamente, todos se quitaban el sombrero y muchos se ponían de rodillas. Los demás comerciantes en mayoreo estaban en las puertas de sus tiendas en mangas de camisa y descubiertos. El dueño de la ferretera “Las Flores de Mayo” don Crescencio Ortiz, hombre profundamente reaccionario y contrario a la religión, pensó primero en no asomarse, pero después cambio de parecer y buscó su sombrero se lo metió hasta las orejas y salió a pararse en la puerta de su negocio. En un momento se le unieron Librado Ventura y Ramón González, manifestándole de inmediato su indignación, Librado Ventura que era el más molesto le dijo de inmediato: ¡Mire usted don Crescencio como se pisotean las Leyes de Reforma!


¡Claro! Don Librado ya veo como se está ultrajando la dignidad del partido que las sostuvo con la vida de muchos de sus fundadores. Pero no sólo eso, don Crescencio se está mancillando la memoria de los mártires que murieron por ella. ¡Qué dirían! Señor mío, qué dirían, si regresaran de la tumba Juárez, Degollado y Ocampo, yo les aseguro que no solamente fusilaban a todos los curas, también a nosotros por permitir estas manifestaciones, que no es otra cosa más que un reto de la iglesia para demostrarnos quien tiene el poder. Mientras don Crescencio lanzaba rayos y centellas sobre lo que estaba pasando, don Ramón González, que era igual o peor de radical que él, sentía que la sangre se le subía a la cabeza y escupía bilis. En un instante los tres hombres dijeron mil cosas en contra del señor presidente municipal, no lo bajaban de sinvergüenza, consentidor, mal mexicano y agachado, que por unos cuantos pesos que le daban los curas se hacía guaje y permitía esas manifestaciones. En eso llegó para unirse a los tres don Guillermo del Campo y Rosas, que era el dueño de la farmacia “La casa de Hipócrates” que también era conocido como un radical de hueso colorado enemigo jurado de la religión, que sin esperar saludos llegó diciendo: Pues que le parece a ustedes, este cura nos está retando, de eso no cabe la menor duda, ¿Pero qué es lo que se propone? ¿No habíamos acordado ya en la última junta de cabildo que quedaban estrictamente prohibidas estas manifestaciones de carácter religioso? Pues sí don Guillermo así fue, pero ya lo ve usted lo que le importo al señor cura, siempre se salió con la suya. ¡Y vean ustedes como el pueblo se arrodilla! Bien merecen que los gobierne un Arzobispo, tantos años de lucha y derramamiento de sangre, ¿Para qué? Pues lo que es yo, no me quedo tan campante – dijo sumamente indignado don Crescencio, al tiempo que gritaba - ¡a ver Toribio trae acá mi caballo! Montó en el caballo y penetró a la plaza a galope tendido y sin moderar el paso de la cabalgadura, se hecho por entre los puestos de vendimias, en su loca carrera se llevó entre las patas del caballo un puesto de ollas de barro y volcó una mesa cargada de botellas de miel, arrollando a tres o cuatro indígenas que rodaron por el suelo. Los demás pobladores que permanecían en las puertas de sus casas o comercios, vieron como don Crescencio se detenía cerrando el paso a la procesión, al tiempo que pegaba de gritos haciendo ademanes muy fuertes, quienes formaban la columna de fieles y las gentes que tenían puestos en la plaza, lo empezaron a rodear en cuestión de segundos con actitudes muy amenazadoras, lo que aprovecharon los comerciantes establecidos para meterse detrás de sus mostradores. Algunos hombres del pueblo alzaban sus machetes y se lo enseñaban a don Crescencio lanzando palabras de amenaza y aunque el liberal comerciante no dejaba de gritar, la procesión continuo marchando igual, de suerte que podría adivinarse que las amenazas lanzadas por don Crescencio no encontraron respuesta alguna ni tampoco una obediencia fácil. En ese momento apareció por un costado de la plaza el señor presidente municipal acompañado de


veinte policías fuertemente armados, a un grito del alcalde marcharon a paso veloz y se abrieron camino hasta llegar a lo grueso de la procesión, al tiempo que con las culatas de los fusiles descargaban sobre las gentes más próximas y en seguida toda la procesión se puso en marcha pero en completo desorden, en medio de gritos desesperados sobre todo de las mujeres, los policías condujeron hacia la presidencia municipal a los principales organizadores así como a los que cargaban en hombros la imagen de la santa. Don Crescencio se encontraba ya en su comercio acompañado de varios hombres que acudieron de inmediato a felicitarle por el arrojó que había tenido al pararse frente a la procesión, cuando llegó corriendo Gumersindo Arroyo, al tiempo que casi gritaba: ¿Ya saben ustedes la nueva? – pregunto el individuo. ¡Cuenta hombre, cuenta! ¿Qué esperas? Pues que el curita está preso y condenado a 30 días de arresto por desacato a la autoridad, o cinco mil pesos de multa. ¡Qué bueno! ¡Magnifico! Hasta que hizo realmente algo este presidente municipal. Pero no sólo eso, Santa Domitila también esta presa. ¡Vaya! Ya era hora que se hiciera algo digno en este pueblo. Qué mejor manera de honrar las Leyes de Reforma, ahora Juárez y todos sus liberales podrán descansar en paz. Pues, sí que muy buena le espera al señor cura y a todos sus conservadores, tendrán que pasarse un buen rato a la sombra. Ese mismo día todas las cofradías del pueblo empezaron a organizarse para poner en libertad al señor cura y a la Santa Patrona, la que más indignada estaba era doña Cenobita del Rosal, presidenta de la Cofradía de Mujeres Custodias del Manto de San Pablo, que de inmediato organizaron una colecta para pagar la multa que había impuesto el presidente municipal para que pudiera obtener su libertad el cura de la parroquia, todas sin excepción aportaron lo más que pudieron y la cantidad se reunió en cuestión de un par de horas. Al frente de un número considerable de mujeres doña Cenobita del Rosal se presentó en el despacho del señor presidente exigiendo la inmediata libertad del Padre Teodosio Ramírez, así como la liberación de la imagen de Santa Domitila que también se encontraba presa. El señor presidente municipal sintiendo que se le presentaba un buen negocio, les dijo con cierta altanería: Pues si quieren que el cura y su santa, recobren la libertad, hay que pagar una multa que no la he fijado yo, se impuso conforme a la ley. ¡Sí! De todo eso ya estamos enterados, también sabemos que ordeno usted que mediante el pago de cinco mil pesos el padre y la imagen de la Virgen podrían obtener su libertad, ¡Claro! Así es, son cinco mil pesos, que tienen que depositarse en efectivo, yo sólo hago lo que la


ley me indica. Ahórrese sus discursos, que no estamos para oír sandeces, aquí traemos los cinco mil pesos y cinco mil más, para que nos de permiso de que la procesión se realice y las campanas sean echadas a vuelo. Al presidente municipal le brillaron los ojos de la emoción, no podía creer lo que estaba viendo sobre su escritorio se encontraban diez mil pesos, lo que ganaba de sueldo en un mes, tosió más de nervios que de carraspera, se fajó el cinturón sobre su abultada cadera y les dijo: Ustedes saben que yo nunca he estado en contra de la iglesia, no les voy a decir que asisto muy seguido al templo porque mis ocupaciones no me lo permiten, pero cuando me queda un campito, me doy una escapadita y hasta sus veladoras le llevo a la virgencita, de eso tengan ustedes toda la seguridad. Bueno, bueno, después nos cuenta sus fervientes dotes de buen cristiano, ahora hágame un recibo por la cantidad que le estamos dejando y entréguenos al padrecito y a la santa. Ya surgió el primer problema, no le puedo dar un recibo, porque tendría que reportar el incidente a la capital y estas gentes me van a pedir que lo remita en calidad de preso para Durango, así que usted dirá como le hacemos. Está bien, ya conozco ese cuento, sólo entrégueme al padre y a la santa y olvídese del recibo. Ya ve, como entre buenos católicos nos podemos entender. ¡Católico usted? No me haga reír, eso cuénteselo a su bola de borregos que lo siguen a todos lados, pero ya lo veré el día del juicio final. Hay doña Cenobita, usted siempre tan especial siempre con la broma a flor de labios. Pues será el sereno, pero lo que es usted, le aseguro que ya tiene un lugar reservado en el infierno para el día que se muera y de ahí no sale en siglos. ¿Qué le hecho Cenobita para que me tenga tan mala voluntad? Mire, mejor hay la dejamos, ahora ordene que dejen salir al padre y a la santa. Ha y no se olvide, que tenemos permiso para echar las campanas a vuelo. En ese momento las tres campanas con que cuenta la torre de la iglesia, empezaron a sonar con tal ímpetu como si se tratará del juicio final, como era de esperarse los liberales que se encontraban celebrando en la tienda de don Crescencio, se sorprendieron al igual que todo el pueblo del nutrido repique de las campanas. ¿Y ahora qué está pasando? ¿A qué se debe tal alboroto con esas campanas? En eso iba llegando a la tienda Marcial Lara, que trabajaba como escribiente en la presidencia municipal y que iba como todos los días a que le surtieran su medio litro de sotol antes de retirarse a su casa. ¿Pues qué no saben?


¿no sabemos qué cosa Marcial? Habla pronto. Pues que el señor presidente municipal ha puesto en libertad al cura y a la santa. Pero, ¿Es verdad eso que estás diciendo? ¡Claro qué es verdad! Como el repique de las campanas que están escuchando, que también les dio permiso al grupo de señoras rezanderas de echarlas al vuelo. Ya me esperaba algo así, de este mal nacido del presidente municipal, mira que echar a perder un logró que se había obtenido después de muchas luchas. De seguro le han de haber embarrado muy bien la mano para que diera marcha atrás a lo que se había logrado. Eso ténganlo por seguro, ese hombree no da patada sin huarache, pero esto no se puede quedar así, tenemos que ir a su oficina para que nos explique qué fue lo que paso. Todos los que se encontraban en la tienda de abarrotes de don Crescencio acudieron a la presidencia municipal y una vez frente al alcalde, le reclamaron su proceder al haber puesto en libertad al cura y a la santa, el jefe de la comuna con toda tranquilidad les respondió: Señores, la autoridad de este pueblo, debidamente constituida, tiene que estar bien con Dios y con el diablo. Los tiempos modernos de la administración así lo indican, por lo tanto buenas tardes.


El árbol de los muertos

Francisco de la Fuente, aquel joven, alto, fuerte y bien parecido, se despedía con tristeza de la vieja casa donde había nacido y donde había pasado los mejores años de su vida, volvió los ojos al paisaje y contemplo lo que había sido su mundo. El llano se extendía, como una plaza inmensa, verde, con ese verdor de angustia, en que se convierten los llanos cuando comienza a soplar los vientos fríos de noviembre en la que se conoce como La Región de los Llanos, ahora de “Guadalupe Victoria” un municipio del Estado de Durango. Más allá del llano, algunos árboles que iban poco a poco, perdiendo sus hojas, y más allá todavía, la tierra que se levantaba en tímidas ondulaciones para hundirse luego, en la lejanía interminable. Su casa enclavada en el pequeño rancho, quedaba sola, un árbol seco de roble, con sus ramas mutiladas se mantenía firme como si se tratara de un fiel centinela. El viejo roble y la casa, habían crecido juntos, árbol y casa, ahora quedaban a merced del tiempo. El árbol siempre había sido corpulento, cubría con sus ramajes aquella casa por entero y aún le quedaba mucha sombra para que se cubriera el ganado. Cuando el árbol estaba verde, miles de pájaros cantaban en sus ramas, cuando aquellas tierras eran prosperas, miles de notas salían de las gargantas de los hombres que cantaban mientras trabajaban imitando a los pájaros. Ahora todo pertenece al pasado. Ahí en aquella hermosa casa, con su techo de dos aguas y tejas color ocre, protegida por aquel enorme árbol, llegó un día el coronel Marcelino de la Fuente, cuando se licenció de las fuerzas liberales al mando del valiente general Sostenes Rocha, siempre lucharon por la instauración de la República que pregonaba el presidente don Benito Juárez. Cuando falsos mexicanos trajeron de las Europas a un príncipe Austriaco para que nos viniera a gobernar, sus files soldados permanecieron a su lado para defender la soberanía del país, hasta que en el cerro de las campanas en la ciudad de Querétaro, se terminaron los sueños de todos aquellos que pretendían convertir a nuestro país en una monarquía. Pero ahí estaba Juárez y su ejército Liberal para impedirlo. Cuando el coronel Marcelino de la Fuente, solicito permiso para causar baja en el ejercito Liberal, se vino a vivir a la región de los llanos (hoy Guadalupe Victoria), en un lugar que actualmente se le conoce como Ramón Corona, ahí poseía el coronel una pequeña fracción de terreno en donde pensaba levantar una casa y pasar en ella los últimos años de su vida. Primero construyo la casa, con sus propios recursos que había obtenido de su licencia, en seguida plantó frente a la casa a diez metros de distancia una pequeña rama de roble, compró una cimente de ganado y se dispuso a vivir de su trabajo. Los años pasaron y la pequeña rama se convierto en un joven árbol de roble y bajo la sombra de ese árbol conoció a la que sería su mujer Altagracia. Ahí también bajo la sombra de ese árbol, llegaban las vacas a parir sus crías, ahí bajo ese árbol las crías del coronel y Altagracia se hermanaron con las crías de las vacas, se hermanaron y crecieron junto


con ellas, mientras que también crecía la frondosidad del roble. Se casaron las hijas del coronel y alumbrados por la luna llena que lucía como un enorme farol, se bailo toda la noche. Las hijas se fueron con sus hombres, y las vaquillas con sus toros a formar nuevos rebaños. El coronel quedo sólo con su Altagracia y la Altagracia para hacerle más llevadera la vida le dio un hijo. Cuando el coronel salía a trabajar el campo, su mujer se quedaba sola con la compañía de su hijo, al que pusieron por nombre Francisco, el niño había nacido sano y fuerte como un becerro. Francisco llegó a la casa, cuando ya el árbol era todo lo que puede ser un árbol: frondoso, viril, corpulento, enraizado profundamente en la tierra, lanzando al viento sus hojas, para que el mismo viento barra con ellas la tierra y la abone, para que en el futuro nazcan nuevos árboles, con nuevas sombras que cubran nuevas casas como la del coronel. Francisquito llego a la casa, cuando ya sus hermanas se habían ido con sus hombres a buscar nuevos rumbos, el niño creció jugando con su perro, que era tan viejo como la casa y cuando francisco quería jugar siempre estaba dormido, por las mañanas muy temprano se salía de la casa y se encaminaba hacia el viejo árbol, en donde dormían las vacas y se tendía bajo ellas para mamar las ubres, así creció hasta que se convirtió en hombre. Los años pasaron y primero murió el perro, ya estaba viejo y merecía descansar, el coronel y su mujer sintieron mucho la muerte del perro lo enterraron bajo el viejo roble y le pusieron una pequeña cruz, propia para un perro. Francisquito lloró por varios días sobre la crucecita que se colocó en la tumba del perro. Pasaron algunos años y una mañana ya no despertó Altagracia, se quedo dormida para siempre en la cama, el coronel y su hijo, la enterraron junto al viejo perro, bajo la sombra del enorme roble, le colocaron sobre su tumba una Cruz más grande de acuerdo con la importancia de la difunta, el pequeño Francisco lloró varios días sobre la tumba de su madre. El viejo y aguerrido coronel, ya había quedado sólo, con el hijo que ya se había convertido en hombre, a pesar de que siempre estaba con él, el coronel se sentía sólo, antes de entrar a dormir a la casa cuando regresaba de la faena del día, iba a la tumba de su Altagracia, permanecía ahí hincado por largo rato, le platicaba, le sonreía, le contaba sobre las nuevas crías que habían tenido las vacas, sobre el viejo roble que seguía frondoso y fuerte, pero sobre todo recordaban aquellos días, cuando él en compañía de su Altagracia, ya viejos, sentados solos bajo el roble, él con sus dedos temblorosos y arrugados le cantaba con la guitarra todas aquellas canciones que le gustaban y ella también cantaba viejas canciones como lo hacía de niña cuando era soltera. El viejo coronel algunas veces se quedaba dormido bajo el árbol, pero siempre muy temprano regresaba al trabajo, al cultivo de la tierra y el cuidado de los animales, regresaba a la casa ya muy entrada la noche. Cuando la noche era muy oscura, muy cerrada, - “como boca de lobo” – solían decir algunos arrieros, o cuando la lluvia era intensa sobre todo en el invierno, hacía temblar la vieja casa, entonces el coronel entreabría la puerta, buscaba con sus ojos entre las sombras y esperaba que algún relámpago iluminara la Cruz para irse a tirar sobre la tumba. Cuando estas cosas pasaban el viejo coronel, sufría, no dormía, se levantaba primero que el canto


de los gallos, se encaminaba presuroso a sentarse bajo el árbol, ahí permanecía por largo tiempo, trataba de darle excusas a su Altagracia, por no haber acudido a la cita la noche anterior. Habían pasado varios inviernos desde que murió su querida Altagracia, también habían pasado varios veranos y otros que llegaban. Los inviernos fueros crudos, no recordaba el viejo coronel otros iguales, tal vez hubo otros más terribles, pero el coronel no los recordaba; habían pasado muchos veranos, pero veranos como aquellos últimos nunca habían pasado, o al menos el viejo coronel no los recordaba. Jamás había tenido el coronel que calentarse los huesos para poder caminar; jamás había tenido que mojarse el rostro con agua serenada de amanecida para que la piel no se le reventara. Aquel año, aconteció algo que no había sucedido nunca, el viejo roble, en aquel verano quedo sin una hoja, como nunca había quedado, parecía un árbol seco, un árbol muerto. El sol, hacía caer sus ardientes rayos sobre la cruz blanca de la Altagracia y el viejo coronel tuvo que traer ramas de muy lejos para darle un poquito de sombra. El siguiente verano fue igual y los otros que le siguieron. El viejo coronel murió cuando llevaba desde lejos, ramas verdes para darle un poquito de sombra a su querida Altagracia. Su hijo Francisco, que ya era un hombre, enterró a su padre, el viejo coronel, junto a su amada Altagracia. Y le puso también una cruz, más grande que las otras, para con el tiempo distinguirla que era la del viejo coronel, en esa ocasión nadie lloró sobre su tumba. Mientras tanto el viejo roble seguía botando sus hojas hasta quedarse completamente desnudo, fuertes vientos llegaban de madrugada, como si quisieran arrancarle a la casa todo lo que tenía de viejo, otras veces oleajes de aires calientes cruzaban la inmensa llanura. Las estrellas bajaban de día a retozar sobre el lomo seco del llano. Los pájaros se ausentaron, ya no se posaron sobre el árbol desnudo, pero en cambio aparecieron de todas direcciones pájaros negros, grandes y feos, que olían la tierra, tal vez porque la tierra era un cementerio de animales muertos y vencidos por el hambre, subían como asustados o a lo mejor llenos de alegría hasta tocar el cielo, para luego bajar a velocidades vertiginosas, tras una venía otra y otra, y miles de aves negras, grandes y feas, como tizones apagados, poblaban todo el llano. El llano miraba el cielo por los redondos orificios de las calaveras. La vieja casa, aquella casa que construyera el coronel para formar una familia, quedo desmantelada, sólo los gruesos postes que sostenían el armazón estaban en pie; el viejo coronel había hecho aquellos armazones tan fuertes como el árbol que le daba sombra. Y como al árbol, el viento podía desprenderle todas las hojas, pero arrancarlo jamás. Así era aquella vieja casa que el coronel había construido. Las nuevas lluvias llegaron y encontraron sólo al hijo del coronel y de Altagracia. Pero sucedió algo extraordinario, el viejo roble reverdeció y reverdeció más hermoso que otros años,


crecieron sus ramas y en las ramas, los retoños querían ser adultos, se poblaron de pájaros, llegaron las primeras vacas a parir sus crías, los toros saltaban como niños en recreo. Francisco, el hijo del coronel que ya era un hombre, hizo sobre los armazones de la vieja casa, una nueva y pensó traer también mujer, para que le diera crías, hasta pensó: “Cuando llegue el invierno habrá humo saliendo de la chimenea de la casa, la vieja guitarra de mi padre se oirá de nuevo bajo el árbol; bajo el árbol crecerán las crías del hijo del coronel Marcelino de la Fuente, vendrán las vacas a parir bajo el árbol y mis hijos se alimentaran de su leche, mis hijos bailaran también bajo el árbol cuando la luna sea llena, grande como un farol, cuando pase el invierno habrá mujer en la casa, siempre las lluvias en los llanos se despiden en enero”. El hijo del viejo coronel, estirado cual largo era bajo la sombra del roble, pensaba en todas estas cosas y oía el ruido que hacia la lluvia al caer sobre la copa del árbol; descargas eléctricas incesantes cruzaban el cielo hosco y iluminaban todo el llano. Los vislumbres de los rayos se metían hasta la casa, los animales mugían temerosos bajo el árbol, los rayos caían precipitadamente y se hundían en la tierra; de pronto comenzaron a tronar las ramas del roble, como si una gran hacha las fuera cortando sin piedad. ¿Será este el último invierno que la pase sólo? – Se preguntó el hijo del coronel – y después el mismo se contesto: mañana habrá mujer en la casa, el cielo amanecerá despejado, está será la última lluvia, habrá mujer en la casa y crecerán las crías, con los becerros. Un resplandor terrible, muy fuerte, muy cerca de la casa, hizo que Francisco saliera de sus pensamientos, se levanto del lugar en que se encontraba y corrió hacia la casa, entreabrió la puerta, pero un segundo resplandor seguido por un rayo le salió al paso. Y sintió como si un latigazo de fuego le quemara la cara, el hijo del coronel se llevó con violencia las manos a los ojos, las apretó sobre el rostro y con temor fue abriendo los ojos y cuando vio lo que del corpulento roble había quedado, de un puñetazo derribó la puerta de la casa. Pasaron los días de tormentas y una mañana amaneció tranquilo, comenzaron los árboles a botar sus hojas, el viejo roble, en pocos días se quedo fijo como una cruz, ya no llegaron los pájaros porque no había donde pararse, las vacas se fueron a buscar otras sombras, de otros árboles, sus relinchos y mugidos se fueron apagando en la lejanía hasta desaparecer para siempre. Junto a la casa había ahora cuatro cruses, que se miraban desde lejos. El hijo del coronel Marcelino de la Fuente, con sus pocas pertenencias sobre una carreta, volvió los ojos hacia el llano y se despidió de la casa.


Un hombre llamado Onésimo

Esta historia que les vamos a contar, sucedió hace muchos años, tantos que ya ni recuerdo con exactitud cuántos son, pero de lo que sí estoy seguro es que paso aquí en la ciudad capital de Durango, algunos tal vez se acuerden de estos hechos, sí así es, pues que bueno, porque me ayudarán a reafirmar lo que a continuación les relato: Onésimo Mendieta, es el protagonista principal de este relato, era en aquellos tiempos un joven bien parecido, fuerte y valiente como pocos, muchos quisieron probar lo antes dicho y quedaron satisfechos. Desde hacía mucho tiempo estaba profundamente enamorado de Natalia, una muchacha del barrio, muy bonita, hacendosa y además inteligente, ella era hija de don Filemón Alcántara y doña Matilde Loera, que eran dueños de la tienda de abarrotes “La Mexicana” una de las más surtidas y prosperas en el barrio de Terra Blanca, por lo tanto se les consideraba como una familia acomodada, o de recursos económicos. Por lo que veían con desagrado la relación de su hija con Onésimo, porque entre otras cosas lo consideraban un muchacho de poco “porvenir” de esta manera llamaban por aquel entonces a los jóvenes que no tenían dinero, ni manera clara de hacerlo. Está marcada oposición de los padres de Natalia a su noviazgo con Onésimo, había deprimido el


ánimo del muchacho en tal forma que un día salió de su casa, con la firme intención de buscar trabajo de lo que fuera, con la esperanza de que su actividad venciera la resistencia de los padres de su novia. La buena presencia de Onésimo hizo que don Gregorio del Billar, uno de los hombres más ricos por aquel entonces en la ciudad de Durango, le diera un empleo, su trabajo conseguido consistía en ir cada mañana a temprana hora a vigilar el trabajo de los peones que laboraban en unas tierras de cultivo que don Gregorio tenía por la labor de Guadalupe, (en donde ahora se encuentra la ciudad industrial), tenía que estar pendiente que los peones iniciaran su trabajo temprano y sobre todo que lo realizarán con prontitud, el trabajo no del todo le satisfacía al muchacho, porque eso de levantarse con los primeros cantos de los gallos, cuando todavía las estrellas brillaban en el firmamento, sacar el caballo de las caballerizas, ensillarlo y encaminarse a la labor a fin de llegar con los primeros rayos del sol, todo esto en cierta manera resultaba muy molesto para Onésimo, pero sus ambiciones justificadas le daban valor al enamorado muchacho. Tres meses hacía que Onésimo emprendía las cabalgatas rumbo a la labor, cuando la noche estaba apoderada de todo el entorno, por lo tanto sus travesías se realizaban en la más completa oscuridad. En realidad su labor se reducía a llegar al rancho, tocar una tosca campana para despertar a los trabajadores, encomendarles el trabajo del día y luego regresar a la ciudad, para volver a regresar al medio día y revisar los trabajos realizados poco antes de que la noche llegara. El viaje de regreso y los dos posteriores, eran muy agradables, pues los hacía cuando el sol bañaba ya campos y cerros, y cuando las carretas de los campesinos, al paso cansino de los animales de tiro, hacían el mismo recorrido que él. Montaba diariamente un caballo alazán, que conocía perfectamente el camino y que lo conducía de regreso a la ciudad, sin que necesitara guiarle, esta confianza en su cabalgadura, hacia que pudiera adormilarse mientras iba a las tierras de su patrón, cada día. Una mañana como todas las anteriores, Onésimo había dejado que el caballo siguiera el camino a su antojo, más de pronto la inmovilidad de la bestia, a la vez que un estremecimiento de la misma, le hicieron despertar de la modorra y al abrir los ojos distinguió como a cien metros de distancia, en la semioscuridad del amanecer, la figura de un jinete que se recortaba admirablemente sobre el tono opalino del cielo. Montaba aquel jinete un caballo negro de gran alzada y también negra era la vestidura charra que portaba, así como el fino sobrero que lucía sobre su cabeza. Lo vio Onésimo avanzar al paso del caballo, atravesar el crucero que dividía la carretera para seguir el mismo camino que Onésimo, pero a una distancia notable. Al dar vuelta a un recodó, vio Onésimo que el extraño jinete siguió por la vereda que llevaba a un rancho vecino al de su patrón llamado “rancho los Altares” y pensando en el inesperado encuentro siguió adelante en su camino. Pasaron ocho días sin que ni uno sólo, dejara de ver al silencioso individuo seguir el mismo camino, a la misma hora y sin variar en nada su actitud, por más esfuerzos que Onésimo hizo, cambiando un poco el paso de su cabalgadura, a fin de poderse encontrar con el misterioso charro del caballo negro, en el momento que cruzará el camino, no pudo conseguirlo, delante de él, a la misma distancia del primer día, veía recortarse en la semioscuridad del amanecer, la gallarda y misteriosa


aparición. La rara figura de aquel hombre que aparecía siempre a su vista al amanecer, la inmovilidad del jinete que mantenía erguido sobre la silla galoneada, así como el camino siempre igual que seguía y la deriva que hacía al llegar a la vereda que llevaba al rancho de “los Altares” comenzaron a intrigar al joven Onésimo. Más de una semana hacia que se desarrollaban los hechos mencionados, cuando una mañana, Onésimo al regresar del rancho, se resolvió a hablarle a su patrón, le narró detalle a detalle, lo que la acontecía camino a sus propiedades, don Gregorio le veía atentamente, como dudando de la veracidad de sus palabras, pero a medida que Onésimo contestaba a sus preguntas y le describía admirablemente la figura del charro negro y del caballo del mismo color, un gesto de extrañeza y de preocupación, remarcaba la arruga que plegaba la frente de don Gregorio. Pues Onésimo, sí la leyenda no miente, a ti te ha caído en suerte cruzarte con la sombra misma de don Liborio Alvares y de la Cruz, el que fuera dueño del rancho “Los Altares” un español que vivió por estas tierras hace ya algunos años y que murió según el decir de las gentes, dejando un gran tesoro escondido, hasta ahora nadie sabe dónde. El rumbo que según tu decir, sigue ese charro vestido todo de negro, es el que lleva al rancho de don Liborio que ahora está casi abandonado. El apoderado del español, cuida poco de esta propiedad, ya que los que han habitado las casas del rancho, dicen que don Liborio se aparece y vistiendo precisamente en la forma en que ti has descrito al jinete que monta el caballo negro. Pues, yo no creo en aparecidos don Gregorio – le contesto el muchacho con aires de muy valiente, como si no le temiera a nada – pero sí sé que hay extrañas fuerzas ocultas que a veces guían el destino de los hombres. Pues posiblemente a ti te toque dar con el famoso tesoro de don Liborio – le respondió su patrón con un gesto de burla - dicen los que saben de esto, que está formado de puras onzas de oro puro, de esas que se acuñaban en tiempos de la colonia. Onésimo, se quedo pensativo, mucho le intereso el relato de su patrón, pero pensó que hay tantas mentiras como acostumbran narrar los rancheros para entretener el tiempo, y se fue meditando en todo lo que él haría si lo que decían de aquellos entierros era cierto, entonces sí realizaría su sueño de que Natalia su bella y dulce novia llegaría a ser su esposa. A la mañana siguiente más temprano que de costumbre, Onésimo salió para el rancho, llevaba la firme resolución de seguir a la extraña figura que a diario entreveraba el crucero del camino. Y sí en verdad no era una persona mortal, la que montaba aquel caballo negro, él la seguiría a como diera lugar lo que le importaba realmente era que le dijera en donde está oculto el tesoro. Y sucedió lo de siempre, cuando Onésimo llegó cerca del crucero, vio en la vereda lateral, la rara figura del jinete vestido de negro, que seguía su camino imperturbable. Onésimo se armó de valor y lo siguió. Cuando las primeras luces de la mañana rompían las sombras postreras de la noche, llegaron al rancho “Los Altares” el jinete negro y como a cien metros de distancia Onésimo, al verle avanzar por el camino que lleva a la casa del mentado rancho, Onésimo pensó que era una persona real a la que seguía, y hasta se detuvo para verle desmontar al pie del grueso aliso que crecía a la puerta de la casa principal, más un estremecimiento incontenible y una sensación de miedo a lo desconocido, se posesionaron de Onésimo, al observar que caballo y jinete, se desvanecían como las sombras, al pie


de un enorme árbol. Una frenética carrera emprendió el muchacho y no paró hasta llegar a la ciudad, y sin dirigirse a su casa como lo hacia todos los días, se fue directo a la casa de su patrón, al que puso al corriente de lo que había pasado, don Gregorio le hablo de esta manera: Pues hijo, la suerte es tuya, lo mejor que puedes hacer, si tienes valor para ello, es irte mañana temprano con una mula, un pico, una pala y dos costales macizos de cuero, y al pie del aliso donde desmonta el jinete, buscar sin descanso, que algo debes encontrar, no serás tú el primero en enriquecerse de la noche a la mañana. Oiga patrón, si tanta fe tiene en que eso suceda, porque no me acompaña mañana, con gusto podíamos repartirnos lo que encontremos. Porque la surte no es para mí hijo, si esas onzas de oro estuvieran destinadas para mí, yo hubiera visto la sombra de don Liborio, en alguna de las mil veces que he cruzado ese camino al amanecer, los muertos son muy celosos de sus tesoros, y de seguro él quiere que tú seas el que disfrute de ese dinero, acumulado durante muchos años. Pero ¿Y yo por qué don Gregorio? Lo ignoro muchacho, ¿Pero, tú naciste en esta tierra? No señor vine como hace unos diez años, del vecino Estado de Zacatecas, pero de aquí son mi padre y mi madre. ¿Qué nombre llevaba tu padre? El de mi abuela, pues parece ser que mi padre fue hijo natural de un hombre rico de estas tierras, que se enamoro de mi abuela y no se pudo casar, por estarlo ya. En una de las epidemias de la fiebre amarilla, murieron mi abuelo y su esposa y sus hijos, sin que hubiera podido legalizar el nacimiento de mi padre, según sé, el apellido de mi abuelo era Alvares de la Cruz. Don Gregorio se puso intensamente pálido al escuchar tales nombres en labios en Onésimo, pues el famoso español don Liborio, llevaba los mismos apellidos Alvares y de la Cruz, y había muerto durante la última epidemia del cólera. Pues ahora más que nunca, pienso que una fuerza oculta te guía hacia ese tesoro, eres nieto de don Liborio esto no puede ser coincidencia todas las cosas se entrelazan, ese gran tesoro te pertenece por ley es tuyo. Un poquito antes de lo acostumbrado, emprendió Onésimo el camino hacia el rancho de don Gregorio, en está ocasión una mula fuerte, bien preparada, para el objeto lo seguía. Y como había acontecido losa otros días, la sombra del jinete se delineo y tomó rumbo hacia el rancho de “Los Altares” y de igual manera que otras veces, se desvaneció al pie del aliso, a la entrada del rancho. Valientemente Onésimo inicio su trabajo, cavó, cavo, con redobladas energías, sin que nadie ni el más pequeño rumor turbara su trabajo, era ya pleno día cuando la punta de la piqueta, dio contra algo distinto a tierra o piedra, Onésimo sintió un desvanecimiento cuando comprobó que lo que había chocado contra la punta, de hierro, era la pared de una olla de barro cocido, que había adquirido casi la resistencia de una roca. Entre la tierra había restos de una tabla que el tiempo había deshecho,


seguramente cubría la boca de las tres ollas que encontró colocadas simétricamente sobre una plancha de hierro, carcomida por el oxido, las ollas tenían en su interior onzas de oro puro, había muchas, tantas, como nunca soñó verlas. Sobre el lomo de la mula colocó los dos costales con la preciosa carga, al llegar a su casa, su madre ocupada como siempre en sus tareas no se dio cuenta de la carga que su hijo había traído. Al día siguiente Onésimo y su madre, emprendieron un largo viaje por los Estados Unidos, de donde nunca jamás regresaron, algunos dicen que compró un rancho ganadero y es ahí donde viven muy quitados de la vida, Natalia su novia aun lo espera, pero aseguran que Onésimo se casó con una bella muchacha norteamericana.

Índice

Presentación........……………………………………………………………………….....

3

La muñeca de porcelana………………………………………………………………………..... 7 La ciudad perdida…………………………………………………………………………………..... 15 El robo………………………………………………………………………………………………........ 23 El misterio del padre Lisandro I y II……………………………………………………........ 29 Las siete ciudades perdidas………………………………………………………………......... 37 El misterio de las campanas………………………………………………………………........ 45 El color de la muerte…………………………………………………………………………........ 53 El santito de los Rosales……………………………………………………………………......... 61 El señor capataz............................................................................................ 69 Soldaderas…………………………………………………………………………………............... 75 Lo llamaban el francés..................................................................

85

Un niño llamado Genarillo I y II…………………………………………………………

93

La leyenda de la princesa triste…………………………………………………

109

Matrimonio por interés................................................................

117

La herencia del avaro…………………………………………………………………

125


La fonda de doña Otilia…..............................................................

133

Entre curas y políticos………………………………………………………………… ……………………

141……………………………………………………………………

El miedo a la muerte……………………………………………………………………

149

El mole para la boda……………………………………………………………………

157

El misterio del túnel 27..................................................................

165

El misterio del padre Lizandro..................................................................

173

La región del Mezquital..................................................................

189

Los niños del colegio...............................................................................

195

Pelea de gallos………………………………………………………………………

203

Cuando las tierras dejan de ser buenas…………………………………

211

Las canciones del padre Misael………………………………………………………

219

Relámpago…………………………………………………………………

227

El secreto de María…………………………………………………………………

235

La bruja del pueblo…………………………………………………………………

243

La presidenta municipal………………………………………………………………

251

La venganza que nunca llegó……………………………………………………

259

Las dudas del padre Marcelo……………………………………………………………

267

Los sueños de doña Matilde………………………………………………………

275

Santa Domitila………………………………………………………………………………

283

El árbol de los muertos…………………………………………………………………

291

Un hombre llamado Onésimo………………………………………………………

299

Indíce....................……………………………………………………………………….....

306

Libro cuemtos