26
TRANSITANDO HUELLAS · EL RASTRO DE LA HUELLA EN EL TIEMPO
distintas, letra casi biográfica para mi abuela, quien irremediablemente derramaba lágrimas al escuchar a la Carlotita… se llegaron a parecer tanto estos dos seres en mi imaginario, que las llegaba a confundir…, María Eloísa Punina y Carlota Jaramillo se volvieron una sola persona. Ya más grande, pude ver personalmente a doña Chavica Gómez en las estampas quiteñas del Evaristo, recuerdo a su personaje de la Marlene, y tengo presente haberlo recreado en algún juego infantil. En mi adolescencia, cuando acrecentaba mi conciencia social, conocí de la existencia de doña Nela Martínez y me identifiqué profundamente con esta mujer, con quien tenía algo en común: la infancia en el campo, ese vínculo con el mundo campesino, que una vez que entra en el corazón, no sale jamás. Cuando ya nos trasladamos a vivir en Quito, en la vieja casona antecedente del Patio de Comedias vi desfilar innumerables personajes vinculados con el mundo del teatro… Empecé a escuchar nombres como el del inolvidable Paco Tobar y Fabio Paccioni, vinculado a él también escuché el de Toty Rodríguez, la diva ecuatoriana que había hecho cine en Francia; mi papá se expresaba de ella con tal pasión que todas las mujeres de la casa sufríamos ataques de celos. Un día vi su nombre en el periódico, presentaba en el Prometeo Manuela, una loca estrella, de Pedro Saad.
Fui a verla, y me creí tanto lo que vi que después siempre imaginaba a la Manuela Sáenz con la cara de la Toty Rodríguez. En las tertulias de la vieja casona me enteré también del mítico montaje del Boletín y elegía de las mitas del Teatro Ensayo. Junto al nombre de la Toty sonaron también los de otras mujeres muy respetadas como Magda Macías y Erika Von Lipke. La casona del Patio también fue locación de un largometraje titulado Mi tía Nora, protagonizado por Isabel Casanova, ahí conocí a esta impactante actriz. Y la escena final, el suicidio del personaje… —Isabel— colgada de una de las vigas de la buhardilla que alguna vez fue mi habitación, todavía no sale de mi memoria…, forma parte del repertorio de mis sueños…, de mis pesadillas reiterativas. Cuando se referían a Isabel, en mi casa, le decían Santa Juana de América. Seguí amando el teatro desde el público, desde la butaca, obras como Robinson Crusoe, Fanesca, Mujeres, quedaron en mi retina, en mi corazón; descubrí entonces a las ‘bestias escénicas’: Charo Francés, Susana Pautasso y María Escudero. Gracias a las vueltas que da la vida, logré que cada una de ellas, en distintos momentos, sean mis maestras; con la Charo, en los primeros talleres del Malayerba en la Fundación Quito; con la María en un intenso proceso de un taller de un mes… que duró un año; con la Susana, en una entrañable relación de trabajo, afecto y espíritu. Fue mi directora en: Siete lunas,