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ROBO EN EL MUSEO DALÍ


Luis Campo

ROBO EN EL MUSEO DALÍ


Todos los personajes y acontecimientos mencionados en este libro son ficticios. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. http://www.alexiainestiga.com/ Derechos de autor: ©Luis Campo Vidal, 2010 Dirección Editorial: Maria Rempel Diseño de la portada: ©Daniel Sproat, Utopikka, 2010 Maquetación: Barbara Di Candia Collarino Impreso en España – Printed in Spain Primera edición: febrero 2010 Colección: Volviendo al lugar del crimen © de esta edición: Flamma Editorial - Infoaccia Primera, S.L., 2010 http://www.flammaeditorial.com/ ISBN: 978-84-937283-3-5 No está permitida la reproducción total o parcial de esta publicación, ni la transmisión de ninguna forma o por cualquier medio, ya sea electrónico, mecánico, por fotocopia, por registro u otros medios, sin el permiso previo y por escrito de la editorial.


Victoria Hernández. Consejera-delegada de Ikon-ID. Ex vicepresidenta de Telindus Belgacom, presidenta ejecutiva de UNI2 y alta ejecutiva de British Telecom.

«Una buena intriga urbana, donde mandan mujeres con fuerte personalidad y principios éticos, casi de western clásico, donde el mérito propio gana sobre las influencias y los amiguismos, una «pura ficción», pero ¡qué agradable leerla y hasta casi creérsela! Una trama original que te lleva por donde menos lo esperas. Luis Campo es un claro sucesor de Vázquez Montalbán. Me ha encantado».   Manuel Campo Vidal. Periodista, Presidente de la Academia de las Ciencias y las Artes de Televisión. «Es una novela de intriga, rápida, inmediata y sorprendente. Del autor, ingeniero de profesión, conocíamos su creatividad, pero no su capacidad para armar una historia tan meticulosa en torno a un personaje tan potente, como la inspectora Alexia Hurtado. Atención, además, a la crítica sin miramientos del reflejo de la política catalana actual». Maria Rey. Periodista, corresponsal de Antena 3 TV en el Congreso de los Diputados. «La novela de Luis Campo nos permite recorrer una Barcelona en penumbras de la mano de la inspectora Alexia Hurtado. Es, una vez más, un paseo privilegiado por barrios y zonas semiocultas para el visitante a través de la mejor novela de intriga. Un viaje que no querrás interrumpir hasta resolver la fascinante trama que envuelve a la joven inspectora. Después de «Robo en el Museo Dalí», tan sólo queda esperar qué nuevo reto asume la inspectora». Manel de Luna. Periodista, Jefe de la sección de televisión de El Periódico de Cataluña. «Un sorprendente e imaginativo robo que descubre el potencial de Alexia como nuevo personaje a tener en cuenta en la novela negra catalana».


*** Fernando conducía orgulloso un flamante cuatro por cuatro, modelo BMW serie 5 por la autopista A-7, desde Girona a Barcelona. Le acompañaba su esposa Roser. Regresaban tras pasar el fin de semana en la Costa Brava. —Hoy cenaremos con nuestros fantásticos amigos, «la familia perfecta» —dijo Fernando burlándose de la pareja con los que iban a compartir mantel una hora más tarde. —Sí —respondió Roser—. Seguro que nos aburren contando las maravillas de su apartamento reformado en los Pirineos. —Bueno, a fin de cuentas son nuestros amigos. Hemos de tener un poco de paciencia, sobre todo con ella, la más arrogante. El BMW aparcó junto al restaurante El Café de París. Como era noche de domingo, había poca actividad por la calle, la mayoría de los barceloneses se habían recogido a descansar en sus casas. 20


El matrimonio, de mediana edad, bajó del coche y entró en el restaurante. Mostraban en sus caras signos claros de haber tomado abundante sol durante el fin de semana. El Café de París era un restaurante de prestigio, especializado en cocina francesa, algo pequeño. Su escaso espacio estaba bien aprovechado, las mesas se pegaban unas a las otras. Era un restaurante con glamour y acogedor, aunque poco apropiado para mantener confidencias. Sus amigos los esperaban sentados en el restaurante. Aparentaban su misma edad y posición social. Venían también de pasar el día fuera de Barcelona. Las dos parejas se habían citado a cenar para agotar juntos el tiempo que les quedaba libre hasta llegar a casa y dar por finalizado el fin de semana. —Calella estaba preciosa esta mañana —comentó Fernando—. Parece mentira lo bonita que está la Costa Brava en primavera. La otra pareja contraatacó cantando las excelencias del Pirineo. La cena transcurría con ese diálogo de besugos. Cada pareja trataba de poner de relieve las excelencias y las ventajas de sus respectivos apartamentos y estilos de vida. Finalizada la cena, Fernando y Roser llegaron a casa. Parecía que estaba tal y como la habían dejado el viernes a su salida. Su única hija, Sonia, no había llegado todavía al domicilio familiar. Incluso parecía que no hubiera estado allí en todo el fin de semana. Sin duda la presencia de la hija llevaba asociado un desorden caótico que delataba su paso arrasador por cualquier dependencia de la casa. 21 5


—Esta niña no cumple ninguno de los compromisos que acordamos, Roser. Las once de la noche y todavía no ha regresado. Ni siquiera creo que haya pisado esta casa desde el viernes —el padre se quejaba a su esposa. Roser salió en defensa de su hija. —No te preocupes, Fernando, ya aparecerá. Sabes que ahora la marcha para los jóvenes empieza mucho más tarde que en nuestra época. Nunca encuentran el momento de regresar a casa. Vete a dormir tranquilo, mañana tienes que madrugar. —La luz de la vivienda se apagó media hora más tarde. Sonia no había regresado. *** La semana empezó animada. El Barça había ganado su partido del domingo y aquello se notaba en el ritmo de la ciudad. Por increíble que pareciese, así era. El resultado del club más importante de la ciudad influía en la autoestima de los ciudadanos y en su comportamiento, sobre todo los lunes. Años atrás, un estudio realizado en la factoría de automoción SEAT comprobó que los lunes que el Barça había perdido, la cadena de producción fabricaba coches más defectuosos y tenían mayores dificultades para pasar el control de calidad. Alexia, en absoluto aficionada al fútbol, era inmune a los goles que marcasen el Barça, el Espanyol o el Real Madrid. Ella estaba centrada en su trabajo y en su horizonte sólo se divisaban las tres pistas: la fotografía de la muchacha, las supuestas tarjetas presuntamente desaparecidas y el Club Shakira.

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La inspectora reunió en su despacho al equipo de investigadores designado para intervenir en aquel caso. Además de ella, como inspectora jefe de la brigada, y de Albert Coll, subinspector, había incorporado al investigador Josep García para completar el equipo de investigación. —Vamos a ver cómo resolvemos este caso. Josep, nos interesa saber de dónde procedía el cuerpo de esta muchacha. Necesitamos que consigas el asesoramiento de un especialista en corrientes marinas que nos explique las probabilidades de procedencia del cadáver. Necesitamos tener una versión avalada por un análisis científico. —Coll, busca información partiendo de las posibles tarjetas bancarias. Seguro que la chica llevaba alguna en su cartera —le ordenó Alexia, todavía resentida por la discusión de la noche anterior—. Aquí tienes una orden judicial emitida por el juez. La necesitarás para poder acceder a la información de los bancos. —Sí, jefa, me voy a centrar en este tema —respondió él, con una ironía que la inspectora entendió. Albert Coll se dirigió hacia su mesa y envió un e-mail con carácter urgente y con calificación de muy importante a los directores generales de las diferentes entidades bancarias en la ciudad. La policía disponía de una base de datos actualizada de contactos en las entidades bancarias y la utilizaba en aquellos casos. El e-mail decía lo siguiente: Estimado Director General: Para progresar en una investigación de la Brigada de Investigación Criminal, es de sumo interés que nos faciliten urgentemente la siguiente información: 23 7


operaciones frustradas en cajeros automáticos en la ciudad de Barcelona, entre el pasado viernes y hoy con los siguientes parámetros de búsqueda: - Titular de la tarjeta: una mujer. - Edad: menor de veinte años. - Período de búsqueda de la operación fallida: desde viernes pasado hasta la fecha de hoy. - La titular no ha debido ponerse en contacto, personalmente, con el banco para anular su tarjeta. Les agradeceremos que, a la mayor brevedad, nos envíen una relación de nombres de los titulares de las tarjetas que cumplan estas características. De la fecha, hora y minuto en que se ha intentado la operación fallida, así como de la dirección del cajero automático desde donde se ha intentado la operación. Firmado: Albert Coll. Subinspector de la Brigada de Investigación Criminal Mossos d´Esquadra. PD: Adjuntamos la orden judicial que autoriza el acceso a esta información. El comisario jefe de la brigada llamó a Alexia y a Coll a su despacho. El jefe era un hombre maduro de unos cincuenta y tantos años. Era bajo, simpático y bonachón. En su cabeza había empezado un proceso de deforestación similar a la del Amazonas. Su cuerpo estaba ligeramente encorvado y la parte frontal estaba adornada por una barriga imposible de disimular, como correspondía a un hombre de su rango. Cuando el comisario acompañaba a algún político que iba de visita a la comisaría, demostraba toneladas de bondad, pero también tenía malas pulgas. Aquel lunes no parecía muy alegre por el triunfo del Barça, a pesar de que la noticia llenaba 248


la portada del diario Sport. Daba, más bien, la sensación que el club hubiera perdido. El comisario jefe estaba muy preocupado por la portada de otro periódico. —Alexia, esta mañana un diario gratuito de prensa amarilla publica en portada la foto de la chica encontrada en la playa el sábado y, además, publica un artículo sensacionalista sobre esa muerte que me preocupa —el comisario jefe inició la reunión con un tono enfadado, mientras se levantaba de su sillón para mostrar más sensación de disgusto. —Sí, jefe, ayer por la tarde ya publicaron esa foto en Internet. Lo pude ver yo misma. Alguien las tomó con un teléfono móvil en la playa. Fue antes de que nosotros llegáramos y la policía local hubiera tapado el cadáver -comentó Alexia encogiéndose de hombros. —Alexia, necesitamos una rápida solución de este caso —el jefe había empezado la semana con talante de mitinero cabreado. Estaba repitiendo ideas obvias, información que tanto Coll como Alexia conocían—. Hoy han empezado a publicar los diarios gratuitos. También me han llamado desde la dirección de los diarios de pago, más serios, pidiéndome información sobre este asunto. La prensa se comporta como un tiburón hambriento. Si no les entregamos un culpable pronto, empezarán a opinar sobre la ineficacia de los mossos en la solución del caso y esto puede ser nefasto. La gente es muy sensible ante la falta de seguridad ciudadana, sobre todo si las posibles víctimas son sus hijas adolescentes. Coll callaba. Tenía la sensación de participar en la reunión como oyente, nadie le había invitado a hablar. De todas maneras, él tampoco deseaba 25 9


intervenir en la contienda. Sabía que podía salir perjudicado si abría la boca. La atención del comisario jefe estaba totalmente centrada en Alexia, aunque Coll interpretaba que el jefe quería presionarlos a los dos. Aquél podía ser el motivo de su asistencia en la reunión. —No se preocupe, jefe. Le prometo que el culpable será identificado y detenido, pero necesitamos algo de tiempo. Ni siquiera hemos identificado todavía a la muchacha y eso bloquea cualquier posibilidad de iniciar la autopsia —se defendió la inspectora. Los dos policías salieron del despacho del jefe sin entender por qué los había citado. ¿Era necesario resolver el caso? Ya lo sabían. ¿Sería un caso que saltaría a la prensa? Ya lo sabían. ¿Debían apurarse en resolver el caso? Ya lo sabían. Alexia, por su parte, inició el trabajo de búsqueda de información. Entró en Internet, a través de Google, y fácilmente encontró una página donde aparecía el Club Shakira. El club estaba en Barcelona. La cara de Alexia se iluminó con una sonrisa. El logotipo del Club Shakira en Internet coincidía con el que estaba dibujado en la cartera que encontraron el día anterior. Buscaba nombres, fotografías que se parecieran a la chica de la playa, pero no consiguió identificarla. Las pistas del Club Shakira conducían hasta el Scott College. Alexia buscaba más información de aquel colegio en Internet. Al parecer se trataba de un colegio situado en la zona de Pedralbes, donde se impartía enseñanza secundaria y bachillerato. Resultaba evidente que el acceso a aquel centro educativo estaba reservado a alumnos de clase social alta de la ciudad. Daba toda la sensación que 26 10


la educación debía ser estricta. La enseñanza se impartía íntegramente en inglés. Alexia encontró el número de teléfono del colegio y se decidió a llamar. —Buenos días, me llamo Alexia Hurtado, soy la inspectora jefe de Policía de los Mossos d’Esquadra y me interesaría hablar, ahora mismo, con la directora del centro. —Buenos días, señorita. Ahora mismo no es posible. La directora del centro tiene una agenda muy ocupada. En estos momentos se encuentra reunida y no puede atenderla. Lo siento, pero tendrá que llamar más tarde. Dígame, por favor, el motivo de su llamada, para informarla —la secretaria del colegio ponía trabas y daba largas a la inspectora. Parecía una telefonista «muro de Berlín», de las que se convertían en un obstáculo ante cualquier desconocido que llamaba al colegio sin referencias fiables. Alexia se crecía en aquellas situaciones difíciles y de bloqueo. —Señorita, soy la inspectora jefe de la Brigada de Investigación Criminal de la Policía Mossos d´Esquadra. La policía no puede esperar en este caso. Estamos ante una situación de urgencia. O me recibe la directora esta misma mañana o me presento en el colegio con una patrulla de varios coches de policía, con la sirena en marcha, hasta que la directora haya terminado su reunión. Usted decide, ¡pero decida ya! La secretaria se sintió aturdida. El muro se derrumbó. Tenía ante sí una situación complicada y prefirió resolver el problema. Quería evitar un

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posible escándalo que, en el peor de los casos, se volvería contra ella. —No se retire, inspectora. Voy a interrumpir la reunión de la directora. Un momento, por favor —la secretaria se rindió. En menos de un minuto, la directora del Scott College se puso al teléfono y accedió a recibirla aquella misma mañana. —Voy a entrevistar a la directora del Scott College. Creo que, en una hora, habremos identificado a la muchacha —Alexia informó a Coll, mientras se ponía la chaqueta. El subinspector, mientras tanto, estaba hablando por teléfono. Insistía a los directores de la banca local. El e-mail hizo su efecto, pero era necesario incrementar la presión para que le dieran máxima prioridad a su búsqueda sobre otros temas urgentes que pudieran tener entre manos aquel lunes. Les apremiaba para que le enviasen la información que les solicitó por e-mail. Los directores atendían amablemente al subinspector, pero se sentían presionados, aunque no se lo demostrasen. Él, a su vez, sentía la gran presión que ejercía Alexia, más fuerte incluso de la que pudiera hacerle el comisario jefe. Alexia era lista y eficaz, pero su equipo sufría un nivel de tensión elevado cuando ella estaba al frente de un caso de homicidio. Coll empezó a recibir respuestas a sus e-mails y llamadas desde las diferentes entidades bancarias. Había tres tarjetas que cumplían los parámetros seleccionados. El domicilio de una de las titulares de la tarjeta estaba situado en una calle próxima al Scott College. Coll decidió darle prioridad. 28 12


Alexia estaba en camino cuando recibió la llamada de Coll. —Alexia, tengo información importante procedente de La Caixa -le dijo con entusiasmo Coll. —Cántala -contestó secamente Alexia. —Hay tres tarjetas que cumplen los parámetros que les hemos pedido a los bancos. Una pertenece a una chica de dieciséis años llamada Sonia Massana, vive en la zona del Scott College, en la calle Santaló. ¿Qué te parece? Podría ser la persona que estamos buscando. —Muy bien, Coll -dijo la inspectora—. Consigue el número de teléfono de su domicilio. Localiza a sus padres y pregúntales si han perdido el contacto con su hija desde el viernes por la noche o antes. Si me lo confirmas, iré directamente a la casa de la chica y dejaré para más tarde la visita al Scott College. Coll consiguió el teléfono del domicilio de la muchacha y llamó. —Buenos días, soy Coll, Albert Coll. ¿Podría hablar con Sonia? —Sonia no está en casa –respondió una señora con voz triste. —Perdone, señora, ¿es usted familiar de Sonia?— insistió Coll. —Sí. Soy su madre y estoy muy preocupada por Sonia, ¿quién es usted? ¿Por qué me llama? ¿Qué sabe usted de mi hija? —Señora, le llamo desde la policía. Desde los Mossos d’Esquadra. Por favor, dígame cuándo fue la última vez que vio a Sonia —Coll preguntaba rápido y firme. La madre se quedó sin habla, pero al momento se repuso. 13 29


—Fue el viernes por la tarde. Se fue con unas amigas, pero ¿qué está pasando? Sonia debía regresar a casa ayer por la noche y no ha llegado todavía. Su móvil no contesta. Por favor, dígame, ¿qué ha pasado? —En unos minutos le visitará la inspectora Alexia Hurtado. Ella le explicará la situación -Coll colgó el teléfono sin permitir que la madre hiciera una nueva pregunta. Se lavó las manos y dejó a Alexia la responsabilidad de dar las malas noticias. Pensó que para eso ella era la jefa. Rápidamente volvió a telefonear a Alexia y le contó su llamada al domicilio de la muchacha. —Confirmado, Alexia, la madre está en casa. A su hija le han perdido la pista desde el pasado viernes por la tarde. Al parecer se fue con unas amigas y no ha aparecido todavía. Toma nota, te paso la dirección exacta del domicilio familiar. —De acuerdo Coll. Noventa y cinco por ciento de posibilidades de que hayamos identificado a la chica. Sigue trabajando con la información bancaria. Comprueba si hay alguna pista de los que intentaron sacar dinero en los cajeros con la tarjeta de Sonia. Además, pide que un psicólogo de la policía y un médico vayan urgentemente al domicilio de los Massana. Me temo que necesitaremos su ayuda. ¡Que vayan ya! Prefiero un viaje en balde a que la madre se nos derrumbe al conocer la noticia. —Claro, Alexia, estoy en ello —Coll contestó contrariado, mientras pensaba que tenía una jefa bien pesada. «¿Qué creerá que estoy haciendo? —se dijo a sí mismo—. La ayudo en todo, llevo doce llamadas a directores de banco, a los que presiono como no se 3014


merecen, y sigue dándome órdenes. Igual supone que estoy jugando con el ordenador al ajedrez. En fin, un día quiero ser jefe, para que no me traten así». Alexia llegó al domicilio de Sonia. La enorme entrada estaba presidida por un gran vestíbulo, con portero uniformado. Había varios ascensores para residentes y un ascensor para el servicio. El portero le informó del piso exacto en que vivía la familia Massana. Subió al ático y pulsó el timbre. La madre de Sonia abrió inmediatamente, como si estuviera esperando en el recibidor. Estaba ansiosa por tener noticias de su hija y visiblemente excitada. —Pase, p o r f a v o r — l e d i j o R o s e r , nerviosa— . Dígame, ¿qué le ha sucedido a mi hija? La inspectora entró en la casa. —Bueno, señora, antes hemos de hacer algunas comprobaciones. ¿Tiene una fotografía reciente de su hija? Roser estaba descompuesta, intuía que iba a recibir una mala noticia. La señora salió corriendo y regresó al instante con varias fotografías, de diferentes tamaños, donde aparecía su hija en distintas situaciones. Alexia tragó saliva, sacó de su bolso la fotografía de la muchacha muerta, aunque retocada, y el monedero que encontraron en la calle y se los enseñó a la madre. —¿Es ésta su hija? ¿Reconoce este monedero? —Sí, es Sonia, y el monedero también es suyo —contestó la madre mientras se puso a llorar. Estalló el drama—: Dios mío. ¿Qué le ha pasado? —Lo siento mucho, señora, pero su hija fue encontrada muerta en la playa la madrugada del sábado —dijo con dolor Alexia, mientras se le 31 15


enrojecían los ojos de pena. No podía imaginarse lo que pasaría en caso de que aquella noticia se la tuvieran que dar a su propia madre. La señora se desmayó en los brazos de la inspectora. Alexia, como pudo, la acercó hasta un sofá y la dejó tendida sobre él. Unos minutos más tarde llegó el médico y le suministró un calmante a Roser, que acababa de recuperar el conocimiento. La psicóloga se quedó con ella para apoyarla. Alexia entendió que no era momento de sonsacar más información a la pobre señora, aunque le pidió permiso para entrar en la habitación de Sonia. Alexia se puso unos guantes de látex. Pudo ver la habitación típica de una joven quinceañera, pósters, muñecos y peluches de otra época aún valiosos sentimentalmente. Por supuesto, también había un ordenador. Tomó fotografías del cuarto, para posteriormente poder analizarlas con tranquilidad en la comisaría. Intentó abrir todos los cajones. Uno de ellos estaba cerrado con llave. Salió de la habitación para pedir permiso a la madre y poder abrir aquel cajón, pero se dio cuenta de que la madre no estaba en condiciones de hablar. La pena y los sedantes la habían dejado abatida sobre un sillón, así que Alexia, con su estilo peculiar, forzó la cerradura y abrió el cajón. Encontró una agenda donde había información. La ojeó y la guardó en su bolso. Puso en marcha el ordenador de Sonia. Se fijó en que tenía instalada una webcam y que la cámara enfocaba directamente a la cama donde supuestamente dormía la muchacha. El ordenador se quedó esperando una contraseña que Alexia por 32 16


supuesto desconocía y decidió apagarlo. Confió en que los expertos informáticos de la policía supieran cómo saltarse aquella contraseña. La familia había quedado impactada por la noticia. Los Massana pertenecían a la clase media alta barcelonesa. La madre de Sonia, Roser, procedía de una familia rica. El padre, Fernando, era un simple trabajador que se enamoró de Roser y pensó que con su esfuerzo conseguiría triunfar y ofrecer a los suyos un estatus de vida acorde con el que se merecían. Poco a poco los Massana se fueron situando económicamente bien. Es cierto que contaron con la ayuda del padre de Roser, que les ayudó a mantener el equilibrio y conseguir que la imagen de la familia diera la sensación de una cierta opulencia a través de regalos, cesiones de patrimonio y alguna inyección económica en momentos críticos, pero el ritmo de vida que mantenían los Massana era demasiado alto para los ingresos de una sola persona con una profesión normalita. Dos casas de alto standing generaban muchos gastos de mantenimiento. Roser no tenía ninguna actividad que la mantuviera entretenida durante el día, a parte de ir al gimnasio. Las pequeñas discusiones familiares le suministraban la adrenalina necesaria para mantenerse activa y no caer en una depresión que le rondaba desde hacía años. Mantenía un duelo con su marido en cualquier oportunidad que se le planteara, incluso por la educación de su hija. La rivalidad entre los padres había desembocado en una falta de atención hacia Sonia. Ella era una hija rebelde, quizá, en parte, para atraer la atención de sus padres. El padre era un workalcoholic. Su actividad principal y su único hobby era el trabajo. Todos 33 17


los signos externos, que se preocupaba por ofrecer, correspondían a los de una familia acaudalada. Alexia constató que Sonia vivía en una familia ciertamente desestructurada. Estaban presentes todos los personajes clave, pero nadie cumplía el papel que le correspondía. Los padres no habían denunciado la ausencia de su hija adolescente durante casi tres días. Aquello denotaba una falta de cuidado y atención.

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ROBO EN EL MUSEO DALI - LUIS CAMPO  

NOVELA NEGRA, NARRATIVA, ESPAÑOLA

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