| compartir | abril-mayo-junio 2014
Hay familias arruinadas, desesperadas por la conducta atípica de uno de sus miembros, que lo confirman.
cialistas consideran que corresponde a una auténtica enfermedad, un trastorno mental que asume las características típicas de las adicciones: genera un hábito, crea una dependencia. La persona afectada comienza a jugar cada vez más a menudo, hasta que prácticamente no puede prescindir de las apuestas: entrar en un bar y oír la música de reclamo de las tragaperras le provoca un deseo irrefrenable de probar suerte. Y, dado que lo habitual es perder –porque, cuando se gana indefectiblemente se sigue jugando–, según sea la capacidad económica de la persona y el tipo de juego, en un período de tiempo más o menos prolongado se acabará por tener problemas económicos. Y el hábito, ya establecido, hará que se siga jugando, aparentemente con la excusa de recuperar lo perdido, pero verdaderamente como manifestación de la adicción. Se apostará dinero destinado a otras finalidades, inclusive a la manutención de la familia, y, si hace falta, se pedirá prestado, se mentirá... lo que sea para seguir
apostando. Puede parecer exagerado, pero no lo es. Hay familias arruinadas, desesperadas por la conducta atípica de uno de sus miembros, que lo confirman. No existen estadísticas fiables que puedan calibrar el alcance de esta patología, ya que sólo llegan al conocimiento de los profesionales una proporción indefinida de los casos más graves. Generalmente se trata de personas que, debido a su adicción, ya han sufrido no sólo problemas económicos, sino también afectivos, familiares y sociales. Precisamente, lo más común es que acudan en busca de ayuda profesional a petición de la propia familia, cuando ya los conflictos son abrumadores. Y el mero hecho de que vayan en busca de ayuda es un signo muy positivo, porque solamente la aceptación de que se sufre una enfermedad permitirá el intento de llevar a cabo un tratamiento efectivo. Porque este trastorno tiene un tratamiento, que en la mayor parte de los casos logra su control. Las pautas de la terapia son variadas, ya que deben adaptarse a las peculiaridades de cada caso. Obviamente, siempre se tratará de resolver los conflictos personales que puedan estar en la base de la alteración, así como los que se hayan generado en la propia persona afectada y en los familiares como consecuencia de la misma, mediante la oportuna psicoterapia. Pero, una vez que el hábito se ha establecido, con ello no basta. Es preciso llevar a cabo un tratamiento de deshabituación, en cierto modo parecido al que se practica en el caso de la adicción a drogas. Esta parte del tratamiento se basa en la exposición a ambientes de juego bajo control facultativo. Hay equipos terapéuticos que inclusive cuentan con instalaciones destinadas a este fin, en las que, por ejemplo, hay tragaperras de todo tipo. El paciente debe enfrentarse allí a su impulso de jugar. Porque el solo hecho de ver y oír las máquinas le genera una intensa ansiedad, un impulso irrefrenable a jugar. Pero en progresivas sesiones, siempre con la ayuda de los profesionales y a veces dentro de un grupo terapéutico del que también forman parte exjugadores, se acostumbra poco a poco a permanecer en un ambiente propicio al juego, controlando su necesidad de jugar hasta que deje de ser irresistible. Una vez conseguido este objetivo, se continúa con exposiciones en ambientes de juego reales, como puede ser un bingo o simplemente un bar donde haya máquinas para jugar. Al principio, el afectado deberá ir acompañado de algún amigo o un familiar que le brinde el apoyo necesario para evitar probar suerte. Y así, completando el tratamiento se logrará una modificación de la conducta que tenga como objetivo la abstinencia, porque, como ocurre con el alcoholismo o la adicción a otras drogas, probarlo nuevamente una sola vez puede echar por tierra todos los logros obtenidos. Dr. Adolf Cassan
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