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EL PRÍNCIPE FELIZ Y OTRAS HISTORIAS


EL PRÍNCIPE FELIZ Y OTRAS HISTORIAS

Oscar Wilde

Editorial Eras


Editorial Eras Depósito legal: MU: 100/2013 ISBN: 841234123546 Oscar Wilde Primera edición: 2013 Diseño y Maquetación: José Manuel Cano López


Indice

El PrĂ­ncipe Feliz.........................................................................................................................7 El Fantasma de Canterbury................................................................................................... 19 La importancia de ser formal................................................................................................ 55 BiografĂ­a................................................................................................................................. 119


Oscar Wilde EL PRÍNCIPE FELIZ


El Príncipe Feliz

L

a estatua del Príncipe Feliz se alzaba sobre una alta columna, desde donde se dominaba toda la ciudad. Era dorada y estaba recubierta por finas láminas de oro; sus ojos eran dos brillantes zafiros y en el puño de la espada centelleaba un enorme rubí púrpura. El resplandor del oro y las piedras preciosas hacían que los habitantes de la ciudad admirasen al Príncipe Feliz más que a cualquier otra cosa. —Es tan bonito como una veleta —comentaba uno de los regidores de la ciudad, a quien le interesaba ganar reputación de hombre de gustos artísticos—; claro que en realidad no es tan práctico —agregaba, porque al mismo tiempo temía que lo consideraran demasiado idealista, lo que por supuesto no era. —¿Por qué no eres como el Príncipe Feliz —le decía una madre afligida a su pequeño hijo, que lloraba porque quería tener la luna—. El Príncipe Feliz no llora por nada. —Mucho me consuela el ver que alguien en el mundo sea completamente feliz — murmuraba un hombre infortunado al contemplar la bella estatua. —De verdad parece que fuese un ángel —comentaban entre ellos los niños del orfelinato al salir de la catedral, vestidos con brillantes capas rojas y albos delantalcitos. —¿Y cómo saben qué aspecto tiene un ángel? —les refutaba el profesor de matemáticas— ¿Cuándo han visto un ángel? —Los hemos visto, señor. ¡Claro que los hemos visto, en sueños! —le respondían los niños, y el profesor de matemáticas fruncía el ceño y adoptaba su aire más severo. Le parecía muy reprobable que los niños soñaran. Una noche llegó volando a la ciudad una pequeña golondrina. Sus compañeras habían partido para Egipto seis semanas antes, pero ella se había quedado atrás, porque


El Príncipe Feliz y otras Historias

estaba enamorada de un junco, el más hermoso de todos los juncos de la orilla del río. Lo encontró a comienzos de la primavera, cuando revoloteaba sobre el río detrás de una gran mariposa amarilla, y el talle esbelto del junco la cautivó de tal manera, que se detuvo para meterle conversación. —¿Puedo amarte? —le preguntó la golondrina, a quien no le gustaba andarse con rodeos. El junco le hizo una amplia reverencia. La golondrina entonces revoloteó alrededor, rozando el agua con las alas y trazando surcos de plata en la superficie. Era su manera de demostrar su amor. Y así pasó todo el verano. —Es un ridículo enamoramiento —comentaban las demás golondrinas—; ese junco es desoladoramente hueco, no tiene un centavo y su familia es terriblemente numerosa—. Efectivamente toda la ribera del río estaba cubierta de juncos. A la llegada del otoño, las demás golondrinas emprendieron el vuelo, y entonces la enamorada del junco se sintió muy sola y comenzó a cansarse de su amante. —No dice nunca nada —se dijo—, y debe ser bastante infiel, porque siempre coquetea con la brisa. Y realmente, cada vez que corría un poco de viento, el junco realizaba sus más graciosas reverencias. —Además es demasiado sedentario —pensó también la golondrina—; y a mí me gusta viajar. Por eso el que me quiera debería también amar los viajes. —¿Vas a venirte conmigo? —le preguntó al fin un día. Pero el junco se negó con la cabeza, le tenía mucho apego a su hogar. —¡Eso quiere decir que sólo has estado jugando con mis sentimientos! —se quejó la golondrina—. Yo me voy a las pirámides de Egipto. ¡Adiós! Y diciendo esto, se echó a volar. Voló durante todo el día y, cuando ya caía la noche, llegó hasta la ciudad. —¿Dónde podré dormir? —se preguntó—. Espero que en esta ciudad hay algún albergue donde pueda pernoctar. En ese mismo instante descubrió la estatua del Príncipe Feliz sobre su columna. —Voy a refugiarme ahí —se dijo—. El lugar es bonito y bien ventilado. Y así diciendo, se posó entre los pies del Príncipe Feliz. —Tengo una alcoba de oro —se dijo suavemente la golondrina mirando alrededor. En seguida se preparó para dormir. Mas cuando aún no ponía la cabecita debajo de su ala, le cayó encima un grueso goterón. —¡Qué cosa más curiosa! —exclamó—. No hay ni una nube en el cielo, las estrellas relucen claras y brillantes, y sin embargo llueve. En realidad este clima del norte de Europa es espantoso. Al junco le encantaba la lluvia, pero era de puro egoísta.

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El Príncipe Feliz

En ese mismo momento cayó otra gota. —¿Pero para qué sirve este monumento si ni siquiera puede protegerme de la lluvia? —dijo—. Mejor voy a buscar una buena chimenea. Y se preparó a levantar nuevamente el vuelo. Sin embargo, antes de que alcanzara a abrir las alas, una tercera gota le cayó encima, y al mirar hacia arriba la golondrina vio... ¡Ah, lo que vio! Los ojos del Príncipe Feliz estaban llenos de lágrimas, y las lágrimas le corrían por las áureas mejillas. Y tan bello se veía el rostro del Príncipe a la luz de la luna, que la golondrina se llenó de compasión. —¿Quién eres? —preguntó. —Soy el Príncipe Feliz. —Pero si eres el Príncipe Feliz, ¿por qué lloras? Casi me has empapado. —Cuando yo vivía, tenía un corazón humano —contesto la estatua—, pero no sabía lo que eran las lágrimas, porque vivía en la Mansión de la Despreocupación, donde no está permitida la entrada del dolor. Así, todos los días jugaba en el jardín con mis compañeros, y por las noches bailábamos en el gran salón. Alrededor del jardín del Palacio se elevaba un muro muy alto, pero nunca me dio curiosidad alguna por conocer lo que había más allá... ¡Era tan hermoso todo lo que me rodeaba! Mis cortesanos me decían el Príncipe Feliz, y de verdad era feliz, si es que el placer es lo mismo que la dicha. Viví así, y así morí. Y ahora que estoy muerto, me han puesto aquí arriba, tan alto que puedo ver toda la fealdad y toda la miseria de mi ciudad, y, aunque ahora mi corazón es de plomo, lo único que hago es llorar. —¿Cómo? —se preguntó para sí la golondrina—, ¿no es oro de ley? Era un avecita muy bien educada y jamás hacia comentarios en voz alta sobre la gente. —Allá abajo —siguió hablando la estatua con voz baja y musical—... allá abajo, en una callejuela, hay una casa miserable, pero una de sus ventanas está abierta y dentro de la habitación hay una mujer sentada detrás de la mesa. Tiene el rostro demacrado y lleno de arrugas, y sus manos, ásperas y rojas, están acribilladas de pinchazos, porque es costurera. En este momento está bordando flores de la pasión en un traje de seda que vestirá la más hermosa de las damas de la reina en el próximo baile del Palacio. En un rincón de la habitación, acostado en la cama, está su hijito enfermo. El niño tiene fiebre y pide naranjas. Pero la mujer sólo puede darle agua del río, y el niño llora. Golondrina, golondrina, pequeña golondrina... ¡hazme un favor! Llévale a la mujer el rubí del puño de mi espada, ¿quieres? Yo no puedo moverme, ¿lo ves?... tengo los pies clavados en este pedestal. —Los míos están esperándome en Egipto —contestó la golondrina—. Mis amigas ya deben estar revoloteando sobre el Nilo, y estarán charlando con los grandes lotos nubios. Y pronto irán a dormir a la tumba del gran Rey, donde se encuentra el propio

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faraón, en su ataúd pintado, envuelto en vendas amarillas, y embalsamado con especias olorosas. Alrededor del cuello lleva una cadena de jade verde, y sus manos son como hojas secas. —Golondrina, golondrina, pequeña golondrina —dijo el Príncipe—, ¿por qué no te quedas una noche conmigo y eres mi mensajera? ¡El niño tiene tanta sed, y su madre, la costurera, está tan triste! —Es que no me gustan mucho los niños —contesto— la golondrina—. El verano pasado, cuando estábamos viviendo a orillas del río, había dos muchachos, hijos del molinero, y eran tan mal educados que no se cansaban de tirarme piedras. ¡Claro que no acertaban nunca! Las golondrinas volamos demasiado bien, y además yo pertenezco a una familia célebre por su rapidez; pero, de todas maneras, era una impertinencia y una grosería. Pero la mirada del Príncipe Feliz era tan triste, que finalmente la golondrina se enterneció. —Ya está haciendo mucho frío —dijo—, pero me quedaré una noche contigo y seré tu mensajera. —Gracias, golondrinita —dijo el Príncipe. La golondrina arrancó entonces el gran rubí de la espada del Príncipe y, teniéndolo en el pico, voló por sobre los tejados. Pasó junto a la torre de la catedral, que tenía ángeles de mármol blanco. Pasó junto al Palacio, donde se oía música de baile y una hermosa muchacha salió al balcón con su pretendiente. —¡Qué lindas son las estrellas —dijo el novio— y qué maravilloso es el poder del amor! —Ojalá que mi traje esté listo para el baile de gala —contestó ella—. Mandé a bordar en la tela unas flores de la pasión. ¡Pero las costureras son tan flojas! La golondrina voló sobre el río y vio las lámparas colgadas en los mástiles de los barcos. Pasó sobre el barrio de los judíos, donde vio a los viejos mercaderes hacer sus negocios y pesar monedas de oro en balanzas de cobre. Al fin llegó a la pobre casa, y se asomó por la ventana. El niño, en su cama, se agitaba de fiebre, y la madre se había dormido de cansancio. Entonces, la golondrina entró a la habitación y dejó el enorme rubí encima de la mesa, junto al dedal de la costurera. Después revoloteó dulcemente alrededor del niño enfermo, abanicándole la frente con las alas. —¡Qué brisa tan deliciosa! —murmuró el niño—. Debo estar mejor. Y se quedó dormido deslizándose en un sueño maravilloso. Entonces la golondrina volvió hasta donde el Príncipe Feliz y le contó lo que había hecho. —¡Qué raro! —agrego—, pero ahora casi tengo calor; y sin embargo la verdad es que hace muchísimo frío.

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El Príncipe Feliz

—Es porque has hecho una obra de amor —le explicó el Príncipe. La golondrina se puso a pensar en esas palabras y pronto se quedó dormida. Siempre que pensaba mucho se quedaba dormida. Al amanecer voló hacia el río para bañarse. —¡Qué fenómeno extraordinario! —exclamó un profesor de ornitología que pasaba por el puente—. ¡Una golondrina en pleno invierno! Y escribió sobre el asunto una larga carta al periódico de la ciudad. Todo el mundo habló del comentario, tal vez porque contenía muchas palabras que no se entendían. —Esta noche partiré para Egipto —se decía la golondrina y la idea la hacía sentirse muy contenta. Luego visitó todos los monumentos públicos de la ciudad y descansó largo rato en el campanario de la iglesia. Los gorriones que la veían pasar comentaban entre ellos: “¡Qué extranjera tan distinguida!”. Cosa que a la golondrina la hacía feliz. Cuando salió la luna volvió donde estaba a la estatua del Príncipe. —¿Tienes algunos encargos que darme para Egipto? —le gritó—. Voy a partir ahora. —Golondrina, golondrina, pequeña golondrina —dijo el Príncipe—, ¿no te quedarías conmigo una noche más? —Los míos me están esperando en Egipto —contesto la golondrina—. Mañana, mis amigas van a volar seguramente hasta la segunda catarata del Nilo. Allí, entre las cañas, duerme el hipopótamo, y sobre una gran roca de granito se levanta el Dios Memnón. Durante todas las noches, él mira las estrellas toda la noche, y cuando brilla el lucero de la mañana, lanza un grito de alegría. Después se queda en silencio. Al mediodía, los leones bajan a beber a la orilla del río. Tienen los ojos verdes, y sus rugidos son más fuertes que el ruido de la catarata. —Golondrina, golondrina, pequeña golondrina —dijo el Príncipe—, allá abajo justo al otro lado de la ciudad, hay un muchacho en una buhardilla. Está inclinado sobre una mesa llena de papeles, y a su derecha, en un vaso, unas violetas están marchitándose. Tiene el pelo largo, castaño y rizado, y sus labios son rojos como granos de granada, y tiene los ojos anchos y soñadores. Está empeñado en terminar de escribir una obra para el director del teatro, pero tiene demasiado frío. No hay fuego en la chimenea y el hambre lo tiene extenuado. —Bueno, me quedaré otra noche aquí contigo —dijo la golondrina que de verdad tenía buen corazón—. ¿Hay que llevarle otro rubí? —¡Ay, no tengo más rubíes! —se lamentó el Príncipe—. Sin embargo aún me quedan mis ojos. Son dos rarísimos zafiros, traídos de la India hace mil años. Sácame uno de ellos y llévaselo. Lo venderá a un joyero, comprará pan y leña y podrá terminar de escribir su obra.

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—Pero mi Príncipe querido —dijo la golondrina—, eso yo no lo puedo hacer. Y se puso a llorar. —Golondrina, golondrina, pequeña golondrina —le rogó el Príncipe—, por favor, haz lo que te pido. Entonces la golondrina arrancó uno de los ojos del Príncipe y voló hasta la buhardilla del escritor. No era difícil entrar allí, porque había un agujero en el techo y por ahí entró la golondrina como una flecha. El joven tenía la cabeza hundida entre las manos, así que no sintió el rumor de las alas, y cuando al fin levantó los ojos, vio el hermoso zafiro encima de las violetas marchitas. —¿Será que el público comienza a reconocerme? —se dijo— Porque esta piedra preciosa ha de habérmela enviado algún rico admirador. ¡Ahora podré acabar mi obra! Y se le notaba muy contento. Al día siguiente la golondrina voló hacia el puerto, se posó sobre el mástil de una gran nave y se entretuvo mirando los marineros que izaban con maromas unas enormes cajas de la sentina del barco. —¡Me voy a Egipto! —les gritó la golondrina. Pero nadie le hizo caso. Al salir la luna, la golondrina volvió hacia el Príncipe Feliz. —Vengo a decirte adiós—le dijo. —Golondrina, golondrina, pequeña golondrina —le dijo el Príncipe—. ¿No te quedarás conmigo otra noche? —Ya es pleno invierno —respondió la golondrina—, y muy pronto caerá la nieve helada. En Egipto, en cambio, el sol calienta las palmeras verdes y los cocodrilos, medio hundidos en el fango, miran indolentes alrededor. Por estos días mis compañeras están construyendo sus nidos en el templo de Baalbeck, y las palomas rosadas y blancas las miran mientras se arrullan entre sí. Querido Príncipe, tengo que dejarte, pero nunca te olvidaré. La próxima primavera te traeré de Egipto dos piedras bellísimas para reemplazar las que regalaste. El rubí será más rojo que una rosa roja, y el zafiro será azul como el mar profundo. —Allá abajo en la plaza —dijo el Príncipe Feliz—, hay una niñita que vende fósforos y cerillas. Y se le han caído los fósforos en el barro y se han echado a perder. Su padre le va a pegar si no lleva dinero a su casa y por eso ahora está llorando. No tiene zapatos ni medias, y su cabecita va sin sombrero. Arranca mi otro ojo y llévaselo, así su padre no le pegará. —Pasaré otra noche contigo —dijo la golondrina—, pero no puedo arrancarte el otro ojo. Te vas a quedar ciego. —Golondrina, golondrina, pequeña golondrina —le rogó el Príncipe—, haz lo que te pido, te lo suplico.

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El Príncipe Feliz

La golondrina entonces extrajo el otro ojo del Príncipe y se echó a volar. Se posó sobre el hombro de la niña y deslizó la joya en sus manos. —¡Qué bonito pedazo de vidrio! —exclamó la niña, y corrió riendo hacia su casa. Después la golondrina regresó hasta donde estaba el Príncipe. —Ahora que estás ciego —le dijo—, voy a quedarme a tu lado para siempre. —No, golondrinita —dijo el pobre Príncipe—. Ahora tienes que irte a Egipto. —Me quedaré a tu lado para siempre —repitió la golondrina, durmiéndose entre los pies de la estatua. Al otro día ella se posó en el hombro del Príncipe para contarle las cosas que había visto en los extraños países que visitaba durante sus migraciones. Le describió los ibis rojos, que se posan en largas filas a orillas del Nilo y pescan peces dorados con sus picos; le habló de la esfinge, que es tan vieja como el mundo, y vive en el desierto, y lo sabe todo; le contó de los mercaderes que caminan lentamente al lado de sus camellos y llevan en sus manos rosarios de ámbar; le contó del Rey de las Montañas de la Luna, que es negro como el ébano y adora un gran cristal; le refirió acerca de la gran serpiente verde que duerme en una palmera y veinte sacerdotes la alimentan con pasteles de miel; y le contó también de los pigmeos que navegan sobre un gran lago en anchas hojas lisas y que siempre están en guerra con las mariposas. —Querida golondrina —dijo el Príncipe—, me cuentas cosas maravillosas, pero es más maravilloso todavía lo que pueden sufrir los hombres. No hay misterio más grande que la miseria. Vuela sobre mi ciudad, y vuelve a contarme todo lo que veas. Entonces la golondrina voló sobre la gran ciudad, y vio a los ricos que se regocijaban en sus soberbios palacios, mientras los mendigos se sentaban a sus puertas. Voló por las callejuelas sombrías, y vio los rostros pálidos de los niños que mueren de hambre, mientras miran con indiferencia las calles oscuras. Bajo los arcos de un puente había dos muchachos acurrucados, uno en los brazos del otro para darse calor. —¡Qué hambre tenemos! —decían. —¡Fuera de ahí! les gritó un guardia, y los muchachos tuvieron que levantarse, y alejarse caminando bajo la lluvia. Entonces la golondrina volvió donde el Príncipe, y le contó lo que había visto. —Mi estatua esta recubierta de oro fino —le indicó el Príncipe—; sácalo lámina por lámina, y llévaselo a los pobres. Los hombres siempre creen que el oro podrá darles la felicidad. Así, lámina a lámina, la golondrina fue sacando el oro, hasta que el Príncipe quedó oscuro. Y lámina a lámina fue distribuyendo el oro fino entre los pobres, y los rostros de algunos niños se pusieron sonrosados, y riendo jugaron por las calles de la ciudad. —¡Ya, ahora tenemos pan! —gritaban.

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El Príncipe Feliz y otras Historias

Llegó la nieve, y después de la nieve llegó el hielo. Las calles brillaban de escarcha y parecían ríos de plata. Los carámbanos, como puñales, colgaban de las casas. Todo el mundo se cubría con pieles y los niños llevaban gorros rojos y patinaban sobre el río. La pequeña golondrina tenía cada vez más frío pero no quería abandonar al Príncipe, lo quería demasiado. Vivía de las migajas del panadero, y trataba de abrigarse batiendo sus alitas sin cesar. Una tarde comprendió que iba a morir, pero aún encontró fuerzas para volar hasta el hombro del Príncipe. —¡Adiós, mi querido Príncipe! —le murmuró al oído—. ¿Me dejas que te bese la mano? —Me alegro que por fin te vayas a Egipto, golondrinita —le dijo el Príncipe—. Has pasado aquí demasiado tiempo. Pero no me beses en la mano, bésame en los labios porque te quiero mucho. —No es a Egipto donde voy —repuso la golondrina—. Voy a la casa de la muerte. La muerte es hermana del sueño, ¿verdad? El avecita besó al Príncipe Feliz en los labios y cayó muerta a sus pies. En ese mismo instante se escuchó un crujido ronco en el interior de la estatua, fue un ruido singular como si algo se hubiese hecho trizas. El caso es que el corazón de plomo se había partido en dos. Ciertamente hacía un frío terrible. A la mañana siguiente, el alcalde se paseaba por la plaza con algunos de los regidores de la ciudad. Al pasar junto a la columna levantó los ojos para admirar la estatua. —¡Pero qué es esto! —dijo— ¡El Príncipe Feliz parece ahora un desharrapado! —¡Completamente desharrapado! —reiteraron los regidores; y subieron todos a examinarlo. —El rubí de la espada se le ha caído, los ojos desaparecieron y ya no es dorado — dijo el alcalde—. En una palabra se ha transformado en un verdadero mendigo. —¡Un verdadero mendigo! —repitieron los regidores. —Y hay un pájaro muerto entre sus pies —siguió el alcalde—. Será necesario promulgar un decreto municipal que prohiba a los pájaros venirse a morir aquí. El secretario municipal tomó nota dejando constancia de la idea. Entonces mandaron a derribar la estatua del Príncipe Feliz. —Como ya no es hermoso, no sirve para nada —explicó el profesor de Estética de la Universidad. Entonces fundieron la estatua, y el Alcalde reunió al Municipio para decidir que harían con el metal. —Podemos —propuso— hacer otra estatua. La mía, por ejemplo. —Claro, la mía —dijeron los regidores cada uno a su vez. Y se pusieron a discutir. La última vez que supe de ellos seguían discutiendo.

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El Príncipe Feliz

—¡Qué cosa más rara! —dijo el encargado de la fundición—. Este corazón de plomo no quiere fundirse; habrá que tirarlo a la basura. Y lo tiraron al basurero donde también yacía el cuerpo de la golondrina muerta. —Tráeme las dos cosas más hermosas que encuentres en esa ciudad —dijo Dios a uno de sus ángeles. Y el ángel le llevó el corazón de plomo y el pájaro muerto. —Has elegido bien —sonrió Dios—. Porque en mi jardín del Paraíso esta avecilla cantará eternamente, y el Príncipe Feliz me alabará para siempre en mi Aurea Ciudad.

FIN

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Oscar Wilde EL FANTASMA DE CANTERVILLE


CAPÍTULO I

C

uando míster Hiram B. Otis, mi­nistro de los Estados Unidos de América, compró Canterville Chase, todo el mundo le dijo que cometía una gran locura, porque la finca es­taba embrujada. Hasta el mismo lord Canterville, como hombre de la más escrupulosa honradez, se creyó en el deber de participárselo a míster Otis, cuan­do llegaron a discutir las condicio­ nes. -Nosotros mismos -dijo lord Canterville- nos hemos resistido en absoluto a vivir en ese sitio des­de la época en que mi tía abuela, la duquesa de Bolton, tuvo un ataque de nervios, del que nunca se repuso por completo, motivado por el es­panto que experimentó al sentir que las manos de un esqueleto se posa­ban sobre sus hombros, estando vis­tiéndose para cenar. Me creo en el deber de decirle, míster Otis, que el fantasma ha sido visto por varios miembros de mi familia, que viven actualmente; así como por el rector de la parroquia, el reverendo Au­gusto Dampier, agregado del King’s College de Oxford. Después del trá­gico accidente ocurrido a la duquesa, ninguna de las doncellas quiso que­darse en casa, y lady Canterville no pudo ya conciliar el sueño a causa de los ruidos misteriosos que llega­ban del corredor y de la biblioteca. -Milord -respondió el minis­tro-, también me quedaré con los muebles y el fantasma bajo inven­tario. Llego de un país moderno, en el que podemos tener todo cuanto el dinero es capaz de proporcionar, y esos mozos nuestros, jóvenes y tur­bulentos, que recorren el Viejo Con­tinente escandalizándolo, que se lle­van los mejores actores de ustedes, y sus mejores prima donnas, estoy seguro de que si queda todavía un verdadero


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fantasma en Europa, ven­drán a buscarlo en seguida para colocarle en uno de nuestros museos públicos o para pasearle por los ca­minos como un fenómeno. -El fantasma existe; me lo temo -dijo lord Canterville, sonriendo-, aunque quizá se resista a las ofer­tas de sus intrépidos empresarios. Hace más de tres siglos que se le conoce. Data, con precisión, de 1574, y nunca deja de mostrarse cuando está a punto de ocurrir algu­na defunción en la familia. -¡Bah! Los médicos de cabece­ra hacen lo mismo, lord Canterville. Amigo mío, un fantasma no puede existir y no creo que las leyes de la Naturaleza admitan excepciones en favor de la aristocracia inglesa. -Realmente -dijo lord Canter­ville, que no acababa de comprender la última observación de míster Otis-, ustedes son muy sencillos en América. Ahora bien, si le gusta a usted tener un fantasma en casa, mejor que mejor. Acuérdese única­mente que yo le previne. Algunas semanas después se cerró el trato, y a fines de la estación el ministro y su familia emprendieron el viaje hacia Canterville Chase. La señora Otis, que con el nom­bre de miss Lucrecía R. Táppan, de la calle West 53, había sido una célebre beldad de Nueva York, era todavía una mujer muy bella, de edad regular, con unos ojos hermo­sos y un perfil magnífico. Muchas damas americanas, cuan­do abandonan su país natal, adop­tan aires de persona atacada de una enfermedad crónica y se figu­ran que eso es uno de los sellos de distinción europea; pero la señora Otis no cayó nunca en ese error. Tenía una naturaleza espléndida y una abundancia extraordinaria de vitalidad. A decir verdad, era completamen­te inglesa en muchos aspectos y era un ejemplo excelente para sostener la tesis de que lo tenemos todo en común con América hoy día excep­to la lengua, como es de suponer. Su hijo mayor, bautizado con el nombre de Washington por sus pa­dres, en un momento de patriotismo que él no cesaba de lamentar, era un muchacho rubio, de bastante buena figura, que había logrado que se le considerase candidato a la di­plomacia, dirigiendo al grupo ale­mán en los festivales del casino de Newport durante tres temporadas seguidas, y aun en Londres pasaba por ser un bailarín excepcional. Sus únicas debilidades eran las gardenias y la nobleza; aparte de eso, era perfectamente sensato. Miss Virgina E. Otis era una mu­chachita de quince años, esbelta y graciosa como un cervatillo, con mi­rada francamente encantadora en sus grandes ojos azules. Amazona maravillosa, sobre su poney derrotó una vez en carreras al viejo lord Bilton, dando dos veces la vuelta al parque, ganándole por caballo y me­dio, precisamente frente a la estatua de Aquiles, lo cual provocó un en­tusiasmo tan grande en el joven du­que de Cheshire, que le propuso ma­trimonjo allí mismo, y sus tutores tuvieron que mandarle aquella

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El Fantasma de Canterville

mis­ma noche a Eton, bañado en lá­grimas. Después de Virginia venían dos gemelos, a quienes llamaban Estrellas y Rayas 1 1porque se les encontraba siempre juntos. Eran unos niños encantadores y, con el ministro, los únicos verdaderos re­publicanos de la familia. Como Canterville Chase está a siete millas de Ascot, la estación más próxima, míster Otis telegrafió que fueran a buscarle en coche des­cubierto, y emprendieron la marcha en medio de la mayor alegría. Era una noche encantadora de julio, y el aire estaba impregnado por el aroma de los pinos. De vez en cuando se oía una paloma arrullán­ dose dulcemente, o se vislumbraba entre los helechos, la pechuga de oro bruñido de algún faisán. Lige­ras ardillas les espiaban desde lo alto de las hayas a su paso; unos conejos corrían como exhalaciones a través de los matorrales o sobre los collados cubiertos de musgo, le­vantando su rabo blanco. Sin embargo, no bien. entraron en la avenida de Canterville Chase, el cielo se cubrió repentinamente de nubes. Un extraño silencio pareció invadir toda la atmósfera, una gran bandada de cornejas cruzó callada­mente por encima de sus cabezas, y antes de que llegasen a la casa ya habían caído algunas gotas de lluvia. En los escalones se hallaba para recibirles una anciana, pulcramen­te vestida de seda negra, con cofia y delantal blancos. Era la señora Umney, el ama de gobierno que la señora Otis, por vehementes reque­rimientos de lady Canterville, acce­dió a conservar en su puesto. Hizo una profunda reverencia a cada uno de la familia cuando echa­ron pie a tierra y dijo, con la sin­gular cortesía de los buenos tiem­pos antiguos: -Les doy la bienvenida a Canter­ville Chase. La siguieron, atravesando un her­moso hall, de estilo Tudor, hasta la biblioteca, largo salón espacioso con las paredes cubiertas por ma­dera de roble oscuro que terminaba en un ancho ventanal de cristales. Estaba preparado el té. Luego, una vez que se quitaron los abrigos, ya sentados se pusieron a curiosear en torno suyo, mientras la señora Umney iba de un lado para otro. De pronto, la mirada de la señora Otis cayó sobre una mancha de un rojo oscuro que había sobre el pa­vimento, precisamente al lado de la chimenea, y, sin darse cuenta de sus palabras, dijo a la señora Umney: -Creo que han vertido,algo en ese sitio. -Sí, señora -contestó la señora Umney en voz baja-. En ese lugar se ha vertido sangre. -¡Qué horror! -exclamó la se­ñora Otis-. No quiero manchas de sangre en un salón. Es preciso qui­tar eso inmediatamente. La vieja sonrió y con voz miste­riosa repuso: -Es sangre de lady Leonor de Canterville, que fue muerta en ese mismo sitio por su 1

Alude a la bandera de los Esta­dos Unidos de América.

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El Príncipe Feliz y otras Historias

propio marido, sin Simón de Canterville, en 1565. Sir Simón la sobrevivió nueve años, desapareciendo de repente en cir­cunstancias misteriosísimas. Su cuer­po no se encontró nunca, pero su alma culpable sigue embrujando la casa. La mancha de sangre ha sido muy admirada por los turistas y otras personas y no puede quitarse. -Todo eso son tonterías --excla­mó Washington Otis-. El produc­to quitamanchas, el limpiador in­comparable Campeón, marca Pin­kerton, y el detergente Paragon ha­rán desaparecer eso en un instante. Y sin dar tiempo a que el ama de gobierno, aterrada, pudiese in­tervenir, ya se había arrodillado y frotaba rápidamente el entarimado con una barrita de una sustancia parecida al cosmético negro. A los pocos instantes la mancha había des­aparecido sin dejar rastro. -Ya sabía yo que el Pinkerton la borraría -exclamó en tono triun­fal, paseando la mirada sobre su familia llena de admiración. Pero apenas había pronunciado aquellas palabras cuando un relám­pago iluminó la estancia sombría y el retumbar del trueno levantó a to­dos, menos a la señora Umney, que se desmayó. -¡Qué clima más atroz! -dijo tranquilamente el ministro, encen­diendo un largo veguero-. Creo que el país de los abuelos está tan lleno de gente, que no hay buen tiempo bastante para todos. Siempre opiné que lo mejor que pueden ha­cer los ingleses es emigrar. -Querido Hiram -replicó la se­ñora Otis-, ¿qué podemos hacer con una mujer que se desmaya? -Descontaremos eso de su sala­rio. Así no se volverá a desmayar. En efecto, la señora Umney no tardó en volver en sí. Sin embargo, veíase que estaba conmovida hon­ damente, y con voz solemne advirtió a la señora Otis que algún contra­tiempo iba a ocurrir en la casa. -Señores, he visto con mis pro­pios ojos unas cosas... que pon­dríanoos pelos de punta a un cris­tiano. Y durante noches y noches no he podido pegar los ojos a cau­sa de las cosas terribles que pasa­ban aquí. A pesar de lo cual, míster Otis y su esposa aseguraron a la buena mujer que no tenían miedo ninguno de los fantasmas. La vieja ama de llaves, después de haber impetrado la bendición de la Providencia sobre sus nuevos amos y de discutir la posibilidad de un aumento de salario, se retiró a su habitación renqueando.

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CAPITULO II

L

a tempestad se desencadenó du­rante toda la noche, pero no pro­dujo nada extraordinario. Al día siguiente, por la mañana, cuando bajaron a almorzar, encon­traron de nuevo la terrible mancha sobre el entarimado. -No creo -dijo Washington-, que tenga la culpa el limpiador Pa­ragon; lo he ensayado sobre toda clase de manchas. Debe ser cosa del fantasma. En consecuencia, borró la man­cha, después de frotar un poco, pero al otro día, por la mañana, había reaparecido. A la tercera mañana volvió a estar allí, y, sin embargo, la biblioteca permaneció cerrada la noche anterior, llevándose arriba la llave la señora Otis. Desde entonces la familia empe­zó a interesarse por aquello. Míster Otis se hallaba a punto de creer que había estado demasiado dogmático negando la existencia de los fantasmas. La señora Otis expresó su inten­ción de afiliarse a la Sociedad Psí­quica, y Washington preparó una larga carta a Myers y Podmore 1 2basado en la persistencia de las manchas de sangre cuando provie­nen de un crimen. Aquella noche disipó todas las dudas sobre la exis­tencia objetiva de los fantasmas. La familia había aprovechado la frescura de la tarde para dar un pa­seo en coche. Regresaron a las nue­ve, tomando una ligera cena. La conversación no recayó ni un mo­ mento sobre los fantasmas, de ma­nera que faltaban hasta las condi­ciones más elemen2 cas.

Autores de los Phantams of the Living. Obra que trata sobre la tele­patía y las alucinaciones telepáti-


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tales de espera y de receptibilidad que preceden tan a menudo a los fenómenos psíquicos. Los asuntos que discutieron, por lo que luego he sabido por la se­ñora Otis, fueron simplemente los habituales en la conversación de los americanos cultos que pertenecen a las clases elevadas, como, por ejem­plo, la inmensa superioridad de miss Fanny Davenport sobre Sarah Bern­hardt, como actriz; la dificultad para encontrar maíz verde, galletas de trigo sarraceno y el hominy 2 3aun en las mejores casas, inglesas, la im­portancia de Boston en el desenvol­vimiento del alma universal; las ven­tajas del sistema que consiste en anotar los equipajes de los viajeros y la dulzura del acento neoyorquino, comparado con el dejo de Londres. No se trató para nada de lo sobre­natural, no se hizo ni la menor alu­sión indirecta a sir Simón de Can­terville. A las once la familia se retiró, y a las once y media estaban apaga­das todas las luces. Poco después, míster Otis se des­pertó con un ruido singular en el corredor, fuera de su habitación. Parecía un ‘ruido de hierros viejos, y se acercaba cada vez más. Se levantó en el acto, encendió una luz y miró la hora. Era la una en punto. Míster Otis estaba per­fectamente ‘tranquilo. Se tomó el pulso y no lo encontró nada alte­rado. El ruido extraño continuaba, al mismo tiempo que se oía claramente el sonar dé unos pasos. Míster Otis se puso las zapatillas, cogió una aceitera alargada de su tocador y abrió la puerta, y vio frente a él, en el pálido claro de luna, a un viejo de aspecto terrible. Sus ojos parecían carbones en­cendidos. Una larga cabellera gris caía en mechones revueltos sobre sus hombros. Sus ropas, de corte anticuado, estaban manchadas y en jirones. De sus muñecas y de sus tobillos colgaban unas pesadas cade­nas y unos grilletes herrumbrosos. -Mi distinguido señor -dijo míster Otis-, permítame que le rue­gue vivamente que engrase esas ca­denas. Le he traído para ello el en­grasador Tammany Sol Naciente. Dicen que es eficacísimo, y que bas­ta una sola aplicación. En la etiqueta hay varios certificados de nuestros adivinos más ilustres que dan fe de ello. Voy a dejársela aquí, al lado de las velas, y tendré un verdadero placer en proporcionarle más, si así lo desea. Dicho lo cual, el ministro de los Estados Unidos dejó la aceitera so­bre una mesa de mármol, cerró la puerta y se volvió a meter en la cama. El fantasma de Canterville perma­neció algunos minutos inmóvil de indignación. Después tiró, lleno de rabia, la aceitera contra el suelo encerado y huyó por el corredor, lanzando gru­ñidos cavernosos y despidiendo una extraña luz verde. Sin embargo, cuando llegaba a la gran escalera de roble, se abrió de repente una puerta. Aparecieron dos siluetas infantiles, vestidas de blan­co, y una voluminosa almohada le rozó la cabeza. Evidentemente, no había tiempo que perder, así es que, utilizando como-medio de fuga la cuarta dimensión del espacio, se desvaneció a través del estuco, y la casa, de nuevo, recobró su tranqui­lidad. 3 Alimento hecho con harina de maíz, hirviéndolo en agua o leche. Muy popular en el sur de los Estados Unidos. Se toma como desayuno.

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Llegado a un cuartito secreto del ala izquierda, se adosó a un rayo de luna para tomar aliento y se puso a reflexionar para darse cuenta de su situación. Jamás en toda su bri­llante carrera, que duraba ya tres­cientos años, fue injuriado tan gro­seramente. Se acordó de la duquesa viuda, en quien provocó una crisis de terror, cuando estaba mirándose en el es­pejo, cubierta de brillantes y de en­cales; de las cuatro doncellas a quie nes había enloquecido, produciéndo­les convulsiones histéricas sólo con hacerles visajes entre las cortinas de una de las habitaciones destinadas a invitados; del rector de la parroquia, cuya vela apagó de un soplo cuan­do volvía el buen señor de la biblio­teca a una hora avanzada, y que desde entonces tuvo que estar bajo el cuidado de sir William GuW_con­vertido en mártir de toda clase de alteraciones nerviosas; de la vieja señora de Tremouillac, que, al des­pertarse al amanecer y descubrir un esqueleto sentado en un sillón, al lado de la lumbre, entretenido en leer su diario, tuvo que guardar cama durante seis meses, víctima de un ataque cerebral. Una vez curada se reconcilió con la Iglesia y rompió sus relaciones con el señalado escép­tico Voltaire. Recordó también la noche terrible en que el bribón de lord Canterville fue hallado ahogán­dose en su vestidor, con una sota de espadas hundida en la garganta, viéndose obligado a confesar antes de morir que por medio de aquella carta había timado la suma de cin­cuenta mil libras a Jaime Fox, en casa de Grookford. Y juró que aque­lla carta se la hizo tragar el fan­tasma. Todas sus grandes hazañas le vol­vían a la memoria. Vio desfilar al mayordomo que se levantó la tapa de los sesos por haber visto una mano verde tambo­rilear sobre los cristales; y a la bella lady Steelfield, condenada a llevar alrededor del cuello un collar de terciopelo negro para tapar la señal de cinco dedos, impresos como con un hierro candente sobre su blanca piel, y que terminó por ahogarse en el vivero que había al extremo de la Avenida Real. Y, lleno del entusiasmo ególatra del verdadero artista, pasó revista a sus creaciones más célebres. Se de­dicó una amarga sonrisa al evocar su última aparición en el papel de «Rubén el Rojo, o el niño estrangu­lado», su debut como «Gibeón el Flaco, o el vampiro del páramo de Bexley» y el furor que causó una noche solitaria de junio jugando a los bolos con sus propios huesos sobre el campo de tenis. ¡Y después de todo para que unos miserables americanos le ofreciesen el engrasador marca Sol Naciente y le tirasen almohadas a la cabeza! Era realmente intolerable. Además, la historia nos enseña que jamás fue tratado ningún fantasma de ma­nera semejante. Llegó a la conclu­sión de que era preciso tomarse la revancha y permaneció hasta el amanecer en actitud de profunda meditación.

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CAPITULO III

C

uando a la mañana siguiente la familia Otis se reunió para el des­ayuno, la conversación sobre el fan­tasma fue extensa. El ministro de los Estados Unidos estaba, como era natural, un poco ofendido al ver que su ofrecimiento no había sido aceptado. -No quisiera en modo alguno injuriar personalmente al fantasma -dijo-, y reconozco que, dada la larga duración de su estancia en la casa, era correcto tirarle una al­ mohada a la cabeza... Siento tener que decir que esta observación tan justa provocó-una explosión de risa en los gemelos. -Pero, por otro lado -prosiguió míster Otis-, si se empeña, sin más ni más, en no hacer uso del engra­sador marca Sol Naciente, nos vere­mos precisados a quitarle las cade­ nas. No podremos dormir con todo ese ruido a la puerta de las alcobas. Pero, sin embargo, en el resto de la semana no fueron molestados. Lo único que les llamó la atención fue la reaparición continua de la man­cha de sangre sobre el piso de la biblioteca. Era realmente muy ex­traño, ya que la señora Otis cerraba la puerta con llave por la noche, y las ventanas permanecían con las rejas cerradas. Los cambios de co­lor que sufría la mancha, compara­bles a los de un camaleón, produje­ron también frecuentes comentarios en la familia. Una mañana era de un rojo índigo oscuro, otras veces era bermellón, luego de un púrpura intenso y un día, cuando bajaron a rezar, según los ritos sencillos de la libre Iglesia episcopal reformada de América, la encontraron de un hermoso verde esmeralda. Como es natural, estos cambios caleidoscópi­cos divirtieron


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grandemente a la reunión y hacíanse apuestas todas las noches con entera tranquilidad. La única persona que no tomó par­te en la broma fue la joven Virginia. Por razones ignoradas, sentíase siem­pre impresionada ante la mancha de sangre y estuvo a punto de llorar la mañana que apareció verde esme­ralda. La segunda aparición del fantas­ma fue un domingo por la noche. Al poco tiempo de estar todos acos­tados, les alarmó un enorme estré­pito que se oyó en el hall. Bajaron, apresuradamente y se encontraron con que una armadura completa se había desprendido de su soporte, ca­yendo sobre las losas, mientras, sen­tado en un sillón de alto respaldo, el fantasma de Canterville se res­tregaba las rodillas, con una expre­sión de agudo dolor sobre su rostro. Los gemelos, que se habían pro­visto de sus cerbatanas, le lanzaron inmediatamente dos proyectiles, con esa seguridad de puntería que sólo se adquiere a fuerza de una larga y cuidadosa práctica sobre un pro­fesor de caligrafía. Mientras tanto, el ministro de los Estados Unidos mantenía al fantasma bajo la ame­naza de su revólver y, conforme a la etiqueta californiana, le intimaba a levantar los brazos. El fantasma se alzó bruscamente, lanzando un grito de furor salvaje, y pasó en medio de ellos, como una nube, apagando de paso la vela de Washington Otis y dejándoles a to­dos en la mayor oscuridad. Cuando llegó a lo alto de la esca­lera, una vez dueño de sí, se decidió a lanzar su célebre repique de car­cajadas satánicas. Contaba la gente que aquello hizo encanecer en una sola noche el pe­luquín de lord Raker. Y que tres su­cesivas amas de llaves, francesas, de­jaron su empleo antes de terminar el primer mes. Por consiguiente, lan­zó su carcajada más horrible, des­pertando paulatinamente los ecos en las antiguas bóvedas, pero al extin­guirse, se abrió una puerta y apa­reció, vestida de azul claro, la seño­ra Otis. -Me temo -dijo la dama- que esté usted indispuesto y aquí le trai­go un frasco de la tintura del doctor Dobell. Si se trata de una indiges­tión, podrá comprobar que éste es un remedio excelente. El fantasma la miró con ojos lla­meantes de furor y se creyó en el deber de metamorfosearse en un gran perro negro. Era un truco que le había dado una reputación merecidísima, y al cual atribuía el médico de la familia la idiotez incurable del tío de lord Canterville, el honorable 14 Tomás Horton. Pero un ruido de pasos que se acercaba le hizo vacilar en su cruel determinación y se contentó con volverse un poco fosforescente. En seguida se desvaneció, después de lanzar un gemido sepulcral, por­que los gemelos iban a darle alcance. Una vez en su habitación sintióse destrozado, presa de la agitación más violenta. 4 Título que se da a los miembros de la Cámara de los Comunes, y a aquellas personas que poseen títulos nobiliarios.

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La ordinariez de los gemelos, el grosero materialismo de la señora Otis, todo aquello resultaba real­mente vejatorio; pero lo que más le humillaba era no tener ya fuer­zas para llevar una armadura. Con­taba con hacer impresión aun en unos americanos modernos, hacerles estremecer a la vista de un espec­tro acorazado, si no ya, por motivos razonables al menos por deferencia hacia su poeta nacional Longfellow,25 cuyas poesías, delicadas y atrayen­tes, le habían ayudado con frecuen­cia a matar el tiempo mientras los Canterville estaban en Londres. Ade­más, era su propia armadura. La llevó con éxito en el torneo de Ke­nilworth, siendo felicitado calurosa­mente por la Reina Virgen en per­sona. Pero cuando quiso ponérsela quedó aplastado por completo con el peso de la enorme coraza y del yelmo de acero. Y se desplomó pe­sadamente sobre las losas de piedra, despellejándose las rodillas y contu­sionándose la muñeca derecha. Durante varios días estuvo malí­simo y no pudo salir de su morada más que lo necesario para mantener en buen estado la mancha de san­gre. No obstante, a fuerza de cuidados acabó por restablecerse y decidió hacer una tercera tentativa para aterrorizar al ministro de los Esta­dos Unidos y a su familia. Eligió para su reaparición en es­cena el viernes 17 de agosto, consa­grando gran parte del día a pasar revista a sus trajes. Su elección recayó al fin en un sombrero de ala levantada por un lado y caída del otro, con una plu­ma roja; en un sudario deshilacha­do en las mangas y el cuello y, por último, en un puñal mohoso. Al atardecer estalló una gran tor­menta. El viento era tan fuerte que sacudía y cerraba violentamente las puertas y ventanas de la vetusta casa. Realmente aquél era el tiempo que le convenía. He aquí lo que pensaba hacer: iría sigilosamente a la habitación de Washington Otis, le musitaría unas frases ininteligi­bles, quedándose al pie de la cama, y le hundiría tres veces seguidas el puñal en la garganta, a los sones de una música apagada. Odiaba sobre todo a Washington, porque sabía perfectamente que era él quien acostumbraba quitar la fa­mosa mancha de sangre de Can­terville, empleando el detergente Paragon de Pinkerton. Después de reducir al temerario y despreocupa­do joven a una condición de terror abyecto, entraría en la habitación que ocupaban el ministro de los Estados Unidos y su mujer. Una vez allí, colocaría una mano viscosa so­bre la frente de la señora Otis y al mismo tiempo murmuraría, con voz sorda, al oído del ministro temblo­roso, los secretos terribles del osario. En cuanto a la pequeña Virginia aún no tenía decidido nada. No le había insultado nunca. Era bonita y cariñosa. Unos cuantos gruñidos sordos, que saliesen del armario, le parecían más que suficientes, y si no bastaban para despertarla, lle­garía hasta tirarle de 5 H. W. Longfellow, autor de El es­queleto en su armadura, poesía inspi­rada por el descubrimiento de un es­queleto dentro de una coraza en New­port, Estados Unidos.

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la puntita de la nariz con sus dedos rígidos por la parálisis. A los gemelos estaba resuelto a darles una lección: lo primero que haría sería sentarse sobre sus pe­chos, con objeto de producirles la sensación de la pesadilla. Luego, aprovechando que sus camas esta­ban muy juntas, se alzaría en el espacio libre entre ellas, con el as­pecto de un cadáver verde y frío como el hielo, hasta que se queda­sen paralizados de terror. En segui­da, tirando bruscamente su sudario, daría la vuelta al dormitorio en cua­tro patas, como un esqueleto blan­queado por el tiempo, moviendo el globo de un solo ojo en su órbita, como el personaje de «Daniel el mudo, o el esqueleto del suicida», papel en el cual hizo un gran efecto en varias ocasiones. Creía estar tan bien en éste, como en su otro papel de «Martín el demente, o el misterio enmascarado». A las diez y media oyó subir a la familia a acostarse. Durante algunos instantes le in­quietaron las estrepitosas carcajadas de los gemelos, que se divertían in­dudablemente, con su loca alegría de colegiales, antes de meterse en la cama. Pero a las once y cuarto todo quedó nuevamente en silencio, y cuando sonaron las doce se puso en camino. La lechuza chocaba contra los cristales de la ventana. El cuervo graznaba en el hueco de un tejo cen­tenario y el viento gemía vagando alrededor de la casa, como un alma en pena; pero la famila Otis dormía, sin sospechar la suerte que le es­peraba. Oía con toda claridad los ronquidos regulares del ministro de los Estados Unidos, que dominaban el ruido de la lluvia y de la tor­menta. Se deslizó furtivamente a través del estuco. Una sonrisa perversa se dibujaba sobre su boca cruel y arru­gada, y la luna escondió su rostro tras una nube cuando pasó delan­te de la gran ventana ojival, sobre la que estaban representadas, en azul y oro, sus propias armas y las de su esposa asesinada. Seguía andando siempre, deslizán­dose como una sombra funesta, que hacía que hasta las tinieblas le mal­dijesen a su paso. Hubo un momento en que le pa­reció oír que alguien le llamaba; se detuvo, pero era tan sólo un perro, que ladraba en la Granja Roja. Pro­siguió su marcha, mascullando ex­traños juramentos del siglo xvl, y blandiendo de vez en cuando el pu­ñal enmohecido en el aire de media­noche. Por fin llegó a la esquina del pasillo que conducía a la habitación del infortunado Washington. Allí hizo una breve parada. El viento agitaba en torno de su cabeza sus largos mechones grises y ceñía en pliegues grotescos y fan­tásticos el horror indecible del fú­nebre sudario. Sonó entonces el cuarto en el reloj. Comprendió que había llegado el momento. Con una risa maligna dio la vuel­ta al ángulo del corredor. Pero ape­nas lo hizo, retrocedió lanzando un gemido lastimero de terror y escon­diendo su cara lívida entre sus

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lar­gas manos huesudas. Frente a él había un horrible es­pectro, inmóvil como una estatua, monstruoso como la pesadilla de un demente. Tenía la cabeza pelada y reluciente; faz redonda, carnosa y blanca; una risa horrorosa parecía retorcer sus rasgos en una mueca eterna; por los ojos brotaba a olea­das una luz escarlata; la boca se­mejaba un ancho pozo de fuego, y una vestidura horrible, como la de él, como la del mismo Simón, en­volvía con su nieve silenciosa aque­lla forma gigantesca. Sobre el pecho llevaba colgado un cartel con una inscripción en extraños caracteres antiguos. Quizá era un rótulo infamante, donde es­taban escritos delitos espantosos, una terrible lista de crímenes. Te­nía, por último, en su mano derecha una cimitarra de acero resplande­ciente. Como no había visto nunca fan­tasmas hasta aquel día, sintió un pá­nico terrible, y después de lanzar rápidamente una segunda mirada so­bre el espantoso fantasma, regresó a su habitación, enredándose los pies en el sudario que le envolvía. Cru­zó la galería corriendo y acabó por dejar caer el puñal enmohecido en las botas de montar del ministro, donde lo encontró el mayordomo al día siguiente. Una vez refugiado en su retiro, se desplomó sobre un reducido catre de tijera, tapándose la cabeza con las sábanas. Pero al cabo de un momento el valor indomable de los antiguos Canterville se despertó en él y tomó la resolución de hablar al otro fantasma en cuanto amanecie­se. Por consiguiente, no bien el alba plateó las colinas con su luz, volvió al sitio en que había visto por pri­mera vez al horroroso fantasma. Pensaba que, después de todo, dos fantasmas valían más que uno solo y que con ayuda de su nuevo amigo podría contender victoriosamente con los gemelos. Pero cuando llegó al sitio fue para encontrarse en pre­sencia de un espectáculo terrible. Algo le sucedía indudablemente al espectro, porque la luz había des­aparecido por completo de sus ór­bitas. La cimitarra centelleante des­lizándose de su mano, estaba recos­tada sobre la pared en una actitud forzada e incómoda. Simón se precipitó hacia adelante y le cogió en sus brazos; pero cuál no sería su terror viendo despren­derse la cabeza y rodar por el sue­lo, mientras el cuerpo tomaba la posición supina, y notó que abraza­ba una cortina blanca de algodón grueso y que yacían a sus pies una escoba, un machete de cocina y una calabaza vacía. Sin poder compren­ der aquella curiosa transformación, cogió con mano febril el cartel, le­yendo a la claridad grisácea de la mañana estas palabras terribles: HE AQUÍ EL FANTASMA OTIS EL ÚNICO ESPÍRITU AUTÉNTICO Y VERDADERO

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¡CUIDADO CON LAS IMITACIONES! TODOS LOS DEMÁS ESTÁN FALSIFICADOS Y la entera verdad se le apareció como un relámpago. ¡Había sido burlado, chasqueado, engañado! La expresión característica de los Canterville reapareció en sus ojos, apretó las encías desdentadas y, le­vantando por encima de su cabeza sus manos amarillas, juró, según la fraseología pintoresca de la antigua escuela «que cuando el gallo tocase por dos veces el cuerno de su ale­gre llamada se perpetrarían críme­nes sangrientos y que el asesinato, de callado paso, saldría entonces de su retiro». No había terminado de formular este juramento terrible criando de una alquería lejana, de tejado de ladrillo rojo, salió el canto de un gallo. Lanzó una larga risotada, len­ ta y amarga, y esperó. Esperó una hora y después otra; pero por alguna razón misteriosa no volvió a cantar el gallo. Por fin, a eso de las siete y me­dia, la llegada de las criadas le obligó a abandonar su terrible guar­dia y regresó a su morada, con alti­vo paso, pensando en su vana espe­ranza y proyecto fracasado. Una vez allí consultó varios li­bros de caballería, cuya lectura le interesaba extraordinariamente, y pudo comprobar que el gallo cantó siempre dos veces en cuantas oca­ siones se tuvo que recurrir a aquel juramento. -¡Que el diablo se lleve a ese in­fame volátil! -murmuró-. En otro tiempo hubiese caído sobre él con mi gran lanza, atravesándole el gañote y obligándole a cantar otra vez para . mi aunque reventara. Y dicho esto se retiró a su con­fortable ataúd de plomo y allí per­maneció hasta la noche.

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CAPITULO IV

A

l día siguiente el fantasma se sintió muy débil y cansado. Las te­rribles emociones de las cuatro últi­mas semanas empezaban a producir su efecto. Tenía el sistema nervioso completamente alterado y temblaba al más ligero ruido. No salió de su habitación en cin­co días y concluyó por hacer una concesión en lo relativo a la man­cha de sangre del salón de la bi­blioteca. Puesto que la familia Otis no quería verla, era indudablemen­te que no la merecía. Aquella gente estaba colocada a ojos vistas en un plano inferior de vida material y era incapaz de apreciar el valor sim­ bólico de los fenómenos sensibles. La cuestión de las apariciones de fantasmas y el desenvolvimiento de los cuerpos astrales eran realmente para él una cosa muy distinta e in­discutiblemente fuera de su gobier­no. Pero, por lo menos, constituía para él un deber ineludible mostrar­se en el corredor una vez a la se­mana y farfullar por la gran ventana ojival el primero y el tercer miérco­les de cada mes. No veía ningún medio digno de sustraerse a aquella obligación. Verdad es que su vida estuvo lle­na de crímenes, pero quitado eso era hombre muy concienzudo en todo cuanto se relacionaba con lo sobrenatural. Así, pues, los tres sábados siguien­tes atravesó, como de costumbre, el corredor entre doce de la noche y tres de la madrugada, tomando to­das las precauciones posibles para no ser visto ni oído. Se quitaba las botas, pisaba lo más ligeramente que podía sobre las viejas maderas carcomidas, envolvíase en una gran capa de terciopelo negro y no deja­ba de usar el engrasador Sol Na­ciente para, engrasar sus cadenas. Me veo precisado a reconocer que sólo después de muchas vacilacio­nes se decidió a adoptar esta


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última forma de protegerse. Pero, al fin, una noche, mientras cenaba la fa­milia, se deslizó en el dormitorio del señor Otis y se llevó el frasquito. Al principio se sintió un poco hu­millado, pero después fue suficien­temente razonable para comprender que aquel invento merecía grandes elogios y que cooperaba, en cierto modo, a la realización de sus pro­yectos. A pesar de todo, no se vio a cu­bierto de molestias. No dejaban nunca de tenderle cuerdas de lado a lado del corredor para hacerle tropezar en la oscuri­dad, y una vez que se había disfra­zado para el papel de «Isaac el Ne­gro, o el cazador del bosque de Hogsley», cayó de bruces al poner el pie sobre una plancha de made­ras enjabonadas que habían colo­cado los gemelos desde el umbral del salón de tapices hasta la parte alta de la escalera de roble. Esta última afrenta le dio tal -ra­bia que decidió hacer un esfuerzo para imponer su dignidad y conso­lidar su posición social, y formó el proyecto de visitar a la noche si­ guiente a los insolentes chicos de Eton, en su célebre papel de «Ru­perto el temerario, o el conde sin cabeza». No se había mostrado con aquel disfraz desde hacía setenta años, es decir, desde que causó con él tal pavor a la bella lady Bárbara Mo­dish, que ésta retiró su consenti­ miento al abuelo del actual lord Canterville y se fugó a Gretna Green con el arrogante Jack Castletown, jurando que por nada del mundo consentiría en emparentar con una familia que toleraba los paseos de un fantasma tan horrible por la te­rraza al atardecer. El pobre Jack fue al poco tiempo muerto en duelo con arma de fuego por lord Canter­ville en terrenos de Wandsworth y lady Bárbara murió de pena en Tum­bridge Wells antes de terminar el año; así es que fue un gran éxito en todos sentidas. Sin embargo, fue, permitiéndo­me emplear un término teatral para aplicarle a uno de los mayores mis­terios del mundo sobrenatural o, en lenguaje más científico, del mun­do superior a la Naturaleza, una creación de las más difíciles y ne­cesitó sus tres buenas horas para terminar los preparativos. Por fin todo estuvo listo y él con­tentísimo de su disfraz. Las gran­des,botas de montar, que hacían jue­go con el traje, eran, eso sí, un poco holgadas para él, y no pudo encon­trar más que una de las dos pistolas de arzón; pero, en general, quedó satisfechísimo, y a la una y cuarto pasó a través del estuco y bajó al corredor. Cuando estuvo cerca de la habi­tación ocupada por los gemelos, y a la que se llamaba el dormitorio azul por el color de sus cortinajes, se encontró con la puerta entre­ abierta. A fin de hacer una entrada efec­tista, la abrió de par en par con violencia, pero se le vino encima una jarra de agua que le empapó hasta los huesos, no dándole en el hombro por unos milímetros. Al mismo tiempo oyó unas risas sofo­cadas que partían de la doble cama con dosel.

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Su sistema nervioso sufrió tal con­moción que regresó a sus habitacio­nes a toda prisa y al día siguiente tuvo que permanecer en la cama con un fuerte catarro. El único con­suelo que tuvo fue el de no haber llevado su cabeza sobre los hom­bros, pues de lo contrario las conse­cuencias hubieran podido ser más graves. Desde entonces renunció para siempre a espantar a aquella recia familia de americanos, y se contentó, por regla general, con va­gar por el corredor, en zapatillas de fieltro, envuelto el cuello en una gruesa bufanda, por temor a las co­rrientes de aire, y provisto de un pequeño arcabuz, para el caso en que fuese atacado por los gemelos. Hacia el 19 de septiembre fue cuando recibió el golpe de gracia. Había bajado por la escalera has­ta el espacioso hall, seguro de que en aquel sitio por lo menos nadie le iba a molestar, y se entretenía en hacer observaciones satíricas sobre las grandes fotografías del ministro de los Estados Unidos y de su mu­jer, hechas en casa por Saroni 1 6y que ahora ocupaban el lugar de los retratos de la familia Canterville. Iba vestido, sencilla pero decen­temente, con un largo sudario sal­picado de moho de cementerio. Se había atado la quijada con una tira de tela amarilla y llevaba una lin­ ternita y un azadón de sepulturero. En una palabra, iba disfrazado de «Jonás el desenterrador, o el ladrón de cadáveres de Chertsey Barn». Era una de sus creaciones más nota­bles y de la que guardaban recuer­do, con más motivo, los Canterville, ya que fue la verdadera causa de su riña con lord Rufford, vecino suyo. Serían próximamente las dos y cuarto de la madrugada, y a su jui­cio, no se movía nadie en la casa. Pero cuando se dirigía tranquilamen­te hacia la biblioteca, para ver lo que quedaba de la mancha de sangre, se abalanzaron hacia él, desde un rin­cón sombrío, dos siluetas, agitando locamente sus brazos sobre sus cabe­zas, mientras gritaban a su oído: -¡Uú! ¡Uú! ¡Uú! Lleno de pánico, cosa muy natural en aquellas circunstancias, se pre­cipitó hacia la escalera, pero enton­ces se encontró frente a Washing­ton Otis, que le esperaba armado con la gran regadera del jardín; de tal modo, que cercado por sus ene­migos, casi acorralado, tuvo que evaporarse en la gran estufa de hie­rro colado, que felizmente para él, no estaba encendida, y abrirse paso hasta sus habitaciones por entre los cañones de las chimeneas, llegando a su refugio en el,, lamentable esta­do en que lo pusieron la agitación, el hollín y la desesperación. Desde aquella noche no volvió a vérsele nunca en expediciones noc­turnas. Los gemelos se quedaron muchas veces en acecho para sor­prenderle, sembrando de cáscaras de nuez los corredores todas las no­ches, con gran enojo de sus padres y de los criados. 6 El fotógrafo más notable de In­glaterra en esa época. Su nombre com­pleto era Oliver Saroni. Nació en Ca­nadá. Muchas personas hacían un via­je especial a Scarborough, donde tenía su residencia, para ser retratados por él. The History of Photography... Oxford, 1955, pp. 228-229.

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Pero fue inútil. Su amor propio estaba profundamente herido sin duda y no quería mos­ trarse. En vista de ello, míster Otis re­anudó de nuevo el trabajo en su gran obra sobre la historia del par­tido demócrata, obra que había em­pezado tres años antes. La señora Otis organizó un clam­bake 2 7extraordinario, que dejó muy impresionados a todos los de la co­marca. Los niños se dedicaron a jugar a la barra, al écarté, al póquer y a otros juegos típicos de América. Virginia dio paseos a caballo por caminos y veredas, en compañía del duque de Cheshire, que se hallaba en Canterville pasando su última se­mana de vacaciones. Todo el mundo se figuraba que el fantasma había desaparecido, y en consecuencia, míster Otis escribió una carta a lord Canterville para co­municárselo, y recibió en contesta­ción otra carta en la que éste le tes­timoniaba el placer que le producía la noticia y enviaba sus más since­ras felicitaciones a la digna esposa del ministro. Pero los Otis se equivocaban. El fantasma seguía en la casa, y aunque se hallaba muy delicado, no estaba dispuesto a retirarse, sobre todo después de saber que figuraba entre los invitados el duque de Che­shire, cuyo tío, lord Francis Stilton, apostó una vez cien guineas con el coronel Carbury a que jugaría a los dados con el fantasma de Canter­ville. A la mañana siguiente se encon­traron a lord Stilton tendido sobre el suelo del salón de juego en un estado de parálisis tal, que, a pesar de la edad avanzada que alcanzó, no pudo ya nunca pronunciar más palabra que ésta: -¡Seis dobles! Esta historia era muy conocida en su tiempo, aunque, en atención a los sentimientos de las dos nobles familias, se hiciera todo lo posible por ocultarla, y existe un relato de­tallado de todo lo referente a ella en el tomo tercero de las Memorias de lord Tattle sobre el príncipe re­gente y sus amigos. Desde entonces el fantasma de­seaba vehementemente probar que no había perdido su influencia sobre los Stilton, con los que además es­taba emparentado, pues una prima hermana suya se casó en Secondes­noces con el señor Bulkeley, del que descienden en línea directa, como todo el mundo sabe, los duques de Cheshire. Por consiguiente, hizo sus prepa­rativos para mostrarse al joven ena­morado de Virginia en su famoso papel del «Fraile vampiro, o el bene­dictino sin sangre». Era un espectáculo tan espantoso que cuando la vieja lady Startup se lo vio representar, es decir, la vís­pera del Año Nuevo de 1764, em­pezó a lanzar chillidos agudos, que le provocaron un fuerte ataque de apoplejía y su fallecimiento al cabo de tres días, 7 Especie de tarta hecha con alme­jas. Plato típico americano que figu­ra en el menú de los días de campo. Se cuece al aire libre, bajo brasas aco­modadas entre piedras.

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no sin que desheredara antes a los Canterville que eran sus parientes más cercanos y legase todo su dinero a su farmacéutico de Londres. Pero, a última hora, el terror que le inspiraban los gemelos le retuvo en su habitación y el joven duque durmió tranquilo en el gran lecho con dosel coronado de plumas del dormitorio real, soñando con Vir­ginia.

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CAPITULO V

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nos días después, Virginia y su adorador de cabello rizado dieron un paseo a caballo por los prados de Brockley, paseo en el que ella se desgarró su vestido de amazona al saltar un seto, y de vuelta a su casa, entró por la escalera de detrás para que no la viesen. Al pasar corriendo por delante de la puerta del salón de tapices, que estaba abierta de par en par, le pa­reció ver a alguien dentro. Pensó que sería la doncella de su madre, que iba con frecuencia a trabajar a esa habitación. Asomó la cabeza para encargarle que le cosiese el vestido. ¡Pero con gran sorpresa suya quien estaba allí era el fantasma de Canterville en persona! Estaba sentado junto a la ventana contemplando las hojas doradas, que danzaban en el aire, desprendi­das de los árboles amarillentos, y las hojas bermejas que bailaban loca­mente a lo largo de la gran avenida. Tenía la cabeza apoyada en una mano y toda su actitud revelaba el desaliento más profundo. Realmente presentaba un aspecto tan desamparado, tan abatido que la pequeña Virginia, en vez de ceder a su primer impulso, que fue echar a correr y encerrarse en su cuarto, se sintió llena de compasión y se decidió a ir a consolarle. Tenía la muchacha un paso tan ligero y él una melancolía tan hon­da, que no se dio cuenta de su pre­sencia hasta que le habló. -Lo he sentido mucho por us­ted -dijo-, pero mis hermanos re­gresan mañana a


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Eton y entonces, si se porta usted bien, nadie le ator­mentará. -Es absurdo pedirme que me porte bien -le respondió contem­plando estupefacto a la jovencita que tenía la audacia de dirigirle la palabra-. Perfectamente inconcebi­ble. Me es necesario arrastrar mis cadenas, gruñir a través de las cerra­duras, y deambular en la noche. Si es a eso a lo que se refiere, le diré que todo ello es la única razón de mi existencia. -Ésa no es una razón para vivir molestando a la gente. En sus tiem­pos fue usted muy malo, ¿sabe? La señora Umney nos contó el mismo día en que llegamos, que usted mató a su esposa. -Sí, lo reconozco -respondió petulante el fantasma-. Pero fue un asunto de familia que a nadie le importa. -Está muy mal eso de matar a alguien -replicó Virginia, que a ve­ces adoptaba una dulce actitud pu­ritana, heredada posiblemente de al­guno de sus antepasados de la vieja Nueva Inglaterra. -¡Oh, detesto la ramplona seve­ridad de la ética abstracta! Mi es­posa era muy poco agraciada y sim­plona. Nunca pudo almidonar bien mis puños, y no sabía nada de co­cina. Vea usted, un día cacé un mag­nífico cervatillo en los bosques de Hogley, un espléndido gamo, ¿y sabe usted cómo me lo sirvió en la mesa? Bueno..., eso ahora no im­porta, ya pasó; pero sin embargo, no hallo nada bien que sus hermanos me dejasen morir de hambre, aun­que yo la hubiese matado. -¡Le dejaron morir de hambre! ¡Ay, señor fantasma! ¡Quiero de­cir, don Simón! ¿Tiene usted ham­bre? Tengo un sandwich en mi cos­turero, ¿no lo quiere? -No, gracias, ahora ya no nece­sito comer; pero de todas maneras, es usted muy amable. Es usted mu­cho más fina y atenta que el resto de su familia que es tan ordinaria, horrorosa, vulgar, y que se condu­cen como bandoleros. -¡Basta! -exclamó Virgina dan­do con el pie en el suelo-. El bru­tal, horrible y ordinario es usted. En cuanto a lo de bandolero y ladrón, usted bien sabe que me ha robado las pinturas de mi caja para restau­rar esa ridícula mancha de sangre en la biblioteca. Primero me robó todos los rojos, incluyendo el ber­mellón, y ya no pude seguir pintan­do las puestas de sol; después se llevó el verde esmeralda y el ama­rillo cromo; y por último no me han quedado más que el azul añil y el blanco de China, de manera que sólo puedo pintar escenas de claro de luna, que siempre son tristes y nada fáciles de pintar. Nunca lo acusé aunque ello me hacía sentir furiosa, y todo resultaba grotesco, porque, ¿quién ha oído decir que exista la sangre de color verde es­meralda? -Bueno. en verdad -dijo el fan­tasma, con cierta dulzura-, ¿qué iba yo a hacer? Es dificilísimo en los tiempos actuales agenciarse san­gre de verdad, y ya que su hermano empezó todo esto con su detergente Paragon, no veo por qué no iba yo a usar sus colores para defenderme. En cuanto al tono, es cuestión de gusto. Así, por ejemplo, los Canter­

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ville tienen sangre azul, la sangre más azul que existe en Inglaterra... Aunque ya sé que ustedes los ame­ricanos no hacen el menor caso de esas cosas. -No sabe usted nada, y lo me­jor que puede hacer es emigrar y así se desarrollará su mentalidad. Mi padre tendrá un verdadero gus­to en proporcionarle un pasaje gra­tuito, y aunque haya derechos aran­celarios elevadísimos sobre toda cla­se de cosas espirituosas a usted no le pondrán trabas en la aduana. Y una vez en Nueva York puede us­ted contar con un gran éxito. Conoz­co infinidad de personas que darían cien mil dólares por tener antepasa­dos y que sacrificarían mayor can­tidad aún por tener un fantasma en la familia. -Creo que no me gustaría Amé­rica. -Quizá se deba a que allí no tenemos ni ruinas ni curiosidades -dijo burlonamente Virginia. -¡Qué curiosidades ni qué rui­nas! -contestó el fantasma-. Tie­nen ustedes su marina y sus moda­les. -Buenas noches; voy a pedir a papá que conceda a los gemelos una semana más de vacaciones. -¡No se vaya, miss Virginia, se lo suplico! -exclamó el fantas­ma-. Estoy tan solo y soy tan des­graciado que no sé qué hacer. Qui­siera irme a dormir y no puedo. -Es inconcebible: no tiene usted más que meterse en la cama y apa­gar la vela. Algunas veces es difici­lísimo permanecer despierto, sobre todo en una iglesia, pero, en cam­bio, dormir es muy sencillo, hasta los niños saben dormir admirable­mente, y no son nada ilustrados. -Hace trescientos años que no duermo -dijo el anciano tristemen­te, haciendo que Virginia abriese mucho sus hermosos ojos azules lle­nos de asombro-. Hace ya tres­ cientos años que no duermo, y me siento tan cansado... Virginia adoptó un grave conti­nente y sus finos labios temblaron como pétalos de rosa. Se acercó y, arrodillándose al la­do del fantasma, contempló su vie­jo rostro marchito. -Pobre, pobre fantasma -mur­muró-, ¿y no hay ningún lugar donde pueda usted dormir? -Allá lejos, pasado el pinar -respondió él en voz baja y soña­dora-, hay un jardincito. La hierba crece en él alta y espesa; allí pue­den verse las grandes estrellas blan­cas de la cicuta, allî el ruiseñor canta toda la noche. Canta toda la noche, y la luna de cristal gélido deja caer su mirada y el tejo extiende sus bra­zos de gigante sobre los durmientes. Los ojos de Virginia se empaña­ron de lágrimas y ocultó la cara en­tre sus manos. -Se refiere usted al jardín de la muerte -murmuró. -Sí, de la muerte, ¡la muerte debe ser hermosa! ¡Descansar en la blanda tierra oscura, mientras las hierbas se balancean encima de nuestra cabeza, y escuchar el silen­cio!

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No tener ni ayer ni mañana. Olvidarse del tiempo y los males de la vida, quedar en paz. Usted puede ayudarme; usted puede abrirme el portal de la morada de la muerte, porque el amor le acompaña a usted siempre, y el amor es más fuerte que la muerte. Virginia tembló. Un estremeci­miento helado recorrió todo su ser y durante unos instantes hubo un gran silencio. Parecíale vivir en un sueño terrible. Entonces el fantasma habló de nuevo con una voz que resonaba como los suspiros del viento: -¿Ha leído usted alguna vez la antigua profecía que hay sobre las vidrieras de la biblioteca? -¡Oh, muchas veces! -exclamó la muchacha levantando los ovos-. La conozco muy bien. Está pintada con unas curiosas letras negras y se lee con dificultad. No tiene más que estos seis versos: Cuando una joven rubia logre hacer brotar una oración de los labios del peca­dor, cuando el almendro estéril dé fruto y un pequeño deje correr su llanto, entonces, toda la casa quedará tran­quila y volverá la paz a Canterville. Pero no sé lo que significan. -Significan que tiene usted que llorar conmigo mis pecados, porque no tengo lágrimas, y que tiene us­ted que rezar conmigo por mi alma, porque no tengo fe, y entonces, si ha sido usted siempre dulce, buena y cariñosa, el ángel de la muerte se compadecerá de mí. Verá usted se­res terribles en las tinieblas y voces malignas susurrarán en sus oídos, pero no podrán hacerle ningún da­ño, porque contra la pureza de una niña no pueden nada las potencias infernales. Virginia no contestó y el fantas­ma retorcióse las manos en la vio­lencia de su desesperación, sin dejar de mirar la rubia cabeza inclinada. De pronto se irguió la joven, muy pálida, con un fulgor extraño en los ojos. -No tengo miedo -dijo con voz firme- y rogaré al ángel que se apiade de usted. El fantasma, levantándose de su asiento y lanzando un débil grito de alegría, tomó su mano, e inclinán­dose sobre ella con la gracia de los viejos tiempos, la besó. Sus dedos estaban fríos como el hielo y sus labios abrasaban como el fuego, pero Virginia no flaqueó; después la hizo atravesar la estan­cia sombría. Sobre el tapiz de un verde apaga­do estaban bordados unos pequeños cazadores. Soplaban en sus cuernos adornados con borlas y con sus lin­das manos le hacían señas de que retrocediese.

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-Vuelve sobre tus pasos, Virgi­nia. No sigas. ¡Vete, vete! -grita­ban. Pero el fantasma le apretaba en aquel momento la mano con más fuerza, y ella cerró los ojos para no verlos. Horribles alimañas de colas de lagarto y de ojos saltones hacían gui­ños maliciosos en las esquinas de la chimenea, mientras le decían en voz baja: -Ten cuidado, Virginia, ten cui­dado. Podríamos no volver a verte. Pero el fantasma apresuró entonces el paso y Virginia no oyó nada. Cuando llegaron al extremo de la estancia, el viejo se detuvo, mur­murando unas palabras que ella no pudo comprender. Volvió Virginia a abrir los ojos y vio disiparse el muro lentamente, como una nebli­na, y abrirse una negra caverna. Un áspero y helado viento les azo­tó, sintiendo la muchacha que al­guien tiraba de su vestido. -De prisa, de prisa -gritó el fantasma-, o será demasiado tarde. Y en el mismo momento el muro se cerró de nuevo detrás de ellos y el salón de tapices quedó desierto.

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CAPITULO VI

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iez minutos después sonó la campana para el té y Virginia no bajó. La señora Otis envió a uno de los criados a buscarla. No tardó en volver diciendo que no había podido encontrar a miss Virginia por ninguna parte. Como la muchacha tenía la cos­tumbre de ir todas las tardes al jar­dín a coger flores para la cena, la señora Otis no se preocupó en lo más mínimo. Pero sonaron las seis y Virginia no aparecía. Entonces su madre se sintió seriamente intranqui­la y envió a sus hijos en su busca, mientras ella y su marido recorrían todas las habitaciones de la casa. A las seis y media volvieron los muchachos diciendo que no habían encontrado huellas de su hermana por parte alguna. Entonces se inquietaron todos ex­traordinariamente y nadie sabía qué hacer cuando míster Otis recordó de repente que pocos días antes había permitido acampar en el parque a una tribu de gitanos. Así pues, salió inmediatamente para Blackfell-Hollow, acompañado de su hijo mayor y de dos criados de la granja. El joven duque de Cheshire, com­pletamente loco de ansiedad, rogó con insistencia a míster Otis que le dejase acompañarle, mas éste se negó temiendo que pudiese surgir algún conflicto. Pero cuando llegó al sitio en cuestión vio que los gita­nos se habían marchado, y era evi­dente que su partida había sido precipitada, pues el fuego ardía aún y quedaban platos sobre la hierba. Después de mandar a Washington y a los dos hombres a registrar los alrededores,


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se apresuraron a regre­sar y envió telegramas a todos los inspectores de policía del condado, rogándoles buscasen a una joven raptada por unos vagabundos o gi­tanos. Luego hizo que le trajeran su’ca­ballo, y después de insistir para que su mujer y sus tres hijos se senta­ran a la mesa, partió con un caba­llerango por el camino de Ascot. Había recorrido dos millas, cuan­do oyó un galope a su espalda. Se volvió, viendo al joven duque que llegaba en su poney, con la cara sofocada y la cabeza descubierta. -Lo siento muchísimo -le dijo el joven con voz entrecortada-, pero me es imposible comer mien= tras Virginia no aparezca. Se lo ruego, no se enfade conmigo. Si nos hubiera permitido casarnos el año pasado no habría ocurrido esto nun­ca. ¿No me rechaza usted, verdad? ¡No puedo ni quiero irme! El ministro no pudo menos de di­rigir una sonrisa a aquel mozo gua­po y atolondrado, conmovidísimo ante la abnegación que mostraba por Virginia, e inclinándose sobre su caballo, le golpeó el hombro cariño­samente y le dijo: -Pues bien, Cecil, ya que insistes en venir, no me queda más reme­dio que admitirte en mi compañía; pero, eso sí, tengo que comprarte un sombrero en Ascot. -¡Al diablo los sombreros! ¡Lo que quiero es encontrar a Virginia! -exclamó el duque riendo. Y acto seguido galoparon hasta la estación. Una vez allí, míster Otis pregun­tó al jefe si no habían visto en el andén a una joven cuyas señas co­rrespondiesen con las de Virginia, pero no averiguó nada sobre ella. No obstante lo cual el jefe de la estación expidió telegramas a las estaciones del trayecto, ascendentes y descendentes, y le prometió ejercer una vigilancia minuciosa. En seguida, después de comprar un sombrero para el duque en una tienda de novedades que se dispo­nía a cerrar, míster Otis cabalgó has­ta Bexley, pueblo situado cuatro mi­llas más allá, y que, según le dijeron, era muy frecuentado por los gita­nos, ya que cerca de allí había una numerosa comunidad rural. Hicieron levantarse al guarda del lugar, pero no pudieron conseguir ningún dato de él. Así es que, después, de atravesar y explorar los contornos, los dos ji­netes tomaron otra vez el camino de casa, llegando a Canterville a eso de las once, rendidos de cansancio y con el corazón desgarrado por la inquietud. Se encontraron allí con Washington y los gemelos, esperán­doles a la puerta con linternas, por­que la avenida estaba muy oscura. No se había descubierto la menor señal de Virginia. Los gitanos fue­ron alcanzados en el prado de Bro­ckley, pero no estaba la joven entre ellos. Explicaron la prisa de su mar­cha diciendo que habían equivocado el día que debía celebrarse la feria de Chorton y que el temor de llegar demasiado tarde les obligó a darse prisa.

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Además parecieron desconsolados por la desaparición de Virginia, pues estaban agradecidísimos a míster Otis por haberles permitido acam­par en su parque. Cuatro de ellos se quedaron detrás para tomar par­te, en las pesquisas. Se hizo vaciar el estanque de las carpas. Registraron la finca en to­dos sentidos, pero no consiguieron nada. Era evidente que Virginia estaba perdida, al menos por aquella no­che, y fue con un aire de profundo abat¡miento como entraron en casa míster Otis y los jóvenes seguidos del caballerango que llevaba de las bridas los dos caballos y al poney. En el vestíbulo se encontraron con el grupo de los criados llenos de terror. La pobre señora Otis estaba acos­tada sobre un sofá de la bibliote­ca, casi loca de terror y de ansie­dad, y is vieja ama de gobierno le humedecía la frente con agua de colonia. En seguida míster Otis instó a su esposa para que comiese algo, y dio órdenes para que se sirviese la cena. Fue una comida triste, pues casi nadie hablaba, y hasta los ge­melos se veían espantados y sumi­sos, pues querían entrañablemente a su hermana. Cuando terminaron, míster Otis, a pesar de los ruegos del joven du­que, mandó que todo el mundo se fuese a la cama diciendo que ya no podía hacerse nada más aquella noche, y que al día siguiente tele­grafiaría a Scotland Yard para que pusieran inmediatamente varios de­tectives a su disposición. Pero en el preciso momento en que salían del comedor sonaron las doce en el reloj de la torre. Apenas acababan de extinguirse las vibraciones de la última campa­nada cuando oyóse un crujido acom­pañado de un grito penetrante. Un trueno estentóreo bamboleó la casa; una meiodía, ultraterrena, flo­tó en el aire. Un lienzo de pared se desprendió bruscamente en lo alto de la escalera y sobre el rellano, muy pálida, casi blanca, apareció Virginia llevando en la mano un cofrecillo. Inmediatamente todos la rodea­ron. La señora Otis la estrechó apasio­nadamente entre sus brazos. El duque casi la ahogó con sus besos, apasionados, y los gemelos ejecutaron una danza de guerra sal­vaje alrededor del grupo. -¡Por Dios, hija! ¿Dónde esta­bas? -dijo míster Otis, bastante enfadado, creyendo que les había querido dar una broma pesada-. Cecil y yo hemos recorrido toda la comarca en busca tuya, y tu madre ha estado a punto de morirse de espanto. No vuelvas a dar bromas de ese género a nadie. -¡Menos al fantasma, menos al fantasma! -gritaron los gemelos continuando sus brincos. -Hija mía querida, gracias a Dios que te hemos encontrado; ya no nos volveremos a separar -mur­muraba la señora Otis besando a la muchacha, toda trémula y acarician­do sus cabellos de oro, que se veían despeinados.

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-Papá -dijo dulcemente Virgi­nia-, estaba con el fantasma. Ha muerto ya. Es preciso que vayáis a verle. Fue muy malo, pero se ha arrepentido sinceramente de todo lo que había hecho y antes de morir me ha dado esta caja de joyas. Toda la familia la contempló mu­da y asombrada, pero ella tenía un aire muy circunspecto y muy serio. En seguida, dando media vuelta, les precedió a través del hueco de la pared y bajaron por un corredor secreto y angosto. Washington les seguía llevando una vela encendida que cogió de la mesa. Por fin, llegaron a una gran puerta de roble con clavos recios y oxidados. Virginia la tocó, y entonces la puerta giró sobre sus goznes enor­mes y se hallaron en una habitación estrecha y con bajo techo aboveda­do, y que tenía una ventanita enre­‘ada. Junto a una gran argolla de hierro empotrada en el muro, a la cual estaba encadenado se veía un esqueleto, extendido cuan largo era sobre las losas. Parecía estirar sus dedos descar­nados, como intentando llegar a un plato y a un cántaro, de forma an­tigua, colocados de tal forma que no pudiese alcanzarlos. El cántaro había estado lleno de agua induda­blemente, pues tenía su interior ta­pizado de moho verde. Sobre el pla­to no quedaba más que polvo. Virginia, arrodillada junto al es­queleto y, uniendo sus finas manos, comenzó a rezar en silencio, mien­tras la familia contemplaba con asombro la horrible tragedia, cuyo secreto se les acababa de revelar. -¡Oigan! -exclamó de pronto uno de los gemelos, que había ido a mirar por la ventanita, queriendo adivinar hacia qué lado del edificio caía aquella habitación-. ¡Oigan! El antiguo almendro, que estaba seco, ha florecido. Se ven admira­blemente las flores a la luz de la luna. -¡Dios le ha perdonado! -dijo gravemente Virginia, levantándose. Y un magnífico resplandor parecía iluminar su rostro. -¡Eres un ángel! -exclamó el joven duque rodeándole el cuello con el brazo y besándola.

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CAPITULO VII

C

uatro días después de estos cu­riosos sucesos, a eso de las once de la noche, salía un fúnebre cortejo de Canterville House. La carroza iba arrastrada por ocho caballos negros, cada uno de los cuales llevaba adornada la cabe­za con un gran penacho de plumas de avestruz, que se inclinaban como saludando. La caja de plomo iba cubierta con un rico paño púrpura, sobre el cual estaban bordadas en oro las armas de los Canterville. A cada lado del carro y de les coches marchaban los criados, lle­vando antorchas encendidas. Toda aquella comitiva tenía un aspecto grandioso e imponente. Lord Canterville presidía el due­lo; había venido del País de Gales expresamente para asistir al entie­rro y ocupaba el primer coche con la pequeña Virginia. Después iban el ministro de los Estados Unidos y su esposa, y de­trás Washington y los dos mucha­chos. En el último coche iba la señora Umney. Todo el mundo convino en que después de haber sido atemori­zada por el fantasma por espacio de más de cincuenta años, tenía real­mente derecho a verle desaparecer para siempre. Cavaron una profunda fosa en un rincón del cementerio, precisamente bajo el tejo centenario, y dijo las últi­mas oraciones, del modo más solem­ne, el reverendo Augusto Dampier. Una vez terminada la ceremonia, los criados, siguiendo una an*igua costumbre establecida en la familia Canterville, apagaron sus antorchas.


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Luego, al bajar la caja a la fosa, Virginia se adelantó, colocando en­cima de ella una gran cruz hecha con flores de almendro, blancas y rosadas. En aquel momento salió la luna de detrás de una nube e inundó el cementerio con sus rayos de silen­ciosa plata, y de un bosquecillo cer­cano se elevó el canto de un ruise­ ñor. Virginia recordó la descripción que le hizo el fantasma del jardín de la muerte; sus ojos se llenaron de lágrimas y apenas pronunció una palabra durante el regreso a la casa. A la mañana siguiente, antes que lord Canterville partiese para la ciu­dad, la señora Otis conferenció con él respecto de las joyas entregadas por el fantasma a Virginia. Eran magníficas. Había sobre to­do un collar de rubíes, en una anti­gua montura veneciana, que era un espléndido trabajo del siglo XVI, y el conjunto representaba tal canti­dad que míster Otis sentía grandes escrúpulos en permitir a su hija el aceptarlas. -Milord -dijo el ministro-, sé que en este país el concepto de va­nos muertas, se aplica lo mismo a los objetos menudos que a las tie­rras, y es evidente, evidentísimo para mí, que estas joyas deben quedar en poder de usted como legado de fa­milia. Le ruego, por lo tanto, que consienta en llevárselas a Londres, considerándolas simplemente como una parte de su herencia que le fue­ra restituida en circunstancias extra­ordinarias. En cuanto a mi hija, no es más que una chiquilla, y hasta hoy, me complace decirlo, siente poco interés por esas futilezas de lujo superfluo. He sabido igualmen­te por la señora Otis, cuya autori­dad no es despreciable en cosas de arte, dicho sea de paso, pues ha tenido la suerte de pasar varios in­viernos en Boston cuando era una jovencita, que esas piedras precio­sas tienen un gran valor monetario y que’si se pusieran en venta producirían una bonita suma. En estas cir­cunstancias, lord Canterville, reco­nocerá usted, indudablemente, que no puedo permitir que queden en manos de ningún miembro de mi fa­milia. Además de que todas esas ba­ratijas y chucherías y todos esos ju­getes, por muy apropiados y nece­sarios que sean a la dignidad de la aristocracia británica, estarían fue­ra de lugar entre personas educadas de acuerdo con los severos princi­pios, según los inmortales principios, pudiera decirse, de la sencillez re­publicana. Quizá me atrevería a de­cir que Virginia tiene gran interés en que le deja usted la cajita que encierra esas joyas en recuerdo de las locuras y de los infortunios de su antepasado. Y como esa caja ya es muy vieja y, por consiguiente, de­terioradísima, quizá encuentre us­ted razonable acoger favorablemen­te su deseo. En cuanto a mí, con­fieso que me sorprende grandemen­te ver a uno de mis hijos demostrar interés por una cosa de la Edad Me­dia, y la única explicación que le encuentro es que Virginia nació en un barrio de Londres, a poco de re­gresar la señera Otis de una excur­sión a Atenas. Lord Canterville escuchó con gran atención y muy serio el discur­so del digno ministro, atusándose de vez. en cuando su bigote gris, para ocultar una sonrisa involun­ taria.

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Una vez que hubo terminado mís­ter Otis, le estrechó cordialmente la mano y contestó: -Mi querido amigo, su encanta­dora hija ha prestado un servicio im­portantísimo a mi desgraciado ante­cesor, sir Simón. Mi familia y yo es­tamos llenos de gratitud hacia ella por su maravilloso valor y por la sangre fría que ha demostrado. Las joyas le pertenecen, sin duda algu­na, y creo que si tuviese yo la su­ficiente insensibilidad para quitárse­ las, el viejo malvado saldría de su tumba al cabo de quince días para hacerme la vida infernal. En cuan­to a que sean joyas de familia, no podrían serlo sino después de estar especificadas como tales en un tes­tamento en forma legal, y la existen­cia de estas joyas permaneció siem­pre ignorada. Le aseguro que son tan mías como de su mayordomo. Cuando miss Virginia sea mayor, creo que le encantará tener cosas tan lindas para lucir. Además, mís­ter Otis, olvida usted que adquirió el inmueble y el fantasma bajo in­ ventario. De modo que todo lo que pertenece al fantasma le pertenece a usted. A pesar de las pruebas de actividad que ha dado sir Simón por el corredor, no por eso deja de estar menos muerto, desde el punto de vista legal, y su compra le hace a usted dueño de lo que le perte­necía a él. Míster Otis se quedó muy preocu­pado ante la negativa de lord Can­terville, y le rogó que reflexionara nuevamente su decisión; pero el ex­celente par se mantuvo firme y ter­minó por convencer -al ministro de que aceptase el regalo del fantasma. Cuando en la primavera de 1890 la duquesa de Cheshire fue presen­tada por primera vez en la recep­ción de la reina, con motivo de su casamiento, sus joyas fueron tema de general comentario y admiración. Porque Virginia fue agraciada con la diadema que se otorga como re­compensa a todas las americanitas de buena conducta, y se casó con su novio en cuanto éste llegó a la mayoría de edad. Eran ambos tan simpáticos y agra­dables, y además se amaban de tal manera, que no hubo quien no estu­viese encantado con aquel matrimo­nio, menos la anciana marquesa de Dumbleton que había hecho todo lo posible por “pescar” al joven duque casarle con alguna de sus siete hijas. Para conseguirlo no dio me­nos de tres comidas costosísimas; y, cosa extraña de notarse, míster Otis en cierto modo la había ayudado. Míster Otis sentía una viva sîm­patía personal por el duque, pero teóricamente era enemigo de los tí­tulos nobiliarios y, según sus pro­pias palabras: “era de temer que, entre las influencias enervantes de una aristocracia ávida de placeres, llegase a olvidar su hija los verda­ deros principios de la sencillez re­publicana”. Sus observaciones quedaron olvi­dadas cuando avanzó por la nave central de la iglesia de San Jorge, en Hanover Square, llevando a su hija, apoyada en su brazo, hacia el altar. No había en esos momentos un padre más orgulloso en todo el territorio de Inglaterra. El duque y la duquesa, pasada ya la luna de miel, regresaron a Canter­ville Chase;

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y al día siguiente de su llegada, por la tarde, fueron a dar una vuelta por el cementerio solita­rio del atrio de la iglesia próxima al pinar. Al principio, se había tenido una serie de dificultades acerca de la inscripción que debería figurar en la lápida de sir Simón, pero al fin se decidió grabar sólo las inicia­les del nombre de aquel caballero ylos versos que estaban escritos so­bre la ventana de la biblioteca. La duquesa trajo consigo un ramo de rosas precioso y lo dejó sobre la tumba; y después de permanecer unos momentos de pie, caminaron dirigiéndose hacia el claustro en rui­nas de la vieja abadía; la duquesa se sentó sobre el caído pilar de una columna, mientras que su esposo, descansando a sus pies, fumaba un cigarrillo contemplando a su esposa y mirando sus bellos ojos. De pron­to, tiró el cigarro, le tomó la mano y le dijo: -Virginia, una buena esposa nunca debe tener secretos para su esposo. -¡Querido Cecil! Yo no tengo secretos para ti. -Sí que los tienes -contestó él sonriendo-. Nunca me has contado lo que te pasó mientras estuviste en­cerrada con el fantasma. -Nunca se lo he contado a nadie, Cecil -dijo Virginia con una acti­tud reposada y seria. -Ya lo sé, pero a mí podrías de­círmelo. -Por favor no me preguntes, Cecil; no puedo decírtelo. ¡Pobre sir Simón! Le debo mucho. Sí, no te rías, Cecil, de veras, mucho le debo. Me hizo ver lo que era la vida, y lo que significa la muerte; y por qué el amor es más fuerte que am­bas. El duque se levantó inclinándose para besar amorosamente a su es­posa. -Puedes guardarte tu secreto mientras pueda ser yo el dueño de tu corazón -murmuró. -Ese siempre ha sido tuyo, Cecil. -Y algún día se lo contarás a nuestros hijos, ¿no es verdad? Virginia se sonrojó. FIN DE «EL FANTASMA DE CANTERVILLE»

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Oscar Wilde LA IMPORTANCIA DE LLAMARSE ERNESTO


Nota del traductor Hoy damos por primera vez en castellano La importancia de ser formal sin deformaciones ni cortes, íntegramente, habiendo intentado paso a paso y hasta donde era posible, por respeto al autor y al lector, españolizarla literalmente(1). Esta deliciosa comedia fue estrenada en Londres por la compañía que regentaba Mr. George Alexander, la noche del 14 de febrero de 1895, en el pequeño y elegante teatro de St. James. Wilde la tituló The importance of being earnest, haciendo un gracioso juego con las palabras earnest, formal, serio, y Earnest, Ernesto, que suenan en inglés exactamente lo mismo, a pesar de su ortografía diferente. Y en realidad, como comprobará el lector en el curso de la comedia, para el protagonista (o más bien para los dos personajes centrales), es de suma importancia ser formales de carácter o ser Ernestos de nombre. Comedia trivial para gente seria la subtituló Wilde. Nosotros añadiríamos: para gente seria que sepa sonreír. Esta es la comedia de la sonrisa. Wilde sabía que ahí está todo, en saber sonreír. Su finura literaria se revela en que sabe buscar y hallar la sonrisa. La risa en el teatro es provocada por un exceso, casi siempre chocarrero, de especias fuertes, ordinarias. Se debe a un retorcimiento del autor o del actor. Los animales tienen una alegría ruidosa, aunque se dice que no ríen nunca (lo cual es una fábula), y que eso los diferencia esencialmente de los seres racionales. ¡Qué no será la sonrisa, que nos diferencia a los hombres, unos de otros! Comedia de equivocaciones o de enredo, la llamaríamos también clásicamente. En La importancia de ser formal todo ese grato humorismo tiene además un gran interés para nosotros. En esta obra sonrió, acaso por última vez, Wilde. A los tres meses y días de su estreno, que constituyó un éxito aparte (aun en pleno éxito general e incesante de su autor), el 25 de mayo de ese mismo año, un sábado, día del aquelarre, Wilde fue de-


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clarado culpable, en aquel proceso turbio y cenagoso, promovido por el padre de lord Alfredo Douglas, el ensañado marqués de Queensberry, y condenado, con no muy clara justicia, a dos terribles años de trabajos forzados, pena que cumplió íntegramente en la cárcel de Reading, como sabe el lector. Wilde asistió, ya en pleno desarrollo de los sucesos que iban a envolverle en una red de ignominias, a los ensayos de La importancia de ser formal. El día del estreno, las personas de la intimidad del autor, enteradas de las cartas amenazadoras que le había dirigido Queensberry, pasaron momentos de desagradable expectación. El marqués intentó penetrar en el teatro y se lo impidieron. Y el palco en que se hallaban sus amigos, una aristocrática partida de la porra, estuvo vigilado durante toda ta representación. Pudo evitarse el escándalo, aunque lord Queensberry creyó vengarse puerilmente, mandando a Wilde al teatro un gran manojo de hortalizas. Días después del estreno, el 18 de febrero, el marqués se presentó en el aristocrático Albemarle Club (del cual eran socios Wilde y su esposa), y ausente aquél de Londres le dejó una tarjeta respaldada con un sucio insulto. Wilde pasó de escribir esta comedia regocijante, última muestra de su apogeo literario, a vivir pocos meses después, con el clownesco uniforme de recluso, la tragedia de la cárcel, que le aniquiló. Esta fue, pues, repetimos, su última sonrisa ante las cuartillas. Como dice Arthur Ransome, uno de sus biógrafos y críticos: «La importancia de ser formal, la más trivial de las comedias mundanas, es una de las que producen ese placer intelectual por el que reconocemos lo bello.» Y añade más adelante: «La risa ligera de esta comedia se debe a la radioactividad de la obra misma, y no a unos gusanos de luz, colocados incongruentemente en su superficie. En ella nos sentimos despojados de nuestra envoltura corporal y compartimos con Wilde el placer de retozar en el mundo de la cuarta dimensión.» Cecil Georges Bazile, otro de sus biógrafos (recientemente fallecido), escribe: «Esta comedia introdujo en Inglaterra la fórmula moderna del teatro contemporáneo. Se acabaron las groseras adaptaciones francesas o alemanas, se acabaron los melodramas vulgares que abrumaban la escena británica. Oscar Wilde substituyó todo esto por la comedia moderna en el sentido más estricto de la palabra. La sátira se mezcla con un diálogo deslumbrante en el que brotan las frases ingeniosas y las paradojas.» ¡Gran preparador del terreno teatral, gran precursor de los comediógrafos que luego habían de florecer, Bernard Shaw entre otros! El mismo lord Alfredo Douglas, en su libro Oscar Wilde y yo, tan rencorosamente femenil, se ve forzado a reconocer que: «La importancia de ser formal fue un éxito que dio más dinero y más gloria a Wilde que ninguna otra de sus obras». «Todo Londres fue a verla», añade. El valor de esta comedia se prueba igualmente, como decíamos refiriéndonos a Una mujer sin importancia, por el hecho de que estas obras wildeanas no pierden nunca su aroma de modernidad, son siempre jóvenes. El lector hallará en ésta ese tono original, ese ambiente de distinción tan naturalmente conseguidos por Wilde. Verá desfilar esos dos tipos de muchachitas casaderas, Cecilia y Gundelinda, gazmoñas deliciosamente

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enteradas. Saboreará la cómica solemnidad de lady Bracknell con sus ideas humorísticamente singulares, pero fijas. Conocerá a Jack y a Algernon, muchachos graciosamente abúlicos, cínicos y románticos al mismo tiempo, ex colegiales de Oxford o de Cambridge, que empiezan a vivir en el mundo. Tipos de una inteligencia simpática, mimados por la fortuna. ¡Qué lección la de estos personajes frívolos, pero finamente agudos, para la juventud aristocrática que vemos actualmente, huera y antipática la mayoría de las veces, y perdida, perdida para siempre a todo cuanto signifique agilidad mental, ejercicio artístico del pensamiento! Conocerá también el lector a Lane, el criado, tipo que destila humorismo, concentrado, lacónico. A Lane, hermano de ficción de Phipps, el otro ayuda de cámara de lord Goring el admirable, a quien ya conoce el público(2). Sólo oyendo hablar a estos personajes, que luego recordaremos ya siempre, puede uno con perfecta precisión componer sus retratos físicos y morales. Aunque también sea el teatro wildeano teatro de acción, de trama interesante; buena prueba de ello es que, precisamente en estos días, el público parisiense admira complacido y la crítica francesa señala con encomio la proyección de la película, basada en El abanico de lady Windermere (incluido también en este tomo), cuyo arreglo cinematográfico ha sido hecho por un importante director artístico germano-yanqui. Y hace ya años se proyectó también en París la película de El retrato de Dorian Gray. Hay además en estas comedias una frivolidad (esa frivolidad que tanto alabó Wilde frente al efectista y serio trascendentalismo, muy siglo XIX sobre todo), que por obra mágica de su arte se eleva hasta una verdadera filosofía de la vida smart, esa vida que puede ser un ambiente propicio al arte, precisamente por su desconocimiento y su alejamiento de la fea lucha por la existencia que sofoca, adultera y deshace temperamentos. ¡Qué buen sabor de boca dejan estos tres actos optimistas, llenos de enredos y de gracia, donde entre la charla chispeante surge con naturalidad la observación certera y original! ¡Y qué modelo proporciona Wilde (haciendo desde la altura privilegiada de su personalidad polifacética un juego, pero fino y artístico, de su talento) a los confeccionadores impunes y metalizados del entontecedor y aún no fenecido astracán, que figura en algunos teatros españoles, incorporado al repertorio, estorbando la entrada de obras dignas, que orienten y vayan educando a nuestros grandes públicos! A Roberto Baldwin Ross, con estimación y afecto.

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PERSONAJES DE LA COMEDIA Juan Worthing, J.P. Algernon Moncrieff. El Reverendo Canónigo Casulla, D. D. Merriman, mayordomo. Lane, criado. Lady Bracknell. La Honorable Gundelinda Fairfax. Cecilia Cardew. Miss Prism, institutriz. DECORACIONES DE LA COMEDIA Acto primero: Saloncito íntimo en el pisito de Algernon Moncrieff, en Half-Moon Street (Londres W.) Acto segundo: El jardín de la residencia solariega, en Woolton. Acto tercero: Gabinete en la residencia solariega, en Woolton. Época: La actual.

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Acto primero Decoración Saloncito íntimo en el piso de Algernon, en Half-Moon-Street. La habitación está lujosa y artísticamente amueblado. Óyese un piano en el cuarto contiguo. LANE está preparando sobre la mesa el servicio para el té de la tarde, y después que cesa la música entra ALGERNON.      ALGERNON. -¿Ha oído usted lo que estaba tocando, Lane?      LANE. -No creí que fuese de buena educación escuchar, señor.      ALGERNON. -Lo siento por usted, entonces. No toco correctamente -todo el mundo puede tocar correctamente-, pero toco con una expresión admirable. En lo que al piano se refiere, el sentimiento es mi fuerte. Guardo la ciencia para la Vida.      LANE. -Sí, señor.      ALGERNON. -Y, hablando de la ciencia de la Vida, ¿ha hecho usted cortar los sandwiches de pepino para lady Bracknell?      LANE. -Sí, señor. (Los presenta sobre una bandeja.)      ALGERNON. (Los examina, coge dos y se sienta en el sofá.)-¡Oh!... Y a propósito, Lane: he visto en su libro de cuentas que el jueves por la noche, cuando lord Shoreman y míster Worthing cenaron conmigo, anotó usted ocho botellas de champagne de consumo.      LANE. -Sí, señor; ocho botellas y cuarto.      ALGERNON. -¿Por qué será que en una casa de soltero son, invariablemente, los criados los que se beben el champagne? Lo pregunto simplemente a título de información.


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     LANE. -Yo lo atribuyo a la calidad superior del vino, señor. He observado con frecuencia que en las casas de los hombres casados rara vez es de primer orden el champagne.      ALGERNON. -¡Dios mío! ¿Tan desmoralizador es el matrimonio?      LANE. -Yo creo que es un estado muy agradable, señor. Tengo de él poquísima experiencia, hasta ahora. No he estado casado, más que una vez. Fue a causa de una mala inteligencia entre una muchacha y Yo.      ALGERNON. (Lánguidamente.)-No sé si me interesa mucho su vida familiar, Lane.      LANE. -No, señor; no es un tema muy interesante. Yo nunca pienso en ella.      ALGERNON. -Es naturalísimo y no lo dudo. Nada más, Lane; gracias.      LANE. -Gracias, señor (Vase LANE.)      ALGERNON. -¡Las ideas de Lane sobre el matrimonio parecen algo relajadas. Realmente, si las clases inferiores no dan buen ejemplo, ¿para qué sirven en este mundo? Como clases,, parece que no tienen en absoluto sentido de responsabilidad moral. (Entra LANE.)      LANE. -Míster Ernesto Worthing. (Entra Jack(6). Vase LANE.)      ALGERNON. -¿Cómo estás, mi querido Ernesto? ¿Qué te trae a la ciudad?      JACK. -¡Oh, la diversión, la diversión! ¿Qué otra cosa trae a la gente? ¡Ya te veo comiendo como de costumbre, Algy!      ALGERNON. (Severamente.)-Creo que es costumbre en la buena sociedad tomar un ligero refrigerio a las cinco. ¿Dónde has estado desde el jueves pasado?      JACK. (Sentándose en el sofá.)-En el campo.      ALGERNON. -¿Y qué haces enterrado allí?      JACK. (Quitándose los guantes.)-Cuando está uno en la ciudad, se divierte uno solo. Cuando está uno en el campo, divierte a los demás. Lo cual es extraordinariamente aburrido.      ALGERNON. -¿Y quiénes son esas gentes a las que diviertes?      JACK. (Con tono ligero)-¡Oh! Vecinos, vecinos.      ALGERNON. -¿Has encontrado vecinos agradables en tu tierra del Shropshire?      JACK. -¡Perfectamente molestos! No hablo nunca con ninguno de ellos.      ALGERNON. -¡De qué modo más enorme debes divertirles! (Se levanta y coge un «sandwich».) A propósito, ¿el Shropshire es tu tierra, verdad?      JACK. -¿Eh? ¿El Shropshire? Sí, claro, es. ¡Hola! ¿Por qué todas esas tazas? ¿Por qué esos sandwiches de pepino? ¿Por qué ese loco derroche en un hombre tan joven? ¿Quién va a venir a tomar el té?      ALGERNON. -¡Oh! Solamente mi tía Augusta y Gundelinda.

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La importancia de llamarse Ernesto

     JACK. -¡Qué encanto! ¡Perfectamente!      ALGERNON. -Sí, está muy bien; pero temo que a tía Augusta no le agrade mucho que estés aquí.      JACK. -¿Puedo preguntar por qué?      ALGERNON. -Chico, tu manera de flirtear con Gundelinda es perfectamente ignominiosa. Es casi tan inicua como la manera de flirtear Gundelinda contigo.      JACK. -Estoy enamorado de Gundelinda. He venido a Londres expresamente para declararme a ella.      ALGERNON. -Yo creí que habías venido a divertirte... A esto lo llamo yo venir a negocios.      JACK. -¡Qué poco romántico eres!      ALGERNON. -Realmente, no veo nada romántico en una declaración. Es muy romántico estar enamorado. Pero no hay nada romántico en una declaración definitiva. ¡Toma! Como que pueden decirle a un que sí. Yo creo que así sucede, generalmente. Y entonces, ¡se acabó todo apasionamiento! La verdadera esencia del romanticismo es la incertidumbre. Si alguna vez me caso, haré todo lo posible por olvidar el suceso.      JACK. -Eso no lo dudo, mi querido Algy. El Tribunal de Divorcio fue inventado especialmente para la gente que tiene la memoria, tan extraordinariamente constituida.      ALGERNON. -¡Oh, es inútil hacer reflexiones sobre este tema! Los divorcios se elaboran en el cielo... (JACK alarga la mano para coger un «sandwich». ALGERNON se interpone en el acto.) Hazme el favor de no tocar los sandwiches de pepino. Están preparados especialmente para tía Augusta. (Coge uno y se lo come.)      JACK. -¡Bueno, pues tú te los comes todo el tiempo!      ALGERNON. -Eso es completamente distinto. Es mi tía. (Coge el plato de debajo.) Ten un poco de pan con manteca. El pan con manteca es para Gundelinda. Gundelinda está destinada al pan con manteca.      JACK. (Aproximándose a la mesa y sirviéndose él mismo.)-Y este pan y esta manteca son igualmente buenos.      ALGERNON. -Bien, mi querido amigo; pero no es necesario que comas así como si fueras a engullírtelo todo. Te conduces como si estuvieras casado ya con ella. No lo estás aún, ni creo que lo estés jamás.      JACK. -¿Por qué dices eso?      ALGERNON. -Pues bien: en primer lugar, las muchachas no se casan nunca con los hombres con quienes flirtean. No lo consideran decente.      JACK. -¡Oh, qué tontería!      ALGERNON. -No lo es. Es una gran verdad. Eso explica el número extraordinario de solteros que se ven por todas partes. En segundo lugar, yo no doy mi consentimiento.

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     JACK. -¡Tu consentimiento!      ALGERNON. -Mi querido amigo, Gundelinda es prima hermana mía. Y antes de permitir que te cases con ella tendrás que aclararme por completo la cuestión de Cecilia. (Toca el timbre.)      JACK. -¡Cecilia! ¿Qué quieres decir? ¿Qué quiere decir eso de Cecilia, Algy? No conozco a nadie que se llame Cecilia. (Entra LANE.)      ALGERNON. -Traiga la pitillera que se dejó míster Worthing en el salón de fumar la última vez que cenó aquí.      LANE. -Bien, señor. (Sale LANE.)      JACK. -¿Eso quiere decir que te has guardado todo ese tiempo mi pitillera? Podías haber tenido la bondad de comunicármelo. He estado escribiendo furiosas cartas a Scotland Yard(7) sobre esto. Estaba a punto de ofrecer una espléndida gratificación.      ALGERNON. -Muy bien; te ruego que la ofrezcas. Casualmente, estoy más a la cuarta pregunta que de costumbre.      JACK. -No hay que ofrecer ya una espléndida gratificación, puesto que se ha encontrado la cosa. (Entra LANE con la pitillera sobre una bandeja. ALGERNON la coge inmediatamente. Sale LANE.)      ALGERNON. -Me veo precisado a decirte que me parece eso un poco roñoso en ti, Ernesto. (Abre la pitillera y la examina.) Sin embargo, no importa, porque ahora que veo la inscripción de la parte de dentro descubro que el objeto no es tuyo, después de todo.      JACK. -Claro que es mío. (Dirigiéndose hacia él.) Me lo has visto cien veces y no tienes ningún derecho a leer lo que hay escrito dentro. Es una cosa indigna de un caballero leer una pitillera particular.      ALGERNON. -¡Oh! Es absurdo tener una regla rigurosa e invariable sobre lo que debe y no debe leerse. Más de la mitad de la cultura moderna depende de lo que no debería leerse.      JACK. -Es un hecho del que estoy perfectamente enterado, y no me propongo discutir sobre la cultura moderna. No es un tema para hablar en privado. Yo necesito simplemente recuperar mi pitillera.      ALGERNON. -Sí; pero esta pitillera no es tuya. Esta pitillera es un regalo de alguien que se llama Cecilia, y tú has dicho que no conocías a nadie de ese nombre.      JACK. -Bueno, ya que insistes en saberlo: ocurre que Cecilia es mi tía.      ALGERNON. -¡Tu tía!      JACK. -Sí. Y además, una señora vieja encantadora. Vive en Tunbridge Wells. Y ahora devuélveme eso, Algy.

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La importancia de llamarse Ernesto

     ALGERNON. -(Refugiándose detrás del sofá.)¿Pero por qué se llama a sí misma «la pequeña Cecilia», si es tía tuya y si vive en Tunbridge Wells? (Leyendo.) «De parte de la pequeña Cecilia, con su más tierno amor».      JACK. (Dirigiéndose hacia el sofá y arrodillándose sobre él.)-Chico, ¿qué misterio hay en eso? Unas tías son altas y otras no lo son. Es ésta una cuestión sobre la cual debe estarle permitido a una tía decidir por sí misma. ¡Tú crees que todos las tías deben ser exactamente iguales a la tuya! ¡Eso es absurdo! ¡Por amor de Dios, devuélveme mi pitillera!

(Persigue a ALGERNON alrededor de la estancia.)      ALGERNON. -Sí. Pero, ¿por qué tu tía te llama tío suyo? «De parte de la pequeña Cecilia, con su más tierno amor, a su querido tío Jack». No hay nada censurable, lo reconozco, en que una tía sea pequeña; pero que una tía, sea cual fuere su tamaño, llame tío a su propio sobrino, es lo que no puedo comprender. Además, tú no te llamas Juan, en absoluto; te llamas Ernesto.      JACK. -No, no me llamo Ernesto; me llamo Juan.      ALGERNON. -Tú siempre me has dicho que eras Ernesto: Yo te he presentado a todo el mundo como Ernesto. Tú respondes al nombre de Ernesto. Tienes aspecto de llamarte Ernesto. Eres la persona de aspecto más formal(8) que he visto en mi vida. Es perfectamente absurdo decir que no te llamas Ernesto. Está en tus tarjetas. Aquí hay una. (Saca una de su cartera.) «Míster Ernesto Worthing, B. 4, Albany.» La conservaré como prueba de que tu nombre es Ernesto, si alguna vez intentas negármelo a mí, a Gundelinda o a cualquier otro. (Se guarda la tarjeta en el bolsillo.)      JACK. -Pues bien, sea; me llamo Ernesto en la ciudad y Jack en el campo, y la pitillera me la dieron en el campo.      ALGERNON. -Sí; pero eso no explica por qué tu pequeña tía Cecilia, que vive en Tunbridge Wells, te llama su querido tío. Vamos, chico; harías mucho mejor en soltar la cosa de una vez.      JACK. -Mi querido Algy, hablas exactamente igual que un sacamuelas, y es muy vulgar hablar lo mismo que un sacamuelas cuando no lo es uno. Hace mala impresión.      ALGERNON. -Claro; eso es; precisamente, lo que hacen siempre los sacamuelas. ¡Vaya, continúa! Cuéntamelo todo. Te advierto que siempre he sospechado que eras un consumado y secreto Bunburysta, y ahora estoy completamente seguro.      JACK. -¿Bunburysta? ¿Qué diablos quieres decir con eso de Bunburysta?      ALGERNON. -Te revelaré el significado de esa expresión incomparable, en cuanto tengas la suficiente bondad para informarme de por qué eres Ernesto en la ciudad y Jack en el campo.      JACK. -Bueno; pero dame mi pitillera primero.

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     ALGERNON. -Aquí está. (Le entrega la pitillera.) Ahora formula tu explicación, y te ruego que la hagas inverosímil. (Se sienta en el sofá.)      JACK. -Mi querido amigo, no hay absolutamente nada inverosímil en mi explicación. En realidad, es perfectamente vulgar. El viejo míster Thomas Cardew, que me prohijó cuando era yo niño, me nombró en su testamento tutor de su nieta, miss Cecilia Cardew. Cecilia me llama tío por motivos de respeto que tú serías incapaz de apreciar; vive en mi casa en el campo, al cuidado de su admirable institutriz, miss Prism.      ALGERNON. -A propósito, ¿dónde está ese sitio en el campo?      JACK. -Eso no te importa, querido. No vamos a invitarte... Lo que puedo decirte con franqueza es que ese sitio no está en el Shropshire.       ALGERNON. -¡Ya me lo suponía, amigo, mío! He Bunburyzado todo el Shropshire en dos ocasiones distintas. Ahora, sigue. ¿Por qué eres Ernesto en la ciudad y Jack en el campo?      JACK. -Mi querido Algy, no sé si serás capaz de comprender mis verdaderos motivos. No eres lo suficientemente serio. Cuando se desempeñan las funciones de tutor, tiene uno que adoptar una actitud moral elevadísima en todos las cuestiones. Es un deber hacerlo. Y como una actitud moral elevada es realmente muy poco ventajosa para la salud y la felicidad, a fin de poder venir a Londres, he simulado siempre que tenía un hermano menor llamado Ernesto, que vive en Albany, y que se mete en los más horrorosos berenjenales. Esta es, mi querido Algy, toda la verdad, pura y sencilla.      ALGERNON. -La verdad, es rara vez pura y nunca sencilla ¡La vida moderna sería aburridísima si la verdad fuera una u otra cosa, y la literatura moderna completamente imposible!      JACK. -No estaría del todo mal.      ALGERNON. -La crítica literaria no es tu fuerte, chico. No intentes hacerla. Debes dejarla a los que no han estado en la Universidad. ¡La hacen tan bien en los periódicos! Tú eres realmente un Bunburysta. Tenía yo razón en absoluto al decir que eras un Bunburysta. Eres uno de los Bunburystas más adelantados que conozco.      JACK. -¿Qué demonios quieres decir?      ALGERNON. -Tú has inventado un hermano menor utilísimo, llamado Ernesto, a fin de poder venir a Londres cuantas veces quieres. Yo he inventado un inestimable enfermo crónico, llamado Bunbury, a fin de poder marcharme al campo cuando me parece. Bunbury es enteramente inestimable. Sin la mala salud extraordinaria de Bunbury, no me sería posible, por ejemplo, cenar contigo esta noche en Willis, pues estoy comprometido con tía Augusta hace más de una semana.      JACK. -Yo no te he invitado a cenar conmigo en ninguna parte esta noche.

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     ALGERNON. -Ya lo sé. Eres de una dejadez absurda cuando se trata de enviar invitaciones. Es una tontería por tu parte. Nada irrita tanto a la gente como no recibir invitaciones.      JACK. -Harías mucho mejor en cenar con tu tía Augusta.      ALGERNON. -No tengo la menor intención de hacer semejante cosa. Primeramente, he cenado con ella el lunes, y cenar con parientes una vez a la semana es muy suficiente. En segundo lugar, siempre que ceno allí, me tratan como a un miembro de la familia y me obligan a marcharme solo o con dos invitadas. En tercer lugar, sé perfectamente al lado de quién me colocaría esta noche. Me colocaría al lado de Mary Farquhar, que flirtea siempre con su marido de un extremo a otro de la mesa. Y esto no es muy agradable. En realidad, no es ni siquiera decente... Y es una costumbre que toma un incremento enorme. Es completamente escandaloso el número de señoras en Londres que flirtean con sus maridos. ¡Hace tan mal efecto! Es, sencillamente, como lavar en público la ropa limpia. Además, ahora que sé que eres un Bunburysta consumado, deseo, como es natural, hablarte del Bunburysmo. Quiero revelarte sus reglas.      JACK. -Yo no soy Bunburysta en absoluto. Si Gundelinda me dice que sí, mataré realmente a mi hermano. Le mataré de todas maneras. Cecilia se interesa un poco demasiado por él. Es más bien una lata. Así es que voy a deshacerme de Ernesto. Y te aconsejo vivamente que hagas lo mismo con míster..., con ese amigo tuyo enfermo que tiene un nombre tan absurdo.      ALGERNON. -Nada me moverá a deshacerme de Bunbury, y si te casas alguna vez, lo cual me parece extraordinariamente problemático, te alegrarás mucho de conocer a Bunbury. Un hombre que, se casa sin conocer a Bunbury se encontrará siempre aburridísimo.      JACK. -Eso es una tontería. Si me caso con una muchacha tan encantadora como Gundelinda -y es la única muchacha que he visto en mi vida con la que querría casarme-, te garantizo que no tendré necesidad de conocer a Bunbury.      ALGERNON. -Entonces querrá conocerle tu mujer. Pareces no darte cuenta de que en la vida conyugal tres son una compañía y dos no.      JACK. (Sentenciosamente.)-Mi querido y joven amigo, esa es la teoría que el corruptor teatro francés ha venido propagando durante estos cincuenta últimos años.      ALGERNON. -Sí; y eso es lo que el venturoso hogar inglés ha demostrado en la mitad de ese tiempo.      JACK. -¡Por amor de Dios! No intentes ser cínico. Es facilísimo serlo.      ALGERNON. -Hoy día, mi querido amigo, no hay nada fácil. Existe una competencia estúpida para todo. (Se oye sonar un timbre eléctrico) ¡Ah! Esa debe de ser tía Augusta. Únicamente los parientes o los acreedores llaman de esa manera wagneriana. Va-

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mos, si logro entretenerla durante diez minutos, para que tengas ocasión de declararte a Gundelinda, ¿podré cenar contigo esta noche en Willis?      JACK. -Si te empeñas, es de suponer.      ALGERNON. -Sí, pera que sea en serio. Detesto a la gente que no se porta seriamente cuando se trata de comidas. ¡Demuestra tal trivialidad por su parte! (Entra LANE.)      LANE. -Lady Bracknell y miss Fairfax. (ALGERNON se adelanta al encuentro de ellas.)

(Entran LADY BRACKNELL y GUNDELINDA.)       LADY BRACKNELL. -Buenas tardes, querido Algernon. Siempre bueno, ¿verdad?      ALGERNON. -Me siento muy bien, tía Augusta.      LADY BRACKNELL. -Lo cual no es lo mismo; me refería yo a la otra bondad. En realidad esas dos cosas van pocas veces juntas. (Ve a JACK y le hace un saludo glacial.)      ALGERNON. (A GUNDELINDA.)-¡Dios mío, qué elegante estás!      GUNDELINDA. -¡Yo siempre estoy elegante! ¿No es verdad, míster Worthing?      JACK. -Es usted absolutamente perfecta, miss Fairfax.      GUNDELINDA. -¡Oh! Espero no serlo, No tendría entonces ocasión de mejorar y procuro mejorar en muchas cosas. (GUNDELINDA y JACK se sientan juntos en un rincón.)      LADY BRACKNELL. -Siento haber llegado un poco tarde, Algernon, pero no he tenido más remedio que ir a ver a nuestra querida lady Harbury. No había estado allí desde la muerte de su pobre marido. No he visto nunca una mujer tan cambiada; enteramente parece veinte años más joven. Y ahora voy a tomar una taza de té y uno de esos exquisitos sandwiches de pepino que me prometiste.      ALGERNON. -Muy bien, tía Augusta. (Se dirige hacia la mesa del té.)      LADY BRACKNELL. -¿Quieres venir a sentarte aquí, Gundelinda?      GUNDELINDA. -Gracias, mamá; estoy aquí muy cómoda.      ALGERNON. (Levantando aterrado la bandeja vacía.)-¡Dios mío! ¡Lane!, ¿cómo no hay aquí sandwiches de pepino? Los encargué especialmente.      LANE. (Con gran seriedad.)-No había pepinos en el mercado esta mañana, señor. He ido dos veces.      ALGERNON. -¿Que no había pepinos?      LANE. -No, señor. Ni siquiera pagando al contado.      ALGERNON. -Está bien, Lane; gracias.      LANE. -Gracias, señor. (Vase.)

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La importancia de llamarse Ernesto

     ALGERNON. -Me desconsuela muchísimo, tía Augusta, que no hubiese allí pepinos, ni siquiera pagando al contado.      LADY BRACKNELL. -No importa, Algernon. He tomado unas pastas con lady Harbury, que me parece vive ahora dedicada en absoluto a darse buena vida.      ALGERNON. -He oído decir que se le había vuelto el pelo completamente rubio de pena.      LADY BRACKNELL. -El color ha cambiado realmente. Lo que no sabría decir, como es natural, es la causa de ese cambio. (Algernon cruza la estancia y sirve el té.) Gracias. Tengo un verdadero agasajo para ti esta noche, Algernon. Pienso que hagas compañía a Mary Farquhar. Es una mujer verdaderamente deliciosa ¡y tan cariñosa con su marido! Resulta encantador verlos.      ALGERNON. -Temo, tía Augusta, tener que renunciar al placer de cenar con usted esta noche.      LADY BRACKNELL. (Frunciendo el ceño.)-Espero que no, Algernon. Me desbaratarías la mesa por completo. Tu tío tendría que cenar arriba. Afortunadamente ya está acostumbrado.      ALGERNON. -Es muy fastidioso, y no necesito decirle lo que me contraría, pero el hecho es que acabo precisamente de recibir un telegrama diciéndome que mi pobre amigo Bunbury está otra vez gravísimo. (Cambiando una mirada con JACK.) Creen que debo estar allí con él.      LADY BRACKNELL. -Es muy extraño. Ese míster Bunbury padece una mala salud singularísima.      ALGERNON. -Sí; el pobre Bunbury es un caso desesperado.      LADY BRACKNELL. -Bueno, pues debo decirte, Algernon, que a mi juicio es hora ya de que míster Bunbury se decida por fin a vivir o a morirse. Su indecisión en esto es absurda. No apruebo en modo alguno- la simpatía moderna hacia los enfermos desahuciados. La considero morbosa. La enfermedad, sea la que fuese, no es cosa que debe alentarse en el prójimo. La salud es el primer deber en la vida. Se lo estoy diciendo siempre a tu pobre tío, pero él no parece hacer mucho caso... a juzgar por la leve mejoría que experimenta en sus dolencias. Te quedaría muy obligada si le suplicases a míster Bunbury de mi parte que hiciese el favor de no tener recaída el sábado, pues cuento contigo para preparar mi concierto. Es mi última recepción y necesito algo que anime las conversaciones, sobre todo a fines de temporada cuando la gente ha dicho, realmente todo lo que tenía que decir, lo cual no era mucho, probablemente, en la mayoría de los casos.      ALGERNON. -Hablaré a Bunbury, tía Augusta, si es que no ha perdido aún la cabeza, y creo poder prometerla a usted que estará muy bien el sábado. Claro es que el concierto ofrece grandes dificultades. Mire usted, si se toca buena música, la gente no

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escucha, y si se toca música mala, la gente no habla. Pero repasaré el programa que he redactado, si quiere usted tener la amabilidad de entrar en la habitación de al lado un momento.      LADY BRACKNELL. -Gracias, Algernon. Eres muy previsor. (Levantándose y siguiendo a ALGERNON.) Estoy segura de que el programa quedará encantador, después de algunos expurgos. No puedo permitir canciones francesas. La gente parece siempre creer que son indecentes, y o ponen unas caras escandalizadas, lo cual es vulgar, o se ríen a carcajadas, lo cual es peor aún. Pero el alemán suena a idioma perfectamente respetable, y realmente yo creo que lo es. Gundelinda, ¿quieres venir conmigo?      GUNDELINDA. -Voy, mamá. (LADY BRACKNELL y ALGERNON pasan a la sala de música. GUNDELINDA se queda atrás.)      JACK. -¡Qué hermoso día hace, miss Fairfax!      GUNDELINDA. -No me hable usted del tiempo, míster Worthing, se lo ruego. Siempre que una persona me habla del tiempo, tengo la absoluta seguridad de que quiere dar a entender otra cosa. Y eso me pone nerviosísima.      JACK. -Yo quiero dar a entender otra cosa.      GUNDELINDA. -Ya me lo figuraba. Realmente no me equivoco nunca.      JACK. -Y yo quisiera que me fuese permitido aprovechar la ocasión favorable creada por la ausencia momentánea de lady Bracknell...      GUNDELINDA. -Yo le aconsejaría, sin duda, que lo hiciese. Mamá tiene una manera de volver a entrar de repente en una habitación, que me ha obligado a reñirla muchas veces.      JACK. (Nerviosamente.)-Miss Fairfax, desde que la conocí a usted, la admiré más que a ninguna otra muchacha... Desde que la conocí a usted... la conocí...      GUNDELINDA. -Sí, ya estoy perfectamente enterada de eso. Y con frecuencia he deseado que hubiera usted sido más expresivo, en público, por lo menos. Ha tenido usted siempre para mí un encanto irresistible. Aun antes de conocerle, estaba usted lejos de serme indiferente. (JACK la mira atónito.) Vivimos, como usted sabe, míster Worthing, en una época de ideales. Es un hecho que nos recuerdan constantemente en las revistas mensuales más caras, y que ha llegado, según me han dicho, hasta los púlpitos de provincias; y mi ideal ha sido siempre amar a un hombre que se llamase Ernesto. Hay en ese nombre algo que inspira una absoluta confianza. Desde el momento en que Algernon me indicó que tenía un amigo llamado Ernesto, comprendí que estaba destinada a amarle a usted.      JACK. -¿Me ama usted de verdad, Gundelinda?      GUNDELINDA. -¡Apasionadamente!      JACK. -¡Alma mía! No sabe usted lo feliz que me hace.      GUNDELINDA. -¡Mi Ernesto!

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JACK. -¿Pero no querrá usted realmente decir que no podría amarme si no me llamase Ernesto?      GUNDELINDA. -Pero usted se llama Ernesto.      JACK. -Sí, ya lo sé. Pero suponiendo que me llamase de otro modo, quiere usted decir que entonces la sería imposible amarme?      GUNDELINDA. (Con volubilidad.)-¡Ah! Eso es evidentemente una especulación metafísica, y como la mayoría de las especulaciones metafísicas tiene muy poca relación con los hechos efectivos de la vida real, tal como los conocemos.      JACK. -Personalmente, amor mío, se lo digo con toda franqueza, me tiene sin cuidado llamarme Ernesto... No creo que ese nombre me siente del todo bien.      GUNDELINDA. -Le sienta a usted perfectamente. Es un nombre divino. Tiene música propia. Produce vibraciones.      JACK. -Pues yo, la verdad, Gundelinda, debo confesar que hay, a mi juicio, una porción de nombres mucho más bonitos. Creo que Jack, por ejemplo, es un nombre encantador.      GUNDELINDA. -¿Jack?... No; tiene poquísima música ese nombre, si es que realmente tiene alguna. No conmueve. No produce absolutamente ninguna vibración... He conocido varios Jacks, y todos ellos, sin excepción, eran de una fealdad extraordinaria. Además, Jack es el nombre corriente de los infinitos Juanes, criados(9). Y yo compadezco a toda mujer que se casa con un hombre llamado Juan. Probablemente no la estará permitido conocer jamás el placer arrebatador de un solo momento de soledad. Realmente, el único nombre que merece confianza es Ernesto.      JACK. -Gundelinda, es preciso que vaya a bautizarme..., digo, es preciso que nos casemos inmediatamente. No hay un momento que perder.      GUNDELINDA. -¿Casarnos, míster Worthing?      JACK. (Estupefacto.)-Naturalmente... Ya sabe usted que la amo, miss Fairfax, y usted me ha hecho creer que yo no la era completamente indiferente.      GUNDELINDA. -Le adoro. Pero usted no se me ha declarado todavía. No me ha hablado usted para nada de casamiento. No se ha tratado ni siquiera de ese asunto.      JACK. -Bueno... ¿Puedo declararme ahora?      GUNDELINDA. -Me parece que sería una ocasión admirable. Y para evitarle toda posible desilusión, míster Worthing, creo leal manifestarle con toda franqueza y de antemano que estoy completamente decidida a decirle que sí.      JACK. -¡Gundelinda!      GUNDELINDA. -Sí, míster Worthing, ¿qué tiene usted que decirme?      JACK. -Ya sabe usted lo que tengo que decirle.      GUNDELINDA. -Sí, pero usted no lo dice.      JACK. -Gundelinda, ¿quiere usted casarse conmigo? (Se arrodilla.)


El Príncipe Feliz y otras Historias

     GUNDELINDA. -Claro que quiero, vida mía. ¡Cuánto tiempo ha tardado usted en decirlo! Temo que tenga usted muy poca experiencia en materia de declaraciones.      JACK. -No he amado a nadie en el mundo más que a usted, encanto mío.      GUNDELINDA. -Sí, pero los hombres se declaran muchas veces para ejercitarse. Sé que mi hermano Gerardo lo hace. Todas mis amigas me lo dicen. ¡Qué ojos azules más maravillosos tiene usted, Ernesto! Son completamente, completamente azules. Espero que me mirará usted siempre así, sobre todo cuando haya gente delante. (Entra LADY BRACKNELL.)      LADY BRACKNELL. -¡Míster Worthing! ¡Levántese usted, caballero, de esa postura semiacostada! Es muy indecorosa.      GUNDELINDA. -¡Mamá! (Él intenta levantarse; ella se lo impide.) Te ruego encarecidamente que te retires. Éste no es tu sitio. Además, míster Worthing no ha acabado del todo.      LADY BRACKNELL. -¿Acabado el qué, si puedo preguntarlo?      GUNDELINDA. -Soy la prometida de míster Worthing, mamá. (Se levantan ambos.)      LADY BRACKNELL. -Perdona, tú no eres la prometida de nadie. Cuando seas la prometida de alguien, yo, o tu padre, si su salud se lo permite, te lo comunicaremos. Es cosa que debe presentársele a una muchacha como una sorpresa, agradable o desagradable, según los casos. No es asunto que pueda permitírsele arreglar por su cuenta... Y ahora tengo que hacerle a usted unas cuantas preguntas, míster Worthing. Mientras se las hago, espérame abajo en el coche, Gundelinda.      GUNDELINDA. (En tono de reproche)-¡Mamá!      LADY BRACKNELL. - ¡En el coche, Gundelinda! (Gundelinda se dirige hacia la puerta. Ella y Jack se tiran besos por detrás de lady Bracknell. Lady Bracknell mira vagamente a su alrededor, como intentando comprender qué ruido es aquél. Por último, se vuelve.) ¡Gundelinda, al coche!      GUNDELINDA. -Sí, mamá. (Sale, volviéndose para mirar a Jack.)       LADY BRACKNELL. (Sentándose.)-Puede usted sentarse, míster Worthing. (Saca de su bolsillo un cuadernito de notas y un lápiz.)      JACK. -Gracias, lady Bracknell; prefiero estar de pie.      LADY BRACKNELL. (Lápiz y cuadernito de notas en mano.)-Me creo en la obligación de decirle que no está usted en mi lista de muchachos elegibles, aunque tengo la misma que mi querida duquesa de Bolton. En realidad, operamos juntas. No obstante lo cual estoy completamente dispuesta a anotar el nombre de usted si sus respuestas son las que requiere una madre verdaderamente cariñosa. ¿Fuma usted?      JACK. -Pues bien, sí; debo confesar que fumo.

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La importancia de llamarse Ernesto

     LADY BRACKNELL. -Me alegro saberlo. Un hombre debe siempre tener una ocupación cualquiera. Hay demasiados hombres ociosos en Londres. ¿Qué edad tiene usted?      JACK. -Veintinueve años.      LADY BRACKNELL. -Una edad excelente para casarse. He sido siempre de opinión de que un hombre que desea casarse, debería saberlo todo o no saber nada ¿Cuál es su caso?      JACK. (Después de una ligera vacilación.)-Yo no sé nada, lady Bracknell.      LADY BRACKNELL. -Me alegro. No consiento la menor intromisión de la ignorancia natural. La ignorancia es como un delicado fruto exótico; se la toca y desaparece la pelusilla. La teoría de la educación moderna es íntegra y radicalmente falsa. Afortunadamente, en Inglaterra al menos, la educación no produce el menor efecto. Si lo produjese, representaría un serio peligro para las clases altas, y daría lugar probablemente a actos de violencia en Grosvenor Square. ¿Qué renta tiene usted?      JACK. -De siete a ocho mil libras al año.      LADY BRACKNELL. (Tomando nota en su cuadernito.)-¿En tierras o en inversiones?      JACK. -En inversiones, principalmente.      LADY BRACKNELL. -Eso es satisfactorio. Entre los deberes que la esperan a una en el transcurso de la vida y los deberes que la exigen a una después de muerta, la tierra ha dejado de ser en todo caso un beneficio o un placer. Le da a una posición y le impide mantenerla. Eso es todo lo que puede decirse de la tierra.      JACK. -Tengo una casa de campo con unas tierras, anejas a ella, claro es, unas novecientas cuarenta y tantas fanegas, creo yo; pero no depende de eso mi verdadera renta. En realidad, por lo que he podido comprobar, los cazadores furtivos son los únicos que sacan algo de ella.      LADY BRACKNELL. -¡Una casa de campo! ¿Cuántas alcobas? Bueno, ese punto puede aclararse después. ¿Tiene usted casa en Londres, me figuro? Una muchacha de un carácter tan sencillo y poco maleado, como Gundelinda, no hay que pensar ni por un momento, en que viva en el campo.      JACK. -Sí, tengo una casa en la plaza de Belgravia, pero está alquilada por años a lady Bloxham. Claro es que puedo disponer de ella siempre que quiera, avisando con seis meses de anticipación.      LADY BRACKNELL. -¿Lady Bloxham? No la conozco.      JACK. -¡Oh! Sale poquísimo. Es una señora de edad muy avanzada.      LADY BRACKNELL. -¡Ah! En los tiempos que corren eso no es una garantía de respetabilidad personal. ¿Qué número de la plaza de Belgravia?      JACK. -Ciento cuarenta y nueve.

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El Príncipe Feliz y otras Historias

     LADY BRACKNELL. (Moviendo la cabeza)-El lado que no está de moda. Ya me figuraba yo que había algo. Sin embargo, eso podría modificarse fácilmente      JACK. -¿La moda o el lado?      LADY BRACKNELL. (Con seriedad.)-Supongo que ambos, si es preciso. ¿Qué es usted en política?      JACK. -Pues bien, temo realmente no ser nada. Soy liberal unionista(10).      LADY BRACKNELL. -¡Oh! Eso le coloca entre los tories(11). Cenan con nosotros. O vienen a hacernos la tertulia por la noche en todo caso. Y ahora, vamos a los asuntos secundarios. ¿Sus padres viven?      JACK. -He perdido a mis padres.      LADY BRACKNELL. -Perder a uno de los dos, míster Worthing, puede considerarse como una desgracia; perder a los dos parece una negligencia. ¿Quién era su padre? Evidentemente, un hombre de alguna fortuna. ¿Había nacido en lo que los periódicos radicales llaman la púrpura del comercio, o se había encumbrado en la esfera de la aristocracia?      JACK. -Temo realmente no saberlo. El hecho es, lady Bracknell, que la he dicho que había perdido a mis padres. Estaría más cerca de la verdad diciendo que mis padres parecen haberme perdido... Actualmente no sé quién soy por mi nacimiento. Fui... bueno, fui encontrado.      LADY BRACKNELL. -¡Encontrado!      JACK. -El difunto míster Thomas Cardew, anciano caballeroso, de carácter muy caritativo y de benévolo, me encontró y me dio el nombre de Worthing, porque la casualidad hizo que tuviera en aquel momento en su bolsillo un billete de primera clase para Worthing. Worthing es un pueblo del condado de Sussex. Es una playa concurrida.      LADY BRACKNELL. -¿Dónde le encontró a usted ese caballero caritativo que tenía un billete de primera clase para esa playa concurrida?      JACK. (Gravemente.)-En un saco de mano.      LADY BRACKNELL. -¿En un saco de mano?      JACK. (Con mucha seriedad.)-Sí, lady Bracknell. Estaba yo en un saco de mano -un saco de mano un tanto grande, de cuero negro, con asas-; en fin, un saco de mano corriente.      LADY BRACKNELL. -¿En qué punto tropezó ese míster James, o Thomas Cardew, con ese saco de mano corriente?      JACK. -En el guardarropa de la estación Victoria. Se lo dieron equivocadamente por el suyo.      LADY BRACKNELL. -¿En el guardarropa de la estación Victoria?      JACK. -Sí. Línea de Brighton.

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La importancia de llamarse Ernesto

     LADY BRACKNELL. -La línea no tiene importancia. Míster Worthing, confieso que me siento un poco turbada por lo que acaba usted de decirme. Nacer, o por lo menos haber sido criado en un saco de mano, ya sea con asas o sin ellas, me parece una manifestación de desprecio hacia el decoro de la vida de familia, que recuerda los peores excesos de la Revolución Francesa. ¿Y supongo que sabrá usted adónde condujo aquel desdichado movimiento? En cuánto al sitio exacto en el cual fue encontrado el saco de mano, el guardarropa de una estación de ferrocarril podría servir para ocultar una indiscreción social -y realmente es muy probable que haya sido utilizado para ese fin antes de ahora-, pero no podría, en modo alguno, considerarse como una base segura para cimentar una posición reconocida en la buena sociedad.      JACK. -¿Puedo preguntarle qué me aconsejaría usted hacer? No necesito decirle que lo haría todo por asegurar la felicidad de Gundelinda.      LADY BRACKNELL. -Le aconsejaría vivamente, míster Worthing, que procurase adquirir algunos parientes lo antes posible, y que hiciera un esfuerzo decisivo para presentar por lo menos a uno de los dos autores de sus días, de cualquier sexo, antes de que haya terminado del todo la temporada.      JACK. -Pues no veo cómo voy a arreglármelas para eso. Puedo presentar el saco de mano en cualquier momento. Lo tengo en mi casa, en mi cuarto de aseo. Creo que podría usted realmente darse por satisfecha con eso, lady Bracknell.      LADY BRACKNELL. -¡Yo, caballero! ¿Qué tengo yo que ver con eso? ¡No se imaginará usted que yo y lord Bracknell vamos a cometer la locura de casar a nuestra hija única -una muchacha educada con el mayor cuidado-, en un guardarropa ni a contraer parentesco con un bulto de viaje! ¡Buenos días, míster Worthing! (LADY BRACKNELL sale rápidamente con una majestuosa indignación.)      JACK. -¡Buenos días! (ALGERNON, desde el aposento contiguo, toca una marcha nupcial. JACK, con aire muy furioso, se dirige hacia la puerta.) ¡Por amor de Dios, no toques esa pieza fúnebre, Algy! ¡Qué idiota eres! (Cesa la música y entra ALGERNON, con cara risueña.)      ALGERNON. -¿Salió todo bien, chico? ¿No irás a decirme que te dio calabazas Gundelinda? Sé que es una costumbre suya. Está siempre rechazando pretendientes. Lo encuentro muy mal en ella.      JACK. -¡Oh! Con Gundelinda la cosa marcha como sobre ruedas. Por lo que a ella se refiere, somos novios. Su madre es completamente inaguantable. No he tropezado nunca con una Gorgona semejante... En realidad, no sé a qué se parece una Gorgona, pero estoy segurísimo de que lady Bracknell lo es. De todas maneras, es un monstruo, sin ser un mito, lo cual resulta más bien injusto... Perdóname, Algy. Me parece que no debía hablar así de tu tía, delante de ti.

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El Príncipe Feliz y otras Historias

     ALGERNON. -¡Pero, hombre, si a mí me gusta oír maltratar a mis parientes! Es lo único que me los hace soportables. Los parientes son sencillamente un hatajo de gente fastidiosa, que no tiene la más remota noción de cómo hay que vivir, ni el más ligero instinto de cuándo debe morirse.      JACK. -¡Oh, eso es un disparate!      ALGERNON. -¡No lo es!      JACK. -Bueno, no quiero discutirlo. Tú siempre necesitas discutirlo todo.     ALGERNON. -Precisamente, para eso están hechas las cosas desde sus orígenes.      JACK. -Te doy mi palabra de que si yo pensase eso me mataría...(Una pausa.) ¿Tú crees, Algy, que hay alguna probabilidad de que Gundelinda llegue a parecerse a su madre dentro de ciento cincuenta años?      ALGERNON. -Todas las mujeres llegan a parecerse sus madres. Esa es su tragedia. Los hombres, ninguno se parece. Y es la suya.      JACK. -¡Eso es muy ingenioso!      ALGERNON. -¡Está perfectamente expresado! Y es tan cierto como puede serlo cualquier observación en la vida civilizada.      JACK. -Estoy harto por completo de inteligencia. Hoy día todo el mundo es inteligente. No puedes ir a ninguna parte sin encontrarte con personas inteligentes. La cosa ha llegado a ser una verdadera calamidad pública. Le pido al cielo que deje unos cuantos tontos.      ALGERNON. -Los hay.      JACK. -Me gustaría muchísimo encontrármelos. ¿De qué hablan?      ALGERNON. -¿Los tontos? ¡Oh! De los listos, como es natural.      JACK. -¡Qué tontos!      ALGERNON. -A propósito. ¿Le has dicho a Gundelinda la verdad, que eras Ernesto en Londres y Jack en el campo?      JACK. (Con marcado aire de protección.)-Amigo mío, la verdad no es en absoluto lo que se dice a una muchacha bonita, agradable e inteligente. ¡Qué ideas más extraordinarias tienes sobre la manera de tratar a una mujer!      ALGERNON. -La única manera de tratar a una mujer es hacerla el amor, si es bonita o hacérselo a otra, si es fea.      JACK. -¡Oh! ¡Esa es una tontería!      ALGERNON. -¿Y qué le has dicho de tu hermano, del perdido de Ernesto?      JACK. -¡Oh! Antes de fin de semana me habré desembarazado de él. Diré que ha muerto en París, de apoplejía. Muchísima gente muere de apoplejía de un modo repentino, ¿verdad?      ALGERNON. -Sí, pero es hereditario, chico. Es una de las cosas que vienen de familia. Harías mucho mejor en hablar de un fuerte enfriamiento.

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La importancia de llamarse Ernesto

     JACK. -¿Estás seguro de que un fuerte enfriamiento no es hereditario, de que no es nada familiar?      ALGERNON. -Claro que no lo es.      JACK. -Entonces, muy bien. A mi pobre hermano Ernesto se le ha llevado pateta repentinamente, en París, un fuerte enfriamiento. Ya me he desembarazado de él.      ALGERNON. -¿Pero me parece que dijiste que... miss Cardew demostraba demasiado interés por tu pobre hermano Ernesto? ¿No sufrirá ella mucho con su muerte?      JACK. -¡Oh! La cosa irá bien. Cecilia, me complace decirlo, no es una muchacha tonta, romántica. Tiene un apetito excelente, da largos paseos y no presta ninguna atención a sus lecciones.      ALGERNON. -Me gustaría realmente conocer a Cecilia.      JACK. -Ya tendré yo buen cuidado de impedírtelo. Es excesivamente bonita y tiene dieciocho años recién cumplidos.      ALGERNON. -¿Y le has dicho a Gundelinda que tienes una pupila, excesivamente bonita, de dieciocho años recién cumplidos?      JACK. -¡Oh! Hay que hablar a la gente con consideración. Cecilia y Gundelinda acabarán seguramente por ser íntimas amigas. Te apuesto lo que quieras a que a la media hora de conocerse se llaman mutuamente hermanas.      ALGERNON. -Las mujeres sólo hacen eso después de llamarse otra porción de cosas. Ahora, mi querido amigo, si queremos tener una buena mesa en Willis, necesitamos ir a vestirnos en seguida. ¿Sabes que son cerca de las siete?      JACK. (En tono irritado.)-¡Oh! Siempre son cerca de las siete.      ALGERNON. -Bueno, pero yo tengo hambre.      JACK. -Sería la primera vez que supiese que no la tenías.      ALGERNON. -¿Qué vamos a hacer después de cenar? ¿Ir al teatro?      JACK. -¡Oh, no! Me molesta escuchar.      ALGERNON. -Bueno, iremos al Club.      JACK. -¡Oh, no! Me es odioso hablar.      ALGERNON. -Bueno, podríamos dar una vuelta por el Empire(12) a las diez.      JACK. -¡Oh, no! Me resulta insoportable ver cosas. ¡Es tan tonto!      ALGERNON. -Entonces, ¿qué hacemos?      JACK. -¡Nada!      ALGERNON. -Es penosísimo no hacer nada. Sin embargo, yo no estoy dispuesto a ese penoso trabajo, cuando no tiene algún objeto... (Entra LANE.)      LANE. -Miss Fairfax.

(Entra GUNDELINDA. Sale LANE.)      ALGERNON. -¡Gundelinda, a fe mía!

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El Príncipe Feliz y otras Historias

     GUNDELINDA. -Algy, ten la bondad de volverte de espaldas. Tengo que decir algo muy particular a míster Worthing.      ALGERNON. -Realmente, Gundelinda, no sé si puedo permitir eso de ninguna manera.      GUNDELINDA. -Algy, tú siempre adoptas una actitud rigurosamente inmoral frente a la vida. No eres aún lo suficientemente viejo para eso. (ALGERNON se retira hacia la chimenea.)      JACK. -¡Vida mía!      GUNDELINDA. -Ernesto, puede que nunca nos casemos. Por la expresión de la cara de mamá, temo que no lo estemos jamás, Hoy día son poquísimos los padres que hacen caso de lo que dicen sus hijos. El antiguo respeto hacia los jóvenes desaparece rápidamente. Si alguna vez tuve cierta influencia sobre mamá, la perdí a los tres años de edad. Pero aunque pueda ella impedirnos llegar a ser marido y mujer, aunque pueda yo casarme con otro y casarme muchas veces, nada de lo que haga podrá alterar mi eterno amor hacia usted.      JACK. -¡Gundelinda mía!      GUNDELINDA. -La historia de su romántico origen, tal como me la ha relatado mamá, con comentarios desagradables, ha conmovido, como es natural, las fibras más profundas de mi ser. Su nombre de pila tiene un encanto irresistible. La sencillez de su carácter le hace a usted exquisitamente incomprensible para mí. Tengo sus señas de Londres, en Albany. ¿Cuáles son sus señas en el campo?      JACK. -Manor House, Woolton, condado de Hertford. (ALGERNON, que ha estado escuchando atentamente, se sonríe para sí mismo y escribe las señas en un puño de la camisa. Luego coge la Guía de Ferrocarriles.)      GUNDELINDA. -¿Supongo que habrá un buen servicio de Correos? Puede ser necesario hacer alguna cosa desesperada. Claro es que eso requeriría seria reflexión. Me cartearé con usted a diario.      JACK. -¡Alma mía!      GUNDELINDA. -¿Cuánto tiempo permanecerá usted en Londres?      JACK. -Hasta el lunes.      GUNDELINDA. -¡Bien! Algy, ya puedes volverte.      ALGERNON. -Gracias; ya me he vuelto.      GUNDELINDA. -Puedes también llamar al timbre.      JACK. -¿Me permitirá usted acompañarla hasta su coche, encanto mío?      GUNDELINDA. -Claro que sí.      JACK. (A LANE, que acaba de entrar.)-Yo acompañaré a miss Fairfax.

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La importancia de llamarse Ernesto

     LANE. -Bien, señor. (Salen JACK y GUNDELINDA. LANE presenta a ALGERNON varias cartas en una bandeja. Puede suponerse que son facturas, pues ALGERNON, después de mirar los sobres, las rompe.)      ALGERNON. -Una copa de Jerez, Lane.      LANE. -Sí, señor.      ALGERNON. -Mañana, Lane, voy a Bunburyzar.      LANE. -Bien, señor.      ALGERNON. -Probablemente no volveré hasta el lunes. Puede usted prepararme el frac, el smoking y el vestuario completo de Bunbury...      LANE. -Bien, señor, (Deja el Jerez sobre la mesa.)      ALGERNON. -Espero que hará buen día mañana, Lane.      LANE. -Nunca hace buen día, señor.      ALGERNON. -Lane, es usted muy pesimista.      LANE. -Hago lo que puedo para agradar, señor.

(Entra JACK. Sale LANE.)      JACK. -¡Qué muchacha tan sensata, tan inteligente! La única muchacha que me ha gustado en mi vida. (ALGERNON se ríe a carcajadas.) ¿Qué es lo que te divierte tanto?      ALGERNON. -¡Oh! Estoy un poco inquieto por ese pobre Bunbury, eso es todo.      JACK. -Si no tienes cuidado, tu amigo Bunbury te meterá en un lío serio algún día.      ALGERNON. -Me gustan los líos. Son las únicas cosas que no han sido nunca serias.      JACK. -¡Oh! Esas son tonterías, Algy. No dices nunca más que tonterías.      ALGERNON. -Nadie hace otra cosa. (JACK le mira con indignación y sale del cuarto. Algernon enciende un cigarrillo, lee lo que ha escrito en el puño de su camisa y sonríe.)

CAE EL TELÓN

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Acto segundo Decoración Jardín en la residencia solariega, en Woolton. Una escalinata de piedra gris conduce a la casa. El jardín, un jardín a la antigua, está lleno de rosas. Época, el mes de julio. Unos sillones de mimbre y una mesa cubierta de libros están colocados bajo un corpulento tejo. MISS PRISM aparece sentada ante la mesa. Al fondo, CECILIA regando las flores.      MISS PRISM. (Llamando.)-¡Cecilia! ¡Cecilia! Indudablemente una ocupación tan utilitaria como la de regar flores es más bien obligación de Moulton que suya. Sobre todo en los momentos en que están esperándola los placeres intelectuales. Su gramática alemana está sobre la mesa. Tenga usted la bondad de abrirla por la página 15. Repetiremos la lección de ayer.      CECILIA. (Acercándose muy despacio.)-¡Pero si a mí no me gusta el alemán! Es una lengua que no sienta absolutamente nada bien. Sé perfectamente que parezco feísima después de mi lección de alemán.      MISS PRISM. -Hija mía, ya sabe usted el afán que tiene su tutor porque adelante usted en todo. Ayer, al marchar a Londres, insistió especialmente sobre el alemán. En realidad, insiste siempre sobre el alemán cuando se va a Londres.      CECILIA. -¡Es tan serio mi querido tío! A veces lo es tanto, que llego a creer si no se encontrará del todo bien.      MISS PRISM.(Con firmeza.)- Su tutor goza de una salud inmejorable, y la gravedad de su porte es particularmente encomiable en un hombre como él, relativamente joven. No conozco a nadie que tenga un sentido tan alto del deber y de la responsabilidad.


El Príncipe Feliz y otras Historias

     CECILIA. -Supongo que ésa debe ser la causa de que parezca algo aburrido, muchas veces, cuando estamos los tres juntos.      MISS PRISM. -¡Cecilia! Me sorprende usted. Míster Worthing ha tenido muchos disgustos en su vida. La alegría sin motivo y la frivolidad resultarían fuera de lugar en su conversación. Debe usted recordar la inquietud constante en que le tiene su hermano, ese desgraciado joven.      CECILIA. -Quisiera yo que el tío Jack permitiese a su hermano, a ese desgraciado joven, que viniese por aquí de cuando en cuando. Podríamos ejercer una influencia benéfica sobre él MISS PRISM. Estoy segura de que usted la ejercería realmente. Usted sabe alemán y geología, y esta clase de cosas influyen muchísimo sobre un hombre. (CECILIA empieza a escribir en su diario.)      MISS PRISM.(Moviendo la cabeza.)-Ni siguiera creo que produjese yo el menor efecto en un carácter que, según confiesa su mismo hermano, es irremediablemente débil y vacilante. A decir verdad, no estoy muy segura de que quisiera yo reformarle. No soy partidaria de esa manía moderna de convertir a personas malas en buenas, en un santiamén. Que cada cual recoja lo que sembró. Debe usted cerrar su diario, Cecilia. Realmente, no comprendo en absoluto por qué lleva usted un diario.      CECILIA. -Lo llevo para anotar los secretos maravillosos de mi vida. Si no los apuntase, probablemente los olvidaría por completo.      MISS PRISM. -La memoria, mi querida Cecilia, es el diario que todos llevamos con nosotros.      CECILIA. -Sí, pero por regla general no registra más que las cosas que no han sucedido nunca, ni podían suceder. Yo Creo que la memoria es responsable de casi todas las novelas en tres tomos que Mudie(13) nos remite.      MISS PRISM. -No hable usted con desprecio de las novelas en tres tomos, Cecilia. Yo también escribí una en mis años juveniles.      CECILIA. -¿De verdad, miss Prism? ¡Qué prodigiosamente lista es usted! Me figuro que no acabaría bien. No me gustan las novelas que acaban bien. Me deprimen muchísimo.      MISS PRISM. -Los buenos acaban bien y los malos acaban mal. Es decir, lo que se propone la Ficción.      CECILIA. -Me lo supongo. Pero parece muy injusto. ¿Y se publicó su novela.      MISS PRISM. -¡Ay, no! Desgraciadamente el manuscrito fue abandonado. (CECILIA se estremece.) Empleo la palabra en el sentido de perdido o traspapelado. Estas consideraciones son perfectamente innecesarias para los trabajos de usted.      CECILIA. (Sonriendo.)-Pero aquí veo a nuestro querido doctor Casulla, que viene por el jardín.

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La importancia de llamarse Ernesto

     MISS PRISM. (Levantándose y yendo hacia él.)-¡El doctor Casulla! Es para mí una verdadera satisfacción. (Entra el canónigo CASULLA.)      CASULLA. -¿Qué tal vamos esta mañana? ¿Supongo que estará usted bien, miss Prism?      CECILIA. -Miss Prism se quejaba hace un momento de un poco de jaqueca. Yo creo que la sentaría muy bien dar una vueltecita con usted por el parque, doctor Casulla.      MISS PRISM. -Cecilia, yo no he hablado para nada de jaqueca.      CECILIA. -No, mi querida miss Prism, ya lo sé, pero yo he sentido instintivamente que tenía usted jaqueca. Realmente en eso estaba yo pensando y no en mi lección de alemán, cuando ha llegado el rector.      CASULLA. -Espero, Cecilia, que no será usted una distraída.      CECILIA. -¡Oh! Temo serlo.      CASULLA. -Es raro. Si yo tuviera la suerte de ser discípulo de miss Prism, estaría pendiente de sus labios. (MISS PRISM abre mucho los ojos.) Hablo metafóricamente... Mi metáfora estaba tomada de las abejas. ¡Ejem! ¿Supongo que míster Worthing no ha regresado todavía de Londres?      MISS PRISM. -No le esperamos hasta el lunes por la tarde.      CASULLA. -¡Ah, sí! Generalmente le gusta pasar el domingo en Londres. No es de los que piensan únicamente en divertirse, como parece ser el caso de ese desdichado joven, hermano suyo. Pero no debo distraer por más tiempo a Egeria y su discípula.      MISS PRISM. -¿Egeria? Me llamo Leticia, doctor.      CASULLA. (Inclinándose.)-Es una simple alusión clásica, tomada de los autores paganos. ¿Las veré seguramente a las dos en el oficio de Vísperas de esta tarde?      MISS PRISM. -Me parece, querido, que voy a dar una vueltecita con usted. Realmente noto que tengo jaqueca y un paseo puede sentarme bien.      CASULLA. -Con mucho gusto, miss Prism; con mucho gusto. Podemos llegar hasta las escuelas y volver.      MISS PRISM. -Eso resultará delicioso. Cecilia, hará usted el favor de estudiar su lección de Economía política, durante mi ausencia. El capítulo sobre la baja de la rupia puede usted saltárselo. Es demasiado sensacional. Hasta esos problemas monetarios tienen su lado melodramático. (Se va por el jardín con el doctor CASULLA.)      CECILIA. (Recogiendo los libros y tirándolos sobre la mesa)-¡Fuera la horrible Economía política! ¡Fuera la horrible Geografía! ¡Fuera, fuera, el horrible alemán! (Entra con una tarjeta sobre una bandeja.)      MERRIMAN. -Míster Ernesto Worthing acaba de llegar en coche de la estación. Ha traído su equipaje consigo.

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El Príncipe Feliz y otras Historias

     CECILIA. (Cogiendo la tarjeta y leyéndola.)-«Míster Ernesto Worthing, B. 4, The Albany, W.» ¡El hermano del tío Jack! ¿Le ha dicho usted que míster Worthing estaba en Londres?      MERRIMAN. -Sí, señorita. Y ha parecido muy contrariado. Le he dicho que la señorita y miss Prism estaban en el jardín. Ha dicho que tenía mucho interés en hablar con usted reservadamente un momento.      CECILIA. -Dígale a míster Ernesto Worthing que venga aquí. Y creo que haría usted bien en indicar al ama de llaves que le preparase cuarto.      MERRIMAN. -Bien, señorita. (Sale, MERRIMAN.)      CECILIA. -Hasta ahora no he conocido todavía a ningún individuo verdaderamente malo. Me siento un poco asustada. Mucho me temo que se parezca a todos los demás. ¡Y se parece! (Entra ALGERNON muy alegre y desenvuelto.)      ALGERNON. (Quitándose el sombrero.)-Seguramente usted es mi primita Cecilia.      CECILIA. -Está usted en un gran error. No soy pequeña. Verdaderamente me parece que estoy más crecida de lo corriente, para mi edad. (ALGERNON la contempla un poco asombrado.) Pero soy la prima Cecilia. Ya veo por su tarjeta que es usted el hermano del tío Jack, mi primo Ernesto, el bribón de mi primo Ernesto. ALGERNON. -¡Oh! Yo no soy realmente un bribón ni mucho menos, prima Cecilia. No vaya usted a creer que soy un bribón. CECILIA. -Si no lo es, nos ha estado usted entonces engañando indudablemente a todos de la manera más imperdonable. Espero que no habrá usted llevado una doble existencia, fingiéndose un bribón y siendo en realidad un hombre bueno siempre. Eso sería una hipocresía.      ALGERNON. (Mirándola con estupefacción.)-¡Oh! Claro es que he sido un poco atolondrado.      CECILIA. -Me alegro saberlo.      ALGERNON. -Verdaderamente, ya que habla usted de eso, he sido todo lo malo que he podido en mi breve vida.      CECILIA. -No creo que deba usted envanecerse de ello, aunque seguramente haya sido muy agradable.      ALGERNON. -Mucho más agradable es estar aquí con usted.      CECILIA. -Lo que no puedo comprender es cómo está usted aquí. El tío Jack no ha de regresar hasta el lunes por la tarde.      ALGERNON. -Es una gran contrariedad. Me veo en la precisión de marcharme el lunes por la mañana, en el primer tren. Tengo una cita de negocios a la que me interesa muchísimo... faltar.      CECILIA. -¿Y no podría usted faltar a ella en cualquier sitio que no fuese en Londres?

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La importancia de llamarse Ernesto

     ALGERNON. -No; la cita es en Londres.      CECILIA. -Bueno, ya sé, naturalmente, lo importante que es no acudir a una cita de negocios, cuando se quiere conservar cierto sentido de la belleza de la vida, pero, sin embargo, creo que haría usted mejor en esperar el regreso del tío Jack. Sé que desea hablar con usted de su emigración.      ALGERNON. -¿De mi qué?      CECILIA. -De su emigración. Ha ido a comprarle a usted el equipo.      ALGERNON. -No permitiré de ninguna manera a Jack que me compre el equipo. No tiene gusto en absoluto para las corbatas.      CECILIA. -No creo que le hagan falta corbatas. El tío Jack piensa enviarle a usted a Australia.      ALGERNON. -¡A Australia! Antes la muerte.      CECILIA. -Pues el miércoles por la noche, durante la cena, dijo que tendría usted que elegir entre este mundo, el otro mundo y Australia.      ALGERNON. -¡Ah! Bueno. Los informes que he recibido de Australia y del otro mundo no son extraordinariamente alentadores. Este mundo es bastante bueno para mí, prima Cecilia.      CECILIA. -Sí, ¿pero es usted bastante bueno para él?      ALGERNON. -Temo no serlo. Por eso quiero que me reforme usted. Podría usted hacer de eso su misión, si no le parece mal.      CECILIA. -Temo no tener tiempo esta tarde.      ALGERNON. -Bueno, ¿le parece a usted que me reforme a mí mismo esta tarde?      CECILIA. -Sería un poco quijotesco por su parte. Pero creo que debía usted intentarlo.      ALGERNON. -Lo intentaré. Me siento ya mejor.      CECILIA. -Tiene usted peor cara.      ALGERNON. -Eso es porque tengo hambre.      CECILIA. -¡Qué imprevisión la mía! Debía haberme acordado de que cuando va uno a empezar una vida completamente nueva hay que hacer comidas metódicas y sanas. ¿Quiere usted entrar?     ��ALGERNON. -Gracias. ¿Podría llevarme antes una flor para el ojal? No tengo nunca apetito como no lleve una flor en el ojal.      CECILIA. -¿Una Mariscal Niel? (Coge unas tijeras.)      ALGERNON. -No, preferiría una rosa sonrosada.      CECILIA. -¿Por qué? (Corta una flor.)      ALGERNON. -Porque parece usted una rosa sonrosada, prima Cecilia.      CECILIA. -No creo que esté bien que me hable usted como me habla. Miss Prism no me dice nunca esas cosas.

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El Príncipe Feliz y otras Historias

     ALGERNON. -Será entonces una vieja miope. (CECILIA le pone la rosa en el ojal.) Es usted la muchacha más bonita que he visto en mi vida.      CECILIA. -Miss Prism, dice que los encantos físicos son un lazo.      ALGERNON. -Un lazo en el que todo hombre sensato querría dejarse coger.      CECILIA. -¡Oh! Creo que a mí no me gustaría coger a un hombre sensato. No sabría de qué hablar con él. (Entran en la casa. MISS PRISM y el doctor CASULLA vuelven.)      Miss Prism. -Está usted muy solo, mi querido doctor Casulla, Debería usted casarse. Puedo comprender un misántropo, ¡pero un mujerántropo jamás!      CASULLA. (Con un escalofrío de hombre docto.)-No merezco, créame, un vocablo de tan marcado neologismo. El precepto, así como la práctica de la Iglesia primitiva, eran claramente opuestos al matrimonio.      MISS PRISM.(Sentenciosamente.)-Esa es sin duda alguna la razón de que la Iglesia primitiva no haya durado hasta nuestros días. Y usted parece no darse cuenta, mi querido doctor, de que un hombre que se empeña en permanecer soltero se convierte en una perpetua tentación pública. Los hombres deberían ser más prudentes; su celibato mismo es el que pierde a las naturalezas frágiles.      CASULLA. -¿Pero es que un hombre no tiene el mismo atractivo cuando está casado?      MISS PRISM. -Un hombre casado no tiene nunca atractivo más que para su mujer.      CASULLA. -Y con frecuencia, según me han dicho, ni siquiera para ella.      MISS PRISM. -Eso depende de las simpatías intelectuales de la mujer. Se puede siempre confiar en la edad madura. Se puede dar crédito a la madurez. Las mujeres jóvenes están verdes. (El doctor CASULLA se estremece.) Hablo en lenguaje de horticultura. Mi metáfora estaba tomada de las frutas. ¿Pero dónde está Cecilia?      CASULLA. -Tal vez nos haya seguido a las escuelas. (Entra JACK muy despacio por el fondo del jardín. Viene vestido de luto riguroso, con una gasa negra sobre la cinta del sombrero y guantes negros.)      MISS PRISM. -¡Míster Worthing!      CASULLA. -¿Míster Worthing?      MISS PRISM. -Esto es realmente una sorpresa. No le esperábamos a usted hasta el lunes por la tarde.      JACK. (Estrechando la mano de MISS PRISM con ademán trágico.)-He regresado antes de lo que esperaba. ¿Supongo que estará usted bien, doctor Casulla?      CASULLA. -Mi querido míster Worthing, ¿espero que ese traje de luto no significará ninguna terrible calamidad?      JACK. -Mi hermano.      MISS PRISM. -¿Más deudas vergonzosas, más locuras?

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La importancia de llamarse Ernesto

     CASULLA. -¿Sigue haciendo siempre su vida de placer?      JACK. (Inclinando la cabeza.)-¡Muerto!      CASULLA. -¿Ha muerto su hermano Ernesto?      JACK. -Del todo.      MISS PRISM. -¡Qué lección para él! Espero que le servirá.      CASULLA. -Míster Worthing, le doy a usted mi sincero pésame. Tiene usted al menos el consuelo de saber que fue usted siempre el más generoso y el más indulgente de los hermanos.      JACK. -¡Pobre Ernesto! Tenía muchos defectos, pero es un golpe doloroso, muy doloroso.      CASULLA. -Muy doloroso, en efecto. ¿Estaba usted con él en sus últimos momentos?      JACK. -No. Ha muerto en el extranjero; en París, sí. Recibí anoche un telegrama del gerente del Gran Hotel.      CASULLA. -¿Indicaba la causa de la muerte?      JACK. -Un fuerte enfriamiento, según parece.      MISS PRISM. -Cada hombre recoge lo que siembra.      CASULLA.(Levantando la mano.)-¡Caridad, mi querida miss Prism; caridad! Ninguno de nosotros es perfecto. Yo mismo tengo una debilidad especial por el juego de las damas. ¿Y el entierro, tendrá lugar aquí?      JACK. -No. Parece ser que expresó el deseo de que le enterrasen en París.      CASULLA. -¡En París! (Moviendo la cabeza.) Temo que ese detalle indique la poca sensatez de su estado de ánimo en los últimos momentos. Deseará usted, sin duda, que haga yo el domingo próximo alguna ligera alusión a esta desgracia doméstica. (JACK le aprieta la mano convulsivamente.) Mi sermón sobre el significado del maná en el desierto puede adaptarse a casi todas las situaciones alegres o, como en el presente caso, luctuosas. (Todos suspiran.) Lo he predicado en fiestas de segadores, en bautizos, confirmaciones, días de penitencia y días solemnes. La última vez que lo pronuncié fue en la Catedral, como sermón de caridad a beneficio de la preventiva contra el descontento entre las clases altas. Al obispo, que estaba presente, le causaron mucha impresión algunas de las comparaciones que hice.      JACK. -¡Ah! ¿No ha hablado usted de bautizos, doctor Casulla? Porque eso me recuerda una cosa. ¿Supongo que sabrá usted bautizar muy bien? (El doctor CASULLA se queda estupefacto.) Quiero decir como es natural, que estará usted bautizando continuamente, ¿no es eso?      MISS PRISM. -Siento decir que ese es uno de los deberes más constantes del rector en esta parroquia. Yo he hablado más de una vez a las clases menesterosas sobre ese asunto. Pero parecen ignorar lo que es economía.

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El Príncipe Feliz y otras Historias

     CASULLA. -Pero, ¿hay algún niño determinado por quien se interesa usted, míster Worthing? Su hermano creo que era soltero, ¿verdad?      JACK. -¡Oh, sí!      MISS PRISM. (Con amargura.)-La gente que vive únicamente para el deleite lo suele ser.      JACK. -Pero no es para ningún niño, mi querido doctor. Me gustan mucho los niños. ¡No! El caso es que quisiera yo ser bautizado esta tarde, sí no tiene usted nada mejor que hacer.      CASULLA. -¿Pero seguramente, míster Worthing, estará usted ya bautizado?      JACK. -No recuerdo absolutamente nada.      CASULLA. -¿Pero tiene usted alguna duda importante sobre eso?      JACK. -Creo tenerla. Claro es que no sé si la cosa le molestará a usted si le parezco ya un poco viejo.      CASULLA. -No, por cierto. La aspersión y hasta la inmersión de los adultos son prácticas, perfectamente canónicas.      JACK. -¡La inmersión!      CASULLA. -No tenga usted cuidado. Basta con la aspersión, y es inclusive lo que le aconsejo. ¡Está el tiempo tan variable! ¿A qué hora desea usted que se efectúe la ceremonia?      JACK. -¡Oh! Podríamos quedar en las cinco, si a usted le conviene.      CASULLA. -¡Perfectamente, perfectamente! Tengo además otras dos ceremonias similares a esa hora. Han nacido recientemente dos gemelos en una de las quintas alejadas de la finca de usted. El pobre Jenkins, el carretero, es un hombre que trabaja de firme.      JACK. -¡Oh! No me parece muy chistoso ser bautizado en compañía de otros rorros. Sería infantil. ¿Le parecería a usted bien a las cinco y media?      CASULLA. -¡Admirablemente! ¡Admirablemente! (Saca el reloj.) Y ahora, mi querido míster Worthing, no quiero molestar más tiempo en su casa, sumida en la pesadumbre. Le aconsejaría tan solo que no se dejase abatir demasiado por el dolor. Las que nos parecen pruebas amargas, son muchas veces beneficios disfrazados.      MISS PRISM. -Esto me parece un beneficio evidente. (Entra CECILIA, que viene de la casa.)      CECILIA. -¡Tío Jack! ¡Oh! Me alegro muchísimo de verle a usted ya de vuelta. ¡Pero qué traje tan horrible se ha puesto usted! Vaya usted a cambiar de ropa.      MISS PRISM. -¡Cecilia!      CASULLA. -¡Hija mía! ¡Hija mía! (CECILIA se dirige hacia JACK; éste la besa en la frente con aire melancólico.)

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La importancia de llamarse Ernesto

     CECILIA. -¿Qué ocurre, tío Jack? ¡Póngase usted alegre! Parece que tiene usted dolor de muelas. ¡Qué sorpresa le preparo! ¿Quién cree usted que está en el comedor? ¡Su hermano!      JACK. -¿Quién?      CECILIA. -Su hermano Ernesto. Ha llegado hace una media hora.      JACK. -¡Qué disparate! Yo no tengo hermano.      CECILIA. -¡Oh, no diga usted eso! Por mal que se haya portado con usted anteriormente, no por eso deja de ser su hermano. No es posible que tenga usted tan poco corazón como para renegar de él. Voy a decirle que salga. Y le dará usted la mano, ¿verdad, tío Jack? (Corriendo, vuelve a entrar en la casa.)      CASULLA. -Estas sí que son noticias alegres.      MISS PRISM. -Después de estar todos nosotros resignados a su pérdida, ese retorno inesperado me parece singularmente calamitoso.      JACK. -¿Que mi hermano está en el comedor? No sé qué querrá decir todo esto. Lo encuentro completamente absurdo. (Entran ALGERNON y CECILIA, cogidos de la mano. Se dirigen muy despacio hacia JACK.)      JACK. -¡Santo Dios! (Con un gesto ordena a ALGERNON que se marche.)      ALGERNON. -Hermano John, he venido desde Londres para decirte que siento muchísimo todos los disgustos que te he dado y que estoy decidido a enmendarme por completo en lo sucesivo. (JACK le mira con ojos furibundos y no le tiende la mano.)      CECILIA. -Tío Jack, ¿no irá usted a negarle la mano a su propio hermano?      JACK. -Nada me moverá a estrechar su mano. Su venida aquí me parece ignominiosa. Él sabe muy bien por qué.      CECILIA. -Tío Jack, sea usted bueno. Siempre hay algo bueno en todo el mundo. Ernesto me hablaba precisamente de su pobre amigo paralítico, míster Bunbury, al que visita con mucha frecuencia. Y seguramente tiene que haber mucha bondad en quien la tiene con un enfermo, y renuncia a los placeres de Londres para sentarse junto a un lecho de dolor.           JACK. -¡Oh! Ha estado hablando de Bunbury, ¿verdad?      CECILIA. -Sí, me ha contado todo cuanto se refiere a ese pobre míster Bunbury, y a su terrible estado de salud.      JACK. -¡Bunbury! Bueno, pues no quiero que vuelva a hablarte de Bunbury ni de nada. ¡Es para volverse completamente loco!      ALGERNON. -Reconozco, naturalmente, que es mía toda la culpa. Pero debo decir, y así lo creo, que la frialdad de mi hermanó John me es particularmente dolorosa. Yo esperaba una acogida más calurosa, sobre todo teniendo en cuenta que es la primera vez que vengo aquí.

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El Príncipe Feliz y otras Historias

     CECILIA. -Tío Jack, si no le da usted la mano a Ernesto, no se lo perdonaré nunca.      JACK. -¿Qué no me perdonarás nunca?      CECILIA. -¡Nunca, nunca, nunca!      JACK. -Bueno, es la última vez que lo hago. (Le da la mano a ALGERNON, mirándole con ojos llameantes.)      CASULLA. -¿Es muy agradable, verdad, presenciar una reconciliación tan perfecta? Yo creo, que podíamos dejar solos a los dos hermanos.      MISS PRISM. -Cecilia, ¿tendrá usted la bondad de venirle con nosotros?      CECILIA. -Claro que sí, miss Prism. Mi pequeño trabajo de reconciliación ha terminado.      CASULLA. -Ha realizado usted una acción muy hermosa, hija mía.      MISS PRISM. -No debemos ser prematuros en nuestros juicios.      CECILIA. -Me siento muy dichosa.

(Salen todos; menos JACK y ALGERNON.)      JACK. -Y tú, Algy, joven sinvergüenza, tienes que marcharte de aquí lo antes posible. ¡No permito ningún Bunburysmo aquí!

(Entra MERRIMAN.)      MERRIMAN. -He puesto las cosas de míster Ernesto en la habitación contigua a la del señor. ¿Supongo que estará bien?      JACK. -¿El qué?      MERRIMAN. -El equipaje de míster Ernesto. Lo he desempaquetado y lo he puesto en la habitación contigua a la del señor.      JACK. -¿Su equipaje?      MERRIMAN. -Sí, señor. Tres maletas, un neceser de viaje, dos sombrereras y una fiambrera grande.      ALGERNON. -Temo no poder quedarme más de una semana.      JACK. -Merriman, mande usted enganchar el coche en seguida. Míster Ernesto tiene que regresar repentinamente a Londres.      MERRIMAN. -Bien, señor. (Vuelve a la casa.)      ALGERNON. -¡Qué mentiroso más tremendo eres, Jack! Yo no tengo que regresar a Londres en absoluto.      JACK. -Ya lo creo que tienes que regresar.      ALGERNON. -No sabía yo que me llamaba nadie.      JACK. -Tu deber de caballero te llama allí.

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La importancia de llamarse Ernesto

     ALGERNON. -Mi deber de caballero no se ha metido nunca para nada en mis diversiones.      JACK. -Lo comprendo perfectamente.      ALGERNON. -Además, Cecilia es encantadora.      JACK. -No tienes que hablar así de miss Cardew. Me desagrada muchísimo.      ALGERNON. -Bueno, y a mí no me gusta nada tu traje. Te da un aspecto muy ridículo. ¿Por qué demonios no vas a cambiarte de ropa? Resulta una completa niñería ponerse de luto riguroso por un hombre que va a pasarse de hecho una semana entera contigo, en tu casa, en calidad de huésped. Yo lo califico de grotesco. JACK. -Ten la seguridad de que no te pasas conmigo una semana entera ni como huésped ni como nada. Tienes que marcharte... en el tren de las cuatro y cinco.      ALGERNON. -Ten la seguridad de que yo no me marcho de tu casa mientras estés de luto. Sería la mayor falta de amistad. Supongo que si estuviera yo de luto te quedarías acompañándome, y si no lo hacías me parecería una gran falta de cariño.      JACK. -Bueno; ¿te marcharás si me cambio de traje?      ALGERNON. -Sí, con tal de que no tardes demasiado. No he visto nunca a nadie que tarde tanto en vestirse y con tan pobre resultado.      JACK. -Pues, después de todo, mejor es eso que no ir siempre tan excesivamente elegante como tú.      ALGERNON. -Si algunas veces voy excesivamente elegante, lo compenso siendo siempre excesivamente educado.      JACK. -Tu vanidad es ridícula, tu conducta un ultraje y tu presencia en mi jardín completamente absurda. Sea como fuere, tendrás que tomar el tren de las cuatro y cinco y te desearé buen viaje hasta Londres. Este Bunburysmo, como tú lo llamas, no ha sido un gran éxito para ti. (Se interna en la casa.)      ALGERNON. -Pues yo creo que ha sido un gran éxito. ¡Estoy enamorado de Cecilia, y esto es todo! (Entra CECILIA por el fondo del jardín. Coge la regadera y se pone a regar las flores.) Pero es preciso que la vea antes de irme, y que lo prepare todo para otro Bunbury. ¡Ah, hela aquí!      ALGERNON. -¡Oh! No he vuelto más que a regar las rosas. Creí que estaba usted con el tío Jack.      ALGERNON. -Ha ido a decir que enganchen el coche para mí.      CECILIA. -¡Ah! ¿Va a llevarle a usted a dar un buen paseo?      ALGERNON. -Va a echarme.      CECILIA. -Entonces, ¿tenemos que separarnos?      ALGERNON. -Eso temo. Es una separación muy dolorosa.      CECILIA. -Siempre es doloroso separarse de las personas que ha conocido uno recientemente. La ausencia de los antiguos amigos puede sobrellevarse con serenidad.

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El Príncipe Feliz y otras Historias

Pero una separación, aun siendo momentánea, de una persona que acaban de presentarnos, es casi intolerable.      ALGERNON. -Gracias.

(Entra MERRIMAN.)      MERRIMAN. -El coche está en la puerta, señor. (ALGERNON mira suplicante a CECILIA.)      CECILIA. -Diga usted que espere... cinco minutos, Merriman.      MERRIMAN. -Bien, miss.

(Sale MERRIMAN.)      ALGERNON. -Espero, Cecilia, que no la ofenderé si la declaro con toda franqueza, abiertamente, que me parece usted por todos estilos la personificación visible de la perfección absoluta.      CECILIA. -Creo que su franqueza le honra mucho, Ernesto. Si usted me lo permite, copiaré sus observaciones en mi diario. (Va hacia la mesa y se pone a escribir en el diario.)      ALGERNON. -¿Lleva usted de verdad un diario? Daría cualquier cosa por echarle un vistazo. ¿Me deja usted?      CECILIA. -¡Oh, no! (Coloca su mano sobre el diario.) Comprenderá usted que esto es, sencillamente, la relación de los pensamientos e impresiones de una muchacha muy joven, y que está hecho, por consiguiente, con la intención de publicarlo. Cuando aparezca en volumen, espero que pedirá usted un ejemplar. Pero continúe usted, Ernesto; se lo ruego. Me encanta escribir al dictado. Me he quedado en «perfección absoluta». Puede usted continuar. Estoy dispuesta a seguir escribiendo.      ALGERNON. (Algo cortado.)-¡Ejem! ¡Ejem!      CECILIA. -¡Oh, no tosa usted, Ernesto! Cuando se dicta hay que hablar con soltura y sin toser. Además, no sé cómo se escribe tos. (Va escribiendo a medida que habla ALGERNON.)      ALGERNON. (Hablando muy de prisa.)-Cecilia, desde que contemplé por primera vez su maravillosa e incomparable belleza, me he atrevido a amarla a usted locamente, apasionadamente, fervorosamente, desesperadamente.      CECILIA. -Yo creo que no debía usted decirme que me ama locamente, apasionadamente, fervorosamente, desesperadamente. Desesperadamente parece no tener mucho sentido, ¿verdad?      ALGERNON. -¡Cecilia! (Entra MERRIMAN.)      MERRIMAN. -Señor, el coche está esperando.      ALGERNON. -Dígale usted que vuelva la semana próxima, a la misma hora.

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La importancia de llamarse Ernesto

     MERRIMAN. (Mirando a CECILIA, que no le hace ningún caso.)-Bien, señor. (Vase MERRIMAN.)      CECILIA. -El tío Jack se disgustaría mucho si supiese que iba usted a quedarse hasta la semana próxima, a la misma hora.      ALGERNON. -¡Oh! Me tiene sin cuidado Jack. No me preocupa nadie en el mundo entero más que usted. La amo, Cecilia. ¿Quiere usted casarse conmigo?      CECILIA. -¡Tontín! Claro que sí. ¡Como que somos novios hace ya tres meses!      ALGERNON. -¿Hace ya tres meses?      CECILIA. -Sí, el jueves hará tres meses justos.      ALGERNON. -Pero, ¿y cómo nos hemos hecho novios?      CECILIA. -Pues desde que el querido tío Jack nos confesó que tenía un hermano menor que era muy malo y muy perdido, se convirtió usted, naturalmente, en el tema principal de las conversaciones entre miss Prism y yo. Y claro es que un hombre de quien se habla mucho resulta siempre muy atrayente. Siente una que debe haber algo en él, después de todo. Confieso que fue una necedad mía, pero me enamoré de usted, Ernesto.      ALGERNON. -¡Vida mía! ¿Y cuándo empezó, realmente, el noviazgo?      CECILIA. -El jueves 14 de febrero último. Cansada de que ignorase usted por completo mi existencia, decidí acabar de un modo o de otro, y después de una larga lucha conmigo misma, le dije a usted que sí, debajo de ese añoso y amado árbol. Al día siguiente compré este pequeño anillo en nombre de usted y esta es la pulsera con el verdadero lazo del amor que le he prometido a usted llevar siempre.      ALGERNON. -¿Y se la di yo a usted? Es muy bonita, ¿verdad?      CECILIA. -Sí, tiene usted un gusto admirable, Ernesto. Esa es la disculpa que yo he dado siempre a la mala vida que llevaba usted. Y esta es la cajita en donde guardo todas sus amadas cartas. (Se arrodilla ante la mesa, abre la caja y enseña unas cartas atadas con una cinta azul.)      ALGERNON. -¡Mis cartas! ¡Pero mi encantadora Cecilia, si yo no la he escrito a usted jamás ninguna carta!      CECILIA. -No necesita usted recordármelo, Ernesto. Demasiado bien sé que he tenido que escribirlas por usted. Escribía siempre tres veces por semana y algunas veces más.      ALGERNON. -¡Oh! ¿Me deja usted que las lea?      CECILIA. -¡Imposible! Se pondría usted demasiado engreído. (Vuelve a colocarlas en la caja.) Las tres que me escribió usted después que reñimos son tan hermosas y con tan mala ortografía, que aun ahora mismo no puedo leerlas sin llorar un poco.      ALGERNON. -¿Pero es que hemos reñido alguna vez?

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El Príncipe Feliz y otras Historias

     CECILIA. -Claro. El día 22 del pasado marzo. Puede usted verlo aquí anotado, si quiere. (Enseñándole el diario.) «Hoy he roto con Ernesto. Comprendo que es preferible esto. El tiempo, hasta ahora, continúa encantador.»      ALGERNON. -Pero, ¿por qué demonios rompió usted conmigo? ¿Qué había yo hecho? Absolutamente nada. Cecilia, me duele muchísimo oírla a usted decir que hemos reñido. Sobre todo, estando el tiempo tan encantador.      CECILIA. -Hubiera sido un noviazgo muy poco serio si no hubiéramos reñido una vez por lo menos. Pero le perdoné a usted antes de acabar la semana.      ALGERNON. (Yendo hacia ella y arrodillándose a sus pies.)-¡Qué ángel de perfección es usted, Cecilia!      CECILIA. -¡Ah, qué muchacho más romántico! (Él la besa y ella le acaricia los cabellos.) Supongo que el ondulado de su pelo es natural, ¿verdad?      ALGERNON. -Sí, alma mía; con una pequeña ayuda ajena.      CECILIA. -Me alegro muchísimo.      ALGERNON. -¿No volverá usted nunca a reñir conmigo, Cecilia?      CECILIA. -No creo que podría reñir con usted ahora que le he conocido auténticamente. Además, hay la cuestión del nombre, como es natural.      ALGERNON. (Nerviosamente.)- Sí, sí, naturalmente.      CECILIA. -No se ría usted de mí, amor mío, pero siempre fue uno de mis sueños de niña amar a un hombre que se llamase Ernesto. (ALGERNON se levanta y Cecilia también.) Hay algo en ese nombre que parece inspirar absoluta confianza. Compadezco a las pobres mujeres casadas cuyos maridos no se llamen Ernesto.      ALGERNON. -Pero, niñita adorada, ¿no querrá usted decir que no podría amarme si me llamase de otra manera?      CECILIA. -¿Pero qué nombre?      ALGERNON. -¡Oh! El que usted quiera... Algernon... por ejemplo...      CECILIA. -Pues no me gusta el nombre de Algernon.      ALGERNON. -No veo realmente, adorada mía, encanto, chiquilla de mi alma, qué tiene usted que objetar al nombre de Algernon. Es un nombre nada feo. En realidad, es por el contrario un nombre aristocrático. La mitad de los muchachos que comparecen ante el Tribunal de Quiebras se llamen Algernon. Pero en serio, Cecilia... (Acercándose a ella.) Si me llamase Algy, ¿no podría usted amarme?      CECILIA. (Levantándose.)-Podría respetarle a usted, Ernesto; podría admirar su carácter, pero me temo que no sería capaz de concederle mi atención íntegra.      ALGERNON. -¡Ejem! ¡Cecilia! (Cogiendo su sombrero.) ¿Supongo que el párroco de aquí estará muy ducho en la práctica y en todos los ritos y ceremonias de la Iglesia?      CECILIA. -¡Oh, sí! El doctor Casulla es un hombre doctísimo. No ha escrito jamás un solo libro, así es que puede usted figurarse lo mucho que sabe.

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La importancia de llamarse Ernesto

     ALGERNON. -Necesito verle en seguida para un bautizo importantísimo..., digo para un asunto importantísimo.      CECILIA. -¡Oh!      ALGERNON. -Estaré ausente media hora nada más.      CECILIA. -Teniendo en cuenta que somos novios desde el jueves 14 de febrero, y que le he conocido a usted por primera vez, creo que sería más bien molesto que me dejase usted sola por un tiempo tan largo como media hora. ¿No podría usted dejarlo en veinte minutos?      ALGERNON. -Vuelvo dentro de nada. (La besa y sale corriendo por el jardín.)      CECILIA. -¡Qué muchacho más impetuoso es! ¡Me gusta tanto su pelo! Tengo que apuntar su declaración en mi diario. (Entra MERRIMAN.)      MERRIMAN. -Miss Fairfax acaba de llegar y quiere ver a míster Worthing. Es para un asunto importantísimo, según dice.      CECILIA. -¿No está míster Worthing en su biblioteca?      MERRIMAN. -Míster Worthing salió en dirección a la parroquia, hace ya un rato.      CECILIA. -Dígale usted a esa señora que tenga la bondad de venir aquí. Míster Worthing volverá seguramente en seguida. Y puede usted traer el té.      MERRIMAN. -Bien, señorita. (Sale.)      CECILIA. -¡Miss Fairfax! Supongo que será una de esas infinitas buenas señoras de edad madura que colaboran con el tío Jack en alguna de sus obras filantrópicas de Londres. No me gustan mucho las mujeres que toman parte en obras filantrópicas. Las encuentro muy atrevidas. (Entra MERRIMAN.)      MERRIMAN. -Miss Fairfax. (Entra GUNDELINDA. Sale MERRIMAN.)      CECILIA. (Yendo a su encuentro.)-Permítame que me presente a usted yo misma. Me llamo Cecilia Cardew.       GUNDELINDA. -¿Cecilia Cardew? (Dirigiéndose hacia ella y estrechándola la mano.) ¡Qué nombre más encantador! Algo me dice que vamos a ser grandes amigas. Siento por usted un afecto indecible. Mi primera impresión ante la gente no me engaña nunca.      CECILIA. -¡Qué amable es semejante afecto por su parte, dado el poco tiempo, relativamente, que nos conocemos! Siéntese usted, se lo ruego.      GUNDELINDA. (Sigue de pie.)-¿Puedo llamarla a usted Cecilia, verdad?      CECILIA. -¡Con mucho gusto!      GUNDELINDA. -¿Y usted me llamará siempre Gundelinda, verdad?      CECILIA. -Si usted quiere.      GUNDELINDA. -Entonces está convenido, ¿no es eso?      CECILIA. -Tal creo. (Una pausa. Siéntanse las dos juntas.)

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El Príncipe Feliz y otras Historias

     GUNDELINDA. -Quizá sea ésta la ocasión de decirle quién soy. Mi padre es lord Bracknell. ¿Supongo que no habrá usted oído nunca hablar de papá?      CECILIA. -No creo.      GUNDELINDA. -Fuera del círculo de su familia, papá, me complace decirlo, es completamente desconocido. Yo encuentro que así debe ser. El hogar me parece la esfera natural del hombre. Y realmente, en cuanto el hombre empieza a descuidar sus deberes domésticos se vuelve dolorosamente afeminado, ¿no es cierto? Y eso a mí no me gusta. ¡Hace a los hombres tan atractivos! Cecilia, mamá, que tiene unas ideas muy rígidas sobre la educación, me ha enseñado a ser de una miopía extraordinaria, ¡es una de las partes de su sistema! ¿No la molestará a usted, por lo tanto, que la mire con mis impertinentes?      CECILIA. -¡Oh! Nada absolutamente, Gundelinda. Me gusta muchísimo que me miren.       GUNDELINDA. (Después de examinar minuciosamente a CECILIA con sus impertinentes.)-¿Supongo que estará usted aquí de visita?      CECILIA. -¡Oh, no! Vivo aquí.      GUNDELINDA. (Con severidad.)-¿De verdad? ¿Sin duda su madre o alguna parienta de edad avanzada reside también aquí?      CECILIA. -¡Oh, no! No tengo madre, ni, en realidad, ningún pariente.      GUNDELINDA. -¿Es posible?      CECILIA. -Mi querido tutor, con ayuda de miss Prism, asume la ardua tarea de velar por mí.      GUNDELINDA. -¿Su tutor?      CECILIA. -Sí, soy la pupila de míster Worthing.      GUNDELINDA. -¡Oh! Es raro que no me haya dicho nunca que tenía una pupila. ¡Qué reservado es! Cada hora que pasa resulta más interesante. Sin embargo, no creo que la noticia me inspire un sentimiento de alegría sin mezcla. (Levantándose y yendo hacia ella.) La estimo a usted mucho, Cecilia; ¡la estimé desde el primer momento en que la vi! Pero me veo en la obligación de decirla que ahora que sé que es usted la pupila de míster Worthing, no puedo dejar de expresar el deseo de que fuese usted... vamos, un poco más vieja de lo que parece... y no tan seductora de aspecto. En resumen, y si puedo hablar con entera franqueza...      CECILIA. -¡Hable usted, se lo ruego! Yo creo que cuando tiene uno algo desagradable que decir, hay que ser siempre franco.      GUNDELINDA. -Bueno, pues hablando con entera franqueza, Cecilia, hubiera yo querido que tuviese usted cuarenta y dos años cumplidos y que fuera más fea de lo que se suele ser a esa edad. Ernesto tiene un carácter enérgico y recto. Es la esencia misma de la verdad y del honor. La deslealtad le sería tan imposible como el engaño.

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La importancia de llamarse Ernesto

Pero hasta los hombres que tienen el espíritu más noble que pueda existir, son sumamente sensibles a la influencia de los encantos físicos de los demás. La Historia moderna, lo mismo que la antigua, nos proporciona un gran número de lamentables ejemplos del caso a que me refiero. Si no fuera así, realmente, la Historia sería completamente ilegible.      CECILIA. -Usted perdone, Gundelinda. ¿Ha dicho usted Ernesto?      GUNDELINDA. -Sí.      CECILIA. -Pero mi tutor no es míster Ernesto Worthing. Es su hermano..., su hermano mayor.      GUNDELINDA. (Sentándose de nuevo.)-Ernesto no me ha dicho nunca que tuviese un hermano.      CECILIA. -Siento decir que durante mucho tiempo no han estado en buenas relaciones.      GUNDELINDA. -¡Ah! Eso lo explica todo. Y ahora que pienso, no he oído nunca a nadie hablar de su hermano. El tema parecía desagradable por lo visto a la mayoría de la gente. Cecilia, me ha quitado usted un gran peso de encima. Empezaba a sentirme casi inquieta. Hubiera sido terrible que una nube cualquiera empañase una amistad como la nuestra, ¿no le parece? Dígame: ¿está usted segura, completamente segura, de que míster Ernesto Worthing no es su tutor?      CECILIA. -Completamente segura. (Una pausa.) En realidad voy yo a ser su tutora.      GUNDELINDA. (Con tono interrogador.)-¿Me hace usted el favor de repetirlo?      CECILIA. (Con cierta timidez y confidencialmente.)-Mi querida Gundelinda, no hay razón alguna para que le guarde a usted un secreto. Nuestro periodiquito local recogerá seguramente la noticia la semana próxima. Míster Ernesto Worthing y yo somos novios y nos casaremos.      GUNDELINDA. (Levantándose, muy cortésmente.)-Mi querida Cecilia, creo que debe haber en eso algún pequeño error. Míster Ernesto Worthing es mi prometido. La noticia aparecerá en el Morning Post del sábado, lo más tarde.      CECILIA. (Muy cortésmente, levantándose.)-Temo que esté usted ligeramente equivocada. Ernesto se me ha declarado hace diez minutos justos. (Enseña su diario.)      GUNDELINDA. (Examinando atentamente el diario con los impertinentes puestos)-Es realmente curiosísimo, pues me rogó que fuese su esposa ayer tarde, a las cinco y media. Si quiere usted comprobar el hecho, hágalo, se lo ruego. (Sacando su propio diario.) No viajo jamás sin mi diario. Debe una llevar siempre algo sensacional para leer en el tren. Sentiría mucho, querida Cecilia, que esto pudiese causarla alguna decepción, pero creo que mi derecho es preeminente.

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El Príncipe Feliz y otras Historias

     CECILIA. -Lamentaría de un modo indecible, mi querida Gundelinda, tener que causarla algún dolor moral o físico, pero me creo en la obligación de hacerla notar que desde que Ernesto se declaró a usted ha cambiado de opinión evidentemente.      GUNDELINDA. (Con aire meditabundo.)-Si ese pobre muchacho se ha dejado coger en la trampa de alguna promesa disparatada, consideraré un deber mío librarle de ella sin tardanza y con mano firme.      CECILIA. (Con aire pensativo y melancólico.)-Sea el que fuera el desdichado enredo en que pueda haberse metido mi novio, no se lo reprocharé nunca después de casados.      GUNDELINDA. -¿Me alude usted a mí, miss Cardew, al hablar de enredo? Es usted muy atrevida. En una ocasión como ésta es más que un deber moral decir lo que se piensa. Se convierte en un placer.      CECILIA. -¿Quiere usted insinuar, miss Fairfax, que yo he cogido en una trampa a Ernesto para que se declarase? ¿Cómo se atreve usted a eso? No es éste el momento de andarse con fingidos miramientos. Cuando veo un azadón, lo llamo azadón.      GUNDELINDA. (Con ironía.)-Me encanta poder decir que yo no he visto nunca un azadón. Claro es que nuestras esferas sociales son muy diferentes. (Entra MERRIMAN, seguido de un lacayo. Trae una bandeja, un mantel y una mesita con el servicio. CECILIA está a punto de replicar. La presencia de los criados ejerce una influencia moderadora, bajo la cual ambas muchachas se revuelven rabiosas.)      MERRIMAN. -¿Hay que servir el té como de costumbre, miss?      CECILIA. (En tono severo, pero tranquilo.)-Sí, como de costumbre. (MERRIMAN empieza a desocupar la mesa y a colocar el mantel. Pausa larga. CECILIA y GUNDELINDA se miran furiosas.)      GUNDELINDA. -¿Hay muchas excursiones interesantes por las cercanías, miss Cardew?      CECILIA. -¡Oh, sí! Muchísimas. Desde lo alto de una de las colinas cercanas se pueden ver cinco provincias.      GUNDELINDA. -¡Cinco provincias! No creo que eso me gustase nada; detesto las aglomeraciones.      CECILIA. (Con dulzura.)-Supongo que por eso vive usted en Londres. (GUNDELINDA se muerde los labios y se golpea nerviosamente el pie con su sombrilla.)      GUNDELINDA. (Mirando en torno suyo.)-¡Qué jardín tan bien cuidado, miss Cardew!      CECILIA. -Encantada de que le guste, miss Fairfax.      GUNDELINDA. -No tenía yo idea de que hubiese flores en el campo.      CECILIA. -¡Oh! Las flores son aquí tan vulgares como la gente en Londres, miss Fairfax.

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La importancia de llamarse Ernesto

     GUNDELINDA. -Por lo que a mí se refiere, no puedo comprender cómo se las arregla nadie para vivir en el campo, si es que hay alguien que haga semejante cosa. El campo me aburre siempre mortalmente.      CECILIA. -¡Ah! Eso es lo que los periódicos llaman depresión agrícola, ¿verdad? Creo que la aristocracia la padece mucho ahora, precisamente. Es casi una epidemia entre ella, según me han dicho. ¿Quiere usted una taza de té, miss Fairfax?      GUNDELINDA. (Con refinada cortesía.)-Gracias. (Aparte.) ¡Odiosa muchacha! ¡Pero tengo hambre!      CECILIA. (Con dulzura.)- ¿Azúcar?      GUNDELINDA. (Con altivez.)-No, gracias. El azúcar no está ya de moda. (Cecilia la mira con indignación, coge las pinzas y echa cuatro terrones de azúcar en la taza.)      CECILIA. (Secamente.)-¿Tarta o pan con manteca?      GUNDELINDA. (Con aire displicente.)-Pan con manteca, si hace el favor. La tarta no se ve hoy día casi en las casas buenas.      CECILIA. (Cortando una gran rebanada de tarta y poniéndola en el plato.)-Pase usted esto a miss Fairfax. (MERRIMAN obedece y sale con el lacayo. GUNDELINDA bebe el té y hace una mueca. Deja enseguida la taza, alarga la mano hacia el pan con manteca, lo mira y se encuentra con que es tarta. Se levanta indignada.)      GUNDELINDA. -Me ha llenado usted el té de terrones de azúcar, y aunque he pedido con toda claridad pan con manteca, me ha dado usted tarta. Todo el mundo conoce la dulzura de mi carácter y la extraordinaria bondad de mi genio, pero le advierto, miss Cardew, que va usted demasiado lejos.      CECILIA. (Levantándose.)-Por salvar a mi pobre, inocente y fiel prometido de las maquinaciones de cualquier otra muchacha, iría yo todo lo lejos que fuese necesario.      GUNDELINDA. -Desde el momento en que la vi, desconfié de usted y sentí que era usted falsa y solapada. No me equivoco nunca en estas cosas. Mi primera impresión ante la gente es invariablemente cierta.      CECILIA. -Paréceme, miss Fairfax, que estoy abusando de su precioso tiempo. Tendría usted, sin duda, otras muchas visitas del mismo género que hacer en la vecindad.

(Entra JACK.)      GUNDELINDA. (Al verle.)-¡Ernesto! ¡Mi Ernesto!      JACK. -¡Gundelinda! ¡Encanto mío! (Va a besarla.)      GUNDELINDA. (Retrocediendo.)-¡Un momento! ¿Puedo preguntarle si es usted el prometido de esta señorita? (Señalando a Cecilia.)      JACK. (Riendo.)-¡De mi querida Cecilita! ¡Claro que no lo soy! ¿Quién puede haberla metido a usted semejante idea en su linda cabecita?

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El Príncipe Feliz y otras Historias

     GUNDELINDA. -Gracias. ¡Ahora ya puede usted!... (Ofreciéndole su mejilla.)      CECILIA. (Con mucha dulzura.)-Ya sabía yo que debía haber alguna mala inteligencia. El caballero cuyo brazo rodea en este momento su talle es mi querido tutor, míster John Worthing.      GUNDELINDA. -¿Me hace usted el favor de repetirlo?      CECILIA. -Que es el tío Jack.      GUNDELINDA. (Retrocediendo.)-¡Jack! ¡Oh!

(Entra ALGERNON.)      CECILIA. -Aquí está Ernesto.      ALGERNON. (Yendo directamente hacia CECILIA, sin reparar en los demás.)- ¡Amor mío! (Queriendo besarla.)      CECILIA. (Retrocediendo.)-¡Un momento, Ernesto! ¿Puedo preguntarle si es usted el prometido de esta señorita?      ALGERNON. (Mirando a su alrededor.)-¿Qué señorita? ¡Dios mío! ¡Gundelinda!      CECILIA. -¡Sí! ¡Gundelinda! ¡Dios mío! De Gundelinda hablo.      ALGERNON. (Riendo.)-¡Claro que no lo soy! ¿Quién puede haberla metido a usted semejante idea en su linda cabecita?      CECILIA. -Gracias. (Ofreciéndole su mejilla para que la bese.) Ya puede usted. (ALGERNON la besa.) GUNDELINDA. -Ya sabía yo que debía haber algún error, miss Cardew. El caballero que la acaba de besar a usted es mi primo, míster Algernon Moncrieff.      CECILIA. (Separándose de ALGERNON.)-¡Algernon Moncrieff! ¡Oh! (Las dos muchachas se dirigen la una hacia la otra y se cogen mutuamente del talle, como para protegerse.)      CECILIA. -¿Se llama usted Algernon?      ALGERNON. -No puedo negarlo.      CECILIA. -¡Oh!      GUNDELINDA. -¿Se llama usted realmente John?      JACK. (Irguiéndose; con cierto orgullo.)-Podría negarlo si se me antojase. Podría negarlo todo si quisiera. Pero me llamo realmente John. Y John he sido durante muchos años.      CECILIA. (A GUNDELINDA.)-¡Las dos hemos sido engañadas groseramente!      GUNDELINDA. -¡Mi pobre Cecilia, ofendida!      CECILIA. -¡Mi querida Gundelinda, ultrajada!      GUNDELINDA. (Pausadamente y con gravedad.)-Me llamará usted hermana, ¿verdad? (Se abrazan. JACK y ALGERNON murmuran por lo bajo, paseándose de arriba abajo.)      CECILIA. (Con cierta viveza)-Hay precisamente una pregunta que desearía me permitiesen hacer a mi tutor.

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La importancia de llamarse Ernesto

     GUNDELINDA. -¡Admirable idea! Míster Worthing, hay precisamente una pregunta que desearía me permitiesen hacerle. ¿Dónde está su hermano Ernesto? Ambas estamos prometidas a su hermano Ernesto; así es que tiene cierta importancia para nosotras saber dónde está en la actualidad su hermano Ernesto.      JACK. (Lentamente y con vacilación)-Gundelinda... Cecilia... Es muy penoso para mí verme obligado a decir la verdad. Es la primera vez en mi vida que me veo en una situación tan penosa, y realmente carezco por completo de experiencia en la materia. Sin embargo, les diré a ustedes con toda franqueza que yo no tengo ningún hermano Ernesto. No tengo ningún hermano en absoluto. No he tenido en mi vida ningún hermano ni entra realmente en mis intenciones tenerlo en lo futuro.      CECILIA. (Sorprendida.)-¿Que no tiene usted ningún hermano en absoluto?      JACK. (Alegremente)-¡Ninguno!      GUNDELINDA. (Con severidad.)-¿No ha tenido usted nunca hermano de ninguna clase?      JACK. (Con jovialidad.)-Nunca, de ninguna clase.      GUNDELINDA. -Me parece, Cecilia, que ninguna de las dos estamos prometidas a nadie.      CECILIA. -No es una situación muy agradable para una muchacha encontrarse de repente así, ¿verdad?      GUNDELINDA. -Vamos a casa. No creo que tengan el atrevimiento de seguirnos allí.      CECILIA. -No; ¡Son tan cobardes los hombres! (Los miran despreciativamente y entran en la casa.)      JACK. -¿Y a este horroroso lío es a lo que tú llamas Bunburysmo, no es eso?      ALGERNON. -Sí, y Bunburysmo del mejor. El Bunburysmo más admirable que he visto en mi vida.      JACK. -Bueno, pues no tienes el menor derecho a Bunburyzar aquí.      ALGERNON. -Eso es absurdo. Tiene uno derecho a Bunburyzar donde se le antoje. Todo Bunburysta serio lo sabe.      JACK. -¡Bunburysta serio! ¡Dios mío!      ALGERNON. ¡Sí! Hay que ser serio para unas cosas u otras, cuando desea uno divertirse algo en la vida. A mí se me ocurre ser serio en lo tocante al Bunburysmo. No tengo ni la más remota idea de lo que haces tú en serio. Me figuro que acaso todo. ¡Tienes un carácter tan absolutamente trivial!      JACK. -Bueno, la única pequeña satisfacción que tengo en todo este desdichado asunto, es que tu amigo Bunbury se ha ido a paseo. ¡Ya no podrás escaparte al campo tan a menudo como solías hacerlo, mi querido Algy! Lo cual está muy bien.

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El Príncipe Feliz y otras Historias

     ALGERNON. -Tu hermano está también un poco apagado, ¿verdad, querido Jack? No podrás fugarte a Londres con tanta frecuencia como acostumbrabas. Y eso no está mal tampoco.      JACK. -En cuanto a tu conducta con miss Cardew, debo decirte que portarse así con una muchacha encantadora, sencilla e inocente, me parece completamente indisculpable. Eso sin tener en cuenta para nada que es mi pupila.      ALGERNON. -No veo justificación posible para ti después de haber engañado a una muchacha tan excepcional, tan inteligente, de tanto mundo, como miss Fairfax. Y eso sin tener en cuenta para nada que es mi prima.      JACK. -Yo quería. casarme con Gundelinda, y eso es todo. La amo.      ALGERNON. -Pero yo deseaba únicamente casarme con Cecilia. La adoro.      JACK. -Tienes pocas probabilidades de casarte con miss Cardew.      ALGERNON. -No creo que sea muy verosímil tu enlace con miss Fairfax, Jack.      JACK. -Bueno, eso a ti no te importa.      ALGERNON. -Si me importara, no hablaría de ello. (Se pone a comer pastas.) Es muy ordinario hablar de los asuntos propios. No lo hacen más que los agentes de Bolsa, y para eso únicamente en sus banquetes oficiales.      JACK. -No me explico cómo puedes estar ahí sentado, comiendo tranquilamente pastas cuando nos encontramos en un apuro tan terrible como éste. Me pareces completamente inhumano.      ALGERNON. -Si es que no puedo comer pastas con el ánimo agitado. Me mancharía los puños de manteca con toda seguridad. Hay que estar siempre muy tranquilo para comer pastas. Es la única manera de comerlas.      JACK. -Te digo que es inhumano comer pastas de cualquier manera en las circunstancias actuales.      ALGERNON. -Cuando tengo algún apuro, lo único que me consuela es comer. En efecto, cuando tengo un verdadero apuro gordo, todos los que me conocen íntimamente podrán decirte que me niego a todo, menos a comer y a beber. En este momento estoy comiendo pastas porque soy desgraciado. Y además que me gustan especialmente estas pastas. (Se levanta.)      JACK. (Levantándose también.) -Bueno, pero esta no es razón para que te las comas todas de esa manera voraz. (Le quita las pastas a ALGERNON.)      ALGERNON. (Ofreciéndole la tarta para el té.)-Quisiera que te comieses la tarta en lugar de las pastas. La tarta no me gusta.      JACK. -¡Pero Dios mío! ¿Supongo que podrá uno comerse sus pastas en su jardín?      ALGERNON. -¿Pues no acabas de decir que era inhumano comer pastas?      JACK. -He dicho que era completamente inhumano en ti comerlas en las actuales circunstancias. Lo cual es muy distinto.

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La importancia de llamarse Ernesto

     ALGERNON. -Puede ser. Pero las pastas son siempre lo mismo. (Le arrebata a JACK el plato de las pastas.)      JACK. -Algy, ¿cuándo vas a tener la bondad de largarte?      ALGERNON. -No es posible que quieras que me vaya sin hacer alguna comida. Sería absurdo. Nunca me marcho sin comer. Nadie lo hace, excepto los vegetarianos y sus congéneres. Además acabo de ponerme de acuerdo con el doctor Casulla para que me bautice a las seis y cuarto con el nombre de Ernesto.      JACK. -Mi querido amigo, cuanto antes desistas de ese disparate, mejor. Me he puesto de acuerdo esta mañana con el doctor Casulla para que me bautice a las cinco y media, y como es natural, me impondrá el nombre de Ernesto. Gundelinda lo quería así. No podemos ser bautizados los dos con el nombre de Ernesto. Sería absurdo. Además tengo perfecto derecho a que me bauticen si se me antoja. No hay la menor prueba de que me haya bautizado nadie. Creo muy posible que no me hayan bautizado nunca, y lo mismo opina el doctor Casulla. Tu caso es completamente distinto. A ti ya te han bautizado.      ALGERNON. -Sí; pero hace años que no lo he sido.      JACK. -Sí; pero te han bautizado. Eso es lo importante.      ALGERNON. -Así es. Por eso sé que mi constitución puede resistirlo. Si tú no estás completamente seguro de haber sido bautizado alguna vez, debo decirte que me parece algo peligroso para ti arriesgarte a hacerlo ahora. Podría hacerte daño. No debes olvidar que una persona íntimamente relacionada contigo ha estado a punto de liárselas esta semana, a causa de un fuerte enfriamiento.      JACK. -Sí; pero tú mismo dijiste que un fuerte enfriamiento no era hereditario.      ALGERNON. -Generalmente, no, ya lo sé... Pero ahora me atrevo a asegurar que sí lo es. La ciencia está siempre haciendo maravillosos adelantos.      JACK. (Cogiendo el plato dé las pastas.)-¡Oh, eso es un disparate! Estás siempre diciendo disparates.      ALGERNON. -¡Jack, otra vez con las pastas! Ten la bondad de dejarlas en paz. No quedan más que dos. (Las coge.) Ya te he dicho que me gustaban especialmente las pastas.      JACK. -Y yo no puedo ver la tarta.      ALGERNON. -Entonces, ¿por qué diablos permites que sirvan tarta a tus invitados? ¡Vaya una idea que tienes de la hospitalidad!      JACK. -¡Algernon! Ya te he dicho que te vayas. No quiero que estés aquí. ¿Por qué no te vas?      ALGERNON. -¡No he acabado aún de tomar el té! ¡Y queda todavía una pasta! (JACK lanza un gemido y se desploma sobre un sillón. ALGERNON continúa comiendo.)

BAJA EL TELÓN

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Acto tercero Decoración      Saloncito íntimo en la residencia solariega de Woolton. GUNDELINDA y CECILIA están asomadas a la ventana, mirando hacia el jardín.      GUNDELINDA. -El hecho de no habernos seguido inmediatamente aquí, como hubiese hecho cualquiera, demuestra, a mi juicio, que todavía les queda algún sentimiento de vergüenza.      CECILIA. -Han estado comiendo pastas. Eso parece indicar arrepentimiento.      GUNDELINDA. (Después de una pausa.)-Lo que parece es que no se preocupan de nosotras. ¿No podría usted toser?      CECILIA. -¡Pero si no estoy acatarrada!      GUNDELINDA. -Nos miran. ¡Qué descaro!      CECILIA. -Se acercan. ¡Eso sí que es atrevimiento!      GUNDELINDA. -Guardemos un silencio digno.      CECILIA. -Muy bien. Es lo único que podemos hacer por ahora. (Entra JACK seguido de ALGERNON. Vienen silbando un aire terriblemente popular de opereta inglesa.)      GUNDELINDA. -Este silencio digno parece producir un resultado deplorable.      CECILIA. -De lo más deplorable.      GUNDELINDA. -Pero no seremos las primeras en hablar.      CECILIA. -Eso no.


El Príncipe Feliz y otras Historias

     GUNDELINDA. -Míster Worthing, tengo que preguntarle algo muy particular. De su contestación dependen muchas cosas.      CECILIA. -Gundelinda, es usted de una sensatez inapreciable. Míster Moncrieff, tenga usted la bondad de contestarme a la siguiente pregunta: ¿Por qué quiso usted hacerse pasar por el hermano de mi tutor?      ALGERNON. -Para poder tener ocasión de verla a usted.      CECILIA. (A Gundelinda.)-La explicación parece realmente satisfactoria, ¿verdad?      GUNDELINDA. -Sí, querida, si se aviene usted a creerle.      CECILIA. -No le creo. Pero eso no influye lo más mínimo en la admirable belleza de su respuesta.      GUNDELINDA. -Es cierto. En cuestiones de gran importancia lo esencial es el estilo y no la sinceridad. Míster Worthing, ¿cómo va usted a explicarme su falsa afirmación de que tenía un hermano? ¿Lo hizo usted para tener ocasión de ir a Londres a verme lo más a menudo posible?      JACK. -¿Puede usted dudarlo, miss Fairfax?      GUNDELINDA. -Tengo serios motivos para dudarlo. Pero pienso hacerlos desaparecer. No es este momento de escepticismos a la alemana. (Dirigiéndose hacia CECILIA.) Sus explicaciones parecen completamente satisfactorias, sobre todo la de míster Worthing. Posee, a mi juicio, el sello de la verdad.      CECILIA. -Yo estoy más que satisfecha con lo que ha dicho míster Moncrieff. Sólo su voz inspira una absoluta confianza.      GUNDELINDA. -Entonces, ¿cree usted que deberíamos perdonarles?      CECILIA. -Sí, eso creo.      GUNDELINDA. -¿Verdad que sí? Yo ya he perdonado. Están en juego principios, que no se pueden abandonar. ¿Cuál de nosotras deberá hablarles? No es una faena agradable.      CECILIA. -¿No podíamos hablar las dos al mismo tiempo?      GUNDELINDA. -¡Excelente idea! Yo casi siempre hablo al mismo tiempo que los demás. ¿Quiere usted que yo le marque el compás?      CECILIA. -Naturalmente. (GUNDELINDA lleva el compás levantando el dedo.)      GUNDELINDA y CECILIA. (Hablando a la vez.)-Sus nombres de pila siguen siendo una barrera infranqueable. ¡Esto es todo!      JACK y ALGERNON. (Hablando a la vez.)-¿Nuestros nombres de pila? ¿Y eso es todo? Pero si nos van a bautizar esta tarde.      GUNDELINDA. (A JACK.)-¿Y está usted dispuesto a hacer esa terrible cosa en mi obsequio?      JACK. -Lo estoy.

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La importancia de llamarse Ernesto

     CECILIA. (A ALGERNON.)-¿Y por complacerme está usted decidido a arrostrar esa tremenda prueba?      ALGERNON. -¡Lo estoy!      GUNDELINDA. -¡Qué absurdo es hablar de la igualdad de los sexos! Cuando se trata del sacrificio de sí mismo los hombres están infinitamente más adelantados que nosotras.      JACK. -Lo estamos. (Estrecha la mano a ALGERNON.)      CECILIA. -Tienen ellos momentos de valor físico que nosotras, las mujeres, desconocernos en absoluto.      GUNDELINDA. (A JACK.)-¡Amor mío!      ALGERNON. (A CECILIA.) ¡Amor mío! (Caen unas en brazos de otros. Aparte Merriman. Al entrar y ver la situación, tose muy fuerte.)      MERRIMAN. -¡Ejem! ¡Ejem! ¡Lady Bracknell!      JACK. -¡Cielo santo! (Entra lady Bracknell. Las parejas se separan asustadas. Sale Merriman.)      LADY BRACKNELL. -¡Gundelinda! ¿Qué significa esto?      GUNDELINDA. -Pues sencillamente, que míster Worthing y yo somos prometidos, mamá.      LADY BRACKNELL. -Ven aquí. Siéntate. Siéntate inmediatamente. La vacilación, de cualquier clase que sea es señal de decadencia mental en los jóvenes y de debilidad física en los viejos. (Volviéndose hacia Jack.) Caballero, habiendo sabido la fuga repentina de mi hija por su doncella de confianza, cuyas confidencias he comprado por medio de unos cuartos, la he seguido inmediatamente, tomando un tren de mercancías. Su desventurado padre está en la idea, afortunadamente, de que asiste a una conferencia de una duración extraordinaria, organizada por la junta de Ampliación Universitaria, acerca de la influencia de una renta fija sobre el pensamiento. Me propongo no sacarle de su error. Realmente, yo no le he sacado de sus errores en ninguna ocasión. Lo considero un error. Pero comprenderá usted perfectamente, como es natural, que toda comunicación entre usted y mi hija debe cesar terminantemente desde ahora mismo. Sobre este punto, como por supuesto sobre todos los puntos, soy inflexible.      JACK. -¡Me he comprometido a casarme con Gundelinda, lady Bracknell!      LADY BRACKNELL. -Eso no tiene la menor importancia, caballero. Y ahora, en cuanto a Algernon... ¡Algernon!      ALGERNON. -¿Qué, tía Augusta?      LADY BRACKNELL. -¿Puedo preguntarte si en esta casa vive tu achacoso amigo míster Bunbury?      ALGERNON. (Tartamudeando.)-¡Oh, no! Bunbury no vive aquí. Bunbury está no sé... dónde... en este momento. En fin, Bunbury ha muerto.

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El Príncipe Feliz y otras Historias

     LADY BRACKNELL. -¡Muerto! ¿Y cuándo ha muerto míster Bunbury?. Su muerte ha debido de ser muy repentina.      ALGERNON. (Alegremente.)-¡Oh! Le he matado esta tarde. Digo, el pobre Bunbury murió esta tarde.      LADY BRACKNELL. -¿Y de qué murió?      ALGERNON. -¿Quién, Bunbury? ¡Oh, explotó por completo!      LADY BRACKNELL. -¿Que explotó? ¿Ha sido víctima de un atentado revolucionario? No estaba yo enterada de que míster Bunbury se interesase por la legislación social. Si así era, bien castigado está por su morbosidad.      ALGERNON. -¡Querida tía Augusta, he querido decir que le descubrieron! Vamos, que los médicos descubrieron que Bunbury no podía vivir, esto es lo que quería yo decir..., y Bunbury, por lo tanto, se murió.      LADY BRACKNELL. -Parece ser que tuvo una gran confianza en la opinión de los médicos. Sin embargo, me alegro mucho de que se decidiese por último a adoptar una regla de conducta decisiva, según prescripción facultativa. Y ahora que estamos ya libres de ese míster Bunbury, ¿puedo preguntar a usted, míster Worthing, quién es esa personita cuya mano tiene cogida mi sobrino Algernon, de una manera que me parece completamente impropia?      JACK. -Esa señorita es miss Cecilia Cardew, mi pupila. (LADY BRACKNELL saluda fríamente a CECILIA.)      ALGERNON. -He dado palabra de casamiento a Cecilia, tía Augusta.      LADY BRACKNELL. -¿Quieres hacer el favor de repetírmelo?      CECILIA. -Míster Moncrieff y yo pensamos casarnos, lady Bracknell.      LADY BRACKNELL. (Se estremece, y yendo hacia el sofá se sienta.)-No sé si es que el aire de esa región del condado de Hertford, precisamente, tendrá algo especialmente excitante, pero el número de promesas matrimoniales en actividad me parece que supera considerablemente el término medio suministrado por la estadística para gobierno nuestro. Creo que algunas preguntas preliminares por mi parte no estarían de más. Míster Worthing, ¿tiene algo que ver miss Cardew con cualquiera de las grandes estaciones de ferrocarril londinenses? Lo pregunto a título de información solamente. Hasta ayer no tenía yo idea de que hubiese familias o personas que descendiesen de una estación de término.

(JACK parece furiosísimo, pero se contiene.)      JACK. (Con voz clara y fría.)-Miss Cardew es nieta del difunto míster Thomas Cardew, Belgravia Square, 149, Londres S. O.; propietario de la finca Gervase Park, en Dorking, condado de Surrey, y del Sporran, en el condado de Fife, al Norte.

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La importancia de llamarse Ernesto

     LADY BRACKNELL. -Eso parece bastante satisfactorio. Tres direcciones inspiran siempre confianza, hasta a los comerciantes. ¿Pero qué pruebas tengo yo de su autenticidad?      JACK. -He conservado cuidadosamente los Anuarios de señas de aquella época. Están a su disposición, por si quiere examinarlos, lady Bracknell.      LADY BRACKNELL. (Con aspereza.)-He notado errores peregrinos en esa publicación.      JACK. -Los abogados y procuradores, de la familia de miss Cardew son los señores Markby, Markby y Markby.      LADY BRACKNELL. -¿Markby, Markby y Markby? Una razón social muy bienquista en su profesión. Además, he oído decir que alguno de esos señores Markby figuraba de vez en cuando en los banquetes oficiales. Hasta ahora todo eso me satisface.      JACK. (Muy irritado.)-¡Cuánta bondad por su parte, lady Bracknell! Tengo también en mi poder, y le encantará a usted saberlo, la partida de nacimiento de miss Cardew, su fe de bautismo y sus certificados de tos ferina, empadronamiento, vacunación, confirmación y sarampión, documentos tanto alemanes como ingleses.      LADY BRACKNELL. -¡Ah! Una vida llena de incidentes, por lo que veo; aunque tal vez demasiado excitante para una muchacha tan joven. Yo no soy partidaria de la experiencia prematura. (Se levanta y mira la hora en su reloj.) ¡Gundelinda! Se acerca la hora de nuestra marcha. No podemos perder ni un momento. Y aunque sea por pura fórmula, míster Worthing, quisiera preguntarle si miss Cardew posee alguna fortunita.      JACK. -¡Oh! Unas ciento treinta mil libras esterlinas en papel del Estado. Eso es todo. Vaya usted con Dios, lady Bracknell. Encantado de haberla visto.      LADY BRACKNELL. (Sentándose de nuevo.)-Un momento, míster Worthing. ¡Ciento treinta mil libras! ¡Y en papel del Estado! Miss Cardew me parece una muchacha muy seductora, ahora que la veo bien. Pocas muchachas hoy día tienen cualidades verdaderamente sólidas, de esas cualidades que duran y se mejoran con el tiempo. Vivimos, siento tener que decirlo, en una época de cosas superficiales. (A CECILIA.) Acérquese usted, querida. (CECILIA se acerca.) ¡Preciosa muchachita! Su vestido es de una sencillez lastimosa y su pelo parece tal como le hizo la naturaleza. Pero podemos transformarle en seguida. Una doncella francesa, experta, conseguirá resultados maravillosos en poquísimo tiempo. Me acuerdo que recomendé una a la joven lady Lancing y tres meses después, no la conocía ni su propio marido.      JACK. -Y pasados seis meses no la conocía nadie.      LADY BRACKNELL. (Mira iracunda a JACK durante unos instantes. Luego dirige una sonrisa estudiada a CECILIA.)-Tenga usted la bondad de volverse, encantadora amiguita. (CECILIA da una vuelta completa.) No, lo que quiero examinar es el perfil. (CECILIA se pone de perfil.) Sí, lo que yo esperaba, en absoluto. Hay varias posibilidades mun-

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danas en su perfil. Los dos puntos flacos de nuestra época son su falta de principios y su falta de perfil. Levante usted un poco la barbilla, querida. El estilo depende en gran parte de la manera de llevar la barbilla. ¡Se lleva en este momento muy alta, Algernon!      ALGERNON. -¡Sí, tía Augusta!      LADY BRACKNELL. -Hay varias posibilidades mundanas en el perfil de miss Cardew.      ALGERNON. -Cecilia es la muchacha más dulce, más amable y más bonita que hay en el mundo entero. Y no doy dos céntimos por esas posibilidades mundanas.      LADY BRACKNELL. -No hables irrespetuosamente de la sociedad, Algernon. Eso lo hace tan sólo la gente que no puede pertenecer a ella. (A CECILIA.) Sabrá usted, como es natural, amiguita, que Algernon no cuenta más que con sus deudas. Pero yo no apruebo los matrimonios interesados. Cuando me casé con lord Bracknell no tenía yo la menor fortuna. Pero ni en sueños admití por un momento que eso pudiera ser un obstáculo en mi camino. Bueno, supongo que tendré que dar mi consentimiento.      ALGERNON. -Gracias, tía Augusta.      LADY BRACKNELL. -¡Cecilia, puede usted besarme!      CECILIA. (Besándola.)-Gracias, lady Bracknell.      LADY BRACKNELL. -Puede usted también llamarme tía Augusta en lo sucesivo.      CECILIA. -Gracias, tía Augusta.      LADY BRACKNELL. -Yo creo que lo mejor sería que la boda se celebrase lo antes posible.      ALGERNON. -Gracias, tía Augusta.      CECILIA. -Gracias, tía Augusta.      LADY BRACKNELL. -Hablando con franqueza, yo no soy partidaria de las relaciones largas. Dan ocasión a que los novios descubran sus mutuos caracteres antes de casarse, lo cual nunca es aconsejable.      JACK. -Perdone usted que la interrumpa, lady Bracknell, pero no hay que pensar en esa boda. Soy tutor de miss Cardew y ella no puede casarse sin mi consentimiento hasta que sea mayor de edad. Y ese consentimiento me niego en absoluto a darlo.      LADY BRACKNELL. -¿Y puedo preguntarle por qué motivos? Algernon es un partido extraordinariamente, y hasta me atreveré a decir, que ostentosamente aceptable. No tiene nada, pero luce mucho. ¿Qué más puede desearse?      JACK. -Siento muchísimo tener que hablarle a usted con franqueza, lady Bracknell, acerca de su sobrino, pero el hecho es que a mí no me gusta nada su carácter. Sospecho que es un mentiroso. (ALGERNON y CECILIA le miran con indignado asombro.)      LADY BRACKNELL. -¡Mentiroso! ¿Mi sobrino Algernon? ¡Imposible! Es un alumno de Oxford.

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La importancia de llamarse Ernesto

     JACK. -Temo que no sea posible abrigar la menor duda sobre este punto. Esta tarde, durante mi ausencia temporal de aquí, y hallándome en Londres por un importante asunto de novela, consiguió entrar en mi casa pretextando ser mi hermano. Y al amparo de un nombre falso se ha bebido, según acaba de comunicarme mi mayordomo, una botella entera de un cuartillo de mi Perrier-Jouet Brut, del 89; un vino que me reservaba especialmente. Continuando su vergonzosa impostura, ha conseguido durante la tarde enajenarme el afecto de mi única pupila. Posteriormente se ha quedado a tomar el té, engullendo hasta la última pasta. Y lo que hace su conducta más inconcebible aún es que sabía perfectamente desde el principio que yo no tengo ningún hermano, que no le he tenido nunca y que no pienso tenerlo de ninguna clase. Así se lo dije terminantemente ayer mismo por la tarde.      LADY BRACKNELL. -¡Ejem! Míster Worthing, después de madura reflexión he decidido no hacer caso en absoluto de la conducta de mi sobrino con usted.      JACK. -Eso demuestra una gran generosidad en usted, lady Bracknell. Mi decisión es, sin embargo, irrevocable. Me niego a dar el consentimiento.      LADY BRACKNELL. (A CECILIA)-Acérquese usted, amiguita. (CECILIA se aproxima.) ¿Qué edad tiene usted, querida?      CECILIA. -Pues realmente, no tengo más que dieciocho años, pero confieso siempre veinte cuando voy a alguna velada.      LADY BRACKNELL. -Hace usted perfectamente en efectuar esa leve alteración. Realmente una mujer no debe decir nunca exactamente su edad. Eso da un aspecto de calculadora... (Como reflexionando.) Dieciocho años, pero confesando veinte en las veladas. Bueno, no falta mucho para que llegue usted a la mayoría de edad y se vea libre de las restricciones de la tutela. Así es que no creo que el consentimiento de su tutor sea, después de todo, una cuestión de gran importancia.      JACK. -Perdone usted, lady Bracknell, que le interrumpa de nuevo, pero justo es decirla que, según las cláusulas del testamento de su abuelo, miss Cardew no llegará a ser mayor de edad legalmente hasta los treinta y cinco años.      LADY BRACKNELL. -Eso no me parece una grave objeción. Treinta y cinco años, es una edad muy atractiva. La sociedad londinense está llena de damas de elevadísima alcurnia, que por su propia elección se han quedado en los treinta y cinco. Lady Dumbleton es un caso de ello, por ejemplo. Que yo sepa, ha tenido treinta y cinco años desde que cumplió los cuarenta, hace ya muchos años. No veo razón alguna para que nuestra querida Cecilia no esté más atractiva aún a la edad susodicha, que lo está actualmente. Y mientras tanto sus bienes habrán aumentado considerablemente.      CECILIA. -Algy, ¿podría usted esperarme hasta que cumpla yo los treinta y cinco años?      ALGERNON. -Claro que puedo, Cecilia. Ya sabe usted que sí.

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     CECILIA. -Sí, lo sabía instintivamente; pero yo no podría esperar todo ese tiempo. Detesto tener que esperar a cualquiera aunque sólo sean cinco minutos. Me pone eso siempre de muy mal humor. Yo no soy puntual, ya lo sé, pero me gusta la puntualidad en los demás y, por lo tanto, no hay ni que pensar en que yo espere, aunque sea para casarme.      ALGERNON. -¿Entonces, qué vamos a hacer, Cecilia?      CECILIA. -No lo sé, míster Moncrieff.      LADY BRACKNELL. -Mi querido míster Worthing, como miss Cardew declara categóricamente que no podría esperar hasta los treinta y cinco -advertencia que, lo confieso, me parece mostrar un carácter algo impaciente-, yo le rogaría a usted que meditase nuevamente su determinación.      JACK. -Pero, mi querida lady Bracknell, ¡si el asunto está por completo entre sus manos! En el momento en que usted consienta en mi boda con Gundelinda, yo aprobaré gustoso el enlace de su sobrino con mi pupila.      LADY BRACKNELL. (Levantándose e irguiéndose con altivez.)-Debía usted ya saber perfectamente que no hay ni que pensar en su proposición.      JACK. -Entonces, un celibato apasionado es lo que podemos esperar todos nosotros en lo venidero.      LADY BRACKNELL. -No es ese el destino que le reservo a Gundelinda. Algernon, como es natural, puede escoger por sí mismo. (Saca su reloj.) Vamos, querida. (GUNDELINDA se levanta.) Hemos perdido cinco trenes o seis. Si perdemos alguno más, nos exponemos a toda clase de comentarios en el andén. (Entra el doctor CASULLA.)      CASULLA. -Todo está preparado para los bautizos.      LADY BRACKNELL. -¿Para los bautizos, caballero? ¿No será eso algo prematuro?      CASULLA. (Con aire ligeramente perplejo y señalando a JACK y a Algernon.)-Estos dos señores han expresado el deseo de ser bautizados inmediatamente.      LADY BRACKNELL. -¿A su edad? ¡La idea es grotesca e impía! Algernon, te prohíbo que te bautices. No quiero oír hablar de semejantes excesos. Lord Bracknell se disgustaría mucho si se enterase de que malgastabas de esa manera tu tiempo y tu dinero.      CASULLA. -¿Quiere eso decir que no habrá entonces ningún bautizo en toda la tarde?      JACK. -No creo que tenga mucha importancia práctica para nosotros, tal como están las cosas en este momento, doctor Casulla.      CASULLA. -Me apena oírle a usted semejantes conceptos, míster Worthing. Huelen a las doctrinas heréticas de los anabaptistas, doctrinas que he refutado por com-

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pleto en cuatro de mis sermones inéditos. No obstante, como la disposición de ánimo de ustedes en este momento me parece particularmente profana, volveré a la iglesia en seguida. Además, acaba de decirme el encargado del cepillo eclesiástico que hace hora y media que me está esperando miss Prism en la sacristía.      LADY BRACKNELL. -¡Miss Prism! ¿Le he oído a usted, realmente, referirse a una miss Prism?      CASULLA. -Sí, lady -Bracknell. A reunirme con ella voy.      LADY BRACKNELL. -Permítame usted que le ruegue que se detenga un momento. Es un asunto que puede tener una importancia vital para lord Bracknell y para mí. Esa miss Prism, ¿no es una mujer de aspecto repulsivo, confusamente relacionada con la enseñanza?      CASULLA. (Con cierta indignación)-Es una dama de las más cultas y la imagen misma de la respetabilidad.      LADY BRACKNELL. -Evidentemente, es la misma persona. ¿Puedo preguntarle qué situación ocupa en casa de usted?      CASULLA. (Con severidad.)-Soy soltero, señora.      JACK. (Interviniendo.)-Miss Prism, lady Bracknell, es, desde hace tres años, la reputada institutriz y la compañera inestimable de miss Cardew.      LADY BRACKNELL. -A pesar de eso que acabo de oír sobre ella, necesito verla inmediatamente. Mande usted a buscarla.      CASULLA. (Mirando hacia afuera)-Aquí se acerca; ya llega.

(Entra MISS PRISM apresuradamente.)      MISS PRISM. -Me dijeron que me esperaba usted en la sacristía, mi querido canónigo. Le he aguardado allí por espacio de una hora y tres cuartos. (Ve de pronto a LADY BRACKNELL, que fija en ella una mirada penetrante y petrificadora. Miss Prism se queda pálida y desfallece. Mira con ansiedad a su alrededor, como queriendo huir.)      LADY BRACKNELL. (Con la voz severa de un juez.)-¡Prism! (MISS PRISM baja la cabeza, avergonzada.) ¡Venga usted aquí, Prism! (MISS PRISM se acerca con aire humilde.) ¡Prism! ¿Dónde está el niño? (Consternación general. El canónigo retrocede horrorizado. ALGERNON y JACK fingen querer evitar con inquietud que CECILIA y GUNDELINDA oigan los detalles de un terrible escándalo público.) Hace ya veintiocho años, Prism, que salió usted de casa de lord Bracknell, calle de Uper Grosvenor, número 104, al cuidado de un cochecillo que contenía una criatura recién nacida, del sexo masculino. No volvió usted nunca. Algunas semanas después, gracias a las minuciosas pesquisas de la Policía londinense, fue descubierto el cochecillo a medianoche, abandonado y sin defensa, en un rincón alejado de Bayswater. Contenía el manuscrito de una novela en tres tomos, de un sentimentalismo más irritante que el de costumbre. (MISS PRISM se estremece con

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una indignación involuntaria.) ¡Pero el niño no estaba en él! (Todos miran a MISS PRISM.) ¡Prism! ¿Dónde está el niño? (Una pausa.)      MISS PRISM. -Lady Bracknell, confieso avergonzada que no lo sé. ¡Qué más quisiera yo que saberlo! He aquí los hechos verdaderos, tal como sucedieron. La mañana del día que usted ha mencionado, día que está grabado con letras de fuego en mi memoria, me dispuse, como de costumbre, a sacar al niño de paseo en un cochecillo. Llevaba también conmigo un saco de viaje un poco viejo, pero de gran capacidad, en el que me proponía colocar el manuscrito de una novela que había yo escrito durante mis escasas horas libres. En un momento de distracción mental, que no podré perdonarme nunca, coloqué el manuscrito en el cochecillo y metí al niño en el saco de viaje.      JACK. (Que ha estado escuchando con atención.)-¿Pero adónde llevó usted el saco de viaje?      MISS PRISM. -No me lo pregunte usted, míster Worthing.      JACK. -Miss Prism, es este un asunto de grandísima importancia para mí. Insisto en saber adónde llevó usted el saco de viaje que contenía al rorro.      MISS PRISM. -Lo dejé en el guardarropa de una de las mayores estaciones de Londres.      JACK. -¿Qué estación?       MISS PRISM. (Completamente abrumada.)-En la estación Victoria. Línea de Brighton. (Se deja caer en una silla.)      JACK. -Tengo que retirarme un momento a mi cuarto. Gundelinda, espéreme usted aquí.      GUNDELINDA. -Si no tarda usted demasiado le esperaré aquí toda mi vida. (Sale JACK, muy excitado.)      CASULLA. -¿Qué cree usted que quiere decir todo esto, lady Bracknell?      LADY BRACKNELL. -No me atrevo a sospecharlo, doctor Casulla. No necesito decir a usted que en las familias de elevada posición no se admite el que puedan darse coincidencias extrañas. Se consideran muy cursis. (Óyense ruidos en el piso de encima, como si alguien fuese tirando baúles. Todos miran hacia arriba.)      CECILIA. -El tío Jack parece extraordinariamente agitado.      CASULLA. -Su tutor tiene un carácter muy impresionable.      LADY BRACKNELL. -Ese ruido es desagradabilísimo. Por el estrépito, parece como si hubiese encontrado un argumento. Odio los argumentos de cualquier clase que sean. Son siempre vulgares, y muchas veces convincentes.      CASULLA. (Mirando hacia arriba.)-Ahora ha cesado. (Los ruidos aumentan.)      LADY BRACKNELL. -Desearía que llegase a alguna conclusión.      GUNDELINDA. -Esta incertidumbre es terrible. Espero que durará.

(Entra JACK con un saco de viaje, de cuero negro, en la mano.)

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La importancia de llamarse Ernesto

     JACK. (Abalanzándose hacia MISS PRISM.)-¿Es este el saco de mano, miss Prism? Examínelo usted minuciosamente antes de hablar. La felicidad de más de una vida depende de su respuesta.      MISS PRISM. (Sosegadamente)-Me parece que es el mío. Sí, aquí está la rozadura que sufrió cuando volcó el ómnibus en la calle de Gower, en días juveniles y dichosos. Aquí, en el forro, está la mancha causada por la explosión de un termo para bebidas, incidente ocurrido en Leamington. Y aquí, en la cerradura, están mis iniciales. No me acordaba ya que las había hecho grabar aquí, por capricho. Este saco es, indudablemente, el mío. Me alegro muchísimo de encontrarlo tan inesperadamente. Su falta me ha ocasionado grandes molestias durante todos estos años.      JACK. (Con voz patética.)-Miss Prism, ha encontrado usted algo más que este saco de viaje. Yo era el niño que colocó usted dentro.      MISS PRISM. (Atónita.)-¿Usted?      JACK. (Abrazándola.)-¡Sí..., madre!      MISS PRISM. (Retrocediendo, con indignado asombro.)-¡Míster Worthing! ¡Yo soy soltera!      JACK. -¡Soltera! No niego que es un golpe muy serio. Pero, después de todo, ¿quién tiene derecho a tirar la piedra al que ha sufrido? ¿No puede borrar el arrepentimiento un acto de locura? ¿Por qué ha de haber una ley para los hombres y otra para las mujeres? Madre, yo la perdono a usted. (Intenta abrazarla otra vez.)      MISS PRISM. (Más indignada aún)-Míster Worthing, aquí hay algún error. (Señalando a LADY BRACKNELL.) Ahí está la señora, que puede decirle quién es usted realmente.      JACK. (Después de una pausa.)-Lady Bracknell, me molesta mucho parecer curioso; pero ¿querría usted tener la bondad de comunicarme quién soy yo?      LADY BRACKNELL. -Temo que la noticia que voy a darle no le agrade a usted del todo. Usted es el hijo de mi pobre hermana mistress Moncrieff, y, por consiguiente, el hermano mayor de Algernon.      JACK. -¡El hermano mayor de Algy! Entonces, después de todo, tengo un hermano. ¡Ya sabía yo que tenía un hermano! ¡Siempre dije que tenía un hermano! Cecilia, ¿cómo pudiste nunca dudar que tenía yo un hermano? (Cogiendo de la mano a ALGERNON.) Doctor Casulla, mi desgraciado hermano. Miss Prism, mi desgraciado hermano. Gundelinda, mi desgraciado hermano. Algy, joven sinvergüenza, tendrás que tratarme con más respeto en lo futuro. No te has portado conmigo como un hermano en toda tu vida.      ALGERNON. -Sí, chico, hasta hoy, lo reconozco. Yo lo hacía lo mejor que podía, aunque me faltaba práctica. (Se estrechan la mano.)

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El Príncipe Feliz y otras Historias

     GUNDELINDA. (A JACK.)-¡Dueño mío! ¿Pero quién es usted? ¿Cuál es su nombre de pila, ahora que es usted otro?      JACK. -¡Dios mío!... Me había olvidado por completo de ese detalle. La decisión de usted respecto a mi nombre es irrevocable, ¿no?      GUNDELINDA. -Yo no cambio nunca, excepto en mis afectos.      CECILIA. -¡Qué naturaleza tan noble la de usted, Gundelinda!      JACK. -Entonces mejor será aclarar esta cuestión inmediatamente. Tía Augusta, un momento. En la época en que miss Prism me dejó en el saco de viaje, ¿había yo ya sido bautizado?      LADY BRACKNELL. -Todo el lujo que puede comprarse con dinero, incluyendo el bautismo, fue derrochado con usted por sus amantes padres, ciegos de cariño.      JACK. -¡Entonces yo estaba bautizado! Eso está ya aclarado. Y ahora, ¿qué nombre me pusieron? Dígamelo, aunque sea la cosa peor para mí.      LADY BRACKNELL. -Siendo el primogénito, era natural que le bautizasen a usted con el nombre de su padre.      JACK. (Algo irritado.)-Sí; ¿pero cuál era el nombre de pila de mi padre?      LADY BRACKNELL. (Reflexionando.)-En este momento no puedo recordar el nombre de pila del general. Pero es indudable que tenía uno. Era excéntrico, lo confieso. Pero sólo en sus últimos años. Y lo era a consecuencia del clima de la India, del matrimonio, de las indigestiones y de otras cosas parecidas.      JACK. -¡Algy! ¿No puedes recordar cuál era el nombre de pila de nuestro padre?      ALGERNON. -Chico, no nos dirigimos nunca la palabra. El murió antes de cumplir yo el año.      JACK. -Su nombre aparecerá en los Anuarios militares de aquella época, ¿verdad, tía Augusta?      LADY BRACKNELL. -El general era esencialmente un hombre de paz en todo menos en su vida doméstica. Pero estoy segura de que su nombre aparecerá en algún Anuario militar.      JACK. -Aquí están los Anuarios militares de los últimos cuarenta años. Estos encantadores cronicones debían haber sido mi estudio constante. (Se precipita hacia el estante y arranca de él materialmente los libros.) M. Generales... Mallam, Maxbohm, Magley, ¡qué nombres más espantosos tienen!... ¡Markby, Migsby, Mobbs, Moncrieff! Teniente en 1840, capitán, teniente coronel, coronel, general en 1869; nombres de pila: Ernesto John. (Vuelve a colocar el libro con mucha tranquilidad y habla sosegadamente.) ¿No le dije a usted siempre, Gundelinda, que me llamaba, Ernesto? Bueno, pues Ernesto soy, después de todo. Quiero decir que soy, naturalmente, Ernesto.      LADY BRACKNELL. -Sí, ahora recuerdo que el general se llamaba Ernesto. Ya sabía yo que por algún motivo particular me era antipático ese nombre.

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La importancia de llamarse Ernesto

     GUNDELINDA. -¡Ernesto! ¡Mi Ernesto! ¡Desde el principio sentí que no podías llamarte de otro modo!      JACK. -Gundelinda, es una cosa terrible para un hombre descubrir de pronto que durante toda su vida no ha dicho más que la verdad. ¿Puedes perdonarme?      GUNDELINDA. -Sí. Porque estoy segura de que cambiarás.      JACK. -¡Vida mía!      CASULLA. (A miss PRISM)-¡Leticia! (Lo abraza.)      MISS PRISM. (Entusiasmada.)-¡Federico! ¡Al fin!      ALGERNON. -¡Cecilia! (La abraza.) ¡Al fin!      JACK. -¡Gundelinda! (La abraza.) ¡Al fin!      LADY BRACKNELL. -Sobrino mío, paréceme que empiezas a dar señales de vulgaridad.      JACK. -Al contrario, tía Augusta, acabo de darme cuenta, por primera vez en mi vida, de la importancia suma de ser formal.

TABLEAU TELÓN FINAL

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Biografía

(Dublín, 1854 - París, 1900) Escritor británico. Hijo del cirujano William Wills- Wilde y de la escritora Joana Elgee, Oscar Wilde tuvo una infancia tranquila y sin sobresaltos. Estudió en la Portora Royal School de Euniskillen, en el Trinity College de Dublín y, posteriormente, en el Magdalen College de Oxford, centro en el que permaneció entre 1874 y 1878 y en el cual recibió el Premio Newdigate de poesía, que gozaba de gran prestigio en la época. Oscar Wilde combinó sus estudios universitarios con viajes (en 1877 visitó Italia y Grecia), al tiempo que publicaba en varios periódicos y revistas sus primeros poemas, que fueron reunidos en 1881 en Poemas. Al año siguiente emprendió un viaje a Estados Unidos, donde ofreció una serie de conferencias sobre su teoría acerca de la filosofía estética, que defendía la idea del «arte por el arte» yen la cual sentaba las bases de lo que posteriormente dio en llamarse dandismo. A su vuelta, Oscar Wilde hizo lo propio en universidades y centros culturales británicos, donde fue excepcionalmente bien recibido. También lo fue en Francia, país que visitó en 1883 y en el cual entabló amistad con Verlaine y otros escritores de la época. En 1884 contrajo matrimonio con Constance Lloyd, que le dio dos hijos, quienes rechazaron el apellido paterno tras los acontecimientos de 1895. Entre 1887 y 1889 editó una revista femenina, Woman’s World, yen 1888 publicó un libro de cuentos, EJ príncipe feliz, cuya buena acogida motivó la publicación, en 1891, de varias de sus obras, entre ellas El crimen de Sir Arthur Saville. El éxito de Wilde se basaba en el ingenio punzante y epigramático que derrochaba en sus obras, dedicadas casi siempre a fustigar las hipocresías de sus contemporáneos. Así mismo, se reeditó en libro una novela publicada anteriormente en forma de fascículos, El retrato de Dorian Gray, la única novela de Wilde, cuya autoría le reportó feroces críticas desde sectores puritanos y conservadores debido a su tergiversación del tema de Fausto.


Oscar Wilde

No disminuyó, sin embargo, su popularidad como dramaturgo, que se acrecentó con obras como Salomé (1891), escrita en francés, o La importancia de llamarse Ernesto (1895), obras de diálogos vivos y cargados de ironía. Su éxito, sin embargo, se vio truncado en 1895 cuando el marqués de Queenberry inició una campaña de difamación en periódicos y revistas acusándolo de homosexual. Wilde, por su parte, intentó defenderse con un proceso difamatorio contra Queenberry, aunque sin éxito, pues las pruebas presentadas por este último daban evidencia de hechos que podían ser juzgados a la luz de la Criminal Amendement Act. El 27 de mayo de 1895 Oscar Wilde fue condenado a dos años de prisión y trabajos forzados. Las numerosas presiones y peticiones de clemencia efectuadas desde sectores progresistas y desde varios de los más importantes círculos literarios europeos no fueron escuchadas y el escritor se vio obligado a cumplir por entero la pena. Enviado a Wandsworth y Reading, donde redactó la posteriormente aclamada Balada de la cárcel de Reading, la sentencia supuso la pérdida de todo aquello que había conseguido durante sus años de gloria. Recobrada la libertad, cambió de nombre y apellido (adoptó los de Sebastian Melmoth) y emigró a París, donde permaneció hasta su muerte. Sus últimos años de vida

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Biografía

se caracterizaron por la fragilidad económica, sus quebrantos de salud, los problemas derivados de su afición a la bebida y un acercamiento de última hora al catolicismo. Sólo póstumamente sus obras volvieron a representarse y a editarse. En 1906, Richard Strauss puso música a su drama Salomé, y con el paso de los años se tradujo a varias lenguas la práctica totalidad de su producción literaria.

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Este libro ha sido realizado en los

Talleres Eras el 20 de Marzo de 2.013



oscar wilde