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LALIA

J. Felipe Zúñiga

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EL COMIENZO. Lalia había aprendido que no todas las buenas historias tiene un buen principio. El mejor ejemplo de ello era la el libro llamado, pretenciosamente pensaba ella: La Fabulosa Historia de Ebjel, el marino que no recorrió ningún mar. Tan malo era el principio que no contento el autor con comenzar el libro con la patéticamente desgastada frase de “érase una vez…”, se dispuso a describir de manera minuciosa la casa que Ebjel habitaba en una aldea aledaña a la montaña de la Cumbre de la Luna. Son casi veinte páginas en las que describe la casa que, después de ese capítulo, no aparece en ninguna otra parte de las 1981 páginas de la novela... bueno, sí se menciona en la página 888, cuando Ebjel se arropa con una sucia manta en el puerto de Treza, y mira el horizonte: “Ebjel, miraba con entristecidos ojos el mar, mientras su cuerpo temblaba ante la fría brisa salina de aquel mar del norte. Y la esperanza de volver a atravesar la puerta de su hogar se desvanecía a cada paso que daba. ¿Cómo había llegado a esto?, se preguntaba Ebjel, y luego sonreía, con una sonrisa apenas visible, “como si no supiera yo la respuesta…” era su pensamiento trémulo.” Pero el libro era uno de los que Lalia había disfrutado más. A pesar de su burdo comienzo, la historia se desarrollaba tan amenamente que Lalia no podía dejar de leerlo. Así, Lalia, sentada ante la ventana de su cuarto, lamentaba no recordar el comienzo de su propia historia. No se atrevía preguntarle a su mamá por miedo a obtener por respuesta un comienzo tan malo como el de aquel libro. A sus casi diez años, y sin pensarlo mucho, Lalia decidió que su historia comenzaba en ese preciso instante, mientras balanceaba los pies de adelante hacia atrás, mirando a través de su ventana aquel domingo soleado, con el cabello aún húmedo y a punto de comenzar a leer un nuevo libro, una nueva historia.

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PRÁCTICAS ONÍRICAS DE ACOMPAÑAMIENTO. Lalia tiene un tenor de bolsillo, de veintiún centímetros de alto, al que le da cuerda y coloca sobre el piano. En cuanto Lalia comienza a tocar, el pequeño tenor toma aire y emite un canto hermoso. Lalia ha notado que cuando su traje está limpio canta con mejor ánimo, que si le da demasiada cuerda desafina, que prefiere el repertorio barroco, las mañanas soleadas y que se niega rotundamente a cantar Schumann. En las noches, Lalia lo deja cerca de la ventana pues sabe que disfruta escuchar los grillos que se esconden en el ébano del que está hecha la noche.

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MURCIÉLAGOS

Algunos Escuchamos Ilusorios, Oníricos Ululares, Al Esperar, Ilusionados, Oscuras Uniformidades. Arañas, Escorpiones, Icneumones, Orden Universal. Altas Escaleras Invisibles Ocupan, Ufanas, Altares Escondidos. Iglesias Opacas, Umbrías, Amamos. Ecos Intangibles Oímos Unidos. Alba, Escondida, Inminente: Odiosa Utopía.

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LALIA AL PIANO. Abre la tapa, baja el atril, pone la partitura sobre él, se acomoda el banco, mide la distancia de entre sus brazos y el teclado de marfil, endereza su postura, levanta lentamente sus manos con los dedos curvos y relajados, pero preparados, respira profundo, deja caer suavemente los dedos sobre las teclas y ahí comienza lo difícil. Dieciseisavos ligeros caen del infinito, ligaduras bien ejecutadas, la mano izquierda susurrante, pero que no parezca ausente, frases bien separadas, octavos en portato, crescendo al forte, sextas parejas. Ahora lo mismo una sexta abajo, pero ahora comienza en piano, más dieciseisavos, la mano izquierda toca si do si do la do la do, crescendo, más crescendo un trino sobre un sol y un acorde arpegiado termina en do; Segundo tema, Otro acorde arpegiado en forte dieciseisavos en piano, síncopa, los las semicorcheas suben, bajan, suben de nuevo y bajan otra vez, luego callan y dejan a la mano izquierda sola un momento. Forte y piano súbito, de nuevo, piano, forte, forte, y de repente cuatro octavas en piano súbito, mientras, tres corcheas la arrullan, corren más semicorcheas hasta alcanzar a un fa que se escapaba a las alturas, lo arrastran abajo y lo marean en un trino, uno, dos, tres, cuatro tiempos, éste se desmaya y luego da un brinco. Corcheas y semicorcheas finalizan la primera parte, no sin que antes se arregle el moño un grupeto sobre un si bemol y al fin un sol y un fa tomados de la mano digan que se acabó la exposición y se callan ante el desarrollo que se sabe sigue después de la barra. Lalia desliza los dedos de arriba abajo sin quitar la vista del papel manchado de música. Un forte con aspecto de tutti se desliza con firmeza sobre el “Chaparrito de Alberti”, luego semicorcheas se desparraman despacio a la calma. Un acorde Napolitano hace notar su disonante desacuerdo en que termine el desarrollo pero nadie le hace caso y vuelven a caer dieciseisavos del infinito. Se acerca el final, Lalia disfruta ejecutando cuatro trinos antes de que todo acabe, otra vez, con un grupeto y un do y un si que cierran susurrando este primer movimiento. “Ahora a corregir lo que salió mal”, piensa Lalia mientras da vuelta a las páginas , pensando conciente de que esperan su turno un hermoso Andante Cantabile y un necio rondó que se cree muy “allegreto” y “grazioso”.

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EL MONSTRUO BAJO LA CAMA. Se mueve de un lado a otro, se arrastra, patalea, gruñe y, a veces, hasta grita. Grito que invariablemente termina transformado en balbuceo. ¿Está dormido?, sí. Contrario a lo que la mayoría cree, este monstruo duerme por las noches, bajo la cama. Ahí, mientras Sandra se debate entre el sueño y la vigilia protectora. La vigilia que sabe no tan segura, pero su mente no deja de imaginar el terror de un ataque nocturno de aquel monstruo, un ataque a mitad del sueño o en la somnolencia creciente. Las luces de los autos pasan acompasadas. Se escucha el sonido tranquilizador de los neumáticos sobre el asfalto mojado. En la pared, la manecilla corta del reloj avanza lenta, casi llegando al número diez; mientras la más larga, se mueve ligera, pero con calma hacia el número doce. ¿Cuándo vencerá el sueño al miedo? “Tic, tac” susurra el segundero. Sandra lo sigue con los ojos, mientras sus oídos siguen atentos el ritmo, más lento, de la respiración del monstruo. Se imagina su pecho subiendo y bajando; de su boca escurriendo un hilo de baba. “Tic, tac”…“el tiempo pasa lento cuando se miran los relojes”, pensaba. Se dio vuelta y abrazó sus piernas. “Tic, tac”, insistía el segundero, “Tic, tac”, Sandra espera que el cansancio aplaste el miedo. “Tic, tac”. Miedo con fundamento. ¿Cuántas veces el monstruo la había sorprendido y tirado de su cabello? ¿no era el monstruo el que destruía sus dibujos?, ¿no era él quien se agazapaba en un rincón oscuro y saltaba gritando como un demente para hacerla caer del susto y luego escabullirse por algún pasillo haciendo muecas? ¿no era el monstruo quien mutilaba y decapitaba sus muñecas?. Sí, era el mismo que ahora se contorsionaba en sueños bajo la cama. “Tic, tac”, “Tic, tac”, el sonido cada vez más débil, sus parpados cada vez más pesados, “Tic, tac”. “El monstruo no me hará nada”, “Tic, tac”, se consolaba Sandra, “Tic, tac”, el sueño, al fin, gana.

¡A desayunar!, se escucha una voz al desde el piso de abajo. Sandra estira los brazos y lentamente se desliza al borde de la cama. Poco a poco, con el miedo haciéndole cosquillas en el cuerpo, se asoma bajo la cama. Aún estaba ahí, aún dormido. Lo piensa un momento y armándose de valor le grita al monstruo: ¡A desayunar! ¡¿No escuchaste?! El monstruo se agita. ¡Sandra!-se escucha una voz desde la puerta del cuarto- te he dicho que no le grites a tu hermanito. Hoy es la última noche que duermes en la litera, tú papá ya terminó de pintar tu cuarto.

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LALIA, INVENTARIO DE COSAS INÚTILES.

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El diario que me regalaron en mi cumpleaños, que sólo tiene treinta hojas y unos dibujos demasiado tontos.

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El armario en el que no cabe ni un pequeño monstruo.

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El reloj que se adelanta y me ha dado la fama de madrugadora que no merezco.

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La palabra salud después de un estornudo.

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Los zapatos cafés que se desamarran sin motivo aparente.

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Los calcetines sin par que mamá guarda en un cajón especial, por si los extraviados deciden, algún día, volver a casa.

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Las ediciones del siglo XIX de música barroca.

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El coco, hay peores terrores con los que se puede adornar un pastel.

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Los licuados de plátano.

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Los juguetes de las cajas de cereales.

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Los doblajes.

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Los Colocadores Profesionales de Cuadros.

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Los libros autografiados.

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Dos letras más en mi nombre.

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Este inventario.

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UNA O DOS HISTORIAS. Elizabeth Corner vivía al final de la calle, y durante los dos últimos años que vivió allí fue amiga de Lalia. Si el nombre Elizabeth Corner les es familiar es porque años después ella sería la autora de la Enciclopedia Etimológica Fin del ∞ en la que se dio a la tarea de rastrear cada palabra hasta su origen más remoto, rastreando algunas hasta su génesis en sonidos guturales, siendo su trabajo fuertemente cuestionado por lo eruditos en la materia y quedando inconclusa su obra, pero eso es tema de otra historia. La historia que aquí se narra se la contó a Lalia una madrugada que tocó a su ventana la misma noche que regresó de un viaje, “¿no te pasó lo que a Miguel Páramo, Eli?”, le preguntó Lalia. “No seas tonta, sabes que cuando muera, mi cuerpo y alma serán arrojados a un volcán, ¿puedo entrar?, hace mucho frío”. Lalia nunca supo, ni le preguntó, si era verdad o una historia inventada, pero por el tono de su narración, Lalia concluyó que no lo estaba inventando. Hay que recordar que antes de dedicarse a escribir la enciclopedia, Elizabeth Corner dedicó parte de su vida a la literatura. Entre sus obras de juventud más famosas se encuentra la novela sobre un pirata llamado Milo Parisi. “Fue hace trece días. Tú sabes cómo me gusta hacer caminatas largas. El bosque allá es mucho más grande que aquí, los pinos más altos, más robustos y aún así crecen más juntos, haciendo imposible ver más allá de unos cuantos metros. Salí de la cabaña temprano y caminé al sur unas tres horas hasta que me dio hambre y me detuve a comer. Pasado un tiempo un ruido se escuchó a unos metros, pero no podía ver quién lo producía así que me levanté y caminé hacia donde se producía el sonido. Era una mujer que rascaba la pared de la montaña, junto a un arroyo. “Hola, ¿puedo ayudarle en algo?”, le pregunté, ella dejó de rascar y volteó a mirarme, luego de un momento en el que pareció examinarme, dijo: “alguien enterró aquí algo que es mío y quiero sacarlo”. “Si quiere puedo ayudarle, pero ¿no trajo una pala o algo con que cavar?”, pregunté, ella sólo respondió que no había encontrado nada. La tierra en la pared de la montaña estaba húmeda casi lodosa, así que con las manos comencé a cavar. “¿Qué es lo que busca?”, pregunté sin obtener respuesta. “El bosque es muy espeso casi como una selva ¿no cree?, insistí, no quería cavar en silencio. La mujer me miró de reojo y luego me contó una historia que al principio no creí, no recuerdo las palabras exactas, pero era algo así: “Antes, no sé ya cuantos años hace, estas eran tierras de cultivo se extendían hasta dónde la vista acaba. La gente de aquí estaba aislada por sus propias cosechas. Una noche de tormenta de pronto el agua dejó de caer como si de repente se hubiera secado el cielo. Y parecía haberse secado para siempre. La gente miraba el cielo y cualquier jirón de nube les resucitaba la esperanza. “Un día de estos va a llover, y va a llover tanto que hasta ahogados va a haber”, decían. Pero los animales se ahogaban con sus propias lenguas, y los meses pasaron sin que el sol se ocultara tras nube alguna. La sed mató a los más viejos y a los más niños. Desesperados discutían la partida, y entonces, un anciano se presentó y les prometió agua a cambio de unas monedas, todos suponían quién era, pero nadie dijo nada. El agua brotó de la tierra y las plantas que aún sobrevivían reverdecieron. “Al campanario, llévenlas al campanario, cuando repiqué la campana”, les dijo el anciano. Pero unas monedas no eran suficiente, llevaron cosas absurdas, sombreros, huaraches, animales, que parecían con vida nueva, hasta que se quedaron sin nada, con la esperanza de recobrarlo todo cuando vendieran la cosecha. El agua dejó de mojar la tierra y ellos le reclamaron al anciano que desde lo alto del campanario gritó: “les quedan sus hijos y sus mujeres”. Los indignó la propuesta, pero la desesperación de ver la cosecha muriendo los convenció. A rastras y a golpes llevaron a sus hijos y mujeres al campanario, luego fueron a ver como la tierra se humedecía al mismo tiempo que sus ojos. Arrepentidos regresaron al campanario, derribaron la puerta y subieron furiosos las angostas escaleras, dispuestos a todo, pero sólo encontraron el campanario vacío y la campana sin badajo. En silencio regresaron a sus casas y no salieron más. Afuera el agua fluyó por siempre y los campos se llenaron de árboles y estos formaron un bosque”. La mujer calló. Yo cansada continué sacando tierra. El agujero era ya casi de un metro de diámetro y medio metro de profundidad. Entonces tomé un descanso. La mujer siguió cavando sin voltear a verme. Luego de unos minutos la mujer murmuró “aquí está”, me levanté y fui a ver. La mujer jaló con fuerza y del la pared lodosa de la montaña sacó lo que parecía el cuerpo de una niña, yo me alejé de inmediato. La mujer llevó el cuerpo al arroyo y lo sumergió, el cabello castaño se lavó y la niña respiró con desesperación. La mujer la sacó del arroyo, pero la niña regresó, se arrodilló y bebió desesperada. “Bebe, hija”, la mujer acariciaba su espalda. Yo, en silencio, me acerqué de nuevo al agujero donde vi manos cubiertas de lodo. La mujer tomó a la niña y se alejó sin decirme nada ni voltearme a ver. Cuando regresé a la cabaña apenas comenzaba el atardecer.

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LALIA, SUS HISTORIAS DEL SEÑOR CONEJO.

Los Despertares Abruptos del Señor Conejo. Why is Eight afraid of Seven? Because Seven ate Nine.*

Al Señor Conejo cada noche lo persigue una gran zanahoria que saca sus espantosas garras de entre la tierra, como un muerto que vuelve de la tumba, se sacude la tierra y con su nariz busca el olor de la carne tierna de conejo. El Señor Conejo corre y se esconde tras un árbol, tras una roca; suda y trata de controlar su respiración, pero la zanahoria es persistente y se acerca rugiendo, alzando sus manos flacas, sacudiendo las verdes hojas sobre su cabeza. El Señor Conejo mira la sombra que se cierne sobre él y sale huyendo despavorido de su escondite. La zanahoria lo ve, ruge con más furia y acelera su marcha, babeando por la comida fresca que corre ahí adelante. Invariablemente, el Señor Conejo corre por el sendero entre las hortalizas y a su paso las zanahorias gigantes emergen de la tierra y se unen a la cacería hasta que un ejército de umbelíferas marcha detrás de él. El Señor Conejo corre con el corazón en la garganta y de pronto tropieza con una gruesa raíz. Las zanahorias se acercan, y él, en su desesperación, no puede levantarse, cada paso de las monstruosas zanahorias gigantes las acerca dos metros a su cena. Cuando éstas llegan hasta él, el Señor Conejo no encuentra nada más adecuado que hacer que gritar tentando al desgañotamiento. Y es aquí cuando el Señor Conejo despierta agitado, bañado en sudor y con un terrible antojo de zanahorias. *Chiste popular

El H. Cuerpo de Bomberos. El Señor Conejo fue voluntario en el cuerpo de bomberos. Una mañana se inscribió y a las pocas semanas tomó un curso teórico para aprender la mejor manera de apagar un incendio dentro de una cueva, de un árbol y en un plantío, así como un exhaustivo entrenamiento físico y un curso de RCP. Al cabo de un tiempo recibió su nombramiento de Bombero Honorario del Bosque y a los tres días, durante su guardia, repicó la campana. Rápido se deslizó por el tubo y subió al pequeño camión, que arrancó a toda velocidad. La columna de humo se podía ver desde lo lejos y los gritos se escuchaban más claros a medida que se acercaban al árbol incendiado. A la mitad del árbol, la casita de madera crujía mientras era devorada por el fuego, el Señor Gallo cacaraqueaba desesperadamente aferrado a una rama más alta del árbol. Rápido, el equipo de bomberos sacó un trampolín redondo que sostuvo bajo el árbol para que el Señor Gallo saltara, éste con miedo y después de dudarlo un rato se dejó caer, pero el instinto lo hizo mover desesperadamente las alas y aterrizó suavemente en el piso junto al trampolín, “había olvidado que tengo alas”, dijo aliviado. Ya a salvo todos, el Señor Conejo corrió al camión y jaló la manguera mientras otros dos voluntarios bombeaban el agua, pero no tenía la suficiente presión para alcanzar la casita en el árbol, así que el Señor Conejo, llenando su pecho de coraje, trepó por la escalera con la manguera atada a la cintura y entró en la casa, sólo para descubrir cuan inflamable es el pelo de conejo y que se puede sobrevivir a una caída de seis metros.

El Inspector Conejo En el hospital, el Señor Conejo se enteró que el Señor Gallo había provocado el incendio en la casa del árbol y por eso había quedado atrapado, pero el móvil del crimen no había sido aún aclarado. “Ya me parecía extraño ver un gallo subido tan alto en un árbol”, se dijo a sí mismo el Señor Conejo. Días después, ya recuperado y de regreso en casa, compró un escritorio, elegantes bolígrafos, montones de papeles; consiguió un directorio telefónico y colgó de su puerta un letrero con letras finamente talladas que decían: Inspector Conejo. Por quién sabe que motivo, al Señor Conejo se le ocurrió que podría dar solución a misteriosos crímenes para que las deudas de tantos criminales con la sociedad no quedaran insolutas. Ya se imaginaba

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atrapando, con la fuerza de evidencia, al Señor Mapache, sospechoso de tantas tropelías, aunque él argumentara que las acusaciones se basaban en meros prejuicios. “Una condena postjuicio es lo que tendrás”, le diría el Señor Conejo esgrimiendo la evidencia como flamígera espada de justicia. Se encontraría en viajes largos, en busca de testigos con valiosas historias. Buscaría evidencias enterradas de crímenes desenterrados. Y ¿por qué no?, tal vez un crimen local desencadenaría en una intriga internacional de agrias consecuencias para los poderes establecidos. Lo que nunca se le ocurrió fue un motivo por el cual alguien se atrevería a dejar en sus peludas manos empresa tan importante. Así pasaron seis semanas sin que ningún caso tocara a su puerta, así que, enojado, arrojó el directorio, los papeles y el letrero al bote de basura, pero conservó los bolígrafos que habían costado tanto y el escritorio que en realidad era bonito.

Los Prodigiosos Cantos. El Señor Conejo se había abierto una ancha senda en el tortuoso campo del bel canto, había comenzado tarareando melodías de su propia inspiración alguna mañana clara y de pronto el Señor Cenzontle y el Señor Rui o Ruiseñor como lo llamaban con más frecuencia, maestros en ese arte, habiendo escuchado su voz, lo tomaron como pupilo y lo instruyeron en el arte canoro, con magníficos resultados. Pronto fue solista en el Coro de Animales del Bosque, y luego se presentaba en concurridos recitales, donde interpretaba obras de los compositores más afamados entre ellos el Señor Verdín, Giuseppe, era su nombre. Todos asistían a ver al Conejo cantor, pues era raro ver cantantes de tal calidad que no fueran aves. En la memoria reciente del bosque se guardaba el recuerdo de un grillo que años antes había logrado la misma hazaña, pero tuvo un trágico fin al volverse adicto a las hojas de menta. Lamentable fin el de aquel prodigio… Al Señor Conejo le pareció que ese apelativo, “Señor Conejo”, no era sonoro, melódico ni artístico así que optó por usar, para su faceta de cantante, su verdadero nombre: Godofredo. Nombre que había ocultado por temor al escarnio con el que lo trataron los conejitos allá en su bosque natal, en su pasada niñez no tan lejana. Así, Godofredo tuvo giras en el bosque hasta que su éxito voló, cual pajarito, más allá de las fronteras del bosque y su prodigiosa voz fue requerida en los confines del ecosistema. Largos meses cantó en escenarios floridos, bajo árboles gigantes y frondosos, bajo lunas calladas y estrellas que aplaudían con su brillo, hasta que, cumplido su itinerario, llegó el momento de regresar a casa. Godofredo se sorprendió al ver las calles vacías, esperaba una fiesta de bienvenida, igual o mejor que la fiesta de despedida que había recibido al partir. Preguntó a la Señora Comadreja qué pasaba y ella le dijo, reconociéndolo: “Lo siento Godofredo, pero ahora mismo aplauden a la Señora Paloma que resultó cantar algo más que sólo Cucurrucucú”. Godofredo se entristeció y durante un tiempo odió a la Señora Paloma que era la nueva diva del bosque. Pero, cuando llegó el Señor Pájaro Lira del extranjero con sus acrobacias vocales, ésta también fue olvidada, entonces Godofredo Conejo se arrepintió de su odio egoísta y, a veces, cuando se cruzan por el camino se saludan e intercambian miradas de comprensión. Y en las fiestas de la Señora Paloma no es raro escuchar duetos hermosos donde ella y Godofredo tomados de la mano cantan rodeados de la noche y amigos.

Cebollas Usurpadoras. El Señor Conejo mordió una jugosa zanahoria de un naranja hermoso, pero de zanahoria sólo tenía el exterior porque por dentro era una cebolla con su pestilente aroma y capas blancas. El Señor Conejo escupió de inmediato el pedazo que tenía en la boca. Extrañado, se apresuró a la cocina y tomando otra zanahoria de la canasta sobre la mesa, la mordió, en su boca se deslizó ese horrible sabor a cebolla otra vez. Alarmado cada vez más, el Señor Conejo, tomó las demás zanahorias y partiéndolas por la mitad descubrió que todas eran cebollas por dentro. Ya casi entrado en pánico, fue a su huerta y desenterró algunas cebollas sólo para encontrar el mismo extraño fenómeno. “Horror”, gritó mientras sostenía sus zanabollas, en medio de su huerta, ya avanzada la noche. El Señor Conejo buscaba alguna posible explicación para esta deformación de la naturaleza, cuando vio a lo lejos una luz, que se movía entre las ramas de los árboles. Olvidando el horror de las zanabollas fue hacia la luz. Luego de cruzar una colina se encontró en la huerta del oeste, la luz se movía en una elipse sobre la huerta, luego descendió. El Señor Conejo se escondió, asustado y sosteniendo con sus manos abajo las orejas para no ser visto, tras el tronco seco de un árbol, que yacía en el suelo. Un

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artefacto volador, aterrizó en medio de la huerta, sin hacer ruido alguno. Segundos después, se abrió una compuerta emitiendo una nube de humo que llegó hasta donde el Señor Conejo se escondía, “Cebolla”, dijo él al oler aquella extraña nube. Cuando se hubo disipado la nube, el Señor Conejo vio claramente, bajo la luna llena, un ejército de cebollitas que se enterraban en la tierra, pero poniendo más atención el Señor Conejo se percató que lo que hacían era introducirse en las zanahorias usurpando sus cuerpos, entonces dio un grito que alcanzó a cortar poniendo sus manos en su boca, pero soltando sus orejas que fueron visibles por encima del tronco. Las cebollas espaciales escucharon el grito y luego vieron sus orejas, al instante un grupo se separó del resto y se enfiló hacia donde Godofredo se había escondido. Éste salió de su escondite y corrió como si lo persiguiera el diablo, “aunque estas cebollas parecen peores”, pensó Godofredo. Godofredo llegó a su casa y puso el cerrojo de su puerta. Agitado, subió al segundo nivel y desde la ventana de la recámara vio un ejército de unas doscientas cebollas que rodeaba su casa. “¡Auxilio, auxilio!” gritó el Señor Conejo, sacando la cabeza por la ventana. “¡Despierta! ¡despierta!”, le contestó una voz. El Señor Conejo se despertó sobresaltado y vio al Señor Búho parado en el marco de su ventana, era de día. “¡Chanclas!, espero que no se convierta en un sueño recurrente como el de las zanahorias gigantes”, pensó el Señor Conejo.

Perseidas en la Altura Godofredo Conejo había planeado muchas veces su viaje y lo había pospuesto otras tantas, pero al fin, ahí se encontraba cerrando la puerta de su casa en la madrugada previa a un día de primavera, con una enorme mochila en su espalda, un grueso abrigo, guantes y orejeras. Se encontraría con la Señora Cabra en el cruce de caminos. “No puede haber mejor guía para este viaje”, murmuraba Godofredo mientras iba a su encuentro dando saltitos. La Señora Cabra vio venir la gran mochila antes que al Señor Conejo, aunque era claro que éste venía adelante, contuvo su risa y amablemente preguntó qué tanto llevaba. “Bueno… más suéteres, otro par de calcetines, linterna, cantimplora, una bufanda, bolsa de dormir, sándwiches de zanahoria con crema, galletas de nuez, una cuerda, cepillo de dientes de conejo, pasta, crema, papel, crayones, y no recuerdo exactamente más, pero puedo revisar”, contestó Godofredo. “No, no es necesario, pero usted me dijo que quería subir a la montaña, no mudarse a ella”, la Señora Cabra miraba curiosa algo que salía de un costado de la gran mochila, “¿Qué es esto?”, preguntó jalando un trapo azul claro. “Ese es Zeus, mi conejito…no crea que no puedo dormir sin él, es que…él…él me dijo…”, balbuceo el Señor Conejo. “Entiendo”, dijo la Señora Cabra, “bueno, pongámonos en camino”. Llegaron a las faldas de la montaña una hora y media después, antes del amanecer. Comenzaron el ascenso al tiempo que el sol ascendía su propia perpetua cuesta. El camino fue muy fácil gracias al conocimiento de la Señora Cabra, pero tardado pues el Señor Conejo, con el peso de la mochila, se atrasaba y descansaba a menudo. Pasado el medio día llegaron a la cumbre. Godofredo, miró hacia abajo y se maravilló por el paisaje. No podía ver su casa desde allí, pero reconoció los tres grandes árboles que la flanqueaban, aunque desde ahí parecían arbustos. Godofredo sacó los sándwiches y los compartió con la Señora Cabra, quién le contó de otras montañas que había escalado, mucho más grandes que ésta, unas con cumbres blancas y otras con cumbres de fuego, unas en medio de desiertos, otras en medio de selvas. Le contó con detalle de las penurias que sufrió, del hambre, del frío, del peligro de caer, pero la recompensa era enorme. Godofredo lo comprendió, aunque fuera relativamente, al estar en la cima de una montaña de cumbre verde en medio de un bosque, pero fue cuando la noche llegó, dentro de su bolsa de dormir, cuando dejó de comprenderlo y lo sintió. Él y Zeus vieron una estrella fugaz salir de la mano de Perseo y perderse en la oscura noche, sus ojos brillaron con una lágrima involuntaria y luego esperó ver otra estrella, pero ninguna otra cayó sino hasta que cerró los ojos y no una estrella, sino una lluvia de ellas cayó del cielo de sus sueños hasta desvanecerse en la noche de su despertar. (,Vladimir Rebikov Op. 31 nº 8 Shepherd playing his pipe)

El Teatrito del Horror. El Señor Conejo bajó a media noche por un vaso de leche. La casa estaba silenciosa y las sombras parecían andar sueltas. Entonces, mientras Godofredo bebía, un sonido vino de un rincón hasta sus grandes orejas que de inmediato voltearon hacia el oscuro escondrijo. Godofredo dejó el vaso sobre la mesa. El sonido vino de otro lado, Godofredo entró en pánico, apresurado fue hacia el interruptor y encendió la luz. Nada extraño vio. Regresó a terminar su vaso de leche, pero antes de levantarlo el sonido vino de las escaleras. Era como si alguien golpeara dos pedacitos de madera. Godofredo subió las escaleras

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que crujieron a cada paso, buscó en el pasillo y en el closet, pero no encontró nada. “Mi imaginación, es la explicación”, canturreó y bajó a terminar su leche. Luego subió a su recámara prendió la luz y puso sus orejas en alerta, ningún ruido, salvo las hojas de un árbol que se divertían con el viento, se escuchó. Apagó la luz y levantó las cobijas, pero de inmediato dio un grito y corrió a encender la luz. Un muñeco de madera hacía castañear sus dientes sentado en la cama de Godofredo, luego la marioneta se levantó, pero ningún hilo lo movía, cayó de la cama y pareció caer inmóvil, muerto. El Señor Conejo se acercó poco a poco, y acercó su mano temblorosa al muñeco, lo picó con su dedo, pero el muñeco no se movió, lo picó de nuevo, luego lo levantó, tomándolo de la ropa, hasta la altura de sus ojos y comprobó que no se movía. “Ji,ji,ji”, rió de pronto el muñeco con una voz chillona, Godofredo lo soltó, la marioneta cayó de pie aún riéndose. “Te hice creer que estaba muerto”, dijo el diabólico pedazo de madera. El Señor Conejo corrió por el pasillo, bajó las escaleras, atravesó la cocina y abrió la puerta trasera, cuando salió se encontró sentado en su cama, sudando y respirando desesperadamente. “Ésta pesadilla supera a las otras…nunca debí haber ido a ese teatro de marionetas”.

Colecciones. Godofredo fue ver a su tía abuela que vivía en los límites del bosque. Era una señora de avanzada edad cuyas orejas colgaban a los lados adornadas con moños color ocre. Su casa era una cabañita muy bien cuidada. El Señor Conejo platicó largo rato con ella mientras ambos tomaban una taza de chocolate caliente. A la Tía Abuela Coneja le gustaba hablar de sus días de juventud cuando sus saltos eran largos y era tan rápida que la confundían con una liebre y al Señor Conejo le gustaba escuchar historias, así que la tarde les pareció breve. “Tíiiin”, se escuchó desde la cocina. “El pay de zanahoria está listo, voy a sacarlo del horno”, dijo la Tía Abuela Coneja. “No, no. Yo lo hago”, se apresuró a decir y hacer Godofredo. La cocina de la Tía Abuela esta repleta de figuritas de zanahorias hechas de distintos materiales. “Ah. Es mi colección de zanahorias”, dijo ella al ver la curiosidad que se reflejaba en los ojos de su pariente. La Tía Abuela le enseñó todas sus piezas, había zanahorias grandes, pequeñas y diminutas, algunas solas, otras en pares, y algunas más en grandes racimos, otras tenían sombreros, unas eran saleros, otras eran cucharas o tenedores, una servía de encendedor y otra más era un rayador de quesos. Decenas de zanahorias en muchas formas y tamaños desfilaron ante sus ojos. “Bueno, ahora come tu pay o se va a enfriar”, Godofredo tomo el tenedor y el plato y comió un pedazo. “¿Y tú coleccionas algo, Godofredo?”, preguntó la anciana. “Pesadillas”, contestó sin vacilar el Señor Conejo sin quitarle los ojos de encima a una zanahoria que tenía unos brazos flacos como ramas de árboles que terminaban en garras afiladas.

El Tesoro del Señor Conejo. Sentado ante su escritorio, a la luz de una tenue vela, Godofredo inició los trazos sobre el viejo pergamino. Cuidadosamente había afilado la pluma que luego mojó en el tintero y ahora escribía con hermosas letras: “Desde donde los tres caminos se cruzan, darás veintitrés saltos de conejo entre los caminos que vienen del Sur y el Oeste. Luego Quince saltos más hacia donde el sol se esconde. Llegarás así a al principio del un sendero invisible que iluminan sólo los astros nocturnos. Ciego estarás, pero la linterna de la luna hará obvio tu camino, sigue las estrellas una en la tierra otra en el cielo, hasta donde una enorme roca se interpone. Del río escucharás el llamado, cuatro rocas negras marcan el punto de cruce, si te mantienes firme en tu andar, a un lugar donde el suelo se hunde llegarás. Ahí no habrás de hablar, mucho menos cantar, hay colmillos cerca que no querrás despertar. Sigue tu camino en cuatro patas, las dos delanteras son las más importantes. Buscarán ellas un lugar donde han de embonar los dedos largos de un solo animal, uno que salta como si corriera del mal. Son seis agujeros que se habrás de hallar, si pala no has traído deberás regresar. Lleva agua y comida, pues en cavar se irá todo un día”. Godofredo releyó lo escrito un tanto inconforme por las malas rimas del final, pero contento pues era el mejo escondite que había encontrado. Enrolló el pergamino, lo ató con una cinta roja, lo metió en una cajita de madera con candado y subió al ático, allí se abrió paso entre los cachivaches que lo poblaban y subiéndose en una caja de madera, se estiró lo más que pudo y deslizó la cajita detrás de una pared falsa, se oyó el golpe de la cajita al llegar al suelo. Godofredo salió del ático, se sacudió el polvo de las orejas y con una voz interna que sonaba grave se dijo a sí mismo: “Bueno ahora debo encontrar un tesoro digno de tan misterioso escondite”.

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Los Sueños del Señor Conejo. Son éstos muy diferentes de sus pesadillas y raramente aparecen, como un trébol de cuatro hojas o una rosa azul. Son luces que van de aquí para allá, sobre colores que se mezclan, en un lugar ignoto que no tiene ni arriba ni abajo, donde caminas sin saber si vas hacia delante o atrás. No hay formas reconocibles, sólo hay que adivinar, como cuando se contemplan las nubes. Hay aromas que se mezclan y de inmediato se olvidan. Hay música, pero se escucha suave, a lo lejos, como un tarareo. Siempre hay viento, un viento suave y fresco que apenas mueve su pelaje y acaricia sus orejas. El suelo suena cubierto de hojas secas, el cielo de aves de colores, pero ¿es ése el suelo y aquel el cielo? o ¿es al revés? Godofredo nada, camina o vuela y pierde su forma, ya no es conejo, es ave, es pez, es gaviota, es viento, es delfín, pero también es mar, es tormenta enfurecida y una apacible luna ascendiendo, no tiene principio ni fin, él es el tiempo, es el amanecer, es el despertar… El Señor Conejo se despierta sin sobresaltos, abriendo lentamente los ojos, estirando sus orejas hasta que las puntas tocan la pared, se levanta de la cama, va a la ventana y abre las cortinas para ver el amanecer que hace un momento fue.

Una Obsesión… Bueno, Dos. “Un poco más a la derecha…no, no, no, a la derecha, esa es la izquierda”, decía la Señora Cebra. “Señora soy un profesional, por favor salga y cuando esté listo yo la llamaré”, le dijo con mucha amabilidad Godofredo, pero a punto de explotar. La Señora Cebra abrió la boca para decir algo, pero ante la imperativa mirada de Godofredo, cambio de idea. “Está bien Señor Conejo”, dijo muy bajito y salió del cuarto. Godofredo, ya sin la presión encima, comenzó la ardua labor. Observó, midió, calculó, garabateó sobre un papel innumerables operaciones, pasó su mano por la pared buscando las más ínfimas imperfecciones, marcó los puntos clave, midió la profundidad del cuarto su altura, trazó sobre el suelo el avance del la luz solar, midió la velocidad de las brisas que circulaban por el cuarto y luego verificó todos sus cálculos, dos veces. Y al fin colgó el cuadro. “Ya está Señora Cebra”, gritó y de inmediato ella entró en la habitación con los ojos fijos en el cuadro. Después de acercarse, alejarse y caminar de un lado a otro del cuarto soltó una risa diciendo “Magnífico, no lo puedo creer, está tan derechito”. El Señor Conejo no pudo evitar parase de puntitas, orgulloso de su trabajo. “Si quiere que dure mucho tiempo así debe mantener la ventana cerrada las brisas que circulan aquí sobrepasan las recomendadas”, le dijo al salir, y ella le agradeció el consejo diciendo: “Consejo de conejo, es buen consejo”. El Señor Conejo se dedicó durante un corto tiempo a la “Colocación Profesional de Cuadros”, la meticulosidad en su trabajo le habían abierto las puertas de un mercado inexistente. Recibió llamadas de todos los rincones de bosque, colocó fotografías y pinturas famosas, tanto originales como copias, y sólo una vez un espejo. Godofredo llegó a la perfección en este arte tomando en cuenta todos los factores que rodearía al cuadro, la inclinación del piso, del techo de las paredes, la textura de ésta, de la parte trasera del marco, las condiciones ambientales de la habitación, de la casa, la disposición de los muebles, en fin cada pequeño detalle imaginable. A medida que pasaba el tiempo llegó a hacerlo casi por instinto y, a veces, sin la necesidad instrumento alguno. Hasta que un día el mundo le pareció mal colocado, las casas le parecían chuecas, los árboles demasiado inclinados, el camino muy irregular, las estrellas mal acomodadas, la luna muy alta a veces, otras demasiado baja. Dándose cuenta de su obsesión, dejó de hacer ese trabajo y dedicó su tiempo a armar rompecabezas, aunque esto se volvió otra obsesión también. Armó tantos rompecabezas que su desván se llenó de pilas de rompecabezas armados en noches de insomnio, pegados en cartulinas negras, hasta que conquistó su más grande desafío: El Terror Púrpura, que ahora muestra orgulloso sobre su chimenea.

En el Parque (Historia con Música de Reloj). Pío, pío, dicen los pollitos. Un Múuuuuuuu muy largo deja salir la vaca. Guau, guau, ladra un perro. Arf, arf, dice otro. “Ese debe ser un perro inglés”, murmura un conejo sentado en una banca del parque. Cuac, cuac, dicen los patos flotando en el lago. Rum, rum, ruge un auto. Croac, croac, grita el sapo que lo conduce. ¡Splash!, una rana se lanza al lago. Píiiii, píiiii, suena un claxon. Tiiin, tiiin, la campana de una bicicleta que pasa frente al conejo. ¡Snif! ¡snif!, el oso en la bicicleta huele una flor. Mua, alguien arroja un beso. ¡Cuidado!, grita el conejo. ¡Schrííích!, suenan los neumáticos, ¡TUMP! ¡CRASH! se escucha estruendoso. ¡Ay!, gritan todos. El oso se levanta enojado sacudiéndose el polvo,

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¡¡¡GR

RRRRRR!!

! , ruge furioso al ver al sapo. Glup, éste pasa saliva, preocupado abre la boca y

grita Croaaaaa¡aauxiliooooo!, y corre como loco perseguido por un oso exasperado y algo despeinado. ¡Pop!, se escucha como el reventar de una burbuja y el Señor Conejo despierta desconcertado, “¿Fue eso sueño o pesadilla?”, se pregunta mientras el reloj camina con sus zapatos que hacen tic tac, tic tac y afuera el Señor Gallo grita a todo pulmón ¡Quiquiriquíííííííí! (Ilja Hurník, Hodinky a Hodiny, The watch and the clock)

En el Oscuro Bosque. (Historia con música de fondo) El Señor Conejo regresa a casa caída ya la noche, cruza el Bosque Oscuro por el sendero, de pronto, el Señor Lobo aúlla entre los árboles. “¡Buenas Noches!”, le dice Godofredo, “¡buenas noches!”, le contesta él. El Señor Conejo sigue su camino mientras la luna se oculta, las sombras de los árboles se hacen más profundas. ¡Arrrggg!, se escucha un rugido. “Buenas noches, Señor Monstruo del Bosque”, saluda Godofredo, “¡Arrrggg!, buenas noches Señor Conejo de por allá”, le contesta. Los árboles se cierran y se encorvan, la noche calla, el viento para y luego una vocecita rompe el silencio. “¡Por favor… píntame un sombrero!”. “¡Ay!, digo ¿eh?”, se sobresaltó Godofredo. “¡Píntame un sombrero!”, dijo la vocecita. El Señor Conejo se restregó los ojos y vio al pequeño niño cuando la luna salió de nuevo. “¡Píntame un sombrero!”, repitió la vocecita dulce. “¿Un sombrero? ¿No querrás decir un cordero?”, preguntó extrañado Godofredo quien no llevaba sombrero. “No, un sombrero”, contestó el niñito muy seguro. “¿Seguro?”. “Sí, sombrero”. “Bueno, ¿dónde lo dibujo?”. “En aquella casa”, dijo el pequeño señalando una casita en el bosque que Godofredo nunca había visto. El niño se puso en camino y con una seña indicó a Godofredo que lo siguiera. De la chimenea de la casucha salía un humo oscuro que parecía una sombra en la noche, de sus ventanas salía una luz que temblaba, tal vez por el frío de la noche. Cuando llegaron, el niño abrió la puerta que crujió aún después de ya estar abierta, el niño señaló la mesa donde había papel y crayones. “Le dibujaré el sombrero y me iré de aquí lo antes posible”, pensó el Señor Conejo. Tomó un crayón y se dispuso a dibujar. “Espera, primero déjame enseñarte cómo dibujo yo”, lo detuvo el niño quien tomó otro crayón y comenzó a trazar sobre un papel. Godofredo no podía ver lo que dibujaba, pero no tardó mucho, y de inmediato se lo enseñó. Era el dibujo de un conejo atado por una gruesa cuerda que lo rodeaba desde el cuello hasta las patas. “Qué bonito dibujo”, le dijo Godofredo. “No, no es un dibujo”, contestó el niñito, “es un espejo”. De inmediato Godofredo sintió la cuerda que lo apretaba y cuando trató de moverse cayó al suelo. Luego vio cuatro patas que salían del cuarto contiguo, y escuchó una voz chillona y rasposa que decía, “bueno, ahora vete”. El niño salió saltando al bosque y la puerta se cerró tras él, rechinando. “Mira nada más, justo lo que nos hacía falta”, le dijo la voz chillona a otra que le contestó “deja de jugar a la villana y ayúdame a cargarlo”. La Señora Rana y la Señora Murciélago levantaron al Señor Conejo y lo llevaron a una habitación donde un caldero estaba sentado sobre carbones ardientes. “Ahora, dónde está esa receta”, dijo la Señora Rana. “¡Aquí, aquí! La tenemos en la mesa desde hace una hora”, dijo desesperada la Señora Murciélago. “Bueno, bueno”, tu mueve la mezcla. “¡Ajá!”, gritó de repente la Señora Rana, “un conejo grande”. La Señora Murciélago, siguió moviendo la mezcla en el caldero, pero miró al techo desesperada. La Señora Rana se acercó a Godofredo que no se atrevía a hablar por el miedo. “Pero este conejo es más bien pequeño, pequeñito diría yo”, dijo en voz alta, como si la Señora Murciélago estuviera muy lejos, al tiempo que examinaba a Godofredo. “Servirá, servirá”, le contestó la desesperada meneadora de caldos. Bueno ayúdame a echarlo. La Señora Murciélago dejó la pala y fue a ayudarla. Cuando lo levantaban, Godofredo gritó: “¡No!, esperen ¿no deben echar antes las verrugas de rana y las alas de murciélago?”. “Muy gracioso conejito”, le dijo una de ellas. Godofredo no pudo hacer nada para evitar ser metido en el caldero, pero el agua no estaba tan caliente. Godofredo quedó sentado en el caldero con el agua hasta el cuello. Las dos Señoras Brujas echaron hierbas, semillas y un trozo de madera. “¡Muévelo que se pega!”, dijo la Señora Rana. Godofredo giraba en el caldero con agua tibia. Después de un rato comenzó a sentir frío. “Písht. Oiga, ya se ha de haber apagado esto está muy frío”, les dijo. “No, no es eso es que ya estuviste mucho tiempo aquí dentro. Despierta y ponte una toalla”, le dijeron. El señor Conejo se despertó en el agua fría de la tina y temblando buscó una toalla con que envolverse. (Vladimir Rebikov Op. 31 nº 9 The witch in the forest)

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Monsieur Lapin, Le Cuisinier. Godofredo Conejo, tomó clases de cocina. Su sazón era inigualable, sus combinaciones de especias las más exactas, su manejo del chocolate, literalmente, exquisito, su inventiva en el uso de la vainilla le dio renombre y su maestría en la preparación de zanahorias lo llevó a la cumbre de su corta carrera. Godofredo trabajó tres largos meses es en restaurante “El Nudo el Árbol”, al que todo mundo se refería ahora como “El Sazón del Conejo”. Durante esos tres meses el restaurante estaba lleno día y noche, las reservaciones eran imposibles de conseguir. El menú del Señor Conejo se expandió hasta la cantidad de trescientos platillos, pero como todo oficio del Señor Conejo, su fin llegó cuando una gran cadena de comida rápida instaló sus productos de precios y sabores baratos al otro lado de la calle. Godofredo sintió alivio de dejar tan laborioso trabajo, además, tal vez, le esperaba un trabajo mejor viajando por el mundo en su propio programa televisivo de chef retirado.

Flotar. Habíase embarcado Godofredo antes del alba en una pequeña lancha -así que ”Habíase enlanchado” sería una expresión más fidedigna aunque menos correcta para empezar este relatolanzándose al lago con el rocío humectante en sobre su pelaje blanco. La pesca era una afición que no figuraba en la lista de sus aficiones, no así el desconocido pasatiempo de flotar, que practicaba con poca frecuencia, pero por largas horas cuando la oportunidad aparecía. Así el Señor Conejo se alistaba para un amanecer bajo el cielo amplio y el lago que lo era otro tanto, pero la suerte había planeado otro escenario en esta pequeña obra, así la embarcación del conejo desafortunado navegó a la deriva arrastrada por tenues corrientes hasta desembocar a la mar sin que Godofredo lo notara por su somnolienta abstracción en el cielo sin nubes. Cuando, dándose cuenta de su fatal situación, Godofredo buscó los remos, los halló flotando en los límites de su vista. Desesperanzado, Godofredo gritó al cielo asido a los bordes de la lanchita férreamente con sus dos peludas manos, luego soltó un grito más agudo cuando vio en el horizonte cercano una inmensa nube que agitaba las aguas, soplaba un viento que sonaba a cientos de violonchelos desbocados y soltaba un enfurecido rugido que semejaba truenos. Godofredo se tiró boca abajo en la proa y usando sus manos a manera de remos trató de alejarse de la furia que se avecinaba, pero resultando su esfuerzo vano, corrió con tres pasos a la popa sacó puso sus dos patas dentro del agua obteniendo un mejor resultado, pero no lo suficiente para evadir el peligro. La tormenta lo alcanzó y Godofredo se tiró al suelo de la lancha cubriendo su par de ojos con su par de orejas y abrazando sus patas con sus manos formando una bolita peluda. La embarcación era un juguete del inmenso monstruo, la levantaba en sus olas, agitándola de aquí para allá. Los rayos recorrían de lado a lado el oscurecido cielo iluminando las siluetas de las gigantes nubes negras que conformaban la tormenta. Duró horas, horas de incertidumbre que hicieron temer a Godofredo la inminente fatalidad. La suerte de Godofredo había huido con los primeros vientos de la tormenta, pero había regresado para arrojarlo a tierra firme. El Señor Conejo abrió los ojos encontrándose sobre una playa de blanca arena. Se sacudió el agua del pelaje. La tormenta había muerto o huido a mares lejanos. Godofredo se encontró en lo que parecía una isla deshabitada. Horas caminó, hasta la cima de la montaña desde donde esperaba deducir dónde se encontraba. Al norte, al sur, este, oeste y sus combinaciones sólo encontró mar, mar y más mar. Pero allí cerca, bajo su pata, detrás de una roca, vio el objeto más maravilloso que sus vivos ojos hubieran contemplado jamás, era apenas grande que la palma de su mano, pero maravilloso en todo aspecto que pudiera imaginar. Lo tomó con una mano y sopló para quitar el polvo que lo cubría. “Este es el tesoro para mi escondite perfecto”. Como si la suerte proviniera de aquel insólito objeto, Godofredo vio en la playa un barquito con chimenea humeante al corrió de inmediato cuesta abajo, aferrando entre sus dedos el tesoro maravilloso que el destino o la mera suerte había puesto en su camino. Godofredo corrió con toda la energía que le quedaba, hasta el barco y después de un breve, pero animado, relato de los hechos, por supuesto omitiendo el afortunadísimo hallazgo, los tripulantes le permitieron abordar la nave. Godofredo vio la isla alejarse lentamente, y cerró los ojos sintiendo el tesoro que aún apretaba entre sus dedos. Pero lo tangible en los sueños se torna intangible al despertar así que cuando abrió de nuevo los ojos su mano apretaba sólo el aire del mediodía. Godofredo suspiró y tomando los remos regresó a la orilla del lago, lamentando la perdida del tesoro que nunca tuvo.

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Cuando el Señor Conejo Habla del Pasado (en Futuro). Se sentará Godofredo al filo de la silla, junto a un fuego que arderá crujiendo sin ritmo, en la noche fría del principio de algún invierno. Escudriñará, atentamente, los rostros de los oyentes y, al asegurarse de tener completamente su atención, comenzará a soltar al aire las palabras previamente ordenadas. “Será mi pasado un recuerdo aún no guardado, donde los acontecimientos importantes serán tan nítidos en mi mente como cada pequeño detalle del que estarán compuestos. El viaje siniestro, del que mis pies no han recorrido ni un solo paso, culminará en cruel conclusión que dejará huella en mi corazón, aumentará mis temores, pero engrandecerá mis relatos; las tardes de observación estelar culminarán en descubrimientos que turbarán mi paz interior y alojarán dentro de mí una duda que no podrá ser desterrada; los años pasarán ante mis ojos deteniéndose de cuando en cuando a observar mi diario que tendrá cascadas de palabras, algunas sin sentido aparente; se romperán las distancias en una búsqueda que ahora desconozco, pero que tendrá vital importancia en el destino de muchos; muchos se preguntarán las razones de mis largas ausencias, que son razones que yo mismo ignoro ahora; la luna será protectora de las noches de angustia que me esperarán agazapadas tras una esquina del tiempo… será ese mi pasado, cuando el tiempo complete su segunda vuelta, después de incontables anocheceres, sobre mis pequeñas vidas…” El Señor Conejo se levantará de la silla, y con parsimonia se alejará al rincón oscuro, observando de reojo los rostros perplejos de quien le escuchará. Tomará la pipa que nunca enciende y volverá para seguir su incoherente relato.

En un Castillo. El techo de aquella inmensa sala elevaba su cúpula de cristal enmarcando el cielo nocturno. Los pasos del Señor Conejo provocaban un triple eco, que se rezagaba. Godofredo seguía a su anfitrión que caminaba unos pasos adelante, habían recorrido cientos de metros a travesando, primero, los inmensos jardines del castillo y, luego, un laberinto de salas atestadas de lienzos y enormes candelabros. Por fin, su anfitrión se detuvo en aquella inmensa sala con lienzos en blanco colgando de los muros. -

Henos aquí, mi apreciable viajero- dijo con gravedad el anfitrión- la cena será servida en unos momentos, por favor, tome asiento. Debe estar cansado. El Señor Conejo se sentó en la silla que había señalado su anfitrión con un suave ademán.

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Gracias, Conde Van Daurt, sí estoy algo cansado- respondió tímidamente Godofredo. No, no. Van Dortum es mi nombre.

Godofredo se sonrojó y pidió disculpas inclinando la levemente la cabeza. El Conde caminó hasta el otro lado de la larga mesa, sin que sus pasos causaran eco alguno. “Debe usar pantuflas”, pensó Godofredo que estiraba el cuello sin poder ver los pies delConde. -

Coma, coma, amigo- dijo con el Conde que ya se había sentado en la silla al extremo de la mesa.

“¡Ay!”, dio un gritito y un saltito el Señor Conejo al ver de pronto innumerables platos frente a él. -

Coma, que la compañía es un majar que no quita el hambre. Usted, no tiene plato, Conde Van Dortum. No, yo no cenaré con usted mi apetito parece haber huido como una manada de hermosos lobos. Y siento corregirlo, pero no es Van Dortum, mi apreciable conejito, es Von Cantum. Creí haber oído Van Dortum, lo siento. No lo sienta, coma.

Godofredo se sirvió de uno de los platos y comió las mejores zanahorias gratinadas que haya probado en su vida. La luna se asomaba, pálida por la cúpula de cristal y avanzaba lentamente persiguiendo una nube oscura.

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¿Vive usted solo en este enorme castillo, Conde Von Cantum?- preguntó Godofredo después de pasar un trago del vino tinto de sabor frutal. No lo sé- susurró el Conde tan bajo que apenas lo escuchó el Señor Conejo, pero no le dio importancia pues disfrutaba una copa de helado de chocolate.

El Conde miró a su alrededor extrañado, como si viera por primera vez aquella sala. Luego, se levantó de su silla y fue a la pared de dónde colgaba el más grande de los lienzos blancos, de unos tres metros de alto y dos de ancho, lo examinó de cerca y luego suspiró desesperanzado. -

¿Conde Chocolate, digo Von Cantum? Es Von Candramtum, mi pequeño amigo conejo. Lo siento Conde Von Candramtum. Von Conrarttum, no se equivoqué peludo señor- refunfuñó el Conde Lo Que Sea. Bueno, Conde, usted no recuerda su nombre realmente… …no, no. Lo siento Señor Godofredo, no he sabido fingir, ¿cierto? Sí, por un momento me engañó.- Godofredo se acercó al Conde y contempló también el lienzo blanco- ¿Cómo pasó? Lo último que recuerdo fue haber montado mi corcel y luego una luz que cegó mis ojos. Amnesia- susurró Godofredo.

Ambos miraron la cúpula donde la luna había dado alcance a la inmensa nube oscura y ésta respondió con furioso relámpago y triste lluvia. -

Sus aposentos han sido preparados, ahora podrá descansar gentil viajero- el Conde indicó con una mirada a Godofredo que lo siguiera. Subieron una enorme escalera de caracol, luego caminaron un largo pasillo hasta una recámara majestuosa- descanse la noche es joven tendrá un largo sueño.

El Señor Conejo vio al Conde alejarse por el largo pasillo y se dispuso a dormir. Afuera, el agua resbalaba por los vitrales, y los rayos creaban sombras amorfas. Godofredo cayó presa del sueño. -

Señor Conejo, despierte- el Conde se hallaba al pie de la cama. ¿Conde?- preguntó el somnoliento conejito. He recordado quien soy- el Conde parecía más alto y su rostro se ocultaba en las sombras. Me alegro- respondió el conejo- así podré saber…- Godofredo se levantó a toda prisa de la cama al ver el rostro del Conde acercándose. Soy el amo nocturno de este castillo de soledad diurna, soy espíritu que atormenta, que desea saciar su sed infinita, soy Dra…

Godofredo corrió por el largo pasillo huyendo de los afilados colmillos que le daban alcance. Bajó atropelladamente la escalera de caracol, llegando a la sala donde unas horas antes había cenado. De los lienzos, otrora blancos, salían manos pálidas, tan largas que Godofredo tuvo que correr sobre la larga mesa para no ser alcanzado. En el gran lienzo la pintura de una hermosa dama se derretía como cera de una vela. “Huye”, creyó entender el Señor Conejo, antes de que el rostro se desfigurara. El Conde estaba cada vez más cerca. Godofredo divisó los jardines, al final de una gran sala. El aroma nocturno de las flores lo guió. El sendero se distinguía en la noche por sus muros de árboles. Godofredo miró atrás. El Conde había desaparecido. La lluvia cesó de pronto. Godofredo se detuvo y se escondió tras un árbol. El silencio sepulcral lo abrazaba con su mano enorme. “¡Ay!”, gritó el asustado conejo. Un murciélago descendió de la copa de los árboles. Godofredo corrió con todas sus fuerzas huyendo de la amenaza. El largo sendero se perdía tras una colina que a Godofredo le parecía tan lejana que deseó tener alas. (Moisés Moleiro, Preludio en c #)

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Bajo Llave Cansado de huir de sus pesadillas, Godofredo guardó todos sus miedos en el armario, cerró la puerta con llave y la tiró al lago. Cuando hubo terminado, el armario se inflaba y desinflaba, como respirando, después se sacudió y, al fin, después de un rato, se quedó quieto. Godofredo se fue a dormir aquella noche satisfecho de haber puesto fin a las pesadillas. La noche pasó sin que se viera envuelto en ningún horroroso sueño. Al día siguiente tomó su caminata dominical. Recorrió el camino hasta la colina de la piedra verde y, luego, caminó por la orilla del lago, donde el día anterior había…había…arrojado…no podía recordarlo. Luego olió las dalias que crecían alrededor y su aroma no le recordó nada, aunque estaba seguro que tendría que recordarle algo. Así las nubes con forma de conejo o de bergantín no significaban nada, ni las piedras, ni el aroma húmedo del aire. La noche llegó, pero ningún sueño o pesadilla hizo su aparición. Los días pasaron y los recuerdos pasaron a ser dejaban en el un hueco que afligía su corazón. El Señor Conejo tomó una decisión: tenía que recuperar sus recuerdos aunque eso significase sacar sus temores del armario pues, como había comprobado, ambos estaban cosidos con un irrompible hilo. Consultando su diario, Godofredo supo dónde buscar la llave. A la orilla del lago se arrepintió, “los conejos no saben nadar y mucho menos bucear… ¿o sí?”, Godofredo no podía recordarlo. Tendría que pensar otra solución…

…el Señor Conejo tomó un alambre, lo estiró y con un doblez en la punta formó un gancho que introdujo en una hendidura del armario. Después de varios minutos de infructuosos intentos, logró enganchar uno de sus miedos. Tiró con todas sus fuerzas, pero aquel almacenado miedo parecía atorado, así que haló con más fuerza, apoyó las patas en el armario, pujó y, al fin, logró sacar aquel temor a la luz de la vela. El terror liberado había quedado muy estirado y algo deshilachado. Godofredo lo picó con su dedo, el terror se estremeció y por un momento parecía toser moribundo. Sin pensarlo más, Godofredo regresó aquel alargado miedo dentro de él, esperando poder usarlo para sacar a los demás del armario, poco a poco el sueño lo venció y el miedo hizo su onírica aparición. Laaaa taaaardeeeeee cooooorrrrrííííííía preeesuuuuroooosaaaa. Eeeeel Seeeñoooor Coooneeejjjoooo huuuííííaaaaa deee laaaa aaaafffilllaaadaaaa hoooojaaaa meeetááálicaaaa queeee cooorríííaaa traaaaas ééél, peeerooo soobreee toodooo deeel loooocooo eeenmaaaaascaaaraaadooo queee blaaandíííaaa eeeel haaaachaaaa. Gooodoooofreeedooo aaaaapeeenaaaas pooodíííaaaa reeeespiiiraaaar, pooor eeeel caaaansaaaaannciiiio, peeeeeroooo teeenííííaaaaa queeeee seeeeeguiir cooorriiieeendoooo. Suuu caaaaasaaaaaa yaaaaa seeee veeeeeeííííaaaaa aaaaaal fiiiinnnnaaaaal deeeeel caaaammmiiiinooo, Goooodoooofreeeedooo aaaapreeeesuuuuróóóó eeeeeel paaasooo, eeeeel haaaachaaaa coooortaaaaabaaa eeeeel aaaiiireeeee uuunooos meeeetroooos aaaatrááás. Eeeeel Seeeeeñoooor Coooneejoooo seeee deeeseeespeeeróóó poooor loooo taaardaaaadoooo queeeee seeeee haaaabííííaaaaa vuuuueeeeeltooooo reeecooorreeeer eeeeel coooortoooo caaaamiiiinooooo aaaaa caaasaaaa. Deeeeespuuuuéééés deeeee uuuunooos meeetrooos queeee seeee voooolviiieeeroooon kiiiiloooomééééétriiiicooos, eeeel Seeeñooor Gooooodooooofreeeeeedoooo Coooooneeeeeejoooooo deeeeel Boooooosqueeeee, lleeeeegóóó aaaaa caaasaaa. Rááááápiiiiidaaaaameeenteeeeee seeeeee diiiiiriiigiiióóó aaarriiibaaaa, haaaaaaciiiiaaa eeeel aaaarmaaaariiiooo, reeeeeecoooorriiiieeeendoooooo coooon deeesboooordaaadooo pááániiicooo caaadaaa eeescaaalóóóón, luuueeeegoooo aaabriiieeenndoooo laaaaa puuueeeertaaaaa. “Eeeeestáááá ´biiieeeenn, meeee riiiindooo, haaaaaz loooo queeee teeeengaaaas queeeee haaceeer”, diiiijoooo Goooodooofreeeedo reeeecaaaarrrgaaadddooooo eeeeen eeeel aaaarmaaaaariiiiiio. Eeeeeel looocoooo eeeenmaaasaccaraaaaadooo, eeeleeeevóóóó eeel haaachaaa pooor eeenciiimaaaa deeee suuu cabeza, yyyyy luuueeeegoooo laaaaaa baaaajóóóó coooon fuuuueerzaaaa yyyy veeeelooooociiiidaaaad haaaaaaciiiiaaa Goooodoooofreeeeedoooo, peeeroooo éééesteeee puuudoooo eeeeesquiiiivaaaaarlaaaaa graaaaciiiiaaas aaaa laaaaa leeeeeentiiiiiituuuuud deeeee laaaa peeeesaaaadiiilllaaaaa. Uuuuunaaaaa puuueeertaaa deeeel aaarmaaariiiioooo seeeee hiiiizoooo triiiizaaaas yyyy teeeeemooooreeeess yyyy reeeeecuuuueeerdoooos fuuuueeerooon liiiibeeeraaaadooos. Gooooodoooofreeedoooo seeee diiiióóó uuun peelliiizcoooo yyyy deeeespeeeertóóóó para volver a la normalidad. Más contento que nunca, Godofredo se levantó del suelo y, sin mirar el armario vacío, salió de casa para hacer lo único que podía hacer en un momento como éste: caminar. (Francisco Mignone,Seis Pequenas Valsas de Esquina Nº 2)

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Otras Ocupaciones del Señor Conejo En secreto, Godofredo Conejo escribía historias que a nadie mostraba, su primera historia fue sobre una hoja de árbol que había pasado mucho tiempo entre las hojas de una enciclopedia y ahora se sentía una erudita en todos los temas que empezaran con la letra H. Luego dedicó mucho tiempo a escribir historias sobre una niña muy flaquita llamada Lalia, que vivía más allá de las montañas donde los árboles eran escasos, el cielo opaco, los ríos el pasado, el silencio un tesoro, el cantar de las aves un secreto murmurado y el tiempo comparado con el oro. Godofredo guardaba todas las historias bajo llave, en el cajón superior de su escritorio, soñando que alguien, en algún lugar, escribe historias sobre un conejo chiquito al que llaman Señor, pero que en realidad se llama Godofredo, y que, quien escribe, confunde su mundo y a sus sueños los toman por vigilias. En las tardes anaranjadas el Señor Godofredo Conejo toma el lápiz y comienza a escribir sobre el papel: GODOFREDO, SUS HISTORIAS DE LALIA. Cuatro Pastelitos. Fue una tarde, muy parecida a ésta, cuando Lalia tomó el camino del destino, que es el único camino que existe en… (Vladimir Rebikov Op. 31 nº 5 Evening in the meadow)

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EL HECHIZO ITO (DEL COMPENDIO DE HISTORIAS TONTAS VOL. XXXIV) “Mi hijito es el más bonito. Se come siempre todas sus verduritas. Sus frutitas y todo el guisadito”, presumía la gorda señora a sus vecinas, mientras Miguel(ito) se escondía, apenado, tras el carrito del mandado. “Un kilito de jitomatitos, uno de cebollitas y otro de limoncitos”, decía al vendedor. “Gracias Don Betito, que su esposa se mejore, porque está malita, ¿no?...” preguntó poniendo mucho énfasis en la última sílaba. Don Beto se puso rojo como los tomates que vaciaba en la bolsa. Carraspeó y dijo son voz muy baja: “Nos separamos”. “!Ay¡, lo siento”, contestó la mamá de Miguel(ito) con un tono que delataba que ya lo sabía . Pagó sus compras y se fue ondeando su mano por todo el mercado, jalando su carrito, detrás del que iba Miguel(ito), con la vista baja y encogido. Si me he referido a Miguel como Miguel(ito), es porque si quien lea esta historia va a la misma escuelas que Miguel(ito) no tendría la más mínima idea de que se tratase del mismo niño. Porque a Miguel lo conocen en su escuela, las escuelas cercana y en su colonia como Ito, debido a que cu mamá tiene la penosa costumbre de, a la salida de la escuela, gritar ¡¡¡MiguelITO!!!, con un desproporcionado énfasis en las tres últimas letras, hasta que Miguel(ito) llega y la toma de la mano para marcharse. Doña Chisminutivo llamaban a la mamá de Miguel(ito) por obvias razones , pero esta historia no trata de sus chismes, que han provocado más de un divorcio y un número de incontables riñas y cachetadas, sino de lo que pasó un día cuando Miguel(ito), a la salida de la escuela se armó de valor y le preguntó su nombre a una niña, que ahora sabía se llamaba Dalia, quien había prendado su corazón de seis años, bueno, casi siete, desde el primer momento en que la vio durante un recreo lluvioso mientras él comía su sándwich de lechuga y queso. Pero Miguel(ito) nunca se había atrevido a hablarle porque ella era mayor que él, pero sobre todo porque Miguel(ito) había aprendido a ser tímido. Pero el destino, sí es que dicha cosa existe, lo puso aquel día frente a ella, ojo a ojo, en aquel pasillo vacío “Ito y Dalia”…digo “Miguel y Dalia”, pensaba Miguel(ito). -

Ho…hola. Hola- le contestó Dalia. A Miguel(ito) se le heló la sangre. ¿Cómo te llamas?- dijo después de un largo e incomodo silencio. En ese orden. Dalia- dijo ella con una seguridad que puso a Miguel(ito) aún más nervioso- ¿y tú?- Miguel(ito) se sintió como helado en un horno para pizzas Me...me llamo Mi…Migue….l ¡¡¡¡¡¡¡¡Miguel ITO!!!!!!!!! Ahí estás, vámonos que se hace tarde- dijo una voz chillona.

No hace falta decir quién jaló a Miguel(ito) del brazo. Él, apenado, no volteó a ver a Dalia.

Ya en casa, con su mamá parloteando al teléfono, Miguel(ito) apretaba los puños y los pensamientos desfilaban en su cabeza. Su mamá seguía discutiendo con Doña Quien-sabe-quien sobre la calidad de los enchinadores de pestañas “El Cisnecito”. -

La gomita, la gomita, eso es lo importante, eso es lo que hace el ricito.

“No volveré a verla, tendré que esconderme cada vez que la vea venir” -

Sí, sí. El ricito, no la risita…es lindito, la pestañita, paradita.

“¿Por qué todo tiene que ser chiquito? ¿por qué?” -

Ay no, nadita, es baratito.

“¡Ya, ya, ya!”, pensaba Miguel(ito). Apretaba más los puños.

-

Te lo digo, en el mercadito, junto al puesto de Don Jorgito, el de los juguitos…¡no!¡nonito!, es baratitto…ito…ito…ito

“Ito, ito, ito ito, ito, ito…”, se atropellaban los sufijos unos a otros en la cabeza de Miguel(ito). ¡Ya, ya, ya!- estalló de pronto Miguel(ito). Doña Chisminutivo dejó caer el teléfono, y con cara de asombro se levantó del sillón. Miguel(ito) la vio levantarse ante él como quien viera erguirse una montaña

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ante sus pies, pero no se movió aunque lo cubría aquella gran sombra, que aunque era pleno día hacía parecer que la noche era ya profunda. ¡Ya!. Grito por cuarta ocasión. Se dio la vuelta, ignorando aquel gran bulto que lo miraba con la boca abierta, y azotó la puerta de su cuarto. Doña Chisminutivo se quedó ahí con la boca abierta de asombro y las cejas levantadas, que casi se juntaban con su cabello, si la gran arruga en su frente lo hubiera permitido. A los pocos minutos reaccionó, corrió a la puerta del cuarto de su hijo y lo llamó desde afuera: “¡Miguelito!”. Miguel(ito), que se había tirado boca abajo en su cama, sintió que ésta se hacía más y más grande. -

¡Abre Miguelito!.... ¿Hijito?...

Miguel(ito) se levantó de la cama que se hacía cada vez más grande. -

¡Miguelito abre, Miguelito!

Miguel(ito) corrió a abrir la puerta. La cerradura, que momentos antes le quedaba a la altura de los ojos, ahora estaba a su alcance sólo parándose en la punta de sus pies. Doña Chisminutivo entró a la habitación y al ver a Miguel(ito) dio un gritito y un saltito. “¡¿Qué pasó?!, ¿por qué?...¿po…por qué estás?”… Doña Chisminutivo salió corriendo y recogió el teléfono dónde su amiga aún esperaba. “¡Cuelga, cuelga! Luego te cuento”. Buscó el teléfono del doctor en la agenda y marco tan apresuradamente que tuvo que hacerlo tres veces pues se equivocaba. Ring, ring, debió gritar el teléfono al otro lado de la línea. -

¿Doctor? … Necesito que venga inmediatamente… es Miguel… … No, no, no se escondió bajo la cama, se encogió… … Sí, sí, se encogió. … ¿Cómo?...no lo sé … Venga lo más pronto posible. … No estoy bromeando, no bromearía con algo así.

Miguel(ito) se quedó asombrado porque su mamá no había utilizado ningún diminutivo durante toda la conversación con el médico. -

Ven, tienes que ir a la cama.

Miguel(ito) obedeció. -

Mmmm….mmmm….mmmm…. Yo no veo nada malo, para un niño de cuatro años es una estatura normal- dijo el médico. Doctor, Miguel acaba de cumplir siete años- dijo la madre. ¡Cof, cof! -tosió el médico cuando se atragantó por el asombro.

“Esto no es posible, ¿qué pudo haber pasado?” pensó el médico, pero no dijo nada para no alarmar a la madre. Sacó de nuevo su estetoscopio, revisó a Miguel(ito). Quince minutos más tarde, después de haber revisado sus oídos, ojos, reflejos, temperatura, glucosa, presión arterial, garganta y buscar dolores en varias partes del pequeño cuerpo de Miguel(ito), el médico se levantó y con voz decidida y firme dijo: “No sé que diablos pasa”. Doña Chisminutivo se dejó caer en la silla que estaba detrás de ella y con los ojos clavados en Miguel(ito), suspiró y a punto de llorar dijo: “Miguelito”. Miguel(ito) se encogió un poco más. El médico

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se sobresaltó y Doña Chisminutivo se tapó rápidamente la boca. Ella y el médico se miraron entre ellos asombrados y luego los dos a Miguel(ito). “Miguelito”, dijo ella de nuevo, Miguel(ito) se encogió otro poco. -

Señora, calle ahora- la reprendió el médico. Doctorcito, ayúdelo- chilló Doña Chisminutivo, el médico se encogió un poco, la mamá de Miguel(ito) se tapó la boca con ambas manos. Doctor, doctor- dijo ella después de pensarlo un instante y el médico volvió a su tamaño normal.

“Hay situaciones en la vida que no tienen explicación, o que si la tienen, ésta es muy complicada e imposible de entender o es tan sencilla que es increíble y nadie la toma como cierta”, dijo el médico antes de irse. Miguel no tuvo que esconderse más, su mamá lo esperaba callada a la salida de la escuela y ningún diminutivo salió de su boca jamás, bueno sólo cuando era correcto y necesario.

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LA TÍA ROSALÍA. -

Ay, qué flaquita estás Lalia. Pero ese brillo de inteligencia al fondo de tus ojos, es más notorio ahora.

La tía Rosalía vino de visita hace casi dos años. Me trajo, como siempre, una caja de libros, y regalos para los demás. No eran muy frecuentes sus visitas, pero siempre era agradable tenerla en casa. La Tía Lía, como le gustaba que la llamaran, tenía ojos negros, grandes, como los de las mujeres hindúes, y su cabello castaño oscuro caía, ondulado, sobre sus hombros, era delgada, no muy alta. Sus visitas eran raras porque viajaba mucho. Papá estaba orgulloso de ella y cuando la presentaba con amigos decía que era su hermana aunque en realidad era hermana de Mamá. La tía Lía era, como Papá y Mamá, lectora asidua y cuando era yo más pequeña me contaba historias, que guardaba en su memoria palabra por palabra, en la sala, haciendo gestos, voces y hasta efectos de sonido, La Tía Scherezada le decía Mamá. La tía Lía había pasado los últimos dos años en un pueblito en medio de la selva y ahora que regresaba se le veía triste aunque lo trataba de ocultar con sonrisas. Yo no escuché lo que contó en la cocina, pero al otro día Papá y Mamá parecían indignados. No quise preguntar nada, pero por frases sueltas deduje lo que había pasado. Luego la tía Lía nos enseñó sus fotografías donde se veía el pueblo donde había vivido estos años, estaba ella junto a un pozo, y retratada con mucha gente, que ahora en su mayoría estaba en prisión o muerta, decía ella, que en ningún momento dejó de secarse las lágrimas del rostro. Papá y Mamá trataban de consolarla, pero ellos también parecían tristes. Estuvo con nosotros sólo tres días y luego se fue. “Nos vemos luego, Lalia. Y recuerda que leer ayuda a evitar convertirse en Telezombie”, me dijo desde dentro del taxi que arrancó para desaparecer por la calle forrada de flores de jacaranda. “Lo recuerdo siempre, tía”. Ayer llegó temprano una carta desde muy lejos. La tía Lía murió en Argentina mientras visitaba a un amigo. Dice la carta que se sentó en un sillón y murió tranquilamente después de un largo suspiro. La carta la firma alguien que sólo dice llamarse Julio. Como posdata, un tal Jacinto, nos pide disculpas, ofrece sus condolencias y aclara que la tía Lía se sentó en el sillón por propia voluntad y con pleno conocimiento de las consecuencias. Papá y Mamá se miraron uno a otro con asombro. Todos los libros que la tía Lía me regaló los coloco en una repisa sólo para ellos, junto a la ventana. Ahora son veintisiete y lo serán por siempre.

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LOS PAPALOTES. Cuando Lalia levanta un papalote por encima de su cabeza, éste, después de unos momentos, invariablemente se eleva. Lalia no sabe si esta es una habilidad aprendida o innata. Al principio, como todos, ella corría hasta que el papalote se elevaba, pero un día se dio cuenta que no era necesario correr. Aunque cuando lo hace cuida que nadie la vea, porque es seguro que le pregunten cómo lo hace y ella no tiene respuesta, así como no sabe por qué los papalotes rojos duran menos tiempo en el aire que los verdes o por qué los papalotes azules siempre rompen su cuerda y se escapan o por qué los amarillos contonean levemente sus extremos como si creyeran que son mariposas, sólo pasa.

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EL FINCIPIO DEL MUNDO (DE LAS HISTORIAS PEQUENORMES DEL MUNDO CLAROSCURO) Aquel tiempo caminaba pasivo con dirección fija, los colores eran otros, los aromas y sabores menos complejos y las estrellas sólo dormitaban en los cielos. Pero, entonces, el mundo colapsó. El cielo se vino sobre la tierra y contrario a lo que todos pensaron en ese breve momento, no hubo una destrucción inmensa. La tierra se embebió de cielo, y la luna de sol. Al principio nadie lo notó porque ellos mismos eran parte del todo ahora revuelto, pero al pasar de los minutos descubrieron asombrados los mares rojozules, los cielos naranlilas con nubes amarirrosas, la tierragua en la que flotaban estrellas opacas de platoro. Descubrieron que lo pequeño y lo enorme se unieron y formaron lo pequenorme; que el día y la noche se fusionaron en un solo momento para el que ya tenían dos nombres, amanecer lo llamaban cuando se sentían renovados y felices, atardecer, cuando los inundaba la tristeza y el desencanto. Se deleitaron los sentidos con los sabores chocopiña, platanuez, fresalmendra, e hicieron gestos con vainillanta, limonajo y betabel, aunque éste último sabor ya existía desde mucho tiempo atrás. Así, los hombres descubrieron que sus sentidos se habían revuelto y lo colores tenían sabores, los olores textura y que sus dedos tocaban los sonidos. Pasaron muchos siglaños y los hombres siguieron explorando aquel mundo nuevo hecho de cosas viejas, que había caído del cielo y ascendido de la tierra.

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UNO DE OSITOS. Cuando Ricitos de Oro entró en aquella cueva, estaba tan cansada de caminar durante horas perdida en el bosque que, en la obscuridad, imaginó entrar en una acogedora cabaña, así que se sentó en una de las tres rocas que a ella le parecieron sillas, luego fue y comió de algunos frutos que estaban en lo que a ella le pareció un plato, y luego se recostó a aliviar su cansancio sobre un piso cubierto de musgo que ella tomó por una cama. A poco tiempo entró la Mamá Osa con su osezno, al percibir un extraño olor y seguirlo encontró a Ricitos de Oros al fondo de su cueva, profundamente dormida, la miró con sus grandes ojos y rugió con fuerza: -

¡Grrrrrrrr!.

Ricitos de Oro se despertó sobresaltada. Al ver a la Mamá Osa gritó aterrorizada y corrió esquivando la garra que pasó a centímetros de su rostro. Con el corazón a punto de estallarle, Ricitos de Oro salió de cueva, sólo para encontrarse con el Papá Oso que había seguido a la Mamá Osa y su osezno para comerse al pequeño, pero ahora se había topado con un bocado más fácil de atrapar. De Ricitos de Oro encontraron sólo uno, atorado en la rama de un árbol, no muy lejos de la cueva.

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ELI, LIZA Y BETH. (DE LAS HISTORIAS PARA NIÑOS VALIENTES VOL. XIX) “…después, el niño sin nombre caminó largo rato sobre las hojas secas del bosque, entre los árboles de dedos largos y rígidos. Pasaron las horas sobre el viento frío. Él siguió su camino hasta que, en la noche silenciosa, el crujido de un árbol cercano le anunció el fin de su búsqueda…” -

Eli, ¿estás despierta? Sí, estoy escuchando, sólo cerré los ojos para ver el árbol que crujió.

“…se acercó vacilante al árbol y, despacio, acercó su mano al tronco. No pasó nada. Acercó su otra mano y posó su palma firmemente en la corteza rugosa, pero tampoco sucedió nada. Desconcertado, se alejó del árbol y volvió su mirada hacia los árboles cercanos, tal vez el crujido vino de otro. Casi de inmediato, el árbol crujió, grave, desde sus raíces hasta la punta de su rama más alta. No había duda ése era el árbol. El niño sin nombre le dio vuelta al tronco inmenso deslizando sus dedos por la áspera superficie, buscando con dificultad algún signo porque la noche era densa. Cuando ya la desesperación se hacía presente la luna salió de su velo y él pudo distinguir cinco letras en lo profundo de un pliegue de la corteza, pero eran tan pequeñas que tuvo que acercarse más y más. Distinguió la primera letra que era la más grande, una J blanca. Luego casi ilegible se asomaba una e. De pronto, sus manos sobre la dura corteza se hundieron en el tronco, como si éste se hubiera convertido en lodo, y el niño sin nombre sintió la fría piel de unas manos delgadas que lo jalaron hacia el tronco hundiéndolo en él. Más que temor, sintió frustración mientras era arrastrado, la última letra que vio fue una f, pero ya no pudo distinguir las otras dos letras de su nombre, del nombre que le sería anunciado por el árbol más alto en lo profundo el bosque, aquella noche última de agosto, de 1799”. -

Mañana te leeré más, Eli, ya es muy tarde.

Elizabeth no dijo nada, sólo sonrío en la obscuridad, jaló las cobijas, vio a su madre salir a la luz del pasillo, con el libro oscilando en su mano, y contempló el rectángulo de luz que se formó cuando se cerró la puerta. La tarde del día siguiente, Elizabeth paseó largo rato hasta que el cielo se tornó naranja, entonces decidió regresar a casa. Echó una última mirada a la copa de los pinos en donde se cortaba la perpendicular luz del fin del día, pero cuando dio vuelta para partir escuchó una risa a lo lejos y alcanzó a ver una figura que se movía entre los árboles. Poniendo más atención distinguió a dos niñas que jugaban entre la sombra de los troncos. “Pero dijeron que no llegarían sino hasta el fin de semana”. Sin pensarlo más corrió hasta donde las niñas se perseguían una a otra. -

¡Ana! ¡Ana!- gritó.

El naranja del cielo se había vuelto un azul profundo que se precipitaba a la oscuridad. -

¡Ale!

Elizabeth siguió las dos figuras que a la sombra de los pinos se habían vuelto bultos oscuros que se escurrían de un tronco a otro. De un momento a otro, Elizabeth se encontró envuelta en una taciturna soledad. -

¿Ana…Ale…son ustedes?

Cinco o seis metros adelante las sombras se ocultaron tras un tronco. Elizabeth fue hacia ellas con la esperanza de descubrir a sus amigas ocultas tras aquel árbol y, así, disipar el miedo que comenzaba a acariciar su nuca. La oscuridad se hacía más presente a cada paso que ella daba, se tranquilizó un poco respirando el aroma de los pinos. Cuando llegó al árbol, le dio la vuelta al tronco, sus piernas temblaban. No había nadie. El miedo deslizó su frío dedo por la espalda de Elizabeth. -

¿Ana…Ale?

Se escuchó una voz que, desde un hueco del árbol, trataba de imitar la voz de Elizabeth. Ella se aterró, pero sin saber porque se inclinó para tratar de distinguir que había dentro del tronco. Sombras amorfas se movían en el hueco produciendo un sonido como el de un animal moviéndose en su madriguera.

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-

¿Hay al…

“¿Hay alguien ahí?”, fue lo que quiso preguntar Elizabeth, pero en ese preciso momento se quedó sin aire y luego cayó a la tierra húmeda agarrando con desesperación su garganta, tratando de inhalar. Mientras, el sonido de una risa y un llanto se arremolinaban en sus oídos. Cuando su vista se tornaba nublosa y sus manos perdían ya su fuerza, el aire pudo entrar por su nariz y su boca hasta llenar sus pulmones una y otra vez. Ya que su respiración se normalizó se encontró en el con el silencio y con lágrimas en los ojos corrió de regreso a casa.

* -

No sabía que hablaras dormida, Eli. ¿Lo hago? Sí, ayer entré a tu cuarto porque pensé que me llamabas, pero no era así. Entonces ¿que decía? “¿Ana…Ale…son ustedes?” … ¿Qué pasa? ¿por qué esa cara?

* Ana y Alejandra no volvieron el fin de semana. Elizabeth fue a casa de ellas, preguntó a sus padres y ellos le dijeron que se quedarían otra semana con sus tíos. Elizabeth se sentó en la entrada de su casa a ver pasar las nubes que cambiaban de forma rápidamente por los vientos que se había desatado aquella tarde. Estaría sola el resto de las vacaciones. “Ana y Ale deben estar jugando ahora muy divertidas con sus primos… ¿por qué me negué a acompañarlas?”. Elizabeth jugaba con el espiral de cabello que caía en su rostro. El cielo se había quedado casi sin nubes y las copas de los pinos se inclinaban levemente hacia el oeste.

* Elizabeth comenzó a temerle a las tormentas hace apenas unos meses. Aquella noche, durante una fuerte tormenta, un amigo de su madre la enseñaba a jugar ajedrez, mientras su madre miraba por la ventana hacia el patio trasero. -

Tendrás que quedarte, traeré unas cobijas para que te quedes en el sillón.- le dijo ella. No, no te preocupes, pasará pronto. Además es temprano. Te toca, Eli.

Justo después un relámpago, la madre de Elizabeth soltó asustada la cortina y se tapó la boca para contener un grito. -

¿Qué pasa, Mariana?- preguntó él.

Ella no contestó, así que él se levantó y fue hacia la ventana. Ella le dijo susurrando, para que Elizabeth no escuchara, “junto aquel árbol están dos niñas mirando hacia acá”. Él sólo hizo un gesto de extrañeza y deslizó la cortina. Elizabeth corrió a la ventana, pero su madre se lo impidió. Otro relámpago iluminó la noche. El amigo de su madre, tomó un paraguas de la entrada y salió a la lluvia. -

Ve a tu cuarto, Eli. Pero quiero ver… Ve, ya te contaré mañana.

Elizabeth corrió arriba, para ver desde el cuarto de su madre, pero cuando llegó, el amigo de su madre ya regresaba y sacudía el paraguas en el pórtico de las casa. El árbol era sólo una sombra oscura en el paisaje nocturno. Otro relámpago se encendió, Elizabeth vio con claridad a las dos niñas que, empapadas, miraban la casa. Abajo escuchó la voz del amigo de su madre. “Deben haber corrido, cuando llegué no vi a nadie”.

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* -

Ahora no sólo hablas dormida, Eli, ríes dormida. No es cierto. Si, lo es. ¿Qué sueño puede ser tan gracioso? Me asustas mamá. ¿Por qué? Yo no río dormida…en verdad, no lo hago.

* -

Mamá… no me has terminado de leer la historia de aquel niño que buscaba su nombre. Será mañana, ahora tengo que terminar mi trabajo y ya es tarde, duerme, ya habrá tiempo.

Elizabeth sentía que el tiempo se había detenido. El recuerdo de aquel hueco en el árbol estaba fresco en su mente como si hubiera ocurrido esa misma tarde y no hace días. “Pronto regresarán Ana y su hermana e iremos al río a juntar piedras”. En su sueño Elizabeth se acercaba al árbol donde se habían aparecido las niñas, ellas, estoicas ante la tormenta la esperaban, los relámpagos caían sin que se escuchara el trueno. -

“¿Eli?, ¿te llamas Eli?”, le preguntó una de ellas. Sí- le respondió Elizabeth- ¿Por qué llora tu hermana? Ella no es mi hermana- dijo la niña señalando a la otra que se había arrodillado en la tierra tapándose los ojos. Y tú, ¿por qué ríes? No, yo no río, en verdad no lo hago, Eli. Juraría que ahora lo estás haciendo. … Eli, quiero ser tú. Yo también- la niña arrodillada se quitó la mano de los ojos y la miró, su piel era rugosa como la corteza de un pino.

* Elizabeth se quedó en cama hasta el medio día. Bajó a la cocina a prepararse algo de comer, su madre había salido. Se sentó en la cocina a comer, afuera el sol caía de lleno en los charcos del patio. -

Eli, ¿por qué lloras?- dijo su madre que entraba a la cocina con bolsas en las dos manos. ¿Qué dices?, no estoy llorando. Dime que te pasa, no mientas, te duele algo. Que no estoy llorando. Eli, ahora tú me asustas. Entonces ¿qué son esas lágrimas que corren en tus mejillas?

Elizabeth fue al espejo, pero al mirar en él no pudo reconocerse. Había un reflejo, pero estaba segura que no era ella aunque tampoco podía decir de quien era ese rostro que lloraba. -

Mamá, ¿quién es la que llora?, ésa no soy yo.

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* El médico sólo recetó pastillas para dormir y nada más. Dio explicaciones ambiguas que no aclararon nada y se fue dejando a Elizabeth dormida en su cama y a su madre contemplándola sentada en una silla, llorando. -

Eli, quiero ser tú. No, yo voy a ser tú. ¡Cállate!, tú te vas a ir de aquí. No, no. Deja de llorar, te vas a ir, no hay lugar para ti. No, no me iré. Te irás.

Elizabeth durmió hasta el siguiente muy tarde, su madre le acariciaba. “¿Cómo estás, Eli?”, preguntó ella con un gesto. “Bien”, contestó Elizabeth con una tímida sonrisa. Pasaron las horas de la noche y Elizabeth parecía estar bien, así que su madre la dejó y se retiró a su recámara. Elizabeth se quedó sola tratando de olvidar, hasta que se durmió de nuevo.

* -

¡Mira lo que me ha hecho, mira!- la niña que llora estaba arrodillada junto a su cama sosteniendo su mano ensangrentada en alto, para que Elizabeth la viera, le faltaban tres dedos. ¿Quién te hizo eso? ¿Quién? Ella, fue ella, quiere que me vaya, quiere ser tú….quiero irme al bosque, regresar al árbol. Vamos, despierta, tú me llevarás.

Elizabeth salió en la madrugada, somnolienta. “No quiero ir”, susurraba, pero sus pies descalzos se dirigían al bosque. -

Lo que quieres es llevarme a mí al hueco…eso es lo que quieres, pero no iré. Debí cortarte los pies y no los dedos.

Elizabeth sintió un dolor intenso que la tiró a unos metros del comienzo del bosque, sus manos trataban de arrastrar su cuerpo hacia él, pero su cuerpo se resistía. El dolor aumentaba cada momento, hasta que fue insoportable y Elizabeth dejó de sentir la tierra en sus manos y el frío húmedo en su cuerpo. Las voces parecían más débiles y se iban apagando -

Es tu culpa, tu culpa… Yo sólo quería irme…

Luego la voz entrecortada de su madre la tranquilizó un poco, pero era cada vez más lejana. “El niño sin nombre había caído en lo profundo de lo que él recordaba era un árbol. Se arrastró hasta la pared de lo que con sus manos adivinada era una cueva que crujía, con un eco delataba su inmensidad, el aroma le decía que era madera lo que tocaba”. La voz de su madre se volvía un susurro. “¿Viajaste toda esa distancia hostil sólo para saber tu nombre?, preguntó una voz detrás de él. Si, así es señor, contestó él. ¿Has sufrido tantas penurias sólo por conocerlo? Así es, señor. ¿Crees que un nombre te dará a esencia del ser?... ¿Lo crees?...” Pero Elizabeth ya no escuchó la respuesta. Abrió los ojos y no supo si era ella la que se elevaba hacia él o si el cielo se precipitaba hacia ella.

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Lalia  

Historias para niños.

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