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Autor: Federico Gabriel Rudolph. Copyright © Federico G. Rudolph, 2012. Todos los derechos reservados. Registro de la Propiedad Intelectual en Safe Creative. ISBN: 9781471756047. Título de la obra: De Ángeles. Publisher: Lulu, Inc. Blog: http://federicorudolph.wordpress.com No se permite la reproducción parcial o total, el almacenamiento, el alquiler, la transmisión o la transformación de este libro, en cualquier forma o por cualquier medio, sea electrónico o mecánico, mediante fotocopias, digitalización u otros métodos, sin el permiso previo y escrito del editor. Su infracción está penada por la ley.


Dedicatoria A Miguel, a Ángel, a Gabriel. A todos ellos. “El”. Quien como Dios.


Escritor —¿Qué escribes? —preguntaste con tu voz de Ángel. —Lo que siento —respondí. A los Ángeles, no se les puede mentir.


Miguel Fue la mañana de su designación como Presidente del Consejo Interamericano de Desarrollo. Se topó con él en medio del pasillo, justo en el momento en que salía de su nueva y reluciente oficina; no dijo su nombre (en verdad que no). Se presentó a sí mismo como el enviado del Jefe (aunque había sonado, más bien, algo así como: “El Jefe”; con mayúsculas). Si bien, le extrañó la poca diplomacia del presunto mensajero, acordó concertar una entrevista para el próximo sábado, puesto que no había otro lugar en su agenda (acomodarse a su nuevo cargo le llevaría no menos de un par de semanas a tiempo completo). En realidad, no deseaba a atenderlo (menos el sábado), sólo era un formalidad (pensaba tomarse un breve descanso el fin de semana). Antes de la fecha mencionada, le llamaría y postergaría la cita para más adelante (bajo alguna excusa); o mejor, su asistente se encargaría de derivarlo con alguien de menor jerarquía (alguien que tuviera tiempo para atenderlo). Para ser sincero, no le interesaba en lo más mínimo el desconocido; pero las reglas de negocio indicaban que debía concertar con él una


entrevista (o al menos, aparentarlo). El juego siempre era el mismo: convenir con la otra parte y renegociar a último momento (esta estrategia siempre le rendía beneficios). Necesitaba liberarse de él lo más pronto posible, lo esperaban abajo en unos minutos… —Es Importante. Y Urgente —agregó a su presentación el hombre vestido de blanco. Por cierto, un intrigante traje blanco. Y sombrero. Ya nadie usaba sombrero. —Sí, sí. Ya lo creo que sí —contestó, como para satisfacerlo—. Lo que sucede es que no tengo tiempo: acabo de efectuar seis entrevistas y me esperan otras cuatro; dos reuniones importantes con el resto del Consejo Directivo; y por supuesto (como estará enterado), dirigiré la Cumbre esta tarde. Lo siento, pero me es imposible atenderlo ahora. Apenas si he tenido tiempo de tomarme un café. —Lo acompaño, mientras toma el próximo. Cinco minutos de su tiempo —cerró el visitante. Era la primera vez que le pasaba; no sabía que responder. Veintiséis años como Administrador de Recursos Humanos y otros catorce como Representante de Ventas de la empresa petrolera (con raíces en el extranjero), más importante de


Venezuela; cinco como diplomático y no podía manejar aquella conversación. —Debo estar padeciendo estrés —se dijo a sí mismo. Finalmente, accedió y subieron a la confitería (que quedaba en el décimo piso). Después de todo, le gustaba el café. —Qué sea rápido —le espetó, mientras pedía dos cafés con azúcar, sin crema. (Se dio cuenta de que necesitaba el azúcar). —Como le dije: es Importante. Y Urgente — repitió el extraño, como si aún no lo hubiera mencionado. —De acuerdo, ¿De qué se trata? A propósito: no me dijo su nombre —y quedó como haciendo una mueca; esperando una respuesta que no se podía eludir. —Ángel, me dicen. En realidad, mi nombre es Miguel —aunque le sonó más bien como Michael, o Mikel. —¿Sería extranjero? —pensó—. Probablemente. Sonrió para sí y recordó que alguien había mencionado que, en el edificio, más del noventa por ciento de la gente que se trasladaba de oficina en oficina no era del país. Se trataba de


una Organización Internacional. Así que no era de extrañarse. —He venido a traerle un mensaje. Como le dije antes: del Jefe. —Ajá. Continúe, hasta ahora no me ha dicho nada nuevo. Miguel dice que se llama, ¿No? — entonces, empezó a jugar con las palabras: Ángel, Miguel, Ángel Miguel, Miguel Ángel. —¿Sería cierto lo del nombre? —se dijo a sí mismo. —Lleve a cabo sus citas —le dijo el hombre; sin permitir que terminara con sus reflexiones—, pero postergue la conferencia de hoy. Esa disertación no debe hacerse. No es una amenaza, no es un chantaje; no se trata de eso. Tampoco estoy loco. Ese es el mensaje. Lo siento, pero debo abandonarlo, mi presencia aquí ya no es necesaria: le he dado el recado y mí tiempo ha concluido. Sólo he venido a prevenirlo: Usted no debe participar de la Cumbre, nadie debe. Las consecuencias serían terribles. Lo dejo, en unos momentos tengo que reunirme con el Jefe… Sin esperar respuesta, se levantó de la barra y se dirigió hacia el ascensor que, coincidentemente, abría sus puertas en ese momento.


Aquella escena se esfumó, con rapidez, como lo había hecho aquel hombre de blanco. Ángel o Miguel o quien sea. —¿Y quién será el Jefe? Todo esto es muy extraño —pensó, en voz baja —Son cuatro con cincuenta —pronunció el barman; señalando delante de él (ante la mirada de desentendimiento del Presidente del Consejo), al ver que el cliente se levantaba y parecía irse sin pagar. —Perdón, ¿Cómo dijo? —Cuatro con cincuenta; eso, es lo que sale el café. —Los cafés, dirá Usted. —Disculpe, pero sólo me pidió uno. Es el precio de siempre. ¿Se siente bien? Ante la insistencia del hombre de la caja, y por su propio apuro, pagó y se alejó. La taza aún humeaba. Estaba llena. Efectivamente, sólo había una. Sin pensar, tomó el elevador y bajó hasta el cuarto piso (donde, supuestamente, lo estaban esperando). Mientras cruzaba la puerta y


preguntaba a su Secretaria, miró su reloj. Se sorprendió de haber llegado a tiempo: —Aún, no se han presentado —le dijo la empleada—¡Ah! Pero me dicen de Seguridad que están subiendo —aclaró ella después de levantar el tubo del teléfono y escuchar la voz del otro lado que anunciaba la llegada del Gerente General de Radiodifusión para América Latina y sus asesores. —Está bien, Clara, apenas suban, hágalos pasar. No los demore, hoy ya es un día muy largo; cuanto antes termine mejor. —A sus órdenes Señor Iván. La conversación pasó sin mayores, así como el resto de las entrevistas que estaban programadas para ese día. Sin embargo, el incidente le había dejado como ausente; escuchaba y contestaba a sus interlocutores sin prestarles atención alguna, automáticamente. En algún momento, en silencio, atinó a compararse a uno de esos programas de computadora que parecen tener respuesta para todo (Sistemas Expertos o de inteligencia Artificial, según dicen), pero que en realidad sólo responden a estímulos programados con anterioridad. A pesar de ello, nadie se dio cuenta.


A medida que llegaba la hora señalada, la preocupación fue en aumento. De todos los seminarios, eventos, charlas, disertaciones y conferencias, de los cuales había participado como disertante, en representación del CID (Consejo Interamericano de Desarrollo), el próximo era y sería (sin lugar a dudas) el más importante de todos durante mucho tiempo. Mientras la gente le hablaba, él se preguntaba (cada vez con más insistencia), por qué un hombre vestido de blanco quería evitar que se efectuara la Cumbre Mundial por el Desarme y la Paz (a celebrarse ese día, en ese edificio y en unas pocas horas). El temor comenzó a latir en su pecho y presintió lo peor: un atentado contra su vida, contra la de los principales representantes del las Organizaciones Mundiales (la vieja ONU, La Comunidad Económica Europea, El MERCOSUR, La Organización de las Naciones Árabes Unidas, La Unión de Países Asiáticos, África Unida, China Independiente, la Unión India-Paquistaní y el Propio Consejo Interamericano de Desarrollo), y contra los representantes de las, más de cien, religiones y organizaciones no gubernamentales, en defensa de los derechos Humanos, en defensa de los derechos animales, del ambiente, etc.


El Director General de GreenPeace y sus allegados pausaron su oratoria y se quedaron mirando unos a otros al observar que Iván Pérez ya no los estaba escuchando. Les tomó un momento sugerirle que quizá fuera conveniente postergar la charla para más adelante. El Presidente asintió y agradeció con la mirada el gesto, despidiéndose humildemente desde junto al gran ventanal que daba a la avenida Bogotá y desde donde se podía apreciar como el mar se unía y rodeaba a la ciudad y se perdía a lo lejos en el horizonte junto con los barcos y las estelas de los cerca de ciento cincuenta aviones que a diario arribaban y despegaban del Aeropuerto Internacional. Cuando quedó sólo, volvió a su memoria el sueño de la noche anterior: veía como una gran nube de humo negro con forma de hongo se elevaba por entre las nubes blancas, un resplandor rojizo, gritos, llantos y luego se despertó bañado en sudor. En aquel momento pensó que le había afectado la película que acababa de ver antes de dormirse: una de esas acerca del fin del mundo. Ahora, temía que se tratara de un mal presentimiento. —¡Maldición! —exclamó, como para tratar de volver a la realidad y olvidarse del asunto.


Sin embargo, su corazón seguía latiendo muy fuerte; sus sienes, también. Se le aflojaron las piernas y creyó desmayarse; al cabo de unos minutos, logró ponerse nuevamente de pie. Junto a la ventana. Entonces, hizo uso de la lógica y empezó a armar y desarmar conjeturas respecto del significado de aquel encuentro con el hombre del sombrero. No podía tratarse de un atentado al propio edificio del CID; faltaban apenas veinte minutos para la Conferencia Mundial, y si así fuera, aquel extraño le hubiera mencionado el asunto con mucha mayor anticipación, de modo que no hubiera nadie cerca de aquel gigante de vidrio y hormigón. Si fuera una explosión, no había tiempo para escapar, el derrumbe de semejante estructura (349,75 metros de altura) afectaría varias manzanas a la redonda, probablemente toda la ciudad sufriría las consecuencias. Además, la Cumbre por el Desarme y la Paz se tornaría en una guerra mundial sin precedentes. Ya lo veía: unos países culpándose a otros, nadie sabría quién colocó la bomba. No, no podía tratarse de eso. Qué era, entonces. Cuál era el propósito de que alguien le sugiriera que no era bueno que aquella Conferencia se hiciera…


Faltaban nada más que quince minutos, y ninguna teoría le terminaba de cerrar. Tenía que tomar una decisión. A pesar de que expresamente, el misterioso individuo había mencionado que no era una amenaza, consideró la posibilidad. Diez minutos: tenía que determinar que haría. Pensó en llamar a seguridad y requisar el edificio de pies a cabeza pero era imposible; no había tiempo suficiente. ¿Buscar a esta persona?: ya estaría probablemente fuera de la isla (partía un avión cada cinco minutos a todas partes de la tierra), hasta podría haber cambiado de aspecto. Tampoco estaba seguro del nombre, menos sabía de su apellido. Ni siquiera creía que fueran reales. A lo poco recordó que, él mismo, esa misma mañana y desde hacía más de un mes justo antes de aceptar el puesto, no confiaba en que la Cumbre Mundial sirviera para algo. Incontables veces, muchos, antes que él habían tratado de hacer algo semejante sin el menor resultado. Los índices de criminalidad alcanzaban valores no conocidos antes en todo el mundo, el hambre, la guerra, el terrorismo, eran moneda común en todas partes, ya no había ningún sitio seguro en el planeta. Quizá lo mejor


era renunciar. La Paz y el Desarme eran (y probablemente siempre fueron y serían) una utopía. Albert William Harris ya había probado su teoría de la naturaleza maligna del hombre: “El mal es un bien necesario en nuestra especie”. “Sin ella nos hubiera sido imposible sobrevivir”. Básicamente, así rezaban los conceptos de este autor, del cual pronto surgieron diferentes escuelas filosóficas y hasta alguna que otra secta. Revertir esto, era pues muy difícil; cientos de científicos, filósofos y las mismas religiones, vistas desde esta nueva perspectiva lo probaban día a día. La Cumbre por el Desarme y la Paz Mundial parecía un total contrasentido. Después de todo, él mismo, en el fondo, no estaba del todo de seguro de los resultados: ¿Los paquistaníes abrazándose con los israelíes? Imposible, y difícil de creer. ¿Los europeos aceptando a los países del tercer mundo como sus iguales? No parecía para nada cierto. ¿El Sur libre del yugo del Norte? Vamos, quién se tragaría semejante cuento. ¿África rica? ¡Ni en mil años podría suceder!... …En su muñeca podía leer que faltaban cinco minutos para la Cumbre Mundial (aunque le sonaron a cinco minutos para el despegue, recordando un viejo programa de televisión que


mostraba como el trasbordador Discovery se elevaba por última vez).

espacial

Este último pensamiento, vago y descontrolado, lo retornó a la realidad: él, jugando a formar frases con palabras sueltas, y el resto del mundo, al borde del abismo. Sintió el peso justamente del mundo sobre sus hombros y se acobardó. Huir en silencio, y que se las arreglen, después de todo, todos tenemos alguna responsabilidad por cómo están las cosas ahora. Nadie se puede declarar inocente. A lo mejor, la utopía no debía cumplirse (las palabras del mensajero, recordó, fueron esas: “esa disertación no debe hacerse”, “nadie debe…”). Entonces, se le ocurrió que tenía que mantenerse como la línea del horizonte, lejana, pero inalcanzable, los navegantes siempre iban hacia el horizonte, pero nunca llegaban al horizonte, sin embargo a algún lugar llegaban tratando de alcanzarlo. El horizonte en sí no era la meta, sino la fuerza, la esperanza que los impulsaba a seguir. Así es como se habían descubierto otras tierras, así es como se habían inventado vacunas contra las enfermedades, así es como todo se hacía en este planeta. Quizá la Paz mundial no debía alcanzarse. Sí, de eso se trata pensó. Si así fuera, si alcanzáramos la Paz,


moriríamos como especie, ya no habría nada más para hacer, por algo, Adán y Eva fueron echados del paraíso, y la Paz y el desarme mundial sería el Paraíso. Ahora, todo tenía sentido… …Clara, lo sacó de su pensamiento comunicándole que lo esperaban en la Gran Sala de Conferencias (en realidad era grande: cabían más dos mil personas). Decidido, espero que cesasen los aplausos y que su Manager le indicara que podía hablar. La transmisión se hacía por cadena Mundial para todos los países y en todos los idiomas, en ese momento él estaba conduciendo el único “programa” televisivo ese día a esa hora para más de un billón de espectadores. Sus palabras colmaron la sala, y dijo lo que había decidido decir: “La Paz Mundial” y “El Desarme” son hoy un sueño echo realidad. El próximo paso es llevar a otros lugares este mensaje de fe y esperanza, que seguro otros como nosotros no conocen, queda en manos de nuestros científicos, políticos, religiosos y filósofos proponer nuevas metas para la Humanidad Entera y que éste sea nuestro legado hacia las estrellas de las cuales hemos surgido…


Contra lo deseado por el personaje de blanco, él había concretado la Cumbre Mundial y había propuesto una nueva meta, un nuevo horizonte, aún cuando sabía perfectamente que se tardaría años, décadas, siglos, milenios en realizar, si es que alguna vez se podía alcanzar (el horizonte no era el objetivo, sino que debía aparentar serlo). Estaba claro, sin metas, el hombre no podría subsistir. Y esta era una meta lejana, imprecisa, inalcanzable, pero que a la vez proponía el desarrollo de nuevas tecnologías, esperanzas, pensamientos, una nueva moral, nuevos descubrimientos. Su trabajo estaba hecho, un solo día de trabajo y lo había alcanzado. Entonces, todo se oscureció y cayó cuan largo, era sin sentido. Su corazón había fallado. Sólo alcanzó a escuchar los aplausos y el júbilo de la gente que se abalanzaba sobre él (más de dos mil personas), tratando de evitar lo inevitable. Las fatídicas palabras, al menos para él, se habían cumplido: “…las consecuencias serán terribles…”. El suceso se transmitió en Cadena Mundial, los titulares de los diarios anunciaban que el líder del Consejo Interamericano de Desarrollo Iván Pérez de 76 años de edad había perecido debido a un ataque al corazón momentos después de


anunciar el Desarme, la Paz Mundial y de proponer un nuevo y utópico objetivo para la Humanidad. Claro que él era ajeno a estas noticias, ahora esperaba en una larga fila que lo anunciaran ante “El Jefe”. Sí, con mayúsculas. Y lo más extraño, sus propias vestiduras blancas. Pensó que estaba en un sueño y se acordó del hombre de blanco, con sombrero blanco, con reloj blanco, cejas blancas. Sí, todo blanco… Sonrió y pensó: “¿Qué diría Freud respecto de este sueño?”. Y al pensarlo, para su sorpresa, y como por encanto, se vio inmediatamente transportado ente la oficina de “El Jefe” y reconoció, también inmediatamente, al personaje que estaba a su lado: se trataba de “El Mensajero”. —Efectivamente, soy yo —dijo éste último, como respondiendo a su pregunta—. Algunos, me dicen Ángel. Aquí, me llaman: Miguel. Antes de vestir de blanco, me dedicaba a escribir libros. Se puede decir que soy el padre de la Psicología moderna. “El Jefe” y yo hicimos una apuesta: que yo no sería capaz de persuadirlo para que Usted finalmente aceptara llevar a cabo la cumbre Mundial por el Desarme y la Paz allí en la Tierra. Me convenció, y como verá yo lo convencí a Usted. ¿No me diga que no tenía sus dudas y que no pensó, más de


una vez, que todo sería un verdadero fracaso? ¿Ya leyó lo que dicen los diarios? Cinco países del mundo, incluido el Congo, aunque no lo crea, ya están fabricando una cura definitiva para el virus del Sida, la hepatitis y más de cien afecciones de origen genético, a costo cero para los enfermos, con la colaboración de las empresas farmacéuticas más avanzadas. La India está encarando un proyecto de viajes tripulados a Marte, calculan que en cincuenta años se podría establecer una colonia permanente. Más de veinte países exportan granos y alimentos al tercer mundo sin cobrar un centavo. —¿Quiere algo más liviano? —Continuó el Mensajero—. Desde su muerte, la delincuencia ha descendido en un noventa por ciento, y ya casi no hay accidentes de tránsito. ¿Increíble no? —Pero, ¿me está tomando el pelo? —Preguntó el recién llegado. —De ninguna manera, véalo por Usted mismo. El Ex Presidente del Consejo Interamericano de Desarrollo no podía salir de su asombro. Todo parecía ser verdad, y por lo cierto: esto no se sentía exactamente como un sueño. ¿Acaso…?


—Así es —dijo “El Jefe”—. Pero no se sienta mal, por suerte mi querido Iván está usted vestido de blanco. Y respecto a la apuesta, créame que la he ganado. No la que hice con Miguel, sino con Gabriel otro de mis Ángeles. Me apostó a que yo no sería capaz de hacer que Sigmund trabajara para mí como mensajero. Como ve, era imposible que se rehusara ante semejante desafío. Aunque al principio, temo decir, dude de sus capacidades, felizmente, no dejo de admirarme de su astucia. —Pero, yo pensé que su objetivo era tratar de evitar que se efectuara la Cumbre Mundial. —Mi estimado amigo —dijo el Ángel—. Tal como acaba de ver, la Psicología inversa todavía funciona, se trata de establecer una situación padre-hijo donde el Padre le dice al hijo lo que no tiene que hacer para que el Hijo lo haga indefectiblemente, es muy simple en realidad. Usted vendría a ser el hijo. Y créame, que acabo de darme cuenta de que, a mí me han hecho la misma jugada…


Ángel Nuevo El fogonazo salió de la nada. Apenas un instante después, se escuchó el disparo. Un rictus de dolor asomó en su rostro y cayó exánime; estaba muerto. Cuando le abandonó el miedo, abrió sus ojos y se vio, de pie, junto al cuerpo. —Estuvo cerca, — pensó—. A pesar de lo obvio, se arrodilló y le tomó el pulso —nada —. Su piel, aún estaba tibia. Irguiéndose lentamente, se puso en marcha y se alejó del callejón. —Cruzando la arteria principal, un farol (apenas encendido), descorría, nimiamente, las tinieblas. A unos veinte pasos de distancia, detuvo su andar. —¡Vine solo!, —exclamó para sí—. Giró sobre sus talones y observó —por última vez—, su envoltura mortal. Desplegó sus alas y voló, más allá del cielo y de la tierra.


Ángel con nombre de mujer Me enamoré de ti en el instante exacto en el que, al brillar con tu luz, ocupaste todo el espacio de mi ser. Te creí Dios. Obnubilado quedé con tu presencia. Te amé hasta resplandecer y llegué a ser tan radiante como tú. Entonces, pude ver tu hermoso rostro; tu esfinge de mujer; tus rizados y largos cabellos; tus alas desplegadas al sol. No eras Dios. Tu espada vengadora cercenó de lleno mi cabeza, perdida en ti. —No se puede amar a un ángel —me dijiste. Por tus mejillas, ríos de plata lloraban por mí. —Es un pecado en el que has caído más de una vez. Tu vida ya me fue dada en otro tiempo. ¿Por qué lo hiciste; aún, al saber que te esperaba la muerte? Con mi último aliento, respondí a tu pregunta —Es mi destino —te dije—; estaba escrito en el cielo, en el infierno y aquí en la tierra. Y aún así, te amaría otra vez…


Gabriel Su rostro miraba hacia todos lados. Sus oídos escuchaban todos los sonidos. Su corazón conocía lo que cada ser por debajo de él. Su interior comprendía todos los pesares del mundo. No era Dios, sino el ángel que anunciaba los males de la tierra. Quería escapar de su destino. Entonces se hizo hombre y perdió la gracia del saber y de la vida etérea. Pero, la recuperaría al volver. No es posible huir de la propia naturaleza. Los ángeles, siempre serán ángeles. Mientras sueñan, descienden entre nosotros y pueden amar a otros ángeles dormidos; son seres errantes que vagan entre los mortales confundiéndose entre ellos. Cuando retornan a la luz, sus rostros se vuelven hacia aquellos que amaron, sus oídos escuchan las voces de los niños, sus corazones sienten lo que el hombre; en su interior, no comprenden su propio pesar. Lo sé porque soy uno de ellos. El que escapó de su destino y sólo quiso entender la razón de tanto sufrimiento. Prefiero dormir entre los hombres a despertar del sueño que me hará saber que en la tierra amé a un ángel y que ya no podrá ser. A ti que todo lo sabes y todo lo gobiernas, “¿por qué me dejaste amar? ¿Por qué me dejaste sufrir?”, te pregunté, sin esperar una respuesta.


“Porque tu rostro”, contestaste, “miraba hacia todos lados; porque tus oídos escuchaban todos los sonidos; porque tu corazón conocía lo que cada ser por debajo de ti; porque tu interior comprendía todos los pesares del mundo; porque sólo te faltaba descender a la tierra, amar y sufrir lo que el hombre. Así, has ganado tu alma…”


Efrith En mitad de la noche, el espantoso y alado ser, atravesó (como por arte de magia) la única ventana del cuarto —el que por cierto, se encontraba muy mal iluminado y en deplorable desorden—; en su interior —el Contador del Edificio—le aguardaba desde temprano; —aquí y allá—montones de papeles revueltos por el piso; dos armarios desvencijados abiertos de par en par (cargados de unos pocos libros escritos en lenguas extranjeras), una deslucida mesa con las patas hacia arriba y una vieja y gastada silla (por todo mobiliario) componían aquel patético cuadro. Tras un breve diálogo (donde ambos parecieron entenderse), la alta y grotesca figura le concedió —al hombre—su deseo. Un segundo después, el horrible rostro del genio se desfiguró macabramente en una amplia y escalofriante sonrisa; el desprevenido individuo (tropezando con la mesa) retrocedió espantado de terror no pudiendo escapar de su propia muerte. Una gigantesca sombra de maldad invadió la oscura habitación. El ser se encendió en segundos iluminando el cuarto en su totalidad; su cuerpo entero ardió como lava, quemando la piel, el rostro y los ojos


del Contador. De inmediato, El Efrith, arrancó con extrema brusquedad, la cabeza de su víctima; arrojándola —con todo el odio del mundo—a la esquina más apartada del recinto; chocando contra los armarios y haciéndolos estremecer; un libro (escrito en caracteres hebreos), cayó al suelo, quedando extrañamente abierto en una de sus páginas. Rápidamente —la perversa cosa—, desmembró el desdichado cuerpo en mil pedazos; devorándolo, de manera furiosa y salvaje. Sobre los papeles (tirados sobre el piso de madera); y confundida entre ellos, una masa sanguinolenta e inerte, donde no se distinguían ya, ni líquidos corporales, ni órganos, ni carne, ni piel, ni huesos, daban fe del macabro acto ocurrido hacía apenas un instante. El negro ser se esfumó (ahora) por entre las paredes; y no se lo vio más. Sólo la silla quedó en su lugar. Encerrado en un gran círculo rojo, trazado a mano —en el libro, que quedara abierto sobre el suelo—, un pasaje citaba, tardía; pero, sabiamente lo siguiente: “…aquello que implores con absoluta fe, te será concedido; los espíritus celestiales intercederán por ti ante el Señor tu Dios. No obstante, ¡guárdate de invocarlos y jamás pidas nada para ti mismo! El resplandor de su ser quemará tus ojos y consumida, será, tu carne…”.


Š Federico G. Rudolph, 2012 Blog: http://federicorudolph.wordpress.com FIN.

De Ángeles  

Una breve antología del autor. Cinco historias cortas sobre distintas clases de ángeles y demonios.

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