88 Fullaondo Zabala, Usoa (2013) “El amigo americano. La noción de afecto en la obra de Aitor Lajarín.”
[…] se estrecharía la función social primaria de la experiencia estética si el comportamiento hacia la obra de arte quedara encerrado en el círculo de la experiencia de la obra y la experiencia propia, y no se abriera a la experiencia ajena, lo que desde siempre se ha llevado a cabo en la `praxis´ estética en el nivel de identificaciones espontáneas como admiración, estremecimiento, emoción, compasión, risa, y que sólo el esnobismo estético ha podido considerar como vulgar” (Jauss 2002: 76).
El trabajo de Aitor no es un “rompecabezas” que se presenta ante el espectador como un juego con una estructura lógica que hay que resolver con la ayuda de unas pistas. Se asemeja más a la estructura del laberinto. La esencia del “juego” de Aitor no es, en ningún caso, estática, sino que va cambiando en relación a las decisiones que va tomando el propio artista y el mismo espectador. Nos brinda numerosas posibilidades. A ninguno de los jugadores le importa retroceder una y otra vez a las primeras etapas, bien del proceso de creación, bien de percepción. No es necesario concluir nada. Se deja en suspensión. Al igual que “la mirada abrazadora” del espectador. 3. La suspensión del deseo y la mirada abrazadora
Podríamos definir la suspensión como esa pausa cargada de tensiones que se encuentra entre la simple inmovilidad y la sucesiva recuperación del movimiento (Agamben, 2010: 30). La imagen del acróbata de circo que camina sobre un eje sostenido en un equilibrio precario o la del saltador de pértiga suspendido en el aire nos sirve para ilustrar esta idea. En ese momento de suspensión parecen producirse ciertas constelaciones entre las cosas extrañadas y significaciones profundas, detenidas en el momento de la indiferencia entre muerte y significación (Agamben 2010: 31). Es decir, se genera una oscilación no resuelta entre un extrañamiento y un nuevo acontecimiento del sentido. Algo similar ocurre en la Figura 3, donde la gota de cola que se extiende sin cuidado sobre la superficie de madera sirve de unión entre dos piezas aparentemente idénticas que mantienen nuestra mirada de esta manera, en suspensión. En este contexto de relaciones fluidas que se establecen en las instalaciones de Aitor, una pieza como la de la Figura 3, es el objeto que parece posibilitar nuevas acciones, que a su vez van generando una amalgama de sucesos ordenados que acaban constituyendo la obra. Parece que el artista ha contemplado lo que Eugenio Trías denomina el objeto singular. En otras palabras, se ha producido un movimiento o proceso conectivo entre sujeto y objeto que podríamos definir como pasión (Trías 1997: 75-91). Asimismo, el encuentro entre dos líneas físicas que se entre-cruzan, es decir,