86 Fullaondo Zabala, Usoa (2013) “El amigo americano. La noción de afecto en la obra de Aitor Lajarín.”
precisamente. Otra gente que de alguna manera comparte o empatiza con tu sensibilidad sobre el mundo. Más allá de lo que intelectualmente proponga tu trabajo, sientes que la conexión más fuerte con otras personas es a través de esta especie de energía que nos atraviesa y que tiene que ver más con el afecto que con lo racional. Así, he recibido opiniones que me encantan como “Tu trabajo es muy “tierno”. Eso está muy bien, propaguemos la ternura, el juego, el optimismo, el sentido del humor, la ironía constructiva. Eso es bueno, ¿no?
El fin de la obra de arte no es representar, sino existir. Hay arte que afecta. Y de esto trata el siguiente texto. 2. El arte como juego. Proceso frente a proyecto
Desde el momento en el que me sitúo frente a la obra de un amigo artista como creadora, entiendo que es la vertiente poiética, la que se refiere a la producción del arte y la que determina un saber que se distingue tanto del conocimiento conceptual de la ciencia como de la praxis instrumental del oficio mecánico, la que mejor se ajusta a la hora de apuntar ideas en torno a su obra. Es a través de la poiesis que se da una apropiación cognoscitiva del “construir” (Merrell 1999: 101). Al toparnos con una imagen como la de la Figura 2, no podemos dejar de pensar en conceptos como el azar o el encuentro, evidenciados por el juego de luces y sombras que proyectan los diferentes objetos y la intervención de las mismas en las superficies pintadas y resulta inevitable dejarse llevar por una serie de relaciones que no pueden más que establecerse de manera fluida. Como en un juego. Lo mismo nos ocurre en el recorrido visual que realizamos al movernos alrededor y dentro de obras como la de la Figura 3. Esta sensación, análoga a lo lúdico, nos remite a una búsqueda constante que se enfrenta a la idea de proyecto, delimitada siempre dentro del marco de una hipótesis, un desarrollo y una conclusión. Los métodos de carácter procesual, asociables a la idea de creación, se caracterizan por una tensa búsqueda continua, un reinventarse permanentemente, en un alarde de imaginación y desenvoltura, y en el que el cambio a un quehacer con un sentido en sí mismo sin un principio ni fin premeditados. Así, el trabajo de Aitor está orientado a la permanente recreación del mismo. Desde el punto de vista tanto del productor como del observador. Porque el arte es un juego, del que ambos forman parte. El jugar exige siempre un “jugar con”. El espectador que observa al niño y la pelota no puede hacer otra cosa más que seguir mirando. Algo similar ocurre frente a la obra de Aitor. En la tercera tesis de su Pequeña apología de la experiencia artística Hans Robert Jauss afirma que: