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GAMA 1

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Hoy a este portugués tan andaluz, me parece verlo ya directamente, y ha llegado a ser, para mí, como un centro exacto de todo. Mi fija pasión, o mejor dicho, mi compenetración absoluta con la obra, el silencio, el gesto, el ademán de Velázquez, es ya tan involuntaria, casi tan secreta que muchas veces hasta la olvido (Gaya, 1990: 44).

Y no es una cuestión de gusto sino de creencia, Gaya cree en la honestidad de la obra velazqueña, en su “limpia desnudez originaria” (Gaya, 1990: 158), alejada de amaneramientos y estilos.

81 Revista Gama, Estudos Artísticos. ISSN 2182-8539, e-ISSN 2182-8725. Vol. 1 (1): pp. 78-82.

de identidad. Generalmente lo homenajeado aparece detrás, en segundo plano, pero muy evidente, como si fuera el sustento imprescindible de todo lo que vemos. En ocasiones escoge un fragmento de la obra que considera especialmente extraordinario o significativo: la mano de Mariana de Austria y la de Inocencio X o el rostro del Niño de Vallecas de Velázquez (Figura 1), la figura femenina durmiente de El sueño del patricio de Murillo, el vientre de Betsabé de Rembrandt, etc. Otras veces presenta la obra entera, pero a escala reducida o mostrada parcialmente. No siempre son pintores los elegidos, también hay músicos (Mozart, Strawinsky, Victoria de los Ángeles) o escritores (Zola, Nietzsche, Juan Ramón, Galdós) a los que admira y reconoce como creadores. Entonces los cita incorporando un objeto metafórico (la jaula de pájaro en el homenaje a Mozart), o un elemento evidentemente alusivo (un libro en el homenaje a Galdós) A veces homenajea en conjunto incorporando varias láminas de algunos autores de un movimiento artístico determinado (Homenaje a la pintura moderna, 1988; Homenaje a los Machiaioli, 1989, etc.). La imagen referida al homenajeado aparece generalmente, como he dicho, en segundo plano, a veces sutilmente velada por la transparencia del cristal de una copa que se repite en casi todos los cuadros, siendo uno de los objetos emblemáticos en la pintura de Ramón Gaya. Hay quien ve en esta copa de cristal veneciano una metáfora de la transparencia, un sinónimo de sinceridad y de verdad en la pintura, de limpieza y claridad, de filtro, contenedor de agua, elemento ancestralmente generador de vida y símbolo de pureza (Muñoz, 2012). De este modo, la copa de vidrio se convierte en la firma, o mejor, la afirmación de los principios artísticos de Gaya: prescindir de lo superfluo, buscar la esencia, la verdad, lo permanente, lo vivo, a través de la realidad cotidiana, una realidad trascendida por el espíritu y filtrada por la mirada y el sentimiento del pintor. El elegido de Gaya por excelencia será Velázquez. En mi opinión no existe un análisis del pintor sevillano más certero y profundo que el que hace Ramón Gaya en sus ensayos. Para ello ha sido necesario que Gaya se compenetre con el trabajo de Velázquez como sólo un pintor puede hacerlo. Así lo expresa él mismo:


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