1. Los elegidos de Ramón Gaya.
Ramón Gaya pertenece cronológicamente a la generación de la vanguardia histórica que se gesta en el París de los años treinta, aunque por su juventud de entonces y larga vida activa, haya convivido con el gran cambio que aún se está produciendo en la era digital. Leyendo sus escritos, llama la atención su postura firme ante el devenir histórico del arte contemporáneo, pues desde el principio optó por recorrer el camino inverso al de sus coetáneos, no por el afán de ir contracorriente, sino por la necesidad irremediable de acatar su destino de pintor sin artificio, que no se somete a la moda, ni adquiere estilo alguno. En su búsqueda de lo que él considera arte verdadero, repara en la intemporalidad de la obra de varios creadores cuya obra sigue viva y a la cual, como apunta Miriam Moreno en su ensayo sobre Gaya (Moreno, 2010), hay que prestar atención extrema, algo a lo que el vertiginoso mundo contemporáneo no nos tiene acostumbrados. Lo que Gaya cree que debe ser la creación se rige por una serie de principios que se manifiestan en la obra de determinados artistas: Velázquez, Rembrandt, Rubens, Fidias, Van Eyck, Miguel Angel, Tiziano, Shesshu, Hokusai, Turner, Constable, Cervantes, Shakespeare, San Juan de la Cruz, Mozart, Tolstoi, Galdós, Juan Ramón Jiménez, etc., y aunque estima a muchos otros, considera sólo a algunos auténticos transmisores, revitalizadores y generadores del arte: Llamo creadores a quienes nos dan criaturas, no obras, por muy altas y valiosas que éstas puedan ser o por muy significativas y decisivas que éstas puedan resultar [...] la creación se produce en un rincón vital que no tiene contacto alguno con los fenómenos sociales (Gaya, 1992: 59).
79 Revista Gama, Estudos Artísticos. ISSN 2182-8539, e-ISSN 2182-8725. Vol. 1 (1): pp. 78-82.
durante trece años. En 1952 regresa a Europa y más tarde a España, tras veintiún años de exilio. Durante ese tiempo ha escrito obras fundamentales como: Diario de un pintor, El sentimiento de la pintura y sobre todo, Velázquez, pájaro solitario, en las que expone con claridad y hondura extraordinaria su credo artístico. Su producción literaria y pictórica es constante, sin embargo, el reconocimiento oficial a su trabajo comienza a partir de los años ochenta: con la concesión en 1985, de la Medalla de Oro a las Bellas Artes. En 1990 Murcia inaugura el museo Gaya. En 1997 recibe el Premio Nacional de Artes Plásticas. En 1999 es investido doctor honoris causa por la Universidad de Murcia. En 2002, recibe el Premio Velázquez de las Artes. En 2003, el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía organiza una exposición retrospectiva. Muere en Valencia en 2005.