Como observamos medio fotográfico y pintura interactúan en obras que invitan a la reflexión íntima, a esa inmensidad interior enigmática ya tratada por los románticos europeos del XIX. Sin embargo también componen campos de signos que permiten al espectador acceder no solo a su subjetividad sino a la situación social vivida, a modo de pantalla de proyección. Es sintomática la conexión que se establece entonces entre los trabajos de Paparella y las escenas de Edward Hopper, donde figuración y sencillez compositiva se complementan para llegar a una atmósfera de pérdida y melancolía, donde lo real adquiere un soplo de énfasis psicológico (Figura 5). Atendemos al enfrentamiento entre naturaleza y civilización, pulsiones en latencia y orden; Hopper bajo la representación de cuerpos despojados y Paparella bajo la sombra monocroma del yo alienado. Cuerpos aislados acompañados de telones donde se proyecta la vida cotidiana de una época que arrojan poca luz pese a la claridad visual. Semejan fotogramas aislados de una película que activan nuestra imaginación pero, paradójicamente, el lenguaje se vuelve insuficiente para definirlos. Espectros rígidos y civilizados, similares a ese autómata femenino creado por el doctor Rotwang en el film Metropolis (Figura 6) al que le han arrebatado toda esencia natural pero que aún así nos seduce por su extrañeza. Vulnerables. Inertes. El traje negro utilizado por Paparella no hace sino enfatizar este aura nihilista. Tonalidad que el occidente moderno ha ido interiorizando a lo largo del tiempo como símbolo de perdición y muerte. Como estadio monocromo el color negro es el Otro, lugar material y simbólico de lo oculto que acude a la imaginería colectiva cargado de fantasmagoria y temor. Es monstruo y sombra, predicción de tragedia, emparentado con la suciedad y la locura. La herencia histórica y mitológica acuña a dicha negrura un sinónimo de la negatividad, sinrazón y vileza del ánimo (Hersant, 2004). Pese a ello, y evocando a San Juan de la Cruz, Wittgenstein o a Pierre Soulages más recientemente también se le atribuye el más intenso de los resplandores, el lugar de lo post-dialéctico e inesperado. Opiniones dispares que alimentan la extrañeza de las composiciones de Paparella, como el ‘Unheimlich’ de Heidegger por el cual somos arrancados de
Revista :Estúdio. ISSN 1647-6158. Vol.2 (3): 163-170.
1.1 La condición extraña
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de la soledad. En el exilio desértico hallamos las huellas de nuestra identidad, bajo un tiempo y un espacio que están más allá de toda medida física. Encerrada en un eterno lugar de paso, la silueta es conducida hacia la desolación del héroe romántico como ser nómada y perpetuamente insatisfecho que busca vanamente una centralidad y seguridad ante la inmensa complejidad. El espectador queda sumergido en el recogimiento subjetivo, en la curiosidad por la compasión que nos hacen sentir tales representaciones de la tristeza y el deseo de hacerlos salir de su penumbra interior y conducirlos hacia la luz. Pero las sombras son también la representación de la imposibilidad, de lo inaprensible.