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hipnótico. Cuando consumimos la obra de Beatriz Milhazes sabemos que nos estamos dejando envenenar por un placer visual que estimula el pensamiento aunque aquí, la diferencia la encontramos en que no nos transporta a un lugar siniestro sino a un lugar bello. Las pinturas de Beatriz Milhazes (figuras 4 y 5) nos hacen pensar en la vestimenta de las cosas, en las capas de maquillaje que se van acumulando a lo largo de la vida tanto en todo lo que nos rodea como en nosotros mismos protegiendo, quizás, la esencia real de lo que somos. Nos hace reflexionar sobre lo postizo y lo femenino y con ello nos hace pensar en la artificialidad de la feminidad. A través de la obra de la artista brasileña vemos como el concepto de ocultar no solo se haya en lugares selectos y ostentosos sino también en los objetos guardados en las cajas de los rincones mas cotidianos de nuestro hogar. Sus trabajos están impregnados de artesanía, de decoración o mejor de los artículos que se utilizan en la artesanía y en la decoración. Cuando recorremos con la mirada sus pinturas podemos apreciar bordados, puntillas de ganchillo, puntas de bolillos, cintas de seda, de terciopelo, de raso, dientes de rata, cola de rata, etc…, pero también caramelos, bombones, piruletas, regalices, productos artificiales elaborados específicamente para elevar el placer gustativo y crear un comportamiento adictivo después de haber sido olfateados, masticados o chupados. Como la obra de Fred Tomaselli su trabajo conecta al mundo de las drogas y a lo que su consumo supone aunque en el caso de esta artista, por la fuerte raíz cultura, también al Carnaval y a todo lo que ello implica: seducción, perversión, desinhibición, a lo fingido a lo aparente. Es interesante, también, la asociación
Revista :Estúdio. ISSN 1647-6158. Vol. 3, (5): 18-25.
Figura 4 – Beatriz Milhazes (2006), Beleza Pura, Beleza Pura, Acrílico sobre tela, 200 x 402 cm. Cortesia: Galeria Fortes Vilaça, São Paulo.