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:ESTÚDIO 4

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Conclusión

Así es como Antonio Agudo nos enseña a amar al ser humano, a través de la representación de su cuerpo como el reflejo mismo de su alma. No se detiene, sin más, en la superficie para buscar la precisa imitación de las formas, sino que se adentra para indagar en lo que éstas nos pueden decir acerca del espíritu y de la vida (aquello que distingue lo vivo de lo inerte). Busca transmitir al observador ese amor que siente por lo que representa. De este modo, lo representado deja de ser inerte (inanimado) para recobrar el pulso a través de la mirada atenta de quien, al contemplarlo, llega a conocerlo y aprende a amarlo. Como quien mira al infinito que separa lo terreno de lo celeste, por medio de un hilo sutil y casi imperceptible, él nos muestra, el prodigio de la vida convertido en paisaje de emociones, y así, nos permite ver el profundo misterio del velado horizonte entre el cuerpo y el alma. Referências Agudo, Antonio (2009) Pintor, dibujante, grabador y profesor de pintura español nacido y residente en Sevilla. [Consult. 2011‑06‑12] http://www.antonioagudoarte.com/ es/el_artista/ Fromm, Erich (2004) El arte de amar. Barcelona: Ediciones Paidós Ibérica, S.A. ISBN: 84-493-0852-6 Galán, Eva V.(1992) “El paraíso perdido”, de Antonio Agudo. Granada: El Ideal, mayo de 1992. Contactar a autora: solmar@us.es

Pérez Mulet, Fernando (2002) Un encuentro con Antonio Agudo, en el catálogo de la Exposición Antonio Agudo. Madrid: Excmo. Ayuntamiento de Alcalá de Henares / Fundación Colegio del Rey. Hernández Cava, Felipe (2008) Todo diálogo, en el catálogo de la exposición Cortés, el Retrato como opción Estética.

Revista :Estúdio.ISSN 1647–6158. Vol. 2,(4): 31-35

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el atisbo de alguna huella que defina la esencia de cada uno de sus personajes. No les impone límites, los deja ser y les permite mostrar su genuina y particular belleza, la de ser únicos y a la vez portadores de algún rasgo común de su cultura, de su etnia o de su lugar social, que los une a sus semejantes y a la naturaleza como un todo indisoluble. Como el cordón umbilical que muchas veces el pensamiento actual cree innecesario, sin tener en cuenta la ineludible necesidad del ser humano de amar y ser amado, sentimiento que también se extiende hacia el resto de lo natural o lo espiritual. Él ama ese valor de la belleza presente en la naturaleza, que se muestra cambiante, dinámica e imprevisible, que en el individuo es efímera pero en su conjunto es perpetua, cíclica, renovada y eterna.


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