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:ESTÚDIO 10

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31 Revista :Estúdio, Artistas sobre Outras Obras. ISSN 1647-6158, e-ISSN 1647-7316. Vol. 5 (10): 28-34.

y se resuelven los opuestos” (Smith, 2001: 47), nos colocamos como espectadores, desde un punto de vista ontológico de la simbología de la cruz, en el “aquí y ahora” desde donde se proyecta el tiempo y el espacio. Un tiempo determinado y un espacio concreto, que se (re)presentan de forma invertida, provocando en el espectador una mirada más allá de los estereotipos formales de la cotidianeidad en la que se desarrollan. Quizás la cruz sea el símbolo universal del que se nutre todas las confesiones, tal vez por su simbología cósmica, o tal vez, como nos argumenta H. Simth (2001: 45), “porque puede representar al hombre, en pie, con los brazos extendidos, abarcando de algún modo los cuatro puntos cardinales”. Bajo esta la premisa, situamos la concepción de la obra de Albarracín en los parámetros que constituyen aquellas dudas de carácter existencial. Estas mismas cuestiones ubican al espectador en una posición que desdobla la proyección de su mirada, es decir, el planteamiento formal de la obra, donde aparece un paso de Semana Santa invertido, estimula la posibilidad de que se cuestione la posición de lo terrenal y lo espiritual en sentido inverso. Probablemente, la majestuosidad de la obra, en un primer momento, no deje que la mirada llegue más allá de los aspectos formales y de carácter efectista, debido a su monumentalidad, pero sí nos detenemos ante la misma, podemos percibir la sensibilidad que emplea la artista para plantear cuestiones de carácter humanístico, colocando la parte más elevada de la cruz al límite de la superficie horizontal del espacio, otorgando una fragilidad análoga a la del propio cuerpo. A colación de la representación formal de la cruz invertida, quizás, no siendo la intencionalidad de la artista, nos planteamos aquí la posible interpretación sobre los simbolismos que han devenido a lo largo de la historia sobre la colocación de la cruz en sentido inverso bajo los parámetros del cristianismo. La cruz “es el símbolo radical, primordial para los cristianos: uno de los pocos símbolos universales, comunes a todas las confesiones” (Aldazábal, 2003: 306), y por ello, la proyección simbólica hacia el espectador está cargada de connotaciones derivadas del propio entorno cultural. En este caso, se presenta, una cruz invertida, que “expresa a la vez la unidad, el desdoblamiento y el retorno a la unidad” y que, probablemente, “representa la idea de que la espiritualidad tiene sus raíces en el cielo y desciende sobre la tierra” (Daza, 1997: 1009), convirtiéndola, a su vez, en un “símbolo antirreligioso asociado al satanismo” (Kimberly, 2003:39). El desdoblamiento planteado a través de la simbología que la propia unidad formal transmite, provocando la inversión de los significados que se extraen de su análisis, incita un cuestionamiento sobre la espiritualidad que condiciona la racionalidad, y viceversa, induciendo en el espectador sentimientos


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