campamento. Como si estuviera listo para irme. Hasta que salió la oportunidad. Irme con solo dos maletas en las que entró el 50% de mis pertenencias resultó coherente con la forma en que había estado viviendo desde hacía años. - No quiero tener que ver con el mundo. Por eso me pesa tener que ver. No me molesta tener amigos. Ese formato de relación no es exigente. ¿Cómo será si llego a tener hijos, carajo? Podría enloquecer. Aunque, supongo, entonces vendrá en mi ayuda la tradición, la sociedad e, incluso, el instinto de conservación de la especie. No menospreciemos la carga genética que traemos con nosotros. Al contrario, confiemos en que hará su parte de la chamba. - Hiciste números. Pensante que Gabriela ni siquiera te exige exclusividad. Tú tampoco. Te está pidiendo que asumas tus libertades. Algo así habría dicho Nietzche. - Demostrar que uno quiere amor es la mejor forma de no conseguirlo. Esa desesperación solitaria se filtra por las grietas del carácter de la gente. Me espanta. Como esa arquitecta que se aparece en la casa y empieza a conversar y no se quiere ir y ya te das cuenta -demasiado tarde, para variar- de lo que quiere y, al final, ya pues, veamos qué pasa, un poco más de conversa y está metida en tu cama. Qué manera de doblar la espalda la suya. Pero sus pezones no eran bonitos. - Y la otra, que jodió y jodió y, al final, no quiso. Bueno, hizo su movida en Cusco, no seamos injustos. Allá estuve vomitando toda la noche. Le habían dado la beca a la Flaca, había que celebrar. El vómito de litros de vino morado contrastaba sobre el amarillo de la puerta del taxi, que iba a toda velocidad. El viento helado extendía la mancha. Si hubiera estado en la facultad, podía haber hecho un cuadro con ese ‘motivo’. No, no lo hubiera hecho. En ese momento no le daba importancia a divertirme pintando. - “Piensas mucho, Chueca. Pinta nomás”. Odié al profesor que dijo eso.
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