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JESÚS GUADALUPE MORALES

Al eremita escritor supérstite, que ahoga su lamento en letras que resucitan árboles muertos al toque de su tinta. Al poeta de la calle, dueño del polvo y de la nada, que encuentra la paz en el trepidante estruendo de un silente verso. Al Autor del prosista.


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JESÚS GUADALUPE MORALES

JESUS GUADALUPE MORALES

EL TESORO DE LOS ALMADA La Vida en Trozos y Cuentos

GRUPO SHUKKAARI EDICIONES Chucárit, Etchojoa, Sonora, México Paseo Las Palmas número 46, Fraccionamiento Los Laureles, Cuarta Sección, Navojoa, Sonora, México. Tel. 0164242 73323


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Reservados todos los derechos. Esta obra no puede ser reproducida ni registrada total o parcialmente por ningún sistema (fotomecánico, electrónico o cualquier otro) sin la autorización expresa, previa y por escrito del autor. Antología de Cuentos. © Jesús Guadalupe Morales Valenzuela © Grupo Shukkaari Chucárit, Etchojoa, Sonora, México. Primera edición, 2012. Impreso en México -Printed in México, 1000 ejemplares. Imprenta: IMPREMAX, Navojoa, Sonora, México


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ÍNDICE NOTA PRELIMINAR EL CORREDOR

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CABALLO VIEJO

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EL TESORO DE LOS ALMADA

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¡UTA, QUÉ TONTA LA BENITA!

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EL LOCO DE LA CARRETERA

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LA HIJA DE CHICO CHUBI

77

¡TRÁGAME TIERRA!

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MARYEM

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POCO ANTES DE LA GRAN GUERRA

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CARCINOMA REBASANDO ESPINA DORSAL

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NOTA PRELIMINAR

Con una narración sencilla y placentera el autor decide escribir,

capturando la atención de aquel que decide leerle. Una prosa suave arrastra hacia un desconocido pueblo del sur de Sonora, donde todos los personajes convergen. Jesús Guadalupe Morales Valenzuela, es un prestigiado Abogado Postulante, Catedrático de la Universidad de Sonora, Político, Conferencista, Escritor, ha sido Asesor de Compañías Mineras, Sindico Procurador y Presidente Municipal de Etchojoa, Sonora. Ha nutrido su sentido social y labor literaria en sus observaciones a la vida, mismas que plasma en esta antología con una agudeza fina en su introspección, con un estilo narrativo que atrapa en la red de sus letras, con profundo conocimiento del interior humano. Es una colección de “trozos y cuentos”-como el autor afirma-, realmente emotivos, sinceros, pero sobre todo ricos en su aportación. Leer esta obra significará para el lector un viaje a un rincón olvidado, a ese nuestro pasado, a nosotros mismos, a nuestro interior, donde los personajes viven nuestra infancia y los sentimientos de ellos son en todo momento los mismos que alguna vez sentimos, en la misma pobreza que vivimos. La intensidad que produce la lectura de este libro no deja respiro al lector, atrapándole en sus emociones y pensamientos, quedando sembrado el deseo por más historias; por ello, en el inmenso mundo de escritores, la presente obra vale por sí sola en cada runa que contiene.


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EL CORREDOR

Su paso es lerdo, cansado, lleno de nada, invadido de vacío. Sus

rayados ojos son eternamente tristes. Arrastra toneladas de miseria desde niño. Sus cadenas se enredan en sus pies y le ahogan el brillo a su propia vida. Es su vestimenta polvo de la calle, tierra de la nada. Son cincuenta años de vida ruina, de adobe carcomido y vigas viejas; son décadas de soledad y miseria. Ayer lo miré deambular por las calles de mi pueblo y no pude impedir a mi corazón sentir profunda nostalgia por su suerte, por la vida que le tocó, tan dramática y vil, tan opulenta de abandono y falta de oportunidad. Rogelio Campas Duarte, más conocido como “Gelo”, su padre, ebrio consuetudinario, peluquero a la vieja escuela, nunca le dio a él ni a sus hermanos la oportunidad de educarse. Apenas y terminó el cuarto grado de primaria y abandonó sus estudios con hambre en su panza, y deletreando su desgracia. Habiendo abandonado su educación básica, ahora es un alumno muerto, sin vida y sin futuro, ahora no tiene que madrugar para estudiar, ha de levantarse de mañana a vender calabazas, tomates o tamales. ¿Y quién puede tener vida o futuro en un hogar como aquel en el que nació Gabino Campas? ¿De dónde habría de tomar vida el pobre cadáver al que llaman “Tokio”? La tristeza de su suerte es un candado difícil de romper. A nadie interesa aquella tragedia de desertar de la escuela y a nadie le angustia el destino de aquel pequeño niño de pies descalzos y ropa desgarrada.


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¡Mueren los pobres de la tierra, y como si nada se extinguiera! ¡Muere el estudiante niño, y como si nada se perdiera! Rugen las maquiladoras devorando ex catecúmenos infantes, y crujen los surcos del mundo tragándose a sus ex educandos indios. No hay más sueños, no hay más futuro, para todo aquel que se deja. O es la máquina o es el surco, pero siempre hay quien se alegre por la caída de un pipiolo al ejército creciente de mano de obra barata, en la era más inteligente de la tierra. El día 6 de Marzo de 1958, a las tres de la mañana le trozaron el cordón umbilical, y le pusieron por nombre Gabino Campas Valenzuela. Lo prieto del indio se prendió de su piel, más parecía berenjena que niño recién nacido. Tiene un futuro incierto en aquel hogar desprovisto de vida. Su madre lo arropa con sus manos y lo alimenta con su propia leche; no tiene más que regalar al recién llegado. Es una tierra rural, y aquella familia es, dentro de los parámetros de la pobreza, la orilla de la orilla. Su aspecto asiático le valió el mote de “Tokio”, en razón de aquella gran ciudad del Japón, tan mencionada después de la segunda guerra mundial por la radio local, y en la cual se inspiró su abuelo, para decir: -Es un vil japonés este chamaco condenado. Viene de Tokio, de allá lo mandaron. Es japonés, ¿qué no ves sus ojos?, es de por allá. ¡Qué mayo ni que nada, es un Tokio, porque de allá vino!-contundentemente se impuso a todos aquel viejito testarudo. Dicen que los hombres tienen en su vida años maravillosos que recordar, pero este Gabino Campas, no atesora ningún recuerdo de ese tipo. El chorro de familia conformado, de menor a mayor, por: Elodia, el propio Gabino, Xochilt, Rogelio y Julia, todos hijos de “Gelo” y de “Tina” su esposa, no dieron tiempo a que sucediera algo hermoso, pues aquella miseria en la que vivían los apretujó al extremo de traer en sus estómagos sólo un caldo parecido a la comida del medio día, que en su mayoría estaba compuesto de agua con sal. ¡Qué hambre la de aquellos niños revolcados! ¡Qué tristeza la de aquella mujer que los parió! Arrugada en su dolor se acurruca en su vacío y se resigna a ver


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llorar a sus hijos en la hambruna de su casa. El fígaro de “Gelo”, por su parte, corta pelo a los del pueblo, y al primer centavo que a sus manos cae, corre y compra al “Morralero” una botella de alcohol de las conocidas como tequileña. De forma ilegal distribuye vino aquel vendedor y sabe escabullirse de las autoridades, pero bien que sabe hacerse notar a los viciosos que lo requieren. “Gelo” sabe lo que la policía dice ignorar, en qué lugar se encuentra el mercader de “Huilonas” y “Tequileñas”. En ese contexto, pasados los primeros años, “Tokio”, de indolente apariencia, desnutrido y flaco, se desplaza por su pueblo, con ojos cansados y a paso lánguido. No obstante su flojedad, su desánimo manifiesto, adentro de él mismo arde algo inexplicable. Tiene doce años y no acude a la escuela como todos los de su generación, está solo, abandonado, ya sus amigos han tomado la ruta del compañerismo escolar, pero él no tiene más compañeros que su apetencia y su yermo. Y aún así, no se resigna a ese su destino. Adentro de sí cruje, pues algo lo arrastra y lo agrieta desgarrando su alma. Es él mismo, quien brincando de un sueño a otro, se ha enfermado de deseos, de ansiedad e inaudita quimera. Sus pies, aunque aletargados y polvorientos, se mueven impacientes, sus piernas se llenan de una consistencia muscular extraña; quieren correr, quieren brincar, quieren volar. Es 1970, y la escuela “El Campesino” ha sido sede de carrearas pedestres ese año. Shukkaari está de fiesta deportiva, y ya se han enlistado los corredores locales y foráneos, con un tal Luis Mesa Piña, quien viene de Huatabampo, Sonora, promoviendo el deporte. El bullicio de las actividades deportivas llama la atención del niño aquel, y jalado por la curiosidad se encamina hacia el estadio. Con su paso cansado y con las manos en las bolsas llega “Tokio” al lugar donde los deportistas aquellos se alistan para la gran carrera. Los organizadores hacen un último llamado a los que han de participar, para que anoten sus nombres en el libro de registros, pues dentro de unos momentos más ha de comenzar la carrera. Luego de unos minutos de estar observando, con el corazón temblando de impaciencia, no sin dificultad, toma una decisión determinante: se acerca a la mesa y pide que se le incluya como


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participante. De esa manera se anota en la lista de los que han de correr ese día memorable. No tiene pantalones deportivos y no cuenta con la camiseta adecuada, pero se ha decidido, y ya sus piernas vibran junto con su corazón. Vuelve rápido a su casa, recorta con una tijera un viejo pantalón de mezclilla y le saca las mangas a una camisa luida. Improvisa un número y se lo pega a la camiseta con espinas de lima. Hizo algunos calentamientos rápidos en su casa y luego de ello, sale corriendo hacia donde será la salida de aquella carrera pedestre. Al llegar y ser visto por la gente del pueblo, la gran mayoría se echa a reír, y se escuchan los gritos de burla, ironía y chascarrillo del pueblo al que pertenece. No esperaban que aquella figura de niño flojo tuviera atributos de corredor. -¡Cálmate “Tokio”!..¡Ridículo que no fueras! ¿De cuándo acá eres corredor?... ¡Mira nomás al hijo de “Gelo”, dizque ahora salió corredor!.. ¡Ese mi “Tokio”, con ese trajecito les vas a ganar a todos! ¡Órale, indio prieto, chamaco sencillo!... ¡Ah, pa´chorcito que te avientas!... ¡Ahí va Hércules, ahí va Hércules! ¡Hércules piernas prietas!-Surgían voraces voces de entre la amorfa multitud. Cuando se da el “Santiago”-como se le conoce al grito de salida-, los corredores salen disparados, y entre ellos el gris participante de ropas viejas y tenis rotos, “Tokio” el hijo del peluquero. Van trotando los corredores, y se puede ver a aquellos que recién comprado su uniforme se lucen airosos como si sus piernas fueran biónicas, y trotan como si sus tenis profesionales corrieran solos. Bien peinados lucen sus rostros hacia las muchachas del pueblo, particularmente los que se creen guapos; pero en sí la gran mayoría, venidos de fuera, específicamente de Huatabampo, se deshacen en exhibiciones de pompas levantadas y piernas brillosas por la crema y forrados sus pies de tenis recién comprados y medias blancas con franjas coloridas. En tanto aquellos elegantes y pulcros competidores se lucen, el más humilde de los participantes se concentra en sus pasos, no mira a nadie, sólo corre y corre sin cesar. Lleva en su mente ganar aquella carrera. A medio repelón, se le deshace el zapato derecho,


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pues se rompe por el esfuerzo y no trae calcetas, lo que le produce ampollas que le hacen cojear. Pero no se detiene, se sacude el teni y con un pie descalzo sigue corriendo. Está empeñado en salir adelante, pues sabe que no tiene opción: ¡tiene que ganar! Es en su vida gris su única oportunidad. No hay mañana, no hay después, no existe la otra ocasión, es hoy o nunca. Allá adelante, la meta espera a los corredores, y él quiere llegar, sin zapatos si es necesario pero ha de ser uno de los que logren cruzarla con honor. Los jueces yacen a reloj sincronizado, quieren saber quién llegará primero y qué tiempo ha hecho. El ruido que produce la gente que espera y el que producen los que vienen corriendo se esparce por el viento y todas las cabezas voltean hacia la bola de corredores que se acerca, y expectantes ocupan la mejor posición para no perderse el detalle de aquella cerrada carrera. Allí vienen los sudados corredores, y se disputan el primer lugar tres de los mejores de la región, y atrasito de ellos viene, sin un teni y cojeando, el corredor local que de improviso se apuntó para competir: “Tokio” el hijo de “Gelo”. Todo parece ya decidido, el de pantaloncillos blancos y tenis profesionales, venido de la progresiva ciudad de Huatabampo, Sonora, al parecer se impuso a los demás, es el favorito de los espectadores, es de piel blanca y rostro atractivo, las mujeres se llenan de entusiasmo, gozándose por lo viril de aquel que va a ganar. -¡Tan guapo! ¡Mi atleta!... ¡Qué muñeco de corredor!... ¡Mi amorcito, pichoncito, corre, corre, chulo, corre!... ¡Mi güerito precioso, gánales a todos!... ¡Ese va ser mi yerno del alma!gritaban histéricas mujeres de Shukkaari. En el momento mismo en el que han de llegar a la meta, es cuando sucede lo inesperado, el manco corredor se vino acercando lentamente, y en un afanoso esfuerzo sobrehumano, le surgen nuevos bríos. Al punto de la franja en la meta, casi al mismo tiempo, cuatro veloces corredores se aparejan, y se estiran mirándose de reojos, como enloquecidos, intentando no dejarse rebasar. Los zancos se agrandan y las piernas luchan por estirarse más, y entre esas piernas se encuentran, a su vez, unas piernas


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cenizas que también luchan por ganar. Dentro de aquella cenicienta piel brota un aire de fuerza que la impulsa hacia adelante. Lo que vieron los jueces llegar primero a la codiciada meta fue nada menos que aquella pierna descalza que hizo ganar a su dueño. Fue “Tokio”, quien por escasos centímetros ganó la carrera, derrotando al guapo de Huatabampo, cayéndoseles los hombros de decepción a las mujeres que gritaban, porque el chamaco aquel ha ganado la carrera al más lindo de los corredores. Se quedaron mudos los espectadores. Pero, ¿de dónde diablos salió este loco?, ¿qué diantres pasó? Si ni siquiera habían notado que venía cerca, ¿cómo es que ganó al favorito regional? Se encuentra el nuevo campeón, doblado de la cintura hacia abajo, mirando la tierra, respirando hondo, con sus manos caídas al suelo. Ha ganado su batalla, sin haberse preparado con anticipación, sin régimen alimenticio que lo fortaleciera y sin desayuno en su estómago de niño. Los Shukkaarenses no lo pueden creer. Están asombrados, el hijo de “Gelo” les ganó a todos. Salió triunfante, la victoria ahora es su presea. Los organizadores están estupefactos, don Luis Mesa Piña está asombrado con aquel indio veloz que de forma inesperada ha ganado aquel torneo. Lo pasan al frente en la premiación, y ponen en su cuello la medalla de oro. El tercero y segundo lugar lo miran con desprecio y piensan que aquel faquir no es digno de llevar aquella insignia de los vencedores. Están enojados, creen que fue un descuido lo que los llevó a la derrota, y los lugares que recibieron no los hacen felices, y por el contrario los ha llenado de coraje. Al pueblo no le trajo chiste el desenlace, como que esperaban que ganara alguien, cualquiera menos el “Tokio”, pero al final, se impuso la realidad, había ganado aquel niño de doce años y nadie lo podía negar, con ello se abría una puerta a favor del pequeño proletario, y ahora estaba en sus manos darle seguimiento o no. De ahí en lo adelante, aquel jovencito se dedicó en cuerpo y alma al deporte. Se entregó extasiado a correr todos los días y a informarse sobre los torneos regionales donde pudiera participar; y sin dinero se desplaza a todo lugar, ganando muchas carreras; de tal suerte de que primeros, segundo y terceros lugares


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empezaron a desfilar por sus manos. ¡Qué feliz se mira aquel novato! ¡Corre y corre lleno de felicidad! En San Pedro Río Mayo ganó el torneo, donde en los cinco mil metros planos hizo el tiempo récord de diez y seis minutos y en los diez mil metros logró el fabuloso y nada despreciable tiempo de treinta minutos. ¡Sorprendió a propios y extraños! Era un fenómeno deportivo al que le daban premios en figuras que eran símbolos de oro y plata, pero del que nadie se preocupaba sobre sus alimentos. Comía frijoles en agua y sal, calabazas y quelites silvestres. Ganaba copas, efigies, medallas, reconocimientos y diplomas, pero no recibía premios económicos, nadie le tiraba un peso para su sustento. Un día, habiendo ganado en la región los premios mayores, lo invitaron a participar en un gran torneo en ciudad Obregón, Sonora, lugar donde se darían cita gente muy importante de la ciudad de México, y donde se decía serían escogidos aquellos que competirían a nivel nacional para seleccionar a los que irían a las olimpiadas mundiales. En aventones se fueron dos Shukkaarenses a competir a Cajeme; uno era al que le decían “El Nin” Edgardo Coronado, y el otro, el mentado “Tokio”, quién éste último ya tenía un ferviente discípulo que había salido muy entregado y eficiente, el cual también ya corría y ganaba premios en la región. Los dos se fueron comiendo pan vapor con plátanos, en un esfuerzo para tener la suficiente energía para enfrentar a los más grandes corredores de Sonora, que estarían compitiendo en aquel municipio. Ya han preparado sus cuerpos por las lomas de arena del río mayo, y se han entregado tarde y mañana a ejercitarse de todo a todo, y alimentándose durante el mes con leche bronca de vaca que un pequeño ganadero les regalaba y hartas tortillas de maíz con tomate guisado, creyendo que ellas contenían las fibras que requerían para ganar. Así fue que aquellos pueblerinos estaban en la línea de salida, listos para salir corriendo. Habiéndose hecho el disparo de salida, todos echaron a volar sus cuerpos, pero al final, luego de recorrer cinco mil metros planos, la meta fue cruzada por el joven prieto llamado Gabino Campas, el “Tokio” de Shukkaari. Él ganó,


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y fue aplaudido por miles de testigos de aquella ciudad. Y siendo que ha triunfado, aún recobrando aire, no habiendo pasado dos minutos, se dio cuenta de que la otra carrera se estaba preparando, y que se alistaban los corredores en la justa de los diez mil metros, es entonces que el loco de “Tokio” aún sudando, aún respirando hondo, sin recuperarse, va y se acomoda para participar también en los diez mil metros, y al dar la salida, junto con los descansados competidores, sale vócil hacia su destino. ¡Loco campesino, mírelo, ahí va corriendo! ¡Corre y corre sin parar!, ¡corre y pareciera que al correr en ello se le va la vida! ¿De dónde sacó fuerzas este miserable campesino? ¿Quién le inyectó esa energía que lo hizo competir, conforme a sus fuerzas, y más allá de sus fuerzas? ¿Qué a caso, piensa que va ganar? Nadie tiene la fuerza para lograrlo, y menos ese esqueleto negro que corre como loco, que no tiene de alimento los cereales mineralizados que los demás atletas consumen. ¿Qué se ha creído este engreído individuo? ¿Piensa que por haber ganado la carrera de los cinco mil metros, tiene derecho a aspirar ganar los diez mil? ¿No está subestimando a sus compañeros y cree ingenuamente que logrará algo más que ridículo, por su atrevimiento contumaz? ¿Dónde quedó su humildad? ¿Por qué razón no se conforma con lo ganado y deja que su cuerpo descanse? ¡Ah, campesino loco es ese! Nada lo detendrá, correr es todo en su vida, lo demás nada importa. Los jueces del torneo reciben en la meta a los corredores. Y el primer lugar, por escasos centímetros lo es nada menos que Gabino Campas Valenzuela, el “Tokio”, quien de nueva cuenta, sorprendiendo a Sonora, a México y al Mundo, sin haber descansado de su anterior carrera, les arrebató el trofeo a los más grandes corredores del Estado. Una leyenda nace, la radio local da en vivo los resultados, y los fotógrafos gráficos le toman el rostro para sus periódicos. ¡Ha nacido un campeón! De lo profundo de un pueblo muerto, se desprende de la espesura de la miseria, un joven lleno de arrojo, quien retando lo imposible ganó de forma consecutiva las dos justas más importantes, los cinco y los diez mil metros planos.


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¡Qué orgullo el de “Tokio”! No hubo Shukkaarenses chufleteros que le gritaran, ahí no estuvo su padre “Gelo” ni su madre “Tina”, pero sí estuvo su amigo el “Nin”, quien fue testigo de aquello que aconteció en la ciudad. Fue seleccionado a participar en la justa nacional, y también su amigo recibió el mismo galardón, y el entonces organizador y miembro de la Asociación Nacional de Atletismo, ese mismo día del triunfo, le comunicó el día y hora de salida rumbo a la ciudad de México, y siendo que el haber ganado el torneo de Cajeme, le hizo merecedor, por primera vez, además de trofeos y medallas, de un aliciente económico, el astuto organizador de apellido García, le convenció de que recibiera el dinero el mismo día en que recibiera los boletos del avión que los llevaría al Distrito Federal y como adelanto le dio para que se echara un taco, cincuenta pesos de diez mil que amablemente un noble patrocinador le había ofrecido al campeón. Los días siguientes fueron de alboroto, los medios de comunicación masiva, particularmente la radio, tanto del Mayo como del Yaqui, dieron cuenta del suceso, y en sus espacios deportivos realzaron el acaecimiento. El nombre de Gabino Campas Valenzuela se esparció por las ondas hertzianas y se llegó a conocer su hazaña a nivel nacional. Habiendo sido dada la fecha de salida a México, el “Tokio” y el “Nin” se prepararon a fondo, se alimentaron lo más bien que pudieron y el mero día, desde las cuatro de la mañana estaban sentados con sus maletas en la conocida Plaza Pública Cinco de Mayo de Navojoa, Sonora, lugar al que fueron citados por el señor García, y donde, en un vehículo de la asociación habría de recogerlos y llevarlos al aeropuerto de ciudad Obregón, Sonora. Irrefrenables pasaron las horas y llegaron las seis en punto, hora señalada por el organizador, y estando listos para la llegada del coche en que los trasladarían, apretaron sus maletas, contentos y felices. Esa mañana no había rostros más radiantes que aquellos campesinos deportistas. Irradiaban de alegría. Sus padres habían conseguido que uno del pueblo los llevara muy temprano a la plaza, estaban orgullosos de ellos.


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“Tokio”, se queda de repente pensativo. Extasiado de su suerte, ensimismado en su sueño realizado, brinca de un recuerdo a otro. ¡Ser un gran corredor! Una meta ahora posible para él. Ir a las olimpiadas, un reto accesible ahora para los de su raza, particularmente para un joven como él. Volar en avión, volar y volar. ¿Qué siente el rico cuando vuela? ¿Qué sentirá él cuando vaya sentado en aquel vehículo cruzando las nubes? ¿Será visto el avión por los de su rancho cuando pase por sus cabezas? Así pasaron los minutos y con ellos también las horas, pero el vehículo que habría de transportarlos nunca llegó. En la plaza hay dos personas muertas, que arrastran dos valijas llenas de ropas. Pasadas las seis de la tarde, ya se han convencido de que no vinieron por ellos. No se hablan, sólo caminan hacia la calle Morelos en busca de algún aventón para su pueblo. A las diez de la noche llegaron a Shukkaari, y se refugiaron en los brazos de sus madres, llenos de decepción. Allá en la ciudad de México, a la hora de la justa, el señor García, estrenando saco y corbata nuevos, le informa a los que preguntaron: -Cuanto lamento informarles, que Gabino Campas Valenzuela y Edgardo Coronado, de forma por demás irresponsable nunca se presentaron al aeropuerto, lugar donde se les citó. Y tenemos noticia de que tan alegres que estaban por el triunfo, que se la llevaron festejando la victoria consumiendo harto alcohol. Y siendo que no vinieron, éstos muchachos que los sustituirán son más que campeones y uno de ellos es “mijo”, y también se las sabe de todas, todas. -¡Caray! Siempre sucede así, cuando los indios pueden ser algo, el pulque se los impide. ¡Lástima, yo estuve en Sonora, y vaya que me impactó la velocidad del tal Gabino! Ni modo, en su salud lo hallarán. ¡Qué empiece la preparación de los que irán a las Olimpiadas!-comentó lamentándose el Coordinador Nacional. Gabino Campas Valenzuela el “Tokio”, jamás volvió a correr y se refugió en sus trofeos, hasta que un día hizo una fogata con ellos; incinerando setenta figuras que representaban oro, plata y bronce, así como diez medallas, y decenas de reconocimientos


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de papel. El “Nin” se fue para el otro lado a trabajar de bracero y nunca volvió. El señor García se clavó la feriecita que pertenecía al “Tokio” y… ¿vivió por siempre muy, pero muy feliz? Y Shukkaari, ese Shukkaari de los recuerdos, bien que ya no se acuerda de su “Tokio” muerto, aquel que acabado, fue y se refugió en su fe evangélica y ahora deambula por sus calles, tostando y moliendo café a veinte pesos el cuarto, y que bien pudo haber ganado una medalla olímpica en la justa mundial de 1988. ¡Bah! ¿A quién importa tal cosa?.. ¡Mueren los pobres de este mundo, y como si nada se extinguiera!


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CABALLO VIEJO

Entre Campo León y Colonia Talamante nació un caballo rocío,

una tarde amarillenta en los terrones secos de Etchojoa. Los rastrojos en aquel mes de agosto vieron nacer aquel noble potrillo, mismo que se tambalea en sus primeros pasos. Su pequeño hocico toca el suelo y sus cuatro patas se ensartan en la tierra en su afán para sostenerse en pie. Da sus primeros pasos irradiando felicidad, pues a la escasa hora de haber nacido, ya brinca, salta y para la cola de alegre que se encuentra. Se mira chupado su pelo entrecano, su madre lo lamió varias veces cuando cayó al suelo bañado de placenta. Pero ahora ya va y viene, se aleja de la yegua y vuelve corriendo a ella descubriendo la vida; va y explora un poco, retirándose unos metros, pero de inmediato regresa corriendo hacia su madre, quien lo acurruca entre sus piernas dándole de comer su lácteo. Lo curioso es ¿quién le dijo dónde se encuentra su alimento? Apenas y nació cuando, aún cerrados sus ojos, se movió hacia las ubres de su madre, y sin nunca haber experimentado esa forma de alimentarse, se prendió de ellas y sació por momentos su hambre. ¡Hermoso ejemplar aquel! La mancha blanca en su frente le da un leve toque de elegancia, y su recién aprendido trote


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a cola parada le da una autoridad innata que lo hace ver majestuoso. Su dueño se encuentra orgulloso de él, lo acaricia y le da palmaditas en las ancas para que salga corriendo. Corre, corre y corre, en tanto que en horas, días y semanas, crece y crece sin detenerse. Cada segundo es vida para el caballo, se hace listo y se desenvuelve rápido en las fajinas del vivir. Por otro rumbo, más al norte de donde el caballo nació, allá por Shukkaari, se encuentra un niño recién nacido, está envuelto en una sábana blanca, a modo de tamal de hojas. Lo han dado a luz ese mes, y es un hermoso bebé de piel blanca y de ojos vivarachos. Se mueve en cámara lenta, pero cuando toma leche se prende como becerro y absorbe de forma apresurada. Nació con hambre y todo se lo lleva a la boca. Gustoso, feliz y lleno de vida se toma de su madre y se llena de leche materna. Es el mes de agosto y en una tarima vieja, nace aquel inquieto chamaco; apenas y nació, ya sus hermanos lo toman en brazos, de cariño le dicen “Cutin”, pues es sabido que le pondrán Agustín. Es el nuevo hijo de Doña Amalia, el nuevo nieto de Doña Amada Valenzuela. Todos se encuentran felices por el recién parido allá por aquel rumbo. Ha nacido en medio de la pobreza y junto a su albañil padre, quien con miles de sacrificio ha podido sostener aquella numerosa familia, que ahora se incrementaba con el nuevo miembro de la misma. Lo curioso fue que al momento en que viene a vida, también nacía el jamelguito carretero de color rocío, allá por el lado del sur, en medio de un rastrojo, entre Campo León y Talamante. El caballito recién nacido es propiedad del “Chino Valenzuela” y el niño que Amalia ha parido es nieto del mismo “Chino” Los dos vinieron al mundo en la misma pobreza rural de olvidado municipio de Etchojoa, Sonora. “El Chino” está bien contento. Sus rayados ojos observan el crío. Cuida de la yegua baya, pues ha quedado debilitada, luego de pasado el parto. Por cierto, aquella bestia, dicen que es de buena ley, pero el garañón que la cargó, sí que es de pura sangre. Bueno, eso es lo que le dijeron al “Chino”, aquellos que le cobraron por cargar a la jaca. Y está contento porque su querida yegua parió un potrillo precioso, mismo que


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prometía ser bueno. Por otro lado, don Simón, recién venido de Shukkaari, le avisó que su hija le había dado el privilegio de ser abuelo de nueva cuenta. ¡Cómo no estar contento! Si aquellas dos noticias lo conmovieron de pies a cabeza. Lo malo era que a su yegua y a su potrillo los podía ver todos los días y a la hora que quisiera, pero a su hija y a su nuevo nieto no, pues aquella Amada Valenzuela se lo tenía sentenciado: -¡Mira que si te veo merodeando por mi casa o la de mi hija te mato a palos pinche “Chino”! -. Y siendo que conoce los alcances de la que fuera su mujer, pues entonces, cada que se atreve a ir por los rumbos de Shukkaari, la piensa mucho, se cuida de forma exagerada y se devuelve lo más pronto posible. Máxime ahora que le ha nacido un nuevo nieto, pues sabe que quien cuida a la recién aliviada, lo es nada menos que la resentida de Doña Amada. Y es que “El Chino” ha sido muy borracho, y desde que vivió con ella nunca dejó la bebida, y de tan consuetudinaria era su costumbre etílica que terminó enfadando a su mujer, y con ello se vinieron los pleitos, y con los pleitos el día en que con un palo de escoba le surtió el lomo hasta dejarlo todo moreteado. Cuando se separaron, la amenaza fue en serio, aquella tenaz mujer era la hija de Doña Vicenta Alamea Yocupicio, la que anduvo en la revolución, y que de alguna manera ella inculcó en su hija un espíritu bélico, que no duda en ejercer. ¡Mira cómo dejó al “Chino” por la garrotiza que le asestó! Él “Chino” contempla con melancolía rumbo a Shukkaari, tiene deseos de ir, pero el miedo lo detiene. Por eso no corre hacia allá, aunque lo desea. No lo hizo con el nacimiento de los otros hijos de Doña Amalia, y no lo hará con este nuevo chaval. Un día, en una visita que su hija le hizo en su casa, allá por la colonia Talamante, conmovido por ello, le regaló el caballo a su hija la Amalia. De inmediato se lo llevaron hacia Shukkaari. De esa forma el “Güero Néstor” esposo de Doña Amalia tomó el rocincito, ya crecido, ya fuerte, ya garañón y se lo llevó jalando hacia su nueva casa. Ahí va, siendo jalado y dominado, no sin


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antes resistirse a ser trasladado, pues en sus ojos yunques se esconde el brioso y corajudo animal que al reparar demostraba que no quería dejar a su dueño el “Chino”, y desde luego, menos abandonar a su madre la yegua baya, que por cierto, yacía moribunda por un empaje en sus intestinos, que le produjo el haberse saturado de quelite en tiempo de calor. Se lo llevaron a fuerza de riata, jalado contra su voluntad. Allá en su nuevo hogar, el albañil de inmediato lo pone a halar su carreta; y el animal, ni tardo ni perezoso, se resiste y toma a patadas la carreta vieja, destruyéndola por completo. Nunca había sido sujetado a nada, y mucho menos había jalado aquellos vehículos con ruedas, que otros animales tiran de forma tan normal en el área agrícola del Valle del Mayo. Estaba asustado, no le gustó el freno que lo hacía masticar fierro, el collar que lo atrapaba en su pescuezo, las cadenas que al caminar lo hacían jalar aquel carro, y sobre todo le molestó mucho el cincho con que le apretujaron la panza. ¡Qué barbaridad de hombres aquellos! Mira que hacerlo esclavo de aquellas cosas tan incómodas. Lo han encadenado y han roto su libertad. No lo puede soportar. Él nació libre, horro como el viento y así quiere continuar. Su espíritu libertario lo llevó a reventar la piola con la que lo habían amarrado a un mezquite, y corrió como llevado por el diablo, en tanto su nuevo amo, enfurecido, echando pestes y culebras, lo mira que corre con velocidad increíble y se aleja de forma rápida rumbo a Navolato, un pueblo vecino que se encuentra al este de Shukkaari. -¡Mira Amalia, ese caballo gacho, rompió la piola, y se fue el muy méndigo! Allá va para el lado de Navolato. Haber tú “Tito”, corre y arréalo para acá, que se nos va a perder-dijo enojado el “Güero Néstor”. -¡Chihuahua, apá, a mí nomás me manda! Lo que va a pasar es que le voy a dar una paliza a ese pinche animal. ¡Ya me tiene harto!-contestó notoriamente molesto José Luis el hijo mayor, rebelde y rezongón, quien no dudaba en rebelarse al mando de su padre. -¡Mata al desgraciado animal! Al cabo que de nada nos ha servido. La semana pasada destruyó la carreta y tiró lejos a


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Santiago Soto cuando lo quiso amansar. ¡Mátalo!, ¡anda mátalo si quieres!.. Arréalo hacia acá… Mira que se va a meter al ´”cárcamo” de “Chico Pancho”, y no quiero que vaya a hacer daño. Pero apúrate te digo, ¡qué canijo plebe, apúrale con una fregada! -¿Cuál cárcamo, cuál cárcamo, apá? Cártamo, se dice, cár-ta-mo, cártamo, se dice, no cárcamo. ¡No entiendes, hombre, por más que te digo!..Ya voy, ya voy, qué tanto lío por ese animal. Tres días duraron en agarrar al brioso garañón aquel. Se había juntado con otros caballos que siempre andaban sueltos y siendo que entre ellos andaban dos yeguas, pues el animal, por vez primera hizo de las suyas con una entre el trigal, y lo que experimentó lo hizo más bestia, más loco y más libre. Quería siempre estar conociendo jacas, y ayudando así en la procreación de su especie. ¡Qué feliz aquel animal entre las bestias aquellas! Brincaba, saltaba, relinchaba y gemía de gusto. Tiraba patadas al viento y corría entre las parcelas ejidales. ¡Qué libre fue durante esos tres días de vagabundo trotador de campo! Hasta que un día, Inocente Herrera, más conocido como “Chenterrera” un vaquero experimentado y buen ganadero, en auxilio de su compadre el “Güero Néstor”, correteó al “Rocío” y lo lazó, y a cabeza de silla, se lo trajo saltando y relinchando. No sin dificultad lo arrastró desde su caballo moro hasta donde José Luis el “Tito” brincaba de contento, pues habían sido largas horas de cansancio, por haberlo perseguido por tres días sin poderlo atrapar. Ahí está el jacobino caballo, reparando y tirando patadas, no resignándose a su destino. Quería ser libre y luchaba por su libertad. Pero al final, el hombre se impone sobre la bestia. Al paso de los días y los meses, el otrora contumaz “Rocío”, ahora por vez primera, sin patear, jala una carreta hecha de maderas viejas, gruesas y pesadas. Y más allá de lo que se pensaba, el enamorado garañón, la jaló como si llevara halando sólo cartón. Fuerte su jalón, contento su amo. Le llenaron la carreta hasta el tope, a modo de torre, formada con tazol seco, ese que queda después de ser pizcado el maíz. Y se desplazó de forma rápida, segura y constante. No lo detuvo la tierra suelta y brinca los


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pequeños bordos y surcos del maizal sin ninguna dificultad. ¡Qué fuerte animal! Primero rechinaban las muelles y tronaban las maderas de la carreta, que el caballo se detuviera. ¡Qué caballo! ¡Bueno para la carreta! Y aunque se alocaba de vez en cuando, sobre todo cuando veía una yegua, y peleaba por correr hacia ella, su conductor, aunque batallando, lo controlaba a punta de zurriagazos en sus partes nobles. Varias y seguidas veces rompió la reata con la que lo amarraban, cuando en su olfato animal olía a las potrancas que cerca de él pasteaban, y corría tirando patadas a mucha velocidad hasta llegar donde ellas. Y como era su costumbre, se aparejaba de inmediato, pelando sus dientes de excitado, en tanto, el “Güero Néstor” apretando sus dientes de coraje, y arrugando su frente de impotencia, le lanzaba una sarta de palabras altisonantes. Así sucedió en muchas ocasiones, hasta el punto fulminante de que hartó a su amo. Un día llegó un tipo de aspecto serrano, hético y de piel tostada. Traía un morral sucio colgando en su hombro derecho, y dentro de aquel fardel traía también sus herramientas de trabajo. Varios hombres fueron invitados, cuando se dio la orden de lazar con varias sogas al “Rocío”. Por su parte el animal, desde que llegó el enjuto individuo, se notaba nervioso, relinchaba con desconfianza, sus presentimientos animales le provocaron mucho miedo. Estaba sumamente inquieto, no sabía por qué, pero le producía mucho terror el ver tantos reunidos cerca de él. ¿Será que ha de acarrear más pastura ese día? Pero si ya se encuentra mucha milpa acumulada en el solar donde lo tienen amarrado. ¿Le irán a poner arado para cultivar un pedazo de tierra?, pero ya están sembrados los espacios cultivables. ¿Para qué tanto escándalo entonces? Los lazos fueron arrojados y unos alcanzaron al caballo en las patas y otros más en el pescuezo. De repente y sin esperarlo, es tumbado al suelo, y de inmediato, varios hombres lo aprisionan caído en tierra, y juntan sus patas delanteras con las traseras. Pero… ¿qué sucede? ¿Qué van a hacer estos ingratos?... Lo atan con fuerza endemoniada y le ponen un saco en su cabeza como para que no vea. Está temblando de pánico. Algo grande está por


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suceder, al parecer llegó su hora, tal vez, ha de morir. ¡Sufre el animal! ¡Llora como si tuviera alma! Caído el titán, abatido como estaba el ahora derrotado animal, sin esperarlo, de repente un chillido brota de sus entrañas, y se retuerce de inmenso dolor, al tiempo en que el macilento ser humano aquel, de aspecto cadavérico se deleita en su negocio. -¿Qué han hecho? ¡Malditos humanos! Me las pagarán desgraciados, me las pagarán…me las pagarán…me las pagaránparecían salir de lo profundo del caballo, al sonido de relinchos enormes y largos. Entonces, esas serían las últimas palabras del “Rocío” antes de perder su conciencia. Y ya derramada la conciencia, ya no supo de él…ni de ellos. ¡Qué día tan triste! El macilento serrano levantó su trofeo al viento y alegre se lo entregó al “Güero Néstor”. A lo lejos se divisan, siempre a la expectativa y, realmente sorprendidos dos niños choreados y de pies descalzos que no alcanzaban a comprender aquello que había sucedido. Eran nada menos que Agustín, el que había nacido el año en que aquel jaco fue parido, y su inseparable hermano mayor, Guadalupe, quienes estupefactos, asombrados y profundamente conmovidos se agarraron de sus manos en un afán de protegerse de aquellas filosas navajas que mataban del caballo el poder y la vida. Cerca también y con lágrimas en sus ojos por el sufrimiento del animal, se encontraba Doña Amalia, quien sentía dolorosa lástima por el “Rocío” y pedía a su Dios que lo ayudara en aquel trance tan difícil. Los únicos que permanecían impertérritos eran los vecinos que vinieron a ayudar, el serrano vil que ejecutó al caballo, y el “Güero Néstor”, quien había contratado al patibulario individuo. Y el “Tito”, ese “Tito”, hijo de Doña Amalia, quien siempre explayó seguridad y templanza, y quien, por cierto, era visto por sus hermanos menores como eje a emular, por observar en él su adicción a la lectura y su manifiesta independencia; y quien, a pesar de ser un jovencito duro, no pudo evitar llorar por dentro la lástima que sentía al ver el animal que tanto chicoteó


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uncido en la carreta, cuando gemía de dolor y le rodaban sus lágrimas de bestia a los primeros navajazos. ¡Qué tragedia! El asesino recibe por su trabajo diez pesos en billetes viejos, y el “Güero Néstor” en sus manos recibe a su vez un mendrugo de carne y nervio de forma oblicua, que no era otra cosa sino la parte noble del animal capado. -¡Ya caparon al “Rocío”! ¡Ya caparon al “Rocío”!gritaron aún perturbados los niños, al tiempo en que lloraban abrazados de Doña Amalia que los cobijaba entre sus brazos. Los posteriores días fueron más tristes que el mismo día en que le robaron la vida al “Rocío”, pues éste, bañada de creso su herida, se negó a comer y se la llevó agachado llorando en silencio. Se recargó al mezquite y cerró sus ojos llenos de morriña. Despeinado, con el cuerpo lleno de pajoso y la clina con guachaporis, se veía derruido y abandonado. Le tiraban a sus pies la pastura y volteaba a verla de forma lenta y con los ojos a media luna, sin comerla. Nunca antes un caballo había llorado su pérdida tan largo tiempo. No fue sino hasta los seis meses, cuando se alivianó. En todo ese tiempo, parecía que se moría, y por tal razón no fue uncido a la carreta. Su amo, preocupado de que no se recuperara, no lo obligaba, pero sí le conseguía medicinas, creyendo que estaba enfermo, infectado o algo por el estilo; no sabía el corajudo albañil que lo que tenía su caballo era melancolía, depresión masiva de tristeza, deseos de no vivir, falta de sentido a la vida y soledad asesina. Y es que cuando volvió a la vida no fue por las medicinas que le dieron a tomar a la fuerza, sino por lo que sucedió una media noche. Ya que en medio de la penumbra apareció en sus terrenos la yegüita de “Chenterrera”, misma que se había soltado de donde la tenían amarrada; y que sin detenerse se fue caminando hasta la propiedad del “Güero Néstor”, precisamente al lugar donde yacía amarrado el “Rocío”. De esa manera fue que al verse los dos animales, se acercaron el uno al otro y a la hora de moverse las colas, se trenzaron en un mar de pasiones que hizo inevitable que el muerto resucitara. ¡Y vaya que


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resucitó! El “Rocío”, de repente y sin saber cómo ni cuándo, se aceleró, y ante el acelere, se le olvidó que estaba roto; saliendo de esa manera de su desolación. De inmediato relinchó pelando sus dientes, echando de nueva cuenta a volar sus baterías de campeón. La potrita estaba feliz, el caballo estaba contento. Todo cobró sentido, volvió la esperanza al rocín, no está acabado, sí podía, no lo habían eliminado por completo. Podía volar y aquello era la gloria para él. ¡Miren a la potranca, quiere más! ¡Se ha quedado con él! No quiere dejar al “tsunami” y loco rocín. Al otro día de su vuelta a la vida, aún con la jaquita en sus dominios, devoraba pastos viejos que encontraba a su alcance. Se recuperaba el animal, había tenido una gran noche. Su cuello lucía ahora erguido, levantado como todo un rey, no había tristeza, no había depresión; tenía ganas de retozar, correr, brincar, vivir; sí, quería vivir el que ayer apenas se estaba suicidando a causa de su desgracia. ¡Vivir, vivir y vivir! Eso era bueno ahora para él, y para lograrlo habría que comer, y sobre todo, comer para recobrar energías, porque la yegüita le miraba con prurito arrebatado. La noticia de esa mañana fue que el “Rocío” se había aliviado. Y a la yegüita, que se comía parte de la pastura del “Rocío” a pedradas la corrieron. -Mira nomás, ahora que se alivianó mi caballo, esa desgraciada yegua de mi compadre le está comiendo el alimento. ¡Mira nomás! ¡Córranla a la fregada!-dijo enojado el “Güero Nestor”, no sabiendo que sin aquella infausta alazana, su tesoro de “Rocío” aún permaneciera muerto. De modo que de esa manera fue que aquel penco volvió a la carreta. Y día a día lo llevaban de un lugar a otro. Cuando no por pastura, era por leña a un lugar de espeso monte al que se le conocía como “Las Boras”. ¡Cómo trabajaba el noble y fiel animal! Eran uno el “Güero Nestor” y su caballo. Año tras año se movieron juntos. Se conocían, se entendían y en muchas ocasiones se enojaban de forma recíproca, pues, el palafrén salía corriendo tirando patadas y soltando vientos, en tanto su dueño, se quedaba parado con el freno en la mano echando rabietas y pateando el suelo por la insolencia de la bestia.


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La familia se trasladó de un lugar a otro en aquella carreta vieja que les hizo felices, y lo mismo se iba para San Pedro al “Conti”, que a Navojoa a alguna obra de albañilería que el “Güero Nestor” ha contratado. De la misma forma, corrían los hijos del amo en el lomo del domado “Rocío” correteando liebres entre los cártamos trillados. Cuidaban vacas con él y se acarreaban granos, arena, madera y muchas cosas más en la carreta que el jamelgo jalaba. Toda su juventud fue entregada por el animal a aquella familia que crecía y vivía en aquel Shukkaari viejo. Gran favor le deben los hijos de Doña Amalia a ese fiel amigo, que los sacó de muchas dificultades, y que si bien daba sus propios problemas al soltarse, pues lo garañón nunca se le quitó, lo cierto es que siempre jaló la carreta sin que nada lo atollara; y subía lomas y las bajaba lleno de sudor su cuerpo, y desinflándose de vez en cuando, a causa de tanto peso; pero nunca se resistió a jalar aquella galera vieja. ¡Caray! Han pasado muchos años, y el caballo aún jala el mismo carromato. Son otros los tiempos, otras las prioridades en la familia. Los hijos han crecido y tanto Doña Amalia como Don “Güero Nestor” están viejos y frecuentemente enfermos. Ya la diabetes azota el cuerpo del último y ya presiente su fin. Siente necesario resolver qué hacer con el animal que profundamente ama. ¡Qué animal tan extraordinario! Veintiocho años sirviendo a la familia, son muchos, pero muchos años al servicio de aquellos patriarcalcitas pueblerinos. El viejo lo ama, como a sus retoños. Es uno de sus hijos, es un tesoro invaluable, y es su deseo velar por su futuro. Él ya no puede cuidarlo, sus huesos no le permiten moverse, se está quedando ciego y la carreta es difícil de manejar de esa manera. ¿Qué hacer ante tales circunstancias? Los últimos viajes los realizaron vendiendo dulces en la carreta, de pueblo en pueblo, por la ruta Navolato, Macochín, Baburo, Centenario, Aquizahuali y Aquichopo. Todo para que sus hijos terminaran sus estudios. Así, al regreso de su recorrido llegaban a casa con panelas, gallinas, huevos, guajolotes y puercos; mismos que habían trocado por ropa, dulces y mercería que también


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mercaban. Fueron tiempos de vacas flacas, llenos de carestía y necesidad; pero también tiempo de profunda fe, pues la familia ha sido conmovida por el evangelio y han hecho suya esa convicción extraña que les dio fuerzas para salir adelante. El viejo caballo los acompaña a los ejercicios religiosos en otros pueblos y sobre su pescante llevó a otros pueblos a muchos predicadores a quienes les era dado aventón. No fue fácil, pero salieron triunfantes los ancianos aquellos, al grado de que como muestra del fruto de su esfuerzo, antes de morir, pudieron ver a sus hijos triunfar trabajando, e incluso uno de ellos llegó a ser el Alcalde de Etchojoa. Una carreta vieja y ajada se perdió en el olvido. Don “Güero” antes de morir, la regaló con todo y caballo a su hijo José Luis el “Tito”, con la esperanza de que conservara al animal, pero aquel hombre, ya casado y con responsabilidades superiores en su propia familia, se vio en la necesidad de vender al pobre caballo junto con la carreta a un tal Felipe Sánchez, quien a su vez lo mercó al carnicero del pueblo. El llamado “Hueso vichi” como también le conocían a Pancho el carnicero, quien trajo al ajado caballo vendiendo carne, pero de repente, también lo vendió a una persona desconocida. El nuevo dueño del “Rocío” tomó al penco de su rienda y se lo llevó a su propiedad. La carreta la trató con su vecino y la vendió a un buen precio. El caballo quedó entre sus bienes y lo juntó con otros tres animales que tenía en su corral junto al río. Cuarenta días estuvo el jamelgo viejo en aquel corral sin jalar carreta. No lo sacaron para traer pastura y no le faltaba qué comer. Estaba encerrado, no le permitían más retozo que el desentume de sus patas en el reducido corral donde lo tenían confinado. ¡Cuánto extraña a sus viejitos! ¡Lejos han quedado los años de la lucha ardua acarreando tazol! Aquí se siente inútil, sin valor, sólo come y come y no hace nada. Sus otros compañeros ya se han ido, de repente se los llevaron y ya no los trajeron. ¿A dónde irían? Por lo menos ya no estarán enfadados como él. ¡Qué hastío! ¡Qué enfado! Quiere ser uncido, quiere volver a los viejos tiempos, quiere correr, aún está fuerte; lo siente así, aún puede su


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nuevo amo usarlo como sus anteriores dueños, ¡Jalar, jalar la carreta! Que se la llenen de pasto, que la saturen de arena, de madera, de vigas, de elotes, de dulces, de mercería, de chamacos, de todo lo que quieran echarle, pero que lo saquen de ese claustro horrible en el que lo han metido. No lo soporta, no lo acepta, el nació para trabajar, ese es su destino. No esta pasividad que lo mata y lo aniquila sin piedad. En ese contexto es que llegaron nuevos inquilinos al corral. Dos rancios caballos han bajado de una camioneta y los han llevado a donde el “Rocío”. Ya no estará solo, por lo menos tendrá con quién platicar. Mas al día siguiente, como a las tres de la mañana, se abrieron las puertas del corral. Lazaron al “Rocío” y a otro caballo de los recién llegados ayer. Los jalaron hacia afuera. El rocín va feliz, contento. Sus ojos buscan la carreta a la que le uncirán. No hay carreta. Lo llevan por una vereda y lo separan de repente de su compañero. Dura como unos veinte minutos de haberse llevado al otro caballo cuando llegan por él. A él le toca el turno, va a trabajar de madrugada. ¡Qué honor! ¡Qué honra! Lo que sea que va realizar es mejor que estar preso en las celdas del olvido. Sí, el caballo viejo va feliz, no se contiene de contento. Relincha gustoso, se sacude los moscos con felicidad y sigue a su amo con placer. Adentro, a la luz de una bombilla pálida, su dueño, saca un objeto negro, se lo pone en su frente y se escucha un ¡pum!, seguido de un quejido. ¡No era solo un objeto negro!, ¡era un arma de fuego! El hombre aquel le dio un balazo en la sien al caballo viejo, para luego proceder a destazarlo con filosos cuchillos. La esposa de aquel matancero, muele la carne asada que puso a secar al sol. Ya molida la empaca y la sella en bolsas de a cuarto, medio y un kilo. Afuera hay un carro que espera los encargos, pues muchos del valle le han pedido carne machaca y está listo para la entrega. José Luis, el “Tito”, invitó a desayunar a sus hermanos. Todos los hijos de doña Amalia y don Güero Nestor están reunidos. Las tortillas de harina salen calientitas del comal impulsadas por las manos de Thelma, esposa de José Luis. Los platos ya están


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servidos, y el huevo con machaca ya huele rico. Luego de orar dándole gracias a Dios, empiezan a desayunar. -¡Qué rica carne la que nos has brindado hermano!-dijo Guadalupe, medio cerrando sus ojos, observando su tenedor con una porción de machaca. -Sencillamente, ¡divis, divis!, ¡deliciosa, deliciosa!comentó con elegancia Natalia. -Está muy buena, así la hacía mi madre-aludió evocante Rosa Amalia. -¿Dónde la compraste?-preguntó Agustín con ganas de él también adquirirla. -Esta carne es una bendición-comentó con reverencia Dora Elia. -¡Hay hermano, te sacaste un diez!-dijeron al mismo tiempo y en tono calificativo Coqui y Lucy. -Aquí llega el machaquero, ese de Bacobampo, entrega en todo Shukkaari. Dicen que la carne es nueva, que las reses fueron sacrificadas por la madrugada. ¡Pura carne de res! De la buena-con orgullo sincero les contestó el “Tito” ¡Qué tragedia! La familia ahí reunida saborea carne machaca, argumentando sobre sus atributos, sin saber, que precisamente en ese momento mastican al “Rocío” que tanto amó su padre. ¡Infeliz caballo viejo, se salió con la suya!, quería volver con sus verdaderos amos y lo logró, Ahora se les metió hasta adentro de sus entrañas.


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EL TESORO DE LOS ALMADA

El

río Mayo serpentea por el monte bajando de la sierra y estirándose rumbo al mar. La lluvia se ha venido fuerte y ha mojado la tierra en esa porción ignota del territorio mexicano. Lleva apuro el torrente, y en su paso va arrastrando palos y ramas. En sus corrientes bravías se lleva garambullos y “Ramas Dormidoras”. Se encuentra vivo, palpitante y poderoso. Se mueve a su antojo y abre sus brazos para mojarlo todo. De pequeños hilos de agua que brotan en su crecimiento y que se mezclan con la tierra, se convierten éstos en potentes brazos que azotan toda la flora y toda la fauna que a su paso se encuentran. Va soberbio y gigante, y es que ha despertado el bizarro de su letargo, y ahora grita reclamando su cauce, y airado se revuelca bramando, haciendo suya su propia caja, y sacudiendo a los usurpadores que invadieron sus límites. Cada año lo hace, cada ciclo se revela, en cada vuelta de la vida se despierta y se enfurece ayudado por la lluvia torrencial de las ideas. “¡Oh, cuán grande es la revuelta del río encolerizado, quien habiendo permanecido callado, ahora grita, ahora es algazara y se retuerce de ímpetu por el viento, pues su cauce se hizo causa, y su quid, estruendo y movimiento!” Es el río, ahora bravo, ahora remolinado y desafiante, y es la tierra, la siempre tierra esplendorosa de los que viven en Sonora, en el México grandioso de 1906.


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“¡Oh, agua popular revuelta que prorrumpes en la conciencia y que te arrastras por la tierra escabullendo la muerte, precisamente cuando la lluvia “Flor Magona” te ha sembrado sus primeras gotas!” Doña Vicenta Alamea Valenzuela, despierta de su recuerdo. Se sacude el polvo de su falda y se acomoda un billete de a peso en el busto derecho. Cara flaca y de aspecto callado, tiene su piel tostada, güera “serrana”, y brotan de su rostro unos ojos pequeños, que al abrirse le brotan dos canicas de color azul grisáceo, y aunque somnolientos ayer aquellos ojos, ahora despiertan, buscan y penetran el corazón de la gente reunida en asamblea popular. Su boca seca, de labios delgados y curvillos, que antes no se movía, ahora se mueve, ahora habla y se hunden en el espíritu de los presentes todo lo que sale de ella. Parece una estatua empolvada que recobra movimiento. El cabello entre cano, es cruzado por una trenza a modo de diadema que corre de oreja a oreja; y cuelga sobre su pecho un reboso gris de hilos blancos colocado a modo de carrillera. Su voz parece venir de un muerto que ha resucitado. La siempre callada y casi piedra mujer, ha sorprendido con su copla. No es ya la india tímida de antaño, la revolución y sus desgracias la hicieron templarse, pero particularmente un tal Francisco A. Bierly de Navojoa, ya la instruyó en el arte de hablar y dirigirse con autoridad a los de su pueblo, ya le enseñó a leer un viejo libro judío que él mismo le regaló y que le pigmentó su vocabulario con frases profundas, términos nuevos y valores supremos salidos del corazón de uno llamado Jesús; y por ello es que ha sorprendido a muchos, quienes no entienden cómo alguien pueda hablar con tal denuedo siendo de origen tan humilde. ¡Cómo no escucharle! ¡Cómo apagar aquella flama que a voz en cuello crece a la magnitud de un incendio! -“Se ha corrido la voz, de oído en oído ha venido hasta nuestros días. Lo sé yo por voz de mi madre, por voz de mis abuelos que esta tierra es también nuestra, puesto que aquí nacimos y crecimos muchos, si no es que todos, los que estamos en esta asamblea. Y sabemos que fueron grandes los dolores


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sufridos por esta nuestra raza, y no sólo mayos, sino todos los fundadores de este pueblo. Muchos han sido los sufrimientos como para hendernos unos contra otros. Hay que entender que ser indio no debe darnos vergüenza, por el contrario, es de sentirnos orgullosos de nuestros orígenes, de nuestro pasado y de nuestra raza. Pues, sepan que creo profundamente en el progresismo de las razas, en ese poder invisible venido por la sangre de cada etnia y cada nación de la tierra, que una vez que se tocan entre sí, en vez de marchitarse o degenerarse, como algunos tienen por costumbre sostener, más bien se fortalece y se hace más grande, y surge a la superficie el potencial acumulado de los hijos de este globo en su advenimiento histórico. Los débiles de ayer son ahora los líderes de hoy; la victoria del desarrollo humano como resultado del esfuerzo extraordinario en medio de lo adverso y difícil se impone, vengan las gentes de donde vengan, sean de la tribu que sea. Pues donde quiera que haya voluntad para salir adelante, habrá siempre una respuesta exacta a tal inquietud. ¿No saben, a caso, ustedes que un abismo llama a otro abismo, o sea, que una gran necesidad produce de algún punto del universo una solución a tal vacío? Luego entonces si el indio desea progresar, de alguna parte obtendrá las fuerzas y la inteligencia necesarias para ello. Yoris e indios sabemos salir adelante, unos más pronto que otros, pero al final de cuentas aportamos algo al desarrollo, y el propio desarrollo nos reclama determinación y acción histórica, lo que nos obliga a participar empujados por las circunstancias. De modo que por tal virtud ahora me resuelvo a hablar, a decir lo que pienso y sostener con firmeza lo que creo: los mudos de ayer rompimos el silencio y hacemos de cada piedra tribuna y de cada palabra herramienta para expresarnos. Nos enseñaron la castilla, y nosotros la aprendimos.” -“¡Cállate vieja revoltosa! ¿Qué tanto defiendes a estos indios? ¡Cállate y no hables más! ¡Lárgate, vete moler nixtamal, que es lo que debes de hacer y no andar ahí de leguleya! Ahí andas de metiche”-gritó con coraje Antolino Yocupicio, al momento en que le interrumpía, incitando a la multitud para que la corriera de la asamblea; pero aquella reacia mujer, sin poner su corazón en lo


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que éste dijo, como si nadie la hubiese interrumpido continúa enhebrando: -“¿Han perdido la memoria, acaso? Recuerden cómo nuestros padres fueron arrastrados a este lugar por la necesidad. Y tengan en cuenta que unos llegaron de peones de los hacendados, sufriendo en carne propia el dolor de vivir como esclavos; y cómo otros, que aunque menos tiranizados, estaban cautivos por el calabozo invisible de la miseria. Miren cómo muchos llegaron con la noble intención de salir adelante, de trabajar y que para ello se convirtieron en herreros, carpinteros, panaderos, afiladores de cuchillos, costureros, fabricantes de cobijas de lana, criadores de borregos, chivas o vacas; carniceros, talabarteros, albañiles, sobadores, carboneros y leñadores, y en fin, procuraron ser de todo y sirvieron para todo; y es bien sabido que llegamos, y digo llegamos puesto que yo misma vine en la panza de mi madre, quien herida de muerte por la desnutrición se vino del Yaqui en la búsqueda de mi padre un tal Lucas Alamea, que por cierto era un orgulloso indio mayo, fariseo en la “Semana mayor” o “Sanjuanero” en el mes de junio, pero siempre fiestero, hijo de la tradición; a quien, por cierto, no logré conocer, pero que por señas de mi difunta madre se que era un hombre pacífico, carácter que no le valió para seguir viviendo, puesto que murió colgado en una de las paredes de la hacienda, amarrado con una cadena mohosa y azotado una hora con el látigo de Don Fulgencio Romo Ruiz, despiadado capataz de don Teodosio Almada Mena, a causa de que se había atrevido a huir de la hacienda. Exhumen de lo profundo del pasado y vean: veníamos por un poco de tiempo, según me contó mi madre, pero nos quedamos, no nos pudimos ir a ningún lado, y, ¡qué nos íbamos a ir!, si la revuelta de 1910 nos detuvo. ¿Y adónde nos íbamos a ir? La revolución se vino encima de nosotros y nosotros nos echamos encima de la revolución, y en la bola se fueron para no volver muchos de los de nuestros. Yo misma fui arrastrada por la revuelta cuando el general Álvaro Obregón, desde el ferrocarril que lo transportaba rumbo a la ciudad de Huatabampo, detenido en la estación “El Culebrón”, aquí mismo en Shukkaari, nos invitó a


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seguirlo. Hipnotizada por las palabras de aquel rico que nos dijo sus sueños, de repente me vi envuelta entre las cocineras de la tropa. Yo anduve peleando, y al principio no sabía por qué, pero con el transcurso de los días lo entendí todo, fue entonces que supe era por la justicia y la libertad, y con ello me fue más que suficiente para seguir en la lucha armada. Y por cierto, el fusil más valioso que usé, no fue mi carabina, sino el comal, pues yo y tantas más teníamos el encargo sagrado de hacer tortillas a los de la tropa, y en reiteradas ocasiones tuvimos que batir el nixtamal con orines de caballos, pues los ríos habían sido envenenados. Sepan, pues, que no soy extraña en esta tierra, como ya les dije, mi madre fue yaqui, pero mi padre fue mayo. Las dos tribus nos entendemos en una misma lengua, y eso nos hermana, más si no fuera así, ¿qué? ¿No soy mexicana acaso? ¿No me parieron en este lugar? ¿No anduve peleando en la guerra? ¡Entonces, igual tengo derecho a estar en esta asamblea, y opinar con libertad, sin temor, como lo hacía mi madre, y como lo hará en el futuro mi hija Amada, y también lo harán los hijos que a ella le han de nacer; y lo mismo harán los hijos de mis nietos y los hijos de mis bisnietos, y aún los hijos de mis choznos gritarán su libertad al ver la opresión y el oprobio, y verán la prosperidad de esta tierra que Dios nos ha regalado para vivir en paz!” La flaca mujer lanza su voz con energía y entrega apasionada, de tal manera que entre los reunidos de aquella pequeña congregación, algunos no resisten la forma en que les arenga, y trabados de coraje inexplicable, muerden su lengua al querer gritar, pero aún callados, le siguen escuchando; gimen su desacuerdo y dentro de sí se revuelven de impaciencia, en tanto la voz sigue pilotando. -“¡Observen lo que yo observo!-gritó con fuerza-, a lo lejos se divisa mucha gente, y de entre los montes llegan a mí sus fatigas, se escuchan los latidos de cientos de hombres que aunque cansados aún conservan sus vidas. Son los que han venido de muchas partes o los han traído a rastras los hacendados a trabajar por la fuerza; y hieren lo espeso del monte con sus machetes y hachas, en tanto que bestias arrastran troncos de mezquite,


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jòcozna, huayacán y palo fierro. De esa manera aparecen poco a poco los primeros claros en el tupido monte que los hacendados están pelando, y ya aparecen caminos anchos donde había veredas angostas. Todos ellos son los pioneros de esta tierra, los fundadores, aquellos que tuvieron que construir la hacienda y fueron obligados a aniquilar montes vírgenes.” En el recuerdo de doña Vicenta se mata a la flora y se espanta a la fauna. Se hacen vigas que se levantan impresionantes hacia los techados de la hacienda de los Almada. Se suda, sufre y llora en las márgenes del viejo rambla Mayo. Hipa la naturaleza junto con la gente, y su lamento es desde álamos y sauces llorones. Conejos, ardillas, tejones, gatos monteses, onzas, liebres, venados; roedores y aves huyen despavoridos por la destrucción de sus casas. Es 1906, y la Sociedad Agrícola del Noroeste construye su nuevo señorío a la orilla del caudaloso río en aquella tierra inmaculada. Allí se construye una gran hacienda, ladrillo a ladrillo se va elevando, poco a poco, y en tanto nace aquel impresionante edificio de paredes altas, los indios saltan sus ojos de asombro, al mismo tiempo en que son explotados; en tanto que, también, se está pariendo un nuevo pueblo, mismo que se va conformando gradual y lentamente, en una convivencia forzada de oriundos y fuereños que el destino ha juntado alrededor de aquel emporio naciente. Hierve de gente, han llegado comerciantes y prestadores de servicios, pues, es conocido que don Jesús Morales en San Ignacio Cohuirimpo, Navojoa, Sonora, alrededor de su hacienda ha proporcionado los cimientos para el desarrollo de aquel pueblo, y de igual forma se confía en que esta hacienda será todo un éxito. Es por ello, que herreros, leñadores, tenderos, mercantes de todo tipo corren hacia aquel lugar, extasiados ante el pueblo que nace alrededor de la gigantesca edificación. Y dos fuerzas se manifiestan a su vez en las entrañas del acaecimiento, dos energías vivas que ahora palpitan dentro del nuevo caserío, por una lado la idiosincrasia de fuereños, y por la otra, el pensamiento trascendente y ancestral de los nativos; fuerzas que parecen no mezclarse, y sí, por el contrario, repelerse, pero que a


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la sazón han de vivir juntas, e incluso habrán de mezclarse y unirse en una sola fuerza social: la fuerza de los Shukkaarenses. Observado desde el cielo, el nuevo pueblo colinda hacia el este con el territorio de Navojoa, que impulsada por los tiempos y los hombres, crece fervorosa al toque del ferrocarril que le escogió como descanso en 1905 en la ruta de norte a sur. Y aspira ya a la categoría de municipio, anhelo que para 1907 le será otorgado; y por el oeste se encuentra Etchojoa, que pugna por la independencia respecto a Huatabampo, y ya se vislumbra que será la próxima municipalidad, conquista que se logra en 1909, y también se expande con fuerza hacia el este, y la nueva hacienda símbolo de progreso económico de ese tiempo necesita que quede dentro de sus linderos. Las voces del pasado llegan a modo de susurro a través del viento, brotan de la noche como olores que vienen de lejos, y se deja escuchar la voz de los muertos en el recuerdo de la gente. De lo denso nacen las volutas de pasado que se esparcen devorando el silencio. “-Este es un buen lugar, ya la hacienda de San Ignacio y la de Navojoa nos han puesto la muestra. Creo firmemente que los patrones no están equivocados. Ésta, mi Teniente, es tierra fértil. ¿No ves que es puro aluvión? Es rica para el cultivo de granos, y además los desmontes no son difíciles. Y si a eso le sumas la abundante agua, pues claro está que es acertada la decisión de invertir en este lugar. Ahora que si los indios son difíciles, que se batalla con ellos y que son complicados de entender, pues sí lo son, pero, dígame usted ¿dónde no lo son? Lo bueno de estos lugares es que la indiada es dócil y fácil de someter -dice don Fulgencio Romo Ruiz, al Teniente Amavizca, comisionado en Sonora, para proporcionar garantías de seguridad en las obras de desmonte y deslinde que el hacendado don Teodosio Almada Mena, amigo íntimo de don Porfirio Díaz Mori, viene realizando en la región. -¡Cuánta razón tiene usted Don Fulgencio, de verdad que es buena tierra esta que se escogió! A mí lo único que me


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preocupa, y creo que a muchos militares también les preocupa lo mismo, son esos sucios manifiestos que andan rondando por el país. Sí, son unos mugrosos “Flores Magonistas” que vienen envenenando a la nación con sus puercas ideas. Y no es de otro la culpa, sino del estado de tolerancia en el que se ha caído, y que ha venido ganando terreno. Desde el círculo muy cercano a nuestro Presidente, pienso que se ha venido tolerando esto, pues ¿por qué no matan al tal Ricardo y se acaban los problemas? Tanta permisibilidad no hace nada de bien a la nación. Debiera de romperse de una vez por todas esa imprenta malsana que edita ese periódico “Regeneración” Hay que matar esas ideas subversivas antes de que causen más caos. Por lo menos esa es mi opinión, pues soy de la idea clara de que si se sabe quién las escribe y difunde, y si se sabe dónde se encuentra el autor de tales panfletos, pues hay que atorarle, no hay que andar con complacencias. ¡Matarlos, eso hay que hacer! Muerto el perro se acaba la rabia, ¿qué no? ¿Usted qué opina Don Fulgencio?-termina preguntando el Teniente. -Pues, ¿qué le diré? En eso sí que no estoy enterado. Usted que viene de la capital seguramente sí está bien informado. Pues por aquí no ha llegado ni un papel de esos que dice, pero si llegare, créalo que de inmediato mataríamos al que lo trajera o lo leyera. Yo coincido con usted, hay que matar a los perros rabiosos antes de que muerdan. En eso interrumpe la plática el ruido de cascos de caballos de aquellos que arriaban a dos indios que se habían fugado, y entonces se escucha un fuerte baladro: -¡Las casas de rama son para los indios! No quiero que huyan a los montes. ¡Al que se quiera ir, me lo quiebras de un tiro! Y a ese Lucas Alamea me lo amarras bien, que no coma. Y me lo azotas para que no se vuelva a ir ese pendejo. Fue don Fulgencio Romo Ruiz, cruel capataz de don Teodocio Almada Mena, quien desatiende por un instante al Teniente Amavizca, para lanzar su grito iracundo, para luego de ello, continuar su charla en forma serena, como si no hubiera berreado como fiera.


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-Mire Teniente, esos desgraciados que dice tiran sus papelitos por el país, aquí no lograrían nada. Para empezar los indios piojosos ni saben leer. ¿Qué van a saber de manifiestos?, y al que llegare a pasarse de listo, como ya le dije, pues lo colgamos y ya. Una cosa es cierta, aquí no hay opción, es el progreso, es la civilización, son tiempos de producir. El gobierno está construyendo ferrocarriles en muchos lugares y ahora viene impulsando el desarrollo en el sur de Sonora, y por ello hay que tumbar los montes. El valle tiene que producir, hay que sacar maíz, trigo, arroz y muchos productos que el país está requiriendo. Sí, el progreso no se puede detener, lo ha dicho el Presidente. Lo moderno es lo moderno, y esta hacienda es el esplendor de lo que será esta tierra en el futuro: fuerte, inexpugnable, grande e invencible. Sus paredes son altas y bien cimentadas, será recordada de generación en generación y permanecerá para siempre. Es por ello, por el progreso, que nada se puede detener, y si hay que matar revoltosos para que esto funcione, pues hay que matarlos, pero esta obra se tiene que terminar al costo que sea…Tómese otra copa Teniente, y brindemos, para que esta hacienda perdure para siempre, que este valle produzca, produzca y produzca, este siglo y el venidero, cosa que ya está escrita, pues lo que ordena Don Porfirio Díaz Mori, no hay nada que lo detenga, él es el poder, la fuerza y todo. ¡Qué “Flores Magón” ni que fregaderas! el que manda es el señor Presidente y nadie más. ¡Salud! ¡Salud!-contestó complacido el Teniente.” Así, los recuerdos y los lances vienen y van, aparecen y desaparecen en la mente de las personas que escuchan a la inmoderada mujer que se ha trepado en un costal de arena que le servía de banca para ser escuchada. La asamblea está inquieta, se han perturbado muchos, y hay desasosiego. Pero aquella mujer continúa diciendo: -“Muchos fueron parte de la peonada polvosa aquella, cruelmente explotados por un miserable peso porfiriano que se les pagaba, y que así como se les daba, así mismo les era arrebatado por la tienda de raya. Pero y, ¡óiganlo bien todos! Ellos formaron


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aquella primera congregación pionera de 1906. ¿Por qué razón el pueblo ahora se llama “Sukkaari?” “Amane Wetye Shukkaari” “Vamos para la casa de rama”, ¿no decíamos así en el dialecto? Y ello fue así por la ramada mayor donde vivíamos, la que mandaron construir los hacendados para retenernos, para que no nos devolviéramos a los montes. Ahí me parieron a mí y a muchos de los presentes. Somos la congregación de “Shukkaari” también por el tipo de construcción que adoptaron la mayoría de los recién llegados, pues ante la imposibilidad de otros materiales, optaron por la madera de la región, y desde luego usaron la rama de los mismos árboles de donde se sacaron los horcones y las vigas. Así le pusimos, así le conocieron los que llegaron de fuera, y así se heredó a las generaciones venideras. No somos “Casa de chuchos” como algunos equivocadamente pusieron en el letrero de la entrada. Nos dicen que se llama “Chucárit”, con “C” al principio, sin “K” y con una “T” al final; pero no es cierto, se equivocaron los que así lo escribieron, las palabras fueron “Shuk” que significa rama y “Kaari” que significa casa, no “Chu” que significa chucho o perro. ¡Válgame Dios! ¿Qué es eso? ¡Por favor! Ya ni la amuelan; de plano oficializaron el nombre de nuestra congregación al aventón. Eso de casa de perros o de chuchos no es propio de nuestros orígenes, y menos ahora que por ahí andan diciendo algunos, que se nos dice “Casa de chuchos” dizque por los pleitos que se han suscitado entre nosotros. De modo, señores, el caso es que aquí hay muchas cosas que andan mal y que se tienen que corregir, y empecemos ahora en esta asamblea, con lo que aquí nos ha traído, y que por cierto está a punto de explotar en un gran conflicto. ¡Pongámonos de acuerdo, por favor! ¡Dejémonos de tarugadas y arreglemos esto! Ya los chamacos se han asustado e incluso entre ellos ya se avientan pedazos de soquete y se retan emulando los conflictos de sus padres. Eso no puede seguir así, ¡ya basta amigos! ¡Basta ya!”-termina con fuerza “Doña Vicenta”. El pueblo está dividido. Unos tiran por irse a Navojoa, y otros empujan por seguir perteneciendo a Etchojoa. Por primera vez están ahí, los Presidentes Municipales de los dos municipios, y


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se han dado cita en el mismo lugar, y traen consigo a un representante del H. Congreso del Estado de Sonora, y otros que son los Síndico Procuradores de ambos municipios y algunos más saludan diciendo ser Regidores. Éstos últimos caminan como si fueran reyes, se saben con autoridad y se pavonean como si ello fuera el todo, y como si el mundo les debiera pleitesía. Hay regidores que no pueden ocultar sus orígenes, pues no obstante de que la revolución ha llevado a muchos al poder, algunos de los que ya llegaron se miran trompudos, prietos y panzones. Son descendientes de indios, son criollos, que creen que el poder les quitó su naturaleza étnica. Todos los funcionarios, traen sus ropas limpias y se distinguen de los lugareños por que traen camisas claras, y pantalones planchados. Sus zapatos están brillosos y ya empiezan a recibir el polvo, sus pantalones tienen ya leves toques de tierra. Son las cuatro de la tarde del día sábado 4 de Abril de 1933, y ya se apresuran los operadores políticos a destrabar el conflicto, ya se pasean por entre la gente, haciendo comentarios a favor o en contra, según sea agente de Etchojoa o de Navojoa. Hay dos bandos que se radicalizan y se confrontan de forma prácticamente irreconciliable, el discurso efusivo de “doña Vicenta” no fue suficiente para calmar los ánimos, y por el contrario perturbó los mismos. Una tragedia de alcances insospechados está a la puerta. La revolución ha terminado, sí, pero aún se mueven armas entre los veteranos de la guerra que el gobierno les ha permitido conservar, mismas que se dejan ver entre uno y otro bando. La policía municipal de ambos municipios resguarda a los representantes gubernamentales, pero aún con ello, sería imposible impedir el derramamiento de sangre, si dado el caso se llegare a suscitar un choque entre ellos. Se tiene como posible que reviente la reyerta de un momento a otro. El coraje corre de un lado a otro. Y es en ese contexto de incertidumbre e inseguridad que se levanta una persona de entre los presentes y dice: -“Miren señores Alcaldes,-dirigiéndose hacia las autoridades-, es importante que sepan que los que empujamos hacia Navojoa, somos aquellos que comercializamos hacia aquel


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rumbo, ya que Etchojoa, pues sencillamente, y se los diré sin rodeos, nos queda muy lejos, para qué más que la verdad. De modo que nosotros seguimos en lo mismo, si ya todo lo traemos de Navojoa, ¿para qué buscarle más? ¡No queremos, y no nos interesa pertenecer a Etchojoa! De modo que a ver cómo le hacen para arreglar esto. Y así están las cosas por acá señores Alcaldes, y les pido, con todo respeto, que arreglen esto, porque todo está que arde, y si no se arregla no se sabe qué pasará. Y de lo que sí estoy de acuerdo con la vieja esa que habló, la tal Vicenta, que por cierto, habla de más, y de cosas que ni al caso, pero de lo que sí le coincido, como les digo, es que se arreglen las cosas de una vez. Desde luego que estoy de acuerdo en que todo se arregle, que se arregle pero ya, que se resuelva el conflicto de forma simple, dejando que pertenezcamos a Navojoa, y todo aquel que no lo quiera así, pues que le busque pa´otro lado y ya. Es más, para que acaben discordias, pues que se tire un lindero donde nos dividamos el pueblo, donde se diga que la mitad del pueblo es de Navojoa, y la otra mitad es de Etchojoa. Eso sí que sería solución señores. Y todo el que estando en la parte de Etchojoa, y que desee venirse a Navojoa, que se le dé un solarcito este lado y que se venga; y del mismo modo al revés. Los indios quieren quedarse aquí, pues que se queden. Que se parta el pueblo en dos, y punto, se acaba el problema. ¿Verdad compañeros?-termina eufórico y contundente “Don Nemesio Nolazco”, al mismo tiempo en que recibía sendos aplausos por su oportuna intervención, y el abucheo de otros que no coincidían con él. -¡Seguro que sí!-dijeron muchos- Que se queden los que quieran, pero nosotros nos vamos con los de Navojoa. Hay más progreso, más vida. Ahí llega de todo: noticias, mercancías y novedades. Además las autoridades no nos rechazan, y por el contrario nos aceptan. ¿Qué más queremos? En tanto los del otro bando, indignados, lanzaron ofensas a los que hablaban y particularmente a don Nemesio Nolazco, quien estuvo a punto de liarse a golpes con una tal Anastasio Morales, quien éste último fue impedido por su joven sobrino Francisco Morales, cuando sacaba de la cobija en la que


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estaba envuelto como tamal, un cuchillo de hoja puntiaguda con el que acostumbraba matar y destazar puercos. Lo que provocó un alboroto que parecía difícil de controlar. La rabia entre ambos bandos se desató y se vieron varias armas aflorar de improviso apuntando a los cuerpos rivales. La policía intervino y calmó los ánimos apuntando con sus rifles a la bola, dispuestos a matar gente. Y es “doña Vicenta” quien de nueva cuenta y en medio de la trifulca salta a la escena para calmarlos. Se alza las enaguas, se aprieta el cinto de cuero y trepa a una silla de baqueta. Grita con fuerza. Se hace escuchar, y la ruidosa asamblea, al verla encaramada en la silla, se calman, se callan y la escuchan: -¿Qué les sucede señores? La guerra ya se terminó, ya no se arreglan las cosas con las armas. Hay que platicar, es con el diálogo con lo que hay que arreglar esto. ..Y tú “Tacho”, ¡cálmate! Qué caray, déjate de cosas, que nada ganas con ese cuchillo. Hay que platicar y llegar a un acuerdo. Acuerdo que todos respetemos, pero no cometamos el error de matarnos entre nosotros, no lleguemos a los golpes. Somos del mismo pueblo, la mayoría amigos, vecinos y hasta parientes. Que no tengan las autoridades aquí presentes la impresión de que no sabemos sacar adelante nuestras diferencias como gente civilizada. Somos pobres sí, es cierto, pero sabemos dialogar, eso nos lo enseñó la revolución, la sangre no lleva a nada bueno, sobre todo si es entre nosotros mismos, pues el enemigo no son los de un bando o del otro. Entiéndase,-prosigue doña Vicenta- los que buscan adherirse a Navojoa son en su mayoría gente de trabajo, hay que reconocerlo, y que gracias a ello ya no viven en casas de rama, se han hecho construir casas de ladrillo colorado y entre ellos vemos a los Hurtados, los Izaguirre, los Almada, los Talamante, los Borbón, los Miranda, los Guerrero, los Esquer, los Nolazco, los Ruiz, entre muchos más, y todos progresistas. Siempre se han distinguido entre nosotros como gente de bien y que ahora son los tenderos, los pequeños ganaderos, los fabricantes de quesos, los panaderos, los carniceros, los herreros, los tranviarios y en sí, son los que supieron sobreponerse a la miseria, y que no siendo oriundos de por aquí, ayudaron a construir el pueblo, y le dieron vida


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económica. Y que en verdad todos les respetamos, pero que desafortunadamente no están entendiendo nuestra postura. No pensamos igual, eso es verdad, pero también ellos no piensan como nosotros, y nosotros sí les toleramos. ¿Por qué no se quiere escuchar a los que disentimos? ¿Porque en su mayoría somos gente humilde, sin dinero y sin esperanza? ¿No pueden nuestros vientres parir hijos capaces de disputar los espacios de poder al igual que los más acomodados? El irse a pertenecer a Navojoa no es idea de nosotros, es de ellos, y más sin embargo la respetamos. No estamos de acuerdo, pero se respeta. Los que se resisten a dejar Etchojoa son los originarios de estas tierras, los que ahí nacieron, los que tienen como padres a los que fueron arrastrados por la cordada porfiriana a trabajar por la fuerza a la hacienda, los descendientes de los mayos, los que permanecen en sus jacales de rama, carrizo y lodo ripiado. Los que en su mayoría no son blancos, y que tienen oscura piel empolvada, son los cenizos, los menos afortunados, los desgraciados, los de rostro triste y melancólica vida sin fortuna. Son los tímidos que se han refugiado en la periferia del caserío y que se tuvieron que ir alejando del centro junto a la hacienda, ante el atropello de algunos que llegaban de fuera y que acaparaban los terrenos de alrededor. Son ellos los que se resisten, soy yo, somos muchos, y estoy segura que también el Alcalde de Etchojoa, se resiste a perder una porción de su territorio. Pero aún con todo ello, lo más importante, amigos, es que lleguemos a un acuerdo. Tiene que haber una salida, de alguna forma se tiene que arreglar esto. No me resigno a que todo se haya agotado, siempre hay un camino, hay que seguir platicando, y también escuchar la propuesta que traen las autoridades-concluye enfática “Doña Vicenta”. Es entonces que habiendo dejado de hablar “Doña Vicenta”, sale de repente a la palestra un tal Teófilo Hurtado, policía de oficio, y muy allegado a las autoridades municipales de las dos Alcaldías, por la fortuna de ser un buen investigador policíaco, “Huellero”. Y brota de su silencio porque es de Shukkaari, y es su deseo que vuelva la armonía al lugar, que no se llegue a mayores con el conflicto, pues conoce que las cosas están


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muy calientes y es preciso que se calme todo, y por ello es que dice: -Mira Vicenta, tú tienes razón en todo lo que estás diciendo, pero no hay que seguir discutiendo lo mismo, los jefes traen ya una forma en la que se puede arreglar este asunto que ya va para cinco años de pleitos; y según me platicaban los jefes, ellos quieren hacer algo así como una consulta. ¡Vamos dejándolos que hagan tal cosa, hombre!, pues a lo mejor ahí se acaban pleitos. Porque en lo que a mí respecta, la verdad que ya estoy harto de tanto pleito y rencilla. ¡Calmémonos todos! Somos amigos, y las cosas no tienen que pasar a mayores. Y ustedes compañeros, ¡ya ta´ bueno de pleitos, hombre! ¡Hay que ponernos a trabajar, hay mucho qué hacer! Si los jefes están de acuerdo en hacer las paces, con eso que llaman consulta, pos que la hagan y ya, a nosotros nos toca respetar la ley y a nuestros gobiernos, ellos son los que están al frente y saben lo que hacen. Eso es lo que yo les propongo, y que lo que decida la mayoría eso sea, y se acaban pleitos, que a nada bueno nos están llevando-terminó diciendo, al tiempo que brinca de su silla un joven, también policía, quien venía acompañando al Presidente Municipal de Etchojoa, llamado Fidel Robles Gastélum, más conocido por mal mote como “Fidel Cabezón”, por su muy particular tamaño de cráneo, quien se dirigió a todos en la lengua mayo y les explicó que con la consulta sería mejor y que era bueno que respetaran los resultados. Al ser escuchado, la gente gritó: -¡Jewi, Jewi! ¡Ta´gueno Fidelón, ta´gueno! Aquello fue suficiente. Se levantó el acuerdo para la consulta y se acordó que sería en ese mismo momento, con la gente que ahí se encontraba presente, puesto que estaba prácticamente todo el pueblo. Se nombraron dos escrutadores: Al propio Teófilo Hurtado “El Huellero” y a Fidel Robles Gastélum, “El Cabezón” quienes a su vez presentaron las dos propuestas redactadas de común acuerdo por los dos Alcaldes para ser votadas por la asamblea. “El que esté de acuerdo en que a partir de este momento deja Shukkaari de pertenecer al municipio de Etchojoa y pasa a


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formar parte del Municipio de Navojoa, sírvase manifestarlo levantando la mano.” “El que no esté de acuerdo en separarse de Etchojoa para adherirse a Navojoa, y que quiere seguir perteneciendo al municipio de Etchojoa, sírvase manifestarlo levantando la mano.” El resultado no se hizo esperar, mientras “El Huellero” y “El Cabezón” contaban las manos que se levantaron, el silencio inundó el lugar, y ya en la oscura noche y al parpadeo constante de las cachimbas, se logró el resultado: Los que votaron en contra de separarse de Etchojoa fueron 67 votos, en tanto que los que votaron a favor de la adhesión de Shukkaari al municipio de Navojoa lo fueron nada menos que 68 votos. Un solo voto mató la esperanza y produjo tristeza entre los pobladores que se resistían, pero desbordó la felicidad entre aquellos que la impulsaban. Y más que el dolor que se siente al ser derrotados, lo más desgarrante fue el cúmulo de gritos de júbilo de aquellos, que se vaciaron por sus gargantas gritando su triunfo con alegría eufórica, y no faltó aquel que rebasó el festejo y gritó de forma despectiva: -¿No qué no, indios pendejos? ¡Ahora sí “Yoremitos” babosos, los voy a traer a cabeza silla! Ya lo verán, pinches patas rajadas-señalándolos con el dedo y bailándoles enfrente de forma burlesca. De los festejantes se hizo una bola de gente que se abrazaba y bailaba sin música; en tanto los derrotados se agacharon, no contestaron las agresiones verbales y se fueron retirando uno a uno por los callejones chuecos del Shukkaari viejo. El decreto número 179 emitido el 3 de Mayo de 1933 por el H. Congreso del Estado de Sonora, sale a la luz y ordena que “El Shukkaari” pasa a formar parte del Municipio de Navojoa, Sonora; desde luego en cumplimiento cabal del acuerdo alcanzado con un solo voto de diferencia en aquella tarde fatal, que al desvanecerse, también se llevó consigo la fuerza defensora de todos los que debatieron aquel día en presencia de dos alcaldes que siempre estuvieron mudos. Shukkaari, congregación ahora perteneciente a Navojoa, recibe los primeros días en un estado de tensión entre los bandos, que con el ir y venir de las ideas y el simple transcurrir del tiempo


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se adapta junto con su gente a la nueva realidad; los otrora rebeldes opositores a Navojoa terminan resignándose a su suerte y se sumergen en sus labores cotidianas, encostrándose la llaga producida por la fuerza de la lucha perdida. De modo que el Shukkaari Navojoense se enlaza con su tiempo y sigue su curso irrefrenable, los hombres y mujeres dan continuidad a sus vidas entregándose de sol a sol a bregar en contra de la maldita miseria. El pueblo se extiende y se hacen caminos donde eran veredas para cruzar a pie. No dejan de llegar hombres y mujeres, ancianos y niños, jóvenes y adultos de otras tierras, quienes se suman al pueblo, se adaptan de inmediato, y no sólo se adaptan, sino que se casan y se dan en casamiento. Ya no es extraño ver una familia constituida por un nativo y una fuereña. Unos llegan y se las llevan, o bien llegan ellos y ellas hacen que se queden; y en su caso ellos se las traen de fuera y hacen viviendas en los predios que se van desmontando; de esa manera grandiosa se funden las razas. Se observa cómo arriban de Navojoa, San Ignacio, Batacosa, Quiriego, Álamos, Maquipo, Potrero de Alcántar, Huirocoa, Gerocoa, Masiaca y muchos pueblos más, que venidos de la sierra se aposentan en el Valle. Vaqueros serranos de aspecto flaco y piel güera recorren los caminos y se encuentran con las hermosas morenas criollas salidas de los barros de la raza mayo, y se arremolinan en bodas populares de mil flores y música campirana. Son nuevos tiempos, son nuevas familias. Del sur del país llegan muchos, son gentes de otros estados de la República quienes vienen a recolectar algodón en los campos que el gobierno popular de don Lázaro Cárdenas del Río ha sembrado a través de Ejidos; que, por cierto, impactados por la enorme alfombra esmeralda del valle, conformada por los grandiosos plantíos agrícolas, son enganchados por la esperanza de prosperar, quedándose a vivir en el lugar. Pues, Shukkaari ahora es tierra deseable para vivir, y llegan para quedarse los que aterrizan su espíritu en esta porción de Dios. Así, se acrecientan las lozanas ideas y con el devenir de cosas y tiempos se produce la gente moderna, conformándose la insólita idiosincrasia del impoluto pueblo. La congregación es un laberinto, sus calles chuecas, nadie


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las ha trazado, nadie las ha planeado. Surgió al bravazo, al calor de su propio deseo. Es el pueblo, es su gente, son sus costumbres las que se mezclan y pulen lo diferente, para hacer de ese lugar un espacio próspero y vivo. De modo que en tanto la pujante vida se observa en el pueblo, la otrora poderosa hacienda, la que habría de durar por siempre, y que habría de ser recordada de generación en generación, ahora se encuentra en la miseria, olvidada, derruida y sin esclavos que la alimenten. Ha muerto y ya no resucita, la mató la revolución, es ya la década de los cuarentas y aquella máquina se ha enterrado en su propia autarquía explotadora. Y ahora, cabe la pregunta: ¿Dónde yacen los tesoros de la Sociedad Agrícola del Noroeste? ¿En sus paredes será? ¿En algún rincón de la casona vieja estarán las monedas de plata y oro que celosamente guardaban los Almada en aquellos años de gloria? De ninguna manera, pobre sería el pensamiento que así lo razonara, pues creer que ahí se encuentra el tesoro de la Sociedad Agrícola del Noroeste sería un error; pues el tesoro más valioso de aquella sociedad mercantil lo es el nacimiento de Shukkaari, ese es el tesoro más grande. Sin la hacienda, es cierto, sencillamente no hubiere pueblo, pero sin el pueblo, no hubiera memoria del temerario gigante que gobernó los destinos de muchos en aquellos días aciagos al fin del “Porfiriato”, y mucho menos nada recordaría de aquellos que vinieron a engrandecer sus fortunas a través de ese feudo. Y lo curioso fue que huyeran con toneladas de monedas de oro y plata, pero no se pudieron llevar el verdadero tesoro, y lo tuvieron que dejar, no les pertenecía, era libre, e ingenuamente creyeron, que sin la hacienda éste sucumbiría irremediablemente, sería presa del olvido y la soledad, pero no fue así, la vida no estaba en la hacienda, sino en su gente, y ésta se quedó, y por ello la hacienda murió, y Shukkaari bulle, y aún vive produciendo generaciones prósperas de empuje libertario. Es 1943, y todo es diferente respecto a 1933, y desde luego muy diferente a 1906, ya que un Navojoa pujante y más actuante se observa, y lo mismo sucede en Etchojoa, que aunque a paso más lerdo, también se impulsa floreciente. En 1907 Navojoa


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fue decretado Municipio, dos años más tarde, el mismo decreto lo conquistaron los hombres y mujeres de Etchojoa, es decir, que en 1909 también le dan tal categoría. Y ahora, estos dos vecinos luchan de igual a igual por conservar sus líneas divisorias colindantes, y de ser posible aumentar hasta donde se puedan sus territorios. Los decretos que los constituyen son ambiguos e incompletos, pues no precisan los linderos con exactitud, y en la memoria de Etchojoa se encuentra aún presente la afrenta sufrida con la pérdida de parte de su territorio en 1933. Y no solo la autoridad política y su generación gobernante piensan en ello, también en la mente de muchos no se ha olvidado aquella cuenta, y los nuevos habitantes del pueblo no son ajenos al suceso, y desde luego en el corazón de los más viejos aún cimbra el recuerdo de aquella tarde fatídica, en la que por un voto perdieron su derecho a pertenecer a Etchojoa, Sonora. Para ese entonces Shukkaari, ha conservado la categoría de Comisaría que había adquirido desde el decreto de 1927. En 1933 se dejó correr la voz entre los pobladores que había sido un “préstamo” entre alcaldes, y que era por un poco de tiempo; y con ello calmaron los ánimos de los inconformes, quienes dejaron de pelear y se dedicaron de forma obligada a seguir sus vidas en la rueda cotidiana. De esa forma los Comisarios de Policía a partir de ese año son nombrados desde Navojoa, por lo que tienen una amplia dependencia de la política de desarrollo de tal municipio, cosa que no le fue del todo desfavorable, pues se lograron muchos beneficios en servicios, lo que sin embargo no fue suficiente para curar heridas. Una gota ácida estuvo cayendo en la yaga social: el abuso de poder, la prepotencia y la arbitrariedad de ese tiempo fueron el charco acumulado con el tiempo, de tal manera que fue tal comportamiento lo que no permitió la sanidad, creándose por el contrario un resentimiento palpitante en el fuero interno de muchos, que aunque no afloraba, sí existía, y fue creciendo como humedad en tierra seca. Y aquellos que más sufrieron el desprecio y la constante deshonra fueron los que más anidaron resentimientos de raza: los indios; pero ello no fue exclusividad de


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los tristes mayos, sino también de los no étnicos, quienes a su vez recibieron su parte de aquel inhumano trato policiaco, ya que una vez envueltos por la franca pobreza, se perdían entre los indios, y sobre todo, se perdían entre el universo de miserables de este mundo. Y es que al triunfo del treinta y tres los dominantes tomaron el control total de los destinos del pueblo, y por todos los años posteriores dictaron las reglas del juego político, y al hacerlo excluyeron a muchos de los que habían combatido la anexión, particularmente a los indios, sin escapar de tal segregación, muchos de los que sí habían votado por la separación. Y ahora que corre por los rincones del caserío el regreso de Shukkaari a Etchojoa, encuentra ello un caldo de cultivo creciente entre los ignorados, excluidos y subajados. Los más pobres se interesaron en separarse de Navojoa, y entre ellos, los pobres de los pobres: los indios, los cenizos personajes de callado aspecto y lánguido rostro, quienes en una amalgama de sentimientos humanos centran sus intereses en el nuevo empuje separatista. Y no menos cierto es que la idea de recuperación territorial de Shukkaari fue motivada también por agentes del gobierno municipal de Etchojoa, quienes, progresivamente sembraron la subversión en un pueblo que ya había dado punto para ello. Un deseo enorme por deshacerse de los Comisarios de Policía designados por el gobierno municipal de Navojoa, había en el ambiente, y la promesa de cambio de los agentes de Etchojoa fue lo que agregó más lumbre a la hoguera. Es bien sabido que cada uno de los Comisarios que designó el Alcalde en turno de Navojoa, fueron gente honesta, pero a la vez también eran tiranos, frecuentemente represivos con los indígenas, y tal vez hubiera continuado el desinterés por cambiarlos si la tiranía y abuso no se hubiera extendido a los no indios, cosa que derramó la inconformidad de los rebeldes del Shukkaari de la década del cuarenta. De modo que llegado el cuarenta y tres empieza la trifulca, el pueblo de nueva cuenta se divide. Primero son los comentarios compartidos alrededor de la matanza de una vaca en la madrugada, o alrededor de una fogata en la noche fría de diciembre, los que surcan el aire incendiando la mente de muchos.


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Es común oír a algún acelerado emitir su opinión con rabia y procura que los presentes analicen el asunto con coraje, y si entre los presentes hay alguno que no coincida, la discusión se torna arrebatada y peligrosa por el alto grado de éxtasis en la discusión que se manifiesta. La tormenta se desata, no pocos de aquellos que en el pasado habían votado por adherirse a Navojoa, ahora se repliegan en contra de la anexión, pues el trato duro de los comisarios habidos los ha hecho desear el cambio y ahora prefieren el municipio de los indios. Pero no obstante la realidad, aún muchos de los que pugnaron por la anexión creen firmemente que aquello no tiene retroceso y se encuentran conformes con el estado de pertenencia, y discuten, se posicionan, se defienden y se traban en alegatos de defensa que rayan en un radicalismo peligroso. Se amenazan en serio y se aprietan los machetes en busca de mínimos pretextos para liarse a golpes al filo de aquellas armas de desmonte. El tren, inequívoca señal de progreso, ha coadyuvado también desatando esperanza, y la ruta de la vía Navojoa, Etchojoa, Huatabampo, proporciona la sensación de que no se necesita pertenecer a Navojoa, para salir adelante, pues lo mismo se trasladan productos nuevos a Navojoa como a Etchojoa o Huatabampo, y ello pone en la palestra del progreso al municipio de Etchojoa. Así, en ese contexto, los bandos se chufletean al encontrarse unos con otros en los callejones, pero la violencia se desata cuando el Comisario de Policía en turno detiene con lujo de violencia a dos borrachines nocturnos que abrazados, bailando, tambaleantes y contentos, en frente de la Oficina del Comisario, tuvieron el valor de repetidamente gritar cantando: “Ya nos vamos pa´ Etchojoa, Y que se muera Navojoa, Y que la horca dará cuenta Del comisario que hay ahora ¡Pay, paray, pay, pay!” Y siendo que al llegar el canto de aquellos parroquianos alegres a los oídos del Comisario de Policía y al Jefe de la Cordada Policiaca, brotándoles la ira a ambos, llaman a gritos a


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los gendarmes, quienes al recibir órdenes saltan iracundos sobre aquellos ingenuos ebrios consuetudinarios, y con toletes de fierro los golpean en el cuerpo. Luego, los atenazan con maneas de varilla corrugada de una de sus muñecas a cada uno, lo que somete de inmediato a los pacíficos cantores que ni resistencia física opusieron; pues, era claro, su resistencia no estaba en sus masticados cuerpos refugio de mosto, sino en el contenido de sus cantos subversivos. -¡No mijito, no mijito, ese fierro me rompe la mano!dijo “Chavarito”. -¡Qué sal míquiri! ¡Qué sal!-dijo “El Trapito”, al tiempo en que eran arrastrados ambos hacia la mugrosa celda de castigo. Son las nueve de la noche y los moradores de los caseríos cercanos se dieron cuenta del abuso. El suceso inesperado provoca la ira de muchos y una envestida colectiva de vecinos se arroja sobre el recinto municipal. Indignados, para las diez de la noche, secuestran la oficina de la Comisaría y exigen la presencia de las autoridades municipales para arreglar el asunto. El pliego petitorio no sólo contiene la libertad de Don Salvador Gutiérrez “Chavarito”, y de Ramón Valenzuela “El Trapito”, sino también la salida inmediata del Comisario, Comandante de Unidad y Policías. Aquello que parecía superable cambiando las autoridades, tomó un curso más peligroso y radical, pues al calor de los acontecimientos y al filo de los discursos efusivos de los líderes, las cosas se complicaron, ya que de repente, como nacido del corazón amorfo de la muchedumbre se empieza a pedir a voz en cuello que Shukkaari retorne a Etchojoa. Parte petitoria que desde luego vino a complicar la situación. Aquel acaecimiento de natural manifiesto, fue aprovechado por Etchojoa, quien justificándose en la petición popular se desliza hacia los adentros del territorio de Navojoa y de forma por demás conocida inicia su labor subterránea de recuperación territorial. Así, aunque no de forma oficial, extiende sus redes y fortalece sus contactos en el pueblo, y de inmediato envía mensajes de aliento a los sublevados, y una que otra moneda de plata.


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En sí, los dos gobiernos municipales hacen su trabajo: uno alienta el movimiento, en tanto otro intenta sofocarlo. Uno quiere a toda costa evitar el desprendimiento, y el otro lucha abiertamente por lograr la anexión del territorio perdido. De modo que la lucha está no sólo en lo que diga la gente, sino en los terrenos belicosos de los políticos, y de lo que ahora se trata es de una guerra encarnecida por territorio. Los mentideros políticos de Navojoa se saturan de noticias de la rebelión Shukkaarenses y se dice abiertamente que hay que reprimirlos. En Etchojoa, la voz de los Villa juarenses y Bacobampenses se entrelazan en solidaridad con los resueltos, bragados y gritones de Shukkaari. El cabildeo en todos los niveles no se hace esperar, ya las redes de influencia se descorren en la búsqueda de una solución favorable. Los Alcaldes reúnen a sus Cabildos y buscan la ayuda del Gobernador del Estado para destrabar el conflicto. Y no es sino después de varios días de reyertas y violencia, que luego de una mediación afortunada que convenció al Alcalde de Navojoa, quien confiando en el triunfo que le auguran sus asesores más cercanos, saca el acuerdo del cabildo y se decide llevar a cabo una consulta ciudadana, misma que se convoca para el día 10 de marzo del año de 1944 en el centro del caserío y a voto presente. Nada menos que una reunión similar a la de 1933, con todo el pueblo, y curiosamente en el mismo lugar, que ahora era, ya no un llano, sino la cancha de baile del lugar; y a petición de los inconformes, de nueva cuenta, con representantes del Gobierno del Estado, del H. Congreso del Estado y de los dos Ayuntamientos en controversia. El día de la reunión los ánimos se desatan, y los bandos claramente encolerizados se atacan de forma verbal y se amenazan con matarse. Dimes y diretes vuelan de un lado a otro. Son alrededor de doscientas cincuenta personas las presentes. Cada bando está en las mismas condiciones numéricas y serán los indecisos los que han de inclinar la balanza. Dentro de la algarabía se distinguen “Los Sánchez” una bravía y grande familia que no deja de hablar, y que al calor de la reunión, las mujeres, hacen


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palidecer a los representantes de los poderes, al confrontarlos cara a cara y llamarlos: -Pinches huevones, miedosos, faltos de pantalones-, sin temor y sin pudor alguno, gritando de forma escandalosaDevuelvan Shukkaari a Etchojoa-. Los Murillo, Aguilar, Rendón, Zazueta, Badilla, Moroyoqui, trigueras, Ortíz, Botello, Barriga, Félix, Coronado, Avendaño, Alamea, Moreno, Soto, Morales, Santi, Hernández, Pacheco, Gutiérrez, Aguilar, Cruz, Arce, Burrola, López, Badilla, Arce, Miranda, Almada, Rendón, Bustamante, Anguamea y muchos apellidos más, un año atrás vecinos amigables, ahora se confrontan en la asamblea, y se insultan unos con otros. Y en medio de insultos terribles la consulta se lleva a cabo. Fenómeno sociológico de franca controversia que habría de repetirse en el devenir histórico del pueblo en las décadas futuras, como un embrión o gen social que ha de reincidir en las generaciones venideras, ya en las grandes asambleas populares por los servicios públicos, ya en el setenta y seis en la lucha por la vivienda ante la destrucción producida por el feroz ciclón Liza, ya en la década de los ochentas en la pugna por el liderazgo de un comité que habría de administrar los trabajos por el drenaje y la memorable pugna que dividió al pueblo cuando de sus entrañas resultaba la posibilidad de enviar a su primer Presidente Municipal a finales de los noventas. Ya no está “El Huellero” ni “El Cabezón”, ahora son nuevos los escrutadores. Tampoco “Doña Vicenta” pudo emitir su persuasivo soflama; son otros los del pueblo y fueron otros los que hablaron y calmaron la situación. Pero más bien fue “La Cordada” y sus doscientos efectivos policiales, comandados por un tal Juan Pacheco, más conocido por “El Quema Santos”, quienes impusieron el orden con sus armas apuntando a la gente con el mandato claro de matarla; lo que provocó que se calmaran y de esa manera acelerar la consulta. La propuesta a votar se lanza y las manos se levantan. El conteo inicia. Los nervios están a flor de piel, y los Alcaldes ansiosos se mueven incómodos en las sillas de baqueta donde acurrucan sus traseros; los dos esperan los resultados que sus agentes y operadores les dijeron que serían:


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-¡Jefe si hay consulta a la gente, la ganamos! ¡Aviéntese con la consulta, todo está arreglado!-dijeron sus asesores al Alcalde de Navojoa. -¡Jefe, ya la hicimos, les vamos a ganar, si el Gobernador del Estado autoriza la consulta! ¡Sígale fregando con ello, vamos a recuperar lo que es nuestro!-le fue dicho al Munícipe de Etchojoa. El resultado no se hizo esperar: 126 votos en favor de seguir perteneciendo a Navojoa; y 128 en contra de continuar perteneciendo a tal municipio. Hubo 2 abstenciones. El bravo río llegó a su punto, y los perdedores del “Treinta y tres” ahora son los vencedores del “Cuarenta y cuatro” El júbilo se hizo notorio: Las mujeres de “Los Sánchez” gritan de alegría y sacan a bailar al Alcalde de Etchojoa, y éste, siendo jalado por una dama, se deja querer moviéndose de forma desordenada y chueca, por no saber bailar; en tanto que el de Navojoa, luego de despedirse cortésmente de su alegre homólogo de Etchojoa, se retira notoriamente enojado y regañando a su secretario particular. Y de repente la gente se revuelve y se pone a bailar toda alrededor de un aparato musical novedoso que sacaron Jerónima Esquer y Julia su hermana, más conocidas en el pueblo como “Las Momas” unas vecinas que vivían junto a la muerta hacienda de los Almada, y que un tal Talamante había traído del otro lado. Al son de una marcha, tocada a ritmo de banda la gente se arremolina y se abrazan como si no hubiera pasado nada. Y mientras los ganadores hacen tierrero al bailar, mezclados con la mayoría de los perdedores, en su generalidad gente sencilla y humilde, unos pocos de los interesados en seguir perteneciendo a Navojoa, aún inconformes, pero lánguidos por los resultados, se retiran en sus carretas hacia sus casas; mientras surca muy contenta la voz de dos borrachos que danzan un zapateado, de puro gusto, con la música instrumental de fondo, y gritan, disonantes gorjeando su propio canto: “¡Pay, paray, pay pay! Ya nos vamos para Etchojoa,


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Y que se muera Navojoa, Y que la horca dará cuenta Del comisario que hay ahora. ¡Pay, paray, pay, pay!” Son don Salvador Gutiérrez “Chavarito” y Ramón Valenzuela “El Trapito”, quienes acompañados ahora de un tal “Rufino Chubi” del pueblo vecino de Navolato, abren sus bocas al gritar en coro desafinado, al tiempo en que a cada pausa, sorben sus gargantas fuertes tragos de “Yocojihua” que se les escurre por el buche raspando sus pechos. El 14 de Mayo de 1944 el H. Congreso del Estado de Sonora, da cuenta en su Sesión solemne de la reunión aquella, y decreta la reintegración de Shukkaari al Municipio de Etchojoa. ¡Oh, tesoro subrepticio, fortuna de los Almada, suponiéndote escondido, te encontré en la encrucijada, en la llama de un pueblo enorme que va y viene con su alma; pero que en su éxodo bendito templó su alma libertaria!-grita doña Vicenta Alamea Valenzuela, al tiempo en que descuera una cabra, que colgada de una pata, a la altura de su cara en el mezquite de su casa, saca su lengua ensangrentada.


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¡UTA, QUÉ TONTA LA BENITA!

Un

día, como el ayer. Como tantos que transcurren en un pequeño pueblo como Shukkaari. Estando sentado a la puerta de mi casa, meciéndome en una silla de esas que se balancean, respirando el silencio, observaba el viento, dejando de esa manera, pasar el lentamente el tiempo. Así fue que llegó Liu, a mi casa, casi cayéndose de su bicicleta vieja. Apurado, sudando, pero sonriente, siempre sonriente, como suele andar casi siempre mi amigo Liu. Al verme, sin bajarse completamente de su bicicleta, habiéndose detenido, se acomoda en la barra y emotivo, saluda diciendo: -¿Qué tal licenciao? Qué bueno que lo encuentro. ¿Me permite plantearle un caso? Porque usted arregla casos, ¿qué no? Le dije a “miamá” que vendría con usted, pues sepa que le tengo un caso, de esos familiares. Mire, déjeme que le cuente licenciao, fíjese que mi mujer es muy tonta, cree que no sé dónde está. ¡Sí ya sé licenciao, ya sé donde se encuentra! Cree que no sé que se la robaron. Si ya sé que se la robó el Juan Ruperto, de volada me di cuenta de ello. Y fíjate licenciao, que ya sospechaba yo que se la quería robar, ya que el otro día, hace como un mes, cuando venía de lado del río, a donde había ido por leña, cuando llegué a mi casa, el Juan Ruperto salió corriendo de dentro de donde estaba mi mujer, la Benita. Y cree que no lo vi, pero sí lo miré, salió volando como enloquecido, y en esa ocasión no se llevó nada, porque la Benita estaba adentro acostada todavía. Al salir él corriendo como lo hizo, asustado yo de que le hubiere hecho algo a mi viejita, corrí hacia adentro para ver cómo estaba, y la encontré acostada y


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desgreñada, batallando con su brasier y acomodándose el vestido. Tal vez por el tremendo susto que le ha de haber dado ese canijo de Juan Ruperto. Lo bueno es que estaba bien, sin golpes ni nada, sólo un poco agitada, como batallando para respirar. Pero llegué yo, y de luego que la abrazo y le acaricio la mollera, y ella que se acurruca en mi hombro derecho y se echa a llorar de alegría, porque llegué a tiempo. El corazón le agitaba bien, pero bien “juerte”. -¡Méndigo Juan Ruperto! De seguro que algo se traía entre manos ese canijo, pues, ¿por qué corrió el condenado?-dijo Liu a Benita su mujer. -Fíjate mi vida que ni cuenta me había dado de que estaba merodeando ese perro de Juan Ruperto, y mira que el “Chuculi” ni le ladró. Algo le ha de haber hecho o dado a comer el muy desgraciado, que ni pío hizo. Y por cierto, ¿y el “Chuculi”, ontá? ¿No lo mataría ese desgraciado? Anda y búscalo, no sea que esté herido el pobrecito y ande por ahí moribundo-dijo la Benita a su salvador marido. Y como le estaba diciendo licenciao, el día ese en que le vi correr como loco supe que algo se traía entre manos. Bien me acuerdo que supuse que había matado a mi perro “El Chuculi” y salí corriendo a buscarlo, a mi perro, no al otro chucho de Juan Ruperto, pero al salir, resulta que mi perro estaba echado en la sombra de un citavaro, y cuando lo revisé no le encontré ni golpes ni nada que se le pareciera. Estaba bien el animal. Lo extraño fue que no le ladró al Repentón, y mire que es bravo el canijo perro. Un día que llegué muy noche del monte, se me apanteró el muy desgraciado, y por más que le hablaba no me lograba conocer, tuve que sacar mi machete y hablarle con autoridad, regañándole, entonces fue que se calmó, metió su cola entre las patas y chillando se fue hacia debajo de un matorro. Avergonzado, pienso yo que se puso el animal, pues al conocerme se dio cuenta de que yo era el que vivía en la casa, supo quién mandaba en esa mi casa. Pero eso, a la vez me puso alegre, pues con el incidente supe que


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aquel perro era bueno, que cuidaría mi casa cuando yo no estuviera. Eso le dije a la Benita, que era buen animal. Por eso salía con toda confianza, yo sabía que “El Chuculi” por lo menos un buen susto le daría a la mala gente que quisiera entrar a mi propiedad. Bueno, y por otro lado licenciao, a lo que vine aquí con usted. Le dije que era un caso de esos familiares y sí que lo es. Sepa usted que se robaron a la Benita mi ´licenciao´, y la pobre no sabe que ya sé dónde se encuentra. ¡Uta qué tonta la Benita!, cree que no sé dónde está, y que se la llevó el Juan Ruperto; pero sí sé. ¡Va usted a creer que se la llevó a un pueblito cerca de Caborca, allá por el desierto! Ya sé a dónde está, traigo un papelito con la dirección, mírelo usted, me lo dieron sus padres, o sea mis suegros, quienes al avisarles del robo, me dieron la noticia de dónde estaba. Dicen que abrieron un ´tanichi´ por allá. Por eso vengo aquí para recibir su consejo, para que me resuelva este caso, porque dicen los de mi pueblo que usted arregla casos, y a eso vengo. -Caray amigo Liu, -dije-de veras que te la traes bien complicada la cosa. ¿Qué a caso quieres ir a buscarla? -¡Ándale, licenciao, bien que le dije a “miamá” que me dirías que la fuera buscar! Eso voy a hacer licenciao, gracias. Y me voy, no le quito más tiempo, porque de seguro has de tener más casos que resolver-contestó contento, seguro de que su interpretación a mis palabras eran las correctas. Sin esperar más, pedaleando fuerte en su bicicleta se retiró de inmediato, no hubo oportunidad de aclararle nada. Pasaron los días, y al estar recorriendo el trozo de pueblo al que le dicen el centro, ahí junto a la vieja Comisaría Municipal, es que escuché una voz, que gritando fuerte dijo: -¡Licenciao, licenciao, ya volvió la Benita, ya volvió! ¡Uta qué tonta la Benita!, creía que no sabía yo que se la había robado el Juan Ruperto. Pero ya volvió. ¿Qué tonta, verdad? ¡Uta, qué tonta! Dicho lo gritado, sin bajarse de su bicicleta, continuó su pedaleo apurado y se perdió en una curva de las calles chuecas del pueblo.


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¡Qué inocencia de muchacho!-pensé-Aquello que es tan grave para la gran mayoría de los hombres, es cosa sin importancia, para este noble corazón de niño. ¡Mira cómo rema en su bicicleta! ¡Vuela contento, feliz y lleno de orgullo por aquel glorioso regreso! ¡Satisfecho de corazón! A los días, estando de nueva cuenta a la puerta de mi casa, es que pasó apurado Liu, en su bicicleta. Entonces fue que le hable y le pedí que se devolviera. Ardía en deseos de preguntarle por su caso. Y en efecto, se devolvió y se detuvo frente a mí. Acomodado en la barra, sonriendo como siempre, me dice en forma serena: -Fíjate licenciao, que voy pa´la “Casa Blanca”, allá con “Rigo Fletes”, pues me debe unos días de trabajo, y como es sábado, es día de raya, y no quiero que se me pase. Anduve dándome una friega juntando berenjena, ¡si vieras cómo cansa cortarla en cuclillas y con tijeras! Y ese mayordomo vil de “Rigo”, de veras que no nos deja descansar ni tantito. Ahora sábado ni fui, y a lo que voy es a que me paguen los días de lunes a viernes, los cuales trabajé. ¡Ta´duro!, ¡bien duro trabajar en el campo!, y pa´la miseria que nos paga. Y me acuerdo que antes que fueras licenciao también le pegaste a la berenjena, y ya sabes cómo duele la cintura. Debieras de agarrar ese caso licenciao, tú que le inteliges a eso de los derechos, pa´eso estudiaste, ¿qué no? -A que mi buen Liu, y sus casos. Pero mi Liu,-le dije-no te hablé para eso, sino para tu caso, aquel que me contaste, ¿en qué paró la cosa? -¡Ah, fíjate licenciao, qué tonta la Benita! ¿Te acuerdas que te dije que ya sabía dónde estaba?, pues sí, la encontré. Al día siguiente de cuando estuve contigo, me fui pa´Caborca, y agarré un camión para el pueblito llamado “El Bonito”. Cuando llegué al pueblito aquel, que por cierto, es muy seco, no como por acá, me bajé donde había una tienda, y cómo eran como las cuatro de la tarde, no había comido nada, entonces decidí alimentarme: compré un pan vapor y una soda de “pecsi” bien helada, y me senté a descansar en el tejaban de la tienda. Aproveché para preguntarle a la doña del tanichi sobre la Benita y sobre el Juan Ruperto, pero


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me dijo que ni los conocía, que no sabía de nadie con esos nombres, y como le dije que ese tal Ruperto se había robado a la Benita mi mujer, la señora se asustó y me dijo: -Pero muchacho, ¿qué vas a hacer? Devuélvete para tu rancho, déjate de cosas, no vayas a cometer una locura. Estás joven, puedes rehacer tu vida, no eres feo, y no ha de faltar quién te corresponda por allá en tu ranchito o en alguna otra parte. Siempre hay un roto para un descocido. -Qué raro lo que me dijo la “Seño”, ¿verdad licenciao? Como que no estaba bien de su cabeza, porque parece que estaba asustada. Nada de lo que me dijo encaja. Supuse que a lo mejor se asustó pensando en que era un desconocido y que a lo mejor en esos pueblos del norte tienen miedo a que los asalten. Pero, pues ni que la juera a asaltar. Yo le dije que no se preocupara, que nomás me tomaba la soda y me comía el pan me iría, para que no se sintiera mal. Y así lo hice, me acabé la soda, le entregué el embase y me fui. Agarré por un camino largo hacia la salida del sol, pero no encontré nada. Nadie conocía ni a la Benita ni al Ruperto. Dije yo: La tiene escondida este canijo Juan Ruperto. Pero qué tonto, ya sé que aquí se la trajo este bandido. Ya pardeando la tarde encontré por la otra callecita, otra tiendita, y cuando la vi, dije: ¿no será esta la tiendita que dicen pusieron?, pero no, no era de ellos. Esa tienda la atendía otra señora, a quien le pregunté por la Benita y Ruperto, mas me dijo que no les conocía. Entonces, como se me hizo noche y no tenía pa´donde irme a esa hora, le pedí permiso a la señora para dormir ahí afuerita de la tienda. Pues le conté lo del robo de mi mujer, y ella comprensiva, me dio permiso de quedarme. Además me tiró unos costales para que me acostara, y ahí me acurruqué bien suave. Y como estaba cansado, luego, luego me dormí. Y ya por la mañana, muy de madrugada me despertó un perro que me lamió la cara, y entonces fue que escuché el canto de muchos gallos que se contestaban sus cantos. Corrí al chuchito y esperé despierto hasta que salió el sol, y también esperé a que la señora abriera el tanichi, para devolverle los costales de ixtle que me había prestado, y darle las gracias por todas sus atenciones. Y cuando abrió la tienda así


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lo hice. Y ¿qué crees licenciao? Resulta que la señora, dice que le comentó a su marido sobre el robo de mi mujer, y dice la doña que el esposo le comentó que la mujer esa, era la que se había traído el vecino de enfrente, que se había enterado que venían de uno de los municipios del sur, un tal Etchojoa, y que tenían siete días de haber llegado. Enterándome también que querían poner una tienda, y que sólo empezaron vendiendo dulces. Y fíjate licenciao, que la señora estaba ya enojada con la Benita, porque les estaba haciendo la competencia. Entonces, siendo que vivían enfrente, como a las nueve de la mañana, luego de desayunar una soda de fresa con un pan dulce, me acerqué despacito a la casa. Una casa de adobe de un solo cuarto, y había tapando la puerta un viejo petate. Y me acerqué, llegué despacito, sin hacer ruido, y por entre los huequitos del petate me asomé. Mire licenciao, adentro estaba la Benita, agachada viendo el suelo. Como que estaba triste, parecía que iba a llorar. Entonces le toqué el petate y ella se levantó rápido, y cuando hizo a un lado el petate, gritó ahogada. -¡Liu, Liu, ¿qué estás haciendo aquí?! Cómo que se asustó, estaba temblando. La quijada se le movía como si tuviera temblando de frío. Yo le dije: -¡Uta qué tonta eres! Creías que no sabía dónde estabas, ¿verdad? Pero si ya sabía yo que el Juan Ruperto te había robado. Pero la policía ya lo anda buscando, por eso te vine a buscar, pa’ que no te vayas a involucrar. El problema es de él, ¿qué no? ¿Pa´qué te robó, eh? Mira que hasta triste te tiene, si ya te vi desde los huequitos del petate. Ya le dije al Panchito mijo que no llorara, porque el que te había robado era el Juan Ruperto, que no se preocupara. Y la Melquiadita, la más chiquita, llora mucho, pero como no entiende no le pude explicar con claridad que te habían robado, pero sí le dije, aunque sé que no me entendió. Miamá, ya ves que es muy enojona, pero los quiere mucho, ella los está cuidando, les ordeña las chivas y les da leche todos los días, y yo no dejo de ir a trabajar allá con “Rigo Fletes”, pero esta semana le pedí permiso, pues en la Comisaría cuando puse el reporte de que te habían robado, luego, luego te apuntaron en el libro, ese de los reportes. Entonces ya que lo puse, me quedé pensando y me


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arrepentí de ello, pero ya lo había hecho, y me asusté, pues pensé, que si a ti te apuntaron también y no sólo al Juan Ruperto, entonces eso te podía perjudicar. Es que les dije que quien te había robado era ese canijo de Ruperto. ¡Híjole, la regué! -me dije a mi mismo, ya que van a buscarlo para que pague lo que hizo y a lo mejor a ti también te involucraban, y es por eso que le dije al “Rigo” que no iba a trabajar, que vendría a avisarte para que no te metieras en un lío. Por eso vine, y yo ya cumplí con avisarte. Cuando me quedé callado, ella me dijo: -¡Liu, por favor, vete, que puede venir Juan Ruperto y va haber problemas! -¡Uta, qué bárbaro!, si el que te robó fue él, y yo no tengo problemas con la policía-le dije-, además ahí te tiene sola, toda triste, agachada, como si fueras pollo en gallinero. ¿Qué no sabe que la tristeza es bien mala, que puedes enfermar?, ¿y qué tal si te da por llorar, cuando recuerdes a los niños? ¿Qué no sabe el muy bandido que la “Perica” vendrá a buscarlo pa’ llevárselo al bote? Ah, pues, licenciao, ¡uta, que tonta la Benita! Creía que el del problema era yo. Y, además, fíjate licenciao, que yo creo que a la Benita le afectó que se la robaran, pues cuando estábamos platicando, de pronto, calló su boca, me escuchó todo lo que le decía y cuando menos pensé, soltó el llanto y se me echó encima, me abrazó y me dio un beso. Y más pronto que luego, agarró su morral, amarró unos tiliches, se los echó al lomo y me dijo: ¡Vámonos-, y se vino conmigo. Cuando llegamos a mi pueblo, todos se nos quedaban viendo, se miraban unos con otros y se decían cosas entre ellos. Yo les dije a los que me preguntaban que si de dónde venía,- Que de Caborca, que la Benita se vino, que veníamos de allá, bien lejos, ya que se la había robado Juan Ruperto, y se la había llevado para allá. Y como la regó el muy maldito, pues los de la Comisaría de Shukkaari lo andan buscando con la “Perica”. Al llegar a la casa, los niños abrazaron a la Benita, contentos de que volvía, al tiempo en que Panchito le preguntaba:


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-¿Es cierto mami, que te robó el Ruperton?-, pero la Benita, afectada aún por el trauma, sólo lloraba y lloraba si parar. Así duró tres días, por todo lloraba. Y yo pues, contento, feliz de que ya haya vuelto, lo bueno es que no se metió en problemas. -Y ya me voy licenciao, porque ya se me hizo tardeterminó diciendo Liu. Se subió a los pedales y se dejó caer en peso sobre ellos, y casi patinando la llanta trasera se va hacia la “Casa Blanca” a cobrar su salario, por haber juntado berenjena de lunes a viernes, bajo el mando, aún porfiriano, del mentado “Rigo Fletes”.


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EL LOCO DE LA CARRETERA

¿Anoche soñé que caminaba rumbo al norte? Con toda claridad

miré a mis pies apuntando hacia aquel punto cardinal. Me puse a meditar y pensé: es un sueño; y resultó que no, ni sueño era, fue mi propia realidad, profunda y miserable la que me empujó con vehemencia hacia aquella fuerza magnética que me llamaba, me gritaba y enervaba mis tristes sentidos. Mis pies se dejaron llevar por aquel deseo y se arrojaron prestos por la brecha internacional que arrastra hacia el polo norte. Lo supe en el mismo momento en el que sentí la madrugada rociar con su manto mi rostro enmugrecido. Lo supe cuando me subieron en una patrulla los policías que me encontraron cruzando la ciudad, y que, obedeciendo la orden de evitar lo sucio y lo feo en aquella luminosa urbe, me levantaron y me arrojaron al otro lado de ella, al norte, por la carretera internacional, y allí me dieron un puñetazo en la cara y un puntapié en el trasero. Sí, ahí mismo supe que iba hacia el norte. Como que desperté al golpe de aquel gendarme obediente, pues algo se sacudió en mí. ¿Mi conciencia será? Creo que sí, ya que mis pensamientos volaron a mis años mozos, y se acurrucaron en los brazos cenizos de mi madre pretil, y pude ver de nuevo los pies encalados de mi albañil padre, que reumático llegaba de construir casas ajenas. Desperté de mi letargo, pues incluso había llegado a pensar que sólo existía yo, y que en el mundo no existía nadie más. Todo era silencio para mí y nada tenía sentido en la vida, sino sólo buscar luz en la oscuridad que inundaba mi mente. Está claro, muy claro, he recobrado mis sentidos, toda vez que ya siento a los que están a mi lado. Veo


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gente caminar y hablar entre sí. Unos se suben en carros y otros se van en camiones, pero a todos percibo, y sé que están vivos. Los veo, eso significa que también yo estoy vivo, y si estoy vivo, entonces debo de tener un propósito en esta vida, para algo debí de haber nacido, y siendo ello así debo encontrar lo que estoy buscando, porque algo debo estar buscando. Aunque en realidad no recuerdo qué estoy buscando, tan sólo siento una sed insaciable por caminar y caminar, y no puedo detenerme, y no quiero detenerme. ¿Voy para el norte a buscar algo que no encontré en el sur? No lo sé, lo que sí conozco es que voy para allá, y hasta puedo decir que no hay fuerza humana que me ha de detener. -“¡A lo lejos te veo, oh madre!, madre mía pegada a tu hornilla, y escucho tus aplausos venir a mis oídos, ¡son tan bellos!, ¡tan hermosos como el sabor de las tortillas que brotan de esas palomas manos que aletean la masa! Y es que te veo tan bella y tan grande, que me pregunto con honda nostalgia ¿cuándo te perdí madre que ya ni me acuerdo? ¿Dónde te escondiste que nunca te encontré? ¡Ah, ese pretil de tierra, tan lindo en su comal blanco de tiza y tan vivo en su llama huidiza! ¿Dónde quedaron sus leños de mezquite que la alimentaban? ¿No era yo, madre, quien corría por maderos al río para que pudieras avivar el fuego? ¡Madre mía, soy yo, tu hijo, el que se perdió cuando ya no te pude oír gritar mi nombre al recostarte en aquel féretro fiado en el que te pusieron los vecinos! ¡Soy yo padre, el que desde niño te ayudó en el batido de la mezcla para pegar ladrillos, el que te llevaba el lonche para que comieras al medio día, que tan ricamente preparaba mi madre para ti! ¡Soy yo, padre! Voy para el norte, y me encuentro solo y confundido, no sé a qué voy, pero para allá corro. Les grito y no me contestan, les arrullo en mi soledad y no se inmutan, les busco y no les encuentro”-. Ya desperté, hoy desperté, al toque doloroso del puño policiaco que azotó mi cara, y ahora que les recuerdo sé que nada me detendrá. Antes no sabía a dónde iba, pero ahora sí lo sé, voy para el norte, me lo dijeron mis pies, que aunque ahora descalzos, bien recuerdo los huaraches que una vez me elaboraste padre, que aún los siento en mis pies, de tal manera me acuerdo de ellos que


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tal vez por eso no me hace el frío de la noche, ni el hielo de la madrugada. Porque la carretera internacional está fría, y al pasar los tráileres a gran velocidad, de vez en vez, me arrojan hacia el monte, pero me levanto de nuevo, siempre me levanto, y sigo caminando. Nada me detiene, nada me detendrá, tengo rumbo y sé a dónde voy, y llegaré, y si no fuera a llegar, ya un vócil carro hubiese dado cuenta de mí; pero no es así, ¿por qué?, pues por la razón de que tengo destino, y tarde que temprano llegaré. -“¿Voy para el norte a buscar lo que no encontré en el sur? Tal vez sí, y nada me detendrá, ¿qué tal y si Dios me envió de la misma manera en la que envió a un tal Saulo de Tarso hacia Roma?, pues también yo voy empujado por algo grande. ¿Qué tal si también hay en el norte un imperio como la gran Roma a la que se dirigía Paulo? ¿No sería fabuloso que yo la conquistara? ¿No sería grandioso qué yo la transformara? ¿Verdad que sí madre mía? ¡Qué orgulloso te sentirías de mí, padre mío, cuando la gente de mi pueblo te dijera que tu hijo ha conquistado la grandeza! ¡Cuántas lágrimas correrían por tus mejillas por el placer de ver a uno de los tuyos sobrevivir a la derrota! ¿Qué dirían los del pueblo de mí?-me pregunto constantemente-, y me imagino que saldría de entre la masa de gentes: -“¡Estaba perdido, pero ha resucitado, y ahora trae la espada de los conquistadores! ¡Logró lo imposible, obtuvo la victoria!”-. El día en que se atoraron mis pasos fue un día amargo para mí, pues me dijeron que ya no podía caminar, que ya había llegado, que más allá no podía ir. Pero yo quería ir más allá, pero no me dejaron. Y en serio que lo intenté varias veces, y las tantas ocasiones que lo intenté, fueron las mismas que me devolvieron, y parecían ser siempre los mismos policías verdes los que me arrojaban hacia este lado. En esas ocasiones no fueron como cuando cruzaba las ciudades, donde al ir caminando me tomaban los policías y me arrojaban fuera de la ciudad para que siguiera caminando rumbo al norte. Ahora fue distinto, en vez de arrojarme hacia el norte me devolvieron todas las veces hacia el sur. En una ocasión me lanzaron al monte, y por cierto, duré mucho en


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encontrar de nuevo la carretera internacional que me condujera de nuevo al norte, pero la encontré y aunque duré mucho en volver a llegar, lo hice y ahora aquí estoy, pensando y tratando de explicarme qué sucedió, ¿por qué unos dicen que ya llegué?, otros dicen que aún me falta y a uno que otro le escucho decir: -“Lo que buscas está del otro lado de la cerca” No tengo respuestas, pues aunque dentro de mí entiendo que ya llegué, no estoy satisfecho. Algo dentro de mí grita: -“¡Sigue caminado!”-. Y mis pies, estos pies adoloridos y cansados insisten en continuar caminando. Hay una cerca de acero que dicen no debo cruzar, porque hasta ahí termina México, y que más para allá es otra nación, de la que también se comenta es muy rica, y en la cual no quieren pobres caminando por sus carreteras. Descubro que en efecto, allá dónde no me quieren, sí hay un imperio como el de Roma, y es el imperio del norte, al que todos quieren llegar, al que yo ansío llegar. Aquí en esta plaza no hay quien me diga qué hacer, aunque chocamos unos con otros, sin dirigirnos la palabra por días y meses enteros. Hay ocasiones en las que nos peleamos al escudriñar los botes de la basura. Hoy precisamente en una banca se sentó a mi lado un hombre de aspecto desaliñado, barba lampiña, larga hasta el pecho, flaco, y de mirada perdida. No habló, se la pasó haciendo muecas al viento. Su mirada, de vez en vez, se quedaba fija por largo tiempo hacia el norte, como queriendo seguir caminando, por lo menos con su vista. Le hablé, y no me contestó, tan sólo me escuchó, no dijo nada, se calló, guardó silencio. Creo que respetó mi dolor. En la plaza que se ubica en el corazón de esta ciudad a la que llaman Mexicali, nos atoramos muchos de los caminantes de la carretera internacional. He escuchado que la Universidad y sus estudiantes nos observan y han hecho de nosotros motivos para sus tesis profesionales y ya guardan nuestra historia en algún baúl bibliotecario. Lo cierto es que hasta aquí llegamos, no nos dejan continuar, dicen que ya no hay más carretera internacional que caminar y por la orilla de la cerca no es grato hacerlo, pues ello


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nos cambia el rumbo, y la brújula interna que domina la mente de muchos de nosotros, fiel al polo, nos empuja al norte. No podemos, yo no puedo, y por lo que he notado tampoco muchos de los que aquí deambulan pueden ni quieren. No pueden agarrar rumbo al oeste ni al este, pues la orden invisible es tunar hacia el norte, y por tal virtud es que para allá vamos, para allá voy. En la plaza se detuvo el tiempo, pues no sé ni cuándo llegué, pero sí sé que cada día me voy. Y me levanto, me muevo, y busco cruzar y cruzar sin lograrlo. Camino y camino aunque no llegue a ninguna parte, corro y corro sin detenerme. No descanso, no ceso en mi misión. Alguien me envió y yo voy. Dicen por ahí que fue Dios, y me parece que así es. Aunque algunos se preguntan para qué, yo digo: -Él sus razones tendrá, yo no las discuto, porque por más que me queje nunca le ganaré. Tiene la ventaja de ser eterno y sabe guardar silencio cuando más le pregunto, y sabe hablar cuando no quiero escucharlo. Entonces, ¿para qué me peleo con Él? Más allá de la cerca de acero hay más norte, hay más camino, y eso es importante. Cada segundo me acerco más a ese norte, y nadie lo ha podido evitar. Arrastro esta barba sucia y mis ropas se pudren junto con mi piel, pero yo continúo en esta urbe. Aunque la redada nos ha levantado en forma colectiva y nos ha tirado a las afueras de la ciudad, y aunque no todos hemos vuelto, yo he vuelto. No importa que tan lejos me avienten, yo vuelvo, tengo que volver, ya la plaza es parte de mí ser, es mi casa desde que llegué y nadie me la puede quitar. Mil veces me han amarrado y mil veces me he soltado, mil veces me han azotado y mil veces se han curado mis heridas; mil veces me han bañado los del gobierno y mil veces me ha ensuciado el camino que me trae de nuevo a esta plaza. Cuando llegué a este lugar había muchos viejos rondando por ahí, y ahora ya no se les mira, no baten la basura, se han ido, han caído de repente y los han llevado al basurero común para quemarlos. Por eso digo que ya no hay viejos, o ¿será que no los veo, porque los viejos ahora somos nosotros, los que éramos


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jóvenes cuando llegamos? A lo mejor eso es, aunque en este lugar todos parecemos viejos, no se sabe ni quien es más viejo o más joven, ya que la cáscara de harapos que nos cubre nos esconde la edad. Lo cierto es que quienes estamos en esta plaza pública somos los que venimos del sur y vamos para el norte, y que no desistimos del propósito de ir más allá de aquella cerca cuidada por policías verdes. Cada que despierto me descubro enroscado en mi mismo, tratando de abrazarme, de protegerme de la noche, y que por cierto, es en invierno fría y en verano infernal. Además es un lugar tembloroso que se agita al menor movimiento de la voluntad de Dios. Ya que esta tierra respira desde el epicentro llamado Cerro Prieto, y al hacerlo, su interior se conmueve, y se tocan entre sí las capas tectónicas, provocando en mí un gran terror, pues mis caminantes pies se asustan y mi corazón desfallece. Así me sucedió en 1987, cuando todos corrieron hacia afuera de sus casas llenos de terror, pensando que iban a morir enterrados por sus propios hogares; tronaba la tierra en su interior y crujían en su voz los cimientos del planeta. Algo parecido al temblor de 1987 me sucedió hoy, pues cuando desperté me encontré con esa misma sensación de miedo incontenible que me arropó, me sacudió y me trastornó la paz. Pero a diferencia de 1987, hoy la gente no corría como loca, sino que el único loco era yo, el único que había sentido el temblor era yo, y el miedo hacía de mí su presa. Espantado me levanté y grité con gran fuerza intentando con ello arrojar el pavor de dentro de mí, pero fue inútil, era más fuerte que yo, ganó terreno en lo profundo de mi alma y la saturó. Y no fue sino hasta que un loco barbado apareció y me dijo: -“Ten paz, no temas, llegó la hora de ir para el otro lado”-. Y cuando me dijo eso, de forma repentina, sin saber cómo ni cuándo, el miedo desapareció, y luego de ello, ese mi amigo me instó a seguirlo, y caminamos juntos hacia la línea fronteriza, y cuando me dio la orden de entrar por una puerta hecha en la malla de acero, no dudé ni tantito en arrojarme hacia adentro, pues para eso había llegado a Mexicali, para cruzar a Caléxico y seguir mi


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ruta más al norte. No en vano había esperado tanto, ahora era el gran día, y el momento había arribado. ¡Todo tiene su tiempo, y a todo se le llega su hora! La puerta estaba abierta y ya no había policías verdes que me atraparan y enjaularan como a un perro, no los había, porque al cruzar los busqué y no los miré por ningún lado. Lo que estaba ante mis ojos, era tan hermoso, que ni me acordé más de la plaza en la que vivía, y ya no me cuidé de los migras sinoples que tanto nos odiaban. Aquello que mis ojos veían no era como me lo habían contado, ¡era mejor de lo que me habían dicho! Las pláticas de los que habían sido devueltos por la migra quedaban en la nada, con aquello verdaderamente bello que ante mis ojos se veía. Las calles eran de oro, y había un mar de cristal. No miré lágrimas, no había pobres, no había ricos, no miré dolor. No había glaucos gendarmes, sólo locos de barba blanca, con rostros limpios como el lino, y sentados junto a un “City Hall” purpuro y níveo, en un cielo sin sol que hacía resplandecer la plaza de gema, donde locos de todo el mundo y todas las edades y naciones descansaban. Al ver aquello, fue entonces que descubrí mi demencia, y supe, que había ido más allá del norte. Había cruzado la línea y con ello llegado a mi meta, y encontrado lo que buscaba, precisamente aquello que no encontré en el sur: El hado existencial, la muerte.


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LA HIJA DE CHICO CHUBI

El caballo es fino, de buena escuela, de buen caminar, pero para

desgracia de la pobre bestia, se nota que está muy, pero muy traqueteado, usado sobremanera, extremadamente explotado, hundido en su desgracia de ser caballo de silla, trotador de leguas, corredor de llanos. Flaco el corcel, flaco el caballerango. La silla está ajustada a la panza del animal y hace brotar del cincho unas costillas peludas que hacen ver la tribulación del noble bruto. Encima lleva una silla de cuero con cabeza de cobre labrado, y de tal cabeza una mano huesuda y pecosa se toma de ella, para sostener al jinete. El sombrero del que monta, tipo norteño, de ala caída tapa sus ojos, ensombrece su rostro, y lo hace parecer misterioso pistolero del salvaje oeste. Unas viejas chaparreras cubren sus piernas, las espuelas de plata se ensartan, de vez en cuando y de forma leve, en el costillar del potro, lo que hace que el animal apresure el paso por la vereda que conduce a Shukkaari. Son las cuatro de la tarde, el hombre aquel ya divisa las primeras casas. Los perros le salen al encuentro con sus ladridos. Y no es sino al irse adentrando en las chuecas callejuelas de aquel polvoso lugar, cuando un feo fariseo que se encuentra por el camino, hace reparar y relinchar a su animal, de miedo, y de la misma manera, por miedo, los perros, dejan de ladrar al que llega, para dirigirse al que se va, produciéndose gran alboroto, pues, aterrorizados le ladran y aúllan de forma tenebrosa. La cabeza de aquel hombre que camina es una amorfa máscara hecha de cuero de cabra, de ella brotan en forma de


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cuernos, tanto en su frente como en sus orejas, trozos de la misma piel de chiva, que le hacen parecer una especie de demonio. El antifaz aquel hace de ese ser humano un personaje siniestro que asusta a niños y a perros callejeros. Aquel indio en cuaresma apresura su paso para alcanzar la procesión en la que cumple su “Manda” de ese año, ya que la noche anterior se ha relegado del grupo por causa de haberse emborrachado y quedado dormido a la raíz de un pino. Al despertar, se ha dado cuenta de que lo han dejado solo. Debe reintegrarse al grupo, de modo que tomó su lanza y salió disparado para alcanzarlos. No puede hablar, pues la ley tradicional se lo prohíbe, ha hecho voto de silencio. El Diablo no habla, y él lo representa, y ante tal representación le fue prohibido emitir sonidos; no puede decir palabra, pero a señas pregunta sobre el rumbo que ha tomado el grupo de fariseos, y no faltó aquel que le entendió y le dijo que habían tomado el camino al pueblo de Navolato. Por eso corre, por eso no saluda. No baila para que le tiren un peso a sus pies, sino que tiene apuro, está viviendo la resaca y aunque tiene sed, tiene más miedo a que su falta a la “Manda” le cause la muerte a él o a Gregorio su hijo, quien por cierto, es el motivo real de su sacrificio; pues el pasado año, moribundo éste, prometió diez años de “Manda” si lograba vivir; y como logró vivir, pues ahora tenía que cumplir. Era la ley, es la ley, y hay que obedecerla si se es indio en la Tribu Mayo de Sonora. -¡Quieto, bonito, quieto!-dice de forma quedita y al oído del caballo el jinete, mientras mira de reojo al indio máscara pinta que corre hacia Navolato. El calor es insoportable, terrible para el maestrante, más horrible para el fariseo, quien corre envuelto como tamal por en una gruesa cobija gris. El caballerango saca su cantimplora y sorbe un poco de agua, antes de seguir su camino. El contacto de las patas del corcel con la tierra suelta produce volutas de polvo que se levantan en leves nubes, que vuelven a caer al suelo en elegante y sinuosa lentitud, en tanto que la música de trote, como fondo, le otorga un toque respetuoso al cabalgar de “Chico Chubi”, al estar entrando al pueblo, como si fuera rey.


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-¡Quiubo, Raymundo!, ¿cómo estás? ¿Sigues con tu loquera?, ¿todavía sigues de aleluya?-dijo saludando “Chico Chubi” a Raymundo León, “El Molinero”, quien estaba hablando con un tal José García, joven borrachín del pueblo, al que apodan “El Pochote” -¡Hola Don Francisco! Véngase para acá, vamos a platicar-contestó contento “El Molinero”. -¡Ah!, no mi amigo, no tengo tiempo. Mire, mi Raymundo, voy de apuro, ¡hay luego platicamos, hombre! Que la santísima virgen de Guadalupe, reina del cielo, se quede contigole dice “Chico Chubi”. - Dios le bendiga y le guarde, señor-contestó sereno el “Molinero”. -¡Ah que pinche loco, qué tocado está, mira que dedicarse a hablarle de su Dios a cuanto borracho encuentra!-dijo en su interior “Chico Chubi” El caballo y su jinete siguen su camino. Al llegar a la casa de Jerónima Esquer, un lugar al que le dicen la “Casa de las Momas”, se baja de su jaco y se introduce a la propiedad. Va en busca de un pedazo de carne seca, pues es sabido que las dos mujeres que ahí viven, tienen en su tienda abundante carne de campo, y particularmente carne seca, que se vende a buen precio, por ser de muy buena calidad. “Chico Chubi”, ha viajado por la vereda desde Navolato hasta Shukkaari en busca de carne, un pedazo de carne de la buena, de la que se vende en ese sitio y de las que surgen del pueblo como tiernas florecitas. Al introducirse al local, es recibido por un niño greñudo, despeinado y enjuto al que le apodan “El Güero Néstor”, quien en ese momento atiende el “Tanichi”, pues Julia Esquer, hermana de Jerónima, también propietaria del negocio, lo ha hecho responsable de la tienda, en tanto que vienen de la ciudad de Navojoa, a donde han ido con un tal Talamante en busca de más provisiones para el almacén. -Mira, Güerito,-dice “Chico Chubi”-quiero que me des un buen trozo de carne, de esa que escogen las pichoncitos de tus jefas. ¡De la buena, pues!, como ellas, de deliciosa-dijo libidinoso.


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De la que salan al sol, de esa sabrosa, que con solo verla se hace agua la boca. ¡Cecina, mi Güerito, cecina es lo que quiero! ¡Dame cecina de la mejor! Unos dos pesos, por favor, chamaco. Y apúrale que traigo prisa, pues tengo que devolverme y no quiero que me agarre la noche en la vereda. Me voy a ir por la otra banda, quiero visitar a los Leyva, a ver si me tienen un encargo, y se me está haciendo tarde. Así es que apúrale, escuincle pipizque… ¡Ándale!, ¿qué te me quedas viendo, carajo plebe éste? -¡Cálmese amigo, que usted no es miapá, pa´que me regañe! Si quiere que le atienda no me grite, porque nomás y no le vendo; y si no, pues váyase a la porra, ¿qué pues?-contestó enojado el hijo de doña Magdalena Morales. Magdalena Morales, la que había muerto de tristeza y soledad en medio de una pobreza fulminante un par de años atrás, quien ha dejado cinco hijos en la orfandad: Ceferino, Francisco, Manuela, Néstor y Rafael. Muy lejos ha quedado la sierra de Álamos, particularmente el Potrero de Alcántar, de donde había salido huyendo de su fracaso. Magdalena, mujer de buen parecer, que junto con sus hijos fue aceptada por don Jesús Alcántar, un serrano sonorense, quien cautivado en una fiesta popular en San Ignacio, Cohuirimpo, se enamoró de ella, para luego de un breve cortejo la conquistó y se la llevó a vivir con él a aquel lugar inhóspito de la montaña, donde por cierto, por amor, esa dama tenía que arrear burros, ordeñar vacas, atender sus chamacos, lidiar con un nuevo bebé que se movía en el vientre y un soportar a un marido gruñón a quien todo le parecía mal. Por ello, no es de extrañarse que aquello terminara en desesperanza. En la memoria de la vida, se puede observar que un burro viene bajando la sierra y una mujer de buen porte jala el bozal del jumento. En el lomo del animal, en una java hecha de madera de cactus, viene envuelto en muchos trapos y votando, con la cabeza güera, un niño recién nacido. Al lado del pollino, con un palo en la mano cada uno, vienen llorando por el cansancio dos niños de ocho y cinco años respectivamente, Ceferino y Francisco.


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El recién parido es quien aún no ha sido registrado, pero a quien en el futuro habrían de poner por nombre Néstor Morales. Y no le pusieron Alcántar, por la razón de que Magdalena Morales le registró con apellidos de madre soltera, en un intento de olvidar su fracaso con don Jesús Alcántar, quien, por cierto, un día la había azotado sin razón en una de sus borracheras. Violencia que hizo reventar la paciencia de Magdalena, quien al momento de dormirse el energúmeno, llorando y desconsolada, sale huyendo con sus hijos a cuestas. Un burro viejo, de rostro triste y de ojos lagrimosos toma el atajo hacia la ciudad de Álamos, Sonora. Lleva su carga a cuestas, va pisando piedras y rodeando laderas. Hora tras hora se mueve lentamente y sin comer. Varias veces la mujer que lo jala se cae y se raspa las rodillas, pero no tiene intención de voltear hacia atrás, menos de regresarse, quiere llegar a la ciudad y correr hacia Navojoa, en busca de Trinidad Morales su hermano, quien sin preguntar por su nuevo fracaso, ha de cuidarla y protegerla siempre. -¡Ah, qué carajo güero, qué bravo me saliste! Ta´ bueno pues, dame la carne. No te me aceleres, no vaya a ser que revientes de coraje. Pareces tomate con rabia, mira nomás cómo te pusiste. ¡Calmado!, ¡serénate chamaco chorreado, este!-le dice “Chico Chubi”, todavía toreándolo. El niño con la frente arrugada, va y le envuelve la carne seca en un papel, luego se la tira al mostrador, tratando con ello de demostrar su coraje, al tiempo en que le estira la mano para que le pague. Salido de aquella tienda el vaquero aquel, se monta en su caballo y sigue su camino. Va hacia el centro del caserío y saluda a Don Encarnación Miranda, quien arrea una vaca que se ha metido en su propiedad. Adelante encuentra a un tal Macedonio Esquer, más conocido como “El Lobo”, quien lleva en el lomo un pesado tercio de leña de mezquite y se dirige hacia su casa. Va apurado, sus huesos son sostenidos por una arrugada piel, que le hacen ver viejo, sin serlo, pues es sólo un jovencito flaco que se mira arrugado. Antes de nacer lo plegó la miseria, el hambre y el


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olvido, como a muchos de ese pueblo. “El Lobo” se aleja, “Chico Chubi”, por su parte, de repente se pone cogitabundo y navega en sus propios recuerdos. No olvida al corajudo niño aquel que lo confrontó en la tienda. ¡Y cómo no recordarlo! Si es nada menos que el hijo de Magdalena Morales, la mujer con la que tuvo un amorío. De esa relación nació Manuelita una niña hermosa de piel clara y ojos avivados; y ese chamaco corajudo, sin olvidar la afrenta, se le apanteró con determinación, pues aquella, su difunta madre fue burlada por él. Francisco López Díaz, “Chico Chubi”, es un prestigiado personaje de la comunidad de Navolato, quien al ver la hermosura de la recién llegada, quedó cautivado por la cenceña cintura y los ojos verdes de la serranita, y fue por ello que no dudó en cortejarla. Ella, por su parte, viene pletórica de tristeza, pues le ha ido mal, la han llenado de hijos y sus hombres no le han cumplido sus promesas de amor. Pero con todo y fracasos, viene sedienta de un cariño sincero, es por ello que de nueva cuenta la esperanza de un respaldo duradero la hizo caer en las garras de un nuevo amorío. Creyó las dulces palabras salidas de la boca seca de don Francisco López Díaz, quien le cautivó el corazón con flores verbales y flores del campo que le regalaba. Era de todos conocido en aquella región que aquel distinguido “Chico Chubi”, de porte americano, blondo y de ojos celestes, sembraba hijos por donde quiera, y no se detenía en promesas y regalos para con la dama que quería atrapar, y siendo que era de los pocos que movían capital en el área, quien trabajaba sus propiedades con equipo agrícola propio, a tecnología de punta: arados, sembradoras, rastras, cultivadoras, entre otros, con cómodos asientos para el conductor, y jalados por fuertes mulas y machos, era de entenderse que muchas le creyeran y cayeran en sus galanterías. Ya densamente oscuro-pues negras nubes cubrían el cielo-, sale “Chico Chubi” de Shukkaari. Poco a poco se van quedando lejos los ladridos de los perros. Atrás queda la tarima ruidosa donde se comió a Dolores “La Lolita”, la mujer con la que se acostó al caer la noche, dama que saboreó la cecina que había comprado con las Momas, para luego, el vaquero saborear,


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también, las carnes vivas de “Lolita”. Luego de una hora de besos y mordidas de pasión esquizofrénica, dejó en su vientre preñado el pigmento de su propia sangre. Contento de haberla poseído, seguro de haberla hecho su esclava, se adentró al monte y tomó rumbo al río. Amartilló su “Treinta Treinta”, abusado y precavido, como era, desconfiando, escudriña los bultos de la noche con detenimiento sin parar su marcha. Los animales nocturnos empiezan sus cantos y los ruidos de la penumbra surcan el espacio de un lado a otro. La luna se asoma por segundos y se oculta entre densas nubes, haciendo de la noche una sábana negra que lo arropa todo. Al cruzar el río, el chasquido de las patas del caballo hace volar a un búho que observaba desde un bajo garambullo. Pasado a la otra banda del caudal, toma por la ribera izquierda y se desplaza río arriba, rumbo a la sierra. A lo lejos se divisa la casa de “Los Leyva”, unos indios mayos que le estaban esperando. Rayaban las doce de la noche cuando llegó. Don Eusebio Leyva le recibe; hombre de piel cetrina y cuerpo flaco, fiel a su tradición ministra música de violín y arpa en las fiestas tradicionales, y no sólo en las retretas sino cada que tiene oportunidad para ello. Esa noche no fue a San Pedro, donde se tiene fiesta, todo el día lo dedicó a vender la lechuguilla que le trajeron de la sierra de Álamos. Estaba en su casa esperando la llegada de “Chico “Chubi”, uno de su buenos clientes, quien había dicho que vendría a esa noche por su encargo, que no era otra cosa, sino varios litros de vino serrano conocido como Lechuguilla. -“¡Achi se anne” mi “Chebo!”-gritó con fuerza “Chico Chubi”. -“¡Cáchini, cáchini!”-respondió apresurado “Eusebio Leyva”. -Vamos viendo, vamos viendo, ¿qué con mi encarguito?, ¿me lo tienes listo? Mira que no tengo mucho tiempo, pues tengo que seguirle pa´delante. Me voy ahorita mismo para Navojoa, no voy a llegara a Navolato, allá voy a dormir, pues tengo que ir a cobrar unos centavitos por la mañana y no quiero que se me “Juyan” los venaditos. Ya ves cómo son esos que deben dinero, luego se echan a perder al oír el trote del que viene a cobrarles, y


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como mi potro repiquetea mucho con sus patas, pues nomás “Loyen” a uno y arrancan los condenados. Por eso es que los quiero agarrar dormiditos, muy de madrugada, no quiero que me vean la cara de tarugo. Además, por allá tengo unos pechitos que me acurrucan a la hora que llegue, y como ahorita traigo ganitas de picar espuelas de nuevo, pos nomás estoy que brinco para caerle a la otra condenada. Y mira que en Shukkaari me fue muy bien con la “Lolita”, quien no me dejaba venir de tan atarugada que la dejé, luego de la revolcada que le di. -¡Ah, qué don “Chico” tan enamorado! Mire, aquí le tenemos su encarguito. Está re bueno, sabroso el condenado. ¡Nomás pruébelo! ¡Mire usted!-dijo Eusebio Leyva. -¡Ah, ta´ bueno, verdad de Dios que ta’ bueno! ¡Muy, muy bueno! Fuerte, desgarrador y rasposo, pero ta´ bien bueno el pinche vinito este. Gracias mi “Chebo” ¿Cuánto te debo?-dice, al tragarse dos arrebiatados tragos de Lechuguilla el sediento “Chico Chubi”, al tiempo en que saca de un morral unos billetes para pagar el encargo. La tolvanera dificulta ver desde la carreta lo que está pasando, pero se sabe que están quemando las máscaras los fariseos en San Pedro Viejo. Se escuchan los gritos extasiados de indios brincando, quienes desenfrenados dan fin a la cuaresma. Fueron cuarenta días de recorrer los pueblos polvosos de Etchojoa. Ayer fue “Sábado de Gloria” en el viejo San Pedro, los cascarones pintados a colores vivos, repletos de confetis se reventaban en las cabezas unos a otros los visitantes, en tanto la tierra retumbaba con los tambores de cuero. Hoy es Domingo de Resurrección, los “Yoremes” descubren sus rostros, quitándose sus máscaras amorfas, lanzándolas al fuego, luego de haber perseguido a un anciano, que dicen, representa al Cristo de los Judíos. El sincretismo de una fe católica mezclada con una fe pagana produce un olor a cuero quemado que inunda el ambiente; humo, tierra y sudor se impregnan en la gente, que extasiada grita como poseída. Es una fiesta tradicional de Semana Santa en uno de los pueblos mayos del empobrecido municipio de Etchojoa.


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De entre las gruesas nubes de tierra que se levantan, sale sonriendo y contenta una niña, envuelta su cabeza con un trapo sucio. Trae su cara chorreada por el polvo y el sudor. Tras ella otros niños la siguen, lanzándole objetos con los que le golpean. Se burlan de ella y la empujan para tirarla, provocando que se caiga de repente, para luego levantarse, sin airarse, contenta. Ellos le gritan con coraje y la maldicen, como con rabia, sin razón. -¡Órale pinche loca! ¡Lárgate de aquí! ¡Ahí va la loca de Shukkaari! ¡Tierra!, tierra para la loca-gritan desenfrenados los muchachos, al tiempo en que le arrojan polvo en la cabeza. La niña, pelando sus dientes amarillos voltea a mirarlos y les sonríe. Está feliz, según su mente, los niños la consideran importante, por eso la siguen, la tocan, le dedican sus vocinglerías. Ella los ama, los adora a todos. -¡Son tan lindos los muchachos! ¡Mira cómo me han dedicado su tiempo sólo a mí!-se dice a sí misma, en su tierna mente perdida. Más de una hora de seguirla, molestarla a grito abierto, lanzándole objetos al cuerpo para provocarle ira. No la han dejado sola desde que la encontraron. La loca vino sambutida en una carreta vieja que llegó de Navolato, la cual al pasar por Shukkaari, se lanzó a corretear hasta alcanzarla y subirse. De esa manera se trasladó, acurrucada, tragando cinco kilómetros de polvo, sin que los borrachitos que venían cantando, sentados en el pescante, se dieran cuenta. Al llegar a San Pedro Viejo, baja de la carreta y comienza a caminar por entre la multitud. Sus ojos, extasiados de aquello que observan; su mente, estupefacta. Ruidos y voces escucha en todas partes. Gente y más gente se mueven de un lugar a otro sin parar. El pitar desafinado se escucha salir de cornetas de lámina reciclada que los niños traen en sus bocas soplando. Mil colores entran por sus cuencas quinqués. Los juguetes de los puestos de vendimias son extraordinarios a los ojos de la niña. Camina en forma lenta, de vez en vez la empujan enojados los grandes quienes la hacen a un lado, a veces la pisan. La greñuda empolvada no quiere perderse nada, lo absorbe todo, se come la


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delicia de una fiesta pagana que se ha convertido en popular. La gente compra, vende, paga, le cobran, come y ríe, al tiempo en que arroja la basura al suelo. Música y alcohol en la cantina, tambores y coyolis hacia la iglesia de los indios. Todo ello se mueve por el viento. Mucha polvareda se levanta al paso de los pies de la gente, los caballos bailan al ritmo del jinete que se empina una cerveza. Es otro mundo para ella, es otra tierra, son nuevas gentes, hay más ruidos, hay más fierros que se mueven sin parar: son los juegos mecánicos que no descansan, rechinan y rechinan ganando dinero. La gente sube y baja, los niños gritan y saltan, las mujeres abren sus bocas de histeria al brusco movimiento del remolino chino, de las sillas voladoras en sus vueltas y de la rueda de la fortuna en su descenso. Es una niña que por primera vez se asoma a otro pueblo, son los ojos de quien jamás había conocido esa fiesta tan famosa, de la que siempre se hablaba en Shukkaari, pero a la que nadie se interesaba en traerla. Carretas llenas de gente pasaron por su casa ese día y en ninguna pudo acomodarse, pues cuando se sentaba en algún lugar, luego la jalaban con violencia y la corrían para su casa. -“Vete pa´tu casa Pancha, tú no puedes ir, te puedes perder entre tanta gente”-le decían. Varias veces se subió y varias veces la sacaron de donde se hacía bola. No hubo carreta donde cupiera, sino hasta que pasó un tal “Rufino Chubi”, quien junto con otros dos que los acompañaban, conduciendo su carreta de mulas, en estado de ebriedad cantando, no se dieron cuenta de que la “Pancha” los siguió hasta subirse por detrás. De esa manera había llegado a San Pedro Viejo, donde ahora camina, entusiasmada. Está saturada de emoción, no cabe en su pequeño cerebro tanta gente y tan asombrosos aparatos mecánicos que se mueven haciendo gritar a la gente. Está feliz, su locura se agranda, su vida, ahora, está boyante. Ahora entiende. -¡Con razón todos quieren venir a esta fiesta! ¡Está rete bonita!-dice dentro de sí la niña-. Extasiada en su propia batahola, se detiene junto a donde un comerciante hace algodones de dulce. Sus ojos saltan de


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sorpresa, pues ingenuamente cree que son nubes lo que el hombre atrapa en el viento. Supone que aquel tiene poder para hacer las nubecitas, y aún más, tiene tanto poder que hasta las pinta de azules, blancas y rosas; más aún, logra atraparlas en palitos, mismos que coloca en otro palo más grande, y de ahí se los da a la gente para que se los coman. Está asustada. ¿Cómo alguien puede hacer una nube y atorarla en un pedazo de palo?, y lo más asombroso, ¿cómo se puede comer una nube? Mira asombrada la boca de la gente y de los niños, quienes muerden el celaje, lo mastican y se lo tragan en pedazos. Se ha quedado parada, estupefacta, completamente petrificada, no se desplaza; está pensando, corre en hilos de razonamientos que la hacen cuestionar lo que observa, se extiende en sus pensamientos y se adentra en sus propias incógnitas: -¿Se comen las nubes? ¿A qué sabe una nube?Así, perdida en sus pensamientos fue encontrada por un grupo de niños, que sin buscarla, la encuentran. Luego de descubrirla, deleitándose en lo travieso, conferencian entre ellos frotándose las manos, listos, dispuestos, acuerdan molestarla. Se agacharon, tomaron piedras unos, tierra suelta y palos otros y de forma sigilosa se le acercaron con la firme intención de provocarla. Piedras, terrones y palos le lanzaron, y los objetos lanzados dieron en el blanco, eso fue lo que la despertó de sus interrogantes. Al primer golpe voltea y mira, al hacerlo, su mente se conmociona de impresión al descubrir la presencia de aquellos niños que se reían de ella. Sus ojos tragaron la imagen de cada uno de los agresores. Ellos continuaron su toreo violento, pero ella, lejos de indignarse o reaccionar con odio o violencia, cada que la golpean se acomoda sin ocultar lo contenta. Le pegaron duro, le echaron tierra en la cabeza, le lanzaron agua, le tiraron con un palo y esperaron expectantes que se enojara y los correteara, pero aquello no sucedió como ellos esperaban. Aquella pequeña, a cada intento, al golpe peligroso de las piedras que tocan su débil cuerpecito, se ríe y se acurruca de contenta, abrazándose con sus propios brazos.


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No corre, sólo camina, no quiere separarse de ellos a pesar de la violencia, pues está satisfecha, su corazón de niña de doce años se acelera y se precipita hacia el fantasioso abismo del amor inexplicable; ese que aparece de repente en el corazón de la gente, ese que aliena la mente del más inteligente y lo vuelve absurdamente imbécil. Ese amor extraño que parece venir de la nada y que hace del hombre o la mujer su esclavo; ese extraño palpitar repentino que sofoca la existencia y enerva el estómago de esperanza. Esa ráfaga que arrebata la vida y arriesga el alma, cuando sin controlarlo rompe la paz de un hogar y ahoga el cariño en la casa; esa fuerza incontrolable que no se puede destruir sin Dios, que atrapa y sumerge al que tentado se arroja a la aventura exploradora de otro cuerpo; ese éxtasis grato que hace suspirar desde dentro de uno mismo, que cambia todos los planes trazados para toda la vida. Eso que anda en el aire en busca de corazones, que se mete sin preguntar en forma de efusión en la mente de la gente. Ese amor enloquecido es el que vive en la niña. Es que entre los muchachos que le molestan se encuentra uno. Uno que es de su pueblo, uno que es su ilusión, su ideal, su amor; su eterna devoción. Es ni más ni menos que el hijo de “Doña Eulogia”: Pablito, Pablito el de piel cobriza y ojos rasgados, el que sabe correr descalzo por entre los montes, sin espinarse; aquel que retoza entre las calabazas de la tierra de “Payito”. Es al que mira cuando doña Dolores, su madre, le envía a juntar leña rumbo al monte. Ese Pablito que carnicálido en su pubertad acelerada le intenta atrapar, sin lograrlo, una tarde pardeada. Ese niño precoz que le ha robado el corazón cuando su correteo extasiado, y quien después del miedo de ser atrapada, de repente le fue inundando ese extraño placer invisible de que la atrapara. Ahí se encuentra, también tirándole cosas, el que ella ama y al que en Shukkaari le conocen como “Pablo Acopo”, y lo de acopo, es por el hecho de que el jovencito no puede pronunciar en su pregunta la frase: ¿a poco?, y en su lugar dice: ¿acopo? Pasado el viento, caída la tolvanera, llegaron y se fueron más y más volutas de polvo, en vaivenes anuales que sumergieron a


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indios y “yoris” en muchas fiestas indígenas en aquel San Pedro Viejo. En tanto Francisca, empujada por la vida, brota en sociedad, como lo hace una pequeña y frágil planta en la ranura de un piso de cemento: comprimida, ahogada, sofocada por su contexto. Se le mira pasar por leña. Lleva su machete afilado y dos perros la siguen rumbo al monte. Antes corría por leña al río, pero ahora sólo se desplaza hacia el canal de riego que el gobierno ha construido rumbo a Campo León. Es la hija de doña Dolores, la mujer que una noche de pasión arrebatada, al calor del cuerpo flaco de “Chico Chubi” le fue cargado el vientre en aquella oscura noche de semana santa, en la que rogó al macho aquel que no se fuera, que se quedara por siempre con ella; pero aquel, desmontándose de ella, se monta a su huesudo caballo, se mueve lentamente, sin voltear, se aleja para nunca más volver, dejando tras sí, además de un par de pezones que siempre desearon volver a ser mordidos y besados por aquel demencial enamorado, un vientre gloriosamente preñado. Es la hija de “Chico Chubi”, Francisca López, “La Pancha” la que dicen que está loca. Está loca, pero de amor, de pasión enervante. Desde los doce años ama sin que la amen, sin esperar nada a cambio. Su amor es tan grande como su propia paranoia. Sueña alucinada, vive sus fantasías, ama con el poder de una hermosa sandez. Es mayor de edad, su vientre ya ha parido muchos hijos. Todos viven, y crecen en la eterna pobreza en la que ella misma se ha desenvuelto siempre. Es feliz con ellos, pues al nacer cada uno le provocó intensos dolores de parto en la soledad de un pretil con brazas que le daba calor, al tiempo en que hervía agua una vecina para mojar los trapos con los que le limpiaba la herida. Sufrió mucho cada parto, es por eso que los arrulló con sus manos y los cuidó como a tesoros preciosos. Algunos en el pueblo intentaron quitarle al primero, temerosos de que no supiera cuidarlo, pero cual fiera enardecida no permitió que se lo arrebataran, era su hijo, ella lo había parido, y no lo soltó. Así, habiéndose logrado el primero, los que vinieron después ya no importaron a la gente, la


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dejaron que siguiera pariendo, nadie jamás intentó de nuevo quitarle algún otro. Fastuosos hijos de piel blanca parió “La Pancha”, digna descendencia de aquel viejo vaquero de Navolato, llamado Francisco López, más conocido como “Chico Chubi”, el hermano del pintoresco y célebre “Rufino Chubi”, el viejo herrero de Navolato, el que curiosamente trasladó a “La Pancha” en su carreta a la fiesta de San Pedro Viejo, cuando apenas y tenía doce años. Han pasado muchas primaveras, el corazón de “La Pancha” aún suspira por su Pablo. ¡Cuánto lo ama! ¡Cuánto lo sueña! En cada momento de bonanza pasajera, se acurruca en los brazos morenos que la estrujan desde niña. Es su quimera maravilla, no es necesario que duerma, sueña caminando, descansando, cortando o acarreando leña. Le transige en su mente y lo hace suyo en lo profundo de su laberinto. Ya no corre hacia el río por leña, prefiere los montes de la tierra de “Payito”, por ahí anda Pablo cuidando su parcela. Y se conforma con sólo mirarlo, con sólo desearlo desde lejos; por ello es que se esconde entre los matorrales para otearlo sin descanso. Lo mira y lo mira hasta que cae la tarde, él se va para el pueblo, sin saber que ha sido observado por el corazón delirante de Francisca. Un día, estando sentado Pablo en una piedra del camino, pensando en su tierra y observando el sembradío, es que de repente llega a sus oídos un ruido estruendoso, seguido de un quejido. Los retumbos que llegaron del empolvado pino lo hacen que de repente ponerse listo, a la expectativa. Por un largo rato mira cómo se mueve un arbusto al lado de aquel árbol, lleno de curiosidad se encamina hacia aquello que se mueve. Al asomarse para ver de qué se trata, ¡sorpresa la de Pablo!, encuentra a “La Pancha” enredada entre unos espinos. Está tirada, se ha caído, se enredó con su vestido, los cardos y “guachaporis” le picaron las canillas al estar sentada en cuclillas, de repente perdió el equilibrio. Está tirada, patas arriba, en posición de parto, de tan enredada, que no se puede deshacer de aquella posición. Pablo, quien al verla, sonriendo por la escena, le da la mano y la jala


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hacia sí mismo, logrando que se levante; y al levantarse, quedan ambos cuerpos tocándose mutuamente. Es entonces que Pablo se queda mudo. Y dentro de aquel silencio, su mente se echa a volar y empieza a gobernarle un deseo impuro. Están pegados, no se despegan, la tibieza de estarse tocando los atempera. La carne empieza a gemir por dentro y quien se había caído sin darse cuenta, por estar viendo a su Pablo sentado y pensativo, de repente se sonroja, su aliento entra y sale como de un volcán vivo. Pablo también se ha cegado, ya sus manos la atenazan, apretándola contra sí mismo. La lava brota bramando, aquel río de lumbre se desborda calcinando aquello que por décadas estuvo escondido; se incineran mutuamente, mudos, dejan que se hablen sus alientos y pujidos. Estando doña Amada Valenzuela y su entrañable hermana Doña Rosario, haciendo esquite de maíz en su pretil de tierra, es que llega “La Pancha” con su machete en la mano, dos perros siguiéndola y un niño de cinco años, sonriente caminando junto a ella, con un balero hecho de una lata vieja, en la mano. Es un niño cachetón, de piernas flacas y estómago redondo, descalzo y chorreado. -Buenos días tía Amada-dice saludando “La Pancha”-. -Buenos días Panchita. ¿Cómo has estado?-contesta Doña Amada. -Por cierto, qué bueno que te vemos, Panchita, qué bueno que has venido–continúa diciendo-aquí “La Chalita” y yo estábamos preguntándonos cuándo fue que nació tu niño. ¿Cuándo nació “Juan Chácala” Panchita?, ¿cuándo fue? A ver dime, por favor. -Pues fíjese tía Amada y tía Chalita, que cuando Juanito nació fue cuando había calabacitas tiernas en la tierra de “Pablo Acopo”. La hija de “Chico Chubi” contestó lo correcto, pero las mujeres no lograron entenderla, sólo se rieron. Pues, cuando nace un niño en el pueblo, lo es el día en que la mujer ha parido un hijo; y ese día es memorable para todos. Pero en el caso de “La


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Pancha”, su mundo no opera de ese modo, su hijo fue sembrado aquella tarde de locura, precisamente en el instante en que Pablo la hizo suya, cuando con sus lomos revolcados remolían plantas y calabazas al rodar hacia las tierras, excitados por el destino que unió esas dos rúas.


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¡TRÁGAME TIERRA!

Él un jovencito de buen aspecto, listo, vivaz y aventado; ella,

extraordinariamente bella, serrana de ojos verdes, delgada, llena de vida y soñadora. Ambos se profesaban un amor que rayaba en una locura, contagiosamente deseable. Beatriz Aragón, mozuela de quince tiernos años y F. Gonzalo Ruiz, vaquero locuaz de dieciséis. ¡Cómo se amaban esos jovencitos! Él venía de allá de un pueblo del Valle del Mayo llamado El Chapote, perteneciente a la Comisaría Municipal de Shukkaari, del municipio de Etchojoa; ella, de un pueblito de la montaña, en la sierra madre occidental, llamado El Sapote, perteneciente a la municipalidad de Álamos, Sonora. Se conocieron en un casual encuentro de amigos, donde Beatriz, que resultó ser también amiga de Emeterio Wilson, amigo también de Gonzalo, donde el segundo les presentó cuando el último mercaba una vaca para llevársela rumbo a su tierra. Desde el primer momento en que Gonzalo la divisó, se notó rápido que aquella hermosa jovencita le había robado el corazón. Beatriz, desde el momento en que le fue presentado el forastero, se enamoró. Ambos, emocionados, llenos de brillo y esperanzas, producto de un espontáneo sentimiento nacido de la nada, que los deja trastornados, en el insondable instante de un suspiro. Se cruzaron sus miradas, como se cruzan las palomas en vuelo, como chocan los vientos de la tierra. El pensamiento de cada uno, empujado por el pensamiento de uno y otro, se ha soñar despiertos, construyendo anhelos y esperanza. Ya no importó la vaca a Gonzalo, ahora sus prioridades habían cambiado, puso


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muchos pretextos respecto al animal para no cerrar el trato, pues lo que quería ahora era no correr rumbo al valle, sino quedarse en aquel lugar un día más, con el pretexto de seguir buscando mejor ganado, pero en realidad era que ya tenía en su ser la necesidad de volver a ver a aquella esbelta y rubia mujer que lo había atrapado de forma inexplicable hiriéndolo en lo más profundo de su alma. A Beatriz, se le olvidó el encargo que su madre le hizo, y en vez de irse hacia la tienda, tomó hacia su casa, precisamente de donde venía. Beatriz, bermeja dama ilusionada, al compás de sus propios suspiros, irradiando felicidad y esparciéndola por todo aquel pequeño poblado de la alta montaña; son sus pensamientos los que nacen desde dentro de ella y se enlazan con una fuerza que ahora la domina desde su propio corazón. En tanto la mente de Gonzalo navega, soñando, por hermosas calles de su pueblo que resplandecen de pureza, admirados amigos que se sorprenden por la belleza de aquella dama, orgulloso varón que camina entusiasmado recogiendo el admirado elogio de sus vecinos. ¡Qué conquista! Nadie en su comunidad ha tenido tan grande logro. Su ahora esposa es una flor hecha de inacabable primavera. ¡Es bella, asombrosamente bella!-brota la palabra de la boca de su pueblo indio, que no alcanza a comprender y se pregunta estupefacto: ¿De dónde sacó este Gonzalo a esa tan hermosa y fina dama? ¿Cómo le hizo para conquistarla? De esa manera Gonzalo se imagina, piensa y se mira en aquellas escenas donde él y su Beatriz recorren su empobrecido rancho, allá por rumbos del Shukkaari Etchojoense. De vuelta al presente, aquel día se fue desvaneciendo al pintarse lo invisible de negro con la caída suave de la noche. En los posteriores días, en menos de siete de ellos, de la misma manera en que se conocieron aquellos jovencitos se hicieron novios, de modo que Gonzalo “El Compra Vacas” de repente estaba recorriendo kilómetros de veredas serranas para llegar a casa de su extraordinaria enamorada. Semana tras semana visita a su amada, siempre contento, vivo, lleno de felicidad. Se sentaban ambos a la sombra de un viejo árbol de “Tepehuaje” que se encontraba a la puerta de la casa de Beatriz, y juntos se


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desvivían en un sincero romance. ¡Qué pareja tan bonita! Eran admirados por la gente buena de El Sapote, quienes veían al novio con respeto por su buena costumbre de saludar y, en su momento, vacilar con aquellos a los que iba conociendo. En tan solo unos meses de estar visitando a su linda novia, se ganó la confianza de sus suegros y vecinos, pero particularmente del tendero de la esquina, a quien por cierto hizo compadre, y era ahí donde precisamente se quedaba a dormir cuando salía de la formal visita los martes, jueves, sábados y domingos. Todos en el poblado apostaban a que la hermosa Beatriz se casaría con Gonzalo y por ello imaginaban una grande boda, donde los de allá del valle llegarían con harta cerveza y música viva para la enorme fiesta, puesto que aquel Gonzalo los había convencido de que era un exitoso comprador de ganado y que sus parientes y amigos eran nada menos que personas relativamente acomodas. Así se los hizo saber y así lo creyeron, puesto que una de sus cualidades lo era poseer poder mitómano salpicante desde sus labios, con la intensidad penetrante de una verdad. Beatriz y Gonzalo son muy jóvenes, pero ya deseaban contraer nupcias, como todos en el pueblo esperaban aconteciera. Pero un día, cuando el vaquerito enamorado llegó a la visita del sábado, se topó con la triste noticia de que su novia no estaba en casa, había salido rumbo a una fiesta a la ciudad de Álamos; lo que provocó en Gonzalo un repentino arranque de celos, que le produjo profundo dolor. Quiso correr hacia donde le dijeron que se estaba llevando la fiesta, pero prefirió emborracharse con su compadre Mario, quien le repetía a cada momento que no se preocupara, que no pasaba nada y que Beatriz había salido casi a la fuerza, invitada por sus primas. Pero aquel novio ya estaba decidido a dar un ejemplar golpe a su amada, no volviendo a la visita por dos semanas, y así lo hizo, al día siguiente se devolvió a su pueblo y ya no volvió sino pasados los quince días planeados; y al hacerlo, cuál fue la sorpresa de Gonzalo, que al llegar de nueva cuenta a casa de su amada, le enteraron de inmediato, que su novia sumamente triste se había ido para “el otro lado”, pues creyó que su amado la había definitivamente abandonado y no aguantó la


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vergüenza de los de su pueblo, decidiendo alejarse de aquel rancho que parecía mirarle y criticarle su abandono. No resistió la hermosa mujer, que siendo tan bella como todos decían, un Gonzalo cualquiera le hubiese dejado vestida por dos fines de semana. No lo toleró, y ante tal ofensa, se dejó llevar por el canto de sus primas que se la llevaron hacia los Estados Unidos en los brazos de un “Coyote” por la ruta de Nogales, Sonora. Todo se sucedió de repente y rápido, su paloma voló hacia el norte y nunca más volvió a saber de ella. Cántaros de lágrimas derramaron sus ojos y se vació su alma adentro de una vil taberna de Shukkaari. Años de tristeza hicieron presa del vaquero Gonzalo y lo llevaron por los caminos de la depresión suicida. Noches de insomnio lo volvían loco, pues navegaba en su culpa por haber cometido la tontería de querer propinar a su amada un castigo absurdo, cuando aquella fiesta de Álamos no significaba absolutamente nada en relación con aquel enorme amor que se profesaban con magna intensidad en las cumbres de la sierra madre occidental. De esa manera pasó el indetenible tiempo. Aquel herido Gonzalo encontró nuevos brazos femeninos y se acurrucó en muchos de ellos haciendo de él mismo un mujeriego que se metía en las camas ajenas robando vientres con la ansiedad del que se venga de su desgracia, en un intento vano de olvidar a su primer amor destrozado. Pero como suele suceder a los que crecen en sociedad, apareció por el camino otra dama, seria y callada que le ofreció cariño y comprensión, donde al mínimo sentir de su corazón se arrojó al matrimonio en un afán de refugiarse en el pecho de la que ahora lo amaba con sinceridad. Se casó, y trabajando en la intensidad del que quiere prosperar para olvidar sus dolores, se desenvolvió Gonzalo en su comunidad trabajando intensamente, haciéndose notorio en los alrededores, de tal manera fue su popularidad que un día decidido se lanzó a competir en las elecciones municipales para la Comisaría de Shukkaari, de la cual resultó vencedor, saltando de repente a la vorágine de la política local, incursionando con ello en la jungla de los que ejercen el poder desde los espacios públicos. Ya en edad madura, ejerciendo su autoridad de Comisario Municipal, olvidado desde hacía rato de


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su viejo amor, se entrega a la política como el calor al fuego. Iba, venía, corría y traía beneficios comunitarios. Subía y bajaba escaleras en Palacio Municipal, se codeaba con el Alcalde y tuvo el privilegio de sentarse a la mesa del Gobernador del Estado de Sonora en varias ocasiones. Y se hizo amigo de un prestigiado y económicamente poderoso distribuidor de cerveza de la región, de quien se hizo compadre y amigo de parrandas, y mujeres, un tal José Emer del Valle. En ese nuevo mundo de influencia y política, y ya habiendo transcurrido largos treinta años del colapso emocional, de pronto, en una carrera de caballos que se realiza en el taste del Río Mayo, allá por Shukkaari, encontró a un viejo amigo de nombre Mario Robles, precisamente aquel Mario, su compadre el del Sapote, ya más acabado, pero aún carrerero, quien le trajo noticias de su primer y nostálgico amor, dándole cuenta de que su Beatriz, cinco años después de haberse ido para los Estados Unidos, había regresado, ya casada, pero que ahora, no hacía mucho, había quedado viuda, pues su marido, mordido por una víbora había fallecido por falta de atención oportuna. Aquello fue una bomba en el corazón de Gonzalo, quien no pudo evitar colapsarse por la noticia. Treinta años hace de la pérdida de aquel amor, de aquella hermosa chiquilla que lo había ilusionado tanto, y ahora, no habiendo nunca tenido noticia de ella, su compadre le traía aquel escopetazo directo a su alma. Enloqueció de alegría, se removieron sus orígenes y se llenó de ilusiones como en la primera vez que sus ojos miraron a aquella varita de nardo. Su mente se llenó de sueños y se tragó de forma arrebiatada tres cervezas, mirando rumbo a las montañas, como queriendo llegar su mirada hasta el lejano pueblito llamado “El Sapote”. Su imaginación recorrió el pasado y se sentó de nueva cuenta en las sillas de madera a la sombra del viejo “Tepehuaje”. Lo que en su cerebro se construía lo arrebató al día siguiente, pues corrió hacia donde su compadre Emer, a quien le contó su historia, y éste, sumamente conmovido por la inquietud de su querido compadrito del alma, se apuntó en apoyarlo en todo, incluso con su propia camioneta, para que corriera al encuentro


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con su amada. Al fin y al cabo que ya era viuda, no había compromiso con nadie, y bien pudiera su amigo de parrandas satisfacer su anhelo guardado por treinta años. Y como fueron horas de plática sobre las virtudes físicas de aquella hermosa mujer, ¿quién pudiera resistirse a conocerle?, ahora Emer, también deseaba verla, sentía deseos inmensos por entender, ¿por qué su compadre había enloquecido de tal manera que no le importaran sus responsabilidades y quisiera correr hacia donde se encontraba aquella mujer? Tenía que ser sumamente bella para que aquello estuviera aconteciendo, y es por tal razón que el concesionario cervecero quería ir, quería conocerla, estaba lleno de curiosidad. De esa manera fue que el Comisario Gonzalo y su compadre Emer prepararon aquel viaje con lujo de detalles: lavaron la camioneta y la perfumaron de forma exagerada, la llenaron de cerveza y hielo, y en lo particular, el enamorado Gonzalo compró muchos regalos de todas marcas y tipos entre perfumes y “suvenires” “Chinos” y se alistó para el gran día. Antes, ya su compadre Mario había llevado la noticia a donde Beatriz yacía, y ésta había gritado de júbilo incontenible, pues salía de su sepulcro forzado al tener noticia del entrañable Gonzalo, lo que le produjo una sensación de esperanza que la hizo poner día y hora para recibir a su primer amor. Una camioneta del año va corriendo veloz hacia “El Sapote”, dentro de ella, respirando aire acondicionado y bebiendo líquidos embriagantes, escuchando música romántica, se miran contentos y desesperados por llegar, Gonzalo y su compadre Emer. Cuando llegan a “El Sapote” lo primero que hacen es buscar al compadre Mario, quien ya les esperaba. Luego, luego bajaron un cartón de cerveza y se pusieron a beber, en tanto Mario daba santo y seña de la amada de Gonzalo. Éste último, entusiasmado, llora delante de ellos de pura emoción, y sus finos compadres le dan ánimo para que se esfuerce y no le tiemblen las piernas por el magno momento aquel. Hay felicidad en los tres, se abrazan como para pasarse energía y desean con sinceridad que a Gonzalo le vaya como él desea, y que sea feliz por siempre, pues


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han sido treinta años de ayuno de amor. Este sufrido y desafortunado romance tiene derecho a reconstruirse. -¡A ti te recuerdo, oh, querida Beatriz! Tu cintura, tus ojos, tu piel, tu blanca y nívea sonrisa, tus cabellos, tus finas manos, tus hermosos pies y tu admirable voz de inocente y jovial mujercita-decía Gonzalo en su interior melancólico. Luego de media hora de estar en casa de Mario, se deciden a continuar su camino, se suben a la camioneta y se despiden del compadre. -Al rato nos vemos compadre, ya que me desocupe aquí volveremos para echarnos otro cartoncito-dice Gonzalo, gritando. -Sale mi compa, suerte y que le vaya bien con la Beatrizcontestó Mario. La camioneta se desplazó lentamente, siguieron las indicaciones del compadre y al entrar a la callejuela indicada, Gonzalo, cerró sus ojos y dijo: -Compadre Emer, no soporto, no aguanto, esto que se mueve dentro de mi no lo puedo explicar. Es más, estoy temblando de emoción, mi corazón late de forma precipitada, siento ahogarme de amor. ¿Qué hago?, compadre, dígame ¿qué hago, compadre? ¡Es que la amo, es mi primer amor, mi único y eterno amor! Nunca la olvidé, jamás dejé de amarla. La quiero, y la quiero mucho compadre, por eso lloro compadre, por eso y nada más por eso. Dígame compadre, dígame, ¿qué mira? ¿Está donde dijo mi compa Mario que estaría? Dígame, por el amor de Dios, compadre, no se calle y dígame qué mira. No soporto y no puedo mirar. Esto es más grande que mis fuerzas-. Mientras Gonzalo sigue hablando y temblando, el ahora chofer, Emer, continúa acercándose lentamente. Exactamente enfrente de la casa con tejaban de horcones de mezquite, que es precisamente la misma vieja casa donde Gonzalo visitaba a su amada hacía treinta años, y el tepehuaje, ese majestuoso tepehuaje, se mece orgulloso al ritmo de un leve viento que lo choca. En la banqueta de piedra, con un suelo bien barrido, recién regado y macetas con plantas estilando gotas de agua, sentada en una silla mecedora, bien pintadita, impregnada de perfume, luciendo su


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mejor vestido, meciéndose en espera de su adorado Gonzalo, se encuentra, llena de felicidad Beatriz, la dulce enamorada. -¡Compadre, compadre, compadrito, no sea collón, levántese y vea! ¡Asómese, por favor!-le gritó desconcertado Emer a Gonzalo. El nervioso enamorado se fue levantando lentamente de donde se había acurrucado, dirigiendo su mirada hacia la casa de su amada, y al hacerlo su sombrero chocó contra el vidrio. Sus ojos parecían botarle de sus cuencas, se saltaron. Su cerebro se conmocionó, se cruzaron sus pensamientos y se le vino el mundo encima. Un extraño deseo de correr le entró de repente, su mente dijo: -“Trágame tierra”. La varita de nardo, la esbelta rubia de la sierra, la de hermosos ojos verdes, la de cabello dorado, la de tierna voz sincera, la pasión de su vida, su eterno primer amor, se encuentra, allí en ese lugar, en esa casa que muchas veces visitara. Han pasado treinta años, ella está sentada en una grande silla mecedora, donde apenas cabe, su cara chapoteada de rubor rosado es ancha, su cintura de vara de nardo se perdió en el tiempo y ahora grandes lonjas rodean el lugar donde hubo diminuto talle. Notorias son las piernas regordetas en forma de elefante que no ocultaban las várices que ya hacen mella en la salud de la triste mujer ilusionada. Aquello que se observa desde dentro de la camioneta, dejó estupefacto a Gonzalo, quien de repente ya no quería bajarse ni correr a abrazar a su amada. No era lo que él imaginaba, él quería ver a la de quince años, y estaba viendo a una mujer acabada y triste de cuarenta y cinco, enferma y obesa, que con gran ilusión lo esperaba. Tenía que bajarse, aquello había sido noticia en el pueblo y los ya viejos sabían de la venida de Gonzalo, estaban contentos de la justicia del destino; pero para el mujeriego Gonzalo, aquello no era lo que buscaba. Empujado por las circunstancias, lleno de pena, se baja lentamente y se dirige a donde aquella dama, en tanto ésta de un salto se levanta de su silla, pues conoció a su Gonzalo, se aligeró en su paso para encontrarlo y se le abalanzó para abrazarlo, lo cubrió con sus gruesos brazos por el cuello y la cabeza del


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atrapado queda aprisionada. Luego de un rato de emoción para la dama y de tortura eterna para Gonzalo, se sentaron a platicar. Ella, entusiasta, quería hacer hablar a su Gonzalo, en tanto éste último estaba mudo, pálido, impresionado, aquella mujer no era su dulce Beatricita, ahora era gigante. Su corazón arrugado por la desilusión lo hacía sentir vergüenza, lo único que quería ahora era irse, volar lejos, huir, salir corriendo. Los minutos se le hicieron eternos. Aquella charla se le hizo una perpetuidad. No encontraba cómo acabar con aquello, no se animaba a decirle a la ilusionada que acababa de morir su amor por ella, que no anidara esperanza, no eran las cosas como había pensado. Se quería ir, para ya nunca volver. Tomando valor repentino, Gonzalo se levanta, con exagerada cortesía se despide, ella no lo quiere dejar ir, pero él ya está decidido, se va, y no hay fuerza que lo detenga. Prometiendo volver, se retira hacia la camioneta que se encuentra llena de regalos que no entregó, y adentro de ella está Emer, trabado de risa, todos los minutos que Gonzalo estuvo sufriendo con su amor, él se llenó de carcajadas, pues fueron tantas las virtudes que describía su compadre, que también él parecía amarla, y cuando la miró, se dio cuenta de que no eran las cosas como su fino y distinguido compadrito del alma le había contado. La camioneta salió volando del lugar a petición de Gonzalo, ni de Mario se acordaron, tomaron el camino rumbo a la Quintera, un pueblo vecino y se perdieron entre aquellos espesos montes. Beatriz esperó toda su vida a que su amado apareciera por el camino donde desapareció. Gonzalo nunca volvió, llegó a su casa, abrazó a su esposa, acarició su rostro y le tomó de la cintura como a preciado trofeo de oro.


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MARYEM

Es una historia de esas que se extravían en el tiempo, una historia

de almas aprisionadas en las celdas de triste sino. Cielo, viento y aves. Son los sonidos de un pasado que no cesa de brotar, es el verso de un poema que nació para vencer y que nadie ha podido borrar. Es la huella pintada en el viento. Había una vez una pequeña avecilla, ¡hermosa!, como no se tiene idea. Una palomita de bello plumaje, blanca como la nieve, tan llena de vida, tan saturada de esperanza. Que fue atrapada por la vida y llevada cautiva a una jaula de cristal. El día en que la atraparon lo fue en verano, en el mes de abril, en un año hecho de trigo. Aconteció entonces que estando claustro el níveo plumaje y habiendo sido sometido su corazón a lugar carcelario, vivía soportando un cariño inventado, fingido. Sus pequeños ojos esmeraldas, día con día, corren por el viento, y el tiempo, libres, sumergiéndose en volutas de esperanza, que ella misma construía en el cielo, en un intento vano de romper sus cadenas. Y es que la ataron, la amordazaron y la sometieron a mohína suerte, pero tan culpable fue su corazón melancólico como la misma epístola de Ocampo que de repente le aplicaron, a temprana juventud. Y como sucede, a veces, en la vida de los habitantes de esta tierra, siempre hay otro ser en la misma condición. A lo lejos, allá entre los garambullos de su pueblo roto, se encontraba también, enredado en un poema, un triste pajarito, de esos grises,


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de esos solitarios, de los que nadie encierra porque su plumaje no es cotizado como hermoso para jaulas de oro, más no por ello era libre, ya que viajaba en un torrente de tinta de escritor, que lo llevaba a explorar otro tiempo, otra vida, otra oportunidad; pero moría en sus propios respiros. Parecía vivo, pero no existía. Trabajaba enloquecido escarbando la tierra en la búsqueda incansable de alimento para sus graneros, mas su ser no dejaba de vibrar vacío, de cimbrarse profundamente con su corazón por epicentro. Aquella cárcel lo atribulaba por invisible, y sólo se liberaba haciendo de su pensamiento letras y del cielo un enorme papel en el que escribía, cortándole a la vida trozos de su propio corazón, plasmándolos en árboles muertos para ser leídos por nadie. Parecía todo, menos palomo, lo único blanco en él eran unas leves plumas pintadas por el invierno de cada año en su cabeza abstracta, que delataban el pincel del tiempo trascurrido sin misericordia. Un día se conocieron, y al hacerlo se fundieron en uno solo. No hubo testigos, sino el sol del horizonte, quien antes de ocultarse los dejó abrazados en un otero, al calor de una lágrima inexplicable salida de los ojos del palomo. Se comieron con sus bocas y se atraparon mutuamente en la red asombrosa de un cuento. A él lo atrapó su hermosura y a ella la sacudió un verso. “¡Oh, quimera de un alma enamorada que se desgaja en deseos limpios y puros que atrapan el cielo como suyos! ¿Dónde se encuentra el final? Ha comenzado hoy, pero nunca se sabe cuándo habrá de terminar. El sentimiento surge, sólo surge y nada más. Nadie invita a esa emoción irracional que transforma a los seres humanos, llevándolos a lo más sublime del deseo insondable de la felicidad. ¡Cuántos paradigmas se han roto en el soplo de un amor imposible! ¡Cuántos ojos se han entristecido por el deseo de una paloma atrapada en agrestes manos! Inevitables entresijos: ¿Dónde se encuentran los sueños? ¿Quién esconde la felicidad? ¿Dónde habita la dilección y quien la arroja sobre los seres humanos? ¿Quién construyó el crepúsculo para los melancólicos, cuando ayer era sólo un amanecer más en el cansado campo? Y


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ahora, la poesía del rocío deslizándose por los pétalos de una rosa, sonríen en el mismo instante en que el universo desternilla.” ¡Qué solitarios vivían!, caminando en sus propias jácaras, arrastrando sus mismas cuitas e inventando alegrías inexistentes, cada quien con sus propias parejas. Ignotos del amor, nunca se fundieron a sus cárceles, ni amorosos fueron sus gendarmes, y por ello no fue extraño que en un sólo momento, en un suspiro, en una mirada, en un solo toque de manos, se cautivaran mutuamente para fundirse en una sola espada, en un solo pensamiento, y más aún, en una noche de navidad inventada, en la alcoba de un desierto, en tiempo de trillas de trigo en el Valle, entregándose de forma honda al calor de sus propios cuerpos, uno al otro, explorando el universo en todos su espacio. Así resucitan de sus letargos amargos y se fusionan en inacabables alientos de arrebatada pasión. -Dicen en el pueblo que nacieron locos, que vivieron locos y que murieron locos. Escuché que no estaban bien de la cabeza, que les faltaba lo cuerdo, que estaban presos en ideas extrañas y que tal vez por ello fue que se hicieron uno. Pero se amaban, se acurrucaban el uno al otro como nunca lo había visto. Yo los miré al caer la tarde, una vez cuando los trigales del sur estaban a punto para la cosecha, allá por las tierras amartilladas por el tenue toque amarillo de los sembradíos, producidos por el sol de Sonora al bañar con su manto dorado los granos de trigo de la era de ese año. En algún instante las jaulas se rompieron, la de cristal y la invisible, por eso salieron, se escaparon, se dieron a volar por los campos del valle, pero volvían, siempre lo hacían, una y otra vez regresaban a sus mazmorras. Y adentro, tocándose el corazón, guardaban su secreto, se encerraban voluntariamente y se abrazaban de sus propias esperanzas. Un día, cuando cruzaban en su vuelo sibilino, escucharon la detonación de un arma. Era un cazador furtivo, de esos que matan por matar, de los que les place destruir la vida y que al hacerlo, recogen sus presas y se la dan a sus perros como si


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fueran trofeos. El asesino enfocó su mira telescópica y jaló el gatillo, pero el palomito jaló a la linda paloma hacia su corazón y se salvaron de la bala, más el temible cazador los siguió con sus ojos de buitre y les apuntó de nuevo, para luego el ¡pum! de un mortal nuevo tiro. ¡Ah, le dieron al palomito! Lo tocó la maldita bala. No logró evitarla, eludirla no pudo, se descuidó y sus ojos nunca vieron a su vil asesino. Cerró sus quinqués para resistir el dolor en aquel viento de agosto, no sin esforzarse en volar gritando: -¡Nunca me dejaré vencer! Aún me queda un ala. En tanto la asustada palomita, llorando, ayuda a su amado palomo a seguir remando en el cierzo. Ambos van heridos, uno de su ala derecha y la otra de su corazón turbado. -Desde esa vez no supe más de ellos. No sé si se fueron lejos o murieron. Ya no los miré pasar por mi parcela, ni por mi casa allá en Shukkaari, y en serio que de repente los busco con el afán del curioso, para saber qué destino tuvieron, a dónde se fueron y, en su caso, saber si aún se aman como antaño. Y cada que veo un loco me acuerdo de esos dos. Vaya que sí estaban locos. Estaban enamorados verdaderamente, se querían como no tienen una idea. Eran dos locos que se amaban, y que un día desaparecieron para nunca volver. -Yo no entiendo tus cuentos, pero me agrada mucho, bien mucho que me los cuentes. Puedo estar horas y horas escuchándote y no me enfado, hay ocasiones en que hasta me veo en ellos, son como parte de mí. ¿Sabes Papá?, qué triste si los hubieran matado, ¿verdad? ¿Qué hubiera pasado si la bala hubiese asesinado a la palomita o que la palomita no hubiese ayudado a su palomito a volar hacia otras tierras? ¿Qué hubiese sucedido? ¿Serían comidos por los perros? ¿Terminarían en el guisado de un comensal hambriento? -¡Maryem, por el amor de Dios, ya deja en paz a tu Papi, mira que tienes que irte a la Universidad y él tiene mucho qué escribir!


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-Sí, Mami, lo siento, es que me fascinan las historias de amor que cuenta mi Papi. Están medio locas, pero me gustan, algún día también yo me atreveré a escribir sobre algo, de alguien, o de mí. No lo sé. Bueno ya me voy. ¡Chao, Papá! -Adiós hija, cuídate. -¡Amor, mi palomita!... ¿Sabes qué hubiese pasado si los palomitos hubiesen sido asesinados?..., mi pelo no estaría tan blanco, tú no estarías sonriendo hoy desde tu cocina, y nuestra hija nunca hubiese nacido.


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POCO ANTES DE LA GRAN GUERRA

Poco antes de la gran guerra, allá en un globo azul que perdía su

brillo, vivían, como solían hacerlo los individuos comunes, dos personas modestas y sencillas, así nomás por existir, en un mundo que los acorrala y los empuja hacia la nada. Ellos son dos personas de distinta edad y de pensamientos dispersos, de música encontrada y de ideas en franca contradicción generacional, ambos en diferentes brechas dentro de la propia vida. Él, lleno de sueños y metas, acurrucado en sus paradigmas, bregando en su propia existencia solitaria, buscando salir adelante en la adversidad de un mundo que lo llamaba siempre a competir contra otros; ella, joven y sensible, impregnada de esperanza, unida en cuerpo y alma a la virtud de llorar al leve toque del dolor humano. Por causas del destino están en un mismo barco, cruzando ultramar. Y como buenos pasajeros, tranquilamente recorren de vez en vez los pasillos, observando las olas y admirando las maravillas de cada noche estrellada. Es así, que desplazándose por las crujías de la vida, un día, se cruzan sin proponérselo, sin pensarlo siquiera, por casualidad, ahí en el pasadizo de las clases sociales, ese que conduce al grande salón, ese gran teatro humano donde se desgajan los valores y se pintan de rímel los rostros para cubrir la desolación de una sociedad muerta. Aquel espacio de esparcimiento era todo un mundo, y en él se mece una atmósfera de gente bailando, riendo, comentando, bebiendo, y, según los conceptos de aquella cofradía multinacional, viviendo la felicidad; pero dentro, muy, pero muy adentro de aquel mar de seres contentos, desde ellos mismos, se encuentran muchos


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combatiendo sus tristezas interiores, mismas que calcinan sus almas, y es por ello que fingen para que no sea descubierta la melancolía lacerante que los embarga, y es así que se cubren con expresiones de falso júbilo, dentro de un marco de alcohol que los aturde y los traslada a la más vil de las desgracias: el asesinato espiritual de la inteligencia humana. Es ahí, dentro de aquel navazo de Dios que de repente se encontraron sus ojos. Los de ella y los de él, y se dislocaron en un instante, se penetraron a profundidad, sin hablar, sin decir palabra y se comunicaron sus almas a través de aquel instante glorioso. No fue difícil enhebrar palabras tangibles, pues sus corazones se llenaron de sed por expandirse a primera vista, además de que ya sus esencias habían lanzado sus hilos a lo profundo e insondable del corazón de ambos, luego entonces, no era de extrañarse que desearan ahora emitir palabras por sus bocas, que ahora, además de buscar en los correctos elementos del lenguaje la semántica adecuada, deseaban a profundidad tocarse el uno al otro, en ese deseo invisible de besarse sin conocerse. Y se besaron, al tiempo en que de él brotaba la voz enorme de un -“Te amo”, inexplicable, aparentemente salido de la nada, en tanto ella que regalaba un abrazo solicitado, se marchitaba llena de temores. Larga noche de reflexiones e insomnio tuvieron ambos, después de aquel sábado en altamar, en un barco sin destino. Gente de todas las naciones recorrían el barco, pero ninguno veía a los que ahora se debatían en la incertidumbre y la melancolía de saberse atraídos hacia un mundo que los exprimía desde dentro ellos mismos. Ahora se debatían en una depresión inaudita: se habían enamorado, y los vientos soplaban sobre sus destinos. Y se sucedieron los días, corrieron y corrieron las horas, y aquel barco siguió su inevitable marcha hacia el horizonte mar, a veces tranquilo y apacible, pero también, de repente turbado y bravío. Aquellos que se sabían conquistados el uno del otro, bregando contra sus propios sentimientos se debatían en escozores repentinos, luchando contra sus cerebros y estrujando sus


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corazones para no sentir la fuerza que los arrastraba a entregarse en cuerpo y alma. Apenas y se habían abrazado una sola vez, cuando ya sus cuerpos se gritaron enloquecidos por más, sus labios se buscaron y se encontraron una noche de soledad, para prenderse de lleno el uno al otro como el calor al fuego, impregnando aquel camarote de felicidad instantánea, en aquella navidad inventada. De ahí en adelante juntos, siempre juntos, recorriendo el barco, mirando el porvenir, soñando en nuevas tierras, avistando islas solas para su amor, conquistando continentes, enlazándose con sus anhelos de felicidad, entregados a metas y planes salidos de sus corazones, construyendo juntos su hado, sacudiendo sus cadenas y liberándose de sus aprehensiones. Es que se enamoraron, se llenaron de gozo y paz, se impregnaron de pasión y felicidad inaudita, ahora se buscan y se encuentran, y hablan y hablan, y no sólo sus bocas, sino sus corazones ya casados, para darse ánimo, para aplaudir sus logros, pero también para llorar sus derrotas emocionales, que de repente se vienen sobre ellos, para extirparles por momentos sus anhelos y sueños. Momentos difíciles de remordimiento oscuro, de arrepentimiento repentino, de deseos de claudicar, de turbado corazón llorando, de lágrimas que no parecen cesar y de ojos que no detienen su marcha triste. ¡Ah, qué contradicción! Pero si apenas hace una hora estaban tan felices, llenos de alegría y sus planes fueron el fuego de un amor incontenible y ahora en sólo segundos se han encerrado sus corazones en desesperanza y desánimo. La flecha de sus obligaciones como saeta venenosa ha despertado a los enamorados, y ahora la realidad los abofetea con gran fuerza. No están solos, no es de ellos el barco, hay un mundo que camina paralelo, la verdad de aquel sincero amor choca contra la dura roca de la vida. No son libres, están atados por la epístola de Ocampo que los hace reflexionar en repentina ruptura del paraíso de sus sueños. No pueden, no deben, no es dable a sus vidas aspirar a la felicidad, sus destinos están presos en las garras de un documento fatal y de obligaciones que cumplir. No nacieron el


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uno para el otro, sus épocas son diametralmente extremas y sus pasos sólo se han cruzado por azares del destino, pero están por arribar a sus lugares de origen y ya no han de volver a verse jamás. Aquel crucero está por llegar a puerto, y allá en espera hay miles de personas esperando el arribo de la nave. Entre la multitud que vitorea la llegada del navío, sin hablar, sin gritar y sin decir nada, en silencio una mujer abraza a su recién llegado, lo besa, lo estruja y lo llena de cariños. En otro extremo, un hombre recibe a su amada, tiene su corazón abatido por el presentimiento y se debate entre las dudas que su mente le construye, sobre si la que recibe le ama o no; pero en un esfuerzo por mantenerla en sus brazos la toma para sí y no deja que se la quite el mundo que ahora le rodea. Le pertenece y la reclama, es suya y ella es de él. El crucero hizo su último viaje, ya no habrá más atlántico que surcar, no habrá más tormentas que evadir, no habrá ya más historias que contar. El destino del crucero aquel fue también el destino de aquellos que soñaron, que se amaron sin cesar, que sin importar la sociedad que los mataba se amaron en la eternidad del espacio de la libertad. Por un pasillo se retiran dos personas que fingen no conocerse, cada cual abrazando a quienes les aman, y en un último intento, el varón dice a la dama, precisamente cuando sus acompañantes se descuidan: -¡Te amo! -¡Yo también, te amo!-contesta la hermosa mujer. -No te vayas-suplica con voz entrecortada el abatido amante. -No puedo, me tengo que ir-contesta consternada la dama. Fue lo último que aquellos enamorados se dijeron, al día siguiente estalló una gran guerra, y las naciones pelearon unas con otras, y se abatieron todas las gentes y los reinos se deshicieron en bombas de nitrógeno, ardiendo los elementos uno a uno sin cesar, y aquella hermosa tierra se destruyó, y no quedaron piedra sobre piedra, se mataron los seres humanos y la vida se acabó, y un


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pequeño trozo de lo que fuera el polvoso pueblo llamado Shukkaari se incrustó al sol derritiéndose por completo. El universo se sacudió y las estrellas y planetas lloraron la pérdida de aquella esfera azul que había perdido su existencia, y quien habiendo sido el impresionante globo que había sabido encontrar la vida, ahora, aquellos a los que Dios había creado, solos, esos seres humanos cobardes, la habían destruido para siempre.


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CARCINOMA REBASANDO ESPINA DORSAL

En un pueblo, allá por el sur de Sonora, a las márgenes del río

mayo, se encontraba, carcomida por las lluvias y el tiempo, una humilde casa de adobes, que recibía los rayos del sol aquella mañana de invierno. Pobre en su rostro, triste en su interior, llena de nada, untada de polvo por fuera y por dentro, pletórica de carestía, necesidad y muerte. Tierra, casa y moradores se visten de la misma tristeza, de la misma suerte, de la misma miseria. Opaco el rostro de aquel hogar, gris y derrotado el rostro de aquella mujer que empieza el día a la orilla de su hornilla, en aquella cocina sin techo, tejida de carrizos secos y con dos viejos petates, que ahumados, se deshacen de podridos, en un melancólico lugar llamado Shukkaari, en el corazón profundo de un trozo del municipio de Etchojoa. La mujer aprieta su vientre con su mano derecha, en un intento vano de mitigar aquel dolor que no la ha dejado de molestar por mucho tiempo. En silencio, cierra levemente sus ojos y cruje por dentro, aprieta sus labios, no emite sonido su garganta, no quiere alarmar a sus hijos, quienes sin saber, sólo piden de su madre sus alimentos de ese día. Bocas que se despiertan por las mañanas solicitando prestos llenar sus panzas de comida. El hombre de la casa, albañil de oficio, pide su café colado, en tanto que revisa con cuidado el morral donde lleva la cuchara, el nivel, la escuadra, el martillo y la plomada, herramientas que traslada al lugar donde construye casas ajenas. La adolorida mujer mueve los tizones humeantes y con diminutas fustas que le coloca encima, prende el fuego que ha de


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servir para guisar el desayuno de ese día. Coloca un viejo sartén en la lumbre y le arroja un poco de agua, en lugar de manteca. Con la cuchara despostillada le da vueltas al agua, en tanto se calienta, echa un poco de sal y la revuelve. Varias tortillas son cortadas en trozos pequeños, al tiempo en que son arrojados al agua caliente. Toma tres huevos de gallina casera, los parte, arrojando claras y yemas al sartén. Aquel platillo ya empieza a oler a alimento, y al casi consumirse el agua, les suma un picado de tomate que les esparce por todo el guisado. Así, llega al fin el desayuno a la mesa, y en los platos de peltre se coloca aquel manjar. Para el hombre que ha de trabajar, un poco más, para los que se han de quedar en casa, sólo su ración, no hay cómo repetirse, no hay más, no hay segunda vuelta. La madre raspa el sartén y del fondo saca un poco de alimento, se lo come lentamente, sin quitarse la mano de su estómago, que no ha dejado de dolerle. Leves quejidos se pierden en el viento, pues, en su silente masticar hambriento sufre las punzadas de un vientre que se muere desde dentro. -¡Cáncer! Cáncer es lo que padece esta pobre india-dijo un médico que revisaba el resultado de una biopsia -, es tarde yacontinuó diciendo-, están incrustados sus tumores a la espina dorsal, ya invadieron otros órganos vitales. Está viva, pero no por mucho tiempo. ¡Terrible! ¡La maldita miseria empuja a otra de sus víctimas al abismo de la depresión latente por la presencia de la muerte! Cuando le dieron la noticia, aquello se volvió trágico para doña Amalia, pues al cuerpo lo mataba el cáncer y a su mente la inmolaba el miedo. La citan para otra biopsia, la internan y los nuevos estudios le confirman lo mismo: “carcinoma rebasando espina dorsal”. Terribles ocho días de radiaciones, seguidas de vómitos y sangrados imparables anuncian el fin, pero al mismo tiempo aquel desafío se convierte en una loca carrera por evitar lo inevitable: la muerte. Muchas fueron las radiaciones intentadas, y ya en las últimas que le hicieron la encerraron en el pabellón de los desahuciados, y no dejaron entrar ni a sus hijos. Esa vez que la tenían en desahucio fue cuando, cansada de todo aquello que le


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había hecho perder su pelo, que la tenía cadavérica, es que pide ser llevada casa, pues, ¿qué le queda? Los médicos que le atendían, mismos que con honor luchaban contra el cáncer, dados ya por vencidos, no tuvieron a mal que aquella moribunda fuera a morir a su lugar de origen. Dentro de aquel noble y distinguido cuerpo de médicos que servían en aquel hospital social, se encontraba el Doctor Arturo Gutiérrez, quien, momentos antes de ser dada de alta, con voz serena, le susurra al oído: -¡No pierda la esperanza, oiga! Un milagro es lo que usted necesita, y eso sólo Jesucristo lo puede hacer. ¡Pídale, pídale con todo su corazón, y verá que Él lo hará!, ¡llórele a Él, a Dios! ¡Inténtelo! Nada tiene que perder, y por el contrario mucho que ganar. Tristes 32 kilos de peso llegaron a Shukkaari y fueron subidos a un catre viejo, dentro de una casa melancólica donde se respiraba desgracia. Ella se siente morir. Inhala con dificultad y su vientre recibe constantes punciones, su espina dorsal se paraliza y los tumores crecen, las células malignas se esparcen matando células benignas en su cuerpo. Sí, ahí se encuentra doña Amalia esperando la muerte, derrotada por el nódulo, pintada en la sábana, tendida en un pobre catre que le arropa como único refugio para sus moribundos huesos. Adentro de ella, ahora habita la muerte, y con la muerte el miedo, ese miedo indeseable que sabe llegar de la nada y que derriba la mente, y destroza la fuerza física. Ese que nadie invita, pero que llega y se acurruca en el silencio de los pensamientos internos. Ese terror inaudito que azota sin misericordia y que no cesa de torturar ni de día ni de noche al que toma como víctima. Miedo al más allá, que se profundiza como agudo dolor que destroza y angustia. -¿Virgen de Guadalupe, dónde estás? ¡Santos de mi devoción, les imploro!-gritó en una oscura noche de dolor doña Amalia. Nadie le contestó, ni del cielo ni de la tierra, las imágenes en su cabecera ni se inmutaron, sólo las velas parpadeantes se movían produciendo sombras vibrantes proyectadas desde las figuras, reflejadas a las paredes de aquel tétrico cuarto. El hijo


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mayor de los varones, José Luis el “Tito”, quien la cuidaba, fue quien apurado se le acercó al escucharla gemir, dándole un poco de consuelo. Es otra mañana más en el polvoso pueblo aquel y la mujer aún no muere. Los vecinos preguntan de forma insistente por su salud, esperando como único y posible la noticia de su lamentable fallecimiento, sobándole la hirviente cabeza. La hornilla acurruca a los hijos en las mañanas de frío, el esposo, triste y cabizbajo, no sabe cómo dar consuelo a sus lánguidos pajaritos que miran a su madre secarse en aquel catre viejo. -José Luis, hijo,… ¿puedes ir y buscar a alguien que me hable de Dios,… por favor? ¡Que alguien venga! ¡Diles…hijo! Mira que muero,… y me encuentro desesperada…tengo miedo, mucho miedo, nada me quita este terror. ¡Corre, Tito,… corre mi rey! Ve hijo,… dicen que por ahí andan en Navolato unos señores, esos que cantan bonito, que hablan de Dios,…quiero que pidan…, que oren por mí-dijo la mujer en estado de profundo pánico. Es así que aquel muchacho corrió y se montó en su caballo, quien sin saber por qué el brioso animal fue obligado a correr y correr por entre las tierras de cultivo hasta llegar a un lugar que se llama Navolato. Ya en aquel sitio el joven se bajó y entró a donde un grupo de personas se encontraban platicando. Al cabo de poco rato salió, del mismo modo en que llegó. Apurado, se montó de nuevo a su noble bestia y salió corriendo hacia el pueblo de Shukkaari, donde su madre moría. -¡Madre, madre, ya vine! Me fui a todo lo que daba el rocío, y sí…ya les avisé…y ya vienen. ¡No te angusties madre! Mira que ya vienen, y de un momento a otro han de llegar. ¡Verás cómo te alivias madre!... ¿Entiendes? ¿Entiendes, lo que te digo?... ¡Te vas aliviar mamita, te vas aliviar!-dijo notoriamente fatigado por la carrera y sollozando, el joven José Luis-. La mujer no le contestó, no podía, se habían cerrado sus ojos de agotamiento y se encontraba súpita de sueño. Por la tarde, dos mujeres arriban a la casa de la desahuciada, vienen de Navolato, son Lucila y Armida, sus faldas


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largas les delatan, sus rostros: limpios, pacíficos, les hacen ver una belleza de paz y serenidad distinguible, admirable y sumamente deseable. Son un par de fervientes creyentes, quienes vienen confiando en su Dios, y caminan como quien tiene autoridad, traen un libro en sus manos cada una y lo pegan a sus pechos como a incalculable tesoro. Vienen sumidas sus mentes en su prójimo, sus corazones están llenos de amor, confían en aquel libro antiguo que han leído y desean más que nada en el mundo hablar de él, hacer lo que él les instruye y esperar lo que aquella palabra escrita les promete. Llegan al lecho de la moribunda y la inundan de Palabra de Dios. Ya despierta doña Amalia, desde su catre viejo les escucha, enroscada en su pavura y gimiendo su atrición. El alma, habitante de aquel cascarón mortuorio gemía de esperanza, gritaba por sanidad, no quería abandonar aquel cuerpo exánime, y se negaba con todas sus fuerzas a dejar de vivir en aquel azotado tabernáculo humano. Y no es sino hasta que aquellas palabras le penetraron hondo, cuando nació con fuerza inaudita la esperanza, esa esperanza asombrosa que no avergüenza, y que produce fe, esa fe inquietante que sólo se divisa en los grandes acontecimientos humanos, y que ahora estaban rompiendo la aflicción de Doña Amalia. Aquello verdaderamente penetró lo recóndito, como saeta cruza el corazón afligido, aquella esperanza que se metió como verdad en su alma y le empujó su mente al sueño de los que creen en Dios: le nació fe, le creció certeza por vivir y le surgió convicción de que era posible. -¿Él llevó mis pecados,…mis enfermedades, sobre su cuerpo,… sobre el madero? ¿Qué…qué es lo que dicen estas mujeres?... No entiendo. ¿Por… sus yagas fui sanada? ¿Qué es esta nueva doctrina tan diferente?... ¿Qué pasa con este mi corazón que se estremece de gusto inefable? ¿Qué nueva verdad es esta que me presentan?.. ¿Qué es esto, virgen santísima? Me perturba tanto, me confunde y me trastorna-se cuestionaba en su fuero interno la moribunda. Una oración, sencilla y humilde, se escuchó en aquel rincón del mundo, y entonces, el incienso salió de las paredes


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viejas, se elevó hacia lo alto alejándose de aquella choza miserable, de esas casas campesinas, y ya en la cúspide atmosférica se mira la voluta en su enfile a lo profundo del universo, y más allá se pierde en la inmensidad del firmamento. Las mujeres, luego de la oración, se retiraron, y en el camastro quedó dormida la convaleciente, su rostro seco aún parecía perderse en la muerte, sus flacas carnes aún asemejaban a las de un cadáver, no había síntoma de mejora alguna, no había vestigio de que algo hubiese acontecido. Era cuestión de tiempo, aquella triste mujer tendría que ser enterrada, su muerte era inminente. No transcurrieron sino tres días después de aquella sincera oración, cuando aquella mujer se puso sumamente mal, se agravó, el cáncer se encapricha en su crecimiento y el tumor lanza sus tentáculos por entre la piel y huesos de la enferma. Pero no se resigna, no quiere morir; piensa en sus hijos, en la orfandad de ellos, en lo difícil que sería para el viudo albañil que nada sabía sobre el cómo lidiar con los más pequeños. No, no se resigna, quiere vivir, desea vivir la moribunda y se retuerce en cuerpo y alma; el espanto mataba su mente y la carne era asesinada por el carcinoma triturante. Días de intensos dolores y sufrimientos que parecían sin fin. De repente se convulsiona y se amorfa su cuerpo, en tanto un sangrado surge y a cada minuto aumenta, junto con sus dolores. A gritos pide la lleven al baño, se está desgarrando y su vientre vomita chorros de sangre muerta, sin que nada pueda contenerla. La conducen al retrete y adentro grita, gime, llora y tirita como animal herido. Y cuando todo parece perdido, cuando aquello se asemeja al pataleo de una bestia muriendo, es que inauditamente arroja una cosa espantosa por su matriz, al mismo tiempo en que expele sangre por su boca. Es una bola horrorosa, es carne podrida, hiede de perdida, inunda el ambiente un fétido olor, una peste infernal que penetra por narices y poros de los ahí presentes. Aquel líquido viscoso es una especie de pus y sangre muerta que se esparce por el suelo y que continúa saliendo de aquella masa


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voluminosa que a hora yace en la tierra y que hace segundos salió de aquel huesudo cuerpo de doña Amalia. El albañil y sus hijos se espantan de aquello que están viendo, y en un esfuerzo por ayudar a la caída en desgracia, tapándose la boca con un trapo, entran y la sacan del baño, ya en estado de inconsciencia. La suben al catre viejo, la arropan y la dejan como a muerta. Luego, con una pala levantan aquella masa apestosa, misma que depositan en un costal de ixtle y aún supurando líquidos la llevan a un extremo del solar, donde cavan un hoyo, la arrojan dentro, para luego enterrarle. Tres kilogramos de carne podrida y fétida fueron echados al hueco y pisoteados como para que nunca volvieran a salir a la superficie. Baila con rabia encima de la tierra para ajustarla bien el albañil desesperado. Le teme, sabe que es un tumor canceroso lo que su mujer arrojó de su cuerpo por la matriz. La moribunda al poco rato despierta, aún gime de dolor, se sienta en el catre y se levanta con lentitud. Se dirige a la pila de agua del lavadero, mete sus manos flacas y en el mismo instante en que se mojan sus dedos, los recuerdos vienen a su cabeza: su descalza infancia, su abuela la revolucionaria, su padre el “Chino Valenzuela” y su madre, la siempre combatiente doña Amada, sus hermanos: Lidia, Delia, Fernando, Santiago, Marcos y Manuel; sus hijos: Rosa, Nora, Natalia, José Luis, Guadalupe, Agustín, María del Socorro y María de la Luz; y su marido, ese corajudo hombre que Dios le dio y que ahora se debate entre la tristeza y la esperanza: Nestor, el albañil. Con el recuerdo aún en su alma eleva su mirada al cielo y entre las nubes, de repente mira en las figuras algodonadas el rostro de Cristo, y dentro de ella misma grita en silencio: -“Voy a morir”. Un escalofrío recorre su piel y el miedo pretende no salir de ella, pero aquella figura de las nubes le produce el placer de creer que es Dios quien le está mirando y con ello su cerebro de serena con una serenidad inaudita. Viendo que le disipó el dolor y sobre todo el terror, no desea ni parpadear, no quiere que se le pierda aquella hermosa visión; pero lo tiene que hacer, el viento le golpea los ojos y éstos reaccionan con un rápido movimiento, y al hacerlo, en efecto, la visión desaparece, y con ella se viene también la


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realidad: dolor y julepe vuelven a meterse sin permiso a su alma para atribularla. Al verle llorar, Rosa y José Luis la conducen de nueva cuenta hacia su catre y la vuelven a acostar en el camastro de la muerte. Al poco rato oscureció, y cuando todos dormían doña Amalia no pudo conciliar el sueño, se quedó fijamente mirando el techo de cartón, y como a las once, estando en oscuridad total, empezaron a surgir de las láminas puntos luminosos que asemejaban a huecos hechos por las piedras que suelen tirar los niños y que rompen las techumbres; pero en esta ocasión aparecen sin ruidos, como si se fueran rompiendo en silencio, permitiendo que los rayos de luz de las estrellas penetraran hacia adentro de la vivienda. Y, ¡asombroso!, aquellos huecos luminosos se formaron en hileras, una vertical y otra horizontal: una cruz. Aquello arrojó del alma el miedo y le entró repentinamente un deseo de llorar. Las lágrimas brotaron a cántaros, chorros de agua lacrimal fluyeron de aquellos melancólicos ojos de párpados caídos. Gemía ya no de dolor, sino de gozo inefable e inexplicable. Aquellas lucecitas que formaron la cruz, de la misma manera en que aparecieron se esfumaron, pero para esto, ya doña Amalia se había dormido y súpita yacía en aquel catre. Un letargo profundo produjo en la enferma una quimera especial, pues, metida en la realidad de su propia circunstancia apareció en sueños: “En un cuarto de hospital varios médicos luchaban por salvarle la vida a un hermoso conejito blanco que se estaba muriendo. En la escena se encuentra doña Amalia, y uno de los Doctores voltea y la ve, y le dice: “Ven y observa, ¿qué es lo que ves? -Ese lindo conejito se está muriendo-comentó doña Amalia. -¿Ves esa parte que está podrida? Pues le será quitada, y sanará-le dijo con serenidad el Doctor-. Ese conejito que has vistocontinuó diciendo-, ese eres tú, serás limpiada de todo, y vivirás. Y a aquel conejito le fue limpiada por aquel maravilloso Doctor la parte mala, y la extirpó y arrojó a la basura. Entonces el


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conejito se levantó y caminó completamente sano. Entonces fue que doña Amalia volteó a ver el rostro del Doctor, y su rostro era como de Sol brillante, resplandeciente como el oro fino, y su voz como la de quien manda con amor, y su cinto, ajustado a su justicia, púrpura y nívea su túnica, zafiros y diamantes su mirada, y sus pies, aunque perforados, firmes, y sus manos, aunque traspasadas, fuertes como columnas y tiernas como palomas; en sí, todo Él hermoso, lleno de misericordia.” Entonces despertó la enferma, y era la mañana del día cuarto, postrero a la oración, y se levantó de su lecho, y caminó sin dificultad, buscó la escoba y comenzó a barrer su cuarto, en una bolsa vieja echó imágenes, figuras de yeso y cartón, lirios y veladoras, cuadros y retratos de ídolos que había toda la vida admirado y venerado, para sacarlos y depositarlos por fuera de su casa; al culminar la limpieza de ese lugar, pasó a la cocina e inició el lavado de trastes. El “Toc, Toc” de sartenes y platos chocando entre sí despertaron a la familia, quienes espantados se levantan para mirar a la hacendosa mujer restregar un sartén despostillado con un estropajo enjabonado. -¡Mamá!-gritó Natalia-¿qué haces? -Hago un poco de negocio mi reina, pues, ¿qué no ves que hace mucho que no alzo?-contestó serena doña Amalia. -Oyes, mujer, ¿estás bien?-preguntó el Albañil. -¡Claro que estoy bien! Jesucristo me sanó, ya estoy curada. No se preocupen, no me duele nada-. Era cierto, algo grande había sucedido, desde que se levantó de su catre aquella mujer moribunda jamás se volvió a acostar en aquel camastro de la muerte, antes mandó que lo sacaran de su cuarto y que le acomodaran en su lugar una improvisada cama que su marido le construyó con cajas de tomateras. Pasados muchos años después, dos viejitos recorren los pueblos de los alrededores de Shukkaari, en una carreta vieja que un caballo jala sin descanso, van mercando mercería y dulces a los lugareños, al tiempo en que la ancianita les habla de su Dios a los incrédulos. Salen con productos para vender, vuelven con panelas,


Títulos de los cuentos:

EL CORREDOR CABALLO VIEJO EL TESORO DE LOS ALMADA ¡UTA, QUÉ TONTA LA BENITA! EL LOCO DE LA CARRETERA LA HIJA DE CHICO CHUBI ¡TRÁGAME TIERRA! MARYEM POCO ANTES DE LA GRAN GUERRA CARCINOMA REBASANDO ESPINA DORSAL

EL TESORO DE LOS ALMADA

La vida en trozos y cuentos

Jesús Guadalupe Morales Abogado Postulante, Político, Académico, Conferencista y Escritor. Desarrolla una faceta narrativa que captura la atención de principio a fin del más exigente lector. Luego de leerle, sentimos que todos somos “El Corredor”, de la misma manera que somos “El Caballo Viejo” y plenamente identificados con personajes de la talla de “Chico Chubi”, “Gonzalo”, “El Loco de la Carretera”, entre otros, en un contexto pueblerino, donde cada cuento se enlaza con los otros, convergiendo siempre en un polvoso pueblo al que se conoce como Shukkaari, donde se dan las trozos de una historia que resulta ser la misma que todos hemos vivido en nuestro pasado. Historias vivas, sorprendentes y poéticas.


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gallinas y uno que otro puerco que la gente les entrega en razón de pago. Van y vienen, salen y vuelven, haciendo camino y sembrando la preciosa semilla, contentos y radiantes, a veces llorando, van andando, pero regresan con regocijo contando sus gavillas. Vive, no murió, ahora mora para siempre: doña Amalia, la hija de doña Amada, la esposa del albañil; la del “Carcinoma rebasando espina dorsal”


Títulos de los cuentos:

EL CORREDOR CABALLO VIEJO EL TESORO DE LOS ALMADA ¡UTA, QUÉ TONTA LA BENITA! EL LOCO DE LA CARRETERA LA HIJA DE CHICO CHUBI ¡TRÁGAME TIERRA! MARYEM POCO ANTES DE LA GRAN GUERRA CARCINOMA REBASANDO ESPINA DORSAL

EL TESORO DE LOS ALMADA

La vida en trozos y cuentos

Jesús Guadalupe Morales Abogado Postulante, Político, Académico, Conferencista y Escritor. Desarrolla una faceta narrativa que captura la atención de principio a fin del más exigente lector. Luego de leerle, sentimos que todos somos “El Corredor”, de la misma manera que somos “El Caballo Viejo” y plenamente identificados con personajes de la talla de “Chico Chubi”, “Gonzalo”, “El Loco de la Carretera”, entre otros, en un contexto pueblerino, donde cada cuento se enlaza con los otros, convergiendo siempre en un polvoso pueblo al que se conoce como Shukkaari, donde se dan las trozos de una historia que resulta ser la misma que todos hemos vivido en nuestro pasado. Historias vivas, sorprendentes y poéticas.


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Cuentos y Narrativa regional del mayo

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