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REVISTA LITERARIA DIGITAL N°1

SASTURAIN/ BARREIRO/ BRESSAN PARRILLA/ MORHAIN/ GUTIÉRREZ GARCÍA/ MATAS/ LORENZO/ ÓGAR

1 PRODUCCIONES


EL POZO -REVISTA DIGITAL SUPLEMENTO LITERARIO DE HGO MARZO 2021-N°1 UN AGUJERO LLENO DE CREATIVIDAD

STAFF PORTADA: GASTÓN BARTICEVICH JEFE DE REDACCIÓN: CLAUDIO BRESSAN DISEÑO: YAIR BOCCHIETTI DIRECCIÓN: CÉSAR ANTONIO VIDAL

ÍNDICE EDITORIAL................................................................3 EL POZO....................................................................5 QUE PAREZCA UN CRIMEN.....................................6 EL TAXI DE FERNÁNDEZ- LA GOMA.......................8 AGATHA CHRISTIE, LA DAMA DEL CRIMEN........10 DEMO.......................................................................15 ACOSTUMBRADOS.................................................20 LA TELARAÑA.........................................................21 SUEÑO......................................................................24 UN DÍA DE PERROS.................................................26 LA FRÍA VERDAD DE LOS NÚMEROS....................41 LAS AVENTURAS DE FES DE SAX..........................44 UNA OTRA...............................................................52 ADELANTO DE LIBRO..........................................54 COLABORADORES: SASTURAIN,MORHAIN, BARREIRO ,GARCÍA, GUTIÉRREZ MATAS, LORENZO,LESSA, ÓGAR,CONSTANZO, PARRILLA FLORES, FIORAMONTI, FERNÁNDEZ, MENDONÇA, ALBORNOZ

Edita MASTERCOMIC’S producciones “EL POZO” CREADA POR PABLO J. MUÑOZ Contacto: thebigcesar@live.com.ar TODOS LOS COPYRIGTHS SON PROPIEDAD DE LOS AUTORES

PRODUCCIONES 2


EL PORQUÉ... EDITORIAL PREDESTINADA Estuvimos predestinados a reencontrarnos y a renacer. Pero, como el Universo es sinónimo de libertad creativa, del uso de nuestra voluntad depende cómo vamos haciendo nuestro destino y cómo lo modificamos. Y el libre albedrío es el concepto y la manera de ser y hacer, estando en esa libertad. Hace tiempo (como pueden leer en la primera HGO de esta segunda época, y como van a apreciar en la página que más adelante escribe Pablo Muñoz sobre esta revista), había nacido también “EL POZO” como fanzine literario. Desde fines de los ochenta hasta ahora, pasó todo este tiempo de “suspensión”. Cada quien en su propia vida, sin vernos. César Antonio Vidal hizo una vasta trayectoria con su pasión por la historieta. Fundó “Mastercomic’s”, y un día nos reencontramos, brindamos, y empezamos a renacer. Y… a la voluntad de ejercer nuestros libres albedríos para volver le dimos cuerda. Otra vez desde nuestra libertad creativa “predestinamos” esta parte de nuestras venas artísticas. Esta historia cierra, así: estuvimos en “suspenso”, pero con el deseo implícito de empezar de nuevo. Ahora veo: nos “predestinamos” sin decirlo, y tal vez sin saberlo. Sí. No nos quedamos en la nada. A los de antes y a los de ahora, escritores y plásticos, a todo el público, al Universo, a todos los lectores: ¡Muy bienvenidos! ¡Un billón de gracias! Claudio Bressan Jefe de Redacción

Ilustración Antonio Mendonça 3


Portada original de la primer época.

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EL POZO Fanzine publicado durante 1988. Una breve (brevísima) incursión de mi parte en la edición de literatura fantástica. Por ese entonces estaba terminando la secundaria (seis años al ser colegio industrial), coeditando el fanzine de historietas HGO, participando del colectivo de historieta “los Cuadronautas” y socio activo del maravilloso CACYF (Círculo Argentino de Ciencia Ficción y Fantasía). Mi acercamiento al CACyF (gracias a mi pasión por Frank Herbert, Asimov, Pohl, Vonnegut, Bradbury, Lem, Aldiss,etc) y a sus míticas reuniones en el bar de San José esquina Rivadavia generó en mi interior el deseo de publicar, además de historietas, un fanzine literario. Ya existían varios, y notables. Principalmente Cuasar y Nuevomundo, que continuaban el camino iniciado por ediciones profesionales como Más Allá y El Péndulo. Y decidí tener el mío. Pero un año después había ingresado al mundo editorial profesional en Ediciones Récord (Revista Skorpio) y eso, sumado a los estudios en la UBA motivaron que el CACyF se volviera una imperdible reunión semanal, pero que el fanzine literario pasara al recuerdo. Y así quedó El Pozo. Perdido en la oscuridad. Mi historia con el CACyF siguió casi hasta la disolución (o disgregación) de este. Incluso en ocasiones escribiendo (y publicando) cuentos en revistas amigas como Axxón entre otras y en antologías como LO FANTASTICO (Ediciones Desde la Gente, 1993). Y teniendo el honor de recibir el Premio Más Allá en 1993 al cuento del año por Bruce en la casetera. Y luego un abismo negro digno de la mejor (o peor) ficción especulativa. Años y años dedicado a la historieta, cómic, novela gráfica o como se le quiera llamar. Hasta que un día (o una tarde o una noche porque no recuerdo bien) se le ocurrió a mi gran amigo Cesar Vidal continuar resucitando proyectos. Y no contento con HGO (que bien merecido se tiene revivir) decidió incursionar en el género literario recuperando el nombre y concepto de El Pozo. Ojalá tenga una nueva y fructífera vida. Como siempre, esta se la darán los autores que participen y el/los responsables que se hagan cargo de empujar y empujar edición a edición. De estas cosas conoce bien César, así que muy probablemente El Pozo haya encontrado dueño. Pablo J. Muñoz

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QUE PAREZCA UN CRIMEN Arte de ultimar Por Juan Sasturain

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urante la pasada “Noche de las librerías” en la calle Corrientes –más precisamente en El Gato Negro, que evoca tanto a las más finas especias como al relato no menos sutil de Edgar Poe–, algunos de los muchos que solemos escribir relatos negros o policiales fuimos convocados para disertar sobre nuestro crimen perfecto. Un lindísimo, abierto desafío. Como siempre me sucede, antes de pasar a la exposición de los supuestos hechos, no pude evitar las previas divagaciones: una necesidad/estrategia equívoca que suele enredarme sin remedio. Pero que es parte del juego, supongo. Y de eso se trataba, de un juego; actividad que se define por un tácito “hagamos como si”: ¿qué es la ficción sino eso?, ¿y qué hacemos siempre sino ficcionalizar? Hagamos de cuenta que tuviéramos que situar la idea. Así, podríamos partir del acuerdo con respecto a que el concepto de crimen perfecto no existe como tal, porque no puede predicarse la perfección de un acto que trasgrede el orden natural de las cosas, como es el asesinato. La naturaleza es por definición lo dado y como tal no es sino cómo es, es decir: perfecta. Entre sus perfecciones incluye la muerte, pero no el crimen. La cuestión se explica así: el crimen no pertenece al orden natural de las cosas sino al cultural, en sentido amplio. Supongamos que los animales se /nos/matan pero no asesinan. Quiero decir que un crimen será perfecto si no lo es, para que sea perfecto no debe ser un crimen. Debe ser sólo –y nada más o menos que– una simple muerte. Porque –y vayamos a los conceptos y usos acostumbrados– en términos lógicos, éticos, morales o meramente judiciales, hay tres tipos de asesinatos de los

que suele predicarse la perfección: el que es un crimen pero no lo parece; el que se sabe que lo es pero no se descubre, y el que parece ser un crimen pero no lo es. El crimen verdaderamente perfecto –si vamos a aceptar que vale usar este concepto en el orden cultural que nos corresponde– será el que sature a la vez estas tres categorías, involucrando a todos los actores sin que el orden lógico/moral/judicial que se instaure a partir de esa muerte pueda ser desarmado, desanudado sin romperse: es la perfección. Y como siempre en estos casos, el azar, lo dado, actúa para equilibrar lo que la torpe intervención humana trata de manipular. Una muerte/un crimen famoso y mediático no muy lejano en el tiempo puede servir de ejemplo o de modelo posible, con todas las libertades que se pueden tomar (y me tomo) para ficcionalizar a partir de ciertos datos de la realidad apenas conocida periodísticamente. Supongamos un colectivo de parientes y amigos que decide unánimemente deshacerse de una mujer que les molesta. Para ello, el grupo contrata a un asesino a sueldo para que se encargue del trabajo: balear a la mujer mientras se baña, llevarse algo, simular un robo. Todos tienen su coartada y permanecen lejos del lugar del crimen hasta que, cumplido el plazo, aunque sin tener noticias que confirmen la realización del trabajo, van a la casa a descubrir el cadáver. Supongamos que lo encuentran pero descubren que la casualidad ha obrado a su favor, ya que la muerte –en forma de accidente– se ha adelantado al criminal: la víctima tiene una herida mortal en la nuca producto de un golpe contra las canillas del baño. Alegremente sorprendidos pero confundidos a la vez, pues pensaban encontrarse en la situación de ar6


gumentar un posible asesinato seguido de robo, dan parte a la policía del hallazgo y explican el accidente, mientras uno de ellos se encarga de contactar al asesino a sueldo para corroborar que nada pasó ni será necesario que pase. La sorpresa para los asesinos intelectuales/morales será doble: la primera, cuando el forense descubra que el golpe accidental y mortal existió, pero descubra también dos pequeñas e inexplicables balas alojadas en el cuerpo de la víctima; la segunda, cuando el asesino a sueldo se comunique y quiera cobrar, ya que asegura haber hecho su trabajo: le metió dos balazos en la nuca. Y cobrará, claro. Es lo más barato. Porque la situación de los instigadores del crimen no tiene salida sin inculparse: deben permanecer juntos en la mentira y ser condenados por sospechosos de un crimen que nunca existió, porque el asesino a sueldo contratado –que jamás debe aparecer pues los condenaría sin dudas ya– se encontró con un muerto

accidental y lo mató de nuevo “para que pareciera un crimen” y así poder cobrar. Esa espantosa obra maestra de la chapucería es el crimen perfecto desde cada una de las perspectivas habituales que se usan para calificarlo así: en principio es perfecto porque es un crimen (en la intención flagrante) pero no lo parece, ya que es –sin duda– un probado accidente; también es perfecto porque aunque se sabe –por las balas– que es un (intento de) crimen no puede probarse, ya que nadie de los implicados puede hablar sin inculparse gravemente, y tercero –y sobre todo– es perfecto porque en el fondo es un crimen que no lo es: es una simple muerte enmascarada alevosamente para disfrazarse de asesinato. Hagamos de cuenta que las cosas pudieron haber sido así. Que por una vez la paradoja sea que el asesino haya intentado que el accidente parezca un crimen.

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El taxi de Fernánde Por Jorge Claudio Morhain © Fotos Mabel Albornoz

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abía sido una noche salvaje. La Carmen era una señora profesional, si es que una mina llega a profesionalizarse de eso. Había habido pago en el obraje, y La Carmen había hecho valer las reiteradas promesas de Fernández. Después de la salvajina, la calma chicha de los siete mares había entrado en el taxista, suave, arrullona, tiernamente. Agotado hasta el fondo de sus fibras más íntimas (la material y la virtual), Fernández dormía a pata suelta. Vagaba por la playa de Cariló, al son de un vientecico caribeño, olor profundo a pino y… Entonces, oyó el grito: – ¡Se pinchó una goma! A la mierda el sueño. Fernández se bajó del auto, puteó, miró alrededor para ver adonde estaba; Ahí, de ninguna parte un poco más abajo. Bajó el gato y la rueda de auxilio. Volvió a sonar el grito: “¡Se pinchó una goma!” – Ya va, ya va… –, musitó el taxista, luchando (como siempre) con los bulones muy ajustados. Se trepó sobre la llave cruz, cuando el pasajero le pegó un manotazo. Un manotón, que le dio en la nuca. Se incorporó para repeler el ataque, y enseguida vino otro más, casi una cachetada. Entonces se despertó. La Carmen estaba cianótica, pálida, desencajada, despatarrada en la cama. Y decía con un hilo de voz “Se pinchó una goma… se pinchó una goma…” Fernández puteó por lo bajo, tardó en encontrar el bendito celular, y entonces llamó al SAME. Los del SAME menearon la cabeza, entre sonrisitas socarronas. Y se la llevaron. La noche había sido salvaje, y la prótesis no había resistido a los estrujones (o quizás ya venía resentida de tantos otros estrujones, dada la profesión de la Carmen) Y la silicona es muy, muy nociva. A la salida del telo, por las dudas, pateó Fernández consistentemente las cuatro ruedas, no fuera cosa…

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ez- La goma

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AGATHA “LA DAMA Por Claudio Bressan

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n la concepción del término “épica/o”, nos referimos a personas arriesgadas, fuera de lo común, extraordinarias, bizarras… La audacia y la capacidad para actuar así, puede darse de muchas formas. “Algunos inspiran y otros se inspiran”. ¿Para qué? ¿Por qué? ¿Cómo? Y aclaro que en este punto me refiero a las artes y a sus “inspirados e inspiradores manifestadores”. Mujeres y hombres que desde su ser, se manifiestan para que, en muchos casos, sus producciones tengan trascendencia. Inspirados e inspiradores. Hacedores de cultura y del placer de la cultura para ellos y nosotros. Todos, más o menos, tenemos nuestra parte épica que compone nuestro ser. Todos. Y hay tantos creadores que en sus existencias, la ponen de manifiesto en las obras que nos obsequian. Les presento a la escritora de “policial negro” más prolífica de todos los tiempos. Capaz de haber atrapado hasta el presente, a muchas generaciones ávidas de hipnotizarse con su exquisita prosa: AGATHA MARY CLARISSA MILLER, mundialmente conocida como AGATHA CHRISTIE. Biblia y Shakespeare). Traducida a más de veinte idiomas. Su tarea le valió pertenecer a la Real Sociedad de Nos legó unas setenta novelas, ciento cincuenta rela- Literatura. Fue galardonada en Estados Unidos con tos cortos, diecinueve obras teatrales, una obra infan- los premios Edgar Alan Poe y Antony Awards. “El asetil y a la postre, su autobiografía: “Ven y dime cómo sinato de Roger Ackroyd” (1.936), fue elegida en 2.013 vives”. También catorce colecciones de cuentos, y “La como la novela de crimen mejor de todos los tiempos, ratonera”, su obra teatral más vista desde sus prime- y la que la catapultó a la fama. En 1.971, la reina ingleras representaciones, en cartel hasta ahora. Novelista, sa la nombró Comendadora de la Orden del Imperio cuentista, dramaturga, sus páginas más atrapantes es- Británico. tán en los casos que se viven en sus novelas del géneSu narrativa exquisita, responde a sus conoro policial negro, talento (entre todos los suyos) que cimientos, a la creación del perfil de cada personaje la coronó con el título de “La dama del crimen”. Más en cada detalle, el sospechoso, el que miente y el que de dos mil millones de ejemplares vendidos mundial- no, con sus personalidades exactamente definidas. Sin mente de sus títulos, la incluyeron en el Guinness obviar nada, sin dejar cabos sueltos, sus vidas van anWord Records como la más vendida (después de la dando desde un interrogante a partir de un crimen, 10


CHRISTIE DEL CRIMEN” llegar a la solución, usando una estricta lógica con deducciones, relaciones, evidencias… hasta arribar a un final sorprendente, apoteótico. Y libro tras libro, habitan los protagonistas que resuelven caso tras caso, que les presento, si es que no los conocen: Monsieur Hercule Poirot: Regordete, de bigotes puntudos hacia arriba, muy atildado, caballero de finos modales, muy deductivo pero sin encerrarse, muy seguro de sí mismo, belga refugiado en Inglaterra (a causa de la ocupación alemana), solitario, culto y reservado. Su ayudante es el Capitán Hastings. Poirot es tal vez, el más conocido. Con influencias de Sherlock Holmes (A. C. Doyle), Hercule Popeau (Marie B. Lowndes), Monsieur Poiret (Frank H. Evans), Inspector Hanaud (E. Mason) y Auguste Dupin (E. A. Poe). En 1.920 hace su primera aparición en “El misterioso caso de Styles”. Interviene en treinta y tres novelas y cincuenta relatos cortos (El asesinato de Roger Ackroyd, Asesinato en el Orient Express, Muerte en el Nilo, etcétera, etcétera, etcétera). En 1.975, muere durante su último caso en la novela “Telón”, por complicaciones cardíacas. Cuando nuestra autora creó a su personaje refugiado, lo “trajo” de Bélgica porque durante la primera guerra mundial, trabajó de enfermera voluntaria y asistió a soldados de ese país, pues fue “causa belli” la intervención inglesa en el conflicto dada la invasión germana. Además le tocó aprender la farmacología en el hospital, por eso plasma sus conocimientos cuando hay envenenamientos u otros usos de sustancias. Su patriotismo la llevó a participar también en la segunda guerra. Poirot tal vez, sea el personaje más conocido. Miss Marple (Jane Marple): Esta dama entrada en años, que se jacta de saber todo sobre el comportamiento humano y de ser más efectiva que Scotland Yard, es una detective aficionada, muy curiosa, deductiva y detallista y muy conocedora de su pueblo (“La gente es igual en todos lados” dixit) Saint Mary Mead (ficticio), y ama los misterios enigmáticos. Dieciocho obras la tienen de protagonista hasta las publicaciones

póstumas (Agatha había partido en 1.976) en 1.979. Su nacimiento fue en “Muerte en la vicaría” en 1.930. Ariadne Oliver: Es una ayudante de Poirot que escribe novelas de misterio. Aparece en 1.934 con un detective excéntrico: Parker Pyne, en “Parker Pyne investiga”. En total transita por ocho novelas, hasta “Los elefantes pueden recordar” (1.972). La más destacada: “El misterio de Pale Horse” es de 1.961. Se autoproclama muy intuitiva, pero, Poirot… no lo ve tan así… Capitán Arthur Hastings: Es el gran amigo de 11


Poirot, el que para brindarle ayuda, viaja a Inglaterra, “desde Argentina”, donde vive con su esposa Cinderella. Entre ellos se hacen bromas con finas ironías, dándole a las páginas un toque de fino “humor inglés” (…que le dicen). Tommy & Tuppence Beresford: Son amigos de la infancia y se enamoran durante un caso de espionaje: “El misterioso Señor Brown” (The Secret Adversary), de 1.922. Trabajan juntos y se casan en 1.929. Tienen dos hijos: Derek y Deborah que, como aviador él, e intérprete de señales ella, con veinte años, se involucran en la segunda guerra mundial. Y sus padres, mientras, investigan a un espía alemán en el sur de Inglaterra, en “¿N o M?” (1.941). “Agatha también se ofrece a colaborar con su país en esta conflagración”. En 1.968 en “El cuadro” (By the Pricking of my thumbs), acontece un caso en un geriátrico. Como ya son mayores se jubilan, se mudan a una casa nueva, pero, ahí mismo deben resolver un caso. Y aquí, en el quinto libro, culmina la historia, muy original, de esta pareja en la ficción. Agatha nació el 15 de septiembre de 1.890 en la Villa Ashfield de su madre, Clarissa Margaret (Bohemer de soltera) Miller, en Tourquey, Bristol, Inglaterra. Falleció el 12 de enero de 1.976, con 85 años, en Wallingford, Oxfordshire (en su mismo país) por causas naturales. Fue la menor de un hermano (Morty) y una hermana (Madge). Su padre, Frederik Alva Miller, falleció cuando la niña tenía 8 años de un ataque cardíaco. Siendo de clase media alta, con una infancia feliz, la familia se sintió devastada (su progenitor tenía en ese momento 55 años). A los cuatro años estaba ya alfabetizada. Su madre, su abuela y sus tías, con las que se crio, le transmitieron seguridad, independencia, carácter decidido. Luego de la educación hogareña, la mandaron a París a estudiar a algunos institutos durante su adolescencia, y también en su nación (tenía doce años). En 1.910 escribió algunas piezas para sus amistades, pero sin intenciones de editarlas. Con su madre, para acompañarla en la mejoría de su salud, viajó por Egipto. Conoció monumentos arqueológicos. Primera guerra mundial: Ya sabemos cómo participó. Conoció al aviador y aventurero Archivald Christie con quien se casó en contra de su mamá, que no lo aceptaba. En 1.919 nació su única hija, Rosalind. Se divorció en 1.928. El marido tenía aventuras y le manifestó que se iba con una mujer más joven. Y este suceso es muy notorio: 1.926. El matrimonio se separa. Por una supuesta amnesia y depresión, “desapareció” Agatha. La buscaron intensivamente. Misterio. La noticia se publicó en diarios de renombre. Ya era una escritora conocida. La policía encontró su auto abandonado el costado de un camino. Dieron

con ella en un hotel once días después, registrada bajo el nombre de una amante del esposo, y sobrevino la ruptura definitiva. En 1.930, se casó con el arqueólogo Sir Max Edgar Lucien Mallowan, el amor de su vida, con quien viajó por Irak y Siria durante sus expediciones, que incluso, en alguna oportunidad Agatha le financió con entusiasmo. La entusiasmaba la arqueología. Y de estos periplos se inspiraron varias instancias de “Asesinato en la Mesopotamia” y “Muerte en el Nilo” (1.936), y “Cita con la muerte” (1.938). Incluyendo que al pretender iniciar su profesión en las letras, debió superar rechazos e intentar nuevas pruebas, lo que aprendió de sus vivencias, sus viajes, su agudo poder de observación, los conocimientos que atesoró, su fino humor, su resiliencia, su pasión personal y profesional, el patriotismo, su metodismo, su misterio… Todo su ser está pintado en cada tema, en cada ser humano que deambula, con lo que le corresponde a su rol, los caminos atrapantes del crimen-suspenso hasta los finales sorpresivos, emocionantes… Se cierra un libro tan disfrutado y se desea realmente (por lo menos para el lector gustoso de este género), abrir el siguiente. Y para quien quiera iniciarse en este culto literario, es una grandiosa bienvenida. ”Agatha Christie (seudónimo eterno): vida épica igual a pluma épica”. Nos reencontramos… Claudio A. Bressan

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Demo Por Marcos García

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l casete que estaba escuchando era el demo de una banda desconocida de black metal local, Demoniacum. Eran buenos. Aisló cada pista para oírlas por separado: las guitarras primero, la voz, la percusión y el bajo. Debía buscar en ese espacio limpio de sonido. Quedó un ruido de fondo que parecía el murmullo que se oye al cambiar una emisora por otra. Una vez había leído que ese sonido es la radiación de fondo, el eco del Big Bang, que aún resuena después de trece mil ochocientos millones de años. Rebobinó la cinta y lo depuró una vez más. Quedaron cuatro minutos de silencio, subió el volumen al máximo para percibir un murmullo. Un grito desgarrador lo hizo saltar de la silla y puteó del susto. Lo había encontrado, el cantante había dicho la verdad: hacía cinco años habían insertado entre las pistas de la canción la grabación de un homicidio. Ana, su superior directa en la universidad y amiga, le había pedido que colaborara en el análisis de la cinta y había sonado como una orden. Acudió a él porque quería ayudarlo a limpiar su nombre, le dijo; pero Julián sabía que era porque había aprendido con ella, la mejor paleo informática del departamento. La única que le siguió dando trabajo, le ayudaba en proyectos breves-los hacían juntos- que ella matizaba con reproches pero que pagaban el alquiler. Además, nadie más sabía muy bien qué hacer con esa tecnología. Las acusaciones, estar sin trabajo, las deudas; la bronca te va quemando despacio hasta que te cuece. —Que me busquen mis acreedores ahora— dijo ajustando el cabezal electrónico. Era capaz de aprovechar todos los trucos que le habían enseñado. Su mentora era de las pocas personas que hablaba con él: —Lo primero a entender es que en una superficie sensible se graba información de audio y video, o imagen, pero esto es un porcentaje ínfimo del total de la huella que se imprime. Hasta ahora sólo podemos leer un uno por ciento de lo que grabamos.

Una vez le hizo escuchar lo que se había grabado en un diminuto canal de un plato de arcilla de la cultura Querandí. Voces de una lengua perdida en el tiempo. —Hay más aún—le había dicho—. Sólo que no podemos leerlo. Lo segundo que había que entender era si valía la pena recuperar esa información. En este caso, al parecer, sí valía. Rebobinó hasta el inicio de los gritos, duraba siete segundos y se cortaba de forma abrupta. Erizaba la piel escucharlo. Amplió la definición y la voz se hizo más clara. Los gritos parecían reales, algo terrible había pasado y lo habían grabado. Avanzando unos segundos más había un silencio, un espacio de tiempo que no respondía a ningún filtro analógico. Diez segundos muertos. Rebobinó varias veces y aplicó todos los trucos conocidos y nada. La cinta parecía detenerse en ese tramo, el cronómetro no corría, parecía no tener tiempo de reproducción. En el minuto seis, cuarenta y siete segundos se escuchó un murmullo. Lo rebobinó una vez más y subió el volumen. Un sonido que arrancaba suave y ascendía hasta convertirse en un gruñido y un alarido articulados. Lo rebobinó y volvió a escuchar aislando el ruido del cabezal. Ya no volvió a percibirlo. El murmullo había desaparecido. Sintió una oleada de repulsión a seguir escuchando, un rechazo instintivo. —Se hizo muy tarde— dijo quitándose los auriculares. Hizo dos copias en dos casetes de sesenta minutos, los puso en sobres diferentes y almacenó el original en el archivo. Dejó el informe en el escritorio de Ana y salió del estudio. La madre de la chica vino a reconocer el track y confirmó la voz, era su hija. Leila había desaparecido hacía cinco años. Tras la investigación de la policía, en la que se había hecho un seguimiento de la trayectoria under de la banda en los últimos siete años, rastrillaron varios antros en los que habían tocado y en el sótano del Du Pont, un hotel abandonado hacía 15


tiempo, en un cuarto lleno de basura y muebles rotos, se encontró el esqueleto de una mujer de veinte años tapiado en la pared. —Su novio la mató, siempre lo supe—dijo la madre a la prensa—. Pero al menos ahora puedo llorarla. El músico se había suicidado después de confesar. —Claro, ¿por qué cortar con el esperado desenlace? ¿Para qué echar algo de luz en esta mierda retorcida y oscura?— pensó Julián. Los días pasaron y el caso quedó sepultado por los que siguieron luego, pero el asunto de esos diez segundos vacíos lo hizo sacar el demo del archivo una vez más. Lo examinó bajo la luz de una lente que se usaba para montar carretes y el fragmento de cinta no revelaba nada disparejo respecto del resto. Sin embargo, era indiferente a todos los filtros mecánicos. Probó con una tecnología relativamente nueva basada en la computación que utilizaba un programa muy básico de grabación electrónica. La hizo correr en la Cómodore del departamento con la ayuda de un programador amigo. Tampoco obtuvo resultados. En la pantalla, el segmento aparecía normalmente y los segundos transcurrían de forma usual. Pero al reproducirla en el grabador ese fragmento desaparecía. Sin tiempo, sin espacio, una ausencia. El sonido que había oído no estaba, una alucinación auditiva quizás. Julián imaginó que se había debido al cansancio. Mientras trabajaba en otro proyecto, casi por accidente, se le ocurrió. Tomó el demo y en el segmento de cinta presionó el botón REC del reproductor y grabó unos segundos del fragmento: —Uno, dos, tres…—dijo. Al reproducirlo no se escuchó su voz. En su lugar se oía a la chica llorando y gritando. Se impresionó y rebobinó una vez más. Volvió a escuchar. Nada. Luego pensó en un error de la lectora o en que el estrés le estaba comiendo la cabeza. Entonces volvió a grabar acercando los labios al micrófono. —Cuatro, cinco, seis…— lo retrocedió hasta el lugar exacto del inicio y lo reprodujo. Un siseo mezclado con gorgoteos, semejante al sonido que emitiría un animal, creció hasta unirse al alarido de la mujer. El grito lo hizo retroceder y le tomó unos segundos volver del sobresalto. Regrabó. —Ocho… nueve… Volvió al minuto seis, cuarenta y siete segundos y escuchó. No hubo respuesta, se oyó un ruido de interferencia durante cuatro segundos y un sonido suave que se convertía en un gruñido le impidió continuar. Se sintió acechado de una forma extraña. Se arrancó los auriculares y salió del estudio sin mirar atrás.

Al día siguiente comentó el asunto con su jefa. Ella le dijo, con poco interés, que lo revisarían juntos. Cuando le mostró el trozo de cinta que no respondía a los filtros se intrigó. Lo dejaron después de varias pruebas infructuosas. —Los gritos están ahí y después…después no —Julián no podía ocultar la frustración. Ana guardó el material y habló con palabras conciliadoras, siempre lo hacía después del asunto de la suspensión: —Creo que hay dos líneas de resolución para lo que decís que pasó. Una es la más convencional, la otra es la más elegante. —¿Cuál es la convencional? —Que estás presionado, bajo la tensión de estos últimos tiempos. Julián sonrió: —Eso nos deja con la elegante. Recordó que la elegancia es una cualidad de las hipótesis comprobadas que se convierten en teorías: la teoría de la relatividad, la de la selección natural, se imponen por su verificación pero también porque desde que fueron el germen de una hipótesis eran distinguidas en su simpleza: elegantes. Julián se alegró; al parecer, ella le creía. —Hay una hipótesis, Julián, no es muy conocida porque es bastante nueva, que habla de una rama de la paleo informática y la arqueo acústica: los métodos conocidos que tenemos para imprimir información son magnéticos y electrónicos, sólo graban un canal o dos, audio y video, pero se cree que el material es capaz de absorber un espectro de información más amplio. Hay más información grabada, sólo que no tenemos cómo leerla. —¿Y eso cómo explica los sonidos que escuché? —Podría ser un eco, un eco de tiempo y de espacio. Algunos conjeturan la hipótesis de que podría alojarse un continuo de espacio y tiempo entero en un material muy perceptivo. Un eco del pasado. Julián la miró. —¿Un eco del pasado contenido en diez segundos de cinta?— preguntó. A la madrugada se despertó inquieto. El cerebro no duerme del todo. Despertar en la oscuridad es para tener en cuenta: algo lo había sacado del sueño. Se incorporó y se quedó en silencio escuchando en la penumbra. La sensación de que no estaba solo lo embargó y salió de la cama. Cuando quiso encender la luz ésta no prendió así que empezó a recorrer la habitación 16


sin hacer ruido. Un sonido tras de sí lo hizo girar en seco. Venía de detrás de la pared que daba al pasillo. Se acercó y el sonido se convirtió en arañazos. Retrocedió de un salto y tropezó con una silla del escritorio. Del otro lado, la pared era rascada con frenesí. Julián estaba paralizado en el suelo sin poder ver nada. En la negrura se oían los arañazos deshaciendo en jirones el empapelado barato y descascarando la pintura. Retrocedió con los talones en el suelo hasta que lo detuvo la pared contraria. El sonido fue de madera y cemento que se desmoronaba, como si el revoque hubiese reventado. Algo seco cayó al piso unos segundos después y comenzó a arrastrarse en la oscuridad. Sintió que eso se acercaba espasmódico, convulso. Julián gritó y se arrastró hasta donde recordaba estaría la ventana. Los arañazos en el suelo se intensificaron: se resbalaba apresurado a su encuentro. Arrancó de un tirón las cortinas negras y la luz de la calle entró de lleno en la habitación. No vio más que la pared destrozada y desparramada en el suelo entre yeso, maderas y hojas de diario. Los ruidos habían cesado. Recorrió el cuarto con la vista. Nada. Estaba solo. Se acercó a la pared un poco para examinarla. El diario mostraba en una página un artículo que él conocía bien, su foto estaba en el centro del texto bajo un título en negrita. Un gorgoteo a un lado lo hizo voltear y cuando miró de nuevo la luz estaba encendida, la pared estaba intacta y no había nada más que su ropa en el suelo.

Julián la miró sin entender. —En el garaje donde ensayaban hallamos varios animales en un extraño estado de descomposición, parecían secos o momificados. Yo le pregunté qué estaban haciendo pero ella no me contaba nada ya. La amenacé con prohibirle que saliera con ellos—. La mujer se tapó la boca. —Ahí fue cuando escapó—dijo Julián. Ella asintió. Ana lo escuchó mientras le contaba de su encuentro con María, la madre de la chica del track. —Nada fuera de lo común entre esa gente del black metal. Podría decirse que es su estética y así se venden. ¿Te dijo algo más?—preguntó Ana. —No, pero creo que se calló cosas. —Probablemente. Esa mujer sufrió demasiado ya. ¿Por qué no la dejás tranquila? Julián asintió. Luego se preguntó qué se sabía del resto de la banda.

La Cabra fue uno de los sótanos, bares y tiendas de rock pertenecientes al submundo del black metal en donde investigó aquella noche. Descubrió que nadie sabía nada del resto de los integrantes de Demoniacum. La madre de Leila le había nombrado alguno de los lugares y otros los encontró por su cuenta. —Ella dijo que tenían contrato, que grabarían un demo. Después que desapareció quise, no sé, buscarla La mujer estaba sentada en el café con la mirada per- en los recuerdos, y encontré el casete en una tienda. dida y los ojos enrojecidos. Me estremecí cuando lo oí por primera y única vez. —¿Qué puede decirme de Leila? Una angustia insoportable me invadió. Ella pitó profundamente el cigarrillo Conway y habló mientras soltaba el humo. —¿Usted es el de las noticias, verdad? Bebió algo de whisky sin hielo sentado junto a la venPor un segundo, Julián reprimió desviar la mirada tana que daba al patio de su casa. La bebida había lley asintió. gado después de la destitución. Aunque unos meses —No se preocupe… hace tiempo que no juzgo a la más tarde la pudo controlar un poco, ya se había insgente—dijo la mujer y continuó fumando—. Leila era talado en su vida. El reflejo de las luces policiales lo una chica muy introvertida, no tenía amigos. Siempre hizo pararse del asiento, pasos que venían a la casa y usaba un walkman para escuchar música, para grabar. los persistentes golpes en la puerta le trajeron los reQuería estudiar periodismo. A pesar de todo, siempre cuerdos de aquella vez que fueron a buscarlo. hablaba conmigo. Hasta me alegré cuando me contó —¡Qué se pudran! —pensó de nuevo—. Esos hijos que había conocido a un chico que era músico —su de puta. gesto se tornó duro—. La banda era un grupo de adoCuando abrió la puerta se quedó observando la lescentes, andaban siempre juntos y tocaban esa mú- calle vacía. No había nadie. La luz a su espalda se apasica. Pero pasaron cosas… gó. Cuando se dio vuelta el interior de la casa era un —¿Qué tipo de cosas? abismo de oscuridad; una sensación de pavor obsceno —Misas de medianoche, la ropa, los libros que le hizo retroceder despacio hacia la calle. Un chasquileían. Era bastante extraño incluso para el compor- do desde lo profundo de cuarto, el sonido que haría tamiento de una adolescente. Aunque todo se volvió un puñado de madera hueca, se arrastraba frenético más retorcido con los gatos… secos. hacia la puerta. Julián retrocedió aun más hasta que 17


llegó a la acera. Ana trajo la jarra y sirvió café en dos tazas. —No creas que todo lo que nos muestra la mente es cierto, o al menos, no así como te lo muestra —le dijo mientras le ofrecía una taza. —Lo que me muestra se ve muy real, Ana. Ana se quedó en silencio fumando. —Mañana analizaremos la cinta, podríamos estudiar el lado C si hace falta. Julián la miró con atención. —Con equipo adecuado el borde de la tira magnética se puede usar para alojar sonido en una frecuencia modulada muy baja. Hace algún tiempo se desestimó la idea pero se considera que algunas frecuencias perturban el funcionamiento del cerebro y se las asocia con estados alterados de conciencia. Julián pensó un momento. —¿Decís que estoy bajo el efecto de una hipnosis, o una especie de… droga magnética? Ana encogió los hombros y le sonrió. No pensó que la madre lo fuese a recibir pero la puerta se abrió y lo hizo pasar. Se situaron en el living desde donde podía ver lo que la mujer dijo era la habitación de Leila. Cuando ella volvió traía una caja que depositó sobre la mesa. —No creo que encuentre nada de interés pero acá está todo lo que guardé de su habitación. —Disculpe las molestias que se está tomando, María. —No se preocupe. El duelo por ella lo hice hace cinco años y ahora…no sé… creo que solo estoy tratando de entender. De la caja sacó varios discos en vinilo de bandas de metal, tenían nombres en una tipografía que semejaba las grietas en la roca o el cuero gastado, posters de grupos de integrantes pelilargos vestidos de negro y con el rostro maquillado. Había varias grabaciones en casetes con el nombre escrito en lapicera imitando las letras de los discos, novelas de terror de autores europeos y otros libros. Uno era sobre mitología en el que encontró, a modo de separador, una hoja cuadriculada con un símbolo dibujado en lapicera negra. Julián anotó los nombres de los libros, de los discos y copió el símbolo. —Le recomiendo que preste atención a los libros. En las cintas no hay nada exceptuando la que usted analizó. —¿Usted las escuchó todas, verdad? La mujer sacó lo que parecía ser una tabla Ouija de

una bolsa roja y con un gesto en los ojos -que después Julián advirtió era de asco- le preguntó: —¿Conoce el término psicofonías? —No —dijo Julián. —Hay una pseudo ciencia que estudia el sonido. Se considera que cuando se graba una muerte algo más que el sonido queda pegado en la cinta, un tipo de energía. Pero yo no encontré nada en esos casetes. Por otro lado, habla de trasmisiones del más allá, como si se tratara de una comunicación: algo enviamos y algo viene. Julián guardó la libreta y ojeando un libro preguntó como por descuido: —¿Ella le mencionó algo sobre sueños, o visiones? La mujer fumó. Su mirada era profunda. —¿Sueña con los muertos, Julián? Ellos le mostrarán lo que usted se calla, con visiones, con voces y con horror—. Julián pensó en su foto en aquella hoja de diario. Fumando largamente, la mujer continuó: — Ella nunca me dijo nada sobre visiones. Yo sí las tuve algún tiempo. Al final conseguí interrumpirlas. En el laboratorio el trabajo comenzaba a apilarse en columnas de discos y rollos de cinta. Su jefa ya le había dado un ultimátum al respecto. Presionó play y escuchó concentrado. La voz que respondía no quedaba registrada en otras cintas como para una comparación pero de oído sonaban muy parecidas. Pensó en lo que le había dicho Ana sobre aquellas teorías de la información: Una experiencia entera que se reconstruye a partir de la huella que deja en la materia. El universo se bifurca y surge un continuo nuevo. Si pudiéramos leerla podríamos reproducirla. La mujer sollozaba cada vez aunque de formas diferentes; los gritos se repetían pero eran distintos. —Mi hija está enterrada, Julián, y la verdad, no sé si habrá descanso para los muertos—le había dicho María—. Algo es seguro: no creo que usted esté hablando con Leila. Se dedicó a adelantar trabajo durante toda la tarde hasta que se hizo la hora de cerrar. Antes de salir vino Ana y organizaron juntos el material del día siguiente. —Un continuo de tiempo espacio grabado es otra dimensión—dijo él llevando unos archivos a un cajón. Ana lo miró con leve fastidio y preguntó: —¿Seguís escuchando voces? Julián dejó pasar el comentario. —Posiblemente sea una dimensión nueva—respondió finalmente Ana—. Pero con una física muy diferente a la de este universo. Aquello que la habita 18


no se debe mover por el espacio y el tiempo como vos y yo. Julián disimuló su inquietud por contarle la hipótesis que había estado barajando todo el día: —¿Y si surgiese una entidad que fuese como un retrovirus? En el caso de la cinta sería un parasito magnético que se auto replica utilizando información. Una entidad que es pura información, y que puede ir donde la materia no. —¿Una especie de meme, como diría Richard Dawkins? —dijo Ana sonriendo—. ¿Y cómo fue a parar al casete, Julián? —No sé. Quizá quedó atrapado en la cinta. —Si es así, hay un par de leyes de la termodinámica que está violando. Debería consumir cantidades masivas de información de este universo para sobrevivir acá. Julián la miró con atención: —¿Qué tipo de información? La calle ya estaba oscura y mostraba un horizonte violáceo que cortaba el cielo con el filo del crepúsculo. No quería volver a su casa y entró en un café, se puso a ojear el libro que le había dado la madre de Leila. Examinó el dibujo de la hoja y lo buscó en los capítulos marcados hasta que reconoció el símbolo. El apartado refería a un espíritu pintado en platos de arcilla de tribus del pasado. Decía que se comía el alma del que escuchase su nombre. Más adelante se hablaba de los rituales prohibidos: retratar a otros seres humanos era tabú entre los antiguos; se pintaban jabalíes y bisontes como ritual de caza. Pintar, grabar o representar equivalía a poseer. Guardó las notas y observó por la ventana, se dio cuenta de que un hombre flaco lo miraba de costado; alguien dijo algo que no pudo oír cuando pasó a su lado. Esperó un poco y al final decidió que era hora de irse. Se levantó y después abrió la puerta para salir. La calle tenía pegada, como alquitrán, toda la oscuridad de la noche. El aire se sintió más seco cuando empezó a soplar y un rumor que se volvió un gorgoteo le llegó desde lejos.

pasado por distintos soportes para perpetuarse. La mujer seguía en silencio, procesando las palabras. —Me dijo que estaba tratando de entender —continuó Julián —. Estaba equivocado, María. La cinta tiene un vacío que no puede analizarse porque es un tajo en la pared que divide este mundo del infierno, o de un lugar muy parecido al infierno. Un universo que es la pesadilla de este.

Minutos después de colgar, Julián estaba frente a la entrada del hotel Du Pont, casi a ciegas, encontró la puerta del sótano, rompió el viejo cerrojo y descendió a la oscuridad. Más abajo las maderas chirriaron con algo que subía peldaño por peldaño. Esperó a mitad de la escalera, sacó un grabador de bolsillo y habló a las sombras. —¿Conocés la entropía? El gruñido se escuchó pocos pasos más abajo. Los arañazos treparon rabiosos. Julián aguantó. Cuando el contador de la pantalla led marcó seis minutos, cuarenta y siete segundos apretó REC.

María levantó el teléfono y escuchó la voz agitada de Julián que le decía lo mismo que le diría a Ana minutos después: —Creo que el demo reproduce un sonido antiguo que nació con la humanidad, grabado en piedra, en arcilla, en rollos de cera, en discos de vinilo; es un parásito, es algo oscuro atrapado en este mundo. Ha 19


ACOSTUMBRADOS Por Eduardo U. Gutiérrez

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l policía se arrimó al cuerpo de la occisa. Hizo una mueca de fastidio. Ese rictus en su cara denotaba su hastío ante la reiteración de este tipo se asesinatos. Se levantó, puso sus manos en la cintura y llevó su mirada al cielo. El mismo estaba gris, casi tormentoso. Se quedó contemplando ese cielo ominoso. Fueron unos segundos. ¿Qué pensamientos correrían en ese momento por su mente? ¿Por qué el hecho de encontrar un cadáver era algo cansador? ¿No era ese su trabajo? ¿Estaba frente a un asesino en serie y el cansancio sería porque las muertes se acumulaban una tras otra? El cuerpo de la mujer que tendría entre 20 y 25 años, estaba con todas sus ropas. No presentaba señales de violencia. Había solo dos detalles escabrosos: su pelo estaba encanecido y todo su cuerpo con una extraña tonalidad. Pero no era la palidez de la muerte. Era una tonalidad entre rojiza y violácea. El pelo entrecano no coincidía con la posible edad de la víctima. Y lo más extraño era ese color en su piel… Se recostó en el patrullero a la espera de la llegada de su superior. Se quedó mirando hacia abajo. Enfrascado en sus pensamientos fue interrumpido por la llegada del otro móvil policial. Del mismo bajó su superior con dos ayudantes… -Ioan… ¿otro cadáver? -Así es señor. -¿Los mismos signos de siempre? - Si señor. Efectivamente. El jefe miró a Ioan y los otros dos agentes que habían venido con él. Y casi susurró… -Bueno… ya estamos acostumbrados. Todos hicieron una ronda y entre comentarios banales algunos prendieron cigarrillos. La morguera policial no tardó en venir, y cumplir con su trabajo. Eran dos empleados: chofer y camillero. También ellos ante estos episodios en particular (cadáveres con la piel rojiza-violácea y cabellos canos) estaban acostumbrados. Antes de irse todos, una vez recogido el cuerpo, el jefe le preguntó a Ioan… -¿Se cercioró que existiera la mordedura? -No era necesario señor. Usted lo sabe. Todos lo sabemos. -Es verdad, Ioan. Vámonos de acá. Los tres vehículos partieron raudamente. Los tres pasaron por el cartel de la ruta en el que se informaba que esa es una región de Rumania. Precisamente… Transilvania.

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LA TELARAÑA Por Claudia Matas Ilustrador Mario Lessa

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e habían recomendado ese libro porque era atrapante. Fue el día que los muchachos, para festejarle el ascenso, lo invitaron a comer al Palacio de la Papa Frita. Acosta se sentó al lado, y esto lo sorprendió un poco porque no pensaba que se sumaría al agasajo. Después de todo, Acosta había trabajado todo el año por ese puesto y al final se lo daban a él. Ahora estaba ahí, hablándole de esa rareza literaria y se veía en la necesidad de dar vuelta la cabeza porque su compañero tenía mal aliento. Pero fue tan convincente en el elogio de ese libro que, al día siguiente, se dedicó a buscar la novela. Recorrió librerías de la calle Corrientes sin hallarla. Aparentemente estaba agotada. Uno de los libreros le había comentado que ya hacía tiempo que no veía ese título y que, la editorial que la publicó había quebrado. Le llamó la atención porque su compañero la mencionó como si estuviera recién editada. Luego recordó que Acosta era un poco exagerado y que su gusto literario abrevaba apenas en textos de ocultismo, horóscopos y comida vegetariana, de manera que desistió de comprarlo. Pero al poco tiempo volvió a pensar en él con curiosidad. Desde el título, “La telaraña”, se sentía seducido. Después de todo, Beltrán Taveide era un apasionado de la lectura. —Che, al final no lo encontré al libro ese que me dijiste— se decidió por fin a preguntarle a Acosta. —Ah, caíste en la tentación, ¿eh? Ese libro es para vos, te va a atrapar. Buscalo en “La Sala-mandra”. Era un negocio subterráneo de la calle Talcahuano, cerca de Tribunales. Una librería especializada en libros viejos, difíciles de conseguir. El hombrecito que lo atendió, al oír su pedido, lo observó un momento. Taveide creyó que haría algún co-

mentario, sin embargo, sólo se limitó a asentir y subió la escalera apoyada a una de las estanterías. Del último estante que hacía esquina con otro, detrás de unos volúmenes del Código Penal, extrajo un libro, lo tomó con un paño para no tocarlo. Cuando Taveide lo vio de cerca, comprobó que una finísima telaraña estaba grabada sobre el cuero de sus tapas. El librero lo limpió con esmero. - No es necesario- dijo Taveide, ansioso por irse a leer. El librero sonrió imperceptiblemente, envolvió el objeto con prolijidad y le cobró una suma muy inferior a la que hubiera creído. Al doblar en la esquina, alcanzó a ver al empleado que había salido a la calle y lo observaba desde allí con extrañeza. Cuando volvió a la oficina, los muchachos ya estaban en sus escritorios trabajando y el gerente miró el reloj al verlo entrar. Es por eso que decidió dejar la lectura para la noche, para la paz del hogar. Pero estaba ahí, al acecho. El grabado de la tapa simulaba signos destinados a ser descifrados sólo por algún iniciado. Parecía un cofre lleno de sorpresas que contuviese todos los vicios y todas las virtudes. Abrirlo podría equivaler a esparcirlos por el universo. Las nervaduras de la telaraña parecían tan reales que no podía resistir la tentación de pasar los dedos por la tapa. Tenía que calcular el valor agregado y facturar 369 resistencias blindadas de 22 pulgadas para Mazzitelli Hnos., pero no podía concentrarse, incapaz de sustraerse a ese canto de sirena. Escondido en su cubículo, comenzó a leerlo con desesperación. Era una novela policial, por momentos, insólita, desperdigada en ociosos episodios, con un argumento confuso. Aparecían, sin motivo, personajes espectrales, casi exangües, que se movían por ámbitos oscuros y fríos. Un laberinto sutil y complejo que formaba una trama urdida como una tela de araña. 21


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Recién en el tercer capítulo apareció Azul. El autor de la Papa Frita. Acosta se le sentó al lado. decía de ella que su nombre le venía de las noches de añil. Beltrán Taveide la imaginaba delgada como una —Te voy a prestar el libro del finado Taveide. Ese libro idea. De piernas largas, etérea y liviana. No era un per- es para vos, te va a atrapar. sonaje principal, sino la hija del mayordomo, uno de los sospechosos del crimen, pero acaparó su atención: Azul conocía los signos que formaban la telaraña. Taveide concibió el deseo de apoderarse de ellos. Los muchachos le avisaron que ya había terminado el horario de trabajo, pero él seguía enfrascado en la lectura. Debieron ayudarlo a colocarse el saco porque no quería soltar el libro. Así pasaron varios días. Su mujer lo había llamado varias veces a la oficina, muy alarmada porque ya no iba a su casa, pero debían tranquilizarla explicándole que su marido estaba realizando un trabajo muy importante para una empresa norteamericana. Sin embargo, todo lo que hacía Beltrán Taveide era sentarse en el banco de la plaza y seguir con su novela. Azul era la mujer de su vida: dulce, sensual, misteriosa. Casi podía sentir la suavidad de sus brazos, de sus dedos finos como pinzas, como pintados por el Maestro de Heiligenkreuz. Y cuando apenas dormitaba, creía oír su voz de almendra o de libélula descubriéndole secretos. Le agradaba perseguirla por los rincones del libro, atraparla en un margen y robarle un beso a escondidas del Inspector Schnaffer que justo en ese renglón estaba investigando una pista reciente. El pobre hombre creía estar asistiendo a una revelación y todos se burlaban de sus afirmaciones. Desde los ventanales de la oficina los muchachos lo veían en la plaza, pegado al libro, cada vez más delgado y ojeroso, más consumido por no comer, divagando absurdos. Un mediodía, el gerente llegó con una noticia graciosa: Taveide aseguraba estar arribando al final del aprendizaje. Los muchachos movieron resignadamente la cabeza y rezaron por él. Hasta que un día, notaron que Taveide había desaparecido y que el libro había quedado abandonado sobre el banco. No comprendían cómo pudo dejarlo allí, él que lo amaba tanto, quedaron consternados por este inexplicable cambio en un hombre tan responsable como Taveide y se preguntaban qué pudo conocer oculto en ese texto. Bajaron a la plaza. Nadie se decidía por hacer algo; sólo permanecían en silencio alrededor del banco, contemplando la novela, como deudos rodeando el cajón del difunto. Se lo llevó Acosta, ya que nadie se animaba a tocarlo. Cuando al gerente lo trasladaron a la Casa Central en San Pablo, lo ascendieron a Novoa y para festejarle el ascenso, los muchachos lo llevaron a comer al Palacio 23


SUEÑO por Beto Lorenzo Ilustrador Mario Lessa

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as pinceladas lanzan colores sobre la tela para correr y precipitarse en formas, de la mano del pintor. Se delinean luces y sombras que terminan definiendo un cuerpo, una actitud, una mirada. El artista busca su obra perfecta. Al comenzar una nueva obra, el Maestro (así lo llaman) exige superarse a sí mismo. Prueba nuevas perspectivas, combina viejas técnicas y se zambulle al abismo de la creación en cuerpo y alma. Ríe, sufre, se angustia y alcanza el éxtasis en altibajos emocionales durante el proceso. Pero al enfrentarse a la tela blanca que servirá de apoyo a la próxima pintura se paraliza. A diferencia de las anteriores, ésta calla. El Maestro pasa varias horas del día frente a la tela blanca. La ausculta. Camina a su alrededor, intenta empatizar con ella demandando alguna emoción. Pero nada. Se siente perdido y después de varios días de encierro decide salir; pasear a la espera de la inspiración. La tarde lo va guiando por la ciudad entre personas desconocidas. Envuelto en un halo de mal humor camina con la cabeza a gachas hasta que la luz del sol cayendo le muestra las sombras de los caminantes. Entonces alza la vista queriendo descubrir a los dueños de esas sombras y una muchedumbre de criaturas humanas se corporizan ante él. Son hombres y mujeres que caminan sin mirarlo pero él empieza a ver sus cuerpos, sus rostros y sus actitudes. La mano de una mujer atrapa su atención. Es delgada, con dedos largos que pendulan al ritmo de los pasos. Es perfecta. Excitado por su descubrimiento, el Maestro busca papel y lápiz; arranca parte de un cartel de la pared y levanta un fosforo carbonizado del suelo. Desesperado sigue a su presa hasta que por fin termina de atrapar la imagen de esa mano. Ya de vuelta en su taller, el Maestro despliega un lienzo y copia el boceto del papel ubicándolo en un lugar preciso sin saber por qué. Con la rapidez de su prác-

tica, la mano está terminada en menos de una hora y pasa toda la noche contemplándola. En imaginación, las líneas dibujadas van corriendo por la tela completando una figura femenina. En un sueño despierto ve cada detalle y lo fija en su mente. Esa tiene que ser su obra perfecta. A la mañana siguiente el artista parte a la caza de cada retazo de imagen que dará forma a su obra. Lleva consigo papeles, lápices, y una mirada aguda y ambiciosa. Ya en la calle afina todos sus sentidos y empieza a bocetar los cuerpos femeninos que lo desafían. Largos cuellos y delicados hombros sobre los que descansan cabelleras al brillo del sol. Piernas delgadas o robustas que taconean cada paso. Sonrisas, miradas, perfiles y siluetas. Cada fragmento de cada figura que irá completando su obra maestra. El Maestro repite la misma rutina por varias semanas. Durante la noche va armando en sueños a esa mujer que luego irá componiendo en el lienzo cada tarde; y durante el día se dedica a buscar cada pieza de ese rompecabezas. Se siente vivo, con la fortaleza del que sabe que cumplirá con su objetivo. Luego de unos meses por fin su obra maestra está concluida. Los primeros días pasa horas admirando la belleza de la figura femenina que delineó con tanto esfuerzo. Cada fragmento obtenido de cada musa descubierta en la calle, ha sido colocado con justeza prodigiosa para conformar la imagen perfecta. La felicidad lo inunda. Al poco tiempo expone su obra. Las galerías se llenan de mirones que se subyugan frente a ella y el Maestro empieza a temer que sea comprada. El solo pensamiento de no verla más lo acerca al límite de la angustia. Entonces se da cuenta que debe buscar a esa mujer que fue forjando en sus sueños y en el lienzo, para no enloquecer. Mientras recurre a mil excusas para no vender su obra maestra, agudiza todos sus sentidos para encontrar a 24


la mujer. Por momentos piensa que ella es el resultado de haber unido insensiblemente en la tela las piezas del rompecabezas soñadas como si fuera el monstruo de Frankenstein, como una quimera que debe ser insuflada de vida. Y esto lo conmueve al punto de la desesperación. Encontrarla se vuelve su único objetivo. Algunos dicen que el destino está escrito, otros que cada decisión lleva a un final ineludible. Sea cual sea la interpretación de la vida humana, años después el Maestro se topa con su destino. Durante una exposición en la que interviene su obra, advierte a una mujer que no deja de mirarla. Es ella. El maestro se presenta y la mujer le pregunta cómo fue que la pintó si jamás se vieron. Él le explica, ella se emociona y comienzan una relación amorosa que deriva en convivencia. Ahora está satisfecho; las tiene a ambas. Pero poco a poco la realidad le demuestra que la mujer, a diferencia de la imagen del lienzo, posee vitalidad y personalidad propias. Las discrepancias entre los dos van socavando la relación. La figura en el lienzo puede ser alterada a su antojo. La mujer real, no. Pinta sobre lo ya pintado, cambia colores y luces por sombras. En su indeseada impotencia vuelve a dedicar gran parte de su tiempo en admirar su obra perfecta en desmedro de compartirlo con la mujer.

Una mañana, al despertarse, se da cuenta que la mujer no está. Grita su nombre y la busca sin éxito. Entonces descubre que falta también la pintura; y en su lugar una nota espera ser leída. “Me esforcé en estar a tu lado”, empieza, “pero está claro que no es a mí a quien amás sino a la imagen del lienzo que con tanta emoción pintaste. Estoy segura que sufrirás más su pérdida que la mía y es por eso que la llevo conmigo. Así te liberarás de la locura de enamorarte de tu propia fantasía.” Luego de varios meses de buscar a la mujer, el Maestro comprende que ella tenía razón; es la pintura lo que más desea. Esa figura que fue componiendo en sus sueños y proyectando en la tela nunca será el reflejo de una realidad. Busca los bocetos y comienza una nueva obra. Los pinceles van trazando líneas y formas, sombras y luces. Pero el Maestro no encuentra satisfacción. Nunca podrá alcanzar aquella obra perfecta y entonces cae en un estado obsesivo cercano a la locura. Su amor, el único, vive en la fantasía de sus sueños.

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UN DÍA DE PERROS Por Raúl Ógar Ilustrador Hugo Costanzo

—1— El lugar perfecto 12:30 p.m. Fecha 24 La casa no era en absoluto lo que Laura había imaginado. La fachada se encontraba en un estado lamentable, con telas de arañas por todas partes. La puerta de entrada se mostraba agrietada, sucia y vieja. Pero, aun así, a Laura se la veía feliz. Mientras ella se encargaba de sacar sus pertenencias del auto, Malena, su hermana menor, hacía grandes esfuerzos para intentar abrir la puerta de la maltrecha morada. El trayecto había sido largo y agotador. Dirigirse a las afueras de Sacramento, en un viaje nada recomendable para unas veinteañeras como ellas, había resultado una decisión difícil de tomar a sabiendas del peligro al que se exponían conduciendo a través de una ruta desolada y arriesgada como sin duda lo era aquella. —No sé cómo dejé que me convencieras para que te acompañara —rezongó Malena luego de toser por el polvo que había soltado la puerta cuando consiguió por fin abrirla. —¿Es que no lo ves? —dijo Laura apoyando los bolsos en la tierra ya seca a pesar de la tormenta de la noche anterior—, es el lugar perfecto para empezar mi novela: nada de ruidos molestos, nada de gente enloquecida y entrometida, nada de teléfonos sonando con tipos llamándote para que te acuestes con ellos, ¿entiendes? —Es una pocilga. —Nada que no se pueda solucionar con una buena limpieza. Malena miró con fastidio a su hermana, se arrimó hasta ella, se inclinó a recoger los bolsos y entró en la casa. 18:00 p.m.

El crepúsculo empezó a asomar. El trabajo de aseo que habían realizado era increíble. Laura permanecía sentada en un rotoso, pero cómodo sillón leyendo una novela de Clive Barker mientras Malena bebía café en su taza del Pato Donald, atisbando a través de un marco sin ventana. —¿No crees que deberíamos poner algo aquí? —preguntó Malena. —¿Eh? —Laura estaba muy concentrada en su lectura. No sabía de quién había heredado tal pasión, pero, demonios, de veras que le encantaba. —Un buen pedazo de tela vendría bien. —Sí, sí —contestó Laura sin prestarle apenas atención. 1:00 a.m. Fecha 25 El sitio donde debería haber una ventana había sido cubierto con un trozo de tela que Malena arrancó de una de las sillas. Había tenido la suerte de encontrar clavos y un martillo en el fondo de un desvencijado armario. Ya avanzada la noche y tras haber cenado sándwiches de pan francés con fiambre —Laura no tenía pensado quedarse mucho tiempo, y por esta razón no se había armado de grandes provisiones—, Malena rompió un silencio que ya llevaba manteniendo durante unas horas por respeto a su hermana, que escribía a mano en un cuaderno de espiral. —¿Cómo es posible que el tío tuviera la idea de construir esta porquería tan alejada de la civilización? —preguntó, sorbiendo jugo de manzana directo de la caja. —No lo sé, ni me interesa —contestó Laura sin levantar la vista del cuaderno—. La casa, aquí donde está, me sirve y mucho, además, y tus preguntas ya me están empezando a alterar un poquito. —¡Ay, está bien! Contigo no se puede hablar. —Tienes razón, así que, como ya me has interrumpido, dejo de hacer lo que he venido a hacer, agarro mi silla y me voy a leer al porche. 26


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—Pues vete adonde se te dé la gana —le espetó Malena mientras Laura cerraba el cuaderno con el lápiz dentro y se retiraba con la silla y el libro—. ¡Si solo querías compañía, hubieras comprado mejor un perro! Malena se quedó sola con su alma y el envase de jugo en la mano, y después de un rato se acercó a la puerta y se recostó en el marco, perdiendo la mirada en la oscuridad del predio. —¿Cómo murió? —preguntó Malena al cabo de cinco minutos. —¿Eh? —La novela era atrapante. —El tío, ¿cómo murió? Laura volvió a cerrar el libro y se quedó pensativa unos segundos, giró la cabeza por encima de su hombro izquierdo y se encontró con los hermosos ojos verdes de su hermana. —No tengo idea —respondió, asombrada de su ignorancia. Malena se acuclilló y posó sus manos sobre las rodillas de Laura. —¿No te parece extraño, Lau? Porque, si no me equivoco, no recuerdo que se haya tocado en ninguna ocasión el tema en casa. Por lo menos no lo he oído de boca de mamá o papá. No delante de nosotras, desde luego. —Dudo que alguien sepa realmente qué le sucedió. Ni siquiera el abuelo, que es su hermano, nunca habla de él. Así que… ¿qué tal si me dejas leer? —¡Ay, bueno! —dijo ofendida y se levantó—. ¿Ves?, no se te puede hablar. Entró en la casa y lavó su taza favorita antes de marcharse a dormir. Consultó la hora en su reloj de pulsera y vio que las agujas marcaban la una y veinte minutos. Le gritó a Laura que apagara luego las luces y se trasladó a la habitación. Una vez dentro, encendió la radio portátil y sintonizó Aspen 102.3, donde sonaban los Crowded House con «Don’t dream it’s over». Una buena canción para dormir. Ni bien estuviera tendida en la cama, sus ojos comenzarían a cerrarse y los sueños empezarían a hacer su festín habitual. Varias canciones pasaron de largo y, para cuando Elton John entonó las primeras estrofas, Malena se dejó caer en los brazos de Morfeo. Laura seguía inmersa en su lectura, pero la tenue luz del porche le empezaba a hacer daño en la vista. Entró y dejó la silla en la cabecera de la mesa, en la cual apoyó el libro. A continuación, cerró la puerta con llave y apagó la luz de afuera. Atravesó el comedor hasta la cocina en busca de la caja de jugo y la encontró vacía sobre la mesada de aluminio. La estrujó y la arrojó al tacho de basura. Apagó la luz de la cocina. Volvió al comedor y también apagó las de allí. Chau,

luces. Le restaban unos pocos pasos para llegar al cuarto y tirarse junto a su hermana, quien de seguro parecería un cadáver que roncara y babeara. Pero antes se abrigaría, ya que la brisa que penetraba por el marco sin ventana la hacía tiritar. Pero… ¿Que acaso Malena no había tapado el hueco con…? Al llegar al umbral de la habitación algo frío oprimió su nuca. —Muévete y te vuelo el coco, putita. —2— Los suicidas 1:10 a.m. Fecha 24 El humo del cigarrillo hacía que el cuarto se pareciera a las neblinosas calles de Londres. Los allí presentes murmuraban a pesar de que nadie los podía oír. El contenido de un J&B estaba por la mitad a los pies de la cama en la que una mujer fumaba un largo Benson & Hedges. Chad rascaba, aburrido, sus pulgas con una de las patas traseras. Lucas Mas, un joven drogadicto que había logrado formar parte del grupo chantajeando a su hermana —Tania, la de la cama— con la amenaza de contarles a sus padres el aborto que se había hecho realizar el año pasado, miró la hora impaciente. —Tu hermano y tú serán los primeros en entrar — explicó Pablo Aguirre a Tania—. Deben ser precavidos o estaremos en problemas. Él ya sabe lo que tiene que hacer. —Perfectamente —dijo el aludido, Melena, apodado de aquella manera por su cabeza calva. —Luego entro yo y todos contentos. En una esquina, sentado con las rodillas flexionadas, Carmelo Renni escuchaba el plan con atención. Sostenía entre los dedos un cigarrillo a medio fumar y le dio una calada antes de apagarlo en la palma de la mano con una mueca de dolor que nadie pudo notar. —Algunas veces el creerse inmortal lleva a uno a la muerte convirtiéndolo en un tonto suicida. Todos giraron las cabezas hacia el emisor de semejante sentencia, quien contemplaba con simpatía la quemadura de cigarrillo que se había infligido. Levantó la vista y se puso de pie. —Se hace tarde —dijo, y se retiró del cuarto. 1:35 a.m. La noche era fresca cuando un Citroën blanco estacionó frente a la vereda paralela al drugstore y una mujer y un joven bajaron de él y se adentraron en el 28


negocio para, en teoría, comprar cigarrillos y cervezas. El oficial de policía que acompañaba al empleado del local dándole charla sobre los numerosos arrestos que había llevado a cabo durante su carrera en la fuerza cerró la boca para que su interlocutor pudiera atender a los clientes y de paso admirar con más detalle a la tremenda morocha de nariz pequeña y pechos y trasero enormes que acababa de ingresar ofreciéndole una sonrisa un tanto insinuante, «quiero acostarme contigo», leía en esos ojos de pupilas negras el hombre de la placa, «aquí mismo si lo deseas», contestaba él con los suyos. La lasciva imaginación del policía dejó de trabajar cuando lo azotó una repentina lluvia de golpes. El dependiente intentó intervenir, pero se encontró con que las armas de Tania y Lucas Mas lo apuntaban en ese instante. Melena fue llevando al agente hasta el piso hacia la inconsciencia a causa de los terribles culatazos que le propinó. Se incorporó y se restregó las manos manchadas de sangre en el jean. Le tiró un beso al empleado del drugstore y salió corriendo para dar lugar a que Pablo irrumpiera en la escena con un bolso negro colgado al hombro. —Dame todo el dinero o te vuelo el coco —ordenó este último apuntándole a la frente. En el Citroën aguardaba Carmelo acariciando el lomo del manto negro, el cual jadeaba sediento. Melena abrió la puerta trasera y entró al auto. —¿Y? —preguntó Carmelo indiferente. —Lo hice mierda —respondió eufórico Melena. En ese momento Pablo salía del negocio y tras él, cargados con cajas de cigarrillos y packs de cervezas, le seguían Tania y Lucas. Pablo accedió a la parte trasera del vehículo, se sentó junto a Melena y cerró la puerta tras de sí. —Diablos, Tano —le dijo a Carmelo—, tenías razón, ese drugstore es un puto banco. No puede ser cierto que hayamos sacado todo este dinero. —Golpeó el bolso para señalar que allí tenía el botín. Carmelo lo observó por el espejo retrovisor sin añadir nada al respecto y sin dejar de acariciar a Chad. Tania había llegado al auto cuando un trueno sonó en el cielo y las primeras gotas de agua comenzaron a caer. Se volteó a la espera de su hermano justo para ver cómo a este se le caían los paquetes de cigarrillos en medio del asfalto. Tania hizo un gesto de disgusto y se volvió para ayudarlo con el peso, a pesar de ir cargada ella misma con los packs de cervezas. Al llegar a su lado, Lucas se levantó con una sonrisa estúpida dibujada en el rostro. —Perdón —dijo, y al instante se oyó: —¡CUIDADO!

La sangre de Lucas salpicó a Tania por completo antes de que este se derrumbara, primero sobre sus rodillas y luego de costado. Tania, conmocionada por la sorpresa, dejó resbalar las cervezas de sus manos. Las botellas estallaron en los adoquines de la calle al mismo tiempo que el policía se desplomaba después de haber disparado —aturdido aún por los golpes recibidos— al delincuente juvenil. Cuando los del auto salieron a socorrer a sus compañeros, la lluvia comenzó a arreciar. Carmelo se acercó al policía desmayado en el suelo y le vació el cargador entero en la espalda. Inspeccionó dentro del local en busca del empleado, pero ya no se encontraba allí. Melena y Pablo tomaron a una turbada Tania por debajo de los hombros y la arrastraron hacia el Citroën. Vecinos de la cuadra asomaron sus cabezas atraídos por el escándalo y el aullido de pavor de una mujer se unió al rugido de un trueno. Cuando los asaltantes se dieron a la fuga, la gente llamaba ya al 911. —3— La vida y el destino, la misma mierda 1:40 a.m. Fecha 25 —Muévete y te vuelo el coco, putita. Laura sintió que el corazón le iba a estallar y, sin que tuviera posibilidad de reaccionar, fue arrojada al suelo y se dañó las rodillas. No pretendía decir nada, hacía un gran esfuerzo por mantener la boca cerrada, pero su agitada respiración se lo impedía. La luz de la habitación estaba encendida, ya que Malena se había quedado dormida antes de poder apagarla. Laura giró la cabeza hacia atrás y sus ojos se toparon con su atacante, que mantenía un dedo apoyado en los labios formando la famosa señal de silencio. Detrás de él apareció otro sujeto, alto, que pasó junto a ellos y se recostó junto a Malena, la cual dormía a pata revuelta. El individuo le apartó el ondeado y sedoso cabello del rostro con delicadeza y comenzó a soplarle la oreja. Starship sonaba con «The burn» cuando la bella durmiente decidió despertar, y, al ver al extraño que la acariciaba, se alejó de él pegando un alarido y se fue de bruces al piso. —Tranquila —dijo el intruso, de panza sobre el colchón. —¡AHAHAH…! —Ey, tranquila. —¡AHAHAH…! —Tranquila, mierda —repitió, y le dio una bofetada que le dejó la mejilla al rojo vivo.

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9:00 a.m. Las siete horas que pasaron encerradas en la habitación se hicieron eternas para las hermanas Nel. Pero si alguien les hubiera preguntado qué preferían a estar sentadas y maniatadas junto a los nuevos visitantes, de seguro gritarían que deseaban que las devolvieran al cuarto. En el transcurso del encierro solo oyeron a los individuos hablar un par de horas, el resto había sido de un silencio total, cosa que les indicó que estaban dormidos, pero nada podían hacer ellas, ambas atadas y amordazadas con sus propias medias en la cama. Ahora las dos se encontraban en el comedor sentadas una alejada de la otra, viendo y escuchando a sus captores. La mujer, Tania, hojeaba el cuaderno de Laura. —¿De qué trata la novela? —preguntó Tania a Malena, inmovilizada en una silla. —La que escribe es ella, y nunca me dice acerca de qué lo hace. —¿Cómo te llamas? —Malena. —Tania abrió sorprendida los ojos de par en par. —Oye, Melena, casi como tú, pero con pelo y pechos. Melena le dedicó una falsa sonrisa y le mostró el dedo mayor. —¿Y la otra cómo se llama? —Si quieres saber cómo se llama la otra, pregúntaselo tú misma a ella. Tania se quedó observándola unos instantes y luego se alejó de ella, arrojando el cuaderno sobre la mesa. El estar allí se tornaba monótono. A pesar de haber dormitado durante la noche, la mañana se hacía larga y, para colmo, el día se esperaba caluroso y húmedo. Laura permanecía en el sillón apresada por las muñecas y las rodillas, estudiando toda la escena: el alto, al que llamaban el Tano, estaba apoyado junto al marco sin ventana fumando un cigarrillo mientras miraba hacia afuera. El desgraciado que la había apuntado por la espalda, Pablo, daba vueltas incesantes, yendo y viniendo sobre sus pasos, pensativo y preocupado. El pelado, al que tan originalmente habían apodado Melena, jugaba, en cueros y ataviado solo con una sábana blanca sujeta por la cintura, con el manto negro. —¿Es que no te piensas vestir? —le preguntó Tania a Melena. —En cuanto se seque la ropa —contestó él imitándole la voz en tono de burla. —¿Por qué no nos vamos, eh? —inquirió Tania dándole la espalda al calvo. —Convendría esperar a que anochezca —dijo Pablo sin dejar de andar y sin levantar la vista del suelo.

—¿Y mientras tanto qué, nos sentamos en ronda, nos hacemos la paja y tomamos la leche? —Eeesa boquita es la que me gusta —canturreó festivo Melena. —¡Tú cállate! —le gritó irritada—. De veras, chicos, falta todavía toda una maldita tarde. ¿Qué vamos a hacer? —Improvisar —dijo Carmelo, tiró la colilla al piso y la estrujó con el zapato. Se dirigió al cuarto de las dueñas de la casa y salió con la radio bajo el brazo. Intentó levantar las persianas de las ventanas que flanqueaban la puerta de entrada, pero le fue imposible, así que apoyó la portátil en el umbral de la puerta y la encendió. Todos lo observaban expectantes, intrigados por lo que haría a continuación, pero no hizo más que salir al exterior, sacarse la camisa y ponerse a bailar. Invitó con un dedo a Tania, quien, repuesta ya por lo visto de la muerte de su hermano, sonrió resignada y aceptó la invitación a danzar al rito de «I think I’m paranoid» de Garbage. Melena corrió, envuelto en la sábana, en busca de las cervezas y los cigarrillos. El velatorio se transformó en una fiesta en pocos segundos, aunque la cerveza estuviera caliente y el sol quemara como el propio infierno. El polvo de la tierra se elevaba en torno de los festejantes a cada paso que daban. «Qué injusta es la vida en ocasiones», pensó Malena. Horas atrás había creído que estaría sola —mejor dicho, en compañía de su hermana—, sirviéndole de musa a Laura para que esta se hiciera famosa gracias a su primera novela, y ahora se encontraba atada en una silla, gimoteando y en ropa interior. Laura se mostraba ajena al llanto de Malena. Ella no lloraba. Jamás lo hacía. Tal vez no había nacido bonita como su hermana, con aquellos preciosos ojos verdes —los de ella eran en cambio «del color de la caca». Pues así consideraba los suyos—, pero sí más fuerte de carácter, y se juzgaba capaz de tolerar una situación incluso peor que esta. «Por fortuna no nos torturan ni nos violan». Laura al menos conservaba su ropa. Escudriñaba todo lo que acontecía sin pestañear, pero no sin sentirse también decepcionada con la vida al igual que lo estaba su hermana menor. «¿La vida o el destino?», pensó. «Bah, eran la misma mierda», lo único que quedaba era aguardar a que anocheciera sin cometer ninguna estupidez que les costara caro. Aunque faltaba tanto para que la luna saliera... Esperar. Solo eso, esperar. La transpiración de los bailarines comenzaba a olerse en el aire. Pablo estaba agitado de tanto corretear con Chad, que sacudía el rabo como nunca. 30


Los secuestradores se habían topado con un oasis en medio del desierto. Todo parecía en orden. No había ni rastro de policías. No había casas alrededor. Ni siquiera se oía o se divisaba pasar un auto por la carretera. No se veía un alma más que las de ellos y las de los ángeles que los habían guarecido. Salvo por… Pablo sujetó a Chad por el collar de cuero que tenía en el cuello cuando comenzó a ladrar. Todos se volvieron hacia el visitante cojo que surgió de improviso de entre los arbustos y las malas hierbas: un perro. Era evidente que padecía sarna, dado su escaso pelambre y los relieves grisáceos de su lomo. Allí parado daba la impresión de hallarse petrificado hasta que llevó el peso del cuerpo a sus cuartos traseros y se quedó erguido en dos patas para olisquear el aire girando la cabeza de un lado al otro. Su única pata delantera se sostenía estática, mientras que el ojo que aún albergaba su cuenca fisgoneaba a los presentes. —Todo un equilibrista —bromeó Melena, y le arrojó una piedra para ver qué hacía. Pero el perro no se inmutó. Volvió a posarse en sus tres patas con lentitud y se alejó por la senda por la que había venido. —¿De dónde ha salido ese perro? —preguntó Tania. Carmelo se encogió de hombros, mostrando las palmas de las manos al cielo. —¿Qué importa el perro? —expresó sin interés Pablo—. Lo que importa ahora es que me muero de hambre. —También yo —convino Melena—, pero antes deberíamos darnos un buen baño. —Una propuesta más que acertada—. ¡Yo me ducho con Tania! —Sí, sí, ¿cómo no? —replicó Tania irónica y divertida, dirigiéndose hacia la casa. Entre el aseo y la comilona, el mediodía se hizo inminente. Decidieron dormir la siesta por turno para poder vigilar a las hermanas —las cuales fueron obligadas a seguir escribiendo la novela juntas. ¿Pero qué diablos creerían esos tipos que podrían crear en aquellas circunstancias? Por lo visto, nada bueno— y así cerciorarse de que no llegara ninguna visita indeseable que los tomara desprevenidos. De esa manera pasó la tarde, y la noche encontró a los delincuentes en silencio absoluto, preparándose para partir y reanudar su camino. Pronto, Laura y Malena quedarían en libertad y sin rasguños, aunque sí con algún que otro manoseo sin mayores consecuencias impedido por Tania. 20:00 p.m. La pesadilla estaba a punto de llegar a su fin y las chicas, ya desatadas, daban las gracias al cielo. —¿Dónde está Chad? —preguntaba Pablo mientras

se colgaba el bolso del botín al hombro cuando la puerta se abrió brutalmente. Melena, Carmelo, Tania y Pablo desenfundaron las armas al mismo tiempo y apuntaron en dirección a la entrada. Laura y Malena estallaron en un chillido de horror y sorpresa. Un hombre había entrado y caído de rodillas implorando ayuda. —4— Rumbo al infinito 4:00 a.m. Fecha 24 Terminada la tormenta, el amanecer estaba próximo a asomar. Las hojas de los árboles planeaban sobre las mojadas calles de Sacramento, por las que solo se veía pasar a un Citroën blanco a alta velocidad con una mujer, un perro y tres hombres en su interior. Ella, en el asiento del acompañante del conductor, ahogaba sollozos, y el que conducía la consolaba con caricias en la mejilla. El animal viajaba con la cabeza sacada por la ventanilla trasera, con la lengua fuera chorreando baba, y los dos sujetos que iban a su lado permanecían callados. —Podríamos parar para comer algo —planteó uno de estos últimos. —Sí —acordó el conductor—, de paso llenamos el tanque. Luego del atraco al drugstore, se habían resguardado durante una hora en un callejón hasta que su compañera se repuso del shock provocado por el deceso de su hermano menor. Enseguida se habían puesto nuevamente en marcha y viajaron más de una hora sin detenerse. Había llegado el momento de hacerlo, y lo hicieron en una estación de servicios provista de un pequeño local comercial. Se bajaron del auto y dejaron al perro dentro. No se entretendrían mucho tiempo, no era conveniente. Los tres hombres se sentaron en torno a dos mesitas cuadradas a la espera de la mujer que los acompañaba, quien se dirigió a los sanitarios para lavarse el rostro de la sangre y las lágrimas. Anduvo a paso ligero, ocultando la cara al empleado del lugar. —Debemos estar más unidos que nunca a Tania — susurró, para no ser oído, el más alto de los tres, el conductor del vehículo. —Yo puedo unirme y pegarme a ella si quieren — dijo uno, cortando de súbito la carcajada tras el golpe en la calva cabeza que le propinó el tercero. —Lo de Lucas no podrá superarlo. Fingirá que sí ante nosotros, la conozco, pero no va a ser así —aseguró el primero. 31


—¿De qué hablan? —Los sorprendió Tania por la espalda. —De adónde carajo iremos a parar —contestó el calvo. —Hola, ¿qué les sirvo? —Ninguno se había percatado de la aproximación del empleado. —¿Cuatro Pepsis y cuatro panchos está bien? —consultó el alto. —¿Gaseosa, Tano? —La pregunta quejosa fue del sujeto que no era calvo. —Sí, Pablo, gaseosa. Me extraña de ti que lo preguntes. —¿Nada más? —preguntó el empleado. —Y el tanque lleno, por favor —dijo el Tano arrojándole las llaves del auto. El joven las agarró en el aire y se retiró. —Vamos a tener que salir del pueblo —sentenció el Tano en voz baja. —No tengo a nadie fuera de aquí —dijo el pelado. —Tampoco tienes a nadie aquí, Melena. Cierra la boca. —¿Ese te parece un buen plan, Carmelo, irse del pueblo? —desdeñó Tania. —Si se les ocurre una idea mejor me la dicen. Nos busca la policía y no podremos escondernos por mucho tiempo en este pueblucho de mierda. El camarero reapareció con una bandeja con los panchos y las latas de gaseosas en ella, depositó las bebidas y la comida en la mesa y se retiró, y al rato salió para llenar el tanque del auto. —¿Tenemos cerveza en el coche y tomamos esta porquería? —renegó Pablo. —Este tipo de comentarios los espero de Melena y no de ti, amigo… —repuso Carmelo. —¡Ey! —soltó Melena haciéndose el ofendido. —…La policía podría pararnos por cualquier cosa que no sea por lo que hicimos y no pienso ir preso por estar ebrio —continuó Carmelo. —Hablando de Roma… —intervino Melena. El empleado del lugar entró con dos uniformados riendo a carcajadas. Pasaron frente a ellos sin prestarles atención, fueron hacia el mostrador y luego el dependiente regresó a la mesa con un ticket y las llaves del automóvil. —¿Les molesta si les voy cobrando? —dijo. —En absoluto —contestó Melena, y le dio un codazo a Pablo. Este hurgó en el bolsillo de su campera de cuero y sacó un billete de valor mayor que el monto que figuraba en la cuenta. —Quédate con el vuelto —dijo Pablo, y los cuatro se pusieron de pie. —Oigan, pero si no han acabado, ¿acaso no les ha gustado? —advirtió el joven. 32


—Sí —dijo Pablo levantando las cosas de la mesa sin dejar de vigilar a los policías. Los demás hicieron lo mismo—, los terminaremos en el camino. Salieron raudos del local y, al llegar al auto, uno de los policías se giró en su dirección todavía riendo, observó a los tres hombres, a la mujer y al perro y su risa se fue consumiendo ante esa imagen que se multiplicaba en su cabeza: «Tres hombres, una mujer y un perro. Tres hombres, una mujer y un perro. Tres hombres, una mujer y un perro. Tres hombres, una mujer y un perro». —¡Son ellos! —vociferó, desenfundando el arma y corriendo hacia aquel grupo. Su compañero se sobresaltó, lo imitó un tanto atolondrado y lo siguió. Cuando cruzaron la puerta, el Citroën salía a toda máquina sin hacer caso del: «¡ALTO, POLICÍA!» Los hombres de azul se apresuraron hacia el patrullero, y al compás de la sirena dieron inicio a la persecución. Melena y Pablo volvían a estar en la parte trasera del vehículo y sacaron medio cuerpo de sus respectivas ventanas para obsequiar con una lluvia de balazos a sus perseguidores, que les pisaban los talones. El capó del patrullero parecía un colador. La desesperación de los policías les impedía contraatacar, una desesperación impotente que terminó en el instante en que una bala atravesó el parabrisas y alcanzó la dentadura del conductor, haciendo volar dientes, sangre y trozos de carne de labio. Su compañero asió el volante para mantener el curso, pero el capó se abrió obstruyendo su visión, y el vehículo trastabilló y volcó de lado dando dos espectaculares piruetas en el aire. Los gritos de triunfo de los perseguidos hicieron eco en la desolada mañana mientras las hojas amarronadas se arremolinaban en los neumáticos del Citroën, que continuó su curso sin rumbo ni destino. 13:00 p.m. Sacramento había quedado atrás y a pesar de haber llovido el calor era insoportable. ¿Cuánto tiempo había transcurrido ya? Lo mejor sería no preguntarse nada o se volverían locos. Llevaban varias horas a un costado de la ruta descansando del accidentado viaje. Melena se echaba una larga y aliviadora meada a pocos metros de donde el resto de sus compañeros reposaban tirados, los hombres y Chad en el pasto, Tania sobre el capó del auto. A pesar de ser buscados, disfrutaban de un buen momento. Hacía mucho que no compartían una tarde así, tranquilos, sin atracos ni nada que se le pareciera.

Todos juntos sin violencia. Bueno, no todos. Lucas había cambiado las armas por el arpa y ahora servía de alimento para gusanos. El pobre había quedado en el camino. Varias paradas y muchos kilómetros sucedieron a este reposo en el trayecto al infinito. En la ruta, a cada tanto, algún que otro camión se cruzaba con ellos en un viaje desprovisto de contratiempos. Lo importante era eso: no sufrir contratiempos. 1:15 a.m. Fecha 25 —¿Qué hora es? —preguntó Pablo, impaciente. —La una y cuarto —respondió Carmelo mirando su reloj. —¿Se puede saber adónde mierda vamos? Hace no sé cuántas horas que estamos viajando… —¡Detente, Tano! —interrumpió entusiasta Melena—. Detente, rápido. Carmelo puso el pie en el freno y Melena se bajó señalando a lo lejos, más allá de los árboles y los arbustos. —¡Una casa, una casa! —gritó. —¿Una casa? —se sorprendió Carmelo, asomándose por la ventanilla—. Hace horas que no se ve una. ¿Y justo aquí la hay? Se bajaron del vehículo para comprobar lo que decía Melena y sí, era cierto, una casa se alzaba a lo lejos. Melena, impulsado por la emoción, salió disparado hacia el oscuro paraje boscoso en dirección a la propiedad. —¡Melena! —lo llamó Carmelo—. ¡Vamos con el aut…! —Pero Melena desapareció en la noche como si la oscuridad se lo hubiera tragado, y un grito de ayuda espantó a todos. Los tres corrieron en busca de su compañero con Chad ladrando detrás de ellos. Lo hallaron a unos cincuenta metros. El estúpido había caído en un pozo lleno de agua embarrada, producto de la lluvia de la noche anterior. El calor no lo había logrado secar del todo debido a su profundidad. Melena estaba sucio y empapado, cosa que hizo reír a los demás. Lo ayudaron a salir de allí entre risotadas y regresaron al Citroën. Anduvieron lentamente y estacionaron a una distancia prudente, ya que alguien leía en el porche de la casa. Pablo descendió y se aproximó con cautela al posible asilo, bordeó la vivienda para inspeccionar el lugar y se encontró una ventana con un trapo cubriéndola por dentro. Volvió con sigilo en busca de los demás y todos se encaminaron hacia el sitio que les indicaba Pablo. Carmelo se encargó de quitar el harapo sin hacer barullo. Pablo contenía a Chad por el collar y 33


le sostenía el hocico para que no ladrara. Tania fue la primera en ingresar, le siguió Carmelo, y a continuación lo hizo Melena; Pablo hizo entrar a Chad y luego pasó él. Listo, solo quedaba esconderse, pero… ¡mierda!, no había ningún lugar donde ocultarse. Melena fue a la habitación y volvió enseguida. —Hay otra mujer allí dentro —susurró. —No quiero que nos vean y comiencen a gritar — dijo Carmelo, y se encaminó hacia la entrada. —¿Adónde vas? —le preguntó Tania. —No tiene sentido escondernos de ellas. —Espera —dijo Pablo—. Que sea divertido entonces. —¿Divertido? —Volvamos a salir. —¿Por la ventana? —Carmelo comenzaba a impacientarse. —Sí, vamos, rápido —los apuró Pablo a empujones. De mala gana le siguieron el juego y el último en salir lo hizo en el momento en que la propietaria se introducía en la vivienda. Desde afuera vieron cómo la joven cerraba la puerta con llave, apagaba la luz del porche y atravesaba el comedor hasta la cocina para apagar las de allí también. Cuando volvió al comedor y dejó a oscuras ese sector, Pablo volvió a ingresar por la ventana. A la mujer no le restaban más que unos pocos pasos para llegar al cuarto y, al acercarse al umbral de la habitación, Pablo oprimió su arma contra la nuca de la muchacha. —Muévete y te vuelo el coco, putita —la advirtió. —5— Momento grotesco 20:00 p.m. Fecha 25 La puerta se abrió brutalmente. Melena, Carmelo, Tania y Pablo desenfundaron las armas al mismo tiempo y apuntaron en dirección a la entrada. Laura y Malena estallaron en un chillido de horror y sorpresa. Un hombre había entrado y caído de rodillas implorando ayuda. Lloraba y sangraba por una de sus manos, en la cual le faltaba el dedo meñique, y su atuendo estaba destrozado. El sujeto miraba cómo le apuntaban, pero no le importaba, solo quería ayuda. Carmelo le ordenó que se pusiera de pie y que dejara de llorar, y le gritó a Laura que se encargara de él. El Tano se asomó a la puerta para descubrir quién había herido así a aquel tipo, pero no había nadie a la vista. Nada más se apreciaba el sonido de los insectos. Cerró la puerta e interpeló al hombre, quien improvisa-

ba un torniquete con la manga de su camisa, idea que le fue sugerida por Laura. El malherido se presentó con el nombre de Santiago Real y contó su historia. —Tano, será mejor que nos vayamos cuanto antes de aquí —le dijo Pablo al oído—. Que se hagan cargo ellas del viejo, esto se ha puesto grotesco. Carmelo asintió y les dijo a Laura y a Malena: —Mamitas, les dejamos el paquete, nosotros nos… Unos rasguños en la puerta lo interrumpieron. —¡No permitan que me hagan daño! —lloriqueó Santiago. —¡Cállese! —ordenó Carmelo con el arma en alto. Con un gesto le indicó a Melena que abriera la puerta, y este obedeció y tomó el picaporte, haciendo oídos sordos a los gemidos y al ruido de rasguños. Tragó saliva, nervioso y, a la cuenta de tres, la abrió dando paso al ser que acechaba fuera, el cual entró de un salto en dirección a Pablo, quien estaba frente a la entrada. —¡Ey, pequeño! —dijo este a Chad, que no dejaba de lamerle el rostro—. ¿Dónde te habías metido? Melena, con la mano aún en el picaporte, reía aliviado. Carmelo, de espaldas a la entrada, se quedó observando al hombre y al animal acaramelados y apenas fue consciente del peso que lo dejó indefenso boca abajo en el piso: una bestia había entrado por sorpresa y saltado sobre él. Todos se quedaron estupefactos ante la repentina embestida y no reaccionaron al pedido de ayuda de Carmelo. Tras unos eternos segundos —en los cuales Laura y Malena no dejaron de gritar que hicieran algo—, Tania descargó tres disparos en el lomo del animal y este quedó tendido sobre el Tano, que estaba inconsciente con media oreja menos y el cuello a la miseria. Santiago se había desvanecido. —¡Cúbranle ese cuello con algo y larguémonos de aquí! —bramó Melena, cerrando con violencia la puerta. Pablo pateó a la bestia que se hallaba sobre el cuerpo de Carmelo, extendió sobre la herida de su compañero el trapo que antes había tapado el marco de la pared y cargó a su compañero sobre su hombro. —Salgo primero. Preparen las armas y cúbranme por si aparece otro de estos bichos. —¿Y nosotras? —dijo Malena dando un paso al frente. —Me cago en ustedes —le escupió en la cara Melena—. Se quedan con el viejo, y calladitas. —Ya, váyanse de aquí, hijos de puta… AAAYYY. —¡LAURA! —rugió Malena. —Creí escuchar que les dijeron: «y calladitas» —dijo Pablo después de haberle disparado a Laura en un 34


muslo. Malena se arrodilló junto a su hermana, la cual había caído y se tomaba incrédula la pierna sangrante. Tania se aventuró a mirar por el marco vacío y vio a otra de las bestias con lechosas y verdes lagañas en los ojos rondando la casa. La apuntó con el arma y… Clic. Clicclicclicclicclicclic. Los ojos parecieron salírsele de las órbitas. —Se me acabaron las balas —anunció a sus compañeros. Santiago comenzaba a despertar. —¿Cuántas te quedan? —preguntó Pablo a Melena. Este se fijó. —Tres. Pablo revisó su arma. —A mí cuatro. La tela que cubría el cuello de Carmelo comenzaba a empaparse y la sangre de la oreja se derramaba sobre la campera de Pablo. Chad era una estatua, no ladraba, no jadeaba, no agitaba la cola… no hacía nada. —Están dementes si piensan en salir —dijo Santiago una vez hubo comprendido lo que estaba sucediendo—. Hay más de ellos allí afuera. —No te metas en lo que no te importa —le replicó Melena—. ¿Y bien? —preguntó a sus compañeros. —Larguémonos de aquí —dijo Pablo, y se aferró al picaporte de la puerta. —6— Viaje accidentado 19:50 p.m. Fecha 25 El sueño lo iba derrumbando poco a poco, parecía como si los párpados tuvieran varillas de fierro en lugar de pestañas. Por la forma en que zigzagueaba el Renault 12, daba la impresión de que quien lo conducía estaba ebrio. Aunque, borracho o con sueño, el resultado sería idéntico. Cabeceaba de manera brusca, su cabeza bajaba hasta que el mentón tocaba su pecho, y al segundo la enderezaba casi hasta el punto de descabezarse. Pasaba del dulce sueño a la oscura realidad de la ruta sin poder controlarlo. Cabeceo. Ruta. Cabeceo. Ruta. Cabeceo. Choque en el paragolpes. Frente contra el volante. Frenada y ruta. 35


El frentazo al volante le había abierto el entrecejo; se desprendió el cinturón de seguridad y bajó del auto, aturdido, dándose masajes con los dedos en la frente. A un metro de la trompa del automóvil pudo divisar a un animal tendido de lado, se acercó a él y reconoció a un perro. Lo tocó con la punta del zapato para verificar si seguía con vida, pero el can no dio ningún signo de ella. Lo empujó con el pie y lo arrastró así hasta un costado de la ruta. Se dio la vuelta para regresar a su auto, pero se encontró con otro perro, este muy vivito y coleando, parado junto a la puerta del conductor. El hombre se sobresaltó y la adrenalina que largó por los poros provocó al animal, que le mostró desafiante su afilada dentadura. La mente del sujeto lo abandonó por completo, lo dejó librado a su suerte, indefenso, sin ideas. Reculó dos pasos y ese pequeño acto hizo que el perro se abalanzara hacia él. El tipo, un viejo con bigotes, de unos sesenta y ocho años de edad, gritó de miedo, estirando los brazos en un estúpido gesto de querer detener el ataque y dando al animal la oportunidad de alcanzar su mano izquierda y de arrancarle el dedo meñique de un tarascón. Una vez, de niño, el anciano se había martillado el dedo gordo al intentar clavar una madera de machimbre en un árbol a modo de escalón. El dolor había sido tremendo, pero el que experimentaba ahora era realmente insuperable. El viejo se agarró la mano lacerada con la sana y se quiso dar a la fuga sin lograrlo: un nuevo perro lo sorprendió de costado arrojándolo al asfalto, y entonces tuvo a los dos predadores sobre él. A uno se lo quitó de una patada en el cuello y, como pudo, consiguió incorporarse con el otro prendido a su saco como si fuera un alfiler de gancho. El hombre luchaba por su vida a pesar de estar agotado y ensangrentado. Se desprendió del segundo perro dándole una patada en los riñones. Aprovechó la ocasión, se apartó de la carretera y salió disparado hacia el follaje a la máxima velocidad que su edad le permitía. Entre el largo pasto y el esfuerzo por sortear los árboles vislumbró de soslayo un Citroën blanco allí cerca, pero no iba a detenerse, pues unos metros más adelante se alzaba su salvación: una casa. Ambas fieras lo acosaban. Podía oírlos tras él. «Dios mío, ayúdame. No permitas que me den alcance». Se cruzó corriendo con un manto negro que, por extraño que pareciera, permanecía manso y parecía temeroso sentado allí desde donde lo observaba. Llegó a la casa con la lengua afuera y el corazón desbocado. Se llevó puesta la puerta con el hombro y la abrió brutalmente.

Vio cómo tres personas desenfundaban sus armas al mismo tiempo y apuntaban en su dirección, mientras otras dos estallaban en un chillido de horror y sorpresa, pero no le importó, solo quería que alguien le prestara ayuda. —7— Algo no anda bien 20:25 p.m. Fuera de la casa —Larguémonos de aquí —dijo Pablo, y se aferró al picaporte de la puerta. El primero en salir fue Melena, y vio al perro al que Tania había intentado disparar sin éxito. Les ladraba con la cabeza ladeada chorreando baba. Una bala fue suficiente para que dejara de molestarlos. —Al auto —dijo Tania refiriéndose al Ford de Laura. —No vamos a dejar el nuestro —manifestó con rotundidad Pablo—. Manténganse alertas y no perdamos más el tiempo, el Tano se desangra… ¡MIERDA! Un enorme san bernardo se les plantó de frente y Pablo le encañonó directo al hocico. Le habría disparado si no hubiera sido por la intromisión de Chad, que atacó al perrote dando comienzo a una tremenda pelea. —¡NO, CHAD! —vociferó Pablo, y Melena lo empujó dándole a entender que era el momento de huir. Chad parecía tener el combate bajo control hasta que otros dos perros se unieron al san bernardo para atacarlo. ¿Sería posible? ¿Un galgo inglés y un border collie? El primero estaba desnutrido y el segundo era tuerto, pero, aparte de eso… ¿Un san bernardo, un galgo y un collie de razas puras? Algo no andaba bien. Dio la impresión de que Chad había perdido todas sus fuerzas. Renunció a la lucha para que sus congéneres se dieran un festín a dentellada limpia con su sangre y su carne perrunas. Le abrieron el ijar cual feroces leones que desmembraran una gacela, y la visión de Chad se difuminó por completo cuando sus vísceras se escurrieron de su interior. Quienes hasta hace un momento habían sido sus dueños y amigos, habían logrado llegar al Citroën a salvo. Melena subió por el lado del conductor y Tania se sentó junto a él. Pablo introdujo a Carmelo en la parte trasera, acostado boca arriba, y se acomodó, a duras penas, en lo que sobraba de asiento. Melena pisó el embrague girando la llave y puso la palanca de cambios en primera, pero el auto no arrancó. —¿Y ahora qué? —preguntó alterada Tania. RRRRRRRR. 36


—No quiere arrancar —dijo Melena sin dejar de intentarlo. Un perro abolló el capó al saltar sobre el vehículo. Sus ocupantes se sobresaltaron y comenzaron a sentir miedo cuando otra de las bestias arremetió contra la portezuela del lado de Pablo. —¡Por Dios, ¿de dónde salen todos estos perros?! — lloriqueó Tania—. ¡Arranca el auto de una vez! —¡Eso intento, eso intento! Seis perros rodeaban el Citroën y Pablo descargó el arma contra la puerta. Bang, bang, (gemido), bang (gemido), bang. —¡Maté o herí a dos, maté o herí a dos! —Pero se dio cuenta de que ya no le quedaban más balas. 20:25 p.m. Dentro de la casa —Larguémonos de aquí —dijo Pablo, y se aferró al picaporte de la puerta. Tania fue la última en salir de la casa y, sin perder un segundo, Malena se precipitó sobre la puerta y le dio las dos vueltas de llave correspondientes. Afuera se oyó un disparo. —Sus amigos están chiflados —declaró Santiago. —¡¿De qué amigos me está hablando?! —rugió Laura tendida aún en el piso—. ¡¿Un amigo me haría esto?! —Disculpe. Tiene razón. No fue mi intención irritarla. Permítame que la ayude a sentarse en la silla. —Laura lo dejó hacer y se acomodó en el mueble con un dolor desgarrador. ¡NO, CHAD! El grito provino del exterior y a continuación se escuchó una pelea de perros. Santiago se aproximó al marco sin ventana y detrás se le unió Malena. —¡CUIDADO! —advirtió Malena, y empujó al viejo al suelo. Un perro entró de un salto por el marco y se encaró con Santiago, quien retrocedió aterrado. ¿Era un galgo? Sea lo que fuere, se lo veía hambriento y se relamía a cada paso. Las hermanas contemplaban la secuencia, atónitas. El can avanzaba presto contra su presa cuando una silla se le partió en el lomo. El cuadrúpedo se desplomó despatarrado y aulló como un coyote, y Santiago se incorporó para patear a la alimaña hasta matarla. El suceso fue desagradable y Malena y Laura lloraban como dos criaturas. —Gracias —le dijo Santiago a Malena en claro estado de excitación—. Son perros salvajes —afirmó por decir algo que sonara sensato. —¿Perros salvajes? —soltó Laura airada—. Por Dios, hombre, estamos a escasos kilómetros de la civiliza-

ción, y eso que está tirado allí es un galgo y aquello de afuera un pitt bull, ¿lo ve? Un pitt bull. Los perros salvajes no suelen ser de raza. —Pudieron haberlos abandonado… —Eso es lo de menos —los interrumpió Malena—. De raza o sin ella son salvajes igual. Vayámonos de aquí, Lau, por favor. —¿Llegaríamos al auto sin que nos alcanzaran? Yo apenas puedo caminar. —Podríamos intentarlo haciendo teas con las patas de las sillas —sugirió Santiago. —¿Teas? —preguntó Malena. —Tipo antorchas. —¿Funcionaría? Santiago levantó las cejas y los hombros. —Vale la pena probarlo. Todo estaba en marcha. Malena fue en busca de los bolsos que apenas habían tenido tiempo de desempacar entretanto Santiago preparaba las teas con las patas de la silla que habían empleado para dejar fuera de combate al galgo. Laura seguía sentada, pálida como un papel. —Vamos, hija, no se me desmaye en este momento. Sea fuerte —alentó Santiago a Laura dándole de palmadas suaves en las mejillas. En eso volvía Malena con los bultos al hombro—. Anudé en las puntas de las patas estos trapos que arranqué de las sillas, ¿no tienen con qué empaparlos que sirva de combustible? ¿Alcohol o algo por el estilo? —Nada —contestó Malena. Santiago revisó en el bolsillo interior del saco que se había quitado antes de desgarrar la manga de su camisa y extrajo de él un encendedor Ronson. —Dejé la bencina en el auto —comentó tendiéndoles una madera a cada una—, así que recen para que la mecha arda. Levantó la tapa del encendedor y le dio a la piedra un roce con el pulgar. La llama hizo su aparición y el anciano arrimó el fuego a la tira de tela que le acercaba Malena. Al principio pareció no querer arder, pero luego, para milagro de los presentes, prendió de golpe. Un brillo de esperanza e inquietud iluminó los ojos de Santiago. —¿Preparadas? —dijo. Y ellas asintieron. Prendió fuego a la pata de madera que tenía Laura e hizo lo mismo con la suya. Se inclinó y le pidió a Laura que lo abrazara por los hombros para incorporarse. Esta obedeció, no sin proferir maldiciones a causa del dolor. Santiago la tomó enérgicamente por la cintura con el brazo de la mano privada de dedo y la sostuvo con fuerza. Malena no precisaba instrucciones, se acercó a la puerta, giró dos veces la llave para destrabarla, la abrió y adelantó la improvisada 37


antorcha antes de sacar el cuerpo. Salió al exterior para encontrarse con una jauría de unos diez perros al acecho. Detrás la siguieron su hermana y Santiago. Uno de los animales embistió a estos dos últimos y, rápido de reflejos, el viejo le quemó el hocico obligándolo a retroceder. El ladrido de los brutos era ensordecedor y atemorizante. Todos aullaban con ademán de lanzarse al ataque, pero ninguno se atrevía a avanzar. El Ford no estaba lejos, por lo que llegaron sin problemas junto a él. Laura le pidió a Malena que rebuscara las llaves en el bolsillo trasero de su pantalón y su hermana obedeció. Abrió la puerta delantera, liberó el seguro de la trasera y, una vez abierta esta, tiró los bultos dentro y ayudó a Santiago a subir a Laura. Esta arrojó la antorcha a los escandalosos monstruos, se adentró adolorida en el vehículo y, ni bien estuvo instalada en el mismo, cerró la puerta. Malena le lanzó las llaves a Santiago mientras corría por delante del auto para ir del lado del acompañante del conductor, y estas tuvieron la mala suerte de ir a parar adonde le faltaba el dedo meñique al hombre. Santiago chilló y las llaves fueron a parar al piso. Se inclinó a recogerlas y unas fieras aprovecharon para acometerle, olvidando el arma en llamas. El viejo agitó la madera de fuego de un lado a otro para defenderse del ataque al mismo tiempo que se introducía en el vehículo y se desprendía de la tea. Cerró la puerta de un golpe y se estiró para destrabar la del acompañante. Malena entró desesperada. —¡Rápido, vámonos! —ordenó Malena. Santiago puso en funcionamiento el auto y salieron disparados a la ruta. Laura apoyó una mano en el hombro de Malena y esta se volteó a mirarla. —Ya estamos a salvo —la tranquilizó como toda una hermana mayor, con una triste sonrisa en el rostro. Malena le devolvió el gesto posando su mano sobre la de ella. —Sí —se mostró de acuerdo Santiago—, burlamos a esos malditos. A gran velocidad, el coche llegó a la carretera; la trompa asomó triunfante y las ruedas delanteras pisaron terreno seguro. El impacto que sufrieron no les dio tiempo ni siquiera a sorprenderse. Fue duro y estruendoso. El automóvil volcó de costado con el lado derecho, abollado y destrozado, hacia arriba. A lo lejos se volvía a oír el ladrido de los perros. Las bestias se acercaban insaciables. —8—

Embestida 20:40 p.m. RRRRRRRR. El auto no arrancaba y Pablo se había quedado sin municiones. Carmelo agonizaba y Tania exasperaba a Melena, quien intentaba poner en marcha el condenado trasto. Los perros continuaban arremetiendo contra ellos. RRRRRRRRRRRRRRRRUMMMMMMMM… Melena fijó su vista en Tania con los ojos desorbitados y arrancó marcha atrás aplastando a un par de hijos de puta. Al llegar a la carretera tocaron con la parte de atrás a un Renault 12 y lo arrastraron unos metros hasta conseguir ubicarse en posición, torciendo a la derecha. Cuando hubieron recorrido cincuenta metros, un auto se les cruzó surgido de la nada y se empotraron contra él haciendo que volcara de lado. Tania salió disparada por el parabrisas, el cual estalló en mil pedazos, y Melena se reventó contra el volante. Los de la parte trasera no gozaron de mejor suerte. 20:55 p.m. Melena reaccionó agarrándose la cabeza y el pecho. Tenía la nariz rota y la visión borrosa a causa de la sangre que le brotaba por todas partes. Descubrió a Tania con la mitad del cuerpo sobre el capó y las piernas desmadejadas sobre el salpicadero. Un gemido le obligó a darse la vuelta y se encontró con Pablo, que volvía del desmayo. Vio también que la puerta del lado derecho estaba abierta y que unos perros arrastraban a Carmelo por el asfalto. —Se lo llevan… —dijo Melena, y se bajó del auto a toda prisa desenfundando el arma de la cintura del pantalón. Disparó dos veces por encima del techo del vehículo y erró los dos disparos; el resto de los gatillazos fueron en vano, puros clic, clic, clic de un arma vacía. Llegó hasta ellos y les arrojó el revólver sin acertar en el blanco. Se precipitó a las piernas de Carmelo y tiró de ellas al grito de «¡Déjenlo en paz!», pero eso fue todo para el joven calvo, pues cinco perros se lanzaron sobre él. A Tania la estaban devorando de la cintura para arriba y Pablo no daba crédito a lo que estaba viviendo. Era una total carnicería. Se apresuró a cerrar ambas puertas y se largó a llorar como un crío, tirándose de los pelos. Agarró el bolso con el dinero y lo apretujó sobre su pecho atento a la única entrada que tenían los perros para darle alcance: el parabrisas delantero. Por el momento se hallaban entretenidos engullendo 38


a su compañera, pero no tardarían mucho en querer ingresar en busca del postre.

dio resonó en el interior envolviendo el bullicio de afuera. Laura levantó el mentón y se encontró con los ojos del hombre. 21:00 p.m. —¿Algún dial en especial? —preguntó el hombre con En el Ford, Malena permanecía inconsciente aplasuna tierna sonrisa en aquel semblante bonachón de tando a Santiago, el cual intentaba no moverse poblado bigote entrecano. demasiado porque los vidrios de la puerta de su lado —Aspen. se le clavaban en la espalda y le dolía, de veras que Santiago sintonizó esa emisora. le dolía. Laura despertó con un grito agónico; ya no Qué injusta era la vida en ocasiones. sabía qué parte del cuerpo le provocaba más agonía. ¿La vida o el destino? Bah, eran la misma mierda. Estaba recostada de la misma manera que Santiago, Laura le devolvió la sonrisa y apoyó la cabeza en la sobre la portezuela izquierda, pero ella sufría más parte superior del respaldo del asiento delantero para por la pierna que por los cristales rotos. que Santiago pudiese acariciarla. Este acató la muda —¿Se encuentra bien? —habló Santiago. Con muecas petición, y subió el volumen de la radio al máximo; y gemidos de dolor, pasó su brazo derecho por sobre sonaba Joe Cocker con «Can’t find my way home». el asiento para alcanzar con su mano a Laura. Los perros acunaban el auto al son de la melodía. —No —respondió Laura sincera—. ¿Mi hermana…? —Respira, quédese tranquila. Laura comenzó a llorar y Santiago la consoló acariciándole el cabello ensangrentado. 21:05 p.m. El Citroën se bamboleaba como si se tratara de una balsa en alta mar a causa del ataque de los canes, que se aglomeraban en torno a él. El corazón de Pablo pulsaba encabritado, sin que él quitara la vista de los voraces peludos que se colaban por el parabrisas, arañando, gruñendo y ladrando. Cerró los ojos y dejó rodar las lágrimas por sus mejillas en tanto alzaba una plegaria. Antes de terminar con el rezo sintió los primeros dientes hincarse en la carne de su cara. 21:10 p.m. La luna estaba llena. Qué oportuno, ¿verdad? Iluminaba incandescente, como pocas veces, al Ford acorralado por los perros. Era una época extraña del año, en la que las hojas caían secas de los árboles y el calor abrasaba. Una época extraña en un día más extraño aún en el cual un refugio para jóvenes estudiantes se había convertido en un lugar de secuestro a manos de unos delincuentes y luego en madriguera para salvaguardarse del ataque de unas bestias carnívoras. Sí, un día extraño. Un día de perros. Los ladridos aturdían en la oscura noche. Laura, pegajosa de sudor y sangre, continuaba con su llanto silencioso y Santiago abrazaba a Malena, aún desvanecida, sin moverse demasiado ya que lo comenzaban a acometer los primeros calambres. —No soporto más esos ladridos —habló Laura para sí misma tapándose los oídos. Santiago encendió el estéreo y la estática de la ra39


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La fría verdad de los números Por Ernesto Parrilla Ilustrador Yair Bocchietti

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as últimas voces se desparramaron como una ola a lo largo del pasillo y luego sobrevino el silencio. El lugar había quedado vacío. Alguien desde el exterior accionó los interruptores y las luces se fueron apagando de a una. Al silencio, la noche. Aguardó unos instantes. Cuando intuyó que ya nadie retornaría, abrió la puerta del armario donde estaba escondido desde hacía cinco horas. Tenía las piernas entumecidas. Los primeros pasos fueron vacilantes y debió sostenerse de las paredes para no caer. Durante algunos minutos frotó con fuerzas los músculos de sus piernas para volverlas a la normalidad. Algo más aliviado, hurgó en la mochila en busca de una linterna. Era pequeña y con luces de led que le proporcionaban una buena iluminación. Ni bien la encendió, un haz de luz dejó a la vista gran parte del pasillo. De un lado colgaban cuadros antiguos y del otro el ingreso a varios salones de clases. Al final de este el camino tomaba hacia la izquierda. Fue hasta allí sin prisa. Iluminó la continuidad del pasillo antes de seguir caminando. Divisó un par de puertas a la derecha y quince metros más adelante, sobre el final del piso de cerámicos blancos y negros dispuestos en forma de damero, una enorme puerta de madera con pequeñas ventanillas de vidrio en cuyo marco superior un enorme letrero decía “Dirección”. En tanto se acercaba, su corazón latía más fuerte. Al llegar a la puerta, dejó la mochila en el suelo y casi en cuclillas buscó en uno de los cierres delanteros de ésta un manojo de llaves. Todas estaban relucientes. Había estado haciendo las copias a lo largo de los últimos meses, a razón de dos por semana. Una de las llaves era más grande que el resto. Tomó esa y de frente a la puerta la introdujo en la cerradura. La giró dos veces hacia la izquierda y de inmediato se escuchó un chasquido en el mecanismo que reverberó en todo el pasillo. La puerta estaba ahora abierta. A medida que se abría, un chirrido acompañaba el

movimiento. Las ventanas estaban cerradas y aquello era una verdadera boca de lobo. Apuntó la linterna hacia el centro arrebatando a la oscuridad parte de su misterio. Un escritorio repleto de papeles quedó al descubierto. Sin embargo no le importaba aquel mueble antiguo ni los papeles ordenados, casi de manera obsesiva, en pilas simétricas. Detrás había una biblioteca, aunque su función no era solamente poner al resguardo los cientos de libros que contenía. Con firmeza se apoyó en uno de sus laterales y empujando con todo el cuerpo, la desplazó un metro. La biblioteca ocultaba de la vista un panel de acero sobre la pared. El panel a su vez estaba dividido en seis partes iguales, conteniendo cada una cerradura. Eran en realidad, seis cajas fuertes. Y dentro de las mismas estaba aquello por lo que había arriesgado todo en las últimas semanas. No por nada lo consideraban el alumno más inteligente y a quién más confianza le tenían los profesores e incluso, la rectora. Era brillante y tenía un gran porvenir. Ese año en particular había trabajado codo a codo con varias investigaciones y en la universidad habían recibido ofertas de varias empresas para poder contratarlo ni bien se graduara. La rectora, algo ilusa, pretendía que diera clases en el futuro, razón por la que lo invitaba seguido a tomar el té en su propia oficina. Aquellas seis cajas fuertes contenían el historial de todos los alumnos. Allí estaba la suerte de cada uno de ellos. Porque cualquiera podía hackear los servidores y modificar las notas, pero el papel siempre reflejaría la realidad, la fría verdad de los números. Probó dos llaves antes de dar con la adecuada. La puerta se acero se abrió para su lado. Alumbró con la linterna y tiró del cajón hacia delante. Estaba en la letra del abecedario correcta. Fue pasando con los dedos a gran velocidad las carpetas guardadas. En la parte superior figuraba el apellido, lo que le permitía 41


no detenerse una por una a ver a quién correspondía. Treinta segundos después se detuvo en la carpeta que buscaba. La sacó con cuidado, como si fuera una bomba. Dejó por un momento la caja fuerte y fue hasta el escritorio. En la primera página estaba la foto de ella, sus tres nombres, su apellido. Sintió que el corazón le daba un vuelco. Suspiró. Las primeras páginas correspondían a los años anteriores. Saltó directamente hasta las últimas. Justamente donde estaba el problema. Le dolían esos números de tan solo verlos escritos. Buscó en la mochila su libreta de apuntes y la colocó al lado de la hoja de calificaciones. Tomó luego una lapicera y el sello de la rectora. Con una espátula de metal bien afilado raspó la tinta seca hasta hacerla

desaparecer, una técnica que había practicado horas y horas a lo largo de dos meses. Luego miró su libreta y con enorme habilidad, imitó la caligrafía de la rectora. Cuando hubo terminado, legitimó todo con el sello. Apreció su obra a lo largo de un minuto. Luego guardó todo en su lugar sobre el escritorio, devolvió la carpeta a su sitio y volvió a colocar la biblioteca donde correspondía. Se marchó en silencio, despacio. Recorrió el último tramo en total oscuridad. Luego, volvió al armario. Trataría de dormir parado, descansar algo. Cuando todo el mundo retornara por la mañana, abriría la puerta y se mezclaría en la multitud. El plan perfecto, el sacrificio necesario. Todo por verla feliz.

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Las Aventuras de Fes de Sax EL DRAGON DE CASTELO NEGRO Por Roberto Barreiro Ilustrador Yair Bocchietti

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legaron a la mañana, cuando el calor del verano no hacía estragos y el pueblo comenzaba a sacudir su modorra cotidiana. Eran seis guerreros, de espaldas anchas, lo que me hizo automáticamente ponerme en guardia. “Espaldas anchas, cerebros estrechos” decía mi papi y mi experiencia normalmente le daba la razón al viejo.

- ¿Los puedo ayudar en algo, amigos? – les dije, sacando mi sonrisa amistosa, la que uso en situaciones diplomáticas y potencialmente riesgosas. Media docena de guerreros armados sin conocer exactamente sus motivos definitivamente clasifica dentro de esa categoría. - Si que puedes, campesino. Indícanos donde está Castelo Negro y cómo se llega a él– repuso un joven de barba negra, coraza brillante, actitud despreciativa y escasas cicatrices. Un novato, seguramente, entusiasmado con la idea de hacerse con fama y oro rápidamente corriendo una gran aventura. Pensé en mis años mozos casi con nostalgia.

El porqué estaban ahí no era asombroso. Desde que había corrido la fama de los fabulosos tesoros que guardaba el dragón de Castelo Negro, el pueblo – último lugar habitado por seres humanos antes del castillo – era parada frecuente de aventureros dispuestos a conseguir fama y oro destruyendo al dichoso monstruo. A veces me preguntaba si valía la pena haberse venido a vivir aquí, cuando uno de los motivos de - Efectivamente, está en el camino correcto. Sigan mudarme en primer lugar fue justamente esquivar esa hacia donde se pone el sol y, si sobreviven al camiclase de gente. no, llegarán al castillo. Después está el dragón, pero sospecho que lo saben ya, sino no veo que harían por Malala me miró. Loiso me miró. Yunke, el herrero, me aquí… - respondí amablemente, sin el menor asomo miró. Seguro que el resto del pueblo que estaba por de molestia ante su tono condescendiente. Evidenteahí me miró. Todos diciéndome con los ojos que me mente la parte de sobrevivir al camino les había lletocaba hablar con ellos, siendo lo más parecido a al- gado, pues se miraron entre sí. Al final otro de ellos guien importante de por ahí. No es que fuera jefe ni habló. mucho menos: ya había tenido en mis años anteriores mi cuota de jefes, reyezuelos, capitanes y pequeños - ¿Y no hay una manera de llegar sanos y salvos hasta tiranuelos causándome suficientes problemas como alli? para yo ponerme en su lugar ahora. Pero cuando aparecían gente de afuera parecía que todos se sentían en - Se pueden mitigar los riesgos con algún buen guía la obligación de dejarme a mí el trabajo de ver con qué que conozca la zona. Por el precio adecuado se puede ánimo venían. Así que me dirigí hacia ellos caminan- conseguir uno – dije con mi mayor inocencia. Pero do con calma. todos entendieron la indirecta. 44


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- ¿Cuánto? – preguntó el primero que había hablado. Sospecho que esperaba que le pidiera una cantidad exorbitante, a partir de lo cual empezaría una discusión no exenta de amenazas de su parte de destruir el pueblo o algo así. Algo completamente innecesario en mi opinión.

se encariñan contigo pero no le pidas que renuncien a su naturaleza haciendo que te sigan en todo. Quedaron impresionados, como pasa con todos los que vienen. Un dragón de mascota es algo poco común en los Nueve Reinos. Eso les decía además que habían contratado a la persona adecuada como guía.

- Treinta y cinco getels por cada uno. Por adelantado. – afirmé. No era barato pero, comparado con lo que los habían esquilmado en el tramo anterior – los gombahs de las colinas Unartas dicen haber dejado de asaltar a los viajeros, pero no es así: ahora solo lo hacen con pesas y medidas y jurando en nombre del “dios del Mercado” en vez de con armas en mano – iban a considerarlo un muy buen precio. Y siempre ayuda tener conformes a tipos armados.

Los preparativos para salir duraron cuatro días, durante los cuales me fui enterando de quiénes eran y de dónde venían. Preguntas que podían resumirse diciendo que eran escoria y venían por oro. Junípero se había rebelado contra el viejo rey Cymbeline, cuando supo de la decisión de éste de que sus nobles pagaran la mayor parte de los gastos ocasionados por la guerra de anexión de las marcas Carótenas, lo que tenía lógica, ya que los nobles eran los que mas se beneficiaban con la anexión. Pero claro, el viejo Cym – cuyo Discutieron un poco entre ellos pero estaba claro que origen entre nómades donde el que más tiene debe la oferta les cerraba. Con una sonrisa de oreja a oreja ser el que más da, so pena de quedarse solo en medio aceptaron el trato y preguntaron donde podían alo- del desierto expulsado por la tribu- no contaba con jarse para preparar todo. Les dije que en mi casa los ideas civilizadas que dicen que la nobleza está aparte recibiría sin inconveniente, más allá de cierta incomo- y no tiene ninguna obligación moral, como muchos didad por el espacio. filósofos han escrito (según me recalcó Junipero en la mesa). Y desde ya, a la hora de elegir entre civilizaAl llegar, Hurni se movió histérico en su jaula. No le ción o barbarie, Junípero decidió unirse a los civilizagustan los desconocidos y hace mucho ruido. Tuve dos que pedían básicamente que su Majestad dejara que calmarlo con dos lonjas grandes de cabra, que de importunarlos con esos pedidos, si fuera posible comió hundiendo su pico correoso con un salvaje de manera definitiva y decapitadamente permanente. abandono. Los seis se quedaron de una pieza viéndolo. Lógico: difícil que hubieran visto alguna vez a un Lamentablemente Cymbeline puede ser poco evopequeño dragón en cautiverio. lucionado en lo cultural –recuerdo reírme como un idiota cuando intentó recitar poesía en un campa- ¿No es peligroso? – preguntó un pelirrojo con mús- mento antes de una batalla. Era para alquilar balcoculos de toro que por primera vez parecía mostrar al- nes-, pero a la hora de las campañas militares, era de gún tipo de emoción. un refinamiento absoluto. Así que poco después, Junípero y los suyos habían esquivado milagrosamente las - Desde ya que lo son – respondí. – Si uno no se cuida estacas que habían empalado a sus civilizados compamucho y libera a este bicharraco antes de tiempo, no ñeros de conjura, poniendo la mayor distancia posible solo la casa sino que la de mis vecinos pueden termi- entre ellos y Cym. nar destruidas y muertas como las ruinas de los imperios Balardos. Enfrentados al penoso dilema de comer, ahora que no tenían un feudo que se lo garantizara, Junípero y sus - Y entonces ¿por qué lo tiene?- preguntó curioso el amigos decidieron provisoriamente dedicarse al sajoven de barba negra que había hablado conmigo al queo de aquellas personas que todavía seguían acepprincipio, que decía llamarse Junipero Barba Luenga tando la tiranía de Cymbeline sin poner ningún reproche. Así que los campesinos, mercaderes y viajeros - Seguridad – repuse: - Los dragones nunca se meten de la zona se encontraron pagando improvisados “imen territorio de otro de su especie, incluso si es peque- puestos de guerra” por parte de los “luchadores por la ño. Tenerlo aquí es garantía que el dragón de Castelo libertad” que pasaban por sus caminos. Más de algún Negro no vendrá a molestarnos. Además, son criatu- recalcitrante leal a Cymbeline debió lamentablemente ras muy inteligentes. Si uno los trata bien de pequeños, terminar descuartizado como venganza. Sobre todo crecerán reconociéndolo a uno. Son como los gatos: antiguos súbditos suyos que parecían estar complo46


tados para denunciarlos ante un rey que siempre los había tratado bien pese a su inferioridad de casta na- Las gigantescas fauces del trúmbulo se cerraron sotural, los muy desagradecidos. bre Hungur y su montura. Murió instantáneamente. Lo que es de esperarse: el trúmulo es básicamente una Finalmente cayó en sus manos un monje ambulante gigantesca mandíbula que flota en el agua esperando quien, tras una larga sesión de “extracción de infor- que algún animal - u hombre- caiga hipnotizado por mación”, les contó sobre Castelo Negro, el dragón y su su luz y la toque, como si fuera una gigantesca ratoinconmensurable tesoro. Por lo que deduje de lo que nera, con la luz como queso y el pobre Hungor como me contaron, el pobre Hiznoga al fin habría logrado presa alcanzar en plenitud a su dios. Una pena. Era un gran contador de historias y jugaba a los dados con una ha- Lo peor es que los trúmbulos siempre andan en grubilidad prodigiosa, pese a nunca hacer trampa porque pos. Y las luces que empezaban a aparecer alrededor se lo prohibía la regla monástica. Así que decidieron del camino eran, por lo que podía ver, demasiadas venir en esta dirección, a ver si las riquezas de Castelo para mi gusto. Negro les permitían levantar una nueva guerra contra Cymbeline. Y aquí estaban. - ¡Miren al suelo! ¡No fijen su mirada en las luces! – les grité, mientras me desesperaba tratando de hallar un Cuando todo estuvo listo, salimos temprano por la manojo de cañas. Tuve suerte: un grupo de ellas crecía mañana. Yo abría la marcha seguido por Junípero, con a unos metros de ahí, a la vera del sendero. En dos sus demás hombres avanzando tras él. Había afilado zancadas estuve allí y las corté con mi espada. a Morwen la noche anterior, dejándola como en sus mejores tiempos. Fuera de un par de desmadres me- Me acerqué a los demás, que habían puesto pie a tienores fruto de beber demasiado, mis empleadores no rra y miraban al suelo mientras sujetaban a sus cabahabían causado problemas en el pueblo. Sin embargo, llos. Por el momento era suficiente: Los trúmbulos se el alejarme con ellos me tranquilizó. Siempre es bueno acercan lentamente y sus luces no estaban todavía lo tener a los bandoleros fuera de la casa. suficientemente cerca para vencer nuestra voluntad. Aunque venían para aquí. Les repartí las cañas. Durante la marcha observé que Junípero miraba atentamente el mango de mi espada. Había algo que le in- - ¿Y ahora? – preguntó Junípero. teresaba de ella, como queriendo recordar algo. Sospechaba lo que vendría y me dispuse a tener una de - Ahora, tienen que pegarle con las cañas a las luces. esas conversaciones en la fogata tan comunes cuando Así cerrarán sus fauces y se irán– respondí. viajas con extraños. - Pero ¿y si la luz nos domina como a Hungur? Pero el destino decidió que las cosas salieran de otra manera. Era el atardecer y el camino se oscurecía. Es- - Terminan como Hungur. Con lo que espero que sus tábamos todavía avanzando entre el pantano Huar- voluntades sean de hierro. men, un lugar que prefiero pasar lo más rápido posible porque siempre tiene criaturas listas para dar una Busqué una luz y apunte con mi caña en esa dirección, desagradable sorpresa. Pedí que me siguieran en fila tratando de mirarla lo menos posible. Era como tratar india, con los ojos muy atentos y desviándose lo me- de disparar una flecha al blanco mirándolo de reojo. nos posible de donde pisara mi caballo. Miraba cuida- Sentí tocar la base de la luz y me apresuré a sacar la dosamente el sendero delante de mí y me olvidé de vi- caña. Las fauces por poco la atrapan y no teníamos gilar los costados. Fue solo un instante de distracción, tantas cañas como para andar dejando que cada trúmpero suficiente para que pasara el desastre. bulo comiera una. -¿Adónde vas, Hungur? – dijo una voz a mis espaldas. Me dí vuelta y vi a Hungur (el pelirrojo de músculos de toro que había preguntado al llegar por los riesgos del viaje) avanzar hacia lo que parecía una luz brillante. Maldije entre dientes, desenvainé a Morwen y grité para que lo detuvieran… sin poder evitar que Hungur acercara la mano para agarrar la luz.

Los otros me imitaron y comenzaron a golpear las luces. No siempre podíamos evitar perder las cañas entre las fauces de los trúmbulos y un par quedaron hipnotizados momentáneamente antes que sus camaradas los contuvieran. Asimismo un par de caballos se soltaron de nuestra mano y se encaminaron a convertirse rápidamente en alimento. Pero veníamos con 47


bastante control de la situación. Estaba pensando que guo compañero. Y nadie lo contradijo. podríamos salir de esta. Salimos del pantano y armamos campamento entraAcababa de perder mi segunda caña cuando vi que mi da la noche. Había sido un día agotador y solo quecompañero más cercano, un pelirrojo llamado Scari- ría dormir. Pero mis compañeros decidieron relajarse mongo – que estaba a unos metros de los demás- sol- tomando jugo de sueño verde y no hubo manera de taba su caña y avanzaba rápidamente hacia una luz. decirles que no. Se pusieron jocosos y pesados. En un Scarimongo era conocido por ser el más veloz del gru- momento, ya medio embriagado, Junípero me miró po y vaya si lo era. En un instante estaba ahí nomás de fijo y me dijo: tocar la luz. - Yo se quién eres: Fes de Saxland. Si yo lo hubiera pensado no lo habría hecho. Ninguno de estos tipos me caía bien y no era mi obligación Me quedé frío y la poca borrachera que tenía se me salvarles el pellejo, sino solo llevarlos hasta Castelo pasó por encanto. ¡Me habían reconocido! Negro. Si conseguían lo que querían seguro se convertirían en unos saqueadores que traerían la desgracia - Yo sabía que había visto esa espada antes – continuó a mucha gente. Pero en medio de la pelea, los viejos – Era un niño cuando mi padre contrató un ejército instintos afloraron y no iba permitir que el tipo a mi mercenario para enfrentarse a los ataques de los gonalado muriera si lo podía impedir. Así que tomé una rios del desierto. Ví entrar a sus capitanes en la Gran caña del suelo, sujeté mi espada con mis dientes, corrí Sala de Reuniones para negociar su precio con mi hacia Scarimongo y usé la caña como pértiga, apoyán- padre. Eran un grupo variopinto, que venía de todos dola en el piso, todo eso antes siquiera de pensar en la los reinos, unidos todos por su fiero aire. Recuerdo idiotez que iba a hacer. Me elevé con ella y caí sobre al que entonces era el capitán Cymbeline avanzando la luz del trúmulo, empuñando a Morwen. Tenía una orgulloso con una sonrisa de oreja a oreja. Había un única opción: darle una puñalada certera al cerebro hombre de orejas puntiagudas, gigantesco, que paredel trúmulo, ubicado en la base de la luz. cía dispuesto a comerme. Morwen entró perfectamente en la carne del monstruo. La luz repentinamente se apagó. No tenía mucho tiempo. Saqué mi espada chorreante de sangre azulada, tomé al desorientado Scarimongo en mis brazos y salté con toda mis fuerzas antes que el trúmulo se hundiera en el pantano… seguido por todos los demás trúmulos, que parecen encontrar un placer irrefrenable en el canibalismo.

Recordé a Shotaro y no pude dejar de sonreírme, porque efectivamente lo hubiera comido si se le daba la opción.

- Y allí venías tú, con una cabellera negra que te caía por los hombros, una barba cuidada y el gesto altivo, con tu mano en el mango de tu espada. Quedé impresionado por tu estampa y pregunté quién eras. Y me comentaron de tus hazañas. De cómo habías aguantaMe miraron con otros ojos desde ese momento. Era do en el puente de Lungia con un grupo de hombres evidente que los había impresionado. Especialmente el ataque de los Caballeros Hulianos. O como habías Junípero me miró con mucha atención, como tratan- robado el Diamante Eterno del templo de Bondia con do de traer algo a la memoria desde lo profundo de su un engaño increíble. O como mataste al Oigor de Lumente. Esa mirada me inquietó un poco pero tenía- nia, aunque estaba rodeado de cien fieros guardias… mos problemas más urgentes para solucionar. Teníamos tres caballos menos, víctimas de las luces de los - Eran muchos menos, te lo aseguro. Y la mayoría era trúmulos, se acercaba el ocaso y todavía había un tre- susceptible a ser sobornado – le dije, a ver si se discho largo hasta salir de allí y poder hacer campamento traía. Pero era como hablar con una pared, porque en una zona más segura. Les pregunté si querían de- continuó. cir alguna oración por Hungur y como respuesta me miraron como si les hubiera hablado en balardiano - …Y después supe lo que hiciste en batalla con mi antiguo. padre. Cómo los llevaste a la encerrona de Hancourt donde tus compañeros los exterminaron en una ba- ¿Para qué? Sin él, tendremos un tesoro más grande – talla sangrienta para luego ir a saquear a los camparespondió Scarimongo, que evidentemente no estaba mentos que no supieron lo que se les venía. Todavía se muy preocupado por la vida en el más allá de su anti- hablaba de ello años después… 48


- ¿Hablaban también de lo que nos hizo hacer tu padre? ¿De entrar a territorio gonario y exterminar cada persona que hallábamos de maneras crueles? ¿De las animaladas que hicieron sus tropas? ¿De los baños de sangre que sus sacerdotes ofrecieron a los dioses? ¿De la Oscuridad Negra que desató en la región, algo que me gustaría no haber visto? Tu padre era más salvaje que el peor de los gonarios, te lo aseguro. Eso le molestó profundamente. En sus ojos se encendió esa mirada asesina que le he visto tan seguido a la gente que se rodea tanto tiempo de personas que le dicen que sí que enfurecen cuando alguien les pone una visión diferente de lo que pasó. - ¡Mi padre fue el que salvó a todos de esos bárbaros! Si no los hubiera contratado a ustedes, no habría quedado nada. Fue mejor eliminarlos. Aparte eran medio animales, como explicaron los sacerdotes, definitivamente inferiores a nosotros. Estaba enfureciéndome pero, de reojo, vi que los compañeros de Junípero me rodeaban, algunos poniendo sus manos en las empuñadoras de su arma. Definitivamente llevaba las de perder si algo pasaba y decidí bajar el tono. - Bueno, ok, no peleemos por el pasado… - dije conciliador. – Bastante tendremos con lo que se nos viene próximamente… En todo caso, no quise ofender a tu difunto padre… La mirada asesina desapareció y vi que el peligro había pasado… al menos por ahora. - Disculpa aceptada – dijo Junípero y me sirvió un gran trago. – Lo que me pregunto es ¿cómo terminó un guerrero como tú en este pueblo en medio de la nada, haciéndonos de guía? - Llegué como ustedes, en la miseria, con sueños de oro y gloria, buscando matar al dragón y conseguir su tesoro… y me encontré con una joven hermosa que me hizo repensar las cosas. Cuando mis compañeros decidieron seguir, preferí quedarme allí con ella. Mis compañeros nunca volvieron. Yo cambié mi espada por el arado y la sangre por la tranquilidad de un lugar que no tienta a nadie porque no hay nada que sirva allí. Me miró con curiosidad, como si descubriera que viajaba con un loco. Buscó las palabras para no decir lo 49


que pensaba y las balbuceó lo mejor que pudo:

Todos desenvainaron las armas al unísono.

- Bueno… Si es así para ti, pues así será… Yo no lo haría pero no es mi vida… - Insistimos, mi querido héroe retirado. Nos llevas hasta el dragón y habrás cumplido con su parte – reLa conversación se apagó de a poco tras eso. Ya el can- plicó con una sonrisa sarcástica Junipero sancio nos pegaba y nos empezamos a arrebujar listos para dormir. Antes de dormir, Junípero me dijo: Me resigné a continuar. No era la primera vez que me habían querido hacer esa jugarreta. - Pero no creas que porque un lugar es pobre y está lejos de todo es seguro. Sin ir más lejos, si se nos hu- El camino empezó a mostrar a los grupos anteriores. biera ocurrido, habríamos arrasado a tu aldea antes O al menos a los huesos que quedaban. Que eran mude seguir a Castelo Negro. Lo pensamos incluso. Pero chos y variados. Definitivamente la visión los puso tuvieron suerte… nerviosos y oteaban el horizonte en busca de alguna pista del dragón. Como si no lo supiera, pensé antes de dormirme. Era como muchas de las otras pandillas que habían pasa- Pero nada apareció hasta llegar al pie de Castelo Nedo rumbo a Castelo Negro. Nunca atacaban porque gro y eso los envalentonó. Al llegar a la entrada, que nos necesitaban para llegar allí. Y nunca volvían de se erguía oscura frente a nosotros, encendieron las allí. Por supuesto, mi pregunta siempre era ¿Y si vol- antorchas con las que se iluminarían. Me dieron una vían, cargados de oro? ¿Qué pasaría si vencían al dra- y me indicaron que marchara adelante mío. Detrás, gón? Y por supuesto mi respuesta me dejó insomne Scarimongo me apuntaba con una ballesta, sin parepor un rato largo. cer muy agradecido por haberlo salvado de la muerte unos días atrás. A la noche siguiente, avistamos al dragón. Estábamos descansando, preparando algo de comer en la foga- Me adentré en el lugar sintiendo a los demás a mi ta. Era una noche oscura y solo vimos un bulto mo- espalda. Si salía como ellos esperaban, yo era básicaviéndose por el aire, mientras nuestros caballos daban mente un señuelo. Por supuesto no pensaba darles el un chillido de horror. Un segundo después oímos un gusto. ruido de desgarro y los relinchos enfermos. Un par quiso ir a ver pero los contuve. Lo lamenté por las po- La palanca estaba escondida en el primer recodo, apebres bestias. Cuando cesó el ruido fuimos a ver. Dos nas visible. Tiré de ella antes que pudieran hacer algo. caballos yacían descuartizados y semi devorados. El La trampa se abrió bajo mis pies y los de Scarimongo, dragón había cenado. deslizándonos por una rampa. Bajé veinte metros y me aferré al fierro que colgaba del techo. Scarimongo Pasado el mediodía siguiente vimos a lo lejos Castelo descendió diez metros más hasta el bosque de estacas Negro. El basalto con el que estaba formado destaca- afiladas que lo dejaron trincado como un pollo. Esta ba en el horizonte. Decían que los gigantes lo habían vez no lo salvé. construido en los tiempos en que caminaban por la tierra y realmente era impresionante, aún a la distan- Me impulsé con los brazos hasta la escala que colgaba cia. sobre el fierro. Subí por ella y pude ver cómo Junípero y los otros tres trataban desesperadamente de abrir - Allí está… y hasta aquí llego. Deben tener como me- la trampa. No perdí el tiempo y accioné las palancas. dio día más de marcha, pero no sé lo que encontrarán Se oyó un rugido horroroso y del borde de la caverna de aquí en adelante – dije. izquierda salió un chorro de fuego lo suficientemente grande para llamarles la atención. Se aprestaron para Se miraron entre sí y Junípero habló por todos. el combate y avanzaron con cuidado. Los dejé llegar hasta donde se hallaba el tesoro. Eso siempre los dis- Insistimos que vengas con nosotros. Seguramente traía. alguien tan talentoso sabrá superar los inconvenientes – dijo. El tesoro sigue siendo enorme. Hay joyas de todos los materiales, oro y plata en cantidades, monedas de - No era lo que habíamos convenido – repuse. todo tipo, acumuladas por siglos, artefactos por las 50


que hechiceros darían medio brazo como mínimo, armas forjadas por armeros míticos. Los dragones son famosos por su codicia acumulativa, una suerte de urracas mortales que quieren todo lo que brilla. Definitivamente ver el tesoro es una vista impresionante. Hasta el aventurero más frío pierde la cabeza un segundo al ver eso. Y estos tipos no eran muy fríos que digamos. Bajaron la guardia, se olvidaron del dragón que debían cazar y contemplaron extasiados el tesoro que les cambiaba la vida. Dos murieron con esa mirada feliz cuando las dos saetas salieron del fondo del salón y los atravesaron parte a parte.

- ¡Qué idiota! Todo el mundo habría cantado la hazaña de destruir al último dragón de Castelo Negro. No pude evitar sonreír antes de responderle: - ¿Quién dijo “último”? – Miré a la sombra que apenas se veía en el fondo del salón y dije: - ¡Hurni! Junìpero se dio vuelta y vio abalanzarse a Hurni, fauces abiertas, sobre él. Todavía era un dragón cachorro y no lanzaba fuego, pero sus garras eran más que suficientes para destrozarlo en un instante.

Junípero reaccionó a tiempo. El otro no. No le di tiempo. Salí de las sombras y le clavé a Morwen en el cráneo. Me miró sin entender y murió antes de caer al piso.

Dejé que Hurni se alimentara de los cadáveres. Por más domesticado que un dragón pueda estar, nunca lo molesten cuando se alimentan. Dormirá un par de días aquí y volverá a la aldea cuando se le acabe el alimento. Sospecho que en diez o quince años se venMe dirigí a Junípero. Este me miró y terminó de en- drá a vivir definitivamente aquí, como hizo su madre tender todo. antes que la matara. Mientras tanto, habrá que seguir manteniendo la farsa. La leyenda del dragón de Caste- Siempre fue una trampa, ¿no? lo Negro debe seguir en pie para que sigamos viviendo en paz. - Tigre, era obvio que tú y tu gente iba a querer complicarnos la vida. Todos lo quieren hacer. Creen que Mientras me alejaba pensaba en lo que conseguiría van a arrasar el mundo con el tesoro y lo primero que con el dinero que me habían dado, además de un par encontrarán para arrasar será el lugar donde vivo. Yo de objetos que me llevé de allí negociando con los solo tomo medidas preventivas y todos ustedes caen gombahs. Son unos ladrones, pero conocen el mérito solitos. de mantener cerrado el pico. - Todavía tienes que matarme.

FIN

- Se resuelve fácil. Nos acercamos espada en mano. Las espadas chocaron y sacaron chispas. Junipero era un buen espadachín y tenía quince años menos que yo. Empezó a arrinconarme lanzando fintas en profundidad que podía responder apenas. Me hirió un par de veces antes de hacer que Morwen volara de mi mano. Caí al piso y Junípero lo disfrutó. Iba a matar a una leyenda y ganar un tesoro incalculable para él solo. El futuro era promisorio. - Una última pregunta: ¿nunca hubo un dragón? - Sí que lo hubo – repuse – Yo lo maté. - ¿Por qué no te llevaste el tesoro entonces? - Ya te dije que el amor me encontró aquí. No necesitaba llevarme nada. Así que ¿para qué?

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UNA OTRA Por Gastón Flores Ilustrador Juan Fioramonti

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icen que hermanos y hermanas gemelas mantienen un destino similar, pero inverso. Que sin importar donde nazcan, cómo sean educados, o si son separados, una parte se mostrará totalmente diferente a la otra. Si uno de los hermanos es dedicado y esmerado en su trabajo, el otro será vago y vivirá de arriba; si una de las hermanas es dulce, tierna, romántica e inocente, la otra será manipuladora, traidora y fría. Las dos fuimos separadas por un destino igual de cruel. Un divorcio, una pelea, una rivalidad. El padre que rapta, la madre indefensa; un clásico. Sólo que en este caso el padre pudo llevarse a una sola de las niñas; la otra escapó del secuestro, pero no del destino. La primera llegó a un país extraño, inconsciente de su verdad. Fue criada unos años, sin saber de su otra mitad, hasta que su padre fue encarcelado y ella, sin familiares conocidos, fue adoptada. Un ambiente de borrachera, de manos fáciles para los golpes y otras situaciones oscuras pudo haberla torcido, como sucede con muchas mujeres que no pueden defenderse. Pero ella no se dejó vencer. Con su familia adoptiva encontró un nuevo comienzo, la posibilidad de ser otra. La segunda fue criada por una madre angustiada, llena de culpa y odio, pero también de dinero e influencias. Lo tuvo todo, desde juguetes caros hasta escuelas importantes. Su promesa de un futuro mejor, sin embargo, se ensombreció. Para cuando la primera ganaba una nueva libertad, ella entró en un internado; su madre había tenido una crisis psicótica y quedó encerrada de por vida. Cambiaron sus gestos, sus costumbres, sus promesas. La que había escapado de la violencia y el estupro vio como sus sueños se hacían realidad. Terminó sus estudios, fue feliz, celebró con su familia adoptiva una realidad que parecía de telenovela. Encontró un

amor inesperado en los ojos ciegos de un veterano de guerra. Se casaron muy jóvenes y llenos de esperanzas. Pero una noticia la perturbó. Su padre había sido sentenciado a muerte por haber matado a otro preso. Como si fuera el último gesto malvado de un alma maldita, él le confesó la verdad en una carta. Poseía otra mitad, a medio mundo de distancia. Una mitad idéntica pero opuesta, algo que ella no alcanzaba a comprender todavía. Y esa otra mitad, la que se había caído de la felicidad y la sobreprotección, había pasado por un infierno tan bajo como alto era el cielo de su hermana. En el internado había conocido los maltratos, la desesperanza y la angustia. No había tenido esa brújula firme que su madre había tratado de ser. Al llegar su adultez, salió a un mundo que le demostró que su belleza rutilante era más prometedora que cualquier estudio, trabajo, dignidad o proyecto de Cenicienta. De su cuerpo pudo ganar todo aquello que había tenido antes: dinero, vestidos, contactos, supuestas amistades, viajes. Conocedora de la existencia de su hermana, nada le interesaba de ella. Claro que, cuando su otra mitad la localizó, después de muchos meses de investigaciones, ¿qué podía esperar para verla? Su vida ya estaba arruinada antes de comenzar. No era esa mujer seductora y manipuladora que deseaba ser, sino más bien una simple acompañante, una mujer de descarte que nadie quería conservar. Y su hermana había encontrado, sin quererlo, una familia adinerada. La habían elegido como se elige a un cachorro abandonado de un corral, mientras a ella todos la rechazaban. Luego de varios meses de contacto a la distancia, ambas aceptaron conocerse. La que estaba en el infierno subió a los cielos, y fue atendida como una reina en casa de su familia política. 52


No sé si aquél ciego veterano era consciente o no del juego que se planteó luego, y tal vez no quiero saberlo. Solamente sé que esa mitad comenzó a seducirlo, tal vez atraída por el dinero, tal vez llamada por la perspectiva de cobrar una venganza sobre algo que no era un crimen ni un pecado. Tal vez al ciego le gustó la ironía; tal vez ella disfrazó sus palabras y se aprovechó de sus problemas mentales. Aquello debe haber durado meses, pues me consta que su otra mitad era tan dulce como inocente. Pero ningún plan dura para siempre. No sé si la otra pensó en alargar el asunto por mucho tiempo, o si comprendía que tarde o temprano sería descubierta; después de todo, tal vez sólo lo hacía por la adrenalina que disparaba aquél secreto tan oscuro. El hecho, simple y puro, es que aquella noche una mitad regresó inesperadamente a su casa, empapada por la lluvia y enfurecida por una serie de altercados familiares. Se quitó la ropa y fue a buscar a su esposo, tal vez pensando en comentarle sus pesares

antes de darse una ducha caliente. La otra mitad estaba en la cama, desnuda, amando a su esposo ciego. Sé que hubo un cuchillo; no sé si fue la mitad engañada, ahogada su inocencia y su dulzura en aquél acto; no sé si fue la mitad engañadora, dispuesta a cobrar una venganza más profunda o a liberar a su amor del compromiso matrimonial. Las dos lucharon mientras afuera el viento rugía. El otro traidor, asustado por los gritos y la pelea, intentó escapar, pero en la huida tropezó. Sin hacer caso, ellas rodaron hacia él, y la ventana se sumó a los gritos de terror. Las dos lo vimos caer, y supongo que las dos intentamos detener su caída. Tal vez porque una lo amaba todavía; tal vez porque una había comenzado a hacerlo. Sé que las dos terminamos en el cemento, chorreando sangre y agua por todas partes. Él murió instantáneamente, con su cabeza partida contra el cordón de la vereda. Ella sobrevivió unas horas.

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ADELANTOS DE PRÓXIMOS LIBROS VORACES

AUTOR BETO LORENZO

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VORACES.PRÓLOGO Hace unos años mi amigo Juan Pablo me acercó las cuatro primeras páginas del guión para una historieta de ciencia ficción. Teníamos en mente que él la escribiera y yo la dibujara con intención de mandarla a Japón. En esas páginas se relataba cómo una familia que viajaba en automóvil por un camino de montaña tenía un accidente provocado por una extraña esfera de energía. El padre moría fulminado por un rayo y entre sus restos calcinados se veían partes del cuerpo de un gran insecto. La madre intentaba salvar a su hijo pero desbarrancaba el auto al toparse con la esfera de energía y también moría. El único sobreviviente era un bebé que a través de la ventanilla miraba cómo la esfera se disparaba hacia el cielo. Dibujé las páginas y mi amigo me adelantó algo de la idea. Se trataba de una especie de comando formado por unos chicos, de una estación espacial que orbitaba la Tierra y era amenazada por unos seres a los que ese comando debía enfrentar. La historia no estaba muy definida y quedó en suspenso hasta que le propuse seguirla. Con los pocos elementos que contábamos empecé a armar algo diferente ambientado en un imperio galáctico al estilo de Isaac Asimov con eje en la Tierra y en un chico que sería el protagonista. Por esas cosas del destino, mi amigo estaba muy ocupado en otros trabajos y se desligó del proyecto dejándolo en mis manos. Yo, a pesar de no escribir nada en mucho tiempo, seguí pensando en la historia con las ideas que tenía. Un tiempo después se me ocurrió que podría desarrollar la idea en forma de novela en vez de historieta y empecé a escribir. De la idea original solo quedó el principio desde donde arranca toda la historia y conservé el concepto de las esferas de energía para imaginar un medio de transporte. El insecto en que se transformaba el padre del protagonista al morir, me dio pie para pensar en una raza de insectos y otros seres extraños, parecidos a algunas especies terráqueas, habitando los mundos de un Imperio Galáctico. A medida que escribía mi imaginación me fue proponiendo personajes y situaciones que no tenía pensados con antelación, haciendo que lo que en principio era una historia lineal se fuera complejizando. Algo parecido ocurrió con la descripción de los distintos planetas, las estaciones espaciales y cada elemento utilizado por los protagonistas como las tablitas de comunicación y el proceso de transformación en energía. Los personajes fueron apareciendo a medida que lo

que escribía me llevaba a describir situaciones que los necesitaban. Era como si ellos mismos exigieran ser incluidos. Así se fueron definiendo algunos personajes secundarios que crecieron en importancia disparando la trama por caminos que no había pensado. Creo que el ejemplo más claro son la Magna Dama y Zórdago, que al terminar el libro ya alcanzaron un claro protagonismo y sin embargo cuando empecé a escribir sobre ellos tenía previsto un papel secundario. La idea de los Voraces como seres que al alimentarse obtienen los conocimientos y experiencias de sus presas, responde a la creencia de las tribus caníbales de incorporar la valentía y el poder de sus enemigos practicando antropofagia. Esto sumado a la teoría sostenida por algunos antropólogos que la evolución humana dependió (y depende) de las sustancias con que se alimenta, me hizo pensar en una raza con muy bajo coeficiente intelectual aislada en su pequeño mundo solo alimentándose de otros animales menos inteligentes. Al ponerse en contacto con seres más evolucionados de otras regiones de la galaxia que empiezan a visitar su planeta, tienen la oportunidad de aumentar su inteligencia al alimentarse de ellos. De ahí en más buscarán a los más evolucionados por toda la galaxia. Marco, el eje de esta historia, es el clásico mesías que salva al mundo (a la galaxia en este caso) que aparece en las tradiciones religiosas y literarias. Sufrirá transformaciones que lo prepararán para llevar a cabo su misión y descubrirá que la Tierra es parte del Imperio Galáctico solo como lugar de turismo y estudio para especies semejantes a las que la habitan. Los nombres en general obedecen a una sonoridad o a un ritmo. Yum, (el nombre del jefe de los voraces) es la onomatopeya de saborear una comida, y también una golosina de la infancia (caramelos masticables yum-yum). Algunos nombres de las criaturas y planetas dan sensación de imágenes duras o blandas (Kérker suena más duro que goltos, a los que imaginé como enormes seres obesos con pequeñas trompas). Otros los creé por el ritmo, como Zórdago, o por la sonoridad como Magna Dama y Sar Far. Y está el planeta Blam, una de las onomatopeyas más conocidas utilizadas en las historietas para caracterizar golpes, portazos y hasta algún disparo de arma de fuego. Sin pretenderlo, a medida que me fui metiendo en la historia, se fueron armando historias secundarias que crearon un universo donde se despliega la trama principal.

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LIBRO PRIMERO: LA RED GALÁCTICA Autor: Roberto Lorenzo.CAPÍTULO 1: MARCO.Marco se reía cada vez que el auto que conducía su padre se tambaleaba al tomar las curvas por el camino de montaña, mientras su madre lo miraba de a ratos sonriendo desde el asiento delantero. Era la primera vez que hacía un viaje tan largo en sus dos años de vida y alcanzaba a sentir una alegría contagiosa en sus padres. El auto giró haciendo patinar las ruedas en una curva un poco más cerrada que las anteriores provocándole un fuerte sacudón, que de no haber sido por las correas de seguridad que sujetaban su asiento de bebé al del auto, hubiera golpeado contra una de las puertas. Esto no le produjo temor sino todo lo contrario; una sensación nueva recorrió su cuerpo especialmente a lo largo de su columna vertebral hasta erizarle el pelo de la nuca. Pasarían muchos años hasta que volviera a disfrutar con ella. Se sentía como en un juego de algún parque de diversiones y trataba de comprender la magnitud de la montaña por la que transitaban y las que aparecían a lo lejos. - Nunca pensé en conocer un paisaje tan hermoso como este, Lara.- opinaba el padre mientras le extendía un mapa a su esposa.- Fijate si falta mucho para llegar al punto que marca el mapa. El auto se deslizaba con firmeza por el camino mientras los últimos rayos del sol daban paso a la oscuridad nocturna, otorgándole una apariencia aún más majestuosa a los fabulosos Andes. El padre de Marco se sentía feliz por haber logrado la “estadía definitiva” y poder tomarse unos días de vacaciones para viajar con su familia a conocer nuevos paisajes. - Creo que estamos cerca, Ángel – le confirmó Lara, la madre del pequeño,- aunque no alcanzo a ver bien. La luz de la Luna era insuficiente para poder ver el mapa con claridad, y Lara estiró su brazo para encender una de las luces internas. Pero antes de llegar a ella una fuerte luminosidad inundó todo el auto. Entraba por la luneta trasera y brillaba intermitentemente con destellos rojos y azules cegando a los ocupantes. La mujer, asustada, intentó tomar a su hijo para llevarlo con ella al asiento delantero pero su marido la interrumpió con un :- Dejalo que así está más seguro. Ajustate el cinturón que aceleraré para ver si puedo alejarme. - ¿Pero qué es eso? ¿De qué pretendes alejarte?

Ángel aceleró violentamente y se sintió cómo el vehículo daba un salto. - Si no me equivoco- le respondió preocupado a su esposa- se trata de una esfera de energía de traslado. Son pocos los que pueden dirigirlas a su antojo y pueden ser peligrosos. Un rayo proveniente de la esfera de luz hizo que el auto se tambaleara en plena carrera interrumpiendo sus palabras. Marco miraba intrigado lo que pasaba y percibió que la algarabía anterior se cubría de un manto de nerviosismo y preocupación. Ángel intentaba explicar lo que estaba pasando pronunciando en voz baja palabras que Lara encontraba sin sentido:- Son ellos… han pasado. La esfera luminosa, de aproximadamente dos metros de diámetro, seguía al auto lanzándole rayos que lo hacían tambalear hasta que una violenta frenada hizo que quedara varios metros por delante, suspendida sobre la ruta. Se mantuvo sin desplazarse frente al vehículo y toda su superficie empezó a bullir amenazante e inmóvil. Pasados unos segundos, Ángel abrió la puerta y bajó de su vehículo. Con decisión desafiante caminó unos pasos hacia la esfera y extendiendo los brazos en cruz le gritó a viva voz:- ¿Qué es lo que pretendes? No hemos hecho mal a nadie y no te conozco. ¿Por qué no nos dejas en paz? La esfera parecía estar efervescente y alcanzó a definir los rasgos de una angulosa cara antes de lanzar un estruendoso y destellante rayo azul sobre Ángel. El fogonazo fue tan fuerte que cegó por unos segundos a Lara que apenas alcanzó a cubrir los ojos de su hijo, y aún sin haber recuperado totalmente la vista se precipitó fuera del automóvil. Casi a ciegas llegó hasta donde el cuerpo de su esposo yacía calcinado y frotó sus ojos nerviosamente para aclarar la visión. Marco seguía atento lo que ocurría y desde su asiento en el auto vio algo que se grabaría en su inconciente por mucho tiempo: del cuerpo de su padre salían unas extrañas prolongaciones semejantes a las patas de un enorme insecto, y de su cabeza dos largas antenas se extendían sin vida sobre el pavimento. Cuando Lara recuperó totalmente su visión advirtió con temor que la esfera luminosa se acercaba al auto y sin vacilar corrió hasta él. Su rápida decisión le permitió sentarse al volante y acelerar antes que la esfera, ya suspendida sobre el auto, lanzara un rayo que impactó en el suelo. Con la sola idea de proteger a Marco, Lara maniobró velozmente tratando de dejar atrás la amenazante esfera que disparaba rayos rojos y azules hacia el auto; no podía dejar de pensar en Ángel pero sabía que ahora la prioridad era su hijo tal como le había dicho su 56


marido: - Recuerda siempre que Marco es especial y que debemos protegerlo a toda costa. Es muy importante para el destino de todos, ya lo verás. Repentinamente los rayos dejaron de caer cerca del auto y Marco sintió reducirse la velocidad. Su madre miraba silenciosamente en todas las direcciones intentando descubrir la ubicación de la esfera y una calma incómoda se apoderó del ambiente. Casi a paso de hombre el vehículo se desplazó por el camino estrecho de la montaña. Todo parecía moverse en cámara lenta, la Luna inmóvil alumbraba fantasmagóricamente la ladera de las montañas y Marco apenas se atrevía a respirar. Lara esperaba el mortal desenlace. Repentinamente la esfera de energía apareció frente al automóvil. Se expandía rápidamente emitiendo destellos de luz azules y rojos y una fuerte vibración que lastimó los oídos de Lara y Marco hasta hacerlos sangrar. En un acto reflejo, Lara presionó su pié sobre el acelerador y el auto salió despedido hacia delante. Instintivamente giró violentamente el volante para no chocar contra la esfera que ahora bullía como un sol encegueciéndola. La incesante vibración y la luminosidad anularon sus sentidos hasta el punto de no poder percibir cómo el auto esquivaba la fuente de luz para desbarrancarse por la ladera de la montaña y detenerse chocando contra unas rocas algunos metros más abajo. Lo último que alcanzó a ver Marco antes de perder el sentido fue cómo su madre atravesaba mortalmente el parabrisas del auto por el impacto, y la esfera parecía buscarlo mientras perdía luminosidad. Reducida al tamaño de un puño le mostraba un extraño rostro que expresaba gran odio y antes de poder acercársele súbitamente se disparó hacia el cielo perdiéndose entre las estrellas. Las angustiantes experiencias vividas serían olvidadas concientemente por Marco durante los próximos años, pero al ser guardadas en el inconciente no pasaría mucho tiempo hasta que aparecieran en forma de pesadillas. Sus tíos, que se hicieron cargo de él desde el accidente decidieron criarlo como si fuera su hijo, pero les aguardaban situaciones futuras de las que poco sabrían cómo resolver. CAPÍTULO 2: LOS INSÉCTROPOS. Fuera de nuestro sistema solar, casi en el límite, hay una estación espacial extraterrestre que vigila y regula el tránsito hacia los planetas interiores. Está estratégicamente situada como para no ser detectada por ningún instrumento terrestre y si así fuera solo sería percibida como una pequeña mancha sin importancia.

Esta ubicación le permite conocer absolutamente todo lo que ocurre en los planetas del sistema gracias a unas sofisticadas máquinas (cuya tecnología escaparía al entendimiento humano) que manejan los seres que trabajan en ella: los inséctropos Estos alienígenas son parecidos a los insectos terrestres pero con algunos detalles especiales que marcan importantes diferencias como su tamaño, que va desde el de una mosca hasta el de un oso, y su cerebro mucho más desarrollado que el de los humanos les permite a algunos desarrollar habilidades extrasensoriales. Morfológicamente muestran muchas características parecidas a los insectos como caparazones, antenas y alas, que se mezclan con rasgos humanos como los rostros, las manos, el esqueleto y los órganos internos; y tienen la capacidad de transformarse para parecerse más a unos o a otros. Así como en la Tierra hay muchas clases de insectos, los inséctropos también se dividen en varias especies según se parezcan más a insectos o a seres humanos. Comenzaron su cultura en un planeta a miles de años luz del sistema solar, varios millones de años antes que el primer hombre caminara sobre la Tierra. Su naturaleza curiosa junto con el desarrollo de sus capacidades mentales los llevó a descubrir algunos secretos del universo y a idear una tecnología capaz de trasladarse a través de las grandes distancias. De esta manera fueron estableciendo estaciones de acceso a distintos puntos, intercomunicadas entre sí, hasta formar una red invisible por casi toda la galaxia conectando las más variadas especies que poblaban los planetas. Cada estación, separada de las demás por varios años luz, permitía trasladarse de una a otra hasta llegar al lugar deseado; todos pretendían viajar para conocer otros planetas y formas de vida y hubo de dictarse una legislación para regular los viajes: si el sentido era vacacional se podría permanecer en el lugar durante dos años locales como máximo, es decir dos traslaciones completas alrededor de la estrella central de un sistema planetario; si el objetivo era el estudio del lugar y sus habitantes, el tiempo de estadía se prolongaría de cinco a diez años, y había quienes podían obtener la estadía definitiva por motivos especiales. Además estaba bien establecido que no todos podían viajar a cualquier planeta. Había lugares que por distintas razones algunas especies no podían visitar. El viaje era sencillo: en Blam, el planeta de los inséctropos y centro neurálgico de la Red Galáctica, unas complejas máquinas hacían el doble trabajo de transformar primero a los viajeros en esferas de energía pura y luego enviarlos hacia una estación cercana desde donde se los lanzaba en ese mismo estado hacia 57


otra estación ubicada en la dirección deseada y de ésta hasta otra. Así sucesivamente hasta alcanzar el destino. Miles de años atrás, cuando los inséctropos descubrieron nuestro sistema solar, ubicaron una estación de acceso en su perímetro y otras de llegada en cada planeta. Desde entonces en la Tierra funciona una estación de llegada en Sudamérica (Estación Tierra 1) y otra en Asia (Tierra 2) pudiendo ser testigos de la historia de la humanidad. Apasionados estudiosos y buscadores de nuevas experiencias de lejanos mundos viajaron constantemente a nuestro planeta sin ser descubiertos por el hombre gracias a su capacidad de mimetizarse con las especies autóctonas. Los inséctropos se expandieron por la galaxia al punto de establecer contacto con casi todas las criaturas vivientes, desde las menos inteligentes hasta las de mayor desarrollo mental, y se podría afirmar que solo dos o tres alcanzaban el mismo nivel que ellos. El grado de inteligencia y algún otro dato servía para determinar si era conveniente presentarse ante los habitantes de un planeta u ocultarse mimetizándose con ellos, y también para establecer qué lugares no eran convenientes para algunas especies. En algunos de estos mundos, los seres vivos eran muy elementales como para percibir la presencia alienígena o si lo hacían no provocaban grandes cambios estableciéndose buenas relaciones, mientras que en otros la toma de conciencia por parte de sus habitantes de los extraterrestres podría derivar en consecuencias insospechadas. Por lo tanto, en estos casos lo mejor para los visitantes era cambiar su apariencia y pasar desapercibidos como sucedía en la Tierra. También hubo casos en que algunas Estaciones de Arribo debieron cerrarse porque los habitantes de esos planetas eran una amenaza para los viajeros, pero casi siempre se daban relaciones amistosas que posibilitaban intercambios comerciales y la oportunidad a otros seres de viajar por el cosmos por medio de la tecnología de los inséctropos. CAPÍTULO 3: BOREL. Borel era uno de los tantos exploradores que viajaba a través del espacio buscando nuevos mundos. Pertenecía, al igual que sus compañeros de trabajo, al tipo de inséctropos de mediano tamaño con una altura cercana al metro y medio. Si bien su cuerpo semejaba el de una cucaracha terráquea, sus extremidades eran indiscutiblemente más humanas y en su cara se mezclaba la estructura de insecto con rasgos antropomórficos. Un largo par de antenas movibles en la parte superior de la cabeza le permitía escuchar, olfatear y

hasta sentir cambios de energía en el ambiente y en los seres vivos. Había pasado los últimos diez meses junto con su equipo en una de las estaciones limítrofes de la galaxia, tratando de encontrar un nuevo planeta para sumar a la red desarrollada por los inséctropos, que se extendía desde el planeta Blam en todas direcciones cubriendo miles de años luz. Una guerra en uno de los planetas de la Red Galáctica había provocado una crisis económica en todo el imperio llevando a la Comisión de Notables a la decisión de anexar nuevos planetas. Gorla, una inséctropo miembro del mismo equipo, era experta en determinar los niveles mentales de los seres vivos y hacía poco que integraba el grupo, pero nunca habían tenido que esperar tanto sin que encontraran ningún planeta. - Vamos, Borel. De nada sirve que te inquietes más. Creo que conviene descansar unos días y volver a revisar el último sector. - Es que desde Blam ya me empiezan a presionar y si no encontramos nada en las próximas semanas deberemos volver y ser comisionados nuevamente hacia otro punto. Todos sabemos que pronto se desatará una carrera por descubrir nuevos mundos y que aceptarán a cualquiera como explorador. De nada servirá nuestra experiencia. - Tal vez sea lo más conveniente, amigos.- opinó Krac, el tercer integrante del equipo de exploración, sin dejar de observar los datos que inundaban la pantalla del receptor. Sus ojos estaban tan adiestrados que podían percibir muchos más detalles que los demás. - Tómense unos días si quieren.- Borel no soportaba la idea de estar desocupado y optó por desprenderse del mecanismo que lo sujetaba a su máquina exploradora y dirigirse a la puerta.- Yo viajaré a Blam para hablar con la Comisión. ¿Vamos, Dal? Dal era el mejor amigo de Borel; se conocían desde hacía mucho tiempo y casi siempre coincidían a la hora de tomar decisiones. Pero éste parecía no ser el caso: los dos compañeros se trenzaron en una discusión en la que uno pretendía convencer al otro de la necesidad de viajar mientras que el otro explicaba los beneficios de un descanso. Pasaron algunos minutos, y cuando ya el tono de las voces iba en ascenso Krac irrumpió con un sonoro: -¡Shhh!, creo que hay algo. Todos se acercaron a la enorme pantalla donde innumerables luces representaban estrellas, galaxias y sistemas solares cruzados por líneas, figuras geométricas y larguísimos cálculos matemáticos, tratando de descubrir lo que Krac veía. - Aquí, en este extremo. Casi en los límites de nuestra 58


capacidad receptora. Es un pequeño planetoide que antes no detectamos. ¿Pueden verlo? - Casi ni se ve. Gorla: habrá que examinar si hay vida. - Prepararé el escáner espectral. Esta nueva situación provocó un cambio en el estado de ánimo de Borel; el enojo con su amigo desapareció permitiéndole hacerle un guiño de complicidad antes de que saliera a preparar lo necesario para viajar al planetoide. De inmediato comunicó las novedades a la Comisión de Notables de Blam, y Gorla les envió todos los datos para su análisis. Ahora deberían esperar unos días hasta obtener el permiso para hacer contacto con el planetoide, y mientras tanto continuarían los estudios a distancia. La Comisión de Notables de Blam era el máximo organismo que regulaba y organizaba el tránsito por toda la Red Galáctica. Con sede en el monumental Palacio de Sar Far (la ciudad capital), estaba conformado por diez criaturas con gran desarrollo mental representantes de distintas zonas de la galaxia. Su trabajo consistía en supervisar los cientos de Oficinas de Viaje del Palacio, que controlaban el paso de cada ser por cada una de las miles de Estaciones de Traslado ubicadas en el espacio y en los planetas. Borel decidió salir de la sala de exploración y recorrer un poco la estación en la que vivía desde hacía diez meses. Al ser una de las más nuevas y estar ubicada en uno de los límites de la red, Ar-5 era una estación con poco movimiento pues ofrecía menos alternativas de traslado que las demás, pero estaba preparada para recibir un mayor flujo de viajeros en cuanto se estableciera el enlace con el planeta recién descubierto. Los pasillos que comunicaban las habitaciones de los viajeros en tránsito y las plazoletas que dividían los tres niveles estaban ahora vacías y Borel disfrutaba percibiendo el único sonido de sus pasos. - Parece mentira- se dijo a sí mismo- que dentro de unos pocos meses estos silenciosos pasillos y estas habitaciones hervirán de criaturas de diversos mundos aguardando su turno para que convertidos en energía sean lanzados hacia un planeta que apenas conocemos-. Y sabía que era inevitable que eso sucediera, ya que cada Estación de Traslado recibía, por medio de las máquinas receptoras, cientos de viajeros dispuestos a seguir camino hacia otra estación o al planeta de destino. Al llegar a las estaciones como esferas de energía, todos los viajeros eran devueltos a su estado original y después de ser controlados clínicamente recibían un turno para continuar el viaje por medio de las máqui-

nas de emisión. El lapso entre la llegada y la partida variaba entre unas pocas horas hasta algunos días según el flujo de viajeros y la complejidad del viaje. Esto había determinado la necesidad de construir albergues y lugares de recreo, haciendo que algunas estaciones parecieran pequeñas ciudadelas. El jefe del equipo aún recordaba el episodio que lo llevó a alejarse de las multitudes: habiendo sido destinado como coordinador a Eo 3, una de las estaciones con más tránsito de la red, se había corrido el rumor de las bellezas naturales del planeta Ci, y el caudal de viajeros hacia él excedió la capacidad de albergue de la estación. Esto provocó una superpoblación inesperada y el problema se agravó cuando falló una de las máquinas de emisión hacia Ci atrasándose muchos viajes. Algunos impacientes por las demoras reaccionaron violentamente poniendo a Eo 3 al borde del colapso. En medio del caos la Comisión propuso regresar a todos los viajeros a sus planetas de origen y cerrar Eo 3, lo que hubiera provocado un desequilibrio peligroso en toda la red. Pero Borel tuvo la idea de enviar a algunos viajeros a otra estación para que desde allí pudieran llegar a Ci. Él sabía que en Eo 2, la más cercana a Eo 3, se encontraba el que llegaría a ser su gran amigo, Dal, que podía calibrar las máquinas para enviar a los viajeros en forma de esferas de energía hacia donde quisiera. Esta decisión no solo solucionó el inconveniente sino que además demostró a la Comisión de Notables de Blam que las rígidas rutas podían modificarse para no saturarse y hacer peligrar el sistema. Una vez vuelta la calma, Borel y Dal fueron consignados para adiestrar grupos de técnicos calibradores, que a su vez formaron otros grupos y éstos otros hasta cubrir todas las estaciones de la red. Un tiempo después, ávidos de viajar solicitaron integrar juntos el equipo de exploradores del que formaban parte en la actualidad. Dos días después de encontrar el planetoide, Gorla recibió la aprobación desde Sar Far para bajar a explorarlo. En este lapso habían descubierto que la razón de no haberlo detectado en los meses anteriores era que su órbita lo alejaba momentáneamente del alcance de sus máquinas buscadoras, y además se enteraron que se trataba de un lugar habitado por criaturas inteligentes. Dal, adelantándose a la decisión de los Notables, ya había enviado al planetoide una máquina de arribo que tendría la función de recibir a uno de los exploradores. Luego de someterse a los preparativos, Borel se introdujo en la cápsula de transformación para ser lanzado hacia el nuevo destino. Sintió cómo su cuerpo se convertía en energía hasta formar una esfera incan59


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descente que viajó a través del tubo de emisión de la compleja maquinaria para ser expulsado al espacio. Escasos segundos después fue captado a miles de kilómetros, en la superficie del planetoide, por el artefacto que Dal ya había enviado. En el pequeño planeta una potente luminiscencia sobresaltó a algunos habitantes que sin dejar de alimentarse se acercaron a grandes zancadas hasta donde Borel se asomaba desde el receptáculo de la máquina de conversión de energía. De inmediato ajustó su propio sistema respiratorio para adaptarse a los gases de la atmósfera. El explorador se acercó a ellos con una infaltable pregunta en su mente: ¿serían amistosos o lo destrozarían para comérselo? A su vez, las criaturas lo miraron detenidamente estudiándolo. Lo sobrepasaban en más de un metro de altura, tenían su cuerpo parcialmente cubierto por placas escamosas y se paraban en dos delgadas y largas patas que terminaban en tres dedos retráctiles. Las extremidades superiores también eran delgadas y evidenciaban tener la capacidad de prolongarse o retrotraerse a voluntad. El torso era pequeño pero con un abdomen voluminoso y en la cabeza, también de escaso tamaño, se ubicaban dos antenas por sobre los grandes ojos rojos dispuestos a ambos lados por encima de un filoso pico. Permanecieron inmóviles hasta que uno de ellos mordió un pedazo del alimento que traía consigo y le ofreció el resto al visitante. Borel se lo llevó a la boca sin lograr disimular el asco que le provocaba su sabor putrefacto. Su cara reflejó todo el esfuerzo por tragar sin éxito el horrible bocado y un estruendoso y entrecortado sonido escapó del pico de estos seres junto a un acompasado movimiento de sus cuerpos; reían y el explorador pudo de este modo establecer la primera comunicación con ellos. Luego de este primer contacto Gorla y Dal se trasladaron al planetoide siguiendo a su amigo. Les llevó dos días descifrar el lenguaje de los habitantes y poder comunicarse con ellos. Los tres exploradores observaron que estos seres comían constantemente cualquier cosa que les sirviera como alimento, desde pequeños hasta grandes seres vivos que atacaban con mucha agresividad. Por esto les dieron el nombre de “voraces”. Tenían la capacidad de modificar su apariencia mimetizándose con sus presas y parecían no ser muy inteligentes. Dedicaban su tiempo a alimentarse y a imitar la forma de objetos y seres vivos, inclusive de los nuevos visitantes, lo que les producía regocijo y lanzaban sonoras carcajadas. En una oportunidad Borel confundió a uno de ellos con Gorla y sintió que más allá de la diversión había una oculta intención.

En Blam, las noticias de la guerra en un planeta de la Red Galáctica llamado Celtres, y el desequilibrio económico que aumentaba en todo el imperio, llevaron a que la Comisión de Notables incorporara rápidamente el planeta de los voraces como centro turístico permitiendo a sus nativos viajar a solo tres sistemas planetarios. Esta decisión fue considerada como muy apresurada por sus descubridores, que insistieron en la necesidad de estudiar más a las nuevas criaturas antes de aceptarlas. Pero la urgencia de Blam por anexar rápidamente más planetas los obligó a abandonar esta idea. Los nuevos miembros del sistema fueron calificados como inmaduros mentales inofensivos y hasta divertidos, pero sin embargo algo intranquilizaba a Borel y a su equipo: estos seres aprendían muy rápidamente.

CAPÍTULO 4: YUMCasi diez años después de su descubrimiento, el planetoide de los voraces había recibido a miles de visitantes, la crisis galáctica había sido resuelta y reemplazados todos los miembros de la Comisión. El escaso tamaño del cuerpo celeste hacía que se pudiera recorrer en poco tiempo y la órbita elíptica alrededor de una vieja estrella, combinada con la inclinación del eje, producían variados climas y paisajes que atraían a los viajeros de toda la galaxia. En contrapartida al gran número de visitantes, la población nativa se reducía poco a poco y pese a que las leyes establecían el tiempo que los viajeros podían permanecer fuera de sus propios planetas, los voraces parecían no respetarlas. Yum era uno de los voraces con que se había encontrado Borel al descender en el planetoide. En ese momento, al igual que el resto de sus congéneres, tenía poco nivel intelectual y solo le interesaba comer y divertirse haciendo bromas crueles a sus compañeros y a los demás seres vivos que le servían de alimento. Pero el contacto con visitantes de otros mundos produjo cambios en el grupo de voraces al que pertenecía Yum. Era como si la sola presencia de seres más inteligentes sirviera de estímulo a sus propias mentes. Por empezar sintieron que podían concentrarse cada vez más en sus pensamientos y su memoria retenía más datos y detalles. Estos cambios hicieron que alcanzaran a resolver problemáticas cada vez más complejas para llegar a los nuevos objetivos que se iban proponiendo. Se volvieron más receptivos y de cada especie que visitaba su planetoide iban aprendiendo 61


algo nuevo que incorporaban a su mente en expansión. Estando en pleno proceso evolutivo comenzaron a transmitir sus enseñanzas a los demás hasta que todos los voraces evolucionaron. Fue en ese momento en el que empezaron a viajar hacia otros mundos.

El viaje de Yum duró el tiempo que tardaba su planetoide en dar una vuelta completa alrededor de la estrella central, o sea un año. Sus compañeros aún no habían comenzado a viajar y esperaban ansiosos su llegada. Habían pasado el tiempo alimentándose con alguno que otro visitante sin llamar la atención y lueSorpresivamente, los voraces desaparecían de su lugar go que el él les transmitiera todas sus experiencias por de origen y no se los encontraba en ninguna estación la red galáctica empezaron a organizarse en grupos ni en los planetas de la red. Yum había iniciado el éxo- para salir de su hogar. do el día que devoró a un pequeño gilbo que visitaba su planeta. CAPÍTULO 5: VARNO.El gilbo era una especie de gusano de medio metro, con cuarenta patas cortas a cada lado de su cuerpo, y La lluvia caía hacía cuarenta días en Sar Far, la ciudad una desproporcionada gran cabeza con tres negros capital de Blam. En su mayor parte estaba ocupada por ojos. El impaciente viajero pretendía llegar hasta unas el Palacio donde funcionaba la Comisión de Notables montañas e insistía a Yum que lo guiara. Éste, con su y las miles de oficinas que recibían las solicitudes de habitual desgano y entre mordiscos a una hierba gri- viajes, cada una con su máquina de transformación y sácea, lo apartaba con un movimiento de su brazo. emisión de energía; y por las viviendas de los empleaPero el gilbo insistía y a la vez que se encolerizaba iba dos que trabajaban en él. En las afueras de la ciudad cambiando el color de su piel de un rosa pálido hasta la zona de mercados ofrecía gran variedad de mercaun rojo sanguíneo. derías que llegaban de todos los rincones de la galaxia En ese momento Yum se dio cuenta de la inesperada y en el resto del pequeño planeta estaban los edificios evolución que había experimentado el último tiem- de la Gran Biblioteca y los albergues para los viajeros. po: en décimas de segundo pudo percibir que el gilbo Pese al mal tiempo, Varno sonreía en el camino a su pensaba que debía acceder a su pedido porque lo con- casa porque no tendría que volver a su lugar de trasideraba evolutivamente inferior, y con la misma rapi- bajo en el Palacio de Sar Far durante los próximos dez elaboró un plan para deshacerse de él. Su mente cuatro meses; su descanso luego de dos años había llecalculaba todos los datos que le brindaba el entorno, y gado. Ante la envidia de algunos transeúntes desplegó el saber lo que pensaba y sentía su interlocutor le per- sus alas transparentes por encima de su cabeza para mitíó adaptarse para tramar el engaño. Entendió que no mojarse y pisando con sus dos enormes pies cuilos colores que teñían el cuerpo del gilbo representa- dadosamente entre los charcos, llegó a la entrada de ban distintos estados de ánimo y cambiando su pro- su edificio. Pertenecía a una de las especies más desapia actitud logró apaciguarlo lo suficiente para poder rrollada de inséctropos que más se parecían a los hullevarlo hasta donde nadie los viera. Con amables mo- manos con sus largas extremidades y rasgos faciales. dales y transmitiéndole agradables sensaciones, Yum Se metió incómodamente en la pequeña burbuja de logró que su víctima llegara a un estado de tranquili- cristal en la planta baja del edificio que lo llevó hasta dad tal que le fue extremadamente fácil ensartarlo con su departamento mientras pensaba que al día siguienuna de sus púas y devorarlo de un bocado. Lo saboreó te solo tendría que presentarse en la oficina número lentamente mientras su conciencia aumentaba. 2567 para iniciar su viaje de descanso. Mientras se alimentaba sintió por primera vez cómo Ya en su pequeño apartamento se sirvió un nutritivo su mente se expandía al recibir los conocimientos jugo y mientras se sacaba el abrigo escuchó en el inde su presa y de toda la especie. Todos los recuerdos tercomunicador la voz de su amiga Gorla invitándolo y todo lo aprendido por el gilbo se almacenaron en a cenar juntos. Aceptó sin dudarlo, y pese a sentir el su mente. Se sintió ilimitadamente poderoso y re- cansancio de una dura jornada volvió a salir a la calle. curriendo a su capacidad de transformación, Yum adoptó la forma del gilbo. Así logró colarse entre los - Estoy ansioso por escuchar qué hiciste estos últimos demás seres para más tarde trasladarse a Ar 5 donde años-, le decía Varno a su amiga mientras esperaban se mimetizó como otra de sus presas y viajó hasta otra ser atendidos en la mesa de uno de los más conociestación. Este procedimiento le ayudó a pasear por dos restaurantes de Sar Far. Siempre había admirado numerosas estaciones y planetas sin ser detectado por a Gorla por su decisión de hacerse exploradora y desla Comisión, alimentándose de variados especímenes de que se conocieron siendo muy jóvenes sentía una e incorporando todos sus recuerdos y habilidades. fuerte atracción hacia ella. - Creo que lo mejor que experimenté fue cuando des62


cubrimos el planetoide de los voraces. Fue increíble ponerse en contacto con esas criaturas tan diferentes a nosotros. - Se ha transformado en un lugar muy visitado, pero tengo entendido que sus habitantes nativos son cada vez menos.- Varno recordaba los últimos informes recibidos en su oficina.- Algunos piensan que tal vez se hayan escapado por la red galáctica sin ser detectados. - Tal vez… Borel, mi jefe, estaba algo preocupado por estos seres. Decía que aprendían muy rápidamente y que llegarían en poco tiempo a igualarnos evolutivamente. También es posible que hayan muerto por algún virus llevado por un viajero. Sé que en esa época la Comisión necesitaba imperiosamente nuevos destinos y no se tuvieron en cuenta algunos detalles. - Sí, fue una época mala para todos los que trabajábamos en Sar Far. Estábamos muy exigidos por la gran cantidad de viajes que había y solo se pudo aliviar la presión momentáneamente cuando descubrieron el planetoide de los voraces y otros diez más. - Lo que más nos sorprendió de esos seres- Gorla intentaba pinchar un jugoso trozo de carne que flotaba en un líquido amarillento- fue la capacidad de transformación que tenían. Al principio parecía una destreza tosca y por momentos nos divertían con sus demostraciones, pero con el tiempo vimos que se perfeccionaban. Recuerdo una oportunidad en que uno de ellos casi engañó a Borel adoptando mi apariencia. Él se dio cuenta del engaño y más tarde nos comentó que sintió que el voraz se burlaba demostrándole de lo que era capaz. La sabrosa comida no impidió que Varno dejara de deleitarse con la presencia de su amiga. Estaba secretamente enamorada de ella y posiblemente eso lo llevó a restarle importancia a lo que hablaban. Lo único que quería era prolongar esos momentos para poder mirarla y escuchar su voz. - Tu trabajo consistía en estudiar su comportamiento, ¿no es cierto? - Así es. Yo consideré que seis meses no eran suficientes para completar los estudios ya que en ese lapso se notaron grandes cambios de actitud. Su carácter jovial y amistoso se convirtió en antipatía, y parecían ocultar algo. Por más que los análisis a que los sometí daban siempre inmadurez mental, tenían reacciones que no coincidían con los resultados y más de una vez sentí como que eran ellos los que nos estudiaban a nosotros. En fin, fue la Comisión la que nos dijo que las investigaciones eran suficientes y habilitaron el planetoide. Estuve un tiempo más recorriendo planetas hasta que me retiré a continuar mis estudios. A Gorla le gustaba contar sus aventuras y sabía que su amigo la escuchaba con placer. Lo consideraba un

ser muy inteligente por haber llegado al puesto que ocupaba en una de las oficinas del Palacio y pensaba que cuando se cansara de viajar por el universo buscando nuevos planetas, estaría dispuesta a formar una familia con él. Varno tenía el poder de sentir las emociones de los demás y cuando percibió que era el momento adecuado interrumpió a su amiga con una propuesta: - Yo salgo mañana de viaje y si estás de vacaciones te invito a pasar unos días como turista en algún planeta que no conozcas. Puedo arreglarlo todo. - ¡El planeta Fáah!- las antenas de Gorla vibraronNunca pude acercarme a ese planeta y dicen que es hermoso. Acepto tu propuesta, nos vendrá bien pasar un tiempo juntos. Esa misma noche, Varno habló con un compañero de trabajo y arregló todo lo necesario para que Gorla pudiera viajar con él; tampoco conocía Fáah y la oportunidad de hacerlo en compañía de su amiga lo ponía muy contento. CAPÍTULO 6: TAHÚO.Algunos años atrás, la noticia de un posible desabastecimiento amenazó al planeta de los inséctropos y a algunos otros. En esa época la Red Galáctica había ampliado sus límites más allá de lo previsto, y el equilibrio económico empezó a tambalear. El planeta Blam, como centro del sistema, debía tener en cuenta una cantidad de variables que podían poner en riesgo el funcionamiento de la Red. Era como una estructura por la que no solamente transitaban los seres de la galaxia, sino que cada planeta aportaba con alimentos y tecnología a Blam. Todo llegaba al Palacio donde un porcentaje de los alimentos se destinaba a la ciudad de Sar Far, otro se enviaba a las estaciones y el resto a los planetas mas necesitados. La tecnología también era llevada hasta los que no tenían posibilidades de producirla y de esta forma se mantenía el equilibrio galáctico. Había planetas que solo podían producir alimentos y otros que no cesaban de fabricar maquinarias, y de no haber podido relacionarse a través de la Red hubieran sucumbido. De esta manera el tráfico comercial regulado por Blam mantenía en equilibrio todo el sistema. Pero los problemas empezaron cuando el Señor Tahúo, uno de los diez Notables, desarrolló una descontrolada política de expansión. Este inséctropo, como todos los aspirantes a Notable, había sido preparado desde muy chico y en su primera etapa de vida aprendió a controlar su energía mental. Una vez aprobados los exámenes de iniciación in63


gresó en la Escuela de Aspirantes a Notables donde le transmitieron los conocimientos de todos los planetas de la Red Galáctica y finalmente se dedicó a viajar para completar su educación. Así llegó a conocer una cantidad de planetas mayor de la que nadie alcanzaba en esa época y pudo integrar la Comisión de Notables de Blam cuando fue el momento de reemplazar a sus integrantes. Al poco tiempo de su nombramiento, el Señor Tahúo sobresalió entre sus nueve compañeros por las propuestas concretas, y rápidamente se volvió la voz principal de la Comisión. Los demás Notables fueron depositando en él la toma de decisiones hasta que los habituales debates se reemplazaron por un indiscutido apoyo a sus resoluciones. Por aquél entonces la Red Galáctica pasaba por un período de estabilidad económica y las relaciones entre los planetas eran armoniosas. La decisión de conservar los límites de la Red sin acoplar nuevos planetas, permitió desarrollar un equilibrado sistema económico de intercambio. Pero había variables que el Señor Tahúo no podía tener en cuenta debido a la incompetencia de sus colegas. El desequilibrio fue iniciado en un planeta cercano a las fronteras de la Red: Celtres. En él, los céltricos eran ociosos seres que dominaban a los pequeños opotas que trabajaban incesantemente en la fabricación de maquinarias para comerciar con Blam. Esta producción les permitía a los céltricos viajar por la Red mientras las maquinarias se enviaban hacia donde eran necesarias. Los opotas habían sido manipulados genéticamente hacía mucho tiempo para sentir placer únicamente al trabajar y no pensar en nada más, pero una inesperada mutación provocó que en algunos de ellos se despertara el gusto por el conocimiento. Rápidamente estas criaturas se multiplicaron hasta llegar a conformar un número suficiente como para iniciar una revolución. La producción se detuvo mientras céltricos y opotas peleaban por la supremacía y la Red comenzó a tambalearse. Algunos planetas, al no recibir la tecnología adecuada dejaron de aprovisionar a Blam y se debieron clausurar estaciones; ciertos itinerarios se complicaron, y productos que antes se comercializaban periódicamente comenzaron a faltar. La Red galáctica colapsaba y sistemas planetarios enteros se empobrecían. Ante este caos la única solución vista por el Señor Tahúo fue la de buscar nuevos planetas que pudieran producir lo que necesitaba la Red galáctica. Estas circunstancias fueron las que originaron la épo-

ca de oro de los Exploradores. Gran cantidad de seres de toda la galaxia se incorporaron a sus filas, algunos en un intento por sobrevivir a la decadencia de sus planetas y otros por mero placer aventurero, y fue en esta primera etapa cuando se descubrió el planeta de los voraces. Todo equipo de Exploradores que descubría un nuevo mundo era recompensado con mercaderías y privilegios, y no tardó en desatarse una incontrolable carrera en pos de ellos. En muy poco tiempo gran cantidad de planetas se incorporaron a la Red Galáctica acarreando más problemas que soluciones, ya que algunos Exploradores se apropiaban de ellos rompiendo los acuerdos comerciales y otros se dedicaban a la piratería. El tránsito de mercancías y viajeros empezó a escapar al control de la Comisión y ya se afianzaban grupos contrarios a las decisiones de Blam. La Red galáctica entró en una oscura noche de piratería e intrigas políticas que terminó con la destitución de toda la Comisión de Notables diez años después. Al cabo de ese lapso, apenas restituida la nueva Comisión, sus integrantes armaron una fuerza de choque con los mejores Exploradores adeptos que acabaron con los piratas y expulsaron a quienes se habían apropiado de algunos planetas. En Celtres había triunfado la revolución de los opotas y se establecieron nuevas relaciones con Blam. La Comisión de Notables, cuyas leyes le impedían intervenir en cuestiones internas de los planetas, aceptó el cambio de gobierno y se puso en marcha la reconstrucción de la Red Galáctica. Al poco tiempo de restablecerse la calma, Tahúo y sus compañeros, ya habiendo perdido el título de Señores, fueron condenados viajar por varias estaciones de traslado perdiendo una parte de sus recuerdos en cada una hasta terminar amnésicos en cualquier punto de la galaxia sin dejar rastros. El azar determinaría su destino, y su castigo sería olvidar hasta su propia identidad.

(CONTINÚA EN EL TOMO 1 DE VORACES)

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