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Sábado 9.12.17 EL NORTE DE CASTILLA
COMIENZOS DE PELÍCULA
Rosebud ‘Ciudadano Kane’
Filme de Orson Welles (1941)
LUIS MARIGÓMEZ
Orson Welles, en un fotograma de ‘Ciudadano Kane’.
N
unca hubo un principio más lustroso. Orson Welles fue un niño prodigio que devino brillante hombre de teatro y radio antes de entrar en Hollywood como si fuera a comérselo. Le dejaron construir un artefacto singular, con mucha más libertad de la que nadie había tenido nunca en esa fábrica. Tenía 25 años. La película, además de presentar enormes riesgos formales, fue un fracaso comercial. Con ella acabó la prometedora carrera del genio. El resto de su existencia, con algunas obras maestras más, tuvo que contentarse con sobrevivir. A veces se la cita como la mejor película de la historia, como si eso del cine fuera una
competición. En todo caso, su influencia fue notable, no solo en el resto del trabajo de Welles. Para empezar, con Gregg Toland, el director de fotografía, decidió usar un objetivo gran angular, con el que el campo de visión se agranda y en un mismo plano pueden ocurrir varias acciones a la vez. La cámara se colocaba a veces muy abajo, y por primera vez se vieron los techos de las estancias que aparecen en la pantalla. La iluminación, con influencias del expresionismo alemán, es muy contrastada, llena de sombras. El director se olvida de la tendencia de Hollywood a poner en práctica una puesta en escena transparente, que el espectador no note, y juega a lo contrario, un manierismo que
lo caracterizará siempre. Una de sus más conocidas hazañas en la radio fue la transmisión de ‘La guerra de los mundos’ de H.G. Wells, como si fuera una noticia, en directo. Esa travesura le granjeó un prestigio considerable y es el antecedente del noticiario que aparece al principio del filme, resumiendo la vida de su héroe, Kane. Welles estudia las formas periodísticas que se usan para transmitir la realidad, el presente, y las utiliza para sacar adelante su ficción. Pero quizá el eje que se mantuvo siempre en la obra del director fue el tratamiento de sus personajes centrales. Welles conocía bien a Shakespeare, tenía una sólida formación teatral como actor y
como director. La biografía de Kane que ofrece la película estaba basada en alguien real, todavía vivo y muy influyente cuando se presentó el filme, William Randolph Hearst, que se sintió atacado e hizo todo lo que estuvo en su mano para que no llegara
El eje que se mantuvo siempre en la obra de Welles fue el tratamiento de sus personajes centrales
a proyectarse. En realidad debería haberle estado muy agradecido. Si hoy mucha gente sabe su nombre es gracias al director y, además, no queda tan mal parado. A partir de los datos biográficos del empresario, entre otras fuentes, se elabora un personaje que atrae y repele, capaz de fascinar por su encanto, su energía, sus ocurrencias… y de hacerse odioso por su despotismo, sus caprichos, sus excesos. El guionista (con Herman J. Mankiewicz, que es quien en realidad escribe el texto) y el actor principal, además del productor, por supuesto, son una misma persona, el artista sabelotodo Welles. Ese modo de entender a sus personajes tiene mucho del dramaturgo inglés. Otelo, Macbeth, Fals-
taff, (que representaría después en sus filmes) son seres complejos, llenos de contradicciones. Sus vidas merecen contarse porque no es fácil entenderlas. Hay un poso importante de misterio en ellas y ese es el motor del relato. El falso ‘biopic’ se elabora como un poliedro, con distintas miradas, de personajes secundarios, que van conformando el personaje. La zanahoria que debe atraer al espectador hasta el final es una palabra: Rosebud, que el magnate pronuncia al morir y que al periodista investigador se le encarga encontrar su significado. Viene a ser una variante del Macguffin de Hitchcock, el dulce que se debe ofrecer a la audiencia para que aguante sentada en la butaca del cine, una engañifa narrativa, una simpleza que envuelva el peso de lo que de verdad se ofrece, ¿o es la médula del misterio? El asunto de los orígenes del cuento no acaba en el magnate y los cambios sociales en Estados Unidos en la primera mitad del siglo XX, el poder de la prensa y el talón de Aquiles de los políticos. Las anécdotas principales proceden de ahí, pero el director elabora un mecanismo con vida propia, sobre el éxito y el fracaso en la vida de ¿cualquiera?, más allá de los referentes que utiliza. De alguna manera, Kane es un autorretrato. Welles habla de sí mismo, ese torrente de energía y talento desbordados que corrían el peligro de echarse a perder. El problema del que quizá adolezca ‘Ciudadano Kane’ es que tantos alardes artísticos y técnicos dejan un poco frío al espectador simple. No es fácil que se produzca el casi necesario mecanismo de identificación con ninguno de los personajes. El héroe y villano no termina de resultar simpático, los demás son seres de una pieza, buena gente o malvados, sin demasiado recorrido. Puede que falte algo de templanza y sobre el deseo de apabullar. El siguiente filme de Welles, ‘El cuarto mandamiento’, a pesar de los cortes en el montaje final (aquí fuera del alcance del director), resulta mucho más equilibrado, utilizando los mismos recursos formales. En todo caso, ya nada fue igual. El director nunca tuvo tanto control sobre el resto de su obra, que dio piezas notables, como ‘La dama de Shanghai’ (1947); ‘Sed de mal’ (1958), todavía en Hollywood; o, con producción española, ‘Campanadas a medianoche’ (1965), quizá su Shakespeare más logrado. Sus dos últimas obras, ‘Una historia inmortal’ (1968) y ‘Fake’ (1973), hechas con poquísimos medios, son películas pequeñas, llenas de recursos que proceden de sus limitaciones económicas; resultan encantadoras.