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El vértigo

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sostenían la mamá y la abuela de María Isabel en la cocina. No toda, un par de líneas nada más: —No sé, nunca lo había traído a comer, pero anda con él para todos lados —dijo la mamá. Sobrevino un silencio en el que probablemente hubo un intercambio de significativas miradas que Esteban no pudo ver. —No te preocupes, hombre —dijo la abuela—, cuando tienen catorce años se enamoran de cualquier cosa. La frase de la abuela, que muy probablemente intentaba tranquilizar alguna inquietud de la mamá, puso en jaque las intenciones que Esteban tenía con María Isabel. En el baño había intentado juntar los ánimos para regresar, quitar el juego y, en lugar de declarársele verbalmente, decírselo todo con un beso en la boca. Pero esa conversación lo confundió y le dispersó demasiado los ánimos como para juntarlos de nuevo. Qué bueno que no lo hizo. Quién sabe qué hubiera hecho ella. A María Isabel no le gustaban los besos. Cuando veía besarse a los personajes de las telenovelas le daba mucho asco. Peor aún, en las películas, en las que los actores parecían tomar más en serio sus papeles y en ocasiones podía incluso verse claramente la lengua de uno explorando la boca del otro, María Isabel tragaba saliva como si intentara limpiar su propia boca y, arrugando los ojos, esperaba nunca tener que hacer algo así. Algunas fobias no tienen explicación, pero ésta sí la tenía. Algo que había ocurrido unos años atrás, y no había sido bueno; las personas merecerían tener una mejor primera vez para algo tan importante como un beso.

El vértigo 11


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El vértigo by Ediciones El Naranjo - Issuu