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ELLAS SÍ CUENTAN

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Este libro se ha editado a iniciativa de Mnemocine: www.mnemocine.org. Maquetación y diseño: Pilar Fraile Amador. de los textos, las autoras. El contenido de este texto está protegido por una licencia creative commons, puede ser compartido, siempre que no sea con fines comerciales y mencionando a sus autoras. Madrid, España, 2011


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PRÓLOGO

Ellas sí cuentan es un proyecto de formación artística para mujeres creado por Mnemocine que empezó su andadura el pasado mes en enero del año 2010, gracias a la ayuda de la Fundación La Caixa y a la colaboración del CEPI Hispano Colombiano de Madrid. En esta primera parte del proyecto hemos trabajado conjuntamente con grupos de mujeres la creación audiovisual y literaria en dos talleres paralelos. La experiencia ha sido enriquecedora para todos los participantes; tanto monitores como asistentes, en muchos aspectos, no solo en el del manejo de técnicas e instrumentos de creación. Hemos compartido vivencias e historias personales y hemos establecido lazos de apoyo y amistad entre todos más allá de las puertas del taller. Este libro es el resultado de una selección de textos de algunas de las participantes del taller de escritura, esperamos que lo disfrutéis y que llegue hasta vosotros parte del alma que ha animado la génesis de este trabajo. Esperamos también que Ellas sí cuentan pueda tener una segunda edición en la que ampliar y profundizar el esfuerzo iniciado.

Mnemocine 


ADRIANA TORRES COLOMBIA


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En mitad de la selva, la noche es densa, húmeda y pesa sobre las pieles sudorosas. Un silencio frío se rompe con el sonido de los helicópteros, los fogonazos de metralla y las bombas inteligentes que caen en el campamento ilegal. El estruendo despierta a Iván que se tira de su hamaca y tantea en la oscuridad hasta dar con su fusil, preparado como siempre, para repeler el fuego. Una viga de guadua le cae encima y lo obliga a arrastrarse por ropas, comidas, cuencos, cartas y cuerpos destrozados. Basta una mirada para comprender que su campamento ha sido destruido. Basta un pensamiento para encender una chispa de ilusión, lo que le lleva a sonreír en medio de ese infierno. Es la oportunidad que esperaba desde hace meses, y al oír de nuevo los helicópteros corre a perderse en la selva. Sus pies acostumbrados a recorrer el laberinto de La Macarena, lo llevan confiado a esa vida que añoraba desde el día que le dio por meterse a la guerrilla, para ganar dinero, pero, que de nada le servía allí, si tenía que vivir huyendo de los operativos del ejército. Pensó en Patricia, sabía que terminaría perdonándolo, la buscaría igual que a su 


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hijito en Puerto Nariño; irían los tres a casa de su tía Mirta, trabajaría con ella en su telar de hamacas, recogería la yuca y el cacao; con él, su tía haría un espumoso chocolate. Bajaría hasta San Antonio y de sorpresa abrazaría a Federico, le explicaría todo el revés de su vida en estos cinco años, retomaría su vieja afición y participarían juntos en el torneo de billar que organiza cada año el bar Delicias. De nuevo se levantaría con el cantar del gallo, se lavaría los dientes y se afeitaría como lo hacía su padre, con un suave pasar y repasar; después con un sorbo de café pensaría qué hacer en ese nuevo día. Sintió de repente en su espalda un doloroso fuego que le bajó hasta las caderas, rodó hasta el río; su cuerpo se empezó a hundirse; ese dolor le hizo entender que un soldado siempre lo había seguidoj, le hizo comprender que aquel día no llegaría. La chispa de ilusión se fue apagando hasta aceptar que lo único que tenía eran sus recuerdos, y a ellos se aferró con tanta fuerza que extrajo desde muy atrás una canción de infancia. La repasó en su mente tantas veces, que cuando el soldado lo alcanzó en el río, lo llevó a la orilla y le cubrió la cara, aún seguía resonando en sus oídos aunque éstos, estaban llenos de agua.




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ELISABETH CARABAJAL ARGENTINA

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Quién me ha visto y quién me ve. Un año más de vida en este bosque y nadie se acuerda de mi cumpleaños. Claro que este mote de Lobo feroz igual no ayuda mucho, aunque últimamente me pregunto cuánto queda de ese lobo. Cierto es que esta mañana me veo algún que otro bigote cano en el hocico, y mis orejas ya no se mantienen tan tiesas como antes. Tal vez es este lago, con esto del cambio climático está cada vez más turbio, mejor me doy un paseo, así se me aclaran las ideas y me animo un poco, odio estos días en que me levanto con la autoestima por los suelos Ahora que veo el hueco en el árbol me acuerdo de la señora ardilla, nunca debí dejar la terapia, el psicoanálisis me estaba desvelando algunas respuestas a mi comportamiento, igual es que no estoy preparado para escuchar algunas cosas y mi subconsciente provocó un conflicto con la ardilla para no volver, mira que quejarme de que no haya diván y solo un tronco... ¡pero si estamos en un bosque! Es evidente que he boicoteado las reuniones 11


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«Hola Lobo feroz, ¿hablas solo ahora?» «Pues sí, hoy me levanté reflexivo, ¿es que tu no piensas nunca en nada?» «¿En que debería pensar?» «Primero deberías pensar: ¿Por qué llevas siempre esa ropa tan roja?» «Segundo: ¿Por qué tu madre te manda con esas galletas por el bosque, sabiendo que estoy yo por aquí? ¿Es que acaso ya no impongo nada?» «No Lobo feroz, no te lo tomes así, mi madre es mujer de bosque, ya sabes, siempre me advierte de tu presencia, que tengas cuidado... me dice. Pareces malhumorado» «Sí, claro, y tú pasas y te vienes a exhibir recogiendo flores para tu abuela, no veo ni una pizca de temor hacia mí, falta que me pidas que te ayude a recolectar margaritas y la llevemos juntas a casa de tu abuelita... otra... que me tiene contento» «Mi abuela? ¿Que ha hecho?» «¡Siempre está con la puerta abierta. Rondando yo por ahí, y ella entrando y saliendo como si nada, es que si paso ni me mira!» «¡Es que mi abuela no ve. Lobo feroz, es medio cegata!» «Sí, ya, seguro es eso, mira ahí te quedas con tus florecitas» «Vale ,adiós lobo, nos vemos otro día» «¿Nos vemos otro día?, si te comiera no habría otro día… ¿Lobo feroz, Lobo feroz?, si mi madre me viera; igual ella tiene la culpa de esto, me sobreprotegió demasiado y claro, luego se larga y a mí me deja con estos conflictos existenciales y un edipo sin resolver. Voy a ver qué hace la viejecita esta». ¡Mírala, la abuelita! Paseándose por la casa con la puerta abierta, falta que se meta en una olla hirviendo y me llame, desde luego está senil. Si no fuera porque está mayorcísima me la comería ahora mismo, pero no me voy a arriesgar a que me pegue alguna enfermedad, igual le doy un gruñido, para que se asuste y me echo unas risas. 12


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¡Uuuyyy!, ¿pero quien anda por ahí? Si es el pesado del cazador… otro que tiene que ir a terapia, esa relación tan íntima con esa escopeta tiene que venir de algún complejo... vamos, ¡lo veo clarísimo! Me voy a meter en la casa de la anciana para esconderme... Cómo chirría este suelo, esta vieja tacaña ya podría hacer alguna reforma... «¡¡¡Aaahhhh!!!, el Lobo feroz!!!» «¿Por qué gritas anciana? ¡¡Callaa!!» «¡¡Aaahhhh!!» «¡Que te calles, te digo» «¿Es que no me vas a comer, Lobo feroz?» «¿Y ahora te preocupa eso? ¡Siempre me ves pasar y ni te inmutas!» «Es que no veo bien...» «Entonces es verdad lo que dice Caperucita» «¿Has visto a Caperucita? ¿Te has comido a mi nieta?» «¡Que no!.. Que la vi en el bosque, se quedó buscando flores» «¡Ufff!!, qué alivio, al final va a ser verdad lo que dice ella, eres majo...» «¿Majo? ¿Majo yo? El LOBO FEROZ, ¿majo? Vaya día me están dando» «¿Quién anda ahí, es que esperas una visita abuelita?... Pero… ¿Qué haces tú aquí cazador entrometido? «¡Quédate quieto Lobo feroz! ¡No te escaparas!.. Tranquila abuelita, ¡aquí estamos mi escopeta y yo para salvarla!» «Lo que me faltaba, ¿sabes lo que te digo? ¡Ñaaaamm… grummm… ññammm!» «¿Te has comido al cazador?» «¿Tú qué crees abuelita?» «¿En mi propia casa?» 13


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«Pues sí, ¿es que no lo has visto?» «¿Y ahora qué? ¿Sigo yo?» «Que no te hagas ilusiones, que tendrás que seguir comiéndote esas horribles galletas los meses que te quedan de vida» «Eres un poco atrevido, ¿no?» «¿Me dices atrevido? ¿Después de zamparme a este papanatas? «¡Uy!.. ¡Qué pronto has llegado Caperucita!» «¡Hola abuela! Y aquí ¿Qué ha pasado?» «¡El lobo se comió al cazador en mi cara y ahora se niega a comerme a mi! Todavía no se por qué! Ni para ser comida de un lobo sirvo ya» «Bueno... mejor me voy de aquí, ahí las dejo chicas, con vuestra aburrida merienda» «Lobo feroz, ¡ven aquí, a darnos una explicación!» «No, necesito que me dé el aire y reflexionar un poco... Adiós» «A decir verdad, ahora mismo veo las cosas de otra manera, hoy me había levantado un poco inseguro y cabizbajo y ahora me siento importante... no se por qué, tengo la sensación de que he cambiado la historia».

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LAURA GRISSETI ARGENTINA

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La niña cogía flores. Unas rojas, otras amarillas, otras violetas. Lobo la miraba, oculto entre los árboles. El hombre lo había llevado casi a la locura, pero aún no se atrevía a dar ese paso. Sabía que no tenía otra oportunidad de sobrevivir; desde que los cazadores habían exterminado todas las liebres y conejos y los granjeros habían puesto perros cuidando las ovejas, los suyos habían caído uno tras otro, por el hambre o por el canibalismo. Quizá él era el último. Y esa niña era la diferencia entre vivir o morir. Pero no se atrevía. Durante toda la mañana la había observado, con su cesta y su capa roja, cogiendo flores, correteando entre los árboles. Cerró los ojos y deseó que, al abrirlos, todo aquello hubiese desaparecido y que la niña ya no estuviera allí. Que en su lugar hubiese una gran mesa repleta de manjares, vio corderos y pollos delante de él, sintió el olor de la carne aún fresca, el sabor metálico de la sangre. Y también sintió el hambre, un hambre que le desgarraba el estómago, 17


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le mordía la garganta y le asomaba por las fauces. Abrió los ojos, más hambriento y enloquecido que antes. La niña aún seguía allí. Se acercó a ella dispuesto a todo. Pero al verle los ojos todo su coraje desapareció. No podía hacerlo. Le pregunto quién era y a dónde iba. La niña dijo que todos la llamaban Caperucita y que iba a casa de su abuela. Él le indicó el camino más largo, diciéndole que era el más corto. La niña siguió ese camino y él fue a la casa de la abuela. La anciana le preguntó qué deseaba. El le pidió ayuda. «¿Cómo puedo ayudarte?», preguntó la mujer. Él no supo que decir. Sus ojos se nublaron y, llorando, se lanzó sobre la anciana. Cogió el gorro rosa de la mujer e intentó secarse las lágrimas con él pero, por cada lágrima que se secaba, brotaban diez. Y el hambre persistía, como si al intentar saciarla no hubiese hecho más que avivarla. Oyó unos golpes en la puerta. Preguntó quién era. «Soy yo, abuelita», dijo la niña. Él se puso el gorro rosa en la cabeza y se metió en la cama. «Pasa, niña», balbuceó. La niña entró. Miro a Lobo, extrañada. «¡Qué dientes más grandes tienes, abuelita!» Lobo cerró los ojos. «Sí, niña», dijo, «son para comerte… son para comerte».

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LOURDES FLORES PERÚ

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Se levanta para ir a trabajar como todos los días, no se imagina que ese día que considera que va a ser monótono como los de los últimos meses va a ser inesperado. Es casi medio día y está cotejando información del área de contabilidad cuando de improviso suena la puerta de acceso a la oficina. Alguien ha entrado sin llamar. «El cartero —que antes ha venido a entregar una carta— no habrá cerrado bien», piensa. «¡Buenos días!», dice alguien. «Tengo una cita con el gerente». Todos los que se encuentran en la sala, incluida Laura, contestan: «¡Buenos días!». Laura mira al que entraba para no distraerse de la información que está cotejando pero de pronto algo salta en su interior y piensa: «Yo conozco esa voz, ¡ah¡ Esa voz se parece a la de José Miguel». En ese instante siente como si el tiempo no hubiera pasado, la invade todo el sufrimiento de hace seis años cuando él la abandonó para casarse con una mujer a la que apenas conocía porque le iba a dar un hijo. Había planeado muchas veces ese encuentro; sabía que en el algún momento la vida 21


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o la casualidad harían que se cruzaran. Pero sintió que ese no era el día ni el lugar adecuado, no se sentía preparada, no era su mejor día: no se había duchado, tenía el pelo grasiento y unos kilos de más. De pronto la jefa irrumpe desde la oficina contigua: «Buenos días, Señor, ¿con quién dice que tiene la reunión?» «Con el gerente», contesta José Miguel. La jefa le pide que la acompañe a la sala de reuniones, para esperar juntos al gerente. Mientras tanto Laura no sabe qué hacer, cómo actuar. Ninguno de sus actuales compañeros tienen conocimiento de su pasada relación con José Miguel. De pronto reacciona, se pone de pie y se dirige deprisa al baño para acicalarse, se lava los dientes, la cara, se humedece un poco los cabellos, se peina y se pone un poco de perfume. Ahora se siente lista para enfrentarse a él. Se dice a sí misma: «Lo saludaré con naturalidad, como se saluda a un amigo al que no se ha visto en mucho tiempo». Mientras tanto llega el gerente y dan inicio a la reunión, el gerente y la jefa de Laura se dirigen hacia la salida acompañando al visitante, pasando por la oficina en la que está Laura. Laura se queda inmóvil, las piernas no le responden, no puede moverse, su interior le grita: «Levántate». El visitante se despide y se va. Ella sigue helada. Mira su reloj, ya es hora de comer. En ese momento ve la posibilidad de huir de lo que le pasa, va hacia el microondas y pone su almuerzo, lo lleva la mesa donde comen, se dispone a comer; pero no es capaz de tragar. Se levanta, coge su almuerzo y lo vuelca entero en el tacho de basura. Dice a los que se disponen a comer: «Me marcho, no comeré con ustedes, me olvidé de que tenía un compromiso». Coge su bolso, sale de la oficina y en la mente le retumba: «Sabía que volveríamos a encontrarnos, pero no que iba a ser hoy, aquí, en un lugar que no tiene nada que ver con nosotros. Nada de lo que planeé decir o hacer cuando 22


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nos volviéramos a encontrar ha pasado». Ya en la calle coge el primer taxi que pasa sin rumbo fijo y respira, aliviada, con una sonrisa en los labios.

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MARISOL ROJO PERÚ

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La alarma del móvil empieza a tocar su música favorita mientras él duerme profundamente, ya que el desasosiego, huésped infatigable se negaba a dejarlo dormir hacía tiempo. Un lengüetazo húmedo y dulce parecido a torrijas con canela lo despierta, es su viejo perro y más cercano amigo, lo primero que hace nada más levantarse es sacarlo al parque, camina a su paso lento pero firme. Recuerda cuando lo vio en la protectora de animales, ese día iba buscando una mascot; no tenía unas características fijas solo sabía que una parte suya olvidada lo había motivado a dirigirse a ese lugar donde tantos desdichados claman por una caricia esencial igual al aire. Fue casualidad o pura suerte de churupuqui un pastor alemán que se encontraba en el centro hace mucho tiempo. Estaba destinado a morir ahí, ya que nadie quería adoptarlo por estar viejo, sus dos únicos colmillos lo delataban, en su impetuoso corazón ni se fijaron. Solo él, a quien pareció escuchar en sus ladridos un 25


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reclamo desesperado, fue a su encuentro. El resto es historia. De regreso a casa le da su comida, luego desayuna también, luego de un rato churú —que así lo llama cariñosamente— trae su pelota en su hocico y no para hasta dejarla colocada entre sus piernas después lo mira solo como un perro sabe mirar. Los dos tienen algo en común conocen bien la crueldad humana, llevan cicatrices que los punzan como hierro incandescente cuando al sueño se entregan. Sus gemidos los despiertan, llevan camuflaje del fiero pero tienen piel de cordero.

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MIREN LUCÍA ESPAÑA

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Era una mañana de febrero en el centro de Madrid. María llevaba despierta varias horas. Era su primer año en la universidad y su primer examen final, no podía fallar, no después de lo que había pasado para llegar donde estaba. La tabla periódica le bailaba en la cabeza y era incapaz de retener todas las fórmulas. Iba recitando a media voz cuando cerró por fuera el portal de su casa y aún seguía haciéndolo cuando subió al autobús a la altura del Buen Suceso. Como siempre estaba lleno y no pudo encontrar asiento, pero no le importó. Solo podía pensar en la hora que era y en la marea de coches que tenían por delante. Trataba de mirar hacia los manoseados papeles que sostenía en la mano izquierda mientras con la otra trataba de sujetarse a la barra, aunque no podía evitar mirar cada cinco segundos por la ventanilla. ¿Era posible que suspendiera su primer examen por no llegar a hacerlo? Las manos empezaron a humedecérsele. Haría lo que fuese por llegar en ese mismo instante, lo que fuera. Entonces sintió una sensación de angustia, como si cayera, y 29


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perdió el equilibrio. Alguien al fondo dejó escapar el primer grito. Verónica solía esperar el ascensor, pero últimamente andaba escasa de paciencia y se lanzó a pequeños saltitos sobre los setenta y ocho escalones que la llevaban a la entrada. Mientras subía por la calle Tutor no podía dejar de pensar en lo rápido que estaba pasando todo. Hacía solo un año andaba de un lado a otro eligiendo flores, combinando adornos y tomándose medidas para el vestido. Ahora repetía los mismos pasos pero con las ganas devastadas por el rencor acumulado. Iba encerrada en sus pensamientos, inmune al ruido del claxon de los coches en Princesa, cuando vio a Laura avanzar hacia ella. No la había visto desde la boda y tampoco la había echado de menos. Era experta en desaparecer de la faz de la tierra y en entrar en escena en los momentos más duros para recrearse con las peores miserias, Verónica pensó que aquel encuentro, por breve que fuera, era mucho más de lo que podía soportar aquella mañana. ¿Y si pasase algo en ese mismo momento, cualquier cosa que desviase la atención de todos y la liberase? Entonces vio a aquel niño enfrente de ella. Señalaba hacia arriba, a sus espaldas, con la boca abierta de par en par. No tardaron en unírsele varios de los transeúntes que acaban de salir del intercambiador, y entonces se dio la vuelta. Luis empezaba esa mañana su primer día en aquella ruta. Hacía tres años que había aprobado el examen de la EMT y desde entonces había deambulado de una línea mala a otra peor. Zonas conflictivas, suplencias imposibles, servicios nocturnos... La oportunidad, aunque temporal, le había llegado en el mejor momento y estaba mucho más nervioso de lo que esperaba. A ver cómo lo haces, le había dicho Rodríguez como único saludo aquella mañana en cocheras. Y lo estaba haciendo bien, casi perfecto, hasta aquella tercera vuelta al recorrido. No dependía de él y lo sabía, pero su frustración no atendía a razones. Ya era mala suerte llevar más de media hora de retraso en sus primeras dos horas en aquel esperado destino. Entonces vio a lo lejos como el 30


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rojo se transformaba en verde y se apagaban las luces de freno del Seat Ibiza que iba delante. Pisó instintivamente el acelerador y notó un impulso nuevo para él. El Seat Ibiza y todos los demás vehículos que se encontraban ante él desaparecieron y el cielo empezó a abrirse paso entre los edificios. Era una mañana de febrero en el centro de Madrid. El reloj estaba a punto de marcar las nueve de la mañana cuando uno de los autobuses de la línea C1 despegó sobre sus neumáticos en plena calle Princesa, justo antes de entrar en Moncloa, ante la atónita mirada de cientos de personas. Solo unos metros más adelante el enorme monstruo de acero rojo se precipitó sobre la explanada que se extiende ante el edificio del Ejército del Aire.

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MIRTA CACCIOLA ARGENTINA

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Estaba en el ecuador de su vida y como tantas veces desde pequeña, soñar no era sinónimo de dormir. Sin embargo, los párpados se le caían a pesar de su esfuerzo por no perder la parada. El ambiente estaba cargado. El autobús iba a abarrotado. Las ventanas herméticas, las puertas cerradas. Se respiraba a duras penas. Algunas mujeres usaban el abanico y los hombres el periódico. De pronto un frenazo y la masa humana se balancea como siguiendo el movimiento inerte en una gran barca a la deriva. Lentamente pasan las farolas, los transeúntes, las bicicletas… y los bocinazos acribillan los oídos. En un descuido miró al cielo suplicando que acabara el suplicio. Se quedó prendida de una nube y vio que un globo rojo se encaramaba en el infinito. Pensó: «Suerte la suya, poder volar sin límites». Al bajar la mirada la muchedumbre aplastada, amotinada en torno a un «¡No va más!», comenzaba a zapatear el suelo y levantar los brazos intentando despegarse, meneando las cabezas para bailar los vaivenes de un 33


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conglomerado homogéneo y pegajoso. «Que viva la vida», gritó un joven con desesperada alegría. Otro bosteza y recibe una anónima colleja. Se gira con dificultad, pero solo ve caras de póquer a su alrededor. Otro frenazo y el autobús se empina como un potro encabritado. Una aspiración conjunta, seca y entrecortada hace predecir que algo grave, inusual está ocurriendo. Se eleva el lomo como si hubiera montado a otro animal. Y luego las patas traseras. Se endereza el mastodonte. Están en el aire, literalmente flotando cada vez más alto. Las bocas abiertas, los ojos alucinados. Nadie, tampoco el conductor, entiende lo que está ocurriendo. Consternación. Poco a poco van recuperando el equilibrio y cada uno vuelve a su sitio. El pasaje respira hondo, y ya no hay empujones, pisotones ni manotazos. Las nubes pasan de largo acariciando las ventanillas. El resplandor solar inunda por completo el autobús y las gentes se relajan, al tiempo que suspiran con alivio. Nadie atina a preguntar qué pasa. El asombro es tan radiante como la perplejidad ante un milagro. Lucía mira una vez más a todos. Luego vuelve los ojos a través del cristal. No se detienen ante la niebla. Vuelan más allá del horizonte. Descubre con sorpresa que el globo rojo todavía colea en el espacio. Ahora está mucho más cerca, casi al alcance de su mano… Y aún así, ni siquiera ella sabía si el sueño se había hecho realidad o la realidad se había vuelto sueño.

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RITA TRIGILIO ITALIA

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¡Cada casa tiene su olor! Yo pudiera reconocer a ciegas la casa de tía Nivea por el olor que tenía aunque hayan pasado veinticinco años de la última vez que estuve allí. La tía Nívea era la hermana de mi abuela y cuando de niña llegaba a Sicilia, por las vacaciones de verano, mi abuela desde el primer día me decía: «Vete, vete a saludar la tía, te está esperando». Yo no quería, ir pero iba. La tía Nivea era mayor, aburrida y de una estupidez sin igual. Llegaba a su casa y en la mesa me esperaba la bandeja con bizcocho y refrescos, el bizcocho estaba duro y los refrescos no estaban tan frescos, y los vasos nada limpios. Yo no quería beber nada, pero bebía. Me preguntaba algo de mí y luego se ponía a hablar de todo, pero nada de su todo podía interesar a una niña de diez años. Sentada en la silla mis piernas balanceaban, las puntilla de mis zapatos blancos 37


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rozaban el suelo del saloncito, mis ojos miraban la tía, los muebles de los años cuarenta, la góndola de Venecia puesta encima de la gran radio de válvulas, la reproducción de la Catedral de Milán, la torre Eiffel. Cuando ella captaba mi mirada empezaba a contarme cuándo, cómo y por qué el tío había traído esas cosas de sus viajes; él, porque ella nunca había salido de su pueblo, tenía miedo a viajar. El olor, sí el olor de la casa: era fuerte y omnipresente, olía a madera de los antiguos muebles, a cera del suelo, a perfume de violeta de la tía, a tomate seco colgado en la cocina y quién sabe a que más. Toda esta mezcla se fundía con algo único, tenía su carácter, era una presencia casi sólida, inmutable en los años. La primera cosa que me acogía cuando llegaba y la última que se despedía al marcharme. Tal vez no se haya despedido totalmente de mí, y de vez en cuando ese olor como una pequeña ola del mar de mis recuerdos vuelve a mi a mi nariz, vivo e inmutable hoy como entonces.

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Este libro se acabĂł de componer el uno de febrero de 2011 en el pueblo de ChapinerĂ­a. Con gran regocijo de su coordinadora y deseos de que plazca a sus intrĂŠpidas autoras. Vale.


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