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El documental, un espacio para entender nuestra relación con el mundo Publican el libro "El viaje... Rutas y caminos andados para llegar a otro planeta", donde ocho documentalistas mexicanos comparten sus experiencias con el género. Eduardo Gálvez Publicado: 09/03/2013 10:07

México, DF. Los documentales nos ayudan a entender el espacio que como seres humanos ocupamos en relación con el mundo, dice el documentalista Everardo González. Su colega Juan Francisco Urrusti lo secunda: deben contribuir a crear entendimiento entre los hombres y entre las culturas. Seis cineastas más, mexicanos todos, coinciden con la idea y lo demuestran al relatar sus experiencias como documentalistas en el libro El viaje... Rutas y caminos andados para llegar a otro planeta, presentado en el marco de la gira Ambulante, la cual recorrerá 11 estados y 29 municipios hasta el

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son las historias; vivimos de prestado, permanentemente en deuda con aquellos que nos permiten entrometernos y construir, a partir de sus vivencias, nuestras películas. Vivimos de los otros”. Everardo González escribe lo anterior y tal vez lo haya hecho pensando, sobre todo, en aquella deuda que nunca se cansó de cobrarle Efraín Alcaraz Montes de Oca, alias “el Carrizos, Rey de los Zorreros”, aquel ladrón que se atrevió a robar la casa de Luis Echeverría, siendo éste presidente.

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Y es que “el Carrizos”, personaje principal del documental que Everardo González tituló en 2007 “Los ladrones viejos. Las Leyendas del artegio”, llegó hasta el punto de amenazar al documentalista para que éste le pagara por haber participado en el filme.

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“En el penal, los internos comenzaron a convencer a don Efraín de que lo justo era que él recibiera parte importante de las regalías de la película,

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regalías que hasta el momento en el que escribo estas líneas (2012), jamás

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he tenido en mis manos”, narra Everardo. Plug-in social de Facebook

El documentalista, confundido por la reacción de “el Carrizos”, pagó en más de una ocasión la fianza para que éste saliera de la cárcel, pero cuando decidió dejar de hacerlo, la respuesta llegó de manera más agresiva, con amenazas de secuestro hechas vía telefónica desde cuatro diferentes reclusorios de la ciudad de México y, “de vez en cuando, una llamada de don Efraín exigiendo las ganancias que la película supuestamente estaba generando”. En su último arresto, “el Carrizos”, abordado y cuestionado por reporteros, seguía acusando a Everardo de no haberle pagado por la filmación del documental. Le preguntaron si procedería legalmente contra él y respondió: “Ladrón que roba ladrón, tiene cien años de perdón”, y entonces el documentalista supuso que lo había perdonado. En efecto, como lo dice el título del libro (en el que también escribieron Juan Carlos Rulfo, María Inés Roqué, Nicolás Echevarría, Lucía Gajá, Valentina Leduc y Christiane Bukhard), el documental es un viaje, un

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camino que el cineasta, y también periodista, recorre sin conocer el destino final. Las rutas son largas, extenuantes, cambian; más de un documentalista confiesa haber estado a punto de abandonar el proyecto por los obstáculos, porque la historia parece haber perdido sentido, porque los mismos personajes suelen dudar de su participación. Juan Francisco Urrusti y las pulgas Para encontrar a Tepú en la sierra huichola, el documentalista Juan Francisco Urrusti tuvo que sortear lo que para él fue uno de los mayores obstáculos del viaje, las pulgas. Él y sus tres acompañantes recorrieron a caballo la región de Nayarit colindante con Jalisco durante siete días en medio del calor sofocante, los helados vientos nocturnos y los aguaceros. En el camino, preguntaban por el chamán a los viajeros que se encontraban a cada tanto, y éstos les respondían: “estuvo ayer aquí”, “lo vi hoy por la mañana”, “ya merito llegan”. Además, cada uno de ellos los invitaba a tomar direcciones distintas. Sin embargo, lo que puso a Juan Francisco en el límite de la sensatez; lo que lo llevó a dudar y a considerar en la renuncia, no fue el clima, sino el incesante ataque de los insectos. Al quinto día, la reacción alérgica y la cantidad de piquetes en su cuerpo lo sumieron en una fiebre muy alta. Llegó a contar 300 ronchas en un muslo. Don Agustín Montoya de la Cruz, “conocido cariñosamente como Tepú por el pueblo wixárika o huichol, al cual perteneció y sirvió toda su vida, era sacerdote-chamán, curandero, partero; presumía de haber ayudado a nacer a un centenar de niños. Su mayor goce era jugar con ellos. Se transformaba en un niño más, bailando y corriendo, y gastándoles bromas”. Cuando Juan Francisco supo de Tepú por su amiga Rocío Echevarría, quien vivió muchos años en tierra huichola, y le contó con admiración de aquel superviviente de una cultura antiquísima, ya anciano y sabio, no dudó en que él era a quien estaba buscando para su documental. “El cine debía contribuir a crear entendimiento entre los hombres y entre las culturas”, pensaba Juan Francisco en sus años de estudiante, antes de abandonar la carrera de Antropología Social, donde le causaba escozor que las películas antropológicas tuvieran la visión del “hombre blanco ‘sabelotodo’, que mira al mundo del retratado desde una posición de superioridad, como quien observa a una bacteria en un microscopio, y se atreve a emitir juicios de valor sobre la cultura filmada”. En el trayecto para buscar a Tepú, nunca dejó de preguntar a su guía y traductor, Ángel Carrillo, sobre los cultivos, los templos, las rancherías; cómo se decía tal o cual cosa en su lengua. La última pregunta que le pudo hacer fue por qué las pulgas lo atacaban sólo a él. Y Ángel respondió: “tú venías buscando a Tepú. Y tepú, es decir, la pulga, salió a ver quién eres; te muerden para calarte”. Así se enteró Juan Francisco que el nombre del chamán significaba pulga en la lengua de los Wixárika, y que Tepú venía siendo el “Señor de las Pulgas”. Así iniciaba la historia para la filmación de “Mara’acame: cantador y curandero” (1982) y "Tepú" (1994), en donde el documentalista mexicano muestra una parte de la vida de Tepú y describe las ceremonias de curación de los huicholes y los rituales de wimakuarra y tatei neixa. Juan Carlos Rulfo y su abuelo En lo que podría parecer un símil del viaje que hizo Juan Preciado para buscar a su padre Pedro Páramo, Juan Carlos Rulfo fue al sur de Jalisco alentado por las palabras de su madre: “¿Por qué no vas allá, a visitar a tus parientes y platicas con todos los que conocieron a tu padre? Porque todos tarde o temprano se van a morir, y sería bueno que los conocieras”. De ese viaje, en el que efectivamente conversó con quienes conocieron a su padre, entre ellos su abuela, la madre de Juan Rulfo, nacieron los documentales “El abuelo Cheno y otras historias” y “Del olvido al no me acuerdo”.

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En El viaje… rutas y caminos andados para llegar a otro planeta (editado por el Centro de Capacitación Cinematográfica y el Festival Internacional de Documentales de Madrid), Juan Carlos Rulfo relata sus años de estudiante, su acercamiento a la fotografía y cómo ese trayecto lo llevó al documental. “Es nuestro papel recordar que en medio del escándalo del mundo, también existe la vida cotidiana”, escribe hacia el final de su texto.

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