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Traducción de Ana Isabel Sánchez


Primera edición: enero de 2021 Título original: Ali Cross Cubierta: evostudio.com Diseño y maquetación: Adriana Martínez © 2019 James Patterson (texto) © 2021 Ana Isabel Sánchez (traducción) © 2021 La Galera (edición) La Galera SAU Editorial Josep Pla, 95 - 08019 Barcelona www.lagaleraeditorial.com Impreso en Egedsa Depósito legal: B-20.968-2020 Impreso en la UE ISBN: 978-84-246-6890-7 Cualquier tipo de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra queda rigurosamente prohibida y estará sometida a las sanciones establecidas por la ley. El editor faculta al CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) para que autorice la fotocopia o el escaneo de algún fragmento a las personas que estén interesadas en ello.


Capítulo 1

H

abían pasado tres días desde la desaparición de

mi amigo y ya empezaba a pensar que tal vez hu-

biera sucedido lo peor.

Lo había visto por última vez el viernes 21 de di-

ciembre, poco después de las 15.30. Fue delante del Instituto Washington Latin, donde Gabe y yo éramos

compañeros de clase. Acabábamos de salir para iniciar

las vacaciones de Navidad y, en lo que a mí respectaba, sabía muy bien cómo íbamos a comenzarlas.

«Entonces nos vemos esta tarde a las siete», le había

dicho. El plan era conectarnos a internet con nuestra

pandilla habitual y empezar una sesión maratoniana de Outpost, nuestro videojuego favorito. 5


James Patterson

«Intenta impedírmelo», había bromeado él.

Y eso fue todo. Después Gabe giró hacia el este por

la calle E y echó a andar hacia su casa. Yo giré hacia el

oeste e hice lo mismo. Ni siquiera lo pensé. ¿Por qué

iba a hacerlo? ¿Quién piensa «Es posible que esta sea la última vez en la vida que vea a mi amigo»?

Pero aquel día Gabe no llegó a su casa. No contes-

taba al teléfono y tampoco había respondido a ni uno

solo del medio millón de mensajes que le había envia-

do. Ahora ya era Nochebuena. Habían pasado tres días y era como si Gabe se hubiera esfumado sin más.

Pero, claro, la gente no se esfuma sin más. Siempre

hay una explicación. Eso es lo que dice mi padre, y si hay

alguien que sepa de estas cosas, ese es él. Se llama Alex Cross, es inspector de homicidios en la policía de Wa-

shington D. C. y una cosa te digo: ojalá algún día yo llegue a ser un inspector la mitad de bueno de lo que es él.

Entretanto, no podía dejar de pensar en Gabe. No

podía dejar de preguntarme qué le habría ocurrido.

No podía evitar que toda una retahíla de pensamientos realmente horribles se reprodujera en mi cerebro, como una película de miedo detrás de otra.

De hecho, si alguien me hubiera preguntado, le ha-

bría contestado que ese año solo quería un regalo de Navidad: quería que encontraran a Gabe Qualls. Y quiero decir vivo.

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Capítulo 2

–¿A

li? Venga, hermanito. Espabila. Te toca. –¿Cómo dices?

Supongo que me había quedado absorto en mis

propios pensamientos unos segundos. Me pasa a me-

nudo. Estábamos en la iglesia para asistir al servicio de Nochebuena. Me di la vuelta y me di cuenta de que mi

hermano mayor, Damon, no era el único que me estaba mirando mal. La iglesia de San Antonio estaba abarrotada, e imagino que el padre Bernadin ya me había

presentado mientras yo estaba ahí sentado, perdido en mi mundo.

–Probemos de nuevo –dijo el padre Bernadin con su

acento haitiano y una sonrisa algo impaciente dirigida 7


James Patterson

a mí–: Esta noche la oración infantil de Nochebuena la

conducirá nuestro querido Ali Cross. Ali, ¿te gustaría acercarte?

El pastor se hizo a un lado para dejarme espacio

cuando subí hasta el viejo atril de madera y levanté la vista hacia la congregación, todo un mar de caras negras como la mía. Alrededor de cuatrocientos pares de

ojos me devolvieron el gesto, a la espera de que reaccionase.

En mi iglesia se suponía que era muy importante

que te escogieran para dirigir la oración infantil, sobre

todo en Nochebuena. Creo que podría decirse que era

un honor. Pero esa noche yo tenía el cerebro hecho papilla y deseaba que hubieran elegido a otro.

–Adelante, hijo –me dijo papá desde la primera fila. Señaló la hoja de papel que llevaba en la mano,

donde me había apuntado toda la oración porque no confiaba en ser capaz de recordarla de memoria.

Cuando miré las palabras de aquel papel, fue como

si no significaran gran cosa. Al menos no si las comparabas con estar ahí solo, en la calle, o secuestrado, o

con lo que fuera que Gabe estuviera pasando en esos momentos.

No lo conocía desde hacía tanto tiempo, solo desde

que habíamos empezado el instituto. Pero nos hicimos

amigos enseguida. Lo vi un día en la cafetería, comien8


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do solo y trabajando en un dibujo bastante chulo. Le

hice algún comentario, y fue entonces cuando descubrí que era un fanático absoluto del Outpost, como yo. Desde entonces habíamos jugado a videojuegos, había venido a mi casa a ver películas y ese tipo de cosas. Pero

él nunca hablaba mucho de sí mismo, y la verdad es que yo tampoco le preguntaba. Ahora empezaba a pensar que quizá debería haberlo hecho.

Del mismo modo que también debería haber leído

la oración de cualquier manera y haber acabado con aquella situación de una vez por todas, tal como se esperaba de mí. Pero no era capaz.

–Sé que por lo general esta es una oración para to-

dos los chicos y chicas del mundo, pero, si no les im-

porta, esta noche me gustaría rezar solo por uno –dije–.

Muchos de ustedes conocen a Gabriel Qualls. Va a mi clase en el Washington Latin. Él no suele venir a la iglesia, pero el caso es que lleva tres días desaparecido.

Pensé que el padre Bernadin iba a interrumpirme

ahí mismo, pero no lo hizo. Todo el mundo se limitó a seguir esperando, así que continué hablando:

–Mientras trabajaba en esta oración, he pensado

mucho en la noche en que Jesús nació, en el hecho de

que nadie quiso darle posada y tuvo que nacer en un

establo. Así que ahora me pregunto si tal vez podríamos aprender algo de eso. Tengo la esperanza de que todos 9


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podamos darle posada a Gabe. En nuestro corazón y en nuestras oraciones.

No sabía si iba a servir de ayuda, pero supuse que

tampoco causaría ningún daño. ¿Cuántas veces tienes la oportunidad de que cuatrocientas personas tengan presente a alguien en sus oraciones a la vez? Me temblaba un poco la voz, pero seguí adelante:

–Querido Dios –dije, y todo el mundo se quedó ca-

llado. La mayoría de los feligreses agacharon la cabeza–. Sé que Tú sabes dónde está Gabriel Qualls. Y sé

que seguramente tengas un plan para él, tal como lo

tienes para todos los demás. No quiero pedirte demasiado, pero, si me estás escuchando, por favor, cuida de Gabe esta noche. Por favor, tráelo pronto a casa. Y, eh...

Supongo que eso es todo. En el nombre de Jesús, amén. –¡Amén! –me respondió toda la congregación a

coro.

Y entonces, justo antes de bajar, me di cuenta de

que se me olvidaba una cosa.

–Ah, y feliz cumpleaños, Jesús –dije.

Porque, a fin de cuentas, estábamos en Navidad.

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Capítulo 3

A

lo mejor tendría que haberle dedicado la oración también a mi padre, porque yo no era el único que

estaba lidiando con cosas complicadas aquella noche.

De hecho, cuando salimos de la iglesia después del

servicio, había una multitud de gente con cámaras y mi-

crófonos esperándonos. Fue un poco como adentrarse en el territorio de una manada de leones hambrientos y ¿adivinas quién aparecía en el menú?

–¡Inspector Cross! ¿Algún comentario sobre la acu-

sación de agresión que se ha presentado contra usted?

–¡Alex, aquí! ¿Se ha fijado ya la fecha para el juicio?

–Dicen que tiene que ir a la cárcel, inspector Cross,

¿está de acuerdo?

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Solo eran palabras. Eso lo sabía. Pero, al mismo

tiempo, lo que la gente dice de las palabras no es cier-

to. Sí pueden hacerte daño. Y la sensación que pro-

vocaban todas esas preguntas que los periodistas le lanzaban a mi padre era la de que bien podrían haber sido piedras.

Todo aquel alboroto venía a lo siguiente: hacía seis

meses, mi padre había ido a interrogar al padre de un sospechoso de asesinato. El sospechoso se llamaba Tyler

Yang y ya estaba en la cárcel. Pero cuando mi padre llegó aquel día a la casa de su familia, el señor Yang se

negó a recibirlo. Dijo que su hijo era inocente e inten-

tó echar a papá de su porche delantero. La situación se convirtió en un altercado. Entonces el señor Yang se

cayó por la escalera. Se dio un buen golpe en la cabeza contra la acera y tuvo que ir al hospital. Lleva en coma desde entonces.

Ahora la familia Yang ha denunciado a mi padre

y al departamento de policía por agresión. Puede que

también por asesinato, dependiendo de si el señor Yang sobrevive o no.

Era una locura. No se me ocurrió pensar ni por un

solo segundo que papá fuera culpable, él me dijo que había sido un accidente. Pero intenta explicarle eso a

la muchedumbre que nos seguía por la calle esa noche. Cuanto más se acercaba el juicio de mi padre, más lo 12


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asediaban allá adonde fuera con sus continuas preguntas.

–Alex, ¿empujaste al señor Yang por las escaleras a

propósito?

–¿Está avergonzado de sí mismo, inspector Cross?

tal?

–¿Qué se siente al mandar a una persona al hospiMi madrastra, Bree, me agarró de la mano. Del otro

lado, yo tomé del brazo a mi bisabuela, Nana Mama. Quería perder de vista a aquellas personas. Pensé que ojalá llevara encima algún tipo de granada aturdido-

ra, de esas que se utilizan en las redadas policiales. No para hacer daño a nadie, sino para causar el estruendo

y la confusión necesarias para que a esos periodistas les

entraran ganas de haberse quedado en su casa a pasar la Nochebuena.

Entretanto, todavía teníamos que llegar hasta el co-

che.

–Inspector Cross, ¿cree que le ha dado un buen

ejemplo a su familia? –preguntó alguien.

En ese momento un foco me deslumbró y apare-

ció otra cámara que nos apuntaba directamente a mi hermana y a mí. Fue entonces cuando oí que a Jannie se le escapaba un sollozo. Y a pesar de que soy el más pequeño, no pensaba permitir que le hicieran algo así a mi hermana. Ni a ningún otro miembro de mi familia. 13


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–¡Eh! ¡Aparta! –grité–. ¡Mi padre no ha hecho nada!

¿Por qué lo perseguís así? Por si no os habéis enterado, se supone que es Navidad.

–Chis –me dijo Bree al oído–. Tú sigue andando.

–¿Ali, algo más que declarar? –preguntó otro repor-

tero–. ¿Estás orgulloso de tu padre?

–¿Estás tú orgulloso del tuyo? –pregunté yo.

Entonces sentí la mano de mi padre en el hombro. –Ni una palabra más –dijo.

Pero no pude evitarlo. A veces mi boca se pone en

marcha y no soy capaz de encontrar el interruptor de apagado.

–¡Sí, estoy orgulloso de mi padre! –grité–. ¿Por qué no

escribes eso en tu artículo? O mejor aún, ¿por qué no es-

cribes algo sobre Gabriel Qualls y haces algo bueno para variar?

No debería haber dicho eso último acerca de hacer

algo bueno. Mi padre siempre me recuerda que aquí tenemos libertad de expresión, y también libertad de

prensa. El mero hecho de que unos cuantos periodistas

no sepan ser profesionales no quiere decir que todos sean malos. A la mayoría se les da bien su trabajo. Tal como ocurre con los policías.

–¿Quién es Gabriel Qualls, Ali? –gritó uno de los

reporteros.

–¿Es amigo tuyo? 14


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–¿Qué pasa con él?

Pero no pude responder. Mi padre ya se estaba in-

terponiendo para hacerse cargo de la situación. Y me-

nos mal, porque yo ya estaba a punto de montarle un número a aquella gente.

Y créeme, nadie necesitaba algo así.

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