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Primera edición: febrero de 2018 Diseño y cubierta original: Andrea Cavallini Ilustraciones: Elisa Rocchi Adaptación del diseño y maquetación: Endoradisseny Edición: David Sánchez Dirección editorial: Iolanda Batallé Prats © 2017 Book on a Tree, por el texto © 2018 Marcelo E. Mazzanti, por la traducción © 2018 La Galera, SAU Editorial, por esta edición Casa Catedral® Josep Pla, 95 08019 Barcelona www.lagaleraeditorial.com lagalera@lagaleraeditorial.com Impreso en Limpergraf Depósito legal: B-540-2018 Impreso en la UE ISBN: 978-84-246-6178-6 Cualquier tipo de reproducción, distribución, comunicación pública o trans¬formación de esta obra queda rigurosamente prohibida y estará sometida a las sanciones establecidas por la ley. El editor faculta al CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) para que autorice la fotocopia o el escaneado de algún fragmento a las personas que estén interesadas.


MISIÓN: SALVAR LA BAHÍA DS SHERRINGFORD Traducción de Marcelo E. Mazzanti


CAPÍTULO 1

POR QUIÉN SUENA LA CAMPANA

F

altaban dos minutos exactos para que so-

nase el timbre de la última hora, y todos los alumnos estaban como corredores pendientes de la señal de salida para irse a toda velocidad. En particular, dos estudiantes sentados en la segunda fila parecían a punto de precipitarse fuera del aula: una niña muy bonita con un mechón de cabello violeta, y un niño delgado, con unas greñas que le caían sobre sus gafitas redondas, como espinacas demasiado cocidas.


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Justo en ese momento, Goma, el matón de la clase, cruzó la mirada con la niña e, imitando con los dedos un gesto que había visto en alguna serie de la tele, le indicó que la vigilaba. A su lado, Víbora, su compinche, se echó a reír como un demente. La niña del mechón violeta resopló y le dio un codazo a su compañero. —El burro de Goma cree que tramamos algo raro —murmuró.


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El chico de las gafas reflexionó un momento y respondió con gesto tranquilo: —Bueno, el caso es que es cierto. Ella iba a replicar cuando sonó el timbre de la última hora. Se levantó y dijo sencillamente: —¡Vamos! Los chicos salieron del cole con la plácida serenidad de un tsunami: a toda velocidad, entre empujones y tirones, con gestos de euforia y lágrimas de gratitud por el timbre. Goma y Víbora se camuflaron entre el gentío para seguir a los dos compañeros de clase. Y es que para

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ellos hubiera sido totalmente imperdonable dejar escapar una ocasión de hacer el gamberro. El niño delgado y flemático iba unos metros por delante de la niña del pelo violeta, y parecía saber perfectamente hacia dónde se dirigía. En el patio se reunió con otro niño bajito, grueso, de hombros anchos. —¡Lo sabía! —dijo Goma, dándole un golpe en el hombro a Víbora—. ¡Sabía que iban a encontrarse con ese animal de Forest Carrasco! Hace días que Beth y Simon se ven con él a la hora del recreo. Víbora se frotó el hombro donde había recibido el golpe. —De acuerdo, jefe, pero ¿podrías ahorrarte las tortas cuando no sea culpa mía? —le propuso. Pero Goma ni siquiera le escuchaba. —Te digo que se comportan de forma muy rara. Se quedan en un rincón y se intercambian notitas… —¿Crees que ese animal de Forest es novio de Beth? —preguntó Víbora con un suspiro. Goma volvió a levantar el brazo, a punto de soltarle otro golpe. —¡No he dicho nada! —exclamó Víbora enseguida,


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y se apartó a tiempo—. En realidad no me interesa lo más mínimo. Goma negó con la cabeza. —Eso espero. ¿A quién le importan las parejitas, los besitos y todas esas chorradas? —rezongó. Mientras tanto, el gentío se había ido reduciendo. Una vez fuera del cole, Beth, Simon y Forest se metieron en un estrecho callejón, aunque antes miraron con cuidado a su alrededor. Goma y Víbora corrieron a esconderse tras el autobús escolar, y al ver que sus compañeros reemprendían la marcha, volvieron a seguirles desde lejos. La persecución continuó durante unas manzanas. Cada cien metros, Forest o Beth se volvían para asegurarse de que nadie les seguía. Pero ¿adónde iban con esos aires tan misteriosos? ¿A saquear alguna tienda de chuches? ¿Al parque de atracciones? Las modestas hipótesis que formulaba el cerebro aún más modesto de Goma cesaron al ver que los otros tres se habían detenido ante una farola. ¿Pero qué diablos hacían allí, en vez de volver a casa? —Jefe, esto es todo un intrún… un intirgu… —intentó decir Víbora.

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Pero, como la palabra «intríngulis» estaba fuera de sus capacidades, no acabó la frase, y en ese punto no pudo evitar otra torta en el hombro. Beth se volvió de repente y vio a Goma y a Víbora, que iban caminando detrás de ellos. —¡Huy, dos aguafiestas a babor! —anunció, señalándolos. —Ostras —soltó Simon, y miró nervioso su reloj—. ¿Y ahora cómo nos los quitamos de encima? —¿Les decimos que tenemos un asunto urgente y que por tanto tienen que dejarnos en paz? —propuso Beth. —Déjalo —replicó Forest con una mueca—. Hay más posibilidades de hacérselo entender a esta de aquí —añadió, señalando la farola que tenían al lado. —Entonces ¿qué propones? —preguntó Simon. —¡Algo más… enérgico! —respondió Forest, crujiéndose los nudillos. —¿Es que quieres pelearte con ese par de locos? —dijo Beth—. La cosa podría alargarse demasiado, y hoy tenemos que ser estrictamente puntuales, ya lo sabéis.


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—¿Se te ocurre alguna idea mejor? —replicó Forest, encogiéndose de hombros. —¡Quizás sí! —se limitó a decir la niña y, sin esperar un segundo, pulsó la tecla de llamada de su móvil de última generación. —¿Diga? —respondió una voz masculina. —¿Tobias? Estamos en la parada de siempre, pero tenemos un problema. ¿Podríamos hacer un pequeño… cambio de planes? —Claro que sí. ¡A un servidor le encantan los cam­ bios de planes! —respondió la voz con tono divertido.

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