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Primera edición: noviembre de 2017 Título original: Il segreto della casa dei tetti blu Diseño e ilustración de cubierta: Iacopo Bruno Maquetación: Emma Camacho Edición: Olga Portella Falcó Dirección editorial: Iolanda Batallé Prats © 2015, Katja Centomo, por el texto © 2017, Marcelo E. Mazzanti, por la traducción © 2017, la Galera, SAU Editorial, por esta edición Este libro ha sido negociado a través de Ute Körner Literary Agent, Barcelona. Casa Catedral® Josep Pla, 95 – 08019 Barcelona www.lagaleraeditorial.com Impreso en Limpergraf Depósito legal: B-22.801-2017 ISBN: 978-84-246-6087-1 Impreso en la UE Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra queda rigurosamente prohibida y estará sometida a las sanciones establecidas por la ley. El editor faculta a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) para que pueda autorizar la fotocopia o el escaneado de algún fragmento a las persones que estén interesadas en ello.


K TJ CENTOMO

Ilustraciones de Iacopo Bruno Traducciรณn de Marcelo E. Mazzanti


En Valldor, junto al barranco desde el que se contempla el pueblo de Pioux, hay una casa. La llaman la Casa de los Tejados Azules porque sus tejas de colores se ven en la distancia. Cuando el sol está alto, resplandecen con el azul del cielo; cuando, durante el crepúsculo, la luz se atenúa, su color también lo hace hasta reflejar el azul oscuro de la noche. Sus buhardillas parecen un montón de ojos ocultos entre la hiedra que vigilan atentamente quién sube por el camino que recorre el bosque.


Capítulo 1

El velatorio

Clotilde Duc murió a los setenta y tres años. Al velatorio, dispuesto en la sala principal de la Casa de los Tejados Azu­ les, no acudió mucha gente. Solo estuvieron presentes sus tres hijas: Iris, Rose y Gladys. Elegantes, se mantuvieron en pie las tres juntas, correctas, pero muy enfadadas: no ha­ bían heredado nada. Recitaban el rosario con voz monóto­ na y la bajaban para charlar. Las tres mujeres, al igual que la madre, tenían los cabellos rojos y la piel clara. Aparte de esa característica, poca cosa más las unía. Iris, de unos cuarenta años, alta, delgada y de buen ver. A pesar de ser la mayor, parecía más joven que sus hermanas. De vez en cuando contemplaba a su madre, inmóvil entre los crisantemos, y volvía a verla dedicada a sus actividades cotidianas. Recordaba que cada mañana comenzaba el día

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Tilly Duc poniéndose las botas de goma para dedicarse a los objeti­ vos de su vida: el jardín botánico, el invernadero y su nieta. ¡Cada día las mismas botas, el mismo jardín y la misma nie­ ta! ¡Nunca se interesaba por ella, por su hija Iris! Nunca le preguntaba cómo iban las cosas en la peluquería que tenía abajo en el pueblo. Su madre siempre tenía la cabeza en las nubes. Clotilde Duc había preferido el estudio de la clavelli­ na aguamarina a informarse sobre los progresos de Iris en el curso de peluquera que había hecho de joven. Prefería ir al ateneo a hablar de la floración de la caléndula prehistó­ rica con sus colegas botánicos que ir a peinarse al salón de su hija una vez obtuvo la titulación. Y siguió ignorándola después de perder a Sara, hermana de Iris, primogénita y predilecta de Clotilde. «¡Sara!». Iris no podía pensar en ella sin experimentar una profunda sensación de injusticia, aun después de tantos años. Todavía no había aceptado el hecho de que su madre solo hubiera transmitido su apellido a Sa­ ra. Ella se llamaba Martinet, como su padre, y Sara era Duc, como su madre. ¿Cómo era posible, caramba? Su madre les dijo que un día lo entenderían, y que cuando fuera el mo­ mento adecuado todo quedaría claro… y ahora ella estaba ahí, en paz entre las flores, y no les había explicado nada de nada. Y, mientras, su hermana era la que disfrutaba del apellido. Aunque ahora hacía ya un tiempo que Sara, Sara Duc, se había ido.

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El velatorio Aun así, pensó Iris, la ausencia de su hermana mayor no cambió la actitud de su madre. Al contrario, las cosas em­ peoraron, porque entonces la hija de Sara Duc se convir­ tió en una pobre huérfana. Desde aquel día, para la «abuela Clo» solo existía su nieta. Las tres hijas restantes ya no con­ taban para nada. ¡Y, para colmo, a la mocosa le habían pues­ to el nombre de Tilly Duc! «Tilly» de Clotilde, claro. Hasta había adoptado el nombre de pila de su abuela. Y, por fin, la última trastada, durante la lectura del testamento. Aquello fue la gota que colmó el vaso, e hizo que Iris decidiese que hay circunstancias en que ser mala no era… malo, sino la única opción posible. Iba a hacer de tía, pero de tía mala, muy mala… porque no le habían dejado otra opción. Rose parecía la versión fracasada de Iris: tenía el mismo color de pelo, la misma mirada decidida, los mismos rasgos angulosos, pero todo metido dentro de un cuerpo la mitad de alto. En aquel momento observaba los anillos de la di­ funta: ¿faltaba alguno?, ¿por casualidad no habría escondi­ do la nieta el que tenía la esmeralda? Repasó mentalmente todos los lugares en los que su madre guardaba joyas y ob­ jetos de valor; confiaba en que la niña no hubiera tenido la mano demasiado larga. Gladys, en cambio, se mantenía un poco al margen. Era la más pequeña de las tres… pero solo en cierta forma: en altura sacaba al menos una cabeza a Iris, y el elástico de su

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Tilly Duc falda hubiera podido contener sin esfuerzo a las dos her­ manas, la madre difunta y todos los crisantemos. Miraba al ataúd con las manos entrelazadas, meciéndose ligeramente adelante y atrás. De vez en cuando dirigía una mirada a Iris y Rose para ver qué iban a hacer ellas; pero, sobre todo, intentaba no mirar al espantajo que había en la otra punta de la sala. «No vamos a concederle ni una mirada», habían acor­ dado las hermanas, y eso era lo que Gladys intentaba ha­ cer. Pero, cuanto más se esforzaba por no mirarla, más se le iban los ojos hacia ella, como si su sobrina fuera un imán. «¡Vaya! Se ha dado cuenta de que la miraba de reojo». Las ideas se le confundieron y mezclaron en la cabeza. Sucedía siempre que Iris y Rose le daban alguna orden sin añadir instrucciones detalladas. «¡No tengo que dedicarle ni una mirada! ¡Ni dignarme a mirarla! ¡No voy a hacerle el menor caso! ¿Y ahora por qué me mira?». En pie en la otra punta de la sala, Tilly Duc examinaba a sus tías. Aunque las tres vivían en Pioux, el pueblo de aba­ jo, pocas veces habían ido a visitarlas a ella y a su abuela a la Casa de los Tejados Azules, y cuando lo hacían era con muchas prisas. Era la primera vez que tenía la ocasión de observarlas bien. No le caían bien. Se veía muy claro que pertenecían a la misma familia, pero no tenían nada de la alegría y la dulzu­

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El velatorio ra de la abuela Clo. Sus rostros eran irritantes e insolentes. Las analizó, una por una, para ver si como sobrina había heredado algo de ellas. Pero, por suerte, Tilly no se parecía a sus tías. Tenía ras­ gos más delicados, los ojos de un azul más intenso, el color de sus cabellos era también rojo pero más oscuro, parecido al rubí, y su rostro era dulce; todo lo contrario que los de Iris, Rose y Gladys. «¡Qué tesoro de niña!», pensaron su bisabuela y su tata­ rabuela, conmovidas al verla triste y sola en su rincón. La habrían abrazado con placer, de no ser porque eran fantas­ mas. Llevar tantos años muertas tenía el inconveniente de que no les permitía hacer carantoñas a su nieta tanto como querrían. Cuando, trece años atrás, Tilly llegó al mundo, todos los espíritus de la casa quedaron cautivados por sus luminosos ojos: la pequeña miraba curiosa en su dirección, y sus caras atónitas y emocionadas parecían divertirla. Los veía. ¡Los veía a todos! Al menos durante los primeros años. Después, como pasa siempre, aprendió a hablar, a caminar, y se olvidó de cómo ver más allá de las cosas. Pero, en aquel día memo­ rable de su nacimiento, bisabuelas, tatarabuelas y trastata­ rabuelas supieron que, después de centenares de años, había llegado una nueva Duc destinada a una vida extraordinaria.

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Tilly Duc Tilly miraba a Clotilde en el ataúd. Estaba preparada para su muerte; ella y la abuela habían hablado mucho de ello y se habían organizado. «Tienes que hacerte a la idea; a los setenta y tres años puede suceder en cualquier momento», le decía Clo. Así, Tilly sabía dónde estaban guardadas todas las llaves, cómo estaba ordenada la despensa, cómo encender la cal­ dera, cómo abrir los extractores de las chimeneas, y tenía todos los números de teléfono para las llamadas domésti­ cas, desde el lampista hasta el técnico de la tele. En conclu­ sión, estaba preparada para el momento en que se quedase sola. Pero ahora se daba cuenta de que el problema era otro: no se había preparado, o al menos no lo suficiente, para la impresión que le produjo ver muerta a la abuela. Sus rasgos le parecían diferentes, extraños. No tenía aque­ lla expresión cómica que adoptaba durante las «prácticas fúnebres», cuando se tumbaba sobre la cama con los ojos cerrados y un ramillete de flores en la mano. Tilly tenía que mantenerse seria, comportarse y no reír bajo ninguna cir­ cunstancia. Naturalmente, siempre acababan retorciéndose de risa como posesas. Entonces la nieta proponía resolver el asunto poniéndose ambas en hibernación en el congelador del cobertizo, y discutían por decidir quién ocuparía el lado derecho y quién el izquierdo, tendidas sobre las bolsas de espinacas o las costillas de cabrito.

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El velatorio Ahora todo era diferente. Y estaba todo mal, todo equi­ vocado. Aquella cara, inmóvil y contraída, parecía pertene­ cer a otra persona. «Más vale así —concluyó Tilly—. Al menos, de esta for­ ma parece que la abuela no esté ahí dentro». Cosa que, en realidad, era cierta: por fortuna, dentro de aquel cuerpo ya no había nadie. La verdadera abuela Clo estaba al lado de Tilly y le acariciaba los cabellos. Estaba triste; no por el hecho de su muerte, sino por no poder con­ solar a su nieta, por no poder decirle que en el fondo morir no era tan terrible. —¿Es que no podría haberse peinado un poco, al menos hoy? —murmuró Rose, mirando hacia las vigas del techo para que no se notara que se refería a Tilly. —Ya se peina, ya, pobrecilla —respondió Iris, tapándose la boca con la mano—. Pero no le sirve de nada: siempre acaba pareciendo una mata de ortigas. —Tendría que peinarla un jardinero —intervino Gladys, a quien le gustaba apostillar las gracias de sus hermanas. —¡Quizás hasta encontraría una madriguera de ratones por ahí dentro! Las tres intentaron disimular sus risas tosiendo, lo que hizo que la escena resultara aún más desagradable. Tilly simuló no haberlas oído y siguió mirando a su abuela.

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Tilly Duc Mientras tanto, en el salón, los rayos del sol poniente atravesaron los mosaicos de las vidrieras y proyectaron for­ mas de colores en el suelo. Tilly recordó la alegría y la luz que emanaban de la casa en vida de su abuela y se encogió dentro de su vestido negro, que aquel día hacía que su cuer­ po pareciera aún más delgado. Era como si ahora las habi­ taciones y las paredes llorasen y se recogiesen sobre sí mis­ mas para llevar a cabo su propio duelo, íntimo y sincero. Al fondo, las tías seguían con la letanía del rosario, hasta que de repente, como en respuesta a una señal convenida, la plegaria cesó. —… descanse en paz. Amén. Las tres se volvieron hacia Tilly, sonrientes, pero eran unas sonrisas que hacían que la sangre se le helara en las venas. Se esforzaban por parecer amables, pero resultaba evidente que hervían por dentro. —¿Quieres llevarnos arriba, Tilly, a la habitación de la abuela? —preguntó Iris con voz afable. —Así te libraremos de todos los trastos que ya no van a servirte para nada —añadió Rose, hablando demasiado rápido: no veía el momento de echar mano a los «trastos». Tilly sabía que no podía negarse. Mientras las tres muje­ res se apresuraban escaleras arriba llevando grandes bolsas de viaje, Tilly acercó la butaca más cercana al féretro y se sentó junto a su abuela.

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El velatorio Cogió una violeta caramelizada de un pequeño jarrón de porcelana e intentó no pensar en qué estarían haciendo sus tías en el piso de arriba. El sabor dulce y antiguo causó el efecto deseado; cerró los ojos y le pareció volver a ver a la abuela metiendo las flores en un cazo y recorriendo con un dedo los apuntes de su receta secreta. Y de nuevo la abuela, agachada en el huerto, explicándole cómo conseguir que las violetas de alta montaña crecieran en las cotas bajas, pues era la única forma de dar el aroma adecuado a las flores ca­ ramelizadas. Aquel jardín exuberante, cultivado en terrazas de gres colgadas entre las rocas, era el orgullo de ambas. Bo­ tánicos de renombre acudían desde lejos para verlo y felici­ tar a su anciana colega. La abuela se ponía colorada y hacía como si aquello no tuviera ningún mérito: «Un par de se­ millas que ha traído el viento», decía, como si el nombre de Clotilde Duc hubiera ido a parar a los textos universitarios por error. Pero Tilly sabía que la abuela estaba orgullosa de sus conocimientos; no en vano había dedicado su vida a aquel huerto y había criado a su nieta con una azada en una mano y un libro de botánica en la otra. Juntas lloraron de alegría cuando se abrió la Aquilegia fosca, juntas inventaron los nombres con los que bautizaron los nuevos injertos de rosas turquesas, y juntas probaron las mezclas para las in­ fusiones, que la abuela elaboraba con sus flores y después vendía a una importante firma inglesa.

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Tilly Duc Arriba, el ruido de cajones que se abrían y se cerraban iba en aumento, y Tilly, que intentaba mantener los ojos cerra­ dos, se esforzó por concentrarse en otras imágenes felices. Por ejemplo, el estanque de los renacuajos, que la abuela había construido entre los salientes de granito, canalizando el agua del riachuelo de arriba. Alrededor había plantado eucaliptos (una nueva proeza botánica en aquel clima y al­ titud) y los nenúfares habían prosperado enseguida en el agua. Del enrejado de madera que construyeron colgaron muy pronto rosas selváticas, belesas y jazmines, y en la Casa de los Tejados Azules apareció un nuevo rincón maravillo­ so como por arte de magia. Cuando Tilly estaba desanimada, la abuela se le acercaba, alegre. «¿Vamos a buscar otro rinconcito?», le preguntaba. Para Tilly, aquella palabra, rinconcito, representaba la felicidad. Corría a coger su cesta de utensilios, en la que nunca faltaban una pequeña azada, unos guantes y unas tijeras, y salía con la abuela en pos de una nueva aventura. De aquella manera habían llenado una pared rocosa con grandes plantas y florecillas de color azul y rosa pálido. Ha­ bían sembrado el «rincón de las especias», donde ahora, entre el tomillo y el orégano de montaña, las plantas de ro­ mero ya eran más altas que ellas, y con las hojas de salvia se podían preparar buñuelos grandes como bistecs. Entre sus rincones preferidos estaba el de las luciérnagas, donde

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la abuela había plantado arbustos y amapolas que de noche atraían a miles de lucecillas danzarinas. Pero el que más le gustaba era el «rincón de las mariposas», donde cada flor había sido elegida para atraer a un tipo concreto de esas criaturas. Tilly podía pasarse horas tumbada allí, leyendo o dibujando, mientras caleidoscopios de alas de colores se agitaban como nubes cambiantes en torno a las margaritas y los ranúnculos, y a veces se le posaban en el cabello.

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Capítulo 2

Ruidos molestos

¡Ruido de cristales rotos! Tilly abrió los ojos de par en par. El estruendo ahuyentó a las mariposas y los pajarillos. Sin­ tió el impulso de subir gritando con una horca en la mano; tenía que haber una en el cobertizo de las herramientas. O quizás no se trataba de una horca sino de un rastrillo. Bueno, si gritara lo bastante fuerte también asustaría a los intrusos con un rastrillo. Calma. Que le robasen si querían. Que la saqueasen. No era un problema; a fin de cuentas, Tilly había heredado la casa entera. Sabía que sus tías la odiaban aún más por ello, y que nunca le perdonarían el haberse convertido en propietaria única de la Casa de los Tejados Azules. Había crecido con la abuela y, desde el fallecimiento de su madre Sara, se habían convertido en la única familia la una de la otra. Para Tilly,

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Ruidos molestos que aquella fuera su casa resultaba lo más natural del mun­ do, pero ahora veía que para sus tías no era tan evidente. Por suerte, la última voluntad de la abuela había sido muy clara: la Casa de los Tejados Azules era para su nieta. Fin de la discusión. O eso era lo que creía Tilly. Poco a poco se le fue pasando la rabia, y en su lugar una idea cobró forma; cuanto más pensaba en ella, más le gus­ taba: si había heredado la casa, ella era la anfitriona. Y una anfitriona puede echar a sus huéspedes. ¡Uau! Nunca había hecho nada parecido. Quitarse de encima a la gente siem­ pre había sido cosa de adultos. ¡Fantástico! Una vez en el piso de arriba, ante la puerta entreabierta de la primera habitación del pasillo, se dio cuenta de que el impulso que le había hecho subir las escaleras se había desvanecido ya. Aun sabiendo que tenía motivos más que suficientes, era como si se le hubiera formado un nudo en la garganta. Le habían enseñado a respetar a los adultos; actuar de otra manera le iba a costar un enorme esfuerzo. Hasta que, de repente, sintió la garganta liberada. —Basta, por favor. Ya os podéis ir —dijo con firmeza. Abrió del todo la puerta de la habitación, y presenció un espectáculo horrible. Las tías, arrodilladas sobre un mon­ tón de ropa esparcida por el suelo, cajones volcados y frag­ mentos de espejo roto, levantaron la vista como depreda­ dores a los que hubieran interrumpido mientras comían.

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Tilly Duc Tilly dio un paso atrás; por un instante temió que qui­ sieran precipitarse también sobre ella. Pero Iris transmitió a sus hermanas una orden con la mirada, y las tres brujas volvieron a exhibir de inmediato sus sonrisas inquietantes. —¡Ya hemos acabado, guapa! Vamos a recoger nuestras cosas y quitar los cachivaches de en medio. Aún se hicieron con unos chales más, unos últimos colla­ res de perlas y un alfiler de pecho con una amatista antes de cerrar las bolsas, dos cada una, que habían traído. Gladys, Rose e Iris salieron de la habitación con las cabezas bien altas, pasando por el lado de Tilly, que se había quedado pa­ rada junto a la puerta. Al final del desfile extendió el brazo hacia el pomo para cerrarla. Pero no tuvo tiempo. La puerta se cerró sola. De golpe. Instintivamente, Tilly se llevó la mano al pecho y se quedó inmóvil mirando la puerta. ¡Se había cerrado sola! Y podría decirse que casi con rabia. Una sensación gélida le recorrió la espalda de arriba abajo. Volvió a llevar la mano al pomo. Lentamente. Notó que en la habitación había alguien que se había sentido verdade­ ramente ofendido por aquella intrusión. Pero después agitó la cabeza y decidió que se había equivocado: era evidente que ella misma había cerrado la puerta de un golpe, pero estaba tan furiosa con las tías que ni se había dado cuenta.

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Ruidos molestos Mientras tanto, en el piso de abajo, una mano de chico em­ puñó un nuevo pomo, el de la entrada. Cuando la puerta se abrió, suspiró aliviado: tal como recordaba, en aquella casa tenían la buena costumbre de no cerrar con llave. El interior estaba casi a oscuras, pero él sabía de memoria có­ mo abrirse camino entre los muebles e intentó no chocar contra objetos en equilibrio precario ni pisar las tiras más ruidosas del suelo. Distinguió entre la penumbra lo que buscaba. El mueble donde guardaban la correspondencia estaba a pocos pasos, donde siempre. Pero también notó algo fuera de lo común, un fuerte olor a incienso. La curio­ sidad venció a la prudencia y el joven asomó la cabeza más allá de los tres peldaños de la entrada. Lo primero que vio fue una caja alargada de madera con asas de latón; después, a la anciana que yacía dentro con las manos unidas. Por un momento, el corazón se le detuvo. Los espíritus de la casa conocían al chico y se alegraban de volver a verlo después de tantos años. Ahora era todo un hombre. Pero no pasaba por un buen momento y decidie­ ron dejarlo solo; además, lo que sucedía en el piso de arriba era más interesante. Iris, Rose y Gladys bajaban apresuradamente por la escalera con sus bolsas cuando resonó un ruido proveniente de la

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Tilly Duc planta baja. Era el golpe de un objeto al caer y chocar con el suelo. Las tres mujeres se detuvieron y miraron arriba, hacia Tilly. Allí estaba; por tanto, abajo no debía de haber nadie. Mientras la niña seguía en su lugar, Rose acabó de bajar y salió disparada con agilidad felina; parecía más una garduña, de patas cortas y morro afilado. Las otras hermanas esperaron tranquilamente. Sabían que Rose era una máquina de guerra y, si había algo que atrapar, lo haría sin necesidad de su ayuda. En efecto, ape­ nas un momento después un grito resonó por el hueco de la escalera. Cuando Tilly y las tías llegaron, Rose tenía agarrado al joven retorciéndole un brazo en la espalda. No pudieron identificarlo al momento porque tenía la cara aplastada contra la puerta de entrada. Tilly casi no se lo creía: el chico era alto y parecía ágil, pero Rose, apenas la mitad de alta, lo tenía perfectamente inmovilizado. —¡Suélteme! ¡No he hecho nada! —gimoteó él a la vez que intentaba librarse de la presa. —¡Me lo he encontrado con la mano metida en un ca­ jón! Y lo conozco: ya lo había pillado robando en mi tien­ da —dijo Rose, sin aliento y con los ojos alterados por la euforia de la captura. —¡Ay! ¡Suelte! Es verdad, soy yo, pero esta vez… ¡Ay! Rose, que para no dejarlo hablar volvió a empujarlo con­

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Ruidos molestos tra la puerta, se dirigió impaciente a su hermana menor, que se había colocado a su lado esperando instrucciones: —¡Gladys, llama a la policía! —¡No! Se lo suplico. Usted no se da cuenta de… ¡Aaah! ¡Mi brazo! ¡Caramba, señora!, ¿es que se ha vuelto loca? —Al chico se le quebró la voz. —¡Déjalo, tía Rose! ¡Le estás haciendo daño! Oigamos qué es lo que quiere decirnos —intervino Tilly, vehemente. —No recuerdo el número, Rose —dijo Gladys con el auri­ cular del teléfono en la mano. —¡Es el 113, Gladys! ¡Date prisa o tendré que neutrali­ zarlo! —estalló Rose, que apenas se contenía de llenar de mordiscos al pobre desgraciado. —Venga, Rose, no demuestres lo animal que eres —aña­ dió Iris, cruzada de brazos, con la cadera apoyada en una pared y una sonrisa complacida en el rostro—. ¿Has com­ probado si ha cogido algo? —Ahora lo registro —dijo Rose, a quien la autoridad de su hermana mayor siempre le hacía recuperar el control—. ¡Y tú, Gladys, sujétalo fuerte! —gritó. Gladys estaba muy concentrada, deseosa de cumplir las órdenes. Pero su hermana le había dado dos diferentes, una tras otra: llamar a la policía y a la vez sujetar fuerte al chi­ co resultaba demasiado para ella. Así pues, balanceándo­ se primero sobre un pie y después sobre el otro, descartó

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Tilly Duc el primer mandato para concentrarse en el segundo. Dejó caer el auricular al suelo, como si fuera un objeto extraño y desconocido, y se abalanzó con todas sus carnes contra el prisionero de su hermana. El joven vio la escena como en cámara lenta, palideció y por un momento no fue capaz de articular palabra. —¡No me toquéis, brujas! —bramó después con todas las fuerzas que le quedaban. Tilly estaba helada. Hasta entonces se había quedado in­ móvil, pero aquello ya era demasiado. Quizás fuese cierto que era un ladrón, pero no podían tratarlo así. Todo sucedió en una fracción de segundo. Las acciones se sucedieron combinándose perfectamente las unas con las otras. Mientras Gladys avanzaba a la carga, Tilly bajó la cabeza y se precipitó contra Rose como un rinoceronte. Golpeó la parte baja de la espalda de su menuda tía, que, cogida por sorpresa, resbaló y soltó al chico. Este aprovechó la ocasión y la empujó para sacársela de encima. Gladys, que caía a plomo, al no encontrar el cuerpo del joven, acabó sobre su hermana, que desapareció debajo de ella. —¡Todo esto es repugnante! —dijo Iris, dándose la vuel­ ta para ahorrarse la escena. —¿Qué ha pasado? —balbució Gladys, que se levantó aturdida, permitiendo así a Rose ponerse también en pie. Mientras, el chico había abierto la puerta, había salido

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Ruidos molestos y había echado a correr como un poseso. Con dos saltos atravesó la hierba de delante de la casa y se perdió por un sendero escarpado que serpenteaba entre las rocas. Tilly salió afuera a toda prisa y se detuvo a mirarlo, aún excitada por la adrenalina. Siguió con la mirada los saltos del joven hasta el final del barranco, más allá de las rejas de la finca, temiendo que resbalase con el musgo y se des­ nucase. Pero no fue así, y el chico se internó en el bosque y desapareció. Oculto bajo la sombra de los castaños, el joven se volvió pa­ ra mirar por última vez la Casa de los Tejados Azules y todo aquello que, tanto tiempo antes, había podido disfrutar. Recordó los juegos en el jardín, la señora que le gritaba cuando él trepaba a la noguera, los atracones de bayas y el consiguiente dolor de barriga. La época más feliz de su vida. Dio un último saludo a la anciana en dirección a la casa, y por un instante le pareció que ella le sonreía desde la bu­ hardilla, como había hecho siempre cuando le veía llegar corriendo y resoplando por el sendero. Era extraño, pensó: a pesar de haberse librado por fin de la promesa que le ha­ bía hecho, sentía el corazón pesado y ganas de llorar.

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