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Título de la edición original: Rue des Boutiques Obscures

Edición en formato digital: octubre de 2014

© de la traducción, María Teresa Gallego Urrutia, 2009 © Éditions Gallimard, 1978 © EDITORIAL ANAGRAMA, S.A., 2009 Pedró de la Creu, 58 08034 Barcelona ISBN: 978-84-339-3530-4 Conversión a formato digital: Newcomlab, S.L. anagrama@anagrama-ed.es www.anagrama-ed.es


I No soy nada. Sólo una silueta clara, aquella noche, en la terraza de un café. Estaba esperando que dejara de llover, un chaparrón que empezó en el preciso momento en que Hutte se iba. Pocas horas antes, nos habíamos encontrado por última vez en la sede de la Agencia. Hutte estaba detrás del escritorio recio, como de costumbre, pero no se había quitado el abrigo, así que se notaba de verdad una impresión de despedida. Yo estaba sentado enfrente de él, en el sillón de cuero para los clientes. De la lámpara de opalina brotaba una luz fuerte que me deslumbraba. –Bueno, Guy, pues ya está... Se acabó –dijo Hutte suspirando. Un expediente andaba rodando por encima de una mesa. A lo mejor era el del hombrecillo moreno de mirada espantada y rostro abotagado que nos había encargado que siguiéramos a su mujer, quien, por las tardes, iba a reunirse con otro hombrecillo moreno de rostro abotagado en una pensión de la calle de Vital, cerca de la avenida de Paul Doumer. Hutte se acariciaba pensativamente la barba, una barba canosa, corta, pero que se le comía las mejillas. Los ojos saltones y claros miraban al vacío. A la izquierda del escritorio, la silla de mimbre en que me sentaba yo durante las horas de trabajo. Detrás de Hutte unas baldas de madera oscura cubrían la mitad de la pared; había en ellas guías telefónicas y anuarios de todo tipo y de los últimos cincuenta años. Hutte me había dicho con frecuencia que eran herramientas de trabajo insustituibles de las que no pensaba desprenderse nunca. Y que esas guías y esos anuarios formaban la más preciada y la más emotiva biblioteca con que pudiera contar nadie, pues sus páginas recogían multitud de seres y multitud de cosas y de mundos desaparecidos, de los que ya sólo esos tomos daban testimonio. –¿Qué va a hacer con todas esas guías? –le pregunté a Hutte, señalando las baldas con un amplio ademán del brazo. –Se quedan aquí, Guy. No dejo el alquiler del piso. Lanzó en torno una rápida mirada. Las dos hojas de la puerta que daba paso a la habitacioncita contigua estaban abiertas y se veían el sofá de terciopelo tazado, la chimenea y el espejo en que se reflejaban las hileras de anuarios y de


guías y el rostro de Hutte. Nuestros clientes esperaban con frecuencia en esa habitación. Una alfombra persa protegía la tarima. En la pared, cerca de la ventana, había un icono colgado. –¿En qué piensa, Guy? –En nada. ¿Así que conserva el piso arrendado? –Sí. Volveré a París de vez en cuando y la Agencia será mi vivienda de paso. Me alargó la pitillera. –Me da menos pena si dejo la Agencia tal y como estaba. Hacía más de ocho años que trabajábamos juntos. Había creado personalmente aquella agencia de policía privada en 1947 y, antes de trabajar conmigo, había trabajado con otras muchas personas. Nuestro cometido consistía en proporcionar a los clientes eso que Hutte llamaba «informaciones mundanas». Todo transcurría, como le gustaba decir, entre «gente de mundo». –¿Cree que podrá vivir en Niza? –Pues claro. –¿No se aburrirá? Soltó el humo del cigarrillo. –No queda más remedio que jubilarse un día, Guy. Se levantó trabajosamente. Hutte debe de pesar más de cien kilos y medir un metro noventa y cinco. –El tren sale a las nueve menos cinco. Nos da tiempo a tomar algo. Fue delante de mí por el pasillo que lleva al recibidor, que tiene una curiosa forma ovalada y paredes de un tono beige apagado. Una cartera negra, tan llena que había sido imposible cerrarla, estaba en el suelo. Hutte la cogió. La llevaba sosteniéndola con la mano. –¿No tiene equipaje? –Ya lo he enviado todo por delante. Hutte abrió la puerta de la calle y yo apagué la luz del recibidor. En el descansillo, Hutte titubeó un momento antes de cerrar la puerta y aquel chasquido metálico me hizo sentir una punzada en el corazón. Marcaba el final de una larga temporada de mi vida. –Se queda uno chafado ¿eh, Guy? –me dijo Hutte; y se había sacado del bolsillo del abrigo un pañuelo grande con el que se enjugaba la frente. En la puerta seguía la placa rectangular de mármol negro en donde ponía, en letras doradas con purpurina: C. M. HUTTE Investigaciones privadas


–Se queda donde está –me dijo Hutte. Y, luego, echó la llave. Fuimos por la avenida de Niel hasta la plaza de Pereire. Era de noche y, aunque estaba empezando el invierno, el aire era tibio. En la plaza de Pereire nos sentamos en la terraza de Les Hortensias. A Hutte le gustaba este café porque las sillas eran de rejilla, «como las de antes». –¿Y usted qué va a hacer, Guy? –me preguntó tras tomar un sorbo de coñac con agua. –¿Yo? Estoy siguiendo una pista. –¿Una pista? –Sí. Una pista de mi pasado. Dije esa frase con un tono pomposo que lo hizo sonreír. –Siempre he creído que algún día recuperaría su pasado. Esto lo dijo con acento muy serio; y me conmovió. –Aunque, mire, Guy, me pregunto si realmente merece la pena. Se quedó callado. ¿En qué pensaba? ¿En su propio pasado? –Tome una llave de la Agencia. Puede ir por allí de vez en cuando. Me gustaría que fuera. Me alargó una llave que me metí en el bolsillo del pantalón. –Y llámeme por teléfono a Niza. Téngame al corriente... en lo que tenga que ver con su pasado... Se puso de pie y me dio la mano. –¿Quiere que lo acompañe a la estación? –No, no... Resulta tan triste... Salió del café de una única zancada, evitando mirar hacia atrás, y noté una sensación de vacío. Aquel hombre había sido importantísimo para mí. Sin él, sin su ayuda, me pregunto qué habría sido de mí hace diez años, cuando me quedé amnésico de repente e iba a tientas por la niebla. Lo conmovió mi caso y, gracias a toda la gente que conocía, me proporcionó incluso un estado civil. –Mire –me dijo, abriendo un sobre grande en el que había un carnet de identidad y un pasaporte–. Ahora se llama usted «Guy Roland». Y aquel detective al que había ido a hacer una consulta para que usara su pericia en buscar testigos o trazas de mi pasado, añadió: –Mi querido «Guy Roland», a partir de ahora no vuelva a mirar atrás y piense en el presente y en el futuro. Le propongo que trabaje conmigo... Le caía bien porque –me enteré más adelante– él también había perdido sus propias huellas y toda una parte de su vida naufragó de golpe, sin que quedase ni


el mínimo hilo conductor, ni el mínimo vínculo que hubiera podido relacionarlo con el pasado. Pues ¿qué había en común entre ese anciano exhausto a quien veía alejarse en la oscuridad de la noche, con aquel abrigo raído y aquella cartera negra abultada y el jugador de tenis de antaño, el apuesto y rubio barón báltico Constantin von Hutte?


II –¿Oiga? ¿Paul Sonachitzé? –Al aparato. –Soy Guy Roland... Ya sabe, el... –Sí, claro que lo sé. ¿Podemos vernos? –Como quiera... –Por ejemplo... ¿esta noche alrededor de las nueve en la calle de Anatole-dela-Forge? ¿Le parece bien? –De acuerdo. –Lo espero. Hasta luego. Colgó bruscamente y el sudor me corría por las sienes. Me había tomado una copa de coñac para darme valor. ¿Por qué algo tan anodino como marcar un número de teléfono me cuesta tanto trabajo y tanta aprensión? En el bar de la calle de Anatole-de-la-Forge no había ningún cliente. Y él estaba detrás de la barra, vestido de calle. –Ha sido muy oportuno –me dijo–. Libro todos los miércoles por la noche. Se me acercó y me cogió por el hombro. –He pensado mucho en usted. –Gracias. –Es algo que me preocupa en serio, ¿sabe? Me habría gustado decirle que no se apurara por mí, pero no me salían las palabras. –Bien pensado, creo que debía usted de moverse en el entorno de alguien a quien veía yo con frecuencia en determinado momento... Pero ¿quién? Movía la cabeza. –¿No puede darme una pista? –No. –¿Por qué? –Porque ando muy mal de memoria. Lo tomó por una broma y, como si se tratase de un juego o de una adivinanza, dijo: –Bueno, pues ya me las apañaré solo. ¿Me da carta blanca?


–Por mí... –Entonces esta noche me lo llevo a cenar a casa de un amigo. Antes de salir, bajó con un gesto seco la palanca de un contador eléctrico y cerró la puerta de madera maciza con varias vueltas de llave. Tenía el automóvil aparcado en la acera de enfrente. Era negro y nuevo. Me abrió la portezuela, muy educado. –Este amigo que le digo regenta un restaurante muy agradable entre Villed’Avray y Saint-Cloud. –¿Y vamos hasta allí? –Sí. Desde la calle de Anatole-de-la-Forge estábamos saliendo a la avenida de la Grande-Armée y me entró la tentación de bajarme bruscamente del automóvil. Ir hasta Ville-d’Avray me parecía insoportable. Pero tenía que ser valiente. Hasta llegar a la Porte de Saint-Cloud tuve que luchar contra el pánico que me tenía atenazado. Casi no conocía a Sonachitzé. ¿No me estaría llevando a una encerrona? Pero, poco a poco, según lo oía hablar, me fui calmando. Me citaba las diversas etapas de su vida profesional. Primero había trabajado en salas de fiestas nocturnas rusas; luego, en el Langer, un restaurante en los jardines de los Campos Elíseos; luego, en el Hotel Castille de la calle de Cambon; y había pasado por otros establecimientos antes de regentar aquel bar de la calle de Anatole-de-la-Forge. Siempre acababa por coincidir con Jean Heurteur, el amigo a quien íbamos a ver, así que llevaban unos veinte años formando un tándem. Heurteur también tenía buena memoria. Entre los dos, seguro que resolvían «el enigma» que yo planteaba. Sonachitzé conducía con mucha prudencia y tardamos casi tres cuartos de hora en llegar. Algo así como un bungalow cuyo lado izquierdo tapaba un sauce llorón. A la derecha, divisaba una maraña de matorrales. El local del restaurante era amplio. Desde el fondo, en donde brillaba una luz fuerte, se nos acercaba un hombre. Me tendió la mano. –Encantado. Soy Jean Heurteur. Y, luego, le dijo a Sonachitzé: –Hola, Paul. Nos llevaba hacia el fondo de la sala. Estaba puesta una mesa para tres, en cuyo centro había un ramo de flores. Señaló una de las puertas acristaladas: –Tengo clientes en el otro bungalow. Una boda.


–¿Nunca había venido aquí? –me preguntó Sonachitzé. –No. –Pues entonces enséñale la vista, Jean. Heurteur salió delante de mí a una veranda que daba a un estanque. A la izquierda, un puentecillo abombado, de estilo chino, llevaba a otro bungalow, en la otra orilla del estanque. Una luz violenta iluminaba las puertas vidrieras y, tras ellas, vi pasar parejas. Estaban bailando. Nos llegaban desde lejos retazos de música. –No son muchos –me dijo– y me da la impresión de que esta boda va a terminar en francachela. Se encogió de hombros. –Debería usted venir en verano. Las cenas son en la veranda. Resulta agradable. Volvimos a entrar en la sala del restaurante y Heurteur cerró la puerta vidriera. –Les he preparado una cena sin pretensiones. Nos indicó con un ademán que nos sentásemos. Estaban juntos, enfrente de mí. –¿Qué vino le gusta? –me preguntó Heurteur. –El que usted diga. –¿Château-petrus? –Es una idea estupenda, Jean –dijo Sonachitzé. Un joven con chaqueta blanca nos servía. La luz del aplique de la pared me caía encima y me deslumbraba. Los otros estaban en la sombra, pero seguramente me habían sentado así para reconocerme mejor. –¿Qué te parece, Jean? Heurteur había empezado a tomar la galantina y me lanzaba, de vez en cuando, una mirada aguda. Era moreno, como Sonachitzé, y, lo mismo que éste, se teñía el pelo. El cutis granuloso, las mejillas fláccidas y unos labios finos de gastrónomo. –Sí, sí... –susurró. A mí me hacía guiñar los ojos la luz. Nos puso vino. –Sí..., sí..., yo creo que ya he visto al señor. –Es un auténtico rompecabezas –dijo Sonachitzé–. Este caballero se niega a encarrilarnos... Parecía haberse adueñado de él una inspiración. –Pero a lo mejor quiere usted que lo dejemos. ¿Prefiere seguir «de incógnito»?


–En absoluto –dije sonriendo. El joven estaba sirviendo una molleja de ternera. –¿Cuál es su profesión? –me preguntó Heurteur. –He estado trabajando ocho años en una agencia de policía privada, la agencia de C. M. Hutte. Me miraban fijamente, estupefactos. –Pero es algo que seguramente no tiene relación alguna con mi vida anterior. Así que no lo tengan en cuenta. –Es curioso –dijo Heurteur, clavándome los ojos–, no se le puede calcular a usted la edad. –Por el bigote, seguramente. –Sin el bigote –dijo Sonachitzé– a lo mejor lo reconocíamos en el acto. Y alargaba el brazo, me ponía la mano abierta debajo de la nariz para tapar el bigote y guiñaba los ojos como el retratista ante su modelo. –Cuanto más lo miro, más tengo la impresión de que pertenecía a un grupo de noctámbulos... –dijo Heurteur. –Pero ¿cuándo? –preguntó Sonachitzé. –Huy..., hace mucho... Hace una eternidad que no trabajamos ya en las salas de fiestas, Paul... –¿Te parece que la cosa se remonta a la época del Tanagra? Heurteur me clavaba una mirada cada vez más intensa. –Disculpe –me dijo–. ¿Podría ponerse de pie un momento? Obedecí. Me miraba de arriba abajo y de abajo arriba. –Pues sí, me recuerda a un cliente. Tiene usted una estatura... Espere... Había alzado la mano y se quedaba petrificado como si quisiera aferrar algo que corría el riesgo de disiparse de un momento a otro. –Espere... Espere... Ya está, Paul. Tenía una sonrisa triunfal. –Ya puede volver a sentarse. Estaba exultante. Con la seguridad de que lo que iba a decir causaría efecto. Nos servía vino a Sonachitzé y a mí de forma ceremoniosa. –Pues sí... Siempre lo acompañaba un hombre tan alto como usted... Quizá más alto aún... ¿No te recuerda nada, Paul? –Pero ¿a qué época te refieres? –A la del Tanagra, claro... –¿Un hombre tan alto como él? –repitió Sonachitzé para sus adentros–. ¿En el Tanagra?...


–¿No caes? Heurteur se encogió de hombros. Ahora le tocaba a Sonachitzé sonreír con expresión triunfante. Asentía con la cabeza. –Ya veo... –¿Y qué? –Stioppa. –Pues claro, Stioppa. Sonachitzé se volvió hacia mí. –¿Conocía a Stioppa? –A lo mejor –dije prudentemente. –Claro que sí... –dijo Heurteur–. Iba con Stioppa muchas veces... Estoy seguro... –Stioppa... Por la forma en que lo pronunciaba Sonachitzé era seguramente un nombre ruso. –Era él quien pedía siempre a la orquesta que tocase... Alaverdi... –dijo Heurteur–. Una canción del Cáucaso. –¿Lo recuerda? –me dijo Sonachitzé, apretándome con fuerza la muñeca–. Alaverdi... Le relucían los ojos al silbar la melodía. Yo también me sentía emocionado de repente. Me daba la impresión de que reconocía esa melodía. En aquel momento, el camarero que nos había servido la cena se acercó a Heurteur y le indicó algo al fondo de la sala. En una de las mesas, en la penumbra, había una mujer sentada, sola. Llevaba un vestido azul pálido y tenía apoyada la barbilla en las palmas de las manos. ¿En qué ensoñaciones estaba perdida? –La novia. –¿Qué hace ahí? –preguntó Heurteur. –No lo sé –dijo el camarero. –¿Le ha preguntado si quería algo? –No. No. No quiere nada. –¿Y los demás? –Han pedido otras diez botellas de Krug. Heurteur se encogió de hombros. –No es cosa mía. Y Sonachitzé, que no se había fijado en absoluto ni en la «novia» ni en lo que


decía el camarero, me repetía: –¿Y qué?... Stioppa... ¿Se acuerda de Stioppa? Estaba tan fuera de sí que acabé por responderle, con una sonrisa que pretendía ser misteriosa: –Sí, sí. Algo... Se volvió hacia Heurteur y le dijo con tono solemne: –Se acuerda de Stioppa. –Sí, eso es lo que pensaba yo. El camarero de chaqueta blanca seguía quieto delante de Heurteur, con expresión apurada. –Señor, me parece que van a utilizar las habitaciones... ¿Qué hay que hacer? –Ya me figuraba yo –dijo Heurteur– que esta boda iba a acabar mal... Bueno, chico, pues que hagan lo que quieran. No es cosa nuestra. La novia seguía allí, quieta en su mesa. Había cruzado los brazos. –Me pregunto por qué se queda ahí sola –dijo Heurteur–. Pero, bueno, el caso es que no es en absoluto cosa nuestra. Y hacía un ademán con el dorso de la mano como si quisiera espantar una mosca. –Nosotros a lo que estábamos –dijo–. ¿Así que admite que conoció a Stioppa? –Sí –suspiré. –Por lo tanto era de la misma pandilla... Una pandilla la mar de animada, ¿verdad, Paul?... –Huy..., todos desaparecieron –dijo Sonachitzé con voz lúgubre–. Menos usted, caballero... Estoy encantado de haber podido... «localizarlo»... Era usted de la pandilla de Stioppa... Enhorabuena... Era una época mucho más bonita que la nuestra y, sobre todo, la gente era de mejor calidad que ahora... –Y, sobre todo, éramos más jóvenes –dijo Heurteur riéndose. –¿Y eso cuándo fue? –les pregunté con el corazón palpitante. –Las fechas no son lo nuestro –dijo Sonachitzé–. De todas formas, fue en tiempos del diluvio... De repente, estaba abatido. –A veces se dan coincidencias –dijo Heurteur. Y se puso de pie, fue hacia una barra pequeña, en una esquina de la sala, y nos trajo un periódico que hojeó. Por fin, me alargó el periódico indicándome el siguiente anuncio: «Nos ruegan que comuniquemos el fallecimiento de Marie de Resen el 25 de octubre, a los noventa y dos años de edad.


»De parte de su hijo, de su hija, de sus nietos, sobrinos y sobrinos nietos. »Y de parte de sus amigos Georges Sacher y Stioppa de Djagoriew. »La ceremonia religiosa previa a la inhumación en el cementerio de SainteGeneviève-des-Bois se celebrará el 4 de noviembre a las 16 horas en la capilla del cementerio. »El oficio del noveno día se celebrará el 5 de noviembre en la iglesia ortodoxa rusa, en el número 19 de la calle de Claude-Lorrain, París, XVI. »Este aviso hace las veces de esquela.» –¿Entonces Stioppa vive? –dijo Sonachitzé–. ¿Todavía lo ve? –No –dije. –Hace bien. Hay que vivir en el presente. Jean, ¿nos das una copa de algo? –Ahora mismo. A partir de ese momento parecieron desinteresarse por completo de Stioppa y de mi pasado. Pero no tenía importancia, porque al fin había dado con una pista. –¿Me puede dejar ese periódico? –pregunté con fingida indiferencia. –Pues claro –dijo Heurteur. Brindamos. Así que de lo que había sido yo antaño sólo quedaba una silueta en la memoria de dos barmans. Y ni siquiera eso, porque la ocultaba a medias la de un tal Stioppa de Djagoriew. Y de ese Stioppa no habían vuelto a saber nada «desde tiempos del diluvio», como decía Sonachitzé. –¿Así que es usted detective privado? –me preguntó Heurteur. –Ya no. Mi jefe acaba de jubilarse. –¿Y usted? ¿Usted sigue? Me encogí de hombros sin contestar. –En cualquier caso, estaré encantado de volver a verlo. Vuelva por aquí cuando quiera. Se había levantado y nos tendía la mano. –Disculpen... Los estoy echando, pero es que todavía tengo que hacer las cuentas... Y esos de ahí, con su francachela... Indicó el estanque con un ademán. –Adiós, Jean. –Adiós, Paul. Heurteur me miraba, pensativo. Con voz muy lenta dijo: –Ahora que está de pie, me recuerda otra cosa... –¿Qué te recuerda? –preguntó Sonachitzé. –A un cliente que volvía todas las noches a las tantas cuando trabajábamos en el Hotel Castille...


Sonachitzé me miraba ahora también, de pies a cabeza. –Bien pensado, es posible –me dijo– que sea usted un antiguo cliente del Hotel Castille... Sonreí, apurado. Sonachitzé me cogió el brazo y cruzamos la sala del restaurante, aún más oscura que cuando llegamos. La novia vestida de azul pálido ya no estaba en la mesa de antes. Fuera, oímos ráfagas de música y risas que llegaban desde el otro lado del estanque. –Por favor –le pregunté a Sonachitzé–, ¿puede recordarme qué canción era esa que siempre pedía aquel... aquel...? –¿Aquel Stioppa? –Sí. Empezó a silbar los primeros compases. Luego se detuvo. –¿Va a volver a ver a Stioppa? –A lo mejor. Me apretó el brazo con mucha fuerza. –Dígale que Sonachitzé todavía se acuerda de él muchas veces. No dejaba de mirarme: –En el fondo, es posible que tenga razón Jean. Era usted un cliente del Hotel Castille... Intente recordar... El Hotel Castille, de la calle de Cambon... Desvié el rostro y abrí la puerta del automóvil. Había alguien acurrucado en el asiento delantero, con la frente apoyada en el cristal. Me incliné y reconocí a la novia. Dormía, con el vestido azul cielo subido hasta medio muslo. –Hay que sacarla de ahí –me dijo Sonachitzé. La zarandeé con suavidad, pero seguía durmiendo. Entonces la cogí por la cintura y conseguí sacarla del automóvil. –No la vamos a dejar en el suelo –dije. La llevé en brazos hasta el hostal. Había dejado caer la cabeza en mi hombro y el pelo rubio me acariciaba el cuello. Llevaba un perfume con un toque especiado que me recordaba algo. Pero ¿qué?