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Ezekiel Boone

EL DÍA CERO

Traducción de Enrique Mercado

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Ésta es una obra de ficción. Los nombres, personajes, lugares e incidentes son producto de la imaginación del autor, o se usan de manera ficticia. Cualquier semejanza con personas (vivas o muertas), acontecimientos o lugares de la realidad es mera coincidencia.

EL DÍA CERO Título original: zero

day

© 2018, Ezekiel Boone, Inc. Traducción: Enrique Mercado Diseño de portada: David Wu Fotografía del autor: © Laurie Willick D. R. © 2018, Editorial Océano de México, S.A. de C.V. Homero 1500 - 402, Col. Polanco Miguel Hidalgo, 11560, Ciudad de México info@oceano.com.mx Primera edición: 2018 ISBN: 978-607-527-602-1 Todos los derechos reservados. Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita del editor, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo público. ¿Necesitas reproducir una parte de esta obra? Solicita el permiso en info@cempro.org.mx Impreso en México / Printed in Mexico

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Para Zoey Trataré de escribir más rápido

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Prólogo Transbordador espacial Mars Conquest, órbita terrestre baja

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l comandante Reynard nunca maldecía, así que habrá que perdonarlo pero aquello era una mierda nivel A. ¿Dónde demonios estaba su desfile de bienvenida? Desde niño había cultivado trigo en Saskatchewan; también canola, lentejas y chícharos, pero sobre todo trigo duro. Su mamá conducía la granja con mano de hierro. Fácil para el beso o el aliento, era tacaña hasta decir basta. Pese a que su papá se hacía cargo de las tareas de labranza —siembra y cosecha, hacer los surcos y asignar labores al personal, prueba y fertilización de la tierra—, era su mamá la que llevaba las riendas. Y una de las cosas que siempre les dijo a su hermana y a él era que quejarse del clima no haría llover ni salir el sol. Si no puedes cambiarlo, no te quejes; y si lo puedes cambiar, cámbialo e igual no te quejes. En su infancia se le había enseñado que lo peor de que se podía acusar a alguien era de ser quejumbroso: Un perro que ladra al viento, decía su madre. Y si eso había sido así mientras él era un niño en una granja, lo sería doblemente ahora que era astronauta. ¡Y aun así, esto era una mierda!

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Había dejado la granja para marcharse a la universidad cuando tenía diecisiete años y, aunque regresaba en las vacaciones y días festivos, nunca miró atrás. Sí, de alguna manera sabía que los cielos despejados de Saskatchewan y los caminos de tierra rojiza de su niñez lo definirían para siempre, pero había dedicado toda su vida adulta a tratar de cambiar esa niñez por los cielos infinitos del espacio y la tierra roja de un planeta entero. El comandante Brian Reynard había sido el primer hombre en pisar Marte. ¿Y regresaba para esto? Déjense de lado las horas que destinó a estudiar —dos licenciaturas: una en ingeniería y otra en bioquímica— o a practicar en simuladores de vuelo en la Real Fuerza Aérea Canadiense, así como el tiempo que pasó en la base de la fuerza aérea de Edwards durante un programa conjunto que le permitió asistir a la Escuela de Pilotos de Prueba de la Fuerza Aérea Estadunidense o el que le tomó obtener su maestría en aeronáutica. Déjense de lado también los largos periodos de su vida consumidos en oficinas en los sótanos de la nasa y en salas de juntas de la Agencia Espacial Canadiense, y el tiempo que dedicó a correr y hacer ejercicio en el gimnasio para estar en mejor forma que los refinados y jóvenes astronautas que querían arrebatarle el lugar que con tanto empeño se había ganado, y olvídense incluso los años que dedicó a preparar este viaje. Considérese esta misión en particular: ocho meses y medio de hacer volar el Mars Conquest alrededor de Marte en una órbita de transferencia de Hohmann de bajo consumo, también relativamente lenta; año y medio dirigido a establecer la primera estación de investigación en ese planeta y a esperar el momento de alineación indicado para iniciar el viaje de regreso, y otros ocho meses y medio de retorno, todo lo cual equivalía a casi tres años de su existencia. Desde luego, la humanidad había llegado a un punto en el que ya no bastaba ir al espacio 10

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para ser famoso —la lista en Wikipedia de quienes lo habían hecho era larga hasta el ridículo— e incluso caminar en la luna resultaba difícil en medio del gentío. Pero ¿haber sido el primero en Marte, el primer hombre en pisar el Planeta Rojo, el primer ser humano en recorrer esa esfera gigantesca, fría y empolvada que flota entre las estrellas? Eso tenía que contar para algo, ¿cierto? Cuando ya no era noticia, el eco en blanco y negro de la pequeña huella de Neil Armstrong en la luna le había provocado escalofríos de niño. Y al bajar por la escalera y permitir que la débil gravedad de Marte lo atrajera a la superficie —mientras decía las palabras que el comité representante de los seis países del equipo del Mars Conquest había preparado para él—, la voz de Armstrong, con estática y todo, lo electrizó y estremeció como un relámpago. Por eso creía que era razonable desear una bienvenida digna de un héroe cuando regresara a la Tierra. Que era razonable pensar que ocuparía un lugar entre los grandes exploradores de la historia humana… y esperar un desfile triunfal a su retorno. Sabía que esto era absurdo. Aun si no lo hubiera educado una madre que opinaba que quejarse era un pecado capital —apenas por encima de la soberbia y decir maldiciones—, habría reconocido lo ilógico que era molestarse por la falta de un desfile: había cosas más importantes de qué preocuparse. Quizá por eso no podía dejar de pensar en la desilusión que le causaba la ausencia de un desfile: le daba algo en qué pensar, algo que no fuera lo impensable. Él y el resto de la tripulación habían seguido las primeras noticias sobre las arañas —el ancho de banda era limitado en ocasiones, pero tenían acceso a internet— y alternando entre la incredulidad y el horror. A medida que se aproximaban a la Tierra, todo empeoró: aunque el accidente nuclear en China resultó no ser tal, fue un anuncio de lo que vendría después, seguido por brotes de arañas en el globo entero que, al parecer, habían concluido de repente. La Tierra se tambaleaba pero giraba como de 11

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costumbre. Cuando, en preparación de su aterrizaje, entraron a la órbita terrestre baja, él pensó en lo fácil que habría sido para ellos hacer caso omiso de lo que había pasado en el planeta. A doscientos kilómetros de altura, la Tierra lucía pacífica y luminosa, tan extraordinaria en su belleza que Reynard, que nunca se cansaba de contemplar su astro natal, dudaba a veces de que lo que veía fuera verdadero. Si no hubiera sido un hombre de ciencia, habría considerado la idea de que todo eso era un sueño o de que la Tierra era producto de un ser grandioso que escapaba a su comprensión. A pesar de que en su infancia había sido un buen protestante, de adulto se había convertido en un miembro de la iglesia de la ciencia: rendía culto en el altar de las matemáticas y la ingeniería, así que era difícil que pensara en la mano de Dios. No obstante, mientras veía que el sol salía y se ocultaba una y otra vez en tanto el transbordador giraba en órbita alrededor de la Tierra a una velocidad de más de siete kilómetros por segundo, le resultaba casi imposible no creer en un poder superior. Como él mismo había dicho cuando pisó Marte: El lugar de la humanidad está en los cielos. Llegó entonces la segunda ronda de brotes. En los días que transcurrieron entre el final del primer brote y el principio del segundo, la tripulación había dedicado mucho tiempo a… morirse de miedo, por más que él quisiera disfrazarlo. Los oficiales científicos Ya Zhang y Vasily Sokolov recibieron informaciones muy dispares de los gobiernos chino y ruso, respectivamente, lo que puso nerviosos a todos, que eran científicos y estaban acostumbrados a trabajar con datos. A Ya se le dijo que no se preocupara, pese a que China había arrojado armas nucleares sobre la mitad de su territorio; a Vasily, que había una amenaza de arañas que el ingenio ruso ya contenía con éxito. Reynard convocó a una reunión para hablar del asunto y luego de horas y horas de comparar información y titubear, decidieron que lo único que podían hacer era esperar órdenes. Así pues, hicieron todo lo que pudieron para preparar el 12

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aterrizaje, cosa que en condiciones normales los habría mantenido ansiosos y ocupados. Muy pronto quedó claro, sin embargo, que sus condiciones no eran normales y la segunda ronda de brotes llegó casi como un alivio. Reynard entendió que la aguardaba desde la extinción de la primera y sintió su arribo como una liberación. Vieron el discurso que la presidenta Pilgrim dirigió a la nación y oyeron que explicaba su plan de dividir al país para salvarlo. Por respeto, actuaron como si no vieran llorar a Shimmie, la ingeniera de vuelo. Y entonces se desató el infierno. Las comunicaciones desde la Tierra ya eran esporádicas y de pronto se interrumpieron, en coincidencia con grandes explosiones. Hubo otro debate —del tipo que sólo pueden tener personas muy educadas durante una crisis— acerca de si habían perdido contacto con la Tierra porque las armas nucleares detonadas ante la faz de Estados Unidos habían causado una pulsación electromagnética que había quemado satélites y circuitos como no lo habían hecho las bombas nucleares chinas o simplemente porque la sociedad se había desintegrado. Pero una o dos horas más tarde Reynard los interrumpió. —Eso no importa —dijo. Para ese momento, ya habían visto el tenue resplandor de tres docenas de armas nucleares tácticas sobre América del Norte y hablado y discutido lo suficiente para presenciar un par de amaneceres y atardeceres al tiempo que, cada dos horas, el transbordador Mars Conquest daba una vuelta completa a la Tierra—, igual podríamos tomar una decisión. Tenemos provisiones para permanecer aquí dos meses más, así que podemos esperar órdenes hasta que nuestro margen se reduzca al mínimo, en cuyo caso, si no hemos sabido nada todavía, tendríamos que actuar de todas maneras, o podemos (quizá formulo la respuesta como pregunta) reconocer que las cosas están de cabeza, jamás recibiremos órdenes y deberíamos decir ¡Váyanse al diablo!, y aterrizar. A pesar de la etiqueta de una expedición militar, sometió el tema a votación. Uno por uno, Vasily, Ya, Shimmie, Turk y 13

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hasta Jenny votaron a favor de poner fuera de órbita el transbordador. —De acuerdo —dijo—, volvamos a casa. El reingreso causó que la nave corcoveara y se sacudiera como dos ranas toro al aparearse sobre un platillo, pero una vez que todo amainó y él dejó de sentir que lo zarandeaban, se dio cuenta de que lloraba. Dos años, once meses, tres días: ése era el lapso que llevaba sin poner un pie en la Tierra. Por más que él fuera a ser para siempre el primer hombre que pisó Marte, éste era su hogar. Desde el asiento del capitán, la vista resultaba deslumbrante: cielos soleados sobre Florida y un azul tan claro que los jirones de nubes sólo lo volvían más perfecto. El océano Atlántico centellaba como una joya. El aterrizaje fue casi anticlimático. Usaron la misma pista del Centro Espacial Kennedy que habían utilizado para su despegue y aunque el Mars Conquest voló como un zapato para correr más que como un águila, tocaron tierra sin contratiempos; el comandante Reynard empleó 4,250 de los 4,500 metros de la pista para detener la nave. Revisaron todas las listas de control y procedimientos y, por fin, bajaron. En uso del derecho que le asistía por haber sido el primero en pisar Marte, él fue también el primero que pisó de vuelta la Tierra. Después de casi tres años de aire enlatado y reciclado, la espesa sopa de la tarde de Florida se dejó sentir viva y maravillosa en sus pulmones. Por un instante, se sintió inexplicablemente feliz y todos sus pensamientos sobre las arañas, las armas nucleares, el caos, la muerte y el fin del mundo fueron desplazados por la simple dicha de inhalar y exhalar mientras la gravedad de la Tierra mantenía fijos sus pies en el suelo. Pese a todo, imperaba un silencio ilimitado. Nadie había venido a recibirlos. No había ningún desfile. No lo habría jamás. El comandante Reynard suspiró. No cabía duda de que esto era una mierda de lo peor. 14

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Bethesda, Maryland

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a cabo interino Kim Bock tardó menos de cinco minutos en darse cuenta de que los habían abandonado a su suerte. Justo antes de que cayeran las armas nucleares, vieron partir en un helicóptero a los cinco científicos y los dos pasajeros civiles, Amy Lightfoot y Fred Klosnicks, junto con el fabuloso y bobalicón labrador color chocolate de Amy, Claymore, en dirección a la seguridad de un portaviones. El esposo de Amy, Gordo, y el de Fred, Shotgun, se quedaron con Kim y los marines. La piloto del helicóptero prometió que regresaría por ellos, y aunque ella quería creer en la salvación, sabía que era una promesa vana. El helicóptero iba sobrecargado y la doctora Guyer y los demás científicos eran una prioridad crucial, a diferencia de Kim y el resto de los marines. No, ella era muy realista al respecto: los habían abandonado a su suerte. Las arañas se comían a la gente, el gobierno usaba armas nucleares en su propio suelo y la caballería no vendría a rescatarlos. Al principio se mantuvieron ocupados. Dedicaron un rato a transformar el laboratorio y la unidad de biocontención que la profesora Guyer había instalado en los Institutos Nacionales de la Salud (ins) en un sitio donde pudieran ocultarse de las arañas, empeño al que renunciaron una vez que Shotgun le hizo ver al sargento primero Rodríguez que los suburbios de

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Washington, D.C., no eran quizás un lugar seguro aun cuando ellos pudieran mantenerse lejos de las arañas. —La razón de que yo haya hecho un búnker fueron justo las armas nucleares —dijo—. Obviamente, jamás imaginé que tendría que resguardarme de armas utilizadas para protegernos de bichos. Bueno, para protegernos en teoría. Si le soy franco, no creo que ésta sea la mejor estrategia, aunque lo que quiero decir es que es de suponer que el Distrito de Columbia será el siguiente objetivo. El riesgo de que nos evaporemos si nos quedamos aquí es mayor que el de las arañas. Pese a que operamos con información incompleta, yo no esperaría órdenes si fuera usted. ¡Y vaya que operaban con información incompleta! Todo se desmoronaba a su alrededor —apagones, circuitos celulares saturados o averiados, la radio reducida a mera estática, internet más una idea que una realidad—, pero se enteraron de las armas nucleares contra Denver, Minneapolis, Chicago, Kansas City, Cleveland, Memphis, Dallas y Las Vegas: tal vez cerca de treinta bombas, hasta donde tenían noticia, que acabaron con las grandes metrópolis de las que se sabía que estaban infestadas, por no hablar de los cientos de miles, quizá millones, de kilogramos de explosivos convencionales que se habían arrojado ya sobre autopistas y caminos secundarios en un intento por volver infranqueable el país. La teoría era que entre más se le dificultara a la gente viajar, más se les dificultaría también a las arañas. —Bueno —dijo la soldado Sue Chirp—, al menos Disneylandia se salvó. Siempre he tenido ganas de ir. Kim iba a corregirla, pero se detuvo. ¿Qué caso tenía decirle que Disneylandia había sido destruida, junto con Los Ángeles y buena parte de la costa oeste? Sabía que Sue hablaba nada más por hablar, para que ambas se sintieran mejor. Además, en realidad se refería a Disney World, y por lo que Kim sabía, era probable que estuviera en lo cierto: Florida no había sido tocada por los arácnidos, cuando menos hasta aquel día. 16

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Por alguna razón, pensar en Florida y Disney World le hizo pensar en la diferencia entre los dos perros de caricatura, Tribilín y Pluto, y preguntarse por qué uno de ellos hablaba y andaba en dos patas mientras que el otro era un perro común y corriente… y eso la llevó a pensar en el perro de Amy, Claymore, y a ponerse a llorar de nuevo, algo que ya había hecho demasiadas veces en las últimas horas. Aunque Rodríguez hacía cuanto podía por mantener ocupado al pelotón, había muchos periodos de inactividad, lo cual quería decir que Kim tenía tiempo en abundancia para pensar en ese perro tonto. De niña siempre había querido tener un perro, pero su papá era alérgico. ¿Y no era eso lo más loco de todo? Que, a pesar de que estaba muy cerca del barrio de Woodley Park, donde vivían sus padres, a corta distancia a pie del trabajo de su papá en la National Cathedral School, apenas pensaba en ellos y en cambio no podía dejar de llorar cuando recordaba cómo Claymore había meneado la cola mientras lo subía al helicóptero. Entretanto, Teddie, quien trabajaba en cnn, no cesaba de filmarlo todo y parecía emocionada por la idea de que produciría algo así como un documental. Los otros dos civiles, Shotgun y Gordo, se ocupaban por su parte de ajustar su máquina, la st11, una supuesta mata-arañas que al parecer sólo aletargaba a los insectos, lo que no impidió que Shotgun buscara cada tanto a Rodríguez para repetirle su argumento de que si, en toda su gloria y sabiduría, el gobierno había decidido lanzar una docena de armas nucleares para hacer desaparecer las ciudades infestadas, quizá Washington, D.C., correría la misma suerte. Y pese a que en estricto sentido los Institutos Nacionales de la Salud no estaban en Washington, D.C., un par de kilómetros no parecía ser distancia suficiente para los hongos atómicos. Cada vez que Shotgun lo decía, Kim notaba que Rodríguez se ponía incómodo; éste no era lo que se dice un pensador independiente, y con todo de cabeza y el pelotón sin órdenes estaba claro que el sargento primero no sabía qué hacer. 17

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Dígase en su descargo que había mantenido la disciplina y conservado a sus efectivos a prudente distancia de las demás fuerzas apostadas en los estacionamientos del ins y áreas circunvecinas. De todos modos fue inevitable que, conforme pasó el tiempo, Kim percibiera que las filas de uniformados de las unidades a su alrededor comenzaban a menguar. —No es mi imaginación, ¿cierto? —le preguntó a Honky Joe. —¡Nop! —respondió éste—. Pese a que, consideradas las circunstancias, no son tantas como se creería, es un hecho que ha habido algunas deserciones. Hay que reconocer que Rodríguez ha mantenido nuestro regimiento bajo control, aunque sólo es cuestión de tiempo antes de que nosotros empecemos a perder integrantes también —estudió a Kim y sacudió la cabeza—. No, tú no piensas hacerlo, yo lo sabría. Eres demasiado lista para eso. Y la verdad es que resulta ilógico, ¿adónde irías? No creo que nadie tenga un pretexto para hacerlo. Si fuera otra cosa (rusos, norcoreanos, incluso terroristas), estoy de acuerdo: eso sería algo que nosotros planeamos, ¿pero arañas? —rio y le tendió su botella de Gatorade, que estaba caliente. El asqueroso color verde de la bebida azucarada hizo que le dolieran los dientes de sólo verlo, pero eso no impidió que tomara un poco; le recordó su infancia, un dulce alivio—. Es preferible que sigamos juntos, ¿cierto? ¿No es ésa justo la razón de que seamos marines? Ella estaba de acuerdo. Ése era uno de los motivos por los que se había alistado: ser marine significaba formar parte de algo más importante que ella misma. Se quedó con el botella de Gatorade y trató de acercarse disimuladamente hasta donde Shotgun, Gordo y Teddie rodeaban a Rodríguez. Se aproximó lo suficiente para escuchar que, en términos inequívocos, Shotgun le decía al sargento que, hicieran lo que hicieran ellos, los civiles abandonarían el Distrito de Columbia lo más pronto posible. Una hora más tarde, cuando Rodríguez los llamó, Kim ad18

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virtió que era la primera vez que faltaba un hombre en su unidad, un tal Garvey o Harvey, un chico callado y de piel tan pálida que se diría que lo único que había bebido en su vida era leche caliente, así que ella había agradecido siempre que no formara parte de su equipo. Aunque vio que Rodríguez detectaba esa ausencia mientras pasaba lista, no hizo ninguna mención al respecto. Si acaso, se mostró aliviado. Al oír sus primeras palabras, ella se dio cuenta de que se debía al hecho de que él ya no tenía que tomar una decisión: su mano había sido forzada. Era imposible que siguiera limitándose a marcar el paso. —Los elementos más valiosos del ins —se refería a los científicos que se habían ido en el helicóptero— ya no están aquí, lo que significa que nuestras órdenes originales de llevar a los civiles a nuestro cargo con la profesora Guyer continúan vigentes; pese a todo, no podremos llevar a Shotgun y Gordo al USS Elsie Downs —Kim oyó a Honky Joe murmurar: No sin un helicóptero—. Entretanto, nuestra principal meta será mantener a salvo a estos civiles. Se nos asignaron como elementos valiosos y no dejaremos de priorizar su seguridad sobre todas las cosas. Dada la preocupación de que Washington, D.C., sea un blanco de ataque, he decidido que nos marchemos. Al tiempo que decía esto, Kim vio que les dirigía una rápida mirada a Shotgun y Gordo. —¿Adónde? No supo quién hizo esta pregunta, pero no le importó. Lo relevante era que se irían. —A la isla de Chincoteague, en Virginia —contestó Rodríguez. A pesar de que aquél no era un sitio de importancia nacional, era un buen lugar para esperar. Estaba muy lejos de Wa­ shington, D.C., pero en el mar; así, si conseguían restablecer el contacto y hacer un viaje en helicóptero, se encontrarían un poco más cerca de la seguridad de los portaviones. Mientras Rodríguez les explicaba el plan, Kim vio que sus compañeros 19

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miraban a los otros efectivos en el área, pero ninguno de los otros daba trazas de estar pensando en marcharse. Eso no le preocupó. Lo único que ella quería era salir de ahí. El sargento primero manejó las cosas lo mejor que pudo. Les dio órdenes y dejó en claro que, aunque Teddie no pertenecía al grupo original, estaba ahora bajo la cubierta de elementos valiosos, igual que Gordo, Shotgun y su ridícula cajita. En lo que se preparaban para ponerse en marcha, Kim escrutó a su pelotón. Hasta donde pudo ver, Honky Joe era el único, aparte de ella, que se había percatado de que Shotgun y Gordo habían tomado la decisión por Rodríguez. No tenían Hummers ni Joint Light Tactical Vehicles (jltv), así que requisaron algunos automóviles civiles en los estacionamientos del ins y áreas circundantes. Resultó que entre el pasado como delincuente juvenil del soldado de primera clase Elroy Trotter y la habilidad electrónica de Gordo y Shotgun, puentear y arrancar varias pick ups y vehículos todoterreno no fue tan difícil. Un par de los involucrados —todos ellos hombres— dijo que era una vergüenza que no tomaran prestado el flamante Porsche 911 gt3 color naranja delicadamente colocado en dos cajones de estacionamiento. —¡Mira nada más! Eso es sexo sobre ruedas —le dijo a Kim el soldado Hamitt Frank—. ¿Sabes cuánto cuesta una cosa de ésas con todos sus aditamentos? —sacudió la cabeza y bajó la mirada, compungido como un sabueso—. Tiene frenos compuestos de cerámica y toda clase de cosas de fibra de carbono… —calló mientras pasaba el dedo sobre la línea del toldo y Kim pensó por un momento que incluso tenía lágrimas en los ojos—. ¡Doscientos mil dólares cuando menos! Y lo único que hace es estar aquí parado. Sin embargo, Rodríguez había sido explícito: tomarían sólo vehículos de doble tracción y capacidad de maniobra en terreno accidentado. La fuerza aérea había aniquilado un buen número de las carreteras y puentes del centro y oeste de Estados Unidos de América. Hasta ese momento, la costa este se 20

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encontraba en gran medida indemne, pero eso no quería decir que viajar fuera fácil. Rodríguez quería que pudieran cruzar campos, salvar cunetas y marchar a campo traviesa cada vez que fuera necesario. Y aun si no hubiera sido una orden suya apegarse a pick ups y vehículos todoterreno, Kim pensó que era una buena decisión. Además, ¿qué les pasaba a los chicos con los automóviles de lujo? Ella preferiría sin chistar una potente pick up a un coche deportivo. Terminó en el volante de una Nissan Titan. La camioneta era una fiera y estaba nuevecita, o su dueño la trataba con una ternura que Kim no había recibido de ningún novio. No supo cómo fueron a dar ahí los tres civiles: Teddie con su cámara en el asiento del pasajero, Gordo detrás de ella y Shotgun atrás de la periodista. Si bien ésta le ofreció el asiento delantero porque él era más alto, Shotgun lo rechazó con un gesto y dijo que todo estaría bien siempre que ella levantara el respaldo. —¡Qué ingenioso! Acorralaste a Rodríguez sin avergonzarlo —le dijo Kim a Shotgun cuando salieron del estacionamiento y vio el espejo retrovisor para encontrarse con sus ojos. —No sé a qué te refieres —repuso él, aunque era evidente que sí lo sabía. Kim se desconectó una o dos horas de los hombres del asiento trasero, quienes hablaban de gigahertz, megahertz, ionización, frecuencia, onda larga, onda corta y hasta de propagación de ondas espaciales, momento para el cual ella ya había perdido el hilo. Teddie puso a cargar su videocámara en uno de los puertos de doce volts —Kim no sabía mucho de cámaras, pero ésa parecía cara— y se durmió al instante, lo que dejó a la conductora en libertad de sincronizar su teléfono con el sistema Bluetooth de la camioneta para escuchar la lista de viejos raps que su mejor amigo de la preparatoria le había grabado. Manejar estuvo a punto de sacarla de quicio. Rodríguez había ordenado que los ocho vehículos permanecieran en estricta formación, lo cual no habría resultado difícil de no haber sido por el tráfico. Las avenidas estaban congestionadas, 21

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como si toda la gente quisiera entrar o salir del Distrito de Columbia al mismo tiempo. Circularon lentamente un rato, recorrieron cien metros a buena velocidad e hicieron alto total cinco minutos enteros. Cuando se separaban, volver a reunir a las ocho camionetas y vehículos todoterreno era una locura. Para el momento en que Kim canturreaba “Rapper’s Delight” de Sugarhill Gang, dos horas después de su partida del ins, apenas habían avanzado seis kilómetros. Por eso le incomodó la petición de Shotgun. —O un Walmart —decía él entonces—. Francamente un Radio Shack sería ideal, pero a menos que tu celular responda como por arte de magia y podamos saber dónde está el Radio Shack más próximo, sería mejor que buscáramos una tienda grande que venda computadoras. —Un Walmart estará bien si no hallamos una tienda de tecnología o un Radio Shack —replicó Gordo. —Yo preferiría un Radio Shack. —¿De pura casualidad saben dónde está el Radio Shack o Walmart más cercano? —preguntó ella. —No —respondió Shotgun afligido—. Los dos tenemos teléfonos satelitales y ninguna señal de internet. Aun cuando podemos enviar mensajes de texto y quizás hasta hacer llamadas, Google nos abandonó. Casi a manera de broma, Kim probó su celular. No recordaba la última vez que había logrado una conexión, debido a que los circuitos estaban sobrecargados o a toda esa cosa horrible del bombardeo de las arañas, pero cuando abrió su app de mapas y tecleó Radio Shack, apareció de inmediato una ubicación a unas calles de ahí. Teddie despertó y tomó el teléfono, pero antes de que pudiera hacer una llamada perdió la señal. —No importa —dijo Shotgun—. Vi bien el mapa, sé cómo llegar. Kim miró de reojo a Teddie y, para su sorpresa, la encontró tranquila; había temido que rompiera a llorar. Parecía muy 22

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fuerte para una chica rica y blanca de la Universidad de Oberlin, pensó, aunque reparó en que ella no era quién para juzgar. Pese a que ella misma les parecía fuerte a algunos, quizá porque era negra y estaba en forma, su mamá era oncóloga pediátrica y su papá daba clases de historia en una elegante escuela privada. No podía decirse que su infancia hubiera sido difícil. —Recibí órdenes de no apartarme del pelotón —dijo—, no podemos salir corriendo a Radio Shack así nada más. —Tenemos que hacerlo —replicó Shotgun. —Lo lamento, son órdenes. Sintió la mano de Gordo en el respaldo y cómo se inclinaba al frente. Le habló con mesura y amabilidad, y ella tuvo que admitir que no era tan tonto como para pensar que alzar la voz fuera una buena estrategia retórica. —Kim —le dijo—, piénsalo así: la razón de que estemos en esta camioneta es que alguien muy, muy importante piensa que nosotros… bueno, Shotgun… es muy, muy importante. Tanto que tu batallón fue a buscarnos a Desperation, California, y nos cuidó de camino a la costa este; tanto que se han destinado soldados… —Marines. —Lo siento, marines: lo suficientemente importante como para que en un momento de emergencia nacional se destinaran marines, aviones y helicópteros y se hiciera todo tipo de esfuerzos para que Shotgun pudiera ponerse en contacto con la profesora Guyer, quien, hasta donde sé, es la mujer a la que la presidenta Pilgrim encargó investigar qué diantres pasa con estas arañas. Y cuando nosotros decidimos que debíamos salir del Distrito de Columbia, tu pelotón nos acompañó para confirmar que permaneciéramos a salvo —le tocó el brazo con suavidad—. Piensa en todo eso y después en que ese mismo sujeto dice que tiene que desviarse un poco. Lo mencionamos hace unos minutos, ésta no será una escapada para comprar dulces. No queremos hacer una escala, necesitamos hacerla. 23

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—¿Tenemos que ir a un Radio Shack? La voz de Shotgun fue menos cortés, no irritada sino impaciente: urgente. —Debo conseguir unas partes para hacer modificaciones esenciales a la st11. —¿Tu arma? —Sí, bueno, no. Justo para eso son las modificaciones. No será precisamente un arma, sino una herramienta, aunque una que podrá convertirse en un arma. El tráfico se detuvo de nuevo. Por más que habían dejado la autopista 495, en la creencia de que las calles de la ciudad serían más rápidas, aquél seguía siendo un desastre infame. A pesar de que la Nissan Titan iba al frente del convoy, eso no les permitía avanzar más rápido. Kim volteó para ver por la ventana trasera el todoterreno que la seguía, una especie de Ford al mando de Sue Chirp. Agitó la mano para saludarla y Sue le correspondió el saludo. Detrás de ella se advertía la carrocería plateada de la pick up de Honky Joe. Kim no pudo ver bien los demás vehículos, pero sabía que Rodríguez iba en el último, el que cerraba la marcha. ¡Maldición! —Está bien —dijo y se volteó para poder ver primero a Shotgun y luego a Gordo—. Vayamos a Radio Shack. —¿En verdad? —Gordo sonó tan sorprendido que ella rio—. ¿Ya está?, ¿iremos? —Si ustedes dicen que es necesario, que necesitamos hacerlo… —se volvió al frente y como el auto no se había movido un ápice de ahí, ella apoyó la cabeza en el volante—. ¡Dios, cualquier cosa con tal de librarnos un minuto de este tráfico! Además, puede que sea una marine, pero tengo vejiga de civil y ya llevamos aquí dos horas. —¡Magnífico! —dijo Shotgun y dio una palmada de satisfacción—. Da vuelta aquí a la derecha. Cortaremos por ese estacionamiento y sólo nos faltará un par de cuadras. Casi creo que ya veo el centro comercial. 24

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Kim se sacudió el cabello, giró el volante a la derecha y forzó el motor para que las llantas subieran a la banqueta. Todos se mecieron mientras la Nissan atravesaba el césped y la acera y daba bandazos al entrar al estacionamiento. Ella miró el espejo para comprobar que la fila de pick ups y todoterreno la había seguido: todos los marines se comportaban como patitos buenos. Gordo habló otra vez. —¿No vas a preguntar por qué tenemos que ir a Radio Shack, cuáles son las modificaciones de la st11? Kim intentó recordar los fragmentos que había oído de la conversación entre ellos. —¿Tiene algo que ver con la propagación de ondas espaciales? Gordo soltó emocionado: —¡Sí! Digo, no exactamente, todo lo que debemos hacer es soldar… —Gordo —lo interrumpió—, para contestar a tu pregunta, no voy a averiguar cuáles son esas modificaciones. Soy una chica lista, me fue bien en la escuela y mis padres se enojaron muchísimo cuando me alisté en los marines en vez de entrar a Vassar… —¿Conseguiste lugar en Vassar? —Sí, y también en la Universidad Colgate y en Hamilton. ¿Sabes lo difícil que fue convencer a mis padres de que alistarme en los marines era la decisión correcta? Pero bueno, ésa no es la cuestión, sino que soy lista; aunque estoy segura de que entendería si me explicaras qué significa la propagación de ondas espaciales y por qué es importante, mi meta en este momento es llevarlos a Radio Shack, ¿de acuerdo? —hizo alto en la salida del estacionamiento para ver si podía dar vuelta. La avenida se encontraba tan solitaria que era como si toda la gente de la zona se aglomerara en las autopistas y la calle que acababan de dejar. Aun cuando supo que era una ilusión, que en cuanto quisieran volver a salir de la ciudad todo se demoraría 25

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de nuevo, en ese segundo resultó agradable poder conducir a algo semejante a la velocidad normal—. ¿Por qué no entramos y salimos rápido de Radio Shack y reiniciamos la marcha? —preguntó—. Incluso sin esta ligera desviación, todavía nos faltan doscientos setenta kilómetros para llegar a la isla de Chincoteague. En el camino podrían explicarme lo que piensan hacer con su juguetito.

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El mundo está al borde del colapso. El día cero ha llegado. En la aterradora entrega final de la serie que comenzó con La incubación, las f...

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El mundo está al borde del colapso. El día cero ha llegado. En la aterradora entrega final de la serie que comenzó con La incubación, las f...