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CO EDITAN:


Adelante, adelante, adelante, oh placenteros destructores. ¡Debajo del negro filo de la muerte, nosotros conquistaremos la vida! ¡Riendo! Y la haremos nuestra esclava. ¡Riendo! ¡Y la amaremos riendo! Porque los hombres serios son solo aquellos que han obrado riendo. Y nuestro odio ríe… ¡Ríe rojo, adelante! ¡Adelante, por la total destrucción de la mentira y de los fantasmas! ¡Adelante, por la integral conquista de la individualidad y de la vida!

Ante la pregunta de qué son, levantamos la de qué queremos, queremos la anarquía con todos y contra todos si es necesario, la libertad y nada más. La idea individualista no es generar una nueva ideología, otro sector o alguna estupidez por el estilo. El fondo necesario para un individuo libre y fuerte es la anarquía, la tensión siempre existente con el mundo, la sociedad, el poder. Así mismo sin individuos no hay anarquía. Contrariamente a lo repetido hasta el cansancio por la democracia y el progresismo, estos no son tiempos de individualismo. Las personas se han convertido más que antaño en seres dependientes, incapaces de valerse por sí mismos, incapaces de tener pensamiento propio, de aprender, optar y cambiar. Cuanto más dependiente menos individuo se es, eso es claro. El último reducto de la anarquía esta en cada uno de nosotros, más allá y por encima de cualquier mayoría o consenso. La libertad no se vota o consensúa. Hay que estar preparado para no caer en dogmatismo ninguno, hay que estar atento para no seguir nada que no chorreé libertad. Iconoclasta, anti-dogmático, individualista y anarquista, Renzo Novatore es uno de los más grandes representantes del “anarquismo heroico o iconoclasta”, peleó con ideas y armas contra los opresores y las opresiones hasta que fue abatido a balazos por los carabinieri en un conflicto en 1922. “Verso Il Nulla Creatore“, es un aporte para la guerra social, un aporte para fortalecer nuestras vidas. Anarquistas hasta el exceso. Círculo Anárquico Villa Española Montevideo

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de oro.

Porque los ojos de los muertos –de nuestros muertos– son discos de oros, son meteoros luminosos que vagan en el infinito para mostrarnos el camino. Camino sin fin que es la vía de la eternidad. Los ojos de nuestros muertos nos dicen el “porqué” de la vida, mostrándonos el fuego secreto que arde en nuestro misterio. De aquel, nuestro secreto misterio que nadie ha cantado hasta ahora… Pero hoy el crepúsculo está rojo… El ocaso está ensangrentado… Estamos próximos a la trágica celebración de la gran tarde social. Ya sobre las campanas de la historia el tiempo a dado los primeros golpes antes del amanecer de un nuevo día. ¡Basta, basta, basta! ¡Es la hora de la tragedia social! Nosotros destruiremos riendo. Nosotros incendiaremos riendo. Nosotros asesinaremos riendo. Nosotros expropiaremos riendo. Y la sociedad caerá. La patria caerá. La familia caerá. Todo caerá, porque el hombre libre ha nacido. Ha nacido aquel que atravesando el llanto y el dolor ha aprendido el arte dionisiaco del placer y de la risa. Ha llegado la hora de ahogar al enemigo en sangre… Ha llegado la hora de lavar nuestra alma en sangre. ¡Basta, basta, basta! ¡Que el poeta transforme en puñal su lira! ¡Que el filósofo transforme en bomba su sondear! Que el pescador transforme su remo en una formidable doble hacha. Que el minero salga armado de su fierro reluciente de los antros mortíferos de la oscura mina. Que el aldeano transforme en lanza guerrera su fecunda azada. Que el obrero transforme su martillo en guadaña cuchilla. y ¡Y adelante, adelante, adelante! ¡Es tiempo, es tiempo, es tiempo! Y la sociedad caerá. La patria caerá. La familia caerá. Todo caerá; porque el hombre libre ha nacido.

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Porque toda cosa –con nosotros– debe ser empujada al máximo de sus consecuencias. También el odio. También la violencia. ¡También el delito! Porque el odio da fuerza. La violencia saca de quicio. El delito renueva. La crueldad crea. ¡Y nosotros deseamos sacar de quicio, renovar, crear! Porque todo lo que es vulgaridad pigmea debe ser superado. Porque todo lo que vive debe ser grande. ¡Porque todo lo que es grande pertenece a la belleza! ¡Y la vida debe ser bella! XVII Nosotros hemos matado el “deber” a fin de que nuestro anhelo de libre fraternidad adquiera un valor heroico en la vida. Nosotros hemos matado la “piedad” porque somos bárbaros capaces de gran amor. Nosotros hemos matado el “altruismo” porque somos generosos egoístas. Nosotros hemos matado la “solidaridad filantrópica” a fin de que el hombre social desentierre su “yo” más secreto y encuentre la fuerza del “único” Porque nosotros lo sabemos. La vida está cansada de tener amantes raquíticos. Porque la tierra está cansada de sentirse pisoteada por largas falanges de pigmeos cantando salmos cristianos y en fin, porque estamos cansados de nuestros hermanos holgazanes incapaces para la paz y para la guerra. Inferiores al odio y al amor. Cansados y con náuseas estamos… ¡Sí, muy cansados: con mucha náusea! Y después esa voz de los muertos… ¡De nuestros muertos! ¡La voz de la sangre que aúlla debajo de la tierra! ¡De la sangre que quiere desaprisionarse para lanzarse hacia el cielo y conquistar las estrellas! Esas estrellas que –bendiciéndolos– han brillado en sus pupilas en el último momento de la muerte, transformando sus soñadores ojos en vastos discos

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I Nuestra época es una época de decadencia, la civilización burguesacristiana-plebeya ha llegado desde hace mucho tiempo al punto muerto de su evolución… ¡Ha llegado la democracia! Pero bajo el falso esplendor de la civilización democrática, los más altos valores espirituales han caído rotos. La fuerza volitiva, la individualidad bárbara, el arte libre, el heroísmo, el genio, la poesía, han sido menospreciados, burlados, calumniados. Y no en nombre del “yo”, sino de la “colectividad”. No en nombre del “único”, sino de la “sociedad”. Así, el cristianismo –condenando la fuerza primitiva y salvaje del instinto virgen– mató el “concepto” vigorosamente pagano del placer terrenal. La democracia –su hija– lo glorificó haciendo la apología de este delito y celebrando la bizca y vulgar grandeza… ¡Ahora lo sabemos! El cristianismo fue la hoja envenenada enterrada brutalmente en la carne sana y palpitante de toda la humanidad; fue una fría oleada de tiniebla empujada con furia místicamente brutal a ofuscar el regocijo sereno y festivo del espíritu dionisiaco de nuestros padres paganos. ¡En una fría velada invernal, fatalmente cayó sobre un ardiente mediodía de verano! Fue él –el cristianismo –que sustituyendo el fantasma de “dios” por la realidad palpitante del “yo”, se declaró enemigo feroz del placer de vivir y se vengó canallescamente con la vida terrena. Con el cristianismo la vida fue mandada a compadecerse en los temibles abismos de las más amargas renuncias; fue empujada hacia los glaciares de la renegación y de la muerte. Y de esta brisa helada de renegación y de muerte, nació la democracia… Ya que ella –la madre del socialismo– es hija del cristianismo. II Con el triunfo de la civilización democrática fue glorificado el espíritu de la plebe. Con su feroz anti-individualismo la democracia lo pisoteó, ya que es incapaz de comprender toda heroica belleza del “yo” anti-colectivista y

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creador. Los sapos burgueses y las ranas proletarias se estrecharon las manos en una vulgaridad espiritual común, recibiendo en comunión religiosa el cáliz de plomo que contiene el viscoso licor de las mismas mentiras sociales que la democracia les ofrecía a los unos y a los otros. ¡Y los cantos, que burgueses y proletarios levantaron a su comunión espiritual, fueron un común y fragoroso “hurra” a la oca victoriosa y triunfante. Y mientras los “hurra” reventaban altos y frenéticos, ella –la democracia– se acomodaba el gorro plebeyo sobre la lívida frente, proclamando –bizca y feroz ironía– los derechos iguales… del hombre! Fue entonces que las águilas, en su prudente autoconciencia, batieron más fuerte sus titánicas alas liberándose –asqueadas por el trivial espectáculo– hacia las cumbres solitarias del la meditación. Así, la oca democrática, quedaba reina del mundo y señora de todas las cosas, imperial señora y soberana. Pero viendo que por encima de ella algo aguardaba riendo, ella, por medio del socialismo, su único y verdadero hijo, hizo lanzar una piedra y un verbo, hacia el bajo dominio pantanoso donde croaban los sapos y las ranas, para que se levantara una vulgar lucha y que pasara por una guerra titánica de ideas superiores y de espiritualidad. Y en los pantanos, la pelea de puños tuvo lugar… ¡Tuvo lugar de una forma tan grosera que hasta logró enchastrar de barro las estrellas! Así, con la democracia, todo fue contaminado. ¡Todo! Aún, lo que ahí era mejor. Aún, lo que ahí era peor. ¡En el reino de la democracia, las luchas que se abrieron entre el capital y el trabajo, fueron luchas raquíticas, larvas impotentes de guerra, privadas de todo contenido de alta espiritualidad, y de toda valerosa grandeza revolucionaria, incapaces de crear otro concepto de vida más fuerte y más bello! Burgueses y proletarios, aún chocándose por cuestiones de clase, de dominio y de vientre, quedaron sin embargo por siempre hermanados en el odio común contra los grandes vagabundos del espíritu, contra los solitarios de la idea. Contra todos los desgarrados por el pensamiento, contra todos los transfigurados por una belleza superior. Con la civilización democrática, Cristo ha triunfado… “Los pobres de espíritu”, además del paraíso celeste, han tenido la democracia sobre la Tierra. Si el triunfo no ha sido completado aún, lo completará el socialismo. En su concepción teórica lo anunció desde hace largo tiempo ya. El mismo tiende a

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Nosotros hemos oído su voz… ¡Hemos oído decir cosas, en el silencio solemne de nuestras profundas noches! ¡Profundas, profundas, profundas! Porque nosotros somos los sensitivos. ¡Nuestro corazón es una antorcha, nuestra alma es un faro, nuestro cerebro es una hoguera…! ¡Nosotros somos el alma de la vida…! Somos los del antes del amanecer que bebemos el rocío en el cáliz de las flores. Pero las flores han enrollado sus resplandecientes raíces en la oscuridad de la tierra. ¡En la tierra que ha bebido vuestra sangre! ¡Oh muertos! ¡Oh nuestros muertos! ¡Es vuestra sangre que aúlla, que ruge, que quiere ser desaprisionada, para lanzarse hacia el cielo y conquistar las estrellas! Vuestras lejanas y luminosas hermanas que os han visto morir. Y nosotros –los vagabundos del espíritu, los solitarios de la idea– deseamos que nuestra alma, libre y grande, abra de par en par sus alas al sol. Deseamos que la tarde social sea celebrada en este crepúsculo de sociedad burguesa, a fin de que la última noche negra se haga bermeja de sangre. Porque los hijos de la aurora deben nacer de la sangre… Porque los monstruos de la tiniebla deben ser asesinados al alba… Porque las nuevas ideas individuales deben nacer de las tragedias sociales… ¡Porque los hombres nuevos deben ser forjados en el fuego! Y solo de la tragedia, del fuego y de la sangre, nacerá el verdadero anticristo profundo de humanidad y de pensamiento. El verdadero hijo de la tierra y del sol. El anticristo debe nacer de los escombros humeantes de la revolución. Para animar a los hijos de la nueva aurora. Porque el anticristo es aquel que viene del abismo, para ascender a los otros confines. ¡Es el enemigo volitivo de la cristalización, de lo preestablecido, de la conservación…! Él es aquel que adelantará a los hombres a través de las misteriosas cavernas de lo desconocido al descubrimiento perenne de nuevas nacientes de vida y de pensamiento. Y nosotros –los espíritus libres, los ateos de la soledad, los demonios del desierto sin testígos– ya nos empujamos hacia las cimas más extremas…

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Nosotros hemos muerto con el canto de la más bella esperanza en el alma. Nosotros hemos muerto con el fuego de una idea en el cerebro. Nosotros hemos muerto…” ¡Cuan triste debe ser el morir como los otros muertos –no los nuestros– sin todo esto en el cerebro, en el alma, en el corazón, en los ojos, en las pupilas! ¡Oh muertos, oh muertos…! ¡Oh nuestros muertos! ¡Oh antorchas luminosas! ¡Oh faros ardientes! ¡Oh hogueras crepitantes!, oh muertos… ¡Ahí está, estamos al crepúsculo! ¡La trágica celebración de la gran tarde social se acerca! ¡Nuestra gran alma ya se abre de par en par hacia la vasta luz subterránea, oh muertos! Porque también nosotros tenemos en los ojos estrellas, el sol en las pupilas, el sueño en el corazón, el canto de la esperanza en el alma y, en el cerebro, una idea. ¡Sí, también nosotros, también nosotros! ¡Oh muertos, oh muertos! ¡Oh nuestros muertos! ¡Oh antorchas! ¡Oh faros! ¡Oh hogueras! Nosotros los habíamos escuchado hablar en el solemne silencio de nuestras noches profundas. Decían: “Nosotros queríamos ascender en el cielo del libre sol… Nosotros queríamos ascender en el cielo de la libre vida… Nosotros queríamos ascender allá arriba, donde un día se forjó la mirada penetrante del pagano poeta: Donde surgen y permanecen como inviolables robles entre los hombres, los grandes pensamientos; donde desciende, invocada por los poetas puros, y serena entre los hombres la belleza; donde el amor crea la vida y respira el placer. Allá arriba, donde la vida está de fiesta y se expande en plena armonía de esplendor… Y por esto, por este sueño luchamos, por este gran sueño morimos… Y nuestra lucha fue llamada “delito”. Pero nuestro “delito” debe ser considerado como virtud titánica, como esfuerzo prometeico de liberación. Porque fuimos los enemigos de toda dominación material y de toda nivelación espiritual. Porque nosotros, más allá de toda esclavitud y de todo dogma, vimos danzar libre y desnuda a la vida. ¡Y nuestra muerte debe enseñarte la belleza del vivir heroico!” ¡Oh muertos, oh muertos!, oh nuestros muertos…

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“nivelar” todos los valores humanos. ¡Atentos, oh jóvenes espíritus! La guerra contra el hombre-individuo fue comenzada por Cristo, en nombre dios, fue desarrollada a través de la democracia en nombre de la sociedad y amenaza completarse en el socialismo, en nombre de la humanidad. Sino sabemos destruir a tiempo estos tres absurdos, ya que son peligrosos fantasmas, el individuo estará perdido. ¡Es necesario que la revuelta del “yo” se expanda, se alargue, se generalice! ¡Nosotros –los precursores del tiempo– hemos encendido ya los faros! Hemos encendido las antorchas del pensamiento. Hemos blandido el hacha de la acción. Y hemos golpeado. ¡Hemos cambiado el norte! Pero nuestros “delitos” individuales deben ser el anuncio fatal de la gran tormenta social. Esa gran y tremenda tormenta que quebrará todos los edificios de las mentiras convencionales. Que desarmará los muros de todas las hipocresías, que reducirá el viejo mundo a una pila de escombros y de ruinas humeantes. Porque es de estos escombros de dios, de la sociedad, de la familia y de la humanidad que podrá nacer orgullosa y festiva la nueva alma humana. La nueva alma humana que sobre la ruina de todo el pasado cantará el nacimiento del hombre liberado: del “yo” libre y grande. III Cristo fue un paradojal equívoco de los evangelios. Fue un triste y doloroso fenómeno de decadencia, nacido de la fatiga pagana. El anticristo es el hijo sano de todo el odio gallardo que la vida ha anidado en su seno fecundo en secreto, durante los veinte y más siglos del dominio cristiano. Porque la historia retorna. Porque el eterno retorno es la ley que regula el universo. ¡Es el destino del mundo! ¡Es el eje en torno al cual la vida gira! Para perpetuarse. Para recorrerse. Para contradecirse. Para continuarse. Para no morir…

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Porque la vida es un movimiento, una acción. Que continúa el pensamiento. Que busca el pensamiento. Que ama el pensamiento. Y éste camina, corre, se inquieta. Quiere arrastrar la vida al reino de las ideas. Pero cuando la vía es impracticable, entonces el pensamiento llora, llora y se desespera… Después el cansancio lo hace débil, lo vuelve cristiano. Entonces él toma a su hermana, la vida de la mano y busca confinarla en el reino de la muerte. Pero el anticristo –el espíritu del instinto más misterioso y profundo– reclama para sí la vida, gritándole bárbaramente: ¡recomencemos! ¡Y la vida recomienza! Porque no quiere morir. Y si Cristo simboliza la fatiga de la vida, el ocaso del pensamiento: ¡la muerte de la idea! El anticristo simboliza el instinto de la vida. Simboliza la resurrección del pensamiento. El anticristo es el símbolo de una nueva aurora. IV Si la moribunda civilización democrática (burguesa-cristiana-plebeya) acertó en nivelar el alma humana, negando cada alto valor espiritual por encima de ella, no acertó –afortunadamente– en nivelar la diferencia de clase, de privilegio y de casta, las cuales –como ya habíamos dicho– quedaron divididas solamente por una cuestión de vientre. Después –para el uno y para el otro– el vientre quedó –es necesario confesarlo y no solo confesarlo– como ideal supremo. Y el socialismo comprendió todo esto… Lo comprendió y hábil –y quizá útil especulador– tiró el veneno de su grosera doctrina de igualdad –igualdad de piojos, ante la sagrada majestad del estado soberano– dentro de los pozos de la esclavitud donde feliz apagaba su sed la inocencia. Pero el veneno que el socialismo esparció no era el potente veneno capaz de dar la virtud heroica a quien lo bebiese. No: acá no era el radical veneno capaz de cumplir el milagro que levanta –transfigurándola y liberándola– el alma humana. Sino que era una híbrida

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Así la Italia burguesa en vez de morir, ha parido… ¡Ha parido el fascismo! Porque el fascismo es una criatura tísica y deforme, nacida de los amores impotentes del socialismo con la burguesía. Uno es el padre, la otra la madre. Pero ni uno ni otro desean la responsabilidad. Quizá lo encontraron un hijo demasiado monstruoso. ¡Y es por esto que lo llaman “bastardo”! Y él se venga… Ya suficientemente infeliz por haber nacido así, se rebela al padre y ultraja a la madre… Y quizá tiene razón… Nosotros, todo esto lo traemos para la historia. Para la historia y para la verdad, no para nosotros. Para nosotros –el fascismo– es un hongo venenoso plantado muy bien en el podrido corazón de la sociedad, con eso es bastante… XVI Solo los grandes vagabundos de la idea podemos –y debemos– ser el luminoso fulcro espiritual de la tempestuosa revolución, que sombría avanza sobre el mundo… La sangre pide sangre. ¡Es una vieja historia! Atrás no se puede volver más. Intentar ir atrás –como hizo el socialismo– sería un delito inútil y vano. Nosotros debemos precipitarnos en el abismo. Debemos responder a la voz de los muertos. De aquellos muertos que han caído con inmensas estrellas de oro en las pupilas. Se necesita preparar el terreno. ¡Desaprisionar la sangre de abajo de la tierra! Porque quiere ascender hacia las estrellas. Quiere quemar a sus buenas hermanas luminosas y lejanas que le han visto morir. Dijeron los muertos, nuestros muertos: “Nosotros hemos muerto con las estrellas en los ojos. Nosotros hemos muerto con rayos de sol en las pupilas. Nosotros hemos muerto con el corazón hinchado de sueños.

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A fin de que el majestuoso incendio del sol perpetúe su fiesta de luz en el cielo y en el mar. XIV El fascismo es un obstáculo demasiado efímero e impotente para impedir el curso del pensamiento humano que irrumpe más allá de todo dique y se derrama más allá de todo límite, arrastrando a su paso las acciones. Es impotente porque es fuerza bruta. ¡Es materia sin espíritu: es noche sin alba! El fascismo es la otra cara del socialismo. Uno y otro son dos cuerpos sin alma. XV El socialismo es la fuerza material que, actuando en la sombra de un dogma, se resuelve y se disuelve en un “no” espiritual. El fascismo es un tísico del “no” espiritual que apunta –mísero– a un sí material… El uno y el otro carecen de cualidad volitiva. ¡Son la plasta del tiempo: los temporizadores del hecho! Son reaccionarios y conservadores. Son los fósiles cristalizados que el dinamismo volitivo de la historia barrerá juntos. Porque, en el campo volitivo de los valores morales y espirituales, los dos enemigos son iguales… Y se sabe que, si el fascismo nació, el único cómplice directo y padre responsable es el socialismo. Porque, si cuando la nación, si cuando el estado, si cuando la Italia democrática, si cuando la sociedad burguesa temblaba de dolor y de agonía entre las manos nudosas y poderosas del “proletariado” en revuelta, el socialismo no hubiera impedido vilmente el trágico apretón moral –perdiendo las lámparas de la razón delante de los abiertos ojos de ella– ciertamente el fascismo no hubiera ni siquiera nacido, no hubiera vivido. Pero el torpe coloso sin alma lo dejó de apretar –por miedo que los vagabundos de la idea le dieran al movimiento de revuelta otro signo que el prefijado– en un vulgar juego de bizca piedad conservadora, y falso amor humano.

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mezcla de “sí” y de “no”. ¡Una lívida mezcla de “autoridad” y de “fe”, de “estado” y de “futuro”! ¡Siendo así, con el socialismo, la plebe proletaria se siente ahora más cercana a la plebe burguesa y juntas se vuelven hacia el horizonte, aguardando confiadas el sol del futuro! Y esto porque, mientras el socialismo no fue capaz de transformar las manos temblorosas de los esclavos en garras iconoclastas, impías y rapaces; fue también incapaz de transformar la mezquina avaricia de los tiranos en alta y superior virtud de generosidad. Con el socialismo, el círculo vicioso y viscoso, creado por el cristianismo y desarrollado por la democracia, no fue roto. Al contrario: se consolidó más aún… El socialismo quedó en medio del tirano y del esclavo como un puente peligroso impracticable; como un anhelo falso de conjunción; como el equívoco del “sí” y del “no” del cual está empastado su absurdo principio generador. Y nosotros lo vimos también una vez más, el juego fatalmente obsceno nos asqueó. Vimos socialismo, proletariado y burguesía, volviendo a entrar ambos en la órbita de la más baja pobreza espiritual por adorar a la democracia. ¡Pero siendo –la democracia– el pueblo que gobierna al pueblo a golpes de bastón –por amor al pueblo– como un día Oscar Wilde sentenció; era lógico que los verdaderos espíritus libres, los grandes vagabundos de la idea, sintieran más fuerte la necesidad de avanzar decisivamente por sobre el extremo confín de la iconoclastía de los solitarios, para preparar en el silencioso desierto aguerridas falanges de águilas humanas, que intervengan furiosas en la trágica celebración de la tarde social, para sacudir la civilización democrática entre sus garras de acero, y hundirla en el vació de un antiguo tiempo que fue! V Cuando los burgueses fueron arrodillados a la derecha del socialismo, en el sagrado templo de la democracia, se colocaron tranquilamente sobre el lecho de la esperanza para dormir su absurdo sueño de paz. Lecho de los proletarios, que bebiendo el veneno socialista habían perdido su feliz inocencia, aullaron desde la izquierda, turbando el sueño tranquilo de la idiota burguesía criminal. En tanto, sobre la más alta montaña del pensamiento, los vagabundos de la idea vencían la náusea, anunciando que algo similar a la carcajada de Zaratustra había retumbado siniestramente…

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El viento del espíritu, similar al huracán, debería haber penetrado el alma humana y levantado impetuosamente en el torbellino de la idea para sacudir todos los viejos valores en la tiniebla del tiempo, realizando en el sol la vida del instinto sublimado del nuevo pensamiento. Pero los sapos burgueses despertando entendieron que alguna cosa incomprensible gritaba en lo alto, amenazando su baja existencia. Sí: entendieron que desde lo alto llegaba algo como una piedra, un estruendo, una amenaza. Entendieron que la voz satánica de los frenéticos precursores del tiempo anunciaba una furibunda tormenta que, partiendo de la voluntad renovadora de unos pocos solitarios, explotaba en la entraña de la sociedad para tirarla al suelo. Pero no comprendieron –y no lo comprenderán jamás hasta que no sean aplastados– que lo que pasó por encima del mundo era el ala potente de una vida libre, en la palpitación de la cual estaba la muerte del “hombre burgués” y del “hombre proletario”, pues todos los hombres hubieran podido ser “únicos” y “universales” al mismo tiempo. Y este fue el motivo por el cual toda la burguesía del mundo tocó su campana hecha de falso metal de idealismo y llamó a una gran reunión. Y la reunión fue general… Toda la burguesía se juntó. Se juntó alrededor de viscosos juncos crecidos en el pantano de sus comunes mentiras y ahí, en el silencio del fango decidieron el exterminio de las ranas proletarias, sus siervos y amigos… Del feroz complot fueron parte todos los sacerdotes de Cristo y de la democracia. Lo presenciaron también todos los ex-apóstoles de las ranas. La guerra fue decidida y el príncipe de las víboras negras bendijo las armas fraticidas en nombre de aquel dios que dijo “no matarás”, mientras el simbólico vicario de la muerte imploró a su diosa, que vino a danzar sobre el mundo. Entonces el socialismo como hábil acróbata y práctico saltimbanqui dio un salto adelante. Saltó sobre el filo tenso de la sentimental especulación política, se pintó de negro la frente; y sufriendo y llorando más o menos de esta manera dijo: “yo soy el verdadero enemigo de la violencia. Soy el enemigo de la guerra, y más enemigo de la revolución. Soy el enemigo de la sangre”. Y después de haber hablado una vez más de “paz” y de “igualdad”, de “fe” y de “martirio”, de “humanidad” y de “porvenir”, entonó una canción sobre los motivos del “sí” y del “no”, bajó su cabeza y lloró… ¡Lloró las lágrimas de Judas, que no son ni siquiera el “me lavo las manos” de Pilatos! Y las ranas partieron…

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La belleza está en el jardín de la vida, y está entrelazando guirnaldas de flores para coronar la frente de los héroes. Los espíritus libres han ya lanzado su fulgor a través del crepúsculo. ¡Como los primeros anuncios de fuego: primeras señales de guerra! Nuestra época está sobre las ruedas de la historia. La civilización democrática vuelve hacia la tumba. ¡La sociedad burguesa y plebeya se destroza fatalmente, inexorablemente! El fenómeno fascista es la prueba más cierta e irrefutable de esto. Para demostrarlo no necesitamos más que regresar el tiempo e interrogar la historia. ¡Pero esto no es necesario! ¡El presente habla con suficiente elocuencia! El fascismo no es otra cosa que el espasmo convulsionado y cruel de una sociedad plebeya, desmenuzada y vulgar, que agoniza trágicamente ahogada en el pantano de sus vicios y de su propia mentira. Él –el fascismo– celebra sus bacanales con hogueras de llamas y orgías malvadas de sangre. Pero del sombrío crepitar de sus lívidos fuegos no rocía ni siquiera una sola chispa de gallarda espiritualidad innovadora, mientras la sangre que esparce se transforma en vino que los precursores del tiempo recogen silenciosamente en los cálices rojos del odio, destinándolo como bebida heroica para comunicar a todos los hijos del dolor social llamados a la crepuscular celebración de la tarde. Porque los grandes precursores del tiempo son los hermanos y los amigos de los hijos del dolor. Del dolor que lucha. Del dolor que asciende. ¡Del dolor que crea! Nosotros tomaremos de las manos a estos hermanos desconocidos para marchar juntos contra todos los “no” de la negación, y juntos salir hacia todos los “sí” de la afirmación; hacia nuevas albas espirituales: hacia nuevos mediodías de vida. ¡Porque nosotros somos los amantes del peligro; los temerarios de todas las empresas, los conquistadores de lo imposible, los cómplices y los precursores de todas las “pruebas”! ¡Porque la vida es una prueba! Después de la celebración negadora de la tarde social, deseamos celebrar el rito del “yo”: el gran mediodía del individuo íntegro y real. A fin de que la noche no triunfe más. A fin de que la tiniebla no nos envuelva más.

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moral, “sagrada” una idea! Pero nosotros –los dueños y los amantes de la fuerza impía y de la belleza volitiva, de la idea violentadora– nosotros, los iconoclastas de todo lo que es consagrado –reímos satánicamente, con una bella y burlona amplia risa. ¡Reímos…! Y riendo tenemos el arco de nuestra pagana voluntad de placer. Siempre tenso hacia la integridad de la vida. Y nuestra verdad la escribimos con risa. Y nuestras pasiones las escribimos con sangre. ¡Y reímos…! Reímos la bella risa sana y roja del odio. Reímos la bella risa azul y fresca del amor. ¡Reímos…! Y riendo recordamos, con suma seriedad, ser los legítimos hijos, y los dignos herederos, de una gran aristocracia libertaria que nos transmite en la sangre satánicos ímpetus de loco heroísmo, y en la carne oleadas de poesía, de soles y de canciones! Nuestro cerebro es una hoguera centelleante, donde el crepitante fuego del pensamiento arde en placenteros tormentos. Nuestra alma es un oasis solitario siempre florido y festivo donde una música secreta canta la complicada melodía de nuestro alado misterio. Y en nuestro cerebro aúllan todos los vientos del monte; en nuestra carne aúllan todas las tempestades del mar; todas las ninfas del mal. Nuestros sueños son cielos reales habitados por musas vírgenes enfurecidas. Nosotros somos los verdaderos demonios de la vida. Los precursores del tiempo. ¡Los primeros anuncios! Nuestra exuberancia vital nos embriaga de fuerza y de desden. ¡Nos enseña a despreciar la muerte! XIII Hoy estamos junto a la trágica celebración de una gran tarde social. El crepúsculo es rojo. El ocaso está ensangrentado. El ansia bate en el viento frenéticamente sus alas. ¡Alas rojas de sangre; alas negras de muerte! El dolor organizó en la sombra el ejército de sus hijos desconocidos.

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Partieron hacia el reino de la suprema vileza humana. Partieron hacia el fango de todas las trincheras. Partieron… ¡Y vino la muerte! Vino ebria de sangre y danzó macabramente sobre el mundo por cinco largos años… Fue entonces que los grandes vagabundos del espíritu, presos de la nueva náusea, montaron otra vez sobre sus libres águilas para librarse vertiginosamente en la soledad de sus lejanos glaciares para reír y maldecir. También el espíritu de Zaratustra –el más verdadero amante de la guerra y el más sincero amigo de los guerreros– debe haber quedado suficientemente asqueado y desdeñoso ya que alguien lo sintió exclamar: “Para mí ustedes deben ser aquellos que estiran las miradas buscando al enemigo –a vuestro enemigo–. Y en alguno de ustedes relumbra el odio en la primera mirada. Ustedes deben buscar su enemigo, pelear vuestra guerra; ¡y por vuestras ideas! ¡Y si vuestra idea sucumbe, que vuestra rectitud los guíe al triunfo!” Pero, ¡ay de mí!, ¡la predicación heroica del liberador bárbaro de nada vale! Las ranas humanas no supieron distinguir a su enemigo, ni combatir por las ideas propias, (¡las ranas no tienen ideas!). Y no conociendo su enemigo, ni habiendo ideas propias, combatieron por el vientre de sus hermanos en Cristo, por sus iguales en democracia. Combatieron contra sí mismos por su enemigo. Abel, resucitado, murió por Caín una segunda vez. Pero esta vez por sí mismo. Voluntariamente… Voluntariamente, porque pudo rebelarse y no lo hizo… Porque pudo decir: “¡No!” O “¡Sí!” ¡Porque diciendo: “No”, habría sido fuerte! Porque diciendo: “Sí”, habría demostrado que él “creía” en la “causa” por la cual combatía. Pero no ha dicho ni “sí” ni “no”. ¡El partió! ¡Por flojo! ¡Como siempre! El partió… ¡Y fue hacia la muerte…! Sin saber el porqué. Como siempre.

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mundo.

Y vino la muerte… Vino a danzar sobre el mundo: ¡Por cinco largos años! Y danzó macabramente sobre la fangosa trinchera de todas partes del

Danzó con pies de fulgor… Danzó y rió… Rió y danzó… ¡Por cinco largos años! ¡Ah!, cuán vulgar es la muerte que danza sin tener sobre su espalda las alas de una idea… Que cosa idiota el morir sin saber el porqué… Nosotros habíamos visto –cuando danzaba– la muerte. Era una muerte negra, sin transparencias de luz. ¡Era una muerte sin alas! Cuán fea y vulgar era. Cuán torpe era la danza. ¡Pero igual danzaba! Y como segaba –danzando– a todos los superfluos, y a todos aquellos que eran de la mayoría. A todos aquellos para los cuales –dice el gran libertador– fue inventado el estado. Pero, ¡ay de mí! No solo segaba eso… ¡La muerte –por vengar al estado– ha segado también a los no inútiles, a los necesarios…! Pero aquellos que no eran inútiles, aquellos que no eran de la mayoría, aquellos que han caído diciendo que “¡no!”. Serán vengados Nosotros los vengaremos. ¡Los vengaremos porque eran nuestros hermanos! Los vengaremos porque han caído con estrellas en sus ojos. Porque muriendo han bebido el sol. El sol de la vida, el sol de la lucha, el sol de una idea. VI ¿Qué cosa ha renovado la guerra? ¿Dónde está la transformación heroica del espíritu? ¿Dónde han colgado las tablas resplandecientes de los nuevos valores humanos? ¿En qué templo están las santas ánforas de oro que encierran los corazones luminosos y flamantes de los héroes superiores y creadores?

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continuarán su crepitar trágicamente entre la tiniebla de la noche eterna. Porque nosotros amamos todo lo que es grande. ¡Somos los amantes de todos los milagros, los promotores de todos los prodigios, los creadores de todas las maravillas! Sí: ¡lo sabemos…! Para ti hay grandes cosas en el bien como en el mal. ¡Pero nosotros vivimos más allá del bien y del mal, porque todo lo que es grande pertenece a la belleza! ¡También el “delito” También la “perversidad” También el “dolor! ¡Y nosotros deseamos ser grandes como nuestro delito! Para no calumniarlo. ¡Deseamos ser grandes como nuestra perversidad! Para volverla consciente. ¡Deseamos ser grandes como nuestro dolor! Para serle dignos. Porque venimos de lo alto. De la casa de la belleza. Hemos venido a encender una selva de hogueras sobre la tierra para iluminarla durante la noche que precede al gran mediodía. Hasta la hora en la cual el incendio del sol reviente majestuoso sobre el mar. Porque deseamos celebrar la fiesta del gran prodigio humano. Deseamos que nuestra alma vibre en un nuevo sueño. Deseamos que de esta trágica tarde social nuestro “yo” salga calmo y enfurecido de luz universal. Porque somos los nihilistas de los fantasmas sociales. Porque sentimos la voz de la sangre aullar bajo la tierra. Preparamos los torpedos y las antorchas, oh jóvenes mineros. El abismo nos espera. Precipitémonos al fondo: ¡hacia la nada creadora! XII Nuestro nihilismo no es nihilismo cristiano. Nosotros no negamos la vida. ¡No! Nosotros somos los grandes iconoclastas de la mentira. Y todo lo que es proclamado “sagrado” es mentira. Nosotros somos los enemigos de los “sagrado”. ¡Y para ti es “sagrada” una ley, “sagrada” una sociedad, “sagrada” una

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Somos los demonios solitarios sin testigos. En lo bajo, deseamos vivir la realidad del dolor; en lo alto, el dolor del sueño… ¡Para vivir intensa y peligrosamente todas las batallas, todas las derrotas, todas las victorias, todos los sueños, todos los dolores y todas las esperanzas! ¡Y deseamos cantar en el sol, deseamos aullar en los vientos! Porque nuestro cerebro es una hoguera centelleante donde el gran fuego del pensamiento crepita y arde en locos y placenteros tormentos. Porque la pureza de todas las albas, la flama de todos los mediodías, la melancolía de todos los ocasos, el silencio de todas las tumbas, el odio de todos los corazones, el murmullo de todos los bosques, y las sonrisas de todas las estrellas, son las notas misteriosas que componen la música secreta de nuestra alma rebosante de exuberancia vital. Porque en lo profundo de nuestro corazón oímos hablar una voz de humana individuación, una voz imperiosa y gallarda que, frecuentemente mientras la escuchamos nos provoca miedo y terror. Porque la voz que habla, es la voz de él: el demonio alado de nuestra profundidad. XI Ahora está probado… ¡La vida es dolor! ¡Pero nosotros hemos aprendido a amar el dolor, para amar la vida! Porque en el amar el dolor hemos aprendido a luchar, y en la lucha –solamente en la lucha– está el placer de nuestro vivir. Quedarse suspendido a mitad del camino no es nuestra tarea. El medio del círculo simboliza el viejo “sí y no”. La impotencia del vivir y del morir. Es el círculo del socialismo, de la piedad y de la fé. Pero nosotros no somos socialistas… Somos anarquistas, e individualistas, y nihilistas, y aristocráticos. Porque venimos de las montañas. Cerca de las estrellas. Venimos de lo alto: ¡a reír y a maldecir! Hemos venido a encender sobre la tierra una selva de hogueras, para iluminarla durante la noche que precede al gran mediodía. Y nuestras hogueras se apagarán solo cuando el incendio del sol reviente majestuoso sobre el mar. Y si ese día no debiese venir, nuestras hogueras

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¿Dónde está el esplendor majestuoso del gran y nuevo mediodía? Ríos pavoroso de sangre lavaron todas las tierras y cubrieron todos los senderos del mundo. Torrentes espantosos de lágrimas hicieron retumbar su desgarrador lamento a través de los confines de toda la Tierra: Montañas de hueso y de carne humana por todas partes blanqueándose y pudriéndose al sol. ¡Pero nada se transformó, nada evolucionó! Solo el vientre burgués eructó por saciedad y el proletario gimió de hambre. ¡Y basta! Con Carlos Marx el alma humana descendió al intestino. El rugido que hoy pasa sobre el mundo es siempre un rugido de vientre. Puede nuestra voluntad transformarlo en grito de alma. En tormenta espiritual. En aullido de vida libre. En huracán de relámpagos. Puede nuestro fulgor sacar de quicio a la realidad presente, abrir la puerta del desconocido misterio a nuestro anhelado sueño y mostrar la belleza suprema del hombre liberado. Porque nosotros somos los locos precursores del tiempo. Las hogueras. Los faros. Las señales. Los primeros anuncios. VII ¡La guerra! ¿La recuerdas? ¿Qué cosa ha creado la guerra? Esto: La mujer vende su cuerpo y a su prostitución la llamó “amor libre”. El hombre, que se “emboscó” al fabricar proyectiles y a predicar la sublime belleza de la guerra, llamó a su vileza: “¡fina destreza y sagacidad heroica!” Él, que vivió siempre en infamia inconsciente, en vileza, en humildad, en indiferencia y en débiles renuncias, maldijo contra los pocos audaces –que había siempre detestado– porque no tenían por sí solos la fuerza de impedir que su vientre no fuese desgarrado por aquellas armas que ellos mismos habían construido por un vil trozo de pan.

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Porque también los pordioseros del espíritu, –aquellos que, mientras la parte más noble de la humanidad entra en el infierno de la vida, se que quedan siempre fuera a calentarse– estos siervos inconscientes de las almas superiores, incluso estos, decimos, no querían partir. No querían morir. ¡Se contoneaban, lloraban, imploraban, rogaban! Y todo esto por un bajo instinto de conservación impotente y animalésco, privados de toda agitación heroica de revuelta y no por alguna cuestión de humanidad superior, de refinada profundidad sentimental, de belleza espiritual. ¡No, no, no! ¡Nada de todo esto! ¡El vientre! Solamente el vientre animalésco. ¡Ideal burgués –ideal proletario– el vientre! Pero entretanto vino la muerte… ¡Vino a danzar sobre el mundo sin tener sobre la espalda las alas de una idea! Y danzó… Danzó y rió… Por cinco largos años… Y mientras sobre sus confines, borracha de sangre, la muerte sin alas danzaba, en casa, en el frente interno de la sagrada bóveda, se declamaba y cantaba –sobre las vulgares “gacetas” de la mentira –la milagrosa evolución moral y material cumplida por nuestras mujeres y la suprema cumbre espiritual sobre la cual ascendía nuestro heroico y glorioso soldado. Aquel que moría llorando, sin saber el “porqué”. Cuantas mentiras feroces, cuanto cinismo vulgar vomitaban sobre sus “gacetas” las bizcas almas de la democrática sociedad y del estado… ¿Quién recuerda la guerra? Como graznaban los cuervos… ¡Los cuervos y las lechuzas! ¡Y mientras tanto danzaba la muerte! ¡Danzaba sin tener sobre la espalda las alas de una idea! ¡De una peligrosa idea que fecunda y que crea! Danzaba… ¡Danzaba y reía! Y como segaba –danzando– a los superfluos. A todos aquellos que eran de la mayoría. A aquellos por los que fue inventado el estado. Pero, ¡ay de mí! No solo a aquellos segaba… ¡Segaba también a aquellos que tenían en los ojos rayos de sol, que tenían

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“La vileza de los hermanos que quedan se transforma en sueño creador: ¡En heroísmo vindicador! Porque, si no fuera así, uno no merecería morir” Cuan triste debe ser el morir. ¡Sin una esperanza en el corazón… sin una hoguera en el cerebro; sin un gran sueño en el alma; sin una estrella de oro que brille en nuestra pupila! * * * La sangre de los muertos –de nuestros muertos– aúlla debajo de la tierra. Nosotros escuchamos claro y nítido ese grito, ese grito que nos embriaga de desgarro y dolor. Y no podemos, ni deseamos, ser sordos a esa voz… Nosotros. No deseamos ser sordos, porque la vida ha dicho: “¡Quien es sordo a la voz de la sangre no es digno de mí. Porque la sangre es mi vino; y los muertos mi secreto. Solo aquel que escuche la voz de los muertos, desatará el enigma de mi gran misterio!” Y nosotros responderemos a esta voz: ¡Porque solo aquellos que saben responder a la voz del abismo pueden conquistar las estrellas! ¡Yo me dirijo a ti, oh mi hermano! A ti me dirijo y te digo: “Si eres de los que están arrodillados en medio del círculo, cierra los ojos en la tiniebla y precipítate en el abismo. Solo así podrás brincar a la más alta cima y abrir de par en par tus grandes pupilas al sol” Porque no se puede ser águila si no se es buzo. No puede uno elevarse sobre las cimas cuando se es incapaz de profundidad. En lo bajo habita el dolor, en lo alto el tormento. Sobre el ocaso de todas las épocas, surge un alba única entre dos diferentes crepúsculos. Entre la luz virgen de esta alba única, el dolor del buzo que está en nosotros debe juntarse al tormento del águila que también vive en nosotros, para celebrar la boda trágica y fecunda de la perpetua renovación. Renovación del “yo” personal entre la tempestad colectiva y los huracanes sociales. Porque la soledad perenne es solo para los santos que reconocen en dios su testigo. Pero nosotros somos los hijos ateos de la soledad.

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Lo será por la potencia despreocupada del “yo”. Por la fuerza heroica del hombre liberado. Y más allá de cada ley, de cada moral tirana, de cada sociedad, de cada concepto de falsa humanidad… Nosotros debemos tender con nuestro esfuerzo a transformar la revolución que avanza en “delito anárquico”, para empujar a la humanidad más allá del estado, más allá del socialismo. Hacia la anarquía. Si con la guerra los hombres no pudieron sublimarse en la muerte, la muerte ha purificado la sangre de los caídos. ¡Y la sangre que la muerte ha purificado –y que el suelo ha bebido ávidamente– ahora aúlla debajo de la tierra! ¡Y nosotros solitarios, nosotros no somos las cantores del vientre, somos los escuchas de los muertos; de la voz de los muertos que aúllan debajo de la tierra! ¡De la voz de la sangre “impura” que es purificada en la muerte! ¡Y la sangre de todos los caídos aúlla! ¡Aúlla debajo de la tierra! Y el aullido de esta sangre nos llama también hacia el abismo… ¡Ah, necesita desaprisionarse! ¡Oh jóvenes mineros, estén listos! Preparamos antorchas y torpedos. Es necesario preparar el terreno. ¡Es tiempo! ¡Es tiempo! ¡Es tiempo! La sangre de los muertos debe ser desaprisionada. Quiere alzarse desde la tenebrosa profundidad para lanzarse sobre el cielo y conquistar las estrellas. Porque las estrellas son las amigas de los muertos. Son las buenas hermanas que los han visto morir. Son aquellas que todas las noches van a su sepulcro con los pies de luz y les dicen: ¡Mañana…! Y nosotros –los hijos del mañana– hemos venido hoy a decirte: ¡Es tiempo! ¡Es tiempo! ¡Es tiempo! Y hemos venido en la hora antes del amanecer… ¡En compañía del alba y de la última estrella! Y a los muertos les hemos sumado otros muertos… ¡Pero todos aquellos que caen tienen una estrella de oro que brilla en su pupila! Una estrella de oro que dice:

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en las pupilas las estrellas! VIII ¿Dónde está el arte épico, el arte heroico, el arte supremo que la guerra había prometido? ¿Dónde está la vida libre, el triunfo de la nueva aurora, el esplendor del mediodía, la gloria festiva del sol? ¿Dónde está la redención de la esclavitud material? ¿Dónde está el que ha creado la fina y profunda poesía que debía germinar dolorosamente en este trágico y pavoroso abismo de sangre y muerte para decirnos sobre el silencioso y cruel desgarro probado en el alma humana? ¿Quién nos ha dicho la dulce y buena palabra que se dice una mañana serena después de una terrible noche de huracán? ¿Quién nos ha dicho la palabra superior que nos hace grandes como el dolor propio, puros en la belleza y profundos en la humanidad? ¿Quién es el genio que siempre ha sabido curvarse con amor y con fe sobre las abiertas heridas en la carne viva de nuestra vida, para recibir todo el noble llanto, a fin de que la serena risa del espíritu redentor pudiese arrancar las garras a los hambrientos monstruos de nuestros errores pasados para hacernos ascender al concepto de una ética superior, donde, a través del principio luminoso de la belleza humana purificada en sangre y dolor, pudiésemos erguirnos fuertes y majestuosos –como flecha sobre el arco tenso de la voluntad– para cantar a la vida terrena la más profunda y suave melodía de la más alta de todas nuestras esperanzas? ¿Dónde? ¿Dónde? ¡Yo no lo veo! ¡Yo no lo siento! Miro alrededor mío, pero no veo más que vulgar pornografía, y falso cinismo… Por lo menos nos hubiera dado un Homero del arte, y un Napoleón de la acción de la guerra… Un hombre que hubiera tenido la fuerza de destruir una época, de crear una nueva historia… ¡Pero nada! Ni grandes cantores, ni grandes dominadores ha dado la guerra. Solo larvas embusteras y bizcas parodias.

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IX La guerra se ha pasado lavando la historia y la humanidad en el llanto y en la sangre, pero la época quedó incambiada. Época de desintegración… El colectivismo está moribundo y el individualismo no se ha afirmado aún. Nadie sabe obedecer, nadie sabe mandar. Pero, con todo esto, al saber vivir libres, se está aún en el medio de un abismo. Abismo que podrá ser rellenado solo con el cadáver de la esclavitud y el de la autoridad. La guerra no puede rellenar este abismo. Puede solo hacerlo más profundo. Entonces lo que la guerra no puede hacer, debe hacerlo la revolución. La guerra ha vuelto a los hombres más bestiales y plebeyos. ¡Más triviales y más brutos! La revolución debe volverlos mejores. ¡Debe ennoblecerlos! X Ahora –socialmente hablando– estamos resbalando en la loza fatal, y no hay más posibilidad de volver atrás. El intentarlo solo es un delito. Y no un delito grande y noble. Sino un delito vulgar. Un delito más que inútil y vano. Un delito contra la carne de nuestras ideas. Porque nosotros no somos los enemigos de la sangre… ¡Somos los enemigos de la vulgaridad! Ahora que la era del deber y de la esclavitud agoniza, deseamos cerrar el ciclo del pensamiento teórico y contemplativo para abrir paso a la acción violenta, que es voluntad de vida y gozo de expansión. Sobre los escombros de la piedad y de la religión deseamos erguir la dureza creadora de nuestros orgullosos corazones. Nosotros no somos los admiradores del “hombre ideal”, de los “derechos sociales”, sino los proclamadores del “individuo real”, enemigo de las

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abstracciones sociales. Nosotros luchamos por la liberación del individuo. Por la conquista de la vida. Por el triunfo de nuestra idea. Por la realización de nuestros sueños. Y si nuestras ideas son peligrosas, es porque nosotros amamos vivir peligrosamente. Y si nuestros sueños son locos, es porque nosotros somos locos. Pero nuestra locura es la sabiduría suprema. Nuestras ideas son el corazón de la vida; nuestros pensamientos son los faros de la humanidad. Y lo que la guerra no ha hecho debe hacerlo la revolución, porque la revolución es el fuego de nuestra voluntad y necesidad de nuestra alma solitaria, es un deber de la aristocracia libertaria. Para crear nuevos valores éticos. Parea crear nuevos valores estéticos. Para poner en común la riqueza material. Para individualizar la riqueza espiritual. Porque nosotros –violentos celebradores y sentimentales pasionales al mismo tiempo– comprendemos y sabemos que la revolución es una necesidad del dolor silencioso que padece en lo bajo, y una necesidad de los espíritus libres que convulsionan en lo alto. Porque, si el dolor que padece en lo bajo quiere ascender en la sonrisa feliz del sol, los espíritus libres que convulsionan en lo alto no quieren más sentir las mezquinas ofensas del desgarro de la vulgar esclavitud que los rodea. El espíritu humano está dividido en tres corrientes: ¡La corriente de la esclavitud, la corriente de la tiranía, la corriente de la libertad! Con la revolución, la última de estas tres corrientes necesita irrumpir sobre las otras dos y trastornarlas. Necesita crear la belleza espiritual, enseñar a los pobres la vergüenza de su pobreza, y a los ricos la vergüenza de su riqueza. Necesita hacer que todo eso que se llama “propiedad material”, “propiedad privada”, “propiedad exterior” se vuelta para los individuos como el sol, la luz, el cielo, el mar, las estrellas. ¡Y eso sucederá! ¡Sucederá porque nosotros –los iconoclastas– lo violentaremos! Solo la riqueza ética y espiritual es invulnerable. ¡Esa es la verdadera propiedad el individuo. El resto no! ¡El resto es vulnerable! Y todo lo que es vulnerable será vulnerado.

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Hacia la nada creadora - Renzo Novatore