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AA.VV.

El Pájaro de Fuego y otros relatos cortos Finalistas del I Concurso de Relatos Cortos entre los alumnos de los institutos de Santa Brígida convocado por la Asociación Sociocultural Drago de Sataute ---

Santa Brígida 2013


Introducción Presentamos aquí los relatos finalistas del I Concurso de Relatos Cortos entre los alumnos de los institutos de Santa Brígida convocado por la Asociación Sociocultural Drago de Sataute, cuyo fallo se dio a conocer en abril de 2013. A dicho certamen se presentaron 48 relatos, de los cuales 33 han sido de alumnos del Instituto de Enseñanza Secundaria de Santa Brígida y 15 del de La Atalaya. Sumando ambos, 29 relatos fueron escritos por chicas y 19 por chicos. Por cursos, hubo 10 de 1º de ESO, 4 de 2º, 4 de 3º, 10 de 4º, y 20 de 1º de Bachillerato. El Jurado estuvo compuesto por Dª Purificación Estévez González, Dª Emma Fernández Bethencourt y Dª Victoria Oramas Montañez, Dª Maite Sagaseta de Ilurdoz Parada y D. Juan Carlos Domínguez Gutiérrez, responsable asimismo de la presente edición. La alumna Conchi Castellano Nogales, de 1º de Bachillerato del IES Santa Brígida, resultó vencedora con su narración El Pájaro de Fuego mientras que el joven Ernesto Torres Toledo obtuvo el segundo premio por su obra Los últimos recuerdos, y Carmen de la Nuez Ramírez el tercero por su relato denominado Así de fácil. Además de los tres premios anunciados en las Bases, la asociación convocante decidió, a petición del jurado, añadir un premio especial al mejor de los relatos escritos por los participantes más jóvenes, los del primer curso de la ESO, que recayó en Roció García Pérez por Un sueño hecho realidad, cuya obra añadimos a los diez finalistas. Desde la Asociación Drago de Sataute estimamos que se han cubierto satisfactoriamente los objetivos planteados al convocar este certamen: el fomento de la literatura y la promoción de los jóvenes talentos del municipio. Tenemos la esperanza de que la experiencia haya sido provechosa a todos los participantes, y que les anime en el difícil arte de expresarse bien, inventar personajes e historias y, en definitiva, trasmitir emociones con las herramientas del lenguaje. Avelina Fernández Manrique de Lara Presidenta

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El pájaro de fuego Conchi Castellano Nogales

Cuando odiamos a alguien, odiamos en su imagen algo que está dentro de nosotros. Hermann Hesse

Ella llevaba un vestido morado, como los que se ponían las abuelas cuando querían ser hermosas y ya no lo eran. Le daba un asco absoluto cómo se enjoyaban, se empolvaban las mejillas y se ponían carmín. ¿Qué esperaban? ¿Ser felices, acaso? La vida no tenía pensado nada más para ellas, y sin embargo querían aparentar jovialidad. ¡Estaban ridículas! Pero le repelían más incluso las que encerraban su cabello con un moño en la nuca. Con esa maldita raya en medio del pelo, tal y como la llevaba su madre. Sin importarles nada que no fuera abotonar a sus hijas desde la barbilla hasta los pies. ¡Cómo las odiaba a todas! Entró en el estudio. Era casi la hora de almorzar, y el sol se había quedado atrapado sobre el viejo parquet, alumbrando las motas de polvo del aire. Su padre estaba detrás de aquel velo de luz, inmerso en un grueso tratado de botánica. Le gustaba verlo así, ignorante de lo que sucedía más allá de su hábitat, como si estuviera

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escondido pero sin haberlo declarado. Alzó la vista bajo sus lentes doradas y sonrió. —Hola, preciosa. —Hola, padre. Quisiera acceder a los armarios. —Por supuesto. ¿Qué es lo que necesitas? —Quería oler algunas esencias florales. Me gustaría hacer un perfume. —Adelante —le señaló con la palma abierta las vitrinas donde guardaba su vasta colección. Ella abrió las puertas de cristal. Frascos, cajitas, cuadros con flores aplastadas, botes con semillas, raíces… todo lo que pudiera ser recolectado por un científico del mundo vegetal. Observó con atención las etiquetas, cogió lo que necesitaba y caminó rápido hasta encontrarse fuera de la sala. Tenía malos presagios sobre sus propias actuaciones. En efecto, su madre bloqueaba el pasillo, pero ella ya tenía su tesoro oculto en una manga del vestido morado.

~~~ —Bufón, ¿dónde está mi padre? —Su Majestad pidió que no le molestaran tras el banquete, señor. —¿Estaba, acaso, indispuesto? —Ordenó expresamente que nadie le importunara tras la comida, señor. —¡Responde de una vez! ¿Está, el rey, enfermo? El bufón sonrió con un amplio gesto. El carmín de sus labios se agrietó.

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—¡Eras tú, miserable! ¡El traidor del reino! ¡Sucia alimaña, cuán dolorosa será tu muerte! El príncipe desenvainó su espada y se abalanzó sobre el enano. Este echó a correr, pero el heredero del trono logró incrustar el filo del arma bajo su axila. El bufón abrió mucho los ojos y se arrastró hasta el suelo del escenario. —Tan solo acaba para mí mi venganza… Todo lo que deseé se ha cumplido… A partir de hoy… —¡Fantástico! Ya puedes callarte, Roger —el director dio un par de palmadas y al instante dejó de prestar atención al ensayo. El apuntador resopló y levantó del suelo a Roger. —Discúlpale, últimamente anda muy preocupado. Cosas de familia —le guiñó un ojo—. ¿Cómo está tu mujer? —¡Apenas la veo! Siempre está paseando. Dice que le viene bien al bebé. —¿Vas a ser padre? ¡Enhorabuena! —No lo sé. Tiene esa esperanza, pero ahora como desde hace cuatro años. Las mujeres son incomprensibles, hacen cosas absurdas como si fuera lo más importante del mundo y luego no paran de comentar las estupideces ajenas. Pero no me importa, siempre y cuando no se hunda. Se muere por ser madre y no lo admite, pero está asustada —bajó la cabeza, cansado—. Pero bueno, ¿tú, cómo estás? Te veo muy entusiasmado. —Esta tarde mi familia y yo tenemos una cita con los Fauré. Y… —¡Ah, ya entiendo, vas a ver a Violante! —Roger se echó a reír y Dominique se ruborizó un tanto, sin perder la sonrisa—. ¿De veras te parece bien? ¿Sin conocerla? —Mis padres jamás me han procurado nada malo y ya estoy en edad de contraer matrimonio. Si espero a conocer por mi cuenta

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a alguna mujer, puedo ir sentándome. ¡Pasan los días en sus casas tocando el arpa como princesas y esperando a que algún caballero las descubra! —rió—. Y yo no voy por ahí allanando moradas precisamente, amigo… Sé que la señorita Violante es bella, y con eso me basta. El amor podría surgir más adelante, incluso. Sobre todo, mientras agrade a su madre. —¿Con cuál de las dos te casas? —Suspiró el actor—. En fin, ojalá todo concluya como esperas y pueda verte, dentro de unos años, feliz y rodeado de niños… —No te entristezcas, Roger. Quizá aún sea pronto para ti. ~~~ —Hannah, venga aquí inmediatamente. Detestaba ese tono con que la reclamaba; era lo bastante autoritario para incriminarla como persona pero indiferente en su justa medida, como si llamara a un perro. —Dígame, señora. —¿Ya ha acabado sus tareas de hasta las doce? —Sí, señora. Bueno, aún me queda… —Lo sé, Hannah. Lo sé —la interrumpió con su voz gélida—. Aún no ha puesto la mesa. ¿Qué es lo que está haciendo? —Estaba sacando la comida de las ollas para servirla en cada fuente, señora. Hannah esperaba la típica reprimenda absurda. Cada cosa que hacía tenía una serie de imperfecciones que, según su señora, “se debían a su lamentable condición”. El sermón comenzó, y Hannah centró su mirada en los ojos de la señora Fauré para, como hacía siempre, fingir que atendía mientras se iba lejos, muy lejos de allí, hacia la granja de sus abuelos, hacia la yegua Mimi, que era tan blanca sobre sus manitas morenas y hacia aquel chico del pueblo, Pete, que paseaba junto a ella con ~6~


orgullo. Justo detrás de esa extraña persona que le hablaba con desprecio en aquel instante, los rayos del sol se proyectaban sobre la cocina de los Fauré, y era hermosa la manera en la que las copas de cristal reflejaban la luz… —…se lo tenga que decir yo, ¿entendido? —Desde luego, señora. —¡Madre! —La hermosa Violante se echó a los brazos de su madre con una sonrisa—. ¿Qué hay de comer? ¡Me muero de hambre! —Ya Hannah nos sirve la comida. Anda, siéntate —la señora Fauré la apartó con cierta brusquedad. Monsieur y madame Fauré presidían la mesa mientras Violante devoraba el almuerzo. —L’heure du bonheur, maman. —No hables con la boca llena, recuérdalo sobre todo esta tarde; los señores Marchant esperan lo mejor de ti. —¿Y qué hay de Dominique? ¿Daños colaterales? — respondió con una media sonrisa. —Espero que ni se te ocurra hacer esos comentarios frente a nuestros invitados. —Disculpe, madre. Una fugaz expresión apareció por el rostro de la bella Violante, siendo al instante diluida en su semblante de serenidad. —Hija, estoy orgulloso de ti. Pienso que serás una madre y esposa ejemplar. —Gracias, padre. Espero que los Marchant sepan apreciarlo. Sé que solo pensáis en mi bienestar. —No comas demasiado o sentirás malestar luego. Debes estar radiante.

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~~~ Ella cerró los ojos mientras El pájaro de fuego inundaba la habitación desde el gramófono. Sintió cómo las primeras notas le destensaban la frente, acompasaban el ritmo de su respiración. Se dejó caer sobre el diván. Los violines empezaron a lamerle los oídos. Las flautas se unieron con mucha suavidad a la melodía, que avanzaba despacio; no de izquierda a derecha o de abajo a arriba, sino hacia el frente. El sonido era como olas que iban y venían cada vez con una mayor carga, más pesadas, más brillantes. Entonces surgió el arpa en un arpegio ascendente, los demás instrumentos se apaciguaron, y a ella le pareció una madre cariñosa tranquilizando a sus hijos. Se entregó, enamorada, a esa fantasía que la llevaba lejos, justo a donde quería irse. No solo se sentía amante, sino amada. Estaba acariciada, volaba sobre colinas floridas y océanos inexplorados; sobre castillos de marfil y selvas multicolores. A los violines se le unieron las violas y después los contrabajos, construyendo la armonía con los pilares en los que cada retazo de perfección se posaba para, así, crecer y volverla loca. Pero los timbales de pronto la asustaron. La música cambió de intención y se volvió peligrosa. Las trompetas le anunciaron algo terrible; los valles de su imaginación estaban incendiándose. ¡El pájaro de fuego! Avanzaba, terrorífico, sobre todo lo que antes había sido hermoso. Aún así, nada se había quebrado. Ahí seguía ella, inmersa por completo en aquel universo de consonancias heterogéneas. Por completo libre, e igualmente cautiva de sus reglas. Las trompetas la acosaban por todas partes, se sentía angustiada y huía sin escapatoria. Con un golpe decisivo, la mortífera ave la destruyó por completo. Silencio. Más silencio. ¿Habría que abrir los ojos? Pero sin hacerlo realmente. La música tenía miedo, pero había logrado escapar de la maldad. Se inventó nuevas notas para nuevas sensaciones. Ya andaba con algo más de seguridad. Un valiente

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trombón propuso una melodía para renacer. Tímidos, los clarinetes lo imitaron. El mundo había quedado reducido a cenizas, y era difícil llegar a cualquier lugar. Pero el arpa, otra vez cariñosa, les enseñó nuevos acordes a todos, y los violines la secundaron. ¡Libertad! Esta vez los timbales comenzaron una cadencia exhibiendo su honor con educación. Y empezó a llover. Las flautas dibujaron las gotas de agua que rociaron la tierra, regalándole la fertilidad ansiada. Y, al fin, ella sintió su cuerpo estremecerse en todos los mundos existentes, y un torrente de luz inundarla, desterrar esas últimas tinieblas que la acosaban y hacerle sentir algo parecido a la vida. El gramófono se apagó y la joven fue regresando a su realidad. No quería desprenderse de nada, pero era inevitable. La oscuridad volvió a aparecer como una enfermedad mal curada, de las que carcomen las entrañas cuando el afectado está consciente. Era tal el odio que no podía pensar en otra cosa; solo deseaba largarse de aquel lugar infligiendo el mayor daño posible, y después… Nada, no había nada más allá. Guardó el frasco en un lugar seguro y se miró en el enorme espejo de su habitación. El vestido morado tenía volantes y lazos alrededor de la cintura, y las hombreras demasiado elevadas. Debajo, el corsé le oprimía el pecho. Estaría perfecta si quisiera aparentar cincuenta años más. Cuanto más invisible fuera una mujer, más provechosa sería su existencia, le decía su madre. Pero la muchacha solo quería camuflarse para evitar las lecciones de feminidad a base de azotes. ~~~ Eran las dos de la tarde. Aún quedaban tres horas para la cita, pero Dominique estaba muy nervioso. ¿Corbata o pajarita? ¿El chaleco de estampados verdes o el de los adornos dorados? ¿Dejarse el bigote o no?

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En el piso de abajo, la señora Marchant y su hija discutían de nuevo. Ella quería acompañarlos a casa de los Fauré, pero su madre insistía en que era un asunto de Dominique. —¿Entonces por qué tenéis que acompañarlo usted y padre? ¡Me paso el día encerrada aquí! ¡Si al menos me dejarais ir al teatro, como a él…! Pero no, yo no puedo, yo me tengo que quedar aquí, porque si no… No llegó a terminar la frase. La señora Marchant le cruzó la cara de un bofetón. La joven estuvo a punto de devolvérselo, pero la mirada de su madre la amedrentó y se marchó llorando de rabia. —Madre —el muchacho acababa de presenciar la escena—, no me importa que Emeline venga con nosotros; no molestará. Es cierto que no sale mucho de casa. Si todo va bien, hoy mismo podría conocer a su futura cuñada —Dominique sonrió, algo apurado. —Acabo de escarmentarla, ¿y ahora me dices eso? —madame Marchant suspiró—. Es difícil ser madre, y más aún con niñas como tu hermana. —Emeline ya no es una niña, madre. Tiene dieciocho años. Y tiene razón cuando dice que no conoce mucho más que el camino a la iglesia desde aquí. Impidiéndole salir, aunque sea a dar un paseo acompañada, logrará usted que su hija la deteste. ~~~ En casa de los Fauré, Hannah estaba fregando la loza del almuerzo. Aún era joven y pensaba en que, desde que se hizo mujer, jamás había podido amar a ningún hombre. La señora de la casa le pagaba por trabajar todo el día; junto a la cocina tenía un pequeño dormitorio. Lo único que le hacía falta era tiempo para sí misma. Lejos de las fregonas. Su lamento interno era antes un mero quejido, transformado desde entonces en un ansia cada vez mayor de

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evadirse. Conocía a la perfección el sueño de escapar de aquella vida. El reloj de péndulo dio las cinco de la tarde. Acto seguido, la aldaba de la puerta golpeó su superficie de metal. Pum, pum, pum. Tres veces. Con el primer golpe, Hannah ya corría hacia la entrada. Se alisó el delantal y respiró hondo. ~~~ Se encontraba un tanto desorientada, y la confusión le hacía sentir más rabia aún. Ahí estaba su madre... guardando siempre las apariencias, sin toser demasiado fuerte, con la cabeza erguida y el maldito moño gris en la nuca; con la raya inamovible separando su cabello en dos partes. Su padre sonreía con sinceridad. Sus gafas doradas le recordaron de pronto a los instrumentos astronómicos del estudio. Las noches sin nubes… y de nuevo su madre, azotándola en el desván para que su marido no se enterara. La figura que eclipsaba la casa controlaba todos sus movimientos, solo los suyos. ¿Por qué? ¡¿Por qué?! No lo entendía. ~~~ Dominique apenas se atrevía a hablar. Estaba colorado de arriba a abajo y miraba a la hermosa Violante, que tenía las manos posadas sobre el regazo en un gesto de recato. Le sonrió una pizca al encontrarse con sus ojos, y se apartó un mechón de cabello que había salido de su peinado. Las señoras Marchant y Fauré comentaban nimiedades mientras tomaban té y exquisitas pastas alrededor de la mesa. El saloncito estaba iluminado por lámparas de gas labradas que cedían a los visillos un halo amarillento; los respectivos maridos fumaban en una esquina, inmersos en alguna conversación. Emeline Marchant observaba alternativamente a la joven pareja y a su madre. —Dominique, querido —sonrió madame Marchant—, ¿de qué hablas con la señorita Violante?

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—Conversábamos en silencio —respondió la joven—. Su hijo es un hombre muy agradable. Hasta hace un segundo me hablaba de mi propia belleza con su mirada. Es posible que eso lo incomode. —En efecto me expresaba en esos términos, mademoiselle — cedió Dominique haciendo gala de una seguridad en sí mismo que no tenía—, pero apuesto a que usted es, así como hermosa, inteligente. Emeline, excluida de la conversación, no perdía detalle de nada y se revolvía en su asiento. El té le sabía horroroso; no estaba acostumbrada a tomarlo fuera de su casa. Mantenía un silencio prudente. Violante soltó una liviana risa y repartió una ronda de dulces a todos los presentes. Siete en total. El último fue para madame Fauré. —¡Está delicioso! —trató de hacerse notar la hermana de Dominique. Pero nadie le hizo caso. La señora Fauré tosía sangre sin parar. Vomitó sobre la alfombra tras un violento espasmo. Su cara se volvió morada. Monsieur Fauré se abalanzó sobre ella. “¡Llama a un médico, Dominique!” Sostuvo a su mujer inclinada y le tomó el pulso. Su ritmo cardiaco se ralentizaba. En otra sacudida, dio una patada a la mesita, el suelo se llenó de porcelana rota. —¡¡Por Dios, moveos!! ¡Traed a la sirvienta! El hombre corrió hacia su estudio y abrió de par en par los armarios de su colección botánica. “Vomitivos… Estimular el

corazón…”. Entonces lo vio.

Daphne Gnidium. Matapollo.

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La etiqueta estaba sola; el frasco se había esfumado. Dios mío, ¡no estaba! ¡¿Por qué demonios no estaba?! No quería creérselo. Pero sabía perfectamente por qué no estaba. Volvió al salón. Su esposa estaba tendida en un diván. No respiraba. No preguntó a nadie por Violante, debía de haberse marchado ya. El pájaro de fuego se llevaba su propia oscuridad.

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Los últimos recuerdos Ernesto Torres Toledo

Varios papeles mojados, un lápiz gastado, dos cerillas en una caja y una rosa marchita. Esos eran los únicos objetos que Dante conservaba. Tras aquella terrible noche lo habían encerrado en una oscura celda, pasaban los días y aún seguía allí. De vez en cuando le llevaban un poco de pan y agua; no era mucho, pero estaba acostumbrado a pasar hambre. Ese día, Dante encendió una de las cerillas y comenzó a dibujar con el lápiz en uno de los papeles. Así se había ganado la vida siempre, pues el pan de su mujer y su hija dependía de los cuadros que él vendiese. Ahora no paraba de preguntarse dónde se encontraban ellas, y no podía evitar pensar que aquella desgracia había sucedido por su culpa. Desde el golpe de Estado, había vivido con miedo. Ahora, el régimen dictatorial no permitía que la gente pensara o tuviera ideas diferentes. Y llegó el día en que, inesperadamente, dos agentes de policía entraron en el hogar de Dante y lo registraron. Encontraron libros, revistas y panfletos que no dejaban lugar a dudas. Y decidieron detenerle a él y a su familia; habían cometido el peor delito que podían cometer: ser activistas en defensa de los derechos humanos.

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Terminó el dibujo. Lo miró y comenzó a llorar silenciosamente. Había pintado a su mujer leyéndole un cuento a su hija. Entonces su mente comenzó a divagar pensando en las noches en las que se sentaba con su familia ante el fuego de la chimenea para leer. Las palabras de su mujer flotaban como burbujas en el aire, permanecían allí durante unos instantes y luego, desparecían. No había momento en el que se sintiese tan tranquilo como ese, la paz reinaba en el salón hasta que el relato terminaba. Luego, permanecían allí los tres, abrazados hasta que se quedaban profundamente dormidos. Ahora, en la celda, se sentía ahogado, atrapado en un espacio muy reducido. La cerilla se apagó. Después observó la rosa que su hija le había regalado la semana pasada, cuando todavía eran felices en su casa. La había cortado del jardín que tanto le había costado cuidar. Su hija podía hacer magia en su jardín. Plantaba y regaba, y cuando los brotes florecían, pintaban de colores vivos y alegres sus vidas. Luego, su mujer se sentaba sobre la hierba, y allí, bajo la luz del sol, cantaba y cantaba, y las flores parecían escucharla, y el tiempo se detenía por momentos. Pero la magia no se iba, siempre estaba allí, con los colores de su hija y la bella melodía de su mujer. Por eso aquel jardín era su rincón favorito del mundo. Ahora la rosa estaba marchita, sin vida ni color, al igual que la fría prisión, que en nada se podía comparar al jardín. Entonces llegó el momento de encender la segunda cerilla. Tenía que quemar la rosa, le traía demasiados recuerdos. Siguieron pasando las semanas, y dejó de comer. Cada vez se sentía más débil, hasta que un día, por fin cerró sus ojos para siempre, y lo último que vio fueron las cenizas de la rosa sobre el retrato de su familia.

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Así de fácil Carmen de la Nuez Ramírez

¡Levántate, venga! Son ya más de las doce. ¿Quieres levantarte? Así... Bien. Las botas están debajo de la cama, ¡pero primero van los calcetines! ¡Vamos! ¿No es esto lo que llevas planeando durante tanto tiempo? Ahora no te puedes echar atrás. Coge la sudadera del perchero, ten cuidado que llevas toda la documentación dentro. Bueno, va a ser mejor que la dejes aquí, puede ser peligroso que la lleves encima. ¿Tienes hambre? Coge algo del frigorífico, sí, un vaso de leche está bien. ¿Pero por qué tiemblas? ¡Ten cuidado que tiras todo por fuera! ¿Qué te pasa? Bebe y deja el vaso en el fregadero, ya lo lavarás cuando regreses. Recuerda las llaves, las tienes encima de la mesilla. ¡Céntrate! ¡Estás en el limbo! Venga, camina hacia el coche. ¿Y las llaves? ¿Cogiste las de casa y las del coche no? ¡No tienes toda la noche! Cuanto antes termines mejor. ¿Ya las tienes? Pues entra en el coche. Haz el mismo recorrido de siempre, llegarás antes. ¡La primera entrada a la izquierda! Has hecho este camino más de cien veces y ¿ahora te vienes a equivocar? ¿Qué quieres? ¿Alargarlo más? Estate atento a la carretera. Mira, ahí tienes dónde estacionar. ¡Apaga el motor lo antes posible! Las luces están apagadas, parece no haber nadie, ¿no? ¡Espera! No salgas del coche aún. Mira, en la ventana de arriba hay luz. ¿Es la ventana de vuestra antigua habitación? Sí, lo es. ¿Recuerdas esas cortinas? Las

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compraste tú mismo para su cumpleaños a juego con las sábanas. ¡Y el olor a lavanda que desprendían…! Ya se ha apagado, es tu ocasión. ¡Venga! ¡Sal del coche! Abre con cuidado la verja. ¡Pisa con cautela que puedes hacer ruido! Huele a hierba mojada, seguro que habrá regado antes de entrar a casa. La llave la tienes en el bolsillo izquierdo, sí, es esa, la de color verde. ¡Como siempre, el crujido de la puerta no puede faltar! Pero no te preocupes, seguramente ya estará durmiendo. Venga... Conoces el camino. Sube sin miedo, ya estás más cerca. ¡Entra! Es como si nunca te hubieras ido, todo está igual, la cama, la alfombra... ¿Oyes su respiración? Es como un suave susurro. Acércate, su rostro ahora irradia paz y felicidad, y tú no eres el que se la proporciona, ¿lo sabes? Tú no eres el que la acompaña. Ella ya no te quiere, ¡te desprecia! Qué injusta es la vida a veces, ¿no? Tú eres el que la ha acompañado durante tantos años, tú eres el que la ha ayudado. Le has dado una casa, un niño, ¡y todo se lo ha llevado ella! Y lo peor es que te culpa a ti. ¡Sí! Tú siempre eres el culpable de todo. ¡Ahora el que tiene toda la culpa eres tú! ¿Y ella qué? ¡Ella era la que no hacía las cosas como las debía hacer! Y cuando hacía algo mal, la solución era llorar, ¡siempre llorar! Y así ganaba, haciéndose la víctima. Pero no... Ella no va a ganar siempre. Mírala, ahora no puede hacer nada. ¡Mírala! Sí, así es, deja que se retuerza, deja que el dolor la invada. ¿Ahora quién gana? Mírala a los ojos, ¿lo ves? Miedo, rabia, dolor... y todo hacia ti. ¡No! ¡No puedes dejar que grite! Sí, así es. Que pierda en silencio, no dejes que ningún llanto escape de su boca. Aprieta con fuerza, así, que el aire no pase a través de su garganta. ¡Ya está! ¡Has ganado! Vuelve a mirarla, ahora no hay felicidad alguna que la invada. Si la vida es injusta contigo, ¿por qué no serlo tú con ella? Ella te había arrebatado la felicidad. Has hecho lo que debías hacer. Ahora coge la cuerda y te vas. Bueno, ¿y después qué vas a hacer? Ya no puedes hacer nada, no puedes esconderte, te encontrarán y te acusarán. No tiene sentido huir, no tiene sentido seguir, lo que has hecho no tiene justificación. El motivo por el que vives estaba ahí, en la cama,

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soñando, y tú has hecho que desaparezca. ¡Sí, tú! ¡Tú lo has hecho! ¡Sabes que ella no tenía la culpa! ¡Tú eras el verdadero culpable! ¡Ahora no tiene sentido nada! Sí... así es. No es tan difícil. ¿No hay que hacer justicia? Tienes que ser justo contigo mismo. Súbete, ahí tienes la lámpara, amárrala fuerte. Siente como rodea tu cuello. Y ahora solo tienes que cerrar los ojos y saltar, solo saltar. Sí, así de fácil.

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Juego de niños Uma Fernández Pérez

Jesucristo me miraba desde su crucifijo frente a mi cama. Nunca me había sentido cómodo teniéndole delante, su postura moribunda no es nada reconfortante. En casa reinaba un caos total, todos se afanaban en engalanarse para acudir a misa. Al salir por el pórtico, mi abuela iba repartiendo un rosario a cada uno de nosotros con movimientos autómatas. Al llegar a la plaza de la Iglesia nos reunimos con las otras familias a esperar a que llegase la hora. Los hombres fumaban tabaco mientras las mujeres compartían nuevas y dedicaban miradas aviesas a las hijas mayores de la familia Muñoz. Ambas estaban en secundaria y nunca iban a misa, nadie de la familia. El pueblo no osaba acercárselas a menos de tres metros, pero yo no lo entendía, siempre eran amables conmigo y me invitaban a sus excursiones en busca de plantas. Esta vez llevaban un cesto lleno de hierbas y una gran olla con una cuchara de madera. Las saludé con mi mano mientras me moría de curiosidad por saber que nueva aventura tramarían. Al iniciarse el tañer de las campanas entramos al recinto sagrado. Se oía el cuchicheo de algunas señoras: “¡Ahí van con sus brujerías!” “¡Hijas del diablo!”. El golpe sordo que produjo el cura al tropezarse con un escalón al subir al entarimado las hizo callar. El pobre hombre no podía verse los propios pies puesto que su prominente barriga los

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tapaba, según me había dicho él mismo, por dedicar tantas horas al rezo estando sentado. Al terminar el acto pude por fin pude ponerme algo más cómodo y reunirme con Ana y Marimar, que estaban escondidas en la casa abandonada donde siempre nos encontrábamos. Una esparcía las hierbas por el suelo y la mayor llenaba la olla con agua. En un viejo taburete había un libro carcomido abierto por la mitad; era el libro de Ana, donde venían todas las propiedades de las plantas y las pociones que había inventado. Al verme, su dueña me pidió que fuera a por más agua. Cerca de la casa, bajando por un palmeral, había una pequeña acequia donde las mujeres siempre estaban lavando y se dedicaban a intercambiar cuchicheos, ahí dirigí mis pasos. —¿Dónde vas con el agua, Julián? Mi vecina se levantó e hizo ademán de acercarse. Siempre me ha tenido cariño y se preocupa por mí, dice que me parezco a su hijo. —Solo es para jugar, nada malo. —Anda niño, no hagas ninguna maldad, ¡Dios te observa! Volví sobre mis pasos a la casa procurando que no me viesen entrar. El juego al que nos dedicábamos no me parecía que fuera del agrado de todos. Una vez juntos, Ana me explicó que haríamos una poción para curar al perro de Marimar, que estaba enfermo y no se levantaba. Ellas se pusieron sus capas de magas y sombreros viejos de su padre, que tenían poderes mágicos. Yo todavía era un aprendiz por lo que no podía llevar dichos accesorios. Mi misión era leer la receta mientras ellas metían los ingredientes y entonaban la frase “Natura cura” una y otra vez. Tréboles, yerbabuena, romero, salvia, lavanda…, todo iba siendo engullido por la olla en su orden.

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El líquido se tornaba verde y la cuchara generaba un torbellino dentro mientras se movía con pasmosa celeridad. Me desconcentró un gemido y miré por la ventana. Fuera estaba mi vecina con cara de espanto mirando el espectáculo que dábamos: Dos muchachas de negro con los ojos cerrados, murmurando y removiendo un gran caldero, y un chico con un libro y rodeado de hierbas. La mujer pegó un alarido que pudo haber alertado a media isla, y al poco acudió la población entera. —¡Brujas! ¡Brujas! ¡Están invocando al demonio! ¡Cogedlas! Las hermanas Muñoz al oír aquello no pudieron más que salir corriendo e internarse en el barranco pero yo no pude moverme, los pies no me respondían. Sabía que algo no estaba bien. Mi pulso se disparó y mi visión se tornó borrosa. Alguien me cogió pero no lo vi. Me llevaron a un cuarto y el cura se metió conmigo. —¿Julián eres tú? ¿Julián? ¿Qué hacíais? ¿Te obligaron a conjurar al demonio? ¿Julián? Intenté responderle pero mis labios se mantuvieron cerrados. Al ver mi poca colaboración el hombre frunció el ceño y me sacudió. —Solo queríamos curar al perro de Marimar... —Hijo, te debieron embrujar…. Esa familia es adoradora del demonio. Siempre he temido que llegase este momento, y aquí está. ¡Estaban invocando al demonio! —Ellas no querían hacer nada malo. —¡Claro que sí! No lo podemos permitir, esto debe acabar. Vete a tu casa y no salgas, ya hablaré con tu madre. Obedecí y regresé a casa. Fui encerrado en mi cuarto con orden de no salir sin permiso. Mi mente buscaba una razón para tal ~ 21 ~


alboroto. Nosotros no hacíamos nada malo. Las pociones no eran malintencionadas, también habíamos hecho perfumes con flores y eso no tenía nada que ver con el demonio. ¿A qué se refería con que esto debía acabar? Al cabo de las horas me embriagó el sueño y hasta pasada la madrugada no desperté. La luna me observaba a través de la ventana y las estrellas brillaban igual que siempre, pero no todo era normal. Se oía el rezo de mi madre en la habitación contigua y las casas vecinas estaban iluminadas. Además, se veían haces de luz moverse hacia el pueblo, venían a campo traviesa. Ahora que estaban más cerca se oía el llanto de una niña. Al llegar a la altura de mi casa pude observar la escena, un grupo de hombres llevaban a rastras a Ana, la cual estaba cubierta de rasguños y se retorcía entre las manos de sus captores. Mis ojos siguieron vagando sin rumbo por la calle una vez hubieron pasado. No entendía nada, por lo que solo cabía esperar por respuestas. La oscuridad lo nubló todo y un silencio sepulcral inundó el mundo. Un único disparo perturbó la quietud del sueño. No me dejaron salir de casa en los días siguientes, y mis padres y hermanos habían entrado en una especie de mutismo. Todo era silencio y yo no me atrevía a romperlo. El domingo llegó y volvimos a vestirnos de bien. La abuela repartió los rosarios e iniciamos el trayecto. En la plaza de la Iglesia los hombres fumaban en su esquina y las mujeres hablaban en susurros como siempre. Busqué con ansia alguna señal de mis amigas, sin resultado. Solo se dignaron a aparecer sus fantasmales siluetas, vestigios de mi recuerdo. La apacible vida del pueblo se dio por restaurada. El cura se tropezó con el último escalón al subir al entarimado y seguidamente inició la misa. Mientras tanto, Jesucristo me miraba desde su crucifijo.

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Borracho como una cuba Romén Santana Benítez

Eres especial. Por lo menos para mí lo eres, de una manera que nunca llegué a imaginar. Ahora ya no sé si llegaré a recordar lo que escribo, pues estoy borracho como una cuba. Cuba. Bien conocí yo aquel lugar de aguas cristalinas, interminables a simple vista, bordeadas por una orilla de arena blanca que hería mis ojos castaños al brillo del sol picón, los cuales no paraban de pestañear para provocar lágrimas de alivio. Solía recostarme en una vieja palmera cuya forma ya se había adaptado a mi ancha espalda y cuya sombra ayudaba al sombrero de paja que reposaba en mi cabeza. Allí conseguía abstraerme del mundo. Pensar lo impensable, buscar lo escondido en una mente cascada por el paso de las décadas, e imaginar lo inalcanzable. La palmera, de verdes hojas alargadas, provocaba un sonido al roce de la brisa marina de aquella bahía casi desértica que mi mente ya tenía relacionado con una nana que cualquier cansada madre le podría tararear a su hijo. Esta no tenía cocos, como la mayoría de las que recorrían la larga orilla. Me encantaban los cocos. Marrones y con sus peculiares pelos, pelos que deslizaba por mis callosas manos. Eran de coraza dura pero de corazón dulce, y su sangre mataba la sed. Yo solía levantarme a las cinco de la mañana. Era la hora idónea pues la fina arena no estaba lo suficientemente mojada como

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para provocarme hongos en mis arrugados y descalzos pies. Tendría el suficiente tiempo como para recorrerme la playa en su búsqueda. Solía dedicarme a venderlos y a invertir mi dinero en el alcohol que el pequeño bar con forma de cabaña compraba a los medianos proveedores para embarcar en el frágil bote de la bebida a los náufragos perdidos en la belleza natural de aquella camarera, Marta. Otra. Tal vez fuese mi frase preferida o la frase que más odiaba. Me bastaba con tener una excusa para mirar la manera que Marta tenía de levantar la botella de ron para verter su contenido en el vaso recién fregado conforme iba inclinándola, hasta que rápidamente la bajaba y chocaba con el canto del vidrio para dejar de servir, y terminar aquella mezcla única con un trago de agua con gas. Muchos buitres no aguantaban hasta la caída de la luna y se iban dando tumbos. Yo no era como ellos, esperaba para contemplar cómo cerraba, recogía el negocio y se iba caminando por la avenida con esos tacones que resaltaban más aún sus curvas ya casi tapadas por su pelo negro. Solo Dios sabe a dónde iría las ocho horas que le quedaban de descanso para retomar la rutina. Podría haberlo averiguado siguiéndola, pero ya mi cabeza tenía marcada como ruta predeterminada el rumbo hacia mi humilde chabola pesquera evitando así actos escasos de cordura. No necesitaba llave para entrar, tampoco necesitaba preocuparme por lo que había en su interior, ya que solo tenía en mi posesión una cascada cama chirriante y un curtido escritorio de madera podrida junto a una pluma, tinta y una pila de pedazos de papel, una incrustada vela y una caja de cerillas. Las blancas celestes paredes se encontraban habitadas por nasas, redes, anzuelos y coloridas boyas que su anterior, ya difunto, dueño había colocado a modo de decoración. Para mí ya eran vacaciones, había recolectado todos los frutos que se encontraban en la cima de aquellos tropicales árboles y los había cambiado por el suficiente dinero como para aguantar unos cuantos meses con mis escasas necesidades. Y es que la ~ 24 ~


necesidad que imperaba sobre las demás era "ella". Siempre estaba allí, en el mismo sitio, conocía sus gestos, sus miradas y sus leves sonrisas de desagrado. A las dos del mediodía le hacía una matutina visita, me tomaba un ron, y con la garganta ardiendo me dirigía hacia un banco desde donde se podía ver la carretera principal, no mucho más allá de mi casa. Una vez acomodado, empezaba a contemplar detalladamente las caras de los conductores que por ese asfalto ardiendo circulaban. Me fijaba sobre todo en los que veía todos los días o un día de la semana en concreto. Luego, me tumbaba en la encorvada palmera hasta caído el atardecer y me emborrachaba hasta caída la fría noche, cuando ya me cerrasen las puertas de la adicción y tuviese que ver cómo se marchaba la mujer de mi vida con acompasados taconeos hasta desaparecer en la oscuridad. Contando farolas, algunas encendidas que alumbraban las fundidas, llegaba a mi querido cuchitril, me sentaba en la silla de mimbre y comenzaba a recrear con gran esfuerzo lo que podrían ser las vidas de los chóferes. Había tormenta. Estaba dispuesto a desplegar mis memorias en esos ocres folios cuando las gotas de agua comenzaron a colarse por las hojas de palmera que mi techo constituían. Tormenta. La humedad y el calor formaban parte del ambiente, mas las nubes, ahora negras, se diluían. No podía quedarme ahí sentado, sabía lo que a continuación pasaría y lo que tendría que hacer en unos días. Esa choza se convertiría en diosa de qué y no había nadie que tuviese intención de ayudarme, pues nadie había. Tomé el harapiento chubasquero que guardaba bajo el colchón, guardé mis medios de expresión en un lugar seguro, por así decirlo, y cogí aquellos relatos que más mimos necesitaban y que más mimos quería yo darles, y abrí la puerta. Otro de mis alivios era él, Dios. Jamás había sido bautizado, pero había oído habladurías de la gente sobre él y la devoción había

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surgido en mi interior. ¿Qué más podría hacer sino creer en él? ¿Quién más me escucharía si él no estuviese? ¿Quién me daría ánimos cuando no quedasen? La iglesia se había convertido en mi otra casa, y el cura en mi padre. Lo tomaba como una representación humana del mismísimo ya que era el único que a mis plegarias respondía. Aquellos momentos en los que sentía como si el peso de la redonda e inerte pero a la vez viva tierra se me viniese encima, cruzaba con mis sentidos atentos esa carretera de historias utilizando las pocas fuerzas anímicas que tenía para no ser arrollado. Una vez en el otro extremo de la vía solo tendría que levantar la mirada, entornar los párpados y lograr ver el fascinante, mohoso y oxidado campanario para saber a dónde tenía que dirigirme. La iglesia tenía tres entradas, la principal se lograba ver situándote en la parte trasera, otra en el Oeste, y por último por donde yo llegaba, en la parte derecha. Nada más entrar y dirigir mi cuello hacia el fondo estaba el carcomido confesionario, donde, de siete a nueve, mi padre parecía como si estuviese esperando mi llegada pues era yo el único que iba a esa hora y esos días a la parroquia. Con timidez y con la cabeza gacha me sentaba en la oscura banqueta, frente a las rendijas de madera barnizadas que separaban y no dejaban ver las caras de un padre y su hijo. —-Ave María Purísima. —Sin pecado concebida. Dicho esto comenzaba sin parar el desahogo por mi parte, tanto como la confesión de mis pecados como por sentir que alguien me entendía. Le llegué a hablar de ella pero jamás su nombre mencioné, tal vez por vergüenza, por temor o por no querer siquiera compartirla de ese modo. Tras finalizar la terapia tendría que rezar las oraciones correspondientes. Con mucho gusto. Otro día anduve bajo la lluvia, ya no distinguía las gotas de sudor con las de la borrasca. Llegué a la carretera, ahora convertida en un riachuelo que había arrastrado todas esas recreaciones, ningún ~ 26 ~


coche por allí circulaba. Una vez remangados los pantalones la atravesé dando zancadas y jadeando conseguí refugiarme en mi casa. Ya habituado a ello busqué a mi majestuoso padre esperándome, pues aún la iglesia estaba abierta aunque la noche se había adueñado del cielo, eran las ocho y media. Cinco minutos malgasté contemplando los góticos ventanales y la arquitectura digna de admirar, pero mi paciencia se había agotado y le tenía que suplicar si sería tan amable de dejarme la casa de Dios como refugio hasta que la tormenta amainase. Subí las escaleras hasta la sacristía donde estaba el altar con la Biblia encima, abierta por el versículo que en la misa del domingo él recitaría. La casa parroquial debería estar a la izquierda pues siempre que terminaba por ahí se marchaba. Giré el pomo de la puerta con cuidado. Pude sentir una serie de respiraciones aceleradas. Pegándome a la pared y con sigilo seguí hasta que llegué a la esquina del pasillo, asomé la cabeza y después de haber visto aquello, con un espasmo la retiré. Respiré hondo y volví a dejar caer mi cabeza para lograr ver lo que estaba pasando. Después de un pestañeo intenso buscando saber con certeza que era real, vi a la mujer de mi vida, con los cabellos negros que sus curvas tapaba, entrelazada con el que acababa de dejar de ser mi padre, vestido con esa túnica negra que ahora nauseas me provocaba. Volví sobre mis pasos y en lo que llegaba a la choza me di cuenta de que, gracias a Dios, la tormenta había cesado y no había causado los daños que me imaginaba. Como siempre, para ver el arco iris hay que soportar la lluvia, y era cierto, el día parecía ser espléndido. Decidí levantarme tarde, recostarme en mi vieja palmera de verdes hojas cuya forma ya se había hecho a mi ancha espalda y gastarme una gran parte de mis ahorros en uno de esos restaurantes caros de la Avenida. Con el estómago lleno, me senté en la barra de Marta viendo como trabajaba en su jornada de tarde que a las ocho acabaría. Y empecé a pedir una, y otra, y otra copa, matando mis neuronas hasta la cúspide de la tarde que serían las siete. ~ 27 ~


Hoy no escribiría ninguna historia de chóferes pues sabía que tendría otra mejor. Contando ahora más farolas hasta mi casa, entré a la iglesia, ya no merecía mi fe. Sin pensármelo, me dirigí a sentarme en la banqueta. —Ave María Purísima. —Sin pecado concebida. Tras la falsa retahíla que mis labios pronunciaron, un querido padre me aconsejó rezar un credo y dos padrenuestros. Al levantarme, corrí la cortina del confesionario y con el cuchillo que en un pasado numerosas nasas cortó, le asesté una puñalada en esa túnica negra que ahora nauseas me provocaba, diciéndole que los rezase él por mí. Tiempo me dio de volver y de tomarme lo que sería mi última copa, viendo cómo levantaba la botella de ron para verter su contenido en el vaso recién fregado, conforme iba inclinándola, hasta que rápidamente la bajaba y chocaba con el canto del vidrio para dejar de servirla, y terminar aquella mezcla única con un trago de agua con gas. Muchos buitres no aguantaban hasta la caída de la luna y se iban dando tumbos. Yo no era como aquellos, esperaba para contemplar cómo cerraba, recogía el negocio y se iba caminando por la avenida con esos tacones que resaltaban más aún sus curvas, ya casi tapadas por su pelo negro. Esta vez la seguí, manteniendo una distancia de margen aunque ya supiese su destino. Una vez allí, ella se dirigió primero a su casa y al no encontrarlo, miró en el confesionario donde, con un grito junto a unos llantos que pronto comenzarían, vio a quien yo pensé que era la representación de Dios en vida. Caminé hasta situarme detrás de ella y cuando notó mi presencia, se dio la vuelta para lograr ver mi cara tallada por el tiempo con esos ojos castaños heridos por el sol picón y, antes de que pudiese verbalizar nada, le dije:

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—Eres especial. Por lo menos para mí lo eres. De una manera que nunca llegué a imaginar. Ahora ya no sé si llegaré a recordar lo que he hecho, pues estoy borracho como una cuba.

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El tiempo Javier Santana Martínez

¿Qué es la vida exactamente? Un flujo de información sin sentido. Un permanente rumbo que no termina de recobrar el aliento pues, cuando lo hace, una ráfaga de viento esparce como ínfimas gotas de rocío lo que sucedió hace un momento, un instante. Cómo cuentan los instantes en el reloj de nuestro despertar. El reloj que nos ahuyenta, el reloj que posee el tiempo inmediato, el pasado y el futuro. Ese reloj que un día marcó una hora especial para cada ser existente sobre la faz de la Tierra. Y quizá más allá del cosmos también un momento signifique algo especial. Porque yo he aprendido que si existe verdaderamente algo por lo que preocuparse es por el tiempo, pero no por aquel que determina un fin, sino por aquel que determina un camino, un camino que ha de ser fielmente recorrido para alcanzar aquello que tanto has anhelado. No, no. Ya he vuelto a caer. Esta trampa me hizo perder gran parte de mis suspiros, de mi vivir. Trampa que me mantuvo preso en una cápsula que podría haber permanecido cerrada por la eternidad. No es la meta lo que importa…, es el camino. La puerta perturba mis pensamientos tan valiosos en un momento inoportuno, como de costumbre. Decido no abrir, pero claro, no hace falta decir que una hermana no entiende lo que es un no. Ella se acerca a mí decididamente, sin temor a molestarme. Su

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aliento enfría mi cuello al descubierto. Yo sigo ensimismado en mis estudios, en mí mismo y en nadie más. —Estoy aquí, por si no lo sabías. —Sí ya me di cuenta. ¿Qué quieres, Sofía? —Solo quería verte. Te echo de menos. Antes jugabas siempre conmigo, nunca me dejabas sola. Ahora siempre lo estoy sin ti a mi lado. —Estoy estudiando, no lo entiendes. Aún eres muy pequeña, pero un día no muy lejano entenderás por qué ya no tengo tanto tiempo para hacer lo que hacía antes. —¿Y qué haces ahora? —Estudiar… Sofía, por favor, vete. ¿Por qué no vas a jugar con tus amiguitas de clase? Seguro que te diviertes mucho más, ¿vale? —No, yo te quiero a ti. —Ay… A ver Sofía, no puedo y punto. No se hable más, ¿entendido? Estoy muy, pero que muy atareado. —Nunca tienes tiempo para otra cosa que no sea eso. Tus libros. Yo quiero que estés conmigo un poco más. —Y lo estoy, ahora mismo. Tú molestando y yo tratando de echarte. —¿Sabes que los abuelos han preguntado por ti? —No, no lo sabía. —¿Y que el vecino de al lado ha muerto? —¿Cómo? No…, no sabía nada de eso. —Tomás. —Vaya qué pérdida tan grande… Tendré que ir a ver a la familia desde que pueda.

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—¿Por qué no vas conmigo ahora? Mamá me dijo que viniese a pedírtelo. —Conque mamá, ¿eh? Ya lo sospechaba. —Aún así, quería estar contigo. ¿Me acompañas? —Está bien, pero solo un instante. No más. —¡Voy a prepararme! —¿Prepararte? Si ya estás muy guapa. —Es para dar envidia a las niñas del barrio. No por mí, sino por ti. Mis amigas dicen que eres muy… —Vale, vale. Venga, apresúrate.

El cielo permanece traslúcido por la mañana, transmitiendo buenas vibraciones y reconfortantes rayos de luz cálida. Mi hermana me vuelve loco con sus tonterías tan sutiles que inventa a cada minuto. Agarrada a mi mano, atravesamos por un parque antes de alcanzar la vivienda de la familia del fallecido. Tomás era un conocido de mis padres con el que yo apenas he tenido contacto. He venido para dar un pésame que quizá no me corresponda otorgar. Muchas veces me he planteado si mi hermana sabe lo que es la muerte, pues siempre que fallece alguien no se afecta. Es extraño, siendo tan dulce e inocente. Quizá sea eso, la inocencia. O tal vez tenga una visión de la muerte mucho más divertida y placentera de lo que es en realidad… Toco el timbre de la puerta, un poco indeciso. No sé qué decir. Toco por segunda vez. No hay respuesta alguna. Me asomo cuidadosamente por una de las ventanas más próximas para contemplar el interior de la casa. Todo está en penumbra, pero al fondo se ve una luz bastante nítida. Alguien me sobresalta cuando me toca la espalda de forma brusca. —¿Qué haces, chaval?

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—Perdón… No es… lo que piensa. —¿No? Y entonces ¿qué hacías? —¿Vive aquí la familia de Tomás? —-Sí, sí, vive aquí. ¿Vienes a dar el pésame, ¿no? —Sí. Y usted… ¿quién es? —-No soy de la familia. Pasa, muchacho, y disculpa mis modales. Cuando uno tiene problemas lo primero que hace es estallar por cualquier cosa. El ser humano es así, no sabe controlar sus emociones. Sigue hablándome sobre cosas que no me interesan hasta alcanzar lo que parece ser un cuarto de estar. El panorama no es del todo favorecedor. Me sitúo en una esquina para no llamar mucho la atención. Sofía, sin embargo, empieza a saludar a todo el mundo como si se tratara de una fiesta. —Sofía, ¿qué haces? Baja la voz. ¿No ves que esta gente está muy afectada? —Ya lo sé. Por eso mismo estoy feliz. —¿Qué? ¿Cómo puedes ser tan mala? —No, no me entiendes. Estoy feliz porque tengo la oportunidad de transmitir ganas de vivir a todas estas personas. Con mi sonrisa. Vaya, no me esperaba una explicación aparentemente tan sabia de una niña pequeña. Parece ser que su filosofía de vida es efectiva. Ya ha logrado hacer reír a dos ancianas que, hasta hace unos instantes, enjugaban lágrimas de puro dolor y frustración. —Cuídala, joven. Tienes una joya de hermana. Ojalá todos nos diésemos cuenta de lo valioso que es el tiempo. Ella ya lo sabe. —¿Cómo? —Nada, hijo, nada.

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Las palabras de la mujer me dejan anonadado. ¿Quién era o quién dejaba de ser? ¿Por qué me dijo eso? Solamente puedo evitar mi malestar observando mi reloj. Por fin, son las doce. —Sofía, tenemos que marcharnos. —¿Tan pronto? —Sí, venga. Despídete y vámonos. Mi hermana hace caso omiso de mi petición, actuando con la misma alegría que antes. No soporto este ambiente de dolor y tristeza y, por qué no decirlo, me da pánico imaginarme esta situación en mi propia vida. —Adiós, y siento mucho la pérdida. Traten de descansar. No se me ocurre nada mejor que decirles. Suena patético, pero basta para abandonar el alma de la muerte. No hemos tardado mucho. Sofía canta una canción de camino a casa muy melodiosa, tanto que me atrevería a pensar que es fruto de lo inverosímil. Hacía tiempo que no disfrutaba de un simple momento como este. Agarrado de una mano por la que corre la misma sangre que la mía, escuchando cada palabra que transmite una canción infantil… Al llegar a casa, me tomo un vaso de leche bien caliente y me tumbo en el sofá del salón, a merced de un sueño reparador y no muy duradero.

Suena la alarma. Son las nueve de la noche. Me ha sentado de maravilla la siesta. Noto un leve cosquilleo en la mano derecha, muy lento y muy suave. —¡Rufus, para! ¡Qué asco! A pesar de sentir la mano envuelta en un paquete de saliva canina y el enfado repentino que me ha hecho coger, agradezco este contacto con otro ser vivo. Un momento que seguramente no olvidaré. Por muy efímero que resulte. Decido levantarme e ir a mi

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cuarto. He de seguir estudiando. Los libros tirados sobre la mesa, una hoja a medio escribir, y un par de páginas abiertas en el ordenador, me indican la presencia de un trabajo que no he terminado. Absorto de nuevo en mí mismo, observo cómo mis ojos se transforman en números y letras, combinándose unos y otros sin cesar. Me siento a gusto realizando este ejercicio de capacidad intelectual, aunque es cierto que no soy capaz de imaginar nada más allá que esto que ahora estoy haciendo. La conexión con mi tarea vuelve a verse interrumpida por la inesperada melodía de mi teléfono móvil. Debí ponerlo en silencio. —Hola, Mérida. ¿Cómo estás? —¿Que cómo estoy? Pues muy mal, ¿y tú? —Bueno, no tan mal como tú. ¿Qué te pasa? —No lo sabes, ¿verdad?... ¿Qué día fue ayer? ¿Puedes hacer memoria? —Lunes, día dos, tal vez. Sí, eso. ¿Qué juego es este, Mérida? —¡Es que ni siquiera con un indicio eres capaz de acordarte de que ayer fue nuestro aniversario de novios! —¿Qué? No, no puede ser… ¿En serio? —digo trémulo. —¡Sí! Mira, lo nuestro no puede seguir así. Si de verdad me quieres, ven ahora mismo y dame una única explicación que me deje tranquila y no me haga pensar que eres un desgraciado —dice con tono grave. —Pero tampoco es algo tan importante…. Si fuera un cumpleaños… —¡Que vengas! Cuelga el teléfono bruscamente. ¿Cómo he podido olvidarme de una fecha tan especial para los dos? Pero el trabajo… Todavía me queda un buen rato, y es para mañana. Si no lo hago, suspendo la asignatura. Si no voy con Mérida, me quedo sin ella.

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¿Qué he de hacer? Toda mi vida he estado planeando mi futuro exclusivamente para obtener un buen puesto de trabajo y ya, después, formar una unidad familiar. Después, no antes. Pero yo amo a Mérida. Son las once. Qué va, no puedo ir ahora. Es muy tarde. ¿Qué pretende, que llegue a su casa a las doce de la noche? Mañana se lo explicaré todo detenidamente. Seguro que lo entenderá. O al menos, eso espero…

La tormenta me despierta súbitamente. El sudor se amplía por la superficie de mi piel, cobrando una luminosidad casi fantasmal. Miro el despertador. Son las cuatro de la mañana. Va a ser una noche demasiado larga para mí. No sé por qué no logro conciliar el sueño. Con el agua golpeando brutalmente el cristal de la ventana y mis ojos llenos de remordimiento, no logro despegarme de la cama. Pero, espera, remordimiento ¿por qué? Poco a poco, como si mi cuerpo pesara toneladas, me deshago de las sábanas que cubren mi figura. Husmeo entre la oscuridad en busca de un interruptor de la luz, que tardo en hallar. Mi habitación es un desastre: ropa acumulada en cada rincón, libros esparcidos por las estanterías, y la papelera con una cantidad ingente de hojas en blanco escritas por mí. Sin saber por qué, ordeno un poco los libros. Me asombro el tiempo que hace que no leo uno por mi cuenta, uno que realmente me interese, y no de los que son obligatorios para estudiar una carrera. A mí me gustaban los libros de caballerías, de aventuras y de ciencia-ficción. ¿Y es que acaso ya han dejado de gustarme? Me lanzo medio desnudo en mi cama a leer uno de mis muchos libros abandonados, dispuesto a adentrarme en un mundo radicalmente distinto al mío. Pasan los minutos sin haberlos controlado yo previamente, incluso pasan horas antes de que me percate de ello. Ya cansado de leer, marco la página y me obligo a dejarlo caer en mi mesilla de noche. Pero algo me llama la atención, el comienzo de un capítulo.

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—¿Me acompañas? —No puedo, no tengo tiempo para tonterías. —Nunca jamás has tenido tiempo para otra cosa que no sea leer. Si sigues así, vas a pudrirte. —No, no lo haré. El culto a la inteligencia es lo más importante en esta vida mía. Y también debería serlo en la de cualquiera, esclavo. —La vida no es solo eso. —¡Qué sabrás tú lo que es o deja de ser la existencia de un ser humano! ¡Un simple esclavo moribundo como tú! —Señor, seré digno de ser lo que soy. Pero no soy digno de perder mi concepción sobre la vida. —¡Calla! Estás interrumpiendo mis pensamientos. —Solo pretendo decirle que debe tomar un poco el aire, relacionarse con las personas; disfrutar el día tan espléndido que hace hoy. —Me da igual todo eso. Solo quiero terminar mi investigación. Nada más que eso. Lo demás son interrupciones que no poseen valor alguno. Ahora, hazme el favor y trae algo de agua. ¡Que no te tengo para que hables, sino para que me sirvas! Cierro el libro aturdido, esta vez decidido a dejar de leer. De pronto noto la necesidad de llamar a Mérida, de decirle cuánto lo siento. Explicarle la falta de sensatez por mi parte. Por otro lado, tengo antojo de levantar a mi hermana y jugar con ella. Disfrutar con ella un buen rato contándonos cosas sin significado alguno. Mantener una conversación fluida con alguien a la que quiero. Ir a visitar a mis abuelos, darle un beso a cada uno en la frente y escuchar sus historias que ya no recuerdo. Ir una tarde con mi padre al campo a cuidar la granja, ver a esos animales que tanto me hacían reír en su momento. Abrazar a mi madre y darle la felicitación por

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conseguir el carnet de conducir. Felicitación que aún no le he dado. No lo pienso dos veces y marco el número del móvil de Mérida. No contesta. ¿Cómo iba a contestar? Ahora mismo o estará durmiendo plácidamente, o me estará odiando en profundos sueños. A lo mejor está despierta, viendo exitosa cómo sufro llamándola a cada momento. No tiene ningún sentido esta culpa que rebosa en mi mente. Miro el reloj: las seis y cuarto. No merece la pena tratar de dormirme. Preparo las cosas de la universidad y me dirijo a la cocina tambaleándome. Todavía tengo metido el miedo incesante de la tormenta, corriendo en mi interior. Nervioso y confuso, me lanzo, literalmente, en una de las sillas de la cocina. ¿Cuánto hacía que no me sentaba tranquilamente? Ni siquiera para comer me siento aquí, pues nunca tengo el suficiente tiempo como para mantener una charla en familia. Observo la casa. Ha cambiado. Sí, ese cuadro no estaba antes ahí. Ni tampoco esa lámpara de caoba. ¿Cuánto ha pasado desde que recuerdo ese antes? Para entretenerme, cojo el calendario que hay sobre la mesa y le doy vueltas, y más vueltas. Enero, febrero, marzo, abril… ¡Abril! ¡Estamos en abril! Las estaciones han pasado casi corriendo, sin parar. ¿Cómo es que no tengo ninguna alusión de estos meses pasados? No me ha pasado nada especial desde… pues desde Navidad. ¿En qué he transformado mi vida? —¿Qué haces aquí? —¡Vaya! Sofía, ¿no sabes encender la luz? Vaya susto me has dado… —expongo sin respiración. -Tú tampoco la habías encendido. La inocencia a veces puede resultar el arma más poderosa para rebatir a un individuo, sea cual sea. —Vale, sí. Tienes razón. Déjame solo, anda. —Espera, voy a coger un vaso de agua. —Sí, y acuéstate, que aún es temprano.

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Parece un pequeño y reluciente ángel con su pijama de flores violetas y azules. Hacía tiempo que no me fijaba en la belleza tan pura y angelical que posee mi hermana. —Espera, Sofía. Tengo un plan. —¿En serio? —¿Te apetecería ir mañana conmigo y con Mérida a la granja con papá y mamá? —¿En serio? Pero… si tú nunca tienes tiempo… —Ahora sí. Ya estudiaré por la noche. Mañana, cuando llegue de la universidad, nos vamos al campo. —¡Bien! ¡Mamá y papá se van a poner muy contentos! —Sí, pero no chilles, vas a despertarlos. Venga, dame un beso y a dormir. La sonrisa de Sofía no podía albergar más magnitud. No pensé que tuviera tanta influencia en los demás. Pero ahora solo me falta una cosa: que Mérida me perdone. Y es ella quien me llama sin yo apenas sospecharlo. —Lo siento. He visto tus llamadas. He sido muy brusca contigo. —¡Mérida! ¡Por fin! No, no. Tú no tienes la culpa de absolutamente nada. He sido yo el que se ha distanciado, pero ya sé cuál ha sido mi error. Y no solo contigo, sino con mi vida. Te quiero mucho, y no existe nada más que quiera tanto como a ti. —Calla, me vas a sonrojar… —No, tengo que hablar. Sé que te he hecho mucho daño. Llevo muchos días sin verte y encima me olvido de nuestro aniversario. Me he desconectado de lo que realmente me importa, no sé cómo he podido hacer algo semejante.

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—Me alegro de que te hayas dado cuenta. Llegué a pensar que no te importaba… —Lo siento, de verdad. Quiero recompensarte, empezando por nuestro regalo de aniversario. Sé que no es una idea muy romántica pero, ¿te apetecería venir conmigo y mi familia mañana al campo? —Bueno… —Es una mala idea, lo siento. —¡Es broma! ¡Por supuesto que sí! Pero te impongo una condición: que me vuelvas a llevar a aquel manantial tan hermoso en el bosque. Solos tú y yo. —Como usted diga.

El aire fresco de las altas montañas desvela mis más hondos sentimientos. Tumbado en la verde y húmeda hierba del prado, noto la presencia de un cuerpo humano que yace en mi pecho. Ambos corazones laten al compás, sintiéndose mutuamente. Viviendo el uno para el otro. La estampa de mi pequeña hermana recolectando setas y hermosas flores jamás se olvidará en mi mente. Su cabello rubio recogido en una complicada trenza, su traje de vivos colores; su sonrisa sobrenatural, la cual activaría los sentidos de todo ente que ose posar su mirada en ella, mis padres discutiendo tontamente; la pareja de caballos pastando dichosos, con independencia de saber o no que la hierba no es más que hierba. Y estoy yo. Un nuevo yo. Por fin he logrado descifrar el mensaje de aquella mujer en el pueblo. La importancia de disfrutar cada segundo que vibra, palpita o resuena en nuestro cuerpo. En nuestra alma. ¿Cómo he podido vivir tantos años con una única idea en la cabeza? ¿De qué me habría servido triunfar en mis deseos de pequeño si no tenía todo lo demás, el cariño y el contacto con otro de mi especie? O simplemente, con otro ser diferente. O con lo

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abstracto e invisible. Respirar con ansia cada partícula de aire que aspiro. Consumir el agua de la naturaleza como si fuese el último sorbo de mi existir. Escuchar la sintonía de la vida. A los árboles frotar sus innumerables ramas contra la nada. El viento incesante de una noche tormentosa. La ávida lluvia que golpea el mundo, haciéndose notar con gran brío. Observar el entorno, capturando imágenes que nunca volverán a desaparecer, como una triste hoja seca que se desvanece para dar lugar a otra nueva. O contemplar el magnífico cielo en todos sus estados, envidiándolo por ser el que nos aporta la luz y el temor. Pero, sobre todo, disfrutar que tú perteneces a ti mismo y a nadie más. Gozar por sentirte tuyo, sentir cada latido de tu corazón aportándote la vida que no apreciamos. Agradecer que estemos vivos y que podamos ser completamente libres. Libres del tiempo. Eliminar todas las barreras que nos imponemos y que nos debilitan. Que nos matan lentamente, pero con efectos muy eficaces. Le doy gracias a la vida por hacerme recapacitar y contemplar el mundo de otra manera radicalmente opuesta. Porque sentirse parte de un todo es mucho más de lo que cabría esperar. Porque no apreciar la vida como lo que es (un cúmulo de cambios y alternativas que no tienen fin) acarrea unas consecuencias que todo ser vivo debe afrontar. Sin ir más allá, la muerte. El tabú de nuestras vidas. Nadie puede hablar de ello, porque si no, estaremos insinuando que la necesitamos. Y es que realmente es así. La odiamos. La necesitamos. Pero no quiero indagar más en mí, demos paso al presente. Que él tome las decisiones cuando sean precisas… y no el tiempo controlado.

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Mi madre Joana Alemán Sánchez

De vez en cuando en la vida hay algo que se hace con especial amor o con especial dedicación. Este es el caso de mi familia, contiene una gran emoción y, sobre todo, un inolvidable recuerdo que tendremos siempre presente. En muchas parejas lo más hermoso es la ilusión de tener un hijo y así compartir y experimentar lo que es la alegría y la felicidad de una familia, y lo que voy a contar a continuación es una prueba de ello. Todo empezó el día 27 de febrero de 1966, una pareja, después de algunos años de relación, contraían matrimonio. Ellos eran Juan y Mariana. Se casaron y se fueron a vivir a Melenara, un barrio perteneciente al municipio de Telde, a una gran casa que, con el sudor de sus frentes, como ellos cuentan, construyeron a su gusto y con habitaciones suficientes para cuando se ampliara la familia. La decoraron muy bien. Juan se encargaba de colocar los cuadros, estanterías, etc.; Mariana, una maniática de la limpieza, de tenerla siempre intacta, de llenarla de plantas, sobre todo helechos y violetas, y, cómo no, de hacer un pequeño parterre a la entrada y plantar esos lindos rosales que en su época no faltaba en ninguna casa.

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Pasó el tiempo y la preocupación llegó a sus vidas. El deseo de tener hijos era cada vez más grande pero no lo conseguían, se hicieron pruebas que determinaron que nunca podrían tenerlos. El mundo se les vino encima, las ilusiones que siempre habían tenido se desvanecieron. Tiempo después pensaron que una gran idea sería adoptar a un niño, y Juan se acordó de que un gran amigo suyo tenía una hermana monja trabajando en un orfanato, el Hogar de la Sagrada Familia, en Santa Cruz de Tenerife. Decidieron ponerse en contacto con ella y transmitirle su deseo. Mariana decía: —¡Nos da igual su sexo, pero que sea pequeño, que queremos criarlo nosotros. Sor Inés, que así se llamaba la monja, los tranquilizó y les dijo que no se preocupasen, que en cuanto se enterara de que algún niño iba a entrar en su centro, les avisaría. Pasó muchísimo tiempo, y nueve años y diez meses después de su casamiento, exactamente el día 26 de diciembre de 1975, Mariana, que trabajaba en casa de su cuñado, recibió una llamada desde Tenerife, era Sor Inés. Ella no se lo podía creer, pero esperaba que le diera la mejor noticia del mundo en aquellas fiestas tan señaladas como son las Navidades, y así fue. Sor Inés con voz suave y algo emocionada, le dijo: —Mariana, nos han llamado desde una clínica de aquí para que vayamos a recoger un bebé que va a nacer. No sabemos si será niña o niño, así que preparen todo cuanto antes, cojan un avión y vénganse inmediatamente para Tenerife, que esperaré su llegada. Mariana, sorprendida por aquella noticia, se emocionó muchísimo, sus ojos se llenaron de lágrimas, era algo que ya creían imposible; se inundó de felicidad, y enseguida llamó a Juan, que estaba en otro barrio cercano trabajando, y le dio la gran noticia:

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—¡Vente ya, que tenemos que irnos, mientras yo voy preparando todo! Él tampoco se lo podía creer, soltó el martillo y el escoplo y todo lo que tenía encima y en un momento se puso en su casa. Cuando llegó allí, su mujer ya le esperaba incluso con un bolso con ropita de bebé que le había dejado su hermana. Se preparó, cogieron un taxi y se fueron directos al aeropuerto a coger el primer avión que saliese. Al cabo de unas horas ya estaban en la tierra vecina y de camino al Hogar de la Sagrada Familia. Al llegar, Sor Inés les esperaba en la puerta; se dieron un gran abrazo y, ansiosa, Mariana le preguntó: —¿Qué ha sido, una niña o un niño? A lo que ella respondió : —Una niña guapísima, lleva unas horas de nacida y pesó tres kilos y medio. Seguidamente, Sor Inés les llevó a ver a su futura hija, que estaba en una habitación con sus compañeras. Mariana les prometió que la iban a cuidar muy bien. Acto seguido, las monjas les saludaron, les felicitaron y con mucha alegría, les entregaron a su futura hija, mi madre. Ellos se quedaron muy emocionados, no sabían de qué manera agradecer todo aquello. Sor Inés les preguntó que si ya habían pensado en el nombre y Juan, mirándolas, afirmó: —Mire, pensándolo bien, usted nos ha hecho un gran favor, y como se llama Inés, pues le pondremos su nombre. Después de un ratito charlando, les entregaron los papeles del hospital y se despidieron volviendo a dar las gracias por lo que ya veían como imposible. Llamaron a su familia y les dijeron que en breve estarían de vuelta. Su familia se volvió tan loca como ellos, incluso sus cuñados, que tenían una tienda, les decían a algunos clientes conocidos que se pusieran en la puerta mientras ellos ~ 44 ~


atendían, y que si veían pasar un taxi con una pareja y un bebé que avisaran. Cuentan que fue todo un espectáculo, que la voz se corrió y casi todo el barrio estaba asomado a sus ventanas esperando a que llegasen, puesto que en aquel tiempo era el primer niño adoptado que llegaba allí. Por fin aparecieron y la gente salió a su encuentro, se dirigieron a su casa y desde el momento que llegó hasta que anocheció, la gente no paraba de entrar para verla. Fue todo tan hermoso que creo que ellos jamás olvidarán ese momento, la felicidad que encontraron aquel 26 de diciembre en el que sus vidas cambiarían para siempre. Por fin podrían darle el cariño y la educación que ellos siempre habían deseado para un hijo. Al poco tiempo la bautizaron y lo celebraron con una espectacular fiesta a la que asistió muchísima gente. Por supuesto, no era solo por el bautizo, sino por la alegría de ser padres y formar ya una familia. Pasó el tiempo y los años. Ellos habían tomado una decisión: no decirle la verdad, ya que tenían mucho miedo al rechazo. Pero la situación cambió una tarde de verano. Inés tenía unos cinco años y medio, y se acuerda perfectamente porque la marcó muchísimo. Ese día, ella jugaba en el barranco con un montón de niños de edades comprendidas entre los cinco y los diez años. Uno de ellos, el mayor, se le acercó y le preguntó: —Oye, ¿tú sabes quiénes son tus padres? Y ella le respondió: —Pues claro, mi niño, son Juan y Mariana. Él la miró y le dijo: —No seas boba, esos no lo son, son otros; tú eres adoptada y encima no naciste aquí, naciste en Tenerife.

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Inés se quedó inmóvil, mientras los demás niños, callados, observaban todo lo que aquel decía y, con los arranques propios de esa edad, le respondió que era un mentiroso y que eso no era cierto, se puso a llorar y se fue corriendo a la casa a contárselo a su madre. Al llegar la abrazó y con voz temblorosa le contó todo lo que aquel niño había dicho, y por supuesto, la madre asustadísima se lo negó todo e Inés se quedó más tranquila. Seguía pasando el tiempo y cada vez que ese niño la veía, le seguía diciendo lo mismo, y la duda le crecía cada día más; ella siempre se lo preguntaba a sus padres obteniendo la misma respuesta. Al cabo de tres años se mudaron a una nueva casa. Inés ya había cumplido los ocho años, tenía un nuevo cole y nuevos amigos, su padre empezó a trabajar allí de guardián de noche. Un día mientras estaba cenando con su madre, la miró y le dijo: —Mamá, tú siempre dices que hay que decir siempre la verdad, así que dime: ¿yo soy adoptada o no? Y ella le contestó: —Bueno sí. Hay muchos niños que también lo son y no pasa nada. Inés se quedo aturdida, empezó a llorar y a gritarle: —Mamá, tú no me digas que eso es verdad, no me lo puedo creer. ¡Eso no es verdad! ¡No no, no quiero que eso sea así! Mariana también se llenó de lágrimas como una niña pequeña, la abrazó tan fuerte que todavía Inés hoy lo siente, y le dijo una frase que nunca olvidará: —¡Es más madre la persona que te cuida durante toda la vida que la que te trae al mundo! Ahora estate ahí sentada y escucha con atención que te lo voy a contar todo.

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Estuvo un buen rato hablándole mientras trataba de tranquilizarla. Al poco, Inés se fue a la cama y recuerda que esa noche apenas pudo conciliar el sueño. A la mañana siguiente, cuando Juan volvió de su trabajo, Inés fue corriendo hacia él y lo puso al corriente de todo lo que le había pasado la noche anterior. Juan la miró, se dio media vuelta y se fue a la azotea; ella no entendió su actitud y quedó muy extrañada. Al rato, Mariana la llamó y le dijo: —Tu padre está arriba llorando, vete a ver qué le pasa. Inés subió, se acerco a él y le dijo: —Papá, ¿por qué lloras? Yo te quiero mucho, incluso más que antes, el que yo sepa la verdad no significa que ya no te quiera, para mi ustedes son mis verdaderos padres y no los otros, porque ellos no me quisieron y me abandonaron. Juan la abrazó tiernamente y se pusieron los dos a llorar, mientras Mariana mirándolos, se acercó y se unió a ellos. Luego, cambiaron de tema y sonrieron. Ninguno de ellos lo olvidará jamás. Ya en el colegio, Inés se dio cuenta de que muchos niños ya lo sabían por sus padres y tenía claro que si le decían algo, para ella ya no tenía importancia alguna. A lo largo de los años se propuso una meta: casarse y tener niños pronto para que sus padres pudiesen disfrutar de ellos. Lo consiguió. A los diecisiete años conoció al hombre de su vida. Durante los dos años siguientes su padre le construyó una casa y con su ayuda la terminaron. Con veinte años dejó de estudiar y se puso a trabajar para poder ayudar al que sería su marido a terminar de redecorar su casa. Y se casaron, él con veinticuatro y ella con veintitrés años. A los veintisiete años ya tenían dos hijas maravillosas, mi hermana y yo. Sus padres vivieron esos dos embarazos como suyos

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propios, han gozado y seguirán gozando de ser los mejores abuelos del mundo. Con nueve añitos, me enteré de esta pequeña historia, que escondía una pequeña parte de mi vida. Y ahora que tengo la oportunidad de escribirla, aproveché para recopilar todos esos recuerdos que están guardados en el corazón de mis abuelos.

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Bocetos del pasado Mariluz Martín Medina

Las gotas caían furiosamente desde un cielo nublado y oscuro dejando el paisaje que recordaba totalmente irreconocible; casi como a esas personas que hace mucho tiempo que no ves, y que cuando te encuentras con ellas tienes la sensación de estar hablando con un extraño. —¿Nos vamos ya? —Solo unos minutos más. —¡Joder, André, no tengo todo el día! —gritó—. ¿Vas a entrar o te vas a quedar aquí parado mirando la puerta? Además, me estoy muriendo de frío —protestó. No le respondí. No porque me hubiera ofendido, de hecho ya estaba más que acostumbrado a su peculiar forma de hablar; simplemente estaba pensando y sintiendo demasiadas cosas en ese momento como para concentrarme en nada más. —Bueno, lo siento —suspiró—. Es solo que tenemos trabajo que hacer y ya que por fin hemos encontrado la maldita casa, ¡me muero de ganas por ver qué hay dentro! —exclamó impaciente. —Nada —respondí bruscamente.

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—¿Cómo que nada? —preguntó mirándome fijamente con sus grandes ojos, lo cual hizo que me estremeciera. —¡Pues que en la casa no hay nada! —Ya, nada… Algún día conseguiré que me lo cuentes todo — dijo esbozando una leve sonrisa. —Olvida la casa, Annie —reí—. Volvamos al trabajo. —Está bien —dijo con un gruñido, y se subió al coche de mala gana. El trabajo de un detective no tiene nada que ver con lo que se refleja en el cine y las novelas: es monótono y aburrido, pues raras veces llegan a nuestras manos casos realmente interesantes. Por ejemplo, hace unos meses una niña de dieciséis años fue secuestrada y, después de que la policía se rindiera y dejara la búsqueda, su madre acudió a nosotros, ya que Annie y yo somos los mejores —si bien los únicos— detectives de la ciudad. Afortunadamente, pudimos encontrar a la chica sana y salva. Todavía recuerdo perfectamente las lágrimas de felicidad de la madre en cuanto vio a su hija entrar por la puerta, y cómo nos agradeció a Annie y a mí todo el esfuerzo puesto en la investigación. En ese instante me sentí plenamente feliz por primera vez en mucho tiempo y me dije a mí mismo que no podía haber elegido mejor profesión. Además, pensé que siendo detective podría averiguar más sobre mis padres biológicos y mi pasado. Después de seguir con Annie a la mujer del tercer marido celoso de esta semana, para averiguar que sólo eran imaginaciones de su esposo, volví a casa. Vivo en un sitio bastante sencillo: una mesa, una silla y una estantería con libros en el salón, una cama en el dormitorio, una cocina y un baño. Ni siquiera tengo televisión (cuando cuento esto, los demás me miran incrédulos, como si fuera de otro planeta). No necesito nada más: Annie y el trabajo. Es todo lo que tengo, por lo que no sé qué hacer con mi tiempo libre. Suelo

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dibujar a Annie, intentando que los finos trazos del lápiz hagan justicia a sus bellas facciones y capten lo que me transmite su rostro, aunque nunca quedo satisfecho. Sin embargo, soy incapaz de tirar todos los bocetos y los dejo sueltos por casa sin orden alguno. También me gusta escribirle cartas —obviamente, no me atrevería a dárselas— contándole todo lo que se me pasa por la cabeza y lo que siento, ya que cara a cara me es imposible. A veces pienso lo aliviado y liberado que me sentiría si leyera todas mis cartas y si viera todos los retratos, pero, por otra parte, me aterroriza pensar en cómo pudiera reaccionar y la posibilidad de perderla. Como he mencionado antes, estoy investigando sobre mi pasado y mis padres biológicos, ya que recuerdo poca cosa. Lo único que sé es que fui adoptado cuando tenía apenas tres años, ya que mi padre sufrió un accidente en el trabajo y mi madre fue hallada muerta con una sobredosis de pastillas porque no pudo soportarlo. Según los periódicos de aquella fecha, me encontraron llorando inconsolablemente en mi cama. A la mañana siguiente, me levanté un par de horas antes de lo habitual, dispuesto a ir a la casa de mis padres para enfrentarme a mis recuerdos y ver si podía averiguar algo más. Salí de la cama, me vestí y, aún adormecido, fui a afeitarme los vellos grisáceos de mi barba. Se me deslizó un poco la cuchilla, así que una gota de sangre cayó en el lavabo. Una herida de tantas, pensé para mis adentros. Me dirigí a la cocina y me senté para tomarme un té y desayunar. Después, salí por la puerta, cerrando con llave. Me subí al coche y, por inercia, encendí la radio y continuó sonando la canción que Annie había puesto ayer por la tarde.

You ask me to enter / But then you make me crawl / And I can’t be holding on / To what you got/ When all you got is hurt/ One love / One blood / One life/ You got to do what you should / One life / With each other/ Sisters / Brothers/ One life / But we’re not the same / We get to carry each other / Carry each other / One.

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Al llegar, bajé del coche y rebusqué las llaves en los bolsillos de mi gabardina y, respirando lentamente, me acerqué a la puerta y metí la llave en la cerradura. La puerta estaba atascada y pensé que tendría que encontrar otra manera de entrar, pero tras un desagradable chirrido, conseguí abrirla. La casa tenía el aspecto de cualquier lugar abandonado y no difería de lo que esperaba: telarañas en los rincones y en las paredes, finas capas de polvo que recubrían los antiguos muebles de madera, un reloj roto y detenido, un suelo de madera que crujía de forma estridente al caminar sobre él... Me dirigí hacia el que solía ser mi cuarto y me senté en la pequeña cama, analizando todo lo que había a mi alrededor, comparándolo con mis recuerdos y mis sueños y pesadillas. Por un momento, me sentí como si realmente estuviera allí y me sumergí en la tarde que me ha atormentado todos estos años. Incluso pude oír pasos y pude oír a mi madre desplomarse en el suelo. Inmediatamente, me levanté y comencé a buscar por toda la casa. Abrí cajones y armarios y rebusqué en las estanterías, dejándolo todo manga por hombro. Encontré álbumes de fotos, me detuve a mirarlos un buen rato y, después, fui al piso de arriba. Entré en el dormitorio de mis padres y continúe buscando. Abrí el armario. Removiendo entre unas cajas de zapatos, un sobre ya amarillento y desgastado por el paso del tiempo cayó al suelo. Me agaché para recogerlo y pude leer claramente mi nombre. Me dio un vuelco el corazón, pues supe que debía ser una carta escrita por mi madre e, inmediatamente, la abrí.

A mi hijo André: Sé que encontrarás esta carta, antes que la policía y que nadie. Eres el niño más curioso e inteligente que jamás he visto. Has de saber que tu padre no sufrió ningún accidente: fue asesinado por el canalla que él llamaba su mejor amigo, y todo por el sucio dinero y por querer pasar a ser propietario de la empresa de tu padre.

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Siempre tuve mis sospechas, pero, desafortunadamente, tu padre nunca me creyó, ya que estaba cegado por su falsa amistad. Intenté acusarle, André. Incluso tenía pruebas, pero en este mundo valen más las influencias y los bienes económicos que la justicia y la verdad. Me sentí impotente por no haber podido hacer nada y me guardé todos esos mezquinos sentimientos para mí misma. Pero así no se puede vivir. He sufrido mucho en mi vida, André, quizá demasiado. Ya no puedo soportarlo más; perder a tu padre de esta manera, siendo asesinado a sangre fría y traicionado, ha sido la gota que ha colmado el vaso. Espero que puedas entender estas duras palabras el día que las leas y que no me guardes rencor por no haber tenido lo que hay que tener para sacarte adelante y enfrentarme al sufrimiento y al dolor. Eres lo que más he querido en este mundo y tenerte entre mis brazos ha sido, sin duda alguna, la experiencia más maravillosa que he tenido jamás. Deseo con todo mi corazón que al leer estas líneas te hayas convertido en un gran hombre, un hombre feliz sin ningún tipo de dolor o remordimientos por el pasado. Te quiero —Un hombre feliz… —susurré llevándome las manos a la cara. Con las yemas de mis dedos sentí todas mis arrugas, las marcas que el paso de los años había dejado en mí. Me di cuenta de que había estado demasiado tiempo preocupándome, buscando respuestas inútilmente. Haber leído la carta de mi madre no me hizo sentir mejor en ningún sentido. De hecho, sólo sentí rabia. Rabia y un gran peso en el fondo de mi ser. El amigo de mi padre falleció hace ya varios años. ¿Cómo no se me ocurrió hablar con él? Le he dado tantas vueltas a lo que pudo o no pudo haber pasado y ahora que lo sé, solo me arrepiento de haber sido un cobarde. Un cobarde por no haberme atrevido a venir aquí antes y un cobarde por tener miedo a vivir e intentar olvidar. Cogí una hoja de papel en blanco que arranqué de una vieja libreta, saqué una pluma de mi bolsillo y, sin más, comencé a

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escribir. Una última carta. Le conté absolutamente todo, tal y como siempre había querido. Conduje rápidamente a casa, cogí todas las cartas y retratos y los metí dentro de un gran sobre. Fui hasta el apartamento de Annie y, sin pensármelo dos veces, pasé el sobre por debajo de la puerta; volví a casa inmediatamente y, con el corazón todavía a un ritmo frenético, entré y me apoyé sobre la puerta. Lo había hecho. Estaba ya anocheciendo, y por más que intentara distraerme, sólo podía tener en mente lo que había hecho esta tarde, no podía concentrarme en nada más. Golpeaba mi pie derecho nerviosa y rítmicamente contra el suelo y entonces sonó el timbre. Sentí un fuerte golpe y el corazón empezó a martillearme rápidamente el pecho otra vez. Me levanté de la silla y apoyé mi mano en el pomo. Traté de calmarme unos segundos, pero sabía que hiciera lo que hiciera no lo iba a conseguir, así que abrí. Era ella. Llegó con los ojos enrojecidos de llorar y me miraba fijamente. Entonces, tragó saliva y comenzó a hablar, tartamudeando. —André, he leído las cartas. Todas. Joder, tardé más de dos horas —sonrió, pero entonces su rostro se oscureció y pude ver cómo comenzaba a humedecerse su mirada. Moví los labios, pero de ellos solo pudo salir un soplo de aire y, antes de que pudiera reaccionar, Annie estaba abrazada a mí con su cabeza hundida en mi pecho, tratando de contener las lágrimas. —¿Cómo coño has sido capaz de callarte todo eso? —dijo entre sollozos— Y… los dibujos. Aún paralizado y sin creer lo que estaba pasando, moví lentamente mis brazos para corresponder al abrazo y comencé a acariciarle suavemente el cabello. Miró hacia arriba para que nuestras pupilas se encontraran y, mientras limpiaba las lágrimas de

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sus ojos, una caía por mi mejilla. No hizo falta decir ninguna palabra más: el silencio y nuestras miradas hablaron por sí solas. La abracé con fuerza y, entonces, nuestros labios se unieron de una manera que jamás habría sido capaz de soñar.

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El collar de amatistas Omar Alonso Naranjo

—Entonces, ¿qué opina usted que deberíamos hacer? El hombre con la gabardina negra se tomó su tiempo para contestar. Llevaba ropa oscura, y su rostro estaba oculto por la sombra que producía el ala de un sombrero de copa alta. Cuando respondió al otro, su voz sonó amortiguada por una barba entrecana. —Está claro que nuestro criminal no tiene nada que perder, el último robo lo ha cometido prácticamente bajo nuestras mismas narices. Y ya le he dicho que si desea acompañarme cuando estoy trabajando, deberá llamarme señor Neer, o, si lo prefiere, simplemente señor. —Lo siento, señor Neer. Robert Neer era detective privado, de los mejores de la ciudad, pero la semana anterior había aparecido esa pareja de ricachones, los Reinhold, diciendo que deseaban que su hijo Gellert aprendiese de él. Sin embargo, desde 1843 la clientela parecía haber empezado a olvidarle, y él no iba a dejar que ese chaval vestido con ropas de fieltro y terciopelo le apartase aún más del trabajo. Eso era fundamental para resolver el último caso que se le había planteado: desde hacía unas semanas, estaban desapareciendo las más valiosas reliquias de los museos y residencias de la ciudad, para reaparecer

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en escondrijos y cubiles de las afueras, o en manos de vendedores que no parecían conocer su procedencia. —¿Dice que qué deberíamos hacer? Un collar de plata y amatistas llegado de Sudamérica hace apenas ocho horas ha sido robado dentro de la misma caja forrada con terciopelo rojo en la que fue traído. Ninguna huella, ni cristales rotos, ni guardias asesinados. Una cerradura forzada y un guante de hombre de cuero negro, eso es todo. Ningún testigo en el vecindario. ¿No le parece extraño? —¿Quiere decir que los vecinos han sido sobornados, señor? —No, demasiado sencillo. Simplemente que el ladrón pasa bien desapercibido. Sabemos que nuestro hombre trabaja sin ayuda de nadie, y todos los habitantes de Londres conocen el caso. Nadie colaboraría con él, a no ser que esté muy desesperado. ¿Entiende lo que quiero decir? —¿Se refiere a… “El Cuartel”, señor? —Exactamente, señor Reinhold. El mercado negro, el lugar donde el ladrón podría deshacerse de una joya de tal importancia sin preocuparse de lo ilegal que pueda ser. —Pero, señor, fuimos a “El Cuartel” cuando robaron las tazas de porcelana china y las lámparas de bronce, y no encontramos ninguna pista de ellas. —Pero tendremos que empezar por algún sitio, ¿no le parece?

La espesa niebla que emergía de las aguas del Támesis se arremolinaba alrededor de los tobillos de los dos hombres cuando se pusieron en marcha. El detective Neer siempre había adorado la noche londinense, su aire fresco y húmedo, incluso el olor a brea de los tejados y de los cascos de las embarcaciones podía resultarle agradable. Pero esa noche no había tiempo para ponerse a disfrutar ~ 57 ~


de los placeres nocturnos. Iban tras la pista de un ladrón astuto y rápido, un profesional, y podía ser que esa, la noche del 17 de julio, fuese aquella en que por fin le diesen caza. Él, el detective Robert Neer aparecería en la portada del “Telegraph”, la gente le estrecharía la mano por la calle y su oficina se llenaría de nuevos clientes. Miriam… Miriam era la esposa del señor Neer. Tal vez, si tuviese más clientes, podría comprarle un vestido nuevo, o alguna joya… —Señor Neer, tiene que ver esto —murmuró el joven señor Reinhold, sacándolo de su ensimismamiento. Se había detenido unos metros más atrás, y precisamente estaba mirando asombrado el escaparate de una joyería. —¿Qué sucede? —preguntó Neer. Y entonces lo vio. Un collar de plata con enormes amatistas brillaba sobre una mesa, en una caja forrada de terciopelo rojo.

—¡No sabía nada! ¡Se lo prometo! —El anciano joyero estaba dando brillo a su mostrador cuando entraron los dos hombres con ojos desorbitados acusándole de haber robado el collar que acababa de adquirir—. Me lo ha vendido un muchacho con abrigo y guantes de cuero negro. ¡No, con un solo guante! No hace ni cinco minutos que se ha marchado. ¡Lo juro! El detective y su aprendiz se apartaron un poco del hombre. —¿Qué opina, señor? ¿Dice la verdad? —Estoy casi seguro de su inocencia, Gellert. Obsérvele bien. El joven miró al joyero. Era un señor bastante mayor, rondaría los sesenta años. Tenía el cabello completamente blanco, y una gran calva perfectamente circular brillaba en el centro de su cabeza. Iba vestido con una chaqueta roja y chaleco verde, cuyos botones amenazaban con soltarse en cualquier momento a causa de

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su prominente vientre. Sus manos estaban enfundadas en guantes blancos y finos que le quedaban bastante apretados, y sus rechonchas piernas habían sido embutidas en unos pantalones de tela a rayas verticales. Unos zapatos negros y delicados finalizaban la imagen del joyero. —Creo, señor —dijo el aprendiz tras pensar un poco—, que usted dice que este hombre es inocente por su edad. El robo fue cometido hace muy poco tiempo, y un hombre tan mayor no podría haber llegado aquí tan deprisa. Además, los pantalones le quedan estrechos y los zapatos no parecen adecuados para correr sobre las húmedas losas de la calle. —¡Vaya, parece que podré sacar algo bueno de usted, después de todo! ¿No ve nada más? —contestó el detective, complacido. —No, señor Neer. —Bien, lo ha dicho casi todo, pero cabe decir algo más. ¿Recuerda que a nuestro ladrón se le quedó un guante de cuero por el camino? —Sí, señor. —Se habrá dado cuenta de que este hombre lleva dos guantes blancos, y nuestro ladrón perdió uno, y de cuero negro. Podría habérselos puesto al llegar de cometer el robo, pero le quedan demasiado ajustados como para poder ponérselos a la carrera. Podría haberlos llevado puestos bajo los de cuero, pero tendrían restos del interior del otro guante, bastante viejo, y sin embargo estos están impolutos. Además, sus ropas de colores brillantes habrían atraído sin duda la atención de algún testigo, pero no fue así. —¿Quiere usted decir que debemos confiar en que tan solo dice la verdad, señor? —A no ser que queramos perder más tiempo deteniendo a este hombre, probablemente inocente, mientras el verdadero

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culpable se aleja de nosotros, esa es nuestra única posibilidad, sí. Gracias por su colaboración —añadió el detective levantando levemente el ala de su sombrero en dirección al aturdido joyero—. Vendremos mañana por la mañana para interrogarle. Espero que no suponga ninguna molestia... —Para nada, será un placer —repuso el anciano con un gesto de su mano para quitarle importancia.

Al abrir la puerta de la calle, el aire frío de la noche les azotó en el rostro y les incitó a seguir buscando a su ladrón. Sin embargo no habían avanzado ni una veintena de metros cuando un chillido proveniente de la joyería les hizo dar media vuelta. Al volver a entrar no vieron al joyero, así que Gellert subió a buscarle a su vivienda, justo encima de la joyería, mientras el detective exploraba la tienda. Éste encontró al anciano respirando entrecortadamente tras el mostrador, intentando contener con su pañuelo el flujo de sangre que manaba de su garganta. Pero Robert Neer ni siquiera pudo sacar su propio pañuelo, ya que dejó de respirar con una daga de plata clavada en la nuca. Mientras una mano enfundada en un guante de cuero negro le sujetaba la cabeza, otra, ésta sin guante alguno, retiró el arma de la base de su cráneo y la guardó en el interior de su bota. Acto seguido, el misterioso individuo salió del local sin hacer ruido alguno, de forma que cuando Gellert bajó a la tienda para informar al detective de que había hallado a la familia del joyero asesinada sólo se sorprendió por dos cosas: por los cuerpos inertes que yacían desangrados en el suelo y porque algo faltaba en la mesa central de la tienda. El collar de amatistas había desaparecido.

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18 de julio de 1848

EL LADRÓN LONDINENSE ROBA MÁS QUE UNA JOYA Anoche, en la joyería Walter’s, a orillas del Támesis, tuvo lugar un terrible incidente: el desconocido ladrón que durante las últimas semanas ha mantenido en vilo a joyeros, directores de museos y grandes propietarios de la ciudad, ha dado un paso más en su brutal carrera. A sus manos se han extinguido las vidas de Robert Neer, el detective al cargo de su caso, y de Nic Walter y su familia, dueños de dicha joyería. Se encuentra bajo detención Gellert Reinhold, aprendiz del detective, que se encontraba en la joyería en el momento fatal. Continúa en pp. 16 y 17

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Nara Sofía Navarro Galindo

Estaba caminando cerca de la orilla. El agua del mar me rozaba suavemente los pies y yo me sentía libre. Era una tarde espléndida. La mayor parte de las personas que habían pasado el día en la playa ya se habían marchado, pero aún quedaban otras rezagadas que se negaban a abandonar la hermosa vista que tenían ante sus ojos. Entretanto lo observaba todo, aguzando por completo mis sentidos. Era sin duda uno de esos momentos en los que lo único que deseas es relajarte y dejar que pase el tiempo, sin hacer absolutamente nada, dejando que esos problemas que inundan tu cabeza durante el día se esfumen sin más. Solo tú y ese hermoso paisaje. Mi madre llamó a la puerta de mi habitación y fue en ese instante cuando volví a la realidad. Me llamaba para que fuera a verla a la cocina. El silencio reinaba en la sala. Encontré a mi madre y a mi padre sentados en torno a la mesa central de la cocina. Junto a ellos había una niña, desconocida para mí. La muchacha llevaba un gorro de lana azul en la cabeza. Tenía gafas y, durante todo el tiempo en que mis padres estuvieron hablando, no me miró a los ojos. Su vestimenta era clásica, llevaba pantalones vaqueros y una camiseta roja. Parecía inquieta e incómoda. Además, yo no hacía nada por

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ayudarla, ya que no paraba de observarla. Tendría cerca de doce años. Me comunicaron que Nara estaría con nosotros todo el verano. La miré perpleja. Sentía que era la única que no sabía nada sobre aquella niña. Mi madre se levantó y acompañó a Nara a su habitación. Me quedé con mi padre y le pregunté sobre aquella niña. Mi progenitor me contestó que Nara era la hija de una amiga de mi madre que estaba cuidando a un familiar y no podía hacerse cargo de todas las necesidades de la niña. “¿Todos los cuidados?”, le pregunté a mi padre, a lo que él me contestó: —Sofía, Nara es autista. En ese momento la Tierra se me cayó encima. Mi padre continuó hablando y lo que manifestó no fue mucho mejor. Me dijo que yo tendría que intentar relacionarme con ella para comprobar si respondía a algunos estímulos. Ahí fue cuando el universo entero se desplomó a mis pies. Fui a mi habitación, me encerré y no paré de pensar en Nara. Llegó la hora de cenar y bajé a la cocina. En la sala se encontraban la niña y mi madre. Mi progenitora parecía intentar calmar a la inquilina. Ambas notaron mi presencia y Nara salió corriendo hacia su habitación. Mi madre iba a salir detrás de ella, pero recordé lo que me había dicho mi padre y la detuve. En su lugar, fui yo la que la siguió. Toqué en su puerta y al ver que no me respondía, me digné a entrar. La encontré sentada en la cama, con sus manos sobre sus rodillas y la cabeza agachada. En ese instante lo único que quise fue llorar, pero avancé por la habitación hasta sentarme al lado suyo. —Me llamo Sofía —fue lo único que conseguí decir—. Tengo catorce años, ¿y tú? —proseguí.

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Nara no decía nada y tampoco hacía ningún gesto. Yo seguí hablándole de mis amigos, mis aficiones, y ella seguía sin decir ni hacer nada. Me percaté de que no iba a hacerme caso, por lo menos ese día no, así que decidí intentarlo en otra ocasión.

La mañana había amanecido espléndida, el sol brillaba y los pájaros cantaban. Pero por muy bonita que fuera la mañana, no me sacaba de la cabeza que tendría que cuidar de Nara. Bajé a desayunar. Entré en la cocina y me la encontré. Estaba sola. Me señaló la mesa y observé que encima de ella, había una nota.

Cariño, cuídala. Volveremos a la hora de comer. Dejé la nota en su sitio y miré a Nara a los ojos. Ella no me correspondió. La seguí mirando y le dije: —¿Quieres divertirte? Se levantó de la mesa con brusquedad y salió corriendo. No me había percatado de que la puerta de la casa no estaba cerrada con llave. Nara la abrió antes de que yo pudiera detenerla y huyó corriendo hacia la calle. Maldije a mis padres por dejar la puerta cerrada sin llave. Salí detrás de ella, en su busca. La divisé a lo lejos. Corrí con todas mis fuerzas hasta que cada vez la tuve más cerca. De algo me habían servido los cinco años que había estado en el equipo de atletismo. La agarré de la mano y ella comenzó a golpearme. Por fin escuché sus primeras palabras, aunque no fueran de mi agrado. Fueron concretamente: —¡Déjame en paz! Yo intenté agarrarle las manos para calmarla sin hacer caso a sus palabras. Ella seguía intentando soltarse, pero mi persistencia

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por impedirlo acabó venciendo en la batalla. Una vez calmada, la cogí suavemente y la conduje de vuelta a casa. Entramos, y Nara se fue directamente a su habitación. Mis fuerzas flaqueaban. Estaba agotada. Había corrido unos metros, pero lo peor es que tuve que luchar contra la ira de Nara. Mi madre llegó a la hora de comer como había anunciado. Todos comimos juntos, menos Nara que se negó a bajar. Mi progenitora habló de cómo le había ido el día y evitamos tocar el tema de la muchacha. Acabamos la comida y yo me dirigí a mi habitación. En ese momento Nara salió de la suya con la cabeza gacha. Realmente, nuestras miradas nunca se habían encontrado durante más de cinco segundos. Ella se dirigió al cuarto de baño y yo me volví a mi habitación. Me tumbé en la cama. Me sentía triste. Era una sensación extraña, sentía que todo el mundo esperaba más de lo que yo podría llegar a dar. Me inundaba una sensación de malestar conmigo misma que nunca había experimentado con anterioridad. Me pasé toda la tarde dentro de mi habitación, leyendo Las

horas distantes, de Kate Morton. Ese libro me encantaba. Me gustaba la historia, los personajes, los paisajes… era un libro perfecto. Sus palabras me transportaban a la época de los noventa, y vivía la historia como si fuera la protagonista. Las horas distantes fue un regalo de Navidad, en realidad para mi madre, pero lo acabé leyendo yo antes que ella. La noche transcurrió sin incidentes. Nara había cenado antes que nosotros, así que no supe nada de ella hasta la mañana siguiente, que, como el día anterior, había amanecido espléndida.

Hoy, como todos los domingos, fuimos a visitar a mi abuela. Me encantaba ir a su casa. No solo por el hecho de que había pasado casi toda mi infancia allí, sino por el ambiente agradable que

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había. Recuerdo que adoraba montar en la yegua de mi abuela, pasear por el sendero con Flora (así es como se llamaba el animal), y dejarme llevar, sin temer que pasara nada. Pero este día que íbamos a pasar con la abuela, con seguridad, iba a ser diferente, ya que con nosotros estaba Nara. Le intentamos explicar adónde íbamos, pero ella no nos hacía caso. Aun así, aunque mostrara indiferencia, nos preocupaba que a mitad de camino se sintiera amenazada y empezara a golpearnos o a gritar. Por suerte eso no sucedió, y pudimos llegar a la casa de la abuela sin ningún imprevisto. Me abalancé sobre Marga (mi abuela) y le di un abrazo. Hacía mucho tiempo que no la veía, y ese día no deseaba más que estar con ella. De mi abuela heredé el amor por leer. Las tardes en las que yo me quedaba con ella, Marga me contaba las experiencias que había vivido cuando era más joven. En esas vivencias que ella me contaba, siempre aparecían las largas horas que se quedaba leyendo en el jardín de la parte trasera de la casa. Me encantaba escucharla contar esas historias. Y además la conocía cada vez un poco más. Habíamos terminado de comer todos juntos, Nara por supuesto no había abierto la boca desde que estábamos allí. Después, mientras ayudaba a mi abuela fregando los platos, vi como Nara, que estaba en el jardín de la casa, regaba las flores. Eso me impresionó enormemente. Tanto, que dejé caer un vaso de cristal al suelo. El choque me sobresaltó y sin que mi abuela descubriera lo sucedido, recogí los trozos de cristal del suelo. Nara seguía en el jardín disfrutando de la naturaleza. Decidí no molestarla y terminé de lavar los platos. Cuando lo hube hecho, me atreví a observar a Nara más de cerca. La muchacha parecía no darse cuenta de que me encontraba allí, contemplándola.

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Pasados unos minutos, me acerqué a ella, pero esta vez no le hablé, me limité a quedarme a su lado. De pronto, Nara me cogió la mano, la abrió y sobre ella puso una flor. No dijo nada y prosiguió regando. Me quedé perpleja. La miré y aunque ella no me correspondió supe que en su interior sí lo hacía. Me levanté y fui hacia ella, que se había adelantado unos pocos metros. Cuando la tuve al lado, cogí una flor y la misma acción que ella había hecho conmigo la repetí yo. Fue en ese instante cuando nuestras miradas permanecieron unidas como no lo habían hecho nunca. Fue una sensación extraordinaria. La miré como si la conociese de toda la vida. Aquella era sin duda una tarde espléndida. Me giré y volví a la casa. Me senté en una mecedora que estaba en el salón, frente a una chimenea. En ese instante comprendí que lo que Nara había hecho minutos antes, solo demostraba una cosa: Nara, a su manera, me quería.

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Un sueño hecho realidad Rocío García Pérez

Hace muchísimo tiempo, a las afueras de Vigo, en España, en una familia muy pobre vivía una niña llamada Laura, de ocho años. Su familia constaba de seis miembros, su madre María, su padre Alberto, su hermano mayor, de dieciséis años, llamado Juan. Su otro hermano llamado Miguel de doce años, y su hermana Teresa de tan solo tres meses. La casa de esta familia tenía una granja de la cual vivían. Laura era una niña adorable, noble, educada, reservada, amable, y sobre todo muy tímida, tan tímida que no se apreciaba su inteligencia. La niña era de estatura normal para su edad, quizás se puede decir que era relativamente alta, y bastante delgada. Su piel era blanca como la nieve, su nariz pequeña y achatada; sus ojos, azules como el mar, tenían una mirada dulce e inofensiva; se notaba que tras esos ojos había un miedo inexplicable. Tenía el pelo castaño oscuro con destellos negros, le llegaba por los hombros y era lacio. Laura iba a un colegio muy cercano a su casa que se denominaba Rosaleda, donde no destacaba; es más, apenas hablaba. Era una más, sus calificaciones eran notables. Laura disfrutaba haciendo los deberes y estudiando; pensaba que era un momento espléndido para relajarse, aunque apenas tenía tiempo para hacerlos,

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ya que tenía que ocuparse de algunas de las tareas de la granja. Sus padres tampoco podían atenderla mucho, ya que trabajaban y tenían que encargarse de sus otros hijos mayores. Laura no tenía muchas amigas; es más, solo una llamada Lucía. Eran íntimas amigas, como uña y carne; mucho más que amigas, eran como hermanas. Lucía tampoco destacaba en los estudios, pero no por el mismo caso que Laura; Lucía era abierta, divertida, simpática y muy alegre. El caso de Lucía era diferente, ella no tenía esa capacidad para entender, así que Laura la ayudaba en los recreos. Aunque Lucía tenía una familia bastante adinerada, que sí la ayudaba a estudiar, ella prefería que le ayudara Laura, su amiga de toda la vida; con ella se entendía mejor y parecía que pensaban lo mismo. Un día, al acabar el colegio, como siempre a las dos en punto de la tarde, se dirigieron a la pradera, que se encontraba a tres minutos a pie del colegio. Allí, como de costumbre, ambas se pusieron hablar de sus batallas, historias familiares, ilusiones, sueños, etc. Ninguna de las dos tenía relación como para contárselos a sus familias, no tenían suficiente confianza como para ello, así que decidieron contárselos entre sí. Ese día, cuando fue el turno de Laura, le dijo: —Lucía, te voy a contar una cosa que nunca antes le había dicho a nadie, pero te pido por favor que me prometas que no se lo dirás a nadie. Lucía respondió: —Laura, sabes que puedes confiar en mí, nunca te he defraudado. Puedes contarme lo que quieras. Laura entonces le dijo: —Está bien, no le he contado esto nunca a nadie ni a mi familia porque no sabía cómo reaccionarían. Verás, cuando tenía solo tres años, soñé que lloraba aquí, en esta pradera. Esto fue

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porque me había perdido, no sabía dónde estaba mi familia. Entonces, un caballo negro muy grande, con la cara ancha, que si no recuerdo mal era de raza española, me chupó la cara y con su cuello me subió a su lomo. Entonces me agarré a sus crines y comenzó a galopar velozmente. Yo cerré los ojos y, no lo creerás, pero fue el momento más feliz de mi vida. Después de un rato galopando, aquel caballo negro se paró, allí estaba mi familia; él me condujo hasta ellos. Lucía interrumpió a su amiga, y le comentó: —Sí, Laura, pero solo fue un sueño, ya está, nada más. Laura, siguió hablando: —Sí, Lucía, pero eso es lo que te quiero comentar. Sé que fue un sueño, pero lo que pasa es que el lunes pasado me ocurrió en realidad. Exactamente lo mismo. Nunca antes te había comentado que lo que más me gusta en el mundo son los caballos. Lucía sorprendida respondió: —Es cierto, me extraña mucho, ¿por qué no lo has hecho? Laura, muy afectada, le dijo: —Pues varias veces he pensado en decírtelo, pero pensé que lo pasarías mal cuando te enteraras del motivo. Te lo estoy contando ahora porque me tengo que desahogar y eres la única en quien confío. Es porque no podría montar a caballo ni comprarme uno porque no tengo dinero para ello. Tampoco se lo he comentado a mis padres, porque les agobiaría mucho y se sentirían muy mal. No lo he hecho también porque tengo más hermanos, y me parecería injusto que mis padres se gastaran sus ahorros en mí y para ellos no les quedara nada. Muchas veces pienso que soy egoísta, pues mis padres se desloman en la granja para sacar a nuestra familia adelante y lo que yo quiero es únicamente un capricho. Lucía le dijo:

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—No sabía que tu situación era tan complicada. Estoy de acuerdo contigo en que quizás no sea buena idea decirles a tus padres que tu sueño es tener un caballo pues, como tú opinas, solo sería para ellos una carga más. Pero sí creo que has de decirles que te gustan mucho los caballos, a lo mejor ellos te dan una opción o simplemente saben el sueño de su hija, que tienen derecho a saberlo, Laura, al fin y al cabo son tus padres. Cuando Lucía dejó de hablar ya eran las tres de la tarde y ninguna de las dos había comido. Ya era hora de irse a casa. Las dos niñas se despidieron y cada una se fue por su camino. Mientras ambas caminaban cada una por su cuenta pensaban en lo sucedido. Lucía pensaba en lo desgraciada que era su pobre amiga y Laura pensaba si sería buena idea contárselo a sus padres. Después de unos días, una fría tarde de invierno, Laura se decidió a contárselo a sus padres. La niña estaba muy nerviosa, hasta tartamudeaba, pues no sabía qué le responderían sus padres. Laura les comentó su afición por los caballos. Para su asombro ninguno de los dos dijo nada; es más, ni se inmutaron. La niña regresó a su habitación y comenzó a llorar, no se sentía querida. En ese momento entró en su habitación su hermano Juan que, aunque ella no lo creyera, la protegía mucho y se preocupaba por ella. Laura le contó lo sucedido con sus padres y el motivo de su llanto. También le dijo el porqué de la conversación con sus padres. Su hermano se quedó pensando y le dijo que no fuese ansiosa, que cada momento llegaría y que su sueño se iba a convertir en realidad. Si era paciente y trabajaba, tendría su recompensa. Al marcharse Juan de la habitación de su hermana, Laura se quedó pensando en lo que Juan le había dicho. Realmente no lo entendía pero iba a seguir sus consejos.

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Una semana más tarde, a las tres de la tarde, mientras todos dormían, sonó el teléfono en casa de su familia. Laura, que era la única despierta, lo cogió. Era el padre de su amiga Lucía. La niña al escuchar su voz se puso muy nerviosa, pues no era para nada casual que el padre de su amiga llamara a su casa. El señor le dijo a Laura que su hija había tenido un accidente; que le atropelló un coche de camino a casa después del colegio, y que estaba ingresada en el hospital del pueblo. Laura colgó el teléfono inmediatamente y se echó a correr hacia el pueblo. Al llegar al hospital, Laura divisó al padre de Lucía y le preguntó por el estado de su hija. El señor le comentó que estaba más o menos bien, pero que no se podía entrar a visitarla. Laura llamó a Juan y le dijo lo ocurrido, también le dijo que ella permanecería en el hospital hasta poder ver a su amiga. Laura permaneció allí hasta que se pudo entrar a ver a su amiga, que fue al día siguiente al mediodía. Aquel día la niña no fue al colegio. El médico comunicó que habían tenido que operar la pierna de Lucía pero que se encontraba mejor y que no podría caminar hasta que se recuperase. También comentó que lo que en esos momentos necesitaba la niña era apoyo. Lucía estaba muy decaída y en esos momentos también pesimista. Aunque Laura le subió el ánimo; a Lucía no le podrían dar el alta hasta que se encontrara mejor anímicamente. Laura iba a visitar a Lucía a diario, le contaba lo que ocurría en el colegio, le explicaba las clases para que cuando se incorporara no fuese atrasada. Cuando a Lucía le dieron el alta, tampoco podía ir al colegio pues aún no podía caminar. Laura también visitaba a diario a Lucía en su casa y, como en el hospital, también le explicaba las clases y ambas hacían juntas los deberes. Después, iban a la pradera y Laura ayudaba a Lucía caminar. Esto lo estuvieron haciendo durante seis meses, hasta que Lucía se recuperó

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completamente y estaba preparada para hacer una vida normal; y académicamente estaba muy bien preparada. Lucía llevaba ya casi un año sin ir al colegio y cuando comenzó no le costó absolutamente nada. Todo era mérito de su amiga Laura, y de algún modo tenía que pagárselo ya que se había esforzado mucho en que se recuperarse. Después de mucho pensárselo, decidió que lo idóneo para su amiga era un caballo ya que ella se merecía eso y más. El problema era que para ello necesitaría mucho dinero y ella no contaba con él. Así que se lo debería pedir a su padre y no estaba segura de su respuesta. Lucía se lo comentó a su padre y la sorprendió con una grata sorpresa. Este le dijo: —Sí, hija mía, para esa niña te daré lo que me pidas, ella te ha devuelto la sonrisa, por ella has vuelto a caminar. No tengo palabras para agradecérselo. Si tú crees que un caballo le gustará, regalémosle uno. Es más, tengo un amigo que los vende. Lucía le contestó: —Sí, papá, le encantará, es su sueño. Muchísimas gracias de verdad. Además, ella tiene una granja en su casa, donde tiene hierba y podría vivir. Al día siguiente, Lucía y su padre fueron a una finca enorme que estaba a cincuenta kilómetros de su casa. El señor, dueño de los caballos,

era

muy

amigo

del

padre

de

Lucía.

Tenía

aproximadamente sesenta caballos de varias razas. La yeguada del señor era una de las más importantes de España. La raza que más predominaba era el caballo Pura Sangre Español. Lucía solo miraba los caballos que estaban sueltos galopando. Hasta que vio justamente el caballo que su amiga le describió de su sueño y de aquella aventura, era idéntico.

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Lucía interrumpió a su padre, que hablaba con el dueño de la yeguada sobre la familia. La niña apartó a su padre de aquel señor y le dijo: —Papá, ¿ves ese caballo negro, que es muy fuerte? Su padre le contestó: —Sí, hija. Lucía entonces siguió hablando: —Papá, ese caballo es el ideal para Laura. Ella me dijo que ese era el caballo de sus sueños. Papá, por favor, pregúntale al señor cómo es y cuánto cuesta. El padre de Lucía le preguntó al señor y este le dijo que aquel caballo era el más manso que tenía y que era espectacular para niños que están empezando. También le preguntó el precio del caballo. El señor le dijo que como era para él un íntimo amigo se lo dejaría en tan solo doscientos euros. El padre de Lucía no se lo pensó dos veces, pagó los doscientos euros y se llevó el caballo. Lucía llamó a su amiga y le pidió que saliera de su casa; que tenía que darle una noticia. Laura salió de su casa y vio a su amiga con el caballo de sus sueños. Laura fue corriendo hacia su amiga y le dijo muy emocionada: —Lucía, ¿qué es esto? Lucía contestó: —Es para ti por haberme ayudado tanto como lo has hecho. Esta es la forma en que mi padre y yo te damos las gracias. Ambas se dieron un abrazo enorme y se echaron a reír.

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INDICE

Introducción

2

El pájaro de fuego

3

Los últimos recuerdos

14

Así de fácil

16

Juego de niños

19

Borracho como una cuba

23

El tiempo

30

Mi madre

42

Bocetos del pasado

49

El collar de amatistas

56

Nara

62

Un sueño hecho realidad

68

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El pájaro de fuego y otros relatos  

Finalistas del I Concurso de Relatos Cortos entre los alumnos de los institutos de Santa Brígida convocado por la Asociación Sociocultural D...

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