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Siervo de Dios

Abel Camasca *

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entre los mejores, ¡el primero!

Personajes

ue uno de los primeros peruanos en ser oratoriano, en profesar como salesiano, en dirigir una obra, en ser ordenado sacerdote y luego Obispo del Perú. En suma, fue el primero en todo, incluso como siervo de Dios. Monseñor Octavio Ortiz nació en Lima un 09 de abril de 1878 y creció en medio del dolor y la pobreza, producto de la Guerra del Pacífico. Conoció a los salesianos en el oratorio del Rímac entusiasmado por la novedad de los juegos donde los salesianos compartían con los muchachos. Más adelante ingresa al internado salesiano con ayuda del padre Carlos Pane. Allí aprendió carpintería, música, canto y teatro. El ambiente de familiaridad y alegría creado por los primeros salesianos que llegaron al Perú entusiasmaba los corazones de los muchachos a la vocación. Es así que ingresa al noviciado en 1898. En 1900 hace sus votos trienales y dos años después los perpetuos. De inmediato se ganó el aprecio de los formadores, quienes vieron en él cualidades de salesiano y formador por su edificante ejemplo en la observancia religiosa y su dedicación al trabajo con los jóvenes.

Monseñor Octavio Ortiz Arrieta

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En 1906 es enviado a Piura para servir como director en la primera obra de Don Bosco en esa ciudad. Al año siguiente es ordenado sacerdote y celebra su primera Misa en la Capilla de María Auxiliadora de Breña. Luego continuaría con su trabajo en Piura y Cusco. Pero su celo apostólico y misionero se vería a prueba cuando en 1922 es ordenado Obispo de Chachapoyas. Desde entonces su principal preocupación, hasta su

muerte en 1958, fue la del “Da mihi animas…” y la formación continua de sus sacerdotes. Murió en olor de santidad perdonando a quienes lo ofendie-ron, pidiendo perdón e invocando a María Auxiliadora. Los testimonios de su sacrificada entrega misionera fueron recogidos por el padre Pennati en su libro titulado “Monseñor Octavio Ortiz Arrieta. Una perla de salesiano”. Monseñor Octavio constituye así el primer fruto del carisma salesiano que los primeros hijos de Don Bosco supieron sembrar en el corazón de los jóvenes peruanos. Su ejemplo de fe es un camino al que somos llamados a vivir y que sí es posible alcanzar con la ayuda de Dios. Si usted ha sido favorecido con un milagro por intercesión de monseñor Octavio Ortiz, por favor, escríbanos a prensa@salesianos.pe * Comunicador


Monseñor Octavio Ortiz

Obispo con humor

P. Vicente Santilli sdb *

“Queridos amigos, muchas veces se ha caricaturizado la imagen de los santos y se los ha presentado de modo deformado, como si ser santos significase estar fuera de la realidad, ingenuos y sin alegría. [...] Qué equivocada y decepcionante es esta opinión” (Benedicto XVI).

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Personajes

elipe Neri ha quedado como el prototipo de los santos alegres, pero toda la historia de la Iglesia está tapizada de santos que han tenido una vida feliz y alegre en el seguimiento de Jesús. El motivo es que la fuente de la felicidad es Dios. Cuando uno se encuentra con Dios se siente inundado de felicidad, porque siente que él es Padre, compañero de ruta, amigo fiel que nunca abandona. Y si uno cae lo levanta, lo cura, lo alienta a seguir adelante con la mejor visión de la vida. De jovencito tuve la suerte de conocer al siervo de Dios, monseñor Octavio Ortiz. Transparentaba la presencia de Dios. En un retiro nos repitió las mismas palabras de Jesús: “Ustedes son sal de la tierra y luz del mundo”. ¡Qué hermoso es dar sabor a la vida de tantas personas y ser luz para los que viven en la oscuridad y no encuentran el camino de la verdadera felicidad! Una persona que vivió mucho tiempo con este obispo, lo describe así: “Humilde, sencillo, apacible, siempre sereno; entre serio y bondadoso; la dulzura de su mirada transparentaba toda la tranquilidad de su espíritu”.

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Todo lo condimentaba con un ingrediente muy importante: el buen humor. Sucedió en setiembre de 1928. Durante una visita pastoral tuvo una caída que casi le costó la vida. Viajaba con su mula. Lamentablemente, Lúcuma, así se llamaba la mula, puso un pie en falso y ambos cayeron en un precipicio. El obispo resultó con varias costillas rotas, el brazo y la clavícula fracturados. Los acompañantes improvisaron con palos y ramas una camilla y lo llevaron a Molipampa, un distrito de Chachapoyas, distante unos 30 km. Durante el camino el obispo rezaba y bromeaba con los pobres compañeros que tenían que cargarlo. Llegado a Molipampa, vio a tanta gente que su corazón se conmovió. Lo estaban esperando para la visita pastoral. Él mal-

trecho por las heridas, en medio de atroces dolores, conservando su buen humor dijo a todos: “Me he roto las costillas... y también el brazo, pero la lengua está buena para predicarles, y así lo hizo” * vsantilli@salesianos.pe


¡Por fin me quité el clavo! Testigos

P. Fernando Edwards sdb

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ace años que quería hacerlo, pero no lograba ingresar a Chachapoyas a encontrarme con los restos de nuestro gran salesiano obispo, Octavio Ortiz Arrieta. Y eso fue lo primero que hice al llegar a la capital de Amazonas. La ciudad, totalmente pintada de blanco, incluida su catedral por dentro y por fuera, te da una sensación de tranquilidad, a pesar de las aún presentes huellas del abandono estatal, centralizado en Lima. Al interior de la catedral, a la mano izquierda del altar mayor, están descansando los restos del pastor bueno que aún es recordado por quienes le prenden una velita para mantener viva su memoria o solicitarle al Señor por su mediación, alguna gracia. Al celebrar el 120° aniversario de la llegada de los salesianos al Perú creo justo recordar uno de los mejores frutos de la santidad que se sembró precisamente en el Oratorio Salesiano del Rímac, lugar donde se inició la obra de Don Bosco en nuestro país. El oratoriano Octavio fue el primer salesiano peruano, primer sacerdote y luego el primer obispo. Chachapoyas lo recuerda como el pastor sencillo que,

aunque montado en una mula, llegaba heroicamente a tantos pueblitos y gentes del campo que no figuran en muchos mapas y son los olvidados de siempre. Hasta hoy llegar a ciertos caseríos se hace a lomo de bestia (la ciudad está por los 2,000 metros de altitud y hay provincias por encima de ellos). Pero ahí aparecía él a riesgo de todo: soledad, peligrosos caminos de arrieraje y herradura, durmiendo en las frías alturas, desafiando aguaceros inesperados y teniendo la montura del equino como almohadón. Yo tuve la oportunidad de conocerlo. Con mis compañeros salesianos neoprofesos nos turnábamos diariamente para acompañarlo en su última enfermedad en el Hospital “Dos de Mayo” en Lima, “conversando en silencio” con “ese alguien” al que él consagró su vida. Sabiendo que iba a vivir ya poco, quiso volverse a su querida diócesis de Chachapoyas para morir en medio de su pueblo. Como ves, ¡por fin me quité el clavo! ¡Por fin lo pude contemplar en medio de su querido y propio pueblo!


Arículos del Boletín Salesiano - Monseñor Octavio