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JERONIMO RIVERO / LA PLATA

LA BRISTOL

Jer贸nimo Rivero / La Plata


Playa Bristol, argentinidad al palo por Jerónimo Rivero

Las playas del centro de la ciudad de Mar del Plata son las más populares de Argentina y explotan en enero. Una multitud de turistas llegados desde todos los rincones del País se amontonan frente al mar. Historias de un verano nacional y popular. En las emblemáticas estatuas de los lobos marinos hacen fila ya algunos turistas para hacerse la foto obligada y prueba irrefutable de su paso por Mar del Plata. Click. Justo debajo, un pasillo de maderitas sobre la arena seca y caliente nos abre paso entre metros y metros de balneario privado (carpas). Por fin el paisaje se abre, aparece el azul del mar (salpicado de cabecitas) y la densidad de población aumenta violentamente. Es enero y estamos en playa Bristol. Pasamos un buen rato buscando un pedacito de arena donde acomodarnos. No es fácil pero por fin lo conseguimos. Enseguida comienzan a desfilar todo tipo de vendedores (expertos en hacerse paso entre la multitud). Calentito el choclo señora, baratos los helados, tres por diez los piiirulines, rico el pochoclo. Tortillas a la parrilla y churros con dulce de leche para el mate. ¿Anteojos de sol señor? ¿Collares? Rico el chipá recién hechito, barquillos, burbujero pa los chicos, medias, vestidos y fresquita la coca cola señores. Al rato vuelve a pasar el primero (el del choclo) y comienza otra vez el bucle. Así todo el día y toda la temporada. La playa heredó el nombre del Hotel Bristol, construido allí en 1889. El fastuoso y lujosísimo hotel funcionó hasta 1944 y convirtió al pequeño balneario (que entonces era la ciudad de Mar del Plata) en el lugar de veraneo de la alta sociedad argentina. Recién en los años 40 (durante el Gobierno peronista) las clases populares y trabajadoras pudieron darse el lujo de llegar a vacacionar a la ciudad. Perón eligió el lugar para implementar su política de

turismo social (el goce del ocio como un derecho de las clases trabajadoras, impulsado desde el Estado). La llegada de los primeros obreros indignó a los viejos pobladores, que habían hecho de la ciudad un feudo del Partido Socialista Democrático. Así la ciudad cambió su mote de Perla del Atlántico por La Feliz. Los sindicatos de trabajadores comenzaron a controlar los grandes hoteles y a construir nuevos. Turismo aristocrático devenido en Turismo social. Una historia bien argentina. Salgo a dar una vuelta. Caminar un rato sin pisar ni chocar a nadie es tarea complicada. Me agacho para pasar por debajo de una sombrilla. Con un saltito evito pisar a una señora que toma sol en una lona de colores. Click. Levanto los brazos para que pasen dos pibes hechos milanesa que se corren el uno al otro. Por allá detrás se ve volar una sombrilla (sopla un lindo viento) y a un señor regordete persiguiéndola entre la gente. Paso por detrás de una señora que hojea una revista del corazón. Clik. Avanzo lento. Esquivo milagrosamente a una chiquita y su castillo de arena. Cuando creo que al fin lo he logrado (me distraigo un segundo) una pelotita de goma roja me roza la nariz. Me giro. Una chica (con una paleta) me hace gestos con la mano pidiéndome disculpas. Entonces vuelvo sobre mis pasos y bordeo los límites imaginarios de la canchita. Llego por fin al mar. Click. Dos señoras (con un fuerte acento cordobés) conversan animadamente mientras se refrescan los pies en el agua que llega a la orilla. La mayor (¿la abuela?) tiene la malla entera. La otra, más joven (de unos 40), luce una malla demasiado chiquita para su prominente culo. Ambas tienen sus manos entrelazadas en la espalda y miran al mar.


- Que lindo se puso el día ¿Viste?, te dije que iba a mejorar. - Está hermoso. ¿Viste la cantidad de gente que vino hoy? Es impresionante. - Está repleto -. Le contesta la de la malla entera. Se quedan contemplando un momento el hormiguero humano que es en ese momento el mar. Parece imposible que pudiese entrar alguien más al agua. Click. - Che ¿y Enrique?- Pregunta la señora del cola less mientras se da vuelta buscando al tal Enrique entre la multitud de carpas y sombrillas. - Allá está-. Le contesta la otra. Mientras lo hace, señala con el dedo a un señor pasado de kilos que se revuelca lleno de arena y juega con un niño, entre palitas, baldes y castillos de arena semidestruídos. Click. - Miralo, que tarado, parece un chico. - Se divierte Marta. Dejalo que disfrute. Al final sino ¿Para qué venimos de vacaciones? La cultura de las vacaciones de verano no es en Argentina cosa sólo de las clases acomodadas. Cada familia, en base a sus posibilidades, intenta organizarse de modo de poder pegarse una escapadita a comienzo de año, cuando los calores aprietan. El mar es, obviamente, un destino soñado. ¿Cuántas de estas familias que aquí encontramos habrán trabajado y ahorrado durante todo el año para juntar el dinerito suficiente que les permita darse el gustito de esos días (los más derrochones una quincena, sino una semana, o días) en la costa? La gente se relaja, cambia de aire, descansa. Pero también hay algo de festejo, de misión cumplida, de íntima satisfacción por haberlo logrado y poder estar allí, frente al mar de La Feliz. La playa Bristol representa entonces, algo distorsionado y en versión popular, el “sueño argentino” de las vacaciones en el mar. Idiosincrasia exacerbada por la masa, el verano, la felicidad y el calor del sol. A las 18:00 comienzan a quedar en sombra algunas partes de la playa: el sol se esconde detrás de la montaña

de edificios que rodea la Bahía Sin sol, la insistente brisa se vuelve fría. Dos correntinas que toman sol delante de nosotros recogen las lonas y desaparecen en un instante. Ahora podemos ver un poco más allá. Me detengo a observar a una familia y su largo proceso de retirada. Es increíble la cantidad de cosas que algunos llevan a la playa. Hago un inventario al vuelo: sombrillas, carpa, perro, lonas, reposeras, mesa, sillas, radio, heladera, palitas y baldes, pelotas, barrenadores, tejo y bolsos y bolsos con toallas, equipo de mate, ropa y bronceadores varios. Se van. Ya con más lugar se arman los primeros partiditos de fútbol. Click. Empieza a hacer frío. Nosotros también nos vamos. Desandando el camino llegamos nuevamente al paseo (vacío antes) donde ya están listos una docena de espectáculos para entretener (y sacarle alguna monedita) a los turistas que terminan el día de playa. La gente se entretiene pasando de ronda en ronda. Están los que vuelven a armar las reposeras y se sientan a observar a alguno de los artistas. Enfrente, la parada de colectivos está repleta. Todos las líneas pasan por allí, justo frente al casino, donde hace varias horas ya que los apostadores, ajenos a todo este cuento, se juegan su suerte a la ruleta. Jerónimo Rivero es fotógrafo profesional freelance. Nació en la ciudad de La Plata, Argentina, el 26 de marzo de 1975. Entre los años 2001 y 2007 tuvo su residencia en Barcelona, España. Como fotógrafo de diferentes medios y organizaciones sociales españolas trabajó en Marruecos, Rep. Dominicana, México, Guatemala, Honduras, El Salvador, Nicaragua, Panamá, Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia y Argentina. Ha realizado más de 20 exposiciones fotográficas en España, Colombia, Perú y Argentina. Entre 2009 y 2013 radicó y trabajó en Colombia. Actualmente se encuentra en La Plata, Bs As.


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http://www.jeronimorivero.com contacto@jeronimorivero.com


Consulta y envíos de trabajos: bexbariloche@gmail.com - http://www.bexmagazine.com BARILOCHE / PATAGONIA / ARGENTINA Abriendo espacios a la fotografía latinoamericana

La Bristol  

Jerónimo Rivero

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