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¿Qué es la tercera vía de Anthony GIDDENS? Autor: Juan Cruz VIEYRA No son pocos los que advierten que estamos ante una situación inédita a escala global: hoy en día, entran en juego factores de riesgo e incertidumbre a niveles nunca antes experimentados. Han confluido de manera sumamente paradojal transformaciones económicado como un caso de manual para la muerte lenta. Esto es particularmente grave, ya que han quedado en pie tantos s, políticas y culturales. No estamos ante el fin de la historia, sino ante un contexto sumamente revolucionario para motivar nuevos planteos. Son aún más aquellos que insisten en que cabe resarcirse de ello en pos de recuperar el papel de la política como condición necesaria de la eficacia de la acción del Estado, para el desempeño de cierta autonomía, que está siendo invadida y capturada por el interés privado. Todo esto implica un redimensionamiento de la esfera pública, una apuesta colectiva de confianza en la ciudadanía como protagonista, una democratización de la democracia. La Tercera Vía, como es obvio, deriva de tal contexto. Sus postulados fueron estudiados y debatidos con gran interés hace sólo algo más de dos años, sin embargo, actualmente parecen ser nada más que el recuerdo de una campaña política exitosa. En su momento, estos postulados pretendían, en esencia, una respuesta global a un mundo global. Encarnada en las filas de la Socialdemocracia, y sin perjuicio de enarbolar los principios básicos de la economía capitalista, tras la crisis del Estado de Bienestar y el auge del Neoliberalismo a partir de los '80, la Tercera Vía inglesa se había propuesto armonizar las exigencias del mercado internacional con la resolución de los problemas sociales como prerrequisito básico del ejercicio efectivo de la ciudadanía. Empero, más allá de la teoría, el desafío –tan vigente ayer como hoy- es cómo generar las condiciones requeridas para la participación ciudadana, teniendo como fin último la profundización del proceso democrático tanto horizontal como verticalmente. Volviendo al punto, la Tercera Vía aparece como una respuesta a dos filosofías fracasadas: el neoliberalismo y la socialdemocracia. El tema central, postulado por esta doctrina, es cómo conciliar la política socialdemócrata en la época post-neoliberal, tomando como ejes de análisis la quiebra del “consenso de bienestar” que predominó hasta finales de los años setenta en los países industrializados, el descrédito definitivo del marxismo y los profundos cambios sociales, económicos y tecnológicos que contribuyeron a que esto ocurriera.


La Tercera Vía emerge de la realidad europea, valga decir de los fenómenos interestatales desatados con la caída de la Unión Soviética, lo cual hace necesario distinguir entre dos estadios de la socialdemocracia, movimiento político europeo -perteneciente a la izquierda reformista- que actuó como el indicador de las teorías de la mayoría de los autores que se inscriben en esta doctrina. Lo más importante a tener en cuenta sobre la socialdemocracia clásica es que ésta promovía el Estado interventor, que tenía la obligación de suministrar bienes públicos que los mercados no pueden dar totalmente, regular la vida social y familiar, etc. Este Estado articulaba a la búsqueda de la igualdad con estrategias de nivelación, que se instrumentaban de muy diversas maneras, según el contexto que se trate. Los críticos de la Tercera Vía señalan que bajo las filas de la socialdemocracia clásica, el Estado de Bienestar no tenía una “actitud global” importante. En el otro extremo, los rasgos más importantes que distinguen la perspectiva neoliberal son la hostilidad hacia el estado interventor, de gobierno extenso y centralizado, la creencia de que la pretendida superioridad del mercado ocupará los vacíos –considerados positivos- del estado de bienestar, y que la solidaridad social se autogenera en el seno de la sociedad civil, por lo tanto no debe ser impulsada por un agente externo a ella, como es el Estado. En consecuencia, los neoliberales se apoyaron en la premisa de que el Estado de Bienestar destruye el orden civil, mientras que el mercado no sólo lo fomenta, sino que librado a su propia dinámica, lo perfecciona continuamente. Respecto a la desigualdad, entre los modelos neoliberales -el tatcherismo en Inglaterra quizá haya sido el paradigmático- hay una posición clara: la indiferencia, y en el peor de los casos el respaldo, lo cual parece contrastar con el liberalismo clásico, en tanto que éste último no sólo considera la igualdad de oportunidades intrínsecamente buena, sino también necesaria en todo medio social. Según el sociólogo A. Giddens, actualmente hay tres grandes cambios que están transformando nuestro mundo: El primero es el impacto de la globalización, acerca de lo cual puede hablarse de la dimensión económica y la financiera. En general, la primera es sólo la continuación de tendencias que llevan mucho tiempo como lo es la regionalización del comercio, pero la dimensión financiera presenta características totalmente nuevas a causa de la revolución de las comunicaciones y la extensión de la tecnología informática. Es así que la globalización aparece ligada, por un lado, a esta transformación histórica del capitalismo donde predomina una forma específica de capital: el financiero, caracterizado por la velocidad y la imparcialidad de los flujos; y por otro, a la crisis del


modelo reformista encarnado tanto por las políticas socialdemócratas como por el Estado Benefactor. Cabe advertir que cuando se habla de desreglamentación como rasgo de la integración entre países en esta era globalizada, no sólo se está hablando de un proceso económico, sino de una redefinición de las formas de organización social, redefinición por la cual se organizan las relaciones sociales entre los ciudadanos, cuya trama, está siendo atravesada simultáneamente por una tendencia a la unificación y a la exclusión. También puede hablarse de una globalización política, en este caso se hace referencia principalmente a la corrosión y redefinición de los espacios sociales y políticos, especialmente por la conjunción del fenómeno del auge tecnocrático con el auge del mercado. Las instancias decisorias se han transnacional izado y concentrado en el mercado en proporciones inauditas, a la vez que la política se ha reducido a meras decisiones técnicas, muchas veces apartada de criterios de cohesión social, solidaridad y participación ciudadana. De todos modos, puede sugerirse que la globalización coexiste con espacios nacionales en los cuales se realizan la mayor parte de las transacciones económicas, y donde convergen la mayor parte de las demandas sociales y políticas, por lo cual el desarrollo sigue siendo un proceso de transformación donde interactúan el Estado y la sociedad civil. El segundo gran cambio es la emergencia de la economía sin peso global o desmaterializada. Es un dato interesante que el volumen total de bienes físicos comercializados en el mundo de hoy no ha aumentado, aunque sin embargo, no ha ocurrido lo mismo con lo que ha dado en llamarse actualmente el valor de la economía global. En gran medida tal fenómeno resulta del intercambio y comercialización de información, sobre lo cual debe recalcarse distintas -aunque conexas- situaciones: por un lado, la velocidad e imprevisibilidad de los flujos económico-financieros, los cuales no sólo están implicando el redimensionamiento de las capacidades de regulación de los Estados en diferentes escalas, sino que también ha creado las condiciones suficientes como para pensar que la calidad ciudadana en el mundo de hoy, depende directamente de la toma de conciencia de que la dinámica fenomenológica esbozada anteriormente, implica la necesidad de estar informado como una de las primeras condiciones de la adecuación ciudadano - contexto, por lo cual el replanteo de las reales posibilidades de acceso a la información viene a ser, en la época actual, uno de los principios legitimadores de la inclusión social de mayor importancia. Por otra parte, la economía sin peso ha destruido a la antigua clase trabajadora y ha generado el declive de la industria manufacturera producto del impacto de la tecnología de la información en los procesos de producción.


El tercer gran cambio es la influencia decreciente de la tradición, las costumbres y los hábitos en nuestras vidas. Este fenómeno es explicado como el dilema del individualismo, sobre lo cual se arguye que un componente esencial de la socialdemocracia clásica fue la solidaridad social y el colectivismo. Según Giddens, a partir de los años sesenta este componente se ha venido abajo, pues las sociedades se han vuelto más pluralistas culturalmente, dando como resultado una proliferación de diversos estilos de vida. El mismo autor propone un nuevo individualismo, llamado “institucionalizado” que se asocia a la búsqueda de nuevos medios de conseguir la solidaridad social, dado que actualmente “la cohesión social no puede garantizarse mediante la acción vertical del Estado ni mediante el apego a la tradición”[4], estos medios están relacionados con el equilibrio, postulado desde la Tercera Vía, entre responsabilidades individuales y colectivas.

Características de la Tercera Vía En primer lugar, una de las cuestiones más debatidas en el ámbito intelectual es su intento de ir más allá del neoliberalismo y la socialdemocracia, lo cual, según Giddens, no implica un renacimiento, una reedición de los valores o estrategias de la izquierda, sino más bien un intento de preservar algunos de estos, viéndose otros virtualmente abandonados o transformados. Puede entenderse que el programa político de la Tercera Vía comienza por la reforma tanto del Estado como del gobierno, en ésta, sociedad civil y autoridades políticas deberían actuar asociadas para fomentar la renovación y el desarrollo de la comunidad, teniendo en cuenta el criterio de inclusión social y promoviendo los gobiernos transnacionales. Las reformas que debe impulsar el gobierno, más allá de las diferencias contextuales que presenten diferentes países, están orientadas a: fomentar la descentralización, la cual no debe ser entendida en sentido unidireccional, lo cual equivaldría a debilitar las autoridades centrales del Estado Nación, sino que supone una devolución de poder “hacia abajo”, pero a la vez una mayor atribución “hacia arriba”; aplicar una reforma constitucional dirigida a aumentar el papel de la esfera pública en pos de lograr una mayor transparencia e imparcialidad, dados los altos índices de corrupción de las sociedades modernas; crear administraciones eficientes, evitando dar “soluciones de mercado”, pero aprendiendo de las empresas para tomar decisiones basadas en la eficacia del mercado, dada la desconfianza en la burocratización del gobierno; regir la gestión de riesgo, lo cual implica la regulación del avance científico y tecnológico por las cuestiones éticas que suscita, definir el riesgo desde la Tercera Vía implica


básicamente un compromiso público, dado que las decisiones de riesgo deben ser tomadas no sólo por los expertos, sino que deben resultar de un procedimiento deliberativo. Todas estas reformas se enmarcan en la reconstrucción del Estado del bienestar, pero a diferencia de las políticas neoliberales que sugieren un sistema de seguridad mínimo, éste debe estar basado en una reforma radical que ha de cubrir aspectos como la educación, la formación, la salud, los mercados y los subsidios de desempleo, incluyendo las pensiones, para que el Estado tenga un papel activo, dinámico correspondiente a las necesidades de implicación en una economía global. Lo cual implica que la política no debe estar encaminada ni a reducir las dimensiones del gobierno ni tampoco a proteger al Estado, sino a reestructurarlo en un “Estado social inversor”[6] que requiere un equilibrio entre regulación y desregulación a todos los niveles. Como última característica, puede esbozarse la idea de tener una actitud diferente hacia la igualdad y la desigualdad, negando la posibilidad de la existencia de una sociedad estable que esté basada puramente en la igualdad de oportunidades, ya que ésta produciría demasiado movimiento hacia abajo, es decir, un sistema con muchos perdedores, y consecuentemente graves divisiones sociales. Además, se correría el peligro de concebir una sociedad basada meramente en la meritocracia, lo cual crearía esencialmente una clase de excluidos, que se auto reconocerían como inferiores, que por otra parte, terminaría en una enorme la desigualdad de resultados, favorecida por la cultura individualista del mercado en que “los ganadores ganan todo”. Este modelo, según sus defensores, implica una combinación de: meritocracia, igualdad de oportunidades e igualdad de resultados moderadas y apoyadas en la llamada redistribución del ingreso.

La vía de Edgar Morín EL DIAGNÓSTICO Comienza con una introducción general en que Morín señala el objetivo del libro y hace un primer diagnóstico de la situación. Compara el devenir de nuestro planeta con una nave movida por cuatro motores incontrolados: ciencia, técnica, economía y afán de lucro. Por esto, la nave tendría una altísima probabilidad de sufrir catástrofes. De ahí que el objetivo del libro sea enunciar la vía que puede salvar a la humanidad. Porque ya no sería suficiente con denunciar o indignarse. En su lúcido diagnóstico, Morin habla de “policrisis”. Evidentemente, hay crisis económica, debido a la ausencia de verdaderos dispositivos de regulación y a la especulación del capitalismo financiero más que al endeudamiento de la población. Hay crisis de crecimiento, pues en nuestro mundo finito no es posible un crecimiento exponencial: “La idea fija de crecimiento debería sustituirse por un concepto complejo que comportase crecimientos, decrecimientos y estabilizaciones diversas” (pág. 25). Hay crisis ecológica, por la degradación creciente de la biosfera. Menciona también


Morín la crisis de civilización occidental, con su intoxicación consumista, la sobrecarga de actividades, el malestar psíquico y moral, las desigualdades, el individualismo… Y, por supuesto, hay una crisis política generalizada; en primer lugar, por la inexistencia de autoridades legítimas dotadas de poder de decisón a nivel mundial, algo imprescindible para tratar los problemas globales de nuestra nave espacial Tierra; y después, por la incapacidad de la política de controlar la economía. LAS REFORMAS Tras esta introducción, Morin pasa a analizar los aspectos más problemáticos de la realidad y propone, para cada uno, una lista de reformas. En ocasiones concreta con detalle esas propuestas reformistas y otras veces apunta nada más el camino que deberíamos transitar. He aquí un intento de nombrar lo más significativo. Insiste en ideas como la comunidad de destino de la Humanidad, que nos llevaría al concepto de Tierra-Patria, a ser ciudadanos del mundo sin tener que renunciar -explica Morin- a las patrias particulares, pero con instituciones supranacionales dotadas de poderes efectivos para prevenir guerras, para establecer normas ecológicas y económicas, para luchar contra las desigualdades, para regular los flujos migratorios… Insiste también en que en nuestra civilización restauremos las redes de asistencia y solidaridad perdidas, tan presentes en sociedades del Sur, porque el Estado del Bienestar es indispensable pero no suficiente. Defiende la simbiosis entre lo mejor de la civilización occidental y las aportaciones extremadamente ricas de las demás civilizaciones. Defiende una política ecológica basada en las energías renovables, en tansportes menos contaminantes; peatonalización de las ciudades, desarrollo de las agriculturas tradicionales y biológicas. Trata del problema del agua, de la necesidad de asegurar su calidad y el abastecimiento, para lo cual propone el control público de la misma y convertirla en derecho humano. En economía, propugna que el pensamiento político abandone el economicismo actual, y con él la idea del crecimiento sostenible, y propone hasta diecisiete reformas: medidas de regulación, fomento de economías de proximidad, desarrollo de mutuas y cooperativas, microcréditos, comercio justo, bancos solidarios; reforma de la empresa, en las relaciones entre las personas que la componen y por la introducción de la dimensión ética en su quehacer diario… También explica cómo disminuir las desigualdades Norte-Sur, qué tenemos que tener en cuenta para intervenir en el Sur o, mejor dicho, intercambiar con ellos. Habla hasta de Medicina. Alaba los grandes avances de la medicina occidental, pero critica que relegue a las otras, que hagamos poco caso a las causas psíquicas de las enfermedades y, sobre todo, la hiperespecialización: es el médico generalista el que tendría que estar en la cúspide para tratar a la persona en su contexto, no a un determinado órgano. Propone la utilización de genéricos contra los precios prohibitivos, descentralización, fomento de la hospitalización a domicilio y, en general, una mayor humanización de la Medicina. Dedica bastante espacio a analizar la agricultura y el mundo rural. Constata el éxodo hacia las ciudades y las desigualdades que ello produce -todo provocado por planes del FMI y el Banco Mundial. Denuncia la posible desaparición de la mitad rural de la humanidad y de sus saberes. Preconiza invertir hacia el campo los flujos migratorios con políticas de revitalización del mundo rural. Se muestra contrario a la agricultura industrializada por la cantidad de problemas que genera, entre ellos el del agua, así como al neocolonialismo agrario y a los biocarburantes. Defiende la regulación del


mercado, el apoyo a los precios, las técnicas agrícolas ecológicamente eficientes, la propiedad comunitaria de la tierra, un menor consumo de carne, protecciones arancelarias para la soberanía alimentaria. En conclusión, “es posible reinventar una agricultura que garantice la calidad del agua, preserve la biodiversidad, combata la erosión y alimente el planeta en cantidad y en calidad a la vez” (pág. 215). Y otras muchas ideas más, de diversos ámbitos: no renunciar a los “momentos de fiesta”, instaurar certificados de garantía de productos libres de toda explotación, aranceles para los países “esclavistas”, control sobre las multinacionales, fomento del comercio de proximidad… Pero, para Morin, las reformas tienen que ir aún más allá. Habla también de reforma del pensamiento: “Nuestro modo de conocimiento no ha desarrollado suficientemente la aptitud para contextualizar la información e interpretarla en un conjunto que le dé sentido” (pág. 141); el hecho de que existan la alienación en el trabajo, el deterioro de la biosfera, las armas de destrucción masiva… sería la prueba de que no hemos construido un mundo racional y de que es necesaria una reforma del pensamiento. Junto a ello, sería imprescindible una reforma de la educación: “La enseñanza que parte de disciplinas separadas en lugar de alimentarse de ellas para tratar los grandes problemas mata la curiosidad natural de todas las conciencias juveniles” (pág. 148). Morin enseñaría “Ecología de la acción”, “Introducción a los problemas vitales”, “Iniciación a la contextualización”… Educaría para la era planetaria. Y, para rematar su pirámide de reformas, Morin recalca que en su cúspide han de estar las “reformas de vida”, la columna sobre la que convergen las demás reformas en las civilizaciones occidentales. Está claro que el bienestar material no ha traído de por sí la “buena vida”, porque el verdadero bienestar no es posesión. Así pues, indicadores como el PIB no valen para medir el Bienestar. Tampoco el IDH, porque diplomas y ausencia de enfermedades son compatibles con el malestar. En definitiva, apela a que todos redefinamos nuestras verdaderas necesidades. Se trataría de conquistar un arte de vivir que nos llevara en la medida de lo posible a la paz interior, a la plenitud. Morin habla de regenerar nuestra relación con el cosmos, con la naturaleza, del necesario sentimiento de pertenencia a la Tierra-Patria, y también de compasión, fraternidad, perdón, amor, amistad, juego, sentido estético… Reforma de vida, ética, de pensamiento, de educación, reformas de civilización y de políticas de la Humanidad. Todas son interdependientes, “sus progresos les permitirían dinamizarse mutuamente” (pág. 283), hasta regenerar el mundo humano. Nunca se habla en el libro de la necesidad de una revolución traumática o violenta para poner en marcha todo esto. Morin utiliza siempre palabras como “reforma” y “regeneración”, habla de lograr no la revolución, sino la metamorfosis. Afirma que “todo ha empezado a transformarse ya sin que nos hayamos dado cuenta. Hay millones de iniciativas que florecen en todas las partes del mundo” (pág. 283). Debemos trabajar -continúa- para relacionarlas y unirlas. Tampoco habla de utopía, la rechaza, hay que partir de un compromiso con la realidad para modificarla. Nos pide ánimo para luchar contra las dificultades, que provendrían de “estructuras institucionales y mentales esclerosadas” y de “enormes intereses económicos” (pág. 82). Y a pesar de que estas ideas no están inscritas aún en una gran pensamiento político de estructura planetaria, nos da otra pista de por dónde podemos continuar: “El talón de Aquiles del capitalismo, en una sociedad de consumo, es la conciencia y la organización de los consumidores” (pág.


180), por lo que podríamos crear “una fuerza política”, “asociaciones” o “ligas de consumidores”, que, con el arma del boicot a las compras, avanzara hacia la Vía. http://www.biografiasyvidas.com/biografia/m/morin.htm Bibliografía edgar morin Edgar Morin (París, 1921) Sociólogo y antropólogo francés. Estudioso de la crisis interna del individuo, ha abordado la comprensión del «individuo sociológico» a través de lo que él llama una «investigación multidimensional», es decir, utilizando los recursos de la sociología empírica y de la observación comprehensiva. Fuertemente crítico con los mass-media, ha analizado asimismo los fenómenos de propagación de la opinión.

Edgar Morin Edgar Morin estudió en la Sorbona y en la Universidad de Toulouse. Licenciado en geografía e historia y en derecho en 1942, cursó posteriormente estudios universitarios de sociología, economía y filosofía, que se vio obligado a interrumpir por el estallido de la II Guerra Mundial. Fue militante de la resistencia francesa contra el movimiento nazi y, más tarde, miembro del Partido Comunista Francés hasta 1951, año en que fue expulsado por su antiestalinismo. Pese a que desde su abandono del PCF no militó en ningún partido, nunca dejó de interesarse y participar en la política. Durante 1945 y 1946 fue jefe de propaganda del gobierno militar francés en Alemania. Entre 1947 y 1950 fue redactor jefe de un periódico en París. Dirigió además la revista Arguments (1957-62) y Communications (1972). Investigador y miembro del Centro Nacional de Investigaciones Científicas (CNRS) desde 1950, en 1970 pasó a ser director de investigación de dicho centro. Desde 1977 dirigió el centro de estudios interdisciplinares de la Escuela Superior de Ciencias Sociales, dependiente del CNRS. En 1970, antes de trasladarse a California, formó parte del llamado grupo de los diez, dirigido por el doctor Robin y que reunía a biólogos, cibernéticos, físicos y renombrados expertos en diversas áreas. En 1987 presentó en Estrasburgo Pensar Europa, un estudio sobre la pluralidad cultural y social del viejo continente. En dicho


acto hizo un llamamiento a los intelectuales para que desempeñen "una misión catalizadora en una Europa cuyo nuevo enemigo es su desunión". Edgar Morin defendió "la Europa de los pequeños espacios culturales", afirmando que "la internacionalización y la particularización en la cultura son procesos antagónicos y complementarios". Como ensayista está considerado como uno de los grandes pensadores franceses actuales y es colaborador de numerosas publicaciones científicas. Autor de más de treinta libros, reflexionó sobre el marxismo en La autocrítica. En El espíritu del tiempo glosó los acontecimientos de mayo del 68, y en El espíritu del tiempo II (1975) respondió a las críticas recibidas por el primero. Sobre el estudio de los fenómenos de comunicación de masas, especialmente el cine, publicó El cine o el hombre imaginario (1956) y Las stars (1957). Entre sus ensayos antropológicos figuran El paradigma perdido, la naturaleza humana (1973), La naturaleza de la Naturaleza (1977) y La vida de la vida (1980). Sus obras El paradigma perdido y El método son utilizadas como textos de consulta por los estudiantes de filosofía. Otras obras del autor son El espíritu de la época (1962), Introducción a una política del hombre (1965), La Comuna en Francia: la metamorfosis de Plodémet (1967), El rumor de Orleans (1970), Diario de California (1971), Qué es el totalitarismo. De la naturaleza de la URSS (1983), Tierra-patria (1993), Para salir del siglo XX (1996) y Amour, poésie, sagesse (1998). Edgar Morin fue galardonado en 1992 con el premio Médicis de comunicación; en 1994 recibió la Legión de Honor y el premio Internacional de Cataluña.

Edgar morin  
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