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Ni単os, niggers, muggles. Sobre literatura infantil y censura


Elisa Corona Aguilar Ni単os, niggers, muggles. Sobre literatura infantil y censura


Gobierno del Distrito Federal Secretaría de Cultura Coordinación de Fomento a la Lectura y el Libro

Primera edición, 2012 © Deleátur, SC Av. Eje Central Lázaro Cárdenas 13-508 Col. Centro Área 2 C. P. 06010 Del. Cuauhtémoc México, D. F. contacto@deleatur.com.mx www.deleatur.com.mx © Elisa Corona Aguilar © Ilustración de portada: Santiago Solís Coordinación editorial y Diseño de interiores: Miguel Ángel Leal Nodal / Deleátur, SC Diseño de portada: Santiago Solís Se prohibe la reproducción total o parcial de esta obra, sea cual fuere el medio, electrónico o mecánico, sin el consentimiento por escrito del editor. ISBN 978-607-95990-1-0 Impreso en México Printed in Mexico


Índice

Niños, escritores y el tonto en el centro del círculo

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Huckleberry Finn y las trampas de la conciencia

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Niños contra adultos: los cuentos de Roald Dahl

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Muggles que leen a Harry Potter

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Conclusiones

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A mis padres, artĂ­fices de mi infancia, tan libre de censura.


Niños, escritores y el tonto en el centro del círculo De esta historia tienes una versión falsificada, rosada, tonta, cursi, azucarada, que alguien con la mollera un poco rancia consideró mejor para la infancia… Roald Dahl

En 1885, el comité de una Biblioteca Pública en Massachussets expulsó un libro de sus estantes bajo el argumento de que era “inmoral y ofensivo” y su lenguaje “vulgar e ignorante”. Ese libro era Las aventuras de Huckleberry Finn. En 1972, una asociación estadounidense por los derechos de los afroamericanos acusa a un libro de racismo, mientras padres de familia y periódicos lo acusan de ser el libro “más desabrido jamás escrito para niños”. Ese libro era Charlie y la fábrica de chocolate. En 2001, en Pennsylvania un reverendo en una iglesia invitaba a la gente a avivar una inmensa hoguera con un mismo título que, dos años después, sería acusado por el cardenal Joseph Ratzinger, antes de llegar a ser más conocido como el papa Benedicto xvi , de “minar la cristiandad”. Ese libro era Harry Potter. Cuando se habla de libros para niños es casi inevitable hablar también de su censura, del eterno dilema entre lo entretenido y lo educativo, entre lo moral y lo inmoral. El siglo xxi, lejano ya de esa época en que la inquisición quemaba por igual a 11


los libros y a sus autores, está sin embargo sujeto a nuevas formas de restricción y censura que en gran medida conciernen a las lecturas para niños y jóvenes y a cómo éstas deben ser escritas, corregidas, elegidas, publicadas y publicitadas. En Aprendiendo a leer, Bruno Bettelheim y Karen Zelan afirman que “la educación se ha convertido en la mayor empresa de nuestra sociedad”; agregan también que aprender a leer tiene una importancia tan grande dentro de la educación del niño que “su experiencia en el aprendizaje de la lectura con frecuencia sella el destino, de una vez por todas, de su carrera académica”. La lectura es de vital importancia para niños y jóvenes que comienzan a adentrarse en ella; y la elección de los libros que estos nuevos lectores deben conocer es una tarea movediza en la cual están involucrados tanto escritores, editoriales, instituciones escolares, organismos de gobierno, así como padres de familia. En defensa de la libre expresión, la American Library Association (ala), creada en 1876 y en constante transformación desde entonces, está dedicada actualmente, entre otras cosas, a difundir y a contrarrestar los intentos de prohibición de libros por parte de diversos grupos alrededor del país y del mundo, entre los cuales están grupos religiosos, políticos, gubernamentales, consejos escolares y padres de familia. Según la recopilación de casos publicados en los medios y de denuncias individuales que conforman las bases de datos de la ala , el grupo que más intenta año con año retirar libros de las bibliotecas escolares y de los salones de clases es el de los padres de familia. Pero un dato aún más interesante es que, entre los libros en constante riesgo no tanto de las llamas como de los estantes cerrados, existe 12


una coincidencia de títulos entre los más populares y más leídos por los niños y los más censurados por los padres. Si es verdad que a nivel mundial constantemente se insiste en los bajos índices de lectores jóvenes —y en la competencia que los libros tienen con los nuevos medios de comunicación— también es verdad que nunca antes en la historia se había leído tanto y que nunca antes tantos niños habían tenido acceso a la lectura, además de tener mayor libertad y variedad para escoger sus propias lecturas en busca de sus propios gustos y placeres. Y para los censores, todo placer es sospechoso. En la l i sta de l ibros má s f rec uentemente “retados”, challenged, en el sentido de que han sido blanco de intentos de prohibición o restricción, tres autores y sus obras llaman la atención por coincidir su popularidad con la controversia que provocan. Las aventuras de Huckleberry Finn de Mark Twain, uno de los clásicos más vendidos año con año, es también desde su publicación hasta nuestros días uno de los libros más censurados por padres de familia, quienes lo acusan de lenguaje incorrecto, racismo, ser inapropiado para niños, de tener una visión inadecuada de la religión y de la vida. A su vez, uno de los más famosos autores de literatura infantil, el inglés Roald Dahl, tiene sin interrupción un lugar en la lista de la ala , regularmente por tres de sus obras, James y el durazno gigante, Charlie y la fábrica de chocolate y Las brujas, las cuales son acusadas regularmente de racismo, de misoginia, de violencia, de incitar a los niños a huir de casa y a vengarse de los adultos. Y por supuesto el tercer caso es la saga para niños más rápidamente vendida de la historia y más rápidamente leída por millones 13


de niños: Harry Potter, con sus siete volúmenes, atacados por ir en contra de diversas creencias religiosas, por incitar a los niños a desobedecer a los adultos, a romper las reglas, por promover la brujería, el ocultismo, el satanismo. Así continúa la lista y si no es un “ismo” es el otro. “Si a los niños les gusta tanto un libro, se vuelve sospechoso de inmediato”, afirma sobre la censura de libros infantiles otra controversial y exitosa autora estadounidense de cuentos para niños, Judy Blume (Are You There God? It’s Me, Margaret; Tiger Eyes). Actualmente está casi garantizado que en cuanto un libro se vuelve popular se convierte en blanco de controversia; pero si se vuelve popular entre niños y jóvenes, se convierte en blanco de la censura. Otros libros de gran popularidad entre niños y jóvenes y en constante batalla contra los censores son varios de J. D. Salinger por mostrar una filosofía pobre de la vida, por lenguaje inapropiado y violencia; El Mago de Oz de Frank Baum, Peter Pan de James M. Barrie y Cómo matar a un ruiseñor de Harper Lee entran dentro de esta categoría por sugerir a los niños huir de casa, racismo y lenguaje inapropiado; asimismo varios libros para niños de Judy Blume, por sexualidad explícita y lenguaje inapropiado; y no son excepción algunos libros con títulos tan sugestivos como Daddy´s Roommate (1991), de Michael Willhoite, Heather Has Two Mommies (1989), de Lesléa Newman, y It´s Perfectly Normal (1994), de Robie Harris, por hablar explícitamente de la homosexualidad. A la censura, que por lo general busca extensos e intrincados argumentos en contra de sus objetivos, parecen concernirle en realidad muy pocos temas 14


cuando se trata de libros para niños. Sexualidad, religión, educación. Debemos creer que la tarea del censor es impedir que los niños arriben demasiado pronto al conocimiento de ciertos temas, aunque estos temas sean ya parte de sus vidas y estén en constante exposición a ellos gracias al bombardeo de la publicidad y los medios; restringir su insaciable curiosidad, aunque esta restricción implique muchas veces confundirlos o fr ustrarlos al no obtener respuestas claras a sus preguntas; dominar sus impulsos incivilizados, aunque sean muchas veces los adultos quienes actúen de forma arbitraria, egoísta y violenta en el mundo de los niños: la censura es, pues, para su protección, pero protección de qué sino de una construcción un tanto inasible y sofista, de un monstruo en el clóset. Los argumentos del censor son siempre sospechosos por su incapacidad para delimitar con claridad su objetivo: parecen, a los ojos de la lógica directa de un niño, proteger menos al niño que al adulto, protegerlo de la risa, la burla, la mirada inquisitiva del niño que, al observar al adulto sin tapujos, cuestiona sus costumbres y creencias más arraigadas y lo convierte en objeto de su burla, de su divertimento, de su horror: es el adulto el verdadero monstruo del clóset. “La inocencia es un estado en el que tratamos de mantener a nuestros niños; la dignidad es un estado que reclamamos para nosotros”, escribe el Nobel sudafricano, J. M. Coetzee, en su introducción a Giving Offense: Essays on Censorship. Y todos estos libros tan controversiales, que, por su popularidad parecen hablar tan directamente a los niños, muestran las grietas y errores del mundo de los adultos, la tristeza de la vida, lo incomprensible de 15


la historia y, sobre todo, la impotencia de ser niño. Muestran también que los niños son muchas cosas, pero nunca inocentes, y que, en el difícil proceso de crecer se llegan a conocer por igual adultos y niños horrorosos. Sin embargo, nos dice el ensayista y psicólogo Rafael López-Pedraza en su libro Dionisos en el exilio: sobre la represión de la emoción y el cuerpo, nuestra visión de la niñez “está impregnada tanto por la adoración al niño de la Sagrada Familia como por el paraíso moderno de Disneylandia, que es la concepción de la niñez como un periodo unilateralmente puro, inocente y feliz”. Todo esto en terrible contraste con un mundo de guerras, de violencia mediática, de pobreza, de intolerancia. El mar de información en el internet, el bombardeo de la publicidad que goza de libertades negadas a la cultura misma, la transformación y la ruptura de la familia como la conocemos, la proliferación de nuevas sectas y religiones extremistas, son sólo parte del contexto en que los niños y los nuevos lectores crecen, buscando sus propios valores, sus propias ideas y su lugar en el mundo. El censor académico, religioso, moralista, al tratar de poner una venda en los ojos de los demás, se convierte en el verdadero vendado, explica J. M. Coetzee con una excelente metáfora prestada de Erasmo: se convierte en el tonto en el centro del círculo que con ojos vendados tropieza y avanza titubeando mientras todos ríen y lo esquivan. Padres de familia aún claman que en las escuelas no se les inculca a los niños el hábito de la lectura. Sin embargo, si un libro se vuelve en extremo popular para los niños, viene de súbito la sospecha: ¿es apropiado ese libro? En países como Estados Unidos, 16


Canadá, Inglaterra, Australia, los índices de quejas de los padres respecto a diversas lecturas y material cultural son altísimos, a pesar de la supuesta “tolerancia” en que dicen vivir: la censura parece ser un lujo de quienes tienen algo qué censurar. En México, donde la cultura y su difusión están en constante batalla de supervivencia, los casos de intentos de censura son menos no porque haya mayor tolerancia, sino porque hay mucho menos acceso a la lectura y a los libros, menor reflexión en torno a lo que se lee o debería leerse. Pero cuando la censura de cierto padre de familia se encargó de dar renovada popularidad entre los jóvenes a Aura de Carlos Fuentes, recuerdo haber convencido a dos adolescentes de leerlo con sólo las palabras mágicas: “¡Este libro fue prohibido en algunas escuelas!”. Y cuando los libros de Biología de la sep, los cuales hablaban abiertamente de la homosexualidad, causaron un escándalo en la extrema derecha religiosa, no pude evitar recordar esa otra metáfora que menciona Coetzee: el censor que pronuncia una sentencia es tan ridículo como un hombre que trata de evitar una erección. En la actualidad, se sigue condenando a las llamas a miles de libros; por fortuna, ya no a sus autores. Christine Anne Piesyk, escritora y periodista, en su ensayo “Book Burning: Fueling Flames of Censorhip”*, insiste en que no debe subestimarse ningún intento de censurar, prohibir o quemar libros: “los libros alimentan nuestra curiosidad; la censura de libros alimenta la anarquía”. Y concluye que hay que leer todos los libros prohibidos que sea posible: * www.clarksvilleonline.com/2007/10/03/book-burning-fueling-flames-of-censorship

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“probablemente, cuando revisen la lista, descubrirán que ya han leído algunos”. La vida es un teatro, metáfora arraigada en nuestra visión del mundo, y mientras que el papel del censor parece ser el del tonto en el centro del círculo, el papel del niño es, como el del escritor, el de ir más allá de la censura y ver incluso la vergüenza, el horror, para encontrar detrás el entendimiento, la iluminación, el encuentro con el arte y con nosotros mismos.

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Huckleberry Finn y las trampas de la conciencia

No hay diferencia si haces bien o mal, tu conciencia no tiene ningún sentido y de todas formas te persigue… Mark Twain, en la voz de Huck Finn

“Las personas que intenten encontrar un propósito en esta narración serán arrestadas; las personas que intenten encontrar una moraleja, serán encarceladas; las que intenten encontrar una trama, serán fusiladas. Por orden del autor”. Samuel Langhorne Clemens, mejor conocido como Mark Twain, escribió esta mortal advertencia como único prólogo a la que se convertiría en su más famosa y popular novela, Las aventuras de Huckleberry Finn: un breve pero muy claro asomo de sus intenciones respecto a su obra y a sus lectores. Más de cien años después, en la página electrónica de una librería en internet, un escritor de reseñas menciona con humor que en la tarea de convencer a los lectores de comprar un libro, Twain en verdad lo ha puesto en problemas: “Los lectores quieren propósitos, moralejas y tramas, ¿no es así?”. Twain parece estar diciendo que, en definitiva, su novela no busca complacer a nadie. En 1884, los lectores de Twain también querían propósitos, moralejas y tramas, y es precisamente de esta exigencia del lector que por lo visto perdura hasta nuestros 19


días de la que Twain se vale para despertar la curiosidad. La advertencia es en realidad una invitación irresistible, provocativa e inquietante, pues anuncia que lo que se está a punto de leer escapa por mucho de lo convencional; es también una respuesta anticipada a la crítica y una defensa que siempre acompañará a uno de los libros para niños más censurados de la historia. Desde su publicación hasta nuestros días, Las aventuras de Huckleberry Finn ha sido una inagotable fuente de discusión y controversia, se ha puesto a prueba su contenido y su valor literario, además de ser un blanco constante de la censura. En 1885, tan sólo unos meses después de su publicación, la Biblioteca Pública de Concord, Massachussets, expulsó el libro de sus estantes por su temática “inmoral y ofensiva” y por estar escrito en un lenguaje “ignorante y vulgar”, a lo cual Twain respondió que con tal escándalo ayudarían a vender al menos 25 000 ejemplares. Una reseña en el Boston Evening Transcript citaba a uno de los miembros del comité de la Biblioteca, quienes declararon que Huckleberry Finn era “más apto para malvivientes que para gente respetable”, al mismo tiempo que el San Francisco Chronicle lo elevaba por su aguda sátira y su contenido libertador. Entre alabanzas e insultos, la novela sin duda fue un éxito en su tiempo, cuando ya Mark Twain gozaba de fama y prestigio por sus anteriores publicaciones. Más de un siglo después, Las aventuras de Huckleberry Finn se mantiene año con año entre los primeros diez libros más censurados de la lista de American Library Association’s “100 Most Frequently Challenged Books”, al igual que entre los clásicos más vendidos. 20


Ernest Hemingway escribió en The Green Hills of Africa (1935) que toda la literatura estadounidense provenía de un libro escrito por Mark Twain llamado The Adventures of Huckleberry Finn: “No había nada antes, no ha habido nada mejor después”. Pero este canónico pedestal no ha evitado que año con año el libro sea censurado de una u otra forma: ha entrado y salido intermitentemente de las secciones infantiles y juveniles de las bibliotecas estadounidenses, así como de los programas escolares de lecturas obligatorias, sigue siendo motivo de debate tanto a nivel de educación básica como a nivel universitario y ha causado miles de demandas a escuelas y profesores que lo enseñan; en una de ellas, en enero del 2008 en una preparatoria pública en Mánchester, Reino Unido, se acusó al libro de “no promover un ambiente saludable de aprendizaje”. Durante un debate en el 2000 sobre la censura en la Universidad de Vanderbilt, Tennessee, uno de los ponentes, el académico y director del posgrado de dicha universidad, Michael Kreyling, concluyó que el hecho de que más de cien años después de su publicación el libro de Mark Twain siguiera provocando controversia y escándalo era una clara señal de que tenía mucho que decir sobre la cultura estadounidense y su lenguaje: razón suficiente para seguir leyéndolo. Pero, ¿quién lee Las aventuras de Huckleberry Finn? Es precisamente ésta la pregunta que pocas veces puede responderse con claridad respecto a los libros. En el tiempo de su publicación se vendió bien sin superar a La cabaña del tío Tom de Harriet Beecher Stowe, una obra cuyo tema central es la esclavitud y el mayor best-seller del siglo xix en Estados Unidos. En la actualidad, no entra en la lista de los 100 libros 21


más vendidos de la historia. Pero bien sabemos que las estadísticas de ventas pocas veces tienen una estrecha relación con la lectura de una obra, pues si el libro más vendido de la historia es la Biblia, no son tantos los que la han leído en su totalidad. Sin duda, The Adventures of Huckleberry Finn entra en esa decepcionante categoría definida por Oscar Wilde como “libros de los que todos hablan y nadie lee”: los clásicos. Como cuando se habla de Don Quijote y su fiel Sancho Panza o de Robinson Crusoe con su perico al hombro, mucha gente intuye una imagen de un niño harapiento pescando en el río Mississippi, viviendo en desocupación y libertad. La imagen de Huck se inserta de forma vaga en nuestra cultura universal; hoy en día, existen más de trece adaptaciones al cine, cuatro series de caricaturas y docenas de ediciones infantiles que nos remiten a ella; el nombre de Mark Twain resuena como algo familiar y vagamente relacionado con la infancia. Pero el libro, para la mayoría, sigue siendo un misterio, incluso para aquellos que ya lo han leído; las interpretaciones que se le han dado son múltiples, a veces opuestas y, curiosamente, se transforman en forma extrema en un mismo lector de acuerdo a su edad. La complejidad y la riqueza de la novela hace aún que muchos se pregunten incluso si es un libro para niños o no. Su obra precedente, The Adventures of Tom Sawyer (1876), lo es claramente, pero la historia del viaje por el Mississipi de Huck, el niño blanco que huye de su padre, y de Jim, el esclavo negro que busca su libertad, parece haber escapado por mucho a las intenciones de su creador. Twain no llevaba cuadernos de anotaciones que dirigieran el rumbo de su novela, parece haber abandonado por 22


mucho tiempo el manuscrito, haberlo retomado sin éxito alguna vez e incluso haber estado a punto de destruirlo. El ensayista e historiador John Seelye, en una de tantas introducciones al libro, lo compara con la casa flotante que Huck y Jim encuentran navegando río arriba: la novela, de igual forma, parece haberse desprendido de sus cimientos y haberse lanzado a navegar en direcciones desconocidas. La censura que ha penalizado tanto Las aventuras de Huckleberry Finn por más de un siglo parece estar dividida en dos etapas. El tipo de vida de Huck, su lenguaje vulgar o “incorrecto”, sus impertinencias respecto a la educación, la religión y la familia parecen haber causado gran incomodidad en su tiempo. Incluso la estrecha amistad entre el niño blanco y el esclavo negro no era algo fácil de aceptar para una sociedad que apenas se acostumbraba a vivir con las consecuencias y los cambios que trajo la Guerra Civil. A la autora de Mujercitas, Louisa May Alcott, una de las principales promotoras de la expulsión de Huckleberry Finn de la Biblioteca Concord, sin duda debe haberle preocupado el crudo retrato de Twain sobre la vida en el Mississipi, la violencia entre las familias, la ignorancia de la gente común y el cinismo con que muchos personajes de la narración, incluido Huck, aceptan todo esto como parte de su vida: un realismo demasiado crudo. Es casi un siglo después de la abolición de la esclavitud que toda la discusión alrededor del libro parece haberse centrado en interpretaciones raciales, en el tema de la esclavitud y, más precisamente, en el uso de la palabra “nigger”, la cual muchos se han puesto a contar en el libro para descubrir que se utiliza más de 200 veces. 23


Actualmente, padres de familia preocupados insisten en que el retrato de Jim, el esclavo negro, es irreal, absurdo, estereotípico e insultante y que, por lo tanto, el libro no debe ser parte de las listas de lecturas obligatorias de las escuelas. A los censores parece preocuparles, a veces, que un libro muestre cosas que sean verdad, a veces, que muestre cosas que sean mentira. Paradójicamente, si hay algo que caracteriza al estilo de la novela es el constante juego entre la verdad y la mentira, entre lo aprendido de los libros y aquello comprobado en la experiencia, entre las contradicciones humanas que en el fondo revelan verdades profundas y la aparente concordia de la moral y la costumbre social que en el fondo oculta falsedad. Todas éstas son características muy presentes, casi indispensables, en la literatura infantil, y la respuesta a si Las aventuras de Huckleberry Finn es un libro para niños puede ser más simple de lo que parece: basta leer algunas páginas para descubrir de inmediato que su narrativa apela a la imaginación de un niño, a sus gustos y sus criterios, a su lógica implacable y al juego de la improvisación —pues la novela es claramente producto de la improvisación, un súbito entrar y salir de escenarios y personajes inesperados que Twain no había planeado—. Y la respuesta a por qué es un libro tan censurado y controversial, tan “peligroso” para demasiados lectores tanto de su época como de la nuestra, es también fácil de descubrir. Basta un acercamiento real a esa novela que nunca será lo suficientemente leída ni explicada y que, en palabras de un asiduo estudioso y biógrafo de Twain, Justin Kaplan (Mr. Clemens and Mark Twain: A Biography), “nació para causar problemas”. 24


Escrito en primera persona, el relato introduce de inmediato a su narrador y protagonista: Huck se presenta a sí mismo y nos cuenta en breve el final de The Adventures of Tom Sawyer, ese libro escrito por Mark Twain, comenta Huck, que “en mayor parte dice la verdad”. Huck nos pone al tanto de su vida presente: posee el dinero que él y Tom encontraron en sus primeras aventuras, el cual lo provee de un dólar al día; la viuda Douglas lo ha adoptado y quiere “civilizarlo”, enseñándole religión, enviándolo a la escuela y vistiéndolo apropiadamente, lo cual le hace la vida difícil a Huck, pero aprende poco a poco a tolerarlo y, muchas veces, a evadir tales costumbres. Muy pronto, el padre de Huck, siempre alcoholizado y violento, aparece para llevarse a su hijo a una cabaña y pretende apoderarse del dinero que él y Tom encontraron, el cual es custodiado fielmente por el juez Thatcher. Huck, después de varias semanas de encierro, decide escapar y fingir su muerte para ya nunca ser buscado ni por su padre, que pretende encerrarlo nuevamente, ni por la viuda Douglas, que pretende “civilizarlo”. Cuando Huck se encuentra con Jim, el esclavo de Miss Watson que ha escapado para no ser vendido a un comerciante de Nueva Orleans y que es además inculpado por el asesinato de Huck, ambos emprenden su largo viaje río arriba en busca de libertad, enfrentándose a inesperadas dificultades y viéndose involucrados en la vida de los habitantes de las orillas del Mississipi. So pena de muerte, podríamos llamar a esto una trama. En los primeros capítulos, en los primeros párrafos incluso, encontramos razones suficientes para que una sociedad tanto contemporánea como del siglo xix se sienta amenazada por la narración de Huck. 25


La viuda Douglas, esa buena mujer, religiosa, decidida a adoptar a Huck y convencida de que sus acciones son generosas y moralmente correctas para con el desafortunado niño, lo llama pobre cordero perdido, “y muchos nombres más, me dijo, pero no lo hizo con mala intención”, piensa Huck, quien desesperado por las costumbres de la viuda, huyó, sólo para regresar casi de inmediato porque Tom le dice que formará una banda de ladrones —uno más de los juegos de Tom— y que él puede estar en ella si accede a regresar con la viuda y volverse “respetable”. Huck de ninguna forma siente culpa por haberse escapado, ni por odiar tanto la vida “civilizada” que quieren imponerle; su lógica cuestiona todas las costumbres de la viuda, desde forzarlo a usar ropa limpia, con la cual se siente tieso y acalorado, hasta dormir en una cama, cuando él se sentía mejor durmiendo en el pantano. La comida de la viuda no le parece mejor que la que él solía comer. La viuda no lo deja fumar, lo cual hace ref lexionar a Huck que “hay algunas personas que desprecian cosas cuando en realidad no saben nada de ellas”. Huck, a diferencia de Oliver Twist, no está adaptándose a la vida civilizada ni siente agradecimiento por salir de su vida de pobreza, no quiere reformarse y de lo único que está seguro es de Tom y su amistad, todo lo compara y lo valora a partir de él y de sus aventuras juntos, de ahí que su gran sacrificio de regresar con la viuda y volverse “respetable” sea sólo por entrar a la supuesta banda de ladrones de Tom (de la cual pronto se decepcionará, tanto él como los otros niños porque no roban a nadie, sólo fingen hacerlo). La religión es una de las cosas que Huck cuestiona largamente con esa lógica infantil que señala lo obvio 26


sin reparar en las convenciones y en las creencias incuestionables de los adultos. Huck no comprende por qué la viuda Douglas quiere enseñarle todo sobre Moisés, si lleva muerto tanto tiempo, y él “no da un comino por la gente muerta”. Cuando a su vez Miss Watson le habla sobre el infierno (“El mal lugar”), Huck de inmediato dice que le gustaría ir ahí, porque de tan aburrido que está le gustaría ir a cualquier lado. Miss Watson de inmediato lo increpa y le habla del cielo, “El buen lugar”, y de cómo hay que comportarse para ir ahí. Pero Huck no lo encuentra atractivo en ninguna forma: “La gente ahí no hace nada más que tocar el arpa y cantar por siempre”. Además, Miss Watson está decidida a ir a “El buen lugar” y cree que Tom Sawyer no irá, lo cual acaba de convencer a Huck de que la mejor compañía para él está en “El mal lugar”: “porque yo quería que Tom y yo estuviéramos juntos”. Huck no ve ningún beneficio en actuar pensando siempre en los demás, como la religión dicta, “ningún beneficio más que para los demás”, y concluye (como muchos niños) que debe haber al menos dos Providencias, la de la viuda Douglas y la de Miss Watson, pues las dos creyentes hablan en forma muy distinta de la Providencia: “A mí me gustaría pertenecer a la de la viuda, si me acepta”. Otra de las cuestiones religiosas que Huck reflexiona a lo largo de toda la novela es el acto de rezar. Miss Watson le dice que rece por aquello que quiera y lo obtendrá. Pero Huck lo intenta y no funciona: no obtiene los anzuelos que quiere para pescar. “Me fui al bosque a pensar al respecto. Me dije a mí mismo, si cualquiera puede obtener lo que quiera rezando, ¿por qué Deacon Winn no obtiene de regreso el dinero que gastó en cerdo? ¿Por qué la viuda no obtiene de vuelta su 27


cigarrera de plata que le robaron? ¿Por qué Miss Watson no puede engordar?” Cuando Miss Watson le habla de rezar por “cosas espirituales”, Huck se siente aún más confundido y decide olvidar el tema, junto con la Providencia y con Moisés. Varios capítulos adelante, después de que Huck finge su muerte —matando un cerdo y esparciendo la sangre por la cabaña, con algunos de sus propios cabellos—, un barco busca su cadáver en el río y Huck lo observa escondido en las orillas comiendo una hogaza de pan que ha recogido de aquellas arrojadas al agua, pues la costumbre era que, después de haber rezado por el difunto, el pan flotaría hacia el lugar donde estuviera el cuerpo desaparecido. Huck, satisfecho por el sabor del pan, reflexiona: “Alguien rezó para que este pan me encontrara, y lo hizo. Así que no cabe duda que hay algo en eso de rezar. Claro, hay algo cuando alguien como la viuda o el padre rezan, pero no funciona conmigo...”. Cuando en una de sus aventuras en tierra firme Huck conoce a Mary Jane, la joven hija del recién fallecido Peter Wilks y quien iba a ser engañada y despojada de su herencia por el Rey y el Duque, los estafadores que por mero accidente acompañan a Huck y a Jim y de quienes es difícil librarse, Huck se conmueve por la infinita bondad de la joven cuando le dice al despedirse que rezará por él: “¡Rezar por mí! … Yo rezaría por ella, si sirviera de algo”. La educación religiosa de la viuda y de Miss Watson sin duda crearon fuertes impresiones en Huck, pero él las interpreta, las modifica y saca sus propias conclusiones. Con respecto a la familia, el retrato del padre de Huck y la forma en que Huck convive con él son devastadoramente realistas. Cuando Huck lo descubre 28


en su habitación, después de reponerse de la sorpresa, se da cuenta de que ya no le tiene miedo. El padre se enfurece de saber que su hijo va a la escuela y está aprendiendo a leer, porque eso significa que se cree mejor que su padre: “Vas a dejar eso de la escuela, ¿me oyes? Ya les enseñaré por criar a un niño para que se sienta mejor que su padre y dejarlo ser mejor de lo que él es. […] Tu madre no sabía leer ni escribir tampoco, antes de morir. Nadie de la familia sabía y así murieron. Yo no sé. Y aquí estás tú, sintiéndote más que todos. No soy la clase de hombre para tolerarlo”. Cuando Huck vive encerrado en la cabaña con su padre, su vida está en constante riesgo, pues éste se emborracha y empieza a ver visiones, golpea a Huck e incluso lo persigue por la cabaña cuchillo en mano, llamándolo “Ángel de la muerte” en sus delirios; una vez, Huck piensa que va a morir de hambre, pues lo deja encerrado y no regresa por más de tres días. Y sin embargo, Huck llega a acostumbrarse a la vida con su padre, no le parece tan mala, porque al menos no tiene que ir a la escuela ni usar ropa limpia ni seguir todas las reglas de la viuda. Huck recuerda incluso cosas que “aprendió de papá”, no la clase de cosas que le enseñarían la viuda Douglas ni Miss Watson, pero lecciones al fin y al cabo. En definitiva, ésta es una imagen familiar muy distinta de la descrita en Mujercitas o incluso en La cabaña del tío Tom, una imagen familiar que hasta nuestros días es difícil aceptar como parte de la sociedad y como algo común en la literatura infantil, pues la imagen de la Sagrada Familia inunda la educación, así como la constante insistencia en respetar y honrar a los padres. Incluso la imagen romántica del huérfano es más aceptable, pues los padres que nunca 29


estuvieron son idealizados por el hijo, quien los convierte siempre en su inspiración y en sus ángeles guardianes: un puente para alcanzar a Dios. Huck no busca su origen, como los héroes románticos, sino que huye de él y su única redención será, al final de la novela, descubrir que ya no tiene que esconderse nunca más de su padre porque al fin ha muerto. Huck es la antítesis del sueño americano: tiene una fortuna que no gasta, más que para comer de vez en cuando; no quiere aprender, pues las enseñanzas de la escuela le parecen inútiles para la vida en el Mississipi; no trabaja; no quiere convertirse en un hombre de bien, sino todo lo contrario; miente siempre que puede hacerlo, pues está convencido de que la verdad lo mete en problemas; huye de la civilización, de la religión, de la familia, del trabajo; es feliz con la vida que lleva en el pantano, contemplando las estrellas por la noche para no sentirse solo, pescando en el río siempre que tiene hambre, vistiendo harapos para sentirse ligero, viviendo al día sin preocuparse del mañana. Y aunque a través de la novela Huck se enfrenta a situaciones complejas y nada infantiles que debe resolver, a decisiones cruciales que debe tomar, formándose así una conciencia adulta, es difícil decir que el Huck de los últimos capítulos ha crecido o ha llegado a la madurez, como se espera en una “novela de crecimiento”: lo último que nos dice Huck es que una vez más debe huir de la viuda Douglas, pues vendrá para intentar civilizarlo, “y ya sé lo que eso significa, he estado ahí antes”. Huck es el eterno niño, indomable, siempre al margen de la vida civilizada en la nueva América. Y la novela es una defensa incondicional de la infancia, pues la conciencia de Huck es más fuerte, más clara, 30


más ética, que todo lo aprendido de la sociedad y de la enseñanza de los adultos. Huck, maltratado por su padre y en desacuerdo con la viuda Douglas, decide vivir sus propias reglas en una aventura en que todos alrededor de él y de Jim son adultos despreciables, ladrones, estafadores, turbas enardecidas y dispuestas al linchamiento. Huck no duda nunca en transgredir las reglas si con eso está de acuerdo consigo mismo, incluso rompe sus propias reglas, pues aunque piensa siempre que mentir es lo mejor para salir de cualquier problema, en contra de las enseñanzas de la viuda, cuando conoce a Mary Jane y no puede soportar el engaño en que se encuentra a causa de el Duque y el Rey (quienes hacen creer al pueblo entero que el Duque es el hermano inglés del padre fallecido de Mary Jane, para quedarse con sus propiedades), Huck decide confesarle la verdad para ayudarla y evitar el robo. Huck, al final de la novela, parece no haber aprendido nada de la sociedad ni de los adultos, sino de la experiencia vivida, de su propia conciencia que no lo abandona nunca y de su fiel amigo Jim, el único adulto siempre honesto, paternal, honorable y sin embargo perseguido por todos como un criminal. Mark Twain nos convence de que la infancia, aún aquella tan difícil y fuera de la norma como la de Huck, es más sabia que la sociedad que pretende “civilizarla” y educarla a sus costumbres. Y, como en una defensa de la lectura y de su naturaleza transgresora, Huck aprende la verdad sobre la humanidad gracias a los libros, aunque no parece entenderlos como el resto del mundo e incluso los modifica con su imaginación y su juicio. Cuando Jim insiste en que el Rey y el Duque son sólo simples villanos, Huck le habla de lo que él y Tom han leído: 31


…todos los reyes son villanos […] lee sobre ellos un día y verás. Piensa en Enrique viii, por ejemplo […] Solía casarse con una esposa nueva cada día y cortarle la cabeza a la mañana siguiente. Y lo hacía con tanta indiferencia como si estuviera ordenando huevos. “Traigan a Nell Gwynn”, decía. La traían. A la mañana siguiente, “¡Córtenle la cabeza!” Y se la cortaban. “Traigan a Jane Shore”, decía, y la traían. A la mañana siguiente, “¡Córtenle la cabeza!” […] Y hacía que cada una de ellas le contara un cuento cada noche; y siguió así hasta que juntó mil y un cuentos y los puso todos en un libro, y llamó al libro el Libro de los Destinos. Tú no conoces a los reyes, Jim, pero yo sí; y estos dos nuestros son de los más limpios que he visto en la historia.

Jim no parece convencido de los argumentos de Huck, de la misma forma que Huck no se convence nunca de los argumentos de Tom cuando, al principio de la novela, jugando a los bandidos, Tom insiste en que el grupo de niños en su clase de catecismo son en realidad una caravana de árabes mercantes con joyas. Tom se adueña siempre de las fantasías de los libros y las convierte en su vida diaria, mientras Huck parece hacer las veces de Sancho Panza. Pero cuando Huck habla de los libros a Jim, los papeles cambian y es ahora él quien convence a Jim de lo que los libros revelan. Huck, después de la discusión de los reyes y los duques, concluye para sí: “¿De qué habría servido decirle a Jim que éstos no eran verdaderos reyes ni duques? No hubiera servido de nada; y además, era tal como yo decía: no podías diferenciarlos de los de verdad”. Una niña de una escuela primaria comparte un comentario en uno de tantos sitios de internet sobre 32


Huckleberry Finn: “El libro me pareció bueno pero no genial, así que le doy tres estrellas. La parte que me gustó mucho y que pienso que es muy inteligente es cuando Huck mató al cerdo y esparció su sangre para fingir su muerte. […] Otra cosa que me gustó fue que Huck y Jim permanecieran juntos todo el libro, y que Mark Twain hizo que Huck y Jim se toparan con muchos problemas y que tuvieran que pensar siempre en algo creativo para salir de ellos”. También le gustó que la balsa era de madera y la parte en la que Huck se disfraza de niña; en general, lo recomienda. Sin duda, Las aventuras de Huckleberry Finn es un libro para niños que, por su incomparable genialidad, cautiva también a los adultos: toda gran obra de la literatura infantil debe lograr convertirse en un acertijo, una fuente de interpretaciones para los adultos a la que los niños responden con mayor sencillez y seguridad. Si nos arriesgamos a buscar un propósito en la novela de Twain, descartaremos inmediatamente la idea de que haya pretendido escribir un libro con propósitos didácticos, como se esperaba —y aún se espera en nuestros tiempos— que sean los libros para niños. Como recalca John Seelye, hubiera sido difícil encontrar en aquellos años a un niño blanco con un prófugo esclavo negro navegando en una balsa, pero a pesar de esto el estilo de Twain se considera un logro del Realismo, esa corriente siempre difícil de definir que trata de convencernos de que lo que leemos es auténtico. Podemos arriesgar que al menos algunos de los propósitos de Twain eran crear un retrato realista de la vida durante la abolición y plasmar diferentes formas del habla a lo largo del Mississipi, pues como él mismo dice en una 33


nota explicativa, el lenguaje utilizado corresponde a distintos dialectos que él presumía de conocer muy bien. Es precisamente del lenguaje de donde surge ese otro motivo para la censura que tanto ha perseguido a Huckleberry Finn después de los cincuenta y que es aún motivo de debate. Más cercana etimológica y fonéticamente al español “negro” y al francés “nègre” que al inglés “black”, originaria del latín “niger” (negro), la palabra “nigger” está definida en el MacMillan English Dictionary como “palabra extremadamente ofensiva para personas negras”. En 1619, en el primer desembarco de esclavos africanos a Virginia, el capitán inglés John Rolfe los registró en los libros de cargamento como “negars”. En 1837, el abolicionista Hosea Easton escribió que “nigger” era un término oprobio empleado para imponer desprecio hacia los negros como raza inferior. En el siglo xx , entre los afroamericanos apareció la variante apenas distinguible auditivamente “nigga”, la cual no se considera un insulto sino un saludo entre amigos cercanos, pero “nigger” nunca perdió su significado insultante, relacionado siempre con la historia de la esclavitud y del racismo en Estados Unidos. Actualmente, el escritor y profesor de leyes estadounidense Randall Kennedy dedicó un libro entero a explorar dicha palabra, Nigger. The Strange Career of a Troublesome Word (2002), y dice haber invertido tanta energía en su investigación porque “es una palabra clave en el léxico de las relaciones entre razas y, por lo tanto, un término importante en la política estadounidense”. “Nigger” sigue siendo una de las palabras más ofensivas del inglés, tal vez la más ofensiva, intraducible por su terrible 34


carga histórica, imposible de aligerar por su poder extra-contextual; “ser ignorante de sus significados” escribe Randall Kennedy en su libro, “lo vuelve a uno vulnerable a toda clase de riesgos, incluso a perder un trabajo, una reputación, un amigo, hasta la propia vida”. En 1998, en la ciudad de Tempe, Arizona, un padre de familia llevó hasta la corte su petición de que Las aventuras de Huckleberry Finn fuera retirado de la lista oficial de lecturas de primero de preparatoria. En el expediente, el juez de circuito inicia diciendo: “Con más y más frecuencia nos enfrentamos a casos en los que dos derechos constitucionales fundamentales parecen estar en conflicto. En el presente caso, se trata del derecho de los estudiantes de recibir conocimientos e ideas —aún cuando estén contenidos en obras literarias que en la actualidad parezcan tener tintes racistas— y el derecho de esos mismos estudiantes de recibir una educación pública que no aliente ni permita un ambiente racial hostil”. Esta opinión del juez parece resumir muy bien el conflicto que inició desde 1957, cuando la National Association for the Advancement of Colored People (naacp) objetó por primera vez que The Adventures of Huckleberry Finn fuera un libro obligatorio en las escuelas, debido a la hostilidad racial que su lenguaje y contenido pudieran provocar. En aquel entonces, cuando ya formaba parte del canon literario gracias a la revaloración de escritores como T. S. Eliot, Ezra Pound y Ernest Hemingway, el libro fue retirado de varias escuelas públicas. Particularmente en los ochenta, noventa y en nuestra década, las demandas de que el libro se retire de la enseñanza pública estadounidense han sido múltiples y constantes. En la mayoría de los casos, se pide que 35


el libro se retire de las lecturas obligatorias, a veces, de las bibliotecas escolares y de las secciones infantiles y juveniles de las bibliotecas públicas. En 1999, el director de la naacp insistió en aquella declaración del 57, diciendo que “los dólares de los impuestos no deberían ser usados para perpetuar un estereotipo que provoca daños psicológicos en la autoestima de los niños afroamericanos”. En respuesta a esta declaración, uno de los anteriores directores de la misma organización se pronunció a favor de la enseñanza de The Adventures of Huckleberry Finn, llamándola “una gran obra antiesclavista”. Jocelyn Irby, profesora de literatura de la Universidad de Tennessee, opinó que “al enseñar Huck Finn e identificarlo como un clásico, de alguna forma estamos siendo partícipes del racismo institucional, perpetuamos de forma institucional ciertos estereotipos (y) mitos, particularmente los mitos que conciernen al varón afroamericano”. Laura C. Jarmon, también profesora de literatura de la misma universidad, opinó que el libro era demasiado complejo y sólo debiera ser enseñado a nivel universitario. En cambio, Jocelyn Chadwick-Joshua (The Jim Dilemma: Reading Race in Huckleberry Finn), escritora afroamericana que se dedica actualmente a instruir a las escuelas sobre cómo enseñar tan controversial libro, insiste en que se debe leer y enseñar la obra de Twain precisamente por el debate que genera: “La raza es uno de los temas más complejos en nuestro país. Y no podemos ni hablar de ello. A veces se necesita algo que encienda la chispa de la controversia”. La escritora cuenta cómo su padre, activista de los derechos de igualdad en Estados Unidos, le dio a leer el libro a los siete años “con la palabra ‘nigger’ y todo. Mi padre no quería esconderse de nada”. 36


La mayoría de los opositores a Huckleberry Finn no lo han leído y piensan que no es necesario leerlo para afirmar que es una obra indiscutiblemente insultante e inapropiada para un salón de clases: es suficiente saber que contiene la palabra “nigger” doscientas quince veces. Beatrice Clark, abuela y tutora de Calista Phair, estudiante de 16 años en la Renton High School, en el estado de Washington, protestó contra la enseñanza del libro cuando la profesora Hilari Anderson, después de discutir ampliamente la historia de la palabra “nigger” y la controversia alrededor de la obra de Twain, decidió que el salón estaba listo para leerlo. Calista Phair describió esto como “formas de suavizar el libro”. Anderson recalcó que como proyecto final siempre dejaba que los estudiantes escribieran un ensayo a favor o en contra de continuar enseñando The Adventures of Huckleberry Finn en las escuelas: “en seis años, nunca he tenido un ensayo en contra”. Entre aquellos demandantes que sí han leído el libro y sostienen que es racista es interesante descubrir que muchos de ellos comienzan por confesar que este terrible descubrimiento sobrevino años después de haberlo leído, hasta la segunda o tercera lectura, pues cuando lo leyeron por primera vez, de niños, la idea de que el libro fuera racista ni siquiera cruzó sus mentes. La convicción de que la lectura lograda a una edad adulta es la lectura “correcta” es la principal premisa que sostiene la argumentación de estos ensayos. Pocas veces se señala el hecho de que los lectores adultos son quienes más fácilmente llenan el texto con sus experiencias personales, sus prejuicios sobre el libro, sus interpretaciones complejas y muchas veces injustificadas, mientras que el lector 37


infantil se enfrenta al texto sin el peso de tantas referencias previas. El desenlace de todos los casos en que se acusa a Huckleberr y Finn de racismo es casi siempre el mismo: al demandante (o más bien, a su hijo o hija) se le da una alternativa de lectura; en algunos casos como en el de la National Cathedral School, en Washington, el libro se cambia de una lista de décimo grado a una lista optativa para doceavo grado; en casos más recientes, como el de la Renton High School, se le indica a los maestros que esperen a que un comité haga una guía que indique cómo enseñar el libro; en todos los casos se ha negado prohibirlo. “Pocos educadores admitirán abiertamente prohibir un libro”, escribe Emily Wolfe, coordinadora de la National Coalition Against Censorship (ncac)*: “La prohibición de un libro implica que leer puede ser peligroso y ésa no es una lección que los educadores quieran transmitir a los niños. Cuando el libro en cuestión es una novela compleja como The Adventures of Huckleberry Finn, la prohibición implica que la escuela no tiene idea de cómo enseñarlo”. Desde luego, ésta no es una pregunta sencilla de resolver: ¿cómo enseñar un libro como The Adventures of Huckleberry Finn en un país que aún vive fuertes choques raciales? Para algunos niños afroamericanos de una escuela pública en Brooklyn, la respuesta es muy sencilla: “¿Creen que somos tan tontos que no sabemos la diferencia entre un libro racista y uno antirracista? Claro, el libro está lleno de la palabra “nigger”. Así es como hablaban esos intolerantes entonces”. Como sabiamente recalca este * www.ncac.org

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alumno de octavo grado (doce o trece años de edad), es todo una cuestión de contexto: es anacrónico aplicar definiciones actuales de lenguaje “correcto” a obras de tiempos pasados. Recalca además también el punto central que escapa a quienes se sienten ofendidos por la novela sin siquiera haberla leído en su totalidad: Huckleberry Finn es antirracista. Jim es un personaje que, como muchos personajes de las novelas románticas, más que estar construido en forma realista, parece el representante de algunas características particulares, la bondad, la honestidad, la camaradería. Sin ser una alegoría ni mucho menos un estereotipo, Jim encarna todas las cualidades que inspiran a Huck a cambiar su conciencia, la cual, deformada por la enseñanza de una sociedad esclavista, le atormenta siempre por ser cómplice de un esclavo. Jim escapa de su propietaria, Miss Watson, por el temor de ser vendido a los esclavistas de Nueva Orleans y al coincidir su huída con la desaparición de Huck, el pueblo lo culpa por su asesinato. Así, Huck huyendo de su padre y de la viuda Douglas y Jim huyendo de la esclavitud, deciden emprender el viaje en busca de los estados del norte. Pero Huck, quien ha sido criado bajo el sistema esclavista, siente remordimientos cada que Jim habla de ser libre, de liberar a su esposa y robar a sus hijos para reunir así a su familia, pues piensa que él está siendo cómplice de un crimen terrible. Incluso compadece a Miss Watson, la propietaria de Jim, y piensa que ella nunca le hizo ningún daño y ahora él está ayudando a escapar a su esclavo. Sin embargo, Jim es el único adulto que trata a Huck como un niño al que hay que cuidar y del cual se siente responsable, es su único amigo en su huída, 39


el único que cumple su palabra, que perdona todas las travesuras de Huck, que está dispuesto a dar la vida por él. Y Huck no puede ignorar esto por más que quiere. Al final, la conciencia del niño se sobrepone a las enseñanzas de la sociedad: cuando Huck está decidido a denunciar y entregar a su acompañante, Jim le grita desde la canoa “soy un hombre libre, y no hubiera sido posible si no fuera por Huck, Huck lo ha hecho. Jim nunca te olvidará, Huck, eres el mejor amigo que Jim ha tenido jamás; y eres el único amigo que Jim tiene ahora”. Huck siente que toda su decisión se va al escuchar esto. Y como para rematar, Jim le grita desde la canoa: “Ahí va, el buen Huck, el único caballero blanco que ha cumplido sus promesas con el viejo Jim”. Cuando Huck está a punto de denunciar a Jim, se arrepiente y engaña a los hombres que encuentra, diciéndoles que el único hombre a bordo es su padre y que está enfermo de viruela, lo cual los hace huir. Jim es muy supersticioso y le encanta hablar de todos los signos de la suerte, de las experiencias sobrenaturales que según él ha tenido, del diablo y las brujas y los augurios del destino: otra razón por la cual muchos afroamericanos se sienten ofendidos con el retrato de este esclavo, pues consideran que es tonto o ingenuo. Pero lo más interesante de los augurios de Jim y de su creencia en ellos es cómo los interpreta. Jim explica a Huck que cuando tienes mucho vello en el pecho y en los brazos, significa que serás rico y le cuenta de las veces que obtuvo dinero pero de una u otra forma se perdió. Huck le responde, “bueno, está bien de cualquier forma, Jim, siempre y cuando vayas a ser rico alguna que otra vez”, a lo cual Jim, quien huyó para no ser vendido 40


por ochocientos dólares, responde reflexivamente, “sí, y soy rico ahora, viéndolo bien. Me tengo a mí mismo y valgo ochocientos dólares”. En uno de los momentos más intensos de la novela (según muchos, también de la literatura universal), Huck intenta convencerse de entregar a Jim a las autoridades, pues sabe que es “lo correcto”, según la moral y la religión aprendida. Por un buen rato reflexiona sobre el infierno y el castigo eterno que le espera si no denuncia al esclavo prófugo cuanto antes. Incluso escribe una nota para Miss Watson, donde explica dónde está su esclavo, y al terminarla y verla escrita se siente aliviado y fuera de peligro de ir al infierno. Pero entonces vienen a Huck todos los momentos en que Jim estuvo con él, cantando, riendo, cuidándolo siempre, y por más que quiere no puede encontrar nada malo que lo ponga en contra de él. Finalmente, Huck toma la nota en sus manos, la rompe y decide para siempre: “Está bien, entonces, iré al infierno”, y concluye, “eran pensamientos terribles, y palabras terribles, pero ya estaban dichas y dejé que se quedaran así, y no pensé ya más en reformarme nunca”. La preocupación alrededor de la obra de Twain y de la problemática palabra “nigger” es legítima y no existe una solución fácil. Douglas L. Howard, un profesor que decidió impartir un seminario universitario en Suffolk County Community College, en Selden, Nueva York, sobre libros censurados expresa la situación en que se encontró respecto a Huck Finn: se descubrió censurándose a sí mismo, pues se sentía incómodo cada vez que se topaba con la palabra “nigger” en su lectura. “La censura y la prohibición de libros”, escribe Howard parafraseando a Milton, 41


“tienen que ver con el poder de la elección”. Su elección final fue que, cuando el libro fuera discutido y citado en clase, no leería en voz alta la palabra. Cuando comunicó esta decisión a sus alumnos, se encontró con distintas opiniones: la mayoría recalcó el hecho de que estaba cayendo en aquello mismo que criticaba, algunos insistieron en que la finalidad del curso era ser controversial, pero algunos afroamericanos confesaron que la palabra les molestaba, independientemente del contexto en que se leyera. Howard mantuvo su decisión y concluye en su escrito: “No dije la palabra sólo porque no quería lastimar a ninguno de los estudiantes, ni arriesgar la posibilidad de lastimarlos, con el poder extra-contextual que tiene, independientemente de cuáles sean mis derechos. Había dejado leer el texto y Twain utiliza la palabra, eso era suficiente: suficiente para las lecturas, para la discusión y controversia, suficiente para que los estudiantes formaran su propia opinión y decidieran si silenciarían o no a Huck Finn”. La elección que se deben tomar respecto a si Huckleberry Finn es apropiada o no para niños y jóvenes tiene que ver con el poder que se le otorga al lenguaje, así como con la posibilidad que se concede o niega a la infancia de acceder libremente a los libros. Silenciar un libro, retirarlo de un estante, quemarlo, mutilarlo, o incluso borrar una sóla palabra, implica que su poder es abrumador. En el 2011, la editorial estadounidense New South Books creó una edición de Huckleberry Finn sin la palabra “nigger”, sustituyéndola por “slave”, “esclavo”, con la excusa de lograr que el libro fuera “menos incómodo”; imperdonable contradicción es que la edición de un clásico se convierta en una forma de oficia42


lizar la censura y promover la ignorancia precisamente sobre uno de los temas centrales del libro. El censor pretende mutilar el lenguaje y su historia; al hacerlo sólo vuelve aún más confusas la tensión racial, la intolerancia religiosa, la violencia entre grupos sociales. Trastornar la autenticidad de una obra es siempre una injustificada afrenta al artista y una mentira para el público. Pronunciar una palabra con el afán de entenderla, estudiarla, diseccionarla, es la única forma de acceder a su origen y su sentido para su revaloración.

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Niños contra adultos: los cuentos de Roald Dahl

¡Hablar de los niños me da ganas de vomitar! Roald Dahl, en la voz de la Gran Bruja

“Los niños son diferentes de los adultos. Los niños son mucho más vulgares que los adultos; tienen un sentido del humor más soez; y son esencialmente más crueles”. Fue ésta una de las explicaciones que Roald Dahl dio a la gran incomodidad, las críticas y la censura que provocaron sus tan exitosos cuentos infantiles. Según Dahl, pocos adultos entendían la diferencia entre ellos y los niños, por eso les desagradaban sus cuentos y en cambio los niños los encontraban fascinantes. Y sobre la gran dificultad de escribir cuentos para niños realmente exitosos, Dahl afirmaba que los niños eran muy críticos y sus expectativas muy altas. Para escribir cuentos para niños, dijo en una entrevista, “tienes que ser una persona un tanto burlona. Deben gustarte los trucos simples, los chistes, las adivinanzas y otras niñerías. Debes ser inventivo. Debes tener una trama de primera categoría”. Hasta antes de J. K. Rowling, la autora de la saga de Harry Potter, Roald Dahl era sin duda el escritor de cuentos para niños más exitoso del mundo. 45


Nacido en 1916 en el sur de Gales, hijo de padres noruegos que volvían siempre a Oslo en vacaciones, el pequeño Roald creció siendo bueno para los deportes y mejor aún para las travesuras. Muchos años después, Dahl describiría sus años de escuela como “días de horrores […] llenos de reglas, reglas y más reglas que había que obedecer”. Después de recibir una grave golpiza propinada por el director de la Llandaff Cathedral School como castigo por haber metido un ratón en un frasco de dulces, Dahl fue cambiado a la St. Peter´s Boarding School y poco después a una escuela privada de alto prestigio, Repton, donde los jóvenes gozaban de vez en cuando del privilegio de probar los chocolates experimentales de la empresa Cadbury. “Demasiado sutil para el paladar común”, fue la refinada crítica del joven Dahl a uno de esos nuevos chocolates. Entre vacaciones llenas de leyendas noruegas, ratones en frascos de dulces, crueles directores y chocolates exóticos fue que se crearon sin duda los cimientos secretos de muchos de los cuentos que años después Dahl escribiría en esa pequeña choza en el jardín de su casa en Great Missenden, ����������� Buckinghamshire; esto sería mucho después de que, siendo piloto en la Segunda Guerra Mundial, se estrellara en el desierto del Sahara, obteniendo así dos inesperados trofeos de guerra: un hueso de su cadera, al serle extirpado como consecuencia del accidente, el cual utilizó como pisapapeles y que a la fecha permanece en la choza de la escritura, y algo más extraordinario aún, su vocación como escritor, pues alguien sugirió al recién retirado piloto que escribiera sobre su choque. “Si alguien no me lo hubiera sugerido, dudo que me hubiera convertido en escritor”, decía Dahl. 46


En 1943, Dahl escribió para Walt Disney su primera historia para niños, la cual tardaría cuarenta años en ser producida en cine: Los gremlins. En realidad fue James y el durazno gigante, publicado en 1961, el cuento que haría despegar su éxito y su fama. Dedicado a sus hijas, Olivia, fallecida prematuramente a la edad de siete años, y Tessa, la hija mayor, James and the Giant Peach es uno de los más famosos cuentos de Dahl, así como uno de los más despreciados por muchos adultos, quienes han insistido en que el libro incita a los niños a huir de casa, a desobedecer a los adultos e incluso a fumar y consumir drogas. James, quien vivía feliz junto al mar, queda huérfano después de que un rinoceronte escapado del zoológico de Londres se come a sus padres: “A la larga, la experiencia fue mucho peor para James de lo que fue para ellos. […] Ellos estaban muertos y despachados en treinta y cinco segundos. El pobre de James, por el contrario, estaba del todo vivo y se encontró de pronto solo y asustado en un mundo vasto y poco amigable”. Desde James y el durazno gigante, la visión de Dahl de la infancia estaría siempre muy relacionada con esa sensación de estar “solo en un mundo vasto y poco amigable”. La muerte es así mismo uno de los temas que Dahl trata sin ningún tapujo ni delicadeza “pedagógica”, simplemente existe, y él sabe bien que los niños entienden eso. Con este cuento, Dahl demuestra su agilidad en la acción narrativa, su gusto por las rimas cómicas, su visión del mundo de los niños y sobre todo su fecunda imaginación, capaz de convertir un patio estéril en el lugar donde se inicia el crecimiento del inmenso durazno que llevaría a James a viajar sobre mares y tierras en compañía de insectos gigantes. Y 47


muestra un primer indicio de su gusto por castigar a los adultos crueles que maltratan a los niños: la tía Sponge y la tía Spiker, quienes quedan a cargo de James después de la muerte de sus padres y lo utilizan como esclavo, son eliminadas rápidamente después de que el durazno crece y rueda por la colina, aplastándolas y dejándolas como calcomanías. Tres años después de James y el durazno gigante, Dahl publica Charlie y la fábrica de chocolate, donde da rienda suelta a los sentidos, al gusto por las rimas crueles y a esa obsesión infantil por el chocolate y los dulces que nunca antes había sido exaltada de tal forma en un cuento infantil. Ésta es su obra más famosa y también más controversial, con dos adaptaciones al cine y varias reediciones en varios idiomas por su gran demanda; la edición china fue, en ese entonces, la de mayor tiraje de cualquier libro en la historia, con 2 millones de ejemplares. Charlie, un niño muy pobre y siempre hambriento que gana uno de los codiciados boletos mágicos para entrar a la fábrica de Willy Wonka, se convierte en el heredero de dicha fábrica por ser, a diferencia de los otros niños, callado, honesto, un tanto tímido y nada vicioso: un héroe con cualidades nada extraordinarias pero sí poco comunes en un mundo de adultos incompetentes y niños odiosos. Willy Wonka, uno de los personajes más impactantes de toda la creación de Dahl, es un misterioso y excéntrico adulto que nos recuerda al tío consentidor de El cascanueces de E. T. A. Hoffman, al inventor obsesionado al estilo del doctor Frankenstein de Mary Shelley, al explorador de ojos hipnotizantes del Ancient Mariner de Samuel Taylor Coleridge; es mucho más que un adulto “bueno”, su carácter es caprichoso y su ética 48


dudosa, lo cual lo hace doblemente atractivo: es seductor porque siempre oculta nuevos trucos bajo la manga y, como no sabemos nada de él ni de su pasado, podemos esperar cualquier cosa. Con una trama de primera clase, un mago-inventor como guía en el viaje a las delicias del chocolate y un héroe con quien los lectores se identificarían de inmediato, Charlie y la fábrica de chocolate garantizó el éxito de Dahl: los niños leían vorazmente su libro. En 1972, en un periódico sobre literatura infantil que a la fecha se continúa publicando en internet, The Horn Book,* Eleanor Cameron, una escritora canadiense de cuentos para niños, protesta porque los maestros de escuela utilicen Charlie y la fábrica de chocolate para leer en clase, alegando que eso es sólo porque no conocen otro libro; llama a esta obra “uno de los más desabridos libros jamás escrito para niños” y pone en duda tanto su ética como la de su autor. Charlie, dice ella, es sólo agradable porque vive en una pobreza romántica de la que es súbitamente rescatado para quedar para siempre en ese estado de obsesión por los dulces que caracteriza a Wonka. Cameron ahonda en su descontento por la condición de los Oompa-Loompas, esas personitas más bajas que la rodilla de un adulto normal, llegadas de África y que, según Cameron, trabajan en calidad de esclavos en la fábrica; y agrega que Dahl castiga “sádicamente” a los niños malos y hace pensar a los lectores que las opiniones de los adultos no tienen ningún valor, pues los abuelos de Charlie son llevados a la fuerza a la fábrica de Wonka al final de la historia. * www.hbook.com

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Cameron no era en ninguna forma la única en contra del libro. Inmediatamente, el editor de este periódico, Paul Heins, recibe muchas cartas de padres secundando a Cameron, entre ellas, algunas que confiesan que sus hijos aman el libro y que ellos no comprenden por qué. La autora de ciencia ficción Ursula K. Le Guin escribe que debe admitir que los niños entre ocho y once años parecen en verdad fascinados con los libros de Dahl; su propia hija, dice, solía leer una y otra vez el libro y después, durante un buen rato, comportarse de forma grosera. En forma muy similar a la descripción que años después haría el cardenal Joseph Ratzinger, hoy papa Benedicto xvi, sobre Harry Potter, Le Guin concluye: “[los libros de Dahl] proveen una genuina experiencia de escape, una pequeña fuga psicológica, muy parecida a la provocada por las historietas”. Roald Dahl, en una respuesta un tanto sentimental donde advierte que sus hijos aman ese libro y que nadie les prohibirá leerlo más que sobre su cadáver, se enfocó más bien en responder al ataque personal de Cameron hacia él y a su familia, además de defender a los maestros de escuela que Cameron había considerado ignorantes por leer Charlie y la fábrica de chocolate en clase, pero observa también que “la mujer está fuera de la realidad” por comparar su libro con Mujercitas o con Robinson Crusoe: “Me encantaría ver a la señora Cameron tratando de leer Mujercitas o Robinson Crusoe, para el caso, en un salón de clases de niños de ahora. Sería echada a gritos del salón”. Dahl, quien en verdad parece haber estado muy conciente de las brechas generacionales, sabe bien que los niños de ahora son diferentes y demandan más de un libro. En una entrevista de 50


radio que puede escucharse en la página web oficial de Roald Dahl, el escritor recalca que los niños de ahora, cuando sostienen un libro en las manos, “saben que en el cuarto de al lado está la televisión”, lo cual representa un reto mucho mayor de lo que los escritores de tiempos pasados habían enfrentado. Dahl agrega en su respuesta a Cameron que también le gustaría escuchar lo que los maestros le responderían a esta mujer “sabelotodo” si les dijera qué leer y qué no en sus clases; para ensalzar su fama, agrega que “las cientos de cartas que recibo cada año de los maestros estadounidenses me hacen saber que son un grupo maravilloso de personas con un basto conocimiento de libros para niños”, habiendo dicho antes también que es la primera vez que oye hablar de Eleanor Cameron. Por las mismas fechas en que Dahl respondía a Cameron, la National Association for the Advancement of Colored People (naacp) mostró su descontento ante la descripción de los Oompa-Loompas: “más bajos que la rodilla de un adulto, de piel casi negra” (los niños, al verlos, piensan que están hechos de chocolate), entonando misteriosos cantos de guerra, Willy Wonka explica su procedencia, “¡Traídos directamente de África, pertenecen a una tribu de diminutos pigmeos conocidos como los OompaLoompas!”. Años después, en una entrevista que tocó el tema de la naacp y los Oompa-Loompas, Dahl explicó: “Inventé un grupo de pequeñas criaturas fantásticas. […] Yo las veía como encantadoras criaturas, mientras que los niños blancos en los libros son de lo más desagradables. Nunca se me hubiera ocurrido que la descripción de los Oompa-Loompas era racista, pero sí se le ocurrió a la naacp y a otros. 51


[…] Después de escucharlos, sentí que simpatizaba con ellos, por lo cual revisé el libro”. La revisión y corrección de Dahl consistió simplemente en convertir a los Oompa-Loompas en hombrecitos de piel blanca rosada y cabello largo y dorado y cambiar su origen de África a Loompalandia. El cambio de color, ¿ofendería ahora a la gente de piel blanca rosada? Ya en el guión de la primera versión cinematográfica, de 1971, dirigida por Mel Stuart y escrita por el mismo Dahl, se decidió cambiar la apariencia de los Oompa-Loompas por pequeños enanitos de piel naranja y pelo verde. Dahl, con estos cambios, parece haber recalcado el hecho de que la descripción no era en absoluto importante en cuestiones de significado para el contenido del libro y su efectividad narrativa. Con la más reciente adaptación al cine de este libro, dirigida por Tim Burton y estrenada en 2005, parece haberse olvidado el hecho de que cualquier representación de trabajadores de piel oscura puede ser un terrible desplante de racismo, pues el actor único que interpreta a los múltiples Oompa-Loompas es de piel oscura. El fotógrafo y crítico Jonathan McIntosh, en su crítica Willy Wonka and the Racism Factory,* muestra uno de los ejemplos más impresionantes de interpretación libre y de cómo, viendo la misma película, se pueden ver sin embargo películas totalmente distintas: para él, como para Cameron, los Oompa-Loompas no son trabajadores sino esclavos, no viven en la fábrica por propia elección sino porque son incapaces de sobrevivir solos y ahora están prisioneros ahí; y el hecho de que un mismo * www.dissidentvoice.org/Aug05/McIntosh0831.htm

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actor interprete a todos los Oompa-Loompas no es un guiño cómico y cinematográfico ni un toque de ironía, sino una prueba más de que el imperialista Burton percibe a todo trabajador de piel oscura como desprovisto de individualidad. Pero para un lector cuidadoso, Charlie y la fábrica de chocolate es un cuento de hadas moderno. Charlie es tan pobre como los niños de los cuentos clásicos de los hermanos Grimm y de Charles Perrault; y no hay nada de romántico en su pobreza. Dahl describe el hambre de Charlie, su escasa comida y su constante antojo por chocolate, un antojo característico de los niños por los dulces, pero magnificado aún más por el hambre y la pobreza de este pequeño héroe: la efectividad de la escritura de Dahl hace que cualquier alma humana, después de las primeras seis páginas, sufra un súbito antojo de chocolate muy parecido al de Charlie. Los abuelos de Charlie, eternamente cansados y siempre negándose a salir de sus camas, son lo contrario de los activos y aventureros niños, hasta que el abuelo Joey, como quien vuelve a su infancia, se levanta y hace una danza de triunfo al saber que acompañará a su nieto a la fábrica de Wonka; Joey es un adulto con espíritu de niño y mágicamente rejuvenece con sólo pensar en el misterio que ahora se abre ante sus ojos. Willy Wonka, esa magnífica creación de Dahl, es mucho más que un empresario, un científico o un mago. Wonka considera el dulce lo más importante de la vida; sus inventos van más allá de la lógica de la ciencia y están siempre al servicio de los niños. Y los Oompa-Loompas (del color que sean) parecen ser los creadores ideales del chocolate y compañeros perfectos de Willy Wonka: son imágenes de 53


la niñez, puesto que aman el chocolate tanto como los niños y como Wonka; son burlones y disfrutan de las rimas graciosas que inventan para los niños malcriados; viven, como Wonka, felices de estar eternamente involucrados en la creación de dulces exóticos y satisfechos de no probar nunca más comidas desagradables (pues antes comían orugas de sabor terrible). Todas las quejas sobre Charlie y la fábrica de chocolate, en realidad, parecen revelar una verdadera deficiencia de lectura de parte de los ofendidos por el libro: los Oompa-Loompas hacen un trato con Willy Wonka y están felices de ir a su fábrica a trabajar; los dulces experimentales sólo son probados por “valientes Oompa-Loompas voluntarios”; los cantos de estas criaturas muestran que no sólo no son ignorantes ni simplones, sino que son omnisapientes y hacen la función de coro griego, pues revelan esa voz autorial que vuelve explícita la pequeña “moraleja” del cuento. El mismo año que Dahl publicó la revisión de Charlie y la fábrica de chocolate, con los nuevos Oompa-Loompas de piel blanca rosada, se publicó también la segunda parte del libro, Charlie y el gran elevador de cristal, al cual, sorprendentemente, no hubo mayores ataques, quizá porque los miembros del gobierno estadounidense tienen un gran sentido del humor o porque, más probablemente, no leyeron el libro, pues hay un capítulo dedicado totalmente a la Casa Blanca, donde el presidente de los Estados Unidos obedece siempre a su nana, la vicepresidenta, mientras que el jefe de las fuerzas armadas muere de ganas de hacer volar todo en pedazos y el jefe de finanzas balancea los papeles del presupuesto sobre su cabeza, pero siempre se le caen. Además están 54


presentes el mejor amigo del presidente que es un traga-espadas de Afganistán y también el gato del presidente. Por un buen rato, entre conversaciones absurdas y juegos de palabras hilarantes, todos en la Casa Blanca se devanan los sesos por adivinar qué es esa extraña cabina que flota en el espacio cerca de su nuevo hotel espacial: la extraña cabina es desde luego el elevador de cristal de Willy Wonka. En 1983, Las brujas es publicado y muy pronto comprometido con la versión cinematográfica. Son ahora las feministas quienes se ofenden por la historia de Dahl, donde sin embargo aclara desde el primer capítulo que “no quiero hablar mal de las mujeres. La mayoría de ellas son encantadoras. Pero es un hecho que todas las brujas son mujeres. No existen brujos. Por otra parte, los vampiros siempre son hombres. Y lo mismo ocurre con los duendes”. Los casos de restricción y de censura contra los libros de Roald Dahl son mucho menos que los que hay año con año contra The Adventures of Huckleberry Finn y contra Harry Potter. Pero lo que parece caracterizar a los críticos de Dahl es su gran indignación y enojo ante estos cuentos infantiles, una respuesta en extremo violenta, una diversidad de quejas que parecen siempre ambiguas y dependientes de una interpretación que va por mucho más allá de los límites del cuento, así como el ataque siempre dirigido al autor. Rara vez se dirige la atención de la censura directamente a las personalidades de Mark Twain y de J. K. Rowling; sin embargo, en el caso de Roald Dahl, los ataques van dirigidos mucho más claramente a él, a su vida y su muy personal ética, a las anécdotas biográficas y a su personalidad. Apenas en septiembre del 2007, 55


cuando Google decidió subir un doodle en honor al cumpleaños de Dahl (con la página inicial de Google incluyendo un durazno gigante en vez de letra “O”, una pequeña Matilda sentada en la “G” y una barra de chocolate como “L”), de inmediato se hicieron eco las quejas de la comunidad judía, debido a que en 1980, Dahl criticó severamente la política de Israel, diciendo que “nunca antes un Estado había generado tanta simpatía alrededor del mundo y después, en tan poco tiempo, transformado esa simpatía en odio y repulsión”. Como consecuencia de la presión de la comunidad judía, el doodle de Google fue retirado alrededor de las dos de la tarde. Críticos como Myra Pollack (educadora y autora de libros como Now Upon a Time: A Contemporary View on Children´s Literature) y David Miller Sadker (Teachers, Schools and Society) acusan a Dahl de “ageism”, odio a los adultos, por presentarlos como personajes con opiniones y deseos irrelevantes; otro autor inglés de libros infantiles, David Rees (The Milkman´s on His Way; The Exeter Blitz), opina que Dahl es “marxista”, ya que los pobres siempre son buenos en sus libros; las feministas lo acusaban de misógino; la naacp, de racista; Cameron y otros padres de familia, de sádico. Los censores parecen seguros de que ese hombre de proporciones gigantescas que escribía en una pequeña choza entre los árboles del patio trasero de su casa debe haber injertado en sus cuentos oscuras formas de manipular las mentes de los niños para lograr que odiaran a los judíos, a las mujeres, a los negros y hasta a otros niños. Cuando los censores parecen no decidirse por uno o dos elementos escandalosos de la obra en cuestión, la censura se vuelve aún más sospechosa. Una de las 56


causas reales de tanta controversia me parece ser, entre muchas otras, el hecho de que los cuentos de este amigable gigante están dirigidos a niños muy pequeños, pre-adolescentes; en los cuentos no hay romance, los héroes son muy pequeños para pensar en ello, y para los niños de esa edad la angustia y atención de los censores es aún mayor: a su parecer, es algo terrible que pensamientos torcidos entren a las cabezas de los niños, pero es más terrible aún si hablamos de niños muy pequeños y apenas en sus primeros encuentros con la lectura. El éxito que tienen estos cuentos entre niños de edad tan difícil de complacer en cuestiones de ficción literaria los convierte en sospechosos y dignos de escrutinio para los censores. Roald Dahl decía saber muy bien por qué los niños amaban tanto sus cuentos y pensaba que por el mismo motivo los adultos no los encontraban divertidos: el camino a la simpatía de los niños era conspirar contra los adultos, decía. Dahl sabía bien que la infancia es una lucha constante en la cual los mayores se convierten en el enemigo que trata de controlar tus deseos exacerbados, que se esfuerza por civilizarte, por convertirte poco a poco en uno de ellos; y los niños se resisten y se aferran con uñas y dientes a la niñez: es éste uno de los temas centrales de su obra. Al defender la infancia, Dahl defiende el lado de la vida más irracional, más emotivo, más fantástico, aunque también el más cruel, el que disfruta de ver castigados a quienes estropean la diversión. Uno de los eventos que más molesta a los censores de James y el durazno gigante es la terrible muerte de las tías, pues son aplastadas por el enorme durazno que rueda cuesta abajo, después de lo cual 57


los amigos de James, los insectos gigantes, cantan una alegre canción burlándose de ellas y de cómo encontraron su fin. En el mundo de Dahl, los niños a menudo tienen la oportunidad de vengarse de los adultos crueles y sus venganzas son proporcionales en nivel de crueldad a las fechorías cometidas contra los pequeños. Matilda, quien resulta ser una niña genio y tener una capacidad extraordinaria para mover objetos, decide cobrar venganza secretamente contra su padre y su madre siempre que la traten mal o la llamen estúpida o ignorante: “una pequeña victoria o dos le ayudarían a tolerar sus idioteces y a no volverse loca”. Así, Matilda comienza sus venganzas contra su familia (una familia muy común en nuestros días, pero muy distinta de la que el dif defiende en sus campañas aquí en México). Los padres de Matilda la obligan a comer frente al televisor; su madre la ignora desde siempre pues su única ocupación e interés es jugar Bingo; su padre le habla sólo para contarle las fechorías que comete para vender carros usados como nuevos; y su hermano es casi inexistente en la casa. Matilda se venga con travesuras como poner pegamento en el sombrero de su papá o hacerles creer que hay un fantasma en la casa para asustarlos. Matilda, al llegar a la escuela, descubre que la directora es mucho peor que sus padres: ex-campeona de lanzamiento de jabalina que ahora practica lanzando a los niños por arriba de la cerca, siempre ansiosa de castigarlos de formas crueles y de expulsar a todos los que sea posible. La directora Trunchbull es mucho más que una negligente y deshonesta, es la verdadera antagonista de la pequeña e inteligente Matilda. En Charlie y la fábrica de chocolate, Charlie tiene una familia feliz y 58


amorosa, pero sufren todos en un mundo de adultos que los ha condenado a la pobreza, hasta que llega ese único adulto que es más parecido a los niños; además, dentro de la fábrica, los adultos que malcrían a sus hijos son regañados y ridiculizados por los cantos de los Oompa-Loompas. En Las Brujas, la supuesta sociedad de prevención de la crueldad contra los niños resulta ser la institución que oculta a las brujas de todo el mundo: no hay que confiar en quien presuma de tanta dulzura. La regla de Dahl es que los niños toman siempre las decisiones correctas, encuentran las mejores soluciones a los problemas y triunfan siempre contra los adultos malvados. Pero esto no es un ataque indiscriminado a los adultos: Miss Honey, la maestra de Matilda, es dulce y comprensiva, además de ser secretamente otra víctima de Trunchbull. Matilda logra no sólo librarse al final de sus padres y de la cruel directora, sino conseguir una verdadera familia, ya que vivirá feliz con su maestra, pues sus padres acceden a dejarla con ella con tal de tener “una boca menos que alimentar”. Asimismo, los insectos gigantes que acompañan a James en el durazno gigante se comportan como adultos, paternales y cariñosos con el pequeño huérfano. En Las brujas, la abuela es valiente, audaz, segura de sí misma, y transmite a su nieto esa misma seguridad al enfrentarse a sus enemigas. El abuelo Joey de Charlie es muy parecido a su nieto, se comporta como un niño grande, con la misma obsesión por el chocolate que Charlie y Wonka y con el mismo entusiasmo por encontrar el billete dorado y por la aventura de ir a la fábrica de dulces. Los adultos buenos son los que están del lado de los niños y están dispuestos a ponerse en sus zapatos. 59


Roald Dahl, quien alguna vez dijo que los adultos deberían ser forzados a caminar de rodillas durante una semana para recordar lo que es ser un niño, parece lidiar fuertemente en sus historias con el hecho de que los niños se sienten no sólo oprimidos y desprotegidos sino terriblemente despreciados por muchos adultos. En Las brujas, el tema principal es éste: el desprecio de las brujas hacia los niños al grado de querer exterminarlos y cómo el sólo olerlos les provoca náuseas. Cuando descubren al protagonista escondido en la sala de la gran reunión de brujas de Inglaterra, la gran bruja grita “¡Caca de perro!” en vez de gritar “¡Niño!”, pues para ella son la misma cosa. La directora Trunchbull odia tanto a los pequeños que afirma que son “desagradables y sucias cosas, las niñas pequeñas. Me alegra nunca haber sido una”, burlándose así el escritor de aquellos adultos que han olvidado por completo que también ellos fueron niños; en su irracionalidad, Trunchbull también dice que la escuela perfecta sería una escuela donde no hubiera un sólo niño. De igual forma que los niños encuentran aterradores a muchos adultos, encuentran odiosos a otros niños de su edad, y Dahl castiga a estos niños malcriados. Los niños que entran a la fábrica de Wonka son todos castigados por sus faltas: Augustus Gloop, por su glotonería, es succionado en el tubo del chocolate; Violet Beauregarde se transforma en un arándano gigante por su vicio de mascar chicle para llamar la atención y competir absurdamente; Veruca Salt, por su avaricia, es arrojada con las malas nueces después de que las ardillas descubren que su cabeza suena hueca; Mike Teeve, obsesionado con la televisión y los programas violentos, es redu60


cido a una miniatura, al tamaño de las imágenes de la televisión. Los cuentos de Dahl rompen con la concepción de la niñez pura e inocente; nos recuerdan que no hay infancia sin crueldad, sin sufrimiento. En el ensayo “The Candy Man: Why Children Love Roald Dahl´s Stories–And Many Adults Don´t”,* la editora y periodista Margaret Talbot afirma que “queremos creer que nosotros entendemos a nuestros hijos y nos comunicamos con ellos mucho mejor de lo que nuestros padres y nuestros abuelos lograban hacer con los suyos; por esto, no podemos imaginar que nuestros hijos se sientan secretamente oprimidos”. Pero dentro de la crueldad y el sufrimiento, la visión del niño siempre encuentra el lado humorístico, divertido, fantástico de la vida. En sus historias, Dahl no pierde oportunidad de ensalzar el placer de la lectura. Cuando Mike Teeve es reducido a miniatura como castigo por ver tanta televisión, los Oompa-Loompas cantantes insisten en que cuando no había televisión los niños leían y leían todo el día; y aconsejan a los adultos que tiren a la basura el televisor e instalen una biblioteca, no sin antes regañarlos por dejar a los niños frente al televisor con tal de que estén quietos por un rato. El Gran Gigante Amigable dice haber leído con gusto un libro llamado Nicholas Nickleby, escrito por un tal Dahl´s Chickens��������������������������������� . Matilda, oprimida por su espantoso ambiente familiar y abandonada siempre a su soledad en las tardes, encuentra felicidad y libertad cuando descubre la biblioteca pública y comienza a leer todos los libros que hay ahí; Dahl se per*www.newyorker.com/archive/2005/07/11/050711crat_atlarge

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mite revelar su opinión sobre los libros para niños cuando Matilda, ya en la escuela con Miss Honey, critica los libros de J. R. Tolkien y de C. S. Lewis, diciendo que son buenos pero que tienen una falla: no tienen partes graciosas y, según Matilda (también según Dahl), todos los libros para niños deben tener partes graciosas, puesto que “los niños no son tan serios como los adultos y les encanta reír”. La censura alrededor de la obra de Dahl revela, entre otras cosas, la incapacidad de los censores de leer un texto en sí mismo; es preocupante que quienes muchas veces se oponen a estos cuentos son también escritores de literatura infantil, críticos de literatura, y no sólo asociaciones o juntas de padres y maestros. La costumbre de injertar significados externos a la literatura no sólo la vuelve confusa y empobrece los placeres que hay en ella, sino que convierte al lector en una especie de analfabeta potencial que en todas direcciones ve siempre las mismas ofensas que en realidad provienen de sus muy personales angustias. Cuando este remedo de lector se convierte en el que instruye a los nuevos lectores, las consecuencias pueden ser mucho peores: la intolerancia queda sembrada para siempre en quien se permite descifrar palabras sin leer de verdad, sólo para encontrar lo que quiere. A pesar de las quejas y los intentos de eliminar los libros de Dahl de las escuelas y las bibliotecas escolares y de borrarlos de las listas de lecturas “apropiadas” para niños, Dahl es aún uno de los autores que más vende año con año; su éxito es aún más sorprendente por no poseer ninguna historia seriada, lo cual es casi siempre el camino para un gran éxito en lecturas infantiles. Un museo ya fue 62


instaurado en su honor; y cada año, su viuda permite la entrada a los niños a su casa para que espíen desde la puerta de esa pequeña choza donde se escribieron los cuentos que tanto les fascinan. Además, con el éxito de las nuevas versiones cinematográficas de las historias de Dahl, los cuentos sin duda han ganado renovada popularidad. Siempre sugiriendo a los niños buenas bromas y rimas, nuevos juegos de palabras y advirtiéndoles siempre de desconfiar de los padres, de los maestros, de las instituciones, Dahl perdura como ese gigante que no perdió nunca la visión de quienes miran el mundo desde un ángulo muy cercano al suelo. En aquella respuesta airada de Roald Dahl a Eleanor Cameron, escribe: “Creo que soy mejor juez que la señora Cameron sobre lo que son buenas historias o malas historias para los niños. Tenemos cinco hijos. Y por los últimos quince años, casi sin interrupción, les he contado a mis hijos una historia antes de dormir conforme llegaron a la edad para escucharlas. Eso da 365 historias al año. Más o menos 5 000 historias en total”. Gran desdicha para los miles de lectores de Dahl alrededor del mundo que estos cinco mil cuentos se hayan perdido en lo efímero de aquella tradición oral. Sin embargo, la vasta obra de Roald Dahl que permanece en la palabra escrita supera ya la prueba del tiempo, y los censores que intentan minimizarla parecen ser siempre aplastados, igual que el durazno gigante aplastó a las desagradables tías Sponge y Spiker en castigo por su mal comportamiento. La grandeza de este escritor tan entrañable para la niñez reside en su perpetua cercanía con el mundo infantil y su falta de piedad para con los aguafiestas, no importa si estos son niños o adultos. Aquellos que han reaccionado 63


con tanto enojo ante la obra del gigante Dahl sĂłlo han mostrado la pequeĂąez de su criterio; si algo hay que aprender de ellos es lo que revela la inconsistencia de sus crĂ­ticas: que un censor es casi siempre un mal lector.

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Muggles que leen a Harry Potter Un texto no existe más que porque existe un lector para conferirle significado. Guglielmo Cavallo y Roger Chartier

Con más de cuatrocientos millones de ejemplares vendidos en todo el mundo, la serie de Harry Potter, además de ser el mayor best-seller de nuestro tiempo y, si se toma en cuenta su venta total, el cuarto lugar de libros más vendidos de la historia (superado sólo por dos libros religiosos —la Biblia y el Corán— y un libro político El pequeño libro rojo de Mao), es también hasta ahora el libro más frecuentemente censurado del siglo xxi: razón suficiente para leerlo y para poner atención al fenómeno de masas que este libro con raíces claramente románticas desencadenó a finales de los noventa. La historia de Joanne Kathleen Rowling y la creación de Harry Potter, así como su llegada a la fama mundial —una fama jamás conocida por una escritora viva—, es casi tan romántica como la historia del joven mago. Años después de su primera publicación, cuando ya su fama era mundial y su fortuna inmensa, J. K. Rowling contaría una y otra vez en múltiples entrevistas cómo fue que en un tren de Mánchester a Londres surgió súbitamente en su cabeza la idea de 65


Harry Potter, y cómo en ese viaje de cuatro horas y sin pluma a la mano fue que “ese niño flacucho, de cabello negro y lentes, quien no sabía aún que era un mago, se volvió más y más real para mí”. Fue en junio de 1997 que se publicó en el Reino Unido la primera edición de Harry Potter y la piedra filosofal, libro que había sido rechazado durante más de un año por varias agencias de representantes y editoriales y que finalmente fue adoptado por la editorial Bloomsbury, la cual pagó a la autora unos muy modestos honorarios, aproximadamente 4 000 libras esterlinas. Un mes después de su publicación, el periódico The Scotsman calificó a Harry Potter como “una inexpugnable propuesta del poder de la cuentística, innovadora y refrescante”. Al año siguiente, Harry Potter y la cámara secreta escaló velozmente hasta el primer lugar de libros más vendidos; unos meses después, Rowling obtuvo la ya nada modesta suma (al menos para una autora entonces desconocida) de 105 000 libras esterlinas por los derechos para publicar el libro en Estados Unidos por la editorial Scholastic, de Nueva York, casi al mismo tiempo que Warner Brothers aseguró los derechos para realizar la primera película. En octubre de 1999, en Estados Unidos, Rowling inicia una gira de promoción para el tercer libro de la saga, Harry Potter y el prisionero de Azkaban, y la respuesta de los niños es abrumadora en todas sus apariciones, además de que la autora ya comenzaba a recibir entonces miles de cartas de niños dirigidas tanto a ella como a Harry Potter y a Albus Dumbledore, el director de la escuela de magia Hogwarts. Rowling se jactaría para ese entonces de haber hecho magia de verdad, pues así como Harry recibió las miles de misteriosas 66


cartas llevadas por lechuzas mágicas, a ella le pasó igual: recibió una carta primero, luego dos o tres y después miles de cartas que inundaron su casa. Las cartas de niños que Rowling recibió han sido antologadas en varios libros y se han convertido de alguna forma en parte de la historia. El mismo mes de la gira promocional de El prisionero de Azkaban en 1999, un niño de doce años, Emerson Spartz, abre un sitio de internet con el nombre de mugglenet.com, un espacio para todos los fans de Harry Potter y que es, a la fecha, el sitio más visitado de la red por los fans del libro, aunque el niño fundador haya crecido ya y sea ahora un hombre de negocios y graduado de la universidad de Notre Dame. El sitio mugglenet.com y the-leaky-cauldron. org* son sólo dos de los miles de sitios de internet iniciados por niños y adolescentes que convirtieron a Harry Potter en una lectura de carácter comunitario y participativo: por primera vez son los niños quienes públicamente toman las riendas de la lectura, la convierten en una afición compartida, la transforman y muestran en diversas formas su comprensión del texto. Actualmente, siguen realizándose miles de concursos de dibujo de las escenas de los libros, de preguntas sobre los personajes, cuestionarios y, hasta antes del estreno del último volumen de la saga, predicciones sobre el final de la historia. De la misma forma que los fans de Roald Dahl inventaban dulces siguiendo el juego de Willy Wonka, los fans de Harry Potter inventan hechizos que les gustaría que Harry realizara, entre los cuales el mejor que he leído hasta ahora es el inventado por *“El caldero chorreante”.

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una niña en Estados Unidos que le sugería a Harry un hechizo en verso para hacer que su cruel primo Duddley recitara interminablemente a Mark Twain y a Edgar A. Poe. En las miles de páginas de internet dedicadas a Harry Potter, se pueden leer desde opiniones sobre los acontecimientos —tanto ficticios como reales— concernientes a los libros, análisis literarios de los personajes, comparaciones y críticas sobre las adaptaciones cinematográficas, hasta capítulos alternativos escritos por niños sobre aquello que les gustaría agregar a la historia. Podemos af ir mar que nunca antes un libro para niños había sido escrito de esta forma: bajo la constante influencia de niños que alrededor del mundo expresaban sus expectativas, compartían teorías y hasta escribían sus muy personales capítulos para convertirse en partícipes del proceso creativo de Rowling, quien expresó muchas veces que le fascinaba leer las teorías. Constantemente se dice que la huella escrita es duradera y que la lectura en cambio es efímera, pero en el caso de Harry Potter los millones de fieles lectores se han encargado de dejar huella de sus lecturas, de sus interpretaciones tan plurales y variadas, de su propio proceso de invención. Para el 2003, con tres libros publicados y dos películas realizadas, Harry Potter aporta oficialmente al inglés una nueva palabra: el Oxford English Dictionary incluye la palabra “muggle”, definiéndola como “inventada por J. K. Rowling, escritora británica de ficción para niños; en el mundo ficticio de Rowling, persona que no posee poderes mágicos, de ahí su uso deriva a persona que carece de habilidad o habilidades o que es considerada inferior en algún sentido”. Los muggles son todos aquellos que no 68


nacieron con la suerte de tener poderes mágicos, que no podrán ir jamás a la escuela de magia Hogwarts y que no lucharán contra el malvado mago Voldemort, pues ni siquiera saben de su existencia. En sitios como mugglenet.com o mugglesforharrypotter.org, la palabra es casi un sinónimo de “lector de Harry Potter”, sin ninguna connotación despectiva. Pero en muchas páginas web y periódicos cristianos, la palabra “muggle” les suena particularmente agresiva y referente a ellos: “si no sigues el juego del diablo, estos libros tienen un nombre para ti que no es un cumplido”, está escrito en una página cristiana, “te llaman un ‘muggle’ y te retratan como un perdedor o un ignorante”. De igual forma, en el contexto del libro, la palabra se usa para mostrar igual admiración que desprecio: algunos personajes aman a los muggles, otros los desprecian y carraspean el nombre con afán de ofender. Tanto en la ficción como en la vida real, esta palabra (como todas) depende siempre de su contexto. La fama de Harry Potter acarreó casi instantáneamente también a la censura. Desde el momento en que la popularidad del libro se volvió evidente, escuelas y padres de familia comenzaron muy pronto a cuestionar el valor educativo y literario de los libros. En Nueva Zelanda, Canadá y en todo Estados Unidos, maestros y bibliotecarios retiraron los libros de los salones de clases y de los estantes, a veces forzados por las quejas de los padres de familia y a veces por iniciativa propia; en muchas bibliotecas escolares se restringió el acceso a ellos (los niños debían tener una autorización de los padres para obtenerlos), incluso se hicieron quemas del libro en varios estados, entre las cuales una de 69


las primeras y más concurridas fue en 2001 en una iglesia en Pennsylvania, donde el reverendo George Bender incitó a la gente diciendo “Limpien su casa de ‘objetos sin Dios’ y de ídolos. Es tiempo de lidiar con libros demoníacos, casetes, cintas de video, estatuas y cualquier cosa que dé la oportunidad a los demonios de entrar a nuestra vida”. En las escuelas públicas de Arkansas, la mesa directiva quitó los libros de los estantes después de recibir varias quejas de los padres diciendo que en esos libros se enseñaba que había “brujas buenas y magia buena” y que además enseñaban que “los padres, los maestros y las reglas son estúpidos y algo que hay que ignorar”. Como en el caso de los cuentos de Roald Dahl, la censura alrededor de Harry Potter parece haber surgido directamente de su éxito: una vez más, la explicación parece ser esa frase de la escritora Judy Blume, “si a los niños les gusta tanto, debe haber algo de malo en ello”. En cada protesta en contra de los libros de J. K. Rowling se insistió en que éstos enseñaban a desobedecer a los adultos y a la autoridad en general, en que volvían trivial la batalla entre el bien y el mal, enseñaban brujería, religiones neopaganas como Wicca o creencias demoníacas y en que alejaban a los niños de la religión “verdadera” (ya fuera católica, cristiana, anglicana, islámica o cualquier otra, de acuerdo a los que encabezaran la protesta). Fue el 7 de marzo del 2003 que el entonces cardenal Joseph Ratzinger, hoy papa Benedicto xvi, escribió a la socióloga cristiana Gabriele Kuby acerca de Harry Potter, en respuesta al texto que ella le había enviado sobre su interpretación de estos libros: “Es bueno que usted esté arrojando luz sobre Harry Potter, porque éstas son 70


sutiles seducciones que surten efecto imperceptiblemente (…) y minan la cristiandad”.* La censura alrededor de Harr y Potter tiene mucho que ver con dos aspectos que parecen definir en gran medida a nuestro tiempo: la decadencia de la religión como institución y autoridad moral y la independencia que la tecnología ha dado a los niños. No cabe duda que las mayores y más abiertas protestas contra Harry Potter han provenido del descontento de grupos religiosos de distintos tipos que están convencidos de que los lectores del libro están aprendiendo creencias religiosas a través de él, sin distinguir entre la realidad y la fantasía, entre la religión y la literatura. “Sutiles seducciones”, las llamó Ratzinger, como si se refiriera a los efectos de las drogas o a la seducción de un diablo de cuento; en febrero del 2008, seis meses después de la publicación del último libro de la saga, apareció en la página web de mtv, famoso canal de música, un artículo sobre los estudios de un grupo de psicólogos de Pennsylvania que dedicaron su tiempo y su presupuesto a comprobar que Harry Potter puede ser adictivo.* Preocupados por las consecuencias que el final de la saga pudiera traer a los “adictos”, estos psicólogos afirmaban que para muchos niños el final de las aventuras de Harry representaba un súbito golpe emocional y psicológico, similar a retirarle súbita“Pope Opposes Harry Potter Novels–Signed Letters from Cardinal Ratzinger Now Online”, Lifesitenews (www.lifesitenews. com/news/archive/ldn/2005/jul/05071301). * Vineyard, Jennifer, “Harry Potter is Addictive, Study Concludes” (www.mtv.com/news/articles/1582149/harry-potteraddictive-study-concludes.jhtml)

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mente las drogas a un adicto. Sin embargo, los psicólogos debieron aceptar al final y como de pasada que los efectos de esta “adicción” podían ser positivos: se trata al fin y al cabo de una adicción a la lectura. Dicho artículo, el cual apareció casi inmediatamente en mugglenet.com, fue comentado por cientos de niños, adolescentes y uno que otro adulto que básicamente resumían su opinión en “¿Apenas se dieron cuenta de que somos adictos?”, “Sí, leer ese libro es mi única droga” y “¿Ahora nos van a demandar por ser adictos a un libro?”. Incluso aparecieron varios comentarios de la hija de uno de los investigadores de la “adicción a Harry Potter”: bajo el seudónimo de Loony Luna (uno de los personajes del libro), la adolescente se divierte a costillas de su padre diciendo “jajaja, hoy le dije a mi papá que apareció en mugglenet.com, me miró como diciendo ‘¿Eso es bueno..?’. Pobre papito ingenuo”. Es este tipo de comentarios y respuestas por parte de los jóvenes lectores las que han hecho que la discusión sobre la censura y la libre expresión se vuelva en verdad distinta de lo que había sido jamás: por primera vez existe una respuesta que proviene directa y abiertamente de los niños y los jóvenes y, así, por primera vez se ven en verdad retados y muchas veces derrumbados los argumentos de los adultos restrictivos, de los defensores de la religión, de la educación, de la moral conservadora. En su breve, pero lúcido ensayo “Harry Potter and the Censor´s Flames” (2007)*, Judith Krug, una de las directoras de la ala, confiesa haberse acercado por primera vez a los libros de Rowling gracias a * www.ilovelibraries.org/articles/featuredstories/potteroped

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una noticia que llamó su atención en 1999 sobre un grupo de padres de familia en Carolina del Sur que intentaban retirar los libros de la biblioteca y de los salones de clases. Krug reflexiona sobre los múltiples ataques a los afamados libros, sobre lo que ve detrás de estas manifestaciones y detrás del libro en cuestión: “En verdad creo que lo que algunos padres y adultos encuentran más amenazador en la saga de Potter es […] la disposición de Rowling de lidiar con el hecho de que los adultos en la vida de los niños pueden ser a veces irracionales, autoritarios, incluso malvados”. Krug se sorprende de encontrar el paralelo perfecto para los censores en Harr y Potter y la Orden del Fénix, cuando la profesora Dolores Umbridge llega a Hogwarts con la intención de limitar la educación de los jóvenes magos, supuestamente para su propia seguridad; de igual forma, señala Krug, los censores buscan eliminar la controversia a cualquier nivel, volviendo a los estudiantes incapaces de desarrollar libremente un juicio propio. Krug concluye que en verdad espera que la popularidad de Harry Potter siga dirigiendo las miradas a la censura: “Poner atención a la labor de la censura, en mi opinión, provee la mejor defensa contra ella”. En Zeeland, Michigan, 1999, después de que el superintendente de una escuela pública restringiera el acceso a los libros de Rowling y prohibiera su uso en clase, un grupo de estudiantes apoyados por organizaciones independientes abrieron un sitio en internet para instruir a los niños sobre la censura y sobre cómo luchar contra ésta y defender sus derechos. El sitio, inicialmente llamado mugglesforharrypotter.org, se transformó después en kidspeakonline.org, para volverse más general respecto a 73


los temas a tratar y a los distintos tipos de censura a lo largo del país. Miles de niños y adolescentes se volvieron miembros del sitio rápidamente, logrando así que la escuela en Zeeland levantara la restricción. Entre los miles de comentarios y opiniones de niños que aparecen en kidspeakonline.org, si algo llama la atención al lector es el hecho de que los niños hablan del tema con seriedad y madurez, como si fueran ellos los que debieran explicar a los adultos cómo actuar en tales circunstancias: Vicky, de diez años, escribe que si algún padre de familia se queja sobre los libros, el director “debe explicarle que son sólo fantasía”; María, de nueve años, piensa que los niños “pequeños” tal vez se asustan un poco, pero los grandes como ella pueden leerlos sin problema, “sólo es un poco de magia y violencia”; Stephen, de diez años, recalca el hecho de que Harry sólo va contra la autoridad cuando piensa que está mal, “los padres deben enseñar a los niños a pensar por sí mismos […] además, deberían estar felices de que sus hijos lean”. Los comentarios de los niños en torno a la religión siempre recalcan el hecho de que no entienden la conexión que hacen los enemigos de Harry Potter entre la brujería o las creencias satánicas como algo inherente al libro, o que éste represente un ataque a la religión católica, cristiana o cualquier otra. La mayoría de los niños insiste en la frase “sólo es fantasía”. Parece que esta confusión entre pensamiento religioso, científico y literario, es más propia de los adultos que de los niños o es quizás una de las brechas generacionales que se vuelven cada vez más evidentes conforme la religión va perdiendo dominio en los distintos campos del pensamiento. Y recuerdo una anécdota del famoso mitólogo ������������ Joseph Camp74


bell, donde relata cómo un niño, discutiendo con su religiosa madre sobre un trabajo escolar acerca de Darwin y el origen del hombre, le aclaraba que “sí, ya lo sé [que provenimos de Adán y Eva], pero es que se trata de un trabajo científico”, enfatizando así la división que debe haber entre ambas ideas y cómo una misma persona puede tener una creencia religiosa sin confundirla con un hecho científico. Es difícil de creer que el siglo xxi haya comenzado con quemas de libros, más difícil de creer aún que Harry Potter sea el número uno entre estas quemas; para quienes no lo han leído es difícil comprender tanto el escandaloso éxito que ha tenido como los ataques de la derecha religiosa y de grupos de padres que protestan contra él. Además, al haberse convertido en un best-seller, una gran parte de la comunidad académica lo ha catalogado como un simple producto mercadotécnico sin valor literario y le ha negado toda credibilidad a su autora. Cómo olvidar al crítico y teórico literario Harold Bloom y su caballeresco juramento de “lucharé hasta mi último día contra Harry Potter y contra la mala literatura”.* Para descubrir las preocupaciones y miedos que ha despertado Harry Potter en los grupos religiosos, en los padres de familia y hasta en los académicos, hay que leerlo y buscar en él las causas de la controversia que provoca, así como la razón de su éxito, el cual pese a toda protesta le ha ganado a su autora un lugar en la historia de la literatura universal. El espíritu romántico que encierra la historia del personaje, Harry Potter, es sin duda uno de los * w w w. j o r n a d a . u n a m . m x / 2 0 0 3 / 0 9 / 2 7/ 0 2 a n 1c u l . php?origen=index.html&fly=1

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principales ingredientes que lo convirtieron en un libro irresistible tanto para niños como para adultos: después de más de un siglo, somos aún los hijos de los románticos. Harry es muy parecido a los clásicos héroes y heroínas del siglo xix que buscan su origen y su lugar en el mundo, que nunca sucumben a la adversidad y se sienten siempre merecedores de un mejor futuro: un Oliver Twist, una Jane Eyre. Huérfano por una misteriosa tragedia que él debe descifrar a lo largo de los siete años que lo llevan a su madurez, Harry vive una primera infancia muy infeliz, sujeto a la negligencia y desprecio de sus tíos, la familia Dursley, quienes siempre que pueden le recuerdan su situación de orfandad y se niegan a decirle la verdad sobre sus padres y su origen: una familia muy parecida a la de Matilda de Dahl. Poco antes de cumplir once años, Harry comienza a recibir montones de cartas enviadas por búhos que sus tíos confiscan sin permitirle leerlas. La familia emprende un misterioso viaje tratando de huir de las cartas, pero justo cuando el reloj marca el inicio del día del cumpleaños número once de Harry, un gigante irrumpe en la cabaña donde se ocultan los Dursley, derribando la puerta, con un pastel de cumpleaños, para revelarle al niño su pasado y su destino: con su extraño acento nórdico, Rubeus Hagrid le dice: “Harry, tú eres un mago”. Así, el pequeño Harry se entera de la existencia de un mundo mágico, al cual sus padres pertenecían, y de la tragedia que oscurece su pasado: sus padres fueron asesinados por El Que No Debe ser Nombrado, el malvado mago Voldemort, quien a pesar de su gran poder, no pudo matarlo a pesar de ser sólo un bebé: Harry escapó de su antagonista con sólo una cicatriz en forma de rayo en la frente. Así comienza la 76


saga de Harry Potter, una trama al parecer simple que dio lugar a un sinnúmero de personajes, escenarios y situaciones que lograron no sólo mantener a sus primeros lectores sino multiplicarlos por millones para el final de la saga, la cual tuvo su desenlace final el 21 de julio del 2007. El retrato que Rowling hace de la familia es quizás uno de los aspectos que más molestan tanto a algunos adultos. La familia Dursley, con quienes Harry pasa su primera infancia sufriendo maltrato y discriminación, son la clase de padres que convierten a sus hijos en agresivos y engreídos niños que algún día se convertirán en adultos igualmente agresivos y engreídos. Los padres del primo de Harry, Duddley, como muchos padres en la actualidad, parecen temerle a su hijo y hacen cualquier cosa con tal de evitar sus berrinches; no ven en él ningún defecto y piensan que son lindezas todos sus malos modales, su agresividad y su glotonería. Harry es, en esa familia, el secreto embarazoso que sus tíos ocultan a la sociedad, pues todos los esfuerzos de los Dursley están puestos en encajar en el molde de lo “normal” y lo aceptable: son los verdaderos muggles, que carecen de todo conocimiento de la magia y también de toda curiosidad por ella. Muy acertadamente, Rowling inició el primer libro con la intrigante frase: “El señor y la señora Dursley, del número cuatro de Privet Drive, estaban orgullosos de decir que ellos eran ‘absolutamente normales, muchas gracias’”. Este deseo de encajar en la sociedad contrasta fuertemente con el deseo de Harry de ser diferente, especial, un deseo que sienten la mayoría de los niños. Pero si de familias horrorosas se trata, ésta no es en ninguna forma la peor en el libro: los Malfoy, aliados secretamente con Voldemort, multi77


millonarios, “políticos” influyentes que manipulan incluso al Ministro de Magia, “racistas” en el mundo mágico, pues se consideran “sangre pura” (no hay ningún muggle en su árbol genealógico) y en absoluto compasivos, superan por mucho a los más bien ridículos muggles Dursley. Draco Malfoy, el hijo de la familia que pasa su vida escolar peleando con Harry, parece ser, al final del libro, más bien víctima de los terribles errores de su padre y blanco de la venganza de Voldemort. Al final de la saga, Rowling parece redimir un poco a estos dos niños, Duddley y Draco, pero no a los adultos. Duddley, aceptando finalmente que su primo Harry le salvó la vida en una ocasión, se despide de él con un apretón de manos; en cambio su madre, Petunia, la tía de Harry, se suelta a llorar conmovida, no por todo lo malo que le hizo a Harry ni por el final adiós a su sobrino, sino porque su hijo Duddley es “tan agradecido siempre”. Draco, en el epílogo final del séptimo libro, aparece ya adulto y con su propia familia y, con un gesto adusto pero amable, saluda de lejos al adulto Harry, sugiriendo que al final la batalla entre ellos dos terminó; los padres de Draco, en cambió, son traidores y cobardes hasta el último momento y su única muestra de humanidad es que les importa su hijo y suplican por él a Voldemort. Sin embargo, no es éste un ataque indiscriminado a la familia, pues hay también familias felices y ejemplares en el libro: la familia Weasley, quienes de alguna forma adoptan a Harry cuando éste se vuelve amigo de Ron Weasley, son una familia pobre, numerosa, discriminada por las familias adineradas (un reflejo de la familia católica irlandesa) pero honesta, siempre solidaria y cariñosa con los hijos; los padres de Hermione, muggles que 78


crían a su hija bruja, son felices y aceptan la magia como parte de su vida, socializando con la gente de ese mundo. El retrato de los adultos en Harry Potter, tanto de padres como de maestros, dista mucho de ser complaciente. Muchos de los maestros de Hogwarts resultan ser un fraude: el profesor Quirrell, tartamudo y cobarde, resulta ser aliado de Voldemort; Lockhart, un famoso escritor recién llegado a Hogwarts, no sólo nunca les enseña nada, sino que resulta haber robado las hazañas de otros magos, escribiéndolas como suyas y borrándoles la memoria; y por supuesto está Dolores Umbridge, enviada a Hogwarts por el Ministerio de Magia, con el fin de controlar la educación de los jóvenes brujos y volverla “segura”: un perfecto reflejo de la censura en las escuelas no ficticias. Como en la obra de Roald Dahl, los adultos en Harry Potter parecen ser, en algunas ocasiones, un estorbo: son los niños los que tienen que llevar a cabo la acción, muchas veces para corregir los terribles errores de los mayores, siempre tratando de hacer lo correcto a pesar de su sociedad y rompiendo las reglas que ésta les impone. Otro aspecto que Rowling está dispuesta a reflejar sobre el mundo de los adultos es que hay malentendidos, odio, rencor, hay problemas que nunca se resuelven (algo que la mayoría de los cuentos para niños intenta negar), así como enemistades que comenzaron casi sin razón alguna: el odio entre Sirius Black (el padrino de Harry) y Severus Snape (el maestro de pociones) es insalvable en todo el libro, jamás hay reconciliación, a pesar de que ambos están luchando en contra de Voldemort. Una de las mayores cualidades del último libro de la saga es que, con gran congruencia, se muestran los 79


matices de todos los personajes, ya no tan caricaturescos como al principio. Todos los “malos” resultan tener algo de “buenos”: cuando el más miserable sirviente de Voldemort, Wormtail, está a punto de asesinar a Harry, éste le recuerda que le salvó la vida en una ocasión, entonces Wormtail muestra un destello de arrepentimiento y, por esto, se ahorca. En otro de los capítulos finales, la madre del malicioso Draco se acerca a Harry para saber si está muerto; al sentir su respiración le pregunta al oído “¿mi hijo está vivo?”, y agradeciendo en silencio la respuesta afirmativa miente a Voldemort diciéndole que su contrincante al fin ha muerto. De igual forma, todos los “buenos” resultan tener algo de “malos”, pues han cometido grandes errores: Dumbledore fue vencido más de una vez por el egoísmo y estuvo además involucrado en la muerte de su hermana; otro amigo de Harry, Lupin, se acobarda ante la discriminación que sufre por su condición de hombre-lobo; Ron Weasley abandona (al menos por un rato) a sus amigos en el bosque, rompiendo su promesa de seguir con ellos hasta el fin. El mundo de las emociones humanas se muestra reflejado de forma compleja, nada simplificada, como en la mayoría de los cuentos “aceptables” para niños o incluso en los cuentos de hadas, donde todo es blanco y negro en cuestiones morales. Tanto adultos como niños son algo más que arquetipos de la bondad o del mal. El único malo hasta el tuétano es Voldemort, quien se destruye a sí mismo por su deseo de poder. La memoria es otro de los temas principales y de los ingredientes románticos que sin duda ayudaron al gran éxito del libro. Actualmente, en una época en la cual las palabras favoritas parecen ser “progreso”, “metas”, “el mañana”, y cuando todos nuestros deseos 80


y nuestro espíritu parecen impulsados irrefrenablemente hacia el futuro, éste libro es un constante viaje hacia el pasado de los personajes, hacia la infancia, y el ir y venir con claridad entre sus recuerdos es lo que ayuda a los personajes a vencer el mal. Harry y Dumbledore observan los recuerdos arrojados en el “Pensario”, una especie de caliz mágico que los lleva a rememorar de cuerpo presente; así es como Harry puede conocer a su enemigo cuando era un niño y encontrar sus puntos débiles para vencerlo. En el segundo libro, Harry Potter y la cámara secreta, el farsante Lockhart, al tratar de atacar a Harry y a Ron, se borra la memoria a sí mismo. Dentro de la cámara de los secretos, Harry se enfrenta a un recuerdo, el de Voldemort, grabado y materializado en su diario escrito; a través de este, vuelve para conocer a Harry, quien, en su futuro, lo vencerá. El otro tema que sin duda es central en los siete libros de la saga y que disgusta mucho a padres de familia y religiosos es la muerte: los personajes se enfrentan constantemente a ella, deben aceptarla y continuar con sus vidas teniendo siempre presentes a quienes ya no están con ellos. En el primer libro, Harry encuentra el espejo de Erised, un espejo que muestra a quien lo ve “nada más ni menos que los más profundos y desesperados deseos del corazón”, según Dumbledore. Harry se ve en el espejo rodeado de su familia, de su madre y padre y de otros que desconoce. Pero Dumbledore le revela la naturaleza del espejo y le advierte de la locura y obsesión que provoca: “no es bueno vivir de sueños, cuando te olvidas de vivir”. La muerte está siempre presente en distintas formas, con aquellos más cercanos a los personajes y, en el último libro, Harry Potter y 81


las reliquias de la muerte, los padres de Harry, su padrino y sus mejores amigos en forma de espíritu lo acompañan hacia lo que él cree que será su propia muerte: el enfrentamiento final con Voldemort. Harry tiene su propia escena de muerte, en un lugar brumoso que parece una plataforma de tren, similar a la plataforma 9¾, donde cada año tomaba el tren a Hogwarts. Ahí se encuentra con Dumbledore de nuevo, quien lo único que le dice sobre morir de verdad es que se trata sólo de “tomar el siguiente tren”. Ya en el primer libro, Dumbledore parafrasea a Peter Pan diciendo: “Para una mente bien organizada, la muerte no es más que la siguiente gran aventura”. Y cuando hablamos de la muerte en Harry Potter, tocamos casi de lleno uno de los temas que más preocupan a sus censores religiosos, quienes insisten en que el libro enseña una creencia que los aleja de la religión “verdadera”. Rowling parece haber creado un mundo en el que no hay necesidad de una religión como tal y, sin embargo, hay bien y mal, hay ética. Las creencias en el mundo mágico de estos libros parecen más las de un mundo agnóstico, en el cual la única verdad y la única fuerza es la magia y sus reglas, las cuales son una especie de “ciencia” que se puede investigar y aprender de los libros; jamás hay mención alguna de un dios omnipotente, pero sí hay muerte, una vaga idea de la existencia después de la muerte y también “destino”, en un misterioso sentido de la palabra, pues los astros revelan el futuro a los centauros y la maestra de adivinación en Hogwarts, Trelawny, aunque la mayor parte del tiempo es un fraude y predice catástrofes que nunca ocurren, dicta dos profecías reales referentes a Harry y a Voldemort. Tal vez una de las cosas que más 82


preocupa a los censores de tipo religioso es que los personajes de este libro parecen conducirse con independencia ética, nunca sienten la necesidad de recurrir a una iglesia, templo ni ningún libro “religioso” para decidir sobre sus actos. En todos los libros, no hay un ser omnipotente a quien pedir ayuda y, conforme avanza la trama, Harry parece estar preparándose para enfrentar al mundo él solo, pues todos los adultos que lo guiaban mueren y es él al final quien decide su propia ética. La única guía “espiritual” para estos personajes parece ser su fe en el amor, en la amistad, en los lazos de afecto entre humanos, ya sean magos o muggles. Muy probablemente, el miedo de la mayoría religiosa que ataca estos libros no es tanto a la brujería sino a la ausencia de una institución religiosa. A lo largo de los libros, jamás hay necesidad de preguntarse por la existencia de un Dios ni hace falta la presencia de una Iglesia; ambas cosas parecen perfectamente normales a los niños lectores, pues su capacidad de entrar en ese estado que el poeta William Wordsworth describió como “suspensión del descreimiento” es mucho mayor que para muchos adultos: se trata sólo de un juego, como cualquier otro, en el que se deben respetar las reglas que el juego impone para divertirse. John Andrew Murray, el director de una de las escuelas que intentaron prohibir Harry Potter, escribió en un extensísimo artículo, “The Trouble with Harry Potter”* que el problema con los libros de Rowling era que no había ninguna autoridad suprema y se insistía en que los niños confiaran en sus propias cualidades y poderes; en cambio, en Las crónicas de * www.familylifecenter.net/article.asp?artId=153

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Narnia de C. S. Lewis (libro que sí le parece lo suficientemente cristiano), hay una clara alusión a Jesucristo en Azlan, el león creador de la tierra de Narnia, y el poder de los niños procede de él, no de sí mismos: una alegoría cristiana (gran descubrimiento para un incipiente lector). Entre los comentarios de niños en internet, muchos afirman ser cristianos o profesar otras religiones y no sentirse en conflicto alguno por leer Harry Potter: como ya mencionamos, la separación de las creencias religiosas de los gustos literarios es evidente para estos niños. Harry es sin duda muy parecido a los héroes de Dahl: su cualidad es ser más bien tímido, modesto, sin grandes deseos de sobresalir; su valor surge más de una necesidad apremiante de ayudar a los demás que de un arrojo despreocupado de superhéroe; como el Charlie de Dahl, Harry lo gana todo porque no codicia nada; rompe las reglas de los adultos cuando cree que es en verdad necesario; y su gran atributo invencible, su gran magia secreta resulta ser, después de toda la historia, su capacidad de amar. Albus Dumbledore, director de la escuela de magia, es muy parecido también a los adultos de Dahl: a pesar de sus más de cien años, conserva un aire infantil, un gran sentido del humor, una gran compasión y entendimiento con los niños; y cuando da una lección a sus alumnos, lejos de sonar como un elevado filósofo o sabelotodo, parece hablar como un Oscar Wilde, pues su lenguaje encuentra siempre las paradojas que revelan las contradicciones del ser humano. Otro de los incomparables fenómenos que surgieron alrededor del desenlace de Harry Potter y de sus fieles lectores fue la simpatía por un personaje que sin duda fue uno de los ingredientes más importantes 84


para que el libro tuviera éxito no sólo con miles de niños sino también con miles de adultos. En una presentación de J. K. Rowling, mucho antes del final de la saga, un grupo de niños insistían en preguntar más y más sobre este personaje, hasta que Rowling exclamó: “¿Por qué les gusta tanto? Es el síndrome del chico malo, ¿verdad?”. El misterioso profesor de pociones, Severus Snape, hábil en el lenguaje, cruel con sus alumnos (en particular con Harry), pero con un gran sentido del deber y del honor y siempre fiel a Albus Dumbledore, fue uno de los acertijos que mantuvieron la intriga hasta el final de la saga. Severus Snape es uno de esos personajes románticos que de inmediato nos recuerdan al fantasma de la ópera, al doctor Frankenstein, al fantasma de Canterville: un alma atormentada que busca redención. A pesar de que su propia creadora lo describió como “profundamente horrible”, en las encuestas realizadas por the-leakycauldron.org sobre quién era el personaje favorito, Severus Snape sólo fue derrotado por el mismo Harry y por su amiga Hermione; miles de sitios web fueron dedicados a él, algunos rogaban a Rowling que no lo matara al final de la saga. En una presentación en Nueva York, Salman Rushdie y su hijo, un año antes de la publicación del libro final, insistían a Rowling en que creían que en verdad Snape resultaría ser bueno y haber planeado todo con Dumbledore; casi todo el auditorio aplaudió la idea. Rowling, como tantos otros escritores, parece haber estado del lado del malo sin saberlo, pues a pesar de declarar su desprecio por este personaje, lo convirtió en uno de los más fascinantes y profundos del libro, tanto que el penúltimo y último libro estaban dedicados casi totalmente tanto a su misterio como al de Dumbledore y Harry. Incluso la 85


cadena de librerías Borders incluyó en su promoción de compra del último libro dos tipos de estampillas de regalo a escoger: unas que apoyaban la inocencia de Snape y otras que insistían en que al final sería malo. En un ensayo titulado “¿Por qué Snape?”, firmado por Hologhost en mugglenet.com, este anónimo ensayista resume las razones por las cuales cree que Snape es tan popular: “Déjenme ver, ¿qué sabemos sobre él?”, escribe Hologhost, “infancia infeliz, malos ratos en la escuela, feo cabello, trabajo sin futuro… ¿Cuántas personas se pueden identificar con una o más de estas cosas?” Severus Snape, como tantos héroes románticos que aún encuentran lugar en nuestra época, se volvió uno de los atractivos misterios más importantes del libro, un personaje que mantuvo sus verdaderas intenciones ocultas hasta el fin: siempre salvando la vida de los mismos niños a quienes detesta y atormenta en clase; enemistado eternamente con Sirius Black, con el padre de Harry y con Lupin, el hombre lobo, a quien sin embargo ayuda; insistiendo siempre en expulsar a Harry, pero olvidándose de hacerlo siempre que se presenta una oportunidad real. Su apariencia desaliñada –pues este hombre en sus treintas no se supone que sea atractivo- contrasta con su lenguaje siempre agudo y elegante, con sus bromas ingeniosas e improvisadas, con su sarcasmo que no deja escapar un sólo detalle cuando se trata de criticar a los que lo rodean: las mejores bromas de todos los libros son casi siempre las suyas y su manejo del lenguaje sólo es superado quizá por el de Dumbledore. “Lo sorprendente”, escribe Hologhost, “no es que haya tantos fans de Snape, sino que esto haya tomado por sorpresa a J. K. Rowling. ¿Será que […] hemos descu86


bierto lo que ella no planeaba revelar hasta el final, que Snape es en realidad un héroe disfrazado?”. Tal como muchos lo adivinaban, Snape resultó ser el espía infiltrado en el ejército de Voldemort, siempre siguiendo las órdenes de Dumbledore y siempre protegiendo la vida de Harry. Rowling insistió en que este personaje, sólo fiel a su propia palabra, no era un héroe de verdad; la mayoría de los lectores, sin embargo, aclamaron el muy personal triunfo de Snape, pues al final de la saga y después de todo un capítulo explicatorio parece haber sido siempre el elemento oculto que ayudó a Harry a triunfar a lo largo de todas sus aventuras. El final de la saga, Harry Potter y las reliquias de la muerte fue sin duda el mayor fenómeno de masas provocado jamás por un libro, en tiempos en que se dice que los libros van a desaparecer bajo la abrumadora competencia de los medios electrónicos. Las cajas de los libros fueron rastreadas por satélite para que nadie pudiera abrirlas antes de tiempo; el día y la hora del estreno fue respetada casi sin excepciones (más que una en Canadá y una en México). En una librería de la Ciudad de México, en el momento en que las cajas se abrieron, los libros fueron recibidos con una ovación que envidiaría cualquier actor de Hollywood. Algunos daban saltos y gritos con sólo leer las primeras dos líneas. Fue sin duda el libro más esperado de la historia y el libro más rápidamente leído, pues al día siguiente del estreno, ya había reseñas sobre éste y mensajes de niños que estaban felices de haber llegado hasta el final y estaban listos para correr a “leerlo otra vez”. En un artículo sobre la censura alrededor de Harry Potter, “Book Burning: Fueling Flames of Censorship”*, 87


Christine Anne Piesyk recuerda cómo en el 2001 en el Parque Kennedy de Pennsylvania, dos grupos religiosos discutían: uno decía que el mal estaba dentro de las novelas de Harry Potter y sus personajes, el otro decía que estaba dentro de las personas que querían prohibir esos libros que niños, hombres y mujeres disfrutaban tanto leer: en un mundo que se disputa entre miles de religiones y sectas recién salidas al mercado, creo que no nos queda más opción que tomar partido por este último grupo. Con los siete libros terminados y leídos vorazmente una y otra vez por millones de niños, Harry Potter no parece haber causado ninguna crisis a los “adictos” lectores, quienes mantienen aún en funcionamiento las miles de páginas web y esperan con ansias los próximos libros de su escritora favorita. J. K. Rowling ha recibido múltiples galardones; además, fue elegida por el alumnado de Harvard para leer un discurso a los graduados, en junio del 2008: su discurso, “The Fringe Benefits of Failure, and the Importance of Imagination”* (“Los beneficios del fracaso y la importancia de la imaginación”), confrontó a los oyentes más con sus responsabilidades y con su falta de experiencia que con su estatus actual y su celebrado triunfo en graduarse, recordándoles su obligación de trabajar por el mejoramiento del mundo y recalcando el hecho de que el triunfo en la vida no era una suma de exámenes aprobados ni un título. A algunos graduados, * www.clarksvilleonline.com/2007/10/03/book-burning-fueling-flames-of-censorship * news.har vard.edu/gazet te/stor y/2008/06/tex t-of-j-krowling-speech

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sin embargo, les pareció que Rowling era poca cosa para Harvard. Un niño de diez años, quien viajó desde Nueva York para escuchar el discurso de Rowling dijo con desprecio sobre los inconformes, “son sólo un montón de muggles”. Y respecto a la censura y la controversia que padece año con año su libro, Joanne Kathleen Rowling escribió en su página oficial un mensaje sobre el significado personal que esto tiene para ella: “Una vez más, los libros de Harry Potter aparecen en la lista de libros más censurados del año. Ya que esto me pone en compañía de escritores como Harper Lee, Mark Twain, J. D. Salinger y otros escritores a los cuales reverencio, siempre he tomado mi inclusión anual en la lista como un gran honor”. No sin clarividencia, Rowling termina con una de las citas más famosas y acertadas de Ralph Waldo Emerson: “Cada libro incendiado ilumina al mundo”.

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Conclusiones

Austin Cline, profesor y periodista experto en religiones y humanismo secular, en su artículo “Christian Censorship of Harry Potter: Schools, Libraries, and Free Speech”* recalca que el peligro de las protestas contra libros por parte de diversos grupos no es tanto que el gobierno adopte o institucionalice estas nuevas formas de censura, sino que la gente, en forma privada, incrementa su censura para evitar conflicto: “en consecuencia, todos pierden la oportunidad de estar expuestos a ciertas ideas sólo porque un grupo las objeta”. Es precisamente esta consecuencia la que ya se percibe desde hace años en muchos de los libros de lecturas escolares e incluso en muchas colecciones de cuentos para niños: para evitar conflicto y garantizar las ventas, se purgan los textos al grado de dejarlos vacíos de sentido. El reconocido psicólogo infantil austriaco, Bruno Bettelheim, escribe sobre una experiencia que tuvo alrededor de los años setenta cuando el editor de * atheism.about.com/od/harrypotter/a/censorship.htm

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una serie de libros para aprender a leer pidió su opinión sobre los nuevos textos que estaban por publicar. Bettelheim encontró los textos no sólo mortalmente aburridos, sino desprovistos de cualquier valor literario e incluso de vocabulario nuevo, pues el vocabulario que deben aprender los niños en estos libros, según sus estudios, ha disminuido considerablemente: aproximadamente es cinco veces menos lo que aprenden ahora que lo que aprendían a principios del siglo xx. El vicepresidente de la compañía editorial escuchó pacientemente su opinión y finalmente le recordó la terrible verdad: que a pesar de que tenía toda la razón, los niños no compraban los libros, ni los maestros, sino los directores de escuela y las juntas educativas y cualquier queja sobre el contenido de los libros podía significar que la edición no se vendiera en absoluto. Cualquier motivo de controversia es cuidadosamente eliminado de estos libros y, en consecuencia, el texto final no contiene literatura real, sino sólo ejercicios de descifrar palabra tras palabra. Para Bettelheim, la causa de que millones de niños no aprendan a leer bien está directamente relacionada con los libros que leen, los cuales han pasado por un proceso tan indiscriminado de censura por parte de las juntas de educación y de los padres de familia que se han convertido en conjuntos de palabras que pretenden ser historias, pero no lo son. Entre los niños que compartieron sus opiniones con él durante su investigación, citada en Aprendiendo a leer, recuerda que había uno con una imposibilidad crónica para leer en voz alta; el niño terminó por confesarle que se sentía tan avergonzado de leer las estúpidas historias que venían en sus libros que había sufrido un bloqueo y por esto 92


titubeaba tanto al leer en clase, a pesar de que leía perfectamente en silencio. Los demás niños coincidieron en que sus libros de lectura estaban llenos de gente que no se enojaba, no se sentía triste, no sufría, o de escenarios que no eran ni realistas ni fantásticos, o de grupos de personas que sólo constaban de niños y adultos, sin ancianos ni adolescentes. Bettelheim, al analizar los libros de lectura y las quejas que año con año se toman en cuenta para modificarlos y volverlos “apropiados” para los niños, recuerda a Anne Sullivan, maestra de Helen Keller, y su opinión sobre el sistema educativo del siglo xix al que se negaba a secundar, pues consideraba que estaba edificado “sobre la suposición de que todo niño es una especie de idiota al que hay que enseñar a pensar”. Bettelheim concluye que “hoy día parece que nuestro sistema de enseñar a leer considera al niño cinco veces más idiota y cinco veces más incapaz de pensar que hace unos cien años”. En contraste con los esfuerzos de la censura, con las deficiencias en los sistemas de enseñanza, con los problemas de la brecha generacional que muchas veces nos impide comprender las exigencias de una nueva niñez, iniciamos el siglo xxi con una demanda y oferta de libros para niños que se incrementa cada año. El éxito de J. K. Rowling parece haber convencido a las empresas editoriales de que la promoción de la literatura infantil puede ser un muy lucrativo negocio; con esto, tanto escritores como niños han ganado; los primeros, el apoyo de las editoriales; los segundos, la proliferación de literatura dirigida a ellos. Entre debates de conciencia, juegos de palabras y rimas que funcionan como pociones mágicas, Mark Twain, Roald Dahl y J. K. Rowling tienen mucho en 93


común: atraen intensamente a los niños a la lectura a la vez que causan controversia; son grandes éxitos de ventas que constantemente son amenazados de prohibición; indignan a algunos autores, mientras que a otros los alientan en la labor de escribir desde la perspectiva de los niños, labor en absoluto sencilla, pues como escribió el autor de El principito, Antoine de Saint-Exupéry, “todos los adultos fueron alguna vez niños, aunque muchos ya no lo recuerden”. No debemos ignorar la forma en que los niños comprenden y disfrutan estos controversiales libros. Tampoco hay que menospreciar ningún intento de prohibición; por el contrario, como recomienda Christine Anne Piesyk, tenemos que leer todos los libros prohibidos que sea posible, pues sólo así seremos capaces de defender acertadamente el territorio de lo imaginario para mantenerlo a salvo de las llamas de la censura.

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Bibliografía

Bettlheim, Bruno y Zelan, Karen, Aprender a leer, Barcelona, Grijalbo Mondadori, 1981. Coetzee, J. M., “Taking Offense”, Giving Offense, Chicago, University of Chicago Press, 1996. Dahl, Roald, Charlie and the Chocolate Factory, Alfred A. Knopf, Londres, 1964. -------------------------- James and the Giant Peach, Alfred A. Knopf, Londres, 1961. -------------------------- The Witches. Jonathan Cape, Londres, 1983. Kennedy, Randal, Nigger. The Strange Career of a Troublesome Word, Pantheon, Nueva York, 2002. López-Pedraza, Rafael, Dionisos en el exilio: sobre la represión de la emoción y el cuerpo, Fata Morgana, México, 2004. Rowling, J. K., Harry Potter and the Philosopher’s Stone, Bloomsbury, Londres, 1997. -------------------------- , Harry Potter and the Chamber of Secrets, Scholastic, Nueva Yotk, 1998. -------------------------- , Harry Potter and the Prisioner of Azkaban, Scholastic, Nueva Yotk, 1999. --------------------------, Harry Potter and the Goblet of Fire, Scholastic, Nueva Yotk, 2000. -------------------------- , Harry Potter and the Order of the Phoenix, Scholastic, Nueva Yotk, 2003. -------------------------- , Harry Potter and the Deathly Hallows, Scholastic, Nueva Yotk, 2007. Twain, Mark, The Adventures of Huckleberry Finn, Penguin Books, Nueva York, 1985.

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Niños, niggers, muggles. Sobre literatura infantil y censura de Elisa Corona Aguilar se terminó de imprimir el 26 de octubre de 2012 en el taller de Impresos Unidos, Ahorro postal 160, Col. Niños Héroes de Chapultepec, México, D. F. La ed ición con sta de 90 0 ejemplares y estuvo al cuidado de Miguel Ángel Leal Nodal , Lizbeth Evoli y

la autora. Para su formación tipográfica se utilizó Rotis Serif de Otl Aicher.


Niños, niggers, muggles. Sobre literatura infantil y censura.  

El censor es uno de los frutos podridos en el árbol de la vida. Su misión consiste en servir de escudo ante las irrupciones de aquello que r...

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