“En El Espectador, empecé a formar un nuevo núcleo de amigos muy curioso; el primero fue el caricaturista Alberto Arango Uribe quien, desde el primer día, y tal vez un poco condolido de verme aislada en aquella salita, y encontrando muy difícil el trabajo, por culpa de Galindo, se ponía a charlar conmigo. Pues Galindo se las arregló para amargarme la vida desde el primer momento, diciéndome: “Para variar esta página, pongamos en el centro una noticia, escrita por usted, que se relacione con lo que quiera, una especie de comentario. ¿Le parece? Yo, que soy la persona más revolucionaria dije que sí, pero… pero yo no sabía escribir. Y sudaba tinta, para hacer una nota perfectamente cochina. Guardo aquellas primeras producciones de mi genio, para retornar a la humildad, cuando por cualquier causa resuelvo que los demás no tienen razón. Esa y un disco en el que está grabado mi “íntimo” yo, un disco con mi voz. ¡Ah! ¡Si siempre nos oyéramos hablar, qué pocas veces abriríamos la boca!” (Memorias de un mal periodista). El 12 de octubre de 1934, haciendo acopio de fuerzas, redacta una nota sencilla, su debut en la faena cotidiana de la reportería. “Emilia escribe su primera nota sobre un tema bastante edificante: pide que el público apoye a un grupo de “boy-scouts” que en esos días se entrega a recolectar fondos para la Navidad de los niños pobres. Este llamamiento caritativo no tiene firma” (Ernesto Hoffman en Emilia). Esta primera nota que aparece en la columna central de Vida social, es más un comentario que una noticia; allí deja ver su lenguaje suelto y directo para comunicarse con el lector. Pero ella no se conforma con notas sobre la vida social de una ciudad que empieza a despertar a la modernidad. Se permite, con la Vida social como excusa, abarcar temas novedosos. Emilia extiende sus líneas, su voz directa resalta, su crítica se hace aguda, y su gusto por las buenas costumbres aparece más claro a medida que pasan los días. “Pero no me acababa de gustar aquello; había algo de hostil en El Espectador, algo que no acaba de serme grato; eso que llamaban “tirantez”, cuando se trata de las relaciones internacionales. Por otra parte tampoco estaban contentos conmigo, por lo menos don Luis Cano, pero eso lo supe después. Si don Luis, hubiera comenzado por contar que yo lo desesperaba, habría interrumpido en seco el hilo de mi destino, pero esperó unos días y es sabido que “el que pega primero, pega dos veces”. Cuando entré —todo esto lo supe después— don Luis había llamado a los redactores, Orlando Perdomo, Elías Rodríguez —El Turco—, Darío Bautista, Eduardo Zalamea Borda, Luis David Peña y otros, y les había dicho: —La muchacha que entra a hacer la Vida Social, es sumamente distinguida. No digan palabras, no se dejen llevar nunca por la cólera, sean muy calmados. Hay que respetarla… Fue como si les hubiera puesto un bozal; ¡Y los periódicos libres no son así! ¡Yo no sabía; pero lo que sí supe era que todos los días me robaban tranquilamente uno, dos o diez lápices. Como al cuarto día de ir a trabajar, noté que se me habían llevado mi lápiz número seis de ese día. Me puse furiosa y salté: —¡C…! Cáspita —digamos por decir algo— quién es el condenado que me robó otro lápiz. Esto es una grandísima vaina, ¡C…! Me miraron, se sonrieron afectuosos y exclamaron: —Pero si es muy simpática esta muchachita; tome, Emilita, ¡aquí tiene un lápiz! ¡Y desde aquel día se trazó mi destino! El ambiente era delicioso, todos me ayudaban y me leían, a pesar de que continuaba escribiendo igualmente mal. Un día, casualmente, sin saber por qué, escribí sin pensar, sin buscar tema, sin corregir, y sin fijarme, una noticia; se llamaba: El robster, lo recuerdo bien. Era una nota simpática y agradable. Galindo estaba encantado, Alberto Arango me lo dijo, don Gabriel Cano entró a charlarme, todo iba bien” (Memorias de un mal periodista). El 21 de diciembre de 1934, en la página social de El Espectador, aparece la primera nota firmada por Emilia. Un discreto E.P. cierra la columna titulada El Pesebre. En ella, haciendo gala de su natural locuacidad y su sentido común, medita sobre la triste pérdida de los pesebres de antaño. Lo mucho que cambian las costumbres con el paso de los años, habla en tono pesimista de la desaparición de tradiciones que llenaron y alegraron su infancia. En esta primera columna, Emilia conecta la situación actual de la ciudad con ella misma. Se permite mostrar abiertamente sus gustos y personalidad. Al apelar a su experiencia, Emilia encuentra esa voz que la caracterizará a lo largo de su vida periodística. “Fue al día siguiente o al otro, cuando ya me había puesto furiosa por lo menos tres veces —¡y yo furiosa, soy de alivio!— cuando don Luis resolvió protestar y llamó a su hermano Gabriel: —¡No, yo no puedo escribir, Gabriel! Esa muchachita es insoportable, no he conocido nada más ruidoso. Échenla. ¿Echarme? Don Gabriel no se atrevió y pasó la voz a Galindo; éste protestó: “Yo no; y, además, tiene madera de periodista”. Cada día me gustaba más el periódico, resolví tomar clases de escribir en máquina y lo dije a gritos. Ya mis compañeros me querían mucho y Orlando Perdomo, que escribía más a prisa que nadie en Bogotá, corrió alarmado: —No, Emilita, no; para escribir en máquina lo que se necesita es escribir, no pierda el tiempo. Cada día escribirá más a prisa. Así fue; don Luis se acostumbró a aquel ruido, y yo encontraba que el oficio del periodismo era una delicia” (Memorias de un mal periodista).
Ilustraión: Franklin. Revista Sábado, 29 de abril de 1944
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Vamos pues… conozca! Emilia Pardo Umaña*
Me llamo Emilia Pardo Umaña Carrizosa Camacho Pardo y Santa María. Nací en esta muy católica, muy leal y muy aburrida ciudad de Santa Fé de Bogotá, por allá en un año de cuya fecha no quiero acordarme. Soy completa, absoluta y definitivamente soltera, digo yo, que porque no he querido casarme, y dicen mis amigas —que al fin buenas amigas bogotanas, son más falsas que un marido fiel—, que porque no he tenido con quién hacerlo. ¿Quién dice verdad? Vaya usted a saber. No tengo, por lo tanto, responsabilidad ninguna sobre el apellido de mi dulce esposo, puesto que no lo tengo, y escribo una crónica diaria en El Espectador, diario vespertino de gran circulación, crónica de la que soy responsable yo sola, de una manera muy relativa, naturalmente, y en la que me contradigo casi a diario, porque soy fantasiosa e imaginativa, comprensiva y profundamente humana. Además de todos estos atributos, y de otros que reservo, tengo el desagradable privilegio de que me confundan. Recibo semanalmente dos o tres cálidas epístolas de un amigo, cuyo nombre ignoro, que está convencido que yo soy doña Emilia Pardo Bazán, la célebre condesa, orgullo de las letras españolas. Mi amigo sufre negras angustias, porque nota que se me está dañando el estilo, lo que no es verdad, porque lo que sucede es que sencillamente no tengo un claro, clásico y puro estilo epistolar. Yo escribo, claro amigo, pero no quiere decir que sepa escribir, así como los «maestros» pintan puertas, ventanas e inclusive avisos, en que se dice: “Ce venden cugas” lo que no implica que sepan pintar. Recibo, además, numerosas cartas, libros con dedicatorias, circulares, etc., de diversos escritores, entidades y personas que dicen más o menos: «Para doña Emilia de Gutiérrez, representadora insigne de la intelectualidad femenina»; «Solicitamos la colaboración de doña Emilia de Gutiérrez, honra de las letras antioqueñas y colombianas, suma de la ilustración de la mujer». Bueno, semi-admiradores: doña Emilia de Gutiérrez es efectivamente una destacada escritora colombiana, a quien yo personalmente profeso grande admiración y profundo aprecio. Sus crónicas sobre asuntos de arte y personalidades de reconocido mérito, publicadas en «El Tiempo», son evidentemente orgullo para las mujeres de Colombia. Pero si todo esto es indiscutible, lo malo es que yo no soy doña Emilia de Gutiérrez; claro que soy yo la que sale perdiendo -y no poco- , por no llamarme así, pero soy otra Emilia, y no puedo responder, ni colaborar, sino por mí misma. Es muy bonito mi nombre, simpático, con cierto sonido argentino, valiente y musical. Encantador en sus diminutivos; Emilita, Mily, pero lo llevan muchas y yo no represento sino a una de sus menos humildes portadoras. Prescindiendo de cartas y demás comunicaciones, sin valor ni importancia de mayor cuantía, me veo precisada a preguntar en cuanto a los libros: son para mí? Son para doña Emilia de Gutiérrez? Los partimos por mitad? Y, en este último caso, con qué parte de las dedicatorias me quedo yo? … Siento haceros tan impertinentes preguntas, amigos, pero esas cosas son muy importantes en los campos sentimentales, ricos en detalles del alma de una mujer, por más escritora que sea. *El Espectador, 2 de diciembre de 1935, p. 11
*Este relato hace parte del Trabajo de Grado, con mención especial, Emilia Pardo Umaña. Vida y obra de la primera mujer periodista en Colombia 1907–1961. (Asesoras Patricia Nieto y Maryluz Vallejo).
Facultad de Comunicaciones Universidad de Antioquia