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I

El sol recién se desprendía del horizonte y el aire ya estaba caldeado. Desde la tarde anterior los buitres habían estado silenciosos e inmóviles alrededor de los restos, solo huesos. Una de las aves, tal vez despertada por el zumbido de las moscas, estiró y encogió el cuello; la cabeza pareció hundirse, casi desaparecer en el collar de plumones blancos y grises de la base. En ese momento los otros se despabilaron, abrieron los ojos y se pusieron alertas, atentos a lo que hacía el primero: el cuello sin plumas y la cabeza, apta para escarbar en cuerpos muertos, recobraron la posición. Se estuvo así, de nuevo inmóvil, pero en vigilia ahora, desprendido de la curvatura del tiempo, hasta que por fin dio unos pasos y separó del cuerpo los alones amarronados. Con lentos y acompasados aletazos, agitación de plumas en el aire caliente, abandonó lo firme y los demás lo siguieron. Fue dirigiendo la bandada, describiendo un vuelo casi rasante al principio, deslizándose, hasta que, insinuando un regreso, como arrepentido, sobrevoló aquellos despojos, quizá para cerciorarse de que no les quedaba nada comestible. Entonces, más decidido, el guía cobró altura, planeó y tornó a mirar lo que había sido carroña, algo que empequeñecía, un detalle blanco y ocre ahora, un punto que ya se confundía con la arena y que pronto dejaron atrás, muy abajo. Así emprendieron un nuevo, paciente patrullaje aéreo; se montaron sobre la brisa que se movía más arriba, se dejaron deslizar por suaves toboganes invisibles, en tanto escudriñaban cada irregularidad del suelo que se desplegaba bajo sus alas. Más desde


abajo, diseminadas por momentos, luego agrupadas, eran cruces negras en la bóveda azul, avanzando laboriosos estadios y más estadios sobre la extensión inabarcable del desierto, mientras el sol continuaba elevándose. En algún momento de la mañana avanzada, el que determinaba el rumbo divisó un punto más oscuro, allá, a lo muy lejos. La bandada se desplazó en el océano del aire hasta tenerlo debajo de sí. Geómetras del espacio, dibujaron circunferencias, trazaron espirales, descendieron y ascendieron en secretos helicoides; vieron que eran dos cuerpos, y que se movían: vida. No alimento. En los bordes lentos de minutos que parecían no terminar estuvieron espiando para tratar de descubrir signos de muerte en aquellos animales o personas, algún desfallecimiento que justificara la espera. Por fin, cansado o convencido, el conductor desistió y la bandada se alejó, dejándolos atrás y abajo, continuando en su búsqueda paciente y segura de cadáveres.

La marcha, vigorosa y decidida durante el curso del amanecer y comienzos de la mañana, ha ido enlenteciendo, pareja con el ascenso del sol en el cristal azul profundo. Han estado caminando sin pausa desde las primeras luces. Ahora es un arrastrarse, un desplazamiento silencioso y vacilante sobre la arena. Saben que detrás de esas elevaciones hacia las que se dirigen solo encontrarán la misma desolación: dunas, calor y sed. Las colinas, casi blancas, parecidas a gigantescas hogazas de pan crudo, constituyen apenas una referencia más señalada en el mar petrificado y calcinante. Sin embargo, hacia allí se mueven, venciendo penosa y torpemente el espacio y el tiempo. Cada paso de la caminata es una breve lucha dolorosa con el suelo. A cada pisada se entierran hasta los tobillos en una arena que pretende quemarles, también, los bordes de los albornoces, las pantorrillas, las plantas de los pies, protegidas estas, sin embargo, por sandalias de cuero de camello. Pero van firmes en su empeño, como si detrás de aquellas cimas estuviera la meta. Los rostros de las dos mujeres están oscuros y resecos. Han sufrido el sol de más de cien jornadas en el desierto, pero ahora, bajo el castigo implacable del mediodía, los llevan casi cubiertos por cofias


de seda blanca. Solo han dejado una abertura, apenas lo suficiente para ver. El reverbero de la luz cenital es tan poderoso que las hace entornar los párpados. Por entre las pestañas las dos astrólogas ven lo mismo, permanente, interminable: la danza de la masa gaseosa, el movimiento ascendente y ondulante del horizonte inapresable y siempre quebrado, el contraste evanescente entre lo amarillo y lo azul. A cada inhalación el aire seco y caliente es enfriado un poco por la seda de los pañuelos y otro poco por las fosas nasales, pero así y todo lo sienten cálido en los pulmones. Pese al agobio, continúan todavía. Es otoño avanzado. La noche anterior, un tiempo después de la la puesta del sol, la Osa Mayor había alcanzado su mayor altura. Sin embargo las dos eruditas no le prestaron atención; estaban ocupadas con sus cristales de aumento y aparatos de medición, observando la Estrella. Querían dilucidar si se trataba de un astro nuevo, de origen divino, como lo había anunciado la suprema sacerdotisa, o si, como les había asegurado Farida, la más sabia y experimentada de ellas, correspondía explicar el fenómeno como suma de luces resultante de la conjunción de los planetas Júpiter y Saturno. Antes de que la claridad del día que ya se anunciaba la borrara, como emergiendo de la oscuridad del suelo, la constelación de Aries se había elevado sobre el horizonte, por el mismo lugar donde saldría el sol. Y el sol, con su luz, había traído también la verdad sobre Farida: el descubrimiento de que se encontraban sin sus dromedarios. Al principio habían buscado, en vano, posibles explicaciones, pero al fin terminaron por aceptar el abismo de los hechos: la tercera viajera las había abandonado, llevándose los animales. Las había dejado solas en el medio de la marcha que habían hecho juntas durante tantos días, rumbo al punto de la ascención de la Estrella: estaban solas y sin monturas en el desierto, en medio del viaje a la Enviada. Como escarabajos insignificantes bajo la canícula van las dos mujeres, a los tumbos, y así continúan, por espacio de unos cuantos médanos más, hasta que ven el tamaño de su destino y de sus sombras, reducidos al mínimo. La que parece mayor ve en el cielo unos puntos negros que se alejan. Comprende que es una bandada de buitres que, por el momento, desiste. Pero no comenta nada a su


compañera y desea de todo corazón no haberlos visto: necesita de su entusiasmo como del agua, como de los dromedarios robados, como su fe que aún las sostiene, inexplicablemente, en su lucha contra el infierno del desierto. –Hagamos un alto, Aisha –dice–. Con tan poca sombra y sin el metal magnético cuesta orientarse, y además... Termina de decir esas palabras y se da cuenta de que tiene la boca reseca; siente el aguijón de la sed, como una picadura venenosa. Pese a ello no sugiere que beban; tienen que economizar el agua. –Es cierto –concede Aisha–. Podríamos continuar, con mayor o menor precisión, pero mejor... sí, de acuerdo, un alto. Además, habrá que ahorrar fuerzas. Cada desvío nos significa... o puede... Comprende que sobran las palabras, las explicaciones: están de acuerdo. Las dos mujeres se detienen, doblan las rodillas, parecen derrumbarse pero se acomodan, quitan un poco de arena de la superficie del suelo, para encontrarlo, si no fresco, al menos con una temperatura tolerable. Allí se sientan, frente a frente. –Tal vez sea mejor marchar como lo habíamos hecho hasta ahora, por la noche –dice la más joven–. Dentro de todo, estamos en el Nafud, aún en los bordes del Rub al Chali. De todos los lugares posibles, nos hallamos en el medio del desierto. Maldita Farida. Que su castigo sea acorde con lo que nos hizo. –No importa dónde estemos –responde la voz grave de la otra–. Si una sabe nadar, puede tener tiros de arco, estadios de agua debajo, y no se ahogará. Pero si no sabe, le bastará con dos metros de agua... para ahogarse. Me parece bien caminar por la noche. Sí... Pero ¿cómo pasaremos el día? –Sin tiendas... Tendríamos que enterrarnos... buscar un lugar apropiado. Y enterrarnos. ¡Listo! –Un lugar adecuado. Tienes sentido del humor, Aisha. Es admirable –replica la mayor, sin demasiada convicción, y agrega–: En estas condiciones, es admirable. Aisha no contesta. Inclina la cabeza sobre el pecho y recoge las piernas; la mayor hace lo mismo. Las dos compañeras parecen adormecerse. Sin embargo la más joven tiene los pensamientos activos y puestos en las jornadas anteriores al inicio del viaje. El recuerdo del pasado, evocado más como conjuro que como refugio, le


hace las veces de oasis, de descanso de penurias, fatigas y desconsuelos. Transcurrido un largo tiempo en silencio, Aisha levanta la cabeza. Le basta echar una ojeada para saber que su compañera de viaje ha dormitado y que en ese momento, con el movimiento que ella ha hecho, está despertándose. A modo de comentario, la de la voz grave recita: –Sit brevis, aut nullus tibi somnus meridianus. Febris, pigrities, capitis dolor, atque catarrhus. Haec tibi proveniunt ex somno meridiano. –Feliz de ti que al menos has podido dormir un poco –replica Aisha, un poco divertida. Piensa que es una cita típica de su acompañante. Sabe que a la otra le gusta apoyarse en libros, en documentos, en lecturas; que le gusta saber y demostrarlo; que le pregunten y poder responder. –Dime, Meutas: ¿cuál es la mayor distancia que existe en el mundo? Con la cabeza aún reclinada contra el pecho la instruida mujer se pregunta durante una fracción de segundo, relámpago de la mente, por qué la otra quiere saber eso, pero como tiene una incontrola-ble tendencia a enseñar, tal vez a educar, responde enseguida y sin dudar: –Hace más de dos siglos que Anaximandra lo calculó: doscientos treinta y dos mil quinientos cincuenta y ocho estadios. Es la circunferencia máxima que puede concebirse en la Tierra. La otra está dejando que esa información anide en algún lugar de sus pensamientos; después pregunta, con voz inocente: –¿Pero distancia no es el recorrido entre dos puntos? ¿Cuáles son entonces esos dos puntos? Distancia máxima tiene que ser la que haya entre dos puntos situados lo más lejos posible entre sí, ¿no? Dos puntos que estén en las antípodas el uno del otro. –O entre dos puntos que se encuentren casi tocándose –replica Meutas–. Depende de cómo se considere. –Entonces habría dos distancias posibles entre esos dos puntos: la distancia mínima, una brizna de hierba entre ellos, y la distancia máxima, que sería esa circunferencia que dices. –Aunque en realidad –matiza Meutas, sin dejarse vencer– podrían concebirse muchísimas más distancias, a condición de que no fueran


tomadas en una línea recta. O sobre esa circunferencia máxima. ¿Por qué preguntas? –Me decía que.... Pensaba, nada más. ¿A qué distancia crees que estaremos del Lugar? Meutas, que es la navegante, la experta en geodesia y la que mejor se orienta de las dos, ha estimado la distancia que les faltaba por recorrer en el último alto que han hecho antes de la caída de la noche anterior. Era poco menos de once mil estadios, y así lo ha dejado consignado en el papiro de las anotaciones del viaje. Sin embargo, dice: –Quizá siete, no más de ocho mil estadios. –Y por día caminaremos.... –Cientocincuenta –la interrumpe–, con mucha suerte hasta doscientos... depende. La que podrá hacer mil, y hasta más, es Farida. Con tres jamales como los que traíamos, bellas bestias, fuertes... maldita sea, cualquiera podría... –De modo que antes de un mes –interrumpe Aisha, triunfante– podríamos llegar. Sería cuestión de caminar sin perder el rumbo doscientos estadios por día. Sin duda, piensa Meutas, Aisha es admirable no solo por su sentido del humor, que a veces ostenta de modo inconsciente, sino por su optimismo y por su energía a prueba de soles, calores, desiertos, sedes, intemperies y robos de ungulados. ¿O era su cálculo, aquel “poder estar antes de un mes” en la meta una especie de mentira piadosa, un modo de devolverle un ánimo que Meutas creía perdido? La verdad es, como siempre que se aparece sin adornos, categórica e innegable. La verdad es que les queda agua solo para un día. En una semana más, en el improbable caso de que no las encuentren los buitres, solo serán unas momias secas; al cabo de un mes, dos montones de pelos, huesos y pellejos envueltos en unos trapos desteñidos y rotos. Así lo indican todas las probabilidades. Sin embargo el Horóscopo les había prometido otro destino, bien diferente por cierto de la muerte vergonzosa y cruel por sed y deshidratación. El Horóscopo les había anunciado lo que no olvidan: un porvenir distinto del que ven a la vuelta de ese día. Quizá por eso, en algún lugar de sus conciencias y de sus pensamientos, la esperanza de llegar al Lugar sigue vigorosa. Tan vívida como cuando


la sacerdotisa máxima las había despedido, a las tres embajadoras, al pie de la torre del observatorio de Ecbatana. Tan intacta como cuando, meses atrás, iniciaron el viaje a la Enviada. –Yo creo que antes de una luna –corrobora Meutas–. Anoche nos faltaban dos semanas, viajando cómodas, a lo sumo. Ahora nos falta un mes, caminando como perras día tras día. A lo sumo. He ahí la diferencia. –He ahí la diferencia –replica Aisha, con una sonrisa que la otra solo puede percibir por el tono de voz y las arrugas en el rabillo de aquellos ojos grandes y negros–. Es admirable. En estas condiciones: admirable. A lo sumo. Apenas termina de decir eso sabe que Meutas se da cuenta de que ese es un humor forzado, con un ingrediente demasiado obvio de revancha e irritación. Pero enseguida la alcanza la risa de la otra, parecida a una tos. Es su manera de decirle comprendo las causas de tu comentario pero no me importa, sigamos adelante. De inmediato la sacude el recuerdo del futuro probable e inminente, a la vuelta de unas pocas horas; las siguientes al momento de despedirse de toda esperanza, cuando se beban la última gota de agua. Las de la cantimplora y el ánimo vacíos, las de la garganta aún más reseca, las de beberse sus propios líquidos; las últimas horas de la deshidratación final. Pero aquellas imágenes que de pronto entrevé como fantasmas de pesadilla lúcida no resultan lo peor, sino el odio que tal vez sentirán, entonces, la una por la otra, los comentarios hirientes que ya han comenzado a insinuarse en su última réplica, los deseos casi irrefrenables de echarse una a otra la culpa por haber hecho posible que Farida les robara los animales y las vituallas, por no haberlo intuido o previsto cuando aún era posible y había tiempo por delante. Pero una Meutas generosa ha reído y su risa reanima de algún modo a la otra. Ambas terminan compartiendo aquella alegría pequeña, imprevisto milagro que las visita, después de lo cual se ponen en pie. Las breves sombras en las irregularidades de la arena, surgidas del comienzo de la tarde, las ayudan a orientarse y continúan caminando hacia el poniente, ahora un poco más repuestas.


Treinta estadios después la tarde se acerca a su fin. El sol, con una gran mancha, visible con solo entrecerrar los ojos, está cerca del horizonte vibrátil, encegueciéndolas, semejante a una gran bola de vidrio incandescente que un soplador colosal recién hubiese sacado del horno. El suelo y el aire parecen pintados de oro líquido. Las sombras de las dunas contra las que orientan su marcha van estirándose hacia ellas, buscándolas en un movimiento que se acelera y se hace notable, abarcándolas, lamiéndoles los pies, conquistando las hondonadas primero, después las pendientes y, al fin, las crestas de los promontorios de arena. Hacia donde sea que extiendan la mirada se ven siempre en el centro mismo de lo inabarcable, de lo impensable. Mírenlas, ahí van, parecidas a diminutos insectos, apenas distinguibles en medio de un gigantesco plato a lunares con elevaciones amarillas y depresiones oscuras, sombras de un gris ceniciento que ahora, cuando el disco rojo está tocando el horizonte, van ganando en tamaño, uniéndose unas con otras, rodeando los últimos picos ocres, semejantes a olas congeladas, asaltándolas hasta hacerlos desaparecer, uno a uno, uno tras otro, como un huracán indolente, hasta que al fin la superficie es gris, las mujeres son grises, y la zona roja del cielo sin nubes también va agrisándose, imperceptible y segura en su camino hacia la calígine, hacia la noche inmensa. Entonces las dos mujeres hacen un alto. Y el calor hace otro alto, y la luz líquida, como teniéndoles piedad. –El sol se pone –constata Aisha–; esperemos que encuentre el túnel por el que dicen que retorna al levante. ¿Habrá un túnel, verdaderamente? ¿Cómo podrá ser ese....? –¿El túnel...? ¿Qué saben los humanos? ¡Nada! Las mejores expertas de Ecbatana y Rhages no se ponen de acuerdo aún. Isina y Alexandra pensaban que la Tierra era esférica, y aun que daba vueltas que duran un año en torno al sol. –Pero según Tenáfanes y Epicea, la Tierra es una montaña, y según Andrómaca de Mileto, un disco flotante... en la nada, en el aire o el espacio. Tienes razón, ¿qué sabemos? Aisha y Meutas deciden beber la última agua de la caramañola que


Farida, tal vez a modo de disculpa o burla, les ha dejado. La ladrona Farida; acaso, pronto, la asesina Farida. Cuando piensan en eso la traición les parece monstruosa, inconcebible la circunstancia en que se encuentran. –¿Tomas primero tú la mitad de lo que quede –pregunta Meutas, y luego yo? ¿Cómo haremos para que sea justo? ¡Oh, bébetela toda tú! ¿Qué más da? Un trago cada una, convienen. Aquella agua, aire de buzo, es el agua de la vida. Con ella parece esfumarse la esperanza de llegar al Lugar por la ruta que la Estrella ha estado mostrándoles. Después de beber se tienden en la arena ya fría a mirar las pulsaciones de los astros que comienzan a verse. En el firmamento, en el abismo incomprensible, están las preguntas de siempre. –Nunca pensé –dice Aisha–, que el Horóscopo pudiera mentirnos. Hasta ahora... nunca lo había hecho. –Mujer de poca fe –replica Meutas, con entusiasmo, de tono liviano–. ¿Quién dice que ha mentido? –Pues, ¿no íbamos a ser tres las emisarias, tres quienes llegaríamos al Lugar? Ahora somos dos, según creo. Me parece que podría probarlo. Meutas no responde. Recuerda en este momento el encuentro que han tenido con la sacerdotisa que les dijo el destino, imagina los complicados cálculos, las minuciosas tablas del vaticinio, vuelve a habitar su memoria el recuerdo del aroma del incienso; torna de nuevo a acostumbrar sus ojos a la penumbra de la sala del oráculo. Recuerda el momento exacto y el anfiteatro de la corte en que las nombraron embajadoras plenipotenciarias ante la Enviada. Ahora está acá, alejándose vertiginosamente del futuro que el pasado le ha anunciado. ¿Dónde está el pasado? ¿Dónde el futuro? ¿No es todo, pasado y futuro, solo una proyección del presente, ese presente en el que siempre había vivido? ¿Existe el tiempo? Le cuesta rendirse a la evidencia, y piensa entonces que solo le pedirá a Diosa morir con dignidad. Tal vez mañana; tal vez pasado mañana, atravesará para siempre la puerta que está esperándola desde los comienzos de todo. Habrá que prepararse. Ishtar, la diosa madre, la Madre Tierra, la aguarda.


–Y además –continúa Aisha–, me disculpas, pero no parece muy seguro que lleguemos. El sueño, el cansancio, las ganas de abandonarse cierran los ojos enrojecidos de Meutas. Bosteza, y dice: –¿Qué podría decirte? Es admirable. –Lo admirable fue el modo con que Farida nos durmió. –... ¿cómo? –Así es, Meutas. No puede ser que no nos hayamos despertado cuando nos llevó los jamales. El mío tuvo que haber resoplado, como hacía siempre cuando alguien que no fuera yo lo tomaba de las riendas. Soy de sueño ligero, tendría que haberme despertado en el momento del robo. No estaba cansada, no más que el día anterior: cansada como de costumbre. Dormíamos muy cerca de los animales. Y fue un sueño sin sueños el de esa noche. Como dormirse y al instante siguiente estar despertándome. ¿No lo sentiste así? –Es cierto: fue extraño; nos quedamos dormidas enseguida, después de la comida. Al menos yo no recuerdo nada... ¿De qué te acuerdas? Lo último, dime el último pensamiento o idea que tuviste antes de... bueno, de haberte quedado dormida. –Sí... La voz lejana de Farida, hablándonos de... algo... ¿Qué era? Nos contaba de un ave de presa, o de su hijo, o de sus perros... no recuerdo, Meutas, no recuerdo. –Todo parece tan lejano ahora... y tan... necesario. Es que todas tenemos un destino, hacia el que corremos, aunque no lo sepamos, aunque no sea ese el destino que habíamos soñado. Tal vez sea así, ya no lo sé, ya no tengo tantas certezas como en el pasado. Tantas dudas me han surgido desde entonces. –A mí me parece que sí, que esto tenía que ocurrirnos, que no sucedió por azar. –¿Es que hay algo que suceda por casualidad? Todo lo que ocurre, ocurre por alguna razón. Llamamos azar o casualidad a lo que nos resulta inexplicable, me parece. Pero es por incapacidad propia de nosotras, no porque en sí no pueda explicarse. Lo que para nosotras no tiene antecedentes, nos parece arbitrario. Sin embargo basta mirar en derredor. ¿Qué tenemos? Un bolso con un poco de incienso, mirra y yesca y todo el dinero que la muy perra nos dejó, con el que no podemos comprar ni los tragos de agua que hay en la cantimplora.


Que había; ya ni eso. Toma el recipiente vacío, lo mira con piedad, le da las gracias y lo arroja por encima del hombro, hacia el pasado. Cierra los ojos, suspira profundamente, eleva la vista hacia el firmamento eterno. Por fin, concluye: –Sin duda hay un sentido en lo que nos falta y en lo que todavía tenemos; algo que se nos oculta. Hay un qué, hay un cómo, hay un cuándo; debería haber un porqué. Aunque tal vez la pregunta misma de por qué sea una pregunta imposible: algo mal planteado, un falso problema... –Pero las olas del mar –aduce Aisha–, que se mueven, dicen, caóticas, sin orden... el viento... El orden arbitrario, o desorden, mejor, en que aparecen los naipes.... –En una época creí que no se producía el menor soplo de brisa sin que ello obedeciera a una causa. Pensaba, por ejemplo, que si los naipes aparecen en ese orden se debía a que fueron barajados de un modo, y no de otro. –¿Y ya no piensas así? ¿Por qué? –Aisha, deberías conocerme... Me gusta tender pequeñas trampas, solo por el gusto de discutir. Dudo de todo, por principio. Pero en estas cosas creo. Que en una época pensara así no quiere decir que ya no lo haga. –Pero tampoco quiere decir que lo hagas todavía. Con solo mencionar cómo pensabas antes se abrió una incertidumbre o una duda que justifica mi pregunta. –En eso tienes toda la razón. La respuesta es que sigo pensando del mismo modo. Que no siempre comprendamos cómo ni por qué las cosas ocurren se debe a una limitación de nuestra capacidad de pensar. Viviendo en un tiempo infinito, con paciencia y con tesón, todo lo que ocurre, cualquier hecho que haya ocurrido tiene que volver a repetirse y podría llegar a explicarse: por una, por dos o, más probablemente, por una serie enormemente compleja de causas. Y si hay un porqué para todo, entonces hay que concluir que nada es casual. –¿Es entonces la voluntad omnipresente de Diosa, que rige todo? ¿Entonces las casualidades no existen? ¿Es eso lo que quieres decirme?


Meutas frunce el entrecejo con gesto atormentado. Parece que su voz, cascada y oscura, se oscurece aún más cuando replica: –El azar, ¿eh? Es causalidad disfrazada; solo hechos rodeados de series y cadenas virtualmente infinitas de causas, que los provocan, y que nuestro menguado entendimiento no atina o no es capaz de explicar. Así es, dicho de manera sencilla. –¿Y cuál es el papel de Diosa en todo esto? –Haber dispuesto que sea así y no de otro modo... supongo. Ya el sol ha alcanzado los dieciocho grados por debajo del horizonte; el crepúsculo astronómico ha finalizado. La noche se hace indudable, abrumadora y terrible. Baja la temperatura del desierto y en la bóveda negra hay una miríada de astros que suscitan la pregunta con que Meutas reanuda su discurso: –¿Por qué solo pueden verse poco más de dos mil estrellas? ¿Crees que es una casualidad? ¿Por qué hay astros? –¿Crees que existen más de las que pueden verse? –Hay unos cristales... que permiten... comprender... una vez yo... hay miles de veces mil. Posiblemente, miles de miles de miles de estrellas. Es inexplicable, pero no lo dudes: hay un porqué. Quizá varios. Así habla Meutas, y lo que dice causa impresión en su interlocutora, que se alisa el albornoz con aire concentrado. Después de un largo silencio la embajadora ante la Enviada dice: –Pero, en lo que se refiere a los astros, hay una pregunta más terrible que por qué. –¿Cuál es? –Para qué. Domina un silencio blanco. El universo entero de la noche parece abrirse en toda su esplendorosa magnificencia, abrumando con un sentimiento de vastedad y opresión la pequeñez de aquellos dos seres humanos en la intemperie. –En efecto: la pregunta es terrible –comenta Meutas al cabo de un tiempo que parece no acabar nunca. –Pero veamos. Entonces, si todo sucede porque –continúa Aisha–, ¿no hay en ese hecho una necesidad? –Ciertamente. Y una no-libertad, y una predeterminación de todo. Lo que sucede no puede ocurrir de otro modo: dadas unas


condiciones, y unas causas, se procesa una necesidad de que lo que sucede, lo haga solo de ésa y no de otra manera. Otro modo presupone otras condiciones previas; por lo tanto, otras causas, que habrían sido... las que no existieron. –¿Entonces...? –Entonces, mi estimada Aisha, eso que llamamos la libertad no es sino ilusión de libertad. Todo está escrito en el inabarcable, incomprensible, impensable, inconcebible libro infinito del Universo. Esa es la escritura de Diosa. Las dos sabias, que ya están empezando a morirse, sin agua ya y sin esperanzas, dejan aquellas palabras resonando en sus mentes y se quedan en silencio contemplando el espectáculo sobrecogedor del cielo estrellado y sin nubes. Saben que pronto aparecerá, hacia el lado de la constelación de Casiopea, la Estrella. –¿En qué piensas? –pregunta Meutas al cabo de un rato. –En lo que has dicho. En que creo que tienes razón. El tono es despreocupado, casi alegre. La más joven de las dos continúa de este modo: –Supongo que no debería asignarle importancia, ahora. Me refiero a que la realidad puede ser así como las has descrito, o no, pero el hecho es que estamos sin jamales y sin agua en el medio del desierto. La mayor reflexiona unos segundos y responde, con voz segura: –En medio no. Por el tipo de arena, deberíamos estar a no más de dos mil estadios de la costa. Observa: es granulosa, es oscura a la luz del día. –De acuerdo, –concede Aisha– pero como dijiste hace poco, si una no sabe nadar bastan dos metros de agua para ahogarse. Quiero decirte que estando virtualmente en el desierto.... De acuerdo, al norte, tal vez, estrictamente hablando, lejos, fuera del Rub al Chali, pero en el desierto de Nafud. O en el medio de un lugar que está de todos modos dentro de sus límites, y para colmo de males, sin agua... –No me des más ánimos, ¿quieres? ¡Ya tengo suficiente con el hurto, con el cansancio, con la sed! –Bueno, no era la intención desanimarte, yo solo quería decirte que por fin comprendí... A medida que el cansancio, la desesperanza y el tiempo hacen su trabajo a Meutas le cuesta cada vez más sobreponerse al encono que


siente. Malhumorada, interrumpe a la que habla con un “¡calla!” y un gesto que puede verse solo gracias a la tenue luz de las estrellas. Se hace un silencio y Meutas pronto se siente apenada, arrepentida de su actitud y dice con tono conciliador: –Sin duda tiene que haber un punto desde el cual la distancia en línea recta hasta el oasis más cercano sea la máxima posible. Un punto desde el cual cualquier desplazamiento que una realice, la acerque a un oasis. Ese punto sería, a los efectos, si no el centro geométrico, el centro virtual del desierto. Pero no estamos allí; no es el caso. ¿Qué decías? –Sí, está bien... iba a decir que comprendí, gracias a ti, oh Meutas, que los humanos en realidad carecemos de lo que más nos preciamos: el libre albedrío, la libertad de elegir, de decidir. Pensando en eso siento una desazón y una melancolía igual a la que experimenté ¿sabes? cuando caí en la cuenta de que ni siquiera usando todos y cada uno de los días que me restaran por vivir la vida más larga podría leer los pergaminos que poseo, es decir, los que entonces poseía. El fresco comienza a apretar, a hacerse sentir, a acercarse al frío; ambas mujeres, rendidas por el cansancio de la marcha, se tienden juntas y a poco se quedan dormidas. En el instante en que vuelve a aparecer el fenómeno celeste sobre el horizonte, la señal anunciada por el Horóscopo astral, que proclamaría el nacimiento de la Enviada y mostraría el camino del Lugar, la más joven abre los ojos. Sin moverse, aguza el oído contra la arena. Un sentido nuevo, cuyo origen y causas no habría sabido explicar, la hace oír pisadas. ¿Era la brisa, apenas perceptible, que se las traía? Se imagina o sabe que son los pasos de algunos dromedarios que marchan en las cercanías. Se pregunta si no será Farida, pero después de pensar un poco no acepta la idea. ¿Una ladrona arrepentida? Es improbable, y menos tratándose de Farida, de modo que descarta la explicación enseguida. Por un momento se olvida de la situación extrema en que se encuentran y parece sumergirse en un mar de ideas, preguntas y especulaciones del que regresa de improviso, desentumeciéndose. De pronto se da cuenta de que ya no oye los pasos y con un súbito nudo en la zona del corazón se pone en pie, veloz; mira hacia todos lados, sin ver nada más que el


paisaje alucinante del páramo negro, alumbrado apenas por la neblina sideral. Hacia el poniente la nueva Estrella, signo que las había puesto en marcha y aún las guiaba, proyecta sus rayos sobre la línea quebrada y apenas discernible del horizonte nocturno. Aisha aguza la vista, aguza el oído, existe en el espacio y el tiempo con el corazón oprimido. ¡Allá están, lejanas, pero ciertas! En el camino de plata que la Estrella derrama sobre el oro apagado de la arena, la esperanza de la sabia divisa unas figuras móviles; ¡beduinas! y la vista se afina aún más hasta que con nitidez divisa las siluetas de tres dromedarios y un ser humano. –¡¡HEEEEYY!!! ¡¡¡OHOOOOYYY!!! –grita Aisha, y agita los brazos, desesperada, como una náufraga en el mar que de pronto divisara un barco en el horizonte; grita por reflejo y por necesidad, aun sabiendo que desde esa distancia no pueden oírla. El grito retumba en el silencio y parece volar sobre la superficie ondulada, y es tal su potencia que pudo haberse dicho que llegaría hasta el propio Lugar. Meutas se despierta sobresaltada y, habiendo comprendido de inmediato de qué se trataba, también se incorpora. Como su compañera, ve las figuras y enseguida suma su alegría y su desesesperación y sus gritos a los de Aisha. Las figuras de los rumiantes están a dos, tal vez a tres estadios de distancia de las astrólogas; se mueven, continúan, la beduina no parece reaccionar con los gritos. Las mujeres terminan de comprender que gritando no alcanzarán a detener a la beduina y enseguida se ponen a correr hacia las figuras. Dan voces y se entierran en la arena negra y fría, tropiezan, ruedan y vuelven a incorporarse, cada vez como si recién hubieran empezado a correr, sin cansarse. Corren y corren, gritando como poseídas por una locura de desahuciado. Van como en una pesadilla: la distancia entre ellas y los jamales no aumenta, pero tampoco disminuye. Van en pos de su salvación a una velocidad igual a la que lleva aquella caravana, que continúa su marcha, imperturbable, hacia el norte. Los gritos y la carrera se prolongan por un tiempo que a las mujeres se les hace interminable. A veces pierden de vista a las figuras, por estar la caravana o ellas en una hondonada; a veces les parece que la ven más cercana, que la viajera de los dromedarios tiene que haberlas oído.


Pero se desgañitan sin provecho, pues el aire seco se mueve, apenas, desde la dirección que llevan los dromedarios hacia ellas. Han quedado roncas de gritar, inútilmente. La arena y las depresiones y elevaciones del terreno absorben el sonido de las voces, y es mucha, tal vez creciente, la distancia que las separa de la caravana. El tiempo y el esfuerzo continúan como continúa igual la situación, solo que las mujeres se sienten cada vez más cansadas y sus gargantas más secas. En determinado momento, casi cuando están por coronar el ascenso a una duna, la mayor de las embajadoras no puede más y se desploma, ya sin fuerzas y sin esperanza de recuperarlas. Aisha vacila entre continuar su carrera en pos de la caravana o quedarse a ayudar a su compañera. –Continúa tú –logra decir Meutas–. Yo... no... no puedo más – agrega, con enorme dificultad. Le parece que la lengua no le cabe en la boca, que no es sino un enorme trozo de madera caliente que tiene entre los dientes. –¿Dónde guardas la yesca? –le pregunta Aisha. Termina de formular la pregunta y se da cuenta de que Meutas ha tenido razón al profetizar un sentido oculto en los objetos que la ladrona les ha dejado. Meutas apenas puede hablar. –...morral... –jadeó, señalándolo. Aisha busca y encuentra la yesca y el pedernal. Se desnuda por completo, hace un bulto con su albornoz y sus pañuelos y con zancadas enérgicas termina de trepar hasta la cima del médano. Desde allí puede divisar la caravana todo el tiempo, sin que ninguna hondonada logre ocultarla a su vista. Hace una brasa con la yesca; con un soplido hace arder una llama pequeña que enseguida aplica al atado de ropa. Con cierta dificultad al comienzo pero con entusiasmo después, las ropas de Aisha arden en la noche. Las llamas se elevan, temerosas al principio, firmes y francas después, hacia el misterio del firmamento, arrojando luces de infierno y sombras súbitas, fugaces, indecisas sobre el cuerpo desnudo y aún vigoroso de Aisha, sobre su cabeza de pelo algo encanecido y largo, sobre el bulto jadeante, exangüe en que ahora se ha transformado Meutas. Un humo pesado y acre, que de día habría sido negro, se derrama en torno de las mujeres, afligiéndolas, recordándoles, con su olor áspero, que apenas hay brisa, que la noche


II

La noche en que decidió abandonar a sus compañeras de viaje y huir con los tres dromedarios, Farida había estado observando el nuevo fenómeno celeste que el Horóscopo les había anunciado. Lo había estudiado mediante su aparato de cristales de aumentar, en silencio, con minuciosa precisión. De las tres astrólogas Farida era la que tenía mejor vista, mayor experiencia y mejores conocimientos sobre estrellas y planetas, sobre constelaciones y cometas. Había llegado al convencimiento definitivo de que aquella luz nueva, aquella anhelada y misteriosa estrella en realidad no era nada divino, ni era anuncio de ninguna embajadora de ninguna diosa, ni tampoco un astro nuevo, sino lo que por temor a las represalias del poder nunca se había animado a revelar, ni siquiera a sugerir: la conjunción de Júpiter y Saturno. Farida conocía a las otras, las astrólogas Meutas Kœlat y Aisha Pari, desde hacía años y estaba segura de que mientras tuvieran en mente las predicciones del Horóscopo nada habría de hacerlas cambiar de opinión. Especialmente a la primera. En caso de que mediante los lentes de aumento pudiesen verse dos planetas y no un nuevo astro en el cielo, por último, argumentaría Meutas, ¿cómo podrían ellas estar seguras de que no se trataba de un engaño de la vista o de una interpretación equivocada de los datos que se obtenían de los instrumentos? Al fin y al cabo, diría, nadie podía probar que los propios cristales de aumentar tuviesen una existencia real. Porque ¿quién sabía? Tal vez todo era producto de la imaginación, tal vez la propia Aisha y la propia Farida no eran sino proyecciones. Creaciones de su mente... Acaso ella, Meutas, estaba sola en el Universo... Puesta


a dudar, pensaba Farida, Meutas era capaz de dudar incluso de que estaba pensando. Farida no creía que un ciclo de doscientas veces diez años hubiese terminado y otro nuevo comenzado; por consiguiente había sido escéptica desde el principio sobre que una nueva Princesa de la Paz hubiese nacido en el Lugar, y que un nuevo astro lo fuera a señalar, si era que de verdad iba a surgir. De hecho, tampoco creía en el Horóscopo. Con suficiente fundamento, opinaba, consideraba tontas todas esas creencias; ingenuas en el mejor de los casos. La erudita podría haberlas aceptado o tolerado si no hubiese sido porque la suprema sacerdotisa y el Consejo de Sabias en pleno la habían nombrado, junto con Meutas Kœlat y Aisha Pari, para lo que se consideraba el alto honor de viajar para encontrar y recibir a la Enviada. Tal distinción, que Aisha había calificado de “exagerada” y Meutas de “inmerecida”, no lo era para ella en absoluto. Por el contrario, deseó rechazarla. Ninguna gracia le había hecho tener que alejarse de sus maridos y de sus hijas e hijos. Sin embargo, considerando las circunstancias, no se había animado a declinar el nombramiento, ni siquiera se había atrevido a decir, como Aisha y Meutas, que era excesivo el honor que le hacían. Farida tenía tantos bienes y poder en el reino que, de haber rechazado el nombramiento, arriesgaba a perder mucho; quizá incluso la habrían castigado con prisión o destierro. Tampoco había podido aducir que, en realidad, no creía o no tenía fe: la habrían considerado apóstata, loca o criminal; tal era el poder del Consejo y de la suprema sacerdotisa. Apenas esta hizo el anuncio del advenimiento de la hija de Ishtar, la noticia cundió rápida por la ciudad. Pronto Ecbatana lució sus calles adornadas con palmas y flores para festejar la llegada al mundo de la Inspiradora, de la Nueva Princesa de la Paz, de la Redentora de las mujeres y, también, de los hombres. Una vez tomada la decisión de enviarle regalos con representantes del reino, y recibirla y adorarla en nombre del imperio, Farida temió que la designaran a ella. Temió porque ella era una candidata natural, por su prestigio y conocimientos. Por otro lado temió porque la atormentaba una incredulidad radical. Enfrentarse a tan descomunal tarea como era emprender el viaje pensando que era disparatado la


llenaba de aprensión. Era un sentimiento que una vez, en la calma que sintió en su alcoba después de haber usado a placer algunos de sus hombres y después de haber meditado sobre las consecuencias de sus dudas, pudo definir como temor. Era un temor vago, tal vez miedo a lo desconocido, a perder la vida en el intento, o terror, acaso, de encontrarse consigo misma o con aspectos desconocidos de sí misma. Farida tuvo miedo de emprender el viaje, miedo de lo que podía llegar a cometer. Su propia incredulidad la atormentaba. En medio de aquella élite poderosa de creyentes, Farida sufría cuando la duda y el escepticismo se presentaban en forma de preguntas. Ante cada dogma, ante cada afirmación, ante cada creencia, surgían las interrogantes, la perseguían y la acosaban, exigiéndole unas respuestas que ella no podía darse sin que surgieran nuevas preguntas. Tampoco podía obtener respuestas de las demás astrólogas, y menos buscarlas entre las sacerdotisas o la gente del pueblo. ¿Por qué habría Diosa elegido ciclos de dos mil años para regir la vida y destinos de los humanos, y no ciclos de mil, o de tres mil años, o de cualquier otra cifra? ¿Por qué, justamente, ciclos? ¿Y habría una sola deidad, como creían las judías descendientes de las antiguas cautivas en Babilonia, o serían muchas las diosas, como aseguraban en Grecia y en Roma y en Egipto? Y si fueran muchas las diosas, ¿cuántas, además de Ishtar, de Ninhil y de Damkina? ¿Y si fuera solo una, ¿por qué habría de enviar, cada tanto tiempo –un tiempo que nada era en las dimensiones de lo divino, pero demasiado para los parámetros humanos–, Princesas de la Paz? Y esas Princesas de la Paz, como decían que había sido Melquisa, y otras, antes, ¿por qué no habían traído la paz a los humanos, sino guerras interminables? ¿Por qué Ishtar, temida entre las diosas, habría siempre de servirse de mujeres, y no de hombres, como emisarias de sus designios? ¿Aunque fuera alguna vez? Si Diosa o las diosas querían la paz, y eran omnipotentes, ¿por qué no la imponían de una vez en la mente de todos los humanos? ¿O no les interesaba la paz? ¿Una diosa podía no tener todo el poder? ¿O no era Ishtar todopoderosa? Y si lo era, ¿no implicaba eso que sabía, que tenía que saber, desde antes de la creación, todo? ¿Incluido, por tanto, lo que habría de suceder? ¿No


debería, razonablemente, tener que saber quiénes habrían de ser justos y quiénes réprobos? ¿Quiénes habrían de salvarse a su vera, para siempre, y quiénes vagarían por la eternidad en las regiones lóbregas de los infiernos? Y si Diosa lo sabía, por todopoderosa, ¿no estaban entonces los humanos predestinados? ¿O era que Diosa había creado el mundo pero no tenía la menor idea de qué demonios iría a suceder hoy, mañana, dentro de un mes? Ah, eso sí: que no se le exigiera tanto a Diosa. ¿No había hecho Ishtar lo suficiente con crear todo? Ya saber el devenir y ver en el futuro no le incumbía... Y si le incumbía... Como las flechas que arrojara una arquera enemiga, una tras otra, heridoras, así le llegaban y así se sucedían las preguntas y sus posibles respuestas en la mente de Farida. Y no podía menos que sospechar que quizá la solución era simple: la espantosa y angustiante Ausencia de Diosa. El pensamiento era tan inconcebible como lo que sostenían algunas: resultaba que el cielo, el firmamento, el universo, tenía una forma y tenía un límite. La aserción no toleraba la pregunta ¿qué hay más allá del límite? Pero tampoco la respuesta “No hay nada”. La idea de un Universo ilimitado era igualmente intolerable, así como era inaceptable, para Farida, la conclusión de que nadie, y ella en primer lugar, sabía nada. Era intolerable la idea de que había y de que no había Diosa; era intolerable la idea de que, de existir, Ishtar no era todopoderosa, y la de que lo era. El Universo no podía, razonaba, ser limitado e ilimitado a la vez. Era o bien un imposible o bien otro. Tampoco podía ser ilimitado a veces y limitado otras. Tal vez se pudiera concebir, creía, uno que tuviera límites en una parte y careciera de ellos en la otra: con un comienzo pero sin un fin. A su vez, si tenía un comienzo y un límite, quería decir que había habido un acto de creación. Pero Diosa no podía haber existido antes de la creación: era absurdo, pues ¿qué hacía? Y llegaba a otro absurdo: Diosa tenía que haberse creado a sí misma en el acto mismo de la creación. ¿O fue la creación lo que creó a Diosa? Pensar en esas cuestiones se le figuraba como una caída interminable en un abismo, porque no sabía detener la caída, como otras, aferrándose a una creencia. Apenas empezaba a indagar y a encontrar respuestas posibles le surgía de inmediato una desazón,


que provenía de la duda y de su falta de fe. Y cuando se obligaba a no pensar, Farida se sentía la más miserable y desgraciada de las mujeres; tal vez, de los seres humanos. Una vez, hacía años, había formulado algunas de esas preguntas a la suprema sacerdotisa. Se trataba, en apariencia, de preguntas epistemológicas, referidas a la ciencia de los astros, pero eran, a la vuelta de cualquier indagación, religiosas, teológicas y, por último, ontológicas. Años después Farida tuvo que reconocer que la respuesta de la sacerdotisa había sido ingeniosa: una podía imaginarse dos, cinco, tal vez ochenta y siete dátiles, pero no, por ejemplo, setenta y cinco mil ochocientos veintinueve dátiles. Había, pues, un límite en la capacidad de imaginar cifras. Había que aceptar que, así como la capacidad de imaginación de las mujeres era limitada, también lo era su capacidad de comprender los designios de Diosa al hacer un Universo tal como era. Las magnitudes, realidades e ideas que una era capaz de solucionar eran finitas. Entre ellas no estaban las de la esencia de lo divino. Había que aceptar la insignificancia propia, la incapacidad propia, la indefensión propia de la mente. ¿Era posible que una hormiga comprendiera lo que significaba una mujer? ¿Que entendiera sus cálculos, su lengua? Del mismo modo, la mujer, y mucho menos el hombre, no podía comprender la esencia de la divinidad. Farida era propensa en extremo a aceptar esas debilidades e incapacidades en otras, pero no en su persona. Y no porque fuera egoísta, sino porque su sed de conocimiento y certeza no se lo permitía. La noche en que se designó a Meutas, a Aisha y a Farida para partir en busca de la recién nacida Redentora de los humanos, la suprema sacerdotisa les aseguró que el Lugar estaba hacia el Poniente. Farida quería saber exactamente dónde, y se consultó al oráculo. La respuesta fue inapelable: en medio de la Marcha hacia la Enviada, en camino hacia la Princesa de la Paz, una Estrella nueva, indiscutible señal de Diosa, les mostraría el camino. Y al amanecer del día siguiente, rodeadas de fastuosas ceremonias y discursos, las despidieron al pie de la torre del observatorio de Ecbatana. Que partieran ya, con oro, incienso y mirra para la Enviada de Diosa, para la Nueva Guía de los humanos.


Farida y Meutas tenían en su haber varias disputas, debates y polémicas. Algunas habían sido de carácter privado; la mayor parte de ellas se habían mantenido y ventilado en público. Habían discutido hasta el encono sobre la manera con que, en la época en que había generales hombres, uno llamado Ciro había desviado el Éufrates para rendir a Babilonia; habían polemizado sobre el carácter divino o semidivino atribuido por Meutas a Nabucodonosor; habían debatido sobre la existencia o inexistencia de un reino subterráneo en la Tierra y en torno a una serie de otras cuestiones eruditas. Y nunca llegaban a un acuerdo; parecía que el gusto estaba no en sus propios razonamientos sino en la manera de esquivar los argumentos contundentes, en el modo de eludir el momento y circunstancia de reconocer que estaban en un error. De todas aquellas polémicas la más prolongada, la más célebre y la más comentada por la gente fue la controversia de los insectos. Una viajera había llegado a Ecbatana con la noticia de que un amanecer, en un reino situado en la costa occidental del África, llegó algo jamás antes visto por los seres humanos. Una extraña nube sonora y con reflejos había encapotado el cielo durante casi toda la mañana, sumiendo a los habitantes de aquellas tierras lejanas en una oscuridad con momentos, si no de luz franca, de resplandores plateados y dorados desde el cielo, una cerrazón inexplicable y aterradora. Las sacerdotisas anunciaron el fin del mundo y las mujeres reaccionaron de las maneras más diversas: unas elevaban plegarias, otras se dedicaban a fornicar, otras emprendieron la huida, abandonando casas y enseres y maridos, llevándose solo a sus hijas e hijos. Según la viajera, que había presenciado el flagelo, esa nube estaba compuesta por insectos voladores. Los animales habían comenzado a caer hacia el suelo, primero por decenas y centenas, luego por miles, por millones, sobre las palmeras, sobre los árboles frutales, sobre los cultivos de hortalizas, sobre las plantaciones de albaricoques, sobre el pasto y la tierra, sobre los animales y las casas. Con un ruido permanente producido por millones de mandíbulas trabajando, una al lado de la otra, sin dejar espacio entre una y otra, el hervidero de animalitos cubrió todo y los insectos devoraron todo lo que podía comerse en el primer día.


Durante el segundo día el azote aterrorizó a la gente, que comenzaba a distinguir, bajo la miríada de pequeños bichos, estructuras como calcinadas donde antes había habido copas de árboles, mustios troncos, mástiles absurdos donde antes se alzaban palmeras, y armazones de paredes de adobe y barro perforado donde antes había habido casas. El día tercero el enjambre comenzó a orientarse hacia el gran mar de occidente; empezó la calamidad a moverse al unísono rumbo al poniente y de pronto los insectos, por millones y millones, se hicieron de nuevo nube y volvieron a ensombrecer el cielo y la tierra y ocultaron el sol durante una tarde, hasta que terminaron por desaparecer. Según la testigo no quedó en el lugar ninguno vivo, solo unos pocos, y muertos. No dejaron nada verde o tierno tras de sí. Ni una brizna que pudiera comerse. Allí donde había habido pasto y arbustos no quedaba sino tierra y piedras. La gente, como otro enjambre, tuvo que emigrar en busca de alimentos. Muchos, según la viajera, murieron de hambre y enfermedades en el camino. Al escuchar esto Meutas había dicho que se trataba de varios millones de hormigas voladoras. Farida, por su parte, pidió a la viajera que le describiera los insectos, que le hiciera un dibujo de cómo eran. Después, al verlo, anunció que se trataba de langostas, y que no habían sido millones, sino billones. Meutas admitió que podía tratarse de varios millones de animales, tal vez decenas o incluso centenares de millones, pero nunca billones. Y sostuvo, ahora más convencida, que no pudieron ser langostas, sino hormigas voladoras, puesto que las langostas nunca se reproducían en tamañas cantidades, y sí lo hacían las hormigas. Entonces estalló la disputa. Hubo cálculos matemáticos para tratar de determinar la superficie que podía haber tenido la nube, tan grande como para cubrir la cúpula celeste e impedir el paso de la luz solar; impugnaciones de las tesis y de las hipótesis, consultas a las autoridades de la antigüedad e incluso al oráculo, vindicaciones que fueron célebres, odiadas, citadas. La discusión se prolongó durante una semana y la gente llegó a dividirse en dos bandos; el de las hormigas y el de las langostas. Nunca se llegó, sin embargo, a una conclusión válida y aceptada por todas, porque los cálculos


matemáticos daban resultados diferentes según las premisas de que partieran y las respuestas del oráculo nunca fueron contundentes sino, como casi siempre, ambiguas y sujetas a interpretación. Cuando la disputa parecía haber amainado, surgió otra, a raíz de la afirmación de Farida en el sentido de que los pobladores no habrían pasado hambre con la plaga si hubieran sabido que las langostas podían comerse, fritas, a la sartén. No solo eran comestibles, repetía Farida a quien quisiera escucharla, sino sabrosas y alimenticias, lo que fue negado rotundamente por el bando de las hormigas encabezado por Meutas. Por supuesto que no se había tratado de langostas sino de hormigas voladoras, aseguraban, pero aun si se hubiese tratado de langostas los pobladores de todos modos habrían pasado hambre, porque las langostas eran incomibles, decían unas, mientras otras afirmaban que, además, eran venenosas. Como en todo el imperio no había ni noticias de una sola langosta que pudiera ser comida por un esclavo, para confirmar o refutar la asevereración de Farida, la discusión terminó por cansancio, cuando ninguna prueba o documento pudo aducirse, ni a favor ni en contra de la supuesta comestibilidad de las langostas. Además de ésa y varias polémicas anteriores, incluida una lejana y oscura disputa por esclavos sexuales, las separaba, pensaba Farida, la personalidad de Meutas Kœlat: conservadora, cuidadosa, segura... o cobarde. Farida pensaba que lo que la irritaba en Meutas era una forma de la cobardía; esa sórdida pequeñez de aferrarse a lo conocido, a lo comprobado y a lo seguro. Semejante falta de audacia, de vuelo intelectual, era difícil de tolerar en alguien que aceptaba ser reconocida como portadora de un conocimiento práctico y vasto, no solo basado en los textos de los pergaminos. La irritaba también la inclinación de Meutas hacia la filosofía especulativa y sofista, de rancio cuño griego, que incidía siempre en el mismo tema: la falta de libertad del ser humano. Los argumentos y razonamientos de Meutas eran tan inobjetables como nada convincentes, porque pese a su acendrado perfil chocaban contra la evidencia de la vida. Había, además, una cuarta razón por la que Farida le tenía especial aversión, aunque jamás habría aceptado que ese motivo fuera válido, y era el aspecto físico de Meutas, su cara: Meutas tenía, opinaba Farida, cara de lagartija. Y tanto que, para


Farida, Meutas era “La Lagartija”. Farida o, tal vez sin ella saberlo, una parte desconocida y taimada de Farida, quería descalificar a Meutas como erudita. Oscuramente deseaba humillarla, castigarla, infligirle algún tipo de daño o afrenta. Fue esa Farida, no la reconocida y apreciada astróloga, quien intuyó, en la noche antes de la partida, su destino de ladrona, la voluntad homicida que la hizo incluir en su equipaje un preparado de hierbas somníferas. Farida no podía menos que admitir que el Horóscopo de la Suma Venerada Sacerdotisa Suprema había sido certero en infinidad de predicciones. Por eso, cuando en medio de una noche estrellada en el límite norte del desierto de Nafud las tres sabias vieron por primera vez el fenómeno anunciado, se alegraron e incluso se emocionaron, pero no sintieron que estuviesen en presencia de Lo Numinoso, porque ya la sacerdotisa suprema les había anunciado que verían la Señal. Meutas y Aisha se maravillaron de la precisión del Horóscopo, pero no más que si se hubiesen encontrado con un oasis anunciado por alguien que ya hubiese estado en él; simplemente sabían que eso iba a ocurrir. –¡¡La Señal de Ishtar!! –gritó Aisha, cuando la evidencia del fenómeno se hizo intolerable en la oscuridad creciente del firmamento. –Tenía razón el Horóscopo... –aventuró Meutas. –¡Tenía razón el Horóscopo! –repitió Farida, con los puños en las caderas e imitando la voz cavernosa y lenta de Meutas. Ahora, lejos de las represalias del poder, podía darse el gusto de cuestionar, de poner en duda el propio Horóscopo. –¿Y si no fuera una estrella nueva –continuó–, sino un planeta nuevo? ¿No ven que la luz es amarilla? ¿No ven que no muestra pulsaciones, sino que alumbra permanente? –Nada de eso importa: el Horóscopo nos la ha anunciado, y ahí la tienes –dijo Aisha, señalándola–. ¿O es que no la ves? ¿No es una estrella nueva? –Sí que es nueva, pero no sé si es estrella. Las estrellas tienen otro color en general, y la luz... –¡Por Ishtar! No iba Diosa a señalar el nacimiento de su Enviada con una estrella más –dijo una Meutas ya algo irritada–. Tiene que ser


con una que alumbre de modo diferente. –¡Qué castigo! ¿Qué hice yo para merecerlas, para tener que soportar tu compañía? –replicó Farida, sin intentar ocultar el desprecio que sentía por las plenipotenciarias del reino y, en particular, por Meutas. Farida había tolerado durante más de dos meses de marcha lo que consideraba las fatuidades y tonterías de Aisha Pari pero el tono magistral y mesurado de La Lagartija Meutas la traía irritada en grado sumo. Pensó entonces que esas mujeres pertenecían a la peor especie de sordas: a la de quienes pudiendo escuchar, no lo hacían porque se les había antojado que no debían hacerlo. Porque se les daba la real gana. Farida contrajo los músculos de las mandíbulas, retiró de la alforja sus cristales de observar y después de una meticulosa instalación los enfocó en silencio hacia el fenómeno celeste. No tardó en convencerse que se trataba de lo que había estado sospechando desde hacía semanas. Era tan sencillo como que los planetas Júpiter y Saturno estaban coincidiendo, y sus tontas acompañantes, lo sabía, se negarían a aceptar la evidencia. Saturno reforzaba, por atrás, la luz de Júpiter. Así de fácil. –Vean ustedes, señoras astrólogas, cómo tengo razón –dijo Farida–. Es solo asomarse y usar los ojos y la cabeza. Ea, venir, mirar y sacar conclusiones. Meutas adujo que no era necesario comprobar nada con los cristales de aumentar e incluso sugirió que podía ser ofensivo para Ishtar dudar de la palabra del Horóscopo. Aisha, por su parte, dio una rápida mirada y aseguró que lo que se veía era una nueva estrella y nada más. Lo asombroso, pensó Farida, no era que las imbéciles se negaran a admitir aunque más no fuera la duda. Lo increíble era que la sacerdotisa máxima lo había sabido. No podía no saberlo, pues había sido maestra suya en la Academia Imperial de Astrología, era una estudiosa empírica del movimiento de los astros, además de astróloga. Por alguna razón de lo que convenía a las bibliotecarias, sacerdotisas y maestras, o por razones de Estado, ella, la máxima autoridad después de la emperadora, les había mentido. Miserable o hábilmente, pero les había mentido. Había querido deshacerse de


ellas, alejarlas, por algún motivo que empezaba a esbozarse, a perfilarse, a hacerse cada vez más obvio, de Ecbatana, del centro donde se tomaban las decisiones más importantes del imperio. No sería de extrañar que, al regreso, se encontraran con que la sacerdotisa máxima, aprovechando uno de los frecuentes viajes de la reina a Rhages, se hubiera proclamado reina emperadora, hubiera hecho arrestar a la legítima monarca y detentara la suma del poder político y militar. Una ira sorda y subterránea se adueñó de la pensadora al tiempo que tomaba la decisión de castigar aquella ceguera voluntaria de sus dos compañeras de viaje. Farida sintió el desprecio más profundo por Aisha y por La Lagartija. Sobre todo por esta última. Tuvo el sentimiento de que no valían la pena, que sus vidas mismas eran un absurdo, una grotesca equivocación. De haber podido, las habría aplastado ahí mismo como a cucarachas. Resolvió, en cambio, llevar a cabo lo que sin ser consciente del todo había decidido hacer ya antes de la partida: las dormiría con el preparado que había llevado consigo; las dejaría solas, en pleno páramo, para que se murieran de sed. Retornaría sola, o tal vez no retornaría, pero lo que no haría era continuar aquel viaje absurdo hacia la Princesa de Ninguna Parte, hacia la Guía de Ningunas Humanas. Ishtar misma probablemente no existía. Y de existir, en todo caso, no podría haber sido tan necia como para enviar a los seres humanos, su propia creación, otra creación, una simple recadera a la que le daban el pomposo nombre de Princesa de la Paz, un ente que, en el mejor de los casos, ninguna guerra impediría. Mientras estos pensamientos la recorrían y la sublevaban, Farida Kahyam estuvo en silencio observando la conjunción planetaria. Los cristales de aumentar hacían que las luces de ambos astros se diferenciaran; observando con más detenimiento hasta podía divisarse lo que apenas se insinuaba: la superficie de los planetas, y, atrás de Júpiter, un halo, como si Saturno tuviese no una luz homogénea sino una elipse o un anillo en su torno, especuló, aunque era difícil precisarlo, y podía tratarse de una desviación de la luz producida por el cristal. Pero no había dudas: se trataba del resultado de la suma de las luces de dos planetas, distintos entre sí, esféricos, móviles e imperfectos. Mas lo que era obvio y observable para ella, aún era el Misterio Divino para Meutas y Aisha. Eso la ponía fuera de


sí y no podía entender cómo se negaban a observar e interpretar el fenómeno, pese a que ella había insistido. De modo que desmontó el aparato y les dijo que podía ser que tuvieran razón, que lo más probable era que ella estuviera equivocada, dado que no era fácil sino difícil cuestionar la autoridad del Horóscopo, y que el tiempo habría de mostrar quién estaba equivocada. Cuando llegó el momento de comer el preparado de sémola y carne de buey salada, la comida estándar para el viaje, ya la decisión estaba tomada. En ese momento Aisha estaba contándoles lo que una vez su madre había visto en un bazar de bestias salvajes de Damasco, cuando ella era niña. Su madre, decía Aisha, había viajado hasta Damasco para ver si podía adquirir un león de carreras por un precio razonable, pero bien pronto quedó prendada por la maravilla más extraordinaria. Era un pájaro nunca antes contemplado por ojos humanos. Tenía un pico corvo y grande, amarillo; sus plumas eran multicolores y su larga cola medía dos codos. Pero lo más increíble era que el ave hablaba. Decía palabras sueltas, a veces grupos de palabras e incluso hasta frases y oraciones con un sentido. Tenía un vocabulario mayor que el de una niña de cuatro años y se podía dialogar con ella. La voz era aguda y ronca a la vez y era notable cómo el pájaro podía imitar el registro de la voz de quien le dirigiera la palabra. Mientras Aisha hablaba, no le fue difícil a Farida, ayudada por la oscuridad, aprovechar un descuido de la narradora y espolvorear con hierbas somníferas los recipientes donde estaba la comida de Meutas y Aisha. Después Farida tomó la palabra y empezó a contarles una historia sobre el perro bailarín de una de sus hijas. Al cabo de poco rato sus compañeras estaban dormidas. Ahí estaban, por fin. Yacían a su entera disposición. Farida las despojó de todo, pues todo lo que cada una tenía era valioso o útil; lo cargó en las alforjas y preparó las riendas de los dromedarios. Luego se arrepintió y les dejó en la arena, a su lado, un bolso con todo el dinero que llevaban, yesca y una caramañola con agua como para un día. Quiso pensar que era un gesto de humanidad; en lo profundo de sí misma sabía que se trataba de una burla cruel. A modo de mensaje, como para indicarles que se purificaran antes de morir, también les dejó incienso y mirra. Empacó todas las tiendas y las restantes


vituallas en las alforjas, ató los dromedarios uno detrás del otro y así, después de haber hecho sus necesidades, estuvo lista para partir. Sin embargo, como sabía que el somnífero era potente y que no despertarían sino por lo menos medio día más tarde, y puesto que no le gustaba marchar de noche, aguardó a que el cielo comenzara a aclarar antes de ponerse en movimiento. La dominaba una sensación de sereno regocijo, un sentimiento placentero que no dejaba lugar para ningún remordimiento, ningún pensamiento de misericordia o piedad. Pensó un instante que mejor sería degollarlas: un tajo limpio y definitivo; sin embargo prefirió poder imaginar, en el futuro, las últimas horas, tal vez los últimos días de vida de sus antiguas compañeras de viaje. Sí, mejor eso en lugar de convivir con el recuerdo de un golpe de alfanje sobre los cuellos. Durante esas horas de espera Farida rememoró su vida. Añoró los jardines de su casa, el observatorio de los astros, sus hombres y amantes, sus esclavas, su numerosa progenie. Por fin se puso en camino: el sentido de la orientación de los animales no falló y pronto tomaron rumbo hacia El Dbehr, el oasis más cercano. Cuando se hubo alejado un par de estadios de La Lagartija Meutas y de su acompañante, Farida detuvo a los jamales en una zona relativamente llana. De una de las alforjas extrajo una cinta de algodón hilado, ancha como un dedo, que extendió en línea recta en toda su extensión, medio estadio. Al llegar a la punta extrajo de la misma alforja un pequeño cilindro de vidrio, del tamaño de una vaina de puñal, con unas líneas horizontales a modo de marcas. El artefacto estaba estrechado en el medio y una de las mitades estaba llena de arena hasta sus tres cuartas partes. Dejó que todo el contenido pasase hasta la mitad inferior y entonces, al mismo tiempo que se puso en marcha, dio vuelta el tubo. La arena comenzó a caer, en tenue hilo, mientras la erudita recorría la extensión de la cinta. Al llegar al extremo, observó cuánta arena había caído e hizo algunas anotaciones. Hizo el recorrido inverso y llevó la cuenta de la cantidad de pasos que el animal daba; al terminar el recorrido los anotó sobre un trozo de papiro. Repitió la operación, esta vez llevando un paso más firme y volvió a escribir el resultado. A partir de la relación entre el tiempo y la distancia recorrida, con la ayuda de un pequeño ábaco


III

La mujer vivía del comercio con bestias. Se había especializado en animales de carga y transporte: burros, mulas, caballos, ungulados. También, del juego de azar, de las apuestas. Ahora viajaba con dinero en abundancia, un solo dromedario y la intención de adquirir más. Era una gran charlatana y comenzaba a sentir la soledad. Hacía dos días que se encontraba en El Dbehr, adonde se había dirigido para que su animal reposara y engordara luego de un prolongado viaje. Había aguardado, inútilmente, la llegada de otras comerciantes con quienes jugar a las suertes o, por lo menos, intercambiar cuentos, novedades e historias. Pasado ese tiempo, había resuelto partir esa noche, ya que prefería hacer bajo los astros, evitando la canícula, la mayor parte del camino que aún le restaba. Como soportaba mejor el calor que el frío, le resultaba más fácil dormir de día que conciliar el sueño por las noches. Quería aprovechar el fresco nocturno del desierto, el rigor que de todos modos la mantendría despierta, para pensar, para recordar la historia propia, las ajenas, para imaginar un futuro mejor. Cuando Farida llegó al oasis había comenzado a atardecer. El anaranjado del horizonte casi nocturno, hacia el poniente, era de una tonalidad carmesí que se iba tornando cada vez más pronunciada a medida que se acercaba el solsticio de invierno. Farida había estado en camino todo el día, salvo una pausa breve para comer y distraerse de sus pensamientos: venía mortificada ya por una especie de duda sobre lo justo o injusto del hurto de los animales y el abandono de sus compañeras, una duda cada vez más parecida a la vergüenza y al arrepentimiento. Si no había querido proseguir hacia el Lugar,


razonaba, ¿por qué no se había contentado con marcharse, ella y su animal, con desertar, con desaparecer, simplemente? Incluso podría haber evitado el sigilo, la noche: podría haberse despedido de las otras dos y haberse marchado adonde más le apeteciera; habría bastado con no regresar a Ecbatana. Habría sido un precio razonable, se decía, a cambio de no ocasionar la muerte de las otras. La arrogancia y la ceguera voluntarias de Meutas y, en parte, de Aisha, ¿justificaban que las hubiera despojado de los jamales? Además, se mortificaba, si lo que quería, lo que había querido, era la muerte de sus compañeras, ¿por qué no las había degollado cuando estaban dormidas? Esas y semejantes preguntas la habían acosado durante los doscientos cuarenta y dos estadios que ella con sus animales habían recorrido. Venía cansada del ritmo del viaje, del sol, de la arena, pero sobre todo de la soledad de esas pocas horas, de la minuciosa convivencia con el crimen cometido. Los dromedarios le recordaban, con su andar silencioso, lo que había hecho. La viajera se imaginaba que los animales comprendían la desmesura de su traición, y que de algún modo se lo reprochaban. Tal vez por eso había empezado a sentir irritación, una rabia sorda contra sí misma que, con el paso de las horas, había vuelto contra los animales, castigándolos a látigo, duramente, sin motivo. En aquel momento Farida quería solo retornar a sus hombres y a sus hijas e hijos, a sus instrumentos de observación y a sus papiros; deseaba solo encontrarse con su prole y su pasado, con sus marcos de referencia seguros, con un ámbito que la pusiera al abrigo de aquella dura intemperie del remordimiento. Desde lejos, ya en la landa donde estaba el oasis, la embajadora arrepentida había visto una luz de hoguera cerca de una tienda, el fuego donde la comerciante ahora calentaba agua para la comida. Farida se acercó, se apeó y saludó en voz alta a la mujer que ahí estaba, de pie, mirándola atenta y dispuesta a recibirla. Farida se le acercó con la mano izquierda en alto, en señal de saludo y amistad. Le deseó la paz en la lengua franca que se hablaba en toda la región. –Bienvenida, extranjera –respondió la otra–. Que la paz sea con usted. ¿De dónde viene? ¿Está cansada? ¿Ha comido? –Ha sido un viaje largo. Con gusto acepto, oh amiga, compartir su comida. Mi nombre es Farida Kahyam.


–El mío es Baal Tsahra. Por favor, siéntese. Farida indicó que antes de sentarse a comer le quitaría las monturas a los animales; la otra se ofreció a ayudarla y la recién llegada aceptó. Mientras acomodaban las alforjas cerca de la entrada de la tienda el sol terminó de ponerse y por el oriente comenzó a aparecer una luna llena. Los dromedarios ya estaban echados, aguardando que los aliviaran del peso de las alforjas. La comerciante se dio cuenta enseguida de que se trataba de excelentes bestias. Observó los tatuajes vistosos y muy bien hechos que tenían en el cuello. El palillo que llevaban atravesado en el hueso de la nariz, desde donde salían las riendas, no era de madera sino de marfil labrado. Baal Tsahra nunca antes había olido alientos más aceptables que los de aquellos tres dromedarios. Cuando terminaron de alivianar a los animales y los llevaron al estanque para que bebieran, las dos mujeres se sentaron a comer. Baal Tsahra le echaba miradas furtivas. La recién llegada era de cuerpo alto y delgado, pero sólido. Tenía pelo negro, las cejas apenas arqueadas, oscuras y muy juntas sobre una nariz alta y de fina curvatura, la boca firme, de labios generosos y el rostro todo dominado por un gesto altivo y elegante, como sus manos, de dedos largos y uñas cuidadas y cortas. Después de los comentarios de rigor sobre los condimentos y el sabor de la comida, la comerciante intentó enredar a Farida con el juego de suertes. No era solo por divertirse, por satisfacer un viejo vicio, por compensarse de esos dos días de soledad en El Dbehr, sino porque también había albergado la idea, la esperanza de ganarle en el juego una, tal vez dos de las bestias de carga. –¿Gusta del juego de suertes? –preguntó, mientras extendía un paño sobre la arena, como distraída. –Desafortunadamente, amiga, ni sé jugar, ni me interesa el juego. –Pues permítame decirle –dijo la mercadera–, que se pierde algo importante y estimulante. Si usted quiere, yo podría enseñarle. Farida no respondió de inmediato. La comerciante que tenía enfrente era una mujer de piel oscura, africana o de ancestros africanos. Estaría en los cincuenta años; era de mediana estatura,


cara grande y con tatuajes en la frente, nariz ancha y labios gruesos. El pelo que se le veía debajo del pañuelo era bastante canoso y enrulado como el vellón de las ovejas. Tenía la mirada esquiva y nerviosa de las mercaderas; levantaba la vista, daba una ojeada y tornaba a bajarla de inmediato. Siempre parecía ocupada en hablar, en fregarse sus manos regordetas y de dedos cortos, mientras se encargaba de que no quedase ningún silencio sin espantar. Dialogar con ella dejaba la vaga desazón que se siente al comenzar a hablar luego de haber interrumpido a alguien. –Gracias –respondió Farida después de la pausa–, pero es que no tengo deseos de aprenderlo. ¿A qué se dedica usted? –Al cambio: cambio animales por dinero, y dinero por animales. Viajo –soy oriunda de Zélaf–, visito mercados, transporto recuas de aquí para allá, y me entiendo con las mercaderas de toda la región. Las de estas zonas y las del Camino de la Seda. Las conozco a todas. Años atrás yo tenía bastante ganado de cerda; luego, hará ocho o nueve años, me especialicé más en bestias de carga. ¿Y usted? –Estudio los astros. Sus posiciones, sus movimientos... Se preguntará para qué sirven. Con mis observaciones, o, para decirlo de modo más preciso, con el resultado aritmético de mis observaciones ¿me comprende?, las astrólogas, en mi reino, hacen los horóscopos. –Aha. Y... ¿para qué...? –Los horóscopos son una ayuda, un ayuda valiosa ¿me entiende? para las jefas de las diferentes regiones... y también para la toma de decisiones de la emperadora. Los horóscopos resuelven problemas y deciden muchas empresas. Por ejemplo, si es apropiado plantar determinados cultivos, o si es conveniente emprender negocios o no. –¡Ah sí! Son fundamentales –concedió Baal Tsahra–. Por cierto que yo me baso mucho en los horóscopos. Sin los horóscopos, la vida sería imposible. –¿No es cierto? Siempre lo mismo desde que el mundo es mundo, y desde que los humanos somos humanos y no, como creen algunas, animales. Nosotros hacemos modelos ideales de la realidad. ¿Qué animal hace eso? Ninguno. Hacemos esos modelos para estudiar las cosas mejor, creemos. Claro que después hay que hacerles ajustes... Algún retoque a esos modelos... ¿Y usted, para qué comercia con animales? Es decir, ¿cuál es el objetivo?


–Pues tener lo mejor que puede tenerse en la vida. Dinero. –¿Sabe una cosa? –la interrumpió Farida–. Puede ser que usted tenga razón. Vea, no soy muy entendida, pero creo que lo mejor que tenemos no es el dinero. La mercadera levantó la vista para ver si la otra estaba burlándose de ella, para escuchar mejor la revelación que, evidentemente, pensaba hacerle. Echó un puñado de hierbas aromáticas en las brasas. El humo de la hoguera que ya se apagaba las rodeó con un olor agradable. –Es algo –prosiguió Farida– que disminuye constantemente: algo de lo que cada vez tenemos menos a medida que más vale. Y tal vez por eso mismo sea lo que vale más que cualquier otra cosa. La comerciante se admiró de aquellas palabras. Aunque nunca había pensado en el tiempo en aquellos términos, no pudo menos que admitir que la forastera tenía razón en un sentido profundo, nuevo para ella, y que cualquier otra afirmación estaba equivocada, si se la comparaba con la verdad de aquellas palabras. –Bien, de acuerdo –concedió, y agregó, echando una mirada de soslayo–: Pero con dinero una puede comprar tiempo. Farida, por su parte, tampoco había pensado antes en esos términos, y no pudo menos que admitir que Baal Tsahra podía llegar a tener razón. Por lo menos desde cierta perspectiva, sí, reconocía, una podía comprar tiempo con dinero. Hubo un silencio durante el cual las dos mujeres en el oasis pensaron la una en la otra. Se habían medido, de alguna manera, y de pronto ahora sentían simpatía y agradecimiento mutuos. –Cuénteme algo de las estrellas, amiga –pidió Baal Tsahra. –Mejor cuente usted: tenemos dos orejas, pero solo una boca. La mercadera, esa vez, respondió con una silenciosa sonrisa y aguardó. –De acuerdo. ¿Qué puedo contarle? –continuó Farida–. Es que sabemos tan poco en realidad... Usted no me creerá si le digo que las estrellas que forman la constelación de, por ejemplo, Casiopea –allí la ve usted–, tienen tamaños diferentes, brillos diferentes, como puede verse a simple vista, y movimientos y distancias relativas ¿entiende? de unas respecto a otras, incomprensiblemente diferentes –por lo menos para nosotras. Es como si una estuviera en este puño y la otra


fuera grande como la tienda esa y la otra pequeña como un grano de arena allá lejos... y sin embargo las vemos desde acá como si estuvieran cerca, en un mismo plano. ¡Y pensar que las que elaboran horóscopos hacen el dibujo de una guerrera con ellas! ¡Se creen que “forman” una guerrera! ¡Como si estuvieran todas en un mismo plano! Hay que reconocer que es bastante asombroso. Parece que la gente, como las bestias, está dispuesta a creerse cualquier cosa, por más descabellada que sea. A veces parece que cuanto más descabellado es algo, más fácil es que las personas se lo crean. Y algunas se dejarán matar por esa creencia, créame. –Bueno, yo no soy supersticiosa –dijo Baal Tsahra–. No me gustan las personas supersticiosas. Si una entra en contacto con una persona que tiene creencias raras, seguro que le pasa algo malo. Una desgracia, algo, algo le pasa. –Dígame, Baal Tsahra, ¿cómo es que de todas las actividades posibles, usted se dedicó al comercio con animales? Lo heredó, tal vez, de su madre... Y no veo que tenga ninguna recua con usted... –En efecto: tengo solo aquel dromedario que usted puede ver, si mira bien, allá –dijo, señalando con la cabeza–; es hembra: se llama Fátima. Es aquella sombra debajo de las palmeras, esas que se adivinan allí. Baal Tsahra hizo un gesto, señalando ahora con el brazo, que la otra interpretó como firme y decidido. Pensó que la comerciante era una mujer audaz. Como la recién llegada no hablaba, la comerciante estimó que sería descortés callar y continuó de este modo: –Una vez, cuando era joven, vi un corral con mulas. Atada a un árbol, con muchas cuerdas, incluso de las patas, había una a la que le habían puesto una carga encima que era de no creerse. No sé cómo el animal no se doblegaba, no se caía bajo el peso de tantas bolsas cargadas de piedras. Hacía dos días que estaba allí, sin comida y sin bebida, en debilite. –¿En debilite? –Sí. Es uno de los métodos más usados para domar mulas. Cuando el animal está a punto de caerse de cansancio, de sed y de hambre, entonces la desatan y la hacen caminar estadios y más estadios. La mula no tiene fuerzas para retobarse y patear, y va aprendiendo


quién manda, qué es lo que se espera de ella. Al fin le dan de beber, muy poco, y quizá un poco de pienso. Después se repite el debilite. Así las doman. Para que no corcoveen. Para que sea más fácil a las dueñas llevarlas de aquí para allá. Es un método que no me parece bueno. Y bastante... en fin. Lo cierto es que apenas la vi, se la compré a la dueña. De pura lástima. Me gustó, le hablé, ella me escuchó como escuchan las mulas y los animales todos, le gusté, nos entendimos. Así empecé con el comercio de animales de carga. Desde entonces estoy en eso. Mi madre se dedicaba al comercio, también. Igual que yo, qué coincidencia. Era alfarera; fabricaba y vendía vasijas. Y la madre de mi madre también era mercadera, como yo. Es curioso. –No tanto, me parece. ¿Y ahora qué va a hacer usted? ¿Está de regreso a Zélaf o para dónde va? –Voy en camino a Yerushalayim. Uru-Salem, como le llaman las judías y nabateas. Mi hijo mayor se casará pronto, y debo adquirir una dote, que no es bien visto ni de justicia que el hijo de una se case sin dote, así es que viajo hacia allí para comprarle dos buenos camellos o tres de los mejores dromedarios que haya en el mercado. –¿Y con quién se casará? –Con una regenta de bazar. Mi hijo será su tercer marido; ella tiene ya dos familias, porque es mujer bastante poderosa. –¿Y cómo conoció a su hijo? –Le hablaron de él. Ella vive en otro pueblo, más grande. Y cuando le hablaron de él, ella ya había decidido que iba a formar otra famila y estaba buscando un hombre para hacer hijas. Entonces mandó avisar que iría a hablar con él en un determinado día. Y cuando llegó a nuestra casa, ordené a Kesbhar, mi marido, y a mis otras hijas, que me siguieran. Y salimos y los dejamos solos. Entonces ella le habló, parada afuera de la casa, y mi hijo adentro, como tiene que ser, al menos hacemos así en esa región, con las ventanas y la puerta abierta. Se puso muy feliz, mi hijo, y ella se ve que quedó conforme. Otro día pidió para verlo, lo conoció y durmió con él. Parece que quedó satisfecha, me dijo que tenía capacidad de aprender, de entender lo que ella quiere. Estoy orgulosa de mi hijo, si le soy sincera. –¿Y después? –Después hicimos el trato y fijamos, ella y yo, la fecha para la boda.


Será dentro de dos lunas, si Diosa quiere. –Comprendo. Y por eso ahora va en busca de unos dromedarios. ¿Tres? –Sí, o dos camellos. Es es el acuerdo con mi nuera. Los hay buenos y a buenos precios. Pues, verá usted. Los animales pueden ser fuente de muchas satisfacciones. En especial para una mujer sola, usted comprende. Sí, algunos llegan a ser una compañía extraordinaria. Una se encariña con ellos. Uno de los animales que más llegué a querer, casi diría: a amar, fue un cerdo que tuve, hace muchos años, cuando yo era pobre y ya tenía familias e hijos. Aquel animal era casi humano. En realidad era humano, era mejor que un humano. –Bueno, no irá a decirme que era divino –comentó la recién llegada, divertida y algo aliviada aunque no se daba cuenta por qué, olvidada por el momento de la traición que había cometido apenas unas horas antes. –Mire pues, señora: no lo sé. No me extrañaría. Se llamaba Abdulasis y sabía hacer pruebas. Echarse, saludar, pegar saltitos, hacerse el muerto... Cuando había luna llena él no dormía; se quedaba horas mirándola. Se ponía melancólico y lloraba. Lloraba pero sin sollozar; las lágrimas le manaban de los ojos, mansas y lentas. Era inteligente, el individuo, de una especie ya de por sí dotada. De la mejor de las razas de puercos. En todo caso más capaz que, por ejemplo, los gatos y los perros y las gallinas. Yo lo alimentaba bien. Cuando cumplió cinco años era ya tres veces más pesado que yo y nos había dado de comer varias veces su peso. Casi todas las semanas yo le sacaba. No mucho. Un litro. Tal vez un litro y medio. Con esa cantidad mi marido preferido, Keshbar, podía hacer morcillas para varios días. –...¿le sacaba sangre y lo dejaba vivo, al cerdo? –Por supuesto: ¿quién va a matar a la gallina de los huevos de oro? ¡Y qué morcillas! ¿Sabe cómo prepararlas? Yo aprendí, de mirar a mis hombres hacerlas. Alguna vez, incluso, cociné yo misma. Vea: cuele una jarra de sangre y mézclela con medio jarra de zumo de dátiles apenas fermentados. Luego, mientras revuelve con fuerza, caliente un poco de aceite y agréguelo a la masa. Derrita un trozo más o menos grande, así más o menos, de grasa de cordero y agréguelo, siempre revolviendo. Después, vierta una cucharada de sirope, agregue sal,


pimienta negra y blanca, clavo de olor, mejorana o tomillo, un puñado de pasas de uva. Las especias, a gusto. Usted puede, a esa altura de la preparación, freír un poco en una cazuela, no muy caliente, y probar, para ir agregándole lo que considere que falta. Dele a la mezcla la forma que más le apetezca; puede ponerla en tela de intestinos de oveja, de buey o de camello –eso es a gusto–, o en moldes de pan embadurnados con grasa, para que no se pegue. Por último ponga todo en un horno caliente como para hacer pan. Mientras espera que esté pronta la morcilla, puede ir moliendo cebada, que es algo fácil para nosotras; de esa manera ayuda al hombre en la cocina. A ellos no les molesta si una los ayuda un poco. Pero hay hombres que no quieren ni que una pise la cocina. Keshbar no, él aceptaba. Baal Tsahra dio un suspiro y miró por un momento hacia las estrellas, melancólica. Después prosiguió su conversación: –Yo no sé cómo será en el reino de usted, pero por estas regiones hay que ver que los hombres, que son los que día tras día preparan la comida de las casas, no han logrado destacarse como cocineros. La mujer, que en general no cocina nunca, es mucho mejor cocinera que el hombre. Y las más conocidas cocineras, al menos del mundo que yo conozco, son mujeres, no hombres. ¿No le parece extraño? Deberían tener más experiencia. –No, para nada –aseguró Farida–. La mujer es de por sí mucho más capaz que el hombre en todo, sin contar el hecho de que, cuando se decide a cocinar, pone más empeño, más arte; tal vez más tiempo. En nuestro reino es igual: las mejores cocineras por supuesto son mujeres, pero el hombre es quien cocina siempre, en la casa. En todo el mundo es igual. Volviendo a la morcilla: ¿cómo se sabe cuándo está lista? –Usted calcula. Para saber si ya está pronta, puede pincharla con un palillo; tiene que salir seco al retirarlo. La mercadera hizo una pausa para asegurarse de que la desconocida la seguía. Con su nueva compañía, Baal Tsahra sintió que podría postergar su salida por unas horas, quién sabía, si era de buen conversar tal vez un día entero; en ese caso saldría sin falta, pensó, al día siguiente, más o menos a esa hora. Empezaba a refrescar y antes de continuar la mercadera encendió una estufa y cocinilla de aserrín que tenía consigo. Sopló para avivar la brasa y, cuando el artefacto


estuvo encendido, puso encima un recipiente con agua. Hecho esto, y ante el respetuoso silencio de Farida, no encontró Baal Tsahra mejor partido que continuar el relato, lo que, por cierto, no le costó demasiado: –Había que ver qué buena sangre tenía Abdulasis. Espesa, negra... de poco coágulo... Hasta olía a perfume. Más le sacaba yo cuando llegaban invitados, así es que el animal no tardó en darse cuenta de que entonces, cuando había invitados, era mucho más lo que se le exigía. Y si era una familia la que llegaba a visitarnos y se quedaba a almorzar, ¡ah! ¡Ahí sí! Le sacábamos tanta sangre que el cerdo quedaba débil por muchos días. Era rarísimo: le gustaba que le sacaran y no le gustaba. Por lo menos, el animal gritaba de alegría cuando le sacaban sangre. ¡De qué modo! Era algo de oír una vez y de no olvidar nunca más. Pero, sin embargo, él siempre estaba atento a ver quiénes llegaban a la casa. Él observaba todo, callado, y escuchaba. Trataba de determinar si era que las visitas estaban de paso o si, por el contrario, llevaban trazas de quedarse a comer. Él trataba de averiguar si eran uno o dos, o si eran más. Cuando llegaban invitados, el cerdo se las ingeniaba para averiguar la cantidad exacta. Me pregunto para qué, porque, fueran cuantos fueran, después de enterarse, a Abdulasis de todos modos no se lo veía más: era que se había escondido. En aquella época, me acuerdo, pese a la pobreza y a las penurias que pasábamos, yo vivía alegre. En realidad tendría que haber sido tarea de Kesbhar pero prefería hacerla yo, y que me ayudaran las hijas, aunque a veces mi esposo dejaba las tareas del hogar y me ayudaba. Me allegaba a la pocilga y allí me ponía a rascarle el lomo a Abdulasis. Entonces nos entendíamos. Yo le cantaba. He observado que el puerco en general gusta de las canciones de la dueña. El animal se sentaba a escucharme y hasta me sonreía. Y si yo paraba de cantar, gruñía, como pidiendo más canciones, y daba saltos. Después, yo le hablaba de los vecinos, de mis planes, de teosofía, hasta que, de improviso, le hacía una pregunta: “¿Y? ¿Qué vamos a comer hoy?”, le preguntaba yo. Y apenas le planteaba la pregunta, me le tiraba encima y con rapidez grande lo maniataba. Ahí él ya empezaba a chillar. Después yo llamaba a mis hijas, si era que ya no estaban rondando, avisadas por mí.


Levantábamos a Abdulasis con unas sogas y, estimulados por su contentura, haciendo, eso sí, un gran esfuerzo porque era pesado, lo colgábamos de un poste. Entonces yo le pegaba un tajo, cerca del cuello, o en el cuello mismo, para que le saliera sangre, y la recogía en un recipiente. Había que ver cómo bramaba el puerco ése. ¡Gritaba salvajemente! Metía alboroto, de puro contento, antes, durante y después de la operación. Nadie en el pueblo dejaba de enterarse qué le estábamos haciendo. Después, yo lo cosía o le ponía unos parches, según el tajo, y lo soltaba. Lo que nunca pude entender es cómo, si tanto le gustaba que lo colgáramos y lo desangraramos, al mismo tiempo él trataba de escaparse y esconderse. A lo mejor era como un juego de él. Es que si una no es un animal, en general es difícil terminar de entenderlos. Una los entiende un poco o mucho, según. Pero nunca del todo. Baal Tsahra interrumpió su relato para atizar la hoguera. La recién llegada, observó, no daba muestras de desinterés, ni de querer cambiar de conversación, lo que de inmediato interpretó como una señal para continuar; una señal incluso para darle un toque que hiciese el relato más interesante. –Recuerdo que una vez –prosiguió la mercadera– llegaron muchas amigas de visita. Una poeta, una agricultora, una habladora, dos comerciantes, una tahúr, una alfarera, una multitud de niñas y algún niño también. Todas de visita, y Abdulasis a temer por su vida, a escaparse. Pensó, qué duda cabe, que si cuando venía una familia yo le sacaba como para dejarlo de cama, con todo ese gentío no le iba a quedar sino piel y huesos. Era un animal al que le gustaba exagerar. Un vecino me contó, más tarde, dónde había ido a esconderse aquella vez: atrás de un abrevadero en un corral, a un estadio de distancia de su pocilga. Busqué al animal toda la tarde, durante horas, pero no lo encontré. Las invitadas, sin comida en el estómago, fueron embriagándose en el patio de mi casa. El sol se había puesto y la luna había empezado a alumbrar y ya hacía tiempo que mis invitadas estaban todas más o menos listas para irse a sus casas a dormir, de modo que las despedí. Pero una vez afuera, una de ellas, creo que la agricultora, embriagada como estaba, propuso que fueran a la pocilga a continuar la conversación. Todas aceptaron y hacia allí se trasladaron.


La habladora abrió la puerta, hizo pasar a todas bajo una lluvia de palabras y por último se metió ella misma. Entre el palabrerío y los vahos de la leche fermentada que las había puesto así, la mujer olvidó cerrar la puerta, lo que más tarde habría de resultarles nefasto. En realidad, siempre que hay una puerta conviene dejarla como estaba antes de pasar por ella, ¿no le parece? A través de la ventana de mi cuarto de dormir yo esperaba el sueño y en tanto las escuchaba. Una vez bien instaladas, una inició la pelea, algo que dio de qué hablar en el pueblo. En un descuido de la habladora se le ocurrió decir que era curioso que la luna se muriera una vez al mes y ahí nomás otra replicó que no era cierto, que por el contrario renacía una vez por mes. Fíjese usted, señora... –Farida. –Señora Farida: era lo mismo solo que visto desde otro sitio, ¿no le parece? A partir de allí se armó una discusión que terminó en golpes de puño. Trompada va, trompada viene: una decía que la luna era una rodaja de queso, la agricultora aseguraba que era un melón que engordaba y adelgazaba en el cielo negro. Gritos y cachetadas por todas partes: la tahúr dijo que la luna tal vez no existía. Una decía que la luna venía de la Tierra, y otra que era un cometa; una aventuró que estaba allí de día también, pero no siempre. A esa le dieron un golpe en la cabeza... fue una que no se cansaba de gritar que era la luna la que provocaba las mareas en los grandes mares. ¡La gente dice cualquier cosa! Entre golpes e insultos la habladora se las ingeniaba para decirles que nunca habría pruebas decisivas de que la luna existía o de que no existía. Así se peleaban las mujeres en la pocilga. La trifulca terminó cuando apareció Abdulasis, que había comprendido que yo no iba a sacarle sangre esa vez y se metió en el corral por la puerta que había quedado abierta, y arremetió con un grito salvaje, casi humano, empujándolas con su hocico y su cuerpo, haciéndolas caer en el lodo, dispersándolas, atemorizándolas. Estaba enojado porque ellas estaban en su casa. Es increíble lo inteligente que era Abdulasis. A algunas mordió, y todas huyeron. El puerco quedó solo. Gruñendo, como de satisfacción. Yo salí a tiempo para ver huir a mis invitadas. Iban metiendo escándalo por el pueblo, embriagadas y sucias. Entonces me apresuré a cerrar la puerta, con Abdulasis adentro. Lo dejé encerrado, y le hice la pregunta:


“Y mañana, Abdulasis, ¿qué vamos a comer?” El puerco no apreciaba mis preguntas, pero entendía: ya en ese momento vi que se puso de mal humor pero resignado. Había que ver: dentro de todo, nos entendíamos. No mucho, pero algo sí. Había comprensión mutua. Se hizo un silencio; el aire se adensaba en la quietud de la luz fría del plenilunio. La mercadera, que no daba señales de estar cansada, solo esperaba algún comentario para seguir hablando; la astróloga estaba fatigada y tenía sueño, pero le pareció cortés mostrar interés, y preguntó: –¿Y qué ocurrió con Abdulasis? ¿Vive todavía? Baal Tsahra meneó la cabeza y entristeció la voz con la que contestó: –No. Y fue culpa mía. Una noche habían llegado visitas y yo estaba desangrándolo cuando escuché que me llamaban. Lo dejé colgado, bramando, como siempre mientras se llenaba el recipiente y fui a ver de qué se trataba. Era mi hija, que estaba a los gritos. Ella es rara, ¿sabe? En aquel momento, tendría quince años, padecía de sueños raros y a veces gritaba, agresiva. Había estado en tratamiento con un hombre que hacía horóscopos, pero no entonces, porque el hombre se había casado. Y en aquel momento mi hija tuvo una de aquellas reacciones, así es que tuve que ir a calmarla, porque estaba pegándole a Kesbahr con un palo y gritando. Así fue que descuidé el desangre, y solo me acordé de mi querido Abdulasis cuando ya no lo oí gritar más. Esa noche comimos carne de cerdo con morcillas. Esa vez Farida Kayham no repitió la experiencia de hacer otra pregunta y optó por callarse, deseando que la comerciante no fuera a hacérsela a ella. Las dos mujeres solo existieron, ahora cada una en su mundo de recuerdos; habitaron el silencio y un fragmento de tiempo hasta que la mercadera de improviso retomó la conversación. Le contó historias de su madre, le contó las diferentes habilidades de sus distintos maridos, le contó de sus viajes a Damasco hasta que, al ver que Farida estaba cansada y que había comenzado a cabecear con su relato, al fin hizo una pausa para ver si la otra estaba dispuesta a continuar escuchándola o bien quería acostarse a descansar. –Perdón, amiga –le dijo Farida–. Es que estoy cayéndome de cansancio. Voy a armar mi tienda.


–Si, duérmase. Yo partiré, ahora, rumbo a Yerushalayim. Veré si encuentro unos animales tan buenos como los suyos. Fue en ese momento que Farida tuvo la idea de vendérselos. De ese modo iría a deshacerse no solo de un mal recuerdo, sino de las pruebas de que había cometido un gran crimen. Pensó que era una buena idea, que no quería quedarse con aquellos animales, de modo que resolvió intentar la venta. Conocedora de mentalidades, le dijo que de buen grado le vendería los dromedarios con tal de que se pusieran de acuerdo en el precio. Al oír estas palabras, la comerciante agradeció con los pensamientos a su diosa por tan favorable oportunidad. Los tres jamales de Farida eran mucho mejores que el que ella tenía. Baal Tsahra quería adquirirlos y estaba dispuesta a pagar algo más de lo que valían con tal de no tener que llegar hasta Yerushalayim. Farida, por su parte, no deseaba otra cosa que deshacerse de los animales e incluso de la carga, con las tiendas, la sémola, la carne seca y todos los implementos, así que las dos mujeres no tardaron en ponerse de acuerdo en hacer un negocio. Les llevó un poco más de tiempo, en cambio, acordar en el precio de las bestias. En realidad Farida se las habría regalado con mucho gusto, pero no quería generar sospechas ni preguntas molestas, de manera que se tomó su tiempo. Aunque jamás había tenido que regatear había oído, en los mercados, con qué pasión y técnica, con qué entusiasmo y sagacidad se encontraban argumentos para subir o bajar las sugerencias sobre el precio de las mercancías. Casi no se compraban artículos sin pasar por esa especie de ceremonia. Farida vio que la comerciante estaba a gusto y valoraba que hubiera regateo, se le notaba en el rostro, en las miradas de pícardía, en el secreto regocijo de las arrugas en la comisura de los labios. Inciaron las negociaciones, se sumieron en las retóricas rituales y regocijadas de la argumentación y al fin cerraron el trato, que incluía la compra de Fátima, el dromedario de Baal Tsahra, por parte de Farida, pero no la carga, la cocinilla con el aserrín y tampoco las alforjas. La sabia se quedaría solo con Fátima y algunas raciones de comida, las necesarias para proseguir viajando en el desierto y suficientes como para llegar sin problemas hasta la población más cercana. Celebraron el acuerdo con una bebida que preparó la


mercadera con el agua calentada en la cocinilla de aserrín. Era una infusión oscura, amarga y reconfortante si se la bebía caliente. Farida no la había probado antes; Baal Tsahra le aseguró que era originaria de Etiopía y que la había adquirido tras un largo regateo en el mercado viejo de Bagdad. La astróloga se sintió algo aliviada con el resultado del trato pero al mismo tiempo los remordimientos se le hacían más y más frecuentes. Se imaginaba a Aisha Pari y a Meutas Kœlat caminando hacia la muerte en medio de la extensión inconcebible de arena y piedra, y entonces todo el odio y el desprecio que había sentido por aquellas dos mujeres se evaporaba como el humo de agua de la infusión y sentía una enorme misericordia por las dos. Lo terrible era que se hacía cargo de que ya nada podía hacer, pues era demasiado orgullosa como para volver atrás a intentar encontrarlas y salvarlas. Y la abrumaba el haber abandonado a sus compañeras de viaje en el camino, la abrumaba la distancia recorrida que, solo entonces, le permitía mirar hacia atrás, hacia aquellas mujeres ahora solas y con toda seguridad moribundas. Una pena intensa y repentina la atenaceó; resolvió entonces darles una salvación o, al menos, darse a sí misma una oportunidad de creer que quizá se salvarían, con la que se daba, al mismo tiempo, algo de consuelo con el que mitigar la mala conciencia que sentía y de la que de otro modo no podría librarse. –Pues mire, mercadera –dijo entonces Farida Kayham, dirigiéndose a la comerciante con gesto solemne–. Voy a revelarle algo que tal vez le sea útil. Baal Tsahra le sonrió y le preguntó si quería beber más. Estaba a sus anchas y perecía querer retardar el momento de su partida, disfrutar cada momento con la visitante del oasis. Farida le dijo que no, con la mano izquierda sobre el pecho le agradeció y le aseguró que estaba satisfecha. Atizó la lumbre, como si también ella estuviera interesada en postergar la revelación. Alzó la mirada y vió que Baal Tsahra aguardaba el dato prometido, la información que tal vez le fuera útil. –Antes de venir yo para acá –prosiguió Farida–, estuve haciendo compañía a otras dos mercaderas, que iban con una recua de doce mulos para vender, a precios de regalo, en Yerushalayim. Me contaron que la desgracia se les había precipitado encima, como un


azor sobre una paloma, forzándolas a vender por nada sus animales. Para allá iban, mercadera. Si las alcanza –le será fácil–, podrá comprarles, a lo que he podido ver, con estos mis ojos, animales jóvenes y sanos. Doce por el precio de tres. Al escuchar estas palabras Baal Tsahra se alegró, a la vez que se preguntaba si de verdad le sería dado alcanzar a esas mercaderas antes de que llegaran a Yerushalayim. –¿Y cómo haré para alcanzarlas? ¿Cómo encontrarlas? Farida le dio instrucciones sobre el rumbo que debía tomar para hallarlas. Por lo pronto, seguir las huellas que ella había dejado en su marcha hasta el oasis. A doscientos cuarenta estadios Baal Tsahra encontraría el lugar donde el rastro de Farida se separaba del de las mercaderas. Luego solo tendría que seguirles las pisadas. No fue necesario explicar a la mercadera que, una vez encontradas sus huellas no sería difícil darles alcance, ya que las mulas, en la arena, andaban más lentas que los ungulados. Con esa información en su poder la mercadera comprendió que debía darse prisa, así que no le fue difícil agradecerle a la recién llegada, decirle que saldría de inmediato y empezar a juntar sus cosas. Con gran rapidez y precisión, sin titubear, apagó la cocinilla, desarmó su tienda, empacó todo en las alforjas y cargó todo en los tres recién adquiridos jamales. Primero se despidió de su antigua rumiante, luego de la docta extranjera y por fin partió en la noche, a encontrarse con su destino.


humanos. Más a las mujeres, por su manera de ser, que a los hombres. ¿Qué era? Lo raro es la tristeza. La preocupación. El ceño. La mirada. Sí, eso: miraba como tratando de adivinar algo. Entrecerraba ojos, mirando en lo hondo. Atormentada. Como la que trata de ver algo en la cara de la otra. Ojos asombradados a veces, ¿mirada de miedo? ¿Como de temor, reticencia? Como de mercadera que estafa, pero no era. No te engañó con los animales. Eso se nota. Más bien tú a ella, Baal. Buen precio. Buenos y jóvenes dromedarios. Sanos y vigorosos. Bellos. El hijo contento. Estos animales son muy buenos. Mansos. De buen andar. Y qué pelaje. Cuidadísimo. No les has sentido ni un solo parásito. Pero después revisar mejor. Ir revisando. Una es hembra, esta. Se le sacará leche. Hará queso el hijo y requesón de leche de dromedaria. Te diste cuenta con la mano. En el oscuro de la noche, al partir. Todavía sin luna, entonces. Pero ahora, ahí está. Se pueden seguir las huellas de la sabia como de día. Casi luna llena. Y grande, anaranjada sobre el horizonte. Parece naranja. Como las que se ven en Bagdad, en el mercado. Grandes como un puño. Jugosas. Maravilla. Y con esta luz no habría sido necesario tocar a los animales. Solo tocar, cerdas, suaves. Imaginabas el color. Pero están tristes. Han llorado. Les gusta que les hables, sobre todo al que montaba la astróloga. Cómo se llamaba. Rátima, Salima, Fárida. Persa en el origen. Y por acento, tal vez no viva ahí. Quizá hace años que no vive en Persia. ¿Farida? Algo así. Dueña. ¿Por qué no te contó cómo los había obtenido? ¿Por qué andar por el desierto sola y con tres jamales? No contó. No historia. Persas tal vez son así, todas. No todas, imposible. Pero la mayoría. No gente de narrar. ¿Es raro? ¿Para ti es raro y no para las judías? Misterio. Todo es misterio, y las persas. ¿No gustan de lo ya pasado? ¿Piensan en lo porvenir? Distintas de nosotras. O nosotras diferentes de ellas. Tú no preguntaste, tampoco. ¿Rara tú, para ella? Verte desde los ojos de ella. Pero lo importante: compraste animales buenos. Hijo contento, nuera satisfecha con dote. Ni luz necesitas, buen pelaje se siente en la palma de la mano. Suave, pelos. Marrón claro, serán. Color tierra ocre. Color arena de altura. Hebras suaves y firmes. Ahora el hijo se pondrá alegre. Ya no más sueños. Los sueños: realidad, apenas llegar al hogar. En una luna. Tal vez menos. Encontrar a la hija mayor. Soñaba caballos, mulos; con burros,


con camellos te dijo. Kesbahr: ¿llevarla al horoscopero? Hacía tiempo, ¿edad de casarse? Tú preocupada por regalarle dote. Pero, pero. Sí. Soñaba con jamales y caballos, casamiento. Querer casarse, ella no, no. Kesbahr insistía, cosas de hombre. El astrólogo la calmó. Sesiones. A solas. Mucha consulta a estrellas. La hija contenta, buenas consultas. Siempre quería ir al horoscopero. Después no soñaba con caballos, mulo. Soñaba con él. Buen hombre. Comprensivo. Dedicaba mucho tiempo a la hija mayor, en cada consulta. No caro. Barba negra. Después no más consultas, misterios, llantos. Kesbahr se encargaba. Así siempre, la mujer, el hombre. El hombre sabe cuidar hijas e hijos. Él muy de atender, de solucionar problemas. Tú no tenías que preocuparte. Nunca. Cosas de hombres, decía. Arreglos, costuras, hierbas: cosas. Y al tiempo retornaron los sueños de la hija. Visitas nocturnas imágenes rápidas cambio a otras, con mulos y burros y caballos y camellos. Y no más consultas con horoscopero barba negra. La astróloga del oasis, Farida, pelo gris. Horoscopero, horoscopera, negro, gris, estrella. Saber de estrellas y planetas. Y mucho de compraventas, en cambio, no: un no-saber. Tres jamales por el precio de uno y medio: es no saber. No era tonta, solo no sabía. La gente cree, las que no saben son tontas. Tú sabes que no es así. Pero tal vez no eres tonta porque sabes. ¿Cómo se sabe? ¿Cómo es saber? ¿Saber qué es importante? Las huellas se siguen, fácil. Sin parar. Ojalá que no sople viento. Podría borrarlas en menos de lo que tarda un burro en recorrer un estadio. Tal vez hacia el fin de la noche. Darles alcance. Compras. Es el momento de cambiar de montura. ¡Alto! Son tan buenos que cualquiera de los tres, toda la noche, aguante, aguante. Para qué cansarla si tienes tres. Qué dichosa eres, Baal. Qué nobles animales. Qué manera de dar trotes largos sin perder fuerza ni velocidad. Siempre. Todo el tiempo. En subidas y en bajadas. Nunca has tenido mejores. Eso es. Qué suave arrodillarse. Palméala. Háblale. –Usted se ha portado muy bien. Gracias. ¿Cómo se llama? ¿No sabe? Habrá que ponerle un nombre, señora. Marhim. ¿Cuántos años tiene? ¿Solo cuatro años? ¿Es de competencia? Sí, mi niña, muy bien. Ya le voy a dar su premio. Ahora este otro. Parece un poco más oscuro. Es de patas algo más altas, y de cuerpo un poco más chico que Marhim. ¿O no? No, más


grande. Hermosa cara. Nariz muy corva. Y qué palillos de freno. Labrados, marfil. Se adivina casi, a la luz de las estrellas. Acércatele. Háblale, palméalo. –¿Cómo está usted, amigo? ¿Qué está pensando? ¿Eh? ¿Le gusta caminar de noche? ¿Usted también prefiere? ¿Sabe? Ahora le toca a usted llevarme. Pero también tendrá su premio, ya lo verá. ¿Cómo se llama? ¿Usted tampoco lo sabe? La vieja Baal se lo va a decir. ¿Le gusta Alef? Bien. Arrodíllese, así. Arriba, ahora. Eso es. En marcha, Alef. Más de doscientos estadios había marchado Baal Tsahra en la noche, bajo el firmamento y sobre los arenales de la inmóvil desolación. Ninguno de sus tres dromedarios mostraba señales de fatiga, pero la mercadera había resuelto cuidar la futura dote de su hijo como a un gallo guardián. Así, decidida a continuar sin descanso hasta que aclarara o hasta que diera alcance a quienes suponía comerciantes de mulas, la mercadera resolvió cambiar de montura por segunda vez y detuvo al animal sobre el que había viajado, se apeó y lo estimuló con unas palmadas y palabras de cariño. Baal Tsahra era observadora y consecuente en esos detalles; cuidaba siempre de tratar bien a las bestias, de entablar con ellas algún tipo de comunicación. A veces con afectuosos, pequeños golpes en el cuello o en el lomo, o bien sobándoles la pelambre con la mano; otras, mediante pequeñas recompensas de alimentos, cuando la obedecían o hacían esfuerzos suplementarios, y, de modo permanente, diciéndoles lisonjas, adulándolos. Si lo pensaba un poco se daba cuenta de que los animales carecían de la capacidad de comprensión de los humanos, pero Baal Tsahra prefería olvidarse de esos detalles y los trataba casi como si fueran sus iguales, como a seres dotados con sentimientos y capacidades semejantes a los suyos. Dirigiéndose al tercero y aún no probado de los dromedarios, le habló con dulzura. La luz tenue de los astros se sumaba ahora a la de la luna plateada, y entre todas derramaban su energía sobre el animal, poniendo de relieve sus bellas líneas, estilizándolas, haciendo que se destacaran sobre la frontera quebrada que separaba la arena oscura del engalanado cielo negro. Era una hembra de extremidades finas y altas, un ejemplar fuerte, elegante, de cuello elevado y


pequeñas orejas; una embarcación magnífica, como hecha para navegar en las extensiones inconcebibles del Nafud, del Rub al Chali, del Sahara y de todos los desiertos del mundo. La mercadera le habló largamente, palmeándola cada tanto y acariciándola todo el tiempo. –¿Cómo está usted, mi reina? –le decía, con tono circunspecto–. ¿Cansada? No, si usted es fantástica. Usted es fuerte, fuerte. Es un pequeño paseo que está dando, con la vieja Baal Tsahra. ¿Cómo se llama usted, señora mía? ¿Eh? ¿Cómo? ¿Khalida? ¿Y con esa cara? Bien: Khalida. ¿Qué dice? ¿Se aburre? ¿Le parece que ya pasó por acá, que ya conoce el camino? Una maga la lleva para allá, una comerciante la trae para acá... y usted, a cargar y a caminar. A servir, pobrecita. Mientras le hablaba, la mercadera iba tocando al animal, pero no solo para hacerse amiga de él y ganar su confianza, sino también para sentir la calidad del pelo, evaluar qué cantidad de trabajo le insumiría mantenerla en tan buen estado y ver si tenía parásitos en la piel. Luego hizo que doblase las patas delanteras; se montó en Khalida y comprobó que la mecía con un paso que le agradó de modo particular. Pensó que sería su jamal favorito, por lo menos hasta el momento del regalo al hijo. Siempre prisas, Baal Tsahra, prisas por los negocios, prisas por comprar y por vender. Nunca sosiego. Cuando tienes cien querrás siempre tener ciento cinco. Cuando las consigas, querrás más. Más tetradracmas, más denarios. Todas las humanas desean algo. Siempre actúan para obtenerlo. Algo. Como fuerza que te empuja. ¿Siempre? ¿Puede hacerse algo porque sí? ¿Que no sea para conseguir algo? ¿Y cuál es esa fuerza? ¿O son muchas? Piensa ejemplo. Hacer algo porque sí. Ponerse cofia. Podría no usarse. No hay una razón. Sí la hay, varias: el calor, la tradición. Sin cofia tú no pertenecerías a tu pueblo. Para identificarte. Ser tú y no otra. ¿Silbar? Silbar porque sí, sin pensar. O soñar. ¿Se sueña para lograr algo? ¿Finalidad en sueños? ¿Qué dirán las adivinas? ¿Tal vez que no se puede vivir sin sueños? ¿Los sueños quieren decir algo? ¿Y si fueran mensajes? Mensajes cifrados, que habría que descifrar. Nadie sabe nada sobre los sueños. Ni sobre la fuerza que nos hace soñar. ¿Y si fueran los mensajes de los muertos? ¿Los muertos que por la noche se meten en


nuestra cabeza? Pequeñitos. Para decirnos algo, algo que no sabemos comprender. Y usted, amiga jamal, ¿sueña? ¿Sueñan los animales? ¿Todos? ¿Unos sí y otros no? ¿Soñaría tu Abdulasis? Acaso soñaría que le sacabas. ¡Cómo le gustaba! Animal sinvergüenza. Pero has visto perros que ladraban dormidos. Señal de que estaban soñando. Y has visto mulas y yeguas dar pequeños bufidos. Suaves quejas en la noche, mientras duermen. También señal de que no solo dormían. Soñaban. Por lo tanto, algunos animales sueñan. ¿Y quién va y les interpreta el sueño? ¿Y las gallinas? ¿Y las hormigas? Cuánto no sabes, Baal. Es muchísimo más lo que no sabes que lo que sabes. ¿Es algo que te preocupa? ¿Solo te preocupa alcanzar a las beduinas, a las comerciantes, para comprarles los caballos, o los mulos? ¿Cuántos estadios habrás hecho, desde que saliste de El Dbehr? Diecinueve. Quizá veinte veces diez. Hasta el momento había llevado muy buen paso; más de diez estadios la separaban del lugar del último cambio de montura. La luz de las estrellas y la luna, y su larga experiencia de años, de toda su vida adulta como viajera en las extensiones deshabitadas de la región, le habían permitido seguir sin dificultad el rastro que dejara la astróloga persa. Pero ahora la comerciante había encontrado algo inesperado, una interrupción súbita de lo previsto e imaginado, un escándalo que de pronto la alarmaba, la estremecía como una exigencia, la confundía; un jeroglífico inquietante que no alcanzaba a comprender. Las huellas que venía siguiendo se fundían en una confusión de otras huellas. ¿Qué eran? ¿Por qué se habían producido? La viajera se apeó y observó aquello y por fin la claridad pareció atravesar la noche, como para instalarse en su entendimiento: en la arena había depresiones más extensas, como de cuerpos que hubieran yacido en ese sitio. Luego de observar durante un rato aquellas formas, la mercadera comprendió que en ese lugar habían acampado varias mujeres. Un poco más allá había restos de carbón y cenizas, y una muy tenue brisa le trajo olor de excrementos humanos. Estuvo examinando e intentando comprender los diversos signos de la arena, la mayor parte ya algo desdibujados, difíciles de interpretar. La arena –lo sabía desde que tenía memoria– era un libro, un


pergamino escrito y siempre abierto para quien supiera leerlo. Las beduinas, algunas comerciantes, las habitantes del desierto, sabían hacerlo bastante bien. Descifraban mucho pasado y casi toda intención a partir del tipo de arena hollada o piedras movidas que encontraran: la posibilidad de que hubiese agua o palmeras en las cercanías, el tipo de viento que había soplado, la cantidad de dromedarios que había transitado por el lugar, la especie de chacal que había merodeado, el tiempo que había transcurrido. Leyendo en el libro de arena, Baal Tsahra llegó a la conclusión de que en ese mismo lugar en el que se encontraba se habían detenido tres jamales. Examinó las huellas y a poco lo supo. Se trataba, sin duda, de los mismos que ahora eran suyos. Y tres mujeres. Y una de aquellas mujeres había sido la misma a la que ella le había comprado los animales, puesto que hasta allí la habían guiado las inequívocas pisadas de los ungulados. Pero entonces, ¿quiénes serían las otras dos? Farida no le había contado de un encuentro con dos mujeres. No había, tampoco, ningún rastro de mulas. En una dirección, se podían percibir las huellas de tres jamales. Miró la forma y profundidad de las depresiones dejadas por las patas y supo que por allí, desde esa dirección, habían llegado. Luego, en la prolongación del mismo rumbo, continuaban otras huellas. Baal Tsahra las examinó y no tuvo dificultad en llegar a la conclusión de que habían sido dejadas por dos caminantes. Pero ¿cómo era eso posible? Nadie se desplazaba a pie por el desierto. La sabia del oasis no le había hablado sino de un encuentro con mercaderas de mulas. Los rastros, sin embargo, no mentían. Estaba fuera de toda duda que tres mujeres, ni más ni menos, llegaron a ese lugar. Y llegaron, razonablemente, montadas y juntas: las huellas eran todas de la misma profundidad; tenían el mismo tiempo de existencia. También estaba claro que, desde ese lugar, dos continuaron a pie; y la otra con los tres animales. Esa otra, sin duda, era la persa que había llegado al oasis y a la que le había comprado los tres jamales, los autores de esas pisadas, los que ahora eran suyos. A la luz fragmentada y fantasmagórica que se filtraba del cielo lunado, sola en el desierto, Baal Tsahra sintió un escalofrío. De pronto se supo inerme y pequeña ante algo que no tenía explicación. Sintió miedo. Y con aquella desprotección súbita acudieron a su recuerdo


cuentos de contadoras de historias. Eran de pronto encuentros nocturnos de peregrinas con extraños caminantes, a veces enanos, a veces esqueletos, a veces demonios abominables, que transmutaban a las viajeras en pájaros horrendos, o las hacían desaparecer en el lugar del encuentro, o transformaban de a poco sus jamales en voraces ratas agresivas. Eran éstos relatos de hechos que se decían verídicos, a veces disfrazados de consejas, trasmitidas en voz baja en los fogones de los altos, en los encuentros en los oasis, en los mercados, y recibidos siempre con una atención que no ocultaba el pavor y el convencimiento. La última relación que había escuchado narraba el encuentro nocturno de una caravana de beduinas con tres caminantes. Estas habían detenido a las beduinas en medio de una noche lunada y les habían pedido agua. Cuando hubieron saciado la sed, las tres caminantes se revelaron en su esencia verdadera de súcubos, transformándose en enanas monstruosas. El relato era implacable: las enanas decían unos conjuros, al tiempo que ejecutaban una danza nunca antes vista, se habían elevado en el aire, habían comenzado a girar en torno a la caravana, a una velocidad cada vez más grande, hasta desvanecerse en una nube verdosa con olor a azufre, que se elevó en un torbellino hacia la luna y terminó por esfumarse en lo alto del cielo negro. Enseguida las beduinas se sintieron mal, comenzaron a vomitar sangre y luego a tener diarreas, por momentos incontenibles. Así y todo continuaron su marcha, pero al amanecer solo había una sobreviviente; las restantes eran esqueletos montados sobre los dromedarios que, también ellos, estaban enfermos y habían perdido mucho peso; apenas eran hueso y pellejo. Baal Tsahra solía decir, no sin orgullo, que no era supersticiosa. Sin embargo, al pensar en las dos caminantes que desde aquel lugar habían dejado sus huellas, esos dos senderos que ahora desaparecían en la oscuridad de la tierra, rumbo al poniente, llevó la mano al mango del puñal que llevaba al cinturón y se acercó más a los animales, como quien busca protección en el grupo, mientras miraba hacia todas partes en la oscuridad que la cercaba, tratando de divisar sombras, movimientos de bultos, presencias acechantes; sus oídos, atentos y tensados al máximo, adivinaban murmullos inquietantes. Entonces cerraba los ojos un momento y cuando volvía a abrirlos se


cercioraba de que no había nada. ¿O tal vez sí? ¿Se había engañado? Una idea llegó a serenarla un poco: los jamales no daban ninguna señal de nerviosismo. Haciendo un esfuerzo por recobrar la calma la mercadera recordó el encuentro en El Dbehr con la misteriosa extranjera. Rememoró los términos de la conversación, los detalles del habla de la persa, y su nombre, el verdadero nombre de la sabia: Farida, nombre que ahora se le quedó grabado como para no olvidarlo nunca más. No pudo, en aquel recuento de la memoria, descubrir o siquiera llegar a sospechar un indicio de algo sobrenatural durante su plática con Farida. Pero había escuchado demasiados cuentos e historias de encuentros en el desierto de viajeras con gente que, a la postre, resultaba que no eran sino apariciones, fantasmas, demonios que adoptaban la apariencia de los mortales. Baal Tsahra sentía escalofríos de miedo que le recorrían la espalda. ¿Qué haría? ¿Cómo se protegería? ¿Serían suficientes sus tatuajes, sus amuletos, recordaría con exactitud la fórmula del conjuro? Haciendo un esfuerzo logró calmarse; se propuso buscar una explicación terrenal y razonable a aquella historia que las huellas sugerían, una historia cuyas claves ahora parecían insinuarse. Hizo arrodillarse a Alef, el más fuerte de los tres dromedarios, y se encaramó a él. Dio otras vueltas más por los alrededores y comenzó a seguir las huellas dejadas por las dos mujeres que iban a pie. Al cabo de unos estadios comprendió que, por algún motivo que no lograba desentrañar, Farida le había mentido. No había nunca habido traficantes de mulas. Entonces su intuición de mercadera puso en relación los dos dromedarios excedentes que tenía la viajera de El Dbehr con las dos mujeres que habían continuado a pie. Todo indicaba que Farida había viajado con las otras dos mujeres. Habían acampado, posiblemente la noche anterior, y después Farida se había marchado con los tres animales, dejando a las otras a pie. ¿Por qué? ¿Tal vez habían jugado a las suertes y les había ganado? Pero nadie que estuviera en sus cabales se jugaba el transporte en medio del desierto. Además, si Farida hubiese sido jugadora, habría aceptado la invitación que ella le había hecho para apostar. Una jugadora rara vez rehusaba la oportunidad de probar suerte. ¿Criminales, las tres? Farida se lo habría dicho o dejado entrever. No habría tenido,


pensaba Baal Tsahra, ningún motivo para ocultarle la verdad. Pero el que fueran o no delincuentes no explicaba por qué dos de ellas habían continuado a pie. ¿O tal vez Farida sí tenía motivos para ocultarle la verdad, incluso para mentirle? Una conocedora persa, una astróloga, no robaba jamales, no dejaba a nadie a pie en el desierto. Y si lo hacía, no sería porque sí, sino por motivos poderosos que, tal vez, tuvieran que ver con el lenguaje insondable de los astros. Las huellas que ahora estaba siguiendo, si bien eran un tanto erráticas en la arena, la desviarían de su camino a casa. Pero, por otra parte, si habían seguido a pie no podrían desviarla demasiado. Era un suelo que ella había adivinado granuloso, por el sonido de las pisadas suyas y, sobre todo, por el paso no tan muelle de los animales. Ahora tenía la brisa desde la derecha. Levantó la vista: hacia el poniente una estrella poderosa, apenas elevada sobre el horizonte, parecía indicar un camino. Baal Tsahra se admiró de su potencia, de su intensa luz amarillenta. ¿Qué astro o estrella era esa? No la reconoció. Hacia allá iban las pisadas. ¿Pero ella? ¿Por qué, en realidad, seguirlas? No había ninguna seguridad de una recua de mulos por allí, ningún negocio ni ganancia segura por hacer. ¿Quién era ella para ponerse a seguir unas pisadas en medio del desierto, en medio de la noche? ¿Y para qué? Tal vez las mujeres iban a pie porque irían a encontrarse con alguien. Tal vez lo que ella había deducido estaba equivocado. No era su problema y, sobre todo, no era importante. Lo importante era que ya tenía en su poder el objetivo del viaje: la dote para el hijo, y muy buena, por cierto. ¿Para qué más? Deberías regresar, Baal. ¿Arriesgar lo ya ganado en pos de un negocio de mulas que ahora estaba, para decir lo menos, en entredicho? Acabó de hacerse esas preguntas y casi decidió que no continuaría más en aquel rumbo. El recuerdo del hijo y su inminente casamiento terminaron de decidirla. Abandonó las huellas y comenzó a desviarse hasta tener la brisa, muy tenue y fría, de frente. Ahora iba hacia el norte, hacia su pueblo. Sí: el hijo se pondría contento. De haber continuado por la ruta que llevaba, siguiendo las huellas dejadas por Meutas Kœlat y Aisha Pari, Baal Tsahra habría topado con ellas. En cambio había llegado a un cuarto estadio de distancia del lugar donde ahora yacían, agotadas, las dos sabias. Estaban


dispuestas a morir con toda la dignidad que la situación les permitiera, y todo parecía indicar que entrarían al mundo de los difuntos según el orden dispuesto por la naturaleza y el devenir: primero Meutas, la más vieja y débil de las dos; luego, tal vez apenas medio día más tarde, Aisha. Ambas sabían que la terrible muerte por deshidratación no hacía muchas diferencias con el tiempo restante de los condenados a sufrirla. La mayor y la más debilitada de las dos embajadoras ya se había abandonado a lo que creía mandato inapelable del destino, estaba dispuesta a aceptarlo, resignada, desesperanzada. Aisha Pari, por el contrario, aún mantenía una esperanza. Era un resto de fe, un aliento desfalleciente pero cimentado en el prestigio del Horóscopo y en el absurdo increíble que le parecía el tener que perder la vida en la flor de la edad. La esperanza que la confortaba era como un dique, tras el cual las aguas de la desesperación crecían e iban haciendo grietas y amenazaban con inundarlo todo. Por esas grietas se filtraban los pensamientos de la muerte. Aisha se había dicho que si Meutas moría primero, no iba a prolongar su agonía haciendo un uso indigno de sus dientes, ya que no disponía de nada cortante. Nada valía la pena, pensaba, de sobrevivir un poco más, un día o a lo sumo dos, bebiendo la sangre de su compañera; en cambio, había comenzado a pensar en cómo podría hacer para acortar el propio sufrimiento. Conocía la técnica de ahogarse con la propia lengua, cortándose el frenillo y empujándola enseguida con violencia hacia la garganta. Una vez allí, ningún instinto, ningún arrepentimiento podía volver la lengua a su lugar ni devolver la vida en fuga al suicida. Pero para ello necesitaría de una desesperación de la que, por el momento, carecía. Todo a su tiempo, se dijo; tal vez encontrara, en el momento adecuado, la energía para rasgarse el frenillo con los dedos y lanzarse al abismo de la asfixia. Tales eran sus pensamientos cuando aguardaba la llegada del sueño, con la cabeza apoyada en la capucha de su albornoz, a través del cual percibía, al menor movimiento, el murmullo de la arena fría. En aquel momento fue cuando algo la hizo oír lo inaudible; pasos. Se había puesto de pie; había divisado la caravana. Y había gritado, primero ella, luego también Meutas, pero Baal no las había oído porque ahora tenía la brisa de frente. Más de ocho estadios habían corrido las dos sabias, gritando,


desesperadas siempre en pos de la caravana, sin que Baal Tsahra oyera ni viera nada. Pero en determinado momento la mercadera vio que Alef movía las orejas y la cabeza, mostrando señas de inquietud. La mujer miró en derredor y se volvió: muy lejano, detrás de sí y cerca donde estaría el horizonte, vio un resplandor. De inmediato hizo detener a su montura y, observando con detenimiento, pudo distinguir, lejanas, minúsculas, las llamas de un fuego. Como el fenómeno estaba más o menos en un lugar por el que había pasado, sin haber visto nada, en los primeros instantes no pudo darle una explicación. El miedo, el pavor que por momentos fue terror, volvió a visitarle la espalda y la nuca. Al observar con más atención, tratando de aguzar la vista, le pareció ver un movimiento de figuras cerca de aquel fuego, que estaría, estimó, a menos de dos estadios de donde ella se encontraba. Transcurrieron unos instantes durante los cuales el fuego decreció, un instante tornó a hacerse más vivo y por fin se apagó. Y la noche retornó a su silencio, a sus mudas preguntas. Baal Tsahra pensó entonces que había visto algo que nunca había existido. Sintió una necesidad de no estar allí, de estar contando lo que le había ocurrido, de ver la cara de incredulidad o de asombro de sus oyentes, en un mercado, a la luz del día, rodeada de rostros reconocibles y atentos. Necesitó estar en un futuro, en un sitio donde la convencieran de que había soñado o por lo menos donde alguien le diera una explicación sencilla y plausible, de tal manera que pudiera aceptarla sin más y pensar cómo era que no se le había ocurrido antes. No conocía ningún caso de fuegos repentinos en medio del desierto, fuegos que se encendían, duraban lo que una lavada de cofia, y luego se extinguían. Pensó fugazmente que tal vez esa visión que había tenido se debía a su cansancio, que aquel resplandor místico era solo producto de su cansancio. La idea le devolvió un momento de tranquilidad, pero la desechó enseguida porque había sido su dromedario Alef el que primero había advertido, con un sentido inexplicable pero certero, que algo extraño había estado ocurriendo en la noche del desierto, detrás de ellos. ¿Había olido el humo? ¿Había oído el crepitar de los leños, o lo que fuera que había ardido? ¿Había visto, con sus ojos situados a ambos lados de la cabeza, el resplandor del fuego? Puesto que los jamales podían adivinar la presencia cercana del


agua, aunque fuera invisible para el ser humano, razonó la mujer, tal vez también podrían presentir la cercanía del fuego. Volvió a preguntarse qué haría. La idea de continuar le pareció irrealizable, porque todo tenía el sentido indecible y misterioso que emana de los símbolos. Pensó en los signos indescifrables que alguna vez había visto inscriptos y pintados en mausoleos egipcios, señales que la devolvían a una zona donde lo irremediable, donde lo inapelable dominaba. Hizo un esfuerzo por vencer el miedo que, semejante al poder que poseían los encantadores de serpientes sobre las cobras, la tenía indecisa y paralizada. Se dijo que el fuego, razonablemente, tuvo que haber sido producido por un ser humano. Por mujer, desde luego, y con bastante seguridad por más de una, ya que eran pocas las que, como ella misma, viajaban solas en el desierto. Aquella fogata, se dijo, era sin duda una señal, un llamado dirigido a ella. ¿Pero por qué se había extinguido? Por fin hizo avanzar la caravana, lenta, prudentemente, en dirección adonde había visto el fuego. En tanto Meutas, al enterarse por boca de Aisha que las figuras de la caravana se habían detenido, recobró un poco las fuerzas, se puso en pie y se mantuvo así, anhelante y con todos los sentidos aguzados. Quizá las beduinas, pensó, o quien quiera que fuesen las viajeras nocturnas, se habían detenido por haber visto el fuego que encendiera Aisha. Trepó un poco más, se acercó a su compañera, se detuvo, respiró hasta la calma. En aquellos momentos extremos, cuando estaba jugándose la sobrevida o la muerte, los sentidos se agudizaban hasta extremos inconcebibles en situaciones normales. Así como Aisha había oído las pisadas de animales que se encontraban muy lejanos, del mismo modo Meutas veía en la oscuridad relativa cómo las figuras, que calculó estarían a no más de dos estadios de distancia, reiniciaban el movimiento, ahora hacia donde estaban ellas. La luna se encontraba cerca del horizonte, y las sombras eran menos nítidas, pero de todos modos podía observar el progresivo acercamiento de la caravana. Penosamente las abandonadas se pusieron en marcha hacia la salvación. Eran dos figuras alucinadas y alucinantes que avanzaban, casi corriendo, dando tumbos, desnuda la una y vestida la otra, tropezando y cayéndose, ayudándose la una a la otra, gritando como dementes con voz ronca y desgarrada.


Faltaba poco para que comenzara a clarear. La sombras que proyectaban los jamales en la arena, ahora de una oscurísima tonalidad gris amarronada, eran alargadas y por eso difusas sobre las ondulaciones del suelo. Todavía era difícil distinguirlas. Baal Tsahra pensó en esto, y como no conocía la índole del encuentro hacia el que se dirigía, no pudo determinar si aquello era una ventaja o una desventaja. Solo concluyó que era probable que, fueran quienes fueran las que habían encendido el fuego, comenzarían a verla a ella antes que a la inversa. En determinado momento la verdad se le apareció en toda su nítida sencillez: eran las dos mujeres que Farida había abandonado sin dromedarios. La habían visto, le habrían gritado durante fuera ella a saber cuánto tiempo –ahora comprendía que tenían la brisa en contra– y ella no las había oído. Baal Tsahra apresuró el paso, al tiempo que continuaba el razonamiento: para avisarle de su presencia, encendieron un fuego, tal vez la última esperanza de que ella las viera. La mercadera comprendió que se dirigía al encuentro de las antiguas dueñas de los animales. Podría surgir un conflicto, razonó, o, por lo menos, una discusión sobre quién era la dueña verdadera de las bestias. Fue una idea que la visitó por unos segundos; no podía ella, en esas circunstancias, temer ningún tipo de discusión o razonamiento sobre la propiedad de los animales ni sobre ninguna otra cuestión semejante. En primer lugar, se dijo, ella había adquirido las bestias de buena fe. Y sobre todo, eso estaba claro y era indudable, en buena ley: ahora le pertenecían. Que antes se las hubiesen quitado a las otras, por motivos fundados o injustos, no afectaba el hecho de que, en el momento mismo del hurto o el despojo, habían cesado de pertenecerles, como habían dejado de pertenecerles a Farida en el instante en que, a cambio, recibió los sestercios y el otro dromedario. Baal Tsahra se dijo que tendría mucha prudencia, por cierto, pero además todo le estaba indicando que iría a salvar a dos mujeres de la muerte. De un fin que tenía que haberles parecido seguro. No estarían ellas, entonces, en situación de cuestionarle su derecho, sino de quedar con ella en deuda de gratitud eterna. En el momento en que terminaba de pensar en eso oyó los primeros gritos de las caminantes nocturnas; casi al mismo tiempo divisó las figuras de las dos mujeres. Estaban ahora a menos de un tiro de arco de distancia y sus gritos le llegaban distintos y


espaciados. Se dió cuenta de que eran voces roncas y débiles, como de quien hubiese estado hablando o gritando largo tiempo y hubiese comenzado a quedar sin voz. Toda idea de algo sobrenatural había desaparecido; ahora Baal Tsahra tenía la certeza de que ahí estaban dos mujeres que necesitaban su ayuda. Por cierto, iba a brindársela. –¡OOÉEEEE... OOÉEEEE...! –les gritó, para avisarles que el contacto estaba establecido, que ahí llegaba ella. Cuando Baal Tsahra estuvo a medio tiro de arco de las dos mujeres y vio que una estaba desnuda la invadió por unos segundos una sensación de estar soñando, de estar metida en una pesadilla grotesca y absurda, porque la que sus ojos veían era una imagen de alucinación, ajada y perversa, inverosímil, enemiga. Sin embargo enseguida comprendió que esa desnudez era porque, a falta de otra cosa, la mujer había encendido su albornoz. Mientras oía las primeras, entrecortadas palabras que le dirigían, se preguntó si a ella, en esa situación, se le habría ocurrido semejante procedimiento y sintió una vaga admiración por la mujer desnuda. Ya estaban muy cercanas; ahora podía distinguir las formas con mayor precisión, oír los jadeos, las maldiciones de un tropezón. Hizo arrodillar a Alef; en ese momento una silueta más oscura y lenta, la que estaba vestida, más atrás, cayó al suelo, desvanecida. La otra estaba ya ahí, a su lado, desnuda, dándole gracias en lengua franca, pidiéndole agua, agua, agua. Baal Tsahra se apeó y de inmediato buscó y encontró en su alforja una cantimplora y dio de beber a la más joven, que pese a la agitación estaba tiritando; luego ayudaron a la otra que, al sentir el contacto del agua en los labios, recobró el conocimiento y bebió con avidez. Baal Tsahra les indicó que tomaran a pequeños buches, haciendo pausas. Mientras bebían, Baal Tsahra hurgó en las alforjas y extrajo un lienzo que entregó a la mujer desnuda para que se envolviera. Poco después, cuando hubieron aplacado la sed, comenzaron a hacerle preguntas, a contarle cómo era que estaban sin animales, a comentar la afortunada idea de encender el fuego. La normalidad recobraba poco a poco sus fueros; hubo presentaciones; resonó, en el relato entrecortado y caótico de los dos sabias, el nombre de Farida. Ante todo, la mercadera decidió hacer un campamento allí mismo.


Khalida, tensa los músculos y salta por encima de la cabeza de Aisha, hacia las rocas que esta tiene a sus espaldas. Por una fracción de segundo la mujer ve la cara de la bestia agigantándose, veloz, su claro vientre y enseguida el rabo hacia ella, fogonazo que la golpea en la cara como un golpe de látigo, haciéndola trastabillar. Ahí deslumbra, a una distancia que lo pone a salvo de las armas de los humanos; ahí está su cuerpo, sensual, dorado oscuro, manchado de lunares negros y de sangre; ahí sus extremidades altas y musculosas, sus pupilas redondas en ojos fríos de amarillo verdelimón. Tiene las zarpas muy anchas y las uñas salidas, como si no pudiera meterlas para adentro, listas para la pelea. Parado a una altura superior a la de las mujeres y el dromedario, con la cabeza orientada hacia el grupo, el felino observa su obra mientras jadea suavemente. Pese a la herida en el ijar, tiene una especie de sonrisa satisfecha. Los dos mujeres se quedan un instante inmóviles, sin saber qué hacer. Baal Tsahra tiene una fugaz sensación de irrealidad y se pregunta cómo ha comenzado todo, qué está haciendo ella allí, armada con una lanza y mirando a aquel animal que parece salido de un sueño malo. Después del rescate, del encuentro nocturno con Meutas Kœlat y Aisha Pari, después de haber comido y descansado, a sugerencia de la comerciante habían decidido continuar juntas. Los dos sabias habían intentado explicar a la mercadera por qué estaban de viaje en el desierto, habían tratado de hacerle comprender su alta misión, sin lograr conmoverla y, desde luego, sin convencerla. Baal Tsahra había resuelto regresar a su lar, en Zélaf, lo antes posible pero como las dos astrólogas querían seguir hacia el destino que se habían señalado, las tres habían convenido en viajar juntas. Irían hasta un poblado; mejor, hasta Petra, la capital del reino de las nabateas. Para ello harían la mayor parte del viaje durante las noches. Este cambio de meta no significaba un desvío importante para la mercadera. Sobre todo cuando pensaba en que una vez allí, las recién salvadas se pondrían en contacto con alguna representante, emisaria o comerciante de su reino y, según le prometieran ante las diosas, le darían una suntuosa recompensa.


Así marcharon, con pocos descansos, unos seiscientos estadios, según cálculos de Aisha. Ya estaban en los bordes del desierto y presentían el inicio de una nueva etapa. Hacia el final de la segunda noche, se aprestaban a ver aún otro amanecer. Pero cada una de las tres viajeras, sin confesárselo a las otras, lo presentía diferente. Estaba ahí. Estremecedor, como una promesa, semejante a una puerta entornada al porvenir. Presenciarlo sería como llegar, después de muchas jornadas de marcha en el desierto y a través de montañas áridas, a la región donde estaban los perfumados cedros del Líbano. Como una visión del futuro, pensaba Baal Tsahra. Pronto sería el momento de hacer campamento, de comer y descansar. Habían dejado atrás los arenales y comenzado un lento, por momentos imperceptible ascenso hacia una zona montañosa. El terreno que pisaban, igualmente desértico, parecía haberse transformado, sin embargo, en forma notable; la arena fina y dorada se había transmutado ahora en arenisca oscura y firme. Durante considerables extensiones el suelo fue duro y pedregoso. Habían visto rastros de lagartijas y excrementos de ratas del desierto y de chacales; sabían que podía haber incluso leopardos y panteras por los alrededores. Aparecían, aisladas de a dos o tres al principio, luego en grupos mayores, palmeras de dátiles y algunas acacias. Por prevención, con dos ramas de las menos torcidas, Aisha y Baal Tsahra se habían fabricado sendas lanzas, amarrando puñales en los extremos. La medida se mostró acertada. Al iniciar el descanso no habían tomado otras precauciones que atar a los jamales, pues carecían de leña suficiente. De haberla tenido, habrían mantenido a alguien de guardia junto al fuego encendido durante el tiempo que restara para que fuera pleno día. Las tres mujeres habían dado con un pequeño manantial entre las rocas y decidieron acampar allí. Se acurrucaron juntas al abrigo de unas salientes rocosas, que prolongaron con la tela de la tienda, y se dispusieron a descansar en ese amplio y fresco habitáculo. Los dromedarios se habían mostrado inquietos y por ese motivo la mercadera, temerosa de que pudieran alejarse del campamento, los había atado con una cuerda. Ahora Baal Tsahra maldecía aquella decisión y aquella cuerda que, si había impedido que los jamales huyeran, también les había imposibilitado de buscar refugio más cerca de las mujeres, tal vez de


despertarlas a tiempo para prever o evitar el ataque. Y ahí estaba su dromedario, lastimado por la fiera de un modo lamentable. Pese a que perdía abundante sangre Khalida comenzaba a incorporarse, mientras Aisha y Baal corrían hacia el felino, gritando, con la intención de ahuyentarlo pero sin conseguirlo del todo. La fiera parecía no conformarse con haber perdido una presa tan adecuada al tamaño de su hambre. Si bien se alejaba un poco ante las embestidas de las dos mujeres enseguida las evadía, pero quedándose, enseñaba los colmillos y amenazaba con volver a atacar. Las dos mujeres, improvisadas cazadoras, buscaban todo el tiempo cerrarle el paso y llevarlo de a poco contra un paredón de rocas, pero en determinado momento, en vez de continuar dando rodeos y buscando escabullirse o encontrar una posición más ventajosa para un salto o un ataque, el felino se detuvo ante la visión de una figura armada que parecía decidida no ya a auyentarlo sino a atacarlo: quedó inmóvil, tensos los músculos bajo la piel moteada, mientras las dos mujeres continuaban convergiendo hacia él. Intentó retroceder para encontrar una elevación y allá estaba Baal Tsahra cerrándole la retirada, blandiendo la lanza, arrojándosela con un grito terrible y con todas su fuerza desde una distancia igual a uno de sus saltos. La lanza le rozó un costado, le rasgó la piel y entró de sesgo en la carne de una pata trasera. La fiera rugió de dolor; por un instante pareció que la lanza iba a quedar allí enterrada pero el movimiento del animal la desprendió; el felino dio un salto hacia Aisha, que se apartó, veloz y sin soltar su arma; cayó en el lugar donde ella había estado segundos antes solo para rebotar en el piso duro y continuar su carrera y trepar por las rocas hacia mayores alturas. Iba dejando un rastro de sangre; las salientes y las oquedades del terreno lo ocultaron pronto a la vista de las mujeres. Alejado así el peligro inmediato, Aisha recuperó su arma y se unió a la otra, después de lo cual ambas regresaron de prisa al campamento. –Maldito matarife –iba diciendo la mercadera–: ¡que las diosas lo castiguen y se muera! ¡Que se lo coman los chacales! –Ojalá… que nuestra Khalida… se salve –jadeó Aisha Pari. –Perdón: ojalá… que mi Khalida… se salve –corrigió Baal Tsahra, y la otra asintió.


El asunto de la propiedad de los tres rumiantes se había resuelto de modo satisfactorio para Baal Tsahra. Ya en el encuentro inicial, luego de las explicaciones, presentaciones y primeros comentarios, las dos salvadas no tuvieron más remedio que conceder que los animales, de hecho y por derecho, pertenecían a la comerciante. Después de haber por fin ahuyentado al leopardo, cuando las perseguidoras de la fiera llegaron al campamento vieron al dromedario herido y jadeando, pero aún de pie. Meutas Kœlat, de pie en medio de un charco de sangre, acariciaba al animal en la cabeza y soportaba su aliento. –Una tormenta de animales –fue su comentario al verlas regresar–. Algo así nunca había visto. Creo que va a salvarse; las heridas no parecen tan graves, aunque… Había atado un chal en torno al cuello de Khalida a fin de detener la hemorragia y evitar que las heridas se agusanaran. Prevención razonable, porque venidas como por artes de magia de algún lugar del desierto, ya había moscas verdosas; algunas, volando, llenaban el silencio de zumbidos pegajosos; otras estaban posadas en el chal empapado, en las pequeñas orejas peludas del animal, en el charco negro y ya gelatinoso. La hembra había cambiado su habitual mirada indulgente por otra de meticuloso desamparo. Baal Tsahra se hizo cargo de ella; comenzó a hablarle, hizo que el animal se echara en un lugar seco y enseguida dispuso que le trajeran agua. Le dio de beber, le lavó las heridas, enjuagó y tornó a ponerle la improvisada venda. –Pobrecita –le dijo la comerciante, acariciándola–. ¿Casi me la despanzurran, como a un marrano grasiento? Malo, malo, el gato. ¿Verdad que se va a mejorar? ¿Verdad que va engordar la jorobita? Le destrozaron los tatuajes tan bonitos que tenía en el cuello, mi princesa… Luego la hizo echarse a la sombra de las rocas para que descansara. En ese momento el animal lloró. –¿Crees que se salvará? –preguntó Meutas. –No le ocurrirá nada –respondió Baal. Es una bestia muy fuerte. Pero conviene que ahora repose. Tendremos que hacer altos frecuentes y no exigirle mucho en los próximos días. –¿Qué les parece? –preguntó Aisha Pari–. ¿Continuamos?


–Algo ocurrirá pronto –anunció Meutas, enigmática. El rostro de Aisha Pari no traslució nada; la mercadera, por su parte, no pareció con ánimos de inquirir por el significado de aquellas palabras, si era que lo tenía. Para ella siempre algo ocurría pronto. –Quedémonos a descansar otro poco –dijo la mercadera, y las otras estuvieron de acuerdo. Tornaron a buscar acomodo en la sombra de la covachuela entre las rocas; se quedaron en silencio, buscando la modorra, tal vez el sueño. El sol estaba a veintiún grados sobre el horizonte cuando Meutas, tomando su morral se incorporó, salió a la mañana y se subió a un terraplén de esas rocas, especie de atalaya desde la que se dominaba una extensión considerable del desierto. Hizo una estimación horaria y anotó el resultado en un papiro. Levantó la vista y miró a su alrededor; después, llamó a las otras. Hacia el norte el cielo aparecía como un telón de fondo que alguien no hubiera terminado de pintar. Una mancha de un celeste claro, casi blanco, se elevaba desde la línea quebrada que marcaba el límite de la tierra hasta un azimut superior al del sol. Observándola con atención, se diría que la mancha estaba a la misma profundidad que el azul plano de la bóveda. –¡Miren, miren! –exclamó una Meutas extasiada, mientras señalaba el fenómeno a sus compañeras de viaje. –¿Qué es eso? –preguntó Aisha –¡Una nube! ¡Una nube! –dijo Meutas. –Es cierto –constató Aisha–. Hacía tanto…. Los dos sabias contemplaban emocionadas, como con devoción, aquella lejana mancha blanca, con forma de yunque. La mercadera también le prestaba atención y miraba, ora la nube, ora a las otras dos, tratando de descifrar un significado diferente en aquello que estaba en el cielo. Por lo que pudo deducir, no era más que una nube. Era cierto que se veían pocas veces, pero así y todo había visto unas cuantas en su vida, e incluso había visto llover, de modo que le parecía que una nube no era como para hacer tanto aspaviento. Por eso preguntó: –¿Es que nunca han visto una nube? Meutas Kœlat volvió la cabeza hacia Baal, le echó una ojeada condescendiente y tornó a fijar la vista en lo que la tenía tan fascinada, mientras preguntaba:


–¿Sabe usted lo que es una nube? La pregunta dejó a la mercadera sin respuesta. En boca de la versada Meutas Kœlat, cualquier pregunta, por simple que fuera, la ponía de bruces con todo lo que ella no sabía y con lo que, sabiéndolo, era incapaz de explicar o relacionar con otros fenómenos. La verdad era que jamás se le había ocurrido preguntarse en qué consistían las nubes. Meutas dejó transcurrir un tiempo prudencial y volvió a interrogarla con la mirada, un gesto del mentón y un alzar de cejas. –Pues… en verdad, no tengo la menor idea –dijo por fin Baal Tsahra. La respuesta asombró a la astróloga. –Pero habrá pensado –le replicó– de qué están compuestas, por qué son tan diferentes unas de otras…, cuál es la relación entre las nubes y el agua de la lluvia…. –No. ¿La verdad? eh… no. Nadie sabe… nadie… –¿De dónde proviene el agua de las lluvias? –Pues no lo sé. –De allí, de las nubes. –¿Y de dónde la sacan? –¿Nunca ha calentado agua? El humo del agua hirviendo, sube. El humo son gotitas, pero tan pequeñas que no las vemos. –¿Y por qué sube, cree usted? –Tiene que ser porque son más livianas que el propio aire: pesan menos. Así, casi siempre, se eleva humo de agua, que no vemos: del mar, de las plantas. Y con él se forman nubes. El viento las empuja, las hace moverse; a veces sueltan el agua: cuando están muy pesadas; cuando tienen mucha. Se juntan en gotas más grandes, cada vez más grandes, hasta que empiezan a pesar más que el aire. Es la lluvia. La lluvia, que crea plantas, árboles, palmeras, la lluvia que crea el Éufrates y el Tigris y el Nilo y las selvas que dicen rodean a sus fuentes. Todo eso tiene agua, y hasta es posible que haya agua en la sangre. Los mares y lagos sueltan siempre humo de agua. ¿Y hacia dónde va ese humo? Para las nubes. Así sucede. La mercadera escuchaba en silencio esas explicaciones, con la vista baja, en sus sandalias clavados los ojos, que solo subía de vez en cuando hacia la cara de Meutas, brevemente, como para indicar que continuaba atenta.


–Si eso es cierto –continuaba la mayor, con autoridad–, entonces es maravilla: la cantidad de agua que hay en la tierra, en todos los lugares, no cambia. Aunque veamos un pozo secarse y otro manar. Tal vez haya nubes debajo del suelo. Tal vez también llueva, hacia arriba, debajo de la tierra. Eso explicaría por qué hay pozos que a veces se secan y otros que tienen agua. O tal vez haya ríos debajo del suelo, ríos que llevan el agua a los pozos. –¿Y qué me dice de las formas de las nubes? –le preguntó Aisha, uniéndose al interrogatorio. –Sí, –dijo Baal Tsahra, entusiasmada–, yo he visto nubes con formas cambiantes, con el fondo oscuro y achatado, formando como unas montañas hacia arriba del cielo, como bolas de algodón… y cuando el sol… un poco como…–prosiguió la mercadera, y señaló hacia el norte. La nube aparecía ahora más cercana, más gris y más grande. Había perdido su inicial carácter plano, arriba y de frente y presentaba protuberancias más oscuras; al mismo tiempo se había elevado hacia el cenit y en su navegación hacia el lugar donde estaban las viajeras había comenzado a enrojecer, a abultarse como con aglomeraciones vellosas que eran atravesadas por los rayos diagonales de un sol caliginoso. Por encima de las mujeres, ahora, lentas y veloces se aglutinaban y fundían, surgían y se esfumaban formaciones sugerentes de objetos, caras, animales, deseos y miedos. Iban a la vanguardia de otros nubarrones que aparecían mágicamente detrás de ellas, extendiéndose en grises amarronados y ganándole espacio al azul liso de la bóveda. De pronto fue evidente que estaba formándose una tormenta. La tenue brisa que sentían en aquellas alturas cesó por completo. El calor se hacía casi insoportable; parecía difícil moverse, respirar. –Nunca pasé tanto calor –aseguró la mercadera con aire desenvuelto. Y como las otras callaran, consideró conveniente agregar–: Si tuviéramos gallinas acá, pondrían huevos fritos. Desde la elevación privilegiada en la que se encontraban las tres viajeras podían observar el espectáculo esplendoroso del juego de sombras y luces que, como contrapunto al drama de carbones que se desarrollaba en el cielo, se extendía sobre las ondulaciones de la semiplanicie desértica que habían dejado atrás.


–Simún –dijo Aisha. –Lluvia –afirmó Baal Tsahra. Ambas miraron a Meutas Kœlat en busca de un fallo, como reconociéndole autoridad y suficientes conocimientos en materia de nubadas y tormentas. Las formaciones nubosas habían ganado el norte y el oeste del embovedado espacio –ahora su forma se sentía, se hacía evidente por la presencia de las nubes–, y habían quitado tanta luz al aire y generado tantas sombras que parecía llegado el anochecer. Meutas estaba extasiada contemplando el espectáculo majestuoso de la tormenta en el desierto, pero había escuchado aquellas opiniones disímiles y se hizo cargo de que se esperaba un diagnóstico de ella. –Ni arena ni agua –dijo–. Por lo menos no para nosotros. Solo ruidos y luces. En efecto, las nubes parecían haber tomado un rumbo sesgado. Ya hacia el este comenzaban a aparecer jirones de cielo azul. La turbonada, a una velocidad asombrosa, oscureció, fuliginosa, hasta el gris avioletado. Pronto vieron rojizos resplandores violentos que iluminaron las concavidades, proyectándolas hacia adelante, a la vez que las protuberancias eran momentáneamente deprimidas, en un cambio brusco de volúmenes. Vieron cómo finísimos hilos blancos quebrados, ramificados, comunicaban al instante el suelo con las masas en movimiento, seguidos de unos estampidos que se expandían en ecos por el desierto y las montañas. Las tres mujeres estaban mudas de pavura por aquellos ruidos formidables que les traían ráfagas de un viento frío, pero el impulso de esconderse, de buscar refugio, el reflejo de implorar perdón y piedad a las diosas cedía a la fascinación de contemplar aquel prodigio. Los animales estaban de pie, juntos los cuellos, dando pernadas de temor o impaciencia. Meutas Kœlat, Aisha Pari y Baal Tsahra se habían acercado las unas a las otras, tan instintivamente como sus monturas. Pronto las nubes fueron alejándose; pronto fueron perdiendo vigor, diluyéndose y desapareciendo tras las elevaciones y tras la oculta línea del horizonte, hacia el suroeste. Con las nubes y el viento se esfumaron, como por encanto, las moscas verdosas. La mercadera se acercó a los dromedarios para hablar un rato con ellos y tranquilizarlos, después regresó al socavón


y pronto estuvieron las tres reunidas en la sombra de la tienda, en torno al fuego apagado, preparadas para conversar un poco antes de dormirse. Baal Tsahra había entrado la primera, para marcar así que no estaba dispuesta a hacer la primera guardia. –Suceden cosas raras en este país –aseguró Aisha, como si las otras no se hubiesen percatado–. En realidad –se corrigió–, en casi todos los reinos. Lo que es normal en un reino, es asombroso para los que viven en otro. Baal Tsahra trató de verle el semblante. Sentada junto a Meutas en la entrada de la tienda, con el cielo deslumbrante a sus espaldas, las dos sabias eran agujeros, planas siluetas negras. –Me dijo una vez una griega –comentó la mercadera, como para confirmar el aserto–, que hay una tierra donde el suelo está formado por una especie de arena muy pero muy fría, blanca, que, si se calienta, se transforma en agua. Y que allí no hay arena como la de acá, sino ese suelo, con árboles muy extraños y muchos, y altos como hasta dos palmeras. Y que más al norte, muchos estadios más al norte, el suelo es blanco y duro. Y no crecen plantas de ninguna especie, ni árboles. Y no vive nadie allí, sino algunos animales blancos y peludos. Parece ser que los días son muy largos; el sol, me decía, cuando se ve –porque casi siempre hay nubes–, nunca llega al horizonte. Apenas lo toca y luego se eleva, pero no mucho. El aire es frío, tremendamente frío. Y sopla el viento, helado. Y cae arena fría y blanca de las nubes, como escamas de pescado. Si una escupe, la saliva llega dura al suelo, y hay que entrecerrar la vista, y pestañear mucho, porque si no la humedad de los ojos puede ponerse dura y ya una no puede cerrarlos mas y queda ciega. ¿Será cierto? Las dos astrólogas no dijeron nada; Aisha se limitó a hacer un gesto de quién sabe, mientras Meutas miraba a la mercadera y con su silencio le decía que esperaba seguir escuchándola. Así alentada, Baal prosiguió: –Y me dijo que esas tierras existen hacia el norte, muy hacia el norte, pero que también hay otra igual muy, muy hacia el sur. Hay cosas raras que se dicen, de la tierra, y de los animales… Dicen que cuando África se termina, hay un enorme mar, y que más allá, hacia donde el sol se pone, hay unas tierras pobladas por gente pobre, y que hay una isla enorme con personas de gran conocer y muy ricas,


con tantas cosas prodigiosas, y sobre todo animales que también son… así, diferentes. –Es cierto –confirmó Meutas, pensativa–. Hay registro y testimonio de viajes por el mar, el mar que empieza donde África termina y el sol se pone. Viajes de ida y, al cabo de años, de regreso, viajes que hicieron hace siglos, ya, algunas de las habitantes del Peloponeso o, según otras, las fenicias. –Es cierto –aseguró Aisha–: yo también he leído sobre esos viajes. Hay papiros que lo cuentan en nuestras bibliotecas. –¿Y cómo se orientaban en el mar? –preguntó Baal Tsahra. –¿Y cómo sabían –completó Aisha– que el mar tenía fin, que había tierras? Porque podría no haber sino mar, hasta el fin de todo, o hasta quién sabe cuándo. –Si el lugar donde vivimos es como una bola inmensa –respondió Meutas Kœlat–, cosa que se dijo y acaso demostró hace dos siglos, el mar no puede ser infinito. No puede no tener un fin. Navegando siempre con el mismo rumbo, tarde o temprano tenían que dar con tierra. Yo pienso que creyeron en eso y se lanzaron. O algunas corrientes y tormentas las alejaron de la costa durante muchas lunas, y se alejaron tanto que pensaron que era mejor continuar. Pero dicen otros textos que ya antes, bajo el imperio de una reina egipcia, un barco había partido del delta del Nilo y llegado a aquellas tierras lejanas… –Pero, Meutas, –empezó a protestar Aisha– no sería cuestión de nada más mantener un rumbo… Porque, ¿cuántos días de navegación incierta las esperaban antes de encontrar tierra? De eso nada dicen los textos que yo conozco. ¿Y dónde exactamente estaba la tierra? ¿Y si eran islas y no tierra firme? –Bueno, yo solo sé lo que he leído. Determinar en qué dirección está la tierra más cercana es muy fácil: siempre puede saberse mediante las aves. Las capitanas más experientes llevan a bordo varias aves en jaulas. Por lo común palomas o cuervos. Nunca se marean, según dicen. Y para la tripulación, ya se sabe: “Nausea non poterit quemquam vexare marina, antea cum vino mixtam si sumpserit illam.” Baal Tsahra escuchó esto último y miró a Aisha, esperando una aclaración, pero la mayor continuaba:


–Después de varios días de navegación, si han perdido el rumbo y la posición por estar el cielo cubierto, o porque ha soplado el viento en un sentido contrario, o por las corrientes, si entonces quieren o necesitan llegar a la tierra más próxima, lo que hacen es soltar un pájaro. Ellos se orientan siempre, y vuelan, claro está, hacia la tierra más próxima. La capitana no tiene más que seguir el rumbo que marcan las aves. –Las aves –completó Aisha– tienen además la ventaja de que pueden elevarse hasta que vean tierra. Cuanto más alto vuelan, más lejos pueden ver. Pero dicen que se orientan de todos modos, aunque no tengan tierra a la vista. –¿Y qué encontraron en aquellas regiones? –preguntó Baal Tsahra. –Personas. Animales. Árboles. Ciudades. Riquezas. Civilizaciones. Todo muy diferente de lo que se conoce por estas tierras. Sus diosas, incluso, eran diferentes, aunque sobre eso mucho no decían los textos que yo leí. En fin, todo lo que encontraron era distinto…. pero al mismo tiempo, bien pensado, era igual. Unas pocas mujeres tomaban las decisiones que la mayoría cumplía. Unas pocas tenían las riquezas que la mayoría no tenía. Muchos, que nada sabían, trabajaban para pocas que sabían mucho. Y oro y plata por doquier. –Pero hay filósofas que aseguran que no vivimos sobre la superficie de un disco, ni de una esfera –dijo Aisha.. –¿Y dónde viviríamos, si no? –preguntó Baal Tsahra, vivamente interesada. –En la superficie interior del universo, que sería como una gigantesca bola, con partes de tierra y partes de vidrio. El cielo sería la parte de vidrio. El sol, aseguran, no sería sino un agujero situado en una esfera móvil, igual que las estrellas, un agujero por donde puede verse la luz y el calor que hay afuera de la bola, que es el universo. –Yo he escuchado algunos comentarios así –mintió Baal Tsahra; pero a mí me interesan no tanto esas ideas como, sobre todo, los animales. Hay tierras con seres tan curiosos que… –En mi opinión –postuló Aisha, interrumpiéndola–, más fascinantes que los animales son las plantas. Pero, de todos, los más interesantes de los animales son las aves. Poder volar. Si los humanos pudieran volar…


–Cuando el ser humano pueda volar –sentenció Meutas Kœlat–, el tiempo va a cambiar. De velocidad, y de sentido. Baal Tsahra la miró, de ceño preocupado y cara de no comprender. Se esperaba una explicación que no llegó. Meutas hablaba mientras los pensamientos de Baal Tsahra dejaron el recinto y entraron en la zona de los recuerdos y las fantasías hasta que se sumió en una ensoñación. Una bella muchacha ponía a una bebé recién dormida en una cuna hecha con paja de establo. A su lado había un viejo. “Así está magnífica y bien acompañada”, le susurraba Baal Tsahra, palmeando un burro y sonriendo a la muchacha. “No hay mejor compañía que la de uno de éstos”, aseguraba, mostrándole el burro. “Bueno, partamos”, decía Meutas, poniéndose en movimiento, lo que Aisha y ella imitaban. “Ya hemos estado con ellos lo suficiente. Nos vamos, que tengan buena suerte. Díselo, Baal”, le pedía Aisha. Y ella le traducía al arameo. El viejo, de barba muy blanca y acuosos ojos azules, y la hermosa madre joven las acompañaban un tramo de un camino, para despedirlas. Caminaban juntos, los cinco a pie, en silencio, ellas llevando a sus dromedarios de las bridas. “Gracias, gracias, amigos” les decía Aisha, deteniéndose, sonriéndoles, haciéndoles un gesto de gratitud, breve reverencia con la mano izquierda en el pecho. “Sí, quédense ustedes acá, y en paz”, les decía Baal Tsahra. “Nosotros continuaremos. El burro…” “Diles que regresen”, terciaba Meutas, interrumpiéndola, “que la Enviada de Diosa está esperándolos”. Aisha meneaba la cabeza, asintiendo y la miraba y en la mirada había significados que se le escapaban. Pero Baal sonreía, estaba feliz y no sabía por qué. Las tres viajeras, respetuosas, emocionadas, abrazaban y besaban a la joven y al viejo, y luego montaban en sus animales y se ponían en marcha. La ensoñación continuaba con que el hombre y la mujer se quedaban de pie bajo el sol radiante de la mañana, viéndolas empequeñecer con sus animales en una loma de olivos hasta que la línea de la cresta comenzaba a devorarlas. Por fin desaparecían de la


vista del viejo y de la muchacha. Y por unos instantes que parecían no acabar, solo eran el calor, las chicharras, el paisaje semiárido. Y al cabo de ese tiempo, que a la pareja se le hacía espera larga, ansiosa y nostálgica, las tres reaparecían en lontananza, ahora apenas figuritas grises en la pendiente de una loma azulada por la distancia. Y el viejo y la muchacha pensaban, cada cual por su cuenta, que era la última vez que las veían, y aquel pensamiento les llenaba el alma de una melancolía infinita. Allá iban, sí; eran ellas todavía; Meutas Kœlat, Aisha Pari y Baal Tsahra en sus dromedarios, reflejadas en las pupilas de los ojos llorosos de la muchacha, en las cataratas incipientes del viejo, como tres reinas. Y por fin no las veían más.

Un rumor creciente y rápido inundó el aire, devolviendo a Baal Tsahra al allí y entonces; en el instante siguiente se apagó, mientras en el espacio de cielo que recortaba la apertura de la tienda aparecieron tres puntas de flecha plateadas sobre las siluetas de Meutas y Aisha y empequeñecieron, alucinadas, silenciosas, hacia el este hasta desaparecer en el horizonte. ¿Qué eran? Rígidos pájaros metálicos, puntas de flecha, triángulos plateados, volando en formación, equidistantes unos de otros, siniestros portadores de algo ominoso y amenazante –¿habían existido? Y enseguida el rumor volvió a nacer y creció y fue fragor, y en un momento se transformó en un alarido, en insoportable aullido que culminó en trueno, seguido de un silencio pastoso y denso. Una súbita sensación de irrealidad, de sueño, de cosa ya vivida volvió a agobiar a la mercadera. Supo de inmediato que ninguna de sus dos compañeras había oído lo que ella, y como no pudieron haber visto aquellas señales desplazarse vertiginosas en el cielo, pues estaban vueltas hacia ella, pensó que se había tratado de su propia imaginación. Meutas continuaba hablando: – … que pienso. Recuerdo que Farida (que las diosas la maldigan), contó una vez de unos pájaros cuyas hembras ponen el huevo en el nido de otros, de otra especie. Cuando nace la pichona, que es mucho más grande que las otras, las empuja y las expulsa del nido, en general matándolas, porque, aunque sobrevivan a la caída del árbol, la madre no alimenta sino a las que estén en el nido. Pero en el nido


está la pichona ajena. Abre el pico para comer y la madre postiza, creyendo que es su hija, solo vive para traerle comida. Al poco tiempo la pichona es más grande que la propia falsa madre, que se le para en el lomo para darle gusanos y larvas. –Un ejemplo de parasitismo notable –apuntó Aisha. –Sí, notable –replicó Meutas–. Pero el ingenio que encontramos en los animales es aparente, su humanidad es aparente. En cuanto a las plantas, los vegetales, concedo que puedan ser más apasionantes que los animales. Pero, sin duda, lo más misterioso de todo está en el tiempo y la energía apresados en lo inanimado: en las rocas, en los metales, en los astros, en el agua y en el aire. Allí, en lo inanimado, está la clave última o primera, de todo lo que sucede, de lo que ha sucedido y de lo que va a suceder. Hubo un silencio, en el que el tono sentencioso y magistral de Meutas Kœlat, su empaque exagerado y pedante pareció agrandarse y cobrar nuevos significados. Y el silencio creció y se hizo incómodo, hasta que Aisha lo interrumpió para pedir a Baal que, antes de iniciar ella las guardias, les contara una historia, una historia que ilustrara lo que Meutas decía, aunque ella, Baal, no estuviera de acuerdo. –Como las narraciones de las retóricas griegas –completó–, de las sofistas. ¿Sabe?, como ejercicio, tenían que contar algo que demostrara la tesis, o sea, lo que en ese momento defendían. Lo divertido es que tenían que hacerlo, con independencia de lo que en realidad creyeran, sin tenerlo en cuenta para nada. Así era antes, y esa es ahora costumbre romana. –¿Usted quiere que cuente una historia sobre rocas? –simplificó Baal Tsahra. –Sí, o sobre el agua, o el aire: sobre cómo en lo inanimado está la clave de de todo lo que pasó y va a suceder. A ver. Baal Tsahra encontró el pedido, si extraño, halagüeño, porque entendía que las astrólogas apreciaban sus dotes de contadora de historias. Pero no recordaba ninguna adecuada y así se los dijo. –¿Qué importa? –comentó Meutas. –Ifigenia de Rhodos –añadió Aisha– enseña en su Retórica que narrar es relatar no lo realmente acaecido, sino lo que debió o pudo haber sucedido. Con un arte, dice, que aún no tiene nombre. Baal Tsahra parecía desconcertada; temió que las astrólogas estuvieran mofándose de ella.


–¿Quieren que les cuente algo que de verdad haya sucedido o algo inventado por mí? Es que hay dos modos de contar, creo… –No se complique la existencia, mercadera –concilió Meutas–. Basta que nos cuente una historia cualquiera donde aparezca algo inanimado que juegue un papel importante. Al fin y al cabo, para nosotras, oyentes, no es posible determinar si lo que usted cuenta sucedió o no sucedió, si tiene apariencia de verdadero. Por lo tanto, no tiene importancia. Basta con que parezca haber sucedido, con que pueda haber ocurrido. La mercadera asintió, pensó un momento y dijo: –Presten ustedes atención: había una vez una esclava escultora. Su dueña le había encargado que hiciera una columna de mármol para un templo corintio. En cuanto la terminase, le dueña le daría la libertad. Pero no antes. La única condición era que la columna fuera de una sola pieza, perfecta. No existía más adecuado estímulo para la esclava que la recompensa ofrecida. ¿Qué más quería que ser libre? Nada. Así, pues, tenía que trabajar artísticamente, es decir, con técnica, inspiración y gusto por lo bonito y armonioso, pero, además, lo más rápido que pudiera, porque cuanto antes terminara, más pronto dejaría de ser esclava. [Punto y aparte, pero sin espacio acá]Al principio trabajó de sol a sol y algún tiempo más por la noche. Pronto se dio cuenta de que rendía cada vez menos, y que la falta de descanso hacía que, además, trabajara mal. Poco tardó en encontrar el medio justo: trabajaba, tomaba sus descansos, daba al cuerpo lo que el cuerpo necesitaba, y le exigía de acuerdo con sus posibilidades. Pero, como artista, sabía que no lograría la perfección sino con obstinado rigor, y eso retrasaba su libertad. Eso es. Creo que por acá podría terminar la historia. ¿Conformes? Meutas revolvía las cenizas con la punta de un cuchillo, en busca, tal vez, de un rescoldo para avivar o para terminar de apagarlo. Aisha Pari, que la había observado y escuchado con atención, se sentó en cuclillas, carraspeó y dijo: –Una historia tiene que tener, como enseñaron las clásicas griegas, un comienzo, un medio y un final. Tiene que tener algún tipo de conflicto. Esta que usted nos ha entregado quedó por la mitad, me parece… Comienzo sí lo tiene, medio, también, pero ¿y el final? ¿Qué ocurrió al fin?


La narradora, que no esperaba otra cosa que ese pedido, no se hizo rogar y continuó: –De acuerdo, continuaré, iré buscando un final. Digamos que la esclava trabajó sin pausa durante doce años, tres meses y veintitrés días. Le faltaba pulir la última hoja de la última voluta del capitel de la columna corintia. Con la excitación que tenía, hizo sin querer un movimiento brusco y la rompió. Acá la historia tiene varios finales posibles. Uno: la ama, conmovida por tanta perfección, tesón y humano fallo final, le concedió la libertad. Dos: la esclava, loca de desesperación, rompió la columna a martillazos y se quitó la vida. Tres: reinició el trabajo con otra pieza de mármol y al cabo de nueve años, un mes y cinco días más, la terminó: cobró su libertad. –¿Y cuál es el sentido, la enseñanza? –interrumpió Aisha. Ball Tsahra no supo qué responder en ese momento y guardó silencio, mientras miraba a la otra, como buscando auxilio. Para responder a la pregunta adecuadamente, en el sentido que suponía le había dado Aisha Pari, habría necesitado pensarlo. Era capaz de preguntar ella misma, de improvisar una o muchas historias; era competente como para tomar la palabra e inventar y divagar durante horas sin soltarla; sin embargo, las preguntas que le planteaban a ella le parecían como dotadas de otra jerarquía, diferente de las aseveraciones; se las tomaba en serio aunque no lo fueran, les daba inmediata prioridad e intentaba darles una respuesta franca, seria y honesta aunque no la requirieran. –Eso –ayudó Meutas–, hay que saber interpretarlo, lo cual… lo cual no es fácil, como consta. Depende del final que se elija, ¿no es así? Tres finales darían tres interpretaciones, por lo menos. Habría que reposar, ¿no? –Descansar es de plata; dormir es de oro –sentenció Baal Tsahra, agradecida–. Téngase presente, también, que el sueño es el padre de todos los descansos. –Y la vigilia, la madre de todos los progresos –propuso Meutas, sonriente. –Yo puedo hacer la primera guardia –ofreció Aisha. –Yo puedo hacer la segunda –dijo Meutas –Y yo la tercera –completó la negociante–: ¿De un sexto de día cada


Tsahra aprovechaba su relativo aislamiento para imaginar la nueva vida del hijo, casado y próspero, protegido por el poder y el prestigio de su nuera, y al cabo dejaba que sus pensamientos flotaran, libres, recorriendo como meandros de un río sus preocupaciones, sus dudas, sus ideas sobre la vida y los animales. ¿Te comprenden? ¿O no te comprenden? ¿Y si entendieran todo? ¿Y si fueran más inteligentes que tú, Baal? Si estuvieran más allá de todo cansancio, de todo dolor, de toda preocupación, y solo hubieran decidido ser así: serviciales, buenos. Tendrían sus pensamientos. Serían felices. Se divertirían con nuestra creencia de que ellos son menos que nosotros. Los humanos, peor que bestias. Te acuerdas: aquella mercadera que venía de un país más lejano que Persia. Y aseguraba que los animales han sido personas. En otras vidas. Que son sagrados. Que no se los debe matar, ni maltratar. Ni comer. ¿Y cuántas personas habrá? ¿Menos o más que los animales del mundo? ¿Habrá entonces almas que esperan un cuerpo para meterse en él? Mira, Baal, si te toca ser puerca después de muerta. Y si el alma de tu cerdo, de tu querido Abdulasis, se mete en cuerpo de mercadera, y si te toca ser su propiedad: ¿Te gustaría que te quitaran sangre? Un humano comiendo a otro humano. Y hay pueblos que comen gente. Los capturan. Engordan. Gente que vive donde nace el Nilo, y más allá. Impresionada. Soñabas con eso. ¿Sabrosa la carne? Un misterio, Baal, un misterio. Tal vez sí te gustaría. Como perder mucha sangre. Sentirse débil. Agradable. Raro. Como le gustaba a Abdulasis. ¿Porque son animales, les gusta? Extraños los cerdos, y los jamales, y las gallinas. Lo que les gusta a ellos no es normal, no para los humanos. Ah, si te comprendieran, Alef y Mahrim. Y esta, Khalida, que habrá que ordeñar, en Zélaf. Hacer queso y bebidas fermentadas con la leche. Tomársela. Sola, y después fermentada. Embriagarse. Reírse con bebidas. Si te comprenden, ¿responden? ¿Si supieras que te comprenden pero no pudieran contestarte? Solo entender lo que dices. Les alegrarías el camino. Los momentos duros de subida en arena fina. Ellos, como tú, siempre en camino. En movimiento. No como palmeras. Los árboles, ¿vivirán? ¿Y las plantas? Hay sabias que aseguran que sí. Viven. Que respiran. Pero no se mueven, sino con el crecimiento. Lentísimo. Y con la brisa. Una vida con raíces. Los humanos, algunos, casi no se mueven. Siempre en casa, en su calle.


Siempre en los límites de su pueblo. Echan raíces, como plantas. Y si la guerra los saca de su lugar, y se mudan a otro, tienden a quedarse, a echar nuevas raíces. Inmóviles. Como las pirámides de Piramidon dorado. Lucen al sol. Destellos. Desde siempre ahí. Desde hace diez veces cien años. Veinte veces cien años. Treinta veces cien años. O más. Nadie sabe. Siempre en el mismo lugar. Con raíces, largos filamentos en la arena. ¿Existieron desde siempre? ¿Desde la creación de todo? Pero las mercaderas, las viajeras, no. Mujeres sin raíces. Nubes, movidas por el viento del dinero. De la curiosidad. De la aventura. De la huida. De la guerra. Siempre en movimiento, como estos animales. Si te entendieran todo. Porque algo entienden. Entienden cuando se acerca el momento del reposo, el momento de marchar, el momento de beber o de comer. De regresar al hogar. Y encuentran. ¿Cómo? Pero no entienden todas las palabras. Ni todos los problemas. Y si te comprendieran, ¿qué? Los entretendrías. Les contarías historias. Porque deberían aburrirse, sin poder hablar, viendo siempre el mismo paisaje de arena y colinas. ¿Cuándo? En determinado momento. Cuando estén cansados, aburridos. Así que les narrarías cuentos o historias. Unas, breves. Redondas. Impactantes. Como un golpe. De las que dejan pensando. O les contarías otras, de las interminables. De las que se meten la una en la otra. De las que cuentan pasados donde aparecen mercaderas como tú, que toman la palabra, que cuentan una historia donde surge princesa, que dice narración donde una viajera cuenta una fábula. O dos, o varias. Una tras otra, hasta que en una: encuentro con otra mercadera. Que cuenta. Les entregarías tantos mundos. Inventados. Recreados. Embellecidos. En algunos lo contado no sería ajustado a las cosas que suceden. Podrían decirte: “Esto no me lo creo porque no es verdad”. O “Eso no pudo haber sucedido”. O “Las gallinas no pueden volar. No tan alto. Ningún niño puede achicarse, y menos tanto como para que una gallina pudiera transportarlo por todo el país”. Pero no lo dirían. Nadie lo dice; tal vez ni siquiera lo piensan. Quieren creer. La gente y los animales quieren creer. Olvidarse del mundo. Entrar en el que tú les ofreces. Soñar despiertos. No creer en lo que pasó. Sí en lo que pudo haber sucedido. Y tú, ¿creas esos mundos? ¿O ya están creados, y solo tienes que elegirlos, entre miles posibles? No inventas: combinas. Pero tendrás que seguir reglas.


Reglas que no están escritas. Los dromedarios te aceptarían que una gallina vuele sobre el desierto con un niño pequeño en el cuello, pero no que una cobarde combata. No que un hombre elija a la futura esposa de su hijo mientras ella cocina. Eso es. Ahí tienes una historia para contarles. Cómica. De las que hacen reír. Recuérdala: no la olvides. Para luego hacer reír a los que escuchan. ¿Qué hace reír? Un hombre de viaje y la mujer en la cocina. ¿Lo inesperado? Lo que esperamos no nos hace reír. Casi nunca. No todo lo inesperado causa risa. La muerte es a veces inesperada y hace llorar. ¿Lo inesperado que rompa con lo que esperamos? Una mujer que se cae. Resulta cómico. Pero una niña que se cae preocupa. ¿Por qué? Un dromedario que se cae nos hace llorar: porque va a morir. Orines y excrementos hacen reír a una niña que recién aprendió a no ensuciarse, pero no a un adulto. Lo que te hace reír a ti, no lo entiende la niña. No se ríe. Es cómico algo que está cerca del límite, de una frontera. Que está entre lo que se sabe, lo que se puede hacer, y lo que no se sabe. O no se puede hacer. ¿Por qué algo de una perra nos parece gracioso? ¿Porque se parece a nosotras? Espejo. Aquella griega del mercado en Alejandría: sí sabía. ¿Trabajado en biblioteca? Había leído un pergamino sobre la risa. Sobre lo cómico. Sabía explicar lo gracioso. Cómo y por qué algo hacía reír. Filósofa. Una amiga del saber. Canosa, como sabia de El Dbher. Te explicaba, te gustaba escucharla. Te hacía preguntas, y tú pensabas. Se puede tener pensamientos sobre cualquier cosa. Y allí hay libertad. Nadie manda, allí. Solo una misma. Pero la griega te puso en duda todo. Hasta esa libertad del pensar. ¿Es cierto que hay libertad en el pensar? ¿Pensamos obligados? Por lo vivido. Por lo oído. Por lo que las madres nos enseñaron, y familia, y vecinos. ¿Pensamos en un idioma? ¿Distintas lenguas generan modos distintos de pensar? Pensar. ¿De qué están hechos los pensamientos? Griega podía complicar. Cualquier cosa, todo. Perdías el hilo. Tratabas de encontrar la relación: del primer pensamiento sobre la cosa primera. Ideas sobre las ideas. Ideas que cuestionaban ideas sobre ideas de la cosa. ¿Eh? ¿Cómo es? Complicado: pensamientos que aparecían, asomaban su forma. Y se iban. Se enterraban en el olvido, como arena que todo lo ocultaba. Y venían otras, y otras. Flotando en otro mundo, distinto de lo que se ve, se toca y se oye. Como los números del ábaco, cuando negocios, cálculos. Un pensar así. Distinto


del normal, de lo que se ve y toca y oye. Terminabas pensando que así pensarán los locos. Y salías de esas conversaciones como otra: cambiada. Todo aparecía muy pequeño. Minúsculo. Los problemas del comercio, familia, las relaciones entre personas. Problemas. La muerte. El nacimiento. Hasta las dudas. Todo pequeño. Pero al mismo tiempo claro, nítido. ¿Cómo cualquier problema podía ser al mismo tiempo pequeñísimo y clarísimo? ¿Después de hablar con griega? ¿Así quedan, influidas, las que escuchan tus historias? ¿Son maleables las personas? ¿Por cuentos? ¿Y cada vez menos, con el correr de los años? Esa filosofía. ¿Una forma griega de narrar fábulas? Sobre cosas, abstractas, del pensamiento, pensativo, de ideas. Hechos de la mente. Cobran forma de ideas, encadenadas entre sí. ¿Y cómo? ¿Por qué? Baal Tsahra: un mis-te-rio. Como casi todo. Nada comprendes. Eres un animal. Somos todas animales. Hum. Aisha y Meutas caían a veces en silencios que eran respetados hasta que una de pronto comentaba un detalle y el diálogo se retomaba entonces con más entusiasmo, para intercambiar impresiones del paisaje, del viaje, de su nueva compañía. Alcanzados los cien estadios iniciales, estimados de común acuerdo, resolvieron efectuar una pausa, aprovechando un lugar en el que parecía haber agua. Era una depresión alargada y custodiada por una doble fila de dunas y rocas, una especie de valle donde crecían pastos y matorrales y acacias. Al cabo de una breve búsqueda ubicaron el sitio donde manaba un agua fresca que, tras un recorrido sinuoso, terminaba por desaparecer en un pastizal. Las viajeras desmontaron y permitieron que las bestias abrevaran a gusto. Las elevaciones que flanqueaban la hondonada aparecían como dos paredes negras, contra las cuales contrastaban la claridad de la luna y las luces de los astros. El lugar segregaba tiempo acumulado, tenía algo de opresivo y amenazante. En ocasiones anteriores Baal Tsahra había pensado que existían sitios donde, bajo específicas circunstancias, se producía un cambio en la suerte de las mujeres. Lo peor, o lo mejor, según se considerara, eran ciertas casas. ¡Desgraciada la que se mudara a una signada con mala suerte! El destino individual; la fortuna, adversa o favorable, pensaba Baal Tsahra, no cambiaba tanto en y por el tiempo como en y


debido a espacios determinados. Y solo allí. Lugares que estaban como acechando a la persona que allí sufriría un vuelco de fortuna; espacios que, por alguna razón ignota, tenían esa propiedad. La idea, que alguna vez le había surgido a la mercadera, había permanecido en su conciencia de modo incierto, sin haber sido jamás formulada en palabras o mediante un pensamiento. Días después, en las cercanías de Betlehem, la comerciante habría de darse cuenta de que aquel valle en que ahora se encontraban era uno de esos lugares, pero en aquel momento, como tantas otras veces antes, solo se sentía inciertamente subyugada e insegura, y experimentaba un indefinido malestar de agobio del que no acertaba a explicarse las causas. Tal vez para espantar aquellas emociones la mercadera propuso que probaran el juego de las suertes, ofreciéndose a enseñarles en caso de que no lo supieran. La proposición le pareció novedosa a Meutas y divertida a Aisha; la curiosidad, el deseo de aprender algo nuevo, las llevaron a aceptar. De hecho no tenían nada que perder, salvo, acaso, las ropas que llevaban puestas. Si Baal hubiese pensado en esa circunstancia quizá no habría siquiera sugerido jugar, o bien lo habría hecho por pura diversión, sin apuestas, pero el influjo del lugar la llevó a olvidarse de que ella era la propietaria de todo lo que entre ellas tenía valor. Una vez decidido que la conocedora les enseñaría las reglas, hicieron una fogata y se dispusieron en triángulo, cerca la una de la otra. –Observen ustedes –decía la comerciante–: aquí hay dos pequeños cubos. En cada lado hay puntos, en cantidades diferentes, que significan números diferentes. La cara del uno es opuesta a la cara del seis; la del dos a la del cinco y la del tres a la del cuatro. Si agitamos los cubos en la mano y los arrojamos al azar, vemos que los números se combinan y pueden sumarse: la cifra mínima es dos; la máxima doce. Era la primera vez que las dos sabias veían aquellos objetos y quedaron encantadas con los pequeños dados y lo que podía hacerse con ellos. Pidieron para observarlos; eran de marfil; los puntos negros, incrustaciones de ébano. –Observo –dijo Meutas–, que si usáramos un solo dado, para lograr el total de siete el cubo tendrá que mostrar caras opuestas en cada una de las veces.


Baal Tsahra la miró asombrada: no había pensado en ese detalle. –Sí… es posible, pero usamos dos. Se trata –continuó–, de llegar a siete, o lo más cerca posible de siete: cuatro y tres, cinco y dos… cuatro y dos, tres y tres, en fin. Primero cada una arroja un dado. Cada tirada se llama echar suerte, o una suerte. Luego, a su turno, se elige si quedarse con el primer resultado o bien arriesgar con el otro dado. –¿Arriesgarse a qué? –preguntó Meutas, aún sin comprender el mecanismo del juego. –A pasarse de siete y entonces perder –replicó la mercadera, mirando con una sonrisa los rostros atentos de las astrólogas–. La que hace siete gana si las otras se pasan de esa cifra o tienen menos que ella. Y, claro está, seis le gana a cinco, cinco a cuatro y así. Una de las jugadoras es la llamada Más. –¿Y quién es Más? –preguntó Aisha. –Esto se decide también con los cubos: la que al principio obtenga la cifra más alta es la Más. La Más tira por último y le gana a todas si hay empate en siete. Por ejemplo, si usted –dijo, señalando a Aisha– , es Más, y yo o ella sacamos siete, y usted seis, usted pierde. Pero si ella o yo echamos siete, y usted también, pues gana usted, por ser la Más. –¿Y se sortea la Más cada vez? –preguntó Meutas. –A elección. Si están de acuerdo, hagámoslo así. –¿Y cuántas veces se puede jugar? –preguntó Aisha. –Cuantas una desee. Puede decidirse que gana la vencedora de más vueltas de un número impar de suertes. –Debería ser mayor que tres, en este caso –observó Meutas–, para que no haya posibilidad de empate. Cinco parece apropiado, aunque podría darse la combinación dos, dos y uno, y en ese caso las dos ganadoras deberían desempatar. Si jugamos siete veces, parece más probable que haya una ganadora sin desempate. Pero, ahora que pienso, teóricamente podría haber una ganadora de un número par de veces, aunque no de vueltas. Se daría en caso de que una de las jugadoras… –De acuerdo –interrumpió la más joven– pero es complicar las cosas: comencemos, pues, que ya se verá en la práctica. Hagamos una ronda de prueba.


Arrojaron primero los dados para ver quién sería Más; le tocó a Aisha. En la vuelta número seis Meutas Kœlat obtuvo un siete y Aisha Pari también; sin embargo ganó Meutas tres vueltas, contra dos de Baal y dos de Aisha. –Muy interesante –apuntó Aisha–. Es fácil calcular las posibilidades, y guiarse en sistema por ellas. –¿Cómo? –preguntó la comerciante. –Si en la primera suerte obtengo un seis, tengo una posibilidad en seis de obtener siete: con el uno. O sea, una posibilidad en seis de mejorar mi resultado y una en seis de no perder. Si en cambio tengo un tres en mi primera suerte, tengo una en seis de obtener siete; cuatro en seis de mejorar mi resultado y cuatro en seis de no perder. –¿Se deduce de esto que es mejor tener un tres y no un seis en la primera suerte? –inquirió Meutas. –Depende: si efectivamente va a ocurrir una segunda suerte, sin duda: de lo contrario lógicamente, no. Ahora: si en el primer caso no se arrojan los dados y en el segundo sí, pues según mis cálculos… –Juguemos por algo, ahora que conocen el funcionamiento –sugirió la comerciante, un poco confundida por tanto cálculo. –¿Y por qué podrá ser? –preguntó Meutas. –La que pierda más vueltas, deberá encargarse de las guardias, cocinar y servir a las demás hasta que encontremos a la Enviada de Ishtar –sugirió Aisha–; y la que gane será la jefa de la marcha, podrá decidir los altos y la ruta hasta Petra. La situación de superioridad material en que se encontraba hizo que Baal Tsahra no creyera que mujeres tan tolerantes y doctas pudieran de verdad someter a una de las tres del grupo a una servidumbre semejante. Además, para perder en aquel juego, creía la mercadera, se exigía no solo una dosis exagerada de mala suerte, sino también inexperiencia, lo que no era su caso. De hecho ni se le pasó por la cabeza la idea de que ella podía perder; tampoco pensó en que la propuesta de Aisha no incluía ningún límite temporal; que el viaje a esa misteriosa plenipotenciaria y mandataria de Ishtar podía prolongarse indefinidamente; que ella se había comprometido solo a acompañarlas hasta Petra. Así, todas estuvieron de acuerdo con la propuesta de la joven sabia. Antes de comenzar el juego, y a


instancias de Meutas, cada una dio su palabra de que acataría el resultado, fuera el que fuese. –Una cuestión antes de comenzar –dijo la voz oscura de la ma-yor–. ¿Qué ocurre si en mi primera suerte tengo, por ejemplo, un cuatro, y usted también, luego resuelvo no continuar y usted hace lo mismo? Supongo que se anula esa vuelta, ¿no es así? La oscuridad ocultó la sonrisa de Aisha, que se daba cuenta de que Meutas Kœlat no iba a darse por vencida hasta no demostrar a Baal Tsahra que en ese juego, con las reglas tal como habían sido formuladas por la mercadera, se podía vencer en un número par de veces. –Por supuesto, es lógico. –Perdón: no es lógico. También podría contarse esa vuelta. Como… como un número que no… un número pero que representa la nada, pero como cantidad, ¿entiende? –Pero el resultado final es el mismo –concilió Aisha. Dos de Meutas, dos de Baal Tsahra y por último la quinta y última; así, daría un empate, y habría que desempatar de todos modos… –Pero no es lo mismo –replicó Meutas–, jugar cinco veces y empatar que jugar seis y que una gane. La diferencia está en que cinco es impar y seis, par. –Sin duda. Pero no dije, oh Meutas, que fuese lo mismo, sino que el resultado final sería el mismo. Depende de si definimos vuelta como vez o no. "Vuelta" es, creo, "vez" con ganadora. "Vez" no dice si habrá o no ganadora. –Entonces, que quede claro: gana la vencedora de un número impar de vueltas en no menos de cinco veces. –Sí –rió Aisha–, ¿está claro, señora? Estas sutilezas le recordaban a Baal Tsahra a la griega de Alejandría. Sabía que haciendo un pequeño esfuerzo mental podría seguir y comprender los meandros del razonamiento de las sabias. También se hacía cargo de que, si había empate, había que desempatar y nada más. En aquel momento se había contentado con esperar a que las astrólogas discutieran hasta arribar a un acuerdo y dijo a su vez: – Sí. En ese sí se le iba el destino inmediato y no lo sabía. A Baal Tsahra


solo le tocó ser Más una sola vez. A la sexta vuelta ya estaba claro que Meutas Kœlat sería la ganadora, con cuatro victorias. Aisha y Baal habían ganado solo una cada una. En el desempate, la mercadera fue Más; sin embargo, habiendo obtenido un cinco tuvo que arriesgarse en su turno y obtuvo un ocho en total, mientras Aisha Pari se había conformado con un seis de su primer dado. Así, Baal fue la perdedora. Propuso una revancha, pero esta vez solo a Meutas: jugarían otra vez. Si Baal Tsahra ganaba, no sería ni jefa ni sirvienta; en caso de que volviera a perder… –Dará Alef a la ganadora –completó Meutas. –Es que estos jamales los adquirí para mi hijo: va a casarse y necesita una dote. –¿Y cómo es la mujer con quién se casará? –preguntó Aisha, tratando de que pasara más tiempo, como para enfriar las apuestas, al tiempo que Meutas, de voz aun más grave, decía: –De acuerdo, señora. Usted tendrá sus razones, pero como perdedora no puede poner condiciones… y si no acepta las mías, no jugaremos. Puesto que acaba de perder, y nos ha dado su palabra de mercadera que cumpliría, tenga a bien prepararnos la comida. Yo por lo menos tengo apetito. –Un momento… mire, acepto –dijo la comerciante, como si estuviese cometiendo una audacia inaudita–, pero con una condición. –Sin condición –replicó Meutas–. A cinco vueltas. Y apostamos Alef con toda la carga… contra la suspensión de sus obligaciones como cocinera y todo lo demás. Alef con toda la carga que lleva, o bien nada. –Sin condición –concedió sonriendo Baal Tsahra–, y con toda la carga. Aisha, siempre curiosa, se quedó sin saber cuál era la condición que Baal Tsahra quería proponer. –Tiremos los dados enseguida –sugirió Meutas–, que alguien tiene que preparar la comida. Comience usted. –El hijo mío que se casa –dijo Baal Tsahra, tirando los dados para formar nueve– es el mayor de cuatro. Se casa con una comerciante que sabe leer, como les conté; una mujer muy fuerte, bonita; fuerte pero no excesivamente gorda. Meutas tiró los cubos y obtuvo un seis.


–Usted es Más en esta vuelta –casi gritó, inecesariamente; agitó los dados y obtuvo seis con el primero. Baal Tsahra, en su primera suerte, obtuvo otro seis. –Adelante –dijo Meutas, sin hacer uso de su segunda suerte. Baal tampoco la usó. –Primera vez –constató Meutas– pero no primera vuelta. Ya se ve que era importante determinar qué era una vuelta y el número de veces. A ver quén es Más en la próxima. Tomó los dados y obtuvo un once. La mercadera, un tres. Echó su primera suerte y obtuvo un cuatro. Meutas, en la suya, un dos. Con la segunda suerte, Baal Tsahra formó un siete, y Meutas también. –Gané esta primera vuelta de la segunda vez –aseguró Meutas Kœlat. Baal se asombraba de la facilidad, la rapidez y la precisión que tenía la astróloga para describir los hechos con palabras. En la tercera vez volvió a haber empate en seis; en la cuarta hubo empate en cinco y en la quinta hubo otro empate en seis en la primera suerte. Como Meutas era la Más, Baal Tsahra estaba obligada a intentar obtener un siete, para empatar el número de vueltas ganadas y aspirar a un desempate que la llevara a no perder a Alef. De modo que se concentró, y en su segunda vuelta obtuvo un uno. –¡Siete! –gritó, y se puso a reír. Pero Meutas tiró otro uno en su segunda suerte, y de ese modo Alef pasó a su propiedad, con un golpe de dados que no pudo abolir el destino. Baal Tsahra no se resignaba a perder y propuso jugar parte del dinero que aún le quedaba contra Alef. Meutas aceptó y le ganó uno y otro juego, y al final del tercero Baal Tsahra había perdido también todo el dinero que tenía consigo. –¿Qué probabilidad existe –preguntó, asombrada, dirigiéndose a Aisha– de que pierda en la próxima, si ya he perdido tantas veces? –La pregunta está mal formulada, amiga. Que usted haya perdido antes no le aumenta la probabilidad de ganar en la próxima. Tiene una posibilidad en dos de perder. O, si es optimista –continuó con una sonrisa–, una en dos de ganar. –Pero es lo mismo –comprobó la mercadera, sospechando que Aisha se burlaba de ella. –Son diferentes modos de expresar lo mismo –replicó Aisha Pari–:


un modo pesimista y otro modo optimista. Entonces, ¿es lo mismo? ¿Usted qué es? –Pero –dijo la mayor, impidiendo una posible respuesta de la mercadera– en cambio sí se puede puede preguntar qué posibilidades existen de perder un número determinado de veces seguidas… –Sí –dijo Aisha con repentina afabilidad–, se puede calcular fácilmente. Se tiene una posibilidad en ocho de perder tres veces seguidas. Pero si lo pregunta ahora, después de haber jugado, la probabilidad vale para las tres próximas veces. En cada vez, la posibilidad es de uno en dos. Vea, mercadera: le explico con álgebra… Contrariando el buen sentido, Baal Tsahra se negó a escuchar y en cambio ofreció jugar otra revancha, y otro dromedario: Marhim contra Alef. Pero Meutas Kœlat, conocedora de mujeres, fue cruel. –Khalida y Marhim contra Alef. –Pero no es justo –protestó Baal Tsahra. –¡Dos jamales contra uno! Es cierto que Khalida está lastimada, pero se ve que pronto estará bien… –Es muy, pero muy injusto –concedió Meutas–. Pero es mi condición; si no, puede pasar a cumplir su palabra: es tiempo de comer algo. –Maldito el momento en que les salvé la vida –dijo Baal Tsahra–. ¡Y maldita la idea de enseñarles el juego de las suertes! –Hacemos el viaje sin estridencias –dijo Meutas Kœlat, con nueva autoridad. –Sea, pero a tres vueltas. –A tres veces, querrá decir –corrigió Meutas. –¡Al demonio con sus vueltas y veces! No, a tres vueltas. –¿O sea que la ganadora tiene que vencer dos veces? ¿Gana el que gane dos veces, sin tener en cuenta la cantidad de empates que haya? Baal Tsahra no estaba en condiciones de pensar y comprender lo que la otra le decía; solo quería comenzar a jugar y terminar lo antes posible. –Sí, eso, eso. Flotaba en la atmósfera, en las mentes de las tres mujeres, la certidumbre de que la comerciante iba a perder. Hasta los dromedarios, se diría, estaban al tanto. Y se jugaba no por la


recuperación o la pérdida de las tres bestias, sino por saberse el modo cómo, en aquel lugar opresivo, en medio de la noche, iba a cambiar la fortuna de la mercadera. Mientras iba jugando, inmersa en una serie de empates que le pareció interminable, Baal Tsahra recordaba el amanecer, tan lejano, ya, en que había encontrado a Kesbahr, su marido más querido, tirado sobre un sudario, inerte y amarillo, rodeado de los lamentos de las hijas y los llantos de los hijos. Había sentido la misma sensación de irrealidad, de esto no puede estar ocurriéndome, de acontecimiento a la vez escandaloso y atroz que ahora estaba agobiándola, solo que aquella vez los sentimientos eran ocasionados por una partida definitiva, mientras que ahora se trataba de un reencuentro inminente. Había sido al retorno de uno de sus viajes. Ella llegaba y su esposo se le iba, se le había ido, al Reino de los Muertos. Ella había llegado de la vida a la intemperie, arribado al amparo de la casa, solo para encontrar el desamparo de la muerte. Entonces conoció que la existencia era un juego, un espejismo, un castigo desmesurado, algo endeble y fugaz, y tan parecido a un sueño malo que se diría que morir era, tal vez, despertar a una vida plena y ansiada. En algún lugar, acaso fuera de lo que conocía por vida, tenía que haber piedad, compasión, protección, amor. Debería existir, se decía, una Madre generosa y protectora, jefa por encima de la discutida pléyade de diosas menores, crueles y caprichosas, de fantasmas y duendes que poblaban las creencias de la gente de Zélaf. Tal vez existía la que proclamaban las judías, aunque aquella le parecía remota, terrible, vengativa, capaz de aniquilar ciudades, ocasionar inundaciones que anegaban todo y exterminaban a todos los humanos, salvo a los que Ella elegía. Pero Baal Tsahra reprimió ese sentimiento religioso, esa nostalgia de redención que había sentido ante el vacío de la muerte del marido, y bien pronto terminó por ahuyentar todo pensamiento místico. Se entregó con furor a fornicar con sus otros esposos y con otros hombres, intentando olvidar el dolor de la pérdida de Kesbahr con artes de refinada sensualidad. Se rodeó de una coraza de escepticismo y, a veces, de humor, que le permitía flotar en la vida restante, existir. Ella misma era la Madre y no había más, se decía. A partir de la muerte de Kesbahr la necesidad de creer en algo firme,


trascendental y permanente se le hizo mayor. Sin embargo, cuanto más grande era, más la negaba y más se refugiaba en lo contingente: en su comercio, en sus viajes, en sus bestias, en sus hombres humillados del camino, en sus otros maridos por ella mantenidos, sus amantes e hijos diseminados por la zona donde vivía. Cuando Meutas Kœlat y Aisha Pari le hablaron del motivo de su viaje, cuando escuchó hablar del Horóscopo de aquel lejano reino, de la predicción del nacimiento de una nueva profeta, que sería la Enviada de una diosa llamada Ishtar, futura redentora y guía de los humanos, su reacción inmediata había sido de escepticismo. A poco de que las otras insistieran, tuvo un estremecimiento primero y una especie de deslumbramiento después, sobre todo cuando recordaba el dolor de la pérdida de su marido Keshbar, y entonces cobraba mayor lucidez sobre la naturaleza del vacío que no había podido colmar. Del escepticismo había pasado a una actitud de duda, de potencial aceptación. Incluso había visto, con sus propios ojos, la gran Estrella que, según las otras, señalaba el camino al Lugar. No obstante, no estaba segura ni convencida, y terminó por optar por el descreimiento. No dijo nada. Cuando las sabias hablaban del tema, se limitaba a escuchar, a veces a mostrar una ligera mueca o menear la cabeza. Ahora era su turno nuevamente; arrojó el dado y obtuvo un tres. Oyó, lejano, el comentario de Meutas que le informaba que se había pasado. ¿Pasado de qué? De siete, cierto era; le costó comprender qué había ocurrido. Había jugado por inercia en la penumbra que la luna permitía, con la vista fija en la improvisada alfombra y en los dados. ¿De modo que ya no era la dueña de los tres jamales? ¿De modo que ya no podría regresar con una dote importante y digna donde el hijo casadero? ¿De modo que ya había perdido la autoridad y el poder ante las dos extranjeras que viajaban con ella? Que se apiadaran de ella. Que no se les ocurriera dejarla a pie. ¡Que recordaran cómo ella las había salvado de una muerte que parecía segura! No era, por cierto, la primera vez que Baal Tsahra perdía en el juego, pero sí era la primera vez que perdía tanto, y era la primera vez, según estaba convencida entonces, que iría a volver a su hogar principal con las manos vacías. La abrumaba la circunstancia de que su hijo la esperaba, su futura nuera la esperaba, sus otras hijas e hijos


la esperaban, y sus vecinas, convencidos todos de que llevaría consigo el necesario regalo para las bodas del hijo. Regresar sin los animales significaba no solo una demora inconmensurable, sino, además, la postergación de la ceremonia. –Le propongo jugar mi libertad contra los jamales –dijo de improviso, como obedeciendo al dictado de una voluntad que ya no era la suya. Meutas la miró sin compasión y respondió: –Su libertad. ¿Qué significa? –Que si pierdo, seré esclava de usted, por toda la vida que me queda. –Ya tengo suficientes esclavas –dijo Meutas–. No arriesgaría nunca tres dromedarios, los que desde el comienzo fueron nuestros, por otra parte, por una esclava más. –¿Y mi libertad contra dos? Por ejemplo contra Khalida y Alef? Meutas Kœlat miró la compasión de Aisha Pari, la desesperación de Baal Tsahra, el cielo que comenzaba a sonrosarse y meneó la cabeza. Hizo un silencio. –Juguemos por mi libertad contra un solo dromedario –suplicó la comerciante–. Contra Khalida, que está lastimada y debe ser la que vale menos. De esa forma, si gano, al menos podré regresar a mi casa... Meutas volvió a menear la cabeza. Hubo un silencio penoso. –Vamos –dijo Baal Tsahra–, usted ya ganó tres esclavos: los jamales. Por una esclava más o menos no irá a malograrme una tan brillante actuación. Hemos pasado unos momentos agradabilísimos: ya está clareando. No negará que pocas han perdido tanto, en tan poco tiempo, y con tanto entusiasmo... Así alivianó Baal Tsahra la sensación de agobio que había entre ellas. –Le aseguro –completó–, que nunca habrá tenido un esclava más experta en animales. Seré su segura consejera. –De acuerdo –dijo Meutas Kœlat–. Su libertad contra Khalida. Aunque no podía saberlo, en esa respuesta se definió cuánto tiempo más habría de seguir con vida.


VII

Unas tiradas de dados más tarde tenemos, pues, a Aisha Pari y a la recién devenida ama Meutas Kœlat junto a su nueva esclava, Baal Tsahra, a punto de retomar la marcha cuando falta poco para el amanecer, preparándose para recorrer una etapa más, la penúltima, antes de llegar al destino que se han fijado, Petra. La mítica ciudad era conocida por lo menos de oídas en las regiones del mediterráneo romano; en Egipto; en Oriente y los poblados del Camino de la Seda; en el reino de las partas y más allá, hacia el Levante. Las nabateas tenían motivos para estar orgullosas de su capital. Esta ciudad estaba excavada en la roca. Entre sus múltiples edificios sobresalía el templo, diseñado por arquitectas romanas con ornamentos de inspiración asiática. De acceso difícil por desfiladeros oscuros y escondidos, y lugar de cultos diversos, Petra era, sin embargo, un nudo clave de las rutas de las caravanas, mediante cuyos servicios se conectaban las comerciantes del Meditrráneo con las de los reinos orientales. Baal Tsahra ha estado allí varias veces por diligencias de compraventa. Asegura, con suficientes motivos, conocer bien la ciudad. –¿Cuántos podrá tener, pregunta usted, señora? Nunca se me ocurrió ni calcular, ni preguntar. ¿Qué le diré? ¿Siete, ocho veces mil personas? Hay una guarnición romana en las afueras además. A veces hay patrullas, soldados y decurionas. La población varía, ¿sabe? Con la época del año, con la llegada o la partida de las caravanas, con la llegada o la partida de algunas centurias o incluso de alguna legión romana... Varía con las épocas de prosperidad, con las guerras, las bonanzas o las pestes...


–¿Pestes? –preguntó Aisha, interesada, haciendo que su jamal, algo retrasado, se acercara un poco más a los de Meutas Kœlat y su esclava. –Sí, señora –le contestó Baal, con voz animada–; la última vez que estuve allí la ciudad estaba reponiéndose de una gran mortandad. Una peste. La gente que murió, más de mil personas, sufrió mucho antes de llegar al final. Yo no vi, por fortuna, a ninguna apestada, pero me contaron que se hinchaban y les salían unos bultos rojos por todo el cuerpo, que después se les reventaban y les salía un líquido pestilente. La lengua hinchada, los estómagos doloridos... Según las nabateas, fue un castigo divino. –¿Sabes cuánto duró? –le preguntó Meutas, sin siquiera volverse hacia su esclava. Baal Tsahra no estaba segura de haberla oído bien pero no se animó a preguntarle; a riesgo de hacer una pregunta tonta aventuró: –¿El castigo? –La peste. –Tres lunas llenas, señora. Lo del castigo no lo dije yo, lo decían las nabateas. –¿Y tú que crees? –le preguntó Meutas . –¿Cómo podría saberlo, señora? No sé nada de diosas ni de divinidades. Dicen que... –No se te preguntó qué sabes, ni qué dicen, sino qué crees –apuntó Aisha–. No es lo mismo. –Es cierto. Puesta a creer o a no creer, le diré, señora, que no creo que haya sido un castigo... o a lo mejor sí: dicen que nada ocurre sin que las diosas así lo dispongan. –¿Y tú crees en muchas diosas? –preguntó Aisha. –He andado, señora, muchos caminos; he viajado por reinos y países y regiones, muchas, y he visto que cada pueblo cree en sus propias diosas: tienen nombres distintos, reinan sobre cuestiones diferentes. Las diosas romanas son distintas de las egipcias, que son distintas de las nabateas, que son distintas de las asirias, que son distintas de las caldeas... Y así. No creo que un pueblo tenga más razón –tratándose de diosas– que otro. ¿Por qué las diosas de mi región iban a ser las verdaderas, y no las de la región vecina? Las judías creen en una sola diosa, y, como ustedes, creen que algún día


llegará la Mesías; hay pueblos que creen en dos y solo dos; otros, en tres; otros, más bárbaros, creen incluso en dioses machos entre las diosas. Pero, ¡qué sé yo! Incluso les diré algo asombroso: he encontrado filósofas que creen que no existe ninguna diosa. –Muy interesante –concedió Meutas–, pero no has respondido a lo que te pregunté. –Somos tan insignificantes, señora, y el mundo y sus cosas, con solo pensarlo un poco, tan maravilloso, que no estaría bien no creer en nada. Puesta a creer, creo que existe una diosa sola. Madre de todas las cosas. –Según nuestro Consejo de sabias –informó Meutas–, y nuestra sacerdotisa máxima, hay, o puede haber, muchas diosas. Pero hay una diosa madre suprema y todopoderosa: Ishtar. Personalmente, creo que las diosas, o la diosa, están muy lejanas de nosotras. Antes me inclinaba más bien a creer que si había una diosa, debería estar entre los humanos. Cada veinte veces cien años, llega una diosa a vivir entre nosotras. La anterior fue Nadonosora. Ahora, como ya sabes, ha nacido una nueva Redentora, una nueva Profetisa, una nueva Guía y Salvadora. Eso es lo importante. Lo dijo nuestro Horóscopo, el mismo que anunció la Señal, la que tú has visto y nos guía, constante, hacia el Poniente. Ha de haber nacido en Petra, tal vez en Yerushalayim. A conocerla vamos. Así, más que en una Madre, yo creo en una Hija. Enviada por su madre. Y tú, Aisha, ¿qué piensas? –No sé. Es posible que haya una Madre y también una Hija, la Enviada –respondió Aisha, insinuando en apariencia un margen de incertidumbre, sugiriendo que no era seguro que creyera, al menos en una diosa madre y su hija–, pero yo pienso, podría decir que creo, en una especie de fuerza divina que existió antes que todo, que existe ahora en todos y cada uno de los seres animados y en todo lo inanimado, y en los astros y en el agua. Una especie de espíritu. Un espíritu que anima todo, y del que todo esta imbuido. Es posible que la mía sea, como afirman algunas filósofas, la más primitiva de las religiones, pero en eso creo. –Así es que la Madre, la Hija y el Espíritu, ¿eh? –comentó Meutas con un dejo de ironía que no pasó inadvertido para Aisha Pari, aunque sí para la esclava–. No está mal; tenemos como para elegir. Las tres viajeras se desplazaban por una meseta semidesértica,


salpicada de vez en cuando por un grupo de palmeras que se destacaban en la lejanía, algunas pocas, raquíticas acacias y, a veces, por áreas que parecían semipantanosas o húmedas, a juzgar por un marabú que divisaron cerca de los pastos que crecían allí, una mancha verde oscura en esa landa pedregosa. Cada tanto, Aisha Pari tomaba la altura solar, informaba del resultado a Meutas, hacía una estimación horaria y anotaba cifras en un pergamino. El sol estaba a sus espaldas y los cuerpos de mujeres y bestias proyectaban sombras aún largas. El calor, sin embargo, comenzaba a sentirse, agobiante, más húmedo ahora. Pasaban por lugares con arbustos espinosos y se oían entonces las cigarras, que, con su sonido, daban una nota de vida que de algún modo contrastaba con el paisaje riscoso de arenisca anaranjada y ocre. Aisha propuso a Meutas que hicieran un alto y ésta, después de aceptar la sugerencia, ordenó a Baal Tsahra que organizara un campamento cerca de unas acacias, debajo de las cuales podrían buscar sombra y reposo. –Así no será necesario que armes las tiendas –dijo. Baal Tsahra había perdido su estatuto de mujer libre, y con él la facultad de disentir y de emitir opinones que pudieran ser polémicas. No echaba de menos la libertad porque no pensaba en el verdadero alcance de aquella pérdida. Había cambiado, de la noche al día, de mentalidad. Era esclava y se sentía y actuaba como si nunca hubiese sido de otra condición. Había aceptado sin decirlo que no debía tomar la iniciativa de hablar, salvo que se lo indicaran o que fuera imprescindible, de modo que hablaba para responder, cuando se le preguntaba algo, o cuando le dirigían la palabra. De manera inconsciente había resuelto desempeñarse con dignidad; de manera consciente, ser una buena esclava. No una esclava maravillosa, ni tampoco una mediocre o mala. Modesta pero firmemente, eso: una buena esclava. Más adelante, tal vez en Petra, se decía, vería el modo de avisar a los suyos que no la esperaran más. Mandaría decir a su hijo que se casara. Que ella no regresaría nunca. La esclava se hizo cargo de los animales. Como si fueran suyos, les habló y los acarició mientras les quitaba las monturas. Le sacó las vendas a Khalida y vio que las heridas estaban curándose sin complicaciones. Los tatuajes que tenía en el cuello estaban dañados


sin remedio, pero una rebaja estética nada significaba comparada con la fortuna de haber salido con vida del ataque de la fiera. Ubicó dos garrapatas en la giba de Marhim y fue a informar del hecho a su ama. –Prepara la comida primero –ordenó Meutas Kœlat al escu-charla– ; luego se las quitas. –Sí, señora –dijo Baal Tsahra, y comenzó a disponer los utensilios. Puso agua en una olla. Quitó el aserrín quemado de la cocinilla y colocó nuevo; lo apretó y arrimó yesca y pedernal, hizo chispas, sopló, la encendió. Echó sémola en el agua, algunos trozos de carne seca y salada, condimentó todo con especias y lo puso a calentar. Después, con un palo y un cuchillo improvisó una pequeña pinza con la que quitó las garrapatas a Marhim. Enseguida hizo lugar bajo una acacia cortando algunas ramas. A modo de alfombras, extendió unos gruesos lienzos donde las tres se acomodaron en el sonido de las cigarras a esperar que la comida estuviese lista. –Tengo hambre –informó Meutas–. ¿Cuánto demorará? –Poco rato, señora. Si se me permite, cuando lleguemos a Petra les prepararé una especialidad. –¿Sí? –dijo Aisha–. ¿De qué se trata? –Una olla de anguilas. Suelen conseguirse, y en abundancia: es la época. –¿Y cómo las preparas? –Muy sencillo: se pone una olla a calentar con agua; después se abren y limpian con agua salada y vinagre. Mientras tanto, se baten dos o tres huevos de ganso (si no hubiere, cosa que podría ocurrir, sirven de pato, de gallina o incluso de avestruz) y se los mezcla con media cazuela de leche de dromedaria y un poco de puré de dátil. Que quede una mezcla espesa. Sal, pimienta, especias a gusto. Luego de darles un hervor a las anguilas, se cambia el agua por los huevos batidos y se deja hervir todo un rato, con fuego lento, revolviendo siempre. –¡Para de hablar de comida, esclava! –rezongó Meutas . Baal Tsahra dijo sí señora y pidió permiso para ir a mirar lo que estaba preparando. –Anguilas... –dijo Meutas, entre fastidiada y admirada–, ¿de dónde las sacarán? –Una vez le pregunté al cocinero del Consejo –respondió Aisha– y


me dijo que las hay de dos tipos: de río y de mar. Las de mar son más sabrosas, pero también más difíciles de conseguir. Alguna vez hemos comido, ¿recuerdas? Aquella vez, en la fiesta de las Bodas de la Fecundidad... –Sí, –interrumpió la mayor– aunque no preparadas como dice ésta, sino crudas en limón y cebolla, ¿no? –Sí, así lo recuerdo... ¿de qué se alimentarán? –Más vale no saberlo... ¡Y para de hablar de comida, tú también! Tengo un apetito que me comería un dromedario. En ese momento regresaba Baal Tsahra con la noticia de que la comida estaría lista en un instante. –¿Cuándo estimas que llegaremos a Petra? –preguntó Aisha, que estaba tendida sobre los lienzos con los ojos cerrados. Como Meutas no respondiera, la esclava preguntó: –¿Es a mí a quien pregunta, señora? –A Meutas. –Según creo –contestó esta–, debemos estar a no más de trescientos estadios. Y a más de doscientos cincuenta. De acuerdo con mis cálculos, faltan doscientos sesenta y cuatro estadios. Pero puede haber un margen de error. Baal Tsahra se admiró de la precisión del cálculo de la astróloga, que nunca había estado allí antes. Se preguntó cómo demonios habría hecho. Ella, conocedora de esas regiones, había estimado la distancia hasta Petra en doscientos cincuenta estadios. –De modo que si hacemos rumbo esta noche –dijo Aisha–, podremos llegar a Petra al amanecer de mañana. Sí, hagamos eso. Baal Tsahra sirvió la comida y las tres comieron en silencio. Luego les ofreció dátiles e informó que eran los últimos que quedaban. Después de haber despachado tres cada una las dos sabias se limpiaron los dientes con unos cepillos hechos con ramas con la punta desfibrada. Hicieron sus necesidades a unos cuantos pasos de allí y se durmieron, no sin antes haberse puesto de acuerdo en el orden de las dos últimas guardias. Encargada de la primera, la esclava utilizó parte de su tiempo en limpiar las cazuelas y la olla y en dejar lista la cocinilla para la próxima ocasión. Las chicharras estaban en pleno concierto, pero era un sonido que no molestaba si no se pensaba en él.


El sol estaba en su punto más alto y con el calor gelatinoso y ahora sonoro del desierto, parecía verter una luz blanca sobre los cuerpos sin sombras, una rereverberación soñolienta y tan fuerte que obligaba a entrecerrar los ojos. Baal Tsahra miró dificultosamente hacia el noroeste: allá, cercanas a la línea temblorosa del horizonte, se adivinaban las formaciones rocosas en las que estaba la escondida urbe. Baal pensó en el cambio que había tenido su vida desde el momento en que le hizo caso a Farida. No habría podido nunca imaginarse que en este viaje llegaría a Petra, y mucho menos en condición de esclava. ¿Y si aprovechabas la oportunidad? ¡Baal! Irte. Tomar los jamales. Desaparecer. No sería condenar a las sabias a la muerte. Llegarían sin mayores dificultades. Dos noches de marcha... Pero traicionarlas... No. Nunca. Jamás. Vergüenza, Baal Tsahra. Qué ideas. Para desperezarse y ahuyentar el cansancio daba cada tanto una vuelta por los alrededores. Recordó las puntas de flecha plateadas que había percibido desplazándose a una velocidad vertiginosa en el cielo y el ruido como de tambores gigantes que siguió a la visión; ahora en su interior se extendía una planicie deshabitada, ondulada, interminable y cubierta de hollín donde innumerables estructuras metálicas, parecidas a torres altísimas y oscuras ardían con una llama inextinguible en la cumbre, semejantes a vértices, a teas de pesadilla, despidiendo con aquel fuego una emanación negra y espesa que ennegrecía el aire y tiznaba suelo y cielo de tal modo que la luz del sol era insinuación y apenas podía abrirse paso en aquella nubarada, no niebla de nube ni tormenta, sino fulígine, puro humo asfixiante. Era como un sueño, pero estaba despierta. Hizo un esfuerzo; la visión se esfumó al tiempo que ella regresaba al ahí y entonces. Vio una culebra sobre unas rocas, una lagartija, algunos insectos. Estaba pensando en la variedad de formas animales que se encuentran en el desierto cuando oyó un grito. Fue corriendo hasta las acacias; había reconocido la voz de Meutas. Cuando llegó vio que Aisha movía algo en el suelo con una rama. La otra estaba de pie, con expresión adolorida, agarrándose con la mano izquierda la muñeca derecha. –¡Me picó un escorpión, maldito sea! De una ojeada la esclava vio la hinchazón de la mano y el arácnido,


marrón y sin vida que Aisha ahora mostraba, colgando de la rama. –Duele como una quemadura de brasa –dijo Meutas. –Déjeme ver, señora –pidió la esclava. La picadura había sido en el canto de la mano derecha. Baal Tsahra trató de ubicar el lugar de la picadura, para ver si podía chupar y escupir un poco de la sangre envenenada, pero ya era imposible. La hinchazón era formidable, y se extendía casi a ojos vistas una mancha negruzca sobre la piel cada vez más tirante. La vista de aquella morcilla hizo que Baal Tsahra recordase por un instante a su cerdo Abdulasis, pero en seguida pensó que en ese lugar la única sangría apropiada que podría hacerse sería mortal: en las venas de la muñeca. –¿Es mortal? –preguntó Meutas Kœlat, como si hubiese podido leer en el rostro de la esclava los pensamientos que se sucedían en su mente, mientras examinaba la picadura. –Depende, señora, de cuánto veneno le haya entrado. Esperemos que no. Baal Tsahra se puso en cuclillas para observar lo que quedaba del escorpión. Había sido una belleza, grande como la empuñadura de un alfanje, color beige tornasolado de marrón, y de pinzas oscuras. Desafortunadamente, comprobó la esclava, era de los de cola gruesa, de los más venenosos: capaz de matar un perro en poco tiempo y, decían, a una persona en lo que se demora en asar una cabra. La esclava rasgó unas tiras de un paño de lienzo y envolvió el brazo de su señora por encima del codo, sin apretar demasiado, mientras le decía: –No podemos sangrarla, sería muy peligroso. Hay que tratar de hacer cortes a media palma de la picadura, entre el lugar que sea y el corazón, pero acá... Trate de tener el brazo siempre hacia abajo. Va a tener mucho dolor y fiebre... Lo mejor será apresurarnos hasta Petra, para ver si encontramos una curadora. La mano picada de Meutas era una garra deforme, violeta y negra, ahora el doble en tamaño que la otra mano. La hinchazón, tremenda, comenzaba a extenderse por el antebrazo. –Esto tampoco estaba previsto por el Horóscopo –dijo Meu-tas–. Me siento mal. No sé si podré... montar... Me duele tanto. Siento frío. ¡Ayúdenme a sentarme!


–¿Qué podemos hacer? –preguntó Aisha, demudada, mientras con la ayuda de Baal Tsahra sujetaba a Meutas Kœlat por las axilas y la sostenía en su desplomarse hacia la tierra, hacia la posición inclinada, horizontal. –Peras agrestres ... nueces... ajo... no hay nada –dijo Meutas, y recitó–: "Allia, nux, ruta, pyra, raphanus, et theriaca, haec sunt antidotum contra mortale venenum" –Darle agua en abundancia –dijo la esclava, como pensando en voz alta–. Permítame insistir, señora: deberíamos apresurarnos, salir de inmediato para llegar pronto a Petra. Meutas Kœlat empezaba a temblar. –¡Vean como una criatura tan pequeña puede derrumbar a una mujer! A una... persona mucho más... cuántas veces más grande.... más pesada. ¡Esclava! En tu primera guardia, esclava... la primera vez que... fuiste tú... tú pusiste el escorpión para que nos picara... vengarte por los dromedarios... porque perdiste, perdedora.... maldita seas.... el viaje, hace frío... el... no puedo dejar de encontrar a la Enviada... que ha nacido... ves, Farida... la traidora... ¡Farida! ¡Farida!... Aayy... Ahh... –No, no es así, señora –trataba de explicar Baal Tsahra. –Está delirando ya –dijo Aisha, insegura, mirando a la esclava. –Estos escorpiones... –decía Baal Tsahra– no se encuentran así como así; están enterrados... entre las piedras.... salen solo por la noche... por la mañana y por la tarde nunca se ven... habrá salido de entre unas piedras, lo habrá movido la señora sin querer en el sueño. No pican si no se sienten amenazados. Ellos se defienden, nada más. –Si hubieras querido, es decir, si hubieses sido tú, lo habrías puesto en el cuello –observó Aisha, ya más tranquila. –Señora: además, por qué habría yo... de haberlo querido, me habría ido con los jamales, como hizo Farida. Las habría... no sé, las habría abandonado. ¿Para qué quitarle la vida a mi señora? De haberlo querido, ¿por qué no con la lanza o un puñal? Pero no perdamos más tiempo. Hagamos una parihuela para transportarla. Meutas continuaba quejándose y la fiebre pronto se hizo presente, notoria, como para hacerla murmurar palabras y frases inconexas. Aisha le dio de beber. Antes de poner manos a la obra, Baal Tsahra aflojó por unos segundos la presión de la venda. –Es para que le llegue sangre a la mano. Hay que hacerlo cada


tanto, si no, puede estropearse para siempre. Cortaron ramas apropiadas e hicieron una estructura rectangular, amarrando las esquinas con tiras del paño. Sobre la estructura extendieron otra tela y la aseguraron por debajo con sogas en cruz; allí, en esas angarillas acomodaron a Meutas y la sujetaron con tiras de lino. Baal Tsahra preparó a los animales, puso las sillas, alforjas e implementos y, ayudada por Aisha, amarró la parte superior de las parihuelas en la montura de Alef, el más fuerte de los dromedarios. El cuerpo de Meutas resbalaba hacia abajo, como llamado por la tierra, de modo que tuvieron que sujetarlo por las axilas con tiras de tela y sogas. La esclava dejó el brazo derecho de Meutas colgando, a fin de no facilitar el flujo de sangre envenenada hacia el torso. Aisha Pari, montada en Mahrim encabezó la caravana; Alef, con Meutas Kœlat en la parihuela, iba en el medio y Baal Tsahra cerraba la marcha, montada en Khalida, sin dejar de observar el estado de su ama. Iban zigzagueando, entre las rocas y las acacias, buscando los lugares más apropiados para avanzar, porque a cada tumbo, a cada pequeño salto que daba la parihuela contra las piedras, la enferma se quejaba. A su paso se levantaba una pequeña nube de polvo, que parecía permanecer flotando en el aire caldeado de la mañana. Cada tanto, a iniciativa de Baal Tsahra, hacían un alto. Aisha le reconocía ahora más experiencia y autoridad para esas circunstancias. No tomaba ninguna iniciativa; por el contrario, confiaba en que Baal Tsahra fuese a tomarla en todo momento que fuera necesario; era como si su condición de esclava hubiera cesado con la dolencia de Meutas. Al detenerse daban de beber a la enferma, contemplaban el progreso de la inflamación y proseguían. De la mano derecha de la astróloga, de la pequeña herida que le había hecho el escorpión, había comenzado a supurar un líquido blancuzco, que el polvo del camino no lograba contener. Aisha había tratado de secarlo, pero la supuración se renovaba y pronto reconoció que era impotente para hacer algo y desistió. –Déjela, señora –dijo la esclava–. El cuerpo sabe cómo defenderse. Yo creo que es mejor que la herida supure, libre. Parte del veneno sale por ahí. Lo que el cuerpo expulsa, es porque no lo necesita. Pasadas ocho horas de marcha la enferma parecía no haber


continuado sufriendo el empeoramiento inexorable de los primeros momentos. Su estado no había mejorado; estaba estacionario. La picada tenía fiebre alta y deliraba suavemente, pero la inflamación no había pasado del brazo, aunque llegaba casi hasta las axilas. Baal Tsahra dijo que si le llegaba a afectar las axilas y el cuello entonces no se salvaría. El brazo estaba morado, semejante a una gigantesca morcilla y parecía que podía explotar de un momento a otro. La piel estaba transparente y dejaba ver las venas y las arterias; la hinchazón, que lo hacía aparecer como algo monstruoso, hacía que no se distinguiera el brazo del antebrazo. La enferma no podía moverlo y con ayuda de las otras apenas si podía flexionarlo, y esto con extremo dolor. Pronto oscurecería; decidieron que sería mejor no marchar de noche, debido a las condiciones en que transportaban a la mayor. Reiniciarían la marcha con las primeras luces del día siguiente y pensaban que llegarían a Petra por la tarde, tal vez al anochecer. Fue una noche de mucho sobresalto, poco sueño y ningún descanso para las tres viajeras. Meutas deliró casi sin interrupción, lo que hacía que tuvieran que cuidarla, moverla, limpiarla, darle agua, consolarla, hacerle saber que estaban a su lado, acompañándola y dándole aliento. Cuando la Estrella apareció sobre el horizonte, Aisha Pari estuvo contemplándola largamente. Pensó en montar los cristales de aumento para observarla mejor pero algo, quizá la esperanza o la necesidad de esperanza, la detuvo. Miró a Meutas Kœlat y a la estrella, a Baal Tsahra y a la estrella; meneó al fin la cabeza como con desencanto y luego no la miró más. Estaba cabizbaja y con la mente de vacaciones, sumida en recuerdos de tiempos más felices.


VIII

Estás leyendo estudiando libro, papiro, rollos. Escribiendo. Dejando registro. Saber. Arcilla. Que nadie te interrumpa. Ahí viene. Farida, rizos negros. Horóscopo de ojos verdes, negros, cejas. Los pergaminos. La suavidad al tacto. La tinta que sale del tintero. De la cola del escorpión. De las cejas. De las tablas. Negro, líquido. ¿Se escurre por las piedras de la sala? Avanza hacia ti. Se enrosca. Cola, articulada. Lanceta, pincho, pinzas. Dolor. ¿Se esfuma? Silencio de biblioteca. Rollos en las estanterías. Olor de pergamino. Sombra, luz suficiente para el estudio. Penumbra. Se acerca. Agazapado. Toma impulso con la cola, aguijón. Y ese rostro. Los ojos hundidos. ¿Órbitas? ¿Cuencas de calavera? Dientes blancos, pinzas, ¿de qué se ríe? ¿Del azor robado? ¿De tu marido robado por ella? Farida escorpión. La sacerdotisa la mira. Te mira ella en la Academia. La Señal. Se acerca entre el humo. Es arena que vuela con el viento. Simún, calor, dolor, desierto, viaje, ¿o era antes? Llamas en la pira, incienso. Le levanta el velo, ¿ve la cara de la muerte? ¿De la muerta? ¿De la Enviada? Enrollada en pergamino con signos. ¿Hay música? ¿Quién toca? El hombre con su arpa. O es Farida que se aparece con ojos sin ojos órbitas hueso pómulo diente risa negro calor. Te quita el pergamino. Lo esconde mientras ríe. Las tablillas de arcilla. Las espátulas con la punta triangular, ¿dónde están? ¿No estaban en la mesa recién? La bibliotecaria, los esclavos. Y los cristales. La luz pasa, atraviesa. Rayo de luz, polvo en el aire encendido, partículas diminutas. Respirar ese polvillo, olor. Mirar la Señal. Solo de noche, no luz, esperar. Los planetas. ¿De quién son? Los hizo Ishtar. Astros, dibujos, escorpión. Trazo, crear, hacer. Como a nosotras. Y ellos. Ahí,


los hombres. Los tuyos. Te los alejan. Debes moverte hacia ellos pero el dolor. Te los esconden. Te los rompen. Te duele, te duele tanto. Farida y sus amigas. Sed. Corren en la huerta, ríen con azores encapuchados, las uñas, como colas de escorpión, clavándose en la arcilla de tus brazos: te das media vuelta: la suprema sacerdotisa trae los cristales de aumentar, vas a buscarlos. Estirar el brazo. Adolorido, blando, como arcilla recién grabada. O pergamino. Líquido. ¿Es pergamino de la viajera? De las noticias de las hormigas. Los insectos. Las langostas que son escorpiones. Alas. Nube de aguijones dolor y velos en la arena, que es humo de pira donde se queman tablas de arcilla: el cristal se derrite, la biblioteca llena de humo, polvillo blanco. Y entre el humo los maridos. Las amigas de Farida los observan. Cantando. Sus barbas negras, sus tatuajes. Danzando movimiento sudor músculos. ¿Y esa música? ¿Cítaras, flautas? ¿Arpas? ¿Quién toca? ¿Cuál de ellos? ¿Para quién? Para la Enviada. La Enviada observa, sonriente. Allá en la nube. Oh, su belleza. Se van, desaparecen. Robados. Con cara de escorpiones, de azores, de langostas. Tienes que salvarlos. Y el brazo duele, sed, agua. Farida se los lleva, al calor, la sed, quemante, agua, agua. Allá las murallas del palacio. Los guardias. Las oficiales. Las escoltas. Van. Se desplazan. Allá está la reina. Cetro en la mano. Un rollo, un tubo. Falo. Pene, erguido, listo. ¿Los cristales de observar? Hacia el fuego. Hacia el fuego de la sed. No pueden arder. Les ves las espaldas entre el humo. No deben. Aisha, allí. Con signos. Tatuaje tinta sobre los músculos. Espaldas danzarinas, ondulantes. Sed. Jamales. Dromedarios. Preparativos, armas, ruido. Un ejército, y las oficiales preparadas, los arqueros, las lanzas, los carruajes, vituallas, camellos dos jorobas, caras, pelos, ojos lánguidos, tristes, resisten, oficiales, gritos en el suelo. Dolor. ¿O es el aire? Se mueve, con el calor, el horizonte se mueve, bruma danzarina. Los contornos danzarines. El aire del desierto, movido por el viento que levanta arena hacia el cielo. Aisha, amiga. Agua. Por favor. El cielo rojo, el sol, el sol meridiano que quema. Nubes de agua que el viento se lleva. No deben arder los escritos. No deben mojarse, no deben arder. Protegerlos. Esconderlos. Pero el calor, la sed. Debes beber. Tomar agua, mucha agua. La boca es madera. La lengua no te cabe entre los dientes. Dientes de madera que arde. Pira, olor: regalos a la Enviada. Chispas.


Humo. Negro. Pelo negro rizado, de Farida, pero es humo. Volutas. Chispas, estrellas, verde reflejo, destello verde de ojo Farida. Ahí se mueven. Están acomodándose. Forman estructura entre el humo. Ishtar dibuja con estrellas. Dibujos, luces azules blancas constelaciones. ¿Dónde están los cristales? Hay que observarlas. Debes hacer el Horóscopo, uno nuevo, otro. Confrontarlo. Ver el movimiento de los planetas. Estudiarlos. Trazar línea movimiento, representar en pergamino papiro superficie lisa blanca dibujo ángulos. Las constelaciones. Forman un milano. Un azor, su alto vuelo, espirales, buitres carroña cadáveres comida vida vuelo búsqueda, búsqueda, ciclo cola curva dolor, escorpión. ¿Hormigas, langostas? No, era escorpión. Reconoces, astróloga. Ahí está la constelación. La ves, nítida. Como dados, puntos, marfil cubo puntos y ruedan. Y ahí jamales. Darles de beber, parásitos. Curar heridas. Quema los pies la arena, frío de noche, brisa fría, arena fría y un fuego. Lejano en la noche. Solas. Aisha. Figuras, ¿una caravana? ¿Qué dice la intérprete, la sacerdotisa? ¿Habla con la voz de Diosa? Oráculo, misterios, olores, incienso entrar a templo incienso, pira voz no ver quién habla pero sacerdotisa. Las Bodas en el templo de Ishtar. Hombres que entran para copular. Las sacerdotisas de Diosa preparadas. Los elegidos. Los que irán al fuego, sed. Achicharrados, quematina humo negro gritos olor carne quemada olor fétido carbón pira. Echa agua en la tierra: barro, arcilla, registro, escritura, estudio escribir tinta pergamino biblioteca sala humo luz sacerdotisa horóscopo. ¿Conoce a la Enviada? Vestida de seda. Vestido cruje liso transparente músculos se ven por debajo. Como leopardo, cimbreante. ¿Viene la Enviada? Llega a los humanos, dolor. Salvadora. Reina suprema, guía de todos. No más guerras. ¿Pronto? Continuar, ir a recibirla. ¿Dónde está? Los planetas no son señal, solo la Estrella: el camino, el rumbo: hacia el poniente, sol, rojo calor, sed agua, beber, beber apagar sed en boca que quema. No hay obstáculos, solo el escorpión dolor. En la bóveda, en la tierra, bajo acacias entre piedras. Pinzas, cola dolor picadura dolor. Y los maridos. Robarle hombres a Farida. Saltar, clavarle garras en cuello, tatuaje roto, sangre, Khalida, muge, brama. Dolor, dolor. Ella sabe. Tú sabes más. Ella sabe más y entonces viaje. Viaje a la Enviada. Más esclavos, más poder, más fuego, joyas, oro, amarillo, rojo, más sed. Beber. Agua, agua. Gran lengua quemante, Diosa: piedad. Oh cántaro.


Tras un par de horas de marcha habían llegado a una senda ancha, bordeada cada tanto por palmeras con dátiles y arbustos. Había huellas de animales y de gente, pero no se veía a nadie. El camino, promesa de la arenisca, serpenteaba hacia la zona montañosa, unas elevaciones que la distancia azulaba y que las tres viajeras tenían enfrente, ahora, ya visible en sus detalles, a pocos estadios, hacia los desfiladeros ocultos que conducían a Petra. Llegaron a un lugar donde crecían palmeras alrededor de un pozo; se detuvieron allí, dieron de beber a Meutas y bebieron ellas. Abrevaron los dromedarios y, por inútil providencia o reflejo o costumbre, pese a la cercanía de la ciudad, se aprovisionaron de agua. –¿Qué crees? –preguntó la más joven a la esclava–. ¿Se salvará? Le debe de doler horriblemente... se queja todo el tiempo. Si pudiéramos dormirla... –Nunca me picó un escorpión, señora, pero sí que duele. No se preocupe. Si no se ha muerto hasta ahora –dijo Baal Tsahra, con absoluta y tranquilizadora certidumbre–, va a salvarse. Tal vez incluso sin ayuda de una curadora. Le duele, pero no tenemos con qué calmarla ni con qué dormirla. En Petra, señora. Debemos continuar. El sol del día que se iniciaba se desplomaba ya, como un error, como un castigo implacable y distraído sobre la caravana. Las bestias, dirigidas por la prudencia de las mujeres, continuaban a paso lento mientras el silencio y el calor iban tornándose agobiantes. A tres estadios de distancia de donde estaban Aisha divisó, en la vera del camino, una hilera de algo oscuro, algo que no pudo distinguir en aquel momento y, en el cielo, unos puntos negros que evolucionaban en círculos y espirales. A medida que fueron acercándose fueron comprendiendo de qué se trataba y pronto pudieron apreciar su magnitud. El olor dulzón y pestilente de la muerte les llegaba, inconfundible. Hicieron un alto, envolvieron el cuerpo de Meutas y su cabeza para protegerlo de las moscas y reanudaron la marcha. Pronto distinguieron las cruces. Bordeaban el camino, una cada pocos pasos. Una nube de moscas perfeccionaba el horror de la


escena, ocultando casi por completo los almíbares emponzoñados y las heridas de los cuerpos desnudos. Los crucificados, casi todos hombres, habían muerto haría dos o tres días; ya no había soldados de guardia y ahí colgaban, informes, muchos ya con los huesos al aire y casi todos con las piernas y brazos quebrados. Los cuerpos estaban todos sin sexo; algunos porque los soldados se habían hecho monederos con los escrotos y otros porque los picos de los buitres prefirieron primero devorar aquellas partes blandas del cuerpo. Al paso de las viajeras las aves levantaban vuelo, se elevaban y planeaban en el cielo, esperando a que las mujeres se alejaran. Luego, vértigo aterrador, descendían al sápido festín con revoloteo de alas y plumas, graznando y espantando, por un momento, miríadas de puntos negros y tornasolados que entonces inundaban el aire. Mientras pasaban al lado de aquel escarmiento romano, apresuradas, espantando las moscas que trataban de posarse en ellas y tratando de filtrar el aire emponzoñado con sus pañuelos, Aisha Pari no pudo dejar de calcular el número de cruces. Los buitres que estaban ocupados en las más lejanas seguían, afanosos, con admirable tesón e indiferencia, comiendo las entrañas y los labios y las lenguas de esos difuntos de órbitas ya vacías, pero aún demorarían en terminar la limpieza, se dijo la astróloga; había más cruces que aves. Dos estadios más adelante, cuando hubieron puesto suficiente distancia entre ellas y las cruces, ama y esclava vicarias hicieron un alto. –¡Esas aves! –dijo Aisha–. He visto espectáculos semejantes o peores, pero nunca tan cerca, de lejos: después de las batallas. Siempre están, llegan siempre. –Señora: bien pensado –respondió Baal Tsahra luego de un silencio–, ellas hacen un bien. Un trabajo. Limpian. Las romanas tienen como símbolo el águila, y tantas otras personas las admiran, como admiran y aprecian a las aves de rapiña en general. Les parecen galanas y hermosas. Pero los buitres, que en sí no son ni más feos ni más bellos que las águilas, solo diferentes, no matan para vivir. ¿No le parece curioso que las mujeres admiren a los animales que matan para vivir mientras desprecian a los que se contentan con limpiar la carroña?


–Baal Tsahra –respondió Aisha–: tienes razón. ¿Sabes? Eres sabia. Toda una sabia. –Se burla, señora. Ustedes son las sabias. –Las tres, cada una a su manera. Sabias en la intemperie. –En lo que a mí respecta, ¿sabe?, creo que he vivido más en la intemperie que en casas o tiendas. Pero no me gustaría morir en la intemperie. Como esos... –Es la paz romana –dijo la astróloga, señalando con un gesto vago hacia el espectáculo que habían dejado atrás–. Eran más de trescientas cruces. –Debe haber habido una batalla. Esos, serían rebeldes nabateos, sobrevivientes, capturados. No vi, era difícil distinguir si había cuerpos de mujeres, de jefas. Las romanas, buenas sacamantecas son... ¡Je! Traen su cultura y hacen siempre así, sobre todo en las regiones más reacias y bárbaras: a las prisioneras y sobrevivientes les dan ese tratamiento, más o menos, con algunas variantes. Creen que así la gente se asusta. –Y tú, ¿no te asustas? –Mucho, señora. Se me quitarían todas las ganas de protestar. Sí... la paz romana es de veras efectiva. –Bueno, son métodos. Aprendieron bastante de nosotras, es la verdad. Es una cuestión de cultura y tradición. En nuestro reino las oficiales militares no se quedan atrás en materia de escarmientos... No hay piedad para los sobrevivientes, ni los heridos, ni los prisioneros. A las oficiales prisioneras las dejan lisas de pechos, para empezar; después las empalan. A los soldados los hacen colgar de los testículos hasta que..., bueno, hasta que se desgarran y caen al suelo. He oído de métodos más expeditivos y de métodos aún más brutales. El resultado no es tan decorativo como la cruz, pero sirve. Dime, ¿qué otra cosa podrían hacer? –Es cierto: no iban a estar repartiendo flores, premios y medallas entre los vencidos. Y después, llegan a los pueblos y dejan que los soldados se encarguen de consolar a las viudas. Como no dejan niñas ni niños con vida, les hacen hijos. –Siempre fue así. En todas las guerras. Una maestra ejemplar fue nuestra Hira la Grande... Los hoplitas espartanos dirigidos por


Anaximandra eran expertos en eso. Arrasaban con todo. Mira que no lo digo porque nos vencieron en aquella oportunidad. Y Persífone de Corinto... bueno... Cuando Milena segunda, la Africana, arrasó con Cartago, la hizo arder diecisiete días. Y cuando nosotras las suras vencimos a las romanas cincuenta años hace, más o menos, en la batalla de Carrhae, no dejamos a ninguna decuriona ni a ningún soldado enemigo con cabeza, ni con nada. Mi abuela, por entonces una oficial importante, estuvo en esa batalla y me contó los pormenores, la dirección de la lucha, las discusiones que hubo en el mando. ¿Sabes cómo vencimos? Con los arqueros. Además de los diez veces mil jinetes con corazas y lanzas que intervinieron al final, teníamos cinco veces mil camellos en la retaguardia, con cargamento de flechas de reserva para los jinetes arqueros. Durante horas dejaron caer una lluvia de flechas sobre las legiones romanas. De tal modo que, cuando la caballería acorazada intervino, fue para perseguir y decapitar a los pocos sobrevivientes. Algunas centurionas se salvaron, y las cambiamos por diez veces cien denarios cada una. –Así que... Aisha no se dejó arrebatar el entusiasmo por ninguna pregunta y prosiguió: –Flavia Vespasiana, por su parte, organizó juegos con gladiadores y leones, para festejar el triunfo definitivo contra las judías: en esa sola tarde, entre leones y gladiadores despachó, según dicen, a dos mil quinientas prisioneras y prisioneros. ¡Dadivosa emperatriz! Las espectadoras no habrán podido quejarse. Y los leones, tampoco. En fin, hay como para llenar estadios de pergaminos, aunque estas represalias militares no se documentan nunca. De hecho, lo peor no es la batalla, sino lo que viene después. En la guerra, los humanos se transforman en bestias. –Vea usted, señora –dijo Baal Tsahra–, que si las mujeres y los hombres que van a la guerra se transformaran en bestias, la guerra no sería guerra. –¿No? ¿Qué quieres decir? –Que entonces sería un verdadero paraíso. Las bestias no conocen las guerras. Y solo algunas matan, y aun así solo lo necesario para comer o para perpetuarse. Pero estoy de acuerdo con usted, señora Aisha, en que las personas dejan de serlo en las guerras, para


transformarse en algo mucho peor, y desde luego, según mi entender, muchísimo peor que las bestias. –Te doy razón. ¿Pero crees de verdad que los seres humanos son peores que las bestias? –Peores y mejores; depende. En qué y cuándo. –En realidad –reflexionó Aisha– es estúpido comparar y generalizar así: "las bestias"; "los humanos". De todo hay en esta tierra... –¿Así que ustedes son escitas? –preguntó Baal Tsahra, alentada con la confianza que le había otorgado Aisha, al tiempo que hacía un alto para dar de beber a Meutas. –Sí, escitas partas. Yo soy del clan de las suras. Es la más fuerte de las siete familias o linajes de las partas. Nací en Ecbatana, en el centro del imperio. –¿Y la señora? ¿Es de la misma ciudad? –Meutas Kœlat pertenece a las mihranas, y nació en Rhages. Farida Kahyam, que los demonios la castiguen como se merece, era también sura, aunque pasó su infancia en Urmia y luego en Shia, no lejos del monte Ararat. La esclava, con la curiosidad despertada y alentada por esas respuestas que no se esperaba, continuó preguntando. –¿Y cómo es el reino? ¿Qué animales tienen? –Casi los mismos que los que se encuentran por acá. En la zona montañosa, menos fértil que en el sur, con poca vegetación, se encuentran onagros, asnos salvajes, que se esconden o tratan de escaparse apenas alguien se les acerca. –Nunca he visto un burro salvaje, señora. ¿Son grandes, fuertes? –Son un poco más pequeños que los domésticos, más fornidos, patas más cortas. Son más peludos, de cabezas bien grandes. Nuestra reina tiene un corral muy extenso, sabes, una zona cercada donde nadie puede entrar sin permiso, con tres veces cien onagros. Los cuentan todos los días. No puede haber ni más ni menos que tres veces cien. No se sabe por qué: es una tradición que se remonta a muchas generaciones. Tal vez esté escrito en algún papiro, en la biblioteca central del reino. La esclava tenía los ojos muy abiertos. Aquella cantidad de animales encerrados, a disposición de una sola persona era algo que


le costaba asimilar. Era para ella la suma del poder, del lujo, de las aspiraciones más descabelladas. ¿Cuánto valdrían? ¿Veinte, treinta, cien veces cien denarios? Hizo un esfuerzo por imaginárselos y enseguida, como para darse tiempo, preguntó: –¿Cómo se llama la reina de ustedes? –¿No lo sabes? Es Fraates cuarta: se llama así y nos gobierna desde hace más de treinta años. –¿Y de qué ciudad vienen, ahora? –No preguntes tanto, esclava, y pongámonos en marcha. Será espléndido llegar a Petra, darse un baño... Pronto llegaremos a las fronteras de Palestina. Desarmemos las lanzas, anda, que pueden no ser bien vistas. Así lo hicieron. A paso lento, a fin de no sacudir demasiado a Meutas, continuaron marchando en silencio por espacio de treinta estadios en el camino polvoriento del mismo color requemado de la landa, camino que, a poco, se transformó en sendero franco y cuidado y luego en desfiladero. Llegaban a las estribaciones del macizo de Umm el-Byara y comenzaban ya a cruzarse con las itinerantes damas, comerciantes las más, que acababan de salir de Petra. Un viento cálido, surgido de no sabían dónde, subía desde la planicie que habían dejado atrás y en su camino al desfiladero las envolvía, abrumándolas. Debido a que caminaban despacio les daban alcance otras comerciantes y viajeras que llegaban a la capital de ese reino. En el momento de pasarlas se volvían hacia ellas y las saludaban con un gesto, sin preocuparse por comentar nada ni preguntarles por el estado de la enferma. Altas como acantilados, las paredes rocosas flanqueaban el acceso a la urbe; el cielo iba estrechándose hasta formar un camino luminoso, allá en lo alto. Pasaron sin inconvenientes por un puesto de control romano; por fin, cuando las sombras comenzaban a cubrir las cimas de los murallones rocosos, arribaron a las puertas de Petra.


acaramelado de las órbitas, grandes y saltonas y orladas por largas pestañas arqueadas. Hablaba la lengua nativa sin acento, por lo que Baal Tsahra dedujo enseguida que debía de haberse criado allí o, incluso, haber nacido en Petra. Pese a la simpatía y amabilidad que luego mostró, al principio se negó a recibirlas, aduciendo que no quería tener enfermas en la casa. Baal fue entonces hasta la entrada, consultó con Aisha y regresó. Después, cuando la regenta comprendió que las viajeras recién llegadas estaban dispuestas a pagar un precio más elevado, mencionó una tarifa especial, sugerencia que fue aceptada por Aisha sin dilaciones. La dueña ordenó entonces a un sirviente que se hiciera cargo de los animales de las viajeras y se dispuso a enseñarles el recinto. Les indicó primero dónde estaba el lavadero; por unas sestercios más podrían disponer de servicio de lavandería. Luego les señaló el lugar de los retretes. La posada tenía habitaciones frescas y amplias, algunas de ellas cavadas en la roca; otras, con la roca como una o dos de las paredes, en tanto que las restantes eran de adobe encalado. Mientras la dueña les enseñaba los cuartos disponibles les recomendó una curadora que conocía. "Se llama Iezida Salem y es de una sabiduría infalible", aseguró. Aisha le dijo a la esclava que se encargara luego de ir a buscarla y acto seguido eligió dos habitaciones contiguas, amplias, con aberturas a un recinto interior que oficiaba de patio. El mobiliario, sobrio y sólido, se limitaba a unos estantes adosados a las paredes, alfombras, camas muy bajas, una mesa con un tapete por toda mantelería, sobre el que descansaban una tinaja y una pequeña lámpara de aceite. Tres taburetes cilíndricos de cuero de camello completaban el módico ajuar. Una vez alojadas, con el permiso de su ama vicaria y las indicaciones de la dueña de la posada, Baal Tsahra abandonó el silencio y la penumbra interiores para internarse en el bullicio todavía luminoso y polvoriento de Petra en busca de la curadora recomendada. Meutas Kœlat sobrevivía en una semivigilia febril. Tenía temperatura de fiebre, pero ahora, en la sombra y el fresco de las habitaciones había recobrado el conocimiento. La mortificaba el dolor de cabeza y el del brazo la tenía de malhumor, de modo que se molestaba cada vez que Aisha le dirigía la palabra. Lo único que


deseaba, según juzgó la más joven, era que la dejaran en paz. Aisha corrió la tela que oficiaba de cortina y dejó la pieza en penumbra y a Meutas sola. Una vez en su cuarto, Aisha se tendió a desear un baño y a descansar en el camastro. Había preferido quedarse a cuidar a su compatriota en vez de salir ella misma en busca de la curadora, pero ahora que estaba allí, en la tarea que se había impuesto, temió que la esclava no volviera nunca. Razonó que, de ser ella, en esa situación habría desertado sin más. Era una oportunidad, no la única pero sí excelente, de recuperar la libertad, tal vez de recuperar un jamal, incluso a los tres, y sin remordimiento de conciencia por haber abandonado a la enferma y a su acompañante en medio del desierto. Aisha pensó que si no desaparecía ahora, Baal Tsahra era una reverenda tonta. Si se iba y no aparecía más, no le importaría nada a ella y nada o muy poco a Meutas Kœlat. Ahora estaban a salvo y pronto podrían retomar la misión de encontrar a la Enviada. Se dijo que si Baal no regresaba en una hora era porque se había marchado, y entonces solo les restaría ver si se había llevado los dromedarios consigo. Sin embargo poco después la vio regresar, acompañada de Iezida Salem, la curadora. Era esta una mujer de pelo largo y enrulado, delgada, de alucinados ojos hundidos. Todo lo que su albornoz de lino no ocultaba, los antebrazos, las manos, los pies y la cara, estaba decorado con tatuajes negros y rojos. Hubo una breve presentación y saludos, después de lo cual entraron las tres en la estancia donde estaba la picada. Iezida Salem examinó a Meutas, le puso la mano en la frente y murmuró una fórmula mágica. Traía consigo un bolso de tela tejida y multicolor del que extrajo potes con medicinas: hierbas y aceites. De inmediato encendió una varilla de incienso, aflojó la venda del antebrazo y pidió agua para lavar la mano hinchada de Meutas. Sin esperar órdenes, Baal salió a buscar lo que se pedía. –Hace poco un escorpión picó a mi hija de tres años –informó a Aisha–, y la pude salvar. La señora va a curarse. Aisha quedó impresionada por aquella información y le preguntó qué hacía la niña. –Juega, tiene amigas. Cuando sea grande, será curadora, como yo – profetizó Iezida Salem. La esclava regresó con la tinaja llena de agua.


La curadora limpió el brazo tumefacto de Meutas con un paño embebido en agua y lo secó. Después estuvo frotándolo con aceite perfumado durante un buen tiempo, tras lo cual lo espolvoreó con una hierba muy fina y olorosa. Mientras hacía esto decía unas oraciones en una lengua que ninguna de las mujeres entendió. La experiencia que Baal Tsahra atesoraba en materia de sanar animales enfermos la hizo ver con malos ojos los procedimientos curativos de Iezida Salem, supuesta experta en la materia. La más dispuesta a aceptar que los conjuros, sahumerios, aceites y hierbas de la curadora fueran a mejorar a la picada era Aisha. No habría sabido distinguir esas manipulaciones de las que había visto hacer, alguna vez, a las curadoras de su propio reino, de modo que veía a Iezida Salem como a una salvadora, a una mujer providencial a la que había que obedecer y, en cuanto hubiera hecho su trabajo, recompensar de manera adecuada. Después de un tiempo de haber trabajado, Iezida Salem quedó de pie, en silencio, observando a su paciente con una sonrisa como de triunfo. Meutas se había dormido. La mujer de las hierbas pareció satisfecha, anunció en lengua franca que regresaría al mediodía del día siguiente y se retiró. –¿Qué opinas, esclava? –preguntó la sabia cuando la curadora se hubo ido–. ¿Es acertado lo que hizo? –Señora –dijo Baal Tsahra–, sinceramente hablando... quiera Diosa que esta curadora sepa lo que hace. –Sin duda lo quiere, porque la mujer sabe su oficio. ¿No es curadora? Tú no te preocupes. –No, señora. –Oye, ¿sabes si hay baños romanos acá en Petra? –Sí, señora, hay. Son nuevos. Buenos, señora; tienen, según me han comentado, muchas instalaciones: baños de agua fría, tibia, caliente y de vapor, masajes... –Entonces mañana por la mañana iré a tomar unos baños. Me dirás cómo llegar, pero eso más tarde, tal vez mañana, luego del desayuno. Anda, ve a decirle a la regenta que nos prepare algo de comer ahora y luego de que comamos vete a descansar. A la mañana siguiente la dueña de la posada les llevó el desyuno a la habitación en una bandeja de metal bruñido. Luego de dar los


buenos días la depositó sobre la mesa y antes de regresar a su puesto preguntó con una reverencia si deseaban algo más. No, nada más, podía retirarse. La posadera había traído pan recién horneado, unas rodajas finas de carne salada, requesón, dátiles, pequeñas tazas y una jarra de leche tibia que Baal Tsahra, con solo olerla, supo que era de cabra. –Es muy buena contra todo tipo de males –anunció después de haber servido a Aisha, mientras vertía leche en una taza–. Con permiso: iré a llevarle un poco a la señora –dijo, y se fue hacia la habitación de Meutas. Al regresar, anunció que la señora aún dormía. Era preferible, dijo, no despertarla. La esclava y Aisha Pari tomaron el desayuno en silencio. Convencida de la fidelidad de Baal, la más joven resolvió dejarla cuidando a la enferma y salió, no sin advertirle que regresaría antes del mediodía. –Voy a preguntar si se sabe algo del nacimiento de la Enviada –dijo desde la puerta. Baal Tsahra contestó sí señora; la miró darse media vuelta y abandonar la penumbra fresca de la habitación e hizo un gesto con la cabeza, mientras se preguntaba si las sabias no estarían buscando a alguien inexistente. Luego fue hasta el cuarto donde estaba Meutas. Le aflojó un poco la venda del antebrazo y le acomodó el sudario que la cubría hasta el mentón. Un olor a orines y excremento la alcanzó y le hizo ver que debía higienizar a su ama. Fue a buscar agua y toallas y así lo hizo. Se retiró con la ropa sucia envuelta en un lienzo y la depositó en el lavadero. Luego regresó donde su ama y le secó la frente con un paño húmedo mientras la contemplaba unos instantes a la luz mortecina de la habitación. Meutas Kœlat respiraba con dificultad; pese a que había recobrado una vez el conocimiento su estado actual parecía aún estacionario, ni mejor ni peor que el día anterior. Baal Tsahra salió y fue a ver los animales. Al entrar al establo vio que Khalida estaba descansando, confortablemente echada sobre sus patas dobladas, igual que Mahrim; Alef en cambio estaba inmóvil, de pie, habitando el tiempo inescrutable y misterioso de los dromedarios. Baal Tsahra fue atenta y minuciosa y saludó una por una a las tres bestias. –¡Buenos días! ¿Cómo lo tratan, mi príncipe? ¿Y usted? ¿Qué está


haciendo? ¿Nada? ¿Descansando? ¡Vaga! ¿Qué es eso de no estar trabajando, como un dromedario decente? ¿Y ella? ¿Le han dado bastante comidita? ¡Glotonaza! La esclava observó que las heridas de Khalida estaban cicatrizando sin inconvenientes, limpias de parásitos e infecciones. Ya no ponía cara de desamparada. Había recuperado su mirada de sabidilla; pestañaba despacio y había mejorado el aliento. Como los otros dos dromedarios, había bebido y aumentado el volumen de su cuerpo. Baal Tsahra le palpó la joroba y comprobó, satisfecha, que estaba más crecida y menos fláccida que el día anterior. –Eso es. ¡Junte grasita, mi marrana! –le decía, palmeándola. El animal contestaba acercando la cabeza y restregando la nariz contra la mano de la esclava. Baal Tsahra regresó donde Meutas, se preguntó si de verdad Aisha iría a averiguar algo sobre el nacimiento y señas de aquella supuesta Enviada de Diosa. Los baños estaban en una maciza edificación de ladrillos con algún adorno alusivo, situada en un predio extenso, en cuyo centro había un patio con fuentes de pisos de mosaicos. El recinto abierto estaba rodeado por los cuatro lados por construcciones de techos abovedados, a las que se accedía atravesando galerías con columnas de mármol y arcos con profusas archivoltas. Aisha pagó los dos denarios de la entrada y luego se dirigió a los vestuarios. Se quitó las ropas y, apenas entrada en un cuarto lleno de vapor, inhaló un olor a incienso y aceites perfumados que la hizo recordar a su ciudad, a los suyos. Antes de elegir recorrió las instalaciones, una serie de cuartos ricamente decorados con frescos, mosaicos y azulejos, que se comunicaban uno con otro a través de puertas de cedro labradas. En casi todos había piscinas con aguas termales a diferentes temperaturas. Aisha tenía la esperanza de que el Lugar no fuese otro que Petra; la ciudad elegida para hogar de la nueva y recién nacida Guía de Humanos. Esperaba averiguar en los baños dónde encontrarla. Y si no, sería sin duda en Yerushalayim. ¿Sin duda? La aún firme creencia de la astróloga se había ido erosionando, sin embargo, con preguntas, ideas y dudas que habían surgido a lo largo del viaje. En primer lugar


estaban las afirmaciones de Farida sobre la Señal. Era cierto que su color era anaranjado, propio de planetas y no de estrellas, y que no mostraba pulsaciones: todo era, en ese sentido, como había afirmado Farida. Si bien la Estrella coincidía con la señal que el Horóscopo les había anunciado, las dos últimas veces que la había observado estaba diferente de como la había visto al principio o, al menos, así le había parecido. En tal caso, la explicación estaría en que, como asegurara Farida, la Estrella no era sino la conjunción de dos planetas. Pensaba en eso y otra vez se le aparecía la cara imperturbable y la voz segura de la traidora, diciéndoles que eran Júpiter y Saturno que coincidían; nada más. De hecho la verdadera especialista, quien hacía las observaciones con los cristales de aumentar era Farida Kahyam. Ella y Meutas Kœlat eran especialistas en cálculos y predicciones sobre cartas ya elaboradas de acuerdo con tablas y procedimientos heredados. Ella se sabía astróloga sobre el papiro; Farida Kahyam era astróloga sobre el firmamento, y ese hecho, que le otorgaba más autoridad que a Meutas Kœlat y a ella, la desasosegaba. La verdad era, se decía, que se empeñaba en una creencia, contra la palabra y la seguridad de una observadora experimentada y prestigiosa. En segundo término, estaba el hecho de que desde hacía muchos siglos había miles, tal vez decenas de miles de judías en su reino. Hasta el momento, la política de Fraates cuarta respecto a ellas había sido como la de las anteriores emperadoras: de tolerancia y de libertad de cultos, incluso se les había permitido regresar a Palestina y muchas lo habían hecho, llevando consigo a sus maridos e hijas e hijos. Si la sacerdotisa que había dicho los oráculos, la que estudiaba, formulaba y anunciaba el Horóscopo era judía, o hubiese sido influida por la religión judía... entonces estaría creyendo en lo que diez veces cien años antes la profetisa Natana había anunciado a Deborah, de acuerdo con las escrituras sagradas de esa nación. No era improbable; ella misma había tenido oportunidad de estudiar esos textos. La sacerdotisa creería en la venida al mundo de una Salvadora. De una oportuna Mesías, sobre todo en circunstancias en que aquel pueblo estaba diseminado por la región, con buena parte de su población viviendo en el reino de Fraates cuarta y, como tantos otros, sojuzgado y sometido en su territorio por el imperio de las romanas.


En tal caso, cualquier conocimiento judío sobre fenómenos astrales o astrológicos, se decía Aisha, podría interpretarse, o podría haber sido interpretado, de modo religioso: como una señal similar a la que daría la divinidad de las judías: era que la Salvadora estaba en camino. Pero la sacerdotisa, en tal caso, no podría haber siquiera insinuado que era la hija de esa divinidad, bajo pena de que la declararan heresiarca o, en el mejor de los casos, que la consideraran fuera de sus cabales, sino que tenía que haber anunciado que sin lugar a dudas se trataba de la Hija de Ishtar que llegaba al mundo. Aisha Pari iba por los diferentes baños y los probaba sucesivamente, se desplazaba de cuarto en cuarto y entablaba conversación con las diversas bañistas que iba encontrando. De ese modo pudo interrogar, con prudencia, a varias concurrentes: a dos funcionarias y a una militar romanas, a dos comerciantes asirias, a una mercadera libanesa, a una pashá asiria, a una prestamista armenia, a dos dignatarias petranas: no, señora; nada sabían del nacimiento de ninguna hija de reinas o princesas o sacerdotisas importantes. No en Petra, en todo caso. Aisha concluyó que era suficiente. De haber ocurrido, un acontecimiento tan fundamental como el nacimiento de una Enviada de Ishtar no podría haber pasado inadvertido a tan importantes personas. Ahora se trataba solo de que Meutas sanara para continuar con la búsqueda. Seguramente se dirigirían, pensaba, rumbo a Yerushalayim. Otra posibilidad no había: más allá había solo arena y piedras, y más allá se extendía el mar. Si era la hija de Ishtar, tenía que haber nacido en Yerushalayim. No era concebible que hubiese nacido en, por ejemplo, el Zélaf de la esclava. Pero entonces, pensaba Aisha, la idea de una sacerdotisa judía o influida por las judías no parecía tan descabellada. Ishtar no era diosa de las judías; ¿por qué habría elegido a Yerushalayim para, entre todas las ciudades, hacer que naciera su Enviada? Iba a entrar al vestuario, con la intención de abandonar el establecimiento, pero cambió de idea: se dirigió en cambio a una sala de masajes, encargó un tratamiento y se tendió de bruces sobre una mesa alargada. Había en el aire esencias de sándalo. No tuvo que esperar mucho; un gordo descomunal le trabajó la espalda con manos enérgicas y poco después un hermoso petrano comenzaba a


untarla con aceites perfumados. La viajera, que había estado abstinente durante todo el viaje, sintió un acuciante deseo al sentir los dedos suaves y sensuales del joven en su espalda, sobre las nalgas y sobre las piernas. Era un masaje pero había algo más, una pregunta, una sugerencia, una invitación. Era sutil, pero ella lo percibió. Lo dejó hacer su trabajo, mientras el sexo se le contraía y distendía, incontrolada, violentamente al sentir el contacto con esas manos que la untaban con aceites de los que emanaban efluvios de aromas embriagadores. No obstante, el recuerdo de su alta misión y de su compañera convaleciente, el de la curadora, que pronto acudiría con sus artes, el del tiempo que había pasado, la urgían por igual a desechar la virtual invitación a compartir una cama con el joven. Se encontraba entre dos voluntades de contrario signo; la que encarnaban las pulsaciones de su sexo y la otra, más mental, que expresaba el recuerdo de Meutas Kœlat delirando sobre la Salvadora. La mujer, en la plenitud de sus años, se debatía así entre voliciones de animal en celo, deslumbrantes y claras, y transportes místicos de otro orden, oscuramente relacionados con la lealtad y el deber. Entre lo animal y lo celestial, pensaba. Sería magnífico, se decía, en aquel y no en otro momento y lugar, dar al cuerpo lo que éste le pedía. Dejar al hombre entrar en la mujer. Dejarlo disolverse en ella, y ella en él. Recordaba las diez ocasiones en que había participado en las Bodas de la Fecundidad, como sacerdotisa. En cada vez había sido tomada por diez Elegidos. Uno después del otro. Y ella, cada vez, siempre preparada. Diez veces diez hombres, exprimidos, agotados por ella, siempre deseosa; algunas veces satisfecha, nunca rendida. Así había honrado a Madre Tierra, a Diosa Ishtar: así había dado lo suyo y recibido lo mucho de los hombres que copulaban por última vez, sin saber que irían a morir pronto, con las entrañas arrancadas o incinerados en vida en las piras de los templos de Ishtar. Para que el poder pudiera honrar a la divinidad, para halagarla; para que la fecundidad, los cultivos, la vida del reino volvieran a tener su beneplácito y encontraran su ciclo. Y aquellos recuerdos la enardecían aún más, y un impulso que parecía venir de la tierra misma la empujaba a tomar al mancebo, a usarlo. Por otro lado se frenaba cuando pensaba en que poseer a aquel ofrecido joven sería como una especie de deslealtad hacia su compañera enferma y,


también, a la pureza de la idea que la había guiado hasta entonces. Continuar célibe en aquellas circunstancias, decidió y resumió para sí Aisha, era debido a algo que podía definirse como un sentido trascendental y ascético del Deber; algo que de cierto modo estaba en consonancia con el significado de aquella larga búsqueda. El viaje y su meta implicaban, casi, el celibato. La búsqueda era renuncia. Ya se desquitaría a gusto, pensó, una vez concluida la búsqueda. De modo que, agradeciendo al joven y al gordo, interrumpió el tratamiento y les dio unas monedas. Con cuerpo y mente reconfortados se dirigió al vestuario para ponerse la ropa, dispuesta a encontrar el camino de regreso adonde la esperaban. Caminó en las calles polvorientas y ocres, todavía animadas, caminó en las horas previas a la siesta, caminó altiva y decidida sin prestar atención al ritmo de la urbe. Iba reflexionando sobre cómo y por qué, asombrosamente, la ligazón con lo divino parecía, en aquel momento, excluír, postergar, rechazar el impulso sexual. Antes, en su reino y en Grecia y en tantas otras partes, había sido lo contrario, era decir, el deseo sexual resultaba aceptado, satisfecho y aun dignificado como expresión de la fuerza de alguna diosa, desde que era el más natural y sano de los impulsos. ¿Por qué recién ella había experimentado, al mismo tiempo, otros transportes, tan diferentes de su experiencia y conocimiento anteriores? Era, se decía, una vivencia de otro orden, distinta y en cierto modo superior al simple pensamiento, algo que la acercaba a un sentimiento de lo numinoso. Pensar podía llevar lejos. Una podía domeñar el pensamiento, podía entrenar el pensamiento, podía construir sistemas de pensamiento, filosofías y estructuras mentales enormemente complejas. Podía dirigir el pensamiento como una flecha y alcanzar con él certezas y claridades. Una podía elaborar academias del pensamiento y debatir las ideas y los conceptos, pero al fin de aquel empeño solo sería eso: una simple mujer pensando, acaso pensando muy bien. No era, en verdad, mucho. Era bien poco. Del mismo modo como el dromedario mejor entrenado nunca dejaría de ser un dromedario, por más veloz que fuese, ni el mejor azor dejaría de ser un azor, por más eficaz que fuese, así el pensamiento tenía sus propios límites. Pero la experiencia de sentir lo divino de alguna manera permitía trascender los límites del pensamiento. Tal vez era


semejante, se decía, en ese sentido, a otras dimensiones y otras experiencias de los humanos, como las que brindaba, por ejemplo, la creación artística. O ciertas hierbas alucinógenas. O el odio. O el terror. O el sueño. El poder de la voluntad y el pensamiento sobre el impulso sexual –al menos, matizaba, de su voluntad y su pensamiento– era algo asombroso y, en cierto sentido, para ella, reconfortante. A la vez, razonaba, pensar no era nada comparado con el sentimiento de comunión con lo divino. Pero lo divino, era decir, Ishtar, ¿no presuponía lo sexual? ¿Habría obrado de acuerdo con la voluntad de Ishtar? No era seguro. Siempre había sido al revés. ¿Por qué ahora habría de ser diferente? Tal vez su deseo había sido una señal de la diosa. Como antes, tantas otras veces. Tal vez debería regresar a los baños romanos. Meutas se había despertado poco después de la partida de Aisha. Estaba sedienta como pocas veces antes y tenía fiebre, aunque ahora se sentía del todo consciente. Baal Tsahra estaba a su lado y de inmediato le dio agua y se ofreció a traerle pan y leche tibia de camella. Meutas aceptó, pero antes quiso saber dónde estaban, cómo y cuándo habían llegado y cuánto tiempo había estado inconsciente. La esclava contestó todas las preguntas. –¿Y la Enviada? ¿Sabes algo? ¿Se habla de ella? –Señora, Aisha Pari ha salido a enterarse –respondió, y como su ama quedó pensativa, agregó–: Iré a buscarle el desayuno, si me permite. –Y tú, ¿ya has desayunado? –Sí, señora. Con Aisha –respondió Baal Tsahra, un poco conmovida por la atención de su señora–. Con permiso, ya regreso. Al poco tiempo apareció con una bandeja en la que tenía pan de cebada, dátiles y una cazuela con leche para Meutas, quien se incorporó en la cama. Agradeció a la esclava y pensó que en algún momento, tal vez no muy lejano, debería darle la libertad; devolvérsela, mejor. “La libertad”, pensó. ¿Qué significaba? ¿Disponer de cómo hacer o no hacer algo? ¿Era posible? –Dime, esclava –dijo entonces con su voz que ahora parecía más grave–, ¿cuál es, en tu opinión, la mayor felicidad, el mayor don que puede tener una mujer?


Meutas empezó a comer y a beber; tomaba su desayuno con apetito. Durante un instante que se hizo largo, más largo que lo que Meutas hubiera deseado, la esclava pensó en cerdos, camellos, jamales, burros, hombres, dinero, familia, pero se dio cuenta que la pregunta de la astróloga apuntaba a otro orden de cosas, más inasibles, y pensó entonces en la riqueza, la amistad, el poder, la libertad, el amor, la sabiduría, la paz, el ocio, la alegría y por fin encontró la respuesta que creía que Meutas Kœlat deseaba escuchar. Entonces dijo, no muy convencida: –La salud, señora. La convaleciente se esperaba que la esclava respondiera la libertad pero no dejó de apreciar la respuesta y las resonancias que tenía, en especial para ella. Se dijo que no estaba mal; que tal vez así era. Pensó que acaso había subestimado a su esclava, que no había valorado ni premiado la fidelidad que en cada ocasión le demostraba. Se dio cuenta de que no le habían faltado oportunidades de escaparse, que pudo incluso haberlas robado y abandonado en el desierto, como lo había hecho Farida. A partir de aquel momento Meutas retornó a la conversación con otro nuevo y recién ganado respeto para con Baal Tsahra. La charla continuó, después, en términos de igualdad y consideración mutua, hasta que llegó la otra compañera de viaje. Tal como había prometido, Aisha Pari estuvo de regreso en la posada poco antes del mediodía. Cuando entró, vio que Meutas estaba despierta, tendida sobre un colchón de paja, conversando con la esclava. Su compañera había, pues, recuperado el control del pensamiento y de las palabras. Aisha se alegró y la saludó: –Que Ishtar siga a tu lado, Meutas –le dijo–. Veo que estás mejor. ¿Duele aún? Meutas seguía con fiebre; la hinchazón de la mano y el antebrazo continuaba y los dolores, ahora punzantes y rítmicos, no habían cedido. Sin embargo, el hecho de que había salido del delirio no podía interpretarse sino como una notable mejoría. –Se te ve mucho mejor, Aisha –dijo la mayor–. Te han sentado bien los baños. ¿Noticias de la Enviada? –En esta ciudad –informó la joven astróloga–, no ha nacido la Enviada de Diosa. Estuve preguntando en los baños: nadie sabía nada. Pregunté a diez personas allí. Pregunté incluso a varias oficiales romanas.


–Entonces, sin duda –dijo la de la voz sombría–, puesto que no ha sido en Petra, deberemos continuar hasta Yerushalayim. ¿Has visto la Señal, anoche? –Anoche no, anteanoche. Es que no puede verse desde acá. Hay montañas; las calles son como desfiladeros. Se ve apenas una franja de cielo, y la Estrella aparece en la constelación de Casiopea. Un acimut máximo de cuarenta grados; están las montañas. Pero no te preocupes; la veremos. En cuanto te mejores. Tendremos que salir de nuevo a la intemperie. Al camino. –En verdad todavía no estoy en condiciones –respondió Meutas, y volvió a tenderse en el camastro, como si quisiera mostrar que aún seguía enferma–. Espero que pronto –continuó, con un suspiro–. Esa curadora... me gustaría conocerla... aunque no creo en sus artes. –Se llama Iezida Salem. Una persona impresionante. Pronto vendrá –aseveró Aisha–, si hace lo que prometió. En tanto la esperamos, sugiero que Baal Tsahra haga lo que también ha prometido: prepararnos las anguilas. ¿Qué opinas, esclava? ¿Podrán conseguirse? ¿Has preguntado por ellas? –Señora –dijo la esclava–, si no hay en Petra no hay en toda la región. Las traen del Éufrates; siempre las he visto, las venden en la plaza del mercado. Si se me permite y me dan con qué comprarlas, he de traerlas de inmediato. Meutas Kœlat hizo un gesto afirmativo con la mano, dijo que, con todo, ella no pensaba comer esos animales abominables y recitó: –Vocibus anguillae prave sunt, si comedantur, qui physicam non ignorant, haec testificantur. Caesus, anguilla nimis obsunt, si comendantur, Ni tu saepe bibas et rebibendo bibas. Sin embargo Aisha Pari le dio unos sestercios a la esclava, que entonces agradeció con una inclinación de cabeza y se retiró de la frescura de la habitación hacia el calor, los ocres y el creciente murmullo de la calle. –Sabes, Aisha –dijo Meutas, cuando estuvieron solas, mientras se incorporaba con un esfuerzo–, creo que en cuanto lleguemos a


Yerushalayim y encontremos a la Enviada, devolveré la libertad a la esclava. –Es una mujer sabia y generosa. –Sí, ya lo creo. Piensa: pudo habernos abandonado en el desierto, como Farida -que sufra eterno castigo-, y pudo habernos robado los animales acá mismo. –¿Cómo están, a propósito? –Fue a verlos esta mañana. Khalida está casi del todo sana, según me dijo. En aquel momento se anunció la curadora. Meutas, que tenía la intención de interrogarla acerca de sus conocimientos sobre venenos de arañas y escorpiones, la hizo pasar. Apenas entró, la mujer hizo una reverencia. Esta vez traía una cantidad impresionante de brazaletes en los brazos y dijes que colgaban de sus orejas, pero lo que más llamó la atención de las viajeras es que traía consigo un pandero. Por lo visto tenía la intención de incorporar música como un ingrediente importante de su terapéutica. –Usted ya está mejor –fue lo primero que dijo, en lengua franca, mientras miraba a Meutas seria, desde sus ojos hundidos, grandes y negros. –Es cierto. ¿Cómo es que te llaman? –Curadora. Es suficiente. Esta señora –dijo, señalando a Aisha–, debe retirarse. Las dos sabias se quedaron perplejas, sin hacer nada más que ver cómo la mujer empezaba a desempacar sus aceites odoríferos y sus hierbas medicinales. Aisha inició un movimiento para irse, pero un gesto autoritario de Meutas Kœlat la retuvo. –Curadora –dijo–, ya estoy bien. Esta señora no va a retirarse. Y usted no va a curarme más. Le pagaré sus servicios. Pero antes quisiera preguntarle algunas cosas. Ahora fue Iezida Salem quien quedó perpleja, por un momento, pero en seguida continuó destapando unos frascos y poniendo en orden sus hierbas. –Esta señora tiene que retirarse –repitió. –La curadora tiene que comprender que no: que no va a irse y que usted no va curarme más –pronunció lenta y gravemente la


convaleciente. Aisha no sabía qué hacer. La curadora encendió una varilla de incienso e insistió: –Parece ser que no comprende: ella tiene que salir. Irse. Dejarnos solas. Meutas Kœlat y Aisha Pari se miraron. La curadora, impaciente, se puso de pie, se dirigió a Aisha, la tomó del brazo e intentó empujarla fuera de la habitación, pero Aisha Pari se irritó y, ante la divertida mirada de Meutas comenzó un forcejeo formidable. Las mujeres empezaron a gritarse y ahora se insultaban cada una en su lengua. Meutas, mientras tanto, contemplaba con interés y curiosidad la grotesca batahola, que terminó cuando Baal entró a la habitación y ayudó a Aisha a expulsar a la mujer. La mayor se quedó un instante sola, y mientras oía gritos e insultos afuera, en el corredor, pensó que, pese a todo, la civilización terminaría venciendo a la barbarie. El dilema era saber dónde estaba la una y dónde la otra. –Esa mujer no está cuerda –dijo Aisha al regresar, acompañada de Baal Tsahra, meneando la cabeza y mostrando un ojo que empezaba a amoratarse–. Yo le tenía fe. –Más se la tenía ella misma –dijo Meutas–. Nunca vi a nadie curar con más entusiasmo. ¿Le pagaste? ¿O solo le pegaste? –Le pagué, con creces. Devuélvele sus cosas, esclava. Baal Tsahra recogió el pandero, los potes de aceite y las hierbas y salió, no sin antes avisar: –La comida estará lista de un momento a otro. Aisha se sonreía, mientras se daba masajes en torno al ojo tumefacto. –Hay que reconocer –dijo–, que pocas se han negado a ser curadas con tanta energía como tú. Qué golpiza se llevó... además de sus dracmas. Quería que le pagara en dracmas y le pagué en dracmas. Y qué decepción se habrá llevado. Meutas miró seria a Aisha y con voz espesa soltó una de sus habituales sentencias: –A todas nos espera, en algún momento, una decepción. Hacia el atardecer la fiebre de Meutas aumentó un poco, pero después de la caída de la noche había desaparecido. Meutas se sintió curada y se puso en pie. Comprobó que también la hinchazón estaba desapareciendo, a la vez que la coloración violácea de la mano y el


antebrazo dejaba paso a un color rojizo admirable, en todo caso mucho más saludable que el violeta de no hacía mucho. Después de la cena decidió que subirían con sus aparatos de observación astronómica hasta un lugar desde donde pudieran ver la Estrella. Un sendero oscuro y escarpado las guió durante cuatro estadios hasta la cima de Dusare, la gran montaña rosada del macizo de Umm el-Byara. Soplaba allí una brisa suave. En torno de ellas y bajo la línea irregular del horizonte se adivinaban las silenciosas y oscuras extensiones inconmensurables de la tierra. La noche, aún sin luna pero ya con una poderosa luminosidad fantasmagórica hacia el este, hacía esfuerzos por desplegar el firmamento, pero el resplandor de la luna aún invisible le ganaba espacios, como una revelación inminente. Un rato más tarde Meutas Kœlat y Aisha Pari miraban con lágrimas en los ojos una luz fuerte y llamativa en la constelación de Casiopea. A simple vista se comprendía que Farida Kahyam había tenido razón. Lo que habían creído estrella y señal aparecía ahora con una exagerada forma oblonga. Cuando instalaron sus aparatos de aumentar y observaron, ambas mujeres pudieron distinguir que se trataba, en efecto, de dos planetas que terminaban de abandonar su conjunción. En aquel momento, mientras se les derrumbaba tanto hermoso convencimiento, asomaba la luna por el este ahora anaranjado de la bóveda. Meutas Kœlat y Aisha Pari se sintieron angustiosamente solas en las alturas de Dusare. –Sí... sí... –dijo Aisha, mirando por el aparato una vez más–. Tenía razón, la maldita... tenía razón. Que se consuma por la eternidad en los infiernos, pero tenía razón. –Y entonces... ¿entonces, qué? –se preguntó Meutas.


continuar y poco más tarde arribaron a la posada. Meutas Kœlat indicó a Baal que fuese a mirar el estado y condición de los dromedarios, y que luego se retirara a dormir. Quería estar sola con Aisha; más aún, en realidad quería estar a solas consigo misma, para pensar, para madurar algún tipo de decisión sobre el futuro inmediato, sobre el rumbo a seguir. ¿Deberían regresar? ¿Estaba todo perdido, realmente?

La predicción del Horóscopo sobre el nacimiento de la Enviada y la aparición de la señal divina había perdido todo su poder sobre Aisha Pari y mucho, aunque no todo, sobre Meutas Kœlat. Esta pensaba ahora en la posibilidad de convencer a su compañera y a sí misma de que tal vez, pese a todo, sí había nacido aquella anunciada princesa redentora, de que acaso el Horóscopo no hubiese fallado, pero a la menor la desalentaba el hecho de que, pese a todos los esfuerzos, no habían encontrado a ninguna Enviada, ni señal de ninguna diosa en el cielo y tampoco en la tierra. La Señal había resultado una falsa señal; la Estrella había resultado conjunción de planetas y la Enviada, por lo tanto, no existía. Entonces, pensaba Aisha, no había sido una predicción del Horóscopo sino de la sacerdotisa. Tal vez era una judía oculta, una más entre las decenas de miles de judías que habitaban en el reino de las partas. La irritaba el hecho de que habían sido víctimas de una manipuladora que, conociendo que dos planetas coincidirían y agregarían sus luces, había interpretado aquello como señal de una diosa que, de aquel modo, anunciaba el advenimiento de la Mesías. Así pensaba Aisha, e incluso especulaba con otras variantes. Podría haberse tratado no de una interpretación de la sacerdotisa, sino de un plan para burlarse de ellas. El plan podría haber sido aun más diabólico y calculado, razonaba, pero aquellas hipótesis no eran tan terribles como la sospecha de que la patraña a la que las sometieron había sido un modo de alejarlas del poder, del centro de decisión religiosa y política del reino, del Consejo de Sabias. Tal vez para simplificar una maniobra de la suprema sacerdotisa contra Fraates cuarta. Ahora que no creía, ahora que consideraba desde afuera la empresa que habían acometido, la veía con los mismos ojos que Baal Tsahra. Con los mismos ojos que Farida: había sido un viaje


admirable, una aventura, tal vez valiosa como experiencia pero destinada desde su comienzo mismo a concluir en un desencuentro, o, mejor dicho, en un fracaso. Meutas Kœlat, por su parte, se refugiaba en la duda. Por cierto, la conjunción de dos planetas no podía ser una señal divina. Enfrentarse al hecho había sido una decepción, un desengaño que ahora, debía reconocerlo, había estado esperando secretamente. Era un suceso indiscutible, pero también lo era que el Horóscopo nunca antes les había fallado. Más cercana, tal vez, de la muerte, los años la habían dotado con el don de la esperanza y la constancia, que eran formas de la milenaria necesidad humana de creer, de religarse con seres superiores, divinos, inaccesibles. Pero ahí estaban, en Petra y no en su lar, en territorio desconocido e inseguro: ante todo tenían que decidir qué hacer. Se encontraban lejos de su nación, sin noticias de lo que había ocurrido en su reino y en una tierra que estaba bajo dominio de un imperio rival y enemigo. Así y todo, no eran unas simples viajeras. Pertenecían a la clase de las nobles y las poderosas; sus ejércitos habían vencido y detenido la expansión romana más de una vez. Tenían consigo dinero en abundancia, buenos animales y eran portadores de la cultura y el prestigio de que gozaban las astrólogas partas en aquellas tierras. En un sentido, eran embajadoras de su reino, diplomáticas de viaje. Tenían razones para sentirse, al menos, respetadas y consideradas. No era probable que fueran a ser objeto de agresiones ni burlas ni robos; en resumen, la situación no era ni buena ni mala, ni desesperada ni prometedora. Estaban en un dilema. Abandonar la empresa e iniciar el regreso era la más natural y en varios sentidos la más deseable de las opciones que ahora tenían ante sí. Regresar era más que emprender otro largo y tal vez azaroso viaje, viaje para el que sin dudas estaban bien pertrechadas: era la perspectiva altamente reconfortante de reanudar el contacto con sus familias y sus diversos hogares; con la riqueza y con el poder que habían dejado. No obstante, mas por diferentes motivos, las seducía la idea de continuar. Aisha sentía que deberían hacerlo, aunque solo fuera para dar una culminación un poco más justificada y luminosa a tan largo viaje. No era todos los días que se tenía la oportunidad de conocer nuevas tierras, nuevas


gentes y costumbres, nuevas comidas. A la ampliación del horizonte geográfico se correspondía, para ella, una ampliación de su horizonte cultural e intelectual. Todo lo poco que hasta el momento había visto le parecía interesante, la enriquecía y la estimulaba a continuar. No veía razón para que no fuera así en el futuro, en otros reinos. –Deberíamos aprovechar que estamos acá y, en cuanto te hayas repuesto del todo, continuar hasta Egipto –comentó Aisha, mientras encendía un candil en la habitación. –Ya estoy bien. Pero yo quiero continuar hasta Yerushalayim – contestó Meutas, mientras se tendía a descansar en la cama–. Por lo menos primero podríamos llegar hasta allí. Me son antipáticas las habitantes de Egipto. –¿Porque practican la circuncisión faraónica? –preguntó Aisha, desde la zona de la penumbra. Vestida con su albornoz blanco, semejaba un fantasma, una aparición cuyos rasgos no podían verse desde la cama donde yacía Meutas. –No, no es por eso. La circuncisión en sí no es lo peor. Lo peor es que después, las cosen, casi las cierran del todo. Una vez examiné a una egipcia infibulada. Es horrible. Le habían dejado un orificio pequeñito, pequeñito así: como una cuenta de collar. –¿Se lo hacen a todas? –Pues no lo sé. Supongo, es muy común. –Pero se acostumbrarán, al fin y al cabo, cicatriza... –Sí, pero cuando orinan, demoran... dos veces o más que nosotras. Imagínate cómo será con la sangre del ciclo de la luna. Y nunca más pueden disfrutar con un hombre, por lo menos no como nosotras. Después, cuando les entran por primera vez, las desgarran, o les duele tanto que... tienen que probar varios días seguidos, semanas, meses. Aunque no se lo hacen a todas. En algunas zonas no lo hacen. –¿Y de dónde viene esa costumbre? –¿Quién lo sabe? Es muy antigua, por lo menos diez veces cien años, según unos papiros que he leído. –Pero no me dijiste por qué te son antipáticas... –No –cortó Meutas–, dije mal. No es que esa gente me sea antipática. Nunca estuve en ese reino, tú lo sabes. Y conozco pocas egipcias. Y egipcios, ninguno. –Es el reino, la cultura, entonces –sugirió Aisha.


La mayor hizo una mueca de desagrado, una pausa, y agregó, con voz cansada: –Y también porque la biblioteca en Alejandría... la antigua... Bueno, es una historia muy larga. –Pero fueron las romanas las que la quemaron. A mí me gusta Isis. ¿Qué opinas? Meutas hizo un gesto de desaliento con las manos, como espantando malos pensamientos o indicando que sentía tedio y que aquello no valía la pena. La luz del candil, oblicua, creaba un juego de claroscuros en el rostro cetrino de la mayor, realzando, a los ojos observadores de Aisha, el trazado mayestático de su fisonomía. La más joven comenzó a desvestirse al tiempo que preguntó: –¿Cuántos estadios habrá, hasta Yerushalayim? –Dos días de marcha. –Sabes, Meutas; antes de llegar a Petra, en el camino, a diez estadios, había más de trescientas cruces. Eran, a lo que parece, rebeldes nabateos. Casi todos soldados, algunas oficiales. Qué muerte más espantosa. –Lo dices –replicó Meutas, mientras se desperezaba– como si hubiera muertes que no fueran espantosas. –¿Y no las hay? Morirse durmiendo, por ejemplo. –La idea de dejar de existir es insondable, inexplicable e inentendible, y, por lo tanto, espantosa. –¿Qué sabemos de la muerte? Tal vez sea el inicio de una nueva manera de vivir. –De la muerte nunca sabremos nada más que esto: es de importancia vital. –Para los vivos. –Sin duda. Pero quizá también para los que pasan el umbral. Habrá que esperar para tener alguna certeza, o para continuar sin ella. En todo caso, por el momento, a nosotros nos corresponde seguir el viaje a la Enviada. Digamos, a Yerushalayim. –¿Porque es el camino de la supuesta estrella? –Porque es el rumbo que traíamos, porque es una ciudad interesante y porque quisiera conocer el Templo y el Arca de las judías. Y además porque quisiera comprar tres buenos camellos a Baal Tsahra, antes de darle la libertad. Creo que se lo merece. Nunca quise ni pensé tenerla esclavizada de por vida.


–Sí, de acuerdo, lo suponía. Nos la salvó a nosotros. Pero ¿por qué no hacerlo acá? –Hay más y mejores animales en los mercados de Yerushalayim que en Petra: hacia allí pensaba ir ella misma, antes. Otro argumento: es una ciudad mucho más grande y con seguridad más interesante que ésta. Y además porque Baal Tsahra conoce el camino; nos servirá de guía y de intérprete. Tú tampoco sabes arameo, ¿no? Pero ella sí. En caso de quedar libre ahora tal vez quiera volverse. Otra razón es que es la ciudad más importante de esta región. Además, el Horóscopo dijo que seríamos tres... –Bah, ¡el Horóscopo! ¡Meutas! Ya ves lo que nos deparó... –Bueno, puede ser... pero nunca antes nos había fallado... –Una vez es suficiente. –De acuerdo, pero desde otro ángulo, Aisha, podríamos admitir que no fue el Horóscopo, sino la interpretación. –En todo caso, fue una interpretación maligna del Horóscopo. Tal vez por una sacerdotisa falsaria. Puede ser. Pero me parece que lo hicieron para alejarnos del Consejo de Sabias. –¿Cómo lo sabes? –la interrumpió Meutas, calma y firme. Aisha Pari se quedó un instante mirando, sin comprender por qué Meutas parecía aferrarse a la posibilidad de que, pese a todo, la Enviada hubiera nacido. Ahora, con aquella pregunta, de pronto era ella quien estaba a la defensiva, teniendo que dar explicaciones. –¿Y qué quieres decir? –contraatacó–. ¿Que dos planetas son una estrella? –¿Quién sabe? Podría aparecer todavía... la conjunción no duró más que ocho, tal vez nueve días... Tal vez aún no falló. Tal vez no fallará nunca. ¿Recuerdas la traición de Farida? ¿O ya te has olvidado? En aquel momento éramos dos, y entonces creímos que el Horóscopo nos había engañado. Que no continuaríamos con vida. Y de pronto: el milagro. Nos salvamos. Y fuimos tres en camino a la Enviada. –¿Crees todavía en la Enviada? –Creer o no creer. Al fin y al cabo, si una cree, en alguna parte siempre está naciendo una Enviada. –Pero si una no cree... ¿entonces no? –Pues entonces, no. Las diosas existen porque creemos en ellas. Si


crees, para ti existen. Si no crees, para ti no existen. Porque mira: si creo, no podrán convencerme de que no existe; por el contrario, para mí, creyente, su existencia es indiscutible. Pero si no creo, pues entonces afirmo que no existe porque así es para mí. –¿Una crea con la creencia? –Creo... que así se crea. Sí, así es. –Y tú: ¿crees en la Enviada, o no crees? Meutas Kœlat hizo una pausa y una mueca de desagrado difícil de interpretar. Después dijo: –Digamos que creo que me gustaría creer. –Bien –dijo una Aisha vencida pero no convencida, encogiéndose de hombros–, sigamos, pues, hacia Yerushalayim. Yo quiero continuar, no por creer en la Enviada, sino por ver otras tierras. Estamos de acuerdo en lo más importante: en estar en el camino, en no regresar, por ahora, al menos. Ya es mucho decir. A propósito de creer y no creer: ¿crees que podrás continuar pronto? –Mmm, sí... Sin duda. Mañana partiremos, luego de la puesta de sol, ¿de acuerdo? –De acuerdo. Las mujeres se miraron, sonrieron y Aisha, antes de retirarse apagó la luz, deseándole a la mayor unas buenas noches Cuando al día siguiente la dueña de la posada les llevó el desayuno a la habitación de Meutas, que era donde tácitamente se habían puesto de acuerdo en tomarlo, Baal Tsahra no estaba. Meutas y Aisha fueron hasta su habitación y allí vieron que tampoco estaba. Nadie había dormido en ese cuarto, o, por lo menos la cama no tenía trazas de haber sido usada. Los enseres de Baal Tsahra estaban, sin embargo, apilados en un rincón, pero las sabias no los vieron. –Se nos fue –dijo Meutas. –No sé si yo no hubiera hecho lo mismo –fue el comentario de Aisha–. ¡Por Ishtar! –gritó, dándose un golpe con la palma en la frente–. ¡Los jamales! ¡Que se consuma en el Hades de las griegas por toda la eternidad si la maldita nos robó los animales y la carga! Salieron apresuradas hasta el establo; al entrar vieron que allí, aún tirada en la paja, estaba Baal Tsahra, que recién se despertaba. –¿Qué demonios haces aquí? –rugió Meutas Kœlat. –Perdón, señora... me he quedado dormida –contestó la esclava,


poniéndose de pie–, pensaba despertarme más temprano, pero es que estaba... –¡Imbécil! –dijo Meutas como para sí, pero de modo que la antigua comerciante la oyera–. Anda, termina de despertar: te esperamos en la posada para tomar el desayuno. Una vez allí, interrogada por Meutas, la esclava informó del resultado de la inspección que había hecho. –El descanso –dijo, con expresión satisfecha– les ha sentado de mil maravillas, señora. Engordaron todos. ¡Lindas jorobas! Llenas de grasa: listos los tres para diez veces cien estadios más sin agua. Me dijo Khalida que ya no le duelen las heridas. Incluso los tatuajes ya pueden verse. Cuando anoche me acerqué con la antorcha bien cerca, ¿sabe?, el animal no mostraba ningún signo de miedo. Tranquila, ella, segura de que conmigo no iba a ocurrirle nada malo. Quería que me quedara a dormir allí, con ellos. –¿Cómo? –Se puso a llorar cuando me iba, señora. Así es que me quedé con ellos. Me acomodé en la paja del establo ¡y ella tan feliz! Y no quería dormirse, así es que, después de que apagué la antorcha, le conté unas cuantas fábulas, hasta que se durmió. Y después me dormí yo. ¿Sabe? No tienen ningún parásito en la piel. El entusiasmo y la buena voluntad que mostraba Baal Tsahra mitigaron la irritación de Meutas. –Anda, come ahora y calla, ¿quieres? –le dijo, ya con ánimo de perdonar a la esclava. Meutas se quedó en la posada para recuperar fuerzas y descansar antes de que reemprendieran la marcha hacia el occidente. Aisha Pari y Baal Tsahra dedicaron buena parte del día a recorrer Petra para escuchar conversaciones y comentarios primero, y luego ya más confiadas a preguntar a judías, a romanas, a nabateas, a sacerdotisas y comerciantes y funcionarias y oficiales si sabían algo referente al advenimiento, llegada o nacimiento de una Salvadora, o Princesa de la Paz, o Redentora de Humanos. Las respuestas que recibieron concordaban en que no. Al menos no en Petra. Aisha quería tener la seguridad, la certeza plena de que, tal como lo anunciara la traidora Farida Kahyam, no había ninguna Enviada que esperar, pero sobre todo quería que Meutas la tuviera; que ella, la más propensa a creer,


escuchara de boca de Baal Tsahra aquellas respuestas y testimonios para que se desengañara de una vez por todas. Estaban saliendo de un bazar, donde habían estado preguntando, ya con la intención de regresar a la posada cuando fueron detenidas por una patrulla romana al mando de una decuriona, que les habló en lengua franca. Que se identificaran. ¿Aisha Pari? ¿Y de dónde venían? ¿Plenipotenciaria de Ecbatana? ¿Parta? ¿Astróloga? ¿Y ella? ¿Esclava? ¿Y tenía documentos probatorios de lo que decían? ¿No con ellas? ¿Dónde se alojaban? ¿Y qué hacían en Petra? ¿Y en qué posada? No, no era posible que fueran a buscar esos documentos. Órdenes de arresto. Que la acompañaran al cuartel. Rodeadas de la decuria, con dos soldados y la decuriona al frente, dos hombres en cada flanco y cuatro atrás, Aisha Pari y Baal Tsahra atravesaron las pétreas calles durante un largo recorrido, dignas en los claroscuros que formaban las salientes y entrantes de la roca con la luz meridiana, atravesando plazas y descampados, envueltas por el polvo que levantaban los pasos de los que encabezaban el grupo, bajo la mirada curiosa de mercaderas, niños y hombres de compra en los mercados, rumbo a la que parecía segura prisión, al interrogatorio, quizá al suplicio, acaso a la muerte en la cruz. No era una perspectiva halagüeña, pensaba Aisha, esta situación no la comprendo, pensaba Baal y ambas continuaban la marcha con temor por sus vidas, a paso de reina altiva la una, cabizbaja la otra, al encuentro de aquella emboscada del destino que nunca supieron prever. Cuando llegaron al cuartel, una construcción pentagonal con empalizadas de madera y dos torres para la guardia, las detenidas quedaron de pie en medio del patio de armas, rodeadas por los soldados inmóviles de la decuria, armados de rodela y lanza, mientras la decuriona iba con pasos decididos a reportarse ante su superiora. Pronto comprendieron que era un cuartel para una legión. La tropa estaba alojada en tiendas, a razón de una por decuria, organizadas en dos cohortes por cada flanco del pentágono. Se extendían hacia todos los lados en filas paralelas, formando un cuadriculado que ocupaba buena parte del área del cuartel, salvo la zona central, el patio de armas. Había olor a hombre y se oía el suave ajetreo de las actividades, murmullos lejanos, voces de conversaciones en latín que, sin embargo, no eran distinguidas con claridad por Aisha.


religiosa de nadie. Comprendió que en eso se le iba la vida o, por lo menos, la libertad. Se estableció un silencio, durante el cual la centuriona pareció pensar, como si estuviera terminando de armar un rompecabezas, haciéndose una composición de lugar, tomando algún tipo de resolución. Al cabo de dos preguntas más de la centuriona y de las respuestas que recibió de las oficiales, la primera se puso a leer en voz baja el rollo de papiro que tenía en la mano. Solo después se dignó a levantar la vista y estudiar durante un momento a las detenidas, luego de lo cual comenzó el interrogatorio. La centuriona preguntaba en latín y la mujer de civil, una intérprete parta, le traducía. –¿Cómo te llamas? –Aisha Pari, centuriona. Soy una noble parta, del clan de las suras, astróloga. –¿Vienes sola? Aisha pensó que las espías tal vez habrían informado a la centuriona dónde se alojaban; habrían preguntado a la dueña de la posada; era probable, casi seguro que supieran de la existencia de Meutas. Habría sido arriesgado mentir; tras una primera mentira descubierta o intuida las sospechas sobre ellas podrían acrecentarse. Al mismo tiempo no quería mencionar a Meutas Kœlat; quería protegerla. –Esta es mi esclava, Baal Tsahra. –¿Y no es raro que una noble viaje sola con una esclava? –No lo es, señora. ¿Qué podría temer? La paz romana asegura tranquilidad en estos reinos. Aisha daba tiempo a la intérprete de hacer su trabajo. Con una seña le indicó que pensaba completar el informe. –Además, sabrá usted que somos… en nuestros orígenes, nómadas.... es decir, estamos acostumbradas a viajar con poca escolta, o sin escolta..., incluso solas, sobre todo en tiempos de paz como este... Mi emperadora, Fraates cuarta, vería con desagrado que yo fuera molestada. –¿Son dos, entonces? ¿Eso declaras? Aisha comprendió que la centuriona sabía que existía una tercera, que le tendía una trampa.


–No, señora. Es una larga historia. Permítame contarle. Aisha inició una larga presentación de su reino, de la sacerdotisa suprema, de las cirunstancias que rodearon la partida. La centuriona, impaciente, la interrumpió. –Así que embajadora. ¿Cuántas embajadoras hay, ahora, en Petra? –Usted me ve, aquí, con mi esclava. Ahora somos dos –dijo, ambigua. –¿Pero no dijiste que esta era esclava? –En efecto. Permítame continuar y pronto le explicaré. La centuriona quería una respuesta sobre Meutas; Aisha, ganar tiempo. La astróloga estaba resuelta a entregar su versión de los hechos, una versión que no contradijera una posible versión de Meutas y que, al mismo tiempo, tranquilizara las aprensiones de las sacerdotisas judías respecto a la existencia de una falsa Mesías. El recuerdo de la traidora Farida Kahyam y su lúcido escepticismo vino en su ayuda. Aisha decidió ir al grano, jugarse a una semimentira. Dijo: –Pensamos abandonar Petra. Ya hemos comprobado... Con un gesto indicó a la intérprete que tradujera, que luego continuaría. –...que lo que, erróneamente… se había dicho sobre una Enviada de Diosa no era cierto.... Se nos había encargado –continuó Aisha Pari–, como astrólogas, que confirmáramos lo que nuestra sabia emperadora ya sabía...: Aisha había comprobado que la intérprete traducía al latín sin errores, pero era tan importante lo que le estaba declarando a la centuriona que no quería arriesgarse a que aquella se olvidara de algo, de modo que hablaba con cláusulas breves, facilitándole su tarea. –... que la supuesta señal que se veía en el cielo, en la constelación de Casiopea, no era una nueva estrella..., no era una señal divina, sino la conjunción de dos planetas... Eso hemos verificado, con nuestros cristales de observar los astros... Ahora, confirmábamos, preguntando, que no ha nacido ninguna Enviada de Diosa... ¿Usted ha oído algo en ese sentido? –No. –Justamente, ya ve. Hemos cumplido la misión. Queremos partir lo


antes posible... Llevaremos esa noticia y esas conclusiones a nuestra emperadora, aunque ya lo sabía. Baal Tsahra mantenía la vista baja y solo la levantaba de vez en cuando, para mirar veloz a la centuriona y a su señora, tratando de adivinar, entre la lengua parta y el latín, el rumbo que tomaba el interrogatorio. La centuriona encontró que en la última explicación de Aisha había una solución natural, lógica y acorde con la diplomacia. No encontraba ninguna posible culpa en esas mujeres; esas respuestas tranquilizarían a las sacerdotisas judías. No tenía ya deseos de continuar el interrogatorio, pero de todos modos preguntó una vez más, para cerciorarse. Si la parta mentía, habría que seguir, indagar, obtener la verdad; si en cambio la decía, era evidente que no tenía nada que ocultar y que, en definitiva, su respuesta dejaría a las judías satisfechas y confirmadas en sus creencias. –Respóndame: ¿salió sola, usted y su esclava, en busca de esa supuesta enviada? –Salimos tres; ahora somos dos: Meutas Kœlat, también princesa y embajadora plenipotenciaria... y que está alojada en la misma posada que yo... reponiéndose de una picadura de escorpión, y yo. La centuriona intercambió unas palabras con las oficiales. Aisha Pari escuchó, aliviada, que una le decía a la centuriona que lo mejor era dejarlas salir en libertad, que convenía evitar problemas con las relaciones con Partia, que informarían del resultado del interrogatorio a la sacerdotisa suprema judía. La otra oficial sugirió que le dieran un plazo para abandonar Palestina, por seguridad y para evitar posibles malestares. La centuriona asintió y poniéndose de pie se dirigió a la detenida y le dijo: –Señora, eso es todo. Queda en libertad. Pero deben abandonar Palestina y sus alrededores en el plazo de una semana; además, deben salir de Petra antes de mañana. –Le agradezco, centuriona –replicó Aisha Pari–. Es lo que íbamos a hacer. No ha sido necesaria esa orden. La centuriona las despidió con el saludo de las romanas, dijo Vale y ordenó que las acompañaran hasta la salida del cuartel.


Aisha y Baal, contentas, aliviadas, encontraron el camino de regreso a la posada y al llegar informaron a Meutas de lo acontecido. La mayor se sentía con fuerzas, recuperada, y les pareció que era mejor no demorar más la partida. Hacia el atardecer comenzaron los preparativos; empacaron los enseres y luego de pagar lo adeudado a la posadera, cuando ya la alta noche dominaba en las montañas y los desfiladeros, las tres viajeras se pusieron en camino. A la salida de la ciudad la decuriona de una patrulla de soldados romanos les cortó el paso, les hizo un par de preguntas y las despidió, deseándoles un buen viaje. Al comienzo iban la una detrás de la otra, pues los senderos eran estrechos, pero a los pocos estadios de marcha dejaban atrás el macizo de de Umm el-Byara y el terreno se hacía menos accidentado, las subidas menos escarpadas y las bajadas más suaves. La luna, que se acercaba al cuarto menguante, empezaba a aproximarse por el oeste al horizonte, de modo que las tres mujeres encaramadas en sus dromedarios marchaban como tratando de dar alcance a sus sombras cada vez más alargadas. –Tal vez mañana por la tarde llegaremos a Yerushalayim –dijo Meutas. –¿Y qué planes tienes? –preguntó Aisha–. Digo, con respecto a la Enviada. –Dime, esclava –dijo Meutas, formulando por primera vez la pregunta a Baal–; ¿qué crees tú? ¿Habrá nacido la Enviada de Diosa, como nos dijo que iba a ocurrir el Horóscopo? ¿O habrá sido una patraña? Baal Tsahra dudó un instante entre decir lo que creía y decir lo que creía que Meutas quería oír. Se decidió por una respuesta que estimó prudente y adecuada a su condición: –Señora, como le dije, en Petra decían todas que no habían oído hablar de nada semejante. La verdad es que no sé. –No te pregunto por lo que sabes o no sabes, sino por lo que crees. Respóndeme –la urgió Meutas, simulando severidad, con una voz inapelable y oscura. –Creo que si Diosa es todopoderosa, como dicen que es, pues no necesitará de una Enviada. Parece incómodo, innecesario, engorroso, ¿no le parece? Enviadas envían las mujeres, señora; no las diosas.


–En verdad te digo –dijo Meutas, después de una pausa durante la que estuvo calibrando el alcance de aquellas palabras–, que no eres ninguna tonta. Me parece que lo que dices es inobjetable. Como sabrás, lo que creíamos que era una señal celeste, resultó... mira, eran dos planetas. Dos planetas que coincidieron en sus declinaciones y aunaron sus luces durante unos días. Farida tenía razón en eso. Y nadie, hasta ahora, supo darnos noticia del advenimiento de alguien que pudiera ser una Enviada de Ishtar... Estoy por convencerme, amigas, de que este viaje va a terminar sin que hayamos dado con la Salvadora de los humanos. –Hay otro aspecto del problema –dijo Aisha–. Si hubiese habido una Enviada, eso querría decir que las judías tenían algo de razón en esperar una Mesías. Claro, nada impide que justo ellas tuvieran razón en materia de religión. Pero ¿por qué ellas y no las habitantes de Grecia, o cualquier otro pueblo? ¿Por qué justamente una nación de pastoras analfabetas, y no nosotras, las partas, que conocemos la escritura desde hace trescientas cincuenta veces diez años? Meutas Kœlat y Baal Tsahra la escuchaban, serias, admiradas de tanta vehemencia. Los jamales continuaban a paso lento y seguro, pacientes, fuertes, indoblegables. –Tal vez no deberías subestimar tanto a las judías –dijo Meutas, aprovechando la pausa impuesta por la pregunta de Aisha–, como me parece que estás haciendo. Hay judías y judías; unas saben, otras no... ¿Tú qué opinas, Baal Tsahra? –La verdad, señora, es que no encuentro nada mal que sean pastoras. Alguien tiene que cuidar a los animales, ¿verdad? Yo tampoco sé leer ni escribir, pero ¿para qué aprender? ¿Para leer qué? En Zélaf, mi pueblo, yo nada podría leer, aunque supiera. Y de escribir, ni hablemos. Casi nadie sabe leer: ¿a quién habría yo de escribir? Conozco algunas cifras, sé calcular... eso me ha bastado. Baal Tsahra esperó, pero como las otras callaban no le pareció inconveniente continuar: –Me parece, con todo respeto, que es igual entre las judías. Aunque hay escribas, sacerdotisas, que sí saben. Así es que hay judías que saben, aunque son pocas, y judías que no saben, que son casi todas. Y así viven, y progresan: nacen, se crían, se casan, envejecen y mueren. Si todas supieran leer y escribir, vivirían igual de felices o infelices.


– Estaba pensando, Aisha, mientras escuchaba a Baal, en que si lo que dicen sus libros fuera cierto, no serían un pueblo muy diferente a nosotros. En realidad, serían nuestras descendientes. –A ver... –¿No es acaso Sara, la esposa de Abraham y por lo tanto fundadora de esa nación, una mujer nacida en Partia? No en el centro histórico del imperio, donde está nuestro origen nómada y escita, pero sí en lo que podríamos considerar una provincia. No hay duda de que nacieron en una región de Partia. –De acuerdo, en eso tienes razón –concedió Aisha. Pero Meutas continuaba, entusiasmada: –¿Y no era de nuestra tierra también Rebeca, e incluso, dicen, Abraham? ¿No eran Sara y Rebeca estériles, al comienzo, y sin embargo...? Aisha creyó entrever en esas pregunta una explicación del interés y la voluntad indeclinable de Meutas por llegar hasta Yerushalayim; una justificación suplementaria y hasta entonces oculta, para ella, de la obstinada creencia de Meutas Kœlat en el oráculo, en las palabras de la sacerdotisa suprema, en el Horóscopo, en la Señal y, por último, en la inminente llegada de la Enviada. –¿De modo que tú, Meutas, crees en las escrituras sagradas de las judías? –preguntó, más para darle oportunidad a Meutas de explicarse que por escuchar la respuesta que tan bien conocía. –Creer, no creer... Esos libros no son, por cierto, el Enuma Elish, pero... en rigor, nuestro propio Génesis no tiene por qué ser más creíble que el de ellas solo porque es nuestro. ¿O qué crees tú? –Bueno, creer, no creer... –parafraseó la más joven. Baal Tsahra seguía la conversación de las mujeres todavía de modo atento, aunque se hacía cargo de que las sabias hablaban de textos y cuestiones que ella desconocía y, lo que era aún más claro, no tenía la menor intención de llegar nunca a conocer. –En todo caso –continuaba Aisha, aunque con el entusiasmo más menguado–, si hubiese una Enviada eso querría decir que los humanos estamos de verdad necesitando una salvadora: que estamos haciendo mal las cosas, que estamos poco menos que perdidas. Y en ese caso, ¿por qué? Me pregunto, nada más: ¿qué hemos hecho, qué hemos dejado de hacer, qué culpa colectiva y nefasta estamos cargando? Y sin saberlo, además.


Baal Tsahra tuvo impulsos de dar su opinión, de participar en la plática, pero recordó enseguida su condición, recordó el valle de la mala suerte, donde había perdido su fortuna y su libertad. Como Meutas no respondiera a la pregunta de Aisha, Baal Tsahra cambió de parecer y aprovechó el silencio para hablar, dirigiéndose a la mayor en estos términos: –Si me permite, señora, a mí me parece que, si bien hay algunas cosas que están mal, por ejemplo que haya gente que castigue a los animales o que no los cuide, también es cierto que hay muchas otras cosas que están bien en el mundo: hay mercados de jamales, de burros, de ovejas, de cerdos; hay, en una palabra, comercio. Y hay comida; la gente trabaja, tiene hijos. Se vive. ¿De qué van a salvarnos las enviadas? ¿De las guerras? Siempre hubo guerras, y no solo desgracias vienen con las guerras. Por ejemplo los precios de las mulas y los caballos suben cuando hay guerra. Se puede ganar dinero. –Por Diosa, cállate ya –ordenó Meutas. Pareció que se había acostumbrado a la sumisión y silencio de Baal Tsahra desde que fue su esclava, y que aquel súbito e inesperado parloteo la había irritado. Desde luego la esclava obedeció, pero por primera vez le pareció que con aquella orden se estaba cometiendo una injusticia con ella. En vez del reflejo que había tenido antes, de aceptar y cumplir la orden sin pensar, esta vez sintió una sorda opresión dentro de sí. Aisha no quiso agregar nada a lo ya dicho y continuaron en silencio por muchos estadios, adentrándose en las colinas y alturas del oriente de Galilea y en la imperceptible pero creciente luz del amanecer a sus espaldas. Cuando ya la constelación de Casiopea no pudo distinguirse más, y en cambio los olivos de las colinas empezaban a recortar sus siluetas negras y achaparradas contra el rosado del cielo, Aisha habló, esta vez para sugerir un alto. –De acuerdo –dijo Meutas–. Detengámonos acá, debajo de estos árboles. A ver si tengo suerte y no me pica ninguna araña o serpiente esta vez. –Más te vale, Meutas –respondió Aisha, acariciándose una mejilla–. Acá no encontraremos a ningúna Iezida Salem... –Esa sí que era nuestra salvadora, ¿eh? Con su pandero, seguro que podría hacer maravillas.


–Pero te ha curado. Ya ves, estás sana. ¿No lo crees? –¿Qué piensas tú, Baal Tsahra? ¿Me curó Iezida Salem, me curó Ishtar o me curé yo sola? –Me parece que se curó usted sola, señora. Fíjese que los animales, cuando... –Suficiente –dijo Meutas, interrumpiéndola–. Ya ves, Aisha. Las dos opinamos que Iezida Salem no me ha curado con sus potes y aceites. Digamos que me ayudó y estemos en paz. Vamos, comamos algo frío y prepárense para acostarse. Yo haré la primera guardia. Las mujeres comieron en silencio restos de comida sin calentar. Después de haber aliviado sus cuerpos se acostaron y durmieron por turnos en un concierto de chicharras hasta que por la tarde el sol empezó a perder altura, los insectos cesaron sus cantos y el calor no fue tan agobiante. Luego se pusieron en camino y marcharon el resto del día haciendo algunos altos para que los jamales descansaran y para estirar las piernas. Era un país con colinas pedregosas, de un color de ladrillo ocre que, a medida que ellas avanzaban, iban perdiendo altura, para transformarse a poco en un valle. Ahora descendían a lo largo de una pendiente muy suave y prolongada. De tanto en tanto, lejanos, empezaban a verse cultivos en terrazas que parecían haber existido desde siempre. Cactus, acacias, algunas higueras y olivos; a veces viñas abandonadas, cada vez más frecuentes, empezaban a indicar que el desierto quedaba atrás. Sin que pudiera decirse que el paisaje fuera acogedor y fértil, la presencia de lo verde mitigaba en las viajeras la abrumadora soledad que iban dejando a sus espaldas. Cada tanto soplaba desde el sur una brisa que les traía saludos del Mar muerto, un mar que nunca habían visto pero que sabían cercano. Continuaron la marcha durante parte de la noche por una vaguada hasta que decidieron hacer otro alto. Ya estaban en Samaria; les faltaba poco para llegar a Yerushalayim. En un santiamén Baal armó una tienda. Como en el descanso anterior, Meutas Kœlat dijo que ella haría la primera guardia. Después de haberse ocupado de dar comida a los dromedarios, verificar que estuvieran bien atados y encender un fuego, Baal Tsahra se cubrió, dio las buenas noches a Aisha y se durmió enseguida. La temperatura había bajado pero se notaba que no llegaría a hacer frío.


Meutas hizo una ronda por los alrededores. A oscuras avanzaba, apagando los cantos de los grillos a su paso y meditando en el viaje que habían hecho. Caminaba alrededor del campamento, ayudada con la luz modesta y fría de las estrellas, que esa noche apenas se veían, casi ocultas por un velo lechoso que, probablemente, pensó la astróloga, fuera humedad proveniente del Mar muerto. Cuando regresó a la zona de la lumbre y el calor, vio que Aisha todavía estaba despierta. Le hizo señas de que saliera de la tienda; tenía algo que comunicarle. –Sabes, Aisha –le dijo la mayor, con voz que denotaba pesar–, desde que entramos en Samaria estoy pensando que tal vez sea mejor lo que tú dices, quizá no debamos ir a Yerushalayim, sino continuar hacia Egipto. Lo he pensado bien. Abandonemos la búsqueda de la Enviada. Lo reconozco: no hay tal. –Sí, como tú quieras, Meutas. Me parece bien. Deberíamos entonces marchar un poco más hacia el sur, pero no demasiado, para evitar Masada, la fortaleza de las romanas. Busquemos los caminos hacia el Hanegev y el Sinaí. Pero –dijo Aisha, bajando más la voz, casi en un susurro– ¿cuándo le darás la libertad y los animales que dijiste a Baal Tsahra? –En Alejandría. Es, en ese sentido, mejor que Yerushalayim, y estaremos allí en tres o cuatro días, ¿no crees? –Pienso que si no tenemos inconvenientes, en dos o a lo sumo tres días más estaremos en Alejandría. Anda, ve a dormir; yo continuaré con la guardia.

Al retomar la marcha, con el sol ya alto sobre el horizonte, Aisha se dirigió a la esclava: –Baal Tsahra: mira, hemos cambiado de planes. No iremos hacia Yerushalayim. Baal Tsahra la miró, como esperando una aclaración. Después miró a Meutas. –Hacia Egipto vamos. ¿Qué te parece? –En esta época del año, cerca del delta, hay mosquitos –respondió la esclava. –Ajá –dijo Aisha, divertida por lo inesperado del comentario.


–Son de esos que revientan en el aire –aclaró Baal Tsahra. –¿Cómo? –Sí, señora. Chupan la sangre, de personas y de jamales, de ovejas y bueyes, de burros y puercos, de gallinas: de todos los animales, sí. De todos los animales, menos de los cocodrilos. Porque ellos están siempre en el agua, tomando el fresco. ¡Pero los mosquitos! Chupan, chupan y quedan repletos. Después, como pueden, levantan el vuelo. Parecen una gota roja con alas. Y de pronto: ¡Plas! ¡Plas! Van reventando. Si revientan cerca de una, plas, la salpican con gotitas. Se oye cuando revientan. Es bastante curioso, eso. –Pues tienen suerte los cocodrilos –comentó la más joven. –Pero no nosotros –completó Meutas–, porque es para allí adonde vamos. Continuaron avanzando el resto del día, descansaron pasado el ocaso y muy avanzada la alta noche reanudaron la marcha hasta que encontraron un camino. Siguiéndolo, poco antes del amanecer, llegaron a la localidad samaritana de Bethlehem. Necesitaban un descanso, tanto ellas como los animales, de modo que decidieron quedarse allí un par de días. Tal vez esa misma mañana encontrarían un albergue.


XII

Era un villorrio de unos pocos centenares de casas, algunas de piedra blanca y argamasa y las más, de barro, paja y madera. Aún no se desperezaba, pese a que ya podían oírse los primeros cantos de los gallos. Los olores estaban dormidos, como los habitantes, el calor, el aire. Parecía difícil encontrar un hospedaje y más una posada abierta tan temprano. Las tres viajeras se internaron por callejas de tierra; algún perro las venteaba o veía sus altas figuras montadas en los jamales, y entonces cumplía con su obligación y les ladraba hasta que se alejaban. El poblado no era muy extenso; llegaron pronto a las afueras, donde las calles terminaban y los olivos, en cambio, cobraban presencia. Aisha comentó que deberían hacer un alto por allí a fin de dar tiempo a que los habitantes reanudaran sus tareas para buscar alojamiento. Hacia el sur y el naciente se empezaba a ver, cada vez más nítido, el paisaje semiárido y pedregoso de Samaria, entre ondulado y montañoso, con sus terrazas, sus cultivos, sus colinas. Sobrevivía allí cerca una construcción que había sido establo; era de madera y estaba inclinada por los años. –Ahí podremos descansar, y sin tener que hacer guardias –sugirió Aisha–. ¿Qué te parece, Meutas? Esperemos que no haya pulgas, o que no haya demasiadas, en todo caso. Meutas Kœlat no tenía mejor propuesta y aceptó de inmediato. –Algo mejor encontraremos –dijo–. O si no hubiera, alguien nos dará hospedaje. ¿Qué crees, esclava? –El nombre del pueblo quiere decir casa de pan, señora. Debería ser gente hospitalaria.


–Buen augurio –dijo Aisha–. A descansar, entonces. Meutas entró la primera y empezó a acomodar un lugar apropiado para descansar entre la paja. Mientras Aisha encendía la cocinilla de aserrín y ponía agua a calentar, Baal Tsahra se encargó de abrevar, dar de comer y atar a los dromedarios cerca de un olivo cercano. La esclava miró el paisaje que la rodeaba, la vista de lomas y cultivos, el poblado lejano y blanco, aún dormido; oyó un arrullo de palomas. Pensó que el sitio le parecía conocido; como muchas veces antes, sintió que ya había estado allí, haciendo lo que ahora hacía. Eso le ocurría a menudo y la reacción primera fue la de siempre, de inquietud y desasosiego. Sin embargo se respiraba paz en ese lugar; a poco se supo reconfortada, vagamente feliz. Palmeó a los jamales y se encaminó hacia el establo a preparar la comida, llevando consigo un morral con los ingredientes necesarios. Cuando hubieron comido Meutas Kœlat pareció olvidar que Aisha ya lo había dicho y le propuso que no se hicieran guardias y en cambio se tiraran las tres a descansar. Acordado esto, las tres acomodaron sus mantas sobre la paja seca del suelo y, con el cansancio de las jornadas y el colchón tan mullido que ahora tenían a su disposición, pronto estuvieron dormidas. Baal Tsahra se despertó con el llanto de un bebé –de una niña, lo supo sin poder explicárselo–, y vio que el pesebre estaba ardiendo. Un humo amarfilado y pegajoso llenaba casi todo el establo, pero respetaba, todavía, la capa de aire más cercana al piso. Baal Tsahra comprendió que no había tiempo que perder, que no podrían ponerse de pie sin asfixiarse, que tenían que caminar en cuatro patas o reptar hasta la salida. Meutas oyó algo, un sonido, una voz, la voz de Baal que la apremiaba; despertó del todo y entendió lo qué ocurría; allí estaba Baal Tsahra que sacudía a Aisha y les decía que rápido, que reptaran, que la siguieran, mientras las tomaba del brazo y las ayudaba a arrastrarse. El humo ya empezaba a llegar al piso y se oía el crepitar de las llamas. Apenas habían logrado salir, casi asfixiadas, cuando la construcción se derrumbó en un gigantesco crujido de madera y paja quemada. Grandes llamaradas se elevaron hacia el esplendor del cielo mañanero y engulleron el humo. –¡Por Ishtar! –decía Aisha, mientras se alejaban del calor de las llamas– ¡Nos salvamos por unos segundos! ¡Por un milagro! ¡Es la


segunda vez que nos salvas, Baal! La cocinilla... te olvidaste de apagarla, o la apagaste mal. Suerte tuvimos, que te despertaste con el humo o el ruido. –Me despertó una niña... –dijo la esclava, asombrada, tratando de comprender la causa, la violencia y la rapidez del incendio–, el llanto de una niña... recién nacida... pero no sé... lo oí... y eso me despertó. Miraron a su alrededor; a poca distancia, detrás de ellas, estaban de pie una muchacha con una niña de pocos días o semanas en brazos, un viejo y un burro. Meutas y Aisha apenas si les prestaron atención, mientras contemplaban cómo las llamas, después de haber alcanzado el máximo, comenzaban a perder altura, pero Baal Tsahra los miró con un escalofrío. La imagen de aquel grupo le pareció conocida; tuvo la sensación, casi la certeza de ya haber vivido ese momento. Meutas empezó a reírse. –¿De qué te ríes? –le preguntó Aisha, entre asombrada e irritada– ¡Podríamos haber muerto! –Es cierto... me río de que... en este viaje, una vez me despierto, y nos han robado los jamales: sin comida y casi sin agua en medio del desierto y casi me muero. Poco después, apenas me he dormido, me despiertan los rugidos de una fiera que está comiéndose a Khalida. Otra vez, me despierta la picadura de un escorpión y casi me muero. Ahora, me despierta ¡un incendio! y casi me muero. ¿Qué otro inesperado despertar me aguarda? ¡Por Diosa, ya tendría que estar muerta! Aisha y Baal Tsahra no pudieron menos que reírse también. –Consuélese, señora –dijo la esclava–. Piense que pese a todo, se ha despertado siempre. La muchacha y el viejo, que habían estado mirando tanto el incendio como a aquellas tres extrañas que, al parecer, se reían del espectáculo, se acercaron a ellas. Y fue el viejo quien les dirigió la palabra, hablándoles con voz suave y cascada, sin mirarlas casi a los ojos, con la vista baja. Meutas Kœlat se dio cuenta, en una fracción de segundo, de la belleza increíble de la muchacha, la cabecita apenas entrevista de la bebé, de la cara de sufrimiento y recelo del viejo, que ahora callaba, atento, como esperando una respuesta. Aisha y Meutas miraron a Baal Tsahra, que estaba pálida, con cara de asombro, casi de miedo.


–¿Qué dijo? –le preguntó Meutas. –Que si fuimos nosotros que dimos fuego al establo. –Dile que no, que fue... que no sabemos... tal vez la cocinilla mal apagada... Eso, díles eso. Baal Tsahra tradujo al arameo la respuesta; el viejo volvió a hablar, esta vez largamente, y haciendo gestos, señalando hacia el otro establo. –Dice que él se llama Jofes y ella Majram. Están de viaje, solo tienen ese burro y paran ahora en aquel otro establo abandonado, aquél que está cerca de aquellas piedras –y lo señaló. –Pregúntale si conocen a la dueña del establo –indicó Aisha–. Deberíamos compensarla. Aisha miró hacia el poblado y por los alrededores. No se veía a nadie. Baal Tsahra tradujo, escuchó la respuesta del hombre y le informó a su ama que no lo sabían. –Pregunta que de dónde venimos –agregó–, que si pueden ayudarnos en algo. –Dile que gracias, que bastante nos ayudaron con el llanto de la niña, que te despertó y con eso nos salvó. Baal Tsahra volvió a traducir y esa vez fue la muchacha quien habló. Tenía una voz de terciopelo, firme y melodiosa a la vez, de un registro más bien profundo pero llena de suaves modulaciones. Al escucharla, Baal Tsahra palideció aún más y le brillaron los ojos de lágrimas. Hizo silencio, mientras miraba a Meutas Kœlat sin poder emitir ni una palabra. En ese momento una bandada de palomas sobrevoló el grupo, describió un amplio semicírculo y se perdió rumbo al olivar que extendía su verde oscuro, agrisado, hacia el occidente. –¿Qué dice? –preguntó Aisha. Baal Tsahra parecía infinitamente triste o conmovida, tenía los ojos llenos de lágrimas y sacudía la cabeza mientras murmuraba algo que las otras no oían. Las llamas del incendio habían recobrado la cordura y ahora, prolijas, consumían los restos del establo, las maderas que pronto serían brasas, rescoldos, ceniza. –¿Qué dijo? –apremió Meutas. –Que su niña... está durmiendo... y que... que estuvo durmiendo todo el tiempo... Nunca lloró.


Cuando Meutas Kœlat, a través de la esclava intérprete le dijo a Majram que su hija era la Enviada de Ishtar la muchacha no pareció entender. Ella no tenía la menor idea de quién era Ishtar, y el viejo tampoco. Eran judíos y creían en su divinidad, pero tampoco parecían dispuestos a discutirles, aunque las escucharon. Los gestos indicaban dudas al principio; luego aceptaron con naturalidad la idea o, al menos, eso parecía. Sin embargo, razonaba Meutas, después de todo era lógico que no supiera que ella era la madre de la Enviada; al menos era tan lógico que lo supiera como que no lo supiera, porque los hechos, sus causas y relaciones estaban en cualquier parte menos en la lógica: nunca se podría saber cuáles iban a ser los designios de la poderosa Ishtar. Solo la más joven continuaba sin creer o, al menos, guardaba un margen para el escepticismo. Aisha Pari aceptó que Meutas creyera que esa niña y no otra era la Enviada: Aisha no creería en ninguna bebé y suponía que Meutas Kœlat había hecho el viaje desde Petra dispuesta a creer en la primera que se encontrara, sobre todo después de la revelación y decepción que tuvo al saber que la Señal no había sido sino la conjunción de dos planetas. Pero el despertar de Baal Tsahra en el establo había sido –prácticamente, a los efectos, se decía–, un despertar milagroso. Reconocía que, de algún modo, esa bebé las había salvado y en ese sentido era una Salvadora. Las dos partas, de común acuerdo pero por razones diferentes habían aceptado la hospitalidad de Majram y Jofes y resuelto quedarse con ellos en el establo. Pasaron allí el resto del día y la noche. Después de haber entregado unas monedas de oro a la madre de la que Meutas creía Princesa de la Paz, luego de haberle regalado la mirra que la traidora Farida les había dejado, hacia el amanecer del día siguiente encendieron incienso y comenzaron los preparativos para la partida. Solo restaba volver a la capital del reino, según Meutas, pero Aisha opinaba que primero había que llegar hasta Egipto. Las dos mujeres salieron al aire libre, acompañadas de Baal Tsahra, y estuvieron discutiendo un rato. Los argumentos se sucedían y ninguna lograba convencer a la otra. Al final solo faltaba que tomaran una decisión y entonces Meutas propuso que se separaran. Pero apenas lo dijo, se arrepintió, porque de algún modo el pasado, y en particular el viaje a


la Enviada, las había unido en un sentimiento de amistad y mutua dependencia. La idea de regresar sola o aún con la esclava le pareció inconcebible y, sobre todo, le resultó insoportable el pensamiento de dejar que Aisha continuase sola. Aisha, por su parte, pensaba de modo semejante y no aceptó la idea de una separación. –¿Cómo resolveremos este problema? –preguntó Meutas, dirigiéndose a Baal Tsahra. –Señora, yo, en casos semejantes, he dejado que lo decida la suerte. Puesto que ustedes no se ponen de acuerdo y dado que no es posible regresar y continuar al mismo tiempo... –No es mala idea, esclava. Tiremos una moneda al aire, y que decida el azar –propuso Meutas. –Me enseñaste que el azar no existe –dijo Aisha–. "Lo que ocurre, no puede suceder de otra manera", ¿no era así? Pero está bien; propongo que si sale número, yo gano; si sale cara, en cambio, tú pierdes. Meutas Kœlat rió y recogió dos palillos del suelo, los cortó de diferentes tamaños y ocultó la diferencia en la mano, dejando dos cabos en apariencia iguales a la vista.. –La que tenga el más largo, ésa gana y decide qué hacer. La esclava escuchaba en silencio. Deseó que en vez de usar ese sistema jugaran al juego del Más y se arrepintió de no haberlo sugerido en el momento adecuado; deseó, ahora con fuerza, que se le diera a ella una oportunidad de jugar y, tal vez, recuperar con el juego su libertad. –Qué te parece, Meutas, lo siguiente –dijo Aisha, todavía sin elegir–. Si yo gano, te gano a Baal Tsahra. Si en cambio ganas tú, me das a Baal Tsahra en compensación. Y Meutas Kœlat volvió a reírse, a sentirse hermanada con Aisha, sin saber que en aquella broma estaba oculta la llave de la duración de sus propias vidas. La esclava escuchó la propuesta que hacía la más joven y sintió una punzada de angustia en el pecho. Pensó intensamente en su hijo que debía haberse casado, y aún esperaba su regreso; en la dote que no fue capaz de regalarle. Sintió una enorme nostalgia por Zélaf y por su hogar principal, por los suyos. Por primera vez desde que perdiera su libertad sintió ansias de recuperarla, a la vez que tomaba conciencia


de lo que significaba ser esclava, de cuán frágil era su destino, sometido a voluntad o capricho ajeno. Nunca había pensado que de un momento a otro su señora podía ser otra que Meutas. Tampoco que podía ser vendida o regalada o cedida por un golpe del azar. No se daba cuenta de que Aisha Pari había bromeado con otro juego retórico, así que cuando Meutas dijo, seria, que estaba de acuerdo, y la otra agradeció el regalo, creyó que su destino estaría en lo que decidieran los palillos. Pero en realidad su destino inmediato ya había estado en un acuerdo tácito anterior a las palabras de las dos mujeres: había pasado a ser esclava de la más joven antes de que ésta hubiera escogido entre los extremos que le enseñaba Meutas. Entonces no lo sabía, pero sería esclava solo por unas pocas horas más. Aisha hizo su elección y enseguida compararon el largo de sus respectivas ramitas. Meutas había perdido. –Pues bien: partimos hacia Egipto –dijo Meutas, y agregó–: Baal Tsahra: te felicito. Desde este momento tienes una nueva dueña. –Los animales ya están listos. Encárgate de revisar que todo esté en orden, de que no nos olvidemos de nada –fue la primera orden de Aisha. La esclava regresó al establo a cumplirla. Marjam ponía a la bebé, que recién se había dormido, en una improvisada cuna: un lienzo arreglado sobre un colchón hecho con paja del establo. –Así está magnífica y bien acompañada –susurró Baal Tsahra, palmeando al burro y sonriendo a Majram–. No hay mejor compañía que la de uno de éstos –aseguró y de pronto la invadió la sensación, tan conocida pero tan inquietante a la vez, de que ella ya había vivido esa situación. ¿Dónde había dicho esas palabras? ¿Cuándo? En ese momento entraban las dos astrólogas al oscuro recinto, perfumado de incienso, dispuestas a decir adiós y a marcharse. –Bueno, partamos –dijo Meutas, asomándose a la cuna donde dormía la Enviada y murmurando unas palabras. –Ya hemos estado aquí lo suficiente –dijo Aisha–. Nos vamos, que tengan buena suerte. Díselo, Baal. La esclava tradujo, asombrada por el hecho de que sabía lo que iba a decir, palabra por palabra, de que conocía la respuesta de la madre de la Enviada, lo que iba a suceder en los momentos siguientes.


Jofes y Majram acompañaron un tramo a las tres viajeras para despedirlas. Caminaron juntos, los cinco a pie, en silencio, hasta donde un camino empezaba e insinuarse en una bajada. –Gracias, gracias, amigos –dijo Aisha, deteniéndose, haciéndoles un gesto de gratitud con las manos en el pecho. –Sí, quédense ustedes acá, y en paz –les dijo Baal Tsahra–. El burro... –Diles que regresen –terció Meutas, interrumpiendo a su ex-esclava–, que la Enviada de Diosa está esperándolos. Aisha meneó la cabeza y miró significativamente a una Baal Tsahra sonriente por fuera y por dentro sorprendida, anonadada por aquella certeza de estar viviendo en el futuro o en el pasado, según lo considerara. Las tres mujeres abrazaron respetuosas y besaron a Majram y Jofes, montaron en sus animales y se pusieron en marcha hacia el sur, buscando las sendas que, creían, habían de llevarlas a Egipto. El hombre y la mujer se quedaron de pie bajo el sol radiante de la mañana, viéndolas empequeñecer con sus animales en una bajada y luego en loma, donde el camino parecía desdibujarse entre olivos, hasta que la línea de la cresta comenzó a devorarlas. Por fin desaparecieron. Por unos instantes que parecían no acabar, solo era el paisaje semiárido de Samaria. Al cabo de ese tiempo, que a la pareja se le hizo espera larga, ansiosa y nostálgica, las mujeres reaparecieron en lontananza, ahora apenas figuritas grises en la pendiente de una loma que la distancia había azulado. El viejo y la muchacha pensaron, cada cual por su cuenta, que era la última vez que las veían, y aquel pensamiento les provocó melancolía. Allá iban; eran ellas todavía; Meutas Kœlat, Aisha Pari y Baal Tsahra en sus dromedarios. En las pupilas de Majram, en las cataratas incipientes de Jofes, las siluetas se reflejaron todavía unos instantes más y por fin desaparecieron. La muchacha y el viejo volvieron entonces al establo donde habían dejado a la hija de Majram. Juntaron y empacaron sus enseres, apagaron el incienso y cuando estuvieron listos la muchacha levantó a la bebé que, al despertarse, de inmediato se puso a protestar. La madre la amamantó hasta que la niña no quiso más. Después la limpió y le puso nuevos pañales y luego montó sobre el burro, sin aceptar la ayuda que le ofrecía Jofes, tras lo cual se pusieron también ellos en marcha.


XIV

Luego de haber evitado Hebrón y tras un día de marcha las viajeras llegaron al límite de Samaria. El terreno era cada vez menos fértil, de modo que tuvieron cuidado de aprovisonarse de víveres y agua antes de internarse en el desierto de Hanegev, última etapa antes del Sinaí. –¿Cuántos días de marcha tendremos por delante, esclava? –preguntó Aisha. –Hasta al delta del Nilo, tres, señora. Luego... –¿Y tú, qué crees, Meutas? –Tres días, contando este, y dos noches. –Será un placer visitar la biblioteca en Alejandría –comentó Aisha–. Lo que resta de ella, que no es poco. Quedémonos allí un tiempo suficiente para consultar papiros y documentos, y luego continuaremos hacia el sur, hasta la zona de Piramidon, a ver aquellas tumbas tan famosas. Y después, sí, regresaremos a Rhages. –O a Ecbatana primero –completó Meutas–. De todos modos tendremos que informar del encuentro con la Enviada. –Tal vez a Ecbatana primero –concedió Aisha–. Ya lo veremos, o echaremos suertes. El sol se acercaba al horizonte y empezaba a encandilar, desde la derecha, a las mujeres. Los jamales pisaban ahora un terreno pedregoso y llano. A veces el espacio inconmensurable y el tiempo se daban una tregua y aparecían dos o tres palmeras, lejanas a veces, más cercanas las otras, pero siempre vagas, insignificantes, irreales como un espejismo. La marcha enlenteció en aquel terreno y se hizo fatigosa, porque las pisadas de los animales retumbaban en el cuerpo de las mujeres.


–Baal Tsahra –dijo Aisha–, anda, adelántate un cuarto de estadio y muéstranos el camino. La esclava comprendió que las partas querían hablar de cuestiones que no le incumbían y obedeció la orden. –Creo que le daré la libertad a Baal apenas lleguemos a Alejandría –dijo Aisha–. ¿Qué opinas? Meutas Kœlat estaba pensando en la Enviada y de alguna manera la embargaba un sentimiento nuevo, místico y trascendental, de enorme piedad hacia los seres humanos, que ahora consideraba no solo en su pequeñez ante los astros sino también en su insignificancia ante los designios sagrados e insondables de Ishtar y su Enviada. –Por cierto, es de justicia que lo hagas. Y deberías darle no solo la libertad, sino también un jamal, el que ella elija, y provisiones, y dinero. Ella es nuestra igual, si no nuestra superior, y una amiga entrañable. –Es cierto: es una amiga entrañable, y estoy de acuerdo en que le demos, con su libertad, todo eso que dices. Eligirá a Khalida, ya verás. Le daremos una espléndida dote para el casamiento de su hijo. Pero no creo, como tú, que Baal Tsahra sea superior a nosotras. No inferior, tampoco. Diferente. –Todas somos "diferentes", en realidad. –Digamos que es superior en algún sentido, y en otro somos nosotras las superiores. –Superiores, inferiores... –Bien, Meutas, dejemos esas discusiones. Mira: ya va siendo el momento de acampar. Vamos a divertirnos. Escucha un ejercicio de mayéutica con mi, todavía, esclava: –¡Baal Tsahraaa! ¡Ven aquí! La mujer estaba sumida en el ritmo de Khalida y en recuerdos de Kesbahr, de Abdulasis, de situaciones reales y en fantasías imaginadas con su familia y sus hombres, cuando el lejano llamado de su nueva señora la trajo a la realidad del desierto. Hizo que el jamal volviera sobre sus pasos y al encontrarse de nuevo con las astrólogas se puso a la izquierda de su ama, que le hablaba. Le costó comprender el significado de lo que Aisha estaba diciéndole: –Dime: ¿estás conforme con tu nueva condición? –No sé a qué se refiere, señora.


–En ser esclava mía, en vez de ser esclava de Meutas. –Pues... señora Aisha, en verdad... no me corresponde decirlo a mí. Lo mío es servir a mi señora, cualquiera que sea. –Pero tú tienes pensamientos, ¿no es cierto? –Sí, señora. –Y eso es lo que te pregunto: qué piensas. No qué es lo que te corresponde. Lo que te corresponde lo sé perfectamente. Estás respondiéndome otra cosa, ¿comprendes? Algo por lo que no te pregunté. –Perdón, señora. –Cómo no. Te perdono. Pero contéstame la pregunta: ¿estás conforme con tu nueva condición o no? –Sí, señora. –¿Eso quiere decir que estabas desconforme con Meutas? –No, no. –¿O sea que estabas conforme con ser esclava de Meutas y estás conforme con ser esclava mía? –Así es. –¿Estás igualmente conforme? –Sí. –¿O sea que no te importa de quién eres esclava? –Así parece. –Unas cosas parecen lo que son y otras parecen lo que no son. ¿Es así? –Sí, señora. –Y que parezca que no te importa de quién eres esclava, ¿quiere decir que es así, o que solo lo parece, pero no es así? –Es así, señora: no me importa de quién soy esclava. –¿O sea que, con tal de ser esclava, estás conforme? –Sí, señora. –Meutas: es lo que yo te había dicho: con tal de ser esclava, está conforme. Pues bien, Baal Tsahra: si no te importa de quién eres esclava, con tal de serlo, se deduce de ello que tampoco te importaría no ser esclava ni de mí ni de Meutas, con tal de que continúes siendo esclava. ¿Es así? –Así es. –Bien: apenas lleguemos a Alejandría, dejarás de ser mi esclava.


Baal Tsahra no comprendía si se trataba de una broma o si era una manera de decirle que iban a darle la libertad. –¿Y cómo será eso, señora? –preguntó, mientras se permitía mirar de sesgo a Aisha, tratando de leerle el semblante. Pero Aisha miraba hacia adelante y su perfil derecho estaba a oscuras, a contaluz de un sol enorme, rojo, aún con una mancha negra que se veía, clara, un sol que hacía temblar el horizonte y el aire. –Será muy sencillo –respondió la más joven–: pasarás a ser esclava de otra. La respuesta fue como un golpe violento para Baal Tsahra, quien no pudo evitar la pregunta: –¿Y de quién, señora? –¿Y cómo podría saberlo? Saber eso significaría saber el futuro. Soy astróloga, no adivina. Baal Tsahra se sentía confundida y humillada. Temiendo decir una imprudencia, decidió guardar silencio. –¿Has comprendido? –Creo que no, señora. –Bien. Sin embargo, no es tan difícil de comprender. ¿No dijiste que no te importaba de quién eres esclava? –Sí, señora. –¿Y dijiste, también, que no te importaba no ser esclava, ni de mí ni de Meutas? –Eso fue lo que dije. –Y lo que dijiste, ¿está de acuerdo con lo que piensas? ¿O me has mentido? –No, señora –dijo Baal Tsahra, ahora con temor. –Pues alégrate: ya que no te importa, serás esclava de otra persona. Pero no de mí, y tampoco de Meutas. ¿Comprendes? –Comprendo. –Y parece bastante fácil entender que no puedo conocer de antemano a la persona a la que voy a venderte. ¿Entiendes? –Sí, entiendo. –¿Entiendes que voy a venderte? –Sí, entiendo. –Voy a venderte en el mercado de Alejandría. Bien, hagamos un alto. Acá estará bien.


Dicho esto, Aisha hizo hincar a Mahrim y enseguida Meutas y Baal Tsahra hicieron otro tanto con sus respectivos jamales. –Encárgate de ellos, dales pienso, agua si necesitan, enciende la cocina, prepáranos la comida –ordenó Aisha. –Armemos una tienda –dijo Meutas–. Esta noche será fría. Parece que hace más frío en el Sinaí que en el Nafud. –Nunca pasé frío –acotó Aisha– salvo aquella noche, cuando quedé desnuda, mientras esperábamos que viniera la mercadera a salvarnos. –Vamos, ayúdame a armar la tienda, que Baal está ocupada con los dromedarios y luego tendrá que preparar la comida. Y luego, a dormir. Un largo sueño nos espera.


XV

Curioso, poco comunes las mujeres aquellas. Partas. Algo raro tenían, algo que no estaba bien. Algo que inquietaba. Y que a ellas las inquietaba. ¿Astros? Astrólogas, estrellas, planetas. Ahí están, puntos plateados, como si preguntaran cosas. O es el cielo que se ve a través de un velo gastado. Eso decía la griega. ¿De qué tela será? ¿Seda? Caro. Precio, arreglos, cuentas. Tú te beneficias. O mejor: el hijo, tu nuera, su futura. Tú cuentas al hijo, encuentro, negociación, compra. Le muestras luego los animales y él: usted es generosa, madre. Y futura esposa, agradecida: usted es generosa, suegra. Buen progreso, así. Y luego tu historia, encuentro con astrólogas. O no. De a poco. Lo importante. La mejora. Si se tiene cien, y luego ciento cinco, es mejora. Razonable. No tener cien y pretender doscientos. No es razonable. Ahora no cien, ciento cinco sí. Y ciento cinco pasa a ser cien para mejorar luego a ciento cuatro, o a ciento siete. Y así. ¿Qué tienen el hijo y la futura esposa? Negocios. Viajes. Un buen punto de partida; las vasijas y platos y chales y albornoces bordados del padre, y perfumes y aceites. Y de la madre, tres jamales, y tres caballos. El hijo: buena esposa, familia rica. Nadie podrá mentir. Decir que Baal Tsahra no dotó generosa al hijo. Cuidará la casa suya. Atenderá hijos. Nietos para ti. Primeros nietos. Has vivido mucho ya. El final se acerca, pero con nietos. Lástima por Kesbahr. ¿Qué será de tu marido favorito? Muerto. Tierra, sombras. ¿Se hunde una en el agua de la muerte? ¿Dejando burbujita? ¿No dejando nada? ¿Te verá Kesbahr desde el mundo de los muertos? ¿Verá a sus nietos desde donde esté? ¿Verá todos los detalles, más detalles de actos y cosas, por haber partido? Kesbahr. ¿Sabe que piensas en él? ¿Hay comunicación de los


vivos con los muertos? ¿Hablarán entre ellos? ¿Se pondrá celoso cuando estás con otros hombres? Cuando te encuentras con Ahmed o con Rabin en la casa verde. Al cabo de un viaje, y otro. Y otro. Dos o tres veces al año, Yerushalayim te espera. Y siempre alegres, siempre cálidos. Perfumados. Contentos. Hablan y hablan. Demasiado, antes y después. No durante. Se concentran. Hacen bien su trabajo. Tú los usas. Les pagas, pero hacen lo que tú quieres. ¿Kesbahr podrá verte entonces? Danza de estómago. Rotación de caderas, cabalgarlos. Abrazos, susurros. ¿Ejercicios harán para mantenerse erguidos? ¿Con tantas mujeres? ¿No se cansan? ¿Cremas? Curioso eso. Porque Kesbahr no como Ahmed o Rabin. ¡Oh! ¡Estrella fugaz! ¿Una señal de Kesbahr? ¿Porque estabas pensando en él? ¿Será el modo que tienen los muertos para comunicarse con los vivos? Si es así, Kesbahr, envíame otra señal... Otra estrella fugaz, oh, Kesbahr. Por favor... Para confirmar que sí estás en comunicación conmigo. Que sí sabes en cada instante lo que pienso, como creen las shiítas... No. Nada ocurre. Los muertos: no poder sobre estrellas. ¿Pero por qué iban a tenerlo? Tampoco las vivas, por otra parte. Mas ¿por qué caen las estrellas fugaces? ¿Por qué se mueven los astros en el cielo? Cuentas pendientes, con algo o con alguien. ¿Fugitivas? ¿De qué? ¿De quiénes? Sí, algo así. Eso se siente, se percibe en detalles. Ellas perseguidas. Lo sabes. Tú conoces a la gente. Has visto muchas personas en tu vida, Baal. Cientos. ¿Miles? Y has hablado con tantas. Centenares. Tal vez más de mil. Esto lo pensaste antes. Muchas veces. ¿Se repiten los pensares? ¿Igual que antes? Con las mismas palabras. Pensar más rápido si cansada. No pensar claro ahora, sueño pero seguirás toda la noche. ¿Piensas en palabras? ¿Con palabras? Una voz, adentro. ¿Dónde? ¿En los pies? ¿En el estómago? En la frente, adentro de frente cabeza pelo. Pensabas en mujeres, gente que habías conocido. Conocer, ¿eso, conocer? ¿Se acordarán esas personas de ti? ¿Te dedicarán pensamientos, recuerdos, ideas? ¿Habitarás la mente de las personas con las que compartiste conversares, momentos, comidas? Esto ya lo pensaste. ¿Cuándo? Estás fatigada, sueño, Baal. Raras mujeres, normales, en parecer. Pero no en el ser, algo tenían en su búsqueda, pero encontraron Enviada. Tú la tuviste en tus brazos. Meutas te explicó. Simple, y complicado a la vez, fácil difícil. Te salvó la vida. Ser divino. ¿El ceño? La mirada. Sí, eso: miraba como


sonriendo. Feliz. Como la que ve algo en la cara de la otra. Ojos claros, ¿mirada de feliz? ¿Como que ya lo sabía todo? ¿De lástima por mí, por nosotras? ¿Por los dromedarios? Buenos y jóvenes animales. Sanos y vigorosos. Bellos. El hijo contento. Estos animales, muy mansos. De buen andar. Y qué pelaje. Cuidadísimo. Es raza. Y tatuajes, finos, negros tinta piel, buen aliento. Palillo de freno rienda hueso marfil, tallas. Por fin tuyos, ya para siempre o hasta regalo dote boda de hijo. No les encontraste parásitos. Cuidarlos. A Khalida le sacarán leche. Harán queso y requesón de leche de dromedaria. A Marhim también. Buena comida para tus nietos. Habrá que preñarla. Echarle a Alef en primavera cuando lista, olor vagina nariz y él listo montarla arriba. Barriguita, barriga, bola grande. Parirá jamalcito, sale entre sangre negra, babas. Mojado, húmedo, pelo pegado a piel. Se para pronto. Pero eso en muchas lunas. Ahora tú en camino hacia ellos. Sola. Regreso, largo, días que pasan rápido, como en todo regreso. Solo las idas son largas, extrañar, nostalgia, triste de no ver familia por mucho tiempo, por saberlo. Ahora aunque cansada regreso rápido, camino, marcha, pensares. Puedes seguir las huellas, las tuyas, las de ellas. Antes de que las borre el viento. Se ven, todavía. Casi media luna ahí, de nuevo. Ya ha pasado una luna, más, ¿o menos? desde encuentro con Farida. Juego, no juego, venta con ganancia, buen negocio. Tonta la ladrona. Tú no tonta, sabes hacer, negociar, hablar, sacar partido. Es lo tuyo. Distinta de Farida. Ella ladrona, tú recuperar solo; animales tuyos en buena ley, acá, noche fría, hacia Samaria, bajo luna. Y grande, anaranjada sobre el horizonte. Parece naranja. Como en el mercado, Zélaf, Petra, Bagdad, Yerushalayim. Grandes como un puño. Jugosas, semillas, rico. Y los jamales van, van: siguen, incansables. Pero están tristes. Han llorado. Se encariñan con dueñas, después, tristes y lloran, siempre así. Les gusta que les hables, sobre todo al que montaba Meutas. No mala dueña. Aisha sí, mala. Malo ser esclava. Nunca más. Persas raras. ¿Dónde estarán? ¿En el reino subterráneo, camino a la Enviada? ¿Por pasadizos, a oscuras? ¿Se acordarán de ti? ¿Te verán, muertas? Tú las ayudaste, les hiciste bien. Casi todo el tiempo, bien. Les salvaste la vida. Te debían la vida. ¿Deuda? Cobro. Tú contarás. Tú dejarás testimonio de Enviada, de viaje hecho. Buena persona tú ¿extraña para ellas? Pero no importa. Ahora, pronto, hogar. Hijo alegre, nuera alegre, hija mayor, contenta, sin


horoscopero barba negra ya. Animales buenos, dinero, mucho dinero. Provisones. Lástima Keshbar, Abdulasis. Sangre, chorro, morcillas. Color y calor de la sangre en mano, espesa. Sangre de cerdo, más espesa, olor dulce, almíbar. Sangre de humana también, menos pero dulzón. Y al corte, firme, chorro. Pulsión, chorros en pulsión. Sucia, arena absorbió. Pena por Meutas, más buena que Aisha. Aisha Pari, insolente, altiva. Quería venderte. Tú le salvaste la vida; ella quería venderte. No justa, justa tú. Debía vida, tú cobraste deuda. Quedaste con vida de ella, de Meutas. Tajo, listo. Pronto buitres, limpieza. Ganancia: dromedarios, hijo contento, dinero. Recuperaste cosas tuyas. Libertad, algo que no tiene valor. O sí, comprarse con dinero, pero cuánto. ¿Cinco veces cien denarios? ¿Diez veces cien? Vida restante. ¿Una vieja vale menos sestercios porque tiene menos años para servir? ¿O más porque tiene más años? Años vividos. Más experiencia, más consejos y hechos buenos. Menos errores. Más valor. Pero esclavos jóvenes cuestan más. Valen menos, cuestan más. Raro eso. Valor por lo que van a servir, ¿por cantidad de años de trabajo? Pero no es seguro, pueden morir enseguida. No se sabe. Negocio incierto, mejor trabajar con animales. No riesgo, no protestan. Ablandarlos. Poner mulas a cargar, días y días sin comer, muy cargadas, para que comprendan. No rebelarse, solo cargar, hacer su trabajo. Pobres. Tú hacías tu trabajo, últimamente para astróloga Aisha. Mujer joven aún, mirada de sesgo, sonrisa. No más. ¿Qué habrá pensado? No alcanzó a decir nada, ni inicio de grito, espasmos, puñal mojado, mano mojada, caliente, convulsión, cuerpo moviéndose todavía, sin cabeza, cabeza separada, ojos abiertos, sangre borbotones, chorros, glu glu como cerdo. Animal también, como Khalida y tigre, Abdulasis. Y tú. Eres un animal. Somos todas animales. Hum.


Epílogo

¿Y qué ha ocurrido con Farida Kahyam, la traidora? Ha peregrinado por la región. Visitó Alejandría, estudió en la biblioteca, viajó hasta Piramidon dorado; finalmente decidió regresar a Urmia, la zona donde ha pasado su infancia, para radicarse allí. Al menos por un tiempo, según le dicta la prudencia. Tal vez, desea, especula, pueda seguir llamándose Farida Kahyam. Véanla, ahí va. Ahora está por entrar a Petra. Va con la idea de recabar noticias del imperio. Piensa descansar antes de retomar el camino del desierto, rumbo al levante, pero son vanas ilusiones, porque pronto encontrará la muerte en la cruz. La búsqueda de la Enviada ha causado revuelo e inquietud en la élite teocrática judía de Palestina. La reciente estadía de astrólogas partas en Petra, en busca de una Mesías, ha sido magnificada por el rumor y el comentario. Las presiones hacia la autoridad militar romana son grandes; desde ahora no se tolerará ninguna grieta, ningún cuestionamiento de la autoridad de la escritura sagrada. La centuriona ya ha impartido las burocráticas órdenes; la maquinaria está puesta en marcha. Una nueva viajera parta en Petra es un insulto inaceptable. Eso no lo sabe Farida, detenida ahora en las puertas de la ciudad, su estación final, pero lo sabe la sacerdotisa máxima, las comerciantes, la decuriona que está al mando de la patrulla apostada en la entrada, la misma que recién ha dado la señal de alto y que ahora se apresta a interrogar a esa viajera recién llegada, con porte de princesa, de cuerpo alto, delgado, sólido, de pelo negro, rostro altivo y elegante donde sobresalen las cejas apenas arqueadas, oscuras y juntas sobre la nariz alta, de fina curvatura, de boca firme, de labios generosos y manos de dedos largos y cuidadas uñas recortadas; Farida Kahyam, la traidora. ¿Y dónde está Iezida Salem? ¿Qué ha sido de su hija? Iezida tiene el destino ulterior que se merece: véanla, sigue viviendo en Petra y está embarazada, pero continúa ganando dinero con sus artes de curación. Dentro de una década y media Iezida Salem se habrá hecho famosa en toda la región; contagiada en una nueva peste que va a asolar la ciudad, morirá más adelante, a la respetable edad de sesenta y ocho años. Su hija mayor será curadora, como ella anunció, pero


letrada. En una localidad de Galilea conocerá a una profeta que se dirá enviada de Diosa. Será su discípula y la seguirá hasta que la maten en la cruz; luego escribirá su historia. ¿Y los buitres? Ahí van: emprenden un nuevo, paciente patrullaje aéreo; se montan sobre la brisa que se mueve más arriba, se dejan deslizar por suaves toboganes invisibles, en tanto escudriñan cada irregularidad del suelo que se despliega bajo sus alas. Más desde abajo, diseminadas por momentos, luego agrupadas, son cruces negras en la bóveda azul, avanzando laboriosos estadios y más estadios sobre la extensión inabarcable del desierto, mientras el sol continúa elevándose. En algún momento de la mañana avanzada, el que determina el rumbo divisa un punto más oscuro, allá, a lo muy lejos; se mueve la bandada en el océano del aire hasta tenerlo debajo de sí. Geómetras de la muerte, dibujan circunferencias, trazan espirales, descienden y ascienden en secretos helicoides; ven que son dos cuerpos, y que no se mueven: muerte. Alimento. En lentos minutos que parecen no terminar están atisbando para tratar de descubrir posibles signos de vida en aquellos animales. Por fin, convencido, el jefe inicia el descenso final y la bandada lo sigue, trazando ahora un vuelo casi rasante sobre el objetivo. Ahí están: con rápidos aletazos, agitación de plumas en el aire, moscas, olor a sangre, recuperan lo firme y se posan, aguardan el silencio del desierto y luego avanzan, cada vez más cerca de los cuerpos decapitados de las dos mujeres. El sol recién se desprende del horizonte y el aire ya está caldeado. Desde la tarde anterior los buitres han estado silenciosos e inmóviles alrededor de los restos, solo huesos. Una de las aves, tal vez despertada por el zumbido de las moscas, estira y encoge el cuello; la cabeza parece hundirse, casi desaparecer en el collar de plumas blancas y grises de la base. En este momento los otros se despabilan, abren los ojos y se ponen alertas, atentos a lo que hace el primero: el cuello sin plumas y la cabeza, apta para escarbar en cuerpos muertos, recobran la posición. Se está así, de nuevo inmóvil, pero en vigilia ahora, desprendido de la curvatura del tiempo, hasta que por fin da unos pasos y separa del cuerpo los alones amarronados. Con lentos y acompasados aletazos, agitación de plumas en el aire caldeado, abandona lo firme y los demás lo siguen. Vean cómo va dirigiendo la


bandada, cómo traza un vuelo casi rasante al principio, deslizándose ahora, hasta que, insinuando un regreso, como arrepentido, sobrevuela los despojos, quizá para cerciorarse de que no les queda nada comestible. Entonces, más decidido, el guía cobra altura, planea y torna a mirar lo que ha sido carroña, algo que empequeñece, un detalle ocre y blanco allá, un punto que ya se confunde con la arena y que pronto dejan atrás, muy abajo.


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"La mercadera" de Leonardo Rossiello  

La mercadera © Leonardo Rossiello http://abrelabios.com http://lsdrevista.todouy.com ISBN 978-9974-649-49-1 Arte de portada e ilustraciones...

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