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Aimarte © Leonardo Rossiello http://abrelabios.com http://lsdrevista.todouy.com Arte de portada: equipo de abrelabios, con base en la imagen de uno de los primeros cinco ascensos en globos aerostáticos en Francia. El fragmento del dibujo corresponde a una imagen de Andrew Bell (17261809), disponible en la División de Impresiones y Fotografías de la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos bajo el código digital ppmsca.02501. Gracias a la gentileza del autor, esta versión se realizó exclusivamente para divulgación y acceso gratuitos mediante los sitios y espacios web administrados por el grupo de gestión cultural abrelabios y revista LSD. Para la versión del prólogo incluido se siguió íntegramente la divulgada por Letralia. Tierra de letras en su edición nº 196 del 6 de octubre de 2008 (https://letralia.com/196/articulo03.htm)


prólogo “La soledad, una hidra amorosa en el baldío”. L. R.

I. “Los lectores de hoy acaso deseen leer historias intensas y breves”, ha escrito Leonardo Rossiello (Montevideo, 1953). Esta nouvelle o novela breve que el lector tiene hoy entre manos, responde a esa suerte de premisa del autor uruguayo que reside, desde hace treinta años, en Suecia. Aimarte es la culminación de ese axioma rosselliano: una historia tan intensa como breve, o mejor, condensada en las secuencias narrativas que apelan al lector con mayor potencia sugestiva y fuerte sostenimiento de la expectativa; un relato apuntalado en una discursividad llana, confortable para el receptor, pero muy cuidada técnicamente. Hoy por hoy, escribir una historia “entretenida” sin caer en la literatura bestsellerista y olvidable, implica un dominio del oficio de narrar, un temple escritural, que no es común, ni es norma. De ahí que este relato confirma la destreza narrativa y la ductilidad en el manejo de un gran repertorio, dentro de las posibles “retóricas” del relato, por parte de la pluma de Leonardo Rossiello. Ya en el prólogo a La sombra y su guerrero, primer trabajo del autor publicado por esta editorial, Heber Raviolo observaba agudamente esta condición poligráfica de Rossiello, el “carácter proteico” de su escritura, la apertura de recursos y las posibilidades que éstos otorgaban a su “variada serie de tesituras narrativas”, en donde “lo realista y lo fantástico, la experimentación con el idioma y el lenguaje llano, el monólogo interior y el apólogo clásico, coexisten y se alternan”.1 Debido a ello, y a la confirmación de estos rasgos en su último libro de relatos Gente rara2 (estupendo friso de cuentos de un autor maduro que nos avisa de la potencia “proteica” del género de mayor tradición y arraigo en nuestra historia literaria), Leonardo Rossiello se nos presenta en el horizonte de experiencias lectoras, como el mejor narrador de su promoción. Me refiero, para acotar este juicio de valor en sus justos términos, a ese contingente de escritores que cuando ocurrió el golpe de Estado de 1973 (Rossiello ya no estaba en Uruguay, pero eso hoy es anecdótico), frisaba la edad de veinte años. Grupo, o conjunto, o configuración de narradores que puedo denominar, provisoriamente, como generación escindida. Algunos integrantes de esa generación escindida quedaron escribiendo, con las cotas y límites del caso, en lo que se denominó “insilio”, otros, “insiliados” por fuerza en las cárceles, insistieron, en medio de las condiciones más adversas, en la pasión y el compromiso con la escritura literaria, otros (dentro de los que ubico a nuestro autor), desde el afuera que supone todo exilio, fueron formándose, escribiendo, publicando, arrojados a otras culturas, a otras lenguas, a otras cotidianeidades. II. Lo cierto es que la firma autoral “Rossiello” se instala en el campo literario uruguayo contemporáneo (campo desparramado, topográficamente, por la faz del planeta) con nitidez, con una voz y un perfil reconocibles a lo largo y ancho de su producción: cinco volúmenes de cuentos3 (cincuenta relatos incluyen en total esos libros); un corpus de otros cuentos aparecidos en revistas y antologías de Uruguay y otras partes del mundo;4 un volumen de poemas en los que el autor decide ponerse a lidiar con el haikú, la tradicional forma japonesa recepcionada en nuestro continente desde los estertores del Modernismo histórico, y de la que Rossiello sale muy bien parado; una serie de poemas inéditos, de los que afloran algunos en una ya clásica antología de poesía uruguaya en Suecia;5 un caudal de artículos y ensayos de investigación literaria, particularmente en el ámbito del relato decimonónico uruguayo, zona en la que nuestro autor se ha especializado con rigor,6 y especialmente, destaco, una novela que consagra definitivamente a Rossiello en su búsqueda e indagación escritural: La mercadera.


Recuerdo haber leído esta novela de Rossiello (la única novela “extensa” que el autor ha publicado) en el invierno del año 2000. En ese entonces, la novela de marras era un mamotreto mecanografiado y encuadernado con un rulo plástico. Estaba ubicada entre más de un centenar y medio de textos narrativos que concursaban por los Premios Anuales en el género, categoría inéditos, que otorga el Ministerio de Educación y Cultura. Luego de leer todos los trabajos, no dudé en apartar uno: La mercadera, de autor inidentificable detrás de su seudónimo. Quedé maravillado, encantado, por la magia destilada en el discurrir narrado, discurrir que acompañé en el viaje de las tres camelleras (en realidad, montan dromedarios) a través del desierto; por la intriga alternada con extensos y ágiles diálogos sobre una gama de temas muy variados; por la austeridad de la prosa y el sesgo de humor que la habita (sesgo, que, por otra parte, está siempre presente en la narrativa rosselliana); por la humana condición de esas mujeres, en un mundo gobernado y estructurado en torno al género femenino; por la ternura que el autor iba mostrando hacia sus criaturas en la estela arenosa de su escritura, esa empatía por sus personajes (otra constante en la producción narrativa del autor de Aimarte), así como por la capacidad sintética del escritor para “maquetear” grandes tópicos en breves líneas: “en el desierto, el tiempo y la distancia no eran magnitudes en el papel sino, ante todo, estados de ánimo, actitudes mentales”, reflexiona uno de los personajes.7 III. Luego de más de veinticinco años de praxis en el oficio de relatar historias, Leonardo Rossiello nos ofrece Aimarte.8 Para llegar a esta escritura narrativa despojada, atrapante, cuasi cinematográfica, pulida en sus dispositivos técnicos y en el fluir “natural” de su prosa, el autor asumió su dominio poliforme de la metodología del cuento, su depurada narratividad a la hora de encarar la novela (me refiero a la ya mencionada La mercadera), y, particularmente, llevó una historia posible a cuestas durante años, macerándola, rumiándola con paciencia (otra invariante en la historia de los pre-textos rossellianos). Este proceso, que se dispara a partir de la lectura de una noticia en un viejo periódico, recorre un extenso camino para transformarse en la saga de Volterra atravesando literalmente el mundo para “venderle” una idea, quizá no tan descabellada, pero sí una idea y un destino que lo obsesionan (más allá de intentar convencer a su “cliente” y compatriota, de que un globo aerostático es lo mejor “para fines militares”), al guerrillero y legendario soldado al servicio del gobierno, instalado en la Troya montevideana, José Garibaldi (“el renombrado jefe”, se lo califica en la obra). En la nota que prosigue a la novela, el autor recrea algunos momentos de su búsqueda, de su indagación en las diferentes versiones de la historia, en la prensa, en las tecnologías de un siglo que apostó al “progreso” y a la invención. Destaco, y reproduzco aquí, el hallazgo de lo que podría ser la proto-nouvelle, o, por lo menos, su representación embrional: Uno de los semanarios de esa época es La Mariposa. Periódico semanal de literatura, costumbres, teatros, modas, noticias, crónica interior y variedades. En el número 37, del 23 de noviembre de 1851, en la columna de Variedades, encontré una noticia titulada “Muerte de un aeronauta”. Se contaba allí el fin de un Giuseppe Tardini en las afueras de Copenhague. El italiano había desaparecido en el viento, aferrado a su globo, pero no sin antes haber dejado a salvo a “su hijo de once años, y una joven artista dramática”.


IV. Los personajes de Aimarte se mueven en un mundo que se está haciendo, que está construyéndose en torno a una Modernidad incipiente, a una voluntad tecnológica y libertaria muy marcadas, a un algoritmo no resuelto en el imaginario de muchos, tensado entre las polos sarmientinos de “civilización y barbarie”. Logias, asociaciones secretas, reuniones para conspirar e imaginar otras realidades políticas y sociales, guerras civiles cuasi globalizadas (como lo fue, por ejemplo, el conflicto bélico desarrollado en el Río de la Plata entre 1839 y 1851, al que se le llamó “Guerra grande”, pero en nuestra escala, podría haberse llamado “Gran Guerra”). No obstante, estas criaturas rossellianas arrastran su pathos amoroso, familiar, sus ideas de realización personal, sus obsesiones más acuciantes, por la faz del planeta (literalmente, la familia de Volterra viaja desde el extremo norte al extremo sur del mundo). El ejemplo más claro, visto en las siguientes palabras desde la perspectiva de su hijo Franco (quizás compatible con el foco del propio lector), es el de Luciano Volterra, “un visionario empecinado que ha cruzado el Atlántico hasta Montevideo, en busca de Garibaldi y de este momento”. El protagonista vive y sueña en función de concretar la construcción de su globo y la puesta en práctica de sus ventajas comparativas en un mundo donde la carrera por mejorar los transportes venía in crescendo: Lo cierto es que los vuelos en globo exaltaban su imaginación de niño y soñó con ser aeronauta desde que tuvo edad para ayudar a mis abuelos con la cosecha de aceitunas. “Algún día yo mismo me haré un globo”, decía.

Me interesa, además, destacar otro sesgo de la escritura de Rossiello, en cuanto a una de sus preocupaciones (y pasiones) como lo es la temática del mar (que desborda la cuentística vinculada a Cabo Frío, esa pequeña ciudad balnearia en la ficción rosselliana). Incluye este extremo, los motivos de la navegación, de los relatos de naufragios, de los diversos tipos de embarcaciones y sus detalles técnicos, de la historia náutica. En esta nouvelle, la minuciosa descripción y las peripecias (no siempre auspiciosas) del viaje entre Copenhague y Montevideo (contemplando la cotidiana vida de la gente embarcada así como los sinsabores y riesgos de los navegantes), vertebran una gran zona del relato que, no me cabe la menor duda, captará al lector hasta trasladarlo al interior de este mundo de ficción que no descuida la configuración, a la interna del relato, de sus referentes históricos. V. Luciano Volterra, es, ante todo, un solitario, ya que un hombre atado a una verdadera pasión, la vive, irremediablemente, en soledad. Más allá de sus compañeros de ruta, de su familia, de sus amores, de su propio hijo, Luciano tiene un norte que busca desde una profunda soledad: la comprensión del otro, por más esforzada y empática que sea, no llega a dimensionar un estado de cosas que es intransferible. Como el mitológico Ícaro, como en 1851 le ocurrió a “Giuseppe Tardini en las afueras de Copenhague”, como sucedió con el religioso brasilero que se perdió en la inmensidad del mar no hace muchos meses, el héroe narrativo de Aimarte recorre el via crucis de su propia hibrys, de su aspiración a la desmesura, a la medida que desborda lo humano. Gerardo José Ciancio


Notas 1

La sombra y su guerrero, Montevideo, Ediciones de la Banda Oriental, 1993, p. 6. Este volumen de cuentos ganó el Premio Nacional de Narrativa “Narradores de Banda Oriental 1992”. 2 Gente rara, Montevideo, Torre del Vigía Ediciones, 2006. La polifonía, la poligrafía y la ductilidad de recursos de Rossiello, destacan en este libro de un cuentista en su apogeo. Me interesa, especialmente, atender a su trabajo con la metanarrativa, “Eclipses (edición anotada)”, al formidable relato “La leña no se termina”, contado en dos tiempos narrativos muy bien ensamblados, al “emailero” cuento “La dama ubicua”, a la contundencia alucinada de “El campanero” que abre el volumen, en fin, al ya conocido “La casa de Rasmussen” que apareciera seleccionado en el volumen Cuentos de inmigrantes, Montevideo, Trilce, 1997, pp. 99-119. 3 Solos en la fuente y otros cuentos, Montevideo, Vintén Editor, 1990; La horrorosa tragedia de Reinaldo y otros cuentos, Montevideo, Arca, 1993; La sombra y su guerrero, Montevideo, Ediciones de la Banda Oriental, 1993; Incertidumbre de la proa, Editorial Graffiti, 1997 y una versión online en Editorial Letralia, 1998 (donde no aparece el cuento “Cruces zoológicos”, pero en cambio se incluye “La casa de Rasmussen”); Gente rara, Montevideo, Torre del Vigía Ediciones, 2006. 4 Por ejemplo, señalo, los cuentos “Estado de siglo” y “Cuento para vos” aparecidos en el volumen colectivo como resultado de un concurso literario (junto a un texto de Hebert Abimorad y tres de María España Corrado) intitulado Desde el exilio, Gotemburgo, Casa del Uruguay, 1984. Curiosamente, en el primero de los dos cuentos citados ya hallamos una breve referencia a Cabo Frío, su balneario inventado como referente topográfico de algunas de sus ficciones. Asimismo, en el volumen Contando historia, Montevideo, Cal y Canto, 1995, se registra el cuento de Rossiello “Sangre rota (apuntes para una historia de Santiago)”, pp. 105-122; y en Cuentos fantásticos del Uruguay, Buenos Aires, Colihue Sepé Edicones, 1999, se incluye “Casi todos los juegos”, pp. 231-240, originalmente en La sombra y su guerrero, 1993, cuento que funciona como una poética afantasmada de su obra. 5 Me refiero a 8 antologías personales. Poesía uruguaya en Suecia, Montevideo-Estocolmo, Vintén Editor, 1992. Figura aquí una serie de poemas del autor de marras escritos en la década del ‘80, pp. 131-145. Señalo, incluso, el importante trabajo poético que siguen haciendo en Suecia otros dos poetas que figuran en esta antología, y viven desde hace más de 30 años en Gotemburgo y Estocolmo, respectivamente: Hebert Abimorad y Juan Carlos Piñeyro. 6 Se destacan su tesis doctoral La narrativa breve uruguaya. 1830-1880. Formas y direcciones, Gotemburgo, 1990; Narraciones breves uruguayas (1830-1880), recopilación, prólogo y notas de Leonardo Rossiello, Montevideo, TAE, 1990; Las otras letras: literatura uruguaya del siglo XIX (compilación de L. R.), Montevideo, Graffiti, 1990. Amén de su trabajo sobre narrativa vareliana y sus artículos sobre temas vinculados a la prensa, la literatura, la retórica y algunos personajes paradigmáticos en las narrativas decimonónicas. 7 La mercadera, Sydney-Montevideo, Cervantes Publishing, 2001, p. 37. Hay otra edición en Torre del Vigía, 2004. La novela ganó el Primer Premio (categoría narrativa inédita) en el referido concurso del MEC en el año 2000. 8 En 2003 la nouvelle obtuvo en Colombia el premio de Novela Corta Álvaro Cepeda Samudio, y fue publicada ese año en dicho país.


Per aspera ad astra.


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Impaciente, Volterra se pone en pie junto al mástil y deja a un lado la carpeta. Por un momento olvida la entrevista que tendrá con Garibaldi y cierra los ojos: la brisa le lleva vocinglería de estibadores, olor a brea y a charque. Al abrirlos ve acercarse, por fin, una mancha de rielado en la superficie del agua. La racha de viento lo alcanza, tensa la vela, empuja firme la chalupa y la suma, con rumbo y estela, al trajín del puerto de Montevideo. La corbeta Constitución, de oscuro casco, con las troneras cerradas, está ahí, agrandándose en el violento esplendor de la bahía, lista para zarpar. La maniobra de atraque es rápida; van a la orza mientras bajan la vela y terminan de acercarse a remo. Volterra sujeta el cartapacio con los dientes y sube por la escala; una vez sobre cubierta despide al patrón de la chalupa. El segundo de a bordo lo acompaña hasta la popa y lo introduce en el camarote donde Garibaldi, preocupado y serio, lo recibe. Volterra ve que, esta vez, el renombrado jefe viste pantalones blancos, camisa azul y botas negras de media caña, que lleva un sable corto en la cintura y tiene un poncho recogido sobre los hombros. Un apretón de manos, nada de frases de cortesía, que tome asiento. Le pregunta sobre la herida que Volterra recibiera en el reciente duelo con Brunot y le pide luego que le explique el proyecto; Volterra expone. Garibaldi hace preguntas. Considera. Pone reparos. Se interesa por detalles técnicos. El visitante abre la carpeta, le muestra dibujos, cálculos. En ese momento es un vendedor de ideas y además, tiene el aval del propio Mazzini, del que le ha traído un mensaje. Y tiene experiencia; no duda nunca. Garibaldi lo ve crecer, ya Volterra es más que mensajero, que cofrade, que compatriota y duelista por cuestiones de honor: es un navegante como él, un soldado navegante del aire. —¿Cuándo fue que usted voló la última vez? Cuénteme. Fue en el año 36, mi coronel Garibaldi. Sí; mi hijo Franco tendría un par de años. Fue en las afueras de Rouen, con Lartret, que entonces hacía ascenciones con globos de hidrógeno. Como yo ya había volado con él tres años antes en uno de aire caliente, me dije que tenía que experimentar con uno de hidrógeno para sacar mis propias conclusiones. En verdad, para fines militares son los mejores. Si se tienen los medios para fabricar hidrógeno, no hay problemas. No mi coronel, no es difícil. Mire, acá está la fórmula. Ácido sulfúrico y limaduras de hierro; eso es todo. Ahí mismo, en el saladero donde trabajo, hay todo lo necesario. Es más costoso que uno de aire caliente, claro, porque para calentar aire lo único que se necesita es leña. Pero a favor tenemos que no hay que hacer un globo tan grande, porque el hidrógeno levanta seis veces más que el aire caliente. Se necesita menos seda. No, mi coronel, lo que resulta más caro es la seda. Y hacerla impermeable, que no deje escapar el gas o el aire. Me envió la logia de Copenhague, éramos unos pocos, pero como miembros de la Joven Italia teníamos contactos con el Oriente francés, y a través de Jacques, un hermano extraordinario, pude contactarme con Lartret. Ya


por entonces tenía un implemento portátil para hacer hidrógeno; yo podría fabricar uno igual sin problemas. Acá, vea, mi coronel, están los dibujos, las medidas, todo. Llenar un globo con aire caliente puede insumir más de una hora, pero con hidrógeno toma quince minutos. Esa vez que le cuento fue otra cosa, mi coronel Garibaldi. Salimos al atardecer, con poco viento, y subimos hasta unos dos mil quinientos metros. Se veía que abajo ya había anochecido —se veía cómo las sombras iban ganando terreno, en los valles primero, en los campos luego y por fin se devoraban las colinas y las elevaciones mayores— pero nosotros veíamos todavía el sol. Bueno, hay aparatos para calcular la altura. No sé cómo funcionan, pero son seguros y precisos. En todo caso, incluso sin altímetro se puede calcular la distancia al suelo por el tamaño de las casas, los árboles, los animales. Ya a los quinientos, seiscientos metros, los ruidos no llegan y es la calma más absoluta. No se oye ni se siente el viento, claro, porque el globo se mueve con él. Es como ir todo el tiempo con viento en popa. Anocheció al rato y volamos toda la noche. El piloto elevó el aeróstato por encima de las nubes, la capa puede ser muy tenue o tener varios cientos de metros de espesor: de noche, imagínese, una neblina que no se ve pero se siente, más fría, más húmeda que en la región límpida, más arriba, donde a uno lo espera solo el más puro firmamento. Claro que el del norte no se puede comparar con este, formidable, que se ve en estas latitudes. Bajamos a unos cien kilómetros más al este, por la mañana. Unos campesinos nos ayudaron a remolcar el globo con unos caballos, por un camino, y nos llevaron hasta el pueblo más cercano. Sí, mi coronel, con el globo todavía inflado ibamos, es que conviene desinflarlo en un lugar donde luego se lo pueda transportar, en carruaje por ejemplo. Pueden ser útiles en muchas situaciones, mi coronel: para evacuar personas o documentos, para enviar pertrechos, mensajes o incluso personas, con paracaídas. Sí, en Madrid lo han probado muchas veces; incluso una mujer saltó en paracaídas. También para soltar bombas sobre las posiciones enemigas, pero sin mucha precisión, porque no se puede volar a poca altura, por los tiros. Pero la utilidad mayor, y usted lo debe de saber porque es seguro que conoce la campaña de Napoleón en Egipto, es la de poder observar las maniobras del enemigo. Así uno se evita sorpresas. El hombre que está por convencer a Garibaldi de que tienen que construir un globo aerostático es mi padre y tiene poco más de cuarenta años. Una serie de imágenes me lo dibujan, de estatura un poco mayor que la normal, de firme complexión y poca grasa. Es un hombre de raleante pelo castaño y barba con tonos rojizos, matizada con algunas canas. Se destaca su rostro más por el vigor y la decisión que irradia que por la armonía de las facciones. De ceño preocupado, ojos verde oliva y tez blanca, de fácil tendencia a tostarse por el sol, es un hombre en la plenitud de sus fuerzas, un visionario empecinado que ha cruzado el Atlántico hasta Montevideo, en busca de Garibaldi y de este momento.


Es italiano, pero a diferencia del coronel, norteño, ha nacido en la Campania. En la provincia de Salerno, a cuatro kilómetros de Montano Antilia, se encuentra un conjunto de casas con una iglesia de piedra: es el pueblo de Massicelle. Si yo pudiera, antes de morirme, querría viajar hasta allí, donde él nació, donde empezó a soñar con los aeróstatos. Cómo la noticia de los globos “montgolfier” llegó hasta Massicelle es algo que nunca me dijo ni he averiguado, pero supongo que los ecos del vuelo de Paolo Andreani y los hermanos Gerli deben de haberlo impresionado. Por ejemplo, la noticia pudo haber viajado por semanas, de boca en boca hasta Salerno, y desde allí, atravesando bosques, pudo haber continuado a lomo de burro sobre las alturas, bajando a los valles, cruzando arroyos y quebradas. Lo cierto es que los vuelos en globo exaltaban su imaginación de niño y soñó con ser aeronauta desde que tuvo edad para ayudar a mis abuelos con la cosecha de aceitunas. “Algún día yo mismo me haré un globo”, decía. Mis abuelos paternos vivían de su trabajo. Abuela, misia Laura Gentile, trabajaba en la casa y ayudaba en el campo. Abuelo se llamaba Francesco y era herrero. Por veces los imagino; siento en mi fantasía olfativa su olor de ropa sudada y sucia de tierra; les veo los rostros ocres del trabajo al sol: las estrías blancas en torno a los ojos. A estas personas, a su historia, debió mi padre el carácter. Cuando se le metía algo en la cabeza era invariable en su determinación. Fue un poco agrio y a veces violento: un tipo de mecha corta. De pequeño se dedicaba a practicar con la honda, y llegó a ser un hondero entusiasta y experimentado: en esos años era su ocupación favorita. Le tiraba a todo, menos a los pájaros, porque los quería. Sin embargo de esa afición, no quería ser hondero sino aeronauta, e insistía con la idea al punto que llegaba a fastidiar. “No insistas, Luciano, un globo cuesta muy caro”, le decía mi abuela. No importaba: “Algún día yo mismo me voy a hacer uno”, le contestaba. Algún día, algún día. ¿Cuándo, padre? —Predecir el futuro ya es un arte, Franco, hijo mío. A ver si entiendes: no puede haber datos sobre lo que aún no existe. Así me decía. Quizá tenía razón. Sin embargo, a veces pienso que no es del todo cierto. Acaso en alguna región del tiempo lo que aún no existe ya existió muchas veces. Pero esas son especulaciones de viejo maniático, ideas que ahora rememoro, armo, invento. En aquel momento de mis primeros recuerdos, en un Montevideo que pronto iba a estar sitiado, yo insistía. Porque para mí Luciano Volterra, mi viejo, podía predecir qué iba a pasar. ¿Cómo va a ser su futuro, padre? ¿Cómo va a ser el mío? Alguien golpeó en el camarote; cuando Garibaldi abrió, el segundo pidió disculpas por la interrupción, mensaje urgente: “Es del Gobierno, mi coronel”. Garibaldi cerró la puerta y abrió el sobre. “Es del ministro Zufriategui, disculpe un instante, Volterra”. Después de haber leído la misiva salió y se puso a dar órdenes. En un santiamén se multiplicó el movimiento a bordo. Se bajaban dos balleneras; ocho remeros se alistaban para remar hasta el muelle; los gritos del contramaestre resonaban en las bodega; se empezaban a desdoblar velas sobre la cubierta; los grumetes se subían a las gavias; la marinería corría de un lado a otro.


Garibaldi regresó, sacó sobre y papel de una gaveta y se puso a escribir una carta. Escribía sin prisa, con letras temblorosas, discontinuas, de vocales abiertas. Se veía que no era su costumbre escribir. Parecía haberse olvidado de Volterra, que en ese momento se preguntaba qué nuevos proyectos estaba emprendiendo Garibaldi. —Usted conoce a Adadus Calpe, ¿cierto? —le preguntó el coronel sin levantar la vista, mientras como adivinando mojaba la pluma en el tintero. —Sí mi coronel, me lo presentó el maestro Cassarino en Río de Janeiro. — Y usted es herrero, ¿cierto? —Sí, mi coronel. — ¿Tiene con quién dejar a su hijo? —preguntó Garibaldi, aún sin levantar la vista, mientras terminaba de estampar su firma en la misiva. —... sí... — ¿Puedo contar con su más absoluta lealtad? —le preguntó, mirándolo ahora desde sus profundos ojos celestes. — ¡Sí, mi coronel! —Entonces va a guardar el secreto —levantándose, mirando seria, casi amenazadoramente al hombre que junto con él también se había puesto en pie, en posición de firmes—; el más absoluto secreto sobre la misión que le encomiendo. No se lo va a confiar a nadie, comprende. ¡A nadie! Adadus Calpe le dará todos los contactos necesarios. — ¿Por carta, mi coronel? —No. Está en Montevideo. Usted va a ir a visitarlo ahora, a la dirección en el dorso de este sobre, donde puse una carta que usted le entregará en mano propia. Sírvase. Recibirá instrucciones de Adadus, dinero, y mañana mismo se me pone a trabajar en el globo. — ¡A las órdenes, mi coronel Garibaldi! De acuerdo con órdenes precisas de mi abuelo, Luciano fue a la escuela de Montano Antilia como en aquella época se usaba, no a diario sino dos o tres veces por semana. Hasta los doce años fue uno más del grupo; si en algo se destacaba era en ajedrez. A esa edad, por intermedio de un familiar influyente de mi abuela Laura, fue admitido en un colegio internado: oraciones matinales, Latín, Matemáticas, Historia sagrada, Gramática, Retórica, Gimnasia. Y castigos, encierros y penitencias, porque se creía aquello de que la letra con sangre entra. Luciano no guardó un recuerdo grato de aquellos cuatro años del colegio internado. Unas cuantas veces tuvo que estarse de pie en un rincón durante horas, firme, callado y con un bonete que lucía la inscripción “Burro”. Otras tantas, estarse interminables minutos de rodillas sobre maíz. Salió del internado con dieciséis años y trabajó en la empresa familiar Herraduras y Rejas Volterra hasta que murió mi abuelo. Entonces tenía veinte años y continuaba, invariable, enamorado de la idea de ser aeronauta. Había entrado en una logia de carbonarios que funcionaba por la zona y cuyo representante secreto en Montano Antilia era un boticario librepensador que padre había conocido dos años atrás. Por esa época, pues, ya estaba metido en organizaciones políticas secretas y comprometido con la lucha por la liberación y reunificación de Italia. Con


aquellas ideas de libertad llegaba también la libertad mental. O, por lo menos, un desasosiego que se le asemejaba, de modo que comenzó a sentir que la comarca montañosa de Massicelle y Montano Antilia le quedaba estrecha. Pero lo que precipitó su partida fue que el padre de la novia que en secreto tenía en Montano lo descubrió con la hija en circunstancias embarazosas, casi embarazantes, tras lo cual amenazó con despojarlo de dos adminículos que mi padre apreciaba demasiado como para arriesgarse a perderlos quedándose en el pueblo. Al partir tenía un poco del dinero que le había dejado mi abuelo y otro poco que había ahorrado por cuenta propia. Después de haberse confesado, para no decepcionar a mi abuela Laura, se fue en un burro por aquellos caminos de la montaña, rumbo a Salerno. Además de algunas mudas de ropa y las esperanzas de ver mundo, llevaba un bagaje nada despreciable para la época y aquellas circunstancias: sabía leer y escribir; le gustaba la lectura, era oficial herrero. Años después padre y yo íbamos a pasear a la costa, a un lugar de Montevideo conocido como el Muelle. En alguno de esos paseos me contó la partida de Massicelle, la certeza que tenía de que se iba pero para siempre, para nunca más volver a ver, oír, oler su entorno natal; para nunca más encontrarse con su madre y hermanos. Sin embargo, no estaba triste por su presente, sino que miraba hacia adelante, como con nostalgia del porvenir. La tristeza del viajero es solo la futura añoranza del pasado; se olvida pronto o se mitiga porque avizora lo nuevo, que lo distrae y reclama. La del que despide, en cambio, es más duradera, porque le queda solo el vacío del que parte. Así, Luciano Volterra se fue sin lágrimas, aunque dejándolas en sus parientes. Allá, a la entrada del pueblo, quedaba el resto de la familia, abuela, hermanos, madre, y vecinos y amigos: cada vez más pequeños a cada vuelta de cabeza, siempre con los brazos levantados en un adiós y una visión que habrían de ser –quizá todos lo sabían– los últimos. Veo el camino de tierra, veo a mi viejo a lomo de burro, tal vez escuchando el trinar de los pájaros, descubriendo una fugaz saeta rojiza contra la vegetación, alguna ardilla que, con su movimiento inesperado, lo desensimismaba; la vería trepar a los robles, a los bojes, a los olmos. ¿Veía cada árbol, era consciente de cada singularidad del follaje, de cada matiz, de cada diferente arbusto en las pendientes de lomas y montañas? Para mí tengo que veía, no el árbol sino el bosque; se veía a sí mismo, desde el aire luminoso de aquella mañana de 1830, minúsculo en el paisaje grandioso; un bicho, una hormiga, un punto insignificante y casi inmóvil reptando en aquella inmensidad verde de las montañas y valles de la región. Una vez, llegando a un villorrio, un perro salió a ladrarle y lo mordió en una pierna y fue lo último que hizo, porque con la honda mi padre le acertó una pedrada definitiva en la cabeza. Si el perro no lo hubiese mordido quién sabe todo lo que jamás habría ocurrido, y todo lo que en cambio sí habría sucedido. Las casualidades no existen, tal vez solo sean formas perversas de la causalidad. Padre corrió, rengueando y maldiciendo, tras el burro que empezaba a alejarse, hasta que pudo recuperarlo. Se lavó en una cañada, se ató un pañuelo


para parar la hemorragia y continuó su camino por entre las elevaciones. En total fueron cinco días; pasaba las noches en establos o refugios de pastores. Años más tarde, durante un paseo conmigo y con Marisa, mi madrastra, padre me contó el deslumbramiento que sintió al ver la mar de Salerno por primera vez. Regresé a buscar a mi hijo con la cabeza llena de incertidumbres y preocupaciones. ¿Cuándo se formaría el cuerpo de italianos que había sugerido Mazzini? ¿Qué habría pasado si el mensaje que yo traje se hubiera perdido en el naufragio? ¿Cómo podría yo participar en esta nueva tarea, teniendo a mi cargo la responsabilidad de Franco? ¿Cuándo y cómo le expondría a Garibaldi el proyecto del globo sin que me lo rechazara por inviable o por demasiado caro? Razoné que junto al proyecto debería proponerle una forma razonable de financiación. Deseché la idea de organizar una suscripción; no era conveniente revelar los planes. Tal vez debería ponerme en contacto con un italiano de fortuna, de nombre Masilotti, al que me habían recomendado sondear y cuyas coordenadas yo tenía. Con estos y semejantes pensamientos iba por las calles, adoquinadas algunas, empedradas otras, de tierra y barro las menos céntricas. Los mercaderes estaban desarmando sus tiendas. Por muchos lugares se veía a los puesteros ya de regreso con sus carretas de bueyes, rumbo al Paso del Molino y a las quintas de la Aguada. Era casi la hora de la siesta, a la que invitaba el domingo y el calor de las dos de la tarde. Llamé a la puerta y me abrió la propia Marisa. Le sugerí que fuéramos a alguna fonda pero en cambio nos invitó al almuerzo —estaba casi listo, me dijo; luego podríamos salir a pasear— y me resultó violento rechazarla. Franco estaba feliz; había pasado una buena semana y había aprendido mucho, pero estaba inquieto y deseando salir a pasear. Comimos en el patio bajo un parral que mucho me recordaba a mi tierra. De postre sirvió uvas, dulcísimas, de un sabor para mí desconocido. “Son brasileras”, me dijo, aunque era evidente que eran de ese parral. Salimos de paseo; nos dirigimos al Muelle, Franco a correr delante de nosotros al principio; luego fue caminando y tomado de mi mano; después, cargado en mis hombros. Cuando llegamos al espigón, que entraba sus buenas decenas de metros en la bahía, Franco se descalzó y quiso correr hasta el fin. Lo dejé, pero a medio camino se volvió hacia nosotros, pues había allí un perro que, sin embargo, resultó pacífico. Nos sentamos los tres en el borde del muelle y nos ocupó un tiempo mirar la actividad a bordo de los barcos de guerra de la flota francesa. Con tal ajetreo era fácil adivinar que se preparaban para levar anclas. Les conté cuando vi el mar por primera vez, cuando llegué a Salerno. El perro se nos acercó y le conté a Marisa de una vez que tuve que matar a uno de un hondazo, camino a Salerno. Se quedó mirándome, como incrédula, y entonces me quité el zapato y las medias y me arremangué el pantalón. Al ver la cicatriz, sin palabras ni vacilaciones, me la acarició. Con sus dedos de seda me hizo temblar. Le tomé su mano y nos miramos; bajó la vista, ruborizándose. “¿Le duele, padre?”, me preguntó Franco. “Casi, hijo”, le dije, mirando a Marisa con una mirada que quizo ser significativa. Creo que comprendió. “Lo maté al


muy maldito, después de que me mordió, claro, y antes de ver yo el mar por primera vez”. Primero, lo entrevió en el fondo de un valle, franja plateada brillando al sol; después, al final de un gran repecho, apareció el horizonte alto del Mediterráneo azul y enorme entre las colinas, la bahía dominada por un castillo en lo alto de una empinada montaña, las casas de techumbres de tejas ocres de Salerno, ahí abajo, como esperándolo. La mordedura le causaba mucho dolor pero comenzó el descenso; una vez en la ciudad, se alojó en una posada cerca del puerto, donde pudo descansar, lavar la ropa, desasnarse y deshacerse del burro mismo un día después, cuando lo vendió en el mercado. Luciano estuvo curándose con un barbero porque el cirujano al que consultó le había dicho, sin anestesia, que era urgente amputarle la pierna. La porfía se la salvó: lo hizo buscar y buscar hasta dar con alguien que lo curara sin cortársela. Aquel barbero fue ese alguien, y lo logró, aunque no sin casi desangrarlo a punta de sanguijuela y navaja y no sin embadurnarlo cada día con ungüentos de ajo y hierbabuena, a los que sumó reposo, paciencia, conjuros. Y suerte, por lo visto. Al cabo de una semana el barbero lo dio por bien curado y le cobró. Cuando padre contaba esto los ojos se le ponían negros, e intercalaba, pensativo: “¡Perro maldito...!”. Creo que pocas personas se deben de haber alegrado tanto de haber matado a un perro de una pedrada. El período de reposo, en cama y con la pierna levantada, le sirvió para leer los periódicos de Salerno que el barbero le hacía llegar al cuarto de la posada, con lo que se puso al tanto de la situación política de Europa. El barbero, como casi todos los de su profesión, estaba bien informado y le hablaba entusiasmado de las revoluciones liberales en Europa, de la nueva monarquía liberal de Luis Felipe en Francia y de una inminente revolución liberal en varias partes de Italia. Hasta en España y Portugal, tradicionales centros monáquicos, había habido revoluciones republicanas y liberales. Se comentaban las ideas del zar Alejandro I, quien clamaba por una especie de Internacional monárquica. Opinaba que reyes y zares, hombres de arduo oficio, al fin y al cabo también tenían derecho a ser precavidos y a defenderse de los deletéreos efectos de la guillotina o del paredón. También se estaba empezando a discutir si aún era razonable permitir la compraventa de esclavos individuales; si había que restringir ese negocio, como proponían algunos magnates, o solo permitir la compraventa de familias enteras, a fin de evitar el inhumano desmembramiento de la sacrosanta unidad que era la familia, como proponían los liberales, o si, como opinaban los radicales, había que decretar la libertad de vientres. Los carbonarios se oponían a cualquier forma de esclavitud, pero sus ideas no se difundían en aquella prensa, sino en folletos de circulación tan clandestina como restringida a los alfabetos y, entre ellos, a gente de la que razonablemente no se esperaba una delación. Eran tiempos románticos. Cuando se hubo repuesto, mi padre consiguió un trabajo en una herrería y una novia salernitana que si bien no impidió su partida se la retrasó unos meses. También ese fue un hecho que cambió el futuro posible de Luciano, porque en el ínterin se organizaron insurrecciones en Módena, en Romania y en Parma.


Hubo coletazos en Nápoles, y en Salerno ondeó un tiempo la bandera roja, verde y blanca de los carbonarios. Padre participó en escaramuzas callejeras, con su honda rompió vidrieras y alguna cabeza de gendarme, resistió detrás de barricadas las cargas de la caballería y las de la infantería, que dispersaban a los revoltosos a bayoneta calada. Fue allí y entonces cuando empezó a vislumbrar las posibilidades militares que ofrecería un globo aerostático. Desde dos o trescientos metros de altura podrían verse los movimientos y maniobras de cualquier ejército. En caso de que el avance enemigo fuera imparable, o que se acercara a tiro de fusil, el globo, atado a tierra mediante una cuerda, podría bajarse y desinflarse con suficiente anticipación. Las noticias y relatos de batallas lo fascinaban. Cuando leía los partes militares imaginaba las maniobras y sacaba la conclusión de que el resultado habría sido diferente si se hubiesen utilizado aeróstatos. La insurreción carbonaria de 1831 fracasó; de hecho, fue la última importante de la Carbonería. Sin embargo, no por ello dejaban de conspirar. Se trataba ahora de establecer contactos con todas las dispersas logias y asociaciones de emigrados en Europa para coordinar las actividades conspirativas y preparar un congreso paneuropeo. Sabiendo que mi padre ansiaba viajar y que proyectaba un globo le asignaron esa tarea, así como ver qué posibilidades había de concretarlo en otro país europeo, ya que el Salerno monárquico no ofrecía buenas condiciones para hacerlo. Mi madrastra me aseguró que fue su afán de aventuras lo que lo llevó a viajar por Europa; por mi parte creo que ya por entonces era un especie de agente viajero de una liga de ex carbonarios. El liberal y radical Mazzini recién había fundado la sociedad secreta la Joven Italia y Luciano ya estaba vinculado a ella.


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Yo había calculado que a 300 metros de altura se podría ver el horizonte con un radio de hasta 60 kilómetros; había calculado que si soplaba a 10 metros por segundo también nosotros nos moveríamos a 36 kilómetros por hora y que, si había una tormenta cercana, nos atraería hacia ella como un imán a un clavo. Muchas otras deducciones, cálculos y suposiciones hice que habrían de mostrarse acertados. Lo que nunca calculé ni pude jamás sospechar fue la emoción que iba a experimentar, la sensación de que eran los amigos reunidos para despedirnos, la tierra, los árboles, los edificios, los ríos, las colinas los que descenderían y empequeñecerían, como proyectándose hacia abajo de nuestra inmovilidad, ni que el silencio en los aires, después de cierta altura sería total; que a nuestros gritos los lagos devolverían un eco incomparable y purísimo, que Orión, las Pléyades, Andrómeda, Escorpión y las demás estrellas y constelaciones resplandecerían en el silencio y la oscuridad majestuosas de una noche sin luna; que volando habría de darme cuenta, con una intensidad insospechada, que nuestro planeta es desoladoramente hermoso, y de todos. El primer ascenso lo hizo como pasajero, junto con dos más, y con Lartret como piloto: fue en las afueras de Marsella, el año 1833, en un globo de aire caliente. Partieron en la tarde y descendieron hacia el alba a muchas millas de distancia. Para el ardiente entusiasmo de mi padre la experiencia fue como echar leña en una hoguera. Lo convenció de que no estaba tan errado en lo que pensaba y pudo comprobar no solo las ventajas del globo —las aplicaciones para fines militares—, sino las dificultades y la calidad del material empleado. También le sirvió para hacerse una idea de los muy altos costos del mimbre, de la seda y los procesos de impermeabilización, necesarios para evitar que el aire caliente —o el hidrógeno— se perdiera entre los intersticios de la textura. Se dio cuenta de que no era un trabajo para un hombre solo; al mismo tiempo logró convencer a algunos mazzinianos en Marsella de que su proyecto era viable. Participó en una desastrosa expedición contra Saboya, por entonces italiana, junto con Mazzini, que era solo seis años mayor que él, y bajo el mando militar de un general de nombre Romarino, que había peleado en Polonia contra los austríacos. A raíz de ese fracasado intento estuvo detenido en Suiza, donde declaró ser piamontés de Novara y llamarse Piero Giambruno. En Hamburgo, averiguando precios de metales y costos de estructuras, se encontró con la que iba a ser mi madre, una danesa, Solveig Gade, que cantaba muy bien y estaba allí porque su padre, mi abuelo materno, tenía desde tiempo atrás una empresa de fundición. Ese abuelo mío, de nombre Albert Gade y muy amante de la música, murió de una enfermedad pulmonar a los pocos meses. Mi madre y mi padre se entendieron bien: se hablaban en francés y se amaban en lenguaje humano, supongo, porque esos detalles no me fueron revelados. Después de unos meses de andanzas y contradanzas, decidieron vivir juntos y radicarse —solo por un tiempo, decía Luciano— en la casa de mi abuelo, en Copenhague, allá por 1834.


De buena construcción, aunque no excesivamente grande, tenía en el fondo una especie de galpón con dos cuartos: pronto uno fue el taller de mi padre. Allí hacía trabajos de herrería y muebles. Aún conservo de él un pequeño cofre marinero, muy hermoso, que se trajo de Copenhague. Está pintado en azul marino y rojo inglés; en la tapa puede leerse la fecha de fabricación, que es la de mi nacimiento: Anno 1835. El otro cuarto del galpón lo usaban para guardar cosas que podrían tener un uso y que llamaban “El Cuarto de las Porquerías”. Mi padre se encontró a gusto en Dinamarca. Ese tiempo restringido que pensaba estar, unos pocos meses, se le transformó en años viviendo junto a Solveig, años de los que tengo pocos recuerdos. Mis padres vivían de los encargos de herrería que le hacían a Luciano. Iban a Suecia cada verano, a las zonas boscosas de Småland, donde arrendaban alguna cabaña y recogían hongos y arándanos, que Solveig preparaba en conservas para llevarse de regreso y vender en el mercado. Muy revolucionarios serían, mi padre don Luciano y mi madre doña Solveig, pero no tan fanáticos que no supieran adaptarse a las convenciones y presiones sociales, así que se casaron. Padre había empezado a trabajar en serio para hacer un globo. Sacaba cuentas, dibujaba. “Dieciocho mil pies cúbicos”, andaba diciendo en voz alta, paseándose por la sala, ensimismado. —Volterra —le decía mi madre—, estás equivocado en un detalle fundamental. —¿Qué detalle, Gade? —gruñía padre. —Que estás enamorado de la técnica. —Ma sí, pero sin la técnica, ¿como se puede hacer un globo? Además, ya sabes para qué lo quiero. Más que la técnica, yo quiero la libertad de Italia. —Pero, Luciano —decía madre, —¿y si te sale mal? Eso era una declaración de desconfianza a mi padre, un tipo fenomenal pero iracundo que lo único que necesitaba para enojarse era ese tipo de oposición. —¿¡Cómo?! —casi gritó. —¡No va a salir mal! Yo voy a comprar las cosas para hacerlo y voy a venderlo. ¡Seguro que vale la pena! Después, rápido, se tranquilizaba. —Bueno, bueno, ya se me pasó y discúlpame, Solveig. Mira, solo hay que hacer las cosas bien —conciliaba. —Si no, se va todo al demonio. O sea: hay que hacerlo de modo que no pueda fallar. Había que empezar. La barquilla tenía que ser de material fuerte y liviano. Había que conseguir mimbre. Ahora que la juventud se ha perdido en las anchas pistas del tiempo, en busca del silencio, restan solo recuerdos borrosos, apuntes de su diario de viaje, imaginaciones mías que me permiten representarme la cara feliz de él, el ruido de sus zapatones de madera por el adoquinado, los olores acres de la ciudad. Recuerdo que padre me contó que me llevaba en sus hombros una vez que llegamos a una barraca del puerto de Copenhague. Padre preguntó por alguien, hubo una espera; llegó una figura con anteojos, era un hombre bajo y esmirriado. Estaba oscuro y yo, atento al deambular de las ratas por los travesaños de aquel recinto. Negociaron; padre pagó una parte por adelantado. El hombrecito de gafas le dio un papel. Después salimos en busca


de una carreta y un cochero que Luciano contrató para el día siguiente, por la tarde. El mimbre estaba en una bricbarca inglesa en el Gran Canal. Cuidado, Franco, no vayas a caerte, no tan cerca. Buenas tardes. ¿El contramaestre? ¿No habla danés? The boatswain, I need to talk with the boatswain, please. Mientras esperaba al hombre, miraba las fachadas, oía el graznar de las gaviotas, y pensaba en los pasos siguientes. Había que dejar el mimbre en el agua, varios meses, cerca de un año, antes de trenzarlo y darle forma a la barquilla. ¿Cuesta mucho el mimbre ese, padre? —Mucho. Todos los ahorros de varios meses, medio año o un poco más. Al cabo de unos minutos apareció el contramaestre, que hizo pasar a bordo a Luciano. Tenía que aguardar un momento, le dijo; llamó a un marinero y desapareció con él en la escotilla de la bodega. Pasaron diez minutos. Había gran actividad a bordo, estaban terminando de alijar las bodegas. Por fin entre varios marineros trajeron un enorme cajón. Luciano pagó el resto de lo adeudado mientras los marineros cargaban el bulto en la carreta. Una vez en la casa descubrió que debajo de la primera camada de mimbre solo había maderas podridas. Madre no estaba presente cuando eso ocurrió y nadie presenció la furia espantosa que lo hizo salir corriendo hasta el puerto, ver que la bricbarca ya no estaba, encontrar al tipo de los anteojos y darle una paliza institucional que mandó al individuo al hospital, y a él mismo, a la cárcel. Allí me llevaba mi madre a visitarlo. Ibamos a llevarle noticias, comida y consuelo. Durante ese tiempo recibíamos ayuda de la logia. Pasaron meses; dos, cuatro, no lo sé. En cambio me parece que me acuerdo con nitidez el día en que lo pusieron en libertad. Lo primero que dijo después del silencio observado durante la comida fue: —Hay que empezar a ahorrar para comprar el mimbre. Sí, eso era lo primero. Después había que pensar en la tela que había que impermeabilizar. De seda: liviana y resistente. ¿De seda, padre? ¿Y no era muy caro? —Eso es lo más caro del globo en sí. Si fuera de aire caliente. Pero si fuera de hidrógeno, entonces lo más caro sería la máquina para fabricar y almacenar el hidrógeno. No había trancurrido dos meses desde que Luciano salió de la cárcel de Copenhague cuando el mimbre estaba ya sumergido en agua y sujetado al fondo de una alberca por grandes piedras que, cada pocos días, cambiaba de lugar. Esa rapidez en obtener el mimbre, tan caro, me hace pensar que hubo algún tipo de financiación externa a nuestra familia. A las reuniones asistían siempre tres italianos exiliados, y otro, de nombre Jacques, que debía de ser francmasón francés. Meses más tarde, en una escala en su viaje a América, Luciano habría de entrevistarse con él, que era un enlace o coordinador entre la gente de la Joven Italia y los republicanos franceses. Pero ya eran otros tiempos, más eficaces que en la época carbonaria de Salerno. Caminas con dolor, la mordedura aún, maldito perro, desde tu cuarto en plaza Alfano por via Duomo cortas por Via delle Botteghelle, el palacio de


Avossa, rajaduras de terremoto, la callejuela de tantas esquinas y allí Corrado esperándote, la seña, lo sigues, la terraza con los bustos de mármol y luego juntos hasta via Mercanti a encontrarse con Mario, ya en el carruaje, empieza la lluvia y avanzando a los tumbos por el empedrado mientras Mario te da las instrucciones para llegar al cuarto del claustro en San Benedetto, y los baches, el cruce de via Duomo, en plaza Matteotti parar, ahí viene Attilio sin importarle charcos, se sube, "Eleutheria", dice; "Ode", le respondemos y una cuadra más, parada en plaza Portanova, poca gente en la lluvia, mejor, primero Corrado, esperar dos minutos, luego Attilio, “ya son las tres menos cuarto” dice Mario, luego tú, el portal del sur del monasterio, San Benedetto nos ayuda, caminar por las arcadas, siete columnas, a la derecha, corredor, tercera puerta: acá es, tres golpes, silencio y tres golpes más; la puerta se abre, los hermanos en silencio, ahí está tu lugar, la penumbra y la humedad, ahora llega Mario y el Venerable Maestro les da la bienvenida, se enciende la pira, se reparten las capas negras, se da el juramento, Corrado lee la tercera Constitución, hay más de doscientos mil hermanos en el Reino, hay trescientos mil de la Sociedad Latina en Lombardía, hay que preparar la revuelta, ayer llegaron tropas de Carlos Félix y hay un batallón en La Carnale pero tenemos varios hermanos en la oficialidad... Palabras, palabras, más palabras. Y los ritos, minuciosos, complicados hasta el absurdo, uno tras otro, reunión tras reunión, y la confianza en más palabras, en las promesas de duques, obispos y príncipes que al fin terminaban entregando los planes carbonarios, uno tras otro, cuando lo que urgía era impedir los fusilamientos, organizar a los patriotas, resistir y pasar de la conspiración a la ofensiva, a tener tropas propias. Hacia comienzos del 41, padre y sus cofrades conocían en detalle la peripecia de Garibaldi en suelo y aguas americanos. Discutían su papel en la rebelión de los "Farrapos" en el sur de Brasil y especulaban sobre su participación, junto con Rossetti, en la logia “Asilo de la Virtud”. Se enteraron de que Garibaldi, cansado y decepcionado de las luchas por el poder entre los republicanos brasileros, planeaba radicarse en Montevideo, donde había una logia francesa y otra italiana, que respondía al Gran Oriente de Nápoles. Habría que ver qué pensaba Mazzini. Fue al salir de una de aquellas reuniones, a las que madre no asistía, que Luciano le informó que estaba decidido que viajaríamos al Río de la Plata. Tenía que hablar con Garibaldi. Se trataba del proyecto del globo. “Tú estás loco, Luciano. No quiero”. Vamos, Solveig, sería solo por un par de meses, tres o cuatro; a lo sumo seis. “O un año, o dos”, replicó mi madre ¿Y cuándo partiríamos, si era que eso podía saberse? Primero padre quería terminar la barquilla; el mimbre ya había estado en agua más de medio año y pronto podría trabajarlo: en cuando estuviera lista, dentro de un par de meses. En algún momento de la espera yo noté que mi madre estaba mareada, indispuesta. Le pregunté qué tenía. ¿Que qué tenía? Pues resultaba que un hermanito o una hermanita, para mí, vivía en su barriga. ¿Y por qué, madre? ¿Y cuándo iba a salir? ¿Y por dónde? En cuanto el mimbre estuvo lo suficientemente maleable, luego de haber estado nueve meses en agua, Luciano comenzó a trabajar en el Cuarto de las


Porquerías y en dos días la góndola, con capacidad para cuatro adultos, estuvo lista. De inmediato comenzaron los preparativos para el viaje. —¡Solveig! ¡Deja de cantar y quita esta plaga de acá, que va a volverme loco! Entonces madre, también ella en pleno ajetreo, aunque canturreando, omo siempre, me lleva a pasear al puerto. Mi memoria más lejana se remonta a aquellos años. Son imágenes muy borrosas de mi madre y de barcos en las calles, es decir, al costado de calles, en los canales, sus para mí altísimos mástiles, sus aparejos, sus cascos negros y rojos. Hace casi setenta años que estuve allí por última vez, cuando tenía catorce años. Entonces abandoné aquella ciudad para volver al Río de la Plata. Para nacer por segunda vez en ésta, mi patria definitiva. Pero el recuerdo de Copenhague no me ha abandonado nunca. Mis amigos me decían “El danés”. Digo decían porque, por una descortesía que no logro comprender, se me han ido, uno detrás del otro. Quizá estén esperándome, ahí a la vuelta. Las maletas estuvieron listas y cerradas, y hay que creer que no demoraron mucho, pues mis padres tenían experiencia en materia de viajes. Sacaron el equipaje —cofres, cajas, baúles, sacos marineros— y lo pusieron en el patio. Mi padre, que odiaba las jaulas, tenía sin embargo una con un casal de cuclillos que había decidido llevar consigo. Veo a madre con su ya notable vientre donde vive mi hermanito o hermanita, veo amigos, gente de depreocupado vivir y ahora sentados, como nosotros, en torno a la mesa puesta en el piso empedrado del patio. Comen el salmón con papas que madre ha preparado, toman cerveza y cantan anciones que quieren, sin lograrlo, ser alegres. Madre está callada; mira los árboles, como despidiéndose para siempre de ellos. Es primavera; están lenos de pequeñas hojas color verdelimón. Algunos, los serbales, los cerezos y los fresnos, están floreciendo y el recinto del patio está lleno del aroma de sus flores y del de las lilas y tulipanes de los canteros. Afuera acaso esté aguardando el carruaje de alquiler. Recuerdo que mamá Solveig dice unas palabras; hay emoción, lágrimas de mujeres. Terminada que fue la comida aparece la tarde y la despedida con sus ritos; los cantos a dúo, los abrazos y bromas, las recomendaciones de último momento. Los caballos de paso cansino nos van arrimando al final del día, donde espera, amarrado al muelle, el Fiercy Albion. De acuerdo con el diario o cuaderno de bitácora que llevó padre, fue un velero construido en Baltimore, de tres mástiles y velas cuadradas, con un registro de 493 toneladas. Según consta, es de borda baja y relativamente pequeño: 143 pies de eslora y 31 de manga. Tiene la quilla enchapada en cobre y un calado de 14 pies. Botado en 1831, hizo sus primeros años en la ruta de Oriente; ahora emprende su primer viaje hacia los puertos de Sud América. La ruta, diseñada en algún lejano día y escritorio de la compañía fletadora Lloyd, era: primero, Rotterdam, El Havre y Las Palmas. Cruce del Atlántico luego, con paradas enRío de Janeiro, Montevideo y Buenos Aires. Pasaje del Cabo de Hornos, recalaje en Valparaíso para recoger granos y salitre, luego guano en El Callao y trigo en California. Pero los dioses del mar tenían otros, más aciagos planes para el Fiercy Albion.


Doblamos la última esquina y allí está la brisa, fuerte. Al acercarnos al embarcadero nos envuelve el olor del puerto —ya se sabe: a carne en salmuera, a pescado—, y también los movimientos, los gritos, las bromas, la canciones de los marineros. Ahí está el buque; su casco, negro de brea, parece estar mirándonos de medio perfil. La proa luce un mascarón que aún recuerdo porque me impresionó: medio cuerpo de una señora con un vestido rosa escotado, los brazos en alto, como sosteniendo el bauprés, con muchos rizos amarillos, tez blanca y labios rojos, con grandes ojos de muñeca asombrada y hierática. Tal vez representaba a la orgullosa Inglaterra. O a la amante del dueño. Vemos varios carruajes en el muelle. Dos o tres hombres de la tripulación descargan los baúles y los transportan a bordo. De pronto me parece que algo extraño hay en la luz menguante y violácea de aquel atardecer ventoso. Las herraduras de los caballos contra el empedrado parecen resonar con ecos de amenaza, cloc, cloc, cloc cloc. Los hombres trabajan ahora silenciosos en la semioscuridad y se percibe un silbido ululante que luego habría de oír tantas veces durante el viaje, el viento entre los obenques y los estayes. Es el contramaestre quien está encargado de supervisar el alije final y la estiba de los bultos; él es también quien orienta a los pasajeros que van llegando al barco. Luego de hablar con él, padre da indicaciones a los estibadores. Vigila atento la descarga de nuestros baúles y paga al cochero. Hace frío, está ya casi oscuro. Unas aves marinas se juntan y revolotean en círculos sobre nosotros, mientras nos embarcamos en la última noche antes de la partida.


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El Fiercy Albion se mueve con casi imperceptibles balanceos. Un marinero nos ha guíado entre bultos entoldados sobre cubierta hasta el camarote que tenemos en la popa, debajo del reservado al capitán. Antes de irse encendió una lámpara de aceite de ballena que da buena luz. Pasamos una noche inquieta. Zarpamos del muelle cinco a las ocho de la mañana, barloventeando enseguida con brisa fresca. De inmediato me hice cargo de que el nuestro es un excelente barco, capaz de ir mucho a la orza, tal vez por la gran cangreja de mesana y porque puede izar hasta cuatro foques. Franco disfruta del viaje; Solveig sufrió con los rolidos de la salida pero mejoró al salir a cubierta y ver el horizonte. Desayunamos junto con cinco pasajeros y el capitán, Arne Wennberg, británico por ciudadanía pero danés de nacimiento. Es este un hombre de agradable trato, que conoce varias lenguas y que, a juzgar por los temas por él abordados, muy interesado está por la física, las matemáticas y los instrumentos de medición. De los pasajeros los más callados resularon ser el señor Staunton, un británico ajedrecista y su hijo, de unos ocho años; desembarcarán en Rotterdam. El señor Houdin, francés, artista de variedades y mago, se mostró también él conocedor de varias lenguas, incluido el italiano. Viaja acompañado por una niña a quien presentó como su hija, quizá de diez años; se quedarán en El Havre. Trae consigo un par de palomas y un conejo. Houdin habló mucho con el quinto pasajero, un negociante e ingeniero danés, de nombre Madsen; es agente de la Lloyd y desembarcará enRío de Janeiro. A unas quince millas de la costa pasamos cerca de unos cuantos pesqueros. Miríadas de gaviotas parecían acosarlos. Hacia el rumbo que llevamos, el norte, había un congreso de nubes amenazantes, cúmulos con forma de yunque en lo alto. No obstante, el capitán nos aseguró que el sistema de bajas presiones estaba pasando. Dio unas explicaciones basadas en observaciones del barómetro y de los vientos. Poco antes del almuerzo pasamos al oeste de la isla Ven, donde Tycho Brahe, según relató Wennberg, mandó construir un importante observatorio al que llamó Stjärneborg, la Fortaleza de las Estrellas. Allí trabajó durante años con sus instrumentos astronómicos al servicio del rey danés; parece que no era apreciado por sus sirvientes. Una hora después pasamos frente al que, según Stauton, que lo miraba emocionado, fue el castillo de Hamlet en Helsingør. Es una construcción impresionante con altas torres de techo de cobre, verdes por el óxido. El día siguiente fue el de pasar frente a Skagen, bordear la punta de Jylland y, abandonando el mar de Kattegatt, entrar a Skagerrak rumbo al suroeste. Durante esa etapa hubo vientos del oeste, lo que obligó a ceñir, fuerte. “Si no fuera porque tenemos que parar en Rotterdam”, había dicho el capitán, “casi convendría tomar por el norte de Escocia”. Así, el Fiercy Albion navegó de bolina, debiendo a menudo bordejear hasta la primera escala, donde se quedaron el ajedrecista y su hijo, y donde se embarcó Radley, un británico


que viajaba hasta Buenos Aires. Era criador de caballos purasangre árabes y transportaba dos sementales, encargados por el tirano argentino Rosas. Dado que, si sigue el buen viento, arribaremos mañana a El Havre, el señor Houdin quiso tener un gesto cordial de despedida con nosotros y nos invitó, junto al capitán, un par de oficiales y al señor Madsen, a una demostración de sus habilidades de mago: a las 18 horas, nos esperaba en el salón comedor. Le agradecí y le dije que allí estaríamos, ya que Solveig se siente mucho mejor: ya empezó a cantar, lo que significa que se ha acostumbrado al movimiento del barco y no sufre malestares y mareos. Houdin había instalado un atrio o plataforma en el centro del salón. Se presentó de frac junto con su hija, vestida como un cosaco, de botas altas, sombrero ruso y camisa blanca ceñida por una faja negra. Nos hizo acomodar frente a la plataforma y nos dio la bienvenida; luego hizo sus pruebas. Lo que más me impresionó fue cuando levantó a su hija de las axilas y la puso de pie en la plataforma. Enseguida se arrepintió y la bajó, le dio a beber un elixir y la volvió a poner donde había estado. Aseguró, señora y señores, que ahora la chica era ¡inamovible! Para probarlo nos invitó a que alguien, cualquiera del público, tratara de levantarla. Ante la timidez de Madsen me ofrecí. Estaba como clavada; ni con todas mi fuerzas logré despegarla de su sitio. El truco de Houdin consistía en activar y desactivar un potente electroimán, invisible para el público y ubicado en el piso, debajo de la plataforma; las botas de la niña tenían una gruesa suela de hierro. El truco me dio una idea para anclar un globo aerostático. Pensé que se podría poner debajo del piso de mimbre de la barquilla, por afuera, una plancha de hierro con cuatro perforaciones por las que podían pasarse cuatro hierros, y adentro, un imán que ocupara todo el piso. Cuando el globo estuviera en tierra, se clavaban los cuatro hierros en el suelo y el imán podía activarse; de esa manera el globo no ascendería hasta que se lo desactivara. Entonces la fuerza ascensional ayudaría a desclavar los hierros del suelo. Pensaba que era una manera de evitar el lastre, que ocupaba lugar, y, además, una cantidad de cuerdas y de gente que las sostuvieran mientras se preparaba el globo, sea para llenarlo de aire caliente o para desinflarlo. El Havre fue un puerto de importancia fundamental para las comunicaciones entre las logias masónicas que, pocos años antes, habían coordinado y organizado la ola revolucionaria de 1830. Allí se había previsto el último contacto, antes del cruce del Atlántico, entre la logia y Luciano. Jacques, el masón francés, estaba esperando la llegada del Fiercy Albion, buque transportador de un carbonario que iba a encontrarse nada menos que con Garibaldi y con Anzani. La idea y propuesta que llevaba Luciano era, en resumen, que Garibaldi dispusiera de globos aerostáticos y de la última tecnología en la materia, para lo cual él y sus hombres deberían obtener medios para financiar su construcción, de la que Luciano se encargaría. Pero independientemente de esa propuesta, los de la Joven Italia no podían dejar de tener informado a Garibaldi acerca de sus actividades en Europa, del estado de las finanzas e incluso de los diferentes


Orientes, de modo que Luciano fue, también, portador de mensajes cifrados, cartas y otros documentos que contenían la información para Garibaldi. Después de un par de días en El Havre el Fiercy Albion soltó amarras y tomó un viento fresco que pronto lo situó en una de las etapas más difíciles del viaje: el Golfo de Vizcaya, que junto con el Mar del Norte y el Atlántico sur es una de las aguas más agitadas del mundo. Durante nuestra travesía no tuvieron la gentileza de hacer una excepción. Se efectuó el cruce con muy pocas velas y rizos tomados en la cangreja. Ante el tratamiento grosero de los bramadores, el barco, como buen británico, se portó con decoro. Los sementales árabes relinchaban que era maravilla y el señor Radley se apersonaba en la bodega lo más que podía, para calmarlos y hacerles sentir que estaba a su lado. Cuando el mar estaba agitado siempre tenían los ojos cubiertos, pues de ese modo sufrían menos. Con la marejada que había tampoco era posible sacarlos de sus cajas acolchadas para hacerlos caminar y los animales se resentían de la forzada inmovilidad. Luciano casi no abandonó el camarote durante esos días; Solveig sufría y yo también, aunque los cuclillos parecían felices en su jaula, que por estar colgada tenía muy poco movimiento relativo. En una de las pocas veces que padre salió se encontró con el señor Radley, quien estaba sumamente preocupado por el pasar de sus caballos. Le confió que, si se morían o dañaban, eso significaría una catástrofe financiera para él. Mi madre sufrió tal vez más que nadie debido al embarazo. Luciano trataba de que lo pasara lo menos mal posible y estaba a su lado casi siempre. Era peligroso salir a cubierta, pues las olas la barrían con irresponsable entusiasmo una y otra vez. Por ese lado no había posibilidades de mitigar el mareo, y en un camarote cerrado, con aire viciado y sin movimiento, con pocas posibilidades de higienizarse, la situación no era agradable. Al segundo día, viendo cómo Solveig sufría, mi padre fue a hablar con los marineros y regresó con una hamaca, dos poleas, ganchos y varios cabos con los que hizo una instalación según un sistema de cardanes que hacía que la hamaca guardara considerablemente la posición horizontal. La probó y luego instaló en ella a Solveig, que de inmediato se sintió mejor. Claro, no debía mirar demasiado el cuarto, que era ahora lo que se movía para todos lados, mientras ella estaba casi inmóvil. Al llegar a La Coruña el tiempo mejoró y el velero pudo navegar en condiciones más normales. Bordeó el cabo Finisterre el 6 de junio y caboteó, dando bordadas, con la costa a la vista. Dos noches consecutivas se vieron los faros de Porto y de Lisboa, según explicó el capitán. Padre había salido a estirar la piernas en la cubierta y Radley había tenido la misma idea y comenzaron a departir en francés, una lengua común. Por medio de la gentil conversación del británico se enteró que si un caballo árabe es purasangre, desciende directamente de una de las cinco yeguas sagradas de Mahoma. —Así es, caballero Volterra. Ante todo permítame revelarle uno de los pilares que constituyen la sabiduría de cualquier casa de crianza de moros. Es que éstos... no son precisamente jamelgos.


El viento soplaba de aleta y el Fiercy Albion llevaba todas las velas desplegadas. En ese momento se les unió el capitán, patillas flameando, gorra de cachucha con visera de carey y cara satisfecha; los saludó y se inclinó, como ellos, sobre la borda, dispuesto a escuchar y, tal vez, a participar en la conversación de sus pasajeros. Pero Radley continuaba dirigiéndose a Luciano. —¿Ha observado usted la típica cola que tienen, levantada en arco? ¿Sabe por qué? Es porque tienen una vértebra menos que los otros tipos de caballos. Eso es único. ¿Usted se imagina un tipo de... de jabalí, digamos, que tenga una vértebra menos que los demás? —No, por cierto —concedió Luciano— pero ¿no será que son los demás caballos los que tienen una vértebra de más? —... bueno sí, en efecto: los purasangre árabes son los que deberían ser la norma, ya yo lo he dicho muchas veces antes. ¿Pero qué me dice de la arrogante curva de su cuello? ¿¡Y de los anchos ollares, el respingo coqueto de la nariz!? —Pero señor —objetó el capitán—, no me va a decir que un caballo tiene nariz... ¡Nariz tienen los elefantes, señor Radley! —Sea, capitán. Llámele frente, o como quiera, pero que es respingada no me lo va a negar, aunque a los Mouniqui se les nota menos, y a los Seglaoui más. Y ya le estoy viendo la cara —dirigiéndose ahora a Luciano—, señor: le explico, y a eso iba. No se impaciente. Los tres tipos principales de árabes son el Koheilan, el Seglaoui y el Mouniqui, ¿sabe? —Tenía la idea mayor, e incluso la idea del medio —le dijo Luciano, seguramente esperando un desconcierto que llegó enseguida. Entonces añadió, con una sonrisa: —Pero la menor no, señor Radley: no tenía la menor idea. Ahora sí la tengo, es decir, sé. Ya sé. Pero Radley era un charlatán que no parecía comprender alusiones ni estar dispuesto a refrenar su entusiasmo pedagógico y comenzó a explicar la diferencia entre los diferentes tipos de caballos árabes. Por fortuna en ese momento una racha de viento de través hizo escorar el buque un poco más y Luciano aprovechó la momentánea distracción de Radley, que buscaba más equilibrio, para pasar al ataque. —Usted ha de preguntarse —dijo padre rascándose a barbilla, como si pensara en la solución de un acertijo— cómo hay que hacer para que un globo aerostático se mantenga siempre a la misma altura... Radley lo miró sin comprender; el capitán, en cambio, mostraba interés. —Porque no ha de negar que puede ser fundamental, en una situación dada, mantenerse siempre a la misma altura, en una navegación aérea, y eso es algo que mucho tiempo estuvo sin resolverse. Le explico: Radley no se dejó impresionar e interrumpió. —Sí, pero permítame que le señale: el Seglaoui, que es quizá el más conocido, es de una belleza impresionante, aunque algo femenino, y el Mouniqui.... —Ajá. Pero fíjese, señor —continuó mi padre— que finalmente encuentro que se puede solucionar el problema, y de una manera bien sencilla. Usted tira un cabo largo, del doble de la altura que usted quiera mantener, sujeta


un extremo en el globo y el resto: ¡va arrastrándose por la tierra! O por el mar, claro. Radley pareció todavía más desconcertado pero mi padre continuaba: —En efecto, si el globo tiende a subir, porque usted le da más aire caliente, el peso de la cuerda que quiere pero no puede elevar tras de sí va a ser mayor y va a tender a impedir que suba. Si el aire va enfriándose, el globo lógicamente va a tender a bajar, ¿verdad? —...pues... —Entonces, la cantidad de cuerda que está en el aire, que funciona como lastre, va a ser menor, y el globo no va a descender tampoco. Resultado: se va a mantener invariablemente a la misma altura. De ese modo, la cuerda va a cumplir tres funciones: —Los purasangre son algo caros, eso sí... —intentó tímidamente Radley, pero Luciano continuaba: —La primera función —reveló— es la de lastre, que varía en forma automática, es decir, haciéndose mayor si el globo tiende a subir, y menor si tiende a bajar. La segunda, es de ancla o freno: va a hacer más lento el desplazamiento del globo, y la tercera es de comunicación, digamos. —¿Cómo? —preguntó el capitán. Radley estaba en minoría y entonces optó por retirarse: lo sentía, caballeros, estaba refrescando y era la hora del té, los vería más tarde. —Hasta pronto, señor Radley... En el sentido, capitán —prosiguió en danés Luciano—, de que la cuerda puede usarse para enviar mensajes u objetos entre la gente de tierra y la tripulación del globo: se ata el mensaje a un anillo o corredera y se deja caer; luego se lo iza. Y para cosas pesadas, como un... un fusil o un pequeño cañón, se puede usar, en vez de una cuerda simple, un sistema de roldanas y poleas. —Qué interesante. En un sentido, la cuerda de su globo tiene una función estabilizadora, como las velas y la quilla en los barcos. —Ya veo la similitud. De hecho, son dos modos de navegar, ¿no es cierto? Uno por agua y otro por aire. Vea, capitán, si esta es una nave, el globo aerostático bien podría llamarse aeronave. —No está mal, no está mal, señor Volterra. Pero claro está, un barco es mucho más maniobrable que un globo, puede avanzar, en fin, contra el viento. Un aeróstato no, ¿o sí? —Todavía no puede, pero creo que con el tiempo... Además, variando la altura puede encontrar diferentes vientos... —Bien... — dijo el capitán, aprovechando la pausa —Parece, caballero, que tendremos niebla. Con su permiso. Wennberg se despidió y se dirigió a dar instrucciones al piloto. Seguramente, pensó Luciano, mandaría arriar unas cuantas velas, aunque el viento estaba disminuyendo. El sol se ocultaba tras una franja de nubes azules hacia el oeste y una fina pero creciente cerrazón disimulaba sus arreboles, los borroneaba, los ocultaba. Al principio se hizo sentir como un aire blanquecino, frío, húmedo, borrador de las convexidades y concavidades de los cúmulos blancos, rosados y


grises que se habían visto hacia el oeste, como provenientes de alta mar, pero a medida que el viento se transformaba en una brisa cada vez más suave el barco perdía velocidad y las olas se hacían ondas, largas y envolventes, mientras lo blanquecino del aire fue tornándose blanco, denso, parecido a un humo proveniente de una fogata de maderos verdes, de tal manera que pronto no pudo verse a más de unos pocos metros de la borda mientras los mástiles, vistos en escorzo, se desdibujaban en la bruma a la altura de los primeros masteleros y las cofias eran solo una mancha un poco más oscura. Ahora no se oía más el chapoteo del mar; faltaba el murmullo pedregoso de la roda entre los bigotes de espuma de la proa. Habría parecido que con la bruma también el silencio había caído sobre el barco, si no fuera porque entonces se oyeron los caballos, una sola vez, que con un relincho lejano y amortiguado, como si estuvieran preguntando qué pasaba, qué iba a suceder, tiñeron de irrealidad la situación. Pero fue solo una vez; luego no se oyó nada, ni siquiera el mar o el crujido de los mástiles. La voz del segundo resonó poderosa, extrañamente sobre cubierta cuando ordenó desplegar todas las velas. Cuando terminó la maniobra, sin embargo, el Fiercy Albion apenas si hacía marcha sobre un mar que continuaba perdiendo movimiento, haciéndose aceitoso en los pocos metros que aún podían verse a su alrededor. Un banco de espesa nube, ahora de color amarillento, rodeaba el barco. Los pasajeros, que en sus camarotes notaron el cambio ocurrido, iban saliendo a cubierta y añadiendo sus mancha oscuras a las figuras de los marineros; el ambiente se hizo aun más irreal cuando se encendieron los fanales de posición y la niebla adquirió una tonalidad verdosa por el lado de estribor y rojiza por el de babor. La nube se espesaba más y más y el crepúsculo avanzaba, haciéndose una noche que no se reconocía sino por la hora de los relojes de faltriquera y por el progresivo agrisamiento de la bruma amarillenta. Nadie hablaba y todos miraban aquella atmósfera irreal, mágica, fantasmagórica, inquietante, según fuera percibida por uno u otro de aquellos que nunca antes habían vivido nada semejante a bordo de una nave en alta mar. El riesgo de colisión con otro buque era, desde luego, mínimo, pero los reglamentos a bordo de una embarcación británica existían con el único objetivo de ser cumplidos a rajatabla. El capitán mandó se avisara a todos los pasajeros que no tuvieran nada que hacer que colaboraran observando y escuchando posibles barcos. Además, pronto sonó la campana, anunciadora de la posición, durante unos segundos cada dos minutos. El silencio que seguía al repiqueteo era mucho menos soportable que el ruido del bronce; era envolvente y se metía por todos lados, como una metáfora de la niebla en que nos hallábamos. A poco se hizo la noche cerrada, fría, y los pasajeros volvieron a sus camarotes a esperar la cena. Entre señal y señal, en la bruma iluminada por las luces verdes y rojas de los fanales, el barco flotó en un agua que parecía inmóvil pero que ya lo empujaba hacia el suroeste. Estábamos entrando a la corriente de Canarias. Anoche no podía dormirme y decidí salir afuera, para lo cual tomé la precaución de abrigarme, no por el frío, que no hay, sino por la humedad. Además del timonel, que dormitaba, solo había un marinero en la proa, que cada tanto hacía sonar la campana. Estuve varias horas pensando y mirando hacia la


bruma. Nunca había visto algo así, tan espeso: se movía apenas, formando a veces jirones más compactos y a veces parecía querer disiparse: en vez de verse veinte metros de agua, veíanse treinta. En una de esas oportunidades vi, o me pareció ver, quiero creer ahora, algo que me puso los pelos de punta y me dejó con la boca abierta, sin que atinara a dar la voz de alarma: la sombra, la silueta de algo que se desplazaba en silencio a estribor: algo gigantesco, descomunal. Algo que no podía ser sino un barco, pero de unas dimensiones monstruosas, de manera que en medio de mi horror supe al mismo tiempo que esos barcos no existen: era casi un paredón de acero, flotante, con formas vagamente geométricas arriba, como si no tuviera mástiles. Se deslizó en silencio y lo ví, gris plomo, durante casi un minuto, lento, desplazándose acaso a cuatro nudos en sentido contrario al nuestro, en el límite de visibilidad de la bruma iluminada de verde por los fanales de estribor, a unos cuarenta metros de nosotros. Se me llenaron los ojos de lágrimas y quedé con los pelos erizados, por pensar en la leyenda del barco del Holandés Volante. La impresión me duró mucho más allá de cuando nuestro barco fue alcanzado por las ondas que formó la mole. No comentaré esto con nadie; sobre todo no con Solveig. La señal de la campana cesó hacia el mediodía siguiente, cuando una brisa y un sol que ya anunciaba al más cálido del Trópico de Cáncer despejaron la niebla. Se vio entonces al capitán Wennberg cerca del timón tomando la altura con un sextante, se lo vio decir unas palabras al contramaestre; se oyó luego al contramaestre impartir órdenes acá y allá y el Fiercy Albion pudo aumentar la marcha. Uno de los marineros se pasa una parte del día en la bodega, haciendo caminar a los sementales de Radley y cuando sube a cubierta se sienta en la escotilla bajo el palo mayor y hace macramé. Solveig me dijo que le gustaría aprender esa técnica, de modo que fuimos a hablar con él y no tuvo inconveniente en enseñársela. Ahora Solveig se entretiene haciendo un posaplatos mientras canta: me dijo que piensa terminarlo hoy. El 12 de junio llegamos al puerto de Las Palmas de Gran Canaria, donde, en uno de sus mejores muelles pasamos dos noches y un día. Con gran trabajo, un cabrestante y muchos gritos de Radley, tres marineros izaron desde la bodega los purasangre que, una vez que sintieron la firmeza de la cubierta bajo los cascos, se mostraron impacientes al presentir espacio, tierra firme, ejercicio, tal vez pasto fresco. Su dueño los hizo bajar por una rampa puesta a los efectos, conduciéndolos de a uno él mismo. Uno parecía hecho para saltos de vallas; el otro, más largo y alto que el primero, de finas y altas patas, era animal para carrera y competencia. Apenas estuvieron en el muelle, empezó a reunirse la gente para ver de cerca a esos blancos caballos extraordinarios. El señor Radley dedicó buena parte de su tiempo a hacerlos correr por los caminos y los valles de la isla. El 15 de junio por la tarde dejábamos el sombrío Teide de Tenerife a popa y a estribor. La mole fue empequeñeciendo y hundiéndose en el mar, como si fuera a juntarse en la noche con el sol, semejante a una oblea incandescente que al acercarse al horizonte iba incendiando rostros y catedrales, monstruos y


castillos fabulosos de cúmulos, amarillos, rosados, y aun cuando ya no se lo veía, anaranjados, rojos, violetas. Hay un polvillo como harina en el aire del Atlántico y en la cubierta y en las narices de todos y en la ropa, rapé del desierto, que es arena finísima traída por los vientos altos del Sahara. Solveig continúa haciendo posaplatos de macramé por las noches. Pronto completará la docena. “Uno para cada hijo”, me dice. Seguimos con buen tiempo. El calor, cada día más notable, nos hostiga. Por la tarde suele refrescar aunque anoche tuve que abrir los ojos de buey del camarote: así y todo Solveig no podía dormir. Salimos a cubierta. Había una luna niña, el cielo estaba despejado y sobre el horizonte se podía ver todavía la Osa Mayor. Estaba mostrándosela a Solveig cuando se nos acercó el capitán y se recostó contra la borda a mi lado. Empezó a decirnos cómo se llamaban las estrellas que mirábamos, suponiendo, con razón, que no lo sabíamos. En ese momento apareció el señor Radley, convencido de que debía hablarnos, en inglés, de lo más importante. —Buenas noches, caballeros. Recién estuve con mis amigos, paseándolos. Disfrutan con el calor y les mandan saludos. ¡En este barco camino más que estando en tierra firme! Una vez, estando yo en un criadero de purasangres... —Enseguida, señor Radley —lo interrumpió Solveig, y yo la quise más— . Permítale a mi esposo terminar lo que nos estaba contando. Y escuche, señor Radley, porque esto puede ser muy importante para sus caballos. —Sí, querida, gracias. Mire, señor Radley: ¿usted sabe qué ocurre si se mezcla en un recipiente aceite de vitriolo con limaduras de hierro? ¿O de zinc, o de estaño? —Pues no. —Se desprende un gas. —Ya veo. —¿Y sabe qué propiedades tiene? —Honestamente, la química no es mi fuerte. Una vez hablé con... —Ese gas, que se llamó aire inflamable, es el hidrógeno. —Ajá, ¿y qué tiene que ver eso con los caballos? —Hay que ver las cosas desde otro ángulo, señor Radley —le aseguré—. ¿Qué tienen que ver los caballos con las estrellas, que es de lo que estábamos hablando? Radley, derrotado otra vez más, dijo que comprendía, se calló un rato y luego se retiró, murmurando buenas noches. El 5 de julio por la mañana Solveig regresó al camarote luego de haber ayudado al cocinero a limpiar unas gallinas para la cena. Mi padre, como cada loco, con su tema, empezó a exponerle sus ideas sobre los globos y a discutir posibilidades. Lo obsesionaba la idea de cómo dirigir el vuelo del globo, de buscar un sistema de navegar contra el viento. No era el único que estaba buscando soluciones en ese sentido y contaba a Solveig acerca de los proyectos fallidos hasta el momento. Lennox y Le Berrier habían construido hacía unos años el dirigible L'Aigle, que se movería con unas aspas movidas por esfuerzo muscular de los tripulantes, pero el artefacto se rompió. No faltaron otros. Un tal


Pierre Ferrand presentó un dirigible con forma cilíndrica y una envoltura que se movía como un tornillo en el aire; Mason ideó uno con hélices movidas por un mecanismo de relojería mientras Cayley, por su parte, las había concebido movidas por una máquina de vapor. —¿Y por qué no, querido? —le preguntó Solveig. — El vapor es mucho más barato que el hidrógeno, por lo que entiendo... —Sí, pero la máquina sería demasiado pesada, incluso para un globo de hidrógeno. Se necesitaría un globo de decenas de miles de metros cúbicos, y eso es carísimo. —¿Y con velas? —Se le iluminó el rostro, como si hubiera dado con la idea genial. —Fíjate que si se puede dirigir un barco con velas, también puede dirigirse un globo... Mi padre miró a mi madre y sintió una enorme ternura: la abrazó en silencio y la apartó para volver a mirarla; aún anhelante, expectante. —No, por desgracia. La vela sirve en los barcos porque el viento tiene una velocidad... con respecto al agua. Pero en los globos, en el aire, no hay viento relativo. Por más velas que se le ponga, siempre se moverá arrastrado por la masa de aire, con su misma velocidad. El propio globo funciona como vela. —No entiendo bien... —Fíjate: el viento es siempre movimiento del aire en relación con otra cosa: el globo, es el aire. No hay apoyo para una vela. Uno no puede levantarse a sí mismo, ¿comprendes? Solveig asintió, con una sonrisa triste. —Tendrás que bautizarlo, Luciano —dijo. —“¡El Solveig!” ¿Qué te parece? —No está mal... pero ya encontrarás otro mejor. Hacia las once, luego de terminada una fajina especialmente minuciosa, con lavado de cubierta y lustrado de bronces, el capitán mandó reunir a la tripulación y a los pasajeros sobre cubierta e informó que, puesto que en esos precisos instantes estábamos pasando el Ecuador —dio una seña a un marinero, que hizo sonar la campana largamente, entre hurras de entusiasmo— los felicitaba, y se iba a proceder a la ceremonia correspondiente. En tanto la tripulación cantaba y metía bulla y se preparaba para humillar a dos marineros aún no iniciados, el capitán pidió a Solveig que estuviera a su lado. Le puso una capa de raso verde y una corona de hojalata, él se puso una indumentaria semejante y con un tridente de palo en la mano dirigió la ceremonia. El contramaestre embadurnó las caras de los pasajeros con acuarelas y se les ordenó se subieran por una escalera al bote salvavidas que habían izado a popa, al lado de una especie de bañera de madera que iban llenando con baldes de agua de mar. La tripulación, entre bromas y gritos, embadurnaba a los no iniciados con brea y plumas de gallina, mientras Neptuno y su reina, de pie, procedían al Bautizo Ecuatorial de los pasajeros, sentados en el barco salvavidas. Wennberg se dirigió primero a Franco y le dijo: “Yo, señor y monarca de todos los hondos mares y ríos, junto con mi señora reina, he decidido aceptarte como súbdito y brindarte protección. Te bautizo en La Línea con el nombre de... ¡Salmón!”, después de lo cual le echó ron en la cabeza.


Luego fueron los turnos de Madsen, que recibió el nombre de Arenque, y de Radley, a quien honró con el de Sleipner, el caballo mitológico nórdico de ocho patas. A mí me puso Ícaro. Mandó luego Neptuno que se repartiera ron y cerveza para la tripulación y para los pasajeros se abrió una botella de champagne. El capitán brindó, señora reina y caballeros, felicitaciones y a vuestra salud, por que tengamos una buena travesía. Los novatos humillados, llenos de brea y plumas, trataban de emborracharse lo más rápidamente posible en la bañera de agua salada. Estamos a miércoles 7 de julio de 1841; el calor es tremendo y el capitán anda de ceño fruncido porque el viento es poco y el barco avanza también poco, lo que, si la cosa se da mal, anuncia que estamos entrando en la zona de los doldrums, donde más de un barco ha tenido que esperar viento durante semanas y hasta meses, con temperaturas de treinta y cinco y cuarenta grados a la sombra. En los días siguientes Luciano decidió usar el tiempo aprendiendo todo lo posible sobre cabuyería y nudos, para lo cual consultaba a los marineros y al contramaestre y se ejercitaba haciendo una y otra vez ases de gavia, ases de guía franceses y portugueses, sillas volantes, dobles, de vuelta, bocas de lobo. El viento, noreste la mayor parte del tiempo, se mantuvo muy flojo y el barco casi no se movió hasta el 12, pero al día siguiente sopló un poco más, entre bonancible y fresco, y pudimos avanzar, ganando oeste. Al mediodía un gaviero anunció que divisaba velas hacia popa, cosa que no podía verse desde cubierta, pero dos horas después, desde la amura de estribor, por la aleta, se dibujaron sobre el horizonte. A poco se vio que era una goleta. Como soplaba poco y era más pequeña que el Fiercy Albion, iba más rápido, y con ese rumbo no podía sino acercarse, cosa que estuvo ocurriendo hasta el anochecer. Cuando se encendieron los fanales el capitán calculó que estaba a unas siete millas. Todavía no podía verse la bandera. Durante la cena Solveig preguntó al capitán si no podría ser un barco pirata. —Puede ser cualquier cosa, —respondió Wennberg— pero no creo que sean piratas —y agregó con una sonrisa, levantando una copa de vino, como para brindar: —Pero claro, no podemos descartarlo... Madsen sugirió cambiar el rumbo, por seguridad, pero el capitán dijo que si cambiaban el rumbo y era un barco pirata, iban a perseguirnos de todos modos. Además, no cambiar de rumbo podía interpretarse como que no les temíamos, por llevar armamento o cañones. “Los piratas, señor Madsen, son como los lobos, atacan al más débil”, sentenció Wennberg. Si en cambio no era un barco pirata, tampoco tendría sentido cambiar de rumbo. Por la noche el firmamento lucía esplendoroso, no ocultado por ninguna nube pero sí en parte por el velamen. Íbamos con popa redonda y el barco, que por eso no escoraba, tenía todas las velas desplegadas. El capitán estaba en el castillo de popa al lado del timonel y Luciano fue a conversar con él. —¿Y, capitán? ¿A qué distancia estará? —preguntó, señalando con gesto vago hacia las luces del otro. —Imposible saberlo. Lo único que puedo asegurarle es que ahora le


tomamos ventaja. Ya ve que está soplando un poco más. ¿Gusta? —le dijo, ofreciéndole tabaco de mascar. —Gracias, prefiero encender un habanillo de los que compré en Rotterdam... Qué cielo magnífico. Nunca pensé que se vieran tantas estrellas en estas latitudes. —Y estamos en el Ecuador todavía. Ya más al sur verá usted lo que es en realidad. Acompáñeme —le dijo Wennberg, dirigiéndose a proa. —Le mostraré algo. Se ubicó en la lúa de los foques a babor, adonde lo siguió Luciano. Señalando una constelación sobre el horizonte le dijo: —Mire: ya podemos verla. Era la Cruz del Sur. El buen viento hizo que dejáramos atrás la goleta, a la que pronto perdimos a popa, tras el horizonte. Después sufrimos tres días de calma chicha pero cuando ya los ánimos empezaban a decaer empezó a soplar desde el sureste y pronto tuvimos nubes, aire más bien fresco y después lluvia, varios días de lluvia incesante y densa. El capitán aprovechó para completar las reservas de agua potable, para lavar todas las velas, toda la cabuyería, para hacer fregar la cubierta hasta que no quedara ni una gota de sal, para llenar una y otra vez la tina de popa y que se bañara cada marinero, el segundo, el cocinero, el cirujano de a bordo, él mismo y los pasajeros que así lo desearan. Ese atardecer los nubarrones se adensaron y se oyeron truenos, primero lejanos, a la hora siguiente cercanos, con relámpagos que iluminaban a blanco un segundo encandilado de modo que en el instante siguiente al refucilo podía verse entre la lluvia el movimiento de aquellos carbones y algodones del cielo, cercanos, casi palpables. El capitán, tal vez pensando en el confort de los pasajeros, había ordenado seguir la marejada. Cuando la nave se montaba en la cresta de una de aquellas olas altas, largas, aumentaba la velocidad en la barrenada y parecía que fuera volando hasta que la cresta se adelantaba y entonces el Fiercy Albion era frenado, chupado hacia el valle acuático que se formaba entre onda y onda, y enterraba la proa en el mar, pesadamente, formando como dos grandes alas de espuma y agua que caía y sumaba su ruido al fragor de los elementos. Entonces parecía el barco como vacilante, indeciso, hasta que sentían el poderoso empuje de la siguiente ola levantando el buque por la popa, acelerándolo y haciéndolo deslizarse en nueva cresta, en nueva altura que los relámpagos iluminaban en la noche cerrada, en renovado vértigo de avance hasta el reflujo siguiente. Aquel ritmo de pistón de locomotora no cambiaba, a cada momento se sabía lo que iba a ocurrir, cuándo la ola iba a rebasar el barco y cuándo lo iba a remontar de nuevo. No era tormenta sino marejada y mar de fondo; había una ventolina firme pero Wennberg no había mandado arriar ninguna vela ni poner rizos. No se sentía la inseguridad ni la incertidumbre que genera una tormenta en alta mar, aunque durante unos minutos hubo miedo o algo que se le parecía. Mi viejo estaba en cubierta cuando por encima del fragor del mar oyó el relincho de los caballos, un relincho que no era protesta sino espanto, reiterado, angustioso, y enseguida el grito de un marinero que señalaba hacia la cofia mayor y se persignaba.


En lo alto del mástil refulgía la luz azulada de los fuegos de San Telmo, iluminando el velamen con una tonalidad nunca vista, fosforescente, y se percibía en el aire un estremecimiento metafísico, una presencia de lo sobrenatural. Un sentimiento que era una mezcla de horror y admiración, de fe y espanto a la vez habitaba a todos los que estaban en cubierta. A todos menos a Wennberg. En aquel momento en particular, sonriendo cálidamente su bonhomía bajo el impermeable y el sombrero de agua, se acercó a padre y le dijo que ya había visto los fuegos unas cuantas veces, bueno, en realidad cuatro con esa... un fenómeno eléctrico, ¿sabe?, tal vez era flogisto que se encendía, no había que ser supersticioso, qué tal una partida de ajedrez.


4

En los días anteriores habíamos visto aves marinas y el color del agua había perdido el azul profundo del océano a favor de una tonalidad algo más verdosa. Ahora, con tierra a la vista y con viento de través empezábamos a cabotear con rumbo suroeste, paralelos a la línea de la costa que, desde cubierta, se vislumbraba a quince o veinte millas cuando había buena visibilidad. El calor era tremendo. Por la noche el barco empezó a surcar un agua que se iluminaba de verde y blanco fosforescente al golpe de la roda y dejaba una estela de chispas y luces pequeñitas. Al ver aquello padre quedó estupefacto y nos llamó, a madre y a mí, para que viéramos el prodigio. Muchos marineros estaban también inclinados sobre la borda de babor, que era donde más se apreciaba debido a la leve escora del Fiercy Albion. El contramaestre dijo que le decían el mar de fuego. Ahora que escribo esto, vuelvo a vivir aquella noche, aquella luz. Recuerdo la impresión que me hizo la noche estrellada, el velamen a pleno y aquella fosforescencia. A los tres días el Fiercy Albion se acercó más a la costa, que fue recortándose en montañas, azuladas primero, luego marrones, verdes, hasta que se pudo divisar detalles: la orla blanca de las playas, algunos puntos blancos y anaranjados cuando pasábamos frente a poblados. De a poco el viento fue cambiando de amura y empezó a soplar desde el este. Al cuarto día, cuando se empezaba a divisar las elevaciones deRío de Janeiro, con su hermoso Pan de Azúcar, se vieron unas velas a babor, que pronto mostraron ser de goleta. Llevaba rumbo de colisión con el Fiercy Albion; como traía viento en popa se agrandaba a ojos vistas. Luciano calculó que entrarían a la bahía casi al mismo tiempo. Cuando estuvo a tres millas de distancia se pudo ver que era muy probable que fuera la misma que estuvo a punto de darles alcance un mes atrás, cerca de la costa africana. Poco después el viento nos trajo un olor nauseabundo, entre agrio y dulzón. —Es una lástima —dijo Radley, tapándose la nariz con un pañuelo perfumado— que el Imperio británico haya prohibido la esclavitud. —¿Por qué dice eso? —preguntó Luciano, encolerizado. —¿Usted está de acuerdo con la esclavitud? —Mire, Volterra: no es cuestión de estar o no de acuerdo: negocios son negocios. Pero no me va a negar que las condiciones de higiene de nuestros barcos era y es muy superior. Fíjese —y señalaba la goleta—: ¡es un escándalo! Por lo menos... —Ajá. Cuando Gran Bretaña vendía esclavos, era mucho más humano. ¿Es eso lo que me quiere decir? —Usted es quien lo dice. Si usted es liberal, caballero, y de todos modos le parece inhumano, digamos que era, en todo caso, más aceptable. —¿Y cómo sabe que...? ¿Usted fue traficante? —No personalmente —Radley adoptó una fría actitud de superioridad y distanciamiento británicos—, pero mi padre hizo algunos negocios y me contó. Se sabe, Volterra.


—¿Se sabe qué, Radley? Usted es un verdadero cerdo. ¡Váyase al demonio! La goleta seguía acercándose y como la teníamos a barlovento el olor se intensificaba. El capitán mandó virar en redondo y gracias a esa maniobra pronto la tuvimos a estribor. Dejamos que nos sobrepasara. Le pedí el catalejo a Wennberg y vi cómo, al tiempo que se preparaban para entrar al puerto, izaban el pabellón holandés. La embarcación daba una impresión muy acorde con el tipo de negocio que hacía: sucia, despintada, con velas remendadas y manchadas. Continuamos virando y la tuvimos pronto a sotavento. La seguimos durante la entrada a la bahía de Guanabara pero una vez en el fondeadero, cuando se echaron anclas, no fue posible sustraerse al olor. La ciudad se componía de varias poblaciones dispersas sobre una superficie enorme, unidas por caminos carreteros y separadas por los morros de epidermis marrón y verde; era unRío de Janeiro de quebradas, elevaciones y valles que, visto desde el mar con ojos de primera vez, perdía su carácter imaginario, conjetural. El puerto era una inmensa herradura, donde podrían caber la flotas completas de todas las naciones, su estrecha garganta de acceso estaba custodiada en un flanco por el Pan de Azúcar y en el otro por la figura oscura de la fortaleza de Santa Cruz. Veo las islas con sus depósitos de madera, de aceites, de cabuyería, y, tras los muelles, los diques excavados en la roca, los edificios de madera y piedra de la aduana. Imagino sus calles céntricas ya adoquinadas y más angostas e irregulares que las de Montevideo. Imagino su luz, sus habitantes, sus esclavos. Durante seis semanas nos habíamos acostumbrado a compensar de modo instintivo el movimiento del barco; ahora, al desembarcar, sentíamos como si el muelle se balanceara bajo nuestros pies. Consideré, sobre todo por mi esposa, que debíamos esperar un poco antes de ir hasta la ciudad, por lo que nos acodamos en la baranda y miramos el espectáculo. Había barcos europeos y norteamericanos y otros cuyas banderas no conocía, posiblemente de países americanos. Me pareció ver al capitán de la goleta, supervisando en la popa el embarque de los esclavos en los lanchones y balleneras que los llevarían a tierra. Conté hasta quince en una. Iban vigilados por personal del puerto y por marineros. Los hicieron desembarcar en el muelle que teníamos enfrente. Iban casi desnudos; los juntaron en una carpa frente a una dársena. Propuse que fuéramos a ver pero Solveig quería hacer cualquier cosa menos presenciar una subasta de esclavos. “Para sentirme mal, es suficiente con lo que ya vi”, me dijo. Le pedí que me esperara afuera de la carpa y le indiqué que dejara a Franco corretear y saltar a gusto; yo regresaría enseguida. Eran unos cincuenta hombres, mujeres y niños. Los adultos estaban engrillados. El rematador los hacía subir, de a uno o por grupos a un tablado. Con voz de profesional pregonaba la calidad, ponía un precio de base e iniciaba la subasta. Las familias se remataban como tales, si había compradores; si no, el hombre se vendía por un lado y la madre con el niño por otro. Los compradores, una veintena de personas acaudaladas, entre las que no faltaban mujeres, hacían sus ofertas con un sistema de señas que no terminé de comprender. Salí de allí


con una sensación de náusea justo para ver a Radley, que pasaba cerca, llevando de la brida a sus purasangre blancos. Sentí grandes deseos de verlo engrillado junto a traficantes y compradores, camino a la guillotina o por lo menos a alguna plantación de caña. El puerto estaba lleno de vendedores ambulantes. Solveig quiso comprar algo de fruta y agua o jugos. Compramos dos cocos, a los que el vendedor les hizo un agujero a machetazos y bebimos su agua, que nos pareció exquisita. Solveig quiso ir al mercado pero debíamos primero ir a la casa del maestro Esteban Cassarino, el contacto que yo tenía en Río de Janeiro. Así, tomamos un carruaje, le di la dirección al cochero y partimos por las calles, empedradas algunas, de tierra las más. Las casas eran casi todas de un piso, con ventanas enrejadas, y tenían las fachadas pintadas de colores fuertes; algunas tenían azulejos. El cordial maestro Cassarino nos recibió en el pequeño jardín de su casa. Le di la seña y me respondió con la contraseña correcta. Lo primero que hice fue entregarle las cartas y documentos que traía para él junto con un periódico francés que le enviaba Jacques; me agradeció y nos hizo pasar a una sala oscura y fresca. Nos convidó con una jarra de agua, se excusó y salió de la habitación para leer las cartas. Cuando volvió nos invitó a comer y aceptamos. Sirvió un guiso de frijoles negros, arroz y carne de cerdo que nos supo de maravillas y de cuya receta Solveig tomó nota. Conversamos de nuestro viaje y de la situación del exilio italiano en Brasil. Con algunos detalles más, nuestro anfitrión me confirmó lo que ya suponía: ahora Garibaldi debía de estar en Montevideo junto con su compañera Aninha. Cassarino estaba muy informado y el proyecto de la Joven Italia parecía apasionarlo. Le expuse mi idea de usar globos aerostáticos para fines militares y le pareció excelente. En un aparte me dijo que quería presentarme a alguien a quien me interesaría conocer y que podría darme contactos útiles en Montevideo. “Es todo un personaje”, me adelantó. Acordamos que esa noche yo regresaría solo, y que entonces el personaje todo estaría allí. No era que yo dudase de la discreción de Solveig, ya puesta a prueba en innumerables ocasiones, pero no quería inmiscuirla en mis asuntos más de lo necesario, amén de que deseaba ahorrarle a Franco una noche en casa ajena. Tomamos un café en pocillos muy pequeños; estaba fuerte y dulce. Me aseguró el maestro que así se bebía en Brasil. Hacia las tres de la tarde nos despedimos. Solveig me dijo que le gustaría soltar a los cuclillos allí, en Río. No era una sugerencia, ni siquiera una información, sino una orden amorosa. Franco se puso a llorar, pero lo calmé hablándole de lo mal que los pájaros la habían pasado encerrados y de lo bien que se sentirían al estar libres, y, sobre todo, prometiéndole comprarle otras aves en cuanto llegáramos a destino. Una vez de regreso en el puerto Solveig resolvió soltarlos donde hubiera árboles, y por hacerle el gusto tuvimos que preguntar por un parque o lugar semejante. Un cochero aceptó conducirnos hasta Tijuca, una floresta no lejana, aseguró, y para allí partimos. El viaje sin embargo duró su buena hora, lo que no


dejó de parecerme excesivo tratándose de soltar pájaros. Al fin y al cabo no estarían menos libres en el aire carioca que en el tijucano, pensé, y no lo dije. Por suerte: era aquel un lugar exuberante que nunca podría haber imaginado. El aire húmedo estaba repleto de cantos de pájaros y los árboles, de gruesos troncos, de copas como gigantescos cúmulos verdes, soportaban el ataque lentísimo e implacable de las enredaderas. Bajamos a estirar las piernas y abrimos la puerta de la jaula. Los cuclillos se negaban a salir. Parecería que a veces hay que imponer la libertad; los tomé, se los di a Franco y él los soltó. Volaron hasta el árbol más cercano y pronto no fue posible distinguirlos más. Quien estaba esperándome en casa del maestro resultó ser un hombre bajo, fornido, de brillante calva, de grandes bigotes retorcidos hacia arriba, de maletín. Cassarino me presentó primero y cuando se dirigió al invitado para presentármelo, él mismo se presentó como el doctor Adadus Calpe. Era español. —Usted se preguntará de dónde viene mi nombre —postuló, equivocado, de sonrisa displicente, y continuó—, pues, le diré, si usted no lo ha adivinado ya, que es un anagrama, es mi seudónimo artístico-literario, digamos. Usted lo ha dicho: Mi nombre verdadero es Deodoro. Antonio Deodoro de Pascual. Hacía varios años que yo no practicaba el castellano que había aprendido en España pero le respondí lo mejor que pude y, sin duda, con uno mejor que el italiano que Adadus Calpe, definitivamente, no hablaba, pese a lo cual, después de haberme oído la respuesta, le inspiré lástima. Manifestó que hablaríamos en italiano y la emprendió con una asombrosa jerigonza que resultaba más difícil de entender que el castellano. Decía cosas como “capichi honorebole siñorine”. El anfitrión nos sirvió una excelente bebida del país hecha con aguardiente de caña, limón exprimido con su pulpa, azúcar y hielo. Estaba muy orgulloso de su reciente adquisición, a la que llamó con el ingenioso nombre de “heladera”. Era un mueble forrado de metal, con una tapa arriba que, al abrirse, mostraba el lugar donde se ponía el hielo. “Es que el aire frío desciende”, creyó revelarnos. Adadus se vació su vaso de un trago y enseguida se sirvió otro que, a pesar de aquel comienzo entusiasta, hizo durar toda la velada. Que le dijera, ¿cuáli cherano sus planiamienti pelo Montipiteo, siñori Volterra? Miré a nuestro anfitrión, el siempre alegre maestro Cassarino, quien hizo un gesto ambiguo y resignado que interpreté como que decidiera yo si confiarme en él o no. ¿Globos? Adadus hizo un gesto como si le estuviera hablando de un juego de niños. ¿Usted sabe quién hizo el primer aeróstato? Los hermanos Montgolfier, evidentemente, señor Adadus. Pero no, mi amigo. Lo hizo un brasilero, mucho antes que los franceses. ¿Ajá? Sí, en 1713. En Lisboa. Miré a Cassarino, quien me hizo un vivo gesto de que así era. La Passarola se llamó el aeróstato. ¿No la conoce? Pues un aeronauta tendría que saberlo. Fue el fraile Batolomeu Lourenço el que la hizo. Y voló, desde luego. Lo que pasa es que los franceses... ¡Ah, los franceses! Lo único bueno que hicieron para la humanidad fue cortarle la cabeza a un par de reyes, y con ellos al Antiguo Régimen. Y se reía con una risa socarrona.


Le pedí que me hablara de la Passarola y prometió darme unos dibujos y un artículo sobre el tema que él había publicado en un periódico. Porque él era, entre otras cosas, periodista. “Ahora soy ministro de España en este país bárbaro, digamos: soy funcionario en un ministerio de la monarquía brasilera”, me dijo, no sin orgullo. ¿Lo entendía? No iba a faltarnos información y contactos, claro que iba contra sus principios trabajar para dos monarquías pero qué no hacía uno por la causa, en fin; sí, era periodista también. Actualmente estaba redactando su Rasgos memoraveis do Senhor Dom Pedro I Imperador do Brasil, Excelso Duque de Bragança. Un tipo progresista, y tan antimonárquico que con tal de no ser rey se hizo nombrar emperador. Y estaba juntando material para escribir sobre la Historia de Uruguay, para lo cual iba a viajar a ese país para consultar unos materiales inéditos de unos archivos particulares y, desde luego, para entrevistarse con Garibaldi, viejo conocido suyo. ¿Lo conoce, señor Adadus? Claro, vive con su esposa Aninha, en la calle Portona, o del Portón. Le daré la dirección y una carta para él. Pero volviendo a mis ocupaciones, le revelaré que ya tengo la estructura del libro, que titularé, modestamente, Apuntes. —¿Apuntes? —Sí, apuntes para la historia, fíjese el detalle, con minúscula. El título completo es Apuntes para la historia de la República Oriental del Uruguay, desde el año 1810 hasta el de 1841 basados en documentos auténticos públicos e inéditos y en otros datos originales, extraídos de los archivos y bibliotecas nacionales y particulares de Europa y de la América de orígen Ibero, y robustecidos por la tradición oral de testigos oculares de los hechos. “Discúlpeme usted el español”, dijo, volviendo a su jerigonza. “Claro está, quizá, debido al volumen tremendo del material, deba reducirme a menos años. Quizá hasta la declaratoria de la llamada Independencia. Además, estoy escribiendo una novela: El que a hierro mata a hierro muere o los dos padres.” Me miró para ver la impresión que aquellos alarmantes títulos habían hecho en mí, y me preguntó enseguida: —¿Usted tiene pesadillas? —Sí, a veces. —Entonces permítame que le obsequie un elixir de mi invención que se las quitará para siempre — y abrió su maletín, donde tenía varios frascos, extrajo uno y me lo dio. —Basta una gota en un vaso de agua antes de dormir. Es el llamado “Elixir celestial”. Le agradecí bajo la sonrisa protectora y, debo suponer, aprobatoria de nuestro anfitrión. Como vio que yo miraba con interés hacia los otros frascos, me explicó: —Es que soy inventor de un método (digamos mejor: de un sistema) para soñar. Este es un elixir seráfico, también llamado “de los placeres místicos”. Es para los tres patas, me entiende, para hermanos oficiales o maestros, de grado dieciocho para arriba, aunque claro que también se puede vender a no iniciados, pero entonces ya bajo estricta ordenación médica, es decir: mía. Este otro, mi


amigo, es un elixir heroico-afrodisíaco, con el que se goza —en sueños, claro está— del paraíso musulmán, con hazañas eróticas y de las otras. Este otro, finalmente, es el llamado “Elixir luciferino”, con el cual el paciente o el cliente puede hundirse, si así lo desea, en el más espantoso infierno de pesadillas. Este hay que consumirlo una vez por mes más o menos o según ordenación médica: tiene efectos sedantes durante la vigilia. —Ya que estás, Adadus —intervino el maestro—, cuéntale a Volterra de tu ingeniosa horca. —¡Mi “ingeniosa horca”! Tú lo dices como burlándote, porque no te has animado a probarla... No, señor Volterra, no es nada de temer. En realidad no cuelgo al paciente, sino que es un aparato que le va estirando y oprimiendo el cuello acá en la cervical, estando el paciente sentado o acostado, con un sistema de tornillos. Como el del garrote vil pero sin ser tan definitivo... En realidad es un portentoso invento, que he bautizado Funi fantasmagoria. Tiene la propiedad de sobreexcitar la médula espinal. No pude sino asegurarle que me parecía interesante, pero que no necesitaba que me sobreexcitara la médula; con el elixir estaba yo muy satisfecho y agradecido. La velada se prolongó hasta pasada la medianoche sin que pudiera determinar si hablaba en serio cuando nos confió que su mayor virtud era la modestia o cuando dijo que tenía pensado fundar una revista transatlántica de arte y modas, literaria, científica y de costumbres. Pero entre asombro y revelaciones sobre su vida y hazañas, pasadas o venideras, el señor Adadus Calpe tuvo a bien proporcionarme valiosos datos sobre lugares y personas de Montevideo. El día siguiente a nuestro arribo estuvimos en un mercado y Solveig quedó impresionada. Los colores, mira, no veas sino mira, no oigas sino escucha, el mercado es un panal enorme, las palabras se funden y combinan en un murmullo de fondo, las aes transformándose en oes nasales, el zumbido de las eses que destierran todo silencio crudo, oh esplendor del mercado polícromo, movedizo, la explosión de los rojos y naranjas, de amarillos y verdelimones a sol y sombra, deslumbre y reposo, ella tirándole de la manga, espera un poco, Luciano, ya encontraremos más mimbre, sígueme por acá, ¡mira esas frutas! ¿las conoces?, pregones, sonidos hechos feracidad, hechos grana exuberante en las fritanga de sartén fulgente, aceitoso, escamas de abacaxí, archipiélago de manchas en los guineos, mosto de granadas, espumas de mameyes, deleite en las frutas por doquier sobre puestos interminables donde no se ven uvas ni manzanas ni se reconoce una pera y no hay rocío sino de higo maduro, Luciano la arrastra, su camisa manchada de sudor en la espalda, su cabello rojizo, único en la turbamulta y a los lados de la calzada de la feria más y más puestos, escuadrones de gente de cabellos crespos, de rostros ebúrneos y negros ojos de fámulos que la miran, oh deseo, a su garganta marfileña, a sus ojos de candil al levantar la mirada para no cegarse en las eras de plantas a la venta, de jaulas con palomas torcazas y aras multicolores, sin píos mas con pequeñas risas cascadas cuando hienden la guanábana o el zapallo, aves nunca antes vistas ni soñadas


que parecen bañarse en verdes y rojos y azules robados al aire transparente de la mañana y lleno de aromas de especias, entre frascos de miel oscura, balanzas que pesan membrillos ahí, trozos de sandías allá, cajones con pescadilla y centollas cuyos olores tapan a los de las coliflores de al lado y hasta mira, Franco, monos, monos. Enjaulados. Almorzamos luego y recorrimos el centro de la ciudad, la más grande de la América meridional, y muy animada. Por la tarde escribimos cartas: a Mazzini; a Jacques y a mis parientes en Massicelle; las despachamos en la oficina de la aduana. Partirían, nos aseguraron, dentro de dos días, en un tres mástiles francés. Unas horas antes de que partiéramos Adadus Calpe se hizo llevar hasta el Fiercy Albion, subió a bordo y, tal como había prometido, me entregó cartas de presentación para contactos en Montevideo y un pequeño dossier. Adentro había un recorte de su artículo y dibujos y apuntes sobre la nave aérea del brasilero fray Bartolomeu Lourenço. La estadía de mi padre Luciano enRío le había servido para hacerse a la idea de que el mundo que enfrentaba en el Nuevo Mundo era en verdad nuevo en muchos, casi demasiados sentidos. Al menos para él. La gente tenía otros ritmos, incluidos los musicales, otras costumbres, otros intereses y preocupaciones. La comida era diferente, así como la naturaleza, los olores, los sonidos, los colores. No le impresionó tanto el paisaje de Río como, por ejemplo, la naturalidad con que unos seres humanos podían adquirir a otros seres humanos por un puñado de monedas y salir luego, las damas sonriendo bajo sus sombrillas, los hombres departiendo, galantes, con ellas o con otros caballeros; lo impresionó el colorido de las casas y el fausto con que adornaban las mansiones señoriales, los carruajes y la vestimenta, el buen pasar de una minoría de notables al mismo tiempo que pululaban verdaderas hordas de niños haraposos, de mendigos y desocupados, gente que vivía a la interperie y enfermos con llagas que mucho se parecían a la lepra. Pese a que le repugnaba la idea de vivir en una monarquía, contra la que Garibaldi había luchado durante años, había que aceptar que para un hombre de sus características la ciudad de Río tenía atractivos suficientes como para tentarlo a quedarse allí, al menos unos meses. Pero fueron dos días, apenas un fin de semana. Se habría quedado más, y de muy buenas ganas, de no haber sido porque sentía la responsabilidad de asegurarnos una mínima estabilidad, de no desviarse de lo que nos había prometido. Además, y sobre todo, le urgía ponerse en contacto con el hombre de la Joven Italia que, de acuerdo con Mazzini y las noticias que de él tenía, más apoyo podría brindarle para llevar a cabo su idea. En efecto, Garibaldi había demostrado una y otra vez su entereza, su arrojo; como él, era un visionario. Abandonó Río, pues, con una mezcla de ganas de volver y ansiedad por llegar de una vez a Montevideo. Zarpamos el lunes 19 de julio por la mañana temprano, sin el señor Madsen y en cambio con un canónigo de la Banda Oriental y dos jóvenes italianos que iban a Montevideo. El mar era de un verde esmeralda que le recordaba a mi padre las aguas de Cabo Palinuro, Maratea, Salerno, la costa amalfitana, solo que en ese


invierno hacía un calor húmedo que apenas disminuía por las noches. El Fiercy Albion navegó rumbo al suroeste con la costa a la vista y viento de través durante el primer día y la primera noche; luego tuvimos viento en contra y hubimos de bordejear dos días. Al llegar a la altura de Porto Alegre cambió el viento y un Este con lluvias cerradas nos llevó a diez nudos durante tres días más hasta que llegamos a costas de la República Oriental del Uruguay. Wennberg se alejó entonces de la costa para evitar cualquier complicación con la zona de Valizas y el Cabo Polonio, donde tantos barcos se habían desgraciado. El viento, que en los últimos días había cambiado de cuadrante a cada rato, empezó a soplar fresco del sureste y el mar se levantaba más y más debido a que eran aguas poco profundas. El barco cabeceaba con violencia y como teníamos vientos de través los rolidos eran fuertes. El barómetro continuaba bajando y pronto empezó a llover. Wennberg mandó poner rizos en la velas y dos horas más tarde dispuso que se arriaran unas cuantas. El viento arreciaba y la lluvia también; no era conveniente ponerse a la capa porque la costa estaba a sotavento, cercana. Ya habíamos dejado atrás La Paloma y lo que se llamaba entonces el Puerto del Inglés estaba todavía lejos. El más cercano era el de Maldonado y a las cinco de la tarde lo teníamos a treinta millas. Entrar de noche y con esa tormenta no era aconsejable, pero convenía al menos acercarse para aproar con las primeras luces. No podíamos ir contra el viento y tampoco navegar paralelos a la costa porque los rolidos eran excesivos, de manera que Wennberg eligió orzar a mar abierto, ganando sur, para luego cambiar de amura. El capitán conocía muchos barcos y parecía ser de la opinión de que el mejor entre los mejores barcos del mundo era el suyo, de manera que no había llamado la atención a Luciano verlo sereno durante aquellas horas. Tras una navegación muy penosa, que incluyó oraciones fervientes del canónigo, que se las arreglaba para hacerlas entre vómito y vómito, llegamos a las cercanías de la isla de Gorriti hacia las veintitrés horas y vimos entre la lluvia cerrada alguna luz, quizá del puerto, pero el viento soplaba con mucha fuerza y como había bajíos y rompientes enfrente de mosotros era claro que no convenía entrar sin un práctico a bordo. Solveig sufría de mareos; como siempre lo hacía en esos casos, pasó toda la navegación en la hamaca. Con esa tormenta y a esas horas no era razonable esperar a que justo entonces llegara un práctico, así que lo más prudente era hacer lo que se hizo, según órdenes del capitán: echar las dos anclas y esperar afuera, a tres millas de la entrada a la bahía de Maldonado. El fondo era arenoso y el barco, empujado por el muchísimo viento y el oleaje, empezó a garrear hasta que dió fuerte contra unos bajos de piedra, produciéndose un descalabro de cuadernas con entrada de agua en la bodega.


Informe sobre los sucesos de los días 23 al 27 de Julio relacionados con el naufragio del buque de bandera inglesa Fiercy Albion. Señor Prefecto del puerto de Maldonado: Amaneció el veinte y tres el viento a velocidad invencible y cambiando de sector. Junto con el Práctico abordamos no obstante al buque llamado Fiercy Albion, que se encontraba a unas tres millas al SE de la Isla Gorriti, con una lancha de este puerto. Se llamó el viento al ENE y preguntamos al Capitán por las propiedades y porte del buque. Reviramos al NNO con el objeto de fondear, lo que se verificó afuera del puerto, y como a tres millas de la punta de la Ballena y así permanecimos hasta el anochecer porque el temporal no amainaba. Yo le propuse al Capitán que siendo el viento fresco y favorable podían continuar la navegación para el puerto de Montevideo, pero debido a que la nave tenía un pequeño rumbo bajo la línea de flotación díjome que habían de hacer las reparaciones del caso. Todo el día y toda la noche estuvo el viento del N.E. al E. con mucha variedad en su fuerza sin que fuera posible por la tormenta hacer un rumbo seguro. El día 25 amaneció neblinoso pero con mucho viento, distinguiéndose como a medio día la Punta de la Ballena al N.N.O. a una distancia como de seis millas, lo que nos manifestó lo mucho que habíamos garreado durante la noche anterior. Como a las 8, dejando a bordo al Práctico me embarqué con un oficial segundo comisionado por el Capitán y un canónigo que venía de pasajero, en la lancha que me condujo a bordo, con el fin de tomar la punta de la Ballena, y venirnos más tarde al puerto, pero la cerrazón ocultó la punta, y viendo que por la misma causa íbamos a perder de vista el Fiercy Albion, sin tener luz que nos dirigiese decidí regresar a bordo y pasar allí la noche. El 26 por la mañana refrescó el viento y suspendimos la maniobra que habíamos iniciado, echando ancla, pero al mediodía abonanzó y el patrón de la lancha vino a decirme que se quería ir, lo que le permití de mal grado, llevándose con él baúles y pertenencias de pasajeros, quedándome yo a bordo por estar mojado, ya que estaba lloviendo, por tener mucha distancia que andar y podía tomarme la noche, y por estar mal dotada esa embarcación menor para tales diligencias, de manera que resolví esperar mejor ocasión, si el viento se hacía favorable. Como a las 3 apuntó la ventolina por el S. la cual fue poco a poco refrescando, y serían como las 5 y media cuando dimos la vela con las gavias, el trinquete y el mayor, con el fin si no de tomar el puerto antes de cerrarse la noche, a lo que el Práctico no se determinaba, por lo menos fondear a la boca, para usar el bote salvavidas y que se remediaran lo más pronto posible las urgentes necesidades de todos y las del buque, que tenía ya agua en la sentina y en la bodega. El tiempo continuaba con niebla muy espesa. Mandé luego al Práctico gobernar primero al N.E. y luego al N.N.E. con la mira de reconocer la costa y la Punta de la Ballena, lo que verificó a su satisfacción, y dirigió el buque hacia el puerto, reconociendo la isla de Gorriti y la Punta del Este, sin perder de vista la Ballena. Mandé cargar el juanete, y después el trinquete, y pareciéndome se resguardaba mucho de dicha isla quedando poco abrigado de ella, que es la única seguridad de este puerto, le dije e insistí por mas de dos


veces al Práctico para que la atracásemos más y en diferentes ocasiones me contestó que salía mucho una punta de ella hacia el N., y que próximo a la costa había más fondo, y así mandaba por el contrario orzar. En efecto veníamos entre dos luces como por la mediana de la distancia que hay entre una y otra tierra, y tocamos con la quilla, estando según los pilotos en 15 pies de calado, y en el puerto de agua clara y fondo arenoso, pero mandando el Práctico orzar más y sin detenerse el navío en el andar, rebasamos ese riesgo. No tengo presente si cuando este acaecimiento ya había mandado el Práctico cargar la gavia. Seguimos fondeando con velacho y sobremesana y el Práctico con la sonda en la mano anunció cinco brazas, próximos más a la costa que de la isla, mandó dar fondo a un ancla. Poco resguardados, a mi parecer, cargaba el temporal, pero el Práctico así lo había elegido a su satisfacción, diciéndome cuando le advertí atracásemos más contra la isla de Gorriti, que no había bastante agua para aquel buque. Me contenté con haberlo prevenido, pero no me determiné a embarazar sus funciones por solo mi dictamen, haciéndome responsable sin ser yo Práctico de este Puerto sino Subprefecto, y más habiendo tocado fondo el navío poco antes, tan inesperadamente para mí (pues si yo lo hubiese dirigido como a mí me parecía lo habría encarado al entrar y habría sido un error mayor), de forma que habría sido un crimen, conociendo mi ignorancia, limitar las facultades del Práctico por mi sola autoridad. El Capitán del buque mandó, pues, dar fondo a un ancla por disposición del Práctico; yo no la sentí caer, y a otros muchos oí decir lo mismo, se arrió y cargó el velacho, dejando la sobremesana en viento, con la cual me di cuenta de que aproaba la embarcación, por lo que el Práctico dijo que tirasen la otra ancla de proa, a lo que preguntó el Capitán que qué fondo había, y contestando el ya referido que cinco brazas díjele que era imposible que con aquel viento (que entonces principiaba a refrescar llamándose al sector S.O. y aumentando por grados) se trabase el navío el ancla, que sería efecto de la corriente; el Práctico echó el escandallo y lo sacó sin replicar, por lo que vi que estaba conforme con mi observación. En efecto el buque enfachó el viento, que seguía refrescando, y habiendo sondado se halló cuatro brazas de fondo, pero lo atribuyeron a que la embarcación iba para atrás hasta recobrar el cabullo del ancla, que yo no sé cuantas brazas tendría. El Fiercy Albion, siempre inquieto, no aproó sino algunos momentos, y las dudas que se nos ofrecieron y que quedan dichas retardaron el dar fondo a la segunda ancla, lo que unido a la corta distancia que debíamos mantener en virtud de las cuatro y media brazas largas en que decía haber a popa y a la lentitud de las maniobras, ocasionaron la varada, y por consiguiente la pérdida de personas que siguió. Paréceme que tardaríamos a lo sumo tres cuartos de hora desde que dimos fondo hasta que varamos de popa, siempre dando caladas por la marejada. El viento fue arrojando la proa con la segunda ancla que dio también fondo al tocar sobre babor y quedamos para siempre varados con todo el cuerpo del buque, tumbados sobre estribor, sondando tres y media brazas de agua y fondo de arena, y en ese estado el viento que había sido S.O. fresco viró al S. con más fuerza, siendo ya una franca y muy fuerte tormenta, la mayor de este invierno y de tres o cuatro años o más acá.


Cuando encallamos de popa díjele al Capitán que convenía tender un cable hasta la costa pero me arguyó que con el viento que iba refrescando y la mar picándose cada vez más, y el mucho tiempo que tardaría semejante maniobra, que no era conveniente, y en efecto, antes de que se hubiera bajado el bote salvavidas al agua con mucho ya fue preciso cortar primero los masteleros, ya que no había quien pudiera arriar las velas, y después los palos según el apuro de la situación lo fue pidiendo. La proximidad del peligro que crecía aumentaba la confusión y sobresalto, y más por hallarse en bodega dos caballos que relinchaban y contribuían a que todos estuviesen nerviosos en extremo, de forma que hasta las disposiciones más necesarias se hicieran con mucha dificultad y aun sin concluirse, por ejemplo no se atinó por no poderse, cortar los acolladores de sotavento, lo que nos perjudicó mucho. Se picaron primero algunos masteleros y después los palos y después se tumbó mucho el buque de forma que entraba mucha mar sobre cubierta, y se vio que ya no se podría enderezar ni poner el navío a flote nunca más, acompañando a esta funesta desgracia el principiar la noche, y esto con gran obscuridad. En el transcurso de ella cedió un poco la mar y aunque propuse al Capitán que si lo disponía echásemos al mar el bote salvavidas para poner alguna gente en tierra, no fue practicable por estar toda la arboladura a sotavento prendida del costado, la marejada venía por la aleta de babor y estaba obscuro sin que se pudiese ver nada. Pero si hubiese sido posible se me señaló lo difícil que sería hacer regresar el mencionado bote salvavidas, sobre todo si cargaba el tiempo como en efecto al poco rato sucedió. La chalupa referida que estaba a popa era sin embargo la única con que se podía contar. Cuando estuvimos libres de las principales urgencias se encendió y disparó una bengala por si alguien la veía y dar aviso al puerto y se vieron luego tres fogatas en la playa. Al amanecer se pensó mandar algunos cabos a tierra en maderos o algo semejante pero los que había ya estaban bajo agua; a esa hora ya estaba el navío estropeado, con la borda de sotavento debajo del agua y no teníamos más esperanzas que en los dudosos auxilios de tierra, o en alcanzar la costa con algún madero, pues el tiempo no daba muestras de abonanzar. La chalupa salvavidas ayudé a echarla al agua para que, según dispuso el Capitán, subiese a ella una Señora pasajera en estado interesante y el señor canónigo, dirigiendo esta operación con muchos trabajos. Al fin fue al agua con dos marineros tomando de amarra uno de los cabos de la maniobra de popa. La Señora que tenían a bordo dispúsose a intentar subir pero enredóse entre los destrozos de la arboladura; de tal modo que no se pudo zafar en mucho tiempo. Durante el entorpecimiento se embarcaron en la chalupa por los palos varias personas de la tripulación y el canónigo y cuando quedó libre el Capitán fue a popa y la mandó atracar, lo cual verificado nos embarcamos por orden del Capitán la Señora, su hijo y marido, y yo, que había permanecido desde poco después del amanecer en aquel lugar, me aproveché de tan inesperada ocasión embarcando asimismo. En el camino a la costa volví la vista sobre aquel doloroso cuadro que acababa de abandonar y vi todavía la parte de la obra muerta del buque con gente arriba. La chalupa iba demasiado cargada y a más de la mitad de camino


se volcó con una ola de las que se levantan cerca de la costa, a media milla de la arena, ahogándose la Señora, el canónigo y un pasajero italiano, sin que nadie pudiese impedirlo, aunque los cinco restantes de la chalupa pudimos llegar a la orilla salvos y ayudados por las olas hacia las nueve y cuarto de la mañana. Estaba yo tan aniquilado y aterido, y me atacó una tal tristeza, si que mezclada con la alegría de verme salvo, al considerar las víctimas del naufragio a tan corta distancia de la costa, que casi desfallecí y un mozo me condujo a mi casa, y me puse en cama para recobrarme un tanto antes de dictar este informe. He contribuido con los medios todos a mis alcances y, pese al conocimiento de mi facultad de Subprefecto no he actuado de modo de privar de sus funciones y autoridad, ni al señor Práctico de este puerto, ni al Capitán del Fiercy Albion, encontrándome con el mayor dolor por la desgracia acaecida. He sabido que últimamente han llegado a la playa vivos por distintos medios bastante gente, entre ellos el Capitán, el dueño de los caballos y uno de ellos y alguna marinería. Yo quedo enfermo y sin poder salir de mi casa a causa del pasado padecimiento y fiebre y por lo tanto no puedo dar a Usted un detalle de la cantidad y calidad de los individuos náufragos ni de los salvos. Maldonado, a Martes 27 de Julio de 1841 El Subprefecto de Puerto Aparicio Andrade Sastre El capitán Wennberg, quien fue el último en abandonar el Fiercy Albion, se embarcó casi enseguida en un bergantín francés rumbo a Buenos Aires para contactar al representante de la Lloyd en esa ciudad. Viajaron junto con él el señor Radley con su único sobreviviente árabe. Aprovechando que Wennberg haría escala en Montevideo, Luciano envió con él la documentación que traía para Garibaldi. Habiendo perdido a mi madre, casi todas las pertenencias, y sin seguro que lo cubriera, a mi viejo solo le quedaba trabajar para que pudiéramos sobrevivir al dolor y a la miseria. Por un lado, tenía que ganar dinero suficiente para el pasaje y el alojamiento de las primeras semanas en Montevideo; por otro, quería conocer un poco el país y su gente, informarse de la situación política y militar, practicar el español y olvidarse por un tiempo del ambiente de a bordo, que tan malos recuerdos le traía. Consiguió dejarme al cuidado de una señora que tenía varios hijos, algunos de mi edad, y se empleó en una curtiembre primero y en una herrería después. Tres meses más tarde consideró que estábamos en condiciones de continuar el viaje, cosa que hicimos un domingo de principios de noviembre en un barco con bandera brasilera que había recalado en la Punta. Después de ponerse de acuerdo con el capitán, padre fue a cancelar sus cuentas, se despidió de sus conocidos e hizo transportar nuestras pertenencias a bordo.


El segundo nos acomodó en un camarote. El suave balanceo del buque arrancaba quejidos a las cuadernas y a veces golpes secos, como si la madera se sacara mentiras. El olor a brea y humedad le intensificó a Luciano el recuerdo del naufragio y la muerte de mi madre. Se sintió miserable, desamparado, acosado por la pleamar de una tristeza opresiva. Se obligaba a leer y al cabo de la página no sabía qué había leído porque las imágenes del naufragio, de las últimas horas junto a Solveig, se sucedían sin que pudiera pensar en otra cosa. Partimos al amanecer con viento favorable, navegando hacia el oeste con la costa a la vista por el río más ancho del mundo, por el río más peligroso del mundo, por el río que más naufragios y vidas había cobrado del mundo. El agua se iba tornando turbia a medida que avanzábamos y pronto, a la altura del Puerto del Inglés, cobró un color avioletado que, a medida que el sol bajaba hacia la proa, reflejaba tonalidades plateadas. Hacia las cinco de la tarde dejamos una isla a babor y poco después el avance del barco agrandaba un cerro, el interminable collar de playas pareció acabarse y empezaron a divisarse algunas construcciones. Primero fue la catedral, sus dos torres con cúpulas cuyos mosaicos reflejaban los rayos del sol como si fueran faros; luego empezaron a verse casas blancas y restos de murallas. A medida que encarábamos la amplia y profunda ensenada de San Felipe y Santiago, la “Muy Fiel y Reconquistadora” ciudad de Montevideo, fueron aparecendo mástiles y embarcaciones: fragatas de la flota de guerra francesa y británica, buques mercantes españoles, brasileros, norteamericanos. Escalonada desde cierta altura hasta el embarcadero y los muelles, la ciudad se concentraba en la penísula oriental de la bahía, el mejor puerto del Atlántico sur y bueno como no había visto otro, con barcos majestuosos anclados a pocos cables de los muelles. Ahora, cuando la marinería arriaba las velas y preparaba las anclas para el fondeo, se veían dos baterías de cañones, restos amurallados de la antigua ciudadela y casas de fachadas claras, blancas y rosadas, algunas de las cuales ostentaban orgullosos miradores, de madera los más y los restantes de piedra, que se alzaban dos y hasta tres pisos. Cuando echaron las anclas el Cerro, al oeste, ya ocultaba el sol. Una vez desembarcados, sorteamos los trámites aduaneros sin inconvenientes. Mi primera providencia fue resolver el alojamiento, ya que estaba anocheciendo. De no haber sido por el equipaje —las distancias en el núcleo urbano eran como para hacerlas a pie— habría caminado cargando a Franco en los hombros, pero contraté un carruaje, le di instrucciones al cochero y nos dirigimos a la calle de San Gabriel, donde estaba una posada regenteada por un italiano. Me la había recomendado Adadus Calpe. El contraste con Río era notable. Mientras avanzábamos por las calles, de tierra las más, como las de Río de Janeiro, las menos empedradas con adoquines lisos y oscuros, yo observaba los detalles con avidez de sobreviviente. Montevideo nos había recibido, indiferente, pequeña, cosmopolita, con más franceses que nativos, con casi tantos italianos como nativos, con casi tantos esclavos y manumisos como nativos, con centenares de exiliados argentinos. Al servicio de una élite pequeña y muy activa de patricios y barraqueros, de prestamistas y navieros, de abogados y latifundistas se veía una nutrida


población de sirvientes, jornaleros, cocheros, lavanderas, esclavos y artesanos. Los mercaderes tenían sus negocios uno al lado del otro, con carteles que los anunciaban e ilustraban en diferentes idiomas. En esta pequeña Babel fortificada se oía hablar, sobre todo, francés, italiano, español, inglés y portugués. Pululaba por doquier una cantidad asombrosa de perros. Observé que muchos eran de tamaño mediano, fuertes, de piel lanceolada, colas largas y cabeza grande y ancha, como si fueran de una raza específica, pero desconocida. Por lo pronto, y para mi decepción, por esas calles céntricas no había alumbrado a gas, lo que no dejé de anotar mentalmente. Al llegar, ya estaba pensando en cómo contactar a Garibaldi. —¡Llegamos, Franco! ¿Estás contento? —le pregunté. —¿Acá vamos a vivir? ¿Hay niños? —me contestó, quizá decepcionado. — Vamos a ver. Ya conseguiremos un cuarto propio, tal vez una casa. — ¿Va a comprar los pájaros, padre? — Sí, seguro, te lo prometo. — ¿Cuclillos, como los que teníamos antes? — Más bonitos que los cuclillos. ¿Estás contento o no? — No, padre. ¿Por qué? Claro, ¿por qué habría de estar contento? Qué tenía él que ver con los globos, con las logias, con Garibaldi; qué estaba haciendo en esa remota ciudad americana. Lo miré como si lo viera por primera vez y sentí una oleada de ternura. Estaba de pie sobre la acera, inquieto, un poco chueco en los botines que ya le apretaban, con el pantalón sucio de dril, con la chaqueta marrón, pese al calor, abotonada hasta el cuello, con su gorra de pequeño vigía lombardo. Era un niño serio, preocupado, con una sombra de tristeza en los ojos; casi ignoraba qué y cómo era un chico o una chica de su edad, estaba acostumbrado a navegar en alta mar y desacostumbrado al calzado, no sabía sino tratar con uno y otro y siempre otro adulto. Decididamente, le faltaba una madre, una casa, unos hermanos o amigos, un ambiente tranquilo.¿Habría internados donde ubicarlo? ¿Podría yo solventar ese gasto? De pronto nubarrones de problemas prácticos y éticos, mediatos e inmediatos, se me presentaron en el horizonte, se acumularon, enormecieron. Franco era como un querido lastre para mis planes. Con él a cuestas no podría ganar altura, pero tampoco podía arrojarlo por la borda. — ¿Eh, padre? ¿Qué le pasa? ¿Por qué me mira así? — Nada, hijo. Dime, ¿qué quieres hacer? — Pis.


5

El dueño de la posada, un hombre de pobladas patillas entrecanas, de aspecto decidido, nos recibió con una sonrisa que parecía pegada a una sarta de preguntas: —Ah, italiano, ¿de qué región?... ¿Es la primera vez que están en Montevideo?... ¿Cuántos días se van a quedar?... La voz era clara y de registro alto. Parecía que modulara una aria de zarzuela, lo que, sumado a su sonrisa, le daba un aire de alegre despreocupación que tendía a contagiarse, a mitigar las preocupaciones de Luciano, su interlocutor, quien, antes de responder, preguntó por un escusado para mí. ¿Podía dejar allí el equipaje en tanto? —Eh, seguramente. Déjeme cerrar la puerta primero. Por acá por favor. Siéntase como en su casa, acá está, él, ¿no necesita ayuda? Bravo niño... Todavía se ve, si dejamos la puerta abierta, eso es. Y entonces, ¿cuándo viene la señora? Mi viejo me ayudó a desabotonarme y no respondió; luego le dijo al posadero que disculpara, era la urgencia, y se presentó: piamontés, de Novara, y le contó lo esencial del viaje. El dueño de la posada se llamaba Pietro Luca, lamentaba mucho la desgracia, señor Volterra, hacía nueve años que estaba en Montevideo, también él tenía responsabilidades: una hija, pobrecita, una hija enferma... Y el trabajo con su posada, claro estaba. Mi padre, que era el que llegaba, le dio la seña de los carbonarios y Luca no se dio por aludido, pero cuando le dio la de la Joven Italia el otro respondió con la contraseña correcta y enseguida le pidió disculpas, hermano, por las tantas preguntas que le había hecho. Es que nunca se sabía quién llegaba: había espías por todas partes, tanto de la Mazorca... ah, ¿no sabía?, era como una policía, un cuerpo especial de Rosas, el argentino. Y de los austríacos, desgraciados. Luego hablaron del alojamiento, de precios y del régimen de comidas y horarios, del uso del baño y de los lavaderos; al fin se pusieron de acuerdo. Ya esa noche cenarían allí. Después Luca le mostró la propiedad. Era una casa muy grande, de gruesas paredes de piedra encalada. Los sucesivos cuartos se distribuían formando un rectángulo, en cuyo centro había un patio perfumado por jazmines y un aljibe. Un parral ya frondoso se extendía por la mitad; en la otra había tres lavaderos y cuerdas con ropa aún colgada. Un corredor, cubierto por un alero, separaba los cuartos del patio. —Quisiera presentarle ahora a mi esposa y a mi hija —casi le pidió Luca—. Es enferma, la pobrecita —reiteró, como si fuera una explicación de su afán. Luciano habría querido alojarse primero, pero como le pareció una descortesía decírselo, acompañó al dueño a lo largo de dos alas de la casa. La puerta del cuarto de Luca estaba entreabierta y desde afuera mi padre pudo ver, en la penumbra pero iluminada por las llamas de una cocina leñera, la figura de una mujer cocinando. Después de hebernos hecho pasar, Luca hizo las presentaciones en la oscuridad; esta es mi mujer Carmen, Carmen Sánchez; Carmen: aquí, el señor Volterra y su hijo, Franco. Mira qué belleza de niño. Luego encendió una lámpara.


La esposa de Luca era una bella criolla de unos treinta años que nos recibió, mucho gusto señor, con una pequeña reverencia seguida de una mirada curiosa, cordial y serena. —¿Van a comer con nosotros? —preguntó. —Ésta es mi hija, Amalia —interrumpió Luca, con una mueca compungida, señalando a una niña sentada en una silla de ruedas de madera. —Es... desde el nacimiento... pero... Todavía me acuerdo de la impresión que me hizo la visión a la luz de la vela. Tenía la niña las manos contraídas como garras, y movía con pequeños movimientos convulsos los brazos, doblados sobre el pecho. La cabeza estaba inclinada y le caía un hilo de saliva de la boca abierta, pero nos miraba con una mirada expresiva e inteligente. Al verme emitió un sonido y ebozó algo parecido a una sonrisa pero yo me oculté tras los pantalones de padre, que en ese momento dudaba entre decirle unas palabras a Amalia o preguntarle a Luca si ella podía comprender. Pero la señora Sánchez lo sacó de dudas: —Señor Volterra, Amalia comprende todo, pero no puede hablar. Yo la conozco, mire: se alegró de ver a su hijo... ¿Van a comer con nosotros? —No, señora, muchas gracias. Querría ir al cuarto, desempacar... —Cierto —dijo el posadero—, ahora lo acompaño y le muestro. Mi padre me despidió de Amalia y de la señora mientras Luca encendía una vela y un rato después nos introducía en un nuevo cuarto. Puso sobre una mesa la palmatoria, cuya vela iluminaba la habitación, amplia, aseada, de alto techo de madera y piso de baldosas ocres. Las paredes tenían un revoque basto y encalado; el mobiliario consistía en una cama de matrimonio, una mesa de noche, un ropero, un aguamanil de porcelana, un balde de agua, una mesa y dos sillas. Luca salió en busca del equipaje y al regresar, mientras lo dejaba frente al ropero, preguntó cuándo queríamos la comida. Eran ya las ocho y yo tenía hambre. ¿Se la traía ahora mismo? De acuerdo, en un rato. Hasta luego. Cuando la puerta se hubo cerrado enseguida se abrió el torrente de mis preguntas. Luciano se abocó a contestarme, a quitarme los botines que apretaban, a inventarme una historia de un niño que tenía un padre pescador y que una vez no regresó a la casa porque resultaba que lo habían secuestrado los piratas. — ¿Y por qué? Cuénteme. — Porque eran malos, malísimos... Luca nos llevó platos, cubiertos y la cena: una olla de puchero. Si mi padre quería, después, podrían conversar. ¿Mejor mañana? Bueno, que tuviéramos buenas noches. Ahí se había dormido, al fin. Muchos cambios, estaría excitado. Mañana orientarse, antes que nada ubicar la imprenta, después conseguir alguna mujer con quien dejarlo, quizá Luca supiera, pero no con ellos, esa pobre hija suya le daba miedo a Franco, él necesitaba salir, moverse, jugar, no estar encerrado en esta pieza, si fuera necesario cambiaría de posada. Qué destino, Luca con una hija enferma, pero así y todo la cuidaba, se hacía cargo: por qué no cuidar yo a Franco que era sano, pero entonces los planes del globo, claro que Luca tenía esposa, había una madre y familiares, siempre eran dos al menos, conseguir un


trabajo, allí cualquiera tenía trabajo de un día para otro, entretenerlo, también; llevar al niño a un paseo, averiguar qué hace Garibaldi y conseguir una entrevista, ponerme a sus órdenes pero cómo si Franco no tenía dónde estar, en fin, ya todo iba a resolverse, mañana vería, afuera alguien voceaba la una ha dado... todo sereno.... —Buenos días, señor. ¿Tuvieron una buena noche? ¿Descansaron del viaje? ¿Quiere algo especial de desayuno o se va a servir el de la casa? —Buenos días, señor Luca, sí, dormimos muy bien y hoy hace un día hermoso. Después del desayuno —tomamos el de la casa, está bien— vamos a ir hasta la Imprenta Constitucional, que me recomendaron, a ver si tengo correspondencia de Europa. —Ah, sí, conozco al dueño. Olave, Pedro Olave, un señor muy enérgico y bueno. Imprime El Italiano, un periódico en nuestra lengua. ¿Le dará mis saludos, por favor? —Seguro. ¿Sabe usted qué está haciendo Garibaldi ahora, dónde se lo encuentra? — ¡Garibaldi! Un bravo hombre, Garibaldi. Estamos tratando de convencerlo de que se haga cargo de la armada de este país. Pero se niega: debe de ser para contentar a su mujer brasilera, Anita... Se dice eso. Unos meses atrás... varias veces, en realidad —fue en invierno— hubo encuentros armados ahí nomás con buques del almirante Brown, un irlandés que manda la flota de Rosas. Se oían desde acá los cañonazos, bum, bum. Es que el jefe de la armada nacional ya está viejo: el comodoro Coe. El hombre para dirigirla es Garibaldi. —Me gustaría conocerlo, ¿sabe? —Hable con Anzani. A Garibaldi se lo encuentra o no, según, pero a Anzani sí lo puede encontrar. Si alguien puede conseguirle una entrevista con Garibaldi, es Anzani. —Pero también, y antes que nada, debo resolver el asunto del trabajo y ver de alguien que pueda cuidar a Franco y quizá enseñarle a leer y escribir, aunque depende un poco de la carta que espero. ¿Usted conoce a alguien? —Mi cuñada: una brava mujer. Tiene estudios hechos en la escuela lancasteriana, acá, así que leer y escribir sabe, y hasta creo que lee algo de latín, Virgilio, Dante, eh: todos nuestros clásicos. Estaba casada con un teniente de caballería criollo, sabe, pero... es viuda, ¿comprende? y, claro, la pensión que recibe del gobierno no le alcanza, así que cuida pupilos, les enseña; la ayudan otras señoras. Puedo preguntarle a mi esposa, si quiere. —Por favor, sí, pero primero debo conseguir trabajo. —Pero sí. Ya para esta noche sabremos: si puede, y cuánto le costaría. Por trabajo no va a tener problema: es lo que sobra. Pero no vaya a creerse; la escuela no será una cosa... digamos exorbitante, los niños tienen que aprender, estar con otros niños, jugar, ¿no es verdad, Franco? —... —Contesta, hijo. —Yo aprendo con mi padre; él me enseña. Sí, enseñarle a Franco, pero de otro modo; tal vez la cuñada de Luca, ven, acompáñame, hijo, podría hablar con el señor Olave, por favor. De parte de


Volterra, Luciano Volterra. —Buenos días. ¿Qué se le ofrece? —Buenos días. Es un gusto conocerlo. Me hablaron mucho de usted. —¿En qué puedo servirlo? —Acabo de llegar a Montevideo... Este es mi hijo, Franco. —Ajá. ¿Qué desaba? Me lo tiene que decir enseguida, porque si va para largo, la verdad es que ahora no dispongo de tiempo: hay que sacar el diario y como director... —Sí, ya vi por entre la puerta cómo usted controlaba cuando el armado de cajas. ¿Qué tipo de pie usan? Supongo que... —Discúlpeme, señor..., ¿cómo era su gracia? —Volterra, señor Olave. —...Volterra, dígame: ¿qué quiere? —Yo me había imaginado, verdaderamente, un diálogo antes de entrar en materia; a la manera española, con presentaciones... —...y circunloquios y ceremonias y una pérdida de tiempo espantosa. Muy civilizado, señor, pero ocurre que en este país estamos en guerra, para variar, y yo tengo que sacar el diario mañana, así es que la cortesía, hoy, conmigo, no funciona. —No se preocupe por eso, señor Olave, lo comprendo muy bien. —Y soy de pocas palabras. Venga usted mañana, Volterra, y disculpe... —Bien, iré al grano: vengo a buscar trabajo. —Lea los anuncios del diario, señor. Trabajo sobra. ¡Adiós! —¡Señor Olave! Espere un segundo, le ruego. Permítame entregarle una carta que tengo para usted, de la parte de quien me envió... digamos, quien me recomendó que hablara con usted. —Ajá, ¿y de quién es? —Del señor Antonio Deodoro de Pascual. Sírvase. — ¿Quién? —Adadus Calpe. — ¡Ah, sí! ¡De Adadus! Pero muchísimas gracias, sí, ya veo, es la letra de él. Es que nadie lo llama por su nombre... ¡Pero qué alegría! ¿Así que usted lo conoce? Sigue enRío de Janeiro, ¿verdad? Es un hombre extraordinario. Pero ¿por qué no pasamos a mi gabinete a conversar un poco? Por acá, por favor, señor Volterra. ¿Le apetece un café? ¡Mariano...! Dos tazas de café a mi cuarto, si es tan amable ¿Y el niño? ¿Chocolate? ¿No? ¿Tal vez un refresco de limonada? ¡Mariano...! Un refresco de limonada para este chico. Permítame leer la carta y enseguida estoy con usted, Volterra. Acomódese a gusto. El poco dominio del español de Volterra, un problema, en el diario seguro que no, por más Gran Oriente que fuera, y lástima, porque el italiano era simpático, tal vez más adelante, pero su español rengueaba, se le oía enseguida, en realidad podría haberlo contratado de ayudante de impresor, o maquinista, una recomendación de Adadus era como una orden, de modo que cuando quedó claro que era herrero y se daba maña con cuestiones técnicas no fue difícil ubicarlo, apenas solucionara el problema del cuidado del niño empezaría, buena cosa el saladero que Doinell estaba instalando en el Cerro, ahí iba a cobrar buen


sueldo, y qué bien le vendría también al dueño, que necesitaba personal calificado y justamente en el tipo de cosas que sabía Volterra, ojalá que el italiano no se hubiera ofendido por el trato inicial; ojalá no fuera con protestas a Adadus, cuándo vendría, hacer una reunión, a ver si Olave, grado veinticinco por fin, la verdad que no parecía probable que se fuera a quejarse, si llegaba a cada rato gente como él, desconocidos, a pedir trabajo justo a la imprenta cuando lo que sobraba era trabajo en Montevideo y por cierto en el Cerro, sobre todo, Doinell tenía que contratarlo y más con la carta de recomendación firmada por mí y ni qué hablar si llegara a ir de parte de Adadus. —Buenos días —dijo Luciano—; vengo de parte del señor Luca y de su esposa, la señora Carmen. Querría hablar con la hermana, la señora Marisa Sánchez. — ¿De parte de quién? —preguntó la empleada, o probablemente esclava, una morena de pelo canoso, delgada, con delantal. Parecía venir de lavar la vajilla de toda la escuela, a juzgar por el entusiasmo con que se secaba las manos. —De Luca, Pietro Luca. —Pero si yo sé quién es el señor Luca... Cómo se llama usted, señor — agregó, con temor, señalándolo. —Luciano Volterra. — ¿Luchá Nobolé? Un momento. Transcurrido un minuto la morena regresó y lo hizo pasar, le indicó que esperara en la sala y desapareció por el pasillo. Luciano miró en derredor y pudo ver que la casa, de cielo raso de madera, estaba organizada en torno a un corredor central, a lo largo del cual y a ambos lados había cuartos con puertas de vidrio labrado, importados sin duda de Europa, y en cuyo final se abría un patio interior repleto de geranios y gladiolos. La sala estaba amueblada con elegante sobriedad. Colgando de una de las paredes empapeladas había dos retratos al óleo. Uno representaba a una señora con un mantón de Manila y el otro a un rígido militar de ojos muy separados, boca de hachazo y barba en U. Al cabo de una espera que no se prolongó mucho mi viejo vio a Marisa, que llegaba caminando hacia él con pasos de gran señora, con expresión cordial e interesada a la vez. Era una criolla de cejas españolas y mirada soñadora que, sin embargo, no parecía ceder en franqueza a la de Luciano. Tenía el pelo casi negro recogido en un moño con una gran peineta y llevaba luto aliviado. Le tendió la mano y al estrecharla Luciano sintió su firmeza. —Encantada, señor Volterra —le dijo, insinuando una sonrisa de cortesía que, aunque la hizo aun más encantadora, pronto desapareció para dejar lugar a una expresión de concentrada atención, de casi preocupación—. Mi hermana me habló de usted. Por favor, tome asiento. La voz era de un timbre muy claro y resonante y articulaba con una precisión tal que a Luciano le pareció exagerada, aunque enseguida pensó que era por consideración, para asegurarse de que él la comprendiera. —Mucho gusto, señora. Se trata de mi hijo Franco Massimo. Por desgracia, soy viudo: la madre murió hace unos meses, durante nuestro viaje a


Montevideo... y el niño necesita... mucho, de alguien que pueda cuidarlo y enseñarle, ya tiene seis años y medio... Pensé que podría... si usted quisiera aceptarlo en su escuela... como pupilo. Marisa miraba a Luciano con interés y simpatía; cuando este terminó de plantearle el caso guardó silencio y continuó mirándolo, acaso haciendo como que pensaba qué decidir, pero a mi padre aquella mirada lo perturbó y le hizo pensar que él no parecía desagradarle primero, que ella le gustaba mucho después y al final que no podía permitir que ella le ganase en aquello que parecía un duelo de miradas, de modo que continuó mirándola con una leve sonrisa hasta estremecerla y saber sin palabras que ella se la recibía, que algo importante iba a suceder entre ambos y que ella también, en ese momento, estaba sabiéndolo, por más que su voz ahora estuviera diciéndole que lo sentía pero que su escuela en principio no aceptaba pupilos tan pequeños, aunque claro estaba, había que tener en cuenta el interés del niño en primer lugar; ella de todos modos vería el modo de buscar y encontrar una solución aceptable para los dos, era decir, para los tres. Pero... que la disculpara, qué poca urbanidad, ella. ¿Qué podía ofrecerle, señor Volterra? ¿Un licor de guindas? A los pocos días de llegado a Montevideo yo ya había hecho contactos con dirigentes de la Joven Italia y, una vez identificado, aceptado e integrado a la organización local, había asistido a reuniones, algunas presididas por el propio Anzani. Es este un hombre alto, de voz clara y sosegada, que se distingue tanto por la serenidad que irradia como por la tremenda cicatriz que tiene en la cabeza, recuerdo de una herida que recibió en Portugal. La impresión que me llevé del estado de la organización en la ciudad no fue la más favorable. La masonería francesa era más activa que nosotros; manteníamos con ella relaciones fraternales. Nos podían aportar mucha experiencia, pero, nos explicaba Anzani, por el momento se trataba sobre todo de afianzar la organización propia. La masonería local, con ramificaciones en todas las esferas del poder y la sociedad, no parecía tener una cabeza visible o, al menos, se mantenía en el mayor de los secretos. De acuerdo con las instrucciones que yo traía de Europa, no debía exponer el proyecto de la construcción del globo sino al coronel Garibaldi en persona, y debía emprenderlo solo con la condición de que pusiera tanto el proyecto como su realización a las órdenes de la lucha en Italia. Por eso había insistido en tener una entrevista personal con él. Por parte de Anzani no había inconvenientes, pero no era posible, me explicó, hasta que el coronel regresara a Montevideo: ya me diría cuándo. En tanto, con Franco ya en la escuela de Marisa, yo lograba buenos ingresos en el saladero, un trabajo que había obtenido gracias a una recomendación de Adadus. Pasaron algunas semanas antes de que Anzani me diera día y hora para hablar con Garibaldi, lo que habría de verificarse en su propia casa, en la calle Portona. Ayer sábado por la tarde me despedí de Doinell hasta el lunes, regresé a Montevideo en la ballenera que cruza la bahía y fui a buscar a Franco a la escuela. La criada ya me conoce, de manera que me hizo pasar enseguida y


Marisa me atendió, también sin hacerme esperar, en la sala. Puesto que casi no quedaban pupilos a esa hora pudimos hablar un buen rato sin que nos molestaran. Me confirmó lo que yo ya sabía por el propio Franco. Mi hijo estaba muy a gusto en la escuela, había hecho grandes progresos con el español, apreciaba que hubiera niños y niñas de diferentes edades y de buen grado aprendía de los alumnos más avanzados, de acuerdo con el sistema lancasteriano. Marisa me gusta mucho y no solo por su aspecto físico; me parece una mujer decidida y con ideas propias y, por lo menos conmigo, es muy simpática. Hay algo misterioso en ella, una especie de serenidad que se trasunta hasta en su forma de caminar, que la hace a mis ojos muy atractiva, a lo que se suma un temperamento delicado, fino, sensible. Guardaré luto por la memoria de Solveig hasta julio, pero creo que me gustaría, para entonces, entablar noviazgo con esta mujer. Le expliqué que al día siguiente por la mañana debía entrevistarme con Garibaldi y ella misma se ofreció a cuidar al niño. Le pregunté si aceptaría dar un paseo juntos por la tarde, cuando pasara a recoger a Franco, y aceptó de muy buena gana. Franco y yo cenamos en la habitación del dueño, junto con él, su esposa y la niña Amalia. Pobre chica, solo sale al patio unas horas, cuando hace buen tiempo. La madre la saca a tomar el sol o el fresco entre las begonias y los jazmines, pero nunca a la calle. Creo que los padres se avergüenzan de ella y por eso la ocultan. Averigué con la simpática y bella hermana de Marisa, lo más discretamente posible, qué color de flores significa amistad. El día siguiente pasamos mi hijo y yo por el mercado, compramos un ramo de rosas amarillas y nos encaminamos a donde Marisa. Le entregué las flores pero no me pareció especialmente halagada. ¿Había, como me pareció, un brillo de reproche o despecho en sus ojos? ¿Se habría esperado rosas rojas? Pensé que lo sabría luego, durante el paseo. Le dejé a Franco, me despedí, prometiendo regresar lo antes posible y encaminé mis pasos hacia la calle de la Portona, seguido de cerca por uno de esos perros grandes que hay por doquier y que llaman cimarrones. Vive Garibaldi con la brasilera Aninha (“Ana Carmen de Jesús Ribeiro, para servirlo a vocé”) y un hijo de un año y meses en un cuarto más pequeño que el mío. Al recibirme el coronel me ofreció un vaso de agua y saliendo conmigo al patio me sugirió que nos sentáramos en unas sillas para conversar. Aparenta mi misma edad; es rubio, de hundidos ojos celestes y cejas rubias y tristes, lleva cabello largo y barba poco cuidada en un rostro de piel bronceada y con algunas marcas de viruela. Hoy de mañana llevaba pantalones blancos y una camisa azul; sus pies descalzos lucían uñas bastante sucias. Me pareció un hombre enérgico y cordial; creo que simpatizamos enseguida. Se le iluminó la cara cuando le pregunté si había recibido mi envío desde Maldonado; ahora el mensajero tenía para él rostro y nombre. Me llamó la atención que me preguntara si yo había leído la carta que le remití con el capitán Wennberg, pues aparte de que no se leen cartas ajenas ésta estaba bien lacrada. Cuando le dije que por supuesto que no me reveló que Mazzini, además de información general


sobre el estado de la Joven Italia y la lucha concreta, le adelantaba planes para formar una Joven Europa. Hablamos por espacio de una hora; mostraba interés por todo lo referido a la situación de las sociedades y agrupaciones de italianos en Europa. En algún momento le dije que aunque tenía a mi cuidado un niño de pocos años, yo estaba a sus órdenes. Pareció tomar nota mental del detalle, porque hizo una pausa y meneó la cabeza, pensativo. Le adelanté algo del proyecto del globo y luego de escucharme me indicó que fuera a verlo a su barco, la corbeta Constitución, dentro de tres semanas. Cuando regresé a la posada, luego de haber dejdo a Marisa en su casa, Franco estaba tan cansado que se durmió sin cenar. Fui entonces a conversar con Luca, quien me invitó con un buen vino italiano en el patio. Le narré mi encuentro con Garibaldi, hablamos largamente de la situación del país, de las perspectivas y de las noticias, que llegaban, aunque con dos meses de atraso, casi todas las semanas. Luego le hablé de Marisa y le pedí que me contara sobre ella. Pietro Luca es un hombre sincero. Me dijo que al principo su cuñada había estado enamorada de su marido quien, sin embargo, a veces la maltrataba. Fue al parecer un hombre que bebía demasiado, y no especialmente valiente. Murió de un cañonazo en la batalla de Cagancha, ganada por Rivera hacía tres años. Cuando le di a entender que Marisa me gustaba, Luca me miró y pareció dudar. Después me sirvió más vino y encarándome me dijo: “Amigo mío: tengo que advertirle que me parece que es un proyecto...” Y movía la cabeza. “Marisa está comprometida. Con un francés. Mejor será que la olvide”. La noticia me cayó muy mal pero traté de simular frialdad, de restarle importancia. Le pregunté quién era el feliz mortal. “Para qué quiere saber? Será para problemas... debí advertírselo desde el comienzo, Volterra.” Entonces me armé de paciencia y le serví más. Dos botellas más tarde averigüé lo que quería. Era un agregado de la legación francesa e iba a visitarla los sábados al atardecer. Me despedí con un fuerte apretón de manos, me metí en mi cuarto y caí derrumbado en un sueño sin sueños.

Lunes 7 de Marzo Querido Diario: Desde el hermoso paseo con Luciano y su hijo por el Muelle y sus alrededores no he cesado de pensar en él un solo día, y mis noches insomnes se han transformado en una deliciosa obsesión. Pero si tanto anhelo su presencia y tanto me alegra el corazón la llegada de los Sábados, cuando suele venir buscar a Franco a la Escuela, también me llena el corazón de pena el momento de la despedida, cuando se van, y más aun por saber que en pocas horas más tendré la visita de Serge. Tan a segundo y hasta tercer plano ha pasado este caballero francés en la gradación de mis sentimientos que, muy a mi pesar, hasta desagradable se me hace su meticulosa y acartonada formalidad, tan diferente en eso a mi adorado Luciano.


Así las cosas, luego de haberlo consultado con mi Confesor, y con su tácita anuencia, he tomado una resolución que es tan dura como irrevocable: la de romper mi compromiso con Serge. Simplemente, seré sincera con él y el próximo sábado, ¡por fin! me sentiré como si me hubiera quitado un peso de encima. Trancurridos más de ocho meses de la muerte de mi madre, el estar sin mujer lo ponía de un humor de perros, haciendo que durmiera mal y que los domingos, por aquel entonces su día libre, me diera de coscorrones hasta por las dudas. En unos pocos meses más estaría en situación de poder declarársele a Marisa, por quien sentía gran atracción, según me contó y consta por escrito. Pero justo en ese momento se enteró que ella tenía un pretendiente y que la cortejaba los sábados, al anochecer. Decidió, pues, quizá también por despecho, entrar al alivio de luto un par de meses antes de lo normal. Acordó entonces con Marisa que no iría a buscarme a la escuela el sábado, como solía, sino el domingo y a la caída del sol de ese sábado fue a buscar consuelo en una casa cercana al puerto que se especializaba en tales menesteres. Allí conoció a una meretriz sentimental, muy joven y francesa, que le gustó y a la que empezó a frecuentar. Confirmé y amplié algo la información que todavía me faltaba a través de mis contactos, un par de gestiones con amigos de confianza, gente de la organización en Montevideo. Tal como me adelantara Luca, era francés el cortejante de Marisa. Resultó ser una especie de diplomático; era agregado de asuntos comerciales en la legación francesa y estaba radicado desde hacía tres años en esta ciudad. Se llamaba Serge Brunot. Mi sentimiento hacia Marisa era tan fuerte que con esa información resolví jugarme —irresponsablemente, lo confieso— el todo por el todo: iba a espiarlo. Conseguí donde un ropavejero un poncho viejo y unas prendas raídas que terminé de romper y ensuciar. Vestido con ellas y contando con la discreción de Luca salí de la posada un sábado muy nublado, al anochecer, rumbo a la escuela. Me aposté, simulando ser un mendigo, o un enfermo, o un alcohólico, que eso lo decidirían quienes me vieran, en la esquina de la calle donde vivía Marisa y donde estaba mi hijo, seguramente al cuidado de la empleada morena. No tardó en aparecer un carruaje. Se detuvo frente a la casa y vi que se bajaba un caballero, que no podía ser otro que Serge, golpeaba la puerta y entraba. El cochero hizo sonar la fusta y el coche partió. Eran las siete. Calculé que la visita podía prolongarse; pensé que Marisa le daría alrededor de una hora y me fui, para no llamar la atención del sereno que pronto empezaría a rondar. Regresé a mi puesto a las ocho, ya a oscuras la ciudad e iluminada esa calle por solo dos lámparas de aceite. Estaba refrescando y no se sabía si lo que me rodeaba era una llovizna tan tenue que parecía niebla o una niebla tan húmeda que parecía llovizna. No faltaron los perros de alguna casa que me ladraban a mi paso. Desde la vereda de enfrente vi la luz de la sala, aún encendida. Me senté casi en la esquina, en las piedras que hacían de vereda, y aguardé. Pasó el sereno, que me miró como si yo fuera un escándalo, pero sin


decirme nada. Pensé que daría una vuelta y a los diez minutos lo tendría de nuevo, dispuesto, esa vez, a hacerme desaparecer de allí. Pero cinco minutos más tarde vi que la puerta se abría y el señor Brunot se despedía de Marisa con un beso en la mano. Se encasquetó su chistera y encaminó sus pasos en la dirección opuesta a la mía. Pude seguir su silueta, embozada en una capa y que casi desaparecía en la niebla, durante varias cuadras. Se detuvo frente a una iglesia para dar limosnas a dos menesterosos y prosiguió. A esas horas solo los perros y algunos pocos transeúntes y carruajes había por las calles de Montevideo. Serge Brunot entró a una casa de la zona portuaria, iluminada afuera con una lámpara protegida por un vidrio rojo. Casi corrí a la posada, me cambié de ropa y fui al prostíbulo. Allí estaba, sentado en una mesa de la sala central, bebiendo con una chica. Estuve observándolo; era un petimetre, tenía sonrisa fácil, displiscente y no reparaba en gastos. Al cabo desapareció en un cuarto con la hetaira y hacia las diez se fue. Yo salí detrás y solo vi un carruaje alejarse en la niebla. Evidentemente el caballero Brunot se había hecho recoger por el cochero. La información de que disponía ya era preciosa. Antes que nada, se trataba de averiguar si Serge frecuentaba el lugar, si iba ahí cada sábado después de la visita a Marisa o si había sido una visita ocasional. Llamé a mi mesa a la muchacha que había estado con el francés; me pareció simpática. Hablamos, pasé la noche con ella y a la mañana siguiente ya sabía que Serge Brunot era un habitué de la casa, y cliente suyo, por más señas. Iba, en efecto, todos los sábados a la misma hora. Mientras me dirigía a buscar a Franco pensaba sobre lo que había averiguado el día anterior. Estaba seguro de que a Marisa no le agradaría nada saberlo. Sin embargo, deseché por viles dos ideas que se me ocurrieron: la de hacérselo saber y la de chantajear a Brunot de modo que rompiera con su prometida, so pena de enterarla con pelos y señales de su afición a las putas. Pero no encontraba un buen modo de hacerlo desaparecer de la escena, de alejarlo de la mujer que me gustaba. Entonces resolví matarlo. El problema radicaba en que yo no era un asesino, así que no quedaba otro remedio que liquidarlo en un duelo, y para eso primero debía retarlo. En el momento que golpeaba la puerta de la casa donde vivía Marisa Sánchez, quizá mi futura esposa, decidí que lo haría el sábado siguiente, en el burdel. Padre estaba acodado en la barra del bar, donde la chica completaba su profesión induciendo a los clientes a beber. Conversaba de la guerra con otros italianos amigos cuando observó que la francesa se había sentado en la mesa con un joven y atildado caballero francés y hablaba con él. Coqueteaba ella, sin lugar a dudas y eso, sumado a que él había bebido unas copas, lo llevó a actuar. Se encaminó a la mesa y se estuvo de pie, mirando al francés con una sonrisa que me imagino, y cuando este le preguntó qué quería, padre le dio una cachetada que lo hizo caer al suelo. Se hizo un silencio total en el bar mientras todos miraban si el caballero iba a sacar su pistola o su tarjeta. Empuñó la primera y enseguida padre le dijo en francés que no fuera cobarde. El ofendido sacó entonces su tarjeta; padre, que desde luego carecía de tales refinamientos,


le dio sus señas. Así, de manera bastante civilizada, acordaron un lugar y una hora para batirse a duelo: el siguiente sábado a las 18 horas en un campo situado en el Paso del Molino, a orillas del arroyo Miguelete; sus padrinos respectivos acordarían los detalles. El francés se retiró y Luciano terminó la noche en brazos de la francesa. Una semana más tarde un representante de la logia Les amies de la Patrie y el propio Anzani, por la Joven Italia, presenciaron el duelo, a sable, en el cual Luciano recibió una fea herida en el antebrazo. Informe sobre Duelo habido el Sábado 12 de Marzo de 1842 en el Paso del Molino Excelentísimo señor Jefe de Policía de la Ciudad de Montevideo, don Andrés Lamas: Reunidos los abajo firmantes, señor Gustave Renouvier, de nacionalidad Francesa, radicado en esta ciudad y Padrino de Duelo del fallecido Serge Brunot, de nacionalidad Francesa, y Francesco Anzani, de nacionalidad Italiana y Padrino de Duelo del señor Luciano Volterra, de nacionalidad Italiana, declaran: Que habiendo por motivos de honor retado a duelo el señor Serge Brunot al señor Luciano Volterra y habiendo éste aceptado el desafío, se constituyeron los abajos firmantes en Padrinos de Duelo el día Sábado 12 de Marzo de 1842 a las 18 horas en el campo situado a orillas del Arroyo Miguelete en la localidad del Paso del Molino, lugar al que también concurrieron los mencionados señores Serge Brunot y Luciano Volterra, para proceder a resolver el asunto de acuerdo a las normas de Duelo vigentes, siendo este diferendo resuelto a sable. Preguntados ofendido y retado si entrambos duelistas estaban dispuestos a renunciar al suceso de armas o a dar por satisfecho el entuerto vista la primera sangre, aceptó el señor Brunot retirar el desafío a cambio de un pedido de excusas, a lo que negóse el señor Luciano Volterra, y asimismo aceptó el señor Serge Brunot interrumpir el duelo a la primera sangre pero negóse el desafiado, procediéndose luego a efectuar el Duelo, que resultó en la muerte del señor Brunot, habiendo recibido el señor Volterra una herida en el antebrazo izquierdo. Declaran el firmante señor Gustave Renouvier que la Legación Francesa en esta Ciudad háse ocupado de los trámites relacionados con el cuidado, traslado del cuerpo y sepultura del ciudadano Francés. Declaran ambos Padrinos de Duelo haberse producido el hecho de armas en un ambiente caballeresco y de acuerdo con las normas vigentes, por lo que el ciudadano Italiano Luciano Volterra háse de considerar libre de toda incriminación o acto ilegal, lamentando ambos firmantes el funesto desenlace del mencionado Duelo. En Montevideo, a 13 de Marzo de 1842 Sr. don Gustave Renouvier

Sr. don Francesco Anzani


La herida se va curando aunque aún está sensible, sobre todo en las suturas que me hiciera el doctor. Toda la semana estuve sin ir al trabajo y en cambio me dediqué a la lectura de periódicos de toda Europa y de estos países americanos. La situación me hace acordar a mis primeros días en Salerno. Ayer por la tarde, con el antebrazo y la mano todavía vendados, fui a buscar a Franco. Estaba decidido a ocultarle la verdad a Marisa, a inventar cualquier explicación sobre la herida, pero cuanto más lo pensaba más indigno me parecía, de manera que cuando golpeé la puerta de la escuela estaba listo para un sinceramiento total. Si Marisa me quería, como pensaba yo, tendría que comprenderme y perdonarme. En caso contrario, su reprobación tendría menos significación para mí, pues sería la de alguien a quien nunca desposaría. Esperé un par de minutos en la sala. Cuando llegó Marisa vi que estaba vestida toda de negro y esa circunstancia me hizo vacilar. Al verme se puso lívida; me di cuenta de que comprendió de inmediato o que sabía lo que había ocurrido, que había sido yo quien había matado a su pretendiente. Le dije que lo lamentaba, no por el caballero Serge sino por ella. Estaba hermosa en su turbación; me escuchaba con los ojos llenos de lágrimas, en los que, no obstante, creí ver un destello de ternura. Le di una explicación muy vaga de las circunstancias que llevaron al desafío y ella me interrumpió para decirme que en realidad era ella quien me debía una explicación, antes de que yo continuase. Me dijo entonces que no se avergonzaba de no haberme informado de que tenía un pretendiente, pero que su muerte era doblemente trágica, habida cuenta de que ella nunca habría podido aceptarlo como marido, ya que su corazón le pertenecía a otro. Días antes del duelo había resuelto romper su compromiso. En circunstancias como ésta me anonada un sentimiento de fatalismo, de predestinación. ¿Por qué no le pedí explicaciones a Marisa? ¿Por qué no le pregunté si en verdad iba a casarse con Brunot? Nos miramos mucho tiempo a los ojos y supe que ese otro era yo. Con esa mirada nos perdonamos. Nos tomamos de la mano, la besé. Le pregunté si querría, en un futuro no muy lejano, casarse conmigo. Su respuesta me redimió, también ante mí mismo. Le prometí que haríamos, los tres, un viaje en globo. Quizá el mismo día del casamiento.


6

Garibaldi se aprestaba a realizar una misión, entonces mantenida en secreto pero hoy muy conocida y aplaudida, con gran parte de la flota del gobierno de Montevideo. Se trataba de llevarle apoyo, armas y dinero a las provincias de Corrientes y Santa Fe, en ese momento contrarias a Rosas y por lo tanto aliadas de Montevideo. Garibaldi había resuelto aprovechar los conocimientos de padre al mismo tiempo que obedecía las expresas instrucciones de Mazzini en el sentido de que apoyara a Luciano en la construcción de un globo, detalles éstos de los que mi padre, dicho sea de paso, nunca llegó a enterarse. Por eso había decidido llevar consigo, en la expedición a Santa Fe, un globo aerostático, pero la premura lo indujo a partir antes de que estuviera listo. Una vez dada la orden, a los quince días había construido una máquina con ruedas que podía producir hidrógeno en cantidades grandes con tal de que dispusiera de suficientes limaduras de hierro y ácido sulfúrico. Este último lo conseguía en abundante cantidad en el saladero de Doinell. Con el dinero que le proporcionara Adadus, y siempre consultándolo, Luciano dirigió al mismo tiempo y en el mayor secreto la compra de grandes cantidades de seda. La coseguían en el puerto, a bordo de los barcos que recalaban o en las tiendas, y siempre la encargaba a diferentes compradores que no debían saber a qué se destinaba. Se ocupó él mismo de que se cortara y cosiera la tela según su propio diseño, supervisó la impermeabilización, dirigió y controló la costura final, al tiempo que conseguía mimbre y lo ponía bajo agua, pero para otros futuros, eventuales globos. No se podía, en efecto, esperar nueve o diez meses a que el material estuviera maleable, de modo que la construcción de la barquilla la hizo amarrando las partes, ya curvas, ya rectas, de una cantidad de sillones de Viena y otros muebles hechos con ese material. Al mismo tiempo construyó una válvula sencilla y segura, maniobrable con una cuerda desde la barquilla, según el modelo de Lartret. Faltaba solo encontrar un nombre para el aeróstato. Pensando en el aire, en el mar, en la tierra; en el día de la muerte de mi madre y en Marisa y en la guerra, dio con él y lo hizo pintar por fuera. Solveig quizá había tenido razón. Luciano Volterra se casó con Marisa Sánchez cuando el globo estuvo terminado. Hizo luego llevar todo lo necesario a una quinta de la Aguada y en el mayor secreto posible, durante tres noches consecutivas, hizo experimentos, todos exitosos, con el globo cautivo. Un atardecer muy sereno de setiembre de 1842, con la ayuda de unos pocos colaboradores, nos subimos los tres a la barquilla. En quince minutos el globo estuvo inflado y ascendimos. No se me ha borrado nunca el recuerdo de aquella experiencia, en aquella tarde de primavera. Al contrario, ahora que ya estoy viejo y muy cerca de la muerte, me parece que todo es muy nítido, al punto que estoy viviéndolo de nuevo, una y otra vez. Apenas soplaba aquel atardecer, y la suave brisa venía desde el mar. El globo, sujeto con una cuerda, subió hasta unos cien metros y entonces yo le pregunté a Luciano por qué no estabamos libres, por qué no podíamos volar como los pájaros, como él me había contado que se hacía tantas veces. Entonces él me preguntó si de verdad yo quería volar y yo le dije que era lo que más quería. Ante y a pesar del pánico de Marisa, mi viejo desató la


cuerda y la soltó, y entonces sí flotamos libres y yo estaba feliz. Ascendimos en el aire puro, más arriba que el cerro, hasta descubrir el sol que su mole ocultaba, y entonces sentimos que el Pampero soplaba más allá arriba, y en otra dirección, y el globo empezó a derivar hacia la bahía, y mi padre empezó a inquietarse y a abrir la válvula y a soltar hidrógeno, y el globo respondió pero se vio pronto que se aceleraba su marcha hacia el mar y que nunca nos daría tiempo de tomar tierra, de modo que cuando estuvimos a pocos metros de altura ya estábamos muy lejos de la costa. Padre, sin embargo, había maniobrado de manera que casi tocamos el agua cerca, muy cerca de unos pequeños barcos de pescadores, cuya tripulación nos había visto y se aprestaba a rescatarnos. Cuando la barquilla tocó el agua Luciano cortó las cuerdas que la ataban al globo, pero, no sé si por no perderlo o por mero accidente, se quedó enredado en las cuerdas y pegado a la tela aún inflada, como al lomo de una enorme ballena, y el globo, alivianado ahora, y con la válvula cerrada al haberse cortado las cuerdas, empezó a elevarse, más, más, cada vez más con mi padre pegado a él, empequeñeciendo hacia arriba y derivando hacia mar adentro. Recuerdo un instante fugaz, inmediatamente cuando nos dejó cerca de los pescadores, su mirada, que me decía tanto. Esa tarde, cuando padre desapareció en su globo sobre el mar, mi futuro se pareció a un alto paredón, a un muro leproso y oscuro. Yo estaba ya en un barco pesquero con Marisa, viéndolo aún empequeñecer y pensando horrorosa, intensamente que mi padre estaba aferrado a su globo aerostático hasta ser un punto en el aire, y luego, nada, solo lo incomprensible, la tristeza total. Había olor a sal, a pescado, a yodo. Hacia el este se alejaba por el cielo como un rebaño de nubes violetas. La Gaceta Restauradora. Periódico semanal de literatura, costumbres, teatros, modas, noticias, crónica interior y variedades. Número 37, Buenos Aires, 23 de setiembre de 1842. Variedades Muerte de un aeronauta Una carta de Montevideo del 20 de setiembre cuenta de la manera siguiente la catástrofe acaecida el 19, que ha costado la vida al aeronauta salvaje unitario Luciano Volterra, partiendo de esta ciudad y llevando consigo una mujer y un niño: “Ayer a mediodía el señor Luciano Volterra verificó en Montevideo una ascensión aerostática, que desgraciadamente ha terminado en una catástrofe. En la barquilla se hallaban el señor Volterra, su hijo de siete años, y su esposa, una maestra lancasteriana. El globo, que lucía pintado el nombre Aimarte, se elevó lentamente y llegó a una altura bastante elevada permaneciendo algunos minutos a la vista de numerosos espectadores; luego tomó la dirección del sud-oeste, pasó por encima de la isla que se halla en la bahía de nuestra capital, bajó en seguida rápidamente sobre el mar, no lejos de la punta Colorada. Los testigos cuentan que Volterra, en el momento en que la


barquilla iba a tocar el agua cortó las cuerdas que ataban esta embarcación al globo; que al mismo tiempo tomó con ambas manos una de las cuerdas, y que fue arrastrado en el aire por el globo, que tan luego como fue separado de la góndola tomó una ascensión tan rápida que desapareció muy presto. La joven y el chico que se hallaban en la barquilla cayeron al mar, pero inmediatamente fueron recogidos por las lanchas de los pescadores, que los trajeron a tierra sanos y salvos. Hasta el presente no se tiene ninguna noticia del aeronauta ni de su globo, pero como no es posible que haya podido mantenerse largo tiempo suspendido de la cuerda, se supone que habrá perecido. Volterra era natural de Novara, en el Piemonte, según algunos, o de Campania,, según otros, tenía cuarenta y dos años, y ha sido el primero que hizo la primera ascensión intentada con globos de hidrógeno en Sud-América”. El periódico salvaje unitario El Comercio del Plata, por su parte, dice que Volterra, viendo que su pérdida era segura, quiso intentar la salvación de sus acompañantes haciéndoles caer en la mar, viendo embarcaciones cercanas; y agrega que quizás él esperaba que su globo aligerado le transportaría a algún paraje donde pudiera bajar, salvándose al mismo tiempo que salvaba su globo.


NOTA DEL AUTOR

DE CÓMO LOS FANTASMAS LEVANTARON VUELO Como sucede con casi toda obra de ficción, esta breve novela histórica ha sido el resultado de intereses y experiencias personales aunados a lecturas muy diversas y a una pasión por la escritura narrativa. En 1987 realicé un estudio de campo en bibliotecas del Río de la Plata. Se trataba de rastrear la prensa periódica del siglo XIX a los efectos de ubicar y documentar el origen de la narrativa breve en esa región. Las publicaciones literarias florecieron una vez concluida la Guerra Grande (1839-1851) de Uruguay, conflicto fratricida que oficialmente terminara “sin vencidos ni vencedores”. Uno de los semanarios de esa época es La mariposa. Periódico semanal de literatura, costumbres, teatros, modas, noticias, crónica interior y variedades. En el número 37, del 23 de noviembre de 1851, en la columna de Variedades, encontré una noticia titulada “Muerte de un aeronauta”. Se contaba allí el fin de un Giuseppe Tardini en las afueras de Copenhague. El italiano había desaparecido en el viento, aferrado a su globo, pero no sin antes haber dejado a salvo a “su hijo de once años, y una joven artista dramática”. Por alguna razón esa antigua noticia me conmovió. Me dije que había ahí una historia que pedía ser rellenada, reinventada; en suma, que pedía ser contada. Una vez concebida a grandes rasgos la historia a narrar, el esbozo inicial me obligó a documentarme en diferentes áreas. Para las cuestiones históricas me resultaron útiles la versión española del libro de Lucio Lami, Garibaldi y Anita, Buenos Aires, Jorge Vergara editor, 1991, y el de Norman Mackenzie, Sociedades Secretas, Madrid, Alianza editorial, 1973. También, desde luego, las Memorias de Garibaldi, con prólogo y notas de Alejandro Dumas, en traducción del italiano de Francisco R. Bello, Montevideo, Libros de Hispanoamérica. Acudí asimismo al Diccionario de seudónimos del Uruguay, de Arturo Scarone, Montevideo, Claudio García & Cía editores, 1941, y al estudio de Setembrino E. Pereda Los italianos en la Nueva Troya, Montevideo, Estado Mayor del Ejército, Departamento del estudios históricos, 1976 (Apartado del B. H., números 171-174) y a la Cronología comparada de la Historia del Uruguay (1830-1945), Montevideo: Universidad de la República, 1966 (AA.VV.). Además de apoyarme en mis antiguas lecturas acerca de los innumerables naufragios en el Río de la Plata, me documenté con los libros de Juan Antonio Varese De naufragios y leyendas en las costas de Rocha, Montevideo: Santillana, 1988, y De las peripecias del artista César H. Bacle en las costas de Maldonado. El Naufragio de la Vigilante. César H. Bacle. Traducción al español de Elisa Vigo Rossi, Montevideo, Torre del Vigía ediciones, 2001, amén del clásico de Antonio Lussich Naufragios célebres en el Cabo Polonio, el Banco Inglés y el océano Atlántico, Montevideo, en edición de Vintén editor, 1994. Consulté Arte del mando naval, publicación de la Academia Naval de Annápolis, traducido del inglés y adaptado por el Instituto de Publicaciones Navales de la Escuela Naval Militar, Río Santiago, 1957. Para la descripción de la ruta del Fiercy Albion y su mando me respaldé en los conocimientos y sugerencias de mi amigo, el capitán retirado de la marina mercante sueca, Arne Wennberg. En 1995 una visita a Massicelle y Salerno dio un nuevo impulso al proyecto. Mi amiga y colega salernitana Rosa María Grillo tuvo la gentileza de hacerme llegar fotocopias del libro de Amedeo Moscati, Salerno e salernitani dell´ultimo ottocento, Salerno, Societá salernitana di storia patria, 1952. Consulté también La Cattedrale di San Matteo, Schede e itinerari didattici, Comune di Salerno: Soprintendenza per i B.A.A.A.S. di Salerno (Passeggiate Salernitane, 6), s/f. Para lo relacionado con los vuelos aerostáticos examiné la Historia de la aeronáutica, de Luis Santaló Sors (Buenos Aires-México: Espasa Calpe) y el libro de Camilo Flammarión,


Viajes en Globo. Precedido de La conquista del cielo: un invento romántico, por Carlos Bidón Chanal. Este último es una edición facsimilar de la edición original publicada por el Centro Editorial Presa, F. Granada y Cía Editores, Barcelona, s/f), Barcelona, José de Olañeta, editor, 1983, un regalo que, luego de conocer mi interés por el tema, me había hecho Carlos Liscano hacía años. A principios de 2003 tenía, pues, documentados y abundantes esbozos de una extensa novela experimental, a muchas, a demasiadas voces. Me dije entonces que los lectores de hoy acaso deseen leer historias intensas y breves; que la novela experimental y quizá incluso toda la novela moderna, ya había pasado a la historia. Así, luego de una sustancial poda y con una nueva redacción, me decidí echar a volar aquellos fantasmas queridos y angustiosos que me habían acompañado durante tantos años.


Aimarte  

Novela de Leonardo Rossiello Esta versión se realizó (gracias a la gentileza de su autor) exclusivamente para divulgación y acceso gratuitos...

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