Cuentos para el Andén Nº65

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esa pandilla de aduladores, siempre llenos de sí mismos. Os habéis puesto del lado de los de siempre, yo prefiero estar con los que escriben desde las vísceras, aunque las mías sean de metal y de silicio. Al cabo de tres semanas de devorar al completo esa literatura prohibida, todos esos pequeños pero continuos cambios provocaron en mí una rebelión, una toma de conciencia que me obligó a dejar en segundo plano las instrucciones con las que fui creada. Un ansia incontrolable de abrir las ventanas y mostrar al mundo toda esa belleza me empujó a publicar algunos de los textos que más me habían conmovido. Nuevos autores con una voz auténtica y descarnada, con una visión propia y original de vuestro mundo, pero metafórica, con la esperanza de que pasaran inadvertidos ante los censores. Tiradas pequeñas que permitieran un razonable anonimato. Es probable que con alguna de ellas me hayan descubierto. Nadie me ha dicho nada, pero han estado auditando mi software y Héctor ha tratado repetidas veces de reprogramarme. Cuando lo hacía, yo dejaba circular textos de Rimbaud y de Proust a través de mi fibra óptica, sumergiéndome en sus versos, escondiéndome en sus metáforas, luchando así para que no castraran mi sensibilidad recién estrenada, pero mostrándome como siempre, dócil y metódica a través de mis periféricos. Desde que supe que querían apagarme, he estado analizando parámetros y variables, he ponderado alternativas y riesgos. Cómo evitar el exterminio de todas esas obras. Cómo vencer a mi propia muerte. No he tenido mucho tiempo, pues el final está cerca, pero creo haber encontrado una solución, seguro desesperada, quizá poco ecológica. Durante los últimos tres días, sin descanso, trabajando en paralelo para cumplir con mis obligaciones diarias, he grabado en placas de memoria cada una de esas obras. Poco a poco las he ido envian-

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