Cuentos para el andén Nº59

Page 14

andéndos

—Hace más de cinco años… ‘Caramba!’, pienso yo. Bueno, y escribimos la carta. Créame, tan cariñosa y amorosa que quizá yo mismo me habría cambiado por ese Boles si la correspondiente no hubiera sido Teresa, sino cualquier otra, más pequeña que ella. —¡Gracias por el servicio, señor! —me dice Teresa haciendo una reverencia—. ¿Hay algo, tal vez, en lo que yo le pueda servir? —¡No, muy agradecido! —¿Quizá tenga el señor una camisa o unos pantalones con agujeros? Siento que este mastodonte en faldas me ha hecho sonrojarme, y bruscamente le declaro que no necesito sus servicios. Se fue. Pasaron dos semanas… Una tarde, estoy sentado cerca de la ventana y silbo, pensando cómo distraerme. Me aburro, y hace mal tiempo, no me apetece ir a ninguna parte, y a causa del aburrimiento me dedico al autoanálisis, lo recuerdo. Eso también resulta muy aburrido, pero no me apetecía hacer otra cosa. Se abre la puerta, ¡gracias a Dios!, llega alguien… —Qué, señor estudiante, ¿no está ocupado en ningún asunto urgente? ¡Teresa! Hum… —No… ¿qué pasa? —Quería pedirle al señor que escribiera otra carta más… —Bien… ¿A Boles? —No, ahora, de él. —¿Quééé? —¡Oh, necia mujer! ¡No es, señor, eso lo que quería decir, perdone! Verá, ahora, no me hace falta a mí, sino a una amiga… o sea, no a una amiga… a un conocido… Él no escribe… y tiene una novia, como yo… Teresa… Bien, ¿es posible que el señor escriba una carta a esta Teresa? La miro, tiene el rostro turbado, le tiemblan los dedos, está embrollada y… ¡lo adivino! —Y bien, señora —digo—, no existe ningún Boles ni ningu-

14